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JACQ U ES

r

LACA N

EL MITO

INDIVIDUAL

DEL NEURÓTICO

I

realmente

debo calificar como nuevo, y que como tal es

difícil.

La dificultad de esta exposición n o le

intrínseca en modo alguno. Surge del hecho de que trata de algo nuevo que tanto m i experien- cia analítica como el intento que hago, en el curso de una enseñanza llamada de seminario, de profiindizar la realidad fimdamental del análisis me permitieron percibir. Extraer de esta enseñanza y de esta experiencia esa parte origi- nal, para hacerles sentir su alcance, entraña difi- cultades muy especiales en la exposición.

J_jes

hablaré

de

u n tema

que

es

Por eso les pido por anticipado su indul- gencia si quizá se les presenta alguna dificul- tad para captar, al menos en el primer abor- daje, aquello de l o que se trata.

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JACQUES

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El psicoanálisis, debo recordarlo como preámbulo, es un a disciplina que, en el con- junto de las ciencias, se nos presenta con un a posición verdaderamente particular. A menu- do se dice que no es una ciencia estrictamente hablando, lo que parece implicar por con- traste que es simplemente u n arte.,Eso es u n error si po r ello se entiende que n o es más que una técnica, u n método operacional, u n con- junto de recetas. Pero n o lo es si se emplea ese término, arte, en el sentido en que se l o empleaba en la Edad Media cuando se habla- ba de lasarles liberales — ustedes conocen su serie, que va de la astronomía a la dialéctica, pasando po r la aritmética, la geometría, l a música y l a gramática.

Ciertamente hoy nos es difícil aprehender la función y el alcance de esas artes llamadas

liberales en la vida y en el pensamiento de los

maestros

[maítres] medievales. N o obstante, l o

cierto es que lo que las caracteriza y las dis- tingue de las ciencias que de ellas surgirían es

que mantienen en primer plano lo que puede llamarse un a relación fundamental con la

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medida del hombre. Pues bien, e l psicoanáli- sis es actualmente l a única disciplina quizá

comparable co n esas

preserva de esa relación de medida del hom- bre consigo mismo — relación interna, cerra- da sobre sí misma, inagotable, cíclica, que entraña por excelencia el uso de la palabra.

artes liberales, po r l o que

/ Es justo po r eso que^íaexperiencia analíti- ca n o es decisivamente objetivable. Siempre implica la emergencia en su propio seno de una verdad que no puede ser dicha, pues lo que la constituye es la palabra, y porque sería preciso de algún modo decir l a palabra misma, que es lo que estrictamente hablando no puede ser dicho en calidad de palabra. ^

Vemos emanar de l psicoanálisis, po r l o demás, métodos que tienden a objetivar medios de actuar sobre el hombre, el objeto humano. Pero n o so n más qu e técnicas derivadas de ese arte fundamental que es el psicoanálisis tal como está constituido po r esa relación intersubjetiva que n o puede, les dije, ser agotada, pues es lo que nos hace hombres. Eso es sin embargo lo que de todos modos nos vemos llevados a intentar expresar con un a fórmula que ofrezca lo esencial de ella, y es

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justamente por eso po r lo que

existe en el

seno de la experiencia analítica algo que es, estrictamente hablando,; un mito. /

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analítica, ciertas modificaciones de estructurji que son correlativas de los progresos que nosotros mismos hacemos en la comprensión

 

El mito

es lo que da unalormul a discursiva

de l a experiencia analítica. Es lo que nos per-

de

a

algo que no pude ser trasmitido en la defini-

mite, en segundo grado, captar que la teoría

ción de la verdad, dado que la definición de la verdad solo puede apoyarse sobre ella misma,

analítica está íntegramente sostenida po r el

y

que la palabra la constituye en la medida en

conflicto fimdamental que, po r intermedio la rivalidad co n el padre, liga al sujeto co n

u n

j que progresa. L a palabra n o puede ^captarse a

sí misma, n i captar el movimiento de acceso

la verdad, como un a verdad objetiva. Solo puede expresarla — y esto, de u n modo míti- co. E n este sentido puede decirse que aquello en lo que la teoría analítica concretiza la relación intersubjetiva, y que es el complejo de Edipo, tiene u n valor de mito. ^ ^

Hoy les aportaré un a serie de hechos de experiencia que intentaré ejemplificar a

propósito de esas formaciones que constata-

mos e n l a vivencia de

en análisis, los sujetos

y que son conocidais por todos aquellos a

quienes la experiencia analítica n o les es com- pletamente ajena. Estas formaciones necesitan aportar al mito edípico, en la medida en que se encuentra en el corazón de la experiencia

a

los sujetos que tomamos neuróticos po r ejemplo,

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valor simbólico esencial — pero esto, lo verán, siempre en función de cierta degradación concreta, ligada quizás a circunstancias

sociales especiales, de l a figura de l padre. L a experiencia misma se extiende entre esta ima- gen del padre, siempre degradada, y una ima- gen que nuestra práctica nos permite medir cada vez más, así como no s permit e medi r sus incidencias en el analista mismo en la medida en que, bajo un a forma ciertamente velada y casi renegada po r l a teoría analítica, él toma

no

en la relación simbólica co n e l sujeto, l a posi- ción de ese personaje muy desdibujado po r la declinación de nuestra historia que es el del amo — el del amo moral, el del amo que

instaura en l a dimensión de las relaciones humanas fimdamentales a quien está e n l a

obstante, de un a manera casi clandestina,

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ignorancia, y que le abre lo que puede lla-

la conciencia, incluso a l a

marse el acceso a

sabiduría, en la adquisición de la condición

humana.

Si nos fiamos de l a definición del mito

como cierta representación objetivada de u n

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enseñanza, lo que n o

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impidió que un o de

nuestros eminentes colegas manifestara

recientemente — lo escuché de su boca —

una suerte de desprecio por ellas. L a técnica,

decía, es en ellas tan torpe cuanto arcaica.

Después de todo, eso puede sostenerse si un o

epos o de un a gesta que expresa de manera

piensa en los progresos que hemos hecho al

imaginaria

las relaciones fundamentales

tomar conciencia de l a relación intersubjetiva,

s de cierto modo de ser humano

y al interpretar solamente a través de las rela-

característii en un a época determinada, si lo comprende-

ciones que se establecen entre el sujeto y noso-

mos como l a manifestación social latente o

tros en l a actualidad de las

sesiones. ¿Pero

patente, virtual o realizada, plena o vaciada de

debía m i interlocutor llevar

las cosas hasta

su sentido, de ese modo del ser, entonces es

decir que los casos de Freud estaban ma l ele-

seguro que podemos reencontrar su función

gidos? ^uede decirse, es cierto, que ellos son

en la vivencia misma de u n neurótico. L a

mcompletos, que en gran medida son psicoa-

experiencia nos brinda en efecto toda clase de

nálisis que se quedaron a medio camino, frag-

manifestaciones conformes a este esquema y

mentos de análisis. Pero eso mismo debería

de las que puede decirse que se trata, estricta-

incitamos a reflexionar y a preguntarnos por

mente hablando, de mitos, y les mostraré esto

qué Freud hizo esta

elección. Eso, po r supues-

mediante un ejemplo que considero es uno de

:o. si confiamos en Freud. Y hay que confiar

los más

familiares e n l a memori a de todos

en él.

/

aquellos

de ustedes que se interesan e n estas

No basta decir, como proseguía quien emi-

cuestiones, y que tomaré de un a de las gran-

¿a las palabras que les he relatado, que segu-

des observaciones de Freud.

se benefician periódi-

camente de un a renovación del interés en l a

Estas observaciones

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rímente eso posee al menos ese carácter alen-

-i¿:r de mostrarnos que alcanza con un a

z^rqueñísima pizca de verdad e n algún lugar

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para que ella consiga traslucirse y surgir pese a

los obstáculos que l a

creo que esa sea una visión justa de las cosas. En verdad, el árbol de la práctica cotidiana ocultaba a m i colega el avance de l bosque que surgió de los textos freudianos.

exposición le opone. N o

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Pero ese aspecto tranquilizador — que siem- pre tienen, para quienes leen o aprenden, los pensamientos familiares, vulgarizados — qui- zás enmascara al lector l a originalidad d e esta observación y su carácter especialmente signi- ficativo y convincente.

 

Elegí para ustedes l^lji^mbr e de las ratas",

Este caso, ustedes saben, toma su título de

y

creo

poder

e n esta ocasión justificar el inte-

po r este caso.

un fantasma absolutamente fascinante, que

rés de

Freud

tiene una función evidente de desencadena-

Se trata de un a neurosis obsesiva. Pienso que todos los que ha n venido a escuchar l a presente conferencia han oído hablar de lo

miento en la psicología de la crisis que pone al sujeto al alcance de l analista. Es el relato de u n suplicio que siempre disfrutó de u n brillo sin- gular, incluso de una verdadera celebridad, y que consiste en l a introducción, po r medio de un dispositivo más o menos ingenioso, de una

que se

de esta

considera como l a raíz y l a estructura

rata excitada po r medios artificiales en el

neurosis, a saber, l a tensión agresiva, l a

recto del supliciado. L a primera audición

de

/fijación instintiva, etcétera. E l progreso de l a

teoría analítica puso en el origen de nuestra

comprensión de la neurosis obsesiva un a ela- boración genética extremadamente compleja,

y sin duda cierto elemento, cierta fase de los

temas fantasmáticos o imaginarios con los que tenemos el hábito de topamos siempre e n el análisis de un a neurosis obsesiva, se encuen- tran en l a lectura de "El hombre de las ratas".

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este relato provoca en el sujeto u n estado de horror fascinado, que n o desencadena su neu- rosis sino que actualiza sus temas y suscita l a angustia. De esto resulta toda una elaboración r^'.a estructura hemos de ver. >>

Este fantasma es ciertamente esencial para

h teoría del determinismo de una neurosis, y

í t reencuentra en numerosos temas e n el Tzr^ de l a observación. ¿Significa esto que

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allí reside todo su interés? N o solo n o l o creo, sino que estoy seguro de que en toda lectura atenta se percibirá que su interés principal proviene de la extrema particularidad del caso, i Como Freud lo subrayó siempre, cada caso debe ser estudiado en su parücularidad, exac- tamente como si ignorásemos todo de l a teo- ría. Y lo que constituye l a particularidad de este caso es el carácter manifiesto, visible, de las relaciones ^n juego. E l valor ejemplar de este caso particular radica en su simplicidad, del mismo modo en que puede decirse que en

[ geometría ijin caso particular puede tener una deslumbrante superioridad de evidencia con respecto a la demostración, cuya verdad, en razón de su carácter discursivo, permanecerá velada bajo las tinieblas de una larga secuencia de deducciones.

He aquí en qué consiste la originalidad del caso, y lo que se presenta a todo lector u n poco atento.

e n el sen-

tido e n que los astrólogos hablan de ella —, l a constelación original que presidió el naci- miento del sujeto, su destino, y casi diría su

La constelación — ¿por qué no?,

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prehistoria, a saber, las relaciones familiares fundamentales que estructuraron la unión de

sus padres, resulta tener u n vínculo mu y pre- ciso, y quizá definible mediante un a fórmula de transformación, co n lo que se presenta como l o más contingente, l o más fantasmáti-

mórbido de su

co, l o más paradójicamente

caso, a saber, el último estado de desarrollo de

su gra n temo r obsesivo, e l guión

que él llega como solución de l a angustia liga- da al desencadenamiento de la crisis. i

imaginari o al^ \

La constelación de l sujeto se forma e n l a

tradición familiar número de rasgos

entre los padres./ Hay que saber que el padre fue suboficial al comienzo de su carrera, y que continuó sien- do muy "suboficial'^ con la nota de autoridad, pero u n poco irrisoria, que eso entraña. Cierta devaluación lo acompaña de modo perma- nente e n la estima de sus contemporáneos, y una mezcla de elegancia y brillo compone u n personaje convencional que un o entrevé tras el hombre simpático descrito po r el sujeto. Este padre se encontró e n posición de hacer lo que se llama u n matrimonio ventajoso — su

po r el relato de cierto que especifican l a unión

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mujer pertenece a u n medio mucho más ele- vado en la jerarquía burguesa, y le ha aporta- do a la vez los medios de vida y l a situación

misma de la que se beneficia en el momento en que van a tener a su hijo. E l prestigio está pues del lado de la madre. Y una de las chan- zas más frecuentes entre estas personas, que en principio se llevan bien y parecen incluso

afecto real, es una» suerte de

juego que consiste en u n diálogo de los espo- sos: l a mujer hace un a alusión divertida a u n intenso apego de su marido, justo antes del matrimonio, por una joven pobre pero bonita, y el marido protesta y afirma en cada ocasión que se trata de algo tan fugaz como lejano, y olvidado. Pero este juego, cuya repetición misma implica quizá que entraña una parte de artificio, impresionó en verdad profundamen- te a l joven sujeto qu e más tarde devendrá nuestro paciente.

ligadas po r u n

Otro elemento del mito familiar tiene no

poca importancia. E n el curso de militar, e l padre se encontró e n

puede llamar, para decirlo en términos púdi- cos, aprietos. N o hizo n i más n i menos qu e dilapidar en el juego los fondos del regimien-

su carrera lo que se

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to, de los que era depositario en virtud de sus funciones. Y solo salvó su honor, incluso su vida misma, al menos en el sentido de su carrera, del papel que pudo seguir haciendo en la sociedad, gracias a la intervención de u n amigo, que le prestó la suma que él acordó devolver, y qu e resultó así ser su salvador. Aún se habla de ese momento como de u n episo- dio verdaderamente importante y significati- vo del pasado paterno.

He ahí pues cómo se presenta la constela- ción familiar del sujeto. Su relato surge pieza por pieza en el curso del análisis, sin que el sujeto lo conecte en modo alguno co n nada actual que suceda. Hace falta toda la intuición de Freud para comprender que allí hay ele- mentos esenciales del desencadenamiento de la neurosis obsesiva. E l conflicto mujer rica / mujer pobre se reproducía mu y exactamente e n la vida de l sujeto en el momento en que su padre l o empujaba a casarse co n un a mujer rica, y fue entonces cuando se desencadenó la neurosis propiamente dicha. A l aportar este hecho, el sujeto dice casi al mismo tiempo:

"Le digo con eso algo que no tiene ciertamen- te ninguna relación con todo lo que me h a

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sucedido". Freud entonces percibe de inme- diato l a relación. ^ JJ*»

Lo que en efecto se ve si se sobrevuela panorámicamente la observación es la estric- ta correspondencia entre estos elementos ini- ciales de la constelación subjetiva y el desa- rrollo último de la obsesión fantasmática. ¿Cuál es este desarrollo último? L a imagen del suplicio engendró primeramente en el sujeto, según el modo de pensamiento pro- pio de l obsesivo, toda suerte de miedos, a saber, que u n día pudiera inflingirse ese suplicio a las personas que le son más queri- das y, especialmente, a ese personaje de l a mujer pobre idealizada a la cual él consagra un amor cuyo estilo y valor propio veremos enseguida — es la forma misma del amor de la que es capEiz el sujeto obsesivo —, o bien,

que n o

más paradójicamente aún, a su padre,

obstante en ese momento está muerto y redu- cido a u n personaje imaginado e n e l más allá. Pero el sujeto se vio llevado finalmente a comportamientos que nos muestran que las construcciones neuróticas del obsesivo a veces terminan lindando con las construccio- nes delirantes. , . ^,

m

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Se encuentra e n l a situación de tener que

u n objeto que no es indife-

rente precisar, u n par de lentes que le perte- necen, que él dejó que se perdieran en el curso de las grandes maniobras durante las cuales le relataron el suplicio en cuestión, y donde se desencadenó la crisis actual. Solicita el urgente reemplazo de sus lentes a su óptico de Viena — pues todo eso sucede en la anti- gua Austria-Hungría, antes de l comienzo de la guerra del '14 —, y por correo expreso este le envía una pequeña encomienda que contiene el objeto. Ahor a bien, el mismo capitán que le hizo saber la historia del supHcio, y que lo impresiona mucho por cierta exhibición de gustos crueles, le informa que él debe el rem- bolso a u n teniente A , que se ocupa de los asuntos del correo, y que supuestamente desembolsó la suma po r él. E n torno a esta idea de rembolso, la crisis conoce su desarro- llo último. E n efecto, el sujeto se forja u n deber neurótico de rembolsar la suma, pero

efl* ciertas condiciones bien precisas. Se impo-

ne a sí mismo mandamiento

mo obsesivo, en contradicción co n su primer

pagar el precio de

este deber bajo la forma de u n interior que surge e n el psiquis-

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TÜ ^

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movimiento, que se había expresado bajo l a

correo

a través de l teniente A , que ante este

forma "no pagar". Hel o aquí po r el contrario

ella transfiera la suma en cuestión al teniente

comprometido consigo mismo por una suerte

B, y que este mismo rembolse

entonces al

 

de juramento, "pagar a A". Ahora bien, él se

teniente A , cumpliend o así su jurament o a l

da cuenta muy rápido de que este imperativo

pie

de

l a letra.

H e

ahí

adonde

lo lleva,

absoluto n o tiene nada de adecuado, pues n o

mediante esta deducción característica de los

 

es A quien se ocupa de los asuntos del cojreo,

neuróticos,

la necesidad

interior

que lo'~'

sino u n teniente B.

comanda.

 

^

J

Esto n o es todo. E n el momento.mismo en que todas estas elucubraciones se producen en él, e l sujeto sabe perfectamente, como luego se descubre, que en realidad tampoco . debe esta suma al teniente B, sino simple- mente a la dama del correo, que tuvo a bien

confiar en el señor B, honorable oficial que se

encuentra en los

hasta el momento en que llegue a confiarse a

los cuidados de Freud, el

estado de angustia máxima, perseguido po r uno de esos conflictos tan característicos de l a vivencia de los obsesivos, y que gira íntegra- mente en torno al siguiente guión: como él se ha jurado que rembolsaría l a suma a A , con- viene, a fin de qu e n o sucedan a quienes más ama las catástrofes anunciadas po r l a obse- sión, que rembolse a la generosa dama del

alrededores. N o obstante,

sujeto estará e n u n

^ N o pueden ustedes dejar de reconocer, en

este guión que entraña el pasaje de cierta suma de dinero del teniente A a la generosa dama del correo que afrontó el pago, y luego de la dama a otro personaje masculino, u n esquema que, complementario ,en ciertos puntos, suplementario en otros, paralelo en cierta forma e inverso fin otra, es e l equivalen- te de 1^ situación originali, tal como ella gravi- ta co n certeza sobre el espíritu del sujeto y sobre todo lo que hace de él ese personaje co n un modo de relaciones muy especial para con los otros, al que se llama neurótico.

Obviamente este guión es imposible de seguir. E l sujeto sabe perfectamente que n o debe nada n i a A n i a B, sino a la dama del correo, y que si el guión se realizara sería ella quien quedaría pagando a fin de cuentas. D e

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hecho, como es siempre el caso en la vivencia de los neuróticos, la realidad imperativa de lo real pesa más qu e todo aquello que l o ator- menta infinitamente — que lo atormenta hasta en el tren que lo conduce en la direc- ción estrictamente contraria a la que habría debido tomar para i r a realizar ante la dama del correo la ceremonia expiatoria que le parece tan necesaria. Mientras se dice en cada estación que él puede aún bajar, cambiar de tren, regresar, se dirige a Viena, donde va a confiarse a Freud, y se contentará simplemen- te, un a vez comenzado el tratamiento, co n enviar u n giro a la dama del correo.

- Este'guión fantasmático se presenta como un^pequeño drama^ una gesta, que es precisa-

j mente la ¡manifestación de lo que denornino

i ^ 1 mito individual del neurótico. Refleja, e n efecto, de u n modo sin duda cerrado para el sujeto, pero n o absolutamen-

te, lejos de ello, l a relación inaugural entre el

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que de la aprehensión subjetiva que de ella

tuvo el sujeto.

¿Qué es lo que da su carácter mítico a este pequeño guión fantasmático? N o es simple- mente el hecho de que ponga en escena una ceremoni a que reproduce más o menos exac- tamente la relación inaugural que allí se encuentra como escondida:!él la modifica en el sentido de cierta tendencia. Por una parte, tenemos en el origen un a deuda del padre para con el arnigo — pues omití decirles que

nunca reencontró al amigo, eso es precisa- mente lo que sigue siendo misterioso en l a his- toria original, y que nunca pudo rembolsar su deuda. Por otra parte, hay en la historia del

padre

pobre por la mujer rica. Ahora bien, en el interior de l fantasma desarrollado po r el suje- to, observamos algo así como u n intercambi o de los términos terminales de cada un a de estas relaciones funcionales. L a profundiza-

•••«—

sustitución, sustitución de l a mujer

 

padre, l a madre y e l personaje, más

o menos

ción de los hechos fundamentales de los que

;

desdibujado en el pasado, de l amigo.

Esta rela-

se trata en la crisis obsesiva muestra e n efecto

ción n o es evidentemente elucidada en el modo puramente factual en que la expuse ante ustedes, ya que ella n o toma su valor más

que el objeto del deseo torturante que tiene el sujeto de regresar al sitio donde está l a dama del correo no es en absoluto esa dama misma.

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sino u n personaje que del sujeto encarna a

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en l a historia reciente l a mujer pobre, un a

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típica en el origen del desarrollo neurotizan- te. L a situación presenta una suerte de ambi-

mucama de posada a la que conoció en el

 

de la

curso de las maniobras, en la atmósfera de calor heroico que caracteriza a la fraternidad

güedad, de diplopía — el elemento deuda está ubicado e n dos planos a l a

todo el drama del neurótico se juega precisa-

vez, y

militar, y co n

l a que se entregó a algunas de

mente en l a imposibihdad de hacer que estos

esas prácticas de pellizcar nalgas e n las que

planos se reúnan. A l intentar hacer que se

con gusto se da rienda suelta a esos senti-

recubran

un o al

otro, él hace un a operación

mientos generosos. Para cancelar la deuda,

giratoria,

nunca

saüsfactoria, que n o llega a

es preciso de algún modo pagarla, n o al amigo, sino a l a mujer pobre, y por esa vía a la mujer rica, por quien el guión imaginado

la sustituye.

/

^ 3

¡XUo*'^

cerrar su ciclo.

Es lo que en efecto se produce en la conti-

nuación de las cosas. ¿Qué sucede cuando el

Hombre

de las ratas se confía a Freud? E n u n

Tod o sucede como si los callejones sin sali- da propios de l a situación original se despla- zaran a otro punto de la re d mítica, como si lo que n o es resuelto aquí se reprodujera siem- pre allí. Para comprender bien, hay que ver

primer tiempo, Freud sustituye muy directa- mente en sus relaciones afectivas a u n amigo que cumplía u n papel de guía, de consejero, de protector, de tutor apaciguador, y que le decía regularmente, tras haber recibido l a

que en l a situación original, tal como recién l a

confidencia de sus obsesiones y de sus angus-

pinté para ustedes, hay una

doble deuda, po r

tias: "Nunca hiciste el ma l que crees haber

un

lado está l a frustración, incluso una suerte

hecho, n o eres culpable, n o le prestes aten-

de

castración del padre. Po r otro lado está l a

ción". Freud es puesto entonces en el lugar

deuda social jamás resuelta, que está implica- da en la relación con el personaje, en segundo plano, del amigo. Esto es algo muy diferente de la relación triangular considerada como

del amigo. Ymuy pronto se desencadenan fan- tasmas agresivos. N o están ligados únicamen- te, lejos de ello, a l a sustitución de l padre po r Freud, como la interpretación del propio

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^ '^^''l^l^JACQUE S

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Freud tiende sin cesar a manifestarlo, sino más bien, como en el fantasma, a la sustitución de l amigo por el personaje llamado de la mujer rica. Muy pronto, en efecto, en esta especie de corto delirio que constituye, al menos en los sujetos muy profundamente neuróticos, un a verdadera fase pasional en el interior mismo

de l a experiencia analítica, el sujeto se pone a imaginar que Freud no desea nada menos que darle su propia hija, a quien él transforma fan- tásticamente en u n personaje cargado de todos los bienes de la Tierra, y a quien se representa

bajo la forma

bastante singular de u n persona-

je provisto de lentes de bosta sobre los ojos. Es entonces l a sustitución del personaje de Freud por un personaje ambiguo, a la vez protector y maléfico, cuya relación narcisista co n el sujeto es po r otra parte suficientemente señalada po r los lentes que lo disfrazan. E l mito y el fantas-

ma se reúnen aquí, y la experiencia pasional,

ligada

analista, sirve de trampolín, a través de las identificaciones que entraña, para l a resolu- ción de cierto número de problemas.

a l a vivencia actual de la relación con el

Tomé

aquí

u n ejemplo

muy particular.

Pero quisiera insistir sobre lo que es un a rea-

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lidad clínica, que puede servir de orientación en la experiencia analítica — hay en el neu- rótico un a situación de cuarteto, que se renueva sin cesar, pero que n o existe en u n •solo plano. Para esquematizar, digamos que, tratándo-

se de u n sujeto de sexo masculino, su equili-

brio moral y psíquico exige la asunción de su

propia función — hacerse reconocer como tal

viril y en su trabajo, asumir los

frutos de este sin conflicto, sin tener el senti- miento de que es algún otro quien lo merece

p que él mismo n o l o tiene más que de caram-

bola, sin que se produzca esta división interior que hace de l sujeto el testigo alienado de los actos de su propio yo. Es la primera exigencia. La otra es esta — u n goce que puede ser cali- ficado de apacible y de unívoco de l objeto sexual una vez que este es elegido, y se une a

en su función

la

vida de l sujeto.

Pues bien, cada vez que el neurótico logra,

o

tiende a lograr, l a asunción de su propio

papel, cada vez que deviene de algún modo idéntico a sí mismo, y se asegura de la legiti- midad de su propia manifestación en su con- texto social determinado, el objeto, el parte-

m

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naire sexual, se desdobla —

mujer rica o mujer pobre. L o

aquí bajo l a forma que es muy impac-

psicología de l neurótico — basta

entrar, n o ya e n el fantasma, sino en la vida

real de l sujeto,

anulación que rodea familiarmente al parte- naire sexual que tiene para él más realidad, que le es más próximo, co n e l qu e tiene e n general los lazos más legítimos, trátese de una relación o de u n matrimonio. Po r otra parte, se presenta u n personaje que desdobla al pri- mero, y qu e es objeto de un a pasión más o menos idealizada, perseguida de u n modo más o menos fantasmático, co n u n estilo aná- logo al de l amor-pasión, y que además empuja a una identificación de orden mortal.

para palparlo — es el aura de

tante

e n l a

Si, po r otro lado, en otra faz de su vida, el sujeto realiza u n esfuerzo po r reencontrar l a unidad de su sensibilidad, es entonces en el otro extremo de l a cadena, en l a asunción de su propia función social y de su propia virili- dad — ya que elegí el caso de u n hombre —, donde ve aparecer a su lado u n personaje co n el que también tiene un a relación narcisista en tanto relación mortal. A este delega l a carga de representarlo en el mundo y de vivir

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en su lugar. N o es él verdaderamente — él se siente excluido, po r fuera de su propia viven- cia, n o puede asumir las particularidades y contingencias de esta, se siente en discordan-

cia co n su existencia, y el reproduce.

Bajo esta forma muy especial del desdo- blamiento narcisista yace el drama de l neu- rótico, respecto del cual toman todo su valor las diferentes formaciones míticas cuyo ejemplo les d i recién bajo l a forma de fan- tasmas, pero que podemos encontrar tam- bién bajo otras formas, po r ejemplo e n los sueños. Tengo numerosos ejemplos de esto en los relatos de mis pacientes. Allí pueden verdaderamente mostrarse al sujeto las parti- cularidades originales de su caso, de u n modo mucho más riguroso y vivido para él que según los esquemas tradicionales surgi- dos de la tematización triangular del com- plejo de Edipo.

callejón sin salida se

Quisiera citarles otro ejemplo, y mostrarles

su coherencia co n el

un caso que es muy cercano a la observación de "E l hombre de las ratas", pero que atañe a un asunto de otro orden — a l a poesía o l a fic-

primero. A tal fin tomaré

J

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u n episodio de la

juventud de Goethe, que este nos narra en

Poesía y verdad. N o lo

es e n efecto un o de los temas literarios más valorizados en las confidencias del Hombre de las ratas.

ción literaria. Se trata de

traigo arbitrariamente —

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Goethe tiene veintidós años, vive en

Estrasburgo, y sucede entonces el célebre epi-

sodio

de su pasión po r Federica Brion; su nos-

talgia por ella no se extinguió hasta una época avanzada de su vida. Ella le permite superar la maldición que sobre él había lanzado un o de sus amores anteriores, l a llamada Lucinda , e n cuanto a todo acercamiento amoroso con una

mujer, y muy especialmente en cuanto al beso en los labios.

Vale l a pena contar l a escena. Esta Lucinda tiene un a hermana, personaje u n poco exce- sivamente astuto para ser honesto, que se ocupa de persuadir a Goethe de los estragos que él ocasiona a la pobre muchacha. Ella le ruega a la vez que se aleje y que le dé a ella, la muy taimada, la prenda del último beso. Es

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entonces cuando Lucinda los sorprende y dice: "Malditos sean esos labios para siempre. Que la desgracia caiga sobre la primera que reciba su homenaje". Evidentemente n o sin razón Goethe, po r entonces en toda la infa- tuación de la adolescencia conquistadora, recibe la maldición en cuestión como un a

prohibición que de ahí e n más le cierra e l

camino en todas sus empresas amorosas. Él nos cuenta entonces cómo, exaltado por el descubrimiento de esa muchacha encantado- ra que es Federica Brion, logra por primera vez superar l a interdicción, y siente l a embria- guez de l triunfo, tras esta aprehensión de algo más fuerte que sus propias interdiccio- nes interiores asumidas.

de los episodios más enigmáticos de Goethe, y n o menos extraordinario

Es un o la vida de

el abandono de Federica por parte de él. También los Goetheforscher— como los stendha- lianos, los bossuetistas, son personas mu y particulares que se apegan a uno de los auto- res cuyas palabras dieron forma a nuestros sentimientos, y pasan su tiempo hurguetean- do los papeles en los escondrijos para analizar lo que el genio puso en evidencia —, los

m

JACQUES

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Goetheforscher se abocaron a este hecho. Nos dieron de él toda clase de razones, cuyo catá- logo n o quisiera hacer aquí. L o cierto es que todas huelen a esta clase de filisteísmo que es correlativo de tales investigaciones cuando son llevadas a cabo en el plano común. Tampoco está excluido que haya siempre, en

efecto, alguna oscura disimulación de filisteís-

la s manifestacione s d e la> neurosis , y a

que e n el caso de Goethe se trata precisamen- te de un a manifestación tal, como lo mostra-

rán las consideraciones que ahora les expon- dré.

Hay varios rasgos enigmáticos en el modo en que Goethe aborda esta aventura, y casi diría que es en sus antecedentes inmediatos donde se encuentra la clave del problema. Para decir las cosas brevemente, Goethe, que po r entonces vive en Estrasburgo con uno de sus amigos, conocía desde hacía

de la

mucho la existencia, en u n pueblito,

familia abierta, amable y acogedora del pastor

m o e n

Brion. Pero cuando va allí, se rodea de pre- cauciones cuyo carácter divertido nos cuenta en su biografía — en verdad, considerando los detalles, n o puede un o dejar de sorpren-

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derse po r

tuosa que revelan. Cree ante todo que debe i r disfrazado.

Goethe, hijo de u n gran burgués de Francfort,

y que se distingue entre sus camaradas po r l a

soltura de sus modales, e l prestigio otorgado

su atuendo, u n estilo de superioridad social, se disfraza de estudiante de teología, co n un a sotana muy marcadamente raída y descosida. Parte co n su amigo, y n o hay más que explo- siones de risa durante todo el trayecto. Pero obviamente se siente muy contrariado a partir del momento en que la realidad de la seduc- ción evidente, explosiva, de la joven, surgida sobre el fondo de esta atmósfera familiar, le hace notar que si él quiere mostrarse l o más bello y lo mejor posible, debe cambiar cuanto antes el asombroso atuendo, que n o le permi- te lucirse.

la estructura verdaderamente tor-

a

Las justificaciones que d a de este

disfraz

son mu y extrañas. Evoca nada menos

que el

disfraz que los dioses se ponían para descen- der entre los mortales, lo que le parece indicar con certeza, en el estilo del adolescente que era entonces, más que infatuación, algo lin- dante con la megalomanía delirante — él

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JACQUE S

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íí?

í ¿ j :

mismo lo subraya. Si examinamos las cosas en detalle, el texto de Goethe nos muestra lo que piensa de eso: que, mediante esta forma de disfrazarse, los dioses buscaban sobre todo ahorrarse dificultades, y, para decirlo todo, esa era para ellos un a manera de no tener que experimentar como ofensas l a familiaridad de los mortales. L o que más arriesgan perder los dioses cuando descienden al nivei de los mor- tales es su inmortalidad, y el único modo de evitarlo es precisamente ponerse a su nivel.

Es e n efecto d e algo así d e l o qu e se trata.

L a continuación l o

do Goethe regresa a Estrasburgo para retomar sus bellos atuendos, n o sin haberse dado cuen-

ta, algo tardíamente, de lo indelicado que fue

presentado bajo u n aspecto que n o y haber así burlad o l a confianza d e que l o acogió co n una encantadora

hospitalidad — uno encuentra verdaderamen- te e n el relato la nota misma de lo gemütlich.

Regresa entonces a Estrasburgo. Pero, muy lejos de cumplimentar su deseo de retornar pomposamente ataviado al pueblo, no encuentra nada mejor que sustituir su primer disfraz por otro, que toma prestado de u n

el haberse es e l suyo, esta gente

demuestra mejor aún cuan-

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mozo de posada. Aparecerá esta vez disfraza- do de u n modo más extraño aún, más discor- dante que la primera vez y, además, maquilla- do. Sin duda, hace todo en tren de juego, pero ese jueg o se torna cada vez más significa- tivo — en verdad incluso ya no se coloca en el nivel del estudiante de teología, sino ligera- mente po r debajo. Hace payasadas. Y todo esto está voluntariamente entremezclado co n un a serie de detalles que hacen que en suma todos los que colaboran en esta farsa sientan muy bien que aquello de lo que se trata está estre- chamente ligado al juego sexual, al cortejo.

Hay incluso ciertos detalles que tienen su valor, si puede decirse, de inexactitud. Como lo indica el título Dichtung und Wahrheit, Goethe tuvo conciencia de que tenía derecho

a organizar y armonizar

ciones que llenasen las lagunas de aquellos,

que sin duda él n o tenía

otro modo. E l ardor de aquellos de quienes recién dije que seguían las huellas de los gran- des hombres demostró la inexactitud de cier- tos detalles, que son tanto más reveladores de lo que puede denominarse las intenciones reales de toda la escena. Mientras Goethe se

sus recuerdos co n fic-

el poder de llenar de

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presentaba, maquillado, bajo los ropajes del mozo de la posada, y se divertía largamente

con

dor de u n pastel de bautismo que también le había pedido prestado. Ahora bien, los Goetheforscher demostraron que seis meses antes y seis meses después de l episodio de Federica no hubo bautismo alguno en la región. El pastel de bautismo, homenaje tradi-

cional al pastor, n o puede ser otra cosa que u n fantasma d e Goethe , y así toma ante nuestros ojos todo su valor significativo. Implica la fun- ción paterna, pero precisamente en la medida en que Goethe se especifica por no ser el padre, solo aquel que aporta algo y no tiene

más que

nia — él se toma su suboficiante, no su héroe principal. De modo tal que toda la ceremonia de su escabullida aparece en verdad n o solo como u n juego , sino much o más profunda- mente como un a precaución, y entra en el registro de lo que recién llamaba el desdobla- miento de la función personal de l sujeto e n las manifestaciones míticas de l neurótico.

el quid pro quo resultante, era, dice, porta-

un a relación extema co n l a ceremo-

¿Por qué Goethe actúa así? Notoriamente porque tiene miedo — como lo manifestará l o

m

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que sigue, pues esta relación n o hará más que declinar. Lejos de que el desencantamiento, la ruptura del hechizo de la maldición origi- nal se haya producido luego de que Goethe osara franquear su barrera, percibimos, al contrario, po r toda clase de formas sustituti- vas — l a noción de sustitución está indicada en e l texto de Goethe — , que sus temores co n respecto a l a realización de este amor n o harán más que crecer. Todas las razones que han podido darse de esto — deseo de n o vin- cularse, de preservar el destino sagrado del poeta, incluso diferencia de nivel social — no son más que formas racionalizadas, vestimen- ta, superficie de la corriente infinitamente más profunda que es l a de l a huida ante el objeto deseado. Frente a la meta, vemos pro- ducirse de nuevo un desdoblamiento de l suje- to, su alienación con respecto a sí mismo, las maniobras mediante las que él se procura u n sustituto sobre el cual deben recaer las ame- nazas mortales. E n cuanto él reintegra a sí mismo este sustituto, imposibilidad de alcan- zar la meta.

N o

puedo

darles esta noche

más que l a

pero

tematización general de esta aventura,

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sepan que hay allí un a hermana, el doble de Federica, que viene a completar la estructura mítica de la situación. Si retoman el texto de Goethe, verán que lo que en un a exposición rápida puede parecerles un a construcción es confirmado por otros detalles diversos e impactantes, incluida la analogía que hace Goethe con la muy conocida historia del vica- rio de Wakefield, transposición literaria, fan- tasmática, de su aventura. , ,

Eljistema cuaternario tan fundamental en los impasses, las insolubilidades de l a situa-

ción vital de los neuróticos, tiene un a estruc-

bastante diferente de aquella que se d a

tradicionalmente — el deseo incestuoso por la madre, la interdicción del padre, sus efec-

tos de barrera, y, alrededor, la proliferación

o menos frondosa de síntomas. Creo qu e

esta diferencia debería llevarnos a discutir la antropología general que se desprende de la doctrina analítica tal como se la enseña hasta

más

tura

el presente. E n una palabra, todo el esquema del Edipo debe criticarse. Esta noche n o

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puedo comprometerme a hacerlo, pero tam- poco puedo sin embargo no intentar intro-

ducir aquí e l cuarto elemento que está en

^v' qu e l a situación más normativa

de l a vivencia original de l sujeto moderno, bajo l a forma reducida que es l a familia con- yugal, está ligada al hecho de que el padre se considera el representante, la encarnación, de una fiinción simbóhca que concentra en ella lo que hay de más esencial e n otras estructuras culturales, a saber, los goces apacibles, o más bien simbóHcos, culturalmente determinados y fundados, del amor a la madre, es decir, el polo al que el sujeto está ligado po r u n lazo indudablemente natural. L a asunción de l a función del padre supone una relación simbó- lica simple, donde lo simbólico recubriría ple- namente lo real. Sería necesario que el padre no fuese solo el nombre-del-fadre, sino que representara en toda su plenitud el valor sim- bólico cristalizado en su función. Ahora bien, es claro que ese recubrimiento entre l o sim--^ bólico y lo real es absolutamente inaprensible. Al menos en un a estructura social como la nuestra, el padre es siempre, po r algún lado.

juego. y

Planteamos

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un padre discordante con respecto a su fun- ción, u n padre carente, u n padre humillado, como diría Claudel. Siempre hay un a discor- dancia extremadamente neta entre lo que per- cibe el sujeto e n el plano de lo real y l a fun- ción simbólica. E n esta diferencia radica lo que hace que el complejo de Edipo tenga su valor — no ya normativo sino muy a menudo

patógeno.

Esto n o es decir nada que nos haga avanzar demasiado. E l paso siguiente, que nos hace comprender aquello de lo que se trata en la estructura cuaternaria, es este, que es el

segundo gran descubrimiento de l psicoanáli-

;

r ,

^

-

;

:

.yj:

sis, n o menos importante que l a función

sim-

bólica del Edipo — la relación narcisista.

ÍS'

La relación narcisista co n el semejante

es l a

experiencia fundamental del desarrollo imagi- nario del ser humano. E n calidad de experien- cia del yo, su función es decisiva e n la constitu- ción de l sujeto. ¿Qué es el yo si n o algo que el sujeto experimenta de entrada como extraño a sí mism o e n e l interio r d e sí? E s d e entrad a e n otro, más avanzado, más perfecto que él, donde el sujeto se ve. E n particular, ve su pro-

pia imagen en el espejo en una época en la que

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es capaz de percibirla como u n todo, mientras

que él mismo no se experimenta como tal, sino que vive en el desorden original de todas las funciones motrices y afectivas de los seis pri- meros meses después del nacimiento. Así, el

sujeto tiene siempre un a

con su propia realización, que lo arroja al plano de una profunda insuficiencia y demues- tra en él un a fisura, u n desgarro original, un a derelicción, para retomar el término heidegge- riano. De ahí que , e n todas sus relaciones ima- ginarias, se manifieste un a experiencia de la muerte. Experiencia sin duda constitutiva de todas las manifestaciones de la condición humana, pero que aparece muy especialmente en la vivencia del neurótico. > r >

Si el padre imaginario y el padre simbólico se distinguen fundamentalmente e n la mayo- ría de los casos, n o es solo po r l a razón estruc- tural que estoy indicándoles, sino también de un modo histórico, contingente, particular de cada sujeto. E n el caso de los neuróticos, es muy frecuente que el personaje del padre, po r algún incidente de l a vida real, esté desdobla- do. Ya sea que el padre haya muerto precoz- mente, que lo haya sustituido u n padrastro.

relación anticipada

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con quien el sujeto se encuentra fácilmente e n una relación más fraternizada, qu e se com- prometerá muy naturalmente en el plano de esta virilidad celosa que es la dimensión agre- siva de l a relación narcisista. O bien que sea l a madre quien desapareció y que las circunstan- cias de la vida hayan dado a otra madre, que ya no es la verdadera, acceso al grupo familiar. O bien que el personaje fraterno introduzca la relación mortal de modo simbólico y a la vez la encarne de u n modo real. Muy frecuente- mente, como les he indicado, se trata de u n

amigo, como en "E l hombre de las ratas",

amigo misterioso y jamás reencontrado que desempeña un papel tan esencial en la leyen- da familiar. Todo esto desemboca en el cuar-

teto mítico. Es reintegrable en la historia del sujeto, y desconocerlo es desconocer el ele-

ment o

misma. N o hacemos aquí más qu e destacarlo.

ese

dinámico más importante e n l a cura

El cuarto elemento, ¿cuál es? Pues bien, l o designaré esta noche diciéndoles que es l a muerte.

concebible

como u n elemento mediador. Antes que la teoría freudiana pusiera el acento, con la exis-

La

muerte

es perfectamente

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tencia del padre, sobre una función que es a la

vez función de l a palabra

la metafísica hegeliana n o

construir toda la fenomenología de las rela-

ciones humanas en torno a la mediación mor-

tal, el tercero esencial del progreso po r donde el hombre se humaniza en la relación con su

semejante. Y puede decirse que narcisismo, tal como recién l a

ustedes, da cuenta de ciertos hechos que per-

manecen enigmáticos en Hegel. Pues a fin de

lucha a

cuentas, para que l a dialéctica de la

y

función de l amor, había dudado e n

la teoría de l expuse ante

muerte, de la lucha por puro prestigio, pueda siquiera comenzar, es preciso que ella sea ima- ginada, es preciso que la muerte no sea reali- zada, ya que el movimiento dialéctico se detendría por falta de combatientes. Y es en efecto, de Ja_ muerte, imaginada, imaginaria, de lo que se trata e n la relación narcisista. Es igualmente la muerte imaginaria e imaginada lo que se introduce en la dialéctica del drama edípico, y es de ella de lo que se trata en la for- mación del neurótico — y quizás, hasta cierto' punto, en algo que rebasa en mucho la for- mación de l neurótico, a saber, l a actitud exis- tencial característica de l hombre moderno.

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No haría faUa empujarme mucho para hacerme decir que lo que media en la expe- riencia analítica real es algo que es de l orden de la palabra y el símbolo, y que en otro len- guaje se llama u n acto de fe. Pero seguramen-

te eso n o es n i lo que el análisis exige n i tam- poco lo que él implica. Aquello de lo que se trata es más bien de l registro de l a última pala-

pronunciada po r este Goethe a quien n o

por nada, créanlo, traje esta noche a título de ejemplo.

De Goethe puede decirse que, po r su ins- piración, su presencia vivida, ha impregnado y animado extraordinariamente todo el pensa- miento freudiano. Freud confesó que la lectu- ra de los poemas de Goethe fue lo que lo lanzó a sus estudios médicos y a l mismo tiem-

po decidió su destino, pero eso es poca cosa al lado de la influencia del pensamiento de

Goethe sobre su obra.

Es entonces con un a

bra

frase de Goethe, l a última, como me refeiré al resorte de l a experiencia analítica, co n esas muy conocidas palabras que pronunció antes de hundirse, co n los ojos abiertos, en el aguje- ro negro: MehrLicht! ("¡Más luz!"). -

Del símbolo y de SU función religiosa