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Duizeide, Juan Bautista La canción del naufragio. - 1a ed. - La Plata : Club Hem Editores, 2015. 200 p. ; 20x14 cm. - (Sinfonia Emergente; 5)

ISBN 978-987-3746-02-4

1. Narrativa Argentina. 2. Novela. CDD A863

Fecha de catalogación: 27/11/2014

2. Novela. CDD A863 Fecha de catalogación: 27/11/2014 Este trabajo está registrado bajo la licencia Creative

Este trabajo está registrado bajo la licencia Creative Commons. Por lo tanto, sos libre de compartir, copiar, distribuir, ejecutar y comunicar públicamente esta obra; inclusive podés hacer obras derivadas. Es necesario que cuando reproduzcas de manera parcial o total este trabajo, hagas referencia a los créditos de la obra de la manera especificada por el autor o el licenciante; sin que esto suponga que contás con su apoyo o que compartimos el uso que hacés de la obra. El modelo de licencia prohibe el uso comercial de la obra o sus derivados. A su vez, si modificás o transformás esta obra, sólo podés distribuirla bajo una licencia idéntica a ésta. Construye, comparte y difunde!

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Primera edición enero 2015 La Plata - Argentina - Indoamérica Trabajo impulsado por Club Hem Editorxs Serie Sinfonía Emergente

Fotografía de tapa: Leonel Arance

leoaance@hotmail.com

Ilustraciones interiores: Fabiana Di Luca

FB: Fabiana Di Luca

Corrección y edición: Francisco Magallanes Diseño de tapa e interiores: Agustina Magallanes

agustinamagallanes@gmail.com

Dirigen esta colección: Francisco Magallanes y Leonel Arance

franciscomagallanes@hotmail.com // leoarance@hotmail.com

Agente de prensa: Leonel Arance

Club Hem Editorxs e-mail: clubhem@gmail.com Facebook Club Hem Editores Diag. 78 #506. La Plata. Argentina Tel.:

e-mail: clubhem@gmail.com Facebook Club Hem Editores Diag. 78 #506. La Plata. Argentina Tel.: (221) (15) 409-9275

(221) (15) 409-9275

En memoria del piloto Xavier Peláez

y el capitán Eduardo García, muertos a bordo

Nombrar el mar es imaginar, en otros,

la tempestad que acecha y golpea siempre en mí

Himalaya o La moral de los pájaros,

Miguel Ángel Bustos

Vísperas

(largo)

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

D io otra vuelta más y quedó boca arriba. Como si rechazara a un animal enroscado a sus

pies, apartó la sábana que lo cubría hasta los tobillos. De

la tela, empapada de transpiración, se alzó un relente agrio. Por cada rotura de la persiana el sol alargaba sus tentáculos. Una marea caliente crecía desde la calle, cargada de ruido, con gusto a ceniza. Temblaba. Hora tras hora lo habían asediado espejismos. Palabras mal aprendidas al azar de sus fugas, voces, ecos. Y ese fulgor que acecha mar adentro, adonde la razón no alcanza. Toda la noche así: una fiebre. Poco a poco, se irguió en la cama arrancándole quejidos metálicos. Se estiró, bostezó, una arruga tajeó

Juan Bautista Duizeide

su frente. A tientas, buscó la luz. Dio con el interruptor después de intentarlo varias veces a los manotazos. Por unos segundos, formas y sombras se sucedieron, intermitentes, inasibles para la mirada, hasta que una claridad amarillenta se extendió como herrumbre por la habitación. Sobre la mesa de luz renga, el despertador, de plástico rojo, con una sola aguja, se obstinaba en una hora imposible. El aire pesaba como cartón mojado. Volvió a bostezar. Se levantó. De entre el colchón y los flejes de la cama, sacó un pantalón de corderoy gris casi transparente en las rodillas. Se lo puso con tanta dificultad para embocar las perneras como si anduviese de nuevo a los corcovos sobre la marejada, en algún barco, rumbo a alguna parte. Se lo ajustó dando una vuelta de escota al cabo descolchado que le hacía de cinturón. Descalzo, con el torso flaco y pálido al aire, cruzó la pinotea crujiente, abrió la puerta, y sin lograr cerrarla del todo, salió. A paso cansino fue recorriendo el pasillo desierto. Por el hueco del ascensor jaula, muerto a mitad de camino entre dos pisos, brotaba una corriente de aire mohoso y fresco. Se detuvo unos segundos. Gacha la cabeza, entornados los ojos. Con el índice y el pulgar de la mano izquierda se pinzó el nacimiento de la nariz. Un dolor de semanas se estancaba dentro de su cabeza. La suciedad mordía sus pies desnudos. Respiró hondo. Lo dobló una arcada. Se enderezó. Respiró hondo otra vez. Siguió.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Apenas traspuesto el umbral del baño común lo recibió un olor punzante. Evitando mirarse al espejo, se lavó con agua sola debajo de los brazos, se mojó la cara, se mojó la cabeza, acomodó sus rulos, no demasiado largos y con algunas canas, hizo unos buches y escupió una mezcla de agua tibia, saliva gorda, sangre flaca. Luego volvió sobre sus pasos. Trató de secarse con una toalla deshilachada y pringosa, agarró la más limpia de sus remeras percudidas, se la puso, buscó alisarla con las manos, se restregó los ojos, se calzó, apagó el velador, dejó la habitación. Después de luchar por un momento con la cerradura, bajó por la escalera los cinco pisos que lo separaban de la calle. Envuelto en un aura de vino, roncaba el dueño de la pensión derrumbado sobre el mostrador. Sin hacer ruido, colgó la llave. Salió. La ciudad ya rugía. Al pasar frente a una ventana abierta, lo acarició un aroma a café, a tostadas. Y sin querer recordó lo que había perdido, para siempre, al principio del camino. Franqueó media plaza para ir a sentarse de cara al monumento a Bouchard. Rodeado por gente que se desvivía para ser englutida por alguna de las oficinas apiladas en rascacielos espejeantes, rodeado por palomas que revoloteaban, comían, se cortejaban, se peleaban, cagaban, rodeado por autos que luchaban por mejorar su ubicación en el primer embotellamiento del año, pasó el

Juan Bautista Duizeide

rato. Al filo de un banco de cemento. Los codos clavados

en las rodillas, el torso volcado hacia adelante, las manos tapando las orejas. Casi una hora en esa isla de silencio amenazada por la resaca de aleteos, bocinazos, motores

y puteadas.

Una mujer, envuelta en un largo impermeable color mostaza de muy buen corte, cargada con envoltorios hechos de papel de diario, fue a sentarse junto a él. A los gritos, joven, escúcheme joven, escupiendo las oraciones, se lanzó a contarle el veraneo de sus hijas en Miami, a ponderar las calificaciones de sus nietos en una escuela exclusiva de San Isidro, a jactarse del vigor nocturno de su marido. Lamparones de aspecto aceitoso moteaban la

tela que la ceñía del cuello a los pies. El pelo apelmazado

y rígido irradiaba de su cabeza como si fuera una Gorgona

tocada de serpientes. Al ritmo irregular de sus palabras bailoteaban sus ojos turquesa. Puntos sin aparte del desvarío. Tenía los zapatos destrozados sujetos con cable naranja. Apestaba a distancias sin rumbo. Seguía

y seguía. Voz de pájaro desvelado chocándose contra la

jaula de esa mañana de verano. Sin decir una sola palabra, él se paró. Sin mirar atrás, enfiló hacia Paseo Colón. Ni irse ni quedarse, resistir. Cómo. Con quiénes. Para qué. El cielo era infierno. El sol una medusa varada en lo alto. Bastantes cuadras lo separaban del Centro de Capitanes, fue a pie. Cuando encaró la cuesta de la

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

calle Bolívar, la remera empapada se le pegoteaba al pecho, a los hombros, a la espalda. Por todo su cuerpo, la picazón era un río de hormigas coloradas inquietas por la promesa de alguna tormenta.

Enseguida lo atendieron. Sobraban los pedidos de relevo y no se presentaba otro candidato. Por suerte es enero, por suerte es enero. De entrada nomás desechó el puesto de tercer piloto en un barco de carga general que cubría la línea Mediterráneo. Dudó ante la posibilidad de embarcar a bordo de un granelero que zarparía en una semana, desde Rosario, hacia el puerto que hasta hace poco se llamaba Kaliningrad. Ni él ni su interlocutor recordaban el nombre nuevo, si es que habían llegado a saberlo. Si es que no era un nombre más viejo asomando entre ruinas flamantes. Demasiado rápido cambiaban palabras y razones. Casi acepta otro barco de carga general que iba a cruzar el Atlántico y el Canal de La Mancha rumbo a Alemania, Holanda y Bélgica. Las putas rubias eran desde siempre una tentación. Cuando comenzó a navegar había que ir a Europa del norte para dar con ellas. Ahora por todas partes había rusas con cara de muñeca y piernas de tenista, encima baratas. A cada negativa, el empleado que leía las distintas posibilidades de embarco para someterlas a su criterio lo miraba con mayor sorpresa, con mayor fastidio, con mayor desdén. Tardó pocos minutos en alcanzar una expresión que le avejentaba la cara lisa, afeitada al ras, a salvo de los rigores del viento, del sol, de la sal.

Juan Bautista Duizeide

Dejó que siguiera leyendo cada vez más escandalizado, como un confesor poco hecho a las pasiones del mundo ante pecados que escapan a su teología. Un silencio después, se decidió. Los ojos del empleado despidieron una luz mordiente. Un breve tumulto de palabras terminó de resquebrajar su máscara. −¡¿Al Bahía Escondida?!

Algo habría escuchado, de las tantas cosas que se

decían acerca de ese barco, el cagatintas que lo miraba

con semejante cara por sobre su escritorio pulcro y

ordenado. Él, en cambio, lo había visto navegando en

altamar. Una vez se había cruzado su derrota con la de

ese condenado. Iba de tercer piloto en el Isla Pingüino,

o quizás ya en el Cabo Guardián o el Sirius. Como una

sorpresa o un presagio, se lo encontraron a muchas

millas del abrigo más próximo, por un recoveco de la

Patagonia traspapelado en su memoria. Desde lejos lo

había examinado valiéndose de los largavistas: era un

petrolero de diseño antiguo, con doble casillaje, puente

de mando a proa, chimenea baja y popa redondeada

en bovedilla. Hacía décadas que no se botaba ninguno

así. Chorreaduras de óxido y de grasa engalanaban la

obra muerta. Avanzaba a los tirones, proa a las olas de

mar de fondo largas y redondeadas, con temblequeos de

veterano que porfía en no aceptar el retiro. La marcha

de sus máquinas era tan ruidosa que a media milla

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

la escuchaban nítida. Con el marinero de guardia se compadecieron por su aspecto de abandono insalvable. Ahora aquel fantasma se le aparecía como si lo persiguiera a través del agua y del tiempo. Un fósil, una ruina, una bomba flotante. Siempre

algo por el estilo se contaba de ese barco desgraciado. Como si se tratara de una condena ya firmada o de un destino irrevocable. Sin embargo, había un aspecto más

a considerar aparte de todo lo que aseguraba la voz

del escobén, esa trama interminable de historias que

se cuentan y se vuelven a contar de barco en barco, y

a veces saltan a tierra para sobrevivir en una lengua

intrusa. El Bahía Escondida, gracias a algún misterio del comercio marítimo, había sido fletado para navegar por el Caribe. Hacía meses que arrastraba su silueta de proscripto entre Guadalupe, Martinica, Santa Lucía y otros enclaves petroleros. −Sí. Me anoto para el Bahía Escondida. El empleado del Centro de Capitanes, con un aire de

alarma tan notorio como si estuviera ante los caprichos de un loco furioso, apuró una llamada a la empresa armadora. Pocas palabras le bastaron para reservarle

el puesto de trabajo. Colgó el teléfono y le dijo, ya más

apaciguado, que se presentara cuanto antes. Él lo saludó con desgano y salió de nuevo a la calle. A caminar entre personas malhumoradas o apáticas, delirantes o resignadas, de acuerdo con los efectos que ejercieran sobre ellas el aire abrasador, el sol en ascenso, la

Juan Bautista Duizeide

humedad de selva, los escapes de los autos, el ruido de los motores, los bocinazos, las puteadas. Enero. Enero en la ciudad de la furia.

Al llegar a la esquina de Lavalle y Esmeralda, se detuvo como si fuera Jonás recién escupido por el Leviatán contra alguna costa donde medran los gentiles. Por unos segundos, tan largos como esos segundos de silencio después de que la quilla ha sonado contra un bajío, se quedó mirando un edificio con forma de caja de zapatos que años de humo habían ido pintando de gris oscuro. En el cuarto piso lo esperaban. El pelo se adhería a su nuca y a su frente. La transpiración que destilaba su remera imprimía fugaces puntos suspensivos sobre las baldosas recalentadas. Adentro, una frescura inesperada alivió su piel. Le sonrieron dos secretarias. Una rubia, otra castaña. Las dos casi tan altas como él, las dos un poco más jóvenes que él. Levemente maquilladas. Con un dejo, muy suave, a perfume. Vestían camisa color celeste con el monograma de Pleamar sociedad anónima –una rueda de cabillas atravesada por albatros en vuelo− y falda azul que dejaba admirar piernas largas y bronceadas. Entre sonrisas tan blancas como los escarceos alrededor de un escollo, vistos durante una noche de luna llena, le ofrecieron un sofá donde sentarse. Con más sonrisas le ofrecieron café, gaseosas, cognac, whisky, lo que quisiera. No aceptó nada. Las dos volvieron a sonreír dedicándole

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una reverencia ligera, pero muy expresiva, sincronizada con exactitud maquinal. Indiferente a esa coreografía, él continuó serio, tenso como un animal atrapado, a la espera de un desenlace. El que tocara. Al rato, con una sonrisa que a esas horas ya debería dolerle bastante, la secretaria rubia, después de atender una llamada interna con la misma cara de tozuda eficiencia que ponen los gatos al lavarse, lo invitó a pasar al despacho del jefe de personal embarcado: una habitación de paredes forradas en madera oscura, sin otro adorno que algunas fotos de barcos en blanco y negro enmarcadas con sobriedad. Malas noticias: justo el día anterior, al honorable gobierno de los Estados Unidos de Norteamérica, con argumentos que escapaban a su falta de información, cultivada a lo largo de meses sin leer diarios ni ver informativos, se le había dado por invadir, una vez más, Panamá. En consecuencia, el Bahía Escondida no pudo arribar al puerto de Colón. Permanecía fondeado a la espera de novedades. Era injustificable gastar en un pasaje de avión para mandar un piloto de relevo hasta allá por si acaso. −Injustificable −remarcó el jefe después de tragar saliva aparatosamente. Qué decirle. Si hubiera recurrido nomás se quedó sin dinero a la bolsa de trabajo del Centro de Capitanes. Si no hubiera agotado su poca paciencia a la espera de algún milagro

Juan Bautista Duizeide

sin nombre ni forma. Si hubiera aparecido antes. Ya estaría embarcado. Tan lejos como el mar. O por lo menos, con todo pago en un hotel a miles de kilómetros, libre ya de la pocilga del Bajo en la que debía tres meses.

Injustificable.

Tan vacío el estómago como los bolsillos.

Injustificable.

Viéndolo todo a través de una bruma de anestesia.

Injustificable.

No pagar el precio también tiene su precio.

Cuando estaba a punto de levantarse, ya dispuesto a

la retirada, que como todas sus retiradas sería sin honra

ni provecho, el jefe le volvió a hablar.

−No se vaya –le pidió con la voz enronquecida.

Él se acomodó en la silla y respiró tan hondo como si

volviera de una zambullida muy profunda. Miró todo

como si emergiera en otro lugar que el esperado.

El jefe tendría más o menos la edad que debería

tener su padre si viviese. Era obeso, era pelado, una

capa exagerada de gomina estiraba el pelo restante a

los costados de su cabeza en forma de bulbo, una pátina

aceitosa de transpiración hacía brillar su frente. Sus

ojos, translúcidos, estaban rodeados por ojeras que caían

hasta los pómulos en forma de bolsas. La corbata negra

con el monograma de la empresa parecía a punto de

estrangularlo. Sobre sus mejillas, una urdimbre de venas

muy finas dibujaba un derrotero intrincado y sinuoso.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Como si necesitara afirmarse para explicar su propuesta, el jefe apoyó encima del escritorio sus manos rosadas, redondas, desproporcionadamente chicas, tomó aire, y le dijo:

−Quédese… Quédese hasta que llegue a puerto algún otro barco de la empresa Él siguió callado, mirándolo a los ojos. −Le pago como si ya estuviera embarcado. ¿Estamos? − quiso tal vez rematar el jefe. Un movimiento de cabeza muy leve fue toda su demostración de conformidad. Después se dedicó a estudiar los cuadros que colgaban de las paredes: fotos de barcos tipo Liberty, enmarcadas con varillas muy finas de madera oscura y passepartout color marfil, cubiertas por cristal. Reconoció al Esito, al Imbaha, al Aurea Conte. Naufragados todos, si no recordaba mal. Le pareció que otro, completamente pintado de blanco, era el Pampero, último barco del famoso capitán Von Ohde. Famoso, por lo menos, para la voz del escobén. Un loco hermoso, de los que no quedan. Detrás de la respiración agitada del gordo, se oían el ronroneo del equipo de aire, la conversación sigilosa de las secretarias al otro lado de la puerta, el trajín de la calle asordinado por las paredes. Con una voz en la que sonaba, más que el cansancio, la erosión causada por la repugnancia, rompió la trama de falso silencio que los envolvía para exigir un adelanto. El gordo resopló antes de contestarle:

−¿Está bien trescientos?

Juan Bautista Duizeide

−Necesito por lo menos mil. Volvió a resoplar el gordo, sacó un pañuelo de algún bolsillo de manera tan furtiva y a la vez tan ostentosa como si hubiera hecho aparecer una paloma de una galera, se lo pasó por la frente, y aceptó subiendo y bajando la cabeza al tiempo que entrecerraba los ojos. −Además, si el barco zarpa a algún lugar al que yo no esté dispuesto a ir, sigo en tierra. Más rojo que nunca, resopló una vez más el gordo, volvió a pasarse por la frente el pañuelo, volvió a aceptar. −Algo más… −¿Sí? −Tampoco quiero saber nada con ningún barco al mando de Juan Gonzaga. −¡Qué! ¿Lo conoce a Gonzaga? No me diga que navegó con él… −explotó y luego se desinfló el gordo. −Nunca navegué con Gonzaga ni quiero hacerlo. Me alcanza con lo que cuentan.

Por suerte es enero, por suerte es enero.

Caminaba por Lavalle hacia el sol. Ahora la transpiración era una alimaña de mil patas, bajaba por su frente, por su nuca, por su torso, por sus piernas. Anidaba en las concavidades oscuras de su cuerpo, se reproducía con obstinación ciega. En cada bolsillo tenía un fajo de billetes. Roca sobre Roca veinte veces la misma cara de asesino tranquilo

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

y metódico, de lector de Julio César, de intrigante

florentino, de positivista tucumano, de gaucho insufrible,

de padre de la patria. Parecía que cuantos se lo cruzaban

olieran ese dinero flamante. No había cuadra de la peatonal en la que no se acercaran a pedirle para tomar una cerveza, a venderle cosas que no necesitaría durante los tres o cuatro o cinco meses que demorase el viaje, a ofrecerle cocaína de Colombia, de México, de Bolivia, de Perú, a tentarlo con las inextinguibles delicias de putas morochas, negras, platinadas, pelirrojas, adolescentes, maduras, espigadas, exuberantes, argentinas, paraguayas, brasileñas, dominicanas. De a una, de a dos, de a tres. Ante cada oferta, sin sacar las manos de los bolsillos, hizo que no con la cabeza y siguió derecho. Sin saber adónde iba pero derecho. Siempre. No quería comprar nada. Y lo único que tenía para vender, lo había vendido hacía instantes: su opaca libertad.

A pasos cortos, muy rápidos, haciendo repiquetear

unos tacos altísimos, una mujer se puso en su camino.

Del vaquero recortado le desbordaban los muslos, una

blusa exigua dejaba al descubierto su ombligo y permitía

ver, a través del jersey blanco, la aureola oscura en torno

a pezones como balas calibre 45. Tendría la misma edad

que debería tener su madre, quizás un poco menos. Si

su madre viviera, si su padre no le hubiera llenado la

cabeza de ruido, según el dicho de la abuela, menos sabia

que borracha, menos borracha que desesperada.

Juan Bautista Duizeide

Esquivó a la mujer, la dejó abrazando el aire y siguió adelante a trancos vivos y largos. −¿Qué te pasa nene? ¿No serás medio rarito vos? Algunos que pasaban sonrieron, cuando los miró a los ojos se pusieron serios. Siguió caminando. Rarito. Rarito. Rarito.

Contenía multitudes. Monstruos del calor a la deriva por sus planicies, legiones de la peste por cada uno de sus intersticios. Vade retro. En la cuadra siguiente lo invitaron a entrar a un templo evangélico. Desde la puerta, que exhalaba un aliento a cripta, intentaba atraer a los peregrinos una cruz inmensa de plástico naranja con la inscripción Abrace la fe y deje de sufrir. Enérgicamente hizo que no con la cabeza. Uno se destacó del grupo que vigilaba ese valle de lágrimas a la caza de almas errantes. Se plantó en medio de la vereda a gritarle. Gesticulaba como si hubiera reconocido en él a la oveja descarriada sobre la cual ejercer su misión, y no quisiera que alguien pudiese no advertir el celo con que la cumplía. Abusando de una voz de película doblada al castellano, lo conminaba:

−La banquina del vicio está sembrada de soberbios, está amojonada con las calaveras que dejaron pecadores como tú. ¡Recapacita y detente!

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

No se dio vuelta. Aceleró el paso. En las cuadras sucesivas, a la puerta de otros locales de arquitectura similar a la del templo de aliento infernal, carteles multicolores anunciaban La historia de Bruce Lee, Kalifornia, Beatriz Portinari. Tres funciones. Descuento para jubilados. La poca gente que recorría la peatonal, de manera cansina, bajo el sol a pique, no se dejaba ilusionar por ninguna de esas versiones del paraíso. Desde cada disquería lo alcanzaban los mismos sonidos:

Lambando estarei ao lembrar que esta amor por um dia um istante foi rei. A recordacao vai estar com ele aonde for.

En el cruce con la avenida Callao entró a un bar vacío. Antes de elegir una mesa, como si fuera un cliente habitual saludó de lejos con un gesto, y alzando la voz, pidió agua fría. Salpicándose la remera, el pantalón, los zapatos, tomó y tomó, un vaso tras otro, hasta terminarla. Luego se quedó recostado en la silla, con la cabeza inclinada hacia atrás, ofreciendo la cara al poco aire que un ventilador de techo demasiado lento lograba mover. Al rato se enderezó, con una seña de la mano derecha llamó la atención del mozo y se quedó mirando hacia afuera por la ventana.

Juan Bautista Duizeide

−Señor

−Gracias−dijo bruscamente, acomodándose en la silla como si lo hubieran sorprendido en una posición indecorosa. El mozo depositó el café sobre la mesa, retiró la botella de agua, y tras una reverencia lo dejó de nuevo solo. Sacudió el sobre de azúcar una, dos, tres, cuatro veces, cortó una de sus puntas, lo inclinó para volcar su contenido dentro del café, revolvió el café una, dos, tres, cuatro veces, retiró la cuchara de la taza, la dejó sobre el plato, respiró hondo, bien hondo, y volvió a quedarse mirando por la ventana. Al ritmo de las luces

verdes y rojas se detenían los autos y los micros, volvían

a arrancar, volvían a detenerse, volvían a arrancar.

Después de segundos de pausa relativa, recrudecía el

embate de los motores, de los escapes, de los bocinazos,

de las frenadas y los puta madre que te parió.

Cuando se acordó del café, se había entibiado. Pidió otro, al que le pasó lo mismo. Y otro más. Lo tomó casi frío, de un solo, largo trago. Oscurecía. Una voz joven y cantarina lo hizo girar la cabeza:

−Es hora de que estos galgos cenen una buena liebre.

La que había hablado era una chica de unos veinte

años con aspecto indígena. Tras su forma de escandir las

vocales, otra lengua asomaba. Sin que mediaran nuevas

palabras, ella y el que la acompañaba se levantaron y

fueron hacia la puerta. ¿Cuándo habían llegado, cuánto

Su café.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

tiempo habían estado ahí? No sabía. No los había oído

hasta ese momento, no los había visto entrar. Ella tenía el pelo largo, oscuro, ondulado. Él tenía rulos color castaño oscuro, casi negros, no demasiado largos y con algunas canas. Sonreían los dos, llevaban libros en una mano y estaban unidos por la otra. Miró cómo salían del bar. Miró cómo cruzaban la avenida. Bastante más alto él que ella, seguramente algunos años mayor. Se quedó mirándolos hasta que se perdieron entre la gente, entre los autos, entre las luces de la ciudad que comenzaban a encenderse. Volvió a dirigir la mirada hacia el fondo del bar. Entonces, comprendió la alusión oída como en sueños:

sobre cada punta del mostrador de madera oscura y tapa de estaño, montaba guardia un alto galgo de loza. Uno negro, el otro blanco. Brillaban. Algo de galgos también tenían, de viejos galgos aburridos y soñolientos, el mozo

y el cajero, agazapados tras una gran registradora

metálica de frente recto y teclado curvo, recargada con volutas, pámpanos y arabescos. Después de preguntarle al mozo si ya cerraban, y recibir la orgullosa respuesta según la cual ese bar llevaría décadas sin cerrar antes de medianoche, pidió un sandwich de queso y tomate en pan árabe. Se había

acordado: tenía un cuerpo. Corroído de espera, impuntual

de alimentos, pero vivo, insoportablemente vivo.

Juan Bautista Duizeide

La primera claridad del dia apenas alcanzaba a iluminar el interior del micro. Bostezó, se arqueó y se estiró con los brazos en alto. Miró hacia afuera por la ventanilla. Atravesaban un puente colgante, debajo el río era una desgarradura de metal sombrío que daba un par de curvas entre cúmulos de oscuridad más densa. A contraluz, hacia el sudeste, se veían las siluetas de unos pesqueros embarrancados. Se paró, agarró su bolso, y a medias despierto, deteniéndose cuando lo hacían los pasajeros que iban adelante de él, recorrió los pocos metros que lo separaban de la puerta. Al bajar, el tumulto lo arrastró a la vigilia plena en segundos. La estación se veía repleta de gente despidiendo o recibiendo a otra gente. Hablaban a los gritos, se reían, señalaban, gesticulaban. Parecían sobreactuar alegría y sorpresa. Alrededor de las luces, todavía encendidas, revoloteaban centenares de mariposas nocturnas. Caían de a puñados al piso del andén y eran pisoteadas por la multitud que iba y venía. De sus despojos se alzaba un aroma acre. Mal sintonizada lloriqueaba la radio del bar:

A recordacao vai estar com ele aonde for…

Amanecía sin remedio.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Como si llevase escrita en la cara su condena, lo identificaron los empleados de la agencia marítima. El más joven se ofreció a cargarle el bolso. Ante su negativa, le señaló un auto blanco de techo vinílico negro, estacionado al final del andén con las puertas abiertas. Camino a él, pasaron frente a dos conductores de larga distancia que tomaban mate apoyados contra una baranda. Sus caras, grisáceas, consumidas por los kilómetros y las vigilias forzosas de la temporada, contrastaban con las expresiones de entusiasmo, cierto o fingido, que encendían las caras de los turistas. Seguramente esperaban la hora de partir otra vez. Cuando ya los habían dejado atrás, uno de ellos dijo:

−¡Qué máquina! ¡Eso te mata todo! Él se dio vuelta y miró. La miró. Se hamacaba a cada paso como una barcaza cuando hay mar de fondo. En cada mano llevaba un bolso forrado en algo que parecía cuero de víbora. Tendría alrededor de cuarenta años. Más no. Estaba teñida de un rubio rabioso que contrastaba con la piel arrebatada por el sol. Iba dando pantocazos con las caderas. Sobre una remera lila muy ajustada, un cinturón del mismo material que las valijas abrazaba su cintura estrecha. Los vaqueros celestes que se adherían a sus muslos redondeados parecía que en cualquier momento iban a detonar por la tensión. Cloqueaban contra el cemento sus botas al tono. Se bamboleaban sus bolsos y sus tetas.

Juan Bautista Duizeide

−Diosa… −festejó su paso un adolescente despeinado, con expresión de sonámbulo, vestido de negro de pies a cabeza con ropa arrugadísima. Sin mirarlo, ella sonrió levemente y aminoró el paso. Avanzaba como si acariciara el piso. Después de un par de intentos seguidos por una tos desalentadora, el auto blanco arrancó. −Éstos son un caño, nunca te mandan al muere −le comentó el chofer. No contestó. Se pusieron en camino. El chofer prendió la radio. Un locutor de voz que pretendía ser festiva propalaba

noticias locales: iba a hacer calor, mucho calor, llegarían muchos turistas, muchísimos, la temporada es un éxito indudable. Los signos de exclamación dolían como clavos en los oídos. Al locutor lo sucedió alguien que imitaba

a políticos, a cómicos, a vedettes. A cada una de sus

intervenciones la coronaban risas del locutor: “Juaaa juaaaaaaa… ¡Lo hace iguaaaaal! ¡Qué artista!”. Ya al otro lado del río, atravesaron una zona de silos

y barracas. Por la ventanilla entraba un aire todavía

fresco, saturado de olor a aceite de girasol, a harina de pescado, a mar. En los descampados se mezclaba la resaca de los desguaces: botes salvavidas de construcción en tingladillo, salvavidas circulares, anclas almirantazgo, cuadernales, ventiladores de bodega en forma de hongo y hasta el puente de mando completo de un pesquero de media altura.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Subieron una cuesta muy empinada, luego se detuvieron frente a una casona de dos pisos con techo de tejas francesas. El primer sol de la mañana hacía brillar sus paredes de ladrillo rojo, sus molduras blancas, sus persianas pintadas de verde inglés. Todo lucía impecable. Una inmensa bandera argentina que parecía recién estrenada flameaba sobre un mástil más alto que la

propia edificación de dos pisos con buhardilla y sótanos. Al pie, en un escudo oval, se leía Subprefectura Puerto Quequén. Justo enfrente había tres autos idénticos al de la agencia marítima, blancos y con el escudo de la repartición estampado sobre sus puertas.

−se admiró el chofer−. Es al

−Mirá cómo los tienen

pedo, no hay con qué darle. Yo soy hincha a muerte del Falcon. Pasaron. Hubo un intercambio de saludos del que no participó. Después, en otro tono, el oficial de guardia le pidió la

libreta de embarco. Sin una palabra, él se la extendió. El oficial la hojeó de modo somero, dedicándole al terminar una mirada desdeñosa. Luego le hizo firmar el libro de rol correspondiente al Caleta Leona y entre sus páginas guardó la libreta. Con ese trámite tan sencillo se había convertido en un prisionero voluntario. Enviado rumbo al puerto de El Callao vía Cabo de Hornos, para descargar

el trigo a cargar en los silos de Quequén, estaba obligado

a aceptar cualquier cambio en la derrota y el puerto de

recalada.

Juan Bautista Duizeide

Sin que él participara de la nueva ronda de saludos al

despedirse, volvieron al auto. Unas pocas cuadras cuesta abajo los separaban de los muelles. Durante el trayecto clavó su mirada a un lado. Mientras tanto, el conductor

y su acompañante hacían comentarios acerca del calor,

de la cantidad de turistas que llegaban, de los famosos nombrados por la radio. −Está fuerte en serio la Yuyito. Lo bien que hace el

turco

Él apretaba los dientes. Las mandíbulas se le dibujaban con nitidez. Los labios se le reducían a una línea pálida, tan pálida como una herida ya antigua pero indeleble.

¿Vos no aprovecharías?

Después de rodear unos silos altísimos, vio por primera vez al Caleta Leona: estaba muy escorado a babor, se apoyaba contra el muelle como un borracho a punto de vomitar. −¿Vamos? –le propuso uno de los empleados de la

agencia cuando el auto se detuvo con un último estertor. Perdido en la contemplación, él no se despegaba del asiento. El barco tenía toda la traza del vagabundo de los mares que se ha arrastrado por el planeta entero, a cada rumbo de la rosa, al ritmo impiadoso de las cargas

y las descargas. Alguna vez el casco habría sido negro,

ahora el óxido cubría de proa a popa el costado expuesto

a la vista. Estrías anaranjadas relampagueaban sobre

el blanco sucio del casillaje. La chimenea, pintada de

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

un amarillo denso con algo de marrón, estaba torcida como si un viento imposible de imaginar hubiera tratado de arrancarla, el tizne caía hasta la cubierta de señales, rebalsaba hacia los alerones y la timonera. Las barandillas, sin un vestigio de pintura que permitiese conjeturar un pasado mejor, estaban vencidas. Cubiertas de tractor en desuso eran las defensas. Los cabos de amarre se combaban hacia el agua enlutada que ceñía la obra muerta como un halo de peste. Sería su casa, sería su mundo por los meses que demandara el viaje. Su pesadilla sin despertar posible. −Vamos –repitió el empleado de la agencia marítima. Por la radio terminaron de dar las noticias: manejando su Ferrari deportiva, el Señor Presidente había batido el record de velocidad entre Buenos Aires y Pinamar. Sonó una canción:

A recordacao vai estar com ele aonde for.

A bordo se veía a una sola persona. Un hombre

a lo sumo pocos años mayor que él. Desde lo alto, los

miraba. Tenía puesto un overol azul muy gastado con las mangas enrolladas por encima de los codos. Asomaba junto al portalón apoyando sus brazos cruzados sobre la

barandilla. No le sacaba la vista de encima. Él cargó su bolso al hombro y comenzó a subir una planchada renga

y bamboleante a la que le faltaban varios peldaños.

Juan Bautista Duizeide

Poco antes de alcanzar la cubierta, el hombre del overol, sonriendo, le extendió la mano y se presentó:

−Soy Arano, Alberto Arano, el capitán. −Mucho gusto. Reyero, Martín Reyero. Relevo del tercer piloto. El capitán se quedó unos segundos estudiándolo. Su sonrisa se desvaneció de a poco, primero desapareció de su cara y después fue apagándose en sus ojos verdes, atentos y tristes, cansados quizás de ver todo eso. Y tras despedir al hombre de la agencia marítima, rompiendo con la etiqueta náutica él mismo lo condujo hasta su camarote para que dejara el bolso. A continuación le mostró el castillo de proa, la toldilla, la timonera. Jamás un capitán lo había acompañado a hacer la recorrida que es de rigor cuando se llega a un nuevo barco. Imaginó que el oficial a quien debía relevar se habría ido temprano, quizás con la excusa de los horarios de micros, para alejarse lo más rápido posible de tanta suciedad, de tanta decrepitud. Era, también, la primera vez que navegaba en un barco al mando de alguien así de joven. Terminaron pronto. Con la excusa de acomodar las pocas cosas que traía, fue a encerrarse en el camarote. Antes, el capitán le dijo:

−Llamame Alberto, no me hagás sentir un viejo de mierda.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

A bordo de pesqueros de altura había padecido camarotes mucho más exiguos que éste, a bordo de petroleros de doscientos y pico de metros de eslora había disfrutado de camarotes más grandes, mucho más luminosos, pero nunca, en la decena de barcos en los que ya había trabajado, se encontró con un mobiliario así. Todo parecía bastante más antiguo que el mismo Caleta Leona, sin embargo todo se veía calculado a la perfección para aprovechar el espacio de modo que se viese amplio aunque no lo fuera. Fijado por pernos de bronce al mamparo de estribor, había un pequeño escritorio de madera casi negra. A cada lado del hueco en el que se trababa la silla gracias a unos topes de quita y pon, tenía cinco cajones, y cubriendo un cuarto de la superficie de su tapa, un gabinete con una puerta cortina curva. La cama, también de madera muy oscura, se veía más alta de lo común. Parecía estrecha, demasiado corta. Se extendió sobre ella y comprobó que lo desusado de sus proporciones engañaba, quizás fuera incluso un poco más larga que una cama corriente. Al girar sobre su cuerpo advirtió que la apreciación inicial había sido absolutamente errada: se viera como se viera, esa cama hasta podría albergar a un casal de robustos arponeros despatarrados boca arriba. El costado opuesto al mamparo contaba con un listón de tope que podía alzarse y volverse a rebatir para que los bandazos, cuando se navega con mar gruesa, no arrojen

Juan Bautista Duizeide

a quien intenta dormir. Alzó y rebatió varias veces el

mecanismo, escuchando con un placer infantil el sonido

seco y siempre igual que emitía. Volvió a pararse, intentó abrir las cajoneras que corrían por debajo del colchón. Hizo bastante fuerza pero no hubo caso, estaban con llave. Inútilmente rastreó el escondite de esas llaves en el ropero, alto y estrecho, con un perfume profundo

a madera. Los cajones del escritorio también estaban

inaccesibles. De su bolso, con mucho cuidado, sacó una caja chata, como las que se usan para mandar encomiendas con libros. De la caja sacó una bolsa de nylon con burbujas anti choque. De la bolsa de nylon sacó una foto y la puso encima del escritorio, bien trabada en una ranura entre dos listones de madera. La foto de casamiento de sus

padres. La única foto de ellos que había sobrevivido a las fogatas hechas de apuro en patios de madrugada, a las mudanzas cada vez más frecuentes, a los equipajes cada vez más livianos. Volvió a tenderse en la cama. Se estiró y dejó que su mirada derivara con los rayos de luz que entraban por un ojo de buey con doble tapa de bronce. Ni siquiera en

el más viejo de los cargueros veteranos en los que había

navegado pudo apreciar un ojo de buey de robustez comparable. Por la forma en que habían amarrado, proa afuera, esa abertura daba a la desembocadura del río, allá no tan lejos, hacia el este. Daba al cielo, a un tramo de horizonte, al sol.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Un camino de motas de polvo bailaba en la luz cálida

que entraba al camarote. Pronto su mirada se abandonó

a esa danza, hasta que los párpados, cansados, fueron

cediendo con tanta placidez como cuando se bregó con mujer. Vencidos ya los ojos, yendo y viniendo a uno y otro lado de la frontera entre sueño y vigilia, recordó una máxima náutica transmitida entre los pilotos de generación en generación, más exacta y más inmutable

que las coordenadas de las estrellas: un capitán joven es

la peor plaga del mar, sólo superada en malignidad por un

cocinero inepto. Un capitán joven carece de la confianza

o del fatalismo que los años de navegación conceden, y

a la vez tiene la energía suficiente para molestar a toda hora a cada uno de los tripulantes, para meterse a toda hora por cada rincón del barco sea cual sea el clima, el rumbo, el mar. Golpearon la puerta. −Adelante −dijo mientras se paraba lo más rápido que le era posible y fingía estar acomodando sus pertenencias. −Mucho gusto, soy Daniel Ortiz, primer oficial de cubierta −se presentó el recién llegado con voz enérgica

y un tanto engolada, extendiéndole la mano.

Camino al comedor, no paró de hablarle el primer oficial: tareas pendientes, recaudos a tomar con la carga, la provisión de agua, las amarras, la planchada, el combustible.

Juan Bautista Duizeide

Parecía tan joven como él, aunque algo más bajo y corpulento.

Nunca

te confíes. En el comedor de oficiales, bastante estrecho, sólo el capitán estaba comiendo. −Sentate −le dijo y corrió una silla a su izquierda. A la derecha se ubicó Ortiz y siguió con la cantilena de trabajos por hacer, de cuidados, de prevenciones, de planes. El capitán, con expresión seria, encorvándose por sobre su plato, asentía a cada frase con una sílaba apenas chasqueada entre dientes sin dejar de llevarse a la boca el tenedor bien cargado de lentejas. Cuando el otro terminó con su lista, se irguió, se limpió la boca con la punta de la servilleta, y agregó como por obligación:

−Tampoco hay que olvidarse de mantener al tanto a la agencia de nuestra zarpada, así piden práctico y remolcadores con tiempo. −Claro, claro, pero no está fácil, así como va la carga no está fácil −respondió el primer oficial. −Lluvia de mierda −concluyó el capitán. Enseguida se acercó un hombre de unos cuarenta años, completamente vestido de blanco. Se presentó con una voz de cantor de tangos a la espera del milagro que lo lleve de las cantinas de barrio a las luces del centro:

−Todo tiene sus mañas acá, te voy avisando

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

−Arias, Francisco, mucho gusto. Dígame Pancho. Soy

el cocinero −sonreía de manera franca−. Les sirvo yo

porque Rochita, el mozo, está de licencia en tierra.

Después de una pausa, más serio, ofreció:

−¿Les traigo lentejas?

−Venga −dijo Ortiz.

−Para mí también, por favor −dijo él.

No llevaba más de cinco minutos en su camarote,

cuando alguien golpeó la puerta. −Pase −alzó la voz. De nuevo el primer oficial:

−Aprovechamos que hoy me toca guardia así te voy mostrando bien todo. Cada cosa tiene sus vueltas acá… Es como una casa vieja, ¿viste? Dale. Te espero en cubierta −dijo y se fue. Ortiz ni siquiera le había preguntado si quería pasar la tarde en tierra o si necesitaba hacer algo. Aunque fuera por cortesía. Reglamentariamente, él estaba libre para ir adonde quisiera hasta el otro día a las ocho menos cuarto de la mañana, cuando tomara su primera guardia en puerto, y por supuesto no estaba obligado a pasar la noche a bordo, pero prefirió no decir nada. Además, no tenía adonde ir ni con quien estar, en eso no había cambiado su situación. Le llevó segundos cambiarse la ropa con la que había llegado; se puso un overol percudido, rígido, con olor a humedad, y dejó su camarote.

Juan Bautista Duizeide

Estuvieron horas yendo y viniendo por el barco entre

el polvo de trigo que alzaba la operación de carga. Fueron

del castillo a la popa, del puente a la sala de máquinas, del pique de proa a los tanques laterales, de las bodegas al pañol del contramaestre. El mismo primer oficial, sin recurrir al marinero de guardia, se fue ocupando de tensar o filar las amarras de acuerdo al vaivén de las mareas. Al tiempo que lo iba poniendo al tanto de cómo funcionaban los guinches −muy mañeros, muy mañeros− pedía su cooperación para adujar cabo o para ir soltándolo. Entre los dos también pasaron la tolva de la bodega uno, cuando se completó con trigo, a la bodega dos. El marinero de guardia junto a la planchada, un cuarentón robusto, de pelo casi blanco de tan rubio y cara

encallecida por el sol, los miraba ir y venir. Al principio, su expresión le pareció de curiosidad. No resultaba ilógico ese interés ante un superior recién venido. Luego,

a medida que transcurrían las horas, la caminata y las

tareas, esa manera de mirarlo ya le fue pareciendo una burla abierta, descarada, una provocación. Hacia el fin de la tarde, vinculó esos ojos azules que no habían dejado de apuntarle con la fatiga que se le había iniciado en algún rincón de la cabeza, y después de convertirse en una molestia aguda que irradiaba hacia las sienes y la nuca, se le había derramado por el cuerpo entero. −En un rato se come −dijo de golpe el primer oficial. Tardó en contestarle. −Antes me doy una ducha.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

La voz le salió pastosa. Las palabras, más susurradas que dichas.

Como si dejara caer una piel sucia y gastada se sacó el overol después de horas a la intemperie. Como si recorriera los últimos metros de una maratón, se metió al baño. Apoyando la frente contra el mamparo, con

los ojos cerrados, hizo girar la canilla del agua fría a la espera de una guillotina de agua contra su nuca. Pero no salió nada. Tras darle unas cuantas vueltas a la canilla del agua caliente, lo recompensó un hilo tibio, plagado de escamas de óxido. Se dio cuenta de que no tenía jabón. Se enjuagó la cabeza, las axilas, la entrepierna. Luchó

y luchó para sacarse con las manos esa pasta de color

pardusco formada por su transpiración, el agua, el óxido,

el polvo de trigo. Hasta que se dio por vencido y abandonó.

Logró cerrar la canilla después de darle unas cuantas vueltas en falso, dejó el baño sin secar, dio un portazo que rebotó contra el marco, y se dejó caer, mojado como estaba, sobre la cama. Olía a jabón blanco. Igual que en la casa de su abuela.

Se despertó de manera brusca. Varias veces miró para todos lados. Tiritaba. Se paró con dificultad. Fue a buscar ropa al bolso. La luz recortada por el ojo de buey era la del crepúsculo. Se vistió rápido y fue para el comedor.

Juan Bautista Duizeide

Estaba sin llave pero a oscuras. Le costó dar con el

interruptor de la luz. Mientras tanteaba el mamparo en su búsqueda, un ruido lo puso en alerta. Un desplazamiento veloz y furtivo. Cuando al fin, después de varios parpadeos, se encendieron los tubos fluorescentes, llegó

a ver cientos de cucarachas que escapaban y se metían

por cada intersticio. Permaneció atento a ese ruido como alambre que se frota contra madera, lo escuchaba con aprensión y a la vez fascinado. Se quedó un momento así. Luego entró al comedor y lo recorrió. No quedaba nada. Ni siquiera un pan suelto. Fue hasta la cocina. En todo el trayecto no cruzó a nadie. Lo único que se oía, apagado por la distancia que separaba esa cubierta de la sala de máquinas, era el ronroneo de tigre lanzado al aire de la noche, desde las entrañas del barco, por los generadores. Habían dejado la cocina bajo llave. Salió a la cubierta principal. Tampoco encontró a nadie. Se había interrumpido la carga. Las tolvas apuntaban hacia abajo sus cuellos de animal antediluviano paralizado por alguna catástrofe.

Las tapas de bodega estaban cerradas. Caía y caía, lenta,

la llovizna. En el cielo no se divisaba una sola estrella. Las

luces de a bordo, entreveradas con la luz mortecina que se derramaba desde los silos, hacían brillar la cubierta húmeda. El barco se veía mucho más grande. Era una isla abandonada en la tormenta, una isla desventurada a punto de ser disuelta por un último relámpago de óxido.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Aceleró el paso hasta la planchada. Junto a ella permanecía el marinero rubio. Se había abrigado con un gabán oscuro, manchado de pintura, que lo hacía aún más corpulento, que lo disfrazaba de jorobado. A cinco metros de él, resultaba inconfundible el olor a marihuana. −Buenas noches, señor, mucho gusto, Jorge Uodsac −se presentó el marinero con una voz que no se correspondía con su robustez ni con su edad. −Buenas noches −le contestó−, mucho gusto, Reyero, tercer oficial. Latigazos de escalofrío agitaban su espalda. En su garganta crecía un ardor de fiebre. El marinero de guardia parecía sonreír. A lo lejos sonaban motores. Más cerca, el chapoteo del agua atrapada entre el muelle y el costado del barco, la queja

de las amarras tironeadas, el leve vaivén de la planchada sobre el empedrado del puerto. El marinero de guardia, Uodsac o acaso Guodsac o Wodzak, en voz muy baja, como si fueran cómplices de alguna conspiración, le informó:

−El capitán ya está en su camarote. Pero no duerme. Si se fija va a ver que está con la luz prendida. Parece que nunca durmiera. Él hizo que sí con la cabeza.

A esta hora siempre

−…y el primer piloto, en el puente completa el libro de guardia.

Juan Bautista Duizeide

Con la cabeza volvió a hacer que sí y se quedó mirando las luces de la ciudad, al otro lado del río, más allá de una extensión de arena ya oscurecida. Habría pasado un par de minutos así cuando sonó de nuevo, cargada de intención, la voz del marinero Uodsac o Wodzak:

−Le habrán contado lo que pasó con el otro piloto, el que usted vino a relevar… El gesto del marinero se aflojó. Como si esas palabras guardadas lo hubieran mantenido en tensión. Al pronunciarlas, al expulsarlas, se convirtieron en una flecha envenenada. La llovizna comenzaba a ser lluvia. Primero suave, indecisa, desganada. Luego más y más fuerte, con un sonido de miles de azotes contra el acero y las piedras del muelle, con un hervor sobre la superficie del agua. Pronto comenzó a correr por el aire de manera horizontal, como si no viniera del cielo, sino de alguna boca monstruosa allá al sudeste.

Tirado en su cama ataúd, con hambre, no lograba dormirse. Vueltas y vueltas. Iban a navegar el peor mar que existe. Un mar donde el viento más terco del planeta alza olas como edificios siempre listos para el derrumbe. Un mar en el que se perdió la cuenta de los naufragios. Iban a ir por el Cabo de Hornos, por donde nunca había navegado. La boca de vientos que vomita catástrofe. El arpón de roca que desgarra barcos. Y el Caleta Leona

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

es una ruina, el capitán un esclavo obsecuente de la empresa armadora, el primer piloto un maniático. Y encima estaba lo que todos le habían ocultado. A bordo, el primero y el capitán, y antes que ellos, quinientos

kilómetros al norte y unos días atrás, en Buenos Aires,

el jefe de personal embarcado. Eso que el marinero rubio

de ojos azules como dagas, Uodsac, Guodsac o Wodzak, le reveló como un favor o como una forma de poner a prueba

su equilibrio: cuando estaban fondeados en la rada, a la espera de que se resolviese de una buena vez el ingreso

a puerto del Caleta Leona para cargar, el tercer piloto

que lo había precedido, un tal Santangelo o Santangeli, intentó dispararse una bengala en el cuello. Le faltó puntería. Aunque no tanto como para no chamuscarse el costado izquierdo de la cara. Lo agarraron, lo maltrataron lo suficiente para que se quedara quieto, y lo ataron para que no insistiera con la pirotecnia. Imposibilitado de hacer nada con brazos o piernas, se golpeaba la cabeza contra los mamparos del camarote en el que lo tuvieron encerrado casi una semana. Aullaba de dolor. No lo dejaban mantenerse quieto un segundo la quemazón, la paliza que recibió antes de ser reducido, la desgracia de estar vivo. Se resistía sin palabras a que le inyectaran algo para calmarlo. Apretando los dientes, rechazaba la comida, rechazaba el agua. Mañana, tarde y noche no paraban sus alaridos. Mientras tanto, la sudestada alzaba en la rada exterior olas contra las cuales ninguna tripulación de lancha quería aventurarse. A bordo del

Juan Bautista Duizeide

Caleta Leona no logró descansar nadie durante esos días. Al fin, la Don Vicente Braña, la embarcación de los prácticos, asomó por entre las escolleras para retirar de a bordo al suicida frustrado. Era por eso que no encontró al tercer piloto a su llegada, era por eso que el propio capitán lo había acompañado en su primera recorrida del barco. En la foto encima del escritorio, sus padres sonreían. Sus padres vueltos hijos de él, unos hijos traviesos, imprevisibles. ¿Lo invitaban a pasear de la mano por un camino de silencio, debajo de las olas? ¿Lo tentaban con un nombre que nadie más usó para llamarlo? Mañana me voy de acá. Mañana me voy. Mañana.

Sonaron golpes contra su puerta. De un salto se levantó. Al otro lado, inconfundible por ese dejo extranjero, por ese énfasis que podía ser tanto malicia como torpeza, lo llamaba el marinero de guardia demorándose en cada palabra como si debiera tornearla con su voz. El primer piloto lo esperaba para desayunar juntos. El primer piloto que le había ocultado la verdad. Como el jefe de personal embarcado. Como el capitán. Como todos. −Ya voy, ya voy –dijo. Se dejó caer y quedó sentado al filo de la cama. Con los codos clavados en sus rodillas y las manos tapándole los ojos, escuchó cómo se alejaban, pesadas,

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

regulares, impetuosas, las zancadas de Uodsac, Guodsac o Wodzak. Quince minutos después, entraba al comedor de oficiales. −Pensé que te había pasado algo… Ya iba mandar a buscarte −le dijo el primero sin un buen día previo. Se quedó un momento parado junto a la mesa. El otro untaba un pan con mucha manteca. Sin alzar la mirada, agregó:

−Espero que no seas de los duros para despertarse.

Una hora después, caminaba por la cubierta del Caleta Leona a cargo de su primera guardia en puerto. Al marinero rubio lo sucedió un morocho que no tendría mucho más de veinte años. Rezongando por tener que alejarse del barco, rezongando porque no llegaba el taxi pedido a la agencia marítima, rezongando como para no perder el entrenamiento, Ortiz se había ido a pie hasta la terminal de micros, al otro lado del río. Tomaría un expreso a Mar del Plata. Su mujer, de vacaciones, lo esperaba allá. Pasarían juntos un par de días. Ortiz seguramente no iba a lograr olvidarse del barco, y andaría tan distraído como para ganarse reproches y fomentar discusiones. Y así, avivar un mal humor que derrocharía en cuanto estuviese de vuelta a bordo. Para qué se habría casado Ortiz. Si conviene que nada ate a tierra a un navegante. Para qué se casaría la gente. Si conviene no tener nadie a quien extrañar. Para qué se habrían casado sus padres. Él se había prometido, para siempre,

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soledad. Que nadie lo esperase, que nadie esperase nada de él. Y sobre todo: no cometer el crimen de engendrar. Ser hijo para siempre. Agotarse en sí mismo.

Se le pasaron la mañana y la tarde en idas y venidas por el barco: para filar o cobrar amarras y acomodar la planchada de acuerdo con los cambios de marea, para correr de bodega la tolva, para controlar la descarga de lastre a medida que iban cargando, para recibir proveedores. Y, algo que nunca antes le había pasado, para echar curiosos con máquinas de fotos que pretendían visitar el Caleta Leona como si fuera el Cutty Sark, el Waver Tree, el Falls of Clyde o algún otro buque museo, prestigioso y cargado de historia, de los que figuran en los libros. O como si fuera esa goleta Gringo de la que se había enterado leyendo en el Clarín por algún bar, a la espera de un viaje que se demoraba o de una mujer que jamás vendría, una crónica de lo más torpe, ilustrada para colmo con una foto que correspondía a otro barco. Un amor a toda costa, qué imbecilidad. Apenas comenzó la guardia, el marinero morocho −florentinyonatanparaservirlo− le había explicado que no tenía la menor idea de cómo usar los guinches ni los cabrestantes. Tampoco sabía sondear un tanque ni abrir o cerrar una válvula. Optó por no preguntarle de qué manera había conseguido la libreta de embarco. Al fin y al cabo, es la prefectura quien la concede. La única experiencia previa de florentinyonatanparaservirlo

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

como navegante la había tenido en un pesquero factoría, donde según su propia confesión pasó las singladuras iniciales derrumbado en una cucheta, vomitando a los trescientos sesenta rumbos de la rosa. Tras semejante bautismo, y aunque no estaba del todo repuesto, apenas

llegados a la zona de pesca lo mandaron a cortar filetes

de merluza. Bajo cubierta, en un espacio sin ventilación,

impregnado por el hedor de los cientos de miles de peces que agonizaban, morían y eran trozados ahí, envuelto en el humo aceitoso que se filtraba desde las

máquinas. O perdía las tripas por la boca, o terminaba acostumbrándose. Logró sobrevivir. Pero no sin unas cuantas sesiones más de vómitos que salpicaron la merluza de exportación triple a. Mucho antes del crepúsculo, se largó a llover de manera torrencial. Siguiendo las instrucciones del capitán, ordenó interrumpir la carga y se dispuso a cerrar la tapa de la bodega tres para que no se mojara

el trigo. Imposible contar con el marinero de guardia:

florentinyonatanparaservirlo no sabía usar la grúa.

Tampoco supo ayudarlo con viradores a calzar esa tapa

de bodega que pesaba toneladas. Le llevó más de media

hora hacerlo. Tiempo de sobra para que bastante agua

se colara. Al bajar de la grúa, expuesto a la lluvia que le aguijoneaba la cara y lo había calado hasta los huesos

a través de la tela gastadísima del overol, advirtió

que el capitán atendía la maniobra desde el alerón de estribor cubierto con un capote. Parecía un personaje de

Juan Bautista Duizeide

otra época asomado a ver cómo seguían las cosas por el mundo. −Che Martín, no te hagás drama, no pasa nada… Venite al puente que estoy preparando café –le gritó. Una vez arriba, el capitán, que lo esperaba con una taza humeante en cada mano, le dijo que lo de interrumpir la carga cuando llueve es sobre todo para guardar las apariencias con los inspectores, que pueden andar espiando desde los silos. En el Caleta Leona, le informó, no hay ni una sola bodega sin rajaduras. De llover con fuerza, la carga se moja por más rápido que se pongan las tapas. −Que se pudra el trigo a mí no me importa, si total no soy el dueño. Ninguno mencionó la posibilidad de un incendio al momento de la descarga, cuando tantas toneladas de trigo, convertidas en una brasa gigante después de ir pudriéndose durante días y días de navegación, reciben un golpe de aire al abrirse la bodega. A bordo del Caleta Leona callar es un arte. Después de tomar dos cafés, bajó del puente. La tormenta arreciaba. Un viento arremolinado sacudía la arboladura y se alejaba aullando. Sobre la cubierta el agua tamborileaba una marcha fúnebre. Por los trancaniles bajaban torrentes. Él sentía el estómago revuelto y le era imposible mantenerse en pie. Con los ojos que se le cerraban solos, verificó el estado de las amarras, ajustó el largo y el spring de proa, una maniobra

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

que le llevó buen rato y puteadas al clima de mierda, a la prefectura que le daba libreta de embarco a cualquier inútil, a la empresa que contrataba acomodados. Luego se acercó a florentínyonatanparaservirlo y le avisó que iría a acostarse un par de horas, que estuviese atento. Se derrumbó vestido en la cama, se tapó con una frazada y ya estaba retozando con alguna adolescente sin edad sobre una playa del ánima. Helado irrumpió el viento cuando el marinero de guardia abrió la puerta de su camarote:

−Oficial, oficial… ¡El barco se mueve! Saltó de la cama. Apenas estuvo parado se dio cuenta:

no era una falsa alarma debida a la apreciación de un novato. Bajo los pies sentía el vaivén propio de un barco al garete. Salió a toda velocidad, corrió por el pasillo, trastabilló, corrió a cubierta. Llevado por el viento, el barco iba hacia proa, rebotaba al pegar un tirón las amarras, iba hacia popa, volvía a rebotar. Un cambio de marea más brusco y más pronunciado de lo previsto, a causa de la sudestada, había ido aflojando las amarras. En cualquier momento podían cortarse y dejar al barco sin gobierno en medio del puerto. A los gritos corrió bajo la lluvia hasta proa, a los gritos le indicó la forma en que podía ayudarlo a florentinyonatanparaservirlo. Así pudo cobrar al máximo el largo y el spring. Entonces el barco dejó de navegar, pero la popa se abrió violentamente del muelle,

Juan Bautista Duizeide

se tensaron las amarras, el barco rebotó, volvió contra las defensas, volvió a rebotar, pegó otro tirón. Corrieron hacia la popa. Florentínyonatanparaservirlo, mudo, lo miraba hacer con los ojos muy enrojecidos, con una sonrisa que le deformaba la cara de indígena. Forzando los guinches, que chirriaron al límite de su potencia, logró que el Caleta Leona volviera a posición. Al asomarse por encima de la borda para ver mejor cómo había quedado todo, se encontró con que la planchada había zafado de sus rieles y colgaba, en un ángulo imposible, entre el muelle y el costado del barco. Tan empapado como él, florentinyonatanparaservirlo no dejaba de sonreír. Todo era una travesura para él. Quizás la misma vida. El olor a marihuana lo acompañaba como la aureola a un santo. Someramente y con urgencia instruyó a florentinyonatanparaservirlo en el uso de la grúa, lo empujó para que se trepara a ella y saltó a tierra. El vuelo, de un poco menos de tres metros, le pareció interminable. Al impactar contra el muelle resbaló, resbalaron también sus manos en el intento de amortiguar el golpe, y dio de cara contra los adoquines. Se arrodilló, se tocó, sangraba por la nariz, sangraba por la frente. Me cago en dios. Miró hacia arriba, florentinyonatanparaservirlo miraba desde la grúa. Canturreaba entre dientes. El cielo, hacia el este, pese a estar muy cargado, clareaba. La lluvia seguía sin amainar.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Se puso en pie algo mareado. A los gritos le fue indicando a florentinyonaanparaservirlo qué palancas accionar mientras él, a los tirones, luchaba por presentar la planchada. Ya había perdido la noción de las veces que lo intentó, y hasta la esperanza, cuando su tozudez tuvo

premio. De golpe esa estructura rebelde cedió y él pudo ir virando los cabos que la mantenían en su lugar mientras la grúa, de a poco, la alzaba. Cuando al fin estuvo en posición, le costó amarrar las guías de tan agarrotadas que tenía las manos. Ni bien terminó el último nudo, advirtió que asomado por el alerón lo miraba el capitán. En ese mismo instante, un taxi frenó, se abrió la puerta,

y bajó Ortiz:

−¿Qué tal esa guardia? La planchada había quedado retorcida en toda su extensión. Él estaba parado en un charco de agua sanguinolenta que le llegaba a los tobillos. Tenía salpicaduras de barro de la cabeza a los pies, tenía la

cara y las manos como si volviera de una batalla cuerpo

a cuerpo, tenía un calambre en el brazo derecho como

después de manejar horas una espada. Desde la grúa, atenuado, le llegaba el canturreo de florentinyonatanparaservirlo. Esa puta canción.

Días iguales se sucedieron. Llovía mandaban parar las tolvas cerraban tapaban las bodegas dejaba de llover abrían de nuevo las bodegas

Juan Bautista Duizeide

pedían por vhf que desde tierra pusieran en marcha las tolvas se largaba de nuevo. Así, interminablemente. De noche siempre llovía, siempre soplaba con fuerza el viento del sudeste. Día por medio, de mañana, le tocaba relevar al primer piloto, siempre lleno de prevenciones, y a la otra mañana le tocaba ser relevado por el segundo, siempre parco y abúlico, de andar sonámbulo. A cada noche se acunó diciéndose mañana me voy, a cada mañana decidió quedarse. Pese a todo, el barco todavía era una promesa. Fue aprendiendo a identificar a los oficiales, al Contramaestre, al Cabo, al Eléctrico, al resto de los marineros: Carcaza, Cara de máquina, el Rifle, Fantoche, Dosveinte. Que no eran apodos, sino bautismos a cargo de la voz del escobén, más definitivos que los amparados por cualquier otra iglesia. Ingeniosos y precisos, sin la menor concesión a la piedad. Todos eran de por ahí: Necochea, Quequén, Lobería, La Dulce, Energía, Chaves. Por esos días, nunca dejó el barco ni siquiera unas pocas horas. Lo tentaba la ciudad, al otro lado del río, más allá de una extensión de arena y médanos altísimos de ladera amarilla y cresta coronada por penachos de verde oscuro. Pero si llegara a costearse hasta la ciudad, ¿volvería al barco? No iba más allá de esa pregunta. Resistía en un limbo sin memoria ni deseo. Luchaba por llenarse de silencio.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Aunque de a ratos, desde lo más lejano, desde bien adentro, una voz lo traicionaba: la voz de su miedo.

El primer piloto era una molestia constante; el segundo sólo aparecía para su guardia, siempre como si fuese el habitante exclusivo de un territorio que no era la vigilia ni el sueño. Luego no se lo volvía a ver. No se sabía si estaba encerrado en su camarote, si había ido a la ciudad, o simplemente se había desvanecido. Lo mismo pasaba con los maquinistas y el radio operador. Cada uno era una isla en esa isla de óxido asediada por la lluvia. Las mañanas en que no estaba de guardia, subía al puente de mando y desde ahí arriba se quedaba horas mirando la cubierta desastrada y sucia, las tolvas, las bodegas que devoraban trigo trigo trigo. Y más allá los silos, el muelle, el río, y a eso de tres kilómetros, más allá de médanos amarillos, marrones, dorados, por sobre los penachos de un verde áspero que los coronaban, la silueta de las edificaciones de la villa balnearia. Tanto miró todo eso que ya dejó de verlo. Y hasta se iba acostumbrando a la presencia del capitán. Aunque no sin incomodidades. A cada mañana, después de darle los buenos días, después de algunas afirmaciones no muy variadas acerca del clima invariable que los retenía en puerto, el capitán volvía a una misma frase, irresuelta, en suspenso:

−Cuando uno se quiere acordar…

Juan Bautista Duizeide

Y se quedaba mirando el mar abierto, más allá de la

desembocadura del Quequén. −Cuando uno se quiere acordar… Todos los días lo mismo. −Cuando uno se quiere acordar Hasta que un día él no aguantó más:

−Cuando uno se quiere acordar, ¿qué? El capitán seguía mirando a lo lejos. Sin contestarle. −¡¿Qué?! −insistió gritándole, con ganas de agarrarlo por los hombros, con ganas de sacudirlo como cuando uno se las toma contra algún aparato que funciona mal. Con una necesidad imperiosa de que la frase fuera al fin completada. −Cuando uno se quiere acordar ya está jodido −le respondió de un tirón el capitán, fija la vista en el segmento de horizonte azul delimitado por las dos escolleras.

A medio despertar, daba vueltas y vueltas por la cama.

Llevaba un buen rato así cuando comenzó a inquietarse. Había algo fuera de lugar. Pero no lograba darse cuenta qué. Dejó de dar vueltas, se enderezó en la cama, se puso a escuchar con atención: los generadores ronroneaban como un tigre satisfecho, como siempre, el trigo caía desde la tolva a alguna bodega con un rumor de viento por un camino de tierra. Ya se oían voces. Era eso. Demasiadas voces. Miró a su alrededor. El ojo de buey recortaba una fracción de cielo muy luminoso. ¿Qué hora

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sería? ¿Por qué no habían ido a buscarlo más temprano

si hoy le correspondía guardia en puerto?

Se vistió tan rápido como si hubieran tocado abandono por la sirena del barco y salió a cubierta. Casi se choca con Uodsac o Wodzak. Después de un buen día señor que parecía una forma de evidenciar que él no había saludado y además se lo notaba nervioso, el marinero explicó que de tan ocupados ni se acordaron de él. Luego se despachó con las novedades: el capitán había tenido que desembarcarlo de oficio a Ortiz. Esa madrugada, Ortiz había llamado por el intercomunicador desde la timonera, donde estaba completando el libro de guardia. “Me muero”, dijo con una voz que parecía confirmar el pronóstico. Uodsac o Wodzak subió las tres cubiertas que lo separaban del puente a la máxima velocidad que le

daban sus piernas chuecas y fuertes, y lo encontró caído, retorciéndose de dolor. Después supieron: era un cólico renal fulminante. La ambulancia que vino a buscarlo a Ortiz bajo un diluvio coleó al frenar sobre los adoquines empapados, justo frente al Caleta Leona. Entre Uodsac

o Wodzak y el mismo capitán lo bajaron a Ortiz a los

tumbos por la planchada, un enfermero le clavó un suero

con calmante, lo acomodaron adentro de la ambulancia

y se lo llevaron al hospital de Necochea, doblado sobre sí mismo, sacudiéndose como una cucaracha envenenada. −Parece que cada tanto le agarraba, y seguro no decía nada porque si no… Vaya a saber si lo embarcaban − comentó luego Uodsac o Wodzak. Y en voz más baja, casi

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en un susurro, agregó: −¡Cómo nos salvamos, eh! Porque ese muchacho, usted me sabrá disculpar, pero al pan pan y al vino toro… No le contestó nada al marinero, excedido en la confianza, y hasta algo insolente. Sin embargo, no pudo reprimir un amago de sonrisa ante el atisbo de un lenguaje en común, de una inquina compartida. Sus palabras habían obrado como una contraseña que lo hizo sentir más vivo. Entonces, quizás porque ese intercambio sorpresivo removía las impresiones del barco y su tripulación que

iban sedimentando en él, reparó en algo que antes no

había considerado, algo que tampoco le había mencionado

el capitán al recibirlo: durante el viaje que comenzaba

le correspondería ser el médico de a bordo. Así son las

reglas. Los barcos que llevan menos de treinta y cinco

tripulantes no están obligados a embarcar un médico, los

que llevan menos de treinta, ni siquiera un enfermero,

el tercer piloto se ocupa de la salud de los enfermos.

Seguramente para ahorrarse un sueldo, aunque no

fuera de los más altos a bordo, los armadores habrían

dispuesto que la tripulación del Caleta Leona tuviera

sólo veintinueve hombres.

Pocas horas después, bajo un sol rotundo y un cielo

tan azul como la idea misma de lo azul, completaron la

carga. Con la pleamar de la tarde, zarparían.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Por más que llamaron y llamaron al Centro de

Capitanes, primero un empleado de la agencia marítima,

y luego Arano en persona, la respuesta fue siempre la

misma. Era imposible conseguir un relevo. Lo más

probable era que el Caleta Leona debiera zarpar con

dotación reducida. Y por lo tanto él se repartiría las

guardias de navegación con el segundo piloto: dos turnos

de seis horas cada uno. Así sería, por lo menos, hasta

recalar en la bahía de El Callao. Quizás, incluso, fuera

así cada singladura hasta volver. No sería raro que a los

jerarcas de Pleamar sociedad anónima se les antojara

ahorrarse también el gasto del sueldo de un primer piloto

y

el pasaje aéreo para enviarlo hasta Perú a embarcar.

A las seis y media de la tarde, cuando faltaba poco para

el

cambio de marea, con el práctico de puerto a bordo, los

remolcadores en posición y la gente en proa y popa lista

para largar amarras, recibieron novedades. Ordenaban desde la empresa esperar un poco más. Arano iba y venía por la timonera. De babor, a estribor, babor a estribor, babor estribor. El práctico quiso hacerlo reír con un chiste de mejicanos:

−¿Qué le dice un mariachi a su mano después de hacerse la paja? Pero no hubo ni caso y se quedaron todos callados. Aunque ya más pálido, el cielo seguía sin una sola nube. El viento del sudeste, suave como un susurro, era un temblor sobre el agua, un parpadeo de reflejos, una invitación.

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Arano iba y venía por la timonera cada vez más furioso. −País de mierda. Cada vez quedan menos barcos, pero eso sí, nomás llega enero no se quiere embarcar nadie. País de mierda. En el verano se para todo. Lo escuchaban ir y venir en un silencio unánime, sin animarse a un comentario, en voz baja, al de al lado, a una insinuación fugaz de risa. Había pasado poco más de un cuarto de hora, cuando por el fondo del muelle, a toda velocidad, apareció el Falcon de la agencia marítima. Frenó haciendo chillar sus gomas. No se había detenido del todo cuando se abrieron sus puertas. Traían al relevo. Nomás pisó

el hombre la cubierta del Caleta Leona, Arano mandó

levantar la planchada. Rocha, el mozo de oficiales, acompañó al relevo hasta su camarote para que se

aliviara del equipaje, y de inmediato, sin cambiarse la ropa de calle, el tipo subió al puente. Era un flaco alto

y rubio, de ojos verdes, con barba completa. Tendría

alrededor de cuarenta años. El capitán y los otros dos

pilotos, a punto de irse para sus puestos de maniobra en proa y popa, lo recibieron. Estaban ahí también Uodsac

o Wodzak, al timón, y el práctico de puerto. El primer

piloto se presentó como Ignacio Arroyo y le dio la mano a cada uno de los presentes.

Me fundió −dijo a

−Vengo de un viaje con Gonzaga modo de presentación.

Singladuras

(andante)

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E l sol, ya muy bajo, iluminaba al sesgo el mar libre, una extensión color azul cobalto entre la costa

enrojecida y la línea neta del horizonte. El viento había cesado, pero el frío resultaba impropio para la estación. Del sudeste los alcanzaban olas altas y redondeadas que hacían cabecear amplia, pausadamente, al Caleta Leona. A estribor, la ciudad brillaba al filo de la luz como un rosario abandonado sobre la playa. Con un par de toques de sirena que rebotaron contra las escolleras partiéndose en ecos hasta deshacerse, los remolcadores se despidieron. El práctico bajó por la escala de gato a

la Don Vicente Braña, que se apartó del Caleta Leona dándole apenas tiempo a meterse en la cabina. Arano ordenó al timonel rumbo 240 y le pegó un manotazo al telégrafo de órdenes a máquinas: full ahead. El Caleta

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Leona vibró como un órgano de iglesia después de siglos de abandono y arrancaron.

Le tocó la primera guardia de navegación. El marinero

que lo acompañaría entre las ocho y las doce de la noche

era nada menos que florentinyonatanparaservirlo.

Apenas quedaron solos en el puente, le pidió:

−Decime Yona.

Por toda respuesta, él le ordenó que estuviera atento

a cualquier luz que apareciese a proa, y sobre todo que

no tocara nada.

Cuando iban unas millas al sur de Punta Negra,

avistó por el radar decenas de puntos luminosos que

evolucionaban ilógicamente, o mejor dicho, de acuerdo

con una lógica ajena. Lo más probable era que fuese

una flota de lanchas pesqueras en disputa por la mejor

ubicación sobre el cardumen. Ya al sur de Balneario Los

Ángeles, a punto de concluir la guardia, con las luces

blancas, verdes y rojas de los pesqueros bailoteando

por la proa a pocas millas, el radar se apagó con un

chasquido. Fue imposible volver a encenderlo, no intentó

probar con el de la otra banda, apenas llegado a bordo

el capitán le había avisado que estaba de vista. Como

el marinero florentinyonatanparaservirlo, o Yona,

ignoraba todo acerca de cómo gobernar un barco, y ésta

no era la ocasión más propicia para instruirlo, pasó el

timón de automático a manual. Y él mismo condujo al

Caleta Leona entre las lanchas pesqueras.

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Había mandado a Yona −así resultaba más fácil

nombrarlo− a despertar a los relevos. En eso, una

nube fue cubriendo todas las estrellas y un chubasco

del sur se descargó contra el barco. Intentó encender

los Claravisión. No andaban. La lluvia se hacía más y

más espesa. Desde el interior de la timonera no se veía

nada. Intentó poner el timón de manera que pudiese

manejarse con la palanca, así podía ir hasta el alerón a

ver cómo evolucionaban las lanchas manteniéndolo bajo

control. Tampoco andaba. Su fastidio se iba convirtiendo

en cosa más grave. Se consoló pensando que únicamente

los imbéciles no le tienen miedo al mar. Con los ojos entornados como en una plegaria, intentó encender de nuevo el radar que se había apagado solo de golpe. Y por gracia de Neptuno o Poseidón, si no por mero azar, anduvo. Se paró ante el radar, única forma de avistar a las lanchas, y desde esa posición, estirando su pierna derecha como si ensayara algún paso de danza contemporánea, se puso a maniobrar la rueda de cabillas. Inmensa, de madera oscura, con punteras de bronce. Tan old fashioned y tan british como todo a bordo del Caleta Leona. Así fue esquivando, una a una, las lanchas que cortaban la derrota del carguero como si fuera invisible. Arrojados o fatalistas, sus tripulantes persistían concentrados en las tareas de la pesca. Atentos a los cambios de rumbo de su presa. Indiferentes a lo cerca que estaban de sufrir un abordaje, de irse a pique, de morir ahogados. Desentendidos de cuanto no fuera su arte.

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Cuando volvió por la timonera Yona, con el marinero de relevo y el segundo piloto, el cielo se había despejado. La luna llena, resplandeciente y ya alta, plateaba el mar. Los pesqueros ya no eran sino un enjambre de luces lejanas, a popa. Él tenía las manos, las piernas y la espalda empapadas de transpiración. A punto de acalambrarse, temblaba de pies a cabeza por el esfuerzo. Tras el cambio de guardia, bajó directamente a la cubierta principal por las escaleras externas. Necesitaba tomar aire. Alcanzó a caminar sólo unos metros hacia proa. A la altura de la bodega cuatro, la más cercana al casillaje, se detuvo de golpe. Grandes como gatos, inmóviles como estatuas, cientos de ratas miraban con fijeza de éxtasis la luna.

Cuanto más se acercaban al Cabo de Hornos, más crecía su aprensión. Se preguntó si lo de Ortiz no habría sido puro teatro, una manera de escapar de la catástrofe sin quedar como un cobarde. Trató de pensar en otra cosa. De distraerse. Revisó todo lo que debería atender como

tercer piloto. Se encontró con que las dos lanchas tenían demasiadas rajaduras como para poder mantenerse

a flote, de todas maneras sería imposible arriarlas por

más que las necesitaran, los pescantes no funcionaban, grasa endurecida y óxido trababan su mecanismo. Las

balsas, pese a la apariencia impecable de sus carcazas, y

a la certificación de la prefectura, estaban podridas. Los anillos salvavidas, resecos, se le partieron en la mano

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al inspeccionarlos. Miró matafuego por matafuego: a ninguno le faltaba la constancia de carga, pero ninguno tenía carga. Consultó a Rocha. Él le dio la llave del Pañol de Sanidad. Pese a lo pretencioso del nombre, no era más que un armario en un pasillo. Lo primero que examinó fue el botiquín: una valija de madera deformada. Su color amarillo sucio lo hizo pensar en pus y en bilis. La cruz roja desvaída que lo identificaba bien podría estar pintada con sangre. Al abrir el botiquín, una de las bisagras, ennegrecida, se quebró. Adentro había una cantidad de frascos y paquetes polvorientos. Entre ellos, un libro. Parecía un manual de primeros auxilios en inglés, sus páginas se iban deshaciendo al darlas vuelta. Encontró también un papel, más nuevo, escrito a máquina, con no pocas erratas de tipeo, en castellano. Una lista de drogas que era obligatorio declarar en cada puerto: codeína, adrenalina, morfina llegó a leer. Las manchas de humedad sobre la hoja impedían discernir el resto. Dejó el botiquín en su lugar y agarró una especie de gran bolsa marinera hecha con tela engomada de color naranja. Al intentar abrirla, peleando con un nudo hecho por alguien que evidentemente no sabía hacer nudos, se corrió un poco la suciedad que la cubría y puedo ver, impreso en la misma tela, un croquis: eran las instrucciones para armar un ataúd. Logró abrir la bolsa y fue sacando sus piezas, de una madera terciada

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muy fina, y en apariencia muy débil, que no se veía como el material más adecuado para el propósito al que se la destinaba. Tenía más bien el aspecto de un juego para estimular en los chicos la vocación de sepulturero o de criminal. ¿O se trataría de un ataúd para grumetes? ¿O acaso para navegantes enanos? Pensó que si algún desgraciado se llegara a enfermar lejos de tierra, era muy probable, habida cuenta de su ignorancia médica, que se le muriera. ¿Debería troncharle las piernas para que entrara a ese ataúd?

A las apuradas, metió de nuevo en el pañol, como

cayeran, cada uno de los elementos que había sacado,

empujando con el hombro intentó cerrar la puerta, que

se trababa contra el amontonamiento de cosas, y cuando

al fin pudo hacerlo, volvió a su camarote. Tras revisar

más a conciencia que en las oportunidades anteriores,

encontró, a medias oculto por el empapelado del armario,

un manojo de llaves. Las probó una por una. Después

de que se le partieran dos, logró ir abriendo tanto los

cajones del escritorio como los situados bajo la cama.

Fue exhumando cartas del Almirantazgo, policiales en

ediciones baratas con el sello de la Misión del Marino

de Bangkok, revistas en las que mujeres corpulentas,

muy rubias y de piel muy blanca, aparecían penetradas

a través de cada uno de sus orificios por hombres de

cabello oscuro y rizado, más pequeños y flacos que ellas

pero de apariencia vigorosa. Minuciosos. Incansables.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Más verdugos que amantes. Ellas sonreían. Sus pieles

derramaban luz.

Otro descubrimiento lo puso en guardia: un anillo

salvavidas con la inscripción Advara. Siguió revisando

y se encontró también un plano: correspondía a un

bulk carrier botado en Escocia para armadores de

Singapur. Un salvavidas, un plano. Eran demasiada

coincidencia. ¿Podría ser que pertenecieran a otro barco?

¿A un gemelo? No quiso ir a preguntarle a nadie. La

superstición náutica universal promete desgracias para

todo artefacto flotante que no conserve el nombre con el

que fuera botado. ¿Habría tenido otro nombre, antes,

el Caleta Leona? Dejó todo tirado por el camarote y fue

corriendo hasta el castillo de proa, se afirmó en la borda

y asomó su cuerpo. El viento producido por el avance

removía su pelo y arrugaba su frente hasta arrancarle

lágrimas, pero haciendo fuerza con el entrecejo logró ver:

bajo las letras blancas y con chorreaduras de óxido que

decían Caleta Leona, se notaba, en relieve sobre el acero,

el nombre antiguo.

Navegaban a la altura de Santa Cruz con viento arrachado, muy duro de a ratos, siempre del oeste. No

se divisaba ni un barco en todo el círculo del horizonte. Los acompañaba sólo un albatros suspendido a estribor de la timonera con sus alas inmensas completamente extendidas y quietas. Volaba sin esfuerzo aparente.

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Cada tanto, con una mínima flexión de la punta de sus alas volvía a darse impulso. De su pico, una gota de agua colgaba sin caer. Arrastradas por el interminable viento del oeste, nubes gordas y grises pasaban por arriba del Caleta Leona ensombreciendo el mar. En la timonera nadie hablaba. Arano permanecía cruzado de brazos, inusualmente inmóvil, muy serio. Sentado en la silla para uso exclusivo del capitán, miraba a lo lejos, hacia proa. Él dejaba de vez en cuando la timonera para ir al cuarto de derrota, donde volcaba sobre el ploting sheet latitud y longitud según las indicaciones del Magnavox. Sacudido por la marejada, el Caleta Leona rolaba y cabeceaba con regularidad, y como en sincronía con él, cabeceaba adormilado el marinero de guardia. Un morocho de rasgos muy toscos al que la voz del escobén había bautizado, de una vez y para siempre, Cara de Máquina. La ría de Santa Cruz, a unas treinta millas, se presentaba en el radar apenas como una silueta vaga, tenue, intermitente. Por la memoria del piloto relumbró, fugaz y sin una consistencia mayor, un puñado de imágenes de la ciudad, por así llamarla. Situada unos quince kilómetros al oeste de la embocadura de la ría, por un camino de ripio que parte del muelle y las ovejas suelen bloquear. Un cuadrado de diez cuadras por diez cuadras plagado de putas y de milicos, siempre azotado por el viento. Dos veranos atrás, había parado en el residencial Ane Laike, donde le dieron una habitación con vista a la ría.

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Pasó casi todo el tiempo tirado en la cama, sin nada qué hacer, más de una semana esperando la llegada del Virgen de la estrella, un buque dedicado a la pesca de merluza en el que embarcaría rumbo al Banco Burdwood. Un día tras otro, desde la cama, observó cómo cambiaba de color el agua según los caprichos del viento y de las nubes. Cómo, con el paso de las horas, se iba oscureciendo hasta volverse del todo negra, muy tarde, y sin levantarse de la cama, observó cada noche cómo iban encendiéndose a lo largo de la ría unas pocas luces amarillentas. Recordó también un mediodía en el Burdwood al que consideraba su segundo nacimiento. Tras terminar la guardia matinal, había almorzado algo rápido y simple, ya que los movimientos del barco no le permitían al cocinero preparar otra cosa, y bajó a tirarse en la cucheta. Quería dormir la siesta de no impedírselo bandazos y cabeceos. Cuando fue a poner la segunda tapa del ojo de buey, para oscurecer del todo el camarote, se quedó fascinado por lo que estaba viendo. En ese momento, el Virgen de la Estrella recogía la red. Al virar, justo por el través de babor lo alcanzaba la marejada. Olas como murallas paralelas avanzaban hasta golpear contra su costado haciéndolo rolar con violencia. Él se quedó de rodillas sobre la tabla situada al pie del ojo de buey que hacía las veces de sillón, sosteniéndose agarrado a una saliente del mamparo. No podía apartar la mirada, no podía moverse de ahí. Por detrás de todas las olas comenzó a sobresalir una ola. Galopaba hacia ellos.

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Galopaba coronada de espuma que relucía como la nieve de una cumbre. Él se quedó encandilado por tanta blancura. Como si no se diera cuenta de que en segundos esa montaña de agua al galope iba a dar contra el costado del Virgen de la Estrella, como si no se diera cuenta de las grandes posibilidades de que lo tumbara, como si no se diera cuenta de que su única chance de no ahogarse como una rata cuando el buque se inundara estaba en salir corriendo hacia la cubierta principal, donde quizás podría alcanzar alguna de las balsas, si es que lograba librarse de la avalancha de espuma, si es que no se moría antes de un paro cardíaco por la baja temperatura del agua. O como si en la sinfonía eterna del viento y del agua nada de eso importara. La ola pegó contra la banda del Virgen de la estrella y él salió disparado hacia el otro extremo de su camarote. Después de recorrer tres metros por el aire en segundos, dio con su espalda contra la puerta, que lo recibió con un crujido de madera astillada. Más que el golpe tremendo en la espalda, lo impresionaba ver cielo a través del ojo de buey. Cielo y nada más que cielo. Se quedó tirado ahí. El ojo de buey estaba justo en su vertical. Un recorte redondo de cielo azul profundo. El barco estaba tumbado sobre la banda de estribor. En segundos comenzaría a llenarse de agua. En pocos minutos se hundiría. Pero él no atinó a levantarse, no intentó correr y abrirse paso hacia la cubierta principal. Respiró hondo, bien hondo,

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y descansó apoyado contra la puerta de su camarote,

tratando de que la espalda le doliera lo menos posible. Miraba el azul. Un azul limpio y sin tiempo. Quizás el último color que el mundo le deparaba. Nunca sabría cuánto estuvo así. El Virgen de la Estrella, que no había terminado de virar a bordo la red, tironeado por esa red, que hizo de contrapeso con sus toneladas de boyas, de portalones,

de malla y de peces atrapados, volvió a la vertical. Con la normalidad, a él lo alcanzó el miedo. Colmó cada rincón de su cuerpo ganado antes por la resignación, por una quietud sin impulsos ni ideas, por una forma de paz. Entonces, recién entonces, se dio cuenta: su único movimiento había sido llevar la diestra al bolsillo del pantalón de trabajo que tenía puesto. Ahí tirado con la espalda contra la puerta de su camarote, mientras

el ojo de buey, asombrosamente situado en su vertical,

recortaba un círculo de azul profundo, había cerrado con fuerza la mano derecha en torno a su navaja. Una navaja militar fabricada hacía décadas en la Unión Soviética, y traída como recuerdo de Cuba por su padre, que había estado en la isla, a fines de los años sesenta, durante unos meses.

Lo sobresaltó la aparición del radio operador en la timonera. Venía a alcanzarle un radiograma de la empresa al capitán. Arano le agradeció y se apartó un poco para leerlo. Enseguida volvió a acercarse y le comentó de qué se trataba.

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−Parece que los fletadores de la carga andan apurados. Nos pagan el práctico chileno, así que vamos por el Estrecho. Con la noticia, Cara de Máquina se despertó. Más tarde, cuando terminara su guardia, se ocuparía de contar entre los de abajo lo que había escuchado en el puente. −Las apuestas en la empresa ya estarían pagando cuatro a uno a favor del naufragio. Y bueno… El Cabo es el Cabo, ¿no? Yo mismo me hubiera jugado unos pesos −comentó el capitán. Él lo miraba sin decir nada. −Aprovechemos ahora, porque a la vuelta seguro que nos mandan por abajo con tal de no pagar −concluyó el capitán y se fue.

Vamos a ir por el Estrecho de Magallanes. Nunca navegué antes por ahí. Apenas conozco un puñado de historias. Las suficientes. El capitán es una pregunta. El primer piloto no tiene respuestas. El Caleta Leona es un barco maldito. Un abismo que se traga las palabras. Pensaba y pensaba. En todo eso. Y más que nada en el hombre al que había relevado sin verlo jamás. Santangelo o Santangeli. A ese hombre borroso le imaginó una cara. Imaginó sus manos apuntando una bengala contra esa cara conjetural, imaginó el estallido, el latigazo de fuego contra el costado izquierdo de esa cara provisoria. Durante horas, dando cientos de vueltas por la cama, imaginó caras y caras y caras a las que un

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

estallido siempre igual suprimía. Y vuelta a empezar. A veces era la cara de su padre, a veces la de su madre. Jóvenes, confiados y hermosos como aparecían en la única foto de ellos que había heredado. ¿Lo llamarían, desde el fondo del mar, su padre y su madre? Él, desde que supo, demasiado pronto, que algún día le llegaría el día, quiso perderse por el mar, quiso irse como un color que se disuelve en otro más fuerte. Zarpar así hacia nunca, para siempre. Pero no aún.

Roja, azul y blanca, afirmativa y nítida como una bandera recién estrenada, la embarcación que se les acercaba a los saltos sobre el oleaje parecía un yate de nuevos ricos. Una vez al lado del Caleta Leona, por contraste aún más inmenso y torpe, más y más oxidado a lo largo de toda su eslora, esa impresión de pertenecer a mundos contrarios se intensificó. El hombre que salió por la escotilla de popa de esa embarcación flamante, y trepó sin visible esfuerzo por la escala de gato destartalada, hasta ganar la cubierta principal del carguero, no desentonaba. El uniforme azul oscuro, casi negro, con botones de un dorado resplandeciente y tiras del mismo color sobre las mangas, muy ceñido contra su cuerpo magro, le daba un aspecto de soldado de juguete. En segundos, veloz, inconmovible como un atleta que lleva adelante un entrenamiento liviano, estuvo en el puente del Caleta Leona. Cuando se acercó a darle la mano al capitán, obsequiosamente se quitó la gorra blanca. Su

Juan Bautista Duizeide

pelo oscuro y engominado por un instante relumbró como charol. La marca de la gorra cruzaba su frente. −Alfredo Alfonso y Enríquez, lo relevo en el mando, capitán −se presentó, ceremonioso pero a la vez insolente. Volvió a ponerse la gorra. A calzarla con exactitud, en un solo movimiento, sobre esa marca roja como tatuada en su frente. Contra la cinta de luto brillaba el escudo de la Armada chilena. De su uniforme, de apariencia tan impecable como la misma lancha que lo había traído, brotaba un perfume que de tan intenso se volvía desagradable. Arano, sin cuidarse de que el recién llegado no lo viera, le hizo a él un ademán con el índice y el pulgar de la mano derecha, llevados fugazmente a la nariz en forma de broche, y fue a abrir las dos puertas del puente para que corriese el aire frío. Cuando el práctico iba al alerón, Arano entraba a la timonera, cuando el práctico entraba a la timonera, Arano salía al alerón haciéndole ademanes a él para que lo siguiese. −Este practicaje es un curro −le explicó en voz baja−. Es obligatorio para todos los barcos extranjeros, incluidos los argentinos, como si no tuviéramos nada que ver con el Estrecho. Y carísimo. Pero cubre únicamente el tramo hasta Punta Arenas, lo más fácil, y nos deja solos para hacer el Tortuoso… Mientras tanto, el práctico decía que el practicaje, señores, desde que se lo privatizara como al cobre, para bien de Shile, señores, estaba fiscalizado y ordenado por la Armada, y así militarizado funciona muy bien,

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señores, muy bien. Lamentaba que el Caleta Leona no se fuera a detener en Shile, así podían probar el auténtico pisco sour, señores. Porque el pisco sour peruano es una porquería que toman para empujar fritangas buche abajo, un brebaje infame y rancio. Y además, aseguró frunciendo la nariz como un caniche de pura raza que olfateara mierda de perro callejero, los que atienden las

sevicherías por El Callao son todos ladrones, sí, sí, sí. Tal cual les digo, señores. Como una acotación, dirigida en principio a él, pero sin cuidarse de evitar la mirada del práctico, Arano giró

la cabeza enérgicamente de un lado a otro. Sus ojos eran

dos pozos de odio apenas contenido. El práctico, empinando su cara de bolerista cursi, no paraba de hablar. Con voz engolada, ordenaba

inaplicables cambios de rumbo de medio punto. Uodsac o Wodzak, que iba al timón, lo miraba con evidente sorna

a Arano, quien le correspondía el gesto, como quien

aconseja, sin palabras, no le haga caso a este pelotudo. Y

a veces, abiertamente, desde lejos, contradecía al práctico

y ordenaba un rumbo que difería en dos o tres grados del que mandara él, que se limitaba a invocar entre dientes

a la virgen santísima y luego chasqueaba la lengua, para

de inmediato reincidir ordenando correcciones de rumbo igualmente quisquillosas, igualmente imposibles. Cuando al fin desembarcaron a esa visita obligatoria, Arano tiró enérgicamente dos veces de la palanca que hace aullar la sirena de a bordo. Como si hubiera

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accionado las cuerdas que mueven a un títere, pudo verse el salto que dio el práctico sobre la cubierta, sorprendido. Luego, ya a bordo de la embarcación que se lo llevaba, tratando de recuperar la compostura, miró hacia arriba, se llevó la mano a la visera como en un saludo militar de película, y gritó:

−Si pueden… A la vuelta… ¡Prueben el pisco en Shile! −Andá a la reputa que te parió −dijo Arano, mientras movía su diestra en una señal de saludo amistoso, con una voz que llenó la timonera aunque difícilmente pudiera llegarle al primer destinatario de su interpelación, allá abajo, envuelto en el fragor del viento, la hélice y las olas. Después, sin tomarse el trabajo de verificar que se hubiese apartado la lancha, accionó el telégrafo de órdenes a máquinas: full ahead.

Frente a Punta Arenas, en la sección más amplia del Estrecho, Arano levantó el tubo del intercomunicador en el puente, y le ordenó al jefe de máquinas que procediera. Atardecía. Por VHF anunció al puesto de guardacostas chilenos que ponía marcha muy despacio adelante, apenas lo indispensable para que el timón respondiera, mientras se esperaba el amanecer para atravesar con luz de día El Tortuoso. La verdad era que se disponían a pasar la noche a la deriva. Según le había informado el jefe de máquinas, el tubo colector de gases colgaba de unos puntos de soldadura.

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De salir al Pacífico sin arreglar eso, los bandazos podrían desprenderlo. De suceder así, iba a detenerse el motor principal y quedarían sin propulsión, por lo tanto sin gobierno, en medio del oleaje.

El segundo piloto aseguró que estaba muy

descompuesto, el primero se desentendió del asunto

con un bufido de rebeldía sobreactuada. En el puente

quedaron el capitán y el tercer piloto. Ellos se fueron

turnando para mentirle por VHF a los pilotos de otros

barcos que les exigían apartarse de su derrota. Ellos

recibieron los insultos que llegaron desde un carguero

filipino al que no le quedó más que pasarles muy cerca,

ellos recibieron las maldiciones que llegaron desde un

supertanque iraní de casi trescientos metros que les

pasó más cerca todavía.

−It´s all under control, it´s all quite good −chapurreó

Arano por la radio.

Después se quedaron callados. Apuntando sus ojos

hacia la oscuridad del Estrecho como si pudieran

apartar con la fuerza de sus miradas a los barcos que

intentaran franquear ese paso.

Ya a punto de amanecer, subió el jefe de máquinas

al puente para anunciar en persona que se podía

continuar.

Arano, sin decir ni siquiera buen día, se acercó

al telégrafo, y con un movimiento veloz de su mano

derecha lo accionó: full ahead.

Juan Bautista Duizeide

Navegaban al rumbo de la luz. Lo peor de El Tortuoso

ya había quedado tras la estela. Entonces, el capitán le

avisó:

−Bajo a desayunar y después me tiro un rato, cualquier cosa me llamás. En cuanto se extinguió el eco de sus pasos escala

abajo, el marinero de guardia pidió hacer una escapada hasta el camarote para traerse mate y termo. El piloto

lo autorizó y quedó solo en el puente de mando.

Midió en el radar distancias a la costa, y valiéndose de los repetidores del girocompás situados en cada alerón tomó marcaciones a puntos notables, fáciles de

señalar sobre la carta náutica del Estrecho. De acuerdo

a la posición resultante, fue corrigiendo el rumbo,

alterado por la correntada y el viento que soplaba del oeste, húmedo y tenaz, ululando entre las montañas. Era la primera vez, en las últimas horas, que el capitán le confiaba enteramente el barco por ese laberinto de islas, islotes, rocas y bajofondos. De él, ahora, dependía todo. Volvió a tomar distancias y marcaciones, fue hasta el cuarto de derrota y volvió a fijar una posición sobre la carta. Comparó esa posición con la anterior y corrió a la timonera, donde aplicó un grado más de corrección al rumbo. Lo que seguía era un tramo lo suficientemente recto y no tan ceñido, lo justo como para otorgarle una tregua aunque fuera mínima. Salió al alerón de estribor y entonces, por un momento apartado de las urgencias de la navegación, vio. De otra

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

manera, vio. Lo rodeaban colores tan fugaces como el instante y tan antiguos como el tiempo. Color mar, color luz, color viento. El cielo era certidumbre y sorpresa. El frío era un bautismo. En lo alto de las montañas que custodiaban esa angostura como fortificaciones, resplandecía un blanco tal como no existe en la tierra. Por cada ladera, el verde bajaba a encontrarse con su reflejo. El agua era un azul que únicamente conocen quienes se aventuran por esas comarcas donde parece que el mundo terminara a toda orquesta. Algo se movía por la amura de estribor. Se acercaba. Corrió a la timonera a buscar los largavistas para averiguar de qué se trataba. Cuando volvió al alerón no eran ya necesarios. Con casi medio cuerpo fuera del agua, una ballena se rascaba contra la herrumbre del viejo y lento Caleta Leona. Por un momento, hombre y ballena se miraron. El monstruo volvió a zambullirse hacia lo profundo de su reino, y en la perplejidad del hombre, como un arpón, quedó clavada una pregunta: ¿quién era allí más extranjero?

Terminó al fin su guardia de navegación. El Pacífico estaba tan manso como si mereciera tal nombre. Por la amura de estribor, envuelto entre jirones de bruma, asomaba el faro Evangelistas. Después de entregar la guardia, bajó las dos cubiertas que separaban el puente de su camarote trastabillando contra los mamparos. Sin desvestirse, sin descalzarse siquiera, se tiró sobre la cama. Cerró los ojos, pero seguía

Juan Bautista Duizeide

viendo la pantalla de radar, ese ojo de bruma luminosa en el que escrutó, hora tras hora tras hora, el laberinto de rocas por el que avanzaban. El ojo que lo encandiló durante buena parte de esa guardia que comenzó al crepúsculo vespertino y se extendió hasta el mediodía siguiente. Sobre la pantalla de sus párpados bajos, a expensas de su visión agotada, su cerebro no dejaba de proyectar los ecos luminosos de otros barcos, los ecos de la roca, los ecos del agua alzada en olas. Vio nuevamente cada curva, cada angostura, cada isla, cada islote, cada roquerío, cada abra, cada península. Proliferaban sobre ese ojo maldito que le impedía descansar. Luego, como si lo mirase desde afuera, desde lo alto, vio cómo el barco volvía a salir, después de miles de cambios de rumbo, al océano Pacífico. Sintió cómo volvían a internarse en otro tiempo, el tiempo de lo abierto, a otros colores, al perfume de otra sal. Por la amura de estribor asomaba un monje encapuchado, gigantesco, a quien el agua de ese océano con nombre equívoco le rompía contra las rodillas. Repentinamente se bajó la capucha y miró hacia el Caleta Leona. Tenía un solo ojo, emplazado al medio de la frente, justo sobre el nacimiento de la nariz. Un ojo de fuego verde inmenso y burlón. Con la voz de todas las tormentas, gritó:

−Ahora van a saber lo que es el mar.

El primer piloto y el segundo piloto se reincorporaron, sin argumentos ni disculpas, a la alternancia habitual

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

de las guardias. Nada les dijo Arano de su pretendida rebeldía, demasiado cómoda para ser genuina. Y según el radio operador, tampoco notificó a la empresa de sus conductas, rayanas con la insubordinación. Pero desde que la roda del Caleta Leona comenzó a abrir las aguas del Pacífico, el capitán evitó escrupulosamente aparecer por la timonera cuando estaban de guardia. En cambio, comenzó a pasarse toda la mañana allí con el tercer piloto. Nunca, en lo que llevaban de navegación, se había mostrado tan locuaz. Una de esas mañanas, mientras disfrutaban de la caricia del viento acodados en el alerón de babor, el capitán arrancó a explicarle:

−Lo más seguro es que no entremos directamente a puerto. Los días que pasemos fondeados habrá que hacer guardia con armas. Varios me contaron que de noche se acercan lanchas trayendo minas a los barcos. Él no decía nada. −Son el señuelo para afanar. No importa demasiado que estén buenas o no. Pensá que algunos se pasan meses ahí en la bahía, mirando el puerto sin poder bajarse… Me contaron que las tipas, antes de subir a un barco, se untan las manos con ají rokoto. Cada una se engancha con un tipo y lo empieza a calentar. En un momento, una silba, y entonces todas al mismo tiempo le meten mano a su candidato en las bolas, y cuando los pobres tipos se las agarran a dos manos por el ardor, aprovechan y les refriegan los dedos por los ojos. Ciegos los dejan, ciegos

Juan Bautista Duizeide

Y atrás suben los que esperaban en

la lancha. Así que nomás se acerque cualquiera hay que mostrar las armas. Él lo miraba con los ojos bien abiertos, con los dientes apretados. −Ninguna de las pistolas anda −le confió, en voz más baja, el capitán.

por un buen rato

Después de almorzar solo, tal cual hacía después de cada guardia, salió un momento a cubierta. Unos pocos cirrus en forma de pluma boyaban por la altura. Lo

envolvieron el rumor del viento, del oleaje abierto por la proa, de la estela batida por la hélice. Minutos después, lo sorprendió una voz:

−¿Cómo anda, jefazo? −¡Uodsac! ¿Cómo está?

−le contestó sonriente, con

los ojos enrojecidos. −Dígame, Uodsac, ¿anduvo alguna vez antes por Perú? −Varias veces, por el Callao siempre. Ni me haga acordar. Estuve en más de un boliche donde entre todas las minas no hacían una dentadura completa. El viento del oeste había terminado por deshacer las nubes y un azul uniforme confundía cielo y mar. Por una abertura de la cocina les llegaba, de a rachas, la voz de Pancho Arias, el cocinero cantor. No se alcanzaba a entender la letra. Pero en esa melodía que subía y bajaba de intensidad era identificable una mezcla especial de nostalgia y de burla.

−Tomando un poco de aire

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Otro radiograma les trajo la novedad de que no descargarían en El Callao, sino en Paita, más al norte, cerca de Ecuador. Consultaron las cartas náuticas para fijarse cómo era la entrada a ese puerto. El capitán, como siempre, eligió una carta del Almirantazgo por más que cotidianamente usaran cartas estadounidenses. −Son mucho mejores éstas, lo que pasa es que desde Malvinas los ingleses ya no nos venden las actualizaciones −se justificó el capitán sin que el piloto hubiera preguntado nada−, en cambio con estos tenemos relaciones carnales. Aunque Arano hizo esa última afirmación en tono de chiste, el piloto continuó serio y callado. Recién al rato habló. Ya que deberían navegar cientos de millas más, le propuso al capitán seguir una derrota algo alejada de la costa, para así aprovechar la corriente de Humboldt que sube desde la Antártida. −Ahorraríamos combustible y encima iríamos más rápido −argumentó. −¿Para qué? −le dijo el capitán−, si total no lo pagamos nosotros el combustible. Además, da lo mismo llegar en cualquier momento. Si total no nos podemos volver.

Cada vez que el tercer piloto subía a tomar la guardia, a las ocho menos cuarto de la mañana y a las ocho menos cuarto de la noche, encontraba al primero desparramado en la silla del capitán, absolutamente desentendido

Juan Bautista Duizeide

de la navegación. Siempre con un tomo de Derecho Romano abierto. Juraría que siempre en la misma página. Nunca se ocupaba de ir tomando la posición del barco y marcarla en el ploting sheet, nunca corregía el rumbo para compensar el efecto del viento y la corriente. Abusando del radiogoniómetro, desde hacía años fuera de uso, escuchaba radio: entre el chisporroteo de la estática, sonaban noticias de pueblos que vaya a saber por dónde quedarían, relatos de partidos entre equipos de fútbol que no conocían, con nombres tan increíbles como Huachipato, Garabombo o César Vallejo, publicidades de Inka Cola y de restaurantes donde el plato del día era arroz chaufa, pollo con papas a la huancaína o lomo a lo pobre. Una noche, en cambio, era música lo que sonaba:

Lambando estarei ao lembrar que esta amor por um dia um istante foi rei. A recordacao vai estar com ele aonde for.

Apenas quedó solo en el puente con el marinero de guardia, en vez de apagar el radiogoniómetro, como hacía siempre, cortó los cables de un tirón y enmudeció esa voz. El marinero de guardia se quedó mirando hacia proa como si no se hubiera dado cuenta del estropicio. Recién a mitad de la guardia le habló para preguntarle si conocía Paita. ¿Conocer? Él le dijo que no y evitó que se iniciara una conversación.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Cada vez que empezaba a intimar con alguna mujer le pasaba lo mismo, tarde o temprano llegaban los dos momentos temidos. No siempre en idéntico orden. Pero fatalmente llegaban. Y los dos tenían que ver con el mar, con el mar como camino o como tumba. Uno era la pregunta por los padres. Ante su respuesta, verdadera aunque no faltasen quienes insistían con que tales cosas eran mentira o exageración, variaban las reacciones entre una lástima hiriente y una desconfianza cargada de miedo, un miedo comparable al que en otros tiempos sentirían los sanos ante los portadores de la peste. El otro momento temido se daba cuando, tras las insistencias acerca de cuál era su actividad, debía confesar. Las reacciones eran casi unánimes, expresadas por la pregunta ¿cuántos países conociste? Vaya a saber qué entenderían por conocer y qué por países. Cuando recién había comenzado a navegar se deshacía en explicaciones, ahora se resignaba a hacer una lista de lugares. ¿Conocés Inglaterra? Sí: una línea muy verde a estribor, avistada casi al filo del horizonte, si no hay niebla, cuando se navega Canal abajo unas cuantas millas mar adentro. ¿Conocés Francia? También: una línea gris borrosa, unas millas a estribor, Canal arriba. ¿Conocés Dinamarca? Un bar a cien pasos del muelle que despacha una cerveza aguada, cuatro grúas rojas, una fábrica, unos arcos de fútbol sobre pasto de un verde tan parejo como una mesa de billar, y al otro lado del alambre campo sembrado hasta donde la vista alcanza.

Juan Bautista Duizeide

¿Conocés Alemania? Un laberinto de muelles que da a una avenida no tan larga pero muy ancha, iluminada por faroles de luz sanguinolenta, recorrida por mujeres de cada color imaginable y hombres famélicos que dicen la misma carencia y la misma ansiedad, con la misma

precipitación y la misma torpeza, desvaliéndose en todas las lenguas del mundo. ¿Conocía? Él había naufragado por bares lejanos. Nada más. Lo único que conocía era el mar. Hasta donde el mar se deja conocer por los vivos. Porque los únicos que podrían hablar con pleno conocimiento del mar, estaba convencido, son aquellos que fueron enmudecidos por el mar. Los que vagan entre corrientes que los van deshaciendo. Los que a veces asoman a la superficie sus ojos vueltos perlas, apenas por un momento, y vuelven

a bajar. Los que ya son parte del gran cuerpo de esa

madre, ávida de sacrificios, que nunca regala nada salvo

la

intensidad de algunas imágenes.

Una tarde, a mitad de su guardia, llamó al capitán

y

le pidió que por favor subiera al puente. A proa,

con los binoculares, veía un obstáculo que el radar no detectaba. Tenía el aspecto de una isla muy baja. Si no se había equivocado al trasladar al plotting sheet la última posición entregada por el navegador satélite, no podía haber una isla allí. Si no estaban mal todos los cálculos de navegación de días y días, era imposible que

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

la hubiese. La isla más cercana debía estar a cientos de millas. Y además, ¿qué clase de isla podía ser invisible al radar? Tampoco el capitán logró de un primer vistazo distinguir de qué se trataba. Le pidió al piloto que llamara a máquinas para que bajasen las revoluciones con urgencia. Abajo habrán puteado de lo lindo. Pero así se hizo. Y muy lentamente, siguieron avanzando. El capitán no dejaba de mirar a proa con los Zeiss, todo el tiempo calibraba nerviosamente el foco. Hasta que en un momento, sin decir nada, se los pasó para que él mismo viera: la isla no detectada por el radar era una aglomeración inmensa de basura plástica entretejida con algas. La recorrió con la mirada. Entre miles y miles de bolsas, frascos, botellas, recipientes y otros tantos objetos no identificables, dio con un cartel de publicidad, intacto, de la que fuera su bebida favorita en la infancia. Ya de grande, le había contado su abuela que un chupete impregnado con ese líquido milagroso era lo único que podía parar sus gritos y sus llantos. Se trataba de la misma bebida gaseosa de la que siempre se lleva a bordo una reserva, intocable y bajo llave, por si es necesario aflojar alguna pieza rebelde. Lo despertó el dolor de muelas. Aunque era encargado de sanidad a bordo, no supo qué recetarse. Durante la guardia de la mañana tuvo que aguantar las lágrimas cada vez que una pregunta del marinero o del capitán lo obligó a hablar. Terminada la guardia, sin ir a comer, fue

Juan Bautista Duizeide

a tirarse en la cama. No había logrado ni cinco minutos

seguidos de sueño cuando golpeó a la puerta un marinero

y le avisó que era su hora. Al enjuagarse la boca, antes

de subir al puente, el agua tocó la muela que le dolía y de ella brotó un rayo hacia la base del cerebro. Decidió que después de la guardia vespertina se la arrancaría. Pasó la guardia y sin cenar fue en busca del botiquín. Pero no encontró nada adecuado para sacarse la muela

y tampoco se animó a tomar ninguna de esas pastillas

multicolores de cuyo envoltorio se había borrado el nombre. Atravesando la cubierta apenas iluminada por

las estrellas y el resplandor del mar fue hasta el castillo de proa. En el pañol del contramaestre dio con unas pinzas que le recordaron a las que llevaba, cuando era chico, en una pequeña bolsa de cuero colgada tras el asiento de su bicicleta. Una bicicleta roja con manubrio bigote, regalo del abuelo, con la que se escapaba, pedaleando como loco, por Olavarría cuesta abajo hasta playa Varese, hasta el puerto, hasta los playones donde se acumulaban restos de los desguaces, hasta las playas solitarias al pie del faro. Eligió una pinza, la de menor calibre, y se la llevó al camarote. La limpió con agua oxigenada, luego intentó unos buches con alcohol que le hicieron avistar las constelaciones de ambos hemisferios celestes y hasta de otras galaxias, calzó la pinza en la muela y comenzó

a tironear. No había caso. Intentó otra vez. Y otra. Hasta

que el dolor fue tan intenso que casi lo llevó a vomitar. Volvió a hacer buches y escupió en la pileta una mezcla

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

rosada de saliva espesa con sangre. Volvió a calzar la pinza, volvió a tirar, más, más, más, y esta vez sí: vomitó. Quedó tirado en el piso del baño, hecho un ovillo, mecido de banda a banda por los rolidos. Hasta que lo alertaron los golpes a su puerta. −Señor, señor. ¿Le pasa algo? Ya son las ocho, me pidió el primero que venga a buscarlo para que lo releve… − decía Uodsac o Wodzak al otro lado. Aprovechó que en la oscuridad de la timonera nadie podría verlo y lloró durante un buen rato. Pero tampoco eso fue alivio. Nuevamente oculto en su camarote tras cuatro interminables horas de horror, volvió a limpiar con agua oxigenada la pinza, hizo buches con alcohol que volvieron a arrancarle lágrimas, tomó un pequeño trago a modo de anestesia, atrapó la muela y otra vez a tirar. Tiró y tiró hasta arrancar un pedazo. Le asombró su blancura. El resto de la muela, pegado a la encía, comenzó a dolerle mucho más. Como si una terminación nerviosa hubiera quedado expuesta. El borde afilado que dejó la extracción fallida le lastimaba la lengua, pronto se la hizo sangrar, y notó que comenzaba a hincharse. Incluso tragar saliva le costaba. Puso un balde junto a la cama y se tiró sobre ella, aunque descontaba que no lograría dormirse. Cuando la saliva se le espesaba en la boca, escupía. Pero también eso le resultaba doloroso. Al mismo tiempo, no aguantaba la sed. Le parecía que la lengua era demasiado grande para su boca, la sentía

Juan Bautista Duizeide

como un pez que cayó en la trampa y está unido por lo que le reste de vida al anzuelo que lo desgarra. Contaba una y otra vez los latidos de dolor que batían su cabeza: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete. Y volvía a empezar: uno, dos, tres… Uno, dos… Uno… Ese método, que quizás abusara de la superstición según la cual aquello que puede medirse resulta más soportable, no alivió su dolor ni logró tampoco adormecerlo. Se levantó, volvió a esterilizar la pinza, volvió a hacer buches con alcohol, volvió a intentar. La muela seguía firme y no dejaba de lanzar rayos contra su cabeza cada vez que tironeaba. Perdido por perdido, se llevó la botella de alcohol a la boca y tomó cuanto quedaba. La primera sensación fue de fuego en la garganta. Después, en unos pocos segundos, experimentó la caída completa desde la sobriedad a una borrachera insondable. La cabeza entera comenzó a latirle tan velozmente como si se hubiese convertido en un corazón pronto a explotar. Haciendo eses se acercó a la cama, cedieron sus piernas, y se derrumbó. Al despertarse, lo primero que hizo fue hurgar con la lengua: en el lugar donde estaba antes ese resto de muela afilada como un arpón, había un hueco. Dolía muchísimo. Pero en comparación con lo que sufría hasta horas antes, ese vacío era un placer.

Siguieron hacia el norte. Día tras día a toda máquina. Sin cruzar a nadie. Sin que por la radio, todo el tiempo

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

encendida en el canal de emergencias, alguna voz, entre la estática, delatara la presencia de otra embarcación más allá de lo que la vista alcanza, por debajo de la curvatura del horizonte. El gris, el celeste pálido, el plateado, el azul, el celeste, el rosa, el rojo, el negro, cada uno a su hora exacta, se sucedían por el cielo. Suave soplaba el viento del oeste. Contenido, inconmovible, poderoso. Eterno viento del oeste. Patrón de esas latitudes. Las olas de mar de fondo los alcanzaban rodando desde el otro lado del océano, olas que venían desde las islas y desde más allá, desde las mismas costas asiáticas, olas que hacían rolar, pausada, incesantemente, al Caleta Leona. Contra la tierra apagada por la distancia, el mar era una música de olvido.

Pasaba una mañana más entre viento y calma, entre

frío y calor. Estaba revuelto el cielo, estaba empañado

el mar con un color exánime. Pasaba una guardia

más en el puente. Sobre la cubierta principal, varios

marineros, en cumplimiento de disposiciones del capitán,

pintaban el lado de babor del casillaje. A principio de la

travesía, Arano le había ordenado al contramaestre que

organizara, singladura tras singladura, sin otra excepción

que los domingos, una serie de tareas de reparación y

mantenimiento. Eran visiblemente inútiles y se llevaban

adelante con tanta dedicación como falta de fe, con

dudosas energías y nula destreza. Eran más una manera

Juan Bautista Duizeide

de tener ocupada a la marinería que una forma genuina de retrasar el avance del óxido sobre el Caleta Leona. Desde el puente veía a los marineros, cada uno con una brocha en la mano, como a un grupo de adolescentes entusiastas que cumplen sin mayores preocupaciones con un trabajo que les proporcionará el dinero indispensable para seguir en viaje. Eran una mañana más, una guardia más, un trabajo más sin el menor signo de alguna anomalía pendiente sobre el barco, hasta que todos, en cubierta o en el puente, sintieron algo. Luego habría quienes se lo confesaran en esas conversaciones a las que son proclives las guardias compartidas. Tal vez se tratara de algo como lo que sienten los animales salvajes ante la inminencia de un eclipse o de un terremoto. Hasta que al fin sucedió de golpe aquello de lo cual esa inquietud era síntoma indescifrable. Y fue como si se hubieran retirado muchas voces de un coro, y entonces las otras voces, de pronto evidentes, desenmascaradas, dolieron tanto como un ruido atronador. Pero no era en los oídos en donde se clavaban. Algún otro era el sentido que herían. En el puente, con un chasquido simultáneo se apagó todo el instrumental: radar, girocompás, radio VHF, navegador satélite. El aire se liberó del permanente velo de ruido que se había acostumbrado a considerar silencio. Pero otra ausencia lo alarmó. Desde el día en que embarcara, por Quequén, no había dejado de oír nunca, fuera allí en puerto o en navegación, el sonido

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

de los generadores. De funcionar todo bien, no deberían apagarse más que en dique seco, cuando se lleva al buque a hacer reparaciones de casco. En navegación o en puerto, los generadores a lo sumo se turnan encendidos para repararlos, para que descansen o para hacerles mantenimiento. Alimentan cada lámpara y cada mecanismo, incluido el motor principal. Pero el Caleta Leona, al parecer, confirmaba los peores presagios de sus detractores, proponía otra historia para que en el futuro se encarnizara la voz del escobén. Había quedado sin propulsión y sin gobierno, a la deriva como una bestia malherida. La ausencia tan súbita del sonido que lo había acompañado por más de un mes, que había envuelto su vigilia y su sueño, el sonido contra el cual todo otro sonido se manifestaba como el color sobre la tela de un cuadro, era tan inquietante como una explosión de origen desconocido. Oyó gritos y puteadas. Identificó la voz del capitán, una cubierta abajo, luego pasos que se apuraban hacia la sala de máquinas. −Un blacau machazo…−comentó Pancho Arias entre dientes sin largar el cigarro que bailoteaba entre sus labios. Desde la cubierta, su voz alcanzó, nítida, el alerón. −Dejá de salpicarnos la pintura, carajo –lo toreó un marinero. Desde que había salido a cubierta, apenas cortada la luz, el cocinero no paraba de revolear la faca que

Juan Bautista Duizeide

llevaba en la diestra. Como si fuera una manifestación del descontento por la sorpresa de esa quietud, de ese silencio, de esa oscuridad en ciernes. −Eso, a ver si respetás el laburo ajeno −reprochó otro. −¿O andás queriendo que te hagamos una enema de cuchilla? −coronó uno más atrevido. −Bueno bueno mi amor. Con calma, eh. Ya sabemos que te gustan chinchulín y tripa gorda −respondió el cocinero cantor como si entonara algún tango perdulario. Desde arriba, todo se escuchaba tan perfectamente como si estuvieran en un teatro, en uno de esos viejos teatros de acústica admirable y algo misteriosa. El Caleta Leona, poco a poco, perdió arrancada hasta que se detuvo por completo y quedó boyando como una lata inmensa tirada al mar. Lentamente, se atravesó al oleaje, por suerte no muy alto ni escarpado. Los murmullos del agua se sucedían en espirales lentas, insidiosas. Una sucesión de imágenes casi idénticas era el mar, pero cada imagen con una marca leve, con un matiz, un roce de la luz, algo muy difícil de discernir pero presente, que la hacía única. Los rolidos y cabeceos tampoco resultaban iguales que cuando el buque avanza, sino más pausados, más laxos. Cada crujido de cada parte del buque al moverse podía oírse como si llegara desde un sector perfectamente diferenciado del espacio sonoro. Como colores que se niegan a mezclarse. Ningún ruido se fundía ni se empastaba con otros. Ninguno predominaba sobre los demás.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Fuera a causa de una especie de sentimiento de culpabilidad ante los maquinistas, que se estarían matando abajo por arrancar de nuevo los generadores, fuera una muestra de aversión al vacío o mera inercia, los marineros no daban señales de largar sus tareas aunque ya se había hecho la hora de lavarse para ir a almorzar. Pero hubo que hacer caso al llamado de Pancho:

−A comer, muchachos, a comer que para ayunar habrá tiempo… Como no funcionaba el montacargas eléctrico que lleva la comida hasta el comedor de oficiales, todos se amontonaron en el de marinería, sobre la cubierta principal, contiguo a la cocina. Apenas sí se hablaba para pedir algo. Y nunca fue tan cuidadosa una tripulación en el manejo de los cubiertos. El mínimo choque del cuchillo o el tenedor contra la bandeja metálica desgarraba el velo de rumores, levísimo y a la vez sofocante, extendido sobre todos. A él, la atención se le disparaba hacia cada mínimo ruido diferenciable y su conciencia se debatía hasta identificarlo. Necesitado desesperadamente de silencio, justo ahora, que el estruendo de las máquinas y el fragor de la estela habían cesado, sentía perdida la batalla. Cada sonido lo atrapaba un momento, el tiempo justo para impactar contra su consciencia y agitarla, luego lo abandonaba. Imposible abstraerse. Otro sonido venía en reemplazo y se iba. Pasaba luego a otro y a otro. Como

Juan Bautista Duizeide

quien cuenta ovejas o deudas impagas pero no logra apagar su conciencia, y alimenta el fuego del insomnio.

Así fue después de comer, así fue tirado en su cama, así fue cuando subió de nuevo a cubierta, donde intentó distraerse dándole una mano de pintura naranja a la lancha salvavidas. Lo único que consiguió, además de empeorar el aspecto de esa embarcación desahuciada, fue salpicar su overol. Los marineros dejaron momentáneamente el trabajo

y entraron al comedor para tomar el mate cocido de

media tarde. Él aprovechó para abandonar sus empeños inútiles. Pero le fue imposible lavarse, por más que hizo

girar las canillas no brotaron más que unas pocas gotas de agua amarronada. Salió otra vez a la cubierta principal, se acodó a la borda y se quedó mirando. Apareció el capitán. Llevaba el overol tan manchado de grasa como

el más recalcitrante de los maquinistas. El gesto mismo

se le había oscurecido. Cuando él, más por cortesía que por convencimiento de su aporte, iba a preguntarle

si era necesaria su presencia abajo, para ayudar en lo

que fuera, Arano alzó las cejas, hizo un gesto enérgico sacudiendo la mano y liberó un bufido. Los marineros volvieron a pintar sobre la banda de sotavento. Él no sabía adónde ir. Revisó el pañol de

sanidad, volvió a salir a cubierta, fue a popa, volvió. Al atardecer, los marineros desfilaron hasta el pañol de proa para dejar brochas y baldes de pintura; luego, uno

a uno, volvieron a sus camarotes para intentar lavarse

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

con la poca agua llena de escamas de óxido que brotaba de las canillas. Y después, a comer. Los maquinistas no

habían vuelto a salir de su infierno. El barco seguía al garete.

A todos les fue imposible bañarse: las bombas de agua

no funcionaban. A la cena, el olor de la pintura que a la mayoría le coloreaba manos y brazos inundó el comedor en el que sólo estaban los pilotos libres de guardia y los marineros. Capitán, maquinistas y engrasadores lucharían abajo, apenas preservados de la tiniebla por sus linternas.

A la luz de unas velas que había dispuesto Pancho,

empezaron a comer con sigilo y sin hablar. Pasó la entrada, lechuga mustia y tomate sin sabor. Pasó el plato principal, un bife quemado con papas heladas. Llegó el postre, flan con dulce de leche un tanto agriado. La lentitud con la que comían era mayor a cada plato. El viento de la noche avivaba el canto despiadado del mar. Andante maestoso. El Caleta Leona se movía un poco más, a babor, a estribor, a popa, a proa, así aumentaba también la intensidad de los crujidos. Los más lentos terminaban ya los últimos bocados del postre, cuando todos sintieron a través de sus cuerpos unos tironeos, luego vinieron la luz, el ronroneo uniforme de los generadores, la estridencia de las máquinas al encenderse, una vibración en los pies, y al fin, el giro de la hélice que movía toneladas de agua.

Juan Bautista Duizeide

−Panchito, nos aguantás

desde el marco de la puerta, muy agitado, el tercer oficial de máquinas, cubierto de grasa y aceite de la cabeza a los pies. −Dale, dale, andá −lo tranquilizó el cocinero con expresión resignada. Alguien sopló las velas. Se estaba todavía disipando el humo, cuando Arias improvisó una moraleja para el episodio, tal vez apuntaba a otra cosa, pero su típica sonrisa escorada transformó el dicho en una especie de chiste melancólico:

−Siempre es más larga la cancha cuando se juega en el equipo de los giles. Nadie supo luego precisar lo que había pasado ni qué fue lo que tocaron para arreglarlo. Ninguno de los engrasadores, ni el mecánico, ni el mismísimo jefe de máquinas. Sin un diagnóstico de lo que pasaba, se habían limitado a probar y probar a ciegas. Él apenas tuvo tiempo de lavarse un poco las manos y cambiarse, y ya debió subir al puente. Arano, todavía de overol, les dijo a él y al primer piloto que no anotaran nada en el libro de bitácora. Aunque en verdad, no hacía falta que lo aclarase. Sabía muy bien que el personal de las compañías aseguradoras suele inspeccionar los libros de bitácora, y que no es conveniente enterarlos de ciertas dificultades de la travesía. No debe existir, entre esos lectores suspicaces, ni uno solo que a lo largo de su vida profesional haya encontrado, de puño y letra de algún

−dijo inmediatamente

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

capitán o algún piloto, la expresión black out. Y no se trataba del único hecho condenado por esas escrituras. No hay viaje por mar en el que no sucedan cosas que no se asientan por escrito. A la exaltación fervorosa de las viejas crónicas, por las que pululaban serpientes marinas, calamares gigantes, leviatanes, islas errantes, lluvias de peces y buques fantasma, la sucedió un realismo que al desterrar de las páginas la extrañeza del mundo puede resultar mucho más artificioso. Tan inverosímil como una geometría demasiado pura. A toda máquina siguieron cruzando la oscuridad hacia su destino.

Cuando recalaron por la bahía de Paita, como

estaba de guardia, le tocó fondear, fue a hacerlo con el

contramaestre y un marinero, el Rifle. Uno volteaba

del aliento a vino, al otro lo envolvía una bruma de

marihuana. Terminada la maniobra, ellos se volvieron a

la camareta con el resto de la marinería. Uno haciendo

eses, el otro a pasos largos y saltones como si anduviera

por una cama elástica. Seguramente iban a seguir

chupando y fumando, iban a jugar a los naipes o a la

generala, a conversar de cosas que les pasaron por otros

barcos navegando otros mares, a sacar cuentas de lo que

ganarían o no ganarían, de lo que podrían o no podrían

comprar. Él se quedó en el castillo de proa con la excusa

de verificar que el ancla no garreara, como si necesitase

Juan Bautista Duizeide

una justificación por no seguir dócilmente los hábitos de

a bordo.

Mar y cielo eran más azules que la misma idea del

azul. Sobre la franja costera, por el este, se divisaban

palmeras altas y flacas balanceándose en el viento, por

detrás, construcciones blancas que al reflejar la luz

del poniente encandilaban. Más hacia el sur, la mole

oscura de la fábrica de harina de pescado, a sus pies,

el muelle. Y al fondo de todo, los cerros. Rabihorcados,

petreles y cormoranes pasaban volando por encima de

una marejada con ribetes de espuma brillante. Sonrió ante la presencia compacta, innegable, de todo eso que jamás aparece en las cartas náuticas ni en los derroteros. Manchas de luz cálida a la deriva por lo azul. Notas de una música imprevisible que a cada segundo, sin necesidad de materializarse en sonidos, se deshacía y volvía a hacerse, nueva siempre. Inmensidad. Resonancia de algo más allá. Sonrió como no lo hacía desde unos cuantos meses atrás. Le resultaba difícil vincular ese rincón del planeta con las oficinas donde la rueda del viaje se había comenzado a mover.

Enero. Todavía enero.

Cuánto más tiempo se quedaran fondeados ahí, mejor. Llegar siempre había sido un problema para él. Mientras navegaban, rutinas y peligros lo mantenían a resguardo de los demás. No necesitaba franquearse con nadie más

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

allá de los trabajos compartidos. Pero cuando quedaba libre de guardia en puerto, era momento de alejarse del barco. Estaba mal visto no hacerlo y estaba aún peor visto largarse solo. Acostumbraba por eso a trasponer la planchada, con la supuesta intención de divertirse como cualquiera, en compañía de los tripulantes peor considerados a bordo. Los débiles, los tímidos, los que no tenían suerte con las mujeres, los distintos, los raros, los ridículos. Por unas horas que muchas veces se le hacían eternas, pisaba la mal llamada tierra firme junto a esos despreciados. Ellos, a cambio de tal distinción, no preguntaban. El acuerdo era tácito. Así anduvo por Gijón, por Lisboa, por Bremen, por Amberes, por Ilheus, por Bahia y por tantísimos otros lugares con gente como el Galleta Gómez, por ejemplo. Que vaya a saber por qué se acordaba de él ahora, y no de otros compañeros con quienes había caminado sin rumbo ni intenciones precisas, con las manos listas para la trompada y la vista alerta, por rincones aviesos o indiferentes de puertos lejanos. Tipos como Lito, el Teniente, el Mudo, el Loquito Moyano, el Pelado, el Piedra. ¿Seguirían navegando? ¿Se las rebuscarían en tierra a falta de barcos? ¿O se estarían pudriendo en vida porque un piloto es alguien preparado para el agua y nada más que el agua? Tendría que haber alguna causa para que resultara el Galleta, y no cualquier otro, quien se le aparecía ahora. ¿Tal vez lo tenía tan presente porque se trataba del tipo más torpe conocido en años de navegar? No se entendía

Juan Bautista Duizeide

cómo pudo recibirse de piloto, ni cómo saltó de barco en barco sin que algún capitán lo declarase absolutamente inservible y peligroso a bordo. La voz del escobén no se ahorraba historias que lo dejaban muy mal parado. Una vez, a la salida de Lisboa, mientras se dedicaba a trincar contenedores junto a unos marineros antes de cruzar el Atlántico, tropezó y fue a dar desde lo más alto de la pila donde estaba encaramado hasta la cubierta, contra la cual se rompió un brazo y un par de costillas. Por el Mar del Norte, en pleno invierno, cerca de la isla de Heligoland, se cayó de la lancha auxiliar al agua, y si el proel no lo pescaba de los pelos hubiera muerto congelado. En un cruce por el Rincón, se equivocó al consultar la tabla de mareas, corrigió el rumbo como si la bajamar los hiciera derivar mar afuera, tan convencido que ni una vez se dignó a constatar la posición, hasta que la mañana los sorprendió a los tirones por el barro después de ser arrastrados la noche entera hacia la costa por la creciente. En un tramp capitaneado por el Mounstro Iozzi, que había sido su profesor de navegación, fueron hacia Chile vía Estrecho de Magallanes. Antes de zarpar, una y otra vez el Mounstro le preguntaba si tenían todas las cartas náuticas indispensables para el cruce. El Galleta le contestaba que sí, que sí y que sí, cada vez más encalabrinado al considerar que la repetición de esa pregunta demostraba una falta de confianza. Recién cuando iban acercándose a la boca oriental del Estrecho, se dio cuenta: no tenían ni una sola de esas

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

cartas náuticas cuya existencia a bordo había asegurado con una insistencia inmune a la duda. Al igual que tanta gente llegada del campo, el Galleta era desconfiado y a la vez ingenuo. Reconcentrado y a la vez distraído como nadie. Terco y voluntarioso. Nunca se daba por vencido pese a la forma en que se multiplicaban ante él obstáculos inexistentes para los demás. Tenía una voluntad de acero. Y sabía ser muy solidario con quien lo tratara bien. Además, pese a la descalificación rotunda por parte de la voz del escobén, no le iba nada mal con las mujeres cuando bajaba a tierra. ¿Cómo no acordarse? Imposible. Si no había suerte como la suerte de él para terminar encamado sin largar un dólar. Bien presente le había quedado algo que les pasó en un viaje a bordo del Río Limay. Amarraron por Koge con un flete de naranjas para la fábrica de dulces, y cada día que pasaron ahí, los tripulantes libres de guardia se costeaban hasta Copenhague aprovechando que había sólo una hora de viaje en tren. Durante una de esas escapadas, los boletos de todo el grupo, que eran de ida y vuelta, quedaron por descuido en poder del Galleta. Mientras caminaban por la ciudad vieja, entre los canales que ya reflejaban los colores del atardecer, lo perdieron de vista. Se distrajeron con algún monumento antiguo o algún culo joven, y de golpe el Galleta no estaba más. Lo buscaron entre la gente, lo llamaron a los gritos exigiéndole que se dejara de joder, que basta de jugar a las escondidas, que no fuera tan huevón. Pero

Juan Bautista Duizeide

no apareció. Sin entender qué podría haber pasado, se

fueron para la estación de trenes. La lógica dictaba que

él

haría lo mismo para volver juntos, aunque resultaba

a

contramano apelar a la lógica en cualquier asunto si

el

Galleta estaba involucrado. Saliera como saliera la

jugada, él tenía los boletos y a ellos les era imposible sacar otros. Se habían gastado cuantos dólares llevaban en un vaso tras otro de cerveza aguada y tibia. Acomodaron sus cuerpos cansados lo mejor que pudieron sobre un banco y a esperar. Se fue un tren, se fue otro y otro más. Ni noticias del Galleta. Cuando el último tren a Koge abría ya sus puertas y ellos se preguntaban cómo iban a hacer para colarse en la jeta de esos guardianes rubios, coloradotes, inmensos, por el fondo del andén, corriendo, muy agitado, apareció el ausente sin aviso. Una vez sentados, rojo de excitación y atragantándose con las palabras, les contó su pequeña aventura sin perdonarles un solo detalle. Creyendo que era italiano, una polaca lo había atraído por señas y se lo había llevado

a comer vermicelli en un restaurante barato, donde

almorzaban de apuro albañiles turcos, changarines filipinos y negros sin ocupación fija. Cuando ya había entendido que él no era de Roma ni de Firenze ni de

Sorrento, sino de un pueblo clavado en una llanura por

el culo del mundo, sin importarle qué mierda podría ser

la fiesta del ternero de la cual le hablaba y le hablaba él, lo arrastró a un hotelucho por horas con paredes que iban cayéndose a pedazos por la humedad. Mientras se

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

desnudaba a toda marcha, para no perder un minuto de las dos horas pagadas por adelantado, y dejaba al descubierto un cuerpo terso pero algo tosco, le confesó en un inglés erizado de consonantes que estaba ilegal en Dinamarca, que trabajaba de noche limpiando edificios de oficinas, que no tenía novio, que los dinamarqueses le parecían una mierda, que todos se la querían coger de prepo, que ése era su único día libre en la quincena. El Galleta, por entonces, tenía poco más de veinte años, era flaco, de pelo oscuro y enrulado como un italiano del sur. Y ella no andaba como para hacer diferencias demasiado sutiles. Querría que alguien la abrazara, que la besara, que le dijese lo linda que era en italiano, en inglés, en castellano o aunque sea por señas. Y que con suerte, por algunos segundos, la hiciera olvidarse del sello que le faltaba en el pasaporte, del pasaporte que retenía su patrón, de la ventana rota en el cuarto compartido con tres desgraciadas más por donde se colaba el frío nocturno, de la gotera por donde se le volvían a meter todos los recuerdos. Con el Galleta habían andado también por Hamburgo. Otro tango les cantaron ahí. Después de la consabida noche babeándose por la Reeperbahn y sus calles aledañas, después de tocar cien culos y doscientas tetas por lo bajo, después de resignarse a que una de las tantas pupilas que habían manoseado a mansalva los pajeara, con guantes de latex, en un cuarto más parecido a una guardia de hospital que a otra cosa, después de ser

Juan Bautista Duizeide

tirados a un callejón por los grandotes de seguridad que no eran S.S. apenas por una cuestión de época, volvieron

a encontrarse y se contaron uno a otro, sabiendo los

dos que el otro mentía, lo bien que había estado ese rato de cama. Y simulando estar de lo más satisfechos, emprendieron el regreso al barco. Pescaron justo el último subte de la noche. Gracias

a la claridad de carteles y señales, se bajaron sin

problemas a unas pocas cuadras del puerto, donde fueron encontrándose con otros compañeros del Río Tunuyan. Después de mostrarle sus credenciales a los guardias, que se demoraron estudiándolas, seguramente más para joderlos a esas horas que por otra cosa, entraron. Ahí el asunto se complicó. Hamburgo, en alguna época el mayor puerto del planeta, es un enredo de muelles que proliferan como en una pesadilla. Para colmo, aquella vez unos cuantos estaban borrachos y varios de los que no habían probado una gota de alcohol estaban colocados de ácido o de anfetaminas, substancias que tenían la

ventaja de no ser detectadas por los perros de la guardia que patrullaba las dársenas. A alguien, nunca supieron

si borracho o colocado, pero sin dudas visionario, se le

ocurrió cómo llegar hasta la planchada del Río Tunuyán. Frente a cada uno de los dilemas que proponía ese laberinto de agua encerrada y cemento, le preguntaba

al Galleta por dónde seguir. Si él decía por ahí, iban por

allá, si decía por allá, iban por ahí. Sólo se trataba de llevarle escrupulosamente la contra. El Galleta comenzó

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

a putearlos, a los gritos, con una voz que la bronca y la mezcla de pastillas y alcohol agudizaba hasta el ridículo, pero en ningún momento se apartó de la manada, que se cagaba alevosamente de risa a costa suya. En menos de media hora estaba cada cual en su camarote tratando de dormir. Y fue también con el Galleta que anduvieron varados, una noche de invierno, en Amsterdam. Por boludos se demoraron hasta que ya no había en qué volverse. Por boludos y por turistas. ¿A quién se le ocurre alejarse del puerto? ¿Para qué ir hasta otra ciudad en vez de quedarse en aquella donde se amarró el barco, si a cuadras de la planchada ya se consiguen venenos y mujeres para intoxicarse? Flojos de billetera, después de patinar unos cuantos dólares fumando cosas raras y probando hongos, aguantaron en un cofee shop hasta que cerró. Una holandesita que se llamaba Necki, o algo que les sonó así, Necki, se avivó de lo que les pasaba, y en un inglés casi tan malo como el de ellos les ofreció alojamiento. A la holandesita, pese a un olor a tabaco negro que volteaba, no se la veía mal. Tenía pelo color zanahoria, ojos color pistacho y cada teta era una horma de queso. A ellos, hambre no les faltaba. Juntos y chocándose caminaron las pocas cuadras que los separaban de un edificio con ladrillo a la vista, serio como una iglesia protestante. Entraron dando tumbos, guiñándose el ojo por detrás de ella, que iba callada, muy callada. Ya en al palier, la calefacción atosigaba. Subieron tres pisos por escalera,

Juan Bautista Duizeide

y nomás entraron al departamento la holandesita les

aclaró, mientras iba desvistiéndose a la velocidad del ansia, cuál era el precio. Uno de los dos tendría que

cogerla. Cayeron los auriculares y los anteojos de carey, cayeron los abrigos, cayeron los piadosos calzones. El olor a cebolla colmó la habitación. Debajo de cada brazo,

a la holandesita le colgaba una barba de choclo, y otra para hacer juego le colgaba de la entrepierna. Con el Galleta caminaron toda la noche aquella

noche. Calles y calles despiertos, bostezando y puteando, cagados de frío, y a ratos, de risa. ¿Era también con el Galleta que habían andado perdidos por un puerto inglés? ¿Había sido por Swansea o por Whitby? ¿Tal vez por Liverpool? ¿O fue por aquel muelle infame cerca de Chesil Beach? Caminaban sobre las arenas movedizas que el whisky de madrugada tendía

a sus pies como un mal chiste o una buena trampa.

Cansados de cruzarse con insufribles parejas de clase media inglesa, para colmo sin conseguir donde culear un rato como dios manda. En un momento, ya aturdido del cansancio, con la boca pastosa y el cerebro pasmado, él se acercó a preguntarle a un viejo con la pronunciación más afinada que logró en esas condiciones:

−I´m sorry sir, I feel a little bit confused, what´s the way

to haven?

El viejo le contestó:

−I´m sorry too, young man, but there´s no way to heaven.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Recuerdos a la deriva, fragmentos de una orgía perpetua. Brutal. Inocente. Y todo para intentar

olvidarse de la más implacable de las drogas, de la más posesiva, de la más devoradora: el mar. Esos años, que parecían pocos o muchísimos según el ángulo con que se los intentara abordar, se habían ido acumulando como barro, como niebla, como ruido.

Y él aún pretendía que el tiempo se callara para que el

silencio cante.

El Caleta Leona permaneció fondeado a la espera de que se cumpliesen, por dependencias tan lejanas como inimaginables para su tripulación, los trámites sin los cuales no podría iniciarse la descarga. Precios, remitos, negociaciones, instancias de pago, créditos, inhibiciones,

plazos legales, no eran cosa de ellos. En algún momento de la historia, quienes vendían los productos de la tierra

y quienes los llevaban, por mar, de una tierra a otra,

dejaron de ser las mismas personas, separaron sus funciones y su lugar en la sociedad. Ellos se quedaron con el mar, los otros con el negocio. Por un tiempo, esa división había sido favorable. Así pensaba al principio. A ellos, navegantes, les quedaba la distancia. Nada menos. Pero a medida que fue ganando experiencia, crecieron sus dudas. ¿Era posible, todavía, el viaje? No el mero traslado físico, obviamente, sino una experiencia de lo distinto y lo remoto que pudiera convertirse, de algún modo, en liberación. Lo dudaba. Cada vez más lo dudaba.

Juan Bautista Duizeide

Y

ojalá se equivocara, concluía cada vez que le daba

al

asunto sus vueltas. Porque un planeta en el que no

existiera la posibilidad del viaje verdadero, no sería más que un inmenso patio de prisión.

Al fondear, se habían detenido las máquinas del barco,

sólo uno de los generadores seguía en funcionamiento. El capitán, los otros pilotos y los maquinistas, después de las primeras agitaciones que sobrevienen cada vez que

se avista tierra, se habían ido encerrando en sí mismos, solamente se encontraban cuando era indispensable. Durante sus horas libres permanecían aislados en los camarotes. El viento y el ronroneo del generador dominaban las

horas de luz. Contra ese continuo sonaban los crujidos del barco al rolar suavemente hamacado por las olas. A

la caída del sol, en la camareta de marineros renacía por

unas horas la animación, andaban sueltas la bebida y

la baraja, se alzaban voces, volaban risas. Y correrían

historias. Porque un barco, entre otras cosas, funciona a historias.

La voz del escobén

(scherzo)

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

E l Polaco Wodzak intenta prender, trabajosamente, un charuto gigantesco. No hay caso, qué lo pario.

Se apaga y se apaga. Charuto vigilante. Discreto, Pancho, casi felino, retira las bandejas y se pone a limpiar las mesas. Con la única excepción de quienes cubren guardia, uno en la profundidad de las máquinas, y otro en lo alto del puente de mando, se van congregando los muchachos. Marineros, engrasadores, mecánico, electricista, cabo de mar, contramaestre. Igualados por la noche y la espera. El Polaco da pelea, tan concentrado está, que parece que le duele la cara, hasta que al fin, después de gastar

una gruesa de fósforos, brilla en la punta del charuto una mínima estrella roja. Aspira hondo, el Polaco, se pone más colorado todavía, suelta el humo, le pasa el charuto al Rifle.

Juan Bautista Duizeide

El mar oscurecido bate contra el barco. Pancho todavía resopla por el apurón. Ya está. Con las manos anchas y diestras moviéndose como peces gordos por un agua barrosa, dispone vasos para todos y damajuanas con las que ir llenándolos durante la tenida. Después, ocupa un lugar a la mesa que se convierte en el centro de las miradas. Como si hasta entonces no hubiera hecho otra cosa que preparar la escena y el auditorio para su gran momento, como si estuvieran todos confabulados para esperar su relato, hace una gárgara para aclarar la gola y arranca:

−Lo más fulero que me pasó en el mar fue a bordo del Aldebarán. Yo era un borrego. Del año de ñaupa, ¿vieron?, más para allá −suspira hondo−. ¡Qué papa ser

joven, che! Yo veo a los jóvenes y me agarra, agarra, no

Tener veinte de nuevo, o treinta. Con cuarenta me

Hoy con cuarenta y esta experiencia

conformo, la puta

me pongo la gorra y salgo a romper la calle. La abro como una sandía −Tu crónica entra en un cono de indefinición −interrumpe Wodzak, aprovechando otra pausa de Pancho para tomar aire. −No te apurés. No sea cosa que te vayás a herniar −lo torea el Contra. Los ruidos de agua contra agua, los repiques de agua contra el casco, son toques de campana de un tiempo traicionero. Se amuchan como si los rodeara la peste. No

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

tienen otra cosa que sus palabras contra la intemperie que los acecha desde afuera y los carcome desde adentro. −Navegábamos por el Caribe −se rehace y continúa Pancho−; yo iba de aprendiz de marinero. Era un día de una calma turquesa. Bonito de ver en foto, de esas tecnicolores que le dicen, como en los prospectos turísticos, pero calurosísimo. Había amanecido con un sol como pomelo colorado. Mientras nos bajábamos el chop−chop de mediodía, al amparo del ventilador y todo nos bañaba el chivo. Estábamos comiendo livianito. Era

un vago el cocinero, no como yo, que los tengo a ustedes alimentados como para salir en revista La Chacra, ¿eh?

Un vago que con el pretexto de la calor

Sánguches

con cerveza comíamos, me acuerdo. Masticábamos sin hablarnos. Más que el ñaca ñaca de las mandíbulas y el

glú glú de los tragos no se oía. Y hasta eso costaba de tan pesado que era el aire. “De repente, como un tifón, entró el tercero. ¡Todos al bote de babor! Rápido, muevan el culito, carajo. Al bote

No saben lo que fue eso. No

ya, vociferaba. Para qué

parecía un zafarrancho. Qué joder. Parecía que iba en serio esa vez. En segundos ya estábamos afuera. De tan rápido no me avivé de manotear unos sánguches para el camino, que podía ser largo. “¿Habría un incendio? ¿Sería que llevábamos alguna carga explosiva y lo sabía solamente la oficialidad? ¿Por qué un abandono tan a los rajes? Pero no. Un abandono

Juan Bautista Duizeide

nunca podía ser. No íbamos a irnos únicamente

los marineros. “Antes de espabilarnos ya estábamos arriando el bote de babor. Ya habíamos bajado por el tangón, ya estábamos metiéndole parejo al remo, cuando el tercero nos terminó de explicar. El Aldebarán había parado máquinas. Le dimos la vuelta por popa y de su banda de estribor a cosa de milla y pico, vimos eso de lo que nos hablaba el piloto. Desde la borda, el resto de la tripulación nos alentaba y también se nos cagaba de risa. Sus gritos se nos confundían en el aire caliente y pringoso con el ruido que hacíamos al remar. Sus manos señalaban para allá. Contra el cielo, nuestro barco se recortaba clarito. Gigante y lejano. Como sabe pasar cuando uno lo aprecia desde un bote. “Girando el pescuezo hasta que nos dolía, volvíamos a ver, por proa, la meta de nuestro esfuerzo. Allá, a milla y pico, un barco de cincuenta metros de eslora, o poco más, al garete. De tan tranquilo parecía pintado, y pintado el mar también. Como en uno de esos cuadros que venden los bazares de la playa, ¿vieron?, esos con marco de caracolitos y una calcamonía que dice Recuerdo de Necochea. Debajo del bote, a través de metros de agua transparente, bichábamos los círculos de tiburones que nos ponían cara de no andar conformándose con sanguchitos. “Según alcanzó a instruirnos el piloto mientras se alistaba el bote a son de mar, el barco al que nos

así

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

dirigíamos había sido avistado cuarenta minutos antes. Venía de vuelta encontrada. Él le cayó a estribor, como corresponde. Pero el otro, en lugar de hacer lo mismo, cayó a babor el muy cojudo. Y nos puso la proa de nuevo. Como no quería aparecer cagón, el piloto de guardia nada de llamar al capitán, dio una vuelta al horizonte para eludir al cargoso. Pero al retomar rumbo vio que el otro

barco, al que no lograba identificar con los largavistas, hacía una maniobra de lo más rara. En minutos nomás lo tenía otra vez de vuelta encontrada. Y ya bastante más cerca. Lo llamó por radio. Silencio. Izó banderas de señales. Nada. Tampoco se veía a nadie sobre cubierta. Ahí nomás tomó la rueda, puso todo a estribor, y mandó

a los pedos al marinero de guardia en procura del viejo. “Apenas pisó la timonera, el viejo aseguró ése está al garete. Al momento, como confirmando su dicho, el barco desconocido se atravesó. Entonces él mandó arriar el bote. No se imaginen que era por si había alguien que rescatar. Otra que caridad, a ese pirata lo único que lo movía era la angurria. Murió hace añares cuando la explosión del Cecilia María. Pancho traga aire con ansiedad de pez que sacan del agua. Después, alzando con cuidado la damajuana que

tiene bajo la silla, vuelve a llenar su vaso, ofrece vino

a los demás con la damajuana en alto y se la pasa al

Cabo de Mar. Al Polaco se le apaga el charuto, vuelve a prenderlo, se vuelve a apagar, vuelve a prenderlo, aspira, suelta el humo, le pasa el charuto al Rifle.

Juan Bautista Duizeide

Con una sonrisa escorada cruzándole el gesto, Pancho retoma el hilo:

−Era fuerte yo. Fuerte de naturaleza. Para más, tomaba un tónico. Sangre de Buey que se llamaba. Una cuchara sopera antes de cada comida. Nada de falopa, eh Todo savias serranas, si hasta salía el aviso en Mundo Argentino, en Vea y Lea, en Leoplán. Con esa polenta física y todo, no daba más de remar. Estaba muy pesado. Parecía que remáramos por un océano de fritanga caliente. Vieran lo que renegábamos para hacer avanzar la falúa. Y todo por servirle en bandeja un negocio al angurriento del viejo. “No lo podíamos creer cuando al fin estuvimos a sotavento del barco aquel. Nadie se asomaba por cubierta. Notamos que hacía muy poco habían pintado la proa. Las letras con el nombre, en relieve, quedaban disimuladas por la misma pintura clarita que cubría el resto de la obra muerta. Les había faltado repasarlas de oscuro para que fueran bien visibles. Recién cuando estuvimos encima pudimos leer Mary Celeste. Y luego, en su espejo de popa, el puerto de matrícula: Baltimore. “El piloto se mandó sus buenos gritos en un cocoliche con pretensiones por si los de a bordo no hablaban en

castilla. Pero no hubo respuesta. Probó de nuevo y todos en coro lo imitamos, aplaudiendo inclusive, si seríamos

Pero no hubo señales de vida. A la voz del

pendejos

oficial, yo, que así como me ven era el más ágil, tiré un cabo con gancho y abordé. Una vez arriba, con los músculos vueltos un flan de tanto esfuerzo, afirmé la

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

boza y la codera que me pasaron, bajé una escala de gato y empezaron a subir los muchachos. Todos siguen el cuento de Pancho en silencio. Ahora el charuto prendió como dios manda. El humo de marihuana dibuja nubes de sueño por el aire de la camareta. “Nos costó animarnos. Pero nos pusimos a recorrer el barco, a tientas, como quien se mete a una casa abandonada. Anduvimos de proa a popa y de banda a banda. No encontramos a nadie. Ustedes me conocen hace rato, y son entendidos que no se me puede tildar, hablando mal y pronto, de cagón. De ninguna manera. Sin embargo, empecé a tiritar de miedo. Ese barco en medio del mar, detenida la máquina, no sé. Vacío el puente, vacíos los camarotes, vacías las bodegas, todo vacío. Yo no sé. “En la cocina había una jarra de café sobre la hornalla encendida y fuentes llenas, con ensalada rusa, me acuerdo. En la camareta hasta había un par de bandejas ya servidas. Intactas. Como si hubieran estado a punto de comer cuando rajaron. Y también una jaula de pájaro, grande, vacía. Se balanceaba colgada de un gancho. Crrrac, la jaula, crrrac… “Con los muchachos estábamos en ascuas. ¿Por qué habrían dejado el barco? Estaban todos los botes en sus

pescantes, hamacándose con el rolido, crrrac, los botes,

Lo único que podía pensarse era que se habían

crrrac

zambullido por la borda y el mar se los tragó. Imposible. Tendríamos que haber visto algo. Sangre aunque fuera.

Juan Bautista Duizeide

Con los tiburcios ahí rondando

te la voglio dire. Transpiraba y temblaba a la vez. Y no era el único, eh. Les comento que ninguno de nosotros andaba por las suyas. De a dos por lo menos. Yo me retardé un momentito en la cocina y cuando me di cuenta que me había quedado solo casi me viene el síncope. “En eso, máquina muy despacio adelante, se acercó el Aldebarán. Al oírlo disparamos a cubierta. Era un alivio verlo llegar. Con el viejo pasó a bordo del Mary Celeste el mecánico. Después de mirar todo le aseguro que las máquinas no tenían nada, que estaban al pelo. El viejo decidió igual llevarlo a remolque, prefería no desdoblar la tripulación. Aprovechaba que el clima estaba buenísimo, nada de viento, apenas un poquito de mar de fondo. Se habría dado cuenta que si le ordenaba

a algunos desgraciados quedarse ahí, se le armaba motín

¡La puta! Esos tiburcios,

a bordo. No era boludo, el viejo. “A los pedos afirmamos el remolque, volvimos al bote, lo acoderamos y nos mandamos arriba del Aldebarán

por los cabos. De un tirón estaba izado, reluciente la obra viva, chorreando. Se puso velocidad de crucero

y seguimos viaje sin problemas. El remolque tiraba al

pelete. Exagero si digo que en total pasaron dos horas desde que nos habían interrumpido el chop−chop. Bien podían habernos esperado, manga de cabrones. Pero

qué le iba a importar al viejo ese detalle. Plata, plata

y plata. Le herviría el mate como un puchero de tanto sacar cuentas.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

¡Mamita! ¡El ciclón que se nos echó

encima! Si no lancé fue de puro cagazo. No ganaba para sustos en aquella campaña. Encima, veía alrededor que

a los de bolas más saladas se les fruncía. Por culpa de ese barco de mierda que llevábamos a remolque, en cualquier momento una ola nos podía agarrar escorados

y darnos vuelta de campana. Pero el viejo seguía en sus

trece. No quería largar, el porfiado. Entre la zaranda y el julepe quién iba a dormir. ¡Nadies! Reunidos en la camareta deliberamos lo que hacer. A eso de las cuatro de la madrugada, cuando ya una tropa nos disponíamos con hachas para soltar el remolque de prepo, el Aldebarán casi se va por ojo. Lo golpeó semejante cacho de ola que nos caímos de culo con el cimbronazo. Revolcándonos, manoteando lo que fuera para agarrarnos, alcanzamos a oír que el cabo de remolque se cortaba. “Ni con el mar de fondo que había a la mañana siguiente se resignó el capitán. Horas y horas nos tuvo dando vueltas en busca de aquel barco de mierda. No les miento, el día entero, hasta que se puso el sol lo rastreamos. Y ni trazas. Como si el mar también se lo hubiera mandado garganta adentro a reunirse con sus tripulantes. Ni un pedazo de salvavidas, ni una madera de los botes, ni una mancha de fuel oil avistamos. Nada. Pero lo que se dice nada. Pancho respira hondo, como si saliera de abajo del agua después de buscar el barco perdido hasta el límite del resuello. Los ojos le titilan como bolillas de rulemán.

“Esa noche

Juan Bautista Duizeide

Eso no fue nada. Lo peor todavía no lo

dije… Tras que no había podido terminar el almuerzo, la remada me abrió todavía más el apetito. Cuando pasamos por la cocina del Mary Celeste fue demasiada la tentación. Qué le va a hacer. Dejé de lado mis aprensiones, agarré el cucharón y me mandé uno, dos, tres bocados al buche. Hubiera seguido de no ser que me encontré solo de repente. Me di cuenta y volé con los demás, palpitando, atragantándome. Pero lo hecho, hecho estaba. ¿Se dan cuenta? ¿Ustedes se dan cuenta? ¿Pero se dan cuenta, carajo?¡Yo embuché comida propiamente del barco fantasma! La cara de tragedia de Pancho da risa. Y sin embargo todo el mundo está serio como perro en bote. Varios, incluso, se notan impresionados. El nuevo, Florentín, más que ninguno. Su cara resplandece como una luna de hielo. El Polaco Wodzak lucha de nuevo para encender el charuto rebelde. Lo mira de reojo el Rifle. −Te conocíamos morfón, Pancho, qué va a hacer, la gula es la gula −trata de cambiarle la luz al asunto el Cabo. Como si no quedara otro remedio contra el llamado del mar que bate afuera, arrastrando al principio cada sílaba como una carga, se pone a contar Cara de Máquina un episodio de su vida a bordo:

−Muchachos

−¿Lo más jodido que pasé en el mar? Fue en un petrolero. −¿Un derrame? −Frío −¿Un incendio?

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Lo que menos me gusta en este oficio es que

te mandan a cualquier lado y no hay derecho al pataleo. ¿Te animás a ir a un buque tanque?, me chumbaron en el sindicato. ¡Nunca pregunten a un petiso si se anima! Lo que no me avisaron los malandras éstos era a qué buque me mandaban. Venido de Necochea, con poca experiencia, entré por el aro como perrito de circo. Me

había perdido un embarco anterior por gripe, así que dije ésta es la mía. Pero cuando andás con mala pata no te salva ni el doctor Schöll. “Subí al Puerto Rosales en la dársena de inflamables de Berisso. Los maringotes de la Prefectura, y hasta el oficial, me trataron como sarnoso. Casi les armo rosca, milicos de mierda, digan que me calmé. Dije para mis adentros no te vas a perder el empleo por estos roña, que en su puta vida trabajaron. Les das un timón y junta telaraña, que se mueran solos. “Esa misma tarde, completa la carga, fuimos a fondear a la rada para dejar el muelle libre. Llevábamos fuel−oil para una termoeléctrica en Rio Grande do Sul. Teníamos que esperar un telegrama avisando que ya tenían capacidad para recibir el combustible. No me olvido más los días que pasamos ahí fondeados. “Para ustedes ya es famoso cómo le dicen a ese barco y

la clase de bichos que se amontonan ahí. Pero yo, cuando

volví de las sierras a Necochea era un vaguito ingenuo, a lo más había trabajado en los camiones que llevan trigo

a los silos del puerto. Era un ignorante yo, una bestia humana. No tenía este roce que me dieron los viajes.

−Frío, frío

Juan Bautista Duizeide

“De entrada me llamaron la atención las luces que había por los pasillos, en la cubierta de marineros. Todas luces coloradas. Cosa de seguridad, pensé. Pero otra que seguridad. Eso era una orgía perpetua. Se marroneaban entre ellos como si fuera lo más natural del mundo. Hasta

el capi, que la cogoteaba con su doble apellido, gustoso era como el que más. Como el que más, el hombre. Por algo le

Fue a caer ahí rajado de un buque

en la Flota Estatal, me enteré después. Y no le dieron la

biaba por mal navegante, no, fue por comilón. La familia, medio cursienta, le consiguió el puesto en Y.P.F. Así lo tenían lejos y no andaba haciendo escándalos. “¡Las cosas que tuve que ver! El Contramaestre se disfrazaba todas las noches y después de comer bailaba en la camareta, arriba de las mesas. Bailaba como una bataclana, como una loca. Decía para mis queridos

muchachos, este cha−cha−cha

que del relajo me venían arcadas. A veces se aparecía de odalisca, otras de colegiala, con pollerita escocesa y medias tres cuartos, otras de mujer policía, de secretaria con portaligas, de enfermera. Parecía el hombre de las mil caras parecía. No por nada se le puso a ese barco Puerto Rosita, como cualquiera sabe ahora. “De algo hay que vivir dije para mis adentros. Yo acá vengo a trabajar. Los mato con la indiferencia y a la puta que los parió. Como protección, en el camarote que compartía con uno de los degenerados instalé toda una panoplia de santos. Una estampita de Ceferino,

Enflautaba la voz

batían Chupetucho

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

un escapulario de la Difunta Correa, una moneda de la rastra del Gaucho Santo de Pergamino, un relicario de la Virgen María, una botellita con sangre auténtica de San Jenaro, la espiga de San Cayetano y ya ni me acuerdo cuántas macanas más. Toda la troupe. Eran regalos que me había hecho antes de embarcar mi vieja, que en paz descanse. En el mamparo del frente, mi compañero tenía puras fotos de machos, varias autografiadas. “No era fácil aguantar. Yo no ponía las manos al fuego por nadie. El día entero alerta andaba, desconfiando de todo y de todos. De noche pegar un ojo era un triunfo; de nervios me brotaban unos vientos que inflaba las sábanas. A la menor debilidad me abrían la zanja y a llorar con Magaldi. La pausa en la que incurre ahora Cara de Máquina, como quien hace memoria con cara de preocupación, no es más que un trillado recurso narrativo. El Polaco Wodzak, sin querer, alarga esa cesura con un alarido:

−Dicen que el que prueba la carne de chancho −A esa edad −retoma Cara de Máquina sin hacerle caso− …a esa edad y tan bruto, insisto, necesitaba confiar en alguien. El único que parecía serio era el enfermero. Un flaco alto, grandote, de barba canosa, con voz de abuelo. Fui acercándome a él de a poco. Aprendí a confiarle mis miedos y dudas de joven mientras tomábamos en la enfermería unos mates fríos con gusto a desinfectante. Esos días de fondeo, que se me hicieron larguísimos, pasaron sin que el tipo se mezclara en las diversiones

Juan Bautista Duizeide

de a bordo. Otro poroto a favor para él. Pero por equies causa, tampoco le gustaba hablar de eso. Para nada. Si yo hacía alguna pregunta me cambiaba enseguida de tema. “Así pasamos una semana al ancla. De trabajo, poco y

poquito. El día que zarpamos, me abrí una lastimadura en

la ingle adujando un cabo. No era cosa de cuidado. Se iba

a curar sola. Más por seguir los consejos de mi vieja que

por dolor, fui a hacerme ver y desinfectar. El enfermero se puso a atenderme con cara de preocupación. Porfió tanto con la antitetánica que decidí hacerle el gusto. Me saqué primero el pantalón, para que me inyectara,

y cuando me arrié un poco los suspensores para que me

aplicara merteolate, ¿no va que el coso éste me manotea

abajo?

“Como estaba, así en pelotas, salí corriendo. Ni tiempo de agarrar aunque fuera los suspensores tuve. El mino me venía atrás gritando. No piense mal, este muchacho, no sea injusto. Vamos, no sea malo con su enfermero… “Yo corrí por toda esa cubierta que era propiamente

una gesta olímpica, saltaba tubos, saltaba caños, saltaba válvulas. El jovato me quiere morder la nuca pensaba.

Y

eso no era nada. Al parecer, la vista de un tipo joven

y

musculoso, con el pajarito que subía y bajaba a cada

tranco, enardeció a los monstruos hasta sacarlos de las casillas. En un par de giros tenía a la tripulación entera persiguiéndome y gritando barbaridades. Bastante tiempo los pude gambetear. ¿Sabían que fui güin de

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Central Córdoba, y cuando nos mudamos de vuelta defendí nada menos que los colores de Estación Quequén? Así como lo oyen. Por eso fue que los pude tener a raya un buen rato. Cuando sentí que ya me desmayaba, elegí saltar por la borda. Antes muerto que ensartado. −¡Te querían someter a sus bajos instintos! ¡Qué mal gusto, viejo! −interrumpe el Polaco Wodzak para no perder la costumbre. Y hasta se permite unas carcajadas que no ahoga ni ante la cara de culo de los demás. Sin hacerle caso, sin cambiar de tono, Cara de Máquina sigue:

−Hacía un frío macuco. Gracias a eso me salvé del desvanecimiento. El agua cortajeaba. Aunque estaba manso el río, la travesía se aprontaba fulera. Una correntada de lo más cabrona me iba apartando de rumbo, me torcía de la línea de costa que con tanta lucha intentaba ganar. “Sabrá Dios la de brazadas y pataleos con los que revolví esa agua barrosa. En mi desesperación qué me iba a acordar del crol o el over. Ya el Puerto Rosita era un punto en el horizonte echando rulos de humo. Pensé que los tipos, resignados a mi fuga, se irían consolando entre sí. Eso pensaba y no daba más del cansancio y del mareo. Veía la línea de costa inalcanzable, veía a mi vieja, que en paz descanse, al Mack veía, todo pintado de rojo, al Gordo Pichuco en un baile del club Rivadavia. Me veía bajo la parra del fondo, comiendo tortanegras lo más choto. Estaba como dopado. El fixture no podía ser peor:

Juan Bautista Duizeide

atrás el barco perdiéndose, enfrente la costa, una rayita que se me negaba y se me negaba nomás, adentro una tristeza canina por ser tan pelotudo. ¿Quién me había mandado a dejar el camión? Con las turras que hay por

la ruta

¿Quién me había mandado irme de Necochea?

Si todo enero tenía a las de la universidad, y para febrero caían las fabriqueras, una papa, no parabas de ponerla.

“Dios me perdone, entorpecida la musculatura y ya sin

fe, me dejé vencer. Me iba hundiendo, me iba hundiendo,

hundiendo, cuando de golpe me dio un ataque y

propiamente como una loca me reí. Tanto me reí que yo

mismo era el carnaval, la reina y las carrozas, que lo tiró.

Porque me habré hundido veinte, treinta centímetros,

y mi panza dio con el fondo de barro. Me seguí riendo

mientras descansaba un poco. Sin parar de reírme, como

pude, me paré y seguí, caminando a los tumbos, seguí.

No era lo mismo que nadar, claro. Pero tampoco vayan a

engrupirse con que era fácil. En ese fondo blandengue se

me iban las guampas hasta medio cuarto. Vieran lo que

costaba cada paso. Ramas y caracoles me arañaban la

piel, se me clavaban. Y encima el frío. No se olviden cómo

andaba yo. Ni el suspensor. Se me iban petrificando los

gobelinos. La noche entera aguanté así, un paso, otro

paso, un paso, otro paso. A la madrugada, hecho una

bola de barro, moqueando como un apestado, gané una

playa de arena blanquísima y me tendí. La primera luz

del día me acariciaba.

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

“Al despertar me pregunté si no habría muerto y de

puro guapo me tocaba el paraíso. Bajo un sol ya alto, me rodeaban estudiándome, con una mezcla de vergüenza

y de interés, cinco hembritas. La más veterana tendría

veinte, veintiuno. Intenté enderezarme como un caballero. Me desmayé. “Al despertar de nuevo, me cargaban entre las cinco tierra adentro sin demostrar ni pizca de vergüenza por mi desnudez. En cambio yo sí que me puse colorado cuando el que les jedi se puso firme como un granadero. Ellas lo miraban y se reían comprensivas. Unos ángeles. Todavía débil, como afiebrado, veía correr arriba las

copas de los árboles, sentía coros de pájaros y griterío de monos. Estimo que en un cuarto de hora empezamos a atravesar hectáreas de frutales. Y en diez minutos más de marcha estuvimos en un claro prolijo donde se alzaban unas cabañas. Ahí otro grupo nos salió al encuentro. Se pusieron a hablar entre ellas en una lengua que no comprendí ni identifiqué, muy agitadas, mirándome y señalándome, creo que con preocupación. Con grandes zalamerías me indicaron después una cabañita. Pude llegar por las mías. Dos me siguieron, entraron conmigo

y curaron mis heridas, una por una, pasándoles la lengua

como si fueran gatas. Después llegaron otras con fardos de ropa −chaquetas de marinero usadas y pantalones de esos campanudos que usan los gringos− para que me probara. Todo me iba grande. También me trajeron de comer y de tomar, me daban en la boca un pedacito, un trago, un pedacito, un trago, como a un bebé. Cuando

Juan Bautista Duizeide

estuve abrigado, sin hambre, sin sed y ya sin tanto dolor, se fueron todas. Todas menos una con la que eché no saben qué siesta. “Con el pasar de los días, a medida que aprendí algo de su lengua, fui enterándome. El lugar al que había llegado resultó ser una isla. Habían establecido una colonia agrícola. Eran únicamente mujeres, yugoslavas según entendí. De común acuerdo no admitían machos. Yo fui el único que permaneció entre ellas, me dijeron. Para qué, después dicen que la papa está en Balcarce. “Era un vergel aquello. Comía de lo mejor, se turnaban con ganas para atenderme y no dejaban que trabajara. ¿Puede pedir algo más un hombre sano? Ya ni contaba los días. ¿Qué me importaba la navegación, la guita o cualquiera de todas esas gansadas? Lo único que me entristecía a veces era pensar en mi vieja, que me haría finado y seguro andaría dele rezarme, dele prenderme velas. Pobre vieja, si ser madre de uno que navega es sufrir y sufrir. Pero eso me pasaba si dormía solo. Muy pocas veces, la verdad, porque siempre me andaba alguna encima. “Una noche fue para tanto la fiesta y la sobremesa con varias de las campesinitas que prácticamente me derrumbé. Cuando volví a abrir los ojos me quería matar. Los cerré varias veces, y los iba entornando despacito, como para ver si se borraba todo eso que tenía alrededor. Pero no dio resultado. La última tentativa terminó con un maringote de la Prefectura, bajo el sol ya alto, que

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

me relojeaba con una mezcla de curiosidad y rigor de milico. Me paré, medio boleado, y terminé de darme cuenta dónde era que estaba. Allá enfrente distinguí el frigorífico Armour, del otro lado del río, entre los árboles. Un poco más lejos, canal adentro, la dársena de inflamables desde donde había zarpado a bordo de ese puto petrolero. “Se ve que muy bien yo no andaría, porque el maringote me trasladó casi a babuchas hasta el puesto de la Prefectura por Ensenada. Ahí, desparramado en un sillón de cuero que rechinaba acompañando mis palabras, les conté todo a los milicos tal como ahora les cuento a ustedes. Les expliqué bien cómo fue que me persiguieron esos degenerados del Rosita, les conté mi determinación de tirarme al río, mis peripecias en el agua y mi estadía en la isla de las rubias. Me escucharon atentos, mirándose entre sí y haciéndose guiños, creídos que yo de tan pasado por agua no me daba cuenta. “Después de terminar, uno se me presentó como médico del destacamento. Trató de calmarme, que no me hiciera problemas decía. Que todo era fruto de haber pasado días y días en el río. Dijo que la gente del Puerto Rosales se había preocupado mucho por mi desaparición. Que su capitán había informado por radio que un marinero había caído al agua durante una maniobra. Que agotados los medios de búsqueda proseguían viaje. Lo único que no entendía, me dijo, era cómo aguanté tanto a flote. Otro, que se presentó como el principal Ponce, dijo que también

Juan Bautista Duizeide

era un misterio mi ropa, que pertenecía al tripulante

de

un bulk carrier finlandés caído al agua una noche

de

pampero. Y agregó que seguramente yo la habría

encontrado en el río y la cambié porque la mía estaría muy arruinada. Cómo se ve que estos malandrines no navegaron nunca más allá del Cuatro Bocas. Andá, tirate

al agua vestido y probá de cambiarte pantalón y chaqueta por otros que de casualidad te encontrás flotando. Como si el agua fuese una proveeduría. Andá y probá. Dale. Te quiero ver. Para terminarla, los miliquitos pidieron que

me

sosegara. Iban a encargarse ellos mismos de avisarle

mi

situación a la empresa y a mis familiares. Yo a todo

les

hice que sí con la cabeza. Pero adentro me ardían

aquellas rubias. Mi cuerpo se las sabía de memoria a

todas como sé el padrenuestro desde chiquilín. “Muchas veces he preguntado por la isla. A pilotos, a

un práctico que parecía macanudo. Algunos se rieron.

Otros me semblantearon feo. Hasta hubo uno que me

preguntó de mala manera si era o me hacía. Los menos me contestaron que no sabían nada de una isla así.

Yo siempre dije que alguna vez iba a buscarla, que me

gustaría volver. Para agradecerles, no piensen mal, a esta edad qué otra cosa voy a hacer yo que agradecer. No pierdo la esperanza aunque tal vez ya pasaron demasiados años. No sé, no sé. Absortos los muchachos, perdidos en la inercia de las palabras, hundidos en un limo de credulidad o de duda

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

callada, suena únicamente el mar. Agua contra agua, agua contra el casco viejo y choto del Caleta Leona. El Rifle le pasa el charuto, ya bastante disminuido, al Eléctrico. El Cabo es el que sigue en la ronda, va acomodándose como si midiera la extensión de tiempo y de oscuridad que le toca asaltar. −¿El momento más bravo que pasé en el mar? Uuuuhhh ¿Van a tener que volver a escucharme? Si les habré contado ya… Si cada vez que me agarra la angustia me despacho… Ninguno dice nada. El Eléctrico le pasa el charuto a un engrasador. −Bueno, ustedes quisieron. Y además, ahora que caigo, hay uno que no conoce la historia ésa −vuelve a acomodarse en la banqueta y mira de soslayo a Florentín. Mudo, quieto. −Iban casi cuatro años que salía de pesca. Ya me picaban las ganas de largar. La pesca, y avisá vos si exagero, Carcaza, avisá vos que estuviste, la pesca sabe ser bastante más jodida que los cargueros. Se come mucho menos y peor; se duerme mucho menos, siempre mojado y sucio de escamas; se trabaja más, chupando frío y todo el tiempo con peligro de accidentarte a cada rato. Para colmo no se tocan puertos. Embarcado en un factoría te pasás semanas y semanas persiguiendo el cardumen, sin ver más que agua y agua. Soñás con la Olga Zubarry desnudita sobre sábanas negras… Y al abrir los ojos

Juan Bautista Duizeide

tenés el redondel de agua que recorta el ojo de buey,

y agua en la almohada, agua en el colchón, agua en la

ropa, agua haciendo olitas por el camarote, que al lado de ésos acá tenemos suites presidenciales. Y el olor, el olor a pescado, no se va nunca el olor ése. De nada valen

fregados o jabones de los que salen por radio y televisión. Te queda por años el olor. Como un tatuaje. Miren lo que será, que ya revistaba a bordo del Puerto Deseado,

y en Hamburgo una chica del Andere Seite nomás con

olfatearme la piel me descubrió. Una uruguaya, me acuerdo, las tetitas puntudas me entraban justo en las palmas de las manos y me hacían cosquillas. Adivino que vos anduviste atrás de la merluza me chantó. Ya me tenía repodrido todo eso, por más que la guita fuera buena. El famoso incendio del Ranquel II hizo que terminara por decidirme. Y por suerte acá estoy. “Todos los veranos hacíamos campaña en La Barranca. Navegábamos hasta allá a hacer el calamar; le poníamos unos tres, cuatro días desde Puerto Quequén. Barranca, te aclaro −miró al nuevo− se le dice al banco que corre paralelo a la costa, a unas doscientas millas, a la altura de Comodoro Rivadavia. Te aviso: no lo busqués en los mapas por ese nombre. En los mapas nunca figuran los lugares verdaderos. La temporada del calamar se da ahí entre noviembre y fines de abril o mayo a más tardar. Por esos meses, tenés que ver, se instala una ciudad flotante por la zona. Barcos piratas de la bandera que se les ocurra. Como también se dan en la misma época

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

temporales muy fuertes del oeste, casi no pasa día sin que algún infeliz caiga al agua. Dos por tres alzábamos alguno con la red, azul como una foto vieja, lleno de arrugas de tanto estar en el agua. O peor todavía, mordisqueado por algún tiburcio de los que siguen la estela de los pesqueros. “El Ranquel II, que había sido aviso de los ingleses

durante la primera guerra, daba ventaja a todo el resto. Éramos los únicos que hacíamos la captura a la antigua, con redes. Ninguno más trabajaba de arrastre, tenían todos el sistema ése con luces que hipnotizan al pobre animal y ganchos que lo ensartan. El sistema potero que

le dicen. Igual hacíamos negocio.

“Por eso, un mes de enero nos extrañó no ir a La Barranca. Fuimos a dar, cosa rara, a un desierto de

agua donde no andaban ni granaderos. Para que sepas vos −miró a Florentín− granaderos son unos peces largos

y tristes, hediondos, llenos de parásitos. Se pescan si

no hay nada mejor y se venden a los países africanos. Pero bueno, sería una resolución de los craneotecas de la empresa. ¿Cuándo fue que mandamos nosotros? Ellos ordenan y marche preso, pero no la pasábamos mal. Prácticamente no había nada que hacer. Tirábamos la red y después de arrastrarla el día entero la traíamos chorreando como zoquete escurrido en un fuentón. “El capitán no quería saber nada con cambiar de zona. Estuvimos así como una semana. Tomábamos sol, practicábamos fulbito en la cubierta de red que estaba siempre vacía, nos desplumábamos porotos o chapitas al

Juan Bautista Duizeide

truco, hablábamos macanas como ahora. Y encima por eso nos pagaban. ¿Quién iba a quejarse? “Hasta que una noche nos despertó la sirena tocando abandono. A las puteadas nos vestimos, si sería jodido el capi, planear zafarrancho a esa hora intempestiva. Pero otra que zafarrancho. Ojalá. Al salir por los pasillos nos atacaron lenguas de fuego como de dos metros. La sirena seguía tocando, los oficiales nos arreaban para los botes medio dormidos, envueltos en humo, en fuego, en cagazo. “Al momento decisivo talló el contramaestre, un gaucho judío de lo más sereno y corajudo. Él solo, a grito pelado, dio vuelta la tortilla. No me lo olvido arengándonos, la jeta roja por los resplandores. Un tal Dubín, de Berisso. Llevaba añares saltando de un pesquero a otro sin tocar tierra. Y todo por esquivar la autoridad. Parece que debía varias muertes el hombre. No era de andar mezquinando la faca si lo toreaban. Entre el humo picante, entre las llamas, se puso a ordenar la maniobra como si él fuera el capitán. Nos dijo que éramos hombres, no gallinas, que pensáramos en el nombre de nuestros hijos, que usáramos la cabeza. Y que en vez de correr y cacarear usáramos los matafuegos, claro. Logró meternos vergüenza por ser tan flojones. Le hicimos caso. Y dirigidos por él, mientras la oficialidad se deshacía a alaridos metida en los botes, apagamos el incendio. “Bastante escayato quedó el Ranquel II. Pero que lo salvamos lo salvamos. Navegando a tres, cuatro nudos a lo más, porque la sala de máquinas era un estropicio,

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

alcanzamos Comodoro Rivadavia en una semana. Se hicieron ahí las reparaciones más urgentes y después ya volvimos a Quequén. Para nosotros, por aquel año, había terminado la estación del calamar. El barco se salvó, pero nos perdimos de ganar el dineral que nos correspondía por el rescate. La empresa no reconoció nada.

“El resto del año lo pasamos dispersos, trabajando en lo

que se pudo. Algunos se probaron en la marina mercante

o en la de guerra; otros, en astilleros; los menos, como

yo, nos partimos el lomo en las lanchitas cajoneras.

Al verano siguiente, un letrado de la empresa nos fue

charlando. Querían comenzar otra campaña con el

Ranquel II, que había estado meses quieto en un muelle,

en reparaciones. Querían la misma tripulación. Ustedes

tienen experiencia le explicó a cada uno, envolviéndolo

en su voz, apichonándolo con su pinta de avenegra,

saco cruzado oscuro, reluciente la peinada de gomina.

¡Una pintuza! También nos enteró, como al pasar, de

un inconveniente con Dubín. Mientras, convidaba unos

rubios ingleses de contrabando, paga la empresa, sírvase

sin hacer cumplidos, hombre. ¿Quiere fuego? Por dárselas

de gallito, a Dubín se habían visto obligados a rajarlo.

Casualmente, según decía el personajón éste, a Dubín

pronto lo encontró la policía, y pronto el juez mandó

perpetua, y pronto lo mandaron a Sierra Chica nomás.

Después nosotros por ahí nos quejamos por un encierro

de unas pocas semanas.

Juan Bautista Duizeide

“Por enero, justo un año después del incendio, lograron reunirnos a bordo para otra temporada de calamar. Zarpábamos al día siguiente, caía reyes me acuerdo. A la noche, cuando ya no había ni uno sin firmar el embarco, cuando se había izado la planchada y ya nadie podía desistir por las buenas, el capitán nos puso al tanto. Volveríamos a aquel desierto de agua. Volveríamos para incendiar al Ranquel II. “Había un arreglo bien jugoso con el seguro. La empresa, por intermedio del capi, nos pedía las disculpas del caso. Los capos reconocían su equivocación en la intentona anterior, y ahora nos hacían partícipes. Eso sí, guay que alguno abriera un milímetro la boca. A cada marucho le iba a tocar una cifra que mareaba de ceros. Para que vean, lo que al final cobré alcanzó para terminar el rancho y hacerme de una estanciera. ¿Quién se iba a retobar? Además, a esa hora, con todo el papelerío firmado, nos tenían engrampados de las bolas. “Justo esa madrugada, al cocinero le vino un ataque fulminante de apendicitis. Hubo que desembarcarlo de oficio. Si bien se pensaba pasar pocos días en el mar, era indispensable relevarlo. Un barco sin capitán, vaya y pase, pero ¿sin cocinero? Vamos, cuándo se ha visto. Además, por disimulo, ¿no? De apuro se consiguió uno que tenía libreta pero en su vida había ido más allá de las escolleras. Un tal Quiñones. Pobre tipo Quiñones, era auxiliar de cocina del Doña Cándida, el bolichón ése por la Villa Díaz Velez, ¿se acuerdan? Aquel todo decorado con salvavidas, fotos de barcos, ruedas de cabilla…

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

Vamos, si bien que hemos caído por ahí, acuérdense, uno que se especializaba en indigestar con empanadas

grasosas a contingentes de Tres Arroyos, San Cayetano

o Lobería. Contento como perro con dos colas, el pobre Quiñones.

“Lo único que hacíamos a bordo era comer y chupar.

En cuatro días de navegación llegamos a la zona. A

pleno día, con el mar tan en calma como si fuese la pileta

cubierta del club Rivadavia, le echamos fuego al barco.

Los informes meteorológicos que el capi nos leyó en voz

alta levantaron el ánimo de todos. Anunciaban tres días

con viento muy suave del norte. En esa inmensidad

bajamos como si nada a los botes. Hasta eufóricos

“Empezamos a remar muy despacio para el oeste.

Como quien va entrando en calor. Cosa de alejarnos un

poco por lo que puta pudiera. El radio había avisado

a las estaciones costeras del incendio accidental y el

abandono ante la imposibilidad de extinguirlo con los

equipos de a bordo. Se ganó una medalla por su valentía,

el radio. Pronto vendrían a rescatarnos, dijeron él y el

capitán. Nosotros, ni que fuéramos de joda, remábamos

cantando. Se va el caimán, se va el caimán, se va para

Barranquilla. A popa, el Ranquel II se veía alegre como

una fogata de San Juan.

“De repente, como quien se acuerda de un trámite o

una cuota sin pagar, saltó el jefe de cubierta. ¿Dónde está

el pelotudo del cocinero nuevo? Como respuesta, desde el

Juan Bautista Duizeide

fuego que dejábamos a popa, nos alcanzó un grito. Un grito continuo, un grito interminable. “No había nada que hacer. El capitán, para dividir la responsabilidad, obligó a cada uno a mirar por sus largavistas. De una bancada a otra fueron pasando los 7 x 50. Cada hombre fue viendo, viendo allá en el centro de la fogata, atorado con medio cuerpo afuera del ojo de buey por donde se tiraban los desperdicios de la cocina, al pobre Quiñones. También a mí me llegó el turno. Para entonces Quiñones aullaba. “El capitán mandó que remáramos. Obedecimos, la puta si obedecimos. Remamos sin pausa como si tuviéramos que alcanzar el continente a remo. Nadie se había molestado en contarle el plan al nuevo. Y después en el jolgorio nadie se había dado cuenta de avisarle lo que íbamos a hacer. Cómo ciega la mosca. Si es peor que el pelo de concha. “Seguimos remando, con tanta bronca seguimos remando que el segundo puso la pala a babor para no alejarnos tanto de la posición. Quedamos la tarde entera girando. Ninguno decía nada. Lo único que sonaba era el chapoteo de los remos y nuestra respiración. Nadie miraba al compañero de bancada. Como si de golpe tuviéramos vergüenza unos de otros. “A la tardecita nos sobrevoló un hidroavión. Antes que se escurriera del cielo la luz de aquel día de verano, apareció un barco al filo del horizonte. Brillaban las primeras estrellas cuando empezamos a treparnos por

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

una escala de gato que se bandeaba a lo loco. Al este no quedaban más que un resplandor y un penacho de humo juntándose con la oscuridad de la noche. Nadie dice nada. El Cabo parece afligido de verdad. El nuevo transpira, la ronda se le acerca, se le viene encima el momento de hablar o de callarse. Dosveinte, que lo precede, libera una risa nerviosa, espasmódica. −Más respeto, carajo −lo reta el Contra. −Dejalo, che, querés. Que el otro bien grandote es y sabe defender solito su tristeza −arremete Pancho, metido de golpe y porrazo a gremialista. Esa última intervención le arranca al Cabo una sonrisa melancólica y pone serio a Dosveinte, que trata de justificarse:

−De la coincidencia me reí, perdónenme, fue sin querer… Ustedes cantaban se va el caimán, se va el caimán. Y yo justo quería contarles del Caiman Caribea… ¿Se acuerdan, el barco aquel? De eso quería contarles −Dale entonces de una puta vez y sin tanto prólogo −lo apura el Contra. −El momento más peliagudo que pasé en el mar no fue exactamente en el mar −dice en un escándalo de temblequeos. Su inicio desmañado provoca una retahíla de burlas. −Déjenlo contar, viejo, no hay derecho. ¿O a ustedes no los escuchamos? −interviene de nuevo Pancho. −Es que fue así. Fue y no fue en el mar. Mi viejo me tenía trabajando con él en los remolcadores, me estaba

Juan Bautista Duizeide

haciendo al oficio cuando pasó lo del Caiman Caribea. El Cerealista armó con el asunto flor de batifondo para engrupir a los veraneantes. Pero sin necesidad de tanto camelo ya el asunto impresionaba. “Era fin de semana. Hacíamos un trabajito aparte, un rebusque en la lancha de prácticos. Había racimos de gente en las escolleras, tomaban sol, pescaban, paveaban. Era una tarde preciosa. El práctico, pegado a nosotros mientras laburábamos, pegado de puro metido y buscarroña, se avivó primero y nos señaló mar adentro. Un barco, sí. Venía un barco. ¿Y? Con eso qué. Nos explicó que lo intrigaba que no lo hubieran puesto sobre aviso, si él justo estaba a la orden. ¿Cómo era eso? Puteaba a la Prefectura, puteaba por la falta de organización. Vieron cómo son los porteños. Pensaría en los honorarios que se estaba perdiendo. No aguantó y se puso a llamar por radio. Que no, que no y que no le contestaron. Que no tenían reporte de buques para ingresar a la estación marítima. Así como hablan ellos. Sin novedad. No consta pedido de práctico en el libro de guardia. No consta pedido de remolcadores. Negativo. Todo así. “Él les dijo por qué no asomaban la trompa de su covacha. Iban a ver que ahí entre la boca de las escolleras se estaba metiendo el barco que ellos mismos negaban. Después se puso a llamarlo por radio. En varias frecuencias probó. No le dieron ni la hora. Un banco de niebla de esos que en verano aparecen y desaparecen de golpe fue cubriendo al barco hasta que

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

lo perdimos de vista. Las escolleras eran un griterío. Al

abrirse la cerrazón, un cuarto de hora después, el barco desconocido ya estaba en el antepuerto haciendo pininos como si estuviera sin gobierno. Un barco suelto así podía traer consecuencias. Algunos le rogaban a la Virgen del Carmen, otros se sacaban fotos con la catástrofe de fondo, otros seguían tomando mate y escuchando en la portátil San Lorenzo versus Huracán, me acuerdo. Un amistoso de verano con Telch, el Lobo Fischer, el Toscano Rendo “En popa y en proa el barco desconocido tenía marcados unos abollones inmensos. Leímos un nombre en la amura de babor: Mochica. Pero el práctico nos avivó: Fíjense bien. Abajo del nombre ése, que parecía pintado de apuro, mal pintado, leímos otra cosa: Caiman Caribea. “Seguía a los pininos por el antepuerto el Caiman

éste. Por la cubierta no andaba un alma. Corrimos de nuevo para la lancha. El práctico volvió a llamar al barco inesperado. Lo llamaba hecho una furia. Como seguían musarela cambiaba de canales a todo lo que da y volvía a probar. Mesura, jefe, va a terminar estropeando el aparato, mesura terciaba mi viejo, tan metido y buscarroña como el mismo práctico. Para qué. Más enloquecido todavía, el tipo seguía cambiando de canales, dele hablarle y hablarle al Caiman. Todo al pedo. Era como hablarle

a un mamparo. Ese buque está sin maniobra dijo de

pronto el práctico. Chocolate por la noticia, lo toreó mi viejo, logrando que se enculara más todavía.

Juan Bautista Duizeide

“Antes que los de la Subprefectura Quequén se despabilaran, antes de que hicieran alistar remolcadores

para ir en ayuda de ese barco, una brisa despejó del todo

la neblina y con la marea trajo al Caiman Caribea contra

un muelle. Justo el muelle que menos se usaba, debajo de la casona abandonada que mira a la barra del río. −La mansión Güiraldes −interrumpe el Polaco Wodzak, entusiasmado como si aportara un dato fundamental. −Ésa −confirma Dosveinte−. Se armó una corrida de gente para allá. Desde la escollera de Necochea, son Hasta el puente nomás son ocho cuadras, y falta cruzar

el puente, más ocho cuadras para el otro lado, ¿estamos? −Dale pibe, o te dio por la agrimensura −lo rigorea Carcaza−. Conta pibe, contá. −Como dos kilómetros, pongamos, dos kilómetros con subidas y bajadas. En esa maratón hubo sofocados

y

varios contusos también. Nosotros hicimos directo

el

cruce de un tiro en la Don Vicente. Llegamos de los

primeros. Casi casi, no miento, con los de Subprefectura que estaban ahí a un paso. “No se veía a nadie a bordo. Parado el barco, la máquina parada, parados los generadores. Había un olor que mareaba. Dejamos las preguntas para después y como se pudo trepamos a bordo. No saben lo que costó amarrarlo. Porque con los generadores muertos no había manera de mover los cabrestantes para cobrar los cabos.

A mano pelada hubo que darle. Y no era un barquito,

no. Cien metros de eslora tenía. Digan que la marea y la

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

brisa lo mantuvieron como pegado al muelle, que si no salía a voltear muñecos por el puerto. Cuando lo tuvimos firme, ahí recién se hizo una recorrida y nos prendimos. “Los camarotes se veían todos vacíos. Pero en el puente nos encontramos con que había uno desmayado. Rubio, grandote. Más que un navegante parecía un profesor o un cura. De raje fueron a buscar un médico para atenderlo. Hubo que enchufarle sales en la napia para que reviviera. De a poco fue despertándose, nomás estuvo lo bastante despierto, con esos ojos claros que le saltaban de la cara muy bronceada, llena de pecas y arruguitas, empezó a revolear manotazos que donde te agarraba te partía como un queso. ¿Y ahora a éste quién lo sujeta? Porque averiado y todo, les digo, metía miedo. “De puro meterete, mi viejo intentó algo. Porque él es de esos vení que yo te voy a enseñar. Enganchado en la Armada de jovencito, se llegó con el crucero La Argentina a Inglaterra. Decía que en unos pocos días ahí aprendió tan bien el inglés que lo confundían con nativo. Cada vez que salía con ese cuento, mi vieja le hacía que sí que sí con la cabeza mientras lavaba, planchaba o cocinaba. Pero lo que es yo nunca había tenido oportunidad de escucharlo. Para hacerme una demostración, clavado, se le puso a hablarle a aquel loco. Pónganle la firma. Y no voy a andar diciendo ahora que no dio resultado. Se le puso a hablar y el tipo quedó mirándolo como liebre al farol. Después se puso a rascar la barba y nos miraba, nos miraba, uno por uno nos miraba. De arriba a abajo.

Juan Bautista Duizeide

Estudiándonos. Repuestos los ojos en su sitio, con cara

de

mando y voz de locutor en onda corta, lo encaró a

mi

viejo. Podría ser tan amable de hablar en español.

Porque ese dialecto suyo no lo entiendo. Mi viejo se puso que era un morrón. “El rubio resultó ser el primer oficial. Dinamarqués. El Caiman tenía puerto de matrícula en Liverpool. Qué mescolanza. Él no quiso por nada bajarse para que lo chequearan en el hospital. El médico lo revisó todo. Flaco, medio desnutrido pero duro como un quebracho. Las primeras curaciones se las hicieron las enfermeras llegadas en la ambulancia con el tordo, porque mataduras tenía para todos los gustos. Después ya iban solitas las tipas a seguirle el tratamiento. Pero eso fue más adelante. Esa tarde, el guachaje de la Subprefectura, que andaría calculando lo que se pensaba raquear, nos prepoteó

abajo, abajo, circulando. Y pobre la gente amuchada en el muelle. Los dispersaron a mandobles como si jugaran a la pelota paleta. “El Cerealista sacó en la primera página un informe exclusivo; entrevista única con el marino danés Leon Peter Noren. Que era empleado de una compañía inexistente ya, quebrada pocos días después de que zarpara el Caribea y fugados sus jerarcas. Que le debían diecisiete mil dólares, decía con letra más negrita. Que no sabía a quién cobrárselos. Que no iba a dejar el barco hasta que no le pagaran. Que el resto de la tripulación escapó en un bote por Uruguay o por Brasil, no sabía

LA CANCIÓN DEL NAUFRAGIO

bien. Que lo dejaron solo. Que por las suyas se las arregló para acercarse hasta esta ciudad generosa, dispuesta

a recibir a todos los hombres de buena voluntad. Que había toneladas de pescado descongelándose en las

bodegas porque no funcionaba el sistema frigorífico. Que

el capi le cambió el nombre al barco para apropiárselo en