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HISTORIA SOCIAL DE LA LOCURA

( ' HISTORIA SOCIAL DE LA LOCURA SERIE GENERAL cLOS HOMBRES" Director: GONZALO PONTON

SERIE GENERAL

cLOS HOMBRES"

Director: GONZALO PONTON

HISTORIA SOCIAL DE LA LOCURA

Traducción castellana de

JORDI BELTRAN

EDITORIAL CR[TICA

Grupo editorial Grljalbo BARCELONA

íNDICE

Agradecimientos

9

l.

Introducción

11

2. Hablan la locura y la psiquiatría: un diálogo histórico.

20

3. Locura y poder

61

4. Locura y genio

5.

88

Locura religiosa

118

6.

Mujeres locas .

146

7.

De tontos a extraños

176

8.

Daniel Schreber: la locura, el sexo y la familia .

203

9.

John Perceval: la locura confinada .

230

10.

El sueño norteamericano

259

11.

El dios terapéutico

288

12.

Conclusión

316

Sugerencias de lectura

320

índice alfabético

338

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se permite la reproducción total o parcial de este libro, ni su incorporación 1n sistema informático, ni su transmisión en cualquier forma o por cualquier dio, sea éste electrónico, mecánico, por fotocopia, por grabación u otros todos, sin el permiso previo y por escrito de los titulares del copyright.

ulo original:

SOCIAL HISTORY OF MADNESS. STORIES OF THE INSANE

idenfeld and Nicolson, Londres

Jierta: Enrie Satué 1987: Roy Porter 1989 de la traducción castellana para España y América:

Editorial Crítica, S. A., Aragó, 385, 08013 Barcelona IN: 84-7423-423·9

xSsito legal:

preso en España 9.-NOVAGRAFIK, Puigcerda, 127, 08019 Barcelona

B.

.35.792-1989

27240

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A mis padres

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AGRADECIMIENTOS

A lo largo de los años me he beneficiado muchísimo de conver· saciones -que a menudo eran discusiones- sobre el tema del pre- sente libro con muchas personas, demasiadas para dar aquí sus nombres. Del mismo modo, me han estimulado muchos libros, más de los que puedo citar ett la breve sección de sugerencias de lec- tura que hay al final del libro. Algunos amigos y colegas han te1tido la amabilidad de leer los borradores de la presente obra y comentar- los co1tmigo. Estoy especialmente agradecido a William F. Bynum, Tony Delamotbe, John Forrester, Godelíeve va1t Haeteren, Margaret Kinnell, Sue Lintb, Cbarlotte Mackenzie, Michael Neve, Chrístine Stevenson, Sylvana Tomaselli, Jeme Walsh, Dorotby Watkins y Andrew Wear. Deseo hacer hincapié en que estas personas no sott responsables de las opiniones e interpretaciones que se expresan en el libro. El Wellcome Institute ha resultado u1t marco maravilloso para escribir. También quisiera dar las gracias a todas las personas que be tratado en W eidenfeld a1td Nicolson. Han sido unos editores ejemplares; en particular, Juliet Garditzer, la mejor de todas.

The Welcome Institute for the History of Medicine

RoY PoRTER

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INTRODUCCION

¿Qué significa estar loco? El. presente libro explora la vida de un par de docenas de «locos» tal como ellos mismos dejaron cons- tancia de ella. No es una historia médica de la locura vista como enfermedad. Mucho menos se trata de una historia de la psiquiatría. Sobre todo, no es un ejercicio de psicohistoria, ni un invento de hacer que las civilizaciones del pasado se tiendan en el diván para analizar sus

psiques colectivas. Mis intenciones son mucho más modestas. ·Explo-

raré los pensamientos y sentimientos de varias personas locas de siglos anteriores al nuestro, utilizando principalmente para ello sus propios escritos autobiográficos:

Huelga decir que nada nuevo hay en concentrar la atención en -.;;:

la vida de los neuróticos y los locos. Bastantes psiquiatras y otros estudiosos han emprendido extensos diagnósticos retrospectivos de los muertos, analizando la «locura» de personajes reales como Jor- ge III, Daniel Schreber y Virginia Woolf, y también de otros ficti- · dos como, por ejemplo, Hamlet, el rey Lear y el propio Edipo. Por regla general, mi propósito ha sido sondear las profundidades ocultas de su enfermedad mental; otras veces, absolverlos por completo de la acusación de estar locos. Pero mis objetivos en el presente libro son bastante diferentes. No son psiquiátricos ni psicoanalíticos. No pretendo descifrar lo que dijeron, escribieron o hicieron los locos a la luz de alguna teoría psiquiátrica; revelar qué enfermedad .o síndrome padecían en reali- dad; ni siquiera descubrir el significado «verdadero» (esto es, incons- ciente) de sus actos. Si se lleva a cabo con sensibilidad, ésta puede ser una empresa fructífera e iluminadora. Sin embargo, como simple

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12 HISTORIA

SOCIAL

DE

LA

LOCURA

INTRODUCCIÓN

13

historiador, no me siento capacitado para efectuarla. Y tampoco es lo que más me interesa. En vez de ello, lo que deseo examinar no es el inconsciente de los looos, sino su consciente. En lugar de leer principalmente entre líneas, buscando significados escondidos, reconstruyendo infancias perdidas, poniendo al descubierto deseos no e:x"Presados~lo que deseo es explorar lo que los locos pretendían decir, lo que había en su pen- samiento. Sus testimonios nos hablan de esperanzas y temores de las injusticias que sufrieron y, sobre todo, de lo que represent~ estar loco o pasar por estar loco. Deseo sencillamente, literalmente, ver lo que tenían que decir. Es curioso constatar que esto se ha hecho muy pocas veces, que nos ha interesado más explicar lo que dijeron. > Así pues, mis lecturas de los escritos de los locos no se basarán en teorías del desarrollo psíquico, no demostrarán cómo hechos uni- versales de la vida psíquica -tales como el complejo de Edipo- encuentran expresión en ellos. Lo que me interesa es más bien el <>. modo en que los locos intentaron explicar su propio comportamien- t~,a e?os mi?mos y a otras personas, empleando el lenguaje de que d1spoman. Mts puntos de referencia, por consiouiente son el len-

ranzas y los temores de sus contemporáneos. Usan el lenguaje de su

época, aunque con frecuencia lo usan de forma muy poco.

Al leer los escritos de los locos, mejora nuestra percepcron mtl.!l1a de la gran variedad que presentaba lo que podía pensarse y sentirse en los márgenes. Podríamos compararlos con la forma en que los historiadores de la cultura popular nos han pedido que escucháramos cori -talante comprensivo el lenguaje popular de las inscripciones mu-

rales, los acertijos, el saber y el lenguaje de los niños que v~ ~,la

escuela o las cosmoloo-ías de los herejes acusados ante la Inqu1s1cton.

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La posteridad ha tratado con enorme con escen enct.a os escr1tos

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de los locos; O bien no les ha prestado la menor atencrón, o los ha vistoc como simples casos de locura. Pero sería una necedad correr :

hacia el otro extremo e intentar convertir a los locos, en bloque, en . héroes populares, en radicales y rebeldes. Seria un error, una terrible muestra de sentimentalismo, sacar la conclusión precipitada de que la voz de los locos es la voz auténtica de los excluidos, de que, de algún modo, la locura dirige el coro de la protesta cont:~ la con- ciencia dominante de la élite; que canta, de hecho, la canc10n de los reprimidos. Puede que a veces lo haga, como, por ejemplo, en el caso de John Ciare, el poeta campesino, que ciertamente v~ía e~ mun- do desde abajo. Y algunos locos tales como Artaud han Identt_úcado la locura con la insurrección. Pero ocurre con bastante frecuencia que los locos no tienen nada contra su sociedad como tal, aunque, una vez se han vuelto locos, suelan expresar las protestas más feroces contra el trato que reciben. Ocurre más bien que lo que dicen los locos es iluminador porque presenta un mundo a través del espejo o porque, a decir verdad, acerca el espejo a la lógica (y a la psicológica) de la sociedad o;e~da. Se concentra, poniéndolos a prueba, en la naturaleza y los límites de la racionalidad, la humanidad y -la «comprensión>> de lo normal. ; En ese sentido el difunto filósofo francés Michel Foucault hizo muy • bien en insistí; en que la historia de la locura debe ser coextensiva

·

con la historía de la razón. Son dobles la una de la otra.

Además, visto desde esta perspectiva, el consciente de los locos hace frente al de los cuerdos para constituir una especie de sala de

los espejos. Cuando yuxtaponemos la mente de los insanos a la.de la razón, la sociedad y la cultura, vemos dos facetas, dos expres10~es, dos caras y cada una de ellas plantea el interrogante a la otra. S1 la

·

, guaje, la historia y la cultura. Los escritos de los locos ;ueden leerse "' no sólo como síntomas de enfermedades o síndromes sino com; comunicaciones coherentes por derecho propio. Com¿nmente los>" i médicos psiquiátricos han negado la inteligibilidad de la Iocu;a: a juicio de Kraepelin, ese era uno de Ios rasgos típicos de la demencia precoz. A menudo presentaban la insania como alo-o irracional como un cúmulo de bobadas: lo que decían los locos"'no era mej~r que bal~r;ceossin sentid?. Quizá sea así con frecuencia. Pero pocas pro- > habilidades hay de que las autobiografias de los locos entren en esa categoría. La locura puede ser típicamente incomprensible o sencilla- mente mal comprendida; pero basta echar una ojeada a los escritos de l?~osque nos han llegado de siglos anteriores para tener la conúr- macron de que, aunque diagnostiquemos su dolencia como locura, no estaban tan locos como parece. Me propongo arrancar la lógica de los textos explorando éstos <. como frutos de su situación y de su tiempo. Aunque los locos solían parecer tan alienados, tan alienados mentalmente, que (semín se creí~)era n:cesario excluirlos de la sociedad, es obvio que su~testi- . n:oruos refleJan, aunque a menudo sea con un lenguaje poco conven- cional o deformado, las ideas, los valores, las aspiraciones, las espe-

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1 normalidad condena la locura por irracional, infrahumana, perversa,

14 HISTORIA

SOCIAL

DE

LA

LOCURA

la locura contesta, típicamente, en especie, tiene su propio tu quoque. De modo bastante parecido a Jos niños que juegan a ser adultos los locos subrayan las hipocresías, el doble rasero y la pura e insen~ible falta de memoria de la sociedad cuerda. Los escritos de los locos ponen en duda el discurso de los normales, ponen en entredicho el derecho del citado discurso a ser el portavoz objetivo de la época. Se. po~e a prueba la suposición de que existen niveles definitivos y umtanos de verdad y falsedad, de realidad y delusión. Y nos.quedamos esencialmente, de una parte, con historias acerca de la reahdad contadas por las autoridades públicas y, de otra, con cuentos que relatan los locos. Para decidir entre estos mitos rivales --o, a menudo, formas rivales de contar los mismos mitos- no existe ningún tribunal contemporáneo de apelaciones, sino s~ple­ mente la voz de la mayoria. Emily Diddnson lo expresó en verso:

Mucha locura es el sentido más divino Para un ojo entendido, Mucho sentido, la más absoluta locura Es la mayoría

En esto, como en todo, la que se impone Asiente, y estás cuerdo, Objeta, eres al Úlstante peligroso, Y te dominan con una cadena.*

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Nathaniel Le~, el ?ramaturgo loco del siglo xvu, expresó lo mismo de manera mas grafica al protestar contra su encierro en el manico- mio: «Me llamaron loco, y yo les llamé locos, y, maldita sea, me ganaron por mayoría de.votos». Pero, ¿acaso no es la psiquiatría precisamente ese buscado trib~­ nal de apelaciones? Al contrario; pues un rasgo clave de los capítulos del pres.ente libro es la sugerencia de que, desde el punto de vista de los escntps que se analizan, la psiquiatría es, ella misma, parte del problema en vez de la solución: es sencillamente otro rival una mitología _admisible. Como acabo de decir, trataré de demostra~ que<, las creenc1as de los locos tienen sentido cuando se leen como parte ·

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«Much Madness is divinest Sense- 1 To a discerníng Eye- 1 Much Sense-

prevail- 1Assent

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INTRODUCCIÓN

15

de una dialéctica del consciente entre ellos y su época. ¿Por qué no

aplicar lo mismo a las teorías de la psiquiatría? Hoy día se debate

mucho en torno a si es apropiado considerar la psiquiatría y el psico-

análisis como ciencias, y antipsiquiatras como Thomas Szasz llfirmarían

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que la psiquiatría ha hecho las veces de ideología represiva, que la enfermedad mental es el invento, la delusión, de la psiquiatría. Mi objetivo, sin embargo, no es castigar a los pioneros de la psiquiatría. Los.propios psiquiatras, sobre todo en el pasado, solían ser hombres muy marginales, mal comprendidos y vilipendiados por la sociedad en general, porque proponían creencias que comúnmente se juzgaban · tan descabelladas como las de los locos mismos. El psiquiatra loco ·es, por supuesto, una figura cómica corriente. . A pesar de ello, no veo razón alguna para conceder una categoría privilegiada de veracidad a los mitos que propusieron doctores de locos y psiquiatras anteriores. El chiste eterno en la historia de la locura lleva aparejada una serie de variaciones sobre el tema de los locos y los doctores de locos intercambiando sus identidades res- pectivas y la consiguiente imposibilidad de distinguir entre unos y otros. Y me parece que en muchos de los encuentros entre «locos» y sus doctores que examinaré en estas págmas -Alexander Cruden y el doctor Monro, John Perceval y el doctor Fox, Daniel Schreber, el doctor Weber, Freud, etcétera-la humanidad común y, con frecuen- cia, el sentido común se encuentran quizá decididamente en el bando de los locos. Pero mi intención, al hacer esto, no es añadir los cañones de la historia a la andanada antipsiquiátrica. Es, antes bien, demostrar cómo la psiquiatría misma ha formado parte de un consciente común. Los locos y los médicos de locos dicen con frecuencia cosas compara- bles sobre Ja agencia y la acción, los derechos y la responsabilidad, la razón y la tontería, si bien aplicándolas de maneras fundamental- mente inversas. A decir verdad en el siglo en curso, al pasar la psiquiatría a formar parte del acervo cultural común, con frecuencia es difícil distinguir si el que habla es el psiquiatra o el paciente. Una de las percepciones monumentales de Freud es la de que el hombre forja mitos. Incesantemente. Siempre está contando histo- rias. El presente libro examina el consciente: principalmente el de personas locas, en parte el de psiquiatras y (de modo más implícito que explícito) el de la sociedad en general. Las delusiones de los <. locos, los mitos de la psiquiatría y las ideologías de la sociedad en

i6

HISTORIA

SOCIAL

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LA

LOCURA

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general .forman. parte de un tejido ideológico común. Lillane Feder 4:

ha expresado b1en este concepto:

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El loco, como otras personas, no existe solo. Refleja a los que

tienen trato con él y, al mismo tiempo, influye en ellos. Encarna y

transforma simbólicamente los valores y las aspiraciones de su fami- _¡·_·· lia, su tribu y su sociedad, aun cuando renuncie a ellos, así como

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sus delusiones,

su crueldad

y

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violencia,

hasta

en

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interna.

 

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Desde luego, decir esto es decir algo que, si se deja en generalidad, es totalmente banal: ningún hombre es una isla, el consciente es un

maníacos religiosos, así como exorcistas expertos para curarlos. La Viena finisecular aportó abundantes pacientes con transtomos sexua- les para que fueran curados por los freudianos obsesionados con la sexualidad. Sin embargo, en el mojigato Boston de la misma época, ni los pacientes ni sus doctores hablaban para nada del sexo y sólo se preocupaban por problemas de la voluntad y el espfritu. f

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continuo lingüístico. La época de la Reforma produjo muchísimos -<;

Al llevarla a la práctica, sin embargo, colocando las principales expresiones de locura en su contexto histórico-cultural, la teoría adquiere más importancia. Porque induce a pensar que existe verda- deramente una historia, no sólo de la psiquiatría, sino de la locura misma. La insania no es simplemente un átomo individual, un acci- , dente biológico, sino que forma un elemento en la historia de subcul- turas por derecho propio. Las culturas de la locura difieren radical- mente entre sociedades avanzadas y sociedades tribales, entre comu-

nidades masculinas y comunidades femeninas.

Como indicaré más

·~,:

. adelante, la locura religiosa ha dado paso a la secular;

la controlada

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externamente, a la dirigida por dentro. Vemos la aparición de la

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familia como nexo para explicar la insania tanto entre los locos como entre los psiquiatras justo en el momento en que la ideología de las familias felices burguesas pasa a dominar la sociedad en general. ! Percepciones sumamente individualistas entre los locos reflejan la í egopsiquiatrfa ·en los tiempos modernos, en los que impera la ayuda propia. Hay supuestos culturales compartidos. Hasta los locos son hombres de su tiempo. Se puede ser raro, ser extraño, de maneras

que siguen teniendo sentido. Cabe que en esto haya una moraleja práctica~La historia de la

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INTRODUCCIÓN

17

psiquiatría muestra generaciones de doctores y otros expertos dudan- do de que hubiera alguna razón en la locura. Se daban casos d~ men:

tes poseídas y extremidades manipuladas por Poderes. del Mas ~lla 0 por un veneno en la sangre o mediante una mentahda~ retorcida. En la medida en que el comportamiento de los que.sufna_n trastor- nos terúa sentido, éste no era en términos de sus mtencwnes, ~el «aquí y ahora», de relaciones sociales y .~el~str~ento dellenguaJ~,

. íno en términos extrínsecos:

~antil.Tal como ha argüido Peter Barham, un crítico_ de _la psiquia- tría ortodoxa, esto ha llevado a una sordera extraordman~ ante las comunicaciones de los que padecen trastornos y,_ en partlcula:, ha empujado a descartar sus reacciones y quejas relatiVas al tratam:ento psiquiátrico que se les aplica. Las protestas de los locos se han mter- > .pretado como síntomas de su locura. ·

. Pero con retrospección --o quizá con la distancia, ~unque, ~or < supuesto, con espíritu comprensivo-, podemos ve~ cuanto sentido tenían por lo común las voces de los locos, en los_ mtento7 desespe- rados que personas aisladas, atribuladas y confu_nd1das .hacl~n con el fin de comprender su situación real, sus prop1as a~s1as, lmpulsos, recuerdos. Forman las luchas de los desesperados e 1mpotentes por

la poseston diabolica o una neurosts

ejercer cierto control sobre quienes los teman en su pod_e~, ya fl:era~

diablos

para qclen se tom~la molestia de mirar. T~davíano disponemos. de> perspectiva para explicar lo que nos desconc1erta en el comporta;ruen- to de los locos de hoy. Pero la historia nos demu~tta que. senamos unos necios si lo descartáramos diciendo que «no tlene sentdm>.

fantasmas

doctores de locos o sacerdotes. La log1ca esta ah1

Tal vez unos cuantos comentarios más sean útiles a modo de explicación, disculpa y agradecimiento. En primer lugar, co~o se verá. con toda claridad, el presente libro es sumamente selectivo Y episódico. Me he concentrado en ~n númet? reducido de casos rela- tivamente famosos, casos que estan muy bien do.cumentados o que plantean problemas defil;idos ,con cla_ridad. Obv1amente, los locos ·que escribieron su autobmgrafta constttuyen una m~estra muy poco ·representativa de todos los locos. No soy partidario de ~bordar_ la

historia empleando el método basado en «el g~an loco».~ selec~1ón ha· hecho que los casos ingleses y de lengua mglesa esten excesiVa-

mente representados.

. Mi ancla de esperanza han sido escritos autobrográficos autenti-

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HISTORIA

SOCIAL

DE

LA

LOCURA

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cos, utilizados junto con afirmaciones de autenticidad comprobada. ~

Aquí y allá, no obstante, he utilizado ejemplos literarios o de índole parecida para demostrar algún argumento. Evidentemente, utilizar t.

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esta clase de textos presenta grandes peligros si no se hace con espí-

rdit~dcrítico.E.sp;¡:o habherbe 1 vitado lo,s p~ores.EEn cbier:o sentido, he ~·.:··.:.

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eJa o que m1s nguras

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en por s1 mtsmas.

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Vlo que esto es

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literalmente imposible y he tenido que buscar el sentido de lo que

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dijeron para encontrar sentido en sí

mismas. Por desgracia, en un

libro del fotmato y la naturaleza de éste, no es posible discutir con

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detalle interpretaciones alternativas, ni siquiera empezar a plantear

y explorar los enormes problemas que plantea el hecho mismo de

«leer» o «interpretar». Tampoco he podido dejar constancia de la amplitud, la vatiedad y la sutileza de los conocimientos actuales en

 

muchos campos en los que, obviamente, me he inspirado en gran medida. He contado una historia sencilla. Espero que no revele un pensamiento simplista. En la totalidad del libro empleo la palabra «locos» como nombre genérico de toda la gama de personas a las que de algún modo, en

 

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mayor o menor grado,

se considera anormales por sus ideas o

su

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conducta. Huelga decir que la etiqueta es insatisfactoria. Albergo la

 

esperanza de que el hecho mismo de que lo sea contribuya a llamar

 

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la

atención sobre sus limitaciones y demuestre que se utiliza simple-

l:

mente como forma abreviada de denominar a toda una colectividad. :> !' De modo parecido, he empleado el término «psiquiatría» como pala- bra genérica que abarca todos los intentos de tratar a los locos, así como la palabra «psicoanálisis» para referirme a las terapias creadas ' por Freud y otras que, en términos generales, son consonantes con . ellas. Ha habido animados debates entre los estudiosos en torno a si las personas calificadas de «locas» eran realmente insanas o si sim- plemente eran estigmatizadas como tales. El asunto, sin embargo, no (

es central en el presente libro y no emito ningún juicio al respecto. ' Basta,rá decir aqui que todas las crónicas autobiográficas que se usan < en el libro fueron escritas por personas de las que se creía que esta- ban o habían estado locas. En un momento u otro, algunas de ellas aceptaron que estaban verdaderamente locas. Otras se opusieron ~

ferozmente a que las llamaran así.

La deuda que he contraído con otros estudiosos es, naturalmente, 4 enorme. Debo hacer una mención especial de gratitud a Dale Peter-

son. Su libro A mad people's history of madness constituye la pri-

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INTRODUCCIÓN

19

mera crónica y antología solventes de los escritos .de personas locas en un largo período histórico. Peterson fue el ~nmero en mostrar que era posible escribir una historia del c?nsctente de los locos. 7 Espero que mi libro sea un complemento valioso del suyo.

2. HABLAN LA LOCURA Y LA PSIQUIATRíA:

UN DIÁLOGO HISTóRICO

El núcleo de los próximos capítulos será una investigación de la

mente de los locos basándose en sus propios escritos autobiográficos.

A modo de preliminar, trataremos de situar dichos escritos en su

contexto. ¿Qué condiciones empujaron a los locos á escribir y publi- car sus historias? O, dicho de otro modo, ¿qué rasgos especiales de nuestra cultura han hecho, a lo largo de los siglos, que algunas per- sonas -los <<locos»- tuvieran la sensación de ser un grupo muy

especial, separado del resto de la sociedad, con una necesidad particu-

lar de defenderse c0ntando la historia de sus vidas?

Para resolver los problemas que plantean estos interrogantes es importante, ante todo, recordar que ni siquiera hoy día poseemos un consenso racional sobre la naturaleza de la enfermedad mental: ¿qué es?, ¿cuáles son sus causas?, ¿cómo se· cura? Esta falta de consenso se da incluso entre los psiquiatras. Este reconocimiento de ignoran- • da influirá forzosamente en las actitudes que adoptemos ante la masa de explicaciones contradictorias de la insania que han aportado por un igual los psiquiatras, la sociedad y los locos. La locura ha sido y sigue siendo un concepto elusivo. Por supuesto, la mayoría de 6 la gente, y prácticamente todos los psiquiatras, propondría algo que parece basado en el sentido común -la realidad de la enfermedad mental-, como nos invita a hacer el título de una defensa reciente de la psiquiatría a cargo de los psiquiatras Martín Roth y Jerome Kroll. Pero es igualmente posible pensar en términos de la fabrica- ción de la locura, esto es, la idea de que poner la etiqueta de insania es principalmente un acto social, un concepto cultural (o, utilizando una formulación más débil, el dicho de que toda sociedad tiene los locos que se merece). Y vale la pena señalar que el libro titulado

HABLAN

LA

LOCURA

Y

LA

PSIQUIATRÍA

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Tbe manufacture of madness no lo escribió, como cabría esperar, un relativista revolucionario, sino un psiquiatra en ejercicio y, a decir verdad, profesor universitario de psiquiatría: el doctor Thomas S. Szasz. Dicho de otro modo, sigue en plena ebullición -y no en menor medida entre los propios psiquiatras- el debate para determinar cuál es el objeto básico de sus estudios. ¿Es la insania verdaderamen- te una «enfermedad», como todos aceptamos que lo es el saram- pión? ¿No sería mejor considerarla esencialmente como una etiqueta que ponemos a las personas que muestran una serie de síntomas y rasgos cuya definición es más bien subjetiva, pero que, en el fondo, son sólo más o menos «diferentes» o «taras»? En tal caso, ocurre sencillamente que decimos que esta o aquella persona está mental- mente «confusa» porque nos «Confunde», que está «trastornada» porque esencialmente nos «trastotna», Jo cual es en sí mismo una posibilidad que nos trastorna mucho. Los locos son «extraños}>. Pero, ¿significa eso algo más que decir que nosotros los encontramos extraños? ¿Y qué puede decirse del hecho de que nosotros les pare· cemos extraños a ellos? El interroO'ante sobre qué es realmente la insania sigue sin encon· ' trat respuesta~A menos que mañana se descubra el gene de la esqui- zofrenia, estos problemas controvertidos no se resolverán rápida- mente. Lo que importa ahora es tener presente -para no ceder a la tentación de sentirnos superiores a los investigadores de tiempos pasados- que la locura conserva su enigma. Y debemos pensar tam- bién que la extrañeza ha sido típicamente el factor clave de los diá-

logos fragmentarios y los silencios que tienen lugar entre los «locos»

y los «cuerdos». La locura es un país extranjero.

Todas las sociedades toman medidas para ocuparse de personas · peculiares cuyo comportamiento resulta extraño, causa transtornos o representa un peligro: hasta este punto, la locura constituye una verdad universal de la vida. Pero las maneras de describir, juzgar y tratar estas peculiaridades difieren muchísimo de una sociedad a otra, de una época a otra y de un síntoma a otro. Encontramos aquí un elemento de relativismo irreducible. Para poner un ejemplo, en el Occidente de hoy es común llamar «neurosis» a la incapacidad mental y emotiva relativamente leve. Con frecuencia no se la considera orgánica, sino sólo «funcional» (fruto, por ejemplo, de la preocupación o de la «tensión>>) y es muy

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22 HISTORIA

SOCIAL

DE

LA

LOCURA

posible tratarla -al menos en el caso de quienes pueden permitír- selo- recurriendo a medios esencialmente psiquiátricos tales como

la psicoterapia. Exactamente lo contrario ocurre en China. Allí, debí-

do a la concurrencia de doctores y pacientes, incapacidades equipa- rables en lineas generales se imputan a la «neurastenia», diagnóstico que antes era común en Occ~ente, pero que ahora se ha extinguido.

Se la considera esencialmente como una enfermedad del cuerpo. Los diagnósticos (y a menudo tratamientos) contrastados nacen de priori- dades socioculturales divergentes. En el Occidente individualista, el trastorno mental, si es leve, es relativamente «legítimo». Como creemos tener derecho a la felicidad, creemos también tener derecho

a quejarnos cuando nos sentimos desdichados, derecho a una repara-

ción. En cambio, en la sociedad de la China comunista, una sociedad mucho más rígida y comunal, confesar que se padece semejante debilidad se consideraría una vergüenza, una intemperancia, y haría inútiles las pretensiones de comprensión y atención. Allí, la «somati- zación» -la presentación de síntomas en forma física vinculados a una diagnosis orgánica-, en contraste, da dignidad y credibilidad al enfermo. Erewhon, la novela fantástica que Samuel Butler escribió en la época victoriana, presenta estas alternativas e inversiones de modo especialmente claro. En la sociedad «erewhoniana», el delito era considerado universalmente como una enfermedad, pero estar enfermo era un delito. Estos ejemplos señalan algo que _con frecuencia es visible en los estudios que siguen: el hecho de que el lenguaje, las ideas y las aso- ciaciones que rodean a la enfermedad mental no tienen significados científicos fijos para todas las épocas, sino que es mejor verlos como «recursos» que distintas partes pueden utilizar de forma diferente para propósitos diversos. Lo que es mental y lo que es físico, lo que es locura y lo que es malo no sori cosas fijas, sino conceptos relativos

a la cultura. En el presente libro no me interesa jugar a ser médico de los < muertos y llevar a cabo una serie de autopsias psiquiátricas, tratando de descifrar exactamente qué clase de enfermedad mental padecieron

diversas personas. Me interesa más utilizar sus escritos para ver cómo «le encontraban sentido al yo», cómo intentaban demostrar que había (citando la frase de John Perceval) «racionabilidad en la locura>>. 7 Y, al hacer esto, me propongo contemplar, desde un ángulo poco común, las tradiciones de la cultura y el conocimiento que han dado

HABLAN

LA

LOCURA

Y

LA

PSIQUIATRÍA

2)

origen a determinadas maneras de pensar, hablar y actuar en relac.ión

con los trastornos mentales en Occidente: desde el punto de v1sta

de los pacientes en lugar de los psiqu~a.tras. Estos significados, de 1:

locura han sido muchos y se les ha crttlcado a fondo. Ofrecere aqm un dibujo en miniatura de personas locas, de su lugar social Y de su desplazamiento a instituciones y de su tratamiento (lo que Andrew Scull, empleando una frase feliz, ha denominado «casas de locos, doctores de locos y locos»). Esto servirá de telón de fondo de los -4 intentos de los locos de encontrarle sentido a su situación -su expe- riencia de la locura y de la psiquiatría-, situación que exploraremos detalladamente en el corazón del libro.

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RAZONAR ACERCA DE LA LOCURA

En el caso de la tradición intelectual de Occidente, fueron los griegos los primeros para quienes encontrarle s:ntido a la l~cura s~ convirtió en un problema que planteaba alternativas y req~ertaexpli- caciones. En la mitología griega y en las epopeyas homéncas proba-

blemente encontramos los restos, por lo menos, de actitudes arcaicas ante los locos y sus actos. Los héroes griegos se vuelven locos; algu- nos son presa de frenesí; otros aparecen enajenados a causa. de ~a furia, la venganza o el dolor. Pero los mitos no prese~t~n la tnsanta en los términos que más adelante introdujeron la med1ctna Y la filo- sofía clásicas, y sus héroes no poseen psiques que puedan compa- rarse con la de Edipo en la obra de Sófocles, todavía menos con la

de Hamlet o Sigmund

Freud. La epopeya antigua, y podr!amo~ decir

que la mentalidad que representa, no da a sus persona¡es n:nguna sensibilidad, ningún yo interior reflexivo, ninguna mente P~?pta que se encare con lo que el doctor Johnson llamaría «la elecc10n de la

. En vez de ello, los héroes de Homero son mas parecidos a marta- netas jugadores a merced de fuerzas que en esencia proceden del

dioses, demonios, las

Más 'Allá y que ellos no pueden controlar:

parcas, las furias. Cada uno de ellos tiene su propio destino como guerrero, rey, hijo, hija, padre; poseen cuerpos físicos poderosos para ejecutar actos (piernas que corren, brazos que golpean). Sobre sus actos se nos dice mucho más que sobre sus deliberaciones, y sus destinos son decididos, en su mayor parte, siguiendo instrucciones

vida>>. No es «psicológica» como la novela.

,

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24 HISTORIA

SOCIAL

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LOCURA

de arriba, que a menudo les son reveladas por medio de augurios. o en sueños. Suelen ser maldecidos y perseguidos por poderes terri- bles, los cuales castigan, vengan y destruyen, a veces empujando a los dementes hacia la locura. El proceso de contaminación y purifi- cación vuelve locos a muchos. Pero la vida interior, con sus dilemas de Ja razón y la conciencia y los tormentos de la lucha mental, aún no es el centro de la atención. Con todo, ese paisaje mental más moderno y sus símbolos ya em- pezaban a aparecer en el apogeo de Ja civilización griega en los siglos v y IV a. de C. De hecho, el psiquiatra e historiador Bennett Simon ha argüido, de un modo que es iluminador aunque sea cons- cientemente anacrónico, que el pensamiento ateniense sobre la psique, tal como se desarrolló en los siglos citados, ha marcado la pauta que la mente occidental ha usado desde entonces para razonar sobre las mentes y la locura. En efecto, Freud quiso decir lo mismo cuando puso el nombre de «complejo de Edipo» a los conflictos sexuales infantiles. Los filósofos griegos emprendieron con energía la tatea de some- ter la naturaleza, la sociedad y el consciente a la razón. Deseaban domar la anarquía, establecer el orden, imponer autodisciplina. La racionalidad pasó a ser definitiva de la facultad más noble del hom- bre. Por medio de 1a lógica y Ja teoría podía percibirse el orden cósmico y, por ende, comprender el lugar singular que ocupa el hom- bre en la naturaleza. Pero la razón también podía, por medio del autoconocimiento («conócete a ti mismo»), entender la naturaleza humana misma y de este modo controlar los apremios «animales» inferiores, los apetitos más bajos de dentro. La filosofía entronizó así a la razón. Mas, al hacer esto, los griegos no negaron la realidad de todo lo que no fuese racional. De hecho, la misma adulación que dedicaron a la razón es un testimonio seguro del poder que atribuían a las fuerzas misteriosas de la pasión, del destino, del hado a las que la razón se oponía. Pero es claro que algunas escuelas de filósofos grie- gos -los estoicos en particular- exponían lo irracional como pro- blema, una amenaza, un escándalo, queJa razón debía combatir. Los griegos nunca dejaron de sentir terror ante las fuerzas titánicas y primordiales que poseían la mente y a menudo jugaban con el destino humano, ni dejaron de admirar el «fuego» que se apoderaba de genios Y artistas, iluminando visiones de lo divino. Pero a partir de Platón,

HABLAN

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25

i la filosofía definía de qué manera la locura de lo irracional era las antípodas de la dignidad humana; y la dicotomía entre lo racional i i y lo irracional, y la soberanía legítima de lo racional, se hizo funda-

1 mental para su vocabulario, tanto moral como científico, y, a través

1 de él, para el nuestro. Si la invención de la filosofía permitió a los griegos reflexionar sobre la locura, ¿cómo, entonces, la explicaron? ¿Cómo esperaban prevenirla o curarla? Simon ha sugerido un útil método esquemático. Arguye que había dos tradiciones principales que les servían para < encontrar sentido a la locura y que han resultado ser los patrones de formulaciones futuras. Una residía en el habla y el drama, el arte y el teatro, especialmente en la tragedia. Los trágicos griegos usaban > como esencia de sus dramas los grandes conflictos elementales e inso- portables de la vida: el trauma de la voluntad individual aplastada bajo el destino ineludible, las exigencias rivales del amor y el odio, la piedad y la venganza, el deber y el deseo, el individuo, la familia y el estado librando batalla en el pecho. Además, mostraban estos conflictos aterradores convirtiéndose -como nunca habrían podido en tantos términos para los héroes de Homero-- en los objetos conscientes de la reflexión, la respon- sabilidad y la culpa, del conflicto interior, de mentes divididas con- tra sí mismas. Considérense las funciones del coro en la tragedia. Los poderes destructivos ya no eran esencialmente los del destino externo, de dioses y furias malos, sino que ahora eran autoinfligidos; ahora los héroes aparecían consumidos pot la vergüenza, la culpabi- lidad, el dolor; se despedazaban a sí mismos. Los nuevos héroes acarreaban la propia locura sobre sí mismos y la guerra civil de den- tro se convertía en parte integrante de la condición humana. Con todo, el drama también sugería sendas de resolución o (como dice Simon) el teatro como «terapia». Por supuesto que la locura podía castigarse sencillamente en la muerte. Pero, como en el caso de Edipo, el sufrimiento podía dar por resultado una sabiduría más elevada, la ceguera podía conducir a la percepción íntima, y la representación pública del drama mismo podía ser una catarsis colec- tiva. Representar la locura hasta agotarla, forzar la expresión de lo impensable, sacar al aire libre los monstruos de las profundidades humanas, todo esto constituía una recuperación ritual del terreno para la razón y significaba la restauración del orden. Así, la locura podía ser la enfermedad del alma tal como la

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expresaba el arte. Sin embargo, los griegos también crearon una < forma totalmente distinta de afrontar la locura, una tradición que no era de teoría moral, sino de teoría médica. Al encontrarse ante lo que siempre se había considerado como Ia enfermedad sagrada -la epilepsia-, los médicos científicos de la tradición hipocrática se atré- vieron ahora a negar que fuese sobrenatural, un milagro enviado desde lo alto. Arguyeron que, por el contrario, no era más que una enfermedad física, el fruto de los poderes regulares de la naturaleza De ello se deducía que todas las anormalidades, también toda Ia locura, podían reclamarse para la medicina naturalista. Las explica- ciones se inspiraban en causas y efectos físicos, centrándose en órga- nos tales como el corazón o el cerebro, la sangre, los espíritus y los humores, y las curas se apoyaban en el régimen y las medicinas. Dicho de otra forma, para el temperamento científico, la manía y la melan- colía eran esencialmente enfermedades, inteligibles en términos de anatomía y patología. Los pensadores clásicos definieron así -¡pero no resolvieron!- el problema de la locura para los siglos venideros elevando la mente, valorando hasta tal punto la razón, el orden y la inteligibilidad cósmi- ca. Haciendo del hombre la medida de todas las cosas, hicieron humana la locura. También especificaron esquemas alternativos y rivales para explicar la locura, la negación de su ideal. De una parte, la insania podía ser los extremos de la experiencia: la mente en el límite de su resistencia. Como tal, la locura ciertamente tenía sus significados, aunque en gran medida mostrasen al hombre torturado como parte de las terribles labores de un universo despiadado. De otra parte, el transtorno mental podía ser en esencia una dolencia somática, un síntoma delirante de enfermedad como, por ejemplo, la fiebre. En tal caso, se le atribuía menos responsabilidad al enfermo, pero la explicación también ofrecía menos significado, menos razón en la locura. Ambas formulaciones -la locura como maldad, la locu- ra como enfermedad- tenían un potencial temible pata considerar que la persona loca no era plenamente humana. Los herederos del legado griego --que, eri definitiva, somos nosotros- nunca resolvieron el acertijo impenetrable de la división entre las teorías psicológica y somática de la locura. Ambas teorías han tenido sus atractivos y sus inconvenientes. La cultura de la cris- tiandad latina medieval absorbió e hizo uso de ambas alternativas griegas (la locura como trauma moral, la locura como enfermedad).

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Pero también las introdujo en un esquema cristiano de índole cósmica -la locura como divina Providencia- que podía impartir un signi- ficado más elevado a las dos. No hace falta decir que la teología ctis- tiana también podía tratar la locura de maneras muy distintivas, unas maneras esencialmente ajenas a la filosofía griega centrada en el hom- bre· consistía en ver el trastorno mental como señal de la guerra qu: Dios y Satanás libraban por la posesión ~el alma,(la «psi~oma­

quia» ). Las mentalidades medieval y renac;~tlsta podía~ ~onsider.ar la locura como religiosa, como moral o med1ca, como dívma o dia-

bólica, como buena o mala. El mundo moderno amaneció con la llegada del Renacimiento, la Revolución Científica y la Ilustración. Pero a corto plazo ninguno de los numerosos significados antiguos de la locura fue refutado ni cayó en desuso: el misterio de la locura no se resolvió. El lector de > Anatomía de la melaJZcolía (1621), la compendiosa obra de Robett Burton, se lleva la triste impresión de que hay tantas teorías de la locura como personas locas. Y a la postre el principal cambio en el razonamiento sobre la insania no fue resultado de un gran avance científico o médico. No hubo ningún Newton de la insania, ninguna<- revolución copernicana de la psiquiatría que descubriera los secretos >

. En lo que hace a las actitudes ante los locos y su tratam1~nto, el verdadero punto decisivo fue consecuencia de un desplazamiento a largo plazo de la política que se seguía con las personas que mos- traban rasoos delictivos y peligrosos: el auge de la exclusión. Durante la Edad Media y hasta mucho después de ella, raramente se habían tomado disposiciones oficiales y especiales en relación con los locos. Los refugios destinados específicamente a ellos casi eran desconoci- dos. Se crearon algunas residencias, muy pocas, para los insanos:

que contiene el cráneo.

aparecieron algunos asilos en la España del siglo xv y, más o menos en la misma época, el Bethlem Hospital de Lon~res empezó a esp,e- cializarse en cuidar a los locos. Algunos monasterios aceptaban algun que otro loco. En su mayor parte, con todo, la mayoría de ellos eran atendidos (o desatendidos) en el seno de la familia, vigilados por la comunidad aldeana o sencillamente se les permitía vagabundear (el

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«Tom o' Bedlam» inglés).*

* Mendigo errante. Después de la disolución de las casas religiosas, los pobres erraban por el país y muchos de ellas se disfrazaban de un modo que

28 HISTORIA

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LOCURA

. cialmente cruel o alabarla como sí fuera una muestra singular de

progresismo. Ocurría sencillamente que el estado tradicional desem-

es posible que

la antigua mezcla de los locos con la gente en gen~t~lcontribuyeta a preservar detto sentido residual de humanitarismo común; al menos no fomentaba el apartamiento de los locos como seres esencialmente alienados, como una raza aparte. Esto concordaba con las enseñanzas cristianas, que quizás ayudaban a mantener cierto concepto de la persona loca o del idiota como ser humano como criatura hecha a 1~agen Y semejanza de Dios igual que el resto de los creyentes. S: ~od?s los hombres eran pecadores, cabía que, en definitiva, las distmc:ones ~e~mundo -los símbolos externos de categoría, riqueza, educación y exlto- contasen poco a ojos de Dios. Asimismo, en circunstancias muy especiales, la creencia cristiana P.odfa conceder un valor positivo a la locura. La insania, ni que decir t1ene, P,odía .ser el castigo que Dios aplicaba por una transgresión, como ejemplifica el caso favorito de la locura de Herodes. Pero la locura también podía ser santa. Una fe fundamentada en la locura de la Cruz, que combatía la mundanalidad, que loaba la inocencia del recién nacido, que valoraba los misterios espirituales de la con- templación, el ascetismo y la mortificación de la carne, y que esti- maba la fe más que la inteligencia no podía por menos de ver resplandores de piedad en la sencillez del imbécil o en los éxtasis y los transportamientos (véase, por ejemplo, la vida de Margery Kempe en el capítulo 6 ).

Sería impropio deplorar esta indiferencia por considerada espe-

peñaba un papel asistencial limitado. Sin embarO'o

'

.

. ~o~o mínim? en teoría, aunque quizá menos en la práctica, el< Ctlstiamsmo medieval y renacentista pensaba que la voz de la locura podía ~~r.un medio de,transmisión de la voz de Dios, a la que ofrecía la pos1bxhdad de ser 01da. En la esfera más secular, los bufones de la corte gozaban del privilegio de los locos para volver la normalidad al revés y expresar verdades que les estaban vedadas a los cortesanos políticos. Asimismo, a partir del Elogio de la locura de Erasmo > vehículos literario~señalaban paradójicamente una sabiduría simplo:

na que era supenor a la de los pomposos profesores, con lo que

incitara a las gentes a darles limosna. Con tal fin, algunos fingían estar locos, cual es el caso de Edgar en El rey Lear. (N. del t.)

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LOCÚRA

Y

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PSIQUIATRÍA

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volvían ingeniosamente de arriba abajo las categorías mismas que aseguraban la soberanía de la razón sobre la locura. Michel Foucault ha argüido que en aquellos buenos tiempos la locura realmente expresaba sus propias verdades y entablaba un diá- logo extenso con la razón. No es necesario que lleguemos hasta el

final con este primitivismo romántico. Pero podemos aceptar otro argumento suyo en el sentido de que, a partir del siglo XVII, se acti- varon movimientos que durante los tres siglos siguientes hicieron que a los locos se les segregara cada vez más de la sociedad cuerda, tanto categórica como físicamente. En particular, la costumbre de internar a los insanos en alguna institución fue cobrando ímpetu ·

de modo inexorable. La Ilustración sancionó la fe de los griegos en la razón («Pienso, t luego existo», había afirmado Descartes). Y la empresa de ]a edad de la razón, que adquirió autoridad a partir de mediados del si-

glo XVII, ·consistía en criticar, condenar y aplastar todo lo que sus protagonistas juzgaron necio o irrazonable. Todas las creencias y prácticas que pareciesen ignorantes, primitivas, infantiles o inútiles fueron descartadas con prontitud por idiotas o insanas, fruto evi- dente de procesos mentales estúpidos, de la delusión y del devaneo.

Y todo lo que se etiquetaba de esta forma podía considerarse perju-

dicial para la sociedad o el estado; cabía considerarlo, de hecho, como una amenaza para el funcionamiento apropiado de una socie- dad racional, progresiva, eficaz y ordenada. A la larga, la distinción que hicieran los griegos entre la «razón»

y la «locura», entre Jos miembros de la· sociedad plenamente razo-

nables y los infrarracionales, fue adquiriendo cada vez más peso. La

creciente importancia de la ciencia y la tecnología, el desarrollo de

la burocracia, la formalización del derecho, el florecimiento de la

economía de mercado, la propagación de la instrucción y la educa- ción: todas estas cosas aportaron algo a este proceso amorfo pero inexorable que estimaba la «racionalidad», tal como la entendían los miembros «bienpensantes» de la sociedad que tenían poder para imponer normas sociales. La anormalidad provocaba angustia. Sin duda los hombres de la Ilustración sentían simpatía benévola para con los insanos, al igual que para con los salvajes y los esclavos, pero sólo viéndolos, ante todo, como enteramente ajenos a ellos mismos. ~ A partir de mediados del siglo XVII comenzó un proceso parecido de redefinidón en el seno del propio cristianismo, un proceso ten-

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dente a negar la validez de las formas tradicionales de locura reli- giosa. Los siglos de la Reforma y la Contrarreforma, por supuesto, habían concedido mucha importancia a la realidad de la locura reli- giosa: parte de ella era «buena», derivada directamente de Dios y manifestada en éxtasis y en poderes proféticos; gran parte de ella, mala, con su origen en el diablo y sobradamente obvia en las brujas, los endemoniados y los herejes. Las vidas de George Trosse y Chrís- toph Haitzmann, que comentaremos más adelante, muestran las rami- ficaciones de estos puntos de vista. Pero, a partir de la segunda mitad del siglo XVII, los líderes de la Iglesia ya estaban hartos de la carnicería y el caos que habían causado estos conflictos interminables entre los buenos y los malos espíritus. Se puso en duda la realidad (o al menos la validez) de la locura religiosa. Hasta los piadosos admitían que las pretensiones de hablar con lenguas divinas debían tratarse con extrema suspicacia. Probablemente, muchos de estos «oradores» no eran más que entu- siastas, fanáticos ciegos que padecían credulidad y superstición. Lo más probable es que la «inspiración pretendida» no fuera sino delu- sión o incluso enfermedad. A finales del siglo xvn John Locke abogó por El cristianismo racional. Al parecer, ahora hasta la religión tenía que ser racional. La misma inversión es aplicable a las «brujas». En la gran manía de las brujas que afectó a toda Europa en los siglos XVI y xvu, las autoridades, así civiles como eclesiásticas, habían tratado a las brujas como seres auténticamente poseídos u obsesionados por el diablo. De modo creciente, a partir del siglo XVII, las manifestaciones de la brujería fueron reinterpretadas -al menos en el caso de la elite social que contrglaba las imprentas- y los tribunales de justicia- esencialmente como delusiones, fruto de la historia individual y colec- tiva, obra de mentes ignorantes que se autoengañaban. Después de todo, las brujas propiamente dichas no eran más que un estorbo chiflado para la vida civil, adolescentes o viejas histéricas. Desde luego, estos cambios de rumbo intelectuales y culturales sirvieron para ampliar la linea divisoria entre las personas <<normales» -es decir, las que aceptaban las normas de cortesía y propiedad que exigía una sociedad civil progresiva y cada vez más secular- y las personas extrañas. Sería demasiado fácil ver este abismo nuevo y crucial entre lo racional y lo irracional sencillamente en términos de poder clasista desnudo: la razón como instrumento para reprimir

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PSIQUIATRÍA

a los pobres. Al fin y al cabo, dentro de la propia cultura elitista la

excentricidad estaba en boga y más adelante llevaría a las ideas románticas del genio loco y la degeneración «dandista». A pesar dé ello, la opinión pública, a partir de la Ilustración, se mostró pronta

a identificar las actitudes y la conducta de los elementos marginales de la sociedad -delincuentes, vagos, los «lunáticos» religiosos- con la falsa conciencia y la locura. Era fácil pasar de juzgar a estos indi- viduos como perturbadores a llamarlos perturbados, de verlos como «alienados» de la buena sociedad a suponer que su «alienación» era mental. Cuanto más altas eran las expectativas impuestas por el esta- do central o por la economía de mercado, mayor era la divisoria apa- rente entre los que dictaban y cumplían las normas y los que no

lo hacían. De forma creciente, se crearon instituciones para encerrar en ellas

a los peores casos, tanto para impedir que la sociedad misma se viera

abrumada y saboteada, como a modo de máquinas para reformar .a los transgresores. En toda Europa, los siglos XVIII y XIX fueron tes- tigos de una proliferación de escuelas, prisiones, hospicios, casas de corrección, talleres penitenciarios y, no en menor medida, manico- mios para hacer frente a la amenaza de la locura. Foucault dio el nombre de «el gran confinamiento~> a esta política ~ consistente en encerrar a las personas difíciles, peligrosas o simple- mente diferentes. Era, a juicio de Foucault, una política deliberada. En muchos aspectos el análisis de Foucault necesita ser matizado Y depurado. Pero es innegable que el confinamiento de las personas raras y preocupantes, de las personas perversas y peculiares? c.obró ímpetu a partir de las postrimerías del siglo XVII. Este mov1m1ento se aceleró de forma particular en el siglo XIX y su expansión numérica continuó hasta hace poco más de una generación. Desde entonces, la • política de internar a los seres insanos ha dado marcha atrás. Se están cerrando las instituciones de confinamiento y la asistencia comunita- ria («excarcelación») es la respuesta que hoy se da a los trastornos mentales. Las cifras totales de personas internadas a causa de su locura han disminuido ininterrumpidamente durante la última gene- ración. El movimiento partidario del asilo representa el gran punto decisivo en la forma de ver y tratar a los locos.

En los primeros manicomios públicos era común que los locos

fuesen tratados con gran dureza, aunque siempre existió un reducido

número de manicomios particulares, «de buen tono», donde se ofre-

au.i:>J.VlU.I\·- <>U(.;lA.L-DE

LA ".LOCURA

pagasen unas tarifas muy

elevadas. Los cr1t.tcos se quejaban de que a los internos de los mani-

embargo, la

opmtón mfluyente consideraba que ello era defendible. Después de todo, ¿acaso los que perdían el juicio no se veían reducidos a la con- di~ión de ani~al que sólo era capaz de responder a la fuerza y al mtedo? A dectr verdad, podía considerarse que el· trato brutal de que eran objeto se Io t.enían merecido, pues existía la creencia general de que los locos eran víctimas de su propia vanidad, orgullo, pereza y pecados.

Está por ver todavía si el loco encerrado en un manicomio en 1650, 1750 o 1850 lo pasaba peor que aquel a quien se permitía vagar por ~s caminos, o que era encadenado en el granero, o que, .,. como la senora R?chester en fane Eyre, permanecia encerrado bajo ".llav~~la buhardilla. X:• en tod? caso, sería un error afirmar que el~ mov1m1ento que defend1a el encterro de los locos era esencialmente represivo y punitivo. Era, más que nada, segregativo. Su base lógica expresaba ante todo la idea de que encerrar a los locos era Jo mejor para todos, algo esencial tanto para el bienestar del loco como para -" la seguridad de la sociedad.

dan condiciones, ~e lujo a lo~ parientes que

cot;Ii.os ~olían tratarlos. como a animales salvajes. Sin

,

"

De modo creciente, a partir, quizá, de mediados del siglo XVIII, los argumentos favorables al encierro de los insanos se vieron refor- zados po,r una fe nueva en la terapia y por el sueño de curar. Decían que hab1a que encerrar a los locos porque las nuevas técnicas de tl:atamiento harí~ que se pusieran bien. Con un tratamiento apro- piado se reparanan sus facultades intelectuales y se rectificaría su conducta. Una vez curados, se les podría devolver a la sociedad civil. ~e todos modos, tanto si }~an dirigidos a curar como si sólo preten-

dtan se~regar, las bases

per:epctón creciente de la divisoria esencial entre, de una parte, la razon normal y, de otra, la delusión.

Sería un error considerar que esta tendencia a encerrar la locura <. la tendencia que se ~~ r~gistrado durante los últimos tres siglos, e~ fundamentalmente hlJa Intelectual de la «psiquiatría». En primer lugar, la reclusión de los locos era principalmente una expresión de la P?~ticacivil, era ~ás ~na iniciativa de magistrados, filántropos y familias que una realizac10n -para bien o para mal- de los médi·

cos. A decir ':erdad, la ascensión de la medicina psicológica fue más

la consecuencia que la causa de la ascensión del asilo para

log1cas del confinamiento dependían de una

locos.

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LA

LOCURA

Y LA

PSIQUIATRÍA

La psiquiatría pudo florecer cuando gran número de locos fueron encerrados en asilos, pero no antes de que así ocurriese. Esto no equivale a negar que desde hacía tiempo existía un inte- rés médico por la locura, interés que se vio reforzado por el únpetu que la Revolución Científica dio a la anatomía y a la neurología. Las antiguas explicaciones orgánicas de los griegos, que recalcaban la sutil unidad del cuerpo y la mente, el alma y el espíritu, mediante las categorías de los humores, temperamentos y complexiones, fue:

ron perdiendo gradualmente su posición ventajosa. Se vieron susti- tuidas en gran parte por modelos mecánicos del cuerpo y la mente, y por la atención cada vez mayor al papel que el sistema nervioso central desempeña en la producción de trastornos de las percepcio- nes y el comportamiento. Algunas pruebas de la creciente importancia explicativa de la neuroanatomía y, por ende, del concepto de «neu- rosis» en su sentido original (enfermedad de los nervios) las veremos en el presente libro, al comentar los casos de Jorge III y Daniel Schre- ber. Es bien sabido que Jorge III insistía en que no estaba verdade- ramente loco, sino sólo «nervioso». Y al cabo de un siglo, Daniel Schreber propuso una complicada teoría según la cual sus propios nervios se veían afectados por rayos que emanaban de los nervios divinos. Estas investigaciones médicas de los trastornos mentales, desde finales del siglo XVII hasta el presente, han seguido los pasos de los doctores griegos al sancionar el «materialismo médico», esto es, la creencia de que las raíces de la insania estaban en trastornos orgánicos, neurológicos o bioquímicos. A partir de las postrimerías del siglo xvm, de tales investigacio- nes nadó una rama especializada de la medicina -cabe calificarla, de modo un tanto anacrónico, de «psiquiatría»-, una rama anclada en el movimiento partidario del asilo. Su modelo era principalmente orgánico. Daba mucha importancia a las terapias basadas en los fár· macos: algunos se usaban para calmar a los maníacos; otros, para estimular a los melancólicos; y muchos tenían por finalidad purgar la constitución de las sustancias que la envenenaban, lo cual se con- seguía por medio de sudores, vómitos y laxantes. Médicos rivales defendían sus propios tratamientos físicos y mecánicos, que eran muy distintos de los otros e incluían el recurso a técnicas de electrochoque, que fueron comunes a partir del siglo XVIII, baños muy calientes, duchas frías y sillas que impedían moverse. Mediante estas cosas -y, por supuesto, empleando también manillas, camisas de fuerza

34 HISTORIA

SOCIAL

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o trabajos manuales- se trataba el cuerpo con el fin de que el tra- tamiento repercutiera también en la mente. Así (para poner un ejem- plo), el inglés William Perfect, que a .finales del siglo XVIII regía un manicomio privado, aplicaba a sus pacientes una verdadera batería de técnicas físicas cuyo objeto era tranquilizar a los delirantes y a los frenéticos. Recurría también a drogas tales como el opio, al encierro en solitario en habitaciones oscuras, a baños fríos, a una dieta «depre- sora», a las sangrías, a los purgantes, etcétera. Estos métodos calma- ban el cuerpo. Pero poniendo fin a las agitaciones de la constitución, lo que se pretendía fundamentalmente era calmar la mente y hacerla receptiva a las zalamerías de la razón. Disciplinar, reforzar y restaurar el sistema mediante la aplicación controlada de fármacos y las restricciones mecánicas desempeñaban un papel importante en las técnicas para tratar los trastornos mentales que se idearon a partir del siglo XVIII. Pero el ambiente segregativo del asilo («lejos del mundanal ruido») también demostró set un marco prometedor para técnicas más explícitamente «psiquiá- tricas» destinadas a dominar la locura dominando directamente la mente, las pasiones y la voluntad y, de esta manera, transformar el comportamiento. A partir de mediados del siglo XVIII, los innovado-< res empezaron a desechar, por considerarlo ineficaz, el recurso nor- mal a la medicación. Los críticos radicales atacaron también las sim- ples restricciones mecánicas -los métodos brutales consistentes en manillas, látigos y cadenas, pero también las más sutiles camisas de fuerza-, tachándolas de crueles e incluso contraproducentes. En nom- bre del progreso esclarecido, se propusieron regímenes nuevos que hacían hincapié en los métodos «morales» -la amabilidad, la razón y el humanitarismo-- en la regeneración de los locos. El movimiento partidario del «tratamiento moral», que alcanzó prominencia en la Inglaterra de finales del siglo XVIII, concedía mucha importancia a la recuperación de los perturbados por medio del carisma personal del médico de locos, apoyándose en la fuerza de carácter y en el despliegue sutil de tácticas psicológicas inventivas que se ajustaban a las necesidades de cada caso individual. En primer lugar había que reducir a los pacientes; luego era necesario moti- varlos mediante la manipulación de sus pasiones: sus esperanzas y temores, su sensibilidad al placer y al dolor, su deseo de estima y su revulsión de la vergüenza. De hecho, este movimiento pretendía reavivar la humanidad

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LA

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Y

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PSIQUIATRÍA

dormida de los locos, para lo cual los trataba como seres dotados < de, como mínimo, un residuo de emociones normales, seres que toda- vía eran capaces de· excitarse y de ser adiestrados. Al finalizar el .7 siglo xvm, el movimiento en cuestión avanzó varias etapas empu- jado pot las visiones emancipadoras de Chiurugi en Italia, Philippe Pinel en París, los Tuke con su «terapia moral» en el recién fun- dado Retiro de York, y, tal vez más ambiguamente, por Reil y otros. psiquiatras románticos en Alemania. Con sus métodos diferentes en la superficie pero equiparables en lo fundamental, estos reformado- res aspiraban a tratar a sus pacientes como seres humanos que podían curarse. Su «revolución francesa» de la psiquiatría liberaría a los locos de sus cadenas, literales y figurativas, y les devolveria sus dere- chos de seres racionales que tenían en suspenso. Los locos podían estar «alienados» ahora, pero el tratamiento crearía de nuevó todo el hombre. Los asilos de Brislington y Ticehurst, donde estaba inter- nado John Perceval (véase el capítulo 9), seguían esta filosofía. Característicamente, estos reformadores, inspirándose en la teoría de John Locke sobre la forma de funcionar del entendimiento humjj- no, hacían hincapié en que el loco no se encontraba enteramente desprovisto de capacidad de raciocinio (como le ocurría al idiota); Y tampoco su razón había sido destruida del todo por la anarquía de las pasiones. Era más bien una criatura a la que la asociación defi- ciente de ideas y sentimientos en la mente había llevado a sacar con- clusiones erróneas acerca de la realidad y el comportamiento apro- piado. La locura era, pues, esencialmente delusión y ésta nada del error intelectual. Los locos se veían atrapados en mundos de fantasía, que con demasiada frecuencia etan fruto de una imaginación desen- frenada. En esencia, necesitaban que los trataran como a niños que requerían una dosis fuerte de rigurosa disciplina mental, rectificación y readíestramiento en las tareas de pensar y sentir. Por consiguiente, el manicomio debía convertirse en una escuela reformatoria. La psícoterapéutica que acabamos de describir en líneas generales -la idea de que si primero se aislaba a la gente de las malas influen- cias y luego se reprogramaban rigurosamente sus cerebros, se lograba su curación- engendró un noble optimismo. Durante el siglo XIX "7 se pusieron en práctica a gran escala numerosos planes para redimir a los locos. Si la psiquiatría progresista del asilo curaba a los insanos, la sociedad tenía la obligación de colocarlos en instituciones. En toda Europa y en la América del Notte, el estado nuevo o reformado

36 HISTORIA

SOCIAL DE

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aceptó su deber de legislar y ocuparse de los locos, los tristes y los malos. Cada vez más, la norma que se seguía con este tipo de gente era certificar su dolencia y encerrarla obligatoriamente en institucio- nes especiales para «curarla» además de «resguardarla». En 1800 había en Gran Bretaña unas 5.000 personas confinadas en asilos; la cifra había subido a alrededor de las 100.000 en 1900 y aumentado en la mitad de esa cifra en 1950. Para entonces, aproximadamente medio millón de enfermos o deficientes mentales se hallaban encerra- dos en instituciones psiquiátricas de los Estados Unidos. Para tratar- los, aparecieron en tándem una nueva profesión y una nueva ciencia psiquiátricas. Sin embargo, el hecho brutal de las multitudes cada vez mayores que iban a parar a los asilos pronto dio en qué pensar. Por un lado, a muchos médicos y magistrados del siglo XIX se les ocurrió la alar- mante idea de que, después de todo, la locura era infinitamente más amenazadora de lo que habían imaginado. Los primeros reformadores no habian visto más que la punta del iceberg. Apenas acabados de construir, los asilos se vieron llenos a rebosar y de las fuentes de la locura seguían manando más maniacos, más melancólicos suicidas, más dementes seniles necesitados de asistencia y tratamiento. Daba la impresión de que aparecían clases enteras y nuevas de enfermos mentales: alcohólicos, locos criminales, maniacos sexuales, paraliticas. Asimismo, se daba un hecho todavía más penoso: la experiencia iba demostrando que los insanos, incluso cuando eran internados en el muy alabado ambiente utópico de los nuevos asilos, no se recu- peraban con la rapidez y la certeza previstas. A decir verdad, muchos de ellos no se curaban en absoluto. Por consiguiente, el asilo no tardó en cambiar de carácter: de ser un instrumento de regeneración pasó a ser el cubo de la basura donde se tiraba a los incurables. Peor aún: los críticos radicales alegaban que podia ser la herramienta creada para la «fabricación de locura» y, por ende, la fe en el asilo podia ser una forma de «delusión». Y de esta manera el optimismo que dio origen al sistema de asilos dejó a su paso una estela de pesimismo o fatalismo. Si lo mejor que la psiquiatría podía ofrecer no curaba a nadie, el veredicto que con claridad creciente vio la profesión a partir de mediados del siglo XIX era que la mayoría de los lunáticos eran obviamente incu- rables. Y esto dio a su· vez nuevos ímpetus a las teorías médicas de la insania como enfermedad física arraigada, quizás incluso una mácu-

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la hereditaria, una diátesis constitucional, una mancha en el cerebro. Para generaciones de psiquiatras cuya ocupación cotidiana consistía

en observar a los muertos vivientes de los asilos, y que se familiari- zaban con las últimas investigaciones de la neuropatología de los transtornos sensoriales y motores tales como la ataxia, la epilepsia, la afasia y la sífilis terciaria, el realismo sobrio exigía una teoría «degeneracionista», ver a los locos como regresivos, como casos de reversión. Esto se ajustaba a su vez con el estado anímico de una élite socio-política burguesa a la que preocupaban las masas. '

del siglo XIX

también era muy dada a ver enfetmedades mentales en las efusiones deca~entes de los genios artísticos y literarios, desde los poetas malditos hasta los imptesíonistas y cubistas. Algunos psiquiatras Ctefan que estOS pintores padecían transtOtnOS morales mentales V visuales: de hecho, denunciaban a los «decadentes» d~ forma ta¡l vitrió1ica, que daban pie a interrogantes sobre su propio equilibrio

m~?tal Figuras cr~ativas tales como Schumann, Virginia Woolf y N1}1nsk1, que examtnaremos en capítulos posteriores, experimentaron relaciones traumáticas con psiquiatras que trataban de devolverlas a Ia normalidad. Pero, sobre todo, creció el temo.r (tentado estoy de llamarlo «his-

teria»)

L~ escuela degeneradonista de psiquiatría de finales

sobre la peligrosa degeneración de las masas las cuales seoún

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a v1rt1eron mue os psiquiatras, estaban destruyendo la civilización con su imbecilidad mental o su salvajismo precisamente cuando el darvinismo dictaba que sólo las sociedades mejor adaptadas sobre- vivirían. El optimismo de la Ilustración había culminado con . la aspiración de los revolucionarios franceses a liberar a los locos de sus grilletes mentales y devolverles toda su capacidad de racioci.ni~. Un siglo más adelante, sin embargo, -un siglo de encuentros depri- mentes con los locos en el hospital mental-, la psiquiatría se había vuelto más sabia o más pesimista. Prueba de ello la tenemos en la formulación de la demencia precoz, que no tardaría en denominarse «esquizofrenia», por parte del psiquiatra alemán Emil Kraepelin. El esquizofrénico arquetípico, según Kraepelin, no eta un ser sencillamente estúpido y brutal, un hombre sin cualidades; podía poseer una inteligencia y una astucia aterradoras. A pesar de· ello, parecía haber renunciado a su humanidad, abandonado todo deseo de participar en la sociedad humana. Se había replegado al interior de un mundo propio, un tnunqo solipsista, autistp. Al describir a Jos esqui-

.

.

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zofrénicos, Kraepelin usó repetidamente frases como «atrofia de las emociones», «habla confusa» y «vidación de la voluntad» para expresar su impresión de que eran pervertidos morales, casi una especie aparte. El psiquiatra suizo Manfred Bleuler --el hombre que quizá más ha investigado la esquizofrenia en este siglo-- diría de los enfermos que eran «extraños, desconcertantes, inconcebibles, miste- riosos, incapaces de empatía, siniestros, aterradores»; y concluyó que, en conjunto, «es imposible tratarlos como a iguales». Así pues, el esquizofrénico era al mismo tiempo pieza de lucimiento de la psiquia- tría, su doble, pero también la horma de su zapato. La mayoría de las fantasías más truculentas de la psiquiatría dege-<. neracionista -su tremendo racismo, su hereditarismo especulativo, su salacidad- fueron denunciadas enérgicamente. por Freud y los otros líderes de las nuevas psiquiatrías dinámicas que empezaban a alcanzar prominencia a principios del presente siglo. Y, por supues- to, la innovación terapéutica que había en el fondo del psicoanálisis ofrecía un motivo más para el optimismo: la cura verbal. Prometía que si el paciente sencillamente «lo contaba todo», siguiendo el mé- todo de la asociación libre, las represiones creadoras de neurosis se derretirían como una bola de nieve en verano. ;> Con todo, a pesar de este mesianismo de la <mueva fe», Freud sentía un pesimismo subyacente que con el tiempo se hada abruma- dor. Entre otras cosas, Freud siempre insistió en que sus métodos ·. sólo servían para tratar a personas con trastornos leves -a los neu- róticos, pero no a los psícóticos ni los esquizofrénicos-, pues el psicoanálisis presentaba unas exigencias a los pacientes que sólo po- dían satisfacer los que poseyesen ya un buen sentido de la realidad y la capacidad de interacción emotiva (o, como decían los guasones, tenías que estar muy bien para someterte al tratamiento freudiano). En segundo lugar, la psiquiatría freudiana tenía mala opinión de la naturaleza humana. Las personas eran egoístas, agresivas y des- tructivas: «sencillamente una manada de lobos>>. El concepto freu- diano de las luchas entre el inconsciente y el consciente que daban paso a la neurosis entrañaba un replanteamiento de la doctrina pla- tónica del alma tripartita dividida contra el yo, pero era un plantea- miento que adquiría una forma particularmente· aterradora. Mien- tras que Platón había concluido con optimismo que reinaría la ver- dadera armonía cuando la razón gobernase las pasiones, Freud veía l!Z!s rel!lciones emre el idl el ego y el superego como generadoras de

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LA

LOCURA

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de 1 'I:tABLAÑ LA LOCURA Y á PSIQ'GfATRÍA · una guerra civil incesante, una guerra que

una guerra civil incesante, una guerra que adquiría un carácter uni- versal. Por otra parte, Freud daba a su concepto del inconsciente un grado considerable de la tortuosidad que tradicionalmente se atribuía al diablo poseedor (el inconsciente parecía llevar el diablo dentro). Tanto en el caso del individuo echado en el diván como en el de la civilización misma, la actitud programática de' Freud era no aceptar nada en su valor aparente: su glosa de la duda cartesiana era una ciencia de la suspicacia universal. Y, siguiendo esta consigna, sos- pechaba que toda la charada de la razón era poco mejor que una máscara, un mecanismo de defensa, un poder mixtificador de resis- tencia. La razón podía ser el pináculo de la civilización, pero era también, característicamente, racionalización, el agente de la falsa con- ciencia, preparado para protegernos de deseos inadmisibles y recuer- dos insoportables. ¿Por qué otro motivo seguía viviendo la huma- nidad de ilusiones tales como la religión? Lo peor de todo era que los impulsos del yo y las exigencias de la sociedad se encontraban siempre en desacuerdo. Para encontrarles sentido a los desastres de la civilización, Freud sugirió que estaba fun- dada en el parricidio y era animada por un instinto de muerte. Hacia las postrimerías de su carrera manifestó de forma más pública sus

dudas, incluso las relativas al potencial terapéutico de sus propias técnicas. Su palabra definitiva sobre ese tema la da en un escrito titu- lado «Análisis terminable e interminable».

¿Qué tiene que ver todo esto con el tema central del presente libro, que consiste en explorar cómo los propios locos han llegado a pensar y escribir sobre su dolencia? En primet lugar, diré algo muy <. básico: vale la pena observar que, a lo largo de los siglos, han apa- recido dos grupos separados con una sensación creciente de identidad distintiva. De una parte, tenemos la profesión psiquiátrica, que, por supuesto, dista mucho de ser homogénea. Los psiquiatras han defen- dido sus propios derechos a tratar a las personas con trastornos; los han defendido contra los legos, el clero y, de hecho, la clase médica en general. A menudo lo han conseguido a costa del aislamiento y del antagonismo. Los psiquiatras del siglo XIX (es inquietante que > adoptaran el título de «alienistas») solían sentirse sitiados en su asilo, como un ejército de ocupación guarneciendo una red de castillos. .E:n el J?r~sent('! si~lo, Freud y sus primeros seguidores sintieron tan

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agudamente el rechazo de la sociedad en general, que el creador del psicoanálisis llegó al extremo de formar su propio «comité secreto», una camarilla interna integrada por los fieles, a quienes Freud rega- laba sus propios anillos secretos. De otra parte, las personas con trastornos mentales y de com- < portamiento iban formando un grupo claramente identificable que, típicamente, el siglo xrx encerraba en el abarrotado hospital men- tal, peto que también proporcionaba un provechoso tráfico para la psiquiatria de consultorio. Cuanto más «tacional» se volvía la sacie- .)' dad, y cuanto más apreciaba la «normalidad», más visibles se hacían los «locos» (o, mejor dicho, al final, invisibles, ya que eran encerra- dos porque se prefería no verlos). Obviamente, estos dos fenómenos están vinculados, son dos - caras de la misma moneda. La mayor identificación de un conjunto separado de locos fue fruto del nacimiento de la profesión que los identificaba y atendía. A medida que ha ido creciendo, la psiquiatría , ha hecho más reclamaciones territoriales en lo referente a «descu- brir>> enfermedades mentales donde antes no se sospechaba que las hubiera. Por ejemplo, la psiquiatría del siglo XIX afirmó que su esfera apropiada alcanzaba el comportamiento aberrante que tradicionalmen- te se había considerado como vicio o pecado y, por ende, competen- cia del juez o del predicador. Beber en exceso se convirtió en la enfer- medad mental del alcoholismo, del _mismo modo que los abusos sexuales como la sodomía fueron convertidos por la psiquiatría en la <meurosis homosexual», a la vez que la psicopatología capturaba toda una serie de otras «perversiones» eróticas. Este hecho no logró burlar la atención de los locos. Sus autobio- grafías señalan con frecuencia que la psiquiatría tendía a ser ambicio- sa, pero circular: veía locura en todas partes. Porque creaba los rasgos que profesaba curar, o, cuando menos, quedaba fija a ellos. Así, la medicina mental misma se veía infectada por una especie de locura, según pacientes de asilo tales como William Belcher o John Perceval; a otras personas las hada víctimas de sus propias delusio- nes, creando por arte de magia su propio mundo fantástico de los locos. Según Perceval, una vez te habían obligado a interpretar el papel de paciente en esta fantasía, una vez te encerraban en el asilo, sólo te permitían escapar si interpretabas tu papel al pie de la letra. Esta percepción de la psiquiatría coino teatro, en el cual los doctores escdbían la obra y dirigían las representaciones, adem~s de obli(Sa¡:

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a los locos a hacer de actores -¡como en Charendon!- era fruto,

huelga decirlo, de la peculiaridad que hada de la psiquiatría algo sin igual en la medicina: el confinamiento obligatorio en el asilo. Porque la gran mayoría de los pacientes que fueron atendidos por médicos de locos o psiquiatras en los dos siglos que siguieron a 1750 habían sido aislados de sus semejantes y encerrados en insti- tuciones especiales, privados de sus derechos jurídicos y de su perso- nalidad.

La costumbre de identificar y aislar a los locos y encerrarlos juntos en «instituciones totales» aisladas, que a veces alojaban a miles de enfermos, ¿qué efecto podía surtir salvo el de reforzar el argumento básico de los psiquiatras, la alienación supuestamente fundamental de los asilados? De esta manera el sistema se convirtió en una pro- fecía que por su propia naturaleza contribuía a cumplirse, al obligar

a los calificados de «anormales» a vivir en circunstancias que impe-

dían llevar úna vida normal. Privados de todo lo que se pareciese a las opciones, las libertades, la autodeterminación del mundo exterior, los locos (decían los críticos, algunos «locos», algunos «cuerdos») se

ajustaban, por supuesto, al estereotipo de la locura formulado por

la psiquiatría misma: ¿qué otra cosa cabía esperar?

No obstante, el comportamiento de las personas encerradas en manicomios se transformó en la prueba tangible, a ojos de sus carce- leros, de la diferencia esencial de los insanos. Además, el hecho de que los locos, en contra de lo que se esperaba, no se recuperasen en

los manicomios demostraba que su dolencia era incurable. De modo paralelo, el hecho de que los neuróticos no mejorasen rápidamente en ·

el diván era, para muchos analistas, la prueba de lo muy arraigadas

que estaban las neurosis edípicas, de que hada falta mucha «per-ela- boradón» analítica. Las crónicas que aparecen en los capítulos siguientes son testi- < monio de la profunda desconfianza, a menudo antagonismo, que la psiquiatría despierta en los locos. Estas tensiones raramente son visi- > bies en los escritos de los legos en la materia cuando hablan de los doctores en general. La explicación sencilla, por supuesto, es que los locos están locos. Pero hay que recordar que las barreras especiales

a la comunicación que afloran en tantas de estas narraciones -la sordera, la indiferencia, los designios opuestos- son resultado inevi- table de la senda que singularmente toma la psiquiatría ¡¡l re¡;urtir al encierro for;mso y en m¡¡sa de paciente~,

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Esta tendencia a segregar a las personas con trastornos tuvo otra consecuencia clave: la costumbre médica de colocar al paciente bajo el microscopio, en espléndido aislamiento, y explorar exclusivamente dentro de él, su propia naturaleza y la historia de su vida, en busca de la raíz de su trastorno. Al ser apartado del contexto social y encerrado en el manicomio, el loco se convirtió en un problema clínico, en un «caso». Dado que el asilo era oficialmente un lugar, «beneficioso», las subsiguientes faltas de cooperación y de conducta

por parte del paciente no podían ser sino una confirmación más de que la «locura» estaba dentro. Así (como perciben muchos de los escritores locos que estudiaremos), la psiquiatría institucional colo- caba a los pacientes ante un dilema. De una parte, se les consideraba locos y, por ende, incapaces de hacerse responsables de sus vidas. Al mismo tiempo se les reñía de forma habitual por sus propias transgresiones. Y si se rebelaban contra esta situación <<imposible» -o, a decir verdad, si trataban de señalar la paradoja-, ¿qué sig- nificaba ello sino nuevas pruebas de que eran elementos perturba- ,

~~?

,

En los capítulos posteriores se sugiere que, de modo parecido, la psicodinámíca moderna corre el ríesgo de convertir al paciente en <<Víctima» haciéndole cargar con toda la responsabilidad de su propio estado. En este caso, el primer acto de «aislamiento» tiene lugar cuando se obliga al paciente a echarse a solas en el diván -no hay espado para sus padres, hermanos y hermanas, cónyuge, vecinos, pa- trono, etc.- y acto seguido se ptohíbe el contacto humano normal con el analista. Éste adopta profesionalmente el distanciamiento del observador científico, y analista y analizando tienen un contrato de una sola dirección. Vienen a subrayar lo que decimos las interpreta- ciones radicalmente distintas que de las memorias de Daniel Schreber ofrecen Freud y Schatzman. Al modo de ver de Freud, la psicosis de Schreber puede entenderse atendiendo exclusivamente a sus pro- pios impulsos interiores. Su red de fantasías puede descifrarse y entonces revela sus deseos homosexuales inconscientes, cuya supre- sión crea trastornos. En la infanda, los citados impulsos le hieron desear a su padre y a su hermano. En ningún lugar sugiere Freud que las manías persecutorias de Schreber nacieran de situaciones familiares intolerables en las que se encontraba de niño, o de exigen- das imposibles que le hicieríln ot+as personas. S~;:hatzman explora estas posibilidades,

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Así pues, la psiquiatría tiene su propio punto ciego. Puede ver<. únicamente una dimensión de la dialéctica doctor-paciente: la enfer- medad o demonio dentro del segundo. Lo que las narraciones de l<!s pacientes subrayan de modo especial son los demonios de fuera, entre los que puede figurar, como ejemplo definitivo, el propio psiquiatra. que lleva un manicomio, con sus técnicas y su entorno. ·" En resumen, la historia de la psiquiatría, vista a ojo de pájaro, muestra que a lo largo de los siglos, fenómenos profundos han con- tribuido a «construir» a la persona mentalmente enferma como tipo,

un

tipo al que se puede tratar o, como mínimo, confinar. La sociedad

se

ha definido progresivamente como racional y normal y con ello ha

aprobado que se estigmatice y excluya a los «extraños» y «alienados».

Y el método particular del asilo amurallado y cerrado con llave

-que, después de todo, acabó alojando a más personas que la cár- cel-, respaldado por la especialidad médica de la psiquiatría insti-

tucional, subrayó el carácter diferente, la singularidad, de los que eran «alienados» o <:<excluidos» de esta manera. Estos factores, uní-<. dos unos a otros, se les antojaron a muchos escritores locos una ame- naza perpetua a su común humanidad, una forma (como dijo Virginia Woolf) de «penalizar la desesperación». La voz de los escritores que comentaremos en el libro es una voz que se muestra profundamente consciente de que se le ha hecho sentirse diferente. Por regla gene- ral, se quejan de que la «alienación» es una identidad falsa que les han impuesto o, de hecho, una no identidad, una sensación de haber sido transformados en .una no persona. Y con demasiada frecuencia

es una excusa para no escucharles.

>

Yo E

IDENTIDAD

Es frecuente que los escritos de los locos expresen argumentos<.

en

respuesta a otros argumentos, con el fin de apuntalar el sentido

de

personalidad e identidad que ellos creen menoscabado por la socie-

dad y la psiquiatría. Así, en el fondo de la psicopolítica se libra una batalla por el sentido del yo: ¿quién lo define? ¿quién es el propie-

tario? Y esto nos introduce en el centro de una historia más pro-,> funda. La ascensión de Occidente ha supuesto la creación de ideales que conceden un valor singul~r al individuo. La filosofía griega declaró

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primeramente que el hombre era la medida de todas las cosas y luego recalcó que cada hombre debe hacerse responsable de su propio

destino. Sócrates bebió la cicuta y más adelante los estoicos defen- dieron la autonomía de la voluntad racional, noblemente indepen- diente de todas las formas de dominio externo y de esclavitud res- pecto de las pasiones. De esta manera modelos de autoconocimiento

y de autodominio establecieron el valor superior del individuo.

Desde el interior de su propio esquema de valores, que es muy diferente, el cristianismo también sancionó la singularidad del yo. Por supuesto, el panorama que presentaban la Biblia y la teología era complejo, por cuanto para el hombre caído, pecador, el amor a

si mismo significaba los males del orgullo y la vanidad; era deber

del cristiano aniquilar su yo en la búsqueda del amor de Dios. No obstante, el hombre y sólo el hombre estaba creado a imagen y seme- janza de Dios, que había garantizado a toda persona un alma indi- vidual, inmaterial e inmortal. A diferencia de las otras religiones de

la antigüedad, el cristianismo ofrecía la promesa, no de una persis-

tencia vaga y despersonalizada después de la muerte, una unión con

el Alma del Mundo o una mera transmigración de las almas, sino la

supervivencia del yo encarnado personal intacto por medio de la resu- rrección de la carne. De muchas maneras diferentes y demasiado complejas para des- cribirlas aquí, durante la Edad Media y hasta bien entrados el Rena- cimiento y la Reforma, destacados pensadores concedieron cada vez más importancia a un sentido fundamental de la primada del yo individual. Por medio de la meditación y el misticismo, el devociona- lismo católico hurgó en el alma particular en busca de un mayor acercamiento a Dios. También el protestantismo, con su sacerdocio de todos los creyentes y su justificación exclusivamente por la fe, situó necesariamente el último tribunal de apelaciones en asuntos de conciencia dentro del corazón de cada creyente. Tal como recalcó Max Weber, el ethos del protestantismo, al desechar los sacramentos de salvación institucionales y casi mágicos del catolicismo, arrojó sobre el cristiano individual la inmensa carga de justificarse ante Dios. El individuo tenía que registrar y azotar su propia alma, con- fesarse ante sí mismo y demostrar a sus semejantes, por medio de su propia rectitud moral, su «elección» para la salvación. Al fragmentarse la cristiandad, crecieron las pretensiones de tole- r¡¡ncia teológica y éstas a su vez se ~;ntrelazflron con ~1 indivicl\Jalismo

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político. El liberalismo inventó el mito del yo atomístico . nacido como agente libre en un estado de naturaleza, antes de la soc1ed.td y también del estado. El capitalismo produjo un mito paralelo, el concepto del homo ecoJtomicus, el productor-consumidor individual

y soberano que buscaba su propio beneficio en el mercado. A est?

persona le dio una morada local y un nombre Daniel Defoe: se con- virtió en Robinson Crusoe, el hombre aislado en la isla que --como

si

completas partiendo de dentro de sí Un sentido incomparable del valor intrínseco del yo smgular cobró fuerza en las tradiciones de pensamiento moral introspectivo (nosce te ipsum) y la reflexión autobiográfica (que sais-ie?) a partir de Montaigne. Rousseau, cuyas Confesiones transformaron la autorre- velación en una forma artística, ofreció una apología de sí mismo afirmaQdo .que era, si no virtuoso, al menos diferente, y el roman- ticismo pronto se embarcó en su odisea de la educación moral (Bildzmg) del yo soberano como héroe. Y haciendo juego con todos estos impulsos a la introspección, surgió, por supuesto, la exploración del significado del yo en las nuevas disciplinas de la psicología y la psiquiatría. La Revolución Científica fue importante en este aspecto. Porque destruyó las antiguas correspondencias macrocosmo-microcosmo del

universo orgánico e impuso una visión del hombre a solas en el cosmos. El dualismo cartesiano negaba la conciencia a cualquier obje-

to natural excepto al cerebro humano y hada de la conciencia humana

de la autoexistenda una proyección solipsista de su sentido de ser. Pero no transcurrió mucho tiempo antes de que la prueba de la auto· existencia de Descartes fuera puesta en duda. El empirismo de Locke demostrÓ que el carácter individual era en sí mismo el fruto de la experienda, de miríadas de inputs sensoriales atomizados fundién- dose precariamente en el sensorio: el hombre, pues, se hacía a sí mismo. Y Hume llevó esa percepción de la subjetividad una etapa más allá poniendo en duda la continuidad y la integridad mismas de nuestras propias percepciones de nuestra identidad: ¿cómo podíamos estar seguros de que de un día a otro éramos la misma persona y no múltiples personalidades? De esta manera el problema del conocimiento llevó de nuevo al problema del conocedor y de cómo podía conocerse a sí mismo. Para los escépticos de la Ilustración, esto pasó a ser un problema funda-

desafiara a John Donne- generaba una economía y una sociedad ·

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mental, una fuente de desorden y confusión. No es extraño que Laurence Sterne fuese capaz de imáginar a su héroe medio loco, Trístram Shandy, siempre inseguro de sí mismo, de su yo, disolvién- dose bajo la voz de alto de un centinela: «"Y quién eres tú'', pre- guntó él. "No me confundas", dije yo». Mediante el romanticismo, mediante la filosofía idealista alemana

y sus críticos tales como Schopenhauer, y más adel~nte mediante el

existencialismo, la filosofía y la literatura modernas se embarcaron en la inquieta búsqueda de identidad auténtica esencial; y al hacerlo

se encontraron atrapadas en una aventura cada vez más incestuosa

con las categorías y las teorías de la psiquiatría misma. La relación

de amor-odio entre, de una parte, el moderno psicoanálisis freudiano y jungiano y, de otra, escritores y artistas es demasiado conocida

para que sea necesario describirla aquí. Dicho de otro modo, acabo de sugerir que múltiples tradiciones de pensamiento convergieron en el pensamiento occidental moderno para fomentar el desarrollo y la realización del yo. La individualidad era apreciada. Pero era problemática. Planteaba sus propios proble- mas psiquiátricos. El auge de la novela, con su exploración de las vicisitudes del yo como héroe, experimentando la educación moral, brinda un ejemplo clásico. Pero, sobre todo, vemos en ella el desarro- llo de tradiciones distintas de escritura autobiográfica. En la autobiografía, la religión preparó el c~mino. A decir ver- dad, las Confesiones de san Agustín proporcionaron el modelo y la sanción para el posterior desarrollo del género. De las comuniones del yo con Dios se dejó amplia constancia en la Edad Media y una obligación introspectiva fue institucionalizada en el seno del catoli- cismo mediante las prácticas de la confesión y la penitencia. Llevar y publicar diarios espirituales fue luego común en los siglos XVI

y xvu e iban dirigidos a la autoconfesión, es decir, a confesar la

propia suciedad ante Dios. Un tema conspicuo en tales autobiografías espirituales era la experiencia de la conversión. El pecador había sucumbido primero a la tentación y avanzaba dando tumbos, ciega- mente, hacia las fauces del infierno. Pero Dios en su misericordia creaba una profunda crisis espiritual. El alma era atormentada, mas la gracia salvaba al pecador y le transformaba en un penitente agra· decido. En el mundo de habla inglesa, Grace abou~tding, de John Bunyan, pasó a ser el ejemplo definitivo de esta manera de encontrar

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un sentido religioso retrospectivo de la tragicomedia del ser humano· descarriado. Los ejemplos más hondamente introspectivos de la apologia pro vita sua -algunos ostensiblemente privados, otros explícitamente escritos pensando en su publicación- surgieron al principio de pro- tocolos que en esencia eran religiosos: la necesidad de desnudar la conciencia y confesar los pecados propios bajo el Todopoderoso omni- vidente. Podían servir para la redención de otros, para ayudar a con- vencer al mundo no regenerado del propio valor definitivo y con- quistado con esfuerzo, o para proporcionar esencialmente una forma de sumar ·las cuentas espirituales antes de presentarse ante el Crea- dor. Con el tiempo, el lenguaje y los valores de la autobiografía se volvieron más comúnmente seculares, pero el deseo apremiante de hacer revelaciones autolacerantes no perdió intensidad. El autobió- grafo podía tener pocas virtudes que revelar, excepto la virtud últi- ma de la «honestidad». Pero crecieron también muchos otros géneros de autobiografía y merece la pena fijarnos aquí en uno de ellos. Este género era orgu- lloso en vez de penitente, estaba empeñado menos en la autoincrimi- nación que en la autojustificación. Con frecuencia semejantes solilo~ quíos cobraban la forma de una vindicación contra las calumnias del mundo cruel, o la afirmación «objetiva» de los logros propios. Seme- jantes versiones del yo fueton publicadas de muchas maneras: como autobiografías propiamente dichas, comentarios preliminares, tefuta- ciones, cartas abiertas y así sucesivamente, muchas de ellas celebrando las virtudes excepcionales del autor. Burckhardt hizo hincapié en el individualismo del Renacimiento; ciertamente, a partir del Renaci- miento las figuras públicas pocos escrúpulos tuvieron en cantar sus propias alabanzas, o en saldar cuentas con sus enemigos, utilizando el género autobiográfico. Los petsonajes grandes y gloriosos, desde Benvenuto Cellini hasta Gibbon, y luego hasta Freud y más allá, han tenido el prurito de poner las cosas en su lugar, de retratarse como héroes. Han tenido multitud de imitadores entre los desconocidos, empeñados en demos- trar por qué ellos también habrían sido. Cellinís, Gibbons o Freuds de no haber sido por las maquinaciones de sus enemigos y la male- volencia del destino. Espoleados por las obligaciones para con la verdad y el amor a sus semejantes, incontables autobiógrafos han i::;trado sus tristes historias de olvido y vilipendio. Los que han su-

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frido encarcelamiento, han sido privados de sus libertades y han

batallado por la Causa han sentido la necesidad de contar sus his· torias para poner sus vidas en orden e informar a la posteridad. Muchos recurren a la autobiografía porque se creen incompren- didos. Pero, ni que decir tiene, se trata de un género que no puede protegerse contra la incomprensión. Es común que los autobiógrafos protesten demasiado y el potencial del género para el patetismo y la autoparodia involuntaria fue denunciado cumpljdamente en los pd- meros tiempos por Jonathan Swift con su modesta invitación a entrar en el monstruoso egoísmo que se engaña a sí mismo de gentes como el narrador del El cuento del tonel y del propio Lemuel Gulliver.

¿Dicen la verdad semejantes ~<narradores de poco fiar»? ¿O no

ofre-

cen nada más que cuentos relatados por idiotas, sin significado algu- no? Esta ambigüedad radical del proyecto de contar la propia historia es precisamente lo que hace que la autobiografía corra el riesgo de disolverse en una empresa loca. Ese autobiógrafo es un necio que cree que sus autorrevelaciones no serán consideradas como síntomas de psicopatolgía. Laurence Stetne recalcó las exclamaciones auto- biográficas de su enemigo, Tobias Smollett: «"Se lo contaré al mun- do", exclamó Smelfungus [Smollett]. "Será mejor que se lo cuentes a tu médico", dije yo». No es de extrañar, pues, que las autobiogra- fías de los locos resulten un campo de minas hermenéutico. Porque el género mismo exige un solipsismo que podría verse como inheren- temente patológico. Para contar la propia historia: ¿qué podría esta- blecer mejor la propia veracidad, o proporcionar síntomas más con- cluyentes de absoluta autodelusión?

LA PSIQUIATRÍA Y EL YO

< Uno de los tropos, una de las quejas de la psiquiatría a lo largo de los siglos es que los locos hayan sido tan egocéntricos. Se dice

que es característico de su dolencia (paranoia, megalomanía, etcétera) creer que todo gira alrededor de ellos mismos (el problema de la

>autorreferencia); e

como el Viejo Marino,* la comezón

""{perimentan,

Nombre de un personaje que en un poema de S. T. Coleridge es conde-

nado a viajar de un país a otro predicando amor y respeto a todos los seres

vivos. (N.

*

del t.)

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incesante de hablar de sí mismos o una sed insaciable de escribir (la cacoethes scribe~tdi). Por supuesto, esta clase de egoísmo monstruoso -inicialmente los pecados de vanidad y orgullo- era desde hada mucho tiempo definitoria del estado de locura. Semejante forma de autointoxicación podía manifestarse como desesperación (tal es el caso de William Cowper, que comentaremos más adelante, cuya idea fija era que nadie en todo el mundo podía ser tan pecador como él) o, en caso contrario, como un sentido desmesurado de la propia im- portancia, como en las pretensiones de Daniel Schreber, Clifford Beers o quizá Freud de que, debido a su propia experiencia de la psiconeurosis, se encontraban en una situación incomparable para salvar la psique revelando al mundo una nueva religión o una nueva ciencia. Y es muy cierto que en la realidad algunos locos han tratado de dejar constancia de su situación. Clifford Beers nos cuenta que el

cordura durante su estan-

cia en el asilo eta a menudo un pedacito de lápiz escondido en alguna parte de su celda. Cabe especular que lo que le mantuvo razonable- mente cuerdo durante el resto de su vida fue la capacidad de contar su propia historia una y otra vez, miles de veces, a los asistentes a conferencias y cenas. Nijinski nos relata que permanecía sentado escribiendo resueltamente su diario en ruso justo en el momento en que sus médicos trataban de entrevistarle. Muchos diarios de locos son obras muy largas y detalladas: el diario de Goodwin Wharton, el político whig y comulgante con el mundo de las hadas de finales del siglo XVII, alcanza cerca del medio millón de palabras; y eso que el autor nos asegura que no es más que un resumen de sus anota- ciones originales. Personas que llevan una vida normal y corriente, libres de una amenaza diaria a su dominio mental, sin el temor de que nadie qui- siera escucharlas, han experimentado necesidades profundas de crear versiones de sí mismas que «ajustaran la realidad>> para el público o la posteridad. No debería sorprendernos, pues, que quienes se hayan sentido profundamente amenazados por demonios o por médicos de locos desearan dejar su propio testimonio con el fin de alcanzar justicia temporal o eterna o, sencillamente, como única maneta de

replicar. ¿Cómo han interpretado la sociedad y la psiquiatría estos cuen- tos del más allá? Como hemos señalado, la cultura europea tradício-

cabo sal~avldas que le mantuvo atado a la

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nal así la docta como la popular, se había mostrado dispuesta a alb~rgar la idea de que la locura realmente podía tener algo que decir que quizá poseía verdades misteriosas o era vehículo_ de las misrr:as. Al bufón se le concedía su privilegio; al loe~profét}co,,sus conversos. La bruja posesa que incriminaba a sus vecmos vew como sus acusaciones eran investigadas. Los primeros ':isitantes de ~ethlem, que iban al manicomio como quien va a presenctat un espectacu!o, se deleitaban con los desvaríos libres y no censurados de los «colegtales» (así les llamaban) y jugueteaban con la idea de que podía haber razón en la locura verdad en la insania, porque, en el fondo, todo era <<Un mundo loe; mis señores». Según se decía, los internados en Bed-<. lam "' 0 <<b:d!amítas» aprovechaban su libertad sin igual ~ara m~l­ decir al rey, burlarse de la autoridad y desen?;ascarar la htpocresta. Podían decir lo que pensaban y preguntar qUle~es eran los ~erdade­ ros locos. Así pues, el loco (cabría verlo como td.puro) podta ser el/·

único hombre libre. Huelga decir que la broma podía ser a costa del l?co. Comenta- ristas y psiquiatras por igual se burlaron de los que dectan ser poetas, inventores de algún que otro internado que creía ser Anacreont~. En el cuadro vivo de Bedlam que forma la escena final de Rake s progress Hogarth se presenta a sí mismo como artista loco que traza ga;abatos en todas las paredes. Devolviendo el cumplid?•. Paul Sandby dibujó a Hogarth como The writer rmt ~tad. Es:r~btendo

sobre locos que escribían sobre en una sala de espejo~.

Todo se convertla tan factlmente

No obstante

una verdad parece clara en medio de toda la con- A la larga, el desarrollo de la segregación por medio ·~

fusión cultural.

del sistema de manicomios, así como de una disciplina que lo p~e:

sidía -la psiquiatría-, sirvió para hacer callar a los locos o, qutza más exactamente, para hacer que sus voces resultaran inaudibles para la mayoría e ininteligibles par.a otros, ~oco inclinado: a escuc~ar. Esto ocurrió en un tosco senttdo matenal. Cuanto mas se poma a los locos bajo llave, más se les hacía callar. La persona rara o .inadap- tada que vivía en la sociedad, si bien en sus márgene~,.obviamente tenía más oportunidades de expresarse -y de que le hrcteran caso- que la que se encontraba recluida en el asilo. Por ejemplo, en Devon- >

.,

Hospital psiquiátrico, el más antiguo de Inglaterra, fundado

que VIII en 1547. (N. del t.)

por Enri-

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shire, a finales del siglo XVIII, a Joanna Southcott, profetisa y futura madre del Nuevo Mesías -mujer a la que todos creían totalmente chiflada-, se le permitió seguir en libertad y llegó a tener miles de seguidores en Londres, además de fundar su propia iglesia. En con- traste, otra figura profética muy parecida y contemporánea de Joanna Southcott, Richard Brothers, perdió casi por completo el contacto con el público después de que el gobierno ordenara confinarlo en un manicomio. Desde luego, el manicomio era en sí mismo una institución ambi- <. gua, toda vez que podía ser una caja de resonancia además de un silenciador. Hasta 1770 más o menos, en el hospital de Bethlem de Londres se fomentaban las visitas indiscriminadas del público, a la vez que en el de Charenton, en París, se organizaban funciones de teatro. Pero los manicomios particulares siempre habían mostrado gran int~rés en esconder a las personas que habían perdido el juicio,

y el secretismo (que se justificaba diciendo que era en beneficio de

los pacientes) dominada el asilo público del siglo XIX y su leg~do. Reglamentos complicados se encargaban de limitar severamente el acceso de los enfermos al mundo exterior y viceversa. Un paciente de comienzos del siglo XVIII tal como Alexander Cruden no experi- mentaba grandes dificultades para tener acceso al mundo situado más allá de los muros del asilo:· recibía visitas y enviaba cartas. Pero eso iba a cambiar. Una queja constante de prácticamente todas las auto- o:

biografías de pacientes a partir del siglo XIX se refiere a la barrera que impide comunicarse. La terapéutica consistente en el máximo control ambiental, en un absolutismo ilustrado psiquiátrico, parecía

exigir que se redujeran al mínimo los contactos entre el enfermo y

la sociedad, casi como si se tratara de una enfermedad que fuera

contagiosa.

Una de las mayores pesadillas de que deja constancia John Per- ceval en su Narrative era la del aislamiento de sus semejantes y la invariable destrucción o censura de las cartas que escribía o que recibía. Seguramente este aislamiento forzoso fue lo que contribuyó a que John Clifford Beers creyera que los visitantes a quienes permi- tían verle en el asilo eran en realidad impostores y secuaces, totalmen- te irreales. Aislados en asilos, tanto Robert Schumann como Daniel Schreber creían que sus esposas habían muerto, pues no habían tenido

noticias de ellas desde hacía mucho tiempo .

;;;

Otras formas de comunicación o de autoexpresión estaban igual- <

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mente prohibidas porque se las consideraba contraindicadas. La tera- pia basada en la cura de reposo que popularizaron Weir Mitchell y otros ·a finales del siglo XIX negaba a los pacientes el acceso a pluma y papel porque se creía que escribir excitaba demasiado. De modo::-<. parecido, desde el punto de vista terapéutico se juzgaba deseable que los pacientes no hablaran de ellos mismos. La «enfermedad verbal» se tenía por un síntoma de personalidad histérica, siempre anhelando que le prestaran atención. Escuchando lo que decían los histéricos, lo único que conseguirían los médicos era exacerbar en el paciente un sentido malsano de su propia importancia. Inclusp en una época ilustrada como la actual, es probable que los intentos de comunicarse

o escribir que hagan los pacientes sean vistos con suspicacia. Hace

unos veinte años, como parte de un experimento, unos investigadores

norteamericanos se hicieron encerrar en un asilo fingiéndose esquizo- frénicos. En el hospital, estos seudopadentes se comportaban normal- mente y a veces tomaban nota por escrito de lo que observaban. Esto quedó reflejado en sus historiales clínicos como síntoma de su esqui- zofrenia: lo llamaron «comportamiento Así, con bastante brusquedad, la psiquiatría institucional aislaba

>

a los enfermos mentales de la sociedad y colocaba obstáculos a la comunicación. Un paciente irlandés se quejó a su supervisor dicién- dole: «Me habéis quitado mi lenguaje». Schumann, al parecer, estuvo

a punto de perder el arte de hablar por culpa del silencio prolongado.

Pero la psiquiatría también tendía a sofocar a los locos en otro sen- .e:

tido, un sentido más sutil: partiendo del supuesto de que, de todos modos, lo que podían decir no tenía sentido. ¡Sabe el cielo lo locuaces que eran los locos! Pero lo que decían (a juicio de la corriente principal de la medicina psicológica) no eran más que tonterías, no era verdadera comunicación. Ciertamente, éste fue el veredicto de los médicos a partir del siglo XVII al enfrentarse

a brujas y a pentecostalistas religiosos con sus declaraciones aparen- temente diabólicas o blasfemas. Si se tomaban literalmente, tales palabras resultaban peligrosas, incluso abominables. Debido a ello, se hizo común, para referirse a lo que decían los locos -sus maldi- ciones, obscenidades, insultos e indecencias-, usar términos tales como «cháchara», «parloteo» y «desvaríos», dando a entender con ello que el lenguaje de los locos era infrahumano, que no comunicaba cosas con más sentido que los ruidos de los animales salvajes, con los que, por supuesto, era común compararles. Después de todo, la

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licantropía era la forma de locura que hacía que un hombre aullase:

como un lobo. Detrás de todo esto se hallaba la suposición de que lo que decían las personas locas estaba desprovisto de significado: «toda coherencia ha desaparecido». No constituía un uso apropiado y con sentido del lenguaje, sino que era análogo a una simple efusión, una purga del cerebro, un grito de dolor incontrolable, totalmente fortuito, o un balbuceo infantil. Al fin y al cabo, las principales teorías de la medicina mental en los siglos XVIII y XIX argüían que la causa; la esencia, de la insania no se encontraba en un conflicto primario de la mente, sino que surgía de una lesión corporal. Trastornos de las tripas, un exceso de bilis negra, una infección de la sangre, un tumor en el cerebro, el movimiento del útero: todos estos trastornos somáticos producían dolor, angustia, crisis histéricas, alucinaciones. El habla de. los locos, por consiguiente, no era más que una reacción refleja a alguno de tales trastornos, como el ruido que indica que el coche sufre una avería. Era secundario, sintomático; indicaba que algo estaba mal, pero no tenía ninguna verdad inherente. Semejante ? guirigay no ofrecía ninguna indicación de la realidad personal, social o cósmica. Estaba muy generalizada la opinión de que lo mejor que podía hacerse con las cosas que decían y escribían los locos era tra- tarlas como ruido y furia, como tonterías. Tenemos el ejemplo del influyente doctor Nicholas Robinson, contemporáneo y seguidor de Isaac Newton. Argüía Robinson que las palabras y los movimientos de los locos eran sólo espasmos automáticos de las cuerdas vocales. No obedecían a actos del cerebro y, por ende, no brindaban ninguna percepción de las condiciones mentales, toda vez que la locura era esencialmente fruto de trastornos somáticos. Cuando un paciente revelaba sus sueños y decía que en ellos un amigo montaba en él como si fuese un caballo, Robinson lo interpretaba sencillamente como síntoma de una imaginación recalentada y aconsejaba «medicinas fuertes» para purgarlo. Así pues, la psiquiatría tomaba Jas peculiaridades y defectos del < habla como señales de locura y en el siglo XIX se hizo cada vez más frecuente interpretarlas como consecuencias de enfermedades del sis- tema nervioso central o del cerebro. Pero los médicos no se atrevían a ocuparse de lo que los locos decían realmente, pues creían que sólo serviría para que sus ideas fijas arraigaran con mayor firmeza en su cerebro, sin proporcionar ninguna información significativa al doctor.,->

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El problema de las «otras mentes» se resolvió, de hecho, negándolas. En sus autobiografias los locos suelen quejarse de que sus esfuerzos < por comunicarse son sofocados, desoídos o interpretados deliberada- mente mal. Al ver que sus palabras eran objeto de apropiación inde- bida, muchos se han sentido empujados a protegerse por medio del silencio o inventando alguna jerga. La culminación de este proceso se encontraba en rasgos clave de la demencia precoz, tal como la formuló Kraepelin, que pronto se convertiría en la «esquizofrenia» increíblemente influyente de Eugen Bleuler. Kraepelin estaba dispuesto a considerar la demencia precoz como orgánica en su etiología. Sin embargo, su sorprendente aspecto sintomático residía en que se caracterizaba por el autismo. Se suponía

que el enfermo mostraba escaso interés por el mundo exterior y no se relacionaba ni comunicaba con él. Por lo tanto, había hecho de sí mismo un ser esencialmente incomunicado, alienado de la humani- dad. El esquizofrénico era el hombre convertido en isla. Al modo de ver de Kraepelin, la falta de voluntad de comunicarse era típica de la dolencia: «Los pacientes se vuelven monosilábicos, parcos en sus palabras, hablan con titubeos, enmudecen repentinamente, nunca

relatan nada por iniciativa propia

otras personas». Esta descripción de la esquizofrenia llamó la aten- ción sobre una de las tendencias incipientes de la recién nacida psiquiatría: la idea de que la esencia de la locura reside en ser aliena- do, diferente, otro. Críticos de la psiquiatría ortodoxa tales como R. D. Laing y Peter Barham han observado que hay sólo un paso corto de ailf a la idea de que la locura es esencialmente incompren- sible, inaccesible; lo cual, según ellos, sanciona con demasiada faci- lidad el olvido organizado. Laing ha sugerido que las notas que tomó Kraepelin sobre casos de esquizofrenia demuestran que era él quien no acertaba a comunicarse. Quien sepa escuchar silencios puede inter- pretar el mutismo del esquizofrénico como una respuesta muy elo- cuente.

A partir del siglo XIX, una serie de teorías orgánicas permitieron "- hacer oídos sordos a lo que decían los locos. Irónicamente, se trataba de una sordera análoga a la indiferencia que, según decían, mostraban los locos ante la comunicación. La terapéutica plantea dilemas pare- > ciclos. Así, ni siquiera a los defensores de la <<terapia moral» que < hemos mencionado antes les interesaba escuchar lo que los locos tenían que decir; y tampoco les interesaba la comunicación verbal

>

no establecen relaciones con

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directa, de persona a persona. En vez de ello, lo que les preocupaba eran las técnicas que podríamos denominar «conductistas» para hacer que el habla de los locos resultase apropiada. En el Retiro de York no se prestaba la menor atención a las alucinaciones; hubiese tepre- sentado complacer el egoísmo de los pacientes. Lo que contaba era la reeducación en las pautas corteses de conversación y se conside- raba que tomar el té con los doctores eta instructivo a tal efecto. >- Estos obstáculos a la comunicación con los nativos, ¿se debían a que nadie -al menos antes de Freud- poseía la habilidad de leer entre líneas de descifrar sílabas y símbolos? Por supuesto que no. En efecto Ías habilidades filológicas y hermenéuticas cultas e inge- niosas habían sido el instrumental de la erudición humanista tradi- cional. Las palabras, los símbolos y los rituales de un texto, o de una cultura eran traducidos habitualmente al lenguaje de otra por quienes cre~nen la mitología o la religión universal. Los significados simbólicos constituían la esencia de lo oculto. En principio, no había ningún motivo para que esta manipulación del lenguaje. por parte de John Ciare o de Daniel Schreber no resultara bastante mte- ligible para sus médicos como formas de hablar. Después de todo, cada uno a su manera, tanto Freud como Jung se inspiraron profun- damente en estas tradiciones exegéticas de la filología y la mitología

clásicas. La filosofía, la poética y la crítica literaria habían buscad~ los siO'nificados ocultos con enorme habilidad para leer entre líneas. A;imismo, la idea de que alguna facultad inconsciente animaba la mente, cuyo funcionamiento podía ser misterioso pero no por ello dejar de ser inteligible, traduciendo oscuros deseos en palabras e imágenes, era una idea con la que estaban perfectamente familiariza- dos los poetas y filósofos románticos: ejemplo de ello son los con- vencionalismos que hay detrás del Kubla Khan de Coleridge. Pero entre los psiquiatras prefreudianos, Jos oyentes dispuestos a escuchar con un tercer oído eran muy pocos. John Haslam, de Bethlem, tomó nota de las fantasías de James Tilley Matthews, pero lo hizo, al pare- cer, sólo para probar que estaba mal de la cabeza.

Dicho de otro modo, la profunda disposición

a ver

la locura <

como esencialmente lo Otro dictaba de forma casi automática que se negase a lo que decían las personas extrañas la categoría de forma de comunicación auténtica aunque fragmentaria. Así obraban incluso .:> médicos liberales y sensibles. En la crónica que publicó de su relación terapéutica de ocho años con la «señorita Beauchamp», el psiquiatra

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norteamericano de principios del siglo xx Morton Prince iden~if1có numerosas personalidades fragmentarias y distintas en su pactente (BI, BII, BIII, etcétera), cada una de las cuales le hablaba en una lengua diferente. Prince enumeró y ·etiquetó estos fragmentos del yo (algunos eran buenos; otros, malos) e intentó encontrar a la «verda- dera» señorita Beauchamp (era la sumisa, lo que no es extraño). No obstante Prince mostró poco interés por lo que decía cada uno de estos yo~s(aunque, al leer su crónica, nos parece obvio que varios de estos yoes se burlaban o mostraban ira y confusión provocadas por él). Tal vez alguien creerá que estamos culpando a Prince y a sus predecesores por no ser Freud. No es, empero, una. queja totalm~nte irrazonable. Después de todo, a lo largo de los stglos, los escritos < de los locos se han quejado con amargura de las barreras y defensas que levantaban los médicos y que frustraban sus intentos de comu· nicarse. John Perceval y otros reconocen que cuando estaban alte- 7 rados su habla resultaba verdaderamente extraña. Pero (así lo afirmó más adelante Perceval) las aberraciones en su empleo de nombres propios y demás no eran tan opacas que resultase imposible com- prenderlas. Perceval sacó la conclusión de que la autoridad había optado por hacer el sordo. Percevallo interpretó como un gesto agre- sivo y respondió en especie. Según escribió, gran parte de su perma- nencia en el asilo consistió en una pantomima intencionada y mutua.

Pero, ni que decir tiene, la «cura verbal» de Freud no deja de " tener sus propias y hondas ambigüedades, tanto en teoría como en la práctica. Si la vida en el asilo fomentaba las escenas de silencio, con Freud sostenemos a veces diálogos de sordos, conversaciones en len- guajes diferentes (en las que «no» significa, típicamente, «SÍ») Y con un intérprete que adolece de ideas fijas en relación con el significado de ciertas palabras. Es evidente que Freud era al mismo tiempo un oyente buenísimo y malísimo. Era totalmente selectivo y cabe argüir que la apropiación de las historias de sus pacientes, con el fin de utilizarlas para sus propios fines teóricos, fue un gesto más agresivo

e insensible que la sordera aguda de sus predecesores, como inducen

a pensar los casos del «hombre lobo» y de «Dota>?,que examínate- mos más adelante.

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EL RETORNO DE LO REPRIMIDO

57

Una de las funciones -o al menos uno de los derivados- de la ascensión de la psiquiatría institucional y de la teoría psiquiátdca ha sido la costumbre de no escuchar a los locos; más, quizá, que el gran silencio sobre el que escribió Foucault, ha sido mucho hablar sin entender~e mutuamente. Algunos de los locos, sin embargo, cierta· mente han dado su opinión. Muchos cientos de locos han publicado la historia de su vida. (¿Quién sabe cuántos la habrán escrito?) Las crónicas que contienen los nueve capítulos siguientes representan sólo una gota del océano de lo que han querido comunicar. A grandes rasgos, podemos encajar esquemáticamente sus escritos en los principales géneros autobiográficos que ya hemos comentado. De una parte, tenemos la tradición de la autobiografía espiritual. Los que han experimentado la locura, justamente igual que los que han sufrido una crisis religiosa y la conversión, generalmente han contado sus experiencias: a menudo las dos cosas vienen a ser en esencia lo mismo. Publicar con posterioridad a los acontecimientos es una forma de encontrarle sentido a lo que ha pasado y de decirle al mundo que se ha recuperado la razón. No era un proyecto infalible, desde luego, y podía resultar contraproducente. Por ejemplo, a ojos de sus mé- dicos, el deseo de Daniel Schreber de publicar sus memorias parecía la prueba positiva de la persistencia de su locu.ta. En este género confesional, las primeras crónicas son religiosas en el sentido literal, cristiano. Varios autores que comentaré más adelante, tales como Margery Kempe, George Trosse y John Perceval, se consideran a sí mismos totalmente ortodoxos en términos religio- sos. Otros, por ejemplo Schreber, escriben crónicas francamente reli- giosas de sus propias psicosis, pero su religión es un batiburrillo ela- borado por ellos mismos. Y otros (por ejemplo, «Barbara O'Brien») hacen la crónica de su posesión por poderes superiores e inferiores. cró?ica que sigue claramente las pautas religiosas pero en la qu~ estan ausentes los elementos formales de la religión. Y existen también algunas autobiografías espirituales (todas las que comento son modernas) que continúan ocupándose de los ele- mentos de la desesperación -la tentación, la noche tenebrosa del alma, el camino hacia la recuperación- que se inspiran en el género confesional de profundis, pero cuyos autores piensan esencialmente dentro de un marco secular. Un ejemplo de ello nos lo ofrece la eró-

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nica que Jim Curran hace de su crisis de trabajo y bebida; el marco «mítico» en que se inspira es el del sueño norteamericano. No obstante, varias de las crónicas que analizaremos entran en d segundo género de escritos autobiográficos que hemos comentado:

son obras agresivas de autojustificación, obras que denuncian a los enemigos y vindican los actos del propio autor. En gran medida, estas obras constituyen un quejido de protesta contra el tratamiento { de la locura, contra el perseguidor que pretendía ser el protector de los autores. A partir del siglo xvm, muchos escritos acusan a los médicos de locos y a sus secuaces. Con frecuencia se alega en ellas -ahí está el ejemplo de Samuel Bruckshaw- que una víctima perfectamente cuerda ha sido confinada de forma indebida. En otros casos, cabe que el autobiógrafo se muestre más dispuesto a reconocer que en otro tiempo padeció cierto grado de incapacidad mental. Pero enton- ces su acusación no va dirigida contra el confinam.iento per se, sino contra el régimen maligno o siniestro del manicomio. La institución y el personal de la misma aparecen denunciados por ineptos, explo- tadores y contraproducentes. Como afirmaron William Belcher y otros, el manicomio se transforma en una máquina maligna para enloquecer a los hombres en vez de curar su locura. He decidido no > dar en el presente libro una selección copiosa de escritos de este género, ya que éste se halla muy bien representado en Amad people's bistory of madmss, la excelente antología de escritos de protesta recopilada por Dale Peterson. Resultaría engañoso tratar de ensartar todas estas crónicas auto- biográficas formando una sola línea cronológica y esperar que de esta manera relatasen una historia progresiva. Cada narración es única y me he limitado a agruparlas en torno a temas generales. Pero algunos fenómenos resultan conspicuos. Lo que se observa particu- < larmente a lo largo de los siglos es una creciente relación, incluso convergencia, entre la conciencia de los locos, tal como la expresan en sus propios escritos, y el saber y el lenguaje de la psiquiatría. No 7 es extraño, por supuesto, que en las crónicas autobiográficas más antiguas no aparezca ni por asomo ninguna forma de psiquiatría. En el siglo xv, Margery Kempe acepta el hecho de haber estado loca, pero en lo sucesivo todos sus contactos son con el clero; algo semejante ocurre un poco más tarde con Christoph Haitzmann y sus experiencias de la posesión. George Trosse se recupera en un maní-

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comio, pero piensa, se mueve y es en el idioma de la religión; y así sucesivamente. Escritores del siglo xvm como Alexander Cruden, Samuel Bruck- shaw y William Belcher cayeron sin duda bajo mayor grado de poder del médico de locos. Pero en esencia responden a él como a una" fuerza negativa y opresiva, ajena a ellos mismos y carente de una per- cepción íntima de su situación. No puede decirse lo mismo en el caso >

de John Perceval en el siglo XIX. Perceval consideraba esencialmente extraños los regímenes de asilo que conoció, pero de un modo prác- tico, constructivo, puso interés en formular críticas del sistema de asilos con vistas a su rectificación. Perceval ansiaba también dirigir sobre sí mismo una mirada psiquiátricamente informada. Situándose

a cierta distancia, quería saber en términos psicofilosóficos cómo se había vuelto loco primero y recuperado después. Y estudió qué clase de asilo habría tratado de modo eficaz a un paciente como él. Per<A.a transición espectacular a un nuevo entendimiento entre el paciente trastornado y el médico psiquiátrico llega con el siglo xx. Buena indicación de ello es el hecho de que tantos volúmenes de memorias de locos escritos en el presente siglo se hayan publicado repletos de introducciones, aparato y conclusiones redactadas por psiquiatras, lo que da a dichas memorias un sello de aprobación pro- fesional: los escritos de «Barbara O'Brien», que se comentan en el ::> capítulo 10, son un buen ejemplo. Asimismo -tasgo totalmente nue- vo-, muchos pueden narrar ahora un cuento de salvación por medio de la psiquiatría, si bien ciertas obras (por ejemplo las de Curran y Balt, como veremos más adelante) narran un cuento de dos psiquia- trías: una mala y otra buena. Esta creciente interacción positiva, coalescenda o simbiosis entre <

la voz del loco y la voz de su médico podría interpretarse de muchas

maneras diferentes. Quizás indique sencillamente que lo que podría- mos llamar el imperio psiquiátrico-psicoanalítico se ha vuelto más

ubicuo en el presente siglo, que el neurótico o el pskótico de hoy

cae bajo la mirada psiquiátrica de modo mucho más ineludible que su predecesor de hace uno o dos siglos. Puede que signifique senci- llamente que la psiquiatría del siglo xx sea experimentada en verdad por los enfermos como una psiquiatría más comprensiva. Donde antes los descontentos querían denunciar a los médicos de locos gritando

a los cuatro vientos, los pacientes modernos se muestran mucho más

inclinados a cantar las alabanzas de la psiquiatría. Pero también puede

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inducir a pensar que se ha vuelto más seductiva. En la cultura trans- atlántica del siglo xx, ser anormal de ciertas maneras aprobadas se acepta como una forma de normalidad en sí misma; y no pocos > pacientes modernos han «cambiado de bando» y (como Clifford Beers) de ser pacientes han pasado a ser profetas o ejercitantes, o han opta- do por presentar sus propias odiseas hacia el espacio interior como viajes de descubrimiento de las verdades de la psique. Así, un elemento de asimilación: la locura puede haberse despla- zado hacia la psiquiatría. Mas todo movimiento es relativo; quizás estemos presenciando una forma más de folie adeux, la locura y la psiquiatría como dobles.

3. LOCURA Y PODER

A principios del siglo XIX, un paciente de un asilo de París solía exclamar: «Soy hombre, Dios, Napoleón, Robespierre, todo junto. Soy Robespierre, un monstruo. Debéis darme muerte». La histo- <. ria de la locura es la historia del poder. Porque imagina el poder, la locura es a la vez impotencia y omnipotencia. Hace falta poder para controlarla. Amenazando las estructuras normales de la auto- ridad, la insania se halla enzarzada en un diálogo incesante --.:.a veces en un monólogo monomaníaco- sobre el poder. Esto se debe en parte a la analogía irresistible que desde los griegos se traza entre el microcosmos y el macrocosmos, el cuerpo natural y el cuerpo político. :P Platón desarrolló explícitamente la analogía entre el ordenamiento jerárquico del alma sana (en el cual la razón domina las pasiones bajas e indómitas) y el orden social orgánico, en el cual guardianes racionales poseen verdadera autoridad, disciplinando a la multitud anárquica, que no sabe dominarse a sí misma, sino que es esclava de sus propios apetitos. Durante los dos mil años siguientes, las mentes sanas, los cuerpos sanos y las sociedades sanas fueron asociados con el imperio de la razón, a la vez que los trastornos lo fueron con los deseos bajos y vulgares. Ecos de esta pauta, debidamente transformados, perduran en la división tripartita que de la psique hace Freud, así como en el papel que delineó para el superego controlador y el id anárquico. La analogía no era sólo descriptiva, sino también prescriptiva. El buen orden exigía que la razón reinara. Cuando era derrocada estallaba la locura política de la guerra civil, como ocurre cuando el rey Lear entrega su reino y pierde el juicio en la tempestad que se desencadena sobre el brezal. Dicho de otro modo, algo especial- mente malo había ocurrido cuando la razón, ese instrumento legítimo

62 HISTORIA SOCIAL DE LA LOCURA

de gobierno, tanto personal como político, dejó de cumplir su cometido apropiado. Cuando los príncipes abusaron de su cargo y se < volvieron tiranos, sustituyendo los deberes superiores por los bajos deseos, transtornaron el orden de las cosas. Los hados de la natura- leza, o Dios, se vengarían de forma apropiada: enloqueciéndolos. La leyenda y la historia griegas aparecen llenas de gobernantes que se volvieron locos en justo castigo a sus propias ambiciones frenéticas

o a su desprecio de la ley. A veces esta locura era considerada deci- >

didamente terapéutica porque surtía un efecto catártico. La rabia o la

locura es purgada; el héroe recobra la salud -aunque no su reino-

o puede morir convertido en un hombre más sabio y mejor que antes.

Andando el tiempo, la pérdida de la razón da sabiduría al rey Lear, del mismo modo que la pérdida de los ojos da percepción íntima a

Gloucester, su viejo compinche. Al lado de estas ideas esencialmente griegas, el

judaísmo y el <

cristianismo abrazaron puntos de vista parecidos. Cuando los podero- sos abusan de su poder y son humillados la locura es la suerte sim- bólica que apropiadamente les aguarda. El despótico Nabucodonosor, > que comete atrocidades contra el pueblo de Dios, se ve reducido a la locura bestial. Los cronistas y los artistas medievales le imagina- ban desnudo y peludo, desterrado de la sociedad, andando a cuatro patas, comiendo las hierbas de la tierra. Dentro de la teología cris- < tiana, a veces la aflicción de la locura que cae sobre los poderosos se interpreta sencillamente como un castigo. A menudo es una prue· ba (una humillación a la que seguirá la exaltación) y de vez en cuando es una franca bendición, una comunicación directa y extática con la .>

voluntad divina. Todas estas asociaciones entre, por un lado, el orden y el desor- den psíquicos e individuales y, por el otro, la constitución del bien general mismo resonaron poderosamente en el transcurso de los siglos. Pero adquirieron un matiz señaladamente nuevo quizás a par- tir del siglo xvm. Porque<aiiado del vínculo secular (al que desafia- ba) entre gobierno y racionalidad, se expresaba con creciente fre-

cuencia la idea de que había realmente algo patológico en el ejercicio

mismo del poder.

de·l

>

Era, huelga decirlo, una idea que se prestaba fácilmente al len-?

del discurso

político radical,

ansioso

guaje de la oposición y

denunciar a todos los monarcas y generales como bandidos enlo- quecidos por el poder. En El cuento del tonel, Jonathan Swift elo- .71 .•·•.

LOCURA Y PODER