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ANTARES

El Capote otros cuentos

N ico|s Gógft

I

Estudio introductorio: Mercedes

ÍNDICE

Estudio introductorio

7

Algunos juicios críticos

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Cronología

44

Bibliografía recomendada

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Temas para trabajo de los estudiantes Texto de la obra

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• La víspera del día de Iván Kupaia

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• Un lugar embrujado

79

• Terratenientes de antaño

91

• Viy

121

• Diario de un loco

171

• La nariz

201

• El capote

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Estudio

introductorio

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NICOLÁS GÓGOL: LA SÍNTESIS DE UN ARTISTA

La narrativa rusa constituye una de las tradiciones más sólidas y de más influencia en el mundo literario. Figuras tan determinantes como las de Pushkin, Dos- toievski, Tolstoi o Chéjov han dejado su huella incon­ fundible entre nosotros. Junto a ellas, la obra de Nico­ lás Gógol ocupa un sitio privilegiado pues sus textos son verdaderos precursores y renovadores de la pro­ sa moderna. Este autor sintetiza los elementos ro­ mánticos de la literatura rusa y, a la vez, introduce las preocupaciones de un naciente realismo. Gógol al igual que Pushkin, su contemporáneo, se alimentó de las dos tendencias más marcadas del romanticismo ruso, expresado especialmente en la poesía de tendencia elegiaca (aquella que daba cuenta de la imposibilidad del hombre de ser feliz en el mundo) y otra, de corte más bien político, que ha­ bía nacido como respuesta a la presencia despótica de Nicolás I en la Rusia de 1825. Una conciencia crí­ tica empezaba a configurarse entonces frente al po-

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der absoluto y sus perversiones. Detrás de esta acti­ tud está, por supuesto, la influencia de las ideas re­ volucionarías importadas desde Francia. La literatura empieza a tomarse en expresión de ese compromiso público. Es el punto de partida de la novelística rusa, tan característica por su mirada descamada de una realidad plagada de injusticia y sufrimiento. De ahí que en el siglo XIX la novela de este gran país, junto a la francesa, marquen las coordenadas del género y se conviertan en el modelo a seguir por los artistas de todo el mundo. Uno de los elementos que Gógol retoma de la tradición romántica es la veta satírica, explotada por algunos autores dramáticos. Será justamente él quien

haga del humor una herramienta de crítica y, al mis­ mo tiempo, abra un camino de reconocimiento para el pueblo de su país. Sin embargo, Gógol sufriría gran­ des padecimientos interiores por no haber podido mostrar la parte más luminosa de la existencia. Algo había dentro de él que lo conducía a crear las cari­ caturas más feroces de los hombres y mujeres de su entorno. Este conflicto entre la moral y la estética de­ sataría en este ser, gris y atormentado, más de una crisis espiritual que lo llevaría al borde de negar su obra e incluso a destruir párte de ella. A Gógol la literatura le debe, además, un hallazgo temático fundamental: el haber hecho de la figura del

burócrata todo un símbolo de la corrupción y. la

diocridad humana. Después Dostoievski y Kafka vol­ verán a la figura del hombre empequeñecido por un estado paternalista y, a la larga opresor, para dotar a esta imagen de un hondo sentido que anticipa la at­ mósfera despersonalizada y maquinal del siglo XX. No en vano se repite la célebre frase, que algunos atribuyen a Turgueniev y otros al mismo Dostoievs­ ki, aquella que dice: «Todos hemos salido de El ca­ pote de Gógol». Pues es justamente en este cuento

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ya clásico, donde hace una de sus primeras aparicio­ nes ese personaje incoloro, oprimido e iluso que más tarde el autor de Crimen y castigo llamaría «el hom­ bre del subsuelo». La vida de Gógol está signada por su circunstan­ cia histórica: el paso de una percepción romántica, es decir una actitud en la que el individuo asume con he­ roísmo su destino de paladín de las causas nobles y, frente a ello, la constatación de que no era posible enfrentar el orden envejecido desde posturas opti­ mistas. El desgarramiento interior de Nicolás Gógol proviene de esta disyuntiva: él añoraba un mundo más justo, pero como éste no existía tuvo que hacer de sumo sacerdote del exprcismo. Eran demasiados los horrores de su amada Rusia para elevar loas de alabanza, aquellas que siempre añoró hacer el artis­ ta. Surgió entonces, incluso a pesar del hombre cívi­ co, una obra que se convirtió en el cuadro de las mi­ serias humanas: la avaricia, la crueldad, la cobardía son los colores con los que Gógol inmortalizó la Rusia zarista, ese gran imperio sostenido por una esclavitud mal llamada servidumbre, donde millones de «al­ mas», como se llamaba a los siervos, sobrevivían en condiciones de terrible miseria. No estamos, sin embargo, delante de un crudo naturalismo, es decir del retrato de la pura oscuridad. Gógol proviene de la rica tradición oral del pueblo ru­ so, cuyas mitologías estaban repletas de brujas y de­ monios. De ahí que los elementos imaginativos, trans­ formados en su prosa gracias al humor satírico, con­ fieren a su literatura un aire de fantasía muy particular y un carácter de excepcional síntesis: la gran capaci­ dad fabuladora de todo un pueblo se une a la mirada del artista que atisba el futuro por las ventanas de un presente lleno de tensiones a punto de explotar.

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EL HOMBRE

Nicolái Vasílevich Gógol nació el 20 de marzo de 1809 en Bolshie Sorochintsy, en la provincia ucrania-

na de Poltava. Este lugar era fértil y rico en vegeta- ;

j

ción y miel. Los padres del futuro escritor constituían una pareja muy unida y afectuosa. El padre heredó a Gógol su afición por la literatura ya que él cuando jo­

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ven había estudiado en un seminario y en la juventud tentó la escritura de comedias. La madre era una mu-

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jer piadosa. La pareja, sin ser rica, vivía acomodada­ mente en su condición de pequeños propietarios. Gógol hizo sus estudios secundarios en la ciudad de Nezhin, un lugar alejado de las capitales cultura­

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les, pero con una vida intelectual y artística intensa, Ahí el joven colaboró en revistas y hasta participó en el teatro como un buen actor aficionado. Desde que era niño, Gógol tuvo fama de ser un gran imitador, pe­ ro como era muy poco agraciado (se habla siempre de su gran nariz parecida a la de un ave rapaz y de sus orejas que terminaban en punta) sus compañeros le apodaron, con maldad, «el enano misterioso».

A pesar de ello, Gógol era un muchacho de altas

ambiciones. En esa época la única posibilidad de as­ censos sociales y económicos estaba supeditada al } •triunfo como funcionario, de ahí que, en 1828, Gógol viaja a San Petersburgo con la idea de estudiar Dere­ cho, pero la literatura le acompaña: en su equipaje ! traía un poema romántico llamado Hans Küchelhar-

ten, el mismo que imprimió un año después. La crítica j destrozó este primer ensayo y el joven orgulloso reco­ rrió todas las librerías para rescatar este texto que inmediatamente quemó.

La vida en la gran ciudad estuvo llena de soledad

y algunas penurias para el muchacho provinciano. Tu­ vo que trabajar en pequeños puestos burocráticos de cuya experiencia surgirán sus textos posteriores. In-

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cluso intentó ingresar como actor en algún teatro de San Petersburgo. Nada resultaba alentador y el joven se quejaba a su madre de que ni siquiera tenía un abrigo digno para soportar los helados inviernos. So­ ñaba con conocer a bellas mujeres, pero la soledad iba a marcar su existencia. En esos años hace un viaje a Alemania. Fue, a la larga, una experiencia importante para el inquieto y siempre angustiado muchacho. Pero el gran paso lo consigue dar en 1830 gracias a una joven mujer, Ale­ xandra Ossipovna Rosset, quien lo introduce en el exclusivo círculo de Pushkin, el escritor más impor­ tante de la Rusia de ese entonces. Nacerá una de las amistades a las cuales más le debe la historia de la literatura. Pushkin era un hombre generoso que ani­ mó siempre a Gógol a escribir, aunque ambos eran muy diferentes. El maestro vivía reconciliado con el mundo, mientras que el alumno cada vez renegaba más de él. El uno claro; el otro sombrío. Ambos se convertirían en los padres de la literatura rusa moder­ na.

En 1831 Gógol publica Veladas en un caserío cerca de Dikanka, un libro de cuatro relatos am­ bientados en la Ucrania natal. El reconocimiento fue inmediato. Gógol se hizo repentinamente célebre. Animado por este éxito publicó, en 1832, la segunda parte de las Veladas. Pero como la literatura no le permitía ganar el suficiente dinero, Gógol empezó a dictar clases de historia en un colegio de la capital. En todo caso, éstos fueron años optimistas para el es­ critor. Hace muchos amigos y se reúne con ellos en su casa a compartir futuros proyectos. En 1834 es asignado como profesor de historia en la Universidad de San Petersburgo, pero a finales del año deja este trabajo y se concentra en su segun­ do libro de relatos titulado Mírgorod, que contiene

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cuatro novelas cortas, el mismo que se publica en

1835.

En ese año aparece también Arabescos, un libro de cuentos que desde un punto de vista temático sig­ nifica un cambio notable frente a los dos anteriores, consagrados a hacer la apología romántica todavía, aunque ya con elementos realistas, del mundo bucóli­ co de Ucrania. Este nuevo libro contiene tres cuentos que luego formarán parte de Cuentos petersburgue- ses. Se pasa del idílico campo al retrato de las anodi­ nas vidas de los hombres citadinos. Es justamente éste el libro de relatos más célebre de Gógol. Aquél donde constan cuentos tan importantes como El ca­ pote, La avenida Nevski o La nariz. 1835 es el año en el cual Gógol se estrena como autor de comedias. La obra se llama El inspector. El tema había sido sugerido por Pushkin. Pero el recibi­ miento indignado de todos, incluyendo al zar, fue algo que desalentó profundamente a Gógol. Las críticas fueron feroces. A ello se unió una crisis en la salud del escritor. Todo esto lo obligó a viajar al extranjero Pasó un largo tiempo en Roma. Volvió a Rusia por un lapso corto, pero de nuevo se retiró a Italia. Ahí se concentró en la escritura de su obra cumbre: Almas muertas, que apareció en 1842. La idea de esta ex­ traordinaria novela, que alguna deuda tiene con El

Quijote, Gógol se la debe también a su amigo Push­ kin.

El impacto de esta novela fue demoledor. Estuvo a punto de no ser publicada por la censura de la Igle­ sia. Los críticos más conservadores vieron en ella un ataque a las antiguas formas de poder de la Rusia za- rista. Otros críticos más serios inmediatamente pro­ clamaron a Gógol como el gran escritor de su tiempo, pero el autor no logró escapar a una honda crisis es­ piritual que lo volcó a una búsqueda mística.

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En 1848 Gógol, completamente desdichado por su vida y seguro de haber cedido al demonio con la escritura de sus Almas muertas, hace una peregri­ nación a Tierra Santa y lee incansablemente libros re­ ligiosos. Regresa a Rusia y se encierra a expiar una culpa que no logra aclarar. Un año antes había publi­ cado Trozos selectos de la correspondencia con los amigos. Ahora es la crítica más progresista de Rusia la que lo acusa. Ellos ven en este nuevo hom­ bre un converso reaccionario, dispuesto a desdecirse para reconciliarse con el poder. En un arranque de optimismo, Gógol invierte sus últimas fuerzas en la escritura de una segunda parte de Almas muertas. Quiere, al igual que Dante, con­ traponer al infierno un cielo, pero no logra ver la luz en su escritura. Desesperado quema el manuscrito ante el horror de su sirviente y s^ acuesta a morir. Sin ninguna enfermedad que no sea el definitivo aleja­ miento con el mundo, Nicolás Gógol muere en San Petersburgo el 4 de marzo de 1852.

LA OBRA

• Italia y Hants Kühelgarten (1828). Poema a la manera del romanticismo alemán que tanto admira Gógol. Es un fracaso ante la crítica. Gógol destru­ ye todos los ejemplares.

• Veladas en un caserío de Dikanka (1831). Con­ tiene cuatro relatos: La feria de Sorochintsy, Basa- vríúk o la víspera del día de Iván Kupala, La noche de mayo o La ahogada y El mensaje desapareci­ do. Estos textos tienen unidad gracias a que están narrados en la primera persona de un colmenero:

Rudyi Panfó, un campesino bonachón que da una versión casi idílica del campo ucraniano, muy ale­ jada de los libros que se habían centrado más en

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las miserias de los habitantes de la Rusia profun­ da.

• Veladas. Segunda parte (1832). Contiene otros cuatro relatos que repiten la fórmula del primer li­ bro. Estos nuevos relatos son: Nochebuena, Terri­ ble venganza, Iván Fiodorovich Shponka y Lugar embrujado. Un aire romántico, muy del gusto de la época, atraviesa estos relatos.

• Mírgorod (1835). Está formado por cuatro novelas cortas: Terratenientes de antaño es la historia de un matrimonio (algunos dicen que Gógol se inspiró en sus propios padres para escribir este cuento). Es un retrato de la vida de la nobleza terratenien­ te, estancada y abúlica. Por un lado hay cierta sim­ patía con el entorno natural que conserva alguna pureza; pero por otro, se devela la parálisis de una clase empecinada en mantener su rutina asfixiante y embrutecedora. La segunda novelita es ¿Por qué riñeron Iván Ivá- novich e Iván Nikíforovich?, que narra una historia del absurdo: dos viejos amigos, ambos pertene­ cientes a la clase aristocrática del pueblo, riñen y se embarcan en un juicio por el hecho de que el uno le dijo al otro «ganso». Viy es el tercer relato del libro y es el más cercano al tono de las Veladas. Y, finalmente, Tarás Bulba que cuenta una epope­ ya cosaca. Gógol se ha alejado de las descripcio­ nes amigables de Ucrania para dar paso a un es­ tilo más maduro que es el producto de un gran co­ nocimiento de la historia de su pueblo, pero sobre todo de un distanciamiento crítico muy saludable.

• Arabescos (1835). Contiene tres cuentos bastan­ te diferentes de la obra anterior. Estos cuentos se incorporaron más tarde a los Cuentos petersbur- gueses (1836).

• La literatura periodística (1834-1835).

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• El inspector (1836). Considerada la primera gran comedia rusa. En ese mismo año se publican otras comedias:

Los jugadores, La mañana de un funcionario, El pleito, La antesala de los lacayos y A la sa­ lida del teatro.

• Las aventuras de Chíchikov o Almas muertas (1842). Es la única novela de Gógol y una de las obras más importantes de la literatura universal. En ella el autor se proponía «describir la Rusia en­

tera»1.

Estamos ante las aventuras del protagonista que recorre muchos lugares comprando «almas muer­ tas». En Rusia, los campesinos eran propiedad del terrateniente y se los llamaba «almas». Al igual que cualquier pertenencia, estas «almas» podían ser vendidas o hipotecadas y en vista de que los censos no se realizaban en más de diez años, los siervos fallecidos aún podían ser «negociados». Éste es el terrible plan que se le ocurre a Chíchi­ kov y es el pretexto para hacer un viaje por los más distintos ámbitos de la Rusia zarista. El re­ sultado: un contundente mural de las aberraciones de un sistema que había obligado a sus habitantes a la mentira y al abuso.

• Pasajes selectos de mi correspondencia con los amigos (1847). Un libro muy criticado. Belinski lo contestó con una famosa carta que se convirtió en el manifiesto de la lucha de los escritores rusos por la libertad.

LA ÉPOCA

Nicolás Gógol vive en momentos en los cuales el orden de la vieja Rusia empezaba a ser cuestionado por una intelectualidad abierta a las ideas revolucio-

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nanas que circulaban por Europa, aquellas que ya habían hecho sentir su contundencia, incluso en las colonias americanas. A pesar de que Napoleón fue derrotado en Rusia, las consignas nacidas en Francia eran firmemente discutidas entre los críticos del viejo régimen. En 1825 se sucede un motín encabezado por no­ bles oficiales rusos. El complot decembrista puso de manifiesto el cansancio de los jóvenes frente a un or­ den que se sostenía en un sistema feudal ya supera­ do en buena parte de Europa. Este gesto puso en entredicho la continuidad de una monarquía caracte­ rizada por ser de las más conservadoras del mundo, cuando Europa se preparaba ya para la revolución in­ dustrial, es decir para el advenimiento de las burgue­ sías ansiosas de regir por sí mismas sus destinos. Nicolás I gobernaba Rusia con el característico despotismo de un zar amenazado. Tal era su poder que incluso tenía un firme control sobre los escritores del gran país. La eclosión del romanticismo llega a su momento más alto con la figura de Pushkin quien, a pesar de haber tenido alguna participación en el com­ plot del 25, era cercano al monarca de quien no podía dejar de admirar la elegancia y, por cierto, el poder absoluto. El zar también sentía una gran admiración por el escritor que era la figura central de la cultura de esos años. Lo recibía en su corte, pero lo vigilaba y no le permitía viajar. Pushkin era el pope de las artes en la señorial San Petersburgo. Ciertamente era un hombre de vas­ ta cultura que conocía muy bien a los románticos:

Byron, Víctor Hugo, Dumas. Su propia obra constituye la cumbre del romanticismo ruso. Pero no es posible soslayar el hecho de que este movimiento estuvo aparejado a las ideas que impulsaban cambios radi­ cales en la política, cambios que permitieron la incor­ poración de derechos civiles, los mismos que en Ru­

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sia no existían para las inmensas mayorías de sier­ vos.

Junto a la exaltación política y artística que signi­ ficó el romanticismo, empezaban a filtrarse en las pá­ ginas de muchos artistas, uno de ellos Gógol, la reac­ ción casi intuitiva frente al mundo muchas veces idea­ lizado de aquella visión. Años más tarde esta reac­ ción tendrá nombres propios tan destacados como los de Balzac, Flaubert o Dickens. Nicolás Gógol representa la tensión de esos dos modos de asumir el mundo y de recrearlo, de ahí que el maestro ruso constituya uno de los momentos más altos de la sensibilidad romántica y, al mismo tiempo, anticipe una literatura descamada que, como bien lo dijo en su momento el crítico ruso Níkolai Cherny- shevski enseñó al pueblo ruso «a reconocer males y a avergonzamos de ellos».2

UNA LECTURA PANORÁMICA

Los primeros cuentos

Esta antología de cuentos de Nicolás Gógol em­ pieza con dos de los primeros textos publicados por el autor, nos referimos a La víspera del día de Iván Ku- paia y a Un lugar embrujado. Ambos representan cla­ ramente el tono y los temas con los cuales el autor inició su recorrido por la literatura y marcan el período de mayor alegría creativa en su vida. Los dos forman parte de las Veladas en un caserío cerca de Dikan- ka, ese libro inaugural (publicado en dos partes) que hizo decir a Vissarión Belinski, el gran crítico ruso:

«Todo lo que pueda haber de bello en la naturaleza, de atractivo en la vida rural del hombre del pueblo, todo lo que el pueblo puede tener de original, de típi-

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co, todo esto brilla con múltiples colores en estos pri­ meros sueños poéticos de Gógol».3 Estamos ante dos historias de similares encantos. Gógol, que conocía muy bien las tradiciones orales de su Ucrania natal, decide mostrar el lado más claro de la vida de los campesinos. Escoge, para ello, la voz de un viejo sacristán, Fomá Grigorievich, que es bien conocido por sus habilidades de contador de histo­ rias. Pero el narrador principal de todos estos relatos será siempre el colmenero Rudyi Pankó, un hombre bondadoso y optimista. El tema es la vieja riña entre el bien y el mal. Por supuesto, la bondad está encarnada en estos idílicos campesinos y el mal toma la forma del demonio, aun­ que ese demonio es un personaje de carne y hueso, con idénticas debilidades a las de los humanos. Gó­ gol trata este tema asumiendo la inconfundible y anti­ gua tonalidad del cuento oral ruso lleno de humor y picardía. El folklore ucraniano es recreado por el artista y encaja muy bien con los gustos románticos de la épo­ ca. De hecho el tema del pacto con el diablo es uno de los predilectos del romanticismo. Basta recordar el Fausto, de Goethe para confirmarlo. Sin embargo, j Gógol no intenta darle a este asunto una trascenden­ cia metafísica, sino es un pretexto para internarse en el mundo de su propio pasado. La sombría San Pe- tersburgo le hace añorar su vida entre las verdes y ri­ cas campiñas de Ucrania. La primera pista que nos hace notar la intención literaria de Gógol en La víspera del día de Iván Ku- paia, es decir el elemento que nos permite asumir que el autor no solo quiere transmitir una historia tal como la escuchó en el pasado sino transformarla artística­ mente, es la utilización de una serie de narradores que se van cediendo la voz conforme avanza la histo­ ria. La vena satírica que ya nacía en Gógol se adivina

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en las primeras líneas del cuento. El sacristán escu­ cha su propia historia escrita por un hombre a quien se la había contado. Claro, el viejo no la reconoce y entonces empieza a narrarla de nuevo. Hay en este estupendo comienzo una ironía contra el propio Gó­ gol, pues él está justamente tomando las viejas histo­ rias para escribirlas y, parecería decimos que cuando una historia es escrita se transforma, pierde mucho del referente con el cual está en deuda. En la voz del narrador principal hay un reproche al escritor, así lo expresa:

¿Escritorcijlos?

No. No son precisamente escritorcillos.

Se parecen, más bien, a los comerciantes de nuestras fe­

rias. Fusilan,^piden, roban cosas diversas para publicar luego libritos.

Cuando el sacristán inicia el relato de las des­ venturas de Pedro, interpone entre quien lo escucha, el colmenero que a su vez nos trasmite a los lectores el relato, una nueva voz: la de su abuelo. No deja de ser sorprendente el recurso. En su momento Gógol lo usó como un ardid que intentaba crear verosimilitud alrededor de lo narrado. Se dice, y con razón, que detrás de la literatura de Gógol esta la sombra de uno de los grandes es­ critores románticos: Hoffmann, y aunque esto es así, no es posible pasar por alto el hecho de que mientras el maestro intentó crear, a través de la invocación de lo sobrenatural, un mundo místico e irreal; Gógol, consigue con mucha gracia introducir lo fantástico en la cotidianidad de sus personajes. Pedro, el protago­ nista de La víspera es un muchacho pobre que se enamora de una bella joven con la que no puede ca­ sarse porque el padre de ésta no consiente la unión. En medio de este argumento bastante tradicional, la figura del tentador, del demonio se presenta como la de un picaro llamado Basavriuk. Lo natural y lo so-

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brenatural no están separados. Tanto es así que el abuelo se ríe de aquellos que no creen en las brujas. No lo puede entender porque para los campesinos, tan apegados y tan conocedores de la naturaleza, ésta se halla poblada de vida, de ecos y presencias benignas y oscuras. No es extraño que el cuento esté lleno de descripciones muy precisas del campo, de sus colores y de los animales que lo habitan. Una at­ mósfera panteísta, muy cercana a la cosmovisión primitiva, se rescata en estos relatos. El acontecimiento que sostiene el suspenso del cuento es el olvido de Pedro en relación al precio que debió pagar por las riquezas regaladas por el demo­ nio, a través de la bruja. Toda la parte final del cuento sorprende por el minucioso seguimiento del declive espiritual del personaje. En estos momentos, mucho más interiorizados y donde se advierten futuras obse­ siones creativas y personales de Gógol, es de una densidad muy contemporánea. El olvido se convierte en motivo, cargado por cierto de luminosos simbolis­ mos, de la perdición del alma. La inocencia mítica que se respira en la primera parte del cuento se va trans­ formando en una incertidumbre malsana hacia el final. La magia de cuento de hadas, del diablo y la bruja, se toman en horror cuando aparece el fantasma del niño sacrificado y con él la conciencia de lo obrado. A manera de epílogo, el esquivo narrador intenta contar lo sucedido a la mujer de Pedro e incurre en un tono hipotético que difumina la verosimilitud y abre in­ sospechadas puertas por las que más tarde Gógol hallará notables mecanismos narrativos, gracias a los cuales lo fantástico alcanzará una fuerza paródica sin precedentes en la literatura rusa. Muchos son los puntos de contacto entre La vís­ pera y Un lugar embrujado: el juego con las distintas capas de voces narrativas, el tema del demonio como presencia cotidiana, la lucha del bien y el mal, los

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personajes campesinos, en fin. Pero centrémonos en un aspecto espacial que se repite también y que no deja de ser uno de los rasgos mejor logrados de estos primeros cuentos. En el primero de ellos es pertinente recordar ese espacio mágico donde Pedro sella su pacto con el diablo. Es como si el protagonista arriba­ ra a una dimensión paralela, que puede ser la pesadi­ lla o una visión del infierno. Gógol escenifica el acto de apartarse del «buen camino» dibujando el acceso hacia el camino de la perdición. Sus tonos se hacen oscuros y siniestros, aunque no dejan de tener deste­ llos de una particular belleza. En La víspera se dice a propósito del momento en el cual Pedro se apresta a realizar el pacto:

Con el corazón a punto de saltársele del pecho salió del camino, y después de atravesar un espeso bosque, bajó con mucho cuidado a la hondonada llamada del

Oso5

Un traslado de espacios más radical sucede en Un lugar embrujado. El viejo protagonista es arrastra­ do hacia la otra dimensión justo en el momento en que intenta unos pasos de baile arriesgados, para la burla de quienes lo ven:

Se volvió, pero ya no habla ni huerta, ni mercaderes, ni nada. Por decante, por detrás y por todos lados se veía el campo llano.

En medio de una realidad grata, la de los sanos campesinos ucranianos, siempre están acechando hondas grietas que los comunican de frente con el mal, aunque, y eso es lo admirable, éste no corres­ ponde a una vivencia extraordinaria, sino más bien complementaria. La luz y la oscuridad son partes de un todo. Un hálito primitivo recorre estos cuentos, un soplo que nos remite a esas épocas en las que los

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hombres conocían los ciclos de la naturaleza y los nombraban o los personificaban para aceptarlos. Aunque no podemos dejar de lado el hecho de que estos primeros cuentos no son ingenuos pues en ellos se percibe también el final de una visión que unía con fuerza al hombre con su entorno. Poco tiem­ po después, cuando Gógol vuelve a estos parajes ya será con abierta ironía, como despidiéndose definiti­ vamente de los campos de la infancia y del paraíso, para trasladarse a las calles de la ciudad, un paraje donde el diablo deambula con armas más sofisticadas y nefastas.

Incorporación del realismo

Terratenientes de antaño y Viy son cuentos que aparecen en Mírgorod. El primero de éstos incorpora, con gran claridad en la narrativa de Gógol, fuertes tra­ zos realistas y constituye la pieza que delimita el ale­ jamiento del tono mitificador de los primeros cuentos. En Terratenientes de antaño el lugar sigue siendo el campo ucraniano, pero una atmósfera de pesadez, de decadencia anulan la luz mágica de los cuentos ini­ ciales. Muchos críticos coinciden en señalar los ele­ mentos autobiográficos de este cuento. André Mau- rois dice de los padres de Gógol:

No eran muy ricos, y sus campesinos les robaban, pero a pesar de ello vivían en la abundancia a causa de la ina­ gotable riqueza de la tierra. El padre, modesto y dulce, habla estado en el seminario; sabía latín y escribía co­ medias. La madre piadosa e ingenua, amante, se había casado a los catorce años. Formaban una pareja modelo, tierna hasta el ridículo y un poco parecida sin duda al Matrimonio de antaño que pintó su hijo. Señores poco señoriales en un país ilusorio sobre el cual flotará una — sombra: la de los siervos.

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El realismo de este cuento es la mejor arma para configurar un universo patriarcal, formado por modes­ tos nobles estancados en sus rutinas envejecidas, dispuestos a repetir una ritualidad que les impide cualquier progreso o autocrítica. El relato narra la vida del matrimonio formado por Afanási Ivánivich y Puljé- ria Ivánova. Se evidencia la visión de aprecio del au­ tor por la vida señoral y reposada de los terratenien­ tes, un respeto por el contacto de éstos con la natura­ leza y la quietud, amenazadas por el capitalismo que ya tocaba a las puertas de la vieja Rusia. El reconocimiento de Gógol por su pasado es cla­ ro, pero el germen de la destrucción está enquistado en esos mismos rasgos que el autor parecía dispues­ to a ensalzar. Una contradicción elocuente se vislum­ bra. Ese mundo inmovilizado es la causa de un es­ tancamiento espiritual que termina cosificando a las personas. La monotonía hace de los seres humanos menos que animales. El cuento comienza con una frase que expresa la simpatía por este orden:

Me gusta la vida de aquellos dueños solitarios de lejanas

aldeas, a los que Ucrania suele designar con el nombre de te­

y que son amables como las viejas y

pintorescas casitas, por su colorido abigarrado y completa oposición a las nueva^construcciones, cuyas paredes la lluvia

rratenientes de antaño

no ha agrietado aún

pero al mismo tiempo nos asomamos a un momento que está por extinguirse. Este párrafo es también un buen ejemplo de la forma narrativa propia de Gógol:

un comienzo panorámico, una primera vista muy am­ plia del ámbito escénico y humano sobre el que va a contar, para luego hacer acercamientos cada vez más próximos a las minucias, a los detalles de éstos. Conforme avanza la historia, las descripciones de la vida aburrida y sin sentido de los protagonistas de-

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jan en el lector un amargo sabor, el ritmo narrativo es igual de lento que la propia existencia insulsa de la pareja. Solo la muerte de la vieja dama se puede considerar un acontecimiento, un momento que lejos de implicar cambios, sirve para reafirmar la definitiva extinción de una forma de vida por demás precaria y agónica. Cuando también el marido muere, nada ni nadie parece verse afectado. Un lejano pariente he­ reda la casa saqueada por los criados y este difuso personaje continúa actuando con la misma desidia que los muertos, sin embargo una muchedumbre si­ lenciosa corroe por lo bajo los cimientos del añejo universo. Un rasgo estilístico que Gógol ensaya con gran maestría en este cuento y que más tarde, cuando es­ criba Almas muertas será clave, es la extraordinaria capacidad para describir objetos, para dotar al mundo material de sus personajes de sentidos muy ligados a la futilidad y al vacío. José Fernández Sánchez dice al respecto: «Los objetos son en Gógol la réplica inmóvil de las costumbres y del carácter de los personajes»9. Por supuesto esta estrategia es de talante realista. Gracias a ella podemos asomamos a una sociedad en pleno cambio. Se empieza a sustituir los arraiga­ dos valores comunitarios por un recio individualismo. Éste es el germen de la narrativa moderna. Viy, por su parte, es un cuento que, de entre los otros que conforman Mírgorocf, es el único que vuel­ ve al tono, y a algunos motivos de las Veladas. Po­ see un «fuerte componente etnográfico»10 y constitu­ ye una excepción frente a la vida descolorida y mo­ nótona dibujada en ios otros relatos. De hecho éste es el último de los cuentos de Gógol en el que los componentes del folklore ucraniano tiene protagonis­ mo. No obstante cabe señalar que, a pesar de lo mencionado, Viy es un cuento en el cual muchos elementos de lo fantástico-popular han sido un nota­

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ble pretexto para incorporar gran cantidad de detalles relacionados a una cotidianidad descrita ya desde la estética realista. Creemos que éste es el cuento con el cual se cierra un primer ciclo en las preocupaciones del autor y, al mismo tiempo, se inaugura otro, que al­ canzará un punto culminante en los famosos Cuen­ tos petersburgueses y en la novela Almas muertas. «Viy», lo aclara el mismo Gógol, es el nombre de un personaje de la fantasía popular ucraniana, el

rey de los gnomos, cuyos párpados son tan largos que des­ cienden hasta la misma tierra. Todo este relato es una leyen­ da popular. Yo no he querido alterarlo en ^ d a y lo refiero casi con la misma sencillez con que lo he oído .

No obstante, hay una elaboración muy minuciosa, una construcción literaria que reinventa la leyenda y la convierte en materia prima de un relato en el que vuelve a aparecer la imagen del mal como se lo había concebido en los primeros relatos, es decir como una presencia perturbadora, sí, pero tan viva, verificable y cercana como el bien. El narrador testigo de todos los cuentos antes leí­ dos ha dado paso en esta nueva historia a una voz distanciada, omnisciente, que mira la vida ucraniana con mayor objetividad e interpone una voluntad iróni­ ca y a ratos crítica. El cuento comienza de idéntica fonma que el ante­ rior: una amplia panorámica detallada y minuciosa del mundo de los seminaristas. Son tantos y tan variados los detalles que se relatan que ya sentimos la presen­ cia del realismo, como lo hemos venido repitiendo. Lejos de idealizar este espacio intermedio entre el campo y la ciudad (el seminario), Gógol lo muestra en toda su contradicción. Utiliza punzantes ironías para describirlo. En él estudian decenas de jóvenes que más que entregarse a la oración y a la reflexión pare­ cen una pandilla de aventureros que beben, comen y

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se pelean como los más primitivos campesinos. Vea­ mos algún ejemplo:

Cuando a todo este erudito tropel le había dado tiempo de llegar un poco antes o cuando sabían que los profesores iban a llegar un poco más tarde que de cos­ tumbre, de común acuerdo organizaban una batalla en la que tenían que tomar parte todos, hasta el mismo censor, cuya obligación velar por el orden y la moral de la casta estudiantil.

En este cuento existe un gran equilibrio en cuanto a la incorporación de lo fantástico pues junto a la vida de los personajes, mostrada con cuidado extremo, aparece la distorsión que implica el aparecimiento de lo extraordinario. Lo «real» y lo fantástico entran en contacto, aunque ahora con más violencia, segura­ mente por el detenimiento en las descripciones de lo cotidiano. Estamos ante un paisaje humano, con todo lo que esto implica: excesos, debilidades y, de pronto, el otro lado hace su aparición, trasladando al lector, hacia ámbitos de pesadilla poblados de criaturas di­ rectamente salidas de los cuentos de terror que se narran alrededor de la mítica fogata. Una razón que hace que el «extrañamiento» frente los eventos fantásticos sea mayor radica en el hecho de que el narrador no está, como en los prime­ ros cuentos, jugando a citar sus fuentes (el viejo abuelo, por ejemplo), sino que nos cuenta los eventos como si éstos estuviesen sucediendo ante nuestros ojos. La linealidad cronológica, unida a ese narrador tan típico del realismo (el dios que todo lo sabe) ha­ cen que los acontecimientos adquieran una verosimi­ litud insospechada; el efecto de sorpresa se ha am­ pliado admirablemente. Se toma el conocido motivo del cuento popular ruso: perderse en el bosque, que es, por cierto, el lu­ gar de la iniciación, del encuentro con la oscuridad;

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pero se opta por personajes poco notables, en este caso tres seminaristas bastante despistados. La bruja que los espera es también de raigambre popular. La escena en la cual el protagonista cabalga por la no­ che con la bruja es de una belleza que actualiza anti­ guos y oscuros rituales perdidos en la memoria de un pueblo como el ruso, tan apegado a aquella tradición. En cambio, cuando asistimos al exorcismo, que se verifica en el interior de la señorial casa de la joven bruja, la penumbra nos remite a la atmósfera de la li­ teratura gótica y anticipa los escalofriantes reductos de Lovecraft, Drácula y hasta de las películas de te­ rror al mejor estilo de El exorcista. Pero como la lite­ ratura de Gógol no admite pureza, pues no es fantás­ tica o realista, el humor, esa arma de crítica tan elo­ cuente, se introduce constantemente para atenuar cualquier densidad. De ahí que la parte final, cuando los otros seminaristas comentan el caso del malogra­ do filósofo Joma, el tono se haga tan ligero que mue­ ve al lector a una risa comprensiva, y lo invite a parti­ cipar de la borrachera, vale decir, del olvido o del aplazamiento del miedo.

Los cuentos petersburgueses

Arabescos es el libro siguiente de cuentos que Gógol publica. Una colección totalmente distinta, por su temática y su aliento, a los textos anteriores. En este libro aparecieron tres cuentos que luego serán publicados en un ciclo más amplio llamado Cuentos petersburgueses. Lejos ha quedado el mundo en­ cantado de la Ucrania natal, con sus colmeneros, sa­ cristanes, brujas y demonios dispuestos a seducir a los campesinos. Ahora Gógol mira con dolor y rabia la vida miserable y egoísta de la capital, la tan literaria ciudad de San Petersburgo.

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Ei arte debe poner ante nuestros ojos todas las cualida­

des y las virtudes de nuestro pueblo

debilidades y todos los vicios de nuestro pueblo

así como^odas las

declara Gógol y éste es el espíritu que alienta este nuevo momento creativo. Pero como bien ha dicho Maurois, Gógol es más hábil detectando los defectos que las virtudes de su entorno, y este rasgo no hará sino agudizar la contradicción del creador que busca lo sublime y da con la insignificancia:

la terrible aventura espiritual de Gógol es que el diablo le muestra, con predilección siniestra, las debilidades y los vicios de los hombres. Ama a Homero, a Pushkin, la poe­ sía amplia y generosa, y el diablo le dicta historias gro­ tescas: La nariz, El diario de un loco .

En estos relatos hace su aparición el personaje del burócrata, esa figura tan significativa para la na­ rrativa del siglo XX. Herzel señala que antes de Gógol «nadie había dictado nunca un cursillo patológico- anatómico tan completo sobre el funcionario ruso»15. Así es. Gógol es un verdadero precursor en este sen­ tido. Su mirada de la anodina figura del empleado ofi­ cial contribuye a desacralizar las bondades de un es­ tado tan estático y corrupto como aquellos viejos pro­ pietarios que, con su impavidez y patemalismo, han hecho de los empleados o siervos, criaturas corrup­ tas, al mismo tiempo que seres desprotegidos y obli­ gados a vender su alma ya no por el tesoro oculto, si­ no por un capote nuevo o una mínima dignidad. Diario de un loco relata la tragedia del «hombre pequeño» que, como bien se ha repetido, es el gran tema de los Cuentos petersburgueses. El protago­ nista es Poprishchin, un burócrata que ocupa el rango más bajo en la escala burocrática. Es conveniente anotar que en la Rusia de aquel entonces «el esca­ lafón de funcionarios civiles estaba equiparado al de

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los militares»16. Es decir que el protagonista de Diario era un auténtico soldado raso en medio de un ejército al cual pertenecían casi todos en una ciudad como San Petersburgo. Y ese rango correspondía al de un mísero escribiente (figura en la cual muchos han visto una metáfora muy precisa de la condición del propio novelista). El rasgo más notable de este extraño personaje, cuya voz escuchamos a lo largo de todo el relato con­ formado por una serie de fragmentos del diario que escribe, es el de su vocación para la dignidad. Dentro de él, de su conciencia logramos ver una rebeldía que le hace revelarse en contra de la humillante situación

a la cual el sistema lo ha confinado. Esa necesidad de

protestar toma forma en una desbocada y febril fanta­ sía. La tragedia radica en que es gracias a la locura que Poprishchin consigue ver a sus semejantes y va­ lorarlos en su real dimensión. El inicio de la locura es descrito como el momento en que el protagonista logra ver más allá de las apa­ riencias: «He de confesar que desde hace algún tiem­ po a veces oigo y veo unas cosas que nadie vio ni oyó jamás»17, escribe. En esta afirmación se esconde

la idea de que la locura suele ser un calificativo con el

cual el mundo, mediocre y acomodaticio, desacredita

a todo aquel que osa entender y entenderse desde

otros ángulos. Por supuesto Gógol ha dado con una sabia es­ trategia. Lo que para su personaje es una forma de evadirse de la realidad hostil y sin horizontes, para el autor es la puerta hacia una realidad cruda y asfi­ xiante que debe poner en tela de juicio. Además, el

loco es un testigo muy especial, pues a través de sus ojos y su palabra, en este caso, lo captado adquiere valoraciones muy novedosas. Permite adicionalmente gran movilidad en cuanto a los tópicos tratados así

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como una impunidad (libertad, más bien) en las opi­ niones e impresiones expuestas. A través de Poprishchin entramos al corazón mis­ mo del infierno burocrático, lleno de pasadizos sin sa­ lida, de jefes ineptos y pomposos, de pequeños pode­ res escondidos por doquier; en fin, el bien conocido laberinto del trámite. Pero algo que hace aún más perversa la vida de estos seres es la enfermiza convi­ vencia, entre paternal y abusiva, a la que están obli­ gados. Veamos este fragmento:

 

1

El jefe de personal me ha puesto fuera de mi. Hoy, cuando llegué a la oficina, me hizo llamar y me dijo lo si- guiente( ):

 

—Bueno. Reflexiona un poco. Ya has pasado de los cuarenta; me parece que es hora de que te vuelvas un poco más inteligente. ¿Crees acaso que no estoy entera­ do de todas tus andanzas? ¡Sé muy bien que andas de­

, rate al espejo! ¡Piensa en lo que eres! ¡No eres más que un cero, que es menos que nada! ¡Si no tienes ni un centavo! Pero ¡mírate.,, mírate la caijg en el espejo! ¡Có­ mo puedes tú pensar en esas cosas!

trás de la hija del director! Pero, hombre, mírate

¡mí­

i

Gógol ha descubierto que «el infierno son los otros». El mundo ha cambiado de una forma vertigi­ nosa y es el loco, un auténtico emblema literario, quien está en condiciones de verlo. Los otros viven sus existencias absurdas, pero parecerían no poder mirarlo. Ahí está su tragedia. Para convocar el absurdo, Gógol no solo hace oscuros retratos, sino también se posesiona de las más fantásticas situaciones y lo hace intentando pa­ rodiar con admirable lucidez los males de ese San Petersgurgo arrogante en su fachada y mezquino en su corazón. El cuento La nariz es un ejemplo de ello. Algunos han dicho que en este relato hay una anéc­ dota al estilo de los místicos alemanes, por lo tanto tiene raigambres románticas, pero más allá de la

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sombra que está tras la historia, cabe destacar que este cuento nos permite asistir a la intimidad, a la vida privada de un funcionario y a la serie de hechos irre­ levantes de los que se compone su rutina, así como nos pone delante de sus egoístas aspiraciones. El cuento relata una historia en la que lo fantásti­ co invade la realidad, aunque a nadie le parece parti­ cularmente sorprendente por las razones más obvias. Una mañana el mayor Kovalev se despierta y descu­ bre con horror que en lugar de su nariz tiene una su­ perficie plana. Este hecho le perturba casi por la ex­ clusiva razón de que sin la nariz no podrá cumplir con sus compromisos sociales y amorosos. Leamos la ironía con que se describe la situación:

había ido a Petersburgo por

verdadera necesidad, o por mejor decir, concretando, en

busca de un puesto adecuado a su rango, como, por ejemplo, si la suerte le era propicia y favorecía, el de vi­

cegobernador (

sarse, pero sólo a condición de que la novia dispusiera de una dote o capital de doscientos mil rublos. Y ahora el lector podrá darse cuenta perfecta de la situación en que se encontraba el mayor cuando vio en lugar de su linda y bien proporcionada nariz sólo un estú­ pido sitio liso y plano. Para colmo^e su desgracia, en la calle no aparecía ni un cochero

El mayor Kovalev (

)

)

Tampoco tendría inconveniente en ca­

Gógol se ríe amargamente de esta ciudad en la que él mismo ha sufrido en carne propia el penoso hecho de no tener más que «un abrigo forrado por el viento» y de verse obligado a soñar con una corbata para así ser aceptado en un lugar donde las aparien­ cias son todo lo que cuenta. En la penosa (y jamás explicada) situación en la que se halla el personaje, lo acompañamos por dis­ tintos lugares de la ciudad en busca de su añorada nariz. Lo vernos entrar en una cafetería. Ahí Kovalev

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encuentra a la nariz con un elegante uniforme de alto funcionario:

efectivamente, al cabo de unos minutos salió la nariz. Iba con uniforme bordado de oro, con cuello alto, pantalones de gamuza y espada al costado. Por su sombrero con

plutjjín,

se podría deducir que era un consejero de Esta-

do.

Es sorprendente lo realista que resulta la fotogra­ fía del traje, el único «inconveniente» es que lo lleva una nariz. Este choque entre la mirada casi microscó­ pica del objeto y un elemento fantástico será una fór­ mula que luego usarán con inolvidables resultados escritores como Kafka. El paseo que hacemos junto al protagonista nos lleva a lugares muy dispares. Hemos estado en una cafetería, ahora corremos por las calles detrás de un coche. Llegamos a la catedral de Kazán. Ahí se da el extraño encuentro entre el mayor y su nariz. Ambos conversan. El argumento del personaje es descon­ certante para el lector, pues según él «es indecoroso que yo ande sin nariz»21, indecoroso y no absurdo. Es decir, lo que importa es guardar las apariencias, nada más. Gógol lo dice sin decirlo. Usa este camino late­ ral: el humor del disparate. Si la apariencia traiciona al distinguido mayor no queda otro remedio que esconder su rostro y en este gesto no deja de haber también una crítica a la manía de aparentar, a la simulación de la cual está repleta la gran ciudad. Pero todo es en realidad un pretexto. Gógol continúa conduciéndonos por espacios muy di­ versos. De la iglesia salimos nuevamente a las calles. Esta serie de desplazamientos, que abarcan poco tiempo «real», dotan al ritmo narrativo de una espe­ cial velocidad. A través de los atentos ojos de Kovalev vamos registrando las minucias de los habitantes de San

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Petersburgo. Cada uno representa a un grupo huma­ no. La aristocrática dama que reza en la catedral, de­ finida apenas por sus «dedos casi diáfanos»22, los funcionarios amigos que pasean por la ciudad sin ha­ cer nada y, más adelante la oficina del periódico, en la cual Gógol se detiene un momento para regalamos una gran escena entre cómica y trágica en la cual vemos al personaje tentar una explicación ante un empleado que condensa bien todas las característi­ cas del burócrata: la desconfianza, la lentitud, en fin. La cadena de desastres parece detenerse cuando la nariz aparece de mano de un diligente policía, pero ahora empieza el momento de intentar volverla al si­ tio. Todo este período abre un paréntesis muy in­ quietante. El tiempo se hace más lento y Gógol opta por esta fórmula para introducir otro elemento en la historia: la igualmente disparatada correspondencia entre Kovalev y la madre de una joven dispuesta a casarse con él. En estas líneas, que implican una na­ rración personal, escuchamos las voces de todo un grupo social, satirizadas por el artista en sus defectos más risibles. Finalmente las cosas volverán a su cau­ ce. No hay desenlace fatal alguno, pero Gógol ha descubierto que quiere hacer recorridos como el des­ crito en La nariz. Aquí está el germen del vagabundeo al que asistiremos en Almas muertas. Si hay un texto logrado y celebrado en la cuentís- tica de Gógol, ese es El capote. No está por demás repetir aquella frase que afirma que «Todos hemos salido de El capote de Gógol». El «hombre pequeño» está retratado en este cuento con una exactitud muy honda. Las relaciones humanas del habitante margi­ nal de la naciente metrópoli aparecen en su complejo entramado social; pero no se deja de lado el conflicti­ vo mundo interior de este personaje emblemático de la narrativa de todo el siglo XX. Hay pues una con­ frontación trágica entre esa interioridad, siempre en

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busca de alguna esperanza, y el mundo exterior con su sociedad estamental, con sus jerarquías inamovi­ bles. Se ha dicho que la historia de El capote surgió de una anécdota contada a Gógol en una velada inte­ lectual. Parece que se refería a la de un cazador que perdió su escopeta tan querida el mismo día que la había adquirido. Pero hay otros que afirman que es la propia experiencia del autor la que alimentó el relato. En los mismos momentos en que él lo escribía se ■ quejaba ante su madre de la penuria de vivir en la he­ lada capital sin disponer de un capote decente. Esto es posible, más aún si añadimos que el personaje Akáki Akákievich tiene como oficio el ser copista, que es el mismo trabajo que realizó el propio Gógol cuan­ do se desempeñó como funcionario del Departamento de Bienes Públicos, en San Petersburgo. No hay no­ vedad en el hecho de que un escritor transforme sus propias experiencias en la materia prima de su fic­ ción. Esto es más palpable en un solitario como Gó­ gol que, años más tarde dijo: «Nunca he podido ha­ blar francamente de mí mismo»23. Para ello existe también la ficción, para que a través de sus caminos se revelen los secretos sufrimientos y alegrías de los artistas, aunque éstos aparezcan entremezclados con los de sus criaturas. En muchos sentidos, toda obra de ficción esconde ingredientes autobiográficos. Akáki Akákievich Bashmachkin es un funcionario inferior de esos que abundan en la literatura rusa a partir de este período. El propio Gógol lo sabe cuando dice que al tomar este tipo él tiene otros propósitos de los que motivaron a los otros escritores: i

según es notorio, han hecho alarde de ingenio y se han mofado a su gusto diversos escritores que tienen la plau­ sible costumbre de ensañarse en los que no pueden morder.

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Es pertinente recordar, partiendo de esta afirma­ ción, el comentario de Daniel Fanger que dice:

Gógol no caricaturiza personas, sino relatos, haciendo que no importe si escrj^e, en primer término, acerca de la vida o acerca del arte.

En este sentido no solo debemos leer El capote como lo que su historia nos cuenta, sino como una elaboración artística novedosa. Ella escenifica un cambio en las corrientes de expresión literaria que es­ tán distanciándose de la sensibilidad romántica. Gó- gol se halla en busca de nuevos modos de contar, de ahí que, en efecto, las luces opacas heredadas de otras corrientes, sean parodiadas y, a la vez, trans­ formadas en una visión del mundo. El protagonista del relato, a pesar de la aclaración del autor, no es idealizado. Sus intereses son insigni­ ficantes, como los del resto de sus semejantes. La maquinal tarea de copiar le ha dejado sin posibilidad de reflexionar sobre su existencia. Nada sino el repe­ titivo acto le llena de satisfacción, su caligrafía es su obra artística. En este descampado, la necesidad del capote viene a sustituir cualquier proyecto más ver­ dadero y humano. Conseguir el atuendo se convierte en su razón de vivir, nada hay de pareja importancia ai sueño de verse cobijado por él. Una obsesión tan trivial pone de manifiesto la insignificancia del perso­ naje y lo caracteriza de una sola pincelada. Él confía, ingenua e ilusoriamente, en que al adquirir la prenda las puertas hasta entonces cerradas se le van a abrir. El motivo de la vanidad reaparece y con él la risa sar­ cástica de Gógol ante los ciudadanos de la ciudad. Cuando Akáki Akákievich al fin consigue hacerse el añorado capote, una suma de sentimientos huma­ nos le iluminan, pero la alegría será tan fugaz como el mismo capote. La crueldad del mundo se condensa

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en el robo del cual es víctima el renovado personaje. La indiferencia con la que todos reciben el hecho, catastrófico para el desamparado Akáki, no es más que la muestra de su abandono y desdicha. Nuevamente la anécdota sirve muy bien a Gógol para poner ante un tribunal (los lectores) las perver­ siones del sistema. El instante en el cual el personaje acude a la justicia a reclamar por el único bien que ha conseguido en su vida, constata la insignificancia de su petición y el sin sentido de todo. El retrato que Gó­ gol consigue de la «alta personalidad» ante quien se dirige Akáki es sobrecogedor. El funcionario encama todos los horrores dictatoriales. Leamos un fragmento lleno de la característica ironía de Gógol:

Recurría a todos los medios para realzar su importancia. Decretó que los empleados subalternos le esperasen en la escalera hasta que llegase él y que nadie se presenta­ ra directamente a él, sino que las cosas se realizaran con un orden de lo más riguroso. El registrador tenía que pre­

sentar la solicitud de audiencia al secretario del Gobierno, quien a su vez la transmitía al consejero titular o a quien

se encontrase de categoría superior (

Así, en nuestra

santa Rusia, todo está contagiado de la n^nía de imitar y cada cual se afana en imitar a su superior

)

Nada podrá hacer el héroe para recuperar su te­ soro. La muerte lo espera cerca, pero hay aún más. El fantasma de Akáki ronda la escena del crimen. To­ do aquel que lleve un elegante capote será su presa. El mismo funcionario que le había hecho padecer ter­ minará soportando la contemplación del fantasma. Este final tan dilatado y que para un lector incauto puede ser el añorado momento de la venganza, tal vez no sea sino la prueba definitiva de la profunda pérdida de fe del hombre moderno. El más allá no ha reivindicado al pobre y humillado Akáki, más aún, del otro lado éste continúa siendo el pobre hombre sin capote, tan miserable en la muerte como en la vida.

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El cielo no está hecho para los pobres. Ni Dios ha obrado su justicia, parece sentenciar Gógol. Dios nos ha abandonado a nuestra suerte, dirá el novelista mo­ derno. «Dios ha muerto», proclamará en breve Nietzsche y con este vacío empezará el siglo XX, un vacío anunciado y entrevisto con terror por el extraor­ dinario y atormentado Nicolai Vasilievich Gógol.

NOTAS

1

José Fernández Sánchez, El romanticismo ruso en Historia universal de la literatura, 97, Cali, Oveja Negra, 1984, p.

113.

2.

Nicolai Chemyshevski, citado por Fernández Sánchez, op. clt., p. 280.

3.

Vissarión Belinski, citado por Fernández Sánchez, op. ctt., p.

267.

4.

Nicolás Gógol, Obras completas, Madrid, Aguilar, 1951, p.

76.

5.

ibld., p. 84.

6.

Ibld., p. 288.

7.

André Maurois, Nicolás Gógol en A propósito de Nicolás Gógol y su obra, Bogotá, Norma, 1994, pp. 10-11.

8.

Gógol, op. cit., p. 269.

9.

Fernández Sánchez, op. cit., p. 269.

10.

Ibid.

11.

Gógol, op. cit., p. 473.

12.

Ibid., p. 475.

13.

Gógol, citado por Maurois, op. cit., p. 15.

14.

Ibid., pp. 15-16.

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15.

Herzel citado por Fernández Sánchez, op. clt., p. 271.

16.

Nicolás Gógol, Cuentos petersburgueses Bogotá, Norma, 1994, p. 34.

17.

Gógol, Obras completas, p. 580.

18.

Ibld., p. 585.

19.

ibid., p. 611.

20.

Ibid., p. 612.

21.

Ibid.

22.

Ibid., p. 614.

23.

Gógol, citado por Henry Luque y Sara Sánchez en La alucina­ ción mágica, A propósito de Nicolás Gógol y su obra, p. 39.

24.

Gógol, Obras completas, p. 706.

25.

Fánger, citado por Luque y Sánchez, op. cit., p. 37.

26.

Gógol, op. cit., p. 732.

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ALGUNOS JUICIOS CRÍTICOS

El rechazo consciente de toda ampulosidad, de toda charlatanería literaria, la manera tranquila y ex­ tensa con que representa la situación actual de Ru­ sia, el don de hablar de los lados positivos sin entu­ siasmo y de los negativos sin indignación, la relevante capacidad de crear tipos, la pericia con que insufla vi­ da a las descripciones de los objetos y de la gente, todas estas diversas pero afines cualidades han de­ terminado el asombroso influjo que ejerciera Gógol y lo han colocado en el primer lugar entre los escritores contemporáneos.

Iván Turgueniev, citado en Nicolás Gógol y su obra, Bogotá, Norma, 1994.

Gógol se ha encontrado, sin saberlo, con la única puerta que podría abrirse a su naturaleza secreta: la del humor más negro, interrumpido en raros momen­ tos de remisión por conmovedoras elevaciones líricas.

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Se había abierto sobre obras maestras. Gógol tuvo durante toda su vida el sentimiento de que tenía que cumplir un gran deber con Rusia y creyó, equivoca­ damente, que a veces este deber consistía en con­ vertirse en un gran administrador y a veces en un gran santo. Pero su único deber era aquél del artista, que es el pintar lo que ve con una verdad absoluta, con un valor total. Le dio a su país y al mundo entero algo mas precioso que unas almas muertas, le dio se­ res legendarios, más vivos que los vivos.

1

André Maurois, Nicolás Gógol en Nicolás Gógol,

op. cit

El espíritu de la obra de Gógol se nos antoja a veces como el graznido de un cuervo, puesto a la

Henry Luque y Sara González, La alucinación

¡

manera de una charretera zoológica en el hombro de un fantasma que ríe mientras se seca las lágrimas. La

]

insistencia en el diablo nos induce a pensar que Ru­ sia, el feudalismo, configuran un espacio infernal y, por supuesto, el diablo supremo era el zar.

mágica, op. cit

 

i

Gógol trata al diablo, que no es el genio del mal del Occidente romano-católico, sino el pobre diablo del mundo ortodoxo, tal como lo concibe el pueblo ru­ so: impotente ante un cristiano, temeroso de la cruz y de la plegaria, y que pierde siempre la partida, que­ dando burlado por los buenos cristianos.

Pablo Schostakovsky, Grandes escritores rusos,

México, W. M. Jackson, 1973.

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El cuento fantástico suele tener una lógica interna irreprochable; Gógol, sin embargo, se burla felizmente de toda lógica, incluso más que Hoffman, el inspirador directo de esta vena suya.

ítalo Calvino, Cuento fantástico del XIX, Vol. 1, México, Siruela, 1999.

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-C*

ANO

CRONOLOGIA - NICOLAS GOGOL Y SU TIEMPO

VIDA Y OBRA

CONTEXTO HISTORICO

CONTEXTO CULTURAL

1809

Nace en 20 de marzo en Vasllievka (Ucra­ nia).

Proclamación de independencia de la Real Audiencia de Quito.

Nace Mariano José de Larra.

1810

Proclamación de la independencia co­ lombiana.

Nacen Musset y Chopin.

1811

Proclamación de la independencia ve­ nezolana.

Nace Teodoro Gautier.

1812

Napoleón invade Rusia.

Nace Dickens. Hermanos Grimm: Cuentos Infanti­ les y del hogar.

1813

España se libera de los franceses.

Jane Austen: Orgullo y prejuicio.

1814

Fernando VII se convierte en rey de Es­ paña.

Nace Lérmontov. Byron: Childe Harold.

1815

Derrota de Napoleón en Waterloo.

1816

Independencia de Argentina.

Constant: Adolfo.

 

1817

Mueren Jane Austen y Mme. de Staél.

1818

Independencia de Chile.

Nacen Emily Bronté e Iván Turgue- niev.

1819

Proclamación de la República de la Gran Colombia, Angostura (Venezue­ la).

Nacen Melville y Whitman.

 

1820

Lamartine:

Meditaciones

poéti­

cas.

1821

Inicia sus estudios en el Gimmnasium de Ciencias Superiores de Nezhim.

Muere Napoleón en Santa Helena.

Nacen Flaubert, Dostoievski y Baudelaire. Shelley: Prometeo liberado.

1822

Independencia de Brasil. Independencia de Ecuador.

Stendhal: Del amor, Hugo: Odas y poesías divinas.

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AÑO

VIDA Y OBRA

CONTEXTO HISTÓRICO

CONTEXTO CULTURAL

1823

Hugo: Han de Irlanda. Bethoveen: Novena sinfonía.

1824

Muere Lord Byron.

1825

Muere su padre.

Independencia de Bolivia.

Pushkin: Boris Godunov.

1828

Deja la escuela de Nizhem y se traslada a San Petersburgo. Realiza trabajos burocráti­ cas y dicta clases de historia.

Nacen Tolstoi, Ibsen y Veme.

1829

Fracasa en su intento de ser actor, así como en su primer intento literario. Quema los ejemplares del poema Hans Küchelharten.

Fin de la guerra ruso-turca.

Goethe: Segunda estancia en Ro­ ma. Hugo: Orientales.

1830

Trabaja en un ministerio.

En Inglaterra se inaugura el primer fe­ rrocarril. Fundación de la República del Ecuador.

Stendhal: Rojo y negro. Pushkin: Pequeñas tragedias. Nace Emily Dickinson.

1831

Conoce a Pushkin. Publica Veladas en un caserío de Dikanka. -

Hugo: Nuestra Señora de París. Goethe: Poesia y verdad. Muere Hegel.

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1832

Polonia es anexada a Rusia.

Nacen Lewis Carrol y Juan Mon­ talvo.

1834

Profesor de historia en la Universidad de San Petersburgo.

Mazzini funda la «Joven Italia».

Hugo: El jorobado de Nuestra Señora. Muere Coleridge.

1835

Publica los libros de cuentos Mirgorod y Arabescos.

Se establece la «Cuádruple Alianza», entre Francia, Inglaterra, España y Por­ tugal.

Hugo: Los cantos del crepúscu­ lo. Pushkin: La dama de Pique. Nace Mark Twain.

1836

Se estrena en San Petersburgo la comedia El inspector. La crítica adversa y su salud precaria lo obligan a viajar a Roma. Publica La calesa, Cuentos petersburgue- ses, La literatura periodística 1834-1835 y las comedias Los jugadores, El pleito, La antesala de los lacayos, A la salida del teatro y La mañana de un funcionario.

Luis Napoleón es desterrado a América.

Nace Gustavo A. Bécquer. Dickens: Los papeles del club de Pickwick. Pushkin: La hija del capitán.

1837

Vive en Roma.

Victoria es proclamada reina de Inglate­ rra.

Dickens: Oliver Twist. Muere Pushkin.

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k

9® AÑO

VIDA Y OBRA

CONTEXTO HISTÓRICO

CONTEXTO CULTURAL

1838

Francia declara la guerra a México.

Hugo: Ruy Blas. Poe: Aventuras de Arthur Gor­ don Pynn.

1839

Guerra del opio entre Gran Bretaña y China.

Nace Machado de Assis. Stendhal: La cartuja de Parma. Esteban Echeverría: El matadero.

1840

Tras una breve estancia en Rusia, regresa a Roma. Sufre crisis nerviosa.

Los restos de Napoleón son traslada­ dos a Inválidos.

Nacen Hardy, Zola, Daudet y Mo- net. Poe: Narraciones extraordina­ rias. Espronceda: El diablo mundo. Lérmontov: Un héroe de nuestro tiempo.

1841

Se inclina por el catolicismo. Conoce a Tur- gueniev.

Inglaterra adquiere Hong Kong.

Poe: Asesinatos en la calle Mor­ gue.

1842

Se publica El capote, la comedia, Matrimo­ nio y la primera parte de la novela Almas muertas.

Dickens: El almacén de antigüe­ dades.

-49-

1846

Quema el manuscrito de la segunda parte de Almas muertas.

Guerra entre Estados Unidos y México. Dostoïevski: Pobres gentes y El doble. Dumas: El conde de Montecris- to.

1847

Publica los ensayos Pasajes selectos de mi correspondencia con los amigos. El crítico Belinski publica una carta en répli­ ca a Gógol.

Proclamación de la república francesa. Inicio de la inmigración europea a los Estados Unidos.

Dostoievski: La patrona. Emily Bronté: Jane Eyre. Melville: Omoo.

 

1848

Peregrinación a Tierra Santa. Se establece en Rusia donde vive retirado del mundo lite­

Abolición de la esclavitud en Francia.

Dostoievski: Noches blancas. Dumas: La dama de las came­

rario.

lias. Chateubriand: Memorias de ultra­ tumba.

 

Mueren

Chateubriand

y

Emily

Bronté.

1840

Constantes depresiones. Planea escribir vi­ das de santos. Influencia del fanático religio­ so Matías.

Dickens: David Copperfield. Muere Poe.

 

1850

Muere José de San Martin.

Nacen Stevenson y Maupassant.

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por derechos

de au.tpj

AÑO

VIDA Y OBRA

CONTEXTO HISTÓRICO

CONTEXTO CULTURAL

 

Se suprime el sufragio universal en Francia.

Hawthorne: La letra escarlata. Muere Wordsworth.

1851

Golpe de estado de Luis Napoleón. En Londres Primera Exposición Univer­ sal en el Palacio de Cristal.

Melville: Moby Dick. Harriet Beecher Stowe: La cabaña del tío Tom. Mueren Esteban Echeverría y Bal­ zac.

1852

Quema una nueva versión de la segunda parte de Almas muertas. Muere el 21 de febrero en Moscú.

Luis Napoleón se proclama emperador.

Gautier: Esmaltes y camafeos. Lisle: Poemas antiguos. Dickens: Casa desolada.

BIBLIOGRAFÍA RECOMENDADA

Calvino, ítalo, Cuento fantástico del XIX, Volumen 1, Símela, cuarta edición, 1999.

Grandes escritores rusos, México, Jackson, W. M.,

1973.

Gógol,

Nicolás,

Cuentos petersburgueses,

Bogotá,

Norma, 1994.

 

Gógol,

Nicolás,

Obras completas,

Madrid,

Aguilar,

1951.

Luque, Henry y González, Sara, «La alucinación má­ gica», en A propósito de Nicolás Gógol y su obra, Bo­ gotá, Norma, 1994.

Maurois, André, «Nicolás Gógol», en A propósito de Nicolás Gógol y su obra, Bogotá, Norma, 1994.

Material protegido por derechos de autor

Historia de la Literatura Universal, «El romanticismo ruso», 97, Cali, Oveja Negra, 1984.

Material protegido por derechos de auto

TEMAS PARA TRABAJO DE LOS ESTUDIANTES

1.

Establecer las variaciones del motivo del demonio en los cuentos «La víspera del día de Iván Ku- paia» y «El retrato».

2.

Señalar algunos rasgos de la vida de los campe­ sinos ucranianos, tomando como referentes los cuentos «El lugar embrujado» y «Viy».

3.

¿En qué momentos se percibe la ironía en el cuento «La nariz»?

4.

¿Cuáles son los mecanismos que utiliza Nicolás Gógol para criticar el sistema de Rusia en el cuento «El capote».

5.

Caracterizar el personaje Akáki Akákievich de «El capote».

6.

Comparar los espacios de «Viy» y de «El retrato».

-53-

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7.

Comparar los narradores de «La víspera de Iván Kupaia» con el narrador de «Diario de un loco».

8. ¿Por qué cree que Gójgol escogió como protago­ nista a un loco en el cuento «Diario de un loco»?

9. Comparar aí protagonista de «El retrato» con el de «La nariz».

10. ¿Qué sentido tiene para los lectores contemporá­ neos la lectura de los cuentos de Gógol?

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Nicolás Gógol

El capote y otros cuentos

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LA VISPERA DEL DÍA DE IVÁN KUPAIA1

Narrada por el sacristán de la iglesia de ***

A Fomá Grigorievich ie pasaba una cosa rara. Aborrecía referir de nuevo una historia. A veces, si uno llegaba a convencerle, después de muchas súpli­ cas, para que la volviera a contar, podía verse cómo añadía algo o la cambiaba de tal modo que ya no ha­ bía quien la reconociera. Una vez, uno de estos señores a los que noso­

tros, gente sencilla, nos es difícil dar nombre adecua­

¿Escritorcillos? No. No son precisamente escri-

torcillos. Se parecen, más bien, a los comerciantes de

do

nuestras ferias. Fusilan, piden, roban cosas diversas para publicar luego libritos que aparecen luego sema­ nal o mensualmente, no más gordos que un abeceda­ rio.

1 Dia da San Juan.

-57-

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I

Uno de esos señores consiguió de Fomá Grigo­ rievich el presente relato, del cual éste olvidose des­ pués por completo. Dicho señor, al que me he referido ya con sun­ tuosidad y de quien supongo que habrá usted leído algo, vino de Poltava vestido con un kaftén1 color gar­ banzo, trayendo consigo un librito que abriéndole por medio nos mostró. Fomá Grigorievich ya estaba dispuesto a ensillar su nariz con las gafas, pero recordando que había ol- vidado componerlas con hilo y cera, me pasó a mí el libro. Como sé algo de letras y no uso gafas, empecé

a leer; pero aún no había tenido tiempo de volver dos páginas cuando de pronto me detuvo cogiéndome por

la mano.

—Espere. Primero dígame usted qué es lo que está leyendo.

Confieso que me quedé un poco perplejo ante se­ mejante pregunta. —¿Cómo que qué leo, Fomá Grigorievich? ¡Su

narración!

—¿Quién le ha dicho que ésas son mis propias palabras?

¡Sus propias palabras!

i

—Pero ¿qué más quiere usted que verlo aquí im­

preso?

«Narradas por el sacristán de

»

—Escupa usted sobre la cabeza del que imprimió

eso. jTodo es una mentira!

¿Fue eso lo que yo di­

je?

puesto un remiendo encima de la cabeza! Escuche usted. Yo le contaré ahora la historia. Nos acercamos a la mesa y empezó:

abuelo, que en paz descanse — ¡y que solo

coma en el otro mundo panecillos de trigo y semillas de amapola con miel!—, sabía narrar prodigiosa­ mente. Ocurría a veces que cuando se ponía a contar

¡Eso es como si el mismo diablo le hubiera

—Mi

1 Abrigo de hombre.

-58-

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ñas y que incluso pueden hablar, sólo que son bas­ tante tercos. El perro es un verdadero político: todo lo nota, no se le escapa ni un paso del hombre. Mañana sin falta he de ir a casa de Zverkov. Interrogaré a Fi- dele, y si puedo, le cogeré todas las cartas que le es­ cribe Medji.

12 de noviembre

Al día siguiente salí a las dos, con la firme inten­ ción de ver a Fidele y de interrogarla. El olor a repollo que sale de todas las tiendas de la calle Meschans- kaia me pone enfermo, y además, las alcantarillas de las casas tienen un olor tal, que no tuve más remedio que taparme la nariz con el pañuelo y echar a correr. Aquí es imposible pasear, pues toda esa gente que trabaja en oficios llena la calle de humo y hollín. Al tocar la campanilla vino a abrirme una joven bastante mona, con la cara salpicada de pecas; era la misma que acompañaba a la anciana. Se ruborizó un poco al verme y yo comprendí en seguida que ansia­ ba tener novio. —¿Qué desea? —me preguntó. —Necesito hablar con su perrita —le respondí. La joven era tonta y yo lo noté en seguida. Mien­ tras tanto, la perrita se precipitó ladrando, yo quise cogerla, pero la muy bribona por poco no me muerde la nariz. Pero yo ya había visto su nido o camita, y era justamente lo que buscaba. Me acerqué a él y revolví la paja que había en un cajón; con sumo placer vi un paquete con pequeños papelitos. Esa maldita, al ver lo que hacía, me mordió primero en la pantorrilla, y después, al darse cuenta de que yo cogía los pape­ les, empezó a ladrar con ademán de acariciarme, pe­ ro yo le dije: «No, guapa; no hay nada que hacer». Me parece que la joven debió de tomarme por un lo­ co, pues se asustó terriblemente. Al llegar a casa qui-

- 181-

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1

se ponerme en seguida a descifrar esos papeles, por­ que no veo muy bien a la luz de las velas. Pero a Marva se le ocurrió fregar el suelo. Estas estúpidas finlandesas siempre son de lo más inoportunas. Así es que no me quedó otro remedio que el de ponerme a pasear reflexionando sobre lo ocurrido. Ahora, por

fin, iba a enterarme de todo; las cartas me lo revela­ rían todo. Los perros son muy inteligentes y no igno­ ran todas las relaciones íntimas; por eso segura­ mente en ellos hallaré la descripción del marido y de sus asuntos. De seguro que encontraré allí algo refe­

rente a ella

gué a casa y estuve la mayor parte del tiempo acos­

tado en la cama.

¡No, más vale callarse! Al atardecer lle­

Bueno; vamos a ver.

13 de noviembre

La carta parece bastante

clara; sin embargo, la letra pone en evidencia al pe­ rro.

Leamos:

Querida Fidele: Aún no puedo acostumbrarme a un nombre tan mezquino como el tuyo. ¡Como si no hubieran podido ponerte otro mejor! Fidele, Rosa, to­ dos esos nombres son de un cursi subido. Pero deje­ mos esto a un lado. Estoy muy contento de que se nos haya ocurrido entrar en correspondencia

La carta estaba redactada muy correctamente en cuanto a la puntuación y ortografía. Ni nuestro jefe de sección sería capaz de hacer otro tanto, aunque ase­ gura haber estado estudiando en una Universidad. Veamos más adelante;

-182-

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contento, al pensar que una palabra suya causaba tal impresión, que podía hacer perder el sentido a uno. Miró de reojo a su amigo, para ver lo que opinaba de todo aquello, y pudo comprobar, no sin gran placer, que su amigo se hallaba en una situación indefinible, muy próxima al terror. Cómo bajó las escaleras Akakiy Akakievich y có­ mo salió a la calle, esto son cosas que ni él mismo podía recordar, pues apenas si sentía las manos y los pies. En su vida le habían tratado con tanta grosería, y precisamente un general y además un extraño. Ca­ minaba en medio de la nevasca que bramaba en las calles, con la boca abierta, haciendo caso omiso a las aceras. El viento, como de costumbre en San Peters- burgo, soplaba sobre él de todos los lados, es decir,

de los cuatro puntos cardinales y desde todas las ca­ llejuelas. En un instante se resfrió la garganta y con­ trajo una angina. Llegó a casa sin poder proferir ni una sola palabra: tenía el cuerpo todo hinchado y se metió en la cama. ¡Tal es el efecto que puede produ­ cir a veces una reprimenda! Al día siguiente amaneció con una fiebre muy al­ ta. Gracias a la generosa ayuda del clima petersbur- gués, el curso de la enfermedad fue más rápido de lo que hubiera podido esperarse, y cuando llegó el mé­ dico y le cogió el pulso, únicamente pudo prescribirle fomentos, sólo con el fin de que el enfermo no murie­ ra sin el benéfico auxilio de la medicina. Y sin más ni

le quedaba sólo un día

y medio de vida. Luego se volvió hacia la patrona, di­ ciendo:

más, le declaró en el acto que

,

—Y usted, madrecita, no pierda el tiempo: encar­

gue en seguida un ataúd de madera de pino, pues \ uno de roble sería demasiado caro para él. Ignoramos si Akakiy Akakievich oyó estas pala­ bras pronunciadas acerca de su suerte, y en el caso de que las oyera, si llegaron a conmoverle profunda-

-266-

Material protegido por derechos de autí

de lo corriente; así es que resolvió no volver directa­ mente a casa, sino ir a ver a Carolina Ivanovna, dama de origen alemán al parecer, con quien mantenía rela­ ciones de íntima amistad. Es preciso que digamos que la «alta personalidad» ya no era un hombre jo­ ven. Era marido sin tacha, buen padre de familia, y sus dos hijos, uno de los cuales trabajaba ya en una cancillería, y una linda hija de dieciséis años, con la nariz un poco encorvada sin dejar de ser bonita, ve­ nían todas las mañanas a besarle la mano, diciendo

que era joven aún y no sin

encantos, le alargaba la mano para que él se la besa­ ra, y luego, volviéndola hacia fuera, tomaba la de él y se la besaba a su vez. Pero la «alta personalidad»,

aunque estaba plenamente satisfecho con las ternu­ ras y el cariño de su familia, juzgaba conveniente te­ ner una amiga en otra parte de la ciudad y mantener relaciones amistosas con ella. Esta amiga no era más joven ni más hermosa que su esposa; pero tales pro­ blemas existen en el mundo y no es asunto nuestro juzgarlos. Así, pues, la «alta personalidad» bajó las escale­ ras, subió al trineo y ordenó al cochero:

— ¡A casa de Carolina Ivanovna! Envolviéndose en su magnífico y abrigado capote permaneció en este estado, el más agradable para un ruso, en que no se piensa en nada y entre tanto se agitan por sí solas las ideas en la cabeza, a cual más agradables, sin molestarse en perseguirlas ni buscar­ las. Lleno de contento rememoró los momentos feli­ ces de aquella velada y todas sus palabras que ha­ bían hecho reír a carcajadas a aquel grupo, alguna de las cuales repitió a media voz. Le parecieron tan chistosas como antes, y por eso no es de extrañar que se riera con todas sus ganas. De cuando en cuando le molestaba en sus pensa­ mientos un viento tortísimo que se levantó de pronto

Bon jour, papa. Su esposa,

-271-

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—¿Qué deseas? —y le enseñó un puño de esos que no se dan entre las personas vivas. —Nada —replicó el guardia, y no tardó en dar media vuelta.

-274-

FIN

Material protegido por derechos de autl

33.

Carrera J.

Antología poética

34.

Bécquer G.A.

Rimas y Leyendas

35.

Camus A.

La peste

36.

Goethe W.

Fausto

 

4

37.

Dante A.

La Divina Comedia

38.

Pareja A.

Baldomera

39.

Béjar C.

Puerto de iuna-La rosa de Singapur

40.

Calle M.J.

Leyendas del tiempo heroico

41.

Rodríguez M.

Un delfín y la luna

42.

Rodríguez M.

Historia de un intruso

43.

Lope de Vega

Peribañez y el comendador de Ocaña Fuente Ovejuna

44.

Molliere

El Avaro - El enfermo imaginario

45.

Ingenieros J.

El hombre medimm

52.

Cuadra J.

Doce relatos-Los Sangurimas

53.

Velasco J.

El rincón de los justos

54.

Gil Gilbert E.

Nuestro pan

55.

Silva/Fierro

Generación decapitada

56.

Ibsen H.

Casa de muñecas

57.

Ortiz A.

El espejo y la ventana

58.

Gorki M.

La madre

59.

Hernández J.

Martin Fierro

60.

Allan Poe E.

Narraciones extraordinarias

61.

Vera P.J.

Los mejores cuentos

62.

Guiraldes R.

Don Segundo Sombra

63.

Vallejo R.

Manía de contar

64.

Pérez R.

Cuentos escogidos

65.

Tobar F.

Trilogía del mar

66.

Rojas F.

La Celestina

67.

Yánez C.A.

Bruna, Soroche y los Tios

68.

Rodríguez M.

Cuentos del rincón

69.

Carrión C.

El más hermoso animal nocturno

70.

Tinajero F.

El desencuentro

71.

Pareja A.

Beldaca

72.

Pazos J.

Levantamiento del país con textos libres

Material protegido por derechos de auto

73.

74. Dávila J.

75.

76. AdoumJ.E.

77.

78. Benites V.L.

79.

80. Jara E.

81. Egüez I.

Flaubert G.

Donoso M.

Riofrío M.

Carrión B.

Madame Bovary

El dominio escondido

Nunca más el mar

El tiempo y las palabras

La emancipada

Argonautas de la selva

Atahuallpa

De lo superficial a lo profundo

El poder del Gran Señor

82. Carrión B.

El cuento de la Patria

83. Núñez S.

Juego de haciendas

84. Estupiñán N.

El último rio

85. Rodríguez J.M.

El mar y la muralla

86. Preciado A.

De sol a sol

87. Góngora/Argote

La fábula de Polifemo y Galatea, soledades y otros textos poéticos

88. Cárdenas E.

Polvo y ceniza

89. Wilde O.

El retrato de Dorian Gray

90. Dávila C.

Los trece relatos

91. Rivas Iturralde V.

Vivir del cuento

92. Melville H.

Moby-Dick o la ballena I

93. Melville H.

Moby-Dick o la ballena II

94. Salvador H.

En la ciudad he perdido una novela

95. Ubidia A.

Cuentos escogidos

96. Ubidia A.

Cuento popular ecuatoriano

97. Chaves F.

Plata y bronce

98. Barrera A.

Heredarás un mar que no conoces

y

lenguas que no sabes

99. Astudillo R.

Resplandor plural

100. Del Valle-lnclán R.

El Tirano Banderas

101.Lezama Lima J.

Cuentos

102. Proaño Arandi F.

Oposición a la magia

103. Cardenal E.

Poesía

104. Freire Rubio E.

Quito: tradiciones, leyendas y memorias

105. Chéjov A.

Narraciones

Material protegido por derechos de autor

I

106. Proust M.

El tiempo recobrado

107. Dávila J.

María Joaquina

108. Borges J. L.

Cuentistas argentinos

109. O'Neil E.

Dramas

110. Naguib M.

Historia de nuestro barrio

111. Anónimo

Popol Vuh

112. Tagore R.

El cartero del Rey

113. Maupassant G.

Bola de sebo-EI horla

114. Fitzgerald F.S.

El gran Gatsby

115. Rodríguez J.M.

El espantapájaros

116. Cárdenas E.

Siempre se mira al cielo

117. Unamuno M.

Niebla

118. Mann T.

Mario y el mago

119. Zweig S.

24 horas en la vida de una mujer

120. Kafka F.

El proceso

121. Victor Hugo

Los miserables

122. Varios

Cuentos policiales

123. Boccaccio G.

El Decameron

124. Villagra M. C.

Mancuello y la perdiz

125. Rubén Dario

Azul-prosas profanas

126. James H.

Otra vuelta de tuerca

127. Balzac H.

Eugenia Grandet

128. Varios

Antología de narradoras

129. Dostoievski F.

ecuatorianas El jugador

130. Dávila C.

Boletín y elegía de las mitas

131. Goethe W.

Werther

132.Carpentier A.

La guerra del tiempo

133. Guillén N.

Sóngoro cosongo

134. Rojas F.

Idilio bobo

135. Varios

Cuentos policiacos involuntarios

136. Shakespeare W.

Otelo-EI mercader de Venecia

137. Wilde O.

El fantasma de Canterville

138. Shakespeare W.

Macbeth-EI rey Lear

139. García Lorca F.

Bodas de sangre

140. Rúales H.

Historias de la ciudad prohibida

Material protegido por derechos de autol1!

141 . Palacio P.

Obras completas

142. Varios

Poetas malditos

143. Vallejo C.

Poemas completos

144. Dumas A

La dama de las camelias

145.Austen J.

Orgullo y prejuicio

146. Zola E.

Naná

147. Mera J.L.

Noventas Ecuatorianas

148. Calderón de la B.

El alcalde de Zalamea

149. Molière

El tartufo-EI médico a palos

150. De Quevedo, F.

Los sueños-EI buscón-Sonetos

151. Ortiz, A.

Juyungo

152. Esquilo

Prometeo encadenado y La Orestea

153. Conan A.

Estudio en Escarlata-EI Sabueso de los Baskerville

154. Cervantes M.

Novelas ejemplares

155. Aguilera D.

Don Goyo

156. Turgueniev I.

Primer amor

157. Bronté E.

Cumbres borrascosas

158. Tolstoi L.

La sonata a Kreutzer

159. Aguilera D.

Siete lunas siete serpientes

160. Roa A.

Hombres del país de la luna

161. Eurípides

Medea-lfigenia en Áulide Las troyanas

162. Gógol N.

El capote y otros cuentos

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RELATO

En lugar de la risa inconsecuente de su

juventud, Gógol utiliza ahora el humor como arma satírica, expone la realidad a través de lo grotesco y hace surgir los sueños y las visiones fantásticas

La trivialidad se

presenta ahora a Gógol como la verdadera expresión del mal.

de las situaciones cómicas

W. Ivakin

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