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Indice

¿CÓMO LE VA A SU FAMILIA?

Sobre el Autor ¿Cómo le va a su familia?

1. Crisis en Nuestros Hogares

¿A favor del Machismo? Retrato de mujer Los hijos Algo indispensable Hay que tender un puente No sólo crecer en estatura Si el Señor no construye

Nuestro tesoro

2. Una sola Carne

Una ayuda adecuada Una cadena Todo al revés ¿Se les olvidó platicar? Las pequeñas cosas El corazón es alcancía Dios se paseaba Hogares, hogueras

3. El Amor en el Matrimonio

El auténtico amor Nuestro amor Amor = perdón Un examen peligroso 4. Los Papeles en el Matrimonio

Una cabeza La cabeza está fallando La ayuda adecuada La mujer liberada Como el primer día 5. Plagas de Nuestras Familias

El egoísmo La infidelidad El exceso de licor La falta de comunicación Falta de oración en pareja No tengan miedo de gritar

6.

La Educaciónde los Hijos

¿Para quién la bofetada? La disciplina indispensable Obra de paciencia Una religión viva Reflejo de los padres 7. El Buen Samaritanoen el Hogar

8. Jesús en el Hogar

La bendición de Dios La oración de los esposos Sobre arena sobre roca Amor naturaly amor sobrenatural La fe La epifanía de María Invítenlos

9. La Bibliaen la Familia

El lugar para la Biblia Desde la niñez Aprender a escuchar a Dios Un lugar de preferencia

10. La Oraciónen Familia

Familias ejemplares El sacerdocio de los papás La oración en el hogar No es nada fácil La virgen María en el hogar Babel o Caná

11. Los Sacramentos en la Familia

El Bautismo La Confirmación La Reconciliación La Eucaristía La Unción de los Enfermos El Orden Sacerdotal El Matrimonio Familia sacramental

12. La Familia Reconciliada

La reconciliación con Dios La reconciliaciónentre los de la familia Perdonarnosa nosotros mismos Hay que platicar mucho La isla de paz

P. HUGO ESTRADA, sdb.

¿CÓMO LE VA A SU FAMILIA?

Ediciones San Pablo

Guatemala

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NIHIL OBSTAT:

Pbro. Lic. Sergio Checchi, s.d.b.

Puede imprimirse:

Pbro. Ricardo Chinchilla, s.d.b.

Provincial de los Salesianos en Centroamérica

CON LICENCIAECLESIASTICA

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Sobre el Autor

EL PADRE HUGO ESTRADA, s.d.b., es un sacerdote salesiano, egresado del Instituto Teológico Salesiano de Guatemala. Obtuvo el título de Licenciado en Letras en la Universidad de San Carlos de Guatemala. Tiene programas por radio y televisión. Durante 18 años dirigió la revista internacional “Boletín Salesiano”.

Ha publicado 47 obras de tema religioso, cuyos títulos seran parte de esta colección. Además de las obras de tema religioso, ha editado varias obras literarias: “Veneno tropical” (narrativa), “Asimetría del alma” (poesía), “La poesía de Rafael Arévalo Martínez” (crítica literaria), “Ya somos una gran ciudad” (poesía), “Por el ojo de la cerradura” (cuentos), “Selección de mis poesías”, “Selección de mis cuentos” y “Poesía

para un mundo postmoderno”.

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¿Cómo le va a su familia?

Siempre habíamos estado esperando un libro del P. Estrada que abordara el difícil y debatido tema de la FAMILIA. La respuesta del P. Estrada se convierte en una inquietante pregunta: ¿Cómo le va a su familia?. Este libro enfoca con serenidad y, al mismo tiempo, con energía, los difíciles momentos por los que atraviesan muchas familias: la falta de comunicación, el divorcio, el alcoholismo, la infidelidad, la lucha de generaciones, la secularización. Como experimentado pedagogo y sacerdote, el P. Estrada expone sus profundas reflexiones que, seguramente, serán de gran utilidad para que muchas de nuestras familias, de babeles de infelicidad se conviertan en cenáculos de gozo y bendición de Dios.

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1.

Crisis en Nuestros Hogares

En la novela española, «El diablo cojuelo», hay un personaje que va por encima de las casas, levantando los tejados y observando lo que hay adentro. Si tuviéramos el poder de este curioso personaje, quedaríamos asombrados al ver tanta amargura, tanta desilusión, tanta frustración en muchos hogares. Un siquiatra de Estados Unidos afirmó que el 75% de los matrimonios de ese país son «desdichados». Es algo que deja sin aliento. No cabe duda de que una epidemia maléfica está desbaratando nuestras familias.

Nuestros hogares, cada vez más, se están convirtiendo en pequeños hoteles a los que los miembros de la familia casi sólo llegan a comer y a dormir. Allí se ve televisión, se leen los periódicos, se escucha música; pero casi no se platica; se gritan mucho unos a otros; el dialogo casi ha desaparecido por completo. ¿Que les estará pasando a nuestras familias?

Al principio, cuando Dios instituyó la familia, le fijó leyes y normas para su felicidad. Cuando esas normas y leyes se quebrantan, todo se viene abajo. Lo que antes era gozo, paz, cordialidad, se convierte en amargura, en desilusión. Es necesario que nuestras familias sean sometidas a un serio examen, a la luz de la biblia. En la Palabra de Dios se exponen pistas muy concretas para que las familias reencuentren el sendero que las llevará a recobrar la armonía, el gozo de vivir en familia.

¿A favor del Machismo?

En la carta a los Efesios, se lee: «El esposo es la cabeza de su esposa como Cristo es la cabeza de su Iglesia» Ef 9, 23. Algunos hombres creen encontrar aquí la defensa de su espíritu machista. En el contexto no se habla de una «superioridad» del hombre con respecto a la mujer. Todo lo contrario: Se hace resaltar que Cristo, como cabeza de su Iglesia, vino a servirla, a sacrificarse por ella. Por eso terminó lavándoles los pies a sus apóstoles. Al hombre, por su misma psicología, se le ha escogido para llevar sobre sus hombros la tremenda responsabilidad de ser «la cabeza de su hogar», de ir adelante abriendo camino para su esposa y para sus hijos. La mencionada frase de San Pablo, no favorece el «machismo», sino mas bien acentúa la responsabilidad del padre de familia de asumir el peso de ir en la vanguardia enfrentando las más duras situaciones para buscar la felicidad de su esposa y de sus hijos.

En la primera carta de San Pedro, se lee: «Esposos, denles a sus esposas el honor que les corresponde» 1P 3, 7. San Pedro fue casado; conocía muy bien lo que era un hogar. Por eso realza el lugar de privilegio que le corresponde a la mujer dentro del

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núcleo familiar.

Durante el noviazgo, los novios se deshacen en atenciones hacia la novia. Parece que se quieren convertir en alfombras para que ellas pasen encima. Pero los tiempos cambian: durante el matrimonio, una de las características de los esposos es su indiferencia, su falta de finura, de cortesía. Ahora quieren que la esposa sea una alfombra que esté continuamente bajo sus zapatos. ¡Sería bueno resucitar, de alguna manera, aquellos chispazos del noviazgo en que el aparecía con un regalo de vez en cuando! ¡Habría que desempolvar algunos piropos que no se le han dicho a la esposa desde hace mucho tiempo! ¿Cuándo fue la última vez que el esposo invitó a la esposa a salir juntos para charlar, para tomar una taza de café? Es algo muy simple, pero que tiene mucha incidencia en la armonía familiar. La esposa, en el fondo de su corazón, está reclamando a gritos esas pequeñas atenciones. Por su orgullo femenino, tal vez, no lo expresa, pero lo desea ardientemente.

La misma carta a los Efesios, dice: «Esposos amen a sus esposas como Cristo amó a su Iglesia y dio la vida por ella» Ef 5, 25. La manera como Cristo amó a su iglesia, como esposo, que se sacrificó por ella. Murió por ella. El verdadero amor no consiste en pensar como una persona me puede hacer feliz a mí, sino cómo yo puedo hacerla feliz a ella.

San Pablo no favorece el «machismo»; recalca, más bien, la responsabilidad del marido como «cabeza de su hogar», como responsable de la felicidad de su esposa y de sus hijos.

Retrato de mujer

En el libro de proverbios hay frases bellísimas que enumeran las bondades de la

esposa. Escojo algunos versículos del capítulo 31: «Mujer ejemplar no es fácil de hallar.

«Brinda a su

«Se reviste de fortaleza y

con ánimo se dispone a trabajar

enseñanzas

pero tu eres la mejor de todas».

Toda mujer debería esforzarse por reflejar en su vida ese bello retrato del ama de casa que muestra el libro de Proverbios.

Cuando eran novias, se arreglaban con pulcritud, con esmero. Pero ahora, no es raro, que dejen mucho que desear en su presentación personal. Tal vez no meditan suficientemente que su marido llega de la calle, de ver y tratar con mujeres muy bellas; si las encuentra desarregladas, indiferentes, no experimenta ninguna atracción normal hacia

De mas valor es que las perlas. Su esposo confía plenamente en ella

esposo grandes satisfacciones todos los días de su vida

«Habla siempre con sabiduría, y da con amor sus

».

».

».

».

Sus hijos y su esposo la alaban y le dicen: «Mujeres buenas hay muchas,

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ellas. La Biblia dice: «Maridos amen a sus esposas como Cristo ama a su Iglesia» Ef 5, 25. La Mujer debe cooperar para que su esposo se sienta emocionado al verla, al volverla a besar, a saludarla.

Es muy conveniente, también, que la esposa reflexione acerca de sus temas de

conversación con el marido. Es extremo tedioso para el marido, que vuelve de su trabajo, cansado y, a veces frustrado, encontrarse con una esposa que solo sabe hablar de pañales

y de pleitos de cocina. ¡Como habría que resucitar algunos de aquellos deliciosos diálogos del tiempo del noviazgo!

Salomón escribió: «Es mejor vivir en el desierto que con una mujer rencillosa e iracunda» Pr 21, 19. La mujer con facilidad se llega a aburrir con los monótonos quehaceres domésticos, y se vuelve quejumbrosa. Sin darse cuenta, puede contagiar a su esposo y a sus hijos su pesimismo y mal humor. La Biblia señala que ella debe infundir «fortaleza» en su hogar. Es muy notorio que así como el hombre con facilidad olvida pequeños detalles de cortesía, así también la mujer «conserva» por muchos años los rencores que se anidan en su corazón, que bloquean su relación íntima con su esposo y que, a la postre matan el amor.

Las esposas, con frecuencia, deberían meditar en el capítulo 31 del libro de Proverbios, y preguntarse seriamente si esos bellos versículos son una realidad en su vida de madres y esposas.

Los hijos

Modernamente se habla de producir hijos artificialmente, en probetas. Lo cierto es que los «verdaderos» hijos son el producto del amor de esposo y esposa, no de la

química. Los padres no traen a los hijos al mundo para que sean infelices, sino para que puedan realizarse en la vida y se cumpla en ellos el plan de amor con que Dios los envió

a la existencia.

Educar a un hijo es una hazaña. Sobre todo a un hijo joven o adolescente. En esos difíciles tiempos de nuestra historia, muchos padres están totalmente desorientados. No saben encontrar el camino del equilibrio para no ser unos tiranos con sus hijos, ni unos débiles educadores que no saben hacer respetar las normas propias de toda familia.

El libro Eclesiástico dice: «El que mima a su hijo, después tendrá que vendarle las

heridas, y, al oírlo gritar, se le partirá el corazón

«Caballo sin amansar se vuelve

terco, e hijo dejado a sus anchas, se desboca

temblar

Es necesario que los padres no se den por vencidos; que con amor sepan imponer

». «Sé blando con tu hijo, y te hará

».

»

Eclo 30.

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una amorosa disciplina que lleve a los hijos al convencimiento de que sus papás quieren para ellos lo mejor; que si les tienen la rienda corta -como dice el Eclesiástico- es por su bien. Los hijos deben estar seguros de que sus padres no los disciplinan por cólera, sino por amor. Por otra parte, hay que recordarles a los hijos lo que les ordena la biblia:

«Honra a tu padre y a tu madre, para que seas feliz y tengas una larga vida sobre la tierra» Ef 6, 2.

En el capítulo segundo de San Lucas, se puede apreciar cómo el adolescente Jesús ha recibido una buena educación en su hogar. Entre líneas, se pueden leer muchas cosas en lo que respecta a la clase de familia de Jesús; a su educación. En primer lugar se les queda sin pedir permiso en el Templo. Cuando lo encuentran, Jesús no da ninguna explicación aceptable desde un punto de vista humano. Afirma que se quedó porque debe «cuidar las cosas de su Padre». Aquí, de por medio, está el misterio. Expresamente el evangelista dice que José y María no comprendieron. Pero María, no renunció a su deber de madre; reprochó a Jesús, le hizo ver su error, según ella. Seguramente no armó un escándalo. María, en esta oportunidad, tiene que haber obrado con la cordura que la caracterizaba. Al no comprender la respuesta de su Hijo, dice el Evangelista que calló y guardó todo este incidente en su corazón. Es decir, procuró encontrar una «explicación» a todo lo que estaba sucediendo. Es uno de los pasos más difíciles en el proceso educativo: saber reflexionar para encontrar el camino adecuado para llegarle al corazón al hijo adolescente o joven.

A Jesús lo encuentran dialogando a cerca de las Escrituras, nada menos, que con los doctores de la ley. Esto implica que Jesús había sido adoctrinado en las Escrituras por sus padres. En la familia Judía era el padre el encargado de catequizar a la familia. Aquí no se puede pasar por alto el influjo que pudo haber tenido San José en la educación religiosa de Jesús.

Ir de Nazaret al Templo de Jerusalén implicaba una dura travesía de unos ciento cincuenta kilómetros por malos caminos. Como Dios así lo mandaba, aquella familia inmediatamente emprendió el viaje. Para ellos la Palabra de Dios estaba sobre todo. Jesús desde niño, es enseñado a cumplir con los deberes religiosos. A imponerse cualquier sacrificio para no fallar a lo que Dios manda. Así había bebido Jesús la religión en su hogar, no como un purgante, sino como agua pura que brotaba de la vivencia religiosa de José y de María.

Algo indispensable

Cuando se examinan los fracasos en la educación familiar, no es aventurado afirmar que ha faltado una formación religiosa. Algunos padres dicen: «¡Pero si nosotros vamos todos los domingos a misa!». No se trata de ir a misa los domingos. Eso hasta se ha

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convertido en algo tan mecánico, a veces, que habría que examinar si brota del corazón o del miedo a romper la tradición familiar.

La verdadera formación religiosa nace cuando los hijos ven que su familia toma como la cosa más natural el orar juntos, el meditar en la Palabra de Dios, el vivir según las normas del Evangelio. Una familia religiosa reza con naturalidad tanto a la hora del dolor como a la hora de la felicidad. Cuando los hijos ven que la religión para sus papás no es una cosa de «costumbre», sino «algo Vital», entonces le aprecian verdaderamente, aunque, de momento, no logren comprender la profundidad de esas vivencias religiosas. En muchas familias el aspecto religioso es más algo de «tipo tradicional» que «vivencial», y, por eso mismo, el joven, al darse cuenta de lo poco que eso repercute en la vida de sus padres, opta por despreciar la religión; la considera como una hipocresía.

Un día el joven tendrá una crisis religiosa -Posiblemente al estar terminando el bachillerato o al ingresar a la universidad-; esta crisis le servirá para plantearse una serie de problemas que como niño no había podido resolver. Esa crisis, en cierto sentido, es buena, porque permite al joven tener una respuesta personal ante lo religioso. Para que esta respuesta sea positiva, ayudará, grandemente, el recuerdo vivencial del puesto que en su familia se ha dado a Dios y a su Palabra.

Algunos papás que se permiten menospreciar la religión, no saben del mal que les hacen a los hijos. ¡Cómo cambiarían su actitud, si, como educadores, pudieran conocer la inseguridad que eso crea en los jóvenes! Son muchos los psicólogos renombrados de la actualidad que cada vez más, están acentuando la necesidad del aspecto religioso para la formación integral del individuo.

Hay que tender un puente

En el capítulo segundo de San Lucas, no deja de impresionar que Jesús -que se supone bien educado- se quede en el templo, sin avisar a sus padres. Son muchas las explicaciones que los comentaristas nos sirven. Lo cierto es que nunca quedamos conformes. El misterio está allí. Y lo admirable del asunto es que María no se puso histérica en medio de la plaza. Dice el evangelio, que «no entendió»; pero que «callaba y meditaba en su corazón». Bonito el diálogo entre la madre y el adolescente. La madre busca en lo profundo de su corazón como encontrar un camino para acercarse a su hijo. La madre intenta tender un puente de comprensión para meterse en el mundo de su hijo adolescente.

Nunca los padres lograrán entender «totalmente» sus hijos adolescentes o jóvenes. El motivo es fácil de comprender; entre ellos median 20 ó 30 años de vida. ¡Un abismo de años difícil de salvar! Y no se trata, en realidad, de comprender plenamente al hijo

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adolescente; pero sí de tener un puente de comprensión. Y aquí el adulto lleva la parte principal porque, por eso mismo, que es adulto, a él se le exige mas reflexión y comprensión. Hay familias en las que se enzarzan en discusiones inútiles que a nada llegan y que sí hieren profundamente la sensibilidad tanto de padres como de hijos. Por ejemplo, cuando se trata de modas, maneras de vestir, pelo, música. Los padres

sostienen que los «Valses de sus tiempos» ¡esos» si eran música»!, y que la de ahora no

Después de haberse herido mutuamente, los padres se

sirve para nada, pura basura

quedan con los «Valses de sus tiempos», y los hijos con sus guitarras eléctricas y su batería. Estas cosas inútiles entorpecen la armonía de la familia. En cambio, hay que acentuar los principios básicos, los verdaderos valores que no pasan de moda.

María, que calla y medita para comprender a su hijo adolescente, continua siendo el modelo de los padres a quienes, en vez de gritar y regañar, les convendría mas saber «callar y meditar» como tender ese «difícil» puente hacia el corazón de su hijo adolescente o joven.

No sólo crecer en estatura

En Nazaret, «Jesús crecía en edad y sabiduría», dice el evangelista Lucas (Lc 2, 52). ¡Cómo se alegran los padres cuando a sus hijos ya no les vienen los pantalones:

están creciendo! ¡O cuando las hijas se van haciendo señoritas! Los padres gozan constatando el progreso de sus hijos en la escuela, en los deportes, pero, no pocas veces, le dan mínima importancia al crecimiento espiritual de los hijos. Se le da un valor máximo a los conocimientos de tipo intelectual, y se descuidan los valores verdaderamente indispensables.

De nada sirve que los papás se preocupen de que sus hijos vayan bien vestidos a la escuela, y que aprendan inglés y obtengan buenas calificaciones, si esos hijos no han aprendido lo fundamental que los ayudará para no ser unos «Fracasados» en la sociedad.

Los hijos deben ver, como en una película, la manera correcta de vivir de un cristiano, en el ejemplo vivo de sus padres. No se trata de largos sermones dichos con cólera. Se trata, más bien, de un ejemplo constante que los hijos se tiene que acostumbrar a ver en sus papás.

Si los hijos se dan cuenta de que la mamá continuamente dice mentiras al telefonear; si descubren que su papá tiene una doble vida, una de drasticidad en la casa, y otra de liviandades fuera del hogar; si ven que sus padres viven en una continua pelea; si no observan compasión por el necesitado, caridad hacia los demás, entonces, no tendrán en su vida un punto de referencia para orientarse en lo relacionado con los valores fundamentales que deben aprenderse a vivir en cada hogar.

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Seguramente Jesús no sorprendería a José diciéndoles mentiras a sus clientes que llegaban a la carpintería. A María, en el Evangelio, se le adivina siempre en actitud de servicio hacia los demás. El Niño aprendía de sus padres, y «Crecía en edad y sabiduría» (Lc 2, 52).

El hogar es la escuela indispensable en donde los hijos con sus mejores maestros - Sus padres- deben aprender a vivir cristianamente. Entonces, van a crecer no sólo en estatura, sino también en espíritu.

Si el Señor no construye

Todo esto sería una vana ilusión si no se contara con la ayuda que viene de lo alto:

con el poder del Señor. Bien dice el salmo 127: «Si el señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles». La felicidad de un hogar no puede prescindir de la presencia de Dios. No es raro que los esposos se sorprendan si se les pregunta si rezan juntos. Como si fuera algo raro: debería ser lo más normal que marido y mujer - Tomados de la mano- oraran diariamente. ¿Romanticismo barato? No; una necesidad vital. ¿Qué de raro hay en que marido y mujer oren juntos por su niño enfermo o por el joven que está siendo vapuleado por el ambiente infectado de negativismo religioso?

San Juan Crisóstomo decía que todo hogar debería ser como una pequeña iglesia.

Algo sagrado. A algunas familias les está resultando de gran bendición reunirse alrededor de la mesa después de haber cenado para leer una página de la Biblia y hacer una oración

familiar, con espontaneidad, según las circunstancias

recomendable costumbre, es muy bueno que la adquieran. Al principio habrá dificultades; pero no saben ¡qué bendiciones tan grandes atraerán sobre la familia!.

En momentos de crisis espiritual en el pueblo judío, cuenta el libro de Josué, que el pueblo estaba tambaleando con respecto a su religión. Fue entonces cuando Josué dijo:

«Mi familia y yo serviremos al Señor» Jos 24, 15. Eso es lo que se les está pidiendo, en estos momentos de crisis familiar, a los padres: que cierren filas, que protejan su hogar, que se den cuenta de que «si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles». (Sal 127, 1).

Si algunas familias no tienen esta

Nuestro tesoro

Nadie escogió la propia familia. Los padres no seleccionaron a sus hijos. El esposo, tal vez, no es el mejor esposo del mundo; pero es el propio esposo. La esposa, tal vez,

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no es la mujer ideal; pero es la propia esposa. Un día, ante el altar de Dios, marido y mujer se juraron mutuo amor, fidelidad para siempre. Con nuestra familia sucede como con nuestra patria. Hay otras naciones que tienen más aviones, más máquinas, más petróleo, más computadoras. Pero nuestra patria no la cambiamos por nada del mundo. Es nuestro tesoro. Es el hogar en donde Dios nos colocó para que construyamos nuestra felicidad. Cada uno debe colaborar para que se haga realidad ese ideal.

El hogar no lo forman las paredes de la casa, ni la refrigeradora, ni el carro, ni el televisor. Lo esencial del hogar es el amor. La comprensión entre esposo y esposa, padres e hijos, no se puede parangonar con un televisor a colores ni con una cuenta bancaria muy elevada. La palabra hogar trae a la mente la idea de «hoguera», algo cálido. Eso es el amor en el hogar. Cuando falta, habrá, tal vez, una bonita casa, bien amueblada, pero allí no existe un «hogar».

Don Bosco a sus educadores les decía: «Amen a los jóvenes: pero que ellos se den

cuenta de que ustedes los aman». Y tenía mucha razón. No basta querer: el hijo debe

tener muestras fehacientes de que sus padres lo aman

más que un carrito de juguete, más que un viaje, los hijos anhelan la caricia de sus papás, la palabra amorosa y comprensiva; que los papás sepan robarle el tiempo a la televisión,

Eso es lo que constituye el verdadero hogar, ese

al periódico para platicar con ellos tesoro que Dios nos ha regalado.

José, seguramente, tenía buenos muebles en su carpintería; pero, más que a sus muebles, a su negocio, le dio importancia a su familia, a su amor de padre que se patentizó en todo momento, sobre todo en las circunstancias críticas. María, en el templo, en vez de ponerse a gritar con cólera a Jesús, su hijo enigmático, supo callar, meditar la manera de que la armonía familiar no se hiciera añicos.

Cuando esposo y esposa, cuando padres e hijos buscan, bajo la mirada de Dios, esos puentes que salvan los abismos de incomprensión, entonces nuestras casas dejan de ser pequeños hoteles o pensiones para convertirse Nazaret de amor y de armonía.

Más que una chumpa de cuero,

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2.

Una sola Carne

Cada día, nos encontramos con más niños que nos hablan de su «otro papá», de su «otra mamá». Con razón el Concilio Vaticano II afirmaba que el divorcio es una «Epidemia» de la sociedad, que está destruyendo nuestras familias. Muchos jóvenes le tienen pánico al matrimonio porque han visto lo desastrosa que es la vida conyugal en sus propios hogares. Parece que algunos, cuando van al matrimonio, ya llevan, en su subconsciencia, la idea de divorciarse, apenas aparezcan las primeras dificultades.

Los fariseos, con la intención de hacer resbalar a Jesús le hicieron una entrevista acerca del divorcio. La respuesta del Señor es para nosotros de suma importancia porque nos descubre el pensamiento de Jesús con respecto al divorcio.

Los fariseos comenzaron por recordar que Moisés había permitido el divorcio. Jesús les hizo ver que Moisés había permitido el divorcio por la testarudez del pueblo, para evitar un mal mayor. Pero les recalcó: «EN EL PRINCIPIO NO FUE ASÍ» Mt 19, 4. El libro de Génesis narra claramente que cuando Dios creó la primera pareja, tuvo la

intención de formar un matrimonio estable. Jesús citó las palabras del Génesis: «Dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer; y los dos serán UNA SOLA CARNE» Gn 2, 24. Jesús añadió su comentario personal: «Por eso no separe el hombre

lo

que Dios ha unido» Mt 19, 6.

En el plan de Dios, el divorcio no tenía cabida. Para Dios, hombre y mujer, esposo

y

esposa debían unirse formando «una sola carne», una sola persona. Nadie debía

intentar romper ese vínculo matrimonial que Dios había establecido. Un matrimonio religioso tiene la finalidad de repetir la escena del Génesis: unir al hombre y la mujer para siempre con la bendición de Dios.

Una ayuda adecuada

Muy tierna la escena del libro de Génesis en la que Dios ve la soledad de Adán y piensa en regalarle una compañera. Dice el Señor: «No está bien que el hombre esté solo; le voy a dar UNA AYUDA ADECUADA» Gn 2, 18. Esta simple frase, AYUDA ADECUADA, define exactamente lo que es un matrimonio. Dos compañeros de viaje que el Señor junta para que se ayuden mutuamente en su peregrinaje a través de la vida.

Simbólicamente el Génesis cuenta que la mujer fue sacada de una costilla del hombre. El antiguo libro judío, «Talmud», –que comenta la escritura–, sostiene que Dios no sacó a la mujer de la cabeza del hombre para que no lo dominara; no la sacó de los

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pies, para que no fuera su esclava; la sacó de su costado para que estuviera siempre cerca de su corazón. En el Génesis no hay cabida para la «liberación femenina», porque allí no se habla de una «esclava», sino de una compañera en iguales condiciones. No hay lugar tampoco para el «machismo», porque no se habla de un capataz y una sirvienta. El Génesis presenta el matrimonio como UNA SOLA CARNE. Una sola persona formada por esposo y esposa.

Para nosotros el matrimonio es un Sacramento: algo Santo, algo Sagrado. Cuando la Iglesia celebra un matrimonio, busca repetir la escena bíblica de la bendición de Dios para el hombre y la mujer. Una comparación puede ayudar a comprender mejor en qué consiste el Sacramento del Matrimonio. Cuando comienza una misa, al lado del altar, hay un panecillo de harina -la hostia-; la pueden tocar el acólito y el sacristán; pero llega el momento de la Consagración; el Sacerdote repite las mismas palabras de Jesús en la Ultima Cena; entonces, aquel pan queda consagrado: es el Cuerpo de Jesús. Por la fe así lo creemos. Ya el sacristán o el monaguillo no pueden tocar la Santa Hostia. Los novios llegan al pie del altar, hacen su voto matrimonial ante Dios, y, en ese momento, se convierten en «algo sagrado»; han «consagrado» su amor el uno al otro, ante Dios, para toda la vida. Por eso afirmamos que el Matrimonio es un Sacramento; la petición de lo que Dios consagró «en el principio».

Una cadena

Hay algo particular en este Sacramento en relación a los demás Sacramentos. En el Bautismo el ministro ordinario es un Sacerdote; en la Eucaristía es un sacerdote como también en la Reconciliación. En la Confirmación es un Obispo. En el Matrimonio, en cambio, los ministros del sacramento son los mismos novios. Son ellos los que «se casan»; el sacerdote no los casa; el sacerdote únicamente es representante de la Iglesia:

un testigo.

El casamiento de los dos novios se verifica de una manera muy sencilla, por medio de una de las palabras más pequeñas de nuestro vocabulario: un «SI», que los novios se han venido repitiendo el uno al otro, muchas veces, y que, finalmente, han decidido pronunciarlo como juramento para toda la vida. Por eso escogen la casa del Señor para ese instante tan trascendental de su vida, y, por eso mismo, invitan a un sacerdote para que sea testigo de parte de la Iglesia. Además, en ese momento, quieren estar rodeados de sus familiares y amigos más íntimos porque van a llevar a cabo uno de los actos más importantes de su vida.

Durante la ceremonia del matrimonio, a los nuevos esposos se les «ata» con una cadena para simbolizar el pacto que acaban de hacer. Algunos, con cierto pesimismo, ven esa cadena como la «pérdida» de su libertad; pero el verdadero sentido cristiano de esta

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cadena es simbolizar la «máxima libertad» de poder amarrarse para siempre a la persona con la que quiere vivir para toda la vida, ante Dios y ante los hombres.

Todo al revés

Con frecuencia se escucha la broma de algunos que dicen que el matrimonio es como la «Divina comedia» al revés. La «Divina comedia», del poeta Dante, tiene tres partes: Infierno, Purgatorio y Cielo. Los bromistas afirman que el matrimonio comienza con un cielo, sigue un purgatorio y termina en un infierno. Esta broma denota algo trágico de nuestra sociedad: la crisis de los matrimonios, que está asolando a muchísimas familias, las está haciendo trizas. Es impresionante el dato de un psiquiatra de los Estados Unidos que afirma que 2 de cada 3 matrimonios de ese país son desdichados. Es algo que verdaderamente asusta.

La estadística actual de divorcios es algo aterrador. Son innumerables las personas frustradas después de un fracaso matrimonial, y son muchos los hijos con serios traumas debido, muchas veces, a la inmadurez e irresponsabilidad de sus padres.

Para llegar al Sacramento del Matrimonio debe existir la base de un serio noviazgo, período de conocimiento mutuo de los novios y de profunda reflexión ante Dios. Es común que el tiempo del noviazgo se caracterice por romanticismos banales y por una serie de descuidos y liviandades que de ninguna manera contribuyen a la madurez que requiere el noviazgo como paso previo hacia el matrimonio. Es un contrasentido que los novios pretendan la bendición de Dios para llegar a un buen matrimonio, si su noviazgo se caracteriza por faltas que, precisamente, van contra la voluntad de Dios. Mientras no haya noviazgos serios, se soportarán serios problemas en los matrimonios.

Son muchos los hogares infelices; pero la infelicidad no era la meta de los ilusionados novios el día que se acercaron al altar para sellar su compromiso. Lo triste del caso es que de los hogares mal avenidos saldrán los hijos mártires que llegarán al mundo para sufrir por la inconsecuencia y la inmadurez de sus padres.

El capítulo 19 de San Mateo refiere que, en cierta oportunidad, los Apóstoles comentaron con Jesús las grandes responsabilidades que conlleva el matrimonio, y le dijeron: «Señor, entonces, es mejor no casarse». Jesús puntualizó: «No todos pueden con eso, sino los que han recibido ese don» Mt 19, 10-11. Según Jesús, Dios concede una «gracia especial» para los que son llamados a la vida matrimonial; esto, muy claramente, patentiza que sin esa gracia -don- es imposible poderse desempeñar bien en el matrimonio. ¿No será esta gracia de Dios la que está faltando en muchos matrimonios? Un día los novios llegaron ante el altar; pidieron la bendición de Dios; pero es muy posible que se hayan olvidado de que esa bendición es como una lámpara de aceite a la

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que hay que estarle renovando el aceite para que no se apague. Muchos, un día, pidieron la bendición de Dios para su matrimonio; pero dejaron que se apagara esa luz que se les había regalado.

Al ver algunas parejas, más que «una sola carne», parecen dos contrincantes en los

extremos de un cuadrilátero. ¿Cómo hacer para que el cuadrilátero se convierta en hogar, o para que el hogar no llegue a ser un cuadrilátero?

¿Se les olvidó platicar?

Durante el noviazgo la cuenta del teléfono subía exageradamente; los novios platicaban largo y tendido, a toda hora. Las visitas a la casa de la novia se prolongaban hasta desesperar a los parientes. Ahora, en cambio, la conversación entre los esposos se caracteriza por desabridos monosílabos. Ya no se platica; se rehuye el diálogo. La televisión y el periódico son un buen pretexto para ensimismarse en un silencio pesado y distanciador.

Si no se dialoga, sí se grita; se ofende con palabras zahirientes. Se dicen «cosas»,

que abren profundas heridas, que después cuesta mucho cerrar. Todo esto mata el amor, porque el amor es comunicación, compartir, dar y recibir. En muchos hogares como que se les olvidó platicar, y eso es terrible. Vivir con alguien, durante muchos años, y no saber platicar con esa persona, es algo que no puede recibir el nombre de matrimonio.

Las pequeñas cosas

La etapa del noviazgo se caracteriza por la delicadeza. Cada uno de los novios procura ganarle al otro la inventiva; es una porfía romántica. El regalito el día de cumpleaños, imposible que se pueda olvidar. Un piropo estudiado durante varias noches. Una refacción en una sencilla cafetería. Todo tiene su halo de poesía. ¡Lástima que estas cosas, tan pequeñas y bellas, se reservan sólo para el tiempo del noviazgo! Son cosas sencillas, pero que patentizan que hay una llama que está ardiendo. El descuido de estas cosas simples es fatal. También la polilla es diminuta, pero con facilidad destruye una enciclopedia. El no valorizar estas pequeñas finuras va minando el matrimonio.

A las vírgenes necias, de la parábola, se les apagaron sus lámparas porque

descuidaron renovar el aceite. A los nuevos esposos, el día de su boda, junto al altar, se les entrega la lámpara radiante de su amor; pero no hay que olvidarse de renovar continuamente el aceite de las delicadezas de todos los días, que es el aceite que impide

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que se apague la lámpara.

El corazón es alcancía

Nuestro corazón puede convertirse en alcancía en donde podemos guardar monedas de plata, de gratos recuerdos y nobles sentimientos, o alfileres y botones de resentimientos. Muchos corazones, de esposas o esposos, están saturados de resentimientos, de heridas recibidas de parte de su cónyuge. Lo peor del caso es que «no se quiere olvidar». La persona como que tiene miedo de salir perdiendo, si olvida, si no está sacando a relucir continuamente la herida que recibió. Esto hace que el corazón se vaya envenenando, y, entonces, adiós amor; adiós vida íntima, adiós matrimonio. El resentimiento es como leucemia: envenena la sangre, y la muerte del matrimonio es inevitable.

San Pablo acentúa que no debe sorprendernos la noche con el rencor en el corazón. Sabia norma de los esposos debería ser pedirse perdón con frecuencia. Sobre todo -lo más difícil- saber perdonar a diario. Rogar a Dios que el corazón se conserve limpio de resentimientos, de odios. Entonces el corazón se convertirá en alcancía que irá archivando las cosas bellas de la vida familiar, que le van dando sabor al hogar, al diálogo, al amor sincero.

Dios se paseaba

El simbolismo bíblico del Génesis retrata a Dios «paseándose» en el paraíso y visitando a sus moradores. Allí hay gozo, paz, luminosidad. Pero llega el rompimiento, y, por primera vez, aparecen el miedo, el terror, la inseguridad, el egoísmo. Necesitan «esconderse». El esposo culpa a su mujer: «La esposa que me diste me indujo a comer del fruto» Gn 3, 12. La esposa, cuando se vio manchada, tuvo miedo de estar sola; le presentó el fruto a Adán. En ese momento Dios ya no «se paseaba» en ese hogar.

Los constructores de la torre de Babel tuvieron la misma experiencia. Se sintieron muy seguros de ellos mismos, y rompieron con Dios. Al poco tiempo, ya no se entendieron entre ellos mismos; tuvieron que separarse. Babel significa confusión. Confusión es la que se vive en muchos hogares en los que «no se pasea Dios», en donde se pretende construir una torre de felicidad a base de comodidades materiales; pero en donde a Dios se le tiene como a un «desconocido», y, peor aún, como a «un expulsado».

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Dice el Evangelio que una casa se puede construir sobre roca o sobre arena Mt 7, 24-27. La roca es el Señor. Muchas casas en donde el Señor «no se pasea», aparentemente, tienen atractivas fachadas; pero a la hora de la crisis, se derrumban:

estaban construidas sobre arena. El hogar, en donde «se pasea el Señor», está sobre una roca. No se le promete que no tendrá huracanes y torrentadas, pero se le garantiza que no se derrumbará.

María y José iniciaron su vida matrimonial con serios problemas. Cuando José vio los signos de embarazo en su prometida, mil ideas comenzaron a revolotear en su mente. ¿Llevarla a los tribunales? José era un hombre «justo» y determinó sacrificarse, irse al extranjero para no perjudicar a María, a quien seguía amando. En la vida de ellos «se paseaba» el Señor; él no los podía abandonar; y no los abandonó. Los dos encontraron el camino de Dios, que es camino de equilibrio y de paz.

Los cónyuges, en crisis hogareña, podrán acudir a sicólogos y consejeros matrimoniales -y es muy laudable que lo hagan-; pero el amor es un «don» de Dios y, como dice el Salmo 127: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles». Hay muchos matrimonios cansados, buscando la solución de sus problemas en muchos lugares, pero se les ha olvidado que la torre no se puede construir mientras el Señor no «se pasee en el hogar».

Hogares, hogueras

Si las casas tuvieran paredes de cristal, ¡cuánta amargura y frustración se podría contemplar dentro de algunos llamados hogares! Hogar viene de hoguera, y denota algo cálido, acogedor, algo que se busca con ansia. Más que hogueras, algunos hogares modernos, parecen refrigeradores. En un ambiente de frialdad, nadie quiere vivir, por eso, ella comienza a sentir su casa como una pequeña jaula, y él le da varias vueltas a la manzana antes de decidirse a llegar a su casa.

Hay que reconstruir muchos hogares. Los cónyuges deben volver a reubicarse en su papel de compañeros de viaje, de «ayuda adecuada» el uno para el otro. Ser como Dios los ideó: «una sola carne». Hay que tener mucho cuidado, entonces, para que no se repita la historia de la torre de Babel. No se puede construir una torre hogareña, si Dios no «se pasea» a diario en el corazón de cada uno de los habitantes del hogar. Dios no instituyó el matrimonio para que los hogares fueran «sucursales» del infierno, sino nidos de amor y paz en donde esposo y esposa fueran una ayuda adecuada, el uno para el otro, a través de su éxodo hacia la eternidad dichosa.

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3.

El Amor en el Matrimonio

Sería muy conveniente que, sin que los novios se dieran cuenta, les filmaran un videocassette en los momentos en que se dan muestras superabundantes de su cariño o de lo que ellos, por el momento, llaman amor. Este videocassette habría que exhibírselos diez años después: cuando ya fueran marido y mujer. Tal vez no se reconocerían; tal vez pensarían que no son ellos los efusivos novios que no terminaban de acariciarse y besarse.

Los novios llegan ante el altar, según dicen, incendiándose de amor. Sólo el tiempo podrá ser juez de si, de veras, era amor o una simple atracción natural del hombre a la mujer y de la mujer al hombre. Sólo las abundantes «pruebas» de la vida tendrán la última palabra acerca de si había amor o si era simplemente una pasión natural.

La palabra amor se repite, machaconamente, en cada estrofa de las canciones de moda. Pero la palabra amor «se ha devaluado» en gran manera. A veces se llama amor a lo que es una «TRANSACCIÓN COMERCIAL»: Te doy para que me des. Me diste cinco, te devuelvo cinco. Si te doy seis, salgo perdiendo.

El comerciante atiende con refinamiento a los clientes; casi se creería que ama a sus clientes. Pero, en realidad, lo que busca es el dinero de sus clientes. El amor comercial se puede disfrazar de cortesía, pero, en el fondo, no busca el bien de la otra persona, sino el propio beneficio.

Los novios aseguran que se «aman». Cada uno de sus abundantes suspiros dicen que son expresiones de su «intenso» amor. Se abrazan, se besan. Muchas veces, el enamorado ama su yo en el tú de la otra persona. Se ama a sí mismo. Busca su propio deleite. Es por eso tan difícil evaluar el amor de los enamorados, un amor «romántico». Sólo el tiempo podrá juzgar si en esas indiscretas muestras de cariño de los enamorados había auténtico amor.

El novelista ruso, Dostoievski muestra el caso de uno de sus personajes que continuamente habla de amor a la humanidad. Era su tema favorito. Se le llenaba la boca hablando del amor a los demás. Pero este típico personaje odiaba al que vivía con él porque se sonaba la nariz con estruendo y porque al comer «hacía mucho ruido». Aquí está esbozado el clásico amor «humanista»; un amor muy en «abstracto», fuera de toda realidad. Se ama al prójimo, pero de lejos, sin molestarse en atenderlo, en bajar hacia él cuando está en necesidad. Abundan los «comunistas de cafetería». Pretenden arreglar las necesidades de los otros desde la mesa de un restaurante; pero nunca se les ve, codo con codo, junto al necesitado.

Los hippies salieron a las calles con sus vestimentas estrafalarias y con sus cartelones que decían: PAZ Y AMOR. Pero fueron crueles con sus papás; los dejaron

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llorando en sus casas. Los martirizaron con sus irresponsabilidades y acusaciones.

El auténtico amor

Es tan difícil poder asegurar que amamos a los demás. Nuestros hechos anulan nuestros discursos acerca del amor. Sólo Jesús pudo decir con libertad: «Ámense unos a otros como yo les he amado» Jn 13, 34.

En el huerto de Getsemaní, a Jesús le invadió el terror ante la inminencia de su pasión. El sabía que por medio de su sacrificio iba a salvar a los hombres; por eso aceptó el cáliz que Dios le presentaba. Lo hizo por amor. Bien dijo el mismo Jesús que «no hay amor más grande que el del que da la vida por un amigo» Jn 15, 13. El amor de Jesús es un amor «de sacrificio». Se entrega a su dolorosísima pasión porque ama a los hombres y quiere que se salven.

En la última cena, el Señor ya sabía que los apóstoles lo iban a traicionar; sin embargo, los llama «amigos»; les lava los pies; reza por ellos para que puedan volver al camino correcto después de haber sido «zarandeados» por el espíritu del mal. El amor de Jesús es un amor «comprensivo. Acepta a los demás como son, con sus virtudes y sus fallos.

El amor de Jesús es un amor «perdonador». A Pedro le anticipa de que antes de que el gallo cante, lo negará tres veces. ¿Porque tuvo que mencionar Jesús al gallo? Quería darle a Pedro una señal de tipo auditivo. Cuando, más tarde, Pedro escuchó el canto del gallo, se acordó de que Jesús ya se lo había profetizado; que ya le había anticipado que había rezado por él, es decir, que Jesús ya lo había perdonado previamente. Si Pedro no hubiera escuchado el canto del gallo y no se hubiera acordado del perdón anticipado de Jesús, se hubiera derrumbado psicológicamente ante su tamaña traición. Pedro, al recordar el amor perdonado de Jesús, se puso a llorar «amargamente»; eso lo salvó de la desesperación.

El amor sacrificado, comprensivo y perdonador de Jesús es el patrón para poder evaluar nuestro propio amor.

Nuestro amor

En muchos matrimonios se estila el amor «comercial». Viven en la continua competencia del «te doy para que me des». Si él no da, ella lo castiga sexualmente; él,

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por su parte, contraataca con una venganza de tipo económico. Y así les pasa el tiempo. El día que uno de los dos acepte que amar es «sacrificarse» por el otro, tendrá que renunciar a su actitud comercial en su relación matrimonial para buscar el bien del otro. En ese momento habrá comenzado a amar a su cónyuge.

A muchos matrimonios se les va el tiempo en lamentos; ella no acepta que su esposo no sea el «príncipe azul» con el que había soñado. El no se resigna a que ella no sea la «heroína» de la telenovela que se imaginaba.

Lo cierto es que los príncipes azules y las heroínas de película sólo existen en las mentes de los poetas. En el matrimonio solamente existe ese esposo y esa esposa con sus defectos chocantes, pero también con sus múltiples virtudes. Es el padre o la madre de esos hijos que Dios ha regalado. Es el esposo o la esposa que el Señor ha permitido encontrar en los misteriosos caminos de la vida. Es el esposo o la esposa a quien se ha jurado amor para toda la vida, junto a un altar.

San Pedro, como persona casada que fue, daba un sabio consejo a los matrimonios; les decía: «Tengan un mismo pensar y un mismo sentir, con ternura, con amor

fraternal

No devuelvan mal por mal o un insulto, al contrario, devuelvan una

bendición

»

(1P 3, 8-9).

Para llegar a ese «mismo pensar y sentir», de que habla San Pedro, es indispensable el diálogo. Es el medio eficaz para conocer el punto de vista del propio cónyuge. Para saber por qué llora, por qué sufre, por qué reacciona en determinada forma. Cuáles son sus gustos y qué le molesta y le tortura. Lastimosamente los esposos hablan muy poco. A veces creen que dialogar es atacar verbalmente al otro, echarle en cara con ira sus desaciertos. Esto no conduce a nada positivo. Al contrario, empeora las situaciones. Abre heridas difíciles de cerrar.

Los novios se caracterizan por el «mucho hablar»; siempre encuentran un pretexto para llamarse por teléfono, para comunicarse. Los esposos, en cambio, se caracterizan por su comunicación reducida a la mínima expresión. Por eso abundan los malos entendidos, la falta de comprensión, el litigio verbal, que hiere como un látigo, y distancia a los cónyuges.

Si esposo y esposa «dialogaran» más, pelearían menos, y llegarían más fácilmente a ese «mismo pensar y mismo sentir» a que alude San Pedro. Esposo y esposa deberían resucitar aquellos dulces diálogos que los hacían tan felices. Deberían desempolvar los piropos de otros tiempos que sanaban las heridas que mutuamente se habían causado. Dialogar es aprender a vivir en paz.

Amor = perdón

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La película LOVE STORY puso de moda la frase «Amar es no tener que pedir perdón nunca». Una frase propia de película, pero muy alejada de lo que debe ser la realidad del amor en el matrimonio. El verdadero amor en el matrimonio se demuestra aprendiendo a pedir perdón muchas veces; dando el primer paso hacia la reconciliación, sin esperar que sea el otro el que tome la iniciativa de dar ese difícil paso de humildad.

Nada enferma tanto como el resentimiento, acumulado durante años en el corazón. Hay un momento en que el corazón se satura y el amor ya no tiene cabida en él. Nada tan nocivo como el rencor que carcome la mente y el corazón. La Biblia alude al caso de Saúl. Primero aparece como un hombre gozoso, lleno del Espíritu Santo. Luego deja que la envidia y el resentimiento se apoderen de su corazón. Se torna un individuo totalmente neurótico. La Biblia afirma que «lo atormentaba un mal espíritu». Saúl estaba dominado por el odio que había anulado su gozo de antes. En muchos matrimonios, el resentimiento alimentado durante mucho tiempo, impide que los esposos puedan comunicarse íntimamente. El rencor deforma la realidad: todo se ve negativo en el cónyuge; ya no se logran apreciar sus talentos, sus bondades.

San Pablo daba un consejo sapientísimo; decía Pablo: «Que no se ponga el sol sobre su rencor. No le den oportunidad al diablo» (Ef 4, 26-27). Cuando los cónyuges se van a dormir con resentimiento en su corazón, el diablo aprovecha para revolver la subconsciencia; para multiplicar los pensamientos negativos, para acentuar los defectos del propio cónyuge. Nadie puede tener paz mientras su corazón está lleno de alfileres de resentimiento.

Pedro le preguntó a Jesús por el número de veces que debía perdonar al enemigo. Jesús, con su lenguaje figurado, le contestó: «Setenta veces siete», que significa infinidad de veces, siempre. Una señora hizo la multiplicación: 70 por siete igual a 490 veces; y dijo: «¡Esa cuota ya se me agotó con el sinvergüenza de mi marido!». En el pensamiento de Jesús no existe ninguna cuota estipulada para las veces que hay que perdonar. Mientras no exista perdón en el matrimonio, habrá dos personas conviviendo, pero sin que haya un auténtico matrimonio, pues la base del matrimonio es el amor. Mientras no haya corazones sanados de todo rencor, es muy difícil que pueda haber paz en los hogares. La raíz de muchos divorcios habría que buscarla en la falta de perdón, en la acumulación de resentimientos en el corazón -como en un archivo negro-; un día finalmente se terminó el aceite del amor y ya resultó imposible seguir viviendo unidos. El divorcio espiritual precede al divorcio legal.

Un examen peligroso

Para los alumnos siempre hay algún examen al que le tienen miedo. Unos le temen a las matemáticas; otros al Inglés, a la Física, a la Química. En el campo del matrimonio, el

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examen más terrible es el examen acerca del amor. Es el examen más comprometedor. Nunca se sale bien parado. Nunca se alcanza una calificación muy alta. Esto no debe llevar a la depresión, al desánimo, sino a buscar las causas que han debilitado el amor en el matrimonio.

José de Egipto había recibido una terrible herida de parte de sus hermanos: primero habían intentado matarlo; luego habían optado por venderlo como esclavo. Un día, aquellos hermanos, por falta de alimentos, llegaron a Egipto en donde José era Virrey. Los hermanos no reconocieron a José. El sí supo quiénes eran, desde un primer momento. Seguramente su terrible herida volvió a abrirse. Se comunicaba con ellos solamente por medio de un intérprete, pues les hizo creer que no conocía su lengua. Luego comenzó a jugarles malas partidas: les escondió objetos preciosos de la corte en su equipaje. Seguramente José, en su subconsciencia, estaba reviviendo todo el dolor de la herida que sus hermanos le habían causado. Hubo un momento en que José recordó los sueños proféticos que Dios le había regalado. Comenzó a llorar impetuosamente y ya no pudo seguir simulando; se abalanzó hacia sus hermanos para abrazarlos y para darse a conocer. Por medio del llanto abundante José logró sanar su corazón herido por la ingratitud de sus hermanos. Mientras no los perdonó, no quiso comunicarse con ellos ni abrazarlos. Mientras esposo y esposa no se hayan podido perdonar, mientras no lloren su pasado y saquen, por medio de las lágrimas, todo rencor, no podrá haber comunicación entre ellos; no podrán abrazarse, no podrán relacionarse ni física ni espiritualmente.

San Pablo escribió: «El amor de Dios ha sido derramado en nosotros por medio del Espíritu Santo que nos ha sido concedido» (Rm 5, 5). El amor de Dios es como aceite que el Espíritu Santo derrama sobre nosotros. Cuando el amor de Dios ha caído sobre nosotros, puede seguir fluyendo hacia los demás. Esposos y esposas, a diario, deben suplicar que en ellos se derrame el amor de Dios para que siga fluyendo hacia el esposo, hacia la esposa. El aceite del amor de Dios, muchas veces, se termina en nosotros, por nuestro descuido, por nuestro alejamiento de las cosas del Señor. Como a las vírgenes necias, se nos apaga nuestra lámpara porque se termina el aceite. Esposo y esposa, con frecuencia acuden a «misas de casamiento». Es un momento adecuado para que revivan el don de su matrimonio y para que renueven el aceite de su amor. Mientras Adán y Eva tenían buena relación con Dios, también podían tener óptima comunión entre ellos mismos. Cuando rompieron su «hablar con Dios», se rompió, al mismo tiempo, su diálogo matrimonial. En ese instante él le alegó a Dios que toda su desventura había sido causada por la «odiosa» mujer que le había dado. La mujer ciertamente no se quedó callada; también ella habrá expresado su amargura con palabras desabridas.

Mundialmente el día del cariño se celebra el 14 de febrero. Se le llama el día de los enamorados. Pero el preciso día de los enamorados debería ser el sexto día de la creación cuando Dios creó al hombre y le entregó a su compañera para que fuera una «ayuda adecuada». Dice la biblia que Adán exclamó: «¡Esta sí que es carne de mi carne!» Gn 2, 23. Fue un poema de amor muy primitivo, pero saturado de autenticidad.

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El Señor unió al hombre y a la mujer en matrimonio. El permitió que se encontraran el uno al otro. Que se juraran amor para toda la vida frente al altar. Ahora lo que Dios quiere es que sean «ayuda adecuada» el uno para el otro. Que se ayuden mutuamente durante el peregrinaje a través de la vida. Que se amen de corazón, Que es la única manera de vivir en paz y armonía. Dios los unió para que se amaran no con un amor comercial o romántico, sino con un amor fuerte que es sacrificio, perdón y comprensión.

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4.

Los Papeles en el Matrimonio

En una obra de teatro, cuando uno de los actores intenta acaparar él solo la atención del público, olvidándose de los demás compañeros de escena, la obra se desmorona inmediatamente. El secreto para el éxito de una obra de teatro es que cada uno de los actores procure desempeñar su papel a cabalidad, en equipo. En el matrimonio sucede lo mismo: cuando el esposo o la esposa no cuidan de su parte o interfieren en el papel del otro, inmediatamente comienzan a aflorar graves problemas en el hogar.

Una cabeza

La carta a los Efesios indica claramente que el hombre debe ser «la cabeza del hogar». Aquí no se propicia ningún machismo, ni autoritarismo de parte del esposo, ni mucho menos la superioridad del hombre con respecto a la mujer. Este no es el pensamiento de la Biblia; la Escritura pone al hombre y a la mujer en el mismo plano. San Pablo, por eso, explica con suma claridad en qué consiste «ser cabeza». Hace ver cómo Cristo es «cabeza de la Iglesia», por que se sacrifica y se entrega por ella. Así el esposo, en la vanguardia, va abriendo paso a su familia y, en esa línea de fuego, se sacrifica y entrega por su esposa y por sus hijos.

San Pedro fue casado. En su primera carta aconseja tratar a la esposa con suma delicadeza. Las palabras de Pedro son muy escogidas: «En cuanto a ustedes los esposos sean comprensivos con sus esposas, denles el honor que les corresponde, no solamente porque la mujer es más delicada, sino porque Dios en su bondad les ha prometido a ellas la misma vida que a ustedes» (1P 3, 7). Pedro es consiente de que la mujer es el hermoso regalo que Dios le ha entregado al hombre. Así se ve expuesto también en el Génesis en el momento en que Dios le regala a Adán una compañera: Adán se entusiasma vivamente, y ambos reciben la bendición de Dios para ser «una sola carne».

La cabeza está fallando

Una de nuestras tristes realidades en nuestro ambiente latinoamericano es que la cabeza del hogar -el padre- está fallando en muchos hogares. Son múltiples los motivos. Los horarios tan apretados en el trabajo hacen que el papá casi no se encuentre con sus hijos. Cuando el papá se da cuenta, ya sus niños se han convertido en adolescentes y

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jóvenes, y él es para ellos un perfecto extraño. Hablan con la mamá, pero al papá lo ven como alguien muy «lejano».

Debido también a las infidelidades matrimoniales -que nunca permanecen para siempre ocultas- y por los desastres que causa el exceso de licor por parte del padre, muchos hijos han llegado a perder el aprecio de sus respectivos papás. Es por eso que el papá, para mantener su autoridad, tiene que recurrir al «matonismo» y las órdenes autoritarias. En muchos hogares, los hijos están recibiendo una educación materna, nada más, porque la figura del padre se ha difuminado en lo que respecta a la educación; se le considera como un proveedor y no como educador.

Debido, también, a las ideas machistas con respecto a la religión, el papá se precia de no ser religioso, y hasta se burla de la esposa que acude a la iglesia. Esto incide negativamente en la educación integral de los hijos que se valen del ateísmo práctico de su papá para evadir sus responsabilidades religiosas. En esta forma, el papá también está perdiendo su liderazgo en lo que respecta a la educación espiritual de su familia.

Como en una obra de teatro, cuando el actor principal comienza a fallar, la obra se viene abajo de romplón, así en el hogar se nota el descalabro cuando el padre ha perdido su papel de «cabeza del hogar».

La ayuda adecuada

A muchas mujeres, con ideas exaltadas acerca de la «liberación femenina», les disgusta que San Pablo hable de «cabeza del hogar»; creen que es como un paso previo hacia una «esclavitud» doméstica. Pero no es éste el pensamiento de San Pablo.

El mismo San Pedro, que insiste en que se trate a las esposas con suma delicadeza, también aconseja a las esposas que se «sometan» a sus maridos. El verbo «someterse» no indica, en el contexto de la Biblia, que la mujer deba ser «alfombra» para que el marido la pisotee. Lo que San Pedro quiere recalcar es el papel importante de la mujer en apoyo de su marido, que va adelante, en la línea de fuego, abriendo campo para su familia.

En nuestra sociedad, algunas veces, se ha estilado educar a la mujer para que sean una «muda alfombra» para el esposo. Este no es el pensamiento de la Biblia: en la Santa Escritura la mujer es un bello regalo de Dios, la «ayuda adecuada» para su esposo. Lo mismo que el esposo es inigualable regalo de Dios para la mujer. Ambos se complementan y se acompañan en el viaje hacia la eternidad.

Otra triste constatación, en nuestro medio latinoamericano, es que debido a que el padre ha fallado, repetidas veces, como cabeza del hogar, la mujer ha debido tomar sobre

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sus hombros el pesado encargo de ser «padre y madre» a la vez en lo que respecta a la educación de los hijos. Tal vez a esta situación, las mujeres en sus discusiones con el marido hacen ilusión a «mis hijos» como que los hijos fueran solamente de ellas.

Cuando la esposa habla de «mis hijos», inconscientemente está exteriorizando una cruda realidad: el esposo ha pasado a ocupar un «segundo plano» en su vida. A la luz de la sicología y de la Escritura, el esposo debe preceder a los hijos. San Pablo en su carta a Tito, les aconseja a las ancianas que enseñen a las jóvenes esposas a amar a «sus esposos y a sus hijos». Así en ese orden: primero los esposos y luego a los hijos. Esto hasta puede llegar a sonar «algo raro» para algunas madres, que piensan que lo primero son sus hijos. Se olvidan que antes estuvo su marido y luego vinieron los hijos.

Estas situaciones anormales de nuestro ambiente casi no se enfrentan; más bien se soslayan y se intenta aceptarlas pacíficamente. Lo cierto es que cuando en un hogar se han trastrocado los papeles, los hogares comienzan a convulsionarse.

La mujer liberada

El capítulo 31 del libro de Proverbios enfoca la figura de una esposa dedicada a los quehaceres domésticos; no se exhibe como una mujer «no liberada»; todo lo contrario:

se proyecta como una mujer gozosa, entregada a su esposo y a sus hijos, que la alaban y la bendicen. Algunos versos del mencionado capítulo: «Su esposo confía plenamente en

«Sus

hijos y su esposo la alaban y le dicen: Mujeres buenas hay muchas, pero tú eres la mejor de todas». Esta es la mujer «liberada» que resalta la Biblia. Ella juega un papel primordial en el hogar, sin que su esposo se sienta «manipulado». Es la mujer que se ha convertido en verdadera «ayuda adecuada» para su marido y para los hijos.

El tema del amor siempre está de moda. Pero ¡qué frívolos tantos discursos acerca

del amor!: se han cortado con los patrones de telenovelas y del cine. Allí se exaltan los ardores románticos; no se habla para nada del sacrificio, de la entrega, de la renuncia. Muchos jóvenes llegan al matrimonio ardiendo de romanticismo; pero a la hora que debe aparecer el «verdadero amor», hecho de sacrificio y entrega, no aflora este amor por

ningún lado; entonces viene el rompimiento, la desilusión resulta que sólo existía un romanticismo pasajero.

San Pablo voló muy alto cuando habló del amor en el capítulo 13 de la primera carta a los corintios. Algo sublime: «Tener amor es saber soportar, es ser bondadoso, es no tener envidia ni ser presumido, ni grosero, ni egoísta, ni guardar rencor, es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo» 1Co 13, 4-7. Seguramente a San Pablo nunca le

Se creía que había amor, y

«Brinda a su esposa grandes satisfacciones todos los días de su vida»

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hubieran llamado como consultor para una telenovela o una película norteamericana que abordaran el tema del amor.

San Pablo es un hombre práctico; no se anda por las ramas cuando trata de definir en qué consiste el verdadero amor. Soportar. Perdonar. Dar siempre una nueva oportunidad. Eso es lo que escasea en el hogar. Se espera que sea el otro el que «soporte», el que «perdone», el que «crea». Y esto es el acabóse del amor en un hogar. Mientras no se aprenda a perdonar, a soportar, a creer, la palabra amor será la palabra más sin sentido que aparezca en el vocabulario.

Como el primer día

Cuando Dios unió a la primera pareja, impulsó sus corazones para que se buscaran y se encontraran. Los bendijo y les señaló la pauta para que fueran felices. Les dijo que debían ser «una sola carne». Algunos han entendido eso de ser «una sola carne» al estilo freudiano, algo muy relacionado con la piel. Pero «una sola carne» -una sola persona-, en el sentido bíblico es una relación total de amor. No es el amor artificial de las revistas ilustradas. No es el amor de muchas de las canciones, sino el amor del que sabe que no está solo en el escenario; el amor del que con humildad cumple su papel y busca sacrificarse para que los demás estén bien. Del que ora todos los días a Dios para no ser un estorbo en su familia y para saber servir a todos con amor y entereza. Cuando cada uno desempeña su respectivo papel de esposo y esposa, entonces la familia llega a ser ese «hogar, dulce hogar» que soñó el poeta.

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5.

Plagas de Nuestras Familias

Una película española tiene un título muy llamativo: «¿Y la familia? -Bien, gracias». El título de este film es muy desafiante, pone el dedo sobre la llaga de la sociedad: la familia convulsionada. Una de nuestras preguntas más repetidas es: «¿Y la familia?». Automáticamente respondemos: «Bien, gracias». Esta respuesta intenta esconder algo que nos duele confesar: nuestra familia no anda nada bien; es un desastre. Una gran mayoría de familias están siendo vapuleadas por los vendavales del materialismo y por una sociedad consumista que está convirtiendo en máquinas a los seres humanos. Si hay algo que falta en muchas familias es, precisamente, un poco de armonía, de paz, de serenidad, de bendición. Algunas familias, sin ningún temor, podrían ser catalogadas como «sucursales del infierno».

¿Y qué sucede con nuestras familias para que exista tanta infelicidad bajo sus techos? Son muchos los factores negativos que están incidiendo en el desmoronamiento de nuestros hogares. De manera especial, quisiéramos hacer resaltar algunos de ellos que son como plagas maléficas que están destruyendo uno de los tesoros más bellos: la familia.

El egoísmo

Egoísta es el que quiere que lo tengan en el centro de todas las atenciones; quiere que lo miren, que lo amen, que lo escuchen, que lo sirvan. El egoísta no tiene ojos ni oídos para ver los problemas de los demás, para escuchar las penas de los otros; el egoísta nunca hace un favor, a no ser que espere algo como intercambio. El egoísta está centrado en su yo. Se considera el centro de su hogar, de su universo.

En el Sacramento del matrimonio, hay una ceremonia muy significativa: la entrega de anillos, que indica la mutua entrega, espiritual y física, de los novios. En muchos matrimonios ha habido una entrega física, pero todavía no ha habido entrega de corazones. Se han reservado muchos secretos. Tienen áreas ocultas de su vida que no han sido abiertas al cónyuge. En estos matrimonios, cada uno está buscando su propio interés; su realización personal. No piensa en favorecer al otro, sino en sacar partido del otro. Ser servido, ser amado, ser acompañado, compadecido, escuchado. Cuando esto sucede, el hogar se convierte en un «ring», en donde hay dos boxeadores que están tratando de imponer su criterio, su capricho, su antojo. Si dos piedras chocan, saltan chispas. Hay violencia. Para terminar con el fuego del enfrentamiento, uno de los dos cónyuges, por lo menos, tendría que convertirse en almohada. Allí caería la piedra y no causaría mayores problemas. Pero, ¿quién quiere ser almohada, ser humilde? Mientras

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marido y mujer, como dos piedras de egoísmo, estén chocando cotidianamente por imponer su manera de pensar, habrá incendio de ira, de rencor, de odio. Es lo que se aprecia en muchos hogares. Se han herido a fondo; el rencor se ha apoderado de los corazones de los cónyuges. Es difícil, entonces, hablar de serenidad, de diálogo, de paz familiar.

Muy apropiado, por eso, el consejo de San Pedro para los casados: «Tengan un mismo pensar y un mismo sentir, con ternura, con amor fraternal. Sean bondadosos y humildes. No devuelvan mal por mal, ni insulto por insulto. Al contrario, devuelvan bendición, pues Dios los ha llamado a recibir bendición» 1P 3,8-9. Este programa, que traza Pedro para los casados, es el consejo más sabio para destruir el egoísmo, para buscar un amor evangélico que, como lo captó muy bien San Francisco, consiste no en buscar ser amado, sino en amar; no en anhelar ser comprendido, sino en comprender. San Pablo muy bellamente llegó a decir que el verdadero amor «todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta» 1Co 13, 7.

Cuando los herreros quieren doblar el hierro, lo someten a alta temperatura; cuando está incandescente, entonces ya pueden doblarlo sin que se quiebre. Nosotros debemos someternos al fuego del Espíritu Santo para ser purificados de nuestro egoísmo que envenena la vida familiar y hace irrespirable el ambiente de tantos hogares. Mientras el grano de trigo no haya sido despedazado dentro de la tierra, no habrá fruto. Mientras esposo y esposa, tercamente, insistan en su necio egoísmo, el hogar seguirá siendo un ring, y no un lugar de paz y refugio.

La infidelidad

El famoso informe Kinsey hizo notar que la mitad de los hombres encuestados admitían que habían sido infieles, alguna vez, en su matrimonio. También muchas mujeres aceptaron que habían sido infieles. Este impresionante «informe» es un reflejo de la sociedad erotizada en la que vivimos, en la que se da un valor absoluto al sexo. Los slogans de nuestros anuncios comerciales, los criterios que invaden nuestros ambientes familiares, la pornografía, que es el pan de cada día, están empujando a muchos matrimonios a la infidelidad. Algunos psicólogos hasta la aconsejan, en determinadas circunstancias. Casi se diría que es un mal necesario.

Nuestro pueblo sencillo repite que «el diablo hace la olla, pero no sabe hacer la tapadera». Muy cierto. Se cree que todo está escondido, que nadie sabe nada. De pronto, todo se llega a saber. Vienen, entonces, esos traumas tremendos en la esposa, en los hijos. Esos silencios pesados, esas desconfianzas entre esposo y esposa. Los hijos ven que su papá, su «ídolo», se viene abajo del pedestal en que lo tenían. ¿ Con qué autoridad viene ahora a exigirles moralidad, honradez?

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Cuando Dios unió a los primeros seres humanos les ordenó ser «una sola carne». El señor no entendió bendecir amoríos, ni «sucursales» fuera del hogar. Claramente, el Señor les advirtió a la primera pareja que si comían del «fruto prohibido», tendrían muerte. No se refería sólo a la muerte física, sino también a la muerte del gozo, de la armonía.

La Biblia señala que podemos tener bendición o maldición (Cfr. Dt 11, 26). Cuando vamos por la senda del pecado, la bendición de Dios no está con nosotros. Todo lo contrario: llevamos desgracia a nuestro hogar, a nuestra vida y a la de los hijos, de la esposa, del esposo. Hay momentos en que no se sabe, a ciencia cierta, qué es lo que sucede en el hogar; hay un ambiente tenso, indeseable. Si se buceara en la conciencia de alguno del hogar, se podría detectar que hay pecado. Por eso la desgracia ha encontrado la puerta abierta para ingresar en esa casa, en esa familia. Es posible que alguna familia esté pasando este mal momento: el adulterio se ha hecho presente con sus secuelas de desgracia. Es posible que alguna familia crea que todo está perdido. El evangelio narra el caso de Jairo, que acudió a Jesús porque su hija estaba gravemente enferma. Cuando estuvo frente a Jesús, unos amigos llegaron corriendo y le dijeron: «Ya no molestes al Maestro; tu hija ya murió». Aquel padre quedó frío. Jesús le dijo, «No temas; solamente ten fe» Mc 5, 36. Aquel hombre se atrevió a creer en las palabras del Señor, Jesús le resucitó a su hija. Para el Señor no hay casos imposibles. Toda familia, que ha sido herida por «la infidelidad», debe acudir al Señor insistentemente en la oración. Debe tener plena confianza que el Señor sigue resucitando muertos.

Deben acudir también a los medios humanos; es bueno consultar a algún consejero matrimonial, a algún psicólogo; pero hay que cuidar que sean muy cristianos, pues, de otra suerte, pueden aconsejar algo que no está en sintonía con nuestros principios evangélicos.

No quiere decir que porque en un hogar se haya introducido la infidelidad, ya no hay esperanzas. Son muchos los hogares, que con la ayuda de Dios y la buena voluntad de los de la familia, han sido restaurados. Han resucitado y han vuelto a vivir en plenitud.

El exceso de licor

El taxista que me llevaba al aeropuerto de Bogotá, en Colombia, al pasar por un edificio de muchos pisos, me dijo: «Allí tengo mis acciones». Me quedé sorprendido, pues veía que el chofer era muy pobre. El se sonrió y me dijo: «Es la licorera más importante del país; allí va a parar el dinero de la mayoría del país». Una gran verdad me estaba diciendo aquel taxista con su broma. El licor es una de las grandes plagas de nuestros países. Cada familia tiene su historia negra con respecto al licor. Son muchos los hogares que se desmoronan, cada día más, debido al alcoholismo.

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La Biblia narra el caso de un buen hombre, Noé, que después del diluvio encontró unas uvas; le gustó en demasía su jugo; bebió y bebió hasta que se emborrachó y dio un pésimo espectáculo ante su familia. Noé lo hizo inocentemente. Desconocía los fatales efectos del licor. En la actualidad, nadie desconoce lo terrible que es el licor. Estamos acostumbrados a ver, con horror, cómo cambia la personalidad de los individuos bajo el efecto del licor. Se embrutecen. Insultan. Golpean a los seres más inocentes. Atropellan. Se animalizan. Sería conveniente que a los borrachos se les tomara un «videocassette» y se les mostrara después para que se pudiera contemplar «animalizados». Son muchas las esposas mártires que esconden su triste historia de golpes, de injusticias, de pobreza, a causa del maldito licor. Abundan los hijos que han quedado traumados por los excesos de licor del papá o de la mamá. De allí vienen su ansiedad, su inseguridad, sus miedos, sus terrores. ¡Y pensar que muchos de esos hijos, al no poder resolver, más tarde, sus traumas, terminarán por seguir las huellas del papá alcohólico!.

Después de la navidad, llegó un señor llorando; durante la fiesta se había emborrachado y había armado un escándalo en su familia. Estaba avergonzado. Le dije:

«Con llorar no se arregla nada; usted necesita demostrarles, con los hechos, a su familia que está arrepentido y que no va a repetirse lo de la noche de navidad». El Señor tiene indicaciones muy concretas para casos críticos de la vida. Dice el Señor: «Si tu ojo te hace caer en pecado, sácatelo y échalo lejos de ti; es mejor que pierdas una sola parte de tu cuerpo, y no que todo tu cuerpo sea arrojado al infierno» Mt 5, 29.

En ciertas ocasiones especiales, el Señor nos exige tomar medidas drásticas. A algunos, que tienen propensión al alcoholismo, el Señor les exige que ni siquiera olfateen el licor. Mientras no se decidan a tomar esa medida «radical» estarán demostrando que no se han convertido; que no están haciendo la voluntad de Dios. Si alguien continúa emborrachándose, no se puede llamar cristiano, seguidor de Jesús. Si no ha cortado con el vicio del alcoholismo, es señal de que su conversión es «ficticia»; el que, de veras, ha «nacido de nuevo», no puede estar reincidiendo continuamente en borracheras.

Es una vergüenza para nuestra Iglesia que muchas fiestas patronales degeneren en excesos de licor, en escándalos. Es una inconsecuencia llamarse cristianos, y no poder celebrar una sencilla fiesta familiar, sin que hayan borrachos y liviandades propias de personas sin Dios, y no de familias que se llaman cristianas.

Al enfermo que se encontraba paralítico junto a la piscina de Betesda, el Señor le preguntó: «¿Quieres ser curado?» Jn 5, 6. Parecía una pregunta sin sentido; se suponía que aquel paralítico estaba allí porque deseaba su curación. La pregunta de Jesús tiene mucho sentido. Muchos enfermos, en el fondo de su subconsciencia, no quieren ser curados; tienen miedo de ser libres; tienen temor de afrontar su nueva situación de gente sana. A muchos enfermos de alcoholismo habría que preguntarles si, de verdad, quieren ser curados. Muchos están aferrados a su botella, que les ayuda a atontarse para no ver su realidad indeseable.

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Con gozo he podido constatar cómo cuando una persona se convierte, de veras, y se entrega al Señor, su problema de alcoholismo se esfuma inmediatamente. San Pablo decía: «No se emborrachen con vino, sino llénense del Espíritu Santo» Ef 5, 18. El que está lleno del Espíritu Santo, tendrá la fuerza suficiente para resistir la mala inclinación hacia el licor. El que tiene el gozo del Espíritu, no tendrá que buscar el gozo artificial en el fondo de una botella.

Si alguien ama a su familia, si no quiere convertir a su esposa y a sus hijos en mártires de su alcoholismo, debe, en primer lugar, llenarse del Espíritu Santo que le proveerá del poder de lo alto para hacer frente a la tentación del licor; luego debe tomar la firme determinación de ni siquiera olfatear el licor, pues el Señor le pide que le entregue ese ídolo que lo está fascinando. Mientras el que tiene el problema con el licor no haya tomado estas determinaciones drásticas, continuará siendo zarandeado por el licor y no dejará de ser verdugo para su familia.

La falta de comunicación

Una encuesta muy confiable dio a conocer que marido y mujer solamente se comunican durante 17 minutos en toda la semana. Algo que causa estupor. Vivimos en la era de las comunicaciones: teléfonos, télex, satélites, televisión, fax, radio, cine. Sin embargo las personas cada día nos comunicamos menos.

Cuando los actuales cónyuges eran novios, no terminaban de hablar. Siempre

buscaban un pretexto para comunicarse. El llegaba a visitar a la novia y, a pesar de que la

La supersticiosa abuelita hasta ponía una escoba

detrás de la puerta para apresurar la partida, pero ¡ni así se iba el novio! ¡Era bello ese tiempo que los novios empleaban en comunicarse! ¡Siempre tenían algo lindo que decirse! ¡Pero, lastimosamente, durante el matrimonio, las palabras se van terminando! Algunos matrimonios ya adoptaron un «lenguaje Morse»: «Si. No. Ah. Vaya». Punto raya. Otros matrimonios ya necesitan de un intérprete. El esposo le dice a la hija: «Decile a tu mamá que no sea tan impertinente». Y la esposa está allí enfrente.

Cuando Jesús quiso llegar al corazón de la perdida mujer samaritana, buscó dialogar con ella. La mujer se resistió al principio; trató de enredarlo en una acalorada discusión. El Señor con amor la fue haciendo reflexionar, hasta que aquella mujer dejó que la Gracia invadiera su corazón. Nuestro pueblo sencillo dice: «Hablando se entiende la gente». Así es. Cuando la gente logra comunicarse, muchos malos entendidos se disipan. Se logra llegar al corazón y a la mente. Cuando la gente no se comunica, abundan los prejuicios, se agrandan los defectos, los errores.

El diálogo no consiste en «cantarle sus cuatro verdades» al cónyuge. Si alguien se

noche avanzaba, no se iba y no se iba

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siente agredido verbalmente, es lógico que se defienda. Entonces habrá una nueva pelea, otro acalorado enfrentamiento. Dialogar es saber buscar el momento preciso y la manera adecuada para decir lo que se debe decir; lo que tiene que ser aclarado. No con la intención de «herir», de «hacer mal al otro», sino de ayudarlo a reflexionar, a mirar imparcialmente un «nuevo punto de vista» que podría arreglar una determinada situación.

Un esposo contaba que su esposa lo había llevado a un juzgado. Cuando estaba ante el juez, ya sin ninguna esperanza de arreglo, al fin pudo escuchar con imparcialidad las razones de su esposa. Nunca antes había escuchado con serenidad. Entonces, se dio cuenta de que ella tenía razón. Se lo dijo. Pero ya era tarde; la esposa no quiso echar pie atrás.

Muchos problemas familiares se solucionarían más fácilmente o se evitarían, si esposo y esposa hablaran más entre ellos; si resucitaran los sabrosos diálogos del tiempo del noviazgo. Si no platican, deben prepararse para pelear. Si no dialogan, terminarán por tirarse los platos, y pondrán en peligro la estabilidad de su familia.

Falta de oración en pareja

Me ha sucedido con frecuencia: llegan algunas parejas a quienes les va pésimamente en su matrimonio. Les pregunto si rezan juntos. Se me quedaron mirando como si les hubiera preguntado si mataron a alguno. La oración en pareja se ha convertido en algo «anormal» en muchos hogares. Debería ser lo más «normal» que marido y mujer rezaran juntos, tuvieran en común a Dios en su vida.

Esta falta de oración en pareja tiene su origen en el propio hogar de los cónyuges:

los actuales esposos no vieron a sus papás rezando juntos. No tuvieron esa indispensable escuela de oración en familia. Dice San Pablo: «Si el señor está con nosotros, ¿quién contra nosotros?» Rm 8, 31. En medio de muchos matrimonios no está el Señor. Es un ausente. Un desconocido. Un marginado.

El Génesis describe a Dios que bajaba a platicar con la primera pareja de la humanidad. Mientras ellos perseveraron hablando con Dios, había armonía en su vida. Cuando dejaron de hablar con Dios, comenzaron a platicar con el mal. Y todo se convirtió en un desastre. Alguien escribió que es imposible divorciarse de la mujer con la que rezas todos los días. Y así es. Mientras el esposo y esposa perseveren «hablando con Dios», él no los dejará desamparados en sus crisis matrimoniales, que nunca faltan.

La Biblia resalta el bello caso del Joven Tobías y de Sara: Tb 8, 1-8. Ella tenía muchos problemas para poder realizar un matrimonio feliz. La Biblia exhibe que algo maléfico se interponía siempre. Lo primero que el fervoroso Tobías hizo, la noche de su

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boda, fue invitar a su esposa a ponerse de rodillas. Juntos, en oración, vencieron el mal que podía haberlos separado. De rodillas es como marido y mujer deben recibir y

despedir el día. De rodillas es como deben enfrentar las crisis matrimoniales, las alegrías

y las penas de toda familia. Jesús prometió que donde dos o tres se reúnen en su

nombre, allí estará el. ¡Qué mejor que contar, día a día, con la presencia de la Gracia del Señor! «Familia que reza unida, permanece unida», decía el Papa Pío XII.

No tengan miedo de gritar

Cuando a alguien se le está quemando su casa, comienza a gritar pidiendo auxilio a Dios y a los vecinos. Si el hogar no marcha bien; si hay amargura, sinsabores, hay muchas personas que pueden ayudar a solucionar esos problemas familiares. Existen sicólogos cristianos, consejeros matrimoniales, sacerdotes, amigos. Lo importante es pedir ayuda. Nada está perdido cuando existe una buena voluntad. El Señor puede enviarle algún ángel -con saco, con blusa o una sotana- para ayudarle a arreglar su situación matrimonial.

No tenga miedo de gritarle a Dios. Cuando Pedro se estaba hundiendo en las olas del mar, le gritó a Jesús pidiendo ayuda. Al punto experimentó la férrea mano del Señor que lo arrancaba del embravecido oleaje. En la oración busque sentir esa mano fuerte del Señor que, un día, le regaló el don del matrimonio por medio de un Sacramento. El Señor lo menos que quiere es que ese regalo, que le entregó junto a un altar, se eche a perder.

Cuando murió Jesús, los discípulos de Emaús creían que todo estaba perdido. Por eso regresaban desilusionados a su pueblo. Ya no había nada que hacer. Tuvieron la buena idea de permitir a un viajero anónimo que los acompañara en su camino. Ese

viajero era Jesús. El comenzó a dialogar con ellos; los hizo reflexionar acerca del plan de Dios en la Biblia. Cuando se dieron cuenta, sentían que les «ardía el corazón», y descubrieron a Jesús Resucitado. Es posible que su matrimonio esté en estado de coma. Que usted crea que ya no se puede hacer nada. Permítale a Jesús que lo acompañe. Déjelo hablar. Háblele. Cuando usted menos lo piense, es posible que sienta que su corazón «vuelva a arder». Es posible que haya una resurrección. Los discípulos de Emaús, en lugar de continuar su camino de derrota, regresaron gozosos a Jerusalén a dar

la noticia de su encuentro con Jesús. Usted, que ha visto cómo Jesús resucita hogares

muertos, puede ser un testigo fabuloso para otras personas que creen que ya no hay nada que hacer por su hogar desmoronado.

En algunas salas se ve un cuadro: un niño colocho que recoge unas virutas; un hombre barbado curvado sobre un banco de carpintería; en un ángulo, hay una mujer con un cántaro. Abajo del cuadro hay un letrero que dice: LA SAGRADA FAMILIA. Tal

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vez, alguno piense que esa familia era un hogar sin problemas. Pero no existe un hogar sin problemas. La familia de Jesús, la Sagrada Familia, tuvo muchísimos problemas. En primer lugar, les costó iniciar. San Mateo expone crudamente la angustia de José, al no encontrar una explicación lógica de los síntomas de embarazo en su novia. Se capta el silencio quemante de María. En seguida vemos a esa familia mendigando un lugar en el pueblo de Belén. Todos les cierran sus puertas. El hijo tiene que nacer en una gruta. Apenas ha pasado la alegría del nacimiento del hijo, ya tienen que huir apresuradamente a un país lejano porque alguien quiere eliminar al Niño.

Nada raro decir que María y José tuvieron al hijo «más difícil». Era Dios y hombre. Había mucho de misterioso en varias de sus actitudes. Con frecuencia no comprendía a su hijo. Sufrían mucho por él. Y él también sufría al ver la pena de sus padres. Era el precio de ser Dios y hombre.

A pesar de esa historia de pobrezas, penas y persecuciones, la familia de Jesús gozó de armonía, de paz, de bendición. Porque allí estaba Dios. Porque en todo se busca el camino del Señor.

Toda familia ha sido llamada a convertirse en «sagrada familia». Se inició junto a un altar con la bendición de Dios. Mientras ese hogar se construya sobre la «roca» de los mandamientos de Dios, podrá haber dificultades, tropiezos, calamidades, pero allí habrá una «sagrada familia» en donde no faltarán la armonía, el gozo, la bendición de Dios.

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6.

La Educación de los Hijos

Con harta frecuencia se escucha decir: «¡Qué mal anda la juventud!». Pero los adultos, que se rasgan las vestiduras al comentar de los defectos de los jóvenes, tienen miedo de preguntarse por qué anda mal la juventud. Tienen temor inconsciente de sentirse señalados, culpables. Lo cierto es que muchos jóvenes «andan mal» porque sus hogares están patas arriba.

Me tocó presidir una reunión de padres de familia; los papás se expresaban con escándalo de lo que hacían los jóvenes «modernos». Los escuché con paciencia durante bastante tiempo. Al final les expuse que, después de muchos años de trabajar con los jóvenes, yo había llegado a la conclusión de que el problema número uno de los muchachos son sus propios papás, su hogar. Ahí los jóvenes se encuentran con que sus padres viven a diario un repetido enfrentamiento; el amor es algo desconocido: más que esposos, los hijos ven en sus padres a dos compañeros que viven en la misma casa. Los adolescentes y jóvenes con sentido crítico saben captar que en su hogar hay «infidelidad»; a veces es tan notoria que ya no se puede ocultar; hay que aceptarla como una cruz en la que toda familia se encuentra en una tortura perpetua. Con rebeldía y desolación, los hijos sufren las consecuencias del alcoholismo de su padre, que engendra pobreza, insultos, hostilidad. La mayoría de los muchachos no perciben en sus respectivos hogares una vivencia religiosa profunda; tal vez existe una «religiosidad» ocasional, sobre todo en los momentos de emergencias; pero los jóvenes, por lo general, no ven en sus padres una religión auténtica que los lleve a ser mejores, más humanos, más rectos, más justos. Más bien observan una religión que se queda en ritos y ceremonias, pero que no tiene ninguna relación directa con la vida de todos los días. Por eso, nada raro que el problema número uno de los jóvenes sean sus papás. La juventud anda mal porque la educación que se imparte en los hogares es un desastre. Porque la «educación» no consiste en imponer una serie de reglas, sino en mostrarle al hijo, con la propia vida, cómo se debe vivir rectamente.

¿Para quién la bofetada?

Don Bosco fue a visitar a una familia. Durante la plática, uno de los hijos profirió una «palabrota». Don Bosco como buen educador, intervino: «Niño, esa palabra no debe decirse». «Mi papá la dice siempre», alegó el niño.

El papá se sonrojó: Don Bosco añadió: «Pero tu papá ya no volverá a repetir esa palabra». Para los niños, sus padres son sus ídolos; al niño le encanta reírse como su papá, peinarse como su papá; repite lo que su papá comenta. A la niña le fascina vestirse

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como su mamá; le copia la manera de telefonear, de atender a las visitas. Pero los niños no se quedan siempre niños. Se convierten en adolescentes, en jóvenes; se despierta su sentido crítico; llegan a tener un «ojo clínico» para observar a sus papás. Si descubren que en ellos hay una doble vida, que hay mentira, «infidelidad», se sienten totalmente frustrados: se vienen abajo sus ídolos. Les cuesta volver a creer en sus padres. Un día les hablaron de la cigüeña, de Santa Claus. Ahora les hablan de honradez, de rectitud. ¡Que difícil que un adolescente, un joven vuelva a colocar en un pedestal a sus papás cuando se han sentido defraudados por ellos!.

El ejemplo es básico en la educación de los hijos. Decía el pensador Bandura que aprendemos lo que sabemos a través de «modelos». Los padres de familia deben ser los mejores modelos para sus hijos. Cuando se enseña con la vida, los «sermones» salen sobrando. Una madre se quejaba de que todos sus hijos se habían hecho marineros; casi nunca podían permanecer en casa. Alguien llegó a visitar a esa madre: observó que en la sala había un cuadro en que se veía un barco y a un navegante con un catalejo en la mano. El visitante le dijo a la madre: «Allí está el origen marinero de sus hijos». Aquellos niños todos los días habían visto aquel cuadro de un marinero en alta mar. El cuadro que día y noche ven los hijos es el ejemplo de sus papás. Es la lección diaria que ellos aprenden de la vida para bien o para mal.

De Jesús dice el Evangelio que «crecía en estatura y en espíritu» Lc 2, 52. Un desarrollo integral: cuerpo y espíritu. Tenía ejemplos vivos en su casa. A José, la Biblia lo llama «justo», que significa, bíblicamente, un hombre a carta cabal. A María el Evangelio la muestra como la que mejor escucha la Palabra y la pone en práctica. El niño, por eso, se desarrolla no sólo físicamente, sino también espiritualmente. Muchos adolescentes y jóvenes se convierten en «gigantes», pero sólo su aspecto exterior; espiritualmente se quedan enanos. La educación en su hogar, el ejemplo de sus padres no los ayuda a desarrollarse integralmente: en el cuerpo y en el espíritu.

El pensador griego, Diógenes, se encontró por la calle a un joven que profería una mala palabra; preguntó quien era el padre; lo buscó, le dio una bofetada, y le dijo: «Hay que castigar la mala palabra del hijo en la boca del padre». Cuando se habla tanto de que la juventud «anda mal», habría que preguntarse a quien hay que darle la bofetada.

La disciplina indispensable

Muchos padres de familia se encuentran totalmente desorientados con respecto a la disciplina que deben emplear en la educación de sus hijos. Existen tantas teorías que en lugar de ayudarlos los confunden. Posiblemente se insiste mucho en «usar guantes de seda». Algún padre de familia alega que tiene temor de «castigar» a su hijo porque puede acarrearse su odio. Lo que sí es cierto que su hijo, un día, le reclamará si lo deja crecer

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como un arbolito torcido y no le pone a tiempo un sostén que le impida torcerse. Lo importante es saber darle al castigo el sentido justo de equilibrio, de amor. Parece contradictorio hablar de castigo con amor. Sin embargo, allí está la esencia del castigo eficaz.

En la vida de Martín Lutero impresiona que él recuerda que su madre lo castigaba con saña, con ira. Su comentario acerca de su madre no es nada halagador. San Juan Bosco también, en su autobiografía, menciona la manera cómo su madre imponía disciplina en su casa. Margarita se llamaba la madre de Don Bosco; era una mujer campesina y viuda. Don Bosco recordaba que en una esquina de la estancia colgaba una varita que se bamboleaba con el viento. Esa varita era símbolo de que su madre no estaba dispuesta a transigir con lo que estuviera fuera de lugar. El santo pedagogo rememora con gozo el día en que él quebró una botella de aceite que se regó por el suelo; el niño ingenuo fue a preparar una varita bien pulida para entregársela a su madre cuando volvía del trabajo. Cuenta el santo que su madre comprendió que él había cometido alguna travesura; se informó acerca del asunto y no empleó la varita. Con seguridad, la madre de Don Bosco empleó pocas veces ese método disciplinario. Don Bosco no la recordaba con resentimiento, sino con ternura. Lutero, en cambio, recordaba con cierto rencor la manera con que su madre lo había disciplinado. Todo está en la manera de aplicar el castigo.

El gran educador Don Bosco afirma que es castigo todo aquello que se pueda pasar como tal. De allí que el santo empleaba como castigos algunas tácticas muy propias de lo que él llama «sistema preventivo». A un joven mal portado lo veía con cierta frialdad. Eso bastaba para que el muchacho procurara remediar su situación para que Don Bosco no lo viera con indiferencia.

Se dio el caso de una jovencita que no llegaba a los quince años; se había pintarrajeado para ir a una fiesta en la noche. Los padres estaban nerviosos; no sabían cómo debían obrar. Hubo un momento en que la jovencita comenzó a gritarles: «Por favor, no me dejen ir a la fiesta». Son los jóvenes mismos los que reconocen que, en determinadas oportunidades, necesitan la «mano dura» de los padres. Hasta podríamos decir que los jóvenes ponen a prueba a sus padres para ver hasta dónde pueden llegar. Si los papás se muestran débiles, el joven mismo se encuentra desconcertado, pues sus propios padres les comunican su inseguridad.

Si el entrenador de un equipo no es capaz de someter a los deportistas a la adecuada disciplina, el resultado será fatal en la competencia. Si los padres de familia no son capaces de exigir siempre rectitud, verdad, justicia, la educación del hijo será un caos. Bien dice el libro Eclesiástico: «Mima a tu hijo y te hará temblar» Eclo 30, 7.

Jesús adolescente se quedó en el Templo sin pedir permiso a sus papás. María y José lo buscaron con angustia durante tres días. Cuando lo encontraron, María lo comprendió; le dijo: «Hijo, ¿por qué hiciste esto? Tu padre y yo te hemos buscado con

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angustia» Lc 2, 48. Jesús era el Enmanuel, el Cristo; no por eso María renunció a su autoridad de madre; le llamó la atención, lo reprendió. Claro está, no armó un escándalo ante todos. El texto deja adivinar la sabiduría con que María encaró a su hijo en situación tan inexplicable.

Los padres que son débiles para exigir disciplina en su casa, un día, tendrán que llorar. Muy bien escribía un pensador: «Es mejor que lloren los niños cuando son niños y no que lloren sus padres cuando sus hijos ya dejaron de ser niños».

Obra de paciencia

Se ha comparado la educación con el trabajo del agricultor. El campesino prepara el terreno, lanza la semilla al surco; debe estar pendiente del sol, de la lluvia; debe arrancar, pacientemente, las malas hierbas, librar las plantas de las plagas, esperar que vaya creciendo lentamente la plantita, que dé los primeros frutos. También se ha comparado la obra del educador con el arte del escultor. A golpe de cincel, el artista va sacando del informe pedazo de mármol una bella estatua.

El gran educador Don Bosco le daba gran importancia a lo que él llamaba la «asistencia» en la educación: el estar siempre al lado del educando. No se trata de una vigilancia detectivesca que anula la personalidad del muchacho, que se siente pesada, que hace que el joven se revele contra la autoridad. Según Don Bosco, la asistencia debe ser como la del ángel que, invisiblemente, se encuentra siempre al lado de su protegido. Los padres deben estar siempre al lado de sus hijos como el ángel, invisiblemente. Los padres deben estar enterados de las compañías de sus hijos, de sus lecturas, de sus espectáculos, de sus juegos. Esto implica mucho sacrificio y los padres tendrán que renunciar a muchas cosas para estar con sus hijos. Este es el «alto precio» que debe pagarse para poder educar a los hijos. Muchos padres de familia rehusan pagar esa cuota de «sacrificio» que se les exige. Un día se arrepentirán de no haberles entregado a sus hijos lo mejor de sus vidas.

El adolescente, el joven son muy maduros de por sí; no se puede pretender de ellos que obren con total corrección. Lo importante es «el método» que se emplea para ayudarlos a «madurar» integralmente. Algunos padres hacen gala de «matonismo»; creen que con gritos van a educar a sus hijos. En el «sistema preventivo» de Don Bosco, se le da suma importancia a la razón, al corazón. Don Bosco insistía en ganarse el corazón del muchacho, en llegarle al corazón. Sólo así se podrá convencerlo. Porque la educación no es asunto de «disciplina militar», sino de moldear corazones por el amor y el convencimiento. Aquí otro gran desafío para los padres de familia. Esta clase de educación exige que los padres antepongan la educación de sus hijos a sus negocios, a sus placeres. En estos tiempos, tan conflictivos, ¿están los padres de familia dispuestos a

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jugarse el todo por el todo en favor de la educación de sus hijos? Según lo que observo a mi alrededor, pienso que una gran mayoría de padres no se han decidido a pagar tan alto precio.

Un dato muy fácil de comprobar. El niño se acerca a su papá para que le responda sus interminables preguntas; para que le arregle un juguete; el papá está embebido en la televisión, o en la página deportiva del periódico. El niño es, propiamente, rechazado como impertinente. El niño, entonces, se va acostumbrando a no poder platicar con su propio padre. Pasan los años. Aquel niño se convierte en adolescente, en joven. El padre tendría tantas cosas qué decirle. El muchacho también quisiera desahogarse con su papá, con su mamá; pero entre ellos no se ha cultivado el diálogo; la comunicación está cortada desde hace mucho tiempo. Lo que se afirma del papá podría también decirse de la mamá, aunque en menor escala. Los padres están demasiado afanados en muchos quehaceres. Se les olvida que ante todo deben contar con el tiempo necesario para la educación del hijo.

Cuando un adolescente, un joven se decide a hablar, a externar sus ansiedades, sus dudas, sus turbaciones, habría que decir que están llevando a cabo una hazaña. Si después de haber hecho esfuerzos inauditos para poder abrir su corazón a su papá o a su mamá, se encuentran con que el papá les dice que será otro día porque no tiene tiempo; si ven a la mamá tan atareada que ya no sabe escuchar, el adolescente, el joven opta por callar. De allí nace el terrible silencio de los jóvenes que no pueden comunicarse con sus propios papás. Observan con tristeza que su papá tiene suficiente tiempo para hablar con sus amigos, con sus clientes; que su mamá se pega al teléfono para platicar largo y tendido con la vecina acerca de los chismes más recientes; pero que no tienen para él, para sus conflictos de su desconcertante adolescencia y juventud.

En la película «Los hijos de Sánchez», se plantea el caso del padre latinoamericano que quiere inmensamente a sus hijos, pero pretende educarlos a base de «matonismo», de brusquedad, de gritos. Todo resulta un fracaso. Hacia el final de la película una hija le suplica al papá que por favor les diga que los quiere. La película termina con una imagen congelada del Padre que intenta decirles a sus hijos que los quiere; pero no le salen las palabras.

Es una realidad muy nuestra. Los padres pretenden educar a sus hijos a base de gritos, de humillaciones. La auténtica educación sólo se logra de tú a tú, por medio del diálogo y no de reprimendas coléricas que son índice de la falta de equilibrio de los mismos padres.

Cuando el joven Jesús se quedó en el Templo, sin previo aviso a sus padres, María buscó a dialogar con su hijo; por eso le formuló una pregunta: «¿Por qué nos hiciste esto?». Lo duro del caso es que Jesús le respondió con otra pregunta: «¿Por qué me buscaban; no sabían que debo ocuparme en las cosas de mi Padre?». Una pregunta respondida con otra pregunta. Difícil problema para María. El evangelio afirma que

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María «guardaba todas estas cosas y las iba meditando en su corazón» Lc 2, 51. María, educadora, le da vueltas al problema; no intenta resolverlo todo a base de reprimendas. Trata de pedir la sabiduría y de buscar una solución humana al caso de su misterioso y difícil hijo. Ese es el papel del padre educador. Tiene que meditar mucho; tiene que pedir discernimiento a Dios, y debe buscar, por todos los medios, una solución para el problema concreto de su hijo. Para eso los padres necesitan tomar muy en serio la educación de sus hijos; recordar que es algo primordial en su misión de padres. ¡Antes que los negocios, que las diversiones, que los amigos, están sus hijos!.

Una religión viva

El Evangelio expone que todos los años José, María y el Niño iban al templo para celebrar las fiestas religiosas. Tenían que someterse a un largo y penoso viaje para cumplir con lo establecido en la ley del Señor. En uno de esos viajes a Jerusalén, se queda el joven Jesús. Cuando lo encuentran sus padres está dialogando con los rabinos - dirigentes religiosos- acerca de la Escritura. Se hace notar que las preguntas de aquel joven les impresionan a los rabinos. La educación religiosa que Jesús ha recibido en su hogar se manifiesta en su diálogo con los doctores de la ley. En el pueblo judío era el papá el encargado de catequizar a la familia; detrás del joven Jesús, que discute con los doctores en el Templo, se adivina la catequesis de José; se intuye también la presencia educadora de María; los estudiosos de la Biblia han podido captar en el Magníficat de María, sus conocimientos y vivencias de la Escritura. Jesús, que discute con los doctores de la ley, en el Templo, es el reflejo de un hogar eminentemente religioso. Por eso la Biblia describe a Jesús que «crecía en estatura y en espíritu» Lc 2, 52.

Algo notorio en las familias es la descristianización; se vive un cristianismo de «ambiente», pero no de corazón. La religión es algo «ocasional», en muchas familias:

para momentos de crisis, para eventos especiales. Los padres han perdido, en muchos hogares, su papel de «sacerdotes». Abundan las familias que se llaman cristianas, pero que no son capaces de rezar en familia. El machismo latinoamericano ha llevado, ridículamente, al padre de familia a avergonzarse de «hablar de las cosas de Dios». En muchos hogares los hijos les pueden dar clases de religión a sus papás. Todo esto indica que en la educación integral: la religión, que no consiste en acumulación de ritos y ceremonias, sino en una relación vivencial con Dios que debe traducirse en la manera de vivir el Evangelio.

El salmo 127 afirma tajantemente: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles». Muchos padres de familia se matan trabajando para que sus hijos tengan alimento, ropa, estudios; pero descuidan la educación religiosa de sus hijos. Habría que repetir lo que dijo Jesús: «¿De qué sirve ganar el mundo si se pierde el

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alma?» Mt 16, 26. Lo más importante para el hijo no es que llegue a adquirir un título universitario o que gane mucho dinero. Lo más importante es que vaya por un camino recto que lo lleve a realizarse aquí en la tierra y lo introduzca en la salvación que Jesús nos ofrece.

Para muchos la religión consiste en «ir a misa» el domingo. ¡Qué religión tan mezquina y pobre! La auténtica religión es la que nos lleva a proclamar a Jesús como el Señor de nuestra vida, de nuestro hogar, de nuestro trabajo, y a vivir, en consecuencia, de acuerdo con el camino que Jesús señala en el Evangelio.

«Familia que reza unida, permanece unida», afirman los que tienen experiencia de una religión vivencial en la familia. La gran mayoría de nuestras familias se encuentran «desunidas» física y espiritual mente. Esas mismas familias, desintegradas y en las que se vive en eternos conflictos, se llaman pacíficamente cristianas. Quiere decir que «esa religión», que están practicando, es falsa. Porque la religión «en espíritu y en verdad», a lo que se refiere Jesús, conduce a una «vida abundante» Jn 10, 10.

Reflejo de los padres

El Rey José de Austria sacaba a los presos de la cárcel para que fueran a barrer las calles. Un jovencito se acercó a uno de los prisioneros y le besó la mano. El rey le preguntó al joven que quién era el señor a quien había besado la mano. «Es mi padre», respondió el joven. El rey dijo: «Dejen en libertad a ese preso; no puede ser un criminal quien educó así a su hijo». Los hijos son el reflejo de sus padres. Esta es una terrible afirmación; equivale a decir que si los jóvenes están desorientados hay que buscar la raíz de su desconcierto en sus hogares, en sus padres. Traer un hijo al mundo es algo muy comprometedor. No se trata sólo de sentirse orgullosamente padre, madre. Implica un vincularse de por vida con el hijo para que crezca como Jesús «en estatura y en espíritu».

Varias matronas romanas mostraban con vanidad su colección de joyas; una de esas matronas mandó a llamar a sus hijos y les dijo a sus compañeras: «Estas son mis mejores joyas». Los hijos son el tesoro más grande que los padres han recibido de Dios. Todos los sacrificios que los padres de familia se impongan para educar lo mejor posible a sus hijos, nunca serán suficientes, ya que moldear el corazón de un hijo es la empresa más arriesgada de la vida. Cuando los padres se deciden a traer un hijo al mundo ¿son conscientes del alto precio que deben pagar para poder educar correctamente a sus hijos?

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7.

El Buen Samaritano en el Hogar

La palabra amor está muy devaluada en nuestra sociedad. En las canciones de moda se identifica amor con pasión, con el egoísmo del que no logra controlar sus malas inclinaciones. Entre los novios, cuando se hablan de amor, lo hacen al estilo de las telenovelas; los novios se guardan mucho de identificar amor con sacrificio, con renuncia, con paciencia.

Un doctor de la ley quiso deleitarse en elucubrar acerca del concepto «amor al prójimo». Jesús no simpatizaba con teorías, que evaden los problemas; lo paró en seco y le narró la impactante parábola del buen samaritano. En la parábola se hace referencia al duro corazón de un sacerdote y de un levita (un seminarista), que por llegar temprano al templo, no atiende a un hombre que está herido a la vera del camino. En la parábola resalta la «compasión» del samaritano que, al ver a aquel hombre sangrando, siente la urgencia de bajarse de su cabalgadura y prestarle los primeros auxilios: echa aceite y vino en sus heridas, y lo lleva a un mesón y paga para que lo atiendan.

Todos hemos sido golpeados, en una u otra forma, por el mal del mundo que se nos acerca y nos maltrata. Cada hogar es un pequeño hospital, en donde todos sufrimos por nuestras respectivas heridas: traumas que venimos arrastrando, neurosis, depresiones, soledad, frustración. El hogar cristiano debería distinguirse por ser un centro de «buenos samaritanos», en donde, unos a otros, nos proporcionemos los cuidados necesarios para curarnos mutuamente las heridas. Lastimosamente, en muchos hogares, en lugar de curar las heridas, se agravan y se aumentan.

Tanto el sacerdote como el levita eran eminentemente «religiosos». Eran gente de la iglesia. Todos sus ritos, sus ceremonias y oraciones no les sirvieron para que sus corazones pudieran tener «compasión» ante el que se encontraba en necesidad. Su religión era falsa.

Si las prácticas de piedad no nos llevan a tener «compasión», amor demostrado en el momento de la necesidad, nuestra religión es «opio» para adormecernos; es pantalla para esconder nuestra verdadera realidad: creernos buenos, cuando en realidad somos muy malos.

Santiago lo había entendido así cuando escribía: «La religión pura y sin mancha delante de Dios Padre es ésta: ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y no mancharse con la maldad del mundo» (St 1, 27).

San Juan también se muestra un auténtico discípulo de Jesús en cuanto a lo que debe ser la religión, cuando escribe: «Si alguno ve que su hermano necesita ayuda, pero no se la da, ¿cómo puede tener amor a Dios en su corazón?» (1Jn 3, 17).

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Si en nuestro hogar, nuestra «religión» no logra que se ensanche nuestro corazón para convertirnos en agentes de consuelo, de perdón, se servicio, de comprensión, entonces esa religión es pura paja que el viento encargará de llevarse arrastrada por el suelo.

El sacerdote y el levita de la parábola le dieron más importancia al reloj, al tiempo, que a aquel individuo ensangrentado que con sus sordos gemidos imploraba auxilio. Ellos pasaron de largo porque se les hacía tarde; podían perderse de la ceremonia.

En nuestros hogares es muy común que nadie tenga tiempo para nadie. El padre adivina una pena quinceañera en su hijo o hija; sabe que debe dialogar con ellos; pero prefiere el periódico o la charla con los amigos. La madre está sumamente afanada en miles de cosas; le da más importancia a la conclusión de sus faenas domésticas que a la «frustración» del marido, que se lee en su frente. El esposo ve que la mamá ya no puede más con ella misma; podría decirle una palabrita de aliento; pero lo domina la urgencia de ver el programa de televisión. El hijo capta que sus padres tienen problemas. Podría hacer algo. Pero prefiere encerrarse en su cuarto y poner a todo volumen su música de onda. Así se olvida de todo. Nadie tiene tiempo para el otro. Se pasa de largo ante el dolor ajeno, del que vive en nuestra misma casa.

El sacerdote y el levita, en el fondo, tuvieron miedo de meterse en un lío, si se detenían a atender a aquel hombre. Tal vez tendrían que llevarlo a algún lugar; se les iba su día de oración. ¡Suficientes problemas tenían con los de su propia vida! El temor a «implicarnos» en el dolor de otros, nos hace cerrar los ojos y el corazón ante el dolor del que vive a nuestro lado. Y seguimos adelante, pensando que los problemas se pueden arreglar solos. Si fuéramos nosotros los que estuviéramos sangrando, ¡cómo nos gustaría que alguien se detuviera, por lo menos, para preguntarnos algo!.

Seguramente cuando el sacerdote y el levita se encontraron con sus amigos, se pusieron a protestar por lo sucedido. Se escandalizaron de la situación de violencia reinante. Le echaron la culpa a la policía. Añoraron viejos tiempos cuando las «cosas no eran así». Hasta, con sentimiento, dijeron: «¡Pobrecito aquel hombre: lo hubieran visto!» Lo cierto, que ellos lo vieron y no hicieron nada.

Las cafeterías están llenas de personas que, entre protestas y rebeldías, denuncian el mal mundo. Pero, al terminar de beber la taza de café, se despiden y no hacen nada. Y la «vida sigue igual».

En nuestra casa, tendemos a ver con lente de aumento los defectos de los demás. Los otros tienen la culpa de tantas cosas. Los padres juzgan inclementemente a los hijos; los hijos quieren perfección en sus padres. Nadie quiere ver sus propios errores. Todos contemplamos las heridas que otros nos han causado; pero no acertamos a ver las que nosotros les causamos a los demás. Pasamos de largo. Y cada uno continúa con su pena a flor de corazón.

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El samaritano no iba ciertamente al templo cuando pasó por aquel camino en donde estaba el hombre malherido. No pudo seguir sobre su cabalgadura; sintió la urgencia de «hacer algo». Llevaba aceite y vino, y echó mano de ellos para prestar los primeros auxilios. Subió al hombre sobre su cabalgadura y lo llevó a un mesón; pagó al mesonero para que lo atendiera.

El poeta Hizani tiene un cuento precioso. Narra que un día apareció un perro muerto en medio de la calle. Todos se rasgaban las vestiduras y lo maldecían. Se hizo presente un hombre de limpio corazón, y les dijo: «No lo maldigan; fíjense en sus dientes que son blancos como las perlas». El poeta afirma que Jesús fue ese hombre de limpio corazón. Encontró a la humanidad hecha un piltrafa y la curó de su mortal enfermedad.

Jesús fue el primer buen samaritano. Se bajó de su caballo. «El verbo se hizo carne y vino a vivir entre nosotros». Curó nuestras heridas con el óleo de su amor, y con el vino de su sangre perdonó nuestros pecados.

El vino representa la sangre de Cristo. Es el único elemento que logra destruir el pecado. Por medio de su sangre derramada en la cruz, Jesús logra que sean perdonados nuestros pecados. El vino del perdón es algo indispensable en nuestro hogar para la curación de nuestras heridas. Vivimos en casas pequeñas; como en un autobús, vamos muy apretados; con el más leve movimiento nos golpeamos mutuamente. Nos herimos con palabras, con actitudes, con silencios. Nuestro corazón va acumulando rencor hasta endurecerse.

Uno de los factores que más anulan el amor en el matrimonio es el rencor amontonado durante muchos años en el corazón. Cuando existe el rencor, ya no puede haber compasión. En muchos hogares los cónyuges, más que «una sola carne», «una sola persona», son dos «compañeros» que viven juntos casi por necesidad, así como los «compañeros de trabajo, están juntos, no por amor, sino por las circunstancias que los obligan a estar el uno junto al otro. En algunos hogares, más que «cónyuges» hay «compañeros» que, como los rieles del tren, avanzan, paralelamente, sin juntarse. El rencor mata el amor.

Los hijos, pretenden perfección en sus padres, no son compasivos para perdonar sus errores. En ellos va naciendo y agrandándose el resentimiento; hasta que su corazón se vuelve indiferente.

San Pablo da una regla de oro para todo hogar: «Que no nos sorprenda la puesta del sol con el rencor en el corazón» Ef 4, 26.

El aceite simboliza el amor. San Pablo dice: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por medio del Espíritu Santo que nos ha sido prometido» (Rm 5,

5).

Cuando alguien ha experimentado el amor de Dios, no puede retenerlo; debe dejar que siga fluyendo hacia los otros. Si hay un lugar de privilegio para que se derrame el

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aceite del amor es el hogar. Allí cada uno debe prodigarse en llevar paz, finura, amabilidad, comprensión. Esa es la mejor manera para ayudarles a los que conviven con nosotros para que se curen sus heridas.

Durante el noviazgo hasta se exageraban las atenciones hacia el otro. Ahora, en la vida real del matrimonio, las personas únicamente pretenden que los demás los «mimen», los atiendan. No les preocupa qué pueden hacer ellos por los demás, sino qué es lo que los otros deberían hacer por ellos.

El buen samaritano no se dejó llevar de un «impulso pasajero» hacia el hombre malherido. Lo llevó a una posada para que recibiera una atención más esmerada; pagó dos denarios por todo lo que pudiera necesitar. Jesús, el primer buen samaritano, después de derramar sobre la humanidad el óleo de su amor, y de curar sus heridas con el vino de su sangre redentora, dejó la Iglesia como lugar de salvación, para sus hijos; instituyó los sacramentos como medio de Salvación, y encomendó a los pastores el cuidado de sus ovejas.

Un hogar sin Iglesia, sin Sacramentos, es un hogar que se va debilitando, que se va aislando de la comunidad, en donde habla el Señor y donde alimenta a su pueblo con el Maná del Nuevo Testamento, la Santa Comunión. La comunión es la mejor medicina contra el egoísmo, que mata los hogares; es antídoto contra el pecado que envenena nuestras vidas.

El buen samaritano, para poder atender al hombre maltrecho a la vera del camino, tuvo que bajarse de su cabalgadura. El amor se demuestra con hechos. Es muy indicativo que Jesús nos adelanta que el día del juicio se nos pedirá cuenta acerca de las obras de amor en favor de los que estaban pasando necesidad: de los que tenían sed y hambre; de los que estaban desnudos y presos. El hogar es donde se debe aprender a ejercitar estas obras de misericordia. Nuestro sabio pueblo dice que no podemos ser candil en la calle, y obscuridad en la casa.

En la primera carta a los Corintios, San Pablo nos da una definición de amor que nada tiene que ver con las cancioncitas eróticas, que se escuchan en las emisoras de radio. Dice San Pablo: «Tener amor es saber soportar, es ser bondadoso, es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta, es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo» 1Co 13, 4-7.

No hace falta salir a la calle para encontrarse con personas maltrechas a la vera del camino. El hogar es un pequeño hospital en donde hay tantas personas con traumas que hacen sangrar el corazón: depresiones, angustias, miedos. Todos tenemos siempre un poco de aceite de amor y de vino de perdón. Pero no siempre queremos bajarnos del caballo, molestarnos para atender a los demás. Jesús, cuando contó la parábola del buen samaritano, no lo hizo para divertir a la concurrencia. Al terminar la parábola, le dijo al interlocutor: «Vete y haz tú lo mismo» Lc 10, 37. La parábola del buen samaritano no es

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un bonito cuento oriental para hacernos soñar, sino para bajarnos de nuestro caballo de egoísmo, y compartir con los necesitados el óleo de nuestro amor y el vino de nuestra compasión.

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8.

Jesús en el Hogar

Muchos matrimonios comienzan con una copa de vino y terminan con una copa de vinagre. Si se examina la causa de su fracaso, se verá que coincide con la falta de la bendición de Dios. A la hora de la crisis matrimonial no estaba Jesús que pudiera cambiar el agua sin sabor del resentimiento, de la frustración, en el vino de la reconciliación, del perdón y de la paz.

Esto, es precisamente, lo que San Juan quiere poner en evidencia en las Bodas de Caná. Allí está Jesús, con su bendición, y, por eso, el joven matrimonio logra superar ese primer momento de dificultad que se presentó, amenazando echar a pique su alegría familiar.

La realidad es que muchos matrimonios comienzan con la bendición de Dios junto al altar, pero luego dejan a Jesús, en la puerta de la Iglesia, y se van solos a su casa. A la hora de la tormenta, no está Jesús que se ponga de pie y calme la borrasca.

La bendición de Dios

La primera bendición de Dios en la Biblia fue para un matrimonio. Apunta el libro del Génesis: “Dios los bendijo diciéndoles: Crezcan y multiplíquense. Llenen la tierra y sométanla” Gn 1, 28. El Señor quiso que el primer matrimonio iniciara con su bendición.

El primer milagro de Jesús lo reservó para un joven matrimonio, en las Bodas de Caná. De manera muy evidente, Jesús estaba demostrando que un matrimonio no podía madurar sin su bendición.

La bendición de Dios, en el Génesis, para el primer matrimonio se evidencia por medio de la buena relación que existe entre Dios y la primera pareja. Dios “baja a platicar” con ellos. Se intuyen la armonía, el gozo, las buenas relaciones de los cónyuges entre ellos mismos y con Dios.

Pero Dios les advierte que esa bendición no es algo definitivo: tienen que cultivarla. Deben demostrarle su confianza y fidelidad no acercándose al árbol prohibido, símbolo del mal, del pecado. Cuando Adán y Eva pierden la bendición de Dios por su desobediencia, todo cambia: ingresa en el mundo el miedo a Dios, la turbación. Entre ellos mismos se inicia el conflicto matrimonial.

El sacramento del matrimonio pretende revivir la escena bíblica del Génesis: la

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bendición de Dios para esposo y esposa. Pero hay que hacer constar que el “árbol prohibido” sigue en pie. En el momento que el matrimonio enfile por la senda del pecado, de alejamiento de Dios, que es acercamiento al árbol prohibido, en ese momento se volverá a retirar la bendición de Dios, y aparecerá el conflicto de tipo personal y matrimonial.

El Salmo 128 compendia las más bellas bendiciones que un matrimonio pueda anhelar. Pero hay que saber leer ese salmo. Las bendiciones anunciadas no son para todos: están reservadas para los que “temen al Señor y siguen sus caminos”. En la Biblia, temer al Señor significa amarlo tanto que se le coloque en el primer lugar de la propia existencia, del propio hogar. Una de las estrofas del salmo en mención dice: “Tu mujer como vid fecunda en medio de tu casa; tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa”. Pero, al iniciar, el salmo ha advertido: “Felices los que temen al Señor y siguen su camino”. Es decir, entonces, que esta bendición, que el salmo enuncia, es solamente para los que “temen al Señor y siguen su camino”.

En la base de las crisis matrimoniales, familiares está la ausencia de la bendición de Dios. Jesús es un desconocido en esos hogares. No es un invitado de honor. No es el Señor de la casa. Por eso cuando falta el vino de la concordia, del perdón, de la paz, no está el Señor para cambiar el agua del fracaso, de la soledad, del adulterio, en el vino del gozo, del perdón y de la paz.

La oración de los esposos

El Libro del Génesis, con bella imagen poética, presenta a Dios que baja a platicar con la primera pareja humana. De esta manera quiere resaltar la buena relación que existe entre aquellos esposos y Dios. Hay oración. Hay armonía, gozo, serenidad. En el instante que ellos pierden su “comunicación” -oración- con Dios, llega la turbación, el miedo el conflicto matrimonial: comienzan a inculparse mutuamente por la frustración por la que están pasando.

Una de las cosas que más impresiona es que son muchos los matrimonios que no oran juntos. Que no se atreven a hacerlo. Que hasta les parece fuera del lugar. Tienen muchas cosas en común: la casa, los hijos, el auto, la cama, la mesa; pero Jesús no está en medio de ellos. No oran juntos. Los hijos no ven a sus padres orando el uno a la par del otro, y, por eso, desconocen lo que es la oración de los esposos.

TOBIAS y SARA tenían muchas dificultades para su matrimonio. Fuerzas misteriosas se oponían a su felicidad. Lo primero que hicieron estos jóvenes esposos fue ponerse de rodillas e implorar la protección de Dios. En esta forma pudieron derrotar juntos el mal que los hostigaba.

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Muchos matrimonios se encuentran totalmente desprotegidos contra los innumerables males que acechan a los matrimonios. Si esposo y esposa oraran juntos, serían una fuerza poderosa contra el mal, atraerían múltiples bendiciones a sus hogares. Es por eso urgente que esposo y esposa se preocupen por revisar esta área espiritual de su vida: su oración en común, en familia. No es posible que falte algo tan esencial para la bendición del hogar. Esposo y esposa no deben sentirse tranquilos hasta que no logren rezar juntos. Es algo básico en su hogar. No es algo suplementario.

Sobre arena sobre roca

Jesús hizo ver que una casa se puede construir sobre ARENA o sobre ROCA. El que construye sobre arena es necio: verá como se derrumba su casa. El que construye sobre roca tendrá la satisfacción de comprobar cómo su casa resiste las inclemencias del tiempo (cfr. Mt 7, 24-27).

Es asombroso ver cómo cuando los esposos forman un hogar en lo primero que piensan es en los muebles, en los electrodomésticos; hacen proyectos, presupuestos, pero en todo este inventario de cosas, no aparece para nada el puesto que Jesús debe ocupar en su casa. Propiamente están construyendo sobre arena. Posiblemente su casa tendrá una fachada muy llamativa; sus amigos pondrán decir: “¡Que bien les va!” El tiempo se encargará de hacer ver que esa casa estaba solamente construida sobre arena, sobre banalidades, sobre valores puramente materiales. Muchos matrimonios en conflicto creen que con ir de vacaciones a Miami; ya todo su problema está conjurado. Pero al volver de sus vacaciones, traen de nuevo su problema, ya que su conflicto no es de tipo geográfico, sino espiritual y sicológico. No tienen la bendición de Dios. Su hogar está cimentado sobre arena y, por eso mismo, no puede resistir las embestidas de los temporales.

A Jesús se le llama “roca de salvación”. Cuando el Señor preside un hogar, la familia tiene la fortaleza de la roca. No se le asegura que no tendrá tempestades y que los ríos desbordados no chocarán contra el hogar. Pero si están cimentados sobre la roca de Jesús, tendrán la suficiente fortaleza para hacerle frente a la infelicidad, al resentimiento, a los celos, a los problemas económicos.

Si el Señor no construye la casa –dice el Salmo 127–, en vano se cansan los albañiles”. No puede existir hogar bien construido espiritualmente, si Dios no ocupa el centro de ese hogar. Tarde o temprano comenzará a desmoronarse. Los constructores de la Torre de Babel demostraron su pericia como arquitectos; habían adelantado mucho en materia de ingeniería; habían logrado levantar grandes ZIGURATS, torres altas. Pero no contaban con la bendición de Dios; la habían despreciado. Cuando menos lo pensaron hubo confusión. Conflictos. Tuvieron que separarse. De nada les sirvió su alta torre, ya que no podían vivir en ella. Los hogares sin Dios, sin Jesús están destinados al fracaso, a

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la confusión.

Amor natural y amor sobrenatural

El organizador de la fiesta en las bodas de Caná hizo una observación: el dueño de la casa había servido el vino mejor al final. No se acostumbraba así. Había invertido el orden en la etiqueta. Lo que San Juan quiere hacer resaltar es que el vino que Jesús proporciona es superior a todo otro vino. El vino de Jesús simboliza el amor “sobrenatural”.

El amor natural es la base para todo matrimonio; pero ese amor no es suficiente para hacerle frente a ciertas circunstancias adversas que se presentan en todo matrimonio. El amor natural no es suficiente para poder perdonar la infidelidad; para borrar el odio del corazón; para poder soportar al esposo borracho o a la mujer neurotizada. Se necesita algo superior; lo que llamamos el amor sobrenatural, la fuerza que “viene de lo alto”. El amor que Dios regala a los esposos que lo colocan en el centro de sus vidas.

El amor natural, muchas veces, no es más que egoísmo refinado. Es amarse uno mismo en la otra persona. Buscar el propio bien. Una canción profana dice: “Hoy tengo ganas de ti”. Ese amor profano sólo piensa en la propia satisfacción, en el propio interés. En sentirse bien. Es un egoísmo disfrazado con el nombre de amor.

El amor sobrenatural es todo lo contrario. Es el amor que piensa en el otro; en hacerlo feliz. Ese amor no podemos producirlo nosotros mismos. Es don de Dios. Es sobrenatural.

San Pablo definió magníficamente el amor sobrenatural en la Carta a los Corintios cuando dijo: “Tener amor es saber soportar; es ser bondadoso; es no tener envidia, ni ser presumido, ni orgulloso, ni grosero, ni egoísta; es no enojarse ni guardar rencor; es no alegrarse de las injusticias, sino de la verdad. Tener amor es sufrirlo todo, creerlo todo, esperarlo todo, soportarlo todo” (1 Co 13, 4-7).

Cuando Jesús es un invitado de honor en una familia, regala a los moradores de ese hogar el amor sobrenatural, indispensables para la paz familiar.

La fe

El evangelista San Juan declara que los primeros discípulos de Jesús, cuando

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presenciaron el primer milagro del Señor, en Caná, aumentaron su fe. Siempre que Jesús se acerca a nosotros nos regala sus signos, sus señales que sirven para aumentar nuestra fe. Los dichosos apóstoles, que estuvieron junto a Jesús en el monte Tabor, ante la transfiguración de Jesús, sintieron que su fe crecía y se fortalecía.

La tónica de muchos hogares, que se llaman cristianos, es su “ateísmo práctico”; creen en Dios, pero viven como si Dios no existiera. Esta es una situación muy común en muchos hogares que pacíficamente se llaman cristianos. Propiamente no tienen fe. La llama de su fe se les ha apagado, como a las vírgenes necias de la parábola, por su negligencia en las cosas de Dios. Cuando falta Jesús en un hogar, rápido se cuelan las tinieblas de la duda, de la confusión, del secularismo.

Se nota la diferencia entre un hogar de fe y uno alejado de Dios. En la vida del carcelero, que cuidaba a San Pablo, se notan dos planos. En el primer plano está el carcelero hosco, de pocas palabras. Amargado. Un día este carcelero le pregunta a Pablo cómo experimentar la bendición que ha observado en él. Pablo el contesta: “Cree en el Señor Jesucristo y serás salvo tú y toda tu familia” Hch 16, 31. El carcelero de Filipos se convierte y es bautizado en compañía de toda su familia. Y viene el segundo plano en la vida del carcelero: se presenta como un hombre caritativo que sirve una cena a Pablo y que denota el gozo de haber sido salvado por Jesús. El hogar del carcelero tuvo un cambio radical. Ahora Jesús había ingresado en su vida.

Hay muchos hogares en que Jesús todavía es un desconocido. Por eso hay amargura, hosquedad. Falta de amor.

La epifanía de María

Epifanía significa “manifestación”. En las bodas de Caná hay una evidente intención de Jesús de poner de relieve el regalo que es su Madre para una familia, para la comunidad. Hay un momento en que María es colocada en primer plano para que aparezca como la madre bondadosa que cuida de sus hijos en dificultades. Se resalta también el poder de su oración materna ante Jesús. Podríamos decir que es la EPIFANIA de María hecha por Jesús.

Al mismo tiempo, Juan hace, a su vez, la epifanía de María. Cuando Juan escribió su Evangelio, ya había transcurrido más de 70 años desde las Bodas de Caná. Juan había recibido a María como precioso regalo que Jesús le había entregado. Había vivido bajo el mismo techo con la Madre de Jesús. Conocía por experiencia sus bondades y el poder de su oración. Juan, en las bodas de Caná, muestra a la comunidad lo que significa la madre de Jesús en una comunidad, como la madre amorosa que vela por sus hijos. Presenta también lo que cuenta para una familia la oración de la Madre de Jesús. Por eso, Caná es

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también la epifanía de María hecha por Juan.

Lo que San Juan manifestó en el relato de las bodas de Caná, lo efectuó San Lucas al narrar la visita de María a su prima Isabel. El evangelista hace notar que apenas se presentó María en aquella asa, todo quedó invadido de la presencia del Espíritu Santo. Hubo júbilo, serenidad. A donde va la Virgen María llega la bendición de Jesús por medio de su Espíritu Santo. Por eso, la presencia de la Virgen María en un hogar es garantía de la bendición de Jesús.

En la perspectiva de San Juan, María no está para hacer de “abuelita” que deja pasar las travesuras de sus nietos. En las bodas de Caná, la Virgen María se muestra como la madre exigente que enseña a la comunidad cómo resolver los problemas que se presentan. En primer lugar, María acude a Jesús para rogar su ayuda. Luego les indica a los organizadores de la fiesta que la solución del problema está en HACER LO QUE JESUS DIGA, (Jn 2, 5). María, en Caná, es la madre que exige disciplina. No viene para enseñar un camino “más fácil” que el de Jesús. No está para corregirle la plana a su Hijo, ya que Jesús afirma claramente que el camino del evangelio es un “camino estrecho”.

En el relato de Caná de Galilea, San Juan aprovecha para exhibir, con pinceladas magistrales, lo que significa la presencia de Jesús en un hogar. Cuando él está no hay peligro de que falte el vino. También hace notar que la presencia de María es garantía de una madre amorosa que en el momento de crisis sabrá intervenir en favor de sus hijos con su poderosa oración ante Jesús.

Invítenlos

Algo muy notorio en nuestra sociedad: a muchos matrimonios se les ha terminado el vino. Les falta el vino de la concordia, de la alegría, del perdón, de la paz. La copa de vino con que iniciaron su matrimonio se ha convertido en una copa de vinagre, En el fondo, es porque Jesús es un olvidado en el hogar. Tal vez se le ha invitado, pero no se le ha dado el lugar que le corresponde en la fiesta de la familia.

En el Apocalipsis, Jesús se presenta tocando la puerta de una casa, prometiendo que si le abren, entrará a cenar. Es el mismo Jesús quien se autoinvita para cenar en el hogar:

quiere llevar su bendición. Quiere regalar el vino del amor sobrenatural que no se encuentra en las clínicas de los sicólogos, ni en las farmacias. Muchas puertas todavía permanecen cerradas. Se repite lo de la noche de Belén. La sagrada familia llevaba la más grande bendición que pueda imaginar para la familia que le abriera sus puertas. Todos dijeron: “No, gracias”. La inigualable bendición del nacimiento de Jesús, por eso, quedó reservada para una gruta que no tenían puertas. Allí hubo cantos de ángeles y Dios se mostró a los de buena voluntad.

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En los hogares en crisis se debería revisar, si Jesús y María son invitados de honor. Si está María, no se quedará con los brazos cruzados. Su ojo maternal permanecerá atento para que no vaya a faltar el vino a sus hijos. En donde está Jesús, como el Señor de la casa no hay peligro que falte el vino de la alegría, del perdón, de la paz. Un hogar cristiano que le da a Jesús y a María un puesto bajo su techo, será un hogar construido sobre roca: resistirá las tempestades, y se caracterizará por el vino del gozo y de la paz.

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9.

La Biblia en la Familia

Cuando visito algunas casas, me muestran Biblias empastadas en cuero, con cantos dorados. ¡Bellísimas ediciones! Pero, al hojear esas Biblias, me doy cuenta de que sus páginas están nítidas; no se nota que alguien la haya usado mucho. La Biblia no es para que luzca en una casa como una maceta más, como un mueble. La Biblia es para “manosearse” a diario. Nuestra Biblia debe estar manchada de sudor, subrayada. Para eso es la Biblia: para abrirla constantemente.

San Pablo escribió: “Que la Palabra de Dios habite en ustedes con toda su riqueza” (Col 3, 16). La Sagrada Escritura debe ser ese tesoro, no escondido, sino descubierto que nos ha fascinado, que es “lámpara para nuestros pies” (Sal 119).

Así como todos los días estamos pendientes de la radio, de la televisión, debemos también estar pendientes de las “últimas noticias” que Dios tiene para nuestra familia cada día. Cuando Pablo afirma que la Palabra debe HABITAR en nosotros, nos está señalando que la Biblia debe ser un “habitante” en nuestra casa. No puede faltar. Un habitante no es alguien mudo, arrinconado, sino una persona que tiene parte activa en la vida de la familia. La Biblia es Dios que habita en nuestra casa y nos habla y nos dirige. Toma parte activa en nuestra vida de hogar.

De los primeros cristianos se cuenta que en tiempo de persecución tenían que esconder la Biblia para no ser martirizados. En la actualidad, muchos tienen “escondida” su Biblia, no por ser buenos cristianos que no quieren perder su tesoro, sino por ser cristianos mediocres que no se han encontrado con el “tesoro escondido” de la Biblia.

El lugar para la Biblia

En el Antiguo Testamento se consigna la orden de Dios para el padre de familia; le mandaba: “Y estas palabras que yo te mando hoy, estarán sobre tu corazón; y las repetirás a tus hijos, y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes. Y las atarás como una señal en tu mano, y estarán como frontales entre los ojos; y las escribirás en los postes de tu casa y en tus puertas” (Dt 6, 6-9). Aquí un bello programa para difundir el mensaje bíblico en la propia casa. El padre, la madre, ante todo, deben ya tener en su corazón la Palabra de Dios. Deben vivirla. Sólo en esa forma tendrán gozo y eficacia para compartirla con sus hijos.

Muy sabio eso de repetir las Palabras bíblicas ya sea en casa o de camino. A los hijos hay que acostumbrarlos a ver todas las cosas como signos de Dios, como señales

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de su plan de amor. Nada mejor que la Biblia para orientar a la familia en este sentido.

Algo que llama la atención, en Jerusalén, es ver a muchos judíos que todavía conservan al pie de la letra el mandato del Señor de llevar una cajita sobre la frente con frases bíblicas; las llaman filacterias. Otros colocan la cajita sobre los hombros. No hay como la familia para iniciar a los niños en la Palabra de Dios, para que oyendo a sus padres, vayan aprendiendo versículos clave de la Biblia. Les quedarán grabados en sus corazones; les servirán en todo momento.

En el pueblo judío había una costumbre fabulosa; durante la cena pascual, el niño más pequeño debía hacer una pregunta: “¿Papá, por qué estamos haciendo esto? El padre de familia aprovechaba la pregunta para hacer una catequesis acerca de la historia de la salvación”. En nuestros tiempos, los padres de familia, lastimosamente, han perdido su papel de sacerdotes en el hogar. Las casas han sido invadidas por el secularismo, por el paganismo. Algunos padres tienen “vergüenza” de hablar de las cosas de Dios en su propia casa. No hay mejor lugar que la familia para que papá y mamá introduzcan a sus hijos en el conocimiento de la Palabra de Dios. Se puede aprovechar algún momento de la jornada para que todos los de la familia oren juntos; por supuesto, en la oración de familia no puede faltar la lectura de la Biblia acompañada de un breve comentario hecho por el papá o por la mamá. ¿Qué de raro hay en esto? Sin embargo, para muchas familias es algo totalmente desconocido.

El Concilio Vaticano II ha acentuado el papel de los papás como “los primeros educadores de la fe de sus hijos”. Dice la carta a los Romanos: “La fe viene como resultado de oír la Palabra de Dios” (Rm 10, 17). No se puede educar a los hijos en la fe, sin la Palabra de Dios en la mano.

Desde la niñez

San Pablo le escribió a Timoteo: “Recuerda que desde niño conoces las sagradas Escrituras, que pueden instruirte y llevarte a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y aprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien” (2 Tm 3, 15-17). San Pablo hace referencia a la “salvación” a que pueden llevar las Escrituras. Muchos padres de familia se preocupan del alimento y del vestido para sus hijos, de su estudio; pero no hacen nada por su “salvación”. Jesús decía: “¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo, si pierde su alma?” (Mt 16, 26). ¿De qué sirve que el hijo tenga de todo, si pierde su alma?, debe ser la gran pregunta que se debe formular todo padre de familia. La Biblia es el instrumento divino para poder introducir a la familia, en la senda de la salvación. Las mamás están, codo a codo, junto a sus hijos ayudándoles a “hacer los

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deberes” escolares; pero no se ven a muchos padres de familia que estén rodeados de sus hijos mientras les leen y comentan la Biblia. Es porque en la escala de valores de la familia se da poca o ninguna importancia a la “salvación” del hijo. Del esposo, de la esposa.

La madre de Don Bosco era una mujer analfabeta; pero no se perdía ninguna palabra del sacerdote durante la predicación. Por eso durante las noches de invierno, aquella madre iba narrando a sus hijos las historias bíblicas; les hacía sus comentarios personales. De aquel hogar salió un santo famoso: San Juan Bosco. También él, como el Timoteo de la Biblia, había sido iniciado desde niño en las Sagradas Escrituras. Más tarde, ya de sacerdote, llegó a saber de memoria casi todo el Nuevo Testamento en latín y griego.

San Pablo señala que la Biblia es útil para ENSEÑAR, para CORREGIR, para EDUCAR en el camino de la rectitud. Allí se encuentra una verdadera mina de enseñanzas, de ejemplos atractivos para que el niño, el joven se entusiasme por enfilar por el camino de la salvación.

Nuestros hogares, cada día más, se están paganizando; los criterios del mundo tienen entrada libre por medio de los medios masivos de comunicación. Los maestros diarios de los niños y jóvenes son los televisores. Contra toda esta torrentada de aguas

pútridas, que ha ingresado en nuestras casas, está la Biblia para contrarrestar y purificar tantos criterios paganos. Ante tantas teorías de sicólogos, filósofos, pensadores no cristianos, la Palabra de Dios debe ser el punto de referencia para la familia para “escrutar” cuál es el punto de vista de Dios en medio de este mundo enloquecido y desorientado. Sería una dicha que todo niño, todo joven, como el Timoteo de la Biblia, pudieran tener la gran bendición en su hogar de ser iniciados en la Palabra de Dios por sus mismos padres. Es algo urgente. Indispensable. Muchos se afanan en participar en cursos de sicología, de relaciones humanas, de control mental. En el fondo todos buscamos cómo ser felices, cómo vivir mejor. Seguramente muchos han olvidado o

ignoran lo que dice el Salmo 1 de la Biblia: “Feliz el hombre

La Biblia describe a este hombre feliz como un árbol plantado

que día y noche medita

en la ley del Señor

junto al río: tendrá frutos en todas las épocas del año. De nada sirve “ser enciclopedias ambulantes”, llevar el cerebro repleto de conocimientos, si las personas son infelices. Muchos padres de familia se afanan en que sus hijos tengan un buen colegio, que puedan estudiar en el extranjero. Pocos le dan importancia a la felicidad que se deriva de “meditar día y noche en la ley del Señor”. Lo más importante para un ser humano no es lo que tiene o sabe, sino lo que se “es”. Allí está la felicidad que nos enseña, mejor que cualquier otro libro, la Sagrada Escritura.

”.

Aprender a escuchar a Dios

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Jesús fue a una casa a visitar a Marta y María. El Señor, ese día, les hablaría de algo muy importante. Las dos hermanas escuchaban el mismo mensaje; pero las dos estaban captando lo mismo: María se había sentado a los pies de Jesús, mientras Marta iba y venía preocupada por la cena del Señor. Jesús le llamó la atención a Marta; le hizo ver que estaba afanada por algo puramente material y se estaba perdiendo lo principal, “la mejor parte”, su mensaje (cfr. Lc 10, 41). Este reproche se debería hacer extensivo a muchas familias, afanadas en muchos quehaceres materiales y totalmente alejadas de la oración, de la meditación de la Palabra de Dios.

Siempre se alega que “no hay tiempo”; es una piadosa mentira que nos hemos fabricado para ocultar que tenemos tiempo para las telenovelas, los noticieros, los paseos, pero que no tenemos tiempo para Dios. En medio de un mundo afanado por lo material, somos como Marta; con el pretexto de conseguir el pan de cada día, nos estamos privando del “pan espiritual” de la Palabra de Dios. El Señor nos vuelve a reprochar, como a Marta, y nos hace ver que estamos perdiendo “la mejor parte”. “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”, nos repite Jesús.

Salomón, un día, le hizo al Señor una petición maravillosa: “Dame un corazón que sepa escuchar” (1R 3, 9). Esa debe ser la oración de toda familia. Hay que aprender a

escuchar diariamente su Palabra. Dios quiere dirigir la familia, quiere mostrarle el camino de la paz, de la concordia, de la felicidad. El Salmo 1 lo dice claramente; será feliz el hombre que día y noche medite en la ley del Señor. Familia que unida se esfuerza en escudriñar la Biblia para encontrar la voz de Dios, será una familia feliz. El señor será “lámpara para sus pies y luz en su sendero” (Sal 119). Familia que se deja conducir por

la Palabra, será un árbol lleno de frutos maduros. De bendiciones.

Toda familia pasa por momentos de crisis, de desconcierto. De frustración. Cuando los discípulos de Emaús entraron en un período de crisis espiritual, Jesús para levantarles el ánimo, echó mano de la Escritura; los confrontó con el plan de Dios en las Santas Escrituras. De pronto, los discípulos de Emaús sintieron que “les ardía el corazón” (Lc 24, 32). Toda la familia que en sus momentos críticos escudriña las Escrituras, se va a encontrar con el Señor, que les va a hablar, que los va a consolar, a reanimar; les va a señalar el camino exacto. “Nos guía por el sendero recto haciendo honor a su nombre”, dice el salmo 23, refiriéndose al Buen Pastor.

En la Biblia, la familia se encontrará con el buen Pastor, que los irá llevando “a aguas frescas y verdes pastos”. Entonces “aunque les toque pasar por valles de sombra, no van a temer ningún mal porque su vara y su callado los va a sosegar” (Sal 23).

Una familia que, como María, se sabe sentar, a diario, ante la Palabra, será una familia que no podrá desviarse del buen camino y, que, indefectiblemente, será

conducida por el “sendero recto”. Una familia que en sus momentos de tribulación acude

a la Palabra, se encontrará con el Señor que les hará “arder el corazón”, como a los discípulos de Emaús.

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Un lugar de preferencia

Al llegar a algunas casas, nos encontramos con vistosos carteles en los que hay frases picarescas o de algún gran pensador. Pero, y ¿dónde están las frases bíblicas? ¿Qué son los pensamientos de los hombres comparados con el pensamiento de Dios? En el Antiguo Testamento, el Señor había ordenado que en las puertas y postes de entrada se escribieran frases bíblicas. La familia entera debía estar empapada de la Palabra de Dios. Eso no ha pasado de moda. Lo malo es que en muchas casas todavía no se ha introducido la Biblia. La Palabra de Dios todavía es para ellos un “tesoro escondido”.

El rey David cuando supo de las bendiciones que había llevado a la casa de Obed Edom el Arca de la Alianza, se apresuró a trasladarla a su casa. Lo hizo con júbilo, danzando frenéticamente ante el Arca de la Alianza en la que se contenían los símbolos más sagrados para el pueblo de Israel. Cada familia debe convencerse de las bendiciones que se derivan de la meditación diaria de la Palabra de Dios.

El Señor les había indicado a los padres de familia que ya sea en su casa como de viaje debían repetir los mandatos bíblicos a sus hijos. Toda familia que esté pendiente de la Santa Biblia, sabrá descubrir los “signos de Dios”; tendrá el debido discernimiento para escoger el camino recto. Tendrán en la Biblia una “lámpara para sus pies, una antorcha en su sendero” (Sal 119).

Zaqueo era un hombre malvado. Un día le abrió las puertas de su casa a Jesús, que era la Palabra de Dios hecha carne. Ese día el corazón de Zaqueo fue quebrantado por la Palabra de Dios. Se convirtió. Pidió perdón y prometió reparar el mal que había hecho. Jesús le dijo: “Hoy ha entrado la salvación a tu casa” Lc 19, 9. Toda familia que con fe introduzca la Biblia en su casa, que sepa darle el lugar espiritual que le corresponde en su vida, dará testimonio de las bendiciones que le vendrán; volverá a oír la voz de Jesús:

“Hoy ha entrado la salvación a tu casa”.

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10.

La Oración en Familia

Uno de los grandes valores, que casi han desaparecido en los hogares, es la oración en familia. La vida moderna, con sus apretados horarios, con sus carreras locas, ha hecho que las familias vayan perdiendo la espiritualidad, el sentido de lo sobrenatural. Como dicen los técnicos, ha ingresado la «secularización», la paganización de la familia. No se puede pretender que un hogar goce de las bendición de Dios, si le falta lo esencial:

la oración en familia, que es uno de los valores eminentemente cristianos que deben rescatarse para poder salvar nuestras familias de esa oleada de paganismo que está invadiendo nuestra sociedad.

Familias ejemplares

En la Sagrada Escritura desfilan varias familias muy religiosas, que gozan de la bendición de Dios. Adán y Eva, antes de su pecado, de su desgracia, «platican» con Dios. De esta manera la Biblia acentúa la oración de Adán y Eva. Platicar con Dios es comunicarse con El, orar.

Noé y su familia se unen ante los desprecios de los que se ríen de ellos porque están construyendo una enorme barca lejos del mar. Esta familia demuestra su alto grado de religiosidad cuando, al terminar el diluvio, lo primero que hacen es levantar un altar para dar gracias a Dios.

En un momento de crisis religiosa en la nación, cuando muchos se desviaban hacia los dioses paganos, Josué se adelanta ante los jefes de las varias tribus y les dice: «Mi familia y yo serviremos al Señor» Jos 24, 15.

En el Nuevo Testamento se pone de relieve la religiosidad de la familia de Jesús. José y María se agigantan como una familia eminentemente espiritual. Van al templo a presentar al Niño. Se imponen una larga caminata anual para cumplir con los ritos propios del pueblo judío en el templo de Jerusalén. El Niño, cuando se queda en el Templo, aparece «discutiendo» con los doctores de la ley. Este Niño ha recibido una educación religiosa suficiente como para capacitarlo para «discutir» con los doctores de la ley.

Cuando regresan a Nazaret, el evangelista apunta que volvieron a Nazaret y «el Niño crecía en estatura y en Sabiduría delante de Dios y de los hombres» Lc 2, 52. Aquel Niño ha recibido una formación integral. Crece no sólo en estatura, sino en espíritu.

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Una de las constataciones más lamentables en nuestros hogares, es ver a muchachotes que superan en estatura a sus mismos padres, pero que espiritualmente son unos «enanitos». El «infantilismo» espiritual es algo «normal» en muchos hogares. A esos jóvenes se les ha dado de todo: saben inglés, computación, han podido asistir a la universidad; pero espiritualmente son unos novatos. Ignoran lo esencial de su religión. Espiritualmente no se han podido desarrollar porque no ha habido una familia que les ayudara a crecer en «estatura y en espíritu». Cuando la oración está ausente de un hogar, no puede haber crecimiento espiritual en los miembros de la familia.

El sacerdocio de los papás

En nuestra iglesia se ha dado mucha importancia al «sacerdocio ministerial», el de los sacerdotes que dirigen los servicios religiosos, pero se ha descuidado mucho el concepto del «sacerdocio común», el de todos los fieles que, según la primera carta de San Pedro y el Apocalipsis, pertenecen también a un «pueblo de sacerdotes». El papá y la mamá son auténticos sacerdotes en sus respectivos hogares. Se unen al sacerdocio de Jesús y celebran diariamente su «culto familiar» en sus propias casas.

En el pueblo judío estaba muy bien delineado el papel del papá como catequista de su casa. El libro del Exodo relata que en la noche de pascua, el padre de familia era el encargado de adoctrinar a su familia acerca del sentido de la pascua para el pueblo judío. El libro del Deuteronomio destaca el papel de los padres en cuanto a la educación religiosa de los hijos. A los papás se les decía: «Grábate en la mente todas las cosas que hoy te he dicho, y enséñalas continuamente a tus hijos; háblales de ellas, tanto en tu casa como en el camino, y cuando te acuestes y cuando te levantes lleva estos mandamientos atados en tu mano y en tu frente como señales, y escríbelos también en los postes y en las puertas de tu casa» Dt 6,4-8.

En nuestra sociedad, frecuentemente, el padre de familia ha claudicado en su papel de catequista de su hogar. El machismo ha impuesto la idea de que la «religión es cosa de mujeres». Muchos papás se avergüenzan de hablar de algo religioso ante su familia. No se atreve a dirigir la oración en la familia. Todo esto es una inconsecuencia cuando se trata de familias que se precian de llamarse «cristianas». Esta es una de las grandes fallas que ponen en peligro inminente la identidad de los hogares cristianos.

En la Biblia se destaca muy bien el papel de «intercesores» de algunos padres de familia. Job, cuando sus hijos están en alguna fiesta, piensa en que pueden ofender a Dios, y comienza a pedir perdón por ellos Cfr. Jb 1, 45. Una madre atribulada -la cananea- se le prende a Jesús para que escuche su súplica y sane a su hija. Un oficial romano acude presuroso al Señor para pedirle que cure a su hijo. Jairo, angustiado, se llega hasta Jesús para suplicarle que vaya a curar a su hija que está gravemente enferma.

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A ninguno de los padres de familia el Señor les negó lo que pedían por sus hijos. La oración de intercesión de los padres por sus hijos es una oración muy agradable a Dios. Es una oración de poder porque va con amor y con confianza.

Los hijos necesitan mucho de la oración de intercesión de sus padres. Hijos descarriados. Hijos enfermos espiritual o físicamente. La oración de los padres es la mas adecuada para interceder por ellos. Se supone que es la oración que va con «más amor» y con mayor insistencia. Durante diez años Santa Mónica oró con lágrimas a Dios por su descarriado hijo Agustín. La oración de esa madre no fue desatendida. Agustín se convirtió en uno de los santos más grandes de la Iglesia.

La oración en el hogar

San Juan Crisóstomo afirmaba que todo hogar debe ser una pequeña iglesia. La iglesia doméstica. El hogar es santuario en donde los padres de familia, como sacerdotes, deben compenetrarse de esa iglesia en pequeño que Dios les ha encomendado.

El doctor Sorokim, de la universidad de Harvard, presenta una estadística muy elocuente: entre las familias que rezan unidas, hay muy pocos divorcios. Entre las que no rezan en familia, abundan los divorcios. Razón tenía Pío XII cuando afirmó: «Familia que reza unida permanecerá unida».

Muy bien dice la Santa Biblia: «Si el Señor no construye la casa, en vano se cansan los albañiles» Sal 127.

Muchos se cansan afanosamente pretendiendo que en sus hogares haya paz, serenidad; si no gozan de la bendición de Dios, eso es imposible. Jesús también advirtió que una casa se puede fundar sobre «roca o sobre arena». El «necio» construye sobre arena, dice Jesús. Tal vez la fachada de su casa es muy bella -bonanza material-, pero si está fundada sobre arena -sin la bendición del Señor-, al primer temblor se derrumba. Jesús dice que el «prudente» edifica sobre la roca, sobre los mandamientos de Dios. Habrá recias tempestades, pero esa casa permanecerá desafiando las inclemencias del tiempo porque está fundada sobre la bendición de Dios -la roca- cfr. Mt 7, 24-27.

Cuando se ve a dos esposos que pelean continuamente y que viven en actitud litigante, habría que preguntarles si rezan juntos. De antemano se sabe la respuesta: no. Si oraran juntos, encontrarían el «poder que viene de lo alto» para solucionar los problemas familiares. Alguien escribió que es imposible divorciarse de la mujer con la que reza todos los días. Y así es. Dios no permitirá que se derrumbe el hogar de los que diariamente invocan su protección.

En el Evangelio de San Mateo hay una promesa de Jesús, que de manera especial

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puede realizarse en la familia. Dice Jesús: «Si dos de ustedes se ponen de acuerdo aquí en la tierra para pedir algo en oración, mi Padre, que está en el cielo, se lo dará. Porque donde dos o tres se ponen de acuerdo en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» Mt 18, 19-20. La familia es el lugar más privilegiado para poderse poner de acuerdo, para reunirse en nombre del Señor.

El psicólogo cristiano, Tim La Haye cuenta un caso interesantísimo. Su familia había aumentado; anhelaban un automóvil Plymouth, de tres filas, usado, porque el presupuesto familiar no alcanzaba para un carro nuevo. Toda la familia se puso en oración pidiéndole a Dios, específicamente, ese vehículo determinado. Un día sonó el teléfono. Alguien se marchaba al extranjero y quería vender su automóvil, que tenía todas las especificaciones que ellos le habían pedido al Señor. A aquellos niños no hubo necesidad de hablarles mucho acerca del poder de la oración en familia. Lo habían vivido.

El libro de los Hechos consigna el caso de una familia de paganos; el papá se llamaba Cornelio, un militar romano. Eran paganos. Con la mejor voluntad oraban en familia. Dios les envió nada menos que a Pedro. Cuando Pedro comenzó a predicarles, hubo un pentecostés en esa familia. Cfr. Hch 10.

El poder de la oración en la familia es algo que todavía no hemos explotado como se debería. La familia es el lugar más apropiado para orar por los miembros de la misma familia que están descarriados, enfermos, en apuros económicos, o en cualquier dificultad.

No es nada fácil

La oración en familia trae grandes bendiciones de Dios, pero no es nada fácil organizar un grupo de oración en el propio hogar. Hay que tomar en cuenta la diversidad de mentalidades, de edades. Los jóvenes y los adolescentes son muy reacios para todo lo que sea metódico, constante. Es aquí donde los padres de familia deben pedir mucha sabiduría al Espíritu Santo para que la oración en familia no sea algo «aburrido», que aleje a los hijos jóvenes, sino algo «espontáneo», en donde todos se pueden encontrar a gusto. Mal hacen los padres que «a la fuerza» quieren imponer su punto de vista, sin tomar en cuenta la circunstancia vital de sus hijos.

La carta a los Romanos recalca muy bien que «no sabemos rezar como es debido», pero también nos alienta seguir adelante con la seguridad que Dios nos ha dejado al Espíritu Santo para que nos conduzca en la oración Cfr. Rm 8, 26.

Las preguntas que afloran, automáticamente, cuando se habla de la oración en familia son: ¿Cómo?, ¿dónde?, ¿cuándo?. No hay una respuesta que pueda servir para

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todos. Cada familia debe estudiar su caso particular. Cada familia debe, por todos los medios, buscar que esa fuerza espiritual no falte en su hogar. Es posible que, al principio, no todos los miembros de la familia se quieran unir. Todo principio cuesta. La constancia, en nombre de Dios, resolverá muchos problemas.

San Pablo, a su amigo Timoteo le escribía: «Recuerda que desde niño conoces las Sagradas Escrituras, que pueden instruirte y llevarte a la salvación por medio de la fe en Cristo Jesús. Toda Escritura está inspirada por Dios y es útil para enseñar y reprender, para corregir y educar en una vida de rectitud, para que el hombre de Dios esté capacitado y completamente preparado para hacer toda clase de bien» (2Tm 3,

15-17). Timoteo había aprendido desde niño, en su familia, la sabiduría de la Biblia. En

la oración familiar no debe faltar nunca un trozo de la Biblia, un salmo. Es la palabra de

Dios que habla a la familia misma. Hay que saber escoger esos trozos adecuados; hay que preparar esa lectura bíblica. Las lecturas diarias de la misa son muy adecuadas para meditarse también, diariamente, en la familia. Es una forma de oración y lectura al mismo tiempo.

La virgen María en el hogar

Varios pasajes de la Biblia, con luz meridiana, muestran las grandes bendiciones que

reportan los hogares que reciben a la Madre de Jesús. María va a visitar a su prima Santa Isabel. El Evangelio afirma que apenas Isabel escuchó la voz de la Virgen María, quedó llena del Espíritu Santo, y que su niño quedó santificado en el seno materno Cfr. Lc 1, 41. A donde va María cumple su ministerio especialísimo de llevar a Jesús, de mostrarlo

a todos. Fue lo que hizo en el portal de Belén con los pastores y con los Magos de

Oriente. En el hogar en donde está María, hay gozo, hay presencia del Espíritu Santo. Allí se cantan Magníficas de alabanza a Dios.

En las bodas de Caná, la mirada maternal y cuidadosa de María impidió que la fiesta de casamiento fracasara. A tiempo se dio cuenta de que estaba faltando el vino. Hizo lo que siempre le toca hacer: acudir a su Hijo: El es el de los milagros. Le gusta que su Madre se una a la oración de la comunidad. En los hogares en donde está la Virgen María, allí no va a faltar el vino de la alegría. Allí estará la Virgen Auxiliadora cumpliendo su misión de madre para que a sus hijos no les falte la bendición de Dios, para que el agua sin sabor de las tribulaciones se convierta en vino de la alegría familiar. Cuando los hogares, como el de Caná, invitan a su oración familiar a la Madre de Jesús, se van a dar cuenta del privilegio que significa tener a una intercesora tan poderosa ante su hijo Jesús.

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Babel o Caná

Babel fue una de las primeras comunidades humanas que quiso triunfar sin la bendición de Dios. «En vano se afanan los albañiles», dice el Salmo, «si el Señor no construye la casa» (Sal 127). La torre de Babel fue un fracaso: Hubo confusión entre ellos; tuvieron que separarse. Fracaso total es el que, tarde o temprano, se verá en los hogares en donde el Señor es un «ausente». En donde se pretende construir un hogar a espaldas de Dios, o con una «religión» hecha en casa», que es muy distinta de la ordenada por Dios.

Sara y Tobías se enfrentaban con terribles dificultades para poder formar un hogar dichoso. Lo primero que ellos hicieron, en la noche de bodas, fue ponerse de rodillas y

comenzar a orar. Vencieron los obstáculos. La Biblia deja entrever que tuvieron un hogar feliz. En el Salmo 128, se prometen ricas bendiciones para los hogares. Pero no para todos: sólo para los que ponen a Dios en el centro de sus vidas: «Feliz el hombre que teme al Señor», dice el Salmo. «Temer a Dios», en la Biblia, significa, no tenerle miedo sino «mucho amor». El mismo salmo lo dice: «Tu mujer como parra fecunda en

Esta es la

medio de tu casa; tus hijos como renuevos de olivo alrededor de tu mesa bendición del hombre que teme al Señor» (Sal 128).

En el libro del Apocalipsis hay una de las imágenes más logradas acerca de lo que significa la bendición en un hogar. Se muestra a Jesús que toca una puerta y dice: «Mira, yo estoy llamando a la puerta: si alguien oye mi voz y abre la puerta, entraré en su casa y cenaremos juntos» Ap 3, 20. Jesús mismo se «autoinvita» para «cenar» en nuestra casa, para llevarnos «su bendición». Solamente hay que abrirle la puerta. Muchos hogares todavía no han abierto su puerta a la bendición del Señor por medio de

la oración en familia. Jesús quiere llevarles muchas bendiciones, pero ellos todavía no se

han decidido a experimentar qué significa «cenar» en compañía de Jesús

Cuando

Zaqueo le abrió su puerta a Jesús, supo qué quería decir que Jesús cenara en su hogar. Jesús le dijo: «Zaqueo, hoy ha llegado la salvación a tu casa» Lc 19, 9. Muchos hogares todavía no han descubierto lo que quieren decir que Jesús esté en medio de ellos. Lo que representa para una familia «ponerse de acuerdo en nombre de Jesús» El día que le abran su puerta a Jesús y se pongan de acuerdo para orar en su nombre, verán, con ojos atónitos, cómo el agua se puede convertir en vino.

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11.

Los Sacramentos en la Familia

Toda familia cristiana es producto de un Sacramento: junto al altar, los dos novios hacen sus votos matrimoniales y quedan convertidos en algo sagrado por medio del Sacramento del Matrimonio. Este sacramento les comunica la gracia para que puedan vivir en su nuevo estado de casados como marido y mujer. Toda familia debe vivir centrada en los Sacramentos que la mantendrán siempre bajo la bendición de Dios. Una familia alejada de los Sacramentos, propiamente, no se puede llamar cristiana. Una familia que frecuenta los Sacramentos, es una familia que ha comprendido lo que significan esos medios de salvación que Jesús dejó a su Iglesia como una fuente borbotante de Gracia.

Es de suma importancia que toda familia se pregunte cómo participa en los Sacramentos, y qué incidencia tienen en su vida de hogar. Por eso es conveniente hacer un examen de conciencia acerca de cómo la familia se acerca a los Sacramentos y qué representa para ellos cada uno de estos siete regalos que Jesús nos dejó para nuestro peregrinaje a través de nuestro éxodo terrenal.

El Bautismo

Todos le damos gran importancia al día del cumpleaños de algún miembro de la familia. Lo celebramos con gozo, con determinado folklor, según las circunstancias. Celebramos también los aniversarios, las graduaciones en el colegio o en la Universidad. El día del bautismo de algún miembro de la familia debe ser una auténtica celebración de tipo espiritual y material. Es el día grandioso en que un miembro de la familia es «marcado» por el Espíritu Santo como Hijo de Dios. Sobre él se escucha, por medio de la fe, la voz del Padre que repite: «Este es mi Hijo muy amado» Mt 3, 17.

A la ceremonia del Bautismo, los de la familia no pueden asistir como simples espectadores, por tradición, deben sentirse parte esencial de la ceremonia religiosa. No van para ver rezar al sacerdote, sino para orar como familia. Para darle gracias al Señor por aquel regalo inigualable; para suplicar que el nuevo cristiano persevera toda su vida como fiel hijo de Dios.

En el Bautismo, la familia -papás, hermanos, parientes- se comprometen a ser una «iglesia doméstica» que ayude con el ejemplo y la palabra, a crecer espiritualmente al nuevo cristiano. Todos se comprometen a ser testimonio de amor, de verdad, de justicia para que el nuevo cristiano, en ese ambiente espiritual, se desarrolle no sólo en estatura, sino en espíritu. Integralmente.

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Los padrinos, a su vez, van a comprometerse, muy seriamente, a ser verdaderos padres espirituales para el nuevo cristiano; su misión será ayudarlo a crecer espiritualmente. Orientarlo. No desampararlo en los momentos críticos de la vida.

Es una lástima, que, muchas veces, se selecciona a los padrinos por motivos puramente sociales, materiales: para ganar prestigio social, para que den un «buen regalo». Con frecuencia, los padrinos ni siquiera son cristianos practicantes. Los niños pequeños no se dan cuenta de esta inconsecuencia; pero, una vez adolescentes o jóvenes, podrían preguntarles a sus papás: «¿Y ese señor adúltero o borracho es el que me pusieron como modelo, como padrino?» Los padrinos deben ser elegidos como modelos cristianos que se presentan a los hijos, y en los cuales se confía para poder educar cristianamente a los hijos.

El día del bautismo, a los papás y padrinos se les encomienda la vestidura blanca del niño y la candela encendida. La vestidura blanca simboliza la Gracia de Dios; los papás y padrinos se comprometen a cuidar que no se manche, que no se rasgue. La candela encendida significa la luz de Jesús. El dijo: «Yo soy la luz del mundo» Jn 8, 12. Los papás y padrinos reciben la candela encendida y prometen verla para que la luz de Jesús brille siempre para el niño. Ellos, a su vez, prometen ir delante del recién bautizado, como luz en medio de la oscuridad del mundo.

Toda familia, al regresar a su casa, lleva un Templo del Espíritu Santo recién consagrado. Es motivo, entonces, de una fiesta familiar. Una fiesta, por supuesto, cristiana. ¡Qué frecuentes son esas fiestas paganas, después de algún bautismo, que terminan en borracheras, en liviandades! Es un contrasentido. Los papás y padrinos acaban de prometer, en la iglesia, que serán luz de buen ejemplo para el niño, y, ahora, se han convertido en verdaderas tinieblas. ¡Lastimosamente esta insana costumbre se ha introducido en muchos hogares que se precian de ser cristianos! Es algo que debe desterrarse como profanación de un día tan sagrado, como es el día del bautismo de un niño de la familia.

Para muchos matrimonios el Bautismo de sus hijos es un día tradicional, de folklor, de fotos, de relaciones sociales, de fiesta poco cristiana. Toda familia debería revisar si el Bautismo de su hijo es una celebración eminentemente religiosa, familiar, o, simplemente, un pretexto para hacer una fiesta que desdice, en toda la línea, lo que significa que el niño haya sido hecho hijo de Dios, Templo del Espíritu Santo.

La Confirmación

El día de su Bautismo, el niño no se da cuenta del rito que la Iglesia celebra para pedir que sea marcado como hijo de Dios. Juan Bautista -como dice el Evangelio-

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también fue bendecido por el Espíritu Santo en el mismo seno materno. Al niño pequeño, sus padres lo llevan a «kinder» porque quieren que se inicie en la vida cultural. El niño no sabe a qué lo llevan a la escuela; sus padres sí conocen de sobra para qué llevan a su niño a la escuela; quieren lo mejor para él; lo inician en el maravilloso mundo de la ciencia. Al niño pequeño lo llevan sus padres a bautizar porque quieren para él lo mejor; que sea hundido -bautizado- en Jesús. Que sea bendecido por Dios. Es ridículo afirmar que hay que darle opción al niño para que decida si quiere que lo bauticen. Un cantante popular, en una de sus canciones, protesta porque a los dos meses sus papás lo llevaron a bautizar sin consultarlo. Pero este cantante no ha meditado en que sus padres tampoco lo consultaron para llevarlo desde infante a la escuela; y no creo que les eche en cara a sus padres que no le hayan pedido su opinión al respecto para iniciarlo en el mundo de la cultura.

En nuestra Iglesia católica, el Bautismo y la confirmación forman un «bloque». En el bautismo, los papás y padrinos se comprometen a ayudar a desarrollarse espiritualmente al niño; a encontrarse personalmente con Jesús para pedir, él mismo, un día, la Confirmación.

La Confirmación, en nuestra Iglesia, se administra cuando el joven cuenta de 14 a 18 años. Cuando ya sabe qué significa aceptar a Jesús, hundirse en Jesús. En ese momento, la familia acompaña al joven para su Confirmación. Para que confirme, expresamente, lo que sus papás y padrinos se propusieron el día de su Bautismo.

A este paso debe llegar el joven, por medio del ejemplo cristiano recibido en su familia; sobre todo de parte de sus papás. El, al ver cómo «funciona» bien el cristianismo en los miembros de su familia, debe entusiasmarse y pedir de corazón «confirmar» lo que sus papás y padrinos hicieron en su nombre el día del bautismo.

Es difícil que un joven llegue a dar este paso, «de corazón», si en su familia no ha recibido el impacto de una vivencia cristiana. Muchos jóvenes llegan -lastimosamente- a la Confirmación, por fuerza de las circunstancias; porque ya cumplieron la edad establecida, porque quieren adquirir un «diploma» para luego poderse casar por la iglesia. Si alguno no llega a la Confirmación, «de corazón», propiamente no es un cristiano «en Espíritu y en Verdad»; es un cristiano «de nombre» ¡Y pensar que no son pocos los que pertenecen a esta categoría de cristianos de nuestra Iglesia! En un hogar, al niño, al adolescente se les ayuda a hacer casi todo. Pero cuando llegan a su mayoría de edad, se les exige que demuestren su madurez, que colaboren más activamente en los trabajos de la casa. Al joven que recibe la Confirmación, eso es lo que la Iglesia le pide: que sea un cristiano activo; que haga brillar la luz de Jesús, que, hasta la vez, le estuvieron cuidando sus papás. Ahora se le pide que él lleve esa luz a los demás, a sus amigos, a los desconocidos, sobre todo, a los jóvenes como él.

Por lo general, se celebra poco, en las casas, este acontecimiento. Como que no fuera motivo para una fiesta familiar. Es porque la familia no ha captado el sentido

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profundo de lo que debe significar que un joven, «de corazón», pida «confirmar» lo que sus papás y padrinos hicieron en su nombre el día de su bautismo. Habría qué meditar, muy en serio, en la familia, en lo que significa este acontecimiento eminentemente familiar.

La Reconciliación

El día de la primera confesión incide mucho en la vida de un niño. Más que el catequista o la catequista, deben ser la mamá, el papá, quienes ayuden a su hijo a preparar su primera confesión. Con intuición, deben saber sugerirle al niño qué debe decir; casi, concretamente, indicarle qué pecados acusar. También, con tino, deben evitarle al niño todo escrúpulo que pueda perturbar su conciencia. Este momento, en la vida del niño, se descuida mucho por parte de los papás. Están ocupados en mil cosas. Se les olvida lo importante que es el alma, «la psique», de su hijo. ¿De qué le sirve tener muchas, cosas, si tiene un alma perturbada?

El niño debe, previamente, haber aprendido en la oración familiar, como se pide perdón a Dios, con humildad, con sencillez, con fe. El niño debe estar acostumbrado a ver a sus papás hincarse en el confesionario con naturalidad. ¡Muchos niños nunca han visto a sus papás confesarse!

Al niño pequeño, confesarse no le cuesta mayor cosa. Hasta es una novedad ansiada. Pero llega luego la adolescencia, la juventud. El paso delicado. Si los adolescentes y jóvenes no ven a sus padres frecuentar el Sacramento de la Reconciliación, van a tener un buen pretexto para no acudir a ese sacramento. Casi se sentirán apoyados por sus padres para no «confesarse». !Qué difícil para los padres aconsejar a sus hijos jóvenes la confesión, si ellos mismos no la practican!

Toda familia tiene sus momentos de tensión, de choque, de enojo. De infidelidad. La «confesión» es la gran oportunidad familiar para reconciliarse con Dios. Y cuando nos hemos reconciliado con Dios, necesariamente, tenemos que reconciliarnos con los demás; en primer lugar con los miembros de nuestra familia.

Los de la familia de Babel se apartaron de Dios; perdieron su bendición. No se reconciliaron con su Señor. Toda familia, a veces, se llega a convertir en una pequeña Babel. La «confesión» sacramental es la gran oportunidad que Dios concede para regalar su perdón y para que retorne su bendición que había escapado del hogar. No puede faltar este Sacramento en toda familia cristiana, sobre todo, en los momentos litúrgicos más fuertes del año.

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La Eucaristía

Si se le preguntara a algún niño qué necesita para la primera comunión, con seguridad que respondería que una candela y un vestido nuevo. En eso se ha convertido, para muchas familias, la Primera Comunión de los hijos: un día de tradición, de folklor, un pretexto para una fiesta.

Muchos niños nunca han visto comulgar a su papá, a su mamá. ¿Cómo se les puede animar a hacer la Primera Comunión? Los niños le dan importancia a aquello a lo que sus papás le dan valor. Para muchos la Primera Comunión se queda en su mente como un día de fiesta, nada más. No llegan a valorarla porque en su familia la Eucaristía no ocupa un lugar relevante. Todo niño debe aprender a apreciar la Santa Comunión, al ver la devoción con que sus papás frecuentan Semanalmente la santa Misa, y participan en la Comunión. Esa es la mejor preparación para un niño. Lo demás vendrá por añadidura.

En la práctica, el niño, recibe «instrucción», conocimientos, acerca de lo que es la comunión, la misa. Pero no ha tenido la vivencia eucarística de su familia. Un papá contaba que antes de convertirse, para la primera comunión de sus hijos, andaba tambaleándose entre los invitados con una copa de licor entre las manos. Este caso no es nada extraño. La Primera Comunión de los niños -algo tan Sagrado- se convierte en pretexto para celebrar una fiesta pagana. Acaban de estar «muy devotos» en la iglesia, a las pocas horas, ya echaron a perder todo eso. En ese contexto, se mueven algunos niños el día de su Primera Comunión.

Domingo, significa «Día del Señor». Nosotros creemos en una religión «revelada». Dios nos ha hablado; nos ha dicho que desea que «santifiquemos» su día. Para muchas familias el día del Señor les sirve para paseos, estadios, diversiones, descanso. Propiamente al Señor no lo tomamos en cuenta para nada. No acuden a la Eucaristía. No lo alaban en la Comunidad. No cumplen con lo que el mismo Señor ha establecido. Algunas familias llegan llenas de tribulación; les pregunto, a quemarropa, si van a Misa el día domingo. Responden que no. Les hago ver que cómo pretenden tener la bendición del Señor, si, precisamente, cuando él se las ofrece, el domingo, le dicen: «No, gracias».

Cada domingo, el Señor ofrece a la familia el «Viático» para la semana por medio de la Santa Comunión. No podemos pretender sentirnos fuertes, fortalecidos ante los impactos tremendos de la vida, si no nos hemos alimentado con el Pan de Vida que el Señor nos ofrece en la Eucaristía dominical. No podemos sentirnos curados de nuestras enfermedades físicas o psicológicas, si rehusamos tomar la medicina espiritual -la Comunión- a la que nos convida el Señor cada semana.

Es cierto que cuesta llevar a los adolescentes y a los jóvenes a la Misa. Nadie lo niega. Los padres deben industriarse para dialogar con ellos, para ayudarlos a optar por la Eucaristía. Hasta deben ejercer una «sana presión» para llevarlos el domingo a misa. No

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les cae mal. Así como les exigen levantarse temprano para ir a la escuela, también deben, en cierta forma, deben «empujarlos», amorosamente, para participar en la Eucaristía. No deben temer los padres hacerles este bien a sus hijos. Un día se lo agradecerán.

El día del Señor no debe concluir con la Misa. Debe prolongarse en el hogar por medio de sana diversión, de amenas pláticas entre padres e hijos. Si los apretados horarios del trabajo obligan a la familia a vivir ajetreadamente, hay que darle suma importancia al domingo para platicar, para divertirse juntos, para descansar. Para encontrarse más íntimamente. La bendición recibida en la misa debe disfrutarse en el hogar. Antes de que el pueblo de Israel saliera hacia el éxodo, hacia el desierto, el Señor les mandó a celebrar la cena pascual: una comida familiar, eminentemente religiosa; allí se cantó, se rezó, se meditó, durante la cena Cfr. Ex 12.

De esta manera fueron preparados para las inclemencias del desierto. El Señor nos manda reunirnos el domingo en su Casa; nos sirve el Pan de Vida que nos restaura las fuerzas y nos prepara para el duro viaje del «terrible cotidiano» de la semana. Una familia sin Eucaristía semanal es una familia sin la bendición de Dios y sin el Viático necesario para el peregrinaje a través del desierto de la semana.

La Unción de los Enfermos

La familia juega un papel importantísimo durante la enfermedad de alguno de los miembros del hogar. El enfermo grave llega a considerarse como una carga molesta para todos; se siente abandonado de todos, y, a veces hasta de Dios. Es aquí donde la familia debe demostrarle al enfermo su amor, su comprensión su cariño. Hay que hacerle ver, de mil maneras, que no es «alguien molesto» para la familia; que todos asumen con cariño su pena, su dolor, y que procuran aliviarlo en todo lo que puedan. Dice la carta de Santiago: «Si alguno está enfermo, que llame a los presbíteros de la iglesia, para que oren por él y en el nombre del Señor le unjan con aceite. Y cuando oren con fe, el enfermo sanará, y el Señor lo levantará; y si ha cometido pecados, le serán perdonados» St 5, 14-15.

El Sacramento de la unción de los enfermos no es para que se administre cuando el enfermo ya está inconsciente. Hay que llamar al sacerdote cuando el enfermo manifieste alguna gravedad. La unción de los enfermos tiene la finalidad de pedir por la salud del que padece, para su curación espiritual y física.

Por lo general, cuando se llega a una casa para la Unción del enfermo, los hombres se retiran a fumar y a platicar, algunas mujeres acompañan al sacerdote. No se ha comprendido el sentido de este Sacramento. La familia entera debe participar en la Unción del enfermo; es el momento de rogar, en familia, por la sanación espiritual,

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psicológica, física del enfermo. Es la mejor oportunidad de que los familiares le demuestren al enfermo su amor, su comprensión por medio de la oración.

«El imponer las manos sobre el enfermo» ha sido un gesto bíblico para indicar acercamiento de amor al que sufre. Jesús decía que los que tuvieran fe «impondrían las manos sobre los enfermos y quedarían sanados» Mc 16, 18.

Santiago asegura: «La oración de fe salvará al enfermo» St 5, 15. La Unción del enfermo es un momento sagrado de la familia; allí el hogar cristiano puede evidenciar si, de veras, cree en las palabras del Señor.

«No llamen al padre porque se va a asustar el enfermo», dicen algunos familiares. ¡Hasta ese punto hemos llegado en nuestro mediocre cristianismo: hasta tenerle miedo a la oración por el enfermo!

Las palabras de consuelo, las visitas al enfermo son de mucho valor. Pero nada cuenta más para él en ese trance tan difícil de su vida como la oración de su familia, la Unción Sacramental, celebrada por toda la familia. El término «celebrar», tal vez, le suene raro a alguno. ¿Cómo se puede celebrar un momento tan tremendo como es la gravedad del enfermo? Para nosotros «celebrar», en este caso, es alabar a Dios porque en todo vemos su mano, su amor, su perdón, su bondad. Por eso la familia con esperanza, amor y fe celebra la Unción del enfermo. Como sacerdote he visto muchos casos en que, después de la Unción sacramental del enfermo, ha cambiado el panorama clínico o psicológico del paciente.

La enfermedad grave es un paso difícil para todo ser humano. Ninguna familia le puede fallar en este momento a su ser querido. No puede faltar de ninguna manera la oración del papá y de la mamá, de los hermanos. De los hijos. Lo que nos gustaría que hicieran por nosotros nuestros parientes en la enfermedad, debemos hacerlo, ahora, con cariño por nuestros enfermos.

El Orden Sacerdotal

¿Cuál sería la reacción de los papás, si su hijo les dijera que desea ser sacerdote? Muchos padres se disgustan, procuran disuadir a su hijo de esa idea por todos los medios. Es señal de que no han comprendido lo que significa un sacerdote en el pueblo de Dios. Tampoco han comprendido que los hijos son de Dios; se los han prestado durante algún tiempo nada más. Dios tiene todo el derecho de llamar a su servicio para el sacerdocio a un hijo, o a la vida religiosa a una hija.

Cuando el Señor me llamó para servirle, había un compañero mío que también recibió el mismo llamado; sus padres se opusieron rotundamente. Se lo impidieron;

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decían que no querían «perder» a su hijo. Pasaron pocos años, y ese hijo tuvo que salir exiliado del país. Tuvo que emigrar a una nación muy lejana. Allí se quedó para siempre. Aquellos padres decían que iban a perder a su hijo, si lo entregaban a Dios. Lo perdieron de todos modos, pero no para que sirviera al Señor sino al Comunismo; precisamente por sus ideas comunistas, aquel joven tuvo que ir al exilio.

Ana se llamaba la pobre mujer que no había podido tener un hijo. Dice la Biblia que aquella piadosa mujer se fue al Templo; con lágrimas le suplicó al Señor que le regalara a un hijo; le prometió que ese hijo lo entregaría para el servicio del templo. El Señor le concedió su deseo. Aquella mujer cumplió su ‘promesa’; su hijo llegó a ser el famoso profeta Samuel.

Dice el Señor: «Rueguen al dueño de la mies para que envíe operarios a su mies» Mt 9, 38. Hacen falta muchos sacerdotes. Hacen falta también familias generosas que estén dispuestas a entregar a su hijo o a hija para el servicio del Señor. Las familias que han recibido el regalo de un hijo sacerdote, de una hija religiosa, son testigos de las muchísimas bendiciones que el Señor les ha concedido por medio de esos hijos llamados a su servicio.

Una familia auténticamente cristiana es el mejor seminario -semillero- para futuros sacerdotes que se dediquen a tiempo completo a difundir el reino de Dios. Pedro, un día, le preguntó a Jesús: «Y a nosotros que lo hemos dejado todo por seguirte, ¿Que nos vas a dar?» Jesús respondió: «Recibirán cien veces más» Mt 19, 29. Las familias que tienen el regalo de un sacerdote o una hija religiosa pueden afirmar que la promesa de Jesús se ha cumplido con plenitud en ellos. Por supuesto, que «cien veces más», en lenguaje cristiano, no significa la lotería. Para un cristiano hay cosas más importantes que el dinero. Las familias que tienen algún hijo sacerdote o una hija religiosa, al mismo tiempo que deben agradecer sin cesar a Dios, deben también orar para que sus hijos perseveren como fieles servidores del Señor.

El Matrimonio

Con muchísima frecuencia la familia asiste -no digo participa- en misas de matrimonio. Se va, muchas veces, no para rezar, para participar en la Eucaristía, sino para «cumplir» con un acto de tipo social. ¡Es una lástima! Hay mucha tela que cortar con respecto a los llamados «matrimonios por la iglesia». Se han convertido para muchos en exhibicionismo, competencia, ostentación. Es difícil asegurar que en determinadas ceremonias de casamiento haya una «comunidad orante». Hasta es muy dudoso que exista un «Sacramento», que los novios voluntariamente, por fe, de corazón, pidan la bendición de Dios y se comprometan «con juramento» para toda la vida. Habría tanto que analizar y purificar en estos «casamientos por la iglesia» a los que se llega, con

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frecuencia, por fuerza de la costumbre, en un ambiente sociocultural católico. Lo peor del caso es que después de una ceremonia en la iglesia se remata todo con una fiesta nada cristiana, que desdice, totalmente, lo que se acaba de realizar en la Iglesia.

Toda familia cristiana debe plantearse este serio asunto. No puede permitir ser arrastrada por la «fuerza de una costumbre», que no tiene nada que ver con lo que debe ser el Sacramento del Matrimonio dignamente celebrado.

La participación en el Sacramento del Matrimonio es una gran oportunidad para la familia, para dar gracias por el regalo del Sacramento que se concede a los nuevos miembros de la familia y para rogar para que la bendición del Señor permanezca siempre en el hogar.

Desde el punto de vista de los hijos, durante una ceremonia de casamiento, tienen la ocasión de agradecer a Dios porque son producto del matrimonio de sus padres. Al mismo tiempo, no pueden dejar pasar esa ocasión para rogar para que el Señor mantenga unidos a sus papás, para que los aleje de toda tentación de divorcio, de resentimiento. Para que reine la paz de Dios en su familia. Para rogarle al Espíritu Santo que les conceda a ellos mismos discernimiento para saber escoger la novia o el novio conveniente, y para llegar, un día, al Sacramento del Matrimonio con ilusión y con fe.

Desde el punto de vista de los papás, una ceremonia de matrimonio es un momento de gracia para que vuelvan a meditar en el gran don que recibieron el día de su casamiento; para renovar sus votos matrimoniales; para hacer un serio examen de conciencia acerca de cómo están cumpliendo su voto matrimonial con su cónyuge. Para orar muy fervorosamente por la paz de su hogar; para suplicarle al Señor que sea el Señor de su casa.

¡Es una lástima que las misas de Matrimonio se desperdicien en tantas futilidades que no tienen nada que ver con el Sacramento!. Se olvida que se trata de una oportunidad de gracia para unirse en oración y rogar por los nuevos miembros de la familia que se unen en matrimonio; para pedir, al mismo tiempo, por el propio matrimonio para que sea santo y digno siempre en la presencia de Dios.

Familia sacramental

Toda familia nace como producto del Sacramento del Matrimonio. Todos los acontecimientos principales de la familia están marcados por los Sacramentos, que van santificando cada una de las etapas principales de la familia. El niño es hundido en Jesús el día de su Bautismo. La familia acompaña al niño es su primera confesión y Comunión. La familia, semanalmente, celebra su pascua del nuevo Testamento: la Eucaristía. La familia se reúne alrededor del joven que da su sí de corazón a Jesús el día de su

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Confirmación. El hogar sufre en compañía del enfermo y se agrupa alrededor de su lecho para celebrar su Unción sacramental. La familia participa en la misa del matrimonio, con ilusión y fe, para encomendar a Dios a los jóvenes de la familia que son sellados por el Sacramento del Matrimonio. La familia pide para que el Señor envíe nuevos sacerdotes a su mies, y, al mismo tiempo, tiene sus puertas abiertas para que llegue el Señor cuando quiera invitar a algún miembro de la familia para que sea consagrado como sacerdote o como religiosa.

Los Sacramentos han sido presentados como «fuentes de Gracia», que el Señor nos ha dejado, para beber abundantemente en nuestro peregrinaje a través de esta vida terrenal. ¡Dichosa la familia que sabe acercarse con frecuencia a estas fuentes de salvación!

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12.

La Familia Reconciliada

El sueño de todos los novios es formar un hogar que sea como una isla de paz y de amor en medio de un mundo conflictivo. Les ha tocado vivir en hogares demasiado problemáticos, y, por eso piensan que ya es hora de vivir en un verdadero hogar, en un lugar de serenidad, de paz.

Con estos propósitos llegan los ilusionados novios ante el altar para emitir sus votos

, habían soñado, se encuentran en un «ring» enfrentándose una y otra vez.

Por momentos se retiran a la esquina del ring para un breve descanso. Pero están seguros que les faltan muchos «rounds» todavía. Este es el triste panorama que nuestra sociedad convulsionada nos presenta en muchas familias.

¿Por qué no puede haber un poco de paz, de serenidad en nuestros hogares? En el fondo, es porque allí dentro hay muchas personas que tienen sus corazones «heridos»; han sido lacerados, están sangrando. Cuando alguien tiene un dolor de muelas, se torna hipersensible, todo le molesta; el individuo se centra en su dolor de muelas y ya no logra pensar en los demás. Lo mismo sucede con el que tiene su «corazón herido». Está centrado en sus propios conflictos; los demás le salen sobrando. Sólo piensa en sí mismo. Está incapacitado para amar.

matrimoniales. Pasan los primeros años y luego

en lugar de tener un hogar con el que

Lo que necesitan muchos hogares para que haya paz y tranquilidad, es una auténtica reconciliación. Un volver a aquel punto del pasado en donde había amor, perdón, comprensión. Un día los novios se sintieron a gusto el uno junto al otro. Se amaron. Por eso se casaron. Hay que volver a aquel punto en que había comunión, amor, perdón.

La reconciliación con Dios

Parece algo mitológico el hecho de que Adán y Eva se vayan a esconder, huyendo de Dios. Pero es algo tan real, tan actual. Dice el Génesis que al principio Dios baja a platicar con aquella pareja. Por medio de esta imagen, la Biblia nos está expresando la comunicación espiritual que existía entre Dios y los primeros seres humanos. Luego ingresa el pecado, y todo cambia: ya no se comunican; ahora huyen, se esconden. El pecado ha herido sus corazones. Por eso se sienten lejos de Dios. De aquí viene el conflicto. Adán, para justificarse, le dice a Dios: «La mujer que me diste tiene la culpa» Gn 3, 12. Aquí hay doble acusación. Primero le echa en cara a Dios que le haya entregado una determinada mujer. Luego culpa a Eva: ella es la culpable de todo lo que está sucediendo. El que tiene su corazón herido, busca echarle la culpa de sus conflictos

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a los demás. No se le ocurre que él mismo puede ser el principal causante de sus problemas psicológicos o espirituales.

Muchos hogares, como Adán, están «huyendo» de Dios; están distanciados de la bendición de Dios. Por costumbre, tal vez, a Dios lo llaman Señor; pero él no es el Señor de sus casas. Muchos hogares no «santifican» el día del Señor. Un sinnúmero de actividades ocupan su domingo, que significa «día del Señor». En la realidad ese día no es del Señor en el hogar. Muchas familias están infectadas por la infidelidad, el aborto, el odio, la injusticia. Sucede como en Navidad: hay un gran árbol lleno de luces y bombas de colores; abundan los regalos y las comidas. En un rinconcito se ve un «muñequito» que dicen que es la imagen del Niño Jesús. Eso es Jesús para muchos hogares: un agregado de tipo cultural. Por tradición lo introducen en la familia; pero no ocupa el corazón de la familia. No es el Señor del hogar.

«Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron», comenta San Juan, al narrar cómo

la Sagrada Familia no encontró posada en Belén. Esto impresiona. Tal vez nos lleva a

despreciar a los que no aceptaron en su casa a María y José. Pero esta escena es la «normalidad» para muchos hogares. Jesús es un indeseable «huésped»; se le admite de mala gana; se le coloca en un rincón para que pase la noche, nada más.

Dice el libro del Deuteronomio: «Les doy a elegir la bendición y la maldición. Bendición, si obedecen los mandamientos del Señor su Dios, que hoy les he ordenado. Maldición, si por seguir a dioses desconocidos, desobedecen los mandamientos del Señor su Dios y se apartan del camino que hoy les he ordenado» Dt 11, 26-27. Es algo muy claro: Bendición o maldición. No hay camino intermedio. No puede haber paz, amor, gozo, en un hogar en donde se quebrantan los mandamientos del Señor. Allí impera la maldición. No que Dios, al estilo pagano, esté enviando truenos y relámpagos. La maldición, aquí, significa que los individuos, al apartarse de la bendición de Dios, han quedado a merced de las fuerzas del mal que «dominan en este mundo obscuro» (Ef 6, 12). Mientras el pecado no sea desterrado del hogar, es una utopía pensar que allí pueden reinar la paz, la tranquilidad.

Con frecuencia se acercan personas temblando: en sus casas suceden cosas extrañas, fenómenos desconcertantes. Quieren que vaya el sacerdote para «echar agua bendita». Cuando se les habla de ponerse en gracia de Dios, de confesarse, de comulgar, de rezar en familia, fruncen el ceño. No les gusta. Ellos quieren algo «instantáneo», quieren un Dios «fácil», sin exigencias. Quieren la bendición de Dios, pero sin necesidad de purificar el hogar de todo pecado.

Algunos hogares que se encuentran al borde del divorcio, en última instancia, acuden al psicólogo, al consejero matrimonial. Si estos especialistas son cristianos practicantes, les pueden ayudar en su problemática familiar. Pero la paz auténtica del corazón sólo la puede brindar Dios. Por algo la carta a los Efesios dice que Jesús «es nuestra paz». El único que nos puede dar la paz auténtica. La paz que pretende dar el

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muy

mundanos.

Zaqueo está alejado de Dios. Escondido también, como Adán, entre el follaje de un árbol. Jesús lo encontró. Se le metió en su casa. Ante la presencia del Señor, Zaqueo no pudo seguir siendo el mismo. Ante todos, reconoció sus pecados; pidió perdón. Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a tu casa» Lc 19, 9. La bendición de Dios -la salvación- sólo puede ingresar en nuestro hogar, cuando previamente ha salido el pecado. Bendición o maldición, ese es el dilema para nuestros hogares. Muchas familias lo que necesitan es reconciliarse con Dios. Deben salir de su escondite. Dejar que Jesús entre en su casa, como en la casa de Zaqueo, y permitirle que sanee su hogar.

mundo

es

«artificial»;

está

elaborada,

químicamente,

a

base

de

elementos

La reconciliación entre los de la familia

Al casarse, todos llegan al hogar con la ilusión de encontrar allí la felicidad. No es raro que al poco tiempo de convivir, de pronto se percaten de que se encuentran con «alguien desconocido» -ella o él-. De pronto, aparecen costumbres, manías, obsesiones que se desconocían. Lo cierto es que al nuevo hogar no ingresan solamente los dos nuevos cónyuges, sino que ingresan, invisiblemente, también los papás de los cónyuges, a través de la cultura que les impartieron a sus hijos, de los traumas que les causaron; de todo lo bueno o lo malo que dejaron en sus corazones.

Durante el noviazgo se conocía a una persona; durante el matrimonio se descubren rasgos desconocidos del esposo o la esposa. Y aquí viene, muchas veces, la tragedia. Muchos llevan en su corazón conflictos amontonados; tienen su corazón herido. Es como un cántaro rajado que gotea agua; no logra retenerla. El que tiene el corazón herido por traumas de su pasado, y no sido curado, no logra retener el «amor». Destila enojo, malhumor, frustración.

Dice el refrán: «De la abundancia del corazón hablan los labios». Jesús, más acertadamente, dice: «El hombre bueno de su buen corazón saca cosas buenas; el hombre malo de su mal corazón saca cosas malas» Lc 6, 45. De nosotros sale lo que llevamos almacenando dentro del corazón. Si el corazón está saturado de conflictos, de traumas, el corazón es como ese cántaro que gotea; que no logra retener el amor. Y cuando no hay amor, ocupa su puesto la amargura, la insatisfacción.

Dice nuestro pueblo que podemos ser «candil de la calle y obscuridad en la casa». Por lo general, descargamos nuestras frustraciones, nuestra inconformidad, nuestra amargura con las personas que conviven con nosotros, los de nuestra familia. Son los únicos que nos «aguantan»; con los demás no nos atrevemos a ser tan despiadados como con los de nuestra familia; los demás no nos soportan: nos contestan por las rimas. Les

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tenemos miedo, y, por eso vamos a descargar al hogar las tensiones del trabajo, los fracasos de la calle.

Adán y Eva se distanciaron de Dios. Nosotros nos distanciamos de los que deberíamos estar más cerca. Huimos de lo que deberíamos buscar. Esposo y esposa son los que menos hablan entre sí. Padre e hijos apenas logran comunicarse. De allí nace el resentimiento acumulado entre esposo y esposa. Entre padres e hijos. Tener un poco de paz, de tranquilidad, hay que pensar seriamente en una reconciliación.

José de Egipto, cuando vio a sus hermanos que llegaban de lejanas tierras pidiendo alimentos, simuló que no los conocía. Los hermanos ni cuenta se habían dado de que aquel alto funcionario de Egipto era su mismo hermano. Al punto a José se le vino a la mente un remolino de recuerdos amargos: sus hermanos habían intentado, primero, matarlo; luego habían optado por venderlo como esclavo. José comenzó por relacionarse con ellos por medio de un intérprete, aparentando que desconocía su lengua. Luego les jugó malas partidas: les escondió en su equipaje objetos de la corte para hacerlos pasar como ladrones. Según José, lo hacía para poner a prueba a sus hermanos. Pero, muy en el fondo, era porque se le había vuelto a abrir la herida que ellos le habían causado hacía muchos años.

José, de pronto, comenzó a rememorar cómo Dios, en sueños, le había ido adelantando lo que iba a suceder en su vida. En ese momento, cuando recordó lo que Dios había hecho con él, comenzó a llorar. Ya no pudo seguir simulando; se abalanzó a abrazar a sus hermanos. De esa manera, José quedó totalmente curado del «trauma» de su vida pasada.

José, primero lloró; luego abrazó a sus hermanos. Son dos caminos indispensables por los que hay que transitar para que llegue la reconciliación al hogar. Primero hay que llorar los propios errores, las heridas que hemos causado a los otros; los malos ratos que les hemos hecho vivir; las cruces que hemos puesto sobre sus hombros. Después hay que abrazar. Hay que acercarse con humildad; pedir perdón y comenzar «algo nuevo».

José de Egipto, sólo pudo comenzar a llorar cuando recordó lo que Dios había hecho en su vida. Sólo nosotros no podemos llegar a perdonar lo que los miembros de nuestra familia nos han hecho sufrir. Necesitamos «el poder que viene de lo alto». El poder de Dios.

San Pablo dice: «El amor de Dios ha sido derramado en nosotros por medio de Espíritu Santo que nos ha sido concedido» Rm 5, 5. Ese amor es el amor de Jesús que logra rezar por los verdugos que lo están crucificando. Es el amor de Jesús que nos dice:

«Vengan a mí todos los que están agobiados y cansados que Yo los haré descansar» Mt 11, 28.

Cuando sentimos que el Amor de Dios, como aceite, nos ha caído encima, nos sentimos perdonados por nuestro pasado torcido, y nos sentimos amados como hijos de

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Dios. Esto nos lleva a sentir que el amor de Dios debe seguir fluyendo hacia los demás. De manera especial hacia los miembros de nuestra familia a quienes hemos herido gravemente. Al esposo. A la esposa. A los padres. A los hijos.

Cuando hemos podido llorar nuestras culpas, y abrazar a los demás, entonces, como José de Egipto, sentimos que hay reconciliación en nuestra casa. Ya podemos hablar de paz. De amor.

Perdonarnos a nosotros mismos

Nos cuesta aceptarnos a nosotros mismos, así como somos. Siempre hay algún complejo en nosotros por alguna limitación, que nos hace sentirnos mal. La gordura, la nariz, la estatura demasiado baja o alta. Nos cuesta aceptarnos tal como somos.

En el campo espiritual es más complicado: nos cuesta perdonarnos a nosotros mismos por nuestros errores del pasado. Dios, en su misericordia, ya nos perdonó. Rompió la factura de nuestras deudas. Pero nosotros no nos atrevemos a «tomar» ese perdón. Por eso seguimos castigándonos, torturándonos por nuestros pecados del pasado. De esta manera, impedimos la sanación espiritual de nuestro corazón. Un corazón no sanado es como el cántaro rajado que no logra retener el agua. No logramos retener el amor que Dios nos ha regalado. Se nos escapa. Por eso hay palabras duras hacia los demás. Insultos. Sarcasmo. Malhumor.

El hijo pródigo de la parábola no quería aceptar el perdón de su padre. Insistía en que lo debía tratar como a uno de sus esclavos. No permitía que se le hiciera una fiesta. Como él, nosotros, tercamente, queremos que Dios nos trate como esclavos. No aceptamos que nos haga una fiesta y nos trate como a hijos muy queridos.

Para el hijo pródigo la verdadera reconciliación llegó hasta que aceptó la fiesta que su Padre le brindaba. Para nosotros, la reconciliación con nosotros mismos llegará hasta que aceptemos que Dios ya rompió para siempre la factura de nuestras deudas y que quiere que aceptemos la fiesta de su amor, que nos brinda.

Parte esencial del sacramento de la reconciliación es aceptar, de corazón, el perdón que Dios nos obsequia gratuitamente.

Hay que platicar mucho

Los novios podrían ser definidos como «los que siempre están platicando». No se

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cansan de estar juntos. Siempre quieren decirse cosas. Se pelean con frecuencia; pero, como platican, se logran explicar, comprender y perdonar. Lastimosamente, en el matrimonio, se van terminando las palabras. Muchos esposos podrían definirse como «los que ya no saben platicar».

El diálogo es como un rompecabezas que se va armando entre varias personas. Cada uno va colocando alguna pieza. El diálogo es como la sangre; si la sangre no llega a un miembro, hay gangrena. Muchos hogares padecen de gangrena; se les terminaron las palabras. Ya no se entienden. Un esposo contaba que para reconciliarse con su esposa determinó irla a buscar a la salida del trabajo. Para iniciar el diálogo, intentó una pregunta: «¿Cómo te fue el día de hoy?» Ella le contestó con acritud: «Como todos los días». Los dos se volvieron a quedar mudos. Y allí concluyó todo. Sin lugar a dudas, para dialogar se necesita humildad; hay que prepararse para las frías palabras con que el otro quiere impedir el diálogo.

Una pareja contaba lo que les había sucedido. Cuando ella tuvo su primer niño, esperaba, en el hospital, la llegada de su esposo con un ramo de rosas. Cuando lo vio aparecer sin el ramo, se puso furiosa. No le dijo nada, pero desde ese momento se inició para ellos una ruda pelea. Hasta hablaron de divorcio. Un día, en uno de los enfrentamientos verbales, a ella se le salió la frase: «¡Ni rosas me llevaste el día que nació tu hijo!» En ese momento él cayó en la cuenta del motivo del enojo. Aprovechó para expresarle su punto de vista. Antes de salir de la casa, él había pensado que para qué le iba a llevar flores; mejor le compraría un buen regalo. Los hombres y las mujeres tenemos puntos de vista muy diferentes en lo que respecta a un ramo de flores y a otras cosas más. Cuando ellos pudieron dar sus respectivas explicaciones, se pudieron comprender y perdonar.

En los hogares hay poco perdón porque hay también poco diálogo. Si se platicara más entre esposo y esposa, más fácilmente podrían llegar a un acuerdo, a comprenderse. Si se platicara más entre padres e hijos, no habría esas barreras entre los jóvenes y sus progenitores.

Los discípulos de Emaús no recibieron muy bien a Jesús, cuando les pidió que lo aceptaran como compañero de viaje. El Señor se industrió para hacerlos hablar, para conversar acerca de lo que la Escritura anunciaba sobre la muerte y resurrección del Mesías. Al final, ellos ya no lo querían dejar ir; lo invitaron a cenar. Ya lo habían aceptado plenamente.

La mujer samaritana, de entrada, intentó cortar de tajo el diálogo que Jesús intentaba iniciar. «Tú eres judío; yo samaritana: ni hablar, entonces». Pero el Señor era especialista en humildad y en amor. No se dio por derrotado. Persistió brindándole comprensión, amor. Hasta que la llevó a reconocer sus adulterios y a pedir ayuda. Cuando aquella mujer se sintió liberada, reconciliada, quiso ir a platicar con sus vecinos. Antes les huía. Por eso San Juan la presenta yendo a sacar agua a pozo, al calurosísimo

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mediodía de Palestina, para no encontrarse con ninguno. Cuando el corazón de la Samaritana quedó sanado, ya no tuvo reparo en dialogar con todos los del pueblo. Sintió la urgencia de irles a contar su caso. De hablarles de Aquel Hombre que la había liberado.

Todos los esfuerzos, por resucitar los sabrosos diálogos del noviazgo traerán como consecuencia el que esposo y esposa puedan explicar su punto de vista; conocer lo que piensa su cónyuge. De allí brotará la comprensión. El perdón. La reconciliación.

La isla de paz

Esa isla de paz, que anhelaban los novios antes de casarse, no se hará realidad nunca mientras no haya una reconciliación con Dios, consigo mismo y con los miembros de la familia.

Los profetas anunciaron a Jesús como «El Príncipe de la paz». Jesús dijo que él daba la paz, pero no como la del mundo. La carta a los Efesios dice que «Jesús es nuestra paz» Ef 2, 14. Ese Señor de paz, un día, unió a esposo y esposa por medio de un Sacramento para que su paz reinara en su hogar. A los hogares que han perdido esa paz, el Señor se las ofrece nuevamente. Como en el libro de Apocalipsis, toca la puerta de los hogares y les advierte que si le abren «entrará y cenará» con ellos Ap 3, 20. Zaqueo le abrió su casa a jesús. El Señor le pudo decir: «Hoy ha llegado la salvación a tu casa» Lc 19, 9.

La oración y el diálogo, sobre todo, ayudarán a esposo y esposa a reconciliarse. La oración nos lleva a hablar con Dios. A reconciliarnos con él. Al orar, reviven en nosotros las palabras muertas, y logramos, nuevamente, hablar con los otros. El pecado, el orgullo nos vuelven mudos. Nos distancian. La oración, al llevarnos a hablar con Dios, nos obliga a hablarles a los hermanos, sobre todo a los que hemos ofendido. De aquí nace la reconciliación.

Adán y Eva por el pecado quedaron distanciados de Dios y de ellos mismos. El Señor los fue a buscar. Les puso unas pieles sobre sus desnudos hombros. Cuando se sintieron perdonados por Dios y amados nuevamente por su Padre, se tomaron de las manos y, juntos, se dispusieron a emprender su largo viaje de regreso al paraíso. El día del matrimonio, Dios unió a esposo y esposa con un Sacramento. Les echó encima las pieles de su bendición. Les regaló un hogar no para que fuera un cuartel en pie de guerra, sino una isla de paz y amor en medio de un mundo convulsionado. Para eso marido y mujer deben aceptar las pieles de perdón que el Señor les ha echado encima y reconciliarse entre ellos mismos.

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