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Todos jalados, por Mabel Huertas

“El fujimorismo ha puesto en peligro su capital político: la lucha contra el terrorismo”.

Sabíamos que iba a suceder. En la segunda vuelta lo temíamos, pocos se atrevieron a decirlo en voz alta. El partido Peruanos por el Kambio (PPK) no contaba con un aparato político a nivel nacional capaz de representar los intereses provincianos ni con aliados en esa intrincada realidad ajena a los limeños (y nada más limeño que PPK). Sin arraigo en el interior, sin socios políticos y sin sabuesos que huelan la sangre, ¿cómo podía terminar esta historia?

A estas alturas la inoperancia del gobierno para enfrentar la desbordante realidad social no

debería sorprendernos. Esta huelga magisterial no ha sido más que el trampolín a la fama del dirigente Pedro Castillo y probablemente signifique el adiós de la ministra Marilú Martens, sumando así un nuevo fracaso del primer ministro Fernando Zavala y, por supuesto, del presidente Pedro Pablo Kuczynski.

Ahora enfoquémonos en Castillo, un hombre, al parecer, sin mayores habilidades blandas, pero que supo aprovechar el vacío radical dejado desde hace un ratopor Huaynalayas y Antauros. Sin embargo, sus limitaciones lo traicionan y ahora improvisa sobre la marcha: un día se niega a las evaluaciones; otra mañana las acepta, pero rechaza los despidos; luego cuestiona las rúbricas, y así va ensayando argumentos falaces, como aquel que acusa a la ministra Martens de tener solo el grado de bachiller. Vaya usted a saber qué dirá mañana, porque la plataforma de lucha de esta huelga que se volvió abusivaya no existe; el decreto de urgencia que reconoce el aumento salarial, entre otros beneficios, se la tumbó.

Según GFK, el 85% de la población está a favor de las evaluaciones; es decir, la opinión pública juega en contra del dirigente, quien tras su histriónica caída en medio de una marcha está a punto de convertirse en un meme en las acaloradas redes sociales. Castillo podría regresar a Chota sin pena ni gloria, habiendo perdido la gran oportunidad de ser el autor del decreto de urgencia.

En este escenario, se hubiese esperado que el partido naranja se luzca, pero de la arrolladora mototaxi, nada. Esta facción decidió ponerse de perfil y observar. Su lideresa “ausente” Keiko Fujimori, a través de You Tube, ofrecía generosamente facultades legislativas. ¿Para qué? Ninguna ley lo ha reconocido su propia bancadaacabaría con la huelga. El fujimorismo no

ha ganado nada. Es más, ha puesto en peligro su capital político: la lucha contra el terrorismo. Esta vez no les importó las supuestas relaciones de Castillo con el Movadef y en un errático movimiento político lo acogieron. ¿Qué fruto dio esa reunión? Ninguno. Es más, con la posible

e inoportuna censura de Martens, el fujimorismo estaría empoderando a los radicales. ¡Quién lo diría!

Como ve, si tuviésemos que calificar a los principales actores de esta crisis, todos saldrían jalados. Pero hay un actor más que merece ser evaluado: el ciudadano promedio, ese ser pasivo que tuitea desde su sala; el padre de familia inconforme con la educación de su hijo y

que abraza, sin rebelarse, su realidad; o el jefe de hogar que paga un colegio particular y ve

la huelga como el problema de otros.

La educación es asunto de todos los peruanos, de los que invertimos en nuestro país con nuestros impuestos y trabajo. No podemos seguir produciendo generaciones limitadas en conocimientos que frenen el desarrollo y nos aten al mundo pre-OCDE. Ninguna asociación, ONG o iglesia nadiese ha comprado el pleito por los millones de niños que merecen mejor educación. Una vez más no pasamos de la indignación facebookera. Como escribió Hugo Ñopo en estas mismas páginas, esta es la consecuencia de muchos años de olvido de sucesivos gobiernos, pero también de años de nuestra indiferencia como ciudadanos. Todos jugamos un rol en esta huelga y todos salimos jalados. Usted también.

El lenguaje de la calle

“La calle es una selva de cemento;

Y de fieras salvajes como no;

Ya no hay quien salga loco de contento; Donde quiera te espera lo peor” (bis).

Escribe: (*) José Luis Franco

Así comienza uno de los temas más recordados del inmortal Héctor Lavoe “Juanito Alimaña”. La letra de esta peculiar salsa, tan gráfica y clara, habla sobre aquella inseguridad que se vive en las grandes ciudades: la calle es aquella “selva de cemento” y habitar en ella termina siendo un acto de supervivencia. Si bien data ya de un lejano 1983, pareciera seguir cobrando vigencia cuando en el día a día somos sumergidos en una vorágine de violencia que no discrimina sectores sociales, donde cada rincón de la calle se ha convertido en un sórdido lugar donde imperan el miedo y la desconfianza. Dos actitudes que terminamos generando y que al final se convierten en la justificación para romper el vínculo con nuestros espacios urbanos y sus habitantes.

Frente a ello, ¿cómo vivir en una ciudad violenta? ¿Qué solución damos a esta inseguridad que nos socava? En suma, ¿cómo no perder la sensibilidad ante las problemáticas que enfrenta? En medio de tanta incertidumbre, sus habitantes prefieren huir y no escuchar, rompiendo lazos con el prójimo y en algunos casos, encerrándose en sus propios espacios e ignorando lo que ocurre fuera del mismo. Sin embargo, la ciudad habla y se comunica con sus habitantes, un lenguaje materializado constantemente de diversas formas y que sólo alcanza su objetivo cuando logra comunicarse con un receptor, es decir, aquél capaz de escuchar.

¿De qué manera habla la ciudad? Pues de muchos modos. Una manera de hablarnos es a través del grafiti. Estamos invadidos por ellos, y constituyen la expresión de un arte marginal, pero que en su manera directa y satírica expresan conceptos e ideas que logran impactar en el imaginario de las personas. Podemos señalar aquellos de contenido social y que suelen nacer en la coyuntura nacional: “Cantuta no se olvida”, “¡Conga no va!”, “Esterilizaciones forzadas nunca más”, y un sinnúmero de mensajes cortos, directos y bien articulados, que logran su objetivo, comunicar.

Otra manera de comunicación es a través de sus habitantes que toman la calle como un espacio para poder llegar al otro a través de la sensibilización. Las marchas ciudadanas, pero también aquellos jóvenes que suben a cantar a los autobuses para hacer hip hop, o aquél que te cuenta su historia -sea falsa o verdadera- y te dice que no viene con las manos vacías. También está ese mendigo que levanta la mano

y te pide una moneda. Todos ellos son almas parlantes de la urbe.

Una tercera forma es la expresión de los habitantes silenciosos, casi siempre moviéndose en la indigencia y cuya realidad está cuestionándonos. Los enfermos mentales que se mueven como sombras en su propio mundo. Los pobres que hurgan en la basura para rescatar objetos que luego venderán a un precio irrisorio, pero que les significa mucho dentro de la descomunal miseria en la que viven. También están aquellos que se ocultan bajo los puentes o en los rincones no transitados para drogarse. Y tampoco debemos descartar a los delincuentes, nuestra continúa amenaza.

Estos personajes y sus lenguajes nos hablan, nos comunican, pero sobre todo, nos interpelan a través de sus imágenes, palabras y gestos, logrando con ello el triple objetivo de todo lenguaje: informar, expresar

y relacionarse. ¿Qué relación hay entre todo lo mencionado y la inseguridad urbana? Pues que para

enfrentar esta violencia hemos optado por escapar y cerrar nuestros oídos, asociando en diversas ocasiones la delincuencia con la pobreza y por consiguiente, buscando crear guetos que nos separen aún más de los “otros”, en vez de al menos intentar profundizar en el origen del problema. La violencia casi siempre ha formado parte de la “anti-cultura” de las grandes ciudades, pero la respuesta no se halla en la represión o la protección, sino en el comprender una realidad que se sustenta en la lectura y atención de

esos medios de comunicación a través de los cuales la metrópoli se esfuerza por decirnos lo que otros tratan de callar. Es ésa la solución.

Para terminar esta reflexión planteo la siguiente pregunta: ¿Qué implican las dinámicas comunicativas de

la ciudad a nuestra fe?, entendiendo la fe como la confianza y apertura hacia el otro. Ello implica tres cuestiones substanciales: recuperar la sensibilidad a través de la captación de dichos lenguajes urbanos; cuestionarnos si respondemos a nuestro rol de ciudadanos y, por último, comprometernos a cambiar esas situaciones inhumanas, violentas e injustas que afectan la vida de muchas personas. El día que aprendamos a escuchar a nuestra ciudad, lo que en resumidas cuentas, implica sencillamente escuchar

al prójimo, comenzaremos a vencer toda aquella problemática que tanto nos aqueja, pero que hasta ahora

no hemos hecho mucho por modificarla. (*) Teólogo.

¿Excomunión para los corruptos?

Escribe: María Rosa Lorbés (*)

La corrupción, junto con la inseguridad ciudadana, es uno de los problemas que más preocupa a los peruanos. Lo peor es que no solamente atraviesa el campo de la política, de la empresa privada y de las instituciones, sino que se ha convertido en una especie de epidemia que se contagia y avanza indefectiblemente en un tejido social que la tolera y que, aparentemente, tiene las defensas muy bajas.

Esa tolerancia crece alentada por la idea de que la corrupción es normal, que todo el mundo es corrupto y que nadie hace algo bueno por nada. Que siempre hay detrás del bien aparente, un interés subalterno escondido y que así es y siempre va a ser. De ahí se derivan otros males: la desconfianza en todo y de todos; el desprestigio de la política, que deja de ser vista como un servicio al bien común para convertirse en la posibilidad de ubicarse en un lugar desde el cual puede conseguirse mayor poder y dinero en beneficio propio, a costa de lo que es de todos.

La corrupción es un robo sin pistola, pero igualmente ruin y reprobable. Y adquiere mayor carácter delictivo, si cabe, cuando el robo se produce en un país en el que hay aún tanta pobreza y desigualdad como el nuestro. Porque el corrupto lo que hace es meter la mano, a escondidas, en el bolsillo del Estado, en la plata de todos los peruanos. Obviamente la corrupción, además, frena el desarrollo.

Aunque por la naturaleza del delito es difícil tener datos muy precisos se estima que cada año se van

al menos 6 mil millones de soles en la corrupción, la mitad del presupuesto que se invierte en educación.

A mayor corrupción menos escuelas, menos programas sociales, menos atención de salud, más

hambre y más pobreza.

Efectivamente: la corrupción corroe por dentro la democracia y el sistema de derecho y entorpece el desarrollo. El Papa Francisco la acaba de calificar recientemente como “la peor plaga social porque genera gravísimos problemas y crímenes que implican a todos”.

En un Debate Internacional sobre las corrupción realizado hace unas semanas en el Vaticano y que congregó a jueces y fiscales anti mafia y anti corrupción, obispos, personalidades vaticanas, representantes de países de las Naciones Unidas, y jefes de movimientos, victimas del flagelo, periodistas, estudiosos e intelectuales, los participantes plantearon la propuesta de que la Iglesia Católica sancione a los mafiosos, políticos corruptos y mercantes de seres humanos con la excomunión. Pena con la cual se separaría a un católico corrupto de la comunidad eclesial debido a esta falta, grave pública o privada.

En la sociedad la complicidad benevolente hacia los corruptos va disminuyendo paulatinamente y la indignación ciudadana crece ante cada nuevo destape del caso Odebrecht, por mencionar solo un caso emblemático. Pero el problema continuará si nos limitamos a ser espectadores irritados de los que pasa y no nos hacemos la pregunta de qué debemos hacer cada uno de los ciudadanos para que este cáncer disminuya.

Porque los peruanos no somos, en esencia, ni más ni menos corruptos que los suecos o los noruegos. Hay corrupción en todo el mundo. Los países menos corruptos son, simplemente, aquellos en los que hay políticas orientadas a controlar, prevenir, perseguir y sancionar la corrupción. Los corruptos solo dejan de serlo cuando saben que hay un sistema de control y vigilancia que los rodea y que delinquir les va a salir muy caro.

Uno de recursos legales que utilizan los corruptos es dejar pasar el tiempo de diversas formas hasta que el delito prescribe, es decir, se borra legalmente. En la legislación internacional hoy los únicos delitos que no prescriben son los de lesa humanidad. En cuanto a los casos de corrupción, en muchos países la tendencia es ampliar bastante los periodos de prescripción por corrupción y caminar hacia la imprescriptibilidad.

Sin embargo esa es solo una medida dentro un Sistema de Lucha Contra la Corrupción que supone, entre otras cosas, reformar y fortalecer instituciones como la Contraloría, el Poder Judicial, la Policía, y los órganos de control interno de las diferentes entidades del Estado. Pocas cosas podrán cambiar en este ámbito si, como ciudadanos, no nos involucramos, con vigilancia, con denuncia y con propuestas, para lograr una eficaz política anticorrupción que establezca medidas preventivas de control y de transparencia así como sanciones adecuadas y ejemplares.

(*) Educadora y comunicadora