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Extracto del cap. "La ley del secreto", Michel Maffesoli, El tiempo de las tribus, 1988.

La temática del secreto es, sin lugar a dudas, una manera privilegiada de entender el juego social que discurre

ante nuestros ojos. Esto puede parecer paradójico cuando se piensa en Ja gran importancia que tiene la apariencia o la teatralidad en la escena cotidiana. El carácter abigarrado de nuestras calles no debe hacernos olvidar que puede existir una dialéctica sutil entre el mostrar y el ocultar y que, al igual que ocurre en La Carta

robada de Poe, una ostentación manifiesta puede ser el medio más seguro de no ser descubierto. A este respecto, se puede decir que la multitud y la agresividad de los looks urbanos, a imagen del borsalino de los mafiosos, es el índice más nítido de la vida secreta y densa de los microgrupos contemporáneos.

En su artículo sobre «la sociedad secreta», G. Simmel insiste, por lo demás, en el papel de la máscara, de la que se sabe que, entre otras funciones, tiene la de integrar a la persona en una arquitectura de conjunto. La máscara puede ser una cabellera extravagante o coloreada, un tatuaje original, la reutilización de ropa retro o también el conformismo del típico «niño pijo». En todos estos casos, subordina a la persona a esa sociedad secreta que es el grupo de afinidad que ha escogido. Tenemos aquí una clara «desindividualización», o participación, en el sentido místico del término, en un conjunto más amplio. Como veremos más adelante, la máscara hace del yo un conspirador contra los poderes establecidos; pero podemos afirmar desde ahora mismo que esta conspiración une al yo con los demás, y ello de manera no accidental, sino estructuralmente operante.

Nunca me cansaré de recalcar la función unificante del silencio, el cual llegó a ser entendido por los grandes místicos como la forma por excelencia de la comunicación. Y, aunque la aproximación etimológica se preste a controversia, se puede recordar que existe una cierta relación entre el misterio, la mística y lo mudo; y que esta relación es la de la iniciación que permite compartir un secreto. Que éste sea anodino o incluso objetivamente inexistente, es algo que no cambia esencialmente las cosas. Basta con que, aunque sólo sea de manera fantasmal, los iniciados puedan compartir algo. Es esto lo que les da fuerza y lo que dinamiza su acción.

Cada vez que se quiere instaurar, restaurar o corregir un orden de cosas, o una comunidad, se topa uno con el secreto que fortalece y conforta la solidaridad de base. Es tal vez el único punto que han visto atinadamente los que hablan del «encogimiento» en la vida cotidiana. Pero su interpretación es errónea: el recentrarse en lo que está próximo, así como en el iniciático compartimiento inducido, no son en modo alguno signos de debilidad; son, antes bien, el índice más seguro de un acto de fundación. El silencio que afecta a lo político apela al resurgimiento de la socialidad.

En las antiguas comensalías, la comida tomada en común implicaba el saber guardar el secreto respecto del exterior. Aunque sólo sea de manera alusiva, conviene señalar que existe siempre una cierta reticencia a mostrarse a las miradas ajenas; se trata en este caso de un parámetro que es importante integrar en nuestros análisis. Así, yo contestaré a quienes invalidan (aunque sólo sea a nivel semántico) el «encogimiento» en lo cotidiano diciendo que estamos en presencia de una «collective privacy», de una ley no escrita, de un código de honor, o de una moral ciánica, que, de manera casi intencional, se protege contra lo que viene de fuera o de arriba. Se trata de una actitud que no deja de ser pertinente para nuestro propósito. En efecto, lo propio de esta actitud es el favorecer la conservación de uno mismo: «egoísmo de grupo» que hace que éste pueda desarrollarse de manera casi autónoma en el seno de una entidad más amplia.

En cuanto «forma» social (no hablo de sus actualizaciones particulares, que pueden ser justo lo opuesto), la

sociedad secreta permite la resistencia. Mientras que el poder tiende a la centralización, a la especialización y a

la constitución de una sociedad y de un poder universales, la sociedad secreta se sitúa siempre en el margen,

siendo resueltamente laica, descentralizada e incapaz de tener un cuerpo de doctrinas dogmáticas e intangibles. Es sobre esta base sobre la que la resistencia surgida de la actitud de reserva popular puede

proseguir, de manera invariante, a través de los siglos. Varios ejemplos históricos, como es el caso del taoísmo, muestran a la perfección la relación que une estos tres términos: secreto, popular, resistencia. Lo que es más,

la forma organizacional de esta conjunción resulta ser la red, causa y efecto de una economía, de una sociedad

e incluso de una administración paralelas.

A veces el secreto puede ser el medio de establecer contacto con la alteridad en el marco de un grupo

restringido; al mismo tiempo, condiciona la actitud de este último respecto de cualquier tipo de exterior. Esta hipótesis es la de la socialidad, y, si sus expresiones pueden ser sin duda alguna muy diferenciadas, su lógica no deja por ello de mostrarse constante: el hecho de compartir una costumbre, una ideología o un ideal determina el estar-juntos y permite que esto sea una protección contra la imposición, venga ésta de donde venga. En contra de una moral impuesta y exterior, la ética del secreto es a la vez federativa e igualizadora.

El secreto compartido del afecto permite, a la vez que conforta los vínculos próximos, resistir a las tentativas

de uniformización. La referencia al ritual destaca el hecho de que la cualidad esencial de la resistencia de los

grupos y de la masa es la de ser más astuta que ofensiva. Así, ésta puede expresarse a través de prácticas pretendidamente alienadas o alienantes.

La astucia, el silencio, la abstención o el «vientre blando» de lo social son armas temibles de las que hay motivos para no fiarse. Otro tanto ocurre con la ironía y la risa, que, ya a medio ya a largo plazo, tantas opresiones han acabado desestabilizando. La resistencia adopta un perfil bajo con relación a las exigencias de una batalla frontal, si bien tiene la ventaja de favorecer la complicidad entre quienes la practican, y ahí está lo esencial. El combate supone siempre un más allá de sí mismo, un más allá de quienes lo emprenden: siempre hay un objetivo que alcanzar. En cambio, las prácticas del silencio son, ante todo, orgánicas; es decir, que el enemigo tiene menos importancia que la atadura social que segrega.

La reflexión en torno al secreto y a sus efectos, por anómicos que sean, conduce a dos conclusiones que pueden parecer paradójicas: por una parte, asistimos a la saturación del principio de individuación, con las consecuencias económico-políticas que esto no deja de tener, y, por la otra, podemos ver cómo se perfila un desarrollo de la comunicación. Es este proceso lo que puede hacer decir que la multiplicación de los microgrupos no es comprensible más que en un contexto orgánico. El tribalismo y la masificación son dos cosas que van parejas. Al mismo tiempo, en la esfera de la proximidad tribal, al igual que en la de la masa orgánica, hay cada vez mayor tendencia a recurrir a la «máscara» (en el sentido indicado más arriba). Cuanto más se avanza enmascarado tanto más se conforta el vínculo comunitario. En efecto, en un proceso circular, para poder reconocerse se necesita el símbolo -es decir, la duplicidad-, el cual engendra reconocimiento. Es así como se puede explicar, a mi entender, el desarrollo del simbolismo bajo sus distintas modulacionesque se observa en nuestro días. Lo social descansa en la asociación racional de individuos que tienen una identidad precisa y una existencia autónoma, mientras que la socialidad cuenta, por su parte, con la ambigüedad fundamental de la estructuración simbólica.

Prosiguiendo el análisis, se puede decir que la autonomía abandona el orden individual y se desplaza en dirección de la «tribu» o el pequeño grupo comunitario. Numerosos analistas políticos han observado esta autonomización galopante (lo que les inquieta bastante la mayoría de las veces). En este sentido, se puede considerar el secreto como una palanca metodológica para la comprensión de los modos de vida contemporáneos, pues, repitiendo una fórmula lapidaria de Simmel, «la esencia de la sociedad secreta es la autonomía», autonomía que él aproxima a la anarquía. Baste con recordar, a este respecto, que la anarquía es ante todo la búsqueda de un «orden sin Estado». Esto es, en cierta manera, lo que se perfila en la arquitectónica que vemos operar en el interior de los microgrupos (tribalismo) y entre los distintos grupos que ocupan el espacio urbano de nuestras megalópolis (Masa).