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LARGO RECORRIDO, 4 Yuri Herrera TRABAJOS DEL REINO I PREMIO OTRAS VOCES, OTROS AMBITOS EDITORIAL PERIFERICA PRIMERA EDICION EN ESTA COLECCION: enerode2010 PRIMERA REIMPRESION EN ESTA COLECCION: febrerode2019 A Florencia @ Yuri Herrera, 2004, 2008, 2010 © de esta edicién, Editorial Periférica, 2010 Apartado de Correos 293. Céceres tooe1 info@editorialperiferica.com -wwweditorialperiferics.com ISBN: 978-84-92865-05-5 DEPOSITO LEGAL: CC-r147-2009 IMPRESO EN ESPARA~ PRINTED IN SPAIN El editor svtoriza la reproduccida de ete libro, total © parcialmente por cualquier medio, actul o futuro, siempre 0 personal y no con fines comerciales, y’eusndo sea par Parte de esta novela se escribié con el apoyo del Fondo Nacional paral Cultura y las Artes de México. inta. Se notaba en el modo en que el hombre llenaba el espa- cio, sin emergencia y con un aire de saberlo todo, como siestuviera hecho dehilos més finos, Otrasan- gre. El hombre tomé asiento a tna mesa y sus acom- El sabia de sangre, y vio que la suya era dit pafiantes trazaron un semicirculo a sus flancos. Lo admiré a la luz del limite del dia que se fil- traba por una tronera en la pared. Nunca habia te- nido a esta gente cerca, pero Lobo estaba seguro de haber mirado antes la escena. En algtin lugar es- taba definido el respeto que el hombre y los suyos leinspiraban, la subita sensacién deimportancia por encontrarse tan cerca de él. Conocfa la manera de sentarse, la mirada alta, el brillo. Observ6 las joyas que le cefifan y entonces supo: era un Rey. La tinica vez que Lobo fue al cine vio una pelf- cula donde aparecia otro hombre asf: fuerte, sun- 9 tuoso, con poder sobre las cosas del mundo. Era unrey, yasu alrededor todo cobraba sentido. Los hombres luchaban por él, las mujeres parian para, 4; él protegia y regalaba, y cada cual, en el reino, tenia por su gracia un lugar preciso. Péro los que acompafiaban a este Rey no eran simples vasallos. Eran la Corte. Lobo sintié envidia de la mala, y después de la buena, porque de pronto comprendié que este dia era el més importante que le habia tocado vivir. Ja- més antes habia estado préximo a uno de los que hacian cuadrar la vida, Ni siquiera habja tenido la esperanza. Desde que sus padres lo habfan traido de quién sabe dénde para hnego abandonarlo a su suerte, la existencia era una cuenta de dias de pol- voy sol. Unavoz atascada de flemas lo distrajo de mirar al Rey: un briago le ordenaba cantar. Lobo acat6, primero sin concentrarse, porque todavia tembla- ba de la emocién, mas huego, con esa misma, ento- 16 como no sabia que podia hacerlo y sacé del cuerpo las palabras como si las pronunciara por primera vez, como sile ganara el jibilo por haberlas hallado. Sentiaa sus espaldas laatencién del Rey y percibié que la cantina se silenciaba, la gente ponia los dominds bocabajo en las mesas de lémina para escucharlo. Canté y el briago exigié Otra, y luego Otray Otray Otra, y mientras Lobo cantaba cada vez més inspirado, el briago se ponfa més briago. A ratos coreaba las melodias,a ratos lanzaba escu- pitajos al aserrin o se carcajeaba con el otro borra- cho que lo acompafiaba. Finalmente dijo Ya, y Lo- bo extendié la mano. El briago pagé y Lobo vio que faltaba. Volvié a extender la mano. —No hay més, cantorcito, lo que queda es pa echarme otro pisto. Date de santos que te tocé eso. Lobo estaba acostumbrado, Estas bosas pasa- ban. Ya se ibaa dar la vuelta en setia de Ni modo, cuando escuch6 a sus espaldas. —Paguele al artista. Lobo se volvié y descubrié que el Rey atena~ zaba con los ojos al briago. Lo dijo tranquilo. Era una orden sencilla, pero aquel no sabia para. —Cuél artista —dijo—, aqui noméds esta este infeliz, y yale pagué. —No se pase de listo, amigo —endurecié la voz elRey—, paguele y céllese. EI briago se levanté y tambale6 hasta la mesa del Rey. Los suyos se pusieron alerta, pero el Rey semantuvo impasible. El briago hizo un esfuerzo por enfocarlo y luego dijo: —A usted lo conozco. He ofdo lo que dicen. —zAh si? g¥ qué dicen? Elbriago se rid, Serasc6 una mejilla con torpeza. —No, si no hablo de sus negocios, eso todo mundo lo sabe... Hablo de lo otro. Y se volvié a reir. Al Rey se le oscurecié la cara. Eché la cabeza un poco para atrés, se levanté. Hizo una sefia a su guardia para que no lo siguiera. Se aproximé al briago y lo agarré del mentén. Aquel quiso revol- verse sin éxito. El Rey leacereé su boca a una ore- jay dijo: —Pues no, no creo que hayas oido nada. ¢Y sabes por qué? Porque los difuntos tienen muy mal oido. ‘Le acercé la pistola como sile palpara las tripas y dispard, Fue un estallido simple, sin importan- cia. El briago pelé los ojos, se quiso detener de ‘una mesa, resbal6 y cay6. Un charco de sangre aso- mé bajo su cuerpo. El Rey se volvié hacia el bo- rracho que lo acompafiaba: ~Y usté, también quiere platicarme? El borracho prendié su sombrero y huy6, ha-~ ciendo con las manos gesto de No vi nada. El Rey se agach6 sobre el cadaver, hurgé en un bolsillo y sacé un fajo de billetes, Separé algunos, se los dio a Lobo y regresé el resto. —Cobrese, artista —dijo. Lobo cogié los billetes sin mirarlos. Observaba fijamente al Rey, se lo bebia. Y siguié miréndolo mientras el Rey hacia una sefia a su guardia y aban- donaba sin prisas la cantina. Lobo atin se qued6 fijo en el vaivén de las puertas. Pensé que desde ahora los calendarios carecian de sentido por una nueva raz6n: ninguna otra fecha significaba nada, slo esta, porque, por fin, habia topado con su lugar en el mundosy porque habia escuchado mentar un secre- to que, carajo, qué ganas tenia de guardar. 13 Polvo y sol. Silencios. Una casa endeble donde na- die cruzaba palabras. Sus padres eran una pareja perdida en un mismo rincén, sin nada que decirse. Por ello a Lobo las palabras se le fueron acumu- ando en los labios y luego en las manos. Tuvo es- cuela fugaz, en la que entrevi6 la armonia de las letras, el comps que las ataba y las dispersaba. Fue una hazafia intima, porque para él los trazos en el pizarrén eran borrosos, el profesor lo tenia por bestia y se confiné a la soledad de su cuaderno, Aiin consiguié dominar de puro fervor propio las, costumbres de las silabas y los acentos, antes de que lo mandaran a ganar la vida a la calle, a ofrecer rimas a cambio de listimay centavos. Lacalle era un territorio hostil, un forcejeo sor- do cuyas reglas no comprendia; lo soporté a fuer~ za de repetir estribillos dulces en su cabeza y de ts habitar el mundo a través de las palabras publicas: Jos carteles, los diarios en las esquinas, os letreros, eran su remedio contra el caos. Se pataba en la ban- queta a repasar una y otra vez con los ojos una salva cualquiera de palabras y olvidaba el émbito fiero a su alrededor. Un dia su padre le puso el acordedn en las ma- nos. Friamente, como la indicacién para destrabar una puerta, le ensefié a combinar los botones de la derecha con los bajos ala izquierda, y cémo el fue- llesuelta y aprieta el aire para colorear sonidos. —Y abricelo bien —ledijo—, que esteessu pan. Al dia siguiente se fue al otro lado. Esperaron sin fruto. Después, su madre cruz6 y ni promesas de vuelta le hizo, Le dejaron el acordeén para que se metiera en las cantinas, y en ellas supo que los boleros admiten cara suavecita pero que los corti- dos reclaman bragarse y figurar la historia mientras sea canta. También aprendié las siguientes verda- des: Estar aqui es cosa de tiempo y desgracias. Hay un Dios que dice Aguantese, las cosas son como son. Y, quiz4, la més importante: Apértate del hom- bre que esté a punto de vomitar. Niunca repar6 en esa cosa absurda, el calendario, porque los dias se parecian todos: rondar entre las ‘esas, ofrecer canciones, extender a mano, llenarse 16 los bolsillos de monedas. Las fechas ganaban nom- bre cuando sucedia que alguien se apiadaba de si o delos otros y sacaba su pistola y acortaba la espera. Oaldescubrir Lobo los pelos y los tamafios que se leinstalaban caprichosamente en el cuerpo. O cuan- do-unos dolores como tajos adentro del créneo lo tumbaban durante horas. Finales y caprichos asieran Ja buella ms notable para ordenar el tiempo. En eso see iba. Y en saber de sangres. Podia descifrar cémo se cuajaba en las sabandijas que le decfan Ven, chiqui- t0, ven, y lo invitabana los rincones; c6mo trababa las venas de los miedosos que sonrefan sin tener por qué cémo se hacia agua en el cuerpo de los que ponian de nuevo y de nuevo la misma herida en la rocola; 6mo era piedra seca en cefiudos con ganas de torcer. Cada noche volvia Lobo al rincén donde carto- neaba, a mirar las paredes y sentir que le crecian las palabras. Se puso a escribir canciones de cosas que le pa- saban a otros. Del amor no sabfa nada pero estaba altanto;lo mentaba en medio de dichos y saberes, leponia notasy lo vendfa, Pero era una repeticién losuyo, un espejo dela vida que le contaban. Aun- que tenia Ia sospecha de que algo més podia hacer 17 con las canciones, ignoraba cémo atrojarse, por que ya todo estaba dicho, y entonces qué caso. Apenas quedaba esperar, continuar, esperar. A qué? Un milagro. Exacomo siempre se habia imaginado los palacios. Sostenido en columnas, con estatuas y pinturas en cada habitacién, sofés cubiertos de pieles, picapor- tes dorados, un techo que no podia rozarse. Y, so- bre todo, gente. Cudnta persona cubriendo a zan- cadas las galer‘as. De un lado para otro en diligen- cias o en afin de lucir. Gente de todas partes, de cada lugar del mundo conocido, gente de mas alla del desierto. Habia, verdad de Dios, hasta algunos que habjan visto el mar. Y mujeres que andaban como leopardos, hombres de guerra gigantescos y condecorados de cicatrices en el rostro, habia in- dios y negros, hasta un enano vio. Se orill6 a los corros y paré la oreja con hambre de saber. Escu- ché de cordilleras, de selvas, de golfos, de monta- fias, en sonsonetes que nunca habia ofdo: shes, palabras sin eses, y unos que subian y baja- es como 19 ban el tono como si viajaran en cada oracién, alas claras se notaba que no eran de tierra pareja. Elhabfa andado por estos rumbos hacia mucho, con sus padres todavia. Pero en ese entonces era un basural, una trampa de infeccin y desperdicios. Qué iba a sospechar que se convertiria en un faro. Estas eran las cosas que fijaban la altura de un rey: el hombre vino a posarse entre los simples ¥ con- virti6 lo sucio en esplendor. Al acercarse, el Pala- cio reventaba un contin del desierto en una sober- bia de murallas, rejasyy jardines vastisimos. Una ciu- dad con lustre en la margen de la ciudad, que s6lo patecia repetir calle acalle su desdicha. Aquila gen- te que entraba y sala echaba los hombros para atrés con el empaque de pertenecer aun dominio prés- pero. El Artista debia quedarse. Se habfa enterado que habria fiesta esa noche, se enrumbé al Palacio y aposté su tinica carta: Vengo a cantarle asu jefe. Los guardias lo miraron como a un perro que pasa. Ni abrieron la boca. El Artista reconocié a uno de ellos del encuentro en la cantina y vio que también él lo reconocia. —Usted noté que le gustaron mis canciones. Déjeme camtarle y vera que queda bien. 20 El guardia arrugé por unos segundos la frente, como imaginando forsuna. Luego se acercé al Ar- tista, lo empujé contra la muralla y lo cache6. Com- probé que era inofensivo y dijo: —Mis te vale caerle en gracia. —Lo arrastré pa~ ra adentro y cuando el Artista ya se internaba le advirtié—: Aqui el que la riega se chinga. No encontré acomodo a la hora de la fiesta y mejor se dedicé a pasear entre los invitados. Hasta queempez6 la mtisica y un horizonte de sombreros se alzé para buscar pelea en la pista. Las parejas se entallaron y el Artista se encontré rebotando entre brazos y caderas. Sabroso desconcierto, sintié. Se hacfaa.un lado y una pareja daba tres pasitos hacia alli, se hacfa para el otroy la siguiente lo trompicaba en una vuelta, Por fin logré esquinarse a mirar sin ser obstéculo: qué airosos los sombreros, qué suave violencia con a que se empujaban los muslos y cuan- tas alhajas de oro vestian ala concurrencia. Asilo agarr6, boquiabierto, la pregunta: —Le gusta lo que ve, compa? EL Artista vio a sus espaldas a un hombre mu- Ilido, elegante y como rubio, que desde su asiento Iehacia gesto de Qué, pues. Asinti6. El otro le se- fial6 una silla a su lado y luego le extendié la mano. Dijo un nombre y subray6: —Joyero. Todo lo que ve dorado lo he hecho yo. 2Y usté qué? —Hago canciones —dijo el Artista, ¥ només decirlo volvié a sentir que él también podfa empe- zara repetirlo después de su nombre: Artista, hago canciones. —Pues échese una, colega, que sobra pa pren- derse. Si, era un banquete, En cada mesa abundaban giiisquis, rones, brandis, tequilas, cervezas y mu- cho sotol, para que no se lamentara la hospitalidad. Muchachitas de mini negra colmaban la copa només uno la alzaba, o si queria uno podia acercarse a una mesa a servirse como le pudicra. ‘También se olfa promesa de carne asada y cabrito. Una mesera Je puso una cerveza en mano, pero él nila toed. —No crea que siempre hay aqui pachanga —di- jo elJoyero—, al Sefior le gusta fiestear con el pue- blo, en salones viejos, nomads que hoy ¢s dia espe- cial. Miré de lado a lado y le confié como gran pri- micia al Artista, aunque todos lo supieran: —Vienen dos capos aamarrar unaalianza, y hay que tratarlos suave y sin pobreza. El Joyero se recargé con satisfacci6n en su silla yel Artista volvié a asentir y a mirat. No envidiaba 22 ye las hebillas labradas ni las botas de piel de vibora de los invitados, por més que lo deslumbraran, pero silos trajes de gala de los miisicos en el escenario, con sus camisas estampadas de espuclas negras y blancas y con flequillos de cuero. Ahi, cerca del conjunto, a tiro para pedir las piezas, descubrié al Rey, su majestad labrada en pémulos de piedra. Se carcajeaba con dos Sefiores a sus flancos, que igual tenfan plante de poder, pero no, no la fuerza nila traza de lider del Rey. Habfa uno mis sentado a su ‘mesa, que también habia estado en el encuentro en la cantina: menos elegante que los Sefiores, o méscomo de otras partes; no vestfa sombrero ni hebilla. —Ese es el Chaca — dijo el Joyero, que vio que veia—, mano derecha del Sefior. Entrén el bato, giie- vudo, pero alzadito, eso si. Tiene que serlo, pensé6 el Artista, si dero. —No diga que se lo dije, colega —siguié el Jo- yero—, no hay que hacer chismes. Aquila cosa es Ievarse bien con todos y le va bien. Como ahorita, usté y yo ya nos hicimos amigos, qué no. Algo en el tono del Joyero puso alerta al Artis- ta, que ahora no asinti6. El Joyero parecié darse cuenta porque cambié de tema, Le dijo que él ha- cia només joyas sobre pedido, de lo que quisiera el, *s el Here- 23 cliente, y asi deberia hacerle usté, el Artista, a to- dos debia hacerlos ver bien. El Artista iba a res~ ponder cuando se acercd el mismo guardia que lo habia dejado pasar. —Yaes hora —dijo—, trépese y pidalea los mu- chachos que lo acompaiien. EL Artista se levanté con susto y caminé al esce- nario. En el camino presintié una silueta y un aro- made mujer distinta, pero no quiso desviar los ojos, aunque ahi quedé midsicos, les pidié Ai només me siguen, y se lanz6. No era una historia nueva, pero nadie la habia can- tado, La habia hallado a preguntas muchas s6lo para escribirla y regalérsela al Rey. Hablaba de sus aga- llas y de su corazén, puestos a prueba a mitad de una lluvia de plomo, y con final feliz no s6lo para el Rey sino también para los jodidos que siempre cuidaba. Bajo aquella inmensa béveda la voz se le dilataba con un cuerpo que jamés habia cobrado en las cantinas. Canté la historia con la fe con que secantan los himnos y con la certeza de los prego- nes, pero, més que todo, la hizo sentir pegajosa, para que la gente la aprendiera con la cintura y las piernas y pudiera repetirla después. Alacabar, el gentio le prodigé chiflidos y aplau- 805, los mtisicos elegantes le palmearon la espalda el hervor. Se colocé entre los 24 y los Sefiores que acompafiaban al Rey asintieron gustosos y pararon la trompa (quiso convencerse el Artista): con envidia. Baj6 del escenario paraira presentar sus respetos. El Rey lo mir6 alos ojos y el Artista incliné la cabeza. Yo le supe el talento en cuanto lo vi —dijo el Rey, que,se conocia, no olvidaba un rostro—. Asi lesalen todas, Artista? —Se le hace la lucha, sefior —balbuceé el Ar- tista —Bueno, pues no se agiite, escriba, péguese aqui con los buenos y le var bien. —Hizo una sefia a otro hombre ahi cerca y dijo—: Atiéndelo. E] Artista volvié a inclinarse y sigui al hombre con ganas de echarse a llorar, ciego de luces y de futuro. Luego respiré hondo, se dijo Si, esté pa- sando, volvié a la tierra. Entonces records la silue- ta que lo habia llamado. La buscé. El hombre ha- blaba mientras: —Yo soy el gerente. Arreglo las cuentas. Nole pides dinero al Sefior, melo pides a mi. Mafianate Ilevo con uno que graba, aél le vasa ir pasando lo que escribas —el Gerente se interrumpié al notar que el Artista vagaba los ojos—. ¥ cuidadito con meterte donde no debes, no le busques a las muje- res ajenas. 25 —2Y esa de quién es? —sefial6 a una adoles- cente hermoseada el Artista, sélo para desviar la atencién. —Esa —dijo el Gerente, como distraido, como sipensara en algo mas—, esa de quien lo precise. Se volvi6 a mirar al Artista, midiéndolo, llamé Tuego a la nifia y le dijo: — Aqui el Artista tiene contento al Sefior, a ver silo tratas bien, Y presa de un panico absurdo, miedoso de lo que adivin6 de inmediato, pero més de que aquel otroaroma lo viera entregarse, el Artista acepté la ‘mano delicada de la Nifia y se dej6 conducir fuera del salén. 26 ¢Qué era eso de que uno ya habia estado aqui, en otra vida? ¢Que Dios le tenia a cada cual reserva- doun deber de sighos? Por un tiempo, laidea habia desvelado al Artista, hasta que hallé en el Palacio ‘una imagen que lo liber6: un aparato exquisito, un. tornamesa con punta de diamante para acetatos de treintaitrés, perteneciente al Joyero, quien un fin de semana olvid6 apagarlo y, cuando se percaté dos dias después, la maquina ya no servia. Eso es, pensé el Artista, eso somos. Un aparato del que nadie se acuerda, sin propésito. Quiza Dios habfa puesto la aguja, pero luego habia ido a cu- rarse la cruda. El Artista ya estaba consciente de que no habia nadie sobre el cielo 0 bajo el suelo para protegerlo, que cada quien para su santo; pero ahora, en la Corte, se le aclaraba que uno podia 27 Ss gozarse antes de que el diamante se hiciera polvo, No esperar només. El egalo que le hizo el Rey dias atrés fue cl avi- so de que habfa terminado la espera. La sangre de la Nifta era un filito entre guija- ros, pero su cuerpo tendia una destreza anmala, que quit6 el aliento al Artista durante dos dias sin pausa. Ya vas aprendiendo, le decfa, y al cabo de cada vértigo él queria morirse o casarse y lloraba, Cudnto mundo le anunciaba la Niffa, hasta en su manera dehablar, que no era de acé, refa: Fue cosa de pisarte un callo para que te volvieras bien cuzco, cantor. También a ella la habia rescatado el Rey, la sac6 de cuartear en una pocilga cerca del puente y la trajo al Palacio. La Nifia nombraba su entusiasmo con montén de palabras aprendidas recién: —Estar aqui es cura, cantor, es bacan, es chilo, es guay, es copado, es padre, cantor, aqui vienen de todas partes y-a todos les gusta, Cémo avizoraba ella la felicidad, pero, notaba el Artista en sus ojos, también tenfa un hambre de otros carifios que no habia en Palacio. Durante esos primeros dias casi lo tinico que hizo el Artista fue comer. Desde el primero se apa- recié en el comedor ala hora en que se alimentaba la guardia, y comparti6 sus raciones, Pero ello no 28 hizo sino despertarle un hambre que se le habia agazapado desde muy atris. La Nifa le recomen- dé que hiciera lo que ella, cuando también llegs con afios de panza vacia: acercarse al comedor lue- go de que el Rey, que comia ahi mismo y a veces hastaa las horas de los demés, finalizara su almuer- 20, ¥ acabar los platillos que habia dejado sin to- cat. Siempre eran varios, y el cocinero permitia con- sumirlos sino se los Ievaban fuera de esa ala. De tanto mantenerse en el comedor empez6 a escuchar las historias con que se dilataban las so- bremesas,y que al Artista le servian para darle tex- turaa sus canciones. —A mime reenchila que quieran verme la cara —Ie decia uno—, por eso, aun mula que la otra semana vino a hacerme cuentas baratas le moché los pulgares con unas pinzas, no habfa necesidad de quebratlo, pero de menos que se le dificultara empujar los billetes por andar de cabrén, qué no. ~Yo soy, pues, la verdad, sentimental —decia otro—. Para acordarme delos muertitos en mi ha- ber me llevo un diente de cada uno y los voy pe- gando en el tablero de mitroca, a ver cuantas son- risas alcanzo a formar. Se querian como hermanos, se picaban la panza, se ponian apodos. A un guardia al que habjan des- 29 cubierto ensartado con una borrega lo llamaban el Santo, porque lo amaban los animales. —Santo, Santo —lo fregaban—, no seas ganda- Ila, me acabo de dar cuenta de que esta barbacoa tiene sabor ati. Un pobre gordo a quien le habjan machacado los brazos hasta desprendérselos en una represalia aho- ra servia como mensajero, cargaba en las espaldas una mochila en la que metian los recados y él reco- fa el Palacio repartiéndolos. Le decfan el Peligro- so: cada que algiin guardia lo vefa venir gritaba jPe- ligro! ;Peligro! ¥ el Peligroso refa. El Artista advirti6 que la gente reparaba en él s6lo cuando cantaba o cuando querian que alguien escuchara lo cabrones que eran, ¥ eso fue bueno, porque asf pudo entender el trajin de la Corte. Como un gato en casa ajena se aventurd poco a poco més allé del comedor y el cuarto de la Nifia. Se perdia constantemente, El Palacio era un cua drado simple con una plaza al centro, pero habia tantos pasillos caprichosos que, a veces, cuando pensaba que se dirigia a un lugar, aparecfa al otro extremo del edificio. Para no sentirse apabullado por la grandiosidad del Palacio, el Artista se dioa Ja costumbre de cargar un espejito de la Nifia y mirar sobre su hombro los detalles: los muebles la- 30 brados, las puertas de metal, los candelabros. Asi pudo también observar sin ser advertido la visita de gente de las ciudades, trajeados de portafolio, policias en busca de su cuota, el negocio que nun- caparaba. Era como serinvisible. Descubrié que ademés del Rey, su guardia, las muchachitas y la servidumbre, habia varios corte- sanos que vivian ahi. Al que siempre se topaba era al Gerente, ocupado en que todo marchara con efi- ciencia. £1 lo llevé con un conjunto que iba a gra~ bar sus letras para que vigilara que sonaran como las haba escuchado en su cabeza; hasta grab6 una cancién él mismo. —Luego, el Periodista se va a ocupar de mover lamiisica a través de sus contactos en la radio —le dijo el Gerente. El Artista volvi6 a sus parajes una vez, para que os perros no le ocuparan el cartén; mas como en el Palacio no parecian novarlo 0 ya se habjan acos- tumbrado a él, trajo sus pocos valores, una libretita con sus letras, un chaleco de lucis, y se qued6. ‘No hubo cortesano al que negara sus dones. Com- puso un corrido al gringo de planta, diestro para idear pasajes de mercanefa. Este se habia pegadoa un hatajo de muchachitos ansiosos de mareo que cada viernes cruzaban a desmayarse de este lado del muro. Aqué esta su cuidador, dijo; aqui mero, se confiaron. El mas desmedido era un pecoso hijo de c6nsul a quien el Gringo devolvia a su casa con amor de padre y los asientos hartos de yerba bue- na. Bonito fue el negocio hasta que el pecoso se le perdié en un picadero vil. Chulada de cancién. Compuso la del Doctos el principalisimo dela Cor- te,aquien el Rey mands acuraraun gatillerocon el vientre agujereado de escopeta. Traicionaba el bato, aunque é| no sabia que le sabian. El Doctor lo ali- vi6 y afiadi6 un regalo para los quello tenjan com- 33 prado. Cuando el doscaras fue a ver a sus jefes el veneno en la panza reventd segiin buen céleulo y todos cayeron sin gloria. Le compuso el suyo al pocho, quien, casia manera de apellido, repetia Yo no crucé la linea la linea me eruz6. El Pocho habia sido agente de alld, hasta que en una encrucijadala justicia lo iluminé: tres de los que eran suyos tenfan, rodeado al Rey, que ya se disponia a bien morir antes de que lo agarraran, y de pronto al Pocho lo, asalté un soplo que le decia g¥ ti por qué has de estar deeste lado? Asi queles vacis el cargador a los esbirros de uniforme, y desde entonces estaba con, los buenos. No hubo cortesano a quien negara sus dones, pero el Artista contaba la hazafia de cada cual sin olvidarse de quién la hacia posible. Si, eres chilo, porque te lo permite el Rey. Si, qué valiente eres, porque te inspira el Rey. Sdlo dejaba de mencio- narlo cuando escribia lewitas de amor pedidas por algtin cortesano a susurros. Después le palmeaban la espalda o Jo aferraban del cuello y decfan: Lo quese le ofrezca, Artista. Tampoco habia que men- taral Rey, por supuesto, cuando escribia documen- tos para algunos trabajitos que requerfan letra. Que siNo se apure por el retén, ahi va a estar nuestro policia, policia con acento en la f; que si Ponga sus 34 datos personales, en el pasaporte hechizo. El Ar- tista sabia hacerse ttl. Y sabfa darse su lugar: si decia Orita no, estoy haciendo un corrido, el cor tesano respetaba. Sélo dos de la Corte no le pidieron corrido. ¥ dénde que se Jo merecfan. Los vio juntos en un balcdn de Palacio liquidando un par de gitisquis. Cuando le dijo al Heredero que ya casi tenia su historia lista, le contest6: —Después. —Apreté la mandibula como ama- rrando las palabras que segufan y noms repitié —: Después. Daba escalofrios el Heredero, con sus camisas de un solo color siempre sin mancha, pero unos ojos presagiando el cstallido. Se frenaba como si nunca dejara de estar solo. Yelotro que no quiso, el quele cuidaba el nom- bre al Rey, el Periodista, le dijo: —Mejorno, siusted me pinta el retrato me vuel- ‘yo inttil, Imaginese: cuando alla afuera se enteren de dénde ando metido, gquién me va a creer que no sé nada? El Artista comprendi6. Debfa dejarlo cumplir su trabajo. Para entretener a los necios con menti- ras limpias el Periodista tenia que hacerlas parecer verdades. Las noticias verdaderas eran cosa de él, 35 materia de corrido, y habja tantas por cantar que bien podia olvidar las que no servian al Rey. —Pero no se ofenda —dijo el Periodista—, no es por afrentarlo. Es més, ya que tanto le gusta es- cribir, si me permite le voy a traer unos libros. Al Artista se le pasmaron las tripas de la emo- ci6n, pero estaba acostumbrado a ocultarse, asi es quenosele nots. —Ya verd que le gustan —dijo el Periodista—, siuno disfruta las palabras es como pistear con el oido. En ese momento los tres volvieron la cabeza, porque por el pasillo se acercaba el Rey, apuradoa paso de furia y ojeroso. Lo seguia una mujer de vestido largo y largo cabello entrecano; recia, de unaire virulento. Bl Rey se detuvo un instante, se volvié a mirarlos como sorprendido de encontrar- los abi, luego retomé el paso y entré en la habita- cin del fondo. Te esta esperando, le dijo la mujer, ylo siguié. Dieron un portazo. Desde el baile que el Artista no lo vefa. No ha- bia extrafiado la figura del Rey porque de todas ‘maneras estaba presente: en la devoci6a con que se Jo mentaba, en sus érdenes que se cumplian, en el lustre del lugar. —~Yasalieron —dijo el Periodista, dio un sorbo 36 a su trago—. gEstan con lo del Traidor 0 es lo de siempre? El Heredero apret6 su vaso y asintié, mas no parecia estar respondiendo a nada. —Fsa bruja —musit6 al fin. ¥ luego, cuando parecfa que ya no iba a hablar—: Pero las cosas cambian. El Artista, que sabfa apretar los labios, miré ha- cia el desierto y abf se mantuvo hasta que sintié que los otros se perdian en el Palacio. Luego ob- servé con paciencia felina la puerta por donde ha- bian desaparecido el Rey y la Bruja. Nada se ofa. Se acereé, trat6 de ver sombras en la huz que escu- rria bajo la puerta, peg6 el ofdo. Nada. Sabfa que no debfa meterse ahi, mas el arrebato le gané al te- mory; palpitando a fuelle, se acere6 aabrirla puer- ta, pero detuvo su mano antes de tocar la perilla y Juego la retiré como si fuera a quemarse. Saliéabuscarala Nifia. Camino de su pieza vol- vié a percibir el aroma de la otra vez y al doblar una esquina el aroma cobré carne por unos segun- dos: primero sele figuré como una réfaga deinso- lencia, unos ojos que lo consumfan y lo arrojabans Juego fue una armonfa del largo cabello amarrado y lnespalda curva como un rizo que comienza; y después una escarcha stibita congeléndole las en- 37 trafias. Siguié su camino instintivamente, sin pen- sar, suspendido, y al llegar con la Nifia, de manera automitica, le pregunté sobre la intriga, aunque ahora ya la hubiera olvidado. Ella le conté: —Dicen que hay un chaca al que no le cuadré el nuevo arreglo, no sé bien, dicen que est metiendo merca a la plaza sin permiso del Sefior, ztii crees? Quéinconsciencia, venir asia alborotarla paz... 2Y ati qué te pasa? E] Artista respiré hondo y ahora sf articulé la pregunta que lo emplazaba: —;Quién es ella? La Nifia no necesité que le aclarara. Sostuvo un silencio rabioso por unos instantes y después dijo: —Una cualquiera. Son. Tantas letras juntas. Suyas. Puestas ahfsin otra cosa que hacer més que fecundar la testa. Son. Muelen la hoja entre rodillos de insomnio, avisan, hurgan la blancura baldfa en el papel y en el mirar. é¥ qué habia sido a hoja sino un trasto del jale, como el serrucho si armara mesas, como la fusca si arreglara vidas? Qué, pero munca este despefiade- ro de arena con brio y propésitos a saber. Tantas letras ahi, Son, Son un destello. Cémo se empujan y abrevan una de otra y envuelven al ojo en un borlote de razones. ¥ quéssi perfectas, igual rejegas, yase incriminan con miedo al desarreglo: palabras. Tantas palabras. Suyas. Bronca de signos que se atan. Son una luz constante. Son. (EI ya sabia de Jos libros, pero lo repelfan, como una patria que no invitaba. Y ahora se ha dejado llevar dela mano hasta el acopio de secretos. Una luz constante.) Un 39 resplandor diverso cada una, cada una diciendo el nombre verdadero a su modo. Hasta las més men- tirosas, hasta las mis veleidosas. Ajé. No. No estan ahinomés para fecundar la testa. Son una luz.cons- tante. El rambo a otros cartones, lejos de ahi. El descenso a oidos ocultos, ahi. (Como los bichos que lo pueblan.) No. No estén para noms entre- tener la vista ni alimentar a oreja. Son una luz cons- tante. Son un faro que se derrama sobre las piedras a su merced, son una linterna que se pasea, se de- tiene, acaricia la tierra y le descubre eémo acabalar el servicio que le ha tocado. SEY oe El dia que al Pocho le ensartaron la crisma, como un presagio, al Artista le volvieron los dolores que desde plebe cuarteaban lade él. Llegabancomoun tablazo repentino, atumbar. Hasta el chirriar de un, grillo le parecia un estrépito y no habia brebaje que lo aliviara. El Doctor acudio al suste de la Nitta, bused diagnéstico en las pupilas del Artista, que decia Déjeme, Doc, déjeme, luego se pasa, le pre~ gunté desde cudndo, cada cuanto, a cuenta de qué, le ordené pastillas de sosiego, pero dijo: —Hiacen falta estudios, voy a hablar con el Ge- rente para que arregle lo del hospital, mientras t6- meselareceta, Qué receta, qué se iba a tomar el Artista. El ni agua tibia se empinaba, porque entendfa: Agudntese, Jas cosas son como son. Que otros hallaran ungii tos para la congoja o para el cuerpo, no juzgaba; él 4r preferia gobernar solo sus entrafias. Ya habia pro- bado menjurjes: chiva le habjan dado unos borra- chos pudientes de los que declaran amistad a la botella y tres canciones; el Artista perdi la distan- cia de las paredes, y Ia mtisica, su mtisica, le soné como un gemido. Tanta alarma le dio no saber de su cuerpo que decidié no volver a meterse venenos por mejor promesa que hicieran. Le manoteo Si, si al Doctor para que lo dejara en paz y se durmi. Al cabo de horas desperté con una lucidez es- pantosa que, desde que lo aleanzaron los primeros gritos, le revelé que alguna desgracia pasaba. Siguié al tropel enloquecido hasta las puertas de Palacio. Antes de divisar el cuerpo del Pocho, el Artista sinti6 el miedo del tunmulto. Apenas un par devoces hendfana maldiciones el silencio y el esca- lofrio de los cortesanos que rodeaban el cadaver. Tenfa los ojos abiertos y las manos cruzadas al fren- te, como si tuviera frio. Una daga de curvas entra- ba y salfa por los ofdos, sin provocar sangre ape- nas. Le faltaba una bolsa 0 cobija como se acos- tumbraba, y no le habjan amarrado las manos, ni trafa marcas de chicharras de las que se usan para hablar. Atrés del gentio llego el Rey con los princi- pales. El Heredero peg6 una palabra fuerte y a mironeria se abri6. El Rey se puso a observar al 42 Pocho. Asi qued6 un rato, con las manos en la cin- tura y la expresion del que quisiera no haberlo ya visto todo. Luego dijo: —Métanlo. —Y se adelanté al Palacio. El Heredero se qued6 a inquirir: Quién estaba de guardia, Como era la troca que lo avent6, Cuin- tos eran, Y tii qué hiciste. Nadie habia visto nada. Mandé que se llevaran a los dos de guardia para asegurarse que sélo sabian lo que decfan y se me- ti6. Frio. Como que mucha calma para tanta rabia, pens6 el Artista, pero seguro sabe lo que hace. Tam- bién él siguié al cortejo hasta la capilla de Palacio, donde el Doctor le sacaba la daga al Pocho y de- cfa: Nunca vi nada igual. Después llegé el Padre. E] Artista no lo conocia atin, aunque ya sabia de los auxilios que prestaba en la Corte a cambio de que el Rey financiara iglesias para enganchar po- bres al cielo. Los que trafan sombrero se lo quita- ron ehicieron la sefial de la cruz, El Padre bendijo al Pocho en voz bajita y luego en vor alta dijo: —En qué camino andamos metidos. Los cortesanos dijeron Amén aunque no viniera alcaso, y entr6 el Rey. Sin esperar a que lo ordenara sesalieron casi todos, nomas quedaron.con lla Bruja, elPadre, el Heredero y el Gringo. El Artista se ech6 tuna sombra atrés y ahi se qued6, calladito. 43 —Fueron estos cabrones —dijo el Gringo—, los del sur. El Traidor no iba a hacer algo asi solo, tie- nen que estar detris de él. ~Si quieren guerra, disela —dijola Bruja, que ra la tiniea que no miraba al cadéver, sino a los ojos del Rey, como una cuerda tensa su mirada. ELRey se incliné y le peiné el copete al Pocho, algo le dijo sin voz, només abriendo los labios. Enseguida se volvié hacia el Heredero. Cémo ves? —Al que haya que bajar lo bajamos —dijo aquel—, pero gy sieso es lo que andan buscando? ¢A quién le conviene una guerra? A nosotros no. —iMaricén! —escupié la Bruja—. :Avientan un -muerto a tu casa y no respondes? gEsos traidores _Tetan a tu Sefior y no haces nada? —Asi no matamos nosotros —lacorté el Here~ dero, sefialando la herida del Pocho—, 0 sea que as{no matan ellos. Para mi esto son otras cuentas, —Oiga —intervino el Rey, dirigiéndose al Grin- g0—, usté me va a averiguar de aquel lado en qué otra cosa andaba el Pocho, no vaya ser que ande- ‘mos errandoyy esto sea bronca de tiempo atrés. Mien- tras tanto me ubican al Traidor, que de todas mane- ras nos la debe, pero no Jo bajan hasta que yo diga. —iSi esperamos...! —iba a protestar la Bruja, pero el Rey la interrumpid. 44 —Esperamos y ya. Usté no sabe de guerras. Como decir cillese. El Rey tomé al Padre por unhombro y ordené: —Llévemelo a camposanto, que el Gerente le dé para el cajén. —...Ylo que falta para el ranchito... —deslizé el Padre. El Rey asintid, Dio media vuelta y salié de la capilla. Lo siguieron los dems, con excep- cién del Padre. El Artista salié de la sombra y se puso a su lado, —Serd que te lo mereciste... —dijo el Padre a los restos del Pocho. La frase hizo brincar al Artista, como una bofe- tada, Sesalié de la capilla sin despedirse, con ganas de que al Padre le supiera a afrenta. Ya sabia que no: a él ni lo vefans pero le injuriaba esa falta de sentido. Sialgo entendia es queen el trance de vivir ‘uno hace dafio, tarde o temprano, por eso mejor decidir de frente a quién se lo hace, como obraba el Rey. ¢Quién tenfa esa bravura para aceptarlo? ¢Quién aceptaba el calvario por los demas? El era su manto, la herida que se agranda para queal res- tono duela. Al Artista no lo cuenteaban: él habia crecido sufriendo al poder de uniforme y chapa, él habia soportado la humillacién de los bien nacidos; hasta que llegé el Rey. ¢¥ qué si cruzaba hacia el 45 otro lado el veneno que pedian? Bien se lo tuvie- ran. Bien se lo tomaran. ;Qué habian hecho aque- los por los buenos? «Sera que te lo mereciste», mascull6 con rabia el Artista, y luego pens6: Si algo nos merecemos es un cielo de verdad. ‘Venfa de nuevo el capo con el que se habia hecho alianza, y para que no sintiera ala gente agiiitada el Rey dispuso diversién. No sélo aprovisionaron a los invitados con suficiente pisto, perico y mujer, sino que se organiz6 un casino y un coneurso de tiro. La Corte entera se traslads a los jardines. Traje~ ron jaulas con docenas y docenas de palomas ne- fras, para que no se perdieran en la resolana del desierto. El Rey, el Heredero, el otro capo y st chaca se apostaron con sus escopetas hacia el cielo. Cada cual tenia un guardia encargado de recoger las piezas a las que atinaran y de ponerlas en costales atrds del tirador.Se abrian las jaulas y de stibito sur- gfa un revoloteo ascendente y Ia balacera. La con- currencia aplaudfa cada vez que los titadores re~ ventaban un pdjaro y este caia dejando una estela colorada. 47 El capo tiraba bien, inclusive se daba el lujo de espolear a su recogedor con disparos a los pies mientras gritaba: —Orale, érale, drale cabrén, 6rale, péngase a chambear, Los espectadores festejaban la ocurrencia del capo, que se refa a carcajadas mientras, casi sin apun- tar y sin comprobar si atinaba, disparaba arriba y abajo incesantemente. Los recogedores iban y ve- nian con las piezas, a veces disputaban una, y cada cual se traia un pedazo de paloma. Pero aunasiera claro que el Rey, a pesar de que apuntaba con cui- dado y acertaba casi siempre, no era suficientemente rapido y estaba perdiendo. Una secuenci de imagenes asalts el cerebro del Artista a gran velocidad: el Rey derrotado, la sorna y la petulancia del don nadie ganador, los rostros de la gente en la Corte: abatida porque a uno yale vol- vi6 allover. Mas que un reflejo, su reaccién fueuna comprensién inmediata de cémo podia ayudar. Se adelanté a los espectadores, y aprovechando que todos miraban el reventadero arriba, se acercé ala bolsa del Rey mientras su recogedor andaba en el campo. Se agaché y cogié una pieza del costal. Aguards ahi, de pie, hasta que el Rey se volvié y, absolutamente at6nito, descubrié lo que hacia. El 48 Artista dio varios pasos laterales, siempre de espal- daal puiblico, hasta el costal del capo. Fsperé aho- ra a que el capo lo viera y entonces arrojé muy rpidamente, con ademén culpable, la pieza al cos- tal. Todavia hubo una jaula mas, pero el capo ya no se carcajeaba, sino que se volvia a observar los dos costales entre disparo y disparo. Cuando de- jaron de verse palomas enel cielo, el capo se acercd alRey. —£Qué pues? —le dijo, con cara deincompren- sion. ELRey alz6 un poco la nariz: de qué me habla. Elcapole ordend al Artista: —A ver esas manos. El Artista las mostré, ensangrentadas, el Rey quité la cara de inocente, se eché a refr como si acabaran de descubrirle alguna travesura y palmed alcapo, —No se moleste amigo, lo que pasa es que mi muchacho me vino a avisar que, por equivocacién, Jedieron a usté una escopera defectuosa. —El Rey abri6 los brazos y dijo—: ¥ eso no puede ser, por- queen mi casa los invitados siempre son ganadores. Elcapo se quedé en suspenso, como ala espera de sus propias resoluciones. Luego, una risa le fue creciendo hasta la careajada y se abraz6 al Rey. 49 —;Canijo! Ya me habfan dicho que usted era un caballero. —Se volvié hacia el ptblico y sefialé al Rey—: Este es el campeén! jEstees el campeén! El péblico aplaudi6 sin comprender qué habjan hablado los jefes, pero contento porque ellos pa- recfan contentos. E! Rey refulgia dentro de una lisa azul con vivos amatillos y rojos. Invité al capo a un pékary la concurrencia los siguié hacia el casi- no. A medio trayecto, el Rey se volvié, se paré en jatras y observé atentamente al Artistacon una cara de sorpresay satisfaccién. —Me habia salido cabroneito —murmur6, ¥ dio media vuelta hacia el Palacio. —2V hay que cargar pistola para que le hagas can- ciones auna? —dijo ella, la Cualquiera. Lo miraba. Lo miraba de frente y el Artista no supo resolver el pasmo que le producian los ojos rasgados apunténdole. Se qued6 tieso hasta que ella levant6 las cejas asit ¢Entonces?, como sile encaja~ rauncafién en el pecho, y respondié: —No se trata de pistolas, sino de cuentos. :Cual esel suyo? Yo no me sincero con los de aqui —dijo ella, y ech6 a andar de vuelta por el pasillo en el que habia caido al Artista. El Artista la siguié aun par de metros, hallando y despreciando las palabras justas para estirar la platica. Salieron a los jardines, pasaron junto auna fuente en cuyo centro.un dios con tenedor tiraba agua por la boca, siguieron por el laberinto de arbustos trazado con las letras del sr nombre del Rey, yal llegar a donde una alberca se ornaba con mosaicos de hoja de yerba al fondo, el Artista acerté: —Pues no se sincere, invénteme. La Cualquiera se volvié a mirarlo por un ins- tante, asombrada; se asomé al agua como si busca- acon quien desquitarse de qué. Luego miré mas alls, hacia el fin del jardin, la reja electrficada, el desierto; y después de un rato dijo: —¢Para qué? A lo mejor me terminas creyen- do... ‘Caminaron hasta donde estaba la coleccién del Rey. Habia serpientes, tigres, cocodrilos, un aves~ truz, y en una jaula més grande, casi un jardin, un avo real. —Su preferido —dijo la Cualquiera, sefalindolo con la mano abierta, burlona. El animal bati las alas y el Artista vio que tenia un pequefio vendaje entre las patas. Iba a preguntar por qué el animal tenfa una herida ahi, y quign se tomaba el tiempo para curarlo, pero la Cualquiera di —Me tengo queir con mi madre. —Vio la duda en el Artista y afiadié—: La que siempre lo acom- paiia. Al Artista le escalofri6 el odio con que habia ‘mentado ala Bruja, pero més confirmar que eran 52 dela misma sangre. Prefirié no seguirla cuando ella fue de regreso al Palacio como si hubiera llegado sola. Sin embargo, aunque le diera la espalda, le habia dejado un rastro de piedras para encontrarla, rabiay confidencias, lo habia mirado. Los que siguieron habrian sido los dias mas feli- ces que el Artista vivis desde el encuentro con el Rey,a no ser porque fueron también los més agita- dos de su vida. Lo abandon6 de stibito la urgencia de letrear, ahora el oido servia noms para atender los pasos de la Cualquiera, només de espiar las es~ quinas se ocupaban sus ojos, noms para temblar de ausenciae servian las manos. Pero simulaba. Reme- dabaal si mismo que no perdia la paz. Al hallarla se le pegaba y conversaban sobre la ‘marcha, ella vestia huelgos pantalones de hombre y camisas sin fajar,escondia las formas, pero al andar el cuerpo y la tela vasta se encontraban y el Artis- talas descubria, Casi nunca se sentaban, y cuando lo hacfan la Cualquiera se abandonaba al mueble comosi le encargara el quehacer de sus formas. Asi recorrieron Palacio. A traicién, el Artista lentamente le conocia partes del cuerpo mientras iban agotando los temas y las estancias. En la galeria de Jas pachangas le tocé un antebrazo y conté de sus padres al otro lado de la linea; en la sala de juegos 53 con un codo le ro76 la espalda mientras ella hablaba de cuando tenia amigos, en la infancia; en laarmeria leacaricié el cabello-y le relaté historias de cantinas —pero en ese tema ella dejaba de prestar atenci6n, por algtin motivo se desconectaba ¢ iba cerrando los ojos poquito a poco igual que si se acurrucara, y el Artista sentia ganas de cuidarle el silencio, que en éllaconoeia un poco mas; cuando hablaron dela Brujale tent6 un muslo con su muslo, mientras re- corrian una sala de juntas con cantina, un despacho con cantina, una terraza con cantina, un comedor con cantina y la cantina propiamente dicha, cudn espléndida. —Ellalo livia de un demonio —dijo. Y le cont cémo hacfa mucho, cuando no era quien ya era, el Rey le habia pedido a su madre que le ayudara y elkss habian abandonado al padre, que era un hom- bre bueno porlo tanto intl, y ahoraun hombre solo, ‘A partir de ese momento la partitura del deseo se desorden6, porque cayé en la cuenta de que para tocar a la Cualquiera no tenia permiso; a ella no se la habia entregado el Rey, y sin su palabra las cosas no podian moverse. Se habia acercado a a Cualquiera porque creyé a la Nifia cuando le dijo que eso era, una entre el montén. ¢Y ahora 54 qué hacfa, ahora que no sélo ansiaba acariciarla sino estar con ella, compartir su soledad? Tomé distancia en las caminatas, pero no pudo sosegar sus temblores. Ella se dio cuenta cuando él mira- ba la pequefia natiz perfecta con ganas de pasarle un dedo de la punta a las cejas. —Si tengo una mosca en lacara, quitamela —dijo la Cualquiera, y el Artista escondié las manos en ademén de ladr6n. Ella ié con ternura, quiz4, y lue- golo condujo a un cuarto lleno de estantes v La biblioteca —dijo, sin énfasis, como si no hubiera dicho nada. Si, habia unos pocos papeles, una biblia, mapas, periédicos con historias de muer- tos, una revista en la que los miembros de la Corte aparecian retratados a color en una boda, Mental- mente el Artista desarrug6 un papelito para anotar aidea de un corrido sobre el Rey y los suyos pla- neando la guerra. De ahf el Artista empez6 a sudar angustia por- que sentia cada vez mas cerca el cuerpo de la Cual- quiera: al pasar por el cuarto de la Nia, que toda~ via era el suyo, ella le enterré suavemente las ufias en la cintura; eruzando frente a las barracas de la guardia peg6 su cara ala de él con el pretexto de cualquier cosas en el galerén de trocas para carga- ‘mento suftié las aristas de sus pechos punzarle la 5S espalda. Esa misma tarde tomé la decision de re- nunciar al freno, buscarla y desbaratarse en confe- siones. La atisbé por la terraza donde habia escu- chado intrigar al Periodista y al Heredero, se enfild de tal manera que no pudiera evitarlo y unos me- tros antes de llegar a donde s6lo habia la terraza y el cuarto cerrado, sintié que alguien lo jalaba de un hombro. —Lo estaba buscando —dijo el Periodista—, hay un problemacon sus canciones. EL Artista se volvié para aventar la mano que lo detenia, se asomé al punto donde debia encontrar a la Cualquiera, y un segundo antes de compro- barlo supo que no la ibaa hallar, que ahi se perdia agente. No querian sus canciones. Los loros de la radio decian que no, que sus letras eran léperas, que sus héroes eran malos. O decian que si, pero no: que los versos les gustaban, pero ya habia orden de ca- Mlar cl tema. No cra por la voz desaccitada del Ar- tista, que només una piecita él habfa grabado; otros cantores, mis finos, cumplieron la encomienda de resonar sus palabras. Uno de los loros le dijo al Pe- riodista, acd, en confianza, que por estos dias el Supremo Gé mucho apretaba: fachada pa los grin- gos, y chitén temporal mientras se sosegaban los anunciantes. :No podia, mandaban decir al Artis~ ta, escribir canciones menos rudas, més bonitas? —A mini me mire feo —dijo el Periodista—, yo només le cuento, y ahora lo traigo con el Sefior para ver qué resolvemos... Yamero se desocupa. 57 Asi que no lo quieren, pens6 el Artista, asf que es poca cosa para los del dinero, asf que les da co- mez6n en los ofdos. No era ni la centésima ocasi6n en quelo injuriaban, pero en esta no sentia humilla- ci6n, se sentia provocado, crecido. Apreté los dien- tesy percibié de pronto que podia pensar con gran claridad. El rechazo de los otros lo definia. A la mierda qué, sia ellos cantara si doliera, pero al Ar tista, al cabo, lo que le gustaba era mirarle los ojos al que ofa, alborotar esqueletos en la pista, cantarle agente de verdad. Sus pasos y los del Periodista resonaban en el mérmol con un eco vigoroso. El Artista perorabaa media lengua, para si, y conforme’se deshilvanaba el marmol a sus pies &/ seiba enojando més, y mas " seguro se sentfaj como sial final del pasillo estuvie- rade guardia la solucién: En la Galeria. —Llegamos ~dijo el Periodista. El pueblo en fila entrando parun portéa, de re- bozos y pantalones de hilachas, con nifios a cuestas, con caras de ausencia pero levemente abrillantadas de fe. La Galeria era un alboroto décil, mezcla de azoro y recogimiento, y habia olor a tierra y a sal, yun como calor cuajado. —:Dénde andaba? —dijo el Joyero, apenas lo vio entrar—, gno sabe qué dia es hoy? 58 E] Artista no lo sabia, y sintié vergiienza, pues de algtin modo comprendié que era su obligacién saberlo, porque apenas entré y palpé el ambiente la piel se Ie erizé con la sospecha de que no estaba solo en su rabia, de que su rabia tenia cuerpo. —Cada mes hay audiencia —sigui6 el Joyero—, y aqui hay que estar para lo que se ofrezca. Unos només quieren remedios, o jale, o una justia, pero a otros les cambia la vida con cosas pequefias: que el Seftor sea padrino de un bebé, que lo ayude con la quinceafiera. A todos les da. ;Qué ibaa hacer si alguien le pedia una cancién? El Artista asinti6, stibitamente culpable y exci- tado con la escena. La gente mis lejana se le con-~ fundia en una mancha gris, pero distinguia clara-~ mente alos que estaban a punto de llegar al final de Ta fila, que se ponfan derechitos, se aventaban la grefia de lado, se callaban la boca, se abrochaban un botén, Al fondo, rodeado por la Corte, el Rey miraba a cada uno a los ojos, escuchaba la merced pedida, hacfa un gesto al Gerente y el Gerente to- maba nota. A algunos el Rey les acariciaba el cabe- Ilo o les aconsejaba en tono grave. Luego ellos le querian besar la mano 0 se abrazaban a sus rodi- lias, el Rey dejaba que lo adoraran un momento y después los quitaba con tierno rigor. 59 ElJoyero también se encandilaba con la audien- cia; él, an fino, parecia florecer en el fervor de los simples; acaso afuera ni los hubiera mirado, pero aqui no perdia detalle de eémo la obra del Sefior los transfiguraba. —Para esto servimos —dijo el Joyero—, para darle poder. A solas, gqué vale cualquiera de no- sotros? Nada. Pero aqui somos fuertes, con él, con. su sangre... ;Y que nadie se haga ilusiones de arre- batarle nada al Sefior! El Joyero dijo esto ultimo casi a los gritos, la gente alrededor se encogié por unos segundos, hasta que el Periodista palme6 a aquel: —Snuave, Maestro, ya estuvo suave. El Artista quiso distraer al Joyeroy le pregunté —£¥ a veces hace cosas especiales paralla gente? —Todas mis piezas son especiales —dijo el Jo- yeto—, y todas las piezas especiales que hay aqui las hago yo. Por un instante, al Artista le pareci6 que el Pe- riodista y €lJoyero cambiaban una mirada sorpren- dida, o que el Periodista se iba a contrariar por algo, pero fue sélo un instante, porque la Audiencia se acabé. EL Rey se puso de pie y caminé hacia el pasillo con las miradas de stiplica escurriéndole a los pies; 60 detras de él, el Gerente repetia a los que se queda- ron formados: El mes que viene, el mes que viene. —Véngase —dijo el periodista. Se apuraron a la zaga y el Periodista abordé al Rey. —Sefior, parece que tenemos un problema con el Artista. ELRey se detuvo y alz6 una ceja. —Bueno, no con el Artista, él qué problemas va a dar —sonrié el Periodista—, mas bien los loros tienen un problema con él. No le pasan sus cancio- nes. —g¥ es0? —dijo el Rey, como si dijera Vaya no- vedad. —Lo de siempre: que no se puede hablat bien de usted ala gente. El Rey miré hacia la Galeria, donde el pueblo volviaa casa llevindose alguna merced. —Como si necesitéramos a esos pendejos para quela gente hable de mi —dijo—. Nise preocupen, aqui el Gerente va a arreglar con unos amigos para que muevan su miisica en la calle... Allcabo asf es como hacemos negocios, :n0? Se notaba con fatiga el Rey, pero también lleno deuna fuerza esmerada. Sonri6 y su sonrisa eracomo un abrazo protector que para el Artista decia: ¢Por 61 qué vasa endulzarles el oido a esos cabrones? Basta con que a nosotros nos cuadre lo que somos. Que se asusten, que se asombren los decentes, sobéjelos. Sino, gpa quées artista? Estén muertos. Todos ellos estan muertos. Los otros. Tosen y escupen y sudan su muerte podida con engafio pagado de si mismo, como si cagaran diamantes. Sonrien los dientes pelados cual cadé- veres; cual cadaveres, calculan que nada malo les puede pasar. Simén. Tienen una pesadilla los otros: los de acé, los buenos, son la pesadillasla peste de acd, el ruido de aca, la figura de ac4, Pero acé es mas de veras, aca esté la carne viva, el grito recio, y aquellos son ape- nas un pellejo chiple y maleado que no atina color. Un reflejo hecho materia blanda y prendido de al- fileres. ‘A.los muertos no se les pide permiso. Al menos, noa los pinches muertos. Se hace lo que se hace. Se agarta el modo y se presume, como quien pronun- 63 cia el nombre, y no se fija en lo que les buiga a los demés. O sit para sentir su espanto, pues, porque el susto de los otros alimenta bien, remacha que la carne de los buenos es brava y necesaria, que hace bulto y zarandea las cosas. Habria que tomarlos de la erin y restregarles la caracontra sta verdad puerca y dspera y maloliente y verdadera, que les dé tentacién, Hay que sentar- los en las ptias de este sol, hay que ahogarlos en el escéndalo de estas noches, hay que meterles nuestro cantadito bajo las ufas, hay que desnudarlos con estas pieles. Hay que curtirlos, hay que apalearlos. Machin les escama ofr mentar de este mal suefio que cobra vidas y palabras. Les escama que Uno sume la carne de woos, que Aquel guarde la fuer * zade todos. Les escama quién es y cdmo es y emo se o dice. Solo se atreven a saberlo cuando se aban- donan a la verdad de si mismos, en el pisto, en el baile, en el ardor, jodidos, para eso estaban bue- nos. Mejor quisieran oir només la parte bonita, vyerdé, pero las de aca no son canciones para des- pués del permiso, el corrido no es un cuadro ador- nando la pared. Es un nombre y es un arma. Cura que les escame. Quién quita y al final averiguan que ya son car- ne agusanada. 64 Tarareaba moviendo la cabeza machin pattiba, pabajoel Artista, de un lado al otro de la azotea, la canci6n dela fiora milloneta que daba una fiesta en su casa ya la que se colaban sendos gallitos en as- ‘censo en el negocio, bien en Iinea se vefan, se deja ban céir los batos, y asi, mezclados entre la burgueser‘a, se amarraban a dos fresitas ricas y adi- neradas, que era el titulo de la canci6n, Ricasy adi- neradas, aunque, pensaba el Artista, también po- dria llamarse Sabrosas y enamoradas, 0 Por amor no quedé, pensaba, y los gallitos empezaban a sa- car provecho de las lanudas y conquistadas como mulas de aqut pall, y bonito que era, porque ade- més alas morras les encantaba el dengue, se mira- ban, segtin, como estrellitas de pelicula pues, aun- que només fueran sefioritas de corrido, pero no funcionaba para siempre, no, la transa tan buena, 65 porque aquellas se lo crefan, el traje, la facha, que- rian convertirse en Ia cosa de verdad y presumfan, con quién andaban, pero entonces, gpara qué iban a servir, si por cambiar de maneras iban a alejarse del billete? Asi que, ni modo, gqué se le va a ha- cer?, los gallitos subian a un cami6n a las nenas y ‘Ahorita las aleanzamos, se bajan traslomita, les de- fan, peto no, que la siguiente parada era del otro lado del mundo, y se quedaban tristes, mirando al camién que se iba, pero, cémo no, el trabajo es el trabgjo. Le habia costado mucho redondearle las esqui- nasa la cancién, la tiltima parte sobre todo, cuando alos batos no les queda més que quedarse solos. Pero ahora ya estaba, y cuando estuvo se paré de golpey miré alrededor de la azotea y se le meti6 el Reino ardiente por los ojos: la larga arena como un cintarazo, los huizaches, el cielo, que no cesaba de galopar y galopar en todas direcciones, de un lado bien azul todavia y del otro rosa incendiado, y pen- s6: hasta donde aleance la vista llega el Rey, y con mis palabras, y como pensandolo en voz bajita afiadi6: Cabrones. Se quedé ahi, hasta que la oscuridad se empez6 acomer los colores, sintiéndose tan pequefio y tan libre, y luego bajé. Cruzé la zona del despacho, 66 cerquita de la galeria, luego el area del cuarto de juegos, bordes el ala de las habitaciones del Rey, cerca de las terrazas, y finalmente por donde se mantenia la guardia y los cuartitos de las mucha- chas. Aunque habia pasillos que atin no seatreviaa recorret, ya no le costaba encontrar su camino por el Palacio, hasta donde la Nia. ;Cémo leibaa gus- tar esta canciGn! No habia querido la Nila que es- cribiera decémo cuando chica la vendieron por una rantla, pero seguro con pinchazos como los de este corrido sentiria que también a ella lareparaba. La vio doblando su ropa sobre la cama y le dio ‘una ternura inmensa: su cinturita escasa, los hom- bros de dos palmas la piel palida y tensa que en los primeros dias le excitaba tanto conocer y que aho- tale provocaba arrullarla y hacerla feliz aunqueno pudiera, Pas6 un dedo por los cantos que descen- dian por su espalda. Ella se volvi6 y en vez de sor- presa puso cara de Ab, ti. —Escucha esta, es només pa que se les quite —dijo el Artista. Canté el corrido a capela. Al hacerlo, se palmeaba los muslos y hacfa caras que ansiaban ser divertidas; sin embargo, al ver el fastidio en la Nia se sinti6 ridiculo. Al final, silen- cio y silencio, corto pero férreo. 67 —Tii no sabes nada de nada, ¢verdad? —dijo ella con desprecio. —2Qué es lo que hay que saber? La Nifia le dio la espalda y siguié doblando su ropa. El Artista se puso a rondar a su alrededor, despacito, como si diera un paseo por el cuarto. ‘Le buscaba la sonrisa a la Nifia pero ella no lo mi- raba, y entendié que mejor ni hacerse el simpético. ala puerta. —Pues qué va a ser, pendejo —dijo ella antes de que el Artista saliera—, que ellos son unos hijos dela chingada, y que td eres un payaso. EL Artista se volvi6, perplejo, mas por el veneno que salia en la voz de la Nifia que por cémo lo despreciaba o por el insulto al Rey. —Pensé que estabas feliz aqui. —Eso se le dice a los clientes —lo corté ella, con crueldad. Luego lo encaré y dijo—: 0 qué? 4No te has ofdo? Ya hablas como cualquier puto que hace joyas. —Eché la cabeza para atrés, desa- fiante—: Ya sate, y no te quiero volver aver cerca demicama. El Doctor termin6 de hurgarle las cuencas de los ojos y le dijo com desaliento: Mientras no me deje mirar su cabeza con los instrumentos precisos no puedo saber cual es el problema... Aunque tengo mis sospechas. Aiiadi6 esto dlkimo en un registro que mezclaba severidad y tristeza, El Artista no dejaba que le acercaran cuchillo ni nada que se le pareciera. Se quedaron unos segundos sin hablar: en un didlogo de presagios callados. Luego el Doctor se espabilé con una sontisa. —Lo que podemos hacer, mientras, es remediar lo evidente —se agach6 a un escritorio y sacé un cart6n que puso a un par de metros del Artista—, porque es evidente, aunque usted no se haya per- catado. 69 Fra una pirdmidede letras y mimeros que men- guaban de tamafio hasta volverse diminutas en la base. El Doctor dijo: —Hace mucho que no Ja utilizo, aqui nadie quiere usar anteojos, tapese un ojo. EL Artista se cubris el izquierdo, El Doctor con- tins. —Me extrafia que la gente no se la pase chocan- do entre si por los pasillos, digame qué letras ve. —Ene, jota, ge, ka, tres, te, uno, igriega, erre, te, pe. —Aungue ahora que lo pienso bien, shay cho- ques, ya se habré dado usted cuenta, zn0? Siguien- te linea con el otro ojo. Hache, o, cc, cu, doblew, ene, zeta, equis. —Bien. Fijese. A veces uno tiene la impresién de que ya cada cual tiene tenedor y cuchillo, y eso que nadie deberia andar pensando en el banquete. Siguiente, otra vez el izquierdo. —Jota, a, dos, te, ese, ce, ocho a, zeta, efe, gbe? —Casit tres. Yo quisiera que las cosas fueran como hace un tiempo pero, entreusted y yo, como quela gente anda desbocéndose. Siguiente. —Deye, igriega, e, uno, erre, ve, siete. —Ele, no uno. Ya ve: el Traidor anda en tratos con los del sus, pero no hay manera de saber si lo 7° hacea nombre dealguien aca. Ellos son diferentes, son nuevos en esto, hacen las cosas ala callada. Si- guiente. Jota, efe... Otraese, tres, igriega, nueve, pe, dobleu, cuatro, de. —Mm. Ya empezamos. Bueno, eso por un lado trae muy nervioso al chaca, mejor no acercérsele cuando anda asi, es de gatillo facil desde que eraju- nior... Y por el otro esta Esa mujer, que nunca se sabe qué quiere. Siguiente. —Ene, ¢, ¢zeta?, ¢... U, jota, ele... Ene de nuevo. —Tit, tst. Suficiente. Ahora vamos a desempol- var esto. ElDoctor volvié a acercarse al escritorio y sacé un armatoste de alambres y eristales. Quits y de- volvié algunas lentes y seo colocé al artista sobre Ia nariz. Las letras en la cartulina se volvieron de pronto visibles pero inquietas. Bailan, dijo el Ar tista. El Doctor volvié a cambiar las lentes. ZY aho- ra? Se arrastran. Otras lentes. ¢Cémo ve? El Artis- tano respondi6. Tampoco miraba ya las letras. La sorpresa de tantos detalles nuevos lo avurdiat la tex- tura un poco rispida de las paredes, el polvo de oro deambulando entre los rayos del sol. ¥ de sii- bito: el Heredero en el marco de la puerta. —¢Yo qué? —dijo aquel. mu EL Artistano podia evitar mirarlela ropa. Y aho- 1a, Con estos ojos, entendia mejor lo que afirmaban sus prendas: los tramos de lino, no de mezelillas la lisa suave, color crema, ni de cuadros ni adornada. Era como sila tela sefialara la consistencia del He- redeto, como siafirmara una historia distinta a la delos demas, dias mas gentiles, sangre turbia y una tensa manera de estar ahi. —Nada. Le hago un examen al Artista —res- pondié el Doctor. El Heredero sonrié ampliamente, pero como lesucediera un accidente en la cara. —Seguro. Ese es su trabajo —asintié lentamen- tecon la cabeza—. Ese es st trabajo, verdad? No elde otros. No el de esa Bruja, por ejemplo. Dio un parde pasos hasta paratse frente al Doc- tor. —¢Qué tiene que estar curdndole esa perra al Sefior? —Le colocé las manos en los hombros al Doctor—.Digame. ElDoctor le sostuvo la mirada al Heredero, un instante només, y luego los ojos le temblaron con agua contenida. =No sé, yo sélo soy un doctor, yo no sé de esas cosas. —@De cuilles cosas, Doctor? Expliquese, por- 72 que, ya ve, yo soy un pendejo que se imagina pu- ras pendejadas. Apenas hace un minuto pensé que hablaba de mé, y qué bueno que me equivocaba, porque yo, sino entiendo qué esta pasando, me eneabrono. Asi que prefiero hablar claro. —Le juro que no sé —el Doctor parecia con- traerse sobre si mismo, un ligero tembloro estre~ mecfa—, yo no tengo esa confianza. El Artista vio que al Heredero se le erizaba la piel del cuello, y lo primero que se le ocurtié fue que aquella clase de muina era lade un hombre que no goza cama. —Bueno, pues en cuanto lo sepa melo dice, por- que a usted yo sile tengo confianza. —Retiré sus amanos y se dirigi6 a la puerta; antes de salir dijo—: Y¥no se preocupe, todo es cosa de saber acomodar- seatiempo. Desde que la Nia lo habia echado, el Artista se arrimaba a las barracas de la guardia y ocupaba el catre de aquel al que le tocara hacer ronda, Esta noche lo acababa de despertar bruscamente uno que laterminaba, se le fue el suefio y ya no quiso ocu- par el nuevo espacio disponible. Se puso a deam- bular por el Palacio, en busca de una encrucijada con suficiente luz para releer los libros de cuentos y poemas que le presté el Periodista. Cargar con ellos era como caminar con un cuate que se sabe toda clase de secretos. Se acodé en un baleén con vista ala plaza, que toda la noche tenia luz, y escogié una jardinera. Estaba a punto de bajar a acomodarse cuando es- cuché los gritos. —¢Dénde?, ¢dénde? —Apareci6 la Brujaporun extremo, con un radio pegado una oreja. Del otro. 75 extremo, justo debajo de donde él estaba, salié un guardia arrastrando a la Cualquiera. —Laagarramos cuando pedia raitea un torton ~dijo el guardia, evidentemente orgulloso. Espe- 16 de pie. Quiza pensé que este era el momento en que la Bruja dirfa Gracias, pero ella s6lo le sefiald el camino por donde habia llegado: Larguese. El guardia se fue. Las dos mujeres se observaron en silencio durante varios segundos. Luego la Cual- quiera dijo: —Estos perros no tienen por qué andarme di- ciendo si puedo o no puedo salir. La Bruja describié una parabola enérgica con tuna mano y tiré al suelo a la Cualquiera de una boferada. —No son los perros quienes lo dicen. Lo digo yo. Se puso en cuclillas, enderezé a su hija y Ia sa- cudié por los hombros. —@Pero qué carajo es lo que quieres? ;No ves que se nos va el titimo tren? ;Para esto he espera do tanto tiempo? La solt6 con un gesto de cansancio. Luego le tom6 las manos y, mas dulce, dijo: —¢Quéhay alla? Basura. Aqui vas atenerlo todo, només que componga ese hombre. Espera un po- 76 quito més. Cuando la sangre rica quele doy arregle susemilla, ni también tienes que estar lista. Aunsi el maldito pajaro no sirve voy a encontrar la manera de regalarte todo esto. =2Y yoa qué hora dije que me interesaba este cochinero? —dijo la Cualquiera, cabizbajaaiin. Su madre se puso en pie. Al hacerlo advirtié que el ‘Actista las miraba, pero no demostré ninguna sor- presa. —"Tampoco vi que le hicieras el feo —dijo—, ast es que para mf que sf estés interesada, y si no, de cualquier manera ya estamos metidas hasta elcuello. ‘Alz6 ala Cualquiera deun brazo, y ala vez.que Ia jalaba hacia sus habitaciones lanz6 una ojeada al balc6n donde estaba el Artista. Ni vas a joder las cosas —dijo—ni voy a per mitir que ningin muerto de hambre as arruine. Fue con ella de vuelta a la Ciudad. —Yo sé por dénde salir sin que te miren —ledi- jo, yaunque supo que jugaba con lumbre, lamane- ra en que aella se le iluminaron los ojos le dio la seguridad para continuar. Tanto queria salir que ni lepregunts por qué se ofrecia a acompafiarla. EI Artista la condujo hasta el fondo de uno de los jardines, brincaron un tramo de reja que en un paseo él habia visto que no estaba electrificado por- que un arroyo corria debajo. Allllegar a la ciudad, la Cualquiera lo llevé de Jamano como si fuera él quien necesitara ser guia- do por las cantinas a la vera del puente. Con re~ gocijo de feria le sefial6 en cada antro una imagen favorita: una rocola del afio del caldo, un cantinero con ojos de tortuga, una barra de madera labrada de obscenidades, un conjunto musical de puros 79 ‘enanos, un bafio con mujeres paradas para mear. Y cn los lugares que no habja conocido atin entraba como tanteando las mesas, aferrada a una manga del Artista y en silencio. EL Artista vio pasar frente a sus ojos el mundo en el quea riatazos habia aprendido a perdurar, y no consegufa compartir la fascinaci6n de la Cual- quiera. Si vio cosas nuevas, sin embargo, o las mis- ‘mas cosas se le revelaron con una nueva fuerza, como si se le hubiera despellejado un callo en la mirada y ahora todo su ser se fijara en pormenores que antes se perdian como una foto borrosa. Les mir6 el nervio herido a las clandestinasy el hartaz~ goa las cautivas, entendis el frio del viejo que ge- mia desde el suelo sin poder articular una peticiéns y un cartel que preguntaba por una muchachita extraviada le hizo concebir el horror de ser tortu- rado por cobardes. Se vio a sf mismo en un nifio cenizo que empujaba notas escuilidas a través de tuna trompeta, aunque reparé en que este la pasaba peor de lo que él debié soportar, porque cuidaba a otro més pequefio, acurrucado a su espalda, El Ar- tista nunca habia tenido que cuidar de nadie. Escomosino hubieraderecho ala belleza, pens6, y pens6 que a esa ciudad habia que prenderle fue- godesde los s6tanos, porque por donde quiera que 80 Iavida se abria paso era ultrajada deinmediato. Pero miré ala Cualquiera, que sobre la acera observaba auna clandestina sin que esta se diera cuenta, que Javefa como sile hiciera una caricia, como sila con- solara, y al Artista le parecié que por un momento caja una luz més limpia sobre el arrabal y se sintié privilegiado de poder advertirlo. —Ya no te habia visto por aqui, cosita —escu- ché una voz a sus espaldas—, meses, pensé que no te habia gustado lo que te di. El Artista se volvi6 y encontré aun hombre bofo y panz6n quese tocaba la hebilla mientras hablaba. La Cualquiera parecié asustarse y luego encender- se: todo su cuerpo se sobresalté como si fueraabrin- car, pero s6lo dio un paso y se paré junto al Artista. El hombre también dio un paso hacia ellos. —Entonces... hacemos negocio? Ya sabes, cada ‘uno le da al otro lo que le gusta. ‘Auiquese cobnd de rabia ert.un segunds, el Artista no sabia cémo defender a nadie, y por ha- cer algo se llevé las manos ala espalda para fajarse a camisa, como si se prepararaa pelear. El hombre se eché para atrds y alz6 las manos con susto. é pues! Tranquilo, no hay por qué sacar el fierro. Sila quiere llévesela, al cabo que de estas se hallan por todas partes. La Cualquiera abrazé al Artista por detrés y lo jal6 hacia la puerta de un edificio sin dejar de apre- tatle el pecho. Le grité una obscenidad al hombre, y el Artista y ella, caminando de espaldas, como atrin~ cherdndose contra la ciudad, acabaron de entrar. Al hotel. Estaban en un hotel. Se quedaron unos se- gundos mirando la recepeién sin saber qué hacer, hasta que la Cualquiera se acercé, pidié una llave y coun gesto le indicé al Artista que la siguiera. Una vez en la habitaci6n ella se desvistié con prisa y a él con furia, lo mont6 frfa, concentrada~ mente, y el Artista tuvo una certeza que le descon- solaba, sinti6 que ella miraba més allé de su rostro, ala almohada, al muro. Por eso no hizo mas que tomarla suavemente de las caderas y esperar. Ella se detuvo de pronto y se quedé cabizbaja, sentada sobre él. —No te voy a pedir perdén —dijo; se quits y seacosté al lado—, s6lo es queno sé cémo tratara los hombres que parecen buenos. Se quedaron en silencio. Un foco plagado de ‘mosquitos matizaba la oscuridad. El Artista se pro- puso dejar de pensar, s6lo quiso estar ahi con la Cualquiera. ¥ de sabito supo desu sangre: era un, flujo titubeante que vacilaba frente invisibles can- tos rodados. El Artista pulsé una vena en el brazo 82 de la Cualquiera, la siguié hasta la mufieca y de regreso. Pasé la otra mano sobre su cuerpo y es- cuché las venas de un muslo, Recorrié la piel sobre los fragiles cauces al ritmo del latido de ella. Sintis cémo se le aceleraba la sangre y cémo se volvian indtiles las manos porque cada punto de piel pre- sentia el otro torrente. Miré su rostro: un rostro deliberados hay rostros que parecen accidentes, pero no esta cara que rima entre sus partes, no esta piel de arena caliente que moldea los pémulos re- dondos, la boca pequefita, los dientes que muer- den un labio, no este rostro que ahora se entona a si mismo. Se amaron como quien persiste a cada instante, con la certeza de que es la tinica manera de estar vivo. ¥ con tanta lentitud: sin recelo ni an- sia por el cabo al final de esta cuerda. Luego salieron ala calle como iluminados, aje~ nos a la juerga eterna de las calles. Se les acered alguien a venderles discos piratas y el Artista vio que entre ellos habfa uno con su nombre, que no significaba nada. El Rey le habia cumplido, pero saberlo no lo emocioné —se habia enterado de co- sas mas importantes ese dia. Deuna cantina vieron salir al Gringo en un tam- baleo. Los miré con sorpresa, pero sin denotar es~ céndalo. 83 —Pensé que andaba del otro lado —dijo el Ar- tista. —Fui y volvi, pero no hay nada que sirva, qué vana saber? El Pocho ya ni se paraba por alli, des- de que les dio la espalda a aquellos ya només hacia negocios de este lado, Es mas: él ya de lo tinico que se encargaba era de conseguirle hembras al Se- fiox,como sile hubieran servido para algo, pero esto —selllevé con torpezaun indice alos labios —, esto, chit6n, gch? Ustedes no saben nada... ¥ yo tampo- co sé nada deustedes. Mejor. Mejor no saber, ahora que todo seva air ala chingada, Un polvo helado barria la ciudad. El Gringo se dio media vuelta, camin6 en zigzag unos metros y se arrumbé a las puertas dena cantina. ¢Quéhay ahi? :Quéhay ahi detras? {Un otro mun- do que se pone de frente al sol? Un alud de linde- ros quese repiten tras una piedra en el agua? (;Ser4 Ja vida una piedra en el agua?) Mirar y mirary mirar y no mirar:no hay forma, s6lo un amasijo hastio de sf. Una mueca soberbia, un mundo 2ngano.