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Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (I)

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Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (I)

Nombre *

Acude a la reunión de los ancianos, ¿que te encuentras con un sabio? júntate a él. Si VI, 34.

Introducción

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011 Cuando los azares de la vida nos han colocado frente a un gran ejemplo, sería verdaderamente una falta de espíritu guardarse esta enseñanza para sí solo. Los Ancianos insistieron mucho sobre este deber de gratitud que era, a sus ojos, el más sagrado. Me parece que en nuestros días se confía más en las propias virtudes, hay titubeos en decir lo que se debe. Se habla mucho de la solidaridad y de los lazos misteriosos que hacen de todos los hombres un solo cuerpo; se multiplica la gratitud hasta el infinito cuando se quiere evitar restringirla a aquellos a los que se puede llamar por su nombre propio. A mi parecer, la piedad no se aplica solamente a Dios y ella nos aconseja reavivar y resucitar, como lo hizo Marco Aurelio en sus Pensamientos, la imagen de los que nos dieron en este mundo lo mejor de sí mismos.

Por lo mismo que el Sr. Pouget, de quien no voy a dejar ya de

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hablar, no se dio a conocer durante los días de su vida mortal; ponía todo el cuidado en ocultarse, cosa que otros ponen en hacerse valer, un cuidado meticuloso y arisco. Y eso nos urge más todavía a celebrarlo, aunque no sea más que para restablecer el equilibrio por justa compensación

Se podría citar en nuestro siglo de charlatanes a varios de estos pensadores oscuros que no han lanzado ningún escrito en público y que han tenido en cambio posteridad. Pienso en el abate Noirot, en el abate Huvelin, en Louis Aguettant, en Lucien Herr, y en aquel Jules Lagneau de quien decía Alain que era “el único Gran Hombre con quien se hubiera encontrado”. El Sr. Pouget era de esa clase y en grado heroico. Hacía pensar en estos seres descritos en Las Dos Fuentes del Sr. Bergson como constituyendo por sí solos una especie; no se parecía a nadie más.

Reunía los contrarios. No tenía presencia y era sin duda una de las inteligencias más fuertes de su tiempo; por fuera era un viejo profesor retirado del mundo, sin títulos universitarios, sin notoriedad, sin ningún brillo, ni siquiera entre los suyos, y sin embargo albergaba bajo ese sacramento de oscuridad un espíritu abierto a todo, informado en todos los conocimientos humanos, desde las matemáticas a las lenguas orientales pasando por el dédalo de la historia sagrada y profana, y sobre todo poseía un juicio seguro y sereno, osado y prudente que hallaba infaliblemente, después de dar vueltas, sufrir y gemir, la línea exacta que separa lo que se puede saber de lo que se debe ignorar. En primer lugar se quedaba uno estupefacto de su prodigiosa memoria que convertía su enorme cráneo en una biblioteca viva, pero esta memoria, lejos de abrumar como suele suceder en esos casos, estaba a su disposición y para servirse de ella; le permitía basar su reflexión y renovarse sin parar. En el

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fondo era un hombre de la tierra, habituado a los métodos del trabajo del suelo, hablando el lenguaje de la gente de la tierra: era un campesino puro pero un campesino sabio y autodidacta, que roturaba la física y la exégesis como lo hubiera hecho con un helechal. Un sabio, decía yo, pero también y más todavía un sabio de tiempos pasados, un “hombre de Dios” y quien lo había dejado todo por las cosas de Dios, primero sus campos, luego sus ojos, después sus ciencias queridas, su tranquilidad y la libre disposición de su tiempo, y quien a pesar de sus sacrificios se interesaba con pasión por todo aquello que ya tenía superado, en particular por los descubrimientos de las ciencias, por la conversación de los profesionales, por todo lo que ocupa y preocupa a la gente del mundo.

Una sabio respetuoso con los especialistas, y que no obstante pensaba por sí mismo, y lo sometía todo a discusión. Llevando al estudio de la teología los métodos de sumisión, de precisión y de prudencia que había recogido de su terruño, de la práctica de las ciencias exactas y del espíritu sólido de san Vicente de Paúl. Tan independiente y despierto como lo puede ser un espíritu fuerte, tan poco dispuesto como el más puro de los racionalistas a someterse sin razones y a dejarse “enredar aquí” (señalando su frente con el dedo), y con todo el más pronto en callarse, y en confundirse con la masa, y en respetar cada decisión de la disciplina eclesiástica o religiosa. Rindiendo de esta forma a la Iglesia romana, de la que era humilde servidor, el más hermoso homenaje que ella pudiera desear de un hombre: el de una conciencia indomable y de una razón muy difícil en materia de pruebas. Meditando siempre a Cristo, “lanzando, como él decía, a Cristo” a diestro y siniestro, pero señalando detrás de Cristo a la Iglesia. Libre de todos sometiéndose a todos.

Se había pasado lo mejor de su vida entre las dos guerras y en

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esta época en que tantas cabezas generosas habían ensayado instalar un puente entre el siglo y la Iglesia y no habían sido reconocidas por ninguno de los dos; había perdido casi al mismo tiempo y en ese tiempo los ojos y la cátedra, sin dejarse desanimar por ello. Había trabajado “lo mismo que un motor que gira, aun sin que se le embrague”. Silenciosamente había construido un bonito arco de piedra tallada, sin amargura y sin prisa, sin caerse ni con precipitación crítica ni antiguos prejuicios. Privado de la vista desde hacía treinta años, vivía un día sí y otro no en una neblina de luz más lacerante que las tinieblas, pero este anciano poseía ese don único de haceros discernir siempre, en todo lo que se le proponía, la parte del artífice, del enredo y el pequeño núcleo en su punto justo. Por último, para decirlo todo, del fondo de su noche, el Sr. Pouget dejaba partir tan puros rayos de luz que se desprendían de él y que uno podía llevarse consigo.

Ahora querría explicar lo que más me ha sorprendido con este hombre. En un pasaje de sus Recuerdos con Jules Lagneau, el Sr. Chartier se propone averiguar cómo un hombre inteligente y libre, un Lachelier por ejemplo (ya que es en él en quien está pensando) puede todavía tener la fe. Y da la razón siguiente: a los ojos de un cristiano, nos dice resumiendo, todo es seguro, todo está regulado en cuanto al fondo, y esta entrega primera de la libertad y de la inteligencia le produce una gran seguridad. El creyente, a la usanza de Descartes, puede arriesgarlo todo ya que se ve apoyado por todas partes. Y, para terminar, el Sr. Ch artier escribe:

“Finalmente el católico no tiene nunca la obligación de pensarlo todo. Alguien piensa por él”. Cuando hallé esta frase en ese librito cuya piedad me encanta, conocí como en un destello que definía mejor que otra cualquiera lo propio del Sr. Pouget, pero evidentemente era al contrario. Cada mañana, cada momento, este nuevo Atlas se imponía la obligación de pensar el todo sin que en

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ningún momento admitiera que nadie pensara por él. Se echaba encima esta carga como el buey de labor se deja uncir al yugo bienhechor. O mejor como el labrador acepta cada día el peso total de la tierra. Y yo no digo que la fórmula el Sr. Chartier no sea verdadera para la mayor parte de nosotros. ¿Cómo iba a ser de otra forma? Él mismo se refiere a este amo que le había dado la impresión de sostener el universo; basta en efecto con que haya uno. Se entiende perfectamente que en la sociedad religiosa muchos sigan pensando por rutina, por tradición, por obediencia, por disciplina, por el juego normal de la imitación, por la repetición de lo que se dijo y se dijo bien, por respeto a las palabras caídas de la boca de los santos: por otra parte ahí está la fuerza de la Iglesia en infundir su verdad en estas reflexiones perezosas que normalmente no deberían suponer una parte tan importante; se ve por las otras religiones y tradiciones. Pero preciso es que haya siempre en algún lugar ciertas personas fuertes, ciertos pilares y, como decía el apóstol, ciertas columnas implicadas en el duro trabajo de soportar el edificio y de demolerlo sin cesar en espíritu para poder sostenerlo por el solo pensamiento. Era entonces esta inquietud de llevar el Todo la que daba al Sr. Pouget, como a Parménides, algo de venerable y de oscuro. Puesto que, en cada cuestión que se le ponía o que él exponía, sacaba a relucir un montón de cosas. De continuo volvía a las bases, a los comienzos y a los principios, y en ellos se daba el tiempo necesario. Oh! y cómo se sufría, cuando se había llegado de lejos para proponerle una dificultad apremiante, y no saber sacarle una respuesta! Mi problema, yo se lo lanzaba nada más franquear la puerta, como un mensajero anuncia la noticia; y entonces le veía penetrar en el gran laberinto de sus pensamientos. Subía por senderos de cabras hasta las cimas confusas para mí y en las que era preciso que él se detuviera. Pero así, enseñaba a palpar la cosa por uno mismo, luego a decidirse según la propia conciencia.

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Se comprende que muchos jóvenes, que muchos hombres maduros y algunos ancianos se hayan sentido empujados por un irresistible atractivo hacia la humilde celda donde vivía y de la que más adelante daremos la descripción y el inventario. Como el Sr. Pouget era ciego, era extremadamente fácil atrapar al vuelo lo que decía, respetar el movimiento de su estilo oral, captar su pensamiento en las propias comisuras de los labios. Si hubiera tenido vista, su modestia habría paralizado este espionaje, y creo también que nos habríamos sentido cohibidos por una especie de pudor; nuestras palabras no pertenecen a nadie, y no se firma más que lo escrito. Al escucharle así, y al tomar apuntes a la sordina, pensaba yo en estas palabras de Papías referidas en la Historia eclesiástica de Eusebio. El viejo obispo de Hierápolis nos dice con qué avidez escuchaba él a los que habían sido los discípulos de los apóstoles: “No pensaba que las cosas recogidas en los libros me pudiesen servir de tanta utilidad, seguía diciendo, como lo que procedía de una palabra viva.” ¡Qué bien convienen estas palabras a los que escuchaban al Sr. Pouget y espiaban atentamente sus curiosos modos de decir las cosas!

Su candor era extremo. A veces, oía el ruido del portaplumas en el papel, porque poseía grandes oídos que percibían los pequeños ruidos.

“Pero, ¿qué está haciendo usted? – Señor Pouget, le decía, tomo algunos apuntes… – Ah sí, decía, usted apunta una idea que se le ha ocurrido.”

Se volverá una y otra vez sobre las líneas generales, como hace el que dibuja, que duda, que vuelve y deja a veces para un mismo contorno varios trazos en lugar de uno solo, pues sabe muy bien que las repeticiones no causan daño a la verdad y que en cambio

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la ayudan haciendo entrar en el ojo del que mira ese movimiento del modelo que el dibujo no puede dar. Me atrevo a esperar que nuestros lectores, después de los intentos ciegos y la inevitable confusión del principio, queden al fin satisfechos; ojalá lleguen a ver poco a poco salir el rostro del Sr. Pouget de su penumbra y mirarlos con su sonrisa bonachona.

Pues a menudo será el propio Señor Pouget quien hable; es lo que yo llamo, con un término que citaba con frecuencia para los Evangelios, sus logia, sus dichos, según una vieja palabra francesa. Los que le conocieron y le quisieron volverán a ver quizás en esas frasecitas cortadas y ágiles, en ese acento, ese giro inimitable y esa mirada de la voz que es tan difícil evocar cuando se piensa en los muertos.

27 de agosto de 1939.

Capítulo I: La vida del Sr. Pouget hasta 1920.

El lector buscará en vano en la relación que vamos a entablar un biografía completa del Sr. Pouget. La vida de aquellos que se dedicaron al estudio, sobre todo si no han publicado ninguna obra, no presenta ninguno de esos acontecimientos en los que pueda apoyarse el narrador. El Sr. Pouget apenas escribía cartas: las que se han conservado y que me han llegado acaban por resultar didácticas y sólo hablan de él ocasionalmente. He dicho que era de verdad un desconocido al mundo. Las vueltas que he dado para conocer su pasado han sido de escasos resultados. Se hubiera dicho que había cierta indiscreción en penetrar ese misterio de regularidad y de humildad, como si alguien deseara conocer la vida de su madre cuando no era todavía más que una jovencita.

Todo cuanto se puede hacer en este capítulo inicial, necesario

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como fondo de cuadro, y primer esbozo es decir lo que el Sr. Pouget contaba de ese pasado en la ancianidad en que le conocí:

si con frecuencia se refrescaba, volvía a los recuerdos de su vida

campesina por expansión, por piedad hacia sus “pobres padres”, por la coquetería de la edad avanzada: era este periodo el que revivía mejor en su memoria, como si todo el intervalo hubiese estado lleno de tareas y de ocupaciones y que estuvieran allí sus raíces: en todo él había sido campesino. Y el lector comprenderá poco a poco porqué el Sr. Pouget no podía nunca separarse de sus mesetas y de sus páramos.

El Sr. Pouget era al mismo tiempo un cerebral y un rural: estas dos cosas se oponen con mucha frecuencia, como se ve por tantas inteligencias que no han sabido desarrollarse sino desarraigándose

o buscándose los orígenes después. El Sr. Pouget no tenía que

hacer este trabajo. Era un verdadero campesino. Aunque se había despojado de todo amor propio, había seguido apegado a esta tierra materna que él conocía como la conocen los labradores y los pastores, por haberse doblado sobre ella, por haber explorado todos sus recovecos, de manera que podía recorrerla todavía con la mente, cuando quería. Sin embargo, me contaron por allí una historia dolorosa. En 1911, cuando fue a su país por última vez (visita que recuerdan todavía los viejos, como el Sr. Podfer, uno de sus primos), su vista comenzaba a enturbiarse. Los suyos querían que se dejara acompañar en sus paseos. Pero, pensemos un momento, qué humillación, qué fastidio! Con el fin de probarse a sí mismo que no estaba tan ciego y quizá también para disfrutar más de su tierra y de su pasado, quiso partir solo. Y se dirigió hacia los campos que labraba con su padre y sobre todo hacia los pastos de Jaunisse donde cuidaba los ganados, hacia los campos y los pedregales del Ronne, por las orillas del Besse. Y allá se perdió, como más tarde se perdía en su pequeña celda de la calle de

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Sèvres, buscando la puerta allí donde estaba la ventana, y entonces se le tomaba la mano, se le calmaba, porque se echaba pestes contra sí mismo, poniéndole en su camino. En su casa, en sus tierras que conocía de memoria, se vio obligado a llamar y pedir auxilio. Es probable que se hubiera retrasado y el día estuviera cayendo. Sin duda que lo trajo a casa, como Antígona guiaba a Edipo, uno de esos chicos de enorme cabeza como los que he visto en la aldea de Moranges. ¡Qué desesperación debió de ser! Pero si su ojo tenía desfallecimientos, su memoria no se perdía nunca, y su vieja Auvernia vivía en él, objeto natural de sus pensamientos.

Había nacido el 14 de octubre de 1847, en la aldea de Moranges (en otro tiempo Mouressanges), en el municipio de Maurines, a siete kilómetros de Chaudesaigues, el deanato, a veintiocho kilómetros de Saint-Flour. Era la una de la mañana, un año después, decía él, de que se había dado la primera cavada en Ninive. Era el “primero de su madre”, que se había casado a los veintidós. De esta madre sólo me había contado su muerte. “En el 74, le habían dado unos “ataques”. A los cuatro días: “Vaya a buscarme al Sr. Cura.” El cura vino; quiso administrarla. “Todavía no, Señor Cura, ya le avisaré cuando haga falta.” Y dos días después: “Id a decir al Sr. Cura que me traiga la extremaunción.” El Sr. Pouget se acordaba también de un tío, hermano de su padre, hombre pequeño y decidido que murió a los noventa y siete años menos tres meses. Un día, en casa de un comerciante en vinos, había sesión de hipnotismo. Este Pouget había dicho: “Esa tía no me magnetizará.” Estaba sordo y ciego, rezaba todo el tiempo. Una mañana dijo: “No sé lo que me pasa, me siento mal como nunca lo he estado. Que me vayan a buscar al cura”. El cura vino y le dio todos los sacramentos. Una hora después había muerto.

Se ve de qué manera pasaban de este mundo al otro los Pouget

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en aquellos tiempos pasados: como gentes prácticas y sencillas, observadores de las señales y en primer lugar de sí mismos; no tenían ninguna prisa en morir, pero cuando veían llegar el momento, entonces sin adelantarse ni retrasarse, cuando tenía que ser, se morían como cristianos.

La pieza más curiosa de la galería de antepasados era, sin la menor duda, la tía abuela de su madre, Gabrielle Gastal, que murió más que centenaria:

Era una mujer que creía firmemente en Dios. Hablaba poco, limitándose a decir oc por sí. Mi tía tenía cien años en 1867, cuando entré en San Lázaro. Murió tres años más tarde. Tenía un cura que le hacía muchas preguntas. “¿Veis este pájaro, decía ella al verle, es rojo como una cereza.” Y también: “Ah! señor cura, qué aïs (fastidioso) es usted!”; eso porque no tenía ganas de contestarle. El cura le había preguntado si Dios era joven o viejo. Ella le respondió: “Akil dati es joube amébiel. O ou toute. Si you ere coumasil nourio pas besou de ris. Él no es ni joven ni viejo, señor cura, lo tiene todo, si yo fuera como él, yo no necesitaría nada.” Al sermón, el cura, a quien le gustaban la retórica y las figuras, decía:

“¿Lo habéis oído, hermanos, lo habéis oído? – Sí, señor cura, respondía mi tía, en voz alta, ya veis que ella no se molestaba. – ¿Lo haréis, hermanos, lo haréis? – Quién sabe, señor cura.” Eso, porque ella se sabía débil. Esa gente son la rectitud misma.

Ella tenía un prado y en ese prado un viejo manzano; hilaba la lana de sus ovejas. El rey, el emperador, le importaban muy poco. A Napoleón, elle le llamaba Paleioum. Recordaba haber ido a llevar un trozo de pan a los refractarios en escondrijos imposibles. Había en aquel tiempo, en el pueblo, un viejo soldado que había visto al Emperador. Él recordaba que el Hombre le había dicho: “Quítate

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de ahí, que voy a orinar.”

El Sr. Pouget era el mayor de seis hijos. Tenía una hermana que se había muerto de miedo, al ver a un hombre muerto en un campo. En cuanto a su hermano más pequeño, Jean Pouget, había nacido en 1860, y vivía en Maurines. Había tenido cinco hijos de los que una niña muerta de poca edad, dos chicos muertos en la guerra, uno en los Dardanelos, el otro a consecuencia de los gases, una hija muerta de una tisis que había contraído cuidando a su hermano gaseado; no quedaba más que la última niña que se casó tarde, de manera que ahora el apellido Pouget se ha apagado.

Sus padres eran labradores; habían ejercido pequeños oficios en París, como porteador de agua. Su padre volvió a la capital en 1850, con Guillaume, a la sazón de tres años. Y es en París, en el distrito de la Madeleine, donde situaba el Sr. Pouget su primer recuerdo. Le gustaba situar este primer despertar de la conciencia, advirtiendo que podía abarcar ochenta años de historia en una misma mirada interior. Esto le daba una prueba como a él le gustaban, es decir casi experimental, de su identidad y del misterio de la persona. A fuerza de trabajar y de privarse su padre pudo reunir un peculio que consolidó su modesto acomodo.

Los Pouget eran pequeños propietarios como la mayor parte de nuestros campesinos. Tenían una casa. Esta casa no estaba construida a la altura de la aldea, sino en la parte pobre y algo despreciada que se la llama, por allá, tierras bajas. Pero no tan miserable. Por encima de la puerta (bonita puerta de madera provista de un llamador y de un clavo al que se enganchaba el cerdo para despiezarlo), todo el mundo puede ver todavía, esculpidos en piedra viva, un corazón y un cáliz, luego entre el cáliz y el corazón, la fecha de 1827. La pieza central es estrecha;

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iluminada por dos ventanas abiertas en una pared de gran espesor. Esta disposición deja delante de los cristales un largo recodo donde es fácil dejar un utensilio, un libro, un cuaderno, apoyar los codos y leer. Los que conocieron al Sr. Pouget adivinarán porqué le gustaba trabajar sobre una tablilla colocada delante de la ventana, sobre el radiador. A la izquierda de la chimenea, he advertido un refuerzo que servía para recibir la resina. Las noches se prolongaban a la tenue luz de una pastilla resinosa que se colocaba en este reducto y que ardía echando muchos vapores, pero era suficiente para que las mujeres hicieran punto. Las camas del fondo, con jergones de hojas de haya, eran púdicas como tumbas. Quedaban disimuladas en la obra de madera y tan altas que para subirse había que trepar sobre un arcón, que contenía la ropa. En fin que, como más tarde, en la celda del Sr. Pouget, no se perdía nada de sitio y todo se disponía en sentido práctico, no sin cierta discreción y elegancia nacidas de la economía misma. Al lado de esta pieza familiar y a la que no le faltaba un lujo austero con sus maderas esculpidas y su rampa de escaleras artísticamente trazada, sin transición ninguna se pasaba a la cuadra, que podía tener seis vacas y veinte ovejas. Animales y personas eran vecinos y en un corto espacio, sin gran libertad de movimientos, pero la vigilancia era fácil, y esta vecindad permitía sin duda luchar contra el frío utilizando el calor y el aliento. No era precisamente la higiene de los Americanos. No era tampoco la pobreza. Ningún aparato, pero “algo es algo” y bueno es “tenerlo”. Lo que supone que se era autosuficiente, que no había que pedir nada a nadie ni doblar el espinazo ante cualquiera. Servir a todos, pero estar libre de todos: la nobleza campesina. La hidalguía campesina. El territorio de los Pouget, que se acrecentó ciertamente mediante una perfecta gestión durante un siglo, es por ahora de diecisiete hectáreas.

El Sr. Pouget había vivido primeramente para ser campesino.

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Relataba a veces sus primeros sueños de futuro. Como había visto construir un puente de piedra, él soñaba con construir puentes también: es en otro sentido muy distinto como debía hacer más tarde estos puentes sólidos entre las opiniones y las exigencias opuestas y que permiten pasar con toda seguridad de una orilla a la otra. Sentía también una pasión por los tejados y construía casas de barro, que recubría con las hojas de ese gneis esquistoso que forma el basamento de las lavas y de los basaltos, vomitados por los volcanes del Cantal.

El Sr. Pouget pasó la infancia ayudando a sus padres en su ruda labor. Fue educado en parte por una tía, que pertenecía a una Orden Tercera. Aprendió a leer casi solo: a los cinco años, se las arreglaba. No comenzó a ir a la escuela hasta los doce años, y eso tres meses al año. A esta edad, se puso también a labrar con su padre.

– A veces, contaba él, mi padre, con el arado, se salía; el arado

encontraba una piedra que salía despedida; os podría saltar a la cara y dejaros allí mismo. Yo decía: “¿Qué es lo que h ace, papá? – No te preocupes, chaval.” Y, de vuelta a casa, decía a mi madre, cuando me creía fuera: “Y que trabaja mejor que yo, el gracioso de él.”

Todas las ovejas de la comuna eran guardadas entonces por un pastor: un niño expósito, un mal mozo que me disgustaba. Por dos veces lo tiré al suelo. El otro no volvió a las andadas. Para que luego se diga que este país no es práctico. Yo le quería. Había serpientes enormes, había lobos. Había sitios donde el río saltaba, saltaba de tal manera que ya no era más que espuma.

Se trataba del Besse, en el que le gustaba de vez en cuando

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zambullirse hasta el cuello, lo que le daba, ya desde los primeros tiempos, la idea del poder físico. Ese amor a la energía, a la fuerza en acción lo llevaba muy dentro: como diremos más tarde, hablaba de Dios, como de una Energía incondicionada, fuente de las energías “formidables” de la creación. La imagen del Besse tumultuoso que se precipitaba por las gargantas era para él el símbolo y la base de esta energía creada y también de su degradación lenta, uno de sus temas.

Había también en la comarca costumbres supersticiosas: cuando una vaca no quería dar la leche, se creía que era víctima del mal de ojo. Por las noches, circulaban los cuentos. El Sr. Pouget se acordaba de la vieja Catherine, una vecina, que tenía una papada enorme, una mala lengua y tres hijos cuyo padre no se conocía. Se ganaba pobremente la vida hilando la lana. Mandaba cocer calderadas de patatas cortadas y harinosas. Por la noche, en invierno, mientras las mujeres remendaban delante de los hombres, quienes, después de hablar, se arrellanaban de pronto como masas, la vieja Catherine contaba sus historias de aparecidos tan terribles que los pequeños Pouget no se atrevían a dejar el fuego para ir a la cama

La región era una región dura, avara con los hombres. Se alimentaban con pan de centeno, patatas, panecillos de trigo moreno, requesón, queso seco. Los días que la familia Pouget se iba a Saint-Flour, distante veintiocho kilómetros, se permitían el lujo de ir a comer repollo a un albergue. Entonces el pequeño Pouget se escapaba para ir a contemplar la catedral, y recibía sus primeras impresiones de arte. Recordaba el asombro de la gente ante los primeros ferrocarriles.

Imposible que esta mecánica ande sola, decían los avispados.

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Eran caballos los que la arrastraban. Al pararse, los caballos se apean.

A una legua del pueblo, había una camada de lobos. Una noche, hacia las once, yo estaba en un agujero, me habrían podido matar. Me puse a cantar para darme valor.

En resumen, era una región sana. Los jóvenes vivían esperando el matrimonio: algunos bailes pero delante de los padres que lo vigilaban todo. Tal vez un boyero llegado de Lozère abusaba de una criada, y entonces los padres aceptaban el matrimonio, que se cerraba a toda prisa. Se reverenciaba al cura, y no se hacía gran caso del alcalde. Eran raros los recalcitrantes que no aceptaban cumplir con Pascua, en cuyo caso se veían obligados a presentar sus razones. En el pueblo de Maurines no había más que un obstinado. Citado a dar los motivos, respondió haber oído decir a un portero de París (el cual lo había visto impreso) que “ahora es Napoleón, Jesucristo ya no”. Todavía no decía que no. “Entonces, qué, le insistía el señor cura, la Pascua se acerca. – No me suelo echar atrás, pero cuando haya construido mi casa, ya vendré.”

Esta comarca daba sacerdotes con “bastante facilidad”. Más tarde eso fue cambiando. Cuando el Sr. Pouget regresó, en 1883, se encontró con que había subido el bienestar, y con él la indiferencia religiosa.

Nos gustaba la Biblia. Había historias que nos gustaban enormemente. El pueblo estaba allí. Hoy, desde que se sabe dar a un botón, ya se sabe física. Mi padre leía la Biblia por la noche. Se decía Moise, como en Oise y no Moïse; los Parisiens y no los Pharisiens. A propósito de la torre de Babel los niños preguntaban:

“Papa, ¿habría llegado hasta el cielo?”.

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Guillaume Pouget comenzaba ya, como había de hacerlo toda su vida, a estudiar sin maestros, a practicar solo. Aprendió a leer por propia iniciativa, en un viejo alfabeto de letras gordas, y él se ejercitaba también en una biblia familiar de la que se sacaban las lecturas de la noche. Porque su padre, en una de sus idas a París, había tenido ocasión de comprar esta edición protestante, que traía unas cincuenta figuras, con las de Abraham e Isaac.

A los cinco años, Guillaune Pouget leía sin ayudas. Algo más

tarde, mientras guardaba los ganados por la Planèze, se planteaba problemas, como el del área del círculo o del triángulo. Un primo suyo, que tenía libros de escuela, se los prestaba. De doce a quince años, durante los cuatro meses de invierno, se los devoraba. A los nueve, quiso ir al catecismo. El cura le dijo: “Eres demasiado joven, tú a casa”. Entró al año siguiente, y se lo aprendía con facilidad, aunque no era fácil: “un resumen de teología abstracta.” “Me pedían explicaciones sobre Dios. Y las daba. El vicario decía: está hecho un pequeño teólogo”.

El cura de Maurines, impresionado por estas dotes excepcionales,

propuso a los padres del pequeño Pouget apartarle del trabajo de

la tierra, pero él habría preferido quedarse en los campos. Y

entonces, a partir de los doce años, durante los tres meses de invierno, le mandaron a la escuela del pueblo: le iba bien, menos en caligrafía. A los quince años, su padre le colocó en el Seminario Menor de Saint-Flour, con la esperanza de que tuviera vocación de sacerdote, de que se quedara en la región y de que pudiera vivir allí con su joven hermana. Como no sabía latín, se le puso en octavo, con los pequeños que, al ver a este grandullón ignorante, se reían de él.

– Oía cuchichear: “es un burro.” Aquello era como azotarme. A las

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tres semanas pasé a séptimo. Al año siguiente, a cuarto, donde me llevé todos los primeros premios. A los diez años, ya lo había terminado todo. Me habría gustado ser bachiller. Mis padres me dijeron: “Toma la sotana, eso nos gustará”. Así que me quedé sin ningún título.

Desde entonces, G. Pouget no volvió ya a su tierra más que por las vacaciones. A este respecto, le oí a menudo traer a cuento una experiencia que le había llevado a reflexionar en el cansancio de los que piensan. Antes de partir al seminario, le resultaban fáciles las cosas del campo; cuando llegó, a primeros de agosto, al cabo de un año de estudios, trillando el grano, y se puso a ayudarlos, lo que era para él antes un juego. Pero, esta vez, al cabo de un solo día, me sentía agotado. Y la conclusión era que el trabajo intelectual gasta más que el trabajo manual, porque “afecta a las funciones nutritivas”. A este trabajo se dedicaba ahora.

– En el Seminario Menor, durante los dos primeros años, fui pasando. El tercer año me leyeron las Confesiones de san Agustín. Lo pensé bien y me dije: “Por qué no?” Y entonces tuve la idea de hacerme sacerdote, y hasta religioso. A partir de entonces, me cansaba de ser siempre el primero, y me decía: “¿No estaría bien fracasar un poco?” Tenía miedo de ser orgulloso, cometía faltas adrede. Cuando lo pienso ahora, me digo que era una tontería, porque el remedio era peor que la enfermedad. En lugar de adelantar me atrofiaba, y echaba a perder el dinero de mi pobre padre, que apenas le alcanzaba. Siendo pequeño, se me habían ocurrido muchas cosas; había tenido la idea de ser militar, y hasta (¡qué risa me da ahora!) oficial de artillería, sí, para bombardear a los otros (con riesgo de ser bombardeado yo mismo). Luego, pensaba ser profesor de Universidad. Pero, cuando leí las Confesiones, me dije: “San Agustín, sigámosle.” Cuánto me habría

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gustado recibir títulos, pero mis pobres padres querían verme con sotana: entré pues inmediatamente en el Seminario Mayor. Cuando me acuerdo del momento en que dejé a mis padres, mis pobres padres que me habían criado, todavía me conmueve, con sólo pensarlo. Una vez que recibí la sotana, mis padres no me volvieron a tutear. Pensaba primero quedarme en la diócesis. Lo que me determinó a ir a los religiosos, fue la regla. Me decía: “Seré vicario, quizás hasta párroco, estoy impaciente, tendré una criada, me enfadaré. Me gustaría una vida reglada.” Tuve primero la idea de hacerme jesuita a fin de tener más facilidad para los estudios. Pero al fin, entré en San Lázaro. Lo que me impresionó de ellos fue el buen trato entre ellos.

Por Pascua, cuando oraba ante una estatua de san Vicente, me dije: “¿Y si entrara en la orden de este santo. La idea me daba vueltas en la cabeza. Fue la humildad la que me decidió: “Yo no seré extraordinario, me decía a mí mismo. Yo no pasaré por encima de mis compañeros. Si me hiciese jesuita, me vería expuesto a parecer, es mejor que vaya a los lazaristas.” La idea de entrar en los jesuitas se me ocurría siempre en las “comunicaciones”. A los dos años. Hice los votos, y se acabó. Mis padres no me comprendieron. Mi padre tenía la idea de que me estableciera como sacerdote en la diócesis y que mi hermana pequeña viniera a cuidar de la casa… Cuando enfermó mi pobre padre, me habría gustado que el superior me dejara ir a verle por última vez. No me dejó; era un hombre tieso como una I mayúscula… Y sin embargo tenía el derecho natural a mi favor. Y desde entonces, desde entonces, ya nunca he tratado de parecer. Pero si aparezco, me da lo mismo. Y a pesar de todo, he trabajado, oh! vaya si he trabajado! Dios lo sabe. No he tenido nunca recreos ni vacaciones…

En su juventud, el Sr. Pouget era travieso, y llevaba en el saco más

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de un truco. Así, cuando se trataba de recitar una lección, con la buena vista que tenía, no dejaba de echar una miradita al texto. “Me contentaba, para hacer tiempo, con decir al profesor: Ah! Señor, tengo una dificultad. Y entretanto, yo le ojeaba”.

Conocía también el arte de hacerse notar de sus examinadores respetables. Cuando un viejo maestro de Auvernia, el Sr. Brioude, presidía el examen y le hacía preguntas indiscretamente. “Para responderos bien, señor superior, se le ocurría entonces al joven Pouget, tendría que tener vuestra edad y vuestra experiencia. Yo sólo soy un joven. – Claro que sí, decía el bueno del señor Brioude, claro, eso está bien. La modestia vale la ciencia.” Y el Sr. Brioude le ponía una buena nota. El Sr. Pouget se acordaba también de un tal Sr. Duchambon, un canónigo, quien había anunciado desde el púlpito: “Hoy, hermanos míos, vamos a hablar de la circuncisión de la Santísima Virgen”.

– Yo aceptaba, añadía él, todo lo que me decían, pero no me ponía

a pensarlo demasiado. En el primer año, repasé toda la teología

dogmática. Me ponía objeciones y me respondía ingenuamente. Luego, leía algo en Billuart. Después, nos enviaron a Dax. La enseñanza era con frecuencia una pena, la escolástica no existía. Así, nos decían que las tres cosas más fuertes en el mundo eran mors, mos, mas, la muerte, la costumbre, el macho. Leí a san Bernardo, enseñé la filosofía escolástica en 1870 y 1871. Tenía tres volúmenes venidos de Italia. Los alumnos tenían un resumen de ellos. Yo daba la clase en francés o en italiano sin ningún trabajo. Me interesaba.

En 1872 a 1883, estoy en Evreux. Primero en segundo; enseño griego. Tengo veintiséis horas de clase a la semana, porque doy las ciencias en todas las clases. Leí la Iliada. Daba la clase

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paseando. Tenía buena memoria. – “Oiga usted, explíqueme esto… Pero, vamos, se ha dejado una palabra.” Los alumnos decían: “¿Qué clase de hombre es éste?” Por desgracia, suprimieron la enseñanza del griego, al darse cuenta que era profano.

Tenía un jardín botánico, y bien señalado, palabra. Sencillamente había imitado lo que se hacía en París, en el Jardín de las plantas. Los alumnos trabajaban conmigo en el recreo. Yo los enf rentaba a la realidad. Les hacía ver tejidos en el microscopio, lo que les daba cierta idea de las cosas. Tenía setecientas y pico plantas y fichas de todas clases. En mis paseos, tenía la costumbre de andar mirando el suelo y me decía: “anda! ésta no la tengo…”

No siempre me comprendían. Un día me enteré de que mi jardín había sido revuelto, anexionándolo al huerto para cultivar patatas… Ay! Ahora que me encuentro ciego, no puedo tan siquiera imaginarme una flor. La flor más pequeña no puede dibujarse en mi memoria: sin duda que “el centro visual” está enfermo.

Era profesor de clases elementales. Ah! aquellos buenos chicos. Con mi máquina neumática les hacía uno de esos vacíos. Y comprendían. Enseñaba también matemáticas, – solo. Me costaba mucho trabajo. Había fórmulas que no llegaba a entender. Al año siguiente, leía los clásicos latinos. Con los elegíacos, había palabras que no encontraba en el diccionario, habría necesitado un Forcellini. En 1873, comenzaba a aprender el hebreo, logrando hacer cuatro o cinco lecturas de la Biblia en hebreo. Yo era concordista, y buscaba en ella geología. Ay, señor… Predicaba cuando me tocaba. Decían que había que presentar las homilías:

yo las escribía. Luego, ya no las escribía. Mis sermones no significaban nada. No contenían doctrina. Fue observando

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gramíneas con lupa y largo tiempo como me arruiné la vista.

Se debieron adivinar las consecuencias. Uno de sus antiguos alumnos de entonces recuerda tan sólo que siendo profesor de química, el Sr. Pouget por poco se intoxica, él y los suyos, con emanaciones de cloro. Todos sus alumnos tuvieron que salir del laboratorio a todo correr, saltando por la ventana, que por suerte se encontraba en la planta baja.

En 1883, le nombraron superior del colegio de Saint-Flour, y duró tres años. Pero fue tiempo suficiente para dejar huella. De este superiorato tan corto hablaba con gusto. Porque le gustaba el estudio y también la juventud, sobre todo la juventud destinada a vivir la vida ordinaria y práctica, la de la humanidad común.

– Cuando me nombraron superior lloré. Lo que me consoló fue este pensamiento: después de todo, pueden hacerme superior y quitarme. Pero si logro algo por mí mismo, sólo Dios me lo puede quitar. Aprendí qué cosa es la administración. Tuve que atender a un montón de cosas que no me hacían gracia: disponía de todos los materiales para hacer andar. Además, doce horas de clase a la semana. Ya me decían: sois el superior, no tiene que ser profesor; pero cuando estaba en clase, estaba bien tranquilo.

Mientras era superior, tenía que tragar saliva. Ah! si no me hubiera contenido… Sin embargo, una vez no me aguanté. Había un profesor que me ponía los alumnos en la puerta. Dije: yo solo tengo ese poder. Cuando se trata de algún castigo, quiero tener solo el poder. Uno tiene un mal carácter. Bueno. A nosotros nos toca cambiarle. Sólo despedí a uno por una carta y eso porque era pública. Le dije: “Muchacho, aquí hay que respetarse”. Hacía la lectura espiritual a los mayores. Les enseñaba cantidad de cosas.

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Me parece que les enseñaba a vivir. Yo tenía de treinta y seis años

a treinta y nueve: es la edad de la actividad. Había leído ya tres o cuatro veces la Biblia; estaba furioso con los días-época. Empleaba las matemáticas. Yo me recitaba mis buenos trozos…

Los padres no podían molestarme. Cuando el niño dejaba que

desear, yo se lo decía, y me comprendían a la primera. En cuanto

a la piedad, me esforzaba por formarlos. Había congregaciones, yo

trataba de que entraran los mayores. Se hacía lo que se podía. Los dos quintos iban al Seminario Mayor. Ninguno se perdió. Nadie se volvió sectario. Llegó a gustarme. Son algo bueno estos seminarios menores: luego nos volvemos a encontrar, nos tuteamos; fulano lleva sotana, mengano levita. Venían a confesarse a mí. Sabían muy bien que yo ya no era superior. La confesión, sabe, es otra cosa. A los mayores les gustaba contarme sus miserias. Yo les decía: “Tened cuidado, si yo llegara a saberlo, si un profesor os pillara en el acto o si vinieran a decírmelo, me vería obligado a poneros en la calle, y vuestros padres no se alegrarían nada, ni yo, ni vosotros.” Sabían que yo no era de los que espían. Son personas en ciernes. Hay que respetarlos.

Por estas confidencias se puede adivinar, creo yo, lo que pasó durante el superiorato de Saint-Flour. A los treinta y seis años, llegaba el Sr. Pouget desde el gabinete de física y de su jardín botánico para hacerse cargo de la dirección de un grande y poderoso establecimiento, este importante colegio de Saint-Flour, que es uno de los monumentos de esta alta ciudad de Auvernia. El hijo de los campesinos de Maurines iba a regir, en su diócesis original, lo que esta diócesis tenía de más preciado. Había una dificultad que el Sr. Pouget no había sopesado antes. Le habían dicho que fuera: y había ido. Se debía de tratar de un superior poco banal y el menos respetuoso con las formas que se pueda

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imaginar. Conocía la administración a su manera, que no era la clásica. ¿Se había visto a un superior que continuaba haciendo sus estudios en secreto, como si no estuviese versado en ciencias, que se negaba las vacaciones, matándose con trabajos suplementarios, lo que podría dar lugar a pensar que las vacaciones no eran indispensables en absoluto; que nunca había llegado a comprender esa parte teatral que entra en todo cargo eminente, por humilde que éste fuese; que arruinaba la autoridad de los profesores con sus múltiples especialidades, por fin, – y esto es el colmo -, que era casi incapaz de castigar? El Sr. Pouget tiraba del carro y a buen paso, sin sospechar que sus modos podían chocar a los prudentes. Producía gran impresión en los alumnos por algo que sentían bien sin poderlo definir y que era el contraste entre esta ciencia y esta sencillez infantil. La ocasión de los problemas fue que el personal del colegio pertenecía a dos categorías bien distintas: estaban los auxiliares, que eran sacerdotes de la diócesis, y estaban también los lazaristas. Él apoyaba a sus sacerdotes, que eran sus compatriotas. Los jaleos, creo yo, vinieron de sus cohermanos. Lo cierto es que no duró más de tres años y que su partida coincidió con la de los lazaristas. Su paso por Saint-Flour dejó por largo tiempo una estela de luz, y sus antiguos alumnos le fueron fieles. Pero habría sido una pena que se hubiese quedado por más tiempo en estas funciones administrativas que no eran de su talla. En todo, por otra parte, era admirable, pero difícilmente imitable y utilizable.

De 1886 a 1888, el Sr. Pouget es profesor de ciencias en el estudiantado de Dax. A decir verdad, enseñaba algo distinto a las ciencias, por ejemplo la historia, la filosofía, el “Viejo Testamento”, como él decía, y por primera vez, para gran gozo suyo, daba el curso de hebreo. Pero siempre según su método.

Cuando me destinaron a Dax, di filosofía y también otras cosas.

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Vamos a hacer preguntas, decía a los alumnos. Luego veremos las dificultades. Hace quince años yo las resolvía sin tropezar. Ahora, ya no soy tan sabio.

¿Qué pasó en Dax? ¿Hubo dificultades también? El hecho es que no se quedó mucho tiempo en la cuna de san Vicente de Paúl.

Le vemos en París, done en adelante va a transcurrir su vida, de1888 a 1933. Allí fue donde formó a esos alumnos que debían ir a llevar el Evangelio a todas las partes del mundo, en particular a Siria y a China.

Cuando llegué aquí tenía cuarenta y dos años. Había trabajado mucho durante veintidós años, pero en el fondo no sabía gran cosa. Trabajaba solo y comprendía como podía. En moral eran sólo casos de conciencia. La historia eran historias. Y en Sagrada Escritura uno se contentaba con leerla piadosamente. Vivía del pasado. Era conservador y nec plus ultra. Vigouroux era mi hombre. Estaba a favor de la concordancia de la geología con los relatos bíblicos. En 1889 había leído unas observaciones de Loisy que, si bien inofensivas, me habían producido sobresalto. No tenía guía. Fue Duchesne quien me abrió la mente. Iba a asistir a su curso sobre los Hechos: primero rechiné los dientes y no volví: ya me entiende, había leído la Biblia no sé cuántas veces, pero ¿porqué? Para buscar geología. Leí a Duchesne, verifiqué los textos, y me dije: no contiene muchas pruebas pero son buenas. Lo que me podían decir, si no me daban pruebas, eres inútil. Leí a X.: de cinco citas, había tres falsas: lo dejé a un lado.

Dios sabe qué trabajo tenía aquí: clases en cantidad; cuatro horas de hebreo; tres sesiones de ciencias por semana; entraba a las ocho, salía a mediodía. Enseñaba también historia y, para hacerlo,

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necesitaba leer mucho, y Duchesne me había convencido de estudiar la historia. Llegó el tiempo en que, por economía, me suprimieron el presupuesto del gabinete de física; pero me dieron el Viejo Testamento. Nunca, esto entre paréntesis, se me ha permitido enseñar el Nuevo: pero ello no me ha impedido meter la nariz y sabérmelo pasablemente. Me acostaba a las diez, me levantaba a las cuatro con cuatro sueños de una hora y cuarto. Rezaba el breviario al regresar de la Biblioteca nacional. Me sabía los salmos de memoria. Leía las lecciones del primer Nocturno en el jardín del Palacio Real; cuando llegaba al Carrusel atacaba el segundo Nocturno; al llegar a los Puentes y Calzadas, el tercer Nocturno. Lo que he trabajado, ya lo creo que sí.

Trataba de enseñar a los jóvenes a aprender. Les ponéis un libro en las manos, pero ¿qué es un libro? Un pequeño montón de papel que pasa a la mente y que se borra enseguida. Siempre había tratado de fabricar gente que comprendiera algo, Aburría a los que tenían una inteligencia media y que se contentaban con C. Q. F. D. (lo que había que demostrar). Si hubiera podido, habría dividido a mis alumnos, diciendo: a tal individuo con tal aptitud pongámosle ahí. Usted tiene a éste que pronunciará muy bien los sermones: yo le formaría para predicar bien. A aquel otro le enseñaría algo de matemáticas. En física, yo hacía los experimentos en virtud de los cuales se lograba lo que estaba escrito en los libros de física. Me pasaba la mitad del día en el gabinete de física. Nunca me he tomado descanso. Durante las vacaciones me pasaba el tiempo en la Biblioteca nacional. Daba la clase paseando, me sentía más libre. Llegaba con brazadas de libros. Durante cinco años di el curso de apologética. Parece que los alumnos se quejaban de que ponía las objeciones demasiado chocantes; sí, eh, ya verán cómo se las ponen cuando vayan al mundo, y eso los morderá, que no son hombres de paja. No seguía la doctrina de un autor impreso.

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En tal caso habría bastado con un fonógrafo. Ahora veo que para este curso sólo me debieron dar algunas inteligencias selectas. Comprendí más tarde que una clase como la mía no se podía dar ante todo el mundo. La mayor parte se queda como el pueblo, se quedan con las dificultades más que con las respuestas. Las dificultades fundamentales exigen que se penetre la materia a fondo. En 1897, mis alumnos mandaron escribir algo que yo había escrito sobre el Pentateuco. Yo no lo ocultaba, es más se lo di a sacerdotes. El prefecto de los estudios lo encontró en manos de otro… Sin embargo, nunca vinieron a atacarme en mi presencia, porque yo les habría dado mis razones. Fueron a quejarse al Sr. Fiat, superior general. Me llamaba a su habitación una vez al año. Me corregía: pero delante de los demás, me apoyaba. Decía: “El Sr. Pouget tiene fe, nunca hará nada malo.” No obstante, llegó un día en que él ya no pudo defenderme. Era el 20 de julio de 1905, al otro día de la fiesta de S. Vicente. El hermano vino a decirme: “El muy honorable padre os llama.” Yo estaba leyendo la Biblia en siriaco. –”Bueno, yo no os puedo seguir defendiendo más. Os he apoyado durante ocho años.” Quería destinarme a Dax para enseñar la física. Pero yo tenía los ojos muy mal. “¿Qué quiere usted?, le dije entonces, ya que usted no lo desea, ya no daré más clase.” Se levantó y me dio un abrazo. Llegaba con retraso a mi clase. Tenía cincuenta y dos años. Dos años después, me quedé sin vista… Manus Domini tetigit me. Se había terminado.

Ahora, cuál era la impresión producida en los alumnos?

“Nunca supo enseñar, apegado siempre a sus ideas. Cuando leía, se entusiasmaba. Creían estar perdiendo el tiempo, y después venía una clase maravillosa que lo recuperaba todo.”

“Puedo decir con toda sinceridad, escribía otro, que casi todas sus

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clases descubrían vastos horizontes, porque él nos daba cuenta de sus lecturas más recientes y nos sentíamos seguros en ciencias, como en historia, como en Sagrada Escritura y en lenguas orientales, de estar siempre al día. No faltaba quien se quejaba de que no avanzábamos en la materia del curso propiamente dicho. Era verdad, ay, en cuanto a la preparación del próximo examen, pero cuánto le agradecíamos el amor al trabajo que nos comunicaba, por el saludable método crítico en el que nos iniciaba, por la inmensa cultura que ponía al alcance de jóvenes principiantes”.

“Le tuve de profesor de historia, de Sagrada Escritura y de hebreo de1899 a 1904. Y siendo uno de los asiduos a todas aquellas lecciones particulares que él prodigaba a los “intelectuales”, llegué a ser pronto uno de sus lectores y secretarios. Entre mi habitación de estudiante y la suya era un ir y venir frecuente. Y el tiempo no contaba para él, no más que el sonido de la campana o del reloj que no oía o mejor no “reparaba” en él. Cuántas veces los cinco minutos que me pedía que pasara a su habitación a estudiar o verificar un texto se alargaban hasta horas! “Señor Pouget, que son las once. – Es posible! Pobre! Vaya enseguida a acostarse, pero quítese los zapatos para no molestar a los otros!” No encontraba otro medio a veces para reservarme tiempo que quitar la llave de la puerta como si estuviese ausente. Pero lo hacía de mala gana, ya que disfrutaba tanto intelectualmente preguntándole, escuchándole y hasta contradiciéndole para provocar su explicación. En clase, preocupado por ponerse a la altura de la mayor parte y por no escandalizar intelectualmente a los nuevos, se veía obligado a repetirse y a explicar una y otra vez algunos textos, principios y razonamientos; se dejaba llevar por “ingenuidades” de la juventud. Estábamos por entonces en la crisis aguda del modernismo. Las mentes estaban en ebullición: todo el

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mundo quería estar al día, no se empleaban suficientes sarcasmos con los atrasados y los loros, se cuestionaba todo, se criticaban minuciosamente todas las pruebas, se perseguían todos los a priori metafísicos y otros, sin sospechar a veces que se iba a remolque de otros metafísicos. Evidentemente acudíamos al Sr. Pouget, y qué cosas no le hacíamos decir! Desde el momento que criticaba los argumentos rutinarios traídos para apoyar tal tesis de fe, es que no admitía la tesis. Cuando no admitía el sentido “tradicional” de tal pasaje bíblico es que no admitía su inspiración. Por otro lado, siendo la rectitud y la sencillez mismas, no podía suponer la menor falta de franqueza en un Loisy y en un Turmel: su caridad era inagotable, non cogitabat malum, y hacía prodigios de interpretación caritativa para salvaguardar y defender su ortodoxia, molestándose, con una indignación muy cristiana, cuando se la ponía en duda, aun después de la publicación de los libritos rojos. Fue para él un verdadero disgusto cundo debió rendirse ante la evidencia. Esta caridad cristiana no era menor con los adversarios quienes por todos los medios trataban de contrarrestar su prodigiosa influencia sobre los jóvenes: no puso nunca en duda su buena fe y excelentes intenciones. “Y decir que irán derechitos al cielo a causa de su celo! Pero será divertido ver la sorpresa que se llevarán allá arriba. Mientras tanto, aprovechemos los méritos que nos proporcionen!” Con él todo llevaba a Dios por Cristo. Es una de las almas más hermosas y santas que haya conocido nunca.

Experimentábamos, “realizábamos” en él una inteligencia, penetrante, perfectamente al corriente de lo antiguo y de lo nuevo, de lo profano y de lo sagrado, de la verdad y de la objeción, sintiendo horror ante las ideas preconcebidas y las frases hechas, no dejándose dominar por la derecha ni la izquierda, quitando todas las máscaras, desinflando todos los balones, enseñándonos a no fiarnos de las etiquetas sino a darnos cuentas de la mercancía

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que encierran, sintiendo una devoción especial por la recomendación de san Pablo: Spiritum nolite extinguere: omnia autem probate, quod bonum est tenete. Nos mandaba verificar con cuidado y criticar todos los textos y todos los hechos (lo que no deja de suponer por otra parte ruidosos y frecuentes fracasos en los experimentos de física y de química por la vista y la de su ayudante, el H. Veron: hubo explosiones trágicas); nos enseñaba a distinguir bien entre el dato revelado o tradicional (que había que aceptar con humildad y todo el fervor del alma, razonable siempre) y la parte constructiva del espíritu humano, inevitable, necesaria pero relativa, variable, progresiva. Y después de limitar inteligentemente, críticamente, la realidad, sobrenatural y natural, nos daba con edificación ejemplo de sumisión total con un alma infantil, inocente, con una candidez atrayente, sin segundas intenciones egoístas, una vez tranquilizados los reflejos nerviosos de su temperamento sensible y reactivo.

Nos formaba pues eficazmente con sus lecciones y ejemplos en el verdadero espíritu crítico, siempre en guardia contra el poco más o menos, contra lo ficticio y lo postizo, separando la cizaña del buen grano, lo esencial de lo accesorio, la verdad de su expresión, la historia de la leyenda, la devoción de las formas más o menos legítimas de su expresión, los revestimientos legendarios de un hecho del hecho mismo. Nos hacía constatar que no había que temer por el pico y el martillo demoledores de la sana crítica: su labor no era otra que hacer más visible y admirable la obra divina de Cristo edificante, una vez disipado el polvo y retirados los escombros de los enyesados. Qué imborrable impresión nos han dejado sus acentos al hablar de Cristo omnia et in omnibus!

Todos aquellos que, a pesar de las primeras impresiones poco atrayentes, pusieron su confianza en el Sr. Pouget y se dejaron

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formar por él, han llegado a ser y lo son espíritus abiertos y progresistas al mismo tiempo que se vacunaron contra el virus del modernismo agnóstico y racionalista. Y eso fue, aunque en grados diversos, la gran mayoría entre los numerosos estudiantes que pasaron por la casa madre de 1888 a 1905 antes de dispersarse luego a las cuatro esquinas del mundo en nuestras misiones y seminarios. Los lazaristas escriben muy poco por tradición de familia, y por eso sucede (quizás felizmente) que su acción intelectual no produjo entonces ruido literario y retrasó su jubilación. Pero sus repercusiones a través de sus discípulos han sido mucho más profundas y difundidas de lo que se cree, primero en Francia en los veinticinco seminarios mayores confiados a los lazaristas, en Italia y en América después de cerrados.”

La imagen del Sr. Pouget reconfortaba a estos futuros misioneros como una prueba viva y, cuando fueron destinados a los países más lejanos, muchos hasta China, eso fue lo que los sostuvo. Le gustaba decir que sus antiguos alumnos “no habían perdido la fe”; era una frase modesta. Me sucedió, en el centro de Siria, encontrarme, en colegios o residencias, con lazaristas muchos de los cuales habían sido alumnos suyos: habrían sido incapaces de reproducir sus lecciones, sólo se acordaban de pequeñas anécdotas amigas de la memoria, se reían y se reían con respeto. Pero se adivinaba enseguida que de todas las enseñanzas recibidas, aquella, si bien era la más oscura y la más desconcertante, era también la que mejor se había incorporado a su sustancia.

También, el Sr. Pouget había sido sacrificado, como muchos en aquel tiempo, y por confundirle con la escuela de los innovadores. Tendremos ocasión de insistir una vez más sobre este punto. Esta será siempre la suerte de aquellos que quieren enfrentarse a las

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dificultades y tomar parte en las luchas reales: estos francotiradores, estos combatientes de primera línea corren peligro de ser confundidos con los salteadores. Lo que nos admira de él es que no se inmutó por ello. Cuántas veces le oí decir palabras de este estilo:

Después de todo, uno no está obligado a enseñar, sino solamente a buscar la verdad. Fíjense en las dinamos: cuando no se las embraga, nada les impide girar. No me siento cohibido, pero yo doy vueltas. Me pueden quitar mi enseñanza, mis títulos, pero delante de Dios, ¿qué significa eso? Hasta si me prohibieran confesar, qué supondría eso, no está uno obligado a confesar, sino a confesarse. Siente uno tentaciones de murmurar contra la autoridad, pero detrás de la autoridad está Cristo.

No había amargura, ya que nunca había trabajado para la publicidad, sino para la verdad pura y única.

Poco después de su retiro, una prueba más difícil vino a probarle, porque le afectaba en su propia carne: dejó su sello en toda su vida, y en primer lugar en su rostro. Decía que la mano del Señor le había tocado. Y le tocó en el punto que le era más sensible, quiero decir en aquellos ojos a los que su ávida curiosidad pedía tantos servicios. El primer ataque le había venido en Evreux, porque había exigido de su vista esfuerzos demasiado grandes en su pequeño jardín botánico. A pesar de este debilitamiento, prosiguió sus experimentos en particular los de física, y le ayudaban poco, porque de “chico de laboratorio”, de “preparador” no se podía hablar en la morada del servidor de los pobres. Una explosión le quemó la cara. En 1895, se entregó a un médico escogido sin duda por lo módico de sus honorarios: éste se equivocó en la operación: pinchó torpemente el ojo entre el iris y el

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cristalino, en lugar de pinchar en la esclerótica, lo que ocasionó la pérdida del ojo derecho (22 de abril de 1895). Tenía cuarenta y ocho años. Después se vio afectado el izquierdo y la vista disminuyó, sobre todo a partir de 1901, hasta reducirse a menos de una centésima de vista normal.

Me puse a leer despacito. Me pude servir del ojo durante doce años. De vez en cuando tenía días malos. En 1909 pude leer La Evolución creadora y un libro de física. En este momento podía leer el hebreo con lupa, luego algunas fórmulas. Estaba tan irritado! Si tengo los ojos así es a causa de los modernistas: me pasaba el tiempo copiando copto; solo me importaba hacer andar a mi mano y mis ojos. El 2 de enero de 1908 me faltó la vista. Pude leer con todo un poco. Pero de enero a febrero de 1909 todo se acabó.

Cualquiera otro se habría derrumbado. No ver más cuando todo hasta entonces se lo debía a sus ojos! Pero el Sr. Pouget encontró en su enfermedad un rejuvenecimiento. Como ciego fue a la vez “el mismo y otro”, y para expresarlo todo mejor él mismo; se aupó a alturas de pensamiento y de vida que tal vez no habría alcanzado de otro modo. Los primeros momentos fueron terribles. Decía que no había tenido fe, habría sentido la tentación de destruirse, como se cuenta que le había ocurrido a Brochard.

Me conformaré alegremente con ser ciego, lo más alegremente que pueda, pero el paso es lo más duro. Ya no soy más que una ruina.

Por ser ciego, se vio obligado a concentrarse en sí mismo, ya veremos pronto que poseía una memoria prodigiosa. Hizo inventario de lo que sabía; comparó lo que sabía con lo que sabía.

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Como ante todo se había aprendido textos de la Escritura, se vio obligado a comparar la Escritura con ella misma, lo que constituía tal vez el secreto de su método. Además, como ciego, se vio clavado en su sitio, en pleno París, y se le podía encontrar en todo momento del día.

Y es aquí donde tuvo lugar en su vida un acontecimiento

infinitesimal, que iba a tener largas consecuencias, y que iba a

proyectar un rayo de luz y de consuelo en medio de sus pruebas:

quiero referirme a su encuentro con el Sr. Chevalier y del extraordinario afecto que éste le tuvo.

El Sr. Chevalier pasaba las vacaciones en Cérilly, en el Borbonesado, donde sus padres poseían una mansión. Un niño de Cérilly, cuya vocación había cuidado la madre de Chevalier, Antoine Sévat, ahora obispo de Madagascar, había entrado en los lazaristas. Fue Antoine Sévat quien llevó a Jacques Chevalier, alumno por entonces de la Escuela normal, al Sr. Pouget.

“Aquí tenemos, le decía, como profesor, a un hombre extraordinario: su enseñanza me sobrepasa. Pero con toda

seguridad que le apreciaréis.” Así que me llevó a ver al Sr. Pouget, refiere J. Chevalier, en su humilde celda del segundo piso cerca del reloj. Me senté en un taburete, y sin otro preámbulo, se puso a hablarme por dos horas, de Pablo y Juan, del pueblo judío y de la misión de Cristo. A la primera me sentí conquistado y me aficioné a

él para siempre, adivinando, sin comprenderla del todo, la

grandeza incomparable que se ocultaba detrás de tanta sencillez”.

J. Chevalier le trajo a sus amigos, entre otros a Maurice Legendre,

a Emile Genty.

Dieciséis años más tarde, durante la guerra anterior, le presentó a

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algunos de sus antiguos alumnos lioneses, como André Fugier y Léon Husson, normalistas entonces. Desde ese día el Sr. Pouget tuvo una razón social. El Sr. Chevalier le decidió a adquirir una máquina de escribir para legarle su “pequeño saber”. Fue así como escribió varios “trabajitos”, destinados a los jóvenes intelectuales formados en los métodos críticos, a fin de que pudieran enfrentarse a las objeciones que encontrarían de continuo en su entorno. Pero el mayor servicio que prestaba era en las conversaciones y sobre todo en aquellas “sesiones “en que trabajaba con dos o tres jóvenes, ofreciéndoles el espectáculo que es quizás el más hermoso y el más raro, y el más conmovedor para el espíritu: una inteligencia trabajando con la única idea del deseo de la verdad.

En 1921, por el mes de junio, vi al Sr. Pouget por primera vez. Así que tenía setenta y tres años.

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18/03/2014

En "Congregación de la Misión"

El Retrato del Sr. Pouget

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (I)

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08/04/2012

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Capítulo III: El Sr. Pouget y la crítica religiosa Omnis scriba doctus in regno coelorum similis est homini patri familias, qui profert de thesauro suo nova et vetera. (Mat., XIII,52.) Al dejar esbozarse en la mente, un rasgo tras otro, una primera imagen de nuestro modelo, hemos dado a entender…

04/03/2014

En "Congregación de la Misión"

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (II)

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Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (II)

Nombre *

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011 Hasta ahora me había servido para contar su historia de los informes reunidos y de sus recuerdos. Ahora ya me siento más cómodo. Me va a bastar con cerrar los ojos para volver a ver aquel rostro que contemplé en todas sus facetas cambiantes, durante diez años, como el hombre del valle mira la montaña a los pies de la cual trabaja. Nunca eché de menos no haberle conocido antes. Yo habría sido demasiado joven y él no bastante viejo: se necesitaba esta distancia extrema para querernos. Y no me habría servido de gran provecho, si no hubiese conservado el pensamiento de que él se apresuraba hacia “su eternidad” y de que yo pronto lo iba a ver desaparecer. Y además, se trata del rasgo especial de esta vida que no ha proyectado sus más bellos rayos hasta el final, como si hubiera conocido su primavera después del otoño. Hay espíritus que florecen muy temprano para después consumirse. Otros, en cambio, andan penando, lejos de las miradas, sin producción aparente, y basta con una leve sacudida para que la tierra reciba su fruto.

Una paloma, la brisa, El empujón más suave, Un pensamiento que se ahonda Harán caer esa lluvia

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En la que postrarse de rodillas!

Cuando conocí al Sr. Pouget era ya parecido a esos viejos robles nudosos en los que uno admira ver aparecer en abril masas de pequeñas hojas. Y sin duda el viejo roble se entristece a veces, los vientos le sacuden y se curba de manera que uno se cree que se va a partir. Pero se filtra el sol por sus ranuras y entonces uno no se cansaría de verle. Creo que los que frecuentaron al Sr. Pouget en sus últimos años vieron dibujarse en su mente esta imagen del roble tendido en la luz. En cuanto a sus ex alumnos, ellos nos contarán si a los ochenta años había cambiado. No me decido a creerlo. Me imagino que había seguido siendo el mismo, solamente que “había aprendido cosas por sí mismo”, según decía él y que había crecido hurgando el suelo que pisaba con sus raíces. Decía también que el hombre era el dueño de su pensamiento y que, en muchos casos, ocurre otra cosa bien distinta, sobre todo entre los grandes; y decía también que el fondo de la personalidad es que “ella se posee”: el tiempo transcurrido le había servido de ejercicio para poseer siempre más su primera naturaleza: entonces se reencontraba con ella en su pureza y, tal vez, podamos decir que fue él mismo en la extrema ancianidad.

Pasó los últimos cuarenta y un años de su vida en una celda muy ordinaria de la casa madre de París en el número 95 de la calle de Sèvres. Esta casa, donde reside el superior general de la Congregación de la Misión, se sitúa en un distrito muy bullicioso de la margen izquierda; para fijar las ideas de un lector provinciano, recordaremos que está casi enfrente del comercio del Bon Marché. Pero todo rumor humano viene a morir en el umbral de este edificio, que es un reducto de regularidad y de paz. La capilla de la casa se honra en conservar, en una urna de plata que se ilumina coronando el altar, en las circunstancias solemnes, el cuerpo de

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san Vicente de Paúl. La presencia mística del apóstol por excelencia de la caridad difunde, por pasillos y jardines, por locutorios y capillas calladas de la planta baja, cierto espíritu de benevolencia, de humanidad y de discreción. Muy cerca de allí, en la calle du Bac, está la colmena de donde salen cada año en batallones numerosos, con el hábito de tela azul y sus alas temblando ligeramente al viento, las hermanas de san Vicente de Paúl, o más bien, según la humilde denominación de su fundador, las “Hijas de la Caridad”; en su capilla se muestra el sillón que la Virgen de la medalla milagrosa había escogido para aparecerse a Catalina Labouré. Sea dicho esto a manera de recordatorio y para situar en estos lugares espirituales, en su lugar exacto, la habitación nº 104. El Sr. Pouget iba raras veces a la capilla conventual ya que decía la misa abajo, en la “sala de las reliquias”, tan emotiva por sus recuerdos ensangrentados de los mártires de China, el beato Perboyre y el beato Clet. Y nunca iba a la calle du Bac, donde las hermanas, de las que desconfiaba un poco, no habiendo confesado nunca a ninguna mujer en su vida y conociendo mal el trabajo en esta porción aunque muy importante de la creación. Pero, el sentirse rodeado por estos efluvios de caridad y de sacrificio, en este convento honrado por la Santa Sede y muy respetado también por el gobierno de la República, en este centro francés de las iniciativas de caridad, en este seminario de Misiones donde se formaban almas según el espíritu mismo del Evangelio, en una palabra, el vivir en medio de aquellos a quienes él llamaba “los nuestros” en la mesa del “Muy Respetable Padre”, esto, sin que lo sospechara, le producía una paz y una seguridad superiores. Al menos, esto impresionaba a los visitantes, que respiraban en él el espíritu del Sr. Vicente y que veían irradiarse los métodos de la caridad en lo que Pascal hubiese llamado las grandezas del espíritu.

Los que llegaban a ver al Sr. Pouget no pueden olvidar esta

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habitación parecida a las otras y que él había marcado por todas partes con su sello. Al otro día de su muerte, según esa ley de anonimato y de sucesión que constituye la austera grandeza de las órdenes religiosas, los libros volvieron al fondo común, los papeles fueron amontonados, atados con cuerda y guardados, – y lo más probable es que hermanos blanqueadores dieron a la pieza un nuevo rostro. Yo temería ahora volverla a ver, y prefiero estas visitas interiores por las que sólo el recuerdo me lleva.

Esta habitación era oscura, pobre e insalubre. Era oscura, porque un ciego teme la luz, que le quema en lugar de iluminarle. Era pobre, porque poseía el alma de un pobre y se figuraba los objetos a su imagen. Y era insalubre, porque profesaba y practicaba una higiene campesina que le llevó a una edad muy avanzada, pero que nunca había admitido las virtudes de la corriente de aire; decía con guasa que había en su habitación “microbios de longevidad”, a los que según su modo de pensar no había que buscarles las cosquillas. En cuanto al polvo, ese tributo inevitable de la existencia, que los criados tienen la misión de trasladar cada mañana, duraba con él ocho días tranquilos, apenas molestado cada semana por un hermano muy discreto y muy piadoso, que osaba abrir la ventana unos minutos. Es cosa segura que un escolar de Oxford o de Cambridge, que un exégeta anglicano y hasta un profesor romano del Angélico se habría extrañado que se pudiese trabajar en este “cuartucho”. Pero sus alumnos pertenecían en gran parte a la Escuela normal superior y, en esta época, el monasterio laico contrastaba todavía con la mayor parte de los conventos por su estado de vetustez. Algunos cuartos resultaban difíciles de habitar a consecuencia de goteras provisionales. Al menos, con el Sr. Pouget, se estaba al abrigo de los elementos.

El color de los objetos es lo primero que conservo, y me inclinaría a

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creer que el color es el símbolo de lo que queda de espiritual en las cosas. Comenzaré pues por el color. Era sombrío. Los muebles,

las paredes, los libros, el piso, el radiador, las cortinas, las mantas, las ropas, todo se había uniformado, cediendo uno al otro el exceso de su tinte, para confundirse en algo que no era ni verde, ni gris, ni castaño, ni negro, aunque fuera a la vez acastañado, grisáceo, verdoso; creería uno hallarse en una pieza grata a Rembrandt. Sin duda los muebles eran menos sombríos que el encerado, y los libros verdes de la colección Alcan no habían podido llegar, bien a pesar de todos sus esfuerzos de descolorido,

a la palidez exangüe de un viejo Teubner; las franjas rojas de

algunos libros de piedad litúrgica, incluso espolvoreados de polvo y tiza, conservaban todavía un rosado difuso, y la sotana del Sr. Pouget, por gastada que estuviera, no estaba tan “verdecida” como lo hubiera exigido la elocuencia parlamentaria de la época. Pero los objetos habían tomado, cada uno según sus posibles y su vocación, ese tinte requemado y terroso que es el del uso y de la pobreza.

En este cuarto habitado por las sombras, la cabeza abombada del

Sr. Pouget, única masa pálida y móvil, fijaba la mirada del visitante; aun cuando los rayos no la acariciaran, conservaba una fosforescencia que iluminaba todo el resto, como la claridad lunar.

Y cuando la luz penetraba con libertad, era atraída por este cráneo

en que los reflejos se suspendían tan bien, por esas órbitas de las que iba expulsando la sombra, donde grababa esas pupilas que no la veían. Acabo de hablar de Rembrandt, ya que ningún pintor ha dado a conocer mejor cómo esa mezcla de la sombra y del claro, esa luz avarienta y oblicua forman el medio más propicio al pensamiento, que precisa al mismo tiempo de un poco de tinieblas para recogerse y también de un poco de claridad para recibir vida de algo que se le parezca.

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El Sr. Pouget no podía ver todo eso. Su horizonte natural era una niebla, una neblina blanca. Con las vibraciones que impresionan un ojo sano, éste fabrica manchas multicolores que el pensamiento limpia poniendo en ellas orden y distancia. Pero el ojo enfermo es incapaz de este trabajo y no fabrica más que el fastidio, una falsa claridad y sufrimiento. No reconocía pues ya su habitación con el ojo explorador, pero eso no le impedía conocerla. Él la exploraba con la mano, con las palmas abiertas que le servían de parachoques, con golpecitos de bastón amistosos. No tenía sin embargo ese olfato que adquieren a la larga los ciegos de nacimiento, a veces se perdía en esos seis metros cuadrados como en alta mar, y a veces me lo encontraba con un chichón en la frente que era la señal de que había calculado mal la dirección, atinado mal, de que había venido a darse contra un adversario, a saber la esquina de su alcoba.

Y ya que hemos dado el color fundamental, vayamos a los detalles, digamos dónde estaban los utensilios. Porque no vayamos a creer que nosotros la gente de pluma y de pensamiento nosotros no somos trabajadores como los que viven al aire libre y nos muestran sus instrumentos. Nosotros también tenemos esos útiles del pensamiento, esos compañeros de nuestros cuerpos entregados a este ingrato trabajo, esos seres en los que hemos puesto nuestra imagen, como Yaveh en el barro de la tierra.

Cerca de la ventana y por encima del radiador, formando una especia de reborde interior, había una plancha de madera que servía de mesa y que permitía leer a plena luz. Este dispositivo había debido ser inventado por él mismo, cuando su vista disminuyó. Como todo buen campesino, era chapucero, reparador, remendador, sabía usar de sus cosas al máximo y sacarle partido a todo lo que otro hubiese abandonado.

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Esta abertura por la que entraban la luz y el aire era para sus ojos temible, y por eso, aparte de la persiana exterior que se manejaba con una cuerda se habían dispuesto unas cortinas de tela oscura que permitían tamizar la luz. Cuando sus ojos podían prestarle aún algún servicio, era allí a donde acudía, como una mariposa de noche y, la primera vez que yo le ví, contemplando una enorme Biblia hebrea del siglo XVII. Con dos pequeñas lupas que se había hecho él mismo en el gabinete de física y que colocaba una sobre otra, trataba de adivinar, más que de leer, el trazo general de una letra hebrea, y ello despertaba en su memoria dócil todo un versículo. La lentitud de este procedimiento era lastimosa, y cuando, al entrar, se le veía inclinado sobre estas dos lupas y tratando de resolver por una cantidad increíble de deducciones e inferencias lo que una simple mirada le hubiese revelado al momento, uno tenía cierta idea de la diferencia que separa al conocimiento humano tan laborioso de la ciencia divina que es una visión.

Delante de esta ventana es donde el Sr. Pouget ejecutaba a veces experimentos rigurosos para medir el grado de su agudeza visual, ya que con su avidez de matemático no quedaba satisfecho más que con cifras. Calculaba pues la distancia necesaria para intuir tal unidad de medida, y averiguaba que tenía un tres por ciento de vista normal, constatación que le gustaba añadir al pie de sus cartas después de la firma, como se hubiera hecho en un título de canónigo o en un privilegio: “G. Pouget con no más del 1/300 de vista.” Hecha la operación, habiendo apreciado correctamente la profundidad de su miseria, volvía a sus trabajos sin volver a pensar en ello, y él encontraba una especie de consuelo en la exactitud del resultado.

A la derecha de la ventana había un armario.

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Este armario contenía sus ropas, los zapatos, la palangana, el jarrón, un vaso de dientes, y también en un rincón disimulado, en una lata cúbica (cuyas aristas de gustaba acariciar), una pequeña provisión de azúcar. ¿Le gustaba el azúcar? No lo sé. Lo que es cierto es que tenía una teoría sobre el poder nutritivo del azúcar, en particular sobre la acción del azúcar en la regeneración de los músculos, y esta persuasión le bastaba para querer tener siempre algo de azúcar en sus anaqueles. A veces, después de una larga sesión de estudios, al caer de la tarde, y que iba a ser preciso cambiar la mesa de lugar, sentía la necesidad de ofrecerse un pequeño descanso, y decía a su compañero con el acento del malhechor que propone un mal golpe: “Si tomáramos un trozo de azúcar…” Se iba entonces a buscar la lata cúbica; él os partía un trozo en dos, lo masticaba de prisa, y añadía: “Devolved la lata al armario, no sea que nos sorprendan. La gente diría que nos tratamos a cuerpo de rey.” Cuando tenía un verdadero dolor de cabeza, la cura era más radical. El medio azucarillo, en lugar de masticarlo, lo mandaba disolver en un poco de agua, moviendo la mezcla con el dedo: Así se formaba una poción que tenía la virtud de aliviar casi inmediatamente el dolor de cabeza. Yo admiraba el poder de la imaginación cuando afirmaba: “Es curioso cómo alimenta el azúcar…” Teníamos cuidado en mantener esta provisión de azúcar, que era el único punto por el que era accesible al placer. El Sr. Chevalier se preocupaba incluso de traer verdadero azúcar, azúcar de caña que tenía gusto a azúcar de cebada y que era bonito de ver con sus cristales.

Cerca de esta ventana que no abandonaremos todavía, ya que era el foco de esta habitación de ciego, había también un tablero negro muy gastado y de dimensiones considerables, pesado de llevar como un decorado de teatro. Sobre este tablero negro posado en el mismo suelo, sin carrito, y que por ello exigía inclinarse para

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escribir, no se veían más letras hebraicas o símbolos de álgebra, raramente de latín, nunca geometría. Cuando el Sr. Pouget estaba atormentado por un problema matemático o cuando quería recuperar un teorema que había dejado de parecerle evidente, entonces, con un mal trozo de tiza, llenaba el encerado de

jeroglíficos. O bien él se recitaba hebreo, y transcribía el resultado.

O

bien asimismo, se entregaba a algún ejercicio de gran maniobra

y,

un día que lo encontré acurrucado al pie del tablero cubierto de

caracteres hebreos y como con aire de triunfo, dijo: “Acabo de

vestir el Magnificat y se presta a ello muy bien.” Lo que significaba que había investigado y hallado el texto arameo primitivo del que el griego de san Lucas es traducción. Pero bastante extraño que el tablero recibiera mensajes tan notables. Se servía de él como de una agenda o un memento. Por ejemplo, anotaba en griego, para evitar las indiscreciones posibles, o misthos tou didaskalou? Lo que quería decir que quería preguntar a algún visitante esperado alguna información sobre el sueldo de los maestros. Por lo general

el tablero estaba cubierto de apuntes ilegibles que habrían

ejercitado la paciencia de un Maspero; las líneas estaban escritas una encima de la otra, el ocho inclinado que indica el infinito figuraba con un aleph o un tsadé; el hebreo se sorprendía de hallarse así mezclado con las matemáticas.

En el centro de la pieza, estaba la mesa. Una mesa de las más ordinarias pero bella por lo pulido del uso. Las pequeñas mellas en los bordes, las ondulaciones de la madera, los imperceptibles repliegues de la superficie transmitían a las manos del Sr. Pouget agradables sensaciones, y le agradaba acariciar las orillas y los acantilados y los cabos de su mesa, primero de derecha a izquierda y luego de izquierda a derecha, como si tratase de experimentos sobre la génesis de la noción de espacio. Y, una vez llegado al ángulo, exploraba el lado corto de su mesa, siguiendo

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una dirección perpendicular a la primera, y descubría así la segunda dimensión, yo veía claramente que se complacía con esta sensación de diferencia. Los ciegos pueden enseñarnos las riquezas del mundo sensible y qué gozo puede haber en lo palpable y qué diversidad en las más simples sensaciones: la vista nos abruma de riquezas, nos fascina y nos hace insensibles a la sinfonía siempre actual de las impresiones llegadas por el tacto. Y Maine de Biran tenía sus razones de alabar al geómetra ciego y encontrarle superior. La mesa llevaba un cajón, cuyo contenido estaba ordenado según un orden fijo y que era controlado de vez en cuando por el tacto explorador. Este cajón contenía en particular el Ordo de los lazaristas y era en él donde el Sr. Pouget mandaba inscribir con letras cabalísticas sus intenciones de misas. Este Ordo le ligaba a la vez a la Iglesia romana cuya liturgia indicaba, a su congregación cuyos miembros y fiestas autorizadas le recordaba, por último a todas las intenciones de sus amigos que le habían pedido una misa por un aniversario, por una fecha temida o querida. Pero se daba el caprichito de nunca servirse de este instrumento de cómputo para enterarse del oficio propio del día, y por ejemplo si la fiesta era doble o semidoble y si las vísperas eran de las primeras vísperas o de las segundas vísperas; se felicitaba cuando tenía la ocasión de hacer un cálculo en una materia tan contingente. Y, del mismo modo que se par aba a veces en clase de física para decir a sus alumnos: “¿Y si cubicáramos el sol?”, así como le gustaba medir la distancia de un avión o de un relámpago fundándose en la velocidad del sonido, – así, sabidas las leyes de ocurrencia y concurrencia, encontraba por sí mismo el orden de las fiestas, sin tener que servirse de lo que llamaba él su pequeño “asno-guía”.

En general, al entrar el visitante, se lo encontraba sentado sesudamente en la mesa, como el carpintero ante su banco, o el

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piloto a su timón, o mejor aún como el campesino empuñando la esteva del arado. Quiero decir que era parecido a un obrero rudo, dócil y preparado, a un artesano pleno de fuerza y de conciencia, mucho más que a un hombre de letras o a un profesor. Y lo que contribuía a dar esta impresión virgiliana era que la mesa estaba vacía, que no había ningún papel por allí, que no se veía ni tinta, ni lápiz, ni pluma, sino sólo una máquina de escribir, cuyo golpeteo vacilante y tranquilo se oía.

Esta máquina era su apero de trabajo, y sentía por ella el afecto del agricultor hacia una máquina agrícola. Él la respetaba, la cuidaba, la limpiaba, y sobre todo se negaba a admitir que pudiera envejecer ni romperse y, al igual que sus ropas o su breviario, la recomponía a toda costa. Nunca habría querido gravar a la congregación. La máquina estaba pues en un estado obsoleto o inutilizable para un Francés (dispuso por largo tiempo de una máquina española) o prestada por un amigo. Durante mucho tiempo se le vio un aparato singular: se le había roto el muelle. El Sr. Pouget había reemplazado el empuje de la energía elástica por la fuerza más constante todavía de la gravedad; había encargado al hermano carpintero un pequeño plano inclinado de madera que servía de zócalo a la máquina. “Yo utilizo la gravedad, decía, ella no pide más que trabajar.” Y, cuando al final de cad a línea, forzaba al rodillo a remontar su pendiente, tocaba con el dedo por decirlo así esta degradación de la energía que, como ya lo veremos, le parecía llena de sentido en la interpretación del cosmos. La máquina estaba también provista de una pieza de cartón colocada perpendicularmente al plano del teclado y que lo dividía en dos partes iguales: esto servía para guiar sus dedos y descubrir por el solo contacto el lugar de las letras. Dedico estas indicaciones a los aprendices, a los reparadores y a los constructores.

La gran dificultad era que nunca podía releerse, y que debía

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componer su frase del todo en la cabeza antes de confiársela a sus dedos. Todo el trabajo de acabado, de tachones y retoques que el vidente hace en el papel, todos esos esbozos de futuro que formamos con la pluma, corrigiéndonos y puliéndonos, él los debía hacer interiormente: y, como era tan severo con la exactitud y sobrecargaba adrede su frase de incidentes y de epítetos por amor

a la línea dentada de la verdad, constituía para él un trabajo agotador: “Yo me hundo”: exclamaba a veces.

A esto hay que añadir una prueba más pesada y que daba lugar a

incidentes cómicos. El Sr. Pouget no disponía de secretario, tampoco tenía portería ni antecámara; no se podía librar de los visitantes, porque estaba ciego y solo; no podía despedir a los inoportunos porque era muy bueno. Era pues molestado con frecuencia, sobre todo por la irrupción de sus penitentes, que eran en general sacerdotes muy atareados del clero parisiense. Cada molestia suponía una catástrofe, ya que, una vez marchada la visita, no podía volver a hacerse con el hilo de su discurso, y ver dónde había quedado. Era preciso pues que esperara ayuda, como un náufrago sobre sus restos, o que, llevando la máquina bajo el brazo como un recién nacido acudiera a un cohermano para pedirle ayuda. Pero a veces tenían lugar terribles sorpresas. Llegaba uno. Os pedía que le leyerais la página que acababa de escribir. A pesar de la buena voluntad que uno ponía en complacerle o de evitarle toda molestia, había que confesarle que la página estaba en blanco, perfectamente en blanco; apenas se lograba ver el perfil de las letras, como raspaduras: el rodillo de tinta estaba tan gastado o mal colocado que había trabajado para nada. Otras veces, había copiado un texto sobre otro impreso ya, y nadie podía descifrar aquel palimpsesto. Entonces, al pensar en la cantidad de tiempo perdido, los rasgos del Sr. Pouget se alteraban, lanzaba un gemido y, durante un segundo, no parecía lejos de la

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desesperación.

A un metro cincuenta poco más o menos al suroeste de la mesa, en un repliegue debido al morro de la chimenea, había un reclinatorio que hacía de confesonario de circunstancias. Este reclinatorio era de madera. Sobre él tenía algunos viejos libros de piedad, en particular su viejo totum: llamaba con este nombre a un breviario en un volumen, de él se había servido siempre y lo había recogido de un difunto. Porque se sentía orgulloso de no haber producido nunca el menor gasto a la congregación por la compra de un breviario.

Él veía en la costumbre de dividir los breviarios en cuatro tomos siguiendo las estaciones una invención de los editores para llevarse el dinero de la pobre gente. Hay que decir que tenía bolsillos de una capacidad considerable, y que podía esconder en ellos, durante el duro invierno, un calentador de gres. Mantenía esta idea campesina que un bolsillo digno de tal nombre debe poder contener una botella, y era un juego, en tales condiciones, alojar en él un breviario en un solo tomo. Junto al breviario había una estatua de la Virgen de madera pintada que se había traído de Maurines, su pueblo natal, en 1911. Un primo suyo “amante de antiguallas” la había encontrado en un desván. Su tía centenaria había rezado con frecuencia delante de ella. Era, decía él, una virgen campesina, y en efecto tenía una ingenua expresión bonachona. El Sr. Pouget, sentía apego hacia pocas cosas, le tenía gran afecto. La virgen tenía sus admiradores. Un penitente arqueólogo, al acusarse de sus pecados, había notado esta rara pieza y, una vez absuelto, le había pedido que se la vendiera. Como es natural el Sr. Pouget había rechazado una demanda sacrílega, pero se había sentido feliz al oír que su virgen tenía valor y que podía dar cabida al pecado de la envidia.

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En el ángulo opuesto al reclinatorio, se ha de notar la presencia, bajo un mapa descolorido de Francia de un gran sillón de madera y de paja que era más solemne que cómodo. Allí es donde el Sr. Pouget se sentaba después de las comidas, cuando descansaba, quiero decir cuando pasaba revisión a algún batallón de sus recuerdos, o cuando se recitaba el oficio. Si se le sorprendía así, y se entablaba conversación, el visitante se sentaba en el reclinatorio como sobre la plancha de piedra de un umbral, y él, enseñando en su cátedra, con los pies ligeramente extendidos hacia adelante, las dos manos coincidiendo por la punta de los dedos, el busto echado hacia atrás, daba entonces la impresión de una fuerza en reposo, y nada hay tan dulce, nada tan tranquilizador como ver una fuerza que se recoge. Pero a veces se recogía y se inclinaba hacia delante, le detenía una dificultad y su cuerpo instalado en aquel sillón os hacía pensar entonces en esas estatuas antiguas de san Pedro cuyas manos de bronce va a besar la gente.

Creo que acabamos de dar la vuelta por el cuarto, y con todo nos hemos dejado los muebles tan importantes como las bibliotecas. Había en efecto tres bibliotecas, una enfrente de la chimenea, la otra (con cristales) a la izquierda de la ventana, y la tercera, digna de mención especial, a la izquierda del reclinatorio y de la virgen.

La primera biblioteca contenía libros de ciencias: tratados de mecánica, de física, de astronomía y de cálculo. Aunque atraía la atención, esta biblioteca era apenas usada: representaba al pasado, el estudio de esas ciencias físicas que le habían apasionado durante cincuenta años, que le apasionaban todavía, pero que palidecían ante otra luz, la de las ciencias religiosas, más pura ésta, ya que nos informa sobre el destino. Se había tamizado el polvo sobre los libros de ciencias, símbolo de ese olvido, que no era por falta de indiferencia, sino el índice de una preocupación

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más elevada.

A la izquierda se abría la biblioteca de cristal, muy difícil de abrir

ya que, habiendo entrado en desuso la cerradura, hacía falta un giro de la mano que sólo conocía el iniciado: entre paréntesis, es la única ventaja que tienen las cosas que se tambalean sobre los

objetos nuevos. Esta biblioteca era la biblioteca filosófica. Contenía en particular la Suma teológica que ocupaba el segundo estante y,

al lado, una serie de cuadernos con resúmenes de esta misma

Suma por el Sr. Pouget.

En el piso de debajo se podían ver algunos libros de filosofía, junto

a la Revue d’Histoire et de Philosophie religieuses, algunas obras

de filosofía moderna, como L’Évolution créatrice, el último libro que bahía podido leer con sus ojos. Bajo esta biblioteca se extendían algunos estantes más tímidos y más humildes, los de los viejos “clásicos” que el Sr. Pouget confiaba a su memoria: Virgilio, Horacio. Lafontaine. Molière con Le Misanthrope, Boileau con Le Lutrin; recreaciones inocentes que se permitía a veces y que tenían el don de hacerle reír. Quizás la poesía no ejerce toda su fuerza más que cuando se la toma en pequeñas dosis como el elixir: aquí también nos perdemos ante la abundancia: una fábula de Lafontaine, algunos versos del Lutrin o de la Eneida bastaban al Sr. Pouget para evadirse a otro mundo.

La biblioteca de cristal se abría pocas veces. Representaba la tradición humana, los autores aprobados y los comentadores. No sucedía lo mismo con la biblioteca del fondo, la que separaba la alcoba del reclinatorio, la que habría visto al despertarse si hubiera podido ver. Esa contenía los libros de la tradición divina, las tropas fieles de la vieja guardia. Esos soldados de la guardia de Napoleón (los gruñones) estaban siempre en formación de batalla, listos para

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hacer fuego: allí había ediciones críticas del Antiguo y del Nuevo Testamento, diccionarios, léxicos, Eusebio, la Didajé, Harnack, Schurer, etc. había sobre todo un Nuevo Testamento grecolatino encuadernado en negro que no dejaba su lugar más que para la mesa. Encima dormitaba una edición pobre, pequeña y polvorienta de Platón, de Filón y de Aristóteles, edición que el Sr. Pouget había comprado por cuatro perras chicas en los muelles del Sena y que, por eso mismo, tenía ante él un valor infinito. El volumen que contenía el Timeo se abría por sí mismo en la página en la que se trata del demiurgo que llega a ordenar un mundo que, antes de él, se movía plemmeleôs kai atoktôs; el De Anima de Aristóteles se rompía en el capítulo del III libro, en el que se dice que el alma patética está sujeta a la corrupción: o de pathetikos phthartos, se trataba de las dos enfermedades de estos grandes: el dualismo en Platón y el panteísmo en Aristóteles. Estos viejos libros se parecían a enfermos que ofrecían su debilidad a la luz cristiana para que viniera a perdonarlos y curarlos.

En resumen, la celda del pensador contenía bastantes pocos libros. Muchos licenciados eran más ricos. Digamos que el Sr. Pouget podía aprovecharse de la biblioteca de San Lázaro y que, en su época de salud, era huésped asiduo de la Biblioteca nacional. Pero distinguía los libros que uno consulta y lee, de los que uno se guarda siempre al alcance de la mano, como herramientas. Cada una de las obras que podía llamar suyas representaba una adquisición difícil o un hallazgo meritorio. Las había releído o mandado releer con tranquilidad: se puede decir con toda verdad que las poseía. Hojear, leer superficialmente, recorrer, es un arte que no conocía y que, por suerte, nunca había tenido que aprender, no habiendo ejercido nunca esos oficios (tal el de candidato o de conferenciante) que exigen ostentación y rapidez. No sabía qué cosa era sentirse apurado de tiempo.

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Cuando leía, avanzaba, como se labra, uniformemente, línea por línea, página por página, hasta el momento que dejaba la señal y se llevaba el tesoro. He dicho que uno de sus escrúpulos era el de no pedir nada a su congregación, que estaba formada por pobres y para los pobres. Y, en este aspecto, nada le desanimaba. Cuando no podía procurarse un libro que juzgaba importante, no había por qué preocuparse, se iba a la Nacional, y lo recopiaba. Tengo varias obras que había recopiado así, con un cuidado meticuloso: una tiene más de trescientas páginas, muy apretadas, ya que también había que ahorrar papel. De esta forma, se había “hecho” con un tratado de acentuación griega, una gramática hebrea, un diccionario copto, la Pistis Sophia, la Didajé y cantidad de otros textos raros. Encontré también la copia amarillenta del célebre artículo titulado Introduction à la Métaphysique, de Bergson.

Hemos concluido con la celda nº 104. El lector habrá encontrado sin duda esta descripción demasiado larga, pero su aburrimiento le ayudará a comprender el estado de impaciencia en que se hallaba el visitante, cuando esperaba al Sr. Pouget en su habitación. Al Sr. Pouget, que era la actividad misma, le gustaba dejar su hogar, para que le leyeran algún texto. Iba adonde los novicios, quaerens quem devoret, decían aquellos religiosos jóvenes llenos de malicia. Como era tan difícil encontrárselo en los recovecos de esta inmensa casa, y las leyes de sus desplazamientos sufrían cambios notables, lo más práctico, cuando no se había visto su silueta al fondo de algún pasillo, era también entrar en su escondrijo y esperarlo allí.

Después de meditar en esta alianza tan especial de la pobreza, de la ceguera y de la ciencia inscrita por todas partes en esta habitación, después de distraerse mirando a los estudiantes que paseaban por el jardín, después de sacar por enésima vez el reloj

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para calcular el retraso, el visitante habituado a la acústica del Sr. Pouget podía adivinar el paso arrastrado pero aún y todo muy seguro, un paso acompasado por golpecitos de bastón en el enlosado o la pared.

El Sr. Pouget conocía la casa de memoria, como los ciegos, traduciendo el espacio en pasos con una precisión matemática, lo que le permitía bajar las escaleras tan a prisa como otro cualquiera. En terreno descubierto, avanzaba resueltamente en el vacío, una vez que se había asegurado por el cálculo. El bastón se limitaba a verificar sus inducciones sobre la presencia altamente probable aquí de una pared y allí de una puerta, su puerta. Se oía

girar la llave en la cerradura, y el Sr. Pouget entraba con presteza, como lo hacía todo (vita in motu, se repetía), luego se volvía para cerrar: entonces aparecía en la penumbra, recitando alguna oración o algún texto, llevando en la mano el libro que le habían leído. Como es natural, uno se presentaba, ya que nadie se atrevía

a quedarse como testigo invisible a la manera del hombre de

Wells, lo que a pesar de todo hubiera sido bien tentador, puesto que el hombre se abandona cuando está solo y sin el control de

una mirada extraña. Pero él era tan natural que uno tenía todas las ventajas del hombre invisible, aun sabiendo que estabais allí. Venían las presentaciones, y no era cosa rara que, sin entrar en materia ni ceremonia, os pusiera al corriente de sus últimas preocupaciones, os contara su última comida y algún incidente molesto de la digestión o echara mano de vosotros incontinenti pidiéndoos verificar una palabra en el diccionario. La conversación comenzaba a propósito de todo o de nada, y sólo Dios sabe adónde podía llevar. Poco importaba por lo demás que el visitante fuera un desconocido, le trataba siempre como a un viejo conocido,

y le daba muestras de la misma simpatía que a sus compañeros

familiares. “Pablo”, “Juan”, “Marcos”, “Mateo”, es decir san Pablo,

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san Juan, san Marcos, san Mateo, – Pero entre viejos conocidos se pueden permitir estas intimidades.

Uno de sus amigos se acuerda que en la primera visita y sin otro preámbulo, el Sr. Pouget le habló de Juan y de Pablo, como quien habla de los vecinos. Se retrocedía en el tiempo a contrapelo y se entraba en otra especie de duración y de compañía.

El Sr. Pouget era como el montañés. De estatura baja, pero aguerrido, sólidamente armado y musculoso, hecho para el trabajo del suelo que exige agacharse y levantarse. Sus hombros soportaban una cabeza que hacía juego con el cuerpo pero que se inclinaba hacia adelante como bajo el efecto del peso del pensamiento. El perímetro de su cráneo era de consideración, y nunca había encontrado sombrero de su talla. Esta enorme cabeza, bastante bombeada en la frente hundía la parte baja de la cara que siempre permanecía a la sombra y como al abrigo de esta masa. Era calvo, mas aquí y allá, en la nunca, en las sienes y cubriendo un poco sus orejas monumentales y muy arrugadas, se podían ver hermosos cabellos rizados naturalmente y que siguieron negros hasta el final. Solía llevar en los últimos tiempos un gorro redondo de tela negra, que había mandado hacer al hermano sastre después de inventarlo, ya que era simétrico, y alargado de un trozo que recubría la sien y la ceja izquierdas para protegerlas del contacto del aire y del frío. Lo cual contribuía a darle el aspecto de una criada, o de un explorador de las regiones polares. Con esta especie de toca, con su bufanda negra liada al cuello con un giro de la mano, sus anteojos protegidos igualmente en los lados por pedazos de tela negra, habría producido una impresión extraña y severa, si una sonrisa bonachona y de contento no hubiera llegado a descomponer este grave aparato. Apenas ofrecía hechuras propias de los eclesiásticos, y la sotana

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conservaba siempre el aspecto de una ropa de labor: creo que nunca se puso el bonete hasta su lecho de muerte. ¿Se había mirado alguna vez al espejo? Un día se le había oído decir confidencialmente: “Yo no soy agraciado; tengo la nariz torcida (y era verdad), pero mi cabeza no está mal. Después de todo, el cráneo sirve para contener los órganos del conocimiento”.

El ojo derecho no existía ya; el izquierdo tenía aún una mirada extraviada, la pupila flotaba en el vacío. Sus ojos no hablaban más, no alumbraban ya, no penetraban ya como antes, porque en las fotografías eran como dos agujas, y él mismo contaba que antaño, cuando los fijaba en alguno, podía hacerle bajar los párpados: así lo había hecho un día, cuando en el Colegio de Francia seguía un curso del viejo Renan, Sus ojos se habían apagado por demasiada avidez y uso y con ellos se habría apagado también su rostro, si no hubiera tenido otros órganos para sustituir a su vista. Los ojos no sólo reciben la luz, la devuelven también, o más bien, son un órgano que posee de alguna manera luz y que puede conservarla, proyectarla en caricias impalpables. Pero en los ciegos, el alma utiliza otros lenguajes que, si son menos profundos y menos seguros, rivalizan en finura. Así los labios del Sr. Pouget se movían siempre, hablaban mucho. Se distendían o se plegaban, se levantaban por la comisura esbozando una sonrisa, o bien os dibujaban en el centro una pequeña fuente de sombra como para un cuchicheo, o bien se doblegaban para manifestar la tristeza, o también daban paso a diversos ruidos y que eran un complemento de su lenguaje, ruidos intranscriptibles, hechos para expresar matices y extremos de su pensamiento sobre todo aquellos que la caridad no le daba derecho a decir: a falta de signos gráficos, no dejaré constancia aquí más que del ¿cómo así? que indicaba difícil procedimiento, el pst… que la cosa no era del todo así, el ta, ta, ta, tan, que quería decir la desaprobación frente a la aprobación

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sistemática, y el ¡ay no! señal de sorpresa con irritación.

El Sr. Pouget no hablaba solamente con los labios, también lo hacía con las manos, – esas manos que, entre los campesinos como entre los músicos, expresan lo espiritual tan bien, a veces quizás mejor que el rostro. Porque el rostro está más controlado por la voluntad y conserva menos que la mano el hábito del oficio. Aquellas manos servían, como ya he dicho, para acariciar las aristas de la mesa o palpar con dulzura un libro; cuando buscaba un texto o una idea, las manos le servían por así decirlo, para domesticar el cerebro y proporcionarle el primer movimiento, bien sea picando el índice derecho con la uña del pulgar izquierdo, bien golpeando la mesa como si fuera un teclado. En sus grandes momentos docentes, tenía las manos completamente abiertas, y las colocaba como para desvelar y rechazar el error, y entonces uno se trasladaba a esos bajorrelieves de los batientes de las catedrales que representan a Dios Padre separando el día de las tinieblas.

Era en esos momentos cuando producía impresión, pero tampoco es preciso que, en un retrato, los instantes raros nos lleven a olvidarnos del hilo ordinario. La cara expresaba en general cierta mezcla de atención, de gravedad y de candor, todo ello envuelto en una tenue red de padecimiento. Pasaba por momentos en que se sentía abrumado y languideciendo, ensordecido y acabado, pero nadie recobraba tan rápido los ánimos como él, de tal suerte que el trabajo era a la vez la causa y el remedio de su mal. La aplicación le curaba del cansancio. Se necesitaba muy poco para devolverle la alegría cuando estaba físicamente triste. Cuando narraba alguna buena aventura de su comarca natal, o alguna de esas historias clericales que alegran a los espíritus sencillos, o alguna ingenuidad “inefable” sacada de algún viejo documento, alguna malicia tomada

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de Duchesne y que se purificaba al pasar por sus labios, entonces recorría su rostro una claridad deliciosa y su sonrisa se parecía al encuentro furtivo de su mente con su corazón.

El Sr. Pouget, según el humor, era diferente: se sabe que uno de cada dos días vivía en una niebla de luz difícil de soportar, y según que coincidiera en un día malo o en uno bueno, teníamos a dos hombres muy opuestos. La amabilidad de la acogida variaba también con la categoría social a la que pertenecía el visitante:

amigo de todos y esforzándose por hacerse todo a todos, tenía con todo sus preferencias, y yo había creído vislumbrar esta ley: en igualdad de condiciones sin embargo, como dicen los geómetras, recibía a un militar mejor que a un civil, a un laico mejor que a un clérigo, y a un estudiante mejor que a un penitente. Si la ley es exacta, el que tenía la mayor probabilidad de ser rechazado era un clérigo que venía a confesarse. Y, en cambio, quien p odía contar ser acogido con efusión era un oficial o un soldado llegado para preguntar e instruirse: esto ocurría a veces en tiempo pascual, de donde resultan las entrevistas interminables de las que hablaremos más tarde. Lo que justificaba estos favores era que él creía, con razón o sin ella, que los civiles, los clérigos y los penitentes disponen siempre de mucho tiempo libre; era asimismo que los soldados, los universitarios y los intelectuales estando implicados en el mundo y recibiendo de mil formas el asalto de la increencia moderna, necesitaban, a su manera de ver, de reavituallamiento sólido y seguro que él más que cualquiera otro era capaz de proporcionarles. En general, como ciego, no se fiaba del visitante, fuera quien fuera, ya que nunca se encontraba inactivo. Pero en el segundo instante, se mostraba tanto más dulce cuanto más duro había estado en el primero. Y le era tan difícil la despedida como le había sido molesto acogerle. Había días en que hablaba sin parar, yendo de esto a aquello y de aquello a esto, comentando,

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charlando, contando, recitando. Entonces, daba la impresión, y que se me perdone repetir la comparación, de una montaña vista bajo un cielo cambiante: días de luz en las vertientes, y siempre esta impresión de poder y de una masa que ocupa casi todo el cielo. Pero era también capaz de montar en cólera; yo no hablo aquí de sus enfados cómicos a veces, como sucedía cuando no encontraba los anteojos o el bastón, hablo de la indignación virtuosa que sale del fondo del alma ante el mal y sus triunfos. Así, cuando oía hablar de algún proyecto contra la ley de Dios, y sobre todo contra la ley sin defensa de los pequeños, él que era tan inclinado a la misericordia, era presa de una especie de turbación sagrada que acentuaba los trazos de su cara y que daba al pálido reflejo de su ojo vacío un no sé qué de terrible.

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Nombre *

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011 Ahora que hemos descrito su morada y su rostro, creo que habría que hablar de su modo de ser, de su acogida, de su forma singular de recibir a la gente, las ideas y las cosas, de su forma de estar entre los hombres.

El Sr. Pouget se molestaba con esos jóvenes con prisas que venían a él para recibir una respuesta inmediata, como si fuera un oráculo o una máquina automática. Para decirlo todo, esta impresión de impaciencia era recíproca, y si no tenía el poder de adivinación o una perfecta confianza, el que venía a preguntarle sobre el punto que causaba su tormento se retiraba a veces sorprendido y decepcionado. No pocos subieron donde él atraídos por su reputación, y no volvieron nunca: tenían la sensación de haber perdido el día. En parte se debía a que no tenía ninguno de esos defectos que constituyen el valor de un maestro: era a la vez el más torpe y el más perfecto de los iniciadores. Creo que no será del todo inútil insistir en este punto: por el camino, nos proporcionará más de una observación útil sobre el conocimiento humano y sobre la comunicación de los espíritus.

Por lo general, quien tiene una dificultad anda buscando una respuesta, como quien se ha cortado busca un vendaje. Cuando

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haya pegado el tafetán a la herida para evitar que sangre, ya no pensará más en ello y la cicatriz se cerrará. Así va la gente, cuando tiene una duda a un teólogo especialista quien, en un instante, os da la respuesta apropiada: después de lo cual añadirá que la cosa se acabó, y que si queda todavía alguna molestia, ya desaparecerá con el tiempo, puesto que os ha dado la respuesta oficial, la respuesta garantizada. En caso de que no tuviese efecto, sería porque el enfermo tiene alguna debilidad interna como sería una descomposición de los humores que impidiera la acción normal del vendaje; pero esto no puede ser culpa del remedio que ha sido aplicado según las reglas. La enseñanza común de la religión en las escuelas lleva a hacernos pensar que a toda “objeción” corresponde una “respuesta” decisiva cuya forma adopta. O, si así lo preferís, la obra del apologista es hacer huecos que él llama objeciones y obturarlos con esas piezas que llama respuestas: operación tanto más cómoda, notémoslo, cuanto, habiéndose fabricado el vacío según la idea de final pleno y reparador, estamos siempre seguros de que la respuesta recubrirá la objeción con toda exactitud, nos quedamos tranquilos de antemano en ese sentimiento de seguridad. En cuanto a las objeciones que nacen de la consideración atenta de la cosa en sí, varias mentes religiosas se inclinan a pensar que proceden de alguna malicia, de una falta de sencillez, de un contacto demasiado prolongado con el mundo y que no son en suma más que la sombra proyectada de nuestra resistencia a la luz. Se curarán menos mediante el examen que mediante una buena higiene del alma, la cual consistirá sobre todo en olvidarlas, en rezar, en fiarse ciegamente de las decisiones de la autoridad.

Por otra parte, en las escuelas, la enseñanza invita a encontrar en cada materia un orden análogo al de la geometría y a reducirlo todo a él. Si se abre S. Tomás, Descartes, y hasta Pascal, se

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percibe siempre este esfuerzo por deducirlo todo de algunos principios simples. Es la ley de toda ciencia y de toda exposición, y esta ley ha extendido su acción incluso hasta el dominio de la ciencia religiosa: los tratados de teología, en esto, se parecen a la Ética de Spinoza: tienden también al orden geométrico, como a su modelo ideal. Se trata siempre de pruebas y la exposición de los motivos toma la forma de demostración.

Al hacer estas advertencias, no estamos de ninguna manera criticando, ya que es prácticamente necesario que sea así. No se ve bien lo que sería de la apologética, si no diera respuestas y si no reparara exactamente las brechas: y menos aún se ve una enseñanza didáctica que no procediera según este orden natural y racional que va por delante de las consecuencias partiendo de los principios. Pero era preciso recordar este doble aspecto de la ciencia sagrada, tal y como se la presenta de ordinario a las mentes para explicar el estado de vacilación en que se hallaba un estudiante, formado en las escuelas, cuando escuchaba al Sr. Pouget por primera vez.

En apariencia, su enseñanza no contenía ni refutación, ni demostración. En otros términos, cuando se le había expuesto una objeción, o se le había pedido una lección, y que después de dos horas de audiencia, de vuelta en casa, se examinaban los recuerdos o los apuntes, no se encontraban prima facie, ni respuestas, ni principios. Cuando preocupado por una cuestión confusa o capciosa, venían a él, después de exponer el caso, parecían no haberlo entendido, y él los proyectaba en un laberinto. El Sr. Pouget era parecido al geólogo que, interrogado sobre la forma de un valle, hubiera reconstruido toda la historia de la cadena desde los tiempos primitivos. Me explicaré con algunos ejemplos.

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Un día ibais a preguntarle por la antigüedad del hombre y la diferencia entre los datos de la antropología y el cómputo del

Génesis. Entonces, durante una hora os hablaba con gran precisión de la diferencia entre el hebreo masorético, el griego de los Setenta y el Pentateuco Samaritano. Todavía no había llegado el momento de encender su linterna diciéndoos, como yo lo escribo aquí, que tenemos tres textos diferentes del Génesis: dos en hebreo y uno en griego; pero, al cabo de diez minutos, adivinabais que eso ya se presuponía por todo lo que él os estaba haciendo ver. Luego os mostraba, a propósito de Noé, de Tharé y de Sem, que, en las listas genealógicas del Génesis, estos tres personajes tienen la misma edad, en cualquiera de los documentos, cuando

engendran a su sucesor

las dos listas, cien años a la edad del patriarca antes de engendrar a su sucesor; el samaritano hace esta operación en la segunda lista, el hebreo mismo añade cien años en la primera lista a Jared, Mathusalem y Lamech. Se da uno cuenta, por este dato, de la aridez de una discusión que exigía comparaciones extremadamente precisas y pacientes, introduciendo la matemática hasta en la historia, con gran regocijo del Sr. Pouget, que era por vocación un físico. Pero se adivina que el joven interrogador podía preguntarse con alguna inquietud el lazo de esta medición con el problema de las relaciones de la ciencia y de la Biblia; el Sr. Pouget no siempre se lo decía. Ya por causa de su rapidez de concepto, ya para hacer trabajar a la mente, ya por una especie de exquisito pudor, no presentaba las ideas intermedias, las articulaciones, el enunciado de los principios y de las consecuencias. En el caso presente había querido mostrar, con un ejemplo duro como las rocas, que la propia Biblia enseñaba la relatividad de sus genealogías. Puesto que los autores inspirados se corrigieron, puesto que uno de ellos ha parecido querer adaptar la cronología hebrea a otra cronología considerada en esta época

Pero el griego de los Setenta añade, en

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como más autorizada (así la cronología egipcia en el caso de los Setenta), es que la verdad de esta cronología no estaba garantizada por la inspiración y no formaba parte de la enseñanza bíblica. Por consiguiente, la ciencia era libre en la determinación de la antigüedad del hombre. Pero, todo eso había que concluirlo. Un poco después, el Sr. Pouget, abandonando las listas genealógicas, os hablaba como geólogo de los tiempos terciarios: os explicaba que en aquella época se encontraba el cocotero en Londres, si me acuerdo bien, y la palmera en Vézelay; la época cuaternaria en cambio es la época de las invasiones glaciares: hacía un frío intenso. Os preguntabais evidentemente si no se había olvidado otra vez del tema, y porqué, después de esta perorata sobre las genealogías, esta incursión en la geología. Luego os citaba de repente el versículo 21 del capítulo III del Génesis y había que verificar en un Genesius voluminoso y polvoriento cuál era el sentido preciso de los Kothnôth ôr (vestidos de piel) con los que dijo que Yaveh Elohim revistió a Adán. La idea del Sr. Pouget era que, si el autor del Génesis había representado a Adán desnudo en el primer capítulo, y si ahora le pintaba cubierto de pieles de animales, él no excluía de ninguna manera la aparición de la humanidad en la era terciaria, y que, por consiguiente, no estaba quizás prohibido buscar en esos documentos tan antiguos ciertos recuerdos confusos sobre la prehistoria humana. Nuevo cambio, y ya estamos embarcados en una gramática hebrea, en la que buscamos el significado del artículo en hebreo: está claro que el artículo designa a veces un colectivo; por eso cuando se dice en el libro de los Cantares que la voz de la tórtola se ha hecho oír en los campos: ¿qué demonios? Dice el Sr. Pouget, no había más que una sola tórtola en los campos y, sin embargo, yo tengo aquí el artículo. Y además, en la introducción del Génesis, cuando Elohim crea animales, dice (sin artículo) creemos hombre y, mirad también en Génesis 2, veréis claramente que aquí hombre quiere decir toda

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la pareja. Os preguntabais de nuevo la razón de estos desarrollos gramaticales, y comprendíais al punto que se nos daban para responder a una objeción posible: la Biblia hace vivir a Adán 930 años; y es mucho con relación a nuestra duración presente, pero es infinitamente poco para cubrir la duración de las épocas geológicas y el paso del terciario al cuaternario: sería necesario que Adán fuera o pudiese ser un nombre colectivo. El Sr. Pouget quería demostrar no ciertamente que la Biblia lo enseñaba así, sino que ella no se opondría a ello.

Os llegabais para preguntarle sobre las pruebas de la existencia de Dios y os veíais obligados a escuchar un curso completo sobre la radioactividad o la degradación de la energía, sin que nunca se hablase de Dios. Llegabais a instruiros sobre el pecado original, y, al cabo de un rato, os hallabais inclinado sobre el artículo “Epi” del diccionario griego francés de Bailly, en la sección del dativo, todo ello para estudiar el verdadero sentido del en ô pantes êmarton que san Agustín, siguiendo aquí al Ambrosiaster, tradujo falsamente por en quien (se trata de Adán) todos pecaron. – Otro venía a hablarle de Jonás o del Cantar, y se lo llevaba a un texto del Nuevo Testamento para examinar con cuidado los nueve textos, en los que la palabra didascalia ocurría bajo la pluma de san Pablo, y en los que aparecía que ese término connotaba una enseñanza religiosa, buena o mala. Se le preguntaba sobre la Trinidad, se le enviaba a la gramática griega y al estudio del artículo, todo para mostrar que “to pneuma” no tenía el mismo sentido que “pneuma”, que la primera palabra designaba al Espíritu y la segunda un efecto del Espíritu. O también un joven prometido venía a pedirle consejos, y entraba en profundidades sobre el capítulo VII de la Primera Carta a los Corintios. El que le preguntaba sobre su vocación no recibía respuesta y se veía conducido a comparar versículo por versículo entre la anécdota del

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joven rico en Mateo, luego en san Marcos…Haría falta un volumen entero para agotar la materia. Pero una vez, por un incidente, me viene la idea de que él me había entregado su dirección: “Me aferro a un punto, y me pongo a hacer piruetas.”

Se ve que al practicar este método, le sucedía a veces que se perdía, se atascaba. A fuerza de tomar atajos, los emprendía a veces que no llevaban a ninguna parte. El gusto que experimentaba en los desvíos le hacía perder el punto de vista, y se olvidaba de que sus alumnos tenían que preparar el programa de un examen o que su visitante no disponía de tiempo infinito. El gusto que sentía por lo real era tal que se quedaba fascinado por los hechos como tantos otros lo hacen por las ideas: dado el juego normal de la inteligencia, esta tentación es tan rara que nadie habría querido apartarle de ella, y que siempre se tenía recelo en volverle a buen camino. Como la gente dotada de una memoria demasiado fuerte, el Sr. Pouget era también víctima de sus asociaciones, y quizás experimentaba la necesidad de dar aire a sus conocimientos, a fin de evitar que se marchitaran. Nadie negará que estaba amenazado de digresiones. Y no era cosa de la edad. Uno de sus antiguos alumnos refiere que “en clase le sucedía pasar así de una ciencia a otra” y dar una lección de física en teología o al revés: “Nos reíamos un poco, decía él, pero no se perdía nada con ello.” Una tarea a la que no se adaptaba por naturaleza era la de examinador: cuando hacía una pregunta, la acompañaba, a modo de preámbulos, con una cantidad de reflexiones y de ideas generales, liberando así al candidato de la preocupación de improvisar la respuesta: este deber, por sabio que uno sea, es siempre penoso, y hasta resulta impracticable cuando no se sabe. Uno de sus antiguos me ha dejado a este respecto una anécdota sabrosa: al principio de una clase de Historia de la Iglesia, el Sr. Pouget había proclamado algo así: me acusan de

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que no mando decir la lección y tienen razón. Hoy voy a preguntar. – Vamos a ver, señor G…., podría decirme lo que se ha de pensar de tal hecho?… o mejor, hagamos bien la pregunta… Y ya lo teníamos lanzado en unas aclaraciones muy interesantes, pero durante tanto tiempo que la hora de finalizar la clase las interrumpió. El Sr. Pouget ignora todavía que el seminarista a quien había “preguntado” estaba ausente.

A pesar de estas digresiones, estos paréntesis, esta lentitud,

prestaba a aquellos que tuvieron la paciencia de oírle hasta el final

un servicio inestimable. Muchos de sus alumnos han dicho que les ampliaba la mente, que “abría las ventanas para mirar fuera del apartamento y algo más lejos.” Pero eso no era nada, y los que habían pasado por la formación universitaria y tenían más ventanas que los jóvenes seminaristas de san Lázaro, aquellos recibían de él una lección irremplazable.

No existían en él esas ilusiones de conocimientos y esos recuerdos de conocimientos, fantasmas que abriga la mente y que le dan la idea de que sabe. ¿Qué sería de la mayor parte de los modernos, qué podrían decir si se les privara de las bibliotecas, de las revistas, y si se les hubiese prohibido este pensamiento por alusión, salido sin duda de la vida mundana y que ha pasado ahora

a los periódicos, a las revistas y a los cursos? La alusión que

produce la ilusión de que se sabe da la misma ilusión a quien os escucha; en todos los casos, ella le halaga, ya que estamos ansiosos de parecer, aun cuando sólo sea en secreto y en un espectáculo muy interior.

Habría mucho que contar sobre este pensamiento por alusiones, por puntos de vista, por verosimilitudes que viene de nuestra cultura múltiple, de nuestro bagaje enciclopédico y de una vida que

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (III)

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se dirige a veces más al efecto que a la sustancia. “La imprenta nos ha vuelto charlatanes”, decía el Sr. Pouget. Echaba de menos el tiempo en que se escribía por voluntad y para decir algo y sobre un asunto consistente, el tiempo en que se podía con todo rigor aprender un libro de memoria.

“Los Antiguos no tenían diccionario, decía, Si hubieran sido polígrafos, nos habrían inundado de libros. La Biblia está muy resumida como todos los libros de los Antiguos; con la imprenta en nuestros días, nos tragamos montones de bazofia. ¿Cómo quiere que se pueda retener todo eso? – Comprendo al Teófilo de Lucas que quería un resumen[1]

Por el talante de su mente, así como por su enfermedad, fue llevado a adoptar este método antiguo y natural mal comprendido en nuestro tiempo, tan rico pero tan impaciente, y que consiste en conocer un objeto por una especie de contacto y de palpación.

Él que tenía una memoria tan poderosa, no tenía la memoria de la inteligencia: no parecía recordar más que hechos, jamás conclusiones ni razonamientos. Un texto que había leído cientos de veces, lo volvía a traducir con trabajo, como si fuera nuevo. Un razonamiento que le era familiar, lo volvía a construir delante de uno, no por preocupación didáctica, sino porque tal era el procedimiento ordinario de su pensamiento. Recordando todo lo que eran datos, olvidando todo lo que se había pensado, estaba pues siempre en la actitud del que es alumno: “Qué curioso, decía, aprendo cosas de mí mismo! ¡Caramba!…He ido a buscar por todas partes.” Había adquirido muchos conocimientos, y sin embargo no tenía nada de adquirido. Tenía muchas certezas, y sin embargo lo ponía todo a discusión. Sabía, y sin embargo se ponía siempre en la actitud de quien tuviera que aprenderlo todo.

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Ahí estaba precisamente el secreto de esa fuerza de renovación que ponía en todo. Hasta la extrema vejez, él lo cuestionó todo. Él se corrigió. En ocasiones en que se hacía leer lo que había escrito el año precedente, nunca se encontraba satisfecho: había que tachar esto, añadir eso, intercalar incidencias para precisar. Se retractaba según la etimología de tal palabra que, según él, significaba: tratar de nuevo y no forzosamente condenar. Cuando tenía que haceros una advertencia sobre una exageración o una impropiedad de lenguaje, a fin de no humillaros, añadía enseguida que era todavía más severo consigo mismo, y que teniendo la mente por ley progresar, no debía nunca aprobar del todo sus expresiones antiguas. En su lecho de muerte, se planteaba problemas, y se trataba de problemas que creía haber resuelto más de una vez. Pienso que con este modo de ver las cosas y esta perfecta indiferencia por la notoriedad, no se habría resistido nunca a dar el visto bueno para imprimir algo, si el peso de la caridad, como decía san Agustín, no le hubiera obligado a ello. Estas eternas vueltas a empezar le aseguraron una juventud constante, y lograron que no conociera nunca la decadencia. Maurice Legendre decía bromeando: “El Sr. Pouget no envejece, rejuvenece”.

Otro rasgo que se ha de apuntar aquí es que el Sr. Pouget no tenía prisas por concluir, tan pocas que se diría que tenía miedo de dar soluciones o respuestas. Cosa rara, había cuestiones fundamentales sobre las que parecía no tener consejos. Y aquí es bien difícil darse a entender, ya que en cualquier otro caso esta suprema duda estaría muy cercana al escepticismo. Pero en él, era por el contrario una discreción en relación con el misterio, un sentido de lo que hay de ficticio en la teoría, la preferencia concedida a una cuestión bien planteada sobre una solución un poco falsa y, en total, el homenaje que la luz rinde a la sombra.

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Afirmaba también que, en muchas cuestiones, y sobre todo en aquellas que se refieren al infinito, existe necesariamente oscuridad al lado de la claridad: al forzar los límites de esta claridad se arriesga infringir una disposición profunda de la naturaleza. En el terreno práctico, tenía, según veremos, esa prudencia de la tierra que se ve en san Vicente de Paúl, y que tenía de su origen más aún que de su patrón. Pero siempre se trataba del cuidado por evitar siempre la intervención inútil del concepto y de seguir atento ante el ser.

A este aspecto de su naturaleza añádanse esos juicios limitativos

que emitía sobre unos y otros y que eran parecidos a los del

cultivador interrogado por su cosecha.

En ellos se verá este estilo humilde y pleno de colorido cual es el de nuestras fábulas, de Lafontaine, del soldado campesino y para decirlo de una vez de nuestra raza cuando se vuelve sobre sí misma y su savia.

Un joven había querido presentarle a su prometida y le habría

gustado una palabrita de ánimo. El Sr. Pouget se limitaba a decir:

“Yo creo que ella es razonable.” De un personaje de quien todos decían que era un cristiano admirable, al cabo de diez minutos de conversación, decía escuetamente: “Es un hombre tranquilo.” Después de ver la catedral de Chartres: “Es una bonita pieza, habla fuerte.” El mayor cumplido era: “Ése es alguien con un valor moral no pequeño.” De un gran escritor: “Tiene, tiene pluma.” De un músico un tanto sutil, cuando escribía a religiosas contemplativas, me había dicho de paso el Sr. Pouget: “Para hablar

a las monjas, me comprende, hay que mostrase un gastrónomo

refinado.” De san Pablo exclamaba: “Tiene aletazos.” Del Cristo de los sinópticos: “Habla sencillamente y lo dice todo.” De un crítico

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que razonaba mal y de manera flameada: “Esto me recuerda a los tambores mayores de mi infancia. Diantre! que si iban majos con su doble decalitro.” A propósito de las almas piadosas pero perezosas, decía: “No me gusta la gente que tiene siempre al Buen Dios en la boca.” Después de ver un bonito paisaje: “Eso no me llena tanto como la Biblia.” Después de cerrar a san Marcos:

“Después de todo, el Evangelio es Cristo predicado al pueblo.” Y, en sus momentos de misticismo: “Ando con el ánimo por los suelos. Pero otras veces vuelo muy alto. Me veo transportado no sé hasta dónde…”

Se podría llegar a creer que una enseñanza dócil a la complejidad de las cosas, tan reservada en las conclusiones, dejaba tras sí un reguero de confusión y de problemas. Nada de eso, y en su lugar quedaba la impresión de una extraordinaria sencillez. No esa simplicidad siempre un tanto ficticia, que es la de la ciencia libresca, no esa simplicidad que tiende a la evidencia de los geómetras como a su límite y en la que Descartes veía el ideal de todo conocimiento. Sino otra simplicidad, la que figura y simboliza la geometría en el otro polo extremo: la simplicidad de la cosa, la simplicidad del hecho, la simplicidad de una fuente inagotable y límpida. Decimos de un teorema que es simple, y lo decimos también de un niño: en este último sentido es en el que su enseñanza era simple. Lo era tanto que después de probarla no se podía ya encontrar satisfacción en los textos: uno ya se creía artificial y sistemático. Todos han conocido esta confusión que se recibe ante una persona simple en extremo: se habían preparado unas fórmulas de acercamiento y de educación, se había adoptado sin saberlo bien una actitud que tendía a agradar o a adular, y luego todo se esfuma. Se creía uno natural, y se ve lleno de recovecos. Tal era el género de purificación que os procuraba una entrevista con el Sr. Pouget.

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Había, nos damos cuenta, muchos caracteres del campesino en el Sr. Pouget; esa tenacidad extraordinaria, ese gusto por el trabajo duro las vueltas a empezar, el amor de lo palpable, la necesidad de sopesar, de medir y de percatarse por sí mismo de todo, la dificultad en expresarse en lengua culta, el sentido del lenguaje concreto y conciso; – la habilidad campesina también, la que consiste parecer siempre derrotado por el trabajo, siendo así que se sabe bien en el fondo cómo es preciso hacerlo, la habilidad que consiste en parecer sin apariencia para dejar pasar las apariencias, la habilidad que consiste en simular verse aplastado por las necesidades para arrancar de los poderes condiciones mejores; los gruñidos que son como una canción; la manera de hablar de las mujeres con un poco de desprecio; el cuidado de contar, de ahorrar, de recoger y también de no dejarse perder nada, de reparar, de remendar, de hacer durar; el respeto a los grandes establecidos con la convicción íntima de que no hay más grandeza que la interior; la impresión de que nada se tiene, que se está en las últimas, y siempre volver a empezar; la queja ante el trabajo sin aflojar nunca; ningún descanso sino trabajos nuevos; una independencia total y sin embargo una sumisión muy humilde a todos. También habría que apuntar esa lentitud en la decisión que se encuentra en san Vicente, costumbre del campesino para quien no existe el tiempo. El Sr. Pouget sentía horror por los que le apremiaban: iba a su paso, abría su surco. Después de una tarea pasaba a la siguiente; pero la idea de realizar un trabajo en un tiempo limitado o de entregar un trabajo a fecha fija, o de evitar una digresión cautivadora para mejor lograr el fin, o de tener que dar una decisión inmediata, esa idea no le era soportable: si hubiese hablado el lenguaje místico habría podido decir como san Vicente que las prisas eran una especie de sospecha que el hombre

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aceptaba contra Dios, ya que conducían a “adelantarse a la Providencia”.

Sólo encuentro una nota por la que se salía de la raza campesina:

era su pobreza. No tenía el amor a la pobreza como una virtud que hubiera deseado y adquirido con esfuerzos sobre sí: no, era algo anclado en su naturaleza y tanto que él no se sabía pobre, igualmente que no se sabía humilde. Tenía una especie de horror al dinero. Ponía en desprenderse de él el mismo cuidado que otros ponen en amasarlo. A veces le ayudaba yo a hacer las cuentas. Su dinero se hallaba en un cajón oculto a la vista y cuya llave guardaba en su cajón usual, junto a las tijeras, al Ordo, y al veronal. Este cajón, del que aún no he hablado, contenía lo que él consideraba más precioso: algunas cartas de los suyos, recuerdos de Jean Bouvier y Jourdain, dos ex alumnos de J. Chevalier que habían venido a consultarle al comenzar la guerra y que habían dado la vida por Francia. Luego, junto a las cartas, o mejor encima, a la vista, estaba toda su fortuna, figurada por un viejo billete de diez francos bien colocado y que representaba la paga del mes, puesto que devolvía a la comunidad el dinero que le daban por las misas. Esta paga mensual daba lugar a cálculos y a divisiones: el Sr. Pouget pensaba en la compra del azúcar, y del veronal, este remedio a veces necesario para asegurarle algunas horas de sueño. El resto se iba en limosnas, o en suscripciones a algunas revistas de tercer orden que quería mantener, como la de los antiguos alumnos de Saint-Flour. Cuando este desdichado billete de diez francos había desaparecido, cuando ya no quedaba en la caja fuerte más que el dinero de las misas que debía decir, cuando había verificado que esta suma correspondía exactamente a las misas prometidas y señaladas, en el margen de su Ordo, con ciertos signos cabalísticos, cuando había nivelado de esta forma su presupuesto y que, aparte de algunos escrúpulos por el azúcar,

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había tranquilizado su conciencia, entonces mostraba una visible satisfacción al saber que sus finanzas se encontraban en tan buen estado. Había asimismo en este cajón misterioso un portamonedas de cuero en forma de bolsa, con un cierre. Lo palpaba con suavidad, y hacía el inventario; luego se veían aparecer en el extremo de sus dedos dos o tres monedas que desde la guerra ya no tenían curso legal. Y un día que le había sorprendido acariciando este dinero, me declaró con la mayor seriedad: “Tengo ahí tres francos de los que no puedo lograr desprenderme.” Si uno entra en ese momento y le ve arrodillado ante ese cajón entreabierto, y con estas piezas en la mano que brillaban en la penumbra, creo que le tomaría por avaro. El Sr. Pouget era muy avaro, pero de pobreza.

Esta avaricia tan extraña se manifestaba en sus ropas que eran todas de préstamo. Prefería llevar hábitos que habían pertenecido a cohermanos difuntos, sobretodo cuando habían sido piadosos personajes, y su atuendo era como un cementerio, en que cada tumba hace revivir un fragmento de pasado. “Esta muceta, decía, perteneció al pobre (fulano de tal)…” En cuanto a su ropa interior, tenía el color terroso de los viejos campesinos. Habiéndole cuidado mientras estaba enfermo, y habiendo asistido a las operaciones de desnudarse, puedo decir qué silueta más extraña ofrecía en camisa, en pantalón y en medias: un leñador del bosque; sin la sotana, se habían atravesado diez siglos y más, uno se creía en plena Edad Media; y cuando se había puesto el gorro de algodón puntiagudo y trasteaba así por el cuarto con los tirantes reparados con cuerdas y el pantalón con remiendos, podría dar miedo, como un brujo en su antro. El hermano que le velaba en su última enfermedad se había asustado de la pobreza de sus ropas:

harapos, trapos inservibles.

Los hábitos que estaban en su armario (el armario del azúcar y la

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jofaina) habrían podido figurar en una exposición retrospectiva del traje eclesiástico, y tenían ya ese tinte de las momias, esas formas tiesas de objetos colocados en vitrinas. Una palabra más aquí en el capítulo de los sombreros.

El problema del sombrero era para él insoluble. Medía 61 cm de cabeza: en el sombrerero no encontraba por tanto nunca sombrero de su talla. Que por eso no sea, diréis, no tenía más que encargar un sombrero a medida. Pero el Sr. Pouget era pobre y quería seguir así. Nunca habría permitido que su congregación le encargara una teja, además que ello habría sido singularizarse y llamar la atención sobre el perímetro de su cráneo. Quedaba la solución de andar mal cubierto, y pasaba por ello, a riesgo de que se hiciesen comparaciones entre zapateros y sombrereros, descorteses en los últimos. “Se hacen zapatos a medida, no sombreros. Con todo, permitidme esto, la cabeza se lo merece más que los pies.” Tenía de esta forma, en su guardarropa, dos sombreros que no le caían nada bien. Su preferido por la talla era un viejo sombrero de pelo, demasiado ancho y cubierto de un polvo venerable. Pero había que apartarle de esta tentación: ya que este sombrero paleolítico habría causado una sorpresa general. Tomaba entonces el otro, del tipo flojo, que sólo le cubría a medias y que llevaba en todo lo alto. En los últimos años, cuando salía a la calle, acompañado de un amigo, presentaba una silueta muy curiosa. La gente se volvía a mirar a este anciano, avanzando con precaución, tanteando las bocas de gas con el bastón, temiendo molestar y descubriéndose por educación la masa enorme de su cráneo con el pelo rizado. Conocía y le gustaba París que había recorrido en todas las direcciones, en especial en la imperial de los ómnibus, observatorio perfecto y cuyo lugar no ha podido ser reemplazado por nada. Le gustaba dar paseos a pie, tanto para demostrar a los demás como para demostrárselo a sí

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mismo que, siendo como era ciego, tenía todavía las piernas fuertes. Una de sus coquetearías consistía en no tomar la diligencia reservada a los sacerdotes ancianos; cuando se iba a Gentilly, la casa de campo de San Lázaro, hacía todo el camino a pie, a buen paso, apoyado en el brazo de un joven.

Esta pobreza se manifestaba, como lo hemos visto, en un terreno en el que parecía razonable que se debía proscribir del todo, en la compra y uso de los instrumentos de trabajo. La concordancia de la ciencia y de la pobreza es algo difícil: ya que, para saber, hay que tener y, cuando la orden de san Francisco se volvió hacia la ciencia, fue una necesidad que poseyera libros y renunciara al espíritu primitivo. Para apreciar sin exageración esta pobreza, se ha de recordar que el Sr. Pouget, ya ciego, no podía consultar mucho, que su método consistía en trabajar en todos sentidos la tierra paterna sin hacer incursiones en los terrenos vecinos y por fin que tenía una memoria sorprendente. Pero había también en su desprendimiento algo voluntario: si recopiaba un diccionario o una gramática, no era sólo para fijarlos mejor en su mente al confiárselos a esta memoria visual (que, según él, localiza, cosa que no hace la memoria auditiva o la memoria motriz), era también para someterse a las exigencias de la pobreza y a los inconvenientes que Cristo había querido conocer. Se servía de papeles con los que se habrían podido fabricar cigarrillos de tan finos como eran, y con frecuencia escribía en las dos caras del folio, cosa que hacía que sus trabajos fueran tan difíciles de leer. La tinta era vieja, el papel carbón usado hasta el agotamiento. En todo se veía este cuidado por ahorrar. Lo que le guiaba era haber vivido entre gente pobre; cuando su padre era aguador en París, el pequeño Guillermo había debido comprender la dignidad del dinero y su poder de compra y no había perdido nunca el hábito de traducir el dinero en el lenguaje del trabajo, de la miseria y del

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hambre. “Por qué no tomar el ómnibus, le decían en otro tiempo, cuando se trataba de ir de Gentilly a San Lázaro. – Es porque, sabe, son tres reales, y eso representa mucho pan para un pobre”.

A pesar de todas estas privaciones, se veía demasiado rico. Tenía una cama, una mesa, un techo. Tenía el porvenir asegurado. “Hay días, me decía, en que sentiría tentaciones de quejarme. Después de todo, soy viejo y los he visto crecer a todos: se podrían acordar de que soy ciego. Ha habido años atrás en que habría necesitado comprar un libro, y mis zapatos están my gastados… Entonces pienso en ese logion de Mateo, que por lo demás se encuentra también en Lucas… Mire, usted que es joven, vea en el Testamento gordo por san Mateo, en el capítulo VIII, versículo… espere… versículo diecinueve o veinte: oi alôpekes pôléous échousi… alôpex? La Vulgata lo ha traducido por vulpes, zorro. Me pregunto si no estaría mejor los chacales: veremos un poco… Kai ta peteina tou ouranou kataskènôseis, los chacales pues tienen sus guaridas y los pájaros del cielo sus nidos; o de uios tou anthrôpou ouk eché ou tèn kèphalèn klinè, ¿es eso?… Pero el hijo del hombre no tiene donde reposar su cabeza. Ya sabéis lo duro que es dormir en el suelo, a la cabeza le gusta dormir sobre algo mullido. Sabe, cuando pienso en Cristo que no tenía casa propia, que era perseguido, siempre obligado a huir de un lugar a otro, me digo que todavía soy muy rico”.

Al hablar de virtudes heroicas, se entiende por ello virtudes que superan en altura y constancia a las fuerzas comunes. Sin conocer bastante los recursos humanos y sobre todo lo común de los verdaderos religiosos, no puedo decir si su pobreza llegaba al heroísmo. Pero, sabiendo lo que significa el trabajo intelectual, por haberlo practicado desde mi edad juvenil, puedo decir que durante los diez años que le conozco su forma de trabajar era

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verdaderamente prodigiosa.

Hay que decir en primer lugar que no estaba de ninguna manera obligado en conciencia a trabajar, que hubiera podido muy bien pasar el tiempo en su celda en seguir viviendo; sólo estaba obligado a guardar las reglas de su congregación, y también, hallándose ciego, creo que habría obtenido con facilidad el permiso de recitar cada día la misma misa o de reemplazar el breviario por un rosario. Pues bien, como lo diremos al hablar inmediatamente sobre su memoria, este anciano ciego recitaba cada día, leyéndola en su cerebro, la misa del día y la mayor parte del oficio. En cualquier caso no estaba obligado a trabajar con la cabeza a la edad que tenía: después de sesenta años pasados en servir y sin tomar vacaciones nunca, tenía todo el derecho a un respiro y un descanso. Ahora pensemos en un ciego de ochenta años, sin ayuda, sufriendo de continuo de la vista que era tan sensible a la luz, molestado con frecuencia por cohermanos, penitentes, estudiantes que le tiranizaban, sin ningún descanso, recitando, rezando, componiendo en la cabeza lo que iba a pasar a la máquina, escribiendo con letra grande, pequeños tratados y hasta grandes tratados para aquellos que sabía se encontraban en dificultades, otras veces sencillamente para sí mismo y para el avance de la ciencia sagrada, y eso buenamente y con naturalidad, como si fuera su estricto deber, se tendrá una idea de esta extraordinaria aplicación. Al acabar un pequeño trabajo, lo ataba con cuerdas para evitar que se escapasen las hojas y lo metía en su cajón, sin preocuparse de la suerte que podía correr: tenía la seguridad de que después de su muerte todo iría a parar a la papelera. Ya he dicho que no tenía ningún sentimiento de propiedad sobre sus trabajos. Era de una indiferencia absoluta en este aspecto, y estaba persuadido en su candidez de que los demás debían experimentar los mismos sentimientos: después de

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todo, si uno se proponía decir sólo la verdad, importaba poco quién la sacara a la luz, y la firma de las obras debería ser algo casi inútil, sobre todo entre los autores cristianos, o religiosos que han renunciado al espíritu de propiedad. El Sr. Pouget tenía sus sentimientos, lo que no le impedía cuidar en lo posible su estilo y escribir en una lengua que le era propia. Pero habría lamentado que “apareciese” uno de sus libros, y los que se han publicado con algunos ejemplares lo han sido bien a pesar suyo. Lo que no quería decir que no deseaba difundir sus ideas y compartirlas con otros presentando pruebas rigurosas. Nada le habría sorprendido que se las hubieran copiado y difundido, y hasta pienso que se habría sentido dichoso al ver extendida la verdad y el éxito volar a algún otro. La obra que escribió sobre los orígenes sobrenaturales de la Iglesia, hablaba de ella como si fuese la obra de otro. “La obra del Sr.- X…”, decía, o también “nuestra obra.” La palabra “mi libro” no habría pasado la barrera de sus labios. Y sin embargo a veces tenía un lapsus y se le escapaban frases como ésta: “La obra del Sr. X… de la que de hecho yo soy casi el autor total”.

Ahora ha llegado el momento de decir unas palabras de lo que le creó una leyenda, y que impresionaba al visitante como una curiosidad natural, su gran memoria. Había yo oído más de una vez decir a uno de sus cohermanos, medio riendo, medio en serio, que, desde Pico della Mirandola, no se había debido ver una memoria así. Quitando todo epíteto peyorativo a la expresión, se habría podido decir que poseía una memoria monstruosa, una memoria tal que, si no hubiese tenido una gran inteligencia y una entera posesión de sí, ella se la habría merecido sin duda. Dejo a un lado todo lo que conocía de las ciencias, por no haber tenido nunca suficiente capacidad para apreciarlo. Pero en historia y en historia religiosa, era capaz de contar la historia de un pontificado o de un reino, como si os hablara de un asunto de familia. Pienso

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que cuando había leído una obra de historia con atención, se sabía casi la materia. Pero lo más impresionante era lo que se sabía de memoria. Un día, habiendo echado la cuenta, me decía saberse l0 800 versos latinos y franceses. Otro día, me lo encontré después de repasar, según su cómputo, 5 342 versos de Horacio y 4 575 de Virgilio (6 de marzo de 1928). En latín, se sabía varios cantos de la Eneida, varios libros de las Geórgicas; en suma se puede decir que se había aprendido la mayor parte de Virgilio. En francés se recitaba principalmente a los clásicos: La Fontaine, Boileau y Molière. A este propósito decía: “un poco de arte no hace daño en la vida. Antes, cuando tenía sufrimientos, me decía: Ah! si tuviese un violín. – Ahora, cuando estoy aburrido, me tomo una buena dosis de poesía, profana o sobre todo bíblica: eso os coloca en un mundo superior. A pesar de no tener vista, he podido estudiar. Tengo cantidad de salmos en la cabeza, y todo el Nuevo Testamento.”

Se sentía agradecido a los Antiguos por expresarse con concisión y fórmulas que se graban. “Los libros de los Antiguos eran cortos:

uno se los podía aprender. Mientras que hoy, vaya usted a meterse un libro en la cabeza”. Se adivina por ahí su primera tendencia ante lo que él estimaba que era una obra maestra: poseerla aprendiéndosela.

Se sentiría uno inclinado a pensar que esta memoria era un don natural que un hada benéfica había colocado en su cuna. Y no seré yo quien niegue que hubiese recibido una aptitud rara de observar y de retener, que debía de consistir en la intensidad de la atención más que en la fuerza de la retención. Pero su memoria era la obra de su voluntad. La cuidaba con perseverancia hasta su edad avanzada. Podéis todavía ver en nuestros campos a ancianos o ancianas que se imponen pesadas cargas inútiles

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contra el parecer de toda la familia; les demuestran que no está bien, que no es necesario y que sería mejor descansar. Pero ellos hacen oídos de mercader, y tienen razón. Saben que, si se detuvieran un día, se detendrían para siempre, y que el descanso sería su muerte. Si el Sr. Pouget se hubiera parado de ponerse al día, de repasar y si se puede decir de abrillantar sus recuerdos, se habría acostado en la tumba. Este esfuerzo perpetuo e inútil de acordarse era el secreto de su higiene; su memoria era su fuerza, como la cabellera de Sansón.

La conservaba pues, con la paciencia de un mecánico o de una avaro. Se hacía con frecuencia el inventario, lo más preciso posible. Se imponía tareas ficticias como si fuera su propio maestro: repasar Marcos, repasar Lucas. Y se imponía este repaso como la ocupación principal: y llegaba hasta quejarse al modo que se queja el niño de un maestro demasiado exigente con las lecciones.

“Me aprendo a san Lucas, recito la Sabiduría, revisto de hebreo el libro de los Reyes. ¿Se da cuenta? Estoy reventado”. Habría sentado mal si se le hubiera dicho que ese reventón no le interesaba a nadie más que a él.

Cuando un visitante entraba sorprendiéndole en esta continua composición de recitar en que se medía a sí mismo para sí mismo, era contratado al punto para hacer verificaciones. Entonces tenían lugar incidentes bien graciosos. Se recitaba hebreo y dudaba en una palabra. Se presenta un personaje. Lo requisa. El otro tiene que confesarle que, a pesar de su buena voluntad, sin saber ni letra de hebreo, no puede servirle de ninguna ayuda . Provenía de la alta Auvernia y conocía muy bien el arte de saber escuchar como el arte de no querer entender. “Vamos a ver, le decía,

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señalándole le palabra en un gran libro; ¿cómo está hecha esta letra? Supongo que tiene primero una gran asta como nuestra I mayúscula, luego que gira a la izquierda como una T mayúscula a la que se hubiese cortado el palo derecho. – Algo de eso hay, señor Pouget. – Bueno, lo que yo esperaba. (Aparte.) Es un Caph final. – Y luego, la letra siguiente, ¿se parece a una puerta? – Ah! no, señor Pouget, es como un pezón pequeño. – Pero, ¿qué dice? Un pequeño pezón…” Se ve por qué atajos andaban metidos. Este sistema no permitía avanzar mucho, y no conducía más que a una certeza relativa. Pero él no tenía nunca prisa, y le chiflaban las dificultades. Su método era de lanzarse siempre en alta mar, arreglárselas como podía, enfrentarse a las cosas, abordar las dificultades, y desarmarlas con su testarudez.

Su memoria se ejercitaba principalmente en la liturgia y en la Biblia. Aunque ciego, decía el oficio del día. Desde hacía tiempo se sabía el salterio como el Pater. Evitaba la leyenda del santo que no lograba aprenderse, compartiendo en este punto las ideas del Mons Duchesne quien decía, según parece, “mentiroso como un segundo nocturno”. Sabía sin embargo las historias de los viejos oficios romanos, santa Cecilia, santa Lucía y santa Inés. Cuando no podía recitar la leyenda, la sustituía por “algo de Escritura”. En la primera lección del tercer nocturno, en lugar de decir después del versículo del Evangelio et reliqua, recitaba el Evangelio entero, creyendo que muchas veces vale más que su comentario.

Las Homilías de san León se acomodaban con mayor facilidad en su memoria que las de san Agustín. Mandaba leer los textos de la misa la víspera por la tarde, y era suficiente una palabra para ponerle en marcha: echaba pestes a veces contra la complicación de las secretas o de las poscomunios, y le habría sentado mal que se le dijera que las oraciones de la misa no están ahí para ser

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aprendidas de memoria o que la industria de los misales habría periclitado si hubiera tenido muchos discípulos. Pero ya sabéis lo que pensaba en sus adentros de los breviarios en cuatro tomos y de los bellos misales: y se preguntaba qué habría pensado Cristo, de quien nos dice el Evangelio, en el capítulo X de Mateo, que quería a su misionero sin “equipaje” y con el solo aparejo de la pobreza”. Era un espectáculo totalmente impresionante asistir a su misa: con las manos apoyadas en el libro, cuyo texto recitaba sin poderlo leer, con rapidez y como si estuviera leyendo, con mayor respeto de lo que le había costado.

Del Antiguo Testamento, El Sr. Pouget había confiado a su memoria, en hebreo, en latín, y a veces en griego, los primeros capítulos del Génesis, en particular los tres primeros. También sabía en hebreo una gran parte de Job y el Cantar de los Cantares. Se sabía en griego y con toda exactitud el libro de la Sabiduría. Y naturalmente sabía largos pasajes de los otros libros: me limito a citar sus preferencias. En cuanto al Nuevo Testamento, estaba en posesión de todo el latín, echando siempre en falta no habérselo aprendido en griego cuando joven. Había fijado en su memoria incluso la matemática de los versículos; sabía, al menos en cuanto a los textos que él creía más importantes, que esto estaba en el versículo tal y tal del capítulo cual; muy raramente se equivocaba. Llegaba uno a darse cuenta de que simulaba no conocer la posición del versículo, a fin de no abrumar al interlocutor por el bagaje de su ciencia y para pasar por el común de los mortales.

Pero hacía gala de toda su capacidad cuando se le presentaba una objeción, en particular cuando le leían un pasaje capcioso y falsamente impasible del último libro de los críticos radicales. Entonces, por poco que se encontrara en forma, llovían los textos como balas. Aquello hacía pensar en efecto en un bombardeo que

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se preparaba y en el que los disparos, siempre precisos en extremo, pero al principio alejados del punto por la dispersión, venían a cubrir exactamente el objetivo. Sabemos que, en su primera juventud, al Sr. Pouget le habría gustado ser oficial de artillería para repartir golpes, decía él, y “a riesgo de recibirlos”. Y había claramente en su carácter volcánico algo del artillero, con una especie de satisfacción en combatir y en vencer por la precisión del cálculo más que por la furia. Entonces se veía cómo la memoria estaba siempre a la disposición de su mente. Las municiones al alcance de la mano. No necesitaba, como la mayor parte de nosotros, ir a buscarlas en algún libro, comentario o biblioteca. No necesitaba clasificarlas sistemáticamente, ni darles a fuerza de referencias inglesas y sobre todo alemanas un aparato temible. Las citas pertinentes salían de sus almacenes con su referencia exacta; y el pobre estudiante, si quería agotarse anotándolas, caía vencido por la rapidez. A veces llegaba la noche al campo de batalla cubierto ya de textos y de reflexiones, de refutaciones precisas, y él era el único que no se daba cuenta de las tinieblas, puesto que todo era noche para él. Había sin embargo que decirle que era de noche, al no poder los ojos del vidente controlar ya al ciego. Pero temíamos interrumpir este surtidor y esperábamos hasta el último momento. Porque, cuando le decíamos: “Sr. Pouget, no veo nada”, había que cambiar la mesa de lugar y llevarla junto a la lámpara al otro lado de la pieza, y sabido es que no se ha de interrumpir nunca el trabajo de la mente cuando se realiza con facilidad. Repito que era una escena solemne esta batalla que seguía en la sombra. Entonces era cuando se podía calibrar la ciencia del Sr. Pouget: cuando otro cualquiera hubiera pedido gracia y acusado ignorancia (¿qué somos todos sin nuestros libros?) él, pues se divertía, como la Sabiduría durante la creación del mundo. Una sencillez antigua, ningún despliegue de saber raro, nada de poses, ni lecciones,

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ningún deseo de revancha, o de triunfo, sino hechos que estallaban como cohetes a vuestros ojos con algo de brutal y fulgurante.

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Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (IV)

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Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (IV)

Nombre *

Omnis scriba doctus in regno coelorum similis est homini patri familias, qui profert de thesauro suo nova et vetera. (Mat., XIII,52.)

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011Al dejar esbozarse en la mente, un rasgo tras otro, una primera imagen de nuestro modelo, hemos dado a entender que para comprenderle bien, no había que perder de vista el recuerdo de su infancia campesina:

volver a aquellos años en que manejaba el arado, cuando llevaba a apacentar sus ganados por los páramos de la alta Auvernia. Fue mientras rezaba en el seminario de Saint-Flour, ante una estatua de san Vicente de Paúl, cuando el Sr. Pouget había tomado conciencia de su vocación. Al igual que su patrón, él fue un campesino toda su vida. Y esa es la razón de quererlo.

Al Sr. Vicente se le parecía por cierta curvatura de los hombros que recuerda la vieja costumbre de inclinarse hacia el suelo, y por ello su aspecto rechoncho y macizo. Se le parecía también por su naturaleza. He conocido a lazaristas que han sabido dar a sus conductas, a sus juicios, y a veces hasta a sus rostros, mediante un ejercicio continuo, el carácter de sus maestro. Al Sr. Pouget no le había costado tanto. Su santo y él eran gente conocida: se reconocían al primer vistazo por el efecto de la fraternidad

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campesina, por la identidad de sus orígenes y me atrevería a decir que eran como cómplices. Se ha dicho del Sr. Vicente que fue toda su vida un campesino. El Sr. Pouget era un campesino sabio: era su carácter y su sabor.

El Sr. Pouget y el espíritu crítico

Pero se admiraba en él la prudencia de los viejos campesinos que, una vez transfigurada, se convertía en espíritu crítico.

Nadie mostró más consideración hacia los métodos llamados críticos. No sé cómo pronunciaba Kant la palabra kritik que él puso sobre el candelero, pero le oí hablar más de una vez de “la Crítica” con un tono de respeto que os comunicaba una emoción imborrable. Esta palabra que muchos pronuncian como Eva debió hablar de la serpiente en su ancianidad, cuando pasaba por los labios del Sr. Pouget, se cargaba de ternura: él decía la crítica, como el soldado de verdad dice “el ejército”, como un verdadero sacerdote habla de “la misa”; después de todo, su oficio era ser crítico; era crítico como su padre era labrador y aguador.

Recuerdo una tarde, al caer el día, me lo encontré sentado en aquel sillón de paja que ya he descrito, sombrío, encorvado y mordisqueándose las uñas. La sombra era completa: daba a la celda ese aspecto “informe y vacío” del abismo inicial cuando el Espíritu de Dios, el primer día del mundo, se movía sobre las aguas. Pero en aquel lugar también, un espíritu velaba y fecundaba las tinieblas. Se puso a pensar en voz alta: “Ah! señor, cuando el cielo era azul y yo podía verlo, me producía un placer inmenso.” Yo pensaba en aquello de Job: “su soplo regala al cielo la serenidad…” ¿Es de día aún? Añadió, dirigiendo hacia la ventana una mirada cándida, – luego, sin esperar respuesta, continuó, hablándose a sí mismo, como para consolarse, como

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para justificarse: “Para mí, es de noche, siempre. Pero hago crítica. La crítica, cuánto se habla en contra. Cuando se hace bien, habría que bendecirla. El siglo XIX, que la aplicó el primero, es un siglo de gigantes.” Este pensamiento que se le había escapado me permitió entrever de repente lo que había de nuevo en aquel anciano. La crítica que había logrado en el siglo XIX echar por tierra todo lo que el mundo adoraba, entre las manos de Pouget, y sin dejar de ser ella misma, se volvía serena, saludable y, si se llegaba a purificar esta palabra de toda insulsez, era verdaderamente constructiva.

Pero a fin de explicar esta novedad y este favor, bueno será hacer correr detrás de nuestro modelo un telón de fondo ligero, exponiendo primero el estado de espíritu de sus contemporáneos y por qué era mérito suyo colocar bien alto todo aquello que en derredor suyo era sospechoso a veces.

Nadie puede cuestionar que, desde hace tres siglos, los teólogos no hayan demostrado desconfianza ante muchos de los descubrimientos logrados por la aplicación de los métodos científicos. Y ello es más curioso porque las dos fuentes de nuestros conocimientos, como son la razón y la experiencia, han sido respetadas, purificadas y defendidas por la Iglesia. Durante toda la Edad Media el ejercicio de la razón era respetado entre los clérigos: si la Edad Media merece un reproche, quizás sea el de haber llevado el racionalismo demasiado lejos al querer explicar por conceptos lo que debe seguir fuera de nuestro alcance. En cuanto a la experiencia, no debería ser para un cristiano más que el lenguaje y la palabra de Dios que, según Pascal, es “infalible en los hechos mismos”. Pero, debido a la autoridad de Aristóteles y a los servicios prestados en la infancia del mundo, debido a un concepto demasiado restringido de la inspiración de las Escrituras, y también al efecto de esa prudencia perezosa que lleva a las

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sociedades establecidas a consagrar las costumbres para siempre, sucedió que muchos de los grandes descubrimientos que hoy se celebran parecieron victorias arrancadas a la enseñanza eclesiástica, aun cuando los creyentes hayan contribuido a ello, como fue el caso de Copérnico, que era canónigo. La astronomía, la geología, la historia de las especies, la antropología, la ciencia de las religiones, la crítica bíblica se formaran sin la Iglesia y a veces contra ella, tan difícil había sido desprender el espíritu cristiano del sistema antiguo del mundo con el cual se había mezclado. Tantae molis erat.

No se podía razonablemente esperar que todos los sabios tuviesen la prudencia de Descartes, y que renunciasen a publicar sus obras para ponerse de acuerdo con la disciplina. Muchos fueron más allá, reivindicaron altivamente su autonomía, y todo avance científico adoptó un aire de protesta o de desafío, hasta en los dominios neutros e indiferentes. De esa manera, el espíritu científico parecía contener en el fondo algo del espíritu de revuelta. Los partidos extremos se ponían de acuerdo, unos para celebrarlo, otros para deplorarlo, en considerar la ciencia como una religión nueva. Bajo todas estas influencias, cómo no pensar por parte del mundo religioso que el espíritu de la ciencia, altamente laudable en sí, presentaba en la práctica peligros, parecido a un elixir saludable, pero que reclama al tomarlo precauciones infinitas y que debe negarse a los que se sientan tentados a forzar la dosis?

Y, si esto se sospechaba del espíritu científico, tomado en general, cuánto más de esa delicada flor llamada el espíritu crítico! Se habían presenciado en el siglo de Strauss y de Renan los estragos del espíritu crítico. La incredulidad parecía más temible que nunca, ya que no podía abandonar el tono de la pasión y hablar con la impasibilidad de una técnica. No era ya una elocuencia, ni una

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filosofía, sino una conclusión aparentemente necesaria del examen crítico de los libros santos. El primer deber de la Iglesia ante esta nueva ola del eterno asalto había sido el de preservar a sus hijos, hacerles volver a sus viejas murallas y bajar las compuertas. Las cuestiones que se planteaban eran demasiado numerosas, demasiado nuevas, y era prudente esperar a tiempos más favorables en que, crecida la cizaña y el buen trigo con ella y en medio de ella, llegara et tiempo de realizar la cosecha. Pero, como toda política lleva consigo una mentalidad, como de todo método se desprende un espíritu, como el común de los mortales ve por encima ignorando los matices, era fatal que se acentuara entre el clero una especie de desconfianza frente a la ciencia independiente, y que esta desconfianza apareciera como corolario de la prudencia y de la piedad.

Esto se notó sobre todo en los institutos donde se formaba al clero medio. Las clases de ciencias se consideraban de escasa importancia; las de la sagrada Escritura de segundo orden. La docilidad en dar la lección o el manual era una cualidad superior al espíritu de iniciativa y de búsqueda; el arrojo se consideraba temeridad. El gusto demasiado pronunciado por los estudios positivos sería con toda facilidad indicativo de falta de aptitud para la vida clerical, o al menos una condición poco favorable a la santidad. Renan ha descrito bien esta atmósfera en sus Recuerdos de Infancia y de Juventud. Había tenido también buenos maestros para instruirse en las lenguas semíticas. Pero hacia 1880, apenas se habían hecho progresos. Oí contar al padre Lagrange, que fue seminarista en San Sulpicio con Mons Battifol, qué poco espacio se daba entonces al estudio de la sagrada Escritura en los programas de estudios. Creo recordar que se había confiado esta enseñanza de descanso al sulpiciano encargado del economato, o que estaba condenado al ocio del retiro, y además se trataba sobre

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todo de encontrar en la Escritura los sentidos espirituales. Por una curiosa contradicción, la enseñanza de las materias bíblicas se creía a la vez peligrosa y accesoria.

Estas anotaciones serían inútiles si no debieran servirnos para comprender el espíritu del Sr. Pouget: puesto que, en este mundo donde la claridad viene de la sombra, sólo se pinta por contrastes. Habría crecido en medio de tubos de ensayo, microscopios y de máquinas si no hubiera poseído en alto grado ese sentido de lo positivo del que Augusto Comte nos ha dejado una definición bien abstracta, bien sistemática, y para decirlo todo, muy poco positiva. Aparte de que el Sr. Pouget vivió, mientras tuvo vista, con predilección en “el gabinete de física”, disponía para que le sirviera aquí también de la experiencia campesina: el trabajo de la tierra, la vida dura de las montañas, será sin duda un buen laboratorio natural que predispone al otro. Con qué satisfacción habría refrendado este pensamiento de Barrès: “¿Dónde se defiende hoy la civilización? Se defiende en los laboratorios y en las iglesias”.

No hablaré aquí de aquellos hábitos de honradez, de escrúpulo y de paciencia que él poseía como todo sabio: sentía en particular un horror absoluto por la información de segunda mano, que yo admiraba en la Sorbona entre los maestros. Aun estando ciego, necesitaba referencias precisas, y cuántas veces le oí decir, cuando no se podía encontrar en su casa un texto exacto:

“Subamos a la biblioteca”, lo que representaba para su edad toda una expedición llena de peligros y de la que regresaba a veces, después de golpearse con alguna rinconera, con un chichón que adornaba su monumental cráneo durante varios días. Y daba compasión verle palpar los gruesos volúmenes de la patrología que reconocía por el perfil del lomo, por las faltas de la encuadernación, y que abría mal que bien por la página buena, con

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la ayuda de su recuerdos táctiles.

Pero el espíritu crítico no es tan sólo el gusto por la exactitud en las citas. Los estantes de nuestras bibliotecas se curvan bajo el peso de libros cargados de notas, irreprochables, y que nos dan una idea falsa. En realidad, el espíritu crítico, este nombre técnico y un poco secreto de la sensatez, es un buen hábito del juicio que nos lleva a no afirmar nunca más de lo que podemos probar razonablemente. Esta reserva se manifestaba en el Sr. Pouget por un constante cuidado en basar cada uno de sus dichos en motivos probados, es decir capaces de ser aceptados por toda mente recta. Se conoce ese criterio dado por el filósofo Adam Smith para discernir la moralidad de un acto: que cada uno de nosotros se represente como un espectador imparcial. Si este espectador aprueba, el acto es bueno. El Sr. Pouget se refería siempre en materia de razonamiento a un espectador de esta clase, independiente, razonable y mesurado. Si el espectador asentía, la prueba tenía peso. Si dudaba, señal de que la prueba no era buena y había que buscarse otra. Cuántas veces enfrentado a una opinión que gozaba de autoridad en la enseñanza común, y hasta a una de sus ideas hasta entonces familiares, y que le repetíamos como el texto de una lección, yo le veía alzar primero la cabeza, y le oía decir: “Podría ser, pero habría que ofrecer pruebas.” Pero él trataba ante todo de ser irreprochable, y según decía él también de “no presentar el flanco a la crítica”. Desconfiaba de la manía que tenemos todos los cultos de querer saber demasiado. Creo que para él las enfermedades del juicio eran de dos clases: había en primero lugar un mal mortal, el que os lleva a construir premisas, a “solicitar los textos” para dar consistencia a vuestros deseos; y había también un mal por decirlo así venial, que os lleva a ir más allá en las conclusiones de lo que iba dado en las premisas. La antífona que acudía siempre a sus labios y que canta en mi

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memoria cuando me propongo evocarla en sus funciones críticas, es la expresión; “no necesariamente”, de la que usaba y abusaba.

Con los preceptos que se le escapaban de vez en cuando se

hubiera podido preparar un pequeño manual de método crítico para uso de los cristianos que tienen la misión de pensar. Me ciño

a componer un breve bosquejo preparatorio y que insinúa toda una

mentalidad, reuniendo aforismos de acá y de allá en el curso de

diez años de conversaciones:

No hay que ser demasiado católico, ya que pondríamos el catolicismo por las nubes privándole de las bases de que le ha dotado el Creador.

La piedad, cuando se encuentra sola, deforma un poco. Los Antiguos no tenían ningún conocimiento científico. Los teólogos de la Edad Media solicitaban los textos en busca de las mayores (del silogismo). Se creía que un libro inspirado debe enseñarlo todo. Pues bien, el texto dice esto; podría decir también aquello; pero habría que probarlo. Quien prueba demasiado, no prueba nada.

Los Antiguos no tenían gran idea de la cronología, que es cosa difícil. – Filón y Josefo hacen redactar todo el Pentateuco a Moisés; el cristianismo ha adoptado estas tradiciones. Pero no se han de confundir los negocios del pueblo mal instruido con el cristianismo, porque sería reducirlo a poca cosa. Para conocer el cristianismo se han de estudiar sus fuentes y resignarse a no saber más de lo que las fuentes nos dicen.

Estad siempre dispuesto a creerlo todo, pero de hecho, creed lo

menos posible: no creáis más que aquello de lo que estéis seguro

o que lo que se os impone. No puedo comprometer a la Iglesia,

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cuando ella no se compromete; además, os podéis equivocar, y las retiradas no se hacen nunca en buen orden.

No nos atrevemos a fiarnos de la razón, y con todo, si esto no cuenta, ¿qué es lo que contará?

No dejarse nunca liar aquí (señalando la frente). Cuando nos encontramos atados por la verdad, entonces somos libres.

La Iglesia no puede imponerme las pruebas de la Iglesia. Aquí sólo la razón es la dueña, y en eso consiste toda la dignidad del hombre. Yo no me inclino delante del papa porque tenga tres coronas, sino porque mi razón me ha mostrado la misión divina de Cristo, la fundación de la Iglesia por Cristo y la autoridad de Pedro.

No diga: esto es verdad. Dé pruebas. – Fulano ha dicho eso. – Ah! bueno, pero ¿qué razones tenía?

La verdad se oculta siempre, como la levadura. Nunca se llega a saber demasiado, nunca.

Mire, somos la más terrible de las democracias, ya que la verdad, aunque la hayan descubierto los más pequeños, acaba siempre por triunfar.

El testimonio de los Padres prueba la fe que se tenía en su época; pero no vamos a hallar en ellos por fuerza todo lo que se ha explicitado. Me acuerdo de haber oído a Duchesne que decía:

“Dejad hablar a los Padres, pero no les hagáis hablar.” Tertuliano empleaba la crítica: en su De Praescriptionibus decía: “Fijaos en las grandes Iglesias, lo que creen, y cuánto hace que creen”.

Existe gente que se sirve de pruebas que a su vez necesitan

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pruebas. Los hay que creen que acumulando pruebas débiles van a obtener una prueba fuerte. Si se tratase de testimonios, habría convergencia. Pero se trata de textos: pues, si un texto es dudoso, los otros no evitarán que sea dudoso. Me citan a los Antiguos, pero los Antiguos no estaban por el trabajo preciso: se ve en sus traducciones en las que se contentaban con el poco más o menos. Para otros la tradición es lo que ellos piensan hoy: “Eso siempre se ha creído. – Señor, precisamente es lo que se cuestiona. Usted me da el enunciado del problema como la prueba del problema”.

La verdadera defensa de la religión es la crítica. Consiste en no afirmar nunca más de lo que se sabe por el texto y por la historia, en no imponer nunca lo que no es necesario, Los métodos racionales de estudiar se imponen a todos y para todo. Ninguna autoridad puede ir contra su buen empleo.

Cuanto más se adelanta más se acerca uno a una docta ignorancia.

Hay pocas verdades esenciales. Y la verdad no es un sistema geométrico.

Debo practicar la religión porque hay razones objetivas que me lo imponen.

Si el catolicismo y la razón se encuentran no es culpa mía; hay hechos que traen consigo sus consecuencias. El catolicismo, son hechos; la historia, son hechos. La razón se pasea entre ellos y ahí está todo.

El Sr. Pouget y la Biblia

Ha llegado el momento de decir cómo había llegado el Sr. Pouget a

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hacer crítica: y fue para conocer mejor la Biblia o más exactamente la revelación contenida en la Escritura. Recordemos en qué circunstancias fue inducido él casi a su pesar a examinar la Biblia con más atención, cómo pasó de la física, que fue la pasión de su juventud, que le ocupó exclusivamente en sus últimos cuarenta años.

Por una feliz ilusión, desde sus cincuenta años, el Sr. Pouget se creyó siempre bastante cerca del fin. Pues, a medida de que avanzaba en el tiempo y se acercaba a “su eternidad”, se daba cuenta de que las ciencias, por altas y venerables que fueran en su certeza y su precisión, no podrían introducirlo en el Incondicionado que presuponen. En toda cosa, el Sr. Pouget quería fundarse sobre datos seguros y experimentados. El cuidado que ponen la mayor parte en devanar sus deducciones, sabemos que lo empleaba en controlar y asegurar sus bases. Ahora, las bases en materia religiosa eran en definitiva textos, ya se tratase de los libros canónicos, ya se tratase de los símbolos de la fe y de las definiciones conciliares o papales. Había que determinar con exactitud el origen de estos textos, su alcance y su significado. Se dedicó primeramente a sabérselos de memoria, lo que le resultaba bastante cómodo con una memoria tan dócil; se esforzó luego por entenderlos bien, cosa más difícil para un católico de finales del siglo diecinueve, según lo vamos a ver por su propia historia.

Cuando leyó por primera vez la Biblia, tenía sobre la Inspiración ideas comunes entre los doctos. Creía pues que el Espíritu Santo había dictado a Moisés el Pentateuco, este libro no podía contener ninguna clase de inexactitud. Se podía entonces considerar cada versículo como una proposición de geometría, o como un texto de ley. Este concepto llevaba a consecuencias singulares que, a su anciana edad, tenían el don de rejuvenecerlo. Él contaba cómo se

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hacía intervenir la autoridad del Espíritu Santo para garantizar la existencia de la cola del perro de Tobías y la estancia de Jonás dentro del famoso monstruo marino, en la que Jonás, notaba el Sr. Pouget, debió sentirse a sus anchas, ya que tuvo tiempo de componer allí un cántico. Y, como en el salmo LVII, se trataba de un áspid que se cierra las dos orejas, se presentaba la cuestión de saber cómo realizaba el animal semejante esfuerzo: la veracidad divina se salvaba por la ingeniosa teoría según la cual el áspid pegaba una oreja al suelo y se tapaba la otra con la cola.

Por lo demás, con el fin de reparar sin duda la condena de Galileo, se entraba en coqueterías con la ciencia moderna y, cada vez que aparecía una teoría científica nueva, sobre todo en geología y en astronomía, todo eran esfuerzos por demostrar que Moisés la había enseñado misteriosamente. Lo que descubría la ciencia debía hallarse en los versículos del Génesis donde se nos describen las etapas de la creación, y tampoco era difícil encontrar en él efectivamente la existencia “del éter”, o bien la idea de los periodos y de las catástrofes geológicas.

Ante el “concordismo” que había parecido una tabla de salvación a nuestros abuelos, quedamos sorprendidos de este exceso de respeto que presupone. Y lo más curioso no es que hayan entendido las afirmaciones de las Escrituras hasta en las verdades del orden físico, ya que había en ello desde el siglo XVI una especie de tradición. Sino que hayan tenido una confianza cándida en el carácter definitivo de la ciencia de su tiempo. Me sentiría inclinado a decir que su mayor debilidad fue una devoción exagerada hacia el nuevo ídolo. Con frecuencia se ha advertido que los católicos andan retrasados, pero se podría mantener como más verosímil que también se han sentido con frecuencia fascinados por lo que triunfa.

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De todas maneras, el Sr. Pouget cayó en su propia trampa. Como era tan astuto como piadoso, creyó que estudiando en el propio texto las enseñanzas de Moisés, podría adelantarse de alguna forma a la geología y extraer de la exégesis algunas indicaciones sólidas que servirían de hipótesis a la ciencia. Si lo lograba, tendría la doble ventaja de proporcionar a la ciencia direcciones seguras y de verificar científicamente la inspiración del Génesis apoyándola en los últimos descubrimientos. Para poder examinar la letra inspirada con más cuidado y conciencia, el Sr. Pouget, que debía profesar siempre una santa desconfianza en las traducciones y los comentarios, había aprendido el hebreo desde su permanencia en Dax, y había “descorchado el Viejo Testamento” con Vigouroux. Pero “al abrirle los ojos” Duchesne y al dominarle la idea del método crítico, tan conforme a sus inclinaciones naturales, entró en otro mundo. Su idea entonces fue, no tanto la de comprender la Biblia por el medio oriental en el que había nacido, sino por la de compararla con ella misma “sin a priori” de ninguna clase.

La crítica comenzó con Richard Simon, pero no era la época. Bossuet mandó poner las obras de R. Simon en la perrera. Yo mismo estaba en ello. Yo conocía la Escritura, mas para mi piedad tan sólo. Leí a Duchesne: al principio, me crispaba, porque todo aquello iba contra mis ideas: “Qué caramba!, me dije, vaya si nos da pruebas”.

Un día me di cuenta de que la Biblia conocida por fuera no vale la Biblia conocida por dentro. Cuanto más adelantaba, más despacio la iba leyendo. La Escritura os depara una de esas libertades, una de esas andaduras… Comentad el Evangelio con el Evangelio. Examinad los pasajes paralelos, lo que os enseñará una cantidad de cosas. En la Escritura se hallan cosas debajo de cada palabra. Las inteligencias mediocres han leído un libro y saben ese libro.

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Pero saberse un libro no es saber una cosa. Hay que comprender el libro de un autor como él mismo lo ha comprendido, porque así es como él lo ha escrito y, por ello, en las materias que examinamos, es preciso, para estudiar bien, cambiar la orientación ordinaria de nuestra mente. A medida que dilatamos nuestros conocimientos, se ve uno obligado a dilatar la Biblia, y se presta a ello muy bien. Conocemos la Biblia cada vez mejor.

Este cambio de orientación del que hablaba el Sr. Pouget tuvo lugar entre sus cuarenta y cincuenta años. A decir verdad, no fue tanto un cambio completo cuanto una vuelta a su primera naturaleza que simplemente tuvo que recobrar después de despejar las opiniones adventicias, los hábitos accidentales. Allá donde, como consecuencia de nuestra educación clásica y escolástica, nos vemos sorprendidos, o al menos molestados, allá donde nos disponemos como san Agustín a malgastar sutilezas infinitas para hacer concordar textos contradictorios, él se hallaba a sus anchas para comprender, saborear y respetar. En ese universo concreto, el Sr. Pouget se desenvolvía como pez en el agua. No conocía el Oriente, por no haber salido nunca de su celda, pero el Oriental es un hombre de la tierra y existen afinidades entre los rurales de todos los climas: las astucias campesinas se parecen a las agudezas de los Beduinos, la prudencia normanda a la prudencia siria. Sin llegar a decir con Gobineau que el Oriente no tiene la misma idea que nosotros de la verdad, se puede admitir que no posee lo que Renan llama en alguna parte la candidez occidental, y por eso no le preocupan las contradicciones. La precisión, el cuidado de la prueba, el sentido de la propiedad literaria, son conquistas griegas. El Sr. Pouget se complacía en estas libertades. “Es lo concreto”, decía. “El Semita, comentaba él con su percepción casi exclusiva de lo concreto, no es más que un buen literato descriptivo, pero quizás sea por ello por lo que Dios lo

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escogió para llevar a los hombres la verdad revelada. La Biblia en efecto, libro muy concreto podemos decir, cae fuera de todo sistema filosófico. Es una bloque natural en el que el estudio mediante análisis minuciosos y pacientes descubre siempre algo nuevo”.

En este punto, reprochaba un poco a san Agustín. Y yo que, por ese tiempo, lleno de veneración por el autor de las Confesiones,

redactaba un trabajo sobre su pensamiento, me sentí impresionado en mi interior, cuando según su expresión capté matices de esta

índole:

San Agustín no amaba ni conocía a los Griegos; Tertuliano no sirve para la interpretación de la Escritura. San Cipriano no poseía estudios de teología. Habría que haber estudiado con Orígenes quien conocía el Oriente, con Atanasio, con los Capadocios, y estos hombres existían cuando Agustín comenzaba. Pero él lo sacó todo de sí mismo. Tomó la Biblia por un texto jurídico. El Oriente griego tenía perspicacia en cuanto griego, pero tenía la libertad del Oriente. San Agustín trató la Biblia como un libro de derecho. Para el Occidente fue una desgracia.

Pero a medida que el Sr. Pouget avanzaba en edad y experiencia, sobre todo a medida que conocía a descreídos notables, así como

a creyentes pertenecientes a la Universidad o a las corporaciones

de sabios, encontró nuevas razones de escrutar los documentos recogidos en la Biblia. Comprender la Biblia tal y como lo era para los autores de la Biblia, era ya como “hacer crítica”, pero esta

crítica estaba todavía oculta en el interior de la creencia católica como un niño en el seno de su madre y suponía creer primero en la Iglesia, guardiana y garante de las Escrituras. Pero se puede dar

a la crítica su papel? ¿Se pueden estudiar los textos según el

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método crítico sin caer en la tentación de cuestionar la autoridad que los presentaba como divinos? Él se daba cuenta cada vez más de que todo trabajo teológico sobre la Escritura supone un estudio previo, y que llevaría como asunto la autenticidad de la Iglesia. Pues bien, para establecer el origen sobrenatural de la Iglesia, se ha de partir de los datos de la historia. Y estos datos históricos son, en gran parte, los textos y los testimonios contenidos en el relato sagrado. Desde este punto de vista, la Escritura resultaba ser la colección de los textos por los cuales el Sr. Pouget creía poder probar la transcendencia de la sociedad religiosa de la que era miembro, y más aún la divinidad de Jesucristo, fundador de la Iglesia. Constituía no sólo el telescopio con el que él iba a poder explorar el cielo, sino que servía además para garantizar la solidez de la plataforma sobre la que gravitaba este telescopio.

Por ahí se dibujaba en sus ojos la idea de un conocimiento, al que no daba nombre, él que no ponía nombre a nada, y que se podría llamar la crítica religiosa. Esta crítica, tal y como él la practicaba, tendría dos objetos o, si así lo prefieren, cubriría sus dominios en dos etapas. En la primera, debería descubrir y controlar los datos de hecho sobre los cuales se funda la fe cristiana. Luego, en una segunda etapa, una vez que hubiera distinguido bien en la Iglesia un origen superior y por consiguiente una autoridad de enseñanza, tendría que determinar el contenido de esta enseñanza, bien antes, bien después de Jesucristo, es decir recuperar el mensaje divino entre las condiciones humanas de su transmisión. Era cuestión en particular de determinar en la enseñanza ordinaria y común lo que estaba definido, y lo que no lo estaba. Esta ciencia de la revelación sería, por su objeto, el más alto de los conocimientos humanos, primero porque nos permitiría conocer con seguridad y con exactitud las verdades propias para guiar la conducta y llevar a los hombres hacia su fin, luego porque nos facilitaría visiones sobre la

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (IV)

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realidad primera y sus misteriosas operaciones, en un terreno en el que la razón se declara impotente por falta de rango. Aprendamos aquí abajo aquello cuya ciencia nos seguirá al cielo, discamus in terra, quorum nobis scientia perseveret in coelis, de esta forma hablaba san Jerónimo, y se puede decir que es la más excelsa de las razones que empujaban al Sr. Pouget a escudriñar el sentido de las Escrituras.

Se comprende que se le escaparan a menudo reflexiones como ésta:

Durante veinticinco años anduve loco por la física matemática; una integral me llenaba de gozo, y todavía hoy tengo que defenderme de ellas. Pero, ya soy un anciano, y todo eso me parecen chiquilladas. Así es, no podría ser de otro modo. – Lo que es complejo es el reino de Dios. Antes de que Pascal abriera las Escrituras, no veía otra cosa que la experiencia y el cálculo. Luego, un día escribió a Fermat: he dejado todo eso; hay cosas más altas de las que ocuparse: de la Religión. Yo diría lo mismo.

Pues él leía la Escritura y la releía sin parar porque, “para saborear la Biblia y hallar en su lectura satisfacción y provecho espirituales, es preciso leerla y volverla a leer y siempre”. Y aquí citaba el verso de Horacio:

Vos exemplaria sacra

Nocturna versate manu, versate diurna.

“El Viejo Testamento es hermoso, decía, pero el Nuevo es incomparable.” Siempre iba a parar a este Nuevo Testamento, y hablaba de él con esa emoción precisa, ese ardor sumiso y

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contenido que era su elocuencia.

Tomado en su conjunto, escribió en algún lugar, el Nuevo Testamento es un diamante caído del cielo; la Encarnación es la más grande de las obras divinas y no podría ser superada. Porque el Nuevo Testamento es un tratado magistral de la Encarnación y por este título nos revela la naturaleza de Cristo, su lugar en la Divinidad, sus enseñanzas de palabra y de ejemplo, y sobre todo la autoridad de la Iglesia católica que debe continuar hasta el fin de los tiempos su obra de redención y de salvación eterna. Porque nunca libro alguno tratará materia más elevada. Además que este librito fue escrito por los enviados inmediatos del Salvador, es decir por los Doce o por Pablo o por un discípulo: ellos lo han escrito por igual por orden del Maestro, y después de ser inspirados por el Espíritu que procede del Padre y a quien se lo envió el Padre en nombre del Hijo quien se lo había prometido. Nunca libro alguno de los que poseemos fue escrito en un conjunto tan maravilloso de circunstancias.”

Los principios de su crítica

El Sr. Pouget era poco didáctico. Y con todo su pensamiento se desprendía por necesidad de lo que Newman llamaba primeros principios y que son, decía él, un organum investigandi necesario[1] para alcanzar la verdad en materia religiosa.

Estos principios no son nuevos: todos aquellos que, en diferentes épocas de la vida de la Iglesia, se ocuparon de los problemas fundamentales, tuvieron que encontrarlos bajo una forma u otra, aun sin que tuviesen conciencia clara de ello. Quizás definir algunos será una obra del siglo que viene. El Sr. Pouget sólo los citaba de refilón, y los demostraba como se demuestra el movimiento, es decir andando. En bien de la claridad y del rigor me

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he visto obligado a formularlos y a exponerlos de una manera un poco sistemática, a fin de componer lo que antes se llamaba un tratado o un discurso. Dicho tratado podría llevar por título: Del método crítico en el conocimiento religioso. Más para que el lector no se vea sorprendido, daré después de cada artículo un comentario que indique su empleo. Comparado con esas dos formas contrarias de enseñar, la de la Escuela que lo coloca todo según orden y sistema, y la del Sr. Pouget que no se elevaba casi nunca por encima de los hechos concretos y de su interpretación singular, el método que he escogido no contentará a nadie del todo; pero quizás podamos estar seguros también de que haciendo coincidir las dos vías contrarias, corrija los defectos de una por la otra.

Estas reglas o principios los hemos clasificado en dos grupos de tres. El primer grupo concierne a la noción de “libro sagrado”, y las reglas que se exponen tienen por efecto introducir la idea de crítica en el estudio del libro sagrado sin destruir ese carácter misterioso y transcendente.

Por eso en esta primera perspectiva suponemos que el crítico es un creyente, que admite la tradición religiosa del cristianismo y por vía de consecuencia la inspiración de las Escrituras.

Ya no ocurrirá del todo lo mismo en la perspectiva en que nos situamos con la regla cuarta. Aquí, consideramos el hecho religioso como un dato, ante el cual el observador podría en rigor mostrarse extraño: estudia, se informa, busca las hipótesis que respetan los hechos. Las nociones nuevas que introducimos aquí, la de minimum, de desarrollo, de mentalidad, tienen por objeto librarnos de todo sistema, permitirnos expresar la singularidad del objeto estudiado. Nos ayudan a discernir cómo una realidad espiritual y

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de alguna manera trans-histórica entra en el tiempo: en este sentido parecen particularmente útiles a la inteligencia del judeo- cristianismo, aun sin adherirse a su fe.

Ya tenemos pues seis reglas o principios. Añadimos una séptima que prefigura y anuncia un desarrollo del capítulo futuro de este trabajo en el que me propongo describir la obra positiva del Sr. Pouget, es decir la interpretación de los datos de la historia judeo- cristiana y las conclusiones que se pueden y deben sacar para guiar la conducta humana.

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18/03/2014

En "Congregación de la Misión"

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (I)

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vida nos han colocado frente a un gran ejemplo, sería verdaderamente una falta de espíritu guardarse esta enseñanza para sí solo. Los Ancianos insistieron mucho…

01/03/2014

En "Congregación de la Misión"

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (II)

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02/03/2014

En "Congregación de la Misión"

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (V)

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Nombre *

I Teología e Historia

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011 Se han de distinguir dos clases de exégesis, que son diferentes tanto por el objeto como por el método, la exégesis teológica y la exégesis histórica.

La atención del Sr. Pouget se dirigió a la crítica religiosa debido al conflicto que advertía a principios de siglo entre los exégetas y los teólogos.

Eran como dos razas a las que se podría rastrear a través del tiempo y que se harían famosas por las oposiciones célebres de Jerónimo y de Agustín, de Teodoreto y de Cirilo, de Richard Simon y de Bossuet. Quizás ya nunca se podrá reducir a la unidad a estos dos linajes; quizás su balance, su concierto y hasta su conflicto, sea útil al equilibrio de la doctrina de la fe. Y, además, estas dos actitudes de espíritu que acabamos de señalar en el terreno religioso ¿no corresponderían a dos direcciones de la inteligencia? Unos no descansan hasta haber llegado a los principios, en ellos se instalan y dejan que se desprendan las consecuencias, entre las que tejen las uniones. Habitando de alguna forma en las alturas, creen desde allí oír hablar al mismo Dios. Vuelven a bajar al pueblo

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reunido con las Tablas de la Ley al hombro. Los otros se inclinan sobre el dato múltiple, sobre los hechos concretos y diversos. La montaña en cuya cima habitan sus compañeros, es objeto de verificación en su estructura y en sus bases mediante un trabajo ininterrumpido. Los de arriba escuchan estos golpes de pico,

temen que, a fuerza de querer verificar los fundamentos, se llegue

a hacer derrumbarse el edificio, y se impacientan. Y los de abajo

están tan absortos en su obra, y se han acomodado tan bien a la oscuridad de las zapas que se sentirían deslumbrados por la plena luz del día.

El Sr. Pouget se había percatado de esta oposición muy tempranamente, y había dejado profusamente constancia de ello en un cuaderno que conservaba para uso personal hacia 1903. Voy a resumir los aspectos más importantes y que contenían en germen lo que iba a desarrollar más tarde.

La exégesis teológica, advertía él, no tiende más que a extraer de un texto la verdad dogmática que en él se contiene: en el caso en que este texto sea ambiguo, la exégesis teológica trata de aclararlo.

Puede hacerlo utilizando textos de época posterior: así es como se aclara el Antiguo Testamento con una luz retrospectiva al hablar del Nuevo Testamento. Se puede asimismo interpretar un texto oscuro con la ayuda de la tradición viva conservada en y por la Iglesia. Mas, por importante y venerable que sea un trabajo semejante de interpretación y de explicación, por necesario que sea para sostener la fe, la piedad, la inteligencia del dogma, no

impide que el texto primitivo deje de ser oscuro en sí, si era oscuro

e incompleto en sí, si era incompleto.

La exégesis histórica pretende en primer lugar buscar la fecha de

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los libros; estudia también al verdadero autor de estos libros; se extrae de los textos lo que significan con toda claridad y nada más. Si los textos son oscuros o incompletos y no se puedan aclarar por pasajes paralelos, “de ellos se sacan dudas, decía el Sr. Pouget, y eso es todo”. Y estos casos de ambigüedad o de simple oscuridad son frecuentes en trabajos tan dispares, tan ocasionales, tan antiguos como son los libros del Viejo Testamento. Como cada libro de la Biblia, a veces cada parte de un libro, fue escrito por y para hombres de una época o de un país determinados, y por ello en condiciones geográficas, históricas, morales o religiosas bien definidas, el conocimiento de estos medios es necesario para la inteligencia de la letra. Esta letra es compleja como todo objeto real, es oscura como todo objeto distante. Antes del siglo XIX, entre los heterodoxos como entre los ortodoxos, era la exégesis teológica casi la única que se conocía. La exégesis histórica no aparece hasta el siglo XIX: entonces la practican los católicos, pero sobre todo los sabios pertenecientes a las Iglesias separadas o al protestantismo. Parece comprometida por esta vecindad. De donde proceden malentendidos enojosos, de los que subsisten rastros todavía y que han acabado por dañar a la prueba de la fe.

Sería muy interesante escribir un día la historia de los contragolpes molestos de la polémica de protestantes y católicos. Dos amigos del Sr. Pouget, J. Chevalier y M. Legendre, la habían tratado tiempos antes en la Revue catholique des Églises.

Sucedió a menudo que prácticas auténticamente católicas al tener lugar en tierra protestante se demostraron peligrosas a causa de esta proximidad. Veamos el ejemplo de la lectura de la Biblia o de la liturgia en lengua vulgar: es una costumbre a lo largo de la tradición; los contemporáneos de Jesús o los discípulos de san

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Pablo no escuchaban la palabra de Dios en una lengua extranjera, si la liturgia en Roma era latina es porque los Romanos hablaban el latín. No es un carácter del catolicismo hablar una lengua que sólo comprendan los clérigos. Pero asociando los protestantes a este uso arcaico conceptos sobre la Escritura opuestos a la fe, pareció saludable oponerse a tal uso.

Sucedió también que católicos aceptaran, en la controversia, principios poco conformes a su propia tradición. De manera que, por lógica de su sistema, los protestantes se sentían inclinados a ver por todas partes en la Escritura enseñanzas y afirmaciones; habían rechazado la Tradición, que es espíritu, no quedaba ya más que la letra; las Escrituras debían contener a sus ojos todos los artículos del símbolo y todos los ritos de los sacramentos. Los católicos, por extraño que parezca, los siguieron en este asunto. “La verdad venida de Dios tiene ante todo toda su perfección”, decía Bossuet, en el dintel majestuoso de su Histoire des Variations . Pero este axioma no venía de los Padres. Bossuet lo tomaba del protestante Jean d’Aillé. Y Bossuet, contra el jesuita Petau que admitía cierta evolución, apoyaba al obispo anglicano Bull. En resumen, si los católicos tardaron mucho en llegar a la exégesis histórica, se puede decir que los protestantes la emplearon por algún fin. Pero cerremos aquí este paréntesis.

La exégesis teológica, decía el Sr. Pouget, es legítima, pero a condición de que no se pretenda que sea exégesis, que se indique bien que es teología. Explicar el Antiguo Testamento por el Nuevo, explicar la Biblia entera por la tradición viva de la Iglesia, es mostrar la armonía y el perfecto acuerdo de la revelación con los diferentes periodos de su desarrollo que no se contradice nunca a sí mismo, pero no es interpretar literalmente el texto sagrado, cuyas lagunas siguen enteras.

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Pongamos aquí un ejemplo, querido de nuestro autor, de esos errores a los que podría dar lugar la confusión de la teología y de la exégesis. Será bajo la forma de uno de esos “pequeños trabajos” en los que el Sr. Pouget trabajaba sin descanso, ya para contestar a una pregunta, ya para propia satisfacción. Con ello se ofrecerá al lector la idea de su estilo siempre algo pesado y preciso, pero no demasiado técnico, y de tal modo que todo hombre honrado podía entenderlo.

La noción de santificación y de justificación en el Viejo Testamento.

Basándose en Jeremías, según la traducción de la Vulgata y de los

LXX que muchos teólogos e intérpretes, aun hoy en día, dijeron

que el profeta, al igual que san Juan Bautista (Luc. I, 15), había

sido

purificado del pecado original desde el vientre de su madre.

San

Jerónimo (en Jerem. I, 5), tiene buen cuidado de igualar las

dos santificaciones, aunque hable de las dos a la vez. Porque efectivamente no se puede estar lleno del Espíritu Santo, como lo

estuvo el Precursor, sin verse santificado interiormente. En cuanto al verbo hebreo kadash de Jerem., I, 5, indica primero la ausencia de mancha, sobre todo física, luego un destino religioso. Se santifica al pueblo por lociones o abluciones (Ex., XIX, 14, traducido algo diferentemente por la Vulgata); los sacerdotes, los particulares se santifican de una manera análoga (cf. II Par., XXIX –XX; Deut., XXIII, 10-12; II Sam., XI, 4). La santidad se entiende cada vez más como ausencia de mancha moral a medida de que se acerca la era cristiana; sin embargo únicamente llega a significar algo positivo en la acepción secundaria de la palabra kadash (recibir un destino religioso), muy extendida pero que puede no designar más que una santidad exterior. Es el sentido de

esta palabra en nuestro texto: Jeremías es ya, antes de nacer,

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destinado al ministerio profético. Es la palabra hasid que designa, según el uso, no según la etimología, la santidad interior en el Antiguo Testamento; también se prefiere con mayor frecuencia servirse de una paráfrasis. En cuanto a kiddesch (santificar) y a sus derivados kodesh, kadosh (santidad, santo), tienen tan escasas relaciones con la santidad del alma que la expresión kodesh-kodashim, que es un superlativo hebreo traducido por Sanctus Sanctorum en la Vulgata, no se aplica en la Escritura más que a las cosas consagradas a Dios o a su culto y nunca a las personas, excepto en I Par., XXIII, 13, donde se dice que “Aaron escogido para convertirse en muy santo (kodesh-kodashim), él y sus hijos por siempre”, es decir para ser destinado al ministerio sacerdotal. Por otra parte leemos en Deut., XXIII, 17 (h. 18): “No habrá kedesha entre las hijas de Israel y no habrá kadesh entre los hijos de Israel, lo que la Vulgata (ibid., 17) traduce con razón por meretrix et scortator. La apelación kodesh, kedesha hace alusión al uso de los hieródulos hombres o mujeres que atestaron siempre los templos de Siria y más tarde penetraron hasta Grecia.

Según se ve, pretender que la Biblia proclama a Jeremías santificado por la gracia interior desde antes de su nacimiento, es estar, como ya se ha dicho, fuera del pensamiento del texto sagrado y decir que Daniel, IX, 24, no puede referirse más que a Cristo que es el único Santo de los Santos (kodesh-kodashim), es incurrir, involuntariamente sin duda, en un verdadero contrasentido; porque, si Cristo no es santísimo más que por destino, no es pues santo por naturaleza, y menos aún la fuente inagotable de toda santidad.

Una objeción, verdad es, se presenta a la mente, sacada de Santo de Israel dado frecuentemente a Dios en la Escritura. Pero en el Antiguo Testamento Dios es santo porque tiene horror de toda

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mancha y aleja de sí todo objeto impuro. La santidad de Dios se opone a la mancha moral, pero rechaza también la impureza física, como lo prueba el célebre pasaje del Deut., XXIII, 12-14 (h. 13-15). Estamos pues lejos todavía de la santidad cristiana. Por lo demás el Nuevo Testamento emplea a veces el lenguaje del Antiguo Testamento en este tema. La idea de santidad por ablución se presenta en I Cor VI, 11, pero aquí el Espíritu Santo interviene por su efusión que produce en nuestras almas una regeneración y una renovación (Tit., III, 5); esta es la santidad de la nueva alianza que se llama también e incluso con mayor frecuencia la justificación.

Todas estas observaciones nos sugieren una advertencia muy importante en teología. Los autores del Nuevo Testamento dieron un sentido nuevo y más profundo a las palabras agiazein, agios, por las que los LXX tradujeron el hebreo kodesh, kadash, ya que estas palabras griegas, como sanctificare, sanctus que las traducen en latín tenían ordinariamente un sentido análogo al hebreo kiddesh, kadosh, el de pureza exterior o de consagración a una divinidad cualquiera celeste o infernal, pura o impura. Sin embargo este mismo sentido en los hagiógrafos neo-testamentarios no es evidente a la primera inspección de las palabras y para quien no posee aún la fe cristiana; el temor procede como es natural de que el Nuevo Testamento, muy familiar con el Antiguo, no emplee las palabras en el mismo sentido: cosa que parece la más probable para empezar.

No se refutaría pues el dogma protestante de la justicia imputativa alegando contra él textos como I Petr., 15-16; Heb., II, 11; Apoc., XXII, 11, etc., e incluso Jn., XVII, 19. El pasaje de I Cor., VI, 11 sería mucho mejor porque la santificación se atribuye al Espíritu de Dios que puede penetrar las almas. No obstante aquí no se dice que las haya transformado realmente, y el término justificación que

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viene después del de santificación no le da ninguna nueva fuerza.

En efecto, dikaioun, dikaiosunè, dikaios, a los que corresponden justificare, justitia, justus en nuestra Vulgata, dan en los LXX las palabras hebreas: tsadaq, hitsediq; tsédeq, tsaddiq. Pero, en el Antiguo Testamento, las justicias que justifican y hacen justo son

sobre todo las observancias legales, principalmente las que se refieren al culto divino, Rom., II, 26; Fil., III, 9 y Hebr., IX, 10. Los

LXX han expresado estos términos hebreos con toda propiedad en

griego, por no conocer esta lengua tampoco más que la justicia exterior o legal. Aquí también los escritores del NuevoTestamento produjeron un cambio radical en el sentido de las palabras, pero el cambio sólo es evidente cuando se trata de santidad. Por eso, ni los textos como Rom., III, l, 9, ni siquiera pasajes como Rom., III, 20-30 son decisivos contra el error protestante ya señalado. Para una refutación verdadera, se han de citar los testimonios de Rom.,

V, 5; VIII, 9-11; I Cor., III, 16, etc., en los que la acción del Espíritu de Dios se ejerce realmente en el interior del alma y del corazón (Rom., V, 5), que es lo más íntimo en el hombre según el lenguaje bíblico. Se podría alargar indefinidamente esta lista, pero preferimos terminarla con el testimonio del propio Salvador en Jn.,

XIV, 23: “Si alguno me ama, guardará mi palabra, y mi padre le

amará, y vendremos a él y en él haremos morada”.

II Escritura y Tradición

La Iglesia enseña y proporciona a los hombres el depósito de la verdad religiosa. este depósito sagrado se halla presente en prácticas, monumentos, documentos variados, cuyo conjunto forma la Tradición. Algunos de estos documentos fueron escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo; forman entonces la Escritura, la cual es una parte de la Tradición, divinamente contingente. Por eso, en sus partes oscuras, la Escritura debe interpretarse a la luz de la

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Tradición.

En el cuaderno de 1903 del que ya hemos hablado, el Sr. Pouget había intentado explicar con exactitud el sentido de esta máxima tradicional en la Iglesia y que León XIII acababa de recordar: la Biblia debe ser interpretada conforme a la enseñanza de la Iglesia. “Esta recomendación, decía, es una cosa de buen sentido, y sin embargo se presenta a veces de una forma que choca a la razón de nuestros contemporáneos.” El Sr. Pouget se había esforzado por evitar este inconveniente.

Distinguía, en la enseñanza de la Iglesia, la enseñanza solemne y la enseñanza del Magisterio ordinario; ambas no se diferencian ni por la autoridad enseñante, ni por el objeto enseñado, lo que las distingue es el grado de precisión y, por lo tanto, de claridad. Una es neta, define; la otra se contenta con exponer. A aquélla se refieren las definiciones de los concilios generales y de las constituciones dogmáticas de los papas, los Símbolos publicados y las profesiones de fe solemnes, tales como la de Pío IV. Al Magisterio ordinario pertenecen la exposición de la doctrina cristiana, así como se enseña cada día a todos los fieles, incluso por los simples sacerdotes, pero bajo la vigilancia de la autoridad episcopal, apoyada a su vez por la autoridad del Romano Pontífice.

Ahora bien, este depósito doctrinal de la Revelación, que la Iglesia conserva con un cuidado celoso y sobre el que trabaja sin descanso, este depósito, decía el Sr. Pouget, está consignado en los documentos más diversos; son las prácticas morales y disciplinares de la sociedad cristiana; es el culto, la liturgia, la oración solemne y sobre todo el uso de los sacramentos; son también los escritos religiosos de los personajes más santos y más estimados de la Iglesia; así como, en un rango más alto, las actas

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públicas de la autoridad eclesiástica en las circunstancias más variadas. Este vasto acervo constituye lo que se llama monumentos de la Tradición; es la compilación casi completa de las enseñanzas divinas. Y con todo se encuentran allí mezclados con elementos extraños y expresados a menudo de forma muy poco explícita. – Pero existe otra clase de documentos en los que la verdad revelada fue escrita por la orden y la inspiración de Dios mismo. Muchas veces se expresa en ellos claramente y purificada de toda mezcla humana: hablamos aquí de la Escritura, que se podría definir esa parte principal de la Tradición que quedó consignada en escritos. Tradición y Escritura tienen, en su contenido, muchas partes comunes; aunque la primera sea mucho más extensa que la segunda, excepto en algunos puntos, especialmente sobre la persona de Cristo, la Escritura parece completar la Tradición, a la que sobre todo explica y precisa, explicada a su vez sobre otros puntos, y precisada por la Tradición. Que una parte de esta verdad tradicional haya sido consignada, en diversas circunstancias en Escritos inspirados, es cosa accidental con respecto a esta verdad y no es indispensable para la enseñanza de los hombres, si bien la Escritura es útil al progreso de nuestra piedad.

En estas condiciones, es posible que, a ejemplo de todo ser vivo, la Tradición avance siguiendo siempre idéntica a sí misma en el fondo. La experiencia confirma la verdad de estas inducciones. “A la luz de la historia interior de la Iglesia, vemos la autoridad divina o jerarquía de gobierno perfeccionarse todos los días en su organización y en su ejercicio, sin dejar nunca de ser la autoridad apostólica que emana sin discontinuidad del Salvador mismo. A la misma luz constatamos también cómo va enriqueciéndose el objeto de nuestra creencia con claridades nuevas y explicaciones que resaltan su extensión y colocan más al alcance, de nuestra

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mente y de nuestra voluntad, las partes más elevadas o más prácticas”. Pues bien, en los lugares claros de la Escritura, razón y tradición se ponen de acuerdo, una no tiene porqué ceder a la otra. Pero en los lugares oscuros, ¿qué va a suceder?

Aquí, se resumiría con bastante facilidad las notas del Sr. Pouget en este compacto trabajo de1903 si las reducimos a dos reglas complementarias:

1º Si la crítica, que tan sólo puede fundarse en la filología y la historia, llega a una conclusión indeterminada, entonces puede y debe pedir sus luces a la Tradición, que no está encadenada necesariamente a un solo texto. En ese caso, no es la razón la que cede a la Tradición, es la Tradición la que representa la verdad histórica a la que se conforma la razón.

Los apóstoles no recibieron nunca el encargo de redactar un cuerpo de doctrina. Su Maestro les encargó siempre de la predicación (Mat., XXVIII, 19; Luc., XXIV, 46-48; He., I, 8; I Cor., I, 17, etc.), nunca de escribir y sólo ocasionalmente se compusieron las diversas partes del Nuevo Testamento. Hay puntos de dogma entero que se hallan tan sólo por alusión en el Nuevo testamento y no son raros: así sucede con el episcopado monárquico, con el matrimonio como sacramento; incluso cuanto tiene relación con los otros sacramentos es con frecuencia oscuro e incompleto. Habrá que echar mano de toda la literatura eclesiástica de los tres primeros siglos para probarse el origen divino de la constitución de la Iglesia.

El Nuevo Testamento, si bien contiene abundante materia teológica, no encierra pues una exposición completa del dogma católico, ni siquiera de los materiales necesarios para establecerlo.

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De ahí que existan peleas entre dos interpretaciones, la ex proprio ingenio y la ex ratione majorum, la Tradición debe primar, ya que tiene luces, cuando el sentido privado sólo puede emitir conjeturas sobre todo si la perícopa no tiene paralela. En la Iglesia hay una doctrina dogmática y moral transmitida con un cuidado celoso. Cuando la razón, que no dispone más que de textos, llega a una solución indeterminada, se queda encadenada al texto; pide entonces luces a la Tradición, la cual no está necesariamente encadenada a un solo texto.

Un ejemplo aclarará todo esto:

La indisolubilidad del matrimonio según Mat., V, 32 y XIX, 9

Se ha dicho (Mat., V, 32): qui dimiserit uxorem suam, excepta fornicationis causa, facit eam maecari et qui dimissam duxerit adulterat. El mismo pensamiento casi con los mismos términos se halla también en (Mat., XIX, 9 en el que las ediciones críticas (griegas) suprimen la segunda mitad del versículo y la dificultad resultaría insoluble, si no tuviésemos más que Mat., XIX, 9. En cuanto a los otros Sinópticos (Mar., X, 11 y Luc., XVI, 18) expresan pura y simplemente la indisolubilidad del matrimonio cristiano. Una regla positiva puede tener alguna excepción (las tenía en el Antiguo Testamento; san Mateo, ¿no señalaría el caso en que debe tener lugar una de estas excepciones? Sí, se sentiría uno tentado a decirlo a la primera lectura y es así como lo comprende generalmente la Exégesis liberal. Los Griegos han actuado de la misma manera. Ahora bien, la Iglesia católica romana ha sido siempre inflexible respecto de la indisolubilidad del matrimonio cristiano legítimamente contraído y consumado. A sus ojos, la Exégesis liberal no cuenta. En cuanto a los Griegos, si no los condenó en Trento, sí que pronunció el anatema contra quien

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pretendiera pensar que se equivoca en este punto.

Volvamos a nuestros dos textos, Mat., V, 32 y XIX, 9. De por sí solo, el último sería brutal, tal y como se halla en las ediciones críticas: sería difícil no ver en él la autorización de la práctica de los Griegos. Pero la versión latina tiene también su autoridad crítica, independientemente de la que le da la autoridad eclesiástica (que nosotros ignoramos en este momento ya que es tradicional y que la tradición está precisamente cuestionada). Por otra parte, como los dos textos son del mismo autor, no deben contradecirse y el más rico en detalles nos ayudará a explicar el otro; es suficiente entonces comprender Mat., V, 32. Pero, la primera mitad de este versículo es tan difícil como el versículo Mat., XIX, 9 de las ediciones críticas porque hay identidad: parece que el marido tiene derecho de repudiar a la mujer en caso de adulterio y de volverse a casar ya que la continencia no está más que aconsejada en el Nuevo Testamento (Mat., XIX, 11-12; I Cor., VII, 23). Pero veamos la otra mitad del versículo; el matrimonio es un contrato bilateral:

no podría romperse por uno de los esposos, sin que el otro se viera libre.

Ahí está el nudo de la dificultad. Pero, a pesar de todo, verosimilitud no es certeza y sólo hay que decir una cosa, que nos encontramos ante un texto oscuro, porque en realidad puede tener dos sentidos. Hay que confesarlo, si se considera el versículo en sí, el sentido favorable al divorcio parece en primer lugar el más probable, pero el otro sentido tiene también su probabilidad: el texto es pues verdaderamente dudoso. Sin embargo, si no se admite la autoridad de la Tradición, se correrá el riesgo de pasarse al lado de los Griegos; ya que, en todo rigor, ni los textos paralelos (Marc., X, 11 ; Luc., XVI, 18), ni Rom., VII, 2, ni I Cor., VII, 39, nos aportan ninguna luz. Ya que la ley general, cuyo enunciado nos

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dan, podría muy bien tener alguna excepción, sin que nos hubiesen hablado de ella. Pero disponemos del recurso de la Tradición eclesiástica (damos por probadas por otro lado en un tratado especial su existencia y su autoridad): ¿no conviene que nuestra razón vaya a consultarla, si quiere ser prudente hasta el final? Obrando de esta forma, se someterá menos todavía a la tradición que a ella misma. Si las definiciones eclesiásticas están siempre claras, no es raro encontrar oscuridad en las Escrituras, aun en lo que se refiere a la enseñanza religiosa. Esta obscuridad es debida bien sea a una expresión defectuosa (hemos ofrecido un ejemplo en el texto estudiado más arriba de Mat., V, 32 y XIX, 9); bien se deba a una exposición incompleta del pensamiento que incluso a veces no se expresa más que por alusión. En una ocurrencia así, un buen exégeta nunca pretenderá sacar de su texto un sentido claro y perfecto: estaríamos pidiéndole lo que no tiene.

Demos ahora la segunda regla que equilibra la primera y regula su uso.

2º La Escritura no puede nunca en sí misma ser transformada por la luz reflejada de la Tradición y un texto oscuro sigue siéndolo, sean las que fueren las interpretaciones que se le aplican.

Que no se haga decir a los textos lo que no estaba en la mente de sus autores. Sin duda es verdad que la Biblia sólo tiene un autor principal, que es el Espíritu Santo, pero la Revelación no nos ha sido menos dada con un progreso siempre creciente a medida de que se acercaban los tiempos de la venida del Salvador: los primeros hagiógrafos que no conocían más que los dogmas contenidos en el Evangelio no podían pues hablar de éstos con la nitidez y la seguridad de los Concilios. Alegar sus textos como

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prueba de estos dogmas, es querer hacer luz con sombra. Es verdad que los Padres usaron con frecuencia de este método: así, san Ambrosio, san Hilario, san Atanasio se esfuerzan en probar la consubstancialidad del Verbo con textos bastante poco claros del Antiguo Testamento. Pero los santos autores tenían que responder a los herejes que habían adoptado este método de controversia y que presentaban a los fieles la autoridad de la Antigua Alianza:

había que seguirlos en su terreno.

Es verdad que procediendo de esta forma se acabó por acudir a textos que tenían a lo más la apariencia de claridad. Pues, de semejantes premisas no se podían sacar conclusiones teológicas de buena ley; era tanto menos posible, cuanto más a menudo se seguía exagerando el alcance de los textos. Los Padres ilustres de los siglos IV y V, los grandes teólogos del siglo XIII ev itaron por lo general las distancias que fueron bastante frecuentes en épocas menos brillantes. Se consideraba entonces a la Escritura como la fuente y el tesoro de todo conocimiento; se atribuía casi siempre el máximo de significación posible a los textos sin preguntarse si había sido ésa la intención del hagiógrafo. Así sucedió que en la alta Edad Media y más tarde, durante la decadencia de la escolástica, se produjeron numerosas ampliaciones que han pesado en algunos puntos sobre la marcha de la teología.

En lugar de limitarse a estudiar, con los antiguos padres, la Teología o Trinidad, la Economía o Encarnación-Redención (que se puede llamar Cristología o Soteriología), por las condiciones constitutivas de las principales fuentes de la gracia, es decir el sacrificio y los sacramentos, los teólogos apuntaban a la creación entera, visible e invisible, en el tiempo y en la eternidad; creían deber examinar cada cosa y hasta en su naturaleza íntima, hasta en los modos de existencia o de operación más secretos. Cuando

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se decidía sobre todas estas materias con razones de congruencia se hacía teología escolástica, buena o nueva, según las susodichas razones. Pero cuando se decidía con pruebas escripturísticas, cuando, con textos bíblicos, se quería establecer, por ejemplo, no sólo la existencia de la gracia, sino el modo de su acción, con el fin de tomar posición entre los sistemas rivales de los Tomistas y de los Molinistas, entonces si se hacía aparentemente teología positiva, no era en realidad sino exégesis bastante pobre.

Sobre el Editorpositiva, no era en realidad sino exégesis bastante pobre. Sobre el Editor Últimos artículos Mitxel Olabuénaga

Sobre el Editoren realidad sino exégesis bastante pobre. Sobre el Editor Últimos artículos Mitxel Olabuénaga Sacerdote Paúl y

Últimos artículosexégesis bastante pobre. Sobre el Editor Sobre el Editor Mitxel Olabuénaga Sacerdote Paúl y Doctor en

Mitxel Olabuénaga

Sacerdote Paúl y Doctor en Historia. Durante muchos años compagina su tarea docente en el Colegio y Escuelas de Tiempo Libre (es Director de Tiempo Libre) con la práctica en campamentos, senderismo, etc… Especialista en Historia de la Congregación de la Misión en España (PP. Paúles) y en Historia de Barakaldo. En ambas cuestiones tiene abundantes publicaciones.

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04/03/2014

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Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (VI)

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III. Los dos aspectos de la Biblia

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011 Se puede considerar la Biblia bajo dos aspectos: primero como la colección de los escritos tenidos por sagrados por las comunidades judías o cristianas, luego como un libro “inspirado” por el Espíritu Santo para darnos la enseñanza religiosa verdadera. Pero el crítico, como tal, no puede estudiar la Biblia más bajo el primero de estos dos aspectos, ya que no reconoce ni puede reconocer de antemano otra autoridad que la de la razón para fijar el valor de los testimonios históricos sobre los cuales se funda la fe.

Ya hemos hablado de la diferencia del punto de vista de los teólogos y de los exégetas; pero esta oposición, según acabamos de verlo bajo distintos aspectos, no carece de mediación ni de remedio. Mucho más profunda e irremediable, al menos en apariencia, es la que enfrenta a unos contra otros a los exégetas católicos y a los exégetas no creyentes. De ambas partes se arrojan a la cabeza epítetos desagradables. Los creyentes hablando de la exégesis “racionalista”, quieren decir que esta exégesis es víctima de los prejuicios; los no creyentes pretenden no tener en cuenta las opiniones formuladas por los exégetas católicos que están atados a las posiciones decididas de la fe y a

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los decretos de las Congregaciones. Y con mucha frecuencia, existe entre estas dos tendencias extremas no sé qué clase de conspiración. Y sus abogados concuerdan en pensamientos de este género: “¿No es la Biblia un libro sagrado? ¿Acaso no es imprudente someter la palabra divina a operaciones de crítica humana, como si se la pusiera en duda? Si no queremos reconocer otra señal de verdad que los criterios de la crítica, ¿no sería esto falta de fidelidad o al menos de confianza en la autoridad de la Iglesia? Una de las dos cosas: o bien los resultados de lo que vosotros llamáis la crítica serán parecidos a la enseñanza de la Iglesia, en cuyo caso todo este trabajo es inútil; o bien serán diferentes, ya que no opuestos, y entonces todo este trabajo resulta peligroso y la fe corre el riesgo de irse al fondo con la disciplina. Vosotros queréis interpretar la Biblia, y nos parece bien. Pero esta interpretación no puede llevarse acabo por vuestra iniciativa privada: sería el principio mismo del protestantismo. La Biblia no está sometida al examen privado y a la autoridad de la razón. Fue confiada a la Iglesia, de la que procede y la que sola tiene la calidad para explicarla y para aplicarla. Si pues los católicos se dedican a la crítica, no será por otra cosa que por una crítica provisional y controlada, cuyos resultados serán sometidos a la autoridad de la Iglesia. Si la Iglesia los acepta y los reconoce como conformes a su tradición, entonces se podrán enseñar y se declararán sólidos. Si los rechaza, los católicos no tendrán derecho de proponerlos y deberán considerarlos como inexactos”.

Esta razonamiento ha sido hecho por dos categorías de pensadores. Por pensadores creyentes, muy unidos a la Tradición, muy sometidos a la autoridad eclesiástica, y que no han creído posible conciliar la independencia del crítico y la fidelidad del creyente. Por pensadores incrédulos (por todos los pensadores incrédulos sería más exacto), que echan en cara a los exégetas

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católicos: “Vosotros no sois libres. La solución que buscáis ya la conocéis antes; estáis sometidos a una disciplina, a una tradición. Estas no son condiciones favorables al trabajo científico. El espíritu mismo de la ciencia es el de un examen libre. Aunque quisierais intentar con nosotros este examen, no lo podríais. Os compadecemos, os respetamos, pero no podemos dejar de teneros por sospechosos”.

Esta objeción es grave. El Sr. Pouget la atacaba de frente con los ojos del espíritu: y he aquí, en resumen, cómo respondía:

La Iglesia nos enseña que los libros que componen el Antiguo Testamento no son obra exclusiva del hombre, sino que Dios intervino en su composición de una manera necesariamente misteriosa pero también soberanamente eficaz. En el símbolo de Nicea completado en Constantinopla, se canta que “el Espíritu Santo habló por los profetas”, y se ha admitido siempre en la Iglesia que “el único y mismo Dios es el autor del Antiguo y Nuevo Testamento, porque los santos de uno y otro Testamento hablaron bajo la inspiración del mismo Espíritu Santo”. En consecuencia, y está también definido, la Iglesia tiene por sagrados los libros escritos en estas condiciones “no ya porque después de ser compuestos por el único genio del hombre, recibieron luego su aprobación, ni sólo porque contienen la Revelación sin error, sino porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios por autor y fueron transmitidos como tales a la Iglesia”. Los Padres del Concilio expresaban la fe común y constante de la Iglesia católica y de esta pre-Iglesia que había sido el pueblo judío, en sus libros sagrados: repetían las expresiones mismas de san Pablo para quien “toda Escritura está divinamente inspirada” (II Tim., III,

15-16).

Pero las indicaciones que acabamos de hacer denotan también la

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libertad que esta definición deja para investigar. Cuando san Pablo enseña a Timoteo que toda Escritura está divinamente inspirada, enseñanza que conserva la Iglesia, no se funda de ninguna manera en un examen del contenido de los textos sagrados, como si la inspiración fuera una cualidad observable y controlable por la experiencia humana. Enseña con autoridad, como una verdad que forma parte del depósito de fe, que la Escritura es inspirada y propia para llevar el consuelo moral, un profundo aliento y los medios auténticos de enseñanza religiosa.

Pues bien, es de notar que para determinar este carácter de los escritos sagrados, la Iglesia católica no se fundó en la observación y en la experiencia, sino que actuó por la autoridad soberana que Cristo le dejó. La inspiración de un escrito no deja en él ninguna señal que permita a un lector reconocerla con seguridad; existen escritos no inspirados que son más piadosos que tal o cual pasaje, ciertamente inspirado, del Antiguo Testamento. El Levítico por ejemplo, que es un libro inspirado, es infinitamente menos rico en valores espirituales que la Imitación de Jesucristo, que no es inspirada. Todos saben que los libros históricos del Antiguo Testamento contienen relatos que no nos edifican apenas, lo que ha dado siempre pie a los incrédulos para montar un arsenal de objeciones fáciles.

Esto no era tampoco un método nuevo entre los cristianos. Al Sr. Pouget le gustaba apuntar que es, no por ser libros santos, sino por ser libros históricos, por lo que los libros bíblicos constituyen y han constituido siempre la base del judeo-cristianismo. En efecto, a pesar de su gran adhesión a la Biblia como libro divino o inspirado, los cristianos han juzgado siempre la verdad histórica de los hechos bíblicos y sobre todo de los hechos evangélicos como la única base inquebrantable de la verdad de sus doctrinas religiosas.

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En nuestros tiempos, añadía él, este modo de ver domina más que nunca, y se puede decir con razón que, si la Biblia no fuera inspirada, no se habría logrado la solidez de nuestra fe; sólo la piedad de los fieles experimentaría por ello un sensible daño.

Concluiremos de estas anotaciones que el dogma de la inspiración de las Escrituras supone ya recibida la idea de la misión divina de Jesús de Nazaret así como la idea de la transmisión de sus divinos poderes a la sociedad religiosa de la que son cabezas los sucesores de Pedro. No se puede pues, sin caer en círculo vicioso, sacar argumento de la inspiración de las Evangelios o de las Epístolas para probar la misión de Jesucristo, ya que la definición de la inspiración implica que se acepte ya la autoridad divina de la Iglesia. Lo cual hacía decir al Sr. Pouget: la inspiración es más difícil de definir y de probar que la resurrección de Jesús.

Pero, como historiador, y en los comienzos del trabajo crítico, no tenía que preocuparse por la inspiración.

Por lo demás, los estudios religiosos nos demuestran con evidencia que los judíos y los cristianos no son los únicos en hablar de libros “sagrados” redactados por enviados celestiales. Varias de las grandes religiones tienen por origen una misión tenida por divina.

Las enseñanzas de estos enviados divinos cuya existencia misma es a veces muy problemática se han conservado en las memorias, luego consignado en libros que se tenían por sagrados y que, desde entonces, constituían autoridad para determinar la creencia o la práctica. Citemos el Avesta en el Mazdeísmo, los libros vedas en el Budismo, los libros sibilinos en la antigua religión romana, el Corán en el Islam. La Biblia, bajo este punto de vista, no es más

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que una especie en un género. ¿Con qué derecho otorgar un derecho de favor, antes de todo examen, a los libros judeo- cristianos? Sería imitar en otro género a los que, antes de todo examen, proclaman que tal milagro no tuvo lugar, porque no ha podido tener lugar. La crítica, cuando es verdadera, prohibe esta actitud. Sin duda, todo lo que conocemos del cristianismo nos lleva a estudiar estos documentos con simpatía; la pureza que se advierte en los efectos que constatamos debe encontrarse con toda probabilidad de algún modo en las causas; pero sólo es una presunción, que no puede servir de prueba, así como las religiones se perfeccionan frecuentemente y tienen más valor que los textos sagrados que ellas conservan, textos a veces tan antiguos que se refieren a costumbres todavía rudimentarias, o a prácticas todavía primitivas. El Sr. Pouget estudiaba pues estas fuentes y estos textos con los métodos ordinarios en la crítica histórica, filosófica y moral y, con los debidos respetos, como un texto de los Vedas, de Confucio o del Corán.

De este estudio extraía la idea de que la Biblia no era un libro sagrado parecido a los otros, y podía definirla “como una colección de libros históricos de los más serios, si bien escritos al modo oriental, y que atestiguaban para épocas determinadas la existencia de ciertos sucesos, los cuales, interpretados por una sana filosofía, sirven de base racional a la Iglesia católica”. Y decía asimismo: “Los documentos no han hecho la Iglesia, sino que son custodiados por la Iglesia. Los testigos eran de una fidelidad excepcional. Los documentos son la Iglesia que toma conciencia de ella misma. Yo los estudio como documentos conservados por testigos que no querían que se falsificaran. Las Cartas de san Pablo son en esto un famoso testimonio.

El método que consiste en probar la religión, no por la Escritura en

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cuanto inspirada sino por la Escritura en cuanto que contiene historia, es el único que establezca sin petición de principio el valor de los documentos sobre los que descansa la fe cristiana, y ha llegado de hecho a sacar a luz el carácter único y verdaderamente incomparable de la Biblia. Era el método que Pascal ensayaba, pero con materiales a menudo dudosos e insuficientes, puesto que la crítica bíblica se encontraba todavía en la infancia. En nuestro tiempo, este método es el único que toleran nuestros contemporáneos, y sus exigencias son fecundas para la fe. Todos los libros sagrados de las otras religiones se han venido abajo:

ninguno de ellos ha resistido a la crítica. Solamente la Biblia ha permanecido, en su conjunto, como una roca inconmovible.

Queda por decir una palabra sobre una objeción que se podía hacer al Sr. Pouget entre los creyentes. Su método le exponía en efecto a no tomar en consideración tal o cual decreto disciplinario que versaba sobre la enseñanza de la Escritura en las escuelas:

por ser fiel a su crítica rigurosa estaba en la obligación de ignorarlo. Pero a los reproches que se le podían hacer en este asunto, respondía del modo siguiente, que consideraba irreprochable: si hubiéramos tenido por objeto la enseñanza de la fe al común de los fieles en medios creyentes, habríamos tenido que seguir las decisiones que sirven de regla a toda enseñanza. Pero teniendo nuestro trabajo por misión llevar a los incrédulos a la fe católica y legitimar la autoridad del Cuerpo de los Pastores que gobierna la Iglesia, hemos debido adoptar como punto de partida un terreno naturalmente accesible a los incrédulos, terreno que no pueden rechazar, ya como muy favorable a nuestra tesis, ya como comprensivo de las directrices de una autoridad que ellos no reconocen aún. Al limitar nuestro punto de partida a los resultados sobre los que los críticos moderados, en las diversas confesiones cristianas, pueden desde ahora entenderse, partimos de datos que

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los incrédulos mismos no querrían rechazar sin renunciar a un uso tranquilo y regular de la razón, y nosotros nos ponemos en un plano común. Hay que confesarlo, para nosotros la posición es menos favorable que si hubiésemos partido de los datos comúnmente admitidos entre los fieles sobre la Biblia. Pero si, al partir desde esta posición desventajosa, llegamos de todas formas al fin, como lo pensamos, y sobre todo como nos lo han afirmado voces autorizadas y desinteresadas, es una prueba de más a favor de la solidez del edificio católico. Lo que acentúa todavía el valor de nuestra prueba es que, en caso de desacuerdo de los bibliógrafos sobre la fecha de los documentos, hemos elegido el partido menos favorable a nuestro propósito y nunca hemos sacado de los textos más que el mínimo del contenido.

Esto quedará en claro por la regla del mínimum que vamos a exponer ahora.

IV. La regla del mínimum

Cuando se quiere conocer con certeza el sentido de un texto, con el fin de evitar todo riesgo de supervaloración, es necesario determinar el mínimum de su contenido.

Que se nos permita ordenar el tipo del razonamiento que empleaba el Sr. Pouget de una manera tan frecuente:

Tengamos un texto. Quiero determinar su contenido, es decir saber lo que su autor ha querido deducir, inducir, testimoniar y por lo tanto enseñar. Este contenido puede ser A1, A2, A3 y yo supongo que A3 contiene más enseñanza que A2, y A2 más que A1. Entonces, estoy absolutamente seguro de A1, menos de A2, todavía menos de A3. En estas condiciones debo razonar como si A1 fuera la única enseñanza contenida en mi texto, o más

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exactamente debo decir que este texto tiene por contenido al menos A1. En efecto, si tomo A3 por contenido del texto, me arriesgo a basar mi razonamiento y mi certeza en un fundamento frágil, y hasta inexistente; y apoyarme no en lo que el texto me dice, sino en lo que yo pongo en él. Ante el riesgo de equivocarse, vale más que sea por prudencia que por imprudencia, por restricción que por exceso.

Este método de prudencia no es natural a la mente humana. Todo nos lleva a cargar un texto con su contenido máximo, y ésa es una de las causas de los malentendidos que nos enfrentan. En el terreno religioso lo sobrenatural es sobrevalorado con frecuencia:

parece como si fuera hacerle honor. El Sr. Pouget creía que por el contrario había que minimizarlo cuando se carecía de razón cierta y transmisible. Pensaba que actuando así, le hacía más honor todavía, puesto que no sólo lo respetaba más aún, sino que alejaba todo motivo de darle por sospechoso.

Para hacer comprender este método del mínimum, demos algunos ejemplos significativos:

1º En su trabajo sobre el origen sobrenatural de la Iglesia católica según los datos de la historia, por lo general, no se sirve del Evangelio de san Juan cuando quiere establecer la divinidad de Cristo. Este silencio que extrañaba a algunos era sin embargo una aplicación de la regla. En efecto todos están de acuerdo en reconocer que el Evangelio de san Juan data de finales del primer siglo. Además, algunos exégetas que no se han de menospreciar han admitido que el cuarto Evangelio contenía no tanto las palabras mismas del Señor como las conclusiones teológicas que cincuenta años de reflexión, de oración y de vida habían permitido sacar de sus palabras y de sus actos.

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No quiero decir que fuera ésa la opinión del Sr. Pouget sobre el Evangelio de Juan; era mucho más matizada, y los traba jos del P. Lagrange en particular le habían convencido de que el Evangelio espiritual era también un evangelio histórico de una gran precisión. Pero como creía que la primera tesis podía ser sostenida con toda razón, tenía por más prudente y por consiguiente razonable dejar a un lado el Evangelio de Juan, cuando se trataba de establecer la fe de todas las comunidades cristianas. Valoraba pues los actos, las palabras de Jesús en san Juan al menos como testimonios sobre la fe de la comunidad efesina y de las iglesias de Asia al final del primer siglo.

2º El Sr. Pouget ponía gran cuidado en atender a los artículos griegos. Decía que el griego era una lengua muy precisa, y que, cuando no determinaba es que el objeto de que hablaba era indeterminado, que debía entonces traducirse por un y no por el. Así el famoso texto de la Segunda Carta de Pedro, I, 4: divinae consortes naturae, que se traduce como “participantes de la naturaleza divina”, él lo traducía: “participantes de una naturaleza divina”, siempre en aplicación de esta regla del mínimum[1] Así la exclamación del centurión: “Este hombre era verdaderamente el Hijo de Dios” se veía llevada a proporciones más humanas: “este hombre era verdaderamente el hijo de un dios” (Mar., XV, 39; cf. Luc., XXIII, 48).

De esta forma, advirtiendo que san Lucas, no más que san Pablo, no emplea indiferentemente pneuma agion y to pneuma to agion que la primera expresión designa un espíritu santo, es decir un efecto del Espíritu Santo, y la segunda al Espíritu Santo transcendente y actuando[1](así Luc., IV, 1, 2 y He., II, 4,5). El Sr. Pouget había tratado de sacar de ahí un estudio de las relaciones de las personas en la Trinidad y de la habitación del Espíritu Santo

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en las almas.

3º Daba reglas comparables en lo que concierne a la interpretación de las definiciones conciliares.

Recordaba en primer lugar que los cánones o definiciones de los concilios son los únicos irreformables e infalibles, pero no las consideraciones y los capítulos que los preceden y los preparan. Y ello por una razón profunda sacada de la institución de la Iglesia: la Iglesia no es infalible por las causas que propone, sino por la autoridad divina con la que enseña. Los considerandos de los concilios y de las definiciones pontificias deben ser examinados con el mayor respeto, pero al fin y al cabo estos considerandos no comprometen la infalibilidad de la Iglesia. También, a fin de probar la existencia del episcopado como distinto del simple sacerdocio, los Padres de Trento (XXIII, cap. 4) alegan el versículo 28 del capítulo XX de los Hechos: Spiritus sanctus posuit episcopos regere Ecclesiam Dei. Pues estos episcopi del versículo 28 son los presbíteros de la Iglesia de Éfeso del versículo 17, quienes, aun teniendo colectivamente la plenitud del sacerdocio, no eran obispos monárquicos en el sentido en el que lo entiende el concilio.

4º En cuanto a las definiciones mismas, para comprenderlas bien, es decir para evitar comprometer a la Iglesia en lo que ella misma no se compromete, no se debe ir más allá de la letra ni de la intención del decreto conciliar. En general estas definiciones son condenaciones; los Padres tienen ante los ojos una doctrina bien conocida que se propaga públicamente entre los fieles y que no puede ser detenida más que por una condenación solemne. Es a estos errores a los que apuntan los cánones conciliares, y no existe el derecho de extender su significado fuera del campo de estos errores, a no ser que los Padres hayan dicho explícitamente

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que sus cánones no están limitados por los errores apuntados, cosa que no se ha hecho al menos hasta el presente. El dogma católico gana siempre en precisión por estas condenas, pero esta precisión se produce generalmente por negación. Se nos dice lo que no es; a nosotros nos toca determinar lo que es, bajo nuestra responsabilidad.

El Sr. Pouget exponía con gusto el ejemplo siguiente: Nestorio (o más bien sus adeptos) explicaba la unidad de Cristo por una unión íntima, una especie de amistad perfecta entre el Logos divino y Jesús de Nazaret. Esta manera de ver, que destruía la Encarnación, fue condenada en Éfeso; Eutiques intervino y sostuvo que las dos naturalezas, divina y humana, distintas antes de la Encarnación, formaban entonces una mezcla, lo que también se condenó. Cristo no es pues uno al modo de Nestorio, decía el Sr. Pouget, tampoco lo es al modo de Eutiques: ¿Cómo es uno? No se nos dice, y nunca se nos dirá. Sería suprimir el misterio.

El concilio, en los casos más ordinarios, define condenando, y “a menos que no nos lo diga, si se quiere saber su pensamiento, se ha de examinar con rigor el cuño de la herejía”. Cierto que el canon del concilio contempla una materia absoluta, ya que es divina, pero la redacción no por ello deja menos de depender de circunstancias muy complejas de tiempo, de lugar y de personas afectadas por la definición. Si se aplica aquí el método matemático, se hallará, con la mejor fe del mundo, frente a una definición de través, algo grave, ya que las definiciones son a menudo las premisas en las que descansa el razonamiento del teólogo. Así, en la profesión de fe firmiter credimus del IV concilio general de Letrán, dirigida contra los Albigenses, podemos leer simul ab initio temporis (Deus) utramque de nihilo condidit creaturam spiritualem et corporalem, angelicam videlicet et mundanam ac deinde humanam. Si

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aplicamos el método intemporal de los matemáticos, nos sentiremos inclinados a creer que la Iglesia define en esta frase, como de fe católica: 1º la espiritualidad de los ángeles y del alma humana; 2º la creación del mundo en el tiempo; 3º la producción simultánea de los ángeles y del mundo; 4º la preexistencia de la creación angélica a la creación humana. Es incontestable que la primera de estas proposiciones y muy probablemente la segunda pertenecen a la fe, pero ¿tuvo el concilio la intención de definirlas? No lo sabremos mientras no conozcamos el error atacado. Ahora bien, los herejes condenados en Letrán negaban que Dios fuera el autor de la materia, que para ellos era esencialmente mala. Es pues prudente limitar la definición infalible a la negación de este punto. En cuanto a la creación temporal, él hacía observar que no sería definida más que cuando los Albigenses la hubiesen negado, cosa que él ignoraba.

Advertía también que la expresión Bereshith bara Eloihim… (al principio Dios creó el cielo y la tierra) debería traducirse a la letra:

“en un principio Dios creó…” , lo que es más vago, y también, si se puntúa de otra manera, ” en un principio de crear…”, lo que es más vago aún, de manera que este pasaje, tomado en sí, podía, según el Sr. Pouget, no excluir la idea de una creación intemporal.

Según el concilio de Viena, se afirma de fe católica la proposición siguiente: anima rationalis est forma corporis humani per se et essentialiter, – lo que en general se traduce: el alma racional es por sí misma y esencialmente la forma del cuerpo humano, pero que a su vez se podría traducir: el alma racional es forma (es decir una de las formas) del cuerpo humano. Por causa de la falta de artículo el texto admite esta doble traducción. El cardenal Zigliara excluye esta segunda interpretación: ¿acaso esto no es decir que el concilio ha incorporado a la fe una tesis de la filosofía tomista?

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Pero consideremos la historia de esta época. En este momento, la doctrina de las formas substanciales era la doctrina común; santo Tomás de Aquino se presentaba como innovador con su idea de una forma única. Por otra parte, el error atacado era el de Pierre Jean Olivi. Este padre menor negaba que el alma racional fuera “forma del cuerpo humano”. En el lenguaje de la época, era decir que se podía ser hombre sin tener, en sus principios constitutivos, un alma racional. Al condenar esta opinión, que hubiera podido llevar a un nuevo Apolinarismo (cualquiera que hubiese podido ser por lo demás el pensamiento de los padres en particular), el concilio se limitaba a excluir esta teoría tan peligrosa para la fe, sin querer recomendar y todavía menos incorporar a la fe una tesis de Escuela, cosa que no se hizo nunca, ni en Trento, el más escolástico de los concilios.

El Sr. Pouget tomaba otro ejemplo de este último concilio. Tenía que ver con la definición del pecado original. Había dedicado mucho tiempo a estudiar el sentido preciso y el alcance exacto de las definiciones de Trento sobre el pecado original y, aplicando su método, había intentado conocer los conceptos protestantes sobre la gracia y el pecado. Pero había llegado a un corolario de su principio del mínimum, corolario quizás muy discutible y que se expresaría así: cuando los herejes y los Padres del Concilio poseen unos y otros ciertos conceptos o representaciones mentales, y estos conceptos o representaciones intervienen en las definiciones, como éstas no sirven para condenar, ya que son la idea común de unos y otros, no se podría sacar una definición.

Así las cosas, a los ojos de nuestro autor, para que la teología tenga bases sólidas, convenía que partiera de la crítica de los textos escriturísticos y conciliares. Y ahí se necesitaba la historia. “Para interpretar una definición dogmática, decía, conviene

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conocer por la historia los errores que se han querido condenar. La autoridad de la Iglesia no se refiere más que a estos errores, y en cuanto a lo demás no estamos obligados. Pues, mientras sea dudoso que mi libertad esté encadenada, yo poseo mi libertad.” En el mismo sentido, le gustaba anotar que las conclusiones aunque unánimes de los teólogos católicos que trabajan conforme a los datos de la Escritura y de los concilios generales no son infalibles por su naturaleza y no comprometen a la Iglesia, ni siquiera cuando no dice nada contra ellas. La autoridad eclesiástica deja una gran libertad al trabajo teológico y no reconstruye sus conclusiones hasta que éstas se convierten prácticamente en peligrosas.

5º Indiquemos ahora una aplicación curiosa que hacía de su método del mínimum. Tiene que ver con la pluralidad de las parejas primitivas. En el origen de la humanidad ¿había solamente una sola pareja, como se creía hasta la mitad del siglo pasado? ¿Había varias, como algunos sabios se inclinan a creer fundándose en datos positivos? El primer paso es decir que la cuestión ha quedado zanjada por la autoridad divina, en los primeros capítulos del Génesis, luego por la interpretación unánime de los Padres, por la enseñanza común de la Iglesia. Pero aquí se presenta un problema delicado. Para afirmar que una autoridad, sea cual fuere, ha respondido a una cuestión presentada, parece requerirse una condición, y es que la autoridad respectiva se haya planteado dicha cuestión explícitamente y sobre todo que haya querido darle una respuesta. Por olvidarse de esta regla se ha hecho decir al autor del Génesis lo que no había tenido intención alguna de decir; así se extraían de su texto proposiciones referentes a la astronomía, a la geología, a la antropología, cuando en estas materias no se preocupa lo más mínimo de enseñar ni de definir, ya que habla según las tradiciones, las opiniones, las

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apariencias. Todo conducía al Sr. Pouget a creer que la Iglesia no ha tomado pues aún posición sobre el problema siguiente: ¿está o no está contenida en el depósito de la fe la unidad de la especie humana? Era entonces, a su modo de ver, al menos para los especialistas, una cuestión libre.

Por otra parte, escrutando la Escritura y tratando de ver en sus traducciones y sus comentarios una precisión filosófica rigurosa, advertía que el primer relato de la creación, por el que se abre el Génesis, una de los fragmentos más bellos del Antiguo Te stamento por el vigor del pensamiento, era “más bien favorable” a la pluralidad de las parejas. En efecto, en este relato, todos los nombres de los seres producidos antes del hombre, están en singular, y no obstante son colectivos. Así dice Dios: “que la tierra produzca ganado, reptil”. ¿Qué sucede en cuanto al hombre? ¿Va a hacer decir a Dios el autor: hagamos al hombre (con artículo, que indicaría un singular de alguna manera único) o hagamos hombre (sin artículo[1], que deja abierta la cuestión)? A los ojos de nuestro exégeta, la palabra bíblica podría traducirse de las dos formas, y como es natural, con su forma de ver las cosas amiga de las aperturas, él prefería la segunda.

6º Precisamente por esa preocupación por no ir más allá de sus premisas se sentía empujado a mortificar el apetito de saber. Se contentaba con decir lo que era, lo que se sabía con certeza, dejando cuando era necesario, y en todo el entorno, amplias bandas de medias tintas o de oscuridad.

“La historia, decía, son los hechos contrastables, es el residuo de la vida de la humanidad. Disponemos de hechos aquí y allá, a veces escasos: así para hacer la historia de la Iglesia del siglo segundo, se han perdido muchos documentos. Fíjese en el trozo

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de azúcar en la mesa. Si quisiera extender esta mancha blanca por toda la mesa, me engañaría. No disponemos de hechos consecutivos. Una providencia es una conclusión: ‘Visto un conjunto que concurre a un mismo fin, hay una causa’; se han de hacer cuadros generales, pero con precaución. La historia es un gran territorio desconocido con puntos de referencia a veces cercanos, otras mucho menos”.

7º Por fin, esta misma regla tenía también su aplicación en la cuestión tan difícil de la historicidad de los escritos del Antiguo Testamento. El Sr. Pouget había creído desde muy temprano (en la época de su encuentro con Duchesne) que todo lo que tiene apariencia de historia no es forzosamente historia. Repetía de buen grado que los autores bíblicos conocía un género llamado el midrasch, en el que la historia se cuenta muy libremente y se interpreta para servir de enseñanza religiosa; que cuando san Pablo habla de los hebreos en el desierto, lo hace con una libertad singular, no viendo, no poniendo por lo menos de relieve más que el sentido alegórico, “la piedra, dice, era Cristo” ( I Cor., X, 4); que la Carta a los Hebreos es más atrevida todavía porque se basa en el hecho que Melquisedech, en el Génesis, está sin padre, sin madre, sin genealogía, para hacer de él un tipo del Hijo de Dios; y, sin recurrir además al midrasch y a la alegoría, es fácil mostrar como le gustaba hacerlo, por el examen ajustado de la historia del diluvio, de la huida de Agar y de Ismael, o de la venta de José por sus hermanos, que el redactor ha yuxtapuesto dos relatos divergentes sin devanarse los sesos por quitar las contradicciones, lo que hubiera podido hacer “de un plumazo”. Y también le gustaba comparar el relato de un mismo suceso en el registro del libro de Samuel y en el de los Paralipómenos, con el fin de hacer ver claramente la transposición teológica, o también confrontar el libro de Daniel y los documentos extraños a la Biblia a propósito del

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personaje de Nabonides; por fin le agradaba mostrar, como lo veremos más adelante, desde qué punto de vista escriben los apocalípticos la historia del presente proyectando su imagen en una predicción antigua y trágica.

De estas premisas sacaba el Sr. Pouget conclusiones variadas. Nunca se le había ocurrido sospechar que la Biblia contenía “la leyenda teológica” del judaísmo. Pero no podía admitir que toda historia fuese histórica en el sentido que los modernos dan a esta palabra. La Biblia estaba escrita por profetas, que se preocupaban de leer en el pasado los designios divinos, y de enseñar con el relato de esta obra de Dios la verdad moral y religiosa oportuna en su tiempo. Había pues en cada caso y para cada libro una obra de discernimiento que hacer. ¿Hasta qué punto se certifica por el autor bíblico este hecho? Es lo que había que estudiar, sin que se pudiera llegar siempre a la certeza. Pero en caso de que subsistiera la duda, no sería posible basarse en estos hechos para apoyar en ellos un argumento sólido.

Se podría relacionar con esta cuestión la de la autenticidad humana de los Libros sagrados. Que tal libro del Antiguo Testamento haya sido escrito por tal autor y no por otro, es indiferente para el objeto de la Escritura, que es, recordémoslo, la enseñanza religiosa. Con todo, indicaba enseguida el Sr. Pouget, la Escritura podría hablar del autor como de un hecho que pertenece a la historia, entonces la autenticidad humana del libro, sin ser dogmática propiamente, sería una cosa inspirada. Pero de hecho, si tenemos presente la enseñanza de los Concilios, sobre todo si permitimos que la Escritura y los Padres se comenten por sí mismos, veremos que la autenticidad humana traía sin cuidado a los hombres de Dios, salvo el caso en que una atribución diferente podía poner en jaque a los ojos de algunos la autenticidad divina

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de un escrito: eso es lo que pasó cuando algunos Padres de Trento pidieron que la Carta a los Hebreos fuera atribuida categóricamente a san Pablo, lo que por otra parte no se les concedió. A los ojos de los autores de la Biblia es el Espíritu Santo quien es el grande y único autor. ¿Acaso se alegará que Cristo, en un caso, zanjó la cuestión cuando atribuye el Pentateuco a Moisés ( Jn., V, 45-47)? Pero aparte de que Jesús no tenía presente una pura cuestión de crítica, puede considerar a Moisés como legislador y no como autor literario; la regla del mínimum nos aconsejaría atenernos con preferencia a la primera consideración.

En cuanto a la cuestión tan delicada de los milagros del Antiguo Testamento, también la trataba con un espíritu original. Aunque argumentase para los incrédulos, no habría permitido nunca decir que tal relato prodigioso, escrito varios siglos después del suceso, era sustancialmente legendario. Se limitaba a constar que dada la concepción oriental y bíblica de la historia este relato podía ser midrásico ya en su totalidad ya en parte, y que por lo tanto no había que apoyarse en él para probar la religión como en un documento histórico en el sentido moderno de esta palabra, – sobre todo si se estaba todavía fuera de la Iglesia y no se dispusiera más que de su sola razón. Que si la autoridad divina de la Iglesia fuera probaba de otra forma, es decir por hechos correctamente comprobados, y por otro lado esta autoridad hubiera definido con claridad que la historicidad de uno de estos hechos dudosos pertenecía al depósito de la fe, entonces el caso habría sido diferente. Es de advertir que los hechos sobre los que se apoyaba la fe de los apóstoles, eran hechos comunes, hechos públicos, hechos repetidos de diversas formas de los que los apóstoles habían sido testigos; sus testimonios eran múltiples, continuos, convergentes, como se ve por ejemplo al confrontar los relatos de las apariciones del resucitado: por consiguiente la crítica

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histórica tenía aquí las garantías necesarias.

Si llegué a comprender bien su método, creo que suponía una distinción entre lo histórico y lo real. Llamo real a lo que pasó e histórico a lo que presenta además garantías de autenticidad bastante serias para encontrarnos en condiciones de convencer a una mente recta. Está claro que la mayor parte de los sucesos que acaecen en cada conciencia y que componen su historia son reales sin por ello ser históricos aunque tengan a la conciencia como único testigo: en este sentido es como los historiadores han llegado a definir periodos prehistóricos. Un hecho puede ser verdadero sin ser comprobado según las reglas, y sabido es que hay a menudo cantidad de verdad en las leyendas. Las excavaciones de Hissarlik dan la razón a Homero; las de Creta autorizan a creer que había contenido en la historia del Minotauro y del laberinto, y las de Ostia muestran el interés arqueológico de Virgilio. Por lo demás, si no nos quedáramos en la historia humana, sobre todo en la historia religiosa, más que con los hechos públicos comprobados por testimonios convergentes, la historia sería con toda probabilidad muy corta. En el punto de vista crítico en que nos hallamos, lo que importa esencialmente es no poner en el mismo plano de verdad lo que no presenta el mismo grado objetivo de certeza.

Se adivina qué servicios reales podía prestar este método en la controversia, no hablo aquí de esa controversia edificante que no trata de aplastar sino de convencer. ¿No se fundaba de alguna manera en la naturaleza de la mente humana? ¿Acaso no existe en toda afirmación un núcleo de verdad necesaria y también una envoltura de opinión libre que procede de nuestra lógica, de nuestras vistas, de nuestro lenguaje, de nuestras imágenes y que, aun siendo verdad, no querría imponerse con igual fuerza, acaso

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no era eso lo que había presentido Platón al hablar de la opinión verdadera? Y por ello, acaso no consiste el verdadero método en introducir en el estudio de los juicios pronunciados por los hombres esa distinción de los planos y esas articulaciones en profundidad que permiten satisfacer el deseo famoso de san Agustín: in dubiis libertas, in necessariis unitas? Volveremos a ver pronto el mismo problema en nuestro camino cuando tengamos que hablar de la “mentalidad” y sus relaciones con “el espíritu”. Sea suficiente haberlo propuesto.

Si el método del mínimum corresponde a la naturaleza de la adhesión humana, está también conforme a lo que se podría llamar la lógica de la acción. Si se quisiera dar una explicación concisa, diríamos que consiste, sea cual fuere el terreno explorado, en discernir el mínimo esencial, el que no se debe ceder a ningún precio porque contiene la vida y el porvenir y, una vez discernido, en abandonar provisionalmente, si es preciso, todo cuanto se ha de ceder. Es asimismo bastante intrigante que Napoleón había entrevisto un día una aplicación posible de esta estrategia, que era la suya, a la predicación religiosa entre los incrédulos. El Memorial nos refiere que en Santa Elena el Emperador hablaba en estos términos del confesor de María Luisa, obispo de Nantes: “Había vivido, decía él, en medio de los incrédulos y lo había encontrado muy conveniente; tenía también respuesta para todo: sobre todo poseía el buen sentido de abandonar todo cuanto no era sostenible, de hacer desdecirse a la religión de todo lo que él no hubiera podido defender. – Un animal que se mueve, combina y piensa, ¿es que no tiene alma? le decían. – ¿Por qué no? respondía. Pero, ¿adónde va, si no es igual que la nuestra? – ¿Qué os importa? pues se irá al limbo. Él se retiraba pues a las últimas trincheras, en la misma fortaleza, y allí se preparaba siempre de esta forma un excelente terreno.

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Por lo demás, con el Sr. Pouget, no se trataba de despreciar el valor a menudo tan profundo de estas envolturas necesarias y en ningún sentido de ceder nada de esencial por poco que fuera, ni de reducir las verdades. El método del mínimum no era un método reductor. Al escuchar a nuestro maestro, teníamos una impresión muy distinta: era el método del máximum el que parecía minimizar la verdad haciéndola descansar en un pedúnculo demasiado frágil.

Después de todo, el lector habrá adivinado que semejante manera de argumentar prometía el uso de argumento a fortiori. El Sr. Pouget se sorprendía con frecuencia al Sr. Bergson sospechoso de panteísmo, porque no había hablado del Dios creador en su Evolución creadora, y a propósito decía: no niega lo que él no dice. Él tampoco, él no abandonaba por lo mismo lo que no utilizaba. No servirse de una texto o del contenido posible de un texto no era sospechar de la verdad probada de otra forma que podía estar incluida en él. Diría aún más que era respetarla, al no aceptar en su favor más que pruebas que fueran dignas de ella.

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V. El principio del desarrollo

Boletín Informativo Noviembre-Diciembre 2011Cuando los documentos que ha conservado el trabajo crítico han sido correctamente situados en el tiempo, entonces se puede estudiar el desarrollo de las ideas, de las creencias o de las instituciones. Lo que entonces interesa a la crítica es saber si las fases posteriores de estas series temporales son sustancialmente conformes a las fases posteriores y originales, en qué medida ha habido progreso o por el contrario regreso, sobrevaloración o corrupción – en suma, si estamos en presencia de una pura evolución o bien al contrario de un desarrollo propiamente dicho, bien sea progresivo o simplemente explícito. Esta idea recibe aplicaciones numerosas en el Antiguo como en el Nuevo Testamento.

El método del mínimum habría podido producir resultados desoladores en quien no hubiese tenido el espíritu de profundidad. Si es difícil de manejar, no es sólo por estos hábitos de sobrevalorar que henos contraído, es ante todo porque, para percatarnos de las verdades contenidas en ese mínimum original y esencial, debe tener la visón entrenada: le hace falta, entre otros conocimientos numerosos, lo que yo llamaría el sentido de lo

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implícito. El Sr. Pouget había adquirido el singular poder de ver en un texto o en una práctica todo lo que se encontraba implicado o presupuesto en ellos, por consiguiente cuanto de allí podía concluirse. Sabemos que su método corriente era de aferrarse a un punto sólido y fijo, conocerlo bien en sus aspectos, sus principios y sus sobreentendidos, volver a examinarlo, palparlo para extraer las consecuencias una a una. En ello, su espíritu caminaba al unísono con el objeto de su estudio, lo que es un favor nada común.

Todo sucedía en efecto a sus ojos como si en todos los dominios, y particularmente en el curso de la revelación, Dios hubiera confiado al hombre en un principio ciertas semillas de pensamiento, que se habían exteriorizado a continuación adquiriendo forma. Dios, pensaba él, llama al hombre al trabajo: le ofrece datos, de los que el hombre saca, según su trabajo, puntos de vista cada vez más ricos. El método del mínimum estaba pues íntimamente unido a lo que llamamos con Newman el principio del desarrollo. Estas palabras no se hallaban en el vocabulario del Sr. Pouget, pero veremos en qué sentido hubiera completado y corregido a Newman, y cómo nos indican las muchas direcciones constantes de su pensamiento.

Así es cómo por otra parte explicaba, en su trabajo de 1903, los caminos de Dios:

El Espíritu Santo, autor principal de la Escritura, habría podido manifestar al mismo tiempo y en su plenitud el contenido de la revelación judeo-cristiana, si esta revelación sólo fuera un aporte de verdad superior y no ya también, quizás más, una educación de nuestra especie, que llega a su perfección propia sólo a pasos insensibles: la excepción que constituyen algunas personalidades destacadas no es contraria a esta ley de la lentitud. Dios mueve a

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la humanidad, como todas las cosas, según la clase de naturaleza que le ha dado De ahí las largas preparaciones patriarcales que confluyeron en el mosaísmo, y la expansión bastante lenta de éste último, que tiene por término el cristianismo.

Con frecuencia, según la práctica normal del lenguaje, se ve este desarrollo como un conjunto de adiciones sucesivas a lo que precede. Pero se trata de imágenes mecánicas que son engañosas. Nos sugieren equivocadamente un trabajo de superficie y totalmente exterior, así como la imagen de fuerzas que actuaran sobre todo a saltos. Un germen, sin embargo, va creciendo siempre por introsuscepción; la formación tiene lugar en toda la masa y hasta en las partes más íntimas: es el trabajo de la vida, poderoso a pesar de la lentitud, porque siempre está en acción.

Mas este desarrollo de la revelación se realizó de dos maneras, de las cuales sólo la segunda está a nuestro alcance. Primero este trabajo se realizó en las multitudes a las que iba dirigida la revelación y, hasta se podría decir, en cada alma en particular. Pero también se realizó en los escritos de los profetas, y se deja ver como insinuado en los libros en los que la revelación fue consignada parcialmente.

En efecto, el desarrollo de la verdad revelada dejó rastros en la Escritura, de los que se han compuesto sucesivamente los libros, sobre todo los del Antiguo Testamento, durante un largo periodo de tiempo, y antes de que se manifestara la totalidad de la verdad sobrenatural. Se puede afirmar que solamente en los documentos escritos se nos han podido conservar los rastros de este desarrollo. Ya que todas las capas antiguas y nuevas de los aportes de la revelación total se confunden enseguida en un todo homogéneo en

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la tradición oral y en la enseñanza actual y viva de la autoridad religiosa.

De todo esto resulta que la Escritura se puede comparar, en sus diversas partes, a los diversos trabajos de un mismo autor cuyo pensamiento, excelente por otra parte, se ve constantemente modificado y siempre mejorando, desde que comenzó a escribir:

sus últimos trabajos, sin contradecir a los más antiguos, podrán en caso de necesidad añadir algo, explicarlos, completarlos, a la par que no recibirían de ellos nada a cambio.

Para estudiar este desarrollo admirable es preciso disponer de una serie de documentos escalonados en el tiempo y correctamente fechados. La primera operación necesaria a esta inteligencia de la revelación en marcha es por tanto una cronología de la Escritura. Y no es una cosa nada fácil: lo mismo que el código llamado código de Napoleón o código civil encierra, con las innovaciones imperiales, las costumbres de la monarquía, algunos textos de Justiniano y hasta algunos edictos de los pretores, así mismo algunas colecciones bíblicas atribuidas a un autor principal son colecciones de documentos: algunos pueden ser más antiguos que el autor principal que los habrá compilado, adaptado y presentado; otros pueden haber sido escritos mucho más tarde bajo su influencia o también a imitación suya, otros finalmente pueden haberle sido atribuidos al cabo de siglos de intervalo, puesto que era una costumbre literaria y jurídica del Antiguo Oriente atribuir a un autor antiguo y venerado disposiciones recientes cuya autoridad se aumentaba de esta manera a los ojos de las multitudes a cuya salvación iban dirigidas. Así sucede que un libro, que parece un bloque a una mente no perspicaz, se fragmenta en varias fuentes de documentos escalonados en el tiempo y cuya fecha aproximada se puede fijar por criterios convergentes. Este trabajo permite dar a

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conocer con una certeza suficiente el hecho del desarrollo religioso.

El Sr. Pouget había estudiado el desarrollo en Israel con un cuidado particular, y se habría podido llegar por sus escritos a este ensayo sobre el desarrollo de la religión judía, que presupone Newman, pero que no escribió por falta de recursos.

Había establecido desde este punto de vista la sucesión de las profecías mesiánicas. En primer lugar había rechazado textos en los que se vio más tarde mesianismo porque “se quería ver” (así Gen., XLIX, 10); o también textos que no eran necesariamente mesiánicos (así II Sam., VII; Is., IX, 5-6). Pero, hecha esta purificación, demostraba que las promesas de los patriarcas se habían conservado en Israel, mientras Israel había permanecido tranquilo en su suelo; que se habían puesto a meditarlas y a explicarlas bajo los ataques venidos de fuera y durante el gran peligro; que entonces había cuajado sobre todo la idea de una revancha resonante que reuniría a todas las naciones en Jerusalem; que tras el exilio, a pesar de las tristezas del regreso, se habían mantenido estas mismas esperanzas: quedaban en los corazones, espirituales en unos, terrestres en los otros, según las excelencias de las almas; que, sin desprenderse del todo de estas vistas carnales, el mesianismo se vislumbra cada vez menos en ellas; que se le ve hacerse interior en Jeremías y Ezequiel, completo en calidad y extensión en la segunda parte de Isaías quien nos presenta al gran Siervo sufriendo por los pecados de su pueblo; que en fin Daniel representa al Mesías como el fundador del reino de los Santos, que será el reino de los cielos del Evangelio: estamos ya en presencia de un mesianismo espiritual y universal y que no puede recibir otra plenitud que su cumplimiento. El Sr. Pouget notaba de paso que estos “profetas escritores no

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hacen tesis; hablan de Mesías cuando se hace presente en su pensamiento. Es una especie de presentimiento que, arrancando de todos los rincones de Israel, ha apuntado alto y con tino, como lo prueban los hechos posteriores”.

Pero esta idea de expansión no la limitaba a lo que se llama comúnmente las profecías. Mostraba que este mismo movimiento siempre ascendente a pesar de los periodos momentáneos de parada y de regresión, caracterizaba la historia interior de Israel, y que en él se podía advertir, en todos los terrenos, un progreso regular de la conciencia humana. Debemos reducirnos aquí a mencionar sus estudios concretos en que estas expansiones diversas son estudiadas cuidadosamente, aunque todavía de manera bien resumida y bien elíptica. El Sr. Pouget había analizado en un primer artículo el progreso de la idea de Dios y de la idea del hombre, tanto en esta vida, como después de su muerte; en un segundo artículo el progreso de las ideas y de las prácticas que se refieren a las relaciones mutuas de Dios y del hombre (idea de la Providencia, de la moral familiar; paso del culto exterior al culto completo; progreso de la enseñanza religiosa; progreso de la moral personal). Finalmente, un tercer artículo trataba de las relaciones de los hombres entre ellos, es decir de la moral propiamente dicha (protección de los pequeños, esclavitud, protección de los acusados; relaciones con los extranjeros, relaciones con los otros pueblos, problema de lo prohibido).

Desde este punto de vista podía renovar hasta ciertos problemas de exégesis, y esto es lo que le había permitido arrojar un poco de luz sobre el Cantar. Lo que le interesaba de estos seis cortos capítulos no era tan sólo ver en ellos, después de Renan y varios otros, los elementos de un pequeño drama campestre; sino que era ver a una joven campesina, fuerte y pura, aunque todavía un

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poco ingenua y un tanto traviesa, resistir al honor. Que un santo autor haya podido escribir un libro sobre este tema era señal de un verdadero refinamiento del sentido de la igualdad y de la libertad de las personas. También pensaba el Sr. Pouget en una fecha bastante reciente: el Cantar era el término de este desarrollo. Después de poner a la mujer en el mismo plano que al hombre. Después de haberla liberado de la esclavitud en la que se hallaba primeramente con respecto al marido, su señor, después de neutralizar la poligamia y el divorcio contrario al plan primero y al espíritu original, – la clase selecta de Israel había entrevisto por fin que el matrimonio está fundado sobre el amor mutuo que aquellos se dan el uno al otro para siempre, por humilde que sea su condición, por corta que sea su edad, porque así lo quieren ellos.

La conclusión era fácil de sacar. El Sr. Pouget veía en Israel el medio de elevarse poco a poco con velocidades desiguales, pero sin retroceso y sin parada, bajo la acción de los hombres de Dios, “hasta ponerse a la altura del umbral del Evangelio, en el que, ya desde entonces, se vieron introducidas las inteligencias y las voluntades rectas”. Nos encontramos aquí, continuaba diciendo, en presencia “de un hecho señalado y que la historia no nos muestra

más que en Israel. En todas las demás partes, en materia religiosa,

o bien se fracasa, o se estaciona uno en el sitio o, si se intenta levantarse, es para volverse a caer: sólo en Israel comenzó el progreso, avanzó, alcanzó su meta”.

De esta forma, para el Sr. Pouget, el efecto que explicar no era tal

o cual milagro particular transmitido por la Tradición y consignado

en los Libros Santos; era este gran acontecimiento difundido a través de los siglos e incuestionable para el historiador moralista, el acontecimiento del desarrollo de las conciencias. Poco importaba en estas condiciones que tal historia estuviese mezclada de

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leyenda, que tal fecha fuera errónea, que tal detalle fuera falso. Poco importaba que la Biblia fuera menos antigua de lo que se había creído en un principio. Lo que importaba es que, al utilizar fuentes exteriores o extranjeras, las hubiera limpiado de todo error religioso, como se ve claramente al comparar el mito babilónico de los orígenes y del diluvio con el relato bíblico; y era después de que no hubiese habido nunca regresión en la doctrina, ni decaimiento en las esperanzas; por fin era que el progreso de las conciencias se había cumplido, lo que define la verdadera civilización. Pero ya tendremos ocasión de volver sobre estos puntos.

Este avance se proseguía, según el Sr. Pouget, con diferencias que pronto indicaremos, en el interior del Nuevo Testamento. Sea suficiente aquí notar el principio que regulaba su exégesis: él consideraba por una parte las epístolas de Pablo y los escritos de Juan, por otra los evangelios sinópticos, en particular el de san Marcos. Era en esta fuente primera, en este germen donde él trabajaba con predilección. Prefería estos evangelios y sobre todo los pasajes más primitivos que descubría en cada uno de ellos. Era el sedimento sobre el que se había levantado el resto. Era el resumen o la muestra de la predicación hecha al pueblo, de la predicación hablada puesto que era producto de la experiencia de los primeros testigos y sin ninguna intervención de la reflexión, sólo con esos pequeños arreglos necesarios para transformar un recuerdo vivo y profundo en un relato comunicable y útil. Allí se podía encontrar el eco de las palabras mismas de Cristo encarnado a los fieles comunes; las que los pobres habían debido recoger muy temprano y habían recopiado finalmente mal que bien y distribuido en rollos (lo que había constituido la fuente de esas colecciones de logia de que nos habla Papías y que leemos en san Mateo) – y que estaban ligadas y referidas a un hecho, las que se

Retrato del sr. Pouget, sacerdote de la Misión (VII)

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grababan por sí mismas en la memoria que retiene los actos y que se hallaban en abundancia en la predicación de Pedro de quien era intérprete san Marcos.

Son estas palabras y estos hechos (estas palabras operantes, estos hechos significativos) los que él recogía en su memoria amorosa y repetía sin cesar, comparaba, ampliaba, ahondaba en medio de su noche y de sus oraciones. Y luego, volviéndose a “Pablo” y a “Juan”, esos grandes teólogos inspirados, se encontraba en sus escritos con la expansión de las humildes sentencias de Jesús o de sus acciones sorprendentes. Veremos pronto este método en práctica cuando expongamos las pruebas de la divinidad de Jesús. En estas materias su palabra preferida era el adverbio equivalentemente. “Los más hermosos pasajes paulinos y joánicos no nos enseñan nada que no sepamos ya”.

Pero el principio de la expansión recibía también una aplicación bien interesante: hemos visto cómo ayudaba a comprender el nacimiento de la Teología. Veamos cómo ayudaba a comprender que la Iglesia y sus sacramentos habían salido de las manos de Cristo, sin que tuviera que fijar explícitamente las formas, el uso y los modos. Ahí es donde el adverbio equivalentemente aportaba sobre todo su luz.

Cristo fundó una sociedad jerárquica: estableció la Iglesia, o reino de Dios en el tiempo, como una sociedad en la que se ha de entrar cuando se la conoce y en la que se ha de perseverar si se quiere llegar al Reino de Dios en la eternidad. A los primeros guías de esta sociedad se confió una autoridad imperecedera que, sin separarse jamás de su fuente divina, puede y debe, por delegación y subordinación, extenderse sin límites en el espacio y en el tiempo. Si pues Cristo quiso una sociedad así jerarquizada, quiso

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en consecuencia las condiciones en que esta sociedad espiritual debía desarrollarse. Es la autoridad suprema la que introduce a los conversos, ya por sí misma, ya por sus delegados; ella la que les impone las condiciones de admisión que son una verdadera conversión y una instrucción religiosa suficiente, y ella la que tiene el poder sobre los ritos y los elementos de iniciación. Cristo quiso una ceremonia de iniciación porque quiso una sociedad organizada en la que hay que entrar y ser recibido para llegar a la vida eterna. Esta especie de naturalización en lo sobrenatural debe señalarse por un acto oficial: como en toda sociedad, este acto no puede tener valor sino se realiza conforme a una forma de solemnidad determinada o al menos reconocida por la autoridad establecida. La forma de la iniciación es lo que llamamos hoy el rito sacramental del bautismo y de la confirmación. – ¿Qué sucede ahora si el recién convertido e iniciado falta visible o invisiblemente a sus promesas, y se coloca así por su culpa, visible o invisiblemente, fuera del marco y de la vida de la Iglesia? De una sociedad a la que uno ha dado su palabra se puede salir con sus propios riesgos y peligros, – mas para volver a entrar, después de salir, es necesaria la intervención de la autoridad que impondrá verosímilmente condiciones más onerosas que las de la simple iniciación. Pues bien, según la constitución misma de la Iglesia, se puede deducir que la autoridad que había recibido el poder de integrar a los todavía no comulgantes a la comunión, como se ve por la existencia del catecumenado, había recibido también el poder de reintegrar a los excomulgados. Y esta deducción se confirma por la práctica de la Iglesia que se puede seguir remontándonos al tiempo del siglo III de la época apostólica y por los escritos del Nuevo Testamento, que indican claramente la posibilidad para los fieles de obtener, por intervención de la autoridad, la remisión de las culpas posbautismales. Desde luego que los textos examinados que establecen el poder de la Iglesia

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son mudos sobre el uso que puede hacer de ellos; pero nos hallamos ahora en el dominio del gobierno espiritual en el que los jefes están guiados por las circunstancias, por la prudencia y por el Espíritu. En un medio fuertemente cristiano, las condiciones de la reconciliación podrán ser más pesadas; se suavizarán cuando el nivel no permita ya las primeras exigencias. En todos los casos, el ejercicio de este poder de reconciliación lleva consigo un juicio que no puede limitarse al exterior y a lo material de la culpa, sino que debe referirse sobre todo al interior, a la intención, que sólo el pecador conoce, de donde la necesidad de la confesión, que resulta de la naturaleza misma de la reconciliación. Por ahí se ve cómo el Sr. Pouget podía hacer llegar hasta Cristo cada uno de nuestros sacramentos sin ser necesariamente obligatorio encontrar para cada uno de ellos, en los textos del Evangelio, las palabras explícitas de la institución. A él le bastaba que Cristo hubiera fundado una sociedad de salvación eterna, provista de una autoridad a la que había dado poder de introducir y de reintroducir, y con la que él estaría todos los días hasta el fin de los siglos.

Pero entendamos bien esta palabra desarrollo. En la lengua del Sr. Pouget, excluía lo que los modernos llaman generalmente la evolución, una aportación inédita, una novedad real, o una variación, para hablar como Bossuet. Cierto que, antes de Cristo, había habido sobre algunos puntos un desarrollo real, que implicaban un progreso serio, aunque los profetas no hubiesen hecho otra cosa que sacar las consecuencias implicadas en las enseñanzas primitivas de la revelación patriarcal; se puede decir que el Viejo Testamento nos hace asistir a una especie de aurora. Luego, no es más que una irradiación, y ya su palabra no era la de desarrollo, sino la de equivalencia. Además, desarrollo no pertenecía más que a su lenguaje pulido, cuando tomaba la pluma. En general, dejaba escuchar aforismos de este género: “La

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revelación marcha”, “Iba, avanzaba “, “En Israel, siempre ha ido creciendo. Todo se hace con el tiempo; no es igual que una batalla”. Eso en cuanto al Antiguo Testamento. Para el Nuevo:

“Esto estaba ya”, “Es algo así como lo de Newman”, aunque añadiera: “Lo que se llama el desarrollo del dogma, en el fondo, no existe”. Ya vamos a ver en qué sentido.

Y ya que lo hemos comenzado, permítasenos citar aquí algunos

logia del Sr. Pouget tomados al vuelo. Estas palabras vivas iluminarán y completarán:

– Los Evangelios fueron escritos hacia el final de los apóstoles.

Contenían lo que los fieles habían escuchado a los apóstoles. Los sinópticos sólo pusieron las premisas. Juan, que había vivido con los griegos, sacó las conclusiones, Lo principal es la misión de Cristo: Cristo, como Dios, sobrepasa a la Iglesia.

No conociendo los teólogos medievales la historia de antes del 80, creían que Cristo había establecido sedes episcopales. Bueno, estableció un cuerpo de pastores; más tarde hubo colegios en las grandes ciudades. Era el apóstol quien dominaba la Iglesia que había fundado.

Los apóstoles debían entenderse para predicar la doctrina de Cristo. Cuando se examina bien, todo vale, Marcos, Pablo, Juan, los logia de Mateo son antiguos. Si los logia exist