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Hacia la

IIIª

República

En discursos, mítines y declaraciones, las izquierdas de todo el territorio español en numero- sas ocasiones se han autodefinido como republicanas. Pero no se ve en la práctica ninguna dis- posición a pasar de los dichos a los hechos. Y sin embargo este país necesita con urgencia una sacudida enérgica, un darle la vuelta a la angustiosa situación actual, un cambio radical, de raíz, que no será posible si no empieza por la mayor: cambiar la forma de estado y entrar de lleno en un nuevo proceso constituyente. Hoy, las condiciones están dadas para avanzar en ese cambio. Pero queda mucho trecho que recorrer, porque la mayoría de la gente tiene otro tipo de preocupaciones que les parecen más inmediatas, sin ser plenamente conscientes de que para remediar sus problemas actuales hay que ponerlo todo en cuestión, pues ya no valen ni apaños ni componendas. Aquí hemos querido preguntar qué piensan sobre ello algunas personas relevantes de la vida política y cultural española. Las preguntas, redactadas por Higinio Polo, y que se contestan en las páginas siguientes, son:

1. La crisis de la monarquía es evidente, ¿cree usted que ha llegado el momento de reclamar la IIIª República?

2. Las tensiones territoriales ponen de manifiesto los límites de la Consti- tución de 1978. ¿Es necesaria una nueva constitución, que opte por un mo- delo republicano federal?

3. La acentuada pérdida de derechos de los trabajadores y de los ciudadanos, ¿exige la creación de un gran movimiento democrático por la República?

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HACIA LA IIIª REPÚBLICA Julio Anguita Las tres preguntas merecen una sola respuesta ya que

HACIA LA IIIª REPÚBLICA

Julio Anguita

Las tres preguntas merecen una sola respuesta ya que plan- tean una cuestión que el movimiento republicano no se atre-

ve aún a plantear, y ello es urgentísimo: ¿qué IIIª República se

quiere?

Se hace necesario que el republicanismo, atomizado en mil

y un colectivos, ateneos y plataformas se atreva a contactar

con los demás y acuerden las bases de una Constitución republicana que, a mi juicio, debe ser federal, plurinacional

y solidaria.

a mi juicio, debe ser federal, plurinacional y solidaria. En Abril del año pasado presenté conjuntamente

En Abril del año pasado presenté conjuntamente con Carmen Reina en el Ateneo de Madrid una propuesta de IIIª República. En ella se señalan los siete ejes que, a mi juicio, deben estructurar la futura República.

El republicanismo debe ya trascender a las conmemoraciones del 14 de Abril, el tremolar de la tricolor y la crítica al actual Jefe del Estado. O preparamos un proyecto o nos lo dan ya hecho desde el conservadurismo. Al tiempo .

Alfons Cervera

hecho desde el conservadurismo. Al tiempo . Alfons Cervera 1 Ya hace tiempo que se debería

1

Ya hace tiempo que se debería haber hecho esa reclamación.

Al menos esa fecha podría haberse establecido, palmo arriba

o abajo, cuando arranca la transición. O antes, en el caso de

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que la dictadura lo hubiera permitido, que estoy seguro de que no. En todo caso, si con todo lo que le está cayendo encima a la institución borbónica no se consigue que el debate Mo- narquía-República ocupe nuestro tiempo de posibles noveda- des constitucionales es para que nos cortemos las venas.

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Ya lo he dicho. La reforma constitucional es más que eviden- temente necesaria. Es una normativa anacrónica, está llena de miedos, y además sirve para bien poco porque su articulado (sobre todo el que hace referencia a los derechos de la ciuda- danía) se lo pasan los propios fanáticos de esa Constitución por el forro de sus injustas decisiones. Y claro, esa tensión interna de sus contenidos hace agua en lo que se refiere al ar-

gumentario territorial. Pero creo que pinchamos en duro a la hora de exigir reformas profundas. En este país, moverse un centímetro (y ya no digo si ese movimiento es hacia la izquier- da, como en aquel antiguo baile de la yenka) está resultando

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más difícil que retirar a Franco del palio que siguen sacando en sus procesiones la iglesia y el PP.

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Por la República y por lo que sea que no sea lo que tenemos. Siempre que eso no suponga el surgimiento del populismo salvapatrias que tanto gusta en tiempos de crisis y cinismo, claro está. Y riesgo hay de que eso suceda. Pero es necesario, sí, ese gran movimiento democrático hacia la III República

(por cierto, ¿democrático quiere decir de izquierdas?, por- que me da la sensación de que a veces –demasiadas veces– se olvida lo principal), un movimiento que no conceda tre-

gua a esa injusticia que se está cebando, como siempre, en la parte más frágil de una sociedad cada vez más desigual. Y otro por cierto: ¿para cuándo arramblamos con el sistema, el capitalismo digo? No sé, se me ocurre así, de repente, por- que si las cosas no las nombramos acabamos por creer que no existen…

Belén Copegui

acabamos por creer que no existen… Belén Copegui 1 El momento llegó hace mucho tiempo. Si

1

El momento llegó hace mucho tiempo. Si ahora logramos hacerlo, bien estará.

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Sí, y que opte también por abolir la propiedad privada de los grandes medios de producción.

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Hay contextos y expresiones en las que el masculino genérico empieza a resultar tan obsoleto como la monarquía, y aunque entiendo, claro está, la pregunta, valga esta salvedad para lla- mar la atención sobre sus términos. La pérdida de derechos es una consecuencia de la explotación de clase y de género. Necesitamos, estimo, luchar también contra la causa, no sólo

contra la consecuencia.

Antoni Domènech

1

Me parece que la crisis de la II Restauración borbónica tiene cuatro dimensiones. La primera es la percepción general de que lo más valioso de la Constitución del 78, la promesa de configuración de España como un Estado Social y Democrático de Derecho, no sólo no puede ser cabalmente honrada –esa ha sido la experiencia de tres décadas largas de construcción de un mediocre “Estado de medioestar” en el capitalismo oligopólico de amiguetes polí - ticamente promiscuos afianzado en la Transición–, sino que está ahora mismo en vías de ser expresa y solemnemente des- honrada: no pueden entenderse de otra forma las suicidas polí- ticas económicas procíclicas de austeridad y consolidación fis-

económicas procíclicas de austeridad y consolidación fis- cal y, especialmente, la reforma express de la

cal y, especialmente, la reforma express de la Constitución (artí- culo 135) pactada en un plis plas en agosto de 2011 por los dos

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partidos dinásticos (PP y PSOE) a fin de dar primacía absoluta al pago de la deuda por encima de cualquier otra considera- ción. La segunda es la percepción, también general, si no me enga- ño, de la sumisión de las elites políticas de la IIª Restauración borbónica –y señaladamente de los dos partidos dinásticos–, no ya a espurios y banderizos intereses económico-políticos fraguados en el capitalismo oligopólico español de amiguetes políticamente promiscuos, sino a poderes foráneos política- mente opacos y ajenos a cualquier careo democrático (la lla- mada “Troika” es sólo el símbolo): a nadie se le oculta que la reforma express del artículo 135 fue, de uno u otro modo, im- puesta por esos poderes. Los parlamentarios del PP y del PSOE que votaron a favor de esa reforma se situaron en una posición parecida a la de los parlamentarios de la III República francesa que en 1940 votaron los poderes excepcionales para Petain. Si algún día salimos de esta, no resultaría demasiado sorpren- dente que se procediera como hizo la IV República francesa, tras la Liberación: que se tratara a esos parlamentarios como reos de un delito de alta traición y, cuando menos, se les inha- bilitara políticamente de por vida. La retórica de la alta traición a los intereses nacionales por parte de la Monarquía (y de las fuerzas políticas dinásticas) fue central en la IIª República española. Desde el principio. Por la Ley de 26 de noviembre de 1931, las Cortes Constituyentes republicanas declararon a Alfonso XIII culpable de ese delito:

“A todos los que la presente vieren y entendieren, sabed: Que las Cortes Constituyentes, en funciones de Soberanía Nacional, han aprobado el acta acusatoria contra don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena, dictando lo siguiente:

Las Cortes Constituyentes declaran culpable de alta traición, como fórmula jurídica que resume todos los delitos del acta acusatoria, al que fue rey de España, quien, ejercitando los poderes de su magistratura contra la Constitución del Estado, ha cometido la más criminal violación del orden jurídico del país, y, en su consecuencia, el Tribunal soberano de la nación declara solemnemente fuera de la ley a don Alfonso de Borbón y Habsburgo-Lorena. Privado de la paz jurídica, cualquier ciudadano español podrá aprehender su persona si penetrase en territorio nacional.”

La tercera es la repetición, en la IIª Restauración borbónica, de un factor que fue determinante en la crisis de la Iª Restau - ración, y es, a saber: que la manifiesta incapacidad de la mo - narquía para gestionar de manera mínimamente satisfactoria la ubicación de España en el concierto internacional –lo que fue patente a partir de 1898– hizo más visible y acentuó su incapacidad para articular de modo mínimamente satisfacto-

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rio la unidad nacional de un país evidente y complicadamente plurinacional. Es harto sabido que el “nacionalismo” catalán y el vasco son en buena medida hijos de la crisis del 98 (“nacio- nalismo”, dicho sea de paso, es un neologismo –francés– que se puso en circulación internacional, con un significado bastante preciso, en el último cuarto del siglo XIX, no antes; hoy es una palabra que puede significar casi cualquier cosa). Tal vez es menos recordado que en la crisis de octubre de 1934, cuando el Presidente mártir Companys se avilantó a proclamar unilate- ralmente la República catalana independiente, lo hizo –piénse- se lo que se quiera de la oportunidad política de la iniciativa– con unas palabras lealmente españolas: denunciando la trai- ción a la República de las fuerzas de la derecha “monarquizan- tes y fascistas” y como parte de una acción democrática frater- nal del conjunto de los pueblos de España:

“Catalanes. Las fuerzas monarquizantes y fascistas que de un tiempo a esta parte pretenden traicionar a la República, han conseguido su objetivo y han asaltado el Poder. Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifes- taciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones ( ) Todas las fuerzas auténticamente republicanas de España y los sectores sociales más avanzados, sin distinción ni excep- ción, se han levantado en armas contra la audaz tentativa fascista. La Cataluña liberal, demócrata y republicana, no puede estar ausente de la protesta que triunfa por todo el país, ni puede silenciar su voz de solidaridad con los hermanos que en las tierras hispánicas luchan hasta morir, por la libertad y el derecho. Cataluña enarbola su bandera y llama a todos al cumplimiento del deber y a la obediencia absoluta al Go- bierno de la Generalidad que desde este momento rompe toda relación con las instituciones falseadas. ( ) El Gobierno de Cataluña estará en todo momento en contac- to con el pueblo. Aspiramos a establecer en Cataluña el re- ducto indestructible de las esencias de la República.”

La cuarta puede expresarse sumariamente así: a diferencia de la Iª Restauración, que instituyó una monarquía meramente constitucional (en la que, por tanto, el Rey era un poder del Estado, con capacidad para nombrar jefe de gabinete con inde- pendencia de las mayorías o minorías parlamentarias), la IIª Restauración instituyó una monarquía parlamentaria, en la que el Rey no es un poder del Estado (sino sólo un “órgano del Estado”), y las Cortes actuales sí pueden derribar a un gobier- no colocado en minoría parlamentaria con independencia de

la voluntad del Rey. En otras palabras: en una monarquía no meramente constitucional, sino plenamente parlamentaria como la actual, el monarca teóricamente es una figura decora- tiva, totalmente irrelevante políticamente. Esa es la presun- ción. Ahora bien; hay ahora una percepción generalizada de que el Rey y la Casa Real han sido actores de primer orden en la economía política de la Transición, es decir, en el régimen de capitalismo oligopólico de amiguetes políticamente promis- cuos afianzado en la España de las cuatro últimas décadas. La catastrófica crisis de ese régimen se ha hecho patentemente visible con el estallido de la crisis capitalista mundial en 2008. Los puntos de soldadura que mantenían unidas a las elites político-económicas de ese régimen se han deteriorado: la ruptura del ominoso pacto de silencio que, in rebus Monarchia, mantenían los grandes medios de comunicación establecidos es su manifestación más visible. El caso de Urdangarín y la In- fanta Cristina es sólo el caso más espectacularmente llamativo de un rimero de escándalos que no han dejado de salpicar a la Casa Real en los últimos años.

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Yo creo, como he dicho, que las llamadas “tensiones territoria- les” son uno de los elementos de la crisis de la Monarquía del 78. Creo que la terrible depresión económica en que han hun- dido al país unas suicidas políticas económicas procíclicas impuestas por la Troika y galana e irresponsablemente acepta- das de consuno por los partidos dinásticos ha hecho calar en la opinión pública la idea de que el sistema político actual es incapaz de defender intereses nacionales elementales. Y creo que, como en la larga crisis de la Iª Restauración, el descrédito público de la capacidad de la monarquía borbónica y las fuer- zas lealmente dinásticas para ubicar decentemente al país en un mundo cada vez más peligroso e incierto (incluida la Unión Europea), ha vuelto a poner sobre el tapete el inveterado pro- blema de la articulación plurinacional de los pueblos de España. Todas las fuerzas de la izquierda antifranquista (inclui- do el PSOE de Suresnes) eran partidarias del derecho de auto- determinación, por lo pronto de Cataluña, el País Vasco y Ga - licia. La reivindicación de ese derecho fue sacrificada en la Transición por un motivo de dinámica constitucional muy fácil de entender: la Restauración de la monarquía arrebató a todos los pueblos de España el derecho a decidir sobre la forma de Estado, es decir, la IIª Restauración comenzó negando a todos los pueblos de España el derecho de autodeterminación: a los partidos históricamente republicanos que aceptaron eso (como el PSOE o el PCE), se les permitió presentarse a las pri- meras elecciones generales en junio de 1979; los partidos ter-

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camente republicanos que no lo aceptaron, como Esquerra Re- publicana de Catalunya o como Izquierda Republicana (el viejo partido de Azaña), quedaron al comienzo en fuera de juego político. La Constitución de 1978 (como explicó tantas veces a quien quería oírle Jordi Solé Tura, el ponente constitu- cional comunista) no podía de ningún modo admitir el dere- cho de autodeterminación de las “nacionalidades”, es decir, de las distintas partes con personalidad nacional propia de la Es- paña plurinacional, por el sencillo motivo de que ese mismo derecho se había negado al todo, al conjunto de los pueblos de España al hurtarles lo que, en cambio, se ofreció, por ejemplo, al pueblo italiano (contra la resuelta voluntad del Vaticano y del Departamento de Estado de los EEUU) tras la Liberación anti- fascista: un referéndum Monarquía/República. La llamada “crisis catalana” es ahora importante, en mi opi- nión, por dos motivos. Primero, porque, con independencia del resultado, el sólo hecho de que se produjera una consulta popular a los catala- nes sobre cómo quieren vivir políticamente sería técnicamen- te el final del régimen de 1978, rompería un esquema básico de su dinámica constitucional. El ejercicio del derecho de autode-

terminación por parte de los catalanes pondría, además, inme- diatamente sobre la arena política el problema de ese derecho para el conjunto de los pueblos de España. La derecha vasca, más inteligente y perceptiva siempre que la derecha catalana (eterna heredera del bobarrón ideologema parroquiano de Cambó: “¿República? ¿Monarquía? ¡Catalunya!”), ha puesto recientemente el dedo en la llaga por boca de Urkullu. El pro- blema actual sería “el sistema monárquico que rige en España”, que es “anacrónico”: “Tiene que haber capacidad por parte de la sociedad, en el Estado que sea, para elegir al jefe del Estado desde lo que es la expresión de la voluntad democrática, por- que si no cumple su papel tiene que haber algún ejercicio de control, de crítica y de poder de sustitución.” Y segundo, porque el actual empeño catalán en el “derecho a decidir” no es una iniciativa de las elites políticas. Es, al contra- rio, un gran movimiento popular transversal inequívocamente democrático que ha impuesto su agenda a la política estableci- da; cuenta, desde luego, con el indisimulado rechazo de unas elites económicas catalanas totalmente imbricadas en el capi- talismo oligopólico de amiguetes fraguado en la Transición, pero con el respaldo del grueso de las bases sociales y civiles del antifranquismo histórico, incluidos todos los sindicatos obreros, empezando por los mayoritarios, CCOO y UGT. En un momento de retroceso y amedrentamiento popular terribles, en plena ofensiva deconstituyente contra todas las conquistas sociales y políticas del antifascismo, en España y en toda Eu- ropa, el movimiento catalán a favor del “derecho a decidir” es

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poco menos que un curiosum de la coyuntura. Le falta tal vez a la izquierda catalana un llamamiento más claro –al estilo del de Companys de 1934– al resto de pueblos hermanos de las Españas. Porque, remedando a Companys, bien podría decirse ahora:

“Las fuerzas monarquizantes y fascistas que de un tiempo a esta parte se han desdicho de las promesas democráticas y sociales que, con la boca pequeña, se hicieron en la Constitución del 78, han conseguido su objetivo y han asal- tado el Poder.” “Los partidos y los hombres que han hecho públicas manifes- taciones contra las menguadas libertades de nuestra tierra, los núcleos políticos que predican constantemente el odio y la guerra a Cataluña, constituyen hoy el soporte de las actuales instituciones ( ) ”Todas las fuerzas auténticamente republicanas de España y los sectores sociales más avanzados, sin distinción ni excep- ción, tienen que levantarse contra la audaz tentativa neoli- beral deconstituyente y contra los intentos de ahogar a los pueblos y a los colectivos que exigen el derecho a decidir sus

destinos y resistir a las vergonzosas imposiciones antidemo- cráticas foráneas a las que se han allanado en España los partidos dinásticos. ”La Cataluña demócrata y republicana no estará ausente de la protesta que tiene que triunfar por todo el país, ni silencia- rá su voz de solidaridad con los hermanos que en las tierras hispánicas luchen hasta el final por la libertad y el derecho. ”Una vez más, la Monarquía se ha revelado trágicamente incapaz de conservar la unidad plurinacional de los pueblos de España. Nosotros aspiramos a establecer en Cataluña el reducto indestructible de las esencias de la República.” Yo me hago la ilusión de que una proclama así de la izquierda catalana ayudaría lo suyo a despertar a una izquierda hispáni- ca adocenada por décadas de sumisión a la miseria dinástica pseudoespañolista.

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El embrión de un gran movimiento popular así, con todas las contradicciones e insuficiencias que se quiera, existe ya, sobre todo en Cataluña. ¡Sumaos inteligentemente!

Lidia Falcón

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Nunca se han dado mejores condiciones para levantar un enorme y contundente movimiento republicano.

Es la primera vez que una princesa de sangre real tiene que estar cinco horas declarando ante un juez por fraude fiscal. Es la primera vez que un rey de España tiene que salir públicamente a pedir perdón por irse de cacería y se conocen sus amoríos. Sería bueno investigar sus negocios, comisiones y relaciones con los hombres de negocios que han acabado en la cárcel.

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con los hombres de negocios que han acabado en la cárcel. 2 Las tensiones territoriales ya

Las tensiones territoriales ya centenarias iniciaron el camino de su resolución en la IIª República y esa es la única forma de encajar lo que llaman los hechos diferenciales de algunas nacionalidades con la unión que todos los españoles –y ojalá los portugueses– deberíamos intentar contra el capital que nos está ahogando. Los trabajadores no se deben enfrentar y separar sino unir contra el enemigo común, que es la burguesía, y es la misma, y en buena colaboración, la que gobier- na en España que la que gobierna en Cataluña, inmersas ambas en los más escandalosos procesos de corrupción del último siglo. Y la única fórmula es la República Federal. Los balbuceos del PSOE sobre el federalismo son absolutas insensateces mientras pre- tendan mantener a la monarquía.

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No solo la acentuada pérdida de derechos exige la creación de un gran movimiento por la IIIª República. Como el movimiento que llevó a la proclamación de la IIª República, el republicanismo es un compromiso moral, es una firmeza democrática. No habrá regeneración de la clase política, no se procederá a limitar el poder de los grandes consorcios bancarios, industriales y agrarios, no se iniciará el reparto de la riqueza más equitativo, las mujeres no saldrán de su lugar marginado y explotado como la clase económica que está en último lugar de la producción, no se separará la Iglesia del Estado, ni podremos instituir definitiva- mente la Escuela laica y una cultura avanzada, hasta que se instaure nuevamente la República que tan sangrientamente nos arre- bataron.

Josep Fontana

que tan sangrientamente nos arre- bataron. Josep Fontana 1 Creo que hay que luchar por un

1

Creo que hay que luchar por un cambio profundo en las reglas del juego social. Y no estoy seguro de que esto se consiga simplemen-

Ferran Gallego

Tengo que responder con un breve argumento, sin lo que aquello que se me plantea en tres preguntas no definiría mi posición. De lo que hablamos es de soberanía popular. La democracia que expresa y garantiza esta soberanía no puede darse en el marco de la monarquía española, pero tampoco si un régimen republicano mantuviera las condiciones en que el pueblo español se encuentra en el lamentable proceso cons- tituyente de la Unión Europea.

El nacionalismo catalán puede simbolizar la severidad de esta expropiación de la voluntad de los ciudadanos. Por un

te con la proclamación de una república. Por poner un

ejemplo, quiero la República de 1931 o de 1936, no la de

1934

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Cambiemos la constitución; pero creemos, al mismo tiempo, un tribunal de garantías constitucionales demo- crático. Uno de los mayores fallos de la de 1978 es que su interpretación se dejó en manos de unos organismos judiciales herederos del franquismo, que la han secues- trado.

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Pienso que es necesario un gran movimiento democráti- co para la recuperación de los derechos sociales. Eso va primero.

democráti- co para la recuperación de los derechos sociales. Eso va primero. El Viejo Topo 315

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lado, construye un discurso capaz de movilizar a una mayo- ría social consciente de la pérdida de soberanía. Por otro, encauza esa frustración y esa demanda en los límites de un proyecto de clase dirigente agotada, que tras haber entrado en una crisis orgánica de representación, se presenta como su propia alternativa y como una penosa vanguardia de un movimiento antisistema. Por último, el nacionalismo se empeña en plantear la independencia en el seno de la actual construcción europea, lo cual es un curioso soberanismo que exige la pérdida de toda soberanía, aunque en un marco estatal distinto. Un penoso disparate, acicalado por el lúcido oportunismo de la casta que viene dirigiendo Cataluña desde 1980 y los disturbios políticos de una izquierda que ha olvidado todo lo que se planteaba acerca del encaje de lo social y lo nacional en los años del antifranquismo y de la transición.

Monarquía o república es un debate que tiene solo sentido si ponemos las cosas en el lugar fundamental de la democra- cia, que, precisamente por atender al principio de soberanía popular, ha de romper con las condiciones actuales de cons- trucción de Europa. Ha de reforzar la soberanía del pueblo en cada una de las actuales y bien precarias estructuras estatales, porque ese es el primer y único emplazamiento realista para empezar a fabricar un proyecto democrático. Creo que el ya oxidado sueño de una Europa federal de los pueblos y los ciu- dadanos es un horizonte utópico si no se restablece, previa- mente, el sujeto nacional y popular que debería definir la reconstrucción de ese antiguo proyecto. La Unión Europea es hoy una maldita pesadilla en la que han desaparecido ele- mentos tan esenciales como la percepción, desarrollo y solu- ción de los conflictos sociales a una escala manejable por las organizaciones políticas y sindicales de la izquierda.

Poco me importa que esto pueda verse como una actitud reaccionaria por ingenuos europeístas a los que ya se advir- tió en su momento a dónde íbamos. Por preferir, prefiero la “Europe de les patries” De Gaulle a la “Europe contre les patries” de Drieu La Rochelle. Y mucho más la idea republi- cana nacional de Chévénement que el vacuo continentalis- mo de una izquierda que, en nuestro caso, es capaz de des- doblarse en el Doctor Jeckyll del europeísmo y el Mr. Hyde de un localismo dependiente. Una izquierda que ya debería haber descubierto que la falta de complemento directo del “derecho a decidir” no es una falta gramatical, sino el carác- ter intransitivo de un verbo ideológico que, aunque su sono- ra apariencia nos engañe, sólo puede conjugarse negando el espacio de la política y el ámbito de la soberanía.

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de la soberanía. 60 / El Viejo Topo 315 / abril 2014 Pablo Iglesias 1 En

Pablo Iglesias

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En cualquier caso, pero más en nuestro país, la monarquía es una reserva de poder feudal que se ha enquistado en el diseño institucional. La crisis de la monarquía es parte de una crisis más amplia que afecta al conjunto de actores, consensos e ins- tituciones que configuraron el régimen de poder salido de las cortes del 78. La IIIª República no debe partir como nostalgia de la IIª República, no es un retorno al pasado, sino una demanda democrática presente, en tanto y cuanto hablamos de repúbli- ca no como un paquete ideológico, sino que nos remitimos a su significado: res pública, la cosa pública donde todos los y las ciudadanas somos iguales y el poder reside en el pueblo.

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La cuestión territorial nunca ha terminado por afrontarse, ni se han establecido las bases para dialogar sobre esta realidad. Estoy convencido de que la mejor solución siempre es más democracia. Actualmente la derecha en este país, política y mediática, es una fábrica de independentistas que construye su discurso basado en el odio a ciertos territorios. A mí me agradaría un modelo federal, pero abrir un proceso constitu- yente supone respetar el derecho a decidir.

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Exige una movilización de la sociedad en defensa de su digni- dad contra el expolio al que nos someten poderes nada demo- cráticos. La movilización democrática es eso: la aparición en la cosa pública de quienes hasta ahora estaban fuera de la deci- sión en la distribución del poder. La democracia solo puede ser republicana, pero no toda república tiene por qué ser demo- crática; ahí estaban las repúblicas de propietarios donde solo eran ciudadanos quienes poseían algo. La democracia no con- cibe que seamos iguales un día cada cuatro años mientras el resto del tiempo los poderosos hacen política desde la econo- mía, mientras que la mayoría no cuenta con herramientas para hacerla.

Félix Ovejero

1

La justificación y necesidad de la república es anterior e inde- pendiente de la crisis de la Monarquía. Su desprestigio actual no quiere decir que su corrupción sea mayor, solo que ahora se ha hecho más pública, que los que en otro tiempo contri- buyeron a silenciar los trapos sucios tienen menos poder u otros intereses. O de otro modo, que otros intereses rigen el escenario político. Otra cosa es el apoyo social, la condición necesaria. Creo que en ese sentido las cosas han cambiado, aunque no sé si de forma decisiva. Por otra parte, no hay garantía de que de unas cortes constituyentes emergiera una constitución con mayores posibilidades para la izquierda, en aspectos económicos y sociales. Ni tampoco en garantismo. Hay que tener en cuenta que la constitución del 78 se gestó en una atmósfera intelectual en la que la izquierda, española y europea, no había abandonado el horizonte del socialismo. Y eso se nota en los artículos respecto a la economía, la propie- dad o la huelga. Entonces hubiera resultado impensable la constitucionalización del equilibrio presupuestario. Por lo demás, nadie puede descuidar que los cambios constituciona- les son, sin acaso, el remate de los procesos políticos, no la solución a los problemas. Una constitución es un reglamento, un campo de fútbol, no una táctica o un resultado. Todas son compatibles con distribuciones de la renta diferentes, justas e injustas. Por supuesto, podemos atrincherar muchas conquis- tas, pero tampoco se puede olvidar que, a la vez, se está cerce- nando el terreno de la decisión democrática.

2

Lo que se llama tensiones territoriales es una operación reac- cionaria de profundo calibre a la que únicamente se puede responder como los Jacobinos en el momento más radical- mente democrático de la revolución francesa y que Max copia literalmente: “una república alemana, única e indivisible”. Se trata de movimientos antiigualitarios, que penalizan al con- junto de los ciudadanos españoles y quiebran la posibilidad de estado del bienestar, de intervenciones políticas redistribu- tivas y eficaces que pongan fin a proyectos políticos que ape- lan a límites en la solidaridad y buscan fundamentar la comu- nidad política en la identidad, en lo más reaccionario del mundo. Una identidad inventada, falsa, por cierto. Y las con- secuencias antisociales son claras. Por ejemplo, al convertirse el catalán en un requisito para acceder a muchas posiciones

HACIA LA IIIª REPÚBLICA

para acceder a muchas posiciones HACIA LA IIIª REPÚBLICA laborales, entre ellas la administración pública, la

laborales, entre ellas la administración pública, la lengua ofi- cia como un filtro que penaliza a los más humildes, en su mayoría menos competentes en esa lengua. Y es que el caste- llano es la lengua materna –y la común– del 55% de los catala- nes, frente 31,6% que tiene el catalán. En el poder la composi- ción es bien diferente: entre los parlamentarios tan sólo el 7% reconoce el castellano como su “identidad lingüística”. El rela- to en términos coloniales, el único que justificaría el derecho a la autodeterminación, es un simple delirio. El presidente de la Generalitat, Artur Mas, y otros 55 altos cargos de la Generalitat cobran más que el presidente del Gobierno. El pre- sidente de la Comisión de Exteriores de España es un nacio- nalista catalán. Cataluña es la región más rica de España. Mientras que los mejores barrios y posiciones sociales están ocupados por familias clásicamente catalanas, cerca del 70%

de los catalanes, que en primera y segunda generación proce- den de otras partes de España, ocupan las partes más bajas de la pirámide social y viven en la periferia de las ciudades, en los arrabales. Pero es que, sobre todo, eso es injusto con el con- junto de los ciudadanos españoles, que ven limitadas sus posibilidades laborales y sociales en el conjunto del país. En el País Vasco, todavía peor, comenzado porque la financiación por habitante del País Vasco es superior en un 60% a la media de las regiones de régimen común a igualdad de competen- cias. Y en lo que atañe a la identidad la fantasía no es menor. Según un estudio, basado en la observación directa, solo el 13,3% de los vascos recurre habitualmente al euskera. Eso sí, para acceder a posiciones docentes y administrativas y sub- venciones es condición necesaria. Es desigual y además inefi- caz, porque no acceden los mejores maestros o médicos.

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Sí, por supuesto, pero eso exige ideas claras, propuestas no reactivas (como, por ejemplo, las recogidas en The New Economics of Inequality and Redistribution de Sam Bowles), sindicatos alejados de chalaneos y corrupciones (basta con ver cómo los sindicatos catalanes clásicos suscriben los pro- yectos independentistas, una de las mayores locuras que se puede imaginar), una clarificación de principios (la defensa de cualquier cosa que venga de las “naciones oprimidas” solo revela ignorancia de la realidad empírica y confusión intelec- tual) y una clara cultura democrática, que no se apunta a cual- quier reacción sin antes valorar su contenido y su legitimidad

de origen y de ejercicio (confío que alguna lección habremos extraído de Ucrania y de Venezuela), con una crítica a la repre- sentación política que destaque sus insuficiencias pero sin arrogarse la representación, sin pretender que cualquiera que da dos gritos habla en nombre del pueblo o de una causa justa, con una precisa idea de participación y bastante estudio de teoría social, si se me permite, para entender que los proble- mas de las organizaciones son objetivos, no simple cuestión de voluntad. También por cierto, abandonar ese aire de supe- rioridad moral, de desprecio al rival político y de reconocer el exacto nivel de conflicto político que muestran una total au- sencia de limpieza democrática.

Jaime Pastor

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Efectivamente, esa crisis está a la vista pero, dadas las limitaciones con las que tropieza todavía la difusión de un imaginario republicano popular, hay que reconocer que existe aún un margen en el bloque de poder dominante para tratar de resolverla mediante una operación sucesoria, acompañada de algunas autorreformas de fachada que busquen neutralizar el rechazo que se extiende hacia esa institución. Mayor razón, por tanto, para cuestio- nar a la monarquía en un sentido alternativo frente a los de arriba e inclu- so a quienes están haciéndolo desde la extrema derecha.

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so a quienes están haciéndolo desde la extrema derecha. 2 Que las “tensiones territoriales”, principalmente ahora

Que las “tensiones territoriales”, principalmente ahora en torno al conflic- to catalán y a la recentralización política actual, están cuestionando el “modelo” autonómico es evidente. El problema está en que antes de plan- tear una nueva Constitución que opte por un modelo republicano federal habría que conocer la opinión de pueblos como el catalán sobre cuál es el tipo de relación que quieren mantener con otros pueblos del Estado: ¿fede- ral, confederal, independiente? Sólo después de conocerla cabría valorar si se plantea un común modelo republicano federal o, por el contrario, un proceso de constitución de Repúblicas que a continua- ción llegaran voluntariamente a acordar algún tipo de relación distinta de la actual.

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El vaciamiento de los derechos de ciudadanía en general y, sobre todo, de los sociales es cada vez mayor. Haría falta promover un gran movimiento plural a favor de la ruptura con este régimen y por la libre unión republicana de nuestros pueblos; un hori- zonte que debería ir estrechamente unido al rechazo al pago de la deuda ilegítima (empezando por la derogación del artículo 135 de la Constitución vigente) y al blindaje constitucional de nuestros derechos y bienes comunes, objetivos que sin duda nos con- frontarían con la troika y nos exigirían unir nuestras fuerzas con, al menos, los pueblos del Sur de Europa.

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HACIA LA IIIª REPÚBLICA

Rosa Regás

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El momento de reclamar la República debió ser el mo- mento en que iniciamos lo que ahora llamamos la Transición, que no habría sido una transición del fran- quismo a la democracia sino la recuperación de la legalidad perdida por el golpe de Estado. En cuanto a la crisis de la monarquía puede ser, y de hecho es, una ayuda para reclamar una forma de gobierno más justa históricamente, y sobre todo más política y socialmen- te racional y democrática. Quiero decir que los que reclamamos la República no pretendemos solo, aun- que haga mucha falta, sustituir el modelo de gobierno que tenemos porque no funciona ya, sino porque que- remos abandonar una forma de gobierno anacrónica y contraria a los principios de la democracia, y restaurar la nor- malidad política y social, en la que, entre otras cosas, los ciu- dadanos podamos elegir también a nuestro jefe de Estado y no estemos obligados a aceptarlo a él y a su descendencia en los absolutos e injustos términos en los que los proclama la Constitución: “la persona del Rey es inviolable y no está sujeta a responsabilidad”.

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Las tensiones territoriales se han fomentado –y ¡de qué mane- ra!– desde la cabriola política iniciada por el PP al presentar ante el Tribunal Constitucional un recurso de inconstituciona- lidad contra el nuevo Estatuto de Cataluña, que había sido aprobado por el Parlamento catalán y por el Congreso de los Diputados. Desde entonces el independentismo no ha hecho más que crecer y más aún cada vez que Rajoy se niega a dialo- gar o alguno de sus ministros hace una declaración al respec- to. De ello se aprovechan los que siendo independentistas o habiéndose vuelto independentistas a conveniencia de cir- cunstancias y posible aumento de votos, tergiversan a veces la realidad política y económica de Catalunya y España y su Historia pasada y presente. La situación es tensa y con salida difícil tanto para los unos como para los otros, como no sea con la violencia, expresada por parte del poder con nuevas normas, leyes y restricciones, nuevas interpretaciones de la Constitución, diversas formas de prorrogar la frustración de una sociedad que se siente, con razón o sin ella, maniatada, despreciada y tratada injustamente. Y por parte del pueblo catalán respondiendo multitudinariamente con su voto a unas elecciones que pueden dejar inmovilizado al Ejecutivo ante la

que pueden dejar inmovilizado al Ejecutivo ante la mayoría aplastante que consiga que, sin ser vinculante

mayoría aplastante que consiga que, sin ser vinculante lo será mucho más de lo que sería el resultado de la hipotética con- sulta si se celebrara hoy. Y con ello se acentúa aún más la incomprensión y la violencia. Cambiar la Constitución para que opte por un modelo republi- cano federal habría sido una solución cuando comenzó de ver- dad el problema, pero creo que hoy de poco serviría, porque ni con esto se arregla el sentimiento de frustración de la gran mayoría de un pueblo al que no se le permite la consulta que pretende, y ni siquiera el jefe del gobierno se aviene a hablar de ello con sus representantes. Cambiar la Constitución no pare- cería tan difícil: Zapatero y Rajoy la cambiaron en dos días de verano, con nocturnidad y alevosía para obedecer a la señora Merkel y dejar sin apenas derechos sociales a los españoles. Soy muy pesimista al respecto, porque aunque no se vea, el encono existe, y como todo problema no resuelto, un día u otro acaba por salir. Por esto, aún así, creo que es muy importante que hablen de ello los que representan una opción y la otra. Si no, será el desastre para ambas.

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Por supuesto, una República con un contenido democrático y un respeto por sus leyes, superior en democracia a la que hoy tenemos, que de la noche a la mañana nos puede anular o recortar derechos sociales aunque figuren en la Constitución que defienden los mismos que recortan, puede y debe devolver al pueblo la confianza perdida. Una República con participa- ción real, no teórica, de los ciudadanos; asentada en la separa- ción de la iglesia y el Estado, con una ley electoral que no bene- ficie a unos y arrincone a los otros, que fomente una sociedad

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HACIA LA IIIª REPÚBLICA

sin privilegios y garantice los derechos sociales y culturales, tan maltratados y dañados hoy por favorecer los privilegios económicos de ciertos nacionales, como nos exigen la tan neoliberal Unión Europea, al no haber sido capaces nuestros corruptos gobiernos de saldar su deuda recuperando lo que la tan extendida corrupción de bancos, cajas, empresas, políti- cos y muchos otros delincuentes, ha robado al erario público, o persiguiendo el extraordinariamente extendido fraude fiscal de los ricos. Todo esto ha de cambiarse, hay que comenzar otra vez e intentar con un nuevo proyecto recuperar la con- fianza en lo público y en lo político. Creo que la República es

lo más justo y eficaz por distintas razones. ¿Qué es difícil? Claro que lo es, más difícil lo tuvieron los que tras siglos de dictadura en forma de monarquías no parlamentarias la pro- clamaron el 14 de abril de 1931. Creo sinceramente que el ata- que que entonces emprendieron los poderes fácticos contra la República de 1931, hoy sería impensable. Pero no pensemos en ello y dejémoslo para la UE, sino en el ejemplo que nos dejaron los que nos gobernaron durante los únicos cinco años seguidos de justicia social, fomento de la educación y la cultu- ra y esperanza que vivimos los españoles en toda nuestra his- toria hasta la primera mitad del siglo XX, y más adelante aún.

Rodrigo Vázquez de Prada y Grande

XX, y más adelante aún. Rodrigo Vázquez de Prada y Grande 1 Aunque nunca se debió

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Aunque nunca se debió permitir que a los españoles se nos impusiera la Monarquía, hoy más que nunca es necesario exi- gir la IIIª República. Pero no solo porque la monarquía haya entrado en una crisis realmente grave, de corrupción y descré- dito creciente ante la sociedad española. La Monarquía es una institución anacrónica y contraria a los principios democráti- cos que, además, fue impuesta por el mismo dictador, las fuer- zas provenientes del franquismo y el Ejército surgido del golpe de Estado de 1936. Pero, además de todo ello, sucede que hoy estamos en presen- cia de una crisis sistémica del modelo surgido de la Transición. Y la Monarquía es una de las claves de bóveda de ese modelo. Clave de bóveda de esta democracia imperfecta y adulterada, junto al bipartidismo, artificialmente alimentado por una ley electoral que vulnera el principio de proporcionalidad y falsea el mapa político de España; el más rancio neoliberalismo, apli-

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cado al alimón por los dos partidos que se han turnado en el poder, PSOE y PP; y la más indecente corrupción en la que se ha enfangado hasta la más alta institución del Estado. La recla- mación de la IIIª República es una exigencia de regeneración democrática y limpieza de la vida pública y del mismo ejerci- cio de la política. 2

Es necesario un proceso constituyente profundo y real que, mediante una ruptura realmente democrática, dé paso a una nueva Constitución y a la IIIª República. Y esa nueva Constitución debe establecer un modelo de República federal que reconozca y consagre el carácter plurinacional de España. Se trata de dotar a la nueva Constitución de la mayor raciona- lidad democrática y esa racionalidad comporta necesariamen- te una República federal que, además, supere la reaccionaria lucha de banderas hegemonizada por las burguesías que pre- tenden crear nuevas fronteras en beneficio de sus propios intereses y en perjuicio de la clase trabajadora.

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La reivindicación de la III República tiene que ser el objetivo común que una a todos los movimientos democráticos. Es decir, el objetivo que unifique a todas las mareas de protesta y rechazo de la aplicación de las medidas neoliberales que están llevando a la clase trabajadora a un brutal empobrecimiento al tiempo que han recortado salvajemente sus derechos sociales. Hoy en día, la lucha por la IIIª República tiene que ser el aglu- tinante que permita encauzar con más fuerza la protesta y la lucha de los distintos movimientos sociales surgidos en los últimos años. Una propuesta en la que se encarna mejor que en ninguna otra la Revolución Democrática de nuestros días