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LEALTADES INVISIBLES

Reciprocidad en terapia familiar intergeneracional. Iván Boszormenyi-Nagy y Geraldine M. Spark

Iván Boszormenyi-Nagy y Geraldine M. Spark Amorrortu editores Buenos Aires Directores de la biblioteca

Amorrortu editores Buenos Aires Directores de la biblioteca de psicología y psicoanálisis, Jorge Colapinto y David Maldavsky Invisible Loyalties: Reciprocity in Intergenerational Family Therapy, Ivan Boszormenyi-Nagy y Geraldine M. Spark © 1973, Harper & Row, Publishers, Inc. Primera edición en castellano, 1983; primera reimpresión, 1994 Traducción, Inés Pardal Unica edición en castellano autorizada por Harper & Row, Publishers, Inc., y debidamente protegida en todos los países. Queda hecho el depósito que previene la ley n° 11.723. © Todos los derechos de la edición castellana reservados por Amorrortu editores S.A., Paraguay 1225, Buenos Aires. Impreso en los Talleres Gráficos Color Efe, Paso 192, Avellaneda, provincia de Buenos Aires, en abril de 1994.

Indice general

5

Prefacio

9

Palabras preliminares

11

1. Conceptos referidos al sistema de relaciones

17

Importancia clínica del enfoque sistémico

18

Cuanto más cambia, más igual a si mismo permanece

19

El modernismo conservador, o el miedo a la privacidad

21

¿La «realidad» objetiva tiene cabida en las relaciones caracterizadas por la cercanía?

22

¿Cuál es la realidad objetiva de la persona?

24

2. La teoría dialéctica de las relaciones

26

Fronteras relacionales, jerarquía de obligaciones e «interiorización de los objetos»

29

El poder y la obligación como bases alternativas de contabilización de las responsabilidades

31

Antítesis superficie-profundidad

33

Base dinámica retributiva del aprendizaje

34

¿Individuación o separación?

34

Ajuste entre los sistemas de contabilización de méritos

38

3. Lealtad

38

La trama invisible de la lealtad

38

Necesidades del individuo y necesidades del sistema multipersonal

46

Contabilización trasgeneracional de obligaciones y méritos

47

Culpa e implicaciones éticas

49

Estructuración intergeneracional de los conflictos de lealtad

50

4. La justicia y la dinámica social

52

Ecuanimidad y reciprocidad

55

Consideraciones sistémicas e individuales de la ética social

59

Normas duales en la lealtad del endogrupo. La justicia del universo humano y la «foja

rotativa»

61

Los libros mayores de justicia y la teoría psicológica

62

De la ley del Talión a la justicia divina

65

Implicaciones sociales del enfoque dinámico de la justicia

68

Responsabilidad individual y colectiva ¿Hasta qué punto puede ser objetiva la contabilización de méritos?

73

La posición especial de la familia

74

Libros mayores de padres e hijos

77

Derechos inherentes a los hijos

78

Notas sobre la paranoia

79

Implicaciones terapéuticas

85

5. Equilibrio y desequilibrio en las relaciones

85

Disfunción relacional y patogenicidad La huida como forma de eludir el enfrentamiento

con el libro mayor

119

Límites del cambio en los sistemas

121

Mitos sociales y lealtades

123

6. Parentalización

125

Posesión y pérdida de los seres queridos

126

Parentalización y asignación de roles

Parentalización y patogenia en las relaciones 191 relacionales de la parentalización

Sistemas

de

compromiso:

bases

132

Compromiso de lealtad y moral

136

7. Fundamentos de la psicodinámica y de la dinámica relacional

136

Conceptos relacionales y psicoanalíticos: convergencias y divergencias

144

Implicaciones de lealtad en el modelo psicoterapéutico de la trasferencia

VIII

154

8. Formación de una alianza operativa entre el sistema coterapéutico y el sistema

familiar

155

Derivación de pacientes

156

Descripción de las familias: proyección inicial de los problemas o de las soluciones

157

Etapas iniciales de la alianza operativa

157

Diagnóstico y pronóstico

159

Realidad inicial y reacciones trasferenciales ante los coterapeutas y el tratamiento:

resistencias

162

El equipo coterapéutico como sistema

172

9. Terapia familiar y reciprocidad entre abuelos, padres y nietos

174

El individuo y sus relaciones familiares

176

Relaciones en la familia nuclear y en la familia extensa

176

Los parientes políticos como sistema de equilibrio

178

Inclusión de los abuelos en las sesiones

179

Técnicas y comentarios sobre la inclusión de los progenitores provectos

180

Fragmentos clínicos de sesiones que incluyeron a progenitores provectos y sus hijos

195

10. Los hijos y el mundo interior de la familia

195

La infancia idealizada: confianza y lealtad básica

198

Concepción sistémica de la familia

199

Sintomatología en hijos y padres

201

Asignación de roles a los niños

205

Interrelación del niño con el sistema familiar

216

11. Tratamiento intergeneracional de una familia en la que se maltrataba a una hija

217

Datos históricos y de investigación

218

De los conceptos intrapsiquicos a los relacionales

220

Consideraciones sobre el tratamiento

221

El rol de los hijos

222

Terapia de los hijos

223

Ejemplo clínico

236

12. Diálogo reconstructivo entre una familia y un equipo coterapéutico

236

Prefacio

239

Historia de la familia

241

Primer año

251

Segundo año: Encrucijadas del cambio

257

Tercer año: Reconstrucción y final del tratamiento

264

Síntesis

268

La trasferencia de la familia y la relación real con el equipo de coterapeutas

278

13. Breves pautas de orientación contextuales para la conducción de la terapia

intergeneracional

278

La ética de los individuos y los sistemas relacionales

280

Definiciones y metas

281

La actividad del terapeuta

283

Lealtad y confiabilidad

284

Trasferencia, proyección y marginamiento del terapeuta

285

Tratamiento simultáneo de sistemas y personas

288

El síntoma del niño como señal

289

El tratamiento de las raíces sistémicas de la paranoia

289

Duración, progreso y cambio

290

¿Para quién está indicada o en qué casos se justifica la terapia familiar?

291

Epílogo Esferas para una redefinición futura de la reciprocidad, el mérito y la justicia

297

Bibliografía

Prefacio

Vivimos en una era signada por la ansiedad, el temor a la violencia y el cuestionamiento de los valores fundamentales. La fe en los valores tradicionales sufre un desafío, y las oleadas de prejuicio parecen hacer peligrar nuestra mutua confianza y la lealtad que nos inspira la sociedad. Tal vez la televisión y otros medios de comunicación hayan afectado demasiado hondamente el enfoque que adoptan la juventud actual y los jóvenes adultos. Con frecuencia se habla de la llamada «brecha generacional», lo que lleva a preguntarnos si la experiencia formativa familiar no se habrá vuelto obsoleta y perdido todo su significado.

La «fortaleza» de las relaciones familiares, o su efecto sobre los individuos, es sumamente difícil de medir. Los autores de esta obra consideran que los cambios observables en la familia no modifican necesariamente la influencia que las relaciones familiares ejercen entre uno y otro miembro. Las fuerzas reales de la libertad o la esclavitud están más allá de los juegos visibles de poder o las tácticas de manipulación. Los votos de lealtad hacia la familia de origen parten de leyes paradójicas:

el mártir que no permite que los restantes miembros de la familia «elaboren» su culpa es una fuerza de control mucho más poderosa que el «mandón» exigente y vocinglero. El hijo delincuente o manifiestamente rebelde puede ser, en realidad, el miembro más leal de una familia.

Hemos aprendido ya que las relaciones familiares no pueden interpretarse a partir de las leyes que se aplican a relaciones sociales o incidentales como las que rigen entre los colegas de una profesión. El sentido de las relaciones depende de la influencia subjetiva ejercida entre Tú y Yo. La llamada «proximidad», que tanta gente teme, se desarrolla como resultado de compromisos de lealtad que llegan a ser evidentes en el curso de un período prolongado de existencia y trabajo en común, se los reconozca o no. Podemos poner punto final a cualquier relación, salvo la que tiene como base la paternidad: de hecho, no podemos elegir a nuestros padres ni a nuestros hijos.

La esencia de la terapia y de cualquier relación humana es la capacidad para asumir compromisos y confiar en los demás. Al acudir al terapeuta en busca de ayuda, el paciente o cliente llega al consultorio provisto de ese precioso don. Estamos cada vez más convencidos de que el terapeuta, ya sea que atienda a uno o a todos los miembros de una familia, debe desarrollar cierta capacidad para percibir las manifestaciones propias de los compromisos de lealtad y la reciprocidad de la justicia; en caso contrario el profesional nunca será admitido dentro del sistema de lealtades.

Todo tipo de relación terapéutica representa un desafío, tanto en lo que atañe a la capacidad de confianza del terapeuta como a su capacidad de compromiso profesional y personal. A la postre, el psicoterapeuta debe integrar sus propias relaciones familiares con su experiencia profesional, lo que resulta particularmente importante en el caso del especialista en terapia familiar, quien en vez de centrarse en las exteriorizaciones verbales de los pacientes, aborda relaciones en plena marcha. La presente obra fue escrita con el objeto de compartir nuestra experiencia como especialistas en terapia familiar, no sólo con los profesionales sino con las familias. Estamos persuadidos de que el enfoque propio de la terapia familiar es muy amplio: no se trata, simplemente, de una técnica psicoterapéutica más. Vemos nuestro método como la extensión y el punto de confluencia de la psicología dinámica, la fenomenología existencial y la teoría de los sistemas aplicada a la comprensión de las relaciones humanas.

Nuestra experiencia terapéutica incluye muchos años de trabajo casi exclusivo con familias y parejas, además de la anterior labor terapéutica individual. Hemos visto familias con todo tipo de problemas; desde aquellas con un miembro que presenta trastornos de conducta o problemas de aprendizaje aparentemente leves, a las integradas por miembros psicóticos graves. Hemos entrevistado familias de destacados_ profesionales, hombres de negocios y dirigentes comunitarios,

así como familias de asesinos y desviados sexuales. Hemos atendido familias de hombres exitosos, de intelectuales, de trabajadores, y también de habitantes carenciados de los guetos. Pasamos cientos de horas en sus hogares y miles en nuestro consultorio. Para nuestro trabajo profesional contamos con una clínica especializada en terapia familiar a la que se derivan pacientes de toda la ciudad, con un centro de salud mental comunitario, con proyectos especializados en el tratamiento de esquizofrénicos y de jóvenes delincuentes, y también con nuestro consultorio privado.

Procuramos trasmitir al lector los frutos de todo lo que hemos aprendido a lo largo de estos años dedicados al tratamiento de familias. Como resultado, hemos llegado a reconocer la superficialidad y el carácter engañoso de muchos mitos y slogans contemporáneos a los que se asigna gran valor. Los aspectos «técnicos» tratados en este volumen no pueden comprenderse a menos de realizar un análisis fundamental de las prioridades éticas del hombre. Entendemos que, mientras actúa con todas las partes que intervienen en un conflicto, el especialista en terapia familiar no puede evitar las implicaciones éticas de la inevitable victimización y explotación relacional. Por oposición a lo que ocurre en el caso de la terapia individual, el terapeuta que se centra en las relaciones se ve enfrentado a los actos y reacciones de todos los participantes.

Con el tiempo nos fuimos sintiendo cada vez menos satisfechos con los marcos conceptuales preexistentes y nos vimos instados a alcanzar una comprensión más adecuada de los miembros de la familia. Aprendimos a contemplar la vida familiar como algo regido tanto por principios psicológicos individuales como cuasi-políticos. Un importante aspecto de nuestra terapia familiar es la búsqueda e identificación de conflictos de lealtad no admitidos, o incluso inconcientes, en los que el aparente «traidor» se ve destruido por su falta de autonomía. A menudo, la sociedad interpreta como traición los pasos normales en pos de la autonomía.

La terapia familiar, como toda psicoterapia, se basa en los valores de la apertura y el carácter directo de las relaciones signadas por la cercanía, en contraste con la negación y el secreto. No obstante, la apertura no es sinónimo de la mera abreacción o ventilación de los sentimientos acumulados de cada individuo; tampoco implica que deba abolirse el sentido de las fronteras individuales o la consideración por la privacidad. Lo ideal es un diálogo auténtico entre los miembros de la familia, que guarde relación con aspectos importantes de su vida y sea desarrollado de manera tal de reconocer las diferencias y los conflictos como valiosos ingredientes reconciliables, en vez de obstáculos para el crecimiento y la vinculación.

Como resultado de este cuestionamiento, logramos un importante avance. Habiendo elegido de modo conciente el camino de la participación empática en los procesos humanos, en vez de una actitud fría, técnica y directiva ante las interacciones, tuvimos que responder al efecto de lo irracional sobre nuestro propio sentido común. En esto nos ayudó considerablemente nuestra tarea en equipo. El autor de más edad comenzó a actuar en el campo de la terapia familiar en 1956, y la coautora se le unió en 1963. Desde entonces hemos trabajado como coterapeutas, ya sea entre ambos o junto a muchos otros terapeutas. A menudo tuvimos que luchar en defensa de nuestros puntos de vista individuales como dos seres, un hombre y una mujer, que estaban alcanzando una síntesis nueva y una comprensión más elevada. Logramos distintas formas de intelección, mediante nuestras luchas en pos de la separación cono a través de nuestra integración como equipo.

Dado que a muchas familias se las atiende también por separado, no podemos afirmar que un único terapeuta no logre buenos resultados terapéuticos. Por otra parte, una terapia correcta no entraña necesariamente trabajar con cada familia durante muchos años. La profundidad y duración de la terapia familiar está determinada, en última instancia, por las metas subjetivas y la capacidad de los miembros de la familia. Algunas de nuestras familias sólo buscaban un alivio sintomático; otras asumieron el desafío y soportaron las penurias y desventuras de una terapia prolongada que daría

por resultado un cambio y crecimiento básicos. No consideramos válido el postulado según el cual las metas de la familia pueden predecirse a partir de su clase social, de su marco cultural o de su nivel de educación.

El camino que lleva a convertirse en un competente especialista en terapia familiar dista de ser fácil.

La conciencia de la propia lucha en las relaciones más cercanas es tan indispensable como la capacidad para conceptualizar la propia labor. Algunos críticos podrán caracterizarnos como adherentes a determinada escuela de pensamiento dentro de nuestra profesión, porque utilizamos elementos aportados por los enfoques psicoanalítico, existencial, ético, contable o derivados de otros marcos conceptuales. En realidad, presuponemos que el crecimiento real de nuestro campo sólo puede basarse en el respeto por todo conocimiento útil, sea que provenga de las generaciones anteriores o de colaboradores actuales.

Obtener una prueba «operativa» de los resultados logrados es ya difícil en la psicoterapia individual,

y más aún en la familiar. Este libro no pretende proporcionar respuestas definitivas, pero sí

esperamos dar cuenta razonable de nuestro método. La obra se inicia con una exposición de nuestros conceptos básicos, seguida de la secuencia del contrato, la terapia y su conclusión, a lo

que se agregan ciertos aspectos específicos de importancia clínica y teórica. No se pretende reflejar

el pensamiento de un mosaico de autores, sino un punto de vista específico. Consideramos que a

esta altura podrán alcanzarse mayores progresos en nuestro campo a partir de la elaboración concreta de ciertas convicciones, más que continuando con los textos de amplio espectro.

Aunque la obra no contiene material autobiográfico, sabemos que nuestros conceptos y puntos de vista como autores trasuntan nuestras experiencias y creencias, tanto profesionales como privadas. El autor de más edad debe de haber descubierto un nuevo balance de lealtades tras su radical alejamiento, hace veinticinco años, de todo su campo existencial, cuando se trasladó de su país natal, Hungría, a Estados Unidos. A la vez, aunque entonces sólo podía comprometerse con su nuevo país y las nuevas oportunidades que este le ofrecía, interiormente debe de haberse sentido movido por la lealtad invisible que lo ataba a ciertas personas -en particular, sus padres, quienes instilaron en él su interés y confianza raigales en el fenómeno humano. En contraste con ello, Geraldine M. Spark procuró integrar siempre sus experiencias de terapia familiar con su formación anterior como trabajadora social psiquiátrica y sus dos años de cursos teóricos en la Asociación Psicoanalítica de Filadelfia. Ella continuó tratando de equilibrar su rol dentro de su familia de origen con su actual familia nuclear, que ahora incluye también a sus nietos. Por añadidura, más de veinte años de actuación en clínicas de orientación infantil le han permitido desarrollar una técnica especializada para relacionarse con los niños y alcanzar una mayor comprensión de ellos, facilitando en grado sumo su labor con las familias.

En el desarrollo de nuestro método de terapia familiar deben destacarse las oportunidades que nos brindó el original proyecto del Instituto Psiquiátrico de Pennsylvania del Este (IPPE), caracterizado por la amplitud de su criterio. De acuerdo con las atribuciones originarias de este instituto estadual de investigación y capacitación, su junta de Directores, a través de los Departamentos de investigación, invitó en 1957 al autor de más edad para que desarrollara un programa psiquiátrico innovador, sujeto a la revisión periódica de la junta. A lo largo de los años, la División de Psiquiatría Familiar recibió el permanente y fundamental apoyo administrativo de los doctores William A. Phillips, Director Médico, Joseph Adlestein y William Beach, así como de anteriores Comisionados de Salud Mental en Pennsylvania.

Nuestra comprensión aumentó notablemente a partir del aporte recibido de otros varios medios en los que hemos trabajado y enseñado. Deben mencionarse varios proyectos de investigación clínica bajo la dirección de Alfred S. Friedman, del Centro Psiquiátrico de Filadelfia. Allí, así como en el

IPPE, muchos de nuestros colegas y alumnos contribuyeron sustancialmente a acrecentar nuestra

experiencia clínica y claridad de comprensión. Los cuatro años durante los cuales el autor de más edad estuvo vinculado con el Consorcio de Salud Mental de la Comunidad de Filadelfia Oeste (bajo

la dirección de Robert L. Leopold y Anthony F. Santore), y los dos años de experiencia de Geraldine

M. Spark con las unidades de psiquiatría infantil de pacientes internos y externos de la Facultad de

Medicina Thomas Jefferson, ubicadas en el Hospital General de Filadelfia, cargos en que ambos actuamos como consultores, hicieron que llegáramos a percibir la terapia familiar corno un método imprescindible, especialmente en el caso de las familias de los guetos. Dicho método constituye también la más poderosa base de unión de los equipos clínicos, que luchan contra las diferencias entre el ambiente propio de los profesionales de clase media y el contexto no profesional de los trabajadores de clase baja.

Nuestros distintos tipos de formación nos han ayudado mucho a esclarecer nuestro pensamiento. La experiencia docente que hemos tenido en el Instituto de Familias de Filadelfia ha sido particularmente gratificante, a medida que observábamos cómo se desarrollaba su programa a partir de nuestros planes y esperanzas iniciales, para conformar una escuela de aprendizaje profesional más sólida y promisoria. El mes de práctica desarrollado en 1967 por Ivan Boszormenyi-Nagy en Holanda, dedicado a enseñar a un grupo de profesionales provenientes de todos los puntos de ese país, marcó la iniciación de prolongados contactos con especialistas en terapia familiar de esa progresista nación.

El marco conceptual expuesto en este libro reconoce sus orígenes en las obras de muchos pensadores, entre quienes deben destacarse Martin Buber (también según la interpretación de Maurice Friedman), Sigmund Freud, Mahatma Gandhi, G.W.F. Hegel, Ronald Fairbairn, Konrad Lorenz y Thomas S. Szasz. Nos fueron sumamente útiles, asimismo, las estimulantes conversaciones que hemos mantenido con Helm Stierlin (a quien agradecemos de manera muy especial sus meditadas sugerencias de revisiones), Maurice Friedman, Robert Waelder, Abraham Freedman, Isadore Spark y Elaine Brody.

A través de los años, los autores continuaron aprendiendo a partir de su contacto con los primeros

especialistas destacados en el campo de la terapia familiar, entre quienes se cuentan, mencionando

sólo unos pocos: Nathan Ackerman, Murray Bowen, Don D. Jackson, Carl Whitaker y Lyman Wynne. Entre los miembros de la División de Psiquiatría Familiar debemos nombrar a lames L. Framo, Leon R. Robinson y Gerald H. Zuk.

Extendemos nuestro agradecimiento a aquellas personas que contribuyeron a que este volumen se hiciera realidad. La señora Mary Jane Kapustin nos ayudó en las etapas iniciales del manuscrito. La dedicación y paciencia casi ilimitadas de la señora Doris Duncan fueron esenciales para la preparación del manuscrito final. La señora Kathryn Kent colaboró en muchos detalles en las etapas finales.

Nuestras propias familias no sólo merecen nuestro reconocimiento en lo que respecta a los orígenes de nuestros conceptos más profundos de las relaciones familiares, sino también por ser el escenario en el que se desarrollaron batallas personales más duras y con frecuencia más penosas, precisamente por ser nosotros especialistas en terapia familiar. También declaramos nuestra deuda de gratitud para con nuestras familias de origen, a las que volvimos a visitar en el pensamiento como fuente de orientación básica y de entendimiento.

Finalmente, creemos que en el futuro los aportes más significativos partirán de una mayor comprensión de los antiguos vínculos de lealtad hacia la propia familia de origen, y de la continua

necesidad de equilibrar la autonomía individual y la justicia recíproca de las relaciones actuales con las cuentas multigeneracionales' de lealtad familiar, hasta la tercera y cuarta generación.

' Sobre el concepto de «cuenta multigeneracional», cf. Tema en este libro [N. del E.]

Palabras preliminares

Esta obra representa la elaboración inicial de una síntesis de nuestros años de práctica clínica y de los esfuerzos que hemos realizado en pos de un esclarecimiento conceptual. Al aumentar nuestro convencimiento acerca de la eficacia clínica del método de la terapia familiar, surgieron ulteriores exigencias por definir su marco teórico.

Para nosotros era evidente que, a los efectos de comprender fenómenos nuevos, había que diseñar un nuevo marco conceptual. A la vez, no estábamos satisfechos con una serie de orientaciones teóricas provenientes de colegas con un enfoque psicodinámico o sistémico. Aparentemente, ellos sugerían que la terapia familiar es un campo en que puede pasarse por alto tanto la profundidad de

la experiencia personal como la integridad ¡que tiene, desde el comienzo hasta el final, la vida

humana.

Cuando optamos por no soslayar lo profundo del enfoque individual y la complejidad propia del sistema multipersonal en el campo de fuerzas de la familia, nos ayudó mucho concebir las relaciones en forma dialéctica. Así pudimos considerar de manera simultánea la interacción de tendencias divergentes, o aparentemente contradictorias, y entender de qué modo son determinadas las acciones y motivaciones individuales tanto en un nivel psicológico como en el de los sistemas relacionales.

Como uno de los conceptos claves surgió el de «lealtad», que hace referencia a los niveles sistémico (social) e individual (psicológico) de comprensión. Én este concepto están incluidas la unidad social, que depende de sus miembros y espera esa lealtad de ellos, y las creencias, sentimientos y motivaciones de cada miembro como persona.

A medida que aprendíamos a aplicar el concepto de lealtad a nuestra labor clínica cotidiana,

apareció la necesidad de reunir dentro de un contexto básico todo el panorama de las posiciones,

actos y motivaciones internas de los miembros de la familia. A la vez, sentimos que debíamos expresar ese universo conceptual por medio de un lenguaje más humanista que intelectual- cognoscitivo-científico.

El concepto de justicia parecía ser el siguiente paso en nuestra búsqueda de un marco más amplio y

adecuado. La justicia y la injusticia, la equidad y la falta de ella, la consideración recíproca y la explotación, son objeto de diaria preocupación para todos los seres humanos en lo que atañe a sus relaciones. Si el problema ético de la justicia puede parecer extraño a la mayor parte de las actuales investigaciones psicológicas y psicodinámicas, para nosotros ofrece la ventaja de una estructura

intrínseca de expectativas y obligaciones familiares. Dicha estructura puede verse afectada por la cadena de interacciones puesta en marcha entre los miembros.

Quisimos dejar la contabilidad intrínseca y encaminarnos hacia aspectos más concretos de la posición de cada individuo en relación con el libro mayor;* pero entonces sobrevino la necesidad de tomar en cuenta aspectos normativos y de evaluación: ¿qué significan la salud y la patología en

función de los sistemas de relaciones? Obviamente, se requerían conceptos multipersonales que trascendieran el de la patología individual (en esencia, un término médico). Los conceptos de equilibrio (o balance) y desequilibrio parecían llenar en parte la laguna. Cuando el individuo, por su historia y posición en la familia, se sitúa en el punto de mira de un balance específico del libro mayor de justicia, su capacidad para funcionar de modo sano puede sufrir una tensión tal que la realimentación que hace al sistema comienza a afectar a este último. La psicopatología individual y la patogenicidad sistémica pasan por un proceso de interacción dinámica. Tras analizar ese desequilibrio relacional tan vasto y significativo que dimos en llamar «parentalización», * * describimos las implicaciones de lealtad sistémica multipersonal, en relación con un fenómeno central en la teoría y la terapia psicoanalíticas: la trasferencia. Como etapa de transición reseñamos los puntos de convergencia y divergencia entre ciertos conceptos de la teoría psicoanalítica v_ su aplicación a nuestra teoría de las relaciones.

Posteriormente, efectuamos una revisión de una serie de problemas clínicos relacionados con las posibilidades de aplicación de nuestro marco conceptual. Examinamos un enfoque sistémico acerca de la formación de una alianza terapéutica entre la familia y el equipo, las aplicaciones clínicas de un enfoque trigeneracional con inclusión de los miembros más ancianos de la familia en el proceso de terapia, aspectos clínicos específicos del trabajo con niños, y cuestiones vinculadas con el tratamiento de una familia en que la hija era objeto de maltrato físico.

Un capítulo íntegro está dedicado al relato detallado de la terapia de una familia que presentaba una serie de problemas que afectaban a los miembros de tres generaciones. Se prestó especial atención a la importancia práctica y teórica de la oportunidad de equilibrar el libro mayor intergeneracional de justicia, a medida que se volvía a instilar confianza y esperanzas en la relación de una madre con su progenitora moribunda.

En otro capítulo se hace un resumen de los principios terapéuticos acordes con nuestro marco teórico, seguido de sus implicaciones para la sociedad y el ulterior trabajo con familias.

En síntesis, intentamos proporcionar bases teóricas coherentes para comprender las fuerzas estructurales más profundas de las relaciones humanas significativas. Dicha comprensión se prestará a su amplia aplicación en la terapia familiar y podrá integrarse con las ideas que el lector tiene sobre psicodinámica individual y técnicas interaccionales.

Aunque el libro fue escrito conjuntamente y cada capítulo es el producto de un esfuerzo de colaboración, Ivan BoszormenyiNagy es el principal responsable de los capítulos 1 a 7 y 13, y Geraldine M. Spark de los capítulos 8 a 11. El capítulo 12 es resultado de esfuerzos mancomunados. En el capítulo 7 hemos incluido la reimpresión, con unos pocos cambios, de un artículo titulado «Loyalty Implications of the Transference Model in Psychotherapy» («Implicaciones de lealtad en el modelo trasferencial de psicoterapia»), publicado en Archives of General Psychiatry (1972, vol. 27, págs. 374-80). Los capítulos 8 a 13 constituyen una unidad temática, por cuanto ofrecen la explicación de aspectos terapéuticos derivados de los puntos teóricos anteriores.

* Sobre la «contabilidad» de los actos de lealtad y el «libro mayor de justicia», cf. infra, págs.

72
72

, respectivamente. [N. del E.]

* ` Cf. el desarrollo de este concepto infra, págs.

182
182

y sigs. [N. del E.] 11

40-1 y
40-1 y

1. Conceptos referidos al sistema de relaciones

La estructuración de las relaciones, en especial dentro de las familias, se caracteriza por ser un «mecanismo» extremadamente complejo y en esencia desconocido. Desde el punto de vista empírico, dicha estructuración puede inferirse a partir de la regularidad y predecibilidad, sujetas a ley, de ciertos hechos reiterados en las familias. A lo largo de los años, buena parte de nuestros esfuerzos concertados se han dirigido, clínica y conceptualmente, a identificar esas leyes sistémicas multipersonales.

En ciertas familias se trasmiten pautas multigeneracionales fácilmente reconocibles en las relaciones. Respecto de tina familia, por ejemplo, nos enteramos de que durante generaciones enteras se repetían episodios de muerte violenta en las mujeres, a manos de los hombres con quienes estaban vinculadas sexualmente. En otra familia se reiteraba una pauta distinta: las esposas eran supuestas mártires victimizadas por maridos que, en forma continuada y evidente, mantenían relaciones con amantes. En el caso de una tercera familia, durante tres o cuatro generaciones se reprodujo una pauta según la cual una de las hijas terminaba siempre siendo expulsada de su seno, debido al «pecado» de deslealtad que cometía al contraer matrimonio con un hombre de distinta religión. Hemos atendido familias en las que se reiteraron secuencias de incesto por lo menos durante tres o cuatro generaciones.

Sólo en estos últimos tiempos se están comenzando a discernir los elementos que determinan dichos tipos de organización reiterada en las relaciones de familia. El cuidadoso estudio a largo plazo de sistemas multigeneracionales de familias extensas sometidas a tensión puede revelar algunos de sus determinantes «patógenos» cruciales. Pero, con el fin de elaborar un auténtico pautamiento multigeneracional de las relaciones familiares, tenemos que basarnos en información retrospectiva, incluidos los recuerdos que los vivos tienen de los muertos. Si no se interesa por esas leyes de funcionamiento que rigen las relaciones verticales formativas de larga data en las familias, el terapeuta se verá impedido de enfocar adecuadamente la patogenicidad y la salud de aquellas. Cabe distinguir, en ese sentido, entre mejorar las formas de interacción en el aquí y ahora, e intervenir cabalmente (es decir, de modo preventivo) en el sistema.

Creemos que salud y patología están conjuntamente determinadas por: 1) la naturaleza de las leyes que rigen las relaciones multipersonales; 2) las características psicológicas («estructura psíquica») de los miembros considerados en forma individual, y 3) la relación existente entre esas dos esferas de organización del sistema. Cierto grado de flexibilidad y equilibrio respecto de la adaptación del individuo al nivel superior del sistema contribuye a su salud, mientras que la adhesión inflexible a las pautas del sistema puede llevar a una patología.

Querríamos evitar los peligros latentes del reduccionismo al describir el complejo dominio de la estructuración de las relaciones. En la bibliografía especializada se detallan una serie de dimensiones pertinentes a la naturaleza de las pautas profundas de relación, pero ninguna basta de por sí para dar cuenta del todo complejo de su organización dinámica. Algunos de los elementos y fuerzas principales que determinan las configuraciones relacionales profundas del sistema son: las pautas de interacción de las características funcionales o de poder; las tendencias pulsionales dirigidas a una persona como objeto asequible de la pulsión de otra; la consanguinidad; pautas patológicas; la suma colectiva de todas las tendencias superyoicas inconcientes de los miembros; aspectos de encuentro de dependencia óntica entre los miembros; y cuentas no expresas de obligaciones, rembolsos y explotación, con un balance que va alterándose a través de las generaciones.

Probablemente, uno de los principales aportes del método de terapia familiar haya sido el concepto multipersonal o sistémico de la teoría motivacional. Según este concepto, el individuo es una entidad biológica y psicológica dispar, cuyas reacciones, sin embargo, están determinadas tanto por su propia psicología como por las reglas que rigen la existencia de toda la unidad familiar. En términos generales, un sistema es un conjunto de unidades caracterizadas por su dependencia mutua. En las familias, las funciones psíquicas de un miembro condicionan las funciones de los demás miembros. Muchas de las reglas que gobiernan los sistemas de relaciones familiares se dan en forma implícita, y los miembros de la familia no son concientes de ellas. El rol sustitutivo o implícitamente expoliador que puede cumplir una madre en un caso de incesto entre padre e hija, por ejemplo, tal vez no salte a la vista en las fases iniciales de la terapia familiar.

Algunos aspectos de la estructuración motivacional básica de los sistemas familiares pueden manifestarse a través de ciertas pautas de organización o ritos de acciones tangibles, como por ejemplo la ofrenda de sacrificios, la traición, el incesto, el honor familiar, la «vendetta» entre familias, la búsqueda de «chivos emisarios», la congoja, el cuidado de los moribundos, los aniversarios, las reliquias familiares, los testamentos, etc. Estos ritos se ajustan a guestalts inconcientemente estructuradas de relaciones, que afectan a todos los miembros del sistema. Además de cumplir funciones específicas, cada rito aporta algo al equilibrio entre las posturas y actitudes expoliadoras y

las generosas. Un «libreto» o código familiar no escrito orienta los variados aportes del individuo a la

«cuenta». El código determina la escala de equivalencia de méritos, ventajas, obligaciones y responsabilidades. Un conjunto de ritos interrelacionados caracteriza el sistema manifiesto de relaciones de una familia en un momento dado. Los ritos son pautas de reacciones aprendidas,

mientras que el libreto tácito del sistema se apoya en una vinculación genética e histórica.

Esta distinción reviste importancia práctica para el especialista en terapia familiar. Las pautas ritualistas se entrelazan con el sustrato existencial del sistema multipersonal de la familia en formas singulares, que pueden sorprender al observador externo. La dificultad (descrita a menudo) que se plantea al enfocar mensajes aparentemente carentes de sentido en una familia sometida a tratamiento se debe, en parte, a la comprensible necesidad que tiene el terapeuta de hallar una «lógica» en el modo en que los ritos relacionales características se enlazan causalmente entre sí. Se requiere tiempo y un aprendizaje especial para poder evaluar las cuentas básicas de las dimensiones históricas, vertical y profunda de los sistemas de acción. Si no se comprende la jerarquía de obligaciones, ninguna lógica será evidente.

Un importante aspecto sistémico de las familias se basa en el hecho de que la consanguinidad o vínculo genético dura toda la vida. En las familias, los lazos propios de la relación genética tienen primacía sobre la determinación psicosocial -en la medida en que estas dos esferas pueden separarse conceptualmente.

Mi padre será siempre mi padre, aun cuando esté muerto y su sepultura se encuentre a miles de

kilómetros de distancia. Él y yo somos dos eslabones consecutivos en una cadena genética con una extensión de millones de años. Mi existencia es inconcebible sin la suya. En forma secundaria, o desde el punto de vista psicológico, su persona dejó en mi personalidad una impronta indeleble durante las etapas críticas del desarrollo emocional. Aun cuando me rebelé contra todo lo que él representaba, mi enfático «no» sólo logró confirmar mi vinculación emocional con él. Por ser yo su hijo, él tenía obligaciones para conmigo, y con el tiempo yo contraje una deuda existencial para con él.

Mi suegro no tiene una relación de consanguinidad conmigo, y sin embargo siempre recuerdo el

parentesco que nos une cuando observo el parecido físico de mi hijo con él. Continuamente me pregunto si las cualidades mentales de ese hijo mío serán como las de mi suegro, sólo porque

algunos de sus rasgos faciales y gestos espontáneos me recuerdan tanto a este. Las relaciones con los parientes políticos adquieren un aspecto cuasi-consanguíneo a través del nacimiento de los nietos. Por añadidura, mi suegro y yo nos vinculamos a través de una «hoja de balance» en la que se va registrando el recíproco toma y daca dentro de la familia extensa.

La bibliografía referente a la teoría de los sistemas en las relaciones familiares se inició con nociones influidas por el concepto de funcionamiento «enfermo» o «anormal». Expresiones como «simbiótico», «cargado de culpa», «doble vínculo», «esquizofrenógeno», etc., sugerirían que el único lenguaje existente para la descripción de los fenómenos de pautamiento de las relaciones debe estar teñido de nociones de patología. Las necesidades del especialista en terapia familiar exigieron elaborar conceptos explicativos más eficaces como guías de su trabajo.

En el movimiento de terapia familiar, el concepto de «seudomutualidad» de Wynne et al. constituye el primer intento sistemático de importancia para explicar los determinantes fundamentales de las pautas de relación familiar. Los citados autores manifiestan: «La organización social en estas familias se ve conformada por una penetrante subcultura familiar de mitos, leyendas e ideologías, que subrayan las nefastas consecuencias de una divergencia franca respecto de un número relativamente limitado de roles familiares fijos y absorbentes» [93, pág. 2201. En un evidente esfuerzo por integrar el punto de'vista sociológico con el psicoanalítico, Wynne et al. caracterizan la «estructura de roles internalizada en la familia y la subcultura familiar conexa, que actúan como una suerte de superyó primitivo tendiente a determinar la conducta de manera directa, sin entablar ninguna negociación con un yo que percibe y discrimina activamente» [93, pág. 216].

Las implicaciones de una subcultura de expectativas familiares constituyen un mojón en el camino que lleva a definir la estructura de relaciones como series de obligaciones impuestas a los miembros de la familia. Cuando Wynne et al. comparan la circunspección familiar y los mecanismos de indagación con una ansiosa vigilancia del superyó, se aproximan en grado sumo a nuestra formulación inicial de un importante mecanismo patógeno de la familia, el «superyó contraautónomo» [11]. Asimismo, es fácil ver la afinidad que existe entre los conceptos de superyó primitivo de la familia y las hojas de balance de méritos a largo plazo en las familias. Los esfuerzos de Wynne et al. tienden un importante puente en dirección al modelo dinámico auténticamente multipersonal. El empleo que hacen de conceptos de base individual, tales como superyó, represión, disociación o rol, en un contexto familiar revela su esfuerzo por trascender los límites de la psicología al aproximarse al terreno de lo que denominamos teoría dialéctica de las relaciones. Utilizan un lenguaje esencialmente psicológico cuando elaboran expresiones tales como «internalización de la estructura de roles» y «sentido de satisfacción recíproca de las expectativas».

La lucha principal en la familia caracterizada por la seudomutualidad se describe en términos cognoscitivos como «esfuerzos por excluir todo reconocimiento abierto de cualquier indicio de falta de complementariedad».

Desde nuestro punto de vista, el problema básico de la teoría de las relaciones familiares es el siguiente: ¿Qué sucede en el contexto de la acción, y cómo afecta ella la propensión de la familia a mantener esencialmente inalterado el sistema? De acuerdo con este esquema, aunque la pérdida por muerte, la explotación y el crecimiento físico son hechos inevitables, producto del cambio, todo paso dado en dirección de la madurez emocional representa una amenaza implícita de deslealtad hacia el sistema. La meta contextual de las expectativas, obligaciones y lealtades entrelazadas es, entonces, que el sistema subsista inalterable. El equilibrio no alterado del sistema incluye la ley de mutua consideración para evitar, de la mejor manera posible, el causar dolor innecesario a nadie (p. ej., enfrentando la desdicha). El antiguo fundamento tribal y biológico del sistema familiar era la reproducción y la crianza de la prole. A nuestro modo de ver, la función de la crianza sigue siendo el

mandato existencial básico de las familias contemporáneas. Las lealtades sujetas a las exigencias propias de la supervivencia biológica y de la integridad de la justicia humana son ulteriormente elaboradas en conformidad con el «libro mayor» de acciones y compromisos asumidos a lo largo de toda la historia familiar.

Atendiendo a estas conexiones dialécticas más profundas, las pautas de seudomutualidad u otros ordenamientos psicosociales son elaboraciones «psicológicas» secundarias de realidades existenciales fundamentales; son ejemplos de ritos específicos en el contexto de un sistema de relaciones. El núcleo de la dinámica del sistema familiar es parte del orden humano básico, que sólo secundariamente se refleja en los conocimientos, afanes y emociones de los individuos. El orden humano básico depende de las consecuencias históricas de los hechos producidos por la interacción entre los distintos miembros en la vida de cualquier grupo social. Las motivaciones de cada miembro están enraizadas en los contextos de su propia historia y la de su grupo.

Un ejemplo clínico ilustra el modo en que se entrelazan el individuo sintomático, una díada, y la guestalt total de las cuentas multigeneracionales en un sistema de relaciones. La familia fue remitida para consulta debido al estado de tensión e irritabilidad de Diana, que últimamente se había podido advertir tanto en el hogar como en la escuela. Diana, una niña de diez años dotada de talento artístico, era muy apegada a su abuela, la señora H., de 58 años. Cuando Diana contaba apenas seis días, su madre se volvió psicótica y desde entonces ha estado internada en una clínica para enfermos mentales. La señora H. crió a la pequeña. Como comentario aparentemente al margen del problema, se mencionó el hecho de que entre la abuela y• el abuelo solían desencadenarse fuertes discusiones con amenazas de violencia física.

La primera sesión de terapia familiar se realizó en el hogar, y reveló una grave tensión conyugal entre los abuelos. Contradiciendo las expectativas del trabajador social asignado a Diana, la abuela procuró en forma activa despertar la atención del terapeuta casi desde el comienzo. Aunque inicialmente sonaba poco coherente y evasiva, fue muy clara y explícita cuando comenzó a puntualizar todos los motivos de resentimiento que tenía contra el marido: «Hay dos cosas que no le perdonaré mientras viva», dijo, explicando las razones que la llevaban a rechazarlo sexualmente.

Al describir su falta de respuesta sexual hacia el marido, la señora H. agregó: «Cuando lo necesitaba y lo deseaba, de joven, él tenía aventuras por ahí». Advirtiendo el interés del terapeuta por conocer sus antecedentes, refirió una sorprendente historia personal. Sin mayores vacilaciones, relató que a los catorce años, cierta noche que su madre se había ausentado, su padrastro entró a su dormitorio y trató de violarla. Al día siguiente ella procuró obtener el apoyo moral de la madre, pero esta se puso del lado del padrastro, y la jovencita fue enviada a casa de los abuelos. Nunca había podido referir a nadie el incidente, con excepción de su madre y su abuela. A medida que esa mujer solitaria y recluida comenzaba a hablar más abiertamente, era fácil condolerse de su estallido de genuina desesperación y dolor, que la habían embargado toda su vida.

Esta sesión inicial demuestra con gran claridad el enfoque dialéctico de indagación en los sistemas de relaciones. Ningún relato o declaración individual se toman como verdad absoluta. Los problemas de la niña se indagaron desde un comienzo en el contexto de la dimensión vertical de la familia, abarcando tres generaciones. Esto llevó a investigar también la dimensión horizontal del matrimonio de la abuela. A partir de allí, era natural volver nuevamente a la dimensión vertical de los conflictos que la señora H. había tenido en la infancia con sus padres. Es fácil ver cómo una cuenta que quedó sin saldar entre ella, su madre y su padrastro tendría que «salir a relucir» en su matrimonio. La atmósfera irremediablemente hostil y atemorizadora de su hogar debió de haberse reflejado entonces en la desesperada necesidad que tenía la niña de llamar la atención en la escuela.

Con el presente ejemplo no se pretende sostener que una sola sesión inicial basta para descubrir las raíces últimas de los determinantes sistémicos de la conducta sintomática de un niño. A pesar de la autenticidad y de la gran fuerza que esa mujer solitaria y. ávida de comunicación impartía a su relato, sería poco realista considerar que el desarrollo del carácter de la señora H. quedó cabalmente explicado por las simples metáforas relacionales de su condensada historia. No obstante, el examen de su experiencia clave infantil -la explotación de que fue objeto por parte del padrastro y la aparente deslealtad en la respuesta de la madre- señaló una injusticia básica, la cual debe de haber contribuido a cimentar la desconfianza hacia los hombres y las relaciones humanas en general, característica de la señora H. durante toda su vida. Esta sesión ilustra las dimensiones interconectadas de la psicología individual, la reciprocidad en los sistemas de relaciones y la justicia del mundo de los hombres, convertidos en datos invisibles registrados a lo largo de las generaciones.

Como conclusión, digamos que la violación de la justicia inherente al orden humano básico de una persona puede hacer de ese hecho un pivote en torno del cual gira el futuro de sus propias relaciones y las de sus descendientes. Así como sería poco sensato, cuando se investigan las motivaciones individuales, considerar que un síntoma existe aisladamente de la personalidad total del paciente, es necesario examinar el sistema familiar completo en relación con la función-señal de la «patología» del miembro identificado como paciente. El interés por el aspecto referente a la justicia propia del orden humano suele conducir al descubrimiento de un miembro que en un comienzo parece haber actuado injustamente. Se plantea un interrogante: ¿El injusto es actor e iniciador de los hechos, o un mero eslabón en una cadena de procesos? Una vez que se ha podido investigar el propio sufrimiento de ese miembro a través de injusticias pasadas, se pone en marcha el proceso de terapia familiar.

La filosofía dialógica de Martin Buber y los escritos de ciertos autores existencialistas señalan un modo de «usar» a los otros que conforma otra importante dimensión de la dinámica de las relaciones. Sin embargo, en vez de subrayar lo que hay de explotación en determinados aspectos de las relaciones humanas, Buber se centra en su capacidad potencial para la reafirmación mutua. Al sostener que las relaciones personales significativas pertenecen al tipo Yo-Tú, declara que los pronombres básicos no son Yo, Tú, Ello [It], sino Yo-Tú y Yo-Ello. El análisis fenomenológico existencial de la vida social presupone una dimensión de compromiso personal: no estoy, simplemente, junto a aquel a quien me dirijo utilizando el «Tú» de Buber. Ese otro a quien me dirijo de ese modo no es un mero instrumento de mi expresión emocional o la suya, sino, al menos por el momento, el «terreno», la contraparte dialéctica de mi existencia. Pero aun como terreno para el otro, la persona es un Yo bien delimitado para sí misma.

El auténtico diálogo Yo-Tú va más allá del concepto del otro como mero «objeto» o medio para gratificar mis necesidades.

La solicitud y el interés recíprocos puestos de manifiesto es algo que no sólo experimentan los participantes, sino que trasciende su psicología al ingresar al dominio de la acción o el compromiso con la acción. El diálogo, tal como lo define Buber, se convierte en una característica del sistema de relaciones familiares. La reciprocidad de experiencias entre dos seres humanos, reafirmados ambos por su encuentro en términos Yo-Tú, crea una base de apoyo mutuo en las relaciones familiares. Tal vez esto se vincule con lo que Buber denomina la zona del «entre» [26, pág. 17].

Si bien el concepto de diálogo mutuamente reafirmativo sin duda enriquece nuestra comprensión de las relaciones, en general nuestra postura es que las relaciones familiares tienen su propia estructuración específica, existencial e histórica. Un viajero conocido por casualidad en el tren, del que obtenemos una respuesta caracterizada por su profundidad, puede, al menos

momentáneamente, cumplir las condiciones de interlocutor en un auténtico diálogo Yo-Tú. Desde el punto de vista psicológico, el efecto posterior de ese diálogo tan auténtico puede ser una reafirmación permanente de mi persona e identidad, aun cuando esa relación específica sea efímera. De ese modo, el Tú del auténtico diálogo puede hallarse en todas partes, y ser remplazado por otro Tú. Ciertas dimensiones de la terapia de grupo, las maratones, las técnicas de grupo de encuentro, la sensibilización, etc., se basan en la esperanzada expectativa de que se dé una reafirmación mutua entre personas que no pertenecen a un sistema familiar consanguíneo.

Desde el punto de vista práctico es muy importante reconocer la naturaleza específica de las relaciones familiares. Tras una vinculación que durante todas sus vidas se caracterizó por la hostilidad, dos hermanos pueden hacer intensos esfuerzos por reconciliarse y reconstruir su relación de manera que surja entre ellos una positiva amistad. Quizás entonces se descubran el uno al otro y lleguen a comprenderse en forma diferente, casi como si cada uno de ellos estuviera ante una persona totalmente nueva para él. Empero, ya sea que parezcan enemigos o amigos, siempre han sido miembros del mismo sistema familiar consanguíneo. Si yo ayudo a cualquier ser humano que sufre, es probable que entable un auténtico diálogo Yo-Tú con él. Si, no obstante, sucede que ese ser humano es mi hijo, configura, por añadidura, una contraparte única de mi dominio existencial:

ningún otro ser humano puede remplazarlo. Ninguna conducta de otro, por perfecta que sea la semejanza, podría sustituir el significado que él tiene para mí. Además, tanto él como yo estamos encuadrados dentro de un sistema de relaciones multigeneracionales. El compromiso, la devoción y la lealtad son los determinantes más importantes de las relaciones familiares. Derivan de la estructura multigeneracional de la justicia del universo humano, creada a partir del patrimonio histórico de las acciones y actitudes entre los miembros.

En resumen, la dimensión más importante de los sistemas de relaciones estrechas se desarrolla a partir de la hoja de balance multigeneracional de méritos y obligaciones. Creemos que el nivel del sistema en que se forjan las lealtades básicas se conecta con otros niveles sistémicos más visibles de la conducta de interacción y las comunicaciones.

Consideramos que la jerarquía de obligaciones reviste importancia crucial para todos los grupos sociales y la sociedad en su conjunto. Como muchas épocas pasadas, la nuestra padece el desgaste gradual de la calidad de las relaciones humanas. Desde fines del siglo XIX los autores existencialistas trataron de advertirnos del peligro que amenazaba la calidad de las auténticas vinculaciones entre los seres humanos. La urbanización, la automatización, los medios de trasporte y comunicación de masas, etc., contribuyen a aumentar ese desgaste. El teórico que estudia a la familia centra ahora su atención en una dimensión existencial específica que en nuestra era se evita, niega y erosiona: las cuentas de la justicia del mundo de los hombres. Al rehuir los contactos con la familia extensa, por un lado, y aferrarse desesperadamente a las posesiones materiales, por el otro, se crean paradójicos antagonismos entre las viejas y las nuevas generaciones, con pocas posibilidades de resolución. La vieja generación conservadora, se atrinchera cada vez más en su rígida postura defensiva, mientras que mediante el escapismo y la negación la juventud rebelde puede destruir los cimientos que le permitirían utilizar su libertad si adquiriera la capacidad necesaria para enfrentar y balancear las cuentas de la justicia intergeneracional. Llevados por su sensación de carencia, a menudo los jóvenes no ven que la represalia destructiva lleva a una ulterior y más honda carencia. En última instancia, ambas generaciones resultan perdedoras.

La amplia popularidad actual de los grupos de encuentro, maratón, sensibilización, etc., atestigua la toma de conciencia del desgaste de las relaciones personales por parte del hombre moderno. Todos los días se forjan nuevos ritos sobre la base de esa toma de conciencia, combinada con el mito del valor supremo que tendría «expresar los propios sentimientos» hacia los extraños. El diálogo Yo-Tú de Buber, cuando se lo comprende de manera parcial, puede esgrimirse como anhelada fórmula

mágica, aplicándola a encuentros de formas ritualizadas. El especialista en terapia familiar no rechaza la validez del encuentro como «técnica» auxiliar dotada de sentido en la sociedad contemporánea; configura una dimensión de su propia labor con las familias. Pero si esta dimensión se eleva al plano de la omnipotencia mágica, utilizada para negar las duras realidades de la justicia histórica de la propia existencia y la posición generacional en el «libro mayor» de méritos de la familia, sólo permitirá logros limitados. Por añadidura, sus falsas pretensiones pueden ser fuente de grandes desengaños.

Importancia clínica del enfoque sistémico

La distinción trazada entre motivaciones multipersonales, basadas en el sistema, e individuales tiene gran importancia para el terapeuta desde el punto de vista práctico. Sus colegas con frecuencia lo interrogan acerca de sus actitudes hacia problemas terapéuticos clave, tales como: ¿Cuáles son los criterios que determinan si la terapia familiar es la indicada? ¿Cuáles son las metas terapéuticas? ¿Cómo se evalúan los resultados de su labor terapéutica?, etc. La respuesta a estas preguntas está asociada a la comprensión del modo de entrelazamiento de los niveles de motivación en los sistemas individuales y multipersonales.

La conceptualización de ese entrelazamiento entre niveles de sistemas individuales y multipersonales no sólo exige un conocimiento básico de la teoría general de los sistemas, sino un pensamiento elaborado en función de un modelo dialéctico. De acuerdo con este último, el dominio_ «intrapsíquico» pierde todo sentido si lo sacamos del contexto de relaciones (Yo-Tú). Desde el punto de vista dinámico, toda experiencia subjetiva implica que hay un sí-mismo y un otro, o sea, un contexto simbólico interpersonal. Mediante pautas interiorizadas, el individuo inyecta en todas las relaciones actuales la programación de su mundo relaciona) formativo. Naturalmente, el sí-mismo es el centro experiencia) del mundo del individuo, pero ese sí mismo es siempre un Yo subjetivo, impensable sin algún Tú.

Los autores suscriben una visión amplia de la teoría clínica, en que los niveles de motivación de los sistemas individual (intrapsíquico) y multipersonal deben considerarse en su relación mutuamente antitética y complementaria. Entendemos incorrecto y poco aconsejable ignorar la importancia motivacional recíproca y multipersonal para la formulación intrapsíquica de hechos tan importantes para la experiencia humana como la separación, el enamoramiento, el crecimiento, la madurez sexual, el miedo a la muerte, el dolor por la pérdida de seres queridos, etc. Por otro lado, nos damos cuenta de que en su mayor parte nuestra actual teoría de la psicopatología y la psicoterapia está estructurada en términos individuales que de ben ampliarse para abarcar el contexto de las dimensiones motivacionales de los sistemas familiares.

Por ejemplo, en respuesta a las preguntas sobre lo indicado de una terapia, sus metas y la evaluación del trabajo con la familia, el especialista en terapia familiar tal vez no pueda comunicarse con sus colegas si estos últimos tienen una orientación exclusivamente individual. Puede preguntársele: ¿La terapia familiar es indicada en un caso de fobia a la escuela? Su respuesta no puede ser ni sí ni no. Debe dejar en claro que en esta forma la pregunta es intrínsecamente inadecuada e imposible de responder. Como la terapia familiar tiene por objetivo ayudar a cada miembro de la familia, la pregunta debe formularse de distinto modo: ¿Es conveniente y factible que los miembros de la familia de un niño con fobia a la escuela trabajen juntos en pos de la obtención de beneficios mutuos? En términos estrictos, sin embargo, incluso la formulación «familia de un niño con fobia a la escuela» posee bases individuales. El experto en terapia familiar sabe que al cabo de unas pocas semanas el papel del «paciente» sintomático puede desplazarse, pasando del niño con fobia escolar a la madre deprimida, el hermano delincuente o el padre que adolece de una

enfermedad psicosomática. El problema que se nos plantea es el de designar una familia en

términos de un sistema multipersonal, en vez de contentarnos con introducir los términos o frases

del diagnóstico tradicional del individuo con la expresión «la familia de un

».

La falta de una categorización de familias ampliamente aceptable, de acuerdo con los criterios del sistema multipersonal, ha obstaculizado de modo serio los esfuerzos del especialista en terapia familiar por comunicar su punto de vista. Aquel siente que aunque conceptualmente no podría definir la entidad sistémica de una familia, no se trata de una imagen ficticia sino de una realidad clínica con la que debe trabajar. De hecho, en el curso de uno o dos años de experiencia, los especialistas en terapia familiar por lo general aprenden cómo deben trabajar con la dinámica de grupo de un sistema familiar específico, considerándolo una entidad, antes que la suma de las diversas dinámicas individuales de los miembros. En última instancia, debe tratar el conglomerado forjado entre las patologías individuales y las configuraciones del sistema.

La tarea fundamental del especialista en terapia familiar es definir síntomas, diagnóstico y entidad nosológica en términos sistémicos. El concepto médico tradicional de síntoma se originó a partir de la dicotomía entre los signos notables y lo que se infería como proceso de enfermedad subyacente, definible en términos de causalidad. Mientras que la sugestión, la hipnosis o los procedimientos conductuales estuvieron durante siglos en teros claramente dirigidos a la eliminación del síntoma, el interés propio de la teoría psicoanalítica freudiana se ha definido como algo que va más allá de los síntomas y se centra en el mecanismo básico subyacente en la organización fundamental de la personalidad del paciente.

El especialista en terapia familiar tiene que aprender a integrar conceptos individuales, descriptivos y dinámicos con dimensiones del sistema de relaciones tales como: 1) pautas de interacción funcional; 2) relación entre la pulsión y el objeto; 3) consanguinidad; 4) patología interpersonal; 5) mecanismos inconcientes entrelazados en los individuos; 6) aspectos de encuentro del diálogo óntico; y 7) cuentas de justicia multigeneracionales.

Los actos delictivos de un muchacho, por ejemplo, pueden considerarse motivados por varios factores individuales y familiares. En un nivel individual, puede vérselo como si luchara por satisfacer sus necesidades de gratificación instintiva (sexuales, agresivas) (2), por reafirmar su propia persona en relación con el padre (2, 6), por llegar a igualar a sus pares (1), etc. En un nivel multipersonal, el joven delincuente puede satisfacer en forma sustitutiva las tendencias inconcientes de sus padres hacia la delincuencia (5); por ejemplo, es previsible que en sus ensoñaciones y fantasías procurará reparar todas las pérdidas sufridas por sus padres, castigando a la sociedad (7); acaso, llevado por su lealtad, quiera unir a sus padres convirtiéndolos en un equipo disciplinario en mutua connivencia (1); puede, sin quererlo, suministrar a su familia una excusa para una indispensable intervención de la sociedad a través de sus autoridades (1, 2, 7). En una escala aún más amplia, puede poner a prueba la capacidad «parental» de la sociedad en su conjunto y brindar dependencia y gratificación encubierta a todos los miembros (3).

Cuanto más cambia, más igual a sí mismo permanece

Todos los sistemas de relaciones son de tipo conservador. La lógica que los gobierna exige que la dedicación y cuidados que prodigan sus miembros a modo de «inversión compartida» sirvan como compensación por todas las formas de injusticia y explotación. Debido al carácter inalterable de los vínculos genéticos y la continuidad de las cuentas que entrañan obligaciones, las familias constituyen los más conservadores de todos los sistemas de relaciones. Mediante una identificación con el futuro de nuestros hijos, nietos y demás generaciones por nacer, podemos, al menos en la fantasía, justificar todo sacrificio y compensar toda frustración.

En cierto sentido, la estructuración existencial de la consanguinidad familiar es inalterable. Las familias que lidian con la separación real o inminente de algunos de sus miembros nunca podrán avenirse a perder «existencialmente» a ningún integrante del sistema. El padre divorciado o que ha hecho abandono del hogar nunca será remplazado interiormente como padre en la mente de sus hijos. Incluso en los casos de adopción efectuada a muy tierna edad, la importancia existencial de los padres naturales suele ocupar la mente de los hijos adoptivos durante toda su vida. Pueden sorprender a la familia que los adoptó con sus vehementes deseos de alcanzar un mayor conocimiento y entablar un contacto más profundo con los padres naturales, al menos en el recuerdo.

Otra importante esfera de conflicto de lealtades se vincula con ese tipo de justicia humana menoscabada que se basa en una explotación emocional carente de equilibrio. El análisis de estos problemas a menudo se ve oscurecido por consideraciones de índole económica en la familia. En otros casos, la posesión expoliadora de una persona aparece disfrazada de amor; ¡como si el amor por el lechón que siente el gourmet pudiera acaso para el cerdo significar amor. Algunos autores de la escuela de Bateson (para un amplio resumen, cf. Watzlawick [88] y Berne [7] realizaron exhaustivos estudios de ciertas técnicas expoliadoras en las relaciones. Sin embargo, el especialista en terapia familiar se guardará de extraer cualquier conclusión apresurada sobre qué constituye explotación en las relaciones de familia. Las pautas de interacción superficial entre sus miembros, en especial si se considera una díada aisladamente, pueden conducir a conclusiones totalmente erróneas. La auténtica comprensión de lo que constituye la explotación gira en torno de los balances recíprocos de méritos y en el reconocimiento de tales méritos.

Los procesos familiares y los sociales, más vastos, se entrelazan de manera significativa. La civilización occidental contemporánea alienta la huida por medio de la negación para evitar un duro enfrentamiento con el propio sistema de relaciones. La movilidad física cada vez mayor, la capacidad de comunicación saturada a través de los medios, la glorificación del éxito conseguido en la «adaptación social», la confusión de libertad emocional con la separación física, y la elevada valoración de formas de seudoamistad tan superficiales como infundadas se cuentan entre las «ventajas» de nuestra sociedad que alientan el escapismo más que el enfrentarse con las cuentas en las relaciones.

La historia de la civilización de Occidente aparece como una prolongada batalla en la que el individuo ha luchado siempre por liberarse del dominio de gobernantes opresores. Los mitos de los griegos y los hebreos brindaron una temprana definición del individuo como héroe que enfrenta contingencias imposibles de superar, y que, aunque a la postre sucumba, sirve como fuente de inspiración para las generaciones futuras, que demostrarán su propio heroísmo mediante nuevas hazañas. La aceptación pasiva del poder del gobernante lo convierte a uno en miembro de la masa, indigno de reconocimiento o recordación. No obstante, la simple huida y separación física respecto de esa fuerza abrumadora no bastan para liberar realmente al prófugo. Y menos aun podemos resolver la tiranía de las propias obligaciones simplemente esquivando al acreedor. Una huida en masa, por temor a enfrentar la responsabilidad de las obligaciones filiales, puede sumir a todas las relaciones humanas en un caos insoportable. El individuo puede verse paralizado por una culpa existencial amorfa e indefinible.

El modernismo conservador, o el miedo a la privacidad

Basándose en las realidades manifiestas de su experiencia cotidiana, algunos expertos en terapia familiar se muestran inclinados a describir su campo de acción como algo caracterizado por fríos juegos de manipulaciones. De esa manera parecen perder contacto con los estratos propios del compromiso personal, ínsitos en toda relación.

Aparentemente, la terapia de intervención en la familia puede atraer al profesional de orientación impersonal y mecanicista, que ve en ella un terreno propicio para la manipulación de los seres humanos. Por ejemplo, tal vez sostenga que la capacidad de empatía, indispensable en casi todas las formas de psicoterapia individual, puede soslayarse en la terapia familiar. Algunos terapeutas prefieren ignorar el proceso de crecimiento subjetivo de los miembros de la familia, y consideran que la terapia familiar simplemente está dirigida a modificar las pautas de interacción visibles. Las líneas rectoras de su intervención podrían basarse entonces en principios puramente técnicos, como el refuerzo de los estilos de comunicación, la enseñanza de los principios que rigen una «buena» discusión, la identificación y eliminación de los dobles vínculos, etc. Algunos terapeutas insisten en establecer una agenda artificial: piden que la gente se desplace por la habitación, la hacen sentarse y hablar de determinada manera, inventan tareas «operativamente factibles», ellos mismos salen del recinto, etc. Por el contrario, nuestra orientación hacia las relaciones familiares en la terapia es de naturaleza personalizada. Estamos convencidos de que el crecimiento en nuestra vida personal no sólo es inseparable del crecimiento en nuestra experiencia profesional, sino que es también nuestra herramienta técnica más importante.

La actitud del especialista en terapia familiar hacia la cuestión de la privacidad individual y la experiencia subjetiva determina su conceptualización de las metas terapéuticas. Estableciendo como meta ideal de la terapia el funcionamiento presumiblemente no neurótico que a la larga logra el paciente, la teoría psicodinámica individual tiende a delimitar su esfera de interés científico y humano, ciñéndola al marco del individuo. Aunque la teoría admite que sólo se ve la punta del iceberg, es decir, los aspectos concientes de las motivaciones, sin embargo considera que las nueve décimas partes invisibles pueden reconstruirse sobre la base del conocimiento de los mecanismos mentales del individuo: represión, trasferencia, resistencia, defensa, regresión, etc.

Al trabajar con familias in vivo, el interés del terapeuta no reside simplemente en reconstruir el núcleo esencial de los individuos sino que va más allá, tratando de establecer un nuevo equilibrio de las relaciones en el sistema multipersonal. En este sentido, la terapia familiar se encuentra en uno de los polos del espectro de las terapias, la terapia clásica de la conducta en el polo opuesto, y la psicodinámica (freudiana) en el medio. Importa reconocer la falacia de una dicotomía comúnmente aceptada, como si la terapia intensiva fuera equivalente a la indagación individual, mientras que la terapia familiar conjunta implicara una tarea más superficial e imprecisa, que puede o no dar en el blanco y quizá nunca roce el núcleo privado e interno de los participantes; como si los diálogos confidenciales mano a mano entre paciente y terapeuta constituyesen el requisito indispensable de toda «labor» terapéutica intensa y profunda. Mientras que, sin duda alguna, la investigación de la familia amplía el margen de intervención del terapeuta, su característica distintiva no es la mera extensión horizontal. Sucede, más bien, que el compromiso que contrae el terapeuta de ayudar a todos los miembros de la familia intensifica la fuerza emocional de un nuevo proceso de realimentación, que afecta a todos los participantes. Sin embargo, el compromiso de ayudar a todos los miembros de la familia puede conducir a una auténtica intensificación del proceso terapéutico sólo si el propio terapeuta es capaz de seguir el ritmo de la «escalada» emocional.

La razón por la cual la propia situación de la terapia familiar representa una mayor exigencia emocional para el terapeuta que la terapia individual se debe a que la verdadera medida de la emoción humana no es la intensidad de sus concomitantes afectivos o fisiológicos, sino la relevancia de su contexto interpersonal. Esto demuestra la dificultad intrínseca que surge al tratar de objetivar o cuantificar los hechos relacionales. La relevancia conceptual puede evaluarse equiparando contenido y contexto. Como el vaciado y el molde: encajan o no. La relevancia es una medida no lineal, no cuantificable.

El desarrollo conceptual en los campos de la teoría y la terapia familiar se ve todavía obstaculizado por una permanente confusión sobre la función del pensamiento científico, tal como se aplica en la escena humana. Algunos de los investigadores más capacitados siguen creyendo en el valor de estudiar fenómenos en esencia no mensurables, aunque técnicamente bien definibles. Tal vez opten por mirar la vida familiar como algo motivado por juegos de poder y se orienten a producir datos convincentes y perfectamente documentados sobre problemas de conducta delimitados en forma estricta, pero de importancia marginal. La tarea más importante de la investigación, a la vez que la más difícil, es la creación de un marco conceptual que permita manejar los aspectos más complejos de la teoría de los sistemas de relación.

¿La «realidad» objetiva tiene cabida en las relaciones caracterizadas por la cercanía?

Resulta engañoso considerar la realidad relacional como algo menos individualmente dinámico o menos subjetivo que la realidad interna de una persona. El atributo «objetivo», por contraste con «subjetivo», connota la cualidad de estar libre de toda información falsa e incorrecta, y de toda distorsión de los hechos debida a la parcialidad emocional. Sin embargo, la realidad de la persona en sus relaciones más cercanas está compuesta por su realidad interna familiar trasferida y subjetiva, más ciertos atributos reales del compañero. Naturalmente, desde el punto de vista de este último, su propia realidad interna es más subjetiva que efectiva.

No existe ninguna realidad objetiva como campo intermedio entre los «calibres de necesidades» [12, pág. 46] recíprocamente antagónicas de dos personas que se relacionan. Si la objetividad reviste aquí algún sentido, reside en la conciencia que cada participante tiene de las configuraciones de necesidades simultáneas en el otro, mientras que ambos luchan por hacer de ese otro el objeto de sus necesidades y deseos. No obstante, cabe recordar que las necesidades del individuo incluyen la condensación de las cuentas relacionales no saldadas de su familia de origen, además de la reactivación de sus propios procesos psíquicos primitivos.

Cuando lo que se procura es un análisis de las relaciones cercanas, el terapeuta primero tendrá que conocer con claridad los determinantes principales de las motivaciones de los participantes o sus actitudes relacionales. Debe averiguar cuál es la posición de cada miembro en el sistema: conocer sus obligaciones, compromisos, la historia de sus méritos, formas de explotación, etc. Por ejemplo, además de las actitudes relativas al «chivo emisario», un «amor» sofocante y abrumador puede también convertir en víctima a su objeto. Ha de inspeccionarse, igualmente, la necesidad que tiene el «objeto» de entablar un diálogo caracterizado por la autenticidad.

En su estructuración programático-afectiva, las actitudes relacionales portan el esquema de los actos futuros de la persona. El diseño de esos esquemas siempre lleva implícitas las necesidades básicas de aquella y sus obligaciones sistémicas «importadas». Lo más importante en el acto de elección de una víctima propiciatoria, por ejemplo, no es el hecho de que distorsione la realidad, sino el de que exprese las necesidades del victimario (y, por supuesto, las expectativas de todos los participantes en el sistema de victimización). Otro tanto puede decirse de un proceso inverso al de elección de una víctima propiciatoria, como el de enamorarse. En primerísimo lugar, el que ama tiene necesidad de ver (distorsionar) al ser amado como objeto que se ajusta a su propia configuración de necesidades (sexual, de protección, de dependencia, de vituperio, etc.) «Amor coecus est» («El amor es ciego»). Cabe agregar que el amor es aún más ciego debido al peso que en cada individuo comportan las obligaciones ocultas que vienen de-afuera, y ya no de la díada. Por medio del marido y la mujer, no sólo buscan ajustarse dos individuos sino dos sistemas familiares.

Lo que equilibra la subjetividad unilateral de las necesidades de los dos miembros de la pareja es el hecho de que el que ama pueda hacer que el objeto de su amor le responda y, en última instancia,

que las necesidades de este último le permitan hallar a su vez en aquel un objeto satisfactorio. Una relación íntima es un encuentro dinámico entre patrones de necesidades. No existe entre los cónyuges un campo intermedio objetivo o «realidad no distorsionada». La meta realista de cada uno no debe ser poner a tono sus necesidades con las características «objetivas» del otro, sino aprender

a discriminar las necesidades del otro como válidas pese a ser distintas de las propias.

Desde el punto de vista de nuestra teoría de las relaciones, el «patrón de necesidades» de una persona es una fórmula abreviada que comprende tanto sus necesidades personales como las expectativas invisibles debidas al equilibrio perturbado de la justicia en las relaciones anteriores propias y de su familia. Tiene una deuda de reciprocidad para quienes tanto le dieron, no importa que se hayan sentido estafados o explotados por el destino. Puede dar por sentado que su futura pareja tiene conciencia de sus frustraciones y obligaciones innatas. Naturalmente, el otro debe incorporar en su actitud la historia del balance de méritos de su propia familia.

¿Cuál es la realidad objetiva de la persona?

En la anterior descripción se presentaba al individuo como un ser que se amolda al contexto de sus relaciones. Asimismo, se presuponía que la persona es una entidad dada y definida, con un límite identificable: sus necesidades y estilo de respuesta son exclusivamente suyos. Suponemos que, al menos en sus acciones, el individuo configura una unidad integral.

No obstante, una teoría más amplia de las relaciones debe tomar en cuenta la fluctuación que minuto a minuto afecta su grado de individuación. Una persona puede definirse básicamente por la gama y medida de sus necesidades, obligaciones, compromisos y actitudes responsables adoptadas en el campo de las relaciones. Incluso ciudadanos aparentemente bien individualizados, socialmente destacados y responsables pueden actuar como miembros irresponsables e indignos de confianza

cuando lo hacen en el contexto de una relación familiar «simbiótica». Pueden ser víctimas del pánico

si de ellos se espera que adopten una visión responsable de su función dentro de la familia. Pueden

ocultarse tras un «nosotros», en lugar de un «yo» como forma de expresión gramatical, al tratar de explicar sus propios sentimientos e intenciones. Pueden centrarse de manera exclusiva en las funciones o síntomas de sus hijos, o sin quererlo crear una imagen de falsa individualización y salud

en sus lazos conyugales. Por ejemplo, pueden discutir con engañosa libertad, revelando en forma manifiesta grandes divergencias personales sobre el tema de discusión, sólo para hallar luego que estas son imposibles de modificar debido a las personalidades inconcientemente fusionadas de los miembros de la familia.

Nuestro enfoque sistémico ubica las estructuras psíquicas individuales en el contexto de sus relaciones, al trabajar con familias sometidas a tratamiento. Todavía no se ha hecho la trasferencia que lleve de ahí a un análisis estructural individual entendido más cabalmente. Podríamos equiparar la función relacional simbióticamente indiferenciada o la deuda sistémica pobremente resuelta con una «débil estructura yoica» en términos individuales, pero la correspondencia de esos términos es

sólo parcial. El lenguaje de la «debilidad yoica» por lo común presupone una identidad personal, aunque discontinua. Por el contrario, el funcionamiento simbiótico en forma sustitutiva, o de connivencia, sólo puede observarse en presencia de dos o más individuos íntimamente relacionados entre sí. La inferencia realizada a partir de la relación terapéutica individual (trasferencia) para llegar

a las relaciones familiares resulta incompleta.

En síntesis, el punto de vista sistémico reviste gran importancia práctica y terapéutica. Nuestro contrato terapéutico debe sellarse con todos los miembros del sistema de relaciones familiares, y no sólo con el miembro que presenta el síntoma o con sus custodios adultos.

El contrato significa que el terapeuta debe mostrarse asequible y realmente estar dispuesto a ayudar a todos los integrantes, asistan o no a las sesiones. A su vez, debe comprometer la participación de todos. Hará que expongan sus opiniones, necesidades y deseos de ayuda, y procurará asegurarse de que incluso los mensajes del hijo más pequeño sean escuchados y hallen respuesta. Como parte del contrato, infundirá el valor necesario para enfrentar las obligaciones y la culpa por el pago delictivo de las deudas emocionales.

Aunque la mayor parte de los esfuerzos iniciales del especialista tienen que ver con la firma del contrato terapéutico por el conjunto de la familia, no es el terapeuta quien crea o impone el punto de vista dinámico y terapéutico del sistema familiar a los miembros. No habría familia de no existir fundamentos de solidaridad y lealtad anteriores aun al nacimiento de los hijos.

Las implicaciones de la terapia conjunta, familiar o relacional son tan revolucionarias que por fuerza deben llevar a una ruptura con nuestra ética social ampliamente difundida o a refugiarse en alguna forma de negación y acuerdo entablado por razones de debilidad. La cuestión de la explotación, el acérrimo individualismo, la represión por parte de los mayores o los poderosos líderes políticos, reyes, dictadores, etc., está relacionada con las fuerzas que rigen el sistema familiar. Las exigencias éticas planteadas a un fabricante de automóviles para que produzca vehículos seguros y duraderos en medio de la competencia y los conflictos laborales son similares a las que se plantean a una pareja en vías de divorciarse para que tome en cuenta los intereses de sus hijos.

Cuando en otros capítulos indaguemos las dimensiones de lealtad, reciprocidad y justicia, es improbable que como especialistas en terapia familiar podamos escudarnos tras conceptos convenientemente individuales, orientados hacia la eficiencia. Los conceptos sistémicos de eficacia impersonal, como pautas de comunicación adecuadas, resolución de problemas, adaptación o incluso «salud mental», no llegan a rozar la real esencia de las relaciones humanas. Todo estudio de las respuestas sin compromiso alguno de responsabilidad y contabilización de obligaciones de por sí queda socialmente invalidado o, por lo menos, resulta carente de sentido.

Sin una capacidad para enfrentar las cuentas de integridad de las relaciones familiares, el especialista en terapia familiar se verá abrumado, y puede caer en esa desesperación que induce a hablar de la «muerte» de la familia [29]. Puede verse atrapado en un dilema similar al de un especialista en publicidad, llevado a desplazar su preocupación por la eficacia del diseño de sus anuncios publicitarios al interés por la honestidad e integridad de estos. El especialista en terapia individual puede, si lo desea, seguir siendo un diseñador de fachadas; en cambio, el especialista en terapia familiar no puede, a la larga, cerrar los ojos ante la integridad relacional, incluyendo la suya propia.

En síntesis, la orientación sistémica surge de la lógica de las observaciones empíricas realizadas por los especialistas en terapia familiar. En forma independiente, muchos de los antiguos terapeutas llegaron a la conclusión de que existe una organización regulada (homeostasis) en cuanto al desplazamiento del papel de enfermo en las familias. Aunque en el campo de la terapia familiar se requerirían fundamentos teóricos basados en una ulterior descripción, más precisa, de los hechos empíricos de la homeostasis sistémica, el interés de la mayoría de los terapeutas se ha centrado comprensiblemente en la cuestión de las fuerzas dinámicas que regulan dicha homeostasis. El mandato del terapeuta, orientado hacia la consecución de una meta, le plantea un desafío: llegar a dominar los secretos del control y el determinismo causal de las relaciones familiares.

2. La teoría dialéctica de las relaciones

En el capítulo anterior señalábamos que consideramos que la infraestructura humana más profunda de relaciones consiste en una red (jerarquía) de obligaciones. Mientras que los sociólogos han compilado listas de obligaciones manifiestas, nosotros estamos más interesados en las encubiertas. Hay un continuo toma y daca de expectativas entre cada individuo y el sistema de relación al que pertenece. De manera constante oscilamos entre la imposición y la exención de obligaciones. Supuestamente, la integridad del sistema de relaciones sería sustentada por un giroscopio que mantiene al día las cuentas del balance total de obligaciones entre los miembros.

La relación ética de cada miembro con su sistema de relaciones (por ejemplo, su familia, su ubicación laboral o su comunidad) configura la parte crucial de su mundo existencial. El balance entre las obligaciones y su cumplimiento constituye la justicia del mundo de los hombres. ¿Qué medidas permiten juzgar el punto en que se encuentra el balance? ¿En base a qué criterios puede juzgarse negativa o positiva la hoja de balance?

Sostenemos que para comprender la estructura de un mundo de relaciones no se requiere un tipo de pensamiento absoluto o monotético sino dialéctico. La esencia del método dialéctico estriba en liberar a la mente de conceptos absolutos, que de por sí sostienen explicar los fenómenos como si el punto de vista opuesto no existiera. De acuerdo con el pensamiento dialéctico, un concepto positivo siempre se enfoca en contraposición con su opuesto, en la esperanza de que al considerárselos conjuntamente se llegue a una resolución, en virtud de un entendimiento más cabal y productivo. Los principios de la relatividad y la indeterminación en la física y el concepto de la regulación homeostática en biología ejemplifican una orientación cada vez más dialéctica en el campo de las ciencias naturales.

Nuestra posición es dialéctica en varios sentidos (algunos, diferentes de lo que supone el uso cotidiano contemporáneo del término). En un sentido hegeliano, utilizamos la dialéctica como forma de desafiar las limitaciones unidimensionales de la definición de cualquier fenómeno. En esta dirección cabe prever que la impredecibilidad básica de la vida habrá de plantear siempre desafíos en toda forma de equilibrio. El hecho cualitativamente nuevo habrá de trastrocar todo el principio de equilibrio, en vez de inclinar la balanza de una fase homeostática a la siguiente. Al agregar un componente por fuerza nuevo, el desequilibrio de hoy lleva al nuevo equilibrio de mañana. Lo falso y lo mundano resultan valiosos en la medida en que contribuyen a combatir el estancamiento. A medida que el daño .y la injusticia se equilibran por medio de la reparación, la espontaneidad de los movimientos autónomos de cada miembro tiende a crear un nuevo desequilibrio y una nueva injusticia que, de ser reconocida y enfrentada, lleva a una definición más rica y cierta de la libertad y la solicitud entre los miembros. La preponderancia del movimiento por sobre el estancamiento constituye la esencia del enfoque dialéctico de las relaciones familiares, y el especialista en terapia familiar colabora en el proceso mediante su compromiso con el cambio, el reconocimiento de este, y la síntesis del cambio con la identidad invariable del ser.

La psicología, la psicoterapia y la psicopatología también han sufrido una transición gradual hacia un enfoque más dialéctico. En tanto que desde el punto de vista individual tradicional se pensaba en función de conceptos monotéticos o absolutos: instinto, poder, control, amor, odio, inteligencia, comunicación, etc., el método dialéctico define al individuo como participante de un diálogo, o sea, en interacción dinámica con su contraparte: el otro, o no sí-mismo. El y su contraparte constituyen su mundo relacional. Una naranja no tiene que definirse en función de una «contranaranja», mientras que, por ejemplo, la individuación de una persona debe verse desde la perspectiva de su equilibrio dinámico con fuerzas simbióticas, desindividualizadoras. De acuerdo con las leyes de la dialéctica, el

movimiento en un sentido determinado ejerce tracción y eventualmente genera movimiento en el sentido opuesto. La resolución dialéctica nunca es un tibio compromiso en gris entre lo blanco y lo negro, sino que implica convivir con opuestos vivientes. Stierlin [84] efectuó un importante aporte en relación con una formulación dialéctica de la dinámica básica.

Una situación que suele darse con frecuencia en la terapia familiar ilustra la lucha del hombre por resolver las paradojas antitéticas de su existencia. En el curso de la vida cotidiana o durante la terapia, una persona puede tomar conciencia de su profundo resentimiento para con sus padres, debido a que ellos lo hicieron víctima de un rechazo, o falta de amor, reales o supuestos. En un sentido absoluto, la persona requeriría ayuda por medio de las prácticas psicoterapéuticas tradicionales, dirigidas a alcanzar la individuación por medio de la intelección y la expresión abierta, para llegar a una mayor autonomía. Por consiguiente, no tendría que preocuparse por el hecho de que su imagen de los padres sea detestable. Debería sentirse libre de enfrentar y expresar su resentimiento, al menos en el curso de la terapia, y conferir a otras personas el papel de objetos adecuados de sus aspiraciones amatorias. De esta manera, en un sentido absoluto, sería lógico esperar que al extraer las conclusiones prácticas de lo que solfa ser una situación experimentada pasivamente, frustrante e hiriente, devengara un puro beneficio emocional. Sin embargo, nuestra experiencia clínica nos dice que nadie resulta ganador en virtud de una conclusión que proclama resentimiento y desdén irremediables hacia el propio progenitor.

Si bien el enfrentamiento consiente con los propios sentimientos de odio significa un progreso, no representa un fin terapéutico en sí. A menos que la persona pueda luchar con sus sentimientos negativos y resolverlos mediante actos basados en actitudes positivas, de ayuda para el progenitor, no podrá liberarse realmente del problema intrínseco de lealtad y tendrá que «vivir» el conflicto, incluso después de la muerte del progenitor, aplicando pautas defensivas patológicas. El sospechoso, rechazo del cónyuge, o tal vez del mundo entero, puede configurar un intento defensivo por resolver este tipo de conflicto. Cabe mencionar aquí que la trasferencia positiva hacia el terapeuta puede en sí ser equivalente a una deslealtad intrínseca hacia el progenitor rechazado y, naturalmente, revertir en una trasferencia negativa. Con frecuencia, el resultado final es el rechazo del terapeuta, para escapar a los efectos fulminantes de una «victoria» sobre los propios padres. El costo de dicha victoria sería la culpa, la vergüenza, y una atadura paradójica de lealtad, desconocida y desmentida como propia, aunque la persona se aferre a ella en forma paralizante.

Una variada serie de situaciones cotidianas humanas y clínicas pueden ilustrar la dinámica relacional basada en el razonamiento que denominamos dialéctico. En primer lugar, debemos tener en cuenta que las actitudes manifiestas y consientes pueden entrar en conflicto con las expectativas encubiertas. Es mucho lo que se ha escrito sobre la paradoja del proceso psicoterapéutico, en que el paciente tiene que desarrollar una dependencia temporaria respecto del terapeuta a los efectos de obtener independencia y espontaneidad en su forma de vida. La experiencia cotidiana demuestra ampliamente con qué frecuencia una respuesta airada y punitiva de la persona que ejerce el poder puede ser preferible a una actitud paciente, tolerante y permisiva. La primera de esas respuestas tal vez indica una actitud de participación y preocupación, en tanto que la segunda simplemente puede trasmitir indiferencia y falta de interés. La parentalización de un hijo ilustra otra paradoja: de qué manera el objeto de protección puede de manera simultánea convertirse en fuente de fuerzas y apoyo dependiente. De acuerdo con esa misma lógica, el hijo parentalizado que actúa en forma excesivamente adulta para su edad sólo puede hacer progresos si primero se le da la oportunidad de asumir ciertas pautas demasiado infantiles. De ese modo, la fuerza real se obtiene, a través de la debilidad aparente.

Una paradoja muy importante y profundamente arraigada reside en la relación antitética entre la individuación y la lealtad familiar. Mientras que en la superficie parece que la imposibilidad de

desarrollarse y madurar torna al niño desleal en relación con las aspiraciones de su familia, la verdad indiscutible es que todo paso que lleve a la auténtica emancipación, individuación o separación de ese hijo tiende a tocar un problema lleno de gran carga emocional: el de la unión simbiótica permanente de cada miembro, negada, y a la vez deseada, con la familia de origen.

Fronteras relacionales

Uno de los aspectos más importantes de la dialéctica relacional hace referencia al concepto de frontera intragrupal entre «nosotros» y «ellos». Ontológicamente, «ellos» nos crean a «nosotros» como entidad dotada de sentido y propósito. Debido a su "otredad" [otherness], el exogrupo se convierte en blanco conveniente del prejuicio. Podemos sentirnos resentidos por su presencia, pero necesitamos de ellos. Tal vez deseamos que desaparezcan de nuestra vista, sacárnoslos del medio, pero sin ellos nuestra vida carece de propósito y de sentido. Casi todos los grandes acontecimientos en la historia de la humanidad se identifican basándose en una pronunciada división entre el endogrupo y los de afuera. Sin oportunidad de confrontarse o incluso de luchar con estos, el endogrupo pierde el vigor que lo lleva a funcionar.

La identidad interna del endogrupo está conectada de manera indisoluble con la frontera de otredad respecto del exogrupo. Los hebreos antiguos eran el pueblo elegido de Dios. Los primeros cristianos estaban convencidos de que sólo ellos estaban en posesión de un importante secreto, gracias al cual podrían extirpar las creencias paganas. Los griegos antiguos creían ser ellos quienes difundían la luz de una cultura superior entre los bárbaros, y los romanos consideraban que su misión era conquistar el mundo y hacer que la paz y la justicia reinaran en él. Incluso los movimientos que persiguen metas humanísticas universales sólo pueden florecer en la medida en que se conciben en oposición a otro grupo de extraños, ignorantes, renuentes o antagónicos.

Más que aspirar a una unidad absoluta, la vida en familia debe procurar el dominio de las antítesis subgrupales. En la vida familiar, la diferenciación, la individuación, y, por último, la separación de los niños, adolescentes y adultos jóvenes confieren su sentido a la parentalidad. Quizás algunos padres fantaseen con frecuencia, imaginando hallar por fin paz y gratificación total en una época futura, cuando los hijos ya no estén a su lado. Tal vez piensen que son los hijos quienes provocan todos sus conflictos. Sin embargo, lo real es que la separación que lleva a una pérdida en la relación tiende a debilitar o, al menos, poner a prueba el matrimonio paterno aislado, más que a reforzarlo. Incluso los parientes políticos, de quienes suele pensarse que, como intrusos, se erigen en obstáculo de la tranquilidad del matrimonio y la paz de la familia nuclear, en realidad refuerzan la solidaridad familiar y el sentido que comparten. En síntesis, la separación, el aislamiento, la otredad o la diferencia, reconocidas en su equílibrio dinámico antitético y dialéctico con la intimidad de una relación, constituyen una fuerza vital. Sin embargo, tomados en un sentido absoluto, son reminiscentes de la paz absoluta que en última instancia sólo ofrece el cementerio.

Desde el punto de vista psicológico, cabe pensar que la frontera que separa al endogrupo del exogrupo es de índole cognoscitiva: sabemos que somos diferentes; en lo afectivo, sentimos que «nosotros» formamos un grupo separado de «ellos»; o correspondiente al plano de la acción:

tomamos en cuenta lo que «nosotros» hacemos por «ellos» y lo que «ellos» han hecho por «nosotros». Nuestra preocupación por la lealtad y la justicia propias del orden humano subrayan naturalmente el tercer aspecto (fáctico) de la frontera: el del toma y daca. Nos interesa todo aquello que los padres brindan a sus hijos y lo que reciben de estos: la manera en que la brecha generacional se mantiene en pie y puede salvarse por medio de actos y actitudes.

El balance de las actitudes intergeneracionales constituye un importante criterio para evaluar la salud familiar. Idealmente, los padres tendrían que sentirse reconfortados al aceptar la dependencia

del hijo. Deberían sentirse reconfortados y, en general, gratificados por ser sus conductores y fuentes de apoyo, a la vez que aceptan la necesidad de alimento, orientación y corrección que tiene el niño. Naturalmente, es inevitable que por momentos el padre sienta que ha dado más de lo que puede, que ha escuchado más de lo que está capacitado para escuchar, sin tener ocasión de expresar sus propios sentimientos de cansancio, agotamiento y explotación. En tales ocasiones el progenitor, inconcientemente, puede pedirle al hijo que le brinde su confianza, apoyo, y que le dé alguna gratificación; y por lo general el hijo puede y se siente feliz de recompensar al padre por los cuidados y el apoyo recibidos. En otras palabras, la parentalización temporaria de un hijo es un aspecto normal de la vida familiar, un vehículo para que el hijo aprenda a ser responsable.

En las familias en las que la parentalización se da en un sentido patológico, esta inversión de posiciones llega a ser la regla, más que la excepción. En casos extremos el hijo se siente tan sobrecogido por exigencias de responsabilidad que nunca tiene oportunidad de ser niño. Dichos hijos llegan a ser especialistas en el trato con adultos infantiles, mientras que en ellos mismos se agota rápidamente la condición de niños, que es la suya por derecho propio.

La adolescencia ejemplifica la contraposición dialéctica de la diferencia generacional. El adolescente tiene simultáneamente características infantiles y adultas, pero no es ni niño ni adulto. Aprende a ser infantil con respecto a la conducta de los adultos maduros. Al poder apoyarse en los adultos, renuncia en parte a sus necesidades infantiles. Pero el mero hecho de evitar todo infantilismo no lo lleva de por sí a la condición de adulto. La experiencia de sentirse en el lado infantil del diferencial adulto-niño hace que el adolescente aprenda gradualmente a cruzar la frontera y comportarse como adulto hacia alguien que está por debajo de él. El significado terapéutico de las fronteras de relación queda ilustrado mediante ciertos aspectos del tratamiento de una familia que abarcaba tres generaciones:

La señora G., madre de dos hijas adolescentes, ha estado luchando contra la actitud de su propia madre, supuestamente llena de resentimiento y de actitudes de rechazo durante casi toda su vida. Incluso, parecía vanagloriarse por el hecho de que su matrimonio fuera el producto de una atmósfera de rebelión hostil contra su madre. En su caso, la hostilidad se manifestaba de inmediato. Esta señora no tenía ninguna dificultad en describir los mutuos resentimientos y heridas sufridas por ella y su madre.

En el curso de la terapia familiar, iniciada a causa del episodio psicótico sufrido por la hija menor de quince años, la «hermana sana», de diecisiete, comenzó a dar decididos pasos en pos de su independencia. Ella ingresó a la universidad, y emprendió una serie de acciones rebeldes y autodestructivas. En apariencia, y sin tener conciencia de ello, la propia señora G. empezó a asumir de modo gradual el rol de madre que desaprobaba, rechazaba y condenaba moralmente los actos de la hija rebelde que estaba emancipándose. Sin embargo, cuando el especialista en terapia familiar hizo una comparación entre el propio matrimonio de la madre, nacido de su «rebeldía», y la rebelión adolescente de su hija, la señora rechazó la analogía airadamente. Todavía no podía permitirse reconocer su posición dual respecto de la frontera madre-hija.

Sólo cuando la señora G. descubrió que su madre padecía de cáncer, cobró visos de realidad la posibilidad de un cambio. Al tornarse capaz de asumir el papel de enfermera (o sea que, de un modo simbólico, hacía de madre para con su propia progenitora moribunda), comenzó a ver a su hija como una joven mujer que luchaba desesperadamente, en lugar de ver en ella a una delincuente condenable por la moral. Interesa observar que al poco tiempo de asumir la señora G. un rol materno, lleno de amor y preocupación respecto de su madre, su hija trocó sus conductas delincuentes autodestructivas por otras pautas más constructivas, tanto en su vida privada como hacia los miembros de su familia.

La familia de marras demuestra cuán útil es que uno de sus miembros se lance decididamente a la acción, adopte una posición definida y enfrente las consecuencias de sus actos. Tal conducta tiende a desbaratar las pautas de evitación y postergación que impiden que muchas familias se trasformen en «laboratorios» de crecimiento personal, al enfrentar los conflictos y resolverlos.

El concepto sistémico de relaciones familiares requiere una distribución interdependiente de roles. En determinadas familias, el terapeuta descubre una rígida polarización en torno de roles o posiciones, que parece llevar a los miembros a adoptar posturas genuinamente opuestas. Sin embargo, el mismo carácter fijo de sus papeles antitéticos puede hacer que los dos miembros, en forma sustituta, dependan cada uno de la función del otro, de tal manera que ninguno enfrenta su propio universo de relaciones como una persona total. Un astuto hombre de negocios, conocido como un viejo zorro, puede verse atrapado en una seudodialéctica mutuamente expoliadora con su hijo, el «empresario lleno de ética». A la vez que cada uno siente un inocultable desdén por la debilidad del otro, ambos también necesitan, y explotan mutuamente, las características que desaprueban en ese otro. En vez de un auténtico diálogo antitético, se da en ellos lo que denominamos fusión polarizada de roles. Su antítesis no puede llevar a la erección de fronteras, a una síntesis creadora. El hecho de «usarse el uno al otro» en forma sustitutiva y mutuamente expoliadora también impide que compartan y evalúen sus aportes recíprocos.

De manera análoga, los miembros «demasiado adecuados» de la familia pueden depender del fracaso de los «poco adecuados». El miembro destacado en lo social puede depender del desempeño del miembro enfermo o delincuente. Naturalmente, la salud del miembro sano y la enfermedad del identificado como paciente están codeterminadas por sus funciones sociales más amplias, y no sólo por la propia naturaleza sustitutiva de la díada que forman. En última instancia, empero, el carácter fijo de sus roles sirve a los requerimientos de toda la red de obligaciones de la familia.

El carácter fijo de las obligaciones «congeladas» propias de un rol puede contrastarse con la atmósfera de confianza básica que reina en una familia. La confianza básica, expresión acuñada para designar una fase del desarrollo psicosocial individual [34], corresponde a una estructura de relaciones en que cada individuo, como entidad independiente, puede extraer beneficios y ser responsable ante un orden humano justo. Un orden justo no entraña la ausencia de injusticias; implica que la auténtica responsabilidad determine un rol más poderoso que cualquier otra obligación fija. La representación de roles fijada sumisa y sustitutivamente entre los miembros de la familia da lugar a un sistema familiar que, más que resolver las viejas cuentas, las bloquea y posterga. En un sistema tal, en realidad nadie tiene que enfrentar su propio si-mismo como agente libre y responsable. A los efectos de diseñar una estrategia eficaz de vasto alcance, el especialista en terapia familiar tiene que evaluar el balance de la justicia humana y la jerarquía de expectativas dentro del sistema familiar, escuchando el modo en que cada miembro, subjetivamente, concibe su responsabilidad ante el resto de la familia, y viceversa.

El tipo de pensamiento que parte de una causalidad rectilínea ve en la enfermedad algo determinado por una causa -o cadena de causas. Por su parte, el punto de vista dialéctico enfoca la realidad psíquica dual de cualquier relación. Sin embargo, ningún diálogo debe considerarse como algo limitado a dos participantes. En todo diálogo, una persona y su universo humano enfrentan a otra, y al universo humano de esta. A medida que cada uno formula su propia posición dentro de una jerarquía familiar de obligaciones, se crea un nuevo equilibrio o red de créditos. Por mucho que querramos desprendernos de la carga del pasado, la estructura básica de nuestra existencia y la de nuestros hijos sigue estando determinada, al menos parcialmente, por las cuentas sin saldar de las generaciones pasadas.

Jerarquía de obligaciones e «interiorización de los objetos» de lealtad es el determinante clave de las estructuras de relación y, en última instancia, de la conducta individual, consideramos que la interiorización de las relaciones objetales es uno de los indicadores de la justicia que rige en el propio universo humano. Por ejemplo, el niño carenciado que sufrió el rechazo de sus padres puede interiorizar hasta tal punto su amargo resentimiento que posteriormente se vale del mundo entero para obtener su revancha, para vengarse y por añadidura, al convertir a su propia esposa en chivo expiatorio y tildarla de mala madre, no sólo les hace pagar las cuentas a sus padres interiorizados mediante la reproyección de su oscuro resentimiento en otra persona, sino que también protege a sus progenitores al hacer objeto de su venganza a un tercero, inconcientemente evita culpar su memoria, en tanto que sacrifica su lealtad para con la esposa.

No es por azar que los registros detallados de la justicia subjetiva del universo humano suelen llevarse en forma más cuidadosa y durante un tiempo más prolongado en el pautamiento invisible de las relaciones familiares que en cualquier otro grupo, sino porque probablemente las familias están ocupadas con la generación de la prole. Esta es una meta a largo plazo, un acto irreversible cuyas consecuencias éticas son mucho más grandes que cualquier otra función humana individual.

Las situaciones propias de la vida extrafamiliar pueden o no ser injustas durante cierto tiempo. Podemos pasar velozmente de un trabajo a otro, desplazarnos de una ciudad a otra. La lealtad para con un antiguo patrón tal vez no sirva de nada en una nueva relación de negocios. Las injusticias cometidas mientras se ascendía en la escala social pueden olvidarse cuando el trepador exitoso adquiere un nuevo rango. En la familia, sin embargo, las consecuencias de todo acto quedan grabadas en el sustrato más profundo de la contabilización trasgeneracional. El destino de los hijos se refleja como un espejo frente a los padres. La fuerza reguladora crucial de las relaciones familiares es el principio de contabilización de responsabilidades y la posibilidad de confianza.

El punto de vista extremo del purista del sistema social, en el campo de la familia, sostendría que el terapeuta sólo debe ocuparse del aquí y ahora o nivel de conducta de las relaciones interpersonales. El purista tiende a ignorar la estructuración histórica del rendimiento de cuentas en lo que atañe a compromisos y obligaciones, y reduce el campo de relaciones familiares a un plano similar al de cualquier otro grupo pequeño, dotado de una realidad conductual e interaccional observable. Como desde nuestro punto de vista la «contabilización» de los actos.

El

responsabilidades

Nuestra posición teórica debe diferenciarse de la que pinta a la dinámica y la terapia familiares como si tuvieran lugar en medio de una batalla por el poder. Dentro de ese marco, se destaca la importancia de la libertad contra la subordinación en las relaciones familiares. El matrimonio y la familia se perciben, básicamente, como una palestra para ejercer control sobre el otro; tal lo que ocurre cuando se retrata la figura del padre brutal o de la madre dominante como malhechores ávidos de poder en la patogénesis familiar.

las

poder

y

la

obligación

como

bases

alternativas

de

contabilización

de

Tal vez dichos enfoques eran complementarios de la tendencia imperante durante dos décadas que pueden denominarse antiautoritarias: el período comprendido entre fines de la década de 1940 y fines de la de 1960. Las tendencias autoritarias y antiautoritarias mantienen un equilibrio vacilante en cualquier sociedad. La tradición propia de la sociedad norteamericana ha determinado que todo liderazgo y roles de poder manifiesto sean especialmente vulnerables. Como resultado, el compromiso con cualquier forma de liderazgo manifiesto pero responsable suele verse como una

palanca de manipulación menos eficaz que, por ejemplo, un medio en el que reina la abundancia, combinado con una crítica persistente a todo liderazgo.

Blitstén brinda una descripción de una familia norteamericana de ese período en términos parecidos:

«El énfasis en la desvalorización de las ventajas de la edad y la exageración de las bondades de la juventud, el socavamiento de la autoridad paterna y las nociones extremas sobre la igualdad en las relaciones familiares, son factores que, combinados, explican en buena medida todo lo que hay de singular en la vida familiar norteamericana» [9, pág. 37].

Al destacarse excesivamente la importancia de la nivelación social como instrumento de regulación del poder, por necesidad se subestima el significado del control por medio de obligaciones y compromisos internos. ¿La desintegración de la sociedad contemporánea es causada por el aflojamiento del control ejercido por medio del poder, o por la pérdida de todo compromiso interno respecto de las obligaciones? Dicks establece una vinculación implícita entre los aspectos sociales e intrafamiliares de la desintegración: «Si la desintegración de las células del organismo social avanza a semejante ritmo, ¿qué reacciones en cadena traerá como secuela para nuestra comunidad futura? No sólo se verán en la frustración del deseo de estabilidad, amor duradero y apoyo de muchos de los mismos miembros, sino especialmente en la progresión geométrica de niños carenciados cuya mente desconfía, a la vez que no puede confiarse en que ellos sellen un compromiso emocional permanente e indivisible en sus matrimonios o en la esfera de las relaciones humanas en general. Una sociedad es tan adecuada como lo permite el estado emocional de los individuos que la integran. El ya elevado y creciente porcentaje de matrimonios rotos o con fuertes perturbaciones habrá de aumentar el número de hijos desgarrados por los conflictos y potencialmente destructivos, para quienes el mundo, su cultura y las instituciones son el enemigo» [31, pág. 5].

En conclusión, la contabilización del poder monotético representa un aspecto mucho más superficial de la estructuración social que la contabilización de obligaciones. El relajamiento irresponsable de la jerarquía de lealtades es más nocivo para la supervivencia de las sociedades que la autoridad aparentemente excesiva.

La vulnerabilidad del hombre a raíz de sus compromisos difiere, pero está relacionada con su «dependencia óntica» [12, pág. 37]. Es más difícil describir de qué manera podemos resultar heridos por la interdependencia existencial que por la explotación del poder. En palabras de Lujpen:

«Precisamente porque el hombre en esencia está en el mundo, le es imposible, a pesar de que vive por amor, no destruir también, de alguna manera, la subjetividad del otro» [63, pág. 293]. El sí- mismo y el otro, aunque mutuamente constructivos en la dialéctica relacional, son también susceptibles de extinguirse de manera recíproca mediante una explotación activa o pasiva.

La siguiente carta, proporcionada al terapeuta por la hija de 16 años de un matrimonio, ilustra la lucha por la supervivencia entablada por los miembros de la familia en relación con los desesperados pasos por independizarse que dio la otra hija, de 18 años. Todos padecen su propia interdependencia existencial, inseparable de sus compromisos de lealtad para con la familia y del uno para con el otro:

«Lo que acaban de ver (el hecho de que le diera un cigarrillo a Lucila) fue una demostración del modo en que Lucila usaba a otras personas como herramientas de su venganza contra nuestros padres. Yo no quería dárselo, pero es una suerte de "maldita seas si lo haces, y maldita seas si no lo haces": si le doy un cigarrillo, mi madre se siente herida al verla fumar, pero si no le doy mi madre se sentiría igualmente herida al oír cómo llena de improperios a su hermana, o al verla levantarse y salir. No recuerdo cómo se llama el juego que está jugando, pero figura en Juegos en que participamos, de Eric Berne [7].

»Mi hermana usa constantemente a los demás para lograr sus propios fines (por ejemplo, para hacer gala de total irresponsabilidad respecto de sí misma o de cualquier otra persona). Mi padre quiere echarla a puntapiés, de modo que la provoca "sutilmente", hasta que ella se va, o amenaza con marcharse, o trata de rehuir la situación poniéndose histérica. Uno de estos días tal vez halle el valor suficiente para matarse, pero lo dudo: no podría regodearse con el remordimiento de mis padres (especialmente el de mi madre) si estuviera muerta. De manera que está siempre al borde de la destrucción, pero nunca llega a ella. Esto es tan sólo una paradoja más en su vida. Cito sus palabras: "¿Qué hay de malo en tener infinidad de ideas paradójicas?" Mi respuesta es: "¡Todol"».

Por la carta de la hermana, parecería que Lucila estaba jugando al juego del poder como ganadora, pero hay algo que le resulta paradójico. Desde nuestro punto de vista, una de las paradojas reside en la relación antitética entre el éxito basado en el poder y la culpa que ese éxito acarrea. El temor de destruir al otro se ve equilibrado por el riesgo de destruirse a sí mismo.

Antítesis superficie-profundidad

La relación entre el poder, por un lado, y la culpa que el poder despierta, por el otro, resulta ilustrativa de la dialéctica que conecta esas dos dimensiones. El movimiento en una dirección, el nivel manifiesto de la conducta (más poder), tiende a producir un movimiento antitético, funcionalmente inhibitorio en el nivel implícito de los sentimientos (culpa por el poder). Por contraste, en el marco de un pensamiento monotético, no dialéctico, se espera que el poder sea restringido por otra fuerza superior y opuesta. El principio del control dinámico interno de la propia agresividad o éxito expoliador es intrínsecamente dialéctico.

Ese principio regulador inherente a la dialéctica de los hechos de la vida debe distinguirse de un simple modelo de comunicaciones caracterizado por mensajes contradictorios en dos niveles del significado, o sea el «doble vínculo» [4]. La orientación dialéctica subraya la estructuración motivacionel dual de todos los hechos relacionales («psicológicos»): manifiestos, de la conducta, y encubiertos, propios de las obligaciones. De manera concomitante, las relaciones deben verse intrínsecamente conectadas con dos sistemas de contabilización: los de las motivaciones manifiestas, determinadas por el poder, y los de la jerarquía de obligaciones.

Este tipo de determinación y. contabilización dual puede observarse en los individuos, las familias nucleares que interaetúan, las cadenas multigeneracionales de relaciones en familias extensas y en sociedades enteras. Las cuentas de lealtad que han quedado sin saldar influyen en la vida de las generaciones posteriores. El niño explotado suele convertirse en padre simbióticamente posesivo. Los estudios longitudinales de familias podrían convalidar la frase bíblica según la cual siete generaciones serán afligidas por los pecados de un padre. A medida que los libros mayores van atiborrándose progresivamente de culpas por la explotación perpetrada, mayor también es el daño infligido a las futuras generaciones. A la postre, los hábiles explotadores se convierten en perdedores finales. Al igual que en la sociedad, en última instancia el esclavo resulta vencedor sobre el esclavista.

El desplazamiento entre los roles de poder y los cargados de culpa en un «sistema» de chivos emisarios puede ilustrar esta relación antitética entre el poder y la culpa acarreada por el poder. De no presuponerse una dialéctica tal, sólo podría verse el imperio ejercido por el poder en términos absolutos: el ganador estaría arriba, y el perdedor, irremediablemente debajo. La vida familiar se aproximaría a la escena económica y política en que, al menos temporariamente, la riqueza y el poder generan de modo usual mayor riqueza y poder. En la vida familiar, sin embargo, la gente está demasiado próxima a una ineludible contabilización de la justicia como para soslayar la culpa por el abuso de poder.

Cuando el terapeuta percibe la injusta victimización del miembro convertido en chivo emisario, suele reaccionar frente a la dimensión de poder de la dinámica relaciona) en el sistema. Tal vez procure ponerse de parte de la víctima, y defenderla de sus victimarios, obviamente injustos. El terapeuta puede seguir el principio (en teoría correcto) de invertir una situación unilateral, sobrecargada. Quizá perciba de manera correcta adónde yace la distorsión cargada de proyecciones. Por lo general, es totalmente obvia en el proceso de convertir a alguien en chivo emisario, en especial cuando lo hacen varios otros en connivencia. Finalmente, el terapeuta puede seguir sus propias inclinaciones para restaurar el orden de la justicia humana, que había sido trastrocado por la indebida explotación del poder relacionar.

En la práctica, sin embargo, el esfuerzo del terapeuta por restaurar la justicia y remediar el daño causado al chivo emisario rara vez se ve recompensado por los resultados de su intervención. Con frecuencia, él mismo se ve atrapado en las fuerzas de choque del sistema, que contribuyen a perpetuar el proceso de elección de chivos emisarios como situación necesaria, continuamente repetida. A menudo, para su sorpresa, el terapeuta inexperto se sentirá rechazado incluso por el chivo emisario, quien se muestra tan adicto al juego como sus perseguidores. El terapeuta puede entonces optar por ver en aquel a un masoquista que desea ser herido. Muy pronto la víctima ni siquiera parece sentirse herida; de hecho, los demás miembros de la familia no parecen desdeñarlo sino apreciarlo. Comprensiblemente, disminuye su respeto por esa intervención terapéutica cada vez menos importante.

Si el terapeuta hubiese incluido en su estrategia la dimensión de culpa por el éxito, habría entendido el juego de los chivos emisarios. Como la victimización exitosa de un chivo emisario inevitablemente provoca culpa en quienes la perpetran, es posible que la víctima tenga en sus manos la palanca clave en la jerarquía de inducción de culpas. El perdedor puede resultar ganador; la simple restitución de sus derechos equivaldría a una meta unidireccional monotética. Por consiguiente, en vista de las implicaciones dialécticas de su rol, el chivo emisario debe ser reconocido y felicitado como importante colaborador y líder. A la inversa, los victimarios deben considerarse futuros perdedores, debido a su propensión a crearse culpas cada vez mayores por su acto de injusticia. A menos que el terapeuta logre quebrar el ciclo de culpas que surge en estos últimos, tendrá que prever la continuación cíclica del proceso. Por añadidura, como mártir, el miembro convertido en chivo emisario quedará exento de frenos superyoicos internos, así como de todo control externo. En consecuencia, se mostrará inclinado a una actuación (acting out) tal que provocará la aplicación del control externo mediante una renovada inculpación proyectiva por parte de los otros miembros, a medida que estos se recuperan de sus respectivos sentimientos de culpa. Así, el proceso se reitera una y otra vez.

Por regla general, sin un íntimo conocimiento del sistema de contabilización de méritos de una familia específica es imposible determinar la medida exacta de cualquier beneficio o perjuicio relacional aparente. Lo que parece ser una pelea brutal entre los miembros, por ejemplo, puede en realidad producir un aumento de confianza y lealtad a partir de sus sufrimientos y desdicha compartidos; todo se remite a una forma de mayor «acercamiento».

La naturaleza y medida del endeudamiento personal determinan lo que puede constituir la explotación en cada relación. Una esposa puede sentirse expoliada y traicionada al descubrir, tras treinta años de matrimonio, que las compañeras de oficina de su marido siempre lo tuvieron a este por un hombre arrollador, en tanto que el mismo descubrimiento puede provocar una sensación de orgullo y reafirmación en otra esposa. Las «escapadas» periódicas pueden debilitar un matrimonio, y reforzar los lazos de otro.

A semejanza de la culpa y el poder, la vergüenza y la dignidad suelen ocupar posiciones antitéticas entre los niveles manifiestos y más profundos del pautamiento de relaciones. Las sesiones conjuntas de terapia familiar pueden semejarse a un tribunal en el que han de confesarse actos vergonzosos y cargados de culpa. La intromisión del terapeuta como persona venida de afuera subraya de manera notoria las implicaciones del contexto. No obstante, la dignidad de la abierta confrontación con la verdad puede tener mayor peso que el manifiesto carácter oprobioso de las revelaciones, como las que hace un progenitor frente a sus dos hijos y los «intrusos» profesionales:

En el tratamiento individual de una joven aquejada por una serie de delirantes preocupaciones se emprendió la indagación de la dinámica familiar. La psicoterapia individual resultó poco productiva en su caso; sólo produjo una serie de estériles cavilaciones. El especialista procuró obtener algunos indicios sobre la base de unas pocas sesiones conjuntas con algunos de los miembros de la familia, y decidió solicitar una evaluación de la dinámica familiar.

En la primera sesión conjunta, que incluyó a la paciente, su madre y seis de sus hermanos, se produjo una importante apertura.

El consultor en terapia familiar insistió en alentar a los miembros de la familia para que trataran de expresarse de la manera más abierta posible. De pronto, la madre anunció: «Ha habido incesto en esta familia». Tras un incómodo silencio inicial, el hermano mayor, agregó por su parte, un relato de sus experiencias incestuosas. Siguieron entonces las revelaciones de varios de los restantes miembros de la familia, acerca de las numerosas experiencias incestuosas que habían vivido unos con otros. Parecía como si la madre les hubiera dado permiso para revelar ese vergonzante secreto. Lo que en el inicio equivalía a la apertura de la madre para expresar su propia vergüenza y la de toda la familia, derivó en un esfuerzo totalmente digno por ayudar a que toda la familia obtuviera asistencia profesional. El valor de la búsqueda de la verdad y la justicia se impuso sobre el que podía tener la lealtad a costa del secreto.

En síntesis, la dialéctica superficial-profunda, tanto de la dinámica individual como de la relacional, determina el modo en que el movimiento en una dirección dada y en cierto nivel puede generar un movimiento contrario en otro nivel. Es por eso que para una persona de afuera es casi imposible determinar dónde terminan las heridas infligidas abiertamente y comienza el verdadero daño para una relación.

Base dinámica retributiva del aprendizaje

La base relacional del aprendizaje y sus fallas nos da una de las pautas más importantes para entender por qué, en ciertos vecindarios, los niños llegan a la edad escolar afectados de una incapacidad social para el aprendizaje. Si la enseñanza se supone análoga al acto paterno de dar, el aprendizaje equivale a su vez a recibir. Por consiguiente, este último tendría que disminuir la frustración restaurando el balance de justicia del universo humano de la persona. Sin embargo, al menos en los casos en que es excesiva la temprana frustración durante el desarrollo acerca de la justicia del mundo de los hombres, partimos del supuesto de que el aprendizaje equivale más a dar que a recibir algo del maestro.

El aprendizaje exige tolerancia para con los nuevos conocimientos introducidos, extraños al yo. Requiere idéntica actitud generosa, disposición a inclinarse, detenerse, escuchar, respetar, asimilar, retener, digerir, integrar al sí-mismo, etc., que la corrección de las distorsiones de la realidad y las posturas narcisistas en el curso de la psicoterapia. En la medida en que el aprendizaje requiere una actitud generosa y confiada, la capacidad del niño para asimilar nuevos conocimientos dependerá del balance de la contabilización retributiva de crédito y débito. La frustración inicial del desarrollo hace que la escala del niño se incline de manera desmedida hacia la intolerancia de toda injusticia.

Desde este punto de vista, el mundo aparece como algo en esencia frustrante, que no le da nada, y que por ende se encuentra unilateralmente en deuda con él. En consecuencia, el niño no se encontrará predispuesto en lo emocional a «dar» aceptando algo, por ejemplo, aprendiendo, asimilando. Desde el punto de vista terapéutico se deduce entonces que primero debe permitírsele

al pequeño lograr el reconocimiento (y posiblemente la reparación) de la propia justicia, de manera

que pueda concederse a sí mismo la opción de aprender en vez de convertirse en un ser autodestructivo e incapacitado para el aprendizaje. No es fácil evitar el desarrollo que conduce a una

resistencia inconcientemente vengativa y revanchista hacia el aprendizaje y todo desarrollo intelectual. Teniendo en cuenta la fuerza que poseen las lealtades invisibles de todo niño, el terapeuta debe reconocer su justicia de manera tal que los padres de aquel no se conviertan en chivos emisarios en ese mismo proceso. Podemos enterarnos, por ejemplo, de que el progenitor abandónico creció dentro de un sistema frustrante, injustamente carenciado. Si a la vez pueden ahorrarse culpas a las familias de origen, el aumento en el mérito positivo de todo el sistema debe recompensarse mediante el progreso que lleva a una mayor receptividad para el aprendizaje.

¿Individuación o separación?

La autonomía es un concepto típicamente dialéctico, y el empleo erróneo de este concepto como meta terapéutica puede ser culpable de muchas fallas en la terapia. Aunque son pocos los terapeutas propensos a adoptar un enfoque tan simplista como para limitarse a equiparar la autonomía con la separación física, la práctica terapéutica subraya en buena medida la importancia de la vida independiente como meta y prueba básica de la emancipación psíquica. Por lo general, la

separación se alienta partiendo de un punto de vista con fundamento cultural según el cual si hijos y progenitor pueden mantener una separación física, desarrollarán mecanismos destinados a valerse

a sí mismos, los que eventualmente disminuirán su mutua interdependencia emocional. Sin

embargo, en un nivel relacional profundo, la separación física puede favorecer un desplazamiento contraautónomo interior, neutralizador, en la contabilización del balance de méritos en el sistema de lealtad de la familia. En este sentido, la separación puede inducir sentimientos de culpa en quien la realiza, y la culpa es el mayor de los obstáculos para el éxito de una emancipación en verdad autónoma. Si todo el equilibrio mental de la persona gira, en última instancia, en torno del manejo de obligaciones cargadas de culpa para estar a disposición del propio padre (o hijo), la posibilidad de

que aumenten las culpas es un precio demasiado alto para poder pagarlo a cambio de la adquisición de pautas funcionales independientes.

Tal vez como una paradoja, sostenemos que puede lograrse una mayor individuación mediante la indagación familiar conjunta de obligaciones mutuamente interdependientes, y cargadas de culpa, que por medio de una separación abrupta. La permanencia, mientras se examinan de manera abierta las posibles formas de resolución de las propias obligaciones, conduce a una mayor independencia que la prematura huida para evitar hacer frente a las «cuentas».

Ajuste entre los sistemas de contabilización de méritos

Si realmente el matrimonio representa el encuentro de dos sistemas familiares, es importante indagar de qué manera afectarán mutuamente las posibilidades que cada uno tiene de balancear las cuentas de mérito de sus miembros. Determinado sistema familiar puede haberse atrincherado en el proceso de realimentación positiva, que estriba en descompensar continuamente las pautas expoliadoras y tendientes a la elección de chivos emisarios, la alienación, el incesto o la propia parálisis como forma de sacrificio; por consiguiente, sus posibilidades de reequilibrar sus cuentas de modo de favorecer el crecimiento pueden tornarse progresivamente más remotas. Pueden nacer nuevas esperanzas cuando uno de los miembros ingresa a otro sistema mediante el matrimonio.

A la vez, en el nivel individual, cabe suponer que la elección del cónyuge pueda estar determinada

de manera inconciente por los siguientes factores: 1) deseo de obtener un justo «orden de universo humano» mediante el acceso al cónyuge y su familia, supuestamente_ más generosa; 2) esperanzas de enamoramientos introducidos, extraños al yo. Requiere idéntica actitud generosa, disposición a inclinarse, detenerse, escuchar, respetar, asimilar, retener, digerir, integrar al sí-mismo,

etc., que la corrección de las distorsiones de la realidad y las posturas narcisistas en el curso de la psicoterapia. En la medida en que el aprendizaje requiere una actitud generosa y confiada, la capacidad del niño para asimilar nuevos conocimientos dependerá del balance de la contabilización retributiva de crédito y débito. La frustración inicial del desarrollo hace que la escala del niño se incline de manera desmedida hacia la intolerancia de toda injusticia. Desde este punto de vista, el mundo aparece como algo en esencia frustrante, que no le da nada, y que por ende se encuentra unilateralmente en deuda con él. En consecuencia, el niño no se encontrará predispuesto en lo emocional a «dar» aceptando algo, por ejemplo, aprendiendo, asimilando. Desde el punto de vista terapéutico se deduce entonces que primero debe permitírsele al pequeño lograr el reconocimiento (y posiblemente la reparación) de la propia justicia, de manera que pueda concederse a sí mismo la opción de aprender en vez de convertirse en un ser autodestructivo e incapacitado para el aprendizaje. No es fácil evitar el desarrollo que conduce a una resistencia inconcientemente vengativa y revanchista hacia el aprendizaje y todo desarrollo intelectual. Teniendo en cuenta la fuerza que poseen las lealtades invisibles de todo niño, el terapeuta debe reconocer su justicia de manera tal que los padres de aquel no se conviertan en chivos emisarios en ese mismo proceso. Podemos enterarnos, por ejemplo, de que el progenitor abandónico creció dentro de un sistema frustrante, injustamente carenciado. Si a la vez pueden ahorrarse culpas a las familias de origen, el aumento en el mérito positivo de todo el sistema debe recompensarse mediante el progreso que lleva a una mayor receptividad para el aprendizaje.

¿Individuación o separación?

La autonomía es un concepto típicamente dialéctico, y el empleo erróneo de este concepto como meta terapéutica puede ser culpable de muchas fallas en la terapia. Aunque son pocos los terapeutas propensos a adoptar un enfoque tan simplista como para limitarse a equiparar la autonomía con la separación física, la práctica terapéutica subraya en buena medida la importancia

de la vida independiente como meta y prueba básica de la emancipación psíquica. Por lo general, la separación se alienta partiendo de un punto de vista con fundamento cultural según el cual si hijos y progenitor pueden mantener una separación física, desarrollarán mecanismos destinados a valerse

a sí mismos, los que eventualmente disminuirán su mutua interdependencia emocional. Sin

embargo, en un nivel relacional profundo, la separación física puede favorecer un desplazamiento contraautónomo interior, neutralizador, en la contabilización del balance de méritos en el sistema de lealtad de la familia. En este sentido, la separación puede inducir sentimientos de culpa en quien la realiza, y la culpa es el mayor de los obstáculos para el éxito de una emancipación en verdad autónoma. Si todo el equilibrio mental de la persona gira, en última instancia, en torno del manejo de

obligaciones cargadas de culpa para estar a disposición del propio padre (o hijo), la posibilidad de que aumenten las culpas es un precio demasiado alto para poder pagarlo a cambio de la adquisición de pautas funcionales independientes.

Tal vez como una paradoja, sostenemos que puede lograrse una mayor individuación mediante la indagación familiar conjunta de obligaciones mutuamente interdependientes, y cargadas de culpa, que por medio de una separación abrupta. La permanencia, mientras se examinan de manera abierta las posibles formas de resolución de las propias obligaciones, conduce a una mayor independencia que la prematura huida para evitar hacer frente a las «cuentas».

Ajuste entre los sistemas de contabilización de méritos

Si realmente el matrimonio representa el encuentro de dos sistemas familiares, es importante indagar de qué manera afectarán mutuamente las posibilidades que cada uno tiene de balancear las cuentas de mérito de sus miembros. Determinado sistema familiar puede haberse atrincherado en el proceso de realimentación positiva, que estriba en descompensar continuamente las pautas expoliadoras y tendientes a la elección de chivos emisarios, la alienación, el incesto o la propia parálisis como forma de sacrificio; por consiguiente, sus posibilidades de reequilibrar sus cuentas de modo de favorecer el crecimiento pueden tornarse progresivamente más remotas. Pueden nacer nuevas esperanzas cuando uno de los miembros ingresa a otro sistema mediante el matrimonio.

A la vez, en el nivel individual, cabe suponer que la elección del cónyuge pueda estar determinada de manera inconciente por uno de los siguientes factores: 1) deseo de obtener un justo «orden de universo humano» mediante el acceso al cónyuge y su familia, más generosa; 2) esperanzas de encontrar. Un grupo más receptivo, en el cual uno pueda actuar en forma más justa para con los demás y expiar las deudas pasadas; 3) uso proyectivo del otro y de la familia de ese otro con el fin de rehabilitar a la propia familia de origen. Naturalmente,- los riesgos y complejidades existenciales de semejantes empresas relacionales son considerables. Muchas personas agobiadas por una carga de culpas imposible de resolver optan más bien por otros caminos alternativos, trabajando por el bien de la humanidad, como esforzados misioneros, o haciendo algún otro tipo de abnegado aporte, en tanto que se mantienen solteras y soslayan la vida familiar como oportunidad para hacer un nuevo balance, éticamente significativo, de las antiguas cuentas.

Un joven matrimonio inició la terapia quejándose de un problema conyugal crónico, que por sus aspectos vengativos estaba deteriorando a la pareja. Había acusaciones mutuas de incompetencia sexual, así como actitudes moralmente condenatorias. Por ser ambos católicos, cada uno trataba de implicar al otro en la responsabilidad de practicar el control de la natalidad.

La familia de la esposa había fracasado de manera abierta como tal, según se dijo, ya que el padre, un borracho, castigaba de continuo a la madre. En cuanto a los padres del marido, se los describió como rígidos puritanos, emocionalmente incapaces de darse. En una sesión de la que participó la madre de la esposa, se revelaron importantes indicios respecto de la influencia mutua de ambos sistemas familiares. La abuela materna declaró, entre lágrimas copiosas, que cinco años atrás la abuela paterna le había advertido que nunca tenía que volver a pisar el hogar de la joven pareja, debido a la supuesta mala influencia moral que ejercía sobre ellos. Después de todo, su hija ya salía con hombres a los doce o trece años. La abuela materna sostuvo entonces que fue por causa de esa insinuación que nunca había vuelto a visitar el hogar de su hija. Tampoco había podido conversar sobre el asunto con esta.

El marido se mostró visiblemente turbado al enterarse, y primero se puso de parte de su suegra, acusando a su propia madre de andar siempre buscando líos con sus nueras. En la sesión de la semana siguiente la pareja se comportó como un equipo de colaboradores, refiriendo su aparente acuerdo sobre los aspectos principales del incidente y analizando las fallas de sus madres. Sin embargo, en el curso de la sesión subsiguiente la esposa comenzó á acusar al marido de tener inclinaciones incestuosas, como su hábito de recostarse media hora en la cama junto a su hija de siete años (como también junto a sus hijos de ocho y doce años) antes de irse a dormir. El marido se puso fuera de sí, y se tomó represalias diciéndole abruptamente a su hija que nunca más debía volver al lecho de los padres y que tampoco él iría al de ella. En las siguientes semanas ambos esposos desarrollaron una actitud crítica abierta y apasionada hacia la familia de origen del otro. Parece ser que, en casos similares, Los cónyuges cargan con todo el peso de las sobrecargadas cuentas sistémicas multipersonales de la familia de origen. Sólo podrían restaurar la armonía

conyugal haciendo un nuevo balance, simultáneo,-de la red de sus expectativas dinámicas intrafamiliares. El terapeuta inexperto podría pasar por alto esos complejos determinantes que rigen la dinámica de un sistema multipersonal, empleando todas sus «palancas» terapéuticas para resolver los conflictos sexuales y religiosos, observables en la superficie y de importancia sintomática.

Implicaciones generales

El modelo dialéctico de conceptualización nos ha permitido enfocar las relaciones desde un punto de vista coherentemente multilateral. Aunque nuestro enfoque puede describirse como una teoría generalizada de la relatividad de las relaciones humanas, lo proponemos por el valor heurístico y epistemológico que pueda tener. Lo que el modelo postula no son meras paradojas de función, sino una descripción de la naturaleza en esencia dialéctica de los fenómenos propios de la vida en general y de las relaciones humanas en particular. En forma contrastante, los modelos de comunicación, aunque descriptivos de los lazos de vinculación de la existencia interpersonal, son monotéticos y no logran explicar la complejidad de los sistemas de relaciones.

La teoría dialéctica de las relaciones mantiene al individuo como centro de su universo, pero lo enfoca en una interacción ontológicamente dependiente con sus otros constitutivos. De acuerdo con nuestra tesis, la dimensión dinámica central de dicha reciprocidad se afirma en las cuentas de la justicia. Más allá de la antítesis subjetiva entre Yo y Tú, cada relación signada por la cercanía entraña una contabilización de méritos como característica sintética, cuasi cuantitativa y cuasi objetiva del sistema. La contabilización incluye implicaciones a corto y a largo plazo de hechos relacionales, tanto manifiestos como implícitos.

Nos hemos referido al mérito como algo determinado por valores personales, relacionales, más que por criterios de valor extrínsecos. Utilizamos el término «mérito» para describir el equilibrio entre los aspectos expoliadores de manera intrínseca y los mutuamente reafirmativos de cualquier relación. 1'a es bastante difícil de juzgar la explotación manifiesta; la explotación implícita, inherente a la estructura de toda relación íntima, es aún más difícil de definir. La teoría psicológica dinámica deja sin explicar las vicisitudes de la justicia y la injusticia en el universo humano de las relaciones íntimas.

Al adoptar esta actitud, la teoría dialéctica de las relaciones procura una síntesis de los conceptos psicodinámicos y fenomenológicos existenciales sobre la lucha del hombre por llevar una vida «buena» y sana. El enfoque psicodinámico subrayó la importancia del dominio racional de la naturaleza básica del hombre y su adecuación a la realidad, mientras que los autores existencialistas han destacado su preocupación por los efectos deshumanizadores del progreso material propio de la era industrial en que vivimos. Nuestra teoría de las relaciones procura definir ese ámbito auténticamente humano en el que los balances intrínsecos entre los lazos de lealtad ocultos y la explotación, más que los criterios de eficiencia funcional, constituyen la «realidad».

El falso respeto filial puede enmascarar los tabúes y mandatos en contra de la genuina indagación de la verdadera relación existente entre el propio sí-mismo y los padres. Sin embargo, el aprendizaje de las auténticas luchas de la generación anterior podría llevar a un respeto más genuino por ellas. El diálogo evolutivo por medio de preguntas y respuestas abiertas y valientes entre hijo y padre hace que este último sea aún más padre.

La tremenda posibilidad de explotación es, precisamente, lo que hace que la relación entablada entre padre e hijo sea tan vulnerable a la investigación. Sin embargo, la cuestión del quién explota a quién se torna relativa al extremo cuando llegamos al terreno de las relaciones más cercanas.

Axiomáticamente, no puede esperarse ninguna resolución constructiva sobre la base de una mayor inculpación de la otra parte; esto perpetuaría la explotación. Lo que rompe la cadena es la exculpación del sí-mismo mediante la exculpación del otro. La dialéctica de la dinámica relacional prescribe que el progreso a veces puede alcanzarse desde una dirección antitéticamente opuesta.

El endeudamiento bilateral ético y existencial inherente a la relación padre-hijo hace de las relaciones familiares ejemplos clásicos de la dialéctica relacional. Las indefinibles fronteras entre necesidad y obligación de cada parte hacen imposible para un tercero juzgar la justicia y ecuanimidad de cualquier acción específica de aquellas. La persona de afuera ni siquiera distingue la mayoría de lo que puede describirse como falso respeto, engaño, creación de culpas a la manera del mártir, parentalización patológica, etc.

Un joven profesional describe de qué manera su madre genera una situación caótica con sus hijos, lamentándose de la posibilidad de que ella incluso prefiera no encontrarse en presencia de su prole en el momento de su muerte. Aparentemente, la mujer preferiría buscar ser reconfortada por su hermana más joven, una vez despertado el máximo de interés frustrado de parte de sus hijos. A partir de las sesiones conjuntas puede observarse de qué modo, tanto en el progenitor como en el hijo, la dependencia se entrelaza con el deseo simultáneo y frustrado de dar.

Aunque sería más fácil soslayar la ética retributiva inherente de las relaciones y, por el contrario, basar los conceptos de fuerza, salud y normalidad en criterios monotéticos de poder, eficacia, adaptación, mejoría sintomática y compentencia sexual, una actitud tan tradicional debilitaría nuestra captación de las relaciones y de la gente. Por ejemplo, ningún criterio absoluto podrá jamás describir la dialéctica de las fronteras interpersonales, derivada de la inevitable otredad entre los individuos, que lleva a las concomitantes proyecciones prejuiciosas. Sin cierto grado de identificación proyectiva, no podemos mantener las fronteras de nuestra propia identidad.

Ningún concepto de salud y patología puede ignorar la jerarquía de expectativas en cualquier sistema de relación. Sin embargo, la contabilización de las fluctuaciones de dicha jerarquía, debe entrelazarse con la propia definición personal de cada miembro, respecto de una escala cuasi- cuantitativa de méritos y del toma y daca entre uno mismo y el otro. La fuerza real es coherente con la apertura a la investigación de la jerarquía de obligaciones del propio universo humano. La aparente libertad que significa el no tomar en cuenta la contabilización de méritos básicos de los sistemas es engañosa, y queda derrotada por sí misma. La partida o separación física sin enfrentar el balance es, en el mejor de los casos, una manera de postergar el crecimiento.

Por último, sin una apertura dialécticamente flexible no podemos indagar en forma exhaustiva el inmenso potencial sin explotar de las relaciones humanas para la prevención del sufrimiento y para la urgente revisión de las leyes, la educación, la administración, la interpretación de las noticias, el planeamiento urbano, etc. (por no citar más que unos pocos aspectos).

3. Lealtad

El concepto de lealtad reviste importancia para la comprensión de las relaciones familiares. Puede tener muchos significados, desde el sentido de lealtad psicológica e individual hasta los códigos nacionales y sociales de lealtad cívica. El concepto debe definirse en consonancia con los requerimientos de nuestra teoría de las relaciones.

La trama invisible de la lealtad

El concepto de lealtad puede definirse en términos morales, filosóficos, políticos y psicológicos. Convencionalmente, fue descripto como la actitud confiable y positiva de los individuos hacia lo que ha dado en llamarse el «objeto» de la lealtad. Por el contrario, el concepto de una trama de lealtad multipersonal implica la existencia de expectativas estructuradas de grupo, en relación con las cuales todos Ios miembros adquieren un compromiso. En éste sentido la lealtad hace referencia a lo que denominó «el orden del universo humano» [25]. Su marco de referencia es la confianza, el mérito, el compromiso y la acción, más que las funciones «psicológicas» del «sentir» y el «conocer». Nuestro interés por la lealtad como característica de grupo y actitud personal va más allá de la simple noción conductista de una conducta respetuosa de la ley. Presuponemos que, para ser un miembro leal de un grupo, uno tiene que interiorizar el espíritu de sus expectativas y asumir una serie de actitudes pasibles de especificación, para cumplir con los mandatos interiorizados. En última instancia, el individuo puede así someterse tanto al mandato de las expectativas externas como al de las obligaciones interiorizadas. En este sentido, interesa advertir que Freud concibió la base dinámica de los grupos como algo relacionado con la función superyoica [40].

El componente de obligación ética en la lealtad está vinculado, primeramente, al despertar del sentido del deber, ecuanimidad y justicia en los miembros comprometidos por esa lealtad. La incapacidad de cumplir las obligaciones genera sentimientos de culpa que constituyen, entonces, fuerzas secundarias de regulación del sistema. Por lo tanto, la homeostasis del sistema de obligaciones o lealtad depende de un insumo regulador de culpas. De manera natural, los distintos miembros poseen umbrales de culpa igualmente distintos, y resulta demasiado penoso mantener durante mucho tiempo un sistema regulado tan sólo por la culpa. Mientras que la estructuración de la lealtad está determinada por la historia del grupo, la justicia del orden humano y sus mitos, el alcance de las obligaciones de cada individuo y la forma de cumplirlas están codeterminados por el complejo emocional de cada miembro en particular y por la posición que por sus méritos ocupa en el sistema multipersonal.

La cuestión de las tramas de lealtades en las familias está íntimamente conectada con alineaciones, escisiones, alianzas y formaciones de subgrupos, examinadas a menudo en la bibliografía específica de terapia familiar y estudios afines (véase Wynne [92] en particular). Wynne definió la alineación según lineamientos funcionales: «La percepción o experiencia de dos o más personas unidas en un esfuerzo, interés, actitud o serie de valores comunes, y que, en ese sector de su experiencia, alientan sentimientos positivos una hacia la otra» [92, pág. 96]. Las alineaciones en esos niveles funcionales o emocionales experienciales son significativas en la escena cambiante de la vida familiar, aunque hay dimensiones relacionales más significativas de alineación familiar, que se basan en problemas de lealtad cargados de culpa al ser afectados por el balance de las obligaciones y méritos recíprocos.

Necesidades del individuo y necesidades del sistema multipersonal

Fuera de la estricta atracción heterosexual, las necesidades personales y arraigadas de manera profunda por obtener respuestas positivas del otro, por lo común han sido descritas en términos de

dependencia oral en la bibliografía psicodinámica. Al individuo que no funciona en forma adecuada se lo ve como un ser ávido por conseguir aceptación, atención, amor y reconocimiento, en vez de un ser que realiza su capacidad para plantearse metas más maduras e independientes en la vida. En consecuencia, las motivaciones dependientes en un adulto suelen juzgarse en general de antemano, como infantiles y regresivas.

Ciertas necesidades afiliativas de un orden de desarrollo más elevado se atribuyen a sentimientos (cargados de culpa) de obligación, servicio, y sacrificado altruismo lleno de abnegación, En este último caso, la búsqueda de reconocimiento tradicionalmente se percibe como una transacción parcial entre la persona y su progenitor interiorizado, su censor superyoico, y, de manera segundaria, entre el sí-mismo obligado y el otro. Erikson [34] define una actitud de afiliación más madura empleando el término «generatividad», el que también incluye la parentalización de la dependencia personal respecto de su propio rol mediante el deseo de afianzar a la generación siguiente y la preocupación por orientarla.

En tanto que la organización evolutiva de las necesidades del individuo en una estructura de personalidad puede enfocarse como una sucesión de etapas del desarrollo, el concepto de sistema multipersonal presupone la continua contabilización de hechos dentro de un marco de reciprocidad cuasi ético o de jerarquía de obligaciones. No queremos implicar con esto que el especialista en terapia familiar tiene que ocuparse de la orientación prevalente de valores ético-religiosos en los distintos individuos o en la familia como un todo. Por el contrario, nos interesa la ética de la justicia personal, la explotación y la reciprocidad. Aunque ignorarla parece muy a tono con el actual lenguaje sofisticado, todo grupo social debe basarse en una red de principios éticos o de lo contrario enfrentar el aspecto de la desintegración, que Durkheim describió con el nombre de «anomia» [32].

El concepto de lealtad es fundamental para comprender la ética o sea la estructuración relacional más profunda de las familias y otros grupos sociales. Para los fines que persigue este capítulo, resulta necesario precisar el significado especial del término lealtad. Desde el punto de vista dinámico, es posible definir la lealtad de acuerdo con los principios que la sustentan. Los miembros de un grupo pueden comportarse de manera leal llevados por la coerción externa, el reconocimiento conciente de su interés por pertenecer a aquel, sentimientos de obligación concientemente reconocidos, o una obligación de pertenencia que los ligue de modo inconciente. En tanto que la coerción externa puede resultar visible para los observadores externos, y el interés o la obligación sentidos en forma conciente pueden ser manifestados por los miembros, los compromisos inconcientes hacia un grupo pueden inferirse únicamente a partir de indicios complejos e indirectos, y a menudo sólo tras una larga familiaridad con la persona y el grupo respectivo. En última instancia, en una familia la lealtad dependerá de la posición de cada individuo dentro del ámbito de justicia de su universo humano, lo que a su vez conforma parte de la cuenta de méritos intergeneracional de la familia. Una vez puesto sobre aviso en cuanto a la importancia de los compromisos sellados por lealtad, el especialista en terapia familiar se encontrará en posición ventajosa para estudiar las manifestaciones tanto individuales como sistémicas de las fuerzas relacionales y los determinantes estructurales.

Los compromisos de lealtad son como fibras invisibles pero resistentes que mantienen unidos fragmentos complejos de «conducta» relacional, tanto en las familias como en la sociedad en su conjunto. Para entender las funciones que cumple un grupo de gente, nada es más importante que saber quiénes están unidos por vínculos de lealtad y qué significa la lealtad para ellos. Toda persona contabiliza su percepción de los balances del toma y daca pasado, presente y futuro. Lo que se ha «invertido» en el sistema por medio de la disponibilidad, y lo que se ha extraído en forma de apoyo recibido o el propio uso expoliador de los demás, sigue escrito en las cuentas invisibles de obligaciones.

Tal vez ninguna era, en escala tan grande como la nuestra, haya producido en masa tantos niños que crecen sin el apoyo de una paternidad responsable. A la postre, nuestra sociedad bien podría soportar la carga de un cúmulo de ciudadanos resentidos en lo más profundo y desleales con justificación, si es que los niños siguen siendo producidos en masa por padres que no tienen la intención de cuidarlos, o son emocionalmente incapaces de hacerlo. Toda autoridad, todo miembro leal de la sociedad, o incluso el mundo entero, pueden entonces ser blancos justificados de la frustrada venganza de quienes, en esencia, fueron traicionados desde la cuna. De esta manera, serán fácil presa de los demagogos que sacan partido de los prejuicios. Por lógica, los niños pueden ser explotados de muchas formas encubiertas de modo sutil. El abandono manifiesto sólo puede ser una razón parcial. Todos los aspectos de las relaciones que tienden a mantener al niño cautivo en medio del desequilibrio relacional suelen convertirse en formas de explotación, sin que haya ninguna intención personal de obtener provecho injusto de parte de nadie.

Cuando hablamos de un «vínculo de lealtad», queremos decir algo más que compromisos confiables (contabilizables) de asequibilidad mutua entre varios individuos. Por añadidura, tienen una deuda de lealtad compartida para con los principios y definiciones simbólicas del grupo. La base biológica existencial de la lealtad familiar consiste en los vínculos de consanguineidad y matrimoniales. Las naciones, los grupos religiosos, las familias, los grupos profesionales, etc., tienen sus propios mitos y leyendas, y se espera que cada miembro les sea leales. La lealtad nacional se basa en la definición de una identidad cultural, un territorio común y una historia compartida. Los grupos religiosos participan de una determinada fe, normas y convicciones. La historia, al llevar la cuenta de las persecuciones pasadas y otras injusticias, refuerza la lealtad intragrupal.

Tanto en las familias como en otros grupos, el compromiso de lealtad fundamental hace referencia al mantenimiento del grupo mismo. Tenemos que ir más allá de las manifestaciones de conducta concientes y las cuestiones específicas si deseamos comprender el sentido de los compromisos básicos de lealtad. Lo que aparece como conducta escandalosamente destructiva e irritante por parte de un miembro hacia otro, puede no ser experimentado como tal por los participantes si la conducta se ajusta a una lealtad familiar básica. Por ejemplo, puede que dos hermanas lleven al extremo sus celos y rivalidad por causa de los padres, de manera que el fracaso matrimonial de los progenitores quede enmascarado.

El terapeuta novato por lo general carece de una orientación explícita y operativamente útil en relación con el tema de la lealtad familiar. Por ejemplo, tal vez quiera ayudar a los enemistados padres de una hija de dieciocho años tratando de esclarecer formas de comunicación muy embarulladas y desesperadamente hostiles. Quizá no se dé cuenta de que la confusa interacción de los padres puede cumplir, a la vez, un fin sumamente importante para ellos en función de la lealtad familiar: permite postergar la separación emocional y la eventual vinculación (heterosexual) externa de la hija adolescente. Aunque puede demorar la individuación y la separación, quizá sirva de contrapeso, asimismo, por las culpas extremas en relación con la ingratitud de la adolescente en proceso de emancipación. Las exigencias implícitamente dependientes que plantean los padres a la hija pueden también neutralizar su sensación de haber sido explotados a través de su devoción hacia el rol paterno. Por supuesto, el grado de su real explotación está codeterminado por la medida de las cuentas que han dejado sin saldar -entro de sus respectivas familias de origen. El hijo inconcientemente parentalizado puede ser usado para saldar, aunque en forma tardía, las cuentas de los padres con sus propios progenitores.

Es difícil evaluar la auténtica disposición del adolescente o el joven adulto para asumir compromisos externos. Tal vez parezca preparado para la separación física y una vinculación heterosexual, pero íntimamente puede mostrarse muy reacio a sellar un lazo de lealtad con cualquier persona ajena a

su familia. En toda familia resulta difícil definir qué actos de aparente rechazo sirven, paradójicamente, para eludir la individuación prematura del adolescente, lo que configura una amenaza para la lealtad familiar. Los ataques llenos de agresividad, el descuido insultante, la partida física, la desaparición de todo respeto, etc., puede herir a los padres pero no tocar la cuestión básica de la lealtad. Los roles manifiestos y las actitudes verbales rara vez explican el grado de profundo compromiso íntimo. Es posible que un miembro «enfermo» o «malo» complemente de manera eficaz el rol de otro miembro socialmente creativo y destacado. A menudo, la ética de lealtad entra en conflicto con la del autocontrol. Una madre que le dice a su hija adolescente: «Puedes salir y pasar un rato divertido, siempre que me lo cuentes todo», tal vez esté preparándose para conseguir el compromiso de lealtad de la hija al precio de la permisividad sexual, quizá para siempre.

Los sistemas de lealtad pueden basarse tanto en la colaboración latente, preconciente, entre los miembros, no formulada de manera cognoscitiva, como en los «mitos» gestados por las familias. La mayor parte del tiempo su poder puede disfrazarse, pero resulta factible que sus efectos surjan y se tornen tangibles bajo la amenaza de desvinculación de un miembro, o cuando los resultados del proceso terapéutico comiencen a perturbar el equilibrio homeostático del sistema. Por definición, el crecimiento o maduración de cualquier miembro implica cierto grado de pérdida personal y desequilibrio relacional.

Los vínculos de lealtad podrían considerarse operativamente instrumentados por medio de las técnicas de relación, aunque en sí participan más de la naturaleza de las metas que de la de los medios de existencia relacional. Ellos son la sustancia de la supervivencia del grupo. No existen medios confiables para medir el grado de los compromisos de lealtad, como resultado de que ni siquiera comprendemos sus dimensiones principales. La participación existencial en la cuantificación de la lealtad puede ilustrarse mediante el conocido cuento del cerdo y la gallina. Cuando descubrieron que ambos colaboraban en la producción de huevos con jamón, el cerdo sintió en forma aguda la disparidad de su relación: «A ti sólo se te pide una contribución, mientras que de mí se espera un compromiso total». (En el capítulo 4 se registran ulteriores intentos por cuantificar los compromisos.)

La adquisición de insight en torno del significado específico de su lealtad es fundamental para la comprensión de la estructura profunda o dinámica de cualquier grupo social. El miembro leal lucha por alinear su propio interés con el del grupo. No sólo participa en la consecución de los fines de su grupo y comparte su punto de vista, sino que también adherirá a su código ético de conducta, o al menos lo considerará con sumo cuidado. Los criterios relacionales de lealtad deben elaborarse a partir de la conducta del miembro, su pensamiento conciente y actitudes inconcientes. Desde el punto de vista de la persona de afuera, la lealtad del miembro puede parecer manifiesta o encubierta. Los códigos, mitos y rituales manifiestos siempre tienen sus más importantes contrapartidas encubiertas en las pautas inconcientemente expoliadoras o de connivencia en la función grupal.

Los orígenes de la lealtad se remiten a varias fuentes. La lealtad familiar se basa, de manera característica, en el parentesco biológico y hereditario. Por lo general, los parentescos políticos tienen menores efectos en cuanto a la lealtad que los lazos de consanguinidad. La coerción externa puede controlar la lealtad hacia muchos grupos sociales, aunque no la determina necesariamente. A veces es el reconocimiento de los intereses compartidos lo que lleva a la identificación voluntaria con el grupo. Por otra parte, la lealtad familiar, o la que se tiene hacia la propia escuela o lugar de trabajo, puede verse reforzada por medio de la gratitud o la culpa experimentadas en relación con el desempeño meritorio no recompensado de los mayores, brindaron su abnegada atención y generosos danés de aor-a -los más jóvenes. La gratitud y el reconocimiento porm el valor de los

propios mayores suele llevar a la interiorización de obligaciones adoptando su sistema de valores, conciente e inconcientemente.

Por su etimología la palabra lealtad deriva de la voz francesa «loi», ley, de manera que implica actitudes de acatamiento a la ley. Las familias tienen sus propias leyes, en forma de expectativas compartidas no escritas. Cada miembro de la familia se halla constantemente sujeto a pautas variables de expectativas, las que cumple o no. En los hijos pequeños el cumplimiento se sanciona por medio de medidas disciplinarias externas. Los hijos mayores y los adultos pueden cumplir llevados por compromisos de lealtad internalizados.

La lealtad como actitud individual abarca, entonces, identificación con el grupo, auténtica relación objetal con otros miembros, confianza, confiabilidad, responsabilidad, debido compromiso, fe y firme devoción. Por otra parte, la jerarquía de expectativas del grupo connota un código no escrito de regulación y sanciones sociales. La internalización de las expectativas y los mandamientos en el individuo leal proporcionan fuerzas psicológicas estructurales que pueden ejercer coerción sobre el sujeto, de la misma manera que la coacción externa dentro del grupo. Si no puede reclamar el más profundo compromiso de lealtad, ningún grupo podrá ejercer un grado elevado de presión motivacionel en sus miembros.

Cuando sugerimos que la comprensión de los compromisos de lealtad nos da la clave de la importancia de los determinantes sistémicos encubiertos de la motivación humana, también nos damos cuenta de que nos estamos desviando del concepto de motivaciones más profundas tal como tradicionalmente se circunscriben a la psicología del individuo. En consecuencia, cualquier teoría satisfactoria de las relaciones debe ser pasible de relacionar los conceptos motivacionales individuales con los multipersonales o relacionales.

Los estudios fenomenológicos y existenciales subrayan la dependencia óntica del hombre en sus relaciones, más que la dependencia funcional. Los escritos de Martin Buber, Gabriel Marcel y Jean Paul Sartre configuran ejemplos de esta escuela de pensamiento. El hombre, suspenso en su angustia ontológica, experimenta un vacío total si no puede entablar un diálogo personal significativo con algo o alguien. Las relaciones ónticamente significativas deben ser motivadas por pautas mutuas entrelazadas de preocupación y solicitud presente y pasada, por un lado, y de posible explotación, por el otro. De esta dependencia óntica de todos los miembros en su relación mutua surge uno de los componentes principales del nivel supraordenado y multipersonal de los sistemas de relaciones. La suma de todas las díadas mutuas ónticamente dependientes dentro de una familia constituyen una de las fuentes principales de lealtad del grupo. El especialista en terapia familiar debe estar capacitado para concebir la existencia de un grupo social cuyos miembros se relacionan todos entre si de acuerdo con el diálogo Yo-Tú de Buber. Si el terapeuta soslaya dicha comprensión, no logrará diferenciar entre las relaciones de grupo familiares y las accidentales, ni siquiera tal vez en su propia familia.

La dependencia por lo común se define por las necesidades de los individuos vinculados. Siguiendo a Freud, concebimos las motivaciones humanas en función de necesidades, pulsiones, deseos, fantasías desarrolladas como expresión de deseos, e instinto (conceptos todos ellos de base individual). El especialista en terapia familiar tendrá que recordar, sin embargo, que el puente entre personas estrechamente relacionadas se construye más por acciones e intenciones que por el pensamiento y los sentimientos. El encuadre dentro del que se sostiene una relación se basa en una trama ética que interpenetra las intenciones y acciones de los miembros:

¿Me has demostrado que puedes oírme, considerarme y preocuparte por mí? Si tus acciones demuestran que si, para mi es natural sentir y actuar con lealtad hacia ti, o sea considerarte a ti y a tus necesidades. Tú me obligas por medio de tu apertura. Aunque ante un extraño quizá

parezcamos dos enemigos trabados en lucha, sólo nosotros podemos juzgar cuándo y de qué manera uno de nosotros pudo haber quebrado y traicionado nuestro vínculo de lealtad mutua. Nuestra lucha aparente puede ser nuestro modo de volver a saldar las cuentas: de reciprocidad.

Las implicaciones de la anterior viñeta de terapia familiar son obvias. Los psicoanalistas o los psicoterapeutas tienden a presuponer que la intensidad, profundidad e importancia del tratamiento llegan a su punto máximo en la privacidad confidencial propia de la relación terapéutica individual, y que toda disminución de esa privacidad entre dos seres suele llevar a una vinculación terapéutica más superficial (de apoyo, educacional, de modificación de la conducta). Sin embargo, la experiencia nos demuestra que el efecto principal del enfoque del tratamiento relacional o familiar no sólo consiste en la ampliación sino en la escalada de la participación terapéutica. El trabajar con todos los miembros en una red de relaciones vuelve inevitables las cuestiones y conexiones «en profundidad», siempre que el terapeuta pueda lograr una empatía con las personas y tenga conciencia suficiente del sentido subjetivo de los vínculos recíprocos de endeudamiento, que se vuelven invisibles por medio de la negación.

El especialista en terapia familiar tiene que aprender a distinguir entre la trama elemental de sistemas de compromiso de lealtad y sus manifestaciones y elaboraciones secundarias. Por ejemplo, un compromiso simbiótico extremo entre una mujer casada y su madre debe reconocerse e investigarse desde el punto de vista terapéutico, aun cuando concientemente se exprese por medio de una pauta hostil de rechazo. La cualidad manifiesta de la relación (p. ej., evitación, elección de chivos emisarios, guerra apasionada) es menos significativa, para determinar los resultados terapéuticos, que el grado de «inversión» y la extensión de las obligaciones negadas o no resueltas dentro de cada miembro.

La interrelación dinámica del individuo con su ambiente humano es de índole personal, y no puede ser caracterizada de modo pertinente por conceptos tales como el de «pauta cultural general», «ambiente previsible normal» o «técnicas interpersonales». En los capítulos 4 y 5 sugerimos que la relación del hombre con su contexto está gobernada por un balance de ecuanimidad o justicia. El hecho de que las sociedades y las familias contabilicen la cuenta del mérito es algo que suele verse subestimado en la bibliografía sobre ciencias sociales. Nuestra era está habituada a renunciar a los problemas de importancia ética como factores dinámicos. Educados en la sobrevaloración positivista , pragmática de la ciencia, nos inclinamos a dudar que existan cuestiones éticas válidas, fuera de la hipocresía, por un lado, y los sentimientos neuróticos de culpa, por el otro.

Entre los autores de la escuela psicoanalítica, Erikson ha subrayado el carácter genéticamente social del individuo humano: «El fenómeno y concepto de organización social, y su incidencia sobre el yo individual fue de ese modo, y por el período más prolongado, eludido en virtud de tributos condescendientes a la existencia de "factores sociales"» [34, pág. 19].

Al referirse a los orígenes de la confianza básica, el citado autor puntualiza: «Las madres crean un sentido de confianza en sus hijos mediante esa atención que, en su calidad, combina el cuidado sensitivo de las necesidades individuales del bebé y un firme sentido de confiabilidad personal dentro del marco confiable del estilo de vida de su comunidad» [34, pág. 63].

De esta manera, el ser digno de confianza, o confiabilidad, implica el concepto de méritos probados. Por añadidura, la frase «marco confiable de su comunidad» señala una fuente de confianza ubicada en el contexto social, fuera de la madre y el hijo. A medida que el ambiente paterno «gana» confiabilidad a ojos del niño, este se convierte en deudor para con su madre y para con todos aquellos que le han brindado su confianza debido al valor de sus intenciones y acciones. El sistema, de por sí, comienza a plantear exigencias y expectativas éticas estructuradas al niño mucho antes

que esta clase de obligación tenga posibilidades de tornarse conciente. Por añadidura, mientras el hijo vive, nunca está realmente libre de la deuda existencial para con sus padres y familia. Cuanto más digno de confianza ha sido el medio con nosotros, tanto más le debemos; cuanto menos hayamos podido retribuirle los beneficios recibidos, mayor será la deuda acumulada.

Tal vez el lector desee interpretar este punto dentro de un marco psicológico, más que existencial- relacional; pero no estamos refiriéndonos a una «patología» de sentimientos neuróticos de culpa. Simplemente, hacemos referencia al hecho de la deuda existencial que surge como resultado de haber recibido cuidados paternos de otros, de manera confiable. La expresión de Erikson, «el marco confiable de su comunidad», al igual que la expresión de Buber «justicia del universo humano», implica que posiblemente se requieran muchas relaciones personales, a lo largo de varias generaciones, para construir una atmósfera de equilibrio entre la confianza y la desconfianza.

En el curso de la terapia conyugal un joven marido describe su deuda para con sus padres, prolongada e imposible de resolver. La razón no es tan sólo que trataron de brindarle las mejores oportunidades educacionales, etc., sino que él siempre estaba metiéndose en líos, y su padre solía pagarle la fianza necesaria para sacarlo de muchas situaciones difíciles ante los tribunales, la policía, las escuelas, etc. En respuesta, su mujer exclama: «¿Crees que nuestros hijos nos deberán tanto a nosotros?» Cabe advertir que el problema de la pareja revelaba el tipo de conflicto de lealtad que otras parejas sólo descubren en forma gradual: el marido se veía escindido entre sus obligaciones para con la esposa y para con sus padres. En esa familia había también una fricción real y manifiesta entre las dos familias de origen. El conflicto de lealtad de la esposa llegó a revestir formas de expresión más complejas. Parecía ansiosa por hacerle la guerra a sus parientes políticos, y también admitió un sentimiento de frustración por la falta de lazos estrechos con su propia familia de origen.

En la mayoría de las familias es posible descubrir el modo en que sus miembros han sido victimizados por expectativas de lealtad desproporcionadas, y al ser arrastrados en esfuerzos de equilibrio mutuamente vindicativos y desplazados. Al especialista en terapia familiar le corresponde iniciar, al menos en su propia mente, el trazado de un mapa de las interacciones confusas y destructivas dentro de su adecuada perspectiva multigeneracional. De manera gradual, a medida que los miembros de la familia van dándose cuenta de que un aparente victimario también fue víctima en su momento, entre ellos podrá desarrollarse una visión más equilibrada de la reciprocidad de méritos. La contabilización de obligaciones de méritos y lealtad contribuye a dilucidar la forma en que se entrelazan las expectativas sistémicas y los calibres de necesidades» [12] de cada individuo.

El concepto de sistema no invalida la importancia motivacional de las pautas interiorizadas de cada miembro, es decir, sus reiterados deseos de que se repitan determinadas experiencias relacionales tempranas. Buena parte de las acciones y actitudes de los distintos individuos pueden derivarse del conocimiento de sus respectivas orientaciones relacionales interiorizadas. Sin embargo, la contabilización de méritos dentro del sistema total tiene su propia realidad fáctica y correspondiente estructuración motivacional a lo largo de las generaciones. En cada matrimonio no sólo se unen la novia y el novio, sino también dos sistemas familiares de mérito. Sin capacidad para percibir de manera intuitiva al futuro cónyuge como punto nodal en una trama de lealtades, uno se «casa» con la recreación perfeccionada (como expresión de deseos) de la propia familia de origen. Cada cónyuge puede entonces luchar por coaccionar al otro, inconcientemente, de modo de hacerlo responsable de las injusticias sufridas y los méritos acumulados, a partir de la familia de origen.

Enfocadas desde esta perspectiva de lealtades invisibles, las relaciones familiares tienden a asumir un significado más coherente e importante a ojos del terapeuta. Los mitos familiares revelan en forma gradual su supraestructura como contabilización autóctona de méritos que, en forma

encubierta o manifiesta, comparten todos sus miembros. Los sentimientos de culpa de los individuos se vislumbran en correspondencia con los contornos de la configuración de méritos. Las pautas de conducta «patológica» o «normal» visible constituyen el siguiente nivel del sistema. Por ejemplo, la elección de chivos emisarios es determinada a menudo por la lealtad común hacia el sistema de méritos, tal como lo define y describe el mito familiar. A la postre, el especialista en terapia familiar llega a ver un sentido en el hecho de que los individuos se dejen sacrificar de modo voluntario con el fin de honrar las cadenas multigeneracionales de obligación y endeudamiento existencial.

Contabilización trasgeneracional de obligaciones y méritos

Los orígenes de los compromisos de lealtad son de naturaleza típicamente dialéctica. Su estructura interiorizada se inicia a partir de algo que se le debe a un progenitor, o de la imagen interna de representación paterna (superyó). En un sistema trigeneracional, la compensación por la instauración de normas y por el cuidado y solicitud que nos dispensaron nuestros padres puede trasferirse a nuestros hijos, a otras personas sin relación de parentesco con nosotros, o a los padres internalizados. Los compromisos de lealtad comúnmente se circunscriben a determinadas áreas de función, por lo general conectadas con la crianza o educación de los hijos. El adulto, ansioso por impartir su propia orientación normativa de valores a su hijo, se convierte ahora en «acreedor» en un diálogo de compromisos en el que el hijo se trasforma en «deudor». Finalmente, este último tendrá que saldar su deuda en el sistema de realimentación intergeneracional, internalizando los compromisos previstos, satisfaciendo las expectativas y, con el tiempo, trasmitiéndoselas a su prole. Cada acto de compensación de una obligación recíproca aumentará el nivel de lealtad y confianza dentro de la relación.

Los criterios de «salud» del sistema de obligaciones familiares pueden definirse como capacidad de propagación de la prole y compatibilidad con la eventual individuación emocional de los miembros. La individuación debe percibirse como balanceada contra las obligaciones de lealtad del niño en proceso de maduración hacia la familia nuclear. Su definición y medida puede expresarse de manera más cabal en función de la capacidad para saldar viejos y nuevos compromisos de lealtad, más que en términos funcionales o de logros. La potencialidad o libertad para entablar nuevos vínculos (esponsales, matrimonio, paternidad) debe pesar contra las antiguas obligaciones, que empujan hacia una unión simbiótica duradera.

Resulta difícil evaluar la medida del compromiso simbiótico con la familia de origen si los compromisos se han interiorizado y estructurado, en tanto que lo que aparece en la superficie es el descuido de las relaciones familiares. Vemos cómo personas rígidamente aferradas a pautas autodestructivas siguen manteniendo con su familia de origen un impasse de lealtad no resuelta o en apariencia imposible de resolver.

Un muchacho de dieciséis años fue derivado al terapeuta por los tribunales debido a lo que el trabajador social describió como «vida caótica, vagabundeo y múltiple consumo de drogas, hasta llegar al punto de la desintegración de la personalidad».

En el curso de la primera sesión con la familia, a la que también asistieron los padres (separados) del muchacho y dos hermanas casadas, surgió un cuadro bastante distinto. Todos los integrantes, sin excepción, padecían una serie de problemas personales y conyugales, que trataron de presentar en forma supuestamente aislada. Todos parecían preocupados, al menos en un nivel manifiesto, por el resultado final de la alienación conyugal de los padres. ¿Quién era responsable del hecho de que diez años atrás el matrimonio, que hasta entonces había durado veinte años, llegara a la separación? Los miembros de la familia fueron partiendo a intervalos casi regulares: primero se fue el padre, luego se casó la hija mayor, después lo hizo la hija menor, y más tarde el hijo mayor se

mudó a otra ciudad. El hijo de dieciséis años fue el único que permanecía junto a la madre, una mujer obesa, depresiva y ansiosa.

En tanto que en el nivel manifiesto el muchacho llevaba una existencia irresponsable, consagrada al placer, en el nivel de lealtad familiar realizaba un valioso sacrificio en bien de toda la familia. «Sé que no vivo en forma responsable», dijo el joven; «no es divertido ser responsable. Cuando tenga que ser responsable, lo seré». De hecho, las pautas de autodestrucción de su vida toda permitían albergar la certeza de que, como último miembro de la familia, no era capaz de dejar a la madre.

El efecto terapéutico por el cual se hicieron visibles los aspectos referentes a la lealtad en la conducta del muchacho y se indagó en las implicaciones personales directas de la relación de los padres produjo un llamativo cambio de conducta en el curso de unas pocas semanas. El muchacho consiguió un trabajo en el que se desempeñó durante varios meses. En forma simultánea, aunque temporariamente, la madre a su vez perdió el suyo, y de ese modo durante un tiempo llegó a depender del hijo de manera aún más notoria. A la postre la mujer pudo conseguir un trabajo mucho más gratificante, con el que siempre había soñado sin osar nunca dedicarse a él.

En las vidas de las dos hermanas había un compromiso con la falta de individuación, vinculado en forma menos visible aún con el problema de la lealtad. En un comienzo, la hija menor se mostró más capaz de admitir que necesitaba ayuda en su propia vida. Declaró que estaba casada con un alcohólico, como su padre, y que su matrimonio se asemejaba en forma terrorífica al de sus progenitores. La hija mayor al principio dudó en reconocer su necesidad de ayuda. Sin embargo, en las siguientes semanas de tratamiento se convirtió en el miembro que participaba de manera más activa en las sesiones de terapia familiar. Reveló haber llegado a un callejón sin salida profundamente perturbador en su matrimonio e incluso fue capaz de invitar al marido a que participara de las sesiones. Según pudo descubrirse, sentía que su madre vivía en forma sustituta su propia vida, y que entre ella y la madre había una atmósfera de constante tensión y ansiedad. Nunca tuvo el valor moral necesario para arriesgarse a herir los sentimientos de la madre y analizar su insatisfacción con ella. Finalmente, realizó grandes progresos al poder discutir en forma abierta el embrollo emocional triangular y amorfo en que estaban vinculados.

Culpa e implicaciones éticas

El punto de vista del sistema de lealtad implica, en consecuencia, que el compromiso con el propio cónyuge puede resultar secundario con respecto a un endeudamiento implícito hacia la prole aún por nacer. En todas las sociedades tradicionales, los matrimonios jóvenes deben de haber sido mucho menos vulnerables a la culpa por deslealtad que sus contrapartidas modernas en las comunidades urbanas industriálizadas. El hceho de que los padres resolvieran habitualmente acerca de la elección matrimonial de sus hijos ayudaba a la joven pareja a escapar a las culpas. Incluso, podían sentirse libres de proyectar la responsabilidad por sus fricciones matrimoniales en la elección realizada por sus padres.

Como interesante extensión de estos argumentos, podemos examinar sus implicaciones en relación con los orígenes de la culpa sexual y los tabúes sociales respecto de la heterosexualidad. Además de lo que como trasgresión moral implicaba todo placer, y la importancia ética de la responsabilidad para con una nueva vida humana potencial, una de las raíces más profundas de la culpa sexual y la inhibición debe basarse en el temor a la deslealtad respecto de la familia de origen. Así como una relación heterosexual crea como perspectiva la generación de prole, también ha de trastrocar de manera notoria la lealtad filial del joven adulto. La estructura de esta culpa difiere de la culpa edípica, que se basa en el concepto de celos triangulares, heterosexuales, entre el hijo y los padres.

Es común que personas jóvenes y simbióticamente leales sufran una crisis en el momento de su primer amorfo heterosexual. Una jovencita asociaba su primera crisis psicótica con la culpa sexual, por haber cerrado la puerta del dormitorio de sus padres mientras se «besuqueaba» con el novio en horas de la noche. Por lo común la regla familiar dictaminaba que las puertas de los dormitorios debían permanecer abiertas por la noche. Simbólicamente, la canalización de lealtades parecía girar en torno de las puertas. Muchas personas casadas descubren su incapacidad para forjar vínculos de lealtad con sus cónyuges sólo después que se ha desvanecido el brillo inicial de la atracción sexual. Quizá se requiera el tratamiento de toda la familia para enfrentar en plenitud el grado de los compromisos invisibles que siguen manteniendo hacia sus familias de origen.

-Sienten que una obligación no cumplida de compensar a sus padres, por poco que lo merezcan, los priva del derecho a todo goce. La mayoría de estas personas no tienen ninguna dificultad en reconocer y aceptar su lealtad para con sus hijos. Las exigencías éticas de la paternidad son tan poderosas que rara vez se las viola, aun cuando se requiera un tremendo sacrificio personal. Es raro (como en el caso de ultraje de un niño) que se sacrifique al hijo para contrabalancear la deslealtad filial del progenitor. Más común resulta observar cómo el rol de chivo emisario se asigna al cónyuge o a los parientes políticos.

En las familias de los ghettos o barrios bajos de una ciudad la situación parece diferir, en parte, de las pautas de lealtades familiares de la clase media. Por su moral, esta espera que la paternidad responsable se base en una relación conyugal «respetable». Una considerable proporción de familias pobres, asistidas por el sistema de seguridad social, se muestran inclinadas a soslayar el requisito del matrimonio contando con la ayuda de la familia materna de origen y la explotación de los niños algo mayores. En estos sistemas amorfos, amplios y matrilineales, no existe ningún requerimiento que lleve a un decidido desplazamiento del compromiso de lealtad filial al paterno: el bebé, por así decirlo, le nace a toda la familia. En algunos casos la abuela es más la progenitora real que la madre. El conflicto puede centrarse en el hecho de que la joven madre se permita comprometerse en medida suficiente con la maternidad, o bien entregue el bebé a su propia madre como prueba de su lealtad inalterable.

Las luchas en torno de los compromisos de lealtad suelen ser invisibles, y sólo las racionalizaciones secundarias resultan accesibles, incluso para los participantes. En determinada familia, comenzábamos a creer que el padre era en realidad un verdadero desastre, hasta que descubrimos que los seis hermanos de la madre tenían cónyuges consideradas como auténticas inútiles. A la vez, era notoria la manera en que los siete hermanos dependían el uno del otro, y hacían pocos esfuerzos por ocultar que se preferían el uno al otro sobre sus respectivos cónyuges.

Los matrimonios, las aventuras amorosas, las queridas y los «esposos» homosexuales: todo ello puede (a menudo inconcientemente) ser utilizado con el fin de reforzar el compromiso de lealtad filial, en vez de remplazarlo. El hecho de jactarse de esas relaciones frente a los propios padres tal vez signifique una manera de reforzar la antigua devoción, poniéndola a prueba por medio de un desafío, y despertando los celos de los padres. Cuando la batalla adquiere contornos tales que parece preanunciar la inminente separación emocional entre el joven adulto y la familia de origen, el observador de afuera podrá subestimar el grado de lealtad subyacente e inalterado.

Desde el punto de vista de los sistemas multipersonales, nos interesa el papel que cumplen las lealtades arraigadas de manera profunda, en apariencia dirigidas a objetos extrafamiliares. La religión es una esfera típica en la que suele desarrollarse una muy honda devoción junto con esenciales vínculos de lealtad. Hemos visto cómo aumenta en grado extremo la importancia de dicha cuestión en familias en las que se han celebrado matrimonios mixtos. Cuando ambos cónyuges renuncian a la religión dentro de la cual se han criado, se forma entre ellos una alianza

implícita de lealtad a expensas de la religión y, simbólicamente, de la familia de origen. Los cónyuges, al cortar sus relaciones con sus respectivos endogrupos, crean una nueva estructura de lealtad por omisión (por así decirlo). Sin embargo, el especialista en terapia familiar tendrá que preguntarse si el desplazamiento del problema de la separación al terreno religioso no significa que esos padres no han resuelto su propia separación respecto de los progenitores, y que sus hijos se verán comprometidos a aceptar vínculos de una lealtad invisible aún más intrincada.

Estructuración intergeneracional de los conflictos de lealtad

Generación tras generación, los compromisos de lealtad verticales siguen en conflicto con los horizontales. Los compromisos de lealtad verticales son debidos a una generación anterior o posterior; en tanto que los horizontales se entablan para con la propia pareja, hermanos o pares en general. El establecimiento de nuevas relaciones, en especial a través del matrimonio y el nacimiento de los hijos, plantea la necesidad de forjar nuevos compromisos de lealtad. Cuanto más rígido sea el sistema de lealtad originario, más tremendo será el desafío para el individuo. ¿A quién eliges: a mí, a él o a ella?

A medida que van desarrollándose las fases de evolución de la familia nuclear, todos los miembros deben enfrentar nuevas exigencias de adaptación. Esta no significa una resolución final, el cierre de una fase anterior, sino una tensión continua que lleva a definir un nuevo equilibrio entre expectativas antiguas pero todavía en pie, con otra nuevas. Nacimiento, crecimiento, lucha con los hermanos, individuación, separación, preparación para la paternidad, vejez de los abuelos y, finalmente, duelo por los muertos, son ejemplos de situaciones que exigen un nuevo balance de las obligaciones de lealtad.

Los ejemplos de transiciones de lealtad requeridas por el desarrollo están relacionados con las siguientes expectativas:

1. Los jóvenes padres tienen que desplazar el uno al otro la lealtad que debían a sus familias de

origen; ahora tienen un mutuo deber de fidelidad sexual y de alimentación. Asimismo, se han

convertido en «equipo» destinado a la producción de prole.

2. Deben a sus familias de origen una lealtad definida de manera nueva, en relación con sus

antecedentes nacionales, culturales y religiosos y sus valores.

3. Deben lealtad a los hijos nacidos de su relación.

4. Los hijos tienen una deuda de lealtad también definida de modo nuevo hacia sus padres y las

generaciones anteriores. 5. Los hermanos tienen una deuda de lealtad el uno para con el otro.

6. Los miembros de la familia entre quienes hay una relación de consanguinidad tienen el deber de

evitar las relaciones sexuales entre sí, aunque a la vez contraen una deuda de afecto el uno para

con el otro.

7. Los padres tienen el deber de apoyar a sus familias nucleares, a la vez que mantienen una deuda

de apoyo para con sus padres o parientes ancianos o incapacitados.

8. Las madres tienen el deber de actuar como amas de casa y criar a los niños para con sus familias

nucleares, aunque también se espera de ellas que puedan estar disponibles en relación con su familia de origen.

9. Los miembros de la familia tienen una deuda de solidaridad en relación con el modo en que se

comportan hacia los amigos o los extraños, pero también tienen, para con la sociedad, el deber de ser buenos ciudadanos. 10. Todos los miembros tienen una deuda de lealtad que consiste en mantener la integridad del sistema familiar, pero deben estar preparados para acomodar nuevas relaciones y los cambios concomitantes del sistema descripta como determinante motivacional con raíces en la dialéctica multipersonal del sí-mismo y el otro, más que raíces individuales. Aunque etimológicamente «lealtad» es un derivado del vocablo francés que significa «ley»*, su naturaleza real reside en la trama invisible de expectativas grupales, más que en la ley manifiesta. Las fibras invisibles de la

lealtad consisten en la consanguinidad, la preservación de la existencia biológica y el linaje familiar, por un lado, y el mérito adquirido entre los miembros, por el otro. En este sentido, está asociada a una atmósfera familiar de confianza, fundamentada en la real asequibilidad y los probados merecimientos de los demás integrantes. El siguiente nivel de conceptualización exige un examen de la justicia como ámbito sistémico para la codificación o, al menos, la descripción del balance de expectativas de lealtad.

Un ejemplo clásico de conflicto de lealtades no resuelto entre un matrimonio y las familias de origen es la historia de Romeo y Julieta. El prólogo de Shakespeare sintetiza el sentido familiar de la trágica muerte de los dos amantes: «El terrible tránsito de su amor, sellado con la muerte, y la continuada saña de sus padres, que sólo el fin de sus hijos pudo aplacar, desfilarán, durante dos horas, por este escenario». La lealtad, concepto clave dentro de esta obra, ha sido

* El término inglés «loyalty» deriva del francés «loyante», a su vez derivado de «loi» («ley»). La palabra castellana «lealtad» proviene del latín, «legalitas». [N. del E.]

4. La justicia y la dinámica social

Tal vez el lector sienta que la terminología que empleamos le resulta poco familiar o que es ajena a su propio marco de conceptos profesional. Podríamos haber utilizado, por ejemplo, el lenguaje del interaccionalismo de la conducta o el de la psicología psicodinámica individual. Podríamos haber subrayado los elementos del inevitable «juego de poder» implícitos en la victimización de la pareja, el abuelo o el terapeuta, tal como pueden darse sucesivamente durante una terapia familiar. Sin embargo, consideramos más importante investigar el estrato motivacional, en el cual reside la esperanza de reparar el daño infligido en el campo de la justicia de los hombres.

La razón para introducir a la justicia como concepto dinámico central de la teoría familiar surge de la importancia de las pautas de lealtad en la organización y regulación de las relaciones más cercanas. A los efectos de conceptualizar a la lealtad como fuerza sistémica, más que simple tendencia de los individuos, debe considerarse la existencia de un «libro mayor» invisible en el que se lleva la cuenta de las obligaciones pasadas y presentes entre los miembros de la familia. La índole de ese libro mayor está interrelacionada con los fenómenos de la psicología; posee una factualidad sistémica multipersonal. Por definición, la gratificación recíproca como meta trasciende las necesidades del individuo. La «foja» del miembro individual de la familia, por así decirlo, ya está llena antes que él comience a actuar. Según que sus padres se consagraran en exceso a él o lo descuidaran, nace en un ámbito en el que entran en vigencia un mayor o menor número de obligaciones. El hecho de que sus padres y sus antepasados se viesen todos atrapados dentro de una serie de expectativas similares, y tuviesen que contrapesar las obligaciones filiales con las paternas, crea la necesidad de concebir el libro mayor en función de una estructura multigeneracional. La estructura de expectativas

conforma la trama de lealtades y, junto con las cuentas relativas a los actos cometidos. el libro mayor de la justicia.

El invisible libro mayor familiar de justicia es un contexto relacional, el componente dinámicamente más significativo del mundo del individuo, aunque no sea externo a él. Su ámbito está vinculado en esencia a la ética de las relaciones y no puede ser dominado por la inteligencia o la astucia par si solas. Algunas de las personas menos confiadas y justas pueden llegar a dominar su ambiente humano básicamente por medio de cálculos racionales que no hacen justicia a sus necesidades últimas como seres humanos totales.

Por añadidura, la justicia es un don existencial. La deuda del hijo para con el padre está determinada por el ser del progenitor, la cantidad y cualidad de su asequibilidad y los cuidados que prodigue activamente. De manera análoga, la explotación no requiere de modo necesario la injusticia intencional de los demás, sino que puede ser la resultante de las propiedades estructurales de las relaciones más cercanas. La injusticia subjetiva de la posición de cualquier miembro en el sistema de relaciones familiares puede determinar, en buena medida, lo que se diagnosticará como formación de una personalidad paranoide.

De esta manera, aunque desde el punto de vista motivacional debemos considerar otros factores en relación con la lealtad (vínculos de sangre, amor, ambivalencia, intereses comunes, amenazas externas, etc.), nos hemos interesado en la estructura misma de las relaciones de reciprocidad. Postulamos que las motivaciones más profundas y de mayor alcance poseen su propia homeostasis familiar sistémica, aun cuando sus criterios sean menos visibles, por ejemplo, que los de resolución de problemas o manifiestos desplazamientos de roles sintomáticos, etc. El especialista en terapia familiar puede ver facilitada en gran. medida su tarea mediante el conocimiento de los determinantes relacionales más profundos de la conducta visible.

Creemos que el concepto de justicia propio del orden humano es un denominador común de la dinámica individual, familiar y social. Los individuos que no han aprendido qué es el sentido de la justicia dentro de las relaciones de su familia suelen desarrollar un criterio distorsionado de la justicia social. El terapeuta puede aprender a aguzar su percepción de ese orden de justicia, ecuanimidad o reciprocidad que determina el grado de confianza y lealtad en las relaciones familiares. Puede considerarse a la justicia como una trama de fibras invisibles extendidas a lo largo y a lo ancho de toda la historia de relaciones de la familia, que mantienen el equilibrio social del sistema a través de fases de proximidad y separación físicas. Tal vez nada determine en medida tan significativa la relación entre padre e hijo como el grado de ecuanimidad de la gratitud filial esperada.

En este punto, el lector podrá preguntarse si no se halla frente a conceptos extraños a la tradición de la psicoterapia y la teoría psicológica, aun cuando sean considerados en un sentido más amplio. ¿Acaso la justicia es un concepto que debería encuadrarse en el marco de la ley o la religión, más que en el de un estudio de las motivaciones humanas? Tras haber eliminado conceptos que poseen connotaciones individuales, psicológicas o superficialmente interaccionales por estimárselos insatisfactorios, podríamos haber elegido la expresión «desequilibrio de reciprocidad» para evitar las connotaciones de valor del término «justicia». Empero, elegimos en forma deliberada la palabra justicia porque creemos que connota un compromiso y un valor humanos, con todo su sentido y su rico poder de motivación.

La idea de justicia como dinámica relacional se origina a partir de las implicaciones sistémicas y las connotaciones existenciales de culpa y obligación. En la teoría psicodinámica individual se supone que la culpa es resultante de la infracción de tabúes que el individuo ha interiorizado de sus mayores. Por el contrario, el concepto de justicia ve al individuo en equilibrio ético y existencial

multidireccional con los demás. Él «hereda» los compromisos trasgeneracionales. Tiene obligaciones hacia quienes lo han criado, y se halla en un campo de intercambios recíprocos regidos por el toma y daca con sus contemporáneos. También debe enfrentar obligaciones esencialmente unilaterales hacia sus hijos pequeños, que dependen de él.

La justicia tiene una particular relevancia para la vida familiar. La equidad reciproca, tradicional marco de evaluación de la justicia entre los adultos, no sirve como pauta de orientación cuando lo que interesa es el equilibrio de la relación padre-hijo. Todo padre se encuentra comprometido en una posición de obligaciones asimétrica hacia el recién nacido. El niño posee una serie originaria de derechos que no se ha ganado. La sociedad no espera de él que compense a los padres mediante beneficios equivalentes.

La sociedad misma, como un todo, puede cargarse de culpas no adquiridas en lo que respecta a cada generación que va surgiendo. Mientras que son pocos los norteamericanos blancos contemporáneos que estarían dispuestos a aceptar culpa alguna por la esclavitud de cientos de miles de africanos varias generaciones atrás, los tremendos efectos de la esclavitud han afectado la justicia impartida a los hijos de los negros durante varias generaciones. Es razonable presuponer que el hombre blanco que quiera negar o ignorar las implicaciones corrientes y continuas de la antigua esclavitud en relación con la justicia aplicada a los ciudadanos negros es culpable de lo que Martin Luther King llamó «cubrir las fechorías con la capa del olvido» [71, pág. 409]. Sin embargo, la justicia como determinante social podría incluso conceptualizarse en los términos unidireccionales y monotéticos del bien y el mal. El concepto relacional de la preocupación llena de sensibilidad por la justicia de las obligaciones no debería confundirse con nociones abstractas sobre la distribución del poder económico basada en una presunta igualdad.

El hecho de que el individuo deba saldar cuentas de justicia e injusticia no adquiridas, aunque acumuladas, necesariamente parte del supuesto de una cuantificación implícita de interacciones sobre la base de la equidad (un libro mayor invisible, una contabilización de méritos trasgeneracional). El mérito connota una propiedad ponderada de manera subjetiva y que no puede cuantificarse en forma objetiva como los beneficios materiales. El Webster's Third International Dictionary define el mérito como «crédito espiritual o excedente moral acumulado, supuestamente ganado mediante la conducta o actos rectos, y que asegura futuros beneficios» [89]. Toda relación caracterizada por la lealtad se basa en el mérito, ganado o no, y la justicia atañe a la distribución del mérito en todo un sistema de relaciones.

Ecuanimidad y reciprocidad

La importancia crucial de la justicia respecto de la cohesión de las estructuras sociales es algo que los sociólogos reconocen. Gouldner analiza el significado de la «reciprocidad» de las transacciones. La reciprocidad es definida como el carácter mutuo de los beneficios o gratificaciones, y Gouldner manifiesta: «La norma de reciprocidad es un mecanismo concreto y específico implícito en el mantenimiento dé cualquier sistema social estable» [47, pág. 174]. Aunque coincidimos con el enfoque sociológico según el cual una «norma generalizada de reciprocidad» se interioriza en los miembros de los sistemas sociales, como especialistas en terapia familiar deseamos centrarnos en un libro mayor de justicia multipersonal o sistémico, que reside en la trama interpersonal del orden humano o en el «ámbito del entre» (Buber) [26]. El libro mayor abarca todas esas disparidades acumuladas de reciprocidad inherentes a la historia de las interacciones del grupo. Configura la base de la equivalencia de retornos. El peso de las pasadas transacciones de mérito sin compensar modifica la equivalencia del intercambio mutuamente contingente de beneficios en las relaciones interpersonales puestas en marcha. Los padres que no reciben nada afectan el libro mayor y, por consiguiente, el desarrollo de la personalidad de sus hijos, de distinta manera que los padres que no dan nada.

Al examinar el sentido dinámico de la justicia, la obligación, la lealtad y la fibra ética de los grupos, una de las cuestiones más importantes que se deben considerar es la de la explotación. Por lo común, la explotación se relaciona con los conceptos de poder, riqueza y dominación. Se requiere un marco conceptual mucho más amplio e importante para comprender la auténtica dialéctica de la explotación relaciona) en las familias. Proponemos que el concepto de explotación se analice como base del tratamiento cuasi-cuantitativo de la contabilización de méritos. La explotación es un concepto relativo que entraña una cuantificación implícita. Los desplazamientos en las posiciones de poder son medidas poco confiables de explotación: hay modos en que un padre, jefe o líder puede ser explotado por quienes ocupan posiciones inferiores.

El concepto de explotación con frecuencia aflora en forma implícita en el curso de discusiones espontáneas entre los miembros de la familia. Los padres tienden a comparar la «cantidad» de solicitud y afecto que -se supone- deberán dar a sus hijos, con los que -presuntamente- han recibido de sus padres. En apariencia, están buscando un equilibrio intrínseco. Los adultos pueden ser capaces de articular en forma retrospectiva el modo en que se les «robó» su infancia al tener que actuar de jueces de sus padres, trabados en interminables discusiones. Las relaciones sexuales suelen ser interpretadas como un acto egoísta y expoliador por esposas que se quejan de no obtener suficiente satisfacción o por maridos que se sienten manipulados por la concesión de favores sexuales. Tradicionalmente, el incesto se interpreta como forma de explotación del hijo a manos de uno de los padres. Sin embargo, una visión más detenida de la dinámica familiar subyacente al incesto revela, como mínimo, un sistema interaccional de tres personas, que incluye como componente el fracaso de la relación conyugal de los padres.

Importa, en particular, comprender las implicaciones del rol del hijo como explotador potencial no deliberado de uno de los progenitores, ya que el niño «merece» recibir algo a cambio de nada. Muchos padres sienten que no se les permite quejarse de su sensación de ser explotados, e inconcientemente encubren sus sentimientos bajo una máscara de sobreprotección, excesiva permisividad, devoción propia de un mártir u otras actitudes defensivas. Aunados a la sensación de ser explotados por su familia de origen, estos sentimientos pueden inclinar la balanza de la motivación hacia el serio ultraje del niño. Por añadidura, si en forma persistente los padres hacen que a los hijos les resulte difícil compensar sus obligaciones, estarán socavando otra dimensión en el sistema de reciprocidad equilibrada en la familia. Un diálogo pleno requiere mutualidad tanto en el acto de dar como en la aceptación de lo dado.

Pueden surgir aspectos importantes de la explotación en relaciones heterosexuales en las que el compromiso asumido no es igual para ambas partes. Por ejemplo, las actitudes tradicionalmente restrictivas y sobreprotectoras hacia la conducta sexual femenina tienden a hacer que la joven rechazada parezca ser ella la explotada, en especial si su romántica infatuación no halló un sentimiento de correspondencia de parte de su amado. Sin embargo, muchas enamoradas que han sido abandonadas sostienen que, a pesar del agudo dolor que acarrea la pérdida, es mejor ser cortejadas y luego recibir calabazas que no haber sido cortejadas nunca por el objeto de su pasión. El equilibrio entre la acción de recibir y la de ser usado es una propiedad intrínseca de toda relación, que sólo puede comprenderse en su nexo con todos los otros balances de justicia.

Explotación personal y explotación estructural

El concepto de reciprocidad como dinámica del sistema relacional puede implicar dos tipos básicos de explotación. En primer lugar, uno de los miembros de la familia puede ser explotado, de manera abierta o sutil, por otro miembro al no dar nada o no tomar nada en forma recíproca. Ese modo de expoliación interpersonal debe distinguirse del segundo tipo, la explotación estructural. Esta última

se origina a partir de características del sistema que victimizan a ambos participantes al mismo tiempo.

El

sentido de la palabra retribución incluye tanto el de recompensa como el de castigo administrado

o

exigido a modo de compensación. Entre dos personas puede desarrollarse una relación de

manera tal que se niegue a ambos cualquier posibilidad de retribución equilibrada, en todos o algunos de sus aspectos. Los sentimientos de venganza no descargados son simplemente uno de los aspectos de ese tipo de desequilibrio relacional fijo. Un padre puede sufrir por su avidez de reconocimiento y gratitud, mientras que el hijo se ve sofocado por un deseo no expreso ni reconocido de demostrar gratitud filial. De manera análoga, un hijo puede estar deseoso de recibir un correctivo, una respuesta airada y punitiva de un padre, la que este es incapaz de brindar o está poco dispuesto a proporcionar. El amor y la venganza sin descarga son consideraciones estratégicas fundamentales de una relación; los problemas relativos a la conveniencia de que los padres se muestren de acuerdo frente a sus hijos, o sobre sus bondades como «equipo» encargado de disciplinar a los hijos, tienen una importancia táctica secundaria.

Debemos destacar cuán importante es, particularmente en la esfera de las relaciones familiares, definir las cuestiones específicas de reciprocidad (en especial, las que trascienden el dominio de lo material). En este caso, el poder es definible en términos diferentes a los que rigen para la sociedad como un todo. Lo que parecen ser relaciones familiares débiles, caóticas o fragmentarias pueden significar el más fuerte de los vínculos para los miembros, debido a su culpa intrínseca y excesiva devoción. Las cuentas de méritos acumulados, tanto de generaciones presentes como pasadas, afectan la línea de base de las cuentas de lo que parece ser un balance de reciprocidad funcional corriente. Gouldner cita formas dispares de reciprocidad introducidas por las diferentes posiciones de poder de los miembros de cualquier grupo social. Por ejemplo, el miembro más poderoso puede mantener una relación asimétrica a pesar de que da al más débil menos de lo que a su vez recibe. Otros mecanismos de compensación para mantener la disparidad en la reciprocidad incluyen actitudes como la de «dar la otra mejilla», noblesse oblige, y la de clemencia [47, pág. 164].

Sabemos que en las familias las obligaciones no saldadas persisten desde el pasado, y que pueden compensar los presentes desequilibrios en materia de gratitud, culpa por obligaciones no cumplidas, ira por la explotación de que se es víctima, etc. El desequilibrio en el balance concerniente a la igualdad de méritos o intercambio de beneficios entre dos o más partes de una relación se registra subjetivamente en la explotación de que uno hace objeto al otro.

Aspectos cuantitativos

Gouldner da a entender de manera implícita que la reciprocidad posee una medida cuantitativa intrínseca, determinada por el grado de equidad en las interacciones. En un extremo se da la equidad plena de los beneficios intercambiados y, en el otro, la situación en que una de las partes no da nada a cambio de los beneficios recibidos. Entre ambos casos limítrofes hay toda una serie de formas de explotación aparentes o reales.

La manera de definir la equivalencia de los beneficios mutuamente intercambiados plantea un problema clave en las relaciones padre-hijo. El bebé más pequeño es el que más cuidados y solicitud requiere de la madre; sin embargo, como una paradoja la mayoría de las mujeres experimentan un mayor sentido de gratificación cuidando a bebés que a niños de más edad. Cabe preguntarse, entonces, de qué manera puede el bebé dar algo al adulto, y cómo podemos medir el grado de equivalencia en el mutuo toma y daca de sus relaciones cotidianas. En el lenguaje de la sociología, podemos hablar de reciprocidad heteromórfica («ojo por diente») y homeomórfica («ojo por ojo, diente por diente») [47, pág. 172]*. Tal como sugiere Gouldner, la reciprocidad homeomórfica debe de haber sido importante en las sociedades primitivas, como medida de castigo

y reparación por los delitos cometidos, según la ley del Talión. Y el autor puntualiza: «También cabe esperar mecanismos que induzcan a la gente a mantener su endeudamiento social el uno con el otro, que inhiben su completa compensación». Al respecto, cita la frase de un Séneca indio como ilustración: «Una persona que quiere devolver un regalo con demasiada rapidez, dando otro regalo a cambio, es un deudor poco voluntarioso y una persona desagradecida» [47, pág. 175]. ¿Cuántas formas de rechazo paterno de la compensación del hijo se ajustan a este modelo?

Niveles de contabilización dentro del sistema

En última instancia, las consideraciones sobre justicia y reciprocidad nos retrotraen al problema de los niveles de profundidad en la indagación. La equivalencia de beneficios intercambiados es más fácil de evaluar cuando los intercambios son superficiales o de índole material. Sin embargo, los estratos de motivación más importantes están conectados con una gama privada e imponderable de interacciones. A fin de poder crecer, tenemos que reconocer y enfrentar los lazos invisibles que se originan a partir del período formativo de crecimiento. Caso contrario, tendemos a vivirlos como pautas repetidas en todas las relaciones futuras. Toda lógica terapéutica basada simplemente en la conducta observable de las familias tropezará por necesidad, con un elemento de escapismo y negación. No obstante, es cierto que la conducta, al menos por un tiempo, puede modificarse sin afectar sus componentes motivacionales. El «contrato» terapéutico intrínseco determinará la medida del cambio en el sistema. Tanto al terapeuta como a las familias se les presentan muchas opciones de introducir el cambio en las dimensiones superficiales de las relaciones familiares, más que en las esenciales.

En inglés, dar «tit for tat» es un modismo para designar la represalia igual o semejante al castigo recibido. [N. del E.]

Consideraciones sistémicas e individuales de la ética social

Con el fin de diferenciar entre los niveles sistémicos multipersonales e individuales de obligaciones en las familias, presuponemos que la justicia como norma moral generalizada es un mecanismo básico, y que como tal trasciende tanto las acciones provocadas por las motivaciones de cualquier individuo específico, como los procesos de interiorización. La trasgresión cometida por el miembro de una familia contra un integrante de otra familia aparentemente es un acto individual, pero puede producir una respuesta sistémica cuando lleva a una vendetta entre las familias. Individualmente, cada miembro de la familia puede interiorizar las implicaciones de reciprocidad de la vendetta, pero el todo es más que la suma total de todas las interiorizaciones. La justicia está compuesta de una síntesis del balance de reciprocidad de todas las actuales interacciones individuales con el libro mayor de las cuentas pasadas y presentes de reciprocidad de toda la familia.

El concepto de libros mayores del balance de justicia epitomiza la diferencia existente entre los modelos teóricos individuales y relacionales, es decir, de dinámica familiar. En tanto que el cambio esté dirigido a la personalidad del individuo mediante el análisis de sus experiencias y desarrollo del carácter, el terapeuta podrá ignorar el cambio en un sistema relacional. Sólo tomando en cuenta las jerarquías de obligaciones en el sistema todo y las motivaciones de todos los individuos, comenzaremos a entender y afectar el contexto total de las personas en una relación.

Las teorías psicodinámicas o motivacionales de base individual son inadecuadas para encarar la realidad ético-social de las consecuencias de una acción humana. La reafirmación, logros o proezas sexuales de una persona, si bien en esencia son pertinentes a las metas de búsqueda de sí mismo del individuo, no comprenden las vicisitudes derivadas del modo en que afectarán las necesidades de otros. Mientras que la teoría freudiana clásica subraya de manera adecuada la importancia de la responsabilidad individual como meta terapéutica válida, el modo en que soslaya la ética propia de

la realidad social exige urgente reconsideración. Por valiosa que sea su contribución para comprender al hombre como sistema cerrado, toda teoría psicodinámica que circunscribe su óptica motivacional al individuo puede, potencialmente, ser destructiva para la sociedad. Una teoría de estas características ya no está a tono con nuestra era, con sus crecientes exigencias éticas, que nos instan a tomar conciencia de las necesidades de los demás, y a darles respuesta.

Podríamos llegar a la conclusión de que la teoría dialéctica de las relaciones se opone a las nociones de psicodinámica individual o existenciales, y que da pleno apoyo a los «puristas del sistema» que pretenden dejar de lado toda consideración de la psicología del individuo, salvo en el contexto de las metas grupales. Empero, nada más lejos de nuestra posición. Nosotros creemos que, mediante la indagación e integración de sus necesidades y obligaciones respectivas, cada individuo adquiere un sentido y una dignidad definidas más adecuadamente, en tanto que brinda al grupo social estabilidad e iniciativa para el cambio. Una teoría dialéctica de las relaciones puede, en forma simultánea, tener sus basamentos en el individuo y en el sistema social.

Lo que necesitamos es una teoría para la integración de los valores interrelacionados de la motivación individual y la ética grupal. La dialéctica de la vida social gira en torno del constante flujo

y reflujo de conflicto y resolución del toma y daca, lealtad y deslealtad, amor y odio, etc. Los

sistemas sociales como niveles más elevados de organización tienen sus propios requisitos de supervivencia y estabilidad, que dependen de la resolución de necesidades de todos los miembros que los integran.

¿Cómo puede aplicarse la teoría de la justicia a la labor del especialista en terapia familiar? Al calibrar este las actitudes más cargadas de emoción de los miembros de la familia, debe estar capacitado para reconocer las cuestiones de ética con sus implicaciones de justicia subyacentes. En su mente debe confeccionar un libro mayor de justicia, a la vez que va haciéndose una idea del árbol familiar con todos sus -miembros. ¿De qué manera fue injuriado el mismo miembro que se mostraba abiertamente ofensivo? ¿Por quién? ¿De qué modo evitar toda una cruzada contra el aparente infractor? ¿Qué factores determinan la actitud del infractor hacia la víctima aparente? ¿Cómo entran dentro del todo los demás miembros?

En nuestra búsqueda de las dimensiones dinámicas de la trama moral de cualquier grupo social, el valor no connota -para nosotros- una norma definible de manera objetiva o un canon de conducta convalidado por el consenso general. Los valores de cada individuo sólo pueden determinarse desde la perspectiva del mundo subjetivo en el que vive. Para nosotros, la justicia representa un principio de equidad personal en el mutuo toma y daca, que orienta al miembro individual de un grupo social para enfrentar las consecuencias finales de su relación con los demás. La suma total de las evaluaciones subjetivas de la propiedad de la experiencia relacional de cada miembro conforma

el clima de confianza que caracteriza a un grupo social. A la postre dicho clima es más significativo

para determinar la cualidad de las relaciones dentro del grupo que cualquier serie especifica de interacciones.

Las consecuencias éticas últimas de una acción humana pueden permanecer invisibles durante largo tiempo. Determinados individuos pueden estar conformados de manera tal que nunca enfrentan, ni siquiera reconocen, la culpa por el hecho de pasar por alto la injusticia infligida a los demás, salvo en lo que atañe a las penalidades impuestas a sus hijos y nietos. Sin embargo, la elaboración sistemática de las conexiones causales de las relaciones familiares en el interior y a lo largo de las generaciones plantea una cuestión: la referente al sentido de la justicia compensatoria como principio clave de la dinámica familiar.

El hecho de evitar de manera cínica toda preocupación por la necesidad de justicia de cada individuo en nombre de una postura científicamente «carente de valor» es tan destructiva como una definición autoritaria y rígida del orden y la aplicación de un punto de vista dogmático. El cinismo propio de la corrupción, por un lado, y la tiranía, por el otro, son síntomas alternativos de decadencia social, surgidos ambos de un extendido temor y del hecho de abstenerse de enfrentar la preocupación natural de todo ser humano por el balance del bien y el mal. Creemos, por ejemplo, que el camino más corto para la corrección y prevención de los prejuicios se daría mediante la investigación de los juicios éticos subjetivos de toda persona afectada y el enfrentamiento selectivo y valiente de los problemas básicos, más que mediante la negación, la evitación y las tibias avenencias.

La figura de la pág. 58 indica los componentes semánticos de la estructura de méritos y las dimensiones cuantitativas normativas de la justicia del mundo de los hombres en un sistema de relaciones multipersonales. En el extremo superior de cada columna, el lector encontrará condiciones saturadas de mérito y justificación, mientras que en el extremo inferior se dan las condiciones menos meritorias y predominan las obligaciones mayores.

La primera columna describe el balance de obligaciones, que va desde la dimensión moral (el derecho frente al deber), pasando por una contabilización cuantitativa, hasta llegar a las dimensiones conceptuales ético-religiosas (maldición frente a bendición). En la segunda columna, la contabilización de méritos refleja el grado de consideración que se brinda a un miembro cualquiera de un sistema de relaciones, o que es acumulado por él. Verticalmente, en torno de la posición media neutral se polarizan, como puntos extremos, los méritos positivo y negativo.

La tercera y la cuarta columnas describen dimensiones básicamente psicológicas. La identidad personal del miembro tenido en alta estima se caracteriza por la bondad, la rectitud y el orgullo, a semejanza de un acreedor prendario, que tiene más derecho a la demanda que al pago. En el extremo opuesto de la escala de méritos aparece la posición propia de la persona con una identidad mala, indigna o vergonzosa, cuyo caso es análogo al del individuo gravado con una prenda, que no tiene derecho a la demanda sino que es él mismo deudor. Las actitudes emocionales se agrupan en torno de la situación del miembro en lo que atañe a su conciencia moral. Un bajo estado de méritos corresponde a sentimientos de culpa, en tanto que su contrapartida caracteriza a la persona colérica e indignada. La conciencia culposa y el endeudamiento coinciden con el miedo a la revancha o la deuda de gratitud forzada, mientras que la conciencia tranquila es coherente con la libertad de acción e incluso con una actitud reivindicatoria, y la certidumbre de que los reclamos formulados son merecidos.

La relación inversa entre la alta estima o mérito y el poder o la posesión se ilustra de manera más cabal en la quinta columna con la distribución de ejemplos de rol. El bebé o el sujeto siempre pisoteado, aunque se halle en una posición vulnerable, en general despierta la simpatía de los demás y logra su apoyo. Solemos demostrar preocupación por los derechos del perdidoso, mientras que por lo común vigilamos que los patrones, los ganadores o los padres cumplan las obligaciones contraídas para con sus inferiores.

La dirección descendente de las dimensiones indica la progresiva acumulación de culpas, en tanto que la dirección ascendente lleva a un «pago» progresivo. Si en el curso de varias generaciones sucesivas los padres han actuado hacia sus hijos movidos por la sospecha de que estos «escapan a todo castigo por los crímenes cometidos», el resultado será la progresiva acumulación intergeneracional de culpas. Si actuaron basados en la premisa de que los hijos no pidieron nacer y que requieren cuidados y orientación, su «inversión» de fe y confianza llevará al «pago»

intergeneracional de obligaciones cargadas de culpa. El diagrama ilustra el principio según el cual en el campo de la dinámica relacional el poder se da en relación inversa al mérito.

El grado de «condignidad» (medida apropiada de la recompensa y el castigo) de toda interacción humana se afirma en la evaluación subjetiva, mutuamente entrelazada, de dos o más personas respecto del libro mayor de méritos. En un nivel psicológico individual, el concepto de Franz Alexander sobre el «soborno del superyó» [3, págs. 62-63j representa una negociación intrapersonal acerca de lo que constituye una retribución superyoica condigna desde adentro. La ética protestante puritana pretendía contrarrestar las culpas acarreadas por la gratificación adquisitiva con la autoprivación en la esfera del hedonismo cotidiano.

Nuestro concepto de las dimensiones de mérito o condignidad se asemejan en su forma, pero difieren en esencia del quid

Figura 1. Componentes semánticos de la estructura de méritos. Dimensiones cuantitativas de la justicia en el mundo humano.

 

Balance de

Contabilidad

Identidad

Actitud

Ejemplo de rol

obligaciones

de méritos

personal

emocional

Derecho

Positivo

Bueno

Ira

Bebé

Crédito, haber Tenido en alta estima Recto Actitud reivindicatoria Ser pisoteado

Crédito, haber

Tenido en alta estima

Recto

Actitud

reivindicatoria

Ser pisoteado

Obligado a

Mérito

Orgulloso

Planteamiento

Víctima

de exigencias

Exoneración

Acreedor

Mártir

Prendario

Neutral

Bendición

Demandante

Conciencia

tranquila

---------------

         

Conciencia

Exigido de

culposa

Maldición Infame Endeudado Gratitud Beneficiario

Maldición

Infame

Endeudado

Gratitud

Beneficiario

(forzada)

Endeudamiento

Negativo

Gravado por

Miedo a las represalias

Patrón, ganador

 

una prenda

Obligación

Avergonzado

 

Progenitor

Débito

Indigno

Sentimiento

(a pesar de dar)

de culpa

Deber

Malo

Normas duales en la lealtad del endogrupo

La definición de cualquier unidad social (familia, nación, religión o raza) es inseparable de toda definición intrínsecamente preferencial y prejuiciosa del endogrupo como superior al exogrupo. Aun en los casos en que la definición es lo bastante sutil como para no postular la superioridad del endogrupo, se establece una norma ética de manera tal que el miembro tiene una mayor deuda de lealtad para con el endogrupo, y es comparativamente menos pasible de ser condenado por despreciar o explotar al exogrupo.

La familia tipo cría a sus hijos de modo de capacitarlos para absorber las injusticias del mundo en lo que parece ser el «espíritu adecuado», pero también para «salirse con la suya» en la medida de lo posible, mientras sus actos sirvan para promover sus propios beneficios o los de la familia. Tradicionalmente, se espera de los hombres que sean leales a su esposa e hijo, mientras libran una lucha de perros contra todo competidor de afuera. La familia enseña al hijo a adoptar una medida dual de justicia. De manera invariable, aunque por lo general de modo invisible, se verá imbuido por un sentido de obligación cargado de culpas hacia sus padres, en tanto que puede enseñársele a sentirse menos responsable en relación con sus pares. Esta actitud paterna puede ser en parte responsable por el tipo de rebeldía adolescente, que invierte la situación de lealtad y por un tiempo hace ver que, en apariencia, la lealtad hacia el grupo de pares puede sustituir en forma total la lealtad hacia la familia de origen. Mientras que las raíces de la obligación de un hijo para con la familia que lo crió quizá no siempre sean fáciles de rastrear, no cabe duda de que existe un marco de obligaciones subyacentes que mantienen la unidad de la familia.

pro quo interaccional de Lederer y Jackson [60, pág. 182]. No es nuestro propósito estudiar simplemente las pautas de accióninteracción. En vez de restringir el «ojo por diente» (p. ej., en una situación conyugal) dentro de los márgenes de la conducta, incluimos en la equivalencia de méritos todas las interacciones pasadas, presentes y futuras. Las quejas de una esposa regañona o los intentos de un marido por obligarla a cambiar están dinámicamente conectados con esfuerzos de retribución pasados e inconclusos, que los cónyuges arrastran desde sus fa-nilias de origen. Por ejemplo, una cuenta emocional no saldada de la esposa con su padre muerto puede subsistir en su actitud hacia el marido.

La justicia del universo humano y la «foja rotativa»

El concepto de Buber sobre la justicia del orden humano entraña la posibilidad de una cuantificación conceptual de la explotación, teniendo en cuenta que aquel cuyas acciones infringen la culpa existencial hacia el otro «injuria un orden del universo humano cuyas bases conoce y reconoce como las propias de su existencia y de toda la existencia humana común» [25, pág. 117]. De esta manera, según Buber, los criterios de violación del universo humano residen en aquello hacia lo que el individuo se siente comprometido, como bases íntimamente reconocidas de toda existencia humana común, incluyendo la suya propia. Con el fin de objetivar estos criterios, debemos definir, e idealmente cuantificar, el toma y daca de las relaciones humanas. No es necesario buscar una mensurabilidad «objetiva» desde el punto de vista de la observación externa, sino más bien desde el de la convalidación intersubjetiva consensual. La síntesis de la gratificación comparativa de cada miembro como función de sus necesidades y expectativas respecto de las obligaciones del otro, y el hecho de «dar» a su vez, determinará la dialéctica de la justicia del universo humano.

No es de ahora que se subraya la cuestión de la justicia como motivación. Dickens observaba ya:

«En el pequeño mundo en que los niños desarrollan su existencia, sea quien fuere el que los cría, no hay nada tan sutilmente percibido y sentido como una injusticia» [30, pág. 59]. Piaget manifestó: «La reciprocidad ocupa un sitial tan alto a ojos del niño que habrá de aplicarla aun cuando para nosotros

parezca bordear la más grosera venganza» [70, pág. 216]. Un extracto tomado de una sesión de terapia familiar permite adentrarnos aún más en el tema:

Oímos a una mujer decirle a su marido: «Te has aprovechado de mí toda mi vida

casada». El lapsus es significativo: La sensación de injusticia padecida por esa mujer se ha vuelto

abrumadora y, a su vez, injustamente acusatoria. En el curso de la terapia familiar nos enteramos también de que su madre siempre la consideró una desagradecida, y la hacía sentir culpable por cualquier cosa que hubiera hecho. Como, en coincidencia con el terapeuta, la cuestión no puede negociarse entre la madre y ella, probablemente ha buscado saldar «cuentas» a través del marido. Parece actuar como si el marido fuera responsable por la relación que ella tuvo toda la vida con su madre. El marido manifiesta: «Cuando comienzo a señalarle que es desprolija, que descuida las tareas domésticas, etc., replica que yo tampoco tengo limpia la foja».'

toda mi vida de

Este fenómeno puede designarse como la «foja rotativa», ya que la cuenta sin resolver que permanece abierta entre una persona y el «malhechor» originario puede rotar, interponiéndose entre él y cualquier otro. Puede usarse a un tercero inocente (tomado como víctima propiciatoria) para saldar la cuenta. Así, observamos que la justicia es un libro mayor históricamente gestado, que registra el balance de mutualidad en el toma y daca. Debe considerárselo como un principio dinámico que explica la aparente irracionalidad de las proyecciones y los prejuicios. De acuerdo con su propia fórmula de contabilidad existencial, toda persona está programada para buscar un justo equilibrio del toma y daca entre sí misma y el mundo. En sus orígenes su universo humano incluía su relación pasada con los padres, pero ha logrado implicar otras relaciones emocionalmente significativas. La extensión del desequilibrio que percibe en el balance de justicia determina el grado en que habrá de explotar todas las relaciones posteriores.

Un padre que durante su infancia sufrió penosas privaciones encaró a una hija suya medianamente rebelde, al ser esta dada de alta del hospital donde había sido tratada por esquizofrenia: «¡Primero debes arrepentirte, y luego hacer buenas acciones». Al igual que otros miembros «sintomáticos» de tantas familias, la jovencita era considerada «loca» y «mala» a la vez.

Una esposa, tras haber aceptado en apariencia la «foja rotativa» en su matrimonio, descubre sus

propios sentimientos por las injusticias padecidas, y lo expresa en esta dramática confesión: "Señora

que había estado rondando por mi mente desde que me

casé. Usted siempre pensó que mi infancia había sido maravillosa, porque tuve a mis padres (que en realidad me faltaron desde mis 13 años), mientras que él no: su vida fue muy dura. De manera que ahora que estamos casados, se supone que yo debo darle todo a él, que nunca tuvo nada; se supone que debo volcarme entera en él. Y lo hago: procuro hacerlo feliz. Trato de brindarle mucho

S.: Usted dijo algo muy, muy importante

afecto, de mostrarle que me preocupo por él. Pero, en todo esto, ¿dónde entra mi propia sed? i Yo también estoy sedienta 1 [13, pág. 121].

La proyección retributiva sobre todas las personas que guardan similitud con los padres puede ser un importante componente de la hostilidad existente entre la juventud y la generación más antigua en toda cultura. El problema no es tanto el de la brecha de información o comprensión, como el del reclamo de la justicia anhelada. En las culturas más viejas esta tensión podría enfocarse mediante prácticas que subrayan el respeto incondicional hacia los mayores, y encauzando las manifestaciones de venganza a través de guerras, o bien canalizando las migraciones en pos de nuevas fronteras geográficas. La energía de esos conflictos también puede expresarse en prejuicios que crecen al punto de sojuzgar formalmente a los demás, tal como lo demuestran de manera cabal todas las dictaduras en el curso de la historia.

A medida que la industrialización, el apiñamiento y la sofisticación de. la sociedad moderna anulan

algunas de estas vías de escape, la energía de la juventud puede volcarse contra el «sistema» social, que es castigado in loco parentis. Por ejemplo, la tendencia al vandalismo parece estar aumentando tanto en los sistemas democráticos como en los regímenes políticos opresivos.

' «To have a clean slate» (literalmente, '«tener limpia la pizarra») significa «hacer borrón y cuenta nueva», empezar de cero olvidando el pasado. [N. del E.1 87

Los libros mayores de justicia y la teoría psicológica

La foja rotativa establece una cadena de retribuciones desplazadas en las familias y se convierte en fuente de realimentación cíclica repetitiva; es una fuerza dinámica del sistema, con títulos propios para ser tenida en cuenta. ¿Es real o imaginaria la causa de las acusaciones llenas de resentimiento? O, más bien, ¿qué criterios hacen que se la considere o no pertinente? Freud se interesaba por la «desfiguración» sólo en la medida en que era inyectada en otra relación a través de la «proyección» o de la trasferencia negativa, o sea, mediante una función patológica del individuo mismo. Esto derivaba de la falta de interés de Freud por la reciprocidad de la justicia relacional, a menos que estuviese interiorizada en un individuo. Su concepto del superyó representaba una instancia interiorizada para mantener una contabilización de méritos históricamente superada entre el individuo y su ambiente formativo.

Ricoeur, en su ensayo clásico sobre Freud, hace un comentario sobre los diferentes aspectos de la culpa: «El temor de ser injusto, el remordimiento por haberse mostrado injusto, ya no son temores "tabú"; el daño causado a la relación interpersonal, las injurias hechas a la persona de otro, tratadas no como un fin sino como un medio, significan más que el sentimiento de amenaza de castración. De esta manera, la conciencia de la injusticia marca la creación de significado por comparación con

el temor a la venganza, a ser castigado» [74, pág. 546].

Así, la justicia trasciende la psicología del individuo y de quienes coparticipán en relaciones con él. Consideramos a la justicia como un principio homeostático multipersonal, siendo la reciprocidad equitativa su meta ideal. Sin embargo, el péndulo oscila de modo permanente entre múltiples iniquidades. El individuo puede verse «atrapado» en medio de una culpa existencial a causa de las acciones de otros, de la misma manera que uno hereda un sitio en la red multigeneracional de obligaciones y es responsable de toda una cadena de obligaciones pasadas, tradiciones, etc. Tal vez la persona no tenga conciencia inmediata de los movimientos quid pro quo de largo alcance, sino sólo de las obligaciones y compensaciones a corto plazo. Cuanto menos conciencia tenga de las obligaciones invisibles acumuladas en el pasado, por ejemplo por sus padres, más a merced estará de esas fuerzas invisibles. En las familias, la unidad sistémica de contabilización tiende a abarcar generaciones enteras. Según las Escrituras, se necesitan siete generaciones para expiar un pecado grave de un antepasado.

El especialista en terapia familiar debe aprender a reconstruir un balance trigeneracional mínimo de

cuentas de justicia.

Los abuelos pueden culpar a los nietos por su solidaridad hacia sus padres, ya que consideran que estos últimos han sido desleales hacia ellos y su familia (p. ej., en cuestiones de tradición religiosa o de otro tipo). Entonces, el hijo puede adoptar de manera inconciente una estrategia destinada a exonerar a los padres, o a perpetuar la carga de culpa a lo largo de la siguiente generación. Podrían suministrarse ejemplos adicionales acerca de hijas criadas por familiares «respetables» debido a la «vida vergonzosa» que llevaba la madre, y que deciden buscar a esa madre y unirse a ella; de hijos que sufren por tener que ocultar las sospechas de que su madre fue asesinada a manos de la

amante del padre, etc. En última instancia, el mayor alivio que esos hijos pueden encontrar reside en la reivindicación de sus padres a sus propios ojos, al comprender la injusticia de las circunstancias que llevaron a los progenitores a cometer esos actos condenables.

En la medida en que los grupos mantienen su unidad en virtud de los valores, cabe señalar que el valor de cohesión supremo es la justicia. Si la necesidad de un balance equitativo de beneficios es una importante fuerza reguladora y motivacional de cualquier grupo social, nuestra misión será comprender cuáles son las disposiciones sociales que permiten supervisar la justicia. Por ejemplo, qué mecanismos sociales evalúan y regulan cuestiones tales como: ¿Qué deber tiene cada hombre para con su familia? ¿Qué es lo que merece el hijo? ¿De qué manera consideran padre e hijo la ecuanimidad de su quid pro quo? ¿En qué medida debe gratitud cada hijo a sus padres?

Aplicando el concepto de justicia podemos definir un sistema social a partir de un nivel motivacional más importante que utilizando un marco interaccional. El orden humano es un concepto basado en un sentido de justicia o equidad subjetivo y normativo. Debe contrastárselo con definiciones funcionales y descriptivas como: «Un sistema social es un sistema de acciones de los individuos, cuyas principales unidades son roles y constelaciones de roles» [67, pág. 1971. Como es obvio, el hecho de que yo haya traicionado a mi amigo o su confianza es un aspecto estructural de la relación, ubicado en un plano diferente al de las definiciones de rol.

Christian Bay cita la lista de Aberle sobre los prerrequisitos funcionales de una sociedad: «Provisión de una adecuada relación con el ambiente y búsqueda sexual; diferenciación y asignación de roles; comunicación; orientaciones cognoscitivas compartidas; serie articulada y compartida de metas; regulación normativa de los medios; regulación de las expresiones afectivas; socialización, y control eficaz de las formas perturbadoras de conducta» [5, pág. 267]. Consideramos que un clima generalizado de confianza y la justicia del orden humano es, como característica estructural de la sociedad, más importante que la regulación institucionalizada de ciertas funciones específicas.

Holmberg describe a los sirionos, del oriente de Bolivia, como un cojunto de hordas «sumamente primitivas, seminómades» cuyas energías se consumen en la búsqueda de alimentos, y que por consiguiente no manifiestan ninguna solidaridad social entre sí, más allá de los límites de la familia inmediata. Tras hacer una afirmación tan extraordinariamente simplista, el autor revela no obstante la estructura social interna de esa sociedad primitiva: «En términos generales, parecería que el mantenimiento de la ley y el orden reside de manera fundamental en el principio de reciprocidad básica (no importa cómo se ponga en vigencia), el miedo a la revancha y el castigo divinos y el deseo de aprobación pública» [55, págs. 60-61].

En nuestra opinión, los sistemas técnicos o institucionalizados de justicia social en las civilizaciones llamadas avanzadas pueden haber perdido sus basamentos de reafirmación en la reciprocidad y la equidad. En nuestros seudo sofisticados esfuerzos por evitar toda parcialidad en relación con los valores, tendemos a negar e ignorar los grandes problemas que conforman la supraestructura ética de la sociedad contemporánea.

De la ley del Talión a la justicia divina

Una reseña breve, y por cierto incompleta, del lugar que ha ocupado la justicia reparatoria en la historia de la humanidad puede contribuir a que ubiquemos la justicia familiar en el contexto de su dinámica social universal. Sin duda, la reparación cruel de los delitos debe de haber sido el procedimiento judicial en las sociedades antiguas. A medida que las civilizaciones se desarrollaron, la administración de la justicia reparatoria se volvió más racional, aunque no necesariamente más equitativa y coherente. La ilusión que alienta el hombre moderno de poder remplazar -más que

mitigar- la justicia reparatoria por medios humanitarios tal vez sea una de las más grandes hipocresías, así como una amenaza para la índole dinámica de la sociedad misma.

Ya en los comienzos de la lucha que entabló el hombre para instaurar un orden social sensato apareció la denominada ley del Talión, que regía la justicia reparatoria. Su evolución debe de haber estado asociada a la de la religión y la justicia divina. Según Kelsen: «Sólo una religión con una deidad supuestamente justa puede desempeñar un papel en la vida social» [57, pág. 25]. Con el desarrollo de una religión superior en cualquier tribu, la regla simple del «ojo por ojo y diente por diente» dio lugar a un sistema de contabilización de méritos mucho más complejo. Se creía que la justicia divina como ley invisible del universo se extendía a la vida más allá de la muerte. El hecho de cobrarse venganza inmediata sobre el infractor ya no era una cuestión tan urgente para el hombre religioso y devoto. La ley taliónica de reparación absoluta, al quedar en manos de la deidad, atenuaba la necesidad de un inmediato ajuste de cuentas por parte del hombre.

Kelsen expresa que en la mitología y filosofía griegas antiguas la lógica de la causalidad aparecía en forma simultánea con el enfoque jurídico adoptado por el hombre respecto de la sociedad y el mundo. Por lo tanto, los orígenes de la búsqueda de una ley causal de los hechos naturales pueden rastrearse en el principio de que el hombre debe devolver bien por bien y mal por mal. Kelsen cita a Anaximandro, el filósofo presocrático, quien dijo: «En aquello de lo que surgen van a morir también las cosas. Ya que obran una reparación y se brindan satisfacción entre sí por su injusticia, de acuerdo con el orden temporal» [58, pág. 301]. De esta manera, la más temprana declaración de causalidad coincide con una declaración sobre la justicia reparatoria: el mal es la causa, y el castigo su efecto. Kelsen agrega que la palabra griega para necesidad causal puede deducirse etimológicamente de los significados de mérito y adjudicación merecida.

La imagen antropomórfica del mundo propia de la mitología griega pintaba al sol como un astro que seguía su camino bajo la vigilancia de las diosas de la venganza, quienes estaban prontas a castigarlo siempre que él deseaba desviarse de su ruta establecida en los cielos. En todo el universo nadie parecía estar libre del principio del Talión. La palabra talio viene del vocablo latino taus, que significa «tal», lo cual implica que el castigo será tal como el delito lo exija. Con la mayor complejidad de la ley romana, el simplista «ojo por ojo» se convirtió en el suum cuique: a cada uno su merecido.

Un corolario grandioso de este principio fue la concepción del mandato desmesurado del Imperio Romano como guardián de la justicia entre las naciones; «Parcere subiectis et debellare superbos» («Apiadarse de los sometidos, reducir a los soberbios») [Virgiliol. El tradicional miramiento de la Roma antigua por que se aplicase la ley y se hiciera justicia con todos los ciudadanos se trasformó en una pantalla tras la cual se gestaron estrategias imperialistas explotadoras para dominar el mundo.

La idea de un grado de castigo o recompensa cuantitativamente adecuados (condignos) es esencial para el desarrollo del concepto de justicia en cualquier grupo. Desde tiempos prehistóricos, las trasgresiones se pagaban por medio del rescate, y la cantidad se fijaba de manera tal de adecuarse a la gravedad de la ofensa. La ética y la justicia convergen hacia el principio de la equidad recíproca. La conducta ética exige que no haya trasgresiones de parte de uno y la equidad requiere que los demás tampoco se salgan con la suya obteniendo una gratificación unilateral. Cualquier trasgresión duradera del principio de la equidad lleva consigo una connotación de explotación explícita o implícita de determinados miembros de un grupo social.

Por lo común, la ética se define en función del individuo y sus obligaciones, su relación con lo que es bueno o malo. En lo que respecta a la restricción del placer y al deber moral, el individuo se remite a su conciencia o a Dios. Si sus trasgresiones no violan los derechos e intereses de ninguna otra

persona, entonces él no está contribuyendo de manera directa a llenar el libro mayor de la justicia reparatoria. La orientación egoísta hacia el placer que no dañe a ninguna otra persona sólo violaría el código abstracto de igualdad de distribución de la felicidad entre todos los seres humanos (del concepto carente de significado relacional).

Por contraposición con la justicia distributiva, la justicia reparatoria en la interacción personal es de primordial importancia para la teoría de las relaciones. Las virtudes y los vicios intercambiados entre personas vinculadas en forma estrecha crean el sentido más profundo e intenso de su existencia. La justicia reparatoria implica por lo menos dos personas que interactúan, entre quienes las recompensas y los castigos merecidos pueden asignarse de modo justo o injusto. La ética regula los principios de funcionamiento de un individuo, la justicia los de todo el grupo social.

Como contexto dinámico de los grupos sociales, la justicia brinda un marco aun más amplio y básico que la ética, en especial si esta última se define de modo fundamental en función del control que ejerce el individuo sobre sus impulsos. Según Freud, «la conciencia moral es la percepción interior de que desestimamos un deseo existente en nosotros» [43, pág. 68]. Sin embargo, hemos visto que la justicia corresponde a las acciones cometidas dentro del orden del universo humano. La hija «embarazada ilegítimamente» que entregó a su bebé en adopción sin verle siquiera el rostro no cargaba de manera primordial con la culpa por su «deseo» de destruir al hijo. En la realidad relacional, su trasgresión residía en haber eludido en los hechos la responsabilidad de madre y no de ocuparse de su hijo. Aun cuando su acto podría haber sido condenado por sus padres, la joven debe darse cuenta de que cometió el delito capital de rehusar la responsabilidad existencial que se le debe a otra vida humana desamparada y dependiente.

Parecería que, con el desarrollo de las grandes religiones y la creencia en deidades justas, la expresión de la necesidad que tiene el hombre de alcanzar un sentido de justicia final obtuvo una formulación más estricta, a medida que la fe en un Dios omnipotente y justo contribuyó a postergar el castigo. Las cuentas invisibles de Dios se consideran como ineludibles. «La venganza es mía» es la declaración atribuida al dios justo. En última instancia, Él saldará todas las cuentas diferidas tanto en el cielo como en el infierno. La contabilización divina de méritos se describe en incontables metáforas a lo largo de los escritos de todas las principales religiones: «el que cumple un precepto se ha conseguido un defensor, y el que comete una trasgresión se ha conseguido un acusador», dice el Pirque Abboth [52, pág. 562]. Dios se ha convertido en símbolo de una contabilización invisible de justicia, y también está vinculado como parte injuriada en toda trasgresión que tenga lugar entre dos personas cualesquiera.

El cristianismo instauró nuevos conceptos de retribución, reparación y satisfacción esperada del trasgresor. El concepto del Salvador que murió para expiar los pecados de todos los hombres se convirtió en un importante factor de equilibrio. Se subrayaron las actitudes de amor y perdón. Los procedimientos religiosos (arrepentimiento, confesión, satisfacción, indulgencia) fueron remplazando de manera gradual a la justicia impartida de persona a persona. Alrededor del siglo X, la confesión pública por los pecados secretos llegó a ser algo casi inexistente. Por ese entonces, la penitencia privada se convirtió en el camino universal para saldar las cuentas del pecador con Dios y por ende, al menos en el caso de los pecados secretos, también con la víctima. Esta no tenía que obtener reparación, a menos que fuese parte de la penitencia confesional.

No obstante, es un hecho histórico que la función mitigadora de la creencia en la justicia divina no logró eliminar de buenas a primeras la tendencia hacia la acción reparatoria tangible para extirpar el mal. Eran comunes las formas de reparación crueles en extremo, como por ejemplo lo demuestran los juicios por brujería autorizados por el clero. Por otra parte, la evolución histórica de los procedimientos judiciales también contribuyó a separar a la religión del papel de guardián que había

asumido, exigiendo del culpable una reparación real para con la víctima. El procedimiento penal secular ha asumido una parte considerable de la justicia reparatoria.

Sin duda, la ley de reparación estricta y absoluta resulta desagradable y terrorífica para el hombre

occidental contemporáneo. A lo largo de la historia se han cometido injusticias debidas con más frecuencia a la falsa justificación de un poder absoluto y el reinado del terror que mediante el relajamiento de la reparación. No obstante, el principio de justicia puede verse afectado a raíz de un

ingenuo liberalismo permisivo, empleado como sustituto de un cabal examen de los problemas de justicia y equidad. La justicia divina implícita comenzó a desaparecer como basamento tradicional de la sociedad durante la era del Iluminismo; entonces se creó un vacío, que el hombre moderno no ha podido llenar.

En la medida en que va reduciéndose en la sociedad la estricta reglamentación religiosa de la

conducta, un interrogante se plantea: ¿Qué ocupa el lugar de la fe en la justicia divina? Parece inevitable que la sociedad requiera un serio examen del carácter dinámico de la lealtad y su principio subyacente, la justicia. Las actitudes racionales, posreligiosas y liberales a menudo han enfocado en tono crítico aspectos tomados como «chivo emisario» en la justicia criminal de represalia. Sería insano condenar la violencia autojustificada del populacho, que en casos extremos lleva al linchamiento de víctimas cuyo principal delito es estar del «lado malo» frente a una discriminación prejuiciosa. Incluso el castigo de criminales confesos mediante procedimientos jurídicos legales podría considerarse indeseable, ya que acaso sirva para satisfacer las necesidades sádicas de algunas gentes. Sin embargo, debemos examinar los posibles efectos de una total eliminación de los principios del desagravio y la justicia reparatoria. Mientras que el hecho de no atribuir al individuo una responsabilidad absoluta y brindarle una «segunda oportunidad» significa un progreso muy grande y real en el curso de la historia de la humanidad, el consiguiente diluir cientificista de la cuestión de la justicia podría implicar una regresión. Lo que se requiere es prestar atención constante al perfeccionamiento de los principios y procedimientos judiciales. Los intentos por remplazar los criterios de justicia por otros, científicos, son en sí anticientíficos.

Implicaciones sociales del enfoque dinámico de la justicia

Adoptando un enfoque seudosofisticado, el estudiante contemporáneo de ciencias sociales podrá inclinarse a considerar moralizador el marco de justicia de la teoría motivacional. En la medida en que moralizar equivale a asumir una actitud prejuiciosa, autocongratulatoria de modo ciego en los

juicios, seríamos los primeros en convenir que lo moralizador resulta inapropiado y no productivo en

los esfuerzos científicos y humanísticos. De todos modos, desearíamos destacar que si no se

esclarecen los principios éticos sobre qué constituyen actos justos o injustos en una relación

determinada, no puede elaborarse una adecuada teoría motivacional de la conducta grupal. El siglo

XX ha sido testigo de la relativización del concepto de ley causal absoluta, incluso en las ciencias

naturales (p. ej., Einstein, Heisenberg). El desarrollo de las ciencias sociales hizo que muchos de nuestros valores tradicionales resultaran cuestionables. A la vez, no existen indicios de que la dinámica de nuestra organización social pueda eliminar la justicia reparatoria como uno de sus basamentos. Un importante ejemplo de la dinámica reparatoria desplazada se manifiesta en los prejuicios sociales. La lealtad para con el propio grupo y el rechazo prejuicioso de los de afuera sigue configurando la motivación más profundamente arraigada de las sociedades. Convencidos de la justicia intrínseca de su nación o grupo, los pueblos pueden arriesgar sus vidas en el campo de batalla e inmolarse como forma de protesta contra el exogrupo más poderoso. El conquistador cree que simplemente está reparando las injusticias del pasado. Al hacerlo, no hará más que justificar su propia caída. ¿Quién puede cortar los ciclos giratorios de reparación? Sin embargo, al no contar con un foro para al menos estudiar los criterios de justicia, ¿puede haber alguna esperanza de detener

las cadenas de venganza mutua?

Un ejemplo clásico de la dinámica reparatoria es el que se aplica al problema racial norteamericano. En apariencia, resulta probable que todos los enfoques económicos, políticos y sociológicos sigan siendo en esencia estériles a menos que la sociedad norteamericana, predominantemente blanca y de clase media, esté dispuesta a incluir a los negros, indios y otras minorías raciales en sus intereses pragmáticos de justicia e igualdad. Buena parte de la dinámica política actual pertenece a una demorada búsqueda de equidad que incluye, por ejemplo, el contexto histórico de la esclavitud y otros tipos de explotación más intrínsecos. Lo importante aquí es distinguir entre responsabilidades personales de los individuos y responsabilidad colectiva por una deuda sistémica acumulada de manera multigeneracional. Esta última lleva a que se den libros mayores sociales de obligaciones y deudas incluso más grandes. El ciudadano blanco de hoy negará, y con justeza, cualquier responsabilidad personal por la importación de esclavos del Africa muchas generaciones atrás. Pero, de todas manera, él tiene que compartir la conciencia de una obligación para con la sociedad, en pos de la reparación colectiva de los efectos postreros de la esclavitud, que han seguido hiriendo y obstaculizando la vida de muchos de los descendientes de esclavos.

En forma análoga, podríamos reconocer con facilidad que, a pesar de sus poderosas bases racionales, la Organización de las Naciones Unidas no logra cumplir todas sus metas debido a su incapacidad para sentar una justicia equitativa en sus negociaciones con las grandes y pequeñas potencias. Es evidente que las Naciones Unidas no han conseguido detener la conquista imperialista concretada por medio de brutales medios militares. Por añadidura, la mentalidad en apariencia equitativa de las democracias occidentales industrialmente avanzadas enmascara, en gran medida una actitud desdeñosa y arrogante, adoptada por mera conveniencia, hacia las naciones de inferior desarrollo industrial. Incluso las actitudes pacifistas pueden a veces resultar una forma de condescendiente preocupación por las crueldades de la guerra, más que un interés sincero por compartir la búsqueda de libertad y de justicia social de los pobres que habitan en países extranjeros subdesarrollados.

La máxima misión cultural de nuestra era podría ser la investigación del papel de la justicia relacional (no meramente económica) en la sociedad contemporánea; en nuestra ciencia social la brecha más amplia corresponde a la negación de la significación dinámica de la retribución. Entre otros, Szasz [85] ha puntualizado la tendencia de nuestras cortes de justicia a desentenderse de su función retributiva, relegándola a los expertos en salud mental. Una denegación seudoiluminista de la importancia del principio de equidad y justicia tiende a confundir y socavar la función de los tribunales, tal vez poco dispuestos a poner coto incluso a actos reiterados de injusticia. Nuestra era puede pasar a la historia como aquella que practicó la mayor consideración aparente, aun hacia asesinos fríamente calculadores. La poca disposición de la sociedad a definir los criterios de reciprocidad está enmascarada por nuestra curiosidad «científica» por las motivaciones psicológicas de los criminales. La legítima búsqueda de comprensión de la psicología de los criminales no debe usarse para diluir un problema social aún más importante: la salvaguardia del principio de una sociedad justa.

De manera tradicional, la función de los padres y otros mayores ha sido la de llevar las cuentas del justo orden humano de la familia. Jefes, reyes y emperadores hicieron otro tanto, en forma real o simbólica, en relación con las unidades sociales más grandes. Como se creía que los dioses eran custodios tanto de la ley natural como de la justicia humana final, los reyes se remitían a la deidad como fuente de su autoridad. En las sociedades democráticas contemporáneas se supone que la justicia se mantiene por medio de la ley codificada y los funcionarios electos. Sin embargo, cuanto mayor sea la tendencia real o presunta hacia la injusticia en la sociedad, mayor será el peligro de caos, alienación, desconfianza por las autoridades electas y acción política desesperada. Las escrituras antiguas de toda cultura postulan que las grandes injusticias cometidas por una nación

eran castigadas mediante la justicia divina. Hoy en día, la moderna tecnología ha permitido a un grupo esclavizar o extinguir a otro sin que se requiera ningún esfuerzo de parte del hombre.

¿Qué ha sustituido a la justicia divina en la mente del hombre moderno? ¿Hay interés en los criterios de justicia y, de ser así, en qué lugar se llevan sus libros mayores? La contabilización implícita de méritos representa un principio autorregulador, a menudo ajeno a la ley codificada o incluso a la conciencia de los actores. Los débitos crecientes de injusticia y culpa acumuladas tienden, en última instancia, a eliminar los provechos aparentes obtenidos por explotadores exitosos. Los padres expoliadores pueden gestar hijos también expoliadores y la reacción en cadena de varias generaciones puede producir futuros padres cada vez más frustrados y menos generosos, lo que da como resultado la destrucción del potencial creativo de la vida familiar.

La obligación o el mérito pueden acumularse de un lado de una relación, y balancearse en forma periódica mediante la palabra o la acción real o simbólica. Sin embargo, las actitudes poco generosas o tolerantes de los individuos pueden tornar imposible ese nuevo equilibrio de los balances.

Un joven tiene una interesante decisión que tomar sobre el modo de balancear sus obligaciones frente a los méritos acumulados en su relación con el padre. El hijo era propietario de una compañía bastante grande, producto del dinero invertido por su progenitor y de su propio trabajo duro y pensamiento disciplinado. En el curso de la terapia familiar, se reveló a menudo de qué modo la lealtad en apariencia incondicional de ese hombre hacia su padre preocupaba a su esposa. Esta preguntó: «¿Nuestros hijos nos van a deber tanto a nosotros?»

A esta altura, sin embargo, cuando estaba enfrentando la formalización legal de la relación de

negocios con su padre, el joven tomó conciencia de su ambivalencia. Admitió que consideraba como una solución justa que su padre compartiera con él el 50 % de la empresa. Pero no atinaba a decidir

si obtendría mayores provechos logrando una equidad fáctica y material con su padre mientras

seguía sintiéndose obligado hacia él, o permitiendo que le cortara el apoyo económico y, en consecuencia, liberándose de toda obligación personal hacia un padre probadamente injusto. Las dos opciones representaban de manera evidente dos posibilidades de reequilibrar la equidad reciproca de la relación padre-hijo.

Los rituales son pautas de conducta enfocadas de modo tradicional como obligaciones contractuales entre la gente, y entre Dios y los hombres. Muchos rituales de la antigüedad tenían por fin ajustar cuentas no saldadas mediante el sacrificio y las ofrendas en acción de gracias. Los rituales del matrimonio formalizaban los derechos de quienes entregaban a la novia y de quien la recibía. Las

ceremonias fúnebres y• las lápidas tenían por objeto atenuar el temor a las cuentas sin saldar entre

el muerto y los vivos. Los espíritus que rondaban tenían que ser apaciguados, y se colocaban

objetos valiosos en la tumba. Los deudos debían enfrentar y aceptar su pérdida. La bendición de un hijo también tenía que pagarse por medio de la ofrenda de sacrificios. El ceremonial de las cortes de justicia nos recuerda la importancia ritualista tradicional de su función social por el hecho de legalizar

el acto de recibir o impartir una reparación y recompensa condignas. Incluso un gobernante ateo y

motivado abiertamente por el ansia de poder como Hitler descubrió, aunque en forma incoherente, que le era necesario remitirse a la Providencia divina como custodio tradicional de la suprema

justicia.

La pronunciada tendencia de los jóvenes de hoy a crear nuevos rituales puede estar relacionada con su reacción ante la declinación de los rituales tradicionales, resultado del iluminismo científico. Lo que fuera conceptualizado en términos de «difusión de identidad» o confusión de roles de la juventud moderna también puede interpretarse como búsqueda del modo en que funciona la justicia

reparatoria en la sociedad actual. La identidad es en esencia una propuesta cognoscitiva, en tanto, que la justicia resulta inseparable de un contexto de experimentación y acción. Si desde el punto de vista de un joven el mundo aparece como algo irremediablemente corrupto y falto de interés, él tratará de producir una respuesta basada en valores de la sociedad mediante una acción provocativa y desafiante. Para ciertos jóvenes esto revestirá la forma de actos autodestructivos o «delictivos».

Al diseñar enfoques susceptibles de ayudar a la juventud alienada, tenemos que tomar conciencia de la influencia de las posturas paternas que resultan debilitantes por lo poco receptivas, y expoliadoras por lo poco generosas. La incapacidad para recibir, de parte de los mayores, puede llevar a la alienación hostil y cargada de culpas de la generación más joven. A la inversa, la culpa por la incapacidad para dar a los padres puede, de pronto, activarse en el hijo a la muerte de aquellos. La culpa por actos de compensación no brindados al progenitor puede tener componentes concientes e inconcientes. En la medida en que la muerte de ese progenitor implica la autonomía final, la ya mencionada función «superyoica contraautónoma» ciertamente habrá de desencadenarse sobre el hijo, a despecho de sus deseos de muerte inconcientes dirigidos contra el padre, etc.

La relación del hombre con otros animales y con la naturaleza como un todo se ha basado en el poder y la explotación. El hombre no sólo devora animales y plantas para alimentarse, como hacen otros animales, sino que mediante sus poderes tecnológicos daña el orden del crecimiento equilibrado y la eliminación de desechos. Se han realizado algunos esfuerzos mínimos por volver a entablar cierto equilibrio en la relación del hombre con la naturaleza, de parte de individuos o grupos. Algunas personas se han hecho vegetarianas llevadas por el principio de justicia para con los animales, convertidos en presa demasiado fácil del hombre. En ciertas sociedades se decreta el carácter sagrado e inviolable de los animales. En otras se forman grupos de protección a los animales contra la crueldad de los seres humanos. La ética subyacente a los intereses ecológicos contemporáneos tiende a desvalorizar el poder del hombre para modificar la naturaleza en favor de

la supervivencia de los demás y el mantenimiento de una realimentación equilibrada de todos los

procesos de la vida. Se está construyendo una contratecnología ecológica para restringir los excesos del dominio del hombre sobre la naturaleza, exitosos hasta el punto de la explotación. En un nivel emocional, existe una tendencia a demostrar la gratitud del hombre hacia el reino de la naturaleza, y disminuir las culpas no admitidas por una matanza innecesaria.

Responsabilidad individual y colectiva

A lo largo de este capítulo hemos reiterado que la justicia puede ser considerada como una de las

fuerzas de regulación y uno de los determinantes motivacionales decisivos de las partes vinculadas de cerca en una relación. Aunque trazamos estrictos límites conceptuales entre la psicología individual y el pautamiento interpersonal de la acción, en realidad los dos niveles sistémicos de los

fenómenos humanos están interrelacionados en forma estrecha.

Estos dos niveles pueden representarse como dos clases de contabilización de obligaciones. La psicología se interesa por las reacciones de una persona ante sus pulsiones básicas, su conciencia moral y su «mundo externo». Su contabilización individual de méritos colorea sus experiencias, sentimientos, pensamientos y deseos a medida que van surgiendo en su mente; los retiene en su memoria y los elabora de modo simbólico en sus procesos de pensamiento concientes e inconcientes. El resultado negativo de la contabilización privada que hace el individuo de sus experiencias es la aparición de sentimientos de culpa; el resultado positivo, un sentimiento de confianza. A la inversa, la contabilidad interpersonal de un sistema de relaciones se basa en los actos de los distintos miembros a medida que son elaborados mediante las respuestas individuales mutuas de los otros miembros y las propiedades sistémicas del grupo, puestas en marcha a largo

plazo. Las consecuencias de los actos de una persona dejan su impronta en el sistema social del cual forma parte. Por ejemplo, la culpa existencial surgida de un orden humano profundamente dañado siempre tendrá consecuencias sobre la vida del grupo. En cualquier grupo social, si un número significativo de personas puede «escapar al castigo por asesinato», el clima social general soportará las consecuencias. Una pérdida generalizada de la equidad en la justicia puede poner en peligro la creatividad o incluso la supervivencia del grupo, y las posibilidades que tienen sus miembros de alcanzar una confianza básica disminuirán hasta un punto peligroso.

La psicología académica y psicoanalítica siempre han compartido el punto de vista de que el ambiente humano individual (relacíonal) puede concebirse en esencia como una constante, un locus de expectativas normales medias a las que el individuo puede o no adaptarse de manera satisfactoria. Nuestro punto de vista dialéctico no sólo postula que el individuo está incrustado en un contexto .de méritos fluctuante y dinámicamente balanceado, sino que este último es un componente indispensable para la comprensión de la dinámica y la motivación individual. Por consiguiente, mientras que los sentimientos de culpa del individuo pueden entenderse sin tener en cuenta los sentimientos y reacciones de los otros miembros, no ocurre lo mismo en relación con la culpa existencial que está en su base.

Nuestra herencia cientificista posiluminista fomenta una primacía conceptual del individuo que supera a los demás, basada en la negación del sentido ético de las obligaciones interpersonales. Hemos aprendido a entregarnos al «juego» de elaborar elegantes fórmulas psicológicas, por ejemplo para las trasformaciones simbólicas y los programas de desarrollo que hallan su mérito en la comprensión de la dinámica individual. Sin embargo, a la vez hemos olvidado la cadena de acciones y reacciones que impregnan el sistema social y determinan su balance de justicia. Incluso el significado de la palabra «reacción» se ha desplazado de la esfera de la acción hacia la de la experiencia psicológica o reflexión.

Existe un paralelo histórico aparente entre el proceso de reparación atenuada del delito y la progresiva centralización del enfoque en las dimensiones individuales de la responsabilidad. Las sociedades de la antigüedad, mediante la justicia del Talión, no sólo hacían responsable en forma inmediata al individuo sino que a menudo responsabilizaban también a su familia por las trasgresiones de sus miembros. Son pocos los que osarían cuestionar el valor de los enormes progresos realizados por la humanidad en pos del ideal de responsabilidad judicial individual. Ninguna persona que esté en su sano juicio desearía volver a los días en que la vendetta estaba en vigencia; la horrible posibilidad de reparación colectiva en forma de matanza o esclavitud de toda una raza todavía sigue acechándonos hoy en día. La responsabilidad legal colectiva es la peligrosa puerta que lleva a dar pasos regresivos, ejemplificados por el prejuicio, la elección de víctimas propiciatorias y el genocidio.

Paradójicamente, corresponde al teórico especializado en familias señalar los factores de motivación en la familia que podrían plantear la cuestión de responsabilidad judicial familiar. Es muy posible que, llevado a sus últimas consecuencias, el concepto de responsabilidad individual sea el equivalente invertido de la elección de víctimas propiciatorias. Al no responsabilizar al niño inocente por los pecados del padre o a los padres por las trasgresiones del hijo, podemos estar soslayando fuerzas ocultas pero reales de complicidad que residen en el sistema familiar. La importancia dínámica de los libros mayores de méritos familiares conecta las motivaciones entrelazadas con la responsabilidad ética compartida en forma abierta. En cierto sentido, el progenitor sería legalmente responsable como cómplice de la violencia cuando, incluso en forma inintencíonal, manipula los impulsos inconcíentes del hijo, que este luego convierte en una actuación delictiva. Sin embargo, ¿quién puede abrir la peligrosa puerta del castigo de las motivaciones e intenciones inconcientes? Por añadidura, si los mismos padres han sido víctimas de las motivaciones inconcientes de sus

padres, etc., ¿adónde reside el foco último de responsabilidad? ¿Adónde lleva entonces la responsabilidad legal de los niños pequeños? ¿Cómo puede encuadrar nuestro sistema legal las pruebas implícitas de complicidad manifiesta?

¿Qué medidas legales y judiciales puede sugerir el especialista en terapia familiar como apropíadas para que se tomen en serio las presentes observaciones clínicas sobre la participación inconcientemente sustitutiva de los adultos en la delincuencia juvenil? Un paso importante es que cabe esperar el compromiso compartido por la familia hacia programas terapéuticos o de recuperación, que en los casos que corresponda se vuelvan legalmente justificables. Tomemos como ilustración un caso real de tratamiento de una familia. Se pudo observar que un padre actuaba de manera por demás objetable y hostil hacia su hija, a la que en forma incuestionable convertía en chivo emisario. Podríamos señalar las características sadomasoquistas, dependientes y complejamente defensivas de la lucha intergeneracional. Podríamos registrar los sentimientos heridos de la víctima y la culpa del victimario. Pero el concepto de orden injuriado de la justicia tiene implicaciones sistémicas más amplias y de mayor alcance para la práctica terapéutica. El especialista en terapia familiar aprenderá que ciertas cuentas relacionales pasadas que no pueden saldarse por medio del análisis autoreflexivo, la resolución de la trasferencia y el insight, en realidad pueden resolverse por medio de la iniciativa interpersonal y la acción correctiva, a menudo en un contexto trigeneracional.

Cuando algo va en detrimento de la justicia del orden humano, la psicología de la culpa puede ser en esencia una cuestión carente de importancia, en particular si quien perpetra la acción siente que esta era inevitable. Un ejemplo extremo de esta situación es el caso del asesino que, tras cometer el crimen, no siente culpa sino un profundo alivio de su tensión. En ese sentido, puede sostener que el acto criminal ha resuelto un prolongado conflicto anímico, derivado de la sensación de sentirse explotado, por un lado, y de ser incapaz de experimentar ningún sentimiento de deuda hacia los demás, por el otro. Debido a la legada explotación injusta de que fue objeto en el pasado, el asesino se hizo virtualmente inmune a la culpa, al miedo al castigo, e incluso a la pena de muerte. Su conciencia moral le decía que el mundo estaba en deuda con él, y se sentía absuelto por adelantado. Sin embargo, su estado psicológico, o incluso la contribución motivacional de su justicia subjetiva y existencial, son irrelevantes para la sociedad, que tiene la obligación de proteger la justicia en relación con la víctima del crimen y con la comunidad humana.

El caso del asesino subjetivamente falto de culpas ilustra la importancia de una integración equilibrada de los conceptos individuales y multipersonales para el terapeuta. Quien perpetra nuevas injusticias suele ser portador de pasados desequilibrios del sistema. En su «distorsión» de la responsabilidad presente se ve influido por circunstancias pasadas que lo han convertido en víctima desamparada de la explotación relacional. Por lo general el terapeuta puede lograr que el victimario reflexione en forma responsable sobre sus actos sólo si el terapeuta puede primero reflexionar por su cuenta acerca de las trasgresiones sufridas por el trasgresor.

De acuerdo con las mismas pautas, el trasgresor no podrá resolver sus sentimientos de ambivalencia hacia sus progenitores supuestamente expoliadores (sea en forma conciente o inconciente) hasta poder decidir si, sobre la base de los actos y actitudes de sus padres, su resentimiento es justificado. Su incapacidad para separar estos elementos puede estar cubierta de tinieblas, mantenidas tanto por sus actos de mistificación como por la auténtica falta de conciencia. Una vez separadas esas dos esferas, el individuo podrá comenzar a enfrentar sus auténticas culpas y aprender algo sobre sus defensas relacionales contra la culpa.

En un brillante resumen de las teorías psicoanalíticas clásicas, Fenichel suministra una lista de defensas contra la culpa. Sobre el particular señala: «Hay formas de obtener tranquilidad respecto

de los sentimientos de culpa, derivadas de muchas fuentes. Ciertos caracteres pueden usar a otras

pueden mostrarse hirientes y de ese modo provocar el castigo

para "terminar rápido con el asunto" o, si el perdón no llega pronto, tratar al menos de tener la sensación de que se ha cometido una terrible injusticia» [36, pág. 500]. Aunque la anterior estrategia se practica con frecuencia entre los miembros de una familia, debemos destacar los importantes mecanismos reductores de culpa basados en la injusticia preexistente. Las injusticias pasadas sufridas realmente pueden de por si equilibrar el balance del libro mayor en contra de la responsabilidad cargada de culpa por los propios sentimientos hostiles. De manera natural, si nos valemos de otra persona como defensa contra la culpa preexistente, esa relación tendrá pocas posibilidades de resultar equilibrada, y llevará a nuevas formas de explotación y elección de víctimas propiciatorias.

personas con este solo propósito; [

]

Sobre la base de nuestro creciente reconocimiento del significado de las cuentas de mérito multigeneracionales, sugerimos la inclusión de padres de edad avanzada en el proceso de terapia familiar. Al dejar la puerta abierta para el nuevo balance de méritos mediante la acción, el proceso de terapia puede invertir la acumulación y perpetuación de cuentas cargadas y sin saldar, que en caso contrario podrían ir en detrimento de las posibilidades de las generaciones futuras. ¿Hasta qué punto puede ser objetiva la contabilización de méritos?

Desde el punto de vista del individuo, como subraya Waelder [87], el deseo de tener un mundo justo por completo puede considerarse como una configuración de necesidades subjetiva, que responde a una expresión de deseos. En el marco del psicoanálisis, que posee bases individuales, ese deseo puede investigarse como derivado de otros esfuerzos fundamentales. Como cada individuo tiende a distorsionar la evaluación de sus relaciones de acuerdo con sus deseos subjetivos, cabría postular que la noción de justicia es de índole totalmente ilusoria. De acuerdo con la correspondiente subjetividad ética, el miembro más poderoso podría justificar que él está autorizado a pasar por alto los derechos de todos los demás.

Sin embargo, considerando a la sociedad como un todo, podría argumentarse que existe un equilibrio dinámico invisible entre todas las nociones individuales y opuestas de justicia. Ese consenso intrínseco sobre los principios de la justicia subjetiva (o sea, de qué manera debe medirse la equidad de beneficios de todo el mundo) constituye la base de la contabilización judicial «objetiva» del grupo. La extrapolación imaginaria de la suma completa de todas las motivaciones reguladoras rodeadas de culpa (determinadas por el superyó) de los individuos es sólo parte de dicho sistema intrínseco. El libro mayor de justicia de cualquier grupo social toma en cuenta toda la historia de sus interacciones, además de sus principios éticos compartidos.

La justicia intrínseca de cualquier grupo está compuesta por dos procesos: la jerarquía o libro mayor de obligaciones y la totalidad de las motivaciones retributivas. Al estar motivado cada miembro para exteriorizar cualquier impulso de venganza (o agradecimiento) significativo, podrá contarse con un proceso de justicia reparatoria desencadenado como un tobogán. No obstante, como hemos visto, el individuo no siempre es capaz de discriminar las fuentes de la injuria. El fenómeno de la «foja rotativa» lo hace actuar en forma vengativa sobre un blanco inadecuado, inconciente del desplazamiento de la reparación. La exactitud de los pasos dados en pos de una justicia retributiva es sólo estadística. Lo que es válido en relación con el proceso grupal no lo es necesariamente en cuanto al carácter específico del «ámbito ecológico» del individuo.

Morris [87] en su respuesta a Waelder, describe el proceso inherente de justicia que emerge en forma gradual en el curso de la civilización humana, y lleva de la desigualdad y la explotación manifiestas a una igualdad de oportunidades que va en paulatino aumento para un sector cada vez mayor de la humanidad. El debate entre el psicoanalista y el profesor de derecho ilustra la dicotomía

existente entre un enfoque clínico de bases individuales, aunque lleno de sutilezas científicas, y un punto de vista social más amplio. En tanto que la meta ideal de los sistemas judiciales consiste en una aproximación a una sociedad justa, basada en principios de equidad en esencia compartidos, la justicia de las interacciones humanas cotidianas es evaluada de continuo en las mentes y corazones de las personas involucradas. La explotación de orden material puede cuantificarse, pero la explotación personal sólo es mensurable en una escala subjetiva que ha sido construida según el sentido de su existencia toda que posee la persona. El carácter específico de la combinación existente entre las realidades subjetivas e interpersonales de cuentas puede ser desbrozado a partir de la siguiente viñeta imaginaria:

El hecho que no me hayas llamado durante una semana entera tal vez no sea una injusticia, y podría no experimentarlo como una afrenta a la justicia de mi universo humano. No obstante, como sucedió inmediatamente después que yo me abriera a ti cuando necesitabas de mi atención, simpatía o consuelo, tu falta de interés se grabó en mi corazón como un penoso acto de injusticia. Como resultado, siento que mi libro mayor está desequilibrado, que he dado más de lo que recibí, y si creo que me trataste de ese modo en forma consiente, entonces estoy siendo explotado.

Incluso si esta injusticia sólo se puede establecer a partir de mi experiencia subjetiva, la importancia del hecho puede no obstante haber quedado registrada de algún modo, en tu mente. Puedes haber experimentado de manera consiente sentimientos de culpa o, al menos una oscura conciencia de haber sido injusto para conmigo, o siquiera de haberme tratado en forma desconsiderada. De ese modo, aunque tal vez no tengas conciencia de haber violado ningún principio ético mutuamente compartido, nuestras reacciones subjetivas paralelas han convalidado en forma consensual la objetividad relativa de la injusticia que padecí.

La importancia del argumento que ilustra esta viñeta reside en el modo en que destaca la reciprocidad de un diálogo sobre una acción, lo cual es algo más que la suma total de las experiencias subjetivas de dos personas. En consecuencia, mientras que el concepto de examen o prueba de realidad en psicología es una noción comparativamente monotética (estamos determinados por la realidad o bien somos víctimas de una distorsión), el concepto de justo orden del mundo de los hombres es de índole dialéctica. Cuando un hombre traiciona a su amigo hay implícito algo más que las vicisitudes de los deseos reprimidos de la infancia, sus momentos de depresión, etc. Decidir la medida de la extorsión dependerá también del punto de vista del amigo.

Como consecuencia práctica de esta tesis, precavemos al especialista en terapia familiar contra el peligro de renunciar a su rol intrínseco en cuestión de problemas personales, éticos y de justicia, y de restringir su visión a los campos intrapsíquico y psicológico. Sin embargo, el ser arrastrado a un debate sobre, por ejemplo, él derecho que tiene alguien de culpar o no a sus padres, llevaría a un punto muerto no dialéctico. Una postura terapéutica dialéctica lucharía por establecer la esfera en que reside la auténtica contabilización subjetiva de justicia de cada participante. Mediante la discusión abierta de estas cuentas podría abrirse el camino que lleve a su balance a través de una orientación basada en la acción.

En casos de elección de víctimas propiciatorias en forma abierta y aparentemente maliciosa, el especialista en terapia familiar puede verse en una difícil situación desde un comienzo. El resto de la familia puede señalar que, a menos que el terapeuta admita la idea de la maldad intrínseca de la víctima propiciatoria, no aceptarán su ayuda. No obstante, la rudeza y crueldad misma de las acusaciones determinará, como contrapeso, que los victimarios se acusen de modo recíproco. En este caso, el paso más adecuado que puede dar el terapeuta estriba en indicar que es conciente de la posibilidad de tomar partido por una u otra posición, y también de su capacidad para investigar el

reverso de ambas. Por ejemplo, ¿cabe pensar que los victimarios necesitan ayuda, y que potencialmente pueda brindarla la víctima propiciatoria?

La posición especial de la familia

De modo tradicional las relaciones familiares parecen tener una exención especial de los estrictos principios de la justicia reparatoria. En muchas esferas, los miembros de la familia se escudan tras una barrera común que los separa del mundo externo. Manifestaciones tales como «la sangre es más espesa que el agua» ilustran esta circunstancia humana básica.

Por regla general, uno espera ser aceptado por los miembros de su propia familia simplemente en base a la lealtad que determina la consanguinidad, a despecho de los méritos propios. Incluso el fracasado, el débil, el enfermo o el disminuido mental pueden esperar muestras de solicitud de parte de la mayoría de las familias. El concepto del bienestar social extiende este principio a la sociedad como un todo, en marcado contraste con el ideal del individualismo económico más «acerbo», adherido a un modelo contable competitivo y «duro» de méritos ganados. De esta manera, el ideal del bienestar colectivo puede interpretarse como una forma de nepotismo nacional.

La justicia familiar ha sufrido una evolución a tono con su historia social. En la antigüedad, y por algún tiempo durante la Edad Media, los padres ejercieron un poder absoluto sobre sus hijos. La ley romana permitía que los hijos fueran vendidos como esclavos o recibieran la pena capital bajo la autoridad de los padres. El cristianismo y más tarde el liberalismo racional contribuyeron a que se acordase un tratamiento más piadoso a los hijos trasgresores. Nuestra era ha llegado al extremo opuesto, y se advierte una preocupación por la abdicación de la responsabilidad paterna en forma de permisividad extrema. El letargo y agotamiento emocional de los padres tienden a que un número cada vez mayor de progenitores modernos lleguen a la parentalización de sus propios hijos mediante la permisividad. El progreso técnico lleva a aumentar aún más los efectos de una actitud sin restricciones. La vasta libertad de movimiento y comunicación que posibilitan el automóvil y la televisión no está equilibrada por la mayor competencia de las autoridades humanas. Se prevé que en casi todos los sectores de la sociedad continúe creciendo el abandono y consiguiente alienación de los jóvenes.

El exceso de permisividad como forma de abandono paterno de los hijos, además de bordear la negligencia, probablemente sea una de las formas más difundidas de parentalización expoliadora. Constituye un verdadero doble vínculo [4], ya que parece dar algo (libertad de acción) cuando en esencia implica por naturaleza un «tomar» unilateral (no preocuparse ni poner límites, y expectativas de «autopropulsión» espontánea del hijo). Con frecuencia, los mitos de permisividad y unidad familiar coexisten y se refuerzan de modo mutuo. (Véase también, en Wynne et al. [93], el concepto de seudomutualidad).

El sistema de valores de toda una familia puede caracterizarse por determinados mitos, que los miembros han compartido durante generaciones enteras. Algunos de estos mitos de valor pueden estar arraigados en conceptos nacionales o religiosos. Debido a la índole dialéctica de las fronteras de la propia identidad, las familias tal vez tiendan a pintar a los de afuera en la forma más prejuiciosa posible. Los miembros del exogrupo que no comparten los valores del endogrupo son, por definición, inferiores. La lealtad al sistema de valores de la familia constituye una invisible aunque muy importante dinámica, respecto de la contabilización de méritos de cualquier miembro individual. La adhesión leal puede equilibrar la balanza en relación con múltiples trasgresiones.

La familia como un todo tiende a incorporar en su proceso de contabilización de méritos la definición prejuiciosa de sus valores, a expensas de extraños tomados como chivos emisarios. Sin embargo, puede darse un refuerzo particularmente poderoso de los mitos del valor familiar mediante la

elección de un miembro del endogrupo como chivo emisario. Al unirse en la condena del miembro desleal, el resto del endogrupo puede reforzar su compromiso con el sistema de valores compartidos. En la sociedad antigua, y aun hoy en día en algunas regiones del Cercano Oriente, el jefe del clan tiene la obligación de salvaguardar el honor de la familia matando a la hija o hermana que entregó su virginidad a un extraño.

Resulta fascinante observar las pautas multigeneracionales de elección de víctimas propiciatorías en las familias que realizan terapia. En algunos casos, las pautas consisten en la reiteración idéntica del mismo tipo de elección de chivos emisarios en el curso de varias generaciones. En una familia observamos que el rol del chivo emisario rebelde era asumido de manera voluntaria por tres miembros del sexo femenino, cada uno en el curso de una generación sucesiva. En otra familia, las hijas de tres generaciones consecutivas estaban condicionadas de modo tal de luchar contra la «maldad» de los hombres con quienes formaban pareja. Esto llevó a asesinatos cometidos dentro de un marco heterosexual en el curso de dos generaciones, y a un intento de asesinato en la tercera.

Otra pauta de elección de chivos emisarios puede consistir en la escalada gradual de roles de deslealtad a lo largo de varias generaciones. Hemos visto cómo los miembros de la segunda generación, en una familia religiosa ortodoxa, se convertían en un grupo de rebeldes ateos. Tras contraer matrimonio con una joven proveniente de un medio similarmente tradicional, uno de los hombres crió a sus dos hijas en una atmósfera liberal y permisiva en exceso, de acuerdo con su ideal confeso de no creyente. El conflicto no resuelto entre la primera y la segunda generación siguió sin tocar hasta que ambas hijas hicieron saber sus intenciones de casarse con jóvenes de otra fe y con una orientación de valores muy distinta. A través de la enorme injusticia de la subsiguiente victimización de las dos hijas, elegidas como chivos emisarios por toda una familia extensa, sus padres al final asumieron una posición responsable, para enfrentar y posiblemente resolver el problema de deslealtad entre ellos y la generación anterior. La elección de chivos emisarios en los miembros de la joven generación fue instrumental en la expiación retroactiva de la culpa de la generación intermedia.

Libros mayores de padres e hijos

Aunque el libro mayor de méritos constituye tan sólo uno de los aspectos de la estructura de la relación padre-hijo, consideramos que desde el punto de vista dinámico es el fundamental. En esta sección querríamos especificar algunas de las principales dimensiones de la contabilización interpersonal de justicia, principio que tiene su aplicación en todos los aspectos de la vida familiar, el matrimonio y las relaciones humanas.

En tanto que buena parte de las investigaciones sociológicas se han centrado en los roles complementarios, pautas de conducta y motivaciones psicológicas de la parentalización, hasta el momento no se ha enfocado en mayor medida el tema básico de la equidad recíproca de beneficios intercambiados entre progenitor e hijo. ¿Cuáles son los criterios que determinan el momento en que la devoción paterna puede tornarse una carga excesiva, que va en detrimento del padre o del hijo? ¿Qué grado de devoción filial puede recompensar la disponibilidad paterna? ¿Hasta qué punto es «normal» e inevitable la parentalización de un hijo? ¿En qué momento las necesidades del progenitor llegan al punto de la explotación del hijo, y cuándo constituyen un abuso para este? ¿En qué reside la simetría del toma y daca entre padre e hijo? ¿Qué determina la elección del momento adecuado para el pago de obligaciones o la elección de un receptor sustitutivo de ese pago? ¿De qué manera el sistema familiar como un todo hace un balance equilibrado de las cuentas intrínsecamente asimétricas entre padre e hijo dentro de la contabilización global de méritos?

El orden humano imperante en las sociedades de la antigüedad esperaba que el progenitor velara

por la existencia física del hijo, le diera apoyo material y protección en las etapas vulnerables del desarrollo. A cambio, el padre tenía derecho a explotar la mayoría de las reservas de vida del hijo y

a aplicarle un castigo extremo por desobediencia. El hijo debía respeto y obediencia perpetua al

padre. A su vez, podía exigir una devoción y sumisión similares de sus hijos. En nuestra era, las

relaciones entre padre e hijo se encuadran dentro de una mezcla de conocimiento científico y anacrónicas formulaciones de valor, hipócritas a menudo y seudoéticas respecto de los derechos de

padres e hijos. Se podrá llegar a una justicia más perfecta en las relaciones de padres e hijos según

la claridad con que definamos los problemas éticos fundamentales, tal como son afectados por el

cambio en los roles actuales de padres e hijos.

Dado que la reciprocidad de la justicia imperante entre padres e hijos se basa como mínimo en un contexto trigeneracional, se supone que todo aquello que ha quedado sin saldar en el curso de una generación habrá de saldarse en la siguiente. Desde el punto de vista del progenitor, parecería ser que el hijo tiene más derechos cuando su padre fue criado en un ambiente en el que recibió amor y consideración en dosis apropiada, y así se continúa la cadena. Cada generación recibe en forma proporcional a lo que recibió la generación anterior, y las expectativas planteadas a cada una de ellas se equilibran con los cuidados y solicitud que se le brindan.

Una «brecha» generacional en la continuidad de las cadenas entrelazadas de servicios o expectativas de gratitud paternas puede trastrocar el equilibrio del balance de justicia entre padre e hijo. A los efectos de examinar el balance de esos libros mayores tan complicados, tendríamos que saber algo más acerca de las dimensiones esenciales de la justicia intergeneracional.

Los padres actuales pueden incluso expresar mejor sus necesidades que los hijos, aunque su posición recibe menos apoyo que antes de la sociedad. Esta confiere a los padres el derecho a la posesión sexual del cónyuge, admite que esperen obtener cierto grado de lealtad de sus hijos, y les brinda un santuario legal que los protege de ciertos aspectos de la contabilización individual de responsabilidades en la lucha competitiva por el poder desencadenada en el curso de la vida cotidiana. Sin embargo, lo que a menudo se ignora o niega en forma abierta es la profunda convicción de los padres en cuanto a que tienen derecho a esperar gratitud del hijo y un rembolso siquiera parcial de los servicios que les prestaron.

Los derechos de los hijos tienen un carácter más intrínseco, y los niños pequeños están aún menos capacitados para articularlos. Desde el punto de vista físico, tienen derecho a ser criados y orientados a través de pautas vitales que favorezcan su desarrollo y, en última instancia, los liberen de un exceso de obligaciones para con sus familias. La sociedad, que por un lado impide la crueldad extrema con los niños aplicando ciertas restricciones a los padres, puede también confundir a estos respecto de la prioridad de los valores éticos. La obligación ética primaria de criar al hijo hasta que llegue a la madurez por lo común no se subraya en igual medida que determinados valores secundarios, tales como el control de la libertad de las mujeres para abortar, la vergüenza provocada por las funciones sexuales, o por la sexualidad premarital y el embarazo, etc. Incluso la mayor libertad de los padres para obtener el divorcio puede considerarse una meta cuestionable, a menos que tenga su contrapeso en la investigación obligatoria de la medida en que las refriegas paternas llevarán a la explotación de los hijos.

Toda propensión a subrayar valores éticos secundarios tiende más a oscurecer que a recalcar la más importante de las obligaciones humanas: la de dar todo lo necesario a un bebé desvalido sin esperar ningún retorno de beneficios, al menos por un tiempo. Este es el punto en que los padres, cuyos propios antecedentes no alentaban su confianza en la justicia del mundo, necesitarían el

máximo de apoyo por parte de la sociedad. No puede esperarse que todos los padres superen la paradoja de darle a un hijo más de lo que ellos mismos recibieron en calidad de tales.

Los hijos tienen el derecho innato a ser criados en forma responsable; la crianza no es una recompensa por méritos que hayan acumulado. Sin embargo, paradójicamente, si se lleva a sus extremos la posición privilegiada del hijo es posible que conduzca a su explotación, al crear una dependencia permanente y simbiótica respecto de sus padres. El contar en forma segura con un socio obligado, en especial si este último es un progenitor disponible con exceso, puede generar el irrefrenable deseo de no renunciar nunca a esa relación. Por añadidura, una obligación cargada de culpas para con el progenitor devoto en demasía quizá llegue a dificultar toda consideración de cambio y crecimiento. De este modo, el exceso de indulgencia puede llevar tanto a la explotación como al abuso manifiesto del hijo.

Múltiples factores pueden complicar las cuentas abiertas entre padre e hijo. Un ejemplo son los nuevos matrimonios, que hacen que hijos de distintos padres deban vivir juntos. Otro factor de confusión es el inherente a los casos de adopción. Los padres adinerados, que se dan el lujo de dejar la crianza de sus hijos en manos de terceros que los sustituyan, también pueden introducir ulteriores complicaciones.

Debido a que los niños pequeños deben aceptar de manera incondicional la autoridad de sus padres, es posible que ellos no tengan conciencia en absoluto de la injusticia intrínseca de ciertas acciones u omisiones paternas. Los niños no pueden tomar represalias en forma directa, aun cuando se vea injuriado su sentido de justicia, sea que ocurra en un instante o por acumulación a lo largo de su crecimiento. Con frecuencia, sólo cuando el hijo crece y se convierte en padre, descubre su profundo resentimiento por el abandono, la injusticia o la explotación de que fue objeto anteriormente. Muchos padres afirman que al darse cuenta de las injusticias que sufrieron en su infancia, y que debieron soportar durante largo tiempo, han jurado no infligirlas también a sus hijos. Sin embargo, ¿cuántos de ellos han descubierto años después que, a pesar de su resolución conciente, habían expuesto a sus hijos a injusticias similares?

Siempre es difícil de cuantificar el grado en que un padre mantiene una obligación atrasada respecto de lo que por lo común serían los derechos del hijo. Los niños no son todos iguales: algunos tal vez sean físicamente débiles o enfermos de nacimiento, y necesiten mayor apoyo para sentirse seguros. La atención paterna también puede variar en forma enorme. Algunos padres pueden darse a sus hijos dentro de ciertos límites de tiempo. Pero compensan la falta de tiempo que les dedican con la cualidad de sus actitudes. Según nuestra experiencia, la calidad de la paternidad depende siempre de la medida e integridad propias de lo que el padre mismo vivió en su experiencia como niño. La contabilización multigeneracional de responsabilidades determina el balance de la nueva relación.

Weiss y Weiss [90] publicaron un diálogo desarrollado entre un padre y un hijo, en el cual investigaban el rol de la obligación filial del hijo hacia los padres por el sacrificio económico que habían hecho al costearle los estudios universitarios. De acuerdo con el hijo, si no se informa a este de la existencia de ese acuerdo implícito entre padre e hijo y de su consiguiente deuda, la culpa es del progenitor por no haberlo hecho, y el hijo no tiene para con él una deuda de gratitud. El padre replica: «No, si ha sido criado mal, es porque probablemente contribuyó a ello. No olvides que en una familia todo el mundo contribuye a lograr el resultado final. El hijo educa a los padres; los padres educan al hijo; los hijos se educan el uno al otro» [90, págs. 84-85]. En otro lugar, el hijo dice:

«Anteriormente implicaste que no tienes una deuda de lealtad para quienes te hacen daño dentro del grupo familiar. Estimo que esto es muy interesante a la luz de nuestra discusión del problema referido al momento en que una persona joven puede juzgar lo que las demás gentes están haciendo. Veo aquí una contradicción. La implicación era que una persona que todavía no es adulta

no puede juzgar en su totalidad lo que tiene o no valor para él» [90, págs. 50-51], A lo que el padre responde: «por cierto, ningún hijo está realmente en condiciones de juzgar si se le hace justicia plena dentro de la familia. No obstante, hay formas de crueldad muy ostensibles que cualquiera

puede juzgar

sujeto es buena para ello» [90, pág. 51].

Pero, por lo común, normalmente el tipo de formación y disciplina a la que el hijo está

En este capítulo, nuestro interés trasciende los problemas del derecho a la disciplina y del poder, y destaca en mucho mayor medida a los aspectos invisibles de las obligaciones.

Derechos inherentes a los hijos

Los derechos de los hijos en las familias constituyen una extremadamente importante esfera de interés, ya que los padres no se ven guiados por el mismo tipo de ética basada en la reciprocidad de méritos que rige las relaciones entre pares. Por consiguiente, los peligros de una explotación implícita, intencional de los hijos son mayores de lo que se supone. De todas maneras, ni siquiera el conocimiento de esta circunstancia afecta la motivación revanchista inconciente de padres que experimentaron durante su propia infancia más carencias y explotación de las que pueden absorber dentro de una visión equilibrada de la justicia existente en el mundo.

Las siguientes son algunas de las consecuencias prácticas de estas consideraciones:

1. Nadie debe gestar una vida humana si no asume el compromiso de criar al niño hasta que llegue

a la madurez. El aborto de un feto no deseado puede ser un destino mucho más generoso que el nacer sin ser deseado.

2. El hijo tiene derecho a ser criado en una atmósfera en la que recibirá la impronta del valor de la

responsabilidad paterna, como un valor de la más alta prioridad. En consecuencia, tiene derecho a no verse imbuido de prioridades éticas distorsionadas, como la indebida importancia acordada al valor absoluto de la supresión o negación de los impulsos sexuales, o de la lealtad asumida en una relación sexual, en especial si estos valores están divorciados de la obligación fundamental hacia los intereses vitales de los propios hijos. 3. El hijo tiene derecho a recibir cuidados paternos, pero de manera tal que no se llegue a la sobreprotección, la permisividad excesiva o la sobreparentalización. Como signo de decadencia sutil en todo grupo humano, la explotación psicológica de los hijos puede enmascararse mediante actitudes permisivas, protectoras o seudoabnegadas (a la manera de los mártires), lo que equivaldría al abandono del hijo. La parentalización encubierta del hijo puede cobrar la apariencia de

una sobredosis de protección y de cuidados. En otras palabras, el hijo tiene el' derecho y la necesidad de no ser objeto de una indulgencia excesiva.

4.

El hijo tiene derecho a ser criado por adultos que se afirman en sus propios derechos y que saben

lo

que deben exigirle al niño, con lo cual le-proporcionan una visión estructurada de la sociedad.

5. El hijo tiene derecho a que no lo exploten por medio de una crueldad manifiesta, ni que lo conviertan en chivo emisario de una forma de venganza revanchista y desplazada contra la familia

de origen del progenitor. Este tipo de explotación rara vez es intencional o conciente en los padres, salvo en casos de craso abuso sobre el hijo.

6. El hijo debe poder contar con el amor y la aceptación de la familia, sean cuales fueren los méritos

que ha acumulado. Sin embargo, a la vez de cada hijo debe esperarse cierta capacidad de

contribución significativa.

7. El hijo tiene derecho a que le enseñen a tratar con sus hermanos en forma justa, aprender a

respetar el tabú del incesto, y estar disponible como constante fuente de recursos para los otros miembros en su lucha por la supervivencia.

El crecimiento mismo plantea pesadas exigencias respecto de la justicia del orden humano. Lo que un niño recibe de progenitores responsables en sus años de formación nunca puede devolverse «en

especie». Para enfrentar esta obligación implícita o «pecado original» del crecimiento, el individuo cuenta con una serie de opciones:

a) Puede pagar la deuda a sus propios hijos, de manera tan unilateral como lo que ha recibido. Esta

opción se apoya en el mito de la familia nuclear y es causa de fuertes tensiones no reconocidas. Cuando los padres se sienten obligados de manera implícita a pagar la deuda que tenían con sus padres en la persona de sus propios hijos, a la vez se ven impulsados a renunciar a todo eventual apoyo que pudieran obtener de sus familias extensas.

b) El hijo puede mantener una deuda permanente para con sus padres y pagarla mediante formas

patológicas de lealtad, como la incapacidad de crecer emocionalmente o separarse alguna vez de ellos. En este contexto cualquier psicopatología y falta de maduración equivale al pago de una

deuda de gratitud y lealtad.

c) Descubrimos que en una serie de familias la meta de la terapia consistía en balancear la asimetría

de las obligaciones conflictivas. La aparente falta total de gratitud hacia los padres se trataba de contrarrestar, a menudo, con un exceso de generosidad para con los hijos. La terapia se fijó entonces como objetivo lograr un toma y daca equilibrado en la relación . con los propios hijos, junto con cierta dosis de «devolución del pago» hacia los propios padres. En muchos casos, la

enfermedad que postra definitivamente a un progenitor anciano brinda la ocasión tan esperada para el pago de obligaciones y la consiguiente «liberación» emocional de las culpas en las tres generaciones.

La difícil situación en que se ve una madre al experimentar el desequilibrio existente entre lo que recibió como hija y lo que ella puede dar a sus propios hijos es notablemente ilustrada por el siguiente fragmento tomado de una sesión de tratamiento familiar:

Esposa: Mi padre nunca me dijo que yo era linda y mi madre nunca me quiso.

Anoche me

cansé de pensar cuántos besos debía darle a Tommy y a Terry

Ya sabes lo que hice

Les grité

que pararan. [Llora más fuerte]

Carlos [su marido], tú no juegas al fútbol con Tommy más a menudo de

lo que tu padre jugaba contigo

nada, maldición) Lo único que hago, como hizo siempre mi madre, es ser un ama de casa. Cuando

te preparo una buena cena caliente, recuerdo que mi madre no hacía eso por mi padre te besaba cuando te ibas a dormir? Marido: Sí, hasta los treinta años.

Esposa: Mi madre nunca lo hizo

Marido: ¡Yo me ahogaba! [Pauta de progenitor no receptivo.] La mujer tenía grandes dificultades en su matrimonio, tanto en lo tocante a su satisfacción sexual como a su posibilidad de brindarse, desde el punto de vista emocional, a un marido en esencia tímido e inhibido. Antes de emprender la terapia familiar, ella parecía atrincherada en tales dosis de desesperado resentimiento para con su madre, crónicamente enferma e internada, que consideró viable la posibilidad de suicidarse. En el curso de la terapia familiar renovó sus lazos con su padre, solitario y divorciado, y con su hermana, que vivía a seiscientos kilómetros de distancia. Asimismo, comenzó a visitar a su madre, que se encontraba alojada en una clínica para enfermos mentales a bastante distancia. Al poder cuidar mejor de su debilitada madre, pareció conseguir algo inmensamente mayor de lo que podría haber obtenido por una nueva adquisición de insight y una elaboración de su resentimiento hacia la madre.

No puedes comparar tu vida con la mía. [Grita:] ¡Yo nunca tuve

dar algo que nunca recibí

Estoy tratando de

Yo les estoy dando más de lo que nunca recibí

¿Tu madre

¡Estaba ávida de cariño!) [Pauta de progenitor no generoso.]

Notas sobre la paranoia

Al principio de este capítulo puntualizamos que el desarrollo de una personalidad paranoide y llena de sospechas puede basarse en un desequilibrio real en el balance del libro mayor de méritos familiares de esa persona. Desde el punto de vista subjetivo de la reciprocidad, ella puede haber sido explotada emocionalmente y de manera irreversible cuando era niña. La naturaleza de la

justicia humana determina que si los padres están en deuda con el niño al retrasarse en el cumplimiento de sus obligaciones, aquel acusará una tendencia a sentirse acreedor en todas sus futuras relaciones. Considerará al mundo entero como si fuera su deudor, y tratará a toda la gente de ese modo. El verdadero balance de méritos sin saldar genera la fórmula básica de desconfianza. «Como nunca tuve razón alguna para aprender a confiar en el mundo, el mundo tiene que probarme que es digno de confianza». La persona paranoide considera que el mundo entero tiene una «deuda atrasada» con ella, por así decirlo.

Desde el punto de vista terapéutico, es importante evaluar la «fortaleza yoica» del paranoide. Tradicionalmente se deducía que el individuo que crece con una deficiencia de confianza básica resulta menos capaz de asumir una posición responsable (no actúa su «examen de realidad»). Por lo tanto, en la terapia individual efectuada con ese tipo de personas, el camino del insight y de la reelaboración no dota de un cúmulo de recursos confiables a su personalidad. De acuerdo con los preceptos de la teoría dinámica tradicional, son candidatos poco aptos para un psicoanálisis, y responden mejor a la psicoterapia de apoyo que a la de reconstrucción.

El problema de la explotación real y auténtica constituye un importante determinante estructural en las relaciones de familia, y, en consecuencia, un camino abierto para la reestructuración terapéutica. Una persona puede distorsionar o proyectar, pero el hecho de que él o ella efectivamente haya sufrido una injusticia real trasciende su psicología o patología. Si un ser humano ha sido explotado y herido demasiado profundamente como para poder absorber sus heridas, tendrá derecho al reconocimiento terapéutico de la realidad de esas heridas y al serio examen de la disposición de los demás para reparar ese daño. Sólo mediante tal «concesión por el mundo» estará preparado para reflexionar sobre la posible injusticia de sus propias acciones para con los demás. El lector tal vez se pregunte si esta «técnica» puede remplazar de manera justificada las acostumbradas expectativas terapéuticas del autoexamen crítico. Sin embargo, el paranoide gravemente herido debe recibir una oportunidad adicional, al menos en la medida en que se reconozca el injusto balance de su justicia. En tanto que la realidad de la temprana explotación de cada miembro se afirma en el libro mayor multigeneracional de la familia, el sentido de la injusticia sufrida por parte de cada miembro en forma-individual da lugar a su programación de «distorsiones emocionales» durante su vida entera; trátase de una realidad psicológica.

Una vez tratamos a un hombre que podía describirse como «patológicamente dependiente» de su esposa. Siempre atormentaba y acusaba a esta por lo que, según el hombre alegaba, era su «mala relación maternal» con sus dos hijos. La conducta del sujeto era tan extrema que desde el punto de vista del diagnóstico sólo podía rotularse de sintomatología psicóticamente paranoide. No obstante, en apariencia su locura tenía una lógica interna. Nos enteramos que de niño había sido rechazado y abandonado por sus padres. Al ser devuelto a la familia pocos años después, descubrió que había un hermano menor, aceptado en forma cálida por los padres. Poco tiempo después estos perecieron en el holocausto de la guerra y el genocidio. ¿Cómo podía culparlos sin sentirse culpable al mismo tiempo? ¿Quién escucharía su «pequeña» tragedia comparada con las tragedias más grandes de otros? Lo dejaron solo con su «cuenta no saldada» de justicia. A su vez, se veía empujado la la par que exonerado) por su sentido subjetivo de justicia a victimizar de manera injusta a otra persona (su esposa). Sin embargo, él era por completo incapaz de enfrentar la realidad objetiva de lo que hacía en esos momentos, y sinceramente esperaba que los terapeutas se pusieran de su lado.

Implicaciones terapéuticas

Nuestros razonamientos sobre la justicia tendrían que poner de manifiesto cuál es la palanca más significativa a disposición del especialista en terapia familiar a lo largo de su trabajo en el contexto de las relaciones. El contexto relacional de un libro mayor de justicia constituye una dimensión más amplia y esencial que la de las negociaciones de poder o la de la apertura de las comunicaciones.

Mientras que algunos terapeutas se dedican básicamente a investigar, por ejemplo, las raíces emocionales e inhibiciones de los sentimientos de ira entre los miembros de la familia, nuestra lógica requiere que primero sepamos qué constituye el criterio de justicia y explotación en un contexto existencial trigeneracional. Sugerimos negociaciones activas acerca de las necesidades, sentimientos heridos y derechos de las partes. A menudo alentamos a los cónyuges a que prepararan listas de puntos pasibles de negociación, a la manera de las negociaciones efectuadas entre obreros y patronos. Sin embargo, también procuramos encuadrar esas contiendas dentro de la estructura mucho más amplia de obligaciones subyacentes, que tiende a incluir las relaciones con los miembros ausentes de la familia extensa.

Para algunos lectores, tal vez nuestras investigaciones parezcan poseer una orientación en exceso jerárquica. Estamos de acuerdo en que no queremos echar al olvido la jerarquía de obligaciones de la familia. No obstante, la aseveración de que las familias no son sistemas democráticos no quiere decir que se deba propugnar la sumisión autocrática a la autoridad. La auténtica alternativa del antiautoritarismo estriba en alentar a padres e hijos para que se afirmen mutuamente como líderes o negociadores, descubriendo lo que la justicia y la ecuanimidad significan para esa familia específica. Nuestra insistencia en trabajar dentro del contexto de las relaciones de familia y alentar como respuesta un acto de reafirmación constructiva exige la delineación concreta de nuestros fundamentos terapéuticos racionales:

1. No creemos que el trabajo, aun cuando sea activo y orientado hacia la acción, tal como corresponde, pueda ser realmente productivo a menos que se lo desarrolle en el contexto de una reciprocidad equilibrada. Consideramos que el hablar de las relaciones familiares en un marco terapéutico individual, de grupo, o de tipo encuentro, por ejemplo, carece de la urgencia especifica que actúa como mayor palanca de presión en la terapia relacional de familias. El hecho de descubrir mis sentimientos ocultos y vergonzantes hacia mi padre o mi hijo ante un tercero en un contexto de total privacidad no es tan vergonzoso como hacerlo en presencia de ese mismo familiar. Incluso los especialistas en terapia familiar que practican la técnica de bombardear a la familia con tareas instrumentales diseñadas por el mismo terapeuta pueden, en nuestra opinión, descuidar lo que constituye la mayor palanca terapéutica consistente en actuar dentro del contexto de las obligaciones y el endeudamiento existencial profundo e intrínseco, etc. Nosotros preferimos esperar, de parte de los miembros de la familia, acciones que no estén enmarcadas en función del cumplimiento de tareas sino como esfuerzos realizados con el fin de alcanzar una mayor acción de palanca relacional. Aun cuando dicho esfuerzo no produzca efectos visibles, en última instancia reditúa resultados inevitables, en función del enfrentamiento del balance de obligaciones recíprocas, más que su negación.

2. Asimismo, nuestra insistencia en el marco de la acción diferencia nuestros principios racionales de los propios de una terapia que busca básicamente una comprensión de las pautas de expresión de los sentimientos o del estilo de comunicación, etc. (aun cuando esto último se haga en el contexto de las relaciones de familia). Nosotros no aceptamos como mágico el valor terapéutico de un mayor conocimiento o toma de conciencia si no se encauzan en nuevas pautas de acción valiente. Las adquisiciones cognoscitivas, incluso si las realizan varios miembros en forma paralela, no conducen a la corrección de los desequilibrios del balance relacional, a menos que se lleven al plano de la acción.

La expresión de solicitud por el otro, y el reconocimiento de la solicitud que ese otro expresa, inducen cambios en el diálogo propio de la acción, en vez de sólo limitarse a aumentar el insight individual. La apertura de los temas de la justa solicitud y la gratitud se cuenta entre las tareas terapéuticas más difíciles pero a la vez más cruciales. La simple negación de la existencia de una jerarquía de obligaciones puede hacernos ver como que la persona careciera de todo tacto y

sensibilidad hacia los sentimientos de los demás. El temor a herir a los demás y a resultar herido caracteriza a muchas familias que han abandonado la búsqueda de equidad recíproca. Una madre lleva a sus siete hijos para efectuar una evaluación de terapia familiar. Y resulta que hay tres padres diferentes, ninguno de los cuales mantiene un contacto significativo con la familia. Hay algo implícito en la situación: o bien la madre será culpada por infligir tanto dolor y privaciones a sus hijos, o, si se le ahorran heridas que podrían afectar su sensibilidad, el sentido de toda indagación será prácticamente nulo. El terapeuta debe estar dispuesto a correr el riesgo de dejar expuesta a la madre tarde o temprano, o no se lo considerará competente ni dotado de valor.

Los hijos reaccionan con sentimientos de culpa y se muestran turbados y heridos cuando la madre acepta que investiguen su «falta». En ese momento puede representar una gran tranquilidad para la madre ver cómo los hijos toman conciencia de sus sentimientos de culpa y vergüenza, y adoptan una actitud protectora. Sin embargo, sin el permiso de la madre quizá los hijos no puedan expresar ninguna preocupación por su crónico estado de carencia y pérdida.

Cuando los hijos obtienen el permiso de la madre para hablar, debe alentárselos a que expresen su consideración por los sentimientos de ella. A la vez, debe ayudarse a la madre a manifestar que tiene conciencia de esa consideración, etc. De la habilidad y experiencia del terapeuta dependerá la valentía y seguridad con que se atreva a penetrar en estas áreas sensibles, donde tal vez haya vergüenza, heridas y culpas escondidas.

En un principio solíamos recordar a los miembros de una familia que no debían tomar a nuestro consultorio por tribunal de justicia, y que nuestra función no era determinar quién estaba en lo cierto y quién se equivocaba. Pero en estos últimos tiempos llegamos a interpretar de manera diferente el papel del especialista en terapia familiar. Ahora consideramos esencial para nuestro trabajo obtener un panorama del sentido de la justicia que cada miembro tiene dentro del orden humano imperante en esa familia, yendo incluso más allá de los límites de la familia nuclear. Por añadidura, es posible que el terapeuta sólo tenga acceso a las cadenas multigeneracionales más profundas de contabilización de méritos de la familia si también se investiga a sí mismo en relación con su propia familia.

Las cuentas de reparación trasgeneracionales pueden constituir las fuerzas estructurales más importantes con las que trabajar en el tratamiento de una familia. En comparación con esas formas de vinculación a largo plazo, otras relaciones -como las sociales o de trabajo- se caracterizan por una pertenencia más breve de los miembros al grupo. La pertenencia como miembros a grupos articulados por vínculos más superficiales es pasible de sustitución, y por lo general sus manipulaciones interpersonales sólo llegan a la esfera de las realidades del poder. Se puede tratar en forma injusta a un empleado, despedirlo y remplazarlo por otro; pero el propio jefe que cometió la injusticia puede también él abandonar la firma, con lo cual el sistema no cargará con las consecuencias de una acción humana injusta. El proceso vital no permite rehuir de manera tan fácil las consecuencias de la culpa existencial en la familia. El estudio de las familias indica que el daño cometido y sufrido se mantendrá siempre registrado en términos cuantitativos en una cuenta personal del libro mayor invisible de justicia. Además, la cuenta afectará la «foja» en la que efectúa sus anotaciones la generación siguiente. Por tal razón, cualquier teoría (p. ej., la de la comunicación, la interaccional, de las motivaciones y necesidades, etc.) que pase por alto el libro mayor de méritos será insuficiente para explicar siquiera las motivaciones de un único individuo, por no hablar de las pautas multigeneracionales.

La investigación terapéutica de las cuentas de méritos multigeneracionales se ve facilitada en grado sumo por la inclusión real de tres generaciones en las sesiones. Las fuertes resistencias pueden obstaculizar la iniciación de ese tipo de investigaciones de parte de todos los miembros. En los

casos en que es posible superar esa resistencia, el ofrecimiento que haga el terapeuta, en el sentido de brindar su ayuda en lo que atañe a la relación de padres y abuelos («en bancarrota», ambivalentes o no disponibles emocionalmente), quizás se convierta en un poderoso factor de motivación. Cuando se llega a un «tablas» congelado e irremediable en la relación, se frustran todos los deseos de amor, comprensión y resarcimiento de daños de las tres generaciones.

Al alentar el enfrentamiento activo entre las generaciones, el terapeuta tiene que estar preparado a

correr un riesgo: el de que surjan reacciones emotivas imprevistas en todos los participantes, las cuales pueden desbaratar todo lo logrado. Al sentir de nuevo repentinos deseos de amor y experimentar sentimientos de lealtad hacia sus padres, un marido puede volverse temporariamente en contra de su esposa. Puede surgir un deseo impulsivo de cometer infidelidad, separarse o divorciarse. En otros casos, la intensidad del resentimiento hacia los ancianos padres parece ser tan grande que las penosas manifestaciones acusatorias llevan de modo inevitable, a emprender una retirada mutuamente reforzada y cargada de culpas. La relación terapéutica puede correr peligro a raíz de una tentación que surge de pronto: los miembros de la familia pueden resolver su penoso dilema asignando el rol de chivo emisario al terapeuta. De pronto, el hecho de echarle toda la culpa

al terapeuta puede aparecérseles como una vía de escape que les permite evitar el peso de la culpa

y las acusaciones dentro de la familia.

A pesar de los aspectos desalentadores de esos resultados, por experiencia sabemos que vale la

pena tratar de inducir a los miembros de la familia a que den esos pasos difíciles, siempre que el especialista en terapia familiar sea experto en el enfoque trigeneracional. Una de las grandes

oportunidades que brinda dicho enfoque reside en la posibilidad de rehabilitar la imagen penosa y vergonzante que tiene el miembro de sus progenitores. Nunca vimos a nadie beneficiarse como consecuencia de una terapia en la que la persona sólo enfrenta a sus padres, y comienza y expresa su desdén u hostilidad hacia ellos. De acuerdo con nuestra experiencia, en ese juego todos salen perdedores.

El enfoque multigeneracional exhorta a cada miembro a indagar en el pasado del desarrollo del progenitor. En muchos casos ello lleva a una exoneración retroactiva del progenitor, al tomar conciencia de los abrumadores obstáculos que debió enfrentar para crecer y convertirse en padre. Tal vez uno se entere entonces de que el progenitor no era «malo» por simple maldad intrínseca. Consideramos que el camino más importante que permite interrumpir la cadena multigeneracional de injusticias consiste en reparar las relaciones: no en agrandar o negar el daño cometido contra miembros específicos.

En una serie de casos, la inminente muerte de un progenitor anciano abrió la posibilidad de reexaminar y balancear de nuevo la cuenta existente entre padre e hijo. Cuando el adulto maduro pudo hacer algo por su progenitor moribundo, entonces fue capaz de reestructurar su imagen de aquel. En otros casos la proximidad de la muerte del progenitor que había sobrevivido al otro contribuía a horadar el muro del resentido aislamiento, y daba cabida al duelo largamente enmascarado e inconcluso por la muerte del otro progenitor. Así, el renacer de la conciencia de cercanía se canalizaba en pautas de acción. La tarea de resolución del duelo se ubicaba en el contexto de hacer algo por el propio progenitor antes que fuera demasiado tarde. La misma muerte puede significar que se abren las oportunidades de la reestructuración terapéutica.

Otras implicaciones

En síntesis, hemos aprendido que el balance multigeneracional de justicia e injusticia constituye una dimensión motivacional dinámica de las relaciones, al igual que de los individuos. Como la teoría de

la motivación no es una auténtica teoría causal, necesidad y conducta nunca pueden ajustarse al

simple modelo clásico de causa y efecto. La noción de una cuenta registrada de manera constante

aunque invisible de responsabilidad y obligaciones recíprocas, agrega una importante dimensión al concepto basado en lo individual del desarrollo de una necesidad intrínseca de amor y objetos de amor. El concepto de equidad presupone que el individuo entabla un diálogo permanente sustentado en la acción, tratando en forma responsable a los demás seres de importancia que lo rodean. También subraya la escala subjetiva ubicua, pero implícitamente cuantitativa, que todos aplicamos en forma constante (aunque inconciente) para determinar dónde estamos parados en la jerarquía de obligaciones multigeneracionales de la familia.

Sería interesante buscar las razones que hacen que en la teoría dinámica tradicional se haya evitado y negado hasta tal punto la dimensión de la justicia. En parte, la razón puede residir en el miedo comúnmente experimentado a confundir los principios de equidad de la justicia con una rectitud impulsiva y vindicativa, por un lado, y seudoprincipios hipócritas por el otro. Tenemos conciencia de las limitaciones y peligros latentes en el concepto de justicia como realidad objetivable. Sabemos que la gente distorsiona el cuadro de sus relaciones de familia de acuerdo con sus propias necesidades subjetivas, intereses, prejuicios, etc. Entendemos también que algunas personas aplican el concepto de justicia para explotar a los demás, impulsadas por una cínica hipocresía. No obstante, si no se tomase en cuenta a la justicia como proceso social dinámico, nuestra comprensión de las relaciones de familia se vería reducida de modo muy serio.

En el presente capítulo revisamos algunas de las razones que nos llevan a volvernos hacia la justicia como marco conceptual adecuado para el examen de las principales obligaciones culposas y vínculos de lealtad. El análisis de la justicia puede parecer extraño a una teoría clínica dinámica de las relaciones. Sin embargo, al igual que la «confianza básica», la justicia caracteriza el clima emocional de un sistema de relaciones. Ambos conceptos están más allá del dominio de la psicología individual, aunque los dos representan puntos sistémicos de convergencia de fundamentales dimensiones dinámicas individuales. Son importantes para realizar un nuevo examen de las teorías de proyección, verificación de la realidad, fijación, desplazamiento, trasferencia, cambio, fortaleza del yo y autonomía, para citar sólo unas pocas.

La autonomía de un individuo no debe visualizarse de manera exclusiva dentro de los límites de la fortaleza yoica de una persona y sus fuentes de recursos intrapsíquicos. El logro de autonomía es dinámicamente antitético al de la lealtad para con la familia de origen. Los compromisos de lealtad de los miembros individuales son indicadores del libro mayor de justicia familiar: constituyen un determinante invisible e intrínseco de cadenas de acción-reacción entre los miembros de una familia a lo largo de las generaciones.

Las personas que, descritas desde el punto de vista de la teoría individual de los instintos y las defensas, adolecen de un curso patológico en el desarrollo del carácter, pueden -desde nuestra perspectiva- considerarse «fijadas» a una cruzada emprendida con el fin de alcanzar la justicia que alegan. Su fórmula de justicia puede ser vaga, estar oculta incluso para ellas mismas, o planteada en forma explícita y abrupta. Individualmente, puede tildarse a esos seres de delincuentes, psicóticos, paranoides, sadomasoquistas, etc. Es posible que terminen sus días en una celda o una clínica para enfermos mentales. Su trayectoria de venganza puede llevarlos al suicidio o el asesinato. Otros individuos no logran su autonomía, abrumados por el peso de las expectativas familiares implícitas. El invisible libro mayor de méritos los obliga a hundirse en el fracaso. Tal vez algunos puedan reexaminar su situación vital en el curso de la terapia individual, pero otros se muestran resentidos por las expectativas del terapeuta en el sentido de que deben asumir la responsabilidad del cambio en su trayectoria. Este tipo de pacientes quizá sientan que una terapia de bases individuales que no vaya a lo profundo habrá de aumentar aun más su sentido de endeudamiento. No poseen la fortaleza yoica necesaria para el análisis introspectivo.

Nuestro creciente convencimiento acerca de la importancia de las tramas de lealtad y justicia en las familias coincide con nuestra creencia de que el contexto mínimo de la terapia debe ser la unidad familiar trigeneracional. El hecho de trabajar en forma exclusiva con la familia nuclear podría llevar, en última instancia, a la implícita conversión de los padres en chivos emisarios, en los gestores de un injusto y pernicioso manejo de sus hijos. Hemos aprendido que todas las pautas nocivas de una relación familiar poseen una estructuración multigeneracional.

Es mucho lo que puede aprenderse a partir de la sutil percepción de los grandes dramaturgos. Por ejemplo, el teatro griego clásico suele presentarnos tragedias familiares multigeneracionales que tienen un desenlace catastrófico para los individuos.

«Ahora puedo decir una vez más que los dioses supremos miran hacia abajo, a los conflictos mortales, para reivindicar por fin el bien, ahora que veo ante mí a este hombre (dulce visión), tendido en las redes enmarañadas de la furia, para expiar el calculado daño de la mano de su padre.» Eso dice Egisto, en el Agamenón de Esquilo, acerca del marido de su amante, Clitemnestra, a quien esta dará muerte [2, pág. 95].

Somos de la opinión de que todo marco teórico debe, en última instancia, hacer un aporte programático y prescriptivo al arte de vivir. ¿Qué puede ofrecer el terapeuta como modelo propio del crecimiento y salud a las familias? La mayoría de las teorías psicopatológicas adolecen de una falta de sistemas de valores prescriptivos y de orientación. Muchos modelos de salud provienen de los esfuerzos de autores de la segunda generación por revertir los conceptos de patología, con el fin de obtener una normalidad ideal. Sin embargo, en la actualidad sería demasiado ingenuo confeccionar el modelo de salud de la psicología freudiana, por ejemplo, a partir de la simple reversión de inhibiciones sexuales o de la preocupación desmedida y cargada de culpas por las consecuencias de las propias acciones.

De ninguna manera pretendemos haber ofrecido una fórmula totalizadora de salud familiar. Empero, creemos que la importancia de nuestro marco teórico trasciende el alcance de la psicoterapia. La indagación multigeneracional de las fuerzas ocultas de la lealtad familiar y los libros mayores de justicia es parte necesaria de los esfuerzos de reconstrucción que podrían liberar a las generaciones más jóvenes de mandatos invisibles de excesiva vindicación. Volver explícitos dichos vínculos mediante su enfrentamiento es lo menos que puede hacer una familia para instaurar un nuevo equilibrio en los balances desequilibrados, e «invertir» en la salud emocional de las generaciones futuras. Entonces, la lucha por la autonomía de cada individuo se verá cada vez menos obstaculizada por oscuras fuerzas de vinculación. Desde esta perspectiva, no queremos sugerir que todas las investigaciones acerca de los mecanismos de defensa intrapsíquicos inconcientes, pulsionales o instintivos, quedan desde ya invalidadas. Ni siquiera sabemos qué criterios deciden si un individuo, en el curso de su supervivencia psíquica, momento a momento, atrapado por fuerzas relacionales invisibles, es auxiliado por sus determinantes instintivos (el «ello») u obstaculizado por estos cual si fueran solapados enemigos que lo atacan por la espalda.

Desearíamos concluir este capítulo con una declaración relativa a las exigencias personales que esta labor nos plantea como terapeutas. Hallamos difícil por igual encarar un auténtico enfrentamiento con dos factores: la jerarquía de las obligaciones familiares invisibles y el espectro de las fuerzas y contrafuerzas intrapsíquicas. Mientras uno ayuda a una familia a enfrentar sus propios «espectros», en la propia vida psíquica del terapeuta tiene una confrontación paralela tanto como dentro de su propia familia.

5. Equilibrio y desequilibrio en las relaciones

Disfunción relacional y patogenicidad

El presente capítulo intenta formular una contrapartida sistémica multipersonal de lo que es la psicopatología en términos individuales. Los conceptos de equilibrio y desequilibrio en las relaciones implican, como mínimo, un sistema bipersonal como unidad. De acuerdo con ciertas hipótesis, la patogenicidad relacional reside en el balance, en continuo cambio, del libro mayor ético de obligaciones a largo plazo. Comienza a partir de las consideraciones de lealtad y justicia.

Al subrayar los aspectos sistémicos relacionales de la patogenicidad no pretendemos desconocer la validez de la psicopatología individual o las consideraciones interaccionales normativas. Estos dos ámbitos tradicionales del conocimiento ofrecen aportes suplementarios del enfoque sistémico, relacional y profundo, de la salud y la disfunción. Tampoco pretendemos proponer otra serie de «juegos a los que juega la gente» (véase Berne [7]). Entendemos que los libros mayores éticos se encuentran en un nivel más profundo de determinación existencial que los juegos, aunque la opción de practicar estos juegos es un importante aspecto de lo que entendemos por «dependencia óntica» [12, pág. 37] entre personas interrelacionadas en forma estrecha.

Las consideraciones teóricas de este capítulo son tan importantes como, en última instancia, su utilidad práctica y terapéutica. La trasformación del modelo individual en conceptos sistémicos multipersonales requiere algo más que una manipulación semántica: el concepto de equilibrio relacional no remplaza al concepto de psicología individual profunda sino que se entrelaza con él, tanto en sus aspectos experienciales como en los propios del desarrollo. Una relación equilibrada favorece el sano crecimiento individual. Los criterios de ese equilibrio son peculiares de cada relación; no excluyen el conflicto y la desilusión, o, llegado el caso, una cierta proporción de las condiciones que pueden desequilibrar una relación.

El individuo también contribuye al equilibrio de sus relaciones mediante su disponibilidad, acciones y personalidad. Equilibrio y desequilibrio implican un estado cambiante de la justicia y la equidad de las relaciones. El libro mayor incluye las consecuencias del desequilibrio y los esfuerzos de los participantes por restaurar el equilibrio. La carga implícita de preocupación que tiene un progenitor respecto del matrimonio desgraciado de sus propios padres, su amargura por las consiguientes carencias tempranas que ha sufrido, su envidia de la infancia comparativamente más feliz de su esposa, su cólera por el papel que le cabe en suerte (de tener que ser el miembro racional y pacifico de la familia), etc., son todas partes de la contabilidad que tiene que saldarse por lo menos parcialmente en el curso de sus actuales relaciones.

El hecho de que el resultado total final del libro mayor pueda verse desequilibrado en cualquier momento no es el determinante crucial de la salud frente a la patogenicidad de una relación. Como exige hacer un nuevo esfuerzo por llegar una vez más al equilibrio, el desequilibrio transitorio contribuye al crecimiento en las relaciones. Sólo el desequilibrio fijo e inalterable, con su consiguiente pérdida de confianza y esperanzas, deberá considerarse patógeno.

Como nuestro concepto del equilibrio dinámico en el balance corresponde a los libros mayores de justicia en las familias, sus dimensiones principales incluyen el mérito, la obligación y otros aspectos éticamente significativos de las relaciones. Por consiguiente, aunque tenga importancia con respecto a la salud de los miembros individuales, el equilibrio nunca puede determinarse a partir del grado de tensión psíquica o satisfacción de un solo miembro, sin consideración por la justicia del otro u otros desde su punto de vista. En consecuencia, la patología relacional de los individuos tiene que traducirse en términos sistémicos de patogenicidad.

Aunque destacamos que el libro mayor de méritos, en relación con la justicia, es la estructura relacional básica que exige un balance equilibrado, tenemos conciencia de muchas necesidades y aspiraciones individuales que deben, todas ellas, balancearse en dichos libros mayores. Las necesidades instintivas, de afirmación de si y seguridad que tienen los individuos son ejemplos de factores adicionales que afectan el presente balance real de los libros mayores relacionales.

Aunque en lo individual no se llegue a poseer la necesaria normalidad o salud, incluso así pueden

forjarse relaciones equilibradas. Por ejemplo, un individuo mentalmente retardado puede adecuarse

a determinadas relaciones que resultan equilibradas tanto en lo que atañe a sus requerimientos

como a los de la otra persona. Como el equilibrio significa reciprocidad, la interacción de la persona sana con la retardada requerirá una contabilidad asimétrica a fines de mantener ese equilibrio. El principio básico de justicia puede orientar a las partes para que elaboren una equidad satisfactoria en las interacciones. Lo mismo ocurre respecto de las relaciones existentes entre dos o más partes cuyo poder es desigual, siempre que exista un vinculo de apertura e integridad de la contabilidad.

Las relaciones desequilibradas durante mucho tiempo entrañan una psicopatología individual de, por

lo menos, uno de los participantes clave. El desequilibrio en la reciprocidad de una relación nunca es

estático ni permanece estancado, y a menos que pueda restaurarse el equilibrio, genera en forma

progresiva una tensión cada vez más explosiva.

Aunque son difíciles de separar las implicaciones nocivas del desequilibrio de las propias de la explotación, la esencia del desequilibrio radica siempre en una cadena de procesos sociales, más que en la iniciativa o los actos de un individuo. El desequilibrio trasciende los propios hechos o faltas concientes. Por ejemplo, un sistema de relaciones basado en la negación de la reciprocidad puede mantenerse de buena fe sobre una base económica o de poder. Los padres pueden librar batalla con las sombras de su propia explotación pasada, «usando» sin saberlo las vidas de sus hijos para saldar cualquier supuesta injusticia de la infancia.

La patología es un concepto médico individual. Su contrapartida, en un nivel sistémico multipersonal, debe definirse como una configuración relacional patógena. En la actualidad no contamos con un lenguaje apropiado para describir la patogenicidad familiar. Tradicionalmente, se la ha designado tan sólo por medio de las psicopatologías individuales resultantes de los miembros de la familia. Sin embargo, como especialistas en terapia familiar debemos definir una guestalt estructural, causal y descriptiva apropiada, en vez de basarnos en una mera sumatoria de patologías individuales. La empresa requerirá el uso de los conceptos de lealtad, justicia y orden del universo humano como pilares.

El

desorden de la guestalt sistémica de contabilización de méritos no es menos real que la patología,

la

psicología o la fisiología individual. Tal como lo explicamos en capítulos anteriores, el individuo

integra un sistema de relaciones a raíz de sus compromisos de lealtad. Está comprometido con la familia por medio de obligaciones tanto manifiestas como invisibles, que a su vez son reguladas y equilibradas de modo permanente por las interacciones de ese miembro. Hay una tendencia universal a esperar una compensación justa por los propios aportes y a pagar una compensación justa por los beneficios recibidos; pero ciertos factores sobrecargan a los miembros de un sistema de relaciones y les impiden llevar un libro mayor de justicia equitativo. El presente capitulo describe los medios por los cuales las familias niegan o evaden su responsabilidad y, por ende, inducen la

existencia de pautas relacionales patogénicas entre sus miembros. Sostenemos que el conocimiento de las propiedades del libro mayor es más importante, básicamente, que el conocimiento de las pautas manifiestas.

La carga que significa llevar las cuentas de beneficios

A la gente puede resultarle natural satisfacer obligaciones simples en el toma y daca corriente y

manifiesto de sus interacciones sociales. No obstante, la responsabilidad a largo plazo por la

«contabilización» de obligaciones devengadas comienza a representar una carga para el individuo,

la que exige tanto una memoria ordenada como la capacidad de posponer el balance de los libros

mayores. La consideración de las obligaciones devengadas de toda la familia plantea exigencias aún mayores. Cuanto más numerosa sea la familia extensa, más amplia será la gama de posibles beneficios emocionales para los miembros, pero más vasto será también el alcance de la jerarquía de obligaciones. Las raíces de las obligaciones pueden hallarse varias generaciones atrás, y estar fuera del conocimiento de los vivos.

De esto se desprende que uno de los requerimientos de un sistema de relaciones familiares sano, o que promueva el crecimiento, reside en poseer reglas y criterios sobre las obligaciones y la autonomía individual permitida que sean relativamente accesibles. La claridad de las reglas que determinan el modo de llevar el libro mayor contribuye a crear una atmósfera de confianza básica en cualquier grupo social. En ausencia de tal claridad, aparecen las manipulaciones, las sospechas y el resquebrajamiento de la justicia. Sobreviene el caos, o la implantación de una autoridad rígida como defensa contra aquel.

Pautas del conflicto de lealtades en el matrimonio

El conflicto de lealtades es intrínseco a cualquier tipo de vida familiar. Toda autoafirmación individual

constituye un desafío para con la lealtad familiar compartida. A ella se suman más lealtades conflictivas cuando el joven adulto está listo para forjar nuevos lazos responsables con sus pares. A menudo, el matrimonio provoca enfrentamientos entre los dos sistemas de lealtad de las familias originarias, además de las exigencias que plantea a ambos cónyuges en el sentido de equilibrar el balance de su lealtad conyugal frente a las lealtades debidas a sus familias de origen.

Postulamos que los determinantes relacionales más profundos del matrimonio se basan en un conflicto entre la lealtad no resuelta de cada cónyuge con la familia de origen y su lealtad hacia la familia nuclear. Llamamos «lealtad original» a la obligación no resuelta para con la familia de origen. La lealtad original no guarda proporción necesariamente con los verdaderos cuidados prodigados con amor por parte de la unidad parental. Dicha lealtad puede centrarse en una abuela o tía, en los hermanos de crianza, en una casa, ciudad, subgrupo cultural o país, e incluso en una madre enferma de manera irremediable y supuestamente incapaz de cumplir sus deberes maternales.

Cuando un hombre y una mujer contemplan la idea del matrimonio, su lealtad para con la unidad familiar nuclear prevista debe alcanzar tanta importancia en profundidad como para que puedan superar sus lealtades originales. Otros componentes de su motivación y de su capacidad para equilibrar su nuevo compromiso se originan en el instinto de reproducción, que consiste tanto en la atracción heterosexual como en la lealtad mediatizada para con los hijos que han de nacer de esa unión. El afecto, o sea la capacidad de amar y ser amado, es otro factor del compromiso. Un tercero es la fantasía anhelante de crear una unidad familiar mejor que la de la familia de origen. En determinados casos esto se extiende a un sentimiento conciente de rescatar al otro o ser rescatado por el otro de una situación indeseable, nociva, vergonzosa o penosa. Otros factores de equilibrio adicionales son: el hecho de ajustarse a las expectativas de la sociedad, compartir los valores del grupo de pares que forman otras jóvenes parejas casadas, así como la dignidad de la paternidad y los derechos de familia, un sentido de seguridad, satisfacción por querer a otro y ser querido, y mutua amistad.

Todos estos factores deben predominar con el fin de permitir a los cónyuges ejercer un contrapeso respecto de su vínculo de lealtad original. Sin embargo, incluso en el caso de que se dé un refuerzo

mutuo óptimo entre dichos factores, los compromisos originarios de lealtad sólo pueden ignorarse parcial y temporariamente. Si no existe alguna forma de reconciliación o «reelaboración», estos compromisos de lealtad originales, inconcientes en su mayor parte, tienden a socavar los nuevos compromisos.

El hecho de experimentar la tensión de dicho conflicto hace que mucha gente: a) rehúya el compromiso matrimonial, b) se muestre agudamente perturbada en el momento de formalizar el compromiso, c) recurra a medidas defensivas (neuróticas) de autosacrificio en un esfuerzo por salvar «éticamente» el conflicto, o d) rompa su matrimonio.

Una mujer joven, ganadora de varios concursos de belleza, provocó una grave tensión a sus conservadores padres cuando se mudó a un departamento independiente y les dio a entender que tenía numerosas aventuras amorosas. Tras varios meses de existencia «rebelde», comprometió con un joven. Sin embargo, en vísperas de la boda ella decidió romper el compromiso, declarando que «no merecía» casarse. Sobre la base de su conducta, se le diagnosticó psicosis y fue internada.

Al cabo de varios meses de terapia familiar, la joven fue dada de alta, tras lo cual su propia madre se convirtió en la paciente principal, aquejada de un estado de depresión que duró mucho tiempo. La hija reconoció luego su capacidad para tener una ocupación útil y para la vida en sociedad, pero siguió eligiendo compañeros del sexo masculino con los cuales siempre tenía una buena excusa para no casarse, en tanto que se mantenía a completa disposición de sus padres.

En otra familia de mentalidad tradicional, ninguno de los tres hermanos -activos e insólitamente exitosos- contrajo matrimonio antes de los treinta años. Cada uno de ellos decidió casarse sólo después de oír el consejo de los padres en ese sentido. Interesa advertir que el padre les servía leche caliente en la cama a los tres hermanos, aún mucho después que hubieran cumplido los veinte años.

En otra familia, con cuatro hijos de más de treinta años, sólo un hijo varón se había casado. Este hombre comenzó a padecer un estado de depresión psicótica pocos años después de contraer matrimonio. Posteriormente perdió su trabajo y, a pesar de su inteligencia y un título universitario, volvió a trabajar en la tienda paterna como empleado de despachos y conductor del camión. Su padre le pagaba un sueldo bajo, y nunca llegó a nombrarlo socio del negocio. Su esposa defendió sin éxito su lucha por la independencia y por recibir un tratamiento justo dentro de la propia familia del hombre. Cuando más adelante él se vio afectado por una dolencia, rechazó los devotos cuidados de su esposa y, hasta el fin de sus días, profesó una lealtad exclusiva hacia los miembros de su familia de origen.

El sistema matrimonial puede servir de muchas maneras como depositario transitorio de la lealtad o la confianza. En épocas remotas el contrato matrimonial se basaba en convenios entre las dos familias de origen; de acuerdo con los mitos de nuestra época, debe apoyarse en la atracción sexual y el afecto entre las partes. La unión matrimonial, si bien no se funda en una relación «de sangre», está dirigida a gestar una lealtad tal mediante la generación de la prole. Idealmente, los padres también forman un sólido equipo unido por la lealtad, brindándose apoyo mutuo para lograr emanciparse en forma responsable de sus familias de origen. Sin embargo, probablemente debido a las implicaciones éticas de dependencia, las alianzas de lealtad verticales (trasgeneracionales) - aunque a menudo negadas o minimizadas- tienen bases más profundas y son más fuertes que las horizontales.

Potencialidad terapéutica del equilibrio dialéctico de las obligaciones de lealtad

Todo sistema de lealtad puede caracterizarse como una contabilización ininterrumpida de obligaciones con saldos que, en forma alternativa, son positivos o negativos. Las muestras de solicitud e interés se suman al balance positivo, en tanto que toda clase de explotación va en desmedro de él. Tradicionalmente, se presupone que el equilibrio existente en el balance entre los padres y sus familias de origen es fijo. Parte de nuestros mitos dicen que la paternidad es una avenida unilateral para «dar», y la infancia para alentar una dependencia también unilateral. Cabe presuponer que el progenitor se ajustará al statu quo en relación con sus frustraciones del pasado. Sin embargo, se supone que todo aquello que pueda devolver emocionalmente, habrá de dárselo a sus hijos.

Nuestro concepto de la autonomía relaciona) pinta al individuo como un ser que mantiene un diálogo modificado, aunque plenamente responsable y sensiblemente interesado, con los miembros de la familia de origen. En ese sentido, el individuo puede alcanzar la libertad necesaria para trabar relaciones plenas y por completo personales sólo en la medida en que sea capaz de responder a la devoción paterna poniendo interés de su parte, y dándose cuenta de que el hecho de recibir guarda intrínseca relación a su vez con el hecho de tener una deuda. En consecuencia, la lealtad no es sinónimo de amor o de emociones positivas, aunque la «calidez» emocional es inseparable de una sensibilidad para con la justicia de las situaciones humanas. En la terapia familiar presuponemos de entrada e investigamos en forma activa el modo en que todo progenitor tiene ocasión de efectuar un intercambio de lealtad más perfecto y dotado de mayor reciprocidad con su familia de origen. Quizás una actitud más generosa redunde en una compensación benéfica para el mismo padre, aun cuando su propia dependencia respecto de la familia de origen nunca pueda gratificarse. Para liberarse de esa deuda original y de la culpa por su falta de interés, el progenitor puede aprender a obtener una gratificación a partir de la relación que todavía mantiene (en forma cada vez más generosa) con el abuelo anciano o enfermo, como si este último fuese su propio hijo.

La naturaleza de los balances de obligaciones es intrínsecamente dialéctica, por cuanto el hecho de dar más puede ser el camino para recibir más en una determinada relación. Este movimiento perpetuo, característico de la dinámica relacional, se basa de manera parcial en la relación antitética entre el poder y la obligación. Lo que en apariencia se cede en términos de una posición de poder autoafirmativa mientras se cumple una obligación para con un tercero, al mismo tiempo mejora la propia posición en términos de las cuentas de culpa. De la naturaleza dialéctica de las relaciones entre padres e hijos se desprende que cuanto mayor sea la auténtica preocupación que demuestra el padre por el crecimiento del hijo, más probable es que el progenitor obtenga satisfacción emocional, El descuido o la explotación de los hijos constituyen un falso ahorro de «inversión» de energías. Inevitablemente se vuelven contra los padres, en forma de daño narcisista y culpa, con pérdidas para todos los interesados. Aunque el sistema parento-filial de lealtad y confianza debe brindar un autorrefuerzo positivo, requiere una preparación derivada de la maestría del padre para conciliar sus obligaciones de lealtad hacia su familia de origen. El progenitor puede utilizar la capacidad de afecto innata del hijo para volver a «ponerle combustible» a sus propios suministros de confianza básica (fenómeno que describe Harlow [50] en monas madres que han sido privadas de cuidados maternos y en sus crías).

Redefinición de la autonomía del niño (dimensiones del desarrollo)

La creciente autonomía del niño plantea un conflicto con el sistema vertical de lealtades. La autonomía es un concepto engañoso, a menos que se lo interprete en términos relacionares: debe abarcar la capacidad para establecer un nuevo equilibrio entre compromisos verticales y horizontales, más que el abandono de los primeros. El niño no se vuelve leal a sí mismo en un vacío. El desarrollo autónomo exige que el hijo se libere de la forma de lealtad exclusiva que lo ataba a la familia de origen y se aboque a las relaciones con sus pares y su cónyuge. Mientras

establecen un nuevo equilibrio entre las antiguas y las nuevas lealtades, los adolescentes parecen estar capacitados para relacionarse con la sociedad como un todo, y asimilar las ideas de progreso, ciencia, arte, etc., como sustitutos de las relaciones humanas. El concepto de Erikson [34] de una «moratoria del desarrollo» viene muy a cuento: una moratoria consiste más en una resolución postergada que en el abandono de las lealtades originales. Dicha moratoria puede ser extraordinariamente prolongada: cuando el individuo se mantiene en un estado de estancamiento relaciona) aparecen síntomas de una patología individual, y, por debajo, compromisos de lealtad vertical irresolubles e inalterables, aunque ya se los haya denunciado.

En ciertos sistemas familiares cualquier movimiento en pos del logro de autonomía por parte de un niño constituye una imperdonable deslealtad. A la inversa, la incapacidad para desarrollar autonomía es deplorada en forma abierta pero valorada de manera encubierta como prueba de un compromiso de lealtad para con la familia de origen. A los efectos de sustentar un sistema relaciona) viable en cualquier familia, la creciente independencia de los hijos debe ser reequilibrada constantemente con formas más maduras de compensación de la deuda de gratitud para con los padres. La autonomía, en el sentido que nosotros le adjudicamos, no debe ser conceptualizada en términos funcionales, ejecutivos o de eficacia: una autonomía ejecutiva absoluta significaría la antítesis de la lealtad, la solicitud, el compromiso o incluso la capacidad de relación; coloca al individuo en una posición de aislamiento centrado en sí mismo.

La emancipación respecto de la excesiva dependencia propia de la infancia, gira en torno del logro de los intentos que efectúa el adolescente por hacer un nuevo balance de las obligaciones de lealtad. Esto debe destacarse a raíz de la indebida importancia que los especialistas en terapia individual asignan al corte unilateral de las manifestaciones de dependencia en la etapa de individuación de los adolescentes. Es cierto que durante toda la etapa de maduración el adolescente debe aprender a descontar las obligaciones rígidamente comprometedoras de compensación por los servicios y disponibilidad de los padres. Si no hay una «liberación» de dicha obligación el adolescente no estará capacitado para liberarse él mismo y utilizar su potencial, por ejemplo en el proceso de evaluar y asumir compromisos hacia los pares y la futura pareja. Sin embargo, para alcanzar un nuevo equilibrio debe tener lugar un prolongado proceso de negociación de acuerdos entre el adolescente y sus progenitores. A menudo dicho proceso es soslayado mediante actos que, supuestamente, han de resolver en forma mágica los conflictos propios de la emancipación. La repentina separación física, o el ofrecimiento de exoneración por medio de la conducta autodestructiva del adolescente, pueden tener este significado. Actos tan precipitados oscurecen el problema real, haciendo que la lucha por la autonomía quede oculta por un tiempo para reaparecer con posterioridad, cuando resulta aún más difícil evaluar y saldar las obligaciones.

Pese a que los conflictos de lealtad son significativos en el proceso de maduración y separación del adolescente, hay muchos otros problemas psicológicos de importancia. (Véase el modelo dialéctico de Stierlin en relación con un amplio espectro de problemas [84].) El medio más respetable y lógico para liberarse de las obligaciones hacia los padres es convertirse uno mismo en progenitor. Así, el joven adulto adquiere una excusa para saldar sus obligaciones hacia el hijo, en vez de las que lo atan al padre. Sin embargo, esta forma de resolución dista de ser tan afortunada como aparenta en nuestras ficciones sobre la parentalidad. El supuesto de que el joven progenitor puede compensar (por completo) la deuda a sus padres mediante los oficios que presta a la siguiente generación es incorrecto, está basado en una negación parcial y, por consiguiente, puede llevar a ulteriores conflictos.

El verdadero traidor: ítem trágico del día

La persistencia rígidamente inalterable de las pautas de desequilibrio del balance propio del libro mayor de méritos familiar puede escapar a la conciencia de todos los miembros. La postergación de

una resolución, o del nuevo equilibrio, puede enmascararse incluso más mediante la vinculación de uno de los miembros con alguien de afuera. La investidura desproporcionada y excesiva de un cónyuge por parte de sus hijos puede dar como resultado la explosión imprevista de medidas reparatorias. Es bien sabido que el asesinato ocurre con mayor frecuencia entre las personas ligadas entre sí por lazos de parentesco o de afecto. Las aparentemente inexplicables erupciones de violencia pueden hallar su explicación en el libro mayor de méritos multigeneracional.

La señora S., una joven de 23 años, recibió una puñalada fatal de su padre cuando se aprestaba a dejar la casa de los progenitores tras haber tratado de reconciliarlos después de una pelea. Se mencionó también la circunstancia de que la señora S., madre de dos niños, estaba haciendo planes para festejar su tercer aniversario de bodas.

Lo que parece paradójico de esta historia es que la joven fue herida de muerte en momentos en que cumplía el papel de hija devota. ¿Acaso el ataque del padre tenía por destinataria a la madre? ¿Hubo un error, y la hija murió en forma accidental? Como el asesinato fue cometido con un puñal, es difícil que la hija recibiera la cuchillada por error, en lugar de su madre. Pero si la pelea había tenido lugar entre los padres, ¿por qué fue la hija quien recibió el castigo?

Teniendo en cuenta el sentido dinámico de la parentalización, la historia no parece tan paradójica, después de todo. Los preparativos de la hija para celebrar su tercer aniversario de bodas pueden, a ojos de los padres, aparecer como una'ostentación triunfal e inmerecida del hecho de haberlos abandonado. Por supuesto, todo progenitor tendría que sentirse feliz cuando un hijo se adapta de manera favorable. Sin embargo, si para esos padres la hija era la personificación del propio progenitor, y con quien sostenían lazos de dependencia a la vez que se sentían abandonados por ella, entonces podrían culpar inconcientemente a la hija, tomándola por «reo». Las constantes discusiones de los padres podrían, así, tener determinantes múltiples. Uno de ellos podría ser el deseo de recuperar la perdida fuente de dependencia. Sus continuas peleas asegurarían la permanente intervención de la hija, quien demostraba así su inquietud por los padres.

Si se recurría a la hija en forma reiterada para resolver el interminable conflicto de los padres, el hecho de recordar a ellos su propia y exitosa relación matrimonial tocaría su esencia dependiente, convirtiendo a la hija parentalizada en culpable implícita. Observada bajo esta óptica la circunstancia de que el padre apuñalara a su hija sería una consecuencia natural de la desesperada avidez de parentalización de ambos padres, reforzada por el derecho -profundamente sentido de restaurar la justicia afrentada. La discusión de los padres podría haber sido exteriorizada sobre la hija a partir de la propia imagen de sus progenitores, y desplazada de manera secundaria sobre cada uno de ellos. En el calor de la discusión, tal vez el desplazamiento secundario se haya derrumbado en el padre. La forma implícita de compartir la «justicia» de los dos progenitores puede haber extinguido la culpa del padre por el asesinato.

Consideración filial, lealtad y fortaleza yoica

¿Cuál es el lugar que ocupa, en la teoría de las relaciones, lo que en el marco individual se describe como fortaleza yoica? ¿La reafirmación de la individualidad entra en conflicto con la consideración de las obligaciones determinadas por la lealtad, o pueden ambas reforzarse mutuamente? Las relaciones disfuncionales, en especial las configuraciones de lealtad perniciosas, no brindan apoyo al individuo sino que, más bien, lo explotan. De acuerdo con el tiempo y la configuración total de la relación, la deficiencia cualitativa en una relación entre padres e hijo puede ser tan dañina como la temprana pérdida de los padres.

En general se acepta que la muerte y otras formas de carencia temprana disminuyen en los hijos los recursos de autoestima y competencia funcional en años posteriores. Naturalmente, hay cabida para

la reparación de las pérdidas, sea por medio de las reservas innatas del hijo o mediante influencias

compensatorias en sus otras relaciones formativas. Circunstancias afortunadas pueden ayudar al individuo a salvar la brecha de confianza y dependencia, y desbaratar los efectos de lo que podría

convertirse en una congoja patológica y mutiladora (por ejemplo, el hecho de que el hijo se culpe por

la muerte del progenitor).

El hijo que en realidad tiene una baja estima por su padre es probable que salga peor parado que el que pierde a uno amado y respetado. El progenitor expoliador, manipulador de modo injusto y

quebrado en sus relaciones coloca sobre el hijo una carga implícita que lo lleva a tratar de restaurar

la imagen paterna antes que ese hijo pueda lograr justicia en el trato reciproco. Tal vez, el obstáculo

más pesado en la hoja personal de balance de méritos sea el desprecio por los propios padres. Al tener que ser leal frente a una situación de poca estima por un progenitor, el individuo experimenta un continuo agotamiento de sus reservas de confianza. En muchos casos trágicos, los hijos protestan por el menosprecio de sus padres sin ser oídos o siquiera advertidos. La lealtad del hijo parece malgastarse sin recibir confirmación.

Por ende, los conflictos de lealtad son obstáculos más vitales y arraigados de manera profunda - para el individuo que los de comunicación. Atrapado en una situación unilateral de lealtad, uno tiende a escapar mediante la negación, los actos rebeldes de deslealtad o la elección de una víctima propiciatoria en otra forma de relación, como el matrimonio, por ejemplo. Por medio de esas soluciones indirectas, la persona se ve implicada en una falta de autenticidad más profunda, que puede incluso socavar su integridad. En un matrimonio proyectivamente acusatorio, uno está desgarrado entre la creciente culpa por la destrucción y la decreciente esperanza de una resolución valedera del conflicto original.

Implicaciones de lealtad en la muerte del progenitor de un adulto

La muerte de un progenitor pone fin a la posibilidad de hacer un. ulterior balance de las obligaciones. En el sentido de que no hay más posibilidades (y de ahí, obligación) de volver a equilibrar el balance mediante la acción directa; aparentemente, la muerte, parece traer alivio. Sin embargo, ella también puede agravar el sufrimiento propio, cancelando toda esperanza de indultar obligaciones cargadas de culpa hacia el progenitor muerto.

En dos casos en que sendas mujeres habían declarado tener en baja estima a sus madres, por ver en ellas personalidades excluyentes, expoliadoras y negativas, la muerte de las madres produjo resultados distintos:

En la única sesión en la que fueron vinculados sus padres, la señora A. -madre de tres niños- atacó

a su madre haciéndola el blanco de sus acusaciones y de su cólera vindicativa. La mujer señaló

cuán profundamente herida se había sentido cuando su madre no la había invitado (a ella y a sus hijos) a pasar en su compañía un día de feriado religioso mientras su marido estaba fuera de la

ciudad. En medio de su descarga emocional, la señora A. apenas si pudo escuchar los argumentos que esgrimía la madre en autodefensa.

La madre murió unos meses después en forma inesperada. Sin embargo, diez días antes del fallecimiento la señora A. y su madre sostuvieron lo que la primera de ellas describió como la única buena conversación que ambas tuvieron jamás. Tras el fallecimiento, la mujer asoció su ira y frustración al hecho de que el destino no le había permitido mejorar la relación con su madre, y aun consideró seriamente la posibilidad de entablarle juicio al médico de la madre, por negligencia.

El duelo hizo que la señora A. imprimiera una nueva dirección a su desdeñoso resentimiento. En vez de culparla a la madre, ahora atacaba a otros: su padre, su hermano, marido, hijos y a los terapeutas. Buscando el único consuelo que estaba a su alcance, programó visitar al único pariente

vivo que quedaba de su madre, un anciano de 78 años. Ella esperaba descubrir, por ese intermedio, circunstancias que podrían explicar y exonerar las supuestas fallas de la madre. En la medida en que la culpa pudiera rastrearse en situaciones preexistentes, la señora A. podría absolver a su madre de parte de la culpa y la vergüenza. Asimismo, ella jugaba en forma continua con la posibilidad de buscar un chivo emisario en la terapeuta.

La señora B. alentaba sentimientos bastante similares hacia su propia madre, y se mostró

profundamente pesimista en torno del proyecto de mejorar jamás sus relaciones. En el curso de la terapia familiar descubrió que su madre estaba enferma de manera fatal. En tanto que dicha circunstancia limitaba el margen de tiempo que podría permitir cualquier mejoría de la relación, la inminente pérdida actuaba de estimulo para reelaborar las oportunidades aún existentes. Cuando la madre desarrolló una mayor dependencia física hacia ella, la señora B. pudo trasformar su actitud hacia la progenitora, pasando del anterior desprecio y resentimiento al amor, la reversión de la dependencia y el respeto. La muerte se produjo como una forma de alivio aceptable, que permitió a

la señora B. afirmar: «Perdí a mi madre, pero he ganado una madre».

La huida como forma de eludir el enfrentamiento con el libro mayor

Un método difundido para evitar tener que hacer el pesado balance de las obligaciones se manifiesta en la creación de un clima o de «reglas del juego» bajo las cuales las obligaciones personales se tornan oscuras, desconcertantes y finalmente indiscernibles.

El repudio

Compartimos la opinión de que la crisis de la familia contemporánea y de la sociedad como un todo guarda relación con una tendencia hacia la desmentida connivente de las lealtades invisibles, las responsabilidades intrínsecas y su sentido ético subyacente. En tanto que en el plano individual la desmentida puede definirse en términos psicológicos, la hecha en connivencia no permite postular una alineación paralela simultánea de desmentidas individuales en todos los miembros. Nuestro interés por los problemas éticos no implica una preocupación por los valores ético-religiosos del individuo y sus actitudes, sino más bien por la justicia social de las relaciones. La justicia, como estructura de expectativas normativas colectivas, forma el contexto de las relaciones. Kelsen afirma:

«Es importante distinguir, con la mayor claridad posible, entre la obligación en el sentido normativo del término y el hecho de que el individuo tiene la idea de una norma como obligación; de que esa idea ejerce cierta influencia motivadora en él, y, finalmente, lleva a una conducta de conformidad con la norma» [57, pág. 191]. En otras palabras, el individuo está inserto en un contexto social de obligaciones, lo reconozca o no. Las expectativas normativas de su universo humano forman el elemento crucial en el funcionamiento normal o patológico de la persona.

El concepto de la justicia objetiva del mundo relacional de un individuo puede aplicarse a la sociedad como sistema ético. Los ideales reduccionistas de nuestra democracia occidental pueden equiparar

a una sociedad libre con la suma total de las motivaciones competitivas y autoafirmativas de todos

sus miembros; sin embargo, resulta obvio que es inadecuado presuponer que, por ejemplo, la dinámica de la sociedad norteamericana consiste en las inclinaciones aleatorias por el poder, competitivas, agresivas y autoafirmativas, de ciudadanos y de grupos. Dicha concepción equivale a negar los pautamientos básicos de las relaciones.

Toda nación es medida, y se mide a sí misma, por la justicia y equidad de sus afanes. La nación explotada, aunque económica y políticamente salga perdedora, puede hacerse más fuerte por la realidad existencial de su justicia. Muchas grandes potencias, empeñadas en una exitosa explotación en el curso de la historia, sucumbieron no sólo ante enemigos externos sino ante desafíos internos planteados en relación con la justicia de sus propósitos y acciones.

Muchas grandes religiones y movimientos revolucionarios comenzaron a partir del ideal de ayudar a los explotados y menesterosos. Esos movimientos se convirtieron de modo gradual en organizaciones exitosas, poderosas y ricas. En forma concomitante, produjeron anomia, es decir, falta de normas; la lealtad y el compromiso con la acción de los miembros individuales se tornaron cada vez más confusos debido a la existencia de obligaciones más jerárquicas que éticas, y crearon a la postre un vacío de valores.

Los sistemas familiares, en medida aún mayor que culturas o sociedades enteras, poseen su propia contabilidad intergeneracional de méritos. La cadena intergeneracional puede llevar a una acumulación progresiva de culpa y endeudamiento, o a la paulatina exoneración. Las historias multigeneracionales de las familias muestran una periódica oscilación entre el aumento y la disminución gradual de la vitalidad. El individuo que nace en una fase cargada de culpas puede verse en situación de desventaja. El peso de las expectativas intrínsecas de hacer un nuevo balance del endeudamiento trasgeneracional puede inducirlo a huir negando su contexto humano, para vivir una vida de «exilio» respecto de la familia. ¿Cuáles son los mecanismos de progresivo atiborramiento de la hoja de balance para toda una familia?

Como los problemas de equidad, justicia y lealtad nunca pueden resolverse de manera plena, en ocasiones todos debemos recurrir a la evitación defensiva y la negación de la reciprocidad. Sin embargo, en algunas familias estos mecanismos defensivos se convierten en medios casi exclusivos de enfrentar los conflictos de lealtad. El crecimiento y la individuación se tornan casi imposibles en el contexto de relaciones que llegan a atar hasta tal punto. (Se enumeran algunas pautas de adaptación patógenas en las primeras obras sobre investigaciones de la familia en los casos de esquizofrenia [19, pág. 44]_) Los miembros de la familia pueden cultivar en forma mutua el desconcierto y la caótica falta de sentido con el fin de perpetuar su vinculo simbiótico, como si estuvieran obligados a no concluir nunca ninguna tarea ni dar por cerrada ninguna cuestión significativa. Las familias pueden entrar en connivencia para impedir que desaparezca algún tipo de aflicción, y por ese medio resistir de manera conjunta todo cambio o crecimiento emocional de cualquiera- de sus miembros [14]. Además, pueden insistir en las cuestiones materiales, el éxito, el rendimiento escolar, etc., en forma repetitiva y poco productiva, en un esfuerzo por evitar la resolución de las obligaciones de lealtad.

Los hijos adoptivos son víctimas de una mistificación inevitable cuando crecen. El acto de dar un niño en adopción, el secreto con que la mayor parte de los organismos a cargo de la adopción manejan los datos sobre los padres biológicos y la necesidad de proteger a la familia adoptiva tienen las características propias de una desmentida. En parte por ese velo de negación, para muchos hijos adoptivos es casi imposible resolver su conflicto de lealtades respecto de la pareja de padres que les dé algo de manera más auténtica y, por consiguiente, merezcan su devoción. Si se ponen de parte de una de las parejas de progenitores, tienen que ser desleales hacia la otra, a menudo sin conocer los criterios y medida de su endeudamiento comparativo.

En tanto que es racional presuponer que la temprana adopción puede crear una situación psicológicamente igual a la de la parentalización natural, un detenido estudio de las familias adoptivas demuestra que la situación es más compleja. Cuando los hijos descubren que han sido adoptados, comienza a crecer en ellos la curiosidad por las razones que llevaron a sus padres naturales a abandonarlos. ¿Cómo confiar en ningún padre adoptivo, si no pueden confiar en sus padres naturales? Por añadidura, la paternidad biológica no puede disociarse de una devoción profunda, aun cuando sea conflictuada. De acuerdo con las fantasías del hijo acerca de los misterios del embarazo, el nacimiento y otros tempranos oficios biológicos de los padres naturales, los padres adoptivos pueden aparecer como seres que usurpan en forma indebida derechos y títulos exclusivos. El hijo adoptivo tiende a desarrollar un mito acerca de los padres reales, que parecen

«malos» por el hecho de haber abandonado a su pequeño hijo. Este puede creer que se vieron

obligados a ello contra sus propias inclinaciones afectivas. En ese mito, impulsado por la expresión

de deseos, los padres naturales pueden convertirse en personas intrínsecamente buenas, con

quienes el hijo puede sostener singulares y misteriosos vínculos de lealtad. De esta manera, los lazos de sangre pueden ser más fuertes, aunque el hijo nunca haya conocido a sus padres reales. Tal vez el hijo adoptivo tenga que pasarse toda la vida aprendiendo a balancear el mito de la superioridad de los lazos de sangre con la realidad de las obligaciones contraídas hacia los padres

adoptivos.

Por su parte, estos últimos tienen que resolver la ambigüedad existente entre la certidumbre inicial que alentaban acerca de sus derechos y compromisos parentales, por un lado, y el hecho de no haber proporcionado los correspondientes oficios biológicos, por el otro. Además, si también hay hijos naturales en la familia, finalmente todo el mundo siente la diferencia que implican los lazos de sangre. A pesar de tener las mejores intenciones, los padres adoptivos tendrán que basar su devoción paterna al menos en una negación parcial de los hechos.

Formas del estancamiento relacional

El concepto de estancamiento relacional connota una patogenicidad a través de una pauta de vida inanimada. Está determinado por criterios tanto internos como externos a la psicología de los individuos participantes. Así, debe diferenciarse, por ejemplo, de la manera en que el individuo rehúye la realidad de una relación debido a su propia patología. Las interacciones relacionales siguen siendo un libro mayor dinámicamente programado, pero sus opciones se limitan de modo rígido a una pauta de estancamiento.

Los especialistas en terapia familiar se interesan por el significado práctico del estancamiento relacional: ¿de qué manera se lo descubre, y qué puede hacerse al respecto? Tal como ocurre con

los

demás fenómenos descritos en este capítulo, el estancamiento relacional debe definirse primero

en

un nivel sistémico multipersonal, y traducirse después en sus manifestaciones individuales.

Los sistemas familiares no poseen las mismas dimensiones de desarrollo que los individuales. El individuo tiene un tiempo de vida finito, que va del nacimiento a la muerte, avanzando a través de fases identificables. El sistema familiar, si se lo define como algo más amplio que la familia nuclear, posee una existencia infinita. Las familias nucleares se desintegran, y las nuevas generaciones agregan nombres y raíces familiares al árbol genealógico. Sin embargo, el sistema emocional de la familia de mi hermano se empalma con el de mi propia familia nuclear, aun cuando -por ejemplo- no nos hayamos visto durante casi dos décadas y nuestros hijos no se conozcan. En la medida en que representamos dos polos de una posición relacional, alguien en su familia es pasible de asimilarse a

mi posición, y viceversa. Por añadidura, tanto el sistema familiar de mi hermano como el de mi

familia nuclear se vinculan en forma significativa con nuestra familia de origen. Por otra parte, ese sistema deriva de ambas familias de origen de nuestros padres, etc.

En consecuencia, la continuidad de los libros mayores de los sistemas multipersonales es atemporal. El principal objetivo de las familias es la crianza de los hijos; un sistema familiar puede considerarse vivo, sano y en proceso de crecimiento en la medida en que cumple esa meta, o estancado, desde el punto de vista del desarrollo, si no cumple esa función tan importante. La detención del proceso de crecimiento relacional en una familia puede abarcar desde el abierto triunfo de la posesión simbiótica, por ejemplo de un hijo esquizofrénico, a variadas formas de seudoindividuación. Uno de los extremos de lealtad patógena es el que Bowen describe en forma gráfica con la expresión «masa yoica familiar indiferenciada» [21, pág. 219]. En otro nivel, el acting

out sustitutivo de los impulsos de uno de los progenitores [56] puede interpretarse como una interrupción de la individuación a raíz de obligaciones de lealtad filial inconcientes.

Hoy en día se acostumbra describir una de las condiciones del hombre moderno con el nombre de alienación. Vivimos en una era en que se asigna extrema importancia a la necesidad de mostrarse «vinculado», «abierto», o de aprender a estar «conectado». Sin embargo, desde los tiempos de Durkheim [32], la anomia no ha hecho más que aumentar en nuestra civilización. La decadencia de la religión trascendental y de otros valores culturales, así como la de la familia extensa tradicional, llevaron al debilitamiento del apoyo ético recibido por el individuo. La «explosión de información» que derraman los medios de comunicación ha incrementado, al mismo tiempo, la necesidad de ingerir e integrar los datos sobre los que se basa la toma de decisiones. Hemos avanzado un largo trecho desde la era del «hombre autodirigido» [75].

El rápido incremento de las actividades de grupos de encuentro y sensibilización surge en parte de la esperanza de que, siempre que sus miembros estén lo bastante «abiertos», los grupos que se reúnen en forma incidental puedan crear un sentido de relación significativa, incluso cuando el individuo haya perdido su sentido de pertenencia existencial al mundo de sus orígenes y su familia nuclear. Sin embargo, tal vez estos métodos no puedan arrancar al individuo de su estancamiento relacional.

Marcuse subraya el hecho de que el individuo está abrumado hoy por la «cultura de masas» con su «racionalidad tecnológica». Destaca este autor la necesidad de soledad, «la misma condición que sustentó al individuo en contra, y más allá, de su sociedad» [64, pág. 71]. En nuestra opinión, sin enfrentar y trabajar en pos de la resolución de sus obligaciones relacionales, el hombre moderno no tendrá ocasión de mejorar su condición existencial y, en el mejor de los casos, estará condenado al estancamiento. Sigue siendo un hecho el que, a pesar de nuestros grandes adelantos en el campo de la racionalidad científica y el pragmatismo de la conducta, nuestros nuevos valores no pueden remplazar a la injusticia y el desequilibrio en el balance de méritos como estructuración social y fuerzas motivacionales más significativas de la existencia.

El fracaso manifiesto (¿deslealtad hacia uno mismo?)

Un hijo puede fracasar en todas sus relaciones sociales externas y hacerlo, paradójicamente, para salvaguardar su leal adhesión a la familia. Todo el espectro de la nosologia psiquiátrica individual ejemplifica la gama total de categorías posibles de dicho fracaso: psicosis, fobia a la escuela, fallas de aprendizaje, delincuencia, etc. A cambio de su lealtad familiar profunda, se permite a la prole simbiótica y esquizofrénica, consagrada a perpetuidad a la familia, que se muestre con frecuencia irrespetuosa y ofensiva con los progenitores.

La persona que se casa con un ser física, social o intelectualmente inferior tal vez concierte, sin saberlo, un intrincado acuerdo entre el fracaso personal y el logro sacrificado. Al principio, la deslealtad que se le imputa por haber abandonado a la familia nuclear se ve contrapesada por la carga autoinfligida y la sacrificada generosidad para con la pareja impedida. Sin embargo, hemos trabajado con mujeres que, a modo de desafío, se casaron con hombres psicóticos o físicamente impedidos sólo para descubrir la fuerza de sus compromisos de lealtad no resueltos con su familia de origen muchos años después. Su autojustificación moral, surgida del autosacrificio (a la manera de un mártir), las hunde en una frustrada ambivalencia. A medida que otras motivaciones de reafirmación de si mismo comienzan a introducirse en su matrimonio, su sacrificio puede perder todo efecto; el balance interno de méritos se inclina en dirección de la culpa, por la deslealtad hacia las propias familias de origen. Antes la deslealtad estaba enmascarada por una sacrificada devoción;

ahora puede establecerse un nuevo balance mediante la frustrante hostilidad y el cruel rechazo del cónyuge.

Los actos delictivos reales o supuestos cometidos por la prole pueden servir para unir a padres enemistados, y de ese modo desviar la atención de su mutua tendencia a la destrucción. A menudo la clave del tratamiento familiar de jóvenes abiertamente rebeldes consiste en hacer aflorar las formas en que se mantienen consagrados a sus padres. El entrelazamiento de pautas de relación rebeldes en la superficie, aunque leales de modo profundo, siempre tiene una compleja estructuración multigeneracional.

Un sistema trigeneracional de exoneración se puso de manifiesto en una familia en la que la rebelión adolescente del padre y el abandono de la tradición religiosa de la familia se veían aumentados por

la conducta y los planes matrimoniales de sus dos hijas con hombres de distinta raza y religión. Fue

debido a la «deslealtad» de las hijas que el padre comenzó a enfrentar sus propios conflictos de lealtad no resueltos con los padres.

El fracaso sexual como conflicto de lealtades encubierto y sin resolver

Las peleas continuas e ininterrumpidas entre marido y mujer, además de ser resultantes de las motivaciones personales de cada cónyuge, por lo común están determinadas por las reglas fundadas en la lealtad del sistema de realimentación «homeostática» de la díada matrimonial. Al rechazarse mutuamente y rechazar el matrimonio, los cónyuges que pelean demuestran, sin saberlo, su lealtad incólume hacia sus familias de origen. La impotencia, la frigidez y la eyaculación precoz pueden equivaler, todas ellas, a actitudes encubiertas de deslealtad hacia el cónyuge, para subrayar la lealtad invisible hacia la familia de origen.

A menudo puede demostrarse que ciertos problemas manifiestos en las relaciones heterosexuales

giran en torno de lealtades ocultas hacia los propios padres. En los siguientes casos, la culpa no resuelta por la deslealtad hacia uno de los progenitores es la base de la elección autoderrotista de pareja, inconcientemente determinada, o de fallas en el funcionamiento sexual.

La señorita C., una joven de color, fue a ver a su terapeuta individual a raíz de una emergencia. Se había cortado ambas muñecas, aunque no en forma profunda, debido a su inminente separación de Joe, un joven blanco que planeaba dejar la ciudad para ingresar a la facultad de medicina. La muchacha sostuvo estar sola por completo, ya que su única relación era la que había sostenido con Joe, con quien tenía esperanzas de casarse. Sin embargo, la señorita C. indicó que se había encontrado en situaciones similares con una serie de hombres jóvenes, incluyendo al padre de su hija de tres años.

Cuando el consultor familiar preguntó si sería posible incluir a la madre con el fin de investigar esa relación, la joven se negó. Sostuvo que no tenía ningún trato con la- madre. Todo cuanto su progenitora diría era que lamentaba que «la vida de su hija volviera a estar embrollada». No obstante, nos dio otro indicio de lo que pasaba: la madre había estado celosa de sus relaciones con todos sus novios.

El especialista en terapia familiar sugirió que la señorita C. estaba más vinculada con su madre de lo

que ella admitía. Tal vez estaba empeñada en una guerra fría contra aquella, tratando de herirla por

intermedio de todos sus novios. En ese punto, en un tono de voz asombrosamente espontáneo, la señorita C. recordó un sueño reciente en el cual se sentía muy enojada con su madre por prestar esta más atención a una amiga suya que a la señortia C. Agregó que había sentido exactamente el

mismo tipo de cólera contra la madre, en el sueño, que contra Joe cuando este mencionó por primera vez a su nueva novia.

La autoderrotista trayectoria romántica de esta mujer puede conectarse fácilmente con maniobras repetitivas de celos, dirigidas a renunciar a su profunda lealtad hacia la madre. En tanto que lograba poner celosa a la madre con todos sus novios, la elección autodestructiva de amigos ayudaba a contrapesar sus obligaciones de lealtad, cargadas de culpa. Las amistades llevaban en sí su propio castigo.

La señora D. asistió a una sesión de evaluación en el curso de la terapia familiar debido a un serio problema conyugal. Durante varios años se había mostrado desinteresada en lo sexual, y había pensado abandonar al marido, aunque sostenía no tener relaciones con ningún otro hombre. Con anterioridad había sido remitida para tratamiento psiquiátrico debido a una «ulceración en el bajo abdomen». Ella casi se mostró divertida cuando recordó que durante un tiempo había ocultado su embarazo, e incluso su casamiento, a sus padres. Agregó que, desde el comienzo de su matrimonio, siempre que su madre estaba en la casa le resultaba imposible tener relaciones sexuales con su marido. La frigidez sexual era la primera defensa de esta mujer, por su culpa a raíz de la deslealtad que había cometido respecto de sus padres, y sus intentos de separarse eran la segunda.

La señora E., una mujer de 38 años, se estaba recobrando de una reciente histerectomía. En presencia de su hija de 20 años, le dijo al terapeuta que no le había preocupado el hecho de perder su funcionamiento sexual. Describió un reciente sueño sexual como prueba de que todo andaba bien. La hija añadió que ella había tenido experiencias similares tanto en los sueños como con otros hombres; sin embargo, siempre había sido frígida con su marido. Añadió que tenía que estarle agradecida a la madre por haberle proporcionado un «buen equipo». Durante todo el examen de sus relaciones, la hija pareció acusar una fuerte dependencia respecto de la madre. El aspecto negativo de su mutua ambivalencia se contrapesaba mediante su compartida desvalorización de los hombres y el sacrificio que había hecho la hija de su matrimonio, supuestamente insalvable. Su incapacidad para comprometerse con el matrimonio era un acto de devoción inconciente hacia su madre.

El hijo de padres que pelean en forma constante puede sentirse herido, rechazado, sobrestimulado o deprimido. No obstante, en el nivel de compromiso relacional, el hijo tiende a sentirse obligado a salvar a los padres y su matrimonio de la amenaza de destrucción. La hija de un matrimonio que siempre discutía estuvo presente en las sesiones de terapia familiar sólo durante las vacaciones, ya que asistía a la universidad fuera de la ciudad. Cuando se le preguntó por su vida social en la universidad, activa aunque bastante incoherente, dijo que era incapaz de consagrarse a una amistad o salir con muchachos porque siempre pensaba en sus padres. Como ya no estaba cerca para ayudar o proteger a sus progenitores, le preocupaba la posibilidad de que se divorciaran o de que su salud corriera un grave riesgo.

Congelación del sí-mismo

Otra forma de estancamiento relacional es la congelación inconciente del sí-mismo interior y una incapacidad de compromiso con alguien en una relación íntima. Aunque esta forma de estancamiento hace referencia a un sí-mismo individual, sus determinantes se ubican en un libro mayor trigeneracional de justicia. Lo que sucedió en una generación se salda mediante determinados hechos en el curso de dos o más generaciones siguientes. La lealtad a la familia interiorizada de origen excluye cualquier compromiso personal más profundo. Sin embargo, una pauta de desempeño funcional productivo puede crear la apariencia de compromiso y capacidad de respuesta:

Un padre de tres hijos, en una familia en apariencia separada pero atrincherada de manera simbiótica, había perdido a los 16 años a sus dos progenitores en un accidente automovilístico. Por ser hijo único, perdió así a toda su familia nuclear. Respondió a la pérdida con un acatamiento externo hacia la persona de una tía materna que lo llevó a vivir con ella. Nunca pudo liberarse de irracionales sentimientos de culpa; por obra de una suerte de amnesia, a menudo se preguntaba (ya que él también estaba en el auto) si no había sido de algún modo responsable del accidente. ¿Tratábase realmente de una culpa «psicológica» o era expresión de un balance fáctico negativo de sus obligaciones? Nunca más podría saldar su deuda para con los padres, y era doblemente culpable por sobrevivir. Estaba tan congelado en su interior que a pesar de ser un marido y padre que atendía en forma responsable las necesidades de su familia, no podía sostener un compromiso emocional con su esposa e hijos sin experimentar la sensación de haber traicionado y sido desleal a sus padres muertos. Irónicamente, la esposa recordó que se había casado con ese hombre por su capacidad de «devoción perruna». La congelación interna y el estancamiento relacional pueden parecer, a ojos de algunos, expresiones de estabilidad y confiabilidad.

Muchas mujeres frígidas parecen ser cautivas de obligaciones ambivalentes hacia su anciana madre, tal como lo ilustra el caso de una familia remitida al consultorio a causa de dos hijos adolescentes fóbicos a la escuela:

Su madre, la señora A., una mujer activa en lo profesional, había establecido una vinculación endeble con su marido, hombre reflexivo pero falto de iniciativa. La mujer rechazaba sus pedidos en muchas esferas de responsabilidad hogareña: la casa estaba descuidada, la comida era preparada con apatía, etc. Ella informó sobre su frigidez prácticamente total durante el matrimonio. A la vez, se sentía obligada a invitar a su madre a su casa casi todas las noches. Paradójicamente, la señora A. sostuvo haberse vuelto indiferente a las exigencias de la madre, ya que había reelaborado sus obligaciones durante varios años de psicoterapia individual. Sin embargo, cuando se le pidió que describiese sus actuales relaciones con la progenitora, rompió a llorar.

Durante el segundo año de terapia familiar, la señora A. consintió en invitar tanto a su madre como a su hermana casada a una sesión especial a la que su marido e hijos no asistieron. Nos enteramos de que la abuela había llegado al país a los diecisiete años, se había casado con su primo hermano, y había vivido una vida que, según pensaba, era de continuo sacrificio y dedicación. Ella y el marido administraban un pequeño negocio y criaron a dos hijas. Después de perder al marido, la mujer vivió un tiempo con cada una de las dos hijas, por turnos, pero el acuerdo no funcionó. Durante los últimos años había vivido sola en un departamento, y tenía un trabajo de jornada completa.

La terapia familiar había revelado el dilema insoluble que carcomía a la señora A.: cómo complacer

a su madre, ese ser frustrado, sin amigos, solitario y abnegado. Sabía que si necesitaba ayuda

podía acudir a la madre en forma incondicional, quien estaría contenta de prestarle todo servicio que necesitara. Por otra parte, la señora A. nunca pudo librarse de un sentido de obligación cargada de culpas hacia su madre. Ella sentía que tendría que estar capacitada para dar algo más de sí a su marido y sus dos hijos; sin embargo, siempre que hacía planes para pasar algún tiempo con ellos, comenzaba a sentirse culpable por el hecho de dejar afuera a la madre. Cuando la señora A. pudo superar su renuencia y su sentido de desesperanza, invitó a la madre y a

la hermana a una sesión especial; ahora estaba lista para sostener un enfrentamiento triádico con el

sistema de lealtad de su familia.

Los siguientes son extractos de afirmaciones representativas efectuadas por las tres mujeres en esta sesión especial:

«Hermana: Quería venir a Nueva York, pero me inquietaba la idea de que mamá estuviera aquí. No

Tenía miedo de formular graves acusaciones contra mi hermana.

En nuestra relación hay una espina, el modo en que tú [la señora A.] tratas a nuestra madre». [ ]

quería que mi hermana la hiriera

«Madre: Nuestra relación se acabó. Ya no me preocupa más. Melitta [la señora A.] no tiene tiempo

para mí, aunque también puedo sentirme fuera de lugar con mi otra hija. Estoy contenta de tener un trabajo de iornada completa aunque tenga setenta años. [Llora].

»Hermana: Mamá, siempre tendrás un lugar a mi lado». [

enferma, en el hospital, pero tú tenías cosas más importantes que hacer. Sin embargo, siempre hice lo imposible por tus hijos. »Señora A.: Pero mamá, yo iba al hospital dos veces por día. »Madre: Tal vez, pero cuando te necesité realmente, cuando tuve que comenzar a caminar de nuevo, no viniste a ayudarme. »Señora A.: Pero, ¿cómo podría haberlo sabido? No me lo dijiste. «Madre: A mí nadie tuvo que decirme cuándo mis hijos me necesitaban. Yo estaba allí: cuando los necesité, ellos no estaban. Para mí, morir y seguir viviendo da lo mismo». [ ] «Hermana: Creo que los hijos de Melitta no tratan bien a mamá; su hija refleja su propia actitud. Melitta, tú puedes ser amable con un extraño y encogerte de hombros ante tu hermana. Estoy muy enojada: no eres agradecida con mamá. »Madre: Melitta, siento que nunca haces nada por mí. No hablemos de amor; ¡pero al menos, cierta consideración( »Señora A.: Oh, mamá, ¿crees que no te amo? Siento que hago tanto por ti como tú por mí. ¿No te das cuenta cuán a menudo modificamos nuestros planes familiares los fines de semana de modo de poder incluirte? ¿Tengo yo la culpa de no saber cuándo me necesitas si no me lo dices nunca? »Madre: Yo estuve allí todo el tiempo. Tú no estuviste cuando yo te necesitaba. Te pedí que vinieses conmigo para comprar un abrigo y dijiste que no tenias tiempo, pero cuando quieres que vaya contigo, lo hago el 99 % de las veces». Después de esta sesión, debido tal vez al abierto enfrentamiento de tantos problemas dolorosos y profundos, la señora A. debe de haberse sentido más tranquila. Tres días después, totalmente por propia voluntad, se apareció con la madre para asistir a otra sesión especial. La sesión comenzó cuando la señora A. relató su satisfacción por el hecho de que la madre expresara en forma tan directa sus sentimientos heridos y airados, Una vez más, la madre insistió en que era mejor que la señora A. «desapareciera», porque había matado el amor de su madre. La madre agregó también que sentía vergüenza por tener que decir cuán mal se sentía después de la sesión anterior, cómo había perdido el sueño y había tenido toda suerte de malestares durante dos días. En cierto modo, parecía que el ciclo de culpas se estaba quebrando de manera gradual.

«Madre: Melitta, en 1952 yo estaba muy

]

Los coterapeutas pudieron ayudar a la abuela, airada y desesperadamente sola, para que hablara de su propia historia personal. Esta pareció demostrar una silenciosa gratitud hacia los terapeutas por su comprensión de todos los esfuerzos que había hecho por la familia, recibiendo muy pocas gratificaciones a cambio. «Cuando alguien me da algo, siento que les debo mucho», dijo a los terapeutas. Admitió tener dificultades en aceptar nada de nadie. Se describió a sí misma como alguien que hacía todo dentro de márgenes estrechos, con poca capacidad para la compensación postergada y la confianza.

Resultaba claro que la mujer había funcionado la mayor parte de su vida de acuerdo con ciertas pautas fijas. Como individuo, se la podría describir como una trabajadora compulsiva y una mártir. En función del balance de los sistemas relacionales, desplazaba sobre su hija sus actitudes de relación introyectadas de su familia de origen. Al hacerlo, ella misma se convertía en hija, y exigía aprecio por su trabajo de parte de su hija parentalizada, como si esta fuese la madre a quien había dejado en Europa a los trece años.

Cabe meditar sobre los fundamentos de este desequilibrio relacional interiorizado y congelado:

¿Cuáles eran las pautas de relación de la familia de origen de la abuela? ¿Por qué la madre de la señora A. respondía revelándose tan hipersensible y culposa cuando se le brindaba cierta consideración? ¿Por qué se mostraba ciega ante los esfuerzos trasparentes y groseros que hacía

por convertir a su hija en chivo emisario? ¿Por qué tenía que inducir en sus hijos una lealtad cargada de culpas hacia ella? ¿Qué le permitió elegir un marido en connivencia con el cual podía mantener el sistema? Superficialmente, sólo tenía palabras de elogio por su madre muerta, aunque también dijo que cuando su marido, a los 29 años, le brindó una oportunidad de visitar a su familia, ella la rechazó. Por ese entonces sus pautas de lealtad multigeneracional interiorizada deben de haber estado forjadas en medida suficiente como para mantener un «diálogo interno» [16, pág. 66], sin ninguna conciencia de la posibilidad de saldar realmente sus deudas. Así, el sistema de contabilidad original se reproyectaba de manera parcial sobre su familia nuclear, y se requerirían grandes esfuerzos para imprimir una nueva dirección a su «giroscopio» interiorizado.

Interesa asociar el cuadro obtenido en esas dos sesiones con el que fue desarrollándose durante más de un año de terapia familiar con el señor y la señora A. y sus hijos.

En sus orígenes, la señora A. era, de manera incuestionable, la madre exigente y franca y la esposa algo expoliadora que parecía ser inflexible para manifestar sus necesidades y expectativas. La única expectativa que su marido podía expresar era su constante insatisfacción por su descuido como ama de casa. A medida que avanzaba el tratamiento y la señora A. comenzó a revelar cómo era su relación con su madre, apareció en el cuadro como una hija devota parentalizada en exceso; a disposición de su madre y cautiva de esta.

La señora A. había exhibido una tendencia a llorar en forma profusa en el curso de las sesiones, en especial cuando se mencionaba a su madre. Su visión de esta última también estaba llena de paradojas: era un ama de casa desordenada, pero estaba dispuesta a hacer las tareas de la casa en el hogar de la señora A. Su madre esperaba lealtad, pero se la recordaba como una persona poco digna de confianza, que no siempre mantenía sus promesas. «Mi madre no es realmente una persona, no tiene opiniones, es lo que uno quiere que sea. A veces parecería que soy yo la madre. Vive a través de nosotros, no tiene vida propia. Me siento muy mal cuando voy a nadar al club los domingos y mi madre se queda sola, sentada en casa. A veces pienso que me sentiré aliviada cuando se vaya».

La señora A. veía en su hija de 12 años una réplica de su madre, por cuanto la hija la hacía sentir enojada y culpable en forma casi constante. La hija también sentía que la señora A. la controlaba mediante sus continuos «regaños», que le generaban culpa. La señora A. informó que en el caso de su hijo veía en él una réplica de su relación con su padre: era un hombre estimulante, impulsivo, desafiante.