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4 Y A EL SEMINARIO ne J Las Formaciones del Inconsciente INDICE LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESP{RITU El famillonario 11 . El fatuo-millonario 29 . El Miglionnaire 49 El becerro de oro 69 _V. El poco sentido y el paso de sentido 87 I. jAtrds, caballo! 105 Una mujer que no es de recibo 125 LA LOGICA DE LA CASTRACION . La forclusién del Nombre del Padre 147 . La metdfora paterna 165 Los tres tiempos del Edipo 185 . Los tres tiempos del Edipo (ID 203 De la imagen al significante en el placer y en la realidad 221 El fantasma mas alla del principio del placer 241 LA SIGNIFICANCIA DEL FALO El deseo y el goce 259 La nifia y el falo 277 Las insignias del Ideal 295 XVII. Las formulas del deseo 311 XVIII. Las mascaras del sintoma 327 XIX. El significante, la barra y el falo 343 LA DIALECTICA DEL DESEO Y DE LA DEMANDA EN LA CLINICA Y EN LA CURA DE LAS NEUROSIS XX. El suefio de la bella carnicera 363 XXI. Los suefios de “agua mansa” 379 XXII. El deseo del Otro 395 XXII. El obsesivo y su deseo 413 XXIV. Transferencia y sugestién 431 XXV. La significacién del falo en la cura 447 XXVI. Los circuitos del deseo 465 XXVIL Una salida por el sintoma 483 XXVIII. Tu eres ese a quien odias 501 ANEXOS A. El grafo del deseo 521 B. Explicaciones sobre los esquemas 523 Nota 528 LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESPiRITU EL FAMILLONARIO Puntuacion de los seminarios anteriores El esquema del Witz El ingenio y sus tradiciones nacionales La sancion del Otro Lo que sélo se ve mirando a otra parte Este afio hemos tomado como tema de nuestro seminario las formacio- nes del inconsciente. Aquellos de entre ustedes, y creo que son la mayoria, que estaban ayer en nuestra sesi6n cientifica, ya se han puesto a tono, y saben que las cues- tiones que plantearemos aqui conciernen, de forma directa esta vez,-a la funcion en el inconsciente de lo que hemos elaborado a lo largo de los afios precedentes como el significante. Algunos de ustedes — me expreso asi porque mis ambiciones son mo- destas — han leido, espero, el articulo que hice publicar en el tercer nime- ro de la revista La Psychanalyse con el titulo “La instancia de la letra en el inconsciente”. Quienes hayan tenido el valor de hacerlo estaran bien situa- dos, incluso mejor situados que el resto, para ir siguiendo las cuestiones que trataremos. Por otra parte, es una pretensi6n modesta, creo, que puedo te- ner, que quienes se toman la molestia de escuchar lo que digo se tomen también. la de leer lo que escribo, pues al fin y al cabo lo escribo para uste- des. Quienes no lo han hecho es preferible que acudan alli, porque voy a referirme a ese escrito constantemente. Me veo obligado a suponer cono- cido lo que ya se ha enunciado una vez. Pensando en los que no cuentan con ninguna de estas preparaciones, les diré a qué voy a limitarme hoy, cual sera el objeto de nuestra leccién de introduccién en nuestro tema. i En un primer tiempo, de forma por fuerza breve y alusiva, pues no pue- do empezar otra vez por el principio, les recordaré algunos puntos que puntdan lo que, en los afios anteriores, esboza y anuncia lo que tengo que decirles sobre la funcién del significante en el inconsciente. Ii LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESPIRITU Luego, para descanso de aquellos a quienes esta evocaci6n quizas deje sin aliento, les explicaré qué significa el esquema al que habremos de re- mitirnos a lo largo de toda nuestra experiencia tedrica de este afio. Finalmente, tomaré un ejemplo. Es el primer ejemplo del que se sirve Freud en su libro sobre la agudeza.' No lo haré con fines ilustrativos, sino precisamente porque no hay chiste que no sea particular — no hay agude- za en el espacio abstracto. Empezaré mostrandoles, a este respecto, lo que hace que la agudeza sea la mejor entrada para nuestro objeto, a saber, las formaciones del inconsciente. No s6lo es la mejor entrada, sino también la forma mds notoria en que el propio Freud nos indica las relaciones del in- consciente con el significante y sus técnicas. He aquf, pues, mis tres partes. Ya saben a qué atenerse en cuanto a lo que voy a explicarles, y ello les permitira, al mismo tiempo, economizar su esfuerzo mental. El primer afio de mi seminario, consagrado a los escritos técnicos de Freud, consistié esencialmente en introducirles la nocién de la funcién de lo simbélico como la tinica capaz de explicar lo que se puede llamar la de- terminacidn del sentido, en tanto que ésta es la realidad fundamental de la experiencia freudiana. Como la determinacién del sentido es, en este caso, nada mas y nada menos, una definicion de la raz6n, les recuerdo que esta raz6n se encuen- tra en el principio mismo de la posibilidad del andlisis. Precisamente por- que algo ha quedado anudado con algo semejante a la palabra, el discurso puede desanudarlo. A este respecto les sefialé la distancia que separa la palabra, en cuanto es ejercida por el ser del sujeto, del discurso vacfo que deja oir su zumbido por encima de los actos humanos. Estos actos se tornan impenetrables de- bido a la imaginacién de motivos que son irracionales, y sdlo se racionali- zan en la perspectiva yoica del desconocimiento. Que el propio yo sea fun- 1. En adelante se tratard de mantener, aunque no siempre, la siguiente correspondencia: Le trait d’esprit, “la agudeza”; un trait d’esprit, “una ocurrencia”; le/un mot d’esprit, “el/ un chiste”. [N. del T.] EL FAMILLONARIO - Gin de la relacién simbélica y pueda quedar afectado por ella en su densi- _ dad, en sus funciones de sintesis, todas hechas igualmente de espejismo, pero de un espejismo cautivador, eso, como también se lo ensefié el primer afio, sdlo es posible debido a la hiancia abierta en:el ser humano por la pre- sencia en él, biolégica, original, de la muerte, en funci6n de lo que llamé la Pprematuracién del nacimiento. Este es el punto de impacto de la intrusién simbélica. He aqui hasta donde habiamos Ilegado en la articulacién entre mi pri- mer seminario y mi segundo seminario. El segundo seminario destacé el factor de la insistencia repetitiva, como proveniente del inconsciente. Identificamos su consistencia con la estruc- tura de una cadena significante, y eso es lo que traté de hacerles entrever dandoles un modelo bajo la forma de la sintaxis llamada de las « B y 5. Ahora tienen, en mi articulo sobre “La carta robada”, una exposici6n es- crita al respecto que constituye un resumen sumario de dicha sintaxis. A pesar de las criticas que ha recibido, algunas de las cuales estaban justifi- cadas — hay dos pequeiias deficiencias que convendré corregir en una edi- cién ulterior —, todavia habra de serles itil por mucho tiempo. Hasta es- toy persuadido de que cambiaré con la edad, y tendran ustedes menos difi- cultades si lo consultan dentro de algunos meses, incluso al final de este afio. Lo digo para responder a los loables esfuerzos de algunos, destinados a reducir su alcance. En todo caso, asi tuvieron la oportunidad de ponerse a prueba, y eso es precisamente lo que busco. Aunque hayan dado con al- giin atolladero, de todas formas les habra servido para esa gimnasia. Ten- dran la oportunidad de dar con alguno mas en lo que tendré ocasi6n de de- mostrarles este ajio. Sin lugar a dudas, como los que se han tomado esa molestia me han recalcado, incluso escrito, cada uno de esos cuatro términos esté marcado por una ambigiiedad fundamental, pero en ella reside precisamente el va- lor del ejemplo. Con estas agrupaciones entramos en la via de lo que cons- tituye la especulacién actual sobre los grupos y sobre los conjuntos. Estas investigaciones se basan en el principio de partir de estructuras complejas, que s6lo se presentan como casos particulares. No voy a recordarles c6mo fueron engendradas esas pequeiias letras, pero es indudable que llegamos, después de las manipulaciones que permiten definirlas, a algo muy simple. En efecto, cada una de ellas es definida por las relaciones existentes entre los dos términos de dos pares, el par de lo simétrico y lo disimétrico, de lo disimétrico y lo simétrico, y luego el par de lo semejante con lo deseme- jante y de lo desemejante con lo semejante. Tenemos, pues, un grupo de LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESPIRITU cuatro significantes cuya propiedad es que cada uno de ellos es analizable en funcién de sus relaciones con los otros tres. Para confirmar, de paso, este andlisis, afiadiré que un grupo asi es, segtin Roman Jakobson, de acuerdo con su propia formula, que recogi cuando nos vimos recientemente, el gru- po minimo de significantes necesario para que se den las condiciones pri- meras, elementales, del andlisis lingiifstico. Ahora bien, como veran, éste tiene la mas estrecha relacién con el andlisis, a secas. Incluso se confun- den. Si lo examinamos detenidamente, uno y otro no son en esencia cosas distintas. En el tercer afio de mi seminario, hablamos de la psicosis, en tanto que se funda en una carencia significante primordial. Mostramos la subduccién de lo real que se produce cuando, arrastrado por la invocacién vital, viene a ocupar su lugar en la carencia del significante de la que hablabamos ayer con el término de Verwerfung, y que, lo admito, no deja de presentar algu- nas dificultades, por lo cual volveremos a hablar de ello este afio. Creo, sin embargo, que el seminario sobre la psicosis les permitié comprender, si no el motor tiltimo, al menos el mecanismo esencial de la reducci6n del Otro, del Otro con mayiiscula, del Otro como sede de la palabra, al otro imagi- nario. Es una suplencia de lo simb6lico mediante lo imaginario. : Al mismo tiempo, captaron cémo podemos concebir el efecto de total extrafieza de lo real que se produce en los momentos de ruptura de ese dia- logo del delirio mediante el cual, y sdlo en él, el psicético puede sostener lo que llamaremos una cierta intransitividad del sujeto. Por nuestra parte, la cosa nos parece del todo natural. Pienso, luego soy, decimos intran- sitivamente. Sin duda, ahi esta la dificultad para el psic6tico, en razén pre- cisamente de la reduccién de la duplicidad del Otro, con mayiscula, y el otro con mintiscula, del Otro, sede de la palabra y garante de la verdad, y el otro dual, ante el cual el sujeto se encuentra como siendo su propia ima- gen. La desapariciOn de esta dualidad es precisamente lo que le ocasiona al psic6tico tantas dificultades para mantenerse en un real humano, es de- cir, un real simbélico. En este tercer afio, tratando sobre la dimensi6n de lo que llamo el didlo- go que le permite al sujeto sostenerse, se lo ilustré, ni mas ni menos, con el ejemplo de la primera escena de Athalie. Es un seminario que ciertamente me hubiera gustado retomar para escribirlo, si hubiera tenido tiempo. Creo, sin embargo, que no han olvidado ustedes el extraordinario did- logo inicial de la obra, donde vemos acercarse a ese Abner, prototipo del falso hermano y del agente doble, que viene a tantear el terreno tras los primeros indicios. Su Si, vengo a su templo a adorar al Eterno hace reso- EL FAMILLONARIO nar de entrada no sé qué tentativa de seduccién. Los galardones que le he- mos otorgado a esta obra de teatro nos han hecho olvidar un poco, sin duda, todas sus resonancias, pero admiren cudn extraordinaria es. Les destaqué cémo, por su parte, el Gran Sacerdote ponia en juego algunos significantes esenciales — Y Dios, que resultd fiel en todas sus amenazas, 0 bien — A las promesas del cielo, ;por qué renuncias? El término cielo, y algunas otras palabras bien claras, no son sino significantes puros. Les recalqué su yacio absoluto. Joad ensarta, por asi decirlo, a su adversario hasta el punto de reducirlo en adelante a aquella irrisoria lombriz que, como les decfa, vol- veré a las filas de la procesi6n y servira de cebo para Athalie, quien acaba- ra sucumbiendo a este pequefio juego. La relaci6n del significante con el significado, tan sensible en este dia- logo dramatico, me llevé6 a referirme al esquema célebre de Ferdinand de Saussure en el que se ve representado el doble flujo paralelo del significante y del significado, distintos y condenados a un perpetuo deslizamiento el uno encima del otro. Con esta intencién forjé para ustedes la imagen, tomada de la técnica del colchonero, del punto de capitonado. En efecto, es preci- so que en algun punto el tejido de uno se amarre al tejido del otro para que sepamos a qué atenernos, al menos en cuanto a los limites posibles de esos deslizamientos. Hay, pues, puntos de capitonado, pero dejan alguna elasti- cidad en las ligaduras entre los dos términos. Aqui es donde lo retomaremos este afio, cuando les haya dicho en qué, de forma paralela y simétrica a esto, desemboca el didlogo entre Joad y Abner, a saber, que no hay ningun verdadero sujeto que se sostenga, salvo el que habla en nombre de la palabra. No han olvidado ustedes en qué pla- no habla Joad — He aqui que este Dios os responde a través de mi boca. S6lo hay sujeto en la referencia a este Otro. Esto es simbdlico de lo que existe en toda palabra valida. Asimismo, en el cuarto afio de este seminario, quise mostrarles que no hay objeto, salvo metonimico, siendo el objeto del deseo el objeto del de- seo del Otro, y el deseo siempre deseo de Otra cosa, muy precisamente de lo que falta, a, objeto perdido primordialmente, en tanto que Freud nos lo muestra como pendiente siempre de ser vuelto a encontrar. Del mismo modo, no hay sentido, salvo metaférico, al no surgir el sentido sino en la sustituci6n de un significante por otro significante en la cadena simbélica. Esto esté connotado en el trabajo del que les hablaba hace un momento y al que les invitaba a remitirse, “La instancia de la letra en el inconscien- te”. Los sfmbolos siguientes son respectivamente los de la metonimia y la metafora. LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESPIRITU PRLS! 8s f (=) Ss" = S(4)s En la primera formula, S esta vinculado, en la combinaci6n de la cade- na, con S’, todo ello con respecto a S”, lo cual lleva a poner S en una cierta relaci6n metonimica con s en el plano de la significacién. De la misma for- ma, la sustitucién de S’ por S con respecto a S” desemboca en la relacién S (+) s, que aqui indica — resulta mas facil decirlo que en el caso de la me- tonimia — el surgimiento, la creacion, del sentido. He aqui en qué punto nos encontramos. Ahora abordaremos lo que cons- tituira el objeto de nuestros encuentros de este afio. Para abordar este objeto, les he construido un esquema, y ahora les diré qué, al menos hoy, podran connotar con él. Si hemos de encontrar una forma de aproximarnos mas a las relaciones de la cadena significante con la cadena significada, sera mediante la ima- gen grosera del punto de capitonado. Para que resulte valido, antes habria que preguntarse dénde esta el colchonero, Evidentemente, esta en alguna parte, pero el lugar donde po- driamos ponerlo en el esquema seria, con todo, demasiado infantil. 16 EL FAMILLONARIO Como hay entre la cadena significante y la corriente del significado un deslizamiento reciproco, que constituye lo esencial de su relacion, pero a pesar de este deslizamiento hay un vinculo, una coherencia entre las dos Corrientes, que necesitamos captar dénde se produce, se les puede ocurrir 4 ustedes que este deslizamiento, si hay deslizamiento, es por fuerza un deslizamiento relativo. El desplazamiento de cada una produce un despla- zamiento de la otra. Por otra parte, como vamos a encontrar algtin esque- ma ejemplar va a ser mediante algo asi como el entrecruzamiento en senti- do inverso de las dos lineas en una especie de presente ideal. En torno a esto podemos centrar nuestra especulacion. Pero, por muy importante que deba ser para nosotros esta nocién del presente, un discurso no es un acontecimiento puntiforme a la Russell, por asi decirlo. Un discurso no es sé6lo una materia, una textura, sino que re- quiere tiempo, tiene una dimensi6n en el tiempo, un espesor. No podemos conformarnos en absoluto con un presente instantaneo, toda nuestra expe- riencia va en contra, y todo lo que hemos dicho. Podemos presentificarlo enseguida mediante la experiencia de la palabra. Por ejemplo, si empiezo una frase, no comprenderdn ustedes su sentido hasta que la haya acabado. Es del todo necesario — ésta es la definicién de la frase — que haya dicho la Ultima palabra para que comprendan dénde esta la primera. Esto nos pro- porciona el ejemplo mds tangible de lo que se puede llamar la accion nachtrdglich del significante. Precisamente es lo que les muestro sin cesar en el texto de la propia experiencia analitica, en una escala infinitamente mas grande, cuando se trata de la historia del pasado. Por otra parte, una cosa esta clara — es una manera de expresarse — y la recalco de forma precisa en “La instancia de la letra en el inconsciente”. Les ruego que a ella se remitan provisionalmente. Lo expresé en forma de una metdfora, si puedo decirlo asi, topolégica. En efecto, es imposible re- presentarse en el mismo plano el significante, el significado y el sujeto. No es nada misterioso ni opaco, est demostrado en el texto de una manera muy simple a propésito del cogito cartesiano. Me abstendré de retomarlo ahora porque volveremos a encontrarnos con esto mismo bajo otra forma. Les recuerdo todo esto simplemente con la finalidad de justificarles las dos lineas que vamos a manipular a continuacién. La boya significa el inicio de un recorrido, y la punta de la flecha su final. Reconoceran ustedes aqui mi primera linea, sobre la cual queda en- ganchada la otra tras haberla atravesado dos veces. Les advierto que no pueden confundir lo que representaban anterior- mente estas dos lineas, a saber, el significante y el significado, con lo que I LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESPIRITU representan aqui, ligeramente distinto, pues ahora nos situamos por entero en el plano del significante. Los efectos sobre el significado estan en otra parte, no se encuentran directamente representados. En este esquema se trata de los dos estados o funciones que podemos aprehender en una se- cuencia significante. La primera linea nos representa la cadena significante en tanto que per- manece enteramente permeable a los efectos propiamente significantes de la metdfora y de la metonimia, lo cual implica la actualizacién posible de los efectos significantes en todos los niveles, incluido el nivel fonemdatico en particular. El elemento fonoldégico es, en efecto, la base del retruécano, el juego de palabras, etcétera. Es, en suma, en el significante, aquello con lo que nosotros, analistas, hemos de jugar sin cesar. Salvo quienes llegan aqui por primera vez, deben de tener ustedes alguna nocion al respecto, y por eso hoy empezaremos a entrar en cierto modo en el tema del incons- ciente a través de la agudeza, el Witz. La otra linea es la del discurso racional, en el que ya estan integrados cierto nimero de puntos de referencia, de cosas fijas. Estas cosas, en esta ocasi6n, sdlo pueden captarse estrictamente en el nivel de los empleos del significante, es decir, aquello que concretamente, en el uso del discurso, constituye puntos fijos. Como ustedes saben, estan muy lejos de correspon- der de forma univoca a una cosa. No hay ni un solo semantema que corres- ponda a una sola cosa. Un semantema corresponde la mayoria de las veces a cosas muy diversas. Nos detenemos aqui en el nivel del semantema, es decir, lo que esta fijado y definido por un empleo. Se trata, pues, de la linea del discurso corriente, comtin, como lo admi- te el c6digo del discurso que yo llamaria el discurso de la realidad que da- 18 EL FAMILLONARIO mMOs por supuesto. Es también el nivel donde se producen menos creacio- nes de sentido, porque ahi el sentido ya esta, en cierto modo, dado. La mayor parte del tiempo, este discurso s6lo consiste en una fina mezcla de los ideales admitidos. En este nivel precisamente es donde se produce el famoso discurso vacio del que partié cierto nimero de observaciones mias sobre la funcion de la palabra y el campo del lenguaje. Como muy bien ven ustedes, esta linea es el discurso concreto del suje- to individual, el que habla y se hace oir, es.el discurso que se puede grabar en un disco, mientras que la primera son todas las posibilidades que ello incluye en cuanto a descomposici6n, reinterpretacién, resonancia, efectos metaf6rico y metonimico. Una va en sentido contrario de la otra, por la sim- ple razon de que se deslizan una sobre otra. Pero una corta a la otra. Se cortan en dos puntos perfectamente reconocibles. Si partimos del discurso, el primer punto donde topa con la cadena pro- piamente significante es lo que acabo de explicarles desde el punto de vis- ta del significante, a saber, el haz de los empleos. Lo llamaremos el cédi- gO, en un punto marcado aqui a. Es preciso que el cédigo se encuentre en alguna parte para que pueda haber atldicién del discurso. Este cédigo esté, evidentemente, en A mayts- cula, es decir el Otro como compaifiero de lenguaje. Este Otro es absoluta- mente preciso que exista y, les ruego que lo adviertan, no hay ninguna ra- z6n en absoluto para Ilamarlo con ese nombre imbécil y delirante de la conciencia colectiva. Un Otro es un Otro. Basta con uno solo para que la lengua esté viva. Hasta tal punto basta con uno solo, que este Otro por sf solo puede constituir el primer tiempo — con que quede uno y pueda ha- blarse a sf mismo su lengua, con eso basta para que esté él y no sdlo un Otro sino incluso dos, en todo caso alguien que lo comprenda. Se puede seguir contando ocurrencias en una lengua cuando se es su Unico posesor. He aqui, pues, el primer encuentro, que se produce en lo que hemos Ila- mado el cddigo. E] segundo encuentro que remata el bucle, que constituye el sentido propiamente dicho, que lo constituye a partir del cédigo con el que el bucle se ha encontrado en primer lugar, se produce en este punto de llegada marcado y. Como ven, aqui Ilegan dos flechas, y hoy me dispensa- ré de decirles cual es la segunda. El resultado de la conjunci6n del discur- so con el significante como soporte creador del sentido es el mensaje. En el mensaje, el sentido nace. La verdad que se ha de anunciar, si hay alguna verdad, esta ahi. La mayor parte de las veces no se anuncia ninguna verdad, por lasencilla razén de que, las mas de las veces, el discurso no pasa en absoluto a través de la cadena significante, es el puro y simple 19 LAS ESTRUCTURAS FREUDIANAS DEL ESPIRITU ronroneo de la repeticion, el molinillo de palabras, que pasa en cortocircuito entre B y B’. El discurso no dice absolutamente nada, salvo indicarles que soy un animal parlante. Es el discurso comun, hecho de palabras para no decir nada, gracias al cual nos aseguramos de no hallarnos frente a lo que el hombre es por naturaleza, a saber, una bestia feroz. Los dos puntos — el minimo de nudos del cortocircuito del discurso — son f4cilmente reconocibles. Son, por una parte, en 8’, el objeto, en el sentido del objeto metonimico del que les hablé el afio pasado. Por otra parte, en B, el Yo (Je), en tanto que indica en el propio discurso el lugar de quien habla. Pueden apreciar en este esquema, de forma sensible, lo que vincula y lo que distingue enunciado y enunciacién. Es una verdad perfecta e inmedia- tamente accesible a la experiencia lingiifstica, pero que la experiencia freu- diana del andlisis confirma al menos con la distincién principal que existe entre el Yo (Je), que no es sino el lugar del que habla en Ja cadena del dis- curso, el cual ademés no tiene necesidad siquiera de ser designado con un Yo (Je), y, por otra parte, el mensaje, que requiere totalmente, como mini- mo, el aparato de este esquema para existir. Es completamente imposible hacer surgir, de forma irradiante y concéntrica, de la existencia de un suje- to cualquiera, un mensaje o una palabra cualquiera si no se da toda esta complejidad — y ello por la sencilla raz6n de que la palabra supone preci- samente la existencia de una cadena significante. Su génesis esta lejos de ser algo simple de obtener — nos ha costado un afio conseguirlo. Supone la existencia de una red de los empleos, dicho de otra manera, del uso de una lengua. Supone ademas todo este mecanismo por el cual — digas lo que digas, pensando en ello o sin pensarlo, formules lo que formules — tan pronto entras en la rueda del molinillo de palabras, tu discurso siempre dice mas de lo que tti dices. Ademés, por el solo hecho de ser palabra, el discurso se basa en la exis- tencia en alguna parte de aquel término de referencia que es el plano de la verdad — de la verdad en cuanto distinta de la realidad, lo cual hace entrar en juego el surgimiento posible de sentidos nuevos introducidos en el mun- do o la realidad. No son sentidos que ya estén sino sentidos que ella hace surgir, que literalmente introduce. Aqui tienen ustedes, irradiando por una parte del mensaje y por otra parte del Yo (Je), estos pequefios alerones que indican dos sentidos diver- gentes. Desde el Yo (Je), uno va hacia el objeto metonimico y el segundo hacia el Otro. Simétricamente, por la via de retorno del discurso, el mensa- je va hacia el objeto metonimico y hacia el Otro. Todo esto es provisional, les ruego que lo tengan en cuenta, pero van a ver c6mo estas dos lineas que 20 EL FAMILLONARIO pueden parecerles obvias, la que va del Yo (Je) al Otro y la que va del Yo (Je) al objeto metonimico, nos seran de gran utilidad. _ Verdn también a qué corresponden las otras dos lineas, formidablemente Apasionantes, que van del mensaje al cédigo y del cddigo al mensaje. En efecto, existe una linea de retorno, y si no existiera no habria la menor es- peranza de creacién de sentido, como se lo indica a ustedes el esquema. Es precisamente en el juego entre el mensaje y el cddigo, y también, en con- $ecuencia, en el retorno desde el cédigo’al mensaje, donde acta la dimen- si6n esencial en la que nos introduce, a este mismo nivel, la agudeza. Ahi es donde nos mantendremos durante cierto nimero de lecciones para ver todo lo que de extraordinariamente sugerente e indicativo puede ocurrir. Esto nos proporcionara también una ocasién mas para aprehender la re- laci6n de dependencia en que se encuentra el objeto metonimico, ese famo- $0 objeto del cual empezamos a ocuparnos el afio pasado, ese objeto que nun- ¢a esta ahi, que siempre est4 situado en otra parte, que siempre es otra cosa. Ahora abordemos el Witz. El Witz es lo que se ha traducido como trait d’esprit. También se ha di- cho mot d’esprit, dejo de lado las razones por las que prefiero la primera traduccion. Pero el Witz quiere decir también el espiritu. Este término se nos presenta pues, enseguida, con una ambigiiedad extrema.” Una ocurrencia es a veces objeto de cierta depreciacién — es ligereza, fal- ta de seriedad, fantasia, capricho. ,Y el espiritu? En este caso, por el contra- Tio, uno se detiene, va con cuidado antes de hablar de la misma forma. Conviene dejarle al espiritu todas sus ambigiiedades, incluyendo el es- piritu en su sentido amplio, ese espiritu que evidentemente sirve demasia- 2. La palabra francesa esprit cubre un campo inmenso, que corresponde a multitud de términos en espajfiol, segtin los contextos: espiritu, alma, mente, conciencia, ingenio, inteli- gencia, gracia, agudeza, animo, malicia, picardfa, caracter, mentalidad, intenci6n, etc., apar- te de algiin uso en plural, con significados semejantes a la expresi6n “las gentes”, etc. Tra- taremos de usar el mas adecuado a cada contexto particular, intentando transmitir el juego con los diversos sentidos y recurriendo a veces a la traduccion literal. [N. del T.] BY