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Alianza Universidad

charles Tilly

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

Versión española de Eva Rodríguez Halfter

Alianza

Editorial

Título original: Coercion, Capital and European States. A. D. 990-1990. Esta obra ha s publicada en inglés por Basil Blackwell, Inc.

Reservados todos los derechos. De confonnidad con lo dispuesto en el art 534-bis del Código Penal vigente, podrán ser castigados con penas de multa y privación de libertad quienes reprodujeren o plagiaren, en todo o en parte, una obra literaria, artística o cientffica fijada en cualquier tipo de soporte sin la preceptiva autorización.

Charles TiUy 1990 Ed. cast.: Alianza Editorial, S. A.; Madrid, 1992 CaUe Milán, 38; 28043 Madrid; tefef. 300 00 45 I.S.B.N.: 84-206-2721-6 Depósito legal: M. 29.886-1992 Fotocomposición: EFCA, S. A. Avda. Doctor Federico Rubio y Gali, 16.28039 Madrid Impreso en Lavel. Los Llanos, nave 6. Humanes (Madrid) Pruited in Spain

INDICE

Prefacio

 

11

Prefacio a la edición española

15.

Capítulo

1.

C iudades y E stados e n

la hist o r ia

u n iv e r sa l

19

Los Estados en la h isto ria

 

19

Respuestas existentes

25

La lógica del capital y de la coerción

40

La

guerra, m otor de la formación y transform ación del E stad o

45

Tendencias e interacciones a largop la z o

 

57

Perspectivas

63

Capítulo 2.

C iudades y E stados d e E u r o p a

70

La E uropa ausente

 

70

Los Estados y la co erció n

79

Las ciudades y el capital

82

Interacción entre ciudades y E sta d o s

87

Fisiologías de los E stados

91

Liaisons dangereuses

97

Form as alternativas del E stad o

102

Capítulo 3.

D e CÓMO LA GUERRA FORJÓESTADOS, Y VICEVERSA

109

La bifurcación de la violencia

 

109

D e cóm o los Estados controlaron

lacoerción

111

S

Indico

 

La g u erra

 

114

Transiciones

121

A

propiarse, contruir o com prar la coerción

 

133

Pagar las d eu d as

137

El largo y fuerte brazo del Im p e rio

142

Capítulo 4,

E l E sTADO Y SUS CIUDADANOS

149

 

D

e

las avispas a las lo co m o to ras

 

149

Negociación, derechos y acción colectiva

 

154

La

institución del gobierno d ire c to

159

La

Revolución francesa: del gobierno indirecto ald irecto

 

165

ynacionalism o

175

Expansión del Estado, gobierno directo Cargas im prem editadas

 

179

M ilitarización/civilidad

185

C

apítulo 5.

L inajes d el E sta d o n a c io n a l

192

China y E u ro p a

 

192

Reconsideración de los Estados y las ciudades

197

Trayectorias coercitivas

206

Trayectorias capitalistas

215

 

Trayectorias

de coerción capitalizada

 

226

Capítulo 6.

E l sistema

eu r o pe o

d e

E s t a d o s

.V

239

'

 

La interconexión de los Estados eu ro p eo s

 

239

Los fines de la guerra

245

Los miembros del sistem a

;

:

251

La creación del m undo inter-E stados

 

265

Cóm o se iniciaron las guerras

269

Seis cuestiones de relieve

274

C

apítulo 7.

M ilitares y E stados e n 1990

280

 

U

n mal desarrollo p o lític o

 

280

Impacto y

El ascenso

legado de la Segunda G uerra M undial

 

287

de los m ilitares

296

Los militares de hoy en perspectiva histórica

 

299

La expansión m ilitar

303

Los militares en el p o der

306

¿C óm o han logrado el poder los m ilitares?

315

Postscriptum

 

323

Bibliografía

 

327

A la m em oria de Stein Rokkan. Intelectual entusiasta, empresario, creador y amigo

PREFACIO

Yo lo llamo neurosis creativa: es el arte de dirigir nuestra com-

pulsividad y nuestros temores hacia resultados productivos. Este li­ bro ilustra s u aplicación a la escritura. En este caso, mi compulsión hacia el descubrimiento o invención de simetrías sencillas en sucesos complejos se unió al impulso de huir de una responsabilidad onero­ sa, acometiendo una tarea algo menos intimidante. Cualquier lector de este libro reconocerá los indicios de mi compulsión hacia el orden y la simplificación. El segundo impulso exige, no obstante, una cier­ ta explicációri. En muchas ocasiones antérióres rhé he encoritrado

inmerso en labores arduas con el fin de evitar otras tareas que me resultaban dolorosas o difíciles. Esta vez, habiendo comenzado mi colaboración con Wim Blockmans en el reclutamiento de una colec­ ción de trabajos sobre la interacción entre ciudades y Estados en Europa, inicié un libro extremadamente complejo en que se compa­

raba la articulación de diversas ciudades y Estados en varios lugares de Europa desde el año 1000 d. de C.

Mi intención era que el libro respondiera adecuadamente al gran

reto de Perry Anderson: «Actualmente, en que la "historia desde abajo” se ha convertido en santo y seña tanto en los círculos mar­ xistas como en los no marxistas, y ha producido grandes avances en nuestra comprensión del pasado, es, no obstante, necesario recordar uno de los axiomas fundamentales del materialismo histórico: que la

11

12

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

secular lucha entre clases queda en última instancia resuelta en el nivel político —^no en el económico o cultural— de la sociedad. En otras palabras: es la construcción y destrucción de los Estados lo que sella los cambios fundamentales en las relaciones de producción, siempre que las clases subsistan» (Anderson, 1974:11). Mi esperanza era que en este libro se fundieran tres de las preocupaciones de toda

mi vida profesional: la historia y la dinámica de la acción colectiva,

el

proceso de urbanización y la formación de los Estados nacionales. Un libro tal, según yo lo entendía, exigía el dominio de fuentes

y

lenguas exóticas, por no hablar de la compilación de enormes

catálogos y series estadísticas que tan sólo podrían encajar en el

conjunto poco a poco. Yo comencé a escribir, pero pronto me hallé

rastreando nuevos materiales en lugares oscuros y poniendo a prue­

ba mi capacidad tanto para aprender nuevos idiomás como para de­

sempolvar otros conocidos. La Universidad de Cornell me propor­ cionó la oportunidad de someter a escrutinio algunas de las ideas organizativas del libro en forma de sus Messenger Lectures (Confe­ rencias Messenger) de 1987; pese a que los períodos de debate de Ithaca demostraron hasta qué punto estaban aún por desbastar di­ chas ideas, me convencieron también de que el tenia era importante

y merecía el largo esfuerzo que me iba a exigir. Mientras trabajaba en este libro en febrero y marzo de 1988 di uná serie de conferencias en el Instituí d^Etudes Politiques de París. (Tengo que agradecer a Alain Lancelot y Pierre Birnbaum el haber­ me ofrecido esta oportunidad, y a Clemens Heller, el apoyo que recibí de la Maison des Sciences de VHbmme durante mi estancia en París.) Mi plan consistía en trabajar en los archivos parisinos entre una conferencia y otra. Pero al comienzo de la serie volví a hablar sobre las ciudades y los Estados europeos. Mientras reflexionaba sobre el animado interrogatorio que suscitó mi exposición, compren­ dí súbitamente que tenía otro libro ya muy adelantado: un libro mucho más esquemático, sintético, conciso y viable que el que había ya empezado. El escribir dicho libro me permitiría una salida ho­ norable, si bien temporal, de aquel otro proyecto enorme y formi­ dable. Én lugar de ir a los archivos, me quedé en casa sentado ante el ordenador y empecé a teclear con entusiasmo el nuevo libro. Las versiones retocadas de mis conferencias de Cornell y el Instituí se ajustaban al plan, de modo que cuando regresé a Nueva York a fines de marzo había ya redactado grandes porciones del libro. A.bándonándo otros proyectos para las cuales la Russell Sage

Prefacio

13

Foundation había tenido la amabilidad de financiarme un año de excedencia, me apresuré hacia mi ordenador y seguí escribiendo. (Durante aquel tiempo, Pauline Rothstein y sus ayudantes de Russell Sage me proporcionaron una ayuda indispensable e inteligente con las fuentes bibliotecarias. Camille Yezzi me hizo más fáciles las ru­ tinas cotidianas. Eric Wanner y Peter de Janòsi me ofrecieron* su cordial apoyo, mientras que Robert Merton y Viviana Zelizer alen­ taron mis esfuerzos para entendérmelas con grandes estructuras, enormes procesos e inmensas comparaciones.) En julio de 1988 se encontraba en circulación una redacción completa, si bien desigual. Esta y sucesivas redacciones pasaron de unas manos a otras con los títulos de StateSy Coertiony and Capital; Silvery Swordy and Scepter y el menos melifluo pero más exacto de Coerciony Capitaly and the European States. En la presente versión de este libro se han incor­ porado y adaptado materiales que aparecieron previamente en «The Geography of European Statemaking and Capitalism since 1500», en Eugene Genovese y Leonard Hochberg (eds.). Geographic Perspec­ tives in History (Oxford: Basil Blackwell, 1989), «Warmakers and Citizens in the Contemporary World» (CSSC [Center for Studies of Social Change, New School for Social Research] Working Pa­ per 41, 1987), «States, Coercion, and Capital» (CSSC, Working Pa­ per 45, 1988), y «State and Counterrevolution in France», Social Re­ search 56 (1989, 71-89). Durante los meses que siguieron, muchos amigos y compañeros leyeron o escucharon varias porciones del libro: mi compulsión a hablar de él y revisarlo incesantemente los mantuvo a todos muy ocupados. Janet Abu-Lughod, Wim Blockmans, Bruce Carothers, Samuel Clark, Brian Downing, Carmenza Gallo, Thorvald Gran, Marjolein ^t Hart, Peter Katzenstein, Andrew Kirby, John Lynn, Perry Mars, Maarten Prak, Sidney Tarrow, Wayne te Brake y Bin Wong me hicieron un regalo inestimable: realizaron una crítica pro­ funda de las primeras redacciones de todo el manuscrito, mientras que Richard Bensel, Robert Jarvis, Jo Husbands y David Laitin aña­ dieron agudos comentarios en secciones determinadas. Le debo a Adele Rotman mi afectuoso agradecimiento por sus sugerencias so­ bre cómo dar expresión a mis ideas. Nikki Aduba realizó la correc­ ción y repaso del manuscrito con cuidado e inteligencia consumados. Louise Tilly estaba ocupada terminando su propio libro mientras yo trabajaba en éste, pero toleró generosamente mi obsesión y me ofre­ ció algunos consejos estratégicos.

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Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

Los públicos de las Universidades de Bergen, California-Irvine, Chicago, Ginebra, Leiden y Western Ontario, de la Universidad Ciudad de Nileva York, de la Universidad de Columbia, de la Uni­ versidad de Harvard y de la Academia de Ciencias de Estonia, m< hicieron perceptivas preguntas sobre puntos determinados de mi aiiá· üsis. El seminario de la New School sobre formación del Estado y acción colectiva me ayudó repetidamente a la hora de formular loi argumentos del libro. He contraído una profunda deuda con Harri­ son White y sus compañeros conspiradores del Center for the Sacia Sciences de la Universidad de Columbia (en especial Lisa Anderson David Cannadine, Martin Gargiulo, Denise Jackson, Gerald Mar- well, Salvatore Pitruzzello, Kate Roberts, Hector Schamis, Kamsi Shehadi, Jack Snyder, Glaire Ullman y Ronan van Rossem) por ui delicioso seminario que organizaron con objeto de examinar los bo­ rradores de los capítulos del libro. Ninguno de estos útiles crítico! ha visto el borrador completo de la actual versión del libro, y nin­ guno tiene, por consiguiente, responsabilidad alguna en sus errores. Y es seguro que errores habrá. Abarcando todo un milenio, sii duda habré dejado sin considerar ideas esenciales, no habré viste sucesos decisivos, habré pasado por alto importantes contradiccio­ nes, malinterpretado hechos significativos y explicado ciertos cam­ bios erróneamente. Tan sólo espero que los lectores me informen d( todo error y omisión y que reflexionen sobre la medida en que mil errores afectan a la argumentación general antes de rechazarla de todo. En mis estados de ánimo más optimistas tengo la esperanzi de que este libro continúe la obra comenzada por el fallecido Steii Roldan, que se apoye sobre los puntos fuertes y enmiende los erro­ res de un trabajo en el que Stein y yo colaboramos, The Formation of National States in Western Europe, que ejemplifica el programs de investigación de base histórica sobre procesos de cambio a grai escala que he defendido en libros anteriores, como son Big Structu­ res, Large Processes, Huge y Comparisons y As Sociology Meets His· tory, y que contribuya al esfuerzo de elaborar las teorías de contin gencia histórica plasmadas en escritos recientes de Anthony Gid dens. Alian Pred, Arthur Stinchcombe y Harrison White. De ser así la compulsión y la fobia habrían aportado, una vez más, una cons­ tructiva contribución al conocimiento. Ahora, claro está, me enfren to a otro problema: ese libro grande que aún me espera.

C harles

T illi

PREFACIO A LA EDICION ESPAÑOLA

Aunque conozcan poco sus pormenores, los hispano-parlantes autóctonos encontrarán los temas de este libro intuitivamente reco­ nocibles. La propia España ha pasado por todas las variedades de Estado: las avanzadillas de los imperios musulmanes que dominaron en su día gran parte de Iberia, la empresa mercantil de Cataluña durante el apogeo del Mediterráneo, la levantisca oligarquía de Cas­ tilla la Viejá, la inestable federación de Aragón y Castilla, las prós­ peras sedes imperiales de Madrid y Lisboa, los regímenes fragmen­ tados y pululantes de espadones del siglo XIX, el Gobierno autori­ tario de Franco, el Estado iiberalizador de nuestros días. En la otra gran zona hispánica, América Latina, los hispano-parlantes habitan en Estados que van desde Costa Rica, actualmente carente de ejér­ cito, a toda una serie de Estados en que al menos dos ejércitos —uno oficial y otro enfrentado al Estado— luchan entre sí. N i los espa­ ñoles ni los latinoamericanos pueden concluir con facilidad, a partir de su propia experiencia, que existe una sola vía normal hacia la formación del Estado, o. que el secreto del éxito estriba sencillamente en la imitación de las instituciones políticas británicas, francesas o norteamericanas. Modulando su voz en un aria matizada, la expe­ riencia política de los hispano-parlantes demuestra la multiplicidad

15

16

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

de vías hacia; la índole de Estado nacional actualmente predominante. En este libro se demuestra que la historia política de España no constituye una desconcertante excepción a la regla europea de for-' mación del Estado, sino tan sólo una variante más de las múltiples combinaciones posibles de coerción y capital. La interacción entre; actividad bélica y empresa comercial tuvo el mismo papel formativo en España y sus colonias que en el resto del mundo. La idea de un ' plan maestro del Estado es un mito, una racionalización conveniente ' ex post facto para los que al fin acceden al poder. Los gobernantes europeos en contadas ocasiones abrigaban, no digamos ya ejecuta­ ban, una visión gubernamental efectiva del futuro. Las estructuras ' de los Estados nacionales cristalizaron, en gran medida, como pro­ ductos secundarios e impremeditados de la preparación para la gue­ rra y otras actividades a gran escala relacionadas con ella; los tipos de organizaciones que cristalizaron eran enormemente variados en función de la previa distribución del poder coercitivo y el carácter de la economía prevaleciente. El Estado histórico español mostraba claros indicios de sus orígenes en la conquista (o, mejor dicho, Re­ conquista), en el conglomerado de pequeños estados con costumbres y privilegios definidos, en la explotación de colonias lejanas para la obtención de rentas y en las repetidas guerras con sus vecinos. Más aún; la combinación de una estructura relativamente centra­ lizada con serios obstáculos para la acción unitaria del Estado (si­ tuación típicamente española durante muchos siglos) resulta no ser una patología, sino consecuencia previsible del tipo de negociación acordada tradicionalmente entre los soberanos y los poderosos en el proceso de crear una estructura centralizada. Las propias negocia­ ciones que procuraron a los gobernantes los rriedios para ir a la guerra dieron poder a aquellos que suministraban dichos medios, conformándose con ello una serie de obstáculos para que nuevos cambios pudieran venir a desafiar estos fuertes intereses. Este resul­ tado me complace especialmente: en anteriores investigaciones com­ probé una vez y otra que la experiencia española era muy compren­ sible en sus propios términos, pero no se adaptaba, sin embargo, a las generalizaciones que los analistas políticos .extraían de las histo­ rias de Inglaterra, Prusia y Francia. Llamar «excéntrica» a España no tenía sentido; el defecto estaba claramente eii la generalización, no en España. Además, la experiencia europea de formación del Estado, si se entiende adecuadamente, clarifica lo que caracteriza a América Latina; y, en buena medida, la gran autonomía de que han

Prefacio a la edición española

'7

gozado los jefes militares y los grandes terratenientes en gran parte de este continente. En el sistema latinoamericano de Estados, vemos aún los cadáveres decapitados de los imperios ibéricos. Una vez más, una mirada detenida a la historia europea nos des­ cubre que ha sido muy infrecuente que un solo pueblo, cultural­ mente unificado, adquiriera su propio Estado. En su mayor parte,

la nación-Estado

tuaron el mito, y en ocasiones lo aplicaron a la realidad, instituyendo

la educación centralizada, estableciendo códigos legales, imponiendo ejércitos unificados, creando Iglesias oficiales y suprimiendo lenguas minoritarias. (Recordemos el antiguo dicho de que un idioma es un dialecto que tiene ejército propio.) En este sentido, los soberanos europeos llegaron a crear un cierto grado de uniformidad entre las heterogéneas poblaciones que conquistaban o heredaban. Y pese a todo, los bretones y los alsacianos sobrevivieron o revivieron en Francia, los galeses y los escoceses en Gran Bretaña, los vascos y los catalanes en España. España, forjada a partir de una serie de ducados y monarquías dispares, abarcaba más territorios y culturas diversos que la mayoría de los Estados europeos, pero no muchos más; Cataluña tiene, sin duda, un equivalente aproximado en Eslovenia, Escocia o la Georgia soviética. En estos días, el mito de la nación-Estado, promulgado principalmente por gobernantes que no regían naciones-Estado, se revuelve contra los grandes Estados cuando una serie de poblaciones culturalmente diferenciadas exigen privilegios políticos, y aun sus propios estados independientes. En este sentido, y en muchos otros,

es posible que estemos asistiendo a los últimos días del Estado gran­

de, relativamente unitario y centralizado. Una lectura cuidadosa de

la historia europea de los últimos 1.000 años —^principal objetivo del

libro que tienen ante sí— nos ayudará a comprender las actuales

transformaciones de los Estados y los sistemas estatales de Europa

es un mito. Los grandes Estados europeos perpe­

y de todo el mundo.

C h arles

T illy

Nueva York, febrero 1991

Capítulo 1

CIUDADES Y ESTADOS

EN

UNIVERSAL

LA HISTORIA

Los Estados en la historia

H ace aproxim adam ente 3.800 años, el regente de una pequeña

ciudad-estado m esopotám ica conquistó las restantes ciudades-estado

de

su propia ciudad. H am m urabi, soberano de Babilonia, se convirtió en suprem o rey de M esopotam ia. M ediante la conquista, logró el derecho y la obligación de establecer leyes para todos los habitantes. En la introducción de su famoso código, H am m urabi decía haber

sido instruido po r los grandes dioses A nu

toda la región y las convirtió en súbditas de M arduk, el dios de

y Enlil:

y

ocurrió que Anu y Enlil me instaron a procurar bienestar a mi pueblo,

a

mí, Hammurabi, el príncipe obediente, tem eroso de dios, y

a hacer que

la

rectitud apareciera en esta tierra

para destruir al malo y al ímprobo, para que el fuerte no dañe al débil

y para que yo ascienda com o el sol sobre las gentes de cabezas negras, iluminando esta tierra.

(Frankfurt, 1946:193)

Investido

por un m ente calificar a sus

m andato divino, H am m urabi podía confiada­

contrarios de «malos»

e «ímprobos». Cuando

20

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

vilipendiaba a sus víctimas, aniquilaba aliados y arrasaba ciudades

rivales insistía en que la justicia divina estaba tras de sí. H am m urabi

estaba levantando el poder de su ciudad y fundando un E stado; sus

dioses y su particular visión de la justicia iban, así, a prevalecer. Los Estados han sido las organizaciones m ayores y más podero­ sas del m undo durante más de cinco mil años. D efinam os los Esta­ dos com o organizaciones con poder coercitivo, que son diferentes a los grupos de familia o parentesco y que en ciertas cuestiones ejercen una clara prioridad sobre cualquier otra organización dentro de un territorio de dim ensiones considerables. El térm ino incluye, pues, las ciudades-Estado, los im perios, las teocracias y muchas otras formas de gobierno, pero excluye la tribu, las castas, las empresas y las iglesias com o tales. Bien es verdad que es ésta una definición polé­ mica; m ientras que m uchos estudiosos de la política emplean el tér­ mino en este sentido organizativo, otros lo aplican a toda estructura de poder existente en una población amplia y contigua y otros lo restringen a organizaciones soberanas relativamente poderosas, cen­ tralizadas y diferenciadas — aproxim adam ente lo que yo denom inaré el Estado nacional— . Además, a la larga haré concesiones en mi definición, al incluir entidades com o los actuales M onaco y San M a­ rino — ^pese a su carencia de territorios «considerables»— debido a que otros Estados nada ambiguos les tratan com o tales.

P or el m om ento, quedém onos con la definición organizativa. Se­ gún este criterio, los restos arqueológicos son los prim eros en indi­ car la existencia de Estados a partir del 6000 a. de C ., y los testi­ monios escritos o pictóricos atestiguan su presencia dos milenios después. A lo largo de lá m ayor parte de los últim os ocho milenios, los Estados han ocupado tan sólo una parte m inoritaria del espacio habitado de la tierra. Pero con el paso de los milenios, su predom i­ nio se ha extendido.

en la misma era. E n algún pu n to entre el

Las ciudades surgieron

el asentam iento posteriorm ente llam ado

Jericó contenía un tem plo y algunas casas de piedra; en los siguientes 1.000 años, se levantó una maciza m uralla y edificaciones diferen­ ciadas. P or entonces, sería razonable decir que Jericó era una ciudad, y otros asentamientos de O riente M edio estaban em pezando a m os­

trar también indicios de urbanización. En Anatolia, entre los restos

de (^atal H ü y ü k

figuran casas lujosas, santuarios y obras de arte que

datan de fechas anteriores al 6000 a. de C. A uténticas ciudades y

8000

y

el

7600

a.

de

C .,

Estados reconocibles surgieron, pues,

aproxim adam ente en un mis­

Ciudades y Estados en la historia universal

21

m o m om ento de la historia universal, un m om ento

sión de la capacidad creadora y destructora del hom bre. En efecto,

durante algunos milenios, los Estados en cuestión eran esencialmente

ciudades-Estado, compuestas

p o r sacerdotes y rodeada de un hinterland tributario. Hacia el 2500

en m uchos casos p o r una capital regida

de gran expan­

a.

de

C ., sin em bargo, algunas ciudades m esopotám icas, entre ellas

U

r

y

Lagash, em pezaron a levantar imperios regidos por guerreros

y

m antenidos m ediante la fuerza y los tributos; la unificación llevada

a cabo p o r H am m urabi en M esopotam ia m eridional se produjo siete siglos después de la form ación de los prim eros im perios en esta

región. Desde

sustanciales y ciudades num erosas ha caracterizado a las grandes ci­ vilizaciones, desde M esopotam ia y Egipto hasta China y Europa. A lo largo de los ocho o diez milenios transcurridos desde la prim era aparición de este binom io, las ciudades y los Estados han oscilado entre el am or y el odio. M uchas veces, los conquistadores armados han arrasado ciudades y aniquilado a sus habitantes, para levantar a continuación nuevas capitales sobre sus ruinas. Las gentes de las ciudades han apuntalado su independencia y han denostado contra la injerencia regia en los asuntos urbanos, sólo para solicitar después la protección de su rey frente a bandidos, piratas o grupos rivales de mercaderes. A la larga, y m anteniendo las distancias, las

ciudades y los Estados han resultado ser m utuam ente indispensables. A lo largo de la m ayor parte de la historia, los Estados nacionales

— Estados que gobiernan regiones m últiples y contiguas así com o

sus ciudades por m edio de estructuras diferenciadas y autónom as— han aparecido sólo raramente. La m ayoría de los Estados han sido no nacionales: imperios, ciudades-Estado o alguna otra forma. El térm ino Estado nacional, lam entablem ente, no por fuerza significa -estado, un Estado cuyos pobladores com parten una fuerte identidad lingüística, religiosa y simbólica. Pese a que algunos Esta­

dos com o Suecia e Irlanda se aproxim an actualm ente a este ideal, son contados los Estados nacionales europeos que han podido m e­ recer el calificativo de nación-estado. Ciertam ente, G ran Bretaña, Alemania y Francia — quintaesencia de los Estados nacionales— no

han pasado nunca la prueba. C ó ñ “ü ñ ^ ñacióñalidádes m ilitahtes en

Estonia, A rm enia y otros puntos, la U nión

sam ente esta diferencia día tras día. C hina, con casi tres mil años de experiencia en sucesivos Estados nacionales (pero, dada la m ultipli­ cidad de sus lenguas y nacionalidades, ni un sólo año de nación-Es­

aquel m om ento en adelante, la coexistencia de Estados

Soviética sufre d o lo ro ­

22

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

tado), constituye una extraordinaria excepción. H asta los últimos siglos, los Estados nacionales no han coloreado el mapa del m undo

incluidas sus colonias. ha quedado el m undo

ocupado casi en su totalidad p o r Estados nom inalm ente indepen­ dientes cuyos gobernantes reconocen, en grado variable, su m utua existencia y su m utuo derecho a existir.

con sus territorios Sólo a p artir de la

m utuam ente excluyentes, Segunda G uerra M undial

M ientras

se

operaba esta partición últim a del m undo en Estados

sustanciales,

se han puesto en m ovim iento dos

im portantes

contra­

corrientes. En prim er lugar, los portavoces de

form an

poblaciones que no

Estados diferenciados han form ulado

sus aspiraciones a cons­

tituirse en Estados independientes. N o sólo los habitantes de ante­ riores colonias, sino también ciertas minorías dentro de Estados oc­ cidentales antiguos y bien afirmados, han exigido sus propios Esta­ dos con sorprendente frecuencia. En el m om ento en que escribo, grupos de armenios, vascos, eritreos, canacos, kurdos, palestinos,

sikhs, tamiles, tibetanos, saharauis occidentales y m uchos otros pue­ blos sin Estado están dem andando el derecho a un Estado propio; miles han m uerto p o r reclam ar dicho derecho. D entro de una U nión Soviética que durante m ucho tiem po pareció un m onolito irrom pi­ ble, lituanos, estonianos, azerbajanis, ucranianos, armenios, judíos y muchas otras «nacionalidades» están pugnando po r lograr grados diversos de diferenciación; y, en algunos casos, incluso la indepen­ dencia. E n el pasado reciente, los bretones, flamencos, canadienses fran­ ceses, m ontenegrinos, escoceses y galeses han realizado tam bién in­ tentos para constituirse en poderes aparte, ya sea dentro ya sea fuera de los Estados que actualmente los controlan. Las m inorías que exi­ gen un Estado propio han sido, además, repetidam ente escuchadas,

y con sim patía, p o r terceras partes, si bien no p o r los Estados que

a la sazón gobiernan los territorios que exigen. Si todos los pueblos cuyo derecho a un Estado diferenciado ha sido recientemente de­ fendido p o r un tercero adquirieran en efecto dichos territorios, el

m undo se fragmentaría, pasando de los ciento sesenta y tantos Es­

tados reconocidos a miles de entidades a m odo de Estados, la m a­ yoría dim inutas y económicamente inviables. La segunda contracorriente fluye tam bién con fuerza: han surgi­ do poderosos rivales de los Estados — bloques de Estados com o la O T A N , la C om unidad Económ ica E uropea o el Pacto de Varsovia, redes internacionales de com erciantes en artículos caros e ilegales.

Ciudades y Estados en la historia universal

23

com o las drogas y las armas, y organizaciones económicas, com o las gigantescas compañías petrolíferas— que están desafiando su sobe­

ranía. E n 1992, los integrantes de la C om unidad

van a elim inar las barreras económ icas hasta un grado que va a li­

m itar de m odo considerable su capacidad para seguir

pendientes con respecto al dinero, los precios y el trabajo. Estos indicios m uestran que los Estados, com o hoy los conocemos, no van

a durar

hegemonía. En una de sus sarcásticas «leyes» de conducta organizativa,

C. N o rth co te Parkinson nos descubría que «sólo

trance de derrum bam iento alcanzan la perfección

to planificado» (Parkinson, 1957:60). E ntre los casos pertinentes fi­ guran la basílica de San Pedro y el Palacio del Vaticano (construidos durante los siglos XVI y XVII, después que los Papas hubieran per­ dido su poder tem poral), el pacificador Palacio de la Sociedad de

N aciones (term inado en 1937, a tiem po para los preliminares de la

Segunda G uerra M undial), y el plan para la N ueva D elhi colonial, donde «cada fase de la retirada [británica] tuvo un paralelo exacto en la term inación de un triunfo más de diseño cívico» (Parkinson, 1957:68). Q uizá pudiéram os aplicar aquí un principio similar. Cabe

la posibilidad de que los Estados sigan la antigua costum bre p o r la

cual las instituciones

que están acabadas. Entre tanto, no obstante, los Estados siguen

siendo tan predom inantes

sin ellos nos parecería un visionario incauto. Los Estados form an sistemas en la m edida en que hay interacción

entre ellos y en tanto en cuanto dicha interacción incide de m odo

significativo en el destino de las partes. D ado

siem pre de la com petencia p o r el control de territorios y poblacio­ nes, aparecen invariablem ente en grupos y suelen form ar sistemas. El sistem a de Estados actualm ente prevaleciente en casi la totalidad de la tierra se configuró en E uropa posteriorm ente al 990 d. de C., extendiendo después su dom inio hasta lugares rem otos, más allá de este co n tin en te ,.cinco siglos más tarde. C on el tiempo, llegaría a

entran en estado de ruina en el m om ento en

Económ ica Europea

políticas inde­

toda la vida, y es posible que p ro n to pierdan su increíble

las instituciones en en un ordenam ien­

que la persona que soñara con un m undo

que los Estados surgen

absorber, eclipsar o eliminar a todos sus rivales, incluidos los siste­ mas de Estado centrados en torno a China, India, Persia y Turquía.

E n

cia coherente:

terráneo que un día había ocupado el Im perio rom ano, además de

el m ilenio, sin em bargo,

E uropa com o tal no poseía una existen­

estaba form ada p o r los territorios al norte del M edi­

24

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

pero

donde sí hubo una amplia penetración de los m isioneros de las igle­ sias cristianas que aquel im perio en desintegración dejó com o re­ cuerdo. Simuháneam ente, ios imperios m usulm anes dom inaban una parte considerable de la Europa m eridional. El continente que hoy conocemos, tenía, en efecto, algunas bases potenciales para la unidad. U na retícula desigual de ciudades m er­ cantiles conectaba gran parte del territorio y sum inistraba vínculos

con unos sistemas de producción y com ercio más prósperos que abarcaban desde el M editerráneo hasta Asia oriental. La gran m ayo­ ría de la población de aquella región eran cam pesinos, más que ca­ zadores, pastores o comerciantes instalados en las ciudades. Incluso

en zonas

tenientes regían sobre la m ayor parte de la población y la agricultura predom inaba entre las diversas actividades económ icas. La religión, la lengua y los residuos de la ocupación rom ana hacían, probable­

mente, que la población

nea que en ningún otro área del m undo a excepción de China. D en­ tro de la zona de anterior ocupación rom ana, además, quedaron restos de derecho y organización política rom anos entre las astillas de su soberanía. Todas estas características tendrían con el tiem po un im pacto significativo en la historia de Europa. Tom em os el año 990 d. de C. como punto de referencia arbitrario. En el escenario m undial, la E uropa de hace 1.000 años no era un elem ento bien definido, uni­

tario e independiente. P or este motivo, cualquier intento de explicar

la posterior transform ación de este continente en

ethos o una estructura social propios corre el grave riesgo de ser un

razonam iento hacia atrás. Más aún: los diversos países, com o son Alemania, Rusia y España, sencillamente no existían com o entidades cohesivas; éstos se configuraron a lo largo de los siglos sucesivos como resultado del proceso que este libro rastrea. Toda forma de argum entación que comience con las características perdurables y diferenciadas de «Alemania» o «Rusia» deform a la historia atribula­ da y contingente de los Estados europeos. Tan naturales nos parecen, en efecto, la aparición de los Estados

nacionales, el desarrollo del ejército nacional y la prolongada hege­

m onía europea, que los

las alternativas plausibles a aquéllos — com o son

perios regionales débilm ente articulados que florecieron en Asia,

una extensa frontera nororiental nunca conquistada por Rom a,

de concentración urbana com o el norte de Italia, los terra­

europea fuera culturalm ente más hom ogé­

térm inos de un

estudiosos apenas si se

preguntan p o r qué los sistemas de im ­

Ciudades y Estados en’la historia universal

25

Africa y las Am éricas m ucho después del 990 d. de C,— no preva­ lecieron en Europa. Sin duda, parte de la respuesta estriba en la dialéctica entre ciudades y Estados que surgiría unos cientos de años después del 990. Pues la coincidencia de una red urbana tupida e irregular, con la división en num erosos Estados bien definidos y más

o menos independientes, acabaría por diferenciar a Europa del resto

del m undo. Tras la cambiante geografía de ciudades y Estados ope­

raba la dinám ica del capital (cuya esfera predilecta eran las ciudades)

y de la coerción (que cristalizó ante todo en los Estados). La inda­

gación en la interacción entre ciudades y Estados se convierte rápi­

dam ente en una investigación sobre el capital y la coerción. En m om entos diversos de la historia europea ha surgido una sorprendente variedad de combinaciones entre coerción y capital.

Los im perios, las ciudades-estado, las federaciones de ciudades, los

las

ligas de piratas, las partidas guerreras y muchas formas de potestad han predom inado en E uropa en distintos m om entos de los 1.000 años pasados. La m ayoría de ellas podían calificarse de Estados de uno u otro tipo: eran organizaciones que controlaban los principales medios de coerción dentro de unos territorios delimitados y ejercían prioridad en ciertos aspectos sobre todas las restantes organizaciones operativas dentro de estos territorios. Pero sólo en fecha tardía y lentam ente pasó el Estado nacional a ser la form a predom inante. D e ahí la doble y decisiva pregunta: ¿qué es lo que explica la gran diversidad en el tiem po y el espacio de los tipos de Estado que han prevalecido en Europa desde el 990 d. de C. y por qué convergieron al fin los Estados europeos en diferentes variantes d el Estado nacio­ nalf ¿P or qué fue tan sim ilar la dirección del cam bio y las vías tan diversas? Este libro aspira a aclarar este problem a, si no a resolverlo enteramente.

entram ados de terratenientes, las iglesias, las órdenes religiosas,

Respuestas existentes

Las respuestas

tradicionales a esta gran cuestión dejan insatisfe­

cho a cualquier estudioso

tivas existentes en la actualidad difieren especialmente con respecto

a su postura sobre dos puntos. El prim ero, hasta qué punto, y con

qué intensidad, dependió la form ación del Estado de una form a de­

term inada de cam bio económ ico. La gama va desde el claro deter-

serio de la historia europea.

Las alterna­

26

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

mitiismo económ ico a la afirm ación de la total autonom ía de la p o ­ lítica. En segundo lugar, cuál fue la influencia de ciertos factores externos a los Estados en su trayectoria de transform ación. Las res­

puestas varían desde las versiones fuertem ente internalistas hasta las

que otorgan un peso

preem inente al sistem a internacional. N o p o r

casualidad, las teorías sobre la guerra y las relaciones internacionales

varían exactamente del m ism o

y desde las internas

a las

term inistas hasta las políticam ente determ inistas

m odo: desde las económ icam ente de­

intem acionalistas.

A unque son m uy pocos los pensadores que

se sitúan en

los ex­

trem os — que hacen derivar el Estado y sus cam bios, p or ejemplo, enteram ente de la econom ía— , las diferencias entre las interpretacio­ nes existentes siguen siendo notablem ente grandes. En la figura 1.1 se ofrece un esquema de las respuestas form uladas a ambas preguntas.

 

Interna

 

Mòdo de producción

Estatista

Origen

de la

estructura

 

Sistema mundial

Geopolítica

 

Externa

FIGURA 1.1.

Dérivativa

^ ----------- iRelación con

Independiente

la economía-------------- ►

Concepciones alternativas sobre la formación del Estado

Análisis estatistas

A sí pues, un m odelo estatista de la guerra, las relaciones inter­ nacionales y la form ación del E stado trata el cam bio ¡político com o un proceso con independencia parcial del cam bio económ ico y lo presenta ante todo como consecuencia de acontecim ientos ocurridos dentro de los diversos Estados. Son m uchos los analistas de relacio­

Ciudades y Estados en la historia universal

27

nes internacionales que han adoptado a m enudo la perspectiva esta­ tista, suponiendo que los Estados actúan de acuerdo con unos inte­ reses definidos, que el sistema internacional es anárquico, y la inte­

racción entre los Estados se reduce en últim a instancia al tira y afloja de unos actores que atienden a intereses propios. En nuestros días, las teorías más difundidas del tipo clásico llevan los títulos de «es­ tructural realista» o de «opción racional»; reconocen éstas los efectos de los sistemas internacionales hegem ónicos, bipolares o m ultipola- res, pero fundam entan sus análisis de la actuación del Estado en los intereses y orientaciones de cada Estado individual (por ejemplo.

Gilpin, 1988,

Bueno de M esquita, 1988;

caciones y críticas, véase H olsti, 1985, y

y W altz, 1988; para expli­ Jervis, 1988a).

Entre historiadores, sociólogos y estudiosos de política com pa­

rada, las explicaciones estatistas de las transform aciones de los E s­ tados son, con diferencia, las más aceptadas. Ellos son herederos de la tradición, hoy desacreditada, del desarrollo político, buscan las claves para conocer las condiciones en que surgen los Estados fuer­ tes, eficaces y estables y suponen que tan sólo existe un conjunto

de dichas condiciones. C uando no efectúan

toria particular de un solo Estado, plantean con frecuencia una sola

vía central para la form ación del

de desviaciones de esta vía que se achacan a inficiencia, debilidad, mala suerte, posición geopolítica o el ritm o de crecim iento econó­ mico y sus hechos concom itantes; así pues, nos vemos ante unos cuantos casos afortunados, com o Francia y G ran Bretaña, y una

como son Rum ania o

Portugal. Bertrand Badie y Pierre Birnbaum , por ejemplo, conside­ ran a Francia como el Estado europeo más plenam ente logrado:

«Prusia, España e Italia siguieron diversas vías similares, pero el proceso de diferenciación e institucionalización no llegó nunca tan lejos [com o en Francia].» A G ran Bretaña la tratan com o «el m odelo de sub-estatalización» (Badie y Birnbaum , 1979;191, 217). Samuel H untington es algo más generoso; tom ando E uropa y Estados Unidos en conjunto, distingue tres pautas de m odernización de las instituciones gubernam entales: en el continente europeo, una racionalización de la autoridad y una diferenciación de estructuras dentro de un cuerpo soberano unificado bajo la C orona, una cen­ tralización británica del poder en una asamblea representativa y una fra g m e n ta c ió n n o rtea m erica n a de la soberanía (H u n tin g to n , 1968:94-8). A hora bien, H untington abandona pronto la distinción

multiplicidad de fracasos, parciales o totales,

Estado en Europa, y toda una serie

una reducción a la his­

28

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

entre G ran Bretaña y el continente europeo a ción com paración europeo-norteam ericana. En

tington resalta el efecto de la guerra en los cambios de estructura

del Estado, pero considera que la guerra ha tenido prácticam ente efectos similares en toda Europa. En su análisis se subrayan las cau­ sas internas y se atribuye un peso escaso a los determ inantes econó­ micos.

favor de una am plia­ ambos análisis, H u n ­

U na segunda variante

del análisis estatista se encuentra más p ró ­

xima al centro del diagrama. En ella se sitúa a los Estados en un

medio interncional, pero se sigue considerando que actúan de m odo más o m enos individual; esta respuesta a las cuestiones sobre las

diversas vías hacia la form ación del Estado

sidad socio-cultural entre las distintas partes de E uropa — ^protestan­

te o católica, eslava o germánica, feudal o libre, campesina o pasto­ ril— y hace derivar las diferencias de los esfuerzos de los soberanos por lograr los mismos objetivos dentro de entornos enorm em ente variados. Así, en Europa sudoriental, los teóricos han afirm ado re­ petidam ente haber descubierto una tradición aldeana autóctona es­ lava, magiar o rom ana que diferencia los destinos de los Estados de la región con respecto a Rusia en el este, o los Estados capitalistas

del oeste (Berend,

com ienza con la diver­

1988; H itchins, 1988, y Roksandic, 1988).

En un libro m uy lúcido y m uy leído, Paul Kennedy propone una variante sofisticada del argumento estatista, con significativas implicaciones económicas. Su libro Rise and Fall o f the G reat Po- wers recuerda al de M ancur O lson Rise a n d D ecline o f N ations (que no cita) en algo más que el título; am bos sostienen que el proceso mismo de expansión económ ica y política crea com prom isos que

term inan por ralentizarlo. O lson, no obstante, se concentra en el período contem poráneo, aspira a crear un modelo general y singu­ lariza las coaliciones — cartels, sindicatos obreros y otras— que se forman dentro del Estado para captar algunos de los beneficios del crecimiento. Kennedy, p o r el contrario, considera principalm ente la posición internacional de los Estados y traza una trayectoria histó­ rica ancha. El crecimiento económ ico desigual, según Kennedy, hace que los principales Estados m undiales ganen y pierdan ventajas con respecto

a otros Estados, ventajas que p o r lo general procuran garantizar con el respaldo de un poder militar. Pero los Estados que ganan en dichas contiendas com prueban que tienen que asignar una parte cada vez m ayor de sus recursos a ejércitos y marinas. «Si, no obstante,

Ciudades y Estados en la historia universal

29

se desvía una p ro p o rció n excesiva de los recursos del Estado, ale­

riqueza y dedicándola p o r el contrario a

fines m ilitares, entonces es probable que ello produzca un debilita­

m iento del p od er nacional a largo plazo» (Kennedy, 1987:xvi). Entre

tanto,

nueva riqueza y se benefician de su m enor obligación en la finan­

ciación de una fuerza militar. Pese a que la afirmación inicial de

K ennedy presenta decadencia y caída com o algo sim plem ente posi­

ble, todos los casos que analiza — los principios de la C hina im pe­ rial, el Im perio M ogol, el Im perio otom ano, los H absburgo, G ran Bretaña y Estados U nidos— los hacen aparecer com o algo inevita­ ble. En la prosecución de su argum ento, Kennedy proporciona una útil cronología del sistema de Estados europeos desde 1519: un in­ tento H absburgo de suprem acía (1519-1659), una lucha entre gran­

des potencias sin predom inio

de ninguna (1660-1815), un período de

otros E stados amasan riqueza, reinvierten en la creación de

jándola

de la creación

de

hegem onía británica incierta (1815-85), otro período de equilibrio inestable (1885-1918), el ascenso de Estados Unidos a una suprem a­

cía transitoria (1918-43), un sistema bipolar soviético-norteam erica- no (1943-80), y otro período de lucha fluctuante (1980-?). A unque

el análisis de K ennedy ofrece solam ente indicaciones vagas sobre los

orígenes de diversos tipos de organización del Estado, su énfasis en la interacción entre la guerra, el poder económ ico y la posición in­

ternacional señala hacia ciertos factores que ningún tratam iento de la cuestión puede perm itirse dejar a un lado. La obra de W illiam M cNeill, Pursuit o f Power, resalta de m odo

aún más decisivo la centralidad de las cambiantes form as y escala de

la guerra en la transform ación del sistema de Estados europeos. Este

toHT de fo rcé de M cN eill presenta una visión panorám ica de la acción bélica — y en especial de su determ inante aspecto tecnológico— en el m undo en general desde el año 100 d. de C. C o n gran claridad,

M cN eill describe el im pacto de la pólvora, la artillería de asedio, las

fortificaciones antiasedio y otras grandes innovaciones técnicas no

sólo sobre la propia guerra, sino tam bién sobre las finanzas del Es­ tado, la introducción de la disciplina horaria en la vida civil y m u ­ chas otras cosas. M cN eill subestim a, a mi juicio, la im portancia de innovaciones organizativas tales com o la regularización del servicio

m ilitar, así ocm o la influencia de los cambios experim entados p o r la guerra naval, pero ofrece muchas ideas perceptivas sobre el signifi­ cado de determ inados tipos de guerra para la vida social y la estruc­ tura del Estado. N o intenta, no obstante, un análisis sistem ático de

30

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

las relaciones entre organización m ilitar y diversos tipos de form a­ ción del Estado. C on M cN eill alcanzamos los límites de los análisis estatistas y

m ism a que

tiene la guerra en su interpretación hace que la posición dentro de

decisivo de la historia

organizativa de todo Estado. La m ayor parte de las interpretaciones

estatistas sobre esta cuestión se adaptan con m ucha m ayor facilidad al uso convencional de este térm ino, dado que explican la transfor­ m ación del E stado francés, el otom ano o el sueco com o consecuen­ cia de acontecim ientos y procesos interiores a su propio perím etro. Las versiones estatistas de la form ación del Estado — tanto m o­ nográficas com o sintéticas— han sum inistrado gran parte de la m a­ teria prim a con la que he configurado este libro. Pese a ello, no

proporcionan en sí mismas una respuesta efectiva al terna

m aestro

un sistema internacional sea un determ inante

geopolíticos de la form ación del Estado; la

centralidad

de este libro: p o r qué siguieron vías tan diversas los Estados eu­ ropeos pero convergieron al fin en el Estado nacional. Son hipótesis éstas que se disuelven en particularism os y teleologías, pues explican

p o r qué

carácter especial de una población y una economía nacionales. O l­ vidan, además, los cientos de Estados que florecieron en su día para luego desaparecer: M oravia, Bohemia, Borgoña, A ragón, M ilán, Sa- boya y tantos otros. Para una explicación sistemática hem os de bus­ car más allá de la literatura estatista.

la form a «m oderna» de un Estado surgió sobre la base del

Análisis geopolíticos

Si bien es cierto que la m ayoría de los estudiosos de la form ación del Estado han adoptado la perspectiva estatista, según la cual la

transform ación de to d o Estado es resultado, ante todo, de aconte­ cim ientos no económ icos interiores a su propio territorio, las tres restantes perspectivas cuentan con influyentes defensores. Los aná­

lisis geopolíticos sobre la form ación del Estado otorgan tancia al sistema internacional com o configurador de los

lo integran. Las hipótesis geopolíticas sostienen de ordinario que las relaciones entre los Estados poseen una lógica y una influencia p ro ­ pias, y que, p o r consiguiente, la form ación del Estado responde en buena m edida al sistema vigente de relaciones entre Estados. En un esfuerzo característico. James Rosenau distingue cuatro «pautas de

gran im por­ Estados que

Ciudades y Estados en la historia universal

31

adaptación nacional» a la política internacional: de aquiescencia, de intrasigencia, de prom oción y de conservación. El Estado intransi­ gente, por ejemplo, «puede aspirar a hacer sus circunstancias com ­ patibles con sus estructuras vigentes», mientras que el Estado p ro ­

m otor «puede intentar adaptar entre sí las exigencias de sus estruc­

turas actuales y sus circunstancias actuales» (Rosenau, 1970:4). Cada

una de estas pautas, según Rosenau, tiene sus propias consecuencias

en cuanto al carácter del ejecutivo, el carácter del sistema de parti­

dos, la función de la legislatura, el papel del cosas (Rosenau, 1970:6-8). D e m odo similar,

son denom ina la tesis de la «sociedad global» sobre la guerra y las relaciones internacionales adjudica una considerable autonom ía a la política y considera que los diversos Estados dependen en gran m e­ dida de la estructura de las relaciones entre todos los Estados; en­

caja, p o r consiguiente, claramente, en el cuadrante geopolítico.

es sorprendente,

la form ación del Estado, la guerra y las relaciones internacionales se

articulen estrecham ente entre sí (Thom pson, 1988:22-7; véase tam ­ bién W altz, 1979). Este corpus de trabajo, a mi parecer, sum inistra un valioso correctivo para el internalismo de los análisis estatistas, pero no proporciona una guía clara para la búsqueda de los meca­ nism os que Jigan las form as particulares de los Estados a posiciones específicas dentro del sistema internacional.

los m odelos geopolíticos de

ejército y m uchas otras lo que W illiam T hom p­

N o

pues, constatar que en

Los análisis del m odo

de producción

L o característico de las hipótesis de los m odos de producción es que expliquen la lógica del feudalismo, el capitalismo o alguna otra organización de la producción, y deduzcan posteriorm ente el Estado

y sus cambios casi enteram ente de dicha lógica, puesto que opera

dentro del territorio del Estado (Brenner, 1976; C orrigan, 1980).

M ichael D ear en

una afirmación característica, «como un derivado a partes iguales de los im perativos económ icos y políticos de la producción capitalista de artículos. El E stado queda en últim a instancia im plicado en la gestación y la distribución del valor excedente al procurar sostener sus propios p o d er y riqueza» (C lark y D ear, 1984:4). Se sigue que

«Concebim os el Estado», declaran G ordon C lark

y

las explicaciones sobre la estructura del Estado se deducen en gran

m edida de los intereses de los capitalistas que operan dentro de las

32

Coercióa, capital y los Estados europeos, 990-1990

jurisdicciones de dicho Estado. Los anáHsis marxistas y m arxisant

así

sobre la guerra y las relaciones internacionales

suelen

exponer,

m ismo, alguna versión de las teorías del im perialism o — una amplia­

ción del interés los sitúan hacia

grama. En uno de los tratam ientos marxistas más amplios y convincen­ tes, Perry A nderson propone la siguiente fórm ula:

económ ico nacional la esquina del m odo

a la esfera internacional—

que de producción de nuestro dia­

La constelación occidental típica de com ienzos de la era moderna era

una absolutismo aristrocrático levantado sobre los cimientos sociales de un campesinado no siervo y de las ciudades en ascenso; la constelación oriental típica era un absolutismo aristocrático erigido sobre los cimientos de un campesinado siervo y de unas ciudades sojuzgadas. El absolutismo sueco,

en ella se unían

por el contrario, se levantaba sobre una base única, porque

campesinos libres y ciudades inoperantes; en otras palabras, un conjunto de dos variables «contradictorias» que se cruza sobre la gran división del conti­ nente.

D e

m odo

similar, A nderson

bien desarrollado en Italia p o r la

(Anderson, 1974:179-80)

explica la fa lta

de un

absolutismo

relación entre las aristocracias u r­

banas y los territorios tributarios circundantes^ en los cuales actua­ ban com o soberanas y com o terratenientes depredadores. A nderson com plica el panoram a al insistir en que «fue la presión internacional del absolutism o occidental, el aparato político de una aristocracia feudal más poderosa, que gobernaba sobre unas sociedades más avan­ zadas, lo que obligó a la aristocracia oriental a adoptar una m aqui­ naria de Estado centralizada equivalente, para poder sobrevivir» (A n­ derson, 1974:198). Así pues, a am bos lados del Elba, el Estado ab­ solutista plenamente desarrollado era reflejo del uso del poder del Estado para fortalecer las posiciones de los grandes señores feudales,

pero las amenazas m ilitares incidieron de m odos diferentes en el Este

y más

centralizados y dirige su atención al período que va del siglo XVI al

XVIII, pero su interpretación general m erece un cuidadoso examen

y el O este. A nderson se concentra en los Estados más fuertes

en el nivel europeo y milenial. E ntre tanto, dista explicación general sobre la form ación del Estado

m ucho de ser una europeo. M ientras

que,

en conjunto, los trabajos que se adhieren al m odo de pro d u c­

ción

contribuyen, sin duda, m uchas ideas perceptivas sobre las lu­

chas por el control del Estado no ofrecen sino los más vagos indicios

Ciudades y Estados en la historia universal

33

sobre las razones que explican las variaciones en form a y

entre aquellos Estados con m odos

actividad

de producción similares.

Los análisis del sistema m u n d ia l

Las hipótesis del sistema m undial sobre la form ación del Estado fundam entan la explicación de las diversas vías de form ación en una

caracterización de la econom ía m undial. Los teóricos neom arxistas, como Im m anuel W allerstein y A ndré G under Frank, amplían la clá­

sica división m arxista entre capital y trabajo hasta escala

m undial,

desplazando así

su análisis hacia el

cuadrante del sistema

m undial:

derivan tam bién las relaciones entre Estados de la estructura econó­ mica, pero consideran las estructuras de los Estados individuales

posición dentro de la econom ía m u n ­ gran estudio de W allerstein sobre la

historia europea desde 1500 (W allerstein, 1974-88) describe p o r lo

general una espiral con respecto a la form ación del Estado: el m odo de producción de una región determ inada crea una cierta estructura de clases, que deviene en una cierta índole de Estado; el carácter de este Estado y las relaciones de los productores y com erciantes de la

región con el resto de

de la región — central, periférica o sem iperifèrica— en la econom ía mundial, lo cual afecta a su vez de m odo significativo a la organi­ zación del Estado. En este prom etedor análisis, el Estado figura p rin ­ cipalmente com o instrum ento de la clase dirigente nacional, un ins­ trum ento al servicio de los intereses de dicha clase en la econom ía m undial. Sin em bargo, las hipótesis del sistema m undial no han lo­ grado hasta el m om ento form ular una teoría bien articulada que establezca la relación entre lo que son las estructuras organizativas del Estado y su posición dentro del sistema mundial. Así pues, la interpretación que ofrece W allerstein sobre la hegem onía holandesa

la econom ía m undial determ inan la posición

como una consecuencia de

su dial (véase Taylor, 1981). El

(voi. II, cap. 2) en el siglo XVII no sum inistra explicación alguna de

la estructura del Estado holandés; en particular, de que esta nación pudiera prosperar con un Estado nacional mínimo en un m om ento en que sus vecinos estaban creando inm ensos funcionariados civiles

y ejércitos permanentes. N inguna de las cuatro líneas de explicación, y m ucho m enos su combinación, proporciona un conjunto satisfactorio de respuestas a nuestras aprem iantes preguntas sobre la form ación del Estado eu­

34

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

ropeo. La m ayor parte de las explicaciones existentes fallan porque

m uchos tipos diferentes

de Estado en las diversas etapas de la historia europea, porque lo­ calizan la explicación de la variación entre Estados en características individuales en lugar de hacerlo en sus m utas relaciones y porque asumen implícitamente la existencia de un esfuerzo deliberado para contruir la índole de Estado grande y centralizado que llegaría a dom inar en la vida europea durante los siglos XIX y XX. Las hipó­ tesis geopolíticas y de sistema m undial ofrecen una m ayor orienta­ ción, pero hasta el m om ento carecen de una explicación convincente sobre los mecanismos que relacionan la posición dentro del m undo con la organización y práctica de los diversos Estados. En particular, no captan el im pacto de la guerra y los preparativos para ésta en la totalidad del proceso de form ación del E stado; en este sentido, las

hipótesis

pasan p o r alto el hecho de que eran viables

estatistas quedan m uy p o r encima.

En The Formation o f N ational States in W estern Europe^ publi­ cado en 1975, mis com pañeros y yo quisim os enm endar estos de­ fectos de los trabajos existentes. En una serie de estudios históricos

en que se resaltaba el aspecto extractivo y represivo de la form ación

del E stado examinamos deliberadam ente la guerra, las

medidas p o ­

liciales, los im puestos, el control del procesos que guardaban relación con

cierta distancia de los m odelos de desarrollo político entonces pre­ valecientes. M irándolo retrospectivam ente, nuestro análisis funcio­ naba m ejor com o dem ostración de los fallos de los m odelos unili- neales para el desarrollo político com o resolución de problem as que

com o explicación alternativa de la form ación del Estado europeo.

En realidad, sustituim os la anterior teoría con una nueva visión uni- lineal, que iba de la guerra a la extracción y la represión y a la form ación del Estado. Seguimos suponiendo, de m odo más o menos irreflexivo, que los Estados europeos seguían todos una sola vía prin­

p o r G ran Bretaña, Francia y B randenburgo-P ru-

sia— y que las experiencias de otros E stados constituían versiones atenuadas o fracasadas de este m ismo proceso. N os equivocábamos. Este libro es un intento de reparar los errores del anterior. Contam os por fortuna con im portantes m odelos para esta em ­ presa. Tres grandes estudiosos — B arrington M oore, Jr., Stein R ok­ kan y Lewis M um ford— escaparon a algunas de las rém oras teóricas habituales en estos trabajos, aun si no lograron, en últim a instancia, configurar una explicación genérica sobre la variación en la form a­

cipal — ^la m arcada

sum inistro alim entario y los todo ello, m anteniéndonos a

Ciudades y Estados en la historia universal

35

ción de los Estados europeos. En Social Origins o f Dictatorship and

pro p u so explicar (com o implica el

título) p o r qué en el siglo XX algunos Estados m antuvieron sistemas representativos más o menos viables, m ientras que otros se caracte­ rizaron por una forma u otra de gobierno autoritario. Pese a que sus exposiciones sobre los diversos países eran m uy variadas y ma­ tizadas, cuando se trataba sobre las diferencias entre destinos nacio­ nales, M oore empleaba com o puntos de referencia las formas de gobierno vigentes en la década de 1940, y resaltaba com o «orígenes» el tipo de coalición de clase que prevaleció cuando la agricultura del país inició una amplia comercialización. En tanto en cuanto los gran­

Democracyy B arrington M oore se

des, y explotadores, terratenientes sobrevivieron a la transición a la agricultura intensiva de cultivos comerciales, según M oore, pervivie­ ron los gobiernos autoritarios hasta la época contem poránea. En tanto en cuanto predom inó la burguesía, se im puso alguna form a de democracia.

Este perceptivo análisis de M oore dejaba im portantes

cuestiones

sin resolver. El trabajo se centraba en la explicación de las condi­ ciones de gobierno en un solo m om ento histórico, y no podía, por tanto, explicar las diferentes form as de gobierno experim entadas por estos m ismos pueblos antes y después de aquel m om ento crítico. Se excluían deliberadamente los Estados m enores, los dependientes, y los que no sobrevivieron; y apenas hablaba sobre aquellos m ecanis­ mos que traducían una cierta form a de poder de clase a un m odo específico de gobierno. A hora bien, planteaba con gran fuerza los problem as de este libro. Y señalaba hacia soluciones que tom aban en cuenta m uy seriamente los cambios y variaciones en las coalicio­ nes de clase que dom inaron los Estados de diferentes regiones eu­ ropeas. D esde el com ienzo de su vida profesional, obsesionó a Stein R ok­ kan la variabilidad de los sistemas políticos europeos y la tendencia de Estados contiguos a desarrollar estructuras políticas semejantes. C on el tiem po, representó la variación entre los Estados europeos en mapas esquemáticos en los que figuraba una dim ensión norte-sur, que reflejaba la influencia variable de las iglesias católica y ortodoxa, una separación este-oeste de periferias marítim as, im perios-nación marítimos, una franja de ciudades-estado, im perios-nación continen­ tales y territorios de am ortiguación, además de variaciones más su­ tiles dentro de estas dos dim ensiones. Rokkan m urió antes de haber elaborado una versión satisfactoria

36

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

de su mapa conceptual. En el estado en que lo dejó, su esquema constaba la marcada variación geográfica en las formas de los Esta­ dos europeos, resaltaba la singularidad de la form ación del Estado en la franja central urbanizada de E uropa y sugería la im portancia de los cambios a largo plazo en las relaciones entre gobernantes, potencias vecinas, clases dom inantes e instituciones religiosas. Pero quedaba una idea borrosa de aquellos procesos sociales que vincu­ laban estos cambios a las diversas trayectorias del Estado. Es difícil ver cómo podía Rokkan haber avanzado más sin dejar a un lado sus mapas y concentrarse en el análisis de los m ecanism os de form ación del Estado. Lewis M um ford realizó una contribución m enos visible. D e m odo

implícito,

brio. Para M um ford, dos grandes

de las ciudades: la concentración del p oder político y la expansión de los medios productivos. P or debajo de un um bral en que se unen niveles mínimos de poder y producción, sólo existen aldeas y ban­ das. P o r encima de ese um bral, el carácter de las ciudades depende

de los niveles de poder y producción, relativos y absolutos: unos

niveles m odestos y equilibrados de p o d er y producción dieron a la

conform ó una teoría del urbanism o del um bral-y-equili-

fuerzas im pulsaron el crecim iento

polis clásica y

ciudad medieval su coherencia; un crecim iento

excesivo del poder político inform aba la ciudad barroca; la hiper­ trofia productiva creó ios C oketow ns industriales del siglo XIX, y enormes concentraciones en ambas direcciones han producido las abrum adoras ciudades de hoy. La figura 1.2 representa de m odo dia-

gramático esta argumentación.

a escala nacional. «Caben

pocas dudas», escribía en 1970, «de que al m enos en los países in­

encuentra

actualm ente en la culm inación de su p oder y su autoridad o se apro­

térm inos físicos objetivam ente

m ensurables — unidades de energía, producción de artículos, inpHt de «defectuosos», capacidad para la coerción de masas y la destruc­

ción masiva— el sistema ha alcanzado casi sus

bilidades teóricas; y si no se

tituye un éxito arrollador» (M um ford, 1970:346). Los remedios de M um ford se seguían directam ente de dicho análisis: redúzcanse tan­ to la producción com o el poder político, decía, y surgirá una ciudad más humana. D ado que M um ford nunca desarrolló del todo la argumentación

dustrialm ente desarrollados, el C om plejo M egatécnico se

a

la

M um ford

habló

de

efectos

similares

xima con rapidez a este punto. En

dim ensiones y posi­ más hum anos, cons­

juzga p o r criterios

Ciudades y Estados en la historia universal

37

Alta

Concentración

de poder

Baja

Urbanización

^ civil

Pobreza

primitiva

^

Baja

Concentración

intolerable

Concentración de poder

Alta

FIGURA

1.2.

M odelo implícito de urbanización de Le'wis M u m fo rd

analítica, no explícito sus im plicaciones para la form ación de los Estados. En la m ayoría de los casos, trató las form as de gobierno

com o excrecencias de la tecnología vigente, en especial la tecnología

bélica. Pero la lógica de sus análisis apunta torias alternativas de formación del Estado,

binación prevaleciente de producción y poder.

claram ente hacia trayec­ dependientes de la com ­

Este libro, pues, aborda el problem a donde lo dejaron B arrington

M oore, Stein R okkan y Lewis M um ford: en el p u nto de reconocer

decisivas variantes en las vías de cam bio seguidas p o r los Estados en diferentes partes de E uropa durante épocas sucesivas, con conciencia de que las coaliciones de clase predom inantes en una región y m o ­

m ento dados lim itaron fuertem ente las posibilidades de acción a dis­

posición de todo regente o potencial regente, y con la hipótesis es­ pecífica de que las regiones de un tem prano predom inio urbano, y sus activos capitalistas, produjeron tipos de Estados m uy diferentes a las regiones en que dom inaron el panoram a los grandes señores y

sus posesiones. Va este trabajo más lejos que M oore, R okkan y

M um ford, ante todo y sobre todo en dos aspectos: el prim ero, en

que sitúa la organización de la coerción y la preparación de la guerra decididam ente en el centro del análisis, afirm ando en sus m om entos más tem erarios que la estructura del Estado aparecía prim ordialm en­

te com o producto secundario de los esfuerzos del gobernante para

adquirir los medios para la guerra; y al segundo, porque insiste en que la relaciones entre los Estados, especialmente a través de la gue­

38

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

rra y la preparación de la guerra, afectaron fuertem ente a la totalidad del proceso de form ación del Estado. Así, en este libro he derivado las historias alternativas de la form ación del Estado de una serie de com binaciones en continua variación entre capital concentrado, coer­ ción concentrada, preparación para la guerra y posición dentro del sistema internacional. El argum ento central de este libro no es tanto una síntesis un eco de las hipótesis de M oore, R okkan y M um ford. A un en su form a más simple, el argum ento es p o r fuerza com plejo; dice éste que en la experiencia europea:

com o

los hombres que controlaban los medios concentrados de coerción (ejérci­ tos, armadas, fuerzas policiales, armamento y sus equivalentes) intentaban por lo común emplearlos para ampliar el ámbito de población y recursos sobre los que ejercían poder. Cuando no encontraban a nadie con un poder de coerción comparable, conquistaban; cuando encontraban rivales, guerrea­ ban. Algunos conquistadores consiguieron ejercer un dominio estable sobre las poblaciones de territorios extensos, y lograr un acceso habitual a una parte de los bienes y servicios productidos en dicho territorio; aquellos conquistadores se convirtieron en gobernantes. Toda forma de gobierno se enfrentaba a serias limitaciones a sus posi­ bilidades de efectividad dentro de un determinado tipo de medio. Los es­ fuerzos para sobrepasar dichas posibilidades produjeron derrotas o fragmen­ tación de dominio, con el resultado de que la mayoría de los gobernantes se conformaron con una mezcla de conquista, protección frente a rivales poderosos y coexistencia con los vecinos bien dispuestos. Los soberanos más fuertes de toda región dictaban a los demás los tér­ minos de la guerra; los gobernantes menores podían optar entre ajustarse a las exigencias de sus vecinos poderosos o realizar esfuerzos excepcionales en la preparación de la guerra. La guerra y su preparación empeñaban a los gobernantes en la labor de extraer los medios para la guerra entre los que poseían los recursos esencia­ les —hombres, armas, avituallamientos o dinero para comprarlos— y que se resistían a entregarlos sin fuertes presiones o compensaciones. Dentro de los límites fijados por las exigencias y compensaciones de otros Estados, la extracción y la lucha por los medios necesarios para la guerra crearon la estructuras organizativas centrales del Estado. La organización de grandes clases sociales dentro del territorio de un Estado, y sus relaciones con dicho Estado, incidieron de modo significativo en las estrategias empleadas por los gobernantes para extraer recursos, las resistencias que encontraron, la consecuente lucha, las clases de organiza-

Ciudades y Estados en la historia universal

39

Clones perdurable surgidas de la extracción y la lucha, y por consiguiente la eficacia en la extracción de recursos. La organización de grandes clases sociales, y su relación con el Estado, variaban considerablemente entre las regiones de Europa intensivas en coer­ ción (zonas de pocas ciudades y predominio agrícola, donde la coerción directa desempeñaba un importante papel en la producción) y las regiones intensivas en capital (zonas de múltiples ciudades y predominio comercial, donde prevalecían los mercados, el intercambio y una producción orientada al mercado). Las demandas que las grandes clases plantearon al Estado, y su influencia sobre dicho Estado, variaron en consonancia. El éxito relativo de diversas estrategias extractivas, y las estrategias que en efecto aplicaron los gobernantes, por tanto, variaban considerablemente entre las regiones intensivas en coerción y las intensivas en capital. En consecuencia, las formas organizativas de los Estados siguieron tra­ yectorias claramente diferentes en estas diversas partes de Europa. La índole de Estado que predominó en una época y parte determinada de Europa varió enormemente. Hasta muy avanzado el milenio no ejercie­ ron los Estados nacionales una superioridad clara sobre las ciudades-estado los imperios y otras formas de Estado comunes en Europa. Pese a todo, la creciente escala bélica y la trabazón del sistema europeo de Estados a través de la interacción comercial, militar y diplomática acabó por dar superioridad bélica a aquellos Estados que podían desplegar ejércitos permanentes; ganadores fueron los Estados con acceso a una combinación de grandes poblaciones rurales, capitalistas, y economías relativamente co­ mercializadas. Ellos fijaron los términos de la guerra, y su forma de Estado llegó a ser predominante en Europa. Finalmente, los Estados europeos con­ vergieron en dicha forma: el Estado nacional.

A lgunas de estas generalizaciones (por ejemplo, la tendencia a que la guerra fuera forjando estructuras del Estado) son aplicables a gran parte de la historia universal. O tras (por ejemplo, el acusado contraste entre las regiones intensivas en coerción y las intensivas en capital) diferencian a Europa de m uchas otras regiones del m undo. N os afanam os en pos de un tipo de historia que oscila entre lo relativam ente particular y lo extrem adam ente general. En ambos res­ pectos procuraré presentar suficiente evidencia histórica concreta para hacer los principios aprehendibles y creíbles, pero no tanta com o para ahogarlos en detalles. Si explicam os las diversas vías seguidas p o r los Estados europeos, entenderem os m ejor los actuales Estados no europeos. Y no es que los Estados de Africa o A m érica Latina estén ahora sintetizando la experiencia europea. M uy al contrario: el hecho de que los Estados

40

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

europeos

su poder sobre el resto del m undo, garantiza que la experiencia no europea sea diferente. Pero si singularizam os las características más

p o r los europeos,

y hallamos los principios de variación dentro de la experiencia eu­

ropea, estarem os en m ejor situación para especificar lo que es dis­

tintivo de los Estados contemporáneos, bajo qué restricciones im ­

puestas p o r la historia operan, y qué relaciones entre las caracterís­ ticas de los Estados tienen posibilidad de pervivir en nuestra propia

época. Exactam ente

este libro abandona los análisis de la experiencia europea para exa­

m inar el p oder m ilitar en el Tercer M undo de nuestros días. ¿Q ué ocurrió en la historia? D urante ios prim eros siglos de su

existencia, los Estados europeos se m ultiplicaron en el espacio que

les dejaban las grandes potencias m usulm anas

diterráneo, y los conquistadores nóm adas que caían com o el trueno

C uando conquistaban un

territorio, los m usulmanes, los mongoles y otros extranjeros solían

im poner regentes militares y sistemas de tributación que les p ro d u ­

cían im portantes rentas; pero no intervenían, sin em bargo, de m odo decisivo en las formas sociales locales. D entro de su propio espacio, los europeos cultivaron, fabricaron, com erciaron y, especialmente, lucharon entre sí. D e m odo casi inadvertido, crearon con ello Esta­ dos nacionales. Este libro relata el cómo y el porqué.

sobre occidente desde la estepa

con ese objetivo presente, el últim o capítulo de

perdurables del sistema prim eram ente construido

se form aran de determ inada m anera, y después im pusieran

que rodeaban el M e­

eurásica.

La lógica del capital y la coerción

Esta parte versa sobre capital y coerción. Relata los m odos en

que aquellos que ejercían la coerción, que tuvieron parte principal en la creación de los Estados nacionales, se valieron, para sus p ro ­ pios fines, de m anipuladores de capitales, cuyas actividades genera­

ron ciudades. Es claro que había interacción entre am bos;

ra 1.3 representa la situación general. Pese a que los Estados son claro reflejo de la organización de la

coerción, m uestran también, en realidad, los efectos del capital; com o

el resto de este libro dem ostrará, las diversas com binaciones de ca­

pital y coerción produjeron tipos m uy diferentes de Estados. Así mismo, las ciudades reaccionan especialmente a alteraciones en ca­ pital, pero la organización de la coerción tam bién afectó a su carác-

la figu­

Ciudades y

Estados en

la historia universal

41

Capital

Coerción

Ciudades

Esudos

f ig u r a

1.3.

Cómo generaron ciudades y Estados el capital y la coerción

ter; la

que sus parientas, pero m ostraba una más clara im pronta del poder del príncipe — en palacios, espacios para desfiles, cuarteles— que aquéllas. A dem ás, con el paso del tiem po aum entó aún más el peso del capital en la form a del Estado, m ientras que la influencia de la coerción (vestida de policía e intervención estatal) se expandió tam ­

bién.

barroca de Lewis M um ford vivía del capital al igual

ciudad

Capital- Ciudades-Explotación

Antes de entrar en estas complejidades, no obstante, nos serviría

de ayuda explorar la relación capital-ciudades y coerción-E stado po r

separado. C onsiderem os el capital generosam ente,

incluyendo todo

recurso m ueble tangible, y los derechos exigibles sobre dichos re­

cursos. Los capitalistas son, así, personas especializadas en la acu­

mulación, adquisición y venta de capitales. Ellos ocupan el

de la explotación^ donde las relaciones de producción e intercam bio

mismas producen excedentes, que son

Estos han existido en muchas ocasiones con ausencia de capitalismo,

el sistema en el que los trabajadores asalariados producen bienes sirviéndose de materiales que son propiedad de los capitalistas. D u ­ rante la m ayor parte de la historia, en efecto, los capitalistas han trabajado ante todo como comerciantes, empresarios y financieros,

más que com o organizadores directos de

pitalista m ism o surgió en época tardía de la historia del capital. Se

desarrolló en E uropa a partir del 1500, al

lando la producción progresivam ente. Alcanzó su culm inación — o, según la perspectiva, su nadir— después de 1750, cuando la m anu­ factura con capital concentrado se convirtió en la base de la prospe-

ám bito

captados p or los capitalistas.

producción^ El sistema ca­

ir los capitalistas co n tro ­

42

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

rídad de muchas naciones. D urante varios milenios, los capitalistas habían florecido sin intervenir demasiado en la producción. Los procesos m ediante los cuales se acum ula y concentra el ca­

pital producen también ciudades. Estas figuran de m odo prom inente en los análisis de este libro, tanto com o espacios preferidos p o r los capitalistas y las fuerzas organizadoras, com o p o r derecho propio. E n la m edida en que la supervivencia de las unidades familiares de­ pende de la presencia de capital a través del em pleo, la inversión, la redistribución o cualquier otro vínculo fuerte, la distribución de la población siguió a la del capital. (El capital, no obstante, sigue en

El

ocasiones a una m ano de obra barata: la relación es recíproca.)

com ercio, el almacenaje, las operaciones bancarias y la producción estrecham ente dependiente de cualquiera de ellos, se benefician de una proxim idad m utua. D entro de los límites establecidos p o r la

productividad de la agricultura, dicha proxim idad prom ueve la fo r­ m ación de poblaciones densas y diferenciadas con amplias conexio­ nes con el exterior: las ciudades. C uando el capital se acum ula y

concentra dentro de

urbano en el m ism o territorio, más

de concentración, y de m odo secundario en el resto (véase fig. 1.4).

La

del equilibrio entre concentración y acum ulación. D onde la acum u­ lación de capital se da de m odo m uy general, pero la concentración sigue siendo relativamente baja, se desarrollan m uchos centros m e­ nores. D onde surge una sola concentración de capital, la población urbana se concentra en torno a dicho centro.

un

territorio,

tiende a producirse crecim iento intensam ente en el m ayor punto

form a adoptada p o r el crecim iento urbano depende, no obstante,

FIGURA 1.4.

Concentración de capital

Acumulación de capital

Crecimiento urbano

Cómo genera crecimiento urbano el capital

H ablando con propiedad, pues, las ciudades representan econo­ mías regionales; en torno a toda ciudad o agrupam iento urbano hay una zona de agricultura y comercio (y en ocasiones tam bién fabril) que m antiene una fuerte interacción con ella. D onde acum ulación y concentración van unidas, tiende a configurarse una jerarquía de pe­

Ciudades y Estados en la historia universal

43

queños a grandes centros (véase fig, 1.5). Estas tendencias han op e­ rado siem pre dentro de im portantes límites. Los habitantes de las ciudades dependen habitualm ente de otros para abastecerse de la m ayor parte o la totalidad de sus alimentos y sus com bustibles; el transporte y la conservación de todo ello consum e una gran cantidad

de energía. H asta época m uy reciente, la m ayoría de las zonas agrí­ colas del m undo, entre ellas las de Europa, eran en exceso im p ro ­

ductivas para perm itir que

población pudiera vivir de la tierra. Además, las ciudades que no tenían buenos accesos a las zonas agrícolas m ediante un transporte barato por agua, soportaban prohibitivos precios de los alimentos. Berlín y M adrid constituyen buenos ejemplos: salvo en la m edida en que sus autoridades las abastecían a la fuerza, no crecían.

m ucho más de una décima parte de la

FIGURA 1.5.

i

^

Alta

+ ------------------------------------------------------- +

+

Ciudades

Megalopolis

+

primarias

+

+

+

:

Jerarquía

+

,

urbana

.

^

Centros

+

+

Ninguna

dispersos

+

Baja

----------------------------------------------------- + ^

Baja

Acumulación

Alta

Formas alternativas de crecimiento urbano en fundón de la acumulación y concentración de capital

La sanidad tam bién era de importancia. A lo largo de práctica­ m ente la totalidad de los últim os mil años, pese a su desproporcio­ nado reclutam iento de vigorosos emigrantes en edad laboral, las ciu­ dades han tenido tasas de m ortalidad considerablemente más altas

que sus hinterlands. H asta después de 1850, con

higiene y la nutrición urbanas, no se inclinó la balanza a favor de

los progresos en la

los habitantes de las ciudades.

crecieron rápidam ente cuando la agricultura y el transporte em pe­ zaron a ser relativamente eficaces o cuando hubo poderosas presio­ nes que im pulsaron a las j^entes a abandonar la tierra.

C om o resultado, las ciudades sólo

44

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

El crecim iento m ism o de las ciudades produjo, sin em bargo, una espiral de cambios en todos estos aspectos. En la vecindad de las

ciudades activas, la gente cultivaba más intensam ente y dedicaba una

m ayor proporción de sus productos a cultivos comerciales; en la

E uropa del siglo XVI, p o r ejemplo, la agricultura fuertem ente p ro ­ ductiva se concentraba en las dos regiones más urbanizadas: el norte de Italia y Flandes. D e m odo similar, el crecim iento urbano estim uló la creación y el progreso del transporte p o r agua y p o r tierra; el

magnífico sistema de canales y ríos navegables de los Países Bajos redujo el coste y aum entó la velocidad de la com unicación entre su enjam bre de ciudades, siendo con ello tanto causa com o efecto de la urbanización (D e Vries, 1978). Las presiones que alejaban a las

gentes de la tierra eran, además, en m uchos casos, parcialm ente con­

secuencia de la

nos expulsaban a los pequeños propietarios del h^nterL·ndy o la de­

m anda urbana prom ovía la capitalización de la agricultura en dicho

hinterland. La acum ulación y concentración de capital fom entaron el crecim iento urbano, m ientras transform aban las regiones que ro­ deaban a nuevos grupos de ciudades.

urbanización, com o cuando

los terratenientes urba­

Coerción-Estado-Dominación

¿Y la coerción? E n ésta se incluye toda aplicación concertada, como amenaza o com o realidad, de acciones que por lo general cau­

san pérdida o perjuicio a las personas, o a las posesiones de parti­

com o

de sus posibles daños. (Esta aparatosa definición excluye perjuicios

el capital define un

ám bito de explotación, la coerción define un ám bito de dom inio. Los m edios de coerción se centran en la fuerza armada, pero se extienden a la capacidad de encarcelam iento, expropiación, hum illa­ ción y publicación de amenazas. E uropa creó dos grandes grupos de especialistas en coerción que se superponían entre sí: los soldados y los grandes terratenientes; allí donde se fundieron y recibieron rati­ ficación del Estado en form a de títulos y privilegios, cristalizaron en aristocracias, las cuales a su vez sum inistraron a E uropa sus princi­ pales soberanos durante m uchos siglos. Los m edios coercitivos, al igual que el capital, pueden acum ularse y concentrarse: algunos gru­ pos (como las órdenes m onásticas) cuentan con escasos m edios coer­

inadvertidos, indirectos

culares o grupos, los cuales son conscientes tanto de la acción

o

secretos.) A sí com o

Ciudades y Estados en la historia universal

citivos, pero esos pocos están concentrados en un reducido núm ero de m anos; otros (como los pobladores fronterizos armados) poseen

múltiples medios coercitivos pero m uy dispersos. Los m edios coer­

citivos y el capital se unen donde

los antiguos obradores) sirve tanto para la explotación com o para el dominio. En su m ayor parte, no obstante, son siempre lo suficien­ temente distintos para perm itim os analizarlos por separado. C uando la acum ulación y concentración de los m edios coerciti­ vos crecen juntos, producen Estados; producen organizaciones di­ ferenciadas que controlan los principales medios de coerción con­ centrados dentro de territorios bien definidos y ejercen prioridad en algunos aspectos sobre todas las restantes organizaciones que operan dentro de dichos territorios (véase fig. 1.6). Los esfuerzos para su­

un m ism o ám bito (por ejemplo,

bordinar a los vecinos y luchar contra rivales más lejanos crean las estructuras del Estado en form a no sólo de ejércitos, sino tam bién de personal civil que reúne los m edios para sostener los ejércitos y que organiza el control regular del soberano sobre el resto de la población civil.

Concentración de medios coercitivos

Acumulación de medios coercitivos

Crecimiento del Estado

FIGURA

1.6.

Cómo la coerción genera el crecimiento del Estado

La guerra, m otor de la form ación y transform ación de! Estado

El despliegue de m edios coercitivos en la guerra y en el control interior plantea dos dilemas a los que guerrean. En prim er lugar, en la m edida en que logran som eter a sus rivales del exterior o el inte­ rior del territorio que reclaman, los que ejercen la coerción se ven obligados a adm inistrar las tierras, los bienes y las gentes que ad­ quieren; se ven, así, implicados en la extracción de recursos, la dis­ tribución de bienes, servicios y rentas, y el arbitraje de disputas. Pero la adm inistración Ies desvía de la guerra, y crea intereses que en ocasiones se m uestran contrarios a la guerra. Se aprecia este di­ lema en la conquista de la España m usulm ana, de cinco siglos de duración, llevada a cabo p o r soldados cristianos. C om enzando con

46

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

la tom a de C oim bra en 1064, la práctica com ún de asedio era com o sigue;

Los habitantes de una ciudad sitiada que se rindieran con prontitud podrían conservar plenas libertades tras la conquista. Si los musulmanes se rendían tras algún tiempo de asedio, podían marchar llevándose sólo los bienes que pudieran acarrear: Si esperaban a que la ciudad cayera por la fuerza, se exponían a la muerte o la esclavización.

(Powers, 1988:18)

C ualquiera de Jas tres respuestas planteaba un problem a al con­ quistador. La prim era le im ponía la obligación — al m enos transito­ riam ente— de establecer un sistema de gobierno paralelo. La segun­ da requería una redistribución de la propiedad, así com o la repobla­ ción y administración de una ciudad despoblada. La tercera dejaba

a los vencedores una población reducida a la esclavitud, y planteaba

de m odo aún más acuciante la cuestión de restablecer la producción

y la población. De un m odo u otro, la conquista im plicaba adm i­

nistración. En una escala m ayor, estos problem as acosaron toda la reconquista de la Península Ibérica. Y en m odos diferentes, caracte­ rizaron la historia de las conquistas en toda Europa. El segundo dilema es paralelo al prim ero. La preparación de la guerra, especialmente a gran escala, involucra a los gobernantes, ine­

vitablem ente, en la extracción. C on ello se crea una infraestructura de tributación, abastecimiento y adm inistración que exige su propio

m antenim iento y que a m enudo aum enta más rápidam ente que los

ejércitos y marinas a los que sirve; sus intereses y su poder limitan

de m odo considerable el

lica que cualquier Estado puede llevar a cabo. Los Estados mongoles

y tártaros de Europa resolvieron dichos dilemas arrasando y saquean­ do sin construir apenas administraciones duraderas, pero su estrate­ gia ponía límites inherentes a su poder, y al final les hizo vulnerables

a los ejércitos masivos y bien financiados. P or el contrario, Estados

m uy comerciales, como Génova, resolvieron los dilemas tom ando prestada o contratando la estructura necesaria para extraer recursos

bélicos. E ntre am bos extremos, los Estados

serie de m odos diversos para reconciliar los im perativos de la acti­ vidad bélica, de la extracción y de otros im portantes tipos de activi­

dad. Los Estados europeos diferían considerablem ente, en efecto, con

carácter y la intensidad de la actividad bé­

europeos hallaron una

Ciudades y Estados en la historia universal

47

respecto a sus actividades y organizaciones más sobresalientes. Tres

tipos de Estado han proliferado conjuntam ente en diversas partes de Europa durante grandes segmentos del período que arranca del

año 990:

im perios perceptores de tributos; sistemas

de soberanía frag­

m entada

com o las ciudades-estado y las federaciones urbanas, y los

prim ero se construía un gran aparato m ayor parte de la adm inistración local

quedaba en manos de poderosos regionales que conservaban una gran autonom ía. En los sistemas de soberanía fragm entada, las coa­ liciones transitorias y las instituciones consultivas desem peñaban una parte significativa en la guerra y la extracción, pero era escaso el aparato de Estado duradero que surgía a escala nacional. Los Esta­ dos nacionales unen sustanciales organizaciones militares, extracti­ vas, adm inistrativas y, en ocasiones, incluso productivas en una es­ tructura central relativamente bien coordinada. La prolongada per-

vivencia

tres tipos es un argum ento en contra

Estados nacionales. C on el m ilitar y extractivo, pero la

y coexistencia de los

de cualquier idea sobre la form ación del E stado europeo com o un solo proceso unilineal, o del Estado nacional — que, en efecto, pre­

dom inó al fin— com o form a inherentem ente superior de gobierno. A lo largo de los siglos, los im perios perceptores de tributos han dom inado la historia universal del Estado. Los im perios surgieron sobre todo en situaciones de una acumulación relativamente baja de medios coercitivos con una alta concentración de los medios dispo­

nibles. C uando alguien que

tantes m edios coercitivos, o el em perador perdía capacidad para ejer­

cer una coerción generalizada, era frecuente que los imperios se de­

sintegraran. Pese

sufrió incesantem ente

tonóm icos, e invirtió una gran parte de su presupuesto en pagar

tributos a los m ongoles y otros depredadores nóm adas. Tam poco los im perios europeos gozaron de m ayor estabilidad. La invasión

la Península Ibérica en 1808, p o r ejemplo, destrozó Im perio español de ultram ar, A los pocos meses,

surgieron m ovim ientos independentistas en la m ayor parte de la A m érica española, y pasados 10 años, prácticam ente toda ella se ha­ bía desglosado en Estados independientes. Las federaciones, las ciudades-estado y otros órdenes de sobera­ nía fragm entada diferían de los im perios casi en todos los sentidos. D ependían de acumulaciones relativamente altas, y concentraciones relativam ente bajas, de coerción; las generalizadas milicias urbanas

napoleónica de gran parte del

no era el em perador acum ulaba im por­

a su apariencia de m aciza solidez, el Im perio chino

de rebeliones, invasiones y movimientos au­

4S

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

de la E uropa Occidental del siglo XIV ejemplifican dicha com bina­

ción. En esta clase de Estados, una coalición de súbditos nominales

relativam ente reducida podía

tras que individuos, grupos y poblaciones enteras disponían de opor­ tunidades abundantes para pasarse a otras jurisdicciones contrincan·

tes.

igualar las fuerzas del soberano, m ien­

La Prusia y la Pom erania del siglo XIV ofrecen un contraste m uy

expresivo: en Prusia, entonces dom inada p o r los Caballeros Teutó­

con el G ran

M estre de los Caballeros, y las ciudades ejercían escaso poder. Pero

los terratenientes impuestos por los Caballeros disfrutaban de am­ plias competencias dentro de sus propios, y extensos, dom inios, siem­

pre que las rentas siguieran llegando a los Caballeros. En la cercana Pomerania, un ducado creado simultáneamente m ediante pequeñas conquistas y alianzas alemanas, surgieron m últiples rivales del du ­ que, y los pequeños nobles se entregaron abiertam ente al bandidaje,

m ientras las ciudades dom inaban en los Estados generales del duca­

do y suministraban importantes fuerzas militares en época de guerra. D urante la guerra de 1326-1328 entre los duques de Pom erania

y M ecklenburgo, las ciudades pom eranias p o r lo general se adhirie­

ron a su duque, mientras los nobles se alineaban junto a M ecklen­ burgo. C uando ganó la casa pom erania, a la asamblea de los Estados,

en los que las ciudades tenían voz abundante, «se les concedieron privilegios de gran alcance; la tutela de los duques m enores de edad,

la decisión de construir o dem oler cho a elegir nuevo amo si el duque

a sus súbditos» (Carsten, 1954:90). La capacidad de las ciudades para dar o retener su ayuda les otorgaba un gran poder negociador. Entre los imperios perceptores de im puestos y las ciudades-esta­

do se hallan los estados nacionales; que se construyeron en to m o a la guerra, el fortalecim iento del Estado y la extracción, igual que las demás, pero obligados — ^por tener que negociar con la población subordinada la cesión de los medios coercitivos— a invertir fuerte­ mente en protección, arbitraje y, en ocasiones, incluso en produc­ ción y distribución. La historia tardía de Prusia ¡lustra el proceso

m ediante el cual se form aron los Estados nacionales. En el siglo XIV,

nuevos castillos ducales, el dere­ violaba sus prom esas o agraviaba

nicos, no había grandes príncipes que pudieran rivalizar

com o vimos, los Caballeros Teutónicos crearon allí un im perio cen­ tralizado. En el siglo XV, los Caballeros, postrados p o r la peste, la emigración de los campesinos y la derrota militar, com enzaron a desintegrarse, y los magnates regionales a los que anteriorm ente ha-

Ciudades y Estados en la historia universal

49

bíaii dom inado se convirtieron en los poderes políticos de Prusia por derecho propio. Estos emplearon su poder para im poner restriccio­

nes cada vez más duras a los campesinos que quedaron en sus do­ minios; con una mano de obra forzada, estos señores, cada vez más podersoso, se dedicaron a la agricultura señorial y a la exportación de granos a Europa occidental. Simultáneamente, los soberanos de Brandenburgo y Pomerania, previam ente debilitados p o r las alianzas de sus duques con burgueses

prósperos,

al declinar la posición de éstas en el com ercio internacional y redu­

em pezaron a ganar sus incesantes luchas con las ciudades,

cirse la capacidad de la Liga Hanseática para interceder a su favor. Los soberanos hubieron entonces de negociar con una asamblea de

estados dom inados por nobles,

que adquirieron

el fundam ental po ­

der de conceder — o denegar— las reales rentas para usos bélicos y

de engrandecimiento dinástico. D urante los siguientes siglos, los m ar-

graves H ohenzollern de nencia en lo que pasaría

a ser B randem burgo-Prusia, absorbiendo en

este proceso gran parte de Pom erania; así, convinieron m atrim onios

y alianzas diplomáticas que acabarían por expandir sus dom inios

sobre zonas adyacentas y sobre las regiones ricas en capital del bajo

Rhin; y negociaron acuerdos con la nobleza que dieron privilegios

y poderes a los señores dentro de sus propias regiones, pero que

procuraron a los m onarcas el acceso a unas rentas regulares. D e las batallas, las negociaciones, los tratados y las herencias

surgió un Estado nacional en que los grandes terratenientes de P ru­ sia, B randenburgo y Pom erania conservaron gran poder dentro de

unos

o ro n a nunca les había arrebatado. En el

siglo XVIII, m onarcas com o Federico el G rande ajustaron las últimas

piezas de la estructura m ediante la incorporación al ejército de cam­

Brandenburgo

lucharon para lograr preem i­

dom inios

que

la

C

pesinos

y señores p o r igual, los unos bajo el m ando de los

otros. El

ejército

prusiano em uló al cam po: los nobles servían com o

oficiales,

los campesinos libres com o sargentos, y los siervos com o

soldados

rasos. Cam pesinos y siervos pagaron el precio: m uchos campesinos cayeron bajo el peso de la servidum bre, y «En la guerra y la paz las obligaciones militares de la Vieja Prusia debilitaron la posición so­ cial, los derechos legales y las tenencias en propiedad de los siervos frente al E stam ento nobiliario» (Busch, 1962:68). En este sentido, Prusia siguió una vía diferente a G ran Bretaña (donde los campesi­ nos se convirtieron en trabajadores asalariados) y a Francia (donde los campesinos perivieron con una considerable cantidad de propie­

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

dad hasta el siglo XIX). Pero Prusia, G ran Bretaña y Francia tem bla­

los m onarcas y las grandes clases pugnaron p o r

los medios para la guerra, y presenciaron la consecuente creación de una estructura ¡perdurable de Estado.

G ran Bretaña y Francia

configuraron también sus m utuos destinos. Si atendemos a los hechos, los Estados nacionales aparecen siem pre rivalizando entre sí, y lo­ gran su identidad p o r contraste con Estados contrincantes; pertene­ cen a sistemas de Estados. Las diferencias más generales entre los principales tipos de estructura estatal aparecen esquematizadas en la figura 1.7. Encontram os ejemplos bien desarrollados de los cuatro

tipos de Estado en diversas partes de Europa bastante después del año 900 d. de C . H asta el siglo XVII florecieron los im perios plenos,

y las últim as grandes zonas de soberanía fragm entada lidaron en Estados nacionales hasta fines del siglo XIX.

ron todas cuando

C om o aliados y rivales militares, Prusia,

no se conso­

 

Alta

+ ------------------------------------------------------- +

 

Imperios

Super-

 

+

Esudos

+

J

+

'

+

^

^

Sistemas de

§

^

Estados nacionales

 

+

g

·+

+

+ Ausencia de

Soberanía

^

+ Estado

fragmentada

^

 

Baja

+ ------------------------------------------------------- +

FIGURA 1.7.

Acumulación

Condiciones alternativas para el crecimiento del Estado en función de la acumulación y concentración de la coerción

Los soberanos de los tres tipos se enfrentaban a algunos proble­ mas com unes, pero lo hacían de m odo diferente. Necesariamente, distribuían los m edios de coerción de form a desigual en los territo­ rios que pretendían dom inar. Lo más frecuente era que concentraran la fuerza en el centro y en las fronteras, procurando m antener su autoridad en el espacio interm edio sirviéndose de conjuntos coerci­ tivos secundarios: detentadores locales de coerción que les eran lea­ les, patrullas am bulantes, y una am plia recopilación de inform ación.

Ciudades y Estados en la historia universal

51

El Im perio otom ano, p o r ejem plo, creó dos sistemas que se super­ ponían, consistente el uno en los kazas y otras unidades de adm i­

nistración civil, gobernadas p o r

caks y otras jurisdicciones de la caballería feudal, gobernadas p o r un comandante m ilitar; en épocas de conquista, el sistema m ilitar tendía

kadis, y com puesto el o tro p o r san-

a absorber al civil, con un coste de pérdidas en rentas (Pitcher,

1972:124),

A hora bien, cuanto m ayor el E stado y más am plia la discrepancia

entre la distribución de la coerción y del capital, tanto más fuertes eran los incentivos para resistirse a un control central, y para la form ación de alianzas entre diversos enemigos del Estado, tanto den­

tro com o fuera de su territorio. E n el sancak de Belgrado, que for­

m aba parte de la Serbia otom ana en el siglo XIX, los notables al servicio del im perio {cavan)

concluyeron lógicamente que podían enriquecerse más fácilmente creando su propio sistema redistributivo que actuando simplemente com o adminis­ tradores de la redistribución. Se adjudicaron una parte de la producción del campesinado, cobraron peajes ilegales sobre el paso de los ganados, y se quedaron con una porción de las tasas recogidas en los puestos de aduanas de los entrepôts del Sava y el D anubio, especialmente en Belgrado, a través de la cual pasaban las exportaciones de algodón de Seres y Salónica con destino a Viena y Alemania. D e m odo particular, afirmaron su derecho al devetOy un tributo manifiestamente ileg^ de una novena parte de la cosecha

de los campesinos después que el timaríot hubiera recaudado el deseto o diezm o (a cambio del servicio de caballería al Estado). Mediante esta acción

y otros actos de violencia contra personas o propiedades, las cargas en gé­ nero cobradas a muchos campesinos serbios se duplicaron repentinamente

y en ocasiones hasta se triplicaron.

E sta especie de

(Stoianovitch, 1989:262-3)

devolución de poderes se produjo m uy frecuen­

tem ente en el declinante Im perio otom ano durante el siglo XIX. Pero

en versiones diversas, los agentes del gobierno indirecto de toda

E uropa se sintieron tentados a em ular a sus prim os serbios. D ados

los costes de las com unicaciones y los beneficios que podían lograr los agentes regionales de la C orona, ya fuera desoyendo las dem an­ das del centro, ya empleando recursos nacionales delegados para fines locales o individuales, todos los soberanos se enfrentaron a

repetidos desafíos a su hegemonía. Los gobernantes de im perios procuraron por lo general cooptar

52

Coerción, capital y ios Estados europeos, 990-1990

a poderosos locales y regionales sin transform ar a fondo sus bases

de poder, así com o crear un cuerpo definido de servidores reales — a

armas actuales o anteriores— cuya suerte la C orona. Los sultanes m am elucos, por

citar un caso extrem o, m antuvieron toda una casta de extranjeros

esclavizados que se convirtieron en guerreros y adm inistradores; sal­

estos funcionarios,

no obstante, los mamelucos dejaron en su lugar a los magnates lo­

cales dentro de sus dom inios. C on un sistema de esta índole, fueron esclavos los que realm ente gobernaron Egipto y zonas adyacentes de

O riente M edio desde 1260 a 1517 (Garcin, 1988). Los soberanos de

Estados nacionales se esforzaron más, en general, para crear una

jerarquía adm inistrativa com pleta y

mas de poder. Los Electores y los reyes de B randenburgo-Prusia, por ejemplo, cedieron grandes poderes a los terratenientes Junkers,

pero los vincularon estrecham ente a la C orona

m enudo com pañeros de

dependía del destino de

vo p o r los feudos que directam ente mantenían a

para elim inar las bases autóno­

p o r m edio de pues­

tos, exenciones fiscales y servicio militar. Los que gobernaban, o decían gobernar, en las ciudades-estado, las federaciones y otros Estados de soberanía fragm entada conse­

guían muchas veces ejercer un fuerte control sobre una sola ciudad

y su inm ediato hinterland. Pero por encima de dicha escala, no te­

nían otra alternativa que negociar con las autoridades de los centros rivales. El control local solía depender no sólo de las fuerzas coer­ citivas de la ciudad, sino tam bién de la extensa propiedad de la tierra de que gozaba la clase dirigente urbana. U na vez que Florencia hubo

iniciado su agresiva expansión más allá de los límites m unicipales durante el siglo XIV, sus tiranos sustituyeron a los gobernantes de

las ciudades conquistadas

lo posible, pero eligieron los sustitutos entre el patriciado local.

Todas estas medidas dejaban poderes y jurisdicciones considera­ bles en manos de los potentados locales, siem pre que contuvieran a los enemigos del m onarca y m antuvieran el flujo de rentas hacia la capital nacional. A escala nacional, en realidad, ningún Estado eu­ ropeo (salvo, en todo caso, Suecia) realizó un intento serio de ins­ tituir un gobierno directo desde la cúspide a la base hasta la Revo­ lución francesa. Anteriorm ente, todos, m enos los Estados más pe­ queños, recurrieron a alguna forma de gobierno indirecto, creándose

p o r sus propios hom bres en la m edida de

con ello graves peligros de deslealtad, engaño, corrupción y rebelión.

Pero el gobierno indirecto

un pesado aparato administrativo.

perm itía regir sin erigir, financiar y n u trir

Ciudades y Estados en la historia universal

53

La transición a gobierno directo dio a los soberanos acceso a los ciudadanos y a los recursos que éstos controlaban a través de la

los

sistemas policiales y m uchas otras invasiones en la vida social a pe­ queña escala. Pero ello se hizo al precio de una am plia resistencia, una intensa negociación y la creación de derechos y prerrogativas para los ciudadanos. T anto aquella penetración com o la negociación crearon nuevas estructuras de Estado, inflacionando los presupues­ tos del gobierno, el personal y los diagramas organizativos. A sí tom ó form a el E stado om nívoro de nuestra época.

tributación dom éstica, la conscripción generalizada, los censos,

Sería m uy fácil tratar la form ación de los Estados com o una

especie de

trabajo de ingeniería, siendo los reyes y sus m inistros los

ingenieros

jefes. C u atro hechos com prom eten la imagen de una pla­

nificación certera:

1. Los príncipes europeos raram ente tenían pensado un m odelo

exacto de la índole de Estado que estaban construyendo, y aún más

raram ente actuaban de m odo eficiente para producir dicho Estado

m odelo.

al dom inio árabe entre 1060 y 1075, p o r ejemplo, im provisó un gobierno m ediante la incorporación de algunos segm entos de la vi­ gente adm inistración musulmana, absorbió soldados m usulmanes en su propio ejército y m antuvo las iglesias m usulmana, judía y o rto ­ doxa griega, pero se adueñó de grandes extensiones de tierra para dom inio propio y parceló otras tierras para sus partidarios. Calabria, que pertenecía a Sicilia, siguió siendo m uy griega en cultura y estilo

norm ando R oger de H auteville arrebató Sicilia

C u ando

el

político, agregando el conjunto de cargos y rituales bizantinos al gobierno norm ando. Pero tam bién las instituciones árabes tuvieron su lugar: el principal m inistro de R oger de H auteville ostentaba el magnífico título de Em ir de Emires y Arconte de Arcontes. El Es­ tado resultante fue sin duda singular y nuevo, pero no em anó de un

un

plan coherente. R oger de HauteviUe y sus seguidores crearon

m o sa ic o d e a d a p ta c io n e s e im p ro v isa c io n e s (M ack S m ith,

1968a:15-25).

2. N adie ideó los com ponentes principales del Estado nacional:

tesorerías, cortes, administraciones centrales y demás. Por lo general se form aron com o productos secundarios más o m enos involuntarios de los esfuerzos p o r realizar tareas más inmediatas, en especial la creación y soporte de una fuerza armanda. C uando la C orona fran­ cesa, am pliando intensam ente su participación en las guerras europeas

54

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

de la década de 1930, forzó su crédito hasta el p u nto de la quiebra, las autoridades y funcionarios locales, en los cuales confiaban los

m inistros reales p or lo com ún para la recaudación de rentas, dejaron

de colaborar. En aquella coyuntura, el principal m inistro, Richelieu, desesperado, em pezó a enviar a sus propios agentes para coaccionar

o actuar al margen de las autoridades locales (Collins, 1988). A que­

llos emisarios eran los intendentes reales, que se convirtieron en pilares de la autoridad del Estado en las regiones francesas bajo C o l­ bert y Luis XIV. Sólo con una retrospección defectuosa podem os imaginar que estos intendentes fueran instrum entos del A bsolutism o deliberadamente ideados.

3. O tro s Estados — y al fin la totalidad del sistema de Esta­

dos— influyeron fuertem ente en la vía de cam bio seguida p o r cual­

quier Estado dado. D e 1066 a 1815, las grandes guerras con los

m onarcas franceses form aron al E stado inglés, la intervención fran­ cesa complicó los intentos ingleses de som eter a Escocia e Irlanda,

y la rivalidad francesa fom entó la adopción p o r parte de Inglaterra

de ciertas innovaciones fiscales holandesas. A partir del siglo XVI, los pactos acordados tras las grandes guerras realinearon p o r lo general las fronteras y los soberanos de los Estados europeos, incluso hasta

la Segunda G uerra M undial;

ción de Estonia, Letonia y Lituania a la U nión Soviética y el des-

m antelam iento de la m ayor parte de los im perios ultram arinos eu­ ropeos fueron consecuencia más o m enos directa de los acuerdos de

la Segunda G uerra M undial. E n ninguno de estos casos es razonable

pensar que pudiera haber un Estado auto-dirigido que actuara en

solitario.

la división de Alemania, la incorpora­

4. Los forcejeos y la negociación con las diversas clases de la

población subordinada afectaron de m odo significativo a los Estados surgidos en Europa. Las rebeliones populares, por ejemplo, fracasa­

las más im portantes dejaron su im pronta en

políticas represivas, realineam ientos de clase

a favor o en contra del Estado y acuerdos que especificaban los

derechos de las partes implicadas. D urante la feroz revuelta de los trabajadores florentinos (los Ciom pi) en 1378, dos de los tres nuevos gremios de trabajadores de la lana form ados durante la rebelión se pasaron al lado del gobierno, destruyendo con ello el frente que se había hecho con el p oder efectivo en la ciudad; en el pacto conve­ nido, el gremio aún insurrecto (y más proletario) perdió su derecho a existir, pero los dos colaboracionistas se unieron a los gremios que

el Estado en form a de

ron casi siempre, pero

Ciudades y Estados en la historia universal

55

actuaban y

(Schevill, 1963:279, y C ohn,

deliberaban

com o

parte

del

gobierno

1980:129-54).

oficial

municipal

En una escala m enor, tanto Ja resistencia com o la cooperación de caballeros, financieros, funcionarios municipales, terratenientes, campesinos, artesanos y otros actores crearon y recrearon la estruc­ tura del E stado a la larga. A sí pues, la estructura de clase de la población que quedaba bajo la jurisdicción de un determ inado Es­ tado influía considerablem ente en la organización de dicho Estado,

y las variaciones en la estructura de clase entre unas y otras partes

de Europa produjeron diferencias geográficas sistemáticas en el ca­

rácter

de los Estados. N o sólo las clases dirigentes, sino todas las

clases cuyos recursos y actividad incidían en la preparación de la guerra, dejaron su im pronta en los Estados europeos.

D os hechos, p o r ejemplo, influyeron fuertem ente en la trayec­

toria seguida p o r la form ación del Estado sueco: el prim ero, la abru­

m adora presencia de un campesinado que conservó abundantes tie­

rras hasta m uy entrada el siglo XVIII; el segundo, la relativa incapa­

cidad de los señores para form ar grandes heredades y para coercer a

la mano de obra cam pesina de sus tierras. Aquella anóm ala estruc­

tura de clases rural evitó la estrategia real de otorgar a los nobles privilegios fiscales y jurídicos y de prestarles ayuda para som eter a los campesinos a su voluntad a cam bio de su colaboración en la tarea de extraer rentas y servicios militares del campesinado; pese a que dicha estrategia predom inaba en zonas próximas com o Prusia y R u­ sia. Tam bién contribuye a explicar la pervivencia de un estam ento campesino aparte que tenía realm ente cierto poder sobre la acción gubernam ental, y el hecho de que, durante su período de expansión imperial, Suecia abandonara rápidam ente la contratación de m erce­ narios en el m ercado europeo a favor de la creación de milicias, cuyos m iem bros recibían tierras, o rentas de la tierra, a cam bio de sus servicios. En Suecia com o en los demás lugares, la estructura de clase vigente restringió los intentos de los soberanos de crear una fuerza arm ada, y p o r ello dejó su im pacto en Ja organización m ism a

del Estado, En la figura 1.8 se ofrece una exposición más general y esque­

mática de la relación esencial. El diagram a adopta esta form a po r los

m otivos anteriorm ente exam inados: la guerra y la preparación para

la guerra obligaba a los gobernantes a dedicarse a la extracción de los medios bélicos entre aquellos que poseían los recursos esenciales

56

Coercióa, capital y los Estados europeos» 990-1990

Concentración

de coerción

1 Estado

ciudades

Concentración

de capital

Acumulación

Acumulación

de coerción

de capital

l'KiURA

1.8.

Forma del Estado

Relaciones entre coerciony capitaly Estados y

ciudades

— hom bres, armas, avituallam iem os o dinero para adquirirlos— y se resistían a entregarlos sin fuertes presiones o compensaciones. La organización de las grandes clases sociales dentro del territorio de un Estado, y sus relaciones con dicho Estado, influyeron de m odo significativo en las estrategias utilizadas p o r los gobernantes para extraer recursos, la resistencia que habían de vencer, la lucha resul­

tante, las clases de organizaciones perdurables que la extracción y la

lucha creaban

límites im puestos p o r las exigencias y com pensaciones

de otros Estados, la extracción y la lucha en torno a los m edios para

la guerra crearon la estructura organizativa central de los Estados. La configuración de grandes clases sociales, y sus relaciones con el Estado, variaban considerablem ente entre las regiones de E uropa in­ tensivas en coerción (áreas de pocas ciudades y predom inio agrícola, donde la coerción directa desem peñaba una función prim ordial en

la producción) y las regiones intensivas en capital (áreas de m últiples

ciudades y predom inio comercial, donde prevalecían

el intercam bio y la producción orientada al m ercado).

planteadas al Estado p o r las grandes clases, y la influencia de dichas

clases en el Estado, variaban de m odo concom itante. El éxito rela­ tivo de diversas estrategias de extracción, y la estrategia seguida en efecto por los gobernantes, variaban, p o r consiguiente, am pliam ente entre las regiones intensivas en coerción y las intensivas en capital. En consecuencia, las form as organizativas de los Estados siguieron trayectorias claramente diferentes en estas diversas partes de E uropa.

que los m onarcas

Semejantes circunstancias contradicen toda idea de

los m ercados, Las dem andas

y, p o r tanto, la eficacia en la extracción de recursos.

D entro de los

europeos se lim itaran a adoptar un m odelo visible de form ación del Estado e hicieran lo posible por seguirlo.

Ciudades y Estados en la historia universal

57

Tendencias e interacciones a largo plazo

H ay que despejar tam bién otra ilusión. Hasta ahora he presen­

tado esta exposición com o si capital y coerción avanzaran siempre

hacia m ayor acum ulación y

que nos ocupan, esas fueron las principales tendencias. Sin em bargo, dentro de la experiencia europea, son m uchos los Estados que han

concentración. D urante los 1.000 años

sufrido deflaciones en ambos aspectos: Polonia sobrellevó muchos

retrocesos en capital y coerción, se desplom aron los sucesivos im ­ perios de las casas de B orgoña y H absburgo, y las guerras de reli­

gión

del siglo XVI redujeron gravem ente los fondos europeos de ca­

pital

y medios coercitivos. La historia de la form ación del Estado

europeo avanza p o r lo general en sentido ascendente hacia m ayor acumulación y concentración, pero cruza picos escarpados y valles profundos.

Probablem ente sea la

acum ulación la que más

influyera a largo

plazo en la historia de la econom ía europea. Pero la concentración, desconcentración y reconcentración de la coerción delim itan im por­

tantes capítulos en la historia de la form ación del Estado; la concen­ tración llegó a depender en grado considerable de la disponibilidad

de capital concentrado. Los

así ocuparán las posteriores secciones de este libro y nos introduci­ rán en complejas cuestiones de política fiscal. Con todo, el vínculo central es sim ple: a la larga, y más que ninguna otra actividad, fue­ ron la guerra y la preparación para la guerra lo que produjeron los principales com ponentes de los Estados europeos. Los Estados que perdían la guerra casi siem pre se reducían y muchas veces dejaban de existir. Al m argen de sus dimensiones, los Estados con mayores medios coercitivos tendían a ganar las guerras; la eficiencia (la razón entre oHtput e input) venía después de la eficacia (output total). En virtud del juego entre la com petencia, el cambio tecnológico y la escala m ism a de los grandes Estados beligerantes, la guerra y la creación de medios coercitivos se hicieron inmensamente más cos­ tosos con el paso del tiem po. Al ocurrir esto, fueron cada vez menos los gobernantes capaces de crear medios militares con sus recursos habituales; así, fueron progresivam ente recurriendo a los em préstitos a corto plazo, y a la tributación a largo plazo. Am bas actividades

funcionaban m ejor donde existían ya concentraciones de capital. Pero en todas partes produjeron cam bios en la organización gubernam en­ tal.

m otivos exactos de

cómo y por qué fue

58

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

¿Q ué relación recíproca entre los cam bios en la actividad bélica

y

mos dividir los años, a partir del 990 d. de C., en cuatro segmentos, con límites tem porales variables según las distintas partes de E uropa:

la organización del Estado?

C om o prim era

aproxim ación, pode­

1. Patrim onialism o: período (hasta el siglo XV en gran parte de

Europa) en que las tribus, las levas feudales, las milicias urbanas y similares fuerzas ordinarias desem peñaron parte principal en la gue- rra y, p o r lo general, los monarcas recaudaron el capital que nece­ sitaban, en form a de tributos o rentas, en las tierras y las poblaciones que quedaban bajo su dom inio inmediato.

2. M ediación: época (aproxim adam ente de 1400 a 1700 en im ­

portantes partes de Europa) en que las fuerzas m ercenarias recluta-

das p o r interm ediarios predom inaban en la actividad m ilitar, y los

de capitalistas form alm ente la adm inistración de em pre­

sas productoras de rentas y para la instauración y recaudación de impuestos.

1700 en

im portantes partes de Europa) en que los Estados crearon ejércitos

y armadas ingentes constituidos de m odo creciente con sus propias

poblaciones nacionales, m ientras los soberanos incorporaban las fuer­

zas armadas directam ente a la estructura adm inistrativa del

y de m odo similar asumían el funcionam iento directo del aparato

fiscal, recortando drásticam ente la participación de los rios independientes.

soberanos dependían en buena m edida independientes para sus préstam os, para

3. N acionalización: período

(especialmente de

1400 a

Estado,

interm edia­

4. Especialización (aproxim ación desde m ediados del siglo XIX

hasta el pasado más reciente): en que la fuerza m ilitar creció hasta convertirse en una poderosa rama especializada del gobierno nacio­ nal, aum entó la separación organizativa entre actividad fiscal y m i­ litar, se agudizó la división de labores entre ejército y policía, las instituciones representativas llegaron a tener una im portante influen­ cia sobre los gastos militares y los Estados se adjudicaron una va­ riedad m uy am pliada de actividades distributivas, reguladoras, com ­

pensatorias y de arbitraje.

Es

claro

que

las relaciones

entre

capital y

coerción

cam biaron

considerablem ente de un período al siguiente.

La

alteró

transform ación

del

los

beneficios

que

Estado

a ofrecía la guerra.

causa

de

En

la

guerra,

todo

a

su

vez,

de

el período

Ciudades y Estados en la historia universal

59

patrim onialism o, los conquistar^ ^res buscaban tributos m ucho más que un control estable de la p o i lación y los recursos de los territo­ rios que dom inaban; im perios enteros se form aron sobre el principio de extraer rentas y retribuciones de los soberanos de m últiples re­ giones, sin penetrar de m odo significativo en su sistema de gobierno. En el paso a la mediació y después a la nacionalización, un territorio bien adm inistrado se convertía en una posesión digna de luchar por ella, dado que sólo semejantes territorios proporcionaban las rentas que podían sostener una fuerza armada. Pero en la época de espe­ cialización, los Estados acum ularon aspirantes a sus servicios tan rápidam ente que la guerra se convirtió, aún más que antes, en el medio para satisfacer los intereses económ icos de la coalición diri­

gente, m ediante la obtención de los

recursos de otros Estados. Desde

la Segunda G uerra M undial, con la extensión del sistem a de Estados europeo a todo el m undo y el concom itante endurecim iento de las fronteras nacionales, ello ha venido a significar en m edida creciente el ejercer influencia sobre otros Estados sin incorporar de hecho su territorio al del Estado más fuerte. Esas eran las tendencias generales. Pero surgieron más de una com binación de capital y coerción en cada etapa de crecim iento de

los Estados europeos. Podem os distinguir una vía intensiva en

coer-

ción> otra intensiva en capital y otra de coerción capitalizada, hacia la form ación del Estado. Estas no representan «extrategias» alterna­ tivas, sino más bien condiciones de vida diferentes. Los soberanos

que perseguían

paración de la guerra— en entornos diferentes, respondían a éstos form ando relaciones características con las grandes clases sociales que los habitaban. El reajuste de las relaciones entre gobernantes y gobernados produjo formas nuevas y diversas de gobierno, más o menos bien adaptadas a su entorno social.

objetivos similares — especialmente una buena pre­

En la m odalidad intensiva en coerción, los soberanos exigían los

m edios para la guerra a sus propias poblaciones y a las que conquis­ taban, construyendo ingentes estructuras de extracción. B randenbur­ go y Rusia — especialmente durante sus fases de im perios percepto­ res de im puestos— ilustran esta m odalidad intensiva en coerción. En su form a extrem a, no obstante, era tanto el p oder que ejercían los

que ninguno de ellos lograba establecer un

terratenientes arm ados,

control duradero sobre los demás; durante varios siglos, la nobleza polaca y húngara elegían en efecto a sus propios reyes, y los derro­ caban cuando pugnaban en exceso por adquirir el poder suprem o.

ou

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

En la m odalidad intensiva en capital, los gobernantes recurrían

a pactos con los capitalistas — a cuyos intereses atendían con cuida­

p o r ello guerreaban Estado. Las ciudades-

estado, los im perios-estado, las federaciones urbanas y otras formas de soberanía fragm entada pertenecen p o r lo com ún a esta vía de cambio. Genova, D ubrovnik, la República holandesa y, durante cier­

to tiem po, C ataluña, ejemplifican la m odalidad intensiva en capital.

C om o ilustra la historia de la República holandesa, en su form a

extrema, esta m odalidad produjo federaciones de ciudades-estado en gran m edida autónom as, y constantes negociaciones entre ellas en torno a la política de Estado. En la m odalidad interm edia de coerción capitalizada, los gober­

nantes

ción m ayor de sus esfuerzos que sus vecinos intensivos en capital en

do— para contratar o adquirir fuerza militar, sin levantar vastas estructuras perm anentes de

y

participaban de las dos anteriores, pero em pleaban una p o r­

la

incorporación

de capitalistas

y fuentes de capital directam ente a

la

estructura del

Estado. E ntre

los tenedores de capital y coerción

se

producía una interacción en térm inos de

Inglaterra adoptaron al fin la m odalidad

relativa igualdad. Francia

e

de coerción capitalizada,

la

cual produjo plenos Estados nacionales antes que las modalidades

intensivas en coerción e intensivas en capital.

com petencia internacional (en

especial p o r la guerra y la preparación para ella), las tres vías term i­ naron por converger en concentraciones de capital y coerción que no guardaban proporción alguna con las existentes en el 990 d. de C.

A partir del siglo XVII, la form a de coerción capitalizada dem ostró

ser más eficaz en la guerra, y p o r ello constituyó un m odelo obli­ gado para aquellos Estados surgidos de otras combinaciones de ca­ pital y coerción. D esde el siglo XIX hasta el pasado reciente, además, todos los Estados europeos se dedicaron m ucho más intensam ente que antes a construir infraestructuras sociales, a ofrecer servicios, a regular la actividad económ ica, a controlar los m ovim ientos de po ­ blación y a garantizar el bienestar de los ciudadanos; todas estas actividades se originaron com o productos secundarios de los esfuer­ zos de los gobernantes para obtener rentas y acatamiento de la po ­ blación subordinada, pero adquirieron vida y lógica propios. Los Estados socialistas contem poráneos difieren de los Estados capitalis­ tas, p o r térm ino m edio, en que ejercen un control más directo y más deliberado en la producción y la distribución. A hora bien, com pa­ rados con la variedad de Estados que han existido en Europa en los

Im pulsadas p o r las presiones de la

Ciudades

y Estados en la historia universal

61

Últimos 1.000 años, pertenecen de m odo

que sus vecinos capitalistas. Tam bién ellos son Estados nacionales. A ntes de su reciente convergencia, las vías intensiva en coerción, intensiva en capital y de coerción capitalizada produjeron tipos m uy distintos de Estados. Incluso después de la convergencia, los Estados conservaron ciertos rasgos — el carácter de sus instituciones repre- sentativas, por ejemplo— que reflejaban claramente sus anteriores

experiencias históricas. Las tres clases de Estado eran perfectam ente

viables bajo ciertas condiciones

versos períodos anteriores al actual. E n realidad, a la abdicación de

Carlos V en 1555, la m ayor parte de E uropa quedaba bajo la hege­ m onía imperial, y no bajo control de Estados nacionales en ningún sentido reconocible del térm ino. En aquel m om ento, el Im perio otom ano de Solimán el M agnífico ocupaba (además de dom inar A natolia y gran parte de O riente M e­ dio) la m ayoría de los Balcanes, y tenía Estados vasallos desde el Volga al A driático. C arlos V, com o E m perador del Sacro Im perio R om ano, E m perador de España y M ayor de los H absburgo, tenía entonces dom inio sobre España, los Países Bajos, M ilán, N ápoles,

que prevalecieron en E u ro p a en di~

reconocible al m ism o tipo

Sicilia, C erdeña, A ustria, B ohem ia, B orgoña, el Franco C o n d ad o , y (de m odo más cuestionable) una m ultiplicidad de Estados en el te­

rritorio que hoy llam am os A lem ania. Más hacia el este,

Lituania, M oscovia y en estilo imperial. En

derables del Sacro Im perio seguían siendo zonas de soberanía fuer­ tem ente fragm entada, m ientras que sólo Francia e Inglaterra se ase­ mejaban a nuestros modelos convencionales de Estado nacional. Por entonces, las ciudades-estado y otras organizaciones a pequeña es­

cala perdían terreno frente a otras form as de Estado, Pese a ello, la

República holandesa p ro n to haría patente

ciudadanos y entre territorios adyacentes tenían aún vigencia como

potencias mundiales.

da había, pues, que pudiese asegurar la victoria final del Estado nacional. La lección es clara. El em plear la potencia de estilo siglo X X com o principal criterio de form ación eficaz del Estado (com o hacen

m uchos analistas) significa sucum bir a la tentación de la teleología,

m alinterpretar las

ción en el pasado de E uropa. P odem os evitar semejantes escollos si observam os las opciones de los constructores de Estados, y las con­

Polonia,

los cosacos

se 1555, el n o rte de Italia,

del

D o n

organizaron tam bién Suiza y partes consi­

que las federaciones entre

Los im perios, por otra parte, avanzaban. N a­

relaciones entre ciudades, Estados, capital y coer­

62

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

secuencias de dichas opciones, desde una fecha tem prana — fijada aquí arbitrariam ente en el 990 d. de C.— hasta el presente.

La estrategia de movernos hacia adelante nos perm itirá formular algunas respuestas tentativas a la pregunta esencial de este libro:

¿qué explica la gran variación que se produce en el tiem po y el es- pacio en los tipos de Estado que han prevalecido en Europa desde el

990 d, de C., y p or qué convergieron a l fin los Estados europeos en

diversas variantes del Estado nacional^ A unque la pregunta es im­ presionantem ente amplia, puede traducirse en problem as más limi­ tados y más abordables, com o los siguientes:

1. éO .^^ explica la pauta prácticam ente concéntrica de la fo rm a ­

ción del Estado en la generalidad de Europa^ configurándose pronto

pero escasamente controlados, como el Im perio

otom ano y Moscovia^ en la periferia; agrupándose unos Estados m e­

nores pero más estrechamente controlados, como Francia y Branden- burgo, en una zona aproxim adam ente interm edia; y surgiendo una fra n ja central de ciudades-estado^ principados^ federaciones y otras

variedades de soberanía intensam ente fragm entada que no llegaron

unos Estados grandes

a consolidarse en Estados mayores hasta después de 1790f

2. ¿Por qué, pese a sus claros intereses en sentido contrario, acep­

a m enudo la creación de instituciones que re­

presentaban a las clases más im portantes de las poblaciones que q u e­

taron los gobernantes

daban sujetas a la jurisdicción del Estado?

3. ¿Por qué variaban tanto los Estados europeos con respecto a

la incorporación de las oligarquías e instituciones urbanas a la estruc­

tura d el Estado nacional, siendo el Estado de la República holandesa

prácticam ente indiferenciable de la agrupación de sus gobiernos m u ­

nicipales,

habiendo una docena de variantes entre ambos extremos?

4. ¿Por qué pasó el poder político y com ercial desde las ciuda-

des-estado y las ciudades-imperio del M editerráneo a los sustanciales

Estados y ciudades relativam ente subordinadas del

el Estado polaco

casi ajeno

a

toda

institución

urbana, y

Atlántico f

la ciudad-im perio,

federaciones y las organizaciones religiosas su im portancia como tipos

3,

¿Por qué perdieron la ciudad-estado,

de Estado predom inantes

en Europa?

6. ¿Por

tributos para

qué

dejó

la guerra

en

de

ser una

entre

convertirse

contienda

conquista

los que

en

busca

de

dichos

exigían

las

Ciudades y Estados en la historia universal

63

tributos y

estaban

armados, y

después

en

batallas sostenidas

entre

m asivos

ejércitos y

armadas?

Estas preguntas siguen siendo amplias, pero no tanto com o la exigencia de una explicación general para las trayectorias alternativas seguidas p or los Estados europeos. El reto es, pues, acom eter este gigantesco problem a y sus más manejables subordinados mediante

un esm erado exam en de las diversas vías seguidas en efecto

Estados en diferentes partes de Europa a partir del 990 d. de C. Ello

implica descubrir los

Estados, y clasificarlos en cuanto a sus variantes intensiva en coer­ ción, intensiva en capital y de coerción capitalizada.

p o r los

principales procesos de transform ación de los

encam inarse p o r un sendero

estrecho que evite la aleatoriedad y la teleología. A un lado, el m u-

rallón m udo de la aleatoriedad, en que toda historia parece sui ge-

neris, todos sus reyes, todas sus batallas. Al otro, la hendedura de

la teleología, en que el resultado de la form ación del E stado parece

explicar la totalidad de su trayectoria. Procuraré evitar el m urallón

y la sima señalando que las sendas de form ación del Estado fueron

múltiples, pero no infinitas, que en toda coyuntura histórica dada

eran posibles varios futuros claram ente diferentes, que los Estados, los gobernantes y los ciudadanos tuvieron una profunda influencia

U n libro sobre

estas cuestiones debe

m

utua, que hubo problem as y procesos sistemáticos que vincularon

la

historia de todos los Estados europeos, y p o r

ende las relaciones

entre ellos. Si lograron su objetivo, los capítulos siguientes narrarán una historia de diversidad en la unidad, de unidad en la diversidad, de opciones y de consecuencias.

Perspectivas

Q uiero confesar de inmediato que mi lectura del pasado europeo

no es convencional, está p o r dem ostrar y repleta de lagunas. En

térm inos generales, los estudiosos de los Estados europeos

han evi­

tado prudentem ente las síntesis a escala de 1.000 años. Los

que han

dado, en efecto, el salto han procurado casi siempre o bien explicar

han propuesto una sola

lo que es propio de O ccidente en general, o

vía tipo para la form ación del Estado, o ambos. P or lo com ún, han

procedido retrospectivam ente, buscando

que conocem os hoy día como Alemania y España, y pasando por

los orígenes de los Estados

54

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

alto los Estados que desaparecieron en el cam ino, en lugar de inten­ tar trazar la variedad total de la form ación del Estado. Al afirm ar la existencia de vías m últiples en función de la relativa facilidad con que capital y coerción se concentraron, al sostener que hubo una fuerte interdependencia entre la form a del Estado y su anterior acceso al capital, y al querer sustituir el análisis retrospec­ tivo de las transform aciones en la estructura del Estado p o r otro prospectivo, estoy abandonando las sólidas costum bres del estudio tradicional en pos de la aventura de repensar el pasado. Al examinar 1.000 años en poco más de doscientas páginas, además, no puedo aspirar a otra cosa que hallar algunas relaciones im portantes, e ilus­ trar su funcionamiento. U na versión plenam ente desarrollada de la argum entación de este libro concedería m ucho más peso a la dinám ica de la econom ía eu­ ropea de lo que se hace en las páginas que siguen. E n prim er lugar, voy a hablar m uy escasamente sobre las oscilaciones de precios, la productividad, el crecim iento com ercial y dem ográfico, desatendien­ do, entre otras cosas, a la probable im portancia del aum ento de los precios en los siglos XIII, XVI y XVIII — y las depresiones que m e­ diaron entre ellos— para la viabilidad de diferentes clases de Estados

y el poder relativo de com erciantes, cam pesinos, terratenientes, fun­ cionarios y otras clases sociales (Abel, 1966; Frank, 1987; Kriedte, 1983, y W allerstein, 1974-88). En segundo lugar, trataré la cam biante organización de la p ro ­ ducción, y la estructura de clases resultante, de m odo superficial.

N o se debe ello a que lo considere insignificante. P o r el contrario:

las relaciones entre terratenientes y cultivadores tuvieron un papel considerable en las consecuencias de la construcción del Estado, de

la protección y de la extracción, com o dem uestran de m anera ins­

tantánea los contrastes entre H ungría, Florencia e Inglaterra. El Es­ tado prusiano del siglo XVII, por ejemplo, m ostraba las huellas de la anterior historia de Prusia: durante los siglos XIII y XIV una orden cruzada, los Caballeros Teutónicos, extendieron su dom inio m ilitar

sobre aquella región escasamente poblada, som etieron a los eslavos que la habían ocupado anteriorm ente, indujeron a los caballeros ger­ mánicos a ir allí y organizar grandes posesiones, y fom entaron el cultivo mediante el reclutamiento de campesinos por parte de estos caballeros para desbrozar y labrar unas tierras que serían suyas a cambio de impuestos y prestaciones. Estas formas de organización en el nivel de la unidad familiar, la aldea o la región afectaron evi­

Ciudades y Estados en la historia universal

65

dentem ente a la viabilidad de los diversos tipos de tributación, de conscripción y de deslindes. Pero m i tarea es ya suficientem ente complicada. C on objeto de concentrarm e en los m ecanism os de la

formación del Estado, recurriré repetidam ente al estereotipo, o daré

por sentadas las riado agrícola y

Además, al intentar centrarm e sobre las relaciones decisivas, no

relaciones entre terratenientes, cam pesinos, proleta­ otros im portantes actores rurales.

haré ningún esfuerzo p o r revisar teorías alternativas de la

form ación

del Estado, pasadas o presentes. N i tam poco expondré la

genealogía

de las

tencia de las teorías de Karl M arx, Max W eber, Joseph Schum peter,

Stein R okkan, B arrington M oore, G abriel A rdant y otros que tienen

una incidencia m anifiesta

advertirán con seguridad su influencia en casi todas las páginas, y

los críticos malgastarán sin duda m uchas palabras intentando clasi­ ficar el libro en una u o tra escuela. T ratar sobre dichos análisis, las teorías que los inform an y el fenóm eno histórico de la form ación del Estado sim ultáneam ente, daría opacidad a mi análisis y duplicaría su volum en sin m ejorarlo dem asiado. P o r el contrario, este libro va a centrarse en los procesos m ism os de form ación de Jos Estados.

igualmente

en el tem a de este libro; los congnoscenti

ideas organizativas de este libro. D em os

p o r sentada la exis­

En beneficio de una presentación com pacta, recurriré

a la m etonim ia y la cosificación en página tras página. La m etonim ia, porque hablaré insistentem ente de «gobernantes», «reyes» y «sobe­

ranos» com o si representaran la totalidad del aparato decisorio del Estado, reduciendo con ello a un solo punto un conjunto contin­

com plejo de relaciones sociales. La m etonim ia, p orque las

ciudades sim bolizan en realidad redes regionales de producción y comercio en que los grandes poblam ientos son los puntos focales. La cosificación porque im putaré una vez y otra un interés, una ló­

gente y

gica, una capacidad y una acción unitarios

al

E stado, la clase diri­

gente o la población sujeta a su control. Sin un m odelo sim plificador en que se utilicen m etonim ia y cosificación, no tenem os ninguna

posibilidad de hallar las principales conexiones en este proceso com ­ plejo de form ación del Estado europeo. En la m ayoría de los casos el m odelo im plícito contendrá estos elementos: un gobernante en que se resum e la acción decisoria con­ junta de los funcionarios más poderosos del E stado; una cL·se diri­ gente aliada' al gobernante y que controla im portantes m edios de producción dentro de un territorio bajo jurisdicción del Estado; otros tipos de clientelas que gozan de especiales beneficios m erced a su

66

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

asociación al Estado; adversariosy enem igos y contrincantes del Es­ tado, de su gobernante, de su clase dirigente, y de sus clientelas, tanto dentro com o fuera del área de dicho E stado; el resto de la población bajo jurisdicción del Estado; un aparato coercitivo en que figuran

concentrados de aparato civil del

Estado, consistente sobre todo en organizaciones diferenciadas fis­

ejércitos, marinas y otros m edios organizados y fuerza que operan bajo control del E stado; y el

cales, adm inistrativas y judiciales que actúan bajo su potestad. La m ayoría de los argum entos que siguen conllevan la descrip­ ción y explicación de los diversos m odos en que se articularon en

la historia europea, desde el 990 d. de C . en adelante, gobernantes, clases dirigentes, clientelas, adversarios, población en general, orga­ nizaciones coercitivas y adm inistraciones civiles. En ocasiones, se quitará la envoltura a alguna de estas categorías cosificadas — sobre

todo cuando se especifica cuándo, p o r qué y con ron los capitalistas (sin duda tam bién ellos una

cosificada) en una u otra de estas categorías— . los argum entos se desarrollan com o si cada una

fuera real, unitaria y no problem ática. Ese es el precio que pagamos p o r operar a escala de un continente y 1.000 años. U na últim a disculpa. C on sem ejante escala, me veo obligado a tratar los hechos históricos com o una piedra rebotando sobre el

agua; girando

qué efectos entra­ clase de personas Pero p o r lo general de dichas categorías

rápidam ente de un

p unto saliente a otro sin perm a­

necer más de un instante en ninguno. N o conozco toda la historia

que haría falta para desarrollar plenam ente este libro, y sum inistrar toda la docum entación de la historia que a mi juicio conozco car­ garía el texto de m odo inconm ensurable. Sobre el aum ento de la actividad del Estado en tiem pos cercanos, por ejemplo, cualquier

autor responsable tendría que citar a Reinhard Bendix, pi, Theda Skocpol, G oran Therborn y m uchos más. Yo

nada parecido, lim itando p o r lo general las referencias a las citas

directas o a la inform ación esotérica o polémica. Está claro que los especialistas habrán de examinar de cerca mis interpretaciones de la historia europea, y ponderar si sus errores vician sus argum entos. D ado su carácter amplio, sintético y especulativo, los argumentos empleados en este libro no se prestan de form a inm ediata a verifi­ cación o refutación. Pero podem os considerarlos erróneos en la m e­ dida en que:

W alter K or- no he hecho

Ciudades y Estados en la historia universal

67

y coerción y que no obstante siguieron estrategias similares, con

efectos similares, cuando quisieron levantar la fuerza arm ada y el

poder del Estado.

2. Los m om entos sobresalientes en

el crecim iento y la transfor­

mación de determ inados Estados, y del sistema europeo de Estados en general, no coincidieron con la guerra o la preparación para la

guerra.

3. Los esfuerzos para acum ular medios para la fuerza arm ada

no produjeron características duraderas en la estructura del Estado.

4. Los gobernantes se propusieron deliberadam ente la construc­

ción de los Estados según planes preconcebidos, y lograron seguir dichos planes.

5. Algunas o

todas las regularidades empíricas que yo p ro p o n ­

go — en especial: a) la geografía de la form ación del Estado, b) la

incorporación diferencial de las oligarquías e instituciones urbanas a

la

representativas pese a los intereses contrarios de los gobernantes,

d) la traslación del po d er político y comercial del M editerráneo al

Atlántico, e) la decadencia de las ciudades-estado, las ciudades-im ­

perio, las federaciones y las organizaciones religiosas, y f) el giro de

la guerra hacia batallas

das— no resisten, en efecto, un escrutinio histórico.

6. H ay versiones alternativas que proporcionan una explicación

más sucinta y /o convincente de aquellas regularidades empíricas que resisten tal escrutinio.

estructura

nacional

del

E stado, c) el desarrollo de instituciones

sostenidas

entre

masivos

ejércitos

y

arm a­

Si cualquiera de estos puntos fuera com probado, mi argum enta­ ción se enfrenta a un serio cuestionam iento. Si todos ellos son cier­ tos, es claram ente errónea. Están en juego im portantes cuestiones teóricas. Sería de esperar

que un adepto a Joseph Strayer, p o r ejemplo, sostuviera que la ac­ tividad interior del m onarca para el m antenim iento de la paz com en­ zó m ucho antes, y tuvo una función m ucho más im portante en la

aceptación del tación im plica

corroborará la m ayor parte de la

lista de cargos contra el análisis de este libro. Cabría esperar que un

adepto a D ouglas N o rth afirm ara que la construcción del Estado y

la protección de los derechos de propiedad subyacen a m uchos de

los cam bios que

he atribuido a la preparación de la guerra. C abría

esperar que un adepto de Im m anuel W allerstein insistiera en que la

Estado p o r parte de las gentes de lo que mi interpre­

y, p o r consiguiente,

68

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

actividad del Estado beneficiaba a los intereses de los capitalistas en grado aún m ayor de lo que yo supongo, y que un adepto a Perry

A nderson m anifestara (al m enos en cuanto al período m edio de mi

análisis) que mi argum entación subestim a en gran m edida el peso de la nobleza europea en la creación del aparato del Estado «absolutis­ ta». Así pues, el grado en que mis argum entos son válidos o erró­ neos incide directam ente sobre desacuerdos m uy debatidos en torno

a la form ación del Estado. La anterior lista proporciona un m edio para clasificar las posibles

críticas al libro en legítimas, semilegítimas e ilegítimas. Sería plena­

m ente legítimo, y m uy ilum inador, determ inar que alguna de las

situaciones antes enum eradas, u otra similar implícita en la argum en­ tación del libro, es aplicable en efecto a algún bloque sustancial de experiencia europea. Sería semilegítimo dem ostrar que la argum en­ tación no explica ciertas características im portantes y duraderas de determ inados Estados. (El criterio sería sólo semilegítimo porque

cual no

tengo inconveniente en adm itir con antelación— pero no que era errónea.) Sería ilegítimo protestar que mi argum entación olvida ciertas

riables que, según el crítico, son im portantes: entorno físico, ideo­ logía, tecnología m ilitar o algún otro. La crítica de la variable au­

cuando el crítico dem uestra que la falta de

dicha variable origina una falsa lectura de las relaciones entre las

la argum entación. N o se trata de ofrecer

una explicación «completa» (sea esto lo que fuere), sino de entender correctam ente las conexiones principales.

En pos de este objetivo, el capítulo siguiente se centra en la

los Estados de E uropa durante

los 1.000 años de esta indagación. El capítulo 3 versa sobre los m e­ canismos m ediante los cuales los gobernantes de los Estados adqui­ rieron los medios para llevar a cabo sus actividades prim ordiales — en especial la creación de una fuerza arm ada— y las implicaciones de dichos m ecanism os para la estructura del Estado. El capítulo 4 se concentra en las relaciones entre el Estado y el ciudadano, rastrean­ do la form ación a través de la negociación de Estados inm ensos y m ultifuncionales. El capítulo 5 se ocupa de las vías alternativas para la form ación del Estado, indicando los efectos de las diversas rela­ ciones con capital y coerción. En el capítulo 6 se exam inan los Es­ tados europeos com o conjuntos de partes en interacción, un sistema

dem ostraría que la argum entación estaba incom pleta — lo

va­

sente sólo es legítima

variables que aparecen en

cambiante geografía de las ciudades y

Ciudades y Estados en la historia universal

69

cuyo funcionam iento limita la acción de sus m iem bros. En el capí­ tulo 7 se lleva la relación hasta el presente, con una reflexión sobre las relaciones contem poráneas entre capital y coerción, en un esfuer­

zo p o r com prender p o r qué han accedido

al poder los militares en

tantos Estados desde la Segunda G uerra M undial, y con la esperanza de dilucidar de qué m anera nos ayuda la experiencia europea a en^ tender los Estados conflictivos de nuestra época.

Capítulo 2 CIUDADES Y ESTADOS DE EUROPA

La Europa ausente

Hace mil años Europa no existía. Un decenio antes del milenio, los aproximadamente treinta millones de personas que vivían en el extremo occidental de la masa continental eurásica no tenían morivo alguno de peso para considerarse como un solo conjunto de gentes, vinculadas por la historia y un destino común. Y no lo eran. Cierto es que la desintegración del Imperio romano había dejando una bue­ na parte de lo que hoy llamamos Europa conectada mediante carre­ teras, comercio, religión y la memoria colectiva. Pero aquel que fue mundo romano excluía gran parte de la zona al este del Rin y al norte del Mar Negro. Y, además, el difunto imperio no era exclusi­ vamente europeo; se había extendido en torno a todo el Mediterrá­ neo, adentrándose en Asia y Africa. Desde el punto de vista de los contactos comerciales y culturales, la «Europa» del milenio se fragmentó en tres o cuatro agrupaciones vagamente conectadas: una franja oriental correspondiente aproxi­ madamente a la actual Rusia europea, que mantenía fuertes lazos con Bizancio y las grandes rutas comerciales que atravesaban Asia; una mediterránea que compartían musulmanes, cristianos y judíos, aún

70

Ciudades y Estados de Europa

71

FIGURA 2.1.

Europa en el año 406 d. de C. (adaptado de Colin McEvedy: The Penguin Atlas of Medieval History, Penguin Books, 1961)

más fuertemente ligada a las grandes metrópolis de Oriente Medio y Asia; un sistema postromano de ciudades, pueblos, caminos y ríos con máxima densidad en el arco que iba de Italia central a Flandes, pero con ramales en Alemania y Francia; posiblemente un claro grupo nórdico en el que figuraban Escandinavia y las Islas Británi­ cas. (Muchas de estas denominaciones pecan, sin duda, de anacro­ nismo; so pena de adoptar una onerosa serie de convenciones geo­ gráficas, no tenemos alternativa al empleo de denominaciones como «Alemania» e «Islas Británicas» con una clara advertencia de que no implican asociaciones políticas o culturales.) En el 990 los dominios musulmanes ocupaban una buena parte del antiguo espacio del Imperio romano: todas las costas meridio­ nales del Mediterráneo y la mayor parte de la península ibérica, por no hablar de numerosas islas mediterráneas y unos cuantos empla­ zamientos en su costa septentrional. Un imperio bizantino poco com-

72

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

pacto se extendía desde Italia oriental al extremo oriental del Mar Negro, mientras que, al norte del mismo, un Estado ruso aún más indefinido se dilataba hasta el Báltico. El reino danés ejercía su poder desde el Báltico occidental hasta las Islas Británicas, mientras ios oscilantes principados de Polonia, Bohemia y Hungría dominaban el territorio al sur del Báltico. Al oeste se hallaba el imperio sajón, aspirante a la herencia de Carlomagno, mientras que más al oeste todavía Hugo Capeto regía el reino de Francia. Ninguno de estos casi familiares nombres de lugares debe, sin embargo, ocultar la enorme fragmentación de soberanía prevalecien­ te en todos los territorios que llegarían a ser Europa. Los empera­ dores, reyes, príncipes, duques, califas, sultanes y otros potentados del año 990 d. de C. se habían impuesto como conquistadores, co­ bradores de tributos y perceptores de rentas, no como jefes de Es­ tado que regularan la vida dentro de sus reinos de forma intensa y duradera. Dentro de sus jurisdicciones, además, rivales y aparentes subordinados recurrían habitualmente a la fuerza armada en benefi­ cio de sus propios intereses, mientras que prestaban escasa atención a los intereses de sus soberanos nominales. Los ejércitos privados proliferaban en gran parte del continente. En ningún lugar de Eu­ ropa existía nada que se asemejara a un Estado nacional centralizado. Dentro del anillo formado por estos Estados irregulares y efíme­ ros, la soberanía estaba aún más fragmentada, puesto que cientos de principados, obispados, ciudades-estado y otras autoridades ejercían un dominio superpuesto sobre los pequeños hinterlands de sus ca­ pitales. En el Milenio, el Papa, el emperador bizantino y el empe­ rador del Sacro Imperio Romano afirmaban sus derechos sobre la mayor parte de la península italiana, pero lo cierto es que práctica­ mente toda ciudad importante y su hinterland operaban como agen­ tes políticos libres. (En el 1200 d. de C. la península itálica por sí sola albergaba 200 ó 300 ciudades-estado diferenciadas: Waley, 1969:11.) Salvo por la relativa urbanización de las tierras musulma­ nas, la correlación entre dimensiones de los Estados y densidad ur­ bana era negativa: donde las ciudades eran abundantes, la soberanía

se

atomizaba. Pronto, una cronología aproximada de los cambios en ciudades

y

Estados durante los últimos 1000 años empezará a configurarse.

Entre tanto, no obstante, habremos de conformarnos con una com­ paración arbitraria a intervalos de 500 años, simplemente para hacer­

nos una idea de la medida en que cambiaron. Hacia 1490, el mapa

Ciudades y Estados de Europa

FIGURA 2.2.

Europa en el 998 d. de C. (adaptado de Colin McEvedy:

The Penguin Atlas of Medieval History, Penguin Books,

1961)

73

y la realidad se habían alterado en gran manera. Las fuerzas cristia­ nas armadas iban expulsando a los soberanos musulmanes de su último territorio en la mitad occidental del continente; Granada. Un imperio islámico otomano había desplazado a los bizantinos cris­ tianos entre el Adriático y Persia. Los otomanos estaban desgastan­ do el poder de Venecia en el Mediterráneo oriental y avanzando en los Balcanes. (Aliados a la amenazada Granada, iniciaban también sus primeras aventuras en el Mediterráneo occidental.) Después de muchos siglos en que las guerras europeas habían sido regionales, y sólo alguna cruzada había involucrado militarmente a los Estados transalpinos en el Mediterráneo, además, los reyes de Francia y Es­ paña empezaban a contender por la hegemonía de Italia. En 1490, en torno a la periferia de Europa, había una serie de soberanos que dominaban extensos territorios: no sólo el Imperio otomano, sino también Hungría, Polonia, Lituania, Moscovia, las tierras de la Orden Teutónica, la Unión Escandinava, Inglaterra,

74

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

nGURA 2.3.

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Europa en el 1478 d,

The Penguin Atlas of Medieval History, Penguin Books,

de

C

(adaptado de Colin McEvedy:

1961)

Francia, España, Portugal y Nápoles. Estas potencias se mantenían en gran medida con rentas y tributos, y se regían mediante magnates regionales que gozaban de gran autonomía dentro de sus propios territorios; estos magnates se resistían con frecuencia al poder del rey, o incluso lo rechazaban. Con todo, los grandes reyes y duques del 1490 estaban, en líneas generales, consolidando y ampliando sus dominios. Dentro del círculo irregular formado por los grandes Estados, pues, Europa seguía siendo una zona de soberanía intensamente frag­ mentada. Es cierto que el disperso imperio Habsburgo empezaba a extenderse por todo el continente, mientras que Venecia dominaba un importante semicírculo en el Adriático. Pero la región desde el norte de Italia a Flandes y, hacia el este, hasta las inciertas fronteras de Hungría y Polonia, se descomponían en cientos de principados, ducados, obispados, ciudades-estado y otras entidades políticas for­ malmente independientes que, por lo general, sólo podían emplear

Ciudades y Estados de Europa

75

FKiURA 2.4.

El mundo en el 1490 d. de C. (adaptado de Colin McEvedy:

The Penguin Atlas of Modern History to 1815, Penguin

Books, 1972)

la fuerza en los hinterlands de sus capitales; solamente en el sur de Alemania había 69 ciudades libres, además de múltiples obispados, ducados y principados (Brady, 1985:10). «No obstante los límites que el cartógrafo puede trazar en torno al área que la opinión ge- neral aceptaba en el siglo XV como perteneciente al Sacro Imperio Romano, que constituye la zona principalmente alemana entre Fran­ cia y Hungría, Dinamarca y el norte de Italia», reflexiona J. R. Hale, «no puede aquél colorear la multitud de ciudades, enclaves princi­ pescos y territorios eclesiásticos pugnaces que se consideraban, en efecto o en potencia, independientes, sin producir en el lector la impresión de que sufre alguna enfermedad de la retina» (Hale, 1985:14). Los 80 millones de personas de Europa se repartían en unos 500 Estados, aspirantes a Estados, pequeños Estados y organi­ zaciones de carácter estatal. En torno a 1990, otros cinco siglos después, los europeos habían ampliado en gran medida la obra de consolidación. Por entonces

76

Coerción, capital y los Estados europeos, 990-1990

FIGURA 2.5.

Europa en 1990

vivían dentro del perímetro del continente 600 millones de personas, aunque un poderoso mundo islámico florecía desafiante al sur y sudeste de Europa, y quedaban impresionantes residuos de cultura musulmana en España, los Balcanes y Turquía. Al este se había for­ mado un gigantesco Estado ruso que se extendía hasta el Artico y el Pacífico, mientras que una espaciosa Turquía atravesaba la fron­ tera asiática por el sudeste. Gran parte del continente se había asen­ tado en Estados que ocupaban al menos 40.000 millas cuadradas, sin incluir colonias y dependencias: Bulgaria, Checoslovaquia, Finlan­ dia, Francia, las dos grandes Alemanias, Grecia, Italia, Noruega, Po­ lonia, Rumania, España, Suecia, Turquía, el Reino Unido y la URSS. Los microestados como Luxemburgo y Andorra, aunque mayores que muchas de las entidades políticas existentes en 1490, habían que-

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dado reducidos a simple curiosidad. Según sea la regla empleada para contarlos, la totalidad de Europa se dividía solamente en unos 25 a 28 estados. Pasó mucho tiempo antes de que los Estados nacionales —orga­ nizaciones relativamente centralizadas, diferenciadas y autónomas, con un derecho afirmado de prioridad en el uso de la fuerza dentro de territorios amplios, contiguos y claramente delimitados— domi­ naron el mapa europeo. En el 990 nada en aquel mundo de feudos, señores locales, correrías militares, aldeas fortificadas, ciudades mer­ cados, ciudades-estado y monasterios podía pronosticar la consoli­ dación en Estados nacionales. En 1490 el futuro estaban aún abierto; pese al frecuente uso de la palabra «reino», eran imperios de una u otra índole los que en su mayoría ocupaban el paisaje de Europa, y siguieron siendo viables las federaciones en algunos puntos del con­ tinente. Algún tiempo después de 1490, los europeos abandonaron aquellas alternativas, y avanzaron decisivamente hacia la creación de un sistema consistente, casi en su totalidad, de Estados nacionales relativamente autónomos. Los Estados, por otra parte, disminuyeron en número y aumen­ taron en área. Con objeto de trazar el mapa de esta cambiante si­ tuación, debemos aplicar el término «Estado» con generosidad, para incluir toda organización que contara con medios sustanciales de coerción y hubiera afirmado con éxito una prioridad duradera sobre los restantes beneficiarios de los medios de coerción, dentro de al menos un territorio claramente delimitado. En el año 990 unos Es­ tados musulmanes relativamente extensos dominaban gran parte del Mediterráneo occidental, incluidas España y la costa norte de Africa. Entre los demás Estados de dimensiones considerables figuraban el reino de Francia, el imperio sajón, el reino de Dinamarca, la Rusia kieviana, Polonia, Hungría, Bohemia y el Imperio bizantino. Por lo general, los soberanos de estas entidades políticas obtenían tributos de los territorios que estaban nominalmente bajo su potestad. Pero fuera de sus regiones de base, apenas administraban sus teóricos dominios, y su autoridad se veía continuamente disputada por otros potentados, entre ellos sus propios, y putativos, agentes y vasallos. Consideremos el caso de Hungría, un Estado surgido de las con­ quistas de los magiares, uno de los muchos pueblos nómadas arma­ dos que invadieron Europa venidos de la estepa eurásica. Durante el siglo X, un contingente mayoritario de magiares inició una migra­ ción desde el Volga, y sojuzgó a un número menor de eslavos la­

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bradores y moradores de los bosques que poblaban la cuenca cár­ pala que hoy llamamos Hungría (Pamlenyi, 1975:21-5). Una vez que se hubieron trasladado al este de los Cárpatos, la escasez de pastos naturales obligó a los nómadas depredadores a retirarse, a reducir sus individuos o a desmontar (Lindner, 1981). Tras un siglo de pi­ llaje, los ya cristianizados húngaros fueron asentándose como agri­ cultores en un territorio casi carente de ciudades. Su base agrícola no impidió a la nobleza húngara guerrear con sus vecinos, luchar por la sucesión al trono o participar en el juego europeo de matrimonios y alianzas. Su control sobre la fuerza ar­ mada les permitió, además, someter a esclavos y hombres libres por igual a una común servidumbre. Las ciudades crecieron al ir pros­ perando la agricultura feudal, de las minas se exportaban metales hacia el resto de Europa y las rutas comerciales de la región se ensamblaron con las de Europa central y occidental. Los capitales alemanes acabaron por dominar el comercio y la industria húngaros. Las ciudades húngaras, no obstante, siguieron fuertemente subordi­ nadas a sus señores hasta que, en el siglo XV, la Corona empezó a ejercer cierto predominio sobre ellos. Durante la parte final del siglo XV, el rey Janos Hunyadi y su hijo, el rey Matias Corvino, construyeron una máquina de guerra relativamente centralizada y eficaz, y rechazaron tanto a los belico­ sos turcos del sudeste como a los codiciosos Habsburgo del oeste. Con la muerte de Matias, no obstante, la nobleza contraatacó, pri­ vando a su sucesor, Ladislao, de los medios para mantener su propio ejército. En 1514, los esfuerzos para organizar otra cruzada contra los turcos suscitaron una enorme rebelión campesina, cuya repre­ sión, a su vez, redujo al campesinado a la servidumbre definitiva­ mente y abolió su derecho a cambiar de amo. En las luchas entre magnates que acompañaron la resolución de esta guerra campesina, el abogado Istvan Vervóczi definió la visión aristrocrática de la cos­ tumbre en Hungría, incluidas las leyes punitivas contra el campesi­ nado y las estipulaciones de que

los nobles gozaban de inmunidad frente al arresto sin juicio legal previo, sólo respondían ante un rey legalmente coronado, no pagaban contribución alguna y se les podía exigir que prestaran servicios militares sólo para la defen­ sa del reino. Por último, el derecho a la rebelión quedaba garantizado frente a cualquier rey que infringiera los derechos de la nobleza en cualquier modo.

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El tratado de Vervóczi se convirtió en la autoridad aceptada para el derecho húngaro y en «la biblia de la nobleza» (Pamplenyi, 1975:117). Hacia 1526, Hungría tenía no uno sino dos reyes elegi­ dos, y los dos estaban en guerra entre sí. No es de extrañar, pues, que en el siguiente medio siglo los turcos consigueran capturar la mitad del territorio de Hungría. En aquella época, es evidente que los Estados grandes no necesariamente eran Estados fuertes.

Los Estados y la coerción

En el año 1490 los musulmanes se hallaban en retirada de su último enclave ibérico, Granada, pero estaban construyendo un con­ siderable imperio en torno al Mediterráneo oriental y haciendo in­ cursiones en los Balcanes. Alrededor de los límites de Europa esta­ ban surgiendo una serie de Estados que disponían de grandes ejér­ citos y ejercían una cierta autoridad judicial y fiscal sobre territorios de dimensiones amplias, y las ciudades-estado se armaban para la guerra por tierra como nunca antes. El mapa europeo de 1490 asigna grandes zonas .v Inj^laterra, Suecia, Polonia, Rusia y el Imperio oto­ mano, pero también muestra docenas de ducados, principados, ar­ zobispados, ciudades-estado y otros Estados en miniatura. Cuántos sean los Estados europeos que contemos depende de decisiones debatibles que inciden en la naturaleza misma de los Es­ tados de la época: si los 13 cantones suizos (1513) y las 84 ciudades libres del Imperio otomano (en 1521) se cuentan como entidades diferenciadas o no, si ciertas depedencias técnicamente autónomas de Aragón y Castilla, como Cataluña y Granada, merecen o no reconocimiento, si el mosaico todo de los Países Bajos constituía un sólo Estado (o solamente parte de un Estado) bajo la hegemonía Habsburgo, si los Estajes tributarios del Imperio otomano perte­ necían individualmente al sistema europeo de Estados en aquellos momentos. Ningún conjunto plausible de definiciones produce me­ nos de 80 unidades diferenciadas o más de 500. Podríamos tomar 200 arbitrariamente como número medio. Las alrededor de 200 en­ tidades políticas europeas formalmente autónomas de la época do­ minaban un promedio de 15.300 km^, aproximadamente el tamaño de los actuales El Salvador, Lesotho y Qatar. Los cerca de 62 millones de población europea de 1490 estaban divididos en una media de 310.000 personas por Estado. Es claro

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que los promedios oscurecen enormes variaciones: una gran cantidad de los Estados menores de Europa y sus poblaciones habrían cabido

sin dificultad en el vasto territorio de Rusia. Pese a ello, Europa comenzaba a consolidarse en Estados territorialmente diferenciados organizados en torno a estructuras de poder militar permanentes, y

la superioridad militar empezaba a procurar a los grandes Estados

mayores probabiHdades de supervivencia. Eran los comienzos, sin duda. En 1490, los ejércitos estaban cons­ tituidos en gran medida por mercenarios contratados para las cam­ pañas, clientelas de los grandes nobles, y milicias urbanas. Los ejér­ citos permanentes habían desplazado a las milicias urbanas en Fran­ cia y Borgoña, pero en pocos reinos más. Los tributos y las rentas personales seguían ocupando lugar preponderante en las reales ren­ tas. Dentro de los grandes Estados, las comunidades, los gremios, las iglesias y los maguantes regionales conservaban grandes zonas de

inmunidad y auto-gobierno. La administración se aplicaba primor­ dialmente a los asuntos militares, judiciales y fiscales. La zona cen­ tral de Europa seguía repleta de diminutas jurisdicciones. Dado que

las ciudades-estado, las ligas de ciudades, los imperios dinásticos, los principados sólo nominalmente vinculados a las grandes monarquías

e imperios, y las entidades eclesiásticas del estilo de la Orden Teu­

tónica coexistían todos (si bien contenciosamente) en el continente, no estaba claro que los Estados nacionales, como hoy los conoce- mos, fueran a convertirse en las organizaciones predominantes de Europa. Hasta el siglo XIX, con las conquistas de Napoleón y la subsiguiente unificación de Alemania y de Italia, la casi totalidad de Europa no se consolidaría en Estados mutuamente excluyentes, con unas fuerzas armadas permanentes y profesionales, un control con­ siderable sobre la población, y áreas de 64.000 km^ o más. A lo largo de los siguientes siglos, muchos pactos de guerra y unas cuantas federaciones deliberadas redujeron drásticamente el nú­ mero de Estados europeos. Durante el siglo XIX su número se esta­ bilizó. A comienzos de 1848, por ejemplo, Europa albergaba entre 20 y 100 Estados, según contabilicemos los 35 miembros de la Con­ federación Germánica, los 17 Estados papales, los 22 segmentos téc­ nicamente autónomos de Suiza, y unas pocas unidades dependientes, aunque formalmente diferenciadas, como Luxemburgo y Noruega:

en el Almanaque de Gotha, conocida guía de nobles y hombres de Estado, la lista alfabética completa comenzaba entonces con los di­ minutos Anhalt-Bernburg, Anhalt-Dessau y Anhalt-Kothan antes de

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pasar a Austria, Badén y Baviera, territorios éstos más sustanciales. Con la formación del Imperio alemán y el reino de Italia se produjeron importantes consolidaciones. A comienzos de 1890, la lista de Estados se había reducido a unos 30, nueve de los cuales eran miembros del Imperio alemán. A fines de 1918, el recuento estaba en unos 25 Estados diferentes. Aunque las fronteras se mo­ dificaron de modo significativo con los acuerdos salidos de la Pri­ mera y la Segunda Guerras Mundiales, el número y la dimensiones de los Estados europeos no cambió en exceso durante el siglo XX. Si, siguiendo a Small y Singer, contamos solamente los Estados su­ ficientemente grandes para ser militarmente importantes de modo independiente, detectamos en efecto una leve inversión de esta ten­ dencia a largo plazo: 21 contendientes al final de las guerras napo­ leónicas, 26 en 1848, 29 (incluyendo en este caso Malta, Chipre e Islandia) en 1980 (Small y Singer, 1982:47-50). Frente a los 15.300 km^ de 1490, los 30 Estados de 1890 contro­ laban un promedio de 101.000 km^, lo cual los situaba en la cate­ goría de las actuales Nicaragua, Siria y Tunicia. En lugar de los 310.000 habitantes de 1490, el Estado medio de 1890 tenían alrede­ dor de 7,7 millones. Si los imaginamos como círculos, los Estados pasaron de un radio medio de 88 km a uno de 228 km. Con un radio de 88 km, era muchas veces viable que el gobernante de una sola ciudad controlara su hinterland directamente; con 142 millas, nadie podía gobernar sin un aparato de vigilancia e intervención especializado. Además, aunque algunos micro-Estados, como Ando­ rra (281 km^), Lichtenstein (98), San Marino (38) e incluso Monaco (1,1), sobrevivieron a aquella gran consolidación, las desigualdades en dimensiones se redujeron radicalmente con el tiempo. En términos generales, la última parte de Europa en consolidarse en Estados nacionales extensos fue la franja de ciudades-estado que corre desde el norte de Italia, rodea los Alpes y sigue junto al Rin hasta los Países Bajos. La creación sucesiva de Alemania e Italia dejaron aquellas prósperas, pero pendencieras, municipaHdades y sus hinterlands bajo control nacional. Era como si los europeos hubieran descubierto que, bajo las condiciones prevalecientes desde 1790 apro­ ximadamente, el Estado, para ser viable, exigía un radio de al menos 160 km, y no podía dominar con facilidad un radio superior a las 402 km.

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Las ciudades y el capital

Para ver la pauta geográfica con mayor claridad, debemos distin­ guir entre sistemas de ciudades y sistemas de Estados. Los sistemas de ciudades de Europa representaban las cambiantes relaciones entre concentraciones de capital; sus sistemas de Estados, las cambiantes relaciones entre concentraciones de coerción. Las ciudades europeas formaban una jerarquía dispersa de precedencia comercial e indus­ trial, dentro de la cual unas cuantas congregaciones de ciudades (ge­ neralmente agrupadas en torno a un solo centro hegemónico) domi­ naban claramente sobre las demás en cualquier momento dado. (La jerarquía europea era, ciertamente, sólo parte de una mayor retícula urbana que penetraba profundamente en Asia al comienzo del pe­ ríodo, y se extendió a Africa y América con el tiempo. Según la útil simplificación de Fernand Braudel, Venecia, Amberes, Génova, Ams­ terdam, Londres y Nueva York se situaron sucesivamente en la cús­ pide del sistema europeo de ciudades desde el siglo XIV al XX. Para predominar, la cuestión decisiva no era tanto el tamaño como la centralidad en la red europea de comercio, producción y acumulación de capital. Pese a ello, las concentraciones de capital y población urbana coincidían en buena medida para hacer que el gru­ po dominante de ciudades fuera también uno de los mayores. Apli­ cando un criterio de clasificación por dimensiones y una eliminación bastante arbitraria de fronteras, J. C. Russel ha delineado unas re­ giones medievales centradas en torno a Florencia, Palermo, Venecia, Milán, Augsburgo, Dijon, Colonia, Praga, Magdeburgo, Lübeck, Gante, Londres, Dublín, París, Toulouse, Montpellier, Barcelona, Córdoba, Toledo y Lisboa. Las ciudades eran más densas y las re­ giones correspondientemente menores en la franja que va de Floren­ cia a Gante, especialmente en el extremo italiano; como se desprende de la población total de sus diez ciudades mayores, las regiones de Venencia (357.000), Milán (337.000) y Florencia (296.000) estaban a

la cabeza del conjunto (Russell, 1972:235). En 1490, según el cóm­

puto más exacto de «potencial urbano» de Jan de Vries, se destacan las regiones centradas aproximadamente en torno a Amberes, Milán

y Nápoles como culminaciones del sistema urbano europeo, mien­

tras que en 1790 sólo la zona en torno a Londres (incluidas las regiones al otro lado del Canal de la Mancha) predominaba clara­ mente (De Vries, 1984:160-4). El sistema de ciudades y el sistema de Estados se extendió de

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modo muy desigual por el mapa de Europa. En el año 990, las ciudades eran reducidas y dispersas prácticamente en todas partes al

norte de los Alpes. Eran sin embargo más densas, y las relaciones entre ellas más intensas, en una faja que se extendía desde el norte de Bolonia y Pisa a través de los Alpes hasta Gante, Brujas y Lon* dres. Al sur de España y el sur de Italia aparecieron zonas secun­ darias de concentración urbana. Las tierras mediterráneas albergaban un número significativamente mayor de ciudades que las que bor­ deaban el Atlántico o el Báltico. Las dos ciudades mayores de Eu­ ropa eran Constantinopla y Córdoba, no sólo grandes centros co­ merciales, sino sedes respectivamente del Imperio bizantino y del Califato omeya; cada una de ellas contaba con una población que

se

acercaba al medio millón de personas (Chandler y Fox, 1974:11).

A

lo largo del siguiente milenio, la faja central siguió siendo la zona

de

Europa más intensamente urbanizada, pero se amplió, y su centro

de gravedad se trasladó hacia el norte y los grandes puertos atlánti­ cos. A partir de 1300, la franja de ciudades conectadas situadas al norte de los Alpes aumentó desproporcionadamente. La presencia o ausencia de grupos urbanos significaba profundas diferencias en la vida regional, y configuraba en medida considerable las posibilidades para la formación del Estado. Bajo las condiciones de producción y transporte prevalecientes en Europa antes del si­ glo XIX, las ciudades mayores estimularon la agricultura comercial en zonas tributarias que abarcaban muchas millas de campiña. La agricultura comercial, a su vez, fomentó, en términos generales, la prosperidad de los comerciantes, los campesinos más acomodados y los pequeños terratenientes, mientras que redujo la capacidad de los grandes propietarios de tierras para dominar a la población de su entorno rural. (Surgía una excepción significativa, no obstante, allí donde la clase dominante urbana poseía grandes extensiones de tierra en el hinterland, como era frecuente en las ciudades-estado italianas; en ese caso, caía sobre el campesinado todo el peso del dominio señorial.)

Además, las ciudades incidían fuertemente en la demografía de las regiones circundantes. Hasta hace poco tiempo, la mayoría de las ciudades europeas experimentaban un descenso natural: la tasa de mortalidad superaba a la tasa de natalidad. Como consecuencia, in­ cluso las ciudades estancadas atraían a cantidades considerables de emigrantes de los pueblos y aldeas cercanos, mientras que las ciu­ dades en proceso de crecimiento generaban grandes corrientes mi­

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gratorias. Estas corrientes superaban con mucho al déficit urbano en nacimientos añadido a la tasa urbana de crecimiento, dado que todos los sistemas migratorios implicaban una gran cantidad de movimien­ tos de un lado a otro: buhoneros, comerciantes, criados y artesanos

oscilaban con frecuencia entre la ciudad y el campo de un año a otro