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Mujeres encorvadas Carlos Osma

Nos topamos con ella en el evangelio de Lucas (1), era una mujer encorvada que se encontró con
Jesús en la sinagoga. Era eso, una mujer, pero una mujer a la que el evangelio no pone nombre,
quizás por eso, porque era sólo una mujer. Así, de esa forma tan simple, se nos comunica que
estamos entrando en un contexto patriarcal donde las mujeres son borradas y supeditadas al poder
del varón, obligándolas a mirar hacia abajo. El contexto, por el contrario, sí recibe nombre: la
sinagoga. Un lugar de reunión, de culto y de estudio, sobre cuyo altar se leía la Palabra de Dios.
El evangelista, inmerso en una cosmovisión de su tiempo, presenta la enfermedad de la mujer
como causada por un espíritu maligno que pretendía evitar que ésta viviera en plenitud. La tenía
esclavizada quizás desde siempre, aunque hacía dieciocho años que su cuerpo había empezado a
padecer las consecuencias. Y es hacía ese cuerpo que el evangelio nos invita a dirigir la mirada,
justamente hacia él; el lugar que los poderes patriarcales querían controlar.

El cuerpo no puede ser de la mujer, ya desde el Génesis la maldición de Dios sobre Eva (2) recae
sobre su cuerpo, obligándolo a sufrir, y supeditando su deseo al del hombre. El cuerpo de la mujer,
pasará a ser en el texto bíblico, algo peligroso que debe ser custodiado por el poder patriarcal y por
las normas de convivencia que éste crea, condenándolo a ser un cuerpo tutelado. La mujer no
tiene control ni responsabilidad sobre él, se descubrirá por tanto en un cuerpo poseído por alguien
que no es ella misma, por un poder demoniaco que la humilla, la limita, y le impide vivir con
responsabilidad.

Las mujeres con cuerpos no normativos serán marginadas aún más, por no cumplir las normas de
género que la cultura patriarcal quiere imponer (3). Y aquéllas cuyo deseo afectivo-sexual va
dirigido hacia otras mujeres, se verán silenciadas y borradas de la sociedad israelita. También las
mujeres cuyo cuerpo refleje una procedencia distinta, correrán el riesgo de la exclusión (4). Como
afirma Judith Butler: “el rechazo de los cuerpos por su sexo, sexualidad o color es una expulsión
de la que se desprende una repulsión que establece y refuerza identidades culturalmente
hegemónicas sobre ejes de diferenciación de sexo/raza/sexualidad (5)”.

Mujer-procreación-familia, esto no es una posibilidad para el patriarcalismo, sino algo que va


indisolublemente unido. Esa es la función de las mujeres en el mundo, esa y ocupar los lugares
que los hombres abandonan en busca de otros que consideran más dignos. Un reparto no
escogido, no creado por la naturaleza, sino por el poder del más fuerte. Ya Jesús había rechazado
anteriormente esta reducción cuando una mujer le gritó: “¡Dichosa la mujer que te dio a luz y te
crió! (6)”. Parece un grito de alabanza, pero Jesús se percató de la opresión que llevaba implícito.
Aquello a lo que la sociedad obligaba, o la decisión personal que una mujer puede realizar
libremente en la actualidad, no debe ser confundido con su fin último: “¡Dichosos más bien los que
escuchan el mensaje de Dios y le obedecen! (7)”. El seguimiento de Dios es lo primero, y ese
seguimiento sólo es posible cuando la propia mujer tiene control sobre su cuerpo. Aquel que Dios
le ha llamado a respetar.

Una mujer se encuentra con un hombre en la sinagoga, gracias a este encuentro ella puede
levantar su cabeza. No se trata de necesidad, o de supeditación, sino de encuentro y respeto.
Jesús es un hombre que reconoce a la mujer como descendiente de Abraham (8), por tanto, como
parte del pueblo de Dios y con los derechos correspondientes, algo que no siempre ocurría en el
judaísmo. El movimiento de la mujer no se dirige después hacia el hombre Jesús, sino hacia Dios.
En la acción de Jesús ella reconoce la intervención de Dios para recobrar su dignidad. La labor por
la justicia, y el rechazo al patriarcalismo, es una labor compartida en el respeto a las diferencias. Y
la confirmación de su validez, es que libera a las personas para alabar a Dios, no para supeditarlas
a otras estructuras sociales, culturales o religiosas.

Que la liberación de la mujer tenga lugar dentro de la Sinagoga, nos permite ver la dimensión
salvadora que tiene la religión. Jesús representa la fe que pretende redimir a las personas de las
opresiones en las que viven inmersos. Les devuelve la dignidad, les respeta, y desde esa dignidad
les llama a reconocer a un Dios enamorado de su creación. Pero también dentro de la Sinagoga se
pretende preservar las estructuras opresivas patriarcales. Es la religión al servicio del poder, no de
las personas. La religión de la letra, de la ley y las estructuras; que necesita constantemente
defenderse por miedo a que lo diferente le quite su lugar privilegiado. Y para ello se apropia de la
Palabra de Dios que se lee sobre el altar, utilizando sus interpretaciones, como parte integrante de
esa Palabra.

Jesús no interpreta desde la ley, sino desde la mujer oprimida. Esa es la verdadera religión, la que
religa al ser humano con el Dios de la libertad, del amor y la diversidad. Por eso no hay que
esperar más tiempo, no hay que respetar los tiempos de la religión, que trasladan la liberación del
cuerpo de las mujeres para un día futuro. Los sábados de la exclusión pueden ser eternos para los
excluidos, eso lo entiende muy bien Jesús. El momento de la liberación es hoy, el cristianismo del
mañana es una cárcel para las cristianas que hoy viven oprimidas. Las mujeres y los hombres que
forman parte de las estructuras religiosas, son llamados por Jesús a levantar la mirada de todas las
personas que viven encorvadas en nuestro mundo, y eso, también incluye a nuestras respectivas
comunidades religiosas.

Carlos Osma

Notas

(1) Lc 13,10-17
(2) Gn 3, 16
(3) Dt 22,5
(4) Esd 10
(5) Butler, J. El género en Disputa. (Barcelona: Ediciones Paidós Iberica, 2007), p. 262.
(6) Lc 11,27
(7) Ibíd. 11,28
(8) Ibíd. 13,16

Fuente: Protestante Digital