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AÍDA CARTAGENA PORTALATÍN

E SC A L E R A

PARA ELECTRA

Edición de Miguel D. Mena

E SC A L E R A PARA ELECTRA Edición de Miguel D. Mena Ediciones del

Ediciones del Cielonaranja Santo Domingo Berlín - 2003

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Con los mismos tipos de IBM que me animó [animé] a escribir una

NOVELA

digo:

Con los mismos tipos de IBM que me animó [animé] a escribir una NOVELA digo: 3

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CAPÍTULO 1

[“Como me hubiera gustado volver atrás… Tener veinticinco años, haber heredado el mundo entero y estar lleno de fe y alegría.” F. Scout Fitzgerald.

“Y volverme valiente para luchar por la liberación de mi país.” A.C.P.]

BAJAMOS de Philopappos para volver a Licabette, una de las colinas de la villa de Atenas. En el punto más alto está el Teatro de LICABETTE. Luego, pasada la media- noche, entre sábanas de lino aún sofoca el ardiente vera- no del Pireo. Repaso en el Hotel Acropol los textos de Esquilo, Sófocles y Eurípides que traje de Roma. El cuer- po resentido, deshidratado, es la estática. Lo otro es la mente o dinámica que mantiene activo el drama que, una vez más, se repuso en LICABETTE. Está. Estaba la ske- ne. En el proscenio: ELECTRA Ana Synodynou y ORESTES Thanos Kotsopoulos. Él. Ella. Los otros. Uno. Varios. Todos. Prix: 90 dracmas o $3 dólares grin- gos o 15 francos franceses. Dos Electras para un cerebro es un tumulto. Electra en tierras de Agamenón. También en la historia de una familia amiga de la nuestra. Electra nació en mi pueblo.

Pensarlo todo a un tiempo, revienta. Si, lo pienso en el Hotel Acropol. Pero escribirlo ahora parece trivial. Co-

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mo Saint-Victor siento los cantos del exterminio sembrar

vientos. Siendo el espíritu de Electra en medio del mun-

do, feroz, esclavo de su duelo y su vergüenza. Tanta ver-

güenza que aullará con Macbeth "todos los ríos no bas- tarán para lavar la mancha". No es posible que me deje vencer por el calor, por el cansancio o el sueño. No es posible que abandone el campo: en mi pueblo, ya lo dije:

"viene la palabra, hablamos de palabra, a discreción una sola basta" (Becket). Viene, llega la palabra sustantivo. La palabra se parte a fuerza. Brota la cáscara como una nuez partida o un banano maduro. Brota la cáscara y Swain es

un recuerdo. Tiro la cáscara y queda como una pesadilla,

cosa de cosas raras y malditas. Todo lo que desgastó el concepto de la virginidad en mi adolescencia.

ESCENA I "ELECTRA. - ¡Oh negra noche, nodriza de las

estrellas de oro! Llevando así este cántaro sobre

mi cabeza, en medio de tu sombra voy a buscar

agua al río. No porque a tanto me haya reducido

la miseria, sino porque quiero mostrar a los dio-

ses los ultrajes de Egisto y, a través del vasto éter, dirigirle a mi padre mis quejas. La maldita Tindá- rida, mi madre, me arrojó del hogar para compla-

cer a su esposo. Ella tuvo otros hijos de Egisto:

Orestes y yo estábamos demás en la morada".

Swain. Su nombre se escapó aquella mañana de la boca de

mi hermana. Estaba al frente. Mi madre sorprendió la

palabra Swain casi en secreto. No se hicieron esperar reproches y castigos. Decíamos su nombre. No hablába-

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mos de ella. Como una maldición la palabra destruyó nuestro domingo.

ATENAS/VERANO/1967. PRIMERA TARJETA

POSTAL: vista: Esrectheion, Pórtico de las Cariátides. AMIGOS: Como un tiento mi Electra es la de Eurípides.

A pesar de todo el interés que presentaría un examen más

profundo de los detalles y variaciones del caso Swain,

recuerdo, a propósito de Frazer, que en la vieja Guinea

alemana el que mataba

Cariños, HELENE

ATENAS/VERANO/1967. SEGUNDA TARJETA

POSTAL: vista: Columnata de los Propíleos. AMIGOS:

el que mataba a un enemigo se hacía impuro y su estado

era designado con la palabra que servía para señalar a la mujer después del parto. HELENE

ATENAS/VERANO/1967. TERCERA TARJETA

el ma-

tador era confinado en la casa de reunión de la aldea, y en derredor suyo había celebración de victoria con danzas y cánticos. HELENE.

POSTAL: vista: un vaso de Vaphio. AMIGOS:

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CAPÍTULO 2

SWAIN. Era tan natural que la nombráramos. "Conviene creerlo "

a discreción

Acompañada de don Plácido. Siempre en feriado. Nos situábamos a la puerta para esperarlos. Llegaría sobre un caballo blanco de paso corto, ligero. La crin recortada, pareja. La cola amarrada. Bañado con jabones para gente. Peinado. Llegaría a galope sobre la silla escarlata. Vendr- ían los dos.

(Becket). Llegaba con bastante frecuencia.

ESCENA IV "ELECTRA. -¡Ah, ah, castiga mi rostro! Como un cisne de sonora voz llamaría sobre las aguas de un río a su amado padre que hubiese perecido en- tre las mallas de una pérfida red

¡Pérfida emboscada en la cual pereciste a tu regre- so de Troya! Tu mujer no te ofreció diademas ni

Ella te entregó, y recibió después al traidor en tu lecho."

coronas

Swain.

Me pregunto ahora: ¿Cómo llegó su nombre a aquel campo aledaño, no tan lejos, pero apartado por los gran- des barrancos que lo separaban del pueblo? En tiempo de las lluvias y los granizos de mayo, y también durante los meses del invierno, esos caminos se hacían lodazales y pantanos negros. Las patas fuertes y blancas del caballo

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de Swain se hundían en el lodo. Llegaban Swain y su pa- dre. Siempre ellos. Las patas de los caballos como pares de botas negras de soldados.

Swain.

¿Cómo llegó aquel nombre? A María Sacramento, la mu- jer del lechero, se le quedó pegada a la cabeza la fonética de cosas que decía de rutina y cuyo significado inventaba. Ayudó en el parto. Vio a la mujer de Plácido a reventones abrirse en sangre. Cuando salió la cabeza de la criatura y dejó entrever entre las ancas el mismo sexo la Sacramento hizo el anuncio como si se tratara de una cosa bien, bue- na, dulce o fina. Sin más sentido o significado que el suyo propio, gritó: SWAIN. Para esa fecha había olvidado las pocas palabras que inventaba cuando trabajó para la m i s t e r, la mujer del comandante gringo que pateaba mi pueblo durante la primera ocupación de USA en Domi- nicana.

Así la siguió llamando el padre. Así la llamaron todos: la madre; los demás. Así la bautizó el curote gordo, feo y santo. Así la registró el Civil. La fonética del folklore de Los Yayales acunó sus prime- ros sueños.

La paloma tan poniendo en lo yayale cuan lo juén a bucai huevo cuale

La paloma tan poniendo en lo guandule cuan lo juen a bucai huevosazule

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ESCENA V "CORO. - ¡Electra, noble hija de Agamenón, he llegado a tu rústica morada! De Micenas ha veni- do un hombre que se alimenta sólo de leche en las montañas. Anuncia que, por la voz del heraldo, lo argianos proclaman un sacrificio que tendrá lugar dentro de tres días, y las vírgenes jóvenes irán to- das al templo de Hera. ELECTRA. - Ni por el esplendor de la fiesta ni por los collares de oro, amigas, se inquieta mi co- razón. No iré a formar las rondas con las jóvenes argianas ni marcaré con el pie cadencia alguna. Lloro mientras llega la noche y entre lágrimas transcurre el día que la sigue "

CABLE/CORINTO/VERANO/1967. AMIGOS no debo dejarme influenciar con exceso en mi juicio punto antes de las grandes civilizaciones en ceremonias primiti- vas se observaba una particularidad que confirma el prin- cipio de Swain punto sin pretender cerrar aquí me arries- go a seguir [escribiendo] HELENE.

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CAPÍTULO 3

SWAIN.

La llegada era una fiesta. Verdadero espectáculo cuando don Plácido la bajaba del caballo. Quedaba tiesa sobre el cemento de la acera. Veía sin mirar. Sin saludar a los de la casa que la rodeábamos. El padre hacía nudos, ataba a los postes los caballos. Ahora, en Atenas, pienso que mi hermana y yo admirábamos a ese tipo moreno. Se queda- ba con una funda a rayas en las manos, de la cual sacaba dos hermosos gallos para hacer apuestas en el redondel del pueblo. Después que se marchaba con los gallos, la muchacha descolgaba su mirada fría sobre nosotros y saludaba con un gesto. Las domésticas reprochaban su[s] gesto[s].

ESCENA V "ELECTRA. - En mi infortunio ningún dios es- cucha mi voz: todos olvidan los sacrificios que antaño ofreció mi padre. El ha muerto, y ¡ay de mí!, y mi hermano que vive, anda perdido por algún lugar extranjero. Pobre vagabundo, se sien- ta junto al hogar entre los criados, él, hijo de un padre glorioso, y yo, bajo este techo labrador consumo mi existencia arrojada del palacio pater- no en medio de agrestes montañas. Pero mi ma- dre, con otro esposo comparte el lecho del cri- men

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Por qué no confesar que EL SUEÑO de Luce y Segal ha viajado conmigo grandes distancias por trenes y aviones. Antes de subir a Licabette fueron Luce y Segal los que me informaron sobre las pesadillas características de los alcohólicos. Saben que desde que llegué al Pireo tomo mucha Metaxa. Continuamente tratan de asustarme contándome los ensueños que parecen reflejar el estado de algunos enfermos, por ejemplo, el caso de un hombre que estaba en proceso de curación, y soñó que tiraba el tapón de una bañera y sin cesar veía alucinaciones de agua en el piso. Poco después comenzó a mojar sus propios pantalones. ¿Pretenden Luce y Segal excitar mi estado de ánimo? Sería imperdonable, o una ocurrencia gratuita sin provecho alguno, intentar que el hipotálamo acelere los impulsos que están detrás de mi cerebro. Esto es Atenas, y las reglas esenciales del método están, al fin y al cabo, fijadas.

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CAPÍTULO 4

SE DESVELABA. Pensaba. Desvelado pensaba. Mi her- mano mayor, ya hombrecito, parecía nervioso cuando la describía a sus amigos: cierto, decía, es hermosa y ha des- arrollado con los pechos duros y grandes. Es esbelta, con mucho pelo negro y brillante que deja caer sobre los ojos. Y la voz: tiene una voz pastosa, como de primadonna, pero apenas conversa: da la impresión de tener algo muy grande dentro de la cabeza. En este momento se me ocu- rre que mi hermano, que la pretendía, hablaba muchas veces con talento: "tiene la voz pastosa, como de prima- donna".

Yo también la exaltaba, hubiera querido ser ella, tener aquel padre que con tanto afán luchaba para agrandar las tierras. Todas las tierras nuevas, las gallinas ponedoras, las vacas cruzadas que colgaban grandes ubres de leche, la ganancia de los gallos, el perro lanudo, el caballo premia- do, la cuenta del Banco: todo era de Swain. Ella podía galopar por todos los caminos, llegar donde quisiera, disponer a voluntad de las cosas que se nos privaban. Como estrangulada mi voluntad se resentía cuando llega- ba a nuestra casa, y eso, o algo parecido, pasaba a todos mis hermanos. ¿Qué o cuáles interioridades guardaba su ángel o demonio? Sin saberlo, sabía que algo me asustaba.

ESCENA V ORESTES. - Esas mujeres que nos están escu- chando, ¿son amigas tuyas?

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ELECTRA. - Mantendrán en secreto tus palabras

y las mías ¡Vergonzosa pregunta! ¿Es que no es aún tiempo

de actuar?

ORESTES. - Pero si regresa, ¿cómo castigar a los asesinos? ELECTRA. - Debe atreverse a lo que se atrevió el odio de ellos hacia (tu) padre. ORESTES. - Y tú con él: ¿osaría matar a tu ma- dre? Dime. ELECTRA. - Si, con la misma arma que asesinó a

mi padre".

El calor arde. Quema. Uso el teléfono para llamar al mo- zo del bar y pedirle una limonada doble. Limonada. Limón. Limones. Limonada. LIMONES AMARGOS - Dürrell. Relación fortuita. Escenario de Chipre. No. Ahora no. Quiero CEFALÚ Pienso bajar a Creta, nece- sito un aire menos tibio. CEFALÚ. CEFALÚ. Suena el timbre. El mozo entra con una limonada casi helada que tomo de un solo trago largo. Limón. Limones. Limonada. Limones amargos: (K) Propiedad de los árboles. A Zeus le pertenece el roble. El conocimiento fue la acción de comer la bellota. Hermes era dueño de la palmera, y más tarde, Apolo de la palmera y el laurel. Démeter de la

el falo sagrado de Baco fue hecho de esa made-

higuera

ra. El sicómoro era el árbol de la Vida. El pino pertenece a Cibeles. El álamo negro y los sauces están especialmen- te vinculados con el solsticio de invierno, y por lo tanto con Plutón y Perséfone; pero el álamo blanco reclama a Hércules, quien lo sacó de las sombras. Nada acerca de las moreras y los mandarinos. Limón, Limones. LIMO-

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NES AMARGOS: Lawrence Dürrell, y la voz del muk- tar, casi en falsete:

¿Exacto?

El mundo gira como una rueda Los hombres se reúnen y se separan

Entonces

entonces, y se unieron al estribillo en The Orphaned Realm de Balfour.

Todos sabían lo que sucedió

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CAPÍTULO 5

DOS MESES sin noticias de Swain.

Tampoco vimos a don Plácido. Daba la impresión de que nadie se interesaba por saber qué le pasaba al compadre y a su hija. Preguntábamos: sólo los jóvenes preguntába- mos. No había respuesta. Tila, en la cocina, no volvió a contarla entre los posibles comensales. ¿Por qué no venía

más? Callaban: silencio: silencio. Pensé en algún resabio profesional. No obstante su interesante apariencia física don Plácido era cepa de campesinos. "A veces esas gentes "

Recordaba y me repetía

se las traen, saben demasiado

ese concepto abstracto que aun guarda mi padre sobre la mayoría de sus clientes del campo". A veces esas gentes se las traen, saben demasiado ”

ESCENA V "EL CORO. - Tengo en el alma el mismo deseo de él. Habitando lejos de la ciudad, ignoro sus desventuras y ahora quisiera conocerlas. ELECTRA. - Mi madre, en medio de los despo- jos de Frigia, está sentada en un trono: junto a él se hallan las cautivas de Asia que mi padre con- quistó y que, lo mismo que en Troya, llevan los vestidos sujetos con broches de oro. Mientras el palacio guarda todavía la mancha negra donde se corrompe la sangre de mi padre, el asesino se muestra en público llevado por el mismo carro de su víctima y en su mano criminal sostiene, orgu-

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lloso, el mismo cetro que antaño gobernaba a Grecia".

Ayer volví a la Acrópolis. REPASO: Frontón- Acrotera

— Cimacio — Gárgola — Cornisa — Primacio — Mo-

dillón — Triglifo — Metopa — Friso — Cinta — Regula

— Gota — Arquitrabe — Ábaco — Equino — Capitel —

Fuste — Estría — Dórico — Jónico — Corintio — Acanto— Collarino — Base — Entablamento — Un paréntesis: DURANTE EL NEOLÍTICO EXISTIÓ UN POBLADO SOBRE LA ACRÓPOLIS. En la pre- heládica, Aqueos y Jonios te adoraban Palas Atenea.

No. No. No es eso. Pienso en otros. Trato de buscar el sueño. No. No. Es en otros que pienso, pero caigo de golpetazo o culo en cosas que van de la palabra a la idea— de la idea a la palabra. ¿A quién se le ocurre memorizar retahílas en un diccionario? Escribo: loro — halcón — alondra — paloma — pavo — pato — gallina — perdíz —pluma — huevo — nido. No. No. Y no. Es Ernesto. Tal vez Chico. Chico o Ernesto. Don Plácido. Swain. CLAUDE LELOUCH: "Un Hom- bre y una Mujer". Filme premiado. Reptil — víbora — Galápago - Anfibio— batracio— rana— sapo—. Un hombre y una mujer: Plácido — Swain. Un hombre. Una Mujer. Resbala el pensamiento: de la palabra a la idea — de la idea a la palabra: Cuerpo — Anatomía — Cadáver

— Autopsia — Cabeza — Cráneo — Cara— Frente—

Carrillo — Mejilla — Quijada — Mandíbula — Barbi- lla— Cuello — Chico — Brazo — Mano — Dedo — Pierna — Muslo — Culo — Pata — Rodilla — Pie —

Garra — Encéfalo — Cerebro — Meninge — Médula —

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Ojo — Oreja — Nariz — Garganta — Laringe — Tráquea — Bronquio — Pulmón — Pleura — Ernesto — Boca — Labio — Lengua – Diente – Muela — Encía — Esófago — Estomago — Vientre — Intestino — Ano — Almorrana — Corazón — Vena — Arteria — Glándula – Hígado — Vaso – Riñón - SEXO- Testículo — Pene — Semen — Mama — Pezón — Matriz - Ovario- Vulva – Célula — Membrana — Nervio— Músculo — Tendón — Cartílago — Ternilla — Hueso— Articulación — Sangre — Linfa — Ganglio — Humor — Serosidad — Piel — Cutis - Cuero - Entrecejo — Cana — Calvicie. R e s p i r e m o s. Muerte – Morir – Matar - Chico— Sue- ño— Sopor— Hipnotismo — Anestesia — Dolor— Pi- cor — Escozor — Hormigueo— Abstinencia — Vómi- to— Náusea - Defecar- CANSADA - CANSANCIO — FATIGA. Ernesto. Ernesto. Ernesto. Ernesto. Casi dormida repito: Entrecejo — Cana — Calvicie. APAGO LA LUZ ¿Dónde están los ca-brones? Las últimas pala- bras salen en cámara lenta, partidas, silábicas, por ejem- plo: en—tre—ce—jo. Se va esfumando la mente más y más. Acaso no hubo tiem-po para decir: Good Night. Sleep. [Buenas Noches]. E N D.

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CAPÍTULO 6

PARA SWAIN pocas cosas tenían importancia.

No le interesaban mis hermanos ni los otros jóvenes que pasaban para verla. Era una época en que todas las muje- res estábamos entre los 13 y 15 años. Terrible despertar que nos había obligado a cambiar de jugar a los novios con muñecos por auténticos varones. De pasada rápida por la acera, o juntos en los cines o en los conciertos que soplaba la banda del municipio en el parque, los amigos o los novios nos daban paquetitos con significativos choco- lates cónicos llamados Kiss. Que es besito en inglés. O beso. Lo importante es que muchas veces mi conciencia se agitaba y golpeaba como un péndulo de reloj de pared. Me asustaba, no por moji- gata, sino porque a veces mi madre me sorprendía sabo- reando los chocolates como si fueran besos de verdad. No le interesaba a Swain hacer esas cosas. Pese a que volvía loco a los varones se mostraba indiferente, tímida y fría. Daba la impresión de que la asqueaban los comen- tarios de las pequeñas aventuras amorosas del grupo. La molestaba que habláramos con malicia, o que la pasába- mos de manos cogidas con algún novio o amigo con el cual también nos dábamos besos. KISS. Give one Kiss

Coloreaba de vergüenza y rabia. Esa actitud suya era una lección de pureza y recato que humillaba nuestros atre- vimientos.

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ESCENA V

tumba de Agamenón, hono-

res, jamás ha recibido libaciones ni ramas de mir-

to, y su pira está permanentemente huérfana de todo ornamento".

"ELECTRA. -

La

HOTEL ACROPOL: Leche. Queso de cabra. Pan Ma- cedonia. Mantequilla de la Argólida. SALAMI Y NES- CAFé gringos. Desayuno a las seis de la mañana antes de partir para Tebas, Arakhova y Delfos. Y luego por la ruta nueva llegar al Canal de Corinto, visitar el antiguo Corin- to, Argos, Micenas, y más tarde, trágica evocación de una historia de Atreidas en el Teatro de Epidauro: LAS TROYANAS. También OEDIPUS REX. Etc. Etc.

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CAPÍTULO 7

AQUEL día no se hubiese suscitado tantas veces su nombre si A mi hermano no se le hubiese pegado una voz al oído como un claxon pegado. Era la voz de una mujer que salía de “Paraíso”, un burdel situado en la parte alta de la ciudad junto a unos talleres donde reparaban su automóvil. Verdadero adefesio humano: lucía como en- drogada. Un agente policial la llevó a golpetazos hasta un autobús de la penitenciaría. La voz, todo en la voz, era la voz entera de alguien conocido. Solamente Swain poseía esa voz. Preguntó a un niño que lloraba. Lloró más. También al hombre que salió del burdel inmediatamente después que se marchó el autobús. Dijo el nombre. Era ella. Tantas veces ELLA en sus primeros sueños.

ESCENA VI "LABRADOR. - ¿Hola! ¿Quienes son esos ex- tranjeros que veo en mi puerta? ¿Por qué han ve- nido a visitar mi rústica mansión? ¿Es a mi a quien buscan? Es indecoroso que una mujer man- tenga conversación con dos jóvenes. ELECTRA. - No pienses, amigo, nada malo de mi. Vais a saber cual era nuestra conversación:

Esos extranjeros han venido a traerme un mensa- je de Orestes. Vosotros, oh forasteros, dignaos excusar sus palabras. LABRADOR. - ¿Cómo? ¿Dicen, que vive, que sigue viendo la luz?

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ELECTRA. - Esperémoslo; pero siempre es débil un hombre ELECTRA. - Él les ha encargado que se enteren de mis desventuras. LABRADOR. - Pues bien: a la vista están algunas de ellas y tú les dirá las otras. ELECTRA. - Las conocen: de todo ya están en- terado. LABRADOR. - Hace tiempo que mi puerta de- bió abrirse para ellos. Entrad en mi casa; en pago a tan buenas nuevas recibiréis todo lo que mi hogar puede ofrecer a sus huéspedes. …-Vosotros, servidores, entrad en mi casa su equipaje. Y nada de objeciones: venís a mí casa como amigos de parte de un amigo. Aunque nací pobre no tengo el alma baja y sabré demostrarlo".

De nuevo en Atenas. Hotel Amalia. Música internacio- nal. Un tocadiscos en la terraza suelta a esta hora: dos de la mañana: ritmos de piano que acompaña la voz seca y a contrapunto de Agustín Lara:

Noche triste y callada de Veracruz. Canto de pescadores que arrulla el mar Vibración de cocuyos que con su luz Vibración de cocuyos que con su luz Vibración de cocuyos que

Se repite. Se repite. Y volverá a repetirse. Mis oídos se llenan de vibración, de cocuyos, su luz. Y de rrrrrrrrrr. Después de dos meses alguien se expresaba en español. Lamentablemente: el disco está rayado. C' est la vie,

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moncher. ¡Pardiez! Nos veremos en París dentro de seis semanas. Hablaremos de Swain. Quiero que comentemos este libro, su libro, antes de publicarlo. Au revoir. HELENE.

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CAPÍTULO 8

QUINTO PISO del Hotel. Domino la Bahía de Phalero, varias colinas de Atenas, y en un lejano fondo de monta- ñas se me ocurre pensar en el Pentélico.

Después de habitar aquí durante tres semanas este lugar se ha convertido en mi sitio favorito. Cada ángulo de la terraza me ofrece centenares de páginas de historia. Aquí es el 611, es mi cuarto de Hotel. Cuelgan de las paredes magníficas reproducciones de pinturas arcaicas del Pala- cio de Knossos, sobre la consola una hermosa jarra en terracota traída de Micenas, y también otros objetos sen- cillos, de gusto exquisito. La habitación tiene cortinas color castaño. Cierro la puerta. Pienso en los años que caen sobre las cosas, en que he leído poco y he caminado bastante esta mañana caliente. Sin embargo, me anima la intención de recobrar el tiempo rumbo a esos caminos donde transcurrieron mis primeros años. Cierro la puer- ta. Posiblemente esta nueva y efímera morada, como las células de un órgano herido pretenda reponer los tejidos lesionados por el olvido o el tiempo. Recuerdo a mi her- mano. A Swain. En este sitio con vuelos de cortinas en castaño ella deja de ser un puntito pequeño y lejano. Se agranda como un aro al fuego. Se ensancha. Dentro la veo callada, esquiva y desconfiada junto a las amigas. ¡Cuánto me provocó su asunto cuando viajé por tierras de Agamenón! Pero abajo, en la calle, desde hace un mi- nuto me desespera un claxon pegado. Recuerdo la voz de

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Swain y la impresión de mi hermano cuando se le pegó su voz frente a un burdel de prostitutas.

ESCENA VIII "LABRADOR. - Cuando reflexiono sobre casos de este género, reconozco hasta qué punto la ri- queza tiene un precio si hay que alimentar a un huésped o hacer dispendios para salvar a un en- fermo. En cuanto al pan de cada día, ya cuesta menos, puesto que de igual manera se sacia el hombre rico que el pobre.

ESCENA IX "EL CORO. - Dejando las orillas de la Eubea, las nereidas llevaban el escudo y las armas de guerra labradas por Hefesto en los yunques de oro. Por el Monte Pelios, por los lejanos valles del Gasa, recuerdos sagrados donde las ninfas se cobijan, iban buscando el retoño que un padre jinete edu- caba para el esplendor de Grecia, al hijo de Tetis la Marinera, esperanza de los Atreidas".

Son los festivales de Atenas. La aguja del reloj marca pa- sada las seis de la tarde. El administrador me aclara sobre la Agencia de Viajes: le billet d'entrée n'est pas inclus. Exacto. Queda poco tiempo para llegar. Pienso en la Bol- sa negra. Es la panacea de este mundo corrupto, salvaje y primitivo, donde la penicilina detiene la vida y los jets le roban al tiempo. ¿Cómo terminará el duelo de supremac- ías de atómicas y cohetes? La pregunta es para la Pitonisa del Santuario de Delfos. Odio. Armamentos Odio. Odio. Ambición. Poderío. Comparo: no es tanto el odio, la

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sangre y la venganza del mundo primitivo que explota en las tragedias griegas. Me golpeo la frente. Desdoblo el pensamiento como si quisiera sintonizar otra estación mental. Dos caras. No: la vida: tres mil millones de caras. Entramos: THEATRO DE DORA STRATOU: trajes y danzas tradicionales. Las flautas de Pan. Volvemos por dos horas al siglo IV de la Grecia Clásica.

Pertti Perto anota que los naturales de "Trobiand, al igual que los licios de que cuenta Heródoto, tienen una orga- nización familiar de régimen matriarcal, en la que Mali- nowski creyó encontrar objeciones a la teoría freudiana del complejo de Edipo. Para Freud todos los pueblos del mundo experimentan el problema tipificado en Edipo y que consiste, por una parte en una larga represión del deseo sexual nacido hacia la madre y, por otra, un senti- miento de agresividad nacido por celos, en contra del padre. Entre los isleños de Tobriand encontró Mali- nowski que el sentimiento de culpabilidad sexual por experimentar deseos prohibidos no involucraba a la ma- dre, sino a la hermana. Estos datos etnográficos obligan a revisar muy rigurosa-mente la teoría psicológica freudia- na. Señora Helene, biógrafa de Swain, ¿guarda alguna relación esa nota con la vida de Swain? Sin anticipar nada agrego el uso de bebidas embriagantes en el empleo de la magia amatoria. A continuación: la hipótesis de la Rela- ción de Whiting y Child sobre la angustia de socializa- ción oral: sociedades que demuestran angustia de sociali- zación oral mayor al índice promedio: lapones — chamo- rros — samoanos — arapesh — hopis — balineses — yanalas — Paiutes — chenchúes — tetones — papagos — vendas — warraus — wogeos. Sociedades que recu-

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rren al origen oral: dobuan osbaigas — kwomas — thon- gas — aloreses — chagas — lasúes — masáis, etc. etc. etc. Entre las mujeres en el primer grupo: tal vez; Swain. En el segundo grupo: positivamente: Helene, biógrafa de Swain. Exacto. Cuando tomamos un taxi y corremos solas por las calles del mundo se nos ocurren retahílas de cosas. Por favor, taxista, en este Hotel. STOP. Al entrar al 611 encuentro en mi habitación a Zimono. El camarero me deja una fuente colmada de uvas moradas. Como uvas. Me despi- do de mí: ¡Hasta mañana, Helene!

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CAPÍTULO 9

HACE MENOS calor.

Estoy en la colina de Philoppapos. Tengo en una mano un vaso de NOPTOKAAIS muy frío. Sólo puedo decir que aquí hace menos calor, o que está un poquito más fresco. La amenaza del inevitable descenso hace pensar en

La palabra calor se

me enreda con todas las conversaciones durante el Vera- no mediterráneo igual que en el trópico de mi país. Pre- tendo olvidarlo un poco. Desde una terraza natural don- de se ha instalado un restaurant ambulante contemplo con firmeza la Acrópolis. Esta noche lo que pasa al frente viene sucediendo desde hace varios años. La electricidad ha matado el terror a lo oscuro. Con un espectáculo de luces, voces, cantos y música se revive la historia de la Acrópolis. Los reflectores cambian de color: paz: culto:

guerra, etc. etc. etc. Atenas construye. Sus enemigos la destruyen: Esparta: Persia: Roma: Turquía, etc. etc., etc. La cúspide de la colina luce en llamas. Triunfo de la técnica. Los griegos de Pericles llamaban Técnica al Arte. Incendio. Destrucción. ¿Quién trajo la pólvora? Luces. Cambio direccional. La columna, el capitel, el friso, el frontón, etc. etc., etc. Nacen el Partenón, el Eretheion con su pórtico de las Cariátides, los Propileos, el Templo de Palas Atenea, el Templo de Zeus, el Teatro de Dyoni- sous, el Odeón de Hirodou Attikou, etc., etc., etc., y en aquél lugar; reposaba el enfermo sobre el pellejo fresco del animal sacrificado a la espera de la receta de Escula-

el calor. Dije que hace menos calor

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pio. Atenas es inmortal. Frase muy socorrida que repito con júbilo. ¿Por qué, entonces, se aleja mi memoria, a veces? No. No se aleja: hace casi cincuenta años que México editaba a los clásicos griegos para venderlos al pueblo a precio del papel. ¿Cuánto cobrará ahora mi edi- tor? No deja de preocuparme esto: malvados editores que

sólo publican lo que les viene en gana. Seamos claros: lo que conviene a su negocio. Se excusarán: Esto no es una

Esto es lo que

novela. Esto es

¿Qué, carajo, entonces

quiere Helene, biógrafa de Swain. ¿Exacto?

?

ESCENA IX "EL CORO. - Finalmente, sobre la mortífera lan- za, se agitaban al galope cuatro caballos, y una negra polvareda levantábase en derredor de sus flancos. El jefe de tales guerreros fue inmolado a tus amores, pérfida hija de Tindareo. Así los dio- ses del cielo te enviarán un día a la muerte y en- tonces, por fin, veré manar de tu garganta la san- gre derramada por el acero."

Yo, Helene o Elena, siento un poco de remordimiento por haber metido a Eurípides en este lío de Swain. Gol- peo mi corazón, lo golpeo duro. Sin embargo, continúo

tratando de convencer a mi amigo paraguayo: pero sí, Electra nació en mi pueblo. Le amplío: mi pueblo está en Dominicana, Antillas, América. Un vaso y otro vaso de NOPTOKAAI bien frío. El espectáculo de la Acrópolis

Leo para él un capítulo, dos

terminó hace media hora

capítulos, tres capítulos, y otros capítulos más de la vida

de Swain. ¿No piensa usted que es peligroso subir por esta escalera con Eurípides? Sonríe. Calla. Sonríe. Me

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mira. Sonríe. Vuelvo y golpeo duro mi corazón. Y con voz casi apagada imploro a las Suplicantes en el semicoro final: "Danos la victoria, que somos débiles mujeres!“

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CAPÍTULO 10

¡AH LAS COSAS de Helene. ¿En qué laberinto ha caí- do? No es que sea novelera de veleidades ajenas porque hay muchas que son de su propia ocurrencia. Luego de "ESCRIBIR LA LUNA" se desdobla en el libro de Swain en desconcertantes planos. Se le antoja que ya inició una mecánica que debe continuarla en esta escalera. Esa mecánica se corresponde, en una interrelación casual con

los llamados "estilos modernos“, que se mofan de Aristó- teles, Nebrija, Cervantes, y de todo cuanto hijo de p trató de encarcelar la escribanía. Analicemos el caso de Helene en su propia medida: es anárquica: solo un poqui- to anárquica: algo anárquica. Usted dirá qué. La muy tímida es una necia que intenta en estas páginas firmar la biografía de Swain. ¿Que el escritor se libera? ¿Que se han liberado Julio, Carlos, Mario, la Beatriz, etc. etc.? ¡Hola, Helene, por favor! ¿Qué la ha compulsado a me-

terse en ese saco? Que no, que sí

es dejar tranquila a esa gente de la Argólida. El Oráculo

Lo principal

que qué

del propio Apolo le había ordenado hacer lo que hicie- ron. Fue una lucha horrenda de sentimientos contrapues- tos. Por favor, deje a las Euménides imponer su castigo.

ESCENA XII "ELECTRA. - Estoy temiendo que hayas perdido la razón. ANCIANO. - ¿Haber perdido yo la razón, cuando estoy viendo a tu hermano?

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ELECTRA. - ¿Qué significan esas inesperadas palabras, anciano? ANCIANO. - Aquí estoy viendo a Orestes, hijo de Agamenón. ELECTRA. - Qué señal ha visto en él en la cual yo pueda creer. ANCIANO. - Esa cicatriz cerca de la ceja, que le dejó una herida que se hizo al caer en casa de su padre cierto día que andaba contigo persiguiendo a un cervatillo. ¿Y vacilabas aún en arrojarte en los brazos de tu hermano? ELECTRA. - Ahora ya no, anciano. La prueba que me muestras convence a mi corazón".

Swain.

Regresaba el padre de los gallos. Regresaban también los gallos: cortados: picados: con sangre coagulada. En el jardín, bajo una llave de agua fresca se desprendían los coágulos y quedaban limpias las heridas amoratadas. Después los animales daban la impresión de estar bajo los temporales que azotaban animales y plantas, y que, a ve- ces, hasta agusanaban las plantas y mataban animales. Daban los gallos la impresión [Los gallos daban la sensa- ción] de pacíficos polluelos o de gallinas ponedoras, de esas que se resguardan en busca de calor en cerrados ale- ros.

Regresaba don Plácido sudado. Compartía nuestra mesa. Luego, sin cambiarse de traje, se marchaba con la hija. Noche estrellada, de luna o lluvia cerrada no impedían que ambos quedaran como sorprendidos al sentirnos

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detrás de los asientos que ocupaban en el cine. No im- portaba el tiempo: iniciaban el regreso sin mirarnos. Fue demasiado tarde cuando comprendí que Swain esperaba la noche de domingo como quien espera un destino.

Si "

genia con creciente agitación- ¿seguramente

traerás noticias de Troya? ¿Es cierto que ha quedado totalmente arrasada?

cómo está el caudillo? Páreceme que se

llamaba Agamenón, hijo de Atreo. Oreste se estremeció a esta pregunta. -No lo sé -dijo desviando la cabeza-, no me hables de ese hombre, mujer. Pero Ifigenia in- sistió en tono tan dulce y suplicante que él no pudo negarse, y dijo:

vienes de Argos, extranjero- prosiguió Ifi-

¿Y

-Murió, su esposa lo mató de muerte cruenta. Un grito de espanto escapóse de los labios de la sacerdotisa."

(De Ifigenia en Taúrides)

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de la sacerdotisa." (De Ifigenia en Taúrides ) 39 ADÁN–AGAMENÓN–ORESTES–PLÁCIDO–ERNESTO (Petroglifo

ADÁN–AGAMENÓN–ORESTES–PLÁCIDO–ERNESTO

(Petroglifo Prehistórico. Isla de Swain. Dominicana)

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CAPÍTULO 11

EXACTO: pueblo pequeño, con tendencia a una visión oscura de la susceptibilidad de modificar los patrones vitales. Exacto. Eso así, y lo peor: que éramos unas moji- gatas. De haber sabido algo no nos hubiéramos atrevido a citar nada de lo que pasó en la casa de Agamenón con el hijo de Tiestes la Marinera. Si sé que cuando la atmósfera pueblerina comenzó a agitar vientos que levantaban tem- pestades, Swain se convirtió en nuestro único prójimo:

sueño arrebatador con pesadillas, meditaciones violentas que nos llenaban de odio, nunca de compasión o perdón, porque las presiones de nuestra educación habían ahon- dado un profundo calabozo lleno de cosas tabú: como en movimiento: mirarse, abrazarse, (+ más) [más] todo lo que aflora en el tronco (+ más), [más] el natural ejercicio de eso que pertenece en la totalidad de su propio cuerpo a un ser humano (+ más), [más] lo del sexto manda- miento, CON O SIN consentimiento: todo era tabú. Exacto.

ESCENA XII “ELECTRA. - ¡Al fin vuelvo a verte! ¿Te he lo- grado, inesperada ventura! ORESTES. - ¡Al fin te he encontrado! ELECTRA. - Me negaba a creerlo. ORESTES. - Y yo a esperarlo.

Había que ser bragado. Esto es: coraje y entereza.

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El padre de Swain respondería. Y respondió con varios tiros al aire. -¡Recojan plomos, ahí cayeron, cabrones, cojan eso! ¡Mi hija no se casará con gente de campo, ni que le compre bacineta de oro para cagar mierda! Se arriesgaron a solicitar el consentimiento para matrimo- nio. Ella parecía tan tímida, cierto que era muy joven, pero no tanto para esa timidez casi huraña que aparenta- ba y que, a veces, hacía exasperar: "un poquito huraña" la excusaba mi hermano. ''Es lógico que tenga algo de cam- po". Se arriesgaron los Jiménez, dije. Se adelantaron acondicionando que no sería para antes de dos años el matrimonio por lo joven que era ella. Pretendían asegu- rarla para Francisco. El padre de Swain escuchó atento la petición: ¡eran tan formales los Jiménez! A esa gente había que ofrecerle algo. Había que ser cortés: ¡café para los señores!, ordenó. ¡Pronto, café para estos amigos! Para mí también, deseo acompañarlos. Y no dejen de mandarle un poco a los peones que están en el Rancho 4 atando cuerdas de tabaco. Llegó a la puerta de la cocina:

¡vaina, coño, mujer, he dicho que pronto con el café! Agarró una rama seca con la cual golpeó a unos gansos que merodeaban cerca. Algunos buscaban gusanillos, otros picoteaban yerbitas tiernas recién nacidas. Por en- tre las rejas de los tablones viejos y encogidos salía de la cocina una gran masa de reducida por la leña que se hacía ceniza en el fogón de piedra. Regresó a la casa cuando la Sacramento subió con el café. Apenas terminó de tomar- lo volvió a desenvainar: ¡ahí van plomos! Lo dijo con la mirada fija en el padre. En el hijo. Separaba las sílabas a golpe de detonaciones. Disparó hasta que el revólver quedó vacío. Despreciados y temerosos los Jiménez se retiraron sin decir una sola palabra. Ni un adiós. Por pru-

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dencia, tanto el padre como el hijo, ignoraron el camino que pasaba frente a la casa de Swain: tomaban el otro: un poco más arriba: con el que hacía cruce frente a la pulper- ía: por donde se llegaba también a la ciudad. Se hizo un corrido la frase: había que ser bragado para llegarle a don Plácido. Esto es: coraje y entereza.

ESCENA XII "ORESTES. - Dices bien. Y mi madre: ¿dónde se encuentra ahora? ANCIANO. - En Argos. Su esposo la espera pa- ra el festín. ORESTES. - ¿Por qué no ha ido ella con su mari- do? ANCIANO. - A causa de su temor a la censura del pueblo. ORESTES. - Ya comprendo, ella se sabe mal vista de los ciudadanos. ANCIANO. - Así es. Una esposa impía siempre es detestada. ORESTES. - ¿Pero cómo matarla al mismo tiem- po que a él? ELECTRA. - Yo prepararé la muerte de mi ma- dre. ORESTES. - Esperemos que la fortuna lo con- duzca todo a buen fin. ELECTRA. ¡Qué ella te guarde, pues, para una de las dos tareas! ELECTRA. - ¡Eres, pues, tú mi hermano! ORESTES. - Sí, tu único aliado. Venceré a nues- tros enemigos si logro retirar la red que estoy tendiendo.

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ELECTRA. - Estoy segura de ello; habría que de- jar de creer en los dioses, si la justicia triunfara sobre la injusticia. ORESTES. - ¿Qué debemos hacer, pues, para conseguirlo? ANCIANO. - Hay que matar al hijo de Tiestes y a tu madre".

Una noticia relacionada con Swain llegó al colegio. A las casas de los amigos de su padre en la ciudad. También corrió entre los campesinos del lugar. Con voz muy baja expresaban éstos: había que ser muy bragado para llegarle a don Plácido.

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CAPÍTULO 12

EN EL LEÓFORO AMALIA, sentada en la acera de uno de los confortables cafés de este boulevard, que al estilo de París sale a la calle en Verano, veo desfilar grie- gos de todas las regiones continentales e islas. Trato de identificarlos con Apolo, la Venus, el Discóbolo, etc., etc. Me agradaría escribir a los muchachos: hablé con un joven llamado Mermes, es el mismo retrato del dios. Pero no. Los griegos de ahora no son los que se exhiben en los museos, los que adornan los libros de arte, los que des- criben la poesía y la tragedia antigua. Estos griegos son otros, tan distintos del pueblo de Fidias y Praxisteles. Vaya con la mentira de idealizar al hombre, hermosa mentira de los hermosos cánones. Llega a mi memoria la frase subrayada que nos repetía el profesor: la diferencia

entre los retratos y esculturas griegas y romanas está en que los griegos para exaltar a un héroe, a un poeta, a un artista, a un atleta, a un dios, etc., etc., seleccionaban las partes más perfectas y bellas de varias personas y con estas hacían un todo. Plasmaban siempre una idea perfec-

ta y bella. En cambio, los romanos se la pasaban haciendo

cosas prácticas y útiles: caminos, acueductos, puentes,

termas, etc., etc., representaban a sus generales, cónsules, vestales, prostitutas y dioses con la expresión de lo bello

o feo que verdaderamente poseían. En el Leóforo de

Amalia, boulevard internacional lleno de juventud gringa,

sucia y melenuda, de parejas francesas que pasan abraza-

Lo cierto es

das, y una se queda sin saber cual es ella

que yo, Helene, biógrafa de Swain, me abandono al com- promiso de terminar su libro para contemplar esta fauna -

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la desgraciada fauna que en Verano hace un asco de Eu-

ropa, la osada fauna que se atreve a venir a profanar la Hélade. Malvada caravana que me desvía de mi profesor, en quien pensaba. ¡Qué bien me hizo entender esto que veo ahora! Imposible encontrar a esos griegos que aun

viven en mi fantasía. Estos parecen turcos: sirios: rusos:

húngaros: italianos: franceses: españoles y latinos de América. Zinono, mi camarero, podría portar un pasa- porte de Dominicana. Exacto. Y las turistas japonesas que pasan, y las egipcias que pasan, porque ahora la bur- guesía egipcia y lo de Nasser y Dayan y viceversa. Hay

etc., etc.,

ahora en Atenas. Y la jovencita hermosa, tan parecida a Kanari mi amiga de Corinto, esta sí, casi grito: esta sí que es griega: ha llegado con dos pequeños que dan la impre- sión de ser sus hermanitos. Uno ha derramado sobre el mantel un jugo de naranjas. Ella ríe. Yo, Helene, biógrafa de Swain, estoy condenada a cargar con la existencia de Swain, a encontrarla en cada cosa que aparece, porque esto de Kanari me ha hecho volver a ella y su paisaje. Expliquemos: también Swain tuvo dos hermanitos. No disfrutó la compañía de su hermano mayor Ramón César, que vivía del otro lado del barranco, en la casona de la abuela. Además, antes de ella nacer murió el peque- ño Norberto en la misma casona. Ramón César era un extraño para Swain. La molestaba que llegara a ver a su madre una sola vez al año. Conversaban largo, muy largo. La madre lo quería con susto y temor a ser sorprendidos por don Plácido. Juntos se sentían confidentes, felices, y,

muchos egipcios ricos con miedo al plomo, y

a veces, algo confusos. El padre había puesto muchas

barreras. Le decía a la muchacha: te sentirías avergonzada

de él

Sólo dejaba caer algunas palabras, no terminaba la

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frase. Don Plácido se había desposado con la madre para vivir de las tierras y en la casa heredadas por ella. Tam- bién la cama la encontró en la casa. Alto y bien parecido, era hijo de campesinos que se enpeñaron en educarlo en la ciudad. Allí pasó varios años en un colegio. Luego la vida comenzó fácil para Plácido: mientras su mujer lu- chaba con los peones, los animales, las cosechas y su ven- ta, su trabajo era reclamarle hasta el último centavo. Se marchaba. Ella quedaba sola en la finca. En la casa. En la cama. Noches enteras entre viejas sábanas caladas. Baña- da en llanto. Creía adivinar sus pasos entre todos los rui- dos de la noche. Se la pasaba atenta a la lámpara que deja- ba con la luz muy baja para que se orientara dentro de la casa, si llegaba. Pero él se quedaba, a veces dos, tres, cua- tro días, y hasta una semana sin regresar. Siempre en prostíbulos, en juergas con mujeres. Tragos y juego por dinero que perdía. ¡Arre, mulita! Así la saludaba cuando regresaba. Entonces se entretenía con Ramón César y Norberto, los correteaba a caballito montados sobre sus hombros. Pero sin dejar de imponerse, de pisar fuerte, de hablar duro a los otros. Su única tarea: exigir más y más dinero. jArre mulita! La frase hería a la mujer, ¡claro! También era raro, muy raro, que rematase con ella las ganas que le sobraban de las otras. En la cama pasaban meses sin intimidades. La despreciaba como hembra. Resignada, y con una pena nunca expresada, hasta su propio sexo se anulaba. Y como quien descubre algo ex- traño, a veces se sorprendía de la presencia de aquél triángulo negro reducido a la función de orinar. Sencilla- mente: a orinar, como cualquier perro que desagua un sobrante líquido, agrio y pestilente junto a un poste cual- quiera.

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CAPÍTULO 13

USTED SABE quién es Andrómeda.

Y

respeta a Perseus porque este héroe rescató a la prince-

sa

Andrómeda para que no fuera devorada por un mons-

truo. Perseus rompió sus cadenas y se casó con ella. También sé que usted está enterado de que Andrómeda

se está usando como símbolo de la mujer moderna que ha

conseguido el privilegio de suspender temporalmente su poder reproductivo y liberarse de las restricciones im- puestas a su función más privada. P U N TO.

Good bye preocupaciones. Au revoir miedo. Arrivederci, etcétera, etcétera. Good morning Swain. Pienso en vos. Descanso en la pequeña Platia Venizelou. Pienso en vos. Aprovecho para leer una carterita de cartón que encontré abandonada en el Parque Nacional, a unos 30 metros del Leóforo Hirodou Attikou que separa el parque del Pala- cio Real. El parque es como un bosque. Pienso en vos. La carterita quedó abandonada sobre un banco. Pienso en vos. En Platia Venizelou leo la carterita. Pienso en vos. En el restaurant que se muda a una acera de la Platia. Pienso en vos. Como rebanadas de sandía. Pienso en vos. Camino hacia Platia Omonia, sitio donde convergen los grandes leóforos de Atenas. Pienso en vos. Leóforo es boulevard y viceversa. Pienso en vos. Igual que una aguja imantada me atrae el olor de un pinchito de carnero a la parrilla. Pienso en vos. Pan y queso de cabra. Pienso en vos. Tomates rellenos y Metaxa. Pienso en vos. Pienso en

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vos porque hablaban en secreto de ti. Oh, Swain, pienso en vos por los misteriosos achaques que te curaba la en- fermera. Punto. La carterita me ata a tu recuerdo. Pienso en vos. Necesito repartir el recuerdo que guardo de vos:

pienso en la fauna de cientos y cientos de niñas nórdicas que acampan este Verano junto a los caminos, bajo los

árboles, en sótanos, dentro de los coches: colectiva pro- miscuidad cavernaria a flote, reminiscencia de la horda. A menos de 30 metros del Mirodou. Digo que la carterita era de una gringa: made in USA. Instrucciones en inglés:

etc. etc.

Ejemplo: si el quinto día es martes, saque la píldora del martes. Tome una cada noche. Continúe de esta manera tres semanas de píldoras y una de descanso. Esto signifi- cará mayor tranquilidad y felicidad. En la contraportada:

Anticonceptivo. En la portada: un sugestivo mosaico a colores representa a Andrómeda encadenada. Pienso en vos. En la enfermera. En las chismosas de la cocina. Pien- so en Swain. PUNTO. Señora Helene: ¿de dónde ha sacado usted ese vos? Declaró por las leyes de Salón, que igual que un parche cosido con tiras de panza de cabra lo remendó a mi habla un argentino ayer. E N D.

Tome su primera píldora en el quinto día

"Se alegrará el Señor ante los huesos quebrados". Bajo el dintel de la puerta principal de la iglesia del pueblo, el curote gordo, feo y santo, saludó al muerto. Luego se volvió caminando hacia el altar. Lo seguían los hombres que cargaban el cajón que guardaba el cadáver de Chano.

"Se alegrará el Señor ante los huesos quebrados". Los cuatro hombres que cargaban al muerto se estremecieron al oír esas palabras. Después se supo que uno de ellos no

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pudo contenerse y con los dientes se cortó la lengua. Sangró lo suficiente como para sentirse aliviado. La cami- sa de madras que llevaba puesta quedó toda manchada de rojo en el pecho. "Se alegrará ante los huesos quebra- "

dos

para consuelo y esperanza no podía ser aceptada por los compañeros de Chano, así, tan así, porque lo repitiera el curote viejo y santo. ¡Nunca! "Se alegrará el Señor ante los huesos quebrados". Posiblemente no se alegrará ante los huesos de Chano. Dentro de un grito estentóreo Chano dejó oír un nombre y una maldición antes de ex- pirar. No habían pasado cinco minutos. Salió para empu- jar las gallinas que a la intemperie se podían ahogar con la lluvia. Llovía a chorros. Era mucho el ruido por el agua que caía. Las estrechó en una fila y entraron todas en el gallinero. El viento resoplaba levantando las yaguas que habían quedado sueltas en el techo de la enramada donde se aireaban, hasta fermentar y adquirir un color moreno y perfumado las hojas de tabaco rubio de la última cosecha. La voz que se había desatado con pavor era la de Chano. Cuando los tres peones que comían junto al fogón de la cocina se levantaron, decididos a averiguar, penetraron en el gallinero y encontraron el cuerpo tendido. Quiso hablar y fue imposible porque la sangre brotaba a grandes chorros por las heridas. Con la mirada fija en sus compa- ñeros, finalmente, quedó completamente muerto. Tenía tres heridas en el cuerpo y un brazo desprendido.

La tranquilizadora salmodia que la liturgia guarda

- Han amachetiao a Chano.

- Sé quien jué, lo vide correi.

- Tu navito ná. Cállate, boca cerrá no traga moca.

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Sobre el campe-

sino de Dominicana, que aun vive en servidum- bre, pesan las más crudas ironías: injusticia de la justicia.

PÁRRAFO INTERCALADO

Sólo el más osado se atrevió a llegar a la casa a comuni- carle a don Plácido lo que pasó en el gallinero. Cuando el peón sorpresivamente irrumpió en el comedor salía del aposento. Trataba con notoria premura de abotonarse la camisa y el pantalón que acababa de vestir. Era de la ropa que usaba para ir al pueblo.

-Peidone señoi, pero e quean machetiao a Chano enei galliniero. Está mueitico enei galliniero.

-Oíste mujer. Al tiempo que tomaba un peine y se alisaba los cabellos.

-Peidone, señoi, pero baje a veilo.

-Anímense ustedes, póngalo sobre unas yaguas y esperen todos allá. Solamente iré cuando venga el alcalde. Mujer:

coje mi paragua y llégate, dile al alcalde que venga pronto. El peón se retiró obediente, aparentemente sumiso, lo cierto era que tenía miedo. Mucho miedo. Mientras baja- ba los escalones que daban al patio oyó muy claro algo que don Plácido añadía a la frase del recado: si te parece,

si te atreves, dile al alcalde que uno de ellos te ha matado

a Chano. La mujer salió con premura, caminó casi co-

rriendo el trecho que separaba la casa del camino. No llevaba nada para cubrirse. La lluvia la azotaba. Le pegaba del cuerpo la ropa que vestía. Sólo cuando tomó la direc-

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ción en el camino los ojos del peón se desviaron, y miró sin ver, bajo el frondoso mango, a los patos que se bene- ficiaban con el temporal que había llenado la laguna.

Uno de los peones sollozó:

-Niunalú pai difunto, sejué sin lú.

Hizo un montoncito con paja seca y la prendió con un fósforo. Sobre la llama trazó con una mano en el aire una cruz. Chano se ponía duro, frío, tieso. El amigo se quedó mirándolo. Tuvo deseos de vomitar. No. No vomitó. Eructó. No, no era eso: tampoco lo que quería: necesita- ba decir algo, y lo soltó como una retahila:

Meserere meserere meserere meserere Oratefrate orategrate oratefrate pietá pietá pietá

Al tiempo que hundía en la tierra todo el acero de su cuchillo, y con soberbia y sollozos reventaba en un ave- maríapurísima, coño, qu'cosa M'grande!

ESCENA XII "ORESTES. - Padre, tú a quien un crimen impío arrojó al Hades. ELECTRA. - Tierra augusta, la que golpeo con mis manos. ANCIANO. - Socorrer a esas criaturas tan que- ridas. ORESTES. - Trae contigo a todos los muertos de la guerra

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ELECTRA. - Aquellos cuya espada te ayudó a conquistar Frigia ANCIANO. - Todos aquellos a quienes los mal- vados impíos inspiran horror".

Bajo la lluvia torrencial tres horas después regresó la mu-

jer con el alcalde rural. Él sobre el caballo, ella a pie, con pasos que media con los del trote del animal. El peón desenterró el cuchillo cuando sintió que los pasos se di- rigían hacia el gallinero. ¿Dónde está el muerto?, pre- guntó el amo. Ahí estaba, ahí delante, carajo, pensó el Gago. Cuidado, no lo toquen más: este es el señor Alcal- de, ha venido a mi reclamo porque quiero que se haga justicia. El averiguará todo con ustedes. ¿Qué cosa?

Chano yacía muerto, asesinado, y nin-

guno de nosotros tenemos nada que ver con esto - pensaron. ¡Tranquilos, no se muevan!, gritó el amo. Con el propósito de cambiarlo de posición para ver las otras heridas el alcalde avanzó y agarró un brazo del muerto. El miembro aislado salió de la camisa, colgaba la pieza de la mano del alcalde. No le hizo gracia la prueba. Lo tiró al Gago, ordenándole: póngalo de nuevo donde estaba. El Gago se estremeció, las lágrimas corrían por sus mejillas. Cogió el brazo y volvió a colocarlo dentro de la camisa, dejándole la mano afuera. Le apretó la mano: ¡coño!, si es como mi hermano. Notó que tenía muchas callosidades. Chano y él hacía siete años que trabajaban en el hato de la doña. Trabajaban mucho, más de lo pagado, pero se quedaron allí porque ella los trataba como gente. El Gago se confiaba en Chano, tenía más edad y experiencia que él. Sabía leer y escribir. Lo acompañaba a las bachatas con acompañamiento de música de acordeón, tambora, güira

¿Averiguar qué

?

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y palos. Chano era el que mejor marcaba el baile del me- rengue apambichiao, aquello de: "bailen de aquí – pa’llá — bailen de allá – pa’cá". Chano era el preferido. Chano, siempre Chano. Cuando don Plácido manifestaba con- tento por el éxito de alguna cosecha, la doña se limitaba a responderle: gracias a Chano. Y Ramón César y Norber- to querían entrañablemente a Chano. Éste los complacía. Jugaba con ellos. Cuando regresaba del pueblo traía para los niños: palitos de melcocha, coconetes, pepamentos, gofio, rapadura y otros dulces que compraba en el mer- cado de víveres. Lo querían sin temor: Chano es el papá de nosotros, dijo un día Norberto delante de don Pláci- do. Y Ramón César añadió: nunca nos deja solos como tú, a veces se queda con nosotros en la casa. Desde en- tonces el pensamiento de don Plácido se llenó de fantas- mas y de ocurrencias malsanas relacionadas todas con su mujer. Se complacía azotándola a la vista de los trabaja- dores. Puta, si, eso eres. Se lo repetía masticando con rabia la frase cuando ella pasaba por su lado. Siete años tenían trabajando con ellos Chano y el Gago. Llegaron juntos dos meses después del matrimonio, Don Plácido miraba y remiraba con los ojos pegados a la cara de los niños. El cuerpo: el color: los ojos: el pelo negro, muy negro como el mío. Exacto. Pero a los pequeños les caía el pelo en rizos sobre la frente, igual que a Chano. Y era Chano quien dormía sobre sus piernas al pequeño todas las noches. ¿Qué era todo aquello? ¿Se estarán riendo de mí los de la finca y los vecinos, y hasta los amigos del pueblo?

El sábado siguiente- exactamente dos días después- hubo intensa e inevitable pena. Tomó alguna ropita y se fue

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con los niños a la casona de la suegra. Tómelos: yo no

mantengo hijos ajenos ni de pu

casa! Esa misma tarde juntó a todos los peones para co- municarles que solamente con él debían entenderse en adelante. La señora se ocuparía de los oficios de la casa. ¡Nada con ella!, lo repitió subiendo la voz. Y ordenó a los peones que lo siguieran hasta el Rancho 4, donde fermentaban, atadas a cuerdas, las hojas del tabaco rubio. Ese tabaco que durante muchos años hizo famoso el hato de la doña.

¡Qué no pisen jamás mi

Los trabajadores continuaron forzados con el propósito de aumentar el rendimiento de la tierra. La mujer quedó cautiva dentro de las cuatro paredes de la casa. ¡Aquí tienes de todo, nada te faltará, ni tus malos pensamientos, si quieres! Así marcharon las cosas durante un año: él dejó las fiestas, las ausencias. Pero aquél sábado de agosto cuando regresaba de la pulpería que estaba en el cruce, alcanzó a ver como los niños se precipitaban corriendo hasta agarrar a Chano y abrazarlo. ¡Diantre de vieja cómplice! Claro, todo estaba claro, se le ocurrió. No le pasó durante todo el día un pensamiento que no estuviera relacionado con Chano. Chano en el trabajo de la finca:

Chano en su casa: Chano en sus comidas: Chano en su cama: Chano con su mujer: Chano haciéndole hijos. ¡Coño! Dentro del grito estentóreo de Chano, tanto el Gago como los otros peones escucharon una maldición. No. No. El Señor no se podía alegrar ante sus huesos quebrados.

ESCENA XIV

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"EL CORO. — De los templos desbordaban los adornos de oro; el resplandor del fuego brillaba sobre los altares en toda la ciudad. La flauta de lotos, servi- dora de las musas, entonaba sus más brillantes cantos. Los himnos alababan las maravillas del cordero de oro repitiendo que era el bien de Tiestes. Porque él sedujo en secreto a la amada esposa de Atreo y se llevó a su mansión la prenda maravillosa. Luego, regresando a la asamblea proclamó que tenía en su casa un cordero cornudo.”

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CAPÍTULO SINNÚMERO

EXHIBIR EL CASO DE SWAIN no es tan fácil como para colocar sus hechos en una vitrina de Tiffani Bon Marché, las Fratellas Fontana, o en Dominicana en la calle E! Conde de Peñalva don Bernardino de Menesses Bracamonte y Zapata. Sencillamente: El Conde.

Yo, Helene, su biógrafa, no me siento cómoda al presentarla como en una subasta sin apuestas. Guardaré lo escrito hasta ahora en mi portafolios. La luminosidad que descarga el sol junto a las costas del Pireo se filtra a lo más último de mi conciencia y de aquello que a muchos se les ocu- rre llamar: discreción.

Dejo. [Dijo].

Dije que dejé a Swain, quién sabe hasta cuándo?

JEAN PAUL SARTRE ANTE EL ESPEJO reú- ne una serie de entrevistas, con el otoñal mago de Saint Germain des Prés. ¿Qué contesta el pontífi- ce que ha hecho la disección de El Ser y La Nada? Mientras descanso, me interesa volver a leer la página que sigue a este CAPÍTULO SIN NÚMERO. SARTRE habla sobre la novela.

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descanso, me interesa volver a leer la página que sigue a este CAPÍTULO SIN NÚMERO. SARTRE

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CAPÍTULO 14

AMIGOS: no me siento tan culpable de distraerme en otras cosas que me apartan de Swain. Sé que le doy una buena parte de mi tiempo, por ejemplo: hoy recibí con- testación de una carta que envié a París relacionada con

su biografía. Monsieur Raymond está muy intrigado.

Quiere conocer los originales y, además, discutir conmi-

go este libro antes de publicarse. Sobre el mismo yo opi-

naría que se corresponde bastante con los cambios de velocidad de filmación, una edición y montaje a lo Fellini; que las cosas caen de golpetazo o culo, ya aquí o allá, y aun más, que todo sintoniza o atoniza cual música de Strawinsky o Revuelta. Exacto. Abrazos: HELENE. (Post-data: Es la embriaguez de Grecia lo que a veces me aparta de Swain.)

SWAIN: ¡cómo me exigen que desentrañe todo! Me la- tisma porque persiste en mí algo de ese pudor con que en

mi

adolescencia se guardaban algunos secretos. Aun no

me

atrevo a asegurar que tú estabas enterada antes de ir a

New York de la existencia de Norberto. Si lo sabías, es- taba tan disimulada que nunca nos atrevimos a mencionar su nombre. Pobre criatura: junto con Ramón César fue abandonado en la casona de la abuela. Allí los dejó tu padre. La abuela también acogió al Gago después de lo de Chano. El Gago se entregó para atender a las dos criatu- ras, sobre todo a Norberto, con amor y con pena. Murió el chiquillo: patético episodio. Preparó el mismo una cajita que adornó con encajes de papel de seda a colores.

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Se fue solo al cementerio con la cajita por delante sobre el caballo. Estuvo dando gritos todo el tiempo que lo cubría con tierra. Nada le importó que acudieran alrede- dor suyo unos cuantos curiosos atraídos por sus voces. Gritaba. Eso era. Gritaba. El Gago siempre manifestaba sus sentimientos tristes con llanto o con gritos. Ahora gritaba al niño que había cuidado como suyo.

Ramón César ignoraba lo que era la muerte. La abuela de tanto sufrir se había vuelto como una piedra seca. Era al Gago que le correspondía llorar y gritarlo así, alto, como lo hacía de alto. Swain: algunos se han asegurado que tú vives. ¿Qué importancia podrá tener ahora tu vida? De algo puedes estar segura: nunca tuve la intención de es- cribirte esta carta. HELENE.

ESCENA XIV "EL CORO. — Dícese, aunque yo no creo en ello -que el sol de dorados rayos se volvió y al cambiar de lugar, causó la desdicha del genero humano por culpa de un solo mortal. Esas leyen- das espantosas para el hombre son provechosas al culto de los dioses. Mataste a tu esposo sin acor- darte que eras la hermana de hermanos gloriosos. ¡Ah, queridas amigas! ¿Oís ese grito o es una va- na ilusión que me asalta? Es como el trueno sub- terráneo de Zeus. He aquí que el aire trae rumo- res menos confusos.

Luego de la muerte de Chano, el fiscal, sin dejar de asus- tarse, se tragó la declaración que le hizo el Gago. Prome- tió a don Plácido que solamente bajo juramento le infor-

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maría la tremenda acusación que le hacían todos los peo- nes. Los detalles de aquel momento fueron pocos: don Plácido no dijo una sola palabra: metió una mano en un

bolsillo del pantalón: sacó un fajo muy grueso de billetes:

lo entregó al fiscal. Dos días después, tanto al Gago co-

mo a los otros peones les dejaron abierta la puerta de la celda. Huyeron. La madre de Swain, llena de odio y de otros sentimientos indefinibles, había obedecido: Alcal-

de, uno de ellos mató a Chano. Pero ella sabía

de salir de la cárcel y de corretear bastante el Gago no se detuvo hasta sentirse muy cansado y seguro. Entones se dio cuenta de que el único camino que le quedaba era el de las muchas cuestas para subir a la loma. Durante siete años había vuelto una sola vez, cuando murió su viejo. Después no lo encontraron para informarle lo de la mamá. A don Plácido le faltó coraje para decirles que el Gago estaba en la cárcel desde hacía dos meses. Fue me- jor tal vez. Cuando resolvió regresar a la loma, antes de llegar al bohío, se detuvo donde Fulgencio Pérez, en cu- yas tierras vivía la vieja. Fue mejor tal vez. Fulgencio le demostró afecto y confianza: le explicó que habían que- mado el bohío porque la vieja murió de contagio. Le en- tregó dinero para reponer el daño. Alguna ropa buena. Además, le ofreció un trabajo para cuidar las vacas.

Después

-No. No puedo. -No. No puedo.

A cada ofrecimiento repetía como un sonámbulo:

-No. No puedo. -No. No puedo.

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-No puedo.

Todo aquel mundo de su niñez y adolescencia lo present- ía guardado como en una caja fuerte dentro de aquel boh- ío, cuyas paredes eran de tablas de palmas, el techo de pencas de yaguas y el piso: la misma tierra que quedó cercada. Desde su ventana podía contemplar en los ama- neceres las nubes bajas que copaban el valle en Invierno:

contar los bloques alineados de los poblados que estaban abajo, y excitarse con la presencia de las amapolas, por- que pisar sus flores justificaba la preñez de las mucha- chas. Todo su mundo anterior se derrumbaba sin el boh- ío.

-No. No puedo.

Se fue sin despedirse: sin mirar atrás. No por ingrato. Fulgencio Pérez se dio cuenta de que le corrían las lágri- mas, y que con la manga de la camisa recogía las mucosi- dades que soltaba por la nariz. Que estaba afligido.

El Gago se enteró antes de llegar al pueblo: al día siguien- te de la huida los descargaron a todos por falta de prue- bas.

Fue mejor así. Para que quedara limpio y claro como el agua que bebió en el manantial de la loma antes de volver a bajar. Bajando sus ojos se ensanchaban con interroga- ciones confusas, hasta que, de repente, se le estrechó todo el recuerdo en otro camino y una casona vieja del otro lado del barranco. El Gago llegó donde la abuela que consistió en dejarlo para atender a los niños.

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ESCENA XV “ELECTRA. — ¿Qué ocurre, amigas mías? ¿Cómo sigue el combate? EL CORO. — No lo sabemos, pero oímos el del moribundo. ELECTRA. — ¿Es un argiano el que gime o es uno de los míos? EL CORO. — No lo sabemos, todo se mezcla en un concierto de gemidos".

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66

CAPÍTULO 15

NUNCA COMENTARON el caso. La muerte de Nor- berto desbordó el odio por su mujer. Alguien lo enteró de que ella llevaba flores al cementerio para el niño. Nun- ca comentaron el caso. En el fondo don Plácido se sentía más liberado, sí, pero con más odio porque le cargaba que los demás la vieran llorar y con los ojos hinchados y roji- zos por una criatura que era su vergüenza. Sin embargo, no abandonó la cama que encontró en la casa. Oía como la ahogaban los gemidos y le decía: desentierra al padre para que lloren juntos. Aumentó esa noche el llanto de la mujer. Exasperado, don Plácido tomó la pistola que guardaba junto a la cabecera: si quieres que se junten los tres, vuelve a gritarlo. Lo dijo casi callado, arrastrando las palabras. Pesaba las palabras, mordía las palabras.

ESCENA XVI "MENSAJERO. — ¡Victoria, ¡Oh virgen de Mi- cenas! Orestes es el triunfador y yo lo anuncio a todos sus amigos. El asesino de Agamenón, Egis- to, yace sobre el suelo. Demos gracias a los dio- ses. ELECTRA. — ¿Quién eres tú? Prueba que tu mensaje es verdadero. ELECTRA. — En mi terror, amigo, no recordaba tu rostro; pero ahora te reconozco. ¿Qué dices, pues? ¿Ha muerto el asesino de mi padre? MENSAJERO. — Ha muerto: repito la palabra que deseas.

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ELECTRA. — ¡Oh, dioses! ¡Y tú, justicia que

todo lo ves, has llegado por fin

!

"

La mujer sintió el hierro frío. El arma apuntaba en su misma cabeza. Es preferible que acabe de una vez, que me mates, gritó fuerte y tan alto que don Plácido temió que despertara a los trabajadores, que se enterasen de lo que pasaba en su intimidad. La golpeó duro con la intención de callarla. Cuando se cansó de hacerlo, sin poder domi- narla, se subió sobre ella con el propósito de aplastarla. Ásperamente levantó la cabeza de la mujer tirando de sus cabellos. Inesperadamente la naturaleza le fue restando fuerzas. Estaba horizontal sobre el cuerpo debajo. Deba- jo era su mujer con todo su calor de hembra. Era ella. Con los pechos erectos como la noche primera que ahora volvía al pensamiento con todos sus detalles. No hizo resistencia. Se dejó. Volvió a poseerla.

Que tolalé, que tolalá, quei buey muí manso no ara ná Era la voz del Gago. Aprovechaba el muchacho que la lluvia había amainado. Venía del Potrero 2. Traía las vacas y los becerros. Las vacas que el marido de la Sacramento debía ordeñar antes del amanecer. Volvió a repetir la to- nada, y su voz repitiéndose, rompía el peso de la lluvia fina:

Que tolalé, que tolalá, quei buey muí manso no ara na

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Inmediatamente terminó le dijo a la mujer: seguirás aquí, sola, encerrada entre estas cuatro paredes hasta que esté convencido de que alumbrarás un hijo y de que yo soy el padre. Con la misma frazada cubrió el cuerpo de los dos y casi al mismo tiempo se quedaron dormidos los dos. Fue muy fuerte la lluvia que cayó al amanecer. Desde la cinco Hilario esperaba a don Plácido para medir la leche que se vendía en el pueblo. La sombra del alero le dio a entender que eran más de la siete. La Sacramento miró al marido con una intención angustiosa: la entendieron los dos. Se sentaron los dos. Próximos a la cocina. A esperar. La doña abrió la puerta y los miró. Disimulaba una sonri- sa. Don Plácido salió al patio. Sacra e Hilario respiraron tranquilos. Ella subió a la casa, y sin saber qué hacer o qué decir, se detuvo frente a un viejo reloj de cucú que estaba en una rinconera: eran más de las diez de la maña- na.

ESCENA XVI

regresará ya para mos-

trarte, no la cabeza de Gorgona, sino el objeto de tu odio, Egisto. Con usura ha corrido la sangre, pagando cara la deuda contraída con el muerto. EL CORO. — Mezcla tus pasos a mi danza, oh amiga; brinca en el aire como un ligero cervatillo; hoy es día de regocijo. Tu hermano es vencedor y ha conseguido una corona más bella que la que se gana en las riberas del Alfeo. Une, pues, a mi danza tu canto triunfal. ELECTRA. — ¡Oh luz, oh cuadriga, resplande- ciente del sol, oh tierra, oh noche que antes en-

sombreciste mis ojos! Ahora se despliega libre-

"MENSAJERO. —

Él

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mente la mirada mía, porque Egisto, el asesino de

mi padre, ha sucumbido. ¡Vamos! Voy a buscar

todas las joyas que guardo encerradas en mi casa

para adornar mis cabellos, amigas, a fin de coro-

nar con ellas la cabeza de mi hermano vencedor".

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CAPÍTULO 16

TONO PRIMERO: Primavera. Verano. Otoño. Invier- no. Qué importancia podrá tener que desglose los tiem- pos del año. Invertimos. Invierno Otoño Verano Primavera.

TONO SEGUNDO: Desde entonces, a medida que se aguzaban los argumentos se vio cómo la acusación cam- biaba de naturaleza.

TONO TERCERO: Diagnostico sin censura: le dijo:

enséñame tus manos. De modo asombroso estaban bas- tantes limpias aunque distaban de la asepsia. Pienso en Swain, en el riacho y en los renacuajos que dejaban hue- llas sucias.

TONO CUARTO: Obsequiábamos a los amigos refres- cos de frambuesa con el dinero de Swain. Ahora escribo y tomo un cóctel. ¡Vaya! Junto a todo lo que pienso la ciencia ficción más delirante parece a menudo un modelo de prudencia. Delira el mundo. ¿Desciende el chimpacé del hombre? La pregunta la hizo un sabio. En los bosques hay una especie de sátiro que llaman Quo-ías. ¿Inventa Morrus? La batalla por ganar un corazón enamorado es una aventura de amor. Amor amor amor amor amor amor amor. Pero el infarto es un proceso degenerativo

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derivado de una falta de irrigación total. Cuántos moti- vos de reflexión hay en estas líneas que copia la IBM. A esta altura la IBM ha escrito Swain con tres tipos de le- tras. No experimento aprensión, pero los nuevos inven- tos de los genios: BOMBA DE HIDROGENO (pummmmm: miles y miles de cadáveres - cementerios.) Para no pensarlo mucho abogo porque las floristas y los paleteros detallen cigarrillos con L.S.D. No. No. La L. S. D. atormenta a un tal doctor Davidson. Dice que es un demonio escondido. Digo yo: mujeres que no resisten al picapiedras del marido, y aquel Hippie sucio, y la Go— Go que se viste con minifalda diseñada por Leócharés para Diana y botas como las cretenses, y el pintor, y el vago, y el polilla de la familia, y la estéril, y la sin marido, y la cornuda, y el que estafa a su propia vida: orgía de alucinógeno: L.S.D. Efectos dramáticos. No. No hay que evadir la realidad. Todo el que tiene dos onzas de cerebro sabe que la mitad de la humanidad se muere de hambre:

que el mundo se transforma con la velocidad de un ZOND-Sputnik o un PERSEO—gringo. Sabe que vive en pleno CAMBIO. Que este resto de siglo, etapa de metamorfosis, va de crisálida a justa realidad vital año 2000 encima. L.S.D., en castellano: droga que abre el espíritu: humo: sueño: cero. Entendemos: ahora es más allá del mañana: menos lejos del ayer: pero estamos en el presente. Con la Bomba el hombre imita al Sol que ha sido siempre el símbolo de algún dios del cual depende. Al dominar la fusión atómica el hombre se libera. ¿Se libera de qué? Se ha liberado el campo de pantanos. Todo ha cambiado en el escenario de Swain. Como un disco rayado se repite allí la palabra sequía. Los campos que- mados. Los animales se vuelven esqueletos. Se queman de

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sed bajo los árboles. Dicen que la bomba es la culpable. El campo de Swain se ha pegado completamente al pue- blo. Se hacen uno. Son uno. Sobre el camino asfaltado pasan veloces automóviles. Yipes, camiones, autobuses, wagones. Motos-Honda. Motos-Vespa. Motos-Zuzuki. Seca. Sequía. Se murió el paisaje de Swain. También se murió el paisaje de la abuela.

PRIMAVERA. VERANO. OTOÑO. INVIERNO.

PRIMAVERA: fiestas, flores.

VERANO: calor, tronadas, tornados, granizos, aguace- ros.

OTOÑO: caían las hojas. Hojas de otoño. Prévert y les feuilles mortes. Hojas muertas. Petite chanson. París. Pero mi pueblo está en la región norte de Dominicana. Arriba la petite ville. Exacto.

INVIERNO: ¿Quiere usted dormir conmigo? ¿Se ríe de mí? Basta de solfas. No joda.

Se borró el paisaje de Swain y de la abuela. Habrá necesi- dad de congelar los paisajes para que no se mueran. Ori- gen quebrado. Libertad solitaria. Los gansos acechan. El papá ganso se caga junto a las lilas.

ESCENA XVIII "ELECTRA. — “Oh glorioso vencedor, digno hijo de un padre que fue victorioso en la guerra de Ilíos, Orestes mío. Recibes estas diademas pa-

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ra ceñir los bucles de tu cabellera ¡No regresas después de haber recibido seis pleitos en una lu- cha vana, sino que has matado a nuestro enemigo, Egisto, asesino de tu padre y el mío".

Es natural que alguien se pregunte porque recuerdo mez- clados a esa época a Luce y a Segal. Es tan sencillo: ellos me dieron la clave: "pocos comprenden cuan interdepen- dientes son el cuerpo y su mente". Luego de aprender esto puedo explicarme a Swain. Los síntomas se ocultan muy discretamente. Un día afloran las complejidades. Son signos de impulsos llenos de resentimientos. Repito:

luego de aprender esto puedo explicarme a Swain.

NOTA AL MARGEN - Letra A: " BAJO EL VOLCÁN". Malcon Lowry. Infierno y paraíso. La culpa. EI amor se gasta en medio de la vida. La verdadera fuen- te: Swain. Y lodo lo que es relleno en estas páginas: MI- TO.

NOTA AL MARGEN - Letra B: Diagnósticos diferen- tes y desalentadores provocaron el viaie a New York. Nada de lo que le habían dicho. ¡Anímese, señora! To- cando fuerte el vientre de mi madre el doctor Harry dijo:

prepárese, es una criatura.” Nací. Me bautizaron Helene. Debo mi nombre a la enfermera, una griega de Epidauro. Fue ella quien se encargó de aleccionar a mi madre duran- te los meses siguientes de embarazo. Después: el regreso. Nací en mi pueblo. Gracias gracias gracias gracias. Cuen- ta mi padre que cuando la enfermera le dio la noticia la abrazó fuerte, con júbilo, como se abraza a los muy co- nocidos. Le dijo: Gracias Mrs. Helen, llevará su nombre.

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Exacto. Ahora que Swain oscurece o ilumina, en el mun- do existen: electrónica, televisión, metalurgia, química, anticonceptivos, cohetes, energía atómica, armamentos, etc. etc. Soluciones sin problemas. La ciencia ha realizado lo que negaban los teóricos. Ya se sabe como se hace la luz domesticada: láser. Entonces. Algo nace. Pienso la palabra muerte.

ESCENA XVIII "ELECTRA. — Hay algo que me ruboriza, pero no obstante quisiera decirlo. ORESTES. — ¿Qué es ello? Habla, pues, estás al abrigo de todo temor. ELECTRA. — El que ultraja a un muerto puede ocasionar censuras. ORESTES. —Nadie te reprochará por ello. ELECTRA. — La ciudad es malévola y goza en murmurar. ORESTES. — Habla a tu gusto, hermana mía; entre ese hombre y nosotros siempre ha existido un odio implacable y sin tregua".

LIQUIDANDO MÁRGENES - hasta la Letra Z: Los síntomas se ocultan muy discretamente hasta que un día afloran las complejidades. ¿Conocía Helene a New York? ¿Qué la llevaba a fastidiar a Swain contándole cosas de aquella metrópolis? Swain no se dejaba aplastar. Debía rebasar a Helene. Tenía que ir. Y conocer a New York. Iría. Fue. Estuvo, La sinrazón no ha parido razones: habi- taron un mes en la misma casa: en la misma habitación:

en el mismo New York. El hombre. La hija. La nota lati- na lo interpretó bastante. El desbordado río humano:

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rico: duro y maldito se tragó el tiempo de los huéspedes. Swain y su padre regresaron luego de pretextar que iban a ver a unos médicos que nunca vieron.

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CAPÍTULO 17

HELENE SIEMPRE LLEVA en el portafolios la bio-

grafía que escribe sobre Swain. Soy Helene. Hoy paseo por las islas del Golfo de Salónica. Son típicos los paisajes con sus villas acostadas sobre las colinas. Salimos del Pireo para llegar a la Aghia Marina, Aegina Moni, y cru- zando el estrecho de Poros hasta Hidra. Después de un refrescante baño busco sombra bajo una higuera joven. Tengo la intención de trazar unas líneas. Estas líneas re- presentan el Templo de Aphaia. Sin embargo, a pesar de la paz de los paisajes que se suceden, como un clavo ar- diendo algo continuamente trata de perforar más y más

mi cabeza, de reventarme con los recuerdos, de esclavi-

zarme a pensar en Swain. Precisando: es casi un sacrificio

un cambio mental. Pero siempre Swain. Entonces noso-

tras las muchachas habíamos cumplido los quince y andábamos un poco más despiertas cuando ella regresó de New York. Fue importante: ¿qué le contaría el padre? Inmediatamente nos dimos cuenta de que había vuelto distinta, con una actitud más agresiva y desbordada en contra de su madre. Por primera vez comenzó a hablar de

Norberto y de su abuela. Expresaba furiosa: ella apoyó a

mi madre cuando el escándalo de los varones. Y de repen-

te un amor por una criatura que no había conocido: Nor-

berto. Malvada

Pero el guía nos avisa que el lunch es a

bordo, que podemos beber Metaxa a discreción, que lue-

go

disfrutaremos de dos horas de reposo, o lo que venga

en

ganas. Regresaremos a Atenas a medianoche. Camino

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por la villa: algo así parecido con el barrio de Bubulina en "Zorba el Griego" o con algunos pasajes del pueblo del Agá en "Quién ha de morir".

Me queda tiempo para escribir un poco. Escribo. Veo que esta escalera se alarga en altitud, que a veces siento vérti- gos. ¿Se caerá mi escalera? ¿Quién derribará mi escalera? No seamos pesimistas. Continuemos con las gentes de Swain: estaba el otro: Ramón César: inteligente: apuesto:

simpático: tan querido de todos. Las amigas molestába- mos a Swain: se parece tanto a tu padre. No demostraba oír o entender, pero oía y entendía. Si, se parece algo,

pe

cortaba la conversación, hablaba de otras cosas. Aquel muchacho que nos gustaba tanto debía afrontar una nue- va situación. Murió la abuela al apuntar las primeras luces de una mañana clara y después de un largo tiempo lleno de achaques. Todo estaba previsto por el nieto. A las ocho se detuvo el coche fúnebre frente a la casona. A las ocho y quince volvía de regreso: se llevaba para siempre a la abuela. Detrás, a lomos de caballos la seguían Ramón César y el Gago. El Gago llegó cuando le informaron que la abuela casi se moría. Diría que volvió porque se había marchado para ver otras cosas, otros pueblos, para tener otro oficio. Del muchacho expresaba: ya es suficiente- mente responsable y capaz para llevar la finca. Es un hombre. Volvió el Gago porque la abuela, Ramón y la casona eran sus cosas, su vida, Feo y moreno, repugnaba la presencia de Juan Zorrilla Mendoza, el agente policial en que se había convertido. Marcharon detrás el nieto y el agente. Los vecinos se limitaron a curiosear el espectá-

culo. A eso. Nadie se atrevió a seguirlos. La abuela le

Ese pero quedaba en un suspenso, definitivamente

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pertenecía a ellos dos. De ellos dos era el duelo. La abuela era una santa: aulló el Gago entre un sollozo. A menos dé un kilómetro estaba la hija. No intentó rebelarse y llegar para ver a la muerta. Cuando don Plácido regresó, tarde de la noche, ella que estaba enterada de todos los detalles por la hija de la Sacramento, se limitó a decirle: la casa del otro lado del barranco está de luto: hoy enterraron a mi madre. Inmediatamente, como una cuerda tensa, muy tensa, que se rompe y golpea fuerte todo lo que toca, se deshizo en gritos. Swain pensó que enloquecía, y que esos gritos eran capaces de enloquecerla a ella también:

cállate, descastada, de alguna manera tienes que pagar lo de Norberto. Esto último lo dijo Swain.

Entonces no. Ahora si. Las niñas estudian ahora Literatu- ra Universal en la primaria y aprenden cosas de las cosas de estas latitudes. Con este recuerdo reprocho un tanto la ignorancia que me asistía relacionada con la arcaica farándula de la Hélade. Esto fue ayer cuando entraba en Atenas a la Biblioteca de Adriano (2 éme siécle avant JC) Llegué para escuchar un concierto de Música de Cámara. BIBLIOTECA: de la palabra a la idea-de la idea a la pala- bra: qué hago yo con buscar textos de griegos en griego en biblioteca alguna. Sólo sé decir: ñero (agua), gala (le- che), Nescafé (degeneración corrupta que se cofisa con el polvo gringo, etc. etc.) Ya h e visto miles de manuscritos en anaqueles antiguos y modernos. De ellos me interesó un fragmento de la Ilíada-copia de la época bizantina. Casi de ayer. Respeto ese papel porque Homero es mi poeta favorito. Este padre de la época jónica alumbró mellizos: la epopeya y la lírica. Para bien o para mal el viejo Homero comenzó con lo que recogía de los rapso-

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das ambulantes. Se disputan que fuera de Esmirna, Pilos, Argos, Colofón, o Atenas, más seguro de los homéridas de Quíos. Dije que se aprovechó de los cantantes popula- res. ¿De dónde eran sus cantantes? No, los cantores. Eran de toda la Hélade. El grupo de mujeres de intriga o de cama, como la sabia Minerva que se repartía entre

Aquiles y Agamenón; Afrodita en el lecho de los troya- nos agitando su coraje, y las Heras y Palas que cohabita- ban con todos los griegos, impulsaban al rescate de una hermosa prostituta llamada Helene como yo. Época de raptadas. Entre los raptores: Paris: después: Agamenón. Imaginemos a la repudiada Clitennestra, a quien siempre le sopló la falda adúltera, ahora vengándose en su lecho con Egisto. Antes del padre Homero: La Biblia. Después:

la Bomba atómica y la Luna.

Durante la travesía, a la que dedicamos este capítulo,

Helene, biógrafa de Swain, pregunta a un viejo marino de Rhodas, que vivió varios años en la Argentina, si ha leído

a Montesquieu, Mallarmé, Rilke, Gorky, Frost, Vargas

Llosa, Neruda, Cortázar, Fuentes, Veloz Maggiolo, Cela, Goytisolo, Avilés Blonda, Iván García, Rueda, Incháus- tegui, Alfonseca y la Contreras, y si por moda o convic- ción se ha interesado en Marx, Engel, Lenin y Mao. No, no, No he leído a ninguno de los que usted citó primero. Además, ¿no se ha enterado usted de lo que pasó en Gre- cia hace una semana por las ideas de los últimos? Los militares aplastaron muchos griegos. Continúa con orgu- llo: revise desde Homero y se convencerá: somos un pueblo de militares atenienses: espartanos: macedonios, etc. etc., etc. Observe cómo Aquiles, dentro del campa-

mento de los mirmidones preparaba un golpe. Un con-

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tragolpe hábil resolvió el final de Troya. Yo, Helene, biógrafa de Swain, me siento triste. Siempre los fuertes dominando a los débiles. Aun hoy las botas militares continúan aplastando. Este griego está contento de ello. En Dominicana también las botas aplastan. Los que de- fienden la libertad son perseguidos. Los mejores ciuda- danos se van. Los gringos nos revientan. Naturalmente, siempre hay gente decente: llegaron quienes abandona- ron la monódica y se impuso el Coro en la Preclásica Grecia. Eso falta en mi país. Que se imponga el Coro. El calor se hace sofocante. Hubiera querido despedirme de las islas después de beber un tarro de ambrosía. El cama- rero de abordo me trae Coca-Cola. La tomo con desgano y mal humor. Veo hacia abajo. Pienso que los peces son gringos. Que todo lo que trago es gringo. Y que la mier- da que también me sale es gringa.

ESCENA XVIII "ELECTRA. — (Refiriéndose a Egisto) Tú me has perdido y tu nos has dejado huertano de un padre querido, a mi hermano y a mí que ningún mal te habíamos hecho. Tú te has unido a mi ma- dre en matrimonio infame y has matado a su es- poso, Jefe del ejército griego en la Prigia, adonde tú no fuiste jamás. Tú has esperado tener en mi madre una esposa sin vicios después de haber mancillado el lecho de mi padre. Pero, sábelo: el hombre que habiendo mantenido en secreto un comercio culpable con la mujer de otro, se ve más tarde obligado a casarse con ella, es digno de compasión si se imagina que la virtud que ella no pudo tener junto a otro, la tendrá junto a él.

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EL CORO.— Horrible fueron sus actos: horri- ble es la venganza que os ha pagado a los dos. La justicia es poderosa. ORESTES.— ¡Vamos, esclavos! Llevad ese cuer- po al interior de la casa y ocultarlo en la sombra. Es preciso que al llegar aquí mi madre no vea el cadáver, antes de ser ella misma castigada".

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CAPÍTULO 18

ME DIGO: casos como el de Swain vienen escribiéndose desde Homero, e insisten en el mismo asunto: Esquilo, Sófocles, Eurípides, y, etc., etc., y lo tienen todos los países. ¿Ustedes se lo explican? ¿Explicarlos? ¿Cómo lo explicarían ustedes? Es inexplicable, sencillamente. Pero, entonces, ¿por qué diablos insiste usted en volver a con- tarlo? Porque necesito descargarme para tener paz: dis- tribuir o repartir el recuerdo. No olvide que la misión mía, como biógrafa de Swain, es una misión estrictamen- te confidencial. Desde que comencé a querer ser literata todos los meses me decía: este mes daré comienzo. Pare- ce que era necesario redoblar la voluntad, liberarme del bloqueo mental provocado por la cercanía de su paisaje. Ahora, a la distancia, creo que es mucho más fácil que lo que ha sido visto y registrado pueda salir mejor de su propia objetividad. Debí intercalar la palabra perspectiva. Además, en Dominicana esas tragedias se esconden, se guardan como un tótem maldito encerrado en silencio. Aquí ustedes la exhiben a plena luz del día o de la noche eléctrica. Allá la gente se signa con la cruz para espantar- las, como a demonios. Aquí las damas se muestran satis- fechas de poder penetrar la intimidad sexual de la recáma- ra de CLITEMNESTRA y Egisto. Señor Leonidiou Ve- tazi: un ser humano no es un animal: en este caso, tal vez un dios caído que recuerda un cielo sin fondo o sin techo. Pienso que no conviene, en consecuencia, gastar toda la noche a la procura de análisis en hipótesis. ¿Estamos cla- ros? El señor Leonidiou Vatazi y yo nos levantamos, abandonamos la mesa casi al mismo tiempo con la inten-

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ción de recorrer otros sitios de Atenas. Este arqueólogo, que casi acabo de conocer, propone que lleguemos en Phalero al pintoresco puerto de Toukolimano. Le advier- to que tomaré un vaso grande de Metaxa. Que haré en mi estómago un fondo Metaxa para un pinchito de carnero a la parrilla. De regreso al hotel se me ocurre que el mozo piensa que he tomado mucha Metaxa. Redacto un cable para mi pais: ATENAS/VERANO/1967 —AMIGOS:

qué grave es cuando se trata de ahogar el derecho a la libertad en un pueblo que quiere ser libre punto HELE- NE.

Siempre aparecía Swain, como en las fiestas de los Martí- nez, sola en algún rincón, alejada de los que se entreten- ían con el baile. Con la mirada esquiva. Esquivando. Es- quivaba. Hasta los mozos se desviaban porque, hermosa sí, pero temían a sus gestos. A sus desaires. Don Plácido llegaba temprano a buscarla: pretextaba nubarrones, mu- cho lodo, una posible caída en la oscuridad, o temor a un asalto.

Dejo a Swain. Sintonizo otra estación mental. La aguja vuelve hacia atrás y se instala en la mesa del restaurant de Toukolimano, junto a un amigo de Teherán que volví a encontrar en ese lugar: señor Mahuad, eso de los guerri- lleros excita mucho al mundo de hoy. Que los de Yugos- lavia, Creta, Cuba, Dominicana, Venezuela, Vietnam, etc., etc., etc., etc., etc., etc., etc., Dejémonos de enume- raciones: lo táctico y dinámico se llama guerrilla. Guerri- lleros aparecen por todas partes, hasta en África donde se les llama Mau-mau. Mahuad confiesa que perteneció en su juventud a un grupo que hacía sabotaje a los ingleses

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en las refinerías de Irán. Le interrumpo de nuevo: señor

Mahuad, en América está mi país: Dominicana. Allá apa- reció el primer guerrillero anticolonialista: era un cacique indígena que mantuvo en jaque mucho tiempo a los sol- dados del emperador Carlos V de España durante la con- quista: se llamaba Enriquillo. El emperador se vio obliga- do a entregarle algunas de las tierras que pertenecían a sus dueños los aborígenes, y a respetar sus derechos. En Dominicana, desde que los gringos pisotearon por prime-

ra

vez la soberanía nacional, a los patriotas que defienden

su

tierra, sus minas y sus cosechas, los llaman bandoleros

gavilleros. Es así, señor Mahuad. En la Dominicana, como en la antigua Esparta, se imponen tiranías con el respaldo militar. A ese engaño lo llaman democracia. Hemos perdido a un gran número de jóvenes honestos y valientes.

o

Y NO.

No había razón, pero siempre pretextaba don Plácido algo para ausentar a la muchacha de las fiestas: había que llegar temprano, etc., etc., etc. Lo dije ya.

Y NO.

No. Porque luego se quedaban horas en el restaurante del chino cantonés, justo detrás del ábside de la Iglesia Ma- yor.

Y NO.

No. Porque le ocurrían cosas tan de sorpresa a Swain que no tenían explicaciones

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Y NO.

No llegarían temprano. A Swain le entraban ganas de llegar a un buen hotel. De dormir en un sitio confortable, como en el Canadá, y la noche que pasó en San Juan de Puerto Rico.

Y NO.

No se marchaban inmediatamente a su casa. Este testi- monio sobre los caprichos de Swain lo secreteaba Menso,

el panadero que recorría la ciudad en un caballo con sen-

dos barriles sobre el lomo, repartiendo la venta de galle-

tas y masas de harina, Y porque el panadero los veía re- gresar muy temprano, ensillar los caballos que guardaban en el solar, y volver al campo.

Y NO.

No corrían con brío los caballos: habían quedado en el solar desde la mañana de la víspera. Volvían a paso corto:

con hambre. Cuando se acercaban a la cerca, y luego ve-

ían la casa, relinchaban gozosos. Sabían que detrás estaba

el pasto. Que comerían mucho. Que reiniciarían su juego

de pelea con las arañas cácalas que constantemente pre- tendían derribarlos con sus mordiscos de ponzoñas ve- nenosas. Y sabían que también allí había alacranes y mu- chos nidos de hormigas furiosas que esperaban la noche para desesperarlos: para sentirlos en carreras desbanda- dos, rascarse en los árboles, ya con la carne ardiendo y sin sueño el cerebro. Pero estaban junto al pasto que comían sin descanso.

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ESCENA XVIII "ELECTRA. — Espera. Una nueva ocupación nos llama. ORESTES. — ¿Qué ves? ¿Llegarán acaso soco- rros de Micenas? ELECTRA. — No. Es la que me ha concebido quien viene hacia acá. ORESTES. — ¿Qué hacer? Es mi madre? ¿Va- mos a degollarla? ELECTRA. — ¿Sientes piedad frente a tu madre? ORESTES. — ¡Ay! ¿Cómo matar a quien me

alimentó y me dio a la luz? ELECTRA. — Igual que mató ella a tu padre y el mío. ORESTES. — ¡Oh, Apolo, que Oráculo insensa- to dictaste ! ELECTRA. — Si Febo es insensato: ¿quién po- see cordura?

el inaudito ase-

ORESTES. —

sinato de mi madre! ELECTRA. — Pero, si vengas a tu padre: ¿de qué te crees culpable?

¡Ordenándome

Solicito al director de la orquesta la música de "Zorba el Griego". Me dice un secreto. Habla griego. No entiendo griego. El arqueólogo de Teherán, señor Mahuad, tradu- ce: aquí los militares dieron un golpe y el autor de esa música está perseguido. Ahora entiendo. Pienso de nuevo en mi país. Pienso en Septiembre de 1963. Lo que me ha dicho el director tiene en español un equivalente con la música del bolero: "La misma noche/ la misma luna/ la

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misma estrella/ en el mismo cielo". Dije: pienso en Do- minicana: Septiembre 1963.

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CAPÍTULO 19

AMIGOS: existen siempre preguntas a las cuáles yo querría responder, pues imagino que el lector y los lecto- res de la junta de editores se las plantearán como yo misma me las he planteado. ¿Quedó Electra para siempre condenada? Es difícil eludir la pregunta. Yo me concreto a responder que lo que cuenta del caso de nosotros es la verdad vivida lo que aparece aquí. Y esto me obsesiona de tal modo, que a veces imagino a Swain como a Oedipus ciego en Colona conducido por Antígona; imagino a mi heroína en mi pueblo o en New York, o, como ahora, en Atenas, mezclándose a la multitud, interrumpiendo el tránsito de los coches, bebiendo agua en sus manos des- nutridas, tocando con esas mismas manos, portadoras de gérmenes impuros, las barandas y los bancos de las ave- nidas. Se me ocurre que estará pagando por la vida que le resta todo lo que posee. Y no he dado la respuesta por- que al bajar del autobús próximo a Omonia me aventuro en un cruce de calles que resulta laberíntico, que se alar- ga, y me confunde el camino que se va apagando con la noche que comienza. Son las 9. Tomo el Boulevard Pir- cos en lugar del Athinas. Cuando intento regresar al At- hinas, paso de la calle Menadrúu a Sokratous, de Sokra- tous a Evripedou, luego, subiendo siempre, llego al Aris- tofanous. Ya en Ermou tanto Electra como Swain han sido devoradas por mi cansancio. Un coche, y, a Kavalas. En el restaurant del antiguo monasterio me espera un amigo. Nada de Metaxa. ¡Cómo me asustan Luce y Segal con sus historias de enfermos alcohólicos! Pienso que

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ahora tal vez podría dar la respuesta. Cero Metaxa. ¿Y la respuesta? Cero respuesta.

Por vez primera Ramón César se dirigió a Swain. La sor- prendió junto a la laguna de los patos. Nada te inquiete —le dijo. He venido a verla porque también es mi madre.

También es Navidad. Y porque puedo verla. La muchacha fingió no escucharlo. He venido a verla porque la quiero,

y además, para comunicarle que todo cuanto dejó la

abuela es suyo, Que te deje esta casa con tu padre. Todo es tuyo aquí. Mostrándose aun más indiferente, la mu- chacha tomó una rama seca y se puso a ondular la laguna. Los patos abandonaron el agua. Ramón César se marchó. Tenía los ojos húmedos. Una hora antes, cuando abrazó a su madre, notó que ella tenía olor a lágrimas y a sueño. Con una risa irónica Swain se fue detrás de los patos que habían resuelto marcharse: a merendar desperdicios junto a la cocina. No. No se irá jamás. Jamás abandonará su oficio. La necesitamos. Aquí hay mucho trabajo. Lo dijo alto. Muy alto. Alto, Alto.

Y No.

No. Nadie escuchó su sentencia. El ruido que la inquietó era de un perro realengo que perseguía a un gato. Habló con más confianza: No. No se irá. Se quedará en esta casa como de la servidumbre, castigada con el desprecio de mi padre. Castigada con mi odio.

Y No.

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No. Porque buscaré la manera de convencerlo. Le con- taré todo a Ramón César. Se hará mi aliado, y también la odiará como nosotros.

Y No.

No estuvo esquiva, esquivando, ni separada de los demás esa noche. Un momento: esquivaba, sí, pero a la espera de Ramón César que iría a la fiesta. Cuando lo vio entrar avanzó hacia él, lo tomó de una mano, y no lo soltó hasta llegar al balcón. Mientras caminaba, se decía: no, no se irá contigo. No. No se irá.

ESCENA XVIII “ORESTES. — Yo era puro y ahora seré un pa- rricida. ELECTRA. — Si no defiendes a tu padre serás un impío. ORESTES. — Mi madre me hará expiar su muer- te. ELECTRA. — ¿Quién podrá castigarte si tu pa- dre no está vengado? ORESTES. — Jamás admitiré que el Oráculo tenga razón. ELECTRA. — No dejes abatir así cobardemente tu valor. Tiende a tu madre la misma celada con que ella hizo perecer a su marido bajo los golpes de Egisto. ORESTES. —Voy a entrar. Terrible es la empresa y terrible para mi encargarme de ella. Más si los dioses lo han resuelto así, ¡así sea! ¡Pero cuán amarga ha de ser esa hazaña!

91

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CAPÍTULO 20

ESCENA XIX "CLITEMNESTRA. — Descended del carro, troyanas, y tomad mi mano para ayudarme a po- ner pie a tierra. Los templos de los dioses se adornan con los despojos de Frigia; pero esas, re- cogidas entre todas las troyanas, son el botín que yo he tomado para reemplazar a mi hija perdida:

parte mediocre, pero que al menos embellecen mi casa. ELECTRA. — ¡Déjame, oh madre, tocar tu ma-

no bienaventurada, a mí, esclava expulsada del pa- lacio de su padre, que vivo bajo este techo mise- rable! CLITEMNESTRA. — Las esclavas están aquí, no te tomes tú tanta molestia. ELECTRA. — ¿Por qué? Yo estoy cautiva y tú me obligas a vivir lejos de mi morada; en mi casa conquistada, yo misma fui vencida, quedando igual que esas mujeres, huérfanas.

CLITEMNESTRA. —

Tindareo, al entregarme

a tu padre, no deseó mi muerte ni la de los hijos que me nacieron. Pero él, engañando a mi hija con la promesa de una boda con Aquiles. la llevó lejos del palacio, junto a las naves bloqueadas en Aúlides y entonces, depositándola sobre el altar, segó la blanca existencia de mi Ifigenia.

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ese único crimen hubiese evitado otros

muchos, se lo podría perdonar. Pero no: encontró una Helena lujuriosa y para ella un marido que no

supo castigar su traición: por ello fue que inmoló

a mi hija

poso. Pero he ahí que regresó con una hembra poseída por un dios, una Ménade, y la introdujo en su lecho: desde entonces hubo dos esposas habitando bajo el mismo techo. La mujer es sen- sual, no lo niego. Pero, precisamente por existir ese vicio, cuando el marido desprecia el lecho conyugal, la mujer quiere imitar al hombre y to- ma otro amante."

jamás hubiese matado por ello a mi es-

si

Primero habló Swain:

Escúchame, Ramón César: no podrá continuar ese odio tan grande entre todos nosotros. Afirmó él: vendrá mi madre conmigo y todo será suyo. La muchacha: te arre-

pentirás de tenerla junto a ti: fue ella quien te abandonó junto con el pequeño Norberto en la casona de la abuela.

Lo hizo cuando mi padre le impuso la separación porque

él pensaba que el pequeño no era hijo suyo. Ella trató de envenenarte, a tu hermano también. ¡Mentira!, le rispotó el muchacho. ¡Eso es mentira! Ella debía escoger entre

mi padre y ustedes: escogió al hombre nuestro padre. Es

todo. ¡MENTIRA!: palabra expresión apropiada para una portada de impacto – magazín - moderno: "POST", "AHORA", "MACHI", "ARRIBA", "TIME", "PRAV- DA", etc., etc., etc. Película KODACHROME II - ASA 25 - DIN 15 - K1335 – FTSCN - FLASH: Use lámpara flash azules o cubo-flash. Las cifras de guía para exposi-

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ciones con flash se encuentran en los envases de las lámparas. Escoja la cifra de guía correspondiente al índice ASA 25 o DIN 15 y al tipo de reflector y velocidad de obturador por usar. ETC. Etcétera. BLITZTAUF- NAHMEN: Blaue Blitzlampen oder Blitzwürfeln ver- wenden. Die Blitzlichtzahlen sind auf der Blitzlampen Packung— angegeben. Wählen Sie die Leitzahl für ASA 25 oder 15 DIN und den Typ des Reflecktors sowie die Verschlusser.

Y NO.

No se fue de la casa. ¿Abandonados por mi madre? ¿Ma-

¿qué le pasaría? Solamente Plácido González, tan tre- mendo, él es el único capaz de continuar torciéndome la vida

Él, que abandonó a sus hijos. Él, que me separó de la hija.

Todo cuanto le pertenecía: La tierra y el dinero no le importaban: el asunto eran sus hijos: mataré a ese hom- bre, eso es: lo mataré. Pensó en una ampolleta de adrena- lina que no alteraría el sabor de la tisana con hojas de

naranjo que tomaba todas las mañanas. La adrenalina no dejaría rastros. Un golpetazo al corazón, y, ¡Plácido quie-

tarnos? ¿Dejarnos en abandono? Todo para seguir con

to

para siempre!

mi

padre, ultrajado por ella. No. Se quedará en aquella

casa. Momento después se acercó a Swain y le dijo cinco

El

malvado. Cómo dormía.

palabras:

—Se quedará en su casa.

Parecía tan feliz luego de regresar de la ciudad con Swain. Siempre en domingo.

Sin

esperar respuesta llegó hasta donde estaban los seño-

O

en días feriados de la patria cuando la llevaba a la retre-

res. Para despedirse.

ta

a oír música, a ver los fuegos de colores: montantes,

Y NO.

No se irá. Se quedaría en su casa. Se quedó en su casa.

El hijo la dejó esperando.

No respondió a los recados ni a los papeles que le envió su madre.

Tendrá razones para que se comporte así, decía ella, al tiempo que una serie de interrogaciones la atormentaba:

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los de lágrimas, serpentinas de luces, cohetes, ratones,

globos inflados que se elevaban y luego se incendiaban cuando estaban muy altos, etc., etc., etc., etc.

Vientos de tempestades comenzaron a apretujarse en la alcoba. Lo juro: me volveré peor que él. Mientras yo su- fro él duerme tranquilo. Me ha quitado lo único que me quedaba: a Ramón César.

Lo aplastaré.

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Pisaré sus huesos.

¡Me cagaré sobre su tumba!

"En verdad, te hemos enviado ¡Oh Mahoma! , el Koran por partes y no todo de una vez. Aguarda, pues". En el caso de Swain, prometo que lo daré todo en recompensa por la paciencia con que han sabido esperarme. Su biógra- fa: HELENE.

¿ Y esta ilustración, Sra. Helene ?

97

fa: HELENE. ¿ Y esta ilustración, Sra. Helene ? 97 La Violencia en la Isla de

La Violencia en la Isla de Swain

(Petroglifo Prehistórico. En Anamuya, Isla de Swain.)

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CAPÍTULO 21

EL AGENTE ZORRILLA alquiló una casa en la capital cuando lo trasladaron para prestar servicios en el depar- tamento de robos de la Primera comandancia. Fue la primera morada que tuvo el Gago. Ramón César lo visi- taba con frecuencia. Con relación a Swain, ya dije que Luce y Segal objetan que los síntomas se ocultan, pero que afloran de repente al más pequeño deseo. No afirmo que Swain era egoísta, pero no podía consentir que el hermano regresara de la capital contándole a las amigas cosas muy interesantes.

No digo que era egoísta, pero resolvió que ella también iría. Cuando lo pensó era víspera de la Semana Santa:

estaría de vacaciones. Lo dijo. Se fue con su padre al día siguiente. Era Domingo de Ramos. Resultaron sin fun- damento las conjeturas de la madre: no se estaba solazan- do Plácido con los hijos en la capital Ese mismo domingo el agente Zorrilla —que estaba de licencia— volvió al campo para pasar unos días con el muchacho. Se ator- mentaba la doña, están-. Plácido y mis hijos solazándose en la capital.

Dije que no era así.

Pero Plácido era su eje de cerebro: todos sus pensamien- tos giraban desde Plácido Plácido Plácido Plácido

Y NO.

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No vieron Plácido y su hija a Ramón César. La muchacha aprovechó el viaje para que un oculista le examinara la vista Todo estaba perfecto en la vista. Quiso entonces Swain unos lentes ahumados. Los lentes le daban un as- pecto exótico-turista. Dije que quiso ir. Fueron. Estaban. Estuvieron en la capital.

Y NO.

No se calló la madre. Habló cuando regresaron. Se acercó

a la hija: ¿qué tal?, por fin regresaron, poco tiempo mu-

chacha, ¿cierto? Debieron alargar esta última salida, que- darse, digo: aprovechar más. Swain no tuvo otro pensa- miento ni otra intención: derribarla, aplastarla, quitarla para siempre de su lado. No convenía así. Pero aquello de última salida. ¿Qué es lo que ha dicho? ¿Qué pretende? Es una egoísta.

Sabe que papá la desprecia. Eso es todo. Tampoco debía quedarse callada. Se volvió desafiante: ¿El asunto es que pretendes marcharte con tu hijo? ¡Vaya! Dilo alto para que todos se enteren, para que todos te oigan. Escúchame: no te irás con él. Ya te conoce mejor que nosotros. No vendrá por ti. También te odia.

El patio se estremeció con la carrera de un potro viejo

acosado por las avispas. Se agitó el potro aún más con los peones que trataban de detenerlo porque corría corno sin ver saltando la alambrada con púas de acero que cortaban

la carne del animal levantándola en tiras.

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ESCENA XIX

"ELECTRA. —

que lo sabe en Grecia, tú te mostrabas alegre en cada victoria de los troyanos: cuando la suerte les era adversa, tus ojos se ensombrecían, tampoco deseabas ver regresar de Troya a Agamenón. No obstante, te sobran razones para permanecer dis- traída: tenías a un hombre que valía más que Egis- to: Grecia le había proclamado jefe de su ejército. Los escándalos de tu hermana Helena te permit- ían adquirir una noble fama; el vicio, por contras- te, pone de relieve la virtud."

yo soy la única mujer

Además,

Hay un propósito de expresividad puramente físico que puede conducirme al riesgo de seguir un camino equivo- cado. Para no desviarnos sería conveniente escuchar a Pawels: en las civilizaciones antiguas se habla de la pa- sión, pero a ésta se la describe como una demencia que provoca muertos, homicidios, desórdenes e imbecilida- des. La padecieron Medea, Fedra y Dido. Todas las mu- chachas de Eurípides, agrega Helene; y también miles de seudo vírgenes que toman anticonceptivos. No hay que dudar que la toma la pareja que se besa en la carretera que va de Atenas a Eleusis. Dije que se besa, no se qué, de- ntro de un automóvil ¿SAAB? No. ¿VAUX HALL? No. ¿PACKARD? No. ¿TAUNUS? No. ¿ZODIAC? No. ¿AUSTIN? No. ¿PONTIAC? No. ¿VOLKS-WAGEN? No. ¿MERCEDES BENZ? No. ¿NSU? No. ¿CHRYS- LER? No. ¿OLDSMOBILE? No. ¿PLYMOUTH- VALIANT? No. ¿FIAT 100?

600?

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¿500?

No. No. ¿RENAULT? No. ¿SINCA? No. ¿ANGLIA? No. ¿CONVERT? No. ¿CÓNSUL? No. ¿DAF? No. ¿DAIHATSU? No. ¿FORD? No. ¿TOYOTA? No. ¿HIÑO? No. ¿ACADIAN? No. ¿CADILLAC? No. ¿PEUGEOT? No.

¿MORRIS -Minor?

¿MORRIS I 100'.' No. ¿DEBONAIR? No. ¿MINICA'? No. ¿No está usted bien de la vista o es que le molesta ver el asunto? Ésta es su última oportunidad, vamos si acierta: ¿CARAVELLE? No.

¿OPEL CADET? No. ¿D.K.M.? No. ¿CHEVROLET-Corvair 66? Exacto.

Ahí dentro se agitan y hacen buches de saliva. Exacto. En resumen, eso de Pawels o de perencejo o de zutanejo, etc. etc. es el gran quebranto universal. La enfermedad fue diagnosticada en el paraíso. Primeras víctimas: Eva. Adán. Adán. Eva. Él. Ella. Los dos. Adán y Eva. Por los siglos de los milenios, amén. Vamos: ¿y quiere usted que yo me trague que esto es una novela? ÍDEM.

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EVA–CLITEMNESTRA–ELECTRA–ROSAURA– SWAIN.

EVA–CLITEMNESTRA–ELECTRA–ROSAURA– SWAIN. (Petroglifo Prehistórico. Isla de Swain. Dominicana) 103 104

(Petroglifo Prehistórico. Isla de Swain. Dominicana)

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CAPÍTULO 22

ERA DOMINGO. De los campos entraban los "rosa- rios" en procesiones. Llegaban con rezos y cánticos. Por- taban pencas de palmeras con las ramas tejidas, formando cruces, ramilletes de flores, o eran, sencillamente, el reto- ño retorcido de la penca más nueva.

Llegaban los peregrinos con las ramas para ser bendeci- das. Era domingo y se iniciaba la Semana Santa. Don Plácido y la hija se fueron sin decir nada a sus amigos. Pasaron toda la semana en la capital. Siete días después, aprovechó la doña las ausencias, enjaezó la yegua con una banasta y se fue al pueblo para hacer algunas compras en el almacén de don Tiburcio. "La creíamos en la capital ayer vimos allá a don Plácido y a Swain". "Encantados"

fue el único saludo que dieron por respuesta a los Martí- nez cuando se encontraron con ellos en un restaurant situado en la Avenida Independencia. "La creíamos"

Al día

siguiente del encuentro de la doña con los Martínez fue domingo. Bien, Regresaron don Plácido y la hija. Des- pués de escuchar de su madre: "será la última salida", no tardó Swain en desafiarla: le pidió al padre que la llevara al cine. Los caballos relincharon cuando fueron aguantados frente a nuestra casa. Tila dijo en la cocina: pobres difun- tos, tendrán serenata esta noche. ¿Por qué hablaba así? ¿Qué quería decir? Helene sabía que se expresaba en esa forma cuando encubría algo que consideraba que ella no

"Ayer vimos

"

"Encantados

"Pensábamos

que

"

debía saberlo. Pero se privaba de hacerle presión porque

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sus frases eran como sentencias, a veces motivaban casti- gos. Cierto que desde pequeña, yo, Helene, he sido cu- riosa. Me golpeaba esa manera suya de expresar algunas cosas. Hablaba teoremas.

Me quedé en la cocina. "Son unos tragones de hombreci- tos". Agliberto estaba en cuclillas junto al fogón. Tomaba café, Agliberto: "Créelo, Tila: entierran el dinero para guardarlo y después se llevan casi todo lo que ganan aquí. Solamente comen hombrecitos". Yo había leído sobre los caníbales, pero el tipo me confundió aun más cuando agregó: son unos negros que tienen mucha fuerza. Cor- tan cada día varios cordeles de caña. El tiempo que les queda lo pasan en riñas, averiguaciones, asaderas de bata- tas y de hombrecitos; casi siempre terminan a mediano- che con una fiesta de brujería: un baile vudú". No pude contenerme: Agliberto; ¿quién te ha leído eso? "Nadie. Son cosas que pasan en el batey del ingenio de caña.” Helene se alarma con la cantidad de hombrecitos que come esas gentes. Son raros esos haitianos. Mi imagina- ción se dilata aun más: pienso en enanos, también en hombres normales de estatura muy pequeña: tragados:

digeridos: defecados por haitianos. ¿Pero es cierto que comen gente? Tila me tomó por una mano: niña, vete a la sala, deja tu cerebro tranquilo, qué gente ni gente, ¿no sabes que los campesinos llaman hombrecitos a los aren- que? Obedecí: caminé casi en puntillas hasta llegar a la sala donde me dejé caer en una butaca cómoda, junto a la cual había una mesita, con todo el tope cubierto por una espesa capa de polvo.

Minutos después reventó un trueno.

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Una luz zigzagueó por toda la casa.

Escuché la voz de Agliberto.

"Diantre, el rayo mató la perra".

Continúe trazando garabatos.

Pensando en la película.

En la buena suerte de Swain: ella estaba en el cine. Yo, Helene, ignorando mi destino de su futura biógrafa, es- taba aburrida, como una idiota sentada. En una butaca. Oyendo como el cielo se caía en capas de agua. Re- ventándose.

Rodé un dedo sobre el polvo: quedó mi nombre. Luego supe que la granizada había rajado en bandas las hojas de tabaco que quedaban en las matas. Más tarde, que las plantas de frijoles, cubiertas de tierra y de agua, también se perderían. Y mucho mas tarde aun: que lo que hacían con los haitianos se llamaba: explotación del hombre por el hombre.

ESCENA XIX "ELECTRA. — Si la justicia consiste en devolver asesinato por asesinato, es con tu muerte que tu hijo Orestes y yo hemos de vengar a nuestro pa- dre

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[ANCIANO:]. — No hay grandeza que valga tanto como un hogar humilde guardado por una esposa fiel."

Dormí aquella noche con deseos de acabar.

De romper.

De cambiar o trastocar algo que hiriera el mundo.

Que aplastara a alguien conocido.

Todo aquello provocado por un rotundo: esta noche no hay cine para ustedes. Fue tanto el rencor que mi volun- tad y el nombre de la amiga sólo se gastaron después de la medianoche. En un recodo sin límites.

Donde termina la vigilia y se inicia el sueño.

Dormí profundamente. A la mañana siguiente, al desper- tar, sonreí.

Pensé en Agliberto.

Sonreí.

Era simpático aquello que llegó a asustarme: lo de las gente que comían hombrecitos. Era imposible valorar aquello, entonces. Eso de ser machetero.

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Aumentó Fidias su fama inspirándose en obras que des-

cribían los textos relacionados con los dioses. "La Teodi- sea", ¿era o no fanatismo ese culto perenne en tantos templos griegos? Leemos en La Biblia los ataques de los profetas contra la adoración de ídolos. Habla Jeremías:

el culto de la nada, leños cortados en el bosque o

piedras labradas con buril por mano de escultor". Pienso otra vez en el Museo de Atenas, monumento construido a imitación de la época clásica. Mármoles claros y paños escarlatas. La estatua de Athenea es una copia romana. El vaso de Euthymides que representa al guerrero que se pone la armadura está en el Antiquarium de Munich. La cabeza del Auriga se quedó en Delfos. Un pormenor de un friso del Palemón con aurigas está en el British Mu- seum. TARJETA POSTAL - ATENAS/ VERA- NO/1967.AMIGOS: sin embargo, lo que existe en el Museo de Atenas es en tal cantidad y calidad que para verlo y estudiarlo se necesitan muchos años. ¡Qué gran- des eran esos griegos de antes! Siempre. HELENE.

es "

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CAPÍTULO 23

¿QUIEN ES SWAIN para que se preocupen tanto por ella? Respuesta sin organizar: ¡Viva el mundo moderno!- Locos que escupís contra todo- Usted cree que todo tiempo futuro será mejor- Nosotros tenemos nuestras propias creencias- El hombre cósmico es hombre nuevo - El más pequeño liquen probaría que la vida no es una enfermedad rara- Entre los hombres se encuentran las verdades que esperamos- ¿Qué pretenden del mundo USA, URSS y CHINA MAO?- Las máquinas copian los comportamientos humanos- El cerebro y los robots- No se defraudan los que admiten que la muerte llega- Des- ayunar en Dominicana, almorzar en Madrid, cenar en París- dormir con alguien cariñoso en Bruselas- ¿La amis- tad o lo que ofrece un amigo? -Cuando ya no queda nada por decir usted está muerto-. Este libro no dejará de inte- resarle, es la biografía de Swain. Será como sacar a pública subasta su retrato. A mí, Helene, su biógrafa, también me inspira el sentimiento de la discreción. Pero creo que mi móvil es injertar en su cerebreo lo que no le dará su razón: el conocimiento real de ella. ¿Acaso debemos re- chazar lo que nombramos? De Diderot su Lettre sur les aveugles. Cito un libro, pregunto: ¿conoce usted ese li- bro? En sobre "Héroes y Tumbas" Ernesto Sábato mueve un ballet trágico con personajes auténticamente ciegos. Cité dos libros: podría citar miles de libros. No importa. Lo interesante en esta Hora 60 y tanto (67 68 69) del siglo XX, es que los literatos dejemos de hablar de noso- tros. "Temo lo que hay en la carpeta de los sabios", decía

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Khruschev. Terminemos de una vez: el señor Quintin Hogg estuvo a cargo de la Cartera de Ministro de cien- cias del Gobierno de Sir Alex Douglas Home. PUNTO

Pasaron don Plácido y la hija ocho días en la capital. Hospedados en un hotel situado en la principal arteria comercial. "Encantados'', fue la única respuesta sumada al saludo que dieron a los Martínez cuando se encontraron con éstos. Estaban en Santo Domingo. Hija: esta es una ciudad con mucha historia, la más vieja de todas las de

América. Tenemos que dedicar parte de nuestro tiempo para conocer la parte histórico—colonial, con sus detalles artísticos y arquitectónicos. Comenzaremos por la Cate- dral Primada. Por la Catedral comenzaron. Por la noche, durante la cena, recordaba de este monumento: Gótico español por dentro, con sus arcos de ojivas, etc., etc., etc., y Renacimiento por fuera. Ella anotó en su libreta:

Balcón interior con Cantería -niños cantores- a la manera de Lucca della Robbia en Florencia. Boca-capillas góticas y románicas en los laterales. Trono labrado en caoba, hermosa madera de color morado como la describió el historiador Fernández de Oviedo. Trono labrado en cao-

(No, está anotado -se dijo). En el respaldo Este;

ábside con contrafuertes. Fachada principal de estilo re-

ba

nacentista italiano, con columnas clásicas compuestas, hornacinas, puerta central con parteluz, coronamiento clásico de frontón.

Don Plácido leyó lo escrito por Swain. Muchacha, no dejes de poner lo del campanario. Le dictó lo del campa- nario:

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Se proyectó tan alto como la torre del Homenaje de la

Fortaleza. Hubo protestas e intrigas que llegaron hasta el Rey. La torre podía servir como posición estratégica a los enemigos del clan del gobernador. Lo que vemos ahora fue una solución tardía: presenta varios arcos, además, no guarda relación con el resto del exterior.

Visitaron el Alcázar, palacio de los Virreyes, el hijo del Almirante, llamado don Diego, y de su mujer: doña Mar-

ía de Toledo; de la casa de los Duques de Alba. En el

programa también estaban anotados:

Ruinas de los conventos San Nicolás de Bari y San Fran- cisco; el Baluarte del Conde o Bastión de la Independen- cia Nacional, puerta principal de la antigua muralla que protegía la ciudad colonial.

Dejaron la mañana del sábado para visitar el Museo Na- cional. Allí llegaron el sábado, Swain anotó en su libreta:

MANIFESTACIONES CULTURALES DE NUES- TROS ANTEPASA-DOS INDÍGENAS:

Vi hachas petaloideas, hachas de cuello y hachas enman-

gadas; morteros con sus majadores de piedras con cabe- zas antropomorfas, antropozoomorfas y fitomorfas. Hermosos collares líticos, algunos con cuentas de doble perforación y con amuletos tallados en hueso o en piedra. Espátulas vómicas talladas en huesos de pez Manatí, usa- das por las vírgenes para purificarse antes de los rituales llamados Areítos, que los había de guerra y otras celebra-

ciones. Guayos de piedras en forma de escudos, usados

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por los indios para desmenuzar la yuca con la cual prepa- raban su casabe o casabí. Hay muchas vasijas de barro, de diferentes dimensiones y tipos: redondas, ovaladas, navi- culares, de doble cuerpo, chatas, con asas o sin asas, las asas a veces de gasa., etc. En estas piezas cambia el color del barro que va de rojizo a amarillo. Contribuye a esto el engombe para la cochura. Hay burenes de barro cocido, de los que usaban los indios para cocer al fuego su casabe.

El padre tomó la libreta y siguió escribiendo:

Varios ídolos de piedra y de barro cocido, con represen- taciones sexuales masculinas y femeninas. Y los vaciados que reproducen los Petroglifos de Chacuey: hombres, animales, pájaros, etc. etc. También están las cabezas pétreas de Macorixes, donde el indio llega a la escultura. Los maravillosos Trigonolitos o piedras tricúspides que abundan en la región sureste del país, considerados como dioses protectores de la agricultura. Es imposible anotar todo lo que tiene el Museo; pero si algo no puede faltar en esta relación es el duho, asiento de cacique o personaje importante. Don Plácido y la hija no eran unos tontos. Ambos habían estudiado desde pequeños en colegios del pueblo.

Cuando se despidieron del dueño del Hotel le confiaron su propósito: ¡Volveremos pronto!

Entonces no calló la madre: habló cuando regresaron:

nunca dijo nada antes: ahora se acercó a la hija: ¿Qué tal? ¡Por fin regresaron! Poco tiempo, muchacha, ¿verdad?

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Debieron quedarse largo para aprovechar esta última salida.

ESCENA XIX "EL CORO. — La esposa se escoge al azar y co- mo en el juego de dados, vemos a unos felices y desventurados a otros".

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CAPÍTULO 24

ESCENA XIX "CLITEMNESTRA. — Tu afecto, hija mía, se in- clina siempre hacia tu padre. Es la naturaleza:

ciertos hijos toman incondicionalmente el partido del hombre; otros, en cambio, prefieren la madre al padre. Quiero perdonarte, hija mía, pues no tengo demasiadas razones para alabarme de mi conducta".

Le dijo don Plácido: pierde el temor muchacha. Fíjate, a pesar de todos los nubarrones, detrás de aquella nube clara que está en el fondo anda la luna.

No lloverá.

La hija escuchó la sentencia y repitió: no lloverá.

Por la tarde habían llegado los dos en un automóvil público a la ciudad, cenaron en un restaurant, luego se fueron al cine. A la salida se le hizo difícil encontrar otro vehículo para regresar. La única solución: emprender a pie el camino que los vecinos acostumbraban a hacer en una hora. Se resolvieron. Iniciaron la marcha, temerosos de las nubes pesadas y negras que con inesperada fre- cuencia se descargaban en torrentes para limpiar el cielo:

para exhibir la luna. Pero esa noche el viento arrastró los nubarrones: despojó de la capota negra el cielo donde quedó brillante al astro como una moneda de espejo. En

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el camino y sus alrededores todo se fue desnudando con la luz intensa: las casas: los árboles: algunos animales desvelados.

María Sacramento oyó los pasos sigilosos que se iniciaron luego del golpe de la puerta trasera de la casa. Observó una sombra. Pegada a la rendija de un desmantelado cuar- tucho para trabajadores donde había vivido más de vein- tidós años, repito: que pegada a la rendija observó la sombra. Se movía.

Cuando la luna perfiló la silueta Sacra quiso gritar, dete- nerla.

¿Donde irá mi doña? Santo. Santo. Santo. Santo. Señor de los ejércitos.

¿Dónde irá mi doña

cruzó el trecho que estaba delante de la casa, y al llegar al

camino tomó la dirección del pueblo. Santo. Santo. San- to. Señor de los ejércitos: se van a encontrar: ¡Magnífica! ¡Protégelos! Hilario la tiró con fuerza:

Continuó avanzando la figura,

?

Sacra, venga pa’cá, coja eperencia en cabeza agena, nose- oivide de Chano.

Con una bocanada de aire el marido apagó la débil luz que se retorcía en el pabilo de la jumiadora de zinc. Cuando Sacra cayó sobre el catre le pasó la mano por el cuerpo y notó que estaba completamente vestida. Tam- bién que respiraba con mucha fatiga, que le daba golpes

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de susto el corazón. Seguía escuchando la letanía de su mujer: Santo, Santo, Santo

¡Hilario, Hilario, ven, corre! ¡Llega pronto! Hilario se precipitó agarrándose los pantalones, el cinturón estaba en el suelo y pensó que perdía tiempo si lo recogía. Co- rrió cuando escuchó los gritos desesperados de su mujer. El machete collins estaba tirado debajo de la mata de aguacate. A la sombra del mismo árbol permanecieron los dos: sin moverse: sin mirarse. El arma estaba manchada de sangre. Dije que sin moverse: sin mirarse: como dos piedras humanas. El golpe que produjo la caída de un fruto grande y lleno los sacudió. El marido avanzó y tomó el machete.

Atempérate mujei que te pué tocai de la rifa como ai Ga- go.

La Sacramento lo apartó: déjame, sí, tengo miedo. Tú solamente piensa en aquello y no te importa que los pe- rros tenga tres días ladrando. Óyelos como aúllan con temor y pena: parece que están viendo ánimas. Hilario frenó una risotada.

Dueímete mujei, eso te faitaba, creei enesa pendejá del perro. Le respondió con una patada, luego: déjame, hom- bre, que lo que te importa es el diablo que te anda en el cuerpo: levántate y busca otra. Definitivamente la Sacra- mento se sentó en el borde del catre llena de ira porque el marido no se unía a su pensamiento, a su preocupación, al interés, al afecto y a la gratitud que estimaba debían guardar a sus amos por los veintitantos años de trabajo esclavo con que habían servido. Duérmete, cagón, eso eres, puñetero. Segundos después el hombre dormía y roncaba como una bestia. Agotada por la faena del día, comprendiendo que era impotente para detener lo que se provocase, sacudió primero, y luego con palabras des-

Te lo dije mujei quequídiva apasai lo de Troya.

Fuere cual fuere el lío, el lechero aplicaba la frase que tanto le asustaba cuando era pequeño y el maestro de la escuela rural tomaba el garrote para pegarle a los mucha- chos que no sabían la lección: "la letra con sangre entra". Hilario lavó el machete y lo guardó en la enramada de- ntro de una árgana sobre la cual dormía Maritza, la gata de Swain, que estaba parida.

CABLE: ATENAS/VERANO/1967. AMIGOS: acabo de terminar el capítulo 24 punto sucedió lo de Troya punto Hilario tenía razón punto HELENE.

 

ESCENA XIX "CLITEMNESTRA. — ¡Oh, desdichada de mí, qué proyectos he concebido! Impulsada por mi cólera contra mi marido he llegado más lejos de lo necesario!

pertó a Hilario para entregarse al reclamo acostumbrado. C' est toute. [Fue todo].

Por la mañana cuando despertaron había mucha luz. San- to. Santo: qué dirá mi doña. Se puso el traje, sin peinarse

y

con el pelo desgreñado salió corriendo con dirección a

la

cocina. La cocina estaba cerrada. La casa estaba cerrada.

 

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ELECTRA. — Ya es tarde para lamentarte, ahora que el mal ya no tiene remedio. Mi padre está bien muerto "

121

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CAPÍTULO 25

AHORA QUE están de moda nuevas modas literarias, defendidas con énfasis en los manifiestos pro—liberación de la escritura y un nuevo lenguaje, y se ha ampliado el vano de la puerta abierta, en cada horizonte olas profun- das se encrespan hacia una concepción no aristotélica, en búsqueda de lo informal, pero siempre con auténtica va- lidez humana, es decir: representativa del HOMBRE - CARNE, HOMBRE - HUESO, HOMBRE - HAM- BRE, HOMBRE - MISERIA, HOMBRE-DOLOR, HOMBRE - ODIO, HOMBRE - AMOR, HOMBRE - JUSTICIA, HOMBRE - IGUALDAD. De ese hombre que con sus palabras o malas palabras expresa lo que piensa o siente con sus palabras o malas-palabras. Eso con sus razonamientos lógicos o con su tontería, puesto que todos los hombres no son lógicos ni sabios. Hablo del nombre que llama rana a la rana y usa el sexo en su doble función de orinar y fornicar sin necesidad de Mez- calina para dejar desnudos su pensamiento o su acción. Aprovechándonos de esa libertad puesta en vigencia por los de la rebelión, damos entrada aquí a un retazo que casi hilvana con los anterior, y en el que Mr. Aldous Huxley hace alusión a uno de los ejemplos clásicos de diálogos compuestos por el ZEN, y que Suzuky, que le toma prestado, aplica al ejemplo del novicio que pregunta al maestro: ¿qué es el cuerpo de Buda? (como si pregun- tara cuál es la esencia de la realidad de Buda). Y el maes- tro responde, con el brusco despropósito de los herma- nos Marx: "El seto al fondo del jardín". Si el novicio des-

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concertado insiste, quizá reciba otra respuesta: "El cuer- po de Buda es un león con una crin dorada". Bajo el poder de la Mezcalina puede quedar anulado el pedante saber de cualquier sabio retórico.

¿Qué tengo yo para ganar o perder con este libro que no encontrará editores, porque dirán que no es una novela, ni nada que sirva para anuncio? Que Helene no es retóri- ca, etc. etc

Que la señora Helene es antilógica porque no se quedó pegada como una traza a la tradición inmemorial.

¿De qué se burla? Respeta a los que hicieron de la razón la más alta y noble función humana, el centro de la per- sonalidad. Y esas preguntas o respuestas ¿de dónde vie- nen? ¿adonde van? El simple y buen sentido nos aconseja revisar a Homero, Esquilo, Sófocles y Eurípides que se la pasaron hilando crueles y hermosas mentiras.

CERO Mezcalina. Terminemos rápido: "Cuando recoges agua en tus manos, la luna se refleja en ellas: cuando tocas las flores, el perfume invade tus vestiduras." Hoyen, poe- ta amigo: Yo, Helene, Biógrafa de Swain, estoy interesada en ésas y otras cosas, especialmente en estas: cuando un niño llora, pienso que tiene hambre: que necesita comer. Cuando una condición infrahumana aplasta a millones de hombres: pienso en los que tienen repletas las despensas y en las conservas en latas que se oxidan. Exacto.

Faltaban cinco minutos para las doce de la noche. Cinco minutos. El fiscal miró el reloj cuando se echó en la ca-

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ma. Se cubría con la sábana. Sintió que tocaban a la puer- ta. ¡Puñetero cargo, ni dormir dejan a uno! Era Swain. Tocaba a la puerta del fiscal: por favor, pronto, venga usted conmigo. Cuando caminábamos de regreso a la casa mi padre y yo fuimos sorprendidos por un descono- cido: pocas palabras para un desafío: entraron al cemen- terio: el otro se adelantó asestándole una puñalada por la espalada, sin perder tiempo le desprendió la mano dere- cha, y, finalmente, le fue encima cortándole por varias partes la cabeza. Este es el puñal de mi padre: está limpio. Yo tuve mucho miedo, solamente me acerqué cuando vi que el asesino huía. Quedó completamente muerto. Cayó entre dos panteones: el de los Caminos y el de la señora Petra.

El fiscal fue con más autoridades al lugar del hecho.

Después del examen la hija le suplicó que no lo llevaran a la casa.

Que lo llevaran a la sala para velar cadáveres que había en el hospital del pueblo.

-Allí lo prepararían mejor.

Allá llenaré todos los requisitos.

Volveremos a traerlo al cementerio.

Para nadie fue raro que la doña no tomara parte en el asunto del entierro, etc. etc. etc. Hasta las autoridades se

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olvidaron de su existencia en un momento tan crucial, complicado e importante. Aquello había sido un crimen.

La hija mandó un recado a Ramón César.

Con las primeras luces llegó el muchacho al hospital.

—Es prudente que le avisemos a ella, no olvidemos que es su mujer. Con mucha timidez Swain se acercó hasta alcanzar con una mano la cabeza de su hermano:

—¡Digo que es mejor que no!

Swain pudo apreciar la voz y los gestos y reconocer al victimario.

—¡Digo que es mejor que no!

Nada tenían que ver Ramón César, ni el Gago ni la Sa- cramento ni su marido, que era tonto, pero fiel.

—¡Digo que es mejor que no!

Las autoridades se disculparon con Swain por las moles- tias y las muchas preguntas del interrogatorio.

Era la hija del cacique; de don Plácido; el mandón; el guapo; muerto el perro se el que dominaba toda la región;

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el que aseguraba los votos a los políticos; el que solicitaba a los políticos cargos para los amigos:

el que desplazaba de su puesto a la autoridad que no le convenía.

El coche fúnebre iba delante. Réquiem.

Sin sacerdote ni clérigos. Réquiem.

Don Plácido era su dios e iba hecho tiras en un cajón de lujo. Algunos amigos llegaron al hospital para enterarse: quer- ían saber si estaba muerto: Era todo. Swain no echó de menos a ninguno de ellos.

Su padre iba delante, en el coche. Réquiem.

Hecho tiras. Réquiem.

Los dos hijos detrás.

Hechos tiras. Hoc est en im corpus meum.

Querían saber si estaba muerto, qué caray, acabó la rabia. Era todo.

Así volvieron por el camino que les parecía suyo hasta llegar al cementerio, a menos de doscientos metros del hato de la doña. Luego de guardarlo, digo: de dejarlo en el panteón de la abuela, Ramón César acompañó a Swain hasta la entrada del portón que daba al camino. Al fondo estaba la casa con todas las puertas abiertas. Alcanzaron a

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ver a su madre, moviéndose con sus pasos lentos. No comentaron nada de la madre, pero el muchacho se fue cargado de rabia y se puso desesperadamente furioso, etc. etc. etc., como si Swain le hubiese transmitido ese mismo estado suyo y sus pensamientos también. Tenían que

cortar la escena: sin despedirse, ella le dio la espalda y caminó hacia la casa. Él también se marchó hacia la caso- na que había heredado de la abuela. Ahora notó que el Gago la había pintado con colores chillones. Estaba pin- tada así desde hacía más de seis meses, pero en ese mo- mento le molestaron aquellos colores, aquellas tonalida- des chillonas tan exageradas. Al frente le esperaba un grupo de vecinos. No fue una sonrisa ni una mueca, pero

sí un gesto como de agradecimiento que acentuó levan-

tando una mano para saludarlos a todos a un mismo tiempo, sin detener sus pasos. Cerró la puerta. El Gago estaba ahí. Se abrazaron. Lloraron como no habían llora-

do a la abuela. Con fuertes lloros. No por don Plácido sino por la tragedia que levantaría más polvo sobre el nombre del muchacho que tanto cuidaban los dos.

ESCENA XIX "ELECTRA. — Pero a tu hijo que vive errante, lejos del país: ¿por qué no le haces volver? CLITEMNESTRA. — Tengo miedo, y mi bien cuenta para mí antes que el suyo. ELECTRA. —¿No cuentas, pues, con un esposo feroz para combatirnos? CLITEMNESTRA. — Es su naturaleza, y tú: ¿no eres por ventura intratable?"

Y sí.

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María Sacramento caminó hacia donde estaba Swain, la cual lucía fatigada, desaliñada, y evidentemente colérica. Niña: aquí está tu café.

No tomó el café.

La Sacramento e Hilario estaban enterados de todo. Él era analfabeto, hablaba como los del monte, pero se las traía con inteligencia y malicia para averiguar lo que le interesaba. Luego de limpiar el arma se fue inmediata- mente al pueblo, sin esperar mandato alguno. Allí lo supo todo. No perdió un minuto: regresó a galope del caballo clavado con la espuela. Llenó la pipa con tabaco de andu- llo, se fue acercando hasta pegarse completamente a su mujer, y casi en secreto le contó lo que había averiguado.

Ecapá deaseis traei la juticia pa nojotrodo. Ellos encontraron un machete lleno de sangre y lo lava- ron. Eso era todo. Pero temían. Aumentó el temor de Hilario cuando la doña abrió la puerta. Se asustó sin di- simularlo. Pensaban que ella había cogido un camino sin rumbo, tal vez elegido un pueblo desconocido, o que estaba escondida y desaparecería para siempre. En la campana del reloj del pueblo que se escuchaba clara esa mañana clara, Hilario como un autómata contó once golpetazos. Abrió la puerta y bajó. La mujer.

Y sí.

Asomó la doña y le gritó al lechero: pronto, váyase al pueblo con la leche para que no se dañe.

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-Yatá enei pueblo midoña.

Bajó la mujer al patio, dije, y siguió caminando hasta la mata de aguacate. Hilario, que guardaba en un carretón las vasijas vacías, se estremeció. Dejó las vasijas y fue directamente a la enramada. Le entregó el machete. El arma estaba limpia. La recompensa no se hizo esperar: te callarás, o diré que has sido tú! El hombre bajó la cabeza y sin mirarla caminó hacia atrás. Cuando estuvo un poco lejos se detuvo; depriocúpese midoña.

La Sacramento que vio y escuchó todo se puso colérica, con temor de que le hiciera daño a los dos. La vieja servi- dora se fue a la enramada, allí pasó todo el mediodía y el resto de la tarde. La señora no la llamó, ni dispuso hacer nada de comer. A las seis la noche se había adelantado: la casa estaba a oscuras: recordó que había subido con una taza de café para Swain. Que la taza estaría allí. Allí esta- ba la taza. Sobre el líquido azucarado que había en la taza flotaban varias moscas muertas. Sintió asco. Deseos de vomitar. Cerró los ojos hasta llegar al patio. Botó el líquido. Fue mejor así: que no la llamara nadie: que no le hablara nadie: que la dejaran en paz. La muerte de don Plácido era para la Sacramento algo que también quedaría sin castigo: como la muerte de Chano. Así se quedarían las cosas otra vez. Y la Sacramento pensaba, razonaba, sabía que la justicia era para los infelices, lo sabía y lo juraba, porque estaba segura que no tocaría a la puerta de la casa de Plácido González. Exacto. No se aplicaba a gentes como los González. Exacto. Ni a los políticos corruptos que apuntalan gobiernos podridos.

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Lo cierto es que llegué cansada.

Hoy pasé el día recorriendo una pequeña aldea al norte de Atenas. La iglesia bizantina es una joya, cuyo valor aumenta con algunos iconos del siglo IX, incensarios y candelabros trabajados en bronce, también muy antiguos. Lo cierto es que pasé el día caminando por la aldea y el campo que tiene junto a la aldea la familia de Plaxitelous Karolu: caminando entre higueras llenas de frutos gran- des y maduros. De algunos olivos ancianos que todavía ofrecen espléndidas cosechas.

Lo cierto es que debí dejar para escribir mañana todo lo anteriormente escrito, pero ¡ya! , lo escrito escrito escri- to está.

Además es el material que hace este capítulo. Y acabo de tomar un litro de Metaxa. Lo sé bien, se cumplirá el propósito de olvidarme de todas esas tragedias.

Tengo entre las manos un botón para apagar la luz.

Única intención: dormir profundamente. Sé que voy a dormir.

Dentro de mi cabeza, que está muelle sobre la almohada, como en una cinta de palabras se corre una invocación del rishi que aprendí de memoria cuando me entusiasmé bastante con Los Vedas: "por Madhatithi, oh Indra!, po- deroso destructor de nuestros enemigos, poseedor de las riquezas, oh tú que inspiras en el temor! , engancha tus

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caballos color de oro y ven rápidamente a nuestra presen- cia, a fin de beber el sumo de la planta de la luna".

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CAPÍTULO 26

YO, HELENE, biógrafa de Swain, me acojo a la exposi- ción respecto del realismo que con economía de palabras ofrece García López en un compendio para estudiantes primarios: "Consecuencia de ello será la aparición de una serie de temas nuevos y de manera distinta de entender la literatura. En efecto, frente a la exhibición de la intimidad del autor, veremos ahora un mayor interés por la descrip- ción de la realidad externa. El escritor, más que de si mismo, hablará de todo cuanto le rodee, sustituyendo además el punto de vista personal por una referencia ab- solutamente objetiva de lo descrito. Ello le llevará tam- bién a prescindir de la imaginación y a observar con gran meticulosidad aquello que quiere llevar a su obra". ¿En- tendido? ¡Claro!

Con la medida de lo anterior es natural que Chico apa- rezca en esta novela con la dimensión que le corresponde. He aquí su nombre completo: Francisco del Pilar Gómez Santiago. Nos encontraremos con la vivacidad de este muchacho crecido, ágil y fuerte, que a los doce años lle- gaba al pueblo a todo el trote del caballo, con encomien- das de compras y de recados para los relacionados con la familia de don Plácido González. Con bastante frecuen- cia visitaba nuestra casa, le ofrecíamos algún dulce para inspirarle confianza y agradarlo. Lo cierto es que éramos unas pícaras curiosas y nos interesaba que nos contara cosas. Nos divertía aquello de que estaba enamorado de Swain, de que cuando fuera grande y rico se casaría con

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ella. Hacía gracia el muchacho con su montón de cabellos

crespos y despeinados: con los zapatos atado el par y pasado por entre el cuero con que se sujetaba el pantalón

a la cintura. Los llevo así porque me quedan cortos: los

llevo así porque no quiero que cojan lodo: los llevo así porque no quiero que pierdan el brillo: los llevo así por- que no quiero que se acaben. Pero Chico prefería estar descalzo porque así se acostumbró desde que dio los primeros pasos. Antes de marcharse pedía algo para Swain. Una flor, un dulce, etc. etc. Y agregaba: voy a venir un día a partirle la cabeza a los muchachos que la enamoran. Te llevarán a la cárcel. No importa: solamente don Plácido tiene derecho a estar con ella. Chico quedaba libre desde las diez de la mañana los domingos y días consagrados por el calendario.

Iba donde la tía.

A la madrugada siguiente antes

de las primeras luces regresaba al hato de la doña

y no era lejos la casa de la tía

a cincuenta metros del cementerio

un poco más cerca del pueblo que la casa de Plácido González. Luego que la tía se dormía,

se levantaba el muchacho,

se apostaba junto al camino cuando sentía las pisadas délos caballos. Quería ver a Swain. Eso era todo. Ver a Swain.

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Sabía que siempre era lo mismo: se marchaba al pueblo los domingos: él a los gallos, por la noche los dos al cine.

Regresaban juntos próximo a la medianoche.

Swain es un ángel. Sí mi ángel, un ángel, mi ángel. Tan pronto pasaban, Chico entraba al bohío, se tumbaba en el catre. Dormía tranquilo.

Despertaba antes de apuntar el sol. Con la misma frase:

Swain es un ángel.

ESCENA XIX "ELECTRA. — Te han dicho, supongo, que aca- bo de dar a luz. ¿Querrás ofrecer en mi lugar, pues yo ignoro los ritos, el sacrificio acostumbra- do para la décima luna (día) del advenimiento ? CLITEMNESTRA. — Esa tarea corresponde a la que te asistió en el parto. ELECTRA. — He dado a luz a mi hijo sin ayuda alguna CLITEMNESTRA. — ¿Tu hogar no tiene, pues, amigo alguno en la vecindad? ELECTRA. — Nadie quiere a los pobres por amigo. CLITEMNESTRA. — Pues bien, entraré en tu casa para ofrecer el sacrificio señalado para un na- cimiento cuando han transcurrido los días nece- sarios

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ELECTRA. — Entra a mi pobre casa y ten cuida- do de no ensuciar tu ropa bajo su techo ennegre- "

cido por el humo

Don Plácido había quitado algunos postes de los que aseguraban la alambrada de la cerca que servía de lindero

entre el cementerio y su propiedad. Pretextaba que así se acortaba el camino para llegar a su casa, que desechaba la cuesta que se hacía barro resbaladizo y peligroso cuando

caían fuertes aguaceros, etcétera, etcétera, etcétera

cían los vecinos: avei con la manía ma rara de crusai a cuaiquiei hora deidía o noche ei ciminterio. No debe importarle a nadie lo que hace el señor Plácido, si pasa es porque no es cobarde, y lo hace porque le con- viene así, replicaba furiosa la Sacramento, tratando de justificarlo. Vieja alcahueta, lambe olla, murmuraban los mismos vecinos de Sacra. Continuamos, ya se dijo en este mismo capítulo que lo que interesa es Chico: el mu- chacho se puso curioso aquella noche: Swain y su padre tomaron la ruta del cementerio. La noche estaba algo clara, había muchas estrellas. Se juraba que los vio entrar, pero le pareció muy raro que de repente no se sintieran las pisadas de los caballos; media hora después oyó un breve relinchar y sintió que los caballos continuaban la ruta por el fondo, en dirección a la casa.

De-

¿Tenían Swain y su padre algún pacto con los muertos?

¿Eran los muertos los que les daban las señales de entie- rros de tesoros a don Plácido? ¡Tan rico! Si, eran los muertos. Y Swain: qué valiente, sabía yo que no era como las pendejotas del pueblo.

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Hubiera

pasar para el pueblo acompañada de don Plácido. Chico se mantuvo excitado todo el día, a la espera del regreso.

querido

decirle

Sintió unas pisadas,

eso

ahí vienen,

con

ahí pasaron como relámpagos,

grito

y,

a

exacto, frente al portal del cementerio frenaron de golpe

todo

a

las bestias, entraron

luego, nada de cascos ni pisadas.

el

Chico no pudo contenerse, controlar su curiosidad:

mundo.

¿dónde estará el lugar del entierro del tesoro? Necesito

comprar tierras y animales y poder casarse con Swain.

Que ella hablara [hablaba]con los muertos en el cemente- rio era como una victoria suya. Nadie más tenía ese secre- to.

saberlo. Definitivamente se dirigió al cementerio. Quería ver, también el necesitaba dinero, mucho dinero para

Al día siguiente Chico lucía intranquilo, se movía sin sentido por todas partes, sin poner atención a sus debe- res, como un sonámbulo. Una obsesión lo dominaba:

tener confianza, poder hablar con Swain de los entierros de tesoros, él la ayudaría. Pasó Swain tres veces por su lado: tuvo la intención, cada vez, de detenerla. Todo era inútil: se quedaba inmóvil y mudo. Sencillamente: no se atrevía a nada. Swain me impresiona: es un ángel. Soy un baboso, si no me atrevo es porque me estoy volviendo un mierda como los otros peones.

-No me atrevo.

Y estoy en el sexto curso y soy un carajo. Se valoraba así porque, lamentablemente, sólo tenía un pensamiento que lo dominaba: la muchacha. El domingo siguiente la vio

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Se arrastró como un lagarto, pegado a los arbustos recor- tados. Vio los caballos amarrados a una cruz. Estaba agi- tado. Pensó: están aquí dentro los dos, aquí está ella. Oyó que hablaban con voz muy baja. Se acercó bastante.

Son ellos: hablan del tesoro. Quería enterarse para volver luego. Cuando no haya nadie que me espíe me llevaré el tesoro. Papá, creo que vi una sombra. No, no hay nadie

Él comenzó inmedia-

tamente a quedarse sin la suya. Chico los vio completa-

mente desnudos, entre dos panteones, el de los Caminos

y el de la señora Petra. Hay que tener valor para quedarse así, con el frío que hace, pensó el muchacho. Se acercó más. Aquello de ponerse desnudos se lo impondría el demonio, que del demonio dicen que viene el oro de los entierros. Me pondré igual, cuando venga mañana me

por aquí. Quítate esa ropa pron

pondré desnudo. Una corriente helada como una mano fría sacudió el cuerpo del muchacho. Miedo, un poco de

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miedo, pero lo que verdaderamente lo alteró fue ver a don Plácido completamente desnudo delante de su ángel.

Fue estremecedor sensible para Chico ver a don Plácido desnudo delante de ver a Swain desnuda delante de

¡no no no no no no no y no!

Son cosas del demonio profanar los cementerios. No, no, son co-sas-sas dedel de monio, tartamudeaba nervioso. Junto a lo que estaba a su vista —que le parecía, bueno, bueno, no sé que-que-que e esto, (se decía) Digo que sentía miedo, porque se sentía entre cosas del demonio. Miedo. Hubiera querido refugiarse entre ellos, gritar para que lo socorrieran. No podía hacerlo, estaba a menos de tres metros. No escavaban tesoros, no excavaban— tesoros, no excavaban—tesoros, no excavaban—tesoros, no excavaban te

No buscaban tesoros. Chico había aprendido muchas cosas contemplando la naturaleza que le rodeaba. Las

cosas que oía a los muchachos de la escuela las relaciona- ba con la vida de los animales que cuidaba. Con la vida de los animales que cuidaba. Cuando sorprendía al toro con

la vaca corría con dirección a la cocina y le ofrecía apuesta

a Hilario: vamos cinco a diez que para marzo la vaca Jo-

sefa tendrá becerrito. Esas cosas de los animales lo entre-

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tenían, sin embargo, su curiosidad adolescente lo empu- jaba al monte para sorprender a los peones que hacían lo mismo con las mujeres que recogían las cosechas. Las agarraban y se tiraban con ellas sobre los matorrales, so- bre la hierba húmeda, sobre la hierba seca. Sabía que esto sucedía con frecuencia. Dije que sabía que esto sucedía con frecuencia. A la salida de la escuela se ponía escondi- do. Había sorprendido hasta al mismo Hilario con Ante- ra, la gordota que lavaba las tripas en el cruce de los dos caminos. Eso de Hilario le dio coraje: se lo voy a contar a Sacra para que lo mate a disgusto. No. No se lo voy a contar a esa vieja mentecata que se cree una sabia porque

vivió en el pueblo y allí fue a la escuela. Lo que sé de ella es porque vive repitiéndolo como una cotorra; y también aquello de que hablaba americano cuando trabajaba con la mister, la mujer del comandante que era otro mister que vino con un montón de soldados que golpeaban a los del

también a los del campo que no estaban con

pueblo

ellos. Qué caray, yo no había nacido. Pero me dicen que les tenían mucho

porque bajaron cogieron mucha tierra los gavilleros los obligaron

y esa vieja mentecata alabándose porque trabajó con místeres.

odio nuestra bandera para sembrar caña los de la capital a retirarse los del Cibao

Da pena como trata al infeliz

140

de Hilario, tan bueno. Todo eso lo fue pensando mien-

tras caminaba por el trillo hasta llegar a la cocina. Se en- contró con la Sacramento y la miró con rabia. Eructó. Jódete mentecata, pensó. Eso era lo que quería, lo que le hubiera dicho palabra a palabra. Cuando terminó de co- mer tiró el plato esmaltado: ¡que se joda! Esto lo dijo y ella lo oyó. Muchacho: ¿qué te pasa, te picaron avispas en el culo? Chico salió sin responderle.

Lo cierto es que a mí, Helene, biógrafa de Swain, me pa-

rece algo controversial la psico—biografía que se hace la admirable Guadalupe: "El arte de escribir es el arte de ver y hacer ver a los demás lo que uno ve. Los grandes escri- tores han visto a los dioses, pero sólo de la cintura para

arriba

mí me interesa o me conmueve? Soy una escritora que no

¿De qué quieren que escriba? ¿Qué es lo que a

cuenta relaciones sexuales, y no por timorata, sino por

buen gusto. Es difícil superar a Salomón, a Sherezada, la de las Mil y Una Noches, a Bocaccio, al Aretino, a Sade, a

mi amigo Sainz, el de Gazapo. Pienso que lo que hacen

son las cuentas de la lechera". Señores aludidos: permi- tidme la defensa: Exacto: doña Lupe no las escribe, pero se las sabe de memoria.

Don Plácido La hija Los dos no excavaban la tierra. No buscaban tesoros. Chico se estremecía. Lo repito. Se enterraba las uñas en la carne. Se rasguñaba el cuerpo.

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Estaban allí, desnudos, como las vacas, como los caballos. Swain entre los brazos del hombre.

El muchacho lloraba de indignación porque su ángel se ofrecía con la misma facilidad que Antera la que lavaba las tripas en el matadero del cruce de los dos caminos. Ahí de frente estaba Swain con el mismo desenfado de Antera con Hilario o con cualquiera de los peones que la atrapaban cuando bajaba o subía del río. Igual que Antera igual que Antera igual que Antera. ¡Juro que me vengaré de los dos! Se reconocía impotente para enfrentársele a don Plácido, se sentía herido, rebajado por la actitud de la muchacha. Estoy perdido, si me muevo o intento algo me matará como dicen que mató a Chano. De repente sintió que algo corría por sus muslos. Que tenía los pantalones húmedos. Que resbalando bajaba: diantre, estoy cagado. Mientras se sacudía don Plácido y la muchacha se aleja- ron. Chico ya no lloraba.

Se dejó caer, entre las dos tumbas se quedó dormido. Cuando abrió los ojos y vio tanta luz, como un autómata estiró el cuerpo y se levantó sin pensar que se levantaba y salió corriendo sabiendo que corría con dirección al arro- yo para lavarse. En la cocina María Sacramento, que le tenía guardado el desayuno, se le acercó para aconsejarlo:

oye muchachito, termina pronto de comerte eso, estoy harta de tí y de los desatinos de esta casa.

Chico no la miró. ¡Puñetera vieja! Vieja puñetera del cara

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Hizo a un lado la taza con la leche y el plato que contenía dos plátanos ya fríos ya duros. Salió con dirección al gallinero. Allí estaba la doña. Se quedó para ayudarla a desgranar maíz. A darle de comer maíz a las gallinas. A moler maíz para las palo- mas.

ATENAS/VERANO/1967 (PRIMER PÁRRAFO DE UNA CARTA) Amigos: Mi tiempo en Atenas se acorta cada día. Debo terminar aquí la biografía de Swain. Hace una hora eran las dos de la mañana. Escuché música que llegaba del roof—garden. Estaba en el asunto del maíz

para las palomas. Todo el capítulo 26 sin descansar. Subí. La Metaxa se me está haciendo un hábito. La luna tan crecida que desnudaba las colinas peladas y las laderas que se levantan y casi anillan a Atenas. Nadie tuvo que decírmelo: una era la Acrópolis, y el gigantesco esqueleto pétreo: el Partenón. Naturalmente, que pensé que lo de- más que había en la misma colina eran los Propíleos, el Erectheion, el Templo de Atenea, el de Zeus, etc. etc.,

etc., etc

Etcétera, Etcétera

Etcétera, etcétera, etcétera

Etcétera

Etcétera

Siempre,

HELENE

143

144

CAPÍTULO 27

HUIT JOURS à Créte.

Salida desde el aeropuerto de Atenas para llegar a Hera- kleion en menos de dos horas. El avión es pequeño. Vue-

la bajo. Apuntan en cadena las pequeñas islas, los islotes.

Una. Varias. O centenares de cabras. Cabras: cabríos;

macho cabrío de los sacrificios. Descendemos. Empeza-

mos repitiendo que en esta isla de Creta tuvo su origen la Civilización Occidental. Visita al Museo Arqueológico. Yo, Helene, confieso que en ninguna parte había visto sobre su propia tierra jarras más hermosas y perfectas que las maravillosas cerámicas que son estas jarras de Creta. Creta. El Centauro. El rapto de Europa. La mente a reta- zos se enreda en una malla de cuarenta siglos. Se enreda.

A retazos.

Visita a Knossos: todavía se conservan paredes y colum- nas hermosísimas con sus pinturas y colores originales, ¿qué has hecho tú Picasso? Labrado en piedra está en Knossos el trono más antiguo de Europa. En Europa:

menos tronos cada vez. Herakleion y Atenas y el resto del mundo con miles de vasijas de este regio palacio son un testimonio de la grandeza y esplendor anciano de Cre- ta. Y el trono que cité del Rey Minos. Visita al Aggia Tríade.

Quedaban,

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aún quedan trozos de columnas con sus capiteles pro- todóricos.

De aquí son los tres vasos negros con temas deportivos, agrícolas y guerreros que vimos en Herakleion. En Knos- sos, bajo la influencia de las pinturas el naturalismo fue penetrando cada vez más en los talleres ceramistas que llegaron a ser los más famosos del Egeo.

Al fondo: plácido Mar de Masara: por ahí llegaron los que destruyeron el palacio de Aggia. Pasaron muchos años para que el Aggia fuera Tríade, esto cuando los Bi- zantinos levantaron junto al palacio otra joya de arte: la capilla de la Santísima Trinidad. Subieron los aggianos, y en un altibajo: he ahí lo que queda de otro fastuoso pala- cio que levantaron: Phaestos.

Phaestos. Diría que el techo de cielo y nube es bajo, y que aquí el animal votivo tendría la compañía del buey de los cuernos hermosos con toques en rojo y azul, y la mu- jer con la diestra en el pecho y su izquierda en lo alto, el perro con su cabeza endiademada y una rigidez de ídolo:

todo maravilloso.

Pienso, pienso que ya Ráfols no existe. Me enseñó estas cosas. De nuevo en Knosos mientras me extasío ante el recolec- tor de Azafrán con el cuerpo azul verdoso, y este Prínci- pe de los Lises, de cuerpo ágil y en un tono ambarino. Creta ocuparía este libro y otros libros más. Pasajes gra- tis para que la humanidad llegara. Y este libro está dedi- cado a Swain. Tengo un compromiso que me impide

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marginarla porque sería una traición. Se desvanece un poco aquello de la compañía del buey de los cuernos hermosos con toques en rojo y azul.

Y SI.

La política de Chico fue hacerse necesario a la doña. Esto

era: acercarse y ayudarla. Hasta se volvió comunicativo contándole chismes de los vecinos e historias de los en- tierros de tesoros, de los ruidos y sombras que se agita- ban en el cementerio durante las noches de fiestas en el pueblo. Le afirmaba el muchacho: yo he visto esas som- bras y he oído esos ruidos.

Y SI.

Ciertamente, Chico había sentido ruidos y había visto sombras en el cementerio. La doña le reprochaba: deja las mentiras: eso es feo. Además, los muertos no salen, ni hablan, ni indican tesoros. Eres muy pequeño para mentir así, te lo repito: eso es feo. Lo decepcionaron esa mañana las palabras de su doña, sin embargo, ya por la tarde se había repuesto, y juró: trataré de convencerla. Le propu- so enseñarle lo que le aseguraba haber visto si se sentía dispuesta para presenciarlo, si se sentía con valor para resistirlo sin hablar una palabra.

Ella había encontrado en Chico, por fin, a alguien que le prestara atención, que le conversara, que tratara de entre- tenerla, que la ayudara a sobrellevar su soledad sin des- pertar recelo, egoísmo o maldad. El muchacho era inteli- gente: doña, pero eso solamente pasa los domingos o días de fiestas cuando los guardianes se ausentan y el cemen- terio queda sin gente por la noche.

147

Sí, si, muchacho, voy, iré, iremos. Mañana tomaremos el camino por dentro de la finca y comprobaré si es cierto lo que cuentas. A la mujer se le ocurrió esto como una nueva aventura: se agitó su pen- samiento recordando que cuando niña se alejaba de la casa hasta avanzada la noche; que ensillaba el caballo y se iba a Santiago donde gastaba el tiempo recorriendo las calles y mirando las tiendas. En ocasiones se fue de pesca con los primos a la Poza del Gato. Allí cogió una pul- monía que la enfermó por varios meses. Terminó de cenar. Se sentó en una mecedora y algo nerviosa se movía con un balanceo corto. Pensó: la noche de mañana. La noche de mañana estaba demasiado cerca. Se sorprendió de que tenía fuerzas, de que todavía era joven y le quedaba en su espíritu un hálito para la aventura. Y tenía a Chico para comentar su aventura. Se dijo:

qué bien me hace ese muchacho. Iría con Chico. Lo llamó: si, muchacho, iré. Iremos mañana.

ESCENA XX "ELECTRA. — El cesto sagrado está dispuesto; afilado está el cuchillo que imploró al toro, junto al cual caerás muerta. Aun en la morada de Edes permanecerás unida al esposo cuyo lecho com- partías sobre la tierra. Es todo cuanto puedo con- cederte, mientras tú vas a pagarme con la muerte de mi padre".

ESCENA XXI

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bóvedas del palacio y las alme-

nas de piedra retumbaron con estas palabras:

"¡Oh dolor! Me asesinas mujer, el día en que, después de diez años regreso a mi querida Pa- tria?"

"CORO. —

Las

Aquel domingo Francisco del Pilar Gómez Santiago se sintió exageradamente molesto. No pudo ir a ver a la tía como era su costumbre. Durante toda la mañana don Plácido lo hizo ir de un lado a otro: trae agua: seca esto:

suelta los caballos: échales yerbas: cómprame cigarrillos:

barre aquí: llégate al pueblo y dile al compadre Telé que me mande el disco dedicado a Valentino: ven pronto, etc. etc.

Aquel domingo don Plácido y la hija no se marcharon por la mañana a la ciudad. Cuando el muchacho llegó con el disco, luego de entregarlo a don Plácido, caminó hacia la mujer: doña, parece que es preferible dejar lo del ce- menterio para otra noche.

Le subrayó con énfasis: es hoy, Chico, hoy. Ya veo que tienes miedo muchacho, o lo que cuenta es mentira. Te dije ayer: iré. Iremos esta noche después de las diez. Le aseguró el muchacho, aseguró no, fingió el muchacho que se sentía enfermo: se negó a comer: se mostraba in- tranquilo porque pensaba que pasaría como un mentiro- so, que perdería la confianza de la doña. Tenía que con- vencerla de posponer el viaje. Chico se estremeció con un trueno. Poco rato después cayó agua. Pensó que esa lluvia era un milagro: doña, cuando llueve no se oyen ruidos ni se ven sombras en el cementerio.

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El destino jugaba a las sorpresas:

como en la lotería, como en las carreras de caballo, como en el pocker cuando no se hace trampa, como en los testamentos de las tías vírgenes. como en la pesca, como en la caza, como en como muchas otras cosas, además

Inespera-

damente el cielo quedó limpio y un sol despejado y ca- liente secó bastante la tierra. Don Plácido vistió con sus enseres los caballos y se fueron al pueblo. El padre. La hija. La luna subió temprano, limpia, grande. El mucha- cho saltó y bailoteó en el establo, lanzó piedras y espantó a un par de gansos que hacían el amor. Los palmípedos se refugiaron en la enramada. Chico no quiso cenar: estaba contento: eso le bastaba. Estaba contento porque con- vencería a la doña. Estaba contento porque estaba seguro de su triunfo. Justo a las diez y media tomaron la mujer y el muchacho el camino por dentro de la finca para llegar al cementerio.

Se apostaron casi en cuchillas, a una discreta y directa distancia de los dos panteones: el de los Caminos y el de la señora Petra. Desde ahí observaban sin ser vistos. La mujer: Chico, llevamos casi una hora esperando, vol- vamos a la casa. El muchacho, presintiendo la escena que lo hacía sufrir y llorar y gozar y gozar y llorar y sufrir,

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etc. etc., le respondió con firmeza; vayase usted si desea,

si está cansada, pero yo me quedo, sé que no tardarán en

aparecer sombras raras entre esas tumbas. Se lo juro, do-

ña, se lo voy a probar, quédese, y suceda lo que suceda o vea, no se mueva, no hable por favor, porque me mataría. ¿Mataría? -pensó ella. El muchacho: ¡júrelo! Jurado, le respondió:

Y callaron a la espera de lo que sucediera.

ESCENA XXI "EL CORO. — ¡Oh, la miserable! CLITEMNESTRA. — (Desde el interior) ¡Oh, hijos míos!, por los dioses "

Los caballos entraron al cementerio. El corazón de Chico batía como un péndulo de reloj de pared.

Cálmate, muchacho, ya veo como te mueres, decías que no tenías miedo. Llegaron. Bajaron de los caballos.

medianoche, de las amanecidas, etc. Ya tenía un secreto, se lo confiaría a Ramón César, posiblemente el mucha- cho cambiaría con ella, sería un hijo amoroso otra vez.

NO, no se lo diré. Volveré sola a sacarlo y me iré lejos, tan lejos que jamás tendrán noticias. Eso es: voy a reírme hasta más no poder cuando me vea libre de todos.

Y NO.

No seguiría riéndose. Cinco minutos después volvería con la frase que expresaba sus continuas desventuras: la vida me ha negado todo: la vida no me perdona. No me perdona. No me perdona. Esto cuando comenzaron a quitarse la ropa don Plácido y la hija. Se sintió excitada de excitación carnal. Era su hombre.

¿Qué era todo aquello? Apretó a Chico más y más sobre ella.

Le clavaba las uñas; Le tiraba fuerte de las orejas;

Los muertos a caballo, dijo ella con una risa despejada y

de los cabellos le tiraba fuerte. De repente se le ocurrió:

burlona. Llegaron. Chico pretendió huir pero la doña lo agarró por la blusa, con tanta fuerza que no pudo soltarse. Ya que me hiciste venir: aguanta. La luna que estaba en su plenitud desnudó los rostros y los cuerpos de los recién

muchacho, llégate pronto a la casa y tráeme la pistola que está en una gaveta de la mesita de noche de mi cuarto. Soltó a Chico. Chico no se marchó con dirección a la casa sino que se escondió detrás de otro panteón. No se perdería de aquello. Cuando se marcharon don Plácido y

llegados: eran vivos: son Plácido y mi hija. Hasta le pare-

la

muchacha salió de su escondite y volvió donde estaba

ció divertido cuando pensó que los espiaba: ahí era donde

la

doña.

escondían el dinero: ese era el motivo de las llegadas a

Su doña.

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Su doña no le dijo una sola palabra. La notó temblorosa. Con los ojos desmesuradamente abiertos. Llenos de luz de luna. Daba la impresión de estar horrorizada por el desnaturalizado espectáculo que acababa de presenciar. Se mantenía estática. Llena de luz de luna como una pie- dra inmóvil bajo la luna llena. Habló sin dirigirse a nadie:

lo imaginé siempre :

creo que lo supe siempre. Una hora después decidió volver a la casa. Don Plácido roncaba. En la habitación contigua la lámpara estaba encendida. Swain leía. Leía muy tranquila a Carlota Bronté .

Es natural que Codex expresara que no es casual el hecho de que, desde la antigüedad clásica, la tradición griega ubicara en Creta las más antiguas escenas míticas, e hicie- ra del Egeo uno de los escenarios de las legendarias haza- ñas de grandes héroes, como Jasón y los Argonautas, porque se asegura que Júpiter había nacido sobre el mon- te Ida, que también había reinado aquí el mítico rey Mi- nos, que mantenía encerrado al monstruo Minotauro en el Laberinto construido por Dédalo. Ahora sí: retour à Athenas.

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154

CAPÍTULO 28

LUEGO DE LA VICTORIA de las tropas de Pichardo el Sargento Reyes, que estaba incorporado a las mismas, se sintió, como era natural, cansado y alegre a la vez. Se dejó caer sobre la acera de mi casa y comenzó a cantar con su voz de barítono:

Aquí matan a Lili eima fiero y ma tirano i ei que lo imite así también aquí lo matamo.

Del otro lado del pueblo, como a diez kilómetros, en el camino que sube a Los Amaceyes algunos soldados del bando, que se habían extraviado, fueron acorralados por los gringos. Breves intervalos separaban las detonaciones que hacían al aire los invasores con el propósito de ame- drentar a los campesinos. En el pueblo, dos descargas de fusil traspasaron la pared del dormitorio de mi madre. El franco—tirador gringo se había atrincherado en la torre mayor de la parroquia. Desde allí hizo blanco en el Sar- gento Reyes. Sus compañeros, que estaban agrupados en un potrero, detrás de mi casa, no se dieron cuenta de la desgracia. También estaban cansados, alegres y cansados, y cansados cantaban alegres coplas inventadas por ellos:

-Estaba la gente güena bajo la mata e’café asomó la vaca brava toitico ei mundo sejué.

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Oée

-Si aquí manda mericano toitico tienen que dilse poiqyeimachete que siembra también epanta curise. Oée

Yo, Helene, biógrafa de Swain, es necio confesarlo: era toda la familia. La primera bala pasó por dentro de la cuna a una pulgada sobre mi cuerpo tan pequeño. Quemó el mosquitero. Mi madre lanzó un grito. Imagino que sufriría la tremenda conmoción que sienten los que pier- den a un ser muy querido. Crecí oyéndola, siempre con la misma expresión: pensé que la niña estaba muerta. Ese pensamiento que absorbe tan poca energía en mi cerebro, mis órganos y sentidos en general, me hizo dura para existir sobre el plano de este gran rompecabezas que es la vida. Me obligó a un poco más de lucha porque nací mu- jer: control del desarrollo del yo: tendencia obligada al dominio propio: propósito sin resultado positivo de todo cuanto molesta al sexo opuesto: obligación del desarrollo en grandes dimensiones del potencial humano o intelec- tual.

Finalmente, el Sargento Reyes estaba muerto. Aun estoy viviendo. Mi madre nunca lo dijo, pero se me ocurre que en su fondo preferencial aceptara con satisfacción que el sargento fuera el muerto.

El muerto

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A esta distancia me pregunto: ¿qué capacidad me asiste

para valorar ese hecho? Quedé viva: simple coincidencia, o como lo vio mi ma-

dre: algo de aura bendita. Cuando se abandona el tono de

la narración neutra, de repente se corre el riesgo de ser

tomado como un estúpido: por un segundo: por un mi- nuto: por una hora: por todo un día: por todos los años que le restan,

Yo, Helene, biógrafa de Swain, suficientemente adulta, estoy pagada. He visto gobernar durante treintiún años a uno de los tiranos más crueles de la tierra.

En 1963 vi a los militares echar por tierra la Ley Substan- tiva; en abril de 1965 mis amigos: profesionales, artistas, escritores, estudiantes, obreros, artesanos, y campesinos cerraron filas como héroes y se levantaron con el propó- sito de restaurar la Ley. A seguidas: la segunda ocupación militar de mi país por los gringos. Muchos de estos intru- sos fueron cazados como tórtolas. Un poeta diría: como mariposas. Cazados por casi-niños. Dentro del casco colonial los heroicos. Conocieron los nuevos las realida- des: comando: mutilación: muerte. Muchos cayeron co- mo valientes, seamos precisos: héroes. Entre ellos estaba

el soldado-poeta con amoroso amor de isla entera. Los

poetas se hicieron arma, los pintores se hicieron arma, la

voz segura se hizo arma, la pluma honrada se hizo arma. En un combo de comando un campesino se imponía con un cantar a gritos. Pero los gringos no entendían lo que

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este muchacho había aprendido de sus antepasados en un campo cibaeño:

-Estaba la gente güena bajo la mata e’café asomó la vaca brava toitico ei mundo se jué. oée

-Siaquí manda mericano toitico tendrán que dilse , poiqueteimachete que siembra también epanta curise. Oée

Yo, Helene, biógrafa de Swain, me digo: seamos sincera:

dejemos contar el resto a los que estaban cercados, co- miendo fuego, comiendo hambre, luchando por la vuelta del Orden y la Ley, y en contra del intruso. Mis amigos no eran de Atenas, Esparta o Macedonia. Tampoco eran argivos o mirmidones. Eran los jóvenes defensores del honor de mi pueblo.

Mientras duerme, la señora Helene sueña que Orestes le pregunta: ¿Y las palabras okay, sleep, end y good morning y good night, etc. etc., en esta Escalera para Electra?

Respuesta de Helene en 3 palabras:

Penetración gringa, querido. La biógrafa se muerde la lengua. Se queda con los ojos fijos en una bandera que continuamente es profanada.

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Después de la muerte de don Plácido la doña volvió a abrirse a los otros, a buscar establecer relaciones amisto- sas, a llegar con más frecuencia al pueblo. También vol- vieron a llamarla por su nombre: R O - S A U - R A. Llegaba Rosaura en el mismo caballo de don Plácido. Quedaba el animal amarrado a un poste a la entrada del pueblo. Esbelta, trajeada de negro, subía la pequeña pen- diente con aire solemne. Parece una leona domesticada, dijo una vez mi padre. ¡Aquí no le den cabida a esa mu- jer! Pasaba esbelta, repito. Elegante: tan idéntica a Swain, pero con simpatía. Se volvía coqueta con todos los ami- gos, con tal naturalidad como si nunca el odio la hubiese sepultado durante veinte años. Se excusaba con todos: no me detengo porque voy al médico. No me detengo por- que voy a la modista. Qué tipo de enfermedad tendría, siempre al médico; naturalmente que lo que tiene parece serio y necesita un tratamiento largo, imaginaban algu- nos. Siempre al médico.

Alguien creyó acertar: la estará explotando, sacándole el dinero, porque no luce enferma.

Don Plácido no le dejó un solo centavo. Disfrutaba ahora los beneficios de su trabajo sobre su propia tierra.

Llego una carta del Banco. Abrió la carta. Fue personal- mente al Banco. Allí le mostraron el papel notarial del legado de las tierras nuevas y de la cuenta de don Plácido. Abrió la carta. Fue personalmente al Banco. Eso mismo que estoy repitiendo. Todo a favor de la hija. Solo de la hija. ¿Era aquello legal? No quiso investigarlo ni consul-

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tar con nadie. Cuando regresó a la casa pegó los papeles a la cara de la muchacha, gritándole: ¡desnaturalizada, des- de pequeña te hizo así! Abre eso, corresponde al dineral que te dejó el malvado. ¡Con eso paga él tu calor de puta! ¡Que el diablo los guarde a los dos! Necesitaba aire. Abrió la puerta , tirándola con tal fuerza que la Sacra- mento y Chico se asustaron con el golpe. La muchacha se lanzó sobre la madre apretándola contra la pared, amo- nestándola: si quieres seguir viva no se te ocurra nom- brarlo otra vez! La Sacramento y Chico subieron a la casa. El muchacho se dirigió a la hija: si le pasa algo a tu madre te denunciaré inmediatamente. Swain abandonó la habitación. La casa era de Rosaura. Rosaura la dejó en la casa. Acep- taron dividir la casa. Desde aquel momento cada una ad- ministró lo que le correspondía. Bajo el mismo techo:

lloraban, maldecían, amaban. Aparentando ignorarse. Siempre se espiaban.

ESCENA XXI ¿Oís gritar bajo ese techo

"EL CORO

CLITEMNESTRA.— ¡Desdichada de mí! EL CORO.— Yo gimo también; sus hijos la están apresando. Un dios dispensa la justicia a la hora marcada por el destino. Lamentable es tu suerte, más tu fuiste impía, oh, desdichada!, con tu esposo".

ATENAS/VERANO/1967. (Otra tarjeta) Amigos: A pesar del sensible peso de la estructura superior, las Korai

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(Cariátides) del Erectheion no muestran ninguna huella

?

Teorema de la luna.

de esfuerzo. Erguidas y en actitud digna llevan sobre su cabeza un canasto que hace de capitel. Los pliegues de la ropa tienen sentido vertical como las estrías de las co- lumnas jónicas. CODEX S.A. HELENE.

Comprobación real. Aguda punta mineral hacia otra puerta. Siempre detrás: LOS HOMBRES. Yo Tu

¿Qué importancia tiene que se escriba de Swain Hay un hueco en el fondo de la tierra.

El

Las dos pupilas horadan buscando las estrellas y la luna y

Nosotros

a luna y a los hombres que cercan la luna.

Vosotros, y

Poeta: la luna está muerta para tu poesía.

Ellos: ¿qué

qué haremos?

Luna para la poesía muerta-muerta-muerta-muerta.

El universo se arrodilla. El pez y el pájaro:

danzan y cantan la victoria que Helmut acompaña con el Cuarteto Cuatro para cuerdas de Arnold Schönberg por ausencia de la Décima Sinfonía que Beethoven no compuso. Necesidades sin horarios ahora cuando todo ocurre.

Para liberarse de la mortificación que disgusta: decid al lobo y al cordero:

que apaguen de un soplo el gran camino El que pasa: ES EL HOMBRE.

En tu cuenca de párpado cerrado sí importa que otro duerma.

161

162

CAPÍTULO 29

ESTA ES ATENAS. Para esta noche está marcado el tiempo. Estoy obligada por rutas del oeste a volver a mi país. Sin embargo, deseo adelantarme con algunas noti- cias: CABLE/ ATENAS/VERANO/1967-AMIGOS:

Corfú maravillosa punto Mariacalla Onassis vía Opera Atenas punto Rhodas Estambul Ankara Troya Teherán Persépolis etcétera detalles fuera esta novela punto bio- grafía Swain casi terminada punto abandonaré esta noche tierra Zeus y Palas Atenea. HELENE. Dejo el cable en el mostrador, y me repito: Grecia: Grecia: nacieron aquí dioses y hombres que no tardaron en multiplicarse. De la vieja estirpe descendía Prometeo. Arrastrado a las sole- dades de Escita lo dejaron cautivo junto a un muro de roca del Cáucaso.

Yo, Helene

o

Elena,

o

llámeme usted como lo desee:

Josefa,

Bonifacia,

Gladys,

Agapita,

María,

Rosa,

Elisabetha, Negrita,

o etcétera, etcétera

me siento ahora desolada, como suspendida o encadenada cual Prometeo a la tiranía de dos minúsculas agujitas de

reloj que marcan inevitablemente mi tiempo. Pero esta

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Helene, biógrafa de Swain, podrá jactarse de haber pene- trado en los cimientos de Troya, de que lanzó cascaras de bananos maduros sobre la tumba de la señora Clitemnes- tra, de que junto a los bloques ciclópeos y bajo la Puerta de los Leones, por donde pasaron Agamenón, Electra, Orestes, Egisto y las cautivas troyanas, ha comido her- mosos higos hermosos y maduros.

[Dirá:]

Que se ha sentado en la silla-trono del Rey Minos en el Palacio de Knossos, de que ha posado made tourist junto

a las columnas de la Acrópolis, de que ha visto la Electra

de Eurípides en Licabette, y que han danzado para ella por 80 dracmas los coros de todas las regiones de Grecia con su atuendo a la manera anciana. Pero sobre todo esto la domina un reclamo, con una voz muy fuerte que la llama por su propio nombre a su propio paisaje:

tierra de humus, exuberante paridora de maizales

y cañas de azúcares, que la llama a refrescarse con la pul-

pa de sus cocos nuevos, con la brisa suave de su propio

valle.

Todo me sacude a un mismo tiempo, diría que es un cóctel: Atenas: Electra: mi pueblo: Swain: esta nueva gente que acabo de conocer; mis amigos de siempre en Dominicana. Tiro de la cortina: hay luz, mucha luz. Es inevitable también: vuelvo a salir para deambular un po- quito más por los hermosos léoforos.

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ESCENA XXII "EL CORO.— Helos aquí, manchados con la sangre caliente de su madre; salen de la mansión y llevan, como un trofeo, esas marcas que les valdrán tristes adjetivos. No, no hay ni hubo jamás, otra casta más deplorable que la de los des- cendientes de Tántalo".

Al cumplirse el tercer año de la muerte de don Plácido la hija había alumbrado varias criaturas muertas. La primera

a los quince días del acontecimiento. Con plena seguri-

dad de su estado de preñez, en seis ocasiones, igual que cuando estaba el padre vivo, llegó con las manos llenas de

dinero donde la comadrona. A doña Virtud se le ocurría que la Swain era una estúpida, puesto que siempre le daba la misma receta. Otras no volvían más. Pero ahí estaba Swain: probablemente poseyera un pequeñísimo fondo

con algo de temor: ahí estaba doña Virtud; sería la Virtud quien se encargaría de darle la sal y de anticiparle: esto te sacudirá las tripas y la matriz soltará la bola con toda la porquería de su envoltura. Y aquí tienes esta otra cajita:

son 3 cápsulas de pinina, si no resulta lo primero. No dejes de mandarme la noticia: dile a Virtud ¡que ya! Y la despedía entegándole dos estampitas: una de San Ramón

y otra de San Expedito: te ayudarán, niña, te ayudarán.

Dije que se espiaban. Rosaura sabía que Swain recibía visitas. Hablaban y se reían las visitas en la mitad de la casa que ella le dejó a la muchacha. A veces el alcohol los alegraba demasiado.

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La madre espiaba los hechos por el tono de la voz, por las pisadas, por la música, por los adioses, por la luz. Los había visto entrar: eran cuatro. Los había visto salir:

contó tres.

Naturalmente, quedaba uno. Entonces en la otra mitad de la casa la conversación cambiaba de tema, de tono, de música. Cambiaban los discos en el fonógrafo que Swain

había traído de New York. En la VICTROLA –la voz de su amo- corrían los discos, digo, giraban los discos. La música sonaba clara con la voces preferidas: Juan Pulido

o Rosita Quiroga. Sobre todo La Cantinela

con Rosita:

En la noche más clara

la cantinela

Con un poco más de velocidad Juan Pulido animaba:

Deja que bese chiquilla

tus labios rojos

como cerezas

Ola misma Quiroga en:

Mi sólo afán, mi ilusión, mi triunfador,

es mi hombre. Es mi hombre.

Yo le doy cuanto soy,

mis encantos y mi amor a mi hombre. A mi hombre

La conversación se perdía. Nadie podía decir que la con- versación se cansaba. Tal vez estaba más allá de las pala-

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bras. El fono, que era automático, repetía los discos. Gi- raban, giraban los discos. Rosaura deseaba romper, derri- bar toda la pared que los separaba. Puta, puta, puta. Swain estaba con un hombre. Apagaban la luz. A Rosaura se le reventaba la cabeza: revivía la escena del cementerio. Pu- ta, puta, puta.

A menos de dos metros de ella, solamente la pared por en

medio.

La hija y el amante de turno se quedaban dormidos. Así las cosas: bajo el mismo techo se cobijaban la madre y la hija.

El odio. El egoísmo. El amor fornicado.

Es mediodía bajo el cielo del Pireo. He vuelto a Phalero:

esta obsesión por los tomates rellenos con carne de ter- nero, arroz y yerbas. Este queso de cabra. Esta sandía fresca. Arrivederci. Adiós, Phalero. Vuelvo a mi cuarto:

312 Hotel Amalia. Acabo de decir que estoy en el hotel. Las 3 p.m. Escribo. Prometí terminar en Atenas esta no- vela. Desde hace seis semanas Grecia es mi morada. Soy su huéspeda. Debo marcharme. Lo he dicho muchas ve- ces, sin embargo, me distraigo con algo que leo sobre Robbe Grillet, sobre esas verdades que se le ocurren al tipo que escribe estoy y no estoy de acuerdo. Pienso que

es el mismo Robbe Grillet quien debe decidir si está o no

de acuerdo. NO es tan simple la arremetida: veamos algo:

“la novela tradicional está agonizando y usted trata de aniquilar a esa pobre moribunda que ya casi no respira.

De todos los medios que han sido -intentados para salvar

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la novela- desde el diario intimo al relato confidencial, desde la ciencia-ficción al "flashback" - el suyo es el más radical. Tenga en cuenta esto, Robbe Grillet: cada lector que usted gana a su causa, es un lector perdido para la literatura novelística. A menos que la lectura sea una cosa informe, afásica y paralizada que se da en sus libros- ¡y no solamente en sus libros!-, esa cosa que -también ofre- cen Becket, Bataille, Branchart, que produce una sensa- ción de disgusto mezclada: con fascinación. Se trata de un cadáver aun viviente, que habla todavía, semejante a esos personajes que están encerrados en un cubo de basu- ra del cual sólo emerge la cabeza".

-¡Swain, Swain, tu libro! ¿Qué hago con tu libro? Lo dicho a Grillet me anonada, me enreda. Revisemos cosas como estas: a partir de este momento, la literatura no tiene ya nada que hacer, no tiene ya nada que compren- der, nadie con quien hablar, y espera la muerte definitiva como esos viejos que se sientan en los bancos de los asi- los con un gesto de tristeza. Hay otras muchas maneras de hacer fortuna que no son novelas aburridas. Luego de esos planazos me pregunto si debo o no continuar con Swain. Yo, Helene, su biografía, prometí terminar en Grecia su libro, este libro, pero quien embiste a Robbe—Grillet me ha quitado las fuerzas, me ha desilusionado. Ahora sí que estoy segura de que dejo esto. Tiro los papeles de Swain y organizo los cartones de un Bingo que dejó una sueca en esta habitación. Juego. HAGO-BINGO. Continúo con el mismo cartón y vuelvo y HAGO BINGO BINGO BINGO.

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Me digo: mujer, usted no es sueca, anímese e imponga su criterio, el propio, el suyo, termine su novela. Tiro las fichas y los cartones. Me comprometo conmigo a liquidar el caso Swain para no fastidiar o aburrir demasiado al lector, con menos líneas, menos palabras:

llegó el médico. Entregó una caja con bombones a Rosaura. Por saludo le dijo una sola palabra:

Amor. Etcétera Etcétera Etcétera Etcétera Etcétera Etcétera. La sorprendió con su llegada. El hombre ex- cusándose:

Rosaura, estoy tan cansado: esta mañana dejé la consulta:

vine a verte, solamente a eso. Estaba atormentado, con el temor de que me hayas olvidado. Hoy hace dos meses que no vas a mi consultorio. Te expliqué en varias oca- siones que no existe ninguna intimidad entre mi mujer y yo. He venido porque te quiero: porque me haces feliz:

porque te necesito.

Rotundamente NO. No me usarás más. Como un relámpago pasaron por la mente de Rosaura algunas escenas que sucedieron entre el médico y ella. Señora: desvístase. Luego: tiéndase sobre la mesa para examinarla mejor. El médico dilataba el con- ducto vaginal: todo está sano. Tres veces más volvió a examinarla: decía lo mismo. Vuelva, señora. Rosaura pun-

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tual. Vuelva el jueves luego de las cinco. Tendré menos clientes: Rosaura puntual. Señora: no se ha visto en un espejo, ¿por qué esos nervios?

Está usted joven, no debe descuidar sus actividades fe- meninas. Desvístase toda: voy a hacerle un examen gene- ral. ¿Qué le pasa? ¡Oh, nada! pensó ella. Ella era Rosaura y Rosaura estaba tendida sobre la mesa, completamente desnuda. De repente sintió como una daga cortando su carne: la mirada del médico: de los pies a la cabeza: de la cabeza a los pies. Examinó: ojos, oídos, la piel, abra bien la boca: los dientes perfectos, lengua puntiaguda, limpia, rosada. Sintió que latía rápido el corazón: colocó su cabe- za sobre el pecho de Rosaura: quiero auscultar bien su corazón: de un seno al otro seno: aumentaba el ritmo de los latidos. La mano del médico se hundió en el viente de la mujer: rodó hasta los muslos: se detuvo ligeramente sobre el sexo. Luego de unos momentos casi de locura, en que Plácido la amenazó con matarla, y terminó venci- do sobre su cuerpo, y de aquello nació Swain: hay que ser honesto y confesarlo: Rosaura no había tenido marido Rosaura se sintió perdida bajo la fuerte presión de las manos y del cuerpo del médico. Ahora ese hombre se

había atrevido a llegar a su casa. Estaba en su propia casa. Venía para hacer el amor. La reclamaba. Pero, rotunda-

mente

vivir, que ella era otra persona. Además, no era cierto que

NO. Cierto que la había hecho cambiar, volver a

ese tipo la explotaba, como sabía que comentaba alguna gente.

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Regalos, flores, cariño. Debes atenderme Rosaura: te juro que entre mi mujer y yo no existe ninguna clase de rela- ción de intimidad. Rosaura presentía las tragedias. Se

que había vendido alguna cosecha. La madre se hizo visi- ble a la hija expresamente. Que la viera con el bulto: ¡que iba a tener un hijo!

sabía culpable: pudo evitarlo, evitar que sucediera. No lo hizo: estaba grávida.

Además, su estado de preñez no era un secreto. De secre- to en secreto la Sacramento se había encargado de hacer

Esa tarde.

correr la noticia. No pudo aguantarse: también se lo djjo

 

a

Swain: es mejor para tí que piense en otra criatura. Y

Esa noche.

El médico se quedó con ella hasta el amanecer del día siguiente. Rosaura: soy responsable, si no quieres, está bien que no vuelvas por el consultorio, si tú no lo deseas, aclaró. Basta, Rosaura: soy responsable: la observó sin la ropa: el vientre estaba bastante crecido. Me divorciaré

que el médico la atendería durante el parto, que la quería, que se casaría con ella. La muchacha se quedó callada: no la miró siquiera: apa- rentaba algo más que indiferencia. Desde que el hombre comenzó a quedarse Chico volvió a la costumbre de mi- rar por las rendijas. De acechar. A veces se excitaba re- cordanto las escenas que sorprendía en la alcoba: se ponía

para casarme contigo. Él conocía todas las historias de la familia de Plácido González. No le importaban nada. Ángel o demonio, había encontrado en Rosaura el com- plemento de su vida, la plenitud del goce que no le ofrec- ía la frígida Mrs. Rose, la gringa que se quedó una noche

a

saltar y a correr: llegaba al río y lo remontaba hasta en- contrar algunas frutillas para su doña: de esas bobas co- mo llamaba a las pomarrosas, a los caimoníes, a las alga- rrobas y otras especies que se decían de antojo de las mujeres grávidas.

en su casa y con la cual lo obligó a casarse el comandante militar del pueblo durante la primera ocupación gringa en Dominicana. Ángel o demonio: no importaba. Se casaría con ella: era suyo el hijo que llevaba en el vientre, el que no le había dado Rose. El amor y la exaltación sexual que había encontrado en la viuda de Plácido González derri- barían para siempre a la frígida gringa. Go home Rose. Como quien alcanza una meta, se regocijaba feliz: ¡me dará un hijo! Las visitas continuaron con más frecuencia.

ESCENA XXIII "ELECTRA. — ¡Cuántas lágrimas, oh hermano! Y yo soy la culpable de ellas. Me abrazaba a un odio feroz, yo la hija, contra esa madre que me dio el ser".

Swain pasaba largas temporadas en la capital, solamente llegaba a buscar dinero cuando le avisaba su encargado

171

172

CAPÍTULO 30

EL TIEMPO de que dispone la señora Helene nunca es suficiente para familiarizarse con el Museo. Ahora cami- na con bastante rapidez por las calles con el propósito de pasar otras dos horas griegas en el Nacional de Atenas.

PRIMERA VARIACIÓN: DEL CAPÍTULO 30: PA- GINA ¿? Usted ya está enterado del otro problema que hay en Hellas, como llaman los griegos a toda la Grecia, región de regiones continentales e insulares. La dinámica es que Merlina anda dando mítines unipersonales y bicontinen- tales; que el señor de la música de Zorba el Griego está ahora donde nadie sabe donde; que el poeta Niko Papas está ausente, en París; que el Naviero-magnate Onassis llega con la Callas para entretener al pueblo luego del golpe de los militares. Todo tan parecido a Dominicana inmediatamente después de Septiembre de 1963.

Por fin llega Helene al Museo: adquiere una copia de la mascarilla de Agamenón: vuelve a mirar el Diadomenos de Polytleitos: el Apollon y la Afrodita procedentes de Epidauro: el Grupo de la colección de Gora Carapanos:

aHeiene Stathatos y una serie de piezas procedentes de Corfú: un tesoro de siglos XI-XII traído de Micenas:

cosas de lo principal artístico de las Cyclades, particular- mente de Amargos, Paros, Siphnos, Syros, Naxos y Milo:

el Kuroi y la Korai procedentes de la Acrópolis: el grupo de la Arcadia: lo que representa el dramático estilo de

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Scopas: efebos y trozos del friso del Partenón atribuidos

a Agoracritos y Fidias: Victorias y Nereidas, y casi de

hoy, siglo XII d.C., incontables vasos, terracotas, tallas y

bronces del período Bizantino.

SEGUNDA VARIACIÓN: DEL CAPÍTULO 30:

¡Página ¿?:

Receta casi droga: señora Helene, deje a los griegos tran- quilos con sus tesoros arcaicos. También usted tiene en su país tesoros arcaicos y maravillosos trabajados por los indígenas tainos. AMIGOS: AMIGO: usted tiene razón. Los símbolos y la geometría de su mensaje son intere- santísimos. Pero ahora estoy en Grecia y las cosas de Dominicana las tengo para siempre en mi país.

RÉPLICA A MADEMOISELLE BRIGITA: ¿Prefiere usted que le cuente de Swain y que ignore el Agor, Benki

y Karamikos? Laguna en su cultura sexy madamoiselle.

ESCENA XXII "ORESTES. — ¡Oh Tierra, oh Zeus que contem- plas todos los actos de los hombres ! ELECTRA. — ¡Cuántas lágrimas, oh hermano! Y yo soy la culpable de ellas. Me abrazaba a un odio atroz, yo, la hija contra esa madre que me dio el ser.

Me digo: Helene, avanza, tienes poco tiempo para cenar:

pido una taza de té de jazmín con una tostada. Escribo. Escribiré. Estoy escribiendo. Me voy a medianoche de Grecia. Mañana comenzarán mis días romanos. Mar- charme de Grecia es como si huyera después de cometer

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un crimen o sentirme a la espera de que los dioses venga- tivos y Erinias y Euménides cayeran sobre mí. Pero no puedo ni debo defraudar a mis amigos. CA- BLE/ATENAS/VERANO/1967. Regresaré esta noche a Roma punto dentro de tres semanas estaré en Dominica- na punto para dar prueba de mucha actividad creadora escribiré hasta último momento punto llamaría también Mito Pigmalión al conjunto de ficciones oscuras en que

Plácido inició a la virgen e hizo de ella una existencia rara modificando realmente todo su psique punto sin olvidar

la hipótesis de que Adán nacido antes de Eva fuera empu-

jado por Eva - HELENE. Resultará muy costoso este cable: suprimo la palabra CABLE y coloco el papel en un

sobre: AIR MAIL.

Cierto que no le importaba a la hija que Rosaura tuviera

o no amante. Pero verla atendida y feliz no lo soportaba.

NO. Así se le ocurrió la noche que se

encontró con el médico cuando ambos caminaban por el

trillo en la sabana para llegar a la casa. Escúchame niña:

me casaré con tu madre inmediatamente quede legalmen- te libre. Me casaré con ella y vivirá en la ciudad. No te abandonaremos, nos tendrás de visita con frecuencia. Swain, sin mirarlo, como una autómata dijo tres veces:

gracias gracias gracias. Inesperadamente tomó una direc- ción distinta, separándose sin despedirse. Rotundamen-

NO. Pienso que mi madre no se merece a ese hom-

bre: alto, viril, apuesto, como mi padre. Esos pensamien-

tos y otros peores mantuvieron desvelada a la muchacha durante toda la noche. Del otro lado de la pared: su ma- dre y el profesional que le ofrecía lo que ella no había podido lograr: matrimonio. Por una rendija quiso mirar

te

Rotundamente

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al hombre. Se fueron a la cama: apagaron la luz. Ese

hombre que le representaba a don Plácido no sería de su madre. No se irá con él. No me quedaré aquí sola, ente-

rrada viva, con el recuerdo del hombre que

mente NO. No se irá con él. Luego, las relaciones entre las dos mujeres aparentaban concordia. Swain daba con- testación a los saludos del médico en forma lacónica, trisilábica: sa-lu-do. Saludaba. El tiempo que no se detie- ne: Rosaura llegó al noveno mes: daba la impresión que de momento ¡ya! iba a reventar.

Rotunda-

Con el pretexto de sentir mareos Swain llegó al consulto- rio del doctor. Fue un triunfo que la muchacha lo recla- mara para asistirla. Le dijo: suéltese un poquito la blusa para examinarle el corazón. Inmediatamente ella soltó todo cuanto llevaba puesto. El hombre sufrió el impacto de la provocación. No se lo demostró, no sintió interés por la muchacha. Cuando salió del consultorio, Swain se acercó a un zafacón y tiró la medicina que el doctor le había regalado. ¡Puñetero!, como se hizo el estúpido, bien que sabe lo que yo quiero! Volvió al consultorio tres días después. Le dijo que los mareos habían aumentado, que se sentía inestable, etc. etc. El médico la interrumpió:

usted no tiene nada, absolutamente nada en su corazón. Ella: su deber es volver a examinarme, para algo tiene esa profesión. Él: con bastante indiferencia: basta con aflo- jarse un poquito la blusa. Ella: como en la visita anterior volvió a desvestirse completamente. Siempre ella: desa- fiante se le ofrecía. Él: digo: el hombre, correspondió. Cuando la muchacha se marchó se tiró en el sillón del escritorio: se sentía asqueado, arrepentido, cómplice de una traición que podía dañar su felicidad, todo lo que

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había hallado en Rosaura. Las visitas del médico aumen- taron con el estado de gravidez de Rosaura. Hubiera pa- gado a cualquier precio su libertad para entregársela a Rosaura. La muchacha no volvió a la capital: expresamen- te se ponía en el trillo para encontrarse y saludar al hom- bre. No le importaba la muchacha. Sus largos años vivi- dos en desolada espera habían encontrado su recompensa en Rosaura. Aparentemente los tres habían armonizado como para llamarse por sus propios nombres: Rosaura:

Ernesto: Swain. La hija representaba protegerla. Repro- chaba a Ramón César: esto hay que acabarlo de una vez, no podemos seguir viviendo así, mi hermano no com- prende: eso le pasará, te quería demasiado Rosaura. Pero el médico y su padre se le identificaban demasiado: se le confundían en medio de una lucha erótica: la única lucha que impulsaba a Swain. El único interés que la movía: es como mi padre: alto: viril: ardiente, etc. etc.

TERCERA VARIACIÓN: EN EL CAPÍTULO 30:

PAGINA: ¿? Estudios e investigaciones han demostrado comportamientos que tienen hilos de amarre con el caso Swain. La persistencia de algunas semejanzas pueden producir situaciones difíciles. Una muchacha de 16 años -conocida de Dobzhansky- y que se llamaba Edith fue alcanzada por un joven:

"¡Hola Fay!, ¿cómo es que te hallas tan lejos de tu casa? " Sospechando de que se trataba de un intento para acer- carse, Edith rechazó al joven:

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pero este era persistente, o perseverante, ídem.

En otra ciudad encontró a la verdadera Fay, de cuyo tipo se había enamorado locamente una vez.

Yo, Helene, biógrafa de Swaín, no sé si estoy confundida, pero me parece que este asunto guarda relación con el caso Swain. Continuación: Dice que la cerradura que regula el comportamiento de algunas personas, es de tal naturaleza que no responde fácilmente a las llaves ordina- rias representadas por la educación defectuosa u otras condiciones adversas al ambiente; en otras otras personas la cerradura de comportamiento se abre con cualquier llave.

Alargamos: se nos ocurre que las observaciones de Dobzhansky deben formar parte del expediente: CASO SWAIN.

Voz de la responsabilidad: Señora Helene, biógrafa de ella: deje la ciencia a los científicos: levántese: fíjese en el reloj: las 9 p.m.: Atenas: Hotel Amalia: Leóforo Amalia:

Entonces, ¡coño!, y así de repente abandonar a Electra, Orestes, Pílades al Coro y a los Dioscuros. CA- BLE/ATENAS/VERANO/1967. Monsieur Raymond llegaré dentro de quince días a París punto imposible cargar con todo Eurípides HELENE.

Esa tarde se quedaron solas en el campo Rosaura y la hija. Era día de fiesta. Se marcharon los peones y la Sacramen- to, Hilario y Chico salieron para una tarde con noche de

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velación y rezos donde el compadre Cándido. A las tres

de la tarde Rosaura dijo: voy a bajar a la cocina para colar café para las dos: voy a guardarle un poco a Ernesto. Er- nesto Ernesto Ernesto Ernesto. Ernesto en todas las cosas: Ernesto en todas partes. Sólo

el nombre es distinto, pero es tan idéntico a

dijo el nombre, pero le representaba a su padre. El nom- bre de Ernesto invalidaba a Swain. Malvada puta mi ma- dre. Que Ernesto esto, que Ernesto lo otro, que Ernesto aquello, que para cuando venga Ernesto: Ernesto: Ernes- to: Ernesto. Ernesto por todas partes. ¡Vaya con el médi- co del diablo!, le ofrecí una salida y la despreció.

Swain no

No le interesó saberlo. Estaba la madre tendida en el suelo. Sangraba. Se desangraba. Corría la sangre. Después de la caída no pudo levantarse: el parto se pro- vocó inmediatamente. La criatura se agitaba dentro de la envoltura natural y lanzaba débiles alaridos. Rosaura y Swain se miraron. Se quedaron mirándose. Dijo la madre: ten compasión: quiero que el niño se sal- ve. Es lo único que le interesa a Ernesto: su hijo. Swain se quedó indiferente al ruego de la madre.

¡Ernesto NO! Entró la madre a la cocina y al momento se escapaba por las rendijas el humo de la leña que se quemaba y hacía hervir el agua. Un hilo negro, aromático y caliente bajó por el colador. La primera taza para Ernesto quedó en la cocina. La mujer salía con dos tazas: la de Swain y la suya. Humeaban despidiendo el olor de una buena cosecha.

De repente se escuchó un grito lacerante, ¿Quién sino Rosaura había dado ese grito?

Con el único pensamiento que la invalidaba y la confund- ía: ERNESTO ERNESTO ERNESTO ERNESTO ES PLÁCIDO-PLÁCIDO ES ERNESTO. PLÁCIDO ERNESTO. El movimiento del bulto se fue haciendo menos frecuen- te Rosaura siguió sangrando hasta que ya no tuvo fuerzas. La envoltura cayó sobre su vientre.

Y

esos sollozos,

Desde el vientre rodó hasta el suelo golpeándose. No se movió más el hijo del doctor.

y

el auxilio,

Siempre con la mirada fija en Rosaura, la hija la vio debili-

y

el vengan,

tarse, perderse dentro de su propia vida.

y

el me muero.

Le lanzó una saliva.

Inmediatamente se dispuso Swain a regresar a la casa.

Una hora después bajó la hija a recoger una ropa tendida al sol que había dejado la Sacramento. Vio a la madre. ¿Quien colocó justo a la salida de la cocina el pedazo grueso de madera, con el cual, al tropezar, cayó?

Muy lentamente la saliva fue resbalando por una mejilla de la muerta.

Caminaba. La sorprendió que otros pasos marcaran

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180

detrás con el mismo compás de los suyos. Alguien dejó caer dos manos sobre sus hombros. Se abrazaron por primera vez unidos: era Ramón César.

ESCENA XXII "EL CORO: Esto es para esta casa el infortunio supremo".

este viaje solamente puedo quedarme por una semana.

, periencias y me provoca que se intercalen en este texto:

algunas historias macabras, si, que no puedo dejar de contarlas, quiéralo o no el lector.

O los críticos, o cualquier hijoepu algunas:

Voy a transcribir

Me escondo de Monsieur R

tengo pensada nuevas ex-

PARÍS/VERANO/1967. - Encuentro casual con Mon- sieur Raymond en la Gare de Lyon. Monsiur espera a una hermana que viene de provincia. Helene tiene estos ma- nuscritos en sus manos.

más, y continúa observando como alevosamente

SOBRE LA UNITED FRUIT: Esta Cía. figura entre los grandes monopolios gringos que cual pulpo- idem CENTRAL ROMANA o GULF AND WESTERN AMERICAN CORP., envuel-

Escribió así porque no podía hacerlo de otra manera.

ven con sus tentáculos a los países subdesarrolla-

Tampoco sabía hacerlo de otra manera.

dos

como Dominicana.

Quiso hacerlo de esta manera. Cuando a una tipa como ella le acribillan a plomazos a sus mejores amigos: MANOLO, paladín de libertades, Pipe FAXAS, pintor, JACQUES, poeta de la isla entera. LEONTE, nacido vecino al lado de su casa de pueblo, a JOSÉ HORACIO, y acribillan también a otras docenas

desaparecen patriotas y se llenan las cárceles, ¡Claro!,

OTRA NOTA SENCILLA EN ESTE CAPÍ- TULO 30: Se ha verificado que si se toma como base 100 los precios de las mercancías exportadas e importadas de los países de América Latina co- rrespondientes a 1953, en 1960 los de exportacio- nes disminuyeron hasta 88, y las importaciones subieron hasta 104 para USA. "Las tijeras de pre- cios" fueron desfavorables para los nosotros lati-

y

que todo esto es exacta complicidad de gobiernos y

noamericanos.

gringos,

ENVIÓ: A PAUL VALERY POETA-

¡claro!,

CONTABLE: ÍDEM RAMÓN FRANCISCO:

Y

en otras cosas cosas cosas tantas que duelen: recordar-

la miseria de dólares en América Latina obliga a

las, por esas y otras muchas le diré a Monsieur Raymond:

dirigirse en demanda de préstamos a USA, lo que

me interrumpo:

acentúa más la dependencia de los monopolios de

 

corto:

USA que vuelve a recibir su material contante y

enlazo: etcétera etcétera

si se rompe el hilo y sin quererlo añado, bien: lo escrito

escrito está. Estoy en París y es un joder pensar que en

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crecido

como de Dominicana.

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Señora Helene: se enreda y me enreda usted cada vez más, sigamos nuestro caso: que más sabe de Swain? Me han dicho que como Edipo ciego ella va por las calles con un lazarillo.

Con los mismos tipos de IBM digo: que uso la coma

,,,,,cuando viene a ganas; el punto

cortar. Estoy en CHEZ FIERRE, Boulevard de Sebasto- pol, París. Mientras llega la comida leo en un pequeño Larousse: Novedoso, SA adj.

Amer. Nuevo. Novelero. Novela: F. (lat. Nove- lla) Obra literaria que narra una acción fingida. Nombre de las Constituciones de los emperado- res de Oriente publicadas por Justiniano. Novelar v. 1. Referir cuentos y patrañas. Novelero, ra. adj. Muy amigo de novedades. Novelista com. Escritor de novelas. Novelística f. Estudio de la novela como forma literaria. Novedad f. Calidad de nuevo. Cambio. Muta- ción. (Helene añade: ausencia de lo tradicional, de lo convencional, etc. etc.,)

cuando deseo

ESCENA XXII "EL CORO. - Esto es para esta casa el infortunio supremo”.

Antes de enrollar los manuscritos siento ganas ganas ganas ganas más de escribir más. Ganas por este París repleto de orientales y de africanos de las casi reciente- mente perdidas colonias. ¿Que las colonias no son ya de

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Francia? ¡Claro! * Señora Helene: qué le parece lo del laissez-passer?

Voy a cederle la respuesta a Peter Abrahams para que le cuente parte de una de sus aventuras de adolescente. ¿Abrahams? Sí, el escritor negro africano autor de ES ROJA LA SANGRE NEGRA, Fue atrapado y sometido por las leyes que rigen l'apartheid. Monólogo cruel:

J'aurais aimé me reposer, et m'assoir un instant, mais les bancs du parc me prévenaient: RESERVE AUX EURO-

PEENS

n'y avait pas d'avis visible: RESERVE AUX EUROPE-

ENS

pur que je respirais dans ce quartier étaient: RESERVE

sentiment d'infériorité de

Lo ha contado Abrahams. Y no fue tan solo

eso lo que le sucedió, porque hasta en el W.C. había un aviso: RESERVE AUX EUROPEENS. Traducción real:

PROHIBIDO PARA NEGROS. Y no sorprenderse:

porque l'apartheid es más terrible que el delito de haber

nacido negro norteamericano. Señora Helene: cuente,

Dejo sus ojos sobre un Marabout, página

394: -Le Commisaire; Votre nom. -Alfred Hutchinson. - Etes vous certain de ne pas avoir un nom indigène? - Je suis Alfred Hutchinson -.En êtes- vous sûr? Quel est votre nom de famille indigène? -Je m'apelle Alfred Hut- chinson. - De quelle race est votre mère? -Africaine-. Quelle langue parlez-vous chez vous?- Le Swazy et Tan- giais- Jamais Tafrikaan? -Jamais. (Antes de cerrar el libro salté un poquito en la misma página 395 porque es bueno que usted se entere: El Comisario lleno de cólera inte-

cuente más

AUX EUROPEENS

souffrance

toutes les rues, tous les arbres, et même l'air

Il

j'avais en poche le prix d'une tasse de thé

mais

Un

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rrumpió el juicio con un gesto de desprecio durante tres minutos).

Señora Helene: ¿Insiste usted en hacer creer que esto es una novela? El pobre Simón escribía: pensando: comen- cemos de nuevo, recapitulemos: silla, tubos de acero ni-

quelado, hule, pared, linóleo, caucho, clorofila. Claude se alarga en líneas de fuga. ¿No conoce usted a Claude Si- mon? Esta es su Estatua: Son todos unos cochinos Vaya a ver a un profesor Yo ahora cuando tengo algo no lo

pienso Cojo el carro y hale

dice Creo que voy a hacer

Créame no uno de esos incapaces Esa política joder la plata si frota su pulgar contra el índice es el gesto de con-

Raymond; C'est toute l'histoire de Mademoiselle Swain et sa famille. Au revoir. Debí decirle algo más, pero me impidió concentrarme la marejada de pasajeros que baja- ban subían bajaban bajaban subían y el pito y otro pito o pitazos de los trenes. Me cortan, si me cortan, me vuel- ven una etcétera, etcétera, etcétera, y olvido que junto a los manuscritos quedó un papel con una de las Claves Scaramelli: si este libro llega a caer alguna vez en manos de una persona que aspire a la contemplación por moti- vos vanos, yo le ruego que reflexione sobre las duras te- nazas por las cuales hay que pasar, y la prensa de nume- rosas penas bajo las cuales hay que llorar antes de llegar.

tar dinero Nos han embotado Hay unos que se han en- tendido para volverle la cabeza a la gente de este lado o

Ya [Lo] dije. Dicen. Dijeron que va con un lazarillo, y

Atenas, Grecia.

Sto Dgo. Rep. Dominicana

del otro Si no fuera por esa política Fíjese en quien se

VERANO, 1967

INVIERNO, 1968

aprovecha y no se rompa Claro que sí pero es esta políti- ca la que lo pudre todo Entonces no me venga a contar historias Todo se ha enredado ¡Claro! ¡Claro! ¿Vive Swain?

este [ese] niño con cerebro piensa que solamente no es

* Sin embargo me empuja a las ganas recordar cosas que sucedían en lo que ahora es Vietnam, publicadas por un colega francés sobre: el trabajador nativo de Indochina, oprimido por los impuestos y corves de todo tipo que le impuso Francia y la compra obligatoria del alcohol y el opio y que además tenía la carga de ser voluntario — que

ella sino que muchos

son ciegos. Ramón César desapa-

era una carnicería el material humano nativo — volunta-

reció, hablaba demasiado con los campesinos que no tie- nen tierra. El chico se repite: no sé, no sé, pero ni los más grandes encuentran a los que desaparecen, qué raro país.

rio, horrible e irónica palabra que suscitó abusos escanda- losos — que se podrían en los campos de batalla — que los ancianos, las mujeres y los niños trabajaban como

Y su pregunta de que si yo Helene, biógrafa de Swain

ciervos — que los colonos franceses desalojaban las tie- rras con dueño sin pagar por ellas — que trabajaban esas

insisto en que esto es una novela

ya me revienta. Me

tierras prisioneros sin paga, material humano suministra-

seca. Mi cabeza está vacía cuando me acerco a Monsieur

do por las Comunas oficiales — etc., etc

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186

Como una cinta cinematográfica desfilan por la mente de la señora Helene: gente de Argelia, Túnez, y Marrueco que deambulan deambulan deambulan. A propósito del envío a Valery: NOTA DE NOTAS: La Cía. de Argelia ocupó 10,000 hectáreas; La Cía, General de Argelia ocupó 324,000 hectáreas; La Capziére de Fosfato y Fe- rrocarriles ocupó 50,000 hectáreas; un solo diputado "

ocupó 1.125 hectáreas con minas

naban el trabajo y se alzaban en protesta eran llamados piratas. Los ahorcaban. En Dominicana gavilleros, mote despectivo con aplicación gringa a los que se alzaban co- mo protesta en defensa de su tierra cuando las invasiones USA. En un país colonialista un grado de coronel se ob- tiene por 500 muertos en los campos de batalla. En Do- minicana el grado de Generalísimo está a capricho de quien asalta el poder y desea ordenar bicornios. Etc. Etc.

A los que abando-

Señora Helene: Explique la siguiente ilustración:

187

Señora Helene: Explique la siguiente ilustración: 187 “Al-Djundi Al-Arabi-6.6.67” BARRICADA que trae al

“Al-Djundi Al-Arabi-6.6.67” BARRICADA que trae al recuerdo cuatro décadas de Dominicana.]

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ILUSTRACIONES

Petroglifo Prehistórico Taíno de Yuboa Fotografía del Dr. Carlos Morales Ruiz

Pintura Prehistórica Cueva de Las Maravillas Fotografía de Manuel Caminero

BARRICADA. Ilustración de "Al-Djundi Al - Arabi" Petroglifo Prehistórico de Anamuya. República Dominicana]

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SOBRE LA PRESENTE EDICIÓN DE „ESCA- LERA PARA ELECTRA“

Miguel D. Mena

Cuando en 1969 las agencias de prensa anunciaban que Aída Cartagena Portalatín había llegado a las finales del Concurso Séix-Barral, una especie de Nóbel para las le- tras hispanoamericanas, con su novela “Escalera para Electra”, la literatura dominicana sufrió una gran conmo- ción. ¿Cómo era posible que una experimentada poeta de la “Poesía Sorprendida”, dedicada a la promoción y crítica literaria y a la antropología, obtuviese semejante distin- ción? La publicación del texto en 1970 vino a despejar las du- das. Estábamos frente a un texto que lanzaba yolas y navíos entre las costas griegas de la clasicidad y este mundo insular dominicano. Entre Atenas y Moca estaba desplegándose en todo su esplendor la noche de los mi- tos de nacimiento y de extinción, la piel de Eletra en un tono que bien hubiese hecho las delicias de Richard Strauss de haberse asomado por estas tierras. Ahora no nos vamos a adentrar en la naturaleza y los alcances del texto. Sólo recordemos la manera en que se discutió y nos situó en la vertiente más moderna –casi postmoderna, si es que utilizamos las definiciones más recientes-, de la literatura contemporánea. “Escalera para Electra” fue una propuesta de pensarnos más allá de los linderos del “boom” latinoamericano. Utilizando las técnicas del Noveau Roman francés, cre- ando un palimpsesto entre los mitos griegos y la cotidia-

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nidad dominicanas post-trujillo, implicada en los concep- tos de lucha anticolonialista que iban de un Franz Fanon a un Jean-Paul Sartre, tirando un ojo al pasado reciente nacional, que iba desde el ajusticiamiento del tirano en 1961 hasta aquel primer cuatrienio del terror balaguerista (1966-1970), Cartagena Portalatín reafirmaba una anti- gua línea: la de mantenerse en los bordes, la de subrayar los pliegues. Estamos frente a un sujeto que siempre se situó dentro de “lo otro”. Frente a sus contemporáneos de la Poesía Sorprendida (1943-1947), absortos en la mística y en el Siglo de Oro español, ella reivindicaba su concepto de mujer sin resabios de Penélope. Frente a los que trataban de deshacerse de la insularidad tropical, ella volvía siem- pre a su Moca natal. Frente a la mujer tradicional, remen- dando los destrozos propios de una sociedad machista, ella daba el salto de lo estético y lo profesional, ubicán- dose en las barricadas, saltando sobre ellas a la hora de defender el carácter multicultural de nuestras bases socie- tales. Su temprano interés por lo que acontecía con el sujeto – esencialmente con el femenino-, la llevó a pasar de los estudios de arte a los de antropología. En París, como siempre pasa, se dio cuenta de la negritud que la/nos con- tenía y que se negaba rotundamente. Entre 1961 y la guerra de abril de 1965 desarrolló una continua labor de difusión con sus “Brigadas Dominica- nas”, un proyecto editorial en el que se comenzaron a sentar las bases de la literatura dominicana contemporá- nea.

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Luego de un corto interregno parisino en 1965 –donde fue nombrada como consejero en la misión ante la UNESCO-, arranca una nueva vida para Aída. Se con- vierte en narradora. Aquella sensación de pérdida genera- cional en su poemario “La tierra escrita” (1967), donde contaba historias trágicas de finales de la dictadura, pare- ce que la llevó a considerar el hecho narrativo desde su en-sí. Y entonces viene el año de 1969 y la remoción. Una mu- jer, mocana, lesbiana, negra, dominicana, ¡ha ganado una mención, que en verdad podría considerarse de por sí un premio! Para la mentalidad de entonces, semejante distinción cayó como un cargamento de escarcha sobre las espaldas playeras de nuestros literatos. Incluso hubo una novela, que irónicamente también sería finalista en un prestigioso premio internacional, donde la mención –aceptémoslo como premio- de Aída Cartagena Portalatín, se convirtió en leit-motiv, en ritornello con características casi enlo- quecedoras. Me refiero a “De abril en adelante” (1975), de Marcio Veloz Maggiolo. Sin embargo, a pesar del reconocimiento y la aclamación, su autora no dejaría en paz a su novela. En dos ocasiones ella misma se encargaría de publicarla. Primero en 1970, bajo el sello de las “Brigadas Universitarias”, un proyecto editorial de la Universidad Autónoma de Santo Domin- go, donde nuestra autora se desempeñaba como profeso- ra e investigadora. La segunda vez, en 1980, en su Colec- ción Montesinos. Aduciendo faltas en la trascripción y compaginación, en la segunda edición hay cambios sustantivos. Han sido

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eliminadas las ilustraciones de petroglifos taínos y una sobre la lucha de liberación en Argelia, aparte de una serie de expresiones en inglés y francés, que la autora se preocupó en traducir al castellano. Dada la importancia de esta novela, que nos atreveríamos decir que no sólo sería local ni de género, sino continen- tal, y dada la imposibilidad de conseguirla en librería al- guna, nos dimos a la tarea de reeditarla. Sin embargo, justo en el momento de advertir los cambios que le hizo su autora, surgieron algunas preguntas. ¿En qué momen- to se obtienen o se pierden los derechos del mismo autor a actuar sobre su novela? ¿No contiene ya una primera edición un decir del autor? Vistas las dos ediciones sólo nos cabía el trazado de dos líneas: los del autor y las nuestras en tanto lector. En los diez años que mediaron entre ambas ediciones el mundo había cambiado sustancialmente. Es justo pensar que una novela pueda adaptarse a los tiempos, dialogar, afinarse, perder algunas aristas. Pero también el acto de publica- ción ya implica una apuesta, una responsabilidad. Hay que ser consecuente. El lector opera en este caso como un segundo hacedor de la obra. Él puede hacer que la misma se detenga, no permite que en los apuros de la nueva tinta se esfumen algunos relieves que si bien ya serían anticuados para la gran mirada del autor, para el lector chico siguen ahí, teniendo su importancia, asu- miendo su derecho. Conociendo a la Aída que conocí, estoy seguro que esta empresa editorial, que ahora llega a las manos del lector, hubiese sido deshecha desde su primera insinuación. Sin embargo, ya la suerte está echada.

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Las enmiendas se reconocerán por las tachaduras; las sustituciones de la segunda edición, por los corchetes. Para los interesados en profundizar en esta obra, anexa- mos el excelente estudio de la crítica cubana Luisa Cam- puzano, y al final una bibliografía de nuestra autora, co- mo paso a un mayor y mejor encuentros con sus arcanos.

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ELECTRA EN QUISQUEYA Luisa Campuzano

Resumen: La relación entre el Caribe y el Mediterrá- neo y, particularmente, entre espacios y conflictos ca- ribeños contemporáneos, y la Grecia también contem- poránea, a través de la reescritura como palimpsesto de grandes mitos y obras literarias de la Hélade, resulta del mayor interés cuando es abordada por mujeres, ya que dadas algunas características de la literatura feme- nina de la segunda mitad del siglo XX , los nexos que se establecen en estos textos no sólo son muy sor- prendentes e inquietantes, sino también muy subversi- vos

"O mito é o nada que é tudo"

(Fernado Pessoa, "Ulisses")

La configuración y ubicación geográfica del Caribe y del Mediterráneo, la heterogeneidad de los pueblos que han vivido y viven en sus riberas, así como algunos de los rasgos definitorios de las civilizaciones formadas en sus cuencas, principalmente su sincretismo y, a la vez, su multiculturalismo, han permitido establecer comparacio- nes y correspondencias, explícitas o tácitas, entre estos dos grandes espacios de fundación, por lo demás también muy diferentes.

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Estos nexos trasatlánticos han encontrado expresión privilegiada en todos los registros de las letras desde los días del descubrimiento, cuando los manatíes son con- fundidos con sirenas por Cristóbal Colón -¿nuevo Uli- ses, nuevo Jasón, acaso el senequeano Typhis con quien lo hace identificarse Carpentier en El arpa y la sombra?

Para comenzar por el principio, por el "pater Homerus", entre las decenas de ejemplos que pudiéramos presentar, dos muestras muy cercanas y de bien diverso carácter, colocadas en contrapuestos polos discursivos del inmen- so arco intertextual que une a ambos mares, podrían ser el gran poema Omeros (1990), de Derek Walcott, y la Odilea, de Francisco Chofre, un valenciano que escribió en "cubano" una desternillante parodia del texto homéri- co -la cual fue mención del Premio Casa de las Américas en 1966.

Pero esta relación entre el Caribe y el Mediterráneo y, particularmente, entre espacios y conflictos caribeños contemporáneos, y la Grecia también contemporánea, a través de la reescritura como palimpsesto de grandes mi- tos y obras literarias de la Hélade, resulta del mayor in- terés cuando es abordada por mujeres, ya que dadas algu- nas características de la literatura femenina de la segunda mitad del siglo XX -a las que nos referiremos más adelan- te-, los nexos que se establecen en estos textos no sólo son muy sorprendentes e inquietantes, sino también muy subversivos; lo que en no pocas ocasiones se exhibe co- mo decidida voluntad de afirmación de esta relación transatlántica y, al mismo tiempo, como muestra del espíritu transgresor con que se apela a ella en función de subvertir la cosmovisión patriarcal consagrada por la tra-

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dición clásica. Tres ejemplos muy evidentes, aunque no hagamos más que citar sus títulos, se encuentran en Homérica latina (1979), de la argentino-colombiana Mar- ta Traba -autora a la que volveremos más adelante-, El miedo de perder a Eurídice (l979) de la cubano-mexicana Julieta Campos, y Papeles de Pandora (1976), de la puer- torriqueña Rosario Ferré.

Por tanto, no puede extrañarnos que Escalera para Elec- tra, novela de la más importante escritora dominicana del siglo XX, Aida Cartagena Portalatín (1918-1994), no sólo haya sido materialmente escrita a fines de los sesenta entre Atenas y Santo Domingo, sino que a comienzos del primer capítulo su protagonista narradora, una domini- cana estudiosa del arte que lleva varias semanas reco- rriendo Grecia, mientras pone por escrito sus comenta- rios de diverso carácter sobre la tragedia de Eurípides a cuya representación acaba de asistir, diga lo siguiente:

"Dos Electras para un cerebro es un tumulto. Electra en tierras de Agamenón. También en la historia de una fami- lia amiga de la nuestra. Electra nació en mi pueblo." (Car- tagena, 5-6)

Por otra parte, si revisamos no sólo la literatura antillana, sino también otras literaturas hispanoamericanas, nos encontramos con que el mito de Electra es uno de los que se ha prestado a más reelaboraciones, y que la mayor- ía de ellas se deben a escritoras. Recordemos brevemente algunas, como la memorable "Electra en la niebla" (poema inédito hasta 1991), de la chilena Gabriela Mistral, "Re- torno de Electra" (1984), de la mexicana Enriqueta Ochoa, la Electra de Las andariegas (1984), de la colom- biana Albalucía Angel, o Electra, Clitemnestra (1986), de

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la cubana Magaly Alabáu, sobre las que volveremos más adelante.

Pero de momento conviene detenernos en algunas de las razones por las cuales la escritura femenina del siglo XX se interesó tanto en los mitos clásicos. Como prefiero repetirme que citarme, insistiré, con casi idénticas pala- bras, en lo que he dicho en otras ocasiones.

La escritura femenina de las últimas décadas, incluida la latinoamericana, se caracteriza por un espíritu transgre- sor, subversivo, contestatario, que se expresa en una praxis polémica. Entre los objetivos fundamentales de sus autoras ha estado la revisión y reformulación de las imá- genes de las mujeres acuñadas a lo largo de siglos por el discurso patriarcal. Pero aunque se ha insistido en cómo esto implica una "intervención crítica, y por lo tanto paródica, en el 'paisaje textual' preexistente" (Sklodows- ka, 144), sin embargo, no se ha reparado lo suficiente en el hecho de que parte de la revisión y subversión promo- vidas por las escritoras latinoamericanas contemporáneas ha tomado como blanco y, simultáneamente, como fuen- te, la antigüedad clásica, lo que era de esperar habida cuenta del peso que el pensamiento y, en general, la cul- tura grecolatina han tenido en la construcción de la su- balternidad femenina.

Emprendida desde la perspectiva metodológica de una estudiosa de las letras femeninas hispanoamericanas con formación de filóloga clásica, mi indagación sobre este tema, comenzada hará dos años, dista mucho de aspirar a constituirse en un inventario de "influencias" o de "de- udas" de esas autoras con el mundo grecolatino. Por lo

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contrario, su objetivo es descubrir la inteligencia con que las escritoras contemporáneas de la América Latina se han empeñado en volver a tejer con otros diseños los hilos de tramas antiguas y -en cierta medida- ajenas, o a tomar algunos de sus motivos para sus propias telas; es decir, desentrañar el modo en que Eco da nueva forma y nuevo sentido al discurso del siempre autorreflexivo Narciso.

Es, pues, tanto teniendo en cuenta la relación entre las culturas del Caribe y las del Mediterráneo, como los ob- jetivos de mi trabajo sobre la presencia de la tradición clásica en la escritura femenina latinoamericana, que vuelvo a la lectura de Escalera para Electra, retomándola más o menos donde la había dejado, es decir, en sus pri- meras páginas.

La protagonista narradora de esta novela eminentemente experimental -finalista en 1969 del Premio Biblioteca Breve de Seix Barral-, es una mujer que, nacida y formada en la periferia de la periferia, en uno de los países más pobres del Caribe, y consciente de su pertenencia a este medio, se mueve, sin embargo, en el espacio de la "alta" cultura, a la que hace permanente referencia a todo lo largo de un relato marcado por una gran -y en buena me- dida, caótica- densidad intertextual. Así da pormenoriza- da y valorativa cuenta de sus curiosas y eruditas andanzas por Grecia, intercalando digresiones tanto sobre el arte y la literatura como sobre la gastronomía y los licores de la Hélade, al tiempo que metatextualmente comenta la "biografía" de su Electra quisqueyana, la que está escri- biendo durante este viaje con la finalidad de enviar el texto a su editor europeo antes de regresar a Santo Do-

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mingo. Cada uno de los treinta capítulos de que consta la novela incorpora al principio, al final o en cualquier otra parte, sin ninguna motivación evidente o comentario, tanto pasajes de una o más escenas de la Electra de Eurí- pides, como los textos de tarjetas postales, cablegramas o cartas que la protagonista narradora escribe a distintos destinatarios. Ella discurre en torno al arte de novelar en general o se detiene, en particular, en la poética del nou- veau roman y los postulados de Alain Robbe-Grillet o de Claude Simon, e igualmente trata con detenimiento, pero siempre irónicamente, otros aspectos de la cultura con- temporánea, los grandes cambios de todo tipo que se están produciendo hacia fines de los 60 -Viet Nam, LSD, píldora anticonceptiva-. Pero, sobre todo, es de la mayor trascendencia en relación con nuestro análisis, pues este no sólo será la cornisa referencial que codifica la trama, el paralelo que va desarrollando entre la vida política griega y dominicana contemporánea a través de la comparación -también irónica- de los respectivos regímenes dictatoria- les -el de Trujillo y el de los coroneles- y su aparato mili- tar, del intervencionismo norteamericano, de los pareci- dos grados de miseria, de la emigración, en fin, de todo lo que en aquellos tiempos -y tratándose de Grecia, en bue- na medida también en estos- permitía una identificación de la periferia europea con el tercer mundo.

En este contexto sin dudas contestatario, provocador, crítico, alcanza mayor relevancia la transgresión del mito clásico que opera la autora al identificar a la "biografiada" por la protagonista narradora con Electra. Resumamos, pues, los aspectos más significativos, como "novela fami- liar", del mito, a fin de hacer más evidente su subversión

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cuando lo comparemos con la historia que se inserta en la novela.

De acuerdo con cualquier diccionario mitológico al uso lo que sigue es lo fundamental: Electra, hija de Aga- menón y Clitemnestra, después del asesinato de su padre por Egisto -quien se había convertido en amante de su madre mientras Agamenón estaba en Troya- y por ésta, logra escapar de la muerte y salvar a su hermano Orestes, pero es tratada como una esclava o casada con un campe- sino. Cuando pasados algunos años regresa su hermano, con el fin de vengar la muerte de su padre, Electra se en- cuentra con él y lo ayuda a ejecutar la muerte de Egisto y de Clitemnestra, por la que él pena hasta ser perdonado por Atenea.

Lo que cuenta la novela de Cartagena en algo se acerca, pero en mucho se aleja del mito. Don Plácido, el hombre más rico del pueblo gracias a su matrimonio con Rosaura, de la que tenía dos hijos pequeños, se pasaba la vida fuera de su casa, en juergas y parrandas, y uno de sus peones, apenado por la tristeza, soledad y trabajos de Rosaura, la ayudaba y jugaba con los niños. Celoso, Plácido decidió que los niños no eran suyos, sino del peón, se los quitó a la madre y los envió a la abuela materna, mató impune- mente al peón y encerró a Rosaura, a la que forzó para que le diera descendencia que sin dudas fuera de él. Así nació Swain -que en inglés es un sustantivo y adjetivo masculino que significa zagal, galán, amante, enamorado-, nombre que le puso una de las empleadas de la casa -que antes había trabajado con americanos-, a la niña fruto de esta violencia, la que fue educada por el padre en el odio a su madre y a todo lo relacionado con ella, incluyendo su

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abuela y hermanos. Pasado el tiempo y muertos el más

pequeño de los hermanos y la abuela, que dejó su propie- dad en herencia a Rosaura, ésta intentó irse a vivir con el hijo sobreviviente, pero Swain lo había enemistado con ella. Casualmente un muchachito de la finca descubre que Swain y Plácido tenían relaciones incestuosas y busca la forma de que Rosaura los vea. Rosaura mata a Plácido y no es descubierto su crimen gracias a la complicidad de todos. Pasado el tiempo y habiendo dividido la vivienda entre ambas, mientras que Swain se entrega a cualquiera, Rosaura tiene relaciones estables con el médico, de quien queda embarazada. A punto ya de parir, Swain intenta quitarle a su amante y, como no puede, ocasiona la muer-

te tanto de su madre como del bebé. Después se reúnen

ella y su hermano en una relación que se insinúa también como incestuosa.

Confrontadas ambas tramas, resulta evidente la defensa y prevalencia en las dos de las concepciones tradicionales de la familia patriarcal, pero mientras que en el mito

clásico el amor al padre significaba el respeto a una legali- dad estatuida que iba mucho más allá de los sentimientos

y afectos - suponiendo que estos existieran entre sus

miembros tal y como los conocemos ahora -, y el matri- cidio, por tanto, tenía un sentido de justicia dentro de este orden del padre; en la novela el amor al padre es también - y sobre todo - satisfacción del deseo sexual, por lo que el matricidio es un mero crimen pasional, una venganza entre rivales sin ninguna legitimación fuera de ese deseo perverso.

Pero hay elementos nuevos de interés, que también emergen en los otros textos de autoras latinoamericanas

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de las que hablábamos al inicio, y estos son, en primer lugar, el protagonismo que asume Electra, arrebatándose- lo a Orestes - el hermano de Swain no tiene participación en la venganza; Electra y Orestes son un continuo, un uno con dos formas en el poema de Mistral; y en los tex- tos de Ochoa, Alabáu y Angel, Orestes simplemente no existe.- En segundo lugar -y la prelación es puramente retórica, puesto que el protagonismo de Electra, colocada en primer plano o en plano exclusivo, va a ser el efecto de esta causa- es del mayor interés la transformación del conflicto en algo exclusivamente familiar -o individual, en las autoras a las que acabamos de referirnos -, que ni tiene vínculos ni repercute, como en el caso de las tres tragedias que abordan y desarrollan el mito, en la política, en la ciudad; y sobre todo su concreción en las complejí- simas y omnipotentes relaciones madre - hija, que en una sociedad significativamente matrilineal como la latinoa- mericana, tiene una trascendencia innegable, la que se evidencia en la novela, por ejemplo, en el poder económi- co y la independencia de la madre de Rosaura, de cuyo padre jamás se habla. Así Alabáu retomará esta relación madre - hija, tan consustancial en la obra de Mistral, a través de la reelaboración del mito de Deméter y Persé- fone en otro libro suyo: Hemos llegado a Ilión (1995). Sin embargo, en Ochoa el destinatario del discurso, de la súplica de perdón, del testimonio de amor de la Electra que retorna, es el padre.

Por último, resulta muy importante revisar otro aspecto que aparece en la novela y no está presente, de modo explícito, en el mito helénico tal como lo hemos resumi- do a partir de las tres tragedias que lo desarrollan dramá-

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ticamente. Se trata de la inocencia de Rosaura. La madre, en este caso, es una víctima inocente. Y, en este sentido, la bibliografía desarrollada más recientemente por los estudios clásicos feministas ha prestado especial atención a otras secciones narrativas del mito, que permiten orien- tar nuevas interpretaciones y, sobre todo, la reivindica- ción y subversión del "personaje" Clitemnestra, conside- rada no como culpable del asesinato de su marido y me- recedora del castigo que se le impone, sino como su víctima y vengadora de los ultrajes y crímenes de Aga- menón, tal como ha comenzado a aparecer en algunas de sus reelaboraciones literarias contemporáneas, entre ellas, la "Clitemnestra" de la mexicana Aline Petterson (2000). Estas secciones narrativas dan cuenta, por una parte, de que Tántalo, su primer marido, y la descendencia que de él tuvo, fueron asesinados por Agamenón, que se casó después con ella; y por otra parte, de que Ifigenia, tam- bién hija de Clitemnestra y Agamenón, fue sacrificada por éste, a pesar de la oposición y los ruegos de su madre, para que la escuadra aquea tuviera buen viento a su favor. Ambos hechos, junto con las infidelidades de que la hizo víctima Agamenón durante la guerra, y el que después trajera a Casandra y viviera con ella en Micenas, sirven para exculpar a Clitemnestra -considerada por la tragedia como símbolo de lo demoníaco, de la perversidad, de la depravación (Lesky, 316)- y para justificar su venganza.

En un análisis como el que nos proponemos no pueden obviarse la dimensión política de la tragedia en Atenas, ni el hecho de que no fuera un solo trágico, Eurípides, quien abordara el personaje de Electra -ausente de los poemas homéricos, donde su padre es tan importante-, sino que

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ésta fuera tratada, con distintas finalidades políticas, an- tes por Esquilo -en Las Coéforas, segunda parte de la Orestíada-, y también por Sófocles en su Electra, con- temporánea de la de Eurípides. Sin embargo, en nuestro afán por establecer en qué concuerdan o difieren los tex- tos contemporáneo y antiguo que estamos comparando,

y en qué medida la novela de Cartagena es subversiva y

transgresora del mito, resulta importante subrayar el carácter de la tragedia como "un discurso de la ciudad sobre ella misma, que reflejaría sus incertidumbres y una crisis de las representaciones colectivas, como síntoma de un período de mutación" (Dupont, 195), para lo cual el mito es un pre-hipo-texto, una trama sobre la que se pueden (a)bordar otros asuntos, lo que permite encon- trar en cada uno de los trágicos que se ocupan de Electra un tratamiento y un discurso político perfectamente dife- renciables y hasta contrapuestos.

Así pues, lo más subversivo y transgresor en el caso de la novela de Aída Cartagena no es su reescritura del mito de Electra, sino su utilización como pretexto para tratar como al bies, mediante el establecimiento de un al pare- cer inimaginable paralelo entre la República Dominicana

y Grecia, las condiciones políticas a las que estaban so-

metidos ambos países bajo sombrías dictaduras militares amparadas por un orden mundial que en buena medida se vale de ellas. Pero al igual que el orden económico, políti- co y social mundial, así como la historia contemporánea hacían posible este paralelo, la propia literatura del Cari- be hispano ofrecía otra muestra de un tratamiento similar de los mitos, de su puesta en función para abordar la rea- lidad nacional en su relación con la griega, en la obra de

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una notable escritora. Así en Los laberintos insolados (1967), novela de la ya citada Marta Traba, se narra el periplo de un tal Ulises Blanco, lector de Joyce, pero del Retrato del artista adolescente, quien viaja a Grecia para descubrir que los niños del Pireo son tan pobres y tan feos en su miseria y su mendicidad como los negritos de Cartagena de Indias, su ciudad, y donde aparecen una Circe, una Penélope y hasta una Itaca a la que el héroe regresa para volver a partir nuevamente como Odiseo.

Llegada a este punto, prefiero terminar con otra cita, más larga que el epígrafe inicial y tan sólida como ella, un texto que nos habla de la permanencia, de la duración, de la resistencia de esa antigüedad tan frecuentada por nues- tras autoras, y que nos explica, a su modo, el porqué de su intensidad y de su extraño y doloroso atractivo, de su fascinación:

With the sound of the sea in their ears, vines, meadows, rivulets about them, they [los antiguos griegos] are even more aware than we of the ruthless of fate. There is a sadnesss at the back of life which they do not attempt to mitigate. Entirely aware of their own standing in the shadow, and yet alive to every tremor and gleam of existence, there they endure.

(Virginia Woolf,"On Not Knowing Greek")

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Luisa Campuzano es Profesora titular de la Facultad de Artes y Letras de la Universidad de La Habana (1966- 2000), dirige desde 1994 el Programa de Estudios de la Mujer de la Casa de las Américas.

luisacampuzano@hotmail.com

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La tierra escrita. Brigadas Dominicanas, Santo Domingo,

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