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¿Qué significa esto? o Diógenes, el perro filósofo

Escoger el mejor nombre para un perro es un asunto complejo. Algunos nombres buscan provocar miedo y ahí están “Mefisto”, “Satanás”, “Terminator” y “Cometripas”. Pero, por una rara ironía de la vida, los perros que se llaman así suelen ser muy mansitos y hasta un poco cobardes: Satanás se

esconde bajo la cama si escucha reventar un globo y Cometripas se deja tirar las orejas por cualquier niño que pasa. Otros nombres quieren sonar distinguidos y ahí tenemos a Duque, Napoleón, Jefe o Míster President rogando por un cacho de pan o comiéndose un calcetín viejo. También hay gente que pone a sus perros nombres raros como Lucas, Lorenzo, Filiberto o Nepomuceno, y nunca falta la persona que se ofende porque resulta que su abuelo o su papá se llaman igualito. Muchos tienen nombres de cantantes, actores, superhéroes, monitos animados o futbolistas, y ya hay un pitbull en

mi cuadra que se llama Gary y un cachorro blanco y negro que se llama Colo- Colo. Y también están

todos esos pobres perros que se llaman Firulais, Fito, Tintín o simplemente “perro” porque hay gente

en este mundo que no tiene pizca de imaginación.

El perro del que voy a hablarles ahora tiene nombre de filósofo griego, Diógenes, lo que calza perfecto con su personalidad porque, además de perro, es filósofo. Los filósofos siempre están tratando de responder preguntas que nadie sabe cómo responder. Por ejemplo, ¿por qué existe algo en lugar de nada? O ¿por qué no hay vacas tricolores? O ¿por qué los árboles crecen hacia arriba y no hacia abajo? O ¿por qué hay que levantarse todos los días de la cama si por la noche otra vez hay que acostarse? ¿por qué?

Como sea, el principal impulsor de la carrera filosófica de Diógenes es su dueño, un viejo gruñón que siempre anda en pantuflas, incluso cuando lo lleva a pasear al parque. Lo que es una pésima idea,

porque el parque está lleno de árboles donde levantar la pata, otros perros a lo que olfatear, arbustos

en los que esconderse y lagartijas que perseguir. Todas esas cosas atraen muchísimo a Diógenes que

tira y tira de su correa para alcanzarlas más pronto, y don Gaspar, que así se llama el viejo de las pantuflas, no puede ir a su ritmo, precisamente por culpa de las pantuflas que a cada paso parece que se le van salir. Hasta que llega un momento en que Diógenes da un tirón más fuerte, don Gaspar suelta la correa, pierde el equilibrio y rueda por tierra mientras sus pantuflas vuelan por sobre su cabeza.

¡¿Qué significa esto?! – grita don Gaspar desde el suelo.

¡¿Qué significa esto?! – grita don Gaspar cuando encuentra un macetero volcado, la tierra desparramada por el balcón y su gomero favorito despedazado en la tina del baño.

¡¿Qué significa esto?! - grita don Gaspar cuando, al ir a ponerse a sus pantuflas por la mañana, las siente mojadas, estilando baba de perro.

¡¿Qué significa esto?! – grita don Gaspar cuando la bolsa de pan que dejó la noche anterior sobre la mesa ha desaparecido misteriosamente.

¡¿Qué significa esto?! – grita don Gaspar cuando (¡guácala!) encuentra caca de perro en una esquina de la alfombra del living.

En todas esas ocasiones, Diógenes observa cómo su dueño señala hacia el cielo, el gomero, las pantuflas, la mesa donde debería estar el pan o el montoncito fresco de caca y, entonces, también él se pone a contemplar seriamente estas cosas. Y luego piensa detenidamente, ¿qué significa esto?

Los perros, a diferencia de los humanos que piensan con la cabeza o con los ojos, piensan con la nariz. A veces, para ayudarse a pensar mejor, usan también sus colas. Si ves a un perro con la nariz muy pegada sobre algo y la cola tiesa en el aire, es seguro que se está preguntando ¿qué es esto?, ¿qué significa?, ¿para qué sirve? Si en cambio lo ves refregar su nariz por una superficie y agitar la cola de derecha a izquierda, lo más probable es que se esté preguntando cuánta diversión puede darme esto. Y si huele algo que afirma entre sus patas mientras infla los cachetes y su cola permanece pegada al piso, casi siempre se está preguntando ¿debo o no debo? Los primeros son perros filósofos, los segundos perros epicúreos y los terceros perros moralistas. Diógenes, ya lo he dicho, es de los primeros.

Como don Gaspar siempre le está preguntando por el significado de las cosas a su perro Diógenes, éste pasa buena parte del día olisqueando y batiendo la cola, es decir, pensando. Así, Diógenes ha llegado a ser el perro más sabio del barrio y quizá, de la ciudad y del país. Muchos perros de todas partes vienen hasta él para plantearle cuestiones y discutir teorías. Entonces se los puede ver en la plaza, sentados en círculo alrededor de Diógenes, olisqueando y moviendo sus colas, conmovidos por los misterios del mundo. El único que no parece apreciar plenamente la sabiduría de Diógenes es don Gaspar que, tirado en mitad de la plaza con sus pantuflas sobre la cabeza, le grita ¿qué significa esto, perro tonto? Pero Diógenes, sabio también en esto, sabe que su dueño no lo dice en serio, pues ¿quién perdería su tiempo preguntando algo a un tonto?

Fin