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< a < “ fo) el ALBERT CAMUS PREMIO NOBEL NOVELA Traduccién de ALBERT9 Luis Brx1o SEXTA EDICION _ EDITORIAL LOSADA S. A. BUENOS AIRES Queda hecho el depdsito que previene la ley nim. 11.723 Editorial Losada S. A. Buenos Aires, 1957 Dibujé Ja tapa Omar Dr NARpo Primera edicién: 7- 1-1957 Segunda edi 10-IV-1958 Tercera edicién: 18 1-1960 Cuarta edicién: 16-X1-1962 Quinta edicién 28-V1-1965 Sexta ediciés 12-I11-1968 PRINTED IN ARGENTINA IMPRESO EN LA ARGENTINA Este libro se terminé de imprimir el dia 12 de marzo de 1968, en Artes Graficas Bartolomé U. Chiesino, S. A. Aneghino 838, Avellaneda Buenos Aires. éSefior, puedo ofrecerle mis servicios, sin co- rrer el riesgo de parecerle importuno? Temo que no logre usted hacerse comprender por el esti- mable gorila que preside los destinos de este establecimiento. En efecto, sdlo habla holandés. A menos que usted no me autorice a abogar por. su causa, él no adivinard que desea usted ginebra. Vamos, me atrevo a esperar que me haya com- prendido. Ese cabeceo ha de significar que el hombre se rinde a mis argumentos. Sf, en efecto, ya va, se apresura con una sabia lentitud. Tiene usted suerte; no grufid. Cuando se niega a servir, le basta un grufiido, y entonces ya nadie insiste. Ser rey de sus humores es el privilegio de los ani- males més evolucionados. Pero, en fin, me retiro, sefior, contento de haberle sido util. Se lo agra- dezco y aceptaria, si estuviera seguro de no serle molesto. Es usted demasiado amable. Pondré, pues, mi vaso junto al suyo. Tiene usted razén, su mutismo es ensordecedor. Es el silencio de las selvas primitivas, cargado a mas no poder. A veces, me sorprende la obstina- cién que pone nuestro taciturno amigo en su imquina por las lenguas civilizadas. Su oficio con- siste en recibir a marinos de todas las nacionali- a e respecto, la sociedad ech a perder un poco, y que reconocerlo, la franca simplicidad de su raleza. dvierta usted bien que no lo juzgo. Considero dada su desconfianza y yo mismo la compartiria dades en este bar de Amsterdam que él por lo demas, sin que nadie sepa por qué, M City. Con semejantes deberes, bien pudiera merse, eno lo cree usted?, que su ignorancia muy incdmoda. jImaginese al hombre de Gi Magnon instalado en la torre de Babel! Por 1 buena gana, si, como usted lo ve, mi naturaleza menos, el hombre de Cro-Magnon se sentiria v nunicativa no se opusiera a ello. Soy parlan- extrafio en ese mundo. Pero éste, no; éste no siente hin jay!, y entablo facilmente conversacién. Aun- ue sepa guardar las distancias convenientes, todas s ocasiones son para mi buenas. Cuando vivia en ‘rancia no pod{a encontrarme con un hombre de spiritu sin que inmediatamente me pegara a él Ah, advierto que le choca ese pretérito imper- ecto de subjuntivo!? Confieso mi debilidad por modo y el lenguaje correcto y elegante en eneral. Y es una debilidad que me reprocho, créa- elo. Bien conozco que el gusto por la ropa blanca fina no supone necesariamente que uno tenga los pies sucios. Una cosa no impide la otra. E1 estilo, lo mismo que la ropa interior fina, disimula con demasiada frecuencia el eczema. Me consuelo di- ciéndome que, después de todo, los que farfullan in idioma no son, tampoco ellos, puros. Pero, claro sta, volvamos a beber ginebra. éSe quedard usted mucho tiempo en Amster- dam? Hermosa ciudad :no le parece? :Fascinante? He aqui un adjetivo que no oja desde hace mucho tiempo, desde que abandoné Paris, para ser mas preciso, hace ya varios aiios. Pero el corazén tiene u memoria y yo no olvidé nada de nuestra hermo- sa capital ni de sus muelles. Parfs es un verdadero espejismo, una soberbia decoracién habitada por “cuatro millones de siluetas. ¢Casi cinco millones alcance. Una de las raras frases que oi de su boce proclamaba que todo era cuestién de tomarlo o di dejarlo. :Qué era lo que habia que tomar o dejar? Probablemente a nuestro propio amigo. Se | confesaré; me atraen esas criaturas hechas de una sola pieza. Cuando, por oficio 0 por vocacién, uno- ha meditado mucho sobre el hombre, ocurre qu se experimente nostalgia por los primates. Estos no tienen pensamientos de segunda intencién. Nuestro huésped, a decir verdad, tiene algunos, aunque los alimenta oscuramente. A fuerza de no comprender lo que se dice en su presencia, ha ad. quirido un cardcter desconfiado. De ahi le vie ese aire de gravedad sombria, como si tuviera 1 sospecha, por lo menos, de que algo no marchi bien entre los hombres. Esta disposicién suya hac menos faciles las discusiones que no atafien a s oficio. Mire por ejemplo all{, por encima de su cabeza, en la pared del fondo, ese espectaculo que — marca el lugar de un cuadro que ha sido descol- gado. Efectivamente, antes habia allf un cuadro y particularmente interesante. Era una verdadera obra maestra. Pues bien, yo estuve presente cuando el amo de este lugar lo recibié y luego cuando | cedidé. En los dos casos lo hizo con la misma des- confianza, después de pasarse semanas rumidndolo. — f Alude a la forma fisse (j’en fisse ma société) que, si bien co- “recta, es anémala en la conyersacién corriente. (N. del T.) = Pa o? “De acuerdo, vamos a limpiarlo. Aqui un oficio, una familia, comodidades y ex- siones organizadas.”’ Y los pequeiios dientes ata- la carne hasta los huesos. Pero, soy injusto. No hay que decir que sea su organizacién; mirdn- lo bien, es la nuestra: todo esta en saber quién piard a quién. : __ Ah, por fin nos traen nuestra ginebra. ;Por su prosperidad! Si, el gorila abrié la boca para lla- arme doctor. En estos paises todo el mundo es loctor o profesor. A la gente le gusta respetar, por bondad y también por modestia. Aqui por lo me- nos la ruindad no es una institucién nacional. Y, icho sea de paso, yo no soy médico. Si quiere sa- erlo, era abogado antes de venir aqui. Ahora soy juez penitente. Pero permitame que me presente: Jean-Baptis- te Clamence, para servir a usted. Encantado de co- ocerlo. Probablemente es usted hombre de nego- cios, gno es asi? ;Mds o menos? jExcelente respues- ta! Y también muy cuerda, pues en todo somos siempre mds o menos. Veamos, permitame hacer n poco el papel de pesquisante. Tiene usted mas oO menos mi edad, el ojo avezado de los cuarento- nes que, mds 0 menos, estan ya todos de vuelta. Va usted mas 0 menos bien vestido, es decir, como lo hacemos en Francia, y tiene las manos suaves. _ {De manera que es mds o menos un burgués! ;Pe- ro un burgués refinado! Que le choquen los preté- Titos imperfectos de subjuntivo prueba doblemente su cultura. Primero, porque los reconoce, y luego porque le irritan los nervios. Por tiltimo veo que le divierto, lo cual, sin vanidad, supone en usted ierta amplitud de espfritu. De modo que, mas o ‘menos es usted..., pero, gqué importancia tiene? segun el ultimo censo? ;Vaya que habran- hijos! Y, a decir verdad, no me asombra. Si me parecié que nuestros conciudadanos tenia furores: las ideas y la fornicacién. A troche y mc che, por asi decirlo. Guardémonos, por lo den de condenarlos; no son los tinicos. Toda Eu hace lo mismo. A veces imagino lo que habrén decir de nosotros los historiadores futuros. ] bastard una frase para caracterizar al hombre m desto: fornicaban y lefan periddicos. Después esta aguda definicién me atreveria a decir que tema quedara agotado. éLos holandeses? Oh, no; son mucho menos dernos. Tienen tiempo; mirelos usted. Pero usted se engafia. Cierto es que andan a de nosotros, y sin embargo, mire usted dén- estan sus rostros: en esta bruma de nedn, de bra y de menta, que desciende de los letreros ‘ojos y verdes. Holanda es un sueiio, sefior, un: weno de oro y de humo, mds humoso durante el fa, mds dorado durante la noche; pero noche y 1 ese sueiio esté poblado por figuras de Lohen- , como éstas que se deslizan ensofiadoramente ‘sus negras bicicletas de altos manubrios, cisnes bres que ruedan sin tregua en todo el pais, ledor del mar, a lo largo de los canales. Sue- m con la cabeza en medio de sus nubes bron- , Tuedan en redondo, oran, sondmbulos en ienso dorado de la bruma; ya no estan aqui. charon a millares y millares de kilémetros, marcharon a Java, la remota isla. Oran a esos gesticuladores de la Indonesia, de que lle- todas sus vitrinas y que ahora vagan por en- de nosotros, antes de incorporarse, como lu- monos, a los letreros luminosos y a los te- n forma de escalera, para recordar a estos 0s nostalgicos que Holanda no es solamente Europa de mercaderes, sino también el mar, parte. c 1 iEso mismo! Al escuchar sus torpes pasos en el ; que lleva a Cipango y a esas islas en que los pavimento pringoso, al verlos andar pesadamente — «s mueren locos y felices. entre sus comercios atiborrados de dorados aren- — me abandono demasiado; estoy haciendo 14 15 la apologia de Holanda! Perdéneme. Es la cost bre, sefior, la vocacién, y también el deseo que n anima de hacerle comprender esta ciudad y el co- razon de las cosas. Porque aqui estamos en el cora- zon de las cosas. gObserv6 usted que los canal concéntricos de Amsterdam se parecen a los circu- los del infierno? El infierno burgués, naturalmente, poblado de malos suefios. Cuando uno llega del exterior, a medida que va pasando estos circulos, la vida, y por lo tanto sus crimenes, se hace mas densa, mas oscura. Aqui estamos en el ultimo circ lo, el circulo de los..., ah, lo sabe? jDiablos, cada vez se me hace usted mas dificil de clasificar! Quie re decir entonces que usted comprende por qué digo yo que el centro de las cosas esta aqui, aw que nos encontremos en el extremo del continen- te. Un hombre sensible comprende estas singula ridades. En todo caso, los lectores de periédicos y los fornicadores no pueden ir mas lejos. Llegan todos los rincones de Europa y se detienen alrede. dor del mar interior, en las arenas descoloridas di la playa. Escuchan las sirenas, buscan en vano silueta de los barcos en medio de la bruma, lueg Ser4 entonces hasta mafiana, sefior y queri compatriota. No, ahora encontrara sin dificult su camino; me separaré de usted junto a ese pue te. Por la noche nunca paso por un puente. Es! son las consecuencias de un voto. Suponga usted que alguien se arroje al agua. Hay dos posibilid des: o usted lo sigue, para salvarlo y, en la est cién fria, corre usted el peor de los peligros, bien lo abandona, y los impulsos reprimidos | 16 de aquellos escaparates? jEs el ensuefio, se- El ensuefio barato, el viaje a las Indias. Esas se perfuman con especias. Entra usted, corren las cortinas y comienza la navegacién. dioses descienden hasta los cuerpos desnudos y s derivan, dementes, tocadas con una cabe- pasmosa y desgrenada de palmeras bajo el o. Pruébelo. 10 de la barra y un desprecio instin- por | jueces en general. Ese desprecio, des- de todo, acaso no fuera tan instintivo. Ahora tenia sus motivos. Pero, considerado desde . parecia mas bien a una pasion. No pode- negar que, por el momento, los jueces son arios, gno es asi? Con todo, yo no podia com- der que un hombre se designara a si mismo ejercer esta sorprendente funcién. Yo lo ad- puesto que lo veia; pero un poco como uno e los saltamontes. La diferencia estaba en que asiones de esos ortépteros nunca me deja- un centavo, en tanto que me ganaba la vida ando con gentes a las que despreciaba. o lo importante era que yo estaba en el lado 10 y eso bastaba para lograr la paz de mi con- acia. El sentimiento del derecho, la satisfac- de tener raz6n, la alegria de poder estimarse mismo, son, querido sefior, poderosos resor- ata mantenernos en pie o para hacernos avan- i. En cambio, si usted priva a los hombres de cosas, los transformard en perros rabiosos. mtos crimenes se cometieron sencillamente jue sus autores no podian soportar estar en Conoci a un industrial que tenia una mujer cta, admirada por todos, y a la que él, sin em- , enganaba. Ese hombre literalmente rabiaba estar en falta, por encontrarse en la imposibi- id de recibir ni de darse un certificado de vir- Cuantas mas perfecciones mostraba su mujer, rabiaba él. Por fin su culpa lHegé a hacérsele rtable. eQué cree usted que hizo entonces? w de engafidrla? No. La matdé. Y fue asi co- éQué es un juez peniente? ;Ah, lo intrigué co el asunto!, no? Pero, créame que no ponia ningun: malicia y que puedo explicarme con mayor cl: ridad. En un sentido, esto forma parte de mis fui ciones. Pero primero tengo que exponerle ciert hechos que lo ayudaran a comprender mejor mi relato. Hace algunos afios era yo abogado en Paris, por cierto que un abogado bastante conocido. Des de luego que no le dije mi verdadero nombre. Te- nfa yo una especialidad: las causas nobles. Las viudas y los huérfanos, como suele decirse; aunque ignoro por qué, pues al fin de cuentas hay viudas aprovechadas y huérfanos feroces. Sin embargo, me bastaba husmear en un acusado el mas ligero olor de victima para que entrara en accién. jY qué accién! jUna tormenta! Verdaderamente era como para pensar que la justicia se acostaba con- migo-todas las noches. Estoy seguro de que usted habria admirado la exactitud de mi tono, el equi- librio de mi emocidn, la persuasién y el calor, la indignacién de mis defensas. La naturaleza m beneficié en cuanto a la parte fisica. Adopto esfuerzo una actitud noble. Ademas, me sostenia! dos sentimientos sinceros: la satisfaccién de esta situacién era mds envidiable. No sdlo no 18 19} taba ayudar a los ciegos a cruzar las ca- do desde lejos descubria un bastén vaci- en la esquina de una calle, en un segundo cipitaba hacia alli, me adelantaba a veces a © caritativa que ya se tendia, libraba al de toda otra solicitud que no fuera la mia y ‘mano suave y firme lo conducfa por el pasaje eado, entre los obstaculos de la circulacién, el puerto tranquilo de la acera donde nos Abamos con mutua emocidén. Del mismo mo- mpre me gustd dar indicaciones a los tran- es, ofrecerles fuego, ayudar a empujar carritos asiado pesados, a empujar un automdvil dete- or algun desperfecto, comprar el periddico vendian los del Ejército de Salvacién o las flo- que ofrecia alguna vieja, aun sabiendo que ella abia robado en el cementerio de Montparnasse. ién me gustaba, joh!, y esto ya es mas dificil > decir, me gustaba dar limosnas. Un gran cristia- ) amigo mio reconocia que el primer sentimiento uno experimenta cuando ve que un mendigo rca a su casa es desagradable. Bueno, pues en aso era peor: yo desbordaba de jubilo. Pero noslo. lablemos mas bien de mi cortesia, que era céle- €, y sin embargo indiscutible. La urbanidad me ba, en efecto, grandes alegrias. Si ciertas ma- tenia la suerte de ceder mi lugar en el émni- o en el subterraneo a quien visiblemente lo la, si recogia algtin objeto que una vieja se- habia dejado caer y se lo devolvia con una que yo sabia muy bien exhibir, o si sencilla- cedia mi taxi a una persona que Ilevaba mas ue yo, mi jornada se hacia luminosa. Hasta legraba, también tengo que decirlo, por esos corria el riesgo de entrar en el campo de los minales (en particular, no tenfa ninguna posib dad de dar muerte a mi mujer, puesto que era lero), sino que ademas asumifa la defensa de criminales, con la unica condicién de que fueran asesinos buenos, asi como otros son salvajes bt nos. El modo mismo en que yo Ilevaba a cabo defensas me procuraba grandes satisfacciones. Erg realmente irreprochable en mi vida profesional Por supuesto que nunca acepté sobornos; eso e fuera de cuestién. Tampoco me rebajé nunca a cer personalmente diligencias. Mas raro es el he cho de que jams halagué a ningtin periodista par. torndrmelo favorable, ni a ningin funcionari cuya amistad hubiera podido serme util. Hast tuve la oportunidad de que me ofrecieran dos tres veces la Legion de Honor, que yo pude recha zar con una dignidad discreta, en la que enco traba mi verdadera recompensa. Por ultimo, nune hice pagar a los pobres, ni les hablé a voz en grit No vaya a creer usted, querido sefior, que me ja de todo esto. Mi mérito era nulo: la avidez que e1 nuestra sociedad hace las veces de la ambiciér siempre me divirtié. Yo apuntaba mas alto; ya vi usted que la expresién es exacta en lo que m concierne. Pero bien puede juzgar ya cual era mi satis! cién. Gozaba de mi propia naturaleza y todos bemos que en eso estriba la felicidad, aunque p aplacarnos mutuamente fingimos a veces que co denamos esos placeres tildandolos de egoismo. A lo menos gozaba de esa parte de mi naturaleza que reaccionaba con tanta regularidad ante viudas j huérfanos, de suerte que a fuerza de ejercita’ se terminaba por dominar toda mi vida. Por ejemp! 20 e 21 dias, en que, hallandose en huelga los transport publicos, tenia yo ocasién de recoger en mi deteniéndome en las paradas de los émnibus, ; algunos desdichados conciudadanos que no po volver a sus casas. Abandonar en el teatro mi aca para permitir que una pareja estuviera unida, colocar durante un viaje las valijas de w joven en la red situada demasiado alta para e eran otras tantas hazafias que yo cumplfa con yor frecuencia que otros, porque prestaba atencién a las ocasiones de hacerlas, ya que de € obtenia placeres mas sabrosos. Se me tenia también por generoso, y en efect lo era. Regalé mucho, tanto en publico como I privado. Pero lejos de sufrir cuando me separaba de un objeto o de una suma de dinero, dar me pre curaba constantes placeres, el menor de los cua no era por cierto una especie de melancolia que | veces nacia en mi al considerar la esterilidad de esos regalos y la probable ingratitud que los segu i ria. La exactitud en cuestiones de dinero me ab: ; maba y siempre atendia a ellas de mal humor. E menester que fuera duefio de mis liberalidades. | Estos no son sino pequefios rasgos que, empel Pal le haran comprender las continuas delectacione iL que la vida, y sobre todo mi oficio, me ofrecia. P. ejemplo, verse detenido en los corredores del P: lacio de Justicia por la mujer de un acusado quien hab{a defendido tnicamente por justicia ¢ por lastima, quiero decir, gratuitamente, ofr mur- murar a esa mujer que nada, nada podria pag lo que yo hab{fa hecho por ellos, responder ento ces que todo era perfectamente natural, que cu quiera hubiera hecho lo mismo, y hasta ofrece una ayuda para pasar los malos dfas que habri y luego por fin poner término a o efu- e Ja pobre mujer, besarle la mano y dejar amente el asunto alli, pues creame, querido eso es alcanzar un punto mas alto que el de icién vulgar y elevarse a ese punto cul- e en que la virtud solo se nutre de si . engémonos un poco en esas cimas. Ahora prende usted lo que yo queria decir cuando Jaba de apuntar mas alto. Precisamente me {a a esos puntos culminantes, los eos en que posible vivir. $i, nunca me senti c6modo sino . situaciones elevadas. Hasta en los detalles de vida tenfa necesidad de hallarme “por encima’. eria el émnibus al subterraneo, las calesas a ‘taxis, las terrazas a los entrepisos. Aficionado los aviones deportivos, en los que uno va con la I eza descubierta al cielo, en los barcos era yo mbién el eterno paseante de las toldillas. Cuando a a la montafia hufa de los valles encajonados a ganar las gargantas y las mesetas; por lo ‘me- os era el hombre de las alturas. Si el destino me jera obligado a elegir un oficio manual, plo- © tornero, tenga usted la seguridad de que = habria decidido por los techos y habria tra- lo amistad con los vértigos. Los pafioles, las bo- , los subterrdneos, las grutas, los abismos, me rizaban. Hasta habia dedicado un odio es- a los espeledlogos que tenian el descaro de la primera pagina de los diarios y cuyas s me repugnaban. Esforzarse por llegar a a 800, corriendo el riesgo de que la cabeza € aplastada en una garganta rocosa (jun si- l, como dicen esos inconscientes!), me parecia ae, 6 i i s dioses a los que de vez en cuando se hace der por medio de un mecanismo, para trans- Ja accién y darle su sentido. Después de , o, vivir por encima de Jos otros sigue siendo la manera de que los mas lo vean y lo saluden o. Por lo demas, algunos de mis criminales os, al matar habian obedecido al mismo sen- tiento. La lectura de los diarios, en la triste si- wcidn en que ellos se hallaban, les aportaba pro- blemente una especie de desgraciada compensa- sn, Como muchos hombres, ya estaban hartos del nonimato: y esa impaciencia, en parte, los habia vado a extremos enojosos. Porque, en suma, para conocido basta que uno dé muerte a su porie- . Desgraciadamente, se trata aqui de una reputa- ion efimera, tantas porteras hay que merecen y ciben cuchilladas. El crimen ocupa continuamen- el primer plano de la escena; pero el criminal igura en ella, sino de modo fugaz y queda casi ediatamente reemplazado. En fin, que estos es triunfos se pagan demasiado caros. En cam- el acto propio de caracteres pervertidos o tra tizados. ;|En todo eso habia algo de crimen! Un balcén natural, a quinientos 0 seiscientos tros sobre el nivel de un mar atin visible y bat de luz, era en cambio el lugar en que yo resp ba mejor, sobre todo si estaba solo y muy por e cima de las hormigas humanas. Me explicaba | dificultad alguna que los sermones, las predica nes decisivas, los milagros de fuego, se hubi hecho en alturas accesibles. Segiin me parecia, era posible meditar en los sdtanos o en las cel de las prisiones (a menos, claro esta, que est Yan situadas en una torre, con un extendido pai rama) ; en los sétanos o en las celdas se enmo uno. Y comprendia muy bien a aquel hombre q habiendo entrado en una orden religiosa, colg habito porque su celda, en lugar de abrirse, com él lo esperaba, a un vasto paisaje, daba a una red. Puede estar usted seguro de que yo no enmohecifa. A toda hora del dia, dentro de mi mi mo y entre los demas, trepaba a las alturas, doi 1 encendia visibles fuegos, y entonces se elevaba ha mi una alegre salutacién. Por lo menos era sf com me complacia en la vida y en mi propia excelen Felizmente mi profesién satisfacia esta vocacio de las cimas. Me borraba toda amargura respect de mi prdjimo, que siempre me estaba obligado” a quien yo nunca debi nada. La manera de ejerce mi profesién me colocaba por encima del juez, que, a mi vez, yo juzgaba, y por encima del ac do, a quien yo obligaba a que me estuviera agré decido. Pese usted bien estas cosas, querido hor: yo vivia impunemente. Ningin juicio 1 alcanzaba; yo no estaba en la escena misma d tribunal, sino en otra parte, en los palcos alte ca tacién significaba ser verdaderamente recono- en el mismo tiempo y en los mismos lugares, ero por medios mas econdmicos. Esta circunstan- ia también me estimulaba a realizar meritorios es- aerzos para que los criminales pagaran lo menos osible: lo que ellos pagaban, lo pagaban un poco wr mi. La indignacidn, el talento, la emocién, que ) derrochaba, me liberaban, en compensacién, de toda deuda con respecto a ellos. Los jueces castiga- in, los acusados expiaban su falta, y yo, libre de do deber, sustrafdo al juicio y a la sancidn, rei- a libremente en una luz edénica. '¢Y acaso no era en efecto el edén mismo, queri- 24 25 lo demas, acaso exagero. Verdad es que llaba satisfecho de todo. Pero al mismo ti satisfecho de nada. Cada alegria me hacia de otra. Iba de fiesta en fiesta. Ocurria que ocasion mente bailaba varias noches seguidas, cada vez cautivado por la vida y los seres. Y en esas n ya tarde, cuando la danza, el alcohol ligero, n desenfreno, el violento abandono de todo el mu: do, me lanzaban a una embriaguez cansada y pl al propio tiempo, me parecia a veces que, en extremo de la fatiga y en el espacio de un segu comprendia por fin el secreto de los seres y mundo. Pero el cansancio desaparecia al dia guiente, y con él el secreto. Y entonces yo voly: lanzarme de nuevo. Y asi corria yo, siempre coln do, nunca saciado, sin saber dénde detenerme. H: ta un dia, o mejor dicho, hasta una noche en que la musica se interrumpid de pronto y las luces se apa garon. La fiesta en la que yo habfa sido feli: Pero, permitame llamar a nuestro amigo el prin te. Incline la cabeza para agradecerle y, sobre tode beba conmigo, pues tengo necesidad de su si patia. 7 Veo que esta declaracién lo asombra. ;Nun tuvo usted stibitamente necesidad de simpatia, | ayuda, de amistad? Si, desde luego. Yo apren Li contentarme con la simpatia. La podemos encor trar mas facilmente y ademds la simpatia no co promete a nada. En el discurso interior, “Cr usted en mi simpatia’” precede inmediatamente “Y ahora ocupémonos de otra cosa’. Es un sent miento propio de presidente de consejo. Se lo o tiene a bajo precio después de las catdstrofes. cambio, la amistad ya es algo menos sencillo. T: damos en obtenerla y nos cuesta trabajo obtene cuando la tenemos ya no hay manera de des- arazarse de ella. Hay que enfrentarla. Sobre do, no vaya a creer usted que sus amigos le tele- nearan todas las noches, como deberian hacerlo, a saber si no es precisamente ésa la noche en que d decidié suicidarse, o sencillamente si no tiene esidad de compafiia, si no se dispone a sa- Pero no, si los amigos telefonean, tenga usted ; seguridad de ello, lo hacen la noche en que us- no esta solo y en que la vida le parece hermosa. los mas bien lo empujaran al suicidio, en virtud lo que usted se debe a si mismo, segun ellos. ue el cielo nos guarde, querido sefior, de que estros amigos nos coloquen demasiado alto! En anto a aquellos cuya funcién es amarnos, quiero ecir nuestros padres, nuestros allegados (iqué presion!) , la cosa es diferente. Ellos siempre tie- jen pronta la palabra necesaria, pero mas bien es a palabra como una bala. Nos aman por telé- ono como si tiraran con una carabina. Apuntan ‘teramente. jAh, los Bazaine! ¢Cémo? ¢Que qué noche? Ya hablaré de eso. Ten- a paciencia conmigo. Porque en cierto modo no abandonado el tema, al hablar de los amigos y los allegados. Mire usted, me hablaron de un mbre cuyo amigo esta preso, y él se acostaba as las noches en el suelo para no gozar de una nodidad de que habfan privado a aquel a quien ‘queria. ¢Quién, querido sefior, quién se acos- ‘ en el suelo por nosotros? ¢Si yo mismo soy ca- de hacerlo? Mire usted, quisiera ser capaz, seré ‘apaz, si, un dia todos seremos capaces de hacerlo entonces nos salvaremos. Pero no es facil, pues la nistad es distraida o, por lo menos, impotente. Lo ella quiere, no puede realizarlo, Acaso, des- 28 59 n todo esto hasta hay, si, un poco de auto- ay epre es asi, querido sefior. Tiene dos fa- no puede amar sin amarse. Observe usted a yecinos, si por casualidad sobreviene un deceso dificio en que usted vive. Los inquilinos dor- en su vida insignificante y de pronto, por lo, muere el portero. Inmediatamente se des- an, se agitan, se informan, se apiadan. Hay un to y el espectaculo por fin comienza. ‘Tienen dad de la tragedia, qué quiere usted. Esa pequefia trascendencia, es su aperitivo. Por lo ese trata simplemente de una casualidad, si blo ahora de un portero? Yo ten{a uno, verda- mente desdichado, la maldad misma, un mons- de insignificancia y de rencores, que habria imado hasta a un franciscano. Yo ya ni siquie- hablaba; pero por el solo hecho de existir, pués de todo, lo que ocurre es que no lo q suficientemente, :no es asi? Acaso no amemos cientemente la vida. ¢Advirtié usted que sdlo ] muerte despierta nuestros sentimientos? jCé queremos a los amigos que acaban de abandon: nos! ¢No le parece? j|Cémo admiramos a los m: tros que ya no hablan y que tienen la boca Ie de tierra! El homenaje nace entonces con t espontaneidad, ese homenaje que, tal vez, ellos h bian estado esperando que les rindiéramos du te toda su vida. Pero, ¢sabe usted por qué som siempre mds justos y mas generosos con los m tos? La raz6n es sencilla. Con ellos no tenemos o gacién alguna. Nos dejan en libertad, podemos d poner de nuestro tiempo, rendir el homenaje en: un cocktail y una cita galante; en suma, a rat perdidos. Si nos obligaran a algo, nos obligari: en la memoria, y lo cierto es que tenemos la me- , ; CT ae moria breve. No, en nuestros amigos, al que ama- 1 hombre comprometia mi contentamiento mos es al muerto reciente, al muerto doloroso; tual. Se muri y pepe muss entries eQuiere decir, nuestra emocién, o sea, ja nosotros mismos, ted decirme por qué lo ice? A en suma! s dos dias que precedieron a la ceremonia fue- Tenia yo un amigo al que evitaba las més por otra parte, llenos de interés. La mujer del las veces. Me aburria un poco y ademds era un hom- 0 estaba enferma y permanecia acostada en bre que tenfa moral. Pero en su agonfa volvié leza unica de su vivienda; de manera que junto encontrarme, créamelo usted. No perdi ni un solo a habian colocado el féretro sobre caballetes. dia. Se murié contento de mi y estrechandome nquilinos teniamos que ir ngs oR eae a mano. Una mujer que con demasiada frecuenci ae correspondencia. Abriamos ade me acosaba en vano, tuvo la buena ocurrencia y deciamos: Buenos dias, sefiora”’, escuchaba- morirse joven. |Qué lugar ocupé entonces de pro el elogio del desaparecido, que la portera se- to en mi corazén! ;Y cuando por afiadidura s con la ae aay 08 Nevabamos la CO Daan trata de suicidio! jSefior mio, qué delicioso tra Nada habia de divertido en todo ESO iene torno! Suena el teléfono, el corazén desborda ¢ €? Sin embargo, toda la casa desfilé por la emocion, las frases son voluntariamente bre » SS apestaba a fenol. Y los inquilinos no pero cargadas de sobrentendidos. Uno domina I an a sus criados, no. Ellos mismos iban a 30 Bye me he salido del asunto. Pero antes dé- cerle notar que mi portera, que se habia ado a fuerza de gastar en el crucifijo una madera de roble y en repartir pufiados de ara gozar mejor de su emocidn, se lid un después con un rufid4n de hermosa voz. El la a, ofamos gritos espantosos y poco después abre abria la ventana y lanzaba a los aires su a preferida: “Mujeres, qué bonitas sois. » caramba!”, decian los vecinos. Pero caram- ué?, le pregunto yo. Bueno, es que ese ba- ‘tenia contra él las apariencias; y la portera . Pero nada prueba que no se amaran. Y | prueba tampoco que ella no amara a su ma- . Por lo demas, cuando el rufian emprendié aprovechar la ganga; claro estA que tambié domésticos, pero a hurtadillas. El dia del ent; 1 se vio que el atatid era demasiado grande para sar por la puerta de la porterfa. “Oh, querido decia desde su cama la portera, con una sorpr a la vez encantada y afligida, “jqué grande e “No se preocupe usted, sefiora”’, respondia e] pleado de la empresa de pompas funebres, “lo y saremos a través y de pie’. Lo pasaron, pues, de p y luego lo acostaron; yo (con un antiguo mozo | café de quien vine a saber que bebia todas las ches su pernod con el difunto) fui el tinico q llegé hasta el cementerio y arrojé flores sobre ataud cuyo lujo me asombrd. Inmediatamente d pués hice una visita a la portera para recibir Se a steed [lat Seana expresiones de agradecimiento de actriz tr4 pon voz y brazo Lae ‘Dace ie éQué razén tiene todo eso? Digamelo usted. Ni volvidé a los elogios de di a x ee guna, como no sea el aperitivo. 3 Bee > 2 o'ros que, tentendo, las apal ieee También hube de enterrar a un viejo colabo favor, no son ni mas oe ne a alas dor del colegio de abogados. Era un empleade ee hombre ae L ae pape quien se menospreciaba bastante y a quien yo s vida a et ae i ae 1a aceon pre estrechaba la mano. En el lugar en que trab; las amistades, el oo te a ide ane jaba, yo estrechaba la mano de todo el mundo ; vida, y que’ lina Moche: se C10 cuek : me, sé mas bien dos veces que una. Esta cordial senci hea la habia eo alia) eo Peel % os - me valia, a poca costa, la simpatia de todos, qu Tia; eso era todo. Se a ee _ ee era necesaria para la dilatacién de mi 4nimo. ede la PEnte: Begone es ve ‘ is re ocasién del entierro de nuestro oficinista, el pi eee 2 ce complicaciones Yaa! Ag sidente del colegio de abogados no se habia mole eer que pase algo i ues aw ee onde tado: Yo si, y precisamente en visperas de emp! @Ja explicacién de la mayor par c e algo, aun- der un viaje, lo que hubo de subrayarse. Yo sab - humanos. Es qpcRS Plena, a me on es que se advertiria mi presencia y que seria favo a! pomeumuento ae ee a Ae blemente comentada. eComprende usted? Ni aola ee iVivan, pues, los en Y. ne ane quiera la nieve que caia aquel dia me hizo retre ag lo menos no feb satees CXC h eeiler. ria, puesto que reinaba. En aquella noche a ¢Cémo dice usted? No tema, a eso voy. Y por I me referi, puedo hasta decirle que me aburria ; ; a 32 33 menos que nunca. No, verdaderamente no deseab que pasara nada. Y sin embargo... Mire uste querido sefior; era un hermoso atardecer de oton En la ciudad se sentfa atin cierta tibieza y sobre cerrados de los vendedores de libros viejos. En los muelles habia poca gente. En Paris ya se comf{a. Yo iba pisando las hojas amarillas y polvorientas | que todavia recordaban el verano. El cielo se iba Henando poco a poco de estrellas que uno percibifa fugazmente al alejarse de un farol para ir al en- cuentro de otro. Disfrutaba del silencio que habia tornado a sobrevenir en la ciudad, gustaba de la - ternura del atardecer, de un Parts desierto. Estaba _ contento, habfa tenido un buen dia: un clego, la reduccién de una pena que yo esperaba para un | reo, el cdlido apretén de manos de mi cliente, al- gunos actos de generosidad y, durante la tarde, © una brillante improvisacién frente a algunos ami- gos sobre la dureza de corazén de nuestra clase di- rigente y la hipocresia de nuestra élite. Yo habia subido hasta el puente de las Artes, de- sierto a aquella hora, para contemplar el rio que apenas se adivinaba en medio de la noche que ya habia caido. Frente al Vert-Galant dominaba la isla.” Sentfa ascender en mi interior un vasto sen- Umiento de potencia y, ¢cémo podria decvirlo2, de realizacién, que dilataba mi pecho. Me ergui y me disponia a encender un cigarrillo, el cigarrillo de la satisfaccién, cuando en €se preciso instante de- tras de mi estallé una carcajada. Sorprendido, me 34 Mer uscamente. A mis espaldas no habia nadie. Ilegué hasta el parapeto. Ningun bote, vile ca. Me volvi hacia la isla y, de nuevo, of la car- ada a mis espaldas. Un poco mds lejos, eae ra descendiendo por el rio. Me quedé alli cla- ado, inmovil. La risa iba disminuyendo de punto, la ofa atin distintamente detr4s de mi y no odia venir de otra parte sino de las aguas. Al mis- mo tiempo sentia los latidos precipitados de mi oraz6n. Entiéndame bien; aquella risa nada 7 F ja de misterioso. Era una risa franca, natural, mistosa, Io cual volvia a poner las cosas en su lu- Al cabo de un rato ya no oia nada mas. Re- torné a los muelles, tomé por la calle Dauphine, ompré cigarrillos que no necesitaba. Me sentia aturdido, respiraba con dificultad. Esa noche llamé aun amigo, que no estaba en su casa. Vacilaba en salir, cuando de pronto of una carcajada bajo mis -yentanas. Abri. En la acera vi, en efecto, a_unos venes que se separaban alegremente. Torné a ce- rrar las ventanas encogiéndome de hombros. Des- pués de todo, tenia que estudiar un expediente. ‘ui al cuarto de baiio para beber un vaso de agua. i imagen sonrefa en el espejo, pero me parecié que aquella sonrisa era doble... ¢Cémo? Perdéneme usted, estaba pensando en por mas tiempo. Ademds, aquel oso pardo que us- _ ted ve alli me lama para una consulta. Sin duda es un hombre honrado a quien la policia acosa in- _ justamente y por pura perversidad. zLe parece a usted que tiené la cara de asesino? Tenga la se- guridad de que es la cara del empleo. También ro- _ ba, y usted se sorprendera al saber que ese hom- 85 bre de las cavernas se especializé en el trafico cuadros. En Holanda todo el mundo es especiali en pinturas y en tulipanes. Este, con su aire mode to, es el autor del mas célebre de los robos de cua dros. ¢Cudl? Acaso se lo diga. No se sorprenda us ted por mi saber. Aunque soy juez penitente, tengi aqui un violin de Ingres: soy el consejero juridice de esta buena gente. Estudié las leyes del pats y me hice de una clientela en este barrio, en el que nd le exigen a uno diploma. No era cosa facil, pero inspiro confianza, zno le parece? Tengo una hermo. erdaderamente, querido compatriota, le estoy sa risa, franca; mi apretén de manos es enérgico, econocido por su curiosidad. Sin — a we foria no es nada extraordinaria. Ha de sal er i iffci i i 7 ( to que la cosa le interesa, que pensé u tos casos diffciles. Primero por interés y luego tam- , pues a ta combine fuss ales Can ; eincgo ia olvidé. De cuando en cuando “7 Dee a escucharla en alguna parte de mi cme Pere asi siempre pensaba sin esfuerzo en cualqu : ns He de reconocer, con todo, que ya no pa a s en los muelles de Paris. Cuando pasaba a ien coche cen automovil, en mi interior se Eee! lucia una especie de silencio. Creo que = Igo. Pero atravesaba el Sena, no ocurria n: : 2 mtonces respiraba. En aquellos nomen ei brevenian también ciertas debilidades. Nada Pp ciso. Una especie de abatimiento, si a — Una especie de dificultad para volver a adquiri _ yuen humor. Vi a algunos médicos, que me pe stimulantes. Me reanimaba un poco y luego volvia aer en mi abatimiento. La vida se me hacia me- facil: cuando el cuerpo esta triste, el corazon guidece. Me parecia que iba olvidando en ra quello que nunca habfa aprendido y que, of 2 go, sabia hacer tan bien, quiero decir, ee SF creo que fue entonces cuando comenz6 todo. las gentes honradas se creerfan todas y sin cesar ino centes, querido sefior. Y a mi juicio, —jaqui, aqui es donde queria llegar!— es eso, sobre todo, lo que hay que evitar. De otra manera, habr{a de qué reirse. 37 36 Pero esta noche tampoco me siento muy bien. 1 Hasta me cuesta trabajo formar las frases. Me pa- rece que hablo menos bien y que mi discurso es menos seguro. Probablemente se deba al tiempo. Se respira con dificultad. El aire esta tan pesado que oprime el pecho. ;Tendria usted inconvenien- te, querido compatriota, en que saliéramos a cami- nar un poco por la ciudad? Gracias. {Qué hermosos son los canales por la noche! Me gusta el aliento de las aguas estancadas, el olor de las hojas muertas que se pudren en el canal y ese otro olor, fiinebre, que sube desde las barcas car- gadas de flores. No, no, este gusto mio nada tiene de morboso, créame. Por el contrario, en mi es deliberado. Lo cierto es que me esfuerzo por ad-— mirar estos canales. Lo que mas me gusta en el mundo es Sicilia. Ya ve usted. Y sobre todo apre- ciarla desde lo alto del Etna, en medio de la luz, con la condicién de dominar la isla y el mar. Java también me gusta, pero en la época de los alisios. Si, estuve alli en mi juventud. En general me gus- tan todas las islas. En ellas es més fAcil reinar. Casa deliciosa, zno? Las dos cabezas que ve usted alli son de esclavos negros. Se trata de un anuncio. La casa pertenecfa a un vendedor de esclavos. j-Ah!, en aquellos tiempos nadie escondia su juego. Tentan estémago, decian: “Vaya, tengo riquezas, — trafico con esclavos, vendo carne negra.” ¢Se ima- gina usted hoy a alguien que hiciera conocer asi publicamente que ése es su oficio? jQué escAndalo! Ya me parece ofr a mis conciudadanos parisien- ses; es que ellos son irreductibles en este punto. | No vacilarian en lanzar dos o tres manifiestos: y tal vez mas. Y, pensandolo bien, yo agregaria mi firma a las de ellos, La esclavitud, jah! Pero no; 38 . estamos contra ella. Que nos veamos obligados a - jnstalarla en nuestra casa o en las fabricas, pase. -Fso esta en el orden de las cosas. jPero, vanaglo- riarse de ello es el colmo! ; Ya sé que no podemos prescindir de dominat ° de que nos sirvan. Cada ser humano tiene necesi- dad de esclavos como el aire puro. Mandar &s Tes- pirar. “También usted es de la misma opinién? ¥ hasta los mas desheredados consiguen respirar. HH Ultimo en la escala social tiene todavia a su cén- yuge oasu hijo; si es soltero, aun perro. En suma, que lo esencial es poder enojarse sin que el otro tenga derecho a responder. “No se le responde al _ padre.” ¢Conoce usted la férmula? En cierto sen- tido es bien singular, porque, ga quién habfamos de responder en este mundo, sino a los que ama- mos? Pero, en otro sentido, es convincente. Al- _ guien tiene que tener, al fin de cuentas, la ultima palabra. Porque a toda razén puede oponérsele otra, y asi no se terminaria nunca. El poder, en cambio, lo decide todo terminantemente. Hemos tardado, pero al fin lo comprendimos. Por ejem- plo, y usted debe de haberlo notado, nuestra vieja Europa filosofa por fin como es debido. Ya no de- _cimos, como en épocas ingenuas: “Yo pienso asi, ecules son sus objeciones?” Ahora hemos adqui- rido lucidez; reemplazamos el didlogo por el co- municado. “Nosotros decimos que ésta es la verdad. Vosotros siempre podréis discutirla. Eso 10 nos interesa. Pero, dentro de algunos afios, la policia os mostrar4 que yo tengo razén.” _ jAh, querido planeta! Ahora todo es claro en |. Nos conocemos. Sabemos de qué somos capaces. €a, yo, para cambiar de ejemplo, ya que no de : ma, siempre quise que me sirvieran con una son- 39 fierno debe ser asi: calles con letreros a3 ningtin medio para explicarse. Queda uno clasificado de una vez por todas. ; ; : Por ejemplo usted, mi querido fan pN piense en cual podria ser su cartel. 2Se calla usted? Vamos, ya me respondera después. En todo caso, yo sé cual es el mio: un rostro doble, un encantador Jano, y por encima de él la divisa de la casas No os figis.” En mis tarjetas se leeria: “Jean-Baptiste Clamence, comediante.” Mire usted, poco después del atardecer de que le hablé, descubri algo. Cuan- do abandonaba a un ciego en la acera a la cual lo habfa ayudado a llegar, lo saludaba. Evidente- mente, ese sombrerazo no estaba destinado aged, puesto que no podia verlo. 2A quién, pues, se dirigia? Al ptiblico. Después de ca el papel, vienen los saludos. No esta mal, cehi Otro dia, por la misma época, a un automovilista que me agradecia por haberlo ayudado, le respondi que nadie habria hecho tante como yo. Desde luego que queria decirle que cualquiera lo habria he- cho. Pero ese desdichado lapsus se me qued6é en el corazon. En punto a modestia, yo era realmente imbatible. ; Debo reconocerlo humildemente, querido com- patriota: siempre reventé de vanidad. Yo, yo, yo; ése era el estribillo de mi cara vida. Estribillo que se extend{a a todo cuanto decfa. Nunca pude ha- blar sin vanagloriarme. Sobre todo si lo hacia con esa estrepitosa discreccién cuyo secreto yo poseia. Verdad es que siempre vivi como hombre libre y _ poderoso. Sencillamente me sentia liberado con ‘respecto a todos, por la excelente razon de que no reconocia ningtin igual mio. Siempre me estimé mas inteligente que todo el mundo, ya se lo dije, risa. Si la criada ten{a aire triste, me envenenaba — el dia. Desde luego que ella tenia derecho a no | estar alegre; pero yo me decfa que era mejor para ella que me sirviera sonriendo y no llorando. En rigor de verdad, era mejor para mi. Sin embargo, sin ser glorioso, mi razonamiento no era del todo tonto. Andlogamente, siempre me resistfa a comer en restaurantes chinos. :Por qué? Porque los asid- ticos, cuando permanecen callados y estan ante blancos, tienen a menudo aire despectivo. ;Desde luego que cuando sirven conservan ese aire! éCo- | mo podemos entonces gozar de un pollo a la china y, sobre todo, cémo podemos pensar, mirdndolos, que tenemos razén? Dicho sea entre nosotros, la servidumbre, y de preferencia sonriente, es, pues, inevitable. Pero no debemos reconocerlo. :No es mejor que aquel que no puede prescindir de tener esclavos, los llame hombres libres? Primero, por una cuestién de principios, y luego para no desesperarlos. Les debemos esta compensacién, zno le parece? Asif ellos continuarén sonriendo y nosotros conserva- 4 remos nuestra tranquilidad de conciencia. Si no fuera de este modo, nos verfamos obligados a vol- vernos sobre nosotros mismos, enloqueceriamos de dolor, y hasta nos hariamos modestos. Cualquier cosa puede temerse. Por lo demés, ningtin anuncio comercial. Este de aqui, por ejemplo, es escanda- loso.-jSi todo el mundo se sentara a la mesa en el lugar que le corresponde, si revelara su verdadero — oficio y su identidad, ya no sabriamos dénde poner la cara! Imagine usted tarjetas de visita como és- tas: “Dupont, fildsofo timorato 0 propietario cris: tiano, o humanista adultero.”” Hay verdaderamente para elegir. ;Pero eso seria el infierno! Si, el in-_ 41 -gentes cuya religién consiste en perdonar todas las ofensas, ofensas que, en efecto, perdonan, pero ‘nunca olvidan. Yo no estaba hecho de tan buena madera para perdonar las ofensas; pero siempre -terminaba por olvidarlas. Y aquel que se crefa de- testado por mi, no salia de su asombro cuando yo Jo saludaba con una amplia sonrisa. Seguin su in- dole, admiraba entonces mi grandeza de danimo o bien despreciaba mi torpeza, sin imaginar que a -yaz6n que me movia a tal actitud era mds sencilla: habia olvidado hasta el nombre de esa persona. La misma falla que me hacia indiferente © ingra- to, me presentaba entonces como magndnimo. _ Vivia, pues, despreocupado y sin otra continui- dad que aquella del “yo, yo, yo”. eee por las mujeres, despreocupado por la virtud o e vicio, despreocupado como los perros; pero yo mis- mo estaba siempre sdlidamente presente en mi puesto. Iba asi andando por Ja superficie de la vi- “da, de alguna manera, en las palabras, pero nunca en la realidad. jCudntos libros apenas lefdos, cudn- s amigos apenas amados, cudntas ciudades ape- “nas visitadas, cudantas mujeres apenas posefdas! Ha cla ademanes por aburrimiento o por distraccién. os seres desfilaban, querian atarse a mi; pero en { no habia nada y entonces sobrevenia la desdi- cha. Para ellos. Porque, en cuanto a mi, yo olvi- daba. Nunca me acordé sino de mi mismo. Sin embargo, poco a poco fui recobrando la me- moria. O, mejor dicho, yo volvi a ella y alli encon- tré el recuerdo que me esperaba. Antes de hablarle de esto, permitame usted, querido compatriota, que le dé algunos ejemplos (y no tengo la menor duda de que le serviran) de lo que descubri en el urso de mi exploracién. pero también mas sensible y mas habil, tirador ex-. celente, conductor incomparable, mejor amante. Hasta en aquellos terrenos en que me resultaba facil verificar mi inferioridad, como en el tenis, por ejemplo, juego en el que yo no era sino un contendiente mediocre, me era dificil no creer que, si tuviera tiempo de entrenarme, estaria entre los campeones. En mf no admitia sino superioridades, | lo cual explicaba mi benevolencia y serenidad. Cuando me ocupaba de los dems, lo hacia por pura condescendencia, con toda libertad, y el mérito era todo mio: subia en un grado el amor que sentia por mi mismo, ; Con algunas otras verdades, descubri estas evi- dencias poco a poco, en el periodo que siguidé a — aquella tarde de que le hablé. No sucedié en se- guida, no, ni tampoco muy claramente. Primero | fue menester que recuperara la memoria. Paulati- — namente fui viendo con mayor claridad, fui apren- diendo un poco de lo que sabia. Hasta entonces— un sorprendente poder de olvido siempre me habia ayudado. Lo olvidaba todo y antes que ninguna otra cosa mis resoluciones. En el fondo, nada me— importaba. La guerra, el suicidio, el amor, la mi- — seria, eran cosas a las que, por cierto, prestaba atencién cuando las circunstancias me obligaban © a ello; pero lo hacia de manera cortés y superfi- cial. A veces fingia apasionarme por una causa ex- trafla*a mi vida mas cotidiana. Sin embargo, en el _ fondo yo no participaba de esa causa, salvo, claro. esta, cuando mi libertad se veia contrariada. ¢Cé- mo decirlo? Las cosas me resbalaban. Si, todo res- balaba sobre mi. Pero, seamos justos. Lo cierto es que mis olvi- dos tenian mérito. Habra usted observado que hay Mi esas 43: 4 ae un segundo en arrancar cuando aparecié la sefial verde, mientras nuestros pacientes conciudadanos descargaban sin dilacién sus bocinas en mis es: paldas, recordé de pronto otra aventura que me ocurrié en las mismas circunstancias. Una motoci: i cleta conducida por un hombrecillo seco, que He- vaba lentes y pantalones de golf, me habia pasado y se habia instalado delante de mi en el momento en que aparecia la sefial roja. Al detenerse, al hombrecillo se le habia parado el motor y se esfor-_ zaba en vano para volver a ponerlo en marcha. Cuando aparecié la sefial verde, le pedi, con mi_ | habitual cortesia, que apartara su motocicleta, a fin de que yo pudiera pasar. El hombrecillo conti- nuaba poniéndose nervioso, a causa de su asmatico motor. Entonces me respondid, de acuerdo con las | reglas de la cortesia parisiense, que me fuera al diablo. Yo insistt, siempre cortés, pero con un Ii- gero matiz de impaciencia en la voz. En seguida — se me hizo saber que, de todos modos, podia irme % adonde se me habia mandado, a pie 0 a caballo. A | todo esto, a mis espaldas algunas bocinas comen- zaban a hacerse oir. Con mayor firmeza pedi a mi interlocutor que fuera mas urbano y que conside- | rara que estaba impidiendo la circulacién. El iras-_ cible personaje, exasperado sin duda por la mala voluntad, que se habia hecho evidente, de su mo- tor, -me informdé que si yo deseaba lo que él Ila- maba sacudirme el polvo, me lo ofrecia de todo corazon. Tanto cinismo me colmé de justo furor, de manera que sali de mi coche con la intencién ~ de darle una tunda a aquel grosero. Yo no creo ser cobarde (jy que no lo piensen los demas!) ; era por lo menos una cabeza mds alto que mi adversa- _ aa ~ atin un poco confuso, - dido, interpelado por dos lados, D a confuso y las bocinas completaron mi confusion. ‘rio, mis musculos siempre me respondieron bien. Ain ahora creo que si alguno de los dos habia de sacudir el polvo al otro, ése iba a ser yo. Pero ape- nas habia yo bajado a la calzada cuando de la mul- tjtud que comenzaba ; i que, precipitandose sobre mf, me dijo que yo era el ultimo : E golpear a un hombre que, teniendo una motoct- cleta entre las piernas, s¢ encontraba, por consi- - guiente, ce fi s ES ya decir verdad, ni siquiera lo vi. En efecto, a reunirse sali un hombre de los cobardes y que no me permitiria en desventaja. Hice frente a ese mosquete- apenas hube vuelto la cabeza cuando, casi en a mismo momento, of de nuevo las explosiones de motor de la motocicleta y recibf un violento golpe en la oreja. Antes de que hubiera tenido tiempo de darme cuenta de lo que habia pasado, la moto- cicleta se alejé. Aturdido, me dirigi maquinal- mente hacia el D’Artagnan, cuando, en el mismo instante, un concierto exasperado de bocinas se levanté de la fila, ya considerable, de vehiculos. Habia vuelto a aparecer la seal verde. Entonces, en lugar de sacudir al imbe- cil que me habia interpelado, volvi décilmente a ‘mi coche y arranque mientras a mi paso el imbécil me saludaba con un “Pobre infeliz’, del que toda- {a me acuerdo. : Episodio sin importancia, dira usted. Sin duda. Sdlo que me llevé mucho tiempo olvidarlo. Ahi esta lo importante del asunto. Sin embargo, tenfa excusas. Me habia dejado golpear sin responder, odia acusar de cobardia. Sorpren- Fido, interpelad yo habia quedado " - aake Con todo, me sentia desdichado como s1 hubiera - pecado contra el honor. Volvia a verme subiendo 45 a mi coche, sin una reaccién, bajo las miradas ir nicas de una muchedumbre tanto mds encantad: por cuanto aquel dia, lo recuerdo bien, llevaba yo un traje azul muy elegante. Volvia a ofr aquel “Pobre infeliz’”’ que, asi y todo, me parecia justi 1 ficado. En suma, que me habia desinflado ptblica-_ mente; por obra de una concurrencia de circuns- tancias. Después del hecho, yo comprendia clara- mente lo que hubiera debido hacer. Me veia de rribando a D’Artagnan de un buen gancho, vol- viendo a mi automdvil, persiguiendo al monit que me habia golpeado, alcanzandolo, aplastandole q la motocicleta contra una acera, apartandolo y_ aplicandole la paliza que con creces se merecfa. Con algunas variaciones, hacia pasar centenares de veces este film por mi imaginacién. Pero era demasiado tarde, de manera que durante dias tuve que digerir un feo resentimiento. Vaya, esta Hoviendo de nuevo. Cobijémonos en ese porche, no le parece? Bueno. ¢Dénde estdba- | mos? jAh, si el honor! Pues bien, cuando volvi a_ recordar esia aventura, comprendi lo que ella sig. nificaba. En definitiva, mis suefios no habian r sistido la prueba de los hechos. Habia sofiado, esto resultaba ahora claro, con ser un hombre comple to, que se habia hecho respetar tanto en su perso- na como en su profesién. A medias un Cerdan, a medias un De Gaulle, si usted quiere. En suma, que queria dominar en todas las cosas. Por eso asu: mia actitudes artificiales y ponfa mds cuidado coqueteria en mostrar mi habilidad fisica que m dotes intelectuales. Pero, después de haber sido golpeado en ptiblico sin reaccionar, ya no me era. posible acariciar esta hermosa imagen de mi mis- mo. Si yo hubiera sido el amigo de la verdad y de la inteligencia que pretendia ser, equeé me habria importado aquella aventura, ya olvidada por quie- nes hab{an sido los espectadores? Apenas me ha- bria acusado por haberme enojado sin casi moti- vos, Y también estando enojado, por no haber sa- pido afrontar las consecuencias de mi célera, ca- rente de presencia de espiritu. En lugar de eso yo ardia por desquitarme, ardia por golpear y vencer, como si mi verdadero deseo no fuera ser Ja cria- tura mds inteligente o la mas generosa de la tierra, sino tan sdlo apalear a quien se me antojara, ser siempre el mas fuerte, y del modo mas elemental. La verdad es que todo hombre inteligente, lo sabe usted muy bien, suefia con ser un gangster y con dominar en la sociedad exclusivamente por la vio- lencia. Puesto que la cosa no es tan facil como pu- diera hacérnoslo pensar la lectura de novelas es- pecializadas, generalmente uno se remite ala po- litica y recurre al partido més cruel. ¢Qué impor- ta, no le parece, que humillemos nuestro espiritu, si por ese medio conseguimos dominar a todo el mundo? En mi yo descubria dulces suefos de opresién. Poor lo menos sabia que no estaba del lado de los culpables, de los acusados, sino en la medida exac- ta en que su culpa no me causaba ningun dafio. _ Su culpabilidad me hacia elocuente, porque yo no era la victima. Cuando me veia amenazado, no solo me convertia en un juez, sino en un amo irascible que, fuera de toda ley, queria aplastar al delin- Suente y hacer que cayera de rodillas. Después de ito, querido compatriota, es muy dificil continuar eyendo seriamente en que uno tiene vocacion por la justicia y en que es el defensor predestinado de viudas y huérfanos. 46 AT “nds frecuente era que las utilizara en lugar de servirlas. Desde luego que el amor verdadero es excep- cional. Sobrevendra mas o menos dos 0 tres veces por siglo. En lo restante del tiempo lo que hay es yanidad o tedio. Por lo que hace a mi mismo, en todo caso, yo no era la religiosa portuguesa. No tengo el corazén seco cuando llega el caso, sino, por el contrario, soy capaz de enternecimiento, y junto con eso tengo las lagrimas faciles. Sdlo que mis raptos se vuelven siempre hacia mi, mis enter- necimientos me conciernen. Después de todo, re- sulta falso afirmar que nunca haya amado. En mi vida por lo menos hube de alimentar un gran amor, del cual siempre fui el objeto. Desde este unto de vista, después de las inevitables dificulta- des de la edad muy juvenil, quedé rapidamente fi- jado: la sensualidad y tnicamente la sensualidad reinaba en mi vida amorosa. Buscaba sélo objetos de placer y de conquista. En esto me ayudaba, por lo demé4s, mi constitucién fisica: la naturaleza se mostré generosa conmigo. Y yo estaba no poco or- gulloso de ello; de manera que obtenfa muchas sa- tisfacciones de las que no sabria ya decir si eran de placer o de prestigio. Bien, dird usted que con- tinto jactandome. No lo negaré y desde luego que me enorgullezco menos de mi jactancia que de aquello de que me jacto, puesto que era verdadero. En todos los casos mi sensualidad, para no ha- blar sino de ella, era tan real que aun por una aventura de diez minutos, yo habria renegado de padre y madre, aunque luego tuviera que Jamen- tarlo amargamente. {Qué digo! Sobre todo por una aventura de diez minutos, atin mas, si estaba segu- ro de que no iba a tener un mafiana. Desde luego que hice poco después en mi memoria? Sentémad nos al reparo, alli en ese banco. Hace siglos que los fumadores de pipa contemplan desde él cémo. cae la misma Iluvia sobre el mismo canal. Lo que tengo que contarle es un poco mas dificil. Esta. vez se trata de una mujer. Sepa usted primero que. siempre tuve éxito, y sin realizar grandes esfuer-. zos, con las mujeres. No digo que tuve éxito é hacerlas felices, ni siquiera en hacerme feliz yo mismo, a causa de ellas. No; sencillamente tenia éxito. Lograba los fines que me proponia y mas 0 menos cuando lo deseaba. Las mujeres encontra- Sattar cance Imaginese. abe usied | o? Una manera de oir que le responden a uno sé, sin haber formulado ninguna : pregunta clara. Asi me ocurria en aquella época. iF ¢Le sorprende a usted? Vamos, no lo niegue. E: muy natural, con la cara que ahora tengo. iAy, después de cierta edad, todo hombre es responsable | de su cara! La mia...; pero, ¢qué importa? El he- cho es que en mi encontraban encanto y yo lo aprovechaba. 4 Sin embargo, no pontfa en juego ningtin cdlculo; obraba de buena fe, 0 casi de buena fe. Mis rela q ciones con las mujeres eran naturales, sueltas, fa- — ciles, como suele decirse. No me valia de ningin ardid, o unicamente de ese ardid ostensible que | ellas consideran como un homenaje. Las amaba 4 segtin la expresién consagrada, lo cual es lo ike que decir que nunca amé a ninguna. La misoginia | me parecia vulgar y tonta, de manera que siempre Juzgue mejores que yo a casi todas las mujeres que conoci. Sin embargo, al colocarlas tan alto lo 49 48 que respetaba ciertos principios, entre ellos, pi ejemplo, el de que la mujer de un amigo es sagra- da. Lo que hacia entonces con toda sinceridad e sencillamente dejar de tener amistad con el ma rido, algunos dias antes. ¢No deberia llamar a esto sensualidad? La sensualidad no es repugnante en si misma. Seamos indulgentes y hablemos, mas bien, de una debilidad, de una especie de incapa- cidad congénita de ver en el amor otra cosa que lo que se hace en él. Pero, después de todo, esa debi- lidad era cO6moda. Unida a mi facultad de olvido, favorecia a mi libertad. Al mismo tiempo, en vir- tud de cierto aire ausente y de irreductible inde- pendencia, que ella me daba, me ofrecia ocasién de nuevos éxitos. A fuerza de no ser romantico, daba sélido alimento a lo novelesco. Nuestras ami: gas, efectivamente, tienen esto de comuin con Bo- naparte: siempre piensan obtener éxito en aquello en que todo el mundo fracas6. 7 En aquel comercio yo satisfacia, por lo demas, otra cosa aparte de la sensualidad: mi amor al jue- go. En las mujeres vefa yo a las adversarias de cier-_ to juego que, por lo menos, tenia visos de inocen- cia. Mire usted: no aguanto aburrirme y en la vid: no aprecio sino las diversiones. ‘Toda sociedad, po brillante que sea, me agobia rd4pidamente, en tant que nunca me aburri con las mujeres que me gus taban. Me cuesta trabajo confesarlo, pero habri renunciado a diez conversaciones con Einstein por un primer encuentro con una bonita figuranta. Verdad es que a la décima cita habria suspirado” por Einstein o por lecturas serias. En suma, que — nunca me preocupé por los grandes problemas, sino en los intervalos de mis modestas expansio- nes. Y cuantas veces, hall4ndome en la calle en medio de una discusién apasionada con amigos, perdi el hilo del razonamiento que se exponia por- que una linda coqueta cruzaba en ese momento la calzada. De manera que yo jugaba a ese juego. Sabia que a ellas no les gustaba que uno fuera demasiado ra- pidamente a la meta. Primero era necesaria la con- yersacion, la ternura, como ellas dicen. NY siendo abogado, lo que me faltaba no eran discursos ni miradas, habiendo sido en el regimiento aprendiz e comediante. Cambiaba con frecuencia de papel, pero siempre representaba la misma pieza. Por ejemplo, el numero de la seduccién incomprensi- ple, el nttmero del ‘‘no sé por qué”, del “no hay razon alguna, yo no deseaba ser atraido, estaba -cansado del amor, etc....”, era siempre eficaz, unque fuera de los mas viejos del repertorio. ‘También representaba el ntimero de la dicha mis- teriosa que ninguna otra mujer consiguid jamds epararnos, dicha que acaso no tenga futuro y “que hasta con toda seguridad no lo tiene (pues uno no queria garantizar demasiadas cosas) , pero que, precisamente por eso, era irreemplazable. So- re todo habia perfeccionado una pequefa tirada, iempre bien recibida, que usted aplaudiria, no me cabe la menor duda. Lo esencial de esa tirada descansaba en la afirmacién, dolorosa y resignada, de que yo no valfa nada, de que no valia la pena _que se pegaran a mi, de que mi vida ya habia ter- “minado, de que no gozaba de la felicidad de todos los dias, felicidad que acaso yo habria preferido a cualquier otra cosa, pero, jay!, ya era demasiado tarde. Guardaba, claro esta para mi, los motivos de esa frustracién decisiva, sabiendo que es mejor acostarsé con el misterio. Por lo demds, en cierto 50 BI modo yo mismo crefa en lo que decfa, vivia papel. No es, pues, sorprendente el hecho de q mis adversarias también se pusieran a representa con fuego. Las mas sensibles de mis amigas se eg forzaban por comprenderme y ese esfuerzo las Me. vaba a melancdlicos abandonos. Las otras, satisfe. chas al ver que yo respetaba las reglas del juegc y que tenia la delicadeza de hablar antes de obra: se entregaban sin esperar a mds. Entonces yo habia ganado y doblemente, pues, ademas del deseo que yo sentia por ellas, satisfacia el amor que me tenia a mi mismo al verificar cada vez mis brillantes fa-~ cultades. Y esto es tan cierto que aun cuando ocurrfa que algunas no me procuraban sino un placer medio- cre, asi y todo yo trataba de reanudar mis relacio- nes con ellas, de cuando en cuando, ayudado pro- bablemente por ese deseo singular que favorece la separacién seguida de una complicidad de pronto renovada; pero también lo hacia para confirmar que nuestros lazos existian siempre y que sdlo- dependia de mi estrecharlos. A veces hasta les hacia jurar que no pertenecerian a ningun otro hombre, © para acallar, asi, de una vez por todas, mis inquie-_ tudes sobre ese punto. Sin embargo, mi corazén na- | da tenia que ver en estas inquietudes, ni siquiera tampoco mi imaginacién. Una especie de preten- sién se habia en efecto encarnado en mi con tanta | fuerza que me era dificil imaginar, a pesar de la_ evidencia, que una mujer, habiendo sido mia, pu- diera alguna vez pertenecer a otro hombre. Pero— ese juramento que ellas me hacfan, al comprome- terlas me liberaba. Puesto que no pertenecerian a nadie més, yo podia entonces decidirme a romper con ellas, lo que de otra manera me habria sido 52 j siempre imposible. La verificacién, en lo to- ante a ellas, la hacia de una vez por todas y mi oder quedaba asegurado por largo tiempo. Cu- joso, ¢no? Pues es asi, querido compatriota. Unos ritan: “jAmame!”; los otros: ‘“TNo me ames! Pero cierta clase de hombres, la mas desdichada, dice: ‘“j;No me ames, pero permanéceme fiel! 7 ~ Sdlo que, y ahi esta la cosa, la verificacién nunca es definitiva. Hay que volver a empezar con cada criatura. A fuerza de volver a empezar, uno con- trae habitos. Pronto el discurso se nos viene a Ja ‘poca sin pensarlo, luego sigue el reflejo. Un dia se encuentra uno en la situacién de tomar una mujer sin desearla realmente. Créame, para ciertos seres, por lo menos, tomar lo que no desean es la cosa mas diffcil del mundo. Eso fue lo que ocurrié un dia y no viene al caso decirle a usted quién era ella. Le haré saber tan sdlo que, sin llegar realmente a turbarme, me atrafa por su aspecto pasivo y avido. Francamente todo fue mediocre, como no podia menos de espe- rarlo. Pero como nunca tuve complejos, me olvidé bien pronto de aquella mujer a la que no volvi a ver. Yo pensaba que ella no se habia dado cuenta de nada y ni siquiera me imaginaba que pudiera tener alguna opinién. Por lo deméas, a mis ojos su aire pasivo la separaba del mundo. Sin embargo, pocas semanas después vine a enterarme de que habfa confiado a un tercero mis insuficiencias. Inmediatamente sent{ como si me hubieran enga- fiado; no era tan pasiva como yo creia, no le fal- taba facultad de juicio. Luego me encogi de hom- bros y procuré‘reirme de Ja cosa. Y hasta verdade- ramente conseguf reirme; era claro que aquel in- cidente carecia de toda importancia. Si hay un do- 53 ae ne .d una confesién. En él grita ostensiblemente el oismo, se manifiesta la vanidad, o bien se revela alli una generosidad verdadera. Por ultimo, a aquella lamentable historia, aun mas aue = oa otras intrigas, yo habia sido mas franco de lo q minio en que la modestia deber{a ser la regla, gn es el de la sexualidad, con todo lo que ella tiene d imprevisible? Pero no, es el del que consigue mas, aun en la soledad. A pesar de mis encogimientos de hombros, cual fue en verdad mi conducta? Po- - j i ee co después volvi aver a aquella mujer; hice todo la _ pensaba. Habfa dicho quién era y ee, pan que era menester para seducirla y volver a poseerla vir. A pesar de las" apariencias yo i ‘ Lae to- verdaderamente. No me resultd muy dificil: a digno en mi vida privada, aun cuan Go Sh dectran. ellas tampoco les gusta quedarse en un fracaso. A _ do por eso) me condujera como ee jonaleee Guna partir de ese momento y sin quererlo claramente, Jo, que en mis grandes vuelos profes vitucioniel me puse a mortificarla de todas las maneras, La la inocencia y la justicia. A ” ate acerca abandonaba y la volvia a tomar, la obligaba a en- obrar con los seres yo no podia ee Hor bores tregarse en momentos y lugares en que no eran los de la verdad de mi naturaleza. ae ae apropiados, la trataba de modo tan brutal, en to- | _hipdcrita en sus placeres. cLei cs Ol a see , dos los aspectos, que terminé por pegarme a ella querido compatriota, o ee ates como me figuro que un carcelero se liga a su Cuando consideraba, Pee ah oak mut preso. Y esto ocurrié hasta el dia en que, en medio nia para separarme definitivamente lee del violento desorden de un doloroso y obligado — jer, dificultad que me levaba mer oneatile de placer, ella rindié homenaje en voz alta a lo que relaciones simultaneas, no 7 eel if cen la sometia. Aquel dia comencé a alejarme de ella. ello a la ternura de mi corazén. No era Pee Desde entonces la olvidé. ; de mi corazén lo que me hacia a ae 7 3 Convendré con usted, a pesar de su cortés silen- de mis amigas, habiéndose canal donee cio, que esta aventura no es precisamente brillante, _ Austerlitz de nuestra pasién, i ‘ 7 vi-aacouael jPiense sin embargo en su vida, querido compa- Inmediatamente era yo quisn apa. y z ue a triota! Hurgue en su memoria y tal vez encontrara lante, era yo el que hacia ai ae debiliane alguna historia parecida, que ya me contar4 usted — hacia elocuente. La ternura y F u aha ee después. En cuanto a mi, cuando recordaba aque- del corazén eran cosas que ya ae aneas Ila aventura no dejaba de refrme. Pero me refa mujeres en tanto He) oe ae exe con una risa diferente, bastante parecida a aque- apariencia. Me sentia ae oy oe alar- lla que habia ofdo en el puente de las Artes. Me _ tado porque se me a a ia afectay refa de mis discursos y de mis defensas. Mas atin mado también por la posible pecn an i aN de mis defensas, por otra parte, que de mis discur- _A veces es verdad que me vide eae aes, para Sos con las mujeres. A ellas, por lo menos, les men- Pero bastaba que la rebelde i Aalninoute tfa poco. El instinto hablaba claramente, sin eva- que la olvidara en seguida oe ee indo en sivas, en mi conducta. El acto de amor es en ver-_ mo la olvidaba, teniéndola junto a mi, cuando, 55 54 cambio, ella habia decidido volver a mi lado. No -condicién de que en toda la tierra todos los seres, no era el amor ni la generosidad lo que me desper- o el mayor numero posible de ellos, estuvieron iaba cuando me vefa en peligro de que me aban. - yueltos hacia mf, eternamente vacantes, privados donaran, sino Uunicamente el deseo de ser ar de vida independiente, prontos a responder a mi y de recibir lo que, segiin pensaba, se me debia, Jamada en cualquier momento, consagrados por Apenas amado Y apenas mi adversaria quedaba_ fin a la esterilidad hasta el dia en que yo me dig- nuevamente olvidada, yo volvia a resplandecer, nara favorecerlos con mi luz. En suma, para que me sentia bien, me hacia simpatico. j _ yo viviera feliz era necesario que los seres que Observe usted que una vez que consegufa re- elegia no vivieran en modo alguno. Debian recibir conquistar un afecto tornaba a sentir su peso. En vida, muy de cuando en cuando, de mi capricho. ciertos momentos de impaciencia, me decia enton- jAh, créame que en modo alguno me complazco ces que la solucién ideal habria sido la muerte de_ ~ en contarle todo esto! Cuando pienso en ese perio- la persona que me interesaba. Esa muerte habria do de mi vida en el que exigfa tanto sin dar nada fijado definitivamente los lazos que nos unfan, yo mismo, en el que movilizaba a tantos seres para por una parte, y por otra, habria quitado a esa _ servirme de ellos, en que los ponfa, por asf decirlo, mujer el caracter de obligacién. Pero no puede _al hielo para tenerlos un dia u otro a mano, de uno desear la muerte de todo el mundo ni, en (iL _ acuerdo con lo que me conviniera, no sé en verdad tima instancia, despoblar el planeta para gozar de como Ilamar al curioso sentimiento que me invade. una libertad que no podia imaginar de otra ma _ éNo sera vergiienza? Digame, querido compatrio- nera. Mi sensibilidad se oponia a ello y también mi ta, eno quema un poco la vergiienza? :Si? Enton- amor a los hombres. ces tal vez se trate de ella o de uno de esos ridiculos El unico sentimiento profundo que Ilegaba a sentimientos ligados al honor. En todo caso me pa- experimentar en tales intrigas era la gratitud, rece que ese sentimiento no hubo ya de abando- cuando todo marchaba bien y cuando se me daba, _ narme desde aquella aventura que encontré en el al mismo tiempo que la paz, la libertad de ir y ve- centro de mi memoria y cuyo relato ya no puedo nur, que nunca me resultaba mds agradable y ale- _ diferir por mas tiempo, a pesar de mis digresiones gre con una mujer que cuando acababa de aban y de los esfuerzos de una inventiva a la que espero donar el lecho de otra, como si extendiera a todas _ haga usted justicia. las otras mujeres la deuda que habia contraido p _ jVaya, dejé de lover! Tenga usted la bondad co antes con una de ellas. Cualquiera que fuera, de acompafiarme hasta mi casa. Estoy cansado, a por lo demas, la confusién aparente de mis senti- traflamente cansado. No por haber hablado, SIO mientos, el resultado que obtenfa era claro: con-_ ante la sola idea de lo que todavia tengo que decir. servaba todos los afectos alrededor de mi para ser-_ _ {Vamos! Unas pocas palabras bastar4n para descri- virme de ellos cuando quisiera. De manera que no bir mi descubrimiento esencial. ;Por qué decir podia vivir de mi declaracién misma, sino con la mas? Para que la estatua quede desnuda los bellos 56 q ; 57 o escuchando inmévil. Luego, con pasitos m discursos deben volar. La cosa ocurrié asf: aque me alejé bajo la Iuvia. A nadie di aviso del noche de noviembre, dos o tres afios antes del ata decer en que cre{ ofr unas carcajadas a mis esp das, dirigiéndome a mi casa iba hacia la orilla i quierda del rio por el puente Royal. Era la un; de la madrugada. Cafa una Iuvia ligera, mds bien una llovizna, que dispersaba a los raros transetn tes. Volvia yo de casa de una amiga, que segura mente ya dormia. Me sentfa feliz en esa caminata, un poco embotado, con el cuerpo calmo, irrigadc por una sangre tan dulce como la Iuvia que catia En el puente pasé por detras de una forma incli. nada sobre el parapeto, que parecia contemplar el rio. Al acercarme distinguf a una joven delgada, vestida de negro. Entre los cabellos oscuros y el cuello del abrigo vefa sélo una nuca fresca y mo- | jada a la que no fui insensible. Pero después de vacilar un instante, prosegui mi camino. Al llegar al extremo del puente tomé por los muelles en direccién de Saint-Michel, donde vivta. Habia re- | corrido ya unos cincuenta metros mds o menos, cuando of el ruido, que a pesar de la distancia me parecidé formidable en el silencio nocturno, de un cuerpo que cae al agua. Me detuve de golpe, pe sin volverme. Casi inmediatamente of un grito que se repitid muchas veces y que fue bajando por el tio hasta que se extinguié bruscamente. El sile cio que sobrevino en la noche, de pronto coagula- da, me parecié interminable. Quise correr y no. dos, idente. . i i ya hemos Ilegado. Fsta es mi casa, m1 refu :Mafana? Si, como usted quiera. Lo ve f Peicho gusto a la isla de Marken. Vera el uy- or e. Nos encontraremos a las once en el México- c. .Cémo dice usted? cAquella mujer? iAh, no NE iscrametiix no sé! Ni al dia siguiente ni Sichos otros dias lef los periddicos. sistible me invadia el cuerpo. He olvidado lo que © pensé en aquel momento. “Demasiado tarde, de-- masiado lejos. ..”, 0 algo parecido, Me habia que- 59 58 jLa nota pintoresca no es precisamente lo que le nadas en las que los pescadores fuman tabaco fino en medio del olor de pintura encdustica. En cam- bio, yo soy uno de los pocos que puede mostrarle lo que aqui hay de importante. Llegamos al dique. Tendremos que continuar para encontrarnos lo mas lejos posible de estas ca- sas demasiado graciosas. Sentémonos, équiere us- ted? Qué dice? :No es éste uno de los mas hermo- sos paisajes negativos? Mire a nuestra izquierda, ese monton de cenizas que aqui Ilaman una duna, el dique gris a la derecha, la arena descolorida a nues- tros pies y, frente a nosotros, el mar con color de lejia floja, y el vasto cielo, en el que se reflejan las palidas aguas. jUn infierno blando, verdadera- mente! Sdlo lineas horizontales, ningtin estallido, el espacio es incoloro, la vida, muerta. iNo es éste un borrarse universal, la nada sensible a los ojos? iY ningin hombre, sobre todo, ningtin hombre! Unicamente usted y yo, frente al planeta por fin desierto. éQue el cielo vive? Tiene usted razon, 60 Un pueblo de mufiecas, go le parece a usted? falta! Pero no lo traje a esta isla por lo que ella tiene de pintoresco, querido amigo. Todo el mun- do puede hacerle admirar cofias, zuecos, casas ador- — F erido amigo. Se hace espeso, luego se horada, qu pre escaleras de aire, cierra puertas de oa Eas s palomas. No advirtid usted que el cielo de a Janda esta eno de millones de palomas invisibles da’ n alto vuelan), que paten alas, que ee an con un mismo movimiento llenando el esp ay isdceas cio celeste con olas espesas de plumas grisaceas, r esperan ue el viento se lleva o trae? Las palomas ee alld arriba, esperan todo el afio, giran por a de Ja tierra, miran hacia abajo, quisieran ae der; pero aqui no hay mas que mar y a ae chos cubiertos por letreros y ninguna cabeza osarse. . ry 2No comprende usted lo que eed a é ansado. Pierdo el hi L confesaré que estoy € ) a discurso Va no tengo aquella claridad de Pes ; i ci rendir ho- i s se complacian en tu a que mis amigos S soe a rence Por lo demas, digo mis aay 7 . . 8 ig ; id ios. Ya no tengo am cuestién de principl L ‘ ee tengo cémplices. En cambio, aumento Sa re énero humano, y Ahora son todo el gé n s género humano es usted el ne El oe pe i é cor i el primero.