Sei sulla pagina 1di 10

HISTORIA Y HUMANIDADES

Unidad Docente Multiprofesional de Salud Mental (F. Goñi-Sáez). Fundación Argibide (J. Tirapu- Ustárroz). Pamplona, Navarra, España.

Correspondencia:

Dr. Javier Tirapu Ustárroz. Fundación Argibide. Iturrama, 7. E-31007 Pamplona (Navarra).

E-mail:

javitirapu@ono.com

Aceptado tras revisión externa:

10.05.16.

Cómo citar este artículo:

Goñi-Sáez F, Tirapu-Ustárroz J. El problema mente-cerebro (I):

fundamentos ontoepistemológicos. Rev Neurol 2016; 63: 130-9.

© 2016 Revista de Neurología

130

El problema mente-cerebro (I):

fundamentos ontoepistemológicos

Fermín Goñi-Sáez, Javier Tirapu-Ustárroz

Introducción. La ciencia y la filosofía han abordado a lo largo de la historia del pensamiento y desde diferentes perspecti- vas epistémicas el problema mente-cerebro. La primera de ellas acota áreas específicas de la realidad y construye hipóte- sis de corto alcance y múltiple conectividad intercientífica con el objetivo de validar modelos teóricos; la segunda extiende su arquitectura sistémica al conjunto de lo real (incluida la actividad científica).

Desarrollo. La complejidad del problema mente-cerebro exige generar un vínculo de conexión disciplinar entre la filosofía y la ciencia; nuestros presupuestos ontoepistemológicos se erigen, por lo tanto, en el marco de una filosofía orientada científicamente (filosofía científica). Se defiende el materialismo emergentista como solución filosófico-científica coheren- te y contrastable en contraposición a otras propuestas desarrolladas desde diferentes modelos ontológicos (por ejemplo, dualismo interaccionista, funcionalismo, teoría de la identidad, epifenomenalismo

Conclusiones. La respuesta al problema mente-cerebro sólo es factible desde una neurociencia cognitiva fundamentada filosóficamente: el materialismo emergentista –postulado ontológico– afirma que la mente es una propiedad emergente (novedad cualitativa) del cerebro; el realismo científico –postulado epistemológico– sostiene que la neurociencia cogniti- va es la herramienta teórico-experimental básica que posibilita el acceso cognoscitivo tanto al cerebro como a sus proce- sos neurocognitivos. Consideramos que a partir de esta fundamentación filosófica, la neurociencia cognitiva adquiere le- gitimidad epistémica para acometer el estudio del proceso mental más genuinamente humano: la conciencia.

Palabras clave. Filosofía de la ciencia. Filosofía de la mente. Materialismo emergentista. Mente-cerebro. Neurociencia cognitiva. Realismo científico.

Introducción

El presente artículo –cuyo marco de reflexión está constituido por el análisis de los fundamentos filo­ sóficos de la neurociencia cognitiva– constituye la primera parte de un trabajo multidisciplinar que se completa con un segundo artículo en el que se abor­ da, desde la asunción por parte de los autores de los presupuestos filosóficos aquí expuestos, la plausi­ bilidad epistémica del estudio neurocientífico de la conciencia. De entre los problemas­cuestiones que verte­ bran la historia del pensamiento occidental en su confluencia epistemológica entre filosofía y ciencia, uno de los más antiguos, fascinantes y rocosos es el problema mente­cerebro (alma­cuerpo en su deno­ minación precientífica) [1]. Al revisar de forma muy somera los sistemas filosóficos elaborados por las grandes figuras intelectuales –desde los griegos hasta la actualidad– con el objetivo de explicar la realidad in toto, descubrimos que la gran mayoría de ellos [2] (p. ej., el dualismo platónico, el hilemor­ fismo aristotélico, el dualismo cartesiano, el empi­ rismo británico, el materialismo francés, el evolu­

cionismo darwinista, el conductismo ontológico ) formula una respuesta de evidente cariz ontológico ante los dos grandes interrogantes que genera el su­ sodicho problema: la existencia de lo mental y su interacción con el cuerpo/cerebro. Si bien desde un punto de vista filosófico el siglo

xx puede ser definido –con los evidentes sesgos

que tal reducción implica– como el siglo del len­ guaje (giro lingüístico) [3], gran parte de la produc­ ción filosófica del siglo xxi dirige su discurso re­ flexivo al cerebro y a la mente [4]. No en vano la compleja cuestión ha generado una producción in­

telectual extraordinariamente fecunda –desde un punto de vista cuantitativo– y heterogénea –desde

un punto de vista cualitativo–, cuya consecuencia

epistémica más notoria ha sido la emergencia de un novedoso marco de reflexión: filosofía de la mente [5]. En tan multidisciplinar área de estudio se inser­ ta un ingente número de especulaciones (algunas

de ellas con innegable orientación científica), cuya temática pivota velis nolis sobre la conjunción men­ te y cerebro y se inserta en los vacíos cognoscitivos que se advierten al explorar los recovecos concep­ tuales de la psicología clínica, la neurociencia, la

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

Problema mente-cerebro

neuropsiquiatría, etc. Algunas de las teorías elabo­ radas desde la filosofía de la mente se centran en la naturaleza de lo mental, la interacción mente­cere­

bro, el estatus epistémico de las ciencias de la ‘salud mental’, la validez plus validación de la semiología y nosología neuropsiquiátricas, las reflexiones filosó­ ficas sobre las técnicas de neuroimagen, etc. [6]. En este primer artículo, defendemos dos hipóte­ sis que se constituyen a partir de un presupuesto fundacional que sostiene (revisado en el siguiente apartado) la necesaria convergencia –consilience en

la terminología de Edward Wilson [7]– entre cien­

cia y filosofía:

– El materialismo emergentista es la propuesta on­ tológica más coherente, sólida y fructífera de ca­ ra a promover programas de investigación teóri­ co­experimentales en las ciencias del cerebro. En lenguaje más estrictamente filosófico, diríamos que el materialismo emergentista es la condición de posibilidad ontológica de la neurociencia cog­ nitiva.

– Los resultados experimentales, teorías y mode­ los conceptuales elaborados desde la neurocien­ cia cognitiva confirman (realismo científico) la validez de la propuesta ontológica del materia­ lismo emergentista como respuesta al problema mente­cerebro.

Los tres pilares conceptuales de nuestro discurso son, por lo tanto, el materialismo emergentista, el realis­ mo científico y la neurociencia cognitiva. Antes de finalizar esta breve introducción, pre­ sentamos una definición preliminar del cerebro que ensaya armonizar una visión cualitativamente dife­ rencial de tan compleja y singular realidad (recogi­ da, por ejemplo, en una revista de notorio conte­ nido teológico como Scripta Theologica) con una interpretación estrictamente naturalista, y promo­ verla como guía básica de la presente exploración teórica: el cerebro es un órgano biológico que: a) recibe información consciente e inconsciente del medio interno (cuerpo) y externo (ambiente), b) los integra entre sí y los une con mis experiencias sub­ jetivas, c) generando un patrón cognitivo y emocio­ nal (proceso mental) para d) emitir una respuesta

y que e) en la actualidad puede ser observado con técnicas científicas.

Desarrollo

En este primer artículo, centraremos nuestro dis­ curso en la exposición y análisis de los presupuestos ontoepistemológicos que vehiculan la defensa de

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

las hipótesis enunciadas. La ontología y la episte­ mología configuran dos de las ramas más relevan­ tes –desde un punto de vista histórico– de la cons­ trucción filosófica. La primera de ellas podría defi­ nirse como el estudio de la realidad y de sus carac­ terísticas más generales [8,9], y ensaya responder a preguntas del tipo: ¿existe un mundo independien­ temente de nuestro pensamiento?, ¿qué entidades son reales?, ¿es la mente una entidad real o un mero constructo? La segunda rama constituye el estudio de la cognición, el conocimiento y los constructos (objetos conceptuales) con los que representamos el mundo [10­12]; la pregunta nuclear de la episte­ mología ha sido, es y –muy probablemente– segui­ rá siendo: ¿es posible, factible, plausible el conoci­ miento sobre el mundo exterior? Nuestros presupuestos ontoepistemológicos se erigen en el marco de una filosofía orientada cientí­ ficamente. En aras de la sencillez, emplearemos la fórmula filosofía científica para hacer referencia a una determinada interpretación del vínculo cien­ cia­filosofía que impone al pensamiento filosófico (construcción de sistemas racionales que ensayan explicar la realidad) dos condiciones de estricta ob­ servancia: compatibilidad con el conocimiento cien­ tífico validado y contrastabilidad indirecta –vía cor- pus científico– de sus modelos filosóficos [13]. La diferencia entre las dos epistemes presenta un valioso matiz de complementariedad; mientras que la ciencia acota áreas específicas de la realidad y construye­genera hipótesis de corto alcance y múl­ tiple conectividad intercientífica con el objetivo de validar modelos teóricos, la filosofía extiende su ar­ quitectura sistémica al conjunto de lo real (incluida la actividad científica); ambas se demarcan y forta­ lecen a través de un continuo que halla en la reali­ dad su criterio ontológico de corroboración y en el conocimiento falible, progresivo, perfectible, repli­ cable y validable su objetivo cognitivo último [14]. El filósofo (de la mente) contemporáneo está obli­ gado a responsabilizarse intelectualmente de la ma­ duración de la actividad productiva de la comuni­ dad científica a la hora de formular sus hipótesis ontológicas; es decir, sus construcciones conceptua­ les deberían encajar (ser compatibles) con los cono­ cimientos validados por la neurociencia cognitiva [15,16]. El neurocientífico está obligado a reflexio­ nar críticamente sobre las condiciones de posibili­ dad (de existencia real) de las entidades, propieda­ des y procesos que están insertos en sus modelos y teorías, y sobre la viabilidad de su disciplina para describir, explicar y predecir estados presentes y fu­ turos de su objeto de estudio [17,18]. Consideramos que la convergencia ciencia­filosofía proporciona

131

F. Goñi-Sáez, et al

132

un inspirador contexto de trabajo intelectual que promueve el progreso interdisciplinar en la empresa común y fascinante de descifrar la realidad.

Soluciones planteadas ante el problema mente-cerebro

Todas las respuestas filosófico­científicas que se han enunciado a lo largo de la historia del pensamiento se incardinan velis nolis en uno de los dos grandes modelos ónticos de la realidad: el monismo [19] (la realidad está compuesta por una única sustancia) y el dualismo [20] (existen dos entidades ontológicas diferentes y –en principio– independientes: lo men­ tal y lo material). Iniciemos este breve recorrido por los diferentes tipos de dualismo:

Dualismo platónico/animismo: la entidad espiri­ tual (alma­mente) controla, anima, causa y/o

afecta a la entidad material. No en vano, si bien

lo material tiende a perecer, el alma, como narra

Platón –vía Sócrates– en el diálogo Fedón, pue­ de retornar al mundo de las ideas y seguir exis­ tiendo [21]. La tesis presenta un evidente cariz místico­teológico.

Paralelismo psicofísico: la mente y la materia son dos entidades totalmente disímiles, autónomas e independientes, cuya actuación se da en paralelo

y de modo sincronizado (no existe interacción

real entre ellas). Entre los siglos xvii y xviii, el filósofo­matemático Gottfried Leibniz defendió esta concepción al postular que alma y cuerpo no sólo existen de forma independiente, sino que están gobernadas por leyes distintas [22,23]. No resulta viable formular una hipótesis neurocien­ tífica empíricamente contrastable con la defensa de este supuesto.

Epifenomenalismo: todo suceso, estado o proce­ so mental es un epifenómeno (fenómeno deriva­ do o dependiente) de un suceso, estado o proce­ so cerebral [24,25]. Uno de los primeros y más ilustres defensores del epifenomenalismo fue el biólogo evolucionista T.H. Huxley [26]. La forma en la que se relaciona el fenómeno dependiente (mental) con el hecho (cerebral) del que depende es un misterio todavía sin resolver [27].

Dualismo interaccionista: la mente y el cerebro son dos sustancias diferentes y autónomas que tienen la potencialidad de interactuar entre sí. Si bien la primera formulación sistemática de esta propuesta se la debemos al filósofo francés René Descartes [28,29], su actualización contemporá­ nea ha sido articulada por el filósofo de la ciencia Karl Popper y el neurofisiólogo John Eccles [30]. Las hipótesis que ensayan explicar cómo aconte­

ce tal interacción no han alcanzado por el mo­ mento un estatus epistémico suficientemente co­ herente como para incardinarse en algún modelo neurocientífico. A pesar de no contar con aval científico alguno, el dualismo interaccionista per­ manece inserto de forma nervuda en las raíces ideológicas de nuestra Weltanschauung [31].

Por su parte, el monismo ha sido concretado en las siguientes concepciones:

Idealismo: toda la realidad es mental/ideal. Esta tesis es indefendible desde un enfoque científico; si fuera asumida como verdadera, los físicos ató­ micos, por ejemplo, se verían obligados a estu­ diar, analizar y explorar ideas (el constructo áto­ mo) en lugar de objetos materiales (las propieda­ des y el comportamiento del átomo). La obra fi­ losófica que recoge de forma más exacta y ex­ haustiva el dictum idealista es La fenomenología del espíritu de Hegel [32].

Monismo neutral: la realidad está constituida por una sustancia neutral. La ambigüedad con la que se enuncia la tesis nuclear de este modelo ontológico [33] bloquea velis nolis su traducción a enunciados teórico­experimentales. No en vano, la reconocible claridad expositiva y argumental de Bertrand Russell [34,35] se torna opaca y os­ cura cuando el lógico­filósofo británico plantea la validez de la hipótesis del monismo neutral [36].

Materialismo eliminativo o conductismo filosófi- co: los enunciados sobre lo mental carecen de sentido, o bien porque tal entidad (mente) no tiene existencia real –nada es mental– (conduc­ tismo ontológico), o bien porque al no ser posi­ ble emitir un juicio sobre su existencia (conduc­ tismo metodológico) la ciencia debe evitar hacer uso de enunciados que la asuman como objeto de estudio. Watson y Skinner promovieron el desarrollo de la psicología científica sobre este pilar ontológico [37­39]; sin embargo, su modelo quedó sesgado ab initio al ser incapaz de con­ ceptualizar los procesos neurocognitivos [40].

Materialismo fisicalista o teoría de la identidad:

la mente es el cerebro. Los conceptos mente y cerebro hacen referencia a una misma y única entidad que presenta –al igual que toda entidad real– una estructura exclusivamente física. Al reducir la realidad in toto a una sola dimensión (física), el materialismo fisicalista no explica, por ejemplo, los procesos evolutivos legaliformes que han provocado la emergencia de distintas –más relacionadas– especies biológicas [41]. Los trabajos que más fielmente ilustran la teoría de la identidad pertenecen a los filósofos australia­

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

Problema mente-cerebro

nos U.T. Place y J.J.C. Smart, y al filósofo alemán H. Feigl [42­44].

Funcionalismo (algunos autores lo incluyen en la clase ‘dualismo’ [45]): los estados mentales son estados funcionales; su acontecer es indepen­ diente de los estados cerebrales concretos que los provocan. Es decir, esa función (software) puede ser implementada por otro soporte físico –no cerebral– (hardware). El funcionalismo pri­ ma la función cognitiva y obvia –de forma acien­ tífica– el estudio del sistema nervioso central [41]. Los principales autores son H. Putnam, J. Fodor y D. Lewis [46­48]. La asunción ad litteram de esta tesis obligaría a los neurocientíficos a susti­ tuir el estudio del cerebro humano por el estudio de sistemas computacionales abstractos.

Emergentismo: la mente ha emergido de la evo­ lución del cerebro [49­51]. De entre todos los autores que con diferentes modelos han elabora­ do una solución emergentista al problema men­ te­cerebro (v. gr., J. Searle, J.L. Pinillos, J. Monse­ rrat…), hemos elegido como guía ontológica de nuestro proyecto científico­filosófico el materia­ lismo emergentista de Mario Bunge, porque aúna en una sólida construcción sistémica las dos epis­ temes de la filosofía científica.

Materialismo emergentista

Si bien el sistema filosófico construido por Mario Bunge tiene como objeto de estudio la totalidad de la realidad [8­12,52­55], en este artículo nos centra­ remos exclusivamente en la solución que ofrece el materialismo emergentista cuando se enfrenta al problema mente­cerebro [4,56]. Revisaremos con cierta minuciosidad los tres postulados capitales de la ontología científica del filósofo argentino.

Primer postulado ‘Un objeto es real (tiene existencia real independien­ temente de la actividad cognitiva del observador) si y sólo si es un objeto material. Ergo la realidad es el conjunto de todos los objetos materiales’ [8,9]. Iden­ tificado un objeto X, podemos afirmar que o bien es un ente real –objeto material– (por ejemplo, cere­ bro), o bien es un objeto conceptual dependiente de la actividad cognitiva de un ser humano (por ejem­ plo, modelo teórico sobre el cerebro). Este primer postulado –de evidente carácter ma­ terialista– refuta a fortiori el dualismo psicofísico esgrimido por el interaccionismo, el epifenomena­ lismo, el paralelismo psicofísico y el animismo. No es ontológicamente viable la defensa de una mente inmaterial que tenga existencia real; no hay ningún

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

objeto en la realidad que pueda ser identificado como referente del objeto conceptual ‘mente’. El monismo materialista de Bunge estratifica la

realidad (exclusivamente material) en diversos ni­

[9]; por lo

tanto, si bien todo lo real es material, no todo lo real

es físico (contra la postura reduccionista del fisica­ lismo). El corolario del primer postulado es: la mente –para tener existencia real– o es un objeto mate­ rial (hecho incompatible con el conocimiento ac­ tual de la neurociencia) o pertenece –como compo­ nente o propiedad– a un determinado objeto mate­ rial. Aceptaremos por el momento la segunda op­ ción sin más concreción.

veles: físico, químico, biológico, social

Segundo postulado ‘Todo objeto real es un sistema o un componente de un sistema’. Si el primer postulado negaba la po­ sibilidad de que la mente fuera un objeto real, en este segundo se niega –por argumento deductivo– que sea un sistema [9,14]. Bunge emplea el concepto ‘sistema’ para repre­ sentar ‘una cosa compuesta de partes que no son mutuamente independientes; que, por el contrario, se encuentran interconectadas’ [9]. Los distintos

niveles de la realidad posibilitan la existencia de di­ ferentes tipos de sistemas: físicos, químicos, bioló­

gicos, sociales

súbita al analizar la definición de Bunge es cómo podemos distinguir un sistema de una mera acu­ mulación de elementos: según el filósofo, la condi­ ción más significativa que permite su identificación precisa es que todo sistema posee al menos una cualidad –propiedad– nueva y diferente a las ya po­ seídas por sus componentes [57]. Por ejemplo, un determinado sistema de redes neuronales corticales –denominado ‘cógnito’ por el neurólogo Joaquín Fuster [58]– posee al menos una cualidad (proceso mnésico) que no posee ninguno de sus componen­ tes aislados (neuronas). Como veremos en el siguiente y último postula­ do, a las propiedades nuevas de un sistema deter­ minado se les llama propiedades emergentes. El corolario del segundo postulado es: si la men­ te no es ni un sistema (por ejemplo, sistema de re­ des neuronales) ni un componente de un sistema (por ejemplo, neurona) sólo resta la posibilidad de que sea una propiedad de un sistema.

Una pregunta que surge de forma

Tercer postulado ‘Todo sistema posee al menos una propiedad emer­ gente’. Advertimos en el postulado segundo que la emergencia es una categoría ontológica, es decir, es

133

F. Goñi-Sáez, et al

134

un proceso a través del cual se originan las innova­ ciones cualitativas (por ejemplo, procesos menta­ les) y que posibilita que un conjunto de elementos (por ejemplo, neuronas) pueda diferenciarse como sistema (por ejemplo, red neuronal) [41,49,56]. En relación con el problema mente­cerebro, de­ fendemos que ‘lo mental’ no es una propiedad de una mente inmaterial, sino un conjunto de propie­ dades emergentes (novedad cualitativa) de sistemas neurobiológicos altamente complejos producto del proceso evolutivo (hecho que obvia el reduccionis­ mo fisicalista). Al constituirse existencialmente co­ mo propiedades de un objeto real­material, son pro­ piedades materiales; sin embargo, no son propieda­ des físicas [56]. Las propiedades neurobiológicas tienen una estructura legaliforme singular que no puede reducirse a las leyes de la física. Implica un sofisma epistémico el intento de explicar la estruc­ tura legaliforme de un nivel determinado de la rea­ lidad –por ejemplo, neurobiológico– con las leyes de otro nivel –por ejemplo, cuántico–; conceptos como ‘cerebro cuántico’ suponen un acto epistémi­ co fallido; cometeríamos el mismo error argumen­ tal si explicáramos los conflictos sociales (nivel de sistemas sociales) vía la interacción electroquímica de las neuronas [57]. Por tanto, los estados mentales son propiedades emergentes de cerebros altamente evolucionados (proceso ontofilogenético); no pueden ser identifi­ cados indistintamente con el cerebro. Contra la teo­ ría de la identidad, defiende Bunge que no podemos equiparar mente y cerebro; cometeríamos el mismo error que si identificáramos como iguales: estóma­ go y digestión, pulmones y respiración, etc. [41,56]. El corolario del tercer postulado es: todos los es­ tados, sucesos y procesos mentales son estados, su­ cesos y procesos en los cerebros de vertebrados superiores; estos estados, sucesos y procesos son emergentes con respecto a los de los componentes celulares del cerebro [8,9,41,56]. El materialismo emergentista armoniza en su teorización la defensa de una única sustancia autónoma (materia/cerebro) con la demostración –científicamente contrastada– de distintas propiedades emergentes (como dirían los materialistas clásicos, diferentes formas de dar­ se el ser). Algunas de éstas –como correctamente ha modelizado la neurobiología evolutiva– son no­ vedades cualitativas evolutivamente desarrolladas de sistemas biológicos concretos (por ejemplo, fun­ ciones ejecutivas). Sus leyes –no transferibles ni intercambiables con otros niveles de la realidad– son uno de los objetos de estudio primario tanto de la Evolutionary Developmental Biology (Evo­Devo) [59] como de la Evolutionary Cognitive Neuroscien-

ce [60]. El funcionalismo yerra tanto al aislar y en­ capsular la actividad neurocognitiva como al pri­ mar una analogía epistemológica (cerebro­ordena­ dor) por encima de una entidad real (cerebro qua sistema neurobiológico producto de la evolución).

Antes de presentar la propuesta epistemológica (realismo científico) que constituye nuestra segun­ da hipótesis fundacional, dedicamos el siguiente apartado a describir tres experimentos mentales di­ rectamente relacionados con las soluciones arriba planteadas y originados desde la reflexión de la filo­ sofía de la mente.

Experimentos mentales en filosofía de la mente

El experimento mental es una herramienta metodo­ lógica de naturaleza lógico­conceptual que tiene dos objetivos nucleares [61]: investigar –desde la pura abstracción– las dimensiones de lo real, y generar –mediante razonamiento lógico– un experimento exclusivamente teórico­conceptual (irrealizable a nivel práctico) cuyas consecuencias pueden ser ar­ güidas como prueba –indirecta– para defender o

refutar la validez de teorías elaboradas desde dife­ rentes disciplinas (por ejemplo, física, matemática,

filosofía

nos ha legado la historia del pensamiento occidental son: La posición original, de J. Rawls, y El contrato

social, de Rousseau (teoría política); Cerebro en una cubeta, de H. Putnam, y Mito de la caverna, de Pla­ tón (teoría del conocimiento); El gato de Schröndin- ger y La paradoja de los gemelos, de Einstein (física teórica); El dilema del tranvía –varios autores– y El violinista, de J.J. Thomson (ética); etc. En las siguientes líneas expondremos brevemen­ te tres célebres experimentos mentales que han ge­ nerado (y siguen generando en la actualidad) un número ingente de discusiones, debates, refutacio­

Los tres expe­

nes, confirmaciones, comentarios

Algunos ejemplos paradigmáticos que

).

rimentos asumen como principio impulsor de su génesis la singular relevancia del problema mente­ cerebro: la máquina de Turing, la habitación china de Searle­Penrose y el murciélago de Nagel.

La máquina de Turing El matemático y lógico inglés Alan Turing planteó en un célebre artículo publicado en la revista Mind en el año 1950 una tan inquietante como herética cuestión [62]: ¿pueden pensar las máquinas? Antes de enunciarla abiertamente ante la comunidad cien­ tífica, había dedicado gran parte de su reflexión in­ telectual a idear un dispositivo de computación –‘máquina de computación lógica’– que fue bauti­

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

Problema mente-cerebro

zado como Turing machine; según el genio británi­ co, la máquina universal de Turing sería capaz de implementar cualquier algoritmo. La pregunta formulada en el artículo de 1950 promovió el debate intelectual sobre la validez de atribuir a un dispositivo computacional (no huma­ no) una propiedad­capacidad que había sido identi­ ficada históricamente como patrimonio exclusivo (o casi exclusivo) de nuestra especie. Turing era consciente de que los dos conceptos sobre los que pivota la cuestión son extremadamente complejos (pensar y máquina); por tal motivo, propuso un jue­ go –el juego de la imitación– conocido como el test

de Turing, que posibilitaba –según el matemático inglés– formular de forma indirecta la cuestión ini­ cial­nuclear de si pueden pensar las máquinas [62]. El juego consta de tres jugadores: un hombre (H), una mujer (M) y un interrogador/juez (I) –hombre

o mujer–. Condición preliminar: I no ve a los otros

dos jugadores; de hecho, recibe las respuestas de H

y M escritas a máquina. Objetivo del juego: I debe

decidir acertadamente –con la única información que le aportan las respuestas a sus preguntas– quién es el hombre y quién es la mujer. Detalle rele­ vante: M intenta ayudar al interrogado; H trata de engañarle. La modificación sustancial que plantea Turing

en este juego de la imitación consiste en sustituir a

H por una máquina (Ma). Este cambio permite a Tu ­

ring equiparar la pregunta original (¿pueden pensar las máquinas?) con la pregunta secundaria: ¿el inte­ rrogador se equivoca con la misma frecuencia cuando juega Ma que cuando juega H? La conclu­ sión en lenguaje de Turing sería: si la frecuencia de errores del interrogador es sensiblemente la misma en la situación A (cuando se enfrenta a una máqui­ na ‘engañadora’) que en la situación B (cuando se enfrenta a un hombre ‘engañador’), entonces la má­ quina puede pensar; porque I no es capaz de dife­ renciar entre H y Ma. Otra versión de este juego consiste en que el juez/interrogador –mediante el mismo método ex­ plicado en las líneas anteriores– logre diferenciar entre un ser humano y una máquina un número significativo de veces (por ejemplo, X > 70%).

La reflexión de Turing generó algunas especula­ ciones interesantes en torno a la cuestión mente­ cerebro, al tiempo que estableció las bases teóricas del funcionalismo [46]. Si un ser humano –juez– no es capaz de diferenciar a un ser humano de una máquina en una actividad­proceso que pondría ser definida como pensar (tendríamos que acordar –he­ cho que no resulta nada sencillo– que lo que hacen la máquina y el ser humano es inequívocamente

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

pensar), entonces tal actividad­proceso no puede ser exclusiva ni del ser humano ni del cerebro de éste, y puede ser implementada por un computador artificial [63].

La habitación china de Searle-Penrose El desafío intelectual lanzado por Turing a la tesis de la ‘singularidad cognitiva’ de nuestra especie puede ser acotado en la siguiente pregunta: ¿es la mente humana (los procesos mentales) equivalente –desde un punto de vista ontológico– a un progra­ ma de ordenador (software)? Si la formulación se originó a partir de un experimento mental (test de Turing), la consiguiente respuesta halló su plasma­ ción lógico­conceptual en otro ilustre experimento mental: la habitación china (desarrollado origina­

riamente por el filósofo John Searle [64] y populari­ zado por el físico­matemático Roger Penrose [65]). La idea nuclear que subyace al experimento sos­ tiene que la simulación de un proceso mental –rea­ lizada por un computador X– no puede ser iguala­ da eo ipso al proceso mental –producto de un cere­ bro humano Y– simulado. Describimos a continuación los elementos más significativos de la habitación china [64].

– Primera parte del experimento. a) Un grupo de ingenieros informáticos ha creado un programa que permite a un computador simular que en­ tiende chino. Si al computador se le formula una pregunta (input) en chino, producirá –tras cote­ jar la información recibida con su base de datos– respuestas (output) adecuadas a tales preguntas; b) Las respuestas del computador son tan bue­ nas como las de un hablante nativo chino. Pre­ gunta de Searle: según a y b, ¿entiende chino el computador?; ¿entiende literalmente chino, de la misma forma que lo entienden los hablantes del idioma chino?

– Segunda parte del experimento. Imagine el lec­ tor que Searle propone encerrarnos (a usted y a mí) en una habitación en la que podemos encon­ trar diversas cestas llenas de símbolos chinos; llamémosla la habitación china. Se nos propor­ ciona (dando por supuesto que ni usted ni yo en­ tendemos el idioma chino) un manual de reglas en castellano para manipular esos símbolos chi­ nos. Estas reglas detallan de manera puramente formal (en términos de su sintaxis, obviando la semántica) cómo deben manipularse los símbo­ los. Supongamos, dice Searle, que a nuestra ha­ bitación llegan del exterior símbolos chinos nue­ vos al tiempo que se nos proporcionan reglas adicionales para devolver al exterior símbolos chinos. Usted y yo lo desconocemos, pero los

135

F. Goñi-Sáez, et al

136

símbolos chinos nuevos son preguntas (input) formuladas por personas que se encuentran fue­ ra de la habitación, y los símbolos que nosotros devolvemos son respuestas (output) a tales pre­ guntas. Coincide que los informáticos son tan buenos al diseñar los programas y usted y yo so­ mos tan buenos manipulando los símbolos que nuestras respuestas son indistinguibles de las de un hablante nativo del idioma chino. Asumiendo los cuatro puntos arriba detallados, resulta plausible afirmar que ni usted ni yo aprenderemos nada de chino manipulando esos símbolos formales. Sin embargo, desde el punto de vista de un observador externo, usted y yo nos comportamos –a pesar de no entender nada del idioma chino– exactamente como si enten­ diésemos chino.

– Conclusión del experimento. Infieren Searle y Pen­ rose que si ni usted ni yo entendemos chino –tras nuestro paso por la habitación china–, entonces ningún computador (del tipo que sea) podrá en­ tender chino [64,65]. Todo lo que el software del computador tiene, como también teníamos us­ ted y yo en la habitación, es un programa formal para manipular símbolos chinos no interpreta­ dos. En palabras de Searle, ‘un computador tiene una sintaxis, pero no una semántica’ [64].

La traducción a lenguaje lógico­argumental de la habitación china sería:

P1: los programas informáticos poseen una es­ tructura formal (sintáctica).

P2: los procesos mentales tienen contenidos (sig­ nificado, semántica).

P3: la sintaxis por sí misma no constituye el sig­ nificado ni es suficiente para dar lugar al mismo.

Conclusión: los programas informáticos simulan (pero no son) procesos mentales.

Ni Searle ni Penrose se oponen a la posibilidad de construir la máquina de Turing [64,65]. Sin embar­ go, ambos objetan que el test de Turing sea una prueba válida para atribuir pensamiento a un dis­ positivo computacional: es posible –como se ha de­ mostrado en el experimento de la habitación chi­ na– ‘salvar’ exitosamente un test conductual sin la emergencia de procesos mentales (ejecutando ex­ clusivamente un programa formal). Los autores ar­ guyen que tener estados mentales supone tener algo más (y algo distinto) que tener un conjunto de símbolos formales más plus un algoritmo de com­ putación; supone tener una interpretación o un sig­ nificado añadido a esos símbolos, algo que ni un computador ni la habitación china tienen.

El murciélago de Nagel Terminamos nuestro sucinto repaso por los experi­ mentos mentales en filosofía de la mente con la contribución de Thomas Nagel [66] al debate sobre la viabilidad del estudio científico de la conciencia (objeto de reflexión de nuestro segundo artículo). Inicialmente, Nagel se pregunta qué es lo que hace genuino y único el problema mente­cerebro; advierte que el hecho de no haber respondido co­ rrectamente a esta cuestión ha provocado la comi­ sión de un número ingente de errores por parte de las diferentes aproximaciones ensayadas. El ele­ mento clave sobre el que pivota la argumentación del filósofo estadounidense es el carácter subjetivo de la experiencia; si afirmamos que un organismo tiene experiencia consciente, estamos asumiendo a fortiori que hay algo que es ser como ese orga­ nismo. Esta singularidad no ha sido exitosamente abordada por los análisis reduccionistas (fisicalis­ tas) de lo mental, incapaces –según Nagel– de ex­ plicarnos cómo es tener una experiencia consciente determinada. Con el objetivo de promover un acercamiento intuitivo a su argumento, el filósofo idea un experi­ mento mental brillante. Tratemos de imaginar (us­ ted y yo) cómo es ser un murciélago. Podemos rea­ lizar un esfuerzo ímprobo por recrear –con el co­ nocimiento objetivo que tenemos– nuestra existen­ cia qua mamífero alado: sus sensaciones, procesos mentales, percepciones ‘ecolocalizadoras’, emocio­ nes, experiencias, etc. Sin embargo, al llevar a cabo este proceso cognitivo como homínidos y no como murciélagos (dado que no lo somos), el acceso a la experiencia subjetiva de ser un murciélago nos está vedado: nuestras experiencias no son como las del murciélago. El lúcido ejemplo le permite a Nagel diferenciar entre el acceso a lo objetivo frente al ac­ ceso a lo subjetivo [66]. El primero de ellos exige una reducción sistemática y metódica que posibili­ te acotar el objeto de estudio (el conocimiento cien­ tífico que tiene un experto en quirópteros); el se­ gundo, sin embargo, escapa por su propia naturale­ za a la restricción objetivista (la experiencia de ser un quiróptero). La traslación de su ejemplo a la ex­ periencia humana completa el argumento del filó­ sofo estadounidense: no podemos aproximarnos a la naturaleza real de la experiencia humana obvian­ do el punto de vista (subjetividad) que constituye su cualidad diferencial y genuina. La pregunta final que clausura el experimento de Nagel es tan precisa como desconcertante: si se ex­ cluye lo subjetivo para alcanzar lo objetivo, ¿qué queda de la experiencia? [66]. Ensayaremos respon­ der al reto intelectual en nuestro segundo artículo.

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

Problema mente-cerebro

Conclusiones

Una vez desplegada la ontología científica del mate­ rialismo emergentista, nuestro proyecto filosófico­ científico exige una breve incursión en el campo de la filosofía de la ciencia para proporcionar una in­ terpretación –coherente con nuestros presupues­ tos– de las teorías, modelos y conceptos defendidos por la neurociencia cognitiva. Hemos decidido no abordar por extenso (requeriría ampliar excesiva­ mente el contenido del artículo) el apasionante de­ bate actual [67] que acontece entre las dos filosofías de la ciencia que con mayor éxito argumental ensa­ yan explicar la relación entre el conocimiento cien­ tífico y el mundo exterior: realismo científico frente a instrumentalismo científico. La tesis vertebradora del instrumentalismo cien­ tífico afirma grosso modo que el objetivo nuclear de la teorización científica consiste en ‘salvar los fenó­ menos’ mediante constructos teóricos que exhiban la mayor simplicidad posible [68]; es decir, el objeti­ vo de la empresa científica es el éxito empírico en la predicción, el descubrimiento o la intervención en la naturaleza [69]. Las teorías, los modelos y los con­ ceptos de la ciencia no describen/representan la realidad [70]. La verdad es inalcanzable e innecesa­ ria a nivel teórico [71]. Si no hay representación al­ guna de la realidad y no es viable la aproximación a la verdad, entonces queda invalidada la posibilidad del progreso científico, más allá de la antirrealista y ‘ateórica’ praxis exitosa (pragmatismo). El represen­ tante más brillante de esta heterogénea escuela es el filósofo estadounidense de origen holandés Bastiaan van Fraassen, quien sostiene un tipo de antirrealis­ mo denominado empirismo constructivo [68­71]. Nuestra elección del realismo científico como concepción válida del conocimiento (neuro) cientí­ fico responde a que el encaje epistémico entre el materialismo científico y la construcción teórico­ experimental de la neurociencia sería inviable sin la defensa de sus tesis. Si llevamos a cabo una reductio ad absurdum de los principios teóricos del instru­ mentalismo científico, el neurocientífico tendría que –una vez aceptados estos principios– aplazar sine die su respuesta ante la pregunta ¿existe el ce­ rebro? Dado que sus teorías, modelos y conceptos tienen como meta epistémica ‘salvar los fenómenos’, tanto ‘cerebro’ como ‘mente’ serían categorías onto­ lógicas vacías; por lo tanto, no estaría legitimado para emitir un juicio científico sobre su existencia. De tal argumentación podemos inferir que la enti­ dad ‘cerebro’ se diferencia de la entidad ‘mente’ ex­ clusivamente por su utilidad, no por su ajuste a la realidad.

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

Con algunos matices relevantes que por razones ya esgrimidas en párrafos anteriores no considera­ mos oportuno incluir aquí, la mayor parte de los realistas científicos (M. Devitt, R. Giere, M. Bunge, W. Sellars, R. Boyd, K. Popper, I. Niiniluoto, R. Tuo­

mela, etc.) defienden las siguientes tesis que com­ pletan nuestro proyecto científico­filosófico [72­76]:

– La realidad es ontológicamente independiente de la actividad cognitiva del sujeto cognoscente [72,73]. Tanto el cerebro de un sujeto X como los procesos neurocognitivos emergentes de ese ce­ rebro son independientes –ontológicamente– de la actividad cognitiva de un sujeto Y; es decir, su existencia de facto (como realidad) no depende de que el sujeto Y piense en ellos. Esta primera tesis refuta el dictum fenomenológico del filóso­ fo irlandés George Berkeley: ‘esse est percipi’.

– La verdad es una relación semántica entre el len­

guaje y la realidad [74]. El realismo científico in­ tegra una versión actualizada de la teoría de la correspondencia del lógico­matemático Alfred Tarski [77] con la convicción de que la metodo­ logía científica es la mejor guía en la búsqueda sistemática de la verdad. La neurociencia ha ido corrigiendo y afinando su lenguaje (teorías y modelos) a medida que iba obteniendo –vía mé­ todo científico– información empírica sobre su objeto de estudio (realidad). La condición teóri­ co­experimental de la disciplina posibilita la re­ lación lenguaje­realidad.

– Los conceptos de verdad y falsedad son en prin­ cipio aplicables a todos los productos concep­ tuales de la actividad científica: leyes, modelos,

[72­74]. Las proposiciones sobre la

existencia de las entidades teóricas (por ejemplo,

) tienen valor de

verdad (pueden ser verdaderas o falsas). Por ejemplo, la afirmación ‘la mente existe indepen­ dientemente del cerebro’ es falsa en el marco del conocimiento neurocientífico actual.

– La verdad es un objetivo esencial de la actividad científica [72­74,76]. La neurociencia aspira a que sus modelos, teorías y conceptos sean (aproxi­ madamente) verdaderos; nos digan algo verda­ dero sobre cómo es la realidad.

– La verdad no es fácilmente accesible o reconoci­ ble [72­74]. Incluso nuestras mejores teorías pue­ den ser falsas. Un repaso a la fascinante historia del estudio del sistema nervioso central nos apor­

ta un número ingente de ejemplos que ilustran este punto [78].

– ¿Cómo podemos explicar el éxito práctico de la ciencia (único elemento relevante para el prag­ matismo y el instrumentalismo científico)? Asu­

teorías

cerebro, mente, lóbulo frontal

137

F. Goñi-Sáez, et al

138

miendo que las teorías científicas son de facto aproximadamente verdaderas o suficientemente cercanas a la verdad. El hecho de que las teorías y modelos neurocientíficos actuales se aproxi­ men más a la verdad que los pretéritos permite enunciar proposiciones racionales del progreso cognoscitivo [72,73] y defender –de forma legíti­ ma– que el uso sistemático de métodos científi­ cos autocorrectores ha posibilitado el progreso neurocientífico [4,17].

Respaldados por esta concepción de la ciencia en general y de la neurociencia cognitiva en particular, dedicamos un segundo artículo (segunda parte de este primer acercamiento filosófico­científico) a comprobar si el materialismo emergentista puede ser postulado como la condición de posibilidad on­ tológica de la neurociencia cognitiva y si sus resul­ tados experimentales, sus teorías y modelos confir­ man (con la aceptación de las tesis del realismo científico) la validez de la solución emergentista al problema mente­cerebro. Para acotar nuestro cam­ po de estudio, hemos decidido dirigir todo nuestro arsenal ontoepistemológico al objeto de estudio más apasionante y complejo que subyace –por su profundidad epistémica– al estudio del cerebro hu­ mano: la conciencia.

Bibliografía

1. Armstrong DM. The mind­body problem: an opinionated introduction. Boulder, CO: Westview Press; 1999.

2. Russell B. A history of Western philosophy. New York: Simon

& Schuster; 1961.

3. Rorty R, ed. The linguistic turn: essays in philosophical method. Chicago: University of Chicago Press; 1968.

4. Bunge M. Matter and mind: a philosophical inquiry (Vol. 287). London: Springer Science & Business Media; 2010.

5. McLaughlin B, Beckermann A, Walter S, eds. The Oxford handbook of philosophy of mind. Oxford: Clarendon Press; 2009.

6. Fulford KWM, Davies M, Gipps R, Graham G, Sadler J, Stanghellini G, et al., eds. The Oxford handbook of philosophy and psychiatry. Oxford: Oxford University Press; 2013.

7. Wilson EO. Consilience: the unity of knowledge. New York:

Vintage; 1999.

8. Bunge M. Treatise on basic philosophy: Volume 3: Ontology I:

the furniture of the world. Dordrecht: Reidel; 1977.

9. Bunge M. Treatise on basic philosophy: Volume 4: Ontology II:

a world of systems. Dordrecht: Reidel; 1979.

10. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 5: Exploring the world. Dordrecht: Reidel; 1983.

11. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 6:

Understanding the world. Dordrecht: Reidel; 1983.

12. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 7: Philosophy of science and technology, part 1. Dordrecht: Reidel; 1985.

13. Reichenbach H. The rise of scientific philosophy. Berkeley:

University of California Press; 1973.

14. Bunge M. Scientific materialism. London: Springer Science

& Business Media; 2012.

15. Chalmers DM. The conscious mind. New York: Oxford University Press; 1996.

16. Llinás R, Churchland PS, eds. The mind­brain continuum. Cambridge MA: MIT Press; 1996.

17. Gazzaniga M, ed. The cognitive neurosciences. Cambridge, MA:

MIT Press; 1995.

18. Gazzaniga M, ed. Conversations in the cognitive neurosciences.

Cambridge, MA: MIT Press; 1996.

19. Schaffer J. Monism: the priority of the whole. Philos Rev 2010; 119: 31­76.

20. Eccles J. The human psyche. New York: Springer; 1980.

21. Platón. Obra completa, 9 volúmenes. Volumen III: Fedón. Banquete. Fedro. Madrid: Gredos; 2003.

22. Leibniz GW. Discurso de metafísica. Madrid: Alianza; 1982.

23. Leibniz GW. Monadología. Madrid: Orbis; 1984.

24. Bailey A. Zombies, epiphenomenalism, and physicalist theories of consciousness. Can J Philos 2006; 36: 481­509.

25. Caston V. Epiphenomenalisms, ancient and modern. Philos Rev 1997; 106: 309­63.

26. Huxley TH. On the hypothesis that animals are automata, and its history. The Fortnightly Review 16 (New Series) 1874; 555­580. Reprinted in Method and Results: Essays by Thomas

H. Huxley. New York: D. Appleton & Co.; 1898.

27. Lyons JC. In defense of epiphenomenalism. Philos Psychol 2006; 19: 767­94.

28. Descartes R. Discurso del método. Meditaciones metafísicas.

Reglas para la dirección del espíritu. Principios de la filosofía. México DF: Porrúa; 1990.

29. Descartes, R. Meditaciones metafísicas y otros textos. Madrid:

Gredos; 1987.

30. Eccles JC, Popper K. The self and its brain: an argument for interactionism. London: Routledge; 1984.

31. Damasio AR. Descartes’ error: emotion, reason, and the human brain. New York: G.P. Putnam’s Sons; 1994.

32. Hegel GWF. Fenomenología del espíritu. Valencia: Pre­textos;

2015.

33. Russell B. The analysis of mind. London: Allen & Unwin; 1978.

34. Russell B. Our knowledge of the external world. London:

Allen & Unwin; 1980.

35. Russell B. Portraits from memory. London: Allen & Unwin; 1956.

36. Velmans M. Reflexive monism. Journal of Consciousness Studies 2008; 15: 5­50.

37. Skinner BF. Science and human behavior. New York:

Macmillan; 1953.

38. Skinner BF. About behaviorism. New York: Vintage; 1974.

39. Watson J. Psychology as a behaviorist views it. Psychol Rev 1913; 20: 158­77.

40. Dennett D. Three kinds of intentional psychology. In Dennet D. The intentional stance. Cambridge, MA: MIT Press; 1987.

p. 43­68.

41. Bunge M, Ardila. R. Philosophy of psychology. Boston:

Springer; 2012.

42. Feigl H, Scriven M, Maxwell G, eds. Concepts, theories and the mind­body problem (Minnesota Studies in the Philosophy of Science, Volume 2). Minneapolis: University of Minnesota Press; 1967.

43. Place UT. Identifying the mind. New York: Oxford University Press; 2004.

44. Smart JJC. Consciousness and awareness. Journal of Consciousness Studies 2004; 11: 41­50.

45. Shoemaker S. Identity, cause, and mind. Cambridge: Cambridge University Press; 1984.

46. Putnam H. Mind, language, and reality. Cambridge: Cambridge University Press; 1975.

47. Lewis D. An argument for the identity theory. J Philos 1966; 63: 17­25.

48. Fodor J. The language of thought. New York: Crowell; 1975.

49. Bunge M. Emergence and the mind. Neuroscience 1977; 2:

501­9.

50. Searle J. Minds, brains, and science. Cambridge, MA: Harvard University Press; 1984.

51. Smart JJC. Physicalism and emergence. Neuroscience 1981; 6: 109­13.

52. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 7: Philosophy of science and technology, part 2. Dordrecht: Reidel; 1985.

53. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 1: Sense and reference. Dordrecht: Reidel; 1974.

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

Problema mente-cerebro

54. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 2: Interpretation and truth. Dordrecht: Reidel; 1974.

55. Bunge M. Treatise on basic philosophy. Volume 8:

Ethics: the good and the right. Dordrecht: Reidel; 1989.

56. Bunge M. The mind­body problem. Oxford: Pergamon Press; 1980.

57. Bunge M. Chasing reality: strife over realism. Toronto:

University of Toronto; 2006.

58. Fuster JM. Cerebro y libertad. Los cimientos cerebrales de nuestra capacidad para elegir. Madrid: Ariel; 2014.

59. Hall BK. Evolutionary developmental biology (Evo­Devo):

past, present, and future. Evolution: Education and Outreach 2012; 5: 184­93.

60. Platek SM, Keenan JP, Shackelford TK, eds. Evolutionary cognitive neuroscience. Cambridge, MA: MIT Press; 2007.

61. Brooks DHM. The method of thought experiment. Metaphilos 1994; 25: 71­83.

62. Turing AM. Computing machinery and intelligence. Mind 1950; 49: 433­60.

63. Dennett D. Can machines think? In Shafto M, ed. How we know. Cambridge, MA: Harper & Row; 1985.

64. Searle J. Minds, brains, and programs. Behav Brain Sci 1981; 3: 417­57.

65. Penrose R. The Emperor’s new mind. Oxford: Oxford University Press; 1989.

66. Nagel TH. What is it like to be a bat? Philos Rev 1974; 83: 435­50.

67. Miller A. Realism and antirealism. In Lepore E, Smith B, eds.

A handbook of philosophy of language. Oxford: Oxford

University Press; 2006, p. 983­1005.

68. Van Fraassen BC. The scientific image. Oxford: Oxford University Press; 1980.

69. Van Fraassen BC. Laws and symmetry. Oxford: Clarendon; 1989.

70. Van Fraassen BC. Constructive empiricism now. Philos Stud 2001; 106: 151­70.

71. Van Fraassen BC. Scientific representation: paradoxes

of perspective. Analysis 2010; 70: 511­4.

72. Niiniluoto I. Critical scientific realism. Oxford: Oxford

University Press; 1999.

73. Bunge M. Scientific realism: selected essays. Amherst:

Prometheus Books; 2001.

74. Devitt M. Realism and truth. Oxford: Blackwell; 1991.

75. Giere RN. Explaining science: a cognitive approach. Chicago:

University of Chicago Press; 1988.

76. Popper KR. Conjectures and refutations: the growth

of knowledge. London: Routledge & Kegan Paul; 1972.

77. Tarski A. The semantic conception of truth. Philos Phenomenol Res 1944; 4: 341­75.

78. Finger S. Origins of neuroscience: a history of explorations into brain function. Oxford: Oxford University Press; 2001.

The mind-brain problem (I): onto-epistemological foundations

Introduction. Throughout the history of thought, science and philosophy have addressed the problem of mind-brain from different epistemic perspectives. The first covers specific areas of reality and constructs hypotheses with limited scope and multiple inter-scientific connectivity with the aim of validating theoretical models; the second extends its systemic architecture to all that is real (including scientific activity).

Development. The complexity of the mind-brain problem requires the generation of a link connecting the disciplines of philosophy and science; our onto-epistemological presuppositions therefore fall within the framework of a scientifically- oriented philosophy (scientific philosophy). Emergentist materialism is defended as a coherent and verifiable philosophical- scientific solution, as opposed to other proposals developed on the basis of different ontological models (for example, interactionist dualism, functionalism, theory of identity, epiphenomenalism, and so on).

Conclusions. An answer to the mind-brain problem is only feasible if based on a philosophically grounded cognitive neuroscience: emergentist materialism –an ontological postulate– holds that the mind is an emergent property (qualitative novelty) of the brain; scientific realism –an epistemological postulate– holds that cognitive neuroscience is the basic theoretical-experimental tool that allows cognitive access to both the brain and its neurocognitive processes. We consider that on the basis of this philosophical reasoning, cognitive neuroscience acquires epistemic legitimacy to be able to undertake the study of the most genuinely human mental process: consciousness.

Key words. Cognitive neuroscience. Emergentist materialism. Mind-brain. Philosophy of science. Philosophy of the mind. Scientific realism.

www.neurologia.com

Rev Neurol 2016; 63 (3): 130-139

139