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por Gabriele

por Gabriele

Dios en nosotros

Procedente del programa de televisión del mismo nombre, dado por Gabriele, la profeta y enviada de Dios para nuestro tiempo.

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Dios en nosotros

Estimados lectores:

Precisamente en la época actual, el tema «Dios en nosotros» constituye para muchas personas una provocación. Cuando en los medios de comunicación se lee y escucha lo que está sucediendo en este mundo, la palabra «Dios» va siendo relegada cada vez más a un segundo plano, y aún más la expre­ sión «Dios en nosotros». Se oye hablar de las catástrofes que aquejan a este mundo y de cómo se comportan muchas personas, de cómo tratan a sus semejantes, viviendo en discordia con aquellos que no comparten su forma de pensar. La Tierra, con sus animales y plantas, sufre bajo el fraude que se hace al poner a todo la falsa etiqueta de «cristiano», así como a raíz del egoísmo de los explota­ dores. Cada cual tiene sus argumentos para explotar la tierra, para torturar y matar a los animales y para destruir la naturaleza. Y todo

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esto con seguridad no tiene nada que ver ni con Dios ni con Jesús.

Y de pronto viene una persona que se per­

mite sostener afirmando: Dios en nosotros.

En los últimos tiempos muchas, pero mu­ chas personas están abandonando las instituciones llamadas Iglesia. Una y otra vez se escucha hablar de los excesos de la casta sacerdotal, de falsedades, mentiras, y aún más, de innumerables perversiones y excesos que uno mejor no quisiera llamar por su nombre, a no ser que se hable de las atrocidades y de la escoria de la humanidad. El número de personas que se salen de la Iglesia aumenta cada vez más. Muchos están

decepcionados de su institución eclesial, en la que hasta ahora habían creído y con la que estaban familiarizados, para buscar allí

a Dios. Otros, por su parte, mueven incré­

dulos la cabeza y dicen: «¡Dios no existe! Y

si existiese, ¿dónde está?».

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Los superiores de la Iglesia ya no son dignos de crédito, y los partidos desvarían hablando del bien común y de asuntos sociales. Si se observa todo más profundamente, se descubre que de lo que se trata es de los dividendos bursátiles, del bien personal. En Alemania gobiernan partidos que llevan en sus siglas la C de cristianos, siendo este país el tercer exportador de armas del mundo, a pesar de que el gobierno dice ser «cristiano».

Mientras el gobierno –expresándolo en una imagen– siga siendo el que sostiene el estribo de la casta sacerdotal, es decir, subvencionando en Alemania a la Iglesia con 14 mil millones de euros al año, la si­ tuación no cambiará mayormente, porque el Estado confesional que sujeta el estribo, y a la vez el jinete confesional que conduce al caballo, no considerará necesario cambiar su comportamiento para con Dios y sus se­ mejantes. Además, las Iglesias y catedrales

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son restauradas con miles de millones, que en definitiva tiene que aportar el Estado, es decir, nosotros, los ciudadanos. Y esto, a

pesar de que en las Biblias de los sacerdotes,

a las que se remite la casta sacerdotal y que vende a sus fieles como la verdad absoluta, se lee: «Dios, que ha creado el mundo y

todo lo que hay en él, Él, el Señor del Cielo

de la Tierra, no vive en templos hechos por mano humana».

y

A

los ciudadanos se nos carga con impuestos

y

se nos desangra cada vez más, de modo

semejante a como se tortura a un gallo para convertirlo en un capón, que después llega como asado de Navidad al plato del Papa Benedicto, como se mostró hace algunos

años en los medios de comunicación.

¿Qué dijo Jesús, el Cristo? «Todos los que tomen la espada, morirán bajo la espada». Este mundo muestra cómo somos los seres humanos: guerras, asesinatos, homicidios,

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hambre, sufrimiento, enfermedades, epide­

mias, martirio interminable de los animales;

y

luego surge la pregunta: ¿Dónde está Dios?

Y

por su parte otro dice: «El cuento de Dios

lo creí por un tiempo, pero ahora ya no lo creo. Dios no existe». ¿Pero qué puede hacer Dios con ese mon­ tón de basura que es el producto de la ne­ gatividad humana? ¿Tiene que acabar de destruirlo totalmente? Dios no tiene que hacerlo, pues esto lo hacemos los seres hu­ manos mismos, dado que nosotros somos los que hemos convertido a este mundo y a esta Tierra en lo que es, y no Dios. Estimados semejantes, más de uno entre us­ tedes es una persona con buena capacidad de análisis. ¿Puedo hacer una pregunta a una persona tal y a todos los que ahora mueven incrédulos la cabeza? ¿Es usted un animal de rebaño que asiente a todo? ¿Es usted una per­ sona que cree lo que seres humanos quieren

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hacer creer a otros seres humanos, cuando éste o el otro hablan de Dios? ¿Es usted el animal de rebaño que necesita una iglesia de piedra, una tradición y una confesión, y de este modo a sacerdotes dogmáticos? ¿O

es usted una persona de espíritu libre que ha aprendido a medir y sopesar, y que no cree

a cualquiera que le quiera engañar con algo,

aunque sea la promesa de que Dios está aquí

o allí, o incluso diciendo que el caos de este mundo es un «misterio» de Dios?

Yo soy sólo un ser humano, así como todos somos seres humanos. Quien promete algo a alguien, debería también poder demostrarlo. Ninguna persona le puede prometer a otra persona que encontrará a Dios por medio de las indicaciones y recomendaciones que ella le dé. Tampoco yo puedo hacerlo. A Dios no se le puede encontrar aquí o allá, Dios es la Vida en nosotros, en cada uno de nosotros. De acuerdo con nuestra disposición inter­

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na, somos personas sociales, comunitarias. Nadie debería estar solo, ya que como está escrito: «No es bueno que el hombre esté solo». Y no ir tras ningún ser humano signi­ fica encontrar a Dios en uno mismo, pues solamente de esto se desarrolla el verdadero

fiel espíritu social y comunitario. Encontrar a Dios significa por tanto encontrarse primero

a sí mismo, en la consciencia de lo que Je­

sús, el Cristo, instruyó a los hombres. Entre otras cosas, Él nos enseñó: «Yo, Cristo, Soy el Camino, la Verdad y la Vida; nadie llega al Padre si no es a través de Mí”.

Esto vale también para mí. Yo no me ato a ninguna persona, tampoco en el caso de que ésta me prometa muchas cosas, o me quiera conducir hacia aquí o allí para en­ contrar a Dios.

Incluso cuando una persona ha encontrado

a Dios en lo más profundo de su ser, no

le puede demostrar eso a nadie. Un buen

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ejemplo puede ser una indicación, pero no una prueba. Por consiguiente, mis palabras no compro­ meten a nadie; ellas se refieren a la ense­ ñanza de Jesús, el Cristo, especialmente a Su promesa: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida». Mi propósito era y es que cada uno encuentre a Dios por sí mismo. Yo he podido encontrarle en mí misma, porque no me até a ninguna persona, sino que me orienté y me oriento a la enseñanza de Jesús.

En la gran obra manifestada «Ésta es Mi Pa­ labra», leemos que las gentes de su tiempo confrontaron a Jesús de Nazaret con pre­ guntas relativas a Dios. Allí se lee:

Se acercaron a Jesús algunos que estaban llenos de dudas y dijeron: «Tú nos has dicho que nuestra vida y existencia provienen de Dios, pero nunca hemos visto a Dios, ni tam­ poco conocemos a ningún Dios. ¿Nos puedes

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mostrar a Aquel que Tú llamas Padre y único Dios? No sabemos si hay un Dios».

Jesús les respondió diciendo: «Escuchad esta parábola de los peces. Los peces de un río conversaban y decían: Se nos cuenta que nuestra vida y existencia proviene del agua,

pero no hemos visto nunca agua, no sabemos lo que es. Entonces algunos de ellos, que eran más listos que los demás, dijeron: Hemos oído que en el mar vive un pez inteligente y sabio que sabe de todas las cosas. Vayamos

a verle y pidámosle que nos muestre el agua.

Así fue que algunos de ellos se pusieron en camino para buscar al gran y sabio pez, hasta que por fin llegaron al mar, donde éste vivía,

y se lo preguntaron.

Después de haberlos escuchado, éste les dijo: ¡Oh peces necios, que no pensáis! Pero unos pocos sois listos, ya que buscáis. En el agua vivís y os movéis, y allí tenéis vuestra existencia; del agua venís y al agua volveréis.

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Vivís en el agua, pero no lo sabéis. Del mis­ mo modo, vivís en Dios, y sin embargo me pedís: Muéstranos a Dios. Dios está en todo, y todo está en Dios».

Como ya se mencionó antes, la disposición interna del ser humano es la comunidad en­ tre todos, pues como se dice: No es bueno que el hombre esté solo. Pero si uno se une con Aquel que en Su enseñanza una y otra vez nos ha hecho y nos hace consciente que Él es el Camino, la Verdad y la Vida, Cristo, y si se sigue Su enseñanza paso a paso, se toma contacto con personas que piensan y viven de modo semejante. No obstante, uno tampoco debería atarse a ellas. Si reflexionamos sobre la declaración «Dios en nosotros», podría surgir la objeción:

«¡Vaya declaración! Es muy exagerada, si se considera la sociedad actual». No obstante, en algunas Biblias de los sacerdotes está escrito, conforme a la verdad: «Dios no vive

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en templos hechos por mano humana». Esto provoca la pregunta: ¿Y dónde vive entonces Dios, si no es en iglesias de piedra?

Muchas personas creen que en su interior

está el alma. Ahora se podría filosofar si es así

o no. Pero consideremos por una vez como

un hecho el que estemos vivificados por un cuerpo de sustancia sutil que no es de este mundo. Supongamos que en lo más profun­

do del alma, en esta sustancia sutil, está la vida, está el hálito, DIOS, a quien los seres humanos experimentamos en la respiración.

El hecho de la «vida» no lo deberíamos limi­

tar sólo a la envoltura terrenal, al ser huma­ no, que en algún momento expirará y que no podrá volver a recuperar la respiración al inspirar. La vida es eternidad, y a la eternidad la llamamos «Dios» o «Eterno» o «Existencia eterna» o «Eterno SER». Pensemos tan sólo en la naturaleza. La pri­ mavera trae más luz, más sol, y la parte de

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la Tierra que se orienta hacia el sol vuelve

a recobrar vida. La naturaleza comienza a

reverdecer y a florecer. ¿Y qué sucede con nosotros? Cuando nos orientamos a la luz, a Dios en nosotros, nuestra alma se vuelve más luminosa; vivimos más conscientemente, nos volvemos más libres y felices; nos tornamos más sinceros, abiertos y justos con nuestros semejantes, porque nos hemos encontrado en Dios, la Vida, y somos fieles a nosotros mismos.

Volvamos a nuestro tema: Dios en nosotros, Dios en usted, Dios en mí –y a que cada uno de nosotros es el templo de Dios y que Dios vive en nosotros. Por consiguiente, la vida inmortal, el hálito de Dios está en el fondo primario de nuestra alma. La vida fluye a tra­ vés de nuestra alma. Fluye en nuestro cuerpo celular y nosotros respiramos la vida. Nues­ tro corazón palpita porque recibe la vida que proviene de la vida omniabarcante: Dios.

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Jesús de Nazaret no nos enseñó tradiciones eclesiásticas. Jesús no nos enseñó a tener que ir a templos hechos de piedra. Jesús nos enseñó lo que Él dijo en aquel entonces a los sacerdotes: «Vosotros no os hagáis llamar rabí, porque sólo Uno es vuestro Maestro, Cristo».

Entonces se podría preguntar: ¿Dónde está el Maestro? Es Cristo, la resurrección y la vida en nosotros. El Cristo de Dios es por tanto el Cristo de Dios en nosotros. Él es en Dios la ley del amor y de la libertad. Por tanto, como también toda persona, usted es libre de creer o no creer, de atarse o de liberarse.

Yo no le quiero atar a nada, ni deseo hacer­ le creer algo; tampoco deseo prescribir lo que habría que hacer. Quisiera decirle sim­ plemente: experimente lo que yo y muchos de mis semejantes han experimentado. Ellos, como también yo, han encontrado a Dios

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en sí mismos, y así se han convertido en per­ sonas con las que es posible vivir en común.

Jesús de Nazaret nos enseñó a retirarnos a un lugar tranquilo y a buscar a Dios en el silencio. Él no nos enseñó a ir a iglesias de piedra. ¿Cómo lo podríamos hacer con ese lugar o aposento tranquilo?

Por ejemplo, en mi casa he preparado un pequeño rincón para orar, una mesita pe­ queña, una silla, una vela. Con el tiempo para mí ha llegado a ser una necesidad el retirarme a rezar o, acompañada de músi­ ca armoniosa, ponerme en sintonía y luego dirigir hacia el interior algunas oraciones profundas y fervientes.

¡Haga la prueba! Disponga un lugar para que usted pueda rezar. Deje que con la música y la oración éste se transforme en un lugar que ejerza una fuerza de atracción en usted.

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Y hágase una y otra vez consciente de que

Dios, nuestro Padre celestial, le ama a usted, nos ama a todos. Él desea que vayamos a Él, porque en el fondo de nuestra alma somos todos hijos del Reino de Dios. El Reino de Dios es nuestro verdadero e imperecedero Hogar, por toda la eternidad.

Cada cual es libre de creer o no que él, como ser humano, es sólo un caminante que lleva

en sí la eternidad. Para existir en este mundo, nuestra alma ha adoptado transitoriamente un cuerpo humano. Cuando el cuerpo hu­ mano fallece, el alma prosigue su camino,

y continúa recorriéndolo hasta que haya

encontrado de nuevo el camino al interior, hacia su Creador, a Dios, su Padre, y sea uno con Él, así como Jesús dijo de Sí mismo: «Mi Padre y Yo somos uno».

La unidad interna con Dios, nuestro Padre eterno, nos une como hermanos y hermanas

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que pertenecen al Reino de Dios. El Hogar eterno en Dios, nuestro Padre, es lo único que nos puede unir.

en Dios, nuestro Padre, es lo único que nos puede unir. Volvamos al rincón o aposento

Volvamos al rincón o aposento tranquilo. A usted se le habrá hecho consciente que yo no le quiero conducir a ninguna agrupación externa, a ninguna comunidad externa. Yo sólo deseo animarle a encontrarse a sí mis­ mo, preguntándose: ¿Quién es usted, quié­ nes somos realmente nosotros?

Si quiere, encuéntrese a sí mismo y analice lo que significa que Dios está siempre pre­ sente. Él está en la naturaleza. Él es la vida, es la luz en cada animal, en cada planta, en cada piedra, en cada majestuoso árbol. Dios está en lo profundo de su alma. Dios está con usted y en usted. Póngase en sintonía con el rincón tranquilo y así usted será atraído una y otra vez por ese

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lugar, aunque sólo se trate de una esquina tranquila de su habitación. Mantenga ese pequeño ámbito, que ha preparado para recogerse en su interior y meditar, libre de malos pensamientos que son puramente humanos. Retírese a ese rincón, con el que se ha familiarizado, sólo cuando quiera escu­ char música y entregarse a la oración. Y cuando rece, hágalo dirigiendo su oración hacia el fondo del alma, es decir, hacia el interior, puesto que usted mismo es el tem­ plo de Dios, y Dios vive en usted.

usted mismo es el tem­ plo de Dios, y Dios vive en usted. Estas explicaciones no

Estas explicaciones no han de entenderse como que son una «hora de enseñanza». Lo que yo deseo es abogar por Dios, no por mí, no por una comunidad tradicional, sino únicamente por Dios. Deseo que mis semejantes Le lleguen a conocer a Él. Yo he encontrado a Dios, la Vida, en lo más profundo de mi alma, y sé que Él nos ama a

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todos, pues, siendo Él nuestro Padre eterno, nos ha visualizado y creado en el corazón. De esto puedo hablar, pero no se lo puedo demostrar a nadie. Lo y no lo puedo de­ mostrar. Usted y todos nosotros vivimos eternamente, porque Dios es eterno. Él, Dios, nuestro Padre celestial, nos creó como seres puros, de sustancia sutil.

Alguna vez fallecerá nuestro cuerpo, pero Su llamada tiene validez, por ejemplo a través de las palabras del Cristo de Dios, que dicen:

«Venid a Mí todos los que estáis agobiados y cargados; Yo os quiero aliviar». ¿Adónde tenemos que ir entonces, si el Es­ píritu de Dios, del Cristo de Dios, vive en el fondo de nuestra alma? Pues a Él, que vive en nosotros.

si el Es­ píritu de Dios, del Cristo de Dios, vive en el fondo de nuestra

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Una vez más vuelvo al aposento silencioso. Si usted prepara un rincón tranquilo, una esquina silenciosa para orar, si enciende una vela y reza para interiorizarse, y tal vez se pone en sintonía con música armoniosa, notará muy pronto que no está solo. Hay algo en usted que le alienta, que le da valor, que le desea conducir y guiar. En algún momento surgirá entonces en us­ ted y en todos nosotros la pregunta: ¿Qué podría hacer, qué más podríamos hacer para acercarnos más a Dios, para transformar hacia lo positivo todo nuestro carácter, toda nuestra conducta? Si resuena este deseo del corazón, recordaremos los dones divinos que nos han sido dados como indicación:

Los seres humanos hemos recibido de Dios, nuestro Padre eterno, los Diez Mandamien­ tos a través de Moisés, y de Jesús, el Cristo, el Sermón de la Montaña. La persona que tiene una buena capacidad de analizar, capta el sentido de los Manda­

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mientos de Dios y del Sermón de la Mon­ taña de Jesús y sabe que se ha anunciado la Nueva Era. ¡Ella viene! Más de uno desea transformarse en una persona nueva, una persona libre, una persona en el Espíritu de Dios, un ser humano que aprecia la natura­ leza, que la ama, y que con la fuerza de Dios se encuentra en paz con su prójimo. Estos son los hombres del Nuevo Tiempo, de las generaciones futuras.

¿Quiere participar de ello? Usted no necesita ningún guía externo –en usted tiene al guía interno, al Cristo de Dios. Él está en cada uno de nosotros.

Haga la prueba de encontrarse a sí mismo para que se acerque a la verdadera vida. Na­ die le puede obligar a hacer algo espiritual. En el Espíritu de la Verdad, en Dios, usted y todos nosotros somos libres.

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Sin embargo sí que se puede hacer una de­ claración, que es lo que quiero hacer ahora:

Yo amo a Dios, nuestro Padre celestial, por­ que he podido experimentar que Él le ama a usted y a todos nosotros. Los seres humanos no necesitamos confesiones eclesiásticas ni tradiciones eclesiales. No necesitamos sacerdotes ni tampoco intermediarios. Tene­ mos algo en nosotros, esto es, un tesoro, un tesoro inconcebiblemente valioso. Hemos sido llamados por Jesús, el Cristo, a que desenterremos este tesoro en nosotros, pues Jesús nos enseñó: «Yo Soy el Camino, la Verdad y la Vida». Y Él nos exhortó dicién­ donos: «Seguidme».

Yo acometí la tarea de acercarme al tesoro interno, y no hablo sólo en base a la teoría. Hablo por experiencia propia, y sé que us­ ted y todos nosotros podemos desenterrar el tesoro.

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Me alegro si usted se pone en marcha para dedicarse a este tesoro extraordinario.

Me alegro si encuentra la paz interna en la consciencia de la presencia de Dios.

Me alegro si se da cuenta de que no está solo, que en usted hay algo que llama y palpita, que respira y fluye –es el Espíritu, es la Verdad, es la Vida en usted, en todos nosotros.

es la Verdad, es la Vida en usted, en todos nosotros. Le deseo el aposento tranquilo.

Le deseo el aposento tranquilo.

Le deseo oraciones buenas y fervorosas.

Le deseo que crezca hacia la libertad.

Le deseo la vida en y con la naturaleza.

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Le deseo la comunicación con lo más interno de sus y nuestros semejantes.

En esta consciencia: ¡Un cordial saludo en Dios y Dios con nosotros!

Gabriele

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Dios en nosotros

por Gabriele

Lo que yo deseo es abogar por Dios, no por mí, no por una comunidad tradicional, sino únicamente por Dios. Deseo que mis seme- jantes Le lleguen a conocer a Él. Yo he encontrado a Dios, la Vida, en lo más profundo de mi alma, y sé que Él nos ama a todos, pues, siendo Él nuestro Padre eterno, nos ha visualizado y creado en el corazón. Dios está siempre presente. Él está en la natu- raleza. Él es la vida, es la luz en cada animal, en cada planta, en cada piedra, en cada ma- jestuoso árbol. Dios está en lo profundo de su alma. Dios está con usted y en usted.

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