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EVITA (Eva Perón)

Sebreli escribió que Argentina tiene cuatro héroes nacionales: Gardel, el Che,
Maradona y Evita. Olvidado un tanto Gardel, demasiado sobrio para los gustos de hoy,
elevado el Che a otro lugar mas reposado en compañía de héroes mas tradicionales
como San Martin o Perón, el panteón popular argentino acoge hoy a un futbolista
toxicómano y una actriz de pasado turbio que desde abajo llegaron a la cumbre. Tanto
Maradona como Evita, fueron santificados, adorados por multitudes dispuestas a
perdonarles todo y llorados en su muerte o en sus caídas y resurrecciones. Su país es un
país peculiar. Se sabe que hay dos misterios económicos que han retado desde hace años
a los economistas más minuciosos: el de Argentina que lo tiene todo y no tiene nada y el
de Japón que no tiene nada y lo tiene todo. Un chiste argentino asegura que a Dios se le
fue la mano con los dones cuando creó Argentina y ante las protestas de sus ayudantes
decidió paliar su desmesura. Para compensar su exceso, Dios creó los argentinos.
En la rica Argentina de entreguerras, una colonia agraria y ganadera
exportadora, más de 100.000 argentinos vivían medio año en París donde la fortaleza
del peso hacía que la vida fuera más barata que en Buenos Aires. Apenas medio siglo
antes, en 1850 a 150 kilómetros al sur de Buenos Aires empezaba la frontera, el
territorio indio “despoblado”. En pocos años, Martín Fierro recorrió literariamente esa
frontera, los indios fueron eliminados de aquellas enormes extensiones y en esos
territorios así liberados nació una industria del pillaje cuyos hábitos y procedimientos
pasaron a formar parte de la tradición política del país. Eran tierras fértiles que nunca
habían sido trabajadas, a las que nadie se sentía vinculado. Toda tierra trabajada desde
antiguo tiene historia, memoria, derechos y obligaciones. Estas no. No había
antepasados, herencias, obras, o costumbres que hicieran leyes. Uno sabe que está en el
tercer mundo cuando llega a un aeropuerto o a una oficina del gobierno, y la confusión,
la negociación o el regateo para pasar la aduana o hacer un trámite cualquiera, están en
el lugar que deberían ocupar las normas bien establecidas. Argentina conoció en sus
caídas y resurecciones ese vértigo que varias veces la llevó de la lista de los países ricos
al borde de los del tercer mundo Los argentinos dice Naipaul, no fueron capaces de
levantar un país, de dotarlo de instituciones dignas de confianza, de códigos, de
seguridades seculares protectoras y allí donde esas cosas no existen, la gente tiene
necesidad de fe, de magia y quizás, de psicoanálisis. Las tres cosas crecieron en
Argentina con generosidad y “brujos” como López Rega tuvieron en su mano los
destinos del país. En 1995 uno de cada 198 porteños era psicólogo. La astrología y el
psicoanálisis fueron considerados en España durante mucho tiempo, cosas de
argentinos. Sin duda hay otro lado argentino que vió nacer a Borges, a Sábato, a
Cortázar, a Macedonio, a Roberto Artl, a Sebreli a Bioy Casares; una Argentina que
inventó el Tango, recibió a millones de gallegos emigrados, alimentó España en épocas
precarias, alfabetizó a su población, dio vacaciones pagadas a sus descamisados,
derechos y tantas otras cosas que la vemos, al menos los gallegos, cercana y agradecidos
pero también, sin comprenderla.
No entendemos a Evita. Tal vez nadie que no sea argentino entienda el culto a
Evita y tampoco el peronismo. Puede que ni siquiera ellos y suponer que entienden su
país no sea más que una exageración benévola. Tampoco la psiquiatría es capaz de esa
tarea. A Evita los argentinos la hicieron santa, le rezaron, la lloraron, y llevaron su
leyenda a los manuales escolares. Era hija natural, nacida en Los Toldos un pueblo
miserable y polvoriento a 150 kilómetros al oeste de Buenos Aires que abandonó a los
15 años para trabajar en la capital como actriz en teatros de los suburbios. Era una
morena que se teñía de rubia, guapa y elegante. Por un azar conoció a Perón, se casó
con el, reinó al modo populista sobre descamisados, se murió muy joven y fue
embalsamada. Su edad es incierta ya que ordenó que se destruyera su partida de
nacimiento para borrar su infamante ilegitimidad para la que procuró leyes que
abolieran esa infamia que ella misma padeció. Evita dividió el mundo en ricos y pobres;
odiaba a los primeros y repartía el dinero a los segundos, dinero que exigía a los ricos
para su Fundación benéfica. Repartía limosnas en vez de crear un sistema recaudatorio
más justo pero ese era quizás, el límite de su visión social.
Histeria y teatro han estado siempre peligrosamente próximos y la tentación de
recurrir a esta explicación es poderosa. Pero podría decirse que la fantasía de Evita era
de la de ser un ángel al tiempo, benéfico y exterminador. Como ángel benéfico vestía
Christian Dior y joyas de diseñadores de lujo. Sabía que llegada desde abajo el pueblo
se identificaría con su origen a condición de ver las señales externas de su triunfo.
Como ángel exterminador persiguió a los ricos, a la rancia aristocracia argentina que la
había humillado y con ella, a todos los que compartían su origen y su clase.
Nunca fue fácil definir el peronismo. Los analistas políticos diferencian la
dictadura militar tradicional, el bonapartismo y el fascismo. A diferencia de la dictadura
militar que desmoviliza las masas, el fascismo es un sistema reaccionario que las
moviliza y las organiza. Se conocen las simpatías y la protección que Perón dio a los
nazis, pero todo líder fascista o populista tiene que venir de abajo, estar cerca de las
masas desposeídas y al mismo tiempo arriba. A Perón le hacía falta ese complemento
populista que él, de clase media, funcionario militar, no tenía. Ese fue el papel de Evita,
la actriz, por utilizar un término benevolente, de pasado turbio, venida del arroyo,
humilde, ilegítima, pobre y antifeminista. Yo apenas tendría cuatro, tal vez cinco años,
pero recuerdo a finales de los años 40, ver a esta mujer atravesar Pontevedra con su
séquito motorizado camino de la Escuela Naval de Marín recientemente inagurada.
Aquella Evita ilegítima y turbia, traía trigo, vestidos y joyas de lujo, que paseó ante
aquellas rancias señoras del primer franquismo que conocían su origen y su pasado, que
la despreciaban, pero que tuvieron que acogerla sonrientes y aplaudirle. Por eso y por el
trigo, gracias. Lo demás es historia y yo, no la entiendo muy bien.
Slamcre (20059

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