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¿Cómo abordar el tema de la música en la adoración?

Para nadie es un secreto que el uso de la música y el canto en la


adoración en la iglesia ha sido motivo de mucha controversia a
lo largo de la historia. Rara vez ha habido una época en la que
esto no haya sido una causa de problemas y división.

Martin Lloyd-Jones hace referencia a una expresión que se


usaba en Gales para referirse a este fenómeno: “el demonio del
canto”; y “es que esta cuestión de cantar causaba más peleas y
divisiones en las iglesias que prácticamente cualquier otra cosa,
cantar daba al diablo más oportunidades para entorpecer e
interrumpir la obra que cualquier otra actividad en la vida de la
iglesia” (La predicación y los predicadores; pg. 296-297).

Podemos aventurarnos a dar algunas explicaciones de este


hecho. Por un lado está la importancia que tiene la adoración en
la vida del creyente. Nosotros fuimos salvados para adorar a
Dios (comp. Jn. 4:23); y una parte fundamental de esa
adoración toma lugar a través de nuestros cánticos.

Por el otro lado, precisamente por ser la adoración a Dios algo


de extrema importancia en la vida cristiana, no debe
extrañarnos que Satanás nos ataque en esta área. Nuestra lucha
no es “contra sangre y carne” (Ef. 6:12), y mientras más
apercibidos estemos de eso, más cuidado tendremos en la
actitud que asumimos para con aquellos hermanos que no
piensan como nosotros en este tema.

Otra explicación posible de esta controversia es la forma


subjetiva como tendemos a abordar este asunto. Para muchas
personas la música es moralmente neutra y, por lo tanto, la
decisión que hagamos en cuanto al uso de ésta en la adoración
dependerá mayormente de nuestros gustos y preferencias
personales. Más aún, algunos presuponen que si nos oponemos
al uso de cierta clase de música en la adoración la razón
primordial es porque no nos gusta, y no porque tengamos
alguna razón objetiva para oponernos a ella.

No resulta difícil entender por qué esa clase de prejuicio puede


levantar malos sentimientos en el corazón. Los que defienden tal
o cual estilo de música pueden sentirse que están tratando de
meterlos en una camisa de fuerza, sin otra razón que las
inclinaciones de ciertas personas en la iglesia; mientras que los
que se oponen se sienten incomprendidos e impotentes, ya que
están percibiendo un peligro (sea real o no) que los demás no
ven ni parecen querer ver.

Debo adelantar aquí que todos somos susceptibles de oponernos


a algo simplemente porque no nos gusta. Nuestras preferencias
personales tienden a teñir nuestro juicio y esto es algo de lo que
debemos cuidarnos conscientemente.

También debo señalar que no podemos asumir que en esta


controversia la verdad siempre ha estado del lado de los que se
oponen al uso de cierta clase de música. En la historia de la
iglesia no han faltado quienes se oponen a todo tipo de cambio
por un mero tradicionalismo.

Algunos en la iglesia católica romana ven como una aberración


los cambios que se han producido en su liturgia a raíz del
Concilio Vaticano II. Pero este sentimiento no es propiedad
exclusiva del catolicismo romano; en el pueblo evangélico no
han faltado aquellos que se oponen a todo cambio, simplemente
porque atenta contra la tradición.

Lo antiguo no es bueno por ser añejo, ni lo nuevo es malo por


ser novedoso. Si creemos en la suficiencia de las Escrituras
debemos presuponer que Dios ha revelado principios claros y
permanentes por los cuales guiarnos, sobre todo tomando en
consideración la importancia que se da a la adoración en la vida
del cristiano y en el ministerio de la iglesia.

De manera que debemos abordar este problema partiendo de la


premisa de que la Escritura es suficiente para saber cómo
conducirnos apropiadamente “en la casa de Dios, que es la
iglesia del Dios viviente, columna y baluarte de la verdad” (1Tim.
3:14).

El hecho de que este tema sea tan controversial nos dice de


antemano que no se trata de un asunto sencillo. Pero bien vale la
pena el esfuerzo de abordarlo, Biblia en mano y en dependencia
del Espíritu Santo, por cuanto se trata de un aspecto esencial de
la vida y ministerio de la iglesia y de los miembros que la
componen.

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