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Cuando Ricardo Piglia anuncia que un cuento siempre cuenta dos historias un relato visible encierra otro secreto, afirma -, se está refiriendo, sin saberlo quizás, a lo hecho por Spencer Holst en su corta, singular y perdurable obra. Este neoyorkino que deambulaba por radios e iglesias leyendo sus relatos cual moderno rapsoda, sabía que el grueso de su público mendigos, desempleados, jóvenes desorientados tendría la percepción de detectar el mensaje dentro de cada una de sus historias. Historias que dentro de su simpleza abarcaban todo el inmenso capítulo de los deseos y debilidades del género humano.

El deslizamiento de la realidad cuotidiana, convencional, a las múltiples dimensiones que nos muestra la realidad representada, hace que distingamos al autor y su mérito en trasladarnos a ese nuevo mundo ficcional. Ese desplazamiento es el arte. En el cuento El murciélago rubio, Holst nos da una muestra de su capacidad para sorprender al lector con la elaboración de una historia sencilla a partir de un encuentro ocasional de una bella rubia y su exótico disfraz de vampiro y un gordo barman, viajando en el metro de la ciudad de San Francisco. La primera impresión que resulta de un acercamiento sin noticias previas del autor, nos podría dar cuenta de un relato sencillo que trata de un enamoramiento casual entre dos seres muy diferentes, en el marco de los festejos del Carnaval y en un viaje fortuito por el Subterráneo Independiente. Desde la fórmula de apertura, hubo una vez (Once upon a time, en el original), Holst crea la apariencia de enfrentarnos con un cuento tradicional, maravilloso, de aquellos que sólo la sabiduría de nuestras abuelas mostraba la aptitud necesaria para encandilar nuestra imaginación.

El murciélago del relato es una joven rubia, hermosa, de cándidos ojos azules; es observada con absorta admiración por un barman gordo, de cara colorada, mientras ambos comparten el mismo vagón del subte metropolitano. En la formación de la trama narrativa, el autor sigue sorprendiéndonos: inicia una conversación en segunda persona con “sus” lectores, anticipándose a posibles reproches de un desenlace desfavorable a tan desigual pareja. Apela con énfasis en segunda persona a su clara intención de no provocar la infelicidad de su personaje. En Holst, una vuelta a la oralidad milenaria es su verdadera excusa para llevarnos a entender los efectos de sentido que él busca. Nos advierte que el barman sufrirá meses horribles y años de tristeza, aunque siempre quedará agradecido por aquella noche mágica. Magia que lo llevará a perseguir a la joven rubia, tenerla en sus brazos, besarla y caminar juntos del brazo mirando los fuegos artificiales y la multitud.

La infelicidad es no tener el valor, postula el narrador-autor, valorizando la osadía del barman de iniciar un idilio con aquella joven, que hasta en su ropa denota distanciamientos irrevocables con el hombre no tan joven que la lleva de la mano. Así como la elección del punto de vista, no es casual la descripción del ambiente y el momento que el autor eligió para este encuentro dispar. ¿En qué momento si no en una jornada de Carnaval intensa, alocada, ruidosa, dos seres extraños pueden iniciar un romance, pese a sus diferencias insalvables? ¿Cuándo si no, podría un hombre mayor besar a una hermosa joven que se desplaza escurridiza a través un gentío alocado que intenta ocultar tras sus múltiples disfraces una vida opaca y sin emoción?

Modernas concepciones sobre el relato nos llevan a distinguir en el mismo dos importantes aspectos: la historia y el discurso. Historia como sucesiòn de acontecimientos reales o ficticios; discurso; o las formas que se han elegido para hacer llevar esa historia a sus destinatarios. El teòrico francès Gèrard Genette estudiò el relato (discurso oral y escrito) como aparece enla literatura; esto es, dentro del texto narrativo. Para este autor, historia y narraciòn no existen màs que que por mediación del relato. Pero, a la vez, el

relato o discurso narrativo cobra entidad o razón de ser en la medida que cuente una historia, y que la misma sea transmitida por alguien (convertirla en discurso).

Inventar una narración significa, en principio, inventar un narrador. Cada relato tiene su particular manera de ser narrado, un ritmo y un tono, escondiéndose detrás de estos elementos la figura discursiva del narrador, “un fenómeno de voz” (Genette, 1989). Para Genette, podemos estudiar el relato como expansión del verbo, como significante o enunciado de una compleja trama de relaciones que constituyen el acto narrativo. Y valiéndose del célebre triángulo de Todorov narración/relato/historia -, analiza este acto por medio de tres categorías bien definidas: tiempo (orden, duración y frecuencia de los sucesos narrados) ; nivel narrativo y persona.

TIEMPO DE LA NARRACIÓN. Dado el relato en estudio, y considerando que una historia se puede contar sin ubicarla en un lugar determinado (“atopos”), pero no sin situarla en el tiempo, postulamos que el cuento de Holst se define como una narración ulterior. Es decir, se narra después de sucedidos los acontecimientos. Aunque en grado de ruptura, se escuche la voz del narrador como instancia predictiva de sucesos futuros:

“Con seguridad, sin embargo, el barman tendrá muchos meses horribles

narrador es equivalente a la categoría del orden que dentro de una línea temporal ficticia se suceden historia y acto de narración. En nuestro relato predomina necesariamente el pretérito imperfecto (el tiempo sostenido), sólo interrumpido por la voz subjetiva del narrador, quien le imprime su toque coloquial e intimista a modo de complicidad con el lector.

La situación temporal del

NIVEL NARRATIVO. Genette afirma que entre los episodios que ocurren “dentro” y “fuera” del relato existen distancias o diferencias de nivel: son los niveles narrativos. El Murciélago Rubio ocupa un primer nivel en su clasificación, denominándola narración intradiegética ya que toma todo el aspecto de una transmisión oral, contada desde el punto de vista de un narrador intradiegético. Recordemos que la narración es el acto de introducir en una historia, por medio de un discurso, el conocimiento de otra situación. La metalepsis narrativa es toda transgresión del paso de un nivel a otro. El principio de la metalepsis es: “ toda intrusión del narrador o del narratario en el universo diegético.” Aquí el narrador parece dirigirse al narratario fuera de la historia , y de acuerdo a Booth (1978) podríamos denominar a este narrador “dramatizado” y que no interviene en la ficción salvo en sus promesas anticipatorias. Como en cualquier acto comunicativo, se trasluce su subjetividad de hablante y la distancia nula marcada respecto al autor.

PERSONA. Es Genette quien niega la clásica simplificación de un narrador en primera o tercera persona. Afirma con razón que cualquier narrador llega a utilizar tanto verbos en primera como en tercera persona. Retomamos el concepto de Wayne Booth sobre el narrador dramatizado pues en la historia en estudio adopta una personalidad vívida y muy particular para el lector, se dirige a él, lo interpela y lo va guiando en el relato hasta el desencadenante final. Volvamos a los principios: sabemos que autor y narrador no son asimilables. El “ser” narrador es una posición sintáctica que anuncia un acto discursivo. Lo que habitualmente llamamos narración en primera persona se asume como una participación efectiva del narrador en el mundo narrado, sea como protagonista o como observador. En su generalidad, Genette llama a esta forma narración homodiegética. La variante para este relato es la homodiegética testimonial, asignándose al narrador una doble función: una función vocal (narrar) y la otra diegética (ver y actuar). En El murciélago rubio, si bien está clara la función mediadora del narrador, su alto grado de “presencia” va en desmedro de la objetividad que podría presentar a los hechos como verídicos ante nuestros ojos.

Lo anteriormente señalado nos conduce a lo que se conoce como función ideológica, que indudablemente está controlada por el narrador y aparece en los tramos explicativos y justificativos de hechos venideros. En otros discursos literarios también se presenta como formas didácticas y comentarios autorizados de la acción que evidencian la intervención

directa del narrador en relación a la historia que se cuenta. Lo que otrora fuera llamado “fábula” por los formalistas y hoy se entiende como “discurso” es lo que le da concreción y organización al relato. A partir de los estudios de los postestructuralistas (entre los que se incluye Gerard Genette) se le ha dado a esta palabra una extensión conceptual que le permite designar otras formas narrativas. Sin embargo, todas estas nuevas variantes de significación cine, videos, chats, etc.- no desdicen toda vuelta a las fuentes como lo es el modelo narrativo coloquial. Holst le imprime en este cuento una dinámica que se apropia de nuestra atención y no nos deja desatarnos hasta el final no por sorpresivo menos lógico. Desde el ya apuntado sintagma inicial (Hoffmann señalaba que el Había una vez nos “predisponía a ”, “nos preparaba para”) se nos pide que nos sentemos cómodamente y escuchemos en la voz de este amigo de toda la vida una breve historia entre un barman gordo y su bella princesa.

Genette y otros lingüistas postestructuralistas han avanzado en la hechura de un modelo coherente y completo de la instancia narrativa, de sus elementos constituyentes y de su funcionamiento. Su aporte sobre los niveles narrativos ayuda a la resolución de problemas técnicos y nos da una visión más fina del relato. Aún queda pendiente determinar con presición la figura del narratario, que sería la difusa figura del receptor, la imagen virtual del lector. Holst construye en este cuento un narratorio compasivo que sobrepasa la ingenuidad de añorar un final feliz, pues es sabedor que el mundo actual no lo admite, embargado como se halla de distingos y prejuicios. Pero El murciélago rubio no deja de ser un cuento de hadas moderno, donde vemos que el encadilamiento que vive nuestro enamorado se transforma en calabaza, al compás de las doce campanadas de medianoche.