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EXIONES

EXIONES CRITICAS Emilio Ribes Iñesta editorialfontanella

CRITICAS

Emilio Ribes Iñesta

EXIONES CRITICAS Emilio Ribes Iñesta editorialfontanella

editorialfontanella

EXIONES CRITICAS Emilio Ribes Iñesta editorialfontanella

El

reflexiones

conductism o:

críticas

B reviarios

de

C onducta

hum ana,

n.”

colección

dirigida

por

RAMON

BAYES

JUAN

MASANA

JOSE

TORO

Emilio Ribes Iñesta

EL CONDUCTISMO:

REFLEXIONES

CRITICAS

Prólogo

de

R

am ó n

B a y és

B arcelona,

1982

© Emilio

Ribes

Iñesta,

1982

© de la presente edición

EDITORIAL FONTANELLA, S.A. Escorial, 50. Barcelona-24. 1982

Primera edición:

marzo

1982

Prinled iti Spain - Impreso en España por Gráficas Diamante, Zamora, 83. Barcelona-18.

Depósito legal:

B.

11049-1982

A Sylvia, catorce años después

PROLOGO

Personalmente, considero que excepto en raras, m uy

raras, ocasiones, los prólogos poseen

ción de relleno parecida a la de los docum entales y cor­ tos que preceden a la película por la que el espectador se interesa y por la que ha pagado su, cada día más, cos­

tosa entrada. Suelo asociarlos — no sin cierta nostalgia

a aquellos plúm beos noticiarios NO-DO que los españo­

les de la pre-democracia nos veíamos obligados a soportar antes de que H um phrey Bogart pudiera entrar en acción.

Y sin embargo, a pesar de lo hondo de esta convicción,

esta vez no he conseguido librarme de la obligación de redactar las presentes líneas. Dos son las razones que me han decidido. Ante todo, la insistencia del autor, con quien m e une una excelente amistad, pero también el hecho de que el libro se publi­ que en España — este prólogo tendría poco sentido si la

obra se editase en América Latina, donde la trayectoria de

Em ilio Ribes es sobradam ente conocida—.

En efecto, en

nuestro país, debido sobre todo a la amplia difusión con­ seguida por uno de sus libros (Ribes, 1972) y a algunas conferencias pronunciadas en Barcelona, Madrid y otras poblaciones españolas, se suele encuadrar a Ribes dentro de los estrechos lím ites de la aplicación de las técnicas

únicam ente una fun­

de modificación de conducta a la educación de niños con retardo en el desarrollo, cuando, desde hace ya varios años, sin desdeñar esta área de trabajo, la mantiene práctica­ mente en la reserva, dedicando el grueso de su esfuerzo

a una extraordinaria labor teórica y epistemológica, una

pequeña muestra de la cual lo constituye el contenido del presente volumen.

De los hombres y mujeres que he conocido a lo largo de mi vida, pocos, muy pocos, han conseguido impresio­ narme. He de confesar que Emilio Ribes es uno de ellos. De haber vivido en el siglo XV, hubiera sido, probable­ mente, un perfecto hombre del Renacimiento: líder y cien­ tífico al mismo tiempo; profundamente interesado por los problemas filosóficos, epistemológicos y políticos, y, a la vez, por la literatura, el teatro, la pintura y la música. No deja de ser paradójico que el mexicano Emilio Ri­ bes, uno de los autores que más están influyendo en el desarrollo de la Psicología latinoamericana, haya nacido en Barcelona —ciudad de la que continúa enamoradoy hable correctamente el catalán. En realidad, marchó con sus padres a México a la edad de 3 años y allí se educó, se casó, tuvo hijos y organizó su vida; en 1982 cumplirá 38 años. Ha sido el primer autor latinoamericano en es­ cribir un libro original sobre modificación de conducta y también el primero en establecer estudios sistemáticos para postgraduados en este campo. De 1964 a 1971 es profesor del Departamento de Psi­ cología de la Universidad de Veracruz, en Xalapa. En 1971

y 1972, la mayoría de profesores de Psicología de esta Uni­

versidad se trasladan a la Universidad Nacional Autóno­ ma de México, en ciudad de México, y con ellos marcha Emilio Ribes, consolidando los programas de análisis de la conducta existentes en los cursos de licenciatura y crean­ do un programa de post-grado que ha tenido gran influen­ cia en la formación de investigadores y analistas conduc-

tuales, no sólo de México sino de todo el continente (cfr. Colotla y Ribes, 1981). En 1975, la Universidad Nacional Autónoma de México, para descongestionar y racionalizar sus instalaciones, crea el nuevo campus de Iztacala en Tlalnepantla, cerca de ciu­ dad de México, nombrando coordinador de la Escuela de Psicología a Emilio Ribes, al que ofrece la oportunidad de implantar un nuevo diseño curricular. Este, al frente de un valioso equipo Backhoff, Robles, López-Valadés, Ga- lindo, Seligson, Varela, etc.—, se dedica con entusiasmo a la elaboración de un ambicioso y revolucionario plan de estudios íntegramente estructurado desde una perspec­ tiva conductual. En el mismo se subrayan dos aspectos esenciales: «primero, la formulación de las actividades pro­ fesionales específicas que debe desempeñar un psicólogo en la sociedad, considerando los problemas prácticos que debe resolver; y segundo, los programas de entrenamiento particulares, los cuales deben desarrollar habilidades y conductas que sean representativas de las actividades ter­ minales» (Ribes, 1980). El modelo de Psicología Iztacala, actualmente en marcha, ha puesto de relieve tres facetas diferentes, aunque íntimamente vinculadas: «a) el desarro­ llo de un sistema educativo congruente con una práctica científica derivada de la psicología; b) la configuración de un modelo científico capaz de sistematizar e integrar los más variados fenómenos psicológicos desde una perspecti­ va conductual, superando las limitaciones inherentes al paradigma de condicionamiento; y c) la definición de un nuevo papel profesional del psicólogo, ubicando su inser­ ción social con base en un contexto ideológico preciso y comprometido» (Ribes, Fernández, Rueda, Talento y Ló­ pez, 1980, pág. 5). Algunas de estas facetas se abordan en El conductismo: reflexiones críticas en el punto de ela­ boración en que se encontraban al finalizar el año 1981. En la actualidad, el psicólogo Emilio Ribes es coordi­ nador general de investigación de todo el campus de Iz-

tacala, campus piloto especializado en Ciencias de la Sa­ lud que incluye las carreras de Biología, Medicina, Psico­ logía, Odontología y Enfermería. A pesar de que, como investigador, ha llevado a cabo interesantes estudios empíricos, no es sobre su trabajo en el laboratorio que desearíamos atraer, en este momento, la atención del lector. Como señalan Riera y Roca (1981), en las palabras con que nos introducen a una interesante entrevista que efectuaron a Ribes durante el verano de 1980, el interés primordial por conocer su punto de vista radica en que nuestro autor lleva a cabo una crítica pro­ funda del conductismo sin salirse del marco objetivo de una ciencia natural. Este aspecto, de acuerdo con las pa­ labras con las que el propio Ribes inicia su andadura en el presente libro, constituye el principal objetivo de la obra que el lector tiene entre las manos. Una ciencia supone, esencialmente, dos cosas: la defi­ nición de su objeto de estudio y una metodología de aná­ lisis centrada en la observación y el experimento, es decir, en la observación controlada. Ribes, desde el primer capí­ tulo, trata ya de «coger el toro por los cuernos» y delimi­ tar el campo de la Psicología. Para él su objeto de estu­ dio es, evidentemente, la conducta, pero, a diferencia de otros conductistas —entre los cuates hace pocos años me contaba—, no define la conducta como lo que el organis­ mo hace; para él —en línea con Kantorla conducta es la interacción del organismo con alguna otra cosa: con­ ducta es interacción. En su opinión, de la misma manera que a los biólogos les interesan los cambios que tienen lugar en el organismo, a los psicólogos lo que debería in­ teresarles son los cambios que tienen lugar en las inter­ acciones de los organismos con el medio. Junto a estos dos distintivos básicos de la ciencia, Ri­ bes señala la urgente necesidad de disponer, en el mo­ mento presente, de un marco teórico que permita situar conceptualmente los datos empíricos que se vayan obte-

niendo. Es preciso observar los fenóm enos de forma es­ tricta y fiable, sin duda alguna, pero debe existir una teo­ ría que nos indique qué es lo que debem os observar y cóm o debemos relacionar lo observado con los datos que ya poseemos. Frente a los que, junto a Macquenzie {1911), se esfuer­ zan por redactar, con buena letra, la nota necrológica del conductismo, se alinean otros, como Ribes, como Schoen- feld (1912), que tratan de encontrar una salida a la crisis sin abandonar las coordenadas metodológicas conductis- tas. El ambicioso proyecto de Ribes, algunas de cuyas ca­ racterísticas principales quedan patentes en el Capítulo tercero, consiste en la elaboración de una teoría capaz de integrar todos los datos conductuales diferenciando, cua­ litativamente, los com portam ientos animal y humanoy que debe surgir tras efectuar una crítica a fondo del insa­ tisfactorio paradigma actual de condicionamiento; como

nos señala en el últim o párrafo del

Capítulo

cuarto:

si el análisis de la conducta se propone constituirse en una teoría general de la conducta que represente el cuerpo orgánico de una ciencia psicológica, se de­ ben captar las cualidades distintivas de las interac­ ciones conductuales, sin tem or de cuestionar la ex­ trem a simplicidad y linealidad de nuestros enfoques teóricos actuales. Nuestro m ejor reconocimiento a los esfuerzos teóricos realizados en el pasado, debe ser examinar aquellos aspectos que han sido seña­ lados correctam ente, en vez de restringir la signifi­

cación de la problem ática de la

los confines de sus limitaciones conceptuales.

conducta hum ana a

No quisiéramos fatigar al lector ni encarecer el pre­ cio del libro con nuevas páginas. Estam os plenamente con­ vencidos de que si nuestros estudiosos, preocupados por encontrar una solución a la crisis que, sin duda alguna,

nuestra disciplina tiene planteada, dirigen su atención ha­ cia los trabajos que constituyen la presente obra, de ello sólo podrán obtenerse beneficios. No hay duda de que el pensamiento de Ribes, aunque profundamente im­ pregnado de las enseñanzas de Bijou, Schoenfeld y Kan- tor —venerable nonagenario cuya fotografía preside, sim­ bólicamente, su despacho de Izlacalaposee, junto a su promesa de futuro, una innegable y turbadora origina­ lidad.

Ramón B ayés

Barcelona, enero de 1982

REFERENCIAS

C olotla, V. A. y R ibes, E.: Behavior analysis in Latín Ame­

rica:

a historical overview. Spanish-Language Psycho-

logy,

1981, 1, 121-136.

MacK enzie, B. D.: Behaviourism and the limits of scien- tific method. Atlantic Highlands, Nueva Jersey: Huma- nities Press, 1977. R ibes, E.: Técnicas de modificación de conducta. Su apli­

cación al retardo en el desarrollo. México: Trillas, 1972. R ibes , E.: El diseño curricular en la enseñanza superior desde una perspectiva conductual: historia de un caso. En E. Ribes, C. Fernández, M. Rueda, M. Talento y F. López, Enseñanza, ejercicio e investigación de la psico­ logía. Un modelo integral. México: Trillas, 1980, pág.

R ibes ,

E.,

F ernández ,

C.,

R ueda , M„ T alento ,

M. y

L ópez ,

F.: Enseñanza, ejercicio e investigación de la psicología. Un modelo integral. México: Trillas, 1980.

R tera, J. y R oca, J.: Entrevista con E. Ribes Iñesta. Estu­ dios de Psicología, 1981, n.” 4, 3-23.

S choenfeld , W. N.: Problems

in modera behavior theory.

Conditional Reflex, 1972, 7 (n.° 1), 33-65.

A MANERA DE INTRODUCCION Y ADVERTENCIA

Este libro contiene, como su título general lo indica, un conjunto de reflexiones críticas sobre el conductismo. Pero, vale aclarar, son las críticas al conductismo hechas por un conductista. El conductismo, a diferencia de las teorías psicológicas formuladas como un todo acabado, constituye una filosofía de la ciencia psicológica, y como toda filosofía de la ciencia genuina, no es más que la re­ flexión sobre el propio desarrollo teórico y empírico de la disciplina. Como filosofía de la ciencia, el conductismo irrumpió en la escena psicológica dotando a esta discipli­ na de un objeto propio de conocimiento. La conducta, cua­ lesquiera sea la conceptualización que se le haya venido dando a lo largo de este siglo, constituyó el objeto de es­ tudio que le daba especificidad como disciplina científica a la psicología. Y es por ello, que la psicología científica quedó marcada por el conductismo. Aun aquellos que se declaran anticonductistas tienen que aceptar que sus ar­ gumentos giran en torno a la demostración de que la psi­ cología estudia «algo más» que la conducta, y que este «algo más» forzosamente debe tomar en consideración, como indicador empírico inevitable, a la conducta. Cons­ tituyen la gran legión de los conductistas metodológicos,

unos de ellos conscientes de su condición, otros todavía vergonzantes de ella. Pero no es el conductismo metodológico sobre el cual

he

intentado reflexionar críticamente, pues de algún modo,

mi

elección del análisis experimental de la conducta como

metodología de la investigación científica, me había per­ mitido superar dicha aproximación general. Es precisa­

mente la teoría de la conducta cimentada en el análisis experimental y aplicado de la conducta, que ha constitui­

do

mi práctica científica y profesional en los últimos quin­

ce

años, sobre la que me he propuesto reflexionar. Esta

reflexión crítica es, sin embargo, una reflexión desde el interior de la disciplina. No es una andanada fácil y even­ tual desde el exterior, sino más bien el retorno a pro­ fundizar sobre los fundamentos de nuestra ciencia. Para hacer filosofía de la ciencia se debe haber hecho y estar haciendo ciencia. La filosofía de la ciencia no es más que explicitar los supuestos que orientan y fundamen­

tan nuestras acciones teóricas y de investigación cotidia­ nas, vbgr., qué es lo que consideramos como conducta, qué medidas de la conducta son las pertinentes, cómo abor­ dar la determinación de la conducta, qué paradigmas se­ leccionar en la descripción de nuestro objeto de estudio, etcétera. Y como la filosofía de la ciencia se hace con­ juntamente con el hacer ciencia, hágase o no deliberada­ mente, la filosofía de la ciencia se enriquece con el de­ sarrollo y evolución de la disciplina correspondiente. No volvemos a la filosofía como un reducto de la pureza y justeza conceptual que sopese si nuestra actividad cientí­

fica ha sido adecuada o no. Volvemos a los fundamentos y supuestos de nuestra ciencia, o para subrayarlo, de nues­

tra concepción sobre lo que es la psicología y cómo hacer

de ella una disciplina científica, para explicitar y ampliar

esa

filosofía que se construye paralelamente con el queha­

cer

científico. No se trata pues de un juicio filosófico del

análisis experimental de la conducta. Se trata de aprove-

char el largo recorrido que ha hecho la psicología conduc- tista para reexaminar nuestras concepciones, ampliarlas, corregirlas, y de esta manera, explicitar la filosofía de la ciencia, el conductismo, que evoluciona junto con la dis­ ciplina empírica correspondiente. No obstante, en este volumen no se pretende efectuar un análisis sistemático de esta problemática. Por tratar­ se de un conjunto de ensayos separados, diversos temas vinculados a ella aparecen examinados en diferentes con­ textos. Sin embargo, a todos los articula un denominador común: la preocupación por determinar con precisión el objeto de estudio de la psicología, las características pa­ radigmáticas de esta ciencia, y su inserción en el quehacer social de las disciplinas científicas. Estos ensayos han ido apareciendo colateralmente a un esfuerzo sistemático en el proceso por formular una teoría de la conducta, en el sen­ tido de construir una taxonomía paradigmática, a partir del concepto de conducta como interacción construida, que permita abordar, sin reduccionismos, la complejidad y ri­ queza de la conducta humana, conservando el rigor y la solidez que le procura el firme fundamento del análisis experimental de la conducta animal. Aun cuando existen antecedentes inmediatos de este propósito (Ribes, Fernán­ dez, Rueda, López y Talento, 1980), consideramos que los escritos en este volumen, así como el que está en proceso (cuyo título tentativo será Teoría de la Conducta: un aná- tisis de campo y paramétrico), superan muchas de las po­ siciones previamente expuestas. Un leit-motiv adicional ha sido el escarbar en los fun­ damentos e implicaciones ideológicas del conductismo. La tradición judeo-cristiana del pensamiento occidental ha sido, incluso mucho antes del pronunciamiento watsonia- no, profundamente anticonductista. No es de extrañar, pues, que el conductismo, especialmente en su versión no metodológica, haya suscitado fuertes embates de rechazo, muchos de ellos propiciados por la ignorancia, otros, en

cambio, por un entendimiento cuestionable. Los conduc- tistas hemos dejado el problema de la ideología a nues­ tros enemigos. Hemos cedido el terreno gratuitamente. Considero, sin embargo, que es el momento de percatar­ se que la ciencia no es inmune a la ideología, sino que en la medida en que se articula con ella de manera comple­ ja, es necesario desarropar la vestimenta ideológica y des­ tejer la urdimbre de relaciones que se dan, en múltiples direcciones, entre el conocimiento científico y el cono­ cimiento ideológico. No sólo es esto importante debido a la necesidad de examinar los orígenes y evolución histó­ rica de la disciplina, sino también para cotejar en forma argumentada las implicaciones reales que tiene una cien­ cia de la conducta frente a otros abordajes de lo «psico­ lógico», los que critican al conductismo desde el nicho de la pureza ideológica y el subjetivismo militante. Cuál no será la sorpresa de muchos de que los conductistas no sólo no rehuyamos la argumentación ideológica, sino que al contrario, podamos establecer dicha discusión sobre ba­ ses más firmes, el de la ideología como la práctica indivi­ dual concreta de los hombres en circunstancias históricas particulares. Se hace, por lo tanto, un primer esfuerzo en esta dirección. El volumen está dividido en tres secciones temáticas generales. Una primera, que aborda algunos problemas epistémicos e ideológicos de la disciplina. La segunda, que trata del examen crítico de la teoría de la conducta con­ temporánea. Una última, dedicada al análisis de las rela­ ciones entre la ciencia básica y sus aplicaciones y el modo de articulación del conocimiento científico con lo social. Finalmente, y aun cuando esto se haga obvio en el trans­ curso de la lectura del volumen, deseo expresar mi deuda de gratitud con aquellos científicos que han influido inad­ vertida o responsablemente en la conformación de mi pen­ samiento actual, muy especialmente Sidney W. Bijou, Wil- liam N. Schoenfeld, y J. R. Kantor. Mi interacción perso­

nal con ellos me ha permitido aprender más de la psico­ logía y del quehacer científico, que el alud de informa­ ción y datos que caracteriza a la producción disciplinaria actual.

E milio

Ribes

I ñesta

Naucalpan, México, noviembre de 1981.

1.

LA

NATURALEZA

DE LAS

LEYES EN EL

ESTUDIO DEL COMPORTAMIENTO

El examen de la naturaleza de las leyes del com porta­ m iento no es ajeno a un análisis del objeto de estudio de la Psicología, y de la naturaleza de las explicaciones que este objeto impone. No es necesario abundar sobre el hecho de que la definición epistemológica de un objeto teó­ rico determ ina no sólo el espectro em pírico del conoci­ m iento científico, sino tam bién el concepto mismo de le­ galidad de los eventos comprendidos. En el caso de la Psicología, por la naturaleza peculiar de su proceso constitutivo como disciplina científica, este problem a adquiere características especiales. Su ubica­ ción como ciencia natural o social y la existencia de fe­ nómenos internos o mentales son centrales a esta proble­ mática. Rem ontarnos a Aristóteles como punto de parti­ da, puede ser de utilidad para fundam entar la posición que sostenemos. El concepto de alma justificaba para Aris­ tóteles no sólo la delimitación de un campo de organiza­ ción de la realidad específica dentro de la «física» de su tiempo, sino tam bién una metodología teórica y empírica congruentes con dicha especificidad ontológica y episté- mica. De ahí el interés que presta al examen del alma (De

de

Ponencia

la Universidad

1.

leída

en

el

In stitu to

Nacional Autónoma

de

Investigaciones

Filosóficas

1980.

de México, 4 Diciembre

Anima) y su conceptualización. El alma, para Aristóteles, no se da sin cuerpo y por consiguiente no es independien­ te de la materia. Tampoco es potencia (facultades), sino acto que se da como organización de la materia en fun­ ción. Nada más lejano a la concepción aristotélica que un alma vuelta sustancia que interactúa con el cuerpo como facultad que lo potencia:

«Las afecciones del alma no son separables de la materia natural de los animales en la medida en que

les corresponde tal tipo de afecciones

ta de un caso distinto al de la línea y la superficie»

(De Anima, p. 136). «El alma es necesariamente enti­ dad en cuanto forma específica de un cuerpo natu­

«es el

ral que en potencia tiene vida» (p. 168, ibid)

alma, a saber, la entidad definitoria, esto es la esen­

cia de tal tipo de cuerpo» (p. 169, ibid)

se

Cuerpo, desde luego, no es, pero sí, algo del cuerpo,

«El alma ni un cuerpo.

y de ahí que se dé en un cuerpo y, más precisamente, en un determinado tipo de cuerpo» (p. 114, ibid).

y

que se

tra­

da sin

un

cuerpo ni es en sí misma

Es con los patriarcas de la Iglesia y los neoplatóni- cos, que culminan en el pensamiento agustiniano y to­ mista, que el alma aristotélica sufre la transformación y metamorfosis conceptual sobre la que descansa todo el pensamiento dualista moderno a partir del racionalismo cartesiano. El alma, de acto de la materia, se convierte en sustancia de la cual la materia es accidente, y la ma­ teria adquiere y pierde vida como efecto de su ocupación o abandono por el alma. La transmigración agustiniana del alma y su negación de la fiabilidad del conocimiento sensible, son la forma extrema de este dualismo en lo epis- témico:

«Pues así como el que sabe poseer un árbol y os da gracias por su uso, aunque ignore cuántos codos tiene de altura o hasta qué anchura se extiende, es mejor que aquél que sabe su medida y contó sus ra­

id

mas y no lo posee, ni conoce, ni ama a Aquél que lo

creó»

(Confesiones, Libro V, Capítulo IV).

Con Descartes adquiere carta de naturalización cien­

tífica el dualismo. Nos dice

era yo, y viendo que podía im aginar que carecía de cuer­ po y que no existía nada en mi ser que estuviera, pero que no podía concebir mi no existencia porque mi mismo pen­ sam iento de dudar de todo constituía la prueba más evi­

dente de que yo existía com prendí que yo era una sus­ tancia, cuya naturaleza o esencia era a su vez el pensa­ miento, sustancia que no necesita ningún lugar para ser ni depende de ninguna cosa m aterial; de suerte que este yo —o lo que es lo mismo, el alm a— por el cual soy lo que soy, es enteram ente distinto del cuerpo y m ás fácil de conocer que él» (Discurso del Método, p. 21). La razón, el cogito, como esencia otorgada por la perfección, Dios, es independiente del cuerpo y lo m aterial. Estos son ex­ plicados por las leyes de la mecánica, de donde surge el

concepto de reflejo, al afirm ar que, «

cánica (que) son las m ismas que las de la naturaleza » (Discurso del Método, p. 30). El dualismo se subraya al decir que, «ningún otro (error) contribuye tanto a des­

viar los espíritus del camino recto de la verdad, como el que sostiene que el alma de las bestias es de la misma

En cambio, cuando se com­

prende la diferencia que media entre una y otra, se en­ tienden m ejor las razones que prueban que la nuestra, por su naturaleza, es enteram ente independiente del cuer­

ten­

go un cuerpo al cual estoy estrecham ente unido, como por una parte poseo una clara y distinta idea de mí mismo, en tanto soy solam ente una cosa que piensa y carece de ex­ tensión, y por otra parte tengo una idea distinta del cuer­ po en tanto es solamente una cosa extensa y que no pien­

sa es evidente que yo, mi alma, por la cual soy lo que soy,

«Examiné atentam ente lo que

las

reglas de la me­

naturaleza que la nuestra

po

»

(Discurso del Método, p. 32)

«Y

aun

cuando

es completa y verdaderam ente distinta de mi cuerpo, y puede ser o existir sin él» (Meditaciones M etafísicas, p. 84). No es necesario abundar en citas adicionales de Des­ cartes para dejar sentado con claridad su profunda in­ fluencia en la formalización del dualismo, ontológico y epistémico, que perm eó la ciencia y cultura occidental posterior hasta nuestros días. La «res cógitans» cartesia­ na tuvo un doble im pacto sobre la psicología. Por una parte, caracterizó un alma racional, exclusivamente huma­ na, no m aterial y no dependiente de la m ateria, que en la m edida en que interactuaba con la corporeidad m ate­ rial, del hom bre, la determ inaba en su acción. Así, creó la «mente», alma interna causa de todo com portam iento

o acción Por otra parte, abrió la posibilidad de explicar

otro tipo de acciones, aquellas com partidas con los ani­ males, m ediante las leyes de lo natural, es decir, de la

mecánica, reduciendo al m aterialism o a su form a meca- nicista, como ha ocurrido con la teorización frenológica, tradicional y m oderna, que pretende explicar lo psicoló­ gico como sim ple acción m ecánica de lo biológico, o como

la interacción de m ente (léase res cógitans) y cuerpo (léa­

se res extensa) en el cerebro.

La especificidad de lo psicológico se dio, de este modo, como la especificidad de lo inm aterial, lo menta], la expe­

riencia consciente, so

nico-biológico. Tres supuestos fundam entales se derivan de este dualismo cartesiano:

riesgo de verse reducido a lo m ecá­

1)

I.o

mental

se concibe

como

lo causal

interno;

2)

La

interacción del hom bre y de los organism os con

su

medio es reductible a la acción mecánica, pasi­

va,

refleja;

3) Lo m ental, en tanto sustancia prim aria indepen­ diente de lo m aterial, obedece principios propios.

Aun

cuando

el

dualism o

ontológico

cartesiano

sufrió

transform aciones monistas, su dualismo epistémico sub­ sistió hasta nuestros días, tanto bajo el influjo del empi­ rismo como de las corrientes fenomenológicas y raciona­

listas m aterialistas, dando lugar a soluciones interaccio­ nistas o paralelistas diversas. Todas ellas, sin embargo, tienen un denom inador común: se elimina la interacción con el medio como objeto de estudio, y se analizan las ac­ ciones producidas como acto mediado de una «máquina»

o de una m ente internas, o de su interacción

Antes de seguir, consideramos conveniente detenernos,

inclusive.

para exam inar la justcza de plantear siquiera la

existen­

cia de una especificidad psicológica radicalm ente

distinta

a las versiones em anadas del dualismo, o coincidir quizá

con K ant en que los fenómenos de una psicología racio­ nal (Crítica de la Razón Pura) no tienen cabida en el co­ nocimiento científico. Nosotros, evidentemente, postulamos la existencia de un nivel psicológico en el conocimiento científico de la realidad, independiente, pero complemen­ tario, de lo biológico (y de lo social), que se fundam enta en un doble criterio. Por una parte, la especificidad del

nivel de organización de los eventos; por otra, la especifi­ cidad de su historicidad. Como resultante, lo psicológico se da en un nivel organizativo que intersecta lo biológico

y lo social, pero que no es reductible a ninguno de ellos.

La conducta como interacción del organism o total y su am biente (físico, biológico y/o social) modificable en y por el transcurso de su historia individual, se constitu­ ye en lo psicológico. Su especificidad histórica lo distin­

gue de lo biológico, que se plasm a en la filogenia, y de lo social, construido en lo colectivo. La conducta no es movimiento, ni cambio interno aislado, es movimiento y cambio interno copartícipes de una interacción. La conduc­

ta

al reencuentro

con el dualism o y su crítica. Para ello, analicemos los su­

puestos de él derivados. La discusión referente a la dife­

es

la

interacción.

su

Así definida

especificidad,

volvamos

rencia ontológica de lo mental y lo material no es suscep­ tible de argumentación empírica, e implica un compromi­ so materialista como punto de partida del conocimiento científico. Sin embargo, este compromiso no impide la dualidad epistémica implicada como lo testimonia en la historia de la psicología, el intento de Gustav Fechner (en su Elements der Psychophysics) por formular leyes cuan­ titativas de la interacción psicofísica. El conductismo, formalmente expuesto por J. Watson en su manifiesto de 1913, representa, después de Fechner, un nuevo abordaje, desde la perspectiva materialista, para recapturar la psicología bajo un enfoque no dualista. No obstante, históricamente, este pronunciamiento produjo resultados ambiguos en tanto, por razones intrínsecas a sus circunstancias paradigmáticas, arropó, bajo su lógica positivista, a las concepciones dualistas comprendidas en el mecanicismo y el mentalismo. Analicemos los dos casos. Watson, al limitar la conducta, como objeto de estudio de la psicología, a lo observable como actividad del orga­ nismo, eliminó la interacción como proceso y circunscri­ bió su dominio empírico al de los movimientos. Así fue que dio lugar al surgimiento de dos formas de dualismo epistémico: el conductismo metafísico, y el conductismo metodológico. En ambos, el nivel explicativo, la legalidad de la conducta, se desplaza hacia el interior del organis­ mo, o es sustituido por enunciados lógicos que median la naturaleza empírica de los fenómenos a ser explicados. Entremos en detalle al análisis de estos dos casos, en re­ lación a las explicaciones mecanicistas y mentalistas o in- ternalistas. En ambos tipos de conductismo se dan los dos tipos de explicaciones, pero bajo diferentes marcos de in­ dagación empírica. Situemos el caso de la explicación por reducción me- canicista. Esta ha asumido dos formas. Una, en que se establece la identidad de mente y cerebro, definiendo a la primera como la acción de este último. Otra, en que, sin

pretender identificar la explicación de la conducta con

una localización corporal específica, se plantea en térmi­ nos de un constructo lógico y sustituye a dicha reducción, bajo el condicionante de un anclaje operacional en las variables de estímulo y respuesta, lo que conforma el mo­ delo de «caja negra».

c Una gran porción de las teorías neuropsicológicas se

ajustan a la explicación por identificación reductiva de

lo

mental a lo neural. Ilustrativo de ellas, es la postura

de

Donald Hebb (en su Textbook of Psychology), quien

dice «La mente y lo mental se refieren a procesos que

ocurren dentro de la cabeza y que determinan los nive­

les superiores de organización de la conducta

nos generales, hay dos teorías de la mente. Una es ani- mista, una teoría en que el cuerpo es habitado por una entidad —la mente o alma— que es bien diferente de él, y que no tiene nada en común con los procesos corpora­ les. La segunda teoría es fisiológica o mecanicista: supone que la mente es un proceso corporal, una actividad del ce­ rebro. La psicología moderna —«concluye»— trabaja sola­ mente con esta teoría» (p. 3, 1958). No es necesario indi­ car que gran parte de las críticas aristotélicas a los con­ ceptos de alma expuestos por Demócrito y Platón, siguen siendo aplicables a esta formulación. Por ejemplo, baste plantear dos preguntas ¿Si la mente es una función cor­ poral, por qué utilizar conceptos referidos a eventos no corporales? y ¿En caso de que fuera referible a eventos corporales, cómo se transforma en cualidad lo corporal fisiológico a corporal mental? La teoría de Clark Hull es representativa de la expli­ cación mecánica por reducción a enunciados lógicos for­ mulados en términos fisicalistas. Hull (1943, 1951 y 1952) elaboró una teoría del aprendizaje simple, con base en el paradigma del condicionamiento clásico, enunciada me­ diante postulados, teoremas y corolarios característicos de un sistema formal hipotético-deductivo. Los conceptos cen­

En térmi­

trales de su teoría, aunque fraseados en lenguaje reduci-

ble a térm inos fisiológicos,

ribilidad inm ediata o m ediata a variables empíricas. Es­ tas, se vinculaban a los conceptos explicativos, como an­

que perm itían la configuración de los

derivaban de los postulados

del sistem a. Así, la conducta o ejecución, se veía explica­ da por la interacción form al cuantitativa de variables em­ píricas agrupadas bajo «conceptos puente» como los de

fuerza del hábito, pulsión, huella aferente del estímulo, in­ hibición reactiva, potencial oscilatorio, factor de incenti­ vo y otros más. La teoría era refutable m ás en térm inos

lógicos que em píricos, por el

tantes em pleadas. A pesar de que fue su inconsistencia in­

terna la causante de su descrédito últim o, las contradic­ ciones en que cayó no pueden analizarse como simple error metodológico formal, sino más bien como consecuencia natural de las limitaciones de su dualismo conceptual re­ duccionista. La legalidad explicativa interna no se restringe a for­

mulaciones mecánicas susceptibles de verificación o an­ claje empírico, sino que adopta formas disfrazadas de ana­ logía o en ocasiones posturas abiertam ente m entalistas. Ejemplos de ello lo constituyen algunos abordajes «cog- noscit¡vistas» contem poráneos. Pribram , G alanter y Miller (1960) por ejemplo, form ulan la regulación de la conduc­ ta en térm inos de planes, que se estructuran en un siste­ ma nervioso conceptual no descriptible en térm inos estric­

tam ente fisiológicos, sino

clas operacionales

teorem as y corolarios que se

no sustentaban ninguna refe-

continuo ajuste de las cons­

como un sistem a de tipo ciber­

nético (unidades TOTE). Este sistema es análogo a una máquina auloregulada, y la explicación se fundam enta, no en las propiedades en últim a instancia del sistem a nervio­ so, sino di- las m áquinas lógicas adoptadas como modelo. La explicación, v por consiguiente la legalidad, se da por isomorfismo. En otros casos, el modelo em pleado no con­

siste en una entidad mecánica o lógica, sino que hace re-

ferencia a procesos inferenciales que, tomados de niveles

puram ente

ca proposicional o la teoría

cen

a estados m entales internos, vbg., conflicto, incertidum ­ bre, expectativas, valor del reforzamiento, etcétera. Estos conceptos, sin la vinculación em pírica rigurosa que carac­

teriza

mientas ad hoc para justificar la aplicación de modelos,

que en cuanto predicen variaciones cuantitativas o cuali­

tativas de ciertas

feso, se consideran descriptivos de un orden de legalidad, muy dudoso a nuestro modo de ver. En cualesquier caso, sin embargo, para abordar el pro­ blema de la naturaleza de las leyes enm arcadas por un estudio científico del com portam iento, consideramos in­ dispensable analizar con profundidad las implicaciones úl­ timas de una concepción internalista, mental, de lo psico­

lógico. La cuestión central radica, a nuestro juicio, en dos puntos fundam entales. El prim ero, en la identificación, con lo interno. El segundo, a la génesis del reporte lingüís­ tico sobre lo privado, como génesis individual o como gé­ nesis social. El punto relativo a la identificación de lo privado con lo interno es crucial para la igualación de las distincio­ nes objetivo-subjetivo con la distinción público-privado, la dimensión subjetivo-objetivo parece corresponder, en

la epistemología tradicional, a la dicotomía

idea-materia y presupone de alguna m anera una proble­ mática equivalente a la dualidad mente-cuerpo. El proble­ ma radica en ubicar a los eventos privados como eventos objetivos en cuanto a su ocurrencia y restringir al sujeto a locus parcial del evento. Como locus parcial, el sujeto puede concebirse como respuesta participante de un even­ to interactivo, cuya ocurrencia o productos parciales de es­

simbólicos de descripción

reificaciones

prácticas)

(como lo es

la

lógi­

de la inform ación), se tradu­

a

conceptos

relativos

(como

a

los

sistem as

deductivos, se convierten en h erra­

situaciones

em píricas diseñadas ex pro­

térm inos de

tímulo no son públicamente observables. Planteado así el asunto, no se trata pues de asumir una cualidad dual de lo observable (en tanto objetivo) y de lo privado (en

tanto subjetivo), pues ello significaría reducir la objetivi­ dad de los fenómenos a lo públicamente verificable, tesis empirista de frágil consistencia epistémica. Como Skin- ner (1945, p. 277) expresa, «la distinción entre público y privado no es en absoluto la misma que la existente entre físico y mental. Esta es la razón que hace que el conduc- tismo metodológico (que adopta el primero) sea muy di­ ferente del conductismo radical (que cercena el último término en el segundo). El resultado es que, mientras el conductista radical en ciertos casos puede tener en consi­ deración los hechos privados (tal vez de manera infe­ rencia!, aunque no por ello con menor sentido), el opera- cionista metodológico se ha colocado en una situación en que no le es posible hacerlo. “La Ciencia no tiene en con­ sideración los datos privados”, dice Boring. Pero yo dis­ cuto» —prosigue—, «que mi dolor de muelas es tan físico como mi máquina de escribir, aunque no sea público, y no veo razón porque una ciencia objetiva y operacional no considera los procesos a través de los cuales se adquie­ re y mantiene un vocabulario descriptivo de un dolor de

muelas». Concluye diciendo

«la ironía del caso es que,

mientras Boring debe limitarse a una información acerca de mi conducta externa, yo sigo interesándome por lo que podría llamarse Boring-desde-dentro». El problema se plantea pues en otro nivel: ¿cómo los eventos privados, que participan de una interacción pú­ blica, pueden ser referidos como eventos, y por consi­ guiente responder a ellos públicamente? Esta es la esen­ cia de la cuestión que nos traslada al problema de la gé­ nesis del lenguaje referida a eventos privados. ¿Es esta una génesis individual que se expresa públicamente o se trata de una génesis social que cubre a lo privado y lo torna evento? La respuesta a esta pregunta determina que

se dé o no una solución dualista al problema representa­ do por los eventos privados. La cuestión rebasa el marco analítico que implica la posibilidad de traducir términos referidos a eventos men­ tales en la forma de enunciados descriptivos de las con­ diciones en que usan ordinariamente dichos términos, pues aun cuando esto contribuye a dar referentes objetivos a prácticas lingüísticas con carga mentalista, no cuestiona la existencia misma de dichos procesos internos, y no con­ sideramos, como lo plantean algunos autores (Harzem y Miles, 1978) que el simple análisis de la forma en que se expresan enunciados de existencia, supere el problema epistemológico implicado, pues ello significaría reducir el proceso de conocimiento a la sintaxis de los enunciados acerca de lo que se conoce. Skinner (1945, 1957) propone abordar el problema des­ de la óptica de cómo una comunidad lingüística define criterios públicos que le permitan responder adecuada­ mente a la presencia de un evento privado. Establece cua­ tro criterios posibles en este sentido:

1) La existencia de acompañamientos públicos del es­ tímulo privado;

La emisión de respuestas colaterales públicas al

estímulo privado; 3) Origen público de las respuestas privadas; y 4) Que una respuesta adoptada y mantenida en con­ tacto con estímulos públicos pueda ser emitida, a través de la inducción, en respuesta a hechos pri­ vados.

2)

Sin embargo, a nuestro modo de ver este planteamien­ to legitima al evento privado en tanto tal, y su identidad l'nctible con eventos y determinaciones internas2. Esto ocu-

2.

La

oscilación

de

Skinner

entre

dos

definiciones

de

la

con­

duela,

una

organocéntrica,

referida

a

m ovim ientos

(1938),

y

o tra

rre en tanto la argum entación gira en torno a cómo una com unidad lingüística se refiere a eventos privados ya exis­ tentes como eventos psicológicos, sin cuestionar si dichos eventos existen en realidad. Representa una constante del pensam iento de Skinner al identificar lo físico y fisiológi­ co como evento, con lo psicológico, sin deslindar que aun cuando lo psicológico requiere de una dimensión física subyacente, su cualidad no es reductible, funcionalmente, a lo físico.

una doble problemática.

En prim er térm ino, su

El

evento

privado

presenta

pertinencia a un nivel causal o ex­

plicativo de los hechos o procesos psicológicos. En segun­ do lugar, su preexistencia al «reporte» lingüístico o su determ inación psicológica a p artir de la posibilidad del lenguaje como dimensión social del com portam iento. Las teorías ontológicas y epistemológicas han considerado el problem a del conocimiento desde la perspectiva del im­ pacto sensorial de los objetos sobre el sujeto, o la cons­

trucción de la realidad de los objetos por el sujeto. Co­ mún denom inador de este conocimiento es que se restrin­ ge a lo sensible y/o lo racional, pero desconoce la praxis como actividad esencial del conocimiento. No puede haber conocimiento real sensible o racional aislado de la prác­ tica. Aún más, nos atreveríam os a decir que el conoci­ miento es sinónimo de la práctica individual y social del sujeto. No es de extrañar, por consiguiente, que al soslayar la praxis como proceso de conocimiento, se redujera al sujeto cognoscente a un sujeto contemplativo e interpre­ tador de la realidad, con un conocimiento internalizado

interactiva, episódica (1957), le lleva a confundir en ocasiones lo interno como conducta, con lo privado como producto de la con­ ducta. Es así que en sus últim as obras (1978), al exam inar el pro­ blem a de los eventos privados lo hace enm arcándolo en el contexto del "m undo debajo de la piel", sugiriendo la pertinencia de un análisis experimental de fenómenos mentales traducidos a térm inos conductuales.

como m undo de representaciones, cuyas descripciones ver­ bales se constituían en la validación racional de la exis­ tencia de las palabras y conceptos como cosas. Su reifica- ción configuró la mente. Si volvemos a la formulación de lo psicológico como interacción del sujeto (u organismo) y su entorno, cabe preguntarse acerca de la pertinencia explicativa de los eventos privados. Los eventos privados en tanto eventos del organism o activo, reactivo e interactivo constituyen exclusivamente componentes participantes de una inter­ acción que, aun cuando puede ser iniciada por el organis­ mo, no implica que la determ inación allí radique, puesto que a menos que se p arta de un paradigm a del entorno vacío, es injustificable suponer la espontaneidad pura y su identificación con su propia causalidad. Si, como es «•vidente, se p arte de la interacción m últiple, perm anente V bidireccional del organism o y su am biente, el evento privado se ve relegado a una fracción de la interacción, mas no a la determ inación de la misma. Sólo una con­ cepción lineal de mediaciones sucesivas de la causalidad, podría im poner, por su antelación inm ediata a la inter­ acción, atributos determ inantes a los eventos internos. Ello requiere la suposición adicional, naturalm ente, de que lo privado (igualado con lo interno) ocurra antes que lo ex­ terno o público, y en consecuencia, se constituya en con­ dición causal de lo observado, es decir, de la acción del organismo como efecto. Pasemos al segundo punto, pues no consideramos ne­ cesario abundar sobre lo recién examinado. El aspecto cení ral se refiere a la existencia m isma del evento priva­ do como evento psicológico, previo a la interacción que permite designarlo, y por consiguiente, otorgarle función de evento, o en palabras m entalistas, «contenido de la ex­ periencia».

definición, su identi- acerca de él. ¿Es sin

El evento privado

involucra, p o r

flc ación y la posibilidad de inform ar

embargo el evento privado, como evento psicológico, una realidad previa a la posibilidad conductual de su identifi­ cación, o por el contrario, se constituye en evento en el momento en que es identificable lingüísticamente? Las im­ plicaciones de cómo se responda a esta pregunta son im­ portantes. Afirmar que el evento psicológico tiene existen­ cia previa a su identificación significa que lo mental se expresa mediante el lenguaje y lo precede, o bien que lo mental y lo físico son idénticos en cuanto función, dado que anteceden a la referibílidad social de su existencia. Sea cual fuere de estas posibilidades, lo privado, se ma­ nifestaría como génesis individua!, y justificaría el análisis de cómo la comunidad lingüística y el medio social se re­ lacionan con su inobservabilidad. La relación entre lo pri­ vado y su denotabilidad por el lenguaje constituirían eje primario del análisis psicológico, como ocurrió con la psicofísica del siglo xix y las aproximaciones introspecti­ vas de Leipzig y Wurzburgo. Sin embargo, otra interpretación es posible. El evento privado es por definición evento social, y por consiguiente los criterios que lo definen como privado, son original­ mente públicos. ¿Qué significa esto? Implica que el even­ to privado existe psicológicamente a partir del momento en que el sujeto puede describir su propio comportamien­ to (y por consiguiente sus componentes parciales). Le des­ cripción de su comportamiento, como función referencial, implica un hecho social normado por las características del lenguaje desarrollado, y por las prácticas sociales de- finitorias de lo «privado pertinente». Esto se logra a tra­ vés de etapas sucesivas en que el sujeto puede referir y ser referido. La etapa terminal es referir el propio com- portamicnto con base en las interacciones que regulan las descripciones semejantes en los demás miembros de la comunidad lingiiístico-social. Visto así el problema, el evento privado es el efecto de la evolución de una inter­ acción esencialmente social. El sujeto es tal en tanto so-

cialm ente se le conform a de dicho modo. Lo privado es un aspecto autoreferible de interacciones sociales públicas. Por consiguiente, el análisis de los eventos privados no es ajeno al de las interacciones públicas, y fconstituye, en sen­ tido estricto, un caso particular de ellas. El problem a de la legalidad o explicación basada en la relación privado- público o interno-externo pierde todo sentido. ¿Qué orden de legalidad, por lo tanto, debe buscar la psicología? Después de haber descartado las soluciones m ecanicista y logicista, así como la analógica y mentalis- ta, se plantea una doble necesidad. La determ inación de

lo psicológico

como interacción organism o-am biente, con

una especificidad histórica propia, requiere de explicacio­ nes que hagan hincapié, separada, pero com plem entaria­ mente en dos aspectos:

1)

m ultideterm inación, como interdependencia, de

los factores presentes involucrados en una interac­

La

ción com pleja y continua entre organism o y am ­ biente; 2) La historia interactiva como determ inante de las m ultideterm inaciones presentes, tanto en lo que toca a interacciones concretas como en lo relativo

 

a

la

cualidad

genérica de dichas

interacciones.

F.n

el

prim er

caso,

la

explicación

y

las

leyes

compo­

nentes

ciones

mía

i undiciones necesarias para que los com ponentes en inter­

de un evento, psicología re­

de

es

deben

que

no

sólo

describir

posible

el evento, sino

La

las

condi­

lo hacen

y lo m odulan.

sino

que

es

ley no

descripción

fenoménica,

descripción

neción sean

suficientes

en la conformación

t u esle sentido, no consideram os que la

q u ie ra de leyes distintas a las de las llam adas ciencias ña­

fitéales.

l;,n el segundo caso, la explicación y su legalidad se ven

interacción

Int muladas

en

térm inos

del

desarrollo

de

la

de los elem entos involucrados, en tanto, lo psicológico, en lo individual, es definido por la posibilidad de una histo­ ria. Las leyes del prim er caso, son m om entos de las leyes históricas. Dado que la historia de lo individual, aun cuan­

do participa necesariam ente de

por los aspectos colectivos que determ inan su individua­ lidad en lo social, la psicología com parte este segundo tipo de leyes con la ciencia social3.

Exam inar las formas peculiares de estas leyes y expli­ caciones, y su inserción en el discurso científico de la psi­ cología justificaría un tratam iento aparte por sí solo. Como señalam iento final, baste decir que, en sentido estricto, la psicología contem poránea carece de enunciados legales genuinos. Creemos que la precisión de su objeto de estu­ dio y la form ulación de los paradigm as adecuados consti­ tuyen un prim er paso que es indispensable concluir.

lo biológico, se ve afectada

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1971.

in Operant

I. i:t postular la necesidad de leyes históricas, no significa ubi­ carse dentro de un planteam iento historicista. Las leyes históricas en psicología como en cualquier otra ciencia— son formulaciones

a

anáfisis genético que a

una simple descripción lineal partiendo de un supuesto origen de­ term inante (o sohi(-determ inante). No constituyen, por consiguien­ te, determ inaciones a priori de lo que ha de ocurrir, sino más bien la reconstrucción teórica, a p a rtir del conocim iento de leyes de proceso sistem áticas, de las etapas requeridas en la génesis de di­

chos procesos.

corresponden

postei ioi i

más

bien

a

de

la

los

procesos

en

tiem po,

de

por

un

lo

que

conform ación

teórica

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2.

CONCEPTOS MENTAUSTAS Y PRACTICAS IDEOLOGICAS

La historia reciente de la psicología ha sido la histo­ ria de la contraposición de múltiples formas de concep­ tos mentalistas ante el intento objetivo de construir una ciencia genuina del comportamiento, y en especial, del comportamiento humano. El conductismo, como la filo­ sofía especial de esta ciencia, se ha constituido, no sólo en la formulación teórica general que respalda este es­ fuerzo por articular una descripción y explicación obje­ tivas de la actividad de los hombres concretos, sino que, como consecuencia de una tradición preñada de dualis­ mo, el propio conductismo ha reflejado en su interior di­ chas contradicciones conceptuales. El dualismo, se ha constituido en la doctrina oficial del comportamiento humano, desde que Descartes forma­

lizó la hipóstasis cristiana del alma aristotélica. Como afir­ ma Ryle (1949), al comentar sobre el dualismo nacido de

las dudosas excepciones de los idiotas

Descartes, «

con

y

los infantes en brazos, cada ser humano tiene un cuerpo

y

una mente». Describiendo esta doctrina oficial prosigue,

« los cuerpos humanos están en el espacio y están some- lidos a las leyes mecánicas que gobiernan a todos los de­ más cuerpos en el espacio. Los procesos y estados corpo­ rales pueden ser inspeccionados por observadores exter-

nos

de una mente no es testimoniable por otros observadores;

su carrera es privada. Sólo yo puedo tener conocimiento directo de los estados y los procesos de mi propia mente. Una persona, por consiguiente, vive a través de dos histo­ rias colaterales, una consistente en lo que pasa en y a su cuerpo; la otra, consistiendo en lo que pasa en y a su mente. La primera es pública, la segunda privada» (p. 11). Esta doctrina es, con toda justeza, denominada por Ryle el mito del fantasma en la máquina. Aun cuando el problema puede abordarse desde la perspectiva de la ló­ gica de las categorías lingüísticas empleadas en la des­ cripción de los eventos y relaciones denominadas cuerpo

y mente o materia y espíritu, el problema no se reduce

pero las mentes no están en el espacio. La actividad

a una cuestión de lógica de la ciencia o epistemología ex­ clusivamente.

un gran

error y un error de tipo especial. Es, a saber, un error

categorial. Representa los hechos de la vida mental como

si pertenecieran a un tipo o categoría lógica (o rango de

tipos o categorías), cuando en realidad pertenecen a otra. El dogma es por consiguiente un mito filosófico» (p. 16). No sólo eso, sino que al identificar a cada una de las dos

instancias de la dualidad con las aproximaciones filosófi­ cas tradicionales, el materialismo y el idealismo, se pre­ tende discutir en el plano de las sustancias lo que cons­ tituye. en esencia, un problema de categorías. Ryle conti­

núa expresando que «

creencia de que existe una opo­

sición polar entre Mente y Materia es la creencia de que

son términos de un mismo tipo lógico

mo como el Materialismo son respuestas a una pregunta

inapropiada

tencia, como e .d e i’oi ia lógica, de eventos diferentes, tiene una acepción g en ei iea única.

Esta confusión c.iiegoi ial es, en efecto, importante, en tanto establece la posibilidad lógica de diferentes formas

Ryle, señala que esta doctrina dualista «

es

la

Tanto el Idealis­

<p ??). Presupone esta cuestión que la exis­

de existencia. Sin embargo, es una confusión que es ubi- cable sólo en la medida en que las categorías de existen­ cia son categorías reductibles o que corresponden a ni­ veles empíricos de descripción. El materialismo tradicio­ nal redujo o formuló el concepto de materia (o cuerpo) precisamente a las categorías de la Mecánica Newtoniana. La materia en general se identificó con la categoría física de materia, es decir, la materia corpórea. Pero, si se toma la distinción materia-espíritu, no como una distinción ca- tegorial de existencia, sino de propiedades de lo existen­ te, el problema mente-cuerpo rebasa el problema mera­ mente lógico señalado por Ryle. La cuestión no se restrin­ ge a la congruencia lógica del lenguaje con que descri­ bimos los eventos materiales y «mentales», sino que hay que abordar, desde la perspectiva de que ambos tipos de eventos existen, en qué consiste su existencia y cómo sus propiedades se constituyen en la forma de relaciones di­ ferentes de lo que como «corporeidad» se da en un solo

nivel. Tradicionalmente, las relaciones entre lo existente se reificaron en la forma de sustancias o cosas (materia, es­ píritu o mente, flogisto, energía vital) y el problema se for­ muló como necesidad lógica de explicar las relaciones de subordinación y las interacciones entre dichas sustancias o relaciones corporeizadas, objetalizadas. Así, el materia­ lismo e idealismo tradicionales se proponían demostrar la prioridad de una u otra sustancia, o en el mejor de los ca­ sos, cómo se relacionaban entre ellas. La psicología, fue la disciplina que heredó, con el propósito del análisis em­ pírico, esta última obligación lógica como razón de ser. Pero en el momento en que la discusión sobre dife­ rentes existencias se hace a un lado, y se acepta que todo lo existente se da en un mismo nivel categorial (materia­ lismo moderno), operan dos cambios fundamentales:

1)

La materia como categoría no subordinada a otra

existencia trascendente a ella, no se iguala con una de

sus formas tradicionales de presencia, es decir, la materia física. Materia es idéntica a existencia.

2)

La materia como categoría genérica de existencia,

tiene que ceder su lugar a otras categorías diferenciales que permitan lógicamente articular el conocimiento de las diversas formas en que, lo que existe, se desarrolla en la forma de relaciones no reductibles a una sola de ellas. Así, surgen tres nuevas ciencias en los finales del siglo xtx, que aun cuando, con una problemática enraizada todavía en la mitología dualista, comienzan a sentar la base del reconocimiento de nuevas formas de relaciones materia­ les, y por consiguiente, objetivas, en la realidad de lo exis­ tente. Es la aparición de la biología (Darwin), la psico­ logía (Pavlov y Watson), y la ciencia de las formaciones sociales (Marx).

Se entiende, en este contexto, que no hay misterio al­ guno en que, en el caso de la psicología, los primeros in­ tentos materialistas no hayan superado el dualismo origi­ nal, y que, por consiguiente, hoy día, dicho dualismo per­ manezca disfrazado de mil y una formas (los análogos me­ cánicos, cibernéticos, químicos, matemáticos, etc.). Todo intento de formulación materialista de lo «mental» o psi­ cológico, se expresó como la localización de lo mental en lo biológico, o como la localización de dónde lo men­ tal interactuaba con lo biológico. La categoría de materia subyacente era (y es) todavía una categoría reductiva a

lo físico. No tiene nada de extraño que esto ocurriera, pues

como lo señala correctamente Ryle, «

se acuñó

la palabra “psicología”, hace doscientos años, se suponía que la leyenda de los dos mundos era cierta. Se suponía, en consecuencia, que dado que la ciencia newtoniana ex­ plica (se pensó, erróneamente) todo lo que existe y ocurre en el mundo físico, habría y debería haber sólo otra cien­

cia contraparte que explicara lo que existe y ocurre en el

postulado mundo no físico

cuando

La “Psicología” era el título

supuesto para el único estudio empírico de los “fenómenos mentales”» (p. 319). La doctrina oficial del dualismo, cuya historia se re­ monta a Platón en contraposición a Aristóteles, tuvo de este modo un papel determinante en las modalidades que adoptó el estudio científico del comportamiento. Después de la aparición formal del conductismo, como una filoso­ fía de la ciencia que intentaba superar el dualismo priva­ tivo en la psicología, el dualismo adoptó nuevas formas. Una, el conductismo metodológico ontológicamente dualis­ ta. Otra, el conductismo metodológico epistémicamente dualista. El primero, supone que existe la conducta como ins­ tancia física, objetiva, de lo biológico, y que constituye, por consiguiente, un objeto legítimo de estudio de la psi­ cología. Sin embargo, no es lo único que existe, pues ade­ más hay un mundo subjetivo de percepciones, sentimien­ tos, cogniciones y otros eventos que es necesario incluir. La psicología se convierte de esta manera en el estudio de cómo este mundo interior se expresa al mundo exte­ rior. La conducta constituye el indicador externo de este mundo interior, subjetivo e inmensamente más rico. La conducta es el testimonio objetivo de ese mundo pri­ vado. El segundo conductismo metodológico renuncia a la visión de dos mundos, pero supone, sin embargo, que en ese único mundo, los eventos sólo tienen existencia en la forma descrita por la física. Lo material, como existencia, sólo existe, no en tanto físico, sino como lo físico. De este modo, ese mundo subjetivo al que tenemos acceso priva­ do sólo como sujetos, es en realidad un mundo de even­ tos físicos, al que sólo podemos entrar indirectamente, mediante la inferencia a partir de los datos públicamente verificables del comportamiento externo, de las medidas parciales que nos procura la ciencia biológica, o de las formas consensualmente validadas de referirnos a dichos

eventos privados. Lo psicológico es reductible a lo físico,

y por consiguiente, a explicaciones de tipo mecánico (aun

cuando las máquinas actuales son más complejas y con­ tienen nuevas formas de movimiento de lo físico, como lo son los procesos electrónicos de los sistemas cibernéticos). Como no es nuestro propósito profundizar en los as­ pectos relativos a cómo las formaciones ideológicas deter­ minaron históricamente las distintas formulaciones del ob­ jeto de estudio de la psicología, e inclusive la legitimidad misma de esta ciencia, sino solamente señalar que existe como una constante dicha determinación en la doctrina oficial del dualismo, no abundaremos más sobre el parti­ cular.

Es nuestra intención, sin embargo, hacer hincapié, en otras formas de relación entre la psicología, como una dis­ ciplina científica (en proyecto o evolución) y las formacio­ nes ideológicas sociales. Nos limitaremos exclusivamente

a un señalamiento general, pues un examen detallado y

comprensivo requeriría de un esfuerzo que rebasa a todo intento que inicia por ubicar simplemente la problemáti­ ca implicada. La doctrina oficial del dualismo ha impedido que se manifiesten con claridad dos vinculaciones de las repre­ sentaciones ideológicas con la psicología:

1) La manera en que el dualismo ha impregnado y permeado las formas ideológicas que se derivan del co­ nocimiento científico, es decir, las concepciones no cien­ tíficas que a nivel social se sustentan en la ciencia. A esto lo denominaremos ideología científica, pero a diferencia de Althusser (1975), no lo circunscribiremos a la «filosofía es­ pontánea del científico», a la que ya hemos hecho alusión en lo previamente examinado, sino que nos referiremos al producto de la actividad del científico, que modifica o es incorporada a las formaciones ideológicas de una sociedad determinada.

2) La legitimidad misma de que las formaciones ideo­

lógicas, en tanto prácticas materiales de los individuos con­ cretos, sean objeto de estudio científico de la psicología. Pasemos a examinar estos problemas, aun cuando sea en forma por lo demás general. Mencionamos en primer término que la psicología, no sólo es determinada por las representaciones ideológicas, sino que en la medida en que constituye, como toda cien­ cia o proyecto de ella, un modo social de conocimiento, contribuye a la formación, modificación o consolidación de las representaciones ideológicas. La historia de la cien­ cia, muestra cómo ésta ha estado, en ciertas épocas, en conflicto abierto con las verdades sociales establecidas, verdades sociales que representan una concepción del mun­ do, de lo que existe y del papel del hombre y la sociedad en esa realidad. El conflicto entre ciencia y sociedad ha emergido cuando la ideología producida por la ciencia, en vez de consolidar las concepciones del mundo (o de par­ te de él) vigentes, ha cuestionado su legitimidad empírica, y ha amenazado, por consiguiente, con alterar las forma­ ciones ideológicas en vez de sustentarlas o consolidarlas. La ideología científica lo es en la medida en que consti­ tuye o contribuye a la formulación social de una repre­ sentación del mundo, y por ende, del papel del hombre en ese mundo. No hay pues una contraposición, para no­ sotros, entre ciencia e ideología, sino más bien en la na­ turaleza del sustento que da origen y mantiene a las for­ maciones ideológicas. No sólo la ciencia no es inmune a la ideología, sino que tampoco la ideología es independien­ te de la ciencia. Ambas se determinan e influyen recípro­ camente como modos sociales de conocimiento. Los episo­ dios protagonizados por Galileo, Darwin, Marx y otros, ilustran con toda nitidez la contradicción que emerge en­ tre ciencia e ideología en tanto ambas son factores comu­ nes de una misma formación social de conocimiento4.

4.

El

proceso

de

superación

del

conflicto

entre

formaciones

ideológicas

sociales

no

se

da

necesariam ente

con

la

superación

En el caso de la psicología, después de la incorporación ideológica del psicoanálisis, que nunca se desvinculó del dualismo oficial, el conductismo representa este momento de inicio de las contradicciones en las formaciones ideo­ lógicas sociales: la ciencia o su proyecto construye ideo­ logía que se aparta y opone a la ideología dominante. La contradicción se resuelve gradualmente de dos maneras posibles: o se anula la legitimidad del proyecto y se le rein­ corpora hispotasiado en la ideología vigente; o bien, esta nueva ideología transforma parcialmente a la ideología exis­ tente, hasta que al darse las condiciones sociales apropia­ das, se convierte a su vez en ideología «oficial». El si­ glo xx, y por consiguiente nosotros, somos testigos de este proceso ideológico sin conclusión todavía en la psicología. La psicología es conductista toda ella, o bien porque lo es en sentido estricto, o bien porque se le combate en forma ya sea directa o encubierta. El conductismo, y las varian­ tes que bajo su nombre han emergido, son el escenario del conflicto entre las formaciones sociales ideológicas respec­ to al papel y determinación de la actividad concreta de los hombres concretos en la naturaleza y la sociedad*5. Hay pocos escritos en relación al análisis de esta pro­

de las form as estructurales de la sociedad que les dio origen —el m odo de producción. Un ejem plo ilustrativo de esto es la perm a­ nencia de la ideología cristiana ante diferentes form as de estruc­

tu ra social, y en contradicción con las ideologías científicas y no

generadas p o r estas form aciones sociales. La plasticidad

ideológica del cristianism o constituye sin lugar a dudas, como ocu­ rre con todas las grandes religiones por ejem plo, no un simple problem a de interpretación tam bién ideológica, sino un motivo de estudio científico en lo colectivo y en lo individual.

5. Com entario aparte m erecen aquellos "lissenkianos" de la

científicas

psicología y la ciencia social, que confunden la determ inación y existencia m aterial de la ideología con las form ulaciones economi- cistas, historicistas e incluso ¡geográficas! del problem a de la de­

term inación de la “subjetividad" del ser hum ano Para estos

fetas del nuevo dogma, el conductism o no da otro horizonte con­ ceptual m ás que el de ser un producto ideológico del pragm atism o filosófico del im perialism o norteam ericano. ¡Marx se apiade de

ellos!

pro­

blemática. Cabe aquí destacar el examen que realiza Samp- son (1981) sobre el significado ideológico de las aproxi­ maciones cognoscitivistas en psicología. Tomando como base cuatro problemas (la interacción sujeto-objeto, la ob­ jetividad de la realidad, la reificación psicológica, y el in­ terés técnico del conocimiento), Sampson demuestra el carácter esencialmente ideológico de diversas formulacio­ nes cognoscitivistas de la problemática psicológica, no en tanto los datos empíricos que las acompañan o fundamen­ ta sean en sí engañosos, sino en la medida en que las pre­ misas y conclusiones que los contextúan trascienden di­ chos datos. Resumiendo su análisis, dice que « específi­ camente, si los problemas observados yacen en las reduc­ ciones duales de individualismo y subjetivismo, el reme­ dio, en parte, requeriría la adopción de una psicología no reduccionista» (p. 739). El análisis crítico esbozado por Sampson de la llama­ da psicología cognoscitiva, podría extenderse a otras for­ mas conceptualización dualista con resultados semejantes, vbgr., las teorías de rasgos, las teorías basadas en mode­ los analógicos de procesamiento de información, las teo­ rías psicobiológicas de la conducta, y otras más. En to­ das ellas, siempre trasluce una determinación del compor­ tamiento que radica en el interior del propio sujeto u or­ ganismo y que es relativamente fija e inmune a las carac­ terísticas del ambiente exterior. Las relaciones con dicho medio se objetalizan como procesos nerviosos o menta­ les supuestos que, a la vez que se infieren del comporta­ miento en interacción con el ambiente, se consideran su causa primordial. Un segundo punto de suma importancia en lo que toca a la relación entre la psicología como productora de ideo­ logía y las formaciones sociales ideológicas vigentes es ¿en qué medida pueden desvincularse dichas formaciones ideológicas de las prácticas concretas de los individuos en sociedad?

Hasta la fecha, el examen sistemático de la ideología se ha limitado a la ciencia social (politología, sociología, historia, antropología), en la medida en que la ideología se ha concebido como la articulación de una serie de re­ laciones sociales en la estructura básica provista por un modo de producción particular (Gramsci, 1967; Luporini y Serení, 1973). No obstante, es necesario señalar que di­ chas formaciones sociales, descritas como relaciones ideo­ lógicas, constituyen conceptos que señalan un nivel de abs­ tracción que trasciende el comportamiento de los indivi­ duos envueltos en dichas relaciones. Las relaciones abs­ traídas toman como objeto concreto de análisis a la so­ ciedad en su conjunto, en cuanto campo interdependiente de determinaciones en lo histórico y lo sistemático. Este análisis, no excluye, sin embargo, la posibilidad, la nece­ sidad, subrayaríamos, de un examen cuidadoso de cómo esas formaciones sociales se manifiestan y expresan en las prácticas sociales de los individuos concretos. La ciencia social, aun cuando reconoce la problemática del indivi­ duo, no puede abordarla por su misma naturaleza y obje­ to. El individuo concreto, para la ciencia social, no cons­ tituye más que una abstracción de una de las bases ma­ teriales sobre las que se edifican las relaciones sociales. Luporini (1973), al tratar esta cuestión, señala que

los «

pre dentro de las “relaciones sociales”, aunque éstas sean creadas por ellos (por su trabajo: el hombre hace su pro­

pia historia, etc.). Los individuos están inicialmente con­ dicionados y determinados por tales relaciones antes de poderlas modificar, eventualmente y dentro de ciertas con­ diciones. En otras palabras, nunca encontramos a los hombres sueltos. Sin embargo, esto no significa que el in­ dividuo sea disuelto en sus “relaciones sociales”. Todo lo contrario: esto significa que el problema del individuo humano no es simple y puede ser planteado correctamen­

te sólo a partir de la situación indicada

“hombres” de Marx (en cambio), se encuentran siem­

(los individuos

humanos)

pero de una abstracción necesaria, científica, que es legi­ timada por el hecho de que de cualquier manera los “in­ dividuos humanos vivientes” existen efectivamente. Con las palabras “individuos desnudos” quiero significar la abs­ tracción más general correspondiente a esa realidad, vale decir, el hecho de que todo hombre, en cualquier relación en que se encuentre, debe ser al menos o también conta­

bilizado prácticamente como uno

ción muy simple y evidente

respecto a las “ciencias humanas”, respecto a las cuales, es

tan funcional como respecto a las ciencias biológicas » (p. 42). De esta cita puede desprenderse la complementariedad, e incluso la necesidad, del análisis de la práctica social individual respecto del examen de las características ge­ nerales de las relaciones que definen a una formación so­ cial particular. Partiendo de la base de que las prácticas individuales concretas no pueden aislarse ni genética ni contextualmente del sistema de relaciones sociales en que se dan, debe subrayarse que el estudio científico de dichas prácticas individuales, en lo que toca a los procesos de su transmisión y reproducción, cae, fundamentalmente bajo la cobertura de la psicología. Consideramos que sólo de una aproximación conduc- tista, que haga hincapié en el estudio objetivo de la in­ teracción construida del individuo con su medio social, puede esperarse la posibilidad de aprehender el proceso de esta construcción individual de la práctica social. La subjetividad se reduce al proceso idiosincrático de indi­ viduación de esta práctica, y no a un supuesto reflejo o reproducción espiritual de las formaciones ideológicas so­ ciales y su sustento estructura en un modo de producción particular. De otro modo, la ideología se mantendrá, en lo que toca a las prácticas sociales de los hombres concre­ tos, en el nivel de la pura abstracción ,o como ha venido

se

trata evidentemente de una abstracción,

Es por tanto una no­

la noción es potentísima con

ocurriendo a la fecha, como la reificación de una subjeti­ vidad que, constituida en reflejo mecánico de lo social, se erige en causa hipostasiada de esa práctica.

REFERENCIAS

Althusser, Louis: Curso de Filosofía Marxista para Cien­ tíficos. México: Diez, 1975. Gramsci, Antonio: La Formación de los Intelectuales. Mé­

xico:

Grijalbo, 1967.

Luporini, C.: Dialéctica Marxista e Historicismo. En C.

Luporini y E. Serení (Dirs.), El Concepto de Formación Económico Social. México: Grijalbo, 1973. — y S erení, E.: El Concepto de Formación Económico So­ cial. México: Grijalbo, 1973.

Ryle, Gilbert:

Bar-

nes & Noble, 1949. S ampson, Edward E.: Cognitive Psychology as Ideology. American Psychologist, 1981, 36, 730-743.

The Concept of Mind. Nueva York:

3.

TOPICOS Y CONCEPTOS EN LA TEORIA DE LA CONDUCTA6

En la actualidad, nadie argumentaría en contra del pa­ pel fundamental que desempeña la teoría en el desarrollo y construcción de la ciencia. No obstante, la psicología, y en este caso me refiero a la psicología conductista, difí­ cilmente puede plantear la existencia de un cuerpo de conceptos y definiciones coherente y sistemático, capaz de cubrir el rango completo de fenómenos comprendidos bajo la denominación de conducta7. Si la consideramos como la teoría desarrollada desde que Watson anunció formalmente el nacimiento de la nueva ciencia en 1913, se trata del tipo de teoría en que no estamos interesados. En este respecto, el análisis realizado por Skinner (1950) so­ bre las teorías del aprendizaje en boga entre los cuaren­

 

6. Una

versión

inicial

de este

m anuscrito

fue

leída

en

la

Sexta

Reunión

Anual

de

la

Association

for

Behavior

Anaíysis,

en

Dear-

bom

(Mich.),

EE.UU.,

mayo

de

1980.

Deseo

expresar

m i

reconoci­

m iento por la

lectura

cuidadosa

que

hicieron

de este m anuscrito

.1.

R.

K antor y

Sidney

W.

Bijou,

y

sus

valiosas

recom endaciones

para mejorarlo.

 
 

7.

Hago

referencia

al

m ovim iento

conductista

enm arcado

por

la

lism o social. La psicología interconductual, tal como la form uló

K antor no

de

la conducta, no fue tan influyente como los enfoques basados en

el condicionam iento.

veía las condiciones necesarias para el desarrollo de una

conduc-

teoría

del

se

condicionam iento

ajusta

a

esta

así

como

No

al

denom inado

aun

crítica.

obstante,

cuando

teoría

pro­

ta y los sesenta, es todavía válido, con la enumeración sumaria de los puntos ciegos que deben ser evitados en la construcción de una teoría científica de la conducta. Estas eran teorías del aprendizaje expresadas en térmi­ nos del sistema nervioso, de eventos mentales o de even­ tos explicativos no observados directamente. Estas tres teorías se consideraron como teoría incorrecta «en el sen­ tido de que ellas no se expresaban en los mismos térmi­ nos y no podían confirmarse con los mismos métodos que los hechos que supuestamente explicaban» (p. 193). Pero, desafortunadamente, saber lo que no debe hacerse como teoría, no nos proporciona los conceptos, definiciones y reglas para formular una estructura teórica a nuestra cien­ cia. Es nuestro propósito señalar algunos problemas ge­ nerales relacionados con la integración de una teoría de la conducta. Con el objeto de apoyar nuestra postura, enumerare­ mos los diversos criterios que debe satisfacer la construc­ ción de una teoría científica:

a) Definir el dominio u objeto de estudio de la disci­ plina, y su relación con otros campos de la ciencia;

b) Proporcionar los criterios metodológicos para cla­ sificar ese dominio de eventos y seleccionar aquellas propiedades y relaciones consideradas como las más pertinentes;

c) Formular conceptos, definiciones y reglas básicas para diferentes tipos de eventos, datos y operacio­ nes, a fin de armonizar la interacción entre la in­ vestigación científica y los procedimientos observa- cionales, con los eventos y objetos con los que tra­ ta la disciplina;

d) Integrar observaciones no relacionadas y aun con- tradffctorias, mediante la derivación de conceptos que reflejen las propiedades de los eventos y las in- acciones; y

e) Abrir nuevos

dominios empíricos

y

conceptuales

en el cumplimiento de su función heurística, esen­ cial a cualquier sistema teórico.

¿Cuáles

son

los

logros

de

la

teoría

moderna de

la

conducta en este respecto? Demos un rápido vistazo.

a) El concepto de conducta parece haber sufrido una serie de transformaciones que no son sólo de na­ turaleza lógica, sino que representan también un cambio epistémico o semántico en relación al do­ minio empírico de eventos con los que trata la psi­ cología. Watson (1924) definió inicialmente la con­ ducta como «lo que el organismo hace o dice», es decir, como aquellas actividades observables del organismo, y aun cuando distinguió entre respues­ tas manifiestas y cubiertas, las últimas siempre te­ nían que ser referibles a un sistema reactivo fisio­ lógico, como ocurrió en el caso del lenguaje. Esta concepción de la conducta es más restringida que la que expuso por vez primera Skinner (1938), como «la parte del funcionamiento de un organismo que se ocupa de actuar sobre o tener intercambios con el mundo externo». Sin embargo, la naturaleza in­ teractiva de la conducta se veía constreñida por su formulación en términos físicos como «movimien­ tos de un organismo o de sus partes en un marco de referencia proporcionado por él organismo mis­ mo o por diversos objetos externos o campos de fuerza». En dichas formulaciones todavía se identi­ fica la conducta con la actividad del organismo, aun cuando se subrayan sus efectos sobre el ambiente. Esto es totalmente distinto de su propia definición (Skinner, 1957, pp. 224-225) al tratar la conducta verbal como un episodio entre un hablante y un escucha. En este caso, la conducta no se limita a

la actividad del organismo, sino que se identifica con la interacción misma entre los dos actores del episodio verbal. Se ignora a los movimientos como propiedades definitorias de la conducta y el con­ cepto se vuelve virtual, pero no formalmente, idén­ tico al de intercambio o interacción. Esta reformu­ lación se aproxima a la concepción de Kantor (1959) sobre la interconducta. Kantor iguala la intercon­ ducta con un campo psicológico. El campo psico­ lógico consiste en segmentos de conducta que cons­ tituyen sistemas integrados de factores, incluyendo una función de estímulo y respuesta (la interac­ ción del organismo con los objetos de estímulo), la historia interconductual, los factores disposicio- nales situacionales y los medios de contacto. El evento no es identificable en términos exclusivos de las respuestas. Es innecesario añadir que en la ma­ yor parte del análisis teórico y experimental de la conducta, las dos primeras definiciones constitu­ yen el marco de referencia fundamental,

b) La teoría actual de la conducta se originó primor­ dialmente en la teoría del condicionamiento, y en última instancia, en el paradigma del reflejo. El tra­ bajo inicial de Skinner (1931, 1935a) ilustra cómo el proceso de selección de la unidad de análisis y la segmentación «natural» de la conducta no fue independiente de supuestos fundamentales que sub­ yacían a una concepción lineal y molecular enmar­ cada por dicho paradigma. Se consideró que las medidas puntuales de topografías limitadas en una posición espacial fija eran representativas del flujo continuo de la conducta. De este modo, la selección de una respuesta discreta, repetitiva, en el condi­ cionamiento operante, no era ajena al concepto de reflejo y a la formulación de clases genéricas como conceptos analíticos básicos (Skinner, 1931; 1935a).

Las respuestas, como aquellos segmentos físicos productores de la interacción puntual con el am­ biente se confundieron con los sistemas reactivos y la función de respuesta. La dicotomía respon- diente-operante, inicialmente una distinción funcio­ nal (Skinner, 1935b) se identificó con las restriccio­ nes biológicas impuestas por los sistemas de res­ puesta involucrados. Aún más, la presión de la pa­ lanca, como una respuesta, cuando se le empleó bajo programas múltiples o concurrentes, se ha venido analizando como el mismo segmento de conducta (tasas globales, tasas relativas, efectos de contraste), a pesar de que se debe concebir con funciones diferentes en términos de las condiciones que controlan su emisión. La morfología se ha iden­ tificado con la función. Del lado del estímulo, se enfrentan problemas semejantes. La causalidad se concibió como un proceso lineal en tiempo, y se buscaron explicaciones de uno o dos factores en el análisis de fenómenos complejos. Como consecuen­ cia histórica, aun en situaciones aparentemente sim­ ples, se soslayan teóricamente factores funcionales, como ocurre con las operaciones de privación-sa­ ciedad, la función de estímulo del operando, etcé­ tera. Además, en consonancia con el hincapié pres­ tado a los estados estables, las transiciones conti­ nuas en la conducta que constituyen el proceso de interacción, han sido disminuidas en importancia, al seleccionarse datos de estado terminal que la mayor parte de las veces están predeterminados con base en las expectativas del experimentador. La cobertura lógica del dominio conductual por las taxonomías que se derivan de los modelos de con­ dicionamiento ha mostrado ser limitada y no ha podido cumplir sus propósitos, dado que parece in­ capaz de procurar una sintaxis conceptual adecua­

da a la naturaleza de la conducta, incluso en situa­ ciones simples. Algunos autores como Schoenfeld (1972, 1976) han sugerido una revaloración crítica de los fundamentos de la teoría de la conducta ac­ tual, y algunos otros han propuesto modelos de campo como el de Kantor (1924, 1926) como una al­ ternativa más fructífera.

c) Los conceptos y los marcos organizativos de la teo­ ría de la conducta se derivan, en su mayor parte, en correspondencia a reglas operacionales y de pro­ cedimiento, o como extensiones metafóricas de di­ chas reglas. El denominar procesos y mecanismos en términos de las condiciones de procedimiento que dieron lugar a los fenómenos bajo análisis cons­ tituye una práctica común. Así, se acostumbra ha­ blar de procesos idénticos a las operaciones, como ocurre en el condicionamiento clásico, la generali­ zación del estímulo, la extinción, el castigo, el re­ forzamiento condicionado o las relaciones estímulo- estímulo o respuesta-estímulo. Esto ha constituido una estrategia poco gratificante, dado que los re­ sultados teóricos han consistido en la separación ar­ tificial de interacciones complejas o bien el sobre- lapamiento y equivalencia de «mecanismos» opcio­ nales. Los esfuerzos de Schoenfeld et al. (1972) y Catania (1971) son dignos de mencionarse, por su propósito de superar dicha situación. Schoenfeld et al. han mostrado la posibilidad de procurar un análisis sistemático a fin de integrar paramétrica­ mente operaciones consideradas tradicionalmente independientes una de la otra (evitación, conducta de razón y de intervalo, programas contingentes y no contingentes, etcétera). Catania ha intentado re­ lacionar operacionalmente varios procedimientos ex­ perimentales desde el condicionamiento clásico has­ ta programas complejos. No obstante, la pesada he-

rencia del operacionalismo lo hace todavía presen­ te como el abordaje de mayor influencia en la sis­ tematización teórica.

d) El crecimiento de micromodelos es una de las ca­ racterísticas sobresalientes de la teoría de la con­ ducta. La tendencia teórica se manifiesta en la cons­ trucción de modelos formales o ligados a hipótesis dirigidos a un rango restringido de fenómenos. Los modelos se ofrecen como una alternativa todo o nada en la descripción y predicción de datos espe­ cíficos, y en muchas ocasiones, la investigación se orienta no a la búsqueda de parámetros generales, sino por el contrario, a la identificación de excep­ ciones y casos paradójicos. Los modelos nominati­ vos y postulativos sustituyen la búsqueda necesaria de conceptos y parámetros capaces de integrar da­ tos aparentemente independientes e incluso contra­ dictorios. Por consiguiente, no existe una teoría unificada de la conducta sino más bien un mosaico variado de modelos restringidos y que en ocasiones se yuxtaponen empíricamente. La linealidad de la exploración conceptual se expresa no solamente en la naturaleza molecular de estos modelos, sino tam­ bién en su ecléctica «coexistencia pacífica» para lo que se concibe como campos empíricos diferentes. Ejemplo de ello son los modelos desarrollados para explicar efectos restringidos como la igualación en conducta concurrente (Hermstein, 1970; Rachlin, 1978; Baum, 1973) o las relaciones especiales de con­ tingencia entre estímulos (Kamin, 1969; Wagner y Rescorla, 1972; Hearst y Jenkins, 1974). e) Finalmente, la heurística se limita a la predicción de las propiedades implicadas por los modelos for­ males o por la regresión infinita de la inferencia no­ minativa. Como en los cincuentas, los investigado­ res están más interesados en mostrar que algo

que predicen tendrá lugar o que un evento «nor­ malmente» no predicho ocurrirá bajo ciertas con­ diciones, que en la búsqueda de uniformidades en las complejas interdependencias que se establecen en parámetros múltiples. La teoría debería señalar hacia nuevos dominios empíricos a través de la de­ finición conceptual y no por un proceso empírico accidental de ensayo y error o debido a las infe­ rencias formales de modelos preconstruidos.

¿Hacia qué debe dirigirse una teoría de la conducta?

La respuesta a esta pregunta determina en gran me­ dida la visión y características de una teoría de la con­ ducta.1El conductismo como una filosofía de la ciencia fuertemente influida por el evolucionismo planteó, desde sus inicios, la necesidad de cubrir tanto la conducta de los animales como la del hombre (Logue, 1978) y siguien­ do esta tradición, la teoría de la conducta ha sido, en un sentido restringido, una teoría de la psicología compara­ da. No obstante, esto nunca ha constituido una meta sis­ temática ,sino más bien el resultado del esfuerzo de au­ tores particulares destacados (Schneirla, 1959; Bitterman, 1960; Razran, 1971), la mayoría de ellos no vinculados di­ rectamente a la aproximación del análisis conductual. e Debido al vínculo lógico de la teoría de la conducta con el operacionalismo, se ha hecho hincapié teórico en procesos que supuestamente subyacen al empleo de pro­ cedimientos generales específicos, tales como el condi­ cionamiento respondiente u operante, o en mecanismos internos sobreimpuestos anclados fisicalísticamente como la atención, la reducción e inducción de la pulsión, el pro­ cesamiento de información, la prepotencia de respuesta, etcétera^* Estas tendencias han producido una teoría que subraya los estados terminales más que las transiciones,

y que busca procesos y mecanismos generales ligados a

situaciones particulares de procedimiento. Los esfuerzos comparativos se han visto restringidos al empleo de di­ versos procedimientos con distintas especies incluyendo al

hombre (Hodos y Campbell, 1969). La carencia de una teoría basada en la consideración de diferentes niveles cualitativos de complejidad y orga­ nización de la conducta, ha conducido a dos tipos de des­ viaciones reduccionistas, (a) Una consiste en suponer que

las especies superiores como el hombre son controladas conductualmente por los mismos procesos que las espe­ cies inferiores (como las ratas, palomas, etcétera) en tér­ minos de los paradigmas del condicionamiento operante y respondiente (Skinner, 1957; Schoenfeld, 1969). (b) Otra consiste en imponer a las especies inferiores los procesos

y mecanismos identificados en las especies superiores (ma­

míferos y aves) como sucede en la búsqueda de efectos de condicionamiento en los invertebrados. El trabajo reciente en el análisis conductual aplicado ejemplifica el caso (a) de manera precisa como una for­ ma extrema de extrapolación conceptual de la conducta animal al comportamiento humano. Aparte de su propó­ sito objetivista, (a) ha mostrado ser reduccionista y tener poco éxito en el desarrollo de una aproximación teórica

a la conducta humana.

(1970) ha observado,

conducta no ha alcanzado a tratar adecuadamente la con­ ducta humana, tanto a nivel teórico como a nivel experi­ mental. Por consiguiente, un problema primario de la teo­ ría de la conducta debería ser la distinción entre la con­ ducta animal y el comportamiento humano. La diferen­ cia entre la conducta animal y la humana no puede ser so­ lamente del orden morfológico o cuantitativo. Es evidente que el lenguaje y la posibilidad de responder a los refe­

la

Como Kantor

el análisis

de

rentes de los eventos en términos de las convenciones y la historia de los grupos sociales representa inequívoca-

mente un corte cualitativo entre los humanos y los no

humanos. Como lo señala Schaff (1975) «

que es una reflexión particular de la realidad, al mismo tiempo, en un sentido especial, crea nuestra imagen de la

realidad. Y esto es, en el sentido en que, en cierta medi­ da, lo son nuestras articulaciones acerca del mundo, una función no sólo de las experiencias individuales, sino tam­ bién de las experiencias sociales transmitidas al indivi­ duo a través de la educación, y, sobre todo, a través del lenguaje» (p. 251). Sin discusión, el lenguaje establece una diferencia fun­ damental entre los animales sub-humanos y el hombré, y parece lógico el considerar que los paradigmas y con­ ceptos formulados para tratar con los fenómenos no lin­ güísticos tengan que ser insuficientes para aceptar las ca­ racterísticas cualitativas del lenguaje como conducta (Ri- bes, 1977). En este respecto, es poco adecuado describir

y explicar las interacciones lingüísticas en términos de

lenguaje,

el

condicionamiento o de conceptos derivados del condicio­ namiento. Es igualmente nugatorio analizar la conducta lingüística en términos derivados de funciones conductua- les simples como el reducirla a los patrones estructurales y formales de las convenciones gramaticales (Ribes, 1979). La teoría de la conducta ha confundido el análisis de los sistemas reactivos lingüísticos (y su adquisición), con la investigación de las interacciones lingüísticas como un nivel sustitutivo de conducta entre los que hablan, los

que escuchan, y el ambiente físico y social (Kantor, 1977). Un examen cuidadoso del trabajo de Skinner (1957) sobre

el particular, con el fin de citar la contribución más des­

tacada en este respecto, describiría gráficamente las li­ mitaciones antes mencionadas. Los fenómenos lingüísti­ cos, como comportamiento referencial requieren de la in­ teracción de los eventos a los que se refiere el que «ha­ bla», y un «escucha» a quien se refiere el que «habla». El

escucha hace contacto con los eventos a través de la ac­

ción del que habla, quien media o sustituye dichos even­ tos. La conducta controlada por estímulos morfológica­ mente lingüísticos (como en las respuestas texuales, intra- verbales o de transcripción) así como aquella conducta que produce patrones morfológicos lingüísticos (como su­ cede en los estudios sobre adquisición del lenguaje), care­ cen de la función referencial intrínseca a las interacciones propiamente lingüísticas, y están más bien relacionados con casos de conducta simbólica o con el establecimiento de los sistemas reactivos socialmente requeridos con el fin de desarrollar conducta referencial. La distinción entre la conducta específicamente huma­ na y el comportamiento no humano permitiría la formu­ lación de una teoría en la que, al analizar los procesos como funciones cualitativas, se sistematizaría el desarrollo de estas funciones y procesos en dos direcciones: la on­ togenia y la filogenia de la conducta. Las funciones cua­ litativas significan diferentes niveles de organización de las interacciones entre los organismos y sus ambientes, por ejemplo, un contacto indirecto entre la respuesta y los eventos como ocurre en las interacciones lingüísticas involucra una función cualitativa diferente que los contac­ tos directos como los que tienen lugar en el condiciona­ miento clásico. La relevancia de caracterizar en forma apropiada a la conducta humana parece obvia en el caso de la ontogenia de la conducta. Y dicha caracterización se vuelve aún más relevante al señalar que en un solo orga­ nismo existe una continuidad en la evolución de las fun­ ciones conductuales, algunas de las cuales son comparti­ das con las especies no humanas mediante su reorganiza­ ción y subordinación a los procesos específicamente hu­ manos. Indudablemente, el desarrollo humano es uno de los tópicos cruciales en la teoría de la conducta. El tra­ bajo pionero de Bijou (1976) y Bijou y Baer (1961), ha mostrado las dificultades planteadas por la ontogenia de la conducta a los marcos teóricos actuales. Del lado de la

filogenia de la conducta, el análisis teórico no debería di­ rigirse solamente al señalamiento de distinciones entre la conducta humana y la no humana, sino también a di­ ferencias cualitativas semejantes en funciones que carac­ terizan niveles de complejidad y organización conductual entre los varios phyla y especies.

Algunos vacíos conceptuales en la teoría de la conducta

Los datos por sí mismos no proveen de conocimiento. Se requiere una estructura teórica que organice, sistema­ tice y vuelva significativos a los datos. Muchos de los pro­ blemas confrontados por la teoría de la conducta son con­ ceptuales más que empíricos, puesto que los datos reco­ lectados y buscados no son independientes de los supues­ tos teóricos subyacentes a su producción. Sin pretender ser exhaustivo, mencionaré algunos de los conceptos re­ queridos para clasificar problemas que reflejan nuestras limitaciones en la descripción adecuada de la complejidad de los datos y eventos bajo análisis. Me referiré a los si­ guientes conceptos:

a) Historia interconductual. Representa la influencia de interacciones previas sobre las situaciones pre­ sentes. La historia refleja la evolución separada y conjunta a la vez de los estímulos en relación a las diversas funciones de respuesta, así como la bio­ grafía reactiva ante funciones de estímulo variadas. Por consiguiente, las interacciones descritas como historia no actúan como un efecto lineal, y desem­ peñan más bien dos papeles. Por un lado, las in­ teracciones previas determinan la probabilidad de contactos particulares entre el organismo y el am­ biente. Por el otro, las propiedades cualitativas de interacciones sucesivas modulan el tipo de con-

b)

tacto entre el organismo y el ambiente, es decir, la naturaleza de la función interconductual en proce­ so. La conducta psicológica, en contraste a la mera conducta biológica, representa la acción de la his­ toria individual en el desarrollo de las interaccio­ nes funcionales con el ambiente. La extensión de las funciones a estímulos condicionales así como la función sustitutiva de la conducta lingüística, son ejemplos ilustrativos de cómo la historia se cons­ truye en la interacción continua del organismo con sus circunstancias. Los investigadores conductua- les tienen que ver constantemente con la historia, especialmente en los estudios dedicados al análisis de los tratamientos secuenciales o a las transicio­ nes. No obstante, no se efectúa ninguna sistemati­ zación conceptual acerca de esta interacción empí­ rica. Apenas comienza a reconocerse su pertinencia al desarrollo conductual y a los efectos de los pro­ gramas de estímulo (Morse y Kelleher, 1970). No obstante, no forma parte de las herramientas del análisis conceptual cotidiano. Su inclusión parece imperativa a ñn de alejamos de las interpretaciones lineales de la conducta, especialmente en el caso de la conducta humana. Funciones de estímulo-respuesta versus objetos de estímulo y sistemas reactivos. Aunque el concepto de r dejo y de la operante en Skinner (1931, 1935) es de naturaleza funcional, y analiza al estímulo y la respuesta en términos de covariaciones de una relación, esto ha sido olvidado a menudo en la prác­ tica teórica y experimenta; debido a que no exis­ ten definiciones diferenciales para delimitar los ob­ jetos, los sistemas de respuesta y las dimensiones del estímulo de las funciones propiamente dichas. Kantor (1933) subrayó la naturaleza funcional y bi- direccional del contacto entre estímulo y respuesta.

Del mismo modo, Kantor distinguió la función del estímulo y el objeto de estímulo, así como la fun­ ción de respuesta de las respuestas y los sistemas reactivos. Los objetos de estímulo y los sistemas reactivos están constituidos por múltiples estímu­ los y respuestas, siendo estos últimos sus segmenta­ ciones físicas y morfológicas. Las funciones son las relaciones establecidas por contactos proximales y distales entre el organismo y los objetos de estímu­ lo en el ambiente, y por ende las funciones cubren más de un solo elemento de estímulo y respuesta. Por consiguiente, un solo objeto de estímulo, puede tener funciones de estímulo diferentes así como un sistema reactivo particular puede poseer varias fun­ ciones de respuesta. No existe correspondencia di­ recta entre el objeto, el estímulo y la función, al igual que en el caso de la respuesta. Además, esto significa que las funciones de estímulo y respuesta no pueden ser adscritas a eventos aislados discre­ tos de estímulo y respuesta. Las funciones compren­ den segmentos extensos de estímulos y respuestas, que no son susceptibles a un análisis molecular como una aproximación de primer orden. Los pro­ gramas de estímulo de segundo orden y la con­ ducta de evitación libre constituyen ejemplos des­ tacados de este problema. Sin embargo, como lo muestran claramente las prácticas de modificación de conducta, la respues­ ta y el estímulo se han identificado consuetudina­ riamente con los objetos, sistemas y funciones. Se observa la misma confusión en los informes expe­ rimentales y análisis teóricos cuando se restringe las funciones a un sistema reactivo particular (como ocurre en las llamadas interacciones respondientes- operantes) o cuando se adscriben las funciones de estímulo al objeto de estímulo total (como en el

caso del reforzador), identificando siempre a una función particular con un objeto o sistema reacti­ vo particular. Las funciones pueden comprender va­ rios objetos de estímulo así como diferentes siste­ mas reactivos, a la vez que en un solo objeto de es­ tímulo o sistema reactivo sólo una parte, y no to­ dos los elementos constitutivos, pueden integrar la función total. Las concepciones moleculares del estímulo y la respuesta han conducido a constricciones morfoló­ gicas de las funciones de respuesta y a reducir las funciones de estímulo a las dimensiones derivadas operacionalmente de eventos puntuales, como en el caso de los estímulos reforzantes, condicionales y discriminativos. Por una parte, estas funciones no parecen poder cubrir casos que trascienden los pa­ radigmas operacionales del condicionamiento sim­ ple, como sucede en la impronta, los programas de segundo orden y la discriminación condicional. Por otra parte, las funciones discriminativas, condicio­ nales y reforzantes son a veces difíciles de aislar y se yuxtaponen cuando se describen segmentos con- ductuales extendidos. Las funciones debieran iden­ tificarse con base en dos criterios:

Primero, una función no es idéntica al procedi­ miento o al fundamento metodológico disponible para determinar las relaciones tentativas en una in­ teracción organismo-ambiente, lina función es un concepto que describe las propiedades cualitativas y estructura de una interacción e interdependencia complejas entre el organismo y su medio. Por con­ siguiente, las relaciones lineales simples, como las prescritas para las funciones de estímulo discrimi­ nativas, condicionales y reforzantes, son insuficien­ tes para tipificar un segmento interconductual, y llevan a su aplicación reduccionista y ubicúa a fe-

nómenos que no comparten propiedades semejan­ tes.

Segundo, las funciones no pueden definirse en términos de la interacción de eventos puntuales. Estas descripciones son cuestionables tanto sobre bases de tipo lógico como de medida, y los datos experimentales señalan continuamente al carácter contextual y molar de las interacciones, de modo tal que tendrán que ser tomadas en consideración porciones mayores de la actividad del organismo y el flujo ambiental. Suponer que la interacción de un organismo con su ambiente circundante puede explicarse sólo en términos de los pocos factores discretos que se describen y manipulan operacio- nalmente en las situaciones experimentales o aplica­ das, parece constituir una posición simplista e in­ genua. Todos los factores envueltos en una inter­ acción, identificados o no, participan en su deter­ minación, como el trabajo preliminar de Schoen- feld y Farmer (1970) parece apoyar en relación a la influencia de respuestas no definidas (J/L) sobre la conducta estipulada operacionalmente (R). c) La Clasificación de la Conducta. Si las funciones constituyen conceptos descriptivos y explicativos de algún valor, deben formularse de modo tal que per­ mitan clasificar a los fenómenos independientemen­ te de los procedimientos empleados, señalando ni­ veles dierenciales de integración conductual. Las funciones debieran diferenciar entre diversas cua­ lidades de interacción, a la vez que señalan el tipo de análisis cuantitativo requerido tanto en térmi­ nos de procesos espacio-temporales como de los pa­ rámetros implicados. Ya se ha mencionado que un primer paso para adecuar la teoría de la conducta sería el distinguir entre conducta humana y animal, así como entre

diferentes clases de conducta no humana. Así, el

cuerpo central de una teoría de la conducta sería

la organización jerárquica de las funciones que pres­

cribirían los límites de los diversos niveles organi­ zativos de la conducta en el hombre y los ani­ males. Examinemos dos asuntos adicionales en relación

a esta problemática. Uno se refiere a cuestiones que

surgen en el contexto de la conducta animal. Los conceptos actuales, vinculados al operacionalismo, implican algunas veces a más de una función como ocurre con los estímulos discriminativos y refor­ zantes en el condicionamiento operante. Estos sus­ titutos de conceptos funcionales, sin embargo, no permiten una organización jerárquica de la conduc­ ta dado que su postulación siempre es reductiva o exclusiva de otros procesos alternativos y las fun­ ciones comprendidas. Así, se ve al condicionamiento operante como un proceso reductible al condicio­ namiento clásico o como un proceso distintivo que interactúa con el condicionamiento respondiendo en un mismo nivel funcional, si no es que se le conci­ be como el único proceso real que deja al condi­ cionamiento clásico como un epifenómeno experi­ mental. En cualesquiera de estas tres concepciones, no se considera que puedan constituir manifesta­ ciones de diferentes niveles de integración de la con­ ducta, y por lo tanto, no se cuestiona si uno de ellos puede ser la condición necesaria, mas no su­ ficiente, para la existencia del otro. El segundo pun­ to a ser señalado se relaciona con la conducta hu­ mana. Se ha afirmado que existe una discontinui­ dad entre la conducta animal y la humana, y que esta distinción cualitativa se debe en gran medida al papel central desempeñado por el lenguaje. No obstante, dentro de la misma conducta humana po-

demos encontrar también una jerarquía de reía ciones, de manera tal que la teoría de la conducta debería establecer los límites de los fenómenos re­ lativos a la conducta simbólica, social y lingüística, entre otras. Skinner mismo (1957), se percató de la necesidad de distinguir entre la conducta verbal y la social, puesto que en ambas, de acuerdo a su po­ sición, el reforzamiento era mediado por otros. No obstante, todavía es el momento de que se realice esta tarea como forma de aclarar la ruta para un esfuerzo teórico de mayor profundidad,

d) Los Medios sociales normativos. El hombre se dis­ tingue de los animales debido a la naturaleza social de su ambiente. Y por social no queremos decir so­ lamente el vivir colectivo, que se comparte con otras especies animales, sino los ambientes y convencio­ nes construidas históricamente que son distintiva­ mente únicas de la especie humana. El ambiente social, a diferencia del medio físico, no tiene pro­ piedades dimensionales intrínsecas con las que se deba interactuar, sino por el contrario, se encuen­ tra sometido a un cambio continuo, siendo deter­ minadas sus atribuciones físicas por las convencio­ nes del grupo, que se imponen a la conducta indi­ vidual. Este carácter de la conducta humana es re­ conocido por Skinner (1957), cuando expresa que «la conducta verbal es moldeada y mantenida por un ambiente verbal, por gente que responde a la conducta de cierta manera debido a las prácticas del grupo del cual son miembros» (p. 226). En este contexto, los medios normativos especifican el tipo de contactos posibles, y por consiguiente permiti­ dos en un grupo o institución social, representando la especificidad de las interconductas característi­ cas de dicho grupo. Esto no se refiere solamente a los aspectos morfológicos de la interconducta sino

también a las propiedades funcionales que, a través de la convención, el medio social impone a los ob­ jetos, eventos, personas y sistemas reactivos. Las comunidades lingüísticas, los roles sociales y las convenciones morales adoptadas por grupos socia­ les específicos son ejemplos de medios normativos. La inclusión de los medios normativos como con­ cepto teórico se fundamenta en dos razones. Pri­ mero, se subraya el origen de los patrones caracte­ rísticos de la conducta humana, y aun cuando refi­ riéndose a su observación en términos de caracte­ rísticas físicas, también define sus propiedades fun­ cionales en términos de atributos impuestos con­ vencionalmente. Segundo, al considerar que las fun­ ciones sociales son específicas a medios particula­ res, no se fomenta la generalización de las interac­ ciones humanas como indicadores de leyes o prin­ cipios universales «naturales». No se puede lograr una comprensión cabal de la conducta humana si no enmarcamos los procesos y parámetros bajo la especificidad normativa de los medios sociales. De otro modo, se cometería el mismo error de la psi­ cología social tradicional al concebir las interaccio­ nes sociales como universales e independientes de las convenciones desarrolladas históricamente por los grupos e instituciones sociales,

e) Los límites con las ciencias biológica y social. Uno de los problemas más relevantes para una teoría de la conducta es delimitar su objeto de estudio de los de las ciencias biológica y social. Esta es una tarea necesaria para fijar el espectro relativo de cada disciplina sobre los fenómenos empíricos que intersectan a la conducta en varias direcciones. Del lado de la ciencia biológica, existe una tendencia permanente a reducir lo conductual a lo biológico siguiendo la tradición cartesiana. En la teorización

actual todavía se encuentra al sistema nervioso con­ ceptual (Skinner, 1950) así como a concepciones in­ teraccionistas e isomórficas de la determinación de la conducta. La ambigüedad de dichos límites se refleja tam­ bién en la discusión teórica que siguió a los estu­ dios occidentales (Miller, 1969) sobre el condicio­ namiento instrumental de las respuestas autónomas. Desde entonces, hemos sido testigos de una ten­ dencia a mostrar la condicionabilidad de cada sis­ tema biológico de respuesta, sin cuestionarse si se trata de hecho de una cuestión significativa (Schoen- feld, 1967). En la psícologización de los fenómenos biológicos surgen problemas semejantes, como ocu­ rre cuando se examinan fenómenos como los mo­ vimientos hacia o aparte de los objetos y estímu­ los, vbgr., los tropismos y los tactismos. Del lado de la ciencia social, las cosas no son mejores. Si a veces se considera que la psicología es una disciplina social, los fenómenos psicológicos se consideran el reflejo subjetivo de la estructura social; en otras ocasiones, los fenómenos sociales se reducen a la interacción aditiva de principios con- ductuales (Skinner, 1962). De cualquier manera, si se ha de lograr algún avance en la relación inter­ disciplinaria de la ciencia social y la de la conducta, esto debe hacerse mediante la definición de los do­ minios teórico y empírico de cada disciplina. Esta labor no es ajena a la revisión crítica del objeto de estudio de la teoría de la conducta y a la revalora­ ción de las mejores estrategias conceptuales para obtener un desarrollo teórico congruente.

Consideraciones finales

He señalado algunos de los problemas principales que confronta la teoría de la conducta a fin de convertirse en un sistema conceptual capaz de copar con la conducta animal y humana y las cuestiones relativas a la ontoge­ nia y filogenia de la conducta. En vez de proporcionar so­ luciones concretas, he más bien subrayado la necesidad de formular un conjunto de definiciones y conceptos fun­ cionales para orientar la investigación y la organización de los datos. A fin de concluir, mencionaré tres proble­ mas estrechamente vinculados a los cambios propuestos. Primero, el análisis conceptual de los procesos debería romper sus ligas con la tradición operacionalista que ca­ racteriza a nuestras prácticas teóricas. Los procesos se­ rían concebidos como un campo complejo de interdepen­ dencias, en los que las funciones consistirían en la natu­ raleza cualitativa de la interacción entre el organismo y su ambiente. El análisis molecular sería de significación en la medida en que se enmarcara en una descripción mo­ lar, no atomista y no lineal de la interconducta. Segundo, los procesos tradicionales bajo denominacio­ nes como las de percepción, pensamiento, memoria, apren­ dizaje, motivación y otros, se analizarían como compo­ nentes funcionales de paradigmas diversos describiendo la variedad de interacciones de campo. Estos conceptos se diluirían en verdaderas explicaciones funcionales de las distintas cualidades de interacción, tanto en el contexto de la ontogenia como en el de la filogenia de la conducta, sin simplificar sus propiedades en términos de un para­ digma único, como ahora ocurre. Tercero, no debieran efectuarse extrapolaciones a par­ tir de paradigmas y conceptos formulados para describir interacciones simples con el fin de dar cuenta del análisis experimental y aplicado de la conducta humana. El di­ vorcio creciente entre la ciencia básica y las técnicas apli­

cadas testimonian la inadecuación de los conceptos y defi­ niciones actuales para tratar con la complejidad de la con­ ducta humana en las situaciones sociales. Finalmente, desearía citar las palabras de Sidney Bi- jou, en una entrevista realizada por Krasner (1977), que me parecen pertinentes a la temática de este escrito:

estamos desplazando hacia una aproximación de

campo, en la que debemos tomar en consideración cinco o seis clases de variables en un sistema de contingencias de campo, y relacionar los cambios en cualquier parte del campo a cambios en todas las otras partes del campo» (p. 599). Para hacerlo, sin embargo, es necesario ser crí­

ticos de nuestros fundamentos y buscar otras opciones provistas por una filosofía conductista de la ciencia.

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4.

¿SE HA ABORDADO EL LENGUAJE DESDE EL ANALISIS DE LA CONDUCTA? 8

"Sin la palabra no habría historia ni amor; seríamos como el resto de los animales, mera perpetuación y mera sexualidad. Hablar nos une como parejas, como sociedades, como pueblos. Hablamos porque somos, pero so­ mos porque hablamos.”9

J ulio Cortázar

El lenguaje ha sido siempre un tema omnipresente en la teoría psicológica, debido a que su análisis es crucial para probar el poder y adecuación de los varios enfoques metodológicos del comportamiento. Las cuestiones rela­ tivas al lenguaje no parecen ser originales de la psicolo­ gía, sino que se derivan de disciplinas ajenas al estudio de la conducta, pero que no obstante se relacionan con el «lenguaje»: la fonología, la lingüística, la gramática, la neurología, la antropología, la semántica e incluso la filo-

8. T rabajo leído por invitación en la Séptim a Reunión Anual de la Association for Behavior Analysis, en Milwaukee, EE.UU., mayo de 1981. El au to r agradece a J. R. K antor y Sidney W. Bijou sus sugerencias para m ejorar el m anuscrito. 9. Discurso leído en el Centro Argentino en Defensa de los Derechos H um anos, M adrid, m arzo 23, 1981. Reproducido en Uno más Uno, m ayo 2, 1981, Ciudad de México.

sofía. Por lo tanto, parece obligado, como primer paso, vincular a la psicología con el estudio del lenguaje, y se­ ñalar la relevancia teórica y empírica que el lenguaje pue­ de tener para una teoría de la conducta en general. Sin embargo, antes de examinar este problema, puede ser con­ veniente discutir algunos otros tópicos relativos al len­ guaje desde la perspectiva de un análisis conductual, así como el tipo de relaciones empíricas que están compren­ didas en su estudio. El lenguaje, en psicología, se ha relacionado con tó­ picos tan diferentes como el pensamiento, la comunica­ ción, la formación de conceptos, el significado, y la solu­ ción de problemas. Sin embargo, todos ellos se centran en última instancia en relación a una cuestión teórica. ¿Existe una diferencia básica entre la conducta animal y la conducta humana? Muchas de las críticas a un análisis conductual del lenguaje surgen de la suposición de que el lenguaje es algo más que conducta, y que para com­ prender al lenguaje, se necesitan conceptos y principios distintos a aquellos empleados para explicar la «conduc­ ta» propiamente dicha. Detengámonos en los dos proble­ mas fundamentales que subyacen a esta postura. Prime­ ro, ¿es la conducta animal diferente, como objeto de estu­ dio, de la conducta humana? Segundo, en caso de serlo, ¿es posible analizar la conducta humana sobre la base de los mismos supuestos empleados para la conducta ani­ mal? o ¿necesitamos apelar a conceptos que se refieren a un conjunto de eventos diferentes?

La conducta animal y la conducta humana

Comencemos afirmando que, de hecho, la conducta hu­ mana es semejante y diferente, a la vez, a la conducta ani­ mal. Son semejantes, en el sentido evolutivo de que los fenómenos o eventos complejos incluyen, como parte de

su organización o estructura, a las propiedades y deter­ minantes de los eventos más simples. La conducta huma­ na es afectada por las mismas leyes y variables que de­ terminan la conducta animal, pero no sólo por ellas. Las influencias sociales hacen a la conducta humana altamen­ te específica respecto a las diversas clases de conducta no humana definidas por los ambientes no sociales. ¿Cuál es la especificidad de las sociedades humanas en compa­ ración a los ambientes «sociales» animales? La vida en grupo y la interacción social, en términos de las influen­ cias mutuas de los organismos, no son peculiares a los individuos humanos. No obstante, la sociedad humana di­ fiere en un aspecto fundamental de cualquier otro tipo de ambiente grupal de interacción ínter o intraespecífico: la sociedad humana organiza las interacciones entre los in­ dividuos en términos de las convenciones establecidas por acuerdo, al menos de algunos de los miembros del grupo, y estas convenciones trascienden las relaciones con­ cretas e interacciones que puedan establecer los indivi­ duos particulares en ocasiones determinadas. Estas con­ venciones permiten el desligamiento respecto de las situa­ ciones concretas con base en las propiedades funcionales de las interacciones conductuales comprendidas en el es­ tablecimiento de las convenciones mismas. Desde un pun­ to de vista conductal, el desligamiento es la consecuencia funcional de la arbitrariedad de las convenciones involu­ cradas. Pero, en términos conductuales ¿cuál es la natu­ raleza de estas convenciones? Las convenciones no son nada más que las interacciones lingüísticas, y éstas consti­ tuyen mediaciones complejas entre individuos con base en los sistemas reactivos establecidos socialmente, en for­ ma autónoma de la naturaleza de los objetos, eventos o individuos con los que pueden relacionarse. Esta indepen­ dencia funcional, de la cual carecen las conductas ligadas a lo biológico, permite que las interacciones lingüísticas delimiten a la conducta animal de la humana. Los anima-

les no son capaces de establecer convenciones separables de las situaciones concretas en las que tienen lugar las in­ teracciones. En este sentido, la comunicación en los ani­ males, es no lingüística, dado que los sistemas reactivos están constituidos por el mismo conjunto de respuestas ligadas a lo biológico que se dan sólo ante situaciones concretas. Las convenciones humanas son independientes de las situaciones concretas, tanto en espacio como en tiempo, y esto es determinado por la naturaleza arbitraria de la interacción lingüística que define a las convenciones como conducta. Habiendo determinado que la conducta humana es di­ ferente a la conducta animal en el sentido previamente señalado, tratemos el segundo problema. ¿Es posible ana­ lizar la conducta humana en los mismos términos que la conducta animal? o ¿debemos buscar un nivel adicional de conceptualización que no.sea directamente referible a tér­ minos conductuales? Esta cuestión ha sido contestada de dos maneras diferentes, ambas, a mi modo de ver, erró­ neas. Una asume una posición dualista, ya sea en términos de la sustancia de los eventos, o en términos de la posibi­ lidad de conocer dichos eventos. De cualquier manera, la conducta se restringe a: (a) un índice de un tipo diferente de fenómeno o evento, o (b) el epifenómeno público del proceso crucial, que es inobservable. La conducta es anu­ lada como dato básico y su pertinencia es sólo metodoló­ gica en relación a la inferencia de procesos o entidades in­ ternas. Estas pueden ser eventos fraseados conductual- mente, vbgr., respuestas de significado (Osgood, 1958; Mowrer, 1960), o definitivamente en términos cognosciti­ vos mentalistas, vbgr., estructuras profundas (McNeill, 1971). Pero, al margen de la forma conceptual particular que adoptan, su formulación significa establecer una fron­ tera no superable entre la conducta y estos fenómenos diferentes. De esta manera se formaliza el dualismo.

La contestación alternativa, pero también incorrecta, a esta cuestión ha sido afirmar que los conceptos derivados del análisis de la conducta animal son suficientes para des­ cribir y explicar la conducta humana. Esta posición ha asumido dos modalidades. Una ilustrada por Watson (1924), reduce las interacciones a acciones, y por consi­ guiente a movimientos, vbgr., el análisis del pensamiento como lenguaje subvocal. La otra reconoce que la conducta humana es diferente en cualidad, pero a la vez, supone que los conceptos analíticos formulados en situaciones sim­ ples son susceptibles de extrapolación a fenómenos más complejos. Skinner (1957) representa esta posición. Aún cuando dice, en relación a la conducta verbal, que « la conducta que es efectiva sólo a través de la mediación de otras personas tiene tantas propiedades distintivas topo­ gráficas y dinámicas que se justifica, y de hecho, requiere de un tratamiento especial» (p. 2), su análisis de la con­ ducta verbal no alcanza a identificar conceptualmente es­ tas propiedades debido, en gran parte, al empleo del para­ digma de la triple relación de contingencia. Ribes (1979)

y Whitehurst (1979) han señalado algunas de las limitacio­

nes del análisis que hace Skinner de la conducta verbal, tanto sobre bases teóricas como empíricas. Aun cuando los términos empleados para explicar la conducta animal pueden ser inadecuados para describir la complejidad de la conducta humana, no creemos que este hecho justifique el uso de concepciones dualistas. En otras

palabras, el reconocer las diferencias cualitativas en un dominio empírico no avala necesariamente la existencia de dos dominios diferentes. La conducta humana es distinta de la conducta animal no sólo en relación a su apariencia

o morfología, sino debido a su organización funcional, dado

que el lenguaje y la sociedad definen y posibilitan diferen­ tes dimensiones de interacción entre los individuos y los objetos. Estas dimensiones comprenden complejos proce­ sos de mediación de las interacciones, mediaciones exter-

ñas que constituyen, como organización de un campo, con­

ductas cualitativamente distintas. La diferencia de cualidad no se refiere a una sustancia hipotética que componga a la conducta o a la «mente», sino a la estructura de campo de los objetos, eventos e individuos en interacción, que de­ fine la organización funcional de la conducta. El lenguaje

y el ambiente social definen una cualidad distintiva de la

conducta humana, pero ello simplemente significa que nuevos elementos y relaciones encontrados en las interac­ ciones humanas, no son posibles en los animales. No obs­ tante, las leyes y procesos que gobiernan las interaccio­ nes animales son condiciones necesarias para compren­ der y explicar la conducta humana, de modo tal que, los conceptos que describen interacciones humanas no exclu­ yen a los conceptos relativos a la conducta animal, sino que por el contrario, los incluyen como un subconjunto necesario del campo de eventos interactivos bajo estudio. Resumamos diciendo que, aunque la conducta humana re­

quiere de un nuevo conjunto de conceptos adecuados a las propiedades del complejo campo de interacciones involu­ cradas, estos nuevos conceptos se basan en e incluyen a los constructos empleados para analizar la conducta animal. Es nuestra intención esbozar algunas distinciones nece­ sarias entre el lenguaje como estructura convencional y producto social, y la conducta, como la interacción de organismos individuales con otros individuos y objetos en el ambiente. Esta estrategia nos permitirá mostrar que el «lenguaje» en los humanos tiene diferentes funciones,

y que ellas pueden ser descritas y explicadas de acuerdo

a diferentes dimensiones de organización interactiva. Para

ello, comenzaremos examinando como estas diversas fun­ ciones han sido confundidas en la teoría de la conducta (¿o teorías?) a fin de proceder a un análisis más detenido de los problemas implicados por la relación entre el len­ guaje y la conducta humana. En esta confusión del lenguaje como producto formal

de la interacción social entre los individuos con la interac­ ción misma, yace, en gran medida, la incapacidad para proponer una explicación del lenguaje como conducta humana. Ilustraremos esta incapacidad, concentrándonos en el análisis que hace Skinner de la conducta verbal

(1957).

El análisis operante del lenguaje como conducta

El propósito del análisis efectuado por Skinner es estu­ diar el lenguaje desde un punto de vista funcional, pero

se ha venido refiriendo a las prácticas de una

comunidad lingüística más que a la conducta de cuales­

el término “conducta verbal”

hace hincapié en el individuo que

habla moldeado y mantenido por consecuencias mediadas» (1957, p. 2). Aun cuando intentaremos mostrar alguna in­ consistencia entre estas afirmaciones y otras más, es nues­ tro propósito subrayar la concepción del lenguaje como las

conductas del que habla y el que escucha en un episodio

total. La conducta debiera entenderse como los segmentos totales que incluyen al que habla y al que escucha. Aún

aislado «

a un escucha, y al escucha suponiendo al que habla» (p. 2). Sin embargo, parecen haber restricciones teóricas y empí­ ricas para esta descripción separada de cada uno de los miembros del episodio si se busca preservar al episodio como una interacción unificada. El análisis separado del que habla y el que escucha, ha soslayado, de hecho, el problema fundamental: la interac­ ción conductual particular que tiene lugar cuando el que habla media la interacción del que escucha con otros in­ dividuos o eventos en un proceso bidireccional y recíproco. Aislar la relación de control en términos del que habla so­ lamente saca de contexto a la propia conducta de hablar,

que habla puede ser estudiado suponiendo

dado que «

quiera de sus miembros es más recomendable

el

con una doble consecuencia negativa. Primero, el proble­ ma de la referencia como el hablar acerca de objetos y eventos, abstraída de la relación que determina a quién se está hablando, restablece el viejo problema del signifi­ cado y la expresión de ideas característico de los enfoques cognoscitivo y conductista metodológico. Aunque Skinner dice que «en términos muy generales podemos decir que la conducta en la forma del tacto funciona en beneficio del escucha extendiendo su contacto con el ambiente», consi­ dera que «un tacto puede definirse como una operante verbal en la que una respuesta de forma determinada es evocada o al menos fortalecida por un objeto o evento particular» (pp. 81-85), subrayando de este modo la rela­ ción entre el objeto de estímulo y la respuesta del que habla. Segundo, la fragmentación del episodio verbal en tra en conflicto con la noción misma de comunicación o función de referir del que habla (Kantor, 1977). Si el len­ guaje tiene algún interés para la psicología es debido a que el lenguaje como la conducta de hablar, escribir, y leer afecta la conducta de un lector o escucha, no como un efecto simple, sino también en su relación con otros indi­ viduos y eventos, incluyendo al que habla y al que escribe. Catania (en prensa) destaca este problema cuando esta­ blece que «la conducta verbal deriva su poder de esta re­ lación (el tacto), porque sin ella no habría nada acerca de qué hablar.» El aislamiento del episodio verbal en la forma de las conductas separadas del que habla y el que escucha (con una dedicación muy ligera a este último) no sólo hace a un lado la función mediadora del que habla en relación al contacto del escucha con otros individuos y eventos, sino que invierte el problema al establecer que el que habla es el componente mediado en la interacción. Se dice que el que habla es mediado en el reforzamiento de su conduc­ ta por el que escucha. El escucha es sólo un sustituto for­ mal del estímulo reforzante en la relación operante. Esta

sustitución lógica es cuestionable por varias razones. Pri­ mero, reduce una interacción que comprende relaciones mediadas, a una interacción no mediada. La compleja se­ cuencia (la conducta ante objetos, eventos e individuos por parte del que habla, mediando su acción respecto al que escucha mediante una acción lingüística, para que este úl­ timo reaccione a los objetos y al que habla) que depende de una relación global, se ve reducida a un solo componen­ te: el que habla tactando un objeto o evento con el fin de ser reforzado por la conducta del escucha, o quizá, para expresarlo con más propiedad, debido al reforzamiento procurado por el escucha. Segundo, el concepto de reforza­ miento se vuelve tan lato que no sólo es circular, sino carente de significado e innecesario. El reforzamiento se iguala con cualquier consecuencia de la conducta del que habla, pero violando cuatro supuestos que definían origi­ nalmente el concepto de reforzamiento: a) la unidad ver­ bal no es una respuesta puntual repetitiva; b) no hay condiciones independientes, previas al «efecto», que per­ mitan establecer, con un criterio actuarial, que un evento particular va a ser reforzante, como ocurre, por ejemplo, con el caso de la privación. De hecho, parece que en un episodio verbal siempre hay un evento consecuente, inclu­ yendo la conducta del propio hablante, de modo que el re- forzamiento ocurre como una predicación universal de la acción de hablar, sin tratarse de hecho de una cuestión empírica; c) no se produce un efecto clásico de reforza­ miento en la forma de un aumento o mantenimiento de la frecuencia de una respuesta relativa a un período particu­ lar. La conducta verbal siempre llena temporalmente el episodio total, sin dejar huecos que pudieran ser comple­ tados por un efecto de reforzamiento; d) exceptuando a la relación descrita como mando, el reforzamiento desempe­ ña un papel secundario como estímulo generalizado que libera la relación de control respecto a determinantes mo­ lívacionales específicos, desplazando el control al estímu­

lo antecedente o «discriminativo», que, paradójicam ente se convierte en un evento funcional fuerte a pesar de estar asociado a un reforzador débil. Resumiendo, podría decir­ se que el reforzam iento en el análisis de la conducta ver­ bal o lingüística desempeña un papel más bien de ornato

teórico,

un

que

de

real

utilidad.

Concluiremos

nuestra

argumentación

planteando

problem a adicional. ¿Es posible efectuar un análisis fun­ cional genuino de la conducta verbal cuando el episodio que define al evento estudiado se divide en com ponentes separados? Pensamos que la respuesta es negativa y que, de hecho, esto lleva a desplazar al análisis hacia una des­ cripción formal del lenguaje empleando una terminología conductual. Surgen tres problem as en el tratam iento del lenguaje cuando se desplaza el análisis funcional hacia una descrip­ ción form al de la conducta del que habla. Prim ero, la cla­ sificación de la conducta verbal, como una opción a des­ cripciones próximas a un punto de vista estructural, se presenta como una taxonomía (incompleta) de las relacio­

nes de control entre dimensiones formales del estím ulo y

dimensiones formales de la respuesta. Segundo, aun cuan­ do se consideran ¡relevantes, y por ende, son m arginadas las unidades fonéticas y lingüísticas como los fonemas y las palabras, la mayoría de las relaciones descritas com­ prenden objetos de estímulo únicos y palabras o frases cortas, como consecuencia de un interés explícito en la ad­ quisición y m antenim iento de las respuestas, en vez de en las interacciones funcionales que constituyen el episodio verbal. Tercero, los problem as estructurales formales per­ sisten como lo m uestra la postulación de las funciones autoclíticas. La gram ática y la sintaxis se vuelven proble­ mas conductuales y se acuñan conceptos específicos para

pesar del objetivo inicial del análisis en

form ular al lenguaje en térm inos de conceptos conductua­

tra ta r con ellos, a

les legítimos.

Verbal Behavior es, en cierto sentido, un esfuerzo clasi- ficatorio. Skinner hizo hincapié en ello cuando dijo que «nuestra primera responsabilidad es simplemente la des­ cripción: ¿Cuál es la topografía de esta subdivisión de la conducta humana?» (p. 10). Una parte sustancial del ejer­ cicio teórico se dirige a identificar las relaciones de control pertinentes entre las respuestas vocales y escritas —pues los gestos son apenas mencionados— y diferentes tipos de estímulos antecedentes y reforzadores, aun cuando, como se señaló ya previamente, el reforzamiento nunca es de hecho central a dicho análisis teórico. Catania (en prensa) resume el tratamiento de los reforzadores en Verbal Beha­ vior, diciendo que: «mostrar que (dichas) las consecuen­ cias pueden afectar la frecuencia de clases verbales vuelve apropiado el llamarlas reforzadores. Pero el que no se pue­ da hacerlo no tiene relación con el que sea o no apropiado tratar a la conducta verbal en términos de consecuencias reforzantes. El concepto de reforzamiento es simplemente un nombre que tacta una relación conductual particular :

si una respuesta se mantiene debido a que ha tenido una consecuencia particular, se le llama un reforzador. El no poder demostrar que un evento particular sirve como re­ forzador en una situación particular significa solamente que el término reforzador no es apropiado en esta instan­ cia» (p. 38). El problema teórico, agregaríamos nosotros, sin embargo, tiene que ver con el significado de «manteni­ do» y «adquirido» así como con la «falta de propiedad del término», puesto que, como ya lo mencionamos, el uso del concepto de reforzamiento en la descripción de un episo­ dio verbal es altamente cuestionable, con base en los lími­ tes lógicos y empíricos del concepto. Un reconocimiento de este hecho lo es el que la clasificación de la conducta verbal descanse sobre la condición de estímulo anteceden­ te, incluso en el mando que requiere de una respuesta de tacto al objeto o evento con el que se va a ser reforzado. Aunque las clases formales de conducta verbal indican

relaciones entre propiedades morfológicas de los estímu­ los y de las respuestas, no discriminan adecuadamente las propiedades funcionales que una misma clase puede tener. En cierto sentido, esto es consecuencia de haber elegido las palabras como criterio de definición de las respuestas. Catania expresa que «las relaciones verbales formales se definen en términos de la correspondencia entre los es­ tímulos verbales y las respuestas verbales (en el lenguaje coloquial, diríamos que los estímulos y las respuestas usan las mismas palabras)» (p. 7). Y aún cuando la ubicación de la misma «palabra» en un medio o dimensión formal de relación supera alguno de los problemas intrínsecos a la concepción de las palabras como unidades por sí mismas, vbgr., la diferencia entre decir fuego cuando se lee la pala­ bra o cuando se ve una casa quemarse, ello no es suficien­ te para que se evite soslayar los procesos funcionales que median el episodio verbal. Así, aunque la palabra fuego puede estar controlada por la presentación de diferentes objetos de estímulo y condiciones, mostrar que el estímulo particular relacionado a la respuesta fuego es diferente cuando es leída que cuando se emite ante un fenómeno fí­ sico, como la combustión, no significa que la propiedad funcional de la respuesta discursiva sea diferente. De he­ cho, decir fuego cuando se presenta un texto y cuando se ve una casa arder pueden no tener propiedad verbal algu­ na inclusive, excepto por la morfología de la relación. No veo diferencia alguna entre el hecho de decir, o sea, vo­ calizar una respuesta con una topografía particular ante la presentación de un estímulo (sea éste un texto o un obje­ to), y la conducta de una paloma de picar ante una tecla cuando el disco se asocia con una propiedad física como la temperatura o se ilumina de modo tal que se discrimine una figura geométrica (un texto) respecto al «fondo». La distinción entre un tacto y un texto, empleando los térmi­ nos de Verbal Behavior, no permite diferenciar las funcio­ nes verbales del hablar.

Tomemos, por ejemplo, la respuesta textual fuego. La

relación de control de la

respuesta por un estímulo

im pre­

so puede tener funciones diferentes en el sentido de descri­

puedo leer fuego

a fin de no entrar en un área donde algo arde y pudiera

estar en peligro. El estím ulo fuego es la conducta escrita de un «hablante» que media mi contacto conductal con un evento físico. Esta relación es distinta de la respuesta simple de textear fuego cuando un parlante del inglés aprende a «leer» en castellano. También es diferente de cuando se lee el estím ulo fuego como el equivalente a una fórmula física que describe el hecho de la com bustión. Pa­ rece obvio, entonces, que una clasificación formal de la con­

ducta verbal

de estím ulos y respuestas, no alcanza a dar una explicación verdaderam ente funcional de la conducta de hablar como parte de un episodio interactivo.

Un segundo problem a se refiere al papel ubicuo de la palabra como unidad en el análisis de las relaciones de control de la conducta verbal. Aunque se descarta como

la unidad básica de análisis —como ocurre con otras uni­

dades lingüísticas form ales—, la palabra subyace a todos los tópicos particulares examinados en Verbal Behavior. lln ejem plo de esta actitud puede encontrarse en la revi­ sión de Catania, cuando expresa que «las palabras p arti­ culares son dichas o escritas bajo circunstancias particula­ res. Las diferentes circunstancias que establecen la oca­ sión para palabras distintas procuran la base para una clasificación conductual de las palabras» (p. 1). Aún cuan­ do se comienza con la suposición que las palabras no son

el problem a pertinente en el lenguaje como conducta, las

palabras se convierten nuevam ente en el objeto de estudio, pero ocultas en una definición formal de la respuesta

hablada o escrita relativa a condiciones de estímulo par- liculares. Con el objeto de m ostrar la im portancia dada a las pa­

en térm inos de la correspondencia entre tipos

bir distintas form as de interacción. Así,

labras (y a otras unidades lingüísticas o gramaticales como las frases y oraciones), examinaremos brevemente su tra­ tamiento como tactos y respuestas intraverbales. Al discu­ tir el problema de un lenguaje ideal, Skinner (1957) expre­ sa que «los ejemplos más familiares de unidades funcio­ nales es lo que tradicionalmente se llaman palabras. Al aprender a hablar, el niño adquiere tactos de varios ta­

maños:

yando las características formales de la respuesta en tér­ minos ajenos a una descripción conductual. ¿O significa esto que las unidades estructurales corresponden a las uni­ dades funcionales de la conducta? De ser así ¿qué nece­ sidad hay de un análisis funcional del lenguaje como con­ ducta? Se tiene evidencia adicional en las respuestas in­ traverbales, en las que se dedica un espacio razonable al examen del encadenamiento y la asociación de palabras como proceso explicativo. Incluso cuando la unidad intra- verbal es mayor que la palabra (como ocurre con otras operantes verbales), se postula al encadenamiento como el mecanismo teórico que explica la relación funcional es­ tablecida entre respuestas y estímulos arbitrarios, es de­ cir, a las unidades formales que corresponden casi siempre a las palabras. Finalmente, como un tercer problema, tenemos la no­ ción de procesos autoclíticos como un equivalente con­ ductual de las estructuras gramaticales. No entraremos en detalles respecto a la necesidad lógica de postular tales procesos en un análisis genuino del lenguaje como conduc­ ta (véase, por ejemplo, Kantor, 1936), pero subrayaremos el enfoque formalista que subyace a la noción de Skinner de operantes autoclíticas. Dice que «las operantes verbales

que hemos examinado pueden considerarse el material

crudo a partir del cual se manufactura la conducta verbal

palabras

frases

y oraciones» (p. 119), subra­

sostenida. ¿Pero quién es el manufacturador?

dades importantes de la conducta verbal que todavía espe­ ran ser estudiadas tienen que ver con los arreglos especiales

Las propie­

de las respuestas» (1957, pp. 312-313). Continúa diciendo

que «una extensión de la fórm ula autoclítica nos perm ite

y con

ciertos fragm entos de respuestas que ocurren en las “in-

ílecciones” , así como con otros en los que las respuestas aparecen en m uestras mayores de conducta vei'bal. Tradi­

cionalm ente

m ática y la sintaxis

la gram ática y la sintaxis, en lo que tiene que ver con “el estudio de las relaciones de las ideas com prendidas en un

pensamiento”, se asem ejan a

Además, a la vez que dam os cuenta de las operantes y ac­ tividades verbales que constituyen el objeto de estudio de

para un tratam iento

del pensam iento verbal» (1957, p. 331). Independientem ente del éxito lógico que satisface la postulación de los procesos autoclíticos para tra ta r con problem as pertenecientes a la gram ática y la lingüística, es obvio que la gram ática y la sintaxis no debieran constituir

un tópico para una teoría psicológica del lenguaje. Las in­ teracciones conductuales que comprenden lenguaje no tie­ nen gram ática o sintaxis. La gram ática y la sintaxis son disciplinas que tratan con el producto del lenguaje como cosas. Como lo señala correctam ente K antor (1936), «los gramáticos, en otras palabras, no han estudiado el discurso real de las personas, sino que han analizado y descrito, más bien, cosas con la form a de palabras, e incluso produc­ tos m ateriales literarios, de hecho, lejanos del discurso» (pp. 7-8). Una de las lim itaciones del análisis operante del lenguaje como conducta es que, aun cuando rechaza for­ malmente un estudio estructural del lenguaje (visto como com plem entario a un abordaje funcional), ha im portado de disciplinas ajenas a la psicología una serie de problem as vinculados al concepto mismo de estructura. Un problem a adicional es aclarar si esta concepción errónea ha sido o no promovida por la naturaleza atom ista de los conceptos de-

la gram ática, establecem os las bases

tratar con ciertas respuestas verbales adicionales

éstas cubren el objeto de estudio de la gra­

Los

puntos de vista tradicionales de

nuestra preocupación actual

finidos por el paradigma de condicionamiento. Sin embar­ go, este no es el momento de examinar dicha cuestión.

Dimensiones conductuales de las interacciones lingüísticas

Propondremos una forma opcional de examinar el len­ guaje como conducta, con base en las concepciones adelan­ tadas por Vigotsky (1934; traducción española, 1977) y por Kantor (1936, 1977). El argumento básico será que ciertas propiedades fun­

cionales de la morfología lingüística son esenciales para el desarrollo de las interacciones específicamente humanas,

y que, a pesar de ello, las conductas morfológicamente

lingüísticas pueden comprender procesos infrahumanos en los individuos humanos. Además, las interacciones lingüís­ ticas pueden desempeñar papeles funcionales distintivos que un solo concepto como el de conducta verbal no puede diferenciar. Señalaremos cinco interacciones conductuales distintivas que involucran morfología lingüística, tres de ellas pre- o para-lingüisticas y dos realmente lingüísticas:

1) Las acciones lingüísticas requieren de un reperto­ rio fonético específico, que aun cuando determinado por la dotación biológica característica de la especie humana,

es moldeado en la forma de diferentes morfologías foné­ ticas a través de la influencia de las reglas y factores socia­ les. La influencia moduladora de la sociedad es tan deter­ minante, que el resultado final en la forma de un conjunto estándar de sonidos y patrones de discurso, es relativamen­

te específico a cada comunidad lingüística y bien diferente

del amplio repertorio biológico original. La adquisición de este repertorio fonético-lingüístico como un sistema reactivo de naturaleza social se confunde la mayor de las veces con la adquisición de las funciones lingüísticas que definen a las interacciones específicamente humanas. Aun cuando los repertorios fonéticos que dependen de normas

sociales reflejan propiedades convencionales, el comportar­ se en términos de una morfología típica de estas conven­ ciones no significa que tenga lugar una interacción lin­ güística genuina. Así, en el primer nivel de organización del lenguaje como conducta, encontramos la adquisición y establecimiento de un sistema reactivo social, que define

la posibilidad de interacciones verdaderamente lingüísticas.

Este proceso o estadio de desarrollo tiene que ver con la llamada adquisición del lenguaje y algunos de los proble­ mas relativos al lenguaje «gramatical» y la expansión del vocabulario y formas sintácticas. El proceso ha sido sepa­

rado artificialmente en el aprendizaje de palabras y en la expresión de frases u oraciones, es decir, las unidades sin­ tácticas significativas. Por un lado, las palabras parecen relacionarse al problema del «significado» en el lenguaje,

y por el otro, las frases y oraciones con las estructuras

que permiten transmitir y crear el «significado». No en­ traremos en detalles respecto a las «palabras» y las «ora­ ciones». El examen que hizo Kantor (1936) de este proble­ ma es todavía válido. Nos limitaremos a señalar que el problema del signifi­ cado en el lenguaje (ya sean palabras u oraciones) no es un problema de buscar referentes unívocos o reglas para generar nuevas descripciones, sino que consiste en la iden­ tificación de las condiciones funcionales que definen a una interacción lingüística como proceso sustitutivo no restrin­ gido a las propiedades físicas existentes aquí-ahora de los objetos y eventos conductuales. Tanto la adquisición de las palabras como de las oraciones son, como parte del establecimiento de un sistema reactivo convencional, un asunto relativo a la adquisición del estilo del discurso, es decir, el desarrollo de las pautas de respuesta fonética (y gestural) específicas de una comunidad lingüística parti­ cular. El análisis por Skinner (1957) de las respuestas tex­ tuales, tactos, intraverbales y ecoicas es pertinente a los momentos diferentes de este estadio, puesto que la estruc-

turación del estilo del discurso no es solamente un proceso restringido a la «asociación» de palabras y objetos, sino que se refiere también a las relaciones entre palabras como objetos de estímulo, como ocurre en la lectura, la imita­ ción, y la conversación normal. Para completar este nivel de interacción conductual que comprende al lenguaje, examinaremos una caracterís­ tica adicional de este estadio de desarrollo de la aptitud lin­ güística. El establecimiento de un sistema reactivo que no está dado como un repertorio biológico, relativamente in­ variante, implica la interacción necesaria entre el individuo y las propiedades contextúales de los eventos y objetos de estímulo. En este sentido, las respuestas de hablar se vuelven funcionales ante las propiedades contextúales de las cosas, relaciones entre objetos, y estímulos impresos. El proceso global de nominación y de relaciones entre res­ puestas-palabra se basa en esta interacción entre las pro­ piedades de los objetos de estímulo que contextualizan en tiempo y espacio a los estímulos fonéticos e impresos, y la correspondiente morfología de respuesta. Esta puede ser una de las razones para que históricamente se den explica­ ciones recurrentes del significado en términos de condi­ cionamiento clásico u operantes discriminadas. 2) Las acciones lingüísticas, aun cuando restringidas inicialmente a responder a las propiedades funcionales de las relaciones contextúales en el ambiente, se convier­ ten en conductas que no sólo reaccionan ante dichas pro­ piedades sino que también pueden producirlas. El indi­ viduo, al hablar, afecta los modos en que el ambiente es funcional respecto a él. El hablar no es sólo una manera de cambiar a otros individuos en relación con los objetos que lo afectan o a sus interacciones mutuas. Cuando el individuo habla, las consecuencias en el ambiente son dis­ tintas que cuando actúa en forma directa en términos no verbales. El discurso se vuelve un repertorio funcional para producir efectos específicos en el ambiente, princi-

pálm ente a través de la mediación de otros individuos. El discurso o habla perm ite al individuo ser m ediado en su interacción por otros individuos, y en este respecto se vuelve un factor esencial en el proceso de socialización. La conducta de mandar, como la describe Skinner (1957) es característica de este segundo estadio de desarrollo. No obstante, es im portante hacer hincapié en que este estadio de aptitud lingüística no representa una form a de interacción verdaderam ente sustitutiva. El individuo es mediado por la conducta de otros, pero esta mediación es todavía funcional sólo en referencia a interacciones concretas aquí-ahora con objetos y otros individuos. Las propiedades físicas sobre las que se definen las conven­ ciones todavía no son las propiedades funcionales de la interacción. El individuo responde con la morfología de

las convenciones pero

propiedades concretas de la situación. Es la situación, en­

tendida como la conducta de los demás hacia él, que co­ mienza a poner bajo el control de la mediación de facto­ res convencionales a la conducta del hablante aparente.

estrictam ente

sobre

la base

de

las

3)

Los dos niveles previos de acciones lingüísticas no

son de hecho diferentes que las formas de respuesta con­ cebidas por las teorías tradicionales basadas en el condi­ cionam iento clásico y operante. Sin embargo, es im portan­ te subrayar que algunas de las acciones particulares seña­ ladas transgrederían los límites restringidos de estos m ar­

c o s conceptuales. En el tercer estadio de desarrollo o com­ plejidad de las acciones lingüísticas, las interacciones ba­ sarlas en las propiedades físicas del responder y el am­ biente se ven mediadas, y se tornan condicionales, a su relación con propiedades convencionales de los estím ulos v respuestas lingüísticos. El individuo todavía interactúa

c o n los eventos concretos de m anera aquí y ahora, pero la interacción m isma se vuelve condicional a los estím ulos y respuestas lingüísticos de otros individuos que determ i­ nan las relaciones específicas a tener lugar. Muchos de los

problemas comprendidos tradicionalmente bajo el nom­ bre de la formación de conceptos y la solución de proble­ mas son pertinentes a este estadio de aptitud lingüística. El individuo puede responder con una morfología lingüís­ tica o no lingüística a un conjunto de eventos con pro­ piedades físicas compartidas o distintivas. No obstante, el factor o variable determinante de la interacción con los eventos está siempre relacionado con las instrucciones verbales, los indicios convencionales o las relaciones con­ vencionales entre eventos tal como las prescribe un ter­ cer evento. Obviamente, este estadio de interacción no se limita a las conductas conceptuales paralingüísticas; tam­ bién incluye algunas formas de fenómenos imitativos me­ diados así como algunos otros procesos complejos compar­ tidos con los vertebrados superiores, como por ejemplo, la comunicación no o pre-lingüística y algunas interaccio­ nes no lingüísticas sociales básicas.

4)

El cuarto estadio de acciones lingüísticas se rela­

ciona propiamente con el lenguaje como un evento genui- namente conductual. Dos factores influyen en este pro­ greso funcional. De un lado, la conducta lingüística se vuelve independiente de las propiedades situacionales con­ cretas con que interactúa, es decir, el comportamiento convencional, y en este sentido, la morfología fonética —como la más prominente de las acciones lingüísticas— permite el desligamiento de las respuestas de cualquier propiedad física particular de los individuos u objetos. La respuesta «La casa es verde», como conducta lingüística genuina, es independiente de cualquier casa concreta par­ ticular, estímulo textual, o cualquier otro evento presen­ te en tiempo y espacio. El desligamiento de las respues­ tas respecto a condiciones situacionales concretas, permi­ te que surjan las interacciones lingüísticas como eventos independientes de contingencias aquí y ahora. La posibi­ lidad de referir eventos pasados y futuros, o eventos exis­ tentes pero aparentemente no observables, es una de las

propiedades definitorias del lenguaje como conducta. Esta función referencial es diferente de los conceptos tradi­ cionales sobre el significado, que pueden clasificarse en los dos primeros estadios previamente descritos. La refe­ rencia, conductualmente, comprende responder a eventos presentes, pasados o futuros, pero no en términos de re­ laciones unívocas a sus propiedades físicas, sino en base a las propiedades convencionales que permiten al indivi­ duo desligarse de las circunstancias momentáneas que li­ mitan la interacción concreta. Esto ocurre porque la in­ teracción lingüística, como una cualidad de contacto im­ puesta socialmente al individuo, no depende de las pro­ piedades de los eventos físicos per se, sino de los atri­ butos convencionales que la sociedad define como for­ mas pertinentes de responder a lo que se consideran pro­ piedades pertinentes. Así, cuando nos referimos a una silla oculta debajo de una mesa, la respuesta de hablar acerca de la relación entre la silla y la mesa, sin entrar en con­ tacto directo con ella, no sería posible si las topografías lingüísticas dependieran de las propiedades físicas per se de la silla, la mesa y su ubicación relativa en el espacio. De hecho, la independencia de las respuestas lingüísticas respecto a las condiciones de estímulo con que interactúan, posibilita otras interacciones no aparentes en la mera pre­ sencia de los eventos, es decir, permite respuestas ante relaciones de eventos o propiedades no observables direc­ tamente en la situación concreta. Por otra parte, este desligamiento de la respuesta lin­ güística respecto a los eventos concretos a los que se re­ fiere un individuo, hace posible el cumplimiento de una segunda característica, que, integrada a la anterior, per­ mite la aparición de la conducta lingüística propiamente dicha. Este segundo factor es que la referencia no es una acción aislada a un objeto o evento referente; es sólo el primer paso en un proceso indivisible de referirse a un segundo individuo, el referido. Es decir, la interacción lin­

güística en este estadio es biestim ulativa, dado que la res­ puesta lingüística del referidor es controlada tanto por el referente como por el referido, por el objeto o evento de quien se está hablando y por el individuo a quien uno está hablando. En este sentido, esta prim era etapa de conduc­ ta lingüística genuina describe, en gran m edida, los he­

chos

Surge sin embargo la siguiente cuestión, ¿es necesario que haya un referido para hablar de una interacción lin­

güística auténtica? Pensamos que la respuesta es afirma­ tiva, dado que el hecho de hablar a alguien acerca de algo describe una conducta distintiva en relación al lenguaje. El que habla o referidor sustituye un contacto del referi­

do

tituye el estím ulo referente. No sólo el que habla perm ite un contacto indirecto o m ediado entre el que escucha y el

objeto de estím ulo o evento, sino que tam bién determ ina la naturaleza del contacto concreto y la relación subse­ cuente entre el escucha, el evento de estím ulo, y el m is­ mo. No existe referencia real cuando no hay referido en

lo absoluto, y la referencia no puede apreciarse como una

interacción m ediadora -Si la conducta del escucha no es

tom ada como el resultado pertinente de la conducta del

de

la

comunicación

a

través

del

lenguaje.

(o escucha o lector)

con el evento u objeto que cons­

referidor.

Podría observarse que, m ientras en el condicio­

nam iento

operante, como un caso del segundo estadio de

aptitud lingüística, el que habla com parte consecuencias

m ediadas por el escucha, en un episodio lingüístico susti- tutivo es el escucha el que es mediado en su contacto por

el que habla, sin concebir la posibilidad de analizar la con­

últim o

ducta

no

habla, sino que al estím ulo

del escucha,

dado

al

que

que

la

conducta

de este

sólo es

pertinente

o evento mismo del que se habla.

5)

Finalm ente,

se alcanza

un proceso m ediador

nivel

tud lingüística cuando el

diferente

de

apti­

de sustitución

a

través del lenguaje no se relaciona a un referido. Esto

es

lo

que

K antor

(1977)

llam a

lenguaje

no

referencial, y

Vigotsky (1977) lenguaje internalizado. Tiene que ver con un vasto número de conductas humanas complejas de­ nominadas interacción simbólica y de pensamiento. En esta clase sustitutiva de interacciones, el individuo no sólo reacciona a los eventos mismos sino a sus contactos sus- titutivos con dichos eventos, proceso que le permite no sólo desligarse del tiempo y espacio en que tienen lugar los eventos, sino también de los eventos concretos mis­ mos. El individuo reacciona a los eventos no de manera directa, sino mediado por sus interacciones lingüísticas. Interactúa convencionalmente con respuestas convencio­ nales a los eventos físicos e individuos. Aunque en este lipo de interacción lingüística el individuo puede estar en contacto con otro individuo, responde a las propiedades convencionales de su conducta y no a las dimensiones fí­ sicas de la misma o de los eventos circundantes. Podría­ mos decir que la propia conducta referencial o la de otros, adquiere la cualidad de objeto de estímulo, y se interactúa sustitutivamente con dichas condiciones de estímulo. La formación de conceptos y el pensamiento, en este estadio, son diferentes de las interacciones descritas en el estadio tercero. En la etapa paralingüística, por ejemplo, los individuos clasifican respondiendo directamente a las propiedades o relaciones físicas. En la etapa sustitutiva que describimos, los individuos interactúan con sus pro­ pias interacciones lingüísticas a dichos eventos y relacio­ nes físicas. Sin embargo, para que esta aptitud lingüís­

tica sea

por la sustitución

duos interactuarían y vivirían dentro de Un mundo puro de convenciones, sin la posibilidad de contacto con los eventos y otros individuos, como puede ser que ocurra en algunos estados alterados del comportamiento. La con­ ducta del lógico, el matemático, y la composición musical y literaria ilustran interacciones complejas en un nivel

funcional, debe ser precedida, en el desarrollo,

referencial. De otro modo, los indivi­

sustitutivo no referencial. El lenguaje escrito parece ser esencial en este proceso.

Algunos comentarios finales

El análisis de la conducta ha tratado, primordialmen­ te, con las morfologías lingüísticas que no satisfacen las características sustitutivas del lenguaje como conducta. Hemos hecho hincapié en los primeros tres estadios con- ductuales de desarrollo que son pre y para-lingüísticos. Estos estadios funcionales son básicos para una compren­ sión de las interacciones lingüísticas, sólo si sus propie­ dades funcionales distintivas no se confunden con la to­ pografía y morfología compartidas con niveles superiores. Pensamos que ciertos comentarios finales son perti­ nentes a este problema general. El primero tiene que ver con la diferencia inicialmente examinada entre la con­ ducta animal y la humana. Después de revisar las varias etapas por las que puede pasar la acción lingüística, se vuelve aparente que aun cuando no toda conducta que comparte la morfología de la conducta lingüística es pro­ piamente lenguaje como conducta, estas propiedades mor­ fológicas (incluyendo su propiedad de persistir como pro­ ductos conductuales, vbgr., la escritura) no están desvin­ culadas del desarrollo de las funciones sustitutivas. Los primeros tres estadios de interacción no se encuentran sólo en el hombre sino también en los animales, y la com­ paración de cómo se desarrollan en ambos no es sólo un asunto de establecer analogías, sino que se trata de una cuestión central a una teoría comparada de la conducta así como a una teoría del desarrollo de la conducta. Su­ ponemos que los estadios equivalentes de desarrollo con- ductual no son iguales en el hombre y en los animales, de­ bido a la naturaleza convencional del sistema reactivo en el hombre y a la naturaleza histórica de las variables so­

cíales que afectan sus funciones. Cuando se estudie al

hom bre y

a los anim ales bajo condiciones sem ejantes,

el

hom bre m ostrará siem pre

funciones m ás com plejas en

lo

term inal y su adquisición

será

m ás rápida.

El segundo comentario tiene que ver con la estrategia general de investigación para estudiar los procesos lin­ güísticos en el hom bre. Las estrategias tradicionales, en la m edida en que han buscado procesos asociativos o efectos del reforzam iento, se han concentrado fundam en­ talm ente en la adquisición del sistem a reactivo y algunas interacciones elem entales que involucran la morfología lin­ güística. Pero ello no les ha llevado a rom per con su pro­ pósito inicial de m ostrar asociaciones o aum entos y dis­

minuciones en la conducta, ni han servido tampoco como guías en la producción de datos pertinentes a los procesos reales que subyacen en las interacciones lingüísticas. Más aún, a pesar de lo que se ha expresado, estas aproxim acio­ nes han legitimado problem as y conceptos ajenos a un punto de vista conductual. Pensamos que se necesita efectuar investigación que

lome en cuenta: a) las transiciones entre los estadios o etapas funcionales; b) la fluctuación de niveles de interac­ ción en situaciones com plejas; c) el papel de la morfolo­ gía lingüística, y especialm ente del lenguaje escrito, en el desarrollo del proceso de desligamiento esencial para las

interacciones sustitutivas;

en los procesos com plejos de mediación externa entre dos

individuos y el am biente; e) el proceso de responder a las propiedades convencionales de los eventos adicionalm ente a sus características físicas; f) como el lenguaje referen-

rial

tactos entre el individuo y el am biente, así como las pro­ piedades del am biente cambian funcionalm ente debido a la

función lingüística. Para concluir, desearía hacer hincapié en que si el análisis de la conducta se propone constituirse en una

d) los parám etros involucrados

y

no

referencial

perm iten

una expansión

de

los con­

teoría general de la conducta que represente el cuerpo orgánico de una ciencia psicológica, se deben captar las cualidades distintivas de las interacciones conductuales, sin temor de cuestionar la extrema simplicidad y lineal i- dad de nuestros enfoques teóricos actuales. Nuestro me­ jor reconocimiento a los esfuerzos teóricos realizados en el pasado, debe ser examinar aquellos aspectos que han sido señalados correctamente, en vez de restringir la sig­ nificación de la problemática de la conducta humana a los confines de sus limitaciones conceptuales.

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5. CONSIDERACIONES METODOLOGICAS .Y PROFESIONALES SOBRE EL ANALISIS CONDUCTUAL APLICADO 0

La psicología, tradicionalmente, desarrolló su cuerpo teórico fundamental a partir de dos vertientes principales:

una, la apropiación y extensión de problemas conceptua­ les y/o prácticos de otras ciencias, como lo fue el interés por la psicofísica en relación al error de observación, y el estudio del aprendizaje animal en el contexto de la leona de la evolución; otra, la necesidad de dar sustenta­ ción teórica a prácticas aplicadas ante demandas sociales específicas, como resultó en el caso de la medición de las diferencias individuales, o en los diversos tipos de tera­ pias clínicas surgidas a partir del psicoanálisis. En este sentido, la psicología reprodujo los lincamientos evoluti­ vos de ciencias como la física, la química y la biología, cuando se encontraban en etapas tempranas de desarrollo conceptual. Es de todos conocido que los grandes avan­ ces tecnológicos, hasta la segunda revolución industrial, fueron en su origen parcialmente independientes del co­ nocimiento científico de su época, y que más bien influye­ ron de manera sobresaliente para impulsar la investiga­ ción científica básica y aplicada, y sus consiguientes apor­ taciones a la teoría de las diversas disciplinas científicas.

ile

10.

Presentado

en

Bogotá

Conducta,

el

X

Sim posio

Internacional

(Colombia),

junio

1980.

de

Modificación

Ciencia y tecnología en la psicología

El análisis conductual aplicado, y quizá el amplio ru­ bro de procedimientos englobados bajo la denominación de modificación de conducta, surgieron como un primer intento de la psicología por invertir la determinación pre­ valeciente entre técnica y cuerpo científico. Por vez pri­ mera, un conjunto de conceptos teóricos y de operaciones vinculadas a la investigación básica, permitían la deriva­ ción de técnicas o procedimientos aplicados a la solución de problemas sociales de diversa índole. Se trataba así, de la formulación de una tecnología científica en sentido estricto, que proveyera de rigor metodológico y criterios evaluativos a la acción profesional del psicólogo. Aparen­ temente, se cerraba la brecha entre el conocimiento de la ciencia básica y la aplicación técnica, imprimiendo a esta relación una influencia bidireccional y recíproca. La confrontación pragmática y empirista con los pro­ blemas planteados por la realidad social se veía sustitui­ da por un propósito de formulación, evaluación y desa­ rrollo de los problemas y las técnicas dirigidas a su so­ lución, enmarcado en el rigor y objetividad de los con­ ceptos y métodos propios de la ciencia básica. Así, fuimos testigos de un interés cada vez mayor por consolidar, so­ bre dichos fundamentos, no sólo los aspectos metodológi­ cos de las técnicas y procedimientos empleados, sino tam­ bién, incluso, la delimitación conceptual y empírica de los problemas a ser atacados. Así, paralelamente al empleo y diseño de las técnicas de modificación de conducta, se cuestionó el marco de referencia tradicional de los pro­ blemas que dichas técnicas deberían resolver. La contras- tación del modelo médico y el conductual constituye un momento característico de este período. En poco tiempo sin embargo, se observó que, el rubro general de modificación de conducta no aseguraba una homogeneidad teórica o metodológica, y que incluso, en

algunos casos, la fundamentación científica de dichas téc­ nicas constituía una extensión de la concepción clínica al laboratorio, más que el producto del cuestionamiento de dicha concepción y práctica clínica. Así, proliferaron los minimodelos clínico-experimentales que tenían origen en concepciones diferentes de la filosofía de la ciencia y la metodología de investigación derivada del conductismo radical o analítico. Para preservar la pureza denominativa inicialmente buscada, se hizo una posterior distinción en­

tre modificación de conducta y análisis conductual apli­ cado. En este contexto, es pertinente citar a Deitz (1978),

modificadores de conducta eran los

que tomaban los hallazgos de las investigaciones en los

campos del condicionamiento operante o el análisis con­

ductual y los empleaban en situaciones particulares

cuando dice que «

los

Los

analistas conductuales aplicados, por otra parte, eran in­ vestigadores adiestrados con un interés mayor en la in­

vestigación que en la aplicación

dientes de los analistas conductuales aplicados debían te­ ner importancia social, pero el propósito de la ciencia era

el análisis de las variables independientes» (p. 806). La distinción entre análisis conductual aplicado y modifica­ ción de conducta subrayaba, de este modo ,dos diferen­ cias:

Las variables depen­

1) La vinculación de una metodología de la investiga­ ción aplicada con supuestos teóricos y filosóficos, susten­ tados en la ciencia básica, y 2) El análisis prestado a la investigación de las varia­ bles determinantes de los problemas de naturaleza apli­ cada, más que a la aplicación misma y sus efectos. Sin embargo, como ya lo hemos señalado previamente (Ribes, 1977) esto no pasó de ser un buen deseo, pues por múl­ tiples razones —y quizá parcialmente por la predetermi­ nación tecnológica del paradigma de la triple relación de contingencia— se desplazó el interés de la investigación

hacia los efectos de la aplicación más que a sus funda­ mentos. Creo que es suficiente hojear las revistas especia­ lizadas más destacadas (Journal of Applied Behavior Ana- lysis, Behaviour Research and Therapy y otras) para per­ catarse de ello. En pocas palabras, la investigación apli­ cada y tecnológica se divorciaron de sus orígenes y de sus propósitos iniciales, transformándose en una práctica pro­ fesional pragmática dirigida al logro de efectos específi­ cos, al margen de la fundamentación teórica y metodoló­ gica de los procedimientos empleados.

Pero ¿por qué es cuestionable que se haya desplazado el interés del análisis de las determinaciones hacia la efi­ cacia de ciertos procedimientos en condiciones concretas de aplicación? ¿Son acaso incompatibles el análisis de la aplicabilidad con la búsqueda de efectos sociales específi­ cos mediante dicha aplicación? Considero conveniente re­ flexionar sobre este aparente dilema. La contradicción parece darse entre la investigación de proceso y paramétrica y la investigación tecnológica y clínica. Sin embargo, ésta es una contradicción aparen­ te, pues la esencia del problema radica en determinar la posibilidad real de que se desarrolle y aplique una tec­ nología conductual en esta etapa particular de la evolu­ ción científica de la Psicología. Partimos de la premisa de que el desarrollo tecnológico sólo puede darse como una opción fructífera cuando se cumplen tres condiciones:

1) Existe un cuerpo científico, producto de la inves­ tigación básica y aplicada, que da fundamento teórico y metodológico a las prácticas técnicas; 2) Existe un lenguaje común que permite que la apli­ cación tecnológica sea evaluada analíticamente, por la dis­ ciplina científica que la sustenta, y 3) Existen criterios sociales explícitos respecto a las

características y condiciones de aplicación de dicha tec­ nología.

Considero que ninguna de estas tres condiciones se apli­ ca en sentido estricto, por lo que el propósito tecnológico surge como un esfuerzo prematuro que entraña más pe­ ligros que ventajas. La tecnología, como aplicación, con­ siste en un procedimiento o procedimientos que incluyen un paquete de variables. Cuando estos paquetes se cons­ truyen a partir del conocimiento de cómo las condiciones determinantes (o variables independientes en un sentido más simplista) de la peculiar acción de dichas variables produce efectos específicos, se puede establecer la exis­ tencia de una tecnología (y la posibilidad de evaluarla e investigarla). Pero sí en cambio, el interés se centra en la producción de ciertos efectos al margen del análisis de los constituyentes del paquete de variables, se tienen apli­ caciones no tecnológicas desde el punto de vista de lo que se enmarca como una ingeniería científica. Y esto, es lo que ocurre precisamente con lo que llamamos análisis conductual aplicado.

Relaciones entre teoría de la conducta y análisis conduc­ tual aplicado

Analicemos con mayor detenimiento nuestra asevera­ ción de que no disponemos en realidad de una tecnología conductual, y de que es prematuro abordar su construc­ ción a partir de las premisas que definen el cuerpo bási­ co de teoría del cual supuestamente se origina. Para ello, debemos tomar en consideración el estado actual de la teoría de la conducta, y las relaciones reales que guardan sus categorías conceptuales y metodológicas con las prác­ ticas y técnicas del análisis conductual aplicado. De algún modo, podría afirmarse que la teoría moder­

na de la conducta, tanto en su nivel conceptual como en el metodológico, se basa fundamentalmente en el paradig­ ma del condicionamiento, ya sea en la versión pavloviana o en la variante instrumental u operante. En ambos ca­ sos, y como reflejo de una situación que es extensiva a prácticamente todas las aproximaciones teóricas de la psi­ cología, se dan limitaciones teóricas de tres tipos:

1) La naturaleza del modelo conceptual implica, por

sus propósitos analíticos, una selección demasiado restric­ tiva de segmentos conductuales, lo que permite ubicarlas como aproximaciones teóricas de naturaleza molecular con una modalidad explicativa de tipo lineal, a pesar de que

se prevea la causalidad múltiple;

2)

Aun cuando originalmente surgieron como mode­

los de investigación y explicación de fenómenos de la conducta animal, teóricamente parecen ser insuficientes para cubrir la complejidad interactiva de las situaciones experimentales analizadas, tanto porque carecen de cate­ gorías que permitan describir la acción interdependien­ te de los factores históricos, los factores situacionales y el medio, como la configuración de funciones genéricas que superen la formulación estrictamente operacional de

los fenómenos; y

No reconocen paradigmáticamente las diferencias

cualitativas entre diversos niveles de conducta, por lo que,

a la vez que no pueden cubrir conceptualmente fenóme­

3)

nos más simples que el condicionamiento, se ven obliga­ dos a reducir la conducta humana a categorías teóricas características de un modelo formulado para explicar la

conducta animal.

No es nuestro propósito valorar el estado actual y perspectivas de la teoría de la conducta, y por ello es que no abundaremos sobre los señalamientos mencionados. No obstante, es menester precisar que tales aseveraciones nos

conducen a tomar conciencia de que para la construcción de una tecnología científica, se requiere disponer de una ciencia básica cuyo cuerpo teórico y metodológico posea ciertas características:

Superar el concepto de causalidad fundado en la

relación lineal de variables independientes y dependien­ tes, concepción que tiene sólo un valor operativo en la práctica de investigación, mas no en el nivel de explica­ ción o sistematización teórica; 2) Visualizar las interacciones entre el organismo y ambiente en la forma de complejas relaciones de interde­ pendencia, sin presuponer la representatividad única de determinado criterio de segmentación analítica y la no operatividad de aquellos factores que no se prescriben con­ ceptualmente; 3) Considerar las diferencias cualitativas entre la con­ ducta animal y la humana, y determinar las característi­ cas paradigmáticas que han de permitir la formulación de una teoría del comportamiento humano, sin la cual es ilusorio pretender construir una tecnología.

1)

Es nuestra convicción que siendo la Psicología una cien­ cia en una etapa muy temprana de su evolución, el plan­ teamiento de una práctica tecnológica requiere necesaria­ mente de la delimitación conceptual y metodológica de sus características con base en el análisis teórico y experi­ mental de la conducta humana. Sin cumplir con estas con­ diciones, se corre el peligro de extrapolar conceptos y mé­ todos provenientes de una caracterización paradigmática más primitiva, que aparentemente valida las prácticas pro­ fesionales, sin captar, en la realidad, la esencia verdadera de los problemas humanos en su contexto social. No sólo es absurdo pretender el desarrollo tecnológico del análisis conductual en forma autónoma del conocimiento científi­ co básico, sino que es además peligroso, por el pragmatis­

mo que encierra, el suponer que, en su origen, dichas re­ laciones se cumplieron satisfactoriamente. Analizaremos brevemente cómo se ha dado la relación entre el análisis experimental de la conducta y el análisis conductual aplicado. En general, podríamos definir dos tipos de extrapolaciones. Una, la extrapolación de concep­ tos de condiciones paradigmáticas simples a situaciones cualitativa y cuantitativamente más complejas. Otra, la extrapolación de técnicas y procedimientos aplicados a par­ tir de las operaciones que definen prácticas o controles experimentales en condiciones restringidas de laboratorio. En ambos casos, en tanto se trata de extrapolaciones, se «naturaliza» el empleo de conceptos o procedimientos en situaciones que no son cubiertas por las premisas lógicas y empíricas que sustentan su origen. De esta manera, la extrapolación pone de manifiesto la existencia de «vacíos» conceptuales y metodológicos en la descripción e investi­ gación de los determinantes de la conducta humana. Men­ cionaremos, a guisa de ilustración, dos aspectos vincula­ dos a este proceso de extrapolación. En primer término, analizaremos el caso teórico en relación al paradigma de la triple relación de contingen­ cia (tanto en su versión pavloviana como en la operante), para identificar sus rasgos definitorios y la posibilidad ló­ gica y empírica de que, con base en sus premisas defini- torias, pueda ser extendido legítimamente a fenómenos distintos de aquellos para los que fue inicialmente for­ mulado. El paradigma general del condicionamiento, nace, ope- racional y conceptualmente, de la noción de reflejo (Se- chenov, 1978, traducción española; Pavlov, 1927; Skinner, 1931), y en esta determinación histórica asimila tanto sus virtudes como sus limitaciones. No entraremos en detalle a las aportaciones que el paradigma de condicionamiento (en sus diversas versiones) hizo a la evolución científica de la Psicología. Es suficiente afirmar que no podríamos

plantear la problemática contemporánea de la teoría de la ciencia de la conducta, si no se hubiera producido pre­ viamente la revolución conceptual y metodológica que sig­ nificó la aparición del condicionamiento, como marco de referencia teórico y como técnica de investigación del com­ portamiento. En este momento, y tomando a la teoría del condicionamiento como punto de partida, nos incumbe analizar sus limitaciones paradigmáticas, por lo que deter­ minan, como marco de referencia conceptual y metodoló­ gico explícito o implícito, del análisis de la conducta en nuestros días. El paradigma del condicionamiento fue formulado para analizar fenómenos vinculados a la conducta animal, y en un principio inclusive a formas de actividad biológica, restringidas, por limitaciones instrumentales de la épo­ ca. Independientemente de la naturaleza continua de la interacción entre organismo y ambiente, se seleccionaron criterios de segmentación analítica que condujeron a ato­ mizar operacional y conceptualmente su representación. En el caso del condicionamiento respondiente o clásico la interacción se fragmentó mediante la inmovilización del organismo y la discretización impuesta a las medidas y la acción de los eventos ambientales por el procedimien­ to de ensayos. En el condicionamiento instrumental y ope­ rante, se empleó también una metodología analítica por ensayos discretos, o como en el caso de la situación de operante libre se predeterminó una geografía y topografía de respuesta que permitiera intersectar el desplazamien­ to libre del organismo en la forma de fragmentos tempo­ rales supuestamente representativos de la interacción to­ tal. No es mi intención comentar en profundidad la jus- teza del paradigma de condicionamiento y su capacidad para captar la riqueza de los diversos niveles de ocurren­ cia del comportamiento. Nos limitaremos a señalar sus características esenciales:

1) Define las variables como elementos moleculares,

es decir, fracciones atómicas de un continuo molar de in­

teracciones complejas entre el organismo y el ambiente; 2) La unidad de respuesta es una instancia definida como un efecto (condicionamiento clásico) o por un efec­ to (condicionamiento operante), con la propiedad funcio­ nal definitoria de ser repetitiva y susceptible de ocurrir en más de una ocasión o como un cambio en magnitud a lo largo de un intervalo determinado o episodio conduc-

tual; 3) Se describe únicamente la interacción entre obje­ tos de estímulo y organismo en la forma de una función estímulo-respuesta, sin considerar, teóricamente, factores empíricos adicionales que incluso, se producen por el ex­ perimentador explícitamente (vbgr., factores contextúales de la situación, alteración de estados del organismo, histo­ ria de interacción, etc.); 4) Empírica y teóricamente se otorga el peso explica­ tivo y operacional fundamental a un solo factor de los fe­ nómenos, el estímulo incondicionado en el condicionamien­ to clásico y el estímulo reforzante en el condicionamien­ to operante, soslayando la interdependencia de este factor con circunstancias y eventos que son conceptualmente prescritos como constantes, pero que en la práctica varían de momento a momento y en forma compleja; y 5) Las diversas formas de condicionamiento se conci­ ben como procesos excluyentes, mutuamente reductivos,

o que se sobrelapan aditivamente, sin contemplar niveles

jerárquicos que delimiten su acción y su incluvisidad re­

lativa.

Discutiremos someramente el problema de la extrapo­ lación de conceptos con base en las características para­ digmáticas del modelo de condicionamiento. Para ello, to­ maremos el ejemplo del lenguaje. Tanto en el condicio­ namiento clásico (Pavlov, 1973, traducción española) como

en el operante (Skinner, 1957), se han formulado intentos analíticos en este sentido, y en algunos casos (Staats, 1968) se han planteado combinaciones de ambos modelos. Tan­ to la variante del segundo sistema de señales, como la de la operante verbal, representan la extensión de los prin­ cipios del condicionamiento al estudio del lenguaje huma­ no. Previamente, como paso lógico necesario, intentaremos señalar las características que debiera satisfacer un para­ digma formulado para analizar los fenómenos vinculados al lenguaje. El paradigma debe incluir conceptos que re­ conozcan las siguientes características empíricas:

1) Las características funcionales de la relación lin­ güística son convencionales, y por consiguiente, no depen­ den exclusivamente de las propiedades físicas del sistema reactivo del organismo y los objetos de estímulo en el am­ biente; 2) El segmento de conducta, por consiguiente, no pue­ de ser predeterminado físicamente, sino que depende de la naturaleza del episodio interactivo que obedece a carac­ terísticas impuestas por convenciones sociales histórica­ mente determinadas, que deben ser consideradas explíci­ tamente en el análisis; 3) Las propiedades funcionales de la interacción com­ prenden a otros organismos, a objetos y eventos de estí­ mulos presentes y no presentes, como factor integrado del episodio conductual; 4) La repetitividad o el cambio en magnitud de una conducta específica de hablar carece de significación em­ pírica o teórica, como segmento analítico del episodio lin­ güístico; y 5) El nivel lingüístico de comportamiento representa una interacción funcional con eventos no presentes en el momento, ya sea que tengan lugar en el pasado o en el futuro respecto al episodio conductual específico.

De la comparación de los diversos niveles prescritos por el paradigma de condicionamiento y las característi­ cas propias del comportamiento lingüístico, se evidencia la insuficiencia del primero para copar adecuadamente con la complejidad de dicha conducta, insuficiencia que no se limita únicamente al número de factores comprendidos por el modelo, sino que se deriva primordialmente de las diferencias cualitativas que los distinguen. En un artículo anterior (Ribes, 1979), se efectúa una discusión más de­ tallada de este problema, por lo que pasaremos al aná­ lisis del segundo tipo de extrapolación. En este caso, se establece una analogía entre ciertas operaciones experimentales en condiciones controladas y artificiales de laboratorio y los procedimientos técnicos mediante los que se producen cambios de la conducta en situaciones sociales. Las técnicas que ilustran este proce­ so son el moldeamiento, el castigo, el reforzamiento posi­ tivo, el tiempo-fuera y otros más. En otro trabajo (Ribes, 1977) ya hemos revisado con detalle dos de estas técni­ cas, señalando que no existe la correspondencia directa su­ puesta con sus análogas de laboratorio. Por ello solamen­ te apuntaremos cuatro problemas fundamentales que con­ figuran la naturaleza de este proceso de extrapolación:

1)

Las aplicaciones sociales se enmarcan en un medio

con normas institucionales, culturales y de otro tipo, que tornan específica a la situación general. La investigación de laboratorio se ha caracterizado, a la fecha, por anali­ zar condiciones que, en tanto prescinden explícitamente de la naturaleza convencional de los eventos, se restrin­ gen a la universalidad paramétrica de los determinantes físicos en sus diversas relaciones y manifestaciones. Aun cuando los principios y conocimientos que se derivan de este análisis son generalizables, como condición necesaria de su existencia, a los fenómenos del comportamiento hu­ mano, no son suficientes, y extrapolan una generalidad

(universalidad de lo físico) que se ve restringida por la especificidad del carácter normativo del medio social e ins­ titucional de cada individuo y de cada situación particular. La explicitación de los elementos normativos que impri­ men especificidad dentro de lo universal a cada episodio y situación humana, se constituye en un factor determi­ nante no sólo del análisis experimental y la interpreta­ ción teórica del comportamiento humano, sino también de las aplicaciones técnicas de conocimientos científicos a dichas situaciones. La extrapolación de técnicas, con base en el supuesto de la universalidad del procedimiento y las condiciones que lo prescriben, viola la especificidad que la normatividad social impone a toda interconducta hu­ mana.

2)

Las técnicas y operaciones experimentales no pro­

ducen efectos uniformes e invariantes, independientes del nivel de respuesta con que el organismo hace contacto con dichos procedimientos. Es de todos sabido que el tiempo fuera del reforzamiento, la señalización de estimu­ lación aversiva, la intermitencia del reforzamiento y otros procedimientos, dependen, en sus efectos, de la historia previa de interacción del organismo con los estímulos im­ plicados y de las características cuantitativas y cualitati­ vas del responder en el momento de su presentación. No obstante, la aplicación de estas técnicas y procedimientos en las situaciones naturales, se lleva a efecto en forma normativa, sin evaluación previa de la historia de inter­ acción, y con base en la mera determinación de los nive­ les cuantitativos de una clase particular de respuesta to­ pográficamente delimitada. La extrapolación de procedi­ mientos, omitiendo un control esencial, la determinación de la historia de interacción, sólo puede conducir a la ob­ tención frecuente de efectos nulos y paradójicos, que se atribuyen a la técnica y no a su deficiente aplicación. Vale añadir que, a diferencia de las situaciones controladas en experimentación animal, la evaluación de la historia de in­

teracción con humanos en situaciones sociales constituye

una labor de gran complejidad que, desafortunadamente, no ha sido investigada ni prescrita sistemáticamente en la formulación del diagnóstico conductual.

3)

Las técnicas y procedimientos en el laboratorio son

análogos, mas no idénticos, a los empleados con propósi­ tos aplicados en condiciones sociales. La analogía estri­ ba en la relación funcional básica que comprende tanto el procedimiento de laboratorio como el aplicado. Esta operación consiste, fundamentalmente, en la presentación, omisión o demora de un evento con base en una relación temporal específica con la respuesta del organismo. Así es como se prescriben técnicas tales como el reforzamiento positivo, el castigo, el costo de respuesta, el tiempo fuera del reforzamiento, la extinción y otras. Para completar la analogía, se requiere, adicionalmente a la operación, de un determinado efecto que siga a su aplicación, ya sea en la forma de incremento o disminución de alguna o varias propiedades de la respuesta del organismo en situaciones específicas. Esta similitud, sin embargo, no significa que los procedimientos generados en el laboratorio y emplea­ dos como técnicas en situaciones sociales, sean idénticos desde un punto descriptivo o funcional. Desde un punto de vista descriptivo, las técnicas de modificación de con­ ducta incluyen componentes adicionales que las distin­ guen en complejidad cualitativa y cuantitativa de sus aná­ logas en el laboratorio. Desde un punto de vista funcio­ nal, sería ilusorio suponer que, dada la diferencia cuali­ tativa de los factores comprendidos en una situación so­ cial, los mismos procesos y principios rigieran la interac­ ción específica implicada por la aplicación de un deter­ minado procedimiento. Un paso necesario para evitar la extrapolación como proceso reductivo, es investigar ex­ perimentalmente con humanos los componentes adiciona­ les implicados en las técnicas de modificación de conducta, vinculándolos necesariamente a problemas específicos y

de investigación paramétrica características de la teoría de la conducta humana.

4)

Finalmente, los eventos definidos y descritos en las

situaciones de laboratorio no son necesariamente equiva­ lentes a las que se identifican en situaciones sociales con propósitos aplicados. Ejemplos de esto ,son los conceptos de estímulo, de respuesta, de reforzamiento, de estímulo discriminativo y otros más. Es difícil aseverar que cuando se habla de operantes verbales o de operantes de auto­ control, se es escrupuloso con el empleo del concepto tal como se originó y se usa paradigmáticamente en la situa­ ción de condicionamiento operante. Lo mismo podría de­ cirse respecto a las propiedades discriminativas o refor­ zantes de segmentos funcionales que difícilmente corres­ ponden a los eventos puntuados y discretos que caracte­ rizan a las condiciones restringidas de laboratorio. El aná­ lisis de la extrapolación de las definiciones operacionales y referenciales de los elementos implicados en las diver­

sas técnicas representa dos tareas esenciales. Una, es la reformulación de las definiciones originales con el fin d