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JORNADAS DE LItERAtURA COREANA Críti Ca El sol que nunca se pone, la añoranza que

JORNADAS DE LItERAtURA COREANA

Críti Ca

El sol que nunca se pone, la añoranza que no desaparece

Ca El sol que nunca se pone, la añoranza que no desaparece La novelista Kim Chae-Won
La novelista Kim Chae-Won describe con excepcional destreza profundas reflexiones de la vida a través
La novelista Kim Chae-Won
describe con excepcional
destreza profundas reflexiones
de la vida a través de una prosa
lírica y pictórica. La soledad y la
angustia internas de la autora
se transmiten fielmente en su
obra “Más allá de la montaña
del oeste”. La escritora misma
afirma que el remordimiento
es un sentimiento que persiste,
latentemente, en La canción
del bote de remos, su última
colección de cuentos en la que
se incluye el relato. Comenta al
hablar de su obra que: “siempre
estoy sentada en casa y los
cristales de las ventanas son
ventanillas por las que observo
el mundo… e intento narrar en
mis obras el mundo que conozco
y escribo ese mundo a través de
esas ventanas”.

Cho Yong-ho Novelista, periodista literario, The Segye Times Paik Soo-jang Fotógrafo

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a l mezclar conjuntamente tres colo- res vivos y primarios como el rojo, el amarillo y el azul, el resultado

que se obtiene es un negro oscuro. Tras haber estudiado bellas artes en la univer- sidad, la novelista Kim Chae-won hace la observación de que “al mezclar diferentes colores, terminan sucumbiendo a la mez- cla y se tornan oscuros” en su obra “¿Quién siente temor ante el rojo, el azul y el ama- rillo?”, incluida en su colección La canción del bote de remos y publicada después de once años de silencio. Kim Chae-won nació en 1946 y es la segunda hija del poeta Kim Dong-hwan y la novelista Choi Jung-hee. Durante la Guerra de Corea, los coreanos del norte secuestra- ron a su padre y se desconoce la fecha y las circunstancias de su muerte. Después de estudiar arte en la Universidad Femenina Ewha, empezó a publicar en 1975 Relatos nocturnos en la revista mensual Hyundae Munhak, significando para ella el debut en el mundo de la literatura. En 1989, su novela Fantasía invernal, obtuvo el premio de literatura de Yisang, uno de los premios más prestigiosos de Corea, y el talento lite- rario del que gozaba su familia se confirmó cuando Kim Ji-won, su hermana mayor, fue galardonada con el mismo premio ocho años más tarde. La última colección de Kim Chae-won era como una especie de tributo a su hermana, que había fallecido dos años atrás y cuyas influencias habían permitido que saliera a la luz su nueva obra. Es más, ella es el modelo para el personaje repre-

sentado por la prima que emigró de joven a los Estados Unidos en “Más allá de la mon- taña del oeste”. En el relato, la narradora y su prima crecieron juntas en la misma casa y con- vivieron muchas noches creando juegos de fantasía e imaginación. Su prima había

perdido a sus seres queridos, a su madre y a sus hermanos, en uno de los bombar- deos de la Guerra de Corea y la narradora también se había despedido para siempre de su padre durante el conflicto. Se halla- ban en una situación similar, por lo que compartían una predisposición emocional semejante. Aunque en la realidad es la his- toria de estas dos jóvenes, hermanas de los mismos padres, el personaje representado en el relato por la prima es alguien todavía más desafortunado. Después de emigrar a los Estados Unidos, no regresó a su patria nunca más. Pasa lo mismo con la narrado- ra que no había salido del país ni una sola vez. Al cabo de los años, durante los cuales se habían mantenido en contacto llamán- dose por teléfono e intercambiando paque- tes, concluyen sus vidas sin haberse visto las caras. Después de enviudar, la prima intenta hacer de todo en los Estados Unidos, desde una tienda de verduras y otra de ropa hasta una hamburguesería, para criar a sus dos hijos. Fueron dos las veces que la amena- zaron unos atracadores y, en ambas oca- siones, quedó a salvo al suplicar que la dejaran con vida porque tenía dos hijos que cuidar. Los rumores eran que la habían vio- lado las dos veces. Después del atentado terrorista del once de septiembre en Nueva York, la narradora se comunicaba con más frecuencia con su prima para confirmar el estado en que se encontraban. En ese con- texto, comenta sobre la existencia de su prima que “hay cosas que todavía desco- nozco de mi prima”, pero que “comparán- dose con antes, siento que estamos identi- ficándonos más”. Y llegó un día en que fue imposible comunicarse con su prima. Cuando estaba a punto de ingresar en la escuela primaria, su prima escribió un poema que dice: “El sol que cruza y cruza

escribió un poema que dice: “El sol que cruza y cruza la montaña / agita las

la montaña / agita las manos diciendo estoy yéndome y yéndome”. Aunque desa-

pareció a lo lejos tras la montaña del oeste, encerrándose en un profundo silencio, la narradora realiza un nuevo descubrimien- to de lo que es la “sabiduría”. Este es que

el sol nunca se pone, que el sol no se pone

mientras está dormida, sino que cruza la montaña del oeste para iluminar a su prima. Mientras ese sol no desaparezca y mantenga su existencia, su prima, a pesar de que haya muerto en tierras lejanas, per-

sistirá con vida dentro de su corazón. Las obras de Kim Chae-won se han con-

siderado como una creación de “dibujos entretenidos” por sus vívidas narraciones.

A través de su penetrante contemplación

de la vida, despliega su capacidad de retra-

tar objetos, seres humanos y el mundo a través de una diversidad de colores pro- piamente suyos. Igualmente, el título de la colección Canción del bote de remos repre- senta el microcosmos del mundo literario de Kim Chae-won . Este relato, que tiene un fuerte carácter autobiográfico, ofre- ce una lírica descripción de recuerdos de los años que transcurrió en el escenario hogareño de su infancia y adolescencia. Los elementos destacables son la “casa”,

la madre que, en ausencia del padre, cuida

sola a sus hijos, un romántico hermano mayor y sus hermanas. La escritora pre- senta la casa, que ahora solamente existe como mera noción, que simbolizada como un “bote de remos” se esfuerza por dete- ner los recuerdos que fluyen a la deriva en la corriente de los tiempos pasados. Es por eso que el relato empieza con tenues murmullos: ¿Habría podido navegar en ese bote de remos y traspasar la noche? “La noche es tan profunda que parece que está muy distante y que es imposible atravesarla, una oscuridad indescifrable;

el viento feroz revienta contra el patio, la puerta, el manantial, en lo alto de los árbo- les, el techo y los muros rompiendo el aire en pedazos frenéticamente. Un barril vacío cae de lado haciéndose pedazos, el cuenco de aluminio con el que se tapaba la vasija de barro cae rodando dando vueltas y vuel- tas, el arrastrar de hojas secas caídas por aquí y por allá…” Su hermano mayor, un chico sensible,

a quien le gustaba tocar el acordeón e ir al cine, no tenía grandes aptitudes para adap- tarse a la realidad. Para sus hermanas era una persona cariñosa, pero a los ojos de su madre, que con frecuencia derramaba lágrimas de frustración, era irremediable- mente deficiente como heredero del linaje de la familia. Anduvo de novio de una her- mosa chica y después de la decepción que se llevó por la oposición de la familia de la chica, pasaba los días bebiendo sin hacer nada más y dejó este mundo todavía siendo joven. Para ganarse la vida y sacar adelante

a su familia, la madre salía silenciosamen-

te de casa para tomar el tren y regresaba ya muy de noche. Esos días, dolorosos pero nostálgicos, no los podía vivir de nuevo. ¿No podrían regresar como nociones de recuerdos de un bote de remos? La autora va escribiendo sus últimas frases poéticas con una brocha que se distingue por estar llena de desmedida esperanza. Si ese bote de remos viniera traspasan- do la noche… si ese bote de la infancia, que partió temblando de miedo, pudiera lle- gar cruzando la profundidad de la noche… Podría ser que una suave brisa pudiera soplar produciendo una agradable melodía, con tal de no despertar al bebé que duer- me bajo la sombra del árbol… En un día de primavera que todavía permanece sin

irse… (Traducido por Kim Un Kyung)

En un día de primavera que todavía permanece sin irse… (Traducido por Kim Un Kyung )

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Más allá de la montaña del oeste Kim Chae-won Traducido por Kim Un-kyung, Universidad Nacional

Más allá de la montaña del oeste

Kim Chae-won

Traducido por Kim Un-kyung, Universidad Nacional de Seúl Ilustraciones de Kim Si-hoon

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Cultura y arte de Corea 71

Más allá de la montaña del oeste

L lamé a mi prima que estaba en Nueva York para pedirle

que me consiguiera información sobre academias de

diseño de moda. Respondió de inmediato que lo haría

con mucho gusto. La había llamado a petición de una com- pañera menor que yo, la cual deseaba ir al extranjero para estudiar diseño de moda. En ocasiones anteriores ya le había pedido ayuda a mi prima que residía en Nueva York y, aunque siempre había respondido positivamente, me daba la impre- sión de que sus favores no habían sido muy útiles. Al pensarlo más detalladamente, fueron más las veces que había salido bien, pero el hecho de que tuviera una impresión negativa puede que fuera porque sabía que ella tenía una total disponi- bilidad para colaborar. Era por eso que al no llevarse a cabo algún asunto, aun con las buenas intenciones que mostraba, la decepción era mayor. Después de responder gustosamente –“Sí, sí, yo lo averiguaré”-, siempre me transmitía que debía esforzarse mucho para conseguir lo que le solicitaba. Por lo que no era fácil para mí consultarle cualquier duda que tuvie- ra.

También fue así en esta ocasión. Se demoró casi un mes en darme la información sobre las academias de diseño de moda y resultó que no estaba muy enterada. Le había pedi- do el favor a su hijo y también se lo había preguntado a una amiga que tocaba el violonchelo, que vivía en la costa y que le contestó que haría lo que pudiera, y además a otra amiga, que siempre estaba ocupada en sus frecuentes actividades socia- les y que le había contestado que la mejor academia de diseño de moda estaría entre las grandes avenidas de Nueva York. Me dijo que pensaba visitar personalmente esa academia que supuestamente estaría en alguna de las manzanas de esas avenidas. -No es nada difícil conseguir información de ese tipo. Considera que es lo mismo en nuestro país, cuando intentas conseguir información sobre universidades o colegios espe- cializados que hay en Seúl, qué características tienen y a dón- de se debe recurrir para estudiar lo que te interesa. Viviendo ya tanto tiempo en Nueva York, con solo pedir a tus críos que busquen con un ordenador las academias de diseño de moda, encontrarían sin más la dirección de cada una de ellas. ¿Te acuerdas de Seung-jun en nuestra niñez? Aunque era en la época justo después de la posguerra y realmente era difícil ob- tener información, ¿recuerdas que consiguió direcciones, que no sé cómo lo haría pero sería recurriendo por ejemplo a la Embajada de los Estados Unidos, y al escribir a las universida-

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des estadounidenses nos iban llegando folletos y formularios de inscripción? -Pues sí. –También ella asintió. El olor peculiar de los papeles que llegaban de los Estados Unidos, formularios, inscripciones, impresos en inglés que, aunque no eran productos fabricados, por el hecho de que

procedieran de ese país eran ya algo lujoso y novedoso, como

si fueran un obsequio valioso. Había escuchado decir a nues-

tro sénior Seung-jun, cuando preparaba y enviaba formularios de inscripción, que en zonas como Oregón, California y Flori- da se producían muchas naranjas y que en Nueva York había metro y que allí estaban la Estatua de la Libertad y el Empire

State, el edificio más alto del mundo. -Pues sí, intentaré informarme más. Le diré a Chang-i que rebusque más en Internet. Poco después de esa llamada, sonó de nuevo el teléfono. Mi prima dijo que lo sentía mucho, pero que a no ser que fuera algo adonde pudiera ir o que pudiera buscar directamente, le era difícil hacerlo consultando o pidiendo el favor a otros, aun- que fueran sus propios hijos. También pedía de nuevo discul- pas por no haber hecho más que hacernos perder el tiempo. -Chang-i seleccionó dos universidades, la de Nueva York

y otra. Me parece extraño que hubiera solamente esas dos y,

por eso, se lo eché en cara. A raíz de esto, incluso nos encon- tramos cerca de su oficina a la hora del almuerzo.

-¡Qué extraño! Si sabes manejar un ordenador, ¿cómo es

que no obtienes la lista entera? Sé que las instituciones hacen lo posible por atraer a un mayor número de estudiantes, pero

a qué se debe que sea tan difícil obtener información sobre

esas academias. -El que vivas en Nueva York no quiere decir que estés ente- rada de todo. La verdad es que no sé nada. Lo mismo mis hi- jos. Pues han estudiado aquí desde la primaria hasta la univer- sidad, pero siempre estábamos perdidos sin saber cuándo era

el ingreso o el inicio del semestre. Es extraño. No lográbamos

saberlo. Tampoco los niños lo sabían y por mucho que llamara

al colegio era imposible obtener información.

Cuando escuché que no sabía siquiera el inicio del colegio, tuve la sensación de darme cuenta, de una vez por todas, a lo que se estaba refiriendo. Era algo que ocurría con frecuencia viviendo incluso en el propio país. En la graduación de secun- daria de mi niño, fui a la sala de graduación de bachillerato. Estuve un largo rato de pie, detrás de todos, viendo la espalda de los alumnos de bachillerato que se graduaban, y al ente-

rarme e ir a la sala de graduación de secundaria tardíamente ya había terminado el acto. Es bastante común que ocurran estas cosas. ¿No es cierto que hay infinidad de veces en nuestra vida diaria que por mucho que leas cuestionarios de encuestas, manuales de uso de productos o información sobre cuentas de ahorro, no te enteras de nada? Con seguridad, la mayor parte de la gente no está enterada de lo que ocurre en

el mundo ni de lo que realmente tiene que hacer en cada caso. -Pues, nada de nada. Tampoco tenemos idea de quiénes so- mos ni cómo es el lugar donde habitamos.

Mi prima continuó hablando. Aseguró que tan solo la frase

“conócete a ti mismo” de Sócrates era lo único significativo y verdadero en esta vida. Se rio un poco al comentarlo y tam- bién me reí ligeramente con ella. Con eso, decidí desistir de conseguir información sobre academias de diseño de moda a través de ella. Más tarde, me vino a la mente el nombre de la zona situada entre esas avenidas. Asimismo, recordé que para consultar sobre este asunto se había encontrado con Chang-i, hijo de mi prima y sobrino mío, que trabajaba en una oficina, con traje azul y de pelo largo recogido, y que vino con una nota con direcciones a una cafetería o a un McDonald en una de las aceras de la calle. Sería una calle con rascacielos iluminados

bajo el sol y, de un punto a otro, entre las grandes avenidas pa- vimentadas habría ventiladores del metro que, con el aire que ascendía desde el subsuelo, harían que se agitaran las faldas o los ruedos de las gabardinas de los transeúntes.

En tal caso, ¿por qué sería que todo lo demás me parecía

tan poco real? Así me lo parecía. Al marcar el número, salía sin excepción la voz de mi prima que decía “yeoboseyo” o “he- llo” y siempre me hacía pensar en las cajas de música cuando al darles cuerda y abrirlas salía sin falta la misma música; unas pequeñas cajas de las que salen canciones como The Jewels of the Madonna o Je crois entendre encore. A medida que pasaba el tiempo, dudaba, produciéndome una extraña sensación, de si realmente ella estaría en un lu- gar tan distante. Ya hacía mucho que había recibido la carta de mi prima en la que me decía que había leído mi carta senta- da en un banco en el centro de la ciudad por donde pasaba el río Hudson. En aquel entonces, nos escribíamos mucho. Pen- saba que por teléfono no debíamos hablar más que de asuntos urgentes. ¿Qué más se podía decir, además de cosas urgentes, en conferencias internacionales? Aun así, hoy en día, en lugar de cartas, me comunico siem-

pre por teléfono con mi prima. Hablamos más lentamente que en las llamadas urbanas. No deja de ser irónico. Verbalizo una lengua en la que desciende el acento en la última sílaba de la

palabra y que es lenta a morir. Mientras tanto, se eleva la tari- fa. Puede que por esa tarifa alta reaccionara de forma contra- ria inconscientemente, debido a una inexplicable tensión que se me producía. Últimamente, han bajado mucho las tarifas y ha cambiado la forma de vida, además de que las compañías de comunicación, por competencia, ofrecen horarios de des- cuento. Y es por eso que hemos adquirido el hábito de utilizar- lo en sustitución de la correspondencia.

A diferencia de mí, ella hablaba un poco más rápido, como

antes, cuando colgábamos nada más decir lo más urgente. Sería porque deseábamos utilizarlo al máximo, más efectiva- mente, hasta el último segundo, diciendo lo que teníamos ano- tado de antemano o cosas que se nos ocurrían en el momento, sin pensarlas, aunque fuera lenta la velocidad con la que ha- blábamos. En general, eran muchas las personas que regresaban fre- cuentemente a nuestra patria, pero ella, desde que se fue, no regresó ni una sola vez. Asimismo, eran muchas las personas que iban con frecuencia al extranjero, pero todavía no he sali-

do nunca de mi país.

A veces, me enviaba paquetes. Cuando abría su regalo,

tenía la misma impresión que cuando recibía los folletos informativos de ingreso a universidades que nos enviaba Se- ung-jun por el olor parecido que provocaba. Novedoso, abun- dante, juvenil, capaz, refinado, moderno… un mundo nuevo… Siempre abría el paquete sobrecogida por esas impresiones. Aun ahora, que vivimos en medio de un flujo de artículos de importación, siempre he tenido exactamente la misma exci- tación con sus paquetes que cuando recibí el primer folleto informativo de ingreso a universidades. Yo también solía enviarle cosas, pero no estaba al tanto de la impresión que tenía ella ni del olor y el colorido que le pro- dujeran a mi prima los objetos procedentes de su patria. Creo recordar que dijo cosas como que los objetos que venían de Corea tenían un extraño encanto, eran más atractivos y que allí no existían cosas parecidas. Una vez le envié ropa de cama. No sé por qué le envié esos edredones tan abultados, ya que con seguridad los habría allí también. Cuando compré el edredón y salí del almacén Mido-

pa, estaban en plena manifestación en contra de la Constitu- ción Yushin. Parecía que los manifestantes se habían reunido

Cultura y arte de Corea 73

Más allá de la montaña del oeste

en la Catedral de Myong- dong y se habían echado a la calle para iniciar la marcha. Huyendo de los gases lacri- mógenos, me amparé en un paso subterráneo y costo- samente logré llegar hasta la oficina central de correo. Todavía recuerdo que el pro- ceso de poner sin pausas las estampillas y sellar los docu- mentos por parte del emplea- do me pareció que había flui- do tan regularmente como la

do me pareció que había flui- do tan regularmente como la que no la mataran porque

que no la mataran porque tenía hijos que cuidar y que, a cambio, podían llevarse lo que quisieran. La escucha- ron las dos veces. Recuerdo haber leído en un ensayo el comentario de que había personas que tenían sufrimientos que podían soportar, pero que re- petían constantemente que les era doloroso y penoso. Yo pensaba lo mismo, pero no había logrado aclarar mis

corriente de un río. -Pues sí, estoy segura de que habrá otra forma de averi- guarlo. Es más, debo buscar aquí mismo a alguien que sepa,

ideas hasta tal punto y fue una buena ocasión para reafirmarlo. Y me vino mi prima a la mente con naturalidad. Su actitud siempre era que las doloro-

¿No te acuerdas que fuimos juntas a verla cuando éramos es-

que sea competente con el ordenador, y que proceda ella mis- ma a obtener esa información. Tengo una compañera menor

sas cargas que tenía no eran para nada comparables con las que se sufrían en el mundo. Era una especie de humildad ante

y

le diré que busque en Internet. El Internet puede aunar el

la vida. Después de dejar su trabajo, dibujaba pintando algo

mundo en una gran red. -Así es, será mucho más fácil. Pero todavía no ha regresado Jun-i. No sé qué es. No termina por ser realmente extraño, esto de sobrellevar la vida. ¿No te ocurre lo mismo? Preocu- parse porque no regresa el niño y todo lo que se hace para… Me parecía escuchar a través de la línea telefónica el so-

ocasionalmente. De hecho, a veces metía uno o dos dibujos en sus paquetes. Siempre había pensado que con su delicada sen- sibilidad podría llegar a ser escritora o pintora. Cuando partió hacia los Estados Unidos, tenía la impresión de que conser- vaba esas esperanzas en el fondo de su corazón. Al escuchar que últimamente se ponía a dibujar de vez en cuando, pude

nido de los coches que pasaban velozmente por las calles asfaltadas de Nueva York, los postes anaranjados de las calles

confirmar que las sospechas que tenía no estaban equivoca- das.

y

los vehículos que aumentaban de velocidad. Pocas señales

Agregó, también, que iría a escuchar seminarios de au-

de vida… En unos instantes, el alba se acercará rompiendo la oscuridad de la noche. Estaba sintiendo la profunda oscuridad de ese remoto lugar. Podía sentir a mi prima que, colgada al otro extremo de la línea, se alejaba más y más. Cuando mi prima emigró con su marido y sus dos hijos, yo fui también al aeropuerto. Su marido, que se había ido prome- tiendo hacer realidad su sueño en Nueva York, el corazón del

mundo, es uno de esos casos que se paró a la mitad. En una si- tuación sin apoyo de ningún tipo, en su esfuerzo por estudiar

tores invitados en la Universidad de Columbia, la cual no le quedaba lejos de casa; y que incluso John Updike fue a dar un seminario, pero que se lo perdió. -¿Te acuerdas de Sandra Dee? –se escuchó de nuevo la voz de mi prima desde el otro lado de la línea. -¿No es la actriz de la antigua película A Summer Place?

tudiantes? -Justo acaba de salir, aquí, en la televisión y presentan su

y

trabajar, colapsó perdiendo la vida. Después de enviudar, mi prima abrió una hamburguesería

autobiografía en un documental. En la retransmisión sale alguien, de vez en cuando, dando explicaciones y no es otra

y

tiendas de verduras y de ropa, probando de todo, y hacía

que la misma Sandra Dee. Dice que vivió junto a su madre y

unos dos años que se había retirado. Se encontró dos veces cara a cara con asaltantes negros armados que habían entra- do en la tienda y salió ilesa de puro milagro. Dice que suplicó

su padrastro. En un momento, su padrastro dice que “me casé con dos mujeres” y esa parece ser la clave del significado. La popularidad de las actrices como Sandra Dee es tan solo mo-

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mentánea. ¿Quién es la actriz de Bonnie and Clyde ?… ¿Faye Dunaway? Parece ser que se requería a una actriz con más na- turalidad, como ella. Al no actuar Sandra Dee en películas, no pensamos que fuera por algo especial pero, ¿quién diria que no salía ya más porque no tuviera popularidad? -¡Ah! Pues, era eso lo que pasaba. -Mientras veía ese programa, pensé de nuevo que la capaci- dad de una persona tiene sus límites y es algo tan simple que, en lugar de mostrar lo que tiene en sus adentros, es mejor mantenerse de pie responsabilizándose de sí misma. En otras palabras, ¿de qué sirve ahora el haber exteriorizado su vida privada? Me parecía que la realidad era únicamente lo que se dejaba ver. Pensando en mi prima, que esperaba de noche a sus hijos que no habían regresado todavía, dirigí la vista a los rayos de sol que me iluminaban a través del cristal ahumado de las ven- tanas de mi habitación. Era por el cristal que, medio opaco, podía ver, sin que me molestaran, los rayos de sol que caían de pleno. ¿A dónde se habría ido el Sol la noche anterior para apare- cer ahora de nuevo? Mejor dicho, ¿por qué estaría ahora oscu- ro el lugar donde mi prima estaba? ¿Hacia dónde se habría ido el Sol? ¿Sería que porque estaba aquí ahora era allí de noche? Me vino a la mente el poema infantil que escribió mi prima cuando estaba por entrar en primaria. “El Sol que cruza y cruza por la montaña Agita las manos diciendo estoy yéndome y yéndome”. Me parecía sorprendente que todavía lo recordara, sin haberlo olvidado en todo este tiempo. No solo este, sino que también me acordé de otro que ella memorizaba. “Las ramas del sauce se peinan con la suave brisa. Me acuerdo de mi hermana mayor”. Este poema no era suyo, sino que lo había leído en alguna parte y lo había memorizado para recitármelo. Aunque toda- vía estaba en primaria, leía la revista Hagwon destinada a es- tudiantes de secundaria y bachillerato, y tenía la sensación de que lo había encontrado allí. Mientras escuchaba el poema que mi prima recitaba, me- morizándolo, dibujaba en mi imaginación a alguien que pei- naba sin cesar su larga cabellera. Un peine hecho de madera fuerte y sólida, tal vez de roble, paulonia o pino, con barniz cubriendo la madera natural. A alguien que se peina y repeina su larga cabellera, que parecía como de ébano, doblando lige- ramente la cintura para bajar el cuello hacia un lado. La brisa,

, Estados Unidos? ¿Habría también hermanas mayores en los Estados Unidos? ¿ Existiría solo en nuestro país la montaña del oeste? Unos momentos después, me acordé de una escena de la película East of Eden en la que el protagonista, interpretado por James Dean, llora bajo un sauce al escaparse de casa des- pués de que lo riñera su padre. También recordé cómo apren- díamos la palabra “sister” del manual de inglés de secundaria. Para que lográramos pronunciarla con exactitud, el profesor nos hacía repetir infinidad de veces “sister, sister ”. Efectiva- mente, eran cosas, todas ellas, que también existían en los Estados Unidos. Aun así, los sauces allí serían diferentes de los que hay en Corea. La sister que vive allí sería diferente de las nunas, las hermanas mayores de nuestro país. Incluso así, cuando de- cimos la montaña del oeste… “west mountain ”… la montaña que se encuentra en el oeste sería, en efecto, muy diferente de nuestra montaña del oeste…

¿habría sauces también en los

el sauce, una hermana mayor

L a montaña del oeste… el ardiente sol que cruza la mon- taña del oeste, cada vez que lo hace expande suavemen- te el resplandecer del ocaso. El Sol se enrojecía más y

más hasta el momento en que se precipitaba la oscuridad. El resplandor se expandía por todo el cielo al este. Al desapare- cer los rayos de ese resplandor, todo es oscuridad. Es por eso que el Sol con mucha ansiedad, con el objetivo de mantener hasta el último rayo de luz que le queda, se esfuerza todo lo que puede para expandir su resplandor. La oscura noche después de tragárselo la oscuridad. El Sol ha desaparecido sin dejar rastro más allá de la desierta monta- ña del oeste… pero, después, de nuevo un matutino Sol redon- do se eleva por encima de la montaña del este, extendiendo risueño sus rayos claros y brillantes en todas direcciones. Es un mundo en el que al salir el sol, enorme y redondo, se llena de alegría y plenitud; y el Sol, como si fuera en sí mismo alegría y felicidad, ofrece al mundo entero un sueño que rego- cija el alma. -¿Te gusta ver cómo el Sol ilumina con claros y pulcros rayos de luz cuando se eleva, empezando en una montaña cercana, por encima del manantial que hay al lado del laurel? ¿O te gusta cuando alguien llama a la puerta en una noche de nevada y al salir te encuentras con un visitante agradable que viene de lejos y está parado pisando la tenue luz de la Luna?

Cultura y arte de Corea 75

Más allá de la montaña del oeste

¿O que las hojas que han caído en el patio se arrastren, con el viento de otoño, yéndose para siempre a un lugar desconoci- do?

Mi prima y yo hacíamos juegos de preguntas de este tipo.

Intentábamos dibujarlos en la mente y, entre las escenas que considerábamos excelentes, nos esforzábamos por seleccio- nar la mejor que fuera acorde con nuestros sentimientos.

Como si con solo seleccionar, es decir como si el mero hecho en sí fuera un regalo para nosotras.

Mi prima y yo crecimos juntas en la infancia, conviviendo

en la misma casa, y compartimos largas noches jugando de esta forma. Mi prima perdió a su madre y hermanos en un

bombardeo durante la Guerra de Corea, y yo a mi padre, por

lo que teníamos circunstancias y estados de ánimo similares.

El que nos enviemos paquetes, pienso si no será la continua- ción de esos entretenidos juegos. Me puse a pensar en esas cosas, todavía con el auricular en las manos. Hasta que el Sol aparecía, después del ocaso, entre las montañas del oeste… El Sol regresaba después de iluminar ese lejano país. Me di cuenta de esa realidad como si hubiera descubierto un nuevo conocimiento. El Sol, sin descansar un momento, iba a Occidente a iluminar, mientras dormíamos

aquí al llegar la noche. Al despedirse, agitando las manos, no

se dirigía a otro lugar, sino a donde se hallaba mi prima.

de que es cambiable, nada puede definirse tal como es…

Sería por coincidencia que, mientras imaginaba los cósmi- cos movimientos del Sol, mi prima sacó a cuento algo que me concernía directamente:

-Pero, ¿a qué te refieres con eso? -¿No hay siempre premisas en todo? Y luego, parece como si este mundo estuviera lleno de voces explicándolo y revo- cándolo. Pasa siempre que la gente dice “pues, sabe usted que…” y empiezan luego a explicarlo, pero desde ese “sabe usted” intentan convencerte de algo que desde la primera pre- misa es erróneo. Lo que quiero decir es que este mundo está lleno de gente de ese tipo.

Me reí. Alguien que conozco, diciéndome que “¿No nos moriremos algún día? Somos mortales”, me proponía que cre- yera en Jesús. ¿Es que hay alguien que desconozca que todos moriremos? Me sentía un tanto sofocada cada vez que escu- chaba a esa persona, y pienso ahora que se debía a que estaba equivocada desde las primeras premisas a las que mi prima se refería. -Se dice que debes considerar a la muerte como un conseje- ro. Entonces, las cosas se vuelven un poco más claras, ¿no te

parece?

Lo extraño era que mi prima sacaba a cuento todo cuanto yo tenía en el interior.

Al amanecer aquí, se oscurecía allí y viceversa. Esos movi-

 

Al otro lado de la línea telefónica está el apartamento de

mientos vinieron hasta mí haciéndomelo sentir en una esceni-

mi

prima, al que no ha regresado su hijo menor, el televisor

ficación extremadamente vasta y hermosa, como una especie

en

el que apareció Sandra Dee en un programa, la habitación

de música, que se expandía amplia y extensamente al igual

en

la que se encontraba ahora sentada: son cosas que vislum-

que el cielo de la noche.

bré por un momento, pero que desaparecieron al instante. Y

También me vino a la mente la forma redonda de la Tierra.

muy lejos de la habitación donde ella se encontraba sentada,

Dicen que a Galileo, que apoyaba la teoría de Copernico de

en

la oscuridad, la Estatua de la Libertad estaba de pie con

que la Tierra era redonda, se le enjuició en un tribunal. Fue porque en aquel entonces se creía que la Tierra era cuadrada.

una mano muy alzada, vislumbrándola instantáneamente y desapareciendo rápidamente. ¿Cómo son los Estados Unidos?

Saliendo del tribunal, después del veredicto, Galileo murmuró

El

país desde el que Seung-jun envió innumerables solicitu-

en silencio que: “Pero aun así, la Tierra es redonda…”

des de ingreso, donde maduran las naranjas y donde está el

-Puede que alguien afirme que uno de los lados es el iz- quierdo. Todo lo que existe en este mundo tiene sus premisas.

edificio Empire State. En Nueva York, del que se dice que es el corazón del mundo, fluye el río Hudson y está la Estatua

Y

a través de la ciencia, la religión o la filosofía, o mediante

de

la Libertad, las calles se denominan según el número de

cualquier otro medio, algo que se había establecido como

avenida que les corresponde, está el apartamento donde vive

izquierdo se refuta calificándolo de nuevo como derecho. Es

mi

prima y también se encuentra mi prima misma. Desde el

como, por ejemplo, aunque se hubiera establecido el supuesto

momento en que articulábamos ”si-seo-teo, si-seo-teo” tras el

de que la Tierra era cuadrada, hay quien descubre que es re- donda y que tiene rotación. De esta manera, todo en este mun- do está sujeto a un cambio incesante. Solamente que, además

profesor para perfeccionar nuestra pronunciación, todos los niños soñábamos con ir a los Estados Unidos cuando fuéra- mos mayores. Y al crecer, puede que esos niños, igual que en

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sus sueños, fueran a los Estados Unidos a trabajar o a casarse. Habría muchos, como el marido de mi prima, que emigraran para continuar sus estudios.

Un país en el que tanto el Presidente como un ciudadano

cualquiera comían la misma hamburguesa, un país que te re-

munera lo que has trabajado, un país que conserva el espíritu

de la hermandad. Aún conservo en la mente lo que aprendí en

clase, en mi época universitaria, de que “lo que engrandece

a los Estados Unidos no se debe a que todos luchen por su

supervivencia, sino a que cada individuo admite su responsa-

bilidad para la supervivencia de todos”. Me parecía que, más o menos, era esa la impresión que tenía de los Estados Unidos. Pero ahora no lo era. Estados Unidos, al prosperar, daba la impresión de haberse cerrado en su propia muralla de hierro.

Mi prima me había dicho que Estados Unidos era un país que

hacía que una persona se sintiera como tal. Lo que intentaba decir era que, comparado con nuestro país en que no se tra- taba a la gente debidamente a raíz de valores distorsionados, Estados Unidos era un país relativamente justo y apropiado.

Pero, aun así, el sonido de coches sobre el asfalto, al otro lado

del auricular, me parecía del todo salvaje y desolado. Me daba

la impresión de que mi prima, atada al auricular, se alejaba

más y más. Sin embargo, parecía estar adaptándose bien a la vida de los Estados Unidos.

En las fotos que se había tomado con niños de familias

coreanas inmigrantes, que la invitaban a condominios y man-

siones en Manhattan y Greenwich, parecía que conservaba la misma apariencia de soñadora. En absoluto parecía haber sufrido de una vida dura. Fotografías de familias reunidas en la playa asando y co- miendo almejas. Excursiones en un parque, aunque ahora

no es así. Pero, nada más llegar ella como inmigrante, las

ya

treinta y cinco años, cuando enviudó. Y está llegando ya a los sesenta. No es que no tuviera romances. De hecho, me había hablado de algunos, y sobre uno en especial me dijo cosas realmente fantásticas. Era un hombre que vivía solo, después

de perder a su esposa en un accidente de tráfico, que la había

invitado a su casa en la playa y que también había hecho una reserva en un restaurante. Sin embargo, mi prima nunca aceptó la invitación y como él, por ahora, no se dejaba ver. De todos modos, mi prima pudo verlo en algunas ocasiones. Una vez, había ido con los niños el día de su cumpleaños a ver una película y salía de un restaurante cuando ese hombre, ante un coche negro, se hallaba parado sin quitarles la vista de encima

mientras pasaban. Luego, se encontraron de paso en las escaleras de una ga- lería de arte y se cruzaron ante la caja de un supermercado. Pero tanto él como ella pensaban encontrarse algún día, y aunque le producía temor deseaba que se hiciera realidad. -Si te produce temor tienes que preguntarte las causas, mi-

rar hasta el fondo, reflexionarlo hasta que se derrita. El miedo

hay que confrontarlo hasta que desaparezca. Está ya ama-

neciendo. Jun-i regresará ya. Tiene que irse al trabajo. Hasta entonces, esperaré tomando té. -Bien, te llamaré de nuevo. No podíamos estar al teléfono indefinidamente y cortamos la llamada porque, de súbito, tuvimos la impresión de que ha- bíamos hablado por demasiado tiempo. Llamé al trabajo de mi compañera menor y le dije de corri-

do que mi prima estaba haciendo todo su esfuerzo para obte-

ner la lista de las academias, las características que tenían y

el sistema de becas, y que enviaría también las solicitudes de ingreso. Le dije que ella iría, directamente, a la mejor escuela

de diseño de moda situada entre las grandes avenidas.

personas que habían trabajado duro toda la semana acos- tumbraban a reunirse allí para hacer pequeños festejos. Se intercambiaban información o consultaban nuevos puestos

Después de eso, pasaron unas dos o tres semanas. Preci- sándolo más, habían transcurrido unas dos o tres semanas cuando se produjo el ataque terrorista en Nueva York. Ni mi

Todo lo que puedo decir que hice claramente en ese tiempo

de

trabajo, pero también había parejas que se miraban uno al

prima, ni yo, ni nadie más había supuesto que ocurriera en

otro sin ningún sentimiento especial o parejas de cónyuges que se peleaban abiertamente ante los demás. Había parejas que incluso se golpeaban la cabeza y, aun después de esceni- ficar ese indeseable enfrentamiento, se reunían de nuevo en

unas cuantas semanas un atentado de tal magnitud y que volviera a empezar la guerra que habíamos vivido en la niñez.

fue la visita que hice a mi hijo, que estaba en la mili. Su unidad

el

siguiente fin de semana. No había otra manera de llevar sus

se

ubicaba en las cercanías del paralelo 38, pero cambiando

vidas y, por eso, se reunían para pasar el fin de semana en la

de

autobús varias veces llegué a la sala de visitantes y registré

playa, en ese parque o en el salón de casas ajenas.

la visita tal y como me instruyó mi hijo. Aunque era domingo,

Mi prima también había llevado esa vida hasta antes de los

mi hijo estaba en el campo de trabajo. Al escuchar su nombre,

Cultura y arte de Corea 77

Más allá de la montaña del oeste

se le abrieron los oídos quedándose intrigado de quién sería

la visita y al enterarse de que era su madre vino corriendo con

una sonrisa radiante. Fuimos juntos en autobús hasta un pue- blo vecino, pasamos la noche en una pensión, nos despedimos hacia el mediodía del día siguiente y regresé a casa. El pueblo contiguo a los cuarteles del ejército estaba lleno de soldados que tenían día libre. Dondequiera que fuera, no había más que soldados. En karaokes, cibercafés, restauran- tes, panaderías, baños públicos y en cualquier lugar… Ese pe- queño pueblo parecía una realidad remota creada únicamente

para los soldados en su día libre, aislada del resto del mundo. Esa era la impresión que me causaba, por mucho que no falta-

ra nada de lo que se necesitaba en la vida diaria. Fue por eso

que llegué a dudar de que hablaran allí la misma lengua…

La cabina del teléfono público colocada en la calle parecía

ser el único canal que conectaba el pueblo con el mundo ex- terior. Cuando entré con mi hijo a un cibercafé, interiormente

me sorprendí de que existiera allí otro canal de salida al mun- do. Puede ser que fuera, en parte, porque había entrado a un cibercafé por primera vez en mi vida.

Mi hijo, que justo acababa de celebrar su mayoría de edad,

se sentó ante el ordenador, abrió un portal en Internet y buscó

su nombre. Sin embargo, no había nada de lo que había su- puesto encontrar.

¿Qué debía haber al lado del nombre del chico? ¿Qué sería

lo que esperábamos que hubiera a nuestro lado? Se me ocu-

rrían también otras cosas. Cuando mi hijo buscó su nombre, fue solamente su nombre lo que encontró, pero no fue a sí mismo, ¿no? ¿Qué era nuestra existencia? Me sobrecogía la idea de que no fuera algo que estuviera junto a cualquier cosa,

es decir que fuera algo diferente que no existía ni en ese lugar

ni dentro del nombre. El chico, ante la pantalla del ordenador

encendido, estaba allí sentado sin tener nada que atestiguara que era él mismo.

Me parecía haber visto a través de mi hijo algo indescifra- ble, casi al borde del terror de la soledad del ser humano. Sen- tía como si se me cayera el alma por un precipicio sin límite.

Y murmuré: ¿qué hago? ¿Qué se debe hacer? Frase que sin

cesar me viene a la mente a diario. Hay innumerables episodios que se producen en mi vida diaria, como por ejemplo el equivocarme de salón de gradua- ción y salir corriendo en busca del de secundaria, ilegibles documentos como las encuestas, notificaciones oficiales de entidades gubernamentales o cosas por el estilo que ocurren

78 Koreana Invierno 2015

o cosas por el estilo que ocurren 78 Koreana Invierno 2015 en la vida diaria, como

en la vida diaria, como cuando la lavadora parece estar estro- peada y que por mucho que aprietes botones realiza funciones diferentes y no acaba de hacer el lavado. Por de pronto, me pongo a pensar diciéndome, ¿qué hago?, ¿qué puedo hacer? Y en eso, me doy cuenta de que no es gran cosa, que es algo para lo que tengo capacidad y que basta con hacer el esfuerzo. Son cosas que tienen solución, pues podría pasarme la noche entera para dejarlo terminado de cualquier manera. Es algo que me corresponde y, por eso, debo responsabilizarme. Pero hay cosas que, por mucho que me esfuerce, están fuera de mi alcance, en correspondencia con lo que dijo mi prima de que “si es algo que puedo hacer por mí misma no hay problema, pero cuando hay que pedir ayuda a otros, o hacer que los de- más se muevan por tu causa, es cosa difícil aunque se trate de

tu propio hijo”. La situación en la que estaba mi hijo, sentado ante la pan-

tu propio hijo”. La situación en la que estaba mi hijo, sentado ante la pan- talla del ordenador encendido, por mucho que me acercara e intentara serle de ayuda era algo que estaba más allá de mi capacidad. ¿No sería la vida un sueño? ¿No sería que este mundo mis- mo es el otro mundo, al que dicen que vamos todos al morir? ¿No sería que éste no es este mundo, sino el otro? Podría ser que el otro mundo fuera justo igual que este. Y de esa manera, al fin y al cabo, ¿no sería que las cosas de este mundo conti- nuaran eternamente en el otro? Entonces, de pronto pensé que si fuera a visitar a mi hijo en la mili en el otro mundo, al encontrarme con él, mientras viniera corriendo alegre, me sentiría inmensamente feliz, tal

y como si estuviera soñando. Pensé también en las lágrimas

que derramaría de emoción al verlo en el otro mundo. Fluía algo sin parar. Fluían cosas que no se podía explicar

lo que eran. La gente no era capaz de detenerlo ni de forzarlo,

y seguían en vida dejando a la deriva sus cuerpos, incapaces

de hacer nada.

Fue en uno de esos días cuando recibí la llamada de una colega notificándome el atentado terrorista en Nueva York. Colgó el teléfono diciéndome que encendiera en ese mismo momento el televisor. Al ponerlo, un avión volaba estrechán- dose en el Centro de Comercio Mundial, dos edificios que sobresalían de entre un bosque de rascacielos. Pronto ardie- ron en llamas y se produjo un humo negruzco. Parecía una

película de dibujos animados. La gente caía sin fin desde uno

de los altos edificios. El edificio en sí parecía una maqueta de

juguete o un dibujo animado, por lo que las personas, que pa- recían meros puntitos, caían del edificio esparciéndose como confetis cuando el Presidente pasaba por delante. Pero, precisamente en el momento en que se estaba produ- ciendo esa escena, cuando aquí era de noche allí era de día, de acuerdo con la lógica de que al ponerse el sol aquí, allí ama-

necía; si allí había sol, era la hora punta de entrada al trabajo,

y como teníamos la misma hora cambiando el día y la noche,

corrí hacia el teléfono. Tal como se informaba en los noticiarios, estaba incomuni- cada. Lo único que pude hacer fue enterarme, a través de una compañera, de la distancia que separaba el domicilio de mi prima del edificio del Centro de Comercio. Pero estuve suma- mente preocupada porque no estaba segura de si la compañía donde trabajaban mis sobrinos estaba dentro del edificio de- rrumbado. Me llamaron de todas partes. También me llamó mi marido que estaba cenando con sus compañeros de trabajo y mi hija que se encontraba en una biblioteca preparando las oposicio-

nes para funcionaria. Una amiga que tenía a su hijo estudian-

do allí me dijo que a duras penas había podido comunicarse y,

expresando su preocupación, me prometió intentar llamar a

mi sobrino a través de su hijo.

Parecía como si súbitamente se hubieran reunido en soli- daridad personas que estaban vinculadas con los Estados Uni- dos. Tuve la convicción de que mi prima tenía a sus hijos entre sus brazos, protegiéndolos fuertemente. Estaba segura de que cierta energía interna que poseía mi prima detenía toda

energía maligna. La misma energía que la salvó dos veces de

Cultura y arte de Corea 79

Más allá de la montaña del oeste

los atracadores armados. Y me sobrecogió la extraña sensación de lo que significaba eso que llamaban distancia. ¿Qué sería la distancia para que, aunque allí estuvieran en un gran alboroto, no se escuchara aquí ningún sonido, ni ninguna señal? ¿Cómo de grande sería este mundo? ¿Sería realmente tan grande? Y, ¿cuál sería la inmensa distancia en el espacio para que incluso el colosal Sol se viera como una pelotita en el cielo? Existen innumerables

estrellas y la Tierra es una de ellas. Los científicos dicen que una gran masa de gas y polvo explotó un día para dar lugar

a estrellas, aunque no fuera el tipo de gas y polvo de los que

tenemos conocimiento, pero es algo que no me concierne. Me basta con que el Sol brille hasta la eternidad, amaneciendo en la Tierra para iluminar el espacio y que por la noche con el ocaso cruce hacia la montaña del oeste. Después de batallar varias horas con el auricular, logré

comunicarme difícilmente con mi prima que me dijo que la oficina de Jun-i se encontraba en el edificio contiguo al Centro de Comercio y pudo presenciar cuando iba a su trabajo cómo los aviones chocaban contra el bosque de edificios, cómo caía la gente como si fueran hojas resecas de otoño y cómo se de- rrumbaban los edificios con un ruido ensordecedor. Agregó que cuando Jun-i la llamó, parado en la calle, su voz no parecía suya y que un amigo íntimo de su hijo trabajaba en el edificio derrumbado. Mi prima y su familia estaban sanas y salvas. Recibí tam- bién llamadas de todas partes sobre que las personas que, de alguna manera se relacionaban con los Estados Unidos, no habían tenido ningún problema. Nueva York, el corazón del mundo, precisamente a ese corazón del mundo fue el marido de mi prima en su juventud para lograr éxito. Cuando ese corazón sufrió un golpe, pare- ció tambalear y empezó la guerra. Estaba de nuevo empezan- do la guerra por la que atravesamos todos nosotros de peque- ños y que destruyó familias, tanto la mía como la de mi prima

y la de muchos otros. Todas las noches veía imágenes de guerra en los noticia- rios. Eso que llamaban distancia hacía que, por mucho que cayeran bombas del cielo, no se escuchara el impacto desde aquí. El punto culminante de todo era matar a gente. La guerra no era otra cosa que matar a personas. Las armas sofisticadas se habían creado para exterminar. Todos los medios del te- rrorismo como las armas bioquímicas o el virus de la viruela,

80 Koreana Invierno 2015

al considerarlos más detenidamente, resultaba que estaban destinados a terminar con los seres humanos. Cuando decían que en la ciudad dominaba el terror, al ponerme a pensar a qué se debía ese terror era indudable que se debía a la muerte misma. Me puse a pensar, en contraposición, si un ser humano era tan preciado. Eso que se había producido gracias a los avan- ces de la tecnología, invirtiéndose tanto dinero, con tantas investigaciones realizadas y tanto esfuerzo de innumerables personas, no era otra cosa que un equipamiento para matar a seres humanos. Y viendo en los noticiarios a personas de diferentes países, como Afganistán, Paquistán, la Alianza de Países Nórdicos, Rusia, Irak, Estados Unidos, Europa, Japón, China y Corea, me produjo la sensación de que la vida no era nuestra propia- mente. La vida no está en manos de un individuo. Se derrum- baba como un espantapájaros la creencia en esas palabras que decían que cada quien era el protagonista de su propia vida.

D espués del ataque terrorista, nuestras conversacio- nes telefónicas fueron más frecuentes. En nuestra úl- tima llamada me dio la impresión de entenderla más

a fondo. Puede que sea más exacto decir que no la reconocía, de ninguna manera, y lo que podía asegurar era que nos ha- bíamos identificado de algún modo más que antes. A pesar de tantas conversaciones que habíamos mantenido en la vida, siempre había dudas al asegurar que nos conocíamos bien mutuamente. Al decir “nuestra última llamada” sentía una extraña sensación, aunque nuestra comunicación telefónica podía reanudarse muy pronto… Ya hacía casi un mes que ella no cogía el teléfono. ¿Se ha- bría ido de viaje? Si así fuera, podría contestar mi sobrino, pero el caso era que tampoco se escuchaba la voz grabada diciendo hello o yeoboseyo como en las cajas de música. Tan solo el timbre sonaba y sonaba sin cesar. ¿No sería que con el colapso del edificio del Centro de Co- mercio Mundial, el edificio donde trabajaba mi sobrino hubie- ra también sufrido desperfectos y hubiera terminado por ce- rrarse? Y aprovechando la oportunidad, ¿no se habrían ido mi prima y mi sobrino a hacer el viaje que tanta ilusión les hacía? Podría ser que fuera así. Pero aun así, considerando que no era una buena época para hacerlo y que, además, si habrían emprendido un viaje muy largo, me parece que no habrían partido sin habérmelo dicho antes. Si se hubieran ido así, me

habría enviado una postal o un bosquejo que ella misma hu- biera dibujado. A medida que pasaba el tiempo, me impacientaba más y más, pero no podía hacer nada más que escuchar el timbre de la llamada en una casa vacía. Otra cosa era que me arrepentía de no haberle pedido el número de teléfono de Chang-i, que ya se había independizado. Me puse a pensar en las cosas que me dijo mi prima. Repasé de nuevo en mi mente las conversa- ciones que tuvimos en las últimas conversaciones. -Lo extraño es que últimamente me está empezando de nuevo la menstruación. -¡No puede ser! ¿Por qué no vas al hospital a que te exami- nen? -Aquí hay una señora, con la que puede decirse que me fre- cuento, a la que le duele el vientre y es algo que no quiero ni comentártelo. Aunque no sé desde cuándo, pero me pongo a pensar que debo aguantar los dolores en su lugar. Es algo que se me pone entre ceja y ceja, así, sin más. Si alguien me escu- chara, se quedaría estupefacto. Y en todo eso, de verdad, me aparecieron en el cuerpo los mismos síntomas. -Pero, ¡qué ocurrencias! ¿Por qué tienes que ponerte a su- frir por otra persona? -Es algo que no puedo evitar por mí misma. Es inevitable. No lo hago porque yo misma deseara hacerlo. Una vez, cuan- do escuché a alguien que le dolía la cintura, pasé un tiempo sufriendo de agujetas en su lugar. Es algo que mantengo en el interior sin más y, por eso, tampoco te lo había dicho. Pero como la cintura se curó por sí sola, esta vez también se me mejorará cuando llegue el tiempo. En aquel entonces, esa persona a la que le dolía la cintura me dijo que se había curado cuando me empezaron a mí los dolores. Esta vez también me dan ganas de llamar a la enferma y preguntarle si está mejor del vientre… Pero, estoy simplemente así, sin atreverme. -Pero, ¿a qué se debe? ¿Cuál es la razón? -Que tenía que formarse un canal de luz, el canal debe es- tar hecho de luz. Al haber siquiera un mínimo rayo de luz, la oscuridad desaparece. La palabra “canal de luz” se mantiene claramente en mi conciencia. Cuando fui a visitar a mi hijo a su cuartel y pasa- mos una noche en el pueblo vecino, era el mismo canal por el que se comunicaba con el mundo el teléfono público y los cibercafés. Ese día, salimos del cibercafé para buscar un lugar donde pasar la noche. Las pensiones estaban todas llenas. Las ha-

bitaciones las ocupaban los soldados que tenían su día libre. Cuando mi hijo se encontraba en la calle con los de su misma unidad o pelotón, les dirigía la vista o los saludaba llevándose la mano a la cabeza. Un grupo de soldados le dijo a mi hijo, dándole el nombre de la pensión que tenían reservada, que si no encontraba alojamiento que fuera con ellos. Estuvimos, mi hijo y yo, buscando habitación hasta después de medianoche. El pueblo parecía pequeño, pero estuvimos perdidos por las callejuelas y tardamos mucho tiempo porque a veces regresá- bamos a los lugares en los que ya habíamos estado. ¡Era así

de difícil conseguir dónde pasar la noche! ¡Sería posible, al fin

y al cabo, conseguir una habitación y poder dormir! Parecía estar entre sueños.

Mi hijo dijo que, si no fuera por mí, él podría pasar la noche

en el cibercafé. Decía que si no resistía el sueño podría dormir con la cabeza apoyada. No me costaba nada pasar la noche en vela, pero mi hijo debía dormir porque al día siguiente tenía

que regresar al cuartel y someterse a entrenamientos. Me dispuse a recuperar las fuerzas para seguir buscando. Ese pueblo no estaba aislado del todo, sino que se comunicaba con otra vecindad. Al continuar por una callejuela no se llega- ba al final, sino que continuaba hacia algún lugar, hasta otro pueblo. Si no había tampoco pensión allí, ese pueblo se comu- nicaría con otro diferente. Pues, buscaríamos allí. Pensé que, si seguíamos caminando, llegaríamos, en cualquier caso, a algún lugar. Ese día, mi suposición de que al continuar cami- nando el pueblo se comunicaría con otras vecindades puede decirse que fue, precisamente, el canal de conexión.

M e daba la sensación de sentir, incluso, su vientre. Siempre me daba la impresión de que, excepcional- mente, su vientre se hallaba muy profundo. El co-

mentario de que le había empezado de nuevo la menstruación

o algo parecido no me pareció nada normal. Es más, el que

dijera que le parecía estar pasando los dolores de un vientre

ajeno, me pareció del todo extraño. Me preocupaba pensando que la prima que yo conocía se había alejado habiendo dado un paso más atrás.

Se me aparecía con más viveza la última conversación que

tuvimos. Dijo que debía amarse a sí misma. Es una frase que encuentras fácilmente con solo visitar una librería y extender un libro o al cambiar el dial de la radio, pero sus palabras so-

naban como algo novedoso para mis oídos. Dijo que si realmente penetraba en su interior, observaba

Cultura y arte de Corea 81

Más allá de la montaña del oeste

Más allá de la montaña del oeste cuidadosamente las cosas con las que se enfrentaba y

cuidadosamente las cosas con las que se enfrentaba y consi- deraba que lo que decía lo hacía por miedo o sin darle impor- tancia, entonces podría llegar a ser un poco más honesta. Sin ir más lejos, cuando preguntas al amigo de tu hijo, que ha ve- nido de visita, si quiere acostarse por estar muy cansando, la cuestión es que si lo que has dicho ha sido porque realmente el chico estaba cansado o por tu propio temor, porque quieres mostrarte amable y ganar su simpatía. De esa manera, inten- taba abstenerme de hacer cosas que me aferraran a mi propia persona, que son en definitiva productos del temor que se tie- ne. Cosas que había que reflexionar hasta que se derritieran sobre cualquier otra cosa, ya que la vergüenza, el arrepenti- miento y la debilidad hacen que alguien se aferre a sí mismo. -Tengo que lograr que se derritan de cualquier manera. Me gustaría llegar a ser muy liviana y libre. Últimamente, me siento a escuchar tranquilamente los sonidos de mi cuerpo. Puedo darme cuenta de los sonidos que fluyen en el interior de mi corazón, de los latidos de mi corazón como también el

82 Koreana Invierno 2015

de otros muchos. Y justo cuando estaba por concluirse la llamada empezó a cambiar el tono de voz, como si de pronto se le hubiera ocurri- do algo, y empezó a hablar del árbol más viejo del mundo. -Salió en la televisión y dicen que ese árbol que se halla en alguna parte de California es el más viejo que existe en la Tierra. En la pantalla, apareció un científico que daba explica- ciones. Comentó que era realmente un misterio que hubiera sobrevivido a la era de los dinosaurios, la era glacial, los dilu- vios y hasta a la lava de los volcanes. La cámara lo enfocaba y no tenía ni el aro de los años y, como si se lo hubiera cortado, como leña, se le había abierto el interior. Tenía solo en un lado hojas verdes, opacas y ennegrecidas. Al igual que los punks que se rasuran de un lado dejándose solamente el otro, se hallaba así de pie bajo el sol. El presentador explicó, después, que se había dicho deliberadamente que se hallaba en cierta zona de California. Si informaban sobre la localización de ese lugar, no dejarían el árbol a salvo.

Mi prima se rio y yo hice lo mismo.

-Más que decir que el árbol se mantenía con vida echando

ocurrido enviar ese paquete, habiendo peste de antracita por todas partes. Me advirtió de que cuando me llegara, tuviera

sus raíces en la tierra, parecía como si el árbol mismo estuvie-

el

cuidado de abrirlo con unos guantes desechables puestos.

ra abrazándola.

O

mejor, sería conveniente que, hasta que se calmara el al-

Se me revivían, una por una, las cosas que mi prima me ha-

bía comentado. Se me aparecían todas, sin excepción alguna. Intentaba encontrar en sus palabras alguna pista. Me acordé tardíamente de algo que había oído de pasadas

y que procedía de los Estados Unidos. Sería porque deseaba

olvidarlo, lo hice inmediatamente después de escucharlo, y ni siquiera confirmé su veracidad con mi prima. El rumor era que los atracadores que entraron en su tienda, la habían violado en ambas ocasiones. Que le perdonaron la vida después de violarla. Pensé que podía ser que fuera ver- dad. Me parecía que su vientre estaba en una absoluta profun- didad, y tuve la nueva impresión de que todo lo que ella había

dicho se había originado haciendo eco desde el fondo de su

vientre. Entendía la causa de que me sonara como si, sujetada

al auricular, se alejara a más y más distancia.

Me parecía poder identificar lo que intentaba dar a enten- der tan ardientemente, de eso que fluía consistentemente en sus palabras. Tuve la sensación de que también coincidía con

lo que buscaba mi hijo en la mili, en la pantalla del ordenador en el cibercafé. Aunque mi hijo mismo no sabía lo que era, no había duda de que estaba claramente buscándolo… un mundo en el que ese algo se hiciera realidad, un nuevo mundo… Me acordaba de la primera impresión, de pequeña, al notar claramente una fragancia como la que tenía el correo que ha- bía enviado Seung-jun desde los Estados Unidos. ¿Cuál sería

la fuerza que dominaba este mundo? ¿Qué es lo que hacía que

fuéramos así? Guerra, terrorismo, oscuridad, luz reflejada, ¿de qué estaría constituida la historia? ¿Qué sería, en defini- tiva, lo que escondemos en nuestra conciencia? ¿Cuál sería la identidad del bosquejo de este mundo distorsionado?

De pequeñas, cuando jugábamos a preguntarnos ¿te gus-

ta más este?, ¿este otro?, ¿o tal vez este?, era un mundo en el

que creíamos que con solamente seleccionar uno de ellos nos llegaría como si fuera un regalo, pero al pensarlo ahora nos damos cuenta de que incluso el bosquejo de alguna manera ya tiene un extremo ensombrecido.

Mi prima me dijo que me había enviado un paquete. La ver-

dad era que esa había sido una breve y última llamada suya. Dijo que venía de regreso de la oficina postal. Se arrepintió tan pronto como salió de la oficina de correos de habérsele

boroto, lo envolviera en una bolsa de plástico y que lo abriera mucho tiempo después. Al llegarme el paquete, tal como dijo

mi prima, lo envolví en plástico y lo guardé en la bodega.

Fui a la bodega y cogí el paquete. Sentí el movimiento del Sol mientras la abría. Al amanecer aquí, allí atardecía y vice- versa. La acción del Sol, que iba y venía, era espectacular y hacía resonar música en el distante horizonte. La música se dispersaba más y más ampliamente como el cielo nocturno.

Me había vuelto extremadamente sentimental. Como cuan- do, de pequeñas, escribíamos poemas infantiles viendo apare-

cer el Sol tras la montaña del oeste. Las manos las agitaba con

su “voy yéndome, voy yéndome”.

¿Habría mi prima previsto ya lo que le ocurriría en días lejanos? ¿Habría tenido ya premoniciones de su desdichada deriva en un futuro lejano? Con lo que le costaba hacer incluso cosas simples como

informarse de colegios, esperando sola a su hijo, sintiendo al ver la televisión que para una persona solamente es importan-

te el presente sin entrar en detalles, ¿qué sentiría al suplicar a

los atracadores que la dejaran con vida, al abrazar a sus hijos

durante el peligro del ataque terrorista, al soportar dolores en lugar de otras personas…? La imagen de mi prima que me venía a la mente parecía un mecanismo que se dirigía al mundo y que se había desviado mucho, alejándose de su esencia natural. ¿A dónde se habría ido? Deseaba cogerme de algo y sujeté, como rezando, el árbol

de la vida que súbitamente traspasaba como un rayo de luz. El árbol de la vida, el más viejo desde que se formó la Tie-

rra, aguantando las agonías, se halla de pie con un aspecto misterioso bajo el resplandor de la noche, y más que enraizar-

se en la Tierra parece abrazarla. Podía considerarse que era

una salvación que ese árbol estuviera allí. Pensé que debía, ahora que era el momento oportuno, de ir

a ese país situado al oeste donde se pone el sol, aunque fuera siquiera para buscar a la prima. Tenía tanta prisa que, dejando

de lado el paquete que estaba abriendo, cogí el teléfono para

llamar a una agencia e informarme sobre la reserva de un vuelo a Nueva York.

el teléfono para llamar a una agencia e informarme sobre la reserva de un vuelo a

Cultura y arte de Corea 83