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Las bendiciones del éxtasis

- una guía hacia una espiritualidad sensual y profética.

Por

Matthew Fox

Prefacio

Este es un libro práctico acerca del despertar y regresar a una espiritualidad bíblica orientada hacia la justicia. Tal espiritualidad es un camino de pasión que lleva a la compasión.

Hay cosas que desaprender y cosas que soltar, si uno quiere entender este libro y su espiritualidad. Sobre todo, hay que desaprender el dualismo que por siglos ha acosado tanto al pensamiento como a la acción cristiana.

Desde que apareció por primera vez este libro en 1976, mucho ha sucedido en la práctica y en el crecimiento intelectual en nuestra cultura y en nuestras iglesias en orden al reforzamiento de las pautas básicas de una espiritualidad sensual y profética. Desastres medioambientales como Chernóbil y Alaska y sus espeluznantes implicaciones son las consecuencias de nuestro desconocimiento de la terrenalidad 1 y de nuestra mutua relación con la tierra; la aparición de una fuerte lucha entre las granjas familiares y las gigantes agroindustrias conglomeradas, tal como lo testimonian los poetas Wendell Berry y Robert Bly, destaca la cuestión de la santidad de la tierra; los estudios hechos por Ashley Montagu y James Prescott relacionando la violencia con la falta de sensualidad revelan lo que está en juego al cambiar la conciencia somato-espiritual; escritoras feministas como Susan Griffin en su La Mujer y la Naturaleza y Adrienne Rich en Nacida de Mujer profundizan en las conexiones llevadas a cabo en este libro entre la tradición feminista y una espiritualidad de la tierra; el renacimiento de la espiritualidad de la creación en el mundo de la teología y en el de la iglesia, como lo presentan escritores como Helen Kenik, Claus Westermann, Walter Bruegemann, Rosemary Ruether, Roland Murphy y yo mismo, promete un futuro más holístico y, por lo tanto, más sagrado, para la iglesia. Existen varias publicaciones actuales que nos enseñan cuánto más rica será la vida cuando enterremos los dualismos de una vez.

En este prefacio quisiera meditar sobre algunas áreas preocupantes que he profundizado desde que lo escribí, y que han sido expuestas más

  • 1 “Earthiness” en inglés. Nota del traductor.

hondamente en diversos movimientos culturales y teológicos desde 1976 2 . Todo esto confirma la verdad de las páginas iniciales del libro: que una nueva era –llámese acuariana u holística– todavía podría surgir de la conciencia perturbada del Occidente. Al resistirse a su advenimiento y rehusar participar de ella, las instituciones simplemente subrayan la profundidad del cambio; quizás puedan retrasar, pero nunca impedir, esa visión cuyo momento ha llegado. Mientras Occidente finalmente empieza, por pura necesidad, a escuchar las voces del Tercer Mundo, la siguiente es una lección inevitable:

los pueblos africanos, asiáticos y latinoamericanos ni siquiera necesitan importar la conciencia y la acción dualistas de las poderosas culturas occidentales. Le están diciendo a Occidente que sepulte el ascetismo violento, como por ejemplo el de Filón, quien declaró: “Debemos reprimir nuestros sentimientos así como reprimimos a las clases bajas”.

La sutil conexión entre la represión del cuerpo y la del cuerpo político se ha puesto al desnudo: ya no resulta sutil. Las necesidades de los pobres son necesidades humanas, universales y corporales - tales como comida, ropa, refugio, asistencia sanitaria, educación y trabajo humanizador. Mientras la comunidad global no reestructure sus economías y sus políticas en torno a estas necesidades –lo cual también implica abandonar la vida lujosa, las compulsiones de consumo (ya sean personales o culturales) y la avaricia– no habrá paz ni justicia. Que se esté iniciando este proceso representa una transformación social y cultural del orden más pleno y extático.

El tema de este libro es la liberación espiritual. Pretendo nombrarla y trazar un mapa de acceso a ella.

Considero que la primera etapa del proceso de liberación es el éxtasis. Al insistir en el retorno a los éxtasis insisto en que fundamentemos otra vez la espiritualidad en la experiencia. Sin la experiencia perdemos toda confianza, y sin la confianza en nuestra experiencia, morimos Dios y nosotros mismos. Quedamos dormidos, estupefactos y practicando idolatrías porque, cuando una persona renuncia a su derecho al éxtasis, entrega a los demás el derecho a definir en qué consiste la verdad. El psicólogo James Fowler, al trazar las etapas del crecimiento psicológico y de la fe, habla de “imágenes del

2 Año en que el libro fue publicado por primera vez.

‘ambiente último’” 3 , las cuales son, para él, imágenes que uno capta holísticamente como condiciones de la propia existencia. Yo pregunto:

¿cuándo se internalizan estas imágenes? Sugiero que ocurre en los éxtasis.

No todos los éxtasis son rojos o anaranjados; algunos son muy sutiles y vienen en azul o turquesa. Pero todo éxtasis consiste en unir, formar (o reformar) lo que antes fue, o sigue siendo, completamente nuevo. En este sentido, pues, toda espiritualidad que comience honestamente por el éxtasis es una espiritualidad de Dios como verbo. Reproduce la que imaginó Meister Eckhart cuando llamó a Dios “un gran río subterráneo al que nadie puede contener ni destruir”. Una espiritualidad que tome los éxtasis lo suficientemente en serio como para meditar sobre ellos y sus lecciones de unificación es una espiritualidad de Dios como verbo, de un Dios experimentado que nos experimenta a nosotros y de nosotros mismos como seres en evolución, en crecimiento, en expansión, e inclusive en explosión. Un Dios tal es un Dios que continúa la hermosura de la creación y su justo reparto a través de nosotros. Somos instrumentos del Dios-verbo; y, más que eso, somos sus imágenes. Nosotros, también, somos verbos y no nombres. Somos éxtasis nosotros mismos.

Reflexiones sobre el término “sensual”. La sensualidad como bendición

3

James

W.

Fowler,

“Perspectives

on

the

Family

from

the

Development Theory”. Ensayo inédito, p. 10.

Standpoint

of

Faith

Una palabra que resultó ser un obstáculo para algunos lectores de este libro es la palabra “sensual”. Un profesor me escribió que nunca volvería a leer otra cosa escrita por mí porque me atreví a hablar de una “espiritualidad sensual”. Otro me instó a usar la palabra “encarnada” en lugar de “sensual”. Una madre que se sentía amenazada por mis ideas me dijo que su hija nunca asistiría a la escuela donde yo daba clases porque una persona espiritual nunca debe usar las palabras “sensual” y “espiritual” en la misma frase. Para mí es una buena noticia que todavía haya alguna palabra que emocione a alguien en nuestra cultura. Tal vez nosotros y nuestras instituciones no estemos tan muertos como parecemos, después de todo. Siento lástima por esas personas miedosas que aparentemente nunca han disfrutado de la sensualidad (a propósito: a aquel señor le doy las gracias, pero no. No renunciaré a esta palabra excelente sustituyéndola por la de “encarnada”, con su connotación sacrosanta 4 ) de un tomate o un durazno de su propio jardín. ¿Nunca se han deleitado con el olorcito o los grititos de un bebé, o con los mimos de un perrito? ¿Con el olor a sudor de un caballo, o con el perfume de las lilas? ¡Vergüenza debería darles! Deberían tomar un poco de tiempo libre de lo que estén haciendo, y que para ustedes resulte más importante, y regresar a lo básico. Lo básico sensual de nuestra existencia. ¡Vergüenza debería darles! ¡Regañándome desde sus torres de marfil y sus violentas burocracias académicas! Yo no creé sensuales las cosas; ni creé los sentidos corporales por los cuales respondemos extáticamente a lo sensual. La Creadora creó estos dones, y los creó muy buenos. Hasta Karl Rahner, de modo moderado, admite la necesidad de redimir la palabra “sensual”. Escribe: “La sensualidad también es buena y necesaria como ‘base instintiva’; no se trata de extinguirla (al estilo estoico o maniqueo) sino de integrarla cada vez más a la totalidad de la persona y a su buena disposición hacia Dios… Aunque el sentido despectivo en el que usualmente se entiende “sensual” tiene su justificación, valdría sin embargo la pena tratar de revivir el sentido primordial y más original de la palabra” 5 .

  • 4 (“I will not relinquish this fine Latin word in favor of the Latin “incarnational”).

  • 5 Karl Rahner, Theological Dictionary. (NY: Herder and Herder, 1965), p. 432.

Sugiero en este libro que los éxtasis son tanto experiencias sensuales como espirituales. Los momentos de naturaleza y de amistad, de baile, de música, de carpintería, de hospitalidad, de conversación, de convivencia, de expresión sexual, de trabajo no-violento, de deporte no-competitivo (el jogging ha llegado a ser una forma de meditación para muchos monjes y laicos desde que escribí este libro) y de sufrimiento no deseado, todas éstas son experiencias corpóreo-espirituales. La piel de gallina lo prueba. Nuestros cuerpos no mienten tan fácilmente como lo hacen nuestras teologías. Cuando nos conmovemos somos en verdad movidos; química y eléctricamente. Nuestros cuerpos se aceleran, se calientan, se desaceleran, se relajan, y se manifiestan en nosotros en forma de piel de gallina. Ninguna persona que haya sido vulnerable a la piel de gallina, que se haya dejado adueñar por ella, puede seguir creyendo en la violencia que separa el espíritu del cuerpo, la espiritualidad de la sensualidad. Pero aquí está el problema: si en realidad existen personas y grupos de personas, en nuestra cultura y en sus instituciones (incluso, definitivamente, en las religiosas) inmunes a toda emoción y, por ende, al éxtasis, ahí se encuentra la explicación de mucha de la violencia en nuestra cultura y en sus instituciones. Reprimir nuestra sensibilidad a las maravillas de la creación es matar nuestra capacidad de experimentar lo divino. Y esta condición de torpeza espiritual, a su vez, lleva a la acedía, al aburrimiento espiritual, estado normal de la mayoría de nosotros en nuestra cultura. O por lo menos así lo piensa Ernest Becker: “La mayoría de nosotros al dejar atrás la niñez, ya hemos reprimido la visión de las maravillas primordiales de la creación… La represión ayuda decididamente a vivir en un mundo abrumadoramente milagroso e incomprensible, un mundo tan lleno de hermosura, majestad, y terror, que, si los animales lo percibieran todo, quedarían paralizados antes de actuar” 6 .

La pérdida del sentido del tacto tiene mucho que ver con la distorsión de no haber logrado en Occidente desarrollarnos saludable e íntegramente. Ashley Montagu escribe que “el estímulo táctil cariñoso es claramente… una necesidad primaria, una necesidad que debe ser satisfecha si el niño ha de

  • 6 Ernest Becker, The Denial of Death (NY: The Free Press, 1973, p. 50).

desarrollarse como ser humano sano.” 7 Los bebés pueden vivir más tiempo sin comida que sin ser tocados. Sin embargo, como observa Montagu, y como lo han observado tantos asiáticos, africanos, y otros, “la cultura norteamericana es considerada como una cultura carente de sentido del tacto.” 8 Erik Erikson, en su estudio del macho blanco anglo-sajón que ha llegado a la mayoría de edad en nuestros tiempos, señala como característica suya la alienación de sus propios cuerpos: “Cualquier hombre que piense o sienta demasiado les parece ‘maricón’. Esta aversión al sentimiento y al pensamiento deriva de una temprana desconfianza por la sexualidad” 9 .

La sensualidad no significa exclusivamente S*E*X*O, como suponen tantas personas miedosas. En realidad, Montagu sugiere que la preocupación por el sexo que de hecho ha encogido tanto el significado de “sensualidad” para nosotros los occidentales, es en sí una señal del miedo a la sensualidad que nos está matando a todos: “Resulta altamente probable que la actividad sexual y la frenética preocupación por el sexo que caracterizan a la cultura occidental no sean para nada, en muchos casos, expresión de un instinto sexual verdadero, sino que disfracen esa búsqueda para satisfacer la necesidad de contacto físico” 10 . La culpa que solemos imponer a nuestra sexualidad no se origina en el hecho de ser seres sexuales –fuimos hechos así–, sino que proviene del miedo a vivir y a amar conforme a la manera en que fuimos creados: sensualmente. “La culpa resulta de la vida no vivida”, advierte Ernest Becker (p. 180). La huida de nuestra sensualidad es endémica de la perspectiva educativa, cultural, y religiosa que sólo recompensa el hemisferio cerebral izquierdo. El psicólogo Robert Ornstein señala que el hemisferio cerebral despreciado en la cultura occidental desde el siglo XVIII ha sido el lado yin, el lado derecho, que incluye la oscuridad, la noche, la receptividad, y la sensualidad 11 . Recuperar la sensualidad y la espiritualidad es recuperar nuestra integridad psicológica que se ha perdido bajo la influencia de la Ilustración, la cual

  • 7 Ashley Montagu, Touching (NY: Perennial Library, 1972), p. 184.

  • 8 ibid, p. 169

  • 9 Erik Erikson, Childhood and Society (NY: Norton, 1963), p. 319. 10 Op. cit. p. 192. 11 Robert E. Ornstein, The Psychology of Consciousness (San Francisco: W.H. Freeman, 1972), p. 67.

identificó la verdad exclusivamente con las “ideas claras y distintas” de varones científicos que resolvían problemas a la luz del día.

Una espiritualidad de sensualidad y de éxtasis será también de humildad, en el sentido más pleno del término. Por “humildad” no entiendo el velado masoquismo del “no puedo” tan frecuentemente invocado entre cristianos piadosos. Me refiero al verdadero significado de la palabra:

proviene de humus, que significa tierra. Ser humilde es ser terrenal; cercano a la tierra, sencillo, en contacto con la tierra que somos todos nosotros. Ser humildes es ser terrestres. El poeta/granjero Wendell Berry, en su brillante ensayo sobre “El cuerpo y la tierra” describe así la humildad a la que me refiero: “La Creación es generosa y misteriosa, y la humanidad es sólo una parte de ella, no su igual y mucho menos su dueña… La Creación proporciona un lugar para los seres humanos, pero ella es más grande que la humanidad, y dentro de ella incluso los hombres grandes son pequeños. La humildad resulta de una percepción acertada en su orientación ecológica; no es una deferencia piadosa para valores ‘espirituales’” 12 .

Según Berry, de la armonía con nuestra corporeidad viene la armonía con el resto de la creación y un exorcismo de los diablos de la violencia y la competitividad. A partir de esta humildad surge una auténtica visión espiritual: “Un humano no tiene derecho de destruir lo que no creó… Al verse como un miembro infinitesimal del mundo, simplemente no puede considerarse un dios… Regresando del desierto, se convierte en restaurador del orden, en preservador. Ve la verdad, reconoce a su verdadero heredero, honra a sus antepasados y su herencia, y bendice a sus sucesores” 13 .

Berry ha descubierto una mina de oro teológico cuando habla de cómo la humildad de estar en armonía con la tierra lo lleva a uno a bendecir a sus ancestros. Una espiritualidad del éxtasis implica una teología de bendición; lo mismo sucede con la tradición occidental centrada en la creación, que nos enseña que la vida es una bendición y que los seres humanos tenemos la responsabilidad de asegurar que las bendiciones de la vida (y los éxtasis de la creación mencionados) se transmitan verdaderamente a los demás. Somos

12 Wendell Berry, The Unsettling of America: Culture and Agriculture (NY: Avon Books, 1977), p. 98. 13 Ibi, p. 99.

invitados a devolver bendiciones por bendiciones. Lamentablemente, sin embargo, también somos libres de devolver maldiciones por bendiciones, como lo demuestra tanta historia de ayer y de hoy. Para la persona bíblica el término “bendición” no es una abstracción; es un éxtasis compartido, como lo enuncia el Profesor Mowinckel: “La bendición incluye tanto lo que llamamos material como lo espiritual. Pero, antes que nada, la bendición es vida, salud y fertilidad para el pueblo, para su ganado y para sus campos… La bendición es el poder básico de la vida misma. Es una facultad del alma, un poder que vive en el clan y en sus miembros” 14 .

Como demuestra la profesora Kenik tan convincentemente, la historia entera de la fe que se encuentra en la Biblia hebrea, que empieza con la historia de Abraham, es una promesa de bendición. Leemos en Génesis 12:

“Deja la tierra de tus parientes y la casa de tu padre, y vete a la tierra que yo te indicaré. Yo haré de ti un gran pueblo; te bendeciré y haré famoso tu nombre, que será una bendición. Bendeciré a los que te bendigan y maldeciré a los que te maldigan. Por ti serán benditas todas las naciones de la tierra” 15 .

La pregunta crucial es si nuestros cuerpos son bendiciones o maldiciones; si nuestros sentidos son bendiciones o maldiciones, si nuestra sensualidad es una bendición o una maldición. Si estas fuentes de energía son bendiciones y dones, entonces debemos agradecer a Dios por ellas, celebrándolas, devolviendo así bendición por bendición. Debemos flexionarlas, usarlas y desarrollarlas como enseñó Jesús en la parábola de los talentos, y no enterrarlas por miedo o por culpa. De hecho, bendición es la palabra bíblica para placer. La creación –incluyendo nuestra propia creación– es tan buena y tan gratuita, que merece el nombre de bendición y de placer. Los éxtasis de la creación son sacramentos primordiales cuya finalidad es sellar nuestra experiencia con lo divino.

Una lección que aprendemos al tratar los éxtasis de la creación con la adecuada reverencia y con conciencia sacramental es la de nuestra infinidad.

14 Citado en Claus Westermann, Blessing in the Bible and the Life of the Church (Philadelphia: Fortress Books, 1978), pp. 20 ss. 15 See Helen Kenik, “Toward a Biblical Basis for Creation Theology,” in Matthew Fox, ed., Western Spirituality: Historical Roots, Ecumenical Routes (Santa Fe: Bear and Co., 1981), pp. 27-75.

Tocamos profundidades divinas cuando comulgamos con la profundidad cósmica, al saborear, por ejemplo, la lindura de la música de Mozart. En tales momentos, sin embargo, nos damos cuenta también de nuestra finitud. Así que, si celebráramos nuestros cuerpos en vez de huir de ellos, sabríamos que enseñan la humildad al igual que la tierra, cuando ésta nos instruye de nuestros límites. Si escucháramos a nuestros cuerpos y los reverenciáramos, si fluyéramos con ellos y los tratáramos tan tiernamente como Dios los trata, aprenderíamos lecciones importantes sobre los límites. Porque los cuerpos se rompen, se tuercen con los virus y los choques, nos hablan de gripe, de resfriados, de reumatismo y, eventualmente, de la muerte. ¿No contienen estos momentos suficiente verdad acerca de nuestros límites para que dejemos de sofocar los éxtasis que nuestros cuerpos también nos regalan? El no poder soltarse en el éxtasis de la creación es no poder vivir; es rendirse a la idolatría del control de la cual está tan impregnada nuestra cultura. El filósofo Ortega y Gasset observó que “vivir es sentirse perdido… Aquél que no se sienta verdaderamente perdido no tiene redención; es decir, nunca se encuentra; nunca enfrenta su propia realidad” 16 . El viaje espiritual no puede empezar sin la renuncia del control exigida por el éxtasis. Demasiados creyentes, insuficientemente críticos de las manías de control de nuestra cultura y que envenenan también a las religiones, creen que el éxtasis táctico es la única experiencia permitida de “soltarse”. Nada podría estar más lejos de la verdad, ni distorsionarla más grotescamente.

Pues el hecho fundamental de la fe es que la creación misma es una experiencia regalada por Dios, una bendición, una oración a la espera de ser respondida o penetrada. Quienes ignoran la santidad de la creación y de la experiencia espiritual de los éxtasis naturales terminan por distorsionar el mensaje de la fe, confundiendo las técnicas inventadas por el ser humano con la experiencia espiritual. Los éxtasis naturales son bendiciones en el sentido teológico del término; experimentarlos corresponde a la vía afirmativa. Los éxtasis tácticos son herramientas para despertarnos a las bendiciones de la vida, permitiéndonos experimentar más plenamente la vía afirmativa. Una meta principal de este libro ha sido recordar y redimir la tradición de la vía

  • 16 Ernest Becker, The Denial of Death (NY: The Free Press, 1973), p. 89.

afirmativa tan fácilmente olvidado, colocando las tradiciones de la vía negativa en su lugar correcto (CC. 1-4).

El Dr. Weil, en su excelente estudio sobre el uso de drogas, señala que “muchas personas (de nuestra cultura) no saben ‘iluminarse’ sin usar drogas”; por ese motivo fumar marihuana se convierte en “una excusa para experimentar un modo de conciencia que de hecho es disponible siempre para todos.” 17 Sin embargo, él enfatiza, como lo hago yo, los éxtasis naturales sobre los tácticos: “Mientras uno no tome conciencia de las propias exaltaciones naturales no puede comenzar a desarrollarlas” 18 .

Me han animado mucho las personas que han puesto en práctica las lecciones sobre los éxtasis de la creación que sugiero en esta guía práctica. Cuando una diócesis de Michigan utilizó mi lista de los éxtasis como itinerario de temas para el curso anual de educación religiosa para adultos en sus parroquias, sucedió lo siguiente: cada mes fue dedicado a un éxtasis distinto. Se armaron lecturas de la Biblia y de cuentos, discusiones y conferencias en torno a los éxtasis. Las personas empezaron a aprender las conexiones entre su amor por el campamento, por su pareja o por la música y su espiritualidad. El comentario más frecuente era: “Ahora por primera vez veo la conexión entre mi fe y mi vida cotidiana”. En otras palabras, pudieron ocurrir integraciones espirituales, y con ellas fundamentos teológicos más sanos para la vida espiritual.

Pues el camino de los éxtasis naturales es el camino espiritual para la gran mayoría de la gente. Muchas personas se me han acercado para decirme, como respuesta a este libro, simplemente “gracias”, diciendo que yo había articulado la que de hecho era su experiencia espiritual, pero que tan pocos teólogos habían confirmado. No es sorprendente que la doctora Kübler-Ross señale que son estos momentos extáticos sencillos, pero profundos los recordados por las personas que mueren pacíficamente, “con sonrisas en sus caras” –momentos alrededor de un fogón de campamento o de un piano. Nuestra memoria fue creada para recordar los éxtasis naturales. Nos llenan, nos vacían y constituyen nuestras experiencias de oración más profundas, que siempre terminan en “gracias”. Con razón pudo Meister Eckhart declarar con

  • 17 Weil, Andrew, The Natural Mind (Boston: Houghton Mifflin Co., 1972), p. 96.

  • 18 íbidem, p. 113.

toda seriedad que “si la única oración que pronuncias en tu vida entera fuera ‘gracias’, eso sería suficiente”.

La espiritualidad sensual en la tradición bíblica

El pensamiento judío, que es pensamiento bíblico y que también era el pensamiento de Jesús, da por hecho que lo sensual es una bendición sin la cual no puede haber vida espiritual. Pues toda vida es espiritual para el amante de la creación de Dios. El compositor judío Ernesto Bloch lo expresó así al hablar de su música, conscientemente judía: “Es el alma judía que siento vibrar por toda la Biblia la que me interesa: la frescura y la ingenuidad, la violencia, el amor salvaje a la justicia, la desesperación, la tristeza y la inmensidad, la sensualidad” 19 . Observen los lectores que, en la estimación de Bloch, la sensualidad y el amor a la justicia van de la mano. Para las personas bíblicas, la compasión es una especie de pasión.

“La psicología fisiológica de la Biblia ubica la sede de las emociones simpáticas en las entrañas”, observa otro estudioso de la Biblia. 20 Si dejamos de lado los supuestos helenísticos sobre la espiritualidad, aceptando los supuestos judíos, que son bíblicos, aprendemos también que la fe viene más del oír que del ver. Esto es significativo para una espiritualidad sensual, dado que los ojos son más abstractos que los oídos. Podemos ver a distancia mucho más de lo que podemos oír. Esto significa que una espiritualidad orientada hacia la audición es más sensual y más íntima que una espiritualidad escrita. Los ojos tocan más en línea recta, mientras los oídos tocan de manera más circular 21 . Claude Tresmontant comenta que la persona bíblica “no es

19 Citado en Lionel Salter, The Illustrated Encyclopedia of Classical Music, (NY:

Harmony Books, 1978), p. 36. 20 Emil G. Hirsch, “Compassion,” in The Jewish Encyclopedia, Isidore Singer, ed. (NY:

Funk and Wagnall’s, 1903), p. 202. 21 Ver Is. 22.14.; cfr. Thorlief Borman, Hebrew Thought Compared with Greek (NY:

Norton, 1970), p. 108ss.

dualista”: “percibe y ama lo carnal, porque percibe lo espiritual y su presencia dentro de lo carnal” 22 . Paul Tillich es igualmente directo respecto de la espiritualidad judía y la manera en que difiere, no sólo de los supuestos neoplatónicos acerca de la incompatibilidad de lo sensual y de lo espiritual, sino que además invalida de hecho las tradiciones dualistas de las escuelas neoplatónicas. Escribe que en la Biblia: “El término ‘cuerpo’ se opone a estas tradiciones como prueba de la fe profética en la bondad de la creación. La tendencia anti-dualista del Antiguo Testamento se expresa poderosamente en la idea de que el cuerpo pertenece a la vida eterna… El dualismo alma-cuerpo contradice el concepto cristiano de Espíritu, que incluye todas las dimensiones de la existencia; tal dualismo es incompatible con el símbolo de la ‘resurrección de la carne’ 23 .

Recuperar una espiritualidad sensual es recuperar la espiritualidad bíblica, y en ese sentido este libro es un ensayo sobre la pregunta; ¿qué pasaría si Occidente abandonara sus supuestos helenísticos sobre la espiritualidad, redescubriendo la conciencia espiritual judía? En la cuarta parte de este libro he invocado especialmente a los profetas por su percepción de una espiritualidad sensual, especialmente a Amos y a Jeremías. Isaías también tuvo visiones de los tiempos mesiánicos como dones sensuales compartidos igualitariamente. Escribe: “Yahvé Sabaoth preparará sobre la montaña para todos los pueblos un banquete exquisito, de buenos vinos, alimentos ricos y jugosos y vinos deliciosos. Allí quitará el velo de llantos que cubre a los pueblos y el lienzo que envuelve a las naciones, y destruirá la muerte para siempre” (Is. 25.6 y ss.) El principio que hemos descubierto en este libro respecto de la moralidad y la sensualidad se aplica definitivamente en este caso: la comida rica y los vinos finos son “para todos los pueblos”, no para una minoría privilegiada. El profeta Jeremías, al describir la nueva creación, recorre necesariamente a la danza como metáfora principal:

“Vendrán y gritarán de júbilo en las alturas de Sion, acudirán hacia los bienes del Señor,

  • 22 Claude Tresmontant, A Study of Hebrew Thought (NY: Desclee, 1960), p. 103.

  • 23 Paul Tillich, Systematic Theology, III (Chicago: Harper and Row, 1967), pp. 412, 410.

hacia el trigo, el vino y el aceite. hacia las ovejas y las vacas. Serán como un huerto regado, y nunca más languidecerán.

Entonces la virgen se alegrará en la danza, jóvenes y ancianos estarán felices; cambiaré su duelo en gozo, los consolaré y los alegraré de su tristeza. (Jer. 31.12-14).

De hecho, la palabra hebrea para “regocijarse” significa también “danzar.” La visión profética del placer y de la sensualidad coincide con la que describí en este libro: no es que uno ame menos el placer, sino que ama igualmente compartirlo. El placer no es pecado, ni lo es la sensualidad. Pero sí es pecado amontonar el placer aferrándose a él, la construcción mezquina de lujos por el hombre y de placeres para pocos mientras las masas no pueden ni subsistir ni disfrutar de una existencia humana decente, con toda la responsabilidad y el éxtasis que implica tal existencia plena y rica.

Aunque he decidido centrarme en la tradición profética como sensual y espiritual, no deja de ser cierto que la literatura sapiencial de la Biblia, tan empapada de teología de la creación, también es profundamente sensual. De hecho, von Rad, en su ensayo sobre la sabiduría, declara que la sabiduría en la literatura bíblica es “casi voluptuosa” 24 , y que nos enseña sobre todo a confiar en la creación y en nuestra experiencia de ella: “Las experiencias del mundo siempre eran, para Israel, al mismo tiempo, experiencias de Dios, y las experiencias de Dios eran experiencias del mundo” 25 . Una vida carente de confianza en la creación y en el Creador detrás de ella es una vida aún no vivida. No es una vida espiritual, sino una vida de control. El profesor Roland Murphy considera “esta apertura a la experiencia y a la naturaleza –una “confianza básica”- uno de los temas principales de los libros sapienciales (p.

24 Gerhard von Rad, Wisdom in Israel (NY: Abingdon Press, 1978), p. 168 25 Roland E. Murphy, “Wisdom Theses,” in Wisdom and Knowledge, II (The Villanova University Press: sin fecha), p. 191.

190). Dios se revela no sólo en los hechos de la historia de la salvación, sino también en nuestras experiencias cotidianas, las cuales, estoy de acuerdo, también son íntegramente parte de la historia, y de la historia de la salvación. Escribe Murphy: “De hecho, se puede mantener provechosamente la idea de la auto-revelación de Dios en la experiencia y en la naturaleza (a diferencia de su auto-revelación en los hechos históricos, como en la historia de la salvación). El modelo bíblico para este tipo de revelación divina es precisamente la literatura sapiencial de Israel. Aquí hombres y mujeres estaban en contacto con Dios a través de la creación al nivel de sus respuestas de fe. Si bien ésta no es la historia de la salvación con fechas y actos notables, sí es salvífica” 26 . Después de todo, “salvar” significa hacer entero y saludable. La integración y la integridad son la esencia de la salvación. Esto puede y debe suceder con nuestra integración de lo sensual y lo espiritual. Ningún libro bíblico es más explícito sobre la unión entre Dios y la sensualidad que el Cantar de los Cantares. Sin embargo, a causa de las tendencias helenísticas y platónicas de la exégesis de Orígenes, siglos de cristianos han sublimado y reprimido la hermosura plena que contiene. El experto bíblico Marvin Pope comenta cómo Orígenes, de considerable influencia sobre los comentaristas posteriores, logró “desnaturalizar” el Cantar de los Cantares: “Orígenes combinó las actitudes platónica y gnóstica hacia la sensualidad para desnaturalizar el Cántico y transformarlo en un drama espiritual libre de toda carnalidad” 27 . El Cantar, observa Roland Murphy, es un “modelo bíblico del erotismo”, y en él “la sensualidad pasa a primer plano. En el refrán del ‘abrazo’ ella describe su mano izquierda debajo de la cabeza de él (2.6; 8.3). Él celebra los labios de ella que gotean miel, y ella tiene leche y dulces debajo de la lengua (4.11). Ella dice que la boca de su amante es la dulzura misma (5.16), y le pide sus besos (1.2). Él la compara con una palmera que trepará para agarrar las ramas y la fruta (7.9). El aroma de él es el de una bolsita de mirra, de un racimo de alheña, que descansa en el

26 Roland E. Murphy, “The Understanding of Revelation and Prophecy and Wisdom,” Chicago Studies (Spring, 1978), p. 57. 27 Marvin H. Pope, Song of Songs: A New Translation with Commentary (NY: Doubleday and Co., 1977), pp. 115 ss.

seno de ella (1.13-14). La fragancia de las prendas de ella es ‘la fragancia de Líbano’ (4.11) 28 . Murphy observa además que el estilo mismo del Cantar es sensual: “La atmósfera sensual que rodea al Cantar… es realzada por un lenguaje que nunca es directo; sutil y seductor, deja muchas cosas sin decir, pero sin embargo presentes”. Comenta que los sentidos juegan un papel ‘capital’ en el

Cantar 29 . En este libro no se menciona el nombre de Dios, pues éste no debe ser excesivamente invocado cuando los creyentes se entregan al éxtasis espiritual; la experiencia misma es el nombre. Demasiado nombrar puede interferir con el éxtasis y el abandono de uno mismo que a veces tiene que incluir hasta el abandono de los nombres divinos. Murphy, comentando sobre el Cantar de los Cantares, ofrece esta triste observación: “Resulta sorprendente que un libro que no menciona a Dios y cuyo lenguaje es tan apasionado haya sido incluido en el canon sagrado” 30 . Tal vez las personas se sorprendan tanto porque se han equivocado respecto del significado bíblico de “sagrado”. Después de todo, la cantidad inmensa de exégesis helenística de las Escrituras a lo largo de los siglos también les sorprendería a los profetas, a los autores de los libros sapienciales, y al autor del Cantar de los Cantares.

Y ciertamente le sorprendería también a Jesús. Resulta significativo el modo en que Jesús relaciona el baile con la vocación profética en la versión de Lucas de las Bienaventuranzas: “Dichosos seréis cuando los hombres os odien, y cuando os excluyan, os injurien y maldigan vuestro nombre a causa del Hijo del Hombre. Alegraos ese día y danzad de felicidad, porque vuestra recompensa será grande en el cielo; pues lo mismo hacían sus antepasados con los profetas” (Lucas 6.22; cf. Jer. 31.12-15). Y en un pasaje que me parece el más conmovedor de todo el Evangelio, uno que explica la violencia en el marco de la crucifixión, Jesús lamenta la pérdida de la capacidad de danzar. Lo hace como vocero de la tradición de la sabiduría: “¿Cómo describiré a los hombres de esta

28 Roland E. Murphy, “Interpreting the Song of Songs,” Biblical Theology Bulletin (July, 1979), p. 104. 29 Roland Murphy, “Un Modele Biblique d’intimité humaine: le Cantique des Cantiques», Concilium (1979), p. 96. 30 Alexander Jones, ed. The Jerusalem Bible (Garden City, NY: Doubleday, 1966), p. 991.

generación? ¿A quién se parecen? Son como niños que se sientan en la plaza gritándose unos a otros: ‘Hemos tocado la flauta para vosotros y no habéis bailado; hemos entonado lamentaciones y no habéis llorado’. Porque vino Juan el Bautista, que no comía ni bebía, y dijisteis: ‘Está endemoniado’. Viene el Hijo del hombre, que come y bebe, y decís: ‘Ahí tenéis a un comilón y a un borracho, amigo de los recaudadores de impuestos y de los pecadores’. Sin embargo, la sabiduría ha sido validada por todos sus hijos (Lucas, 7.31-

35).

Para Jesús, tal como para la mente judía en general, hay algo malo en las personas que no pueden bailar al son de las flautas, y esta rigidez interferirá también con la compasión. Para Jesús, las Buenas Noticias son las Buenas Noticias Sensuales, que estamos volviendo a nuestros sentidos y encontrando a Dios allí. Jesús no era un ascético para nada. La suya es una espiritualidad bíblica auténtica, como nos enseña el Rabino Heschel: “El ascetismo no era el ideal del hombre bíblico. La fuente del mal no es la pasión, ni el corazón que palpita, sino se encuentra en la dureza del corazón, en la insensibilidad… Nos conmocionan su pasión y su imaginación avivada… Los profetas hablan a la imaginación y a las pasiones; no atañen a la aprobación fría de la mente” 31 .

Ejemplos adicionales de la espiritualidad sensual/profética en la historia cristiana

En el capítulo 17 de la primera edición de este estudio hice una lista de algunos modelos que intentaron una espiritualidad profética más bíblica, y, por lo tanto, más sensual, en el pasado cristiano. Aquí quisiera nombrar a unos pocos más que nos pueden ayudar. La extraordinaria monja benedictina santa Hildegarda de Bingen (1098-1179) era poetisa, dramaturga, música, artista, médica, botánica, farmacéutica, mística, profeta, y abadesa de un convento para ambos sexos. También era la madre del movimiento místico de

31 Heschel, Abraham, The Prophets (los profetas), (NY: Harper and Row, 1962), p. 257. Schillebeeckx, Edward, Jesus: An Experiment in Christology (un experimento en cristología) (Nueva York: Seabury, 1979), ha desarrollado la tesis de Jesús como huésped simpático y anfitrión a la mesa, un tema sensual y espiritual. Véase pp. 200-218 y passim.

Renania y representante auténtica de la tradición espiritual centrada en la creación: “Ella experimentó un solo mundo de la creación”, escribe un académico 32 . No vacilaba en cuanto a la bondad de la creación de Dios, y por eso escribió: “Dios es la bondad de todas las cosas, y todas las cosas que vienen de Dios son buenas” 33 . Ella insistió en que la creación de la humanidad venía de la tierra, y que tenía una relación interdependiente con el resto de la creación. Dijo lo siguiente sobre los sentidos: “Los seres humanos captan y conocen a todo en la creación con sus cinco sentidos. Aman con sus caras, saborean con sus labios, analizan por medio de su oír, buscan con el aroma que les agrada, y actúan con el sentimiento que los hace felices. Y, al hacer esto, tienen a Dios, el Creador de todo, como su modelo” 34 . Como es propio en una teología centrada en la creación, Hildegarda reconocía el éxtasis del amor humano y de la sexualidad. Para Hildegarda “el matrimonio no es visto como algo que sólo tiene su sentido en el niño que surge de él. Lo que es primordial es la unión de esposo y esposa… La sexualidad no es vista solamente en el sentido reproductivo del matrimonio, sino como la unión de dos seres humanos. Hildegarda la ve como un bien muy grande y considera la virginidad como uno de los sufrimientos de Cristo” 35 . Hildegarda desarrolla una categoría espiritual que denomina viriditas. Viriditas es el poder de hacer verdes las cosas; es el poder de la primavera, de la frescura de la vida, de la germinación, de la productividad y la fertilidad. Sus imágenes para la fuerza poderosa de la vida son sensuales. Dice “la Tierra suda el poder germinante de sus poros mismos” 36 . El poder de hacer verde es el poder de la humedad que humedece el alma y la preserva de la “sequedad y la falta de cuidado” es decir, de secarse. Advierte sobre la pérdida de esta savia que es una bendición: “Cuando una persona pierde la

32 33 Führkotter, Adelgundis, OSB, Hildegard von Bingen: Briefwechesel (Salzburgo; Otto Müller Verlag, 1965), p. 14.

  • 33 Ungrund, Magna, I.C., “Grundlegende Voraussetzungen,” en Herwegen, Ildefons OSB, Beitrage zur Geschichthe des alten Monchtums und des Benediktinerordens, (Munster:

Aschendorffschen, 1938), p. 19. Las referencias que siguen se refieren a este texto.

  • 34 Ibi, p. 66.

  • 35 ibi, p. 88f.

  • 36 PL 377c.

frescura del poder de Dios, él o ella caen en la sequedad del descuido, carecen del jugo y el verdor de las buenas obras, y minan las energías del corazón” 37 . La espiritualidad de Hildegarda es una espiritualidad jugosa. Manifiesta su desinterés en el dualismo poniendo la siguiente ecuación:

cuerpo

tierra

 

=

_________

__________

alma

humedad

Según ella “el alma es la frescura de la carne, pues la carne se crece a través de ella, justo como la tierra fructifica a través de la humedad” 38 . Si se hubiera estudiado y elaborado la teología de Hildegarda con la mitad de la atención que la de Agustín, la teología cristiana de la relación, de la sexualidad, y del matrimonio, no sería tan vana como la teología actual. La espiritualidad sensual/profética que compartieron Hildegarda, Francisco, y Tomás Aquino llega a su apogeo en el gran predicador y teólogo dominicano alemán, Meister Eckhart (1260–1329). Aunque dependió de todos aquellos precursores (y también de la beguina, Mechtild de Magdeburgo), era un pensador original de pleno derecho. Eckhart, como lo hicieron Hildegarda y Mechtild antes, rechazó las prácticas ascéticas: “El ascetismo no es de mucha importancia”, enuncia terminantemente 39 . Insiste en que no se deben enfatizar los éxtasis tácticos, y que es, de hecho, únicamente la inexperiencia en la vida espiritual la que los hace necesarios. Para Eckhart es al menos de igual importancia poder “comer con el decoro perfecto” que ayunar; esas personas que enfatizan las prácticas espirituales “no se portan en absoluto de forma diferente a como si tomaran a Dios, envolvieran su cabeza en un abrigo, y lo metieran debajo de un banco” (p. 201). Eckhart nos amonesta en contra de una mentalidad de éxtasis tácticos:

  • 37 PL 764.

  • 38 PL 818 c/d.

  • 39 Citado en Fox, Matthew, Breakthrough: Meister Eckhart’s Creation Spirituality in New Translation (NY: Doubleday, 1980), p. 209. Cualquier referencia a las palabras de Eckhart corresponde a esta fuente, a menos que se anote otra.

“No te debes restringir a ningún método, porque Dios no está exclusivamente en ningún tipo de devoción. Esos que reciben así a Dios le hacen mal a Dios. Ellos reciben el método, y no a Dios”. Demasiado éxtasis táctico es de hecho una indicación de un exceso de ego; es simplemente una expresión de la obsesión por el control, y no tiene que ver con la renuncia de la cual trata toda experiencia espiritual profunda: “Esas personas que se aferran a su yo egoísta, en ejercicios penitenciales y prácticas externas, de las cuales se jactan mucho… A tales personas les dicen santos a causa de su apariencia externa, pero interiormente son asnos, porque no comprenden el significado verdadero de la verdad divina” (p. 209). En vez de con prácticas ascéticas, la manera más excelente de asegurar la armonía de la sensualidad y la espiritualidad es con la “brida del amor”:

“Si deseas soportar la carne y hacerla mil veces más sujeta, ponle la brida del amor. A través del amor la sobrellevarás más rápidamente, y a través del amor la sobrellevarás profundamente” (p. 244). El alma no está en guerra con el cuerpo; “el alma ama el cuerpo”, dice Eckhart. “Nada te acerca más ni te une tanto a Dios como este lazo tan dulce. Que no busque otro camino quien haya encontrado éste”. ¿Por qué está tan seguro Eckhart de que los éxtasis tácticos no son de mucha importancia? Porque ha desarrollado muy bien una teología de bendición, de la bendición que es la creación, que es “lo que es”: “Lo que es, es Dios”, declara. Porque los éxtasis de la creación están tan cerca de la persona, Dios también está cerca y es cotidiano. Lo que he denominado “éxtasis” en este libro, Eckhart lo denominó “momentos decisivos” 40 . Para Eckhart suceden momentos decisivos no una vez al año o al mes, sino varias veces al día para la persona que está despierta y consciente. Es decir, para la persona que haya aprendido a soltar el control. Para esa persona, Dios está en todas partes, y todo está dentro de Dios: ¡Si una persona está correctamente dispuesta, tiene a Dios con ella de hecho, y si verdaderamente tiene a Dios con ella, tiene a Dios en todos lugares, en la calle y en la presencia de todos, igual que en la iglesia, o en el desierto, o en la celda” (p. 208). El breakthrough o el éxtasis es un breakthrough en nuestra conciencia, una conciencia de la unidad en Dios de todas las cosas. Es aún más noble que nuestra creación, porque es nuestro despertar a la santidad de todo cuanto

  • 40 El texto inglés dice “breakthroughs”. Nota del traductor.

existe, incluso la divinidad de nuestra propia creación. Éxtasis para Eckhart no denota la “extra-terrestralidad” de Plotino y los neoplatónicos, como comenta Reiner Schurmann. No hay fantasmas de elitismo en la espiritualidad de Eckhart: “Eckhart no apela a ninguna experiencia privilegiada; en su espiritualidad no se encuentra ningún arrepentimiento por haber ‘recaído’ en el cuerpo después de un reposo en Dios, y, sobre todo, no hay oposición entre un mundo superior y uno inferior, al cual el alma tuviera que resignarse a bajar” 32. La ruptura liberadora de Eckhart es una “comprensión terrenal del instante; huir de la situación presente se convierte en una manera de estar en él”. En esta espiritualidad no-elitista y centrada en la creación, como en tantas otras cosas, Eckhart sigue a su hermano Tomás de Aquino. Éste, a diferencia de su amigo agustino, San Buenaventura, insistió en que “amor facit ecstasim”, 33 es decir, que el amor –cualquier amor– nos hace extáticos. Buenaventura y las escuelas agustinianas restringieron el término “éxtasis” a una experiencia de Dios por parte del alma exclusivamente. Como hemos visto en nuestro tratamiento del Cantar de los Cantares -el cual ni siquiera nombra una vez a Dios– esta tradición de san Agustín es más neoplatónica que bíblica. Un investigador comentó: “Aquí encontramos la última diferencia entre el éxtasis en el pensamiento de Buenaventura y en el de Tomás Aquino: en éste, el éxtasis tiene un sentido universal; en aquél, se limita a la relación del alma con Dios. Para Tomás de esta naturaleza universal deriva la importancia de la doctrina del éxtasis de la vida espiritual” 34. Otra contribución a la espiritualidad sensual/profética por parte de Eckhart es su teología del placer; incluso analiza la manera en la que una persona puede desarrollar un amor más profundo al placer. Dice que disfrutamos de los éxtasis de la vida en tres niveles. Utiliza los ejemplos del vino y de la carne. Primero, disfrutamos el vino y la carne como vino y carne. Decimos, “Mmmm – ¡buen vino! ¡Deliciosa carne!”. Segundo, disfrutamos del vino y de la carne como regalos. Una conciencia de gratitud, un agradecimiento por el regalo, nos inunda.

Tercero, disfrutamos el vino y la carne como “eternamente no-otro”. Esto significa que ningún plazo de tiempo podrá borrar nuestra experiencia del éxtasis. El éxtasis y la memoria se encuentran inextricablemente vinculados. Además de ser eterno, el éxtasis es también eternamente “no-otro”, es decir, nos convertimos en nuestros éxtasis, y ellos se convierten en nosotros. Somos lo que comemos; también somos comidos. Somos el éxtasis; el éxtasis lo somos nosotros. Toda relación sujeto/objeto, todo dualismo es incorrecto; se reconoce la unidad como lo que de hecho es: como la ley del Universo. Ésta es una revelación de que “todo está en Dios y Dios está en todo” (p. 76 ss). Es indudable también que la espiritualidad de Eckhart fue profética y orientada hacia la justicia. Él mismo dijo que “quien entienda todo lo que digo con respecto a la justicia entiende todo lo que tengo que decir”. Apoyó a los peones oprimidos en su día predicándoles en su lengua vernácula; también apoyó y aprendió del movimiento feminista de las mujeres de la clase obrera, las beguinas 41 ; y fue condenado por el mismo Papa que las condenó a ellas, compartiendo de este modo su destino. Su juicio fue, en muchos aspectos, político; fue advertido varias veces de que debía “dejar de confundir a la gente sencilla” por predicarles en su propia lengua. Su respuesta fue que “los oprimidos necesitan aprender; porque si no lo hacen, nunca aprenderán por qué vivir ni por qué morir” 42 . De hecho, toda la espiritualidad de Eckhart lleva a la compasión, que él entendió a la vez como justicia social y como celebración. Pero, a fin de que esta espiritualidad se desarrolle, las personas tienen que poder dejarse llevar por su pasión, y aceptarla cual parte integrante de la vida. Por esto advirtió Eckhart que “toda hazaña es realizada por medio de la pasión”. Eckhart no sentía ninguna necesidad de controlar las pasiones. Al contrario, era favorable a dirigirlas hacia la sanación creativa de las personas y de la sociedad. Tomás de Aquino había enseñado que las pasiones son de hecho la sede de las virtudes 43 , y Eckhart internalizó esa enseñanza. En este sentido también la

  • 41 Beguina. (Del fr. béguine, f. de begard, begardo, comunidades religiosas existentes en Bélgica. Beata que forma parte de ciertas comunidades religiosas existentes en Bélgica. Diccionario de la Real Academia Española.

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espiritualidad de Eckhart es muy distinta de la de Agustín, de quien escribe M. D Chenu que “Agustín fue víctima temporal del maniqueísmo y, además, su vida entera estuvo teñida por una experiencia inusualmente triste de pasión incontrolada. Con esos antecedentes resulta entendible que los discípulos de San Agustín le dieran poca importancia a la materia en su idea del hombre y en su espiritualidad” 44 .

Ni Eckhart ni Tomás de Aquino tenían una “espina en la carne” que los oprimiera, como el Agustín que engendró tanta culpabilidad en cuanto a la corporeidad para generaciones de cristianos. Podría decirse de Eckhart lo que dijo Chesterton de su hermano Tomás de Aquino: “Nos salvó de la espiritualidad, un destino funesto” 45 , Esto se debe a que la espiritualidad terrenal arraigó en la creación y en la santidad de la materia –como tiene que ser toda espiritualidad bíblica auténtica– que florece con conciencia profética y actividad a favor de la justicia social. Eckhart comenta: “Para la persona justa, la justicia es su ser, su vida, su existencia misma” 46 .

Otra defensora de la espiritualidad sensual es la “primera dama de las letras inglesas”, la mística Juliana de Norwich (c.1342-1415). Juliana no temía al cuerpo, ni lo veía a él ni a sus funciones como algo fuera del dominio de lo espiritual. De hecho, en un pasaje que hará ruborizar a muchos modernos, Juliana enseña que defecar es santo: “Dios lo hace”, insiste: “El hombre camina recto, y la comida en su cuerpo se encierra como en una bolsa bien hecha. Cuando llega el momento de su necesidad, la bolsa abre y después vuelve a cerrar, de la manera más decorosa. Y es Dios quien hace esto, como se nos enseña cuando él dice que se baja a nosotros en nuestras necesidades más humildes. Pues no desprecia lo que ha hecho, ni desdeña servirnos en las funciones naturales más sencillas de nuestro cuerpo, por amor al alma que creó a su propia imagen. Porque de igual manera que el cuerpo se viste de tela, y la carne de la piel, y los huesos de la carne, y el corazón en el tronco, así somos nosotros, alma y cuerpo, vestidos y contenidos en la bondad de Dios 47.

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¡Qué expresión tan hermosa y honesta de la santidad de la materia y la santidad de nuestra existencia! El panenteísmo de Juliana se presenta como un símbolo primordial de la manera en que están relacionados el cuerpo y el alma, contenidos el uno en el otro; no están en guerra. En las obras de Juliana hay mucho contenido que es ricamente centrado en la creación. Ella conocía a la tradición benedictina, como se ha expresado en las obras de personas como Hildegarda, y conocía a Eckhart también. De interés particular para los propósitos de este libro es su uso frecuente de la palabra “sensual”. Juliana escribió que ser humano es ser sensual: “Cuando nuestra alma fue infundida (“respirado”) en nuestro cuerpo, en el cual momento somos hechos sensuales, y a la vez empiezan a funcionar la misericordia y la gracia” 48 . Nuestra sensualidad es de hecho un don de Dios; de hecho, Dios está en nuestra sensualidad: “Nuestra sensualidad está fundada en la naturaleza, en la misericordia y en la gracia, y esta fundación nos ayuda a recibir los dones que nos llevan a la vida sin fin… Dios está en nuestra sensualidad” 49 . Para Juliana, el cuerpo y el alma forman una “unión gloriosa” y son instados a trabajar en armonía el uno y el otro, “que cada uno reciba el apoyo del otro”. Ya que Jesús es completamente humano, él también asumió la sensualidad sobre sí mismo: “Nuestra sensualidad reside únicamente en la segunda persona: Jesucristo” 50 . De hecho, Dios es el pegamento que une la espiritualidad y la sensualidad: “En cuanto a nuestra esencia, con derecho se le puede llamar nuestra alma, y eso se debe a la unión que tiene en Dios. La ciudad honrada donde se sienta Jesús es nuestra sensualidad, en la cual está contenido… hasta el momento que (nuestra alma) adquiera su plena fuerza, no podemos ser completamente santos; en aquél momento nuestra sensualidad, por el poder de la pasión de Cristo, será eleva a sustancia”. Nuestra experiencia misma de Dios es sensual, cumpliendo todas las capacidades de nuestros sentidos: “Seremos escondidos eternamente en Dios, viendo y sintiendo verdaderamente, oyendo a Dios espiritualmente y oliendo deliciosamente a Dios y saboreando dulcemente a Dios. Y allí veremos cara a cara a Dios, familiar y enteramente”.

  • 48 p. 286

  • 49 (p. 287)

  • 50 (p. 295)

No resulta sorprendente que Juliana haya desarrollado una teología del lado materno de Dios. Dios es la Madre de las naturalezas. Y la creación es tan buena, una bendición buenísima. “Dios es todo lo que es bueno… y la bondad de todo es Dios”: “La bondad natural es Dios. Él es el fundamento; suya es la sustancia; él es la esencia y la naturaleza misma, y él es el verdadero Padre y la verdadera Madre de las naturalezas. Y todas las naturalezas que ha hecho fluir de él para obrar su voluntad serán restauradas y devueltas a él por la salvación de la humanidad a través de la operación de la gracia”. Cuando uno se permite el lujo de sumergirse en las obras de estos místicos maravillosamente centrados en la creación, como Hildegarda, Eckhart y Juliana, igual que esos otros que menciono en el capítulo 17 de este libro –Eloísa, Francisco, Aquino, Valla, Teilhard– uno aprende a confiar más en su propia experiencia. Tal como hay que recordar los éxtasis, hay que confiar en ellos. Uno también entiende la exclamación de aprecio que pronunció el profeta y mártir protestante Dietrich Bonhöffer poco antes de su ejecución en un campamento de muerte de Hitler. La Edad Media fue la última vez que ofrecía el cristianismo una espiritualidad centrada en la creación a su pueblo, opinaba él, y Bonhöffer sentía esto cuando escribió desde su celda: “Me pregunto si será posible… recobrar la idea de la Iglesia como una entidad que otorga un entendimiento del área de la libertad (el arte, la educación, la amistad, el juego)… Verdaderamente pienso que así es, y significa que debemos recuperar un entronque con la Edad Media. ¿Existen, por ejemplo, personas, en nuestros tiempos, que se pueden dedicar con la conciencia tranquila a la música, a la amistad, a los juegos, o a la felicidad?” 51. ¿De verdad existen personas así? Sí. Somos nosotros. Todo aquél que viva una espiritualidad de éxtasis auténtico, compartiendo el éxtasis, ha superado esa “conciencia sucia” y ese sentido de culpabilidad que nuestra cultura hace llover sobre nosotros, y esa persona vive más plenamente. Es decir, más espiritualmente.

Profecía: Sensualidad y placer como cuestiones políticas

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Mahatma Gandhi enseñó que uno de los pecados más grandes es el placer sin conciencia. Y así es. El placer busca ser placer compartido, y este compartir se hace por medio de la justicia y del amor; eso es, por medio de la compasión. La injusticia es vinculada invariablemente con el desprecio hacia el cuerpo y el placer. Como advirtió W.H. Auden, “por lo general eran los que odiaban el placer los que devinieron injustos”. El aislamiento del cuerpo del cuerpo político sólo refuerza la injusticia, como nos advierte Wendell Berry:

“No puedes devaluar el cuerpo y valorar el alma – ni cualquier otra cosa… El desprecio hacia el cuerpo invariablemente se manifiesta en desprecio hacia otros cuerpos – los cuerpos de los esclavos, hacia los obreros, hacia las mujeres, hacia los animales, hacia las plantas, hacia la tierra misma” 52 . Esas personas que no pueden celebrar la corporalidad son reducidas a la competencia violenta entre cuerpos. Los profetas no eran introvertidos que se revolcaban en una espiritualidad privada. Al contrario, enfrentaban la enormidad del éxtasis divino, como observa el rabino Heschel: “Lo que enfrenta el profeta no es su propia fe. Enfrenta a Dios. Sentir el Dios vivo es sentir la bondad infinita, la sabiduría infinita, y la hermosura infinita. Tal sensación es una sensación de júbilo” 53 . Es la intensidad de tal júbilo la que lleva a los profetas a criticar la injusticia. Walter Bruegemann, en su libro La Imaginación Profética, insiste en que no puede haber un nacimiento de la compasión sin un renacimiento de la pasión. Dice: “La inmunidad a toda voz trascendente y la indiferencia al vecino llevan finalmente a la desaparición de la pasión. Y donde no haya pasión, no puede haber nada de energía humanizadora.” 54 El criticismo auténtico y profético, arguye, empieza visceralmente “en la capacidad de lamentar, porque eso es el anuncio más visceral de que las cosas no son como deben ser” 55 . Los profetas son personas viscerales, sensibles a los “lamentos” de los oprimidos. El libro del Éxodo es un libro de lamentos, como por ejemplo en el Capítulo 11: “Y se oirán gritos tan desgarradores en todo el país de Egipto como no los ha habido ni los habrá jamás”.

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(p. 105)

(p. 143)

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Brueggemann también nos recuerda de la conciencia simbólica que es íntegra a la profecía. Cada profeta es un artista, insiste: “No tenemos que preguntar si la conciencia y la imaginación han sido así asaltadas y cooptadas… si se nos ha robado el valor y el poder de pensar un pensamiento alternativo… La manera característica de un profeta en Israel es la de la poesía y la lírica… La imaginación tiene que preceder a la implementación. Nuestra cultura es competente para implementar casi todo y para imaginar casi nada… Todos los regímenes totalitarios tienen miedo al artista. Es la vocación del profeta mantener vivo el ministerio de la imaginación” 56 . “La pérdida de la pasión,” observa, “es la incapacidad de querer y de sufrir” 57 . La pasión que celebran ambos, Heschel y Brueggemann, en el profeta viene de los sentidos; es lo contrario del poder:

“Haz insensible el corazón de este pueblo; embota sus oídos y cierra sus ojos, no sea que vean con sus ojos, oigan con sus oídos, y entiendan con su corazón, y se conviertan y sean sanados” (Is. 6.10).

La sanación es precedida por una vuelta, una conversión; en este caso, la persona da una vuelta, deja atrás la asensualidad, y va hacia la sensualidad. Cuando hablo del profeta, hablo de cada uno de nosotros. Como ha dicho Heschel: “Reside una parte del profeta en las profundidades de todo ser humano”. Toda injusticia es una forma de violencia; toda violencia es una forma de injusticia. Ha habido varios estudios sobre las orígenes de la violencia (por supuesto, ésta tiene orígenes sociológicos también) desde que escribí este libro, y todos están de acuerdo con que la represión de la conciencia corporal temprano en la vida de uno es la razón principal de la violencia. Escribe Ernest Becker: “El mundo moderno… ha querido negar a la persona hasta su

  • 56 (pp. 44ff)

  • 57 (p. 46)

propio cuerpo, hasta su emanación de su centro animal; ha querido hacer de él completamente una abstracción despersonalizada”. El resultado es la violencia, porque “si no tenemos omnipotencia como los dioses, al menos podemos destruir como los dioses” 58 . Lo contrario de la culpabilidad no es la inocencia; nadie es inocente; lo contrario de la culpabilidad es responsabilidad. Preferimos revolcarnos en nuestra culpabilidad a tomar la responsabilidad para la justicia y la sanación social: “Es mejor la culpabilidad que la carga terrible de la libertad y la responsabilidad”, comenta Becker 59 . Aquellos que predican la culpabilidad para la pasión, y aquellos que la internalizan, están activamente obstruyendo la compasión. El Dr. James Prescott observó en el Boletín de Científicos Atómicos que “la relación recíproca entre el placer y la violencia es de suma importancia, porque ciertas experiencias sensoriales durante el período formativo del desarrollo crean una predisposición neuropsicológica posterior para una de dos cosas: la busca de la violencia, o la busca del placer” 60 . El Dr. Prescott advierte que el placer corporal es distinto de la promiscuidad, la cual de hecho es un síntoma de la incapacidad básica de experimentar el placer 61 . Resulta significativo en este contexto que las personas comprometidas a trabajar por la justicia global que toman el juramento Shakertown, declaran: “Yo afirmo el don de mi cuerpo, y me someto a su nutrición correcta y a su bienestar físico” 62 . Las cuestiones morales de la ecología tienen que ver con la opción básica entre amar y odiar al cuerpo. Si verdaderamente amáramos el sol, el agua, el aire, y la tierra, los respetaríamos y les daríamos más prioridad que le damos al consumismo y el mentado “desarrollo”. La tierra misma pide la hospitalidad a gritos; se necesita una hospitalidad cósmica si queremos aprender las lecciones de Three Mile Island, de Love Canal, y las miles de situaciones parecidas alrededor del mundo. Debemos hacerle caso a la advertencia profética del Jefe Seattle hace cien años: “Esto sabemos: que todas las cosas están conectadas como la sangre que une una familia. Todas

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(p. 84f).

(p. 213).

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las cosas están conectadas… Los blancos también pasarán; quizás más pronto que todas las demás tribus. Si sigues ensuciando tu cama, un día sofocarás en tus propios deshechos.” Nos acercamos a ese tiempo espantoso que él previó hace un siglo, del “fin de vivir y el principio de sobrevivir”. La cuestión de la sensualidad se ubica en el corazón de un mundo de trabajo violento y un sistema económico violento. La tecnología grande roba de las personas el trabajo más satisfaciente, esto es, el trabajo más sensual, como observa E.F. Schumacher: “El tipo de trabajo que con más éxito reduce, y hasta elimina, la tecnología moderna, es el trabajo hábil y productivo de las manos humanas en contacto con materiales reales de un tipo u otro… Hoy en día, una persona tiene que ser rico para poder disfrutar esta cosa sencilla, este lujo grandísimo” 63 . Y el teólogo M.D. Chenu se queja de que la abstracción, y la distancia que ésta produce, en la bolsa de valores del mercado actual, y especialmente en el comportamiento económico de las corporaciones multinacionales, que causa la violencia intrínseca del sistema capitalista. Cuando es pequeño, es personal, observa, y así es una forma moral de actividad económica. Pero cuando es gigantesco, es abstracto (o asensual, en mis términos) e intrínsecamente violento. La amenaza moral de las corporaciones multinacionales – a las cuales les llama Chenu “monstruosidades inmorales” – es precisamente se abstracción. 44 Lo mismo dice José Miranda: “La cultura Occidental/cristiana ha sido invariablemente aristocrática, privilegiada e incapaz de percibir la realidad más masiva, trágica, y urgente de nuestra historia. Su humanismo era, y es, un humanismo de pensamientos –un humanismo mental y estético. Y su ‘hombre’ es una abstracción, una esencia platónica, válida semper et pro semper; no es la humanidad de carne y hueso, la humanidad de sangre y lágrimas y esclavitud y humillaciones y cárceles y sufrimientos desconocidos” 64 . Una razón por la cual la compasión ha sido o rara o cooptada por el sentimentalismo es que hemos perdido contacto con el dolor de la humanidad. Hemos sucumbido a la asensualidad. En la misma corriente, W.H. Auden advierte a los norteamericanos que “el gran vicio de América no es el materialismo sino la falta de respeto para la materia”. Esta falta de

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respeto para la materia crea un vacío en el centro de nosotros que tratamos de llenar con bienes de consumo, pero en vano. Porque fuimos creados para amar bien a la materia, no para ignorarla. Irónicamente, ignorándola nos convertimos en víctimas de la materia distorsionada, la cual es la “vida de lujo”, y la avaricia de la misma, que es el consumismo. Un programa político entero se presenta en este libro. Los éxtasis naturales y la manera de hacerlos disponibles a todos constituye tal programa. Pues la política es esencialmente un asunto de placer, dado que se trata de las prioridades, y que priorizamos según lo que amamos, o lo que creemos que amamos. Las cuestiones de quién comerá y qué se comerá; de quién será vestido, de quién será abrigado, de quién tendrá trabajo, seguro médico, educación básica, y seguridad personal, éstas son cuestiones corporales/políticas. Las cuestiones de la sobrevivencia con las cuales luchan los más pobres no son abstracciones, son asuntos sensuales/espirituales. Sus soluciones, y la imaginación para crear soluciones, tienen que nacer de una conciencia sensual y espiritual. La necesidad de una revolución de la imaginación, y del pensamiento simbólico no ha disminuido en los cinco años desde que escribí este libro. De hecho, ha aumentado en todas las áreas de la supervivencia de la aldea global, desde las necesidades de la energía y la conservación (por ejemplo, la imaginación que se requiere para producir baratamente la energía solar) a la necesidad de desarrollar sistemas económicos que reflejen la aldea global en la cual actualmente vivimos; a la necesidad del ecumenismo entre las religiones del mundo; a la de poner al pueblo en trabajos “buenos”; a la de re- diseñar los lugares de trabajo; a la ingeniar estilos de vida alternativas y más sencillas; a la de inventar, y usar, medidas menos avariciosas de transporte, etc. Sólo la imaginación puede sanar a nuestro planeta abrumado, y la imaginación sólo puede ocurrir cuando nace del éxtasis y es aplicada a la interdependencia social y cósmica. Además, la manera más segura de cambiar a las personas, y es de esperar, sus instituciones, es por medio del placer. No con guerras, sino apelando a los intereses de las personas, lo cual es decir, apelando a lo que consideren ser su placer más amplio. Un alumno mío decidió hacer un experimento. Fue a una cafetería en Chicago y pidió un plato de palomitas. Después, nadó con el éxtasis de cada grano y duró varias horas en comer ese único plato. Durante

ese plazo, al menos ocho personas se acercaron a él y le preguntaron:

“¿Dónde aprendiste a disfrutar tanto tu comida?”, ¿No demuestra este ejemplo que las personas buscan un placer más amplio? ¿Que el placer atrae a las personas? ¿Que también el placer une a las personas? Quizás la escasez de cambio social no-violento se deba a la escasez del placer y de la fuerza política que ésta podría ejercer. Obviamente el placer tiene un significado social profundo –de otra manera, los manipuladores de los símbolos en nuestra sociedad que, por ejemplo, hacen tanta propaganda para sus mercancías, no estarían tan obsesionados con imponer en nosotros su definición del placer (el “placer” del consumismo). La tradición bíblica canta el placer para los muchos, no para los pocos. El placer de todos, o de ninguno. Para encontrar el verdadero placer todos necesitamos soltar ciertas maneras de buscar el placer. Este es uno de los significados de tener “un estilo de vida sencillo”, a saber, la necesidad de redefinir lo que es el placer auténtico y en donde se puede encontrar. El problema es que hoy en día la sensualidad ha sido limitada y encajada en productos para consumir. Tomás Merton previó esto cuando escribió que estaba lloviendo afuera y que iba a caminar descubierto porque “pronto tratarán de venderte la lluvia”. El misticismo no es en sí la ética, aunque en todos casos el misticismo lleva a la ética y, de hecho, una ética viva conduce al misticismo. Algunas personas se confunden cuando oyen hablar de una espiritualidad sensual basada en el placer, y creen que esto es sinónimo con la anarquía moral, al menos al nivel personal. Aunque enfatizo en este libro el trabajo a favor de la justicia, el cual es trabajo profético, como la expresión natural del éxtasis, frecuentemente surge la pregunta: ¿Cómo está relacionada la ética personal con la ética intrapersonal? ¿Hay normas en este respecto cuando se trata de los placeres personales? Las normas que son íntegras de la tradición bíblica son, yo creo, dos. Primero, es moralmente malo que una persona, o un pueblo, busque el placer a costa de otro o de otros. El nombre correcto del placer que uno saca a costa de otros es sadismo, y somos sádicos cuando no investiguemos las raíces de nuestros placeres. Uno de los elementos liberadores de basar el placer en los éxtasis naturales mencionados en este libro, es que estos éxtasis no son mucho más raros ni más lejos de cualquier ser humano que la conciencia humana misma. Mientras, por ejemplo, derribar

una selva tropical en Brasil por el “placer” de una hamburguesa de McDonald’s es sádico de hecho. La segunda norma en cuanto a la moralidad del placer personal parece ser la siguiente: Cuando puede lastimar otras personas lo que me dé gusto a mí o a nosotros, entonces están en regla la discusión y el diálogo. Lastimar a otros no es en sí malo –parte de nuestro crecimiento más profundo ha tenido lugar a costa del sufrimiento, sea directo o indirecto. Pero a quien busca el placer no le toca determinar si es lastimada otra persona por su bien, o no; esa persona merece ser parte del diálogo. Por medio de tal diálogo nace una comunidad de sanación y se expande en sabiduría, en gracia, y en entendimiento. Las personas que se sienten incómodos con la tesis de este libro han sido víctimas (y tal vez hayan sido responsables también) del antisemitismo. Ha de notarse que las acusaciones de antisemitismo llegaron a su crescendo al llamar a los judíos “esos judíos lujuriosos” 46. La espiritualidad bíblica de hecho es sensual. Pero toda sensualidad –en contra de la tradición neoplatónica en el cristianismo– no es lujuria pecaminosa. La sensualidad es una de las bendiciones más prodigiosas de Dios. Y esas personas a quienes les importa la justicia, y el esfuerzo de compartir la sensualidad y la tierra (en contra de la lujuria) lo saben. No es ningún secreto que existen en medio de nosotros numerosas personas miedosas que no pueden soltar el dualismo. Pero también se encuentran en medio de nosotros cada día más convertidos a la vida acuariana y holística. A todos los invito oír la advertencia de Mahatma Gandhi: “El culto sin sacrificio es pecado”. Es hora de que los creyentes aprendan a sacrificar sus dualismos y su miedo al cuerpo, su desconfianza, su miedo al cosmos y a la creación, sus “cobijas de seguridad” 65 teologías de caída/redención (“el pecado original me obligó a hacerlo”), su remordimiento y su cruzada de perfeccionismo moral, su miedo al artista y al pensador y, por fin, su antisemitismo. Con este sacrificio del dualismo y del miedo del cuerpo, el culto –que es la celebración de la sanación del cosmos de Dios y del pueblo de Dios – tal vez pudiera volver a realizarse.

Institute of Creation-Centered Spirituality December, 1980

65 Al estilo de “Linus” de las tiras cómicas “Charlie Brown”.

Título del libro en inglés: Whee, We, Wee All the Way Home, por el padre Matthew Fox (Título en español: El éxtasis es nuestro camino a casa. Hacia una teología sensual y profética).

Introducción

La sensualidad, la profecía, y nuestro futuro espiritual

Estamos iniciando un nuevo siglo, un nuevo milenio. Sólo una vez antes, luego de la vida de Cristo, ha nacido un nuevo milenio. ¿Implica esto una época nueva? ¿Una nueva era espiritual? ¿Requiere una espiritualidad nueva? Una espiritualidad es un camino –un camino de vida en profundidad. Hoy en día cada vez más personas están cuestionando los caminos del pasado y buscando nuevas costumbres, nuevas profundidades lo suficientemente auténticas y desafiantes como para entregarse ellos, su mundo y su medioambiente, incondicionalmente a ellas. Este resurgimiento del interés

por las espiritualidades es evidente en todas partes -entre los adolescentes que pasan de las drogas al budismo, entre los hombres de negocios que recitan sus mantras, entre los creyentes que regresan a las tradiciones de su niñez, entre los creyentes que abandonan sus afiliaciones religiosas institucionales, entre no-creyentes que exploran la profundidad de sus vidas con seriedad y consideración, entre los sacerdotes marxistas, y las amas de casa liberadas (tanto hombres como mujeres). Estas omnipresentes hambre y sed espirituales -y el vacío y la vacuidad que las nutren- evidencian la universalidad de un fenómeno común: el cambio de la conciencia. Un pueblo, otrora llamado la “civilización occidental”, se encuentra en medio de una profunda crisis espiritual. Hemos sido desarraigados. Nuestras tradiciones espirituales del pasado, tan ignoradas como no practicadas, parecen tener poco que ver con la nueva era de conciencia política y personal hacia la que navegamos los que hemos vislumbrado que somos ciudadanos del pueblo global. Algunas personas dicen que estamos iniciando una era espiritual completamente nueva, una era cuyo resultado radical dependerá más que nunca de que la raza humana entera componga y enmiende sus vidas enteras, incluyendo tanto su política y sus máquinas de guerra, como su búsqueda de la hermosura y de Dios, y su amor por la Tierra. Una tradición que nos permite entrever nuestro futuro (¿hemos reparado en que las espiritualidades casi siempre nos entrenan a mirar sólo hacia el pasado, usualmente el de otras personas?) es la tradición astrológica. Lo que presento aquí no es mi creencia personal en la astrología (no creo en la astrología) sino una consideración histórica de la conciencia humana, en la que “histórica” significa tanto pasado como futuro. La verdad de este modo simbólico de ver nuestro futuro no radica en ninguna creencia particular, sino en la evidencia disponible en nuestra experiencia de que la astrología nos puede otorgar una percepción valiosa. Carl Jung aboga por nuestros amigos interesados en la astrología argumentando que la sabiduría astrológica nos provee información significativa acerca de los contenidos de nuestro inconsciente espiritual y, como tal, debe de tomarse muy en serio. En particular, Jung acepta la división de la historia humana en etapas de aproximadamente 2,000 años cada una, correspondientes a la Era de Tauro (de aprox. 4,000 - 2,000 a.C.), la era de las civilizaciones instintivas,

simbolizadas por el toro y manifestada en la religión cretense; la Era de Aries (aprox. 2,000 a.C.-1 a.C.), caracterizada por la religión de los judíos y la aparición de la conciencia y el conocimiento del mal, en la que se sacrificaban carneros en nombre de la religión; la Era de Piscis, los peces, (aprox. 1 a.C.- 2000), dominada en la religión por la figura de Cristo, último miembro de la Edad de Aries (él mismo sacrificado como un cordero) y primer pez de la era de Piscis (convocó a sus seguidores a ser “pescadores de hombres”). Los cristianos, renaciendo en las aguas del bautismo, adoptaron al pez como símbolo primitivo de su creencia. Es de notar que el símbolo de la Era de Piscis consiste en dos peces nadando en direcciones opuestas. Este símbolo implica la espiritualidad dualística, la división entre el bien y el mal, que tanto ha caracterizado el pensamiento cristiano y, en particular, su misticismo. También implica la tensión entre Cristo y el anti-Cristo. Tal vez los cristianos deberían tener en cuenta que hasta ahora ni ellos ni sus instituciones han tenido que prosperar y sobrevivir en un período no- dualístico (es decir, no-pisciano), y que habrá una transición para su fe, en su manera de concebir la existencia, a otra orientación. El propósito de este libro es sugerir cómo podrá ser esa nueva orientación, cómo podrá ser una teología y una espiritualidad apropiada a la Era de Acuario. Según esta teoría, la Era de Piscis termina en el siglo 21, (algunos dicen que pronto, otros que más tarde) y si hay parte de verdad en esto, entonces estamos sintiendo actualmente los dolores de parto de la próxima etapa que se inaugura ante nosotros: la Edad de Acuario, el Portador del Agua, caracterizada por un regreso al símbolo del agua, de “las profundidades”. En esta era, cada quien tendrá conciencia del mal y, por tanto, podrá hacerse verdaderamente espiritual, haciéndose responsable por él. En la Era de Acuario “ya no será posible minimizar la idea del mal como mera privación de lo bueno; su verdadera existencia tendrá que ser reconocida. El problema no puede solucionarse ni por medio de la filosofía, ni de la economía, ni de la política, sino solamente por medio del ser humano, del individuo y sus experiencias del espíritu viviente”. 66 Una era de espiritualidad en que ambos espíritus: el de la fealdad (el mal) y el de la hermosura (Dios) estarán disponibles para que todos puedan escoger su propio camino.

  • 66 Carl Jung, Aion, (NY: Pantheon Books, 1959), p. 8.

Para no errar al camino espiritual, todos (y especialmente los teólogos) deberíamos aprender a “leer las señales de los tiempos”. Una de éstas es el inmenso interés en la vida sensual. Quienes leen revistas “picantes” no son necesariamente voyeurs ni desviados sexuales, sino personas en busca de una actitud diferente hacia los dones de la sexualidad y la sensualidad. Otra señal de nuestros tiempos es el lenguaje que empleamos. Resulta significativo que en la segunda edición del diccionario del idioma inglés Webster (vigente de 1950 a 1966) la palabra “espiritual” sea dada como antónimo de “sensual”. Afortunadamente para todos, la tercera edición (1966) elimina esta falsa dicotomía. Sí, la Era de Piscis, simbolizada por dos peces nadando en direcciones opuestas, sugiriendo dicotomías exageradas, llega a su fin. Dicotomías como cuerpo vs. alma, sensual vs. espiritual, hombre vs. mujer, sujeto vs. objeto, pudientes vs. desposeídos, no tendrán cabida en la espiritualidad del futuro -con tal de que las personas tomen en serio la nueva era y sus consecuencias. Pasar del dualismo a la espiritualidad holística puede ser enervante. Un abatimiento, una crisis de energía espiritual, sigue atormentando a las personas espirituales -principalmente, me parece, porque todavía estamos dicotomizados. Aún tenemos que insertar lo místico en nuestra vida política e institucional. Y hemos dejado de relacionar los dos porque hemos supuesto, desde perspectiva pisciana, que lo místico es asensual, que no existe ninguna relación necesaria entre nuestra actitud hacia el cuerpo y nuestra actitud hacia el cuerpo político. De ahí nuestra falta de energía espiritual. Quien conozca mi anterior estudio sobre la espiritualidad norteamericana, bajo el inusual título de: On Becoming a Musical, Mystical Bear: Spirituality American Style, (Volviéndonos osos musicales y místicos:

espiritualidad al estilo norteamericano) recordará que hice allí un llamamiento al regreso a nuestras raíces. Necesitaremos nuestras raíces, porque el futuro nos querrá desarraigar. Y nuestras raíces humanas son, mal que les pese a las tradiciones espirituales “angélicas”, profundamente sensuales. Somos creaciones sensorio-espirituales, creados para embriagarnos, divinamente, en experiencias extáticas -y para compartirlas. El lector de ese libro ha sido guiado a entender la conexión íntima y necesaria entre el misticismo y la profecía en una espiritualidad centrada en la

creación 67 (que es distinta de una orientada hacia la redención). Establecer dicha conexión, y ponerla en su contexto histórico y teológico, fueron las ideas claves del camino espiritual que señalé allí –un camino de amor a la vida (misticismo) y odio hacia sus enemigos (profecía), un camino de y de No.

En el actual libro pruebo más profundamente los aspectos prácticos para desarrollar una vida espiritual que sea a la vez mística y profética. La ramificación teológica más básica de este camino espiritual es que un misticismo sensual es la ruta más segura a una conciencia profética. Y viceversa.

Las crisis actuales

Las cuestiones proféticas de nuestro tiempo son, de hecho, varias. Éstas incluyen:

-la preservación de la naturaleza y la prohibición de la guerra. (Susan Brownmiller establece inequívocamente la relación íntima entre la guerra y la violación 68 . La guerra trae la violación de mujeres; la contaminación es la violación de la tierra). -la libertad de las mujeres de ser ellas mismas y de actuar en cualquiera de nuestras instituciones (incluso los santuarios de la religión), y la libertad de los hombres de ser las personas cálidas, sensibles, cariñosas y graciosos que podrían ser, especialmente en las situaciones domésticas (de las cuales tan seguido los excluye nuestra sociedad, obligándolos a ser meros sostenedores

  • 67 El término lo ha acuñado el padre Fox por lo que ya se puede denominar un movimiento espiritual es “creation-centered spirituality”, espiritualidad centrada en la creación. Nota del traductor.

  • 68 Susan Brownmiller escribió el libro Contra nuestra voluntad: hombres, mujeres y violación y mostró cómo la violación ha sido parte de las guerras a través de todos los tiempos (Brownmiller 1975).

de la familia); la eliminación, por consiguiente, de la discriminación por razón de sexo, sea contra mujeres u hombres, personas homosexuales o personas hétero. -la eliminación de la discriminación por razón de edad, sea en contra de las personas mayores (quienes, porque no parecen ser seductores, son genuinamente ignorados), o en contra de las personas jóvenes (quienes, porque sí se dejan seducir sensualmente, se convierten en objetos para consentir, controlar, y reprimir). -las cuestiones de la energía, y los esfuerzos de la raza humana para mantenerse cálida, fresca, moviendo y produciendo su industria. -los temores y tabúes raciales (según James Baldwin “los americanos blancos… son aterrorizados de la sensualidad y ya no la entienden” 69 ) y el antisemitismo y la antisensualidad van de la mano. -las cuestiones del alimento y la cosecha, y el reparto de la munificencia sensual de la tierra y el mar para volver obsoleta la hambruna. (Yo recibí una carta recientemente de un hombre de negocios que dice: “La vida interior, ah, ¡cómo está en conflicto con nuestra sociedad! No es explotable; no se puede vender; no es productiva materialmente. Hay poco en ella, por consiguiente, que la permita empezar a destacar”. Los americanos de la clase media tal vez sepan (pero tal vez no) que con el dinero que cuesta un televisor de color podrían dar de comer a una familia hambrienta entera por un año. La cuestión no es ese poquito de información, sino la cuestión más global: ¿Qué medidas existen para alterar nuestra conciencia económica y, con ella, nuestro sistema económico?). -cuestiones del capitalismo contra sistemas económicos alternativos, en los cuales se derivará el placer, no de almacenar capital, sino de ver disfrutar de la vida a cada vez más personas.

La profecía que se requiere es una profecía sensual, y tiene que dirigirse a las necesidades del individuo. ¿Imaginamos de verdad que podemos resolver alguna de las cuestiones sensuales políticas mencionadas arriba sin integrar nuestras necesidades sensuales personales? Un tratamiento holístico del cuerpo político presupone una actitud holística hacia el cuerpo.

69 James Baldwin, The Fire Next Time, (NY: Dell, 1970), p. 45.

La espiritualidad de los profetas, de Amos y Óseas y Jesucristo era, de hecho, una espiritualidad sensual. Ninguno de ellos exigió una “mortificación de los sentidos”, sino un repartimiento de los dones del Creador. Los profetas necesitaban lo sensual para su propio enriquecimiento al igual que como prueba de las visiones que entretenían para el pueblo de Dios. Una época escatológica requiere que vivamos en armonía con nuestra sensualidad, porque el alternativo a una espiritualidad sensual es más de lo que tenemos: más represión, y con ella, más opresión. El camino por el cual ha transitado nuestra civilización ha sido un camino de represión de lo sensual y opresión de los demás. La represión produce aburrimiento en uno mismo, y opresión de los demás a manos de éste. Queda descaradamente claro que Estados Unidos languidece hoy en día de ambos síntomas. En cuanto a aquél, considera esta encuesta que fue conducida recientemente en una preparatoria cerca de Chicago. De 180 alumnos entrevistados, 178 (¡!) dijeron que el problema primordial para un adolescente en Estados Unidos el día de hoy es el aburrimiento. No hay mal más profundo en la vida espiritual que el aburrimiento y el tedio en la vida. Preguntaron recientemente 70 a una alumna universitaria por qué se durmió durante la presentación de una película sobre los campos de concentración de Hitler. Esta fue su respuesta: “Embotada por previas experiencias como la guerra en Vietnam, la música de Alice Cooper, y El exorcista, he desarrollado un mecanismo de auto-defensa que me permite aguantar. Simplemente, de plano, no reacciono”. Son nuestros jóvenes que están diciendo esto –jóvenes con todo su potencial para la energía y la vibración, por crear con entusiasmo. Y se están secando en medio de nosotros. Están siendo abrasados. Secándose. Muriéndose. Debemos hacerle caso a e. e. cummings cuando dice: “¡Vosotros los impíos son los torpes, y los torpes son los condenados!” 71 . Los adultos, y las instituciones dirigidas por adultos, están volviendo a nuestra juventud aburrida ante la vida. Esa, seguramente, es una forma de opresión, pero hay tantas otras. Los estudios sobre la violencia, y

  • 70 Recuerde el lector que esto fue escrito en 1976.

  • 71 De “my father moved through dooms of love” por el poeta norteamericano e.e.

cummings (que nunca utilizó letras mayúsculas). Nota del traductor.

especialmente sobre la violencia y los medios, revelan el estado patético de la América aburrida en la cual nuestra diversión tiene que ser a costa de los demás. Nuestra sensualidad desplazada no está en ninguna otra parte tan evidente como en la violencia de los programas de crimen, las caricaturas y el fútbol americano profesional, que observamos hipnotizados mientras obedecemos los comerciales que los acompañan, y tragamos comida sucedánea, bebidas, automóviles, desodorantes, y detergentes cada vez más fuertes.

Nuestro infame presidente Nixon, ya fallecido, opción popular del pueblo americano en dos elecciones y ganador de la segunda por margen de la pluralidad más grande en toda nuestra historia, lo ha dicho todo para nosotros. Su remedio para los males de América, ofrecido de su lugar de retiro en California, suena familiar: “Somos tan cínicos; creemos en tan poco –tal vez se requiera el shock de una invasión, en Corea o en Tailandia. Si están amenazadas vidas americanas, tal vez recobremos nuestra fe en nuestro país y nuestra necesidad de ser fuertes” 72 . Allí está: se le pide a América, la hermosa 73 , que vaya a la guerra para recobrar su hermosura perdida. Somos reducidos por la “sabiduría” de nuestro oficial electo más alto al estado impotente de hacer la guerra. La sabiduría, al estilo americano, ha hablado desde lo alto.

Entonces, los hombres que no pueden compartir – que maten. que la sangre y la carne sean lodo y fango. maquinando imaginen, pasión deseada, la libertad una droga que se compra y se vende 74 .

El Sr. Nixon no fue una aberración en la escena cultural americana. Tenía demasiada historia y logró demasiado éxito en ese sistema para ser considerado un renegado dentro de él. Alcanzó a gran altura en ese sistema. A

  • 72 “U.S. Cynical, May Need War, Nixon Says,” Chicago Tribune, Nov. 18, 1975, p. 1

  • 73 Referencia a “America the Beautiful”, canción inspiracional patriótica estadounidense. Nota del traductor.

  • 74 e.e. cummings, “my father moved through dooms of love”.

la cima. Fue un portavoz para una espiritualidad entera. Para una espiritualidad asensual. Para una espiritualidad sin sentido. Nuestra cultura, más que cualquiera anterior, ha podido reprimir lo sensual y llamar la opresión sacra. Es hora de alterar esa espiritualidad en sus raíces. Porque desde hace mucho ha habido una suposición, por sobreentendido que haya sido, en el

Occidente cristiano, que la salvación no ocurre en lo sensual, y que Dios y lo sensual son irreconciliables. En este libro, presento una espiritualidad que es a la vez sensual y espiritual. Escribo sobre una espiritualidad sensual y profética en el Oeste: sobre gozar y compartir el disfrute de los bienes y los

dones de la

tierra, sobre crear y no destruir, sobre embriagarnos con los

placeres de la vida, y sobre compartir esos placeres. Y por eso este libro trata de un futuro camino espiritual que será menos dicotomizado. Porque tomar el futuro en serio significa tomar en serio el tiempo y nuestros cuerpos 75 y tomar en serio el cuerpo político con sus instituciones culturales. Algunos preguntarán: ¿Qué tiene que ver toda esta plática de sensualidad y ex–presidentes con un libro sobre la experiencia de Dios en nuestros tiempos? Permítanme responder por citar a un teólogo de más renombre y autoridad que yo (pero que no tiene suficiente influencia en la historia de la espiritualidad cristiana). Tomás Aquino, escribiendo en el sigo trece, nos advirtió: “Sostienen una opinión plenamente falsa los que dicen que en cuanto a la verdad de la religión, no importa lo que piense una persona sobre la creación con tal de que tenga la opinión correcta en cuanto a Dios. Un error acerca de la creación termina en ideas falsas acerca de Dios” 76 . Nuestra cultura materialista y antiespiritual nos ha estado metiendo ideas falsas acerca de Dios por bastante tiempo. Una espiritualidad que pretende (porque un ser humano solamente puede pretender esto) ignorar el cuerpo y el cuerpo político o de plano no es una espiritualidad, o es una espiritualidad de los opresores que, al mandar que los oprimidos ignoren todo interrogatorio corporal, político e histórico, afirman su propia posición política. Determina mucho en cuanto a la teología de una religión si opta por

  • 75 Cf. M.D. Chenu, “The Human Situation: Corporality and Temporality,” en Faith and Theology (NY: Macmillan Inc., 1968), pp. 116-137.

  • 76 Tomás de Aquino, Summa contra gentiles, libro II, § 3.

llamar a la injusticia o a la sensualidad la ofensa primordial contra Dios 77 . El pensamiento falso acerca de la religión lleva al pensamiento falso acerca de Dios, y por consecuente, al pensamiento falso sobre el pecado y la creación. O, lo que es peor, a una falta completa de pensamiento acerca de la injusticia, la cual es el pecado de pecados, porque interfiere con el repartimiento continuo de parte de la Creador/a del júbilo y el regocijo de la tierra. ¿Qué tendremos que hacer para lograr una renovación espiritual genuina para la Era de Acuario? ¿Cuáles son las implicancias para nosotros y para nuestras instituciones y, por consecuente, para nuestra cultura, mientras dejamos la Era de Piscis y cruzamos el umbral de la Era de Acuario? ¿Cuál camino místico y profético podríamos seguir con presteza, entusiasmo, y generosidad? ¿Qué nos rescatará de los escollos y de la muerte que es el aburrimiento espiritual? La meta de nuestro trayecto está mucho, mucho más cerca que normalmente imaginamos. El éxtasis es un fenómeno diario para las personas espirituales, “para quienes todas las cosas son puras.” O, al menos, éste puede ser el caso. ¿Cómo podemos desarrollar una espiritualidad sensual-profética? Yo preveo un viaje de aventuras espirituales que consistirá de tres etapas:

Primera etapa: Aprendemos a valorar y confiar en nuestras experiencias de éxtasis (naturales y tácticos) porque son, de hecho, nuestra experiencia de Dios. La experiencia de Dios no es una cosa elitista reservada para unos pocos que (se supone) son privilegiados intelectual, cultura, o religiosamente. Cada ser humano es un portador del éxtasis y, por ende, de Dios.

Segunda etapa: ¿Qué nos pasará mientras nos enamoremos más profundamente de la vida y sus éxtasis, y del Dador de la vida? ¿Cuáles cambios podemos esperar en nosotros a lo largo de nuestro camino espiritual? En pocas palabras, vamos a pasar de una conciencia literal del ego, del “Yo”, a una conciencia simbólica del “Nosotros”. Nuestra pasión (el éxtasis) nos guiará a la compasión (al compartimiento) y a la política.

Tercera etapa: ¿Qué peligros debemos anticipar a lo largo de nuestro camino espiritual, sean de nuestros mismos interiores o de nuestra cultura con

  • 77 Ibi, 53.

sus instituciones de dragones. ¿Y cómo podremos tratar sanamente con tales dragones pérfidos, grandes y pequeños? Desgraciadamente, muy frecuentemente los libros sobre la meditación y la espiritualidad hablan de la pacificación en vez de la educación porque consideran la meta de adquirir la humildad como una lucha meramente privada y psicológica. De hecho, la humildad tiene consecuencias sociales profundas, y muchas veces se aprende mejor peleando en las calles o en las instituciones que en nuestra imaginación. La tercera sección del libro pondrá en orden las cosas política- y espiritualmente para que no nos traguen los dragones en el transcurso de nuestro viaje espiritual.

Yo creo que este viaje de tres etapas constituye la travesía espiritual al misticismo y a la profecía que nos pide de nosotros el siglo veintiuno. El viaje nunca termina: La tercera etapa nos lleva a la primera, y así sucesivamente. Aunque el camino señalado en este libro nos dirigirá hacia un futuro espiritual, estoy seguro de que los estudiantes de las tradiciones místicas del Este y del Oeste detectarán en él muchas semejanzas con esas tradiciones que harán reflexionar.

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Las partes I, II, y III de este libro constituyen un manual, una herramienta, una guía de viaje. Los niños y niñas exploradores llevan guías, los chefs dependen de libros de cocina; ¿por qué no habríamos de tener nosotros, que queremos ser serios en nuestros viajes espirituales, material básico para nuestra aventura? La cuarta parte de este libro, “Para una teología de la espiritualidad sensual,” proporciona una “visión de conjunto” histórica y analítica de las implicancias teológicas de una espiritualidad sensual y profética. En ella paso revista a la espiritualidad de los profetas y de Jesús, comparándolas con las mismas cuestiones en la Era de Piscis, para terminar considerando nuestro futuro espiritual. Este es un libro sencillo para gente sencilla. Esto no significa simplista, porque este libro consiste de experiencias -las mías y las de muchos otros que he tocado o que me han tocado- y la experiencia nunca es simplista. Pero la

reflexión sobre una experiencia puede ser expresada con sencillez y recibida del mismo modo en el corazón. Y a este tipo de reflexión lo llamamos “meditación”. Este es un libro de meditaciones, y por esta razón los capítulos

son breves. Invito al lector a que piense conmigo (y ojalá me supere), con el autor. Porque toda verdadera meditación es participación. El Dios de quien hablamos en este libro no es un nombre ni un concepto ni una idea; no es un Dios que debe ser parte de nuestras vidas, sino un Dios que de hecho es una experiencia en nuestras vidas. Un Dios compartido. Un Dios que experimentamos y que nos experimenta a nosotros. Cuando de la experiencia de Dios se trata, no hay liberales ni conservadores; no hay un “progreso” en la teología moderna versus la “ignorancia y la superstición” de otras épocas. De hecho, la tradición probablemente sea una fuente mejor y más rica de percepciones espirituales que este presente unidimensional. Al preparar esta obra, me ha sorprendido la cantidad de tradición espiritual occidental medieval que he utilizado, especialmente la experiencia de Tomás de Aquino, del siglo trece, cuyas obras han sido empleadas durante tanto tiempo como armas de debate ideológico, que casi hemos olvidado la visión orientada hacia la creación más que a la represión. Una visión basada en la experiencia. El camino hacia Dios es también un viaje con Dios. La simple cercanía de la meta está muy presente en los niños y en los santos, pero tan frecuentemente perdida cuando los teólogos (¡que Dios bendiga sus académicas almas!) se impresionan demasiado con su propia disciplina. El teólogo Hans Küng llama a los resultados “selvas teológicas”, y W.B. Yeats lo expresa más gráficamente cuando agrupa juntos en un popurrí a los teólogos,

los científicos, los abogados y los matemáticos: “Esos señores doctos

son el

... terror de los niños y una visión ignominiosa a los ojos de los amantes

Han

... perseguido algún ensueño abstracto que sólo despierta al cerebro y sólo necesita eso; por consiguiente se han parado sin gusto ante el espejo, sin conocer nunca los pensamientos que dan forma a las líneas del cuerpo para la belleza o la animación, despertando deseos de elogios y de exhibición”. Este es en manual sencillo porque en él he dejado mucho sin decir. Confío en que el lector extraerá de su propia experiencia lo que queda por decir. Pero al mismo tiempo respeto -y sé que el lector así lo hará- el silencio mismo. Porque, como ha observado un escritor, “los seudo-filósofos ...

emplean palabras no para esconder sus ideas

sino la ausencia de ellas” 78 .

... Dios es sencillo y capaz de silencios prolongados; y quienes aspiramos a la espiritualidad aspiramos a la sencillez y, también, en los momentos más profundos, al silencio. Nuestros éxtasis empiezan y, de alguna forma, brotan del silencio en un nivel profundo de nuestro ser. He escrito este libro como un guía práctica para nuestro futuro, que deberá ser místico-profético, pues estoy convencido de que la humanidad ya no puede permitirse el lujo de un misticismo privado. Nuestro futuro será el éxtasis o la extinción. O aprenderemos a disfrutar de la tierra y de sus dones sencillos y sensuales, o prolongaremos nuestros placeres perversos en el sufrimiento mutuo que nos infligimos. Las opciones disminuyen; por todas partes en el aire se percibe una urgencia de decisiones. Con este libro y sus implicancias en la vida diaria, sólo puedo desear al lector una experiencia profunda, divertida y compartible, esto es, extática. Yo creo que ése es el único motivo por el que un escritor escribe o un teólogo “teologiza” - o por el que cualquiera de nosotros simplemente se molesta en vivir. Permítanme por favor agradecer a mis amigos maestros de éxtasis y de profecía, presentes por todas partes en estas páginas. En particular, a Elizabeth y a Dan Turner, a Brendan Doyle, a Mary Kay Hunyady y a las hermanas del Sagrado Corazón de la Universidad Barat, que tanto nos han alentado a mí y a muchos otros.

78 Arthur Schopenhauer, On the Fourfold Route of the Principle of Sufficient Reason, trad. por Karl Hillebrand (London: Bell and Sons, 1891), p. 4.

Primera sección. La experiencia del éxtasis como experiencia de Dios

Es más fácil experimentar lo espiritual que hablar de él. Precisamente porque la experiencia extática nutre una verdad única en cada individuo, nos cuesta trabajo formular conceptos universales de la espiritualidad. Sin embargo, una manera de ponernos de acuerdo sobre el significado de “espiritual” es examinando su contrario. He aquí lo que dijo una persona que conoce, de su propia experiencia (¿acaso hay otra manera de conocer?), lo contrario del éxtasis. Él es “Joey”, un asesino profesional que ha matado a 38 hombres en su vida, 35 de ellos por contratos con la mafia, y que ha ganado cerca de 4 millones de dólares en el proceso: “Para llevar a cabo una ejecución con el conocimiento frío de lo que haces, no debes creer en nada menos en ti mismo. La mayoría de las personas tienen miedo de las represalias; yo no. Porque la vida y la muerte no significan nada para mí. No me importa si vivo o muero, y no me importa si los demás viven o mueren. No tengo emociones. Se fueron ya hace mucho” 79 . No creer en nada más que en uno mismo, y no dejar que le importe a uno si vive o muere, eso es exactamente lo contrario de la experiencia extática. Porque en una experiencia extática uno se olvida de sí mismo y se deja “prender” de una manera completa y profunda. En nuestros éxtasis salimos de nosotros mismos (la palabra “éxtasis” proviene de dos palabras griegas que significan “salir de”); nos olvidamos de nosotros mismos, aunque sólo sea por un segundo, un minuto, una hora, un día… o toda una vida. El éxtasis es intoxicación. Es una paradoja muy humana que, porque el éxtasis es un olvido, también es memorable. El éxtasis es la experiencia memorable de olvidarse de uno mismo, de salir de uno mismo. Nuestras experiencias extáticas, en las cuales nos olvidamos, son las experiencias más memorables de la vida.

  • 79 Chicago Sun Times, March 12, 1974, p. 58.

Capítulo 1. Los éxtasis naturales: cómo nos intoxicamos todo el tiempo con la naturaleza, la amistad, el sexo, las artes, los deportes, el pensamiento, los viajes y las privaciones involuntarias

¿Cuáles son las experiencias memorables y extáticas de nuestras vidas? Al enumerar algunos de los éxtasis que todos compartimos, y que podríamos reconocer, veremos que forman parte integral de nuestra relación con la creación y la naturaleza; por eso los llamo éxtasis naturales o éxtasis de la creación. El primero de los éxtasis naturales que podemos reconocer en nuestra experiencia es la naturaleza misma. ¿Con cuánta frecuencia y facilidad podemos caer en el olvido (y por lo tanto, en el éxtasis) sentados a la orilla del mar aprendiendo a vibrar con él, caminando descalzos en una pradera con el sol a nuestra espalda, encontrando un sitio solitario con pinos a la cumbre de una montaña, oliendo la fragancia de los arbustos de lila en el jardín de un vecino en la primavera, contemplando las estrellas como luciérnagas en un cielo negro de verano, escuchando la lluvia, o contemplando la hermosura de un bosque? Podríamos continuar detallando experiencias de la naturaleza que son extáticas, porque nuestras vidas espirituales empiezan y terminan en la frescura del mar y la tierra, de las montañas y los cielos, de las flores y el sol. Nuestro éxtasis, nuestro salir de nosotros mismos, es tan real en la naturaleza que verdaderamente llegamos a creer lo que de hecho, es la verdad: que somos el mar, que somos parte de las estrellas, y de la Tierra. “Nunca disfrutas bien el mundo hasta que el mar mismo fluya en tus venas, hasta que estés vestido de los cielos y coronado con las estrellas, y te percibas como el único heredero del mundo entero; y más aún, porque hay seres humanos en él que son cada uno herederos únicos, tanto como tú” 80 .

  • 80 Thomas Traherne, Centuries of Meditations, xvi.

Recuerdo haber escuchado una vez a unos jóvenes aficionados a la caza y a la pesca. Cuando les pedí que articularan más ampliamente qué les gustaba tanto de esos deportes, explicaron que no era tanto la caza de la presa como la comunión con la naturaleza: “Levantarse antes de la madrugada, acechar en campos donde sólo tú y el rocío de la mañana y los animales existen”. Así, para muchos en nuestra cultura, a menudo la caza y la pesca llegan a ser ocasiones del éxtasis de la naturaleza. Esta verdad la conocían muy bien nuestros ancestros espirituales: los indios. El siguiente testimonio es de Walking Buffalo (Búfalo Caminante) de la tribu Stoney Indian en Alberta, Canadá. “Ustedes los blancos no entendieron nuestras oraciones. No trataron de entender. Cuando cantábamos nuestras alabanzas al sol, o a la luna, o al viento, dijeron que reverenciábamos ídolos. Sin entender, nos condenaron como almas perdidas sólo porque nuestra forma de orar era distinta de la suya”.

“Vimos la mano del Gran Espíritu en casi todo: en el sol, en la luna, en

los árboles, en el viento y en las montañas

¿Sabían que los árboles hablan?

... Sí, lo hacen. Hablan entre sí, y te hablarán a ti si los escuchas. El problema es

que los blancos no escuchan. Nunca aprendieron a escuchar a los indios; así que no supongo que vayan a escuchar las voces de la naturaleza. Pero he aprendido mucho de los árboles: a veces sobre el clima, a veces sobre los animales, a veces sobre el Gran Espíritu” 81 . Un segundo éxtasis familiar para todos nosotros es el de la amistad. La atracción mutua y el compartir que llevan al olvido de uno mismo, cuando ocurren entre dos personas del mismo sexo, o de sexos opuestos, es una experiencia de éxtasis que forma parte de nuestras vidas cotidianas. La prueba más sabia de su realidad es probablemente la de la risa: ¿Nos podemos reír no sólo juntos, sino también el uno del otro? ¿Ha penetrado suficientemente nuestra amistad a esa profundidad que es el olvido de uno mismo y de todos los roles que representamos durante nuestras horas menos extáticas? Por cierto el éxtasis de la amistad es una experiencia de oración para muchas personas que dicen: “Rezo mejor cuando lo hago con otros”. Porque en la amistad nos relajamos lo suficiente para experimentar algo más grande que nosotros. Y a esa experiencia algunos la llaman Dios, y otros, amor.

81 T.C. McLuhan, Touch the Earth: A Self-Portrait of Indian Existence, p. 23.

Los éxtasis del placer sexual también constituyen un olvido del yo y una experiencia más allá de uno mismo, una muestra de lo divino. O al menos, pueden serlo. Este tipo de éxtasis de ninguna manera se reserva sólo para los jóvenes (de hecho, cuando los jóvenes se disipan demasiado temprano en una búsqueda exclusiva del sexo, éste parece perder su poder extático para ellos). El sexo parece encontrar su más plena alegría al combinar los dos primeros tipos de éxtasis -la experiencia de la naturaleza y de la amistad. El respeto que requiere la sexualidad para mantener su carácter extático parece cada día más raro en nuestra cultura: “El placer físico es una experiencia sensual que no difiere de la visión pura, o de la sensación pura de una fruta sabrosa llenando la lengua; es una gran experiencia sin fin que se nos da; un conocimiento del mundo, con la plenitud y la gloria de todo saber. Y lo malo no es aceptarlo; lo malo es que mucha gente abusa o derrocha esta experiencia, utilizándola como estimulante contra el aburrimiento de sus vidas y como distracción, en vez de un llamado hacia momentos exaltados” 82 . Malgastar y abusar de la sexualidad es una manera muy cruel y despilfarrada de privarnos de hermosas experiencias extáticas. Es como si prefiriéramos controlar nuestros éxtasis a disfrutarlos: “Se gana poder sobre la sexualidad precisamente por medio de su expresión desenfrenada. Así el sexo se convierte en una herramienta como la rueda, la palanca o la azuela del cavernícola. El sexo como máquina, la ‘Máquina Última’”, comenta el psiquiatra estadounidense Rollo May 83 . Pero ni el éxtasis ni el sexo tienen que ver con el control. Éstos tienen que ver con la participación, que es el olvido del control. Se trata de ser intermediarios y, en ese sentido, receptores de un poder “que se nos da”, como ha dicho Rilke. No se trata de controlar, y mucho menos de demostrar algo: “Pero cuando el aumento de excitación es aceptado, en vez de sujetado, se convierte en una expresión completa de espontaneidad, y el orgasmo resultante no es su final súbito, sino el irrumpir en nosotros de la paz” 84 . ¿Quién no se ha perdido, quién no se ha sentido fuera y más allá de sí misma, escuchando una sonata de Mozart, deleitándose con un baile que

  • 82 Rainer Maria Rilke, Letters to a Young Poet, (New York: Random House, 1984) p.36

  • 83 Rollo May, “What is Our Problem?” Review of Existential Psychology and Psychiatry, III (May, 1963), p. 1.

  • 84 Alan W. Watts, Nature, Man and Woman, p. 158.

representan cuerpos hermosos, leyendo una novela favorita, absorbiendo los colores de un Matisse o las sombras de un Rembrandt, o admirando la obra de una costurera, un soplador de vidrio, o un ebanista? Saboreamos los deleites que llamamos éxtasis no sólo como consumidores de arte, sino también como artistas. ¿Quién no se ha olvidado de sí mientras se afanaba por escribir, pintar, cantar, bailar, construir un armario, coser o hacer música? Dice Miguel Ángel desde la perspectiva del artista: “El arte verdadero se hace noble y religioso por la mente que lo

produce. Para quienes lo sienten, no hay nada que haga el alma tan religiosa y pura como el esfuerzo de crear algo perfecto, porque Dios es la perfección, y quienquiera que se esfuerce por la perfección se esfuerza en pos de algo divino.” Y Nietzsche habla de la inspiración del artista cuando explica:

“(cuando entra en estados creativos) uno difícilmente puede rechazar por completo la idea de ser una mera encarnación, portavoz, o medio de algún poder omnipotente. La noción de la revelación describe muy sencillamente la

condición

Uno escucha, no busca; uno toma, no pregunta quién da. Un

... pensamiento relampaguea, inevitable, sin vacilación de ningún tipo. El artista no tiene opción al respecto. Es un éxtasis” 85 . Y así los dones de leer y de escribir, de hacer y de apreciar la música, de pintar y de responder a la pintura, y de la artesanía, integran la lista de los éxtasis naturales. Otra experiencia extática muy familiar en nuestras vidas es la de los deportes. ¿Quién no se olvida, no sale de sí cuando baja una cuesta en esquís? ¿Cuándo su piel toca el agua al nadar? ¿O al patinar, al correr, al jugar tenis o béisbol, o al montar a caballo? En los éxtasis del deporte experimentamos nuevamente nuestra comunión con la naturaleza; todo nuestro cuerpo y nuestro ser se sumergen otra vez en sus orígenes -el agua, el cielo, la tierra y, en nuestra exigencia de excelencia, el fuego. Observa alguna vez la unión del surfista con las olas, con el mar, con el cielo y con el viento. No todos los deportes son extáticos, sin embargo. Norman Jewison, el director de la cinta Rollerball, claramente se siente alarmado por la violencia en tantos deportes de hoy: “La tendencia hacia un aumento de la violencia

  • 85 Friedrich Nietzsche, “Thus Spake Zarathusra: A Book for All and None” in Ecce Homo, parágrafo 3. En The Philosophy of Nietzsche, trad. por Clifton Fadiman (NY:

Random House, 1954), p. 896.

entre los jugadores y aficionados asusta a todo deportista verdadero”,

comenta. Y éste es especialmente el caso con los “deportes de contacto físico-

corporal que atraen la audiencia más grande

Estamos a sólo unos pocos

... pasos de diseñar deportes para complacer a los medios y generar más ingresos de publicidad”, de vender artículos de confort mientras asistimos a juegos de violencia 86 . En efecto, los deportes basados en la competencia no pasan la primera prueba del éxtasis. Cuando ganar es la meta que nos proponemos, ya no estamos involucrados en la experiencia extática, sino en la glorificación del ego. Pero cuando practicamos deportes para superarnos y salir de nosotros mismos, entonces podemos saborear el éxtasis si se nos antoja. El deporte como competencia con uno mismo o como búsqueda de excelencia o perfección – ése es el deporte como éxtasis. La experiencia de pensar, uniendo dos pensamientos para dar a luz a un nuevo pensamiento, también es una experiencia extática, en la que nos olvidamos, divirtiéndonos tanto que decimos “¡Esto es divertido!” y queremos hacerlo de nuevo, una y otra vez. El pensar como éxtasis lo vemos en los niños de los primeros grados y, aparentemente, en cada vez menos personas de esa edad en adelante. ¿Por qué es así? Cualquiera persona que haya pensado por sí mismo, dado origen a una idea, no exigirá ninguna defensa del pensar como éxtasis. Sólo asentirá con la cabeza. Todo lo espiritual es así. O percibes su sabor o no lo percibes; lo reconoces o te lo pierdes. Desgraciadamente, cuando el pensar se convierte exclusivamente en pensar para controlar o para manipular, lo perdemos como éxtasis o como generador de éxtasis. El pensar para encontrar la verdad (y la verdad es siempre recién nacida), y no por ingeniería o para resolver problemas. Obviamente necesitamos este último tipo de pensamiento, pero cuando prevalece como la única manera de pensar, equivale a renunciar al pensamiento. Tentamos al aburrimiento y generalmente perdemos. En vez de olvidarnos en el éxtasis, olvidamos que el pensar mismo es divertido, y liberador, y un fin en sí. “¡Qué liberación es poder pensar, y así no dejar de ser multidimensionales!” exclama Dietrich Bonhöffer. Todos hemos experimentado el olvido de uno mismo cuando visitamos y viajamos. La

  • 86 “Meanings of ‘Rollerball’” in Chicago Sun Times, June 22, 1975, p.1.

alegría de las vacaciones va más allá del “¡hoy no trabajamos!”. Significa ¡éxtasis hoy! Olvidar nuestro mundo cotidiano de resolver problemas y de preocupaciones para sobrevivir. Al visitar a parientes o amigos, nos sumergimos en el mundo de las felicidades y de las tristezas; esto es, en los éxtasis, de los demás. Viajar para conocer otras culturas constituye simplemente una extensión de estas visitas para reunirse con familiares. Viajamos para conocer el éxtasis de la naturaleza en sus distintas formas - desde los fiordos de Noruega a las playas del Mediterráneo; desde los bailes de los vascos a los cantos de los budistas. En definitiva, viajar a partes lejanas es una educación en cómo otras personas experimentan el éxtasis. Y esta experiencia misma es otra experiencia extática. No es de extrañar que anticipemos con ilusión nuestras vacaciones, nuestras semanas de éxtasis. Y lo reexperimentamos al compartirlo. A veces los sufrimientos, las pérdidas o las privaciones también constituyen ocasiones y, de hecho, experiencias de éxtasis. Lo experimentarás al visitar un hospital o una casa para personas con retraso mental (pero rara vez emocional); o cuando se conocen personas físicamente minusválidas. Un accidente o una enfermedad grave parece conmocionar al sujeto de una de dos maneras: o bien lo vuelve más inseguro y auto-compasivo, una tendencia que todos tendemos, o (y éste es un caso más frecuente de lo que imaginamos) le permite dejar de lado cierta actitud de esfuerzo, cierta necesidad de probarse a sí mismo, cierto interés egoísta. En otras palabras, sobreviene el éxtasis. Pero éste nunca, nunca, es el caso para los sufrimientos deliberados (un tipo de sufrimiento controlado). Sólo el sufrimiento involuntario -la pérdida de un ser querido o de un sueño precioso o de un órgano o de un miembro- es un éxtasis. El éxtasis en este caso no es el acto de disfrutar el dolor sino la experiencia de “salir” de uno mismo, quizás por primera vez, como resultado de una privación no deseada. Quienes tratan con personas en situaciones de crisis -por ejemplo, las personas agonizantes- reportan que la proximidad de la muerte a menudo inspira momentos extáticos de visión y de alegría en los pacientes. A veces estas personas, enteradas de su propia muerte, dejan una muestra de lo que han experimentado, como en el siguiente caso de un joven que murió después de un accidente de avión en los Andes. La noche antes de

su muerte rezó un rosario, y después le preguntaron por qué lloraba: “Porque estoy tan cerca de Dios”, contestó. Y escribió una nota de despedida a su novia y a sus padres: “En situaciones como ésta, la razón no puede entender

el poder infinito y absoluto de Dios sobre los hombres. Nunca he sufrido como lo hago ahora - física y moralmente – pero nunca he creído tanto en

Él

Fuerza. La vida es difícil, pero vale la pena vivir. Aún el sufrimiento

... vale. ¡Ánimo! 87 . Muchas personas que han sido privadas repentina y accidentalmente de un miembro, o que han estado cerca de la muerte, regresan con visiones parecidas a ésta y una nueva perspectiva sobre la vida. En efecto, las experiencias no buscadas de la finitud y de los límites humanos pueden causar experiencias extáticas. En una ocasión recalcaba yo este punto en una conferencia, después de la cual una señora se me acercó con la siguiente historia. Había tenido un hijo con síndrome de Down al que había visto morir varios años antes durante un plazo de seis meses. Parientes, vecinos, amigos y clérigos trataron de consolarla, durante y después del sufrimiento y la muerte del niño: “Sin embargo, ninguno de ellos sabía de lo que hablaba”, insistió. “Porque una vez que acepté la realidad de la muerte de mi hijo, sentarme allí y tomarlo de la mano por seis meses fue la experiencia más profunda de unidad, unidad con todas las cosas -con la vida, con la muerte, conmigo misma, con los demás y con Dios- que he experimentado, antes o después”, declaró. ¿Quién de nosotros no se ha olvidado de sí mismo y penetrado en un mundo más grande en ocasión de una celebración? El baile folklórico, la música, la risa, los juegos y las fiestas. Las carreras de huevo y cuchara y de embolsados, el gallito ciego y los payasos: momentos alegres compartidos por los que celebran juntos. Porque celebrar es, por definición, olvidar para recordar: una pérdida del ego para una comunión mayor: un éxtasis compartido por muchos. Pero seguramente el colmo de todos los éxtasis, para quienes se lo permite una vida lo suficientemente larga, es el éxtasis de compartir por medio del servicio. Padres que genuinamente transmiten la alegría de vivir a sus hijos; maestros que auténticamente transmiten la alegría de pensar a sus alumnos; músicos que conmueven en profundidad, provocando risa y llanto -

  • 87 Piers Paul Read, Alive, p. 154 ss.

estas personas seguramente tienen vidas bendecidas. Su trabajo se ha convertido en su éxtasis. Y sus esfuerzos y sus noches desveladas, sus errores y sus momentos de éxito, indican qué tan sinceramente luchan por lo extático, esforzándose por alcanzar la perfección en su trabajo o profesión. Pero aun así, la lucha nunca termina. Estirarse, sí; sujetar, no: tal es la regla para los que buscan a Dios. Miguel Ángel lo confesó en su lecho de muerte: “Me pesa el no haber hecho lo suficiente para la salvación de mi alma, muriendo justo cuando empiezo a aprender el alfabeto de mi profesión”. El trabajo de cualquier persona puede ser un éxtasis mientras sirva genuinamente para transmitir el éxtasis a los demás. Pero tantas, tantas personas son esclavas de su trabajo - porque lo que desempeñan y luchan por perfeccionar no es una expresión valiosa de lo extático. A veces necesitamos renunciar al trabajo y resistirnos a la fascinación de los falsos éxtasis camuflados bajo la forma de salarios impresionantes o títulos, para así recobrar nuestros esfuerzos profesionales como experiencia espiritual. Otras veces, por la necesidad de sobrevivir, aguantamos nuestro trabajo. Pero un trabajo que se aguanta nunca es un éxtasis. La cuestión fundamental es: ¿Cómo podemos crear una sociedad donde el trabajo sea un éxtasis? ¿Cómo podemos transmitir esto a través de nuestras instituciones económicas y educacionales? De verdad, ¿cómo, si en realidad nosotros mismos no hemos estado involucrados en tal trabajo? Y así llegamos al final de la lista. Pero esta lista de éxtasis naturales en realidad nunca se completa; lo que hemos presentado es solamente un muestreo de algunas de las experiencias que tal vez todos reconozcamos como nuestras y propiamente extáticas. Todos los éxtasis naturales nos presuponen a nosotros como instrumentos, no como controladores. Instrumentos de la naturaleza, de la tierra, del cielo, del mar, del sol, del cuerpo humano y del juicio humano. Instrumentos también del azar, al igual que instrumentos el uno del otro. En nuestros éxtasis de la naturaleza y de la amistad, del sexo y de las artes, de los deportes y del pensamiento, del viajar y de la privación, de la celebración y del trabajo, somos un cauce a través del cual fluyen experiencias hermosas y memorables; y nos olvidamos de nosotros mismos mientras nos convertimos en ese cauce.

Capítulo 2. Los éxtasis tácticos: unas estrategias antiguas y nuevas para facilitar el éxtasis

Además de nuestras experiencias comunes del éxtasis natural, la raza humana ha inventado otros medios para olvidarnos a nosotros mismos, para embriagarnos y experimentar la divinidad. Vamos a considerar algunas de estas medidas en este capítulo, y el nombre que les doy -éxtasis tácticos- debe tomarse en serio. Porque, a diferencia del éxtasis natural, en el cual somos receptores de éxtasis, estas experiencias constituyen tácticas o estrategias (es decir, planes ideados a propósito) para llevarnos del mundo cotidiano hacia un plano más espiritual. El siguiente diagrama psicológico sencillo, que ofrezco con mis disculpas a Carl Jung (confiando en que no desautorizaría mi pequeña explicación), ilustra precisamente cómo funcionan estos éxtasis ...

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El inconsciente, dice Jung, en su fondo fusiona con Dios. Se podría decir que Dios actúa

El inconsciente, dice Jung, en su fondo fusiona con Dios. Se podría decir que Dios actúa en el inconsciente, que el inconsciente es el jardín secreto de Dios. Allí, Él y nosotros nos unimos. Allí, Ella y nosotros jugamos. Jugamos los juegos de la vida, juegos cómicos y trágicos, de todos tipos. En términos psicológicos, orar es tratar de liberar a Dios de las profundidades de nuestro inconsciente para que permee nuestra conciencia, para darnos cuenta del juego en que estamos metidos actualmente, para recordar la naturaleza divina de la vida, y liberar toda la energía necesaria para llevar a cabo nuestro papel en ella. ¿Qué es lo que normalmente impide la liberación de esta energía espiritual? Según esta imagen de nosotros, es nuestra actitud cotidiana de luchar por la supervivencia y la resolución de problemas. Ésta resiste nuestros

esfuerzos para experimentar a Dios, armonía, integración y síntesis. La actitud de lucha y las ansiedades que sufrimos al nivel consciente bloquean los estados extáticos de nuestra conciencia. ¿Cómo superar este bloqueo? ¿Cómo relajar el nivel consciente de la existencia para que el inconsciente pueda participar más plenamente? Este problema lo enfrentaron los sabios de las grandes religiones del mundo - budistas, musulmanes, hindúes, cristianos, judíos, y todos los pueblos indígenas. Inventaron métodos y estrategias destinados a resolverlo. Éstas son los éxtasis tácticos que mencioné en el primer párrafo de este capítulo. Las examinaremos ahora desde la perspectiva indicada. El canto es una manera sencilla pero efectiva de entumecer el nivel consciente de la mente. Al igual que una droga, un canto repetido una y otra vez, con ritmo regular, arrulla a la conciencia para que el inconsciente empiece a inundar a la mente. Para este propósito, las frases sencillas son lo más adecuado. El contenido de las frases no es lo más importante. Lo importante es vivenciar el poder del éxtasis táctico, como cuando los de la comunidad Krishna entonan el Hare Krishna, o los musulmanes, los católicos o los budistas utilizan el rosario 88 . Algunas tradiciones que utilizan el canto son: la Oración de Jesús del cristianismo ortodoxo ruso, en la que se repite, “Ten piedad, Jesús”; el entonar la sílaba “Om” de los hindúes, y la letanía del catolicismo medieval, en la cual la repetición del refrán “ora pro nobis”, cantado al unísono por un grupo grande, provocaba en sus participantes una especie de trance espiritual comunitario. El propósito principal del ritual cotidiano y de la oración formal no es complacer a una deidad, como en los encantamientos mágicos, sino guiar a los practicantes hacia una experiencia intuitiva de la divinidad; es una estratagema para lograr una experiencia extática 89 .

  • 88 El “Ave María”, que se repite al menos cincuenta veces cuando uno reza el rosario, es menos importante por su contenido que por el compás de su repetición. Por eso, al practicante del rosario se le aconsejaba invariablemente que meditara sobre asuntos distintos de las palabras mismas del canto, como la vida o la muerte de Jesús.

Vemos, pues, que el uso del cántico es una técnica inmemorial no exclusiva de una sola tradición religiosa - sino está presente dondequiera que se tome en serio el anhelo de alcanzar un estado de oración. En muchos casos, como por ejemplo en los ritos africanos y los de los indios norteamericanos, el resultado natural del estado hipnótico provocado por el canto fue el baile ritual. Este baile aumentaba la experiencia de trance y los éxtasis consecuentes de los participantes. En el catolicismo oriental y occidental, este baile tendió a tomar la forma de las procesiones religiosas que todavía pueden apreciarse en las culturas latinas en nuestros días. Un ritual de asistencia libre para un propósito específico también puede ser un éxtasis eficaz. Recuerdo haber asistido a una ceremonia japonesa del té con un grupo de participantes muy interesados pero muy diversos; después de ella, cada uno de nosotros reportó una experiencia profunda y memorable derivada de la seriedad y habilidad de la mujer que realizó el ritual. Otros rituales más cotidianos que acaso sean parte de nuestras vidas -desde encender el árbol familiar de la Navidad hasta apagar las velas del pastel de cumpleaños- también revelan el poder del ritual y de sus tradiciones. Otra técnica para relajar nuestra conciencia cotidiana para que pueda afirmarse el inconsciente es el ayuno. El que verdaderamente, por decisión propia, haya ayunado en su vida se habrá dado cuenta del resultado casi universal, descrito como una especie de exaltación. El ayuno, además de producir al principio hambre, y luego una indiferencia al hambre y a la comida, invariablemente produce un tipo de exaltación. Este es su propósito como táctica espiritual, y su eficacia en producir el éxtasis es demostrada por la amplitud inmensa de su uso en casi todas las religiones de Occidente y de Oriente. Relacionada con el ayuno (abstenerse por un tiempo de todo alimento) está la abstinencia, que consiste en no comer ciertos alimentos. Un vegetariano, por ejemplo, elige deliberadamente no ingerir carne u otros productos animales. La difusión actual cada vez mayor de esta práctica no se basa en motivos puramente económicos. Los que la intentan más bien

  • 89 La práctica de la repetición oral es generalizada en la forma de mantras y letanías, en la recitación de sutras, en el kirtan (el canto de nombres divinos en el hinduismo), el Nembutsu, la práctica de la meditación “tierra pura”, y en ciertas formas de oración” Claudio Naranjo, Robert Ornstein, Sobre la psicología de la meditación.

atestiguan necesitar menos sueño, digerir mejor, tener mejor circulación sanguínea, etc. La abstinencia (especialmente de la carne y de sus productos) es una antiquísima táctica espiritual (los monjes de Occidente y de Oriente la practican aún hoy) para asegurar una cierta ligereza y, de allí, cierta vulnerabilidad a la experiencia extática. Los grandes gurús de la abstinencia en la cultura de hoy son, por supuesto, nuestros nutricionistas que, con buen criterio y resultados sorprendentes, recomiendan resistirse a los alimentos preservados artificialmente y a los que contienen excesivo azúcar o grasa. La creciente tendencia a optar por los alimentos naturales, como reacción a lo que le ha hecho la tecnología a la dieta contemporánea, constituye una adaptación moderna de la antigua táctica de la abstinencia. Otra forma de inducir el éxtasis táctico consiste en la ingesta de drogas. Recientemente, hemos llegado a preocuparnos tanto por el abuso de las drogas y los aspectos legales y morales concomitantes, que la dimensión espiritual de la intoxicación rara vez se considera. Pero si uno considera el peyote de la ceremonia de los indios norteamericanos, o si considera seriamente la naturaleza de las experiencias religiosas que reportan los chamanes de varias culturas haber experimentado por medio de sustancias psicodélicas como la psilocibina que se encuentra en ciertos hongos, se dará cuenta de que el uso de las drogas con fines espirituales constituye una tradición religiosa inmemorial. Hasta en el uso del incienso de los hindúes, budistas y católicos se podría rastrear e inferir motivos, y tal vez antecedentes, parecidos a los del uso de las drogas. ¿Qué monaguillo de la era católica del incienso no atestiguaría sobre las cualidades conmovedoras del incienso en la misa de Nochebuena? ¿Quién negaría que el olor y la presencia visual del humo del incienso ayudan a inducir un estado de trance y oración? El hecho de que haya abusos -y abusos devastadoramente mortales- en el uso de las drogas no invalida la sabiduría de los sabios religiosos a través de los siglos respecto a la eficacia táctica de las drogas para enseñarnos a ver y no a sólo mirar.

Al igual que otras medidas de éxtasis táctico, las drogas pueden relajar el nivel consciente de la mente, conjurando las profundidades del inconsciente. Como informa Arthur J. Deikman, serio investigador de los

fenómenos místicos: “La naturaleza y las drogas son los factores más precipitantes” de las experiencias místicas: “Si ocurren reacciones paranoicas durante el estado de intoxicación, éstas son antagónicas de la experiencia extática. Por otra parte, cuando los sujetos intoxicados pierden su actitud defensiva y recelosa, aceptando la situación, en lugar de luchar contra ella, la experiencia ‘trascendente’ frecuentemente ocurre”. 90 Tomar alcohol es quizás la táctica más empleada para lograr el éxtasis en nuestra cultura. Cuando William James dijo, hace más que un siglo, que “el alcohol es la sinfonía del pobre”, ofreció un comentario profundo sobre el motivo principal de la dependencia del alcohol. Cuando el éxtasis natural de las artes es suprimido por motivos económicos, cuando el talento artístico es ignorado, o cuando la vocación artística es suprimida porque no es “práctica” ni lucrativa, se puede esperar la huida al alcohol como sustituto táctico. Al menos la bebida permite que el inconsciente desempeñe un poco su papel en una existencia por lo demás aburrida y carente de significado, en la cual el tiempo se ocupa en actividades compulsivas. No es mera coincidencia que los cristianos y judíos hayan escogido el vino, y no la Coca-Cola, para sus banquetes religiosos; el vino es un recurso táctico y estratégico para despertar nuestras facultades afirmativas. Después de todo, el alcohol es, de hecho, una droga. Y allí está en el altar y en las bocas de los comunicantes durante la misa. Y allí estaba hasta en la Última Cena y en la boca de Jesús mismo. Otra estrategia que estimula las experiencias extáticas, aunque mucho menos de moda que el alcohol y las drogas, es el celibato. Una decisión voluntaria e intencional de abstenerse de experiencias sexuales por un determinado período de tiempo no deriva su eficacia del miedo al sexo ni del aborrecimiento al cuerpo. Un celibato así sería completamente inútil como táctica de éxtasis, convirtiéndose en un arma para controlar a los demás, satisfaciendo necesidades incumplidas de poder y de control por parte de los “superiores” religiosos. El celibato es derivado fundamentalmente de la misma percepción que presumen las demás medidas: un dormir a propósito a los deseos y a la conciencia deja que Dios se manifieste por medio del inconsciente.

  • 90 Deikman, Arthur J., “Deautomatization and the Mystic Experience,” in Tart, Charles T. ed, Altered States of Consciousness (NY: Anchor Books, 1972), pp. 26, 40.

Como cualquier otra de estas tácticas, la única “prueba” del valor del celibato radica en sus resultados. Cuando uno conoce a un auténtico célibe voluntario, en verdad siente los resultados. El celibato puede producir un tipo de exaltación o vulnerabilidad, al igual que en el caso del ayuno (que se asemeja mucho al celibato). Jesús y Gandhi, Tomás Aquino y la Madre Teresa, testimonian de un cierto éxtasis que podría resultar de una decisión y un estilo de vida célibes.

Finalmente, consideremos la meditación.

El principio básico subyacente a los ejercicios de meditación yoga o Zen es animar al individuo a escuchar y a ponerse en armonía con las vibraciones y, en verdad, la música de su propio cuerpo. Al concentrarse en el canto o en el ritmo del cuerpo, la conciencia cotidiana es arrullada hacia la relajación, y la persona se vuelve más susceptible a la experiencia extática.

La meditación trascendental 91 no difiere de los ejercicios del Yoga o del Zen; de hecho, constituye una versión occidentalizada del yoga sin su calistenia física. La quietud provocada por la concentración en el mantra (en

sí una especie de canto) evidencia la eficacia de este particular ejercicio extático. También lo son la baja presión sanguínea y el índice metabólico (tan bajos que el meditador registra un sueño más profundo en 20 minutos que el que experimentamos la mayoría de nosotros en la séptima hora de sueño) y la consecuente sensación de energía que declaran sus practicantes. Otras formas de meditación, como la contemplación de una vela, de una luz o de un mandala, la concentración en una palabra o los ejercicios ignacianos, también constituyen estrategias de éxtasis táctico. También lo son los retiros y otros esfuerzos voluntarios para aislarse a un lugar especial para alcanzar un estado de conciencia alterado: “La práctica de la meditación, pues, puede considerarse una estrategia de desconexión temporal de las actividades conceptuales, de detención de todo input por un lapso de tiempo, escapando al ambiente cotidiano externo”. 92 El esfuerzo por apagar nos lleva también a abrirnos. Combinar la meditación formal con la renuncia produce

“la des-automatización

un efecto muy poderoso”, comenta un psicólogo. 93

... Hemos examinado en este capítulo las formas del éxtasis táctico disponibles en nuestra cultura. En cada caso encontramos un esfuerzo deliberado por inducir un estado extático de conciencia. Pero, para que estas medidas sean verdaderamente efectivas, ciertas reglas deben ser observadas. Discutiremos éste y otros asuntos importantes en el capítulo siguiente.

  • 91 Una práctica, hasta se puede decir un movimiento cultural en Estados Unidos en los años 70, basada en las enseñanzas de ‘’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’’

  • 92 On the Psychology of Meditation, Claudio Naranjo, Robert Ornstein, p. 193

  • 93 Deikman, Arthur J., “Deautomatization and the Mystic Experience,” in Tart, Charles T., ed., Altered States of Consciousness (NY: Anchor Books, 1972), p. 37.

Capítulo 3. Cómo difieren la práctica de los éxtasis naturales y la de los éxtasis tácticos, y la diferencia que esto conlleva

En nuestra experiencia del éxtasis he distinguido entre los éxtasis naturales y los tácticos. No he insistido en esta distinción por motivos de conveniencia, ni como mero pretexto para dividir mi libro en capítulos; más bien, la diferencia corresponde a un contraste profundo y de gran alcance entre los dos tipos de éxtasis. Ignorar estas diferencias, como suelen hacer las religiones cuando se vuelven perezosas, puede causar un desastre espiritual. Antes de tratar de las diferencias, vamos a recapitular lo que hemos dicho, reproduciendo las dos listas, la una al lado de la otra. Estoy seguro que mis lectores reconocerán las diferencias al ver las actividades en forma de lista.

Naturales

la naturaleza la amistad

Éxtasis:

Tácticos

el canto y baile ritual el ayuno

el sexo los artes y la artesanía los deportes el pensamiento viajar y visitar las privaciones involuntarias las celebraciones El trabajo

la abstinencia las drogas y la bebida el celibato el yoga, el Zen, la meditación, los retiros

El contraste más fundamental entre los éxtasis naturales y los tácticos es que el éxtasis natural es un fin en sí, mientras que un éxtasis táctico (como implica el término “táctico”) es solamente un medio. ¡Qué regla más simple y más básica, pero cuán frecuentemente violada! Al llamar al éxtasis natural “fin en sí” quiero decir que Dios es experimentado directamente en ellos. En el éxtasis táctico la persona se hace vulnerable a una experiencia de Dios, pero la táctica misma no garantiza la presencia de Dios; es una preparación para un evento, pero no es el evento mismo. Los éxtasis naturales tienen prioridad, porque la persona espiritual recibe antes de actuar. Lo táctico viene después porque es artificial; es una estrategia concebida por el hombre. La experiencia personal de la creación precede a la experiencia cultural, y cuando esta regla es violada, se corre el riesgo de que un acto de represión sea canonizado como sagrado. Lo táctico presupone lo natural y debe tomar a éste como su base. Divorciar lo táctico de lo natural es una invitación al peligro. Por ejemplo, sería un error ser célibe sin haber conocido primero el sexo, o ayunar sin conocer las delicias de comer, o tomar drogas sin haber tenido amistades ni conocido la embriaguez de la naturaleza. También existen diferencias significativas entre los éxtasis tácticos mismos. Existe una diferencia entre el estímulo externo (como en el caso de las drogas y el alcohol) con que una persona recibe ayuda de algo ajeno a su cuerpo y a su personalidad, y un ascetismo interno (como, por ejemplo, el ayuno o la meditación Zen). Aunque abundan peligros en cada una de estas prácticas, por lo menos las internas no son tan severas ni tan potencialmente hostiles a la química y al funcionamiento de la persona como pueden ser los estímulos externos. Las prácticas internas no son tan conducentes al hábito

morboso, ni tan difíciles de dejar, como lo son los estímulos externos (que pueden conducir, por ejemplo, al alcoholismo o la drogadicción) una vez alcanzado el éxtasis. No obstante, cualquier tipo de táctica extática requiere un gurú, algún liderazgo de parte de una institución, o por lo menos, un grupo, para apoyar y animar a la persona cuando el viaje se pone oscuro y solitario. A la práctica del éxtasis táctico llamamos “ascetismo”. La palabra “ascetismo” proviene de una palabra griega que significa “ejercicio” o “entrenamiento”. Apropiadamente, usaron primero este término los miembros de las sectas estoicas y cínicas. 94 Es desconcertante que, aunque el término no se utiliza ni una sola vez en referencia a las prácticas espirituales de Jesús en el Nuevo Testamento, durante siglos ha reinado como el paradigma de la perfección espiritual entre los cristianos que pretenden seguir a Jesús. La palabra “asceta” tiene muchas connotaciones, especialmente la de la santidad. Y, en algunos casos, unos ascetas sí han sido santos. Sin embargo, todavía persiste en las conciencias de muchas personas la impresión errónea de que las prácticas ascéticas, porque parecen ser más “duras y arduas” que las naturales, son por esa razón más eficaces, o beneficiosas, o santas. Esas personas no podrían estar más equivocadas. Porque el ascetismo, o mejor dicho, el éxtasis táctico, porque es secundario al éxtasis natural, se practica sólo por necesidad o (se podría decir) por causa del fracaso del éxtasis natural. Uno nunca emprende una estrategia táctica como fin en sí; más bien, la emprende como medio en orden a un fin. Por eso, para ser eficaz, el éxtasis táctico requiere una decisión deliberada y personal del individuo que lo emprende. La idea de que cualquier método táctico, sea el ayuno o el celibato, pueda conducir a una experiencia espiritual sólo por ser convertido en regla o norma universal, es absurda, y los resultados de tal legislación -o su carencia- demuestra la verdad de esta observación. La dedicación a los éxtasis tácticos puede producir el auto-engaño y la presunción. “La abnegación es un lujo, y no la recomiendo”, aconsejó don Juan a Carlos Castañeda. “Nos hace creer que hacemos grandes cosas, cuando en efecto sólo estamos fijos dentro de nosotros mismos” 95 .

94 1 Se dice de cierta escuela que nació de la división de los discípulos de Sócrates, y de la cual fue fundador Antístenes, y Diógenes su más señalado representante.

  • 95 A Separate Reality: Further Conversations With Don Juan, Carlos Castañeda, p. 146.

Pero ¿es verdad que el éxtasis táctico es más difícil de alcanzar que el éxtasis natural? La palabra que empleamos para éste, en contraste con ascetismo, es disciplina. Para alcanzar los éxtasis naturales se requiere una disciplina distinta de la que requieren los éxtasis tácticos. Piensa en la disciplina que te costó aprender a tocar el piano o la guitarra, a pintar o bailar, a construir una relación viva y cariñosa con otra persona, a jugar al tenis o a nadar, a pensar, cocinar, o ser mecánico. Simplemente es una mentira implícita en nuestras actitudes espirituales, con su falta de sentido crítico, que el ascetismo sea más “duro” que la adquisición de una habilidad. Cada camino es difícil. Cada uno requiere un deseo personal genuino. Llamar “natural” a unos éxtasis no implica que nos resulten fáciles 96 . Significa que están accesibles en la naturaleza si los queremos experimentar con esfuerzo, con deseo explícito, y con disciplina. Además, cada día queda más claro que la sociedad tecnológica e industrial ha hecho más escasos los éxtasis naturales. Llámeselo el “eclipse de Dios” (como Martín Buber), o la “muerte de Dios” (como Altizer), o el fin de la época de Piscis y el cristianismo (como Carl Jung), o el malestar común, sus síntomas son recitados tan continuamente por las personas hoy en día, que dicen: “Ya no rezo ni experimento a Dios como lo solía hacer antes”. Hay evidencia abundante de que los éxtasis naturales, que en un tiempo anterior gran parte de la población podía dar por sentados, ya son la excepción, no la regla, para cada día más personas. ¿Por qué esta escasez del éxtasis natural? Primero, la violación de la naturaleza: la pérdida del sol debida a la contaminación (las tres ciudades más contaminadas del hemisferio occidental -Río de Janeiro, Buenos Aires, y México- están siendo contaminadas por el desperdicio industrial norteamericano. Y resulta desconcertante reflexionar que éstas eran, no hace mucho, los paraísos del hemisferio, lugares donde, si nada más, cuerpo, alma y mar se conocían; ríos y arroyos tan sucios que a veces hasta se encienden; lagos olorosos y contaminados; minas abandonadas donde antes había flora y fauna, etc. El tipo de disciplina que se requerirá para sanar lo que ha hecho el hombre a la naturaleza no vendrá fácil. No será de ninguna manera menos arduo que el ascetismo individual. Y la tarea es sagrada, tan sagrada como lo fue construir cualquier monasterio o catedral.

  • 96 like falling off a log”.

Abundan ejemplos de esta tendencia (disminución, ocultamiento, distorsión) entre los otros éxtasis naturales también: el sexo como una simple comodidad o como ejercicio en machismo; la falta de comunicación entre esposos, padres y compañeros; la desaparición del orgullo en la artesanía y en el trabajo productivo, la educación como entrenamiento en los meros procesos cognitivos de la educación institucional misma, en vez del verdadero pensamiento; el opio de los deportes profesionales, que imparten valores de violencia y de ganancia como fin en sí, en vez de la excelencia y la superación de uno mismo; el costo atroz y obsceno de experimentar las bellas artes y, al mismo tiempo, las oportunidades escasas para muchos con dones artísticos para que las desarrollen; la prostitución del turismo, en el cual uno experimenta a otros países por medio de oasis artificiales del primer mundo (las “prostitutas” de la metáfora), que efectivamente impiden el propósito espiritual de viajar, lo cual es participación, integración, y vulnerabilidad. No debemos evitar los placeres de los éxtasis naturales porque tememos lo que pudiera hacer el “hedonista” dentro de nosotros, y los extremos a los cuales sea capaz de ir. Este miedo engendra más reglas, más límites, más miedo. En cambio, debemos darnos cuenta de que el Creador ha implantado ciertos límites dentro de todos los éxtasis naturales mismos. Un sol poniente se pone; una visión de la cima del monte termina; los amantes no se quedan para siempre en la cama; una sinfonía tiene un fin. Una tía mía ama a la ópera, y llora cada vez que sale del teatro, diciendo: “¿Por qué tuvo que terminar?”. Le cuesta aceptar que todas las alegrías de la vida tienen su fin y sus límites, igual que la vida misma los tiene. Al disfrutar los éxtasis naturales, no necesitamos jugar a la policía, ni a Dios, ni proyectar nuestros límites canijos a las hermosuras del Creador. Podemos confiar en que la experiencia del éxtasis ocurrirá dentro de límites naturales; que no nos matará ni nos llevará al pecado, si hemos emprendido la disciplina de alcanzar ese éxtasis, y si nos hemos acercado a él con reverencia. Los miedos del hedonismo que abrigamos invariablemente son fantasías manufacturadas. Como tal, nos dicen más sobre la represión dentro de nosotros mismos que de la manera de experimentar las hermosuras de la vida. Si viviéramos nuestras fantasías más, y las manufacturáramos menos, eventualmente llegaríamos a ser más realistas en cuanto al “pecado” de

“despilfarrar” nuestros instintos para el placer. Y mucho menos miedosos. Y mucho más amantes de la vida. Y dispuestos a dejar que los demás disfrutaran también de los placeres de vivir. El camino de regreso a la sanidad, a la experiencia cotidiana de Dios por medio de los éxtasis naturales, no será fácil. ¿Pero acaso hay otro? Lo que en nuestra cultura aprendemos de este listado breve de obstáculos al éxtasis natural es lo que nos repite el refrán perenne: “La corrupción de lo mejor es lo peor”. Porque de cada uno de los éxtasis naturales se puede abusar; en vez del éxtasis, lo cual es olvidarse a uno mismo, de hecho podemos manipular el sexo, o los amigos, o las artes, o la naturaleza misma, para imponer nuestros egos, para lograr fines egoístas. El egoísmo exagerado, los egos inflados en el camino espiritual pueden perdernos en ese mismo camino; ¡qué animales más patéticos pueden llegar ser los seres humanos! Desde el siglo 16, ha habido una tendencia en Occidente de desviar de los éxtasis tácticos hacia los naturales. Las tradiciones espirituales protestantes eliminaron el ayuno, el celibato, el canto, en gran parte, y miraron con el ceño fruncido a la intoxicación. Y el segundo Concilio Vaticano marcó, en parte, una transición de valorar el misticismo táctico a reconocer el papel del misticismo natural, en que el Concilio aprobó y animó a medidas más “modernas”, lo cual tuvo el efecto de suprimir, entre otras cosas: el canto en latín (que es un medio efectivo para entrar en trance y éxtasis, puesto que esta lengua “muerta” no tiene connotaciones mundanas. La persona se concentra en el sonido místico y misterioso de las palabras en latín, y no en su significado literal, y así entra en su propio estado de oración), el rezar el rosario, las procesiones, el uso del incienso, el ayuno, y la abstinencia, al igual que mucho del énfasis anterior en el celibato. Ahora la celebración está de moda; el trabajo de la persona en el mundo es trabajo espiritual; la sexualidad es un don de Dios; la música puede ser sagrada aun cuando sea ‘profana’, etc. Esta tendencia está muy de acuerdo con los últimos tres siglos de espiritualidad protestante. Pero existe un peligro en esta tendencia para el occidente: el peligro perenne de sustituir una condición extrema por otra, sobrerreaccionando a los fracasos de la anterior. Una cosa es decir, por ejemplo, que el latín es una lengua muerta e inadecuada para el culto público a gran escala, y otra cosa

ignorar completamente la estrategia mística detrás del canto en latín y así juzgar a todo canto como pasado de moda. Seguramente la atracción de parte de la juventud a las religiones orientales, del canto al ayuno a las drogas, tanto como su fascinación con lo oculto es, en gran medida, un juicio contra una generación de creyentes mayores que actuaron con tanto exceso que arrojaron los éxtasis con los excesos 97 . Una vez que nosotros en el Occidente hayamos reintegrado el papel apropiado de los éxtasis tácticos como medios, en vez de fines en sí, no tendremos que tener miedo de ellos; más bien, podremos utilizarlos favorablemente cuando sintamos su necesidad. Debemos saber que, por ejemplo, los éxtasis tácticos, cuando los practiquemos por cierto período, pueden realzar nuestra apreciación de los éxtasis naturales. Ésta fue la experiencia de Alexander Solzhenitsin, quien comentó de sus experiencias en la prisión que “el corazón del prisionero está tan inclinado hacia el misticismo que acepta la precognición casi sin sorpresa”. Él mismo, al permitírsele mirar a un patio durante unos escasos 30 segundos, exclamó:

“¡Mis ojos nunca habían visto el verde de las hojas con tanta intensidad como lo hicieron esa primavera! ¡Y nunca en mi vida había visto cosa más parecida al paraíso de Dios que ese parquecito Butyrki!” 98 . Podemos ver que la meditación (que en el caso de Solzhenitsin, le fue “impuesta” por su condición de preso) puede mejorar la apreciación de la naturaliza, de la sexualidad, de la amistad, o de las artes. En este contexto los éxtasis tácticos pueden “purificar nuestros sentidos”, lo cual es una función casi olvidada en Occidente, donde, en el proceso de hacerlos fines en sí, hemos tendido a reprimir los sentidos y lo sensual. Es más. Un nuevo género de compromiso con un nuevo tipo de ascetismo es requerido de nosotros hoy basado tanto en el sentido olvidado de un Dios de justicia como en el anhelo de una experiencia mística de Dios. Este ascetismo será distinto porque será para todos, no solamente para una casta monástica (se podría llamar “la democratización del ascetismo”). Será caracterizado por una renuncia voluntaria de ciertos patrones de consumo y vida lujosa y lo sentirán más agudamente las personas, instituciones y

  • 97 Throw out the baby with the bath”.

  • 98 Ibi, pp. 274 ss.

gobiernos de Europa Occidental, los Estados Unidos, y Japón 1 . Este ascetismo será de un tipo más profético que místico. Les urge este cambio a las culturas lujosas por parte de esa mayoría del pueblo global que apenas puede sobrevivir. Definitivamente no se trata de purificar los sentidos, sino de desarrollar la compasión, y la capacidad de sufrir y compartir con otros. A esto lo llamo “ascetismo profético”. Algunos preguntan sobre el silencio: ¿Qué tipo de éxtasis, natural o táctico, es el silencio? El silencio no es un éxtasis tanto como una actitud que uno aporta al éxtasis y lleva a casa consigo del éxtasis. Considera, por ejemplo, nuestra lista de éxtasis naturales. El silencio se presupone en una experiencia profunda de la naturaleza, un acto de amor, un tocar de un violín, tener un oído perfecto. El silencio no es, por supuesto, la ausencia de comunicación; es más una actitud de estar completamente presente. Y el silencio sigue una experiencia consumada de las estrellas, de otra persona, una película sentida profundamente hasta ese último éxtasis ante el cual todos nos pararemos con temor reverencial y silencio: nuestra muerte. Para salvaguardar de una pérdida espantosa del éxtasis y, por consecuente, e una pérdida de la experiencia de Dios, propongo las siguientes reglas sencillas que pueden aplicarse a la vida personal de uno o a la de una institución para animar y desarrollar la experiencia del éxtasis. 1. Los éxtasis tácticos siempre son un medio. Una espiritualidad que los trata como fines en sí revela su materialismo y los motivos de control clavados en su política de espiritualidad. Tratar como fines a tales técnicos es idólatra y blasfemo, y puede conducir a cosas aún más nefastas. 2. Embarcar en los éxtasis tácticos debe ser precedido por la experiencia del éxtasis natural cuando sea posible. 3. Puesto que los éxtasis tácticos son medios, la única pregunta válida para su utilización es: “¿Siento en este momento una necesidad genuina de esta estrategia?” Y el único criterio válido para pararlos es: “¿Siguen siendo efectivos? ¿Ya pasé la época de necesitarlos?” Las personas verdaderamente espirituales pueden pasar toda una vida sin los éxtasis tácticos (pero nunca sin los naturales).

1

4. Embarcarse en los éxtasis tácticos requiere un compromiso personal. Porque la práctica de éstos tiene que adaptarse al individuo, se recomienda un buen gurú para el viaje táctico. 5. Solamente los éxtasis naturales son fines en sí. Esto significa que Dios es experimentado directamente en la experiencia de éstos. La búsqueda personal y cultural de los éxtasis naturales es el verdadero y eterno camino hacia la experiencia de Dios. Recuerda al Buda quien, después de siete años de probar gurús, maestros de yoga, y todo el aparato táctico que había

evolucionado el hinduismo a lo largo de los siglos, al fin relajó debajo de un árbol y allí experimentó su iluminación. Lo llamó “el camino de en medio”. Se encuentra el mismo motivo en la novela celebrada de Herman Hesse, Siddhartha, donde el personaje central empieza su búsqueda mística con los éxtasis tácticos y se queja de que “aprendemos trucos con los cuales nos decepcionamos, pero lo esencial -el camino- no lo encontramos” 99 . Renunciando a los éxtasis tácticos resuelve que “aprenderé de mí mismo; seré mi propio alumno; aprenderé de mí mismo el secreto de Siddhartha”, e inmediatamente descubre las dimensiones de los éxtasis naturales: “Miró a su alrededor como si viera al mundo por primera vez. El mundo era hermoso,

extraño y misterioso. Acá había azul, acá amarillo, acá verde

y en medio de

... todo ello, Siddhartha, el despierto, en camino a sí mismo” 100 . Al buscar toda

su vida los éxtasis de la creación Siddhartha encuentra la paz, mientras su amigo, que ha pasado toda su vida en los éxtasis tácticos, no encuentra la paz. Y significativamente, es del río, no de un gurú, de quien Siddhartha deriva su más profunda comprensión espiritual. Jesús tampoco fue un místico táctico ni un asceta, pero sí se sumergía en los éxtasis naturales. Sobre todo podemos deducir esto de sus parábolas, en donde, por ejemplo, la caída de la lluvia es un asunto espiritual. Es Dios quien hace caer la lluvia sobre los justos y los injustos igualmente; y el amor de Dios está presente en el perdón de un padre para su hijo pródigo: “Este sentido de la divinidad de la orden natural es la premisa mayor de todas las parábolas”, nos dicen los especialistas en el Evangelio.

  • 99 Hermann Hesse, Siddhartha, p. 15. 100 Ibi, p. 32

Y así podemos ver que para Jesús el “camino de en medio”, el camino de los éxtasis naturales, fue el camino más seguro. Y seguramente lo es todavía.

Capítulo 4. Cómo todos nos podemos poner de acuerdo en que nuestra experiencia del éxtasis es nuestra experiencia de Dios

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La idea clave de este libro es que la experiencia del éxtasis está muy cerca de cada uno de nosotros o, al menos, lo podría estar en una sociedad viable. Dios está tan cerca como nuestras experiencias del éxtasis, aunque de ningún modo está limitado a ellas. Para los creyentes del Occidente –judíos, cristianos, y musulmanes- “el Dios en que creemos es el Dios que experimentamos” 101 . ¡Si tan sólo pudiéramos aprender a confiar en nuestras experiencias, y en el Dios que en ellas saboreamos! En este capítulo voy a presentar evidencia de que la cercanía de Dios y la cercanía de nuestras experiencias de éxtasis son paralelas. Primeramente, cuando logremos despojarnos de los impedimentos la fe

(impedimentos racionales, que asignan la fe a la “cabeza” exclusivamente, tanto como los estorbos emocionales que asignan la fe exclusivamente a mi sentido de ser salvado -¡increíble egocentrismo!- y se manifiestan en el deseo de ganar prosélitos, de ser el salvador de los demás), la fe puede ser simple, segura, y adecuadamente entendida como: la confianza perdurable de que la vida es un regalo.

¿Qué significa, que una persona con fe se guía por su confianza en que la vida es un regalo? Ver la vida como regalo es verla como agradable, hermosa, placentera en sí -como cualquier otro regalo que recibamos, agradablemente envuelto, de un amigo. Recuerda la primera página del libro del Génesis de las

101 (Laing, 141-143)

escrituras sagradas occidentales, donde aprendemos que la creación es buena ante los ojos de Dios, y que hasta los seres humanos son “muy buenos”. En efecto, la creencia de que la vida es un regalo es una afirmación sagrada que atestiguan todas las religiones. Pero llamar “regalo” a la vida es sugerir que nosotros (la humanidad, tú y yo) nunca la poseemos y, de hecho, nunca la poseeremos de verdad; es decir, recibimos la vida; somos recipientes finitos de un regalo infinito. La palabra “regalo” implica un donante, un donante de vida, un creador. Pero también implica que el dador ha puesto algo de sí mismo en el regalo (¿porque quién da un regalo que no es representativo de sí mismo?). Así que conocer el regalo es conocer al dador detrás del regalo. Y conocer la Creación es conocer al Creador. Y el conocimiento que llamamos “éxtasis”, en el sentido bíblico de “conocer”, es conocer íntimamente, como el esposo conoce a su esposa y la esposa a su esposo, carnalmente y enteramente. La fe y la confianza no resultan fáciles, especialmente en estos días del ocaso de la civilización occidental. ¿Podemos confiar en alguien hoy? ¿Aun en nosotros mismos? ¿Podemos, al menos, confiar en la vida? Hacerlo implica fidelidad, ese el aspecto permanente de la fe. A pesar de las fealdades, los sufrimientos injustos, la degollación de los inocentes, los problemas, y lo patético de la vida, uno aún cree y se aferra; uno se niega a desesperar; uno permanece en la fe. Uno confía en que la vida es dada -libremente dad- como un regalo, para ser disfrutada y transmitida para el disfrute de nosotros y de los demás. Al igual que la fe de Abraham fue una “esperanza contra esperanza”, también la nuestra es una confianza contra toda la aparente evidencia de lo contrario: “El místico debe regresar no menos amante de los hombres, sino amante de una manera más intensa y humana, porque sólo el devoto verdadero puede percibir el mundo como genuinamente amable” 102 , y así sostener la creencia que la vida verdaderamente es un hermoso regalo. Pero un regalo –especialmente el regalo de la vida- exige una expresión de agradecimiento. Tradicionalmente, la oración ha sido considerada como una alabanza y una manera de dar gracias a Dios. Nuestra tesis no está divorciada de tal tradición. Pero ¿hoy en día, sabemos cómo dar las gracias? Damos gracias por un regalo disfrutándolo, y dejando que el dador presencie

102 William Hocking, The Meaning of God in Human Experience (New Haven: Yale University Press, 1912), p. 439.

nuestro placer. A un amigo que me da un disco le agrada mi placer al tocarlo. Después de todo, mi gozo fue su intención al dármelo. ¿No querrá lo mismo el Creador al darnos el regalo de la vida? Nuestra “gracias” por la creación, nuestra oración fundamental, es nuestro disfrute y deleite en ella. Este deleite se llama éxtasis cuando llega a cierta altura, y este éxtasis en sí es una especie de oración. Igual que toda oración, toca al Creador; y somos tocados por el Creador en nuestros momentos de éxtasis y agradecimiento. Lo que veo, y quiero que el lector empiece a ver, desplegándose, es una espiritualidad que encuentra sus orígenes en la confianza, en la gratitud para la creación. Tal espiritualidad contrasta agudamente con esos movimientos fundamentalistas como el maniqueísmo y su expresión contemporánea: esas formas de pentecostalismo y fundamentalismo que no subrayan la hermosura de la vida, sino la “caída”, el pecado, y la necesidad de redención. Con estas dos líneas de tradición espiritual -la espiritualidad de la creación y la espiritualidad de la redención- podemos trazar la historia entera de las luchas espirituales occidentales. La más grande debilidad de las espiritualidades de redención es que no dan crédito a las personas humanas por cooperar con el Creador. Siempre dicen “el Señor lo hizo”. Pero en este libro van a conocer a unos ejemplos de personas que sí han cooperado con Dios, y que establecieron una tradición espiritual poco conocida: la que está centrada en la bondad de la creación , en la “bendición original” 103 en vez del demasiado bien conocido “pecado original”. El teólogo medieval, Tomás de Aquino, se atrevió a decir que “Dios está en todas las cosas, y así íntimamente”. Y señala lo íntima que es esta presencia: “Nada es tan distante de Dios que no tenga a Él dentro de sí misma”; “Se dice que Dios está absolutamente presente” en las cosas naturales; que “Dios está en cada lugar, lo cual quiere decir que en todas partes”; “así como el alma está en cada parte del cuerpo, así está Dios enteramente presente en cada una de las cosas”; “Dios está presente en todas las cosas por poder, en la medida en que todas las cosas están sujetas a su poder; está presente en todas las cosas por presencia en la medida en que ellas están desnudas y abiertas a sus ojos; y por esencia, en la medida en que está presente en ellas como la causa de su existencia”. Y “Dios está presente de una manera especial en el hombre, quien conoce y ama a Dios por acto o

103 Véase el libro del mismo autor de este título.

por hábito. Y porque el hombre posee este amor por gracia, Dios está presente en los bienaventurados por gracia104 . Si Dios está tan cerca y vitalmente presente en todo lo que existe, en toda la vida, como sugiere este pensador medieval, podemos ver por qué el éxtasis es la experiencia de Dios. Dios está íntimamente en las montañas y en el mar, en el brillo del sol y en la personalidad humana, en la actividad sexual y en la música, en la pintura y en la buena comida. Conocer estas cosas es conocer a su Creador omnipresente. El donante está presente en sus regalos de una manera extraordinaria, una manera “íntima”, insiste Tomás de Aquino. Deleitarse con esos regalos es deleitarse en la presencia de su donante. La experiencia del éxtasis es la experiencia de Dios. Otra razón por la cual el éxtasis es la experiencia de Dios es que, de hecho, los placeres más grandes, baratos y copiosos son los mismos éxtasis que consideramos en detalle en el capítulo 1. La vida no sería un regalo sin ellos, pero sí es un regalo con ellos. Así que, experimentarlos profundamente, extáticamente, hasta el punto de olvidarse de uno mismo en el placer, es experimentar el objeto de la fe, el Donante del regalo. ¡Se ha olvidado tanto la verdad de que Dios está presente en cada flor, en cada persona, en cada brizna de hierba y en cada nota de una canción! Recobrar la certeza de esto es experimentar a Dios. Y es oración. Al sentir el éxtasis, experimentamos lo que nuestros antepasados en las tradiciones espirituales llamaron ‘gracia’. Por la palabra ‘gracia’, ellos se referían a las siguientes experiencias: “el socorro divino en hacer o querer hacer algo que es bueno”; “el hombre en cierta sociedad espiritual con Dios”; “el amor eterno de Dios”; “la participación misma o la expresión de la bondad divina”; “una participación en la naturaleza divina”; “el principio de cualquier buena obra en nosotros” 105 . “Existe una manera especial que pertenece a la criatura racional, en la cual se dice que Dios está en ella como lo está algo conocido en el conocedor, o algo querido en el amante. Por conocer y por amar, una criatura toca a Dios mismo… se dice que Dios no sólo está presente en la criatura racional, sino

104 Tomás de Aquino, Summa Theologiae, I, 8, q. 1-4. 105 Ibi., I-II, qq. 109, 110, 114.

que mora en ella como en su propio templo” 106 . Esto -dice Tomás de Aquino- es lo que la gracia obra en una persona: la convierte en el hogar de Dios. Como dijo Jesús, “Yo soy el templo”; y los primeros cristianos siguieron su ejemplo, diciendo: “Nosotros somos el templo”. El propósito de que Dios “more en el hombre” es el placer: que el hombre pueda disfrutar de Dios, no que pueda usarlo. “La persona divina misma es disfrutada” 107 . Una persona “religiosa” tiende a querer usar a Dios; una persona espiritual disfruta de Dios. La ciencia y la tecnología tienden a disminuir la necesidad “útil” de Dios, la necesidad de implorarle su protección y ayuda en ciertas circunstancias, pero de ninguna manera pueden reemplazar el disfrute de Dios; de hecho, el único propósito adecuado de la tecnología es dejarles más tiempo libre a las personas, y más oportunidades para tal disfrute. Pero sólo Dios es la causa de la gracia, igual que “sólo el fuego puede ser la causa del fuego” 108 . Si es así, y el éxtasis es causado por Dios, si Dios es la fuente del éxtasis, entonces Dios es el éxtasis. Dios, a través de, y junto con, los éxtasis naturales de la creación, es la causa de nuestras experiencias de ser agraciados de una vislumbre de la vida divina. La gracia es una acción de la presencia de Dios, que es causada por Dios a través de los regalos de su creación. Cuanto hemos venido diciendo puede señalarse en términos teológicos, diciendo que la revelación sucede a través de las criaturas y a través de nuestras experiencias de la naturaleza, de la música, del amor, del sexo, del baile, de pensar, y de trabajar. Esta es otra manera de decir que la revelación, “el verdadero lenguaje de Dios”, ocurre mucho más seguido y más ampliamente que en su expresión limitada en los libros (por muy sagrados que sean) o en las bocas de las autoridades eclesiásticas (por muy insistentes que sean). Todo lo que existe es sagrado, y nuestra experiencia del éxtasis puede ser nuestro reconocimiento de este hecho: “El mundo no sólo es un mundo bueno”, advierte el filósofo Joseph Pieper; “es, en un sentido muy preciso, sagrado”, y “si existir no es solamente bueno, sino también sagrado, entonces rechazar la existencia no solamente es malo, sino que es sacrilegio,

  • 106 Ibid., I, q. 43, a.3.

  • 107 Ibid., ad 1.

  • 108 Ibid., I-II, q. 112, a.1,

una profanación

Por dondequiera que encontremos algo

real, algo que

... exista de cualquier manera, encontramos algo que ha irradiado directamente de Dios” 7. La revelación del Creador está disponible en muchas formas para muchas personas, a todos aquéllos que son capaces del éxtasis y que pueden ser conmovidos por el Creador que está presente en su creación. ¡Cuán alto nos grita Dios en la hermosura de la creación! ¡Y cuán sordos solemos ser! Por todas estas razones, y las demás que podrá aportar el lector, nos podemos poner de acuerdo en que nuestras experiencias del éxtasis son nuestras experiencias de Dios. Dios mismo está presente en toda su creación para nosotros, si queremos probar el éxtasis de vivir.

...

Segunda sección. Llegando a ser como Dios

Cuando nos asociamos íntimamente con algo, o con alguien, aprendemos a amar a esa cosa o persona, ya sea el mar o una montaña, una pieza favorita de música o una pintura, una clase de estudiantes entusiasmados; o nuestros hijos, nuestro esposo, nuestro amante. Y, cuando amamos, cambiamos de cierta manera; tal vez empecemos a oler un poco como, a reírnos un poco como, a pensar un poco como, nuestro ser amado. Y empezamos a anticipar, y a preocuparnos por, sus necesidades. En suma, en el proceso de renacer por medio de las experiencias extáticas, somos, hasta cierto punto, recreados. Cuando pasamos tiempo con los éxtasis de la creación, llegamos a ser como la Creadora y adoptamos sus características. Recobramos el significado de que somos “hechos a imagen y semejanza de Dios”, como afirman el judaísmo y el cristianismo en el primer libro de sus escrituras sagradas. Si somos hechos a imagen de Dios y si experimentamos esa imagen cada día a través de los éxtasis grandes y pequeños, como hemos mostrado en la primera parte de este libro, entonces es de esperar que haya un proceso de llegar a ser como Dios. Y ese proceso tiene sus grados. Hace diez años, estábamos en ciertas maneras como Dios, pero hoy lo estamos en otras, y mañana, Dios mediante, en otras. O, como dijo San Pablo: “Cuando era niño, rezaba como niño, pero ahora que soy hombre he dejado las cosas de niño” (1ª Corintios,

13:11).

¿Por qué caminos y rutas viajaremos en el proceso de llegar a ser como Dios? Este es el tema para meditar en los próximos seis capítulos. Necesitamos explorar la pregunta obvia: ¿cómo es Dios, para reconocer la imagen a la cual nos estamos conformando más y más, aunque siempre sigamos siendo nosotros mismos únicos? ¿Cómo vamos a saber cuándo empezamos a ser como Dios? “Por sus frutos los conocerás”, nos dice Jesús - pero ¿cuáles son esos frutos? ¿Qué obra en nosotros el éxtasis?

Capítulo 5. La memoria de Dios. Aprendiendo a recordar, en vez de menospreciar, nuestros éxtasis

En estados de éxtasis uno experimenta un lapso de tiempo, un olvido del tipo de orientación hacia el tiempo que nos dan nuestros relojes, ésa que nos tiene atrapados cuando esperamos las 6:00 para terminar el día de trabajo, o nos precipitamos para abordar el avión a tiempo.

En estados de éxtasis olvidamos los problemas cotidianos, y nos hundimos en otro tipo de tiempo. Algunos lo llamarían “atemporalidad”, otros, “un sabor de lo eterno”. El éxtasis es la experiencia de olvidarse de uno mismo y del tiempo por un segundo, un instante, una hora, un día, quizá una vida. Un ermitaño que vive cerca de la naturaleza marca su vida por el tiempo de la naturaleza, no por el de otra persona; una pianista tocando su música se pierde en un nuevo sentido del tiempo.

La creación tiene su propio tiempo, y nuestros éxtasis nos bautizan en ese tiempo. Es el tiempo de la luna llena, el tiempo de cuando un niño está por nacer; es el tiempo de hacer y recibir el amor, la dimensión mística que nos envuelve cuando escuchamos una pieza de música expertamente cantada o tocada; es la dimensión secreta de la risa que nos revela un buen chiste. Olvidarnos de nosotros lo suficiente para sintonizarnos con este otro tiempo, el tiempo de la creación, es uno de los encantos de las experiencias extáticas.

La experiencia de olvidarnos de nosotros mismos, de salir de nosotros mismos, es en sí una experiencia inolvidable. De hecho, las experiencias extáticas son las experiencias memorables de nuestras vidas. La doctora Elizabeth Kübler-Ross, comentando acerca de sus experiencias con personas agonizantes, observa que “cuando vieron juntos con otra persona una puesta del sol, o se sentaron junto a la fogata del campamento, o a la orilla del río, o en momentos cuando los miembros de la familia cantaron juntos -vislumbres de experiencias, siempre con otros seres humanos- ésos son los momentos que los pacientes agonizantes recuerdan

con sonrisas en la cara. Ellos piensan en estos momentos. Estas personas mueren en paz” 109. Las personas que no pueden recordar, que no tienen ningún éxtasis para traer a la memoria, o al cual referirse, son personas de verdad tristes, personas sin la experiencia del olvido de sí mismas y, por lo tanto, sin la experiencia de Dios.

Porque Dios recuerda. Dios es el elefante que no olvida. ¿Qué es lo que Dios recuerda? El Creador no recuerda objetos, sino momentos de participación –de la misma manera en que nosotros recordamos nuestros actos de amor, nuestros momentos perdidos a la orilla del mar, o cuando divertimos a la gente con una broma o un pensamiento. El Creador recuerda su creación, la recuerda como participante constante en ella. El Creador aprecia su creación. Como vivificador, y respirador, y sustentador, y creador de belleza. Dios recuerda su creación como el enamorado quien, recordando a su amada, anda creando imágenes bellas de ella y llenando su mundo de la hermosura de su encanto. Pero la memoria, como cualquier poder espiritual, es muy arriesgada y peligrosa; tiene una capacidad destructiva inmensa escondida dentro de ella:

“La debilidad de la memoria es su egocentrismo”, advierte Stephen Spender, “de éste proviene la naturaleza narcisista de la mayor parte de la poesía” (o de la religión, podríamos añadir). Otro peligro de la memoria espiritual son los impostores que se disfrazan de memoria y, como lobos en piel de oveja, de hecho matan a toda memoria espiritual. La nostalgia es un ejemplo de tal memoria fraudulenta. La memoria de Dios no es nostálgica, como lo es la nuestra (“¿Recuerdas cuando en la prepa hacíamos esas cosas locas?”, “¿recuerdas los buenos tiempos de antes?” etc.). Eso no es memoria espiritual, porque el rememorante espiritual no se esconde en el pasado; lo recuerda para volver a participar, para re-experimentar ahora sus alegrías inmensas. Tal memoria no es una fuga del presente, como es el caso con la nostalgia, sino una santificación del presente. Como cuando visitamos un cementerio para recordar a nuestros seres queridos y, ya allí, comunicamos hasta con aquéllos

109 Davis Sutor, “Lessons for the Living in Death and Dying: An Interview with Elizabeth Kübler-Ross,” National Catholic Reporter (April 20, 1973).

que nunca conocimos, y llegamos a quererlos. Porque ellos y nosotros participamos en la misma lucha de vivir, son memorables para nosotros. Una persona espiritual, una persona semejante a Dios, no olvida sus experiencias espirituales ni sus éxtasis; ella recuerda con intensa participación los éxtasis de la vida. Recuerda la tristeza tanto como el compañerismo, como observa el poeta Rainer Rilke, hablando de la memoria:

“Aunque estuvieras en una prisión donde las paredes no dejaran llegar a tus sentidos ningún sonido del mundo, tendrías todavía tu niñez, esa posesión preciosa y real, ese tesoro de memorias” 110 . Nuestro pasado es una casa de tesoro real, porque allí se guarda un tesoro de éxtasis. Y estar vivo (lo cual es ser espiritual) es vivir en esa tesorería, como nos invita a ejercitar Rilke. “El placer de crear es tan indescriptiblemente hermoso sólo porque está lleno de memorias heredadas del engendrar y el nacer de millones; en un pensamiento creativo reviven mil noches de amor olvidadas, llenándolo de sublimidad y exaltación. Y esos que se juntan en la noche y están trenzados en una delicia mecedora, hacen una obra seria y cosechan dulzuras; recogen profundidad y fuerza para la canción de algún poeta venidero, que surgirá para hablar de unos éxtasis más allá de lo imaginable” 111 . Sí, el éxtasis se edifica sobre el éxtasis, éxtasis sobre éxtasis. Y Dios, que es el éxtasis de los éxtasis, no olvida. ¿Debemos permitirnos tal lujo? Las personas a quienes llamamos gigantes espirituales siempre nos han urgido que olvidáramos para recordar. ¿Qué hacían los profetas hebreos, gritando y corriendo con amonestaciones, si no era decir a su propia gente:

“Recuerden la ley que han olvidado”, “regresen”, y “no olviden”? Y Jesús, que se veía a sí mismo como parte de esa misma línea de rememorantes (llamados profetas), decidió destacar la memoria en lo que eran, en efecto, sus últimas acciones en la Tierra. Consciente, en la noche de su traición, que su vida de éxtasis y tristezas se le terminaba, ¿qué hizo y dijo? “Hagan esto en memoria mía”, dijo, al celebrar la última cena. La memoria es el fideicomiso más sagrado que se nos ha otorgado. Sin embargo, ¿cuántas veces las instituciones, que pretenden hablar en el nombre

110 Ghiselin, Brewster, The Creative Process, Brewster Ghiselin, Editor, New American Library, Mentor Books, 1963.

111 Rilke, Rainer Maria, Letters to a Young Poet.

de Jesús, han hecho de la última cena una obra nostálgica, reduciéndola a un evento literal y no espiritual, y así olvidándola? ¡Qué patético! Un hombre nos invita a la memoria espiritual, y reducimos sus palabras y acciones a la nostalgia. Instados a la participación, hacemos reglamentos, recetamos sanciones, y matamos a una memoria viva. Las personas que llegan a ser como Dios, y las culturas que permiten - y hasta animan - a las personas, a llegar a ser como Dios, no olvidan. ¿No será esto el propósito de las celebraciones, las fiestas, las ferias, los cumpleaños, las procesiones, los bailes folklóricos, y las giras familiares? Nos recuerdan nuestras raíces, nuestro pasado; por lo tanto, nos recuerdan un presente más profundo y un futuro posible. Una sociedad viva y espiritual es aquélla en que se honra el pasado -no con nostalgia, sino con participación, en que todos son iguales de nuevo (los niños y adultos jugando juntos, las personas jóvenes y ancianas haciendo volteretas juntas en la hierba, y después, todos disfrutando de la buena comida). En la celebración compartimos una memoria común y, por lo tanto, nos olvidamos cada uno de nuestra memoria particular y privada. Todos se convierten de nuevo en uno. El pasado está presente, el presente es pasado, el futuro olvidado pero aquí. Ésta es la manera en que piensa Dios sobre el tiempo. En fin, Dios está presente en todos los tiempos. Un pueblo sin memoria es un pueblo perdido, desarraigado, sin espíritu:

“Sin la historia, sin el arte, con una memoria que empieza con el despertar de cada mañana y termina con el sueño de la noche”, nos advierte Gore Vidal, estamos en peligro de lograr “un entumecimiento mucho más consolador al espíritu que la siempre peligrosa, y a veces fatal, exploración de uno mismo y del mundo que era el propósito de nuestra antigua cultura, ya deshecha” 112 . Llamamos “tradición” a la memoria espiritual. Y ningún supuesto avance de los académicos, científicos, o aduladores institucionales, puede borrar nuestra necesidad, nuestro anhelo del éxtasis que experimentamos cuando verdaderamente participamos en las tradiciones. Justo como el mar y las montañas y el bosque nos enseñan a olvidarnos, también nos enseñan a recordar. Y así funcionan las tradiciones de un pueblo. Las más grandes tradiciones que tenemos para recordar están en el corazón del pueblo. Especialmente aquéllos que han vivido más tiempo y han experimentado muchas experiencias inolvidables, es decir, extáticas. Una cultura que honra a

112 Vidal, Gore, Two Sisters, (Boston: Little, Brown, 1970), p. 41.

sus ancianos puede llamarse espiritual; una que los olvide, o los trate de olvidar: ¡ya está muerta, aunque no lo sepa! Hermann Hesse nos ha advertido de la alternativa de desarrollar nuestras memorias espirituales: “El deseo más poderoso, y con menos sentido, de la humanidad, es el deseo de olvidar” 113 . Algunas personas tienen miedo del pasado; algunos, en un esfuerzo de ser liberales, se desheredan del conocimiento de la tradición. Otros, determinados a conservar el pasado, destruyen la verdadera memoria para suplantarla con la nostalgia como objeto de memoria, distorsionando así el pasado. Pero todo esto es idolatría, esta adoración de objetos como si fueran dioses. El Dios viviente es recordado en la memoria espiritual, la cual nunca es de objetos, sino de la vida. La persona espiritual guarda sus recuerdos de momentos extáticos como tesoros apreciadísimos. Nuestras memorias fueron creadas para permitirnos orar. Recordamos momentos de éxtasis, para así entrar en la oración que es recordar extáticamente. Lo que recordamos es la vida misma, y nuestras respuestas a ella -nuestros momentos extáticos de alegría viva y de tragedia. De hecho, cuando recordamos extáticamente, recordamos los momentos de respuesta radical a la vida, que fueron momentos de oración. Experiencias, sentimientos, percepciones, cariño, ternura, perdón, lágrimas, juegos, promesas. Por esto una persona espiritual nunca puede ser ni liberal ni conservadora; tiene que ser radical. La palabra “radical” proviene del latín “radix”, que significa “raíz”. Las personas verdaderamente arraigadas no tienen miedo del pasado, ni tienen miedo de perderlo; no les importa preservar el pasado (como en el caso del conservador) ni despreciarlo (como en el caso del liberal moralizador), sino que anhelan vivir más profundamente en el presente. La persona superficial huye del pasado o trata de manipularlo, porque las personas no espirituales tienen que manejar todo según su propia imagen. Pero la persona profunda y espiritual trata al pasado con la misma reverencia con que trata a los mares y al brillo del sol y a los niños y a la música; deja que el pasado la bañe. Recibe el pasado como cualquier otro regalo. Y su motivo es el mismo: divertirse. Éxtasis. La experiencia de Dios. La religión verdaderamente espiritual honra el pasado por medio de honrar la memoria de los éxtasis pasados. Por ejemplo, las personas judías al

113 Hermann Hesse, Journey to the East, p.8

recordar el éxodo de la liberación de sus ancestros de su esclavitud en Egipto,

honran el pasado, y así rinden honor al éxtasis en el presente. Y sólo de esta reverencia nace el éxtasis del futuro. La religión moribunda y no espiritual no honra al pasado, sino lo deshonra, manipulándolo en vez de reverenciarlo. Esta manipulación se lleva a cabo por medio de la nostalgia (incitando a la gente a desear un pasado meramente sentimentalizado, en vez de vivir en el presente) o por medio de objetivar el pasado (como, por ejemplo, erigiendo monumentos -que son objetos- como si pudieran preservar para nosotros nuestro éxtasis). Jesús reconoció tal manipulación del pasado por parte de la religión en

su tiempo, cuando dijo: “¡Hipócritas!

edificáis los sepulcros de los profetas,

... y adornáis los monumentos de los justos, y decís: Si hubiésemos vivido en los

días de nuestros padres, no hubiésemos sido sus cómplices en la sangre de los profetas” (Mat. 23, 29). Las imágenes de yeso de los santos, y la despolitización sistemática de éstos, son otros ejemplos de la manipulación del pasado. Cada santo ha sido más familiar con la sangre y el sudor (frecuentemente a las manos de su propia Iglesia) que con el camuflaje aséptico y limpieza superficial que se les ha atribuido, que asemeja más a la de las actrices de comerciales para jabón que a la verdadera experiencia de la santidad. Ni las experiencias, ni los éxtasis, de las personas santas, son asépticos. El mundo real, el mundo entero -inclusive el mundo espiritual- está tejido de paradojas. La memoria verdadera y espiritual es del tiempo transcurrido y del tiempo olvidado; sin embargo, sólo de este olvido surge el recuerdo auténtico. Y el futuro nace, no cuando miramos fijamente hacia el frente, sino cuando pasamos tiempo con nuestras raíces, que son nuestro pasado y la profundidad del presente. Nosotros, si confiamos en nuestras experiencias extáticas, podemos llegar a ser como Dios, que mora en los recuerdos extáticos. Como rezó el poeta T.S. Eliot, “enséñanos a dejar que nos afecten, y que no nos afecten, las cosas”. Podríamos agregar: “Enséñanos a recordar y a no recordar. Enséñanos a olvidarnos de nosotros mismos para recordar a nuestros mismos verdaderos”. Enséñanos a honrar el pasado que forma parte de tu eterno presente. Enséñanos a ser como Dios - a ser elefantes que no olvidan.

Capítulo 6. El placer que siente Dios, y Dios como experimentador del placer. El placer olvidado de creer que la creación y el Creador son placeres

Pregunta: ¿Qué hace Dios todo el día (y toda la noche?) Respuesta: Se divierte.

Nosotros los occidentales somos propensos a hacer que los dioses, y especialmente el Dios, se conformen a nuestra propia imagen. Al menos los politeístas -como los griegos, por ejemplo- siempre guardaban respeto para la diversidad de la deidad. Pero el monoteísmo tiende a estrangular al único Dios que supuestamente nos queda para meterlo (¿por qué siempre imaginamos a Dios como un ser masculino?) en una camisa de fuerza particular y hecha por encargo. Por ejemplo, hemos manufacturado al Dios Mirón que juega su papel en las recámaras y en los asientos traseros de los carros -un papel que apenas consideraríamos digno de un investigador privado. Y nuestro Dios mantiene sus listas negras para los tiempos horríficos del “Juicio”, como si fuéramos incapaces de soltar nuestros egos lo suficiente, aunque sólo fuera de vez en cuando, para ser honestos con nosotros mismos. Hemos retratado mentalmente y culturalmente a Dios con barba blanca larga. A veces hasta se encuentran en algunas iglesias imágenes de un Dios anciano, barbudo y canoso. Imaginándolo así, nos hemos deshecho de Él tan fácilmente como nos deshacemos de la mayoría de los demás ancianos en nuestra sociedad compulsivamente juvenil. Así que: detengámonos aquí un momento para hacer la pregunta obvia:

¿Quién es Dios? ¿Qué hace Dios todo el día y toda la noche? La respuesta más segura que puedo dar, juzgando por la creación que engendró, es que el Creador es hedonista, que su razón de ser es experimentar y crear placeres. Pero ¿qué sabemos nosotros de experimentar placeres? Nosotros, que pasamos las horas en que estamos despiertos trabajando, que pasamos nuestras vacaciones preparándonos para trabajar más eficientemente, ¿qué sabemos del placer? El propósito del éxtasis, como el propósito de vivir, es la diversión. Aprendemos esto en la oración y en comunión con el Dios que es el origen de todos los placeres. ¿Todavía “caminamos con Dios en el jardín en la frescura

de la tarde” como lo hizo Adán? ¿O sabemos animar a los demás a que hagan lo mismo? ¿Precisamente a dónde ha ido todo el placer? ¿Solamente nos toca experimentarlo en la niñez? ¿Es necesario siempre guardar y controlar el tiempo, porque perder el tiempo es perder dinero o bajar el prestigio? Si somos ignorantes del placer, somos ignorantes de Dios. Como era de esperar, al igual que el placer ha disminuido para nosotros, también lo ha hecho nuestra imagen del Dios extático. Con razón los placeres perversos que hemos inventado -nuestros químicos, que de plano pueden eliminar a toda vegetación, nuestras bombas que queman y laceran la carne humana, nuestras diversiones llenas de violencia nos ocupan tan completamente hoy en día. Nuestro sadismo es el precio de los placeres extáticos perdidos, porque el hombre siempre busca el placer, y cuando es frustrado, o reprime su deseo, encuentra una salida en placeres perversos orientados hacia la muerte. Es lógico que el Dios que hemos inventado en nuestra propia imagen sea vengativo y sádico, que espíe, juzgue y denuncie –que sea un Dios de culpabilidad, no del deleite de los dones de vivir. Es un Dios que parece más a un espía que intercepta llamadas telefónicas que a una persona enamorada. En medio de estos dioses sádicos que se deleitan con la culpabilidad y sufrimiento del hombre (“si duele, es la voluntad de Dios”) nos hemos olvidado de los dioses hedonistas de las tradiciones espirituales occidentales. En la época medieval concebían el éxtasis como una “re-creación” con Dios, como un llegar a ser como el compañero/la compañera de juego –Dios- con quien se pasaba el tiempo. “La persona divina misma es disfrutada” por el hombre cuando éste está en el estado de gracia, insiste Tomás de Aquino, y cada persona es capaz de una participación profunda en la compañía y el buen placer de Dios. La experiencia de pensar es “amable, deseable y encantador” y nos incita a la “visión misma de Dios”, según Tomás de Aquino quien, siguiendo a Aristóteles, nos enseña que la meta de la vida de cada uno es “eso en que el deleite es más grande, y que la persona encuentre más atractivo”. Las dos tendencias, los dos estilos de vida que reconoce el de Aquino, la activa y la contemplativa, le ofrecen a cada persona una decisión sencilla: ¿cuál dirección provee el placer más grande para mí? Así que la calificación de una vida humana, de su aproximación a la vocación a la que fue destinada por Dios, se mide, según el Aquinate, ¡por el placer que uno experimente en ella!

Para esos espiritistas masoquistas que piensan que en la vida contemplativa hay que “renunciar” a los placeres, Tomás Aquino tiene unas observaciones sorprendentes: “La meta de la vida contemplativa”, insiste, “es el placer, que se encuentra en el apetito afectivo… de éste nace el amor”. El resultado final de nuestro éxtasis son la alegría y la paz, la bondad y la generosidad; y estos frutos del espíritu se nos dan para el buen placer de nosotros mismos y de los demás, porque “el fruto del hombre es su último fin, el cual debe disfrutar” 114 . Aunque Tomás de Aquino comparte con muchos teólogos cristianos ciertas sospechas en cuanto al placer sexual, en esta vista momentánea de su pensamiento sobre la espiritualidad uno presiente que de hecho concibió una teología entera sobre la realidad y la disponibilidad del placer. El camino del placer de Dios y de nosotros es una dirección para la religión que obviamente se ha perdido en tantos casos de represión y huida del placer -en la última parte de la Edad Media y en la edad moderna. Jesús también habla de parte del Dios extático. Su mensaje entero se recapitula en las Parábolas del Reino, las cuales nos dicen que el que encuentre el reino del cielo, en su alegría total venderá todo lo que posee para comprar el campo donde yace. Jesús hablaba de su propia experiencia; seguramente la experiencia de Jesús con su Padre, una experiencia de intimidad y placer, tenía como su fin la alegría total. Nos recuerda el placer que tuvo Jesús en las montañas y los jardines, en el lago y en el desierto, en las noches llenas de estrellas y los días soleados palestinos, hasta los cuales huía tan seguido para pasar el tiempo con el Creador. Y su oración fue a un padre íntimo -a “Abba”, que significa “papá”. Seguramente un padre a quien le su hijo dice “papá” desborda de placer -el placer que experimenta en presencia de su bebé y el placer que desea para, y proyecta a la vida de, su hijo. ¿Cuál padre no desea para su hijo el placer? ¡Seguramente Dios no nos desea menos de lo que desea un padre mortal para sus hijos! Pero la historia evangélica más rica acerca del placer que quería compartir Jesús en el nombre de Dios, es la de María y Marta. Recordamos que ambas mujeres eran amigas de Jesús, pero cuando él vino de visita inesperadamente, sólo una de ellas pasó el tiempo -el éxtasis natural de la

114 Tomás dc Aquino, Summa Theologica, I, cuestión 43, aa. 3,6; II-II, cuestión 180, a.1; I-II, cuestión 70, aa. 1,3.

amistad- con él. La otra, Marta, estaba demasiado ocupada haciendo cosas:

lavando platas y preparando la cena. Jesús dirigió este consejo a Marta:

“Marta, Marta, andas inquieta y preocupada por muchas cosas, cuando en realidad una sola es necesaria. María ha elegido la mejor parte, y nadie se la quitará” (Lc. 10.41-42). Así es. Los placeres verdaderos de la creación divina son inolvidables y no se pueden borrar. Es más; son “la mejor parte”. Solo sentarse con un amigo, perdiendo el tiempo con él, insiste Jesús, es un acto verdaderamente contemplativo. Nuestra veneración de Dios es un placer para todos que lo abarcan. Porque seguramente, en esta historia, Jesús mismo disfrutaba plenamente la compañía de su amiga María, sus atenciones y cariño. Así que esto funciona en dos sentidos: el placer dado (por María) es placer recibido (por Jesús) y viceversa. Además, y ésta es la idea clave del incidente como relato espiritual, se le puede aplicar la misma experiencia a

Dios. El deleite que Dios nos da es el deleite que Dios tiene en nosotros. La teología del Evangelio de San Juan, en el cual se dice que Dios levanta su tienda en medio de la humanidad y en medio de cada persona,

atestigua también del éxtasis de Dios: “

...

Y

se gozará vuestro corazón, y

nadie os quitará vuestro gozo” (San Juan 16.22). La gloria que ha

experimentado Jesús con su Padre -sí, la gloria de los éxtasis en Monte Tabor y en otros lugares- ahora está disponible a los discípulos: “Les he dado la gloria que Tú me diste a mí” y “si digo estas cosas mientras todavía estoy en el mundo, es para que ellos puedan participar plenamente en mi alegría” (San Juan 17. 22, 13). Los placeres que disfrutó Jesús en la vida -sus amigos, tanto hombres como mujeres, sus comidas, los éxitos de sus amigos, los niños que conoció y que le encantaban, los padres de éstos, su estudio de la Ley, las fiestas, el tiempo que pasó en la naturaleza y la soledad, al igual que el afecto que sintió, y el éxito que tuvo, en cuidar a las personas dolientes-, todo eso le pesaba cuando enfrentó la muerte en su última noche en la Tierra en el jardín de Getsemaní. Anticipó sin ganas el placer perverso, el masoquismo y el sadismo, que verterían sobre él el día siguiente. ¡Cuán completamente lo rechazó! Huyó de su destino horrible; deseó

prevenirlo. Acuérdense de que dijo: “

aleja

de mí este cáliz de amargura”

... (Lc. 22.42). Pero su muerte no se pudo detener, y los crucificadores salieron con la suya. Sin embargo, el último acto de Jesús resultó ser una experiencia

de éxtasis natural, porque fue un sufrimiento no buscado 115 . Y, en un acto final de confianza (una confianza que seguramente sólo obtuvo por medio de una “esperanza desesperada”, una certeza mental y divina que enfrentó a su miedo mortal) se encomendó a las manos de su Padre, diciendo: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Habiendo predicado un Dios de placeres “que hace caer la lluvia igualmente sobre los justos y los injustos” y que “viste los lirios del campo con el resplandor de un Salomón”, ahora sale de la vida en una condición de muerte y desesperación tan fea, que sólo la esperanza y confianza más perdurable puede imaginar una hermosura escondida en ella. Qué paradoja más extraña, pero más real, ver morir a este predicador de los éxtasis de las amistades humanas, del placer de Dios cuando ve alegres a las personas, de la parábola de los talentos (en la cual nos advierte que seremos reprendidos si dejamos de multiplicar nuestro placer y alegría), qué paradoja más extraña ver morir a este predicador, con su creencia en que la vida es un regalo divino puesta a la prueba. Y no dejó de creer. En esa condición tan extrema, aun la muerte, de una manera curiosa e invisible, fue un placer. ¿Y qué tal los ancestros de Jesús? ¿Eran ellos, también, creyentes en un Dios amante del placer? Se dice que el Creador llamó “buena” a la creación. Y el Dios de los profetas busca el placer de la humanidad. Y ellos buscan en el nombre de Dios una tierra en la cual “la justicia fluye como agua, y la integridad como un arroyo constante” (Amós, 5.24-26), un lugar donde todo el mundo beberá, y profundamente.

Porque éste será el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehovah: Pondré mi ley en su interior y la escribiré en su corazón. Yo seré su Dios, y ellos serán mi pueblo.

Ya nadie enseñará a su prójimo, ni nadie a su hermano, diciendo:

'Conoce a Yahvé.' Pues todos ellos me conocerán, desde el más pequeño de ellos hasta el más grande, dice Jehovah. Porque yo perdonaré su iniquidad y no me acordaré más de su pecado" (Jeremías

31.33).

115

¿Y este conocimiento personal de Yahvé? ¿Qué tan agradable será? Para describirlo, los judíos necesitaban poetas excelentes, como él del Cantar de los Cantares:

Mi amado es para mí, y yo para mi amado; él pastorea entre azucenas. (2.16)

encontré

el amor de mi vida.

... Lo abracé y no lo soltaré hasta llevarlo a la casa de mi madre,

a la alcoba de la que me dio a luz. (3.4) Me has robado el corazón, hermana y novia mía,

me has robado el corazón

...

(4.9)

Ya vengo a mi jardín, hermana y novia mía, ya recojo el bálsamo y la mirra, ya gusto mi miel y mi panal, y bebo de mi vino y de mi leche. ¡Coman, amigos, y beban, embriáguense, amados míos! (5.1) Grábame como sello en tu corazón, como sello en tu brazo; porque el amor es más fuerte que la muerte, la pasión más cruel que el abismo. Sus llamas son flechas de fuego, intensas llamaradas de Jehová mismo. (8.6)

Quien compuso estas canciones del corazón, de Yahvé, y del hombre y la mujer, no desconocía los éxtasis de la creación. Ni habría esperado que sus oyentes desconocieran tampoco los éxtasis de los cuales cantaba. Los salmistas también estaban embriagados de los placeres del Dios de Israel:

que

quienes desean mi triunfo se alegren y gocen,

... repitiendo sin cesar:

‘Grande es el Señor, que desea la paz a su siervo’ (35.27).

Se sacian con la abundancia de tu casa,

les das a beber en el río de tus delicias; porque en ti está la fuente de la vida, y por tu luz vemos la luz (36.9).

Tú cuidas la tierra y la riegas, la colmas de abundancia; los arroyos de Dios se llenan de agua, y así preparas sus trigales:

inundas los surcos, emparejas sus terrones, esponjas la tierra con lluvias, bendices sus semillas. Tú llevas el año a feliz término, a tu paso brota la abundancia; germinan los pastos del desierto, las colinas se llenan de alegría; las praderas se cubren de rebaños, los valles se visten de trigo; ¡Qué gritos de alegría, qué canciones de júbilo! (65, 10-13)

¿Quién necesita más evidencia de las profundas raíces de las tradiciones espirituales occidentales en una Providencia que ama, busca, y regala el placer? ¿Quién se atrevería a medir lo que pudiera ser el deleite de Dios, habiendo probado las profundidades de los deleites de la naturaleza en tantos éxtasis naturales? ¿Cuántos placeres aún más grandes nos esperarán? ¿Y con cuántos gozos más profundos y experiencias más tranquilas? ¿Cómo podemos empezar a sondear las profundidades y las hermosuras que el Creador tiene guardadas para nosotros? Para esos que están comprometidos a la experiencia del éxtasis hay un nuevo mandamiento: pongan primero el placer. Pero disfruten no solamente de su propio placer, sino del placer de los demás. Como lo hace Dios con su creación. Lleguen a ser como nuestro Dios, que ama y comparte sus placeres.

Capítulo 7. Pensando simbólicamente: Cómo los viajeros espirituales rechazan el pensamiento literal para jugar simbólicamente, y cómo nuestro pensamiento simbólico es nuestra conciencia de Dios

Pregunta: ¿Cómo piensa Dios? Respuesta: Ni literalmente ni por señales, sino simbólicamente.

Pregunta: En el nombre de Dios, ¿Qué significa eso? Respuesta: Sigue leyendo y verás.

Siguiendo nuestro método de acercarnos a un entendimiento de los términos espirituales a través de sus contrarios, empezaremos nuestras reflexiones sobre la conciencia espiritual considerando su contrario: el pensamiento literal.

Pensamos literalmente acerca de las cosas: sobre los libros y las palabras (las palabras exactas, no los significados detrás de ellas), el dinero en el banco, las propiedades que poseemos, el pasado como cosa distinta, y no parte, del presente, sobre los edificios, los títulos, sobre las clasificaciones y las burocracias. Todos estos pensamientos son literales; son de cosas. La palabra “literal” viene de la palabra “littera” (letra), pero una letra en sí y por sí, aparte del mundo, es una cosa aislada. Aislar es pensar literalmente; reducimos las cosas extraordinarias como, por ejemplo, las personas que son portadoras del éxtasis, al nivel de objetos aislados, letras, o cosas. Hasta las hermosuras vivas, como los sucesos asombrosos y nuestros propios momentos y memorias extáticos, se convierten en problemas para clasificar, encasillar y controlar. Una mentalidad literal proclama que las personas existen para el Sábado (una ley), no que el Sábado existe para las personas (lo cual sería una celebración) (Marcos 2, 27).

Todos hemos experimentado el literalismo. Te voy a narrar un incidente que no fue gran cosa, pero que es típico de la mentalidad literalista. Hace unos años, unos católicos estaba querían recobrar el uso del canto gregoriano (no para fines nostálgicos, sino por la hermosura que está contenida en él) en una misa. Un sacerdote que se consideraba protector de la letra se negó a anunciar el evento en el boletín de su parroquia porque “dudaba que el grupo tuviera permiso para tal misa”. Los que buscan permiso son literalistas. Sin duda este mismo sacerdote, antes del Vaticano II, había proclamado que los grupos no tenían permiso de venerar a Dios en la lengua vernácula. Esto es

típico del literalismo; el literalismo oscila pendularmente de una ley a otra, y nunca se para en medio lo suficiente para poder incorporar (como lo hace el simbolismo) a ambos extremos al mismo tiempo. Otro ejemplo del pensamiento literal en nuestra cultura es lo que hemos hecho a la muerte. Hemos presumido que la realidad de la muerte sólo se enfrenta una vez en la vida. Un gran mutis disfrazado con la ilusión de que la vida continuará (el cuerpo pintado, preservado, provisto con ropa más elegante que la que tenía en vida) -ésta es nuestra noción literal de la muerte. Con semejante sentido aislado y singular de la muerte no resulta sorprendente que la doctora Kübler-Ross, y otros, se quejen de cómo las personas en nuestra cultura (incluso los doctores y clérigos) no pueden hacer frente a la muerte. Hablan a lo largo sin decir nada; hablan de las calles del cielo (como si las hubieran pisado), o de plano huyen del tema. He aquí un buen ejemplo de un área en la cual pensar simbólicamente nos rescataría de la estrangulación del literalismo. Porque podemos aprender a enfrentar nuestras propias muertes, en el pleno sentido de fallecer, enfrentando primero nuestra experiencia de la muerte en el sentido simbólico. Todos nos morimos varias veces en la vida -cuando le decimos adiós a alguien, o a un lugar, que queremos; cuando pasamos tiempo en la prisión; cuando nos enfermamos y entramos en el hospital; en las experiencias espantosas con las drogas y el alcohol; en la muerte de un ser querido; en un divorcio; en la pérdida de un amigo o al romper con un(a) amante; al retirarnos de una manera de vivir a favor de otra, todos éstos son ejemplos de muertes simbólicas, anticipos del significado de la muerte más completa que nos espera a todos. Si insistiéramos en tomar estas experiencias en serio, en dejar que nos cambiaran, podríamos simplemente tomar de la mano a los moribundos, y estar presentes para ellos. Entenderíamos algo de la muerte en su sentido completo. Si nuestra cultura moralizara menos sobre la muerte y estimulara más su expresión y realización simbólica, llegaríamos a ser de mente espiritual; es decir, simbólicos, en cuanto a la muerte. Llegaríamos a ser las personas compasivas cuya ausencia en los hospitales, y en las casas donde agonizan las personas, lamenta la doctora Kübler-Ross 116 .

116 Kübler-Ross, Elizabeth, en su obra clásica On Death and Dying. Sobre la muerte y los moribundos. Barcelona: Grijalbo, (1970) 1993, 4ª edición.

Pues lo que uno aprende de las muertes simbólicas es lo que aprende de las profundidades de la vida en cualquier experiencia del simbolismo: que lo literal no es lo que cuenta; no es lo real de la vida. Como lo expresó Alejandro Solzhenitsin, reflexionando sobre su experiencia en la prisión:

“Muy temprano y muy claramente llegué a la conciencia de que la prisión no era para mí un abismo, sino la coyuntura más importante de mi vida” 117 . Ver la prisión como una coyuntura crítica; la muerte como vida; el vacío como la plenitud: en esto consiste una conciencia simbólica y, por lo tanto, una conciencia espiritual. Esto, ciertamente, es empezar a vivir. Un elemento del literalismo que lo hace tan atractivo para muchos hoy en día es el control. El literalista puede controlar los destinos de sí mismo y de los demás; o, al menos, eso cree. El literalismo es una enfermedad que invade las tradiciones religiosas con particular agresividad. Es una manera de tratar de controlar con letras, en vez de con el espíritu. Las sectas fundamentalistas, por ejemplo, insisten en la “letra” de las Escrituras; según ellos, en la letra misma y en su obediencia estricta se encontrará la salvación (como si fuera posible obedecer cada letra de tales libros tan llenos de paradojas y contradicciones, igual que la vida misma). Por otro lado están los pensadores religiosos más “liberales” (porque son intelectuales) quienes nos aseguran que la salvación vendrá si nos adherimos a los estudios más nuevos y exactos de esos mismos libros sagrados. Estudios que, se nos asegura, están estableciendo la prueba definitiva. Esta ilusión también proviene del pensamiento literal. No es sorprendente que tanta erudición se concentre en los árboles, y pase por alto el bosque. Y, al fin, tenemos los literalistas que no cuentan con la letra de un libro sagrado sino con la letra de los decretos papales, como si el dogma o la autoridad encerrada salvara, como si pudiéramos volvernos vivos si sólo pudiéramos chupar de esos textos su significado exacto. Todo pensamiento estereotípico es pensamiento literal; el pensamiento literal es un síntoma de la adicción a los prejuicios. Así que las doctrinas populares falsas, como “el único lugar adecuado para las mujeres es la casa”, “los negros son flojos”, “el mundo socialista es el enemigo del mundo libre”, pertenecen al pensamiento literal. Estos epitafios estereotípicos se convierten en lenguaje demagógico a causa de la relación intrínseca entre el control que

117 Alexander Solzhenitsyn, The Gulag Archipelago, p. 187.

efectúa el pensamiento literal, y el control político que buscan los demagogos. Hasta que uno supere el pensamiento literal, y el pensamiento estereotípico, la vida es una prisión cuyas paredes son hechas de literalismo y cuyos presos son la mente, el corazón, la cabeza y el cuerpo. El error fundamental en cualquiera de estas mentalidades es la presunción de que el pensamiento literal es capaz de dar vida: “La letra mata”, advirtió San Pablo, “mientras el espíritu da vida” (2 Corintios 3.6). El literalismo mata; nos mata a nosotros y mata a Dios, porque Dios es espíritu. Una manera literal de pensar es el contrario de una manera espiritual de pensar: “El literalismo es la agencia de la muerte, escrita y grabada en piedras; tablas de piedra y un corazón de piedra” 118 . Las personas de mente espiritual invariablemente ven al literalismo como un enemigo. Así que Jesús, quien insistió en “dejar que los muertos entierren a los muertos”, condenó al literalismo que se hacía pasar, entre los líderes religiosos de su tiempo, por veneración: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que pagan el diezmo de la menta, del anís y del comino, y descuidan lo más importante de la ley: la voluntad de Dios, la misericordia y la fe!” (Mateo 23, 23). Los asuntos “más importantes” son siempre simbólicos, no literales. Nunca se ha podido definir ni legalizar la justicia, la merced ni la buena fe. Es (y era) más fácil y más controlable decidir por lo literal en la religión -el diezmo de hasta las plantas más pequeñas, como la menta, el anís, y el comino- en vez de dedicarse a la dimensión simbólica. Jesús tuvo más que decir sobre su experiencia, y su opinión, del literalismo: “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que limpian por fuera el vaso y el plato, mientras que por dentro siguen llenos de codicia y desenfreno!” (Mateo 23, 25) Esto nos otorga otra percepción sobre lo literal: que siempre es externo. “¡Ay de ustedes, maestros de la ley y fariseos hipócritas, que edifican sepulcros a los profetas y adornan los mausoleos de los justos! Dicen: ‘Si hubiéramos vivido en tiempos de nuestros antepasados, no habríamos colaborado en la muerte de los profetas’. Con lo cual confirman que son hijos de quienes mataron a los profetas”. Aquí hay otra percepción de la mentalidad literalista: en ella hay que consagrar y encerrar al pasado. Nos dicen: “Construyan -edificios, pirámides,

118 Norman O. Brown, Love’s Body, p. 223.

instituciones- lo que sea, con tal de que sea material y, así, externo a la persona interior y espiritual. Y, lo que es más, habiendo construido, entonces manipulen. Manipulen a las vidas interiores de los demás por medio de la nostalgia (en vez de la memoria), por medio del sentimentalismo (en vez de experiencias místicas). Y, para ésos que no rezan en el santuario de tu edificio literal, la muerte. ¡Maten a los hijos de puta simbolistas! ¡Crucifíquenlos! ¡Crucifíquenlos!”. El literalismo tiene que terminar en matanza. Es el producto de la muerte, y “un árbol muerto rinde fruto muerto”. Esos que traen vida -la mentalidad espiritual y simbólica- tienen que morir. Las dos mentalidades no pueden coexistir. La vida busca más vida, y la muerte busca más de sus propios. Pero ¿qué es este simbolismo? ¿Cómo puede ser tan poderoso que provoca las fuerzas de la muerte? ¿Por qué piensa Dios de esta manera? Un símbolo no se manufactura. Ningún hombre “hace” un símbolo; sólo lo descubre. Por lo tanto, con un símbolo no se trata del control, porque un símbolo ni empieza ni termina con el control. Un símbolo empieza con una experiencia, una experiencia extática. Una experiencia que es demasiado grande para una sola (es decir, literal) explicación o expresión. Los símbolos pertenecen al idioma del éxtasis. Por tanto, las lágrimas son un símbolo (sean de alegría o de tristeza). También son símbolos la risa, un beso, un abrazo, una sonrisa, un gemido, las ovaciones, y el aplauso. Uno que ha sido conmovido responde en símbolos, no en letras. Un símbolo nunca representa una sola cosa, como lo hace una letra, sino representa una pluralidad de cosas. ¿Quién se atrevería a decir exactamente cuál es el significado detrás de una sonrisa o una lágrima? Un acto de amor entre un hombre y una mujer ¿representa una sola cosa (por ejemplo, la procreación, o una conquista, o un estallido de energía libidinosa)? ¿O representa muchas cosas, incluso el placer y el cariño y la vida y la muerte y la inmortalidad y la finitud y el éxtasis y el vacío? Sólo los literalistas dirían que representa una sola cosa. Los símbolos representan muchas experiencias, aunque éstas no sean siempre extáticas. El lenguaje empieza con el éxtasis y con un símbolo. El bebé que aprende a decir “papá” por primera vez no es indiferente (y definitivamente no es literal) sobre su primera expresión de “papá”. El símbolo, su creación

vocal, la palabra “papá” que procuró y logró enunciar, expresa el éxtasis que el niño sintió en la presencia de un padre cariñoso, su primera experiencia de salir de sí mismo. No es sorprendente que la presencia del contenedor del éxtasis buscado, el padre, tan frecuentemente resulte en arrullos y gorjeos -símbolos del placer que siente el bebé en el cumplimiento de su éxtasis. Los niños son especialmente expertos en la conciencia simbólica, como nos han advertido los líderes religiosos: “En aquel tiempo los discípulos vinieron a Jesús, diciendo: ¿Quién es el mayor en el reino de los cielos? Y llamando Jesús a un niño, lo puso en medio de ellos, y dijo: De cierto os digo, que si no os volvéis y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cielos (Mateo 13, 1-3). Los niños practican los símbolos cuando juegan sus juegos: “Vamos a jugar a la casita. Tú serás la mamá y yo el papá”. “Vamos a jugar a la policía y los ladrones”. Esto es pensamiento simbólico: tú no eres tú sino otra persona, y yo no soy yo, sino otro también. El niño se relaciona a sus juguetes no como posesiones sino como ocasiones de éxtasis y simbolismo. El camión de un niño no es solamente un objeto metálico de un pie de altura; es una ocasión para soñar que él es de hecho el chofer de una camioneta enorme como lo es su papá. Una muñeca no es un objeto literal para una niña, sino una niña simbólica con que juega a ser la mamá simbólica: “La encarnación de los símbolos nos da un nuevo corazón, un corazón por primera vez humano, un corazón por primera vez -¿o es la segunda vez?- hecho de carne” 3. Norman O. Brown nos enseña que los símbolos son juguetes para los adultos también. ¿Cuáles son unas experiencias simbólicas que comparten los adultos? Como los niños, nosotros los adultos simbolizamos cuando jugamos. Y jugamos cuando amamos. Al correr y reírnos, al conversar y cuchichear, al jugar juegos y al jugar a hacer el amor, estamos involucrados en la simbolización. La experiencia del amor es una experiencia simbólica; no es lógica ni literal. Es una experiencia que yo no sólo soy yo; que yo soy tú también. Y tú no sólo eres tú, sino yo. Esto es simbolismo. Y cuando una persona muere por otra es un acto verdaderamente simbólico, un acto verdaderamente amoroso: “Nadie tiene amor más grande que quien da la vida por sus amigos” (Juan 15, 13). Bien entendía Jesús el simbolismo del cual hablaba. Y actuaba.

Un símbolo no es manufacturado ni controlable ni orientado hacia el control. Tampoco es externo, sino interno. Viene de lo más profundo de nosotros, a diferencia de lo literal, que es meramente externo. La consecuencia del pensamiento literal son las señales. La consecuencia de pensar y jugar simbólicamente es el éxtasis. El literalista piensa en señales. La persona espiritual piensa en símbolos. Una señal es un objeto, un objeto material numerable y cuantificable. Algo afuera de nosotros. Unas señales, como algunos objetos, son necesarias para sobrevivir -las señales de tránsito, por ejemplo. Otras adquieren un poder desmedido y no propio. Dos de las señales más poderosas de nuestros tiempos son: el dinero y el prestigio. El becerro dorado fue una señal. Una señal puede, si se apodera del alma, producir el éxtasis, pero siempre un éxtasis de un tipo perverso. Los principados y poderes del literalismo nos seducen continuamente a buscar señales -señales de feminidad y masculinidad, señales de riqueza y opulencia, señales de destreza sexual, señales de consecución, señales de progreso, señales de poder, señales de piedad, señales de justificación (por ejemplo, el asistir a la iglesia). Una nación de señales es una nación de veneradores de cosas. Esto se llama idolatría. Porque sólo el materialismo se comunica por medio de señales. Y ya que se hayan comunicado, las señales manipulan, porque invitan al alma a venderse, eso es, a prostituirse por un ternero dorado, como lo hizo la nación que Moisés encontró al regresar del arbusto ardiente, el símbolo de Dios, en la montaña. ¿Hay alguna diferencia entre una nación que se prostituye por un becerro dorado y una que se prostituye por un Cadillac? Las personas que se guían por símbolos son diferentes de las que se guían por señales. Como Dios es distinto de Baal. Como la participación es diferente de la posesión. Como la experiencia de nosotros es distinta de la de yo. Un símbolo no es una señal; no trae posición ni poder consigo. Esta es una razón de que las realidades espirituales son sumamente compartibles. Las señales y las realidades que éstas indican no lo son. Necesitan ser amontonadas, como bien lo sabemos todos. Mi dinero no puede ser tuyo; o es mío o es tuyo. No puede ser de ambos a la vez. Pero mi regocijo puede ser tuyo; mi música lo puede ser también. Y tu pintura puede ser mía, y tu amor, y tus ideas. Y tu sufrimiento. Además, tuyo más mío produce un tercero, un nacimiento, una realidad nueva.

Para una conciencia simbólica, uno más uno no son dos; uno más uno son tres. Una conciencia literal siempre existe como unos (letras aisladas) o doses (las comparaciones). Hay una estrategia de dividir y conquistar en la conciencia literal (“tú me obedeces a mí”). Si nos dejamos interiorizar tal pensamiento, nos reducimos a unos aislados o doses en competencia. Una conciencia espiritual no busca el esmero de unos y doses; se empeña en realizar el dar a luz, el nacimiento, la creación, del cual tratan los treces, cuatros y cincos. Una conciencia literal pregunta: ¿Cómo puede tu unicidad y las unicidades de los demás dar luz a aún más unicidad? Pregunta sobre extender el éxtasis, no sobre controlarlo. Y ésta es la manera de pensar de Dios. Dios piensa íntegramente. El pensamiento de Dios conduce a la unicidad, no a la división, porque para Dios toda la creación -no solamente un pedazo- está presente. Todo, pasado y futuro, está presente ahora a Dios. El pensamiento de Dios no insiste en que todo sea uno y que no haya diferencias entre las cosas; piensa solamente que la unidad de las cosas es más importante que su diversidad. Éste es pensamiento simbólico porque “el simbolismo es la mente haciendo conexiones (correspondencias) en vez de distinciones (separaciones)” 119 . A pesar de lo que digan los anuncios y los comerciales, no se puede creer en cosas, aún las más caras y preciosas. El creer es aprender a pensar en la misma onda que Dios. Así que, la fe no se ocupa con señales. La fe es asunto de confiar, de dar de uno mismo, de hacerse vulnerable. Las señales protegen; estar detrás de las puertas de acero cerradas y los vidrios arrollados en un ambiente aire acondicionado y estereofónico de un Rolls-Royce es el contrario de estar vulnerable. Las señales aseguran y ofrecen seguridad. Los símbolos nos ponen en peligro a todos. El riesgo, la vulnerabilidad y la crucifixión esperan a todo simbolista. Las personas comprometidas a las señales (y cada uno de nosotros podría ser una de ellas) proyectan su compromiso a los demás, hasta a las personas simbólicas. Y esta proyección lógicamente termina con la muerte. Así que, cuando vino Jesús a Jerusalén la última vez, montado en un burro -un símbolo sencillo de que Jesús era el Mesías- la muchedumbre aclamó y dio la bienvenida a ese símbolo (¿o fue para ellos una señal?), pero antes que

  • 119 ibid., p 81

transcurriera una semana la misma muchedumbre gritaría “¡Crucifíquenlo! ¡Crucifíquenlo!” La tendencia de reducir un símbolo a una señal es tan perversa como reducir Dios a nosotros, los vivos a los muertos. Es hacer de Dios nuestra propia imagen. Es negarse a recibir, único pecado no perdonable. Una aplicación tal vez algo amenazante de esta sección sobre las señales y los símbolos es lo siguiente. Quisiera preguntar a los padres de familia: ¿Ven a sus hijos como señales, o como símbolos? Y a los niños: ¿Ven a sus padres como señales o como símbolos? Muy probablemente las respuestas a estas preguntas revelarán muchas frustraciones familiares. ¡Cuán lamentables son los que piensan en señales! Son capaces de pasar toda su vida sin ninguna vez haber participado consigo mismos, con los demás, con la creación, con Dios. ¿Qué es una vida sin participación? ¿Sin éxtasis? Pasar la vida entera haciendo de Dios un señal o haciendo un dios de un señal, ¡Que existencia tan desamparada es eso! ¿Qué cosa vale el reemplazar los éxtasis cotidianos de Dios en eventos sencillos -el mar y las tormentas, los bebés y los viejos, las briznas de hierba y las lágrimas de los huérfanos? Seguramente no las señales. Aunque he hablado claramente a favor de una conciencia simbólica sobre una conciencia de señales, quiero amonestar al lector que no estoy diciendo que no hay ningún sitio en nuestras vidas para el pensamiento en señales. Prefiero que el piloto de un avión en que yo esté volando tenga una conciencia bien desarrollada de las señales. Lo mismo es aplicable al banco que salda mi cuenta de cheques. Lo que estoy diciendo es que la nuestra es una cultura abrumada de señales a costa de la conciencia simbólica, y que, de los dos modos de pensar y actuar, sólo el simbólico es suficientemente profundo y espontáneo para ser llamado espiritual. Para aprender la diferencia entre la manera de pensar y jugar de Dios y la manera en que las personas literales (a diferencia de las personas divinas y simbólicas) piensan, reflexionemos sobre la siguiente lista de contrastes:

El pensamiento literal

aísla una sola cosa manufacturado el control

Pensar y jugar simbólicamente

unifican muchas experiencias espontáneo el juego

protege externo mata controlable produce señales trata de las cosas éxtasis lenguaje para resolver problemas misterio superficial una consciencia sistemática cuenta la exactitud de precisión

1+1=2

la manera de pensar de los hombres

ponen en peligro internos dan vida; resucitan

tienden al extremismo producen más y más éxtasis

trata

de

las

personas

y

sus

lenguaje para la experiencia del

radical (en el sentido de “raíz”) una consciencia cósmica cuentan la percepción y la creatividad 1+1= 3 (o más) la manera de pensar de Dios

¿Qué manera de pensar escogeremos para nuestro viaje? ¿Iremos por el camino del literalismo, o el del simbolismo? Hablando teológicamente, el camino del literalismo es el camino de la idolatría. El pecado de la idolatría es un adverbio, es ver a los dones de la vida literalmente en vez de simbólicamente. Por contraste, la vida de gracia es una de conciencia simbólica. En vez de pegarse a objetos, cosas e ídolos, la persona de gracia aprende siempre más profundamente de las experiencias extáticas que es un símbolo. Uno de los juguetes de Dios. Un símbolo de Dios -el Logos, el Templo, el niño de Dios bailando sin fin ante un Creador de símbolos. Eso

es, de nosotros. Para esos que son fieles a sus éxtasis, sólo puede haber un camino, el camino del pensamiento simbólico donde juega Dios. Un Dios

que no es uno sino tres; no tres sino uno. Pero

...

pero

...

pero

...

Capítulo 8. Actuando simbólicamente: Dios y nosotros como extremistas:

Cómo los viajeros espirituales estiran el alma para ser como Dios, y en el proceso parecen ser “extremistas”

Seguramente la Creadora 120 es extremista. ¿Qué otra cosa se puede concluir de contemplar su obra? La inmensidad de las montañas y el mar, la pequeñez de la ameba, la hormiga, y el átomo. La hermosura de un ocaso y un acto de amor; la fealdad de la muerte de los niños y el triunfo del mal. ¡Cuánto nos gustaría enseñar a Dios cómo recrear el universo! -sin fealdad, sin dolor. Un universo que sólo tuviera cosas buenas. Un universo protegido -como nosotros, sin extremos. Sólo una media. Sólo conformidad y mediocridad. Sin sorpresas. Sin montañas ni valles, sólo llanuras; sin océanos, sólo piscinas. Según nuestra propia imagen. Pero aquéllos que experimentan a Dios saben con certeza que fuimos hechos para llegar a ser como Dios, no que Dios fue hecho para ser como nosotros. San Tomás Aquino sostuvo que intuiciones de este tipo no pueden ser equivocadas; que son un “principio primordial” de nuestras vidas espirituales. Es evidente que Dios es extremista, no solamente de lo que ha creado, sino del hecho de la creación. ¿Por qué hay algo y no nada? ¿Cuándo la contemplamos, no vislumbramos que la creación fue un acto desbordante de amor tan grande que todo el agua de las cascadas Niágara sería solamente una gota en comparación? Dios derramándose de sí misma 121 -de las alturas y las profundidades, los desiertos y los océanos de Sí misma, hacia la existencia. Una sobreabundancia -un caso extremo de amor- parece ser la explicación más apta para la existencia. Dios es extremista y nos ha simbolizado según su propia imagen para cargarnos con el siguiente consejo pesado: “Quisiera que fuerais o calientes o fríos, pero sois tibios. Por eso os vomitaré de mi boca” (Apoc. 3, 16). Caliente o frío… ¿Es la raza humana caliente o fría, o es algo más parecido a

  • 120 Cuando, en la frase siguiente, el padre Fox emplea el término “her handiwork”, refiere a propósito a Dios como mujer, empleando la revisión radical del uso de los pronombres exclusivamente masculinos, del cual se han quejado los feministas como manifestación del sexismo y patriarcalismo tan profundamente arraigados en nuestra cultura. En el español no existe este problema particular, aunque el patriarcalismo es también reflejado en expresiones como “el desarrollo del hombre”, al igual que la costumbre de emplear el sufijo “os” para referir a un grupo mixto, como es el caso con “los mexicanos”, y la costumbre de decir, por ejemplo, hablando en generalidades, el español es profundamente religioso” (N. del T).

  • 121 Aquí, también, el uso del género femenino es a propósito, como lo será cuandoquiera que se encuentre en un contexto inusual (N. del T).

tibio? ¿No parece estar cargada de cierta gravedad hacia la mediocridad, de una tendencia de huir de las profundidades espirituales del calor y el frío, lo alto y lo bajo, la grandeza y la pequeñez? Nuestra raza prefiere ver imágenes artificiales de los sentimientos y acciones, a sentir y actuar de verdad. Sin embargo, las oraciones que pronunciamos (tal vez sin saber su sentido) nos podrían recordar nuestras inclinaciones más divinas. Como, por ejemplo, “Hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. La tierra y el cielo: ¡qué extremos! Y además, consideremos el infierno. Todos hemos visitado el infierno. El lugar de los condenados (que son, más bien, auto-condenados), los muertos, los que carecieron de amor y caridad, los espíritus poderosos y controladores, el reino de Satanás y de la maldad, de la matanza y el hedor. ¿Para qué huir del infierno? “Ningún árbol puede crecer al cielo,” advierte C.G. Jung, “a menos que sus raíces alcancen al infierno” 122 . ¿No nos enseñó Dante que un viaje a través del infierno tiene que preceder a una visita al cielo, como precede la oscuridad a la luz, la muerte al renacimiento, el dolor al placer? “El amor,” dice un psiquiatra, “que nunca haya enfrentado lo demoníaco, es rancio e insípido, sumiso y santurrón” 123 . ¿Experimentamos nuestras vidas como rancias, insípidas, sumisas, o santurronas? Tal vez nunca hayamos tocado lo caliente y lo frío del amor, el éxtasis de la hermosura y el dolor inolvidable, la perfección y la injusticia. El sí y el no. El padre y el hijo. El misticismo y la profecía. Interesarse y no interesarse. Recordar y olvidar; amar y odiar; desesperar y esperar; verano e invierno; el éxtasis y el vacío; la justicia y la merced; la voz tiple y la voz baja; macho y hembra; la plática y el silencio; la vida y la muerte. Lo que necesitamos evitar no son los extremos, sino el limitarnos a sólo un extremo y desatender a su contrario: “Toda emoción que te recoja y recolecte es pura; es impura esa emoción que afecte sólo a un lado de tu ser y así te distorsiona” (Rilke, 74). El remedio del fanatismo, lo cual es un desequilibrio, es no jugar solamente en medio del campo, donde nace la mediocridad, pero arriesgar tocar otros extremos de la creación también. Uno no queda vivo, desarrollándose como verdadero símbolo del creador, por medio de amar menos a una faceta de la creación, pero amando a otras

  • 122 Jung, C. G., Aion, (Nueva York, Pantheon Books, 1959), p. 44.

  • 123 Colm, Hanna, “The Demonic in Love and Sex” (Lo demoníaco en el amor y el sexo), Review of Existential Psychology and Psychiatry, cit., p. 155.

igualmente. Gore Vidal lamenta que la generación crecida con la televisión

muy raramente parece ser capaz de comprender “la dualidad de las cosas, la paradoja inesperada, el sentido de sí-y-no sin el cual no puede haber verdadera inteligencia -ninguna manera, de hecho, de examinar la vida, en comparación con dejarse inundar por ella” 124 . Ser espiritual es estirarse:

“Estírate, pues, hasta romperte

Ser estirado es ser crucificado; el cuerpo

... crucificado es la medida de todas las cosas” 125 . Las religiones que perduran tratan de los extremos, como confiesa Wilfrid Sheed, cuando habla de su crianza católica. Insiste en que los católicos “fueron criados con extremos: verdadera carne en la hostia, y un verdadero Dios en el cielo; teníamos creencias y no opiniones” 126 . La convicción de que la creación es un don, de que el placer es lo esencial del ser espiritual, de que las frutas de la Tierra pertenecen a todos sus habitantes, de que Dios está presente en las personas, y de que en eso consiste el cielo, y que la vida eterna es ahora, ¿no está basada también en “creencias y no opiniones”? Es una espiritualidad de extremos. Una espiritualidad de éxtasis es también una espiritualidad de enfrentar al vacío. El vacío y los éxtasis van de la mano, porque son como cóncavo y convexo. El viaje espiritual es una experiencia con dos lados. La persona suficientemente grande para buscar una espiritualidad del éxtasis también será hundida en el vacío. Presencia con ausencia. Montañas con valles. Plenitud con carencia. Ser espiritual es ser extremista -así como lo es Dios- pero no se trata de ser extremistas desequilibrados. Más bien, se trata de estirarse en muchas direcciones a la vez, como lo hace Dios. Como observó Pascal, “un hombre no revela su grandeza morando en un extremo, sino tocando los dos extremos al mismo tiempo”. En realidad, un extremismo fanático es otro tipo de literalismo, porque es hecho por el hombre y controlado por el hombre. Pero el extremismo divino siempre es de tipo receptivo. Uno tiene que permanecer fiel a la muy arraigada fe en que la vida es un don del cual somos receptores.

  • 124 Vidal, Gore, loc. cit.

  • 125 Brown, Norman O., Love’s Body (El cuerpo del amor), p. 187.

  • 126 Sheed, Wilfrid, “America’s Catholics”, New York Review of Books, 7 de marzo, 1974, p. 18.

El estirar de nuestros corazones, almas, y cuerpos que se nos requiere en la experiencia divina es un estirar divino. Si no se estiran nuestras almas, ¿cómo entrará Dios para vivir allí? Estamos envueltos en un fisiculturismo, un entrenamiento espiritual, con todo y calambres y dolores y racionalizaciones para abandonarlo que vienen con cualquier esfuerzo desafiante. Y la racionalización más fatal de todas es la seguridad. Nuestro Dios no es seguro, sino libre. No es previsible sino sorprendente. Ausente un día, irresistiblemente presente al otro. Un vacío y un éxtasis. Así que, al llegar a ser como Dios, nosotros también somos estirados en muchas direcciones a la vez. Aprendemos a acoger al tirón. Es bueno para el alma. Es ser fiel a nuestras memorias y al éxtasis. Es ser convertidos nosotros mismos en éxtasis. La travesía del pensamiento literal al juego simbólico, el desarrollo de una conciencia de Dios, es un viaje para extremistas. Cada líder espiritual siempre es tachado de extremista -y con buena razón, siendo que son tocados por la locura divina. Son mujeres y hombres que sueñan sueños y entretienen visiones. Para ellos, la imaginación es más sagrada que las reglas. Según el poeta Ezra Pound, “la caridad más grande se encuentra entre aquellos que no han observado las reglas”. Todo verdadero profeta tiene la conciencia simbólica bien desarrollada. En sus actos drásticos y dramáticos, como correr desnudos por la ciudad 127 , o quemar la carta de reclutamiento 128 , o dejarse ser arrestados por una causa en que creen profundamente, pronuncian las palabras reprimidas y olvidadas de una cultura que se ha vuelto literalista. Cuando uno prostituye su fe a un ternero dorado, llega a creer en un objeto material y literal. Y el profeta tiene que “desarraigar y destruir” para “construir y plantar” (Jeremías). Y Jesús, ¿qué tan agudamente desarrollada era su conciencia simbólica? ¿Qué tan parecida era su manera de pensar a la de Dios? Escuchemos lo que dice sobre la más familiar de nuestras experiencias. Primero, sobre nuestros padres. Todos tenemos padres, y todos sabemos lo que es un padre. Los podemos señalar, regresar a su casa, recordarlos -¿no es así? No, según la percepción simbólica de Jesús: “No llamen padre a nadie en la tierra; porque

127

128

uno sólo es su Padre: el del cielo”. “Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre.” “Oren así: padre nuestro, que estás en el cielo…”. ¿Qué está diciendo este hombre? ¿Es Dios tan poderosamente simbólico que tengo que cederle la posición de mi propio padre? Sí, dice Jesús. Porque si un hombre no deja a su padre, a su madre, a sus hermanos, hermanas y tierras para seguirme, no es digno de mí”. Muy bien… pero al menos la madre es sagrada. Segura. Como la conocemos. Todos sabemos cuan leal era Jesús a su madre. Al menos, eso es lo que nos ha enseñado nuestra literatura piadosa. Pero recordemos que “alguien le dijo: ‘¡Oye! Ahí afuera están tu madre y tus hermanos que quieren hablar contigo’. Respondió Jesús al que se lo decía: ‘¿Quién es mi madre, y quienes son mis hermanos?’ Y señalando con la mano a sus discípulos, dijo:

‘Estos son mi madre y mis hermanos’” (Mt. 12, 47-50). Pero todos sabemos que es una verdad literal que nuestra madre, por haber sido la que nos llevó en la matriz, es un ser sumamente importante para nosotros. Sin embargo, Jesús insiste que la verdad es otra. Una mujer gritó “Dichoso el seno que te llevó y los pechos que te amamantaron”. Pero Jesús dijo: “Más bien, dichosos los que escuchan la palabra de Dios y la ponen en práctica” (Lucas 11, 27-28). ¿Quiere Jesús suprimir la paternidad? Casi, porque la ve simbólicamente (siempre, recordemos, en un proceso de derribar y volver a construir): “Yo te aseguro que el que no vuelva a nacer no puede ver el reino de Dios” (Jn. 3,3). Así que tenemos muchas más madres, muchos más nacimientos, muchos más padres y muertes que habíamos soñado. (O, para ser más preciso, tantos como hemos soñado. Tantos que tenemos éxtasis y períodos de renacimiento.) Volvamos a considerar al místico medieval. Esta vez, a Francisco de Asís. Escuchemos su canción sobre sus hermanos y hermanas. “Gracias, mio signore, por señor hermano sol, especialmente, quien es tu símbolo, y por mi

hermana luna y las estrellas, y por mi hermano viento y aire y cielo, y por mi

hermana agua, y por mi hermano fuego, y por mi madre Tierra

¡con todos

... nuestros corazones te damos gracias por nuestra hermana, nuestra madre Tierra y sus frutas y flores coloradas!”. En su lecho de muerte agregó unas gracias por “Hermana Muerte”. ¿Ha habido alguna vez un santo que no respirara una conciencia simbólica? Claro que no. Porque nunca ha habido

una persona que no experimentara a Dios y así adquiriera una conciencia simbólica como la de Dios. Una parábola es una historia; muchas veces es un cuento actuado. Como cualquier expresión simbólica, a los poco imaginativos les parece ambiguo. Una parábola fascina al oyente por su viveza o extrañeza, y deja la mente en suficiente duda sobre su aplicación precisa para engatusarla a pensar activamente. Las personas que piensan simbólicamente dejan cuentos para que los demás piensen simbólicamente dondequiera que vayan. He ahí a San Francisco, por ejemplo. Un hermano espiritual de Francisco quería su propio salterio. Le dijo Francisco: “Cuando tienes el salterio, codiciarás y querrás un breviario; después de conseguir el breviario, te sentarás en tu trono como un obispo (he aquí la conciencia política que implica la conciencia simbólica de este santo) y le dirás a tu hermano, “¡Tráeme el breviario!”. Y entonces San Francisco hizo algo muy simbólico: representó una parábola. “Mientras decía esto,” nos dice el relato, “Francisco, con gran vehemencia, agarró un puñal de cenizas y las extendió sobre la cabeza; y moviendo su mano sobre su cabeza como si la lavara, dijo “¡Yo, breviario!, ¡Yo, breviario! y así seguía, repetidamente moviendo su mano sobre la cabeza. Y el novicio quedó estupefacto y avergonzado”. “¡Yo, breviario!” grita Francisco. ¿Absurdo? Como lo es Dios. ¿Es esto más simbólico que la declaración de su Maestro sobre dos cosas de las cuales estamos muy seguros de que son lo que son: el pan y el vino, cuando dijo “este pan es mi cuerpo” y “este vino es mi sangre”? ¿Qué tipo de palabras son ésas? Esta mentalidad simbólica ¿va a destruir la paternidad y la comida y la bebida, todo lo que tomamos por seguros y que poseemos tan plenamente? Jesús también es un narrador de parábolas compulsivo. Sobre las plantas y los campos; sobre las semillas y la lluvia; sobre los pescadores y los peces; sobre los reyes; sobre vírgenes en su noche de boda; sobre fiestas y ladrones y derrochadores y galanes. Esto siempre representa mucho más que esto. ¿Por qué carga tanto las imaginaciones de sus oyentes? ¿Para qué vierte parábola tras parábola sobre ellos? ¿Para qué los perturba tanto? ¿No sabe que los literalistas podrían salir confundidos y conspirar ideas literales, como las de un juicio predeterminado, y una condena? ¿Y una muerte? ¿Por qué

siempre alborota la gallera con sus símbolos? ¿Por qué no dejar que los asuntos queden como están? Y queden. Y queden… Jesús mismo es una parábola: “Yo soy la verdad,” dijo Jesús, pero “la verdad no se encuentra en la seguridad ni en el camino de en medio”. La muerte de Jesús comprobó lo cierto que fue eso. Cada uno de nosotros es una parábola de Dios. Una parábola que representamos hasta tal punto que asumimos el proceso divino de pensar simbólicamente. Una parábola es el contrario de la represión. No es sorprendente que los represores tuvieran que matar al “cuentista”. Porque la represión cubre en vez de revelar. Como explicó Jesús, “la razón por la que les hablo en parábolas es que miran sin ver y oyen sin escuchar ni entender”. Mirar y ver, oír y entender: son la razón de ser de los cuentos simbólicos.

Con los símbolos pierdes tu engreimiento. Te mueres a un símbolo, te entregas a él, con la esperanza de resucitar. Como Jesús dijo, perdiéndose en compasión, “este pan es mi cuerpo; este vino es mi sangre”. Un músico se gasta en sus notas, un pintor en sus colores, una bailarina en sus músculos. Todo aquel que tenga la conciencia simbólica se pierde, como lo hizo la

Creadora en su creación. Y así, oímos a Jesús decir: “ Entonces los justos le responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te sustentamos, o sediento, y te dimos de beber? ¿Y cuándo te vimos forastero, y te recogimos, o desnudo, y te cubrimos? ¿O cuándo te vimos enfermo, o en la cárcel, y vinimos a ti? Y respondiendo el Rey, les dirá: De cierto os digo que en cuanto lo hicisteis a uno de estos mis hermanos más pequeños, a mí lo hicisteis” (Mateo 25, 38-40).

Significativamente, este nivel realzado de conciencia simbólica al que alcanzó Jesús viene, según Mateo, como la última parábola que pronunció antes de su arresto y asesinato. Cada persona hambrienta y sin hogar y enferma y sedienta se convierte en Jesús. Jesús está perdido. No se encuentra en ninguna parte y sin embargo afirma que está en todas partes. ¿Está loco? ¿O simplemente: olvidado?

¿Y cada uno de nosotros? ¿Estamos todos perdidos? ¿Está nuestro “yo”, como el “yo” de Jesús, también perdido? ¿Perdido en los hambrientos y en las personas sin hogar y los enfermos y los solitarios? ¿Hemos hecho el viaje que hicieron Jesús y Francisco y los profetas israelíes, el viaje del “yo” al “nosotros”? Si el materialismo y el literalismo nos hacen concentrar en sólo

un pedazo de la totalidad, seguramente la tentación más poderosa a la cual somos sujetados es la de sustituir el pedazo llamado “yo” por el pedazo llamado “nosotros”. Necesitamos subir del “yo” al “nosotros”; necesitamos plantar el “yo” para crecer el “nosotros”; y el fruto será la conciencia de Dios, la cual es una conciencia simbólica. La semilla es el yo; la planta somos

nosotros: “La resurrección del cuerpo

...

pero el cuerpo de la humanidad como

un solo cuerpo” (LB 83). Todo simbolismo es un bautismo a tal manera

unificadora de ver la realidad: “El inconsciente es colectivo

el simbolismo

... reconstituye la unión perdida (o escondida)” (LB 210). Y, ¿quién sabe, además de Dios, los límites de tal dilatación de nuestras mentes, corazones y

cuerpos? “La conciencia simbólica es conciencia cósmica

(212).

... Solamente con esta conciencia verdaderamente podemos entender el enunciado de Jesús: “Este es mi cuerpo”. Pasar de una conciencia-Yo a una conciencia-Nosotros requiere un viaje profundamente espiritual y pasmoso. Porque implica el re-experimentar dolores, no nuestros propios dolores, sino los dolores de los demás (que se convierten en nuestros). Implica el unirnos a esa fraternidad de la cual habló Albert Schweitzer, la “fraternidad de los que llevan la señal del dolor”. El dolor, como cualquier símbolo, es compartible. Seguramente por eso huyen de él los literalistas; ellos quieren aislar el dolor y su hermana, la muerte. Pero dondequiera que anden y trabajen y vivan las personas espirituales, allí hay dolor compartido: “He venido a sanar a los enfermos,” dijo Jesús.

Compartir la fraternidad y hermandad del dolor es fruto cierto de la

experiencia de Dios. Es llegar a ser como Dios, como un Dios que sufre cuando nosotros sufrimos; un Dios que se atreve a decir “tuve hambre y me

dieron de comer

era un extraño y me hospedaron; en la cárcel y fueron a

... verme” (Mt. 25, 35-36). Como los demás símbolos, el dolor no puede manipularse. Es respetado. Y el dolor es de todos - especialmente de cada viajero espiritual, como comenta Hesse: “La desesperación es el resultado de cada tentativa ferviente de pasar la vida con virtud, justicia y comprensión, y de cumplir sus requisitos” (Hesse, Journey, 106). Nuestro éxtasis y nuestra pasión nos llevan a la compasión. Aprendemos a sufrir con otros cuando hemos celebrado con ellos primero. Lo político, como lo sensual, es colectivo. Es para la mayoría, no para la minoría; es el fin del egoísmo. De hecho, “odiar” en el nuevo testamento significa carecer de compasión (M, 128). Y experimentar a Dios no es, en el fondo, desmayarse en éxtasis místicos sino compartir las alegrías del Creador, como insistió el profeta Jeremías: “Conocer a Yahvé es hacer justicia”. Aunque he hablado largamente sobre la pérdida del ego y el entierro del “yo” a favor del “nosotros”, no quiero dejar la impresión falsa de que tal pérdida del ego excluye absolutamente todo desarrollo sano del ego. Al igual que hay un niño en el adulto despierto, también hay en él un adolescente y un ego. Me opongo a toda tentativa de deshacerse del yo tan fuertemente como me opongo a la pérdida de inocencia en los adultos. Paradójicamente, se requiere un ego bien desarrollado para poder perdérselo eficazmente al servicio de los demás, lo cual es la compasión madura. La meta del desarrollo adolescente del ego es poder perdérselo extáticamente y compasivamente en la adultez. No totalmente, ni todo el tiempo, pero más frecuentemente de que lo hacemos actualmente.

Nuestra capacidad de simbolizar es nuestra capacidad de llegar a ser como Dios, de pensar como Dios. Esto significa anteponer el “nosotros” al “yo”. Como lo hacemos cuando rezamos el padrenuestro, en el cual comprendemos a Dios no solamente como mi padre, sino –y las implicancias de esto son verdaderamente radicales si las consideramos a fondo- como el padre de todos nosotros. Este concepto de Dios es verdaderamente “público”. Y es político. Es político en el sentido original y más verdadero de la palabra, porque es simbólico, y el espíritu simbólico da vida. Pedimos a Dios que nos dé a nosotros el pan de cada día, no a cierta clase de personas, ni a la casta que gobierna, ni a una minoría selecta, sino a nosotros. Y el pensamiento simbólico pide que se nos perdonen nuestros pecados -esto es, nuestros pecados públicos y políticos. Especialmente los pecados de pensar literalmente y de dividir los recursos de la tierra -que son de todos- de una manera literal; es decir, a los mejores postores con su poder y dinero e influencia. Se llama justicia el modo de actuar en el cual se distribuyen los bienes según nuestras necesidades, en vez de las mías. Y las personas espirituales y simbólicas reconocen la justicia por su nombre: “Como hombre”, dijo Pablo Casals, “busco la justicia. Como artista, la perfección”. Y se podría agregar: “Como persona que llega a ser como Dios, busco la justicia y la perfección”. El Dios de la justicia es extremista. “Que todas fueran como uno”. ¿Qué tipo de “sentido común” es ése? ¿Quién se atrevería a actuar tan simbólicamente –tan fanáticamente?

Capítulo 9. El Dios panenteísta y nosotros en su imagen

Pregunta: ¿Dónde está Dios? Respuesta: Dios está en todas partes (del Catecismo de Baltimore).

El monoteísmo intelectual ha erigido a un Dios que sólo los filósofos y académicos pueden entender o venerar; algunas iglesias han erigido a un Dios monoteísta que sólo los eclesiásticos y los súbditos leales pueden escuchar y obedecer. El monoteísmo ha llegado a ser un arma para distanciar a las personas de la experiencia del Dios que está en todas partes. Porque Dios está, simplemente, en todas partes. Como lo es la experiencia de Dios, como hemos visto. Dios es verdaderamente Emmanuel, “Dios con nosotros”. El monoteísmo es a Dios lo que es el tronco al árbol. Nos decepcionamos si imaginamos que el tronco es el árbol entero, o que el

tronco, sólo porque es la parte más visible del árbol, es por eso la parte más vital. El árbol no es nada (de hecho, hasta puede estar muerto y los “vigilatroncos129 nunca lo sabrían) sin la diversidad de sus raíces. Las raíces de un árbol literalmente extienden por todas partes. Así que Dios también es diverso; extiende en muchas direcciones. Está atento al budista aquí, al judío allí, al cristiano allá, al bebé acullá. Todos están inmersos en Dios. Creer esto es ser panenteísta (lo cual significa, literalmente, “todo está en Dios” o “Dios está en todo”). No hay nada herético en ser panenteísta 130 . De hecho, es herético no serlo. Con todo, ¡qué raramente nos animan nuestras monolíticas instituciones académicas y eclesiásticas a experimentar a un Dios que sea en cualquier respecto diferente de la versión monoteísta! Haciendo hasta a Dios en su propia imagen, les fascina la imagen monoteísta y monolítica de Dios. Provoca en ellos sentimientos de piedad y devoción. Pero tal Dios carece de simbolismo. Es literal. No es siquiera una trinidad. Porque Dios no es un Dios sencillo, sino un Dios múltiple, al menos así dice la creencia trinitaria. Un aspecto reciente del intento de manipular al Dios multifacético es la obsesión con Dios como una persona, en la cual las personas imaginan a Dios como un ser ciclópeo. Tal ilusión de la trascendencia de Dios está ocurriendo en todas partes, porque la psicología de la persona y de la personalidad es una moda omnipresente (R.D. Laing llama esta búsqueda de la identidad una “herejía moderna”). Así que, cuando nos aferramos al concepto de Dios como persona, hacemos intranscendente a Dios. De hecho, las escrituras judías y cristianas hablan de Dios como espíritu, no como una persona. En la tradición metafísica de la personalidad, en la teología griega del siglo cuarto, llamar a Dios “persona”, análogamente, tenía algún significado. Pero pocos de nosotros hoy en día somos metafísicos de esa tradición. Nos beneficiaríamos si dejásemos a un lado la noción de la personalidad de Dios y encontrásemos un entendimiento más profundo. Por ejemplo, que Dios se encuentra en muchas personas y en todas las experiencias personales del éxtasis que hay (y que aún no haya).

  • 129 Traducción de “trunk-watchers” (Nota del traductor).

  • 130 Véase Matthew Fox, “Panentheistic Spirituality: Religious Education for the Future?” (Espiritualidad panenteísta: ¿La educación religiosa para el futuro?) en Living Light (otoño, 1974), pp. 357-367.

No solamente está Dios en todas partes para nosotros, como el agua que envuelve al pez; al mismo tiempo Dios no está en ninguna parte. No está. Es una no-persona. Es el vacío, la distancia, el silencio, el dolor. Se dice que Jesús “enlazó al hombre con la naturaleza en un orden de niveles en el cual cada nivel podría iluminarse de otro, y en el cual se podría trazar a Dios en todos ellos.” Jesus is said to have “linked man with nature in one order where each level could be illuminated from another, and God was to be traced in all. At every level man meets his Creator, the Lord of heaven and earth, supreme in his goodness and power” 2 . En cada nivel el hombre encuentra a su Creador, al Señor del cielo y de la tierra, supremo en su bondad y poder” 131 . Tal es el “Dios en quien vivimos, nos movemos y existimos” (Hechos 17.28). “Un Dios que es Padre de todos, que está sobre todos, actúa en todos y habita en todos” (Ef. 4.6), un Dios que es “todo, en todas las cosas” (1 Cor. 15.28). Destacar a Dios como panenteísta y des-enfatizar a Dios como persona no es negar el interés personal de este Dios en su pueblo. Podemos celebrar a un Dios personal y panenteísta sin caer en la trampa de psicologizar a Dios como persona. ¿Qué implicaciones tiene el creer en un Dios panenteísta? En requerir más de nuestras facultades de conocimiento, nos requiere ver más que el tronco cuando vemos a un árbol. Ver a Dios en un grano de arena; en una montaña encumbrada; en un anciano tullido; en un acto de amor; y en un suceso trágico. Ver a Dios y, además, experimentar a Dios en todas partes, es creer de verdad que Dios existe, no como “existe” un objeto monolítico, como el edificio Empire State, sino como viven, y respiran, y mueven, y sufren, y bailan, y descansan, los seres vivos. Es creer en un Dios vivo, un Dios que vive en todas partes. Y creer esto es experimentarlo, es confiar en nuestra experiencia de Dios. Experimentar a Dios en todas partes significa llegar a ser un pueblo panenteísta. Otro aspecto de nuestra experiencia de un Dios panenteísta, que exige mucho de nosotros, es su democracia. Un Dios que está en todas partes es un Dios de todos. Es un Dios verdaderamente democrático, accesible igualmente a los de abajo y los de arriba. ¿Tenemos suficiente práctica en la democracia para saber qué es lo que quiere de nosotros tal Dios? El Dios de la democracia, el Dios que está en todas partes, no es un Dios de poder y

  • 131 C.H. Dodd, The Founder of Christianity (London: Fontana, 1971), pp. 70 ss.

control, una especie de comandante en jefe de los éxtasis del universo. Esa es una descripción de un Dios monolítico. Pero un Dios panenteísta comparte la diversión, el éxtasis, el regocijo, y las penas. Y los comparte no solamente con otras potencias, como los clérigos y editores de grandes periódicos y magnates de negocios y jefes del ejército; el Dios panenteísta comparte la divinidad con los más humildes entre nosotros. Eso es democracia espiritual. Interiorizar esto, reflexionar sobre esto, y vivir con esto, aprendiendo a respirar su verdad, hará de nosotros un pueblo nuevo. Un pueblo verdaderamente arraigado en la actitud de compartir, de democracia, de llegar a ser como Dios, de apreciar el nosotros más que preservar al yo. Nos hará, como hace a nuestro Dios, terriblemente frágiles y vulnerables. Tan accesibles que nuestro tiempo tal vez ya no sea “nuestro”. Tan inseguros y, a la vez tan confiados. Podría hacer de la crucifixión una verdadera posibilidad en nuestras vidas, en vez de un objeto de anhelos nostálgicos y románticos. Nos hará enemigos (sí, verdaderos enemigos), potencias y principados determinados a instruirnos en la experiencia del odio y del infierno. Porque nuestro Dios también tiene enemigos, enemigos verdaderos, saturados de poder y armados con fuertes opiniones de su propio valor. Como le advirtió Poncio Pilato a Jesús en su juicio: “¿No sabes que yo tengo autoridad tanto para dejarte en libertad como para ordenar que te crucifiquen?” (Juan, 19.10). Pero la conciencia de uno, y el reconocimiento de que existe una comunidad creciente basada en la democracia, sostendrán a los creyentes. No tengamos miedo de aquellos que sólo pueden destruir el cuerpo. El camino al Dios panenteísta es el camino de ser consciente, democrático, frágil y vulnerable. Como lo es una flor, o un bebé, o una mariposa. O cualquier persona o cosa que verdaderamente viva, quien aproveche de recibir, en vez de controlar, la vida. Y si el tiempo presente anubla, y no revela la verdad de nuestra experiencia panenteísta, al menos el tiempo final descubrirá a un Dios que está en todo y aprecia a todo en sí. Veremos al final que este rompecabezas que es el mundo, y todos sus pedazos, fueron, son, y siguen siendo, una manifestación de Dios.

Capítulo 10. Dios como artista, en vez de amo: la manera en que Dios comparte su creación para que no seamos criaturas "bajo Dios" sino co- creadores con Dios.

Llamamos Creador a Dios. Y decimos que fuimos hechos a su imagen. Los indios Maidu de California expresan la ecuación así:

Nombrador de la Tierra tomó un puño de tierra roja. La mezcló con agua. Muy cuidadosamente, formó a un hombre y una mujer. El Primer Hombre y la Primera Mujer eran muy hermosos. Pero no estaban terminadas sus manos. "¿Cómo formaré sus manos?" preguntó el Nombrador de la Tierra. "Hazlas como las mías para que puedan nadar", dijo la Tortuga. "Hazlas como las mías para que puedan correr rápido", dijo el Coyote. Nombrador de la Tierra se puso a pensar. "No. Tienen que tener manos como las mías. Tienen que tener dedos para que puedan hacer cosas", dijo el Nombrador de la Tierra. Nombrador de la Tierra hizo que las manos del Primer Hombre y de la Primera Mujer parecieran a las suyas. Entonces el Primer Hombre y la Primera Mujer eran aún más hermosos. Podían hacer muchas cosas que no podían hacer los animales

¡Qué atinada es esta imagen de un acto de invención! El artista busca consejo, considera varias posibles rutas y, al final, decide crear según su propia imagen, su propio sueño. Las creaciones del Nombrador de la Tierra son sus juguetes, sus símbolos. Nosotros somos los juguetes de Dios,

formados según sus fantasías y su carácter de juguetón, y somos semejantes a él. Somos portadores del sello del Creador, destinados a ser co-creadores. No aparte y distantes del creador, sino creadores con el Creador. Como padre, como hijo. De tal palo, tal astilla. Como sugiere el poeta Rilke al pensar en Dios, “¿qué te detiene de proyectar Su nacimiento a los tiempos que están en proceso de llegar a ser, y de vivir tu vida como un día doloroso y hermoso en la historia de una gran gestación? ¿No puedes ver cómo todo lo que pasa sigue siendo un principio? ¿Y no podría ser Su principio, siendo que un principio en sí siempre es tan hermoso?” 132 . Un creador siempre es un principiante. Un portador de principios. Somos creadores cuando creamos un niño, un matrimonio, una pintura, un poema, una historia, un cuento para narrar, una comida, un movimiento social, un hospital, un negocio, un jardín, un armario, una invención mecánica, un mundo, un universo. Todos somos principiantes y todos somos creadores. A diferencia de un creador, una criatura no es nada más que un sirviente, un esclavo, un sicofante, un mero ente que carece de toda creatividad. Las criaturas son manipuladas fácilmente por las personas sin creador, personas que prefieren controlar que padecer los dolores de dar a luz. Sin embargo, Jesús dijo: “En adelante, ya no les llamaré siervos, porque el siervo no conoce lo que hace su señor. Desde ahora los llamaré amigos, porque les he dado a conocer todo lo que oí a mi Padre.” (Juan 15, 15). Somos co-creadores, hechos a la imagen de nuestro Creador, con “manos y dedos para que podamos hacer cosas”, como el Nombrador mismo. El fruto de una experiencia de Dios siempre será la necesidad y el anhelo, de crear. Dios la Creadora. Como artista, ella pintó del Desierto Pintado. Los matices del mar que cambian con cada día, los pasteles de la puesta de sol, el negro de una noche tormentosa, el plateado de la Vía Láctea, el rojo de la sangre, el verde de la Tierra, el amarillo del trigo maduro en los campos, el azul de un cielo impresionista francés. Dios el Compositor creó el silbido de los árboles susurrantes, el aullido del viento en el verano, los coros de los pájaros, el parloteo de los animales

  • 132 Rilke, Rainer Maria, Letters to a Young Poet, 1984, Random House of Canada Limited, Toronto, p. 61

pequeños, el silencio del espacio, el timbal del corazón que late, la sinfonía del pájaro, la brisa, y el mar orquestados juntos, la ópera de los pregones, gritos y promesas susurradas en noches oscuras.

Dios el poeta ha escrito derecho con líneas chuecas, creando a personas para que fueran sus palabras (en vez de hacer meras palabras de las personas), llamando a los humildes y a los más bajos a que sean poetas. De Abraham a Moisés, de María de Nazaret a Mozart, de Francisco de Asís a Buda, de Gustav Mahler a Martin Luther King, de Abraham Lincoln al Che Guevara, de Juana de Arco a la Madre Teresa, y a todas las demás personas hermosas, palabras poéticas de Dios, a quienes conocemos y hemos conocido pero de quienes no leemos.

Dios es también, y de una manera especial desde la perspectiva de la humanidad, alfarero. Esto es evidente, no solamente en el cuento Maidu de los eventos de la creación, sino en la mentalidad judía: “Entonces el Señor Dios formó (el verbo hebreo yasar que se usa aquí es el verbo técnico para la acción de un alfarero) al hombre del polvo de la tierra” (Gen. 2,7). Isaías repite la imagen del Dios alfarero que torneó a la olla de la humanidad: “Con todo, Señor, tú eres nuestro Padre; nosotros somos la arcilla y tú el alfarero, somos todos obra de tus manos” (Is. 64, 8). Los pesimistas, impulsados por una espiritualidad negativa, quieren taladrar en las cabezas de las personas que “eres polvo y al polvo volverás”. Pero, de hecho, no somos polvo, sino barro, a veces de un tipo seco (Job 10, 9), pero principalmente, somos el resultado creativo del alfarero que es nuestro Creador. Esta gracia en responder al arte del Creador caracteriza la espiritualidad de los protestantes norteamericanos no-puritanos como Edwards, Emerson, y James, el cual dijo que en Estados Unidos la espiritualidad estética no involucraba tanto la apreciación de la hermosura atribuida, o inherente, a los objetos del arte, sino a una conciencia de la hermosura de vivir en armonía con las cosas divinas, es decir, sentirse uno en casa en el universo” 133 . Llegar a ser como Dios es llegar a ser como este creador, el artista del universo y del átomo. Como cualquier otro creador, aprendemos a ser conscientes. Vemos y percibimos. Así, Henry Moore en sus “Notas sobre la

  • 133 Grebsch, William A., American Religious Thought: A History (Chicago: University of Chicago Press, 1973), p. xvi.

escultura” habla de la deficiencia común de la ceguera a las formas: “Existen más personas ciegas a la forma que al color”, insiste. Aunque muchas personas comprenden la forma plana, pocos “hacen el esfuerzo más extenso que se necesita para comprender la forma en su plena existencia espacial”. Esa tarea le toca al artista que llamamos escultor: “Esto es lo que tiene que hacer el escultor. Tiene que esforzarse continuamente a pensar de, y usar, la forma en su integridad espacial completa”. Nos enseña a “sentir la forma sencillamente como forma, no como una descripción ni un recuerdo de algo. Por ejemplo, tiene que percibir un huevo simplemente como una forma única sólida y sencilla, aparte de su significado como alimento, o de la idea literaria de que se convertirá en pájaro”. Como creadores, siempre buscamos la conciencia, crecemos en las dimensiones múltiples de ver, oír, tocar y, por ende, de ser vistos, oídos y tocados en una variedad infinita y calidoscópica de maneras. Si alguna vez has vivido con un/a artista, bien conoces la manera tan “diferente” en que perciben el mundo a su alrededor. Diferentemente, porque más sensiblemente, más vulnerablemente. Es como vivir con una planta sensible. No puedes esconder tus humores ni tus vibras negativas de esa planta. Igual que una planta busca la luz, el artista busca la verdad y responde solamente a ella. Uno no se puede esconder de los aparatos de percepción bien afinados de un artista, para quien cada vibración trae un pensamiento o mensaje de Dios. Para el artista, Dios está presente en todas partes todo el tiempo; el suyo es un verdadero panenteísmo. Cada vez se le escapa menos al artista. Cada vez permite entrar. El artista se llena de creación antes de poder expresarlo adecuadamente. Así, como un instinto primitivo, la creación urge brotar y se niega a contenerse; el artista no puede no crear. Está demasiado lleno. Tiene que vaciarse. Como lo hizo el Creador, y como lo sigue haciendo. Un artista es un niño, un jugador con símbolos, que son sus juguetes. El músico que juega con notas y acordes, armonías y contrapuntos; la pintora que juega con colores y las impresiones que éstas dejan; el actor jugando con roles y los temas y los personajes intensos que interpreta; el chef que juega con alimentos y combinaciones de ellos –todos son niños, todos compañeros de juego juguetones. El artista siempre cambia, siempre busca, siempre se estira, siempre quiere aprender de nuevos éxtasis que existen para su disfrute.

¡Descubre! ¡Sé espontáneo! ¡Despójate de tu inseguridad! Este es el llamado del Creador a los creadores, de cada artista a sí mismo: “El escribir, como la vida misma, es un viaje de descubrimiento”, señala Henry Miller sobre su arte y su modo de vida impredecible. El escritor es un vagabundo. De tema a tema, de color a color, de nota a nota, de palabra a palabra: ¿no tiene ninguna estabilidad? Consideremos, por ejemplo, al narrador de cuentos. “El narrador… vaga y narra; se detiene en la tienda, esperando más dirección, y en seguida siente su corazón latir alto, en parte con deseo, en parte también con el miedo y la angustia de la carne, pero en cualquier caso como señal que tiene que tomar el camino hacia aventuras nuevas que hay que revivir meticulosamente, hasta sus detalles más profundos, según la voluntad de su espíritu inquieto” 134 . Casi suena como Jesús, ¿no?: “El Hijo del Hombre no tiene en donde reclinar la cabeza”. Sus andanzas, su angustia de carne y espíritu (“El espíritu está bien dispuesto, pero la carne es débil” -Mat 26, 41), sus caminos meticulosos (“Debo ir a Jerusalén, y allá matarán al Hijo del Hombre”) y la voluntad de su espíritu inquieto (“Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu” Luc 23, 46). Pero no solamente Jesús; el Buda también era vagabundo, y Francisco, y Mahoma, y Moisés, y toda la tribu de Israel. No hay distinción entre el artista y la persona que ha experimentado a Dios. Todo aquel que experimenta a Dios es artista. Cada artista es, en las palabras de James Joyce 135 , “sacerdote de la imaginación”. Pero, si la imaginación es la casita de muñecas de Dios, como se discutió anteriormente en este libro de meditaciones, entonces no hay verdadero sacerdote que no sea creativo. Un sacerdote que no es artista de plano no es sacerdote. Aquí verdaderamente se encuentra el sentido más amplio del “sacerdocio laico”, en nuestros artistas. Vagar llena a una persona de respeto, y el respeto da luz a la reverencia. ¿Por qué engendra respeto vagar con los sentidos despiertos? Porque el respeto es lo contrario del control, la manipulación, la invasión de la libertad y de la privacidad. Tal vez hayamos perdido la reverencia en el Occidente

  • 134 Thomas Mann, citado en Ghiselin, Brewster, The Creative Process.

  • 135 Joyce, James (1882-1941), novelista y poeta irlandés cuya agudeza psicológica e innovadoras técnicas literarias expresadas en su novela épica Ulises le convierten en uno de los escritores más importantes del siglo XX.

porque se nos ha olvidado cómo vagar. Volar en avión sobre mares y continentes no es vagar. La velocidad, el control y la conquista del espacio tampoco es vagar. Es solamente más control. Pero el artista en nosotros vaga aun si es sólo con un ojo, una idea en la imaginación, un oído, una mano, o una fantasía. Y de esta manera, el artista experimenta la reverencia, no como una orden que obedecer, sino como un deseo que satisfacer. Esta reverencia extiende a la propia creación de uno, a las creaciones de los demás, y a la creación de Dios. Y de esta reverencia nace la fidelidad.

Stephen Spender habla de la fidelidad del poeta: “He sentido siempre que la vocación del poeta era sagrada, como la de un santo… porque el santo renuncia a la ambición… En la poesía, aun la labor más grande sólo sirve para revelar las cualidades intrínsecas del alma del poeta como verdaderamente es. Como no puede hacer trampas, el poeta, como el santo, se levanta en todas sus obras ante la Barra de un Día de Juicio perpetuo… últimamente, el juicio no recae a uno mismo. Lo único que uno puede hacer es lograr la desnudez… y después someterse al juicio del tiempo” 136 . Tal descripción se podría aplicar a cualquier creador, cualquier artista, cualquier de nosotros. El creador que comparte la vida del Creador, la vida divina, comparte también el deseo de simbolizar. Pero desea simbolizar desde la experiencia de una mente y un corazón únicos –de la única imagen de la cual se formó la creación. El Creador está en todas partes, pero solamente en una parte. Como Dios, un creador panenteísta. “El arte es una forma de conciencia sumamente delicada y de unificación con el objeto” 137 . El arte se convierte en una “integración en el proceso cósmico completo”, como dijo Henry Miller. Una conciencia cósmica y semejante a la de Dios es común en todos aquellos cuyas almas han sido estiradas por la experiencia del Dios panenteísta. Tocamos a Dios cuando tocamos todo lo que es de Dios y bañado en Dios: “Lo divino no es solamente bueno; es todas las cosas”, afirmó D.H. Lawrence.

  • 136 Citado en Ghiselin, Brewster, The Creative Process, (Mentor Books 1952) pp. 122 ss.

  • 137 Lawrence, D. H, Citado en Ghiselin, Brewster, The Creative Process, (Mentor Books 1952) p. 71.

Nuestro proceso de llegar a ser como Dios es un proceso de llegar a ser creativos. Tal vez no todo el mundo sea artista, hablando literalmente, pero todos somos creadores, al menos potencialmente. Realizar nuestra creatividad es recobrar nuestro sentido espiritual de la democracia, de la omnipresencia de Dios, de la expansión de la creación de Dios en el tiempo y en el espacio. Un tiempo que empieza con el éxtasis olvidado que siempre es accesible en el momento actual, y un espacio que es extático: nuestra conciencia interior. Y esto es, como dice el Nombrador de la Tierra, lo que deleita a Dios: compartir la diversión de crear.

Tercera sección. Dragones pequeños y grandes que obstaculizan al viajero en el camino a la experiencia extática y al Dios del éxtasis

In the town of Selina, in a deep lake as large as an ocean, there dwelt a horrible dragon, who many times had put to flight the men who came armed against him, and who was wont to prowl about the city walls, poisoning all who came within the reach of his breath. In order to appease the monster, and to keep him from destroying the whole town, the burgesses had been offering

him

...

one

sheep and one human being. The name of a youth or a maiden was

drawn in a lottery, and no family was exempt from this lottery. And the day that Saint George reached the city, well-nigh all the young folk of the town had already been eaten up, and the lot for that day had fallen upon the only daughter of the king. Saint George, passing that way, saw her all in tears, and asked her the cause of her trouble. And she replied, “Good youth, get to horse and away with all speed, lest thou die the same death that awaits me!” “Fear not, my child,” answered Saint George, “but tell me wherefore thou weepest…” While they were in speech, the dragon reared his head out of the lake. All atremble, the maiden cried: “Away, sweet lord, away with all speed!” But George, mounting his horse and arming himself with the sign of the cross, set bravely upon the dragon as he came toward him, and with a prayer to God he brandished his sword, and dealt the monster a hurt that threw him to the ground. And the saint said to the damsel, “Fear not, my child, and throw they girdle about the dragon’s neck!” This she did, and the dragon, setting himself erect, followed her like a little dog on a leash.

But when the people of the city saw him drawing near, they fled in panic up to the hills and into the caves, certain that they were all about to be

devoured… And Saint George, drawing his sword, slew the dragon, who was

carried out of the city upon a cart drawn by four yoke of oxen. And the king caused a great church to be built in honour of the Blessed Virgin and Saint George, and from within there flowed a spring whose waters cured all languors. And the king offered a very large sum of money to Saint George; but he, taking nothing for himself, gave all to the poor (The Golden Legend, by Jacobus de Voragine, O.P. Siglo trece. "La Leyenda dorada". Santiago de la Vorágine).

La leyenda de Sant Jordi cuenta que había un dragón monstruoso, con largas uñas y aliento de fuego. Este dragón atemorizaba a los vecinos de Montblanc.

Hacía huir al pueblo, mataba a la gente con su aliento y se tragaba vivas a las personas.

Los aldeanos, sin otra solución, decidieron darle dos ovejas a diario para apaciguar su hambre. Cuando terminaron con las ovejas, le dieron vacas, bueyes y todos los animales que tenían, hasta que se quedaron con ninguno.

El rey convocó una reunión, donde decidieron que harían un sorteo y le darían al dragón una persona cada día, para que se la comiese.

Un desafortunado día, le tocó a la hija del rey, y él, entre lágrimas dijo: -Perdonad a mi hija y, a cambio, os daré todo mi oro, mi argento y la mitad de mi reinado, pero os los pido por favor, dejad a mi hija.

El pueblo le negó, y el rey pidió ocho días para llorar a su hija. Llegado el día, el rey la vistió y la dejó delante de la cueva, cerca del dragón.

Pero de repente, cuando el dragón ya abría su gran boca para comerse de un mordisco a la princesa, apareció, cabalgando sobre un caballo blanco y con su lanza y su escudo dorado el caballero Sant Jordi, para salvar a la princesa de las garras de aquel enorme dragón.

Aquel caballero alzó su larga lanza y de un golpe, el dragón cayó desplomado al suelo, con la lanza clavada en el centro del corazón.

De repente, de la sangre del dragón que le brotaba cuerpo abajo salió un rosal, con unas rosas que brillaban con el esplendor del sol, y de repente, el caballero Sant Jordi cogió una, la más bonita de todas, se dirigió a la princesa y se la dio en señal de amor.

El rey le pidió que se casara con su hija y que le daría todo su oro y la mitad de su reinado. Pero el caballero se marchó sobre su caballo blanco sin decir nada. Desde aquel día la gente del pueblo vivió tranquila. Es por eso que en el día de Sant Jordi los hombres regalan una flor a la persona que más quieren, y las mujeres un libro. San Jorge es considerado patrón de diversas naciones y territorios. En España es patrón de Aragón y de Cataluña, así como de las localidades de Cáceres y Alcoy entre otras.

De repente, de la sangre del dragón que le brotaba cuerpo abajo salió un rosal, con

¿Cómo se lucha con un dragón? Primero tenemos que aprender a reconocerlos cuando los encontramos. Algunos serán pequeños, otros grandes. Además, no todos los dragones tienen que ser enemigos por toda la vida; algunos pueden ser amansados para seguirnos “como si fuesen perrillos falderos”. Éstos y otros asuntos serios se tratarán en los siguientes cinco capítulos.

Capítulo 11. Unas especies de dragones chicos, pero insidiosos y poco amistosos, que acechan para devorarnos a lo largo de nuestro trayecto espiritual

Entre los más siniestros y peligrosos de los dragones (aunque es pequeño, no gigantesco) es el que seduce a los viajeros espirituales proclamando la supremacía del ego. “Tu éxtasis”, dice este dragón, estafando, “es esta inflación de tu ego la que te ofrezco” (siempre a precios reducidos y de ganga). Todos sabemos cómo se siente tener el ego inflado. Hemos experimentado esta inflación, y la hemos visto en los demás. Es la afirmación del yo a costa de los demás. Cuando la meta de nuestro viaje es la inflación del ego, cuando la prueba a la cual ponemos nuestro éxito es la fama, la publicidad, y el reconocimiento de los demás, estamos en lo que en inglés le llaman un “ego trip”, una aventura del ego, un viaje egoísta. El dragón llamado “Hinchotuego138 seduce al viajero espiritual ofreciéndole éxtasis sucedáneos, por ejemplo, los saludos y gritos de aprobación de la multitud, o una cartera que está para reventar, mientras sus raíces agarran más y más profundamente una preocupación narcisista con la imagen, la identidad, y el valor personal. Si se puede convencer a las personas de que la meta de vivir es inflar el ego, esas personas se atrapan en

  • 138 “Hincho tu ego” (Nota del traductor).

un ciclo de no experimentar el éxtasis que es como arena movediza. Todo se reduce a, y es controlado por, sus propios egos; ya no hay sitio para la experiencia extática. Es tan fácil venderle el alma al dragón del ego. Apelando a tu ego te convence de que le vendas tu alma. Los egos inflados invariablemente encuentran su diversión (por pervertida que ésta sea) en hablar de sí mismos, por lo general en fanfarronadas. ¿Qué tipo de fanfarronada se oye en los congresos y convenciones de hombres de negocios? Entre los del sexo masculino, frecuentemente se enfoca en la conquista de las “tías” (en vez del gozo del sexo genuino) y los resultados de las contiendas competitivas, sean éstas físicas o financieras (pero nunca en el deporte como medio de alcanzar la excelencia). Lo que se encuentra en tales situaciones, tan conocidas y tan frecuentemente repetidas, es un falso éxtasis, una perversión de los éxtasis con los cuales empezamos esta meditación sobre la experiencia de Dios. Porque una vez que sabes que puedes hacer el amor o ganar un juego, entonces, ¿qué más cuenta? Esta es la pregunta con que empieza la vida espiritual; también es donde muere el ego. El verdadero éxtasis es el exacto contrario de la inflación del ego. En el éxtasis nos olvidamos de nosotros mismo, o al menos, arriesgamos su pérdida, como lo hizo San Jorge al acudir a salvar a la dama y matar al dragón. El verdadero éxtasis nos urge a situarnos fuera de nosotros, a soltar el ego. Los líderes espirituales de muchas épocas y lugares atestiguan a cuán agudamente este éxtasis contrasta con el éxtasis falso que nos ofrece el dragón del ego: “El que quiera salvar su vida, la perderá; pero el que pierda su vida por mí, la conservará. Pues ¿de qué le sirve a uno ganar todo el mundo, si pierde su vida? ¿O qué puede dar uno a cambio de su vida?” (Mat 16, 25). Alejandro Solzhenitsin describe a un cabecilla de ladrones que él conoció en la prisión. La descripción aplicaría igualmente a cualquier ego hambriento de poder, y miedoso del éxtasis, que acecha entre nosotros: “Sus ojos pequeños eran exactamente lo suficientemente largos para ver los objetos conocidos sin disfrutar de las hermosuras del mundo” 139 . El disfrute

  • 139 Alejandro Solzhenitsin, El archipiélago Gulag

del éxtasis es inversamente proporcional al tamaño del ego. El ego del cabecilla ocupaba el espacio que el éxtasis habría requerido. La inflación del ego es el contrario de la conciencia-nosotros. Hinchotuego me enseña a inflar mi ego y a olvidarme de los demás. A pensar, no en nosotros, sino en mí. Me empiezo a negar a pensar en ti. Hinchotuego es un dragón especialmente conspicuo hacia el final de una civilización, cuando todos sienten en el aire una carencia, y van corriendo como ratones para agarrar su pedazo del queso. Comentó el compositor Gustav Mahler sobre el declive de la sociedad austriaca en 1885: “¡Esas caras! ¡Esa gente tan seca como un hueso! Cada centímetro de su semblante llevaba huellas de ese egoísmo atormentador que hace desdichados a todos los hombres. ¡Siempre yo, yo –nunca tú, mi hermano!” 2. Cuando los que están en el poder sientan su propia muerte inminente, todas van corriendo al ego, entonando: “¡Que se salve el ego!”. Es una huida de la fraternidad; una huida del compartimiento, del otro; una huida del pensamiento simbólico y de Nosotros. Y ésta, sobre todo, es la muerte del alma. Es un intento de controlar el alma, de adueñarse de ella y de poseerla –no de experimentar sus nacimientos y renacimientos. Por eso nos advierte Brown: “El alma que podamos llamar nuestra no es real. La solución al problema del alma es:

piérdete” 140 . Un dragón que es igualmente insidioso en sus intentos de matar nuestras almas y nuestras experiencias del éxtasis es el dragón Enfocantusexo. Este dragón nos quiere convencer de que la mejor manera de satisfacer y ubicar nuestros egos en el ámbito social es jugar los roles sexuales predeterminados de cómo debemos sentir y actuar sexualmente. Los hombres no lloran ni expresan emoción; las mujeres no piensan lógicamente ni llegan a ser ingenieras. Cuando un alma sucumbe a tales estereotipos simplistas, ya está condenada a la no-experiencia de Dios, porque está dividida y, por ende, conquistada. Está dividida de la peor manera posible: contra sí misma. Porque el alma sana, sea de hombre o de mujer, o la de una cultura, es igualmente macho y hembra, como insistió Jung. El Yin y la Yang, el animus y la ánima, el sol y la luna, estos elementos de nuestra psique fueron destinados a trabajar juntos dentro de cada uno de nosotros. Examinemos algunas de sus características:

  • 140 Norman O. Brown, Love’s Body, p. 161.

De él

De ella

orden

creatividad

control

respeto para las diferencias únicas

agresividad

relajación

lógica

regocijo

competencia

intuición

dar

recibir

razón

sentimiento

logos

eros

Vivir con la tensión, invitar al orden y la búsqueda de la unidad sentimental, y esperar que llegue la armonía; permitirse a la vez recibir y dar, este tipo de tensión es un requisito para hacer el viaje espiritual. Porque este tipo de bisexualidad comparte la bisexualidad de Dios. Y nuestra experiencia de Dios será sólo lo que nuestra capacidad espiritual bisexual nos permita dejar que Dios haga en nosotros. Además, cuando domina una u otra de estas direcciones en nuestra vida, el dragón del género sexual exagerado nos ofrece más éxtasis falso. ¿En qué consiste el sadismo, si no en el deseo desbordado de controlar la libertad de otra persona? Solzhenitsin comentó sobre los torturadores en el sistema penal soviético que estaban poseídos por la avaricia del poder y de la ganancia:

“Pero para el ser humano que tiene fe en una fuerza que reina sobre todos nosotros, y que, a consecuencia, está consciente de sus propias limitaciones, el poder no es necesariamente fatal. Sin embargo, para aquellos que no están conscientes de ninguna esfera más alta, es un veneno fatal… ¡es intoxicación! 141 . Esta observación se aplica a los torturadores de cuello blanco y a los ególatras presidenciales al igual que a los torturadores de las prisiones. ¿No causa la represión que surja la creatividad de otra forma, como un corcho bajo el agua, como herramienta de la agresividad? ¿No es éste el sentido de la guerra moderna y la creatividad que se emplea en concebir los monstruos que son las armas modernas? ¿Y de la prostitución de los artistas y

141 Alexander Solzhenitsyn, The Gulag Archipelago, 147 ss.

personas creativas a la compraventa, y de la carrera de competencia económica? Por otro lado ¿no es la manipulación de lo masculino por medio de la seducción comercial taimada un tipo perverso de receptividad femenina? Estos éxtasis falsos ahogan al alma. ¿No es la bisexualidad de Dios lo que han predicado los líderes espirituales como el Buda y Jesús y San Francisco? ¿Qué es Jesús, sino una revelación del lado femenino de Dios –la intimidad, la ternura, la merced– que nos sonríe? ¿Y quién es Jesús si no un hombre con el lado “ánima” plenamente desarrollado –como poeta, cuentista, como llorador doliente por amigos fallecidos y vivos–, un hombre con sentimientos profundos y, por ende, espirituales, que predicó la compasión, así revelando un lado profundo de la naturaleza de Dios, el lado femenino?

“Hasta que hagas femenino a lo macho y lo femenino macho, no entrarás el Reino” (Evangelio de Tomás).

¿Acaso no es un animus excesivo, de esa clase que pervierte la creatividad por sus propios fines agresivos, el sentido del “Anticristo” en nuestros tiempos? Un tipo que nos convencería de que se deben gastar 90 mil millones de dólares para la guerra, mientras innumerables personas con capacidades artísticas sin explotar que nacen cada día morirán sin haber tenido la oportunidad de compartir sus hermosuras; y los artistas que sí realizan obras lo hacen en metrópolis grandes, ante audiencias acaudaladas y ricachonas. El miedo a la muerte pesa más que nuestro disfrute de los éxtasis del arte y de la vida. Pero los dioses de la agresividad ya no pueden regir en la aldea global. No hay sitio para su deporte favorito, la guerra. Son una raza en extinción. El Dios equivocado a la hora equivocada. Sólo un resurgimiento del Dios que comparte –el Dios que respeta las diferencias entre las personas y que comprende la hermosura y la diversión de los éxtasis receptivos– tiene algo espiritual (es decir, vivo) que decirnos a las personas de hoy y mañana. La edad del agrandamiento del ego y del alma masculina se acabó. Descansa

Marte; se entierra a Constantino. Los imperios son notas al pie de la historia. El ánima ha comprobado su fuerza última 142 . Los símbolos espirituales juegan un papel muy pesado, consciente- o inconscientemente, en los esfuerzos de cada persona –sea hombre o mujer– de desarrollar su yo andrógino, porque los símbolos religiosos pueden contribuir inmensamente a la prolongación de los estereotipos, y la culpabilidad por intentar romper con éstos. La libertad de la “ella” dentro del hombre, del “él” dentro de la mujer, de ambos él y ella (especialmente esta última, porque se ha olvidado tanto tiempo) dentro de Dios, todo esto se convierte en un continuo, una manera unificada nueva de relacionarse al universo entero dentro y fuera de uno. La liberación de Dios de las categorías jerárquicas rancias y asfixiantes de masculinidad es una liberación para Dios mismo, pero también para cada hombre, mujer y niño. Cuando Dios ya no se conforme con los estereotipos sexuales (¡cuánto La hemos perjudicado, llamándola “El” por tanto tiempo!), entonces nosotros tampoco tenemos que conformarnos con ellos. Y cuando las personas rebelen contra esos estereotipos, Dios llega a ser posible de nuevo. Para que no pensemos que el animus macho hiperactivo no acecha todavía alrededor de las almas americanas y del alma de América, debemos reflejar sobre el incidente famoso de Mayagüez 143 . En aquel incidente, el cual aplaudieron tan entusiastamente, la nación, nuestros líderes cacarearon porque gastaron 41 vidas americanas (nadie contó las muertes camboyanos) para rescatar a 39 marineros. ¡Qué sanguinario se pone el animus hambriento!

  • 142 Cf. Mary Daly, Beyond God the Father (Boston: Beacon Press, 1973)

  • 143 Existe otra cara en las consecuencias de Vietnam. En Asia Oriental, Estados Unidos logró que el triunfo vietnamita no tocara ni un pelo su posición estratégica. En los últimos días de la guerra, ante el incidente del Mayagüez, un barco mercante norteamericano capturado por la guerrilla de Pol Pot, Washington ordenó una operación de rescate. Parecía una bravata de niño chico castigado contundentemente por su derrota. Pero Kissinger dijo que sería un ejemplo de la lección aprendida por EE.UU.: la próxima vez EE.UU. no se dejaría arrastrar a una guerra interminable, sino que llegaría directamente al corazón del enemigo. En 1990, en la Guerra del Golfo, se comprendería el significado de esas palabras.

http://www.uc.cl/historia/cinfo/Articulos/fermandois6.htm

Otro dragón que acecha listo y capaz de desviarnos en nuestro viaje espiritual es el dragón llamado Moralizo. Puedes reconocer a los discípulos de Moralizo por varios rasgos característicos: primero, por la pequeñez de su alma y de su imaginación. Un moralizador es una especie de burócrata espiritual que tiene una casilla especial para cada acto, pensamiento, fantasía, y sueño humano. Hasta reduciría los misterios a problemas encasillables. La suya es una mentalidad verdaderamente perversa. Los moralizadores siempre buscan el escándalo, con el fin de juzgar a los demás. Así eran los “jueces” de Jesús, apropiadamente escandalizados de sus amistades espontáneas con aquellos a quien llamaba pecadores la sociedad. Comiendo y bebiendo con ellos, visitando sus casas, recibiendo su amor –un tipo de moralidad que reprobó a Jesús por completo. Los moralistas, incapaces de vivir con sentido espiritual, reducen toda actividad humana a una serie de acciones aprobadas y desaprobadas. Y proyectan su manera literal de pensar a los maestros espirituales como Jesús, y tratan de reducir sus enseñanzas, por ejemplo, el Sermón del Monte, a una lista moderna de mandamientos.

Este dragón moralizador expulsa el sentido espiritual de las personas que posee. Una reacción moralista carece de la perspectiva amplia, simbólica, y vivificadora. Lo moral, como señala Rilke, es sólo un “segmento de la vida”. La moralidad, se podría decir, se trata de reglas para vivir: pero la experiencia espiritual consiste de las razones mismas para seguir viviendo. Cuando se moraliza, el alma encoge a una manera de pensar legalista y literal; encoge de ser lo suficiente grande para una experiencia de Dios, a un tamaño al que el alma se conforma sólo con estar sola en su concha. En este estado no-espiritual, el ego moralizador está ciego al hecho espiritual fundamental que “los dones del espíritu son más excelentes que las virtudes morales” 144 . Un moralista, ensanchado en su ego, se ocupa con lo contrario de soltarse en el éxtasis; busca la perfección de su propia perfección –definida, realizada, y preservada por sí mismo. Por eso, Rilke advierte al viajero espiritual: “No te reproches demasiado… de otra manera, verás demasiado fácilmente con reproche a tu pasado”. Los moralizadores sobreestiman la

144 Tomás de Aquino, Suma Teológica, I - II, q. 63, a.8.

victoria tanto que un momento de conversión llega a ser más importante que toda una vida de actitudes, actividades creativas, y decisiones. Lo contrario de la moralización no es la amoralidad ni, en la jerga contemporánea, ser libre de valores. La neutralidad moral en medio de las decisiones de vida o muerte, de amor y odio, no es ninguna virtud. Dante reservó el nivel más profundo del infierno para tales personas, que rehuían de tomar decisiones. Al contrario; lo contrario de moralizar es vivir, porque cuando verdaderamente escuches el mensaje de los dragones moralizadores en nuestra cultura, o en cualquier cultura, los oyes decir: “Deja de vivir y empieza a justificarte”. Una persona verdaderamente moral no siente ninguna necesidad de justificarse. Nunca es moralizador (“no juzguen, para que no sean juzgados”; “aquel de vosotros que no tenga pecado, que tire la primera piedra”). Está tan profundamente arraigada en la experiencia de Dios y los éxtasis de la creación que nunca necesita juzgar nada, excepto el compartimiento ante el placer. La verdadera moralidad se concierne con las “cosas más pesadas de la ley: la justicia, la integridad, y la merced”. La verdadera moralidad trata de la justicia, lo cual implica la distribución justa de los placeres de la creación; nunca se trata de limitar el placer ni de llamar “sagrados” a esos límites. La verdadera moralidad no limita el éxtasis. El propósito verdadero de la moralidad es la supervivencia. Pero la supervivencia de todos, no de un partido o clase o grupo privilegiado. La justicia es una dama con los ojos vendados, que con su espada discierne y castiga, y con la escala mide la inmoralidad, la cual es la carencia de proporción en nuestras vidas y cultura. La injusticia –la única inmoralidad– se encuentra en la relación entre dos o más personas. Así que, cuando se mide con la escala, la injusticia y la inmoralidad se vuelven visibles. Los cínicos entre nosotros dicen que “hay injusticia en todas partes” y que “siempre ha sido así”. Estas mismas personas tienden a moralizar (o a psicológica, lo cual últimamente está más de moda, pero que es el mismo tipo de juicio y encasillamiento de las personas que hacen los moralizadores). Les fascina a las almas encogidas y cínicas sentenciar a las personas; no son capaces de reconocer la experiencia de Dios en las personas y en la sociedad. Son personas sin esperanza, sin imaginación, bien aferrados a sus egos, juzgando a los demás mientras se hunde el barco.

La persona verdaderamente moral, capaz de ver claramente a la vida y a sus éxtasis, no necesita moralizar. Moralizar es un hábito vicioso, una cosa del pasado, una tentación pesada. Lo único que realmente existe y sucede es la vida, y el compartimiento de ella. Para la persona espiritual –y moral– eso es suficiente. Tenemos que darnos cuenta de que estos tres dragones que acabamos de examinar, al igual que los tres que vamos a examinar en el siguiente capítulo, son parientes. Y la vocación de su familia es impedir que el viajero espiritual experimente el éxtasis.

Capítulo 12. Otras especies de dragones enemigos pequeños, pero insidiosos

Aún más dragones chicos pero insidiosos están al acecho para interceptarnos en la travesía de la tierra de los éxtasis y del vacío. Uno de éstos es el infame dragón T. Protejo. Recuerdo que un día estaba caminando por un terreno baldío que tenía piedras escabrosas alrededor, en las cuales estaban jugando unos niños. Una niña estaba a punto de saltar de una piedra de un metro y medio de alto a la tierra arenosa, y mi instinto inmediato fue protegerla, advertirle que no lo hiciera – por el miedo que yo tenía a que se lastimara. Sin embargo me detuve, y guardé silencio. En vez de actuar, exploré mis sentimientos en cuanto a lo que acababa de pasar. ¿Qué tipo de persona sería yo si alguien me hubiera privado desde mi niñez de cada rodilla desollada o sentimiento herido o brazo sangriento cada vez que deseaba “saltar”, literal o simbólicamente? ¿De dónde viene esa reacción casi instintiva que sentimos en cuanto a las aventuras arriesgadas de los demás? ¿No será que prevalece una precaución disfrazada de compasión, que impide que las personas experimenten los extremos, que experimenten hasta a Dios? ¿Por qué no los dejamos ser, incluso dejándolos sufrir las consecuencias de sus deseos y acciones? ¿Por qué, si estoy dispuesto (aunque no ansioso) a sufrir el dolor como consecuencia de mis acciones, quiero privar a los demás de esta experiencia real? ¿Quiénes somos nosotros para decir lo que es mejor para una persona, como si protegerlos del dolor fuera siempre la mejor cosa? Tal vez la respuesta se encuentre en una imagen inconsciente de la felicidad que

tenemos: un lugar que imaginamos donde no habrá ni dolor ni conflictos. Una existencia perfectamente protegida – una sociedad abrigada. Posiblemente esta liberación del dolor sea el precio espiritual más caro que hemos tenido que pagar para nuestra compulsión cultural en cuanto a la seguridad. Pero estar protegido no es vivir; así que no es una meta digna para un pueblo Como lo dijera Rilke: “¿Por qué quieres excluir de tu vida toda agitación, todo dolor, toda melancolía, puesto que en realidad no sabes qué estos estados están obrando en ti?” 145 . Unas pocas semanas después de mi experiencia con la niña en el terreno baldío, estábamos sentados varias personas y yo, discutiendo nuestras preocupaciones y necesidades del momento. Una señora que era madre de tres hijos, y buena amiga mía, hablaba de la enfermedad grave de su padre, y de la muerte pendiente de éste (él estaba grande de edad y había padecido varios ataques cardiacos). Lo habían criado católico en la antigua tradición alemana, le aterrorizaba la idea de la muerte y no le agradaban los cambios “liberales” recientes en la Iglesia, especialmente en las ideas del cielo, el infierno, el purgatorio, y las demás revelaciones medievales sobre la vida de ultratumba. La hija, aunque era crítica de esas ideas en su propia vida, y en impartirlas a sus hijos, estaba determinada a proteger a su padre de la ansiedad, en su lecho de muerte, de que toda una vida de aceptación de las enseñanzas de la Iglesia posiblemente hubiera sido un error. Ahora bien, uno puede comprender el deseo de una hija de proteger a su papá. Pero yo afirmé entonces, como lo hago ahora, que no tenemos más obligación de proteger y abrigar a nuestros padres de su pelea necesaria con la desesperación y la esperanza, la pérdida y el renacimiento de la fe, de la muerte y de la vida, que tenemos en cuanto a nosotros mismos y a nuestros hijos. No basamos nuestras propias vidas en la seguridad, sino en el valor y la visión; así que, ¿por qué dejamos que la obsesión con seguridad dicte el tipo de viaje espiritual que tomen nuestros seres queridos? “El verdadero cuerpo es un cuerpo quebrado. Existir es ser vulnerable. Los mecanismos de defensa, la coraza del carácter, nos protegen de la vida. Solamente la fragilidad es humana; un corazón roto y molido y arrepentido” 146 . El amor duele; la vida duele; Dios duele; la experiencia duele. Si no fuera por nuestros moretones y

  • 145 Rainer Maria Rilke, Letters to a Young Poet, p. 70.

  • 146 Norman O. Brown, Love’s Body, p. 184.

heridas, nuestras pérdidas y sueños destrozados, ¿cómo habríamos aprendido a vivir y a conocer a Dios? Una vez más retornamos a una cuestión básica: ¿Cuáles son las fuerzas en nuestra sociedad que nos han enseñado a pensar que proteger a nosotros, o a nuestros hijos, o a nuestros padres, es una meta encomiable? ¿En dónde aprendimos a confiar tan poco en la vida, y en los procesos de sanación que son una parte íntegra de todas las vidas, desde las plantas a los animales, a nosotros los seres humanos? Una experiencia de pérdida y finitud en el lecho de muerte tal vez fuese la experiencia más genuina de la comunión con Dios que hubiera tenido uno en toda su vida. Sin ser paranoico, este esfuerzo de hablar de seguridad y vender seguros hasta que la cobija nos ahogue y sofoque a toda experiencia y, por ende, a Dios mismo, huele a conspiración. Se atrevió a aparecer en el campus de una universidad donde yo daba clases un agente de seguros cuyo mensaje a los alumnos era más o menos así:

“¿No has pensado todavía en comprar seguros de vida (¡y esto para jóvenes de veinte años!) por el bien de tus padres? Porque si de repente te mueres, te van a extrañar mucho, y sin los pagos de una póliza de seguros, no tendrán nada con que recordarte”. Reaccioné a esa táctica insidiosa con tanta ira que verdaderamente esperaba que ese señor mismo hubiera tenido una póliza grande, porque si lo hubiera encontrado en un callejón oscuro… Pero se limitó a predicar dentro de los dormitorios y no se atrevió –afortunadamente para él– a salir a la luz del día. “Seguros de vida” es un nombre equivocado; son seguros de muerte. Asegurar la muerte contra la vida; proteger contra vivir; quedar sin dolor en vez de con Dios; memorias financieras en vez de memorias extáticas. Para “garantizar” tales resultados, lo único que tienes que hacer es causar que los jóvenes interioricen esta manía perversa de la protección. Que dejemos tales dragones de la muerte reptar por nuestros dormitorios y nuestras casas por medio de los comerciales de la televisión, los periódicos y revistas, hasta que repten por nuestras mentes a través de las actitudes que inculcan en nosotros y en nuestra cultura, es prueba manifiesta de que nos estamos convirtiendo en una sociedad adicta a la protección. Una sociedad en que estamos protegidos de nuestras almas más internas, nuestro yo moral (en lugar del yo moralizador) y nuestro ello. Y, tan protegidos de nuestro yo verdadero, también lo estamos de la experiencia de Dios. Porque

un Dios vulnerable sólo puede comunicar con personas igualmente vulnerables. La protección no significa la fuerza; la vulnerabilidad sí lo hace. Jesús no aprendió a aceptar la crucifixión en un instante, sino a través de toda una vida de imitar la vulnerabilidad de Dios. Nuestra capacidad de ser vulnerables no es debilidad, sino fuerza, porque del dolor nace el regocijo, y la esperanza nace de la desesperación, y el amor nace del odio. La vulnerabilidad es un premio hermoso, emocionante, atractivo y sabroso. Merece ser buscado con más abandono y celo, más afán y más corazón que el que siente un boxeador que anhela ser el campeón, o que siente un ejecutivo que quiere ser el número uno en su empresa. Porque con el premio de la vulnerabilidad, y la conciencia que conlleva, viene una vida de sorpresas. Una persona vulnerable está abierta a las sorpresas, y su vida se llena de ellas. A tal persona apremian los premios, prende la vida de sorpresas. Ser espiritual es ser vulnerable, y ser vulnerable es vivir dispuesto a adaptarse a los milagros y sorpresas que nos regala la vida cada día. ¡Cuidado con el dragón Teprotejo! Nos devorará con sus promesas de protección. ¡Ojo con el dragón vestido de seguridad que promete abrigo! Matará a nuestras almas mismas. Y con ellas, a Dios. El místico inglés Tomás Traherne nos advierte que “nos lastimamos infinitamente con la pereza y la reclusión. Todas las criaturas en todas las naciones, en todos los idiomas, alaban a Dios infinitamente… Nunca eres lo que debes ser hasta que salgas de ti mismo y camines entre ello. Otro dragón siniestro e insidiosamente hostil, el cual merodea queriendo detenernos en nuestro caminar espiritual diario, es el dragón Vivoportí. Al igual que Teprotejo, esta bestia particular hace promesas que al principio suenan generosas y beneficiosas. Como todos los dragones pequeños e insidiosos, se esconde tras éxtasis falsos y promesas dulces. Pero seguirlo es aprender que prometer cosas dulces no es estar vivo ni ser amante de la vida. ¿Cuál es la promesa de Vivoportí? Porque todos tendemos un poco a cierta autocompasión, a un cierto hastío al tener que tomar caminos espirituales tan arduos, por calles solitarias y polvorientas, en la lluvia y el frío y el granizo, aparentemente solos, este dragón sale desde detrás de los árboles y nos dice: “Deja que yo lo haga; déjame llevarte”.

Pero su promesa es una mentira profunda. La mentira es simplemente ésta: que nadie –ninguna institución ni ningún dragón– puede experimentar a Dios para mí o para ti, ni para ninguna otra persona. Cada uno tiene que llegar a ser su propio tipo de creador, y cada uno experimenta del éxtasis en su propio tiempo, su propio lugar, y de su propia manera. Claro está, podemos utilizar, y recibir con alegría, guías a lo largo del camino, pero la diferencia entre una guía verdadera y un dragón enemigo vestido de guía se puede discernir preguntando: ¿Cuánto nos está prometiendo? Porque una guía verdadera no promete el éxtasis; sólo promete ayuda en la marcha. Pero Vivoportí nos promete el sol y la luna para convencernos de rendir nuestra propia necesidad de experiencias de Dios. Cuando tales dragones intentan seducirnos, debemos preguntarnos:

¿Quién es capaz de experimentar la naturaleza de mi parte? ¿O la música? ¿O el amor? ¿O el dolor? ¿O el vacío? ¿O el baile? ¿O el mar? ¿O la tranquilidad de la cima de un monte? ¿O mi propia poesía? ¿O mis propios niños? ¿O mi amor por un amigo? ¿O mi memoria de éstas y otras hermosuras? La respuesta es obvia: nadie. Sólo nosotros podemos experimentar a Dios, y si permitimos que se internalicen las decepciones de los dragones de la vida indirecta, entonces hemos permitido entrar en nuestras casas a la muerte misma. Un veneno letal invade nuestra alma. Porque nadie, nadie, puede vivir para otra persona su vida. Ahora bien, todo esto parece suficientemente claro. ¿Quién no estaría de acuerdo? Pero, sepámoslo o no, nuestra sociedad tiene dragones de la vida indirecta empotrados que constantemente tratan de seducirnos de grado o por fuerza a entregar nuestra propia necesidad de experimentar a Dios. A algunos de ellos los voy a presentar aquí. Primero son los padres. Algunos padres (usualmente debido a que no se han dejado experimentar los dones de la vida, sino que se aferran a su rol de padres) llegan con demasiada frecuencia a ser víctimas del dragón de la vida indirecta. “Déjame vivir tu vida por ti”, o “déjame decirte cómo se hace”, son ofertas que distan mucho de ser saludables si las aceptan niños de cualquier edad.

Los padres, especialmente los más viejos, tienen mucha experiencia de la vida para transmitir a otras generaciones, pero ésta es válida en la medida en que sea verdaderamente la experiencia de los éxtasis de la vida. La prueba

más confiable para la dirección genuina de los padres es la siguiente: ¿están todavía comprometidos a buscar y experimentar los gozos y éxtasis de la creación? Si no, entonces se están ocupando con las vidas de otras personas, algo que no tienen ningún derecho a hacer. Porque al igual que los niños necesitan resistir el vivir indirectamente a través de sus padres, los padres necesitan resistir el vivir indirectamente a través de sus hijos, o sus nietos. La prueba siempre es: ¿Qué pueden disfrutar, crear, deleitar, cuando los hijos o nietos no están? ¿Con qué juguetes simbólicos han aprendido a jugar? Otros ejemplos de los dragones del vivir indirectamente abundan en nuestra cultura. Dondequiera que se refuerce el ser espectadores en vez de participantes en la vida, allí se encuentra el dragón operando. Lo que observó Bertold Brecht acerca del teatro puede decirse del cine, o la televisión, o la iglesia de nuestra cultura: “Se s