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El fetichismo de la mercancía (y su secreto)

El fetichismo de la mercancía (y su secreto) Karl Marx 1 n traducción de Anselm J

Karl Marx

1 ntraducción de Anselm Jappe

El fetichismo de la mercancía (y su secreto) Karl Marx 1 n traducción de Anselm J

lo qu

es el fetichismo

1 a mercancía y sobre od mos librarnos de él

Anselm JAPPE

de la mercan­

CÍa>> se han hecho más frecuentes en los últimos años, estas no siempre se han visto acompañadas por una profundización en el concepto. Un poco como ocurre ron el término «sociedad del espectáculo», el d� «fe­ tichismo de la mercancía» parece resumir sin mucho (•¡.¡fuerzo las características de un capitalismo posmo­ derno que se supone ha virado esencialmente hacia el ( onsumo, la publicidad y la manipulación de los de­ svos. Según cierto uso popular de la palabra, influido además por su empleo en el psicoanálisis, el fetichis­ rno no sería más que un amor excesivo a las mercan­ das y la adhesión a los valores que estas representan (velocidad, éxito, belleza, etc.).

S 1 BIEN LAS REFERENCIAS al «fetichismo

belleza, etc.). S 1 BIEN LAS REFERENCIAS al «fetichismo Desde luego los intelectuales marxistas no incu-

Desde luego los intelectuales marxistas no incu- 1 ren en semejante error. Pero casi todos ellos compar­ ll'n una concepción del fetichismo de la mercancía que rl'sulta igualmente reductora. Conforme a la opinión

9

predominante, con

una

te como objetivo velar el hecho de que la plusvalía tiene

su

De este modo,

no pagado al obrero.

que tendría esencialmen­

designaría

dicho

término

Marx

«ideología

espontánea»

origen exclusivo en el

trabajo

constituiría una engañifa

o una mistificación y contribuiría a la auto-justificación

de la sociedad capitalista.'

el fetichismo

Efectivamente,

en

en ocasiones

el tér­

el caso sin

trinitaria»

al reunir el material dejado por

El capital.

fuerzas

se

Terre>>! Lo

el mismo feti­

de El

niveles diferentes

Marx

utiliza

mino fetichismo en

duda

que

Marx, situó en la parte final

este sentido. Tal es

sobre

la

«fórmula

del

Libro III de

un fragmento

Engels,

Friedrich

Allí

productivas»

pasean

cierto,

chismo que

capital. Mejor dicho, se trata de dos

Marx habla de

y del

«Monsieur

la «personificación de

las

«mundo

le Capital

encantado»

et Madame

por

la

que este no es

primer

el que

sin embargo, es

es analizado en el

capítulo

de análisis que no se

contradicen entre sí.

El camino

seguido en

El capital va de

la

esencia

a la

apariencia,

de la

crítica

categorial

al

análisis de la

superficie

em­

pírica,

que

paradigmático

lor»

de

las

categorías

puras

asumían

a las

formas

época.

El

desde

de

concretas

caso

el «va­

numero-

dichas categorías

es

el

-categoría

no

en su

recorrido

que lleva

través

empírica-,

a

IO

y

sas etapas

de

mercado -el único nivel inmediatamente perceptible

el obje­

para los

económica burguesa-.

actores económicos, y que constituye

to casi exclusivo de la ciencia

intermedias,

hasta llegar

a

los

precios

De igual modo, las dos

exposiciones

más importantes

del

tema

del

fetichismo} en

Marx corresponden, por

un

lado,

a

1 esencia

y, por el

otro,

a

la

forma

feno­

ménica. Tras

la

larga y

meticulosa

descripción

de las

relaciones que mantienen entre

sí la tela

y el traje, el

el oro -y

que contienen ya

Marx dice, toda

la crítica

introducir,

al

del

seres humanos en cuanto «guardianes»

en una

aparente digresión,

fetichista de

las mercancías. Pero

en germen, como

capitalismo-,

comienzo del segundo capí­

de

las mercancías, que «no pueden ir solas al mercado»,4

el capítulo

café y

el propio

antes

de

tulo,

a los

Marx intercala,

carácter

el

sobre el

erudita arquitectura de

la obra de Marx sugiere que este capítulo se encuentra

el

análisis de la doble naturaleza de la mercancía y de la

preciso lugar

que ocupa en la

en el centro mismo de toda su crítica del capital: si

doble naturaleza del trabajo constituye, por expresarlo

(Springpunkt) de

con los términos de Marx, el «pivote»

su

análisis,s

sin

duda

el

capítulo

sobre el

fetichismo

forma parte de

dicho

núcleo.

El

fetichismo

no

es

un

perteneciente

a

la

simple

esfera

de la

con-

fenómeno

II

ciencia, no

se limita

la

idea

los

sociales

a

actores

que

fase

inicial

esta

de sa­

se preocupa

perciben las categorías básicas y

cómo reaccionan ante ellas. El fetichismo forma

parte,

capitalismo

y es

consecuencia directa e inevitable de la existencia de

del trabajo abstracto

y del di­

Marx es idéntica a su

como la

mercan­

ellos mismos

la

mercancía

doble naturaleza

valor merca.t:J.­

del trabajo y

vínculo

social y

los productos

que la producción de valo­

que una especie de consecuencia

Dicho

fetichismo

se constituye «a espaldas» de los P?rticipantes, de

ma­

y adquiere toda

la apa-

.

y transhistórico.

se hacen de sus propias acciones; en de su análisis, de hecho Marx no ber
se hacen
de
sus propias
acciones; en
de
su análisis,
de
hecho Marx
no
ber cómo los sujetos
pues, de
la realidad
fundamental del
la
la mercancía y del valor,
de
nero. La teoría del fetichismo
teoría del valor, porque el
valor,
así
cía, el
trabajo
abstracto y el dinero,
son
categorías fetichistas.
El
fetichismo de
existe dondequiera
que exista una
de
la mercancía
y dondequiera que
el
til,
que
es
creado por
la
faceta abstracta
representada
por
el dinero, forme
el
decida,
por consiguiente,
el destino
de
y de los hombres, mientras
res de uso no es más
secundaria, casi un
mal
necesario.6
nera
inconsciente
y colectiva,
rienda de un hecho natural

En esta fase de la demostración -es decir, en el

análisis de la forma del valor- no se trata todavía ni

12

del capital

ni del

salario, de

la fuerza de

trabajo

o de

la propiedad de los medios de producción. Aunque se

suponga

den lógico de

implícitamente su

la exposición

existencia

(porque

no coincide con el

el or­

orden

histórico

y

la

mercancía, por

más que sea

la «célula

germinal»

del capital,

no existe

de forma

más que en

un régimen

capitalista),

Marx

completa

los dedu­

te, en

el

plano lógico, de

las categorías

anónimas de

mercancía,

trabajo

abstracto, valor y dinero.

En su ni­

vt•l

más profundo,

el

1111a clase sobre otra,

capitalismo no es

el dominio

de

sino

el hecho de que la sociedad

¡•ntera está

dominada

por abstracciones reales

y

anó­

llimas. Desde luego hay grupos sociales

que gestionan

,·se

proceso y obtienen beneficios de él, pero llamarles

•<cl::tses dominantes» significaría tomar las apariencias

por realidades. Marx no dice otra cosa cuando llama al

v;dor

el

«sujeto

automático»7

del capitalismo.

Son la

v,dorización del valor, en cuanto trabajo muerto,

vh; de la

absorción del

trabajo

vivo,

rorma de capital las que gobiernan

t.dista, reduciendo a los actores

sociales

a tra­

y su acumulación

la sociedad capi­

a simples en­

r•,ranajes

de

ese

mecanismo.

Según Marx, los

propios

1

apitalistas

no

son más que

«suboficiales del capital».

1.:1

propiedad privada

de los medios de producción y la

¡•xplotación de los asalariados, el dominio de un grupo

13

el

cuestión

limitarse

de

lugar

en

poner

En

a

de pro­

relaciones

las «verdaderas»

ocultamiento de

la mercancía

de fetichismo de

el concepto

ducción,

crean efectiva­

relaciones sociales

las

analiza

que se

fetichismo

j1

capitalista.

sociedad

es

no

mente en la

del

que acompañe a la realidad

una «representación»

trabajo abstracto. Para comprender que se trata de una

«inversión real», en primer lugar hay que darse cuen­

abstracción

abstracto no es

el trabajo

una

de

ta

que

que nazca (aunque fuera

nominal, ni una convención

inconscientemente) en el intercambio: es la reducción

de ener­

toda actividad

de

efectiva

el sentido de

que

Esta reducción

gía.

los

manera,

actividades

las

sociales

individuos que

Si

abstracción.

cuanto quedan

en

conocido algunos

ha

fetichismo

del

la consideración

traba­

del

temática

la

últimos años,

en estos

avances

modo

tinieblas» del

de las

jo abstracto -el «corazón

la ontoo­

y la crítica de

capitalista-

producción

de

siendo, por el contrano,

del trabajo

siguen

gización

social sobre otro y la lucha de clases, aunque son sin

duda reales, no son sino las formas concretas, los fe­

nómenos visibles en la superficie, de ese proceso más

profundo que es la reducción de la vida social a la crea­

ción de valor mercantil.

Allí donde los individuos no se encuentran más

que como productores separados que deben reducir

sus productos a una medida común -que los priva de

toda cualidad intrínseca- para poder intercambiarlos

y para poder formar una sociedad, el valor, el trabajo

humano abstracto y el trabajo «universalmente huma­

no» (es decir, no específico, no social, el puro gasto

de energía sin consideración a los contenidos y a las

consecuencias) se imponen al valor de uso, el trabajo

concreto y el trabajo privado. Aunque sigan ejecutan­

do trabajos concretos y privados, los hombres deben

constatar que la otra «naturaleza» de esos mismos tra­

bajos, su faceta abstracta, es la única que cuenta desde

el momento en que quieren intercambiarlos por otra

cosa distinta. Así, por poner un ejemplo, el campesino

que ha trabajado durante toda la jornada para cosechar

su trigo, como siempre ha hecho, podría constatar en

el mercado que su jornada de trabajo concreto y priva­

do de repente no «vale» más que dos horas de trabajo

porque la importación de trigo proveniente de países

I 4

en el que ese tipo de trabajo resulta más «productivo»

ha establecido un nuevo estándar. De este modo, la

faceta «abstracta» se convierte en algo terriblemente

real que lleva a nuestro campesino a la ruina.

a un simple gasto es «efectiva» en particulares -y de igual las realizan- solo se
a un simple
gasto
es «efectiva»
en
particulares -y de
igual
las
realizan- solo se vuelven
reducidas
a dicha

IS

un continente por descubrir. Cuando la categoría del fetichismo se entiende solo como mistificación de las «relaciones reales» de explotación, es posible incluso que, de forma grotesca, se exprese una (pseudo)crítica del fetichismo en nombre del «trabajo» que el fetichis­ mo «ocultaría>>. En realidad, no es posible superación alguna del fetichismo sin abolir prácticamente el tra­ bajo como principio de síntesis social.

¿PoR QUÉ es real el fetichismo? La sociedad en la que los productos del trabajo asumen la forma mercantil es «una formación social en que el proceso de pro­ ducción domina a los hombres y el hombre aún no domina al proceso de producción».8 Como acabamos de decir, el subepígrafe sobre el fetichismo no es un simple añadido. En él, Marx extrae las conclusiones de su análisis precedente sobre la forma del valor. Las categorías básicas ya están descritas ahí como fetiches, por más que no aparezca el término «feti­ chismo». Hay que tenerlo siempre en mente: Marx no «define» tales categorías como presupuestos neu­ tros, como hacían los economistas clásicos del estilo de David Ricardo y como harían los marxistas pos­ teriores.9 En realidad, denuncia desde el comienzo

r6

¡\, 1 .ttlálisis su carácter negativo y destructor. Pero no 1n,111iendo un juicio «moral» a un desarrollo cientí­ lt•o. sino haciendo que la negatividad emerja en el 111oilisis mismo. Marx pone de relieve una inversión tiiiiHiante entre lo que debería ser el elemento prima­ ti! 1 y lo que debería ser el elemento derivado, entre lo d t•llr; tcto y lo concreto. La primera particularidad de 11 lorma de equivalente, en apariencia tan inocente 1 Vl'lllle varas de tela =un traje»): el valor de uso se 11111vic1te en la «forma fenoménica» de su contrario, 1 1 v.dor. El mismo discurso vale a continuación para 11.1bajo: «una segunda particularidad de la forma . ¡ ,. 1·quivalente estriba en que el trabajo concreto se '""vierte en forma fenoménica de su opuesto, traba­ l•• ltumano abstracto».10 Y finalmente, «una tercera p.lllit ularidad de la forma de equivalente consiste en t j lll' !'1 trabajo privado devenga la forma de su opues­ l•t, 11 :1bajo en forma social directa».11 A lo que hay que olll.l!lir que la forma general del valor «revela de esta 11,., te que, dentro de este mundo [de las mercancías], ··l1 ,11t1cter generalmente humano del trabajo consti­

t11y1· su carácte específicamente social».12 Estas

t11wn;iones» son inversiones entre lo concreto Y lo

ser el elemento primario, lo

,ti Hll racto. El que debería

tres

, 11111 1 cto, se convierte en un derivado de lo que debe- 1¡,1 el derivado de lo concreto: lo abstracto. En tér-

I7

minos filosóficos, se

podría

hablar

de

una inversión

entre la sustancia y

el accidente.

Si el fetichismo consiste

esa inversión

real

en

tan diferente de la aliena:

entonces resulta que

no es

ción

de la

que Marx hablaba

primeros textos.

en sus

hay

No

epistemológico» entre

�n

«corte

joven

un

Marx,

filosofo humanista,

Marx

maduro

al que

y un

se su�on e convertido a

la ciencia, ni entre el concepto

de fetichismo y la crítica de la religión del joven Marx.

_

el origen

Ya

del término

«fetichismo»,

así como su

presencia

las primeras

publicaciones

en

de Marx 'l

un «V­

dan testimonio de dicha continuidad. Atribuir

lor»

a la ercancía, es decir, tratarla según el trabajo

ha Sido

que

necesario para su producción -pero un

tra bajo

ya pasado, que ya

ahí- y,

no está

lo que

es

,

mas, tratarla no en consideración

al trabajo que se ha

gastado

eal e ndividualmente,

sino

cuanto parte

en

del traba¡o

social global

(el

trabajo socialmente nece­

sario

producción):

para

he aquí

su

«proyección»

una

que no lo es

menor medida que la que tiene lugar

en

la religión.

El producto

en

solo

se convierte

en mer­

cancía porque en él se representa

una relción social

es tan «fantasmagórica» (en eÍ

Y dicha relación social

sentido

de que

forma parte de la naturaleza de

no

las

cosas)

hecho religioso.

como un

Naturalmente, la mercancía no ocupa exactamen­

lt t•l tnismo lugar en la vida social que Dios. Pero Marx

llf\ll'I"C que el fetichismo de la mercancía es la conti-

1111,1< ión de otras formas de fetichismo social como el

11'11< hismo religioso. Lo cierto es que ni el «desencan­

l.llllicnto del mundo» ni la «secularización» tuvieron

lllf1.11": la metafisica no desapareció con la Ilustración,

ll111 que bajó del cielo y se mezcló con la realidad te-

11 t•Hl re. Es lo que quiere decir Marx cuando llama a la

llll'r'cancía un «objeto sensiblemente suprasensible».

1.1 dt•scripción de la alienación que Marx ofrece en los

hl11nuscritos de 1844 no se presenta, pues, como una

.tproximación fundamentalmente diferente de la con-

1 ••pt11alización del fetichismo, sino como un primer

111 t•rcamiento, como una aproximación todavía insu­

lu lt•nle, que ya decía implícitamente, sin embargo, lo

••t�•·llcial: la desposesión del hombre por el trabajo que

Ht• ha convertido en el principio de síntesis social.

111 CONCEPTO de fetichismo de la mercancía se mantuvo

l11 r;1 nte mucho tiempo en el mismo estado que la Be­

ll.t l)urmiente, y solo mereció una atención renovada a

11.11 ti r de los años sesenta. A continuación se convirtió

t'll la pieza central de la «crítica del valor», tal como

se desarrolló a partir de 1987 en las revistas alemanas

Krisis y Exit! y en los trabajos de su autor principal, Ro­

bert Kurz, y de una manera en parte diferente en los de

Moishe Postone en los Estados Unidos.'4 Conforme a

este enfoque, la mayor parte de los antagonismos den­

tro del capitalismo no afectan a la existencia misma

de las categorías fetichistas básicas. Ya en el siglo xrx,

el movimiento obrero se habría limitado, tras algunas

resistencias iniciales, a demandar un reparto distinto

del valor y del dinero entre aquellos que contribuyen a

la creación de valor a través del trabajo abstracto. Casi

ninguno de los movimientos que ponían en cuestión

al capitalismo -«la izquierda»- consideraba ya el

valor y el dinero, la mercancía y el trabajo abstracto,

como datos negativos y destructores, típicos solo del

capitalismo, que en consecuencia debían ser abolidos

en una sociedad postcapitalista. Sencillamente desea­

ban redistribuirlos según criterios de una mayor justicia

social. En los países del socialismo real se pretendía,

por añadidura, que era posible «planificar» de una ma­

nera consciente dichas categorías, aunque por su pro­

pia esencia sean fetichistas e inconscientes. Una vez

que la «lucha de clases» se convirtió en la práctica -si

dejamos a un lado cierta retórica- en un combate por

la integración de los obreros en la sociedad mercantil,

Y más adelante por la integración o el «reconocimien-

20

'''

.¡,.otros grupos sociales, empezó a combatirse

solo

1'11.1 .1j

ustar

determinados detalles.

Por

otro lado, este

llpot

de luchas

a menudo ha

los

de ello, a que el capital alcan­

contribuido, sin

que

ltlfllt'S

se dieran cuenta

,¡.,, .

su

siguiente

fase

en contra

de

la voluntad de

la

¡

o.11lt'

más corta

de luces de

los

propietarios

del

capi­

¡,¡1

Así,

el consumo

de masas en la

época

fordista y

1

1 1\stJdo

social,

lejos

de ser

solo «Conquistas»

de los

IIHiiratos,

permitieron

al capitalismo una

expansión

1 \ll'llla

e interna que contribuyó a compensar la caída

111111inua de la masa de beneficios.

pll

.

Hn efecto,

la contradicción fundamental

del

ca­

i li smo no es el conflicto entre el capital y el trabajo

11.11,1riado: desde el punto de vista del funcionamiento

.¡,.¡

< apital,

el

conflicto entre capitalistas y asalariados

1·�

1111

conflicto

entre los

portadores

vivos

del

capital

lqn

y

los portadores vivos del capital variable;

en con­

'•I'<IICncia, un

conflicto

inmanente al sistema mismo.

1 .1 rontradicción fundamental reside

 

más

bien

en

el

lwt l1o

de

que la

acumulación

de capital socava

ine-.

v11.1blemente

sus propias bases: solo

el trabajo

vivo

1

1<',1 valor.

Las máquinas

no añaden

nuevo valor.

La

oounpetencia,

sin embargo,

empuja

a

cada propieta­

llo

de

capital

a

utilizar

la

mayor cantidad

de tecno­

iflt\fa

posible

para

producir (y, en

consecuencia, para

2I

vender) cada

de

capitalista contribuye,

poder impedirlo,

en consecuencia,

vez más

barato.

Al

mismo tiempo que

beneficio, cada

y sin

de valor

momento

incrementa

su propio

sin quererlo,

la

masa

por

sin saberlo

global

a disminuir

de

consiguiente,

de beneficio. Durante mucho tiempo, la expansión in­

la dismi­

Pero

nución

con la

tir de

y,

plusvalía, y

terna Y externa

del

valor

del capital

de

cada

pudo compensar

mercancía particular.

-es decir, a

disminución

del valor

revolución microelectrónica

los años

setenta- la

par­

ha

continuado

a tal

ritmo

que nada

ha

podido

frenarla.

La acumulación de

capital

sobrevive

desde

entonces

esencialmente bajo la

crédito

Y especulación, es decir, capital ficticio (en consecuen­

forma

de la simulación:

cia, dinero que

no es

el resultado de una valorización

lograda a través

de la

utilización de la fuerza de traba­

jo).

Hoy está de moda atribuir toda la culpa de la crisis

Y

de

sus consecuencias a

la especulación financiera,

pero

sin

ella la

crisis habría

llegado mucho

antes.

La

sociedad mercantil trabaja en su propio derrumbe.

Lo

que

la condena

no

es

el

simple hecho

de ser

mala,

pues

las

sociedades precedentes también

lo eran.

Es

su propia dinámica la que la pone contra las cuerdas.

22

en día se

pretende

rehúsa obsti­

nadamente hacerse cargo de esta nueva situación. Las

«luchas

que las sustituyeron a

de

las

los trabajadores precarios,

poblaciones colonizadas,

del siglo xx (las luchas

y aquellas

U NA

GRAN parte

del

pensamiento

que hoy

anticapitalista

de clases»

en

o emancipador

sentido tradicionaL

lo largo

de

todo tipo:

las

los «subalternos»

mujeres,

!'te.), son

más bien

conflictos «inmanentes», que no

van

más allá

de la

lógica

del valor.

En el

momento

t•n

el que

el

desarrollo

del capitalismo parece

haber

alcanzado

sus

límites históricos,

esas

luchas

corren

a menudo el riesgo

de limitarse a la defensa

del statu

t¡uo

y a

la

búsqueda

mejores condiciones de

uno mismo en medio de la crisis.

defender

en absoluto con­

fetichista en

de «rentabili­

so­

de unas

supervivencia para

l�sto

nuestro

duce por

la

dad»,

resulta perfectamente legítimo, pero

salario

o

nuestra jubilación

sí mismo

a superar

una

lógica

está sometido

al principio

el dinero

constituye

que todo

en

la que

la mediación

< ial

universal y en la que la producción

misma de las

<osas

más importantes

puede

ser abandonada

si

no

se

traduce en

una

cantidad

suficiente

de «valor»

(y,

t'll consecuencia,

de beneficio).

Ahora

resulta menos

st•nsato que nunca exigir «medidas para el empleo» o

d<•fender

de

a

los

«trabajadores» por la

simple razón

1111

,

,

.1

11

111111:1S en «

t

1

pron-

,

bl

"

,

,1 "'-• vdlUl» . �s prec1so, por el contrario, defen­

der el derecho de cada uno a vivir y a participar de los

beneficios de la sociedad, incluso si él o ella no han

logrado vender su fuerza de trabajo.

DE LO que habría que emanciparse es de las categorías

fetichistas del dinero y de la mercancía, del trabajo y

del valor, del capital y del Estado en cuanto tales. No

podemos activar uno de esos factores contra el otro,

considerándolo el polo positivo: ni el Estado contra el

capital, ni el trabajo abstracto en su fase muerta (capi­

tal) contra el mismo trabajo en su fase viva (fuerza de

trabajo y, por consiguiente, salario). Parece dificil, en

consecuencia, atribuir la tarea de superar el sistema

fetichista a grupos sociales que se constituyeron me­

diante el desarrollo de la propia mercancía y que se

definen por su papel en la producción de valor.

En los años sesenta y setenta, los movimientos

de protesta a menudo se dirigían contra el éxito del

capitalismo, contra la «abundancia mercantil», y se

expresaban en nombre de una concepción distinta de

la vida. Por el contrario, las luchas sociales y económi­

cas de hoy se caracterizan a menudo por el deseo de

que el capitalismo respete al menos sus propias pro-

24

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En lugar de un

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,

1·ueg o se conVl erte en

dispo ner de una vtswn global, :�

1 pació n. Sabe r lo que

.dgo funda mental y

.dgo vital. Por eso, una

teoría social centr ada en la e

-

1

h

·

pe

remos que un d'

·

d

.

tica de las categ orías básica s

no es un lujo teórico que esté

de la socie dad merca ntil

preoc u-

ale¡'ad o de las

pacw nes reales y prácti cas de los seres huma

uc

a, smo

para cualq uier

.

·

nos en

que consti tuye una cond ición neces aria

proye cto de ema ncipac ión. De ah'

muy en partic ular, el

.

Es

la obra de Marx _

pitulo de El

comp rende r lo

,

y

d

1 que

prim er ca-

ble para

-

Ie sola mente para disfru tar

capta l- siga sien do indisp ensa

.

que nos ocurre coti diana mente

.
.

Ia se estu

e su bnllan tez intele ctual.

.

26

Notas

Incluso entre los autores pertenecientes al marxismo críti­

co, el concepto de fetichismo se empleaba en raras ocasio­ nes antes de la década de los setenta. En las mil páginas de la Marx's Theory of Alienatior� del lukacsiano lstván Més­ záros, publicada en 1970, aunque todavía hoy se considera

un clásico sobre el tema, la palabra «fetichismo» práctica­ mente no aparece. El subepígrafe sobre «El carácter feti­ chista de la mercancía y su secreto», que cierra el primer capítulo de El capital, se consideraba entonces a menudo como una digresión tan incomprensible como inútil, una recaída en el hegelianismo, un capricho metafísico. Con­ viene tener presente que, en 1969, Louis Althusser quería prohibir a los lectores de El capital que comenzaran por el primer capítulo, al que juzgaba demasiado dificil. Los lec­ tores debían percibir el conflicto visible entre el trabajo vivo y el trabajo muerto como el punto de partida y el «pivote» de la crítica marxiana y considerar el análisis de la forma del valor únicamente como una precisión suplementaria, en la que habría que profundizar en un segundo momen­

to. El gran Dictio1111aire critique du marxisme, publicado en

Francia en 1982, no consagra al fetichismo más que un es­ pacio muy exiguo. Incluso los marxistas más críticos y más dialécticos de este periodo seguían presos de una ontología del trabajo y, en consecuencia, no les resultaba posible aco­ tar de forma más clara las categorías del fetichismo y de la alienación. Fue necesario esperar hasta la crisis real y visible de la sociedad del trabajo, una crisis que se instaló indefinidamente a partir de los años setenta, para llegar a la

de la sociedad del trabajo, una crisis que se instaló indefinidamente a partir de los años

Marx

Grundrisse,

En los

p. zo8.

cit.,

ed.

El capital,

Marx

(Karl Marx,

afirrr:a: <<El valor entra en escena

como sujeto>>.

economfa polí­

!a

de

la crítica

Elementosfondamentales para

_

SJlo Vemt!U

_

?�·

(1), Méxco

tica (Grundrisse) 1857-1858

251· Traducción de jose Anco, Miguel Murrm

Editores, p.

y Pedro Scaron).

edi·

de la presente

Marx, El capital, ed. cit., p. II4 [p. so

de <<socialistas ricar­

menudo y con razón, se les califica

A

del <<valor­

dianos>>, pues aceptan la concepción ricardiana

trabajo>> y de una eterna <<ley del valor», ue . sncillamente

trataría de <<aplicar>> conforme a los pnnop!OS de la JUS-

se

ticia social.

8 5 .

ed. cit., p.

El capital,

ro Marx,

ed. cit., p. 86.

E! capital,

Marx,

u

ed. cit.,

El capital,

9 7·

Marx,

12

Rena·

Provincia

Sexta Asamblea de la

Marx, Actas de la

13 Karl

de Madera,

Tercer artículo. Debates sobre la Ley de Robos

na.

Editorial Gedisa. Barcelna,

en Los debates de la dieta renana,

Luis Vermal y Antomo GarCJa.

.

2007. Traducción de Juan

socil.

Tiempo, trabajo y dominación

14 Véase Moishe

Postone,

Mar x, Mroal

crítica

teoría

de la

Una reinterpretación

TraducclOn de Mana Se­

Pons, Madrid-Barcelona, zoo6.

Aselm

Jappe ;

en I993l·

[Publicado originalmente

rrano

del captal¡smo

cn­

.

y s

La descomposición

muerte.

Crédito a

Pepitas de Calabaza, Logroño, zon. Traducoon de

ticos,

comprensión teórica del trabajo abstracto y, de este modo y en último análisis, del fetichismo de la mercancía.

2

3

4

5

6

Karl Marx, El capital. Crítica de la economía política, Libro

I!T, Tomo III, Akal Ediciones, Madrid, 2000, p. 265 y ss. Traducción de Vicente Romano García.

A las cuales hay que añadir otras ocurrencias de la palabra fetichismo en casi todas las obras de crítica de la economía política de Marx, sin contar los pasajes en los que habla de él sin que el término aparezca explicitamente. Hemos de admitir que todas las consideraciones de Marx en torno al fetichismo son fragmentarias y difíciles de comprender, tanto porque recurre a metáforas como por la dificultad efectiva de describir un fenómeno que nadie antes que Marx se había aventurado a explorar.

Karl Marx, El capital, ed. cit., p. n9 [p. 55 de la presente edición]. Se podría decir que toda la problemática del feti­ chismo se encuentra en esta frase irónica sobre los hom­ bres, que no entran en escena más que para servir a las mercancías, los auténticos actores del proceso.

a las mercancías, los auténticos actores del proceso. Marx, El Capital, ed. cit., p. 6} «Esta

Marx, El Capital, ed. cit., p. 6} «Esta naturaleza doble del trabajo contenido en la mercancía la he demostrado yo por primera vez de un modo crítico. Como este es el punto en torno al cual gira la comprensión de la economía política, debemos examinarlo más de cerca>>.

Es mejor hablar de la <<faceta abstracta del trabajO>>; resulta más claro que <<trabajo abstracto>>. En efecto, en un régimen capitalista todo trabajo posee una faceta abstracta y una face­ ta concreta. No se trata de dos géneros distintos de trabajo.

7

8

9

ción].

posee una faceta abstracta y una face­ ta concreta. No se trata de dos géneros distintos

seguido de

Diego Luis Sanromán. Anselm )appe, Robert Kurz y Claus

Peter Ortlieb, El

absurdo mercado de los hombres sin cualida­

des.

Ensayos sobre

el fetichismo

de

la mercancía, Pepitas de

Calabaza,

Luis Andrés

nifiesto contra

Logroño,

201

4

(segunda

edición]. Traducción de

Grupo Krisis,

Ma­

Editorial, Barcelona, 2002.

Fernández [publicado original­

Bredlow y Ernrna

de

el trabajo,

Virus

Marta María

lzaola.

Traducción

mente en I999l·

Virus Marta María lzaola. Traducción mente en I999l· de fetiche de El carácter la mercancía y

de fetiche

de

El carácter la mercancía

y su secreto

El proceso

de intercambio

Karl

MARX

Título original: Das Kapítal, I, Erstes Kapi­ tel, 4: <<Der Fetischcharakter der Ware und sein Geheimnis»; Zweites Kapitel: <<Der Austauschprozess».

1 n carácter de fetiche de la. mercancía y su secreto

(l:'l capital, 1, capítulo 1.4}'

\)NA MERCANCÍA PARECE SER, a primera vista, una

1 osa evidente y trivial. De su análisis resulta que es

1111a cosa de lo más endiablada, llena de sutileza meta­

ft�ica y de entresijos teológicos. En tanto que es valor

dl· uso, no tiene nada de misterioso, lo mismo que se

111irc desde el punto de vista de que, en virtud de sus

propiedades, satisface unas necesidades humanas o

qttc adquiere esas propiedades solo como producto

d\'1 Lrabajo humano. Es palmario que el hombre, me­

di:tnle su actividad, altera las formas de las materias

ll:tlurales de un modo que le resulta útil. La forma

dt· la madera, por ejemplo, queda alterada cuando se

l1.1n' de ella una mesa. Y, sin embargo, la mesa sigue

Hlt'lldo madera, una cosa sensible ordinaria. Pero des·

d,· 1'1 momento en que se presenta como mercancía,

1111' 1 rasmuta en una cosa sensible y, a la vez, suprasen-

33

sible. No sino que mercancías, y en su cabeza de madera desarrolla unos caprichos mucho

sible. No

sino que

mercancías, y en su cabeza de madera desarrolla unos

caprichos mucho más

a bailar por libre voluntad.2

extravagantes que si se pusiera

las demá

solo

está colocada con

las

patas

en

el suelo

se coloca de cabeza frente a todas

El carácter místico de la mercancía no brota, por

con­

en pri­

mer lugar, por muy diversos que sean los trabajos úti­ les o actividades productivas, es una verdad fisiológica que todos ellos son funciones del organismo humano

sean

su

Y que cualquiera de esas

tenido de las determinaciones

tanto,

de su

valor

de uso. Ni

tampoco

brota del

del valor. Pues,

funciones,

sean

cuales

un gasto

de cerebro, nervio, músculos, órganos de los sentidos,

contenido y

su forma,

es esencialmente

etc.,

de

los hombres. Y

en segundo lugar,

en cuanto

a lo

que subyace

a

la

determinación de

la magnitud

de valor, esto es, la duración de aquel gasto o la canti­

dad

los sentidos entre la cantidad de trabajo y su cualidad.

En cualesquiera circunstancias tuvo que interesarle al hombre el tiempo de trabajo que cuesta la producción

diver­

hombres

sos

del sustento, aunque no en igual medida en los

por medio de

de

trabajo,

cabe distinguir incluso

niveles

evolutivos.l

Y, en

fin, apenas

los

trabajan unos

trabajo adquiere también una forma s�cial.

para

otros, de la

manera

que sea, su

34

¿De dónde brota, pues, el carácter misterioso del producto de trabajo desde el momento en que adquie­

for­

re la

ma misma. La igualdad de los trabajos humanos toma

forma

de mercancía?

Evidentemente,

de esa

forma

de cosa como

objetividad

de valor igual

de los

productos

del trabajo;

la medida

del

gasto de

fuerza

de

trabajo humana en

función

de

su duración toma

la forma de la magnitud de valor de los productos del

trabajo; y,

las relaciones entre los productores,

en fin,

dentro de las

cuales se ejercen aquellas determinacio­

nes sociales

de sus

trabajos,

toman

la forma de

una

relación social entre los productos del trabajo.

Lo misterioso de la forma de mercancía consiste,

pues, sencillamente en que les presenta a los hombres,

como reflejados en

de su

productos mismos

des

de ahí

el trabajo total

sociales

de los

del trabajo, o como unas propieda­

esas cosas;

productores con

relación so­

un espejo,

los

caracteres

objetivos

propio trabajo

como caracteres

sociales inherentes a

la naturaleza de

como una

que también la relación de los

se

les

presente

cial entre

objetos que existe

fuera

de

los

productores.

Mediante

ese

quid pro

quo los

productos

del

trabajo

se convierten en mercancías,

vez

en cosas

sensibles y a la

la impre­

suprasensibles, o

en

cosas sociales.

Así

sión luminosa

de una

cosa

en

el

nervio

óptico no

se

35

presenta como un estímulo subjetivo del nervio óptico

cosa fuera

se pro­

otra

mismo,

del

yecta luz desde una cosa,

cosa, que es el ojo.

Se trata de una relación física entre

sino como

forma objetiva de

de la

una

ojo. Pero en

el caso

visión realmente

el objeto

exterior, sobre

cosas físicas.

En

cambio,

la forma

de mercancía

y la

relación

de

valor entre

los productos

del

trabajo,

en

la

cual aquella se

presenta, no

tienen absolutamente

los mismos

hay

una determinada relación social

ellos

la

una analogía hemos

por tanto, en la nebulosa región del mundo religioso. Ahí los productos de la cabeza humana parecen perso­

se relacionan entre

ellos y con los hombres. Lo mismo sucede en el mun­

do de

la mano

najes dotados de vida propia, que

de una relación entre cosa9.

refugiarnos,

nada

ni

con

que ver

las

con

la naturaleza

física

de

relaciones resultantes entre

más que

hombres mismos,

fantasmagórica

cosas. No

aquí nada

entre los

forma

que adquiere para

de

Para encontrar

las mercancías con

eso

yo lo

llamo

los

productos

el fetichismo

de

humana. A

a los productos del trabajo,

son producidos como mercancías, y que

inseparable de la producción de mercancías.

que adhiere

en que

por tanto,

desde

el momento

es,

Como

que prece­

carácter de fetiche del mundo de la mercancía

ha

demostrado

ya

el

análisis

de, ese

mundo de la mercancía ha demostrado ya el análisis de, ese brota duce mercancías. del peculiar

brota

duce mercancías.

del peculiar

carácter social

del

trabajo

que pro­

Los

objetos de uso solo se convierten en mercan­

cías porque son

se ejercen

de esos trabajos privados constituye el trabajo total de

la

contacto social mediante el intercambio de los produc­ tos de su trabajo, resulta que también los caracteres es­