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OBRAS COMPLETAS DE

FILÓN DE ALEJANDRÍA

IV

Traducción directa del griego, introducción y notas de

JOSÉ MARÍA TRIVIÑO

Catedrático de la Universidad Nacional de La Plata Buenos Aires 1976

ÍNDICE

SOBRE LA VIDA DE MOISÉS (DE VITA MOSIS)

3

SOBRE LA VIDA DE MOISÉS I

3

SOBRE LA VIDA DE MOISÉS II

50

SOBRE LOS DIEZ MANDAMIENTOS O DECÁLOGO, QUE SON COMPENDIOS DE

LAS LEYES (DE DECÁLOGO)

92

SOBRE LAS LEYES PARTICULARES (DE SPECIALIBUS LEGIBUS)

118

SOBRE LAS LEYES PARTICULARES I

118

SOBRE LAS LEYES PARTICULARES II

172

SOBRE LAS LEYES PARTICULARES III

215

SOBRE LAS LEYES PARTICULARES IV

249

2

SOBRE LA VIDA DE MOISÉS (DE VITA MOSIS)

SOBRE LA VIDA DE MOISÉS I

1. I. Es mi propósito narrar la vida de Moisés, el más grande y perfecto de los hombres en

todos los sentidos, el legislador de los judíos, según algunos, el intérprete de las sagradas leyes, según otros; y hacer que conozcan su historia aquellos que merecen no ignorarla.

2. Muéveme a ello el hecho de que, mientras la noticia de las leyes que nos ha legado se ha

divulgado por toda la tierra habitada, y ha llegado hasta los mismos confines de ella, no son muchos, en cambio, los que saben quién fue él realmente. Y esto se debe a que, quizá por envidia, y quizá también porque en no pocos casos las disposiciones establecidas por los

legisladores de los diferentes estados se oponen a las suyas, los autores helenos no han querido considerarlo digno de recordación.

3. La mayor parte de esos autores, haciendo mal uso de los poderes que su instrucción les

brindaba, han compuesto en verso y en prosa comedias y otras piezas desvergonzadamente licenciosas, ganándose notorio descrédito; cuando hubieran debido emplear sus naturales dotes para brindar la orientación que se desprende de los hombres buenos y de las vidas de los mismos. De ese modo, ni ejemplo digno alguno, antiguo o reciente, hubiera quedado librado al olvido con la consiguiente extinción de la luz que hubiera podido irradiar; ni se pensaría de ellos que, descuidando los asuntos más elevados y prefiriendo los indignos de atención, se han esforzado por expresar de hermosa manera cosas viles, con miras a dar lustre a vergonzosos temas.

4. Pero, en lo que a mí hace, evitaré caer en la ruindad de estos autores y expondré cuanto

concierne a Moisés tal como lo he aprendido, por una parte, de los libros sagrados, admirables monumentos que nos ha legado su sabiduría, y por otra, de algunos hombres de los de mayor edad dentro de nuestra nación. Como siempre he ido estableciendo nexos entre lo que oía y lo que leía, creo poseer una mejor información que otros en lo que atañe a su vida.

5. 1 II. Comenzaré por donde es de rigor comenzar. Caldeo de raza, Moisés nació, sin

embargo, y fue criado en Egipto, debido a que sus antepasados, empujados por una prolongada escasez que agobiaba a Babilonia y las regiones vecinas, habían emigrado a ese país con toda su familia en busca de alimento. Egipto es un país llano y fértil, sumamente abundante en aquellas cosas que la naturaleza humana necesita, y en especial en trigo.

1 Para los parágrafos 5 a 17 ver Éx. II, 1 a 10.

6. Es que en pleno verano, cuando, como es notorio, los otros ríos, tanto los alimentados por

las lluvias invernales como los que nacen en fuentes locales, disminuyen sus caudales, el río de este país crece y se desborda y derrama por las tierras de cultivo anegándolas, de manera que ellas no han menester de lluvias, y año tras año proporcionan cantidades inagotables de bienes de toda clase, siempre que la ira Divina no lo impida por prevalecer la impiedad entre sus habitantes.

7. Tuvo a las mejores personas de su tiempo por padre y madre, ambos de la misma tribu, y

unidos más que por los lazos del parentesco, por el recíproco afecto. Moisés fue el séptimo descendiente del primer antepasado, que, convertido en emigrante, llegó a ser el fundador de toda la nación judía. 2

2 Éx. VI, 16 y ss.

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8. III. Fue criado Moisés en calidad de príncipe, siendo el origen de tal privilegio el siguiente. Como su nación se multiplicaba incesantemente, el rey del país, temiendo que los colonos, al crecer su número, disputasen con fuerzas superiores la posesión del mando a los nativos, maquinó aniquilar el poder de los mismos poniendo en práctica inicuos proyectos, y ordenó que de los nacidos entre ellos se criase a las niñas, ya que la mujer es ineficaz en la guerra por su débil constitución; y se exterminase a los varones, a fin de que no se multiplicasen en las diversas ciudades, porque una vigorosa población masculina constituye un baluarte difícil de tomar y destruir.

9. Desde sus primeros días de vida el niño dio muestras de cualidades nada comunes, lo que movió a sus padres a echar mano a todos los recursos posibles para burlar las disposiciones del déspota. Así, se nos dice que durante tres meses seguidos fue amamantado en su casa, sin que lo supieran más que unos pocos.

10. Pero, como, según suele suceder en los estados monárquicos, no faltaban quienes

anduvieran espiando en los rincones más íntimos movidos por un permanente deseo de llevar al rey alguna nueva noticia, sus padres, temerosos de que por tratar de salvar una vida la muerte alcanzase también a un mayor número, es decir, a ellos mismos, con el llanto en los ojos lo depositaron junto a las riberas del río, y se retiraron entre lamentos, compadeciéndose a sí mismos por lo que se veían forzados a hacer, y llamándose asesinos y matadores de su propio hijo; y compadeciendo, a la vez, al niño por su muerte del todo injustificada.

11. Luego, como es natural en una desgraciada situación tan fuera de lo común, se acusaban a

sí mismos como responsables de haber empeorado las cosas. "¿Por qué", decían, "no nos desprendimos de él apenas nacido? Los más consideran que un niño al que no se ha llegado a proporcionar aún el cotidiano alimento no es un verdadero ser humano. Pero, nosotros, los sobremanera excelentes, lo hemos alimentado durante tres meses enteros, forjando para nosotros mismos una aflicción más grande aún, y para él una mayor tortura, para que, siendo ya capaz de experimentar plenamente los placeres y los dolores, perezca con la sensación de males aún más terribles.

12. IV. Marcháronse ellos, ignorantes de lo que habría de suceder, agobiados por la tristeza y

el dolor; pero la hermana del niño abandonado, doncella aún, movida por su afecto hacia los suyos, permaneció a corta distancia a la espera de lo que sobrevendría. Todo lo cual sucedía, según mi opinión, en cumplimiento de los Divinos designios sobre el niño.

13. El rey del país tenía una única hija, a la que amaba. Esta, dice la historia, estaba casada

hacía mucho tiempo, y, no habiendo engendrado hijos, ansiaba, como es natural, tener uno, especialmente varón, para que llegara a ser el afortunado heredero del cetro de su padre, el que corría peligro de pasar a manos extrañas si su hija no le daba un nieto. 3 3 Nada dice el Éxodo en el sentido de que la hija del faraón fuera hija única del soberano, y de que ésta no tuviera hijos propios.

14. Presa siempre de tristeza y angustia, aquel día sentíase como nunca oprimida bajo el peso

de las preocupaciones; y, aunque acostumbraba permanecer en su morada, sin atravesar jamás su puerta, salió en compañía de sus criadas en dirección al río, donde el niño había sido expuesto. Cuando, ya allí, se disponía a realizar los lavados y aspersiones, lo alcanzó a ver en lo más espeso de la marisma, y mandó que se lo trajesen.

15. Luego, contemplándolo de la cabeza a los pies, constató su hermosura

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y buena

constitución; y, viéndolo llorar, se compadeció y en su corazón surgió ya un sentimiento maternal hacia él, como si se tratase de su propio hijo. Pero, dándose cuenta de que era hijo de hebreos, sobre los que pesaba la amenaza de la real orden, reflexionó sobre la manera de criarlo, dado que en las presentes circunstancias no resultaba seguro pensar en conducirlo al palacio.

16. Indecisa estaba aún, cuando la hermana del niño, conjeturando su dificultad, se aproximó

rápidamente desde donde se hallaba al acecho, y le preguntó si quería que el pequeño tuviera por ama de leche a una mujer hebrea que no mucho hacía había dado a luz.

17. Habiendo manifestado la princesa su conformidad, ella trajo, como si se tratase de una

extraña, a su propia madre y madre del infante, la que, presta y complacida, se comprometió a criarlo, aparentando que lo haría por una paga. Con todo esto se cumplían los designios de

Dios, quien tenía determinado que los primeros alimentos del niño fuesen los que naturalmente le correspondían. Luego, como había sido rescatado del agua, dio al niño la princesa el nombre de Moisés, nombre derivado de agua, como que los egipcios la llaman "moy".

18. V. Tras un ininterrumpido desarrollo y crecimiento, llegó el tiempo del destete, más

rápidamente de lo que cabía esperar; y su madre, y a la vez nodriza, se presentó a entregarlo a

la que se lo había confiado, pues ya no necesitaba ese alimento. Su aspecto revelaba nobleza y distinción.

19. 4 La princesa, viendo su desarrollo, superior a su edad, y su aspecto, sintió crecer el afecto

que ya le profesaba y lo tomó por hijo; no sin haber antes simulado tener el vientre abultado, a

fin de que el niño fuera tenido por vástago propio y no por hijo fraguado. Dios hace que resulten fáciles todas las cosas, si El lo quiere; aun las más difíciles de alcanzar. 4 Las consideraciones de los parágrafos 19 a 33 no se apoyan en texto bíblico alguno y sólo son conjeturas de Filón sobre lo que debió haber pensado, sentido y hecho Moisés en el periodo de que aquí se trata.

20. Así pues, vino Moisés a adquirir el derecho a una crianza y a un cuidado principescos;

mas no por ello se entregó, como es normal en plena niñez, al disfrute de diversiones, risas y juegos; a pesar de que los encargados de atenderlo no se oponían a que tuviera expansiones, ni se mostraban severos con él. Por el contrario, él, dando muestras de modestia y seriedad, se aplicaba a oír y ver aquellas cosas que prometían ser provechosas para su alma.

21. No tardaron en acudir maestros procedentes de distintas partes, unos por propia iniciativa

desde los países vecinos y desde las provincias de Egipto; otros desde Grecia, mandados a llamar a trueque de grandes recompensas. No mucho tiempo después, sin embargo, dejó atrás las capacidades de los mismos, pues sus buenas dotes naturales aceleraban sus progresos en el saber, al punto de que tales progresos parecían ser más el resultado de reminiscencias que del estudio, llegando incluso a proponerles él mismo difíciles problemas.

22. Es que las grandes naturalezas abren muchos nuevos caminos en la marcha del saber; y,

así como los cuerpos robustos y ágiles en todas sus partes ahorran preocupaciones a los instructores de atletismo, que o no les dedican cuidado alguno o les dedican muy poco; de la misma manera el alma bien dotada, tomando la delantera, saca provecho de lecciones que ella misma dicta, más que sus maestros; y, en adquiriendo ciertas nociones iniciales del saber, se

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lanza cual un corcel hacia la llanura, como dice el refrán.

23. Los doctos egipcios lo instruyeron en aritmética, en geometría, y en los secretos de la

métrica, del ritmo, de la armonía, y de todos los aspectos de la música, empleando para ello instrumentos y explicaciones contenidas en los manuales y en tratados más especializados. Posteriormente le enseñaron también los simbolismos de su filosofía, la que está expuesta en las llamadas inscripciones sagradas, y se pone de manifiesto además en el culto de los animales, a los que tributan honores Divinos. Griegos fueron los que le enseñaron el resto de los conocimientos de la cultura general, 5 y naturales de los países vecinos, los que lo instruyeron en las escrituras asirías y en la ciencia caldea respecto de los cuerpos celestes. 5 Ver Interpretación alegórica III, 85, y Sobre la unión con los estudios preliminares 11.

24. Ésta también la aprendió de los egipcios, los que son muy dados a los estudios astrológicos. Y, cuando se hubo interiorizado cuidadosamente de las coincidencias y las divergencias de unos y otros, dejando de lado toda polémica y controversia, buscaba la verdad, pues su entendimiento no se avenía a aceptar falsedad alguna, como hacen habitualmente los sectarios, que defienden las doctrinas por ellos propuestas, cualesquiera fueren, sin molestarse en averiguar si son legítimas, imitando así a los que alegan a favor de alguno por dinero, despreocupados completamente de la justicia.

25. VI. A medida que iba dejando ya atrás los límites de la infancia, crecía su sensatez, y no

permitía, como algunos hacen, que se desbocasen las juveniles concupiscencias, las que tienen

infinitas oportunidades de encenderse por obra de los innumerables incentivos que

proporciona la vida palaciega. Por el contrario, las controlaba con las riendas, por así decir, de

la templanza y la moderación, y frenaba con energía el impulso de su avance.

26. En cuanto a las demás pasiones, furiosas y violentas como son naturalmente de por sí, las

apaciguaba una a una amansándolas y serenándolas. Bastaba con que se agitaran un poco y desplegaran alas, para que él les aplicara correctivos de una severidad que iba más allá de las simples reprimendas de palabra; refrenaba, en suma, las tendencias e impulsos de su alma cuando estaban en sus comienzos, como si se tratara de un caballo rebelde, temeroso de que se pusieran fuera del alcance de la razón, a la que compete el controlarlas, y se produjese el más completo de los desórdenes. Porque estos impulsos son origen de bienes y de males; de bienes, si acatan los dictados de la soberana razón; de males, cuando, saliéndose de su estado normal, entran en la anarquía.

27. Era natural, pues, que los familiarizados con él y todos los demás, como estupefactos ante

un inusitado espectáculo, se preguntaran llenos de admiración qué clase de inteligencia era la que, como una estatua en su santuario, residía en su cuerpo; y si se trataba de un alma humana

o Divina o combinación de ambas cosas a la vez, ya que nada tenía de común con las almas

de la mayoría de los hombres, sino estaba por sobre ellas y se elevaba a superiores alturas.

28. Porque nada concedía al vientre fuera de los obligados tributos establecidos por la natu-

raleza; y de los placeres sexuales, como no fuera para engendrar hijos legítimos, ni se acordaba.

29. Y, como la única vida que le interesaba era la del alma, no la del cuerpo, después de

convertirse en un excepcional practicante de la austeridad, y detestando como nadie la vida relajada, daba muestras de sus principios filosóficos a través de sus diarias acciones, diciendo

lo que pensaba y ajustando sus actos a sus palabras a fin de que existiera una armonía entre

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sus manifestaciones y su vida, y apareciera claro que su vida era tal como su palabra, y su pa- labra tal como su vida, acordes entre sí como los sonidos de un instrumento musical.

30. A la mayoría de los hombres bástales que una pequeña brisa de prosperidad sople sobre

ellos, para que se hinchen y envanezcan en grande, y para que, llenos de jactancia, califiquen a los de condición inferior de seres impuros y molestos, de fardos de la tierra v otras cosas por

el estilo, como si ellos llevaran consigo la garantía firme y segura de la perduración de su

bonanza; aunque quizá ni siquiera les dure hasta el día siguiente su presente situación.

31. Nada, en efecto, es más inestable que la fortuna; que mueve las cosas humanas arriba y

abajo, y en un solo día da por tierra con el encumbrado y exalta hacia las alturas al humilde. 6 Estos hombres, aunque ven y conocen claramente que esto sucede siempre, con todo desprecian a familiares y amigos, violan las leyes bajo las que nacieron y crecieron, y alteran,

adoptando nuevos modos de vida, las patrias costumbres, normas a las que ningún reproche justo cabe hacer; y, por su apego a las cosas del presente, desechan ya todo recuerdo de las antiguas.

6 Paráfrasis de un fragmento de Eurípides citado en Sobre los sueños I, 154.

32. VII. Moisés, por el contrario, aunque alcanzó las cimas de la humana prosperidad, considerado hijo de la hija de tan gran rey, y habiendo llegado a ser, en las previsiones de todos, el casi seguro sucesor en el trono de su abuelo, y llamado, como no podía ser menos, el joven rey; sintió gran apego por formas de vida de sus familiares y antepasados, considerando que la prosperidad de quienes lo habían adoptado, aunque más brillante debido a las circunstancias, era espuria; en tanto que la grandeza de sus padres naturales, aunque menos ilustre ante los ojos de los coetáneos, era, al menos suya propia y genuina.

33. Y, reconociendo, como juez imparcial, los merecimientos tanto de sus padres naturales

como de sus padres adoptivos, a los primeros retribuía con sus buenas disposiciones y

profundo amor hacia ellos, y a los segundos con su gratitud por él buen trato recibido de ellos.

Y lo hubiera continuado haciendo de ese modo, si no hubiera advertido que el rey maquinaba

llevar a cabo en el país una grande y nueva impiedad.

34. 7 Los judíos, en efecto, eran, como antes he dicho, residentes extranjeros desde la época en

que el hambre obligó a los fundadores de la nación a emigrar por carecer de alimentos desde Babilonia y las satrapías superiores 8 hacia Egipto; siendo, en cierto modo, suplicantes que se acogían a la protección que como un sagrado asilo les ofrecía la piedad del rey y la compasión de los habitantes del país.

7 Para los parágrafos 34 a 59 ver Éx. II, 14 a 25.

8 Satrapías superiores o altas eran las satrapías centrales y orientales del Imperio Persa. Al emplear esta denominación para ubicar la región de Mesopotamia de la que, según el Pentateuco, procedía Abraham, comete Filón el anacronismo de referir a un período muy anterior, primera mitad del segundo milenio, una nomenclatura geográfica correspondiente a

la primera mitad del primer milenio. Análoga distorsión cronológica encierra la afirmación

del texto bíblico según la cual la familia de Abraham partió "del país de los caldeos", ya que

la región central y sur de Mesopotamia se denominó Caldea o país de los caldeos sólo a partir

del siglo VIII o VII a. C. en que se radicaron en ella los invasores semitas denominados caldeos.

35. Los extranjeros, en efecto, han de incluirse, creo yo, en la categoría de suplicantes de

aquellos que los acogen; pero además de suplicantes, son inmigrantes y amigos, que aspiran a

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la igualdad de derechos con los habitantes nativos; próximos ya a la ciudadanía pues en poco difieren de los naturales del país.

36. Pues bien, a estos extranjeros, que abandonaron su propio país y llegaron a Egipto para

habitar allí sin peligros, como en una segunda patria, convirtió en esclavos el soberano del país, y como si los hubiera tomado prisioneros por derecho de guerra o los hubiera comprado a amos en cuyas casas hubieran sido criados, los subyugó, y declaró esclavos a quienes no sólo eran libres, sino además huéspedes, suplicantes e inmigrantes; sin que por ello mostrara vergüenza ni temor de Dios, el libertador, el hospitalario, el misericordioso y acogedor, que vela por tales personas. 9 9 Es decir, por los huéspedes, los suplicantes y los inmigrantes.

37. No tardó en establecer prescripciones más pesadas que las que podían soportar, agregando

un trabajo tras otro; y una disciplina de hierro se hizo sentir sobre los que flaqueaban por debilidad. Escogía, en efecto, como supervisores de los trabajos a hombres en extremo implacables y crueles, refractarios a toda conmiseración, cuyo nombre de "apura trabajos" estaba en todo de acuerdo con la realidad de los hechos.

38. Entre los operarios, unos fabricaban ladrillos de barro, otros acopiaban de todas partes

montones de paja, pues la paja constituye el medio para dar cohesión al ladrillo, y otros estaban destinados a la fabricación de casas, murallas y ciudades, y a abrir canales, transportando ellos mismos los materiales día y noche, sin ser reemplazados, sin tener descanso alguno, y sin que, en suma, se les permitiera ni siquiera dormir, forzados, como estaban, a efectuar a la vez trabajos propios de artesanos y de peones. De esa manera, en poco tiempo, al desfallecimiento de sus espíritus seguía inevitablemente el agotamiento de sus

cuerpos.

39. La prueba está en que morían uno tras otro, cual víctimas de una devastadora epidemia, y

eran arrojados insepultos fuera de los lindes fronterizos, sin que se permitiera, no ya cubrir de tierra sus cadáveres, pero ni aun derramar lágrimas por los parientes o amigos muertos de ma- nera tan deplorable. Pero además intentaban los impíos ejercer su despotismo sobre los indomables sentimientos del alma, única cosa entre todas, podríamos decir, que la naturaleza ha dejado libre; y los oprimían con el insoportable peso de una coerción más poderosa aún que la de la misma naturaleza.

40. VIII. Estos hechos no cesaban de deprimir y angustiar a Moisés, que sentíase impotente

así para oponerse a los que procedían injustamente como para ayudar a los oprimidos. Pero, en la medida en que le era posible, ayudaba con sus palabras exhortando a los supervisores a obrar con moderación y a hacer menos duros y estrictos los rigores de las instrucciones; y a los trabajadores, a sobrellevar la situación con altura, a adoptar una actitud viril y a no permitir que sus almas se contagiasen del cansancio de sus cuerpos, y a que abrigasen, en cambio, la esperanza de que sus males se trocarían en bienes.

41. Decíales que todas las cosas en el mundo se truecan en sus contrarias, el cielo nebuloso en

despejado, la violencia de los vientos en suave brisa, el oleaje del mar en mar calmo y tranquilo; y que eso ocurre también con las cosas humanas en mayor medida aún por cuanto son más inestables.

42. Pensaba, como buen médico, que, calmándolos de esa manera, habría de aliviar sus

sufrimientos, por penosísimos que fuesen. Pero, cada vez que estos se mitigaban, pronto

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volvían otra vez indefectiblemente a acosarlos tras un respiro, acompañados de alguna nueva miseria, más afligente aún que las anteriores.

43. Es que algunos de los supervisores eran extremadamente salvajes y feroces, en nada

diferentes de los animales ponzoñosos y carnívoros; verdaderas fieras con aspecto humano, que adoptan exteriormente la apariencia de seres civilizados, solo para caer insidiosamente

sobre su presa; más duros que el hierro o el acero.

44. A uno de estos, el más cruel de todos, mató Moisés, convencido de que llevaba a cabo uña

acción justa, por cuanto aquél, además de no avenirse a concesión alguna, se ensañaba más aún ante sus exhortaciones, golpeando a los que no ejecutaban sin dilación y con habilidad lo ordeñado, ultrajándolos hasta matarlos y haciéndolos objeto de toda suerte de malos tratos. Y fue una santa acción el terminar con quien vivía para ruina de otros hombres.

45. Enterado de esto, el rey se irritó, considerando de suma gravedad no tanto el hecho de que

alguien hubiera sido muerto o ultimado justa o injustamente, sino el que el hijo de su propia

hija ni estuviese de acuerdo con él ni considerase como amigos y enemigos suyos a los amigos y enemigos del rey, y odiara, en cambio, a los que él amaba, y amara a los que él detestaba, compadeciendo a los que él trataba con rigor y sin piedad ninguna.

46. IX. Por otra parte, los funcionarios comprendieron la aversión del joven y, al mismo

tiempo, nació en ellos la aversión hacia él, pues sabían que no habría de olvidar sus malvadas acciones contra los trabajadores, y que les pediría cuentas en el momento oportuno; y llenaron los abiertos oídos de su abuelo con infinidad de intrigas, unos de una parte, otros de otra; y así suscitaron en él hasta el temor de que Moisés le arrebatase el mando. Sus palabras eran éstas:

"El te atacará; sus planes son ambiciosos; siempre se trae entre manos algún nuevo proyecto; ambiciona el trono antes de tiempo, adula a algunos, amenaza a otros, mata sin derecho alguno, acusa a los que te son más leales. ¿Cómo es que dudas, en vez de poner coto a lo que se propone hacer? Las dilaciones de los amenazados por asechanzas favorecen grandemente a los agresores."

47. Mientras ellos exponían tales denuncias, Moisés se había retirado a la vecina Arabia,

donde le era posible permanecer a salvo y, al mismo tiempo, suplicar a Dios que rescatase a

unos de sus tremendas desgracias, y castigase como merecían a los que no perdonaban medio alguno para calumniar; y que duplicase Sus gracias permitiéndole ver ambas cosas consumadas. Dios, movido por el alto concepto que Le merecía aquel espíritu amante del bien y detestador de la bajeza, atendió a sus súplicas, y no pasó mucho tiempo sin que, como corresponde a la Divinidad, juzgara al país y sus hechos.

48. Pero, mientras llegaba el tiempo de pronunciarse la sentencia, Moisés se ejercitaba en las

lides de la virtud, llevando consigo como instructor al noble discernimiento, bajo cuya guía se preparaba para las supremas categorías de vida: la teorética y la práctica; desarrollando incesantemente doctrinas filosóficas, interpretándolas con mente ágil y confiándolas a la memoria para ya no olvidarlas; y armonizando de inmediato con ellas sus acciones personales, laudables sin excepción, pues anhelaba no la apariencia sino la verdad, ya que no tenía otro norte que la recta razón de la naturaleza, único principio y fuente de las virtudes.

49. Otro, que fuera fugitivo de la implacable cólera del rey y acabara de llegar por primera

vez a un país extranjero, sin haberse familiarizado aún con las costumbres de los lugareños, y

no sabiendo exactamente qué era lo que les complacía o les ofendía, hubiera procurado

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quedarse tranquilo y vivir más obscuramente, oculto a los ojos de la multitud; o deseado salir a la vida pública y atraerse con obsequiosos servicios los favores de los encumbrados y más poderosos, de los cuales podría aguardar alguna utilidad y ayuda en caso de que se intentara atentar contra él y hacerlo objeto de violencias.

50. Moisés, en cambio, recorría el sendero contrario al que cabía esperar, siguiendo 'os

saludables impulsos de su alma, sin permitir que ninguno de ellos viniese a dar en tierra. Y de esa manera, daba a veces pruebas de un ardor superior a sus reales fuerzas, seguro de que la justicia es una fuerza invencible, y de que era ella la que despertaba en él ese espontáneo deseo de acudir en ayuda de los más débiles.

51. X. Me referiré a un suceso del que fue parte por entonces, hecho que, si bien puede

parecer insignificante, atestigua un espíritu nada común. Los árabes son criadores de ganado,

y entre ellos el apacentamiento de los animales está a cargo no sólo de los hombres sino también de las mujeres, los niños y las niñas, y eso reza no sólo con las familias humildes y sin renombre sino también con las más ilustres.

52. Siete doncellas, hijas de un sacerdote, habían llegado a cierta fuente conduciendo su

rebaño, y, después de atar sus pequeños cubos a las cuerdas, turnábanse una tras otra para distribuirse por igual el trabajo; y con gran diligencia llenaban las cisternas que estaban allí

cerca colocadas.

53. Pero, llegaron entonces otros pastores, que. sintiéndose superiores ante la debilidad de las jovencitas, las forzaron a alejarse con su rebaño y acercaron sus propios animales al agua ya preparada, con ánimo de aprovecharse del trabajo ajeno.

54. Moisés, que no se hallaba lejos de allí, al ver lo sucedido, se aproximó con toda prisa, y, ya cerca de ellos, les dijo: "No sigáis con este atropello confiados en que la soledad os da ventaja. ¿No os pone rojos de vergüenza el alimentar unos brazos y antebrazos holgazanes? Masas de cabellos y de carnes sois vosotros, no hombres. Las muchachas trabajan como hombres en plena juventud, sin descuidar nada de lo que ha de hacerse; vosotros, en cambio, los jóvenes, sois ya delicados como muchachas.

55. !Marchaos y dejad el lugar a quienes llegaron antes que vosotros y, además, son dueñas

del agua! ¿Pretendéis quitarles el agua ya preparada, cuando lo justo hubiera sido que vosotros hubierais recogido también para ellas, a fin de que el agua fuera más abundante? Pero, ¡por el celestial ojo de la justicia!, no escaparéis de él, pues su vista se extiende hasta los

sitios más desiertos.

56. La prueba la tenéis en que me ha elegido a mí como un auxiliar que vosotros no

esperabais. Estoy, en efecto, de parte de las atropelladas por vosotros, y cuento con un potente brazo que no es dado contemplar a los insolentes, pero cuyo. invisible escarmiento sentiréis, como no desistáis de lo que estáis haciendo."

57. Mientras él les hablaba en estos términos, ellos, temiendo que sus palabras fueran

revelaciones de un oráculo, ya que, mientras hablaba, se iba inspirando y adoptaba el aspecto de un profeta, entraron en razón y condujeron el rebaño de las doncellas hacia las cisternas, después de haber retirado los rebaños propios.

58. XI. Las jóvenes retornaron a sus moradas con inmensa alegría, y narraron el inesperado

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suceso a su padre, el que concibió un gran deseo de ver al extranjero. Lo cierto es que las censuró por su ingratitud diciéndoles más o menos así: "¿Qué sentimientos son los vuestros, que lo dejasteis ir, cuando debisteis traerlo aquí enseguida y forzarlo a hacerlo, en caso de que pusiera reparos? ¿Acaso habéis conocido en mí alguna mala disposición hacia el prójimo? ¿O es que dais por descontado que ya no volveréis a dar con hombres injustos? Los que olvidan el agradecimiento carecen, y así debe ser, de ayuda. Con todo, la falta tiene remedio todavía; id de prisa y con toda diligencia, e invitadlo a que venga a recibir, en primer lugar, la hospitalidad que se le debe, y, en segundo lugar, una recompensa ya que estamos en deuda con él."

59. Ellas con toda prisa le dieron alcance no lejos de la fuente, y, tras comunicarle el mensaje

de su padre, lo convencieron para que fuera a la morada paterna. El padre, profundamente impresionado al principio por su aspecto, y por su discreción poco después que las naturalezas grandes son trasparentes y no han menester de mucho tiempo para hacerse patentesle concedió en matrimonio a la más hermosa de sus hijas, atestiguando con ese solo gesto todas las nobles cualidades de Moisés; y probando cómo sólo lo noble es digno de aprecio, y no ha menester de otro testimonio alguno, sino lleva en sí los signos que permiten reconocerlo.

60. Después de su casamiento, Moisés tomó a su cargo los rebaños, y los apacentaba; con lo

que hacía sus primeras armas en el arte de gobernar, ya que el oficio pastoril constituye un ejercicio preparatorio para el que habrá de presidir el más civilizado de los rebaños, el humano, del mismo modo que para las naturalezas belicosas lo es la caza, ya que los que se preparan para comandar ejércitos se ejercitan antes en las cacerías. Por ello los animales irracionales resultan ser como un material destinado a proporcionar práctica en el ejercicio del

mando en ambos órdenes de cosas, el de la guerra y el de la paz. 10

10 Ver Sobre José 2 y 3

61. La caza de fieras es, en efecto, un ejercicio propio de generales con miras a su actuación

contra los enemigos, en tanto que el cuidado y la supervisión de los animales mansos es una instrucción apropiada para los reyes con miras al trato de éstos con sus súbditos. De aquí que se los llame "pastores de pueblos"; 11 y no a título de menoscabo sino aludiendo a una sobre- saliente dignidad.

11 Ilíada I, 263.

62. Y según mi opinión, que es fruto, no del parecer de los más, sino de mis cavilaciones

sobre la verdad en que este asunto (y ríase el que quiera), sólo puede llegar a ser un rey cabal quien sea aventajado en el conocimiento del oficio de pastor, pues se habrá instruido con seres vivos inferiores en lo concerniente a las creaturas superiores. La iniciación en los pequeños misterios es, en efecto, un requisito previo indispensable para la iniciación en los grandes. 12 12 A esta afirmación, circunscripta a los misterios religiosos que exigían una etapa preparatoria para la participación en la plenitud cultural, le atribuye Filón un carácter proverbial, como si dijera: No hay ejercicio de funciones superiores o más complicadas, sin una previa ejercitación en las inferiores o más simples.

63. 13 XII. Así pues, se convirtió Moisés en el más aventajado de los cuidadores de rebaños de

su tiempo, siendo capaz de arbitrar todos los recursos útiles para provecho de los animales. Tal eficacia era resultado de no cejar jamás en su empeño y de ejercer sus funciones al frente del ganado con voluntariosa y espontánea diligencia en todo cuanto era necesario; y así,

haciendo gala de una honestidad y una integridad sin segundas intenciones, acrecentó sus

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rebaños. 13 Para los parágrafos 63 a 84 ver Éx. III, 1 a IV, 17.

64. Consecuencia de ello fue que otros pastores, viendo que no sucedía otro tanto con sus

propios rebajos, no tardaron en mirarle con envidia. A dichos rebaños todo lo bueno que parecía sucederles era permanecer sin cambios, en tanto que en los de Moisés el solo hecho de transcurrir un día sin que se acrecentasen resultaba un retroceso, comparado con los progresos que eran normales en ellos así en la calidad de la carne grasa como en la cantidad resultante de su fecundidad y saludable alimentación.

65. Ahora bien, había Moisés conducido su rebaño a una zona bien provista de agua y pastos,

y en un lugar donde crecía abundante hierba, excelente para las ovejas, habiéndose apro- ximado hacia un bosquecillo, presenció un espectáculo asombroso. Había allí un arbusto, planta espinosa y en extremo raquítica, la que, sin que fuego alguno la alcanzase, ardió repen- tinamente, y, a pesar de que apareció envuelta desde sus raíces hasta sus extremos por una inmensa llama, permaneció intacta cual si surgiera de una fuente, sin consumirse, como si se tratara de una sustancia inmune a los efectos del fuego, y en vez de servirle como combustible, se sirviera de él para nutrirse.

66. En medio de la llama había una forma de singular hermosura, sin parecido con objeto

visible alguno, imagen de apariencias del todo Divinas, claridad que resplandecía con un brillo superior al de la luz del fuego; tal que bien podría pensarse que se trataba de una imagen del Que Es. Pero llamémosla, más bien, "mensajero", dado que seguramente anunciaba futuros sucesos, mediante una grandiosa visión en medio de un silencio más elocuente que la palabra.

67. La zarza ardiente era, en efecto, símbolo de los que sufren injusticias, en tanto que el

llameante fuego lo era de los que las cometen. El hecho, a su vez, de no consumirse lo que ardía simbolizaba que los que son objeto de atropellos no sucumbirán ante sus agresores, y que el ataque de éstos resultará fallido e ineficaz, y su asechanza no causará daño alguno a aquellos. Y en cuanto al mensajero, era símbolo de la providencia de Dios, la que, en medio de inmenso silencio, procura en las más terribles situaciones un alivio que supera todas las esperanzas.

68. XIII. Pero vale la pena que nos detengamos a examinar en detalle la comparación. La

zarza, como se ha dicho, es una planta sumamente raquítica, pero provista de espinas capaces de herir a quien llegue a tocarla solamente; y no fue devorada por el fuego, no obstante la naturaleza destructora de éste, sino, por el contrario, el mismo le sirvió de protección; y, permaneciendo tal cual era antes de arder, no sólo no sufrió deterioro alguno sino adquirió mejor aspecto aún.

69. Todo esto era una descripción de las condiciones en que por entonces se hallaba nuestra

nación, como una voz que se dirigía a los que vivían en el sufrimiento habiéndoles en estos términos: "No desfallezcáis; vuestra debilidad es una fuerza punzadora, que herirá a muchísimos. No pereceréis, antes bien seréis salvados contra la voluntad de ellos por los mismos que anhelan destruir a vuestra raza; vuestros males no redundarán en daño vuestro, y por el contrario, cuanto más seguro esté alguien de aniquilaros, con más brillo resplandecerá en tales circunstancias vuestra gloria."

70. A su vez, el fuego, naturaleza destructora, enrostraba a los hombres de espíritu cruel,

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diciéndoles: "No os elevéis en alas de vuestras propias fuerzas; ved vuestro invencible poder aniquilado y aprended a ser prudentes. La llama es devoradora por naturaleza, pero se consume cual si fuera madera; ésta, en cambio, siendo de naturaleza combustible, aparece quemando cual si fuera fuego."

71. XIV. Después de mostrar a Moisés este milagroso portento, clarísima advertencia de

cuanto había de cumplirse, comenzó Dios a urgirlo mediante sagradas exhortaciones para que sin dilación alguna asumiera la dirección de la nación, y fuera no sólo el gestor de su libertad, sino también el guía que los condujera, a breve plazo, desde Egipto hacia otro país; prome- tiéndole Su asistencia en todas las ocasiones.

72. Díjole, en efecto: "Como llevan ya largo tiempo sufriendo y soportando intolerables

violencias, sin que nadie entre los hombres alivie sus desgracias ni sienta compasión ante ellas. Yo mismo he llegado a apiadarme de ellos. Sé, en efecto, que cada uno en particular y todos conjuntamente se han entregado a las plegarias y súplicas con la esperanza de recibir Mi ayuda; y Yo soy benévolo por naturaleza y compasivo ante los suplicantes sinceros.

73. Ahora bien, ve hacia el rey del país sin recelo alguno, que el anterior rey, aquel del que

huiste por temor de una insidia, está muerto, y el otro, el que ejerce actualmente el mando sobre el país, no te guarda rencor alguno por lo que hiciste. Escoge a los de más edad de los

del pueblo y comunícales que la nación ha recibido un mandato revelado por Mí en el sentido de que se encamine hasta tres jornadas más allá de los límites del país, y sacrifique allí conforme con los ritmos ancestrales."

74. Moisés, no ignorando que tanto los de su propia nación como todos los demás

desconfiarían de estas palabras, dijo: "Si llegaren a preguntarme cómo se llama el que me ha enviado, al no saber qué decirles, ¿no pensarán que los estoy engañando?"

75. Dios respondióle: "En primer lugar diles que Yo soy el Que Es, a fin de que,

comprendiendo la diferencia entre lo que es y lo que no es, aprendan además que ningún

nombre en absoluto se Me puede aplicar con propiedad a Mí, pues sólo la existencia corresponde atribuirme.

76. Y, si a causa de su natural flaqueza ellos Me buscaren una denominación, diles no

solamente que soy Dios, sino también que soy el Dios de los tres hombres cuyos nombres expresan la respectiva virtud, el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Tacob; los cuales hombres-son modelos respectivamente de la ciencia adquirida mediante la enseñanza, de la ciencia como don natural y de la ciencia fruto de la ejercitación. 14 Si todavía persistiere su desconfianza, cambiarán de actitud cuando los convenzan tres señales que ningún hombre vio ni oyó antes." 14 Ver Sobre los cambios de nombres 11 y ss.

77. Tales signos fueron los siguientes. Mandó que Moisés arrojara al suelo una vara que

llevaba consigo, y ésta, cobrando vida al instante, comenzó a serpear y se convirtió en una acabada serpiente de enorme tamaño, un ejemplar sin igual en el reino de los reptiles. Moisés se apartó con presteza del animal, y, lleno de pavor, aprestábase ya a huir, cuando oyó el llamado de Dios, y, obedeciendo Su orden y con el coraje que Este le inspiró, la asió de la cola.

78. La serpiente, que aún se retorcía, se detuvo al tocarla él, y, tras erguirse cuando larga era,

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se trocó enseguida en la misma vara de antes. Moisés, lleno de asombro ante las dos transformaciones, no podía discernir cuál de ellas resultaba más pasmosa, pues la impresión que habían causado en su alma era equivalente.

79. Esta fue la primera señal. El segundo prodigio no se hizo esperar. Mandóle Dios ocultar

una de sus manos en los pliegues de su vestido y sacarla poco después. Ejecutó él lo ordenado, y la mano apareció de improviso más blanca que la nieve. Volvió a colocarla entre su ropa y a sacarla, y la mano tornó a su propio color y recobró su primitivo aspecto.

80. Ambas pruebas las aprendió estando sólo ante Dios, sin testigo alguno, como un discípulo

ante su maestro; y teniendo consigo los instrumentos de los prodigios, es decir, su mano y la

vara, de las cuales había sido provisto de antemano para su misión.

81. La tercera señal no era, en cambio, tal que pudiera él llevar consigo el instrumento o

recibir demostraciones previas al respecto; pero la impresión de estupor que estaba llamada a producir en nada se reduciría por el hecho de tener comienzo en Egipto. Consistía en lo siguiente. "Sacarás agua del río y la derramarás sobre la tierra"; le dijo Dios, "que toda esa agua, transformada completamente, no sólo en su color sino también en sus demás propiedades, se convertirá en sangre muy amarillenta".

82. También esto, evidentemente, le resultó a Moisés digno de crédito, en parte por la veracidad propia del que lo decía, y en parte por los portentos hechos ya patentes en el caso de la mano y de la vara.

83. Pero, aunque lleno de confianza, con todo, trató de rehuir la misión, alegando ser débil de

voz y torpe de palabra, nada elocuente, sobre todo después de haber escuchado a Dios diri- girle la palabra. Entendía, en efecto, que la humana elocuencia era mutismo, comparada con la Divina; y, además, como era cauto por naturaleza, no se avenía a las empresas de demasiada responsabilidad y pensaba que los asuntos excesivamente importantes no estaban hechos para él. Por ello pidió a Dios que escogiera a otro que fuera capaz de llevar a buen término sin mayores dificultades cada una de las demostraciones que se le habían encomendado.

84. Empero Dios, aunque aprobaba su modestia, le dijo: "¿Ignoras, por ventura, quién es

Aquel que ha dado al ser humano la boca, y lo ha provisto de la lengua, la tráquea y todo el instrumento para el habla racional? Ese soy Yo. Por lo tanto, nada temas; porque, no bien te haga Yo la señal, todo resultará coherente y se tornará medido y ordenado, de manera que, sin que nadie pueda ya impedirlo, la corriente de las palabras brotará ágil y fluida desde una inmaculada fuente. Y, si te resultare necesario un intérprete, tendrás en tu hermano una boca a tu servicio, a fin de que él trasmita a la multitud lo que tú digas, mientras tú le dictas las palabras de Dios."

85. 15 XV. Al escuchar esto, Moisés, como era en extremo inseguro y peligroso insistir en sus

objeciones, emprendió el camino y se dirigió a Egipto en compañía de su mujer y sus hijos. Durante la marcha encontró a su hermano y lo persuadió para que lo acompañara, comunicándole las Divinas instrucciones. Por cierto que el alma de su hermano estaba ya, merced a la vigilante asistencia de Dios, predispuesta a la obediencia, al punto de que sin titubear asintió y le siguió con buen ánimo. 15 Para los parágrafos 85 a 95 ver Éx. IV, 27; V, 22, y VII, 8 a 13.

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86.

Llegado que hubieron a Egipto, unidos en un único pensamiento y sentimiento, lo primero

que hicieron fue congregar a los ancianos de la nación en una reunión secreta y revelarles los Divinos oráculos y cómo Dios, movido a piedad y compasión hacia ellos, les prometía la libertad y la emigración desde aquel país hacia otro mejor, comprometiéndose a ser Él mismo el guía en la marcha.

87. Después de esto, ya se atrevieron a hablar también al mismo rey para proponerle que

dispusiera la partida del pueblo hacia más allá de las fronteras para llevar a cabo sus sacrificios. Asegurábanle que era preciso que los sacrificios ancestrales tuvieran cumplimiento en el desierto, pues se trataba de sacrificios que nada tenían de común con los de los restantes pueblos, y que, en razón de las particulares características de las costumbres

hebreas, era modalidad y norma propia de las mismas el rechazar toda ajena participación.

88. Pero el rey, cuya alma desde sus primeros años estaba cegada por el orgullo heredado de

sus mayores, y que consideraba que ninguna Divinidad concebible solo por la inteligencia existía en absoluto, y solo aceptaba a los dioses perceptibles por los ojos, respondió insolentemente en estos términos: "¿Quién es ese a quien debo yo acatar? No conozco a ese vuestro señor del que habláis. Me niego a enviar a vuestro pueblo para que, con el pretexto de una celebración y de sacrificios, se libere."

89. Acto seguido, movido por su carácter malvado, rencoroso e implacable, ordenó a los inspectores de las obras tratar duramente a nuestro pueblo con- el pretexto de que daba muestras de flojedad y relajamiento. Porque decía que era señal de flojedad y relajamiento el proyectar sacrificios y festejos; que los que se hallan en situaciones apremiantes no se acuerdan de esas cosas, las que son privilegio de aquellos cuya vida transcurre rodeada de una gran molicie y placer.

90. Los del pueblo, como ahora soportaban desventuras mayores aún que antes, estaban llenos

de enojo contra Moisés y su acompañante, teniéndolos por engañadores, y los criticaban así en secreto como en público, acusándolos de impiedad, ya que aparecían mintiendo acerca de Dios. Ante esto, Moisés comenzó a mostrar las maravillas que le habían sido anteriormente enseñadas, seguro de que la desconfianza que prevalecía respecto de sus afirmaciones se trocaría en confianza. La demostración de las maravillas tuvo lugar de inmediato ante el rey y los magistrados egipcios.

91. XVI. Cuando todos los magnates estuvieron reunidos en el palacio, el hermano de Moisés

tomó la vara, y, tras agitarla bien a la vista de todos, la arrojó al suelo. Al punto aquélla se convirtió en una serpiente, ante la admiración de los que en derredor contemplaban la escena, que, dominados por el temor, se aprestaban a darse a la fuga.

92. Sin embargo, los falsos sabios y magos que se hallaban presentes les dijeron: "¿Por qué os

atemorizáis? Estas cosas nos son también a nosotros familiares, y conocemos procedimientos capaces de producir los mismos resultados." Y acto seguido cada uno arrojó la vara que llevaba, y apareció una multitud de serpientes, que daban vueltas en torno a la única de la primera vez.

93. Esta, empero, demostrando enorme superioridad, se irguió hacia lo alto, y, ensanchando su

pecho y abriendo su boca, con la poderosísima fuerza de una succión de su aliento las

absorbió a todas, como una red que atrapara un cardumen de peces envolviéndolos; y,

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retornando a su anterior naturaleza, se trocó en vara.

94. A estas alturas las evidencias de tales maravillas habían destruido el escepticismo en el

alma de cada uno de los mal dispuestos, al punto de que ahora pensaban que lo que sucedía no era maquinación o artificio de los hombres, fraguado para engañar; sino que la causa de todo ello era un poder más Divino, para el que nada era difícil llevar a cabo.

95. Pero, aunque compelidos por la clara evidencia de los hechos a admitir la verdad, no por

eso decreció su osadía; antes bien, se complacían en su inhumanidad e impiedad, teniéndolas por el más firme de los bienes, sin apiadarse de los injustamente esclavizados ni ejecutar los mandatos de la voluntad de Dios, quien les había manifestado Su deseo a través de demostraciones más claras aún que los oráculos, consistentes en maravillosas señales. Por ello se hacía necesario una medida más severa y un cúmulo de flagelos, de aquellos capaces de

encauzar por la buena senda a los insensatos a los que la razón no ha disciplinado.

96. Los castigos que oprimieron al país fueron diez, un número perfecto para escarmiento de

los que delinquen contra la perfección. Y tal escarmiento fue diferente de los usuales. XVII. En efecto, tierra, agua, aire y fuego, vale decir, los cuatro elementos del universo, fueron empleados para ello, ya que Dios consideraba justo que fueran los mismos materiales con los que había sido construido el mundo los que destruyeran el país de los impíos, a fin de dar pruebas del poder de la soberanía que posee; poder con el que convierte los mismos elementos empleados para la salvadora acción de configurar el universo en instrumentos para la destrucción de los impíos, cuando así Él lo desea.

97. La distribución que hizo de los castigos fue la siguiente: tres, que correspondieron a los

elementos más densos, la tierra y el agua, de los que fueron formadas las naturalezas corporales, los adjudicó al hermano de Moisés; otro grupo de igual número, correspondientes a los elementos que más intervienen en la producción de la vida, el aire y el fuego, lo reservó para Moisés exclusivamente; uno, el séptimo, lo confió a ambos en común; y los tres restantes, que completaban la decena, se los reservó para Sí mismo. 16 16 Filón altera el orden de las plagas para amoldar la sucesión de las mismas al simbolismo de su esquema. Las diez plagas aparecen aquí en este orden: 1, 2, 3, 8, 9, V, 4, 5, 6 y 10.

98. Las primeras en ser puestas en ejecución fueron las plagas del agua. La razón fue que,

como los egipcios sentían especial estima y veneración por el agua, por entender que de ella procedía la creación del mundo, Dios consideró que correspondía echar mano en primer término a ella para admonición y reprobación de sus devotos.

99. ¿Qué fue, pues, lo que a breve plazo sucedió? Pues que, habiendo golpeado el hermano de

Moisés, por Divino mandato, con su vara el río, éste al instante se convirtió en sangre desde Etiopía hasta el mar; y con él trocáronse también en sangre los lagos, los canales, las fuentes, las cisternas y todo depósito de agua en territorio egipcio. La consecuencia de ello fue que, no teniendo nada para beber, trataban de extraer agua de los bancos ribereños, pero de las cavidades abiertas afloraban chorros de sangre semejantes a los flujos de las hemorragias, sin que fuera posible ver ni una sola gota del transparenté líquido.

100. Además no quedó viva especie alguna de peces, como que la fuerza que les daba vida se había trocado en agente de su destrucción. De ese modo una general fetidez se extendía por todas las cosas a causa de la descomposición simultánea de tan gran cantidad de cuerpos. Asimismo, una inmensa multitud de hombres muertos a causa de la sed, yacía amontonada en

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las encrucijadas de los caminos, ya que los familiares de los muertos no tenían fuerza suficiente para conducirlos a las tumbas.

101. Durante siete días reinó el terror, hasta que los egipcios suplicaron a Moisés y a su

hermano, y éstos a su vez a Dios, que tuvieran piedad de los que perecían. Dios, compasivo por naturaleza, transformó la sangre en agua y devolvió al río su antiguo caudal, fuente de

salud, libre de toda impureza.

102. XVIII. Sin embargo, tras permanecer tranquilos un corto tiempo, aquellos se entregaron

a la misma crueldad e iniquidad de antes, como si la justicia hubiera desaparecido por completo entre los hombres, o como si los que han soportado ya un castigo estuvieran al abrigo de un segundo escarmiento. Pero, la experiencia les enseñó por segunda vez como si se tratara de niños sin cordura, a no despreciar las advertencias. El castigo, en efecto, sigue los

pasos de gentes tales, y mientras sus iniquidades son aún proyectos, quédase a la zaga; pero, cuando se lanzan hacia las malas acciones, precipítase sobre ellos y les echa mano.

103. Obedeciendo un segundo Divino mandato, el hermano de Moisés extendió y posó sobre

los canales, lagos y pantanos su vara; y, no bien la hubo extendido, surgió una multitud de ranas, en tal cantidad que no sólo se vieron llenos de ellas las plazas y demás espacios abiertos, sino además los establos, las casas, los templos y todos los edificios públicos y privados, como si la naturaleza hubiera decidido enviar a una especie de animales acuáticos para que ella sola colonizara la región opuesta; que la región opuesta al agua es la tierra.

104. Los egipcios, que no podían ni salir de sus casas por estar llenas de ranas las callejuelas,

ni permanecer dentro puesto que aquéllas tenían ya ocupado el interior de las casas, habiéndose encaramado hasta los más elevados rincones, hallábanse en el extremo de las desdichas y desesperaban de su salvación.

105. Una vez más, pues, buscaron refugio en los mismos de antes, y el rey prometió a los

hebreos que permitiría su partida. Estos aplacaron a Dios con plegarias; y, mediando el Divino consentimiento, una parte de las ranas tornó a lanzarse al río, en tanto que las restantes murieron enseguida y quedaron amontonadas en los cruces de las rutas, mientras los habitantes iban apilando sobre ellas las de adentro de las casas. Apremiábalos a ello el intolerable olor que se desprendía de los cuerpos muertos, cuerpos nada menos que de animales que aun en vida son sumamente desagradables para los sentidos.

106. XIX. Tras un breve tiempo de respiro después del castigo, durante el que, como los

atletas en el combate, recobraron fuerzas; para delinquir con renovado vigor, se entregaron de nuevo a su acostumbrada maldad, olvidados ya de los males, soportados hasta entonces.

107. Pero Dios, dando por concluidos los castigos procedentes del agua, les agregó los

procedentes de la tierra, aunque estableció que el encargado de su ejecución fuese el mismo que antes: 17 Este, obedeciendo Su mandato, golpeó la tierra con su vara, tras lo que se produjo una invasión! de incontables mosquitos, que, extendiéndose como una nube, cubrieron todo Egipto. 17 Aarón, el hermano de Moisés.

108. Dicho animal, aunque pequeñísimo, es, sin embargo, insoportable, ya que no sólo daña la superficie del cuerpo produciendo una comezón desagradable y sumamente dañosa, sino también ataca las partes internas a través de las fosas nasales y las orejas. Además, vuela

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hacia las pupilas de los ojos y las daña, si no se toman precauciones. Pero, ¿qué precaución habría de ser posible contra semejante avalancha, y más siendo Dios quien aplicaba el castigo?

109. No faltará, seguramente, quien se pregunte por qué castigaba a aquel país mediante tan

oscuros e insignificantes animales, y se abstenía de emplear osos, leones, panteras y otras

especies de animales salvajes, que se alimentan de carne humana y, si no estos, por qué no empleaba, al menos, áspides, cuyas picaduras son tales que producen la muerte instantánea.

110. Si tal persona realmente no lo sabe, que lo aprenda ahora. En primer lugar, porque lo que

Dios quería era reprochar a los habitantes del país su actitud, y no aniquilarlos. Si hubiera

querido hacerlos desaparecer completamente, no hubiera empleado animales para que cooperaran en las medidas que tomaba; y hubiera recurrido a las calamidades que habitualmente envía para castigo, que son la peste y el hambre.

111. Además de esto, aprenda también la siguiente lección, necesaria para la vida toda. ¿En

qué consiste? En que, mientras los hombres, cada vez que emprenden una guerra, procuran acopiar los mayores recursos para emplearlos como auxiliares en la lucha y compensar de ese modo su propia debilidad, Dios, en cambio, siendo, como es, la fuerza más poderosa y grande, no ha menester de auxilio alguno. Si en determinada ocasión quiere hacer uso de algunos instrumentos para un castigo, no escoge los más fuertes y grandes, cuyo poder Le es totalmente indiferente, sino prepara potencias irresistibles e invencibles, empleando para ello los medios más pequeños e insignificantes, y con ellos aplica el merecido castigo a los que delinquen, tal como en el presente caso.

112. Porque, ¿qué más insignificante que un mosquito? Y con todo, a tanto llegó su poder,

que todo el país egipcio cedió y se vio constreñido a proclamar que ése era "el dedo de Dios"; puesto que en cuanto a Su mano, ni siquiera toda la tierra habitada desde uno a otro confín

sería capaz de soportarla; o mejor aún, ni siquiera el universo entero.

113. XX. Tales fueron los castigos aplicados por intermedio del hermano de Moisés. Corresponde que ahora, siguiendo el orden adecuado, examinemos los que Moisés en persona tuvo a su cargo, y las porciones de la naturaleza que intervinieron en su ejecución. Al aire, en efecto, y al cielo, las más puras porciones de la naturaleza universal, les cupo intervenir en la admonición contra Egipto, y Moisés fue escogido como ejecutor de la misma.

114. Comenzó ante todo por provocar una alteración en el aire. Egipto es prácticamente la

única región, aparte de las situadas en el sur, que no siente los efectos de una de las estaciones anuales, el invierno. Ello se debería, al decir de algunos, al hecho de hallarse situado no lejos de la zona tórrida; y a que el calor ardiente que de allí emana calienta todas las regiones circundantes. Otra razón es, probablemente, que durante el solsticio de verano las crecientes del río agotan por anticipado la acumulación de nubes.

115. El río, en efecto, comienza a crecer a principios de verano y concluye su crecida cuando

éste llega a su fin. Durante ese lapso los vientos etesios se precipitan desde la parte opuesta a las bocas del Nilo, impidiendo en adelante que éste desagüe a través de ellas, ya que, elevado el mar hacia lo alto por la fuerza de los vientos, y extendiendo sus enormes olas a modo de extensa muralla, el río es obligado a retornar hacia adentro. Tras ello se produce un choque de corrientes entre la que desciende desde las fuentes y la que debería salir por la desembocadura pero retrocede ante los obstáculos que enfrenta; y, no pudiendo expandirse pues las alturas las

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contienen por ambos lados, el río, naturalmente, crece elevándose.

116. Quizá también ello 18 se deba a que el invierno es innecesario en Egipto, ya que el río, al

convertir en un pantano las tierras cultivables hace las veces de las precipitaciones pluviales necesarias para producción de los frutos anuales. 19

18 Después del parágrafo 115, que es un simple paréntesis erudito relativo a las crecientes del

Nilo, reanuda Filón la enumeración de las posibles causas de la inexistencia de estación invernal en Egipto.

19 El razonamiento es más o menos así: el objeto del invierno es la provisión de lluvias; en Egipto el desbordamiento del Nilo suple a las lluvias; luego, Egipto no ha menester de invierno, y por eso no lo tiene.

117. La naturaleza no derrocha esfuerzos, como para que provea de lluvias a una tierra que no

lo ha menester. Además, se complace en la múltiple variedad de sus sabias obras, y de las cosas contrarias conforma la armonía del universo, y así, procura los beneficios del agua a unos desde lo alto del cielo, y a otros desde abajo, de las fuentes y los ríos.

118. Siendo tales las características naturales del país, que en pleno invierno goza de tiempo

primaveral, sin que sus zonas vecinas al mar sean fertilizadas sino por escasas gotas de lluvia, en tanto que las que se extienden más allá de Menfis, donde está el palacio real, no reciben

lluvia alguna en absoluto, repentinamente cambiaron las condiciones del aire, al punto de que todos los fenómenos propios del crudo invierno sobrevinieron conjuntamente: precipitación de lluvias, abundante y pesado granizo, violentos vientos bramando y chocando unos contra otros, nubes desgarradas, ininterrumpidos relámpagos y truenos, y continuos rayos, que ofrecían a la vista el más asombroso de los espectáculos, ya que pasaban a través del granizo, naturaleza opuesta, y, con todo, ni lo derretían ni eran apagados por él, permaneciendo, por el contrario, inalterados en sus largas trayectorias hacia arriba y hacia abajo, cual meros espectadores del granizo.

119. Pero no sólo la funesta avalancha de todos estos fenómenos llevó a los habitantes del

país hasta el más alto grado de abatimiento, sino también lo inusitado del suceso. Pensaron, en efecto, y estaban en lo cierto, que lo que sucedía era una novedad determinada por la Divina cólera, puesto que el aire había cambiado como nunca hasta entonces, provocando la desastrosa ruina de los árboles y frutos, a la par de los cuales habían perecido no pocos animales, unos a causa del excesivo frío, otros bajo el peso del granizo que había caído sobre ellos, como aplastados por piedras; otros consumidos por el fuego; y algunos sobrevivían medio quemados, llevando sobre sí las marcas de las heridas causadas por los rayos para

advertencia de los que los contemplaban.

120. XXI. Cuando el azote hubo cesado, y el rey y sus cortesanos recobraban el coraje,

Moisés, por mandato de Dios, extendió su vara hacia el aire, y al instante comenzó a soplar un violentísimo viento sur, que crecía sin cesar en fuerza e intensidad día y noche. Este viento es de por sí un gran azote, por cuanto es seco y provoca dolores de cabeza y dificultades en el oído, y llega a producir nauseas y sufrimientos, especialmente en Egipto, país situado hacia el sur, donde tienen lugar las revoluciones de los astros portadores de luz, de modo que, no bien el viento se ha puesto en movimiento, la llama que emana del sol es arrastrada con él y todo lo quema.

121. Y junto con este viento sobrevino una prodigiosa cantidad de animales, que destrozó las

plantas. Se trataba de las langostas, que se precipitaron como un torrente y llenaron el aire

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todo, devorando cuanto habían dejado en pie los rayos y el granizo, de modo que ya no se vio crecer cosa alguna en tan inmenso país.

122. En tales circunstancias los funcionarios, que a su pesar habían llegado a hacerse una

exactísima composición de lugar sobre su propia situación, acudieron al rey y le dijeron:

"¿Hasta cuándo te rehusarás a permitir la partida de estos hombres? Después de lo sucedido, ¿no te das cuenta de que Egipto está arruinado" El rey les dio la razón, o simuló hacerlo, y prometió el permiso si el terrible mal amenguaba. Nuevamente suplicó Moisés, y un viento que sobrevino desde el mar hizo desaparecer las langostas.

123. Pero una vez que éstas se hubieron dispersado, como al rey la sola idea de liberarlos lo

enfermaba de muerte, sobrevino un azote mayor aún que los anteriores. En efecto, en medio de la plena claridad del día, la oscuridad se extendió de improviso, tal vez a causa de un eclipse de sol más completo que los ordinarios, o quizá porque la corriente de sus rayos se vio detenida por una ininterrumpida sucesión de nubes violentísimamente concentradas en masas compactas sin solución de continuidad. Consecuencia de ello fue que el día vino práctica- mente a convertirse en una noche; porque, ¿qué otra cosa puede aquello considerarse sino una larguísima noche, equivalente a tres días y otras tantas noches?

124. Durante ese lapso, se nos dice, unos permanecían acostados en sus lechos, sin osar

levantarse; y otros, cuando, apremiados por alguna de las necesidades naturales, avanzaban a lo largo de los muros o de algún otro objeto, lo hacían con dificultad, palpándolos a la manera de los ciegos. Es que la llama del fuego utilizado habitualmente, por una parte, se apagaba a causa del ventarrón; y por otra, resultaba pálida, al punto de no percibirse debido a lo espeso de la oscuridad. La consecuencia fue que la vista, el más necesario de los sentidos, aun

cuando fuese sana en sí, resultaba ciega e incapaz de ver nada; y también anulábanse los demás sentidos, como súbditos cuyo soberano hubiese perecido.

125. Nadie osaba, en efecto, ni hablar ni escuchar ni ingerir alimentos, y todos permanecían

atormentados en el silencio y el hambre, sin hacer uso de ninguno de los sentidos y completa- mente anonadados por el sufrimiento. Por fin, una vez más Moisés, movido a piedad, suplicó a Dios, y la luz sustituyó a la oscuridad y el día a la noche bajo un cielo inmensamente sereno.

126. XXII. Tales fueron, se nos dice, las plagas a cargo de Moisés solo; a saber: la del granizo

y los rayos, la de la langosta y la de la oscuridad impenetrable a toda forma de luz. En colaboración él y su hermano ejecutaron una sola, que de inmediato describiré.

127. Por mandato de Dios, ambos tomaron en sus manos ceniza de un hornillo, y Moisés la

esparció en porciones por el aire. Al punto una repentina polvareda cayó sobre hombres e irracionales, produciendo una maligna y dolo-rosa ulceración sobre toda la piel, a la vez que, de concierto con tales erupciones, sus cuerpos se llenaban de supurantes pústulas, que cualquiera hubiera podido conjeturar que brotaban ardientes de invisibles llagas internas.

128. Oprimidos, como es natural, por los dolores y sufrimientos extremos, propios de la

ulceración y de la inflamación, el agotamiento de sus almas era mayor o igual al de sus cuerpos ante las miserias derivadas de sus desgracias. Es que una única e ininterrumpida úlcera se presentaba a la vista desde la cabeza hasta los pies, ya que las úlceras extendidas a lo largo de las partes y extremidades del cuerpo se concentraban en una sola de uniforme apariencia. Finalmente, una vez más gracias a las súplicas que el legislador elevó en favor de los que padecían, la dolencia resultó aliviada.

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129.

Este escarmiento fue confiado a ambos en común; y no podía ser de otro modo. El

hermano, intervino a causa del polvo que cayó sobre la gente, pues le había sido confiado el control de cuanto procediera de la tierra; y Moisés, porque el aire fue cambiado para castigo de los habitantes, y las plagas procedentes del aire y el cielo estaban a su cargo.

130. XXIII. Los tres castigos restantes sobrevinieron por sí mismos, sin intervención de

hombre alguno. Procedamos a describirlos en la medida de lo posible. El primero fue el que se cumplió mediante la más osada de las criaturas vivientes de la naturaleza, la mosca canina. 20 A ésta los que establecieron los nombres, sabios como eran, la llamaron así con toda propiedad componiendo su nombre con los de los más impudentes de los anímales: la mosca y el perro. Este es el más atrevido entre los seres terrestres; aquélla, entre los alados; como que ambos acosan con osados ataques, y, cada vez que alguno intenta rechazarlos, ellos lo

enfrentan sin cejar hasta que están hartos de sangre y de carne. 20 O mosca-perro o mosca de perro. La kynómuia (de kyon = perro, y muta mosca), cuyo característico ataque, según se desprende de la descripción que sigue, es el propio del oistros = tábano, insecto que, según las traducciones corrientes de la Biblia, aparece como instrumento de esta plaga.

131. La mosca canina, que está dotada de la audacia de ambos, es un animal insidioso y

picador, y se lanza impetuosamente desde lejos como un dardo, y precipitándose con violencia se clava muy profundamente.

132. Además, en la ocasión que nos ocupa, su ataque obedeció a un Divino mandato; de modo que su maligno efecto fue doble de lo habitual, como que su violencia no obedecía ya a los motivos naturales solamente, sino además a la Divina previsión, que armó al animal acrecentando su vigor para daño de los habitantes del país.

133. Tras el castigo por vía de la mosca canina se nos relata otro, aplicado, como el anterior,

sin cooperación humana: la muerte de los ganados. En efecto, grandes rebaños de bueyes, de cabras, de ovejas y de todas las clases de bestias de carga y otros ganados, en un solo día, como obedeciendo a una misma señal, perecieron todos juntamente; lo que, tal como sucede en las epidemias, fue un preanuncio de la destrucción de seres humanos que poco más adelante habría de tener lugar. Se dice, en efecto, que cada enfermedad epidémica va precedida por el imprevisto exterminio de animales irracionales.

134. XXIV. Después de este azote tuvo lugar el décimo y último castigo, que sobrepasó a

todos los anteriores: la muerte de egipcios; no de todos, que no era el propósito de Dios dejar desierto el país, sino dar una lección; ni tampoco la mayoría de las personas de uno y de otro sexo y de toda edad. Permitiendo que los demás conservaran la vida, determinó que solamente morirían los primogénitos, comenzando por el hijo mayor del rey y acabando por el de la más humilde harinera.

135. Hacia la media noche, en efecto, aquellos que habían sido los primeros en hablar a sus

padres y madres, y en ser, a su vez, llamados hijos por ellos: llenos todos ellos de salud y ro- bustos de cuerpo, repentinamente en plena juventud fueron exterminados sin razón alguna aparente; y es fama que ningún hogar se vio libre en aquella ocasión de esta desgracia.

136. Con las luces del alba, cuando, como es natural, cada uno contempló muerto imprevistamente al ser más querido, con quien hasta la víspera había convivido y compartido

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la mesa, todos se sintieron oprimidos por el dolor más profundo y todo lo llenaron con sus lamentos, de suerte que, teniendo todos parte en el sufrimiento, todos expresaban al unísono el común padecimiento, y de un extremo a otro del país entero resonaba un único lamento.

137. Y, mientras cada uno permanecía en su casa, ignorante del mal de su vecino, su

lamentación era por su propia desgracia solamente; pero, cuando al salir se enteraba de las desgracias de los demás, el dolor se duplicaba al sumarse al punto el pesar propio, menor y más leve, el dolor común, mayor y más penoso, ya que se veía privado hasta de la esperanza de reconfortamiento. ¿Quién, en efecto, podía estar en condiciones de reconfortar a otro, si él mismo necesitaba ser consolado?

138. Como sucede frecuentemente en circunstancias como esa, pensaron que las presentes

calamidades eran el comienzo de otras mayores, y, temerosos de la ruina de los todavía vivos, corrían hacia el palacio real bañados en lágrimas, y con las vestiduras desgarradas, y proferían gritos contra el rey, acusándolo de ser el responsable de todas las terribles cosas que les habían sucedido.

139. Si inmediatamente, decían cuando Moisés lo había venido por primera vez a ver, hubiera

permitido que su pueblo partiera, nada de lo sucedido les hubiera pasado en absoluto; pero, habiendo cedido a su habitual arrogancia, el premio de tan inoportuna hostilidad no había tardado en ser recibido por ellos. Acto seguido exhortáronse unos a otros a procurar que saliera el pueblo 21 sin pérdida de tiempo del país entero, afirmando que retenerlo, aunque más no fuera que un solo día, o una hora solamente, los precipitaría hacia un castigo sin remedio.

21 El pueblo judío

140. XXV. Los acosados y perseguidos hebreos, conscientes de la nobleza de su propia raza,

adoptaron una actitud decidida, como compete a hombres libres y que no olvidan las injusticias urdidas contra ellos.

141. Llevaron, en efecto, consigo numeroso botín, que en parte transportaban ellos mismos

sobre sus hombros, y en parte cargaron sobre las bestias de cargas. Esto lo hacían, no por avaricia o, como alguno de sus detractores podría decir, por avidez de cosas ajenas. ¿Por qué habría de ser así? Lo que hicieron fue, en primer lugar, cobrarse la obligada retribución por los servicios prestados durante todo el tiempo en que sirvieron; y, en segundo lugar, causar un perjuicio, aunque no en igual sino en menor medida, a aquellos bajo los que habían sido esclavos. ¿Cómo, en efecto, puede ser igual una pena pecuniaria a la privación de la libertad, por la que los hombres inteligentes están dispuestos a perder no sólo los bienes sino también

su vida?

142. En uno y otro sentido obraban rectamente, ya sea que se considere que reintegraban

pacíficamente una paga que durante mucho tiempo les habían arrebatado quienes no habían querido pagarles; ya se lo entienda como un acto de guerra, en la que tenían por lícito apoderarse de los bienes de los enemigos por derecho de victoria. Los egipcios habían sido los iniciadores de injustas hostilidades, al esclavizar a sus huéspedes y suplicantes como si fueran prisioneros, según dije más arriba; 22 y los hebreos, al presentarse la ocasión, se vengaron sin echar mano a recursos bélicos, siendo la justicia su escudo y el brazo que los protegió.

22 Parágrafos 35 y 36.

143. XXVI. Tan grandes azotes v castigos sirvieron de escarmiento a Egipto, sin que ninguno

de ellos afectase a los hebreos, no obstante que cohabitaban en las mismas ciudades, aldeas y

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casas con los egipcios; y a pesar de que en las calamidades habían intervenido la tierra, el agua, el aire y el fuego, vale decir, todos los elementos de la naturaleza, de la que es imposible escapar. Y por cierto que lo más asombroso fue que en el mismo lugar y al mismo tiempo los mismos elementos llevaran la ruina a unos y la salvación a otros.

144. El río se trocó en sangre pero no para los hebreos; como que, cada vez que éstos querían

beber, el agua experimentaba un cambio y se tornaba potable. Las ranas, habiendo salido de las aguas a tierra llenaron las plazas, los establos y las casas, pero se mantuvieron alejadas de los hebreos únicamente, como si supiesen discernir quiénes debían ser castigados y quiénes no.

145. Ni los mosquitos, ni las moscas perros, ni las langostas, que grandes daños hicieron a

plantas, frutos, animales y hombres, volaron hacia ellos. Ni los alcanzaron las ininterrumpidas

caídas de lluvias, granizo y rayos. Ni en sueño siquiera soportaron el penosísimo dolor de la ulceración. Cuando sobre los demás se hubo extendido la oscuridad más profunda, ellos se desenvolvían en medio de una claridad sin límites, iluminados por la luz del día. Mientras perecían los primogénitos de los egipcios, ningún primogénito hebreo murió. Ni hubiera sido razonable que tal cosa sucediera, puesto que, tampoco el aniquilamiento de innumerables ganados, había sido acompañado por la muerte de los rebaños ele los hebreos.

146. En mi opinión, quien hubiera estado presente en los acontecimientos de entonces no

hubiera podido pensar otra cosa sino que los hebreos eran meros espectadores de los males que otros soportaban, y no sólo espectadores a salvo, sino aplicados a aprender la más elevada y útil de las enseñanzas: la piedad. Nunca, en efecto, tuvo lugar un juicio tan claro acerca de los buenos y los malos, juicio que trajo aparejada para éstos la ruina y para aquéllos la

salvación.

147. XXVII. Más de seiscientos mil eran los hombres en edad de combatir que participaban

de aquella emigración, en tanto que el resto lo constituía una multitud difícil de contar, formada por ancianos, niños y mujeres. Una turba de elementos mezclados y confusos, turba servil, una verdadera muchedumbre bastarda, marchaba junto a la legítima. Comprendía a los hijos dados a luz para padres hebreos por mujeres egipcias y adoptados por la familia paterna; y además a todos aquellos que, admirados del afecto de la Divinidad hacia aquellos hombres, se convirtieron en sus compañeros de vida; así como a algunos que, aleccionados por la cantidad y magnitud de los sucesivos castigos, cambiaron su modo de ser y se tornaron sensatos. 23 23 Gen. XII, 27, y 37 a 38.

148. Jefe de todos ellos fue elegido Moisés, quien llegaba al mando y a la realeza, no como

algunos de los que se lanzan tras el real poder munidos de armas, maquinarias bélicas y fuerzas de infantería, caballería y navales, sino avalado por su virtud, su nobleza de alma y su buena disposición para con todos, que nunca dejó de ejercitar; y además porque Dios, el amante de la virtud y la nobleza, le proporcionaba ese manto a título de galardón digno de él.

149. En efecto, cuando en presencia de las iniquidades que tenían lugar en el país, y movido

por su nobleza de alma, su magnanimidad de espíritu y su natural odio hacia el mal, renunció al mando sobre Egipto, que le correspondía por su condición de hijo de la hija del entonces soberano, y dio un firme adiós a cuanto de su familia adoptiva podía esperar, Aquel que preside y preserva todas las cosas consideró conveniente recompensarle con la realeza de una nación más populosa y grande, de una nación que estaba destinada a ser consagrada sobre

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todas las otras a fin de que elevara perpetuamente las súplicas a favor de la raza humana, para que ésta se viera libre de los males y alcanzara la participación en los bienes.

150. Después que asumió el mando, no se aplicó, como algunos, a acrecentar el poderío de su

propia familia y a forjar una relevante posición para los dos hijos que tenía, de modo que aparecieran como sus asociados en el poder por el momento y como sus eventuales sucesores.

Es que en todas las cosas, tanto en las pequeñas como en las grandes, hacía gala de una intención pura y sin doblez, y, como buen juez, subordinaba a la integridad de su discernimiento la natural afección hacia sus hijos.

151. Tenía, en efecto, ante sí un objetivo fundamental: beneficiar a los gobernados y ejecutar

todo, de obra y de palabra, con miras al provecho de ellos, sin pasar por alto ocasión alguna propicia para el común mejoramiento.

152. A diferencia de cuantos habían ejercido el poder hasta entonces alguna vez, sólo él no

atesoró ni oro ni plata, ni estableció tributos, ni adquirió mansiones, riquezas, ganados, servidumbre doméstica, ni rentas ni ninguna otra cosa de las que tocan a la opulencia y abundancia, no obstante poder poseerlas todas en cantidades inagotables. 153. Por el contrario, entendía que la apetencia de riqueza material es sentimiento propio de la pobreza de alma, y despreciaba tal riqueza considerándola ciega, en tanto que honraba a la riqueza de la naturaleza, riqueza con visión, y la buscaba con celo, como no sé si lo ha hecho hombre alguno fuera de él. Cultivaba la economía v la simplicidad propias de un ciudadano común, y no se permitía exageración alguna en los vestidos, en las comidas y en los demás menesteres de la existencia con intención de acrecentar su pompa y majestad. Ert cambio, hacía gala de una liberalidad verdaderamente real en aquellas cosas que corresponde que un gobernante

apetezca poseer en abundancia.

154. Tales cosas son las muestras de moderación, continencia, prudencia, sagacidad, sensatez,

conocimiento, esfuerzo, resistencia al sufrimiento, desprecio de los placeres, justicia, tendencia hacia lo más noble, reproche y castigo, dentro del marco de las leyes, de los mal vivientes; aprobación y honra, también de conformidad con la ley, para los que obran rectamente.

155. XXVIII. De esa manera, habiendo renunciado firmemente a la abundancia y a la riqueza

que de más predicamento goza entre los hombres, Dios lo recompensó dándole en cambio la mayor y más perfecta de las riquezas. Esta consistía en la posesión de toda la tierra, el mar, los ríos y los otros elementos simples y compuestos, ya que Dios, habiéndolo juzgado digno

de aparecer como partícipe de Sus posesiones, dejó en sus manos el mundo todo a título de propiedad apropiada para un heredero.

156. Y así, cada uno de esos elementos le obedecía como a un señor, cambiando sus propiedades naturales y acatando sus mandatos. Y nada de extraño había en ello, ya que, si, como dice el proverbio, las cosas de los amigos son comunes, 24 y el profeta había sido proclamado amigo de Dios, 25 de ello se infiere que también participaba de las posesiones de Este en la medida en que ello resultaba provechoso.

24 Ver Sobre Ábraham 235.

25 Éx. XXXIII, 11.

157. Porque mientras Dios todo lo posee, pero nada necesita; el hombre de bien, en cambio,

nada llega a poseer en rigor de verdad, pero participa de los bienes de Dios hasta donde cabe

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en sus posibilidades. Y esto es seguramente razonable, ya que es ciudadano del mundo, por lo que no ha sido registrado en los padrones de ningún estado de la tierra habitada; y con toda razón puesto que ha recibido como su heredad, no una parcela de país, sino el mundo entero.

158. ¿Y qué? ¿Acaso no disfrutó Moisés de una propiedad mayor aún en común con Padre y

Hacedor del universo, habiendo sido considerado digno de llevar Su mismo título, siendo designado dios y rey de toda la nación? Además se nos dice que penetró en las tinieblas donde Dios estaba, 26 es decir, en la inmaterial, invisible, incorpórea y arquetípica esencia de lo existente, así conoció lo que está oculto a nuestra naturaleza mortal; y, presentando a la vista de todos su propia persona y su vida, a modo de bien lograda pintura, ofreció una obra hermosísima, reflejo de la Divinidad, modelo para quienes desearen imitarla.

26 Éx. XX, 21. Ver Sobre los cambios de nombres 7.

159. Felices son aquellos que han impreso en sus almas esos rasgos; o tratado de imprimirlos

en ella; que, aunque el ideal es que la inteligencia sea portadora de la imagen perfecta de la virtud, a no ser así, que al menos sienta el inquebrantable anhelo de poseer tal imagen.

160. Por otra parte, nadie ignora que los hombres de humilde condición sienten deseos de

imitar a los distinguidos, y que sus inclinaciones tienden hacia aquellas cosas que parecen merecer las mayores preferencias de parte de los mismos. Cada vez, por ejemplo, que un gobernante opta por entregarse a los placeres y se inclina hacia una vida de concupiscencia, casi todos los que están bajo su mando dan rienda suelta, más allá de lo necesario, a las apetencias del vientre y de las partes sexuales; excepción hecha de algunos, que, merced a una bien dotada naturaleza, han llegado a poseer, en vez de un alma mal intencionada, una benévola y bien dispuesta.

161. Si, en cambio, dicho gobernante adopta normas de conducta más austeras y más dignas,

aun los licenciosos en extremo entre ellos tórnanse moderados; y, movidos o por el miedo o por la vergüenza, se esmeran en dar la impresión de que quieren verdaderamente ser como él, sin que jamás los peores, ni siquiera dementes, lleguen a desaprobar a los mejores.

162. Además, quizá porque también estaba destinado Moisés a ser legislador, él mismo se

convirtió mucho antes en ley viviente y razonante, por disposición de la Divina providencia,

que, sin que él lo supiera, lo había escogido para que en el futuro desempeñara esa misión.

163. 27 XXIX. Una vez que hubo recibido la autoridad que ellos le ofrecían de buen grado, con

la aprobación y anuencia de Dios, dispuso la emigración hacia Fenicia, Celesiria y Palestina,

llamadas en aquella época país de los cananeos, cuyos límites se hallaban a tres jornadas de marcha de Egipto.

27 Para los parágrafos 163 a 180 ver Éx. XIII, 17 a XV, 21.

164. El camino por el que entonces los condujo no fue el más corto, en parte porque se

precavía para que no sucediera que, si los habitantes de la región les hacían frente por temor de ser destruidos y esclavizados, y se producía una guerra, debieran retornar ellos por el mismo camino hacia Egipto, es decir, de unos enemigos a otros, de los nuevos a los viejos, para convertirse en burla y befa, y soportar una situación más miserable y penosa aún que la anterior; y, en parte, porque además quería comprobar, conduciéndolos a través de un extenso desierto, de qué manera daban pruebas de su lealtad, no ya contando con inagotables recursos, sino en medio de una creciente escasez de ellos.

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165.

Desvióse, pues, de la ruta directa, y habiendo dado con un sendero que se abría

oblicuamente, y considerando que conducía hacia el Mar Rojo, comenzó la marcha. Y fue por entonces cuando, según leemos, tuvo lugar un prodigio, un grandioso suceso en la naturaleza, tal como nadie recordaba haber ocurrido hasta entonces en el pasado.

166. Una nube, en efecto, habiendo adoptado la forma de una inmensa columna, precedía a la

multitud iluminando de día con una luz semejante a la solar, y de noche con una semejante a una llama, a fin de que no se extraviasen en la marcha y siguieran su infalible guía a través del camino. Tal vez se trataba de uno de los lugartenientes del gran Rey, de un invisible ángel, guía de caminantes, cuya vista estaba vedada a los ojos del cuerpo.

167. XXX. Por su parte, el rey de Egipto, viendo que los hebreos marchaban sin rumbo fijo;

que tal era su opinión al respecto; y que atravesaban un duro e intransitado desierto, sentíase

complacido ante el fracaso de la marcha, y consideraba que estaban encerrados sin oportunidad de salida; y, arrepentido como estaba, de haberlos dejado partir, se apresuró a ir tras ellos con la certeza de que de ese modo, o la multitud, movida por el miedo, retornaría de nuevo a la esclavitud, o él exterminaría a todos los combatientes en caso de que resistieran.

168. Sin pérdida de tiempo reunió todas sus fuerzas de caballería, lanzadores de jabalinas,

honderos, arqueros montados y todo el resto de sus fuerzas ligeramente armadas; y entregó a

los hombres de mayor alcurnia los seiscientos carros de guerra más hermosos, pertrechados con falces, a fin de que marchasen tras él de manera conforme con su jerarquía, y tomaran parte en la campaña. Sin permitirse dilación alguna inició la persecución y se apresuró a avanzar, deseoso de caer sobre los otros imprevistamente y sin ser visto, ya que ^el daño inesperado resulta siempre más penoso que el previsto, en la medida en que es más fácil atacar con éxito a un enemigo descuidado que a uno atento.

169. Mientras el rey, movido por estas intenciones, iba tras sus pasos, seguro de obtener la

victoria al primer asalto, los hebreos se encontraban ya acampados en las orillas del mar. Aprestábanse a almorzar, cuando primeramente resonó un inmenso estrépito, como que avanzaba a toda marcha tan gran cantidad de hombres v bestias juntamente; por lo que, desparramados fuera de sus tiendas, elevábanse en punta de pie a fin de escudriñar en torno y escuchar con atención; y luego, momentos más tarde, apareció en lo alto de una colina la fuerza enemiga, con las armas listas y en formación de batalla.

170. XXXI. Anonadados por lo increíble e inesperado del hecho, y no hallándose en

condiciones de defenderse por carecer de medios de resistencia, por cuanto habían partido como emigrantes y no en tren de guerra; ni teniendo posibilidades de huir, ya que tenían el mar a sus espaldas y el enemigo a su frente, mientras a uno y otro lado se extendía el inmenso e intransitable desierto, presa fueron de inmensa agitación y cundió entre ellos el desaliento ante la magnitud de sus desdichas; y, como es habitual en calamidades tales, acusaron a su jefe en estos términos.

171. "¿No había, acaso, en Egipto tumbas donde ser sepultados cuando nos llegase la muerte;

que nos has conducido para matarnos y sepultarnos aquí? ¿No es, por ventura, cualquier género de esclavitud un mal más llevadero que la muerte? Atrajiste a la multitud con la esperanza de libertad, para suspender luego sobre ella un peligro más terrible aún, en el que está en juego la vida misma.

172. ¿Ignoras acaso que estamos desarmados, y la cólera y ferocidad de los egipcios? ¿No ves

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la magnitud de nuestros males sin escapatoria? ¿Qué hemos de hacer? ¿Debemos combatir desarmados contra enemigos bien pertrechados? ¿Huiremos de este cerco que, como redes, nos tienden enemigos implacables, desiertos intransitables y mares que no es posible navegar? Y aun en el caso de que lo fueran, ¿con qué barcos contamos para atravesarlos?"

173. Moisés, oyendo estas cosas, comprendió sus razones, pero tuvo presentes los Divinos

oráculos; y empleando simultáneamente su inteligencia y su palabra para diferentes propósitos, con aquélla intercedió en lo íntimo de su ser ante Dios para que los liberara de sus tremendos infortunios; y con la palabra animó y reconfortó a los que lanzaban gritos hostiles, diciéndoles: "No os descorazonéis; los medios con los que Dios pro teje no son los del hombre.

174. ¿Por qué confiáis sólo en lo que os parece razonable y verosímil? Cuando Dios acude en

ayuda, no ha menester de preparativo alguno. Propio de Él es hallar el medio donde los medios faltan; y lo que es imposible para cualquier creatura, sólo para El es posible y está al alcance de Su mano".

175. Mientras esto decía, manteníase aún en calma; pero, tras un instante de pausa, tornóse

poseído de Divina inspiración, y lleno del espíritu que frecuentemente descendía sobre él, pronunció estas proféticas palabras: "Al ejército que veis bien armado, no lo veréis ya for- mado contra vosotros, pues le aguarda una completa derrota y desaparecerá en lo profundo del mar, de modo tal que ni un resto siquiera de él se verá ya sobre la faz de la tierra; y no dentro de mucho tiempo, sino en la próxima noche".

176. XXXII. Tales fueron sus revelaciones. Al ponerse el sol, no tardó en comenzar a soplar

con inusitada violencia el viento sur, ante el que el mar retrocedió; pero, en vez de retroceder como habitualmente lo hacía, en esta ocasión fue arrastrado más aún, precipitándose como en un abismo o sima al aproximarse a la costa. Ninguna estrella era visible; antes bien, una espesa y negra oscuridad cubrió todo el cielo, llenando la negrura de de la noche de espanto a los perseguidores.

177. A una orden de Dios, Moisés golpeó con su vara el mar. Quebróse éste y dividióse en

dos. De las aguas así divididas las próximas al sector de la separación se elevaron a inmensa altura, y se mantuvieron firmemente fijas, tranquilas e inmóviles como una muralla; en tanto que las de atrás se agitaban contenidas y frenadas en su avance hacia adelante como por invisibles riendas, y la parte central, en donde había tenido lugar el corte, permanecía seca, convertida en una amplia y transitable ruta. Al ver esto, Moisés, maravillado y feliz, animó a

los suyos, rebosante de alegría, y los exhortó a ponerse en marcha lo más rápidamente posible.

178. Cuando ellos se disponían a iniciar la travesía, sobrevino una señal fuera de lo común. La

nube guía, que en el resto del tiempo había permanecido al frente, se volvió hacia la parte tra- sera de la multitud para proteger su retaguardia, y, situada entre los perseguidores y los perseguidos, a éstos los controlaba y empujaba en su salvador y seguro avance, y a aquéllos los contenía refrenándolos cuando intentaban adelantarse. Viendo tales cosas, una total confusión y desorden hizo presa de los egipcios. En su terror las filas se deshicieron, y unos se precipitaron sobre otros, intentando la fuga cuando ya era demasiado tarde.

179. En efecto, mientras los hebreos, con sus mujeres e hijos, en plena edad infantil aún,

atravesaron el seco pasaje con las primeras luces del día; a los otros, habiendo retornado el

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mar, en pleno retroceso impulsado por vientos del norte, y caído sobre ellos con enormes y elevadas olas, las dos secciones, precipitándose desde uno y otro lado hasta confundirse, los cubrieron a ellos, a sus carros y a sus caballos, de tal manera que ni un portaantorchas siquiera quedó para llevar al pueblo egipcio la nueva del inesperado desastre.

180. Hecho tan grandioso y admirable dejó pasmados a los hebreos: una inesperada victoria se

había declarado por ellos sin derramamiento de sangre; y, al ver cómo en un instante habían perecido los enemigos en masa, formaron dos coros, uno de hombres y otro de mujeres, y sobre la ribera, cantaron himnos de acción de gracias a Dios, presidiendo Moisés el coro de los hombres, y una hermana suya el de las mujeres, pues ellos habían asumido la dirección de los coros.

181. 28 XXXIII. Dejando atrás el mar, avanzaron cierto trecho, libres ya de todo temor con

respecto a sus enemigos. Pero al cabo de tres días, faltó el agua, llenándolos la sed de desazón, y una vez más comenzaron a quejarse de que nada les iba bien. Es que siempre la acometida del mal presente borra el recuerdo de la felicidad de los pasados bienes.

28 Para los parágrafos 181 a 187 ver Éx. XV, 22 a 26.

182. Habiendo divisado unas fuentes, corrieron hacia ellas llenos de alegría, con la intención

de sacar agua; pero, ignoraban la verdad y se vieron engañados. Se trataba, en efecto, de

aguas amargas; y, cuando las hubieron probado, el ver frustradas sus esperanzas los des- corazonó. Exhaustos sus cuerpos y postradas sus almas, lamentábanse, no tanto por sí mismos, cuanto por sus hijos, tiernos aún, cuyos pedidos de agua no podían soportar sin derramar lágrimas.

183. Algunos de los más pobres de espíritu y carentes de una firme piedad se quejaban hasta

de los anteriores venturosos sucesos, alegando que no habían tenido lugar para provecho, sino, más bien, para convertirlos en partícipes de desgracias más dolorosas aún; y que hubiera

sido mejor haber perecido en manos de los enemigos, no una sino tres veces, antes que morir de sed; que el partir de esta vida sin embarazo ni dilaciones en nada difiere del conservarla eternamente, a juicio ce los que bien piensan; y muerte es, en realidad, aquella que llega con lentitud y dolor, pues el aspecto terrible del morir no reside en el estar muerto sino, exclusivamente, en el proceso que lleva a ello.

184. Mientras ellos se entregaban a tales lamentaciones, Moisés suplicó una vez más a Dios

que, conociendo la flaqueza de las creaturas, y en especial del hombre, y las necesidades del

cuerpo, que depende de los alimentos y está sujeto a esas dos señoras que son el hambre y la sed, perdonara a los desanimados, y remediase la común indigencia; no a largo plazo sino mediante una gracia inmediata y rápida, en consideración a la natural insuficiencia de lo mortal, que anhela vivamente que la ayuda sea presta y en el momento oportuno.

185. Dios no aguardó a que concluyera la plegaria para enviar Su potencia misericordiosa 29 y

abrir el vigilante ojo del alma del suplicante, a quien ordenó levantar y arrojar en las fuentes un madero que le mostró; el que, tal vez, había sido formado por la naturaleza con la propiedad de producir efectos hasta entonces desconocidos; o, quizá, fue creado en ese mismo momento por primera vez para el servicio que estaba destinado a prestar.

29 Ver Sobre la huida y el hallazgo 95 y ss.

186. Ejecutado el mandato, las fuentes tornáronse dulces, convirtiéndose en agua potable, a

punto tal que era imposible ya advertir si en su origen había sido amarga, puesto que no

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quedaba ni huella ni indicio alguno que recordara su primitiva mala calidad.

187. XXXIV. Cuando hubieron puesto remedio a su sed; con doble placer, puesto que el bien,

cuando sobreviene contra lo esperado, hace mayor aún el placer de su disfrute, llenaron sus recipientes y reanudaron la marcha, con la impresión de haberse regalado con un abundante y grato banquete, y embriagado, no con la embriaguez propia del vino, sino con las sobrias libaciones que habían gustado respondiendo a las invitaciones que la piedad del jefe que los guiaba les había hecho.

188. 30 Y llegaron a un lugar donde hacer alto, lugar bien provisto de agua y vegetación,

llamado Elim, regado por doce fuentes, junto a las cuales se alzaban los troncos, jóvenes y sumamente esbeltos, de setenta palmeras, claros símbolos y ejemplos, para los capaces de ver con agudeza mental, de los bienes de nuestra nación.

30 Para los parágrafos 188 a 190 ver Éx. XV, 27. Ver también Sobre la huida y el hallazgo 183 y ss.

189. Doce, en efecto, son las tribus de la nación, cada una de las cuales, en razón de su

piedad, habrá de ser representada por una fuente, que la dotará de una perenne corriente de piadosos sentimientos y de incesantes nobles acciones; en tanto que los setenta fundadores de toda nuestra nación han sido, con toda propiedad, comparados con la palmera, el mejor de los

árboles, excelente tanto en el aspecto cuanto en el fruto que produce; que, además, tiene su principio vital, no enterrado en las raíces, como los otros árboles, sino situado en lo alto, ubicado al modo del corazón, en la parte más central de las ramas, las que, como a un verdadero soberano, lo escoltan en derredor.»

190. Tal es también la naturaleza de la inteligencia de quienes han paladeado lo que es la

piedad; como que, instruida en la contemplación y la aproximación hacia lo alto, y entregada siempre a la consideración de las cosas del cielo y a escudriñar las Divinas bellezas, no toma

en serio las cosas terrenales, considerando que éstas son simple entretenimiento de niños, en tanto que aquéllas constituyen un asunto digno de verdadera preocupación.

191. 31 XXXV. No había pasado mucho tiempo desde el suceso anterior, cuando

experimentaron los rigores del hambre debido a la carencia de alimentos, como si, ajustándose a un orden regular de sucesión, volvieran al ataque las penurias, pues estas dos penosas y oprimentes señoras que son el hambre y la sed, tras distribuirse las calamidades, los atacaran una después de otra; de lo que resultaba que, al desaparecer una de ellas, sobrevenía la otra. Esto fue lo que más insoportable resultó para los que padecían, puesto que, habiendo pensado

poco antes que se habían librado de la sed, hallaban que la funesta hambre estaba al acecho.

31 Para los parágrafos 191 a 208 ver Éx. XVI.

192. Y no era sólo la escasez presente lo que les apenaba, sino también el temor de no obtener

provisiones en el futuro. Viendo, en efecto, las profundidades del inmenso desierto y su extrema esterilidad en frutos, grandísimo era su desaliento. Nada, ciertamente, había, salvo ásperas y escarpadas rocas, planicies de suelo salitroso, montes sumamente pedregosos, inmensos arenales que se elevaban hacia inaccesible altura; y además ningún río, ni procedente de fuentes locales ni formado por las lluvias, ningún pozo de agua, ningún arbusto ni árbol alguno, ni cultivado ni de vegetación salvaje, ningún ser viviente ni alado ni terrestre, como no fueran reptiles ponzoñosos, destructores de hombres, tales como serpientes y escorpiones.

29

193.

Entonces, al recordar la abundancia y fertilidad de Egipto y comparar la inagotable

cantidad de todas las cosas que allí había, con la carencia de todo en el lugar donde estaban, sentíanse disgustados y unos a otros se comunicaban pareceres tales como éstos: "Partimos hacia otra tierra con la esperanza de la libertad, y ni siquiera tenemos seguridad de conservar la vida. Los destinados a la felicidad según las promesas de nuestro guía, somos los más desdichados de los hombres en la realidad de los hechos.

194. ¿Cuál será el fin de este camino tan largo e interminable? Todos los que atraviesan el

mar o la tierra tienen ante sí una meta hacia donde se dirigen; mercados y puertos unos, una ciudad o un país otros; sólo nosotros tenemos delante un impenetrable desierto, una penosa ruta y el peso de la desesperanza, ya que a medida que avanzamos, todo ello se presenta ante

nuestra vista, como un mar inmenso, profundo, intransitable y más dilatado cada día.

195. Nuestro guía, después de alentarnos y hacernos cobrar excesiva confianza con sus

palabras, y de llenarnos los oídos de vanas esperanza, tortura nuestros estómagos con el hambre, sin procurarnos los necesarios alimentos. Con el pretexto de una emigración ha engañado a tan grande multitud, conduciéndola primero desde el mundo habitado hacia el deshabitado, para precipitarla luego hacia la tumba por el camino que lleva a la muerte".

196. XXXVI. Al ser objeto de tales vituperios, Moisés se indignó, no tanto por lo que a él le

echaban en cara cuanto por la inconstancia de aquellos en sus determinaciones. Porque, con la experiencia que ya tenían de innumerables hechos sin explicación racional, fuera de lo común y normal, no hubieran debido ya dejarse arrastrar por ninguna consideración por razonable y verosímil que fuera, sino tener confianza en él, tras las clarísimas pruebas que habían recibido sobre su veracidad en todo.

197. Mas, por otra parte, al considerar su indigencia, el mayor de los males que puede

sobrevenir a los hombres, los perdonó, teniendo presente que la multitud es de naturaleza inestable, y se ve impulsada por las circunstancias del momento, las que engendran en ella el olvido de lo acontecido anteriormente y la desconfianza con respecto al porvenir.

198. Hallándose, pues, todos en la más extrema aflicción y a la espera de las más grandes

desgracias, las que, a su juicio, les acechaban y eran inminentes, Dios se apiadó de ellos y

puso remedio a sus padecimientos, en parte por compasión y amor hacia quienes participaban de Su propia naturaleza, en parte también queriendo honrar a aquel a quien había escogido para que los guiara; y, aun más, para darles pruebas del grado de piedad y santidad que caracterizaba a Moisés tanto en los asuntos manifiestamente claros como en los ocultos.

199. Los beneficios que les concedió fueron novedosos y sorprendentes, con el objeto de que

mediante demostraciones lo suficientemente claras aprendieran de una vez por todas a no estar descontentos si en adelante algo les sucedía contrariamente a sus puntos de vista, y a sobrellevarlo con paciencia, confiados en que el bien habría de llegar.

200. ¿Qué fue, pues, lo que sucedió? Al día siguiente, hacia el amanecer, se produjo en torno

de todo el campamento un espeso y abundante rocío, que Dios hacía caer silenciosamente, una extraña y desacostumbrada lluvia, consistente, no en agua ni granizo ni nieve ni hielo, fenómenos éstos, que se producen por los cambios en las nubes durante el solsticio de in- vierno; sino en un grano muy pequeño y sumamente blanco, que, merced a su caída incesante, se acumulaba en montones delante de las tiendas. El espectáculo era increíble, y, presa de estupor ante él, preguntaban a su guía: "¿Qué lluvia es esta, que hasta ahora ningún hombre ha

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visto antes; y con qué fin se ha producido?"

201. Moisés, poseído de Divina inspiración, les hizo estas inspiradas revelaciones: "Los

mortales tiene a su disposición el fértil suelo de la planicie, al cual dividen en surcos, aran, siembran y someten a los demás cuidados propios de la agricultura; con lo que se procuran los frutos anuales, y así disponen de abundantes medios de vida. Dios, en cambio, tiene a Su

disposición, no una porción del universo, sino el universo entero y las porciones de éste, para que Le sirvan, como esclavos a su amo, para cada servicio que El quiera.

202. Y así, en esta ocasión, Le pareció bien que el aire transportara alimento en vez de lluvia,

del mismo modo que la tierra también transporta lluvia en muchos casos. Porque, el río de Egipto, que cada año se desborda por las crecientes y riega los campos, ¿qué otra cosa es sino una lluvia que se precipita desde abajo?"

203. Lo que Dios realizó en esa ocasión resultaría increíble, aun cuando se hubiera limitado a

lo ya dicho; pero se agregaron otras circunstancias más pasmosas todavía, que le confirieron un carácter milagroso. En efecto, todos acudieron munidos de recipientes, desde los distintos lugares, y recogieron granos, unos cargándolos sobre sus bestias, otros sobre sus espaldas, con la previsora intención de acopiar lo necesario para algún tiempo más.

204. Pero la verdad es que se trataba de algo imposible de acopiar y reservar, pues la

intención de Dios era hacerles merced de dones perpetuamente nuevos. Y así, aquello que juntaban en razonable medida para su uso en el momento, lo consumían con placer; de lo que, en cambio, habían reservado para el día siguiente, nada encontraban ya en buen estado, sino todo alterado, maloliente y lleno de animales tales como los que habitualmente se desarrollan en la putrefacción. Esto, como es natural, lo tiraban; pero, todos los días hallaban a su alcance otras cantidades de alimentos, que caían a manera de lluvia juntamente con el rocío.

205. Especial privilegio cupo al sagrado séptimo día. En efecto, puesto que no estaba

permitido hacer cosa alguna durante su transcurso, v sí expresamente establecido abstenerse de todo trabajo, grande o pequeño, el día anterior Dios hizo llover doble cantidad, y les mandó llevar el alimento suficiente para dos días, pues ese día no podrían recoger la porción necesaria; y lo recogido se mantuvo en buen estado, sin que nada absolutamente se corrompiese como había ocurrido antes.

206. XXXVII. Pero he de referirme a algo aún más admirable que eso. Durante el lapso de

cuarenta años, período de tiempo extremadamente prolongado que abarcó la marcha, les fueron proporcionados los alimentos necesarios en la medida que tengo dicha, como raciones calculadas para que a cada uno le tocase la porción necesaria.

207. Al mismo tiempo fueron instruidos respecto del día que vivamente ansiaban determinar.

Largo tiempo hacía, en efecto, que buscaban saber cuál había sido el día natal del mundo, 32 aquel en que este universo fue completado; problema que, habiéndolo recibido sin solución de sus padres y antepasados, pudieron al cabo resolver, instruidos no sólo por las Divinas revelaciones sino también gracias a un testimonio en extremo claro. En efecto, mientras en los restantes días el sobrante de lo caído se corrompía, según hemos apuntado, el llovido en la víspera del séptimo no sólo no se alteraba, sino su cantidad era doble. 32 Vale decir, saber si el día en que la creación llegó a su fin y el mundo alcanzó su plenitud fue el sexto o el séptimo. Filón en Sobre la creación del mundo 89, y en Sobre las leyes particulares II, 59, afirma que fue el séptimo. Pero, como se aclara en Sobre la vida de

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Moisés II, 263, los hombres anteriores a Moisés habían perdido la cuenta de la cronología de los tiempos remotos e ignoraban cuál de los dos días era el del natalicio del mundo.

208. El modo como empleaban este alimento era el siguiente. Al alba recogían lo caído, lo

molían o trituraban, y, tras cocerlo enseguida, comían un gratísimo manjar, semejante a un pastel de miel, sin necesidad de recurrir a los menesteres propios de los pasteleros.

209. Pero no pasó mucho tiempo sin que se vieran bien aprovisionados de los medios para una

dieta regalada, puesto que era deseo de Dios procurarles en pródiga abundancia, en pleno desierto, cuantas viandas se encuentran en un país habitado y próspero. Y así, en los atardeceres ensombrecía todo el campamento una nube interminable de codornices pro- cedentes del mar, las que, por volar muy bajo, resultaban fácil presa. Ellos las capturaban y preparaban a gusto de cada uno y se regalaban con las más apetitosas carnes y a la vez hacían

más grato su alimento mediante el condimento requerido. 33

33 Aquí se aparta Moisés del orden que en el relato de Éx. XVI, 12 y 13 guardan el episodio de las codornices y el del maná, y sigue el de Núm. 31 a 32, donde se lee que la caída del maná precedió a la aparición y captura de las codornices.

210. 34 XXXVIII. Grande fue la abundancia de víveres, y jamás la echaron de menos; pero una

vez más sobrevino una terrible escasez de agua. Oprimidos por ella, retornaban ya a perder la

fe en su salvación, cuando Moisés, tomando aquella sagrada vara mediante la cual había ejecutado las señales en Egipto, por Divina inspiración golpeó con ella la escarpada roca.

34 Para los parágrafos 210 y 211 ver Éx. XVII, 1 a 7, y Núm. XX, 1 a 13.

211. Bien fuera que la roca encerrara desde antes una fuente y una vena hubiera sido puesta al

descubierto en lugar oportuno; bien que entonces por primera vez una concentración de agua hubiera afluido a ella a través de ocultos canales, sometida a gran presión, el caso es que, horadada por la fuerza enorme de la corriente, el agua fluyó de ella como un manantial; de modo que, no sólo les procuró remedio para su sed en aquella ocasión, sino también brindó a tal inmensa multitud abundante bebida por algún tiempo mis, ya que llenaron todos los recipientes, como antes lo habían hecho en aquellas fuentes amargas por naturaleza que por providental intervención Divina se habían tornado dulces.

212. Si alguien tiene dudas respecto de estas cosas, es porque ni conoce a Dios ni ha buscado

conocerlo jamás; pues, si Lo hubiera llegado a conocer, habría al instante conocido, captán- dolo con una firme convicción, que esos hechos increíbles e incomprensibles son juegos de niños para Dios. Bastaríale para ello que volviera los ojos hacia las cosas realmente grandes y dignas de observarse, como son la creación del cielo, los rítmicos movimientos de los astros errantes y los de cursos fijos, el resplandor de la luz solar durante el día y de la luna por las noches, y la posición fija de la tierra en el centro del universo, la grandeza incomparable de los continentes e islas, las incontables especies de animales y plantas, los desbordamientos de los mares, el ímpetu de los ríos procedentes de fuentes de la región y de los formados por las precipitaciones invernales, el fluir perenne de las fuentes, de las que unas vierten agua fría y otras caliente, los variados cambios del aire, las diferencias de las estaciones del año, y otras innumerables bellezas.

213. No le alcanzaría la vida a aquel que quisiera describir una a una las partes del universo, o

más bien, describir una sola de las partes importantes de él, aunque esa vida llegara a prolongarse más que las de todos los otros hombres. Pero estas cosas, por admirables que

sean, no llaman la atención, debido a que resultan familiares. En cambio, las

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desacostumbradas, aunque sean pequeñas, nos dominan con lo extraño de su presencia, y movidos por nuestro amor a las novedades nos quedamos pasmados.

214. 35 XXXIX. Ya habían recorrido un largo y penoso camino, cuando aparecieron los

confines de la tierra habitada y los lugares fronterizos del país hacia donde se dirigían, el que estaba bajo el dominio de los fenicios. 36 Los hebreos esperaban hallar allí una vida plácida y tranquila, pero su opinión resultó falsa.

35 Para los parágrafos 214 a 219 ver Éx. XVII, 8 a 16.

36 Canaán comprendía la franja costera desde la desembocadura del Orontes, al norte, hasta los confines del desierto que lo separa de Egipto, al sur. Por la época de la llegada de los israelitas no se distinguían Palestina y Fenicia, zonas que sólo en tiempos posteriores siguieron rumbos políticos y culturales distintos. Con el gentilicio fenicios designa Filón a los cananeos en general, y al decir "el país" se refiere a todo Canaán, no sólo a la región de los

amalecitas.

215. En efecto, el rey que gobernaba la región, temiendo actos de rapiña, convocó a la

juventud de sus ciudades, y les salió al encuentro con la intención de detenerlos, ante todo; y, si hacían resistencia, de rechazarlos por las armas, aprovechando que los suyos estaban descansados y frescos para la lucha, en tanto que los otros se hallaban exhaustos por las marchas y las privaciones de alimentos y bebidas que alternativamente los habían acosado.

216. Moisés, enterado por los exploradores de que el enemigo no estaba a mucha distancia,

convocó a los hombres en edad militar, y, habiendo escogido como general a uno de sus lugartenientes, llamado Josué, se apresuró a procurar la mejor de las alianzas. Habiendo, en efecto, procedido a purificarse de conformidad con los ritos purificatorios habituales, ascendió

con rapidez a la colina próxima y suplicó a Dios que protegiera y concediera una decisiva victoria a los hebreos, a los que había salvado de otras guerras más difíciles aún y de otros males, liberándolos de las desgracias, no solo de aquellas con que los habían amenazado los hombres, sino también de las otras sin precedentes producidas tanto por la alteración de los elementos naturales en Egipto como por el hambre continua durante las marchas.

217. Desde el momento en que se entabló la batalla, sucedió que sus manos experimentaron

una sensación maravillosa en grado sumo. Tornábanse alternativamente muy livianas y muy pesadas; y, cada vez que se aligeraban y elevaban hacia lo alto, sus combatientes cobraban vigor, y, comportándose como verdaderos hombres, aumentaban la gloria de sus hazañas; en tanto que, cada vez que cedían y se bajaban, prevalecían los contrarios. De ese modo daba Dios a entender simbólicamente que la tierra y las zonas últimas del universo constituyen la porción asignada como propia a unos; y la sacratísima región etérea, la reservada para otros; y que, así como el cielo es soberano en el orden universal y prevalece sobre la tierra, de análoga manera nuestra nación prevalecerá sobre sus adversarios.

218. Así, pues, mientras sus manos, cual platillos de balanza, se alzaban y bajaban

alternativamente, también la batalla continuaba indecisa; pero, de pronto, perdiendo toda pe- sadez y obrando los dedos a manera de plumas, se elevaron hacia lo alto como se elevan las naturalezas aladas, y permanecieron apuntando hacia las alturas hasta que los hebreos alcanzaron una indiscutida victoria y los hombres de armas del enemigo fueron aniquilados, sufriendo merecidamente lo que, contra toda justicia, trataban de infligir a otros.

219. En aquella ocasión, además Moisés elevó un altar, al que en atención a lo ocurrido llamó "refugio de Dios", y en él, tras elevar plegarias de gratitud, ofreció los sacrificios por la

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victoria.

220. 37 XL. Después de esta batalla Moisés comprendió que era preciso proceder a la

exploración del país en donde la nación iba a establecerse. Esto ocurría en los comienzos del segundo año de peregrinaje. La intención de Moisés era evitar las acostumbradas argumentaciones de quienes no estaban al tanto de las cosas; y que, en cambio, se resolviera

lo que habría de hacerse, a base de una información previa de primera mano y contando con un sólido conocimiento sobre lo tocante a la región. 37 Para los parágrafos 220 a 236 ver Núm. XIII y XIV.

221. Eligió doce hombres, número correspondiente al de las tribus, un jefe tribal por cada una,

seleccionando a los de mayor prestigio en mérito a sus cualidades, a fin de que ninguna parte de la nación difiriera de las demás por asignársele o más o menos, y para que todas llegasen a

conocer por igual a través de sus hombres de mayor dignidad lo relativo a los habitantes del país, siempre que los emisarios quisieran decir la verdad.

222. Una vez que los hubo escogido, les dijo lo siguiente: 'El premio de las luchas y peligros

que hemos sobrellevado y hasta hoy estamos soportando es nuestra radicación en nuevas tierras que serán nuestra heredad; y ojala no nos veamos decepcionados en nuestra esperanza, pues la nación que hemos conducido para establecerse en ellas es numerosísima. Sumamente

provechoso es que conozcamos los lugares, los hombres y los sucesos; en la misma medida en que es perjudicial el ignorar tales cosas.

223. Os hemos elegido para que con la ayuda de vuestras observaciones y discernimiento

tengamos una visión de las cosas del país. Asumid, pues, el papel de oídos v ojos de tan

inmensas multitudes para obtener una clara información de lo que es necesario saber.

224. Lo que deseamos conocer son tres cosas: el número y fuerza de los naturales; si las

ciudades están favorablemente ubicadas y fuertemente construidas, o todo lo contrario; y si el país es de suelo rico y fértil, apto para producir toda clase de frutos, sembrados y árboles, o si es, por el contrario, de suelo pobre. De esa manera podremos abocarnos a la consideración del poder y número de los habitantes v la proporción de sus fuerzas, así como de la capacidad de resistencia de sus fortificaciones con sus máquinas de guerra y aparatos de sitio. Es necesario conocer también si el país es fértil o no, porque sería necedad avenirse a enfrentar peligros por un territorio estéril.

225. Nuestras armas, nuestras máquinas y toda nuestra fuerza consisten solamente en nuestra

fe en Dios. Equipados con ella, desecharemos cualquier temor, ya que ella basta para doblegar, y con mucho, fuerzas irresistibles, productos de las buenas cualidades físicas, de la osadía, de la experiencia y del gran número; y gracias a ella también, en las profundidades del desierto hemos gozado de la abundancia de cuanto se da en la prosperidad de las ciudades.

226. La estación en que más particularmente suelen ponerse de manifiesto las condiciones

favorables de una región es la primavera, y ella está en pleno transcurso. En la época primaveral los diferentes sembrados alcanzan su madurez v los árboles comienzan a adquirir su desarrollo natural. Con todo, tal vez sea mejor aguardar hasta el pleno verano y traer frutos como testimonio de las bondades del país".

227. XLI. Tras escuchar estas palabras, partieron para la exploración, escoltados por toda la

multitud, la que temía que los apresaran y perdieran la vida, y que ocurrieran dos cosas en

34

extremo graves: la muerte de hombres que eran la vista misma de cada tribu; y la falta de noticias sobre la situación de los enemigos listos para atacar, respecto de los cuales era útil tener información.

228. Los exploradores, habiendo escogido vigías y guías para el camino, marcharon a la zaga

de ellos. Ya próximos a su destino, ascendieron rápidamente al monte más alto del lugar y otearon la región, gran parte de la cual era una llanura que producía cebada, trigo y abundante forraje; en tanto que la parte montañosa estaba no menos repleta de viñas y de otros árboles, toda ella cubierta de frondosas arboledas, con un cinturón de ríos y fuentes, que la regaban abundantemente, de modo que desde la parte más baja hasta las cimas, toda la región montañosa constituía una trama de sombreados bosques, sobre todo en las laderas y en las hendiduras profundas.

229. Contemplaron también las ciudades, las cuales estaban muy bien defendidas por dos

circunstancias: las condiciones favorables del terreno donde se hallaban situadas y la solidez de sus murallas. Observaron asimismo a los naturales, y vieron que su número no tenía límites

y que eran gigantes de enorme altura, o al menos, gigantescos en sus rasgos corporales, incomparables tanto por su gran tamaño como por sus fuerzas.

230. Habiendo observado estas cosas, permanecieron en el lugar con ánimo de formarse una

idea más exacta, pues las primeras impresiones son inestables y difícilmente el tiempo las confirma. Además estaban muy interesados en recoger algunos frutos de árboles, no de aquellos cuyo desarrollo definitivo acababa de comenzar hacía poco, sino de los que ya empezaban a cargarse de frutos, para de ese modo tener algo que no se habría de corromper fácilmente, para mostrar a la multitud.

231. Lo que más los llenaba de asombro era el fruto de las viñas. Sus racimos eran de un

tamaño extraordinario y se extendías por las ramas y brotes ante la mirada incrédula de ellos.

Por ejemplo, habiendo cortado uno, lo colgaron en el centro de una vara cuyos extremos iban sobre los hombros de dos jóvenes, uno colocado delante y otro detrás, los que debieron ser sucesivamente relevados, ya que siempre los anteriores estaban agotados debido a la enor- midad del peso. En cuanto a los asuntos fundamentales sus opiniones no estaban "acordes entre sí.

232. XLII. Innumerables fueron las controversias que se suscitaron en plena marcha aún antes

de regresar; con todo no pasaron a mayores, por cuanto no querían que sus disputas ni las

discrepancias en las informaciones produjesen una conmoción en la multitud. Después del regreso, sin embargo, las discrepancias tornáronse más graves.

233. Es que una parte de ellos, al descubrir las fortificaciones de las ciudades y cómo cada

una de ellas estaba en extremo poblada, magnificaba todo en su relato provocando el temor entre los que escuchaban; en tanto que los otros, restando importancia a todo cuanto habían visto, los exhortaban a no dejarse abatir y a mantenerse firmes en lo de radicarse allí, en la seguridad de que lo lograrían al primer intento. 'Ninguna ciudad", decían, "podrá resistir al ataque conjunto de tan grande fuerza; y caerá doblegada bajo su peso". Unos y otros informantes trasmitían a las almas de los que escuchaban, los resultados de sus propios sen- timientos; los timoratos, cobardía; los imperturbables, coraje y esperanzas.

234. Pero éstos últimos no eran sino la quinta parte de los temerosos, siendo éstos, a su vez,

cinco veces más numerosos que los de ánimo elevado. Ahora bien, el coraje de unos pocos

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pasa inadvertido frente a la timidez de un gran número; y eso fue lo que dicen que ocurrió también en aquella ocasión: pues, habiendo dos de aquellos expuesto las más excelentes soluciones, los diez que aseguraban lo contrario prevalecieron a tal punto, que toda la multitud se dejó arrastrar a una posición de disentimiento hacia los otros y de adhesión hacia ellos.

235. Con relación a la naturaleza del país todos expusieron una misma opinión, manifestando

con unánime criterio que era hermoso tanto en la parte llana como en la montañosa; pero, tras ello, todo el pueblo gritaba: "¿Qué interés nos va a nosotros en bienes que pertenecen a otros y están protegidos con fuerzas tan poderosas que los hacen inconquistables?" Y, prefiriendo el halago del oído a lo conveniente, y el engaño a la verdad, se lanzaron contra los dos y por

poco no los lapidaron.

236. Todo esto provocó la irritación del caudillo, quien al mismo tiempo estaba temeroso de

que algún Divino castigo descendiera sobre los que de tal manera se empeñaban en no creer en Sus revelaciones. Y así ocurrió. Porque los diez exploradores cobardes perecieron víctimas de una pestilente enfermedad, junto con aquellos de la multitud que habían apoyado sus insensatas proposiciones. Sólo los dos que habían aconsejado no atemorizarse sino persistir en los intentos de establecerse allí se salvaron en razón de que habían sido obedientes a los oráculos, razón por la que les cupo el especial privilegio de no perecer a la par de los otros.

237. XLIII. Este incidente fue la causa por la que los hebreos, no llegaron sino más tarde a la

tierra a donde iban a establecerse, En efecto, habiendo podido en el segundo año después de la partida de Egipto ocupar las ciudades de Siria y proceder al reparto de las tierras, se apartaron de la ruta directa y breve, y anduvieron errantes por regiones intransitables y dilatadas, al

encuentro de sinsabores, que, uno tras otro, acarreábanles inacabables fatigas para el alma y el cuerpo, castigos que debían soportar por su gran impiedad.

238. Y así, treinta y ocho años, amén del tiempo ya transcurrido, es decir, la duración de una

generación humana, los pasaron de un lado para otro, recorriendo en diversos sentidos profundos desiertos, y sólo al cabo de los cuarenta años llegaron a los límites del país a los que también habían llegado la vez anterior.

239. 38 En las proximidades de los accesos al país habitaban, entre otras gentes, algunas

emparentadas con ellos, de las que pensaban que serían más que cualesquiera otras sus aliados en la guerra contra los habitantes de las ciudades vecinas, y cooperarían en todo lo relativo a la colonización; o que, por lo menos, si no se atrevían a eso, se abstendrían de intervenir con

sus fuerzas y permanecerían neutrales. 38 Para los parágrafos 239 a 249 ver Núm. XX, 14 a 21.

240. Los progenitores de ambas naciones, los de los hebreos y los de los habitantes de la

región colindante con las ciudades, habían sido dos hermanos, hijos del mismo padre y de la misma madre, y además mellizos. Habiendo llegado a ser numerosa la familia de ambos, y como sus descendientes dispusieron de cierta abundancia de medios de subsistencia, uno y otro linaje habíase multiplicado hasta formar cada uno una grande y populosa nación. Pero una de ellas había permanecido ligada a la tierra de sus mayores; en tanto que la otra, habiendo, como se ha dicho, emigrado a Egipto a causa de la carestía de alimentos, retornó en tiempos posteriores.

241. Esta última, no obstante el largo tiempo que había permanecido desvinculada, en

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contacto con pueblos que ninguna de las costumbres ancestrales guardaban ya y habían renunciado a las primitivas normas de vida en común, respetaba los comunes vínculos, entendiendo que corresponde a la humana naturaleza ofrecer algo y mostrarse generosa en nombre de los lazos de sangre.

242. La otra, por el contrario, había desnaturalizado todo cuanto fortalece tales lazos; y en sus

costumbres, expresiones, determinaciones y hechos mostrábase implacable e irreconciliable, y mantenía vivo el fuego de una ancestral enemistad. Esta provenía del hecho de que el fundador de la nación, 39 después de haber por propia decisión vendido los derechos de primogenitura a su hermano, poco más tarde había reclamado aquello a lo que había renunciado, en abierta violación de lo convenido, y sentido deseos de verter su sangre, lle- gando a amenazarlo con la muerte si no se lo restituía. Y esta vieja enemistad de un solo hombre hacia otro se renovaba en la nación al cabo de tantas generaciones.

39 Esaú, de quien descendían los edomitas.

243. Pues bien, el caudillo de los hebreos, Moisés, aunque la verdad es que estaba en condiciones de atacar y vencerlos sin mayores dificultades, no lo consideró justo, teniendo presente el mencionado parentesco, y se limitó a reclamar como cosa justa el uso del camino que atravesaba la región, prometiendo respetar todos los compromisos, no devastar el territorio, no llevarse ganado ni otro bien alguno, pagar el agua en caso de que tuvieran necesidad de ella, así como los otros productos que adquirieran para satisfacer sus necesidades. Pero ellos se opusieron con todas sus fuerzas a estas proposiciones y amenazaron con la guerra en el caso de que advirtieran que los hebreos hubieran cruzado los límites de su territorio o que simplemente se hubieran aproximado a ellos.

244. XLIV. Desagradable fue la impresión de los hebreos ante la respuesta, y ahora estaban

dispuestos a tomar las armas. En tales circunstancias Moisés, colocado donde podía ser oído, les dijo: "Hebreos, vuestra irritación es razonable y justa. A nuestras honradas propuestas,

hechas con espíritu cortés, han respondido con una vileza brotada de corazones malvados.

245. Pero, aunque merezcan ser castigados por su falta de humanidad, no por eso nos está

permitido lanzarnos a tomar venganza contra ellos. Por el honor de nuestra nación, y para que también en esta ocasión los buenos nos distingamos de los malvados, hemos de averiguar no sólo si hay entre ellos quienes merecen castigo, sino también si corresponde que sea de parte de nosotros de quienes lo sufran".

246. Acto seguido se volvió y condujo a la multitud por otra ruta, ya que vio que los caminos

de la región estaban todos protegidos por guarniciones apostadas por quienes ningún daño debían esperar, pero por envidia y maldad no permitían que atravesasen por la vía directa.

247. Esta era la más clara prueba de lo mal que les sabía la libertad de nuestra nación, pues sin

duda se alegraban en la época en que ella soportaba la amarga esclavitud en Egipto, ya que

aquellos a los que la prosperidad de sus vecinos produce dolor, no pueden menos que alegrarse por las desgracias de éstos, aunque no lo confiesen.

248. El caso es que los hebreos, en la suposición de que trataban con gentes que opinaban y

deseaban lo mismo que ellos, les habían comunicado todo cuanto les había sucedido, penoso o placentero, sin saber que aquellos estaban muy avanzados en materia de depravación, y que, siendo sus sentimientos hostiles y malvados, se inclinaban a lamentarse por los prósperos

sucesos y a complacerse por las adversidades de sus hermanos de raza.

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249.

Pero, aun después que la maldad de aquéllos hubo quedado al descubierto, los hebreos se

vieron impedidos de usar la fuerza por orden de su caudillo, quien puso así de manifiesto dos de sus excelentes cualidades: la sensatez y los buenos sentimientos conjuntamente; la sensatez, que le hizo precaverse contra la posibilidad de cualquier desastre, y los sentimientos humanitarios, que le movieron a no desear siquiera castigar a quienes eran de su misma raza.

250. 40 XLV. Así pues, pasaron de largo sin entrar en las ciudades de aquellos; pero cierto rey

de la región limítrofe, llamado Canana, 41 al anunciarle sus espías que la hueste en marcha se hallaba situada a no mucha distancia, pensó que se trataba de un tropa desorganizada y fácil de vencer si atacaba primero él. Lanzóse, pues, con la bien armada fuerza de hombres jóvenes de que disponía, y con un rápido ataque puso en fuga a los primeros que le hicieron frente,

pues no estaban éstos preparados para la batalla, y, habiendo hecho algunos prisioneros, en- vanecido con el inesperado éxito y creyendo que doblegaría a todos los demás, continuó su avance.

40 Para los parágrafos 250 a 254 ver Núm. XXI, 1 a 3.

41 Evidente mala lectura de Filón. El texto bíblico dice: "

el

rey cananeo de Arad".

251. Pero, los hebreos, lejos de haber sido dominados por la derrota de sus líneas avanzadas,

habiendo cobrado mayor coraje aún que antes y apremiados por los deseos de remediar la apurada situación de los capturados, se estimulaban unos a otros a no cejar, diciendo:

"¡Animo!, en este momento estamos penetrando en el país; seamos indoblegables con la seguridad que brinda el valor. El resultado se decide frecuentemente en los comienzos. Situados en las entradas del país, llenemos de consternación a sus habitantes y tengamos por nuestra la riqueza de sus ciudades, a trueque de la cual les dejaremos la indigencia en medios de vida que nos acompaña desde el desierto".

252. Y, a la par que se exhortaban recíprocamente de la manera dicha, prometían a Dios

consagrarle a título de primicias del país las ciudades del rey y los ciudadanos de cada una de

ellas. Dios aprobó las plegarias de los hebreos, e infundiéndoles valor, hizo que el ejército enemigo cayera en sus manos.

253. Ellos, tras haberlo apresado mediante un violento ataque, cumplieron sus promesas

relativas a la consagración en acción de gracias, y, sin apartar para sí cosa alguna del botín, Le

consagraron las ciudades con sus habitantes y recursos, y, en atención al acontecimiento, dieron a todo el reino el nombre de "Ofrenda". 42 42 Del contexto de Núm. XXI, 2 y 3 se infiere que el término anáthema = ofrenda, consagración, pero también maldición, anatema, está tomado aquí en esta segunda acepción. De allí que la ciudad y la región llevara en adelante el nombre de Jorma, que en hebreo quiere decir precisamente anatema o maldición. Sin embargo, Filón acomoda a su propósito el sentido del término y entiende que la denominación del lugar es Ofrenda o Lugar de la ofrenda, y conforme con esa interpretación ha sustituido más arriba el verbo anathematízein = maldecir, que aparece en el texto bíblico, por anatithénai = consagrar.

254. Es que, así como cada persona piadosa consagra a Dios las primicias de los frutos

anuales, del mismo modo también la nación entera Le consagraba a título de primicia de su nuevo territorio el primer reino conquistado, como parte de la inmensa adquisición que sería el gran país en el que iban a habitar. Juzgaban que era cosa impía repartirse la tierra y establecerse en las ciudades sin antes haber hecho ofrenda de las primicias del país y sus ciudades.

38

255.

43 XLVI. Poco después, habiendo además hallado, en un pozo situado en la zona

fronteriza, una fuente con buena agua, que proveyó de bebida a toda la multitud, sus almas se ensancharon cómo si no agua sino vino puro hubieran bebido. Movidos por la alegría y la dicha, los amados de Dios, luego de formar coros en torno del pozo, entonaron un nuevo cántico a Aquel que les daba el país como heredad propia; al verdadero guía de su peregrinaje; porque, no bien llegaban desde el inmenso desierto a la tierra habitada que estaba destinada a ser dominio de ellos, hallaban bebida abundante, y entendían que no debían seguir

la marcha desde la fuente sin haberlo celebrado.

43 Para los parágrafos 255 y 256 ver Núm. XXI, 16 a 18.

44 Núm. XXI, 18.

256. Y con motivo pues, según es fama, 44 dicha fuente no había sido cavada precisamente por

manos de simples particulares, sino era obra de reyes, que ambicionaron no sólo hallar agua

sino la construcción misma del pozo, con miras a que en su magnificencia se advirtiera el carácter real de la obra y el poder y elevado espíritu de sus constructores.

257. Moisés, regocijado por la sucesión ininterrumpida de inesperados bienes, avanzó más

aún, distribuyendo a los jóvenes entre la vanguardia y la retaguardia, y situando a los viejos, mujeres y niños en el centro, a fin de que tuviesen protección de una y otra parte, si alguna hueste enemiga atacaba de frente o por detrás.

258. XLVII. Pocos días después, habiendo entrado en el país de los amorreos, envió

embajadores a su rey, Seón de nombre, haciéndole las mismas proposiciones que anteriormente había hecho al rey de su misma raza. 45 Seón no sólo contestó con insolencia a los que habían venido a él; y hubiera llegado a matarlos, a no mediar el impedimento de la ley

de embajadas; sino además reunió a todo su ejército, creyendo que con un solo ataque alcanzaría la victoria" en la lucha.

45 Ver el parágrafo 244.

259. Sin embargo, iniciada la batalla, se dio cuenta de que el encuentro no era contra

enemigos descuidados y sin preparación, sino contra hombres expertos y realmente invencibles en la guerra, hombres que poco antes habían llevado a cabo muchos y grandes hechos valerosos y demostrado vigor corporal, grandeza de espíritu, y excelsa virtud, gracias

a lo cual habían capturado con gran facilidad a sus oponentes, y se habían apresurado a consagrar a Dios los primeros trofeos, sin tocar nada del botín.

260. En esta ocasión ocurrió otro tanto. Con la sólida fortaleza que les proporcionaban esas

determinaciones y aprestos se lanzaron contra el enemigo, contando, al mismo tiempo, con la ayuda irresistible de la justicia, alianza que los hacía combatientes más valientes y decididos aún.

261. La prueba es clara. No hubo necesidad de segunda batalla, y la primera fue la única; en

ella toda la fuerza enemiga se desmoronó; y, desbaratada, fueron aniquilados todos sus hombres en edad de combatir.

262. Las ciudades quedaron vacías y llenas al mismo tiempo; vacías de sus antiguos

moradores, llenas de los vencedores. Y otro tanto ocurrió con las residencias de campo: se vieron desocupadas de sus habitantes y recibieron a otros hombres, mejores en todo sentido.

263. 46

XLVIII.

Esta

guerra

produjo

alarma

y

temor

en

todas

las

naciones

de

Asia,

 

39

particularmente entre las de las zonas vecinas, por cuanto las perspectivas de duros acontecimientos eran para ellos más próximas. Pero uno de los reyes de las ciudades vecinas, llamado Balac, que tenía bajo su mando una parte extensa y muy poblada del este, se acobardó antes de que se iniciase la lucha. Resuelto a no enfrentar al enemigo cara a cara, quiso evitar los efectos devastadores de una guerra abierta librada mediante las armas; y, considerando que empleando determinadas imprecaciones podría dar por tierra con la irresistible fuerza de los hebreos, recurrió a augurios y adivinaciones. 46 Para los parágrafos 263 a 293 ver Núm. XX a XXIV.

264. Vivía por entonces en la Mesopotamia un hombre muy renombrado como adivino, el que

había aprendido los secretos de la adivinación en todas sus formas, pero era particularmente

admirado por su experiencia en materia de predicciones, pues a muchas personas y en muchas ocasiones había revelado cosas increíbles e importantes.

265. Había predicho a unos abundantes lluvias en pleno verano, a otros sequías y elevadas

temperaturas en medio del invierno, a otros escasez después de la abundancia; y, a la inversa,

buenas cosechas después de las privaciones; a otros desbordamientos y agotamiento de ríos, a otros remedios de enfermedades pestilentes y de otras innumerables cosas. En cada una de estas predicciones había ido creciendo su reputación hasta ser famosísimo y alcanzar un gran renombre, ya que su prestigio incesantemente se propagaba y extendía hacia todas partes.

266. Hacia él envió Balac a algunos de sus cortesanos, y lo invitó a venir, ofreciéndole de

antemano ciertos presentes y prometiéndole que le daría otros, al mismo tiempo que le hacía conocer el propósito para el que lo mandaba llamar. Pero el vidente, no tanto porque lo impul- sase una convicción noble y firme, cuanto por darse aires de profeta distinguido,

acostumbrado a no hacer cosa alguna en absoluto sin atenerse a los oráculos, se excusó diciendo que la Divinidad no le permitía ir.

267. Los enviados retornaron hacia el rey sin haber logrado nada; pero de inmediato fueron

elegidos otros para la misma misión entre los personajes de mayor reputación, los que llevaron consigo más dinero y prometieron más abundantes regalos. 268. Seducido por los presentes ya ofrecidos y por la esperanza de los venideros, así como por deferencia hacia la jerarquía de los que lo invitaban, cedió, invocando una vez más con aviesa intención la

voluntad Divina. Así pues, al día siguiente hizo los preparativos para el viaje y narró sueños, en los que, según decía, claras visiones que le habían acosado, le forzaban a no detenerse por más tiempo y a acompañar a los embajadores.

269. XLIX. Pero, cuando iba ya marchando, en el camino se le presentó una inequívoca señal

de que el propósito tras el cual iba no era adecuado. En efecto, la bestia sobre la cual iba montado, mientras avanzaba derechamente, primero se detuvo de repente,

[270.] y luego, como si de la parte opuesta alguien la empujara con fuerza o la retuviera, se echó hacia atrás, y dirigiéndose una y otra vez hacia derecha e izquierda, y andando vacilante de aquí para allá, no se quedaba tranquila, como si tuviera la cabeza pesada por la embriaguez del vino; y golpeada muchas veces, no hacía caso de los golpes. Poco faltó para que de ese modo arrojase a tierra al jinete; y si bien éste se mantuvo montado, lo hizo sufrir a su vez.

271. Había, en efecto, cerca, a uno y otro lado del lugar, muros y setos; y, cada vez que el

animal en sus movimientos chocaba contra ellos, su amo sufría apretones, golpes y desgarramientos en sus rodillas, canillas y pies.

40

272.

Se trataba, evidentemente, de una Divina visión, que el animal contemplaba largo rato

hacía, como acosándolo, por lo que se hallaba aterrado; en tanto que el hombre nada veía; lo que prueba su incapacidad de percepción. En efecto, él, que se vanagloriaba de ver no sólo el mundo sino también al Hacedor del mundo, era superado en visión por un animal irracional.

273. Cuando, al cabo, alcanzó a ver, no sin dificultad, al ángel que estaba frente a él; y no

porque fuera digno de tal contemplación, sino para que se diera cuenta de su propia indignidad e insignificancia; se entregó a plegarias y súplicas, pidiendo ser perdonado por su error, que atribuía a ignorancia y no a libre determinación.

274. Y, aunque ese era el momento de desandar su camino, preguntó a la aparición si habría

de retornar de nuevo a su casa. El ángel se dio cuenta de su simulación. ¿Qué necesidad, en efecto, tenía de preguntar algo tan claro, que llevaba en sí mismo las evidencias y no había menester de ser confirmado con palabras? Porque no vamos a afirmar que los oídos son más dignos de crédito que los ojos, y las palabras, más veraces que los hechos. Irritado por eso el ángel, le dijo: "Sigue tu camino y tus propósitos, que no te valdrá de nada, pues lo que habrás de decir te lo diré yo dictándotelo sin que intervenga tu entendimiento; y dirigiré tus órganos del habla de manera justa y conveniente. Yo llevaré las riendas de la palabra, y a través de tu lengua, sin que te des cuenta, pronunciaré cada una de las profecías".

275. L. Cuando el rey se enteró de que ya estaba cerca, le salió al encuentro acompañado de

su escolta. Como es natural, el encuentro comenzó con saludos y muestras de amistad, a los que siguió un breve reproche por la tardanza y los reparos puestos al viaje. Luego tuvieron lugar los banquetes, los suntuosos agasajos y todas las otras demostraciones que es costumbre preparar para la recepción de huéspedes; cada uno con más magnífica y solemne pompa que

el precedente, conforme con los reales deseos.

276. Al amanecer del día siguiente Balac llevó consigo al adivino a una colina, donde

casualmente estaba erigida una columna en honor de cierta divinidad, a la que los comarcanos adoraban. Desde allí se contemplaba una parte del campamento hebreo, que el rey mostró al mago como desde una atalaya.

277. Este, tras contemplarla, dijo: "Lo que has de hacer, oh rey, es erigir siete altares y

sacrificar en cada uno de ellos un becerro y un morueco. Yo, a mi vez, me retiraré a un lugar apartado y preguntaré a Dios qué debo decir". Alejóse de allí, y al instante le sobrevino una Divina inspiración, descendiendo sobre él el espíritu profético, el que arrojó desterrado de su alma a su arte adivinatorio, ya que era imposible que su falso saber de mago conviviese con

una sacratísima inspiración. Retornó de inmediato, y, viendo los sacrificios y los altares con sus fuegos, hizo estas revelaciones, como mero trasmisor de lo que otro le dictaba:

[278.] 'Balac me envió a buscar desde la Mesopotamia, haciéndome realizar el largo viaje desde el este, para poder, mediante mis maldiciones, hacer un escarmiento en los hebreos. Pero, ¿de qué manera maldeciré yo a quienes Dios no ha maldecido? Con mis ojos los contemplaré desde las más altas montañas y con mi espíritu los percibiré; pero no sería capaz de dañar al pueblo que habitará solo, y no será contado como una nación más; y ello, no porque haya de corresponderle lugares de residencia aparte o un país separado, sino en virtud de caracterizarse por sus peculiares costumbres, sin que su convivencia con otros pueblos implique el abandono de sus hábitos ancestrales.

279. ¿Quién ha descubierto con exactitud las primeras simientes del origen de este pueblo?

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Sus cuerpos fueron forjados mediante simientes humanas, pero sus almas tuvieron origen en simientes Divinas. Por ello alcanzaron un estrecho parentesco con Dios. ¡Ojalá muriera mi alma para la vida del cuerpo, para que fuera contada entre las almas de los justos, como resultan ser las almas de ellos!"

280. LI. Mientras oía estas cosas, Balac sufría atroz dolor en lo íntimo de su ser, y cuando

aquél dejó de hablar, incapaz de contener su pasión le dijo: "¿No te avergüenzas de pronunciar súplicas por mis enemigos, cuando fuiste llamado para que los maldijeras? Sin darme cuenta me he engañado a mí mismo al considerarte amigo, mientras ocultamente formabas parte del bando de mis enemigos, cosa que ahora ha quedado en claro. Seguramente las dilaciones a que recurrías para no ponerte en marcha hacia aquí se debían a la adhesión hacia ellos, que ocultabas en lo profundo de tu alma, y a tu aversión hacia mí y los míos; que la prueba de lo incierto se halla en lo que está a la vista, según reza el antiguo proverbio".

281. El otro, liberado ya del estado de posesión le replicó: "Soporto la más injusta de las

acusaciones, bajo el peso de la calumnia. Lo que digo, de ninguna manera me pertenece, y todo me lo dicta la Divinidad; y no es ésta la primera vez que digo esto y que tú lo escuchas; ya antes lo dije y tú lo escuchaste cuando respondí esas mismas cosas a los embajadores que enviaste".

282. El rey, sin embargo, creyendo o engañar al adivino o que la Divinidad cambiaría, y que

con trocar los lugares cedería en la firmeza de Sus propósitos, trasladó al vidente hasta otro lugar, y desde una altísima colina le mostró una parte del ejército enemigo. Luego hizo elevar nuevamente siete altares, y, tras realizar el mismo número de sacrificios que la vez anterior, envió al adivino en procura de felices augurios y noticias.

283. Ya solo, sintióse éste súbitamente poseído y, (tras de regresar adonde estaba el rey), 47 sin

entender nada, como si su razón anduviera por otra parte, pronunció estas proféticas palabras, puestas por otro en sus labios: 'Levántate, rey, y escucha. Ten el oído atento. El hombre puede ser engañado, pero Dios no; ni se arrepiente, como un hijo de hombre; y lo que una vez ha dicho lo cumple. Ninguna de Sus afirmaciones en absoluto deja de tener luego una firme confirmación en los hechos, puesto que para Él palabra y obra son una misma cosa. En cuanto a mí, es para bendecir para lo que fui elegido, y no para maldecir. 47 En el texto griego falta este agregado, que intercalo por ser absolutamente necesario.

284. Las penurias y el dolor no tendrán cabida entre los hebreos. Protégelos magníficamente

su Dios, el Que, entre otras cosas, disipó la violencia de los males de Egipto y guió a tantas miríadas de hombres como si se tratase de uno solo. Consecuencia de ello es que éstos no hacen caso de presagios ni de todos los demás recursos de la adivinación, pues confían sola- mente en el Soberano del mundo. Veo a ese pueblo elevarse como un cachorro de león y adquirir la majestad de éste. Las fieras le servirán de festín y su bebida será la sangre de los heridos; y, una vez saciado, no se entregará al reposo, sino permanecerá despierto entonando el himno de la victoria".

285. LII. Profundamente contrariado por haberle resultado opuestos a sus esperanzas los

recursos de la adivinación, Balac le dijo: "Pues, amigo mío, no pronuncies maldiciones ni eleves súplicas; que es mejor el silencio sin peligros que las palabras que disgustan". Sin embargo, no obstante lo que acababa de decir, como si, inconstante en sus juicios, no se acordara ya de sus palabras, condujo al adivino hasta otro lugar, desde el cual le mostró una parte del ejército hebreo, y le incitó a que lo maldijera.

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286. El mago, como que era peor aún que el rey, a pesar de que frente a las acusaciones había

esgrimido la única justificación verdadera, vale decir, que nada de lo que decía era pensamiento propio, y que, cuando estaba poseído e inspirado, daba a conocer los pensamientos de otro; y a pesar también de que no correspondía insistir y sí retornar a su casa; no obstante eso, siguió adelante con más empeño todavía que quien lo incitaba. Movíalo a ello, en parte, un gran vicio, la presunción; y, en parte, la complacencia que su espíritu hallaba en el maldecir, no obstante que le había sido prohibido que empleara su voz para ello.

287. Y habiendo llegado a un monte, mayor aún que los anteriores y de gran extensión, mandó que se cumpliera el mismo sacrificio después de erigir, una vez más, siete altares, y llevar catorce víctimas, dos a cada altar, un becerro y un morueco. Pero él, contrariamente a lo que cabía esperar, esta vez no fue a buscar revelaciones y presagios; pues grande era la aversión que le había cobrado a su oficio, como si sus acertadas conjeturas hubieran perdido todo el brillo, al modo de una pintura que se ha tornado borrosa con el correr de los años. Por otra parte, aunque con dificultad, se había dado cuenta de que el propósito del rey que había alquilado sus servicios no estaba en armonía con él deseo de Dios.

288. Volviendo, pues, su cara hacia el desierto, vio a los hebreos acampados por tribus, e,

impresionado por su número y su orden, más propios de una ciudad que de un campamento,

sintióse dominado por la inspiración y pronunció estas palabras:

[289] "He aquí lo que dice el hombre que ve realmente, el hombre que contempló en sueños una clara visión de Dios a través de los nunca dormidos ojos del alma. ¡Cuan hermosas son tus residencias, ejército de los hebreos! Tus tiendas son como sombreadas arboledas, como un jardín junto a un río, como un cedro junto al agua.

290. De entre vosotros surgirá un día un hombre, que regirá a muchas naciones y cuyo reino,

engrandeciéndose día tras día, será exaltado hacia las alturas. Este pueblo ha tenido como guía de todo su camino desde Egipto a Dios, quien conduce a la multitud formada en una sola columna.

291. Por ello devorará muchas naciones enemigas, tomará todo cuanto en ellas haya de graso

hasta la médula, y con sus dardos lanzados hábilmente destrozará a los malvados. Se reclinará y descansará como un león o cachorro de león, en soberbia actitud, sin temer a nadie e infundiendo terror a los demás. ¡Desdichado de aquel que en un impulso de locura lo despierte! Dignos de bendición son aquellos que lo bendicen; merecedores de maldición

aquellos que lo maldicen".

292. LIII. La indignación del rey ante estas palabras fue inmensa, y dijo: "Se te llamó para

que maldijeras a mis enemigos, y llevas ya hechas tres plegarias en favor de ellos. Huye rápido, que la cólera es una pasión violenta, y no sea que, sin proponérmelo, te haga algún daño.

293. ¡Oh el más insensato de los hombres, de cuan grande número de riquezas y regalos, de

cuan inmensa fama y gloria te has privado tú mismo por tu locura! Retornarás desde este país extranjero a tu tierra sin llevar contigo bien alguno y sí vituperio, amén de no poca vergüenza, según parece, pues a tal punto has puesto en ridículo aquellas sabias prácticas de que te vanagloriabas antes".

43

294. 48 El otro, a su vez, le dijo: "Todas mis anteriores palabras eran eco de predicciones y

oráculos. Las que voy a decirte son sugerencias de mi propia determinación". Y, tomándole la diestra, le aconsejó de persona a persona los medios con los que prevenirse contra el ejército contrario, en la medida de lo posible. Con ello se declaró a sí mismo convicto de la más grande de las impiedades. Podríamos, en efecto, decirle: "Si los oráculos te impusieron lo contrario, ¿por qué das consejos a título personal, como si tus consejos fueran más eficaces que las Divinas revelaciones?" 48 Para los parágrafos 294 a 299 ver Núm. XXI, 16.

295. LIV. Veamos, pues, examinemos de qué manera las hermosas recomendaciones de éste

habían sido elaboradas para alcanzar una indiscutida victoria sobre revelaciones que jamás pueden ser vencidas. Sabiendo que el único camino para doblegar a los hebreos era el apartar

a éstos de sus normas de vida, procuró conducirlos, a través del libertinaje y la incontinencia,

a otro mal mayor, como es la impiedad; para lo cual les tendió el cebo del placer.

296. Dijo, en efecto: "Hay, oh rey, en el país mujeres que sobrepasan a otras en hermosura; y

por cosa alguna es más fácil de cautivar el hombre que por medio de la belleza de una mujer. Si tú permites que las más hermosas les ofrezcan sus cuerpos y se prostituyan por dinero, atraparán a la juventud de tus enemigos".

297. Pero será preciso instruirlas para que no se entreguen inmediatamente a los que desean

sus atenciones. El cosquilleo de los melindres despierta con mayor ímpetu los impulsos y enciende la pasión de los amantes. Y, una vez esclavos de los deseos, se avienen a hacerlo y sufrirlo todo.

298. Al amante en estas disposiciones una de las que están preparadas para hacerlo su presa,

deberá decirle: 'Te está vedado gozar de mi compañía, hasta que hayas abandonado los hábitos de tus antepasados y, trocándolos por otros, honres las cosas que yo honro. Prueba manifiesta de la firmeza de tu cambio sería que quisieras tomar parte en las mismas libaciones y sacrificios que nosotros ofrecemos a las imágenes de piedra y de madera, y a las demás estatuas'.

299. El amante, atrapado, como está, en las redes de sus muy variados atractivos, de su

hermosura y de su cautivante elocuencia; sin replicar nada, neutralizada su capacidad de discernir, acatará para su desdicha las imposiciones, incorporado ya a la lista de esclavos de la pasión".

300. 49 LV. Eso fue lo que aconsejó el mago. El rey, pensando que no había andado

desacertado en lo que había dicho, haciendo caso omiso de la ley sobre adulterios, y dando por no existentes las referentes a la corrupción y la prostitución, como si no hubieran sido establecidas absolutamente, permitió que las mujeres, sin restricción alguna tuvieran relaciones con los que quisieran. 49 Para los parágrafos 300 a 304 ver Núm. XXV,

301. Concedida la impunidad, aquéllas atrajeron a una inmensa cantidad de jóvenes, habiendo

previamente pervertido, y mucho, su inteligencia, y conducido a los mismos a la impiedad mediante sus imposturas. Pero, al fin, Fineas, hijo del sumo sacerdote, profundamente indignado por lo que sucedía, ya que ante sus ojos resultaba sumamente terrible el hecho de que al mismo tiempo entregaran sus cuerpos y sus almas, aquéllos a los placeres y éstas a la violación de las leyes y la impiedad, dio muestras de un juvenil ardor digno de un hombre de

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elevadas dotes.

302. Vio, en efecto, que uno de los de su raza hacía sacrificios y visitaba a una ramera, y eso

sin bajar el rostro hacia el suelo ni intentar pasar inadvertido para los más, ni disimular, como es lo usual, la entrada, sino, por el contrario, exhibiendo su incontinencia con desvergonzado atrevimiento y alardeando de su ridícula actitud como si se tratara de una honrosa acción; y, con inmensa amargura y lleno de justa cólera, lanzóse contra ambos, el amante y su amiga,

cuando aún estaban acostados en el lecho, y los mató y les amputó además los órganos genitales por haber sido instrumentos de ilícitas relaciones sexuales.

303. Al observar este ejemplo, algunos de los llenos de celo por la continencia y la piedad

religiosa, respondiendo a una orden de Moisés, imitaron a aquél, exterminando a todos los jóvenes parientes y amigos que habían tomado parte en ritos en honor de ídolos fabricados por el hombre; y así purificaron a la nación de esa mancha mediante el implacable castigo de los que estaban en falta, en tanto que a los demás les respetaron la vida en vista de las clarísimas pruebas que habían dado de su piedad. De ninguno de los convictos de su misma sangre se apiadaron, no moviéndolos la misericordia a pasar por alto las iniquidades de los mismos, pues entendían que el darles muerte con sus propias manos no menoscababa su integridad en nada; y por ello a ningún otro confiaron la misión de ejecutar el castigo, misión que encerraba para sus ejecutores un verdadero galardón en el más alto sentido.

304. Veinticuatro mil, dicen, perecieron en un solo día, con lo que se extinguió al punto la

común inmundicia que manchaba a todo el ejército. Cuando la purga hubo llegado a su término, Moisés reflexionó sobre el modo de procurar el justo premio por su heroica acción al hito del sumo sacerdote, que había sido el primero en lanzarse a la venganza. Pero Dios se le adelantó y a través de Sus oráculos brindó a Fineas el más grande de los bienes: la paz bien

que ningún hombre es merecedor de alcanzar; y, además de la paz, la plena posesión del sacerdocio, como inviolable patrimonio para sí y para su familia. 50

50 Ver Sobre la ebriedad 75 y 76; Sobre la posteridad de Abel y Caín 183 y 184, y Sobre la confusión de las lenguas 57.

305. 51 LVI. Una vez que los males intestinos hubieron llegado del todo a su fin, y hubieron,

además, perecido todos aquellos sobre los que pesaba la sospecha de deserción y traición, pareció llegada una muy conveniente oportunidad para emprender la guerra contra Balac, hombre que había maquinado y llevado a cabo numerosas iniquidades; lo primero, contando con los buenos oficios del adivino, de quien él había esperado que fuera capaz de arruinar el poder de los hebreos con maldiciones; y lo segundo, echando mano al descaro y licencia de las mujeres, que corrompieron los cuerpos con actos de libertinaje y las almas con la

impiedad.

51 Para los parágrafos 305 a 318 ver Núm. XXXI.

306. No consideró Moisés conveniente que entrara en combate la totalidad del ejército, porque sabía que las multitudes, en su excesivo número, fracasan por su misma condición, y, a la vez, porque consideraba ventajoso que hubiera reservas para acudir en ayuda de los que realizaran el primer esfuerzo. Escogió, por lo tanto, la mejor parte de los hombres en edad militar, mil de cada tribu, doce millares en total, pues ese era el número de las tribus; y eligió como general a Fineas, que ya había dado pruebas de su coraje guerrero; y, tras sacrificios favorables, envió a sus soldados, a los que animó en estos términos:

[307.] "La presente contienda no es para imponer nuestro dominio ni para apropiarnos de las posesiones de otros, objetivos únicos o principales de las otras guerras; sino en pro de la

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piedad y la santidad, de las que nuestros contrarios alejaron a nuestros parientes y amigos, convirtiéndose en causa indirecta de la mísera muerte de sus víctimas. 308. Sería absurdo que, tras haber llegado a matar con nuestras propias manos a familiares nuestros que transgredieron las leyes, no hiciéramos otro tanto con enemigos que han cometido faltas más graves aún; y que, después de exterminar a los que aprendieron a delinquir, dejáramos sin castigo a los que los forzaron y enseñaron a hacerlo, a los verdaderos culpables de cuanto hicieron y experimentaron aquellos".

309. LVII. Fortalecidos por sus exhortaciones y encendida la innata hidalguía de sus almas,

ellos se lanzaron a la lucha con indomable resolución, como hacia una victoria segura; y tal fue el vigor y la osadía de que hicieron gala en el encuentro, que exterminaron a sus

oponentes, y ellos regresaron todos sanos y salvos, sin que ni un solo hombre hubiera sido muerto o herido.

310. Quien, sin estar al tanto de lo sucedido, los hubiera visto llegar de retorno, hubiera

pensado que regresaban no de una guerra o batalla, sino más bien de alguna de las demostraciones militares que suelen tener lugar en plena paz y que sirven de ejercicios y prácticas de los que, entre amigos, se preparan para los combates contra enemigos.

311. Mediante la destrucción y el incendio hicieron desaparecer las ciudades, de modo que

nadie hubiera podido decir si primitivamente habían estado habitados esos lugares. Y, habiendo traído un número incalculable de prisioneros, creyeron justo dar muerte a los hombres y mujeres; a los primeros por haber concebido designios y actos injustos; y a las mujeres por haber seducido a la juventud hebrea, convirtiéndose en partes responsables de sus licencias, de su impiedad y finalmente de su muerte. En cambio, fueron indulgentes con los

niños y doncellas de muy pocos años, ya que su misma edad les hacía acreedores al perdón.

312. Dueños de inmensas riquezas merced al gran botín sacado de los palacios y de las casas

particulares, así como de las residencias, retornaron al campamento con todos los bienes obte- nidos de los enemigos.

313. Moisés alabó al general, Fineas, y a los que se habían alistado a sus órdenes por los

felices resultados y porque no se habían lanzado en procura de beneficios pensando en apoderarse del botín para su exclusivo provecho, sino lo habían colocado en el común depósito para que los que habían permanecido en las tiendas tuvieran también su parte. Luego prescribió que permanecieran fuera del campamento unos días, y que el sumo sacerdote purificara de la sangre derramada a los integrantes de la fuerza común que retornaban de la

batalla.

314. Es que, si bien es lícito el exterminar enemigos, con todo el que mata a un hombre, aun

cuando lo haga con derecho, en defensa propia y forzado, resulta en cierto modo responsable en nombre del supremo y común parentesco de todos los hombres. De allí la necesidad de que los matadores fuesen purificados, a fin de que se liberaran de lo que "se consideraba una contaminación producida por la matanza.

315. LVIII. No mucho tiempo después distribuyó Moisés el botín, dando la mitad de él a los

que habían combatido, que eran pocos comparados con los que habían permanecido inactivos; en tanto que la otra mitad la dio a los que se habían quedado en el campamento. Consideraba, en efecto, que era justo darles a éstos parte de lo ganado, pues habían participado en la lucha,

si bien no con sus cuerpos, sí con sus almas, como que las reservas no son inferiores en celo a

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los que combaten, y la inferioridad de su papel es sólo cuestión de tiempo y se debe a que otros les han precedido en la lucha.

316. Una vez que los menos recibieron una porción mayor, por haber afrontado primeros el

peligro; y que los más obtuvieron una menor, pues habían permanecido en sus reductos, Moisés creyó necesario consagrar las primicias de la totalidad del botín. Y así, las reservas

contribuyeron con la quinquagésima parte, y los que habían ido a la lucha, con la quingentésima. De estas primicias dispuso que las provenientes de los que habían combatido se entregaran al sumo sacerdote, y que las de los que habían permanecido en el campamento se dieran a los servidores del templo, llamados levitas.

317. Los jefes con comando sobre mil y sobre cien hombres y la restante multitud de oficiales

inferiores ofrecieron por propia iniciativa primicias especiales en reconocimiento por su propia conservación y la de los que habían combatido bajo sus órdenes por la victoria, que había sido superior a toda ponderación. Estas ofrendas consistían en todos los adornos de oro que cada uno obtuvo en el botín, y vasos de inmenso valor, también fabricados de oro. Todo ello recibió Moisés, y, alabando la piedad de los donantes, lo colocó en el sagrado tabernáculo para perpetuar el recuerdo de la gratitud de esos hombres.

318. Excelente, por cierto, fue el reparto de las primicias ofrecidas. Las de los que no tomaron

parte en la lucha, dado que evidentemente sólo les cabía la mitad del mérito, es decir, el celo pero no la acción, las asignó a los servidores del templo; las de los combatientes, en cambio, que habían servido con sus cuerpos y sus almas, demostrando así una grandeza plena, las dio al que presidía a los servidores del templo, o sea, al gran sacerdote; y las de los jefes de divisiones, por proceder de quienes ejercían el mando, las destinó para el Soberano de todas

las cosas, que es Dios.

319. 52 LIX. Todas estas guerras se llevaron a cabo, sin que todavía atravesasen el río del país,

el Jordán, contra los habitantes de la tierra rica y fértil del otro lado, 53 en la que había una extensa llanura, abundante en trigo y excelente proveedora de forraje para el ganado.

52 Para los parágrafos 319 a 333 ver Núm. XXXII.

53 Es decir, la región llamada posteriormente Transjordania.

320. Cuando las dos tribus criadoras de ganado, 54 que sumaban la sexta parte de todo ti

ejército, contemplaron esta zona, suplicaron a Moisés que les permitiera establecerse y tomar allí sus parcelas de tierra. Aseguraban que se trataba de un lugar sumamente ventajoso para el cuidado y apacentamiento de los ganados, pues estaba bien regada, tenía abundante forraje y

producía sin necesidad de cultivo cantidades incalculables de hierba para las ovejas. 321. Moisés, sin embargo, pensando que lo que ellos pretendían era anticiparse en el reparto y alcanzar el premio antes del momento oportuno, y además evitarse la participación en las gue- rras que sobrevendrían, como que un número mayor aún de reyes con autoridad sobre la región allende el Jordán estaban ya aguardándolos, sumamente disgustado, les respondió con acritud en estos términos:

54 Las de Gad y Rubén.

[322.] "¿Permaneceréis aquí sentados para disfrutar de un ocio y una holganza fuera de tiempo, en tanto que las guerras que aún restan oprimen a vuestros parientes y amigos? ¿Y serán los premios entregados exclusivamente a vosotros, como si todo vuestro cometido hubiera concluido felizmente, y los otros seguirán soportando batallas, trabajos, tribulaciones y los mayores peligros?

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323. Pero no; no es justo que vosotros cosechéis la paz y los beneficios de la paz, y que los

otros luchen enfrentando a enemigos y males indecibles ni que el total resulte ser un simple accesorio de una parte, ya que, por el contrario, es en atención a la totalidad que las partes tienen derecho a poseer sus porciones.

324. Todos tenéis los mismos derechos, una sola es la raza, vuestros padres son los mismos,

una la cosa, las costumbres las mismas, las leyes comunes, y así otras cosas innumerables, cada una de las cuales estrecha vuestros lazos de parentesco y se presta para engendrar buenas disposiciones hacia los demás. ¿Por qué, entonces, si habéis sido engendrados con derecho a igual participación en los asuntos más importantes y vitales, habéis de tener privilegios en las

distribuciones, cual si fuerais gobernantes y amos despreciado-res de sus subordinados y esclavos?

325. Hubieran debido serviros de lección los golpes sufridos por otros; pues es propio de

hombres sensatos el no aguardar a que las calamidades hayan caído sobre ellos. Sin ir más lejos, tenéis ejemplos que os son familiares en aquellos padres vuestros que exploraron este país, y en sus desgracias y en las de los que compartieron su desaliento, todos los cuales murieron menos dos. Aunque no deberíais permitir que se os considere iguales a ninguno de tales hombres, tratáis de imitar su cobardía, oh vacíos de entendimiento, en la creencia de que no habéis de convertiros en una más fácil presa; y dais por tierra con los desvelos de aquellos que están dispuestos a obrar viril y noblemente, pues contribuís a que sus espíritus se paralicen y enerven.

326. Por ello, al apresuraros a delinquir, os apresuráis también a ir en busca del castigo, ya

que la justicia si bien tiene por norma el ponerse en movimiento sin prisa, una vez que lo ha hecho, avanza aceleradamente y echa mano a los fugitivos.

327. Cuando, pues, los enemigos estén todos aniquilados y nada permita suponer que alguna

guerra nos aguarde ya; cuando los que han combatido junto con los demás, al rendir cuenta de sus actos sean tenidos por irreprochables por no haber consumado ni deserciones de sus compañías o del ejército, ni ningún otro acto de los que favorecen la derrota; y, por el contrario, quede en claro que se han mantenido firmes de cuerpo y alma desde el principio hasta el fin; cuando, además, todo el país esté despoblado de sus anteriores habitantes en ese momento serán entregadas equitativamente las distinciones y recompensas a las tribus".

328. LX. Ellos aceptaron la admonición dócilmente, a la manera de hijos bien nacidos ante un

padre muy benévolo. Sabían, en efecto, que sus palabras no dejaban traducir la arrogancia propia de los que poseen el poder; que se interesaba por todos, que respetaba la justicia y la equidad, que su odio a la maldad jamás tendía al reproche y sí a la corrección de los que eran capaces de mejorar. Así pues, le dijeron: Tu indignación está justificada si lo que supones tú es que sentimos apremio por abandonar la alianza anticipadamente y recibir nuestras por- ciones antes de tiempo.

329. Pero es preciso que sepas sin lugar a dudas que nada de lo que corresponde a la virtud

nos intimida, por muy fatigoso que sea. Y entendemos que son acciones virtuosas el obedecer a un jefe como tú eres, el no echarse atrás en los momentos difíciles, y el ocupar nuestro lugar en todas las campañas que nos aguardan hasta que las cosas lleguen a un feliz término.

330. Nosotros, pues, como lo hemos hecho hasta ahora, ocuparemos nuestro lugar en las filas

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y atravesaremos el Jordán con todos nuestros pertrechos, sin dar pretexto para que ninguno de nuestros hombres de armas se quede atrás. En cambio, nuestros hijos muy niños aún, nuestras hijas, nuestras mujeres y nuestros innumerables rebaños, si tú lo permites, permanecerán allí. Nosotros construiremos antes casas para las mujeres y niños, y establos para los animales, pues, de lo contrario, sin muros ni guardias que los protejan, pueden sufrir algún desastre en manos de merodeadores antes de nuestro retorno".

331. Moisés, con rostro amable y con voz más suave, les dijo: "Si lo que decís es cierto, tened por vuestro de firme lo que habéis pedido que se os adjudique. Dejad a vuestras mujeres, hijos y ganados, como solicitáis; y que vuestros escuadrones atraviesen el río con los demás, armados y prestos para la batalla, como para combatir de inmediato si fuere necesario.

332. Más tarde, cuando todos los enemigos sean aniquilados, y, reinando la paz, los

vencedores se dividan el país, también vosotros retornaréis hacia los vuestros para gozar de los bienes que os correspondan y recoger los beneficios de la porción que habéis elegido".

333. Habiéndoles él dicho y prometido estas cosas, ellos, llenos de ánimo y alegría,

establecieron a los suyos conjuntamente con sus ganados a salvo en lugares fortificados difíciles de tomar, la mayor parte de las cuales consistía en construcciones hechas por ellos mismos. Luego, tras tomar las armas, corrieron a sus puestos con más entusiasmo aún que los otros combatientes, como si sólo ellos fueran a luchar o fueran los primeros entre todos que habían de entrar en combate. Es que el hecho de recibir anticipadamente algún beneficio torna al hombre más dispuesto a colaborar en la lucha, pues piensa que no se trata ya de contribuir simplemente sino de pagar una deuda obligada.

334. Quedan, pues, narrados los hechos de Moisés en su papel de rey. 55 En lo que sigue

hemos de exponer cuanto llevó a buen término en el ejercicio del sumo sacerdocio y como legislador, poderes éstos que poseyó como ¡os más apropiados complementos de la realeza. 55 Como en otros lugares, Filón aplica a Moisés el título de basiléus = rey, entendiendo que, aunque en el protocolo del legislador no figuraba tal título, su mando equivalía al de un rey.

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SOBRE LA VIDA DE MOISÉS

(DE VITA MOSIS)

SOBRE LA VIDA DE MOISÉS II

1. .I El primero de estos dos tratados se ocupa del nacimiento y crianza de Moisés, así como

de su educación y de su gobierno, que ejerció de manera no solo irreprochable sino altamente elogiable. Trata asimismo de su actuación en Egipto y durante las marchas hacia el Mar Rojo y a través del desierto, obras que superan cuanto pueden expresar las palabras; y se completa con las dificultades que supo superar, y con los repartos parciales 1 de territorios entre sus

huestes. El que ahora componemos abarca los asuntos que guardan relación e ilación con los anteriores.

1 Parciales porque sólo se habían asignado los territorios de dos tribus: la de Gad y la de Rubén.

2. Porque, como se ha dicho, y no sin acierto, los estados alcanzan progresos en orden a su

mejoramiento únicamente si los reyes son filósofos o los filósofos son reyes. 2 Y en lo que hace a Moisés es evidente, y por demás, que no solamente estas dos facultades: la real y la filosófica, puso de manifiesto concentradas en su sola persona, sino también otras tres: la que atañe a la legislación, la que corresponde al sumo sacerdocio y la vinculada a la profecía.

2 Platón, República V, 473 d.

3. Sobre estas tres facultades hemos resuelto escribir ahora, convencidos de que es conveniente que todas ellas se den combinadas en una misma persona. Tal, en efecto, es el caso de Moisés, quien por la providencia de Dios llegó a ser rey, legislador, sumo sacerdote y profeta, y en cada una de estas funciones alcanzó los más altos méritos. Pero es preciso que aclare por qué razón deben todas ellas combinarse en la misma persona.

4. Ordenar lo que corresponde hacer y prohibir lo que no corresponde que se haga es cosa que

compete a un rey; pero, como el ordenar lo que debe hacerse y el prohibir lo que no debe hacerse es privativo de la ley, resulta claro que el rey es una ley viviente, y la ley un rey justo. 3

3 Ver Sobre Abraham 5.

5. Pero aquel que es rey y legislador debe tener en cuenta no sólo las cosas humanas sino

también las Divinas, puesto que sin la Divina asistencia no llegan a buen término las obras de los reyes y de sus súbditos. Y esa es la causa por la que el rey no puede prescindir del sumo sacerdocio, que le permite, merced a ritos perfectos y al perfecto conocimiento del servicio de Dios, suplicar a Aquel que es misericordioso y acoge favorablemente las plegarias que aleje de él y sus gobernados los males y los haga partícipes de los bienes. ¿Cómo, en efecto, no habrá de asegurar Dios un feliz resultado a esas súplicas, si es benévolo por naturaleza y entiende que aquellos que Le prestan un genuino servicio son dignos de un preferente trato?

6. Pero hay innumerables cosas, así humanas como Divinas, que no resultan claras para el rey,

legislador y sumo sacerdote, quien no deja de ser una creatura mortal, aunque haya llegado a adquirir un patrimonio tan copioso de medios para alcanzar el éxito en sus empresas; y por ello forzoso fue que Moisés alcanzara también el don de la profecía, a fin de que cuanto no

estaba en condiciones de aprehender con el discernimiento, lo descubriese por obra de la

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providencia de Dios. La profecía, en efecto, avanza hasta aquellas verdades que la inteligencia

no

puede alcanzar.

7.

La unión formada por estas cuatro facultades es hermosa y armoniosa en sumo grado.

Entrelazadas y ligadas entre sí, operan al son de un mismo ritmo recibiendo y devolviendo mutuos beneficios, a semejanza de las vírgenes Gracias, las que por una inmutable ley de la naturaleza son inseparables, y a propósito de las cuales puede con razón decirse, tal como se acostumbra decir acerca de las virtudes, que quien posee una de ellas las posee todas. 4

4 Diógenes Laercio VII, 125.

8. II. En primer lugar me he de referir a las condiciones propias de la facultad legislativa. Pues bien, es cosa clara que aquel que va camino de convertirse en un excelente legislador debe poseer todas las virtudes de manera acabada y completa. Pero, puesto que en las familias hay algunos vinculados por el más próximo de los parentescos, y otros por parentescos lejanos, sin que por ello dejen de ser parientes unos de otros todos, también en las virtudes hemos de tener presente que unas están más estrechamente ligadas a determinadas actitudes, en tanto que otras les son menos afines.

9. Con la actividad legislativa están muy especial y estrechamente emparentadas estas cuatro

virtudes: el amor a la humanidad, el amor a la justicia, el amor al bien y el odio a la maldad.

Cada una de ellas constituye un acicate para aquel que se siente impulsado por la vocación de ser legislador. El amor a la humanidad le enseña cómo poner al servicio de todos sus experiencias relativas al bien común; la virtud de la justicia, cómo se ha de rendir culto a la equidad y asignar a cada uno lo que le corresponde; el amor al bien, a acoger todo lo que es bueno por naturaleza y procurarlo con mano pródiga a cuantos lo merecen, para que hagan

ilimitado uso de ello; y el odio a la maldad, a mirar con malos ojos a aquellos que deshonran a

la virtud, considerándolos enemigos del género humano; y a hacerles sentir el peso de la

justicia.

10. Si grande cosa es, pues, el que a alguien le sea dado alcanzar una sola de dichas virtudes;

maravilloso es, indudablemente, el poder adquirir de manera firme todas ellas conjuntamente.

Y esto último, al parecer, solamente lo logró Moisés, quien puso claramente de manifiesto

tales virtudes en sus disposiciones legales.

11. Lo reconocen así quienes están familiarizados con nuestros libros sagrados, libros que él,

a no poseer tales cualidades, no hubiera escrito bajo la Divina guía, y que legó para uso de aquellos que lo merecen, como el más excelente de los bienes; y que son imágenes e imitaciones de los modelos que llevaba grabados en su alma, como también lo son las leyes 5 que en ellos se dan a conocer, y que atestiguan de manera clarísima dichas virtudes.

5 Del pasaje parecería desprenderse que Filón considera que lo esencial de los libros sagrados son los relatos y descripciones, siendo las leyes en sí, si no un mero anexo, en todo caso una parte muy especial como para destacarla del resto del contenido de los mismos. Esto es, por lo menos, lo que sugiere lo de "también las leyes "

12. III. De que Moisés fue el mayor de todos los legisladores de todos los países, así de los

legisladores que han existido entre los griegos como de los que han vivido entre los no helenos; y de que sus leyes son las más excelsas y verdaderamente Divinas, no faltando en ellas nada de lo necesario, es prueba clarísima lo siguiente.

13. Cualquiera que se detenga a considerar el destino que ha cabido a las instituciones de

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otros pueblos, se encontrará con que han experimentado cambios por innumerables razones:

guerras, opresiones y otras suertes de obstáculos que los vaivenes de la fortuna han precipitado sobre ellas. Muchas veces también, ha sido la lujuria, la que, desmesuradamente acrecentada por la abundancia de provisiones y cosas superfluas, ha dado en tierra con las

leyes, ya que el común de la gente, no siendo capaz de emplear bien el exceso de bienes, llega

a saciarse y se torna violenta; y la violencia es enemiga de la ley.

14. Las leyes de Moisés, en cambio, las únicas firmes, fijas, inconmovibles, estampadas con

los sellos de la naturaleza misma, permanecen inalteradas desde el día en que se redactaron hasta hoy, y todo permite suponer que permanecerán tales como son por todo el tiempo venidero, como si fuesen inmortales, mientras el sol, la luna y todo el cielo y el mundo

existan.

15. Así, habiendo la nación experimentado tantos y tan grandes cambios, unos hacia la

prosperidad y otros en sentido opuesto, nada, ni siquiera la más pequeña de sus disposiciones ha variado; porque todos, como es notorio, han guardado el debido acatamiento a su venerable

y Divino carácter.

16. Y si a tales leyes no las ha menoscabado ni el hambre ni la epidemia ni las guerras ni los

reyes ni los déspotas ni los rebeldes embates del alma, del cuerpo, de las pasiones y de los

vicios, ni otra calamidad alguna enviada por Dios o de humano origen, ¿qué mayor prueba que esa, de que poseen una calidad envidiable y superior a toda ponderación?

17. IV. Pero, aunque con razón cabe pensar que es cosa grande de por sí el hecho de que a

través de tanto tiempo se hayan conservado dichas leyes de manera firme, esto no es todavía lo verdaderamente admirable. Hay algo más asombroso aún, y es que no sólo los judíos sino casi todos los otros pueblos, y en especial aquellos entre los que la virtud ha gozado de más elevado concepto, paralelamente con el crecimiento de la pureza de sus costumbres han tendido a acogerlas y a tenerlas en alta estima. Esta es, en efecto, la especial distinción que ellas han alcanzado y que a ninguna otra legislación ha correspondido.

18. La prueba está a la vista. Entre los estados griegos y entre los no griegos ninguno hay,

prácticamente, que tenga un buen concepto de las leyes de otro; y difícilmente conservan a

perpetuidad las propias, ya que las adaptan a las vicisitudes de los tiempos y las circunstancias.

19. Los atenienses ven con malos ojos las costumbres y leyes de los lacedemonios, y éstos las

de los atenienses. Y otro tanto ocurre entre los pueblos no helenos: los egipcios no respetan las leyes de los escitas, ni los escitas las de aquellos; ni, para hablar en general, los habitantes de Asia, las de los de Europa; ni las naciones de Europa las de las naciones asiáticas. Por el contrario, podemos afirmar que desde el occidente hasta el oriente no hay país, nación o estado que no sienta desapego por las leyes extranjeras, y no piense que, despreciando las de los otros, aumentará el crédito de las propias.

20. Con nuestras leyes no pasa lo mismo. Ellas despiertan y atraen el interés de todos, de los

no griegos, de los griegos, de los habitantes del continente, de los isleños, de las naciones del este y del oeste, de Europa y Asia, de todo el mundo habitado, de un extremo al otro.

21. ¿Quién, en efecto, no respeta aquel sagrado séptimo día, concediendo un descanso y un

alivio en los trabajos tanto a sí mismo como a los que viven junto a él, no sólo a los libres sino

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también a los esclavos, y más aún, también a las bestias?

22. El alto en las tareas alcanza también al rebaño todo y a todas las creaturas que existen para

asistir al hombre sirviéndole como a su señor natural; y se extiende asimismo a toda suerte de árboles y plantas; como que no está permitido cortar ni un brote ni una rama ni una hoja siquiera, ni recoger un fruto, cualquiera fuere, pues en dicho día todos quedan en libertad y

obran como si fueran realmente libres, sin que nadie, conforme a una norma universalmente reconocida, se meta con ellos.

23. ¿Y quién no mira con admiración y reverencia cada año el llamado Ayuno, que se cumple

con mayor estrictez y solemnidad aún que el mes sagrado? 6 Porque, durante este mes no faltan ni el vino puro ni las mesas bien provistas ni toda la inmensa variedad de comidas y bebidas que contribuyen a acrecentar los insaciables placeres del vientre, y hacen, a la vez,

estallar los apetitos que tienen lugar debajo del vientre.

6 El mes sagrado de los griegos, durante el cual se celebraban grandes festejos y se suspendían las hostilidades y el funcionamiento de los tribunales.

24. En nuestro ayuno, en cambio, no está permitido llevarse a la boca ni alimento ni bebida, a

fin de que, con los corazones puros, sin que ninguna pasión corporal se interponga o estorbe, como sucede habitualmente por el exceso de alimentos y bebidas, se celebren las festividades y se procure la benevolencia del Padre del universo con las plegarias apropiadas mediante las cuales es costumbre pedir el perdón de las pasadas faltas y el goce de nuevos bienes.

25. V. La admiración que la santidad de nuestra legislación ha despertado no sólo entre los

judíos sino también entre todas las demás naciones se hace patente en los hechos ya mencio-

nados y en los que vamos a señalar.

26. En remotos tiempos nuestras leyes fueron escritas en lengua caldea, 7 y durante mucho

tiempo permanecieron en esa misma forma sin que se tradujesen, y así llegó un día en que su belleza no pudo ser ya conocida por la otra parte de los mortales.

7 Es decir, la lengua hebrea. Ver Sobre Abraham, nota 3.

27. Sin embargo, la ininterrumpida y diaria observancia y práctica por parte de los que a ellas

se ajustaban en su conducta las daban a conocer a otros y su prestigio se extendía por todas partes. Es que las cosas excelentes, aun cuando por la envidia queden ensombrecidas durante un corto tiempo, vuelven de nuevo a resplandecer en su momento oportuno gracias a la propicia cooperación de la naturaleza. Tal era la situación, cuando, pensando algunos ser cosa

lamentable el que sólo en una mitad del género humano, es decir, sólo entre los no griegos se las hallara, quedando privados completamente de ellas los helenos, se abocaron a la tarea de traducirlas.

28. Dada la importancia y la pública trascendencia de la obra, se acudió no al inmenso número de personas particulares o simples magistrados, sino a reyes, y entre ellos al más ilustre de todos.

29. Este fue Ptolomeo, llamado Filadelfo, el tercero en la sucesión a contar desde Alejandro, 8

el conquistador de Egipto. Por las altas cualidades para el ejercicio del mando sobrepasó no solo a los reyes coetáneos sino a los que alguna vez reinaron en el pasado. Y hasta nuestros días, no obstante haber pasado tantas generaciones, es celebrada , su gloria, y en distintas

ciudades y países quedan muchos testimonios y monumentos que perpetúan el recuerdo de la

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grandeza de su espíritu, al punto de que todavía hoy las liberalidades fuera de lo común y las grandes construcciones reciben de él el proverbial calificativo de filadélficas. 8 La sucesión fue ésta: Alejandro Magno, Ptolomeo I Soter, Ptolomeo II Filadelfo (285-247).

30. En suma, que, así como la dinastía de los Ptolomeos alcanzó un florecimpnjto excepcional

comparada con las demás monarquías, otro tanto ocurrió con Filadelfo respecto de los demás Ptolomeos. Las cosas elogiables que llevó a cabo él solo apenas las realizaron todos los otros juntos, por lo que, estableciendo un paralelo con esa soberana de la creatura viviente que es la cabeza, podríamos decir que fue la cabeza entre los reyes.

31. VI. Tal fue el hombre que, habiendo concebido una ardiente simpatía por nuestra legislación, determinó que se la tradujera de la lengua caldea a la griega. Sin pérdida de tiempo envió una delegación al sumo sacerdote y rey de Judea; que ambos cargos estaban concentrados en una misma persona; manifestando sus propósitos y proponiéndole que escogiera a los hombres más capacitados para la traducción de las leyes.

32. El sumo sacerdote, complacido, como es natural, y seguro de que no estaba ausente la

atenta presencia de Dios en la preocupación del rey por tal obra, escogió entre los hebreos a aquellos que le merecían el más alto concepto, los que habían adquirido una versación tanto en lo que toca a la cultura de su propia raza como en lo que a la helénica se refiere; y se los envió con agrado.

33. Así que llegaron y que les hubo sido ofrecida una acogedora recepción, correspondieron a

las atenciones de su huésped con un verdadero banquete de corteses y apropiadas contestaciones. El rey, en efecto, puso a prueba la ciencia de cada uno proponiéndoles no las cuestiones de rutina sino otras novedosas, y ellos las fueron resolviendo con respuestas felices y acertadas, y en forma de sentencias, ya que la ocasión no era propicia para extenderse en largas exposiciones.

34. Superada esta prueba, comenzaron de inmediato a cumplir con el objeto de su elevada

misión; y, considerando entre ellos cuan inmensa empresa era la de hacer una acabada traducción de leyes manifestadas por Dios mediante oráculos, en las que no les estaba permitido ni quitar ni agregar ni cambiar cosa alguna, debiendo conservar la forma original y las peculiaridades de las mismas, averiguaron cuál era en las vecindades, fuera de la ciudad, el lugar más libre de presencias extrañas. Porque los sitios interiores a las murallas, por estar llenos de toda suerte de creaturas vivientes, no les merecían confianza en razón de las

enfermedades y muertes y el impuro proceder de los que gozaban de buena salud.

35. Frente a Alejandría hállase situada la isla de Faro, de la que una estrecha faja de tierra se

extiende en dirección a la ciudad. Como está rodeada por un mar de aguas poco profundas y con bajíos en su mayor parte, el intenso rumor y estrépito que produce el ímpetu del oleaje se extingue a muy gran distancia de la tierra.

36. Juzgando que este era de todos los sitios de los alrededores el más apropiado para gozar

de paz y tranquilidad, y para que el espíritu se concentrara en las leyes exclusivamente, sin interferencias extrañas, se instalaron allí; y, tomando los sagrados libros, elevaron hacia el cielo las manos que los sostenían, y suplicaron a Dios por el éxito en su cometido; súplicas que Dios acogió favorablemente con el objeto de que la mayoría, y aun la totalidad del género humano, se beneficiara observando sabias y nobilísimas normas para bien encaminar sus

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existencias.

37. VII Situados fuera de toda mirada y sin otra compañía que la de los elementos de la

naturaleza: la tierra, el agua, el aire y el cielo, acerca de cuya creación versaban las primeras revelaciones que se aprestaban a traducir, pues la creación del mundo ocupa la primera parte de nuestra legislación, fueron realizando la traducción, cual inspirados por Dios, no unos de

una manera y otros de otra, sino todos con las mismas palabras y frases, como si a cada uno se las dictara un oculto e invisible apuntador.

38. Ahora bien, ¿quién ignora que cada lengua, y en particular la griega, posee una gran

riqueza de léxico, y que el mismo pensamiento puede expresarse de muchas maneras variando los términos en mayor o menor medida, y adaptándole según los casos ora una expresión ora otra? Pues, no sucede tal cosa, según afirman, en el caso de nuestra legislación, antes bien las

palabras griegas corresponden exacta y literalmente a las palabras caldeas, y expresan con la máxima precisión las cosas que dan a conocer.

39. Es que, así como en geometría y en lógica entiendo yo que lo que se manifiesta no admite

variedad en la manera de expresarse, y permanece invariable la expresión fijada originalmente; del mismo modo se advierte que también estos traductores dieron con los términos adecuados a los asuntos, términos que eran los únicos o los que en mayor grado

habrían de expresar lo que ellos querían manifestar.

40. La más clara prueba de ello es que aquellos caldeos que han aprendido la lengua griega, y

aquellos griegos que han estudiado la caldea, si tienen a mano ambas versiones, la caldea y la traducción griega, las miran con gran asombro y admiración como si fueran hermanas, o más

aún, una sola e idéntica tanto en el contenido como en las palabras; y proclaman que, más que simples traductores, aquellos fueron intérpretes de sagrados misterios y profetas a los que la pureza de sus pensamientos les permitió avanzar a la par del más puro de los espíritus, el de Moisés.

41. Tal es la razón por la que hasta la actualidad todos los años tiene lugar una celebración y

una general reunión en la isla de Faro, rumbo a la cual atraviesan el mar no sólo judíos sino también muchísimos otros para honrar el lugar donde por primera vez se encendió la claridad

de esta traducción, y para dar gracias a Dios por este viejo y siempre renovado beneficio.

42. Luego de las plegarias y acciones de gracias, unos instalan sus tiendas junto al mar y otros

se echan sobre la arena de la ribera al aire libre, y hacen los honores a una buena mesa en compañía de familiares y amigos, convencidos de que para la ocasión la playa resulta un lugar mucho más suntuoso que las bien dispuestas salas de los palacios.

43. Hasta ese punto se pone de manifiesto el grado de adhesión e interés que despiertan

nuestras leyes en todos los simples particulares y en los gobernantes; y ello, no obstante no ser

próspera la situación de nuestra nación de muchos años a esta parte, y siendo en cierto modo natural que la obscuridad se cierna sobre las cosas de los que no atraviesan épocas de prosperidad.

44. Pero, si se llegara a producir un impulso que señalara el comienzo de más brillantes

perspectivas, ¡cuan grande sería el cambio favorable que cabría esperar! Mi opinión es que todos, abandonando cada uno sus costumbres particulares y dando un firme adiós a las leyes de su país, pasarán a honrar las nuestras exclusivamente, ya que el resplandor de estas leyes

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en momentos felices para nuestra nación oscurecerá a las demás, como el sol naciente oscurece a los demás astros.

45. VIII. Lo que acabamos de exponer es suficiente como un arto elogio de nuestro legislador;

pero hay otro mayor aún, que está contenido en los sacratísimos libros mismos; y a ellos hemos de recurrir ahora para testimoniar sus grandes cualidades como escritor.

46. Una parte de dichos libros corresponde a asuntos históricos; la otra comprende prescripciones y prohibiciones. De esta última hemos de hablar en segundo término, una vez que hayamos tratado a fondo lo que es primero en el orden.

47. La parte histórica comprende, por un lado, la creación del mundo, y por otro, las sucesivas

generaciones de hombres, y esta parte biográfica se divide a su vez en la correspondiente al castigo, de los impíos y la que trata sobre la honra de los justos. Digamos, empero, la razón por la que Moisés comenzó la legislación por la parte histórica, poniendo lo relativo a las prescripciones y prohibiciones en segundo lugar.

48. Fue porque no lo movía el deseo de legar a la posteridad el recuerdo de antiguos hechos

con miras a brindar un placer sin sacar de ese relato mayor provecho, como algún historiador hace; sino el de discurrir sobre los primeros tiempos desde los orígenes, comenzando por la creación del universo, a fin de poner de manifiesto dos hechos de inmensa trascendencia: el uno, que el mismo Padre y Creador del mundo es también su verdadero legislador; el otro, que obrar conforme con nuestras leyes significa avenirse a seguir a la naturaleza y a vivir de acuerdo con el orden del universo, en armoniosa conformidad de las palabras con las obras y de las obras con las palabras. 9

9 Ver Sobre la creación del mundo 3.

49. IX. De los restantes legisladores unos se abocaron directamente a exponer en orden lo que

es preciso hacer y lo que es necesario evitar, para luego especificar los castigos de las trans- gresiones; en tanto que otros, los mejores evidentemente, no comenzaron por allí sino previamente procedieron, de conformidad con sus concepciones, a establecer y echar las bases del estado, y una vez fundado éste, dictaron las leyes para proporcionarle la organización que consideraban más conveniente y adecuada para él. 10 10 Aquí se alude fundamentalmente a Platón, quien en sus Leyes aplica el esquema elogiado por Filón. Ignoramos si otros legisladores antiguos hicieron otro tanto, pero no lo hace Aristóteles en su Política.

50. Moisés, en cambio, considerando que el primer procedimiento, es decir, el establecer prescripciones sin acompañarlas de una exhortación, cual si estuviesen destinadas no a hombres libres sino a esclavos, era tiránico y despótico; y que, si bien el segundo criterio era razonable, no todos lo juzgaban completamente satisfactorio, procedió de un modo distinto de los dos mencionados. 11 11 Ver Sobre la creación del mundo 1 y ss.

51. En efecto, en las prescripciones y prohibiciones propone y exhorta más bien que manda; y

procura que sus numerosísimas y sumamente provechosas normas vayan acompañadas de previas y posteriores consideraciones, con ánimo de recomendar más qué de forzar. Además, entendiendo que estaba por debajo de la dignidad de las leyes el comenzar sus escritos con la fundación de un estado obra del hombre, escudriñó con la exactísima mirada del entendi- miento la grandeza y hermosura de la legislación toda, y considerándola demasiado elevada y

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próxima a Dios como para encerrarla en un determinado límite terrenal, incluyó el relato de la creación del gran estado, 12 con la convicción de que esas leyes eran la más fiel copia de la constitución del mundo.

12 O el gran estado, es decir, el universo.

52. X. Si alguien, por ejemplo, quiere examinar cuidadosamente las características de sus

particulares prescripciones, hallará que se orientan hacia la armonía del universo y se adecúan a los principios de la eterna naturaleza.

53. Y así, refiriéndose a aquellos a los que Dios consideró conveniente proporcionar abundantemente todos los bienes relativos al bienestar corporal: la riqueza, la gloria y las otras ventajas exteriores; y que luego se rebelaron contra la virtud y se entregaron a la maldad, la injusticia y los demás vicios, y no contra su voluntad sino de buen grado, convencidos de que era cosa provechosa lo que era el mayor de los daños, Moisés afirma que, como enemigos que eran no ya de los hombres sino del cielo y del universo todo, no sufrieron los castigos ordinarios sino otros totalmente fuera de lo común y diferentes, magnas obras de la justicia, enemiga de la maldad y asesora de Dios; como que el agua y el fuego, los más activos elementos del universo, se precipitaron sobre ellos; y en el curso de los tiempos unos fueron destruidos por un diluvio y otros perecieron consumidos por el fuego. 13

13 Ver Sobre Abraham 1.

54. Creciendo en altura los mares y elevándose sobre su nivel los ríos, tanto los nacidos en

fuentes locales como los de origen pluvial, inundaron y arrasaron todas las ciudades situadas en la llanura, y otro tanto hicieron con las de las zonas montañosas los continuos e incesantes torrentes de las lluvias caídas día y noche.

55. En tiempos posteriores, una vez que los sobrevivientes se hubieron multiplicado de nuevo

y nuestra especie llegó a ser numerosa, como los descendientes no aprovecharon la lección de prudencia que encerraba la experiencia de sus antepasados y retornaron a su incontinencia convertidos en tenaces adeptos de prácticas más graves aún, Dios determinó destruirlos con el fuego.

56. Entonces, como las sagradas revelaciones lo declaran, rayos que brotaban del cielo

consumieron a los impíos y sus ciudades; y hasta en nuestros días se descubren en Siria, como testimonios del inenarrable desastre acaecido, ruinas, cenizas, azufre, humo y la débil llama que aún brota como si un fuego oculto se consumiera.

57. Pero, si, por una parte, han tenido lugar dichos castigos para escarmiento de los impíos;

por otra, está el hecho de que a los que han sobresalido por la excelencia de su conducta los acontecimientos les han sido propicios y les han correspondido galardones dignos de su virtud.

58. Precisamente, en medio del torrente de fuego de los rayos, que consumía todo el país y a

los habitantes mismos, solo un hombre, un inmigrante, 14 fue salvado gracias a la Divina protección, en mérito a que nada tenía que ver con las iniquidades de los naturales del país, no obstante que los inmigrantes, velando por su seguridad, suelen respetar las modalidades de sus huéspedes, pues la falta de respeto hacia ellas les acarrea peligros de parte de los nativos de la región. Por cierto que aquel hombre no alcanzó las cimas de la sabiduría; y, por lo tanto, si se lo consideró digno de tan gran privilegio no fue porque su naturaleza fuese perfecta, sino por ser el único que no acompañó a la multitud en la pendiente de la vida de desenfreno cuando

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ésta, dueña de copiosos recursos, se entregó a toda suerte de placeres y concupiscencias, semejantes a una llama a la que se ha echado abundante combustible.

14 Abraham

59. XI. Y en ocasión del gran diluvio, cuando pereció toda la raza humana, diría yo, sabido es

que sólo una familia lo pasó sin experimentar daño alguno y que ello ocurrió en atención a que el miembro de más edad y cabeza de la casa 15 no había cometido falta alguna voluntariamente. La forma en que tuvo lugar esta salvación, tal como la relatan los sagrados libros, merece ser recordada por lo extraordinaria, y a la vez para mejoramiento de las costumbres.

15 Noé.

60. Habiendo sido juzgado hombre con méritos no sólo para ser exceptuado de la común

desgracia, sino también para convertirse en el origen de una segunda generación de la raza humana; y obedeciendo a prescripciones de Dios, que le comunicaron las Divinas revelaciones, fabricó una inmensa construcción de madera de unos trescientos codos de largo, cincuenta de ancho y treinta de alto, y, luego de preparar dentro habitaciones en una planta baja y tres pisos sucesivos, y de hacer provisión de alimentos, introdujo un macho y una hembra de cada una de las especies de animales terrestres y aéreos, reservando así las simientes a la espera de las ocasiones oportunas que de nuevo llegarían alguna vez.

61. Sabía él, en efecto, que Dios es propicio por naturaleza, y que, aun cuando perecieran los

individuos, la raza, sin embargo, conservaría su inmortalidad en mérito a su semejanza con El y a que ninguna cosa de las que han llegado a existir por decisión Suya será jamás aniquilada. XII. Para que ello fuera posible, todos los animales le obedecieron y los hasta entonces

salvajes tornáronse pacíficos, y, amansados ya, le siguieron como a un pastor que guía sus rebaños.

62. Si alguien, una vez que todos hubieron entrado, hubiera contemplado el conjunto total, no

hubiera andado errado al decir que aquello era una réplica de la tierra toda, en la que estaban

representados todos los géneros de animales a cuyas innumerables especies la tierra toda había servido anteriormente de morada, y serviría quizá nuevamente.

63. Y lo que este tal hubiera sospechado no tardó mucho tiempo en suceder, ya que el desastre

se apaciguó y la violencia del diluvio disminuyó con el correr dé los días, mientras que las lluvias cesaban y el agua derramada sobre toda la tierra era eliminada en parte por la acción del calor solar, y en parte penetraba en las grietas, precipicios y demás cavidades terrestres.

Como obedeciendo a una orden de Dios, cada parte de la naturaleza: mar, fuentes y ríos, recibía de nuevo, a modo de restitución forzosa de algo adeudado, aquello que había prestado; retornando cada corriente de agua hacia sus lagares correspondientes.

64. Pero, una vez que el mundo sublunar hubo sido purificado, concluidas ya las abluciones

de la tierra, que aparecía renovada y tal como es lógico suponer que había sido cuando en un principio fue creada junto con todo el universo, aquel salió de la construcción de madera con su mujer, sus hijos y las mujeres de éstos; y con la familia salió el tropel de las especies de animales allí concentradas, para engendrar y reproducir seres semejantes.

65. Estas son las recompensas y trofeos, de los hombres buenos, que les valieron no sólo el

lograr ellos mismos y sus familias salir sanos y salvos de los más grandes peligros a través de

inusitados cambios en los elementos, peligros que a todos amenazaban por todas partes; sino

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además el convertirse en guías de la regeneración de la especie y en iniciadores de un nuevo ciclo, por lo que fueron encerrados al modo de una brasa al rescoldo de la más excelente raza de seres vivientes, la humana; raza que ha recibido el dominio de cuantas cosas existen sobre la tierra, convirtiéndose así en una réplica de la potencia Divina, imagen visible de Su invisible naturaleza, imagen creada de Su naturaleza eterna. 16 16 Algunos editores (Cohn, Colson) suponen que hay una laguna en el texto. Esta suposición se apoya en que Filón ha prometido en el parágrafo 46 ocuparse de las leyes de Moisés después de tratar la parte histórica de la faceta legislativa de la obra mosaica. Tal vez falten aquí, efectivamente, algunos parágrafos en que se examinen las leyes de Moisés, pero sólo de un modo sucinto y general, pues el tratamiento de las mismas en detalle está contenido en el tratado titulado Sobre el decálogo y en los cuatro acerca de las leyes particulares, los que hacen de todo punto improbable la existencia de otro examen previo sobre el mismo asunto in extensa. Incluso cabe pensar que no existe tal laguna y que Filón sólo ha desarrollado en Sobre la vida dé Moisés II aspecto histórico de su obra legislativa, reservando para los tratados citados la consideración del contenido de las leyes. Finalmente, cabe agregar que algunos editores hacen concluir en este punto el segundo tratado de los tres que, según ellos, compondrían Sobre la vida de Moisés, en vez de dos.

66. XIII. Llevamos ya tratados dos aspectos de la vida de Moisés: el correspondiente a la

realeza y el relativo a su obra de legislador. Hemos de agregar un tercero: el de su sacerdocio. La cualidad más alta y esencial que debe darse en un sumo sacerdote es la piedad, y Moisés la cultivó como el que más, al mismo tiempo que hacía uso de sus grandes dotes naturales; dotes éstas que la filosofía tomó a su cargo, cual si se tratara de un excelente terreno cultivable, y las mejoró con la consideración de elevadas doctrinas, sin cejar en su empeño hasta que los frutos de la virtud alcanzaron su perfección en las palabras y las obras.

67. De ese modo llegó, como otros pocos, a amar a Dios y a ser amado por El; e inspirado por

un celestial amor, honró de manera especial al Soberano del universo y fue honrado, a su vez, por Este. La honra adecuada para el hombre sabio es estar al servicio del Que realmente es; y el sacerdocio tiene por misión el servicio de Dios. De este galardón, que es el bien mayor que existe entre las creaturas, fue tenido por digno Moisés, y los oráculos lo instruyeron en cada una de las cosas tocantes a las ceremonias rituales y a los sagrados servicios.

68. XIV. Pero era preciso que previamente su cuerpo estuviera limpio como su alma, y

eliminara de sí todo vínculo con la pasión, purificándose de todo cuanto es propio de la naturaleza mortal: alimentos, bebidas y relaciones sexuales.

69. Mucho tiempo hacía que ya había renunciado a esto último, casi desde la primera vez que

comenzó a profetizar inspirado por Dios, pues entendía que le correspondía estar siempre presto para recibir los oráculos. Y en cuanto a las comidas y bebidas, no había pensado en ellos durante cuarenta días seguidos, sin duda porque disponía de alimentos mejores aún, que le brindaban las contemplaciones, con cuya inspiración procedente de lo alto del cielo se perfeccionaba en primer lugar en su inteligencia y luego, a través del alma, también en su cuerpo, creciendo tanto el vigor y buena constitución de una y otro, que los que antes lo habían conocido no lo podían creer.

70. En efecto, habiendo ascendido por Divino mandato a un monte inaccesible e intransitable,

el más alto y sagrado de la zona, permaneció durante ese tiempo sin tomar nada de lo apropiado para satisfacer la necesidad de alimento; y a los cuarenta días descendió con mucho

mejor aspecto que cuando había subido, al punto de que los que lo veían se quedaban

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pasmados de asombro y sus ojos no podían continuar mirándolo frente a frente, según era de brillante la claridad que, semejante a los rayos del sol, llegaba hasta ellos. 17

17 Éx. XXIV, 18, y XXXIV, 28 y ss.

71. XV. Durante el tiempo en que permaneció en la altura fue instruido en todos los secretos

del sacerdocio, comenzando por aquellos que son los primeros en el orden, es decir, en los

relativos a la construcción del santuario y a su mobiliario.

72. Ahora bien, si al país hacia el que emigraban ya lo hubieran tenido en sus manos, hubiera

sido preciso edificar un suntuosísimo templo en un lugar exento de toda impureza, empleando como material costosas piedras; y erigir en derredor de él grandes muros y numerosísimas

residencias para los encargados del culto; y dar el nombre de ciudad sagrada al lugar.

73. Pero, como aún andaban errantes por el desierto, el templo que se adecuaba a su condición

de gente no establecida todavía definitivamente era uno transportable, a fin de que durante las-marchas y en los campamentos pudieran llevar a él sus ofrendas y realizar todas las restantes ceremonias religiosas, sin omitir ninguna de las que deben cumplir los que habitan en ciudades.

74. Determinó, pues, Dios que se construyese una obra inmensamente santa consistente en un

tabernáculo, en cuya construcción fue instruido Moisés por Divinas revelaciones en la montaña, donde contempló con los ojos del alma las inmateriales formas de los objetos materiales que habían de construirse. Estas formas debían ser reproducidas a modo de copias perceptibles por los sentidos, tomadas de un diseño arquetipo, por así decir, y de modelos aprehensibles solo por la inteligencia.

75. Convenía, en efecto, que la preparación del santuario fuera confiada al verdadero sumo

sacerdote, a fin de que la organización de los ritos propios de las sagradas ceremonias

estuviese en la más completa conformidad y armonía con las construcciones.

76. XVI. Así pues, el diseño del modelo fue impreso en la mente del profeta como una pintura

o un previo moldeado producido secretamente por inmateriales e invisibles formas; y la obra concreta se ejecutó de conformidad con este diseño, imprimiendo el artista sus características

en las sustancias apropiadas para cada una de ellas.

77. 18 La construcción fue como sigue. Cuarenta y ocho pilares 19 de la más incorruptible

madera de cedro, cortados de muy bien formados troncos estaban recubiertos de una gruesa capa de oro. Cada uno de ellos, además, estaba apoyado sobre dos bases de plata, y llevaba aplicado en la parte superior un capitel de oro.

18 Para los parágrafos 77 a 83 ver Éx. XXVI, 18 y ss.

19 O postes. En la versión hebrea, en cambio, léese tablones.

78. Cuarenta de esos pilares colocó el artífice en el sentido del largo de la construcción,

veinte, es decir, la mitad, de cada lado; sin dejar separación entre ellos, adaptando y uniendo cada uno al siguiente de manera que presentara las apariencias de un único muro. En el sentido del ancho, en la parte trasera, puso los ocho restantes, seis en el espacio central y dos en los ángulos situados a ambos costados, derecho e izquierdo respecto del centro. En la parte de la entrada colocó otros cuatro, semejantes a los restantes, salvo que tenían una sola base en vez de las dos de los pilares opuestos; y más allá de éstos, en la parte más exterior, cinco, diferentes sólo en las bases, que eran de bronce.

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79.

Por lo tanto, el número total de pilares visibles del tabernáculo, aparte de los dos de los

ángulos, ocultos a la vista, era de cincuenta y cinco, es decir, la suma de los números que van desde la unidad hasta el número perfecto, que es el diez. 20

20 1 + 2 + 3 + 4 + 5 + 6 + 7 + 8 + 9+ 10 = 55. Ver Sobre la huida y el hallazgo 89 y ss., Sobre Abraham 244 y Sobre el decálogo 20 y ss.

80. Pero, si se acepta excluir los cinco situados en el propileo, adyacentes al espacio descubierto llamado atrio, quedará el sacratísimo número cincuenta, o sea, el cuadrado de los lados del triángulo rectángulo, que es el principio de la generación de todos los seres. 21 Este número cincuenta es la suma de los pilares internos, o sea, de los cuarenta que suman en total los veinte de cada lado, más los seis de la parte media (posterior), excluidos los ocultos en los ángulos, más los cuatro opuestos, que sostienen el velo.

21 50 = 3 2 + 4 2 + 5 2 . Los números 3, 4 y 5 eran concebidos como los lados de la forma primaria del triángulo rectángulo, al que se consideraba como "el principio de las figuras y las cualidades". Ver Sobre la creación del mundo 97. Acerca del número cinco ver también Sobre las leyes particulares II, 176.

81. Diré el motivo por el que a los cinco una vez los coloco con los cincuenta y otra los separo

de ellos. Cinco es el número de los sentidos; y la sensibilidad en el hombre unas veces se inclina hacia las cosas exteriores, y otras se vuelve hacia la inteligencia, de la que, conforme con las leyes de la naturaleza, es sirvienta.

82. Y así, a esos cinco les asignó Moisés la zona limítrofe, puesto que lo que se hallaba del

lado interior a ellos estaba orientado hacia la parte más íntima del tabernáculo, la que simbólicamente representaba todo lo que concierne al orden mental, en tanto que lo que se hallaba del lado exterior apuntaba hacia el espacio descubierto y el atrio, los que simbolizaban el orden de las cosas sensibles. Esa es la razón por la que los cinco diferían también en los demás en las bases, que eran de bronce. Como la inteligencia es la cabeza y soberana de la facultad sensorial que hay en nosotros, y el mundo sensible la parte más alejada de aquélla, la base, por así decir, el artista, que empleó el oro para representar a la inteligencia, usó el bronce para simbolizar a lo sensible.

83. Las medidas de los pilares eran éstas: diez codos de largo y uno y medio de ancho. De ese

modo el tabernáculo aparecía igual en todas sus partes.

84. 22 XVII. Además lo recubrió con telas hermosísimas y de variados colores, usando para su

tejido abundante material de color violeta, púrpura y escarlata, y lino muy fino. Con estos materiales que acabo de mencionar confeccionó diez cortinas, como en la sagrada escritura las llama, cada una de las cuales medía veintiocho codos de largo y se extendía hasta cuatro de ancho, a fin de que en ellas se dieran el diez, que es el número plenamente perfecto; el cuatro, que es la esencia del diez; 23 el veintiocho, un número perfecto igual a la suma de sus factores; 24 y el cuarenta, que es el más prolífico de los números, ya que ése es el tiempo que, según dicen, tarda la completa formación del hombre en el taller de la naturaleza. 25

22 Para los parágrafos 84 a 88 ver Éx. XXVI, 1 a 14.

23 La antigua aritmética denominaba triangulares a aquellos números cuyas unidades podían ser colocadas de modo de formar un triángulo equilátero. Por ejemplo, las unidades contenidas en el número "triangular" diez se pueden situar así:

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* Se suponía que el lado del triángulo, que en el caso del triángulo correspondiente al número 10 está formado por cuatro unidades, poseía las propiedades pertenecientes al total, en el ejemplo el 10. Por eso dice Filón que el cuatro es la esencia del 10.

24 1 + 2 + 4 + 7 + 14 = 28. Ver Sobre la creación del mundo 101.

25 El período de gestación de una criatura dura 40 semanas, vale decir, unos 10 meses lunares.

*

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*

85. Los veintiocho codos de las cortinas estaban distribuidos de esta manera: diez a lo largo

del techo, pues esa era la anchura del tabernáculo; y los restantes, a los costados, nueve por cada lado, para cubrir los tablones; quedando desde el suelo una distancia libre de un codo, a

fin de que la hermosísima tela sagrada no se arrastrase.

86. De los cuarenta codos que sumaban los anchos de las diez cortinas treinta correspondían

al largo del tabernáculo, pues esa era su medida; nueve, a la parte posterior, y el resto, a la que daba al vestíbulo, para que allí se uniera toda la cobertura.

87. El velo estaba colocado sobre el propileo. Pero en cierta medida también las cortinas eran

velos, no sólo porque ocultaban el techo y los muros, sino también por estar tejidas con las mismas clases de materiales de color violeta, púrpura y escarlata y lino muy fino. Y también de los mismos materiales fueron fabricados el velo y el llamado cubridor. 26 Aquél estaba colocado del lado interior a lo largo de los cuatro pilares, a fin de que ocultase la parte más interna del santuario; y el cubridor, del lado exterior a lo largo de los cinco pilares, para que

ninguna persona no consagrada pudiera, ni siquiera desde lejos, ver el sagrado recinto.

26 En realidad en el pasaje bíblico se designa como epípastron = velo o cortina, este velo de la puerta del tabernáculo, en tanto que el término kálymma = cubridor se emplea para designar lo que Filón en el parágrafo 93 llama hyphasma = tejido, velo.

88. XVIII. Al escoger los materiales para la confección de las telas los seleccionó por su

superior calidad, entre los innumerables posibles, en número de cuatro, o sea, el mismo que el de los elementos con los que fue formado el mundo: tierra, agua, aire y fuego; y tales que guardaban una determinada relación con respecto a dichos elementos. En efecto, el lino pro- cede de la tierra, y la púrpura, del agua; el color violeta oscuro se asemeja al aire pues éste es negro por naturaleza; y el escarlata, al fuego pues uno y otro son rojo vivo. Es que era preciso que al fabricar un templo producto de la mano del hombre, dedicado al Padre y Soberano del

universo, echase mano a sustancias semejantes a aquellas con las que Él fabricó dicho universo.

89. Así pues, de la manera indicada fue construido el tabernáculo, a modo de un sagrado

templo. El recinto exterior abarcaba un área de cien codos de largo por cincuenta de ancho, y tenía pilares separados entre sí por una distancia regular de cinco codos, de modo que en total sumaban sesenta, distribuidos cuarenta a lo largo y veinte a lo ancho, por mitades de cada parte.

90. El material de los pilares era cedro en la parte interna y plata en la superficie, y las bases

de todas ellas eran de bronce, siendo sus alturas de cinco codos, ya que le pareció bien al artífice reducir exactamente a la mitad la altura del llamado atrio, con el fin de que el tabernáculo resultara visible por ser su altura doble de la de aquél. Adaptadas a la altura y

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separación de los pilares iban delgadas telas, semejantes a velas, cuyo fin era impedir la entrada a toda persona impura.

91. XIX. Ahora bien, la distribución general era la siguiente. En el medio se asentaba el

tabernáculo, cuyas dimensiones eran treinta codos de largo y diez de ancho, incluido el espesor de los tablones. La distancia entre el tabernáculo y el cerco del atrio era la misma en tres partes: en las dos laterales y en la posterior; y era de veinte codos. En cambio, la distancia en la parte del propileo era, naturalmente, mayor a causa de la gran cantidad de los que allí entraban; y alcanzaba a cincuenta codos. De esa manera se llegaban a completar los cien codos del atrio, sumando los veinte de la parte posterior, y los treinta que abarcaba el tabernáculo a los cincuenta correspondientes a la parte de las entradas.

92. El propileo del tabernáculo estaba colocado en el límite central entre dos distancias de

cincuenta codos, una en dirección al oriente, donde estaban las entradas, y la otra hacia el occidente, donde se extendía el tabernáculo y el espacio posterior.

93. En donde comenzaba la entrada al atrio se había construido otro hermosísimo y amplio

propileo con cuatro pilares, a lo largo de los cuales extendíase un velo multicolor fabricado de la misma manera que los correspondientes al tabernáculo y con los mismos materiales.

94. Juntamente con estas construcciones se iban fabricando también los muebles sagrados: el

arca, los candelabros,- la mesa, el altar del incienso y el altar de los holocaustos. El altar de

los holocaustos estaba ubicado al aire libre frente a la entrada del tabernáculo, 27 a una distancia suficiente como para que los oficiantes dispusieran de espacio para el diario cumplimiento de los sacrificios.

27 Éx. XL, 6 y 29.

95. 28 XX. El arca estaba colocada adentro, en el inaccesible interior del santuario, tras los

velos. Llevaba por dentro y por fuera un suntuoso revestimiento de oro, y la cubría una especie de tapa que los sagrados libros llaman propiciatorio.

28 Éx. XXVI, 10 a 22.

96. El ancho y el largo del mismo están especificados, no así su altura, por lo que se

asemejaba muchísimo a la superficie plana de la geometría; lo cual, al parecer, es con referencia a lo Divino un símbolo de la potencia propicia 29 de Dios, y en el orden de lo humano, un símbolo de la inteligencia propicia para consigo misma, inteligencia que, en su amor por la modestia y con la ayuda del saber, está resuelta a reprimir y aniquilar a la presunción, que intenta elevarla hacia una irracional altivez 30 y llenarla de vano orgullo.

29 Ver Sobre la huida y el hallazgo 95 y ss.

30 El sentido del término griego hypsos es altura, elevación o cima, sentido que trasladado al plano ético equivale a autoexcitación, altivez o arrogancia. Esta aclaración es necesaria para advertir en qué se funda Filón para afirmar que la eliminación de la presunción está simbolizada en la prácticamente inexistente altura del propiciatorio.

97. Mientras el arca es el recipiente de las leyes, ya que en ella se depositan las revelaciones

de los oráculos, la tapa llamada propiciatorio sirve de apoyo a dos seres alados, que en la len- gua de nuestros ancestros se llaman querubines; término que los griegos traducirían por "mucho conocimiento" o "mucha ciencia". 31

31 O quizá, reconocimiento y mucha ciencia. Es imposible determinar el sentido exacto de la expresión, griega.

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98. Hay quienes sostienen que, como están situados uno enfrente del otro, y el cielo todo es alado, 32 se trata de símbolos de los dos hemisferios, el que está encima de la tierra y el que está debajo. 33

32 Tal vez haya de interpretarse esto en el sentido de que las esferas que lo forman están, según la antigua astronomía, en perpetuo movimiento en el ámbito extraterrestre y extraacuático, ambiente en el que sólo las creaturas aladas pueden sostenerse y avanzar.

33 Ver Sobre los querubines 21 y ss.

99. Yo, por mi parte, diría que son representaciones alegóricas de las dos más augustas y elevadas potencias del Que Es: la creadora y la real. Su potencia creadora es llamada Dios, y es aquella por medio de la cual estableció, 34 creó y ordenó este universo; en tanto que la real es llamada Señor, pues es aquella mediante la cual gobierna y rige con firmeza y justicia cuanto ha llegado a existir.

34 Como en otros lugares, Filón asocia theós = Dios, con títhemi = coloco, establezco.

100. En efecto, siento el único verdaderamente existente, es indudablemente también el

Creador, pues llevó a la existencia aquello que no existía; y es, a la vez, el Rey por naturaleza, puesto que a ninguno toca con más derecho el mando sobre las creaturas que a su Creador.

101. XXI. En el espacio que separaba los cuatro pilares de los otros cinco, espacio que puede

con propiedad denominarse propileo del templo, y que estaba cerrado por dos velos, el interno, llamado "velo extendido", y el externo, denominado "cubridor" situó los tres muebles restantes del moblaje mencionado. El altar del incienso, 35 símbolo del agradecimiento por la tierra y el agua, agradecimiento que era un deber manifestar en atención a los beneficios derivados de una y otra, lo ubicó en el centro, puesto que estos dos elementos tienen asignado el lugar central del mundo.

35 Éx. XXX, 1 y 2.

102. El candelabro, 36 con el que simbolizaba los movimientos de los luminosos astros, lo

colocó en el lado que daba al sur, pues el sol, la luna y los demás astros describen sus revoluciones en el sur, muy alejados del norte. Del candelabro central nacen seis brazos, tres de cada lado, con lo que el número total se eleva a siete. 37

36 Éx. XXV, 31 y ss. Ver Sobre la herencia de las cosas Divinas 221 a 225.

37 Es decir, el candelabro o brazo central más los seis laterales.

103. En la parte superior de cada uno de ellos había un portalámparas y una lámpara, siete

símbolos de los que los hombres de ciencia llaman planetas. El sol, en efecto, que, como el candelabro, está ubicado en el cuarto lugar en medio de los seis, ilumina a los tres astros de arriba y a otros tantos situados debajo, templando así ese instrumento de una música armoniosa y verdaderamente Divina.

104. XXII. La mesa sobre la que se ponían panes y sales estaba situada en el lado que daba al

norte, en razón de que los vientos del norte son lo más favorables para la producción de alimentos.

105. Y, como los alimentos proceden del cielo y de la tierra, pues el primero envía las lluvias

y la segunda lleva hasta su pleno desarrollo las simientes regadas por aquéllas, junto a la mesa estaban situados los símbolos del cielo y de la tierra. Estos símbolos, como anteriormente se indicó, eran el candelabro, símbolo del cielo; y el acertadamente 38 llamado altar del incienso,

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símbolo de las cosas terrestres, de las que surgen los vapores aromáticos.

38 Tal acierto no es advertible en español, pero téngase presente que en griego exhalación o vapor es anathymíasis, y altar del incienso, o literalmente lugar del vapor o déla exhalación, se dice thymiatérion.

106. Moisés acostumbra llamar guardián de los sacrificios 39 al altar situado al aire libre,

como si este altar, que consume las víctimas sacrificadas fuera en realidad guardián y custodio de los sacrificios. Pero no se refiere a los miembros y partes del cuerpo de las víctimas, los que por naturaleza están destinados a ser consumidas por el fuego, sino a las intenciones del ofrendante.

39 Guardián de los sacrificios. El término thysiastérion significa lugar de los sacrificios, pero Filón asocia el sufijo locativo -teño = lugar de, con el adjetivo teretikós = guardián o protector, y atribuye al vocablo el sentido de guardián o protector de los sacrificios, para concluir luego que ex'ste una contradicción entre el objeto al que se aplica el altar y lo que su nombre sugiere.

107. Porque, si éste es irreflexivo e injusto, sus sacrificios no son tales, sus oblaciones son

sacrílegas y sus plegarias están fuera de lugar, y todo ello concluye en una total destrucción, ya que con esos sacrificios solo aparentes, no es la remisión de las faltas lo que logra, sino actualizar su recuerdo.

108. Si, en cambio, el oferente es santo y justo, el sacrificio permanece en firme, aunque las

carnes se consuman; y más aún, aunque no haya presentado víctima alguna en absoluto ante el altar. Porque, ¿qué oblación verdadera puede haber fuera de la piedad del alma amada por Dios, cuya acción de gracias alcanza la inmortalidad y es registrada en las Divinas estelas,

compartiendo una vida eterna con «1 sol, la luna y el mundo todo?

109. 40 XXIII. A continuación de estas cosas el artífice preparó para el futuro sumo sacerdote

la vestidura, cuyo tejido constituía una obra de inmensa y maravillosa hermosura, consistente en dos prendas: la túnica y el llamado efod. 41

40 Para los parágrafos 109 a 116 ver Éx. XXVIH.

41 Efod es una castellanización del término hebreo. En el texto griego se lee epomís, literalmente cubrehombros.

110. La túnica era de aspecto bastante uniforme, ya que toda ella era de color violeta oscuro,

con excepción de las partes próximas al borde inferior, pues éstas estaban matizadas con

bellotas de granada de oro, campanillas y flores bordadas.

111. El efod, 41 obra sumamente suntuosa y artística, fue confeccionado con consumada

pericia mediante las ya mencionadas clases de materiales de color violeta oscuro, púrpura y escarlata y lino fino, con hilo de oro entretejido. En efecto, hojas de oro cortadas en finas hebras estaban tejidas con cada hilo.

41 Efod es una castellanización del término hebreo. En el texto griego se lee epomís, literalmente cubrehombros.

112. En las extremidades de los hombros iban aplicadas dos preciosísimas piedras de va-

liosísima esmeralda, en las cuales estaban escritos los nombres de los patriarcas, seis en cada una, doce en total. Sobre el pecho iban otras doce piedras de gran valor, diferentes en los colores, semejantes a sellos y dispuestas en cuatro hileras de tres cada una, las que estaban

aplicadas al llamado lugar del logos. 42

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42 Una vez más he debido recurrir a la transliteración del término griego logos, ya que, como claramente se desprende de las reflexiones que Filón teje a propósito del pectoral del sumo sacerdote, toma el vocablo en sus dos acepciones de razón o pensamiento racional (lógos endiáthetos) y palabra (lógos prophorikós o gegonos). Si, como algunos traductores lo hacen, tradujera logeion por lugar de la razón, tomaría solo parcialmente el complejo sentido de lógos, y además entorpecería la comprensión de varias de las conclusiones que Filón extrae aquí de ambos conceptos precisamente. Sería también posible traducirlo por lugar de la razón y la palabra, pero se me ocurre que la brevedad del término lógos simplifica las cosas.

113. Estaba hecho éste en forma de cuadrado y era doble, a modo de una base para sostener

dos virtudes: la clara mostración y la verdad. El conjunto estaba colgado del efod mediante

cadenitas de oro, fuertemente prendido de él a fin de que no se soltase.

114. Una lámina de oro fue trabajada para darle forma de una corona. En ella estaban grabadas las cuatro letras de un nombre 43 que sólo es lícito escuchar en los lugares santos a los que tienen purificados los oídos y la lengua por la sabiduría, y no a otro alguno en absoluto, ni en otro lugar.

43 Dicho nombre es YAVE (YAHVE). Posiblemente se trate de un dato conservado por la tradición, ya que nada dice el texto bíblico al respecto.

115. Este nombre tenía cuatro letras, según dice aquel conocedor de las verdades tocantes a

Dios, quien probablemente les asignó el carácter de símbolos de los primeros números: el uno, el dos, el tres y el cuatro, puesto que en los cuatro están comprendidos todos los elementos geométricos, que son medidas de todas las cosas, a saber, el punto, la raya, la superficie y el sólido; y las mejores armonías musicales: el intervalo de cuarta, el de quinta, el

de octava y el de doble octava, cuyas respectivas relaciones son cuatro a tres, tres a dos, dos a uno y cuatro a uno. El cuatro contiene además las otras innumerables virtudes, de las que me he ocupado detalladamente en mi tratado sobre los números. 44

44 Ver Sobre la creación del mundo 52.

116. Debajo de la corona iba una mitra a fin de que la lámina no tocara la cabeza. Además se

confeccionó un turbante, por cuanto el turbante es usado habitual-mente por los reyes orientales en lugar de la diadema.

117. XXIV. Tal era la vestidura del sumo sacerdote. Pero no podemos dejar de referirnos al

significado de ella y de sus partes. 45 El conjunto resulta ser una réplica e imitación del mundo,

en tanto sus partes lo son de cada una de las partes de éste.

45 El simbolismo de la vestidura del sumo sacerdote está tratado también, aunque menos detalladamente, en Sobre las leyes particulares I, 85 a 95, y Sobra la migración de Abraham

118. Hemos de comenzar con la prenda que baja hasta los pies. Esta túnica, toda ella de color

violeta oscuro, es representación del aire, pues el aire es negro por naturaleza y constituye en

cierto modo una vestidura que llega hasta los pies, pues se extiende desde las elevadas regiones lunares hasta los confines de la tierra y se expande por todas partes. De allí que también la túnica se extienda en torno de todo el cuerpo desde el pecho hasta los pies.

119. A la altura de los tobillos se destacan sobre ella bellotas de granada, flores bordadas y

campanillas. Las flores son símbolo de la tierra, puesto que todo cuanto germina y florece procede de la tierra; las bellotas de granadas, que merecen tal nombre por el fluir de su jugo, 46

son símbolo del agua; en tanto que las campanillas 47 lo son del armonioso concierto de estos

66

elementos, ya que ni la tierra sin el agua, ni el agua sin la sustancia terrestre son capaces de producir nada por sí solas, y únicamente se logra tal cosa mediante la unión y combinación de ambas. 46 En el texto griego se lee rhóiskos (diminutivo de rhoiá granada), que designa las pequeñas bellotas de granada que adornaban la parte inferior de la túnica del sumo sacerdote. Su paráfono, diminutivo de rhoia = corriente del río, significa pequeña corriente, arroyuelo. Filón, guiándose por la parafonía, entiende que granada es sinónimo de fruto que fluye o fruto cuyo jugo fluye. 47 Es de advertir que no se trata de las flores así llamadas, sino de pequeñas campanas de oro, cuyo sonido musical le sugiere a Filón la idea de la armonía o armoniosa combinación del agua y la tierra.

120. La ubicación de las bellotas de granada, las flores bordadas y las campanillas es un

clarísimo testimonio de lo señalado, por cuanto, así como éstas se hallan en los extremos de la túnica que llega hasta los pies, del mismo modo a los elementos de los que ellos son símbolos, es decir, la tierra y el agua, les ha tocado la región más baja del mundo, donde al unísono con la armonía del universo manifiestan sus particulares poderes en períodos determinados de tiempo y en las estaciones apropiadas.

121. La túnica, pues, con los objetos adheridos en la parte de los tobillos, es símbolo de los

tres elementos, aire, agua y tierra, de los que proceden y en los que viven todas las especies mortales y perecederas. Prueba acabada de ello es el hecho de que, así como la túnica es una sola, también los tres mencionados elementos están incluidos en una sola especie, puesto que todo cuanto existe de la luna hacia abajo se halla sujeto sin excepción a cambios y alteraciones; 48 y de que, así como las bellotas de granada y las flores bordadas penden de la túnica, también la tierra y el agua están, en cierto modo, suspendidos del aire, pues el aire es el soporte de ellos. 48 Vale decir, constituyen la especie sujeta a mutación, por oposición a las inmutables naturalezas celestes.

122. Apoyados en razonables conjeturas, las consideraciones que siguen llevan a la conclusión de que el efod es símbolo del cielo. En efecto, en primer lugar, las dos piedras circulares de esmeralda aplicadas en lo alto de los hombros son signos o bien, como piensan algunos, de aquellos astros soberanos del día y de la noche que son el sol y la luna; o bien, como podríamos afirmar nosotros aproximándonos más a la verdad, de uno y otro hemisferio, ya que, al igual que las piedras, ambos son iguales, el que está sobre la tierra y el de abajo, y es ajeno a la naturaleza de uno y otro el disminuir o aumentar su tamaño como lo hace la luna.

123. El color también lo confirma, puesto que la apariencia del cielo todo, tal como se

presenta a nuestra vista, es semejante a una esmeralda. Correspondía, además, que en cada una de las dos piedras estuvieran grabados seis nombres, por cuanto cada uno de los dos hemisferios, al dividir en dos el zodíaco, encierra seis de sus signos.

124. En segundo lugar, las doce piedras que van sobre el pecho, que son de distintos colores y están distribuidas en cuatro grupos de tres, ¿qué otra cosa pueden significar sino el círculo del zodíaco? También este círculo, en efecto, dividido en cuatro partes, constituye con tres signos cada una de las estaciones del año: primavera, verano, otoño e invierno, es decir cuatro variantes cada una de las cuales tiene una duración determinada por tres signos, y reconocible gracias a las revoluciones que el sol describe conforme a una ley matemática inmutable, firmísima y verdaderamente Divina.

67

125.

Por lo tanto, dichas piedras se adecuaban también al con toda propiedad llamado lugar

del logos, 49 ya que las variaciones y las estaciones del año se ajustan a un racional principio de orden y regularidad; y, lo que es más asombroso, testimoniando a través del cambio estacional su permanencia sin término.

49 Téngase presente lo aclarado en la nota 42.

126. Acertado y sumamente apropiado es el hecho de que sean distintos los colores de las

doce piedras, sin que ninguna de ellas sea igual a otra, ya que también en el zodíaco cada uno de los signos origina ciertos matices 50 particulares en el aire, en la tierra, en el agua, en los accidentes de éstos y en todas las especies de animales y vegetales.

50 O literalmente: Cierto color.

127. XXV. No es desacertado, por otra parte, el que el lugar del logos sea doble, pues doble es

el logos tanto en el plano universal como en la naturaleza del hombre. En el universo se da, por una parte, relacionado con las incorpóreas y arquetípicas formas ejemplares, con las que ha sido forjado el mundo aprehensible solo por la inteligencia; y, por otra, vinculado con las cosas visibles, que son imitaciones y copias de aquellas formas ejemplares, y con las cuales fue construido este mundo sensible. En el hombre una forma del logos pertenece a su intimi- dad, en tanto que la otra se exterioriza en la palabra, siendo la primera como una fuente, de la que la otra fluye en el acto de la palabra. 51 Aquella tiene por sede la facultad rectora; 52 la de la expresión oral reside en la boca, la lengua y el resto del aparato de la fonación.

51 Ver Sobre los querubines, nota 6.

52 6 sea, la inteligencia.

128. Con sumo acierto el artífice asignó al lugar del logos la forma de cuadrado, dando a

entender figuradamente que el logos, así en el orden de la naturaleza como en el del hombre, debe estar sólidamente establecido en todas partes sin que ni la más mínima alteración lo afecte. Por esta razón les atribuyó además las dos mencionadas virtudes: la clara mostración y la verdad. El logos, 53 en efecto, es en la naturaleza verídico y todo lo pone de manifiesto; en tanto que en el hombre sabio, a imitación de aquél, tiene la misión y el deber de evitar toda falsedad, rendir culto a la verdad y no oscurecer por recelos nada de aquello cuya revelación beneficiará a los que reciben instrucción.

53 Resulta sumamente difícil el decidirse acerca de si se trata de dos logos, como en unos pasajes declara expresamente Filón, o si se trata de uno solo desdoblado por sus esferas de acción y los cometidos específicos, como también claramente se desprende de otras afirmaciones suyas.

129. Pero también a los dos logos que se dan en nuestro ser, tanto al que se exterioriza en el

habla como al que pertenece a su intimidad, les asignó como propias ambas virtudes; al logos traducido en palabra la clara mostración; al logos íntimo la verdad. Corresponde, en efecto, que la inteligencia rechace de plano toda falsedad; y a la expresión del pensamiento el evitar toda traba a cuanto favorezca la mostración más exacta posible.

130. Con todo, ninguna utilidad se deriva de un logos que proclama enfáticamente cosas

hermosas y provechosas, si las obras del que las expresa no están de acuerdo con ella. En consecuencia, entendiendo que el logos no debe estar disociado de las obras, sujetó Moisés el lugar del logos al efod, de modo que no se separase de él pues hizo del nombro un símbolo de acción y obra.

68

131.

XXVI. Tales son las enseñanzas que Moisés dio a conocer a través de la sagrada

vestidura. Sobre la cabeza del sacerdote colocó, en vez de una diadema, un turbante, por entender que durante el ejercicio de sus funciones el consagrado a Dios como sacerdote es superior no sólo a todos los hombres comunes sino también a todos los reyes.

132. En la parte superior del turbante está la placa de oro sobre la cual se hallan grabados los

caracteres de las cuatro letras en las que, se nos dice, se expresa el nombre del Que Es; significando que es imposible que ser alguno de cuantos existen perdure sin invocarlo, ya que es Su bondad y Su potencia propicia lo que da consistencia a todas las cosas.

133. Vistiendo estas prendas y ornamentos es como se dirige el sumo sacerdote para cumplir

las sagradas funciones, a fin de que, cada vez que ofrece las ancestrales plegarias y sacrificios, el mundo todo entre junto con él a través de las representaciones que del mismo lleva sobre sí, que son: del aire la túnica que llega hasta los pies; del agua las bellotas de granada; de la tierra los bordados de flores; del fuego el color escarlata; de los dos hemisferios, por sus formas semejantes a ellos, las esmeraldas circulares puestas en lo alto de los hombros, en cada una de las cuales hay seis grabados; del zodíaco, las doce piedras distribuidas en cuatro hileras de tres sobre el pecho; y de aquel 54 que todo lo conserva y administra, el lugar del logos.

54 Es decir, del logos.

134. La razón de tal compañía es la necesidad de que quien ha sido consagrado al Padre del

mundo recurra a la intersección de Su hijo, 55 perfectísimo en sus excelencias, para recabar el

olvido de las faltas y la provisión de bienes abundantísimos.

55 Su hijo es el mundo, que, como se dice más arriba, simbolizado en las vestiduras y adornos del sumo sacerdote, penetra con éste en el santuario cuando el mismo va a elevar sus preces y ofrecer sacrificios.

135. Y quizá también lo que Moisés persigue es enseñar al servidor de Dios que, si bien está

más allá de sus posibilidades el ser digno del Hacedor del mundo, al menos puede intentar ser permanentemente digno del mundo; y que, pues viste prendas que son representación de éste, es su primer deber el llevar grabado el modelo en su inteligencia y transformarse, en cierto modo, de hombre en la naturaleza del mundo; y, si es lícito decirlo (y lo lícito cuando se trata de la verdad es no mentir), ser un pequeño mundo.

136. 56 XXVII. Fuera del propileo, junto a las entradas, había una bañera de bronce, para cuya

Construcción el artífice no empleó material virgen, como es usual en estos casos, sino objetos

ya cuidadosamente trabajados con otro propósito distinto, que con todo celo y emulación habían traído las mujeres rivalizando en piedad con los hombres, resueltas a alcanzar el galardón en la noble puja y a esforzarse en la medida de sus posibilidades para no quedarse a la zaga de aquéllos en cuanto a santidad. 56 Para los parágrafos 136 a 140 ver Éx. XXXVIII, 26 y 27. Ver Sobre la migración de Abraham 98.

137. En efecto, con espontánea buena voluntad, sin que nadie se lo prescribiese, ofrendaron

los espejos que usaban para el aderezo y embellecimiento de sus personas, primicia sumamente apropiada de su buen sentido, de su pureza en el matrimonio e, indudablemente, de la hermosura de sus almas.

138. Pareció bien al artífice recibirlos y, después de fundirlos, dedicarlos a la fabricación de la

bañera exclusivamente, a fin de que los sacerdotes, cuando se dispusieran a entrar en el

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templo a cumplir los ritos establecidos, la emplearan para abluciones, particularmente para el lavado de los pies y manos; acto este que constituye un símbolo de una vida irreprochable, de una existencia pura empleada en loables acciones, que avanza rectamente, no a través del tortuoso camino, o hablando con más propiedad, de la intransitable senda del vicio, sino por el camino real de la virtud.

139. "Aquel que se apreste a purificarse con aspersiones", dice por consiguiente Moisés,

"tenga presente que el material de esta bañera procede de espejos, a fin de que, como en un espejo, contemple su propia inteligencia; y de que, si apareciere alguna vergonzosa señal originada en la irracional pasión o en el placer, que lo excite y aliente a obrar contra la naturaleza; o en el dolor, que, al revés, lo frena y abate; o en el miedo, que desvía y tuerce el

recto curso de sus intenciones; o en el apetito, que arrastra e impele violentamente hacia las cosas no presentes; pueda remediarlo, sanar y adquirir la belleza genuina y legítima.

140. Porque, mientras la del cuerpo es una belleza consistente en la buena proporción de las

partes, en el buen color de la tez y en la lozanía de las carnes, y es breve el tiempo de su florecer, la de la inteligencia, en cambio, reside en la armonía de las doctrinas y en el concierto de sus virtudes, y no se marchita con el correr del tiempo; antes bien, a medida que éste pasa, se renueva y rejuvenece, embellecida con el espléndido color de la verdad, de la recíproca adecuación entre las palabras y las obras, y, también de las intenciones con las palabras y obras".

141. XXVIII. Después que hubo sido instruido en lo que respecta a los modelos del sagrado

tabernáculo, y una vez que él hubo, a su vez, instruido a hombres dotados de agudeza de en- tendimiento y natural capacidad para que tomasen a su cargo y llevasen a buen término las

obras que era preciso fabricar; y luego de que la construcción del sagrado tabernáculo se llevó

a cabo sin inconvenientes, fue preciso también que Moisés escogiera como sacerdotes a los

más aptos para ello, y que éstos aprendieran con tiempo de qué manera correspondía llevar las

ofrendas al altar y realizar los sagrados ritos.

142. Por lo tanto, escogió entre todos a su hermano para sumo sacerdote en mérito a sus

superiores cualidades, y eligió a los hijos de éste para sacerdotes; y lo hizo, no porque concediera preferencia a su propia familia, sino por la piedad y santidad que en estos hombres advertía. Una clara prueba de ello es la siguiente. A ninguno de sus propios hijos, y dos eran los que tenía, lo consideró digno de esa distinción, aunque no hubiera podido dejar de escogerlos, a ambos si en alguna medida hubiera pesado en sus decisiones el apego por las cosas propias.

143. 67 Con la aprobación de la nación entera, y ajustándose a las directivas de los oráculos,

puso a aquéllos en posesión de sus funciones de una manera completamente desusada y digna de ser recordada. Comenzó por lavarlos con agua de fuente, la más pura y vivificante de las aguas, y luego les colocó las sagradas vestiduras; a su hermano la túnica hasta los pies y el efod semejante a una coraza, es decir, la túnica de variada confección, representación del universo; a sus sobrinos túnicas de lino; y a uno y otros cinturones y pantalones. 67 Para los parágrafos 143 a 152 ver Éx. XXIX, y Lev. VIII.

144. Los cinturones se los puso para que estuvieran libres de trabas y más prestos para su sa-

grado ministerio, al estar sujetos los sueltos pliegues de las túnicas; los pantalones", para que no fuera visible ninguna de las partes que corresponde ocultar, sobre todo al ascender al altar

o al bajar desde arriba de él, y al realizar todas las ceremonias con diligencia y rapidez.

70

145.

Porque, si sus vestimentas no hubieran sido preparadas con tanto cuidado en previsión de

inesperados accidentes, a causa de la diligente celeridad puesta en el cumplimiento de los ritos se hubiera advertido su desnudez y no hubieran podido conservar el decoro debido a los lugares sagrados y a las personas consagradas.

146. XXIX. Una vez que los hubo provisto de los vestidos, tomó del más fragante ungüento

preparado por el arte de los perfumeros, y untó primero los objetos del espacio abierto, es decir, el altar 68 y la bañera, echándoles de él siete veces; luego el tabernáculo y cada uno de los sagrados muebles, ó sea, el arca, el candelabro, el altar del incienso, la mesa, los vasos de libaciones, las redomas y todos los demás utensilios necesarios y útiles para los sacrificios; y

finalmente, llegándose al sumo sacerdote, le ungió la cabeza con abundante óleo.

68 El altar de los holocaustos.

147. Cumplidas con religiosa solemnidad estas cosas, mandó traer un becerro y dos moruecos;

el primero para ofrecerlo por la remisión de las faltas, revelando así que a toda creatura, por excelente que fuere, le es connatural el cometer faltas, por el sólo hecho de haber sido creada; y que por esa razón es preciso que apacigüe a la Divinidad con plegarias y sacrificios a fin dé que no se agite Su cólera y caiga sobre ella.

148. De los moruecos uno fue destinado a un holocausto en acción de gracias por Su gobierno

del universo, gobierno cuya eficacia a cada uno alcanza en la medida que le corresponde, al recibir cada uno los beneficios que sus elementos brindan: la tierra, la habitación y los alimentos que produce; el agua, la bebida, el baño y la navegación; el airé, la respiración y las percepciones a través dé los sentidos, ya que el aire es el instrumento de todos ellos, así como

también las estaciones del año; el fuego de uso corriente, las cocciones y la calefacción; y el fuego del cielo, la claridad y la posibilidad de ver todo lo que es visible.

149. El otro morueco lo ofreció por el perfeccionamiento de los que se consagraban mediante

una santificadora purificación. Por ello lo llamó con acierto morueco del perfeccionamiento,

puesto que aquellos iban a ser iniciados en los sagrados ritos 59 correspondientes a los servidores y ministros de Dios.

59 Como estos ritos denomínanse teletái, término emparentado etimológicamente con teléiosis = perfeccionamiento, Filón recurre al juego de palabras para su deducción.

150. Habiendo recogido la sangre de la víctima, una parte la fue derramando alrededor del

altar, y la otra la recibió en una redoma que colocó debajo, y con ella untó tres partes del cuerpo de los admitidos en el sacerdocio: la extremidad de la oreja, la mano y el pie, derechos todos; enseñando mediante este simbolismo que es preciso que el consagrado 60 sea puro en sus palabras, en sus obras y en su vida toda. El oído, en efecto, juzga la palabra, la mano es símbolo de la acción y el pie lo es del tránsito a través de la vida.

60 Literalmente: el perfecto = télelos.

151. Y como en cada caso la parte ungida lo fue en su extremo y era ella del lado derecho,,

debemos suponer que lo que quería demostrar era que el progreso en todos los órdenes requiere destreza 61 y tiende a alcanzar la cima 62 de la felicidad y la meta 63 hacia la que es preciso esforzarse y a la que deben estar referidas todas las acciones, haciéndola el blanco de nuestra vida hacia el que, como arqueros, debemos lanzar nuestras flechas. 61 Otro juego de palabras, éste entre dexiá = derecha, diestra, y dexiótes = destreza, habilidad.

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62 O extremo, con lo que se advierte en la referencia a la unción en el extremo de cada una de las tres partes.

63 O perfección = télos, término que recalca los conceptos expresados poco más arriba con téleios = perfecto, teletái = iniciados, y teléiosis perfeccionamiento.

152. XXX. El primer paso fue, pues, untar en las tres mencionadas partes a los sacerdotes con

la sangre sin mezcla de una misma víctima, llamada del perfeccionamiento. Después, tomando la sangre que había sobre el altar, que procedía de todas las víctimas, y algo del ya mencionado ungüento que habían preparado a base de perfumes; tras mezclar el óleo con la sangre, derramó la mezcla sobre los sacerdotes y sus vestiduras. Con ello quería hacerlos partícipes no sólo de la santidad de afuera y a cielo abierto, sino también de la oculta en lo íntimo del santuario, puesto que también iban a cumplir sus sagradas funciones en la parte interior, dentro de la cual todas las cosas habían sido ungidas con óleo. 64

64 Lo que posiblemente deba entenderse es que la unción de las tres partes en sus extremos, es decir, en el sector más externo, simboliza la pureza y santidad que han de observarse fuera del sancta santorúm, en tanto que la unción del cuerpo total y las ropas que lo ocultan, tendía a comunicar aquella santidad que el santuario encierra en su intimidad.

153. 65 Luego de que ofrecieron, además de los anteriores, otros sacrificios, algunos los

sacerdotes por ellos mismos; otros la asamblea de ancianos por la nación entera, Moisés penetró en el tabernáculo llevando consigo a su hermano. Era el octavo y último día de las ceremonias, ya que en los siete precedentes se había dedicado a iniciar en el sacerdocio y asesorar en cuanto a los sagrados ritos a aquél y a sus sobrinos. Una vez adentro, le enseñó, como un buen instructor a un discípulo capaz, la manera como el sumo sacerdote debía llevar a cabo las ceremonias dentro del recinto.

65 Para los parágrafos 153 a 158 ver Lev. IX.

154. Luego salieron de allí ambos y, con las manos extendidas delante de sus cabezas, formularon plegarias provechosas para nuestra nación con una pura y muy santa intención. Y mientras aún estaban en oración, sucedió algo pasmoso en extremo. Del interior del santuario surgió de improviso una compacta llama, que bien pudo ser una porción de purísimo éter, bien aire diluido en fuego por una natural -transformación de un elemento en otro: Con firme impulso la misma llegó hasta el altar y consumió cuanto sobre él había; con lo que, entiendo yo, quedó clarísimamente demostrado que ninguno de los ritos se había cumplido sin la Divina supervisión.

155. Era natural, en efecto, que un especial don le fuera otorgado al santo lugar, no solo en

aquello que los hombres habían elaborado, sino además en lo más puro de los elementos, el fuego, a fin de que el otro, el fuego de uso común entre nosotros, no entrara en contacto con el altar, tal vez a causa de las innumerables imperfecciones a las que está vinculado.

156 Porque esté último fuego se aplica no sólo para asar y cocer irracionales seres vivientes con miras al injusto hartazgo del miserable vientre, sino también el exterminio de seres humanos a causa de ajenas insidias, y no de unos pocos sino de innumerables multitudes.

157. Ejemplos no faltan: flechas portadoras de fuego han sido arrojadas y han incendiado

grandes flotas repletas de tripulantes, y destruido ciudades enteras, que, consumidas por el fuego hasta los cimientos, han sido reducidas a cenizas, al punto de no quedar ni huellas de la antigua concentración humana.

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158.

Tal fue, a mi parecer, la razón por la que Dios excluyó del sacratísimo y purísimo altar el

fuego común, considerándolo contaminado; y en su lugar hizo llover desde el cielo una etérea llama, distinguiendo de ese modo lo sagrado de lo profano, lo Divino de lo humano. Convenía, en efecto, que a los sacrificios rituales se les asignara un fuego de naturaleza más incorruptible que el que está al servicio de las humanas necesidades.

159. XXXI. Siendo muchos los sacrificios que necesariamente se ofrendaban cada día, sobre

todo en las públicas asambleas y en las fiestas, ya por cada uno privadamente ya por todos en común, y por innumerables y diversos motivos; y tratándose de una nación numerosa, que demostraba tal piedad era menester que hubiera también una gran cantidad de servidores del templo para los sagrados servicios.

160. Una vez más la elección tuvo características completamente nuevas y desacostumbradas.

Moisés escogió una de las doce tribus, seleccionándola por sus superiores méritos y concediéndole el premio y recompensa de una tarea grata a Dios.

161. Las cosas sucedieron del siguiente modo. 66 Después que Moisés hubo subido a la vecina

montaña, y mientras pasaba bastantes días sin otro compañía que la de Dios, hombres inconstantes por naturaleza, creyendo que su ausencia constituía una oportunidad favorable, se lanzaron sin control a la impiedad, como si hubiera cesado toda autoridad, y, olvidando la

reverencia debida al Que Es, se convirtieron en celosos adeptos de las patrañas egipcias. 66 Para los parágrafos 161 a 173 ver Éx. XXXII.

162. Habiendo construido a toda prisa un toro de oro, copia del animal tenido por más sagrado

en aquel país; 67 le ofrecieron sacrificios; y, formando coros, que no merecían ese nombre, cantaron himnos que en nada diferían de los cantos funerales, y, entregados a las libaciones, cayeron en una doble embriaguez: la del vino y la de la insensatez. Pasaron la noche entre diversiones y excesos y se dieron a la práctica de placenteros vicios, despreocupados del futuro, mientras la justicia, que, aunque ellos no la veían, los tenía presentes juntamente con los castigos que merecían, estaba lista para salirles al paso. 67 Como en otros lugares, afirma Filón que el becerro de oro era una imitación del toro Apis, pasando por alto que la veneración de los egipcios se concentraba en un ejemplar vivo. Ver Sobre la ebriedad 95.

163. Como los gritos continuos en el campamento, según era de grande la multitud de hombres allí reunidos, llegaban a gran distancia, y por consiguiente sus resonancias alcanzaban hasta la cima de la montaña, golpearon los oídos de Moisés, quien no sabía qué hacer, pues amaba a Dios, y a la vez amaba a los hombres, y no soportaba ni "abandonar sus conversaciones con Dios, durante las que dialogaba en privado con Él sin la presencia de otro alguno; ni mirar con indiferencia a la multitud colmada de las miserias que resultaban de estar sin gobierno.

164. Siendo, como era, lo suficientemente hábil como para descubrir a través de un sonido

inarticulado y confuso las señales inequívocas de las pasiones del alma, oscuras e invisibles para los demás, reconoció qué clase de tumulto era aquel, y comprendió que la confusión reinante era resultado de la embriaguez, pues la incontinencia engendra la saciedad, y ésta, a su vez, la violencia.

165. Indeciso entre dos fuerzas opuestas que lo arrastraban hacia una y otra parte, hacia aquí y

hacia allí, no sabía qué correspondía hacer. Pero, mientras consideraba el problema, le llegó

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este Divino mensaje: "Marcha rápido de aquí. Desciende. El pueblo se ha lanzado tras la ilegalidad. Han fabricado una obra de sus propias manos, un dios, que no es dios, en forma de toro, y lo adoran y ofrecen sacrificios, olvidados de todo cuanto conduce a la piedad que han visto y escuchado".

166. Moisés, anonadado y forzado a creer cosas increíbles, no marchó de inmediato a asumir

su cometido de mediador y arbitro, sino antes elevó plegarias y súplicas por la nación, pidiendo que sus faltas fuesen perdonadas. Luego, alcanzada ya la misericordia del Señor, este protector e intercesor partió alegre y, a la vez, abatido. Estaba contento porque- Dios había aceptado su súplica, pero lleno hasta la saturación de inquietud y abatimiento a causa de la violación de las leyes por parte de la multitud.

167. XXXII. Cuando llegó al centro del campamento, contempló asombrado la inesperada

apostasía de la multitud y cuan grande falsedad habían aceptado a cambio de tan grande verdad; pero, viendo que la pestilencia no se había extendido a todos, y que todavía había quienes conservábanse sanos y daban muestras de su odio contra el vicio, quiso distinguir a los que no tenían remedio de los que estaban disgustados por los sucesos, y de los que, tras incurrir en faltas, se arrepentían. Y así, dio a conocer una proclama, que no era sino una prueba para saber exactamente lo que en su fuero interno abrigaba cada uno acerca de la santidad y lo opuesto a ella.

168. Dijo, en efecto: "Si alguien está con Dios, que venga hacia mí". Pocas fueron las palabras, pero grande el contenido, como que lo expresado fue lo siguiente: "Si alguien considera que ni cosa alguna de las fabricadas por el hombre ni ninguna de las creaturas son dioses, sino sólo lo es el Soberano del universo que se aproxime a mí".

169. De los demás 68 unos, llenos de rebeldía a causa de su apego a vanidad egipcia, no

hicieron caso de sus palabras; otros, por miedo de un castigo quizá, temerosos de la venganza

en manos de Moisés o de que la multitud se volviese contra ellos; que siempre la multitud acomete a los que no toman parte en sus desatinos; no se atrevieron a aproximársele. 68 Es decir, de los miembros de todas las tribus con excepción de la de Leví, que poco más abajo se señala como la única que reaccionó en el sentido propuesto por Moisés.

170. Una sola entre todas las tribus, la llamada de Leví, prestó oídos a la proclama y avanzó

rápidamente como obedeciendo a una señal convenida, demostrando con su celeridad su celo y la intensidad del impulso de sus almas hacia la piedad.

171. Moisés, al verlos avanzar como competidores que inician su carrera, les dijo: "Si la prisa

que os habéis dado en venir hacia mí no reside sólo en vuestros cuerpos sino también en vuestras almas es cosa que se probará enseguida. Que cada uno de vosotros tome una espada y extermine a aquellos que han cometido actos dignos de infinitas muertes, pues, abandonando al verdadera Dios, construyeron dioses falsamente llamados así con materias corruptibles y creadas, y les dieron el nombre que es propio del Incorruptible e Increado. Hacedlo, aunque se tratare de parientes y amigos, con la convicción de que para los hombres de bien no hay otro parentesco ni amistad que la piedad".

172. Ellos, que son decidida actitud se habían anticipado a su exhortación, movidos por sus

sentimientos, que habían sido contrarios a aquéllos casi desde el momento en que vieron producirse el movimiento contra las leyes, dieron muerte en la flor de sus vidas a unos tres

mil de los que poco antes habían sido sus íntimos amigos. Como los cuerpos de éstos yacían

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en medio de la plaza, la multitud, al contemplarlos, se apiadó; pero, el miedo la llamó a reflexión, ya que la decisión ardorosa aún y llena de cólera de los matadores le infundió terror.

173. Moisés, por su parte, aprobando el heroísmo de éstos, concibió y confirmó un premio

apropiado para tal hazaña. Era justo, en efecto, que quienes se habían lanzado voluntariamente a la lucha en defensa de la honra debida a Dios y la habían concluido en poco tiempo con éxito fuesen considerados merecedores de recibir el sacerdocio para que se encargasen de Su servicio.

174. 69 XXXIII. Ahora bien, los consagrados no constituían un único orden. Estaban, por una

parte, aquellos que, habiéndoseles encomendado todo lo relativo a las plegarias y sacrificios y

a los demás ritos sagrados, penetraban hasta la parte más interna del santuario; y, por otra,

aquellos a los que algunos llaman servidores del templo, que no tenían a su cargo ninguna de

esas funciones, sino los cuidados y la vigilancia del sagrado lugar y de lo que en él había, día

y noche. Por dicha razón, lo que resulta ser para muchos y en muchas partes causa de

innumerables males: la lucha por la precedencia, echó raíces también entre ellos, ya que los servidores del templo se mostraron hostiles contra los sacerdotes y concibieron el designio de arrebatarles su preeminencia, cosa que esperaban que sucedería fácilmente, por cuanto los superaban muchas veces en número.

69 Para los parágrafos 174 a 197 ver Núm. XVI, 1 a 3.

175. Para que la sedición no pareciera ser fruto de su particular determinación, persuadieron

para que los apoyara a la primera de las doce tribus, 70 a la cual muchos de los más irreflexivos se adhirieron en la creencia de que la tribu podía asumir la supremacía como derecho propio de su mayor edad. 71

70 La de Rubén.

71 La primogenitura de Rubén, el mayor de los hijos de Jacob, se perpetuaba en su tribu, que por ello era la tribu de mayor edad o primogénita.

176. Moisés se dio cuenta de que se gestaba una grave rebelión contra él por haber escogido a

su hermano como sumo sacerdote. Lo había hecho ajustándose a las revelaciones de los oráculos, pero circulaban calumnias en el sentido de que tales oráculos los había inventado él

y de que la elección la había hecho movido por razones de parentesco y por su afecto hacia su hermano.

177. Esto lo tenía, como es natural, afligido, no solamente porque se desconfiaba de él, que

tales pruebas había dado de su buena fe; sino además porque la desconfianza se refería a obras que iban encaminadas a la honra de Dios, y que, por ser la verdad compañera de Él, hubieran debido implicar de por sí esa verdad, aun viniendo de quien para otros asuntos demostrara poseer un carácter nada veraz. Mas no le pareció bien emplear las palabras para dejar en claro las razones de su decisión, pues sabía que no es cosa fácil intentar hacer cambiar de parecer a los que han sido ya atrapados por las opiniones opuestas; y suplicó a Dios que les presentase claras pruebas de que ninguna simulación había habido en la elección de sumo sacerdote.

178. Mandóle Dios que tomase doce varas, el mismo número que el de las tribus; que en once

de ellas escribiese los nombres de los demás jefes de tribu, y en la restante 72 el de su hermano

y sumo sacerdote; y que, acto seguido, las llevase hacia el interior del santuario. Moisés hizo lo ordenado y esperó con impaciencia los resultados.

72 En la vara de la tribu de Leví.

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179.

Al día siguiente, obedeciendo una Divina orden, y hallándose todo el pueblo presente,

penetró y trajo las varas. Las otras ninguna diferencia presentaban; en cambio la de su hermano había experimentado una admirable transformación, como que, cual si se tratara de una robusta planta, toda ella había echado brotes jóvenes y se doblaba bajo el peso de abundantes frutos.

180. XXXIV. Ahora bien, los frutos eran almendras, las que tienen una constitución natural

opuesta a los otros frutos. En el caso de los más de éstos, por ejemplo la uva, la aceituna o la manzana, la semilla y la parte comestible son diferentes, diferencia que se manifiesta también en su respectiva ubicación, ya que la parte comestible es externa y la semilla se encuentra

encerrada dentro. En la almendra, en cambio, semilla y parte comestible son una misma cosa, reducidas ambas a una sola forma; y el lugar es uno solo, el interno, delimitado y protegido en derredor por una doble envoltura, uña de cuyas partes consiste en una corteza muy gruesa, y la otra no es inferior a una construcción de madera.

181. De allí que la almendra signifique la perfecta virtud, pues, así como en ella principio y

fin son una misma cosa, el principio representado por la semilla y el fin encarnado en el fruto, otro tanto ocurre también con las virtudes, ya que cada una de ellas resulta ser también principio y fin; principio, por cuanto su origen se halla en ella misma y no en otros poderes; y

fin, porque hacia ella tiende la vida que se ajusta a la naturaleza.

182. Esa es una razón por la que la almendra simboliza la virtud; pero hay otra más

significativa aún que la primera; y es que la parte semejante a una corteza es amarga, y la que dentro se extiende en torno al fruto, la semejante a una construcción de madera, es muy sólida

y fuerte; y, como está encerrado dentro de ambas, el fruto no es fácil de extraer.

183. De este fruto hizo Moisés un símbolo del alma entregada a la ejercitación, y pensó que

debía emplearlo para impulsarla hacia la virtud enseñándole que es preciso familiarizarse primero con el esfuerzo. Y como el esfuerzo del que deriva el bien es amargo, tenaz y duro, es necesario evitar la molicie.

184. Porque quien huye del esfuerzo huye también de los bienes, en tanto que quien

sobrelleva paciente y valientemente las dificultades va de prisa hacia la felicidad. Es imposible, en efecto, que la virtud resida en los hombres de vida muelle, de alma afeminada, cuyo cuerpo se relaja bajo los efectos de una lujuria incesante de día tras día; y, maltratada, acude al tribunal de ese arconte 73 que es la recta razón en procura de una reparación y cambia

de residencia. 73 El arconte ateniense llamado epónimo atendía las demandas de divorcio presentadas por las esposas decididas a separarse de sus maridos.

185. En cambio, y no nos quepa duda de ello, la sacratísima cofradía que forman la

templanza, la sabiduría, la valentía y la justicia, corre a la par de los ejercitantes y de todos aquellos que son devotos- de la vida austera y rigurosa, es decir, de la continencia y la templanza, y hacen gala de frugalidad y moderación, gracias a las cuales la parte de mayor jerarquía de nuestro ser, que es la razón, avanza hacia una perfecta salud y bienestar, destruyendo la poderosa valla del cuerpo, que han erigido los excesos en las bebidas y en las comidas, los libertinajes y las insaciables concupiscencias, que son origen de ese enemigo de la agilidad mental que es la gran obesidad.

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186.

Dícese además que, de los árboles que echan yemas normalmente en la primavera, el

almendro es el primero en florecer, anunciando la abundancia de frutos, y el último en perder las hojas, prolongando así todos los años el mayor tiempo posible la dichosa vejez de su verdor. Una y otra circunstancia son presentadas-por Moisés como símbolos de la tribu sacerdotal dando a entender que también ella será la primera y última de la raza humana en florecer en aquel tiempo en que pareciere bien a Dios que nuestra vida se asemeje a los tiempos primaverales, tras hacer desaparecer esa fuente de insidias y desdichas que es la soberbia.

187. XXXV. Dijimos 74 que son cuatro las condiciones que deben concurrir para la suma

perfección de un gobernante: la realeza, la capacidad para legislar, el sacerdocio y la profecía,

a fin de que en su condición de legislador prescriba lo que es preciso hacer y prohíba lo que no debe hacerse; en calidad de sacerdote se ocupe no sólo de las cosas humanas sino también de las Divinas; y como profeta revele, inspirado por Dios, todo cuanto no alcanza a aprehender la razón. Sobre las tres primeras hemos discurrido ya, y, habiendo demostrado que Moisés fue el más excelente de los reyes, legisladores y sumos sacerdotes, paso a demostrar por último que también resultó ser un profeta notabilísimo. 74 Ver los parágrafos 2 y 3 del presente tratado.

188. Pues bien, no se me escapa el que todas las cosas que se hallan escritas en los sagrados

libros son oráculos revelados a través de él; pero me referiré sólo a aquellos que son más particularmente suyos, después de aclarar lo siguiente. De las Divinas revelaciones en unas es Dios quien por Sí mismo hace la comunicación a través del intérprete que es su profeta; en otras lo manifestado surge de una pregunta y una respuesta; y en otras procede de la boca misma de Moisés, que, lleno del Divino espíritu, ha sido transportado fuera de su propio ser.

189. Las primeras son absoluta y enteramente signos de las Divinas excelencias que son la

benevolencia y la generosidad, mediante las cuales mueve Dios hacia la grandeza de alma a todos los hombres, y en particular a la nación de Sus servidores, a la quo abre el camino que lleva a la felicidad.

190. Las segundas encierran una combinación y coparticipación, ya que el profeta pregunta

sobre lo que desea saber, y Dios le responde instruyéndolo. Las terceras se confían al legislador, a quien Dios infunde Su poder de conocer anticipadamente, mediante el cual revela los futuros acontecimientos.

191. Pues bien, debemos desistir de considerar las primeras pues está por sobre las posibilidades de todo hombre el ponderarlas, ya que apenas alcanzarían a elogiarlas con justicia el cielo, el mundo y la naturaleza del universo. Por otra parte, ellas son dadas a conocer a través de quien hace las veces de intérprete; y no es lo mismo interpretación que profecía. En cuanto a las segundas, trataré de inmediato de describirlas, relacionándolas con la tercera clase, en la cual se pone de manifiesto la presencia del espíritu Divino en el que habla, quien en virtud de ello es considerado profeta en el más apropiado y estricto sentido del término.

192. XXXVI. Para cumplir con lo prometido he de comenzar refiriéndome a lo siguiente.

Cuatro son los casos en los que los Divinos oráculos son registrados en las leyes en forma de pregunta y respuesta, y que, por lo tanto, presentan un carácter mixto, ya que, por una parte, el profeta, impulsado por la inspiración, hace la pregunta; y, por otra, el Padre le manifiesta la

revelación comunicándole Su palabra y respuesta. El primero de estos casos fue uno como

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para irritar no sólo a Moisés, el más santo de los hombres nacidos hasta entonces, sino también a cualquiera que sólo en pequeña medida haya gustado el sabor de la piedad.

193. 75 Cierto hombre de bastardo origen, nac