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Dr.BERNARDO GANDULLA

(UnLu-UBA)

2003

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Los hechos históricos –como dijo J. Chesneaux- “son reconocibles científicamente pero esta exigencia debe tener en cuenta sus carácterísticas específicas. Por una parte los hechos históricos son contradictorios como el curso mismo de la historia; son percibidos diferentemente (por estar ocultos diferentemente) según el tiempo, el lugar, la clase, la ideología. Por otra parte son inasequibles a la experimentación directa, a causa de su

naturaleza pasada; no son suceptibles sino de enfoques progresivos, cada vez más próximos a lo real. La exigencia de rigor científico, indispensable para precaverse de los mitos y de las fábulas, debe tender a “liberarlos” de todo lo que los deforma y los

oculta

que denunciar

en sus raíces políticas las interpretaciones erróneas y las lagunas voluntarias, que están ligadas a prácticas de opresión y de alienación en provecho del poder y de las clases dirigentes” 1 Esta observación de Chesneaux pone de relieve la magnitud de las trampas escondidas en la aparente inocencia del discurso histórico y, por que no decirlo, de las ciencias sociales.

Todo

esto lejos de reclamar cualquier “neutralidad política”

Hay

Las trampas contenidas en el discurso, sin embargo, no son siempre intencionales sino que, a veces, son reproducidas por las víctimas de la fascinación de su artilugio. En realidad es una imposición de los signos que operan en cada medio social.

Para poder comprender la naturaleza compleja del problema es necesario explicar previamente al menos dos aspectos condicionantes del pensamiento: el de la “existencia real” y las formas fenoménicas de la realidad y el de la naturaleza ideológica de los signos.

Tanto la reprodución involuntaria como intencional de las falacias de un enunciado, tienen su fundamento en las características propias a una percepción “ingenua” de la realidad. “La “existencia real” y las formas fenoménicas de la realidad –que se reproducen inmediatamente en la mente de quienes despliegan una praxis histórica determinada- como conjunto de representaciones o categorías del “pensamiento ordinario”, (que sólo por “hábito barbaro” se consideran conceptos) son distintas y con frecuencia absolutamente contradictorias respecto de la ley del fenómeno, de la estructura de la cosa, o del núcleo interno esencial y su concepto correspondiente.

“El conjunto de fenómenos –dice K. Kosik- que llenan el ambiente cotidiano y la atmósfera común de la vida humana, que con su regularidad, inmediatez y evidencia penetra en la conciencia de los individuos agentes asumiendo un aspecto independiente y natural, forma el mundo de la pseudoconcreción

1 Chesneaux, J. (1981) Hacemos Tabla Rasa del Pasado?, Falsas evidencias del discurso histórico, p. 72

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“El mundo de la pseudoconcreción es un claroscuro de verdad y engaño. Su elemento propio es el doble sentido. El fenómeno muestra la esencia y, al mismo tiempo, la oculta. La esencia se manfiesta en el fenómeno, pero sólo de manera inadecuada, parcialmente, en alguna de sus fascetas y ciertos aspectos. El fenómeno indica algo que no es el mismo, y existe solamente gracias a su contrario. La esencia no se da inmediatamente; es mediatizada por el fenómeno y se muestra, por tanto, en algo distinto de lo que es. La esencia se manifiesta en el fenómeno. Su manifestación en éste revela su movimiento y demuestra que la esencia no es inerte y pasiva. Pero igualmente el fenómeno revela la esencia. La manifestación de la esencia es la actividad del fenómeno.” 2

Consecuentemente, si tenemos en cuenta que el mundo de la pseudoconcreción está integrado, a su vez, por los mundos de los fenómenos externos, el del traficar y manipular, el de las representaciones comunes –que son una proyección de los fenómenos externos en la conciencia de los hombres- y el de los objetos fijados, que dan la impresión de ser condiciones naturales, se percibe que la ausencia de una práctica reflexiva rigurosa y atenta arriesga al sujeto, en este caso al investigador, a la seducción de tautologías generadas en el interjuego de las formas fenómenicas de la realidad en que vive y aquella que estudia.

El otro gran condicionante del pensamiento está constituido por el contenido ideológico del signo. El mundo de los signos coexiste con los fenómenos de la naturaleza, los objetos técnicos y los productos de consumo. “El signo –destaca V. M. Voloshinov- no solo existe como parte de la naturaleza sino que la refleja y refracta y por lo mismo

puede distorsionarla o serle fiel

todo signo pueden aplicársele criterios de una

valoración ideológica (mentira, verdad, corrección, justicia. bien, etc.) El área de la

hay un signo hay ideología. Todo lo

ideológico posee una significación signica”

ideología coincide con la de los signos

A

Donde

La precondición de la existencia de un signo está en el proceso de interacción entre conciencias individuales y la conciencia sólo deviene conciencia al llenarse de contenidos ideológicos, es decir sígnicos, y por ende sólo en el proceso de interacción social, es decir en el proceso de la comunicación cuya expresión más plena está en el

lenguaje

principales formas

ideológicas de la comunicación semiótica podrían ponerse de manifiesto de la mejor manera posible justamente gracias al apoyo del material verbal” 3

La

palabra es el fenómeno ideológico por excelencia

Las

El investigador de los hechos sociales, el historiador, en tanto hombre no es ajeno a estos condicionantes, más aún: está formidablemente expuesto a ellos pues, como productor de conocimiento sobre el pasado, soporta, por un lado, una pesada carga en cuanto a la interpretación de los procesos que estudia y, por otro, debe transmitirlo mediante un lenguaje que no oscurezca los significados. Hijo de sus palabras su responsabilidad radica en la calidad y amplitud reflexiva de su discurso.

De lo que se trata, en suma, es de ejecutar un procedimiento de re-significación de nuestro propio lenguaje de modo de interpretar todas nuestras fuentes en el marco de sus procesos a partir de esta re-conceptualización y re-visión.

2 Kosik, K. (1967) Dialéctica de lo concreto

3 Voloshinov, V. M. (1992) El Marxismo y la filosofía del Lenguaje

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Me permito destacar que el trabajo de reinterpretación debe ejecutarse sobre todas las fuentes de las que se pueda echar mano. Esto viene a cuento para reivindicar la adopción de una metodología inter y multidisciplinaria. La abolición del sólo empleo de los restos materiales o la fuentes escritas o una combinación simplista, no reflexiva, de ambos incide en la reducción del enfoque cognitivo de los procesos.

Como el acto de conocer, interpretar y trasmitir es una totalidad integrada, sistémica, dicha abolición o simplismo también limita peligrosamente nuestro discurso. Al respecto me remito a la autorizada observación de G. Ahlström que en la Introducción de su Historia de la Antigua Palestina señala:

“ Como la mayor parte de otros historiadores, los de Siria-Palestina tienen dos tipos de fuentes materiales primarias para una reconstrucción del pasado: las arqueológicas y las literarias. La información también puede ser derivada de la geografía y el clima del país.” Y más adelente, despues de señalar que los restos arqueológicos per se pueden ser vistos como ‘mudos’, agrega que “debido a que testimonios mudos y textos no dan toda la información necesaria se precisará aquí un método que use razonamiento, hipótesis, lógica e imaginación (en otras palabras la ‘arcilla’ del historiador) para construir a partir del material disponible y llenar los vacíos entre las fuentes” 4 . Algo similar ha planteado en W. G. Dever al pregonar la unión de arqueológos e historiadores a fin de superar las distorsiones generadas por el discurso filológico 5 .

En nuestra disciplina, por ejemplo, se han venido empleando, sin advertencia previa, una serie de conceptos cuyo contenido, en la percepción inmediata y general, no reflejan, en mi opinión, el carácter genuino que debió tener en los períodos en que los acontecimientos se desarrollaron. Su utilización por semejanza, y a falta de una terminología mejor, ha terminado por difundir una cosmovisión más cercana a nuestra realidad que a la del pasado.

Se encuentran en esta situación palabras como “frontera”, “globalización” o “mercado”. En este caso nos abocaremos a comentar las dos últimas, dado que de la primera me he ocupado en un artículo de reciente publicación en Padua, Italia 6 .

Si nos atenemos simplemente a las apariencias formales de la “globalización”, este fenómeno que afecta a nuestro tiempo no parece un acontecimiento novedoso. Ubicándolo en cada tiempo y lugar en cuanto a la proposición “dominio central- subordinación periférica” la Humanidad ha vivido muchas “globalizaciones”.pues para cada etapa histórica lo global era el mundo que se conocía. Si continuamos guiándonos por lo fenoménico de la “globalización” también hay semejanzas en las formas de organización económico-administrativa del centro hacia esa periferia especialmente en el Imperio Persa y aunque menos, también en los “Imperios” de Tiglat-pileser III y

4 Ahlström, G. (1988) The History of Ancient Palestine, Introduction.

5 Dever, W. G. (1997) Philology, Theology and Archaeology: What Kind of History Do We Want, and What Is Possible?, en N.A. Silberman & D. Small (eds.) The Archaeology of Israel: Constructing the Past, Interpreting the Present, Sheffield Academic Press, England.

6 Gandulla, B. (1999).- The Concept of Frontier in the Historical Process of Ancient Mesopotamia, en L. Milano, S. de Martino, F. M. Fales , G. B. Lanfranchi (eds) Landscapes: Territories, Frontiers and Horizons in the Ancient Near East-Proceedings of RAI 44º, Venecia, 1997, Volume II: Geography and Cultural Landscapes, History of the Ancient Near East/ Monographs III, 2, Padova.

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Assurbanipal. Nosotros podríamos pensar entonces que es posible hablar de una prehistoria de la globalización.

Sin embargo lo fenoménico enmascara la esencia porque ese eufemismo que encubre el término globalización no es, como en la antigüedad, la simple expresión de una supremacía militar de un poder central concreto imponiendo obediencia a una periferia que, pese a todo, conserva su identidad y hasta una cierta autodeterminación sino un sistema sutil de completo sometimiento y control que se propone abarcar todos los aspectos de la vida social desde el centro abstracto y ubicuo de corporaciones transnacionales como genuina expresión de la etapa superior del Imperialismo. Esta diferencia esencial nos permite desechar esta denominación por encima de semejanzas formales.

Este ejemplo, sin duda excesivamente general y burdo a conciencia, nos sirve para introducirnos en el problema central que nos preocupa: las especiales características que deben ser tomadas en cuenta, y por tanto explicadas, cuando se emplea el otro concepto en cuestión: el de “mercado” y los términos que le están relacionados.

Las cuestiones sobre la historia económica de la Antigua Mesopotamia, y por extensión al Cercano Oriente Antiguo, representan un aspecto altamente controvertido. No es difícil hallar en la producción de los especialistas una desprolijidad terminológica notable cuando no transpolaciones político-ideológicas en la reconstrucción e interpretación de los procesos.

Sólidos y severos llamados de atención al respecto no han faltado. Desoidos, y hoy casi olvidados, en el afán de aggiornamento bibliográfico, sin embargo perduran en su rigor y vigencia como fanales que todavía iluminan la oscuridad y confusión de los caminos que venimos trasegando. Tal es el caso de Leo Oppenheim.

Oppenheim, en un pequeño pero sustancioso artículo que data de 1967 7 , señala que el “obstáculo más importante es la barrera conceptual que impide la comprensión total de la naturaleza real de una transacción registrada y de su multifacético marco institucional. Impregnado de las teoría económicas del siglo pasado, que influyen hasta en los asiriólogos menos versados en cuestiones de teoría económica, nos vemos obligados a situar toda acción económica dentro de las coordenadas tradicionales de dinero, mercado, precio, etc. Tal como éstas se han definido y aceptado en los últimos cien años de nuestra civilización. Aplicamos constantemente este marco de referencia sin darnos cuenta siquiera de que distorsionamos así la imagen de Mesopotamia en sus aspectos más esenciales, pues basamos nuestros análisis en una serie de suposiciones que damos por sentado que son universalmente aplicables.

“Pero esta barrera no es –continúa Oppenheim- en absoluto insuperable. Los escasos estudiosos de las instituciones legales y de la religión de Mesopotamia llegaron a darse

que todo intento de comprender los fenómenos complejos

y básicamente ajenos a nosotros, de una civilización arcaica ha de orientarse por las

líneas de pensamiento que utilizaba dicha civilización para reflexionar sobre ellos.”

cuenta hace algún tiempo

de

5

Esta advertencia de Oppenheim es óptima para destacar algunas cuestiones sobre el concepto de “mercado”. En una obra ya clásica, K. Polanyi 8 desarrolla el inicio de una extensa polémica sobre esta problemática.

Polanyi formula la hipótesis de las sociedades de intercambio “sin mercado” para la Mesopotamia, particularmente centrado en la Babilonia de Hammurabi y en el karum Asirio. Este análisis, ha sido objeto de críticas entre las cuales destaco la reciente de Morris Silver 9 sosteniendo la existencia real del mercado en el Cercano Oriente Antiguo.

Lo paradógico del caso es que ambos, a mi juicio, tienen razón y sin embargo también están equivocados. Los dos, por motivos diferentes, son víctimas del mundo de la pseudoconcreción y de la naturaleza ideológica de los signos.

Está en lo cierto Polanyi pues el mecanismo del tráfico de bienes en la Mesopotamia de Hammurabi así como en el karum asirio no comportaban la existencia de un mercado en los términos en que B. Landsberger, en 1925, y Eisser-Lewy, en 1935, lo describieron, es decir una prehistoria del mercado capitalista. La naturaleza de las actividades “comerciales” era de carácter unidireccional monopolizada por el Estado en la que la ausencia de la libre concurrencia era notoria, por lo tanto aparecía como una sociedad sin mercado.

Por su lado la reivindicación de la existencia efectiva del mercado por Morris Silver, en su refutación desde el marxismo a Polanyi, también se asienta en un principio de realidad porque la ausencia de un lugar físico y la intervención monopólica de un Estado no autorizaría a hablar de una sociedad sin mercado, pero incurre en homologaciones incongruentes con el proceso histórico cuando considera evidente la formación de precios en el centro comercial Asirio de Anatolia, el karum de Kanesh, simplemente porque las actividades comerciales allí coinciden plenamente con las operaciones usuales con las fuerzas de un mercado. Nuevamente lo formal oscurece la esencia conceptual.

Tanto la pretensión de Polanyi, dejando al marxismo de lado pues le parecía una concepción errónea del valor y de los precios, como la posición de Silver, considerando como evidencia del mercado un proceso de formación de precios desde el marxismo, ponen de relieve como la carga ideológica altera el abordaje del pasado y lo tergiversa en cada discurso. Así la reflexión de Oppenheim adquiere un peso formidable.

En mi opinión, ya se trate de Silver o Polanyi, la problemática de su distorsión pasa también por una mala lectura de Marx, en un caso por exceso y en el otro por prejuicio.

En realidad el uso del concepto “mercado” no está mal empleado si previamente se fundamenta qué debería entenderse por economía y por mercado en la Antigua Mesopotamia, tanto en la Babilonia de Hammurabi como en el karum Asirio. Sin duda hubo una suerte de actividad de mercado pero completamente diferente a nuestra idea moderna de tal.

8 Polanyi, K., Arensberg, C. M., Pearson, H. W. (1976) Comercio y Mercado en los Imperios Antiguos, Labor Universitaria.

9 Silver, M. (1983) Karl Polanyi and Markets in the Ancient Near East: The Challenge of the Evidence, Journal of Economic History, vol. 43, nº 4, pp. 795-829

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Sin entrar en un analisis de fuentes podriamos decir que estas muestran que la idea de economía es empírica pero de ninguna manera crematística: era un procedimiento de administración de bienes de consumo en un sistema de subsistencia basado en la redistribución de la producción y una acumulación de excedentes. El “mercado” no era precisamente interno pues el Templo primero y el Palacio después fueron los agentes de la distribución a nivel local y la consumación de dicho mercado solo se expresó con la expansión de los reinos con un carácter de intercambio, ora desigual ora igual, con el mundo externo en procura de bienes de prestigio que consolidaban el poder del Estado y justificaba las hegemonías.

También hubo formación de precios pero de una manera sui generis es decir no unitaria sino variable pero no por fluctuaciones económicas sino por diferencias en los patrones de valor, valor que a su vez no estaba determinado por la fuerza de trabajo invertida. Las disposiciones de cargas por penas contenidas en la leyes de Hammurabi –una recopilación a la que no le cabe sino eufemísticamente el nombre de Código- pueden servir de ejemplo de una racionalidad sólo justificable en el contexto de esa sociedad cuya forma de determinación se nos hace todavía inasequible. Sin duda tenía plena razón Marx cuando en la Contribución a la Crítica de la Economía Política consideraba imposible generalizar los teoremas de la economía política a los modos de producción precapitalísta.

La ausencia o el descuido de una reflexión rigurosa atendiendo a los condicionamientos de tiempo y desarrollo social arriesgan al investigador a encrucijadas de equivocos o deformaciones de consecuencias graves tal como la que incurre, por ejemplo, A. Ben Tor explicando los rasgos generales de la economía del Bronce Temprano I en Israel, que se data entre el 3200-3100 a. C. “ Esta economía, dice Ben Tor, está basada en una combinación de pastoreo de cabras y ovejas con cultivos, especialmente de olivos, vino y otros árboles frutales. El producto de este trabajo sirvió para el aumento del nivel de vida de la población, el incremento del número de personas que vivían de una parcela, y acarrean una acumulación de excedente, una precondición para el comercio.” 10

Resulta verdaderamente sorprendente que en un periodo carente de fuentes escritas, los solos restos arqueológicos permitan esta conclusión infisionada de una concepción tan cercana a una incipiente sociedad de mercado. No pretendemos decir que algo de lo expresado por Ben Tor no pueda, por analogía, ser inferido sino que la displicencia y facilidad con que este discurso apela a conceptos poco habituales para el periodo en estudio carece al menos de una necesaria dosis de cautela o, como mínimo, una explicación que está ausente en su trabajo.

Lo expuesto pone en primer plano que en el ejercicio de su discurso el historiador debe ejercer una reflexión metódica y rigurosa partiendo de una re-lectura y re-significación de sus fuentes, sean de la naturaleza de fueren, para desentrañar su más genuino significado más allá de su propia percepción cognitiva.

10 Ben-Tor, A. (1992) The Archaeology of Ancient Israel

Bernardo Gandulla