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EUGENIO D.

MARTÍNEZ HURTADO
EL CAMINO DEL DRAGÓN
LA GUERRA DEL FIN DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / II

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© 2.009, Eugenio D. Martínez Hurtado. All rights reserved

Mapas: © 2.009, Eugenio D. Martínez Hurtado

Derechos exclusivos: Eugenio D. Martínez Hurtado.


Nº M–003893/2009 Registro de la Propiedad Intelectual.
ISBN–13: 978–84–613–2754–6
ISBN–13 COLECCIÓN COMPLETA: 978–84–613–2753–9
El buen general sabe vencer, pero también sabe no abusar de su
victoria.
Proverbio chino

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… es el tiempo de la sombra,
es el tiempo de la muerte,
es el tiempo en el que el Dragón resurgirá,
y su rugido atraerá a los hermanos.
Y sus hijos volverán a surgir,
y todos ellos rugirán.
Y sus voces no caerán en la sombra,
pues su Padre les oirá y despertará.
Y su largo sueño traerá la vida y la muerte,
el aliento y la desesperanza al mundo,
amor y odio, el ciclo de la vida
en las mareas del tiempo.
Y Él también rugirá,
y el clamor será tal
que los que aguardaban
se aprestarán a luchar.
Y las fauces se abrirán,
y los colmillos del Gran Padre
cabalgarán de nuevo
sobre el rugido del Dragón.
Y Târríen arderá
bajo los cascos de sus monturas,
las llanuras se inundarán
con la sangre de sus enemigos.
La sombra retrocederá
ante el gélido beso del acero,
y la vida volverá a nacer
al eterno dolor de la existencia…

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P RELUDIO
MENWY

Los cinco Dragones se reunieron en la soledad de la noche. No


les acompañaban los adalides, los representantes de las razas
mortales. El tema a tratar era demasiado importante. Nunca en la
historia de Shepsa se habían reunido los Señores sin sus adalides.
Según las escrituras estaba prohibido. Pero las escrituras no
habían previsto una situación de la gravedad de la que les había
llevado allí. Nunca la isla tuvo que hacer frente a semejante crisis.
El Señor del Clan Rojo estaba que echaba humo por las fosas
nasales. Literalmente. Pequeñas volutas ascendían hacia el cielo
mientras su respiración resonaba en la noche. Él era el portador
de la vida. Sus escamas refulgían contra las piedras del más
sagrado de los templos, con el color rojo de la pasión. Era el
representante de las energías del nacimiento, el fuego purificador,
el renacer de la vida, la gloria del espíritu. Se colocó en su pedestal
con gesto sombrío. Hacía más de cincuenta años que no acudía al
Santuario de Menwy, y Marteares recordaba que aquella vez fue
para declarar la guerra al Clan Negro. La llamada “Guerra de los
Clanes”. De nuevo los tiempos sombríos se cernían sobre Shepsa.
Nathasian era algo más pequeño, mucho más estilizado, de
cabeza y cuello más largos y un perfil más aerodinámico. Sus
escamas brillaban con destellos que iban desde el Azul
aguamarina de las playas tropicales hasta el Azul verdoso, oscuro,
casi negro, del mar profundo. No en vano él era un Dragón Azul,
el Señor del Clan, y tenía su hogar bajo las aguas. Pese a su menor
envergadura, él representaba a la fuerza bruta, a la energía salvaje
de la naturaleza. La potencia del tifón anidaba en su corazón y la
resistencia de las corrientes marinas movía sus alas. También
representaba la muerte, oscura y ciega, fría como los abismos
insondables, eterna como el océano. Antes de la Guerra de los
Clanes Nathasian era un adolescente, el hijo mayor de un líder
moribundo. Tuvo que aceptar el peso del liderazgo muy joven,
pero los años de lucha posteriores habían hecho de él uno de los
ejemplares Azules más grandes e imponentes de la historia de los
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Clanes.
Con gesto distante, Rhanest Ferr Kreissal les miraba en
silencio. Sus escamas reflejaban la luz como la plata nevosa más
pura lo hace en las cimas del mundo allí donde jamás ser humano
ha ollado, pues era la Señora del Clan Blanco. Ellos nunca habían
sido muy partidarios de la guerra y, aunque estuvieron del lado de
los otros Clanes en la última, siempre abogaron por la solución
pacífica de la contienda. Ágil, pequeña pero muy inquieta,
representaba el poder de la magia, la esencia pura del Gran Padre,
y entre los de su Clan el estudio siempre había sido antepuesto al
poder de las armas. No por ello era un aliado débil, como los
otros sabían. Pues también eran los representantes de la
inteligencia, la astucia y el tesón.
Noxxoan se colocó en su pedestal y les miró. El Dragón Verde
era pequeño para los de su estirpe, pero no por ello dejaba de
impresionar. Le estaban saliendo aún las espinas dorsales, lo cual
evidenciaba que apenas había abandonado la adolescencia. Era,
sin duda, el más joven de los cuatro. Nunca quiso ser el Señor del
Clan Verde, pero su herencia literalmente le arrolló, y tuvo que
hacerse cargo ante los sucesos previos a la Guerra de los Clanes.
En tres ocasiones había reunido a los más poderosos de su gente y
había tratado de delegar en ellos, ceder el poder, renunciar o
destituirse. Pero la sangre era la sangre, y los Dragones daban más
importancia a la misma que a los deseos de un “joven alocado”.
Además, después de todo, él era uno de los Héroes de la Guerra
de los Clanes. Como Señor del Clan Verde estaba allí en
representación de los sueños de los seres vivos de Shepsa, sus
deseos y esperanzas, sus anhelos, pero también de sus miedos, sus
intrigas y sus vicios más ocultos. Aunque no era tan poderoso
como Marteares, Noxxoan poseía la energía y el coraje del
desesperado. Aunque no tenía el vigor ni la fuerza de Nathasian,
poseía la energía y la firmeza del esperanzado. Aunque no
controlaba la magia como Rhanest Ferr Kreissal, poseía el
embrujo del soñador. Era, en cierta forma, el más poderoso de los
presentes.
Isthochath aguardaba con respeto, en silencio. Era el más
joven de los allí reunidos y sabía que no había demostrado aún ser

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merecedor del respeto de los demás. Su porte era muy similar al
del Dragón Rojo, aunque era de menor envergadura. Y también
tenía rasgos de los otros, lo que parecía confirmar la idea de que
su Clan provenía de todos los presentes. Fuera cierto o no, los
Dragones Negros habían sido considerados una corrupción, una
perversión más bien, hasta no hacía mucho. Lo cierto era que en
sus almas habitó la Oscuridad durante años, y los otros Clanes les
combatieron en la “Guerra de los Clanes”. Sólo el amor del Gran
Padre evitó que los masacrasen. Su progenitor vio lo bueno que
había en ellos, lo que podrían llegar a ser, y el Clan Negro fue
purgado, limpiado de la mácula de la corrupción de la Oscuridad.
El Gran Padre les aceptó en el consejo de Menwy.
Los cinco Dragones se acomodaron y, con un movimiento del
cuello, miraron con curiosidad al pedestal que allí había aparecido
en el centro del templo. Esa era la causa de su viaje. Habían
notado algo en el ambiente, un sutil cambio en la magia, y la
esencia del Gran Padre les había conducido hasta allí. Pues los
Dragones podían sentir la magia como los demás seres veían los
colores.
Se miraron entre sí, mas ninguno habló durante horas. No
sabían qué decir. Nadie había levantado aquella plataforma de
piedra, pues sólo ellos, como Señores de los Clanes del Dragón, o
sus adalides podían llegar hasta allí. Sólo había una explicación.
El Gran Padre les anunciaba el resurgimiento de los Clanes.
Llegaban tiempos de guerra.

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CAPÍTULO I
LA HUÍDA

La luz de la mañana entraba cansina a través de la ventana de


su cuarto. Se desperezó con tranquilidad, relajando la
musculatura de su dolorida espalda. Notaba en cada uno de sus
contracturados músculos los días de viaje que habían pasado, sin
apenas dormir, huyendo. Se levantó con cuidado, intentando no
hacer ningún ruido que despertase a su compañero. Seguía
durmiendo, y sabía que debería de permanecer en descanso
durante días antes de poder reincorporarse a los ajetreos de la vida
normal. Hasta la noche anterior todo había consistido en un
constante cabalgar, y eso, asociado a la tristeza que soportaba, le
había llevado hasta la extenuación. Se dirigió hacia una mesita
dispuesta con una jofaina y un espejo, echó un poco de agua en
una palangana y se lavó la cara. Tenía mal aspecto, todos lo
tenían, pero al menos estaban vivos. Que no era poco. Salió del
cuarto como se había levantado, en silencio, como una sombra.
De pie en el porche, se estiró. El sol ascendía lentamente, pero
sus rayos apenas le calentaban la piel. Se dirigió a la mesa en la
que ya se estaba desayunando, se sentó y se sirvió un poco de
carne asada, fruta y una copa de vino caliente con especias. Cerró
los ojos e inspiró profundamente. Le resultaba extraño pensar
que, hacía sólo unas horas, huían por su vida y ahora, en aquel
reducto de paz, se deleitaba con el aroma a hierba mojada que
arrastraba el aire o con el roce de la brisa en su rostro.
Los días en las Llanuras de Zanelay transcurrían tranquilos,
ajenos a la guerra que se desarrollaba al Sur. El Imperio
Khardesita nunca había manifestado deseos de conquista hacia
aquella tierra salvaje, y sus gentes rogaban por que los codiciosos
ojos del Emperador no se fijasen en ellos. Los visitantes habían
llegado extenuados de un viaje de días a través de las amplias
praderas y se les había alojado sin hacer preguntas. La hacienda
de Nekalk siempre había aceptado a los viajeros en problemas, a
los peregrinos y a cuantos necesitados llegaban a sus puertas.
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Lady Perenna era famosa por su generosidad y altruismo, y el
Conde Ondèrras no sabía decir que no a los deseos de su esposa.
La hacienda era una de las más grandes del país, con más de
diez mil hectáreas de verdes prados donde pacían los famosos
toros de Ondèrras. Aquellos astados zainos pastaban en las
praderas como impresionantes montañas de músculos. Cuando
llegaban a la madurez, los que no cumplían los requisitos de
pureza para las grandes celebraciones del Imperio Khardesita o no
daban la casta necesaria como animales de monta, eran destinados
al mercado de carne. Sólo los mejores acababan su vida como
sementales en la hacienda. Eran un bocado muy apreciado a todo
lo largo de Târríen, pues tras años crecer en aquella inmensa
libertad, campando libremente y comiendo castañas silvestres, su
carne era un delicado y caro manjar sólo al alcance de los más
ricos y sibaritas.
Miró por encima de la baranda, en dirección a los establos. Allí
vio el abatido perfil del guerrero, una estampa que se había
convertido en habitual en los últimos días. El porte era noble, casi
regio. No había hablado con nadie desde que salieran huyendo
para salvar la vida, y en todo el trayecto sólo se había preocupado
por lograr que los heridos siguieran vivos. Ahora que había
logrado esa misión se le veía taciturno, sumido en sus
pensamientos, con gesto derrotado y los hombros caídos.
– ¿Te gustan las manzanas? –Lady Perenna le miraba desde
el extremo de la mesa con aire divertido. Se dio cuenta de que
aquella bella mujer era también ajena a lo que ocurría fuera de sus
tierras. Hablaba con su marido, riendo animada, mientras allí
afuera, no tan lejos, la gente moría simplemente por tener unas
creencias distintas que las de sus vecinos–.
– Si, realmente exquisitas. De nuevo deseo daros las gracias a
ambos por acogernos en esta hora de necesidad.
– No te preocupes. Ya sabes que en nosotros tienes unos
amigos agradecidos –el Conde levantó una copa para brindar–.
Aún estamos esperando a que crezcan, pero los novillos nacidos a
partir de aquella simiente que nos... conseguiste tan eficazmente
posiblemente sean la mejor camada que hayamos criado.

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– Oh, no fue nada.
Sonrió al Conde y bebió a su salud mientras su mente
retrocedía más de diez años y recordaba cómo había sido
contratado por un rico noble del Norte, que prefería no dar
nombres, para robar en el templo de Ulkenhas unos recipientes
con líquido. El robo en sí mismo no entrañaba ningún problema,
pues robarle a los seguidores de la Luz unos cuantos botes con un
líquido que según los sacerdotes “poseía las propiedades de
Ipoindhe, la sagrada montura de Ulkenhas” no era un
inconveniente para su código moral.
Según las creencias del templo, Ipoindhe era un descomunal
toro sagrado que servía al Dios como montura y, según supo más
tarde, los sacerdotes creían con auténtico fervor que aquel líquido
era realmente el semen de Ipoindhe. Le costó poco coger los
tarros, pero luego las pasó moradas para evitar la ira de los fieles.
Lord Persighâm observaba a los animales mientras pastaban
con aire perezoso, ajenos al mundo que les rodeaba. Les miraba
fijamente, pero realmente no estaba prestando atención a lo que
estaba viendo; su mente estaba a muchos kilómetros de distancia,
en la caída de la Ciudad Vieja. Habían huido por los pelos de una
muerte deshonrosa, con la cola entre las piernas, llevando entre él
y Tharek Driss, el noble isbandio que se había ganado su respeto a
fuego y metal, a tantos compañeros heridos como pudieron
encontrar en el camino. Luego, sus caminos se habían separado.
Treidhal, la maestra de esgrima, se había llevado al grueso del
grupo hacia las montañas Alberantaar, al Sur. Montando en los
veloces Unicornios, los tres habían logrado evitar el acoso de la
caballería enemiga y, gracias a la salvaje ferocidad de sus
monturas, habían pasado sin problemas a través de algunos
grupos de soldados de infantería khardesitas. Por suerte, Tharek
conocía aquella hacienda y, tal y como había asegurado, les
habían acogido con los brazos abiertos. Al descabalgar SineHard
había vuelto a hablar. No era para solicitar cama donde
descansar, ni para dar gracias al hacedor por haber llegado allí
con vida. No. Simplemente se despidió de los Unicornios y del
Dracónido. Les abrazó uno a uno, como quien se despide de un
familiar muy querido, y en su lengua les bendijo. Les debían la
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vida. Ellos mismos les despidieron con agradecimiento en sus ojos
y una deuda en sus corazones.
Se disculpó, levantándose de la mesa, y fue hacia su pelirrojo
amigo. Seguía con la mirada perdida en el horizonte, la pierna
sobre un abrevadero y una mano sobre su rodilla.
– Bonito, ¿verdad? Siempre pensé que las tierras del Conde
Onderràs eran un remanso de paz en medio de un mundo
desquiciado. Ahora estoy seguro de ello.
El caballero no le contestó, simplemente giró la cabeza y le
miró durante unos segundos. Luego volvió a mirar al frente, al
vacío. Tenía los músculos de la mandíbula contraídos y el ceño
fruncido. Jugueteaba con algo en su mano derecha, pero desde su
posición no veía qué era.
– Lord Persighâm, ¿estáis bien?
– Sí –se giró y le miró distraído. Su cara denotaba que hasta
ese momento no se había percatado realmente de su presencia.
Relajó la cara –, ¿querías algo?
– Sigue inconsciente, o dormido, ¿quién lo sabe? –le miró
preocupado–. ¿Qué vamos a hacer?
El caballero se quedó nuevamente callado. Su vista volvió a
perderse en el horizonte. Apretó la mandíbula, y los músculos de
sus mejillas se marcaron de nuevo. Tharek no sabía qué podía
estar pensando. Lo que sí sabía era que todos habían pasado por
un grave peligro, incluso habían perdido varios compañeros, pero
“la vida es así”, pensó con el ánimo agridulce, “y debían seguir
adelante”.
– Voy a ir al pueblo a por provisiones para el viaje, ¿queréis
algo?
– ¿Qué?... –Lord Persighâm salió de su ensimismamiento un
instante, y pensó en lo que le había dicho–. No, nada, gracias.
Tharek se dio la vuelta, dispuesto a dejar a su acompañante de
nuevo a solas con sus pensamientos. Dio sólo un par de pasos
antes de que éste le hablase.

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– Tharek... tú estabas allí… –Lord Persighâm escogió las
siguientes palabras con detenimiento–, lo sentiste, ¿verdad? –
Tharek no se giró ni movió la cabeza para mirarle. Simplemente se
quedó quieto con el rostro sombrío. Aún así notó los ojos del
caballero clavados en su espalda–. Dime si lo sentiste en tí.
– Sí, lo sentí –no se movió. No sabía qué había sucedido, y
no quería mirar a los ojos de nadie mientras hablaba de ello.
Agachó la cabeza –. Ella me habló... me dio fuerzas para seguir
adelante. Y me dijo… –hizo un gesto de negación con la cabeza.
No, no quería recordar aquello–.
Siguió andando sin esperar más conversación del caballero,
tratando de olvidar. Durante unos segundos había notado cómo
el alma de Eyna entraba en él, reforzando la fuerza de su propio
espíritu, curando sus heridas más profundas. No sólo eso, le había
insuflado con su propia energía, dándole calor en su fuero interno,
“las llamas de la tierra” las había llamado la muchacha, y aún las
sentía ardiendo en sus venas. Ella, que había muerto porque él no
había sido capaz de cuidarla, le había mostrado cómo los espíritus
de su madre y de su hermana descansaban junto a los espíritus de
su casa. No lo entendía... ¿cómo podía haberle dado la paz en
aquel momento de horror?
Sabía, en el fondo de su ser, que ella le había perdonado,
pero... ¿se perdonaría él algún día?
Esa misma tarde volvió con las provisiones. El pueblo más
cercano no era muy grande, pero no quiso alejarse en exceso para
no llamar la atención. Cogería prestado lo necesario de la
hacienda. Sabía que nadie echaría en falta unos litros de vino o un
buen queso. Y menos aún un par de caballos. Esa misma noche,
tras la cena, se encontró de nuevo con Lord Persighâm. Estaba
sentado en el porche, mirando a las amplias llanuras que se
extendían hasta donde se perdía el horizonte.
– Buenas noches –Tharek cogió una silla y se sentó a su
lado–, no te he visto durante la cena.
– Debemos partir –los ojos del caballero seguían perdidos
más allá de lo que se veía tras aquella extensa planicie–. Si,

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debemos partir.
– Pero, ¿qué será de SineHard si le sometemos a un viaje?
– Lo soportará –le miró con la determinación que recordaba
haber visto arder en sus ojos cuando le conoció–. Su mal no es del
cuerpo. Tiene herido el espíritu… y ni tú ni yo podremos ayudarle en
su viaje.
Tharek Driss sabía que todos corrían un grave peligro,
incluidos sus anfitriones al aceptar a tres fugitivos en sus
propiedades, así que aceptó la decisión del caballero. Esa misma
noche se lo comunicó al Conde Ondèrras y a su esposa. Trataron
de convencerles para que se quedasen, pero la decisión estaba
tomada. Cuando le subió la cena a su amigo se lo comunicó
también. Nada le indicó que SineHard supiera siquiera que estaba
hablando con él. Su mente se encontraba a muchos kilómetros de
allí, luchando en una batalla perdida contra las sombras del
pasado. Y al pasado nunca se le podía derrotar. Él lo sabía
perfectamente.
Estaban preparando los caballos para partir cuando el Conde
Ondèrras y su esposa aparecieron. Era muy temprano, y el sol
apenas se insinuaba en el horizonte. Les recomendaron ir hacia
Vallto, y desde allí podrían coger un barco y evitar las patrullas
Khardesitas. Un hombre, un tal Leinèlas, les ayudaría. Era un
amigo de la familia, un mercader con un extraño proceder... se
podía confiar en él. Pero sólo hasta cierto punto, por supuesto.
Después de todo, era un Alfhrasiano. Les entregaron un
pergamino para que se lo dieran en mano, y les aseguraron que
serían bien tratados.
Se despidieron agradecidos. Lady Perenna lloraba, agarrada al
brazo de su esposo como si temiese perder el sentido y caer. El
Conde les estrechó la mano y les deseó buen viaje. Los caballos
que les había regalado eran de buena casta. Esperaba que les
fuesen de ayuda en su viaje. Pero, ¿a dónde irían? Todavía no lo
tenían muy claro. Después de Vallto... ¿a donde?
Era ya media tarde cuando avistaron a lo lejos la ciudad
costera. Llevaban todo el día cabalgando, sin parar ni para comer.
Estaban deseando descansar y tomar una cena caliente, y puede
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que hasta un baño. Así que Tharek se adelantó, espoleando a su
caballo. Estaban ya a pocos kilómetros, a orillas del Mar Interior,
y quería encontrarse con Leinèlas antes de que cayese la noche. Él
les diría dónde dormir.
Entró en la ciudad por la única puerta, sin que nadie le prestase
atención. Se trataba de una pequeña ciudad portuaria, donde se
compraban y vendían buena parte de las mercancías de la zona.
Un muro de maderos sin trabajar, casi árboles sin ramas, rodeaba
la urbe a modo de empalizada. Si antes de llegar no deseaba
permanecer allí, tan cerca del Imperio, tras ver las defensas pensó
que debería aligerar las negociaciones para salir al mar cuanto
antes. En Vallto podían comprar comida y ropa para el viaje,
enterarse de noticias frescas de otros puertos y relacionarse con
multitud de gente interesante. Pero se darían prisa. Se lo recordó
cuando vio la vestimenta de la guardia. Supo que eran guardias, y
no una simple milicia de agricultores armados, porque todos
llevaban un pectoral con el mismo dibujo. Ahí finalizaban las
similitudes de su armamento y equipo.
Encontró la tienda del comerciante en la plaza del mercado, tal
y como le habían indicado sus amigos. Allí había de todo, desde
joyas hasta armas, amuletos de dioses olvidados por la memoria
humana, hierbas medicinales, monedas antiguas y abalorios para
una mujer coqueta. Preguntó por él a un muchacho joven que
limpiaba las piezas y las envolvía, preparando el cierre del negocio
por aquel día. Leinèlas estaba al fondo, en la trastienda. Resultó
ser un hombre menudo, delgado y con la espalda encorvada. Su
piel era cetrina y su nariz aguileña. Sus ojos negros como el tizón
se movían inquietos sobre el cuerpo de los visitantes. Si se hubiese
tratado de un guerrero, Tharek habría pensado que estaba
buscando puntos de ataque, fallos en su armadura y debilidades.
Pero era un comerciante, un seguidor del “Código del
Comerciante”. Había nacido en la lejana Alfrha, un país volcado
al mar y al comercio que conocía bien. Un país que no apreciaba.
Cuando el comercio les era desfavorable o se precisaban ingresos
extraordinarios, la piratería era una opción perfectamente
admisible para las autoridades, aunque normalmente
desagradable para sus vecinos. Y, entre sus vecinos del Norte,

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estaba su propia patria, Isbandem. De joven, más de una vez
había tenido que defender su tierra de las incursiones de los
corsarios Alfrhasianos. A veces más de una vez al año, pues las
ciudades–estado de Alfrha eran independientes unas de otras, y
cada una organizaba sus propias correrías con sus propias
compañías de piratas.
Aquellas ciudades–estado independientes, formaban en
realidad ellas una hermandad, casi una nación. Pues, aunque cada
una estaba regida por una cámara de comercio, formada por los
jefes de las casas comerciales de la urbe, todas las cámaras
formaban lo que se denominaba “el Pacto de Mercado”, que en la
práctica regía el rumbo del país. Ellos eran los que habían
desarrollado el “Código del Comerciante”, un conjunto de reglas
con las que controlaban el comercio fuera de sus tierras. Tenía sus
cosas buenas, debía reconocer Tharek, y una de ellas era que
siempre sabías que lo comprado en un país podía ser arreglado o
devuelto en otro mientras el comerciante siguiese el código. Él se
encargaría de todo.
Trató de disimular el disgusto que se marcaba su rostro, pero le
fue imposible evitar que el comerciante se percatase de su
malestar. Sin embargo, él sí que no demostró emoción alguna al
mirarle a los ojos y saludarle educadamente con un movimiento de
su cabeza. Cuando le alargó el pergamino, lo leyó y meditó sobre
su contenido. Luego llamó a su joven ayudante y le dijo que
acompañase al extranjero a la posada “Las Tres Velas”. Tharek se
despidió con una mal disimulada prisa por salir de allí, y se giró
para seguir al muchacho. Estaba ya en la puerta cuando oyó al
comerciante.
– Y decidle que ponga los gastos en mi cuenta –Tharek se lo
hubiera agradecido, pero sabía que cuando un comerciante que
siguiese el código hacía un favor era con la vista puesta en el
futuro. El propio código lo decía bien claro, “Un amigo necesitado
es un cliente seguro”. Se preguntó qué le costaría al Conde
Onderràs aquel favor–.
Siguió al muchacho hasta una taberna a los pies del puerto.
Era grande y estaba llena hasta los topes. En la planta superior

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tenía habitaciones, y el tabernero al reconocer el nombre del
comerciante y al muchacho que le guiaba mandó que les
preparasen “tres buenas habitaciones. Cercanas unas a otras”. Una
joven agraciada, de curvas interminables y culo redondo y firme,
les dijo que la siguiesen. Tharek subió tras ella imaginándose
cómo sería aquel cuerpo sin las molestias de los ropajes. La
habitación resultó de su agrado. Las otras dos también eran
apropiadas. El muchacho acordó el precio y las cargaron a la
cuenta de su amo, tras lo cual Tharek se dispuso a salir a caballo
en busca de sus acompañantes que aguardaban fuera de la ciudad.
Cuando se despidió de su atractiva guía le dio una moneda de diez
serikäis y, guiñándole un ojo, le comentó que quizás luego podría
pasarse a comprobar si la ropa de su cama estaba limpia.
Lord Persighâm, cenó en su cuarto frugalmente y luego se
dedicó a limpiar su armadura y sus defensas. Estaba de mal
humor y murmuraba entre dientes, algo que no asombró a Tharek
pues aquel había sido su estado de ánimo los últimos días.
– Mañana partiremos –Tharek no sabía si le escuchaba o no.
Aunque tampoco le importaba–. El posadero me ha recomendado
un barco. El capitán parece de fiar y llevan sus mercancías hasta
Then–Ye–Shan. Desde allí podemos ir a Lerthan. Si no ponéis
inconveniente.
– No –el gigante rubio no levantó la mirada de su espada–,
es una buena idea. Gracias.
– Me alegro de que estéis de acuerdo. Buenas noches.
Antes de cerrar la puerta écho un vistazo al caballero. Habían
pasado por unos momentos trágicos, pero debían recomponerse y
seguir adelante. Siempre había que seguir adelante. La muerte era
un proceso natural, y el que alguien matase a otro no era sino
facilitar la marcha natural de las cosas. “Eres un sarcástico” le dijo
una vocecita en su cabeza. Se encogió de hombros, sonrió ante la
crueldad de la vida, y entró en el cuarto de su otro amigo.
SineHard seguía callado, como lo había estado desde que huyeran
de la Ciudad Vieja. No era la compañía ideal para pasar la velada.
Estaba sentado, con el plato delante, sin haber tocado la comida,
mirando al vacío.

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– Debes comer algo. SineHard, amigo mío, ella no volverá a la
vida aunque te mueras de hambre.
No le dijo nada. Sólo le miró un segundo y, luego, sus ojos
volvieron a tornarse vidriosos. Lejanos. Perdidos en otro lugar.
Sin nada más que hacer, Tharek bajó a cenar. El ambiente de la
posada era agradable. Incluso se organizó, a eso de las tres de la
mañana, una pequeña partida de dados. A las cinco subió a su
cuarto del brazo de la muchacha, Sileya, y con algo más de peso
en la bolsa. A las siete se durmió por fin. Sólo descansó dos horas.
“Bueno”, pensó, “ya tendré tiempo para descansar en el barco”.
Sileya se durmió plácidamente abrazada a él.
Un muchacho que hacía las veces de portaequipajes, mozo de
cuadras y ayuda en la cocina de la posada les llevó hasta una
embarcación mercante llamada “El Rompeolas”. Las vergas
estaban ya en alto, indicando que la embarcación estaba
preparada y lista para navegar. El capitán, un tal Voolani, parecía
de fiar. Al menos todo lo fiable que puede parecer un antiguo
pirata. En unos minutos habían llegado a un trato y se disponían a
subir a bordo. Los caballos irían abajo, junto a la carga, y debían
pagar un extra por ellos. A ellos tres los colocaron en un camarote
del castillo de popa, cerca del camarote de los oficiales y del
camarote del capitán. Al fondo del pasillo estaba la sala de
oficiales.
El Rompeolas era un buen barco, no muy grande, de apenas
cien toneladas de arqueo, pero marinero a fin de cuentas. Un buen
buque de transporte convertido por necesidad en buque de guerra
al servicio del comercio. Armaba diez cañones distribuidos entre
babor y estribor, y era uno de los últimos supervivientes de la
antigua flota de Maalek. Desde que la pequeña nación costera
fuera conquistada por el Imperio Khardesita ningún barco
Maalekiano había sido botado en sus diques. Los khardesitas
preferían su tecnología naval, inferior en cuanto a navegabilidad,
dureza y resistencia, pero suya al fin y al cabo. Y los armadores
Maalekianos no discutieron con los conquistadores. Preferían
seguir vivos, trabajando y dando de comer a sus familias, que
discutir y perecer como herejes en las piras religiosas.

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Partieron en cuanto los vientos les fueron favorables. Las
aguas estaban tranquilas y hacía días que no se habían avistado
piratas. El buque llevaba manufacturas khardesitas hacia el
puerto de Acrotiria y, allí, tras venderlas, comprarían materias
primas de las minas de Ierhus–ter–Naesán o Utres–per–Trearàl o
de las riveras del Nybber, para venderlas en Vallto. SineHard y
Lord Persighâm se recluyeron en el camarote en cuanto comenzó
la singladura, pero Tharek prefirió quedarse en el puente con el
capitán. No es que le agradase el mar. Sólo quería saber cuál sería
la ruta que seguirían… y tener un poco de espacio para pensar.
El hombre resultó de trato fácil. Navegarían a la vista de tierra,
con la costa a babor, mientras pudiesen. El Imperio no les
atacaría, o eso esperaba, y el internarse en el Mar Interior no era
algo que le hiciese gracia. Los buques de guerra de Acrotiria y del
Imperio Khardesita mantenían una tregua tensa, lo que era lo
mismo que decir que mantenían una guerra pacífica. Si uno veía a
un buque invadiendo lo que el otro consideraba “sus aguas”, lo
hundían tras luchar a muerte y todos tan contentos. Y los piratas,
en medio de todo aquel desmadre, ejercían la ley del más fuerte.
Llevaban la anarquía, la muerte o la esclavitud a las aguas del
mar, incluso a las costas cuando podían.
Durante días navegaron hacia el Sur. Desde allí no se veían los
rastros de la guerra. Dejaron atrás primero Nublada y luego
Entreaguas, y se dispusieron a tomar rumbo Oeste, evitando
Vhenshem, cuando el vigía del mástil los vio. A lo lejos,
navegando con toda la tela que les daban sus velas, un barco de
guerra, más rápido y maniobrable, les seguía. Estaban apenas a
dos cables *, poco más de trescientos metros, cuando izaron la
bandera. “¡Piratas!”, gritó el vigía de popa. Todos los del barco
estaban pertrechados para la lucha desde hacía casi una hora, y a
nadie le sorprendió el grito. Lord Persighâm estaba allí, con el
gesto serio, de mal humor. Parecía que le molestaba más el que
aquellos corsarios le sacasen de sus sombríos pensamientos que el
hecho de ser abordados. Su armadura estaba impoluta, abollada
aquí y allí pero, salvo eso, en perfecto estado de revista. Su
espada, desenvainada y mecida al viento, parecía aguardar al
enemigo con ansia. SineHard también estaba allí, pero dado su

*.- 1 cable equivale a 185,2 metros, y 10 forman 1 milla náutica. 23


deplorable aspecto mortecino llegó a pensar que sería mejor
mandarle abajo, con los viejos y la carga. Se encontraba apoyado
contra el mástil, en la cubierta. Empuñaba su espada, pero la hoja
caía lánguidamente de su mano y la punta descansaba sobre la
madera. Su armadura estaba sucia y descuidada. Incluso parecía
que estaba mal colocada. Auque dado su extraño diseño,
desconocido en el resto de Târríen fuera de Rhiuné, no habría
podido asegurarlo. No había comido bien en días. Se preguntó si
podría luchar, aunque lo sabrían en breve.
Se oyó un ruido como de truenos en la lejanía. “¡Nos atacan!”,
gritó el vigía de popa. Luego, un silbido. La bala de cañón golpeó
el agua a menos de veinte metros de estribor. Los piratas hicieron
dos disparos más de aviso, y luego lanzaron un par con mayor
precisión. El último a punto estuvo de darles. Casi pudieron ver la
marca de manufactura de la bala. Poco a poco, el bajel corsario les
fue ganando distancia y, cuando tras dos horas recogieron la
bandera negra e izaron la bandera roja, quedó claro que les
abordarían sin piedad.
A primera hora de la tarde les alcanzaron. El buque se colocó a
estribor y, uno tras otro, comenzaron a caer los arpeos. Los iban a
abordar. Aunque todos en el Rompeolas trataban de cortar las
cuerdas, poco a poco las dos embarcaciones se fueron acercando
hasta que el abordaje fue inevitable. Con un grito de rabia, el
capitán Voolani saltó a cubierta, el sable de sus años de correrías
como filibustero en lo alto, y cargó contra los piratas que
comenzaban a subir a su barco. Sus marineros le siguieron, y la
sangre ya teñía la madera de la cubierta antes de que los maderos
de los buques crujieran al chocar.
Tharek se aferró a un cabo y se lanzó desde el puente hacia un
grupo de asaltantes. Cogidos por sorpresa desde atrás, los cinco
piratas cayeron al suelo con fuerza. No les prestó mayor atención;
los marineros del Rompeolas se encargarían de ellos. Tiró hacia
delante una estocada que se clavó entre las costillas de un pirata, y
con una voltereta evitó el hacha de un enorme corsario con un
parche sobre el ojo derecho. Medía más de dos metros, su piel era
de un negro azabache y le faltaban las dos orejas. Sin duda un
antiguo esclavo de Mereshek. Cada vez que se escapaban les

24
mutilaban alguna parte de su cuerpo. Dudaba que sólo le faltasen
las orejas y el ojo. Tampoco lo pensó más. Simplemente se lanzó
hacia delante, la espada al frente, enterrándola en el abdomen
hasta el puño. El corsario dejó caer el hacha y se llevó las manos a
la herida tratando de contener las vísceras. No habló, no dijo
nada. Posiblemente le habían cortado la lengua.
Aún acabó con dos piratas más antes de pararse a ver cómo iba
el abordaje. Miró hacia sus amigos. Lord Persighâm descargaba
su arma como quien siega el campo, y las cabezas y los brazos
saltaban como el trigo ante una guadaña. Buscó a SineHard con
la vista y le vio en un lateral, cerca del castillo de popa. A sus pies
había dos piratas. Pero ahora nadie le atacaba, incluso parecía
que le evitaban.
“... A tu espalda, bobo...”.
Sobresaltado se giró, y apenas pudo detener una maza que se
dirigía contra su cabeza. Perdió la espada, y el brazo le quedó
dolorido por el golpe. Le propinó una patada en la entrepierna al
atacante y rodó a un lado. Un marinero ocupó su lugar en la
lucha. Dolorido, comenzó a buscar un arma.
“... Estate atento. ¡A tu derecha!...”.
Apenas tuvo tiempo de ver venir el golpe. Un puño grande y
pesado, enfundado en cuero tachonado, se estampó en su cara. La
vista comenzó a tornársele amarillenta, la piernas apenas eran
capaces de sostenerle. Cayó al suelo sin sentido sin ver como un
marinero clavaba su sable en la espalda de su agresor, salvándole.
El peso del cuerpo no le molestó cuando el cadáver cayó sobre él.
La lucha iba bastante bien, al menos eso pensó Voolani.
Animoso, gritó a sus hombres que cortasen las cuerdas que le
unían al otro buque y corrió hacia el timonel. Le encontró muerto
en su puesto, clavado con una flecha que le atravesaba el tórax al
timón. Le conocía bien. Habían navegado juntos durante cinco
años. Le apartó de un tirón y comenzó a maniobrar. Debían de
separarse del barco pirata.
Buscó con la vista la manga de viento, y puso el barco en
posición. Poco a poco fueron ganando velocidad. La lucha abajo

25
estaba finalizando y, para su tranquilidad, eran ya pocos los
piratas que quedaban con vida. El barco enemigo contaba con
pocos marineros, la gran mayoría estaban ocupados en el
abordaje, así que cuando comenzaron a maniobrar “El
Rompeolas” ya les llevaba unos cables de distancia. Voolani era un
marino experimentado. Su vida en la mar había comenzado con
diez años en un barco pesquero, y desde entonces había pasado
por todos y cada uno de los puestos de un barco. Hasta llegar a
capitán. Los años al mando no le habían hecho olvidar las reglas
de la navegación. Logró que las velas se hinchasen, y mediante
unos cuantos movimientos enérgicos de timón logró ganar el
barlovento al barco enemigo. Los piratas fueron quedando atrás
poco a poco, y en una hora ya ni se les distinguía en el horizonte.
Pero no por ello Voolani se alegró. Como si el cielo les
castigase por su éxito en la batalla, se levantaron unos oscuros
nubarrones y el viento comenzó a soplar con fuerza. Agarrando
firmemente el timón, el capitán gritó las órdenes a sus oficiales.
Debían tirar al mar a cuantos estuvieran muertos; el resto debían
ir abajo, a curarse las heridas.
A Tharek le despertaron arrojándole un cubo de agua de mar
en la cara. No tenía heridas de gravedad, así que en cuanto estuvo
consciente ayudó a los demás a cuidar de los heridos. El capitán
apenas dejó el puente de mando ese día. La noche les trajo los
gemidos de los moribundos, y a la mañana siguiente tuvieron que
tirar por la borda nuevos cadáveres. Por si eso fuera poco, el
tiempo no había hecho más que empeorar desde que comenzasen
a formarse las nubes y unos cuantos piratas habían logrado llegar
hasta las provisiones y habían tratado de estropear lo que no
habían logrado llevarse.
Miró al puente. El capitán seguía de pie en el castillo de popa.
El viento le abofeteaba y enmarañaba sus cabellos. Voolani sabía
desde la tarde del día anterior que si no tocaban tierra en los dos
días siguientes todos morirían. Y ya había tenido suficientes
muertos en aquel viaje. Parecía el capitán de un navío fantasma.
Sólo dieciséis de sus cincuenta hombres seguían vivos, y de ellos
sólo cinco se habían librado de las heridas infringidas por los
piratas. No había comida, apenas quedaba agua y la poca que

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tenían estaba salobre y olía mal. La muerte llamaba a la muerte.
Desde lo alto del alcázar del Rompeolas, escrutaba las
enfurecidas aguas del Mar Interior con la vista puesta a
barlovento. Las oscuras nubes se movían a merced de los fuertes
vientos mientras la tormenta no hacía sino crecer. La vida de los
tripulantes estaba en sus manos, aunque su opinión no le
importaba. En el mar el capitán era el amo de las vidas de todos
los que iban en el barco, y sólo él mandaba. Sólo él decidía.
“Al Norte arrecia más el temporal”, pensó para si, y se volvió a
mirar a su pasajero. Tharek estaba en cubierta desde hacía una
hora, y no porque le gustase el mar o fuese a ayudar en algo al
capitán. Estaba allí porque así le pillaba más cerca la barandilla y
podía vomitar con más celeridad. “Nos dirigiremos al Sur, hacia
Vhenshem” le había dicho Voolani. Por él estupendo. La pequeña
isla en mitad del Mar Interior ni siquiera salía nombrada en
algunos mapas, pero era tierra firme al fin y al cabo. Voolani
miraba ahora a sotavento. Con la fuerza del viento llegarían en
unas horas y, si tenían suerte, no habría muchos arrecifes ni
bajíos. Era un mar desconocido. Nadie se acercaba a Vhenshem si
podía evitarlo. Y nadie volvía a saber nada de los locos que los
hacían. Bien, toda su vida había luchado contra el mar y había
vencido. Seguiría triunfando. Además, el temporal del Norte les
hundiría con tan poca tripulación apta para capearlo. Sólo había
esperanza al Sur. Aunque fuera tan escasa.
El capitán llamó a Maresel Pijanna, el tercer piloto del
Rompeolas. Tenía una venda que le cubría el ojo izquierdo y
buena parte de la cabeza. Había perdido aquel ojo, pero aún
podía manejar la rueda del timón. Bajaron del castillo de popa y
se reunieron con los otros dos pasajeros y con los restos de la
oficialidad del barco en la cámara de oficiales. Voolani había
tomado ya una decisión, y el tercer piloto estaba en esos
momentos variando el navío, pero creía que todos debían saber
cuál sería el curso de los siguientes días. Así que les comunicó el
nuevo rumbo que habían tomado.
Escudriñó de nuevo el mar. Las aguas seguían alborotadas y
oscuras, y no había el menor indicio de tierra. No se veían ni algas
ni manchas de color que indicasen posibles bancos de arena. Sólo
27
agua. Se escuchó un grito. El vigía del bauprés vio la punta de
otro arrecife a lo lejos, a estribor, pero aquello no le preocupó.
Hacía tres horas que estaban bajo la amenaza de los arrecifes,
pero aún no habían visto tierra.
– Señor, yo le relevaré si me lo permite –oyó la voz del
segundo a su espalda. Khausen Spark estaba subiendo la escalera
y tuvo que apoyarse contra el timón para no perder el equilibrio.
Tenía una fea herida en la pierna y le costaba caminar en aquel
bajel mecido por las corrientes–.
– Vuelve abajo, amigo mío. Estás herido y no quiero que
empeores.
– Mi señor, abajo me aburro. Prefiero relevarle si no le
importa. ¿Cuál es el rumbo?
– Me gustaría decirte que vamos rumbo Sur, hacia Vhenshem,
pero debo afirmar que realmente nos dirigimos hacia donde nos
marquen el viento y las corrientes marinas –sonrió a su segundo y,
tras darle unos golpes afectuosos en el hombro, le dejó al mando.
Deseaba descansar una hora al menos. Según bajaba las escaleras
del castillo oyó, a su espalda, el redoble de la campana de popa
anunciando el cambio de mando–.
El capitán Voolani no llegó a disfrutar de una hora completa
de sueño.
– ¡Escollos al frente!
Sintió en sus carnes más que oyó el grito del vigía. Salió del
camarote vistiéndose y abrió la puerta que daba a la cubierta con
prisa. Agarrándose donde podía subió la escalera de dos en dos
escalones hasta lo alto del alcázar. El corazón pugnaba por
salírsele del pecho, tenía la boca seca y los ojos legañosos. El cielo
estaba encapotado, casi como si fuera de noche. Una noche sin
lunas ni estrellas. Y llovía a cántaros. Miró al Norte. El temporal
les había alcanzado. Miró a los cielos con la cara expuesta. El
frescor del agua de lluvia le terminó de desperezar. Era vigorizante
y, abriendo la boca, saboreó su pureza. Después se giró, volviendo
la espalda al viento, y miró a su segundo.
Spark estaba pálido de miedo, sus ojos fijos al frente a punto
28
de salírsele de las órbitas y las manos blancas de tan fuerte como
sujetaba el timón. El vigía del bauprés chilló cuando una ola le
arrancó de su posición y lo arrastró mar adentro. El vigía de proa
estaba tirado en el suelo, sujeto como una lapa a los maderos de la
cubierta, mientras gritaba enloquecido señalando siempre al
frente. Voolani miró también allí, más allá de la proa del barco. Y
palideció, agarrándose con fuerza en la bitácora.
Los escollos estaban apenas a dos cables delante de la nave, y
eran grandes como las garras de demonios de las profundidades.
A babor y a estribor las olas se elevaban varios metros antes de
romper contra aquellas rocas, y el choque levantaba enormes
masas de espuma contra la negrura de la noche. El mástil crujió,
con un gemido agónico, y con un chasquido se rompió una de las
vergas. La enorme vela mayor comenzó a ondear libre contra el
viento, como una bandera, pero el mástil aguantó.
La naturaleza enfurecida seguía empujando a la nave hacia la
muerte. Gritó a uno de los marineros que se afanaban en cubierta
para que subiera y amarrase la vela. Estaba herido en una mano,
pero podría hacerlo.
– ¡Todo el mundo a cubierta! –comenzó a gritar desesperado
mientras tocaba la campana del alcázar–. ¡Todo el mundo a
cubierta!
– Estamos perdidos, señor –Spark le miraba asustado
mientras trataba de mantener firme el timón–. ¡Las rocas nos
destrozarán!
– No desesperes –agarró el timón para ayudarle–. Tú –el
vigía de popa estaba sujeto a un cabo. Le miró aterrado–, ¡baja y
haz que toda la tripulación suba a cubierta!
El vigía estaba tan asustado que tuvo que empujarlo hacia la
escalera. Luego volvió a agarrar el timón y trataron de girarlo
hacia estribor. Pero el timón no se movía, y se vieron obligados a
aplicar todo su peso para variar el rumbo. Y, cuando el barco
comenzó a virar y la nave se enfrentó a la fuerza de la corriente,
tuvieron que emplear todas sus energías para mantenerlo.
Todo el barco se estremeció, chirriando. Casi parecía que se

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iban a soltar los clavos y a saltar las junturas. Finalmente, después
de mucho luchar contra el mar, la proa empezó a girar y pronto
estuvieron de costado al viento. La tempestad rugía a su
alrededor, y todas los cabos vibraron ante la potencia del
vendaval, desafiando con romperse en mil pedazos. El mástil
volvió a gemir y las maderas de la cubierta chirriaron de nuevo. El
mar les golpeaba en el costado pero aún así el barco comenzó a
avanzar paralelo a los arrecifes. El capitán miró la vela. Ya estaba
asegurada. Del marinero nada se volvió a saber.
Nadie reparó en ella hasta que la tuvieron encima. El vigía de
proa gritó aterrado mientras gesticulaba frenético con las manos
sobre su cabeza. Pero sus gritos fueron inútiles. Nadie le podía oír
contra el resonar de la tormenta. Cuando los demás la vieron, la
enorme ola estaba a apenas quince metros de la nave. El capitán
Voolani dio un grito para avisar a sus hombres que, respondiendo
a sus órdenes, subían la escalera. Los que tuvieron tiempo se
agarraron con fuerza al pasamanos. Y algunos sobrevivieron.
La ola pasó por encima del barco y éste escoró, amenazando
con hundirse. Pero “El Rompeolas” hizo honor a su nombre y se
enderezó. La tromba de agua fluyó a través de los imbornales de
vuelta al mar. Spark jadeó, falto de aire, cuando vio que se les
venía encima otra ola aún más grande. La ola volvió a barrer la
cubierta. No obstante, el barco obedecía, y cabeceó tratando de
avanzar contra aquella tempestad.
Abajo, Tharek se sujetaba con unos de sus brazos a uno de los
muebles del cuarto. Estaban asegurados para que, en caso de
marea, no se moviesen. Y en verdad que no se movían. SineHard
estaba callado, como lo había estado desde que salieran de la
Ciudad Vieja, tenía los ojos cerrados y se sujetaba a otro mueble.
Trataba de dejarse mecer por las olas, pero la furia desatada allí
era demasiada y sólo lograba dar bandazos a derecha e izquierda.
Lord Persighâm estaba tumbado en cama, amarrado con cuerdas
para no caer. No había recibido heridas de consideración en el
combate con los piratas. Lo que le había llevado a postrarse
habían sido los vómitos y los mareos. Yacía deshidratado y sin
fuerzas, con aspecto macilento, la piel de un tono amarillento y los
ojos hundidos. Había gastado todas sus energías en el combate, y

30
ahora sólo podía descansar. Apenas estaba consciente y no se
enteraba de lo que sucedía a su alrededor. Tenía suerte.
Una nueva ola golpeó el casco. Otros dos marineros corrieron
hasta el puente para ayudar a sujetar la rueda del timón. El
capitán oyó el grito del vigía y luego los vio. Enormes escollos
asomaban como cuchillas a babor, tan cerca que casi podían
tocarse. Y lo peor es que había aún más rocas a proa, y las olas les
seguían arrastrando hacia babor. El vigía del mástil gritó algo. No
lo entendió, la tormenta rugía sobre las voces de los hombres, así
que le preguntó a gritos a su segundo qué había entendido. Según
parecía, el vigía aseguraba haber visto huecos entre los colmillos
del mar.
Otra enorme ola llenó de espuma la cubierta y se llevó al vigía
de cubierta. La proa salió del agua, elevándose varios metros, y
luego volvió a hundirse en las aguas con un golpe sordo. Mandó a
un marinero a proa. Necesitaban otro vigía allí.
– ¡Un escollo!, ¡un escollo a proa! –chilló el marinero.
Voolani, Spark y los dos marineros aplicaron todas sus fuerzas
para cerrar el timón a la banda. Tras una agónica lucha las ocho
manos lograron que la rueda se moviese hacia estribor–.
El barco vaciló, lanzado ahora de frente contra la tormenta, y
lentamente comenzó a girar, crujiendo como si fuera a partirse.
Las rocas rozaron los maderos del costado, los arañaron con
fuerza, pero no llegaron a atravesarlos. La madera resistió y los
marineros volvieron a confiar en salir de allí con vida.
Recuperaron de nuevo el rumbo anterior, dejando el barco
paralelo a las rocas de babor, mientras eran empujados con fuerza
por los vientos de la tormenta. El vigía gritaba a pleno pulmón;
volvía a ver un pasillo desde lo alto del mástil. Y ahora el vigía de
proa también lo veía. Ellos eran los únicos que podían distinguir si
existía o no un hueco entre aquel arrecife mortal, así que el
capitán ordenó que el barco siguiera el rumbo que indicasen.
El viento arreció, y el mar les movió aún con más furia. El
barco pareció saltar fuera del agua impulsado por una enorme ola
y la rueda del timón se escapó de las manos de los cuatro
hombres. Entre todos, y a un tiempo, trataron de agarrarla, y

31
aquello le costó un brazo roto por tres sitios distintos a Spark.
Pero finalmente lograron recuperar el escaso control que tenían
sobre la nave y restablecieron el rumbo. La nave volvió a cabecear
contra la furia de las aguas, el mar cubrió la cubierta y otros dos
marineros desaparecieron. Los imbornales no daban a basto, no
podían evacuar tal cantidad de líquido. Las bombas ayudaban a
achicar, pero parecía haber tanta agua en la cubierta como fuera
de ella. Voolani calculó que les quedaban casi tres cables para
llegar al pasillo. No llegarían vivos si seguían así. Miró a babor.
No vio nada. Gritó al vigía del mástil, que le respondió a voces
que no veía peligros inmediatos. Así que dirigieron la nave hacia
las rocas. Poco a poco, el barco comenzó a ganar velocidad y,
cuando juzgó que iba lo suficientemente rápido, viraron de nuevo
bruscamente a barlovento.
Las afiladas puntas de las rocas rozaron de nuevo el costado,
arrancando un gemido mortal de las maderas del barco. Después
hubo una terrible sacudida. Voolani acarició la madera de la
bitácora. “Vamos, pequeño, tú puedes con eso y con más”, dijo
entre dientes. La nave pareció escucharle, sus maderos no se
quebraron y las velas, henchidas al viento, la impulsaron hacia
delante, avanzando hacia el estrecho pasillo de roca. Llegaron a
gran velocidad. El agua formaba remolinos entre los afilados
farallones que amenazaron con lanzarles con furia contra ellos.
Enormes olas saltaban sobre los farallones, golpeándolos sin
cuartel. El barco sufrió una sacudida al golpear la quilla contra
algo, y la rueda del timón comenzó a girar sin control entre las
manos de los marinos. Bajo el agua, el timón de madera y hierro
estaba destrozado. “El Rompeolas” comenzó a avanzar de
costado, como un animal herido empujado por los vientos.
El bauprés chocó contra las rocas, que lo arrancaron de cuajo,
y cayó al agua hecho pedazos, arrastrando con él una parte del
aparejo. La nave volvió a enderezarse de nuevo, luchando por
recuperar el rumbo. “Buen chico”, Voolani seguía agarrando la
madera de la bitácora. Los marinos en cubierta se lanzaron sobre
el cordaje para cortarlo con sus hachas. Se escuchó un crujido. Se
quedaron quietos y miraron a lo alto. El mástil ya no aguantaba
más, volvió a crujir y, como un árbol en el bosque, cayó de lado

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llevándose al vigía consigo. Los marinos se habían hecho a un
lado, y por poco evitaron perecer bajo el grueso madero. El vigía
gritó, pero los del barco nada pudieron hacer por él. Ni siquiera le
vieron ahogarse; bastante ocupados estaban en salvar la vida.
El barco salió al fin del pasillo de escollos. Fue en ese instante,
cuando todos comenzaban a confiar de nuevo en sobrevivir,
cuando una terrible sacudida los derribó. La quilla golpeó con
algo blando y el barco se frenó en seco. La proa se metió en el
agua, pero bruscamente la nave volvió a enderezarse. La popa
volvió a caer al agua y todos fueron zarandeados con fuerza de
nuevo. La tormenta continuó a su alrededor, pero ellos ya no se
moverían. El capitán ordenó a sus marinos que recogiesen velas y
trinquetes, que asegurasen los cabos y cuanto pudiera llevarse la
tempestad, y que luego se resguardasen bajo cubierta. Poco más
podían hacer. Esa noche nadie vio la bahía que se extendía ante
ellos. Las nubes y la lluvia se lo impidieron.

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Í NDICE

Preludio …………... Menwy ...................................................... 10


Capítulo I ……........ La Huída ................................................... 13
Capítulo II ……….. La Torre de los Infantes ............................ 34
Interludio ……........ Fe, Honor y Guerra ................................... 51
Capítulo III ……..... El Desafío .................................................. 68
Capítulo IV ……..... La Prueba .................................................. 91
Interludio ……….... Él y Ella ..................................................... 113
Capítulo V ……….. Pollo para Cenar ....................................... 121
Capítulo VI ……..... Montaña Arriba ........................................ 136
Interludio ……….... Roca Pelada .............................................. 157
Capítulo VII …....... Laberinto de Luces .................................... 159
Capítulo VIII …….. La Búsqueda .............................................. 185
Interludio ……….... Vuelta a Casa ............................................ 199
Capítulo IX ……..... Laberinto de Sombras ............................... 214
Capítulo X ……….. Renacer ..................................................... 235
Interludio ……….... Concilio de Dragones ................................ 242
Capítulo XI ……..... El Descenso ............................................... 246
Capítulo XII …....... La Marca ................................................... 264
Interludio ……….... Ellos .......................................................... 277
Capítulo XIII …….. La Ciudad de los Muertos ......................... 281
Capítulo XIV …….. El Cuerpo .................................................. 303
Interludio ……….... El Árbol del Mundo .................................. 310
Capítulo XV …....... Ofrenda a Lanval ....................................... 314

585
Capítulo XVI …….. Torre Vieja ................................................ 334
Interludio ……….... La Estrella del Alba ................................... 360
Capítulo XVII ….... El Destino está en la Luz ........................... 365
Capítulo XVIII ....... Amistad y Traición .................................... 395
Interludio ……….... Trodnafel ................................................... 407
Capítulo XIX …….. Muerte entre las Nubes .............................. 410
Capítulo XX …....... Rojo Sangre ............................................... 428
Interludio ……….... Decisiones ................................................. 442
Capítulo XXI …….. Ver sin Ver ................................................. 454
Capítulo XXII ….... Hermano Lobo .......................................... 470
Interludio ……….... Traición en la Cama .................................. 484
Capítulo XXIII ....... La Muerte a las Puertas ............................. 494
Capítulo XXIV …... A través del Cristal .................................... 509
Interludio ……….... Desencuentros ........................................... 531
Capítulo XXV ........ Las Lágrimas de los Dioses ....................... 537
Capítulo XXVI ....... Trofeos ...................................................... 551
Epílogo ………….... Kalanti ...................................................... 574
Apéndice ................. Quién es Quién .......................................... 577

586
Si te gustaron los Capítulos Promocionales de

EL CAMINO DEL DRAGÓN


LA GUERRA DEL FIN DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / II

y quieres continuar leyendo, podrás encontrar


más información sobre la primera parte de la
novela (LA SENDA DEL DRAGÓN. LA GUERRA DEL FIN
DEL TIEMPO: DIARIO DE GUERRA / I), los personajes,

los mapas... lo que sea, puedes visitar el blog del


libro.

<http://www.herederosdeldragon.com/>

o escribir a

<SineHard@gmail.com>