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EUDI JA

COMPILADO POR DIEGO JARAMILLO

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EUDI JA

COMPILADO POR DIEGO JARAMILLO

50 EUDISTAS

Compilación hecha por el Padre Diego Jaramillo

Colección Eudistas Centro Carismático Minuto de Dios Santafé de Bogotá, D.C. 1991

Con las debidas licencias

© Centrú Carismático "Minuto de Dios"

Carrera 71 No

Tdéfonos

Apartado Aéreo No. :;6437 Bogotá O.E.

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CONTENIDO

1. Gabriel MaUet (185S-1943)

7

2. Sebastián Sahanat (1862-1896)

 

16

3. Francisco Lagnel (1863-1908)

22

4. Martín Jumelais (1864-1948)

28

5.

Emilio Seligour (1867-1935) .

45

6.

Luis Bourdon (1869-1931)

52

7.

Adolfo Mace (1870-1944)

62

8.

Juan Guyot De Salins (1871-1935)

73

9.

Manuel Blivet (1874-1931)

76

10.

Juan Plandíere (1874-1948) .

 

88

ll. Ernesto Dodard (187S-1929)

93

12. Pedro Lacroix (187S-1947)

 

96

13. Pedro Buffet (1879-1944)

.

.

100

14. Ivo Andrieux (1881-1932)

 

107

15. Juan Havard (1881-1963) .

.

121

16. J. Nepomuceno Casas (1883-1962)

127

17. Luis Jaffrezo (1885-1947)

133

18. Juan Bautista Cabaret (1885-1974)

140

19. Juan Bautista Dagnaud (1886-1937)

146

20. Juan María Garnier (1886-1952)

157

21. Teófilo Le Nezet (1887-1976)

161

22. Agustín Andrieux (188S-1945) .

168

23. Esteban Le Doussal(I88S-1974)

173

24. Mario Vuillemot (1889-1930)

ISO

25. Felipe Santiago Escobar (1891-1963)

187

26. Germán García (1893-1912)

192

27. Luis Pérez Hernández (1894-1959)

199

28. Eduardo Lecerf (1895-1928)

207

29.

Alfonso Manrique (1896-1985)

210

30. Bernardo Agudelo (1896-1990)

212

31. Roberto Restrepo (1900-1979)

217

32. Luis Enrique Yepes (1901-1953)

223

33. Pedro Debilly (1901-1970)

229

34. Luis Eduardo Uribe (1903-1963)

235

35. Próspero Restrepo (1905-1986)

239

36. Juan de Dios Arroyave (1906-1929)

244

37. Ignacio Rivera (1906-1930) .

.

259

38. Camilo Macias (1907-1985) .

.

262

39. Roberto Hernández (1908-1980)

273

40. Ignacio Yepes (1913-1979)

280

41. Jesús Antonio Cardona (1913-1986)

287

42. Alberto Moreno (1916-1976)

291

43. Roberto Lopera (1916-1977) .

297

44. Ramón González (1916-1979)

301

45. José Herbreteau (1916-1987)

306

46. Jorge Giraldo (1918-1976)

309

47. Benigno Ospina (1921-1986)

319

48. Hernando Quiroz (1926-1982)

322

49. Efraín Urbina (1935-1975)

331

50. Carlos Ernesto Villegas (1937-1977)

338

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1

GABRIEL MALLET

Hipólito Arias

El padre Gabriel Mallet fue el procurador vitalicio de la comunidad ante la Santa Sede, y afortunado postulador de las causas de Beatificación y canonización de la familia eudista.

Había nacido el () dp octubre de 1858, en Valognes, pueblecito normando de la Mancha, bipn conocido por los biógrafos del misionero Juan Eudes que allí prpdicó en circunstancias lindantes con la taumaturgia. De niño y de joven vivió en la mansa campiña normada, poblada de ganados del mismo nombre, famosa por sus quesos Camembert y Livarot, por sus bosques de hayas y de pinos. En su inquieto divagar conoció las airosas catedrales góticas de Roupn, Bayeux, C'outances, Seez, Evreux, y seguramente la maravilla del Monasterio de Saint Michel, así como las numerosass fortalezas medioevales sembradas en su suelo. En sus comidas jamás le faltó el botellón de cidra de manzana y en las fiestas alguna copa del normando vino Calvados.

Parece haber sido propósito claro del P. Mallet acentuar su parecido, aún físico, con su Fundador normando. Por eso cuidaba celosamente la copiosa melena sobre la nuca que compensaba sus escasos I:abellos frontales; y, como el santo llevaba también el perpetuo solideo negro, caprichoso y escurridizo, que se le paseaba por toda la calva. En ciertos días de mayor devoción colgaba de su cintura un grueso rosario. Ydel normando Eudes tenía también el temple, la podía y la diplomacia.

Viví con él en la misma casa de la Procura, Via dei Querceti, desde 1934 hasta fines de 1941. Era entonces el padre Mallet el superior omnipotente,

la reliquia viviente, testigo y actor memorioso de los primerísimos años de fundación eudista en Colombia (1884-1894). O, mejor dicho, en Cartagena de Indias. Porque nunca admitió que informaciones sobre Bogotá, Medellín o Pamplona intentaran cambiar el clisé costeño que él le había impreso al rostro de Colombia. Si alguien, tímidamente, se atrevía a una rectificación de sus apuntes folklóricos y pintorescos, se encendía como un Júpiter. Para él Colombia eran Cartagena, Turbaco, Arjona, Soplaviento, Sabanalarga y la teoría de pueblitos ribereños del mar, o del Canal del Dique, o del río Magda- lena.

Tuvo la inmensa dicha de ver morir, uno tras otro, a sus rivales en años, lo cual le permitió disfrutar por algún tiempo, del decanato de los eudistas en el mundo. Y si alguien, queriéndole aguar el disfrute de su cúspide añosa, le hacía caer en cuenta de que el padre Fulano debía tener la misma edad que él, protestaba vivamente: "Mais non! Il est beaucoup plus jeune que moi", cuando, en verdad, la diferencia era sólo de pocas semanas.

Como acontece a menudo con los de corta estatura, pujaba por crecerse espiritualmente, como un pequeño y gigante Napoleón. En un momento dado de su vida, fue el hombre del número 58. En una oficina de pasaportes le preguntó el empleado: "¿Cuándo nació usted?" "En 1858". "¿Cuántos años tiene?" "58 años". "¿Cuánto mide?" "Un metro con cincuenta y ocho". Y todo era verdad, aunque el funcionario, irritable como muchos paisanos suyos, pensó por un momento que el padrecito diminuto se estaba burlando de él.

En su esfuerzo por parecerse al Fundador llegó a convencerse de que vivía también en olor de santidad. Todos los domingos y días festivos, ritualmente, después de la oración que sigue al almuerzo, volcaba su bonete hacia mi nariz, diciéndome complacido: "Voyez-vous, mon petit pere, COrnme ¡;a sent bon" ("Mire, padrecito, qué bien huele"). Yen verdad que su aroma era como una reminiscencia de concentrado de maní.

Cuando el padre Mallet, ubicado en el punto focal de un comedor en forma de U, estaba hablando, nadie, absolutamente nadie, podía decir nada, aunque éramos veinte comensales. Por haber infringido esta regla de disciplina comu- nista, un colombiano protestante, a pesar de las advertencias de su compañero padre Du Chesnay, que lo codeaba en el extremo derecho, se atrajo una reprensión exageradamente ofensiva. El resultado fue que quedó interrumpido nuestro diario coloquio posprandial por más de una semana. Un día, cansado de no tener a quién hacerle olfatear el bonete, me hizo un fuerte reclamo. Me fui alejando escaleras abajo. En su apóstrofe se le aflojó la caja de dientes que salió rodando hecha añicos sobre el duro mármol. De ese episodio como de muchos otros entre risueños y fastidiosos, dio cuenta un número especial de nuestro periodiquito clandestino "La Procura Cómica" que los cinco eu- distas colombianos dábamos a la luz, para disimular nostalgias de la tierra lejana y suavizar nuestra aclimatación en el suelo europeo. Por turno escribían

el padre Octavio Tobón, Félix R. Miranda, Luis Arturo Pérez y Hemando Moreno. Las muy mediocres ilustraciones corrían por cuenta del ingenuo autor de estas líneas.

El piadoso Padre Mallet no cruzaba palabra con nadie hasta después de la misa y de su correspondiente acción de gracias. Con sus manos juntas, los ojos cerrados, la cara echada hacia un lado, ensartabajaculatorias eudistas, al estilo italiano. Si alguien, presionado por alguna urgencia, se le iba acer- cando con señales de que pensaba dirigirle la palabra, sólo recibía por res- puesta un puchero de sus labios delgados y una mirada fulminante de sus ojos enormes. Su piedad, sin llegar todavía a ser carismática, ya era suficien- temente demostrativa. Declamaba sus misas latinas, comenzando por el Con- fíteor, con un mea culpa salido con ronca voz de un corazón penitente y con tremendos golpes de pecho. Sus gestos, suspiros y lágrimas eran estudiados

y fáciles de adivinar. A un ayudante de misa, francés, que se permitió contes-

tarle en el mismo tono patético, lo reprendió fuertemente diciéndole que los acólitos no tenían sino un solo tono de voz, mientras que el celebrante tenía

un gran abanico de voces.

Cada año, fuera de su nacimiento en Valognes, nos hacía festejar con vino Marsala y algún bizcocho especial el día de su resurrección en Roma, cuando gracias a su diminuto volumen, un gran camión pasó sobre él en la Vía San Giovanni Laterano, sin romperlo, ni mancharlo.

Era una cantera de recuerdos, sobre todo de los ya lejanos de finales del 800, cuando paseaba su juventud sacerdotal por las playas inhóspitas de Cartagena de Indias. Había sido allí corresponsal apetecido de la Revista francesa "Les Saints Coeurs", en donde, como era natural, recurrían los tér-

minos para designar la fauna grande y pequeña: los tigres, serpientes, caima- nes, babillas, micos, tiburones, alacranes, cangrejos, arañas, murciélagos, hasta llegar a las niguas. Y en esa fauna incluía las figuras humanas de ébano, con sus gritos casi inintilegibles que pregonaban su "bollo limpio", las "arepas de huevo" o los "huevos de iguana". Una anécdota, digna de la censura, era

la que se refería a la negra Candelaria que servía en el comedor a los padres

y que al inclinarse, casi dejaba caer en el plato sus desbordantes apéndices.

Ha.'ita en sus últimos años, cuando en Colombia ya no volaban sólo los gallinazos sino los Constellations, y en lugar de burros transitaban por las calles los automóviles, el padre Mallet se empeñaba en remansar el tiempo

y presentaba en presente lo que era copretérito, lo cual, claro está, despertaba en nosotros una callada pero notoria protesta.

Desde luego que en sus crónicas también aludía a pesonajes muy connota- dos de nuestra historia eclesiástica y civil. Desfilaban las figuras de Mons. Eugenio Bjffi el gran obispo misionero italiano que trajo a los eudistas a las playas de América y de su secretario y futuro sucesor Pedro Adán Brioschi;

IIJ

de un tal Monseñor Junguito, obispo de Panamá aún colombiano y desde luego de sus compañeros de heróicas hazañas apostólicas, empezando por

el

padre Teodoro Hamon de santa memoria.

El personaje civil más importante que trató el padre Mallet en Colombia

y

que ciertamente experimentó el influjo benéfico del santo padre Hamon,

fue nuestro discutido y eminente Rafael Núñez. El jovencito Mallet desempe-

ñaba con él con un poco de vista gorda (manes de doña Soledad Román

funciones de capellán. Y contaba cómo un día, mientras celebraba la misa en El Cabrero, al voltearse para el ·Orate [ratres"vió, aterrado, cómo el señor Núñez, bastón en ristre, avanzaba amenazante hacia el presbiterio. Temiendo

)

que el Presidente fuera víctima de algún acceso de demencia, se encomendaba ya a la misericordia de Dios, cuando oyó el alarido de un perro que el célebre personaje estaba tratando como a los perros en misa.

El normando Mallet después de vivir en Roma por más de cuarenta años se había italianizado. Y como sucede frecuentemente con los advenedizos y nacionalizados había acentuado la nota superando a los nativos. Así que sus comidas eran de pastas al almuerzo y spaghettis por la tarde, con su garrafita de vino de Cave o de Frascati al alcance de la mano, y una siesta asáz prolongada e inviolable. Y afinará sus dotes naturales normandas de tino, astucia y habilidad, al contacto con la añeja y probada diplomacia de la que son maestros los compatriotas de Maquiavelo. Así adquirió muy pronto la "maniera" italiana y por supuesto se curializó y aprendió un copioso léxico de títulos honoríficos para endulzar el oído de los detentores del grande y

el pequeño poder en los diversos dicasterios. Con fino olfato detectaba cer-

teramente quiénes eran personajes y quiénes personajitos, y de quiénes depen-

día agilizar o bloquear sus diligencias de postulador.

Con su pequeña estatura, sus rasgos inolvidables de prognato, su risita de niño consentido, su don de lágrimas, su aureola de misionero en tierras inclementes, y hasta sus amenazas de que acudiría a los cardenales más importantes como Vives y Tutó, Verde, Lepicier, Billot etc, o al mismo sobe- rano Pontífice, el postulador Mallet se iba deslizando de oficina en oficina de la omnipotente Curia Romana en la cual se hizo familiar a todos, desde los porteros, escribientes, minutantes y archivistas hasta el Pontífice de turno. Todos los papas que él trató: Pio X, Benedicto XV y Pio XI lo reconocían, lo apreciaban y atendían sus peticiones.

Su bagaje teológico y de espiritualidad eudista no era, en verdad, cosa mayor. Para ilustrar y aclarar dudas y responder a las objeciones de los "abogados del diablo" y de los persistentes enemigos del ya lejano misionero, echaba mano de las altas cumbres: los Lebrun, Dauphin, Boulay que el padre Le Doré había puesto en marcha. Al padre Mallet le tocó el carisma del ablandamiento, la captación de la benevolencia, la tarea de crear simpatías por la figura adusta de Juan Eudes a través de su propia simpatía. Y lo logró.

En el largo y laborioso proceso de la Beatificación (1909) Y Canonización (1925) del remoto y desconocido santo normando, tuvo que remover ciclópeos obstáculos: acusación de galicanismo, oscuro asunto de la mística y lacrimosa vidente María des Vallées, su paisana, dirigida y consejera; enfrentamientos con autoridades episcopales, etc.

Con nadadito canino a base de porfía, de psicología, de oración y de lágrimas oportunamente dosificadas, como los paquetes de café colombiano,

iba doblegando y seduciendo hasta a los más recalcitrantes. Así logró beati- ficar y canonizar al Fundador y a la madre Pelletier y avanzar las causas de otras personalidades de la extensa familia eudista. Se puede decir que su triunfo tocó el ápice cuando en 1932 encumbró a uno de los ya escasos nichos de la Basílica Vaticana la gigantesca estatua (más de cuatro metros de alto

y catorce toneladas de peso) en la cual el escultor Silvio Silva representó a San Juan Eudes como el heraldo de los Sagrados Corazones, como el escritor

y el predicador apostólico. El sitio que ocupa, en la misma entrada de la

Basílica, la hacen tremendamente afirmativa y eficaz. El pequeño y porfiado

padre Mallet en todo lo que se le encomendó resultó triunfante, tanto en su oficio de Postulador como de Procurador ante la Santa Sede.

Un asunto bastante espinoso en su carrera fue la mutilación, en las Acta Apostolicae Sedis, de la Bula de canonización de San Juan Eudes, cuando una mano envidiosa y alevosa logró hacer suprimir, en la misma imprenta vaticana, aquellas palabras con que el Papa Pío XI refrendaba los títulos de "Padre, Doctor y Apóstol del culto litúrgico a los Sagrados Corazones". El padre Mallet hizo sus reclamos y finalmente en un número posterior, en letra menuda, en una "Fe de erratas" fue "reparado" el atropello. Pero en el mes

de febrero de 1926, cuando los Procuradores ofreCÍan al Papa un cirio en la fiesta de la Candelaria, el padre Mallet, arrodillado ante el Papa, quiso agra- decerle esta magra reparación. Pío XI, bien conocido por su carácter estricto

y enérgico, preguntó al padre: - C'e stata dunque qualche cosa? (Es que ha

sucedido algo?) El padre Mallet, con sus prontas lágrimas, le resumió el sucio episodio. Entonces el Papa, molesto, le replicó: - E soltanto adesso mi lo fa sapere (Sólo ahora me lo hace saber?). Maletico, siempre llorando y temeroso de un escándalo mayor, lo aplacó diciendo que ya todo estaba reparado y que tal vez no convenía atizar el fuego. Pero el Papa añadió"- Si me lo hubiera dicho a tiempo yo habría hecho anular ese número de las Acta Apostolicae Sedis y habría hecho sacar uno totalmente nuevo."

Yeso era, me decía el padre Mallet, todavía avergonzado de su timidez, lo que deseaban el padre General y su Consejo. De todos modos el padre Mallet era enfático en excluir totalmente a la Compañía de Jesús de este asunto.

AJ contrario, con ese motivo, recibió muestras de especial ayuda de los padres jesuitas. Sus pesquisas entre sus conocidos y tipógrafos vaticanos lo llevaron

a identificar al culpable como un religioso de la Congregación del Sagrado Corazón de ,Jesús de Betharam, enfermizamente alérgico a nuestro santo

Fundador en este campo de su primacía en el apostolado y en el culto litúrgico

a los Sagrados Corazones.

Mientras el padre Mallet, en las postrimerías de su vida, me refería este episodio que mantuvo oculto durante tantos años, yo iba tomando nota por escrito. Ahora lo refiero sustancialmente en toda su verdad. Un día apareció en la Procura una figura añosa, que había sido esbelta y andaba encorvada, con lento e inseguro paso y mirando con ojos apagados. Llegaba ya como en un desande prematuro a buscar diálogo de recuerdos con el viejo amigo Mallet. Era el muy nombrado arzobispo de Cartagena de Indias, Pedro Adán Brioschi. En el jardincito de la Procura le tomamos unas fotos a esta pareja de atletas cansados que se esforzaban por sonreir ante el asomo de una reminiscencia fugaz.

Como hasta santos de canonizar se engolosinan con el poder, también Maletico se aferró a sus dominios y primacías como el reyecito del asteroide 325 que nos describe Antoine de Saint Exupery en su precioso libro El Prin- cipito. Uno tras otro los superiores generales le iban dejando la ilusión de que su superiorato de [acto era regular por ser el Procurador, el Decano, el Fundador de la casa. Así que fue el eterno mandamás. Sólo un descendiente

de los antiguos comuneros colombianos, ante una de sus cotidianas intromi- siones explosivas, se atrevió a discutirle sus títulos jurídicos diciéndole en su cara: "Usted no es el superior." Y entonces su dureza se derritió y con la mayor dulzura le contestó: "Mon petit pere, je suis ici quelque chose comrne président". Yporque eran bien conocidas sus incontenibles aficiones a figurar en primera línea, para suavizarle su remoción como Procurador y Postulador,

el padre General, salomónicamente, le nombró como sucesor a su hijo espi-

ritual, Aristides Righi y le otorgó el título de "Procurador Emérito", que Maletico se apresuró a timbrar en sus tarjetas. En resumidas cuentas "emérito" quería decir "jubilado", pero era justo traducirlo por "benemérito" porque era una verdad de a puño.

Cuando en los tres primeros años de la segunda guerra mundial en la casa eudista de Roma sólo quedó como estudiante el autor de estas líneas, el

padre Mallet, quebrantado por la edad y los achaques, ya era casi incapaz de reaccionar ante la magnitud de la tragedia. Ya ni sabía de qué lado le dolía

el corazón. Claro está que sufría por la Francia y la Normandía que lo vieron

nacer. Pero en la Procura moraban los dos únicos italianos de la comunidad eudista en toda su historia y era prudente callar comentarios cuando Italia atacó por la espalda a Francia vencida. Junto al padre Aristides Righi se hallaba el padre Luis Moroni, que había sido en Pamplona un astro del canto y fundador de una famosa coral. Pero ya uno y otro se habían resignado a un ministerio rutinario de capellanía y su ocupación predilecta era la lectura de los periódicos en busca de victorias italianas. A falta de éstas la prensa fascista presentaba en grandes titulares la consabida noticia diaria de "glorio- sas y estratégicas retiradas, en los frentes de Albania, Grecia o el Norte de Africa n

Inmerecidamente tuve que desempeñar con ellos tres el papel de padre putativo. El problema mayor era conseguir alimento. Gra~ias a la amistad con mis condiscípulos rusos que vivían a la sombra del Vaticano pude man- tenerles una cuota semanal de pan blanco y de spaghettis comibles. Un día mientras regresaba con mi provisión, en una de las coleadas del tranvía perdí el equilibrio y los panes y pastas saltaron a los pies de los estupefactos, hambrientos y locuaces italianos que me delataban diciendo: "Pane bianco, pane bianco, el prete gli aveva". Inútil decir que no me atreví a recoger nada y que, sintiéndome reo, me sustraje a sus miradas y me bajé en la siguiente parada.

En esos años duros de diarias alarmas aéreas, de escasez de carne, pan y carbón, de inviernos helados, de calles alumbradas por una luz violeta que hacüi ver a los transeúntes como fantasmas, sólo nos divertían las fugas precipitadas de nuestro profesor del Bíblico, el sabio padre Vaccari, que al menor ruido semejante a una sirena, abandonaba su cátedra con rapidez italiana. Y semanalmente teníamos la visita de Giusseppe Riccioti, conocido autor de la Historia de Israel, de la Vida de Cristo y de muchas obras valiosas de carácter bíblico. El había sido también en su niñez, un chierichetto consen- tido del padre Mallet y por alguna providencia escapó a la suerte de sus coetáneos Righi y Moroni. Puntualmente acudía cada miércoles a gustar el conejo guisado de la manada que habíamos logrado criar en un rincón del jardín de la Procura, para tener, al menos una vez por semana, un bocado de carne.

Algo sorprendente fue que el padre Mallet nunca descendió al refugio, improvisado con sacos de arena en el sótano de la casa, durante las nocturnas alarmas aéreas. Pasaban escuadrones de aviones ingleses que se veían blan- quísimos, iluminados por decooas de inmensos reflectores; centenares de cañones hacían estallar sus proyectiles como fuegos artificiales; ululaban las sirenas; gemían las mujeres y los niños asustados; los padres Righi y Moroni, fieles a su estirpe, aparecían veloces en el estrecho recinto. Pero el padre Mallet, inmune al pánico general, continuaba el sueño de los justos, porque jamá.,; pudo pensar que su querida Roma pudiera ser sacrílegamente bombar- deada.

Sentí gran lá.,;tima cuando el 18 de agosto de 1941 tuve que abandonarlo tan dewalido y en plena guerra. Le había tomado inmenso cariño porque se había puesto en mis manos como un bambino. Había llegado a ser su enfermero, ~u ayudante de misa, su mandadero y su confidente neutral. Me obsequió ('omo f('('uenlo suyo ~pndas reliquias óseas de S. Juan Eudes y de la madre Pelll'tir·r. Y ha'ita mp perdonó que un día, en mis presunciones de peluquero, le mprmé trl'ml'ndamente su tradicional melena. Ya sus cotidianas explosiones dI' iracundia no podían ~er sino dp tono menor. Se había encerrado en un mutÍlnno dI' cansando, dI' debilidad o de prudencia, interrumpido sólo por IIUII ja.culat.oria'i en franct's o italiano. Y entonces lo descubrí verdaderamente

grande. Medí todo lo que la Congregación debía a este pequeño escombro humano que había puesto al servicio de la causa eudista todo su espíritu, su "entusiasmo e intrepidez", sus dotes humanas, su fe, su oración su fortuna personal, hasta salir airoso y triunfante. Tuvo la fortuna de morir el 24 de diciembre de 1943, antes de que le llegara la noticia de que los aliados, para desocupar de alemanes las madrigueras que éstos habían cavado en las costas normandas, habían arrasado con sus barcos de guerra y sus bombarderos la bella Normandía, la ciudad de Caen, sagrada para todo eudista y que muchas de sus glorias arquitectónicas quedaban perdidas para siempre.

Estoy seguro de que, desde el cielo que el padre Mallet se conquistó con su nadadito mañoso y su alma de niño inquieto, me perdonará estas líneas. El sabe que no han sido inventadas. Y como seguirá siendo radicalmente normando y humorista, como ya no puede llorar, volteará su bonetico viejo contra mi nariz para repetirme una vez más "Voyez-vous, mon petit pere, cornme I;a sent bon".

2

SEBAST~SAJUlNAT

Muchos son aún los santandereanos, que guardan memoria de este insigne eudista, que por breve tiempo honró la rectoría del seminario de Pamplona.

La gruta de Lourdes tan amada en esta ciudad, está íntimamente ligada a la memoria del Padre, quien inició y llevó a cabo su construcción. Durante muchos años, piadosas romerías, provenientes a veces de parroquias lejanas, llegaban en medio de oraciones y cánticos; y la gruta amada era el lugar de cita de quienes acosados por dolores sin remedio, buscaban la protección y misericordia de María.

Pudo entonces decirse, que la piedad del P. Sahannat, nos había proporcio- nado, un remedo de esa otra gruta, de la dulce y martirizada Francia.

Un día en busca de salud, llegó el P. Sahannat a Lourdes, en donde su nombre era conocido. El buen religioso sufría la enfermedad que había de conducirlo al sepulcro, y se hallaba completamente afónico. Un grupo de peregrinos de Vannes le pidió que predicara al día siguiente, y el Padre accedió a la demanda, siempre que recobrara la voz. Confiado en la misericor- dia de María, pasó la noche, preparando el sermón, que predicó al día siguiente con voz tan fuerte, que pudo hacerse oír en el valle del Gave.

Al concluir la conmovedora predicación, un desconocido se le acercó y le obsequió la estatua que se venera en nuestra gruta; bella imagen que llegó hasta nosotros en medio de múltiples obstáculos.

No estará mal, que con motivo de la fiesta jubilar de la congregación eudlsta, tratemos de hacer un boceto biográfico del Padre Sahannat, segundo rector del seminario de Pamplona.

Rretim tenia que ser el preclaro hijo de San Juan Eudes; y bretón legítimo, nacido en (jorvello, el 19 de marzo de 1862.

Salido muy niño de su tierra nativa, ni siquiera aprendió la lengua bretona, sin que por esto dejara de ufanarse de ser hijo de Bretaña, la tradicionalista

y cristiana.

En 1857 ingresó al colegio eudista de San Salvador de Redón, donde tuvo como profesor y director espiritual, al R. P. Fouyard, a quien había de suceder años más tarde en calidad de superior del seminario de Pamplona.

El P. Fouyard comunicó a su discípulo un gran amor a la congregación eudista; y bien pronto concluído el bachillerato, el P. Sahannat ingresó al noviciado de Kerlois.

El temperamento nervioso del novicio no le pennitió nunca economizar sus fuerzas, y al prepararse para la ordenación sacerdotal en 1885 una anemía cerebral profunda, lo tenía casi imposibilitado para los trabajos mentales.

Al año siguiente fue enviado al seminario francés de Roma, creyéndose que bajo el cielo hermoso de Italia, el nuevo sacerdote recobraría las fuerzas. No sucedió así; pero en cambio el P. Sahannat aprovechó mucho con el trato de eminentes eclesiásticos y dominó en un año la lengua italíana, con no poca sorpresa de quienes pudieron admirarlo de cerca.

A su regreso a Francia fue destinado al colegio de San Salvador de Redón, donde a fines de 1893, lo sorprendió el nombramíento, para Rector del semi- nario de Pamplona.

Interesante hubo de ser para aquel ilustre francés el viaje a Colombia, en

la fonna primitiva como solía hacerse entonces, la travesía, hacia el interior

de nuestro país.

Los mosquitos del Magdalena se cebaron en el inexperto viajero quien hubo de descansar algunos días en Bucaramanga, sometido al tratamiento y cuidados de los Presbíteros Dr. D. José María Villalba y Estanislao Rodríguez.

En los primeros días de enero de 1894 llegó a Pamplona el P. Sahannat. En la iniciación de su brillante rectorado, hay que admirar la humildad del P. Fouyard, resignando la dirección del seminario, en manos del joven eudista, que ayer no más había sido su discípulo.

Hombre de gran mérito llamó el P. Fouyard a su sucesor en carta al Excmo. Señor Parra; y los hombres de mérito agregaba, son bien raros por cierto.

Bien pronto el nuevo rector, con su alta mentalídad y su envidiable don de gentes, removió obstáculos que parecían insuperables. Dedicose al fomento de las vocaciones sacerdotales, por medio de la predicación y la prensa, provocando tal afluencia de alumnos, que en 1896, apenas fue suficiente el

local del seminario, para alojar las caravanas de alwnnos venidos de todos los pueblos de la diócesis y de Venezuela.

El P. Sahannat había tenido que soportar un trabajo superior a sus fuerzas. Había reorganizado el seminario; había vencido las resistencias suscitadas por el nuevo plan de estudios; se había empeñado en una tenaz campaña de prensa para fomentar buenas vocaciones sacerdotales, y su asiduidad en el confesionario era proverbial en la ciudad.

En mayo de 1896 los alumnos fuimos sorprendidos, con la noticia de que

el Padre Rector sufría una grave dolencia. Largos días de expectativa y de

amargos presentimientos fueron aquellos; pues a nadie se escapaba el peligro que corría la vida del cariñoso Padre, hecho un anciano a los treinta y cinco años, y cuyo rostro magro llevamos aún muy dentro del alma.

Los solícitos cuidados del Dr. Isidoro Guerrero, y las atenciones de sus

hermanos de religión, alejaron el peligro de muerte, por aquellos días. Ycomo

en Francia había de celebrarse una Asamblea de la Congregación y el P.

Sahannat debía concurrir, se pensó que el viaje completaría lo que el afecto había empezado en relación con la curación del eminente eudista. No fue así, por desgracia, y en agosto, el Padre se refugió muy abatido de fuerzas,

en su querido colegio de San Salvador de Redón. Hasta diciembre pudiera decirse que su vida fue una lenta agonía, ya que día por día, los pulmones y

el corazón iban desfalleciendo visiblemente.

-No olvide S. R. nuestras obras colombianas, le había dicho uno de los Padres, dísimulando la emoción.- ¡Oh, imposible! replicó el Padre Sahannat,

mi vida es un pequeño holocausto, para alcanzar las bendiciones de Dios,

para nuestros queridos seminarios de Colombia.

El 30 de diciembre de 1896, rodeado de sus hermanos de religión, entregó a Dios su alma este querido Padre.

IH

SEBASTIAN SAHANAT

UNA FLOR EUDISTICA

En años pasados, podía verse todavía en la capilla de Nuestra Señora de Lourdes, en el seminario de Pamplona una serie de estandartes con el nombre de casi todas las parroquias de la Diócesis y la fecha de la peregrinación, 1895. ¿Quién había podido mover así a tanta gente, a pesar de la falta de vías de comunicación? Una vasta inteligencia al servicio de un corazón grande. La misma imagen de Nuestra Señora tiene su historia. Hallábase el padre Sahannat en Lourdes con la peregrinación de su diócesis, suplicáronle que predicara; aceptó con la condición de que se le alcanzara del cielo la voz, porque apenas podía oírse en un cuarto reducido. Ofrecióse como víctima al efecto una joven religiosa. Por la noche preparó el padre el sennón, mas por la mañana no se acordaba de nada; predicó sin embargo con mucha elocuencia, con voz que repercutía por las orillas del Gave. En la peroración exclamó "Hasta luego, Señora de Lourdes. Hasta luego Reina del cielo". Acer- cósele un desconocido quien le pidió su dirección para mandarle la imagen.

Tal era el ascendiente del padre Sahannat que afinnaba un sacerdote que si hubiera permanecido más tiempo el padre en Pamplona, les hubiera hecho tomar a todos carta de ciudadanía francesa. Temor inútil, porque no eran los intereses de su patria terrenal lo que buscaba el padre, sino más bien los de Dios y de su santa Iglesia.

En menos de tres años, a pesar de las revueltas polítiCas de 1895, supo infundir vida nueva al Seminario, restaurar la vida interior de la comunidad,

relevar el nivel de los estudios, comunicar el espíritu eclesiástico a los semi-

yeso a pesar de una salud delicada, tan cierto es que "un alma

grande es dueña del cuerpo que anima".

naristas

Más ¿quién era el padre Sahannat? Había nacido en Bretaña el 19 de marzo de 1862. De sus antepasados heredó un temperamento algo triste y una voluntad tenaz, hasta obstinada, que templaba su inteligencia superior y su

eximia virtud en su corazón tenía arraígo la fe de los bretones. "Lo que en él llamaba la ~tención era la rectitud de la conciencia; la viveza de la inteli- gencia; la riqueza de la imaginación; la seguridad del juicio; lo notable de la memoria y el fervor de la piedad".

Semejantes dotes naturales secundadas por un trabajo esmerado y una docilidad ejemplar le alcanzaron en los estudios éxitos sorprendentes. Cuen- tan que en el examen del bachillerato, no podían creer los examinadores que su traducción latina fuera obra de un alumno. Al salir del colegio formó el propósito de consagrarse a Dios en el estado sacerdotal en la Congregación de los eudistas. "En el noviciado, lo mismo que en el seminario, fue más bien un modelo y un superior que un condiscípulo. Jamás infringió la menor prescripción de la regla; a los demás servía de ejemplo su puntualidad. A muchos les agradaba el pedirle consejos que daba sin afectación, insistiendo sobre el valor de la vida y dando por nulo todo cuanto no se hace por Dios. Con todo permanecía amable y alegre".

Para aprovechar tan felices disposiciones, los superiores lo mandaron al colegio de San Juan de Versalles donde tuvo que preparar la licencia en letras, mas tal fue el ardor con que se entregó a los estudios que adoleció mucho tiempo de cansancio cerebral que lo inhabilitó para desempeñar los puestos de confianza que le dieran, como las cátedras de filosofía y de dogma. Veíase condenado a una inacción absoluta cuando recibió la ordenación sacerdotal en septiembre de 1885. He aquí cómo atestiguaba a Dios su reconocimiento:

"Soy sacerdote; gracias, Dios mío; mas no lo soy sino para vuestra gloria y la salvación de las almas y no para mi propia satisfacción personal. En mi deseo de procurar la una y la otra y en mi incapacidad de hacerlo a medida de mis aspiraciones, vengo, Señor, a confiar a vuestro Corazón sagrado un proyecto que he concebido en lo íntimo de mi corazón. Ser anatema para salvar a las almas, ansiaba vuestro apóstol. Ay, ¡quién tuviera siquiera una chispa de su ardiente caridad! Incapaz de seguir a San Pablo en sus anhelos, intentaré sin embargo hacer algo en vuestro honor:

Considerando que lo) sin cesar los santos os glorifican con sus alabanzas y su amor; 20) que suspiran las almas del purgatorio por el momento feliz de su unión con Vos, Dios mío, su último fin; 30) que corren gran riesgo de perderse o de mermarse por mis infidelidades perpetuas, mis débiles méritos, he resuelto, por inspiración de la gracia, despojarme hasta la muerte de mis méritos a favor de las almas del purgatorio, objeto especial del amor de la Virgen Santísima.

No me queda, Dios mio, sino arrojarme en los hrazos de vuestra misericor- dia. No cabe duda de que en la hora de la muerte, tendré mucho que expiar en el purgatorio; ma.'! ¿qué importa? más cara es vuestra gloria que mi propia perHl"ma; y desde ahora me consuelo, me alegro de mis sufrimientos venideros

con el pensamiento de que mejor que pudieran hacerlo aquí en la tierra, estas almas a quienes abriré el cielo por medio del dolor, os han de alabar y de amar. Alabado, amado seais, Dios mío, es lo único que interesa. Por no poder trabajar más en la salvación de las almas, quiero siquiera hacer lo que está

a mi alcance".

Después de un año en Roma y de algunos más en el colegio de San Salvador en Redón, el padre Sahannat se embarcó para Colombia en septiembre de 1893, destinado a la dirección del seminario de Pamplona. Lleno dejuventud, de celo, dt' perspicacia y sobre todo del espíritu de Dios, puso manos a la obra y pronto st' renovó la faz del plantel. Los acontecimientos políticos del año 1895 detuvieron algo la marcha adelante del Seminario; mas a fines de abril del mismo año st' reanudaron las tareas.

En medio de estas pruebas y trabajos, iba declinando la salud del padre Sahannat. Iba a realizarse el presentimiento de uno de sus superiores: "me preocupa este niño y temo mucho de que el cuerpo no pueda resistir a las ascensiones del espíritu". En mayo de 1896 cayó enfermo en Bucaramanga

y apenas convalesciente se embarcó para Francia con motivo del Capítulo General de la Congregación.

A su vuelta a Francia, su vida no fue más que un largo martirio. En vano se multiplicaron las novena,<¡ a Nuestra Señora de Lourdes, a San Juan Eudes, a Nuestra Señora de Capo-Cavallo, el corazón y los pulmones estaban atacados seriamente. Pronto no quedó ninguna esperanza de salvación. Después de recibir los últimos sacramentos y de ofrecer su vida y sufrimientos por los alumnos, sobre todo por los que no quieren sufrir y obedecer; y también por las obra,<¡ de la Congregación en la República de Colombia, expiró tranquila- mente el 30 de diciembre de 1896.

Cuál no fue la sorpresa y el dolor de los padres, del Obispo, de los fieles de Pamplona al recibir la triste noticia; les sirvió de lenitivo el pensamiento de que tenían en el cielo a un abogado, a un protector quien por su intercesión aseguraría la prosperidad del seminario.

3

FRANCISCO LAGNEL

Francisco Restrepo

En Loyat, en Bretaña, tierra de soldados y de apóstoles, empezó su vida en hogar patriarca! el 15 de septiembre de 1863 Francisco María Lagnel. Veinte años después en septiembre de 1883, ingresaba a! noviciado de Kerlois, hechas ya las humanidades en el seminario menor de Ploermel. El8 de febrero de 1884 se incorporó a la Congregación de Jesús y María. En la catedra! de Rennes recibió la unción sacerdotal el 17 de mayo de 1888. Uegó a Colombia en los últimos días del mes de noviembre de 1891 y empezó su ministerio en el seminario de Pamplona.

Fue nombrado superior del seminario de Antioquia en enero de 1904. Al finalizar el año regresó a Pamplona con el mismo oficio de superior. En

aquellos tiempos las obediencias se ponían en práctica en el mes de diciembre. Por eso, acabando el año de 1907, el Padre Fouyard le pidió que se trasladara

a Cartagena para asumir la rectoría del seminario de la Ciudad Heróica.

Allí terminó su permanencia en Colombia. Fueron diecisiete años escasos de silencioso trab~ar en la formación del clero colombiano. En julio de 1908 la enfermedad lo volvió a! suelo patrio, en compañía de los padres Dufouil

y Séligour. El 11 de noviembre, cuando en Cartagena se festejaba ruidosa- mente la fiesta nacional y el padre Séligour se embarcaba en el Normandía para volver a Colombia, el padre Lagnel regresaba a la casa del Padre en el convento de las Agustinas del Corazón de María en Saint-Germain-en-Laye. Sus restos reposan en el cementerio de San Germán.

lntdigpnte y abierto a todas las ciencias, no ocultaba su preferencia por

la tpologla y la mosona. "En la medida de lo posible, escribía, me dedico al

I~studio, y siento en mí un ardiente deseo de ver claro en las cosas divinas". pOM(>ía en grado poco común el latín y el griego. Sus dotes musicales lo Ih~varon a profundizar el estudio del canto gregoriano, que interpretaba ma- gJstralmpnu>.

De uno de los directores de Ploermel aprendió la devoción al Sagrado

Corazón de Jesús. Decidió ser apóstol del amor de Dios y descubrir al mundo

en la escuela de San Juan Eudes los tesoros del Corazón de Cristo. La rara

distinción que lo adornaba fue ayuda preciosa para atraer las almas al Señor.

Distinción que iba unida a una encantadora sencillez.

El día de su ordenación escribió el padre Lagnel: "Soy sacerdote, por consiguiente debo ser santo; es una obligación, una consecuencia misma de

mi sacerdocio. Dios mío! quiero lograrlo, dame tu apoyo!" Y continuó traba-

jando arduamente para incrementar en él las virtudes sacerdotales.

Consciente de su valía por las ricas dotes de que lo adornó la naturaleza, el padre Lagnel logró alcanzar una profunda humildad. "La humildad y la dulzura son las virtudes que debo empeñarme en poner más especialmente

en práctica para asemejarme a Nuestro Señor", escribió. "Practicaba la humil-

dad, dice el padre Jéhanno, su prefecto en Pamplona, con perseverancia y como sin esfuerzo, atribuyendo a Dios lo que podía notar de bueno en él, ofreciéndole el continuo y leal homenaje de todos sus méritos. El amor a la humildad le hacía temer todo lo que pudiera herir tan delicada virtud".

Sus talentos musicales, que admiraban los demás, eran para él fuente de preocupaciones. "Mañana, escribía, día de gran fiesta, tocaré armonio durante la pontifical. Qué mal para mí si me dejara llevar por el deseo de atraer la atención del público, si me permitiera un fm vano, o una sola mirada interior hacia los asistentes que me escuchan. Sí, qué dolor para mí, qué repugnancia la mía a tal pensamiento. Pido a Dios de todo corazón que no me abandone nunca a mi fragilidad, que me sostenga siempre y me dé un perfecto despren- dimiento de mí mismo y de todo, que no tenga nada, que no haga nada que no esté inspirado por el amor divino, que Jesús sea siempre mi fin en todo" .

Los alumnos del padre Lagnel podrían decir muchas cosas acerca de su

dulzura. No hablan con menos elocuencia de ella sus relaciones de comunidad. "Hacía de modo de no herir a nadie, escribe el P. Jéhanno, evitando hasta

las más mínimas discusiones". Al volver un día a su habitación después del

recreo, anotó: "Lamento mucho la pena que causé a un padre cediendo a la inclinación de discutir. Que el Señor me perdone todavía esta vez, y me siga dando fuerza y paciencia para no suscitar más estas dificultades que me hacen sufrir tanto".

Grande era el espíritu de mortificación del Padre Lagnel. En el seminario había manifestado el deseo de consagrarse a la formación del clero en una

de

las casas de Colombia. Ya ordenado, la obediencia lo obligó a contrariar

sus

gustos y por tres años lo empleó en el seminario menor de Valognes.

También en Colombia la obediencia fue para el padre fuente de pruebas y de sacrificios. "Durante más de diez años, apunta el P. Jéhanno, Pamplona

fue para él teatro de sus generosos esfuerzos; allí lo rodeaba la simpatía de sus hermanos, de sus seminaristas y de cuantos lo trataban". Pero los supe- riores necesitaban en otra parte la ayuda preciosa que sus calidades les permitían esperar, Yen enero de 1903~recibía la orde~ de .salir para Cartagena. Pensaban enviarlo a Bolivia como duector del semmano de Sucre. Supo la noticia cuando estaba en retiros, momento propicio para recibir cruces y

y escribió sus impresiones: "En esta

pruebas. No le faltó la generosidad

circunstancia elevo mi corazón a los de Jesús y de María y no quiero perder de vista las luces de la fe. Desde su tabernáculo, Nuestro Señor me invita a subir al Calvario sin mirar ni a derecha ni a izquierda; fijos los ojos en su voluntad y en el amor de su divino Corazón, acepto esta cruz con el más entero abandono; tengo plena confianza en que si me confío en El, apoyado en la gracia, no me ahorrará su socorro. Soy todo de Jesús y de María, quiero

estar unido a ellos en la vida como en la muerte, en la abundancia como en la escasez, en la alegría como en la pobreza, en el Tabor como en la Cruz".

El padre Le Doré no aceptó la fundación de Suere y el padre Lagnel se quedó enseñando la teología en Cartagena. "La Providencia lo llamaba a una diócesis llena de fe, tan fértil en vocaciones sacerdotales y religiosas, como en heroísmos".

"Hoy, escribe en 1904, el R.P. Provincial me ha comunicado que me desig- naba Superior de Antioquia. Primero creí que me debía negar, y expuse mis motivos; pero si, por una parte no quiero ser superior, por otra siento que no aceptando, me alejo de la voluntad divina; volviendo sobre mi decisión, sé que me sostendrá el pensamiento de que la obediencia a los superiores es la sumisión a la voluntad divina misma. Debo pues obedecer y someterme a Nuestro Señor".

En 1905 el padre Lagnel comenzó su trienio como superior de Pamplona. Al acabarlo fue trasladado a Cartagena. Separarse de Pamplona era para él un sacrificio heróico. Cuenta el P. Jéhanno: "Su comunidad, el clero de la diócesis, los habitantes de la ciudad, todas las amistades y relaciones que le habían conquistado su santidad y su inagotable caridad, formaban como otros tantos lazos que lo ataban a esta casa. El padre los rompió con valor, abrazó su crucifijo, hizo rápidamente sus preparativos de viaje y se separó de sus hermanos en un último adiós, en el que, no pudiendo dominar más su emoción, est.allú en sollozos".

1908, pocos meses después de su llegada a la rectoría de

Cartagena, la Divina Providencia exigió al Padre el sacrificio de volver a Francia l'n busea de r('cupprar las fuerzas perdidas. No deseaba regresar. Así

lo expresa en una de sus cartas: "A mediodía vi un vapor que volvía de Francia, JI('ro no sentí ningún deseo de irme, más que nunca siento en mí una firme voluntad de no dejar nunca a Colombia". Tuvo que partir. De Franeia /'s('rihfa; "Ya nada me impresiona, nadie puede llamar mi atención.

En julio de

Mi hermano y mi familia están llenos de consideraciones para conmigo, y no

saben qué hacer para distraerme, mis parientes me visitan y me manifiestan

su dicha por volver a verme, y con todo, aquí, en mi país, y en medio de los míos, me siento como de paso, ya no soy de aquí".

Notable era en el padre la práctica de la penitencia. "Nada igualaba la estricta mortificación que sabía imponer a sus sentidos, escribe el P. Jéhanno. Todos los que lo conocieron recuerdan la reserva y la modestia de su porte cuya sencillez no excluía por otra parte la dignidad: cualidades que no se adquieren sino por una lucha incesante contra las tendencias naturales. Podría decirse con verdad que su solo paso por las calles de Pamplona era una verdadera predicación de la modestia cristiana, al modo de San Francisco.

"Dios le había enviado desde el noviciado una cruel enfermedad que apenas le permitía usar de los alimentos corporales; nunca lo oímos dejar escapar la mejor queja".

"El amor que tenía a Jesús Eucaristía era el único remedio a sus sufrimien-

tos". El dolor, decía, es una semilla de gloria. Nuestro Señor, después de asociarnos a su sacrificio por la santa comunión, nos asocia a su sacrificio sangriento. Es preciso que los que sufren se acerquen a la santa mesa, porque

es entonces cuando tenemos necesidad del pan eucarístico y no podríamos efectuar la etapa dolorosa sin su ayuda!

"La vida entera, agregaba, es una serie de sufrimientos. Todo nuestro cui- dado, toda nuestra prudencia y nuestra sabiduría deben consistir en rebuscar la ciencia práctica de la cruz!".

"Creía el padre que sus sufrimientos no bastaban y, cúmo verdadero peni- tente, se desgarraba la espalda con una ruda disciplina. Como precioso re-

cuerdo guardaré siempre uno de sus instrumentos de penitencia que encontré

en su pieza en los días que siguieron inmediatamente a su partida de Pamplo-

na".

Después de verse obligado a interrumpir por algún tiempo sus mortificacio- nes a consecuencia de la enfermedad que se agravaba, exclama: "Comprendo más que nunca la penitencia, su fundamento, su necesidad, comprendo por qué los santos la abrazaron con tanto ardor, y en consecuencia vuelvo a

tomar la disciplina

comenzando por treinta golpes, luego fui hasta cuarenta,

hasta cincuenta, y siento que me animo más y más del deseo de sufrir"!

"En su habitación se podía ver en los muros, en la mesa de trabajo, en la

alcoba, la imagen del Niño Jesús y la de Jesús Cruciicado. Se rodeaba por

así

decirlo de la visión de esos dos misterios. Sus hermanos y todos los que

se

le acercaban pudieron notar cómo toda su religión se centraba en la

persona adorable del Salvador contemplado en esos dos misterios".

El padre Francisco fue un apóstol de la Eucaristía desde los años del seminario menor. Esa fue la nota predominante de su vida sacerdotal. "Sabía que para conducír con seguridad a las almas a Jesús no hay mejor camino que el de la mesa eucarística".

"A menudo, en el seminario menor, escribe el P. Jéhanno, se acercaba a sus compañeros en los recreos y, con esa dulzura que alejaba todo rechazo, invitaba al uno o al otro a acompañarlo a la capilla para hacer una visita al Santísimo".

"Siempre le vimos guardar una postura angelical en el altar. Su actitud digna, el cuidado escrupuloso sin ser afectado que ponía en desempeñar bien las ceremonias, algo inhabitual que resplandecía entonces en su rostro, todo en él era una predicación constante del amor a Jesús Eucaristía".

Más de un seminarista, profundamente edificado por su manera de celebrar el santo sacrificio, exclamaba: Cómo dice de bien la misa el padre Francisco! y otro añadía: "Qué piedad se ve en él cuando hace su acción de gracias!".

En una de sus cartas decía: "Cuán culpables somos nosotros los sacerdotes cuando consagramos, cuando Uevamos en las manos y contemplamos con los ojos al Divino Salvador, sin reconocer su santa presencia y sin manifestarle amor. Qué ceguedad! Pida para mí un amor ardiente, amemos con todo el corazón al amable Jesús. Que nunca me acerque a El sin reconocerlo, sin amarlo mucho".

Antes del Decreto de San Pío X sobre la comunión diaria dicha práctica se había establecido ya en el seminario de Pamplona gracias al celo del padre Lagnel. Cuando el Pontífice publicó el Decreto el padre multiplicó sus instruc- ciones a los ordenandos sobre la sagrada comunión, hizo publicar en Pam- plona foUetos y oraciones sobre el tema y predicó repetidamente sobre él. La gente respondió.

El 11 de junio de 1903 escribía en su diario espíritual: "Esta tarde, después de haber recitado mi breviario, senU un gran movinliento de amor hacia Jesús Eucaristía. Mi devoción al divino Sacramento crece de día en día, y quisiera llegar a hac:er algo para comunicarla a los demás". Y lo hizo. Con autorización de Monseñor Parra estableció en Pamplona la adoración perpetua, con bases tan sólida'! que la asociación aumentó año tras año.

La ("omunión frecuente era tema preferido en sus charlas a los seminaristas:

"fo:n los seminario!'! la vida cristiana debe tener su mayor intensidad incff'mentarla debéis ir a su fuente que es la Eucaristia".

para

(;omo educador el padre Lagnel buscó siempre hacer el bien haciéndose

de querpr dominar por la !'!ola fuerza de la autoridad y el prestigio

amar. "I

·jos

de su ciencia, dice el padre Jéhanno, se propuso, como lo dice San Juan Crisóstomo: ¡extender los hilos de la caridad y regar la miel de la misericordia! Firme sin dureza, bueno sin debilidad, supo hacer de su sistema educativo una armoniosa combinación de ese 'suaviter et fortiter~' tan recomendado a menudo a los formadores de la juventud y que supo inspirar a sus colabora- dores".

Del padre Lagnel dijo monseñor López de Mesa, obispo de Antioquia, que era el modelo perfecto del sacerdote. Nadie tan indicado pues como él para desarrollar en los seminaristas las virtudes sacerdotales. ~En el seminario mayor, al que doy todos mis cuidados, me he aplicado sobre todo a formar

a los ordenandos en la oración, porque ella es el alma de la perfección y de

la vida sacerdotal".

~EI padre Lagnel, escribió el P. Jéhanno, fue un carácter de notable grandeza moral. Huyendo de la vida egoísta y rastrera supo alcanzar las alturas de una vida hecha de nobleza y de virtud".

Terminando la crónica de sus funerales anotaba el director de ~Les Saínts Coeurs": ~Dios llamó al descanso eterno al buen padre Lagnel en una edad en que habría podido prestar todavía grandes servicios a la Congregación, habida cuenta sobre todo de su experiencia de Colombia. Desde el cielo él rogará por nuestros seminarios de América y les enviará, así lo esperamos, sacerdotes que tengan su abnegación y su espíritu de apostolado".

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MARTIN JUMELAIS

He11 riq'/le Ror'll.Preau

Los autores inspirados nos han compendiado la vida de C'iertos pE'rsonajes t'n una fórmula brew que lo dice todo, y si la biografía dE' S. Pablo llE'na la casi totalidad dE' los Hechos de los Apóstoles, la dE' S. José (si se exceptúan dos o trE'S E'pisodios relacionados con E'l mistE'rio de la Encarnación), cabe E'n dos palabras "eml I'ir J/I.';IIIS". Es la afirmación de que, así como se equilibran los platillos de una balanza, la vida del Santo Patriarca coincidó dE'1 todo con E'l idE'al que Dios se había hE'eho dE' esta vida o sea de su vocadón sobrE'natural.

PUE'S biE'n, la vida dE'1 P. Martín podría caber E'n una fórmula semejante, y al decir que fuE' la pers()n~ricnciónl'il'U de la regularidad casi podríamos ponE'r E'l punto final a esta breve noticia biográfica, pero merece algo más.

Aquel hombrp que la gentt' consideraba instintivamentt' como un santo en l'l día dp su muerte, ea<;i sin haberlo conocido, y del cual pE'dían reliquia<;, fuE' de eao;i toda<; la<; fundadones de la Provincia en horas difícilE's, pa<;ó por la<; aventurao; dt' dos revoludonE's, presenció medio siglo de historia rE'ligiosa dt> ('olombia, y formó un sinnúmero de sacE'rdotE's que recibieron su influencia y aprovecharon su formación en aquella cla<;es de humanidadE's que orientan una vida. Heft'rir su ministerio sería compendiar eineuenta y ocho años, o s('a la casi totalidad de la historia de nuestra Provincia.

En cuanto all'jl'mplo CjUt> nos ha dt>jado en su larga agonía de cuatro años, I'S d(' los quP no SI' olvidan y prolongan la f('cundidad de un alma muy más allá dI' la tumba.

Al n'("ordar la dignidad y la incomparahlp paciencia ("on la cual aquel andan o dI' o('henta y ('uatro años soportaba un verdadero martirio físico y moral sin Ijw'f('r dl'jar la mpnor observanda quP pudiera cumplir materialmen- 11',1'1 rJl'llsarni('nto rl'grpsa "in Cjw'f('rlo hada aqU('1 márt.ir de nuestra Congre-

Martín Jumelais

(1864-1948)

gación, beatificado por la Iglesia, que iba a la muerte rezando su breviario porque era hora de rezarlo y seguía salmodiando todavía bajo los sablazos de sus verdugos.

Se ha podido sonreír de esta regularidad, cambiar la hora del reloj para ponerlo de acuerdo con aquel reloj vivo que era el P. Martín, pero todos sentían instintivamente que esa existencia, que tenía algo de mecanismo, era,

a pesar de las originalidades que excitaban la alegría y la malicia de los alumnos y del elemento joven de la Comunidad, de una verdadera grandeza.

En esta breve noticia, nos contentaremos con utilizar nuestros recuerdos ya lejanos, el testimonio de sus amigos y alumnos y de una que otra Comu-

nidad, si logramos conseguirlos, y los pocos apuntes recogidos en los archivos

dlc' la Provincia. La generación del P. Martín ha desaparecido y cuando pregun-

tamos algo a sus antiguos alumnos, los recuerdos de la infancia, asoman en forma de cuentos y anécdotas con las cuales podríamos escribir un extenso volumen, pero que no pertenecen todas a la gran historia. Además el P. Martín quedaba herméticamente cerrado delante de toda tentativa de entrevista. Es así como en varias circunstancias le hicimos preguntas insidiosas sobre su persona - "y ¿a Ud. qué le importa?" era la contestación merecida pero desalentadora, que recibíamos.

Tendremos pues que limitarnos.

El Padre Martín Armando Mauricio Jumelais, nació en un pobladito bretón del país de Fougeres, llamado el Lauroux, el 13 de septiembre de 1864. Es la tierra inmortalizada por las célebres cartas de la Marquesa de Sevigné, una de las joyas de la literatura francesa.

De su padre, Pedro Jumelais sólo sabemos una cosa y es que murió en el mismo año en que se ordenaba su hijo. En cuanto a la madre, Juana Allain, ya había dejado esa tierra con la tristeza del desastre nacional de 1871.

Fuera de Martín, los esposos tenían tres hijos (o quizás cinco si en el documento que tenemos a la vista, tres nombres no pertenecen a la misma persona) y una hija. Todos vivían en un lugar, probablemente una granja, llamada la Mondrais, que uno de los hijos de nombre José, parece haber administrado a la muerte del padre.

[JI.' los primeros estudios del P. Martín, sabemos poco. En 1878 lo encon- tramos en nuestro juniorato dp Plancoe!, y poco después, en la casa del Sagrado Corazón, de don dI' salió pn lRR4 para ingresar al Noviciado.

Ignoramos cuáles fueron sus profesores, pero sí, lo que podemos afirmar

dieron una excelentt· formación clásica. El Padre Martín tuvo siempre

una predill'fTión por el griego y ya alejado de la enseñanza, no dejaba nunca

f'S qu

l

ti

hat'f'r su l"dura df> I'scritura sagrada en esta ll'ngua.

En 1884 hizo su probación en Kerlois, bajo la dirección del P. Cochet. A continuación cursó la Filosofía y pasó en 1886 al escolasticado de la Roca del Theil. El mismo año recibía la tonsura en Vannes y el Subdiaconado en Rennes en 1888, y el Sacerdocio en 1889 en la misma ciudad.

La fecha de su ordenación coincide con una carta del P. Cochet, su maestro de novicios, en el cual se leen estas líneas: "Los sacerdotes de la última ordenación eran mis primeros hijos, son numerosos es verdad, pero, lo que es mejor, son buenos y aun muy buenos".

La justicia distributiva nos obliga a dar al P. Martín la parte que le corres- ponde en este testimonio.

Más tarde el P. Samson recogió este testimonio de Mgr. NaraI\io, uno de los alumnos del P. Martín: "En Antioquia admirábamos los sermones del P. Martini, el canto del P. Fraleu y la misa del P. Jumelais". Quienes lo vieron celebrar durante su vida participarán de esta admiración y concluirán lo que fue su primera misa.

Su primera obediencia fue la vigilancia de los pequeños externos del colegio católico (el Ca/rJ como se lo llamaba) de BesanGon. Si el Vigilante forma a los alumnos, los alumnos forman al Vigilante, y debemos quizás al primer contacto del P. Martín con sus pequeños alumnos las cualidades de energía tranquila, de tacto y comprensión y de inconmovible paciencia en la firmeza que lo distinguieron más tarde en las prefecturas y vigilancias.

En el camino de Santa Eufrasia, lo vimos a menudo rodeado de pequeñuelos que le pedían medallas. El Padre los acogía con bondad y verdadero gusto; quizás con el lejano recuerdo de sus diablillos de Besancon.

Pero su permanencia en el Cato fue breve, apenas un año. En 1889 escribía el P. Cochet: "Se necesitarán pronto seis o siete Padres para Colombia, quizás sea yo del número". El Maestro de novicios no fue del número de los escogidos, pero sí su novicio.

Parece que éste pidió su obediencia o a lo menos la recibió con agrado ya que leemos eso en nuestros anales: "La salida del P. Merel determinó la del P. Jumelais". El P. Merel era un hombre de cuarenta y nueve años de edad, algo cansado de la vida de los colegios que había pedido su traslado a Colom- bia, y es probable que su ejemplo haya arrastrado al P. Jumelais.

De todos modos, se embarcaron en 1890 y llegaron a Cartagena a fmes del año. El Padre Merel se quedó en el seminario, de donde la enfermedad lo obligó a salir unos seis años después, y el P. Martín fue designado para el Seminario de Antioquia.

Llegó en buena hora. La casa comprendía escasamente dos Padres y espe- raba refuerzo. El Padre de Martini era Superior y el P. Gobert, profesor de ciencias eclesiásticas. El P. Martín empezó a enseñar latín y griego en aquella clase de gramática que fue su feudo durante tantos años y que se llamaba entonces el curso medio. La casa cambió de personal, al P. de Martini, nom- brado Vicario Provincial, sucedió el P. Hamon en 1893; hubo sacudidas y dificultades en medio de las cuales el P. Martín pasó inconmovible.

Pero no perdía tiempo. Llegado en 1890, podía predicar ya en la Navidad de 1891.

Una hojita local, El Monitor, describe el Pesebre de aquel año en forma

poética: "casitas de aspecto risueño y encantador, llanuras verdes, animales

" y agrega: "El orador, P. Martín Jumelais, hizo su estreno en la

noche del 25. Nos ofreció un Hombre-Dios humillado en el pesebre, expuesto

a la intemperie, y nos hizo concluír con esta reflexión: ¿quién es este niño

que llora y siente los rigores del frío?

la cita, que es larga, y trascribiremos la conclusión, de la cual el P. Jumelais

podría tomar su parte.

Dejamos aquí

inocentes

Es el mismo Dios!"

"Los Rdos. Padres Eudistas tienen gracia especial para edificar con sus actos religiosos. Dios los conserve siempre para nuestro bien espiritual y para dirección de seminaristas que ellos cultivan con mano cariñosa y suave como de hortelano, que forma hermoso jardín de lirios destinados para el altar santo en donde se quema el incienso del amor a Dios y le consagran los tiernos corazones que se extasían con el néctar suavísimo de los consuelos inefables de la oración".

Debemos confesar que el tono de la prensa local en los pueblos era entonces más bucólico y menos subido que el de los editoriales políticos de hoy.

Pero la obediencia llamó el P. Martín a Pamplona, y en 1895, otra hojita,

El Instructor, lo despedía en estos términos: "R. P. Martín Jumelais. En la

mañana de hoy se ha ausentado de esta ciudad para residir en la Diócesis de Pamplona y hacer parte del profesorado de aquel seminario, el estimable y virtuoso sacerdote cuyo nombre anotamos arriba.

HUo de la Santa Congregación de Jesús y María, fundada en época memo-

Eudes, el P. Jumelais lleva en su físico como en su

ser moral, el brillo de las virtudes de aquel gran reformador de la sociedad ("[istiana, a quien el clero debe en mucha parte, la ilustración y virtudes que

rable por el Vble

Juan

florecen en nuestros tiempos y doquiera que la dirección de los seminarios !SI" ha confiado a su cuidado.

ApenéUlos por la separación del digno P. Eudista, hacemos votos porque :;u vi~f' ~wa feliz y encuentre en aquella mimada Diócesis, la estimación y

aprecio que acaso nosotros no supimos valorar en justa medida Quédale la seguridad de que su recuerdo en esta ciudad no morirá. La amistad y la gratitud le rendirán siempre el homenaje que merecen los benefacientes". (Antioquia, diciembre 5 de 1895).

Ya desde un año, el Padre Sahannat era superior de la casa de Pamplona

y el seminario iba viento en popa. Pero la revolución no tardó en turbar el

curso de los estudios y sorprendió a los Padres en los Vados donde tempera- ban. Regresaron aprisa y encontraron al P. Jumelais recién llegado y postrado

en cama con un malestar causado por el cambio de clima.

Aquel año, los alumnos se dispersaron y sólo algunos pudieron regresar en abril. El P. Sahannat elegido para la Asamblea General salió para Francia

y murió en Redon. El P. de Martini lo reemplazó y desde entonces el P. Martín figura en el personal como Segundo Asistente. De paso lo encontramos encar- gado de la Probación del Hno. Víctor Jaimes, portero de la casa. Pero sus dos grandes obediencias fueron, como siempre, el curso medio, la prefectura del seminario mayor y la capellanía y dirección de las clarisas.

En la Revolución de 1900, lo encontramos en Gramalote al lado del P. Isidoro Guillemain, muerto heróicamente cuando se entregaba al ministerio de la población diezmada por una fiebre amarilla de carácter muy pernicioso,

y podemos creer que el P. Martín no quedó inactivo a su lado.

Ahora abrimos un paréntesis e interrumpimos la enumeración corta pero algo monótona de los acontecimientos que marcaban esta existencia, para fijarnos en su persona. La descripción de sus rasgos personales es lo único que puede verdaderamente interesar en la biografía de un Padre, que bajo el superiorato del P. Tressel como bajo la dirección del P. Lagniel o del P. Maturín Jehanno, no tuvo más accidente que el paso de segundo a primer asistente (lo que cambiaba poco el curso de las cosas en la casa) y siguió durante diez y siete años enseñando día tras día el latín y el griego en el curso medio o recordando el reglamento a sus ordenandos y confesando mol\ias.

Hagamos pues un esfuerzo para delinear esta fisonomía.

La fisonomía del P. Jumelais es de las que no se olvidan, pues se fijan en

la memoria en forma de anécdotas y recuerdos pintorescos, en los cuales se

adivina, detrás de la sonrisa, el respeto, el cariño y la veneración.

Su virtud era admirable, pero tenía un sabor de originalidad que le era propio. Quisiéramos fijar algunos rasgos de su carácter; lo haremos breve- mente y con a1gún escrúpulo, recordando que el Padre se apenaba un poco de lo que se podría decir de él.

En realidad todos opinaban como el Dr. Martín Carvajal: "Individuos como este querido Padre, nos escribía, son quienes dan a una Congregación fuerza, base, aceptación social y tranquilidad. Ojalá muchos tuvieran las virtudes y la disciplina que lo caracterizó". Y esta apreciación debe quedar presente al espíritu de quienes lean este artículo, como quedaba sobreentendida en todos los cuentecillos que cada uno refería o inventaba al hablar del P. Martín.

La primera de sus originalidades era su regularidad. La aserción causará extrañeza, porque generalmente un hombre de regla se pierde en la colecti- vidad y pasa más bien desapercibido, pero la costumbre de vivir según una norma inflexible se extiende a veces en forma tiránica a todos los actos de la vida y con tal fuerza que cualquier cambio viene a ser una catástrofe

Todo lo que sacaba al Padre de su horario, lo dejaba como atolondrado. Si un ejercicio o el almuerzo se atrasaba para esperar a algún gran personaje, se le veía paseándose y mirando el reloj con inquietud visible.

Cada cosa tenía su hora. Leía cierto número de páginas de un libro e interrumpía la lectura a la hora exacta. Una vez le prestamos un opúsculo para que nos diera su parecer; lo devolvió al fm del año. ¡Cada día había leído unas líneas a una hora fija! Hacía su lectura de Escritura sagrada de noche en una forma invariable, abría el Novum griego, leía un parágrafo, apagaba la lámpara y meditaba

Otra de sus originalidades era más característica todavía, parecía como si tuviera una preocupación dominante que le duraba meses. La preocupación del "terreno" quedó célebre entre nosotros. Durante mucho tiempo, cuando se hablaba de alguna fundación nueva el Padre preguntaba: "¿Tienen terreno?" -Algún día, un Padre montfortiano le hablaba de su misión y el Padre le preguntó: •¿,Allá tienen terreno?". El misionero, un tanto cortado por una pregunta tan imprevista, le contesta: "¡Cómo nó. Tenemos del Meta al Vaupés y de la Cordillera al Orinoco!" -¡Ah, muy bien! le contesta el P. Martín, veo que tienen terreno"

Quizás uno que otro ejemplo más se escapará de nuestra pluma, pero antes diremos algo de lo que fue como profesor, sacerdote y director y de sus reladones con alumnos, amigos y religiosos. Lo conocimos sobre todo en Pamplona. Sus alumnos tanto los del Mayor como los del Menor, eran jóvenes excelentes y simpáticos, pero no eran siempre fáciles de manejar.

El Padrt· Martín los dominaba sin esfuerzo, nunca se descomponía, nunca los trataba con ('xagerada sev{'ridad, pero tenían que pasar por donde él quería.

En primpr lugar ('ra imposible engañarlo; su mpmoria era extraordinaria y nol.aha la r'onlradic-dón entn' dos aserdones, por más que la prim('ra tuviera ml'Sf'S flf' proff·rida.

;14

También sabía adivinar un carácter en detalles que escapaban a todos. Algún día, en el consejo de profesores de un seminario se hablaba de un alumno perfecto, el seminarista ideal. Carácter, disciplina, inteligencia, todo en él era admirable y todos manifestaban su admiración. Sólo el P. Martín, boca abierta, las manos en las mangas y los ojos perdidos en no sé qué vago horizonte, nada decía: -y Ud, Padre Martín, ¿qué dice de fulano? le dijo el Superior. -¡Yo no sé! Yo no lo conozco" fue la respuesta. A la tarde siguiente el alumno perfecto incurrió en una falta contra el reglamento de la cual nadie se hubiera preocupado; pero el Padre tenía su idea y lo llamó. "Ud. no ha sido castigado nunca" -No, Padre". -Pues bien, ¡hará dos horas al muro!".

La reacción fue tal, que se supo de una vez por qué el Padre Martin decía "yo no lo conozco". En realidad lo conocía muy bien y nos lo dió a conocer. De haber aprovechado la experiencia, se hubiera ahorrado más tarde múltiples inconvenientes y dolores de cabeza a la autoridad diocesana.

Lo que él hacía, lo pensaba bien, y nadie lo hacía cambiar. Hacía una observación o imponía un castigo si se necesitaba, después seguía su paseo por el claustro sin preocuparse más. El alumno podía resentirse o hacer esfuerzos por ablandarlo, ¡hubiera ablandado más fácil la pared! Resultado, nadie le resistía.

En cuanto a los ordenandos, sus observaciones tenían un sabor caracterís- tico. Uno no sabía a dónde lo llevaba el P. Martín, y caía en la trampa. En Usaquén, durante su Superiorato, un novicio tuvo que ir a Bogotá; regresó cuando todos estaban ya en el comedor, y sin avisar al Superior tomó sin ruido su puesto entre los demás. El Padre Martín lo llamó. -"¿Y por qué está atrasado? -Padre, porque el tranvía estaba lleno, no pude encontrar puesto" "_No le pregunto eso, le pregunto ¿por qué está atrasado?" -Padre, fue que el tranvía siguiente también estaba lleno" -No le pregunto eso, le pregunto ¿por qué llegó atrasado?" Al fm el novicio le contesta con alguna impaciencia:

"Padre, llegué atrasado, porque llegué atrasado. -Muy bien, dice el P. Martín, es exactamente lo que yo quería saber".

Moraleja: los novicios deben confesar su falta sin disculparse.

Como profesor era excelente, pero siempre a su modo. En sus clases, su fuerza consistía en la preparación metódica de lo que enseñaba, en su fidelidad en corregir todas sus tareas y en su exigencia inflexible de las lecciones. No tenía la preocupación de amenizar el curso, su personalidad bastaba para eso, y no se aburrían los alumnos. Todos convienen en que si esta enseñanza no era brillante, lo que es algo difícil en la enseñanza de las cor\iugaciones griegas y latinas, era seria y muy competente y es el testimonio que daban más tarde miembros eminentes del clero que habían sido sus alumnos y le deben la base de su formación.

El P. Martín se quedó 16 años en Pamplona. En 1911 lo encontramos en Cartagena; tres años después estaba en Bogotá, capellán de .S~ta Eufrasia con residencia en la quinta Roma. El año 14 era Maestro de noVIcIOs y SuperIor de Usaquén, cargo que desempeñó por tres años. En 1917 salió para Santa Marta donde residió unos cinco; luego estuvo en San Pedro y en 1925 empezó su larga permanencia en Bogotá interrumpida por un viaje a Francia.

En Bogotá. el P. Martín tuvo que poner fin a su vida de Profesor y dedicarse exclusivamente al apostolado. Ejerció el ministerio en nuestra Capilla y en el monasterio de Sta. Eufrasia.

En las Angustias cumplía con todos los quehaceres de la casa y su confe- sionario tenía buena y numerosa clientela; parecía muy estimado en este ministerio, pero debía ser a veces algo rígido, como lo comprueba el hecho siguiente.

El Padre se prestaba con facilidad, fuera de sus horas, cuando lo llamaban ¡wr.wmalmente, y sucedía que cuando un Padre tenía que salir y se encontraba en la puerta con algún penitente, mandaba avisar al P. Martín que lo llamaban "¡wrsonalmente". El Padre lo creía o no lo creía, pero bajaba a su confesio- nario.

Una vez, estando con alguna prisa para salir, nos encontramos con una señora que deseaba confesarse; ¡imposible complacerla! Entonces llamamos al P. Martín en voz alta. "Padre, una señora lo pide personalmente". Ya el Padre se disponía a bajar, cuando la señora asustada principia a gritar a voz en cuello. "Con el P. Martín no! eso sí no!". -El Padre regresó tranquilamente a su cuarto, y ya se nos acabó la posibilidad de utilizar esa clase de ardides.

Con las religiosas su ministerio fue de lo más fecundo. Su lema era regula- ridad y caridad, y casi no salía de estas dos ideas; pero las hacía entrar. En Pamplona su recuerdo no se había borrado de la memoria de las clarisas; pero con el tiempo y la muerte de casi todas las antiguas, no pudimos recibir ma que testimonios de fidelidad, estimación y afecto. Sólo recordamos que ningún accidente le hubiera impedido ir a confesar "sus monjas".

Pero los testimonios abundan sobre su ministerio en Sta. Eufrasia de Bo- gotá, yesos testimonios son unánimes. Todas, tanto las profesas como las novicias y las niñas estimaron mucho su dirección. -Nos permitimos preguntar a varias religiosas qué era lo que les gustaba tanto en el Padre. A primera vista las contestaciones no revelan nada extraordinario: era paciente con las que lo necesitaban, corto con las otras, daba dos o tres consejos. "Amor a Dios, cumplimiento de las obligaciones de estado, caridad para con el próji- mo"; pero en realidad no era todo. La palabra sencilla que sale de la boca y dl'l corazón de un santo, lleva en sí misma algo indefinible que es como el vehleulo de la grada. Un hecho probará que era el caso para el P. Jumelais.

:Ifí

En los últimos meses de su pennanencia en Sta. Eufrasia, el Padre ya enfenno, daba todavía su catecismo, pero su voz era casi ininteligible. Pues bien, las niñas lo oían con gusto a pesar de que casi no lo entendían. Se recordará que cosa semejante se refiere del Cura de Ars envejecido, nadie lo entendía, pero todos salían de sus intrucciones llenos de Dios.

En cuanto a su dirección, debía tener, como todo lo suyo un sabor de originalidad si juzgamos por el "cuento del pichón" que quedó célebre entre nuestras Hennanas del Buen Pastor. Algún día y por alguna distracción de la cocinera, varias Hennanas y novícias tomaron sustancia de pichón en un

día de abstinencia. Asustadas e invadidas por los escrúpulos, fueron a buscar al Padre para que las sacara del infierno. "Padre, hoyes día de abstinencia y tomamos sustancia de pichón" y el Padre contestaba "¡Comió el pichón! y

Traducción, ya que lo hizo sin culpa, no se preocupe

¿qué quiere que le haga?" más.

En sus relaciones con la comunidad tenía como tres principios: no intervenir en la administración, llegar a la hora y guardar las tradiciones. El primer principio lo enunciaba así: "Con las mol\ias no se meta" y no se metía. En realidad no es muy difícil evitar las intromisiones en la administración de una Comunidad; pero el sacerdote reparte con las religiosas una responsabi-

niñas, y es a veces necesario algo de

comprensión de parte y parte para evitar choques.

lidad de alma grave respecto de la

,

No creo que el P. Martín haya tenido dificultades por este lado. Una sola vez manifestó un descontento grave y fue cuando sus niñas de preservación pasaron a la Protección Nacional (el Aserrío) y debemos confesar que en la circunstancia no fue del todo profeta. El inconveniente que él preveía se remedió en la mejor fonna posible. Se reservó la casa para niñas escogidas con cuidado y que no hayan cometido ningún delito, y era evidente que así sus ovejitas quedaron mejor en una obra organizada para ellas y con métodos de pedagogía moderna que enclaustradas como lo estaban en una casa de penitentes. Además la experiencia ha demostrado que el sistema da magní- ficos resultados. Pero el Padre no se rindió, nunca quiso visitar el Aserrío, y si se le hablaba de esta casa, cambiaba de conversación. Eso era la manifes- tación de una contrariedad profunda y duradera que no era ciertamente justa.

En cuanto a la regularidad en su oficio de Capellán, el rito era el siguiente. Tomaba tranvía o bús para llegar a la hora (en 17 años no llegó ni una vez atrasado) y regresaba a pie, rezando su breviario, para poder dar los cinco centavos del pasaje a un pobre. La distancia es de unos tres kilómetros y quizás más, y en los últimos años los pies le dolían mucho, pero hasta el fm, no cambió de sistema.

Pero cuando llegaba, había que abrir pronto. En los primeros tiempos hacía

pero poco a poco logró

llamadas enérgicas, quizás demasiado enérgicas

dominarse, y cuando la portera le abría, excusándose por la tardanza, contes- taba: "Como quieran, cuando quieran, lo que quieran" y seguía para la sacristía.

Tratándose empero de las tradiciones, nadie lo conmovió y la sacristana debía tomar buena nota de cómo hacer las cosas al modo del P. Martín.

Daba catecismo a las niñas y a las novicias. A éstas les hacía un verdadero catecismo, es decir, que daba lecciones y preguntaba. Pero le gustaba poco que le preguntaran cosas difíciles, quizás por no tener siempre aquella facili- dad de vulgarización que permite adaptarse a todas las inteligencias y conten- tar a todos, y una que otra vez contestaba: "Eso es muy elevado para Ud." Quizá el Padre se olvidaba de que las epístolas de S. Pablo han sido escritas para los cargueros de Corinto, los campesinos de Filipos y los arrieros de Galacia. Pero a pesar de todo, su influencia era única y la fuente de esta influencia era su santidad que se manifestaba en todo: manera de decir la misa, de administrar los sacramentos, de orar. No aparecía en él fervor sen- sible especial, pero estaba a la vista de todos aquel cuidado de los más ínflmos detalles que manifiesta cómo se toma en serio las cosas de Dios. Monseñor Pablo Giobbe, nuncio apostólico, decía de él que era uno de los sacerdotes más exactos y entendidos en las ceremonias de la misa pontiflcal.

Pero las Hermanas no podían guardarlo de modo indefmido y llegó por fm para él la hora de Dios.

Algún día, y cuando ya había sufrido los primeros ataques de la enfermedad, las Hermanas de Sta. Eufrasia notaron que las manos le temblaban en forma peligrosa para la preciosa Sangre.

El Padre no quería abdicar, pero los Superiores participaron de los temores

de las religiosas, y tuvo que decir misa en las Angustias donde era posible

acompañarlo en forma que evitara todo accidente

la hora del sufrimiento, hora en la cual el hombre da toda la medida de su vida interior.

Ya había llegado para él

Una noche el Padre se levantó y cayó sin sentido. Lo llevamos a la cama. Era el primer ataque de su mal, y poco después tuvo recaída. El Dr. Sarria, inmejorable amigo de nuestra Congregación y al cual nunca podremos pagar sus incontables beneflcios, resolvió que se conflara el enfermo a una clínica, lo atendió él mismo en compañía del Dr. Alonso Carvajal Peralta, hijo del Dr. Mario Carvajal, que era quizás el mejor amigo del Padre y se logró prolongar su vida durante cuatro años. Hay que confesar que el P. Martín no se encon- traba del todo a su gusto en el cuarto confortable del Hospital San José, pero no manifestó nada y recibió con gratitud las atenciones que se le hacían, por má.'i qU(~ la."! pnff'rmeras elegantes que se las prodigaban no entraran en su horizonte habitual Pidió sus espejuelos, su rosario y su breviario e hizo eHfuerloH por regularizar 1-lU vida de enfermo.

De todos modos quería morir en una casa de la Congregación y apenas mejoró, lo llevaron a Usaquén. Allá se sentía en su centro, y la vecindad del Dr. Sarria era un motivo de confianza para todos. Pero bien pronto principió en el cuerpo la decadencia senil, mientras la inteligencia guardaba toda su lucidez.

Al principio se dirigía a la capilla apoyado en dos Hermanos, después hubo que cargarlo en un sillón portátil. Su vida se repartía entre el cuarto, algo de sol en la huerta y la capilla. Se le notó alguna pena cuando lo llevaron a Valmaría, porque no conocía bien la casa nueva y que eso cambiaba sus costumbres, pero obedeció y se adaptó. No tuvo que sentirlo y supo pagar a nuestros Hermanos coadjutores y a los seminaristas las atenciones que le prodigaron con el ejemplo de su virtud y de su paciencia.

Insertaremos aquí algunos recuerdos que nos dejó un seminarista que tuvo el consuelo de ayudarlo y asistirlo en su última enfermedad.

"Cuando el Padre estuvo reducido a la cama y ya no hubo modo de aliviarle, se le produjeron tres grandes llagas que cada día se iban profundizando. Pedía con sencillez que le acostaran mejor y dándose cuenta que era imposible, decía: "Hagan entonces como puedan", no insistía, y por más que cuando se le movía por poco que fuera, se notaba en su semblante un dolor agudísimo, no profería ni una palabra. Miraba con ojos agradecidos cuando se daba cuenta de que le prestaban un servicio, y aun cuando a veces estuviera en la imposibilidad de hablar, no cejaba de esforzarse por dar las gracias.

Esperaba la muerte con serenidad, sin perder su buen humor y con respues-

tas que ponían de manifiesto la lucidez de la inteligencia en el cuerpo ya arruinado. Con frecuencia decía que estaba preparando "el viaje" y que pidié- ramos porque le fuera bien. Tenía confianza de ir al cielo, pero no se prestaba

a que le consideraran como santo porque, como contestó a una salesiana "si me tienen por santo no pedirán por mí". Un sacerdote le dijo una vez que

iría al cielo de una vez, y él le contestó que quedaría en el purgatorio hasta el fin del mundo. Entonces, replicó el otro, si es así, ¿cuándo saldremos

nosotros?

y el Padre le contestó "No entiendo la pena del purgatorio"

Si veía a un joven a quien no conocía, había que darle el nombre. No dejaba nunca de pedir por los intereses del Instituto, sobre todo por los jóvenes. Un día le pedirnos una oración por nosotros los subdiáconos. Contestó que iba

a hacerlo y que ya había ofrecido algo, sin duda algo que le costaba mucho. Siempre tenía el temor de hacerse pesado y cuando un seminarista lo iba a visitar, preguntaba por el nombre, el pueblo de origen, hacía algunas otras preguntas y le decía después para despedirlo, que no quería quitarle más tiempo"

Después de esta breve y cariñosa cita, regresemos al curso de los aconte- cimientos. En primer lugar le faltaron las piernas; las manos le temblaban continuamente y se adivina qué mortificación podía ser para él la dependencia total en los actos más humildes de la vida. Poco a poco se debilitaron los ojos y tuvo que dejar el breviario y la lectura, pero el alma era bastante rica para alimentarse en sí misma. Sentado en su sillón, el Padre blijaba la cabeza, uno podría creer que dormía, pero se entendía con Dios. Si uno se acercaba para saludarlo, el Padre miraba para reconocerlo, hacía un mundo de pregun- tas sobre los asuntos de la Congregación y parecía como si fuera ya su única preocupación en este mundo. Pero si la inteligencia guardaba su lucidez, la voluntad y la energía no cedieron más que con la vida.

No es raro que un anciano que debe entregarse del todo a los cuidados lijenos, regrese a los caprichos de la infancia, se torne exigente y semejante como un niño a quien se debe complacer en todo, porque contrariarlo ya no tiene objeto y porque su pasado inspira respeto. Nada de esta debilidad se

notó en el P. Martín. Fuera de la regularidad que era en él como una necesidad orgánica, ni Siquiera se adivinaba el sufrimiento, que debía ser violento, sufri- miento moral de su humillante dependencia de los demás, dolor causado por la enfermedad y llagas que daban lástima, todo supo soportarlo con una energía tranquila y una dignidad que no se desmentía. Esta agonía duró cuatro años y las atenciones y el afecto de quienes lo rodeaban, los cuidados

y la amistad del Dr. Sarria no hicieron más que prolongarla para mayor gloria de Dios, méritos para el Padre y profunda edificación para todos.

Al fm esa existencia se apagó el lunes 19 de enero de 1948, a los ochenta

y cuatro años de edad.

El seminario honró sus despojos mortales con ceremonias que le hubieran gustado por su perfección litúrgica, y su cadáver fue llevado con toda sencillez al cementerio de Usaquén. Pero los asistentes pidieron que se destapara el ataúd para contemplar por última vez su figura venerable. La gente le hacía tocar rosarios y objetos de piedad y poco después se habló de gracias debidas

a su intercesión.

Serve bone in modico fidelis, intra in gaudium domini tui!

MARTIN JUMELAIS

Bernardo Agudelo

La hora propicia, quizá única, para pesar en la balanza de la justicia la vida humana, no diremos ante Dios, lo que es de sentimiento universal, sino ante

los hombres, es la hora solemne de la muerte

como una candelada, como una marejada que destruye y sepulta todo lo superficial, todo lo del sentido, todos los accidentes, prejuicios y pasiones. envidias y egoísmos, en esa hora, la muerte ilumina con luz de eternidad, y el fallo participa del juicio de Dios.

Como un ácido corrosivo,

Esto vamos pensando al intentar grabar en débil y voladora hoja de papel la esencia de la vida del R. P. Martín Jumelais, Eudista, que se extinguió después de lucir ardorosa, ochenta y tres años, ante los altares del Señor.

Lo vió nacer Bretaña, la provincia francesa de dura cerviz y de tesonero culto a Dios y al Rey, y aunque él no tenía más política ni más apegos que seguir sin torcerse el camino del bien, añoraba para su Francia los tiempos de Blanca de Castilla y de San Martín, y se atrevía a libar una gota de poesía con el deseo de volver a recorrer los senderitos de los campos que anduvo cuando niño.

Quiza tardía su vocación, más bien por obstáculos materiales que por luchas u oposición de espíritu, pues daba la impresión de negación natural a todo otro destino, fue miembro de la Congregación de Jesús y María (Eu- distas) a los veinticuatro años, y sacerdote a los veinticinco.

Ya con un nuevo mundo sobrenatural en la mente emprendió la travesía del Atlántico en alas de su misión, y en el Nuevo Mundo de sus sueños, en Colombia, anidó en la ciudad del incienso, en Nueva Pamplona, bajo las arcadas del seminario, hogaño Convento de Franciscanos.

Allí fue la delicia de los alumnos picaruelos de tercer año de latín y de griego, y como prefecto del Seminario Mayor, de filósofos y teólogos, que rastrillaban felices el eslabón de su alegría en la dura piedra de la seriedad cenobítica del Padre. Por aquello y por esto labró tanto en la mente y en el corazón de sus alumnos que tuvo entre ellos amigos, admiradores, como el Excelentísimo Sr. Pérez Hernández, actual obispo auxiliar de Bogotá, el P. Isidoro Miranda, antiguo jefe de los Pozanos, y el insigne médico e historiador, el doctor Martín Carvajal.

Aquí del dicho profundo del Padre Lacordaire: "tener un amigo en lengua extraña es la obra maestra de un corazón bueno".

y si fue la delicia de los inteligentes y traviesos seminaristas santandereanos que reventaban risas y de risa se reventaban no perdiendo ninguna ocasión de provocar quebranto de relaciones ante quien tan solo "tácitamente se reía" como varón sabio que era, según la expresión de la Sagrada Escritura, fue también el juez de sus grandes causas, de sus definitivas resoluciones, para enrumbarles la vida como consejero, como confesor, porque el P. Martín que no tenía otra piedra de toque para apreciar un hombre que el juicio que le veía en sus opiniones y conducta, sobresalió en el "buen juicio". Era consa- gratoria o condenatoria su típica expresión: "Tiene juicio"; "no tiene juicio" Quien para él tenía juicio, valía, quien no tenía, no valía, aunque mostrara plumas y brillo de pavo real

También usufructuaron de este juicio del padre Martín los seminaristass de Santa Fe de Antioquia, de San Pedro de Antioquia y de Santa Marta, donde la obediencia lo mandó a servirle a Dios y a la Iglesia en la formación de los futuros sacerdotes. Pero donde más brilló esta luz que no pudo quedar como quizá su dueño hubiera querido, escondida bajo el celemín, fue en Usa- quén como maestro de novicios y en Bogotá como capellán de las mollias del Buen Pastor del Convento de Santa Eufrasia.

En el Belén del noviciado de los padres eudistas, que lo fue Usaquén, en el año de 1914, pues que el tiempo pasado en la Quinta Minar, hoy San José, de San Cristobal de Bogotá, fue de puro tanteo, la estrella perdida de los Reyes Magos que preguntaban dónde había nacido, el Dios de la Congregación de Jesús y María, reapareció con eljuicio, con la presencia del Padre Martín.

Quien estas lineas escribe tiene la convicción profunda, porque es testigo y beneficiado, con el R. P. Antolínez, que si al Padre Martín no se le hubiera confiado la dirección del Noviciado en un momento trágico en que quien debía vf'lar por él tenía ojos pero no veía, el Noviciado se hubiera terminado, y la'l dos única'l semilla" de eudistas confiadas en ese año al Sembrador, hubieran sido arrebatada" por los pájaros del camino, o secadas y barridas I~n la" rcww; por el sol y la'! lluvias, o sofocadas por la espinas, y no hubieran fJflJduddo (~l CÍf'nto por uno en la tierra buena del corazón del P. Martín,

,

sobre el cual como se decía de un obispo misionero francés, podía pasarse una navaja de barba sin que encontrara el menor obstáculo de afecto humano. y válgame el recuerdo para reproducir lo que escribimos el mismo día de la muerte de quien ya permite Dios sea alabado.

A la edad de 83 años murió el 19 de enero en el seminario de Valmaría el

Reverendo Padre Martín Jumelais Eudista, mi maestro de noviciado.

Tenía 50 años y yo 16 cuando Dios le confió la semilla de mi alma para

En un encuentro que

ver si de ella se podía sacar el fruto de un Eudista

tuve con el célebre poeta, novelista y orador, Samuel Velásquez, me preguntó que cuáles jugos de flores daban en Usaquén para teñir tan celestialmente las mejillas, y que si los mismos colores lucía el alma, él entregaría el más

querido de sus hijos a tan divino jardinero.

Este recuerdo es síntesis de los que ante el cadáver del padre Martín formaron bullente río en mi memoria y se asomaron en lágrimas por los ojos.

Fuí semilla de eudista en su corazón a cuyo calor de amor, no otro que el de los Sagrados Corazones y de San Juan Eudes, germinó el fruto de un hijo de la Congregación de Jesús y María. Conservado o perdido, pues no lo sé, este don misterioso, de rodillas, Padre Martín, te doy las gracias y te ruego que desde el cielo donde te veo como al mejor eudista que he conocido, sigas mirándome y protegiéndome como a tu hijo, al cual amaste y cuidaste tanto en este valle de lágrimas.

Volviendo al hilo del esbozo que vamos haciendo se nos presenta en estos momentos plena en el escenario de la Congregación la figura del Padre Martín como religioso.

Si la palabra RELIGION, viene del verbo latino RELIGARE: ligar, atar, unir,

porque la religión como ciencia o como virtud lleva a la unión con Dios, el

Padre Martín fue perfecto religioso, ya que para el menor observador estuvo totalmente, reciamente unido a Dios. Y esta liga fue sobre todo fuerte porque para él era la pura voluntad Divina; no se veía en ella ni corazón, ni espíritu, ni sensibilidad, ni lucubraciones de especie alguna. Era tejida de voluntad, de una voluntad de hombre amasada o amalgamada con la Voluntad de Dios, hasta el punto de que su vida fue la voluntad de Dios en el heroísmo de que su voluntad propia no quisiera nada, ni el cambio de la amargura por la

Prefería,

consolación, de la oruga por la crisálida, de la muerte por la vida

como lo contemplamos, verse hecho pedazos y hecho asco, y convertido en llagas y gusanos, y abandonado en la vera del camino como un Lázaro, a un acto de voluntad propia para que Dios no hiciera tan larga su miseria corporal y su destierro.

Padre, le decíamos, ¿quisiera morir? -"No quiero otra cosa que la voluntad de Dios", contestaba.

Ya cuando la muerte iba a darle el golpe definitivo le preguntamos si tenía algún deseo que manifestar o alguna orden que dejar, y nos contestó: "Nada, no quiero sino la voluntad de Dios"

Y de este cumplimiento heróico de la Voluntad de Dios se derivó evidente- mente el único amor de su vida, amor tan acendrado, que fue casi físico, como el del avaro al oro, el amor a la regla eudística y el amor a sus deberes sacerdotales.

El Libro de las Reglas, compendio de la espiritualidad eudística, fue para él la CATENA AUREA, la cantera, de donde extraía todos los tesoros para meditaciones, lecturas espirituales, predicación y dirección de almas.

"No hay necesidad de más, nos decía constantemente a sus novicios" y

fue tan moldeado en ellas, que varias veces lo vimos con reloj en mano observando pasaran los segundos que aún faltaban para entrar a la hora

Y el amor a sus deberes

sacerdotales fue tan grande que no dejó el rezo del breviario aun necesitando por la escasa vista, por el temblor de manos y por las dolencias, hasta tres

horas para rezar Maitines

exacta del reglamento, a la capilla o a su pieza

Imposible enmarcar en corto espacio de papel esta vida larga de ochenta

y

tres años consumida en el servicio de la Congregación, en el amor de Jesús

y

María y de San Juan Eudes.

No hemos intentado sino rendir tributo de admiración y de gratitud a nuestro inolvidable maestro de Noviciado, a nuestro hermano mayor, y a nuestro confesor y consejero

Para terminar expresamos la profunda satisfacción que sentimos como Párroco de que el cadáver del anciano maestro haya quedado sepultado en nuestro cementerio como prenda de bendiciones y amparos de nuestros

queridos muertos, y nos atreveríamos a pedirle a un escultor nos devolviera

al padre Martín en la siguiente forma: "Sobre un pedestal de piedra, envuelto

en su hábito talar pobre y desajustado, con el libro de las Reglas en la mano, apretado con temblor de años y de afecto, con una comisura de labios anhe- lantes de pronunciar siempre: "No quiero sino la voluntad de Dios", y de mirada profundamente dulce, tímida, humilde, con ensoñación de cielo. Al pie la leyenda:

"Padre Martín Jumelais, Eudista. • Francia 13 de septiembre de 1863. t Colombia 19 de enero de 194R. Por el cumplimiento perfecto de su regla vivió en Cristo y vive en Cristo".

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EMILIO SELIGOUR

Luis Samson. G.J.M.

El P. Emilio Julio María Seligour nació en Plóermel, en la Diócesis de Vannes, el lo. de julio de 1867. El despertar de su vocación no había sido la menor dificultad porque sus padres cristianos, fervorosos, favorecían con especiales cuidados la de su hermano mayor, Augusto, que murió siendo sacerdote de la misma Diócesis después de haber ejercido el profesorado como auxiliar en el Colegio de San Martín de Rennes. La más jóven de sus tres hermanas consagró su vida al servicio de Dios en la enseñanza como religiosa de la Inmaculada Concepción de Saint Méen. A los doce años de edad encontramos a Emilio en el Seminario menor de Plóermel. Nadie olvida las horas penosas en que el alumno, rompiendo los afectos de familia, debe ponerse en contacto con gentes desconocidas amoldándose a un nuevo género de vida: esas tristezas fueron desconocidas para el joven Emilio en el claustro del convento de los Carmelitas, en donde, como ya lo dijimos, se encontraba su hermano, cuyo ejemplo fuéle poderoso estímulo en la adquisición de la ciencia de la virtud; por otra parte sus padres no tardaban en visitarlo, con lo cual se aumentaba su valor y decisión en la prosecución de su ideal. No era Emilio una inteligencia brillante, como esas que a veces causan hondas decepciones; fue un alumno amante de la regularidad, trabajador y piadoso, gran devoto de Nuestra Señora de Lourdes y de su Madre "la Señora Santa Ana", calificativo gracioso que gustará darle más tarde.

Al terminar los estudios secundarios, entró al Noviciado de San Juan de Kerlois, en donde le acogió el P. Cochet. Quizá no sea aventurado atribuir su ingreso en la Congregación al influjo de su hermano, entonces auxiliar en el Colegio de San Martín. Al año siguiente recibió la tonsura de manos de Monseñor Bécel, obispo de Vannes. En 1889 salió para el Seminario de San Gabriel, en donde se preparó para las ordenaciones en el recogimiento y el estudio de las ciencias sagradas. Incorporado el8 de febrero de 1890, recibía unos meses después el subdiaconado, y al año siguiente, el 23 de mayo de

1891 su Eminencia el Cardenal Place le consagró sacerdote en la Iglesia Catedral de Rennes.

Luego la obediencia lo destinó para el Colegio de San Martín en donde ejerció el profesorado por espacio de dos años al cabo de los cuales salió para Colombia en compañía del P. Sahannat y de un Hermano escolástico; se embarcaron el 15 de octubre en La ViUe de MarseiUe que, costeando a España, los condujo luego por las Baleares, Barcelona, Málaga y Gibraltar; en seguida pudieron contemplar a Tanger con sus graciosas casitas blancas, con cuyo recuerdo penetraron en el océano sin límites. El 28 de octubre llegaron a la Martinica desde donde, según cuenta el P. Sahannat: "nuestras miradas se dirigían frecuentemente a otra isla que apenas se distinguía en las brumas del horizonte, la Dominica, en donde vivieron los hijos de San

Juan Eudes, y donde combatieron por Dios y por la Iglesia alIado del abnegado Monseñor Poirier; algunos sucumbieron en el surco, y sus restos reposan

sobre aquella tierra muy cerca del celoso obispo de Rosseau

.".

En Fort de France, el P. Séligour y el H. Moison fueron huéspedes de los Hermanos de las Escuelas Cristianas, en tanto que el P. Sahannat permaneció en la casa cural, gozando todos de aquella simpatía tan dulce que suelen sentir las almas al encontrarse fuera de su país.

El 2 de noviembre visitaron La Trinidad en donde se les habló de Monseñor Poirier, "de su dignidad sacerdotal y de la nobleza y elevación de su carácter". Siete días después ya estaban en Cartagena, en el Seminario San Carlos que festejaba entonces a su venerado Superior el P. Teodoro Hamón. No podían llegar con mayor oportunidad. "En las horas de la tarde, dice el P. Sahannat, fuimos presentados a Monseñor Biffi de quien recibimos pruebas de la más paternal benevolencia. El Secretario del Arzobispado, Dom Pedro Brioschi, nos acogió igualmente con gran amabilidad. Después fuimos a postrarnos a los pies de San Pedro Claver, para dar gracias a Dios por los beneficios recibidos durante el viaje.

El P. Séligour sólo permaneció en Cartagena algunas semanas. El P. de Martini, recién nombrado Vicario Provincial le asignó como campo de apos- tolado el Seminario de Antioquia, a donde iba también el P. Hamón como Superior.

"El viaje durará unos quince días, escribía este último, y tendré un excelente compañero". Llegaron a Antioquia efectivamente el 28 de diciembre en las horas de la tarde.

En esta nueva residencia el P Séligour hubo de acomodarse al nuevo aprendizaje del ministerio, que por cierto no careció de amarguras. Aún estaba muy vivo el recuerdo de la patria; recordaba con frecuencia los dos años r)a.ljadoH en San Martín en donde tan pronto se había acostumbrado a la vida

de colegio diferente bajo muchos aspectos de la de un Seminario hacia la cual por lo demás no sentía mucho atractivo. El arbusto, según se ve, había echado hondas raíces en aquella tierra en donde esperaba medrar y producir abundantes frutos. Nada más natural que, trasplantado a otros climas, tuviera su período de letargo, de sufrimientos íntimos antes que su raigambre pudíera nuevamente penetrar en el suelo en donde en adelante habría de crecer y prosperar. A su lado tenía al P. Hamón cuya generosidad incansable habría debido hacerle mucho bien. Pero en la sombra, demasiado densa para él, el arbusto no podía acomodarse sino muy lentamente, sin contar con que el recién llegado tenía un temperamento muy laborioso, todo lo cual influyó notablemente sobre la salud del P. Séligour, la cual se debilitó de tal suerte que se pensó por consejo de los médicos, en un pronto regreso a Francia. Sin embargo, la Providencia permitió que la prueba fuera perdíendo poco a poco algo de su amargura. Con paciencia y los cuidados del caso la indispo- sición física y moral fue desapareciendo insensiblemente; el Padre tuvo la suficiente energía para sobreponerse, colocándose en un plano superior, en donde con la ayuda de Dios luchó valerosamente contra la nostalgia y las tentaciones de desaliento y se esfon;ó por adaptarse al medio en donde debía vivir; no había otra solución. Cuando el P. de Martini pasó por Antioquia en 1896, pudo notar con gran satisfacción cómo las disposiciones del P. Séligour habían cambiado y cómo por consiguiente podía fundar en él bellas esperan- zas para sus obras en Colombia, en donde ciertamente el árbol produciría sazonados frutos.

En 1898 encontramos al Padre Séligour en Pamplona, cuyo clima no podía menos de mejorar su salud. Aquí pasará varios años en la enseñanza de las matemáticas y en el ejercicio del economato. Estas cualidades de administra- dor y organizador las manifestó sobre todo en Cartagena a donde fue llamado por la obediencia en 1906, y donde desempeñó sucesivamente los puestos de Ecónomo, Asistente y Superior del Seminario.

Amante del culto divino y celoso por el embellecimiento de la casa del Señor, dedicó sus actividades a la restauración de la Iglesia de Santo Domingo, secundado por "sus buenos amigos de Cartagena", a quienes predícaba con singular éxito el desprendimiento de los bienes de la tierra. A su paso las puertas se abrían de par en par y todos ponían el dinero a su disposición, porque nadie podía resistir a su petición hecha siempre con una sencillez tan grande que sólo podía inspirar su ardiente amor hacia el Dios de nuestros altares.

Dio principio a la obra por la restauración de la fachada que por cierto no daba ya más plazo, luego el piso se cambió por una pavimentación mejor acondicionada; en seguida hermosas imágenes completaron el adorno interior de aquel templo hasta entonces poco atrayente. San Juan Eudes tuvo un altar adornado bien pronto con su estatua y con las de Santa Ana y Juana de Arco; tuvo igualmente el Padre Séligour la feliz idea de reunir a la entrada de esta

capilla los restos de los Padres muertos en Colombia; allí cada cual tiene su lápida ante las cuales uno se detiene emocionado, mientras del corazón se eleva una plegaria fervorosa por aquellas víctimas del deber que reposan a los pies y bajo las miradas amorosas de su Padre Fundador. En su programa de restauración, el celoso Capellán no podía olvídar a Nuestra Señora de Lourdes y así fue como se víó aparecer poco a poco en el fondo de la iglesia una graciosa gruta hecha de piedras madrepóricas dispuestas con gusto y talento, a donde cada sábado Padres y Seminaristas acudían en procesión al fmal de la instrucción que solía hacer el Padre Séligour a la Cofradía del Santo Rosario. Entonaba las letanías de la Santísima Virgen con su voz potente

y el cortejo de los seminaristas revestidos con blanca sobrepelliz desfilaba

lentamente en la semioscuridad de la nave; el Padre Guyot de Salins lleva la cruz procesional mientras la procesión avanza con lentitud y gravedad hasta detenerse frente a la gruta de la Virgen de Massabielle. A los pies de la Inmaculada se canta el "Invíolata" que prescriben las Constituciones y el cortejo regresa al altar del Rosario cuya antigua Cofradía restableció el P.

Séligour en 1908.

Otras veces circunstancias más solemnes reúnen a los fieles con el fin de honrar de manera especial a la Inmaculada Concepción. Así por ejemplo hallamos en las crónicas de la época el siguiente relato que se refiere a la clausura del mes de María; "Al terminar el sermón se organizó por el interior del templo la procesión con el Santísimo Sacramento. La concurrencia de fieles era tanta que los extremos de las filas se juntaban en el punto de

partida, luego de haber dado la vuelta a nuestra iglesia tan espaciosa: entre tanto varios enfermos se habían dado cita a los pies de la Inmaculada, a cuya gruta penetraba en seguida el Santísimo para bendecirlos. Fácilmente se

Nada extraño pues que el P. Fouyard,

creería uno a las orillas del Gave"

entonces Provincial, propusiera como ejemplo el celo del P. Séligour, en estos términos. El también podrá exclamar como el salmista: "Domine, dilexi de-

corem domus tuae". ¡Oh Dios mío, yo he amado siempre la belleza de vuestro templo!

Durante tres años el P. Séligour estuvo a la cabeza del Seminario San Carlos, puesto que supo desempeñar con la mayor buena voluntad, a pesar de las muchas ocupaciones que le era preciso atender fuera de casa; aquí

fue donde el Padre pudo apreciar en su justa significación aquel adagio: todo honor es una carga; pero sus hombros no flaquearon porque cumplió siempre

su deber por penoso y delicado que se presentara en ocasiones. En 1913 dejó

pi puesto al P. de Martini para obedecer al P. Le Doré que le confiaba el cargo de Asistente Províndal. Continuó sinembargo en el ejercicio de la Capellanía de Santo Domingo en reemplazo del P. de Martini, cuyas fuerzas no le permitían consagrarse al ministerio exterior. Entre tanto el P. Jehanno, nombrado Províncial, daba comienzo en Bogotá a la construcción de la iglesia de Nuestra Señora de Las Angustias, secundado en un principio por el P. Evano, cuya salud le obligó pronto a cambiar de clima. En su reemplazo

llamó al P. Séligour, en lo cual no anduvo ciertamente descaminado.

La salida de Cartagena fue ciertamente para el padre Séligour un sacrificio costoso pues había entregado todo su corazón a la obra del Seminario en la Costa. A pesar de las penas, amaba mucho el viejo convento de Santo Domingo, la capilla a cuya restauración había contribuído con tanto desinterés, las ceremonias de la catedral a las que prestaba el concurso de su voz potente,

y las fiestas de familia en el seminario; ordenaciones, primeras misas, adora- ción nocturna y procesiones por los silenciosos claustros del edificio.

Por otra parte tenía también el cariño de los cartageneros. Como director de varias asociaciones, se encontraba forzosamente en relación con numero- sas personas que apreciaban su celo, su piedad y su espiritu práctico, y le secundaban generosamente, como suele hacerse siempre en Cartagena. Cuán- tas almas también no encontraron en su corazón una palabra de consuelo o

una sonrisa benévola! Una tarde alguien toca a su puerta; desde viente, treinta, tal vez cuarenta años aquella alma había abandonado por completo las prác- ticas religiosas; conocedora de la bondad del Padre Séligour, corre a postrarse

a sus pies, hace la confesión humilde de sus faltas y continúa llevando una

vida enteramente cristiana. Los moribundos tenían en su bondad una con- fianza ilimitada, y solían llamarle con frecuencia a su lecho de agonía. De las muchas victorias obtenidas por su caridad hacia los pobres pecadores se recuerda por ejemplo aquella tarde en que penetró a la cocina para hacer un auto de fe con las insignias masónicas.

Se comprende pues muy bien el duelo que todos experimentaron al saber

la próxima salida del "Padre Emilio". A todo ello el Padre no podía mostrarse

insensible. Aceptó este consuelo que le ofreció la divina Providencia, acercó

apenas sus labios a la copa de amargura, luego, sin escuchar más que la voz del deber, salió resueltamente para Bogotá en donde se consagrará al culto de Nuestro Señora de Las Angustias.

A su llegada, que fue a principios de 1916, la capilla estaba aún muy lejos de su terminación, para la que el Padre sería un auxiliar decidido y constante. Dióse inmediatamente a la tan dura labor con aquel entusiasmo y aquella sencillez que se ganaba las voluntades y que aún se recuerda con cariño. En nombre de Nuestra Señora iba de puerta en puerta reclamando la limosna de ricos y pobres; muy pronto su trato sencillo y jovial cautivó las simpatías de todos los vecinos. Encantados por aquella santa familiaridad y aquel cora- zón tan bueno, todos se desprendían gozosos de sus bienes para ofrendarlos

a Nuestra Señora. A su vez el Padre distribuía a manos llenas la limosna

espiritual de un consejo, o de una palabra de consuelo pronunciada oportu-

namente. Así fue como al año siguiente de su llegada se pudo ya inaugurar

la primera parte de la capilla; la ceremonia se verificó bajo la presidencia de

Monseñor Herrera, iniciador de esta obra que la Congregación llevaría pronto

a feliz término. En su alocución el Padre Séligour tuvo expresiones muy

delicadas para el venerable Prelado que por entonces celebraba el 250 aniver- sario de su cargo arzobispal en Bogotá, manifestándole su gratitud profunda por las numerosas muestras de simpatía que se había dignado dar a los Hijos de San Juan Eudes. Contestó el Primado en un francés perfectamente acadé- mico, inaugurando en cierto modo, la serie de discursos y alocuciones que se habrían de escuchar en este santuario transformado luego en la iglesia de

la Colonia Francesa. El último día del año pudo reunir el Padre a los pies

de la Virgen de las Angustias a franceses y belgas, a sirios e ingleses domici-

liados en Bogotá para implorar en favor de las tropas aliadas la protección del cielo. Aquel día tuvo también el celoso capellán palabras vibrantes que hicieron renacer la esperanza en el corazón de todos. De acuerdo con el R. Padre Jéhanno, deseaba el Padre Séligour que esta iglesia, al propio tiempo

que el centro de la devoción a Nuestra Señora de las Angustias, fuese también

el santuario nacional de la colonia francesa de la capital, un templo donde

los corazones palpitaran más al unísono y de donde las oraciones se levantaran más fervorosas hacia el cielo. De esta suerte Nuestra Señora de las Angustias seria la capilla de la Legación en donde los franceses se reunirían en los días de duelo y de regocijo nacional. La idea no podía ser más oportuna; desde

entonces esos proyectos se han ido realizando día tras día. Cuántas veces en efecto durante la guerra, no fue el Santuario de las Angustias testigo de aquellas ceremonias durante las cuales la súplica se torna más ferviente y la fe en la Providencia más viva! Pero cuando más se siente que a este santuario lo anima el alma francesa es en la fiesta nacional de Santa Juana de Arco. Con el representante oficial de la Madre Patria, están allí todos los que lejos de la dulce Francia, unidos en un mismo sentimiento religioso, ofrendan a

la Santa Heroína cuyo patriotismo es una predicación para todos, los mismos

homenajes. El padre Séligour fue siempre uno de los principales organizadores

de estas solemnidades; él supo trabajar sin descanso por una Francia siempre más grande y más hermosa; él fue uno de los mejores defensores de la causa francesa.

Volvamos un poco más atrás. Los trabajos avanzan lentamente, si se atiende

a los dpspos del capellán, que se ingenia para multiplicarse y hallar medios

dI' ohtl'npr nupvos y más poderosos auxilios. El cielo bendice sus esfuerzos; la (·apilla se acaha poco a poco; se levanta la torre, las campanas se echan a V1lPlo. h('rmosos capitplps adornan las bóvedas azuladas, el armiño heráldico y la nllr df' lis pmtwllecen los muros y los mismos pavimentos; los altares

lalf'rah's a su VI'Z redhpn su adorno apropiado y se vpn coronados por bellas

ofrpn<ladas por la generosidad de los fieles; señalemos

f'slaluas, f'n part

siqllif'ra la el" Santa .Juana dI' Ar('o, de figura esbelta y de rasgos extremada- nlf'nlJ' dlJkf's, n'galo dI' la ('olonia francesa. Como en Cartagena, acá tampoco '/)flja olvidar f'l Padrt· a Nuest.ra Spñora de Lourdes; lt' fabricó una gruta en I;J f'nl ratla df' la capilla I'n dondp gustaba cl'lehrar la santa misa cada sábado. (. oml I IIn'l t"J/l. no pod ía tampoco olvidarse dl' las almas del Purgat.orio cuyo

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culto aumentó fomentando las visitas a las tumbas de los muertos enterrados en el santuario.

Tal fue la obra material del Padre Séligour en Bogotá; pero sería muy poco decir, si omitiéramos cuanto ideó su celo por el bien de las almas; los cuidados por el embellecimiento de la capilla no le hicieron olvidar los que debía a las almas que frecuentaban este centro de devoción a Nuestra Señora que habría de ser al correr de los años un núcleo de ministerio muy importante. Se dedicó con celo infatigable a la audición de las confesiones sobre todo en tiempo de cuaresma, en los primeros viernes y en las fiestas de la Santísima Virgen. De acuerdo con el R. P. Jéhanno, supo organizar esta peregrinación tan intensamente religiosa, infundiéndole disciplina y orientándola siempre por los caminos de la devoción mariana.

También durante la noche acudían al celo del Padre, quien no vacilaba nunca en ponerse a la cabecera de los enfermos para ayudarles a bien morir. Se comprende pues que el recuerdo del celoso capellán no haya aún desapa- recido entre los que le conocieron y recibieron de él innúmeros beneficios. Desde mucho tiempo el Padre se sintió atacado por la enfermedad que habría

de llevarlo al sepulcro; y por eso se pensó en trasladarlo al clima de la costa,

y así lo encontramos en enero de 1930 en Barranquilla donde pasó un año

como Capellán del Colegio Biffi que con tanta competencia dirigen los Her- manos de las Escuelas Cristianas. Mas como el trablljo sobrepujase sus fuer- zas, hubo de trasladarse a Cartagena, en donde pudo aún prestar algunos servicios. Era de ver cómo a pesar de sus años, enseñaba con interés los rudimentos de aritmética a los principiantes. En la capillaejerció como antaño el sagrado ministerio; por el cuidado que ponía en el cumplimiento de la regla fue un modelo para la Comunidad, mostrándose siempre muy deferente con su superior que en otra época había tenido por alumno en Pamplona. Pero la enfermedad siguió haciendo progresos hasta obligarle a regresar a Francia, un poco tarde quizá, con la esperanza de poder trabajar aún algunos meses. El Señor empero se contentó con su buena voluntad.

En la casa de "La Corbinais" prestó aún algunos servicios, fueron sus últimos esfuerzos; su labor había terminado; al fm el mal triunfó de su robusta constitución que había desafiado los años. El 5 de diciembre de 1936, después

de recibir los santos sacramentos, entregó su alma a Dios a la edad de 69 años.

Allá arriba, así lo esperamos, debió encontrarse con la misericordia divina, que echaría un velo sobre aquellos arranques de su carácter, que muy a menudo eran más superfici~es que reales. El Señor ha debido abrir de par en par las puertas de los Tabernáculos eternos a quien tuvo tanto celo por

el embellecimiento de los lugares sagrados y por adornar con las piedras

preciosas de la gracia los templos de las almas.

6

LUIS BOURDON

Luis Bourdón nació en Janzé (Ille et Vilaine) el 13 de septiembre de 1869 en el seno de una familia honorable y profundamente cristiana. De tal manera sus padres le empaparon en los principios religiosos, patrimonio no poco común en Bretaña, que no extraña verle tocar desde temprana edad, en 1889,

a las puertas de nuestro "Juniorato" de Plancoet en donde deseaba entregarse al cultivo de su vocación en cierne.

Allí fue donde San Juan Eudes le dio bien pronto pruebas de predilección. Cierto día uno de los compañeros de juego lanzó impensadamente una gleba que vino a dar en el ojo derecho del ardoroso "juniorista" lastimándole tan gravemente que el médicojuzgó necesaria una operación para evitar la pérdida total del otro que ya empezaba a resentirse. Nadie ignora el milagro que San Juan Eudes hizo en su favor en Kerlois, nuestra antigua casa de probación,

el cual sirvió para la beatificación de nuestro Santo Fundador. Tan eficaz fue

esta curación celestial que el padre nunca volvió a sufrir de los ojos hasta que la presbicia, que generalmente no respeta a los ancianos, sobre todo cuando éstos se entregan asíduamente al trabajo intelectual, vino a molestarle

en sus últimos años.

Deseoso en corresponder a una gracia tan especial, el favorecido se em- barcó luego para Colombia, en donde por reconocimiento, quería entregarse dI' lleno a la obra principal de la Congregación, la formación del clero. El espacioso seminario "San Carlos" de Cartagena, la "Ciudad Heróica", fue el campo donde empez6 a desplegar su celo, y recibió la gracia de la Incorpo- radím, pn 1891 y la del Subdiaconado. Bien dotado por la Providencia, el jovpn p!'!tudiante pudo desde IUl'go prestar valiosos servicios en el Seminario, al propio tiempo que daba la última mano a su formación clerical y eudística y coronaba con f'xito brillante sus estudios teológicos.

Vigilanlj' muy (·nt.endido, a cuya mirada penet.rante nada se ocultaba, gozó tll~)jdf' l'nlnnt'f'S dI' gran a'lcI'nrlienl" f'ntn' los alumnos.

Luis Bouroon

(1869-1931)

En Cartagena nunca hubieran querido verse privados de un colaborador

de tales prendas; pero la obediencia le envió, tras una estancia de dos años

y medio en "San Carlos", ya diácono, a la ciudad de Antioquia, en cuya

soberbia catedral, joya preciosa de la antigua capital de la Bretaña Colombia- na, recibió la gracia suprema de la ordenación sacerdotal el 23 de septiembre de 1893. Apenas ordenado, como revelase talentos prácticos nada ordinarios,

se le confió a más de numerosas clases, el cargo de la economía.

Pasados felizmente cinco años en compañía del padre Teodoro Hamón, el eudista santo por antonomasia en la América meridional, en medio de una sociedad culta y distinguida, en la ciudad de Antioquia, a la cual había cobrado singular cariño, el P. Bourdón pasó a Pamplona, en el departamento de San- tander, en donde permanecería seís años.

Era aquel año el de la fatal guerra del noventa y nueve; así que, emplazados los Padres a suspender los estudios en el Seminario, el Padre Bourdón cambió los libros por la parroquia del "Carmen", en reemplazo del cura ausente. Después de un largo sitio, los revolucionarios entraron triunfantes a la plaza, en donde muchos gobiernistas no lograron salvar sus vidas sino gracias al celo y diplomacia del Padre que impidió igualmente el incendio de la catedral, como más adelante se verá.

Pasada la tormenta y como el padre hubiese dado pruebas de excelentes dotes para la cura de las almas, fue él designado para encargarse de las parroquias de Sabanalarga y de Turbaco que la Congregación había tomado a sus cuidados en la diócesís de Cartagena. Con celo infatigable y prudente trabajó el padre en aquellas parroquias por el bien de las almas confiadas a

sus desvelos a la par que por el embellecimiento de las iglesias, ya que a él

se debe entre otras cosas el díseño de la de Arjona, curato anexo al de Turbaco, el Versalles de Cartagena.

Para rehacer sus fuerzas agotadas por el clima y por sus trabajos apostó- licos, los superiores le enviaron a pasar una temporada en su país natal entre los suyos en el año de 1907; provechoso fue este viaje no sólo para él sino también para nuestras casas en Colombia, de cuyos intereses materiales se ocupó, aun sacrificando parte del descanso bien merecido.

A su n'greso se juzgó que era tiempo de aprovechar otra vez sus luces y talentos en la dirección de los seminarios; y el padre fue escogido en buena hora para ir con otros a fundar el seminario de "Santo Domingo" en las Antillas, cuya dirección acababa de aceptar el P. Fouyard. Seis meses después de su arribo a Santo Domingo recibió de Monseñor Nouel el nombramiento de párroc:o de la Catedral, cargo que desde el año siguiente desempeñó juntamente con el de Redor del Seminario. En aquel nuevo tealJ'o de acción ('1 padre Bourdón sobresali6 por el fiel y brillante desempeño de sus altos empleos; muy pronto He le nombr6 Director del Observatorio Nacional y

.:atedrático de Apologética, curso que siguieron asiduamente en aquellos días no solo los alumnos del seminario sino también un selecto grupo de intelec- tuales.

Excelentes resultados se habían obtenido y mejores eran todavía los que se anunciaban cuando estalló la guerra europea, con lo cual hubo de abando- narse aquella residencia, demasiado aislada sobre todo desde que la persecu- sión en Méjico obligó a cerrar las tres casas que allí tenía la Congregación. Embarcóse pues el padre para Cartagena en cuyo seminario ejerció la rectoría desde 1916 hasta 1920 con pleno agrado de todos, catedráticos, alumnos y padres de familia, y sobre todo del tan célebre como santo arzobispo, Mon- señor Brioschi.

Favorecido por el voto de los padres de la província, el padre Bourdón asistió a la asamblea de 1921 y en ella supo llamar la atención de todos los miembros por sus mociones bien presentadas y mejor concebidas.

En 1924 monseñor García le recibió en Santa Marta con los brazos abiertos,

y le nombró Superior del seminario y Consultor diocesano, confiándole ade-

más otros empleos de importancia en la Curia. Allí el padre continuó como en otras partes, haciendo el bien sin ruido y modestamente; todo lo hizo de tal suerte que llamó la atención de sus superiores, que en 1927 le entregaron

a su prudencia la dirección de los "Jóvenes en el seminario de San José", en Usaquén.

Dos años después, circunstancias especiales le condujeron a la casa provín- cial en Bogotá; de ecónomo pasó a ser primer asistente provincial. Juntamente con este cargo desempeñó el de Capellán de nuestra frecuentada capilla de las Angustias y de director espiritual de seis comunidades religiosas, tan numerosas algunas que uno se pregunta cómo encontraba tiempo para tanto, por lo cual un bromista lo calificaba de confesor y mártir. Allí fue donde la muerte vino a buscarle, a su regreso del último viaje a Europa.

Al ver su semblante visiblemente rejuvenecido, todos creíamos que el aire del país natal había aprovechado no poco a su salud. Mas ay! muchas veces

las apariencias engañan! Hacia mediados del mes de diciembre hubo de recluírse en su celda de donde sólo salía para celebrar el Santo Sacrificio de la Misa, y Dios sabe cuánto le costó algunas veces esta prueba de amor

a su sacerdocio y a la Eucaristía! Pasados los primeros días, ningún dolor

se hizo ya sentir a tal punto que el mismo Padre no se imaginó siquiera la gravedad del mal. "No padezco dolor alguno, decía al P. Provincial, pero me siento sumamente débil". Movido por su paternal solicitud, creyó éste nece- sario llamar al médico, el cual vino el sábado y, hecho un examen minucioso, prohibió tenninantemente la celebración del Santo Sacrificio. Al lunes si-

guiente el doctor manifestó sin rodeos la gravedad del caso, pues que se

trataba nada menos de un coma diabético en extremo agudo. A pesar de los asiduos cuidados que médicos, religiosas y enfermeras, le prodigaron en la clínica Marly, a donde se le envió sin dilación, nada se podía ya esperar de los recursos humanos, y no era la voluntad de Dios que los divinos vinieran en nuestro auxilio. Así que el martes el P. Provincial, quien no le abandonó

en toda la mañana, le administró los últimos sacramentos; y hacia las 3 p.m. algunos padres rodeaban su lecho y le ayudaban a bien morir. Aunque los ojos estaban ya vidriosos, las mejillas deprimidas, el pulso apenas perceptible

y la respiración anhelante, y aunque ya no podía hablar sino por ligeros

movimientos de los párpados, aun como no hubiese sudor en la frente ni lágrimas en los ojos y engañados por el cariño, aguardábamos si no una curación completa, sí el placer de tenerle algo más en nuestra compañía. Pero hacia las 4 p.m. expiró dulcemente en el Señor y su alma tendió el vuelo

al Paraíso

Tan radiante estaba que cada cual pensaba para sus adentros que Dios para juzgarle le había iluminado con algunos destellos de celeste claridad!

Dos horas después el P. Rector de la casa de Usaquén estaba con los cuatro seminaristas más avanzados en órdenes en la cámara ardiente, prontos a

acompañar los despojos mortales a la casa Provincia!. El carro fúnebre llegó

a las 7 p.m. mientras los dobles resonaban lúgubremente. Abriéndose paso por entre la turba compacta que aguardaba en profundo recogimiento, el

cortejo pudo penetrar hasta el Oratorio de las Hermanas Eudistas, en el interior de la casa, donde se colocó el cadáver; pero fueron tales las insisten- cias de los vecinos del barrio porque se expusiera el cuerpo en la iglesia, que

el P. Provincial hubo de acceder, apoyado por otra parte en la fuerza de la

costumbre. Hasta las 11 de la noche la muchedumbre acompañó los venerados

restos del amado capellán. Con toda la comunidad pudo recitar esa misma noche el oficio de difuntos como lo ordenan nuestras Constituciones.

Al día siguiente desde muy de mañana ya los vecinos y amigos del padre aguardaban se les abriera la iglesia, porque estaban deseosos de manifestar su afecto y su dolor al primer Capellán de Nuestra Señora de las Angustias. Los confesionarios estaban repletos: todos querían comulgar por el querido finado'

Los habitantes del barrio de Nuestra Señora de las Angustias hicieron con

el padre Bourdón lo que Bogota hizo con el santo padre Almanza: manifestarle

cariño, gratitud y hasta confianza en su intercesión; todos traían objetos piadosos para santificarlos, por decirlo así, a! contacto de sus manos consa- grada~ que ya no se alargarían más para bendecir. Yeso basta para atestiguar la estima y aprecio en que todos tenían a! "santo padrecito".

A las 9 a.m. se celebró el entierro; el Padre Provincial cantó la misa acom- pañado por el segundo asistente. La misma Arquidiócesis tomó parte en la persona del Vicario General, Monseñor Díaz; estuvo presente también una gran parte del .clero secular y regular; varias comunidades religiosas, así de hombres como de mujeres, mandaron sus representantes. Su Excelencia el Ministro de Francia asistió personalmente. Bajo la hábil dirección del P. Antolínez la coral de Usaquén ejecutó con piedad conmovedora una misa de Ravanello.

El clero y las comunidades religios~ y gran número de los vecinos del barrio acompañaron los despojos mortales hasta el cementerio. Colocado el cadáver en la bóveda, el señor Ministro de Francia se acercó al Padre Provin- cial para ofrecerle el pésame. Fue aquello una verdadera apoteósis para nuestro amado Padre Bourdón

Para mejor conocer al padre que tan generosamente se sacrificó por el adelanto de nuestras obras en Colombia, agruparemos en seguida algunas apreciaciones tocantes a su persona, como hombre, como autor, como con- greganista y como sacerdote.

l. EL HOMBRE. RETRATO FISICO-MORAL

El Padre Bourdón era de estatura mediana; el porte noble, imponente y agradable y los rasgos extremadamente finos de su fisonomía revelaban un hombre de relevantes prendas, dotado para todo de inapreciables cualidades. Siempre dio pruebas inequívocas de inteligencia poderosa, clara, fácil, univer- sal y práctica en el colegio, en el seminario y más tarde en el profesorado y en todos los empleos que hubo de desempeñar en su vida. ¿Y qué decir de sus métodos pedagógicos? Si es cosa fácil interesar a los niños y jóvenes en los estudios literarios y en las ciencias eclesiásticas, es cosa en extremo penosa y muy poco frecuente obtener los mismos resultados tratándose de las ciencias exactas. Y es precisamente lo que el Padre obtuvo con rara facilidad comunicando a sus alumnos, digámoslo así, una verdadera pasión por las matemáticas. Un mes apenas hace que un joven nos decía: "El Padre Bourdón es un verdadero sabio!" Realzaban su inteligencia tan clara y lumi- nosa la prontitud de la memoria y la energía de voluntad. De esta última, lo acabamos de ver, dio pruebas evidentes durante los días que próximamente precedieron a su partida para la eternidad. Pero no fue asunto únicamente de sus últimos instantes sino de su vida entera. Guardaba en todo momento una tranquilidad imperturbable; jamás se apresuraba, y con todo siempre satisfacía a sus obligaciones en tiempo oportuno. Por lo mismo no pocos, creyéndole a veces olvidadizo, pretendían refrescar su memoria; pero el Padre siempre los recibía con esta respuesta: "Gracias, no tenga cuidado".

Merced indudablemente a su bondad, diríamos casi ilimitada, tenía el don de gentes. Verdad es que de vez en cuando se tomaba taciturno durante los

recreos"; pero ello acontecía en muy raras ocasiones, debido quizá a profundos sentimientos morales que por otra parte se guardaba bien de manifestar en comunidad o fuera de ella. Aparte esos momentos, el P. Bourdón era siempre un interlocutor chistoso y encantador, como cuando relataba con gracia y hasta con cierta sal cómica algún episodio de su propia vida. Lo que otros suelen decir en dos palabras, el P. Bourdón lo bordaba con mil detalles a cual más interesante, manteniendo así la atención en expectativa hasta el

Y Dios sabe si de éstas tuvo un buen número, ya

último trance o aventura

que recorrió casi toda Colombia y una parte de las Antillas, tomando parte activa así en los acontecimientos pacíficos como en las peripecias de la guerra.

Era también, en la buena significación del término, un taimado, cualidad que había obtenido con sus años de experiencia. En todo caso, es lo cierto que sus respuestas inesperadas taparon la boca más de una vez a los insolentes que por casualidad encontraba en sus idas y venidas.

¿Y su diplomacia? Como su lema era hacer el bien a todos, no hubo quien no le estimara, aun durante la revolución: el mismo general Villar, liberal, contaba entre sus mejores amigos. La oportuna y discreta intervención del Padre impidió hábilmente que manos sacrílegas pusieran fuego a la catedral de Pamplona, por orden de la autoridad revolucionaria, irritada por haber encontrado armas escondidas en el templo, al abrigo de la simplicidad del sacristán.

Decíamos anteriormente que la inteligencia del P. Bourdón era universal:

dotado como estaba de disposiciones excelentes para la medicina, segura- mente que hubiera sido un médico de nombradía, si se hubiese entregado de serio a esa rama del saber humano. Estando en Pamplona, fueron varios los médicos que de común acuerdo le consultaron en los casos apurados, y jamás se hallaron errados sus dictámenes; antes al contrario, sus diagnósticos, en oposición con los de los demás, triunfaron en más de una ocasión.

y con todo, la humildad del Padre era notable: baste recordar que en Santo Domingo rehusó terminantemente la condecoración que le ofrecieron en el consulado francés.

11. EL AUTOR

Debido a sus múltiples ocupaciones, fue poco lo que escribió; con todo, la Revista de los Sagrados Corazones vió varias veces sus columnas honradas con articulos del Padre, que siempre se leyeron con agrado y hasta con avidez.

En Antioquia publicó un Algebra que gozó de gran apreció entre alumnos y profesores. Un obispo n08 decla no ha mucho: "El Algebra del P. Bourdón, qué t.e80ro!".

En Santo Domingo compuso un Catecismo, adicionado de una colección de oraciones, y de un libro destinado a los monacillos. Tal es el mérito de este Catecismo que, ajuicio de los entendidos en el asunto, no está lejos del ideal en esta clase de trabajos, y mal podría componerse otros sin consultar éste.

El P. Bourdón fue también el encargado de preparar la segunda edición de la Gramática Latina, de los padres eudistas, publicada en español. Todos convienen en que este trabajo de revisión es un auxiliar poderoso para llegar con mayor facilidad al conocimiento del latín clásico y eclesiástico.

Finalmente, en su último viaje a Francia, publicó un folletico de Análisis, el cual contribuirá a dar mayor unidad en nuestros seminarios al estudio de esta materia. Es un trabajo perfectamente de acuerdo con los métodos moder- nos para el conocimiento así del castellano como del latín. Con grandes ventajas será, pues, consultado por alumnos y catedráticos.

III. EL CONGREGANISTA: EMPLEOS

Nada diremos de sus relaciones cuotidianas con los miembros de la comu- nidad, pues nadie ignora que era un compañero de trato ameno y encantador, dispuesto siempre a prestar servicios a todo el que los reclamaba.

Sus numerosas y excelentes cualidades llamaron la atención de los superio- res quienes, desde muy joven, según lo dejamos dicho, le confiaron el econo- mato; primero en Antioquia como procurador local y después como ecónomo provincial. Basta recorrer sus libros para saber lo que es orden y limpieza en las cuentas.

En asuntos bancarios no había misterios para él: últimamente, cuando tanto se habló del patrón de oro de Inglaterra, muchos le interrogaron sobre la exacta significación y el justo alcance de tales medidas; y sus respuestas dejaron siempre plenamente satisfechos a los más curiosos investigadores.

Cuando se le confió el superiorato fue sin la menor vacilación, así en Cartagena y Santa Marta como en Usaquén, y últimamente en Bogotá. Do- quiera fue hombre de peso, siempre a la altura de sus empleos, imperturbable ante las dificultades, a quien acudían siempre seguros sus inferiores, para obtener fácil respuesta en los casos, aun los más embrollados.

Todos tenían en él plena confianza, tanto superiores como subalternos, pues no otra cosa indica la elección que en buena hora se hizo en él para asambleas provinciales y una vez para la general, en 1921. En la asamblea provincial de Cartagena, en 1900, a pesar de sus pocos años, se le nombró secretario; y dejó en las actas las trazas de la lucidez de su inteligencia, y de sorprendente facilidad para toda clase de trabajos intelectuales.

En la de San Pedro, en 1920, desempeñó el cargo de consultor; y no hubo quien no admirara la dirección práctica que él supo imprimir a más de una cuestión, hasta entonces ambigua.

En la asamblea general de 1921, el P. Bourdón supo mostrarse digno en el puesto que le tocó en suerte, siendo miembro esclarecido de varias comisiones que le quedaron deudoras por sus consejos y su abnegación.

y algo más hemos de manifestar, ya que ello no rebaja los méritos de nadie:

poco faltó alguna vez para que el Consejo General le nombrase Superior Provincial en Colombia.

IV. EL SACERDOTE

Como sacerdote, el P. Bourbón supo ser digno y edificar en todas partes, en el altar, en el confesionario y en la cátedra sagrada. Sin menospreciar en lo más mínimo las legítimas costumbres de los lugares en donde estuvo, siempre manüestó una predilección especial por todo cuanto se refiere en alguna manera a la Liturgia Romana.

Como predicador, aunque a veces tenía arranques dignos de los mejores oradores, no diremos con todo que fuese elocuente. Más que todo en sus pláticas y sermones era didáctico y moral, como lo prueban a profusión sus homilías, sus conferencias tanto las ordinarias como las de los retiros espiri- tuales, que frecuentemente predicó; todas tendían a mantener y desarrollar la piedad sólida en las almas que sabían prepararse para recibir las luces de lo alto.

Nunca se oyó decir que el Padre Bourbón hubiese rehusado a las almas el alimento de las divinas enseñanzas. Cuando la guerra, fue él quien debió encargarse de la predicación y de hacer el catecismo a las tropas acantonadas en Pamplona y en sus alrededores, siendo no pocas las conversiones que su palabra logró alcanzar.

En la predicación sabía ante todo ser práctico: aún recordamos con todos sus detalles los retiros que él nos predicó en Usaquén a principios de 1931. "He ahí la mejor manera de predicar", decían todos y cada uno de los semi- naristas. Fruto de sus pláticas fue la firme resolución que todos formulamos de ser cada cual un eudista santo, preocupado solamente por mantener en

sí la vida de la gracia, dispuesto siempre a seguir en pos de la Divina Voluntad

El Padre nos desenmac;¡caró

los lados flacos del seminarista; a nosotros toca ahora estar alerta y fortificar

la'!

hasta el Calvario, a imitación de .Jesús y de María

entrada'! del enemigo"

¿(¿uf> decir del confesor y del director? Para el ministerio entre los fieles no PI; rJOliible imaginar un sacerdote más paciente y más abnegado; para las

f}(J

numerosas comunidades que se confiaron a sus luces fue el ideal del Padre Espiritual, según testimonio de las Superioras de comunidades de personal muy respetable por su número. Varios sacerdotes, algunos del clero secular, fueron también sus penitentes que estaban de él plenamente satisfechos, nos decía uno de ellos.

Muchos no veían en el Padre Bourdón sino al confesor; otros, lo sabemos

a ciencia cierta, encontraban en él un director capaz no sólo de tranquilizar

las almas inquietas y escrupulosas sino también de conducir por las vías, a veces tan arduas, de la más alta perfección. Por lo demás, el padre se prestaba gustoso a la dirección de las almas generosas y dóciles a sus consejos, no admitía en manera alguna las confidencias prolongadas, a menudo hijas de la ilusión, de las que tan amigas son algunas almas, deseosas más de pasar

el tiempo en conversaciones inútiles que no de tabajar seriamente por su santificación.

Como párroco y capellán sabemos ya cuál era la estima y afecto que le

tenían los feligreses; díganlo si no los numerosos regalos que de todas partes

le llegaban muy a menudo, sobre todo con ocasión de su onomástico y de

su cumpleaños; díganlo también los pésames que aún estamos recibiendo, particularmente de Usaquén y de Bogotá.

Muchos hubo, amigos de los Padres, que no sabían si en esta circunstancia asaz dolorosa, debían presentar el pésame a la Comunidad o felicitarla; y así nos decían: "Verdad que han perdído ustedes uno de sus mejores colaborado- res, pero en cambio tienen allá arriba un poderoso protector!". Pido por él -me decía una persona muy buena- pero también lo invoco, pues el Padre hará milagros.

En eso nada de imposible, ya que Dios se complace en conceder generosa- mente su galardón. En todo caso para terminar no hallamos nada mejor que

citar estas palabras de un sacerdote experimentado quien le conoció íntima-

mente: "Sin ruido Señor!".

el padre Bourdón fue un obrero infatigable en la viña del

Murió el 22 de díciembre de 1931.

7

ADOLFO MACE

Luis Samson

Nació el padre Adolfo Macé el 8 de mayo de 1870 en Plescop, pueblecito bretón que dista poco de la ciudad marítima de Vannes, en cuya catedral se veneran los restos de San Vicente Ferrer.

Sus padres participaban de la condición social de los vecinos: eran modestos labradores estimados de todos por sus virtudes familiares entre las que des- collaba una fe enérgica y robusta, herencia preciosa transmitida por todo un linaje de antepasados cuyo ideal radicaba en una fidelidad incorrupta a Dios y al Rey.

Bien pronto abrióse para el niño la escuela del dolor. Murieron sus padres y, apenas de ocho años, quedó huérfano. Un tío suyo empleó toda su solicitud para educarlo, pero pronto juzgó que sus tareas no le dejaban atender, como lo Quería, a su educación. Pidió entonces a las Hermanas de la Sabiduría, qut' tenian en Vannes un orfelinato, lo recibiesen en el número de sus educan- dos. En este nuevo hogar pronto el huerfanito sobresalió entre sus compañe- ros por su piedad sencilla, su aplicación en el estudio y no tardó en saber al pie de la letra el catecismo diocesano. Cuando algún personaje oficial visitaba 1'1 instituto, lo más a menudo el encargado del saludo de bienvenida era nUf'stro niño que lo hacía con acierto y donaire. Era pequeño, débil, pero en sus (~ios hrillaba una llama reveladora dI' la inteligencia con la cual lo dotó 1'1 Autor dI' todo bien. Dehidamenh> prt'parado se a('ercó al banquete eucarís- ti('o y n'dhjr', 1'1 sac:ramt'nto de ('onfirmadón d(> manos del señor Juan María

BI'('d, obispo di' Vannf's. Ppro llegó un día pn Que tuvo Que abandonar el JIlstituto, juzgándolo f'l tío en situadón de ganarse la vida. Era este señor homhr" di' ('orazim, (ll'ro ('n l'xtremo l'xigente y dt' trato riguroso. Lloraba ,.J nino ('uando, s{,lo, iha a alguna diligl'll!'ia a la población vecina de Peillac, "n ('uyo munkipio /jI' hahía radiC'ado pi que le hacía las ve('es de padre.

Llrmiha "uando /ji' daha ('Uf'nla d

!i('mpo no le iba a akanzar para

quP

1

cumplir algún oficio urgente. Uoraba al recordar a su buena madre cuyo perfil se le aparecía en sus horas de soledad y tristeza. Pero la Providencia que se interesa por la suerte de las avecillas se compadeció del niño inspirando al señor coadjutor de la parroquia le mostrara algún afecto. Conocía este virtuoso sacerdote la Congregación de los Padres Eudistas cuyo seminario de La Rache du Theil se encuentra a corta distancia de la población y le pareció que este niño piadoso, de penetración viva y fácil memoria podía empezar los estudios secundarios en vista de una probable vocación al estado sacerdotal. Hechas las diligencias que requería el caso, Adolfo fue admitido en eljuniorato de San Luis de Plancoet, cuyo director y fundador era el padre Augusto Pinas. El buen coadjutor le preparó el viaje, le dio sus últimos consejos para que no se extraviase en el camino. Al llegar a la estación se le acercó un joven para atenderlo y llevarlo a la Corbinais. Este era el inolvi- dable hermano Fernando, quien más tarde se encontrará en Cartagena en compañía del padre Macé.

El niño había encontrado otra familia en donde reinaban el afecto, la consideración, la solicitud que forman un ambiente necesario al jovencito que va a vivir bajo techo distinto del de la casa paterna. Tan luego como empezó sus estudios adivinaron sus maestros cuán rápidos habían de ser sus adelantos. Unos años permaneció en San Luis y, según costumbre, fue a terminar los estudios en el colegio de San Salvador de Redón que regentaban los Padres de la Congregación y donde se apiñaba lo más selecto de la juventud bretona.

Un día, al terminar un examen escrito, cambió nuestro estudiante tina sonrisa de satisfacción con un condiscípulo. Ay! el maestro juzgó mal de esta demostración de natural contento y le llamó la atención de un modo tan fuerte como injusto. Sintiendo con amargura la afrenta inmerecida el joven resolvió salir del colegio, dejando en la aflicción a cuantos lo conocían y lo admiraban. Triunfó en fin su espíritu de fe de su enojo, serenóse, ofreció al Sellor la humillación y siguió en San Salvador hasta obtener de la Academia de Rennes el grado de bachiller en letras.

Durante su permanencia en el colegio, con frecuencia confió a su director sus deseos de abrazar la carrera religiosa. A fines de 1889, de acuerdo con PI. tomó la decisión de consagrarse por entero a Dios en la Congregación de .Jesús y María. En el noviciado de San José de Kerlois, bajo la acertada dirección del Padre Beuve Mery, emprendió resueltamente la obra por la cual acababa de despedirse del mundo, a saber, su santificación personal. Efecti- vamente, rara vez se vio novicio más fervoroso, más convencido ni más firmemente decidido a realizar el fin de su santa vocación. Era más bien de carácter festivo pero sabía callarse cuando la regla se lo mandaba. Lo que más admiraban los compañeros en él era la caridad cristiana que informaba todas sus acciones y las revestía de una claridad sin igual. Ya empezaba a practicar esta virtud de la cual será más tarde perfecto dechado.

Con la formación espiritual recibida, su voluntad se había aguerrido, ya podía arrostrar los peligros que iban a surgir para él, en un ambiente nuevo, desconocido, imprescindible como el que ofrece la vida del cuartel a la cual tuvo que someterse durante diez meses para satisfacer las exigencias de la inicua ley francesa sobre servicio militar. Su habilidad, su amplitud de criterio

y sobre todo su buen humor le granjearon el aprecio de sus jefes, especial- mente el de uno de entre ellos, miembro de una logia masónica. Terminado su período de instrucción volvió al Seminario de San Gabriel, llevando en su maleta la libreta militar en la cual se certificaba que, en caso de emergencia,

Pronto olvidó esos meses de vida militar

y se preparó a tomar parte en la milicia del Señor, aprestándose a sostener

estas luchas largas, crueles, de las que será campo de batalla su alma desam-

era capaz de ser un cabo excelente

parada.

Ingresó primero en las filas de la Congregación por su acto de incorporación que se verificó el 16 de abril de 1893, y poco después por la recepción del subdiaconado se entregaba a Dios para siempre. En la soledad de San Gabriel, estudió con verdadero afán las ciencias sagradas, consiguiendo triunfos seña- lados en el campo de la teología, cuyos ocultos arcanos le abrió su penetrante y discursiva inteligencia. Su obediencia marchaba de acuerdo con su piedad y siempre aparecía humildemente sometido a los superiores. En fin, el 19 de mayo de 1894, vio la plena y consoladora realización del sueño de toda su vida. Aquel día, prosternado a los pies de su excelencia Mons. Labouré, en

la metrópoli de Rennes, recibió la unción sacerdotal y a la vez los sublimes

poderes que de ella se derivan.

Había llegado la hora de salir al campo del padre de familia para comunicar

a los demás lo que había recibido. Varios fueron en Francia los surcos que tuvo que romper antes de su designación para los seminarios de Colombia.

El colegio católico de Besanzón, en 1894; el seminario menor de Valognes en los dos años siguientes; la Escuela de San Juan de Versalles en 1897 y IH9H fueron los teatros de sus primeras actividades sacerdotales. Piscólogo Iwnetrante. conocedor de la mente juvenil, observador sosegado, dotado de una cultura intelectual poco común, pronto, en el cumplimiento de los cargos de vigilante o de catedrátieo descubría las artimañas de los díscolos y taima- dos, reprimía a los vivarachos, yeso sin apasionamiento; estimulaba a los Ilojos, y con brío llevaba por las sendas del progreso y del triunfo a los estudiosos y diligl'ntes. Aunque oriundo de una región distinta de estas en 'luP a'lí actuaba, no lo acobardaron el trato poco comunicativo de los colegia- h·s dpl Estl', ni pi modo dI' ser astuto de los normandos, ni las petulancias y viv(·z:I.'1 dI' los niños d" la comarca parisiense, aunque fueran las de un Mauricio Pujos du (:oudray.

En ('stos campos dI' actividades intelectuales y disciplinares, tan distintos entre Hl bajo múltiples aspectos, cabe preguntar si siempre salió ileso el

fW

Padre Macé. Sin prescindir de sus cualidades y de su acierto práctico en la brega diaria, su delicadeza de conciencia no llegó a veces a restarle algo a sus modestos triunfos de educador? Tal vez. Ay! Quién es el que por talentoso que sea como pedagogo, no tenga que sufrir chascos y yerros, más o menos patentes en la ardua y delicada tarea de formador de la juventud?

El ambiente de cultura de Versalles no pasó sin dejar huellas en la perso- nalidad del Padre Macé. Allí fue donde adquirió en gran parte el espíritu de distinción y la elegancia de lenguaje que lo caracterizaban. Allí fue donde también perfeccionó sus disposiciones para el arte musical, oyendo en París los afamados conciertos del Conservatorio, o recibiendo lecciones del Maestro Paul Deschamps, que gozaba entonces de gran nombradía en el mundo de los artistas.

Francia empero no debía seguir recogiendo los benéficos sudores de su actividad sacerdotal. En 1899 emprendía el viaje a Colombia para ir a trabajar en el seminario de Antioquia, cuyo rector era el Padre Hamón, quien con verdadera satisfacción acogió a este padre,joven, rebosante de salud y notable por sus prendas morales e intelectuales.

Permaneció unos ocho años el Padre Macé en este seminario de San Fer- nando donde entre otros oficios desempeñó el cargo de prefecto de ordenan- dos y ocupó la cátedra de teología dogmática. Gozó especialmente de la estima del señor López de Mesa, obispo de la diócesis y de la no menos apreciable del venerable rector a quien prestaba sus servicios como secretario. No será supérfluo señalar que uno de los más aventajados discípulos fue su excelencia monseñor Jaramillo, Obispo de Jericó.

y llegó un día en que el Padre, que se había distinguido ante los superiores

por su gran virtud y rectitud de juicios, se vio promovido al puesto de fundador

y superior del Seminario Menor de San Pedro.

Al recibir el inesperado nombramiento estuvo algo perplejo. No era el trabajo en sí lo que temía sino la perspectiva de las responsabilidades y la imposibilidad en adelante de no trabajar con el acierto y el mérito de los que lo hacen bajo la dependencia de otros. Aceptó el cargo y el 30 de mayo de 1906, acompañado de otros padres, llegaba a la altiplanicie sampedreña donde se yergue imponente el afamado santuario del Señor de los Milagros.

El nuevo superior, desde un principio dio pruebas de las más eminentes cualidades y virtudes de un amo de casa. La vivienda que iba a servir de local para seminario exigía notables reformas y disposiciones en relación con las de la vida de internado. Todo se hizo a tiempo, merced al espíritu organizador

y previsor del superior. El padre escogió para sí, no obstante la oposición de los padres, el aposento más incómodo y soportó muy a gusto todos los inconvenientes que resultaban de la obra incipiente.

Tres años seguidos desempeñó el cargo de rector. Su bondad unida a sus demás virtudes impregnó pronto con su aroma esta feliz mansión clerical, donde se apiñaban niños y jóvenes, deseosos de ser algún día ministros del Señor. Entre ellos descollaba por sus lriwúos en el campo del saber y su sólida piedad el excelentísimo señor Builes, obispo de Santa Rosa.

Con edificación hablaba la comunidad de su superior, procurando hacerle menos pesado el cargo, sintiendo algunos de sus miembros que no mostrara

a veces más decisión en asuntos atañederos a la disciplina. Por otra parte,

el señor diocesano no dejaba de alentarlo para conservar a la cabeza de su

seminario un sacerdote tan eminente y tan convencido de la importancia de su cargo. Un día el venerable obispo le escribió lo que sigue:

"Le agradezco en sumo grado no sólo los nobilísimos sentimientos consig- nados en sus cartas a mi favor, sino también el claro y especificado informe que se digna darme de la buena marcha de ese seminario que bajo la inteligente dirección de S. R. dará espléndidos resultados en pro de los intereses generales de la diócesis".

A la verdad, mucho fue el celo desplegado por el P. Macé, no solamente para que no faltasen estudiantes en las aulas de la nueva fundación, sino también para llevarlos hacia la meta de sus nobles y legítimas ambiciones. Instrucciones espirituales, consejos en privado, programas de estudios bien organizados, oradones fervientes, de todo se valió para desempeñar como

era preciso el oficio de superior. Su espíritu de fe le inspiraba tales actuacio- nes, este estímulo bastaba; lástima que el punzante aguijón de los escnípulos se haya agregado a la convicdón que tenía de su responsabilidad. Se debilitó

la salud del Padre, lo sintieron los padres y seminaristas cuyo afecto se había

granjeado por la afahilidad de sus maneras, su pulcritud diamantina y las dotl's espléndidas del corazón. Temieron, y con razón, que el padre no pudiera

seguir en el puesto. El Ilmo., Señor Toro, a la sazón Vicario Capitular de Antioquia, se asoció a ('stas aprehensiones:

"He sentido mucho la t'nfl'rmt>dad dI' V.R., le ('scribia él. Quiera Dios que no reaparI'Z('a para qut' pupda soportar las tan'ao.; en ('1 año qUE' principia y d"dkarsl' ("on 1'1 intpr!'s ("on qU(' hao.;ta ahora lo ha hl'l·ho. a la formación di' I"s St'minaristas

P"ro la rh·hilidad f'xtn'ma ('n la cual I'staba postrado dl'tt'rminó al Visitador,

"1

Nt't'j'sitalla IIn larJ.(o t1f'sl"anso, SI' lo ofn'('iú la ('ongrt'gadon t'nviándolo a n'spirar la'i IlI'nf'fiI"lLo.; aurao.; dI' la 1il'rra natal. A fint·s lit' I'nt'rn dE' HHII, 'H"olr1panatlo ,h·1 Padr!' Visitador, rl'J.(rl'saha a Francia.

('ua",lo P'Lo.;O por San PI'dm, a rI'll'varlo dE' su oficio.

U.

1'.

I

f·ha'itanl.

A los pocos meses regresó a Colombia nuestro biografiado acompañado

de varios padres recién ordenados a quienes la obediencia señalaba los semi- narios por campos de labor. Se quedó el Padre en el de Cartagena donde durante dieciocho años prestó valiosos servicios, sea como catedrático de dogmática, literatura, ciencias, sea como organista y profesor de canto sagra-

do.

Largo tiempo desempeñó la capellanía del afamado Colegio de Nuestra Señora de la Presentación y, en tiempos de vacaciones, predicaba, y con qué talento, retiros espirituales a las comunidades de la ciudad.

A su instigación las RR. HH. del colegio hicieron a San Juan Eudes la

novena que culminó, por efecto de la bondad del Omnipotente, en la porten- tosa curación de sor Beatriz, milagro que la Congregación de Ritos aceptó

como tal para la canonización del Fundador.

A propósito de este proceso no será superfluo recordar el interés que

manifestó el capellán para que los informes no tropezaran con dificulta- des capaces de entorpecer su marcha o demorar su conclusión. Por man- dato del tribunal constituido por la Curia cartagenera, el Padre desempe-

ñaba el oficio de cursor y como tal informaba a los interesados, jueces,

secretarios, testigos de las fechas y horas en que debían celebrarse las juntas. Mostró especial talento en su proceder con un médico que asistió a la enferma

y a quien llamaba el tribunal a fin de recoger su testimonio. Pero este señor,

de convicciones religiosas flojas, se resistía en acudir a la cita, porque a la

vez que admitia la completa desaparición del mal, se rehusaba en caracterizar

el caso de milagroso. El Padre Macé lo instaba tuviera a bien asistir a alguna

sesión en la cual tan sólo confesaría que la religiosa estaba ahora libre de la

enfermedad, sin que se le exigiera que declarase el hecho como milagroso, pues su afIrmación sobre la completa curación era suficiente para que el tribunal pudiera presentar el caso como digno de interés a la Congregación de Ritos. Pero el médico, educado cristianamente, admirador de la obra que

venían realizando los Padres en Cartagena, era ahora demasiado partidario de las doctrinas materialistas para dar el paso que se le pedía. En fin, cedió

el galeno a los ruegos que se le hacían, conmovido por la solicitud del Padre

Macé, a quien estimaba y trataba con llaneza y deferencia. Asistió a una sesión, cumplió con lo que le pidieron los jueces eclesiásticos, sin saber que

el testimonio prestado en esa forma daba a su aseveración un valor singular

que Roma no dejaría de contemplar y aceptar. Convenía señalar la solicitud

del Padre respecto del adelanto de ese proceso que fue llevado, gracias a Dios, a feliz éxito.

No menos tampoco fueron sus actividades musicales para que las funciones

religiosas no carecieran del realce que le da el canto bien ejecutado. Tuvo a

su cargo los ensayos reglamentarios, ejercicio que le resultaba trabajoso por

las dificultades que encontraba. Empero, llevado de su amor al arte y con su

tenacidad bretona, seguía procurando inculcar a sus bisoños discípulos el gusto por las melodías del canto llano y de los cánticos sagrados.

Exigía que todos cantaran, aun los menos favorecidos en cuanto a dispo- siciones naturales. El mismo, de pie, batuta en mano prodigaba sus esfuerzos sin tener en cuenta el cansancio inherente a este ejercicio.

Qué de veces resonó su voz en el coro alto de la catedral con motivo de las funciones pontificales que tan a menudo celebraba el Excmo. señor Brios- chi! La oyeron las calles y plazas de la ciudad en las procesiones del Corpus "

rogativas, de Nuestra Señora del Carmen. La oyeron, y cun qué

frecuencia, las naves conventuales de Santo Domingo a la vez que él mismo se acompañaba en el armonio, lo que es talento poco común. La voz era sonora, bella, resaltaba sobre todo en los dúos que él ejecutaba con el Padre Emilio Seligour, sin tener ese timbre quebrantado que se le conoció en sus últimos años, inevitables consecuencias de sus esfuerzos excesivos de antaño!

Christi, de la

Su notable maestría y su don de gentes le granjearon la efectiva simpatía de varios caballeros de Cartagena aficionados a la música y con quienes logró formar un excelente coro filarmónico que actuaba en Santo Domingo, cuando "

anuales de las cofradías y hermandades que

allí se celebrahan la

tienen su sede o funcionan en este templo.

"

fiesta

voces fuertes, bien formadas, espar-

ciendo con rpligiosidad sus acentos en un ambiente de recogimiento fervoroso y saturado por el perfume de los jazmínes del altar, mientras a sus pies se "

¡\psarrollahan en orden perfecto la

ceremonias pontificales, bajo la discreta

y competl'ntp dirección del Padre Guyot de Salins.

Era un vprdadpro placer oír aquella

"

ljut' satisfacC'Íónsecreta nu sentiría el ilustrísimo Prelado al comparar el

pn'sl'nte ('on los lejanos día

hendecina al Señor por verse acompañado de sacerdotes tan deseosos de

de su arribo a las playas cartageneras! Sí que

'i

Ilpvar a bil'n su oficio de formadores del elero!

Los ensayos que exigían estas ejecuciones musicales no impedían sin em- bargo que el Padre consagrasp hastantes horas a ocupaciones particulares ('on pi fin loahle de acrecentar sus conocimientos literarios y científicos. "

Adquirió con sus numerosa

lecturas mayor claridad sohre ciertos

hf'('hos hist.óricos y [('visó, pl'rfeccionándolo a la vez, el manual de álgebra

del padn' Bourdún. Acprtó en librar el texto de sus errores tipográficos y f('solvir', todos los !'jf'f('idos propupstos en él por el autor.

o.; y splecta

('onsta I'sta obra, dt· rpvisiún eomplptada por un fascículo adicional de vario>; ('uadl'frlos cuidadosamentp lll'vados, como si estuviesen a punto de sl'r mandados a alguna tipografía para nupva edición.

Se siente que tan brillantes dotes hayan proyectado sombras crepusculares en la estructura de su vida espiritual. Su mente ajustada al sentido de la medida y de la rigidez de la ecuación, ansiosa de la certeza absoluta que su clarividencia le hacia vislumbrar no obstante lo nebuloso del problema, lo llevaba natural e insensiblemente también hacia la solución de sus inquietan- tes problemas interiores. Empero, siendo distintos los dominios de esta luz extraviada, cuando no contraproducente, dejaba al padre en su penumbra de perplejidades. Tal disposición de esplritu tenia su explicación fisiológica en la complexión de su organismo cuyas actividades primero fueron demasiado prematurlL". 1'.'ada raro, y esto era otra consecuencia, quP se debilitlL"e su salud a veces hasta el punto de ponerlo en trance de muerte. El padre Bourdón, un clarividente en las nebulosidades del espíritu como competente en la curación dp ciertas enfermedades logró salvarlo. Mucho más tarde, en HJ:29, el R. P. Le Petit, provincial a la sazón, al considerar que nuevamente el estado de salud del Padre inspiraha graws temores, lo llamó a Bogotá. El clima frío de la altiplanicie contribuina quizás a su restablecimiento total. El 25 de diciemhre de este mismo allo llegó a la residencia provincial. Pero el cielo nublado no recobró súbitamente su serenidad primera; siguió con sus penlL", fortalecido y guiado con acierto por el padre Le Petit, el cireneo paciente y caritativo de IlL" horlL" de tristeza y amargura. En fin, poco a poco, mediante la gracia de Dios, dejó de experimentar siquiera en forma aguda, estlL" crisis que haClan temer por su vida. Volvieron los días de serenidad y bonanza.

Acepto pi Padre el desempPI10 de algunos oficios: lL"l fue como se encargó de la direccion del coro de Nuestra Sel10ra de las Angustias al cual dió notable nombradía en la capital.

Llevado de la más pura inspiración religiosa compuso varias misas y motetes litúrgicos y la musica con su debido acompal1amiento, de bastantes cánticos. Si alguna comunidad del BlH'n Pastor o los Padres de lTsaquén lo necesitaba para la organización de un ('oro ('on motivo de una fiesta para que él mismo acompañara los cantos, con qué gusto se ponía el Padre a las órdenes de todos! Acudía presuroso, feliz, con sus músicos y cantores escogidos y pre- parados, haCia ejecutar una bella y piadosa misa y siempre dejaba a los solicitantes plenamente satisfechos por la perfecta ejecución del canto y el servicio prestado con el amor en el corazón y la sonrisa en los labios.

Estos eran los triunfos del buen padre Macé, alcanzados sin formalismo ni rigorismo, por el sólo afán de servir a Dios y ser útil a sus prójimos. Lo consiguió y fueron muchos debido a su gran caridad y al conocimiento prác- tico que tenía de la técnica musical, porque, digámoslo en honor suyo, fue un artista integral aunque él mismo por su persistente inclinación a hacerse olvidar se complaciera en disfrazar su innata vocación con otras actividades materiales,

Desempeñó también la capellanía de "La Gota de Leche", obra eminente- mente social, establecida a unas cuadras de la residencia de Las Angustias. Pequeña era la casa, reducida la comunidad, humilde la clientela, pero cuán grande y efectivo el interés que le profesó el padre Macé! Qué no hacía para que las buenas religiosas pudieran cumplir sus labores con tranquilidad y satisfacción! Su consejo era bien aceptado, el dato que suministraba siempre aprovechado. Sacerdote de Cristo, tenía unas palabras de consuelo y simpatía para las pobres madres de familia y un gesto de bendición para sus criaturitas. La superiora, habiendo cumplido su período de mando le escribía de su nueva residencia:

"Siempre recuerdo con agradecimiento a su reverencia y el sinnúmero de favores que nos hizo que el buen Dios se lo pague todo. Me encomendará mucho en sus oraciones, ¿no es cierto? Qué tan felices aquellos días pasados en nuestra casita en aquella capillita que no olvidaré nunca con nuestras oraciones y cantos! Aquí nada de eso hay. En estos días de Navidad cómo no recordar el pesebre, la novena al Niño, las misas de media noche! Ya todo eso pasó! Que todo sea para Dios!".

Añadiremos también que si el Padre puso ser así de alguna utilidad a sus conocidos, esto puede explicarse en parte por el oficio de ecónomo que venía desempeñando en la comunidad y que le facilitaba el ensanche de sus actua- ciones.

Sabía dónde estaban situadas las casas comerciales que vendían la mercan- cía necesaria y cuáles eran los almacenes comerciales donde se podía hacer las compras en mejores condiciones. Las oficinas de la banca y los ministerios tampoco le eran desconocidos. Merced a la consideración de que gozaba entre los señores empleados, llevaba a feliz término el negocio a él confiado. Cuántos servicios prestados así a ciertas entidades diocesanas de las que era el apoderado! De cuánto provecho fue a los padres residentes lejos de la capital! Se prestaba pues a todas las diligencias, se esmeraba en su cumpli- miento, informaba a los interesados con un lujo de detalles que no dejaba a veces de sorprender. Lo hacía todo pausada y apaciblemente, enemigo de la velocidad que hace desvanecerse, del afán nervioso que agota y de la impe- tuosidad que consume. Es cierto que a veces no se avenía a esta lentitud con ciertas exigencias y situaciones apremiantes; pero es cierto también que a menudo tenía que esperar que se presentara la oportunidad para llevar a bien el a.o¡unto cometido, que poca era la facilidad para despachar ciertos negocios con la rapidez que se le pedia y que, en ocasiones, grande resultaba el recargo de sus ocupaciones.

Porque hubo un tiempo en que fue secretario de la Obra de la Propagación de la Jo'e. Se encariñó con esta tarea, sintiéndose ahora más animado para ('umplir ofic:ios dt· alguna responsabilidad. Manifestó verdadera solicitud para d mayor rendimiento de las obras misionales. Con pulcritud y precisión

redactaba los informes que aseguran la vitalidad y el desarrollo de tan bella obra, contestaba los oficios de comités parroquiales o diocesanos, informaba detalladamente a los particulares.

El Comité Nacional habiendo sido objeto de una organización más extensa, el padre Macé, por no poder consagrar a su oficio el tiempo que le exigía la nueva administración dejó su cargo de secretario. Siguió adicto al movimiento misional, y en la capital fue el agente activo del Excmo. señor Builes en lo referente al seminario de misiones de Yarumal. Repartía entre los bienhecho- res los diplomas que les hacían acreedores a los favores espirituales, provo- caba la inscripción en el Libro de Oro, mediante algún don pecuniario, esti- mulaba y entusiasmaba a cuantos se le acercaban para enterarse de la obra.

Como aparece, si ahora los surcos que venía rompiendo eran distintos, el campo de apostolado era el mismo y en el trajín tampoco la solicitud del buen padre había cambiado.

Agradecido por sus servicios le escribía el Excmo. Señor Builes:

"Sea la ocasión de enviarle mi cariñoso saludo por sus incalculables bon- dades en favor de mis obras. Dios sabrá pagarle, mi querido Padre, pues hartos ladrillos ha puesto en la magna construcción del Seminario de Misio- nes".

Todas estas actividades del Padré Macé, tras de las cuales se adivinaba siempre la fmeza de su sensibilidad, la frescura de su ingenio, la categoría de su espíritu, estaban informadas del más completo desprendimiento y de la más peñecta caridad. Al prestar algún servicio se sentía tan feliz como aquel que lo recibía. No sabía decir no. A veces pudo dejarse sorprender su buena voluntad siendo víctima del engaño hipócrita, de la mentira aduladora y de la diplomacia de mala ley. Entonces era cuando sufría el Padre por no haber creído posibles la osadía y la fechoría de ciertos individuos.

Porque él mismo era amiguísimo de la verdad y enemigo de la adulación. Evitaba las ponderaciones exageradas en las cuales es fácil se deslice alguna mentira y huía de toda murmuración como de la mordedura de la serpiente. Su juicio era muy sólido y su inteligencia poco común. Lástima que sus enfermedades no hubiesen dejado fructificar tantos talentos!

En las conversaciones señalaba el hecho, pero rara vez emitía algún juicio. Su lenguaje, con ser sencillo y sin presunción, no era menos eficaz y penetran- te. Era una fiesta oírle sus historias, sus chascarrillos, sus conceptos contados con gracejo, semblante risueño y convicción acendrada, mientras chispeaban sus ojillos festivos. Su memoria privilegiada almacenaba una sentencia para cada situación, un cuento pintoresco para cualquier circunstancia, con lo cual entretenía y hechizaba irresistiblemente a sus interlocutores.

Al lado de las precedentes observaciones es preciso añadir, so pena de trazar del padre una fisonomía con rasgos incompletos su acendrado amor para su patria. El estado actual de Francia no lo tenía oprimido ni descora- zonado. Esperaba fumemente su resurgimiento y, muy experto en lo relacio- nado con las peripecias de la guerra, seguía sus operaciones con un optimismo

a veces intransigente.

En realidad de verdad en el padre Macé tuvo la eutrapelia su prosélito benemérito; casi hasta sus últimos momentos mostróse adicto a esta modesta virtud cristiana cuya práctica, en ciertas circunstancias, es tan benéfica como meritoria.

Así fue como los últimos años del padre empezaron a irisarse de un halo de afecto y veneración de parte de cuantos lo conocieron y lo trataron. Y fueron muchos. Es un raro privilegio digno sólo de aquel cuya personalidad, como la de nuestro amado Padre, es generosa, alegre, erguida en su gentileza.

No será temerario aducir el concepto de que este mismo afán por servir

a los demás, fue de cierto modo causa del rápido desenlace de la enfermedad

de la que venía sufriendo. Mientras pudo llevó sus males con la entereza y

la placidez que le venían de raza. Una crisis de uremia que interesó el corazón

lo obligó, sin embargo, a ceder las armas.

Internado en la casa de San José, de Usaquén, allá fue objeto de los esme- rados cuidados del doctor Sarria, médico apreciadísimo quien pronto juzgó el estado del enfermo desesperado. A su instigación, el superior, Padre Enrique Rochereau, administró el sacramento de Extremaunción al paciente. Y como la nave, después de viajar por alborotado mar, se entra al puerto con avance lento y en tranquilas olas, así acercóse el Padre, en alas de esperanza a los confines de la eternidad.

El jueves 18 de noviembre de 1942, en las primeras horas de la noche, rodeado de sus hermanos en religión murió en la paz del Señor. Voló su alma hacia su Creador para recibir de El el galardón conquistado en dura brega y con sobrados y seguros merecimientos. Esta es nuestra esperanza.

Pasó la muerte por este candoroso varón sin dejar, se puede decir, estam- pada su huella. Ninguna contracción apareció en su hermoso y agraciado semblante de anciano, ninguna nube llegó a sombrear la tersura de su noble frente y la sonrisa asomada de sus labios yertos.

Contaba setenta y tres años, seis meses y diez días. Se aprestaba la Comu-

nidad a celebrar sus bodas de oro sacerdotales, el Señor lo dispuso de otro modo, llamándolo, así lo esperamos, a tomar parte en las eternas nupcias

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JUAN GUYOT DE SALINS

Rafael Escobar

Entre mis recuerdos de infancia guardo el de un sacerdote demacrado que recorría diariamente la distancia que separa a Santo Domingo de Santa Clara, leyendo, ajeno a cuanto pasaba a su alrededor, las páginas de un libro de oraciones. Era el Cltpellán de Santa Clara y lo llamaban el Padre Juan. Más tarde, oí hablar muchas veces de él a sus hermanos en religión y a sus alumnos o ex-alumnos, lo contemplé desarrollando sus actividades como maestro de ceremonias en las funciones pontificales, solicitaba regularmente sus servicios en el ministerio de la Penitencia y por último, encontrándome con él frecuentemente en la vecina población de Turbaco, en donde desem- peñaba él, el cargo de párroco interino, vi muy de cerca los últimos días de su existencia.

No creo haber observado diferencia alguna en su físico desde el día en que lo conocí; siempre el mismo sacerdote demacrado de actitud recogida. Pero su alma sí fue cada día cobrando mayor grandeza ante los ojos de mi espíritu, debido al conocimiento que de ella iba adquiriendo. Terminé por considerarlo como un santo, pues me decía: quien practica la humildad, la caridad, el desprendimiento, la abnegación y la conformidad con la Cruz del Señor como lo ha practicado el padre Juan tiene que ser un santo, o no sé yo lo que es ser santo.

Uno de los periódicos de Cartagena observó justamente que el padre Juan fue uno de los modelos más raros de humildad. No creo que ninguno de cuantos habitaron con él entre los claustros del Seminario pueda tener memo- ria de haberlo visto una sola vez demudado el rostro por la soberbia. Sabiendo que los escritores espirituales están de acuerdo en decir que la humildad es la medida de la santidad, podemos deducir cuán excelsa fue la santidad del padre Juan.

Para hacer resaltar su desprendimiento de los bienes de la tierra, su abne- gación y su misma humildad, detengámonos un momento a pensar lo que para quien dejó en el dulce suelo de Francia, bienes considerables de fortuna

y la posición que le daba un apellido noble representa una vida de cuarenta años llevada alegremente bajo el sol ardiente de nuestra Costa Atlántica, en el recinto de un viejo convento sin comodidades y consagrada a una labor meritoria y eficaz sí, pero modesta y sin brillo. Uno de sus hermanos es hoy, en el escalafón militar de Francia, el Almirante Guyot de Salins.

Sus bienes de fortuna sólo le sirvieron para favorecer a los seminaristas pobres de nuestro seminario, quienes en otro orden de cosas, encontraban también en él la mejor fuerza para la remoción de los obstáculos con que tropezaban en la persecución de su ideal. El padre Juan era todo caridad.

Era también todo abnegación. Esta virtud relució en él principalmente en los días que administró con carácter de interinidad, la parroquia de Turbaco.

A pesar de sufrir una fuerte opresión que le hacía muy dificultoso el andar,

organizaba así su jornada del domingo: misa a las 5 de la mañana, confesiones, misa a las 7 y media, viaje a Turbana, a caballo en el ejercicio de su ministerio,

(eran 4 leguas de a caballo para una persona de edad que estaba enferma e

ignoraba el arte de la equitación); regresaba a Turbaco, cerca de las tres de

la tarde para atender a los bautismos que siempre ese día y a esa hora suelen

presentarse. Para una persona en salud ésa habría sido una jornada meritoria y plausible; para el padre Juan aquellas fueron jornadas en grado sumo herói- caso Su celo por la gloria de Dios y la salvación de las almas no le permitió darse cuenta de la imprudencia de su proceder ni que los demás lo sospecha- ran. Mejor! Dios todo lo dispone con sabiduría y bondad: de otro modo no

habríamos visto el espectáculo hermoso de un soldado que caía en la brecha después de 65 años de lucha, ni habría disfrutado él tan pronto en el cielo del premio que se da a los vencedores.

El secreto de la alegre abnegación del padre Juan nos lo dan estas palabras suyas dichas a uno de sus feligreses de Turbaco con el ánimo sin duda de edificar y sin sospechar sin duda que esas palabras fueran a oídos de un indiscreto admirador suyo de Cartagena: "Mi destino es sufrir". Sí. Se creyó llamado a reproducir principalmente el misterio de la Pasión del Salvador y amó su vocación. Se creyó incapaz de cambiar lo dispuesto por Dios que juzgó que lo por él dispuesto debía ser su mayor bien.

He ahí por qué no puedo dejar de considerar al padre Juan como a un santo y confío que sus méritos se aplicarán a cuantos con él tuvieron víncl,los de alguna naturaleza en este mundo.

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MANUEL BLIVET

Manuel Blivet nació en Uzel (diócesis de San Brieuc en Bretaña). Era el undécimo niño del señor Blivet, notario muy estimado en el país, y doña Paulina Bienvenüe, ambos hijos de familias cristianísimas que desde varias generaciones habían suministrado sacerdotes y religiosos a la Iglesia.

El apellido de doña Paulina Bienvenüe es además uno de los más conocidos en Francia. El tío del padre Blivet fue el ingeniero encargado de la construc- ción del Metropolitano (ferrocarril subterráneo) de París, que ofrecía proble- mas de una dificultad desconocida en Londres y Nueva York, por el número de canalizaciones subterráneas, la movilidad del terreno y la existencia de las catacumbas o sean las canteras de donde se sacaron durante siglos los materiales de construcción de la ciudad.

En cuanto al mariscal Foch, otro miembro de la familia del padre Blivet, el mundo entero conoce el nombre del Jefe militar que llevó 24 naciones a la victoria de noviemhre de I!HH.

Cuando nació el niño, pareció tan delicado y de salud tan frágil que el cura

palabras: "Pobre niño, ya

de la parroquia, en la cual fue bautizado, dijo esta

está hautizado y podrá ser muy pronto un ángel del cielo".

Otros fueron los designios de la Providencia, y el nillll vivió. Esta gracia fue quizá'i la rl'compensa a la ahnegación admirable y al celo con el cual su ahuelo materno S(' dl'dicó a la fundación del Carmelo de San Brieuc, dándole apoyos morall's y materiales, y a una de sus hijas. (Otra hija era religiosa de la ViHitad{¡n, y uno dI-' sus hijos hahia precedido al padre Blivet en la Congre· gad{¡n dI' IIIS Eudistas).

Manuel Blivet (1874-1931)

Tres semanas después del nacimiento del joven Manuel, doña Paulina quedó viuda con siete hijos; su fe cristiana le dió la fuerza de cumplir con sus graves responsabilidades y supo comunicarla a sus hijos.

La salud delicada del "Benjamín" de la familia fue para ella causa de graves inquietudes, y motivo también para la madre y las hermanas mayores de consentir quizá demasiado al niño enfermizo pero inteligente y travieso que inspiraba esos temores.

Hizo su primera comunión con los mayores sentimientos de piedad, cosa que causó admiración porque hasta entonces se manifiestaba inquieto y poco atento en los oficios de la Iglesia.

Dos años después fue a reunirse con su hermano Fulgencio en el Colegio San Salvador de Redón.

Fulgencio iba más tarde a graduarse de médico. Hoy en día uno de sus hijos es misionero en Birmania y otro pidió su admisión en el noviciado de los Padres de Luis Grignon de Montfort.

Siempre los dos hermanos, Manuel y Fulgencio, manifestaron su afecto mutuo y gran intimidad.

Sin embargo, durante su vida de colegial, Manuel que se distinguía por su pererza, tenía que recibir las amonestaciones de su hermano mayor, y sólo se llevaba los premios del juego. Pero su carácter alegre a la vez que su disposición para prestar servicios le granjeaban el cariño de sus compañeros, y extrañamos ahora la indulgencia de los profesores para con un alumno tan perezoso; quizás vislumbraban las cualidades ocultas de este niño que enton- ces no parecía pensar más que en juegos.

Acercóse el período de exámenes y el fracaso fue total, yeso repetidas veces.

Fue entonces cuando se manifestó la influencia del padre León, superior del colegio, y luego el llamamiento Divino. La conversión fue completa. En el año de 1894 y merced a un trabajo perseverante y a esfuerzos enérgicos de los cuales ya no lo creían capaz, logró presentar los exámenes de los bachilleratos de Retórica y Filosofía, y el premio mayor de los antiguos alumnos del colegio, (que recompensa en nuestros colegios el buen espíritu de· lo!! alumno!!) le fue concedido por voto unánime de sus compañeros.

Durante los asuetos de 1894, el joven Manuel dió parte a su madre de su deseo de !!er eudista. Salió para el noviciado de Kerlois, y para entrar al servido militar al cual no se obligaba entonces a los sacerdotes seglares, fue recibido en el e!!cola.'iticado de Santo Tomás de Rennes para seguir los cursos d,·1 Seminario Dio(·(·sano.

Desde los primeros días de noviciado, el hennano Manuel Blivet manifestó el mismo espíritu y las mismas cualidades que le habían granjeado el cariño de sus compañeros y profesores de Redón. Pronto a petición suya, y tanto para poder entrar al servicio militar, del cual se eximía a los jóvenes que vivían en tierra extranjera, como para corresponder a los gustos del joven que no pensaba más que en nuestras obras de Colombia, resolvieron los superiores adelantar la fecha de su salida, reibióá la Tonsura de manos del Obispo de San Brieuc, el E. S. Fallieres, y se embarcó con destino a Colombia.

El biógrafo francés del Padre declara ignorar las primeras impresiones del joven. Sabemos por el mismo padre Blivet, que tuvo que sufrir de ciertas circunstancias las cuales hubieran sido para otro ocasión de amargas desilu- siones y desaliento.

Por su alegría natural, por su optimismo y su tendencia a tomar las cosas por el buen lado, el padre Blivet ha sido uno de los que más contribuyeron

a la desaparición de esas circunstancias.

Para el padre Manuel Blivet Colombia fue verdaderamente una patria de adopción. De temperamento activo, de naturaleza ardiente que tenía sus arrebatos, pronto para apoderarse de una idea, y rápido en la decisión, tenía un alma de conquistador. La antigua ciudad de Cartagena, tan llena de recuer- dos históricos despertó en él talentos y gustos sepultados hasta entonces en la subconsciencia. Sin que tuvieran que sufrir sus estudíos teológicos, se entregó al estudio de la Historia y se apasionó por la Geografía. La filatelia nos ayuda de modo original a conocer mejor el mundo en el cual vivimos, y es para los aficionados al exotismo y que sueñan con vi~es y aventuras un modo de excursionar tan rápido como confortable y poco díspendioso.

El padre Blivet poseía una importantísima colección de estampillas adqui- rida por correspondíencia o canjes y estaba en relación con muchos aficiona- dos del antiguo y del nuevo mundo.

Con su perfecta urbanidad, su conversación fácil, agradable y variada, el

padre supo granjearse numerosos amigos, amigos de ocasión es verdad, pero

a los cuales podía hacer mucho bien por su celo y su fe sobrenatural.

Pues bien, en el seminario se desarrollaba en el Padre una piedad profunda,

y a la vez se acentuaban esos rasgos personales que hicieron de él una personalidad original, mezcla de sombras y luces que lo dominaron alterna- tivamente hasta el triunfo definitivo de la gracia sobre la naturaleza.

Antes de salir para Colombia el padre Blivet había recibido la primera tonsura. En Cartagena las otras ordenaciones se hicieron esperar por la larga vacante de la díócesis. El E. S. Biffi murió a 8 de noviembre de 1896, y el E. S. Brioschi no fue consagrado antes de mayo de 1898; en julio del mismo

año coníIrió al padre Blivet las órdenes menores y el subdiaconado, en noviem- bre el diaconado y el sacerdocio.

Un mes despés la obediencia lo llamó a Pamplona. Aficionado como era a los viajes, acogió con alegría su nueva obediencia.

Apenas en su nueva residencia, estalló la guerra civil del 99. El seminario tuvo que sufrir mucho durante la ocupación de la ciudad por el ejército revolucionario, y los alumnos fueron licenciados. El padre Blivet dejó en sus papeles los recuerdos de aquellos tiempos, lo citaremos para referirlos.

"El 17 de octubre de 1899, hacia la una de la tarde, Pamplona generalmente tan tranquila, salía de su apatía. Comisiones militares reclutaban soldados y hacían requisiciones.

Pronto supimos la causa de este movimiento, un telegrama de Bucaramanga acababa de anunciar el pronunciamiento de Bucaramanga el sábado preceden- te, y el General Villamizar, comandante de las fuerzas del gobierno en Pam- plona de recibir órdenes de ir con sus dos batallones, el Tiradores y el Rifles, por todo 800 hombres, a Bucaramanga, donde las fuerzas adversas contaban con 6.000.

El miércoles 18 salió el general dejando 400 reclutas para custodiar la ciudad, dos días después se reunía a esas escasas fuerzas el batallón Bomboná, de Cúcuta, cuya llegada nos tranquilizó un poco, ya que tropas enemigas se habían organizado en Boochalema.

En el seminaria habíamos mantenido la esperanza de poder continuar los estudios a pesar de la perturbación política, siquiera hasta el22 de noviembre, fm del año escolar, pero pronto tuvimos que licenciar el personal de alumnos que vivían en estado de perpetua inquietud y nerviosidad. Por otra parte, bien sea porque del campo no traía víveres, bien sea porque aumentaran los precios, ya no pudimos hacer frente a los gastos.

El jueves 26, el padre de Martini avisó a los padres de familia y declaró suspensos los cursos. El viernes en la noche no quedaban en el seminario más que ocho niños que por diversas razones no habían podido seguir a sus compañeros.

El domingo siguiente supimos la victoria del Gobierno en Piedecuesta y San Andrés, y el coronel Díaz salió de Pamplona para reunirse con el General Villamizar, y después de un combate de tres días, en los 12, 13 y 14 de noviembre, en los cuales murieron 2.500 de los 9.000 combatientes, el General Rafael Uribe, derrotado por el ejército del Gobierno, rehizo su ejército y se dirigió hacia el norte con el fin de juntarse con el General Bel\iamín Herrera.

kO

Ocho a diez días después, el General Villamizar hacía su entrada a Pamplona

el General González Valencia con 3.000 voluntarios lograba sorprender en

y

escla la vanguardia del General Uribe.

En el mismo día en que fueron halladas las armas en las dependencias de la Catedral, estando reunidos en la capilla para las oraciones de costumbre oímos golpes en la puerta de la casa. Era un tal coronel G. en estado de embriaguez, y que con esfuerzos sobrehumanos para mantenerse de pie nos dijo "yo mando la guardia y la guardia muere pero no se rinde"! Una carcajada contestó a esta reminiscencia de Waterloo, y el pobre muy confuso al ver el poco éxito de sus heróicas palabras, se dejó llevar hasta la reja que cierra el jardín.

Vimos entonces que el tal coronel G. había destruido una parte de la reja. Mientras la componían, los padres Bourdon y Seligour tocaron sin quererlo

a uno de los soldados, muchacho de diez y seis a diecisiete años. Este lo

tomó a mal, el coronel se puso a su favor, nos dijo que era más sacerdote que los sacerdotes, etc., y no se fue sino después de habemos anunciado que regresaría con la guardia para encarcelamos.

Apenas sosegados después de esta emoción, vino un nuevo individuo, el coronel P. N. el cual pecaba más bien por exceso de cortesía, y nos anunció que muy a pesar suyo se veía en la obligación de colocar centinelas alrededor del seminario para impedir que se sacaran las municiones que, según decía podíamos haber ocultado en la casa.

El padre superior lo dejó en libertad de hacer lo que se le antojase, y cada uno se fue a donnir. Hacia las once, oímos que volvían a llamar. "Por fm, pensé para mis adentros, he aquí que la guardia viene a buscarnos".

Nada de eso. Era siempre el famoso N., siempre muy correcto, y venía con suma urbanidad a pedirnos el favor de visitar el seminario por si se necesitara guardia por adentro.

Su intención era molestarnos, porque después de pasearse una hora salió sin dejar a nadie.

Por fin, hacia la medianoche pudimos dormir y aún fue turbado nuestro descanso.

A las siete de la mañana llegó el coronel P. N. con una orden de registrar

el seminario. No nos opusimos. A los pocos ratos llegó otra comisión de

veinte soldados, también con órdenes superiores, y que hacían parte de la guardia de honor del presidente revolucionario! Pusieron guardias delante de todas las salidas, inclusa la puerta de los excusados! Quitaron algunos ladrillos del piso de la capilla, algunas tablas de los corredores, y casi todas las tablas.

Hacia fines de noviembre llegaron 3.000 hombres de Bogotá y 3.500 man- dados por el General Casabianca penetraban en Santander por el norte.

Pero los atrasos ocasionados por la llegada de esos refuerzos permitió la corijunción de los Generales Uribe, Herrera y Durán, los cuales aprovechán- dose de las disensiones que habían surgido entre los tres jefes del Gobierno, los vencieron en el río Pedro Alonso, tributario del Zulia.

Los Generales Villamizar, González Valencia y Casabianca llegaron a Pam- plona perseguidos por sus adversos.

El General Casabianca que había tomado el mando salió de la ciudad el 28 de diciebre. Le habíamos dado cuatro de nuestros caballos, una mula y un macho.

En la tarde del mismo día los revolucionarios hicieron una entrada triunfal con banderas en las ventanas, música y cohetes y prometieron garantías a las familias conservadoras, con excepción de la conflScación de armas y de las seguridades que se juzgaron necesarias. A los Padres, el General Uribe mandó un papel para que no tuviesen que sufrir de parte de sus tropas.

Por desgracia, el sacristán de una iglesia aceptó ocultar en una iglesia bultos cuyo contenido ignoraba, y pesquisas hechas a consecuencia de un denuncio hizo descubrir en el parquecito de una iglesia unos cuarenta rifles y un paquete de municiones en un cuarto que dependía de la catedral.

Eso no fue inconveniente para que publicaran que se habían encontrado en nuestra casa no sé cuántas cargas de pertrecho y rifles.

Al día siguiente, nueva comisión para pedir nuestros galápagos; a los dos días de su llegada, los revolucionarios de habían apoderado del único caballo que teníamos y se empleaba en el servicio de los enfermos.

Los revolucionarios salieron para Bucaramanga, y sólo nos dejaron unos ciento cuarenta a ciento cincuenta hombres. En la capital del departamento rompieron puertas, saquearon almacenes, y hasta abrieron tumbas en el ce- menterio en su ansia de encontrar municiones. Los jefes autorizaron al minis- tro protestante para que les predicara y les distribuyera opúsculos de propa- ganda. Supimos eso más tarde porque nos quedamos un mes sin noticias.

La guarnición de Pamplona hizo una salida con un tiroteo de una hora sin resultado apreciable. Rt'gresaron los revolucionarios, saquearon de nuevo las tiendas, y en los dias siguientes se atarearon en levantar obras de defensa, fortificar la I~atedral y varias casas de balcón, y dañar las calles. El martes 2:1 de enero n08 despertaron los disparos y gritos de "Viva el gran partido I~onaervador, que mut'ran 1011 excomulgados"! y de "Viva el partido liberal,

mueran los pretorianos!". El ejército del gobierno atacaba a sus adversos en la misma ciudad. Al abrirse el día, el fuego se hizo muy violento y por desgracia la casa de habitación de los padres del seminario se halló entre los dos fuegos.

Imposible divisar a los conservadores que disparaban con máuser y pólvora sin humo; en cuanto a los liberales disparaban desde la plaza que está al frente de nuestras ventanas. En estas condiciones, la curiosidad era peligrosa y dejamos nuestros cuartos. Pronto el fuego de los conservadores se hizo menos intenso; al ver eso, los liberales quisieron asaltarlos, pero tuvieron muchas bajas, aunque los conservadores se vieron en la precisión de alejarse.

Cuando regresamos a nuestros cuartos vimos que el cuarto del padre Gui- llennain había recibido cuatro balazos, quizás por llevar bandera francesa. Además no quedamos por mucho tiempo en la duda: al día siguiente un capitán N, nos dijo que lo habían hecho porque se había disparado desde la ventana del padre. La calunmia y el insulto no podían quedar sin protesta. El padre superior y el padre Lagnel fueron a quejarse delante del comandante de la plaza; éste presentó excusas y las hizo públicas en una orden del día aunque de modo muy incompleto.

En el mismo día llegaron las tropas revolucionarias con el general Uribe, el cualto faltó a su acostumbrada prudencia al decir que los conservadores disparaban desde las torres de las iglesias como el Papa fulmina anatemas.

A fines de la semana la revolución dejó a Pamplona después de un mes

de ocupación.

Por fin la victoria favoreció las tropas del Gobierno. Los seminaristas regresaron y se reanudaron las tareas bajo la dirección del padre Tressel. El padre Blívet se reveló excelente profesor, muy al corriente de la Historia de Colombia, y de los acontecimientos locales, de los cuales sabía exponer el encadenamiento; y que colocaba en la historia general de los Estados surame- ricanos y del mundo entero. Así lograba comunicar a sus alumnos el gusto de las generalizaciones y daba atractivos a una ciencia que más que cualquiera otra tiene valor educativo para quien sabe manejarla con manos expertas.

El Padre aprovechó los asuetos para recorrer los campos de batalla y

levantar un mapa de las operaciones, y los oficiales colombianos admiraron la exactitud y la precisión de estos trazados, que fueron editados en París y

son consultados todavia por quienes quieren estudiar las operaciones de 1899 a 1901.

De Pamplona el padre Blívet fue mandado a Antioquia, donde se gra.r\ieó la simpatía de todos. En 1905 hizo un viaje a Francia, y de regreso fue nombrado Coadjutor del Párroco de Turbaco y encargado de la sucursal de Arenal, que no era todavía parroquia independiente.

Este ministerio que desempeñó en compañía del padre Bourdón vino a ser, merced al carácter alegre de los dos padres, ocasión de aventuras trági- cómicas cuya relación alimentaba sus conversaciones sin lograr siempre llevar la convicción al espíritu de los oyentes, que no los consideraba como artículos de fe defmida.

Pero el padre Blivet prefería la enseñanza en los seminarios al ministerio

y

ya sabemos que no le disgustaban los viajes; por eso el padre de Martini

lo

mandó a Panamá, de donde regreso en 1907 para reemplazar en Cartagena

al padre Lebreton, que acababa de morir. Nombrado prefecto de disciplina para mentener en el orden niños que por casualidad era más bien quietos, y

a quienes el padre Lebreton trataba de modo muy paternal, el padre Blivet quiso imponer su autoridad en circunstancias que no lo necesitaban de nin- guna manera. Y como en otras circunstancias se manifestaba algo familiar con los alumnos, el resultado no fue siempre satisfactorio; el padre había nacido más bien para imponerse por su enseñanza que para desempeñar un

cargo de autoridad.

También desempeñó el oficio de ecónomo, yeso sí, con rara habilidad, logrando satisfacer a todos, lo que no era siempre fácil en aquellos tiempos.

A fines de 1910 partió para la isla de Santo Domingo, donde nuevamente halló al padre de Martini, superior, y a los padres E. Dufouil y Bourdón sus antiguos compañeros en Turbaco. Ya en Santo Domingo, ayudó al padre Bourdón como vicario cooperador, en la catedral; fue también ecónomo del seminario, y secretario del arzobispo Mr. V. Nouel.

La guerra mundial comenzó en agosto de 1914. Debiendo engrosar las filas de sus antiguos regimientos varios de los padres de Santo Domingo, fue imposible a la Congregación continuar las labores de aquel seminario. Los padres Bourdón y Ollive partieron para Cartagena y el padre Blivet quedó sólo en Santo Domingo, con la dirección del seminario y reemplazado al padre Bourdón en la catedral.

Tuvo el padre Blivet muy gratos recuerdos de Santo Domingo, aun cuando no pudo conocer sus alrededores: su gusto por los viajes había disminuído notablemente, y así fue que más bien con pena, se embarcó a fmes de 1916, para el puerto de Cartagena. Mas en su nueva residencia, muchos amigos halló, y la pena fue de corta duración. Por doquier iba, en poco tiempo gral\Íeábase la amistad de todos.

Naturalmente, de nuevo tomó el cargo de ecónomo; y fue entonces cuando brilló su mesura en tal materia. En su administración, las finanzas del semi- nario mar(~haron admirablemente. No temió imponerse grandes trabajos; ayu- dado de pleitistas y de comerciantes, obtenía grandes rebajas en los precios; volvía una y otra vez a la carga y con la amabilidad de su trato ganábase a ION ("omf'f('ianu~s qUf' venían a ser sus más íntimos amigos.

Muy complaciente con todos, prestó grandes servicios a las demás casas de la Congregación y al clero de las diócesis donde había estado. Por sus amigos gustoso trabajaba.

Creer que el solo resultado de sus actividades fue un beneficio material, sería grave error. En sus conversaciones de finanzas, sabía entremezclar doctos consejos espirituales, y más de una vez fue llamado a la. cabecera de sus proveedores para escuchar su última confesión.

Hasta los últimos años de su vida conservó su voz notablemente fuerte. Gustaba hablar fuerte. Sentía como necesidad el gritar. En los primeros meses de 1929 comenzó a sufrir de una gran molestia para hablar; su voz se debilitaba cada vez más. Entonces, nadie se dió cuenta de la enfermedad; tiempo después fue cuando consultó a varios médicos. Los diagnósticos estuvieron desacordes

y los remedios ningún efecto produjeron. Nadie le habló de cáncer, aunque el Dr. Fates examinólo detenidamente. En 1930 el padre Blivet, volvió a

Francia, donde hízose examinar de especialista en París y hubo de someterse

a dos operaciones. Mas ya era tarde. El frío de Francia, había rápidamente

aumentado la enfermedad, y ya estaban contados sus días. Los últimos seis meses de su vida padeció cruelísimos dolores con una paciencia admirable. En sus últimos momentos perdió el uso de la palabra. Descansó en la paz del Señor el día 20 de mayo de 1931.

El cable nos trajo un día la triste noticia. Ya la esperábamos, porque las

últimas cartas enviadas por nuestros padres de París no dejaban lugar a duda

y decían que hoy o mañana el buen padre se extinguiría a pesar de los esfuerzos por salvarlo.

Su resignación no se desmintió nunca, ni dejó su alma de transparentarse en las diversas ocasiones en que pudieron verlo sus co-hermanos. Cuando nuestro Reverendísimo Padre General entró a saludarlo después de sus cua- resmas predicadas en diferentes ciudades de Bretaña, el buen padre Manuel no pudo contener sus sentimientos y estalló en sollozos que no se calmaron sino cuando se le habló de la Voluntad Divina y se le invitó a ofrecer todavía otra vez el sacrificio de su vida y de sus grandes deseos de volver a Colombia.

Nacido en Uzel, aldea de 1130 habitantes del departamento de Cotes-du- Nord, en Francia, pasó sus primeros años de colegio con los Hermanos de Ploermel, en Quintín, cerca de Saint Brieuc, de donde salió para nuestro colegio de Redón. Terminados sus estudios de seminario menor fue a Kerlois, en donde se formó a la vída religiosa según el espíritu de San Juan Eudes, antes de venir a Cartagena, a donde llegó en busca de salud a fmes de 1895. Hecha su profesión como eudista, recibió la ordenación sacerdotal de manos del Ilustrísimo señor Brioschi -era la primera del eminente prelado- y tuvo como padrino al digno sacerdote de esa arquidiócesis don Lácides Berzal. El año de 1899 estaba en Pamplona, entregado a sus labores de vígilante de

estudios y de profesor de Historia y de Geografía, materias en que sobresalió por la pulcritud y nitidez de sus conceptos, y su talento especial para confec- cionar los mapas de la República. Conocimos varios de esos mapas, para cuya impresión se ofreció alguna persona muy influyente de Pamplona, pero que no llegaron a imprimirse por una serie de inconvenientes que al fin no pudieron solucionarse. De Pamplona salió para la ciudad de Antioquia en 1903, y de allí para Francia en viaje de descanso y de visita a su familia. En 1910 le encontramos en la isla de Santo Domingo, como secretario del Ilus- trísimo señor Nouel, después de haber pasado a su vuelta de Francia, por Cartagena, Panamá y otra vez por Cartagena.

En el año de 1917 cerrada nuestra residencia de Santo Domingo volvió a Cartagena hasta junio de 1930 que fue cuando salió para París, minado por

la enfermedad que le llevó a la muerte en el hospital de las Hermanas Agustinas

de La Santé, el 21 de mayo último.

Alma de temperamento frío, no alcanzaba a entusiasmarse locamente por ninguna cosa en la vida, ni a sufrir de esos desengaños que son el tormento de los jóvenes en el ministerio. Paso, a paso, lentamente, pero a pie seguro, iba él caminando su senda, esperando siempre que la precipitación de los unos y la apatía de los otros se abrieran camino en el tumulto de la vida. No quiere esto decir que no sintiera la lucha del carácter, ni que se abandonara indeciso a lo que le deparara la suerte. Su ardor en la brega y su tenacidad en el estudio le dieron el dominio y el conocimiento de los hombres, que le distinguieron con su más delicada amistad, en Cartagena sobre todo, en donde vivió la mayor parte de su vida entre la amable franqueza y la aparente frialdad de los salones y del comercio. Allí dejó amigos muy íntimos que compartieron con él las alegrías de su vida y le dedicaron en más de una ocasión delicadísimas frases, estampadas en los periódicos en el día de su cumpleaños.

Las comunidades religiosas le deben una buena parte de su tiempo y los sacerdotes de la Arquidiócesis de Cartagena, como los de la diócesis de Antioquia y de Jericó, saben que por ellos pasó más de una fatiga en las

calles de la ciudad, en medio de inconcebibles calores e hizo frecuentes viajes

a la Machina para facilitarles el pago de aduanas y el embarque de sus mercancía.'!.

Entre nosotros vivió como debía vivir; el cumplimiento de su cargo de ecónomo le impedía con harta frecuencia la asistencia a la vida común, pero en cuanto disponía de un momento volvía a ella para retemplar su alma y contarnos amablemente sus última." peripecias y decirnos los acontecimientos de La ciudad. No le faltaban entonces su chiste malicioso y sus apreciaciones perIKmaleH, no siempre de acuerdo con la seriedad de su carácter ni con la verdad de los hec:hoH, lo que ocasionaba serias discusiones y daba animación al momento.

Después de su salida de Cartagena en 1930 todo cambió para él y el carácter vivio y el genio picante se cambiaron en tranquilidad y en paciencia del mejor quilate; tan cierto es que la enfermedad nos hace entrar en nosotros mismos y nos da a conocer lo que antes ignorábamos. Sus últimos días fueron los que él había siempre ambicionado, de recogimiento "para tener tiempo -decía él- de prepararse a morir y recitar muchas veces el rosario de María Santí- sima".

Santa Teresita de Lisieux de quien fue siempre un gran enamorado y por quien trabajó ardoroso en los últimos años, para levantarle un altar magnífico en nuestra iglesia del seminario de Cartagena, le habrá recompensado su labor y habrá interpuesto su valimento para llevarlo más pronto al gozo eterno.

10

JUAN PLANDIERE

Martín Carvajal

Llegó a Pamplona al finalizar la guerra de los mil días. Venía directamente de Roma, pasando por Francia, destinado al Colegio-Seminario de Pamplona. Acompañaba al padre Félix de Martini, de muy grata memoria para mí por su gentileza, sus condiciones sociales y su inteligencia fina y amplia.

El joven Plandiere era muy tímido, callado, casi indiferente a todo. Me refirió el padre de Martini que en el viaje, cabalgando por el páramo de Santurbán, pues habían llegado a Santander por el río Lebrija, se había dañado la montura del Superior, y el peón que los acompañaba no llegaba para reparar la avería. Mientras el padre de Martini, impaciente como era, probó arreglar el daño, el padre Plandiere se sentó al borde del camino y sacó un periódico que se puso tranquilamente a leer, cosa que sulfuró al compañero, por verlo indiferente ante la molestia que sufría. Ese era el temperamento del joven rt'ligioso.

Al llegar a Pamplona, aunqul' no habia estudios, yo fui a saludarlos, pues t'ra alumno, ligeramentp amado del padre de Martini, y me encomendó que

timoneara al jOVl'n .Juan, y tratara dl' enseúarlp algo de castellano, pues no hablaba una palahra de ('sta rka lengua de ('t'rvantes. Yo hablaba franct's,

a

a í. P('ro no mt' (h"jaba insultar t'n tal idioma, y algo mp hacia entender. ('on ('sa ayuda pmI)('zamos por hablar y comparar las palabras, y por bregar ('on la pronunl'ia('klll nu(·stra.

í,

1 disdpulo quP debía llt'gar a

~;f'r gran ma('stro ('n todo. IIahlaba italiano, ('omo qm' había pasado en Roma varios anos y ('sto I'ra un iJu.'onvt'nil'ntp para pi apft'ntlizlJ.Í'" d!'1 l'astt'llano, pUl·S son Il'ngwLs muy sl'llll'janh's, y la <listindún ('nlft'la_s dos, tlifidl de han'r. Ma.s una ('osa SI vl'ía yo: giro, palabra, vt'rho irrt'gular lJUt' 11' indkara, '!l' rJjaha ('JI I'Si! m('ntalidad ('splC'ndorosa, y no hahía I\("'('l'sidad dI' volvt'r a rt'IJI·l.ir!(·. El allo '1Ut' .siguk. ('uaJIIlo ya SI' ahril'wn los ('ursos Il'l'tivos, lo

Así pudl' darml' ('ul'nta dI' la mpntalidad d

Juan PlandÜ!Te (1874-1948)

destinaron para atender una preparatoria, y tenia que preparar clases de gramática, ortografía, etc., en castellano.

Un año después dictó ya un repaso de filosofía, y yo asistí a esa clase, y me quedé sorprendido al oírle expresarse en un castellano clásico, con un magnífico léxico, sin un galicismo, ni un barbarismo, ni un titubeo. Tal era la mentalidad de ese cerebro privilegiado en todo sentido.

Había estudiado yo filosofía con un tomador de lección, el cual estaba esclavizado al autor, un autor muy mediocre por cierto, y el profesor temía mucho que nosotros sus discípulos adquiriéramos ideas erróneas en tan importante materia, cual es el estudio de las supremas causas de la vida, con todos sus fenómenos psíquicos, y no admitía sino la recitación servil del texto, y detestar todo lo que no estaba aceptado por éste. De modo que ignorábamos completamente lo que opinarían otras escuelas, y al estudiar la historia de la filosofía, me admiraba la selva de pareceres que en estas disqui- siciones había, no sólo en las filosofías antiguas, sino en los modernos pare- ceres.

Al oír al P. Plandiere sí apreciaba yo su amplitud, no en la concesión de idearium, sino en la disquisición de los distintos pareceres, mas por no estar bien preparado para esa distinción, muy poco fue lo que adelanté. Luego estudiando tantos pareceres distintos, Bergson, Nietzsche, Kant, etc., me admiraba del temor injusto de mi profesor, y de lo menguado de nuestro estudio, comparado con las exposiciones del P. Plandiere, claras, determinan- tes, combativas, como debe ser. Este sí era un profesor de materia tan impor- tante y tan bella y tan supremamente llamativa.

Sus estudios teológicos en Roma fueron perfectos, pues había que analizar sus facultades mentales como eran: atención absoluta, comprensión sin igual, retención perfecta. Yo me admiraba de sus cualidades intelectuales, pues nuestra amistad fue bastante íntima para poder conocerlo de cerca, pues tuvo por mí cierta deferencia, ajena a su carácter y modo de ser.

Humanista selectísimo conocía las lenguas clásicas, y me daba explicacio- nes sobre ese estudio que desgracidamente no aproveché, pues en la edad en que yo estaba no se atienden los consejos ni pareceres. La experiencia es caudal que se adquiere cuando ya no se necesita. Cuán cierto es aquel axioma que dice sintetizando los problemas de la vida: "Lo que la juventud no quiso la vejez no puede

El padfl~ Plandiere trajo dl' Roma el primer ejemplar de la famosa obra de Sienkiewkz QUO VADlS, única traducción en italiano autorizada por el autor, ~wgún df'C'Ía 1'1 mismo lihro. He sido siempre un gran le('tor, y no tenía idea dj' .·wln4·janf.p ohra mapstra como es el libro dpl autor pola('o. Yo entendía y f'nlij'lIdll pi italiano, pUI'S un s('ñor Sc:ihiano, comerciante de Cúcuta, había

[#1

tenido la paciencia de enseñarme su lengua, bien que él era calabrés y no sabía del todo la lengua oficial de la Península italiana. Así que lo leí con sumo agrado, y luego lo comenté con el P. Plandiere y éste me dijo que el Padre Santo Leon XIII lo había leído con admiración y le había hecho obse- quiar al autor, católico como la generalidad de los polacos, una obra de los tiempos neronianos, y había emitido el concepto de que las ideas expresadas en QUO VADIS estaban en un todo (\justadas a la doctrina católica, excelsa recomendación que hace de ese libro un ejemplar precioso de lectura con tan enorme concepto de la luminosa mente de nuestro gran Pontífice.

Véase por este detalle el aprecio del P. Plandiere, lo extenso de su menta- lidad, nada (\jena al movimiento literario de su época.

De su vida anterior. me contó que era normando, no sé de qué población. Que había hecho sus estudios en un liceo de Caen, y luego había entrado al Seminario de San Sulpicio, en París, donde permaneció hasta terminar filoso- fía y teología cuando entró en la Congregación de los Eudistas, y luego fue enviado a Roma, donde cursó ciencias eclesiasticas, especialmente teología dogmática, en lo cual era Doctor, cum laude máxima, distinción a la que no le daba importancia alguna.

Suave, alegre, mas con alegría sana y tranquila, la propia de las almas elevadas. Le enseñé algo de castellano, y también a fumar cigarrillos, de unos que fabricaban aquí en Bucaramanga por ese tiempo de la manufactura de un señor Leonardo Fossi, sin componer, pues entonces los compuestos eran de mala calidad y se llamaban "Rey del Mundo". Los mejores eran sin compo- ner "Legitimidad" de Prudencio Rabell, cubanos. El no sabía torcerlos y yo era muy práctico en esa pequeña función. Ibamos a pasear por el bello paseo del Zulia, y por allá fumábamos y conversábamos. Estaba desocupado por no haber colegio, y empleaba su tiempo en arreglar la biblioteca, muy desor- denada entonces, pero él la clasificó, hizo un catálogo utilísimo, la conoció en detalle y me decía que era bastante rica en muchos renglones.

Preguntaba por el querido amigo de muchos años, y me decía el P. Nicolás que era el profesor de teología de los estudiantes eudistas, pero que estaba ya fatigado y quería lo destinaran a una capellanía. Así creo se hizo, y luego Dios lo llamó a su reino. Su alma blanca ascendió luego de haber pasado por la vida como una paloma que no manchó sus alas y que fue a peñeccionar sus disquisiciones filosóficas y teológicas ante la Luz indeficiente, cual fue el supremo anhelo de su hermosa vida. En esa ceremonia tan bella de las iglesias francesas, las Vísperas, , en que se salmodia alternativamente y se verifican ceremonias rítmicas, elegantes, severas, en algún momento habían de recibir del turiferario, como me llamaban a mí en esa función, el homen(\je del incienso los sacerdotes asistentes, en pie, frente a sus reclinatorios. Al llegar ante el P. Plandiere, me cuadraba muy serio y elevando los ojos, ponién- dolos en blanco, lo incensaba lentamente y con una seriedad de Buda, a lo

cual no resistía el Padre y tenía que corresponderme con una risa nerviosa que no podía contener, él, tan serio de ordinario. No olvido esa y muchas otras circunstancias relacionadas con tan selecto amigo.

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ERNESTO DODARD

Luis Bourdon

El 15 de Julio de 1929, se dormía tranquilamente en el Señor, el reverendo padre Ernesto Dodard, capellán de la comunidad de los Hermanos Cristianos en dicha ciudad. Su vida fue la de un verdadero religioso, y se consumió en todas las obras a que lo destinaron sus superiores entre nosotros.

Nacido cerca de Chateaubriant, en la diócesis de Nantes, entró al Juniorato

de Plancoet, en el cual se desarrollaron a un tiempo su vocación sacerdotal

y su amor a la congregación de los Eudistas. Después de su noviciado en

Kerlois, diócesis de Vannes, pasó al seminario de la Roche.-du-Theil, donde

lo sorprendió la persecución del gobierno francés, contra las órdenes religio-

sas. Por tal motivo, tuvo que pasar a Bélgica con sus hermanos en religión,

y allá en Gyseghem terminó sus estudios teológicos y recibió la ordenación sacerdotal.

Apenas sacerdote, en 1904, fue enviado a Colombia. Trabajó un año en el seminario de Cartagena y pasó luego al de Antioquia, de donde salió con los padres que fueron designados para la fundación del seminario menor de San Pedro. Con el profesorado desempeñó durante algunos años el oficio de ecónomo, pero su mala salud no le permitió seguir en tantas y tan pesadas obligaciones. Regresó pues, a Cartagena en donde ayudó en las clases y demás atenciones que se imponen en un seminario; mas empeoró su salud, las continuas novedades que se le presentaban y las frecuentes jaquecas que le atormentaban le obligaron a renunciar al magisterio y aún a la vida del seminario.

Los superiores le nombraron cura de Arjona; por más de ocho años estuvo

al frente de tan importante parroquia, en la que trabajó sin descanso e hizo

brillar a toda hora su celo por las almas.

En 1918, fue trasladado a Turbaco en donde siguió consumiendo sus fuerzas en el fiel desempeño de su ministerio. La muerte del padre Evanno acaecida en junio de 1920, le sacó de esta parroquia y la obediencia lo obligó a hacerse cargo de la capellanía del colegio Biffi, en Barranquilla. Permaneció en este puesto, a satisfacción de los Hermanos Cristianos y de los alumnos del colegio, amado y respetado de todos, hasta que la enfermedad y la muerte vinieron a sorprenderlo en el asiduo cumplimiento de sus obligaciones. Su piedad, su humildad, su obediencia y su amor a la Regla fueron siempre notables; fue en todo tiempo un verdadero hijo de San Juan Eudes.

12

PEDRO LACROIX

Josué Acosta R.

Era mi primera noche de seminario. El vigilante de estudio rezó una breve oración en latín afrancesado, que no entendimos, y nos sentamos. Uegó entonces otro padre de regular tamaño, más bien bajo que alto, de cabello ensort\iado y amplia frente que nos repartió unos libros para que ocupáramos las primeras horas.

Más tarde supe que se llamaba Pedro Lacroix. Una hora después sonó la campana de comunidad, a cuyo sonido debíamos acostumbrarnos tan defini- tivamente, y volvimos a ver al mismo Padre con una lámpara verde de quero- spn.

Así lo habríamos de vt'r todas las noches de ese año y de otros años, sin qut' faltara una sola V!:'z. Ofido simbólico el del Padre Lacroix: ¡nos iluminaba!

Era un profesor dt' mPtodo práctico admirable. Nos daba las cIases de aritmétiea y gramática castellana.

Para ello tt'nía sus euadprnos lIt'nos dt' operaciones y análisis gramaticales, es(·rit.os elln una It'tra ml'nudita pt'ro dI' rasgos muy precisos.

t:ra daro en sus explieadont's, y sabía abajarsf' hasta el alumno. Nuestras tareas hahían df' !'Ier <"Jara!'l, (·on(·i!'las y muy limpias. Era que sabía juntar con mal'stría la instrucdón y la t'du("aC"iún, lo quP no lodos los profesores saben

Era ('s("rupuloso y (·on<"Í¡·nzudo en la eorrecdón de tareas, laborioso

ofido qw' 11' robaha largas hllra.'i el,' sueño no('l.urno.

hal:'·r

lIomtm' dI' j(rand,' autoridad "lItn' sus alumnos, no n't.roeedía antf' el (·astigo, pf'ro !'labia valf'r!'lt' !'Iobn' lodo ¡jt'l ('sUmulo. Hay alumnos como los (:OOaJloH dI' Hangr": la "sJ"l(>la los '·xa."Ip¡·ra, pl'rtl la voz ("ariñosa df'1 amo los "Htirnula y los hal·'· 1(l'I1I'rllslls.

Pedro lAcroix (1878-1947)

Entre esos estímulos recordamos lo que él llamó "el libro de oro de las composiciones castellanas". A sus páginas iban a dar, con la letra y la firma del autor, las mejores tareas. Con este método, el Padre Lacroix nos hizo entrar en el camino del periodismo, en donde algo hemos podido hacer por Cristo y por su Iglesia!

Sabía vigilar el estudio con tino y sagacidad. Estando él presente todos nos entregábamos al trablijo: unos porque sabían que no se la podrían jugar; otros porque sabían que ese era su deber; todos por respeto a esa grande autoridad del Padre Lacroix.

En los recreos era un gran animador del juego, y no permitía que los niños se estuvieran mano sobre mano. "El agua detenida se corrompe" solía decir- nos. En el dormitorio, rezada una breve oración, cubría la lamparita para dejarnos en la penumbra discreta; daba un breve paseo por todo el salón y luego se sentaba a su mesa de trabajo a corregir tareas o a rezar su breviario.

Cuando había juego de pipas, nos divertíamos, aprovechando la penumbra discreta, en tirarlos por deblijo de las camas para que dieran contra los vasos y las jarras, entre las risas medio contenidas. El Padre nos dejaba unos instantes gozar de ese desahogo; pero cuando él decía "basta" todo quedaba sumido en el más rígido silencio, como si una varita mágica nos cerrara los párpados y los labios instantáneamente.

Una noche llovía a cántaros sobre Pamplona. Después de la breve oración nos dijo estas palabras: -Oigan cómo llueve. Ustedes tienen aquí techo y

Piensen en tantos niños pobres que ahora mismo no tienen cómo

abrigarse para pasar la noche, y, compadecidos de ellos, denle gracias a Dios

camitas

que así los mima a ustedes, para que cuando sean sacerdotes se compadezcan de los pobres.

Algo habría de apostólico y muy sacerdotal en esa advertencia, cuando no se nos ha caído de la memoria ¡después de treinta y siete años!

En los paseos nos endurecía, como buen reservista militar: unas veces nos hacía jugar a la pelota; otras nos hacía caminar leguas y leguas sin probar un sorbo de agua. Pero a veces nos daba también nuestros gustos permitién- donos comprar dulces o dejándonos subir a los árboles frutales, claro está (juro con permiso previo de los dueños.

(:on los ('nf!'rmos ('ra una verdadera madre, y llegaba a verdaderos extremos dI' caridad y cariño.

Dos ('OHWI habla que nunca perdonaba a sus alumnos: la mentira y la aduladim. Si alguil'n habla cometido alguna falta, y el Padre buscaba al ('1 JI f1allh', y ¡·M!.!' t('nla 1'1 valor d" d(~darar su culpahilidad, podía contar con

!Ik

su generoso perdón. En cambio, si alguno pretendía ganárselo con la bajeza de la adulación, estaba perdido.

El padre Lacroix era el hombre de la línea recta. En alguna ocasión le hablábamos de él, con elogio, al Padre Le Petit, y este nos hizo notar: -No era un genio; pero los superiores nos decían siempre: ¡pórtense como Pedro Lacroix!

Si fue un modelo de seminaristas y de novicios, ciertamente fue también un modelo de religioso.

Apuntamos aquí un rasgo que lo pinta vivo y que vale por un libro. El Hermano Josefito pertenecía a la Congregación de los Eudistas, y era muy conocido en la ciudad. Ya muy anciano y enfermo, fue llevado al hospital de caridad, donde rindió su jornada. Esa mañana pasábamos por frente al hos- pital, en compañía del Padre Lacroix, y, tocado de curiosidad de niños. le propusimos al Padre que nos entrara a ver el cadáver. -No puedo entrar, porque no tengo permiso del Superior.

Un hombre de ese temple sin duda debía de ejercer grande influencia en la ciudad. Y en realidad,la ejercía muy discretamente, primero. por los nume- rosos alumnos que aquí tenían sus familias, y después desde la piscina salu- dable del confesionario. ¡-Así lo conoció y lo estimó la ciudad!

Cuando sonó la voz de la obediencia que lo llevó a la viña parroquial de San Pedro de Antioquia, se despidió de cada uno de sus alumnos y dirigidos dándoles los últimos consejos con miras al altar y al apostolado sacerdotal, que entonces comenzaba para él con nuevas características.

Más tarde nos decía, cuando era maestro de novicios en Usaquén: -Sepa que le tiemblo a la vida parroquial. porque pocos se santifican en ella-. Pensamos entonces con temor y con temblor en el gran Cura de Ars, que decía: "Yo no quisiera morir de párroco, porque hasta ahora no conozco a ninguno que se haya hecho santo en ese oficio

Pues bien, los feligreses tuvieron por santo al Padre Lacroix, y pidieron que les dejaran sus despojos mortales para sepultarlos junto al santuario del Señor de los Milagros, donde tantos años había pasado en el desempeño del ministerio parroquial. ¡Honor a esos pueblos que así saben apreciar a sus padres espirituales!

Defunctus saeculo tibi vivat, diremos con el Ritual Romano; que, cumplida su misión sacerdotal, viva ahora para Dios en el cielo, y bendiga desde allí a su Congregación, a la que presentamos nuestro sentido pésame por las pérdidas que ha sufrido en sus filas; ¡y bendiga también a todos sus discípulos agradecidos!

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PEDRO BUFFET

Luis Samson

En 1903, el R. P. Regnault, delegado del M. R. P. Le Doré, Superior General de la Congregación, hizo el viaje a Colombia para visitar los Seminarios diocesanos de Cartagena, Antioquia y Pamplona. El Visitador se llevó gratas impresiones, ensalzando la labor que venían haciendo los padres, no obstante numerosas dificultades que estuvieron a punto de acabar con la obra. En Gyseghem, le gustaba al padre Regnault hablar a sus seminaristas de la magnífica empresa confiada a la Congregación en estos países, suscitando así en los ánimos de sus oyentes el ardiente deseo de venir a engrosar las filas de los Eudistas de Colombia. Uno de estos fue el padre Pedro Buffet.

Oriundo de una población importante de la Bretaña francesa, entró al noviciado de San José de Kerlois, al terminar el siglo pasado. Cuéntase que con motivo de un incendio que estalló en las cercanías dió prueba de gran valor nuestro joven novicio. Porque, sabiendo que en la casa que ardía se habían quedado unos niños de corta edad, entró en ella, a pesar del peligro, y logró arrancarlos a una muerte segura.

Hecihiú en la Metropolitana las órdenes sagradas del presbiterado, en di- ciembre de 1904, y a los pocos meses llegaban a Cartagena, donde fue desti- nado para el seminario de San Fernando de Antioquia. Con motivo de este viaje al interior eseribió en seguida al padre Regnault: "Al rezar la antífona del itinerario: Angell1s Rafael, se me vuelve vagabunda la fantasía. Me lleva muy lejos, hada Franda y me hact' recordar a aquellos de quienes me despedí poco h3.(·I~. A pesar de lo qU(' siento no pido al Arcángel me vuelva a llevar hada la lh'rra natal; no, al rompt'r el surco en suelo feraz el labrador no

pUf~df' tan pronto ('('har una mirada atrás

la patria es el cielo"'.

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Ped ro BuJfet (1879-¿944)

Llegó el padre a Antioquia en los primeros días de enero de 1905, y el 4 del mes siguiente, saludaba a los seminaristas que regresaban de sus vacacio-

nes. Con qué entusiasmo, con qué acento de piadoso celo señaló a la apertura del curso en uno de los artículos que envió a la revista de la Congregación. Oid más bien. "Venid, niños; acudid presurosos hacia la villa que tanto amáis:

Córdoba y Sevilla blancas son como la nieve, ~ vosotros me decís: Cuando de la lumbre de la montaña que el sol quema, descubro en lontananza a mi ciudad de Antioquia como dormida en el fondo del valle; cuando veo sus copudos árboles, llenos de verdor y frescura, digo: Antioquia es bella como

el oasis del desierto donde descansa el peregrino árabe

; empero, niños, ya

pasaron los días de descanso, venid y entrad con regocijo en esta mansión objeto de vuestro cariño"".

El padre Buffet se dio de lleno a sus oficios de pasante y catedrático en los cursos inferiores, ocupaciones por cierto muy modestas, pero, acaso no han de ser así para cualquier principiante en el ejercicio de la disciplina y del profesorado? Varios años, alIado del Padre José Tressel, rector del plantel, se ejercitó en el dificil arte de la formación ascética e intelectual de los futuros ministros del altar.

Aprovechaba también la experiencia de los padres antiguos, tenía en cuenta sus observaciones, evitando así dar pasos falsos, por un lado o por el otro. Además, mantenía activa correspondencia con el padre Regnault, quien por sus ilustrados y prácticos consejos, no dejaba de entretener y aún de avivar la llama sagrada del celo en el corazón tan bien dispuesto deljoven eudista.

En 1906, el padre Buffet subió a San Pedro en compañía del padre Macé, designado para establecer en esta población el seminario menor que trasla- daba a esta altiplanicie el sabio y prudente prelado Monseñor López de Mesa.

Aquí el padre actuó como pasante general, viéndolo todo y no pareciendo ver nada. En las inevitables infracciones al reglamento, las más de las veces, pi hondadoso rector quería inclinarse más bien hacia la indulgencia, pero, allí estaha el Padre Prefecto para mantener el perfecto equilibrio entre la C"ulpahilidad y los principios disciplinares quebrantados. Sin embargo, en honor a la verdad, a esta severidad de rigor, el padre Buffet siempre supo unir un cariño de buena ley que le acarreó la estima y el afecto de los subordinados. A fin de salvar un caso casi desesperado, acaso no hizo el viajp a la ciudad dI:' Antioquia, de noche, por el fragoroso camino de Monte Frío. DI:' Pllte modo fue la mano derecha del rector, porque su perspicacia natural, su sano critprio, su espíritu resuelto le ponían pronto de manifesto la grawdad dp los ca.,os, facilitándole así la decisión que se había de tomar.

H!O!J! El padre Buffet ('stá en Cartagena en espera de su salida para Méjico, donrlp la (~ongn'gadón aeaba dI:' encargarse de la dirección de los seminarios dI' Saltillo y .Jalapa.

~. F'H'/lI.,· ya ,·,l.alla.

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Las relevantes prendas de nuestro biografiado lo habían designado al P. Le Doré para regentar este último seminario. A fines de septiembre del año siguiente se embarcaba para Kingston, acompañado de aquel que luego ocu- para la sede de Medellín, Excmo. Sr. Joaquín García Benítez. Llegaron los viajeros el 5 de octubre a Veracruz y, después de un corto viaje en ferrocarril se apearon en el Seminario Conciliar en donde fueron recibidos con especiales muestras de simpatía por los sacerdotes que allí se encontraban reunidos para los ejercicios espirituales.

Todavía no se había desencadenado la impía persecución contra la Iglesia. En Jalapa hizo buena labor el padre Buffet.

Puso todo su empeño para que en ese Seminario se formaran los futuros ministros del altar en virtud y ciencia. Fue el rector de iniciativas afortunadas en sus realizaciones. Suavizó la disciplina y con su autoridad paterna mantuvo el orden.

Reunióse en 1911 la Asamblea General de la Congregación y el Padre fue elegido, en representación de las casas de Colombia, Santo Domingo y Méjico. Con el P. Buant, entre los veteranos del Capítulo representaba el elemento joven, siempre interesante por sus observaciones, las perspectivas de sus planes y entusiasmo respecto de las obras. En una de las sesiones tuvo ocasión de informar sobre el Seminario de Jalapa. Cuán interesantes serían sus datos! Cuán provechosas sus observaciones! Cuánta confianza no inspi-

raría a los capitulares acerca de estas nuevas fundaciones en Méjico! Acertó indudablemente en dar un relieve preciso y contornos optimistas a este nuevo campo de actividades que venía a ser la prolongación de las mismas labores llevadas a cabo en Colombia y en Santo Domingo. Con razón pudo hablar así: En aquel entonces rica y brillante aparecía la perspectiva de las labores eudísticas. Saltillo, Jalapa, Santo Domingo, Cartagena, Antioquia, Pamplona, otras atalayas en las que ondeaba el pendón tres veces secular de la Congre- gación de Jesús y María y a cuya sombra los levitas se preparaban gozosos

a sus futuros ministerios.

La Asamblea elogió las actividades del P. Buffet en este campo que se iba

a ensanchar con la aceptación del Seminario de Chilapa. Bendecido por el

R. P. Le Doré, aconsejado y felicitado por el P. Regnault, regresó el rector al

amado plantel donde continuó sus tareas sumas y benéficas.

Desafortunadamente su actividad se vio paralizada por la guerra de 1914; fue llamado a la defensa del suelo patrio.

La administración militar le dio en Bourdeos un oficio de confianza en el que debía ejercitarse su espíritu observador y penetrante. Quedó encargado de la censura de los correos que salían para las Américas. En este empleo obró con diligencia y conciencia sacerdotal, dejando a sus jefes plenamente

satisfechos. Empero, no obstante la seguridad que lo envolvía soñaba quizás en otro puesto: el de capellán militar. Tenía un temperamento de apóstol y en él vibraba un alma de misionero. En eso pensaba cuando recibió orden de dejar el uniforme militar para regresar a Colombia. El gobierno francés impresionado por el vacío ocasionado en los países latinos por la salida de los sacerdotes llamados a filas les permitía dejar el ejército a fin de reanudar sus tareas en pro de la influencia que necesitaba Francia adolorida.

Acompañado de otros padres llegó el padre Buffet a Cartagena en octubre de 1918. Allá recibió su nombramiento de rector del seminario de Jericó. Hacía poco que la congregación se había encargado de su dirección, pero quedaba por levantar el edificio en donde debían albergarse los estudiantes'. El padre aceptó el nombramiento y resolvió concretar sus energías todas a esta magna obra. Hubo grandes dificultades para su realización. No todos aceptaban el punto escogido para el levantamiento del edificio, el agua faltaría, los recursos no serían suficientes y toda una campaña solapada y aviesa que se desarrolló en contra de los que llegaban con el único deseo de procurar a Dios mayor gloria.

El padre Buffet no era hombre para dejarse amilanar por los obstáculos, cualesquiera que fuesen los puntos de donde surgiesen. Era de temperamento ardiente y aún combativo.

Impa<¡ible a los combates y a las contradicciones que nunca pudieron abrumar su voluntad, contra todo triunfó. A Dios gracias.

En orden a la parte material, se reveló como hábil arquitecto por los planos como por el acierto con que él mismo dirigía y controlaba los trabajos. A caballo salía para el monte a fin de escoger la madera que había de servir para la construcción; bajaba al río "Piedras" para activar los trabajos en el tejar y examinar el material antes que fuera traído al Alto. Se ingenió en allegar recursos, y en compañía de los padres Prado, Basset y Andrieux, seguía las correrías por los campos de la diócesis. En la<¡ veredas, se hacía una misión con mucho fruto para las almas, y un muy buen resultado para la,; colecta.,. Más bien quP nos lo cuente el P. Felipp Escobar, otro incansable comparlPro del padre, en (>stas labores apostólicas.

"La /;(1'f1te nos daba lo que Ipnía: vacas. ("(>rdos, gallinas, frutas, dinero. ¡Cuánta /;('>f1Prosidad había I'n la gpntp, ppro cuánta ah negación en los padres! Estuvl> ('on PI parlrl' Buff<'l en (~hozitas, nm mala comida, cama pésima. Se conformaha'" padrl' sin una qw'ja. C'onf('saba a ("('ntpnares de personas y la

i ('OH motivo dI' la .u'ppladoll d., (',"111' :--I.'minari" 1'1 sPIHlr {'urtpsi, dp)pgado apostólico, envió

"("plt'hro IIt'gadu n'li~iosos dt'stinados al st'minario de

"'·rÍl'o, íI.'1' •• ~ (",lnll JoIf' UlulliplÍt'iHl los sl'rvidos dl' su hl'rll'mprita Cungr('~adón. Esto es un rav." JHua la 1J(.l.·,.,ia y para (:.,hullhia. t't'lkitolfJ. MOIUit'rlfJf (:orlt'si" (Arch, prov. n. IV . 5).

al

P.

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1 hAh~J(Iallla .""'¡/I(lIil·nt.·:

misa era siempre a las nueve, a las diez. Añadamos que esto no era sólo una

vez sino semanas enteras'.

En una carta que dirigió a los diocesanos de Jericó, se expresaba así el padre: "Hace dos años cuando me hice cargo del seminario de la diócesis

me encontraba sin local para recibir a los educandos y sin recursos para

edificarlo. Apremiante era la situación. En el seminario sin embargo radica

el porvenir de la diócesis y la salvación de trescientas mil almas. Fortalecido por este pensamiento, y puesta en Dios mi confianza, puse mano a la obra; la Divina Providencia ayudó a mis esfuerzos. Dos veces he recorrido la diócesis pidiendo limosna en nombre de Dios y de sus sacerdotes; por todas partes

mi petición encontró caritativa acogida. Hoy día estamos concluyendo el

Seminario menor; mañana principiaremos el Seminario mayor y la capilla. Hasta el presente $20.000 se han invertido en los trablijos; nos falta reunir otro tanto, porque quisiera un seminario digno de Jericó, digno de la religio- sidad de sus hijos y del halagüeño porvenir de la diócesis";.

Hemos de señalar que mucha fue la ayuda que al señor Vicario Monseñor Naranjo, prestó al Rector para llevar a bien esta empresa por la cual se interesaba él también. Decidido y leal amigo de los padres, sus palabras empapadas del celo más puro y de un cariño paterno los alentaron en más de una ocasión.

En este Ilustrísimo Prelado el padre Buffet encontró siempre un apoyo que nunca se desmintió.

Por su parte, testigo de las actividades del Rector, el Excmo. señor Toro escribía al muy reverendo Padre Jehanno: "Es increíble el entusiasmo que tiene el M. R. padre Buffet por la construcción del edificio que ha de servir

de

se sacrifica con el mayor desinterés por esa obra tan importante

seminario. La diócesis le ha de quedar eternamente agradecida porque él "

y así fue, como gracias al talento y al empuje del Rector, pese a los numerosos obstáculos que surgían a veces de los cuatro puntos del horizonte, la fábrica fue levantándose hasta culminar en esta mansión que domina "El Alto". El edificio es amplio, nada de ornato, ni una moldura siquiera, pero sí organizado en su arquitectura sencilla y en armonía perfecta con las exigen- cias de la vida de internado. En el roplije de sus muros blancos aparece de lejos cual faro de luz hacia rutas de virtud y de verdad, fortaleza de elevación espiritual y relicario que guardará en forma imperecedera cualquiera sea su destino, el recuerdo de la generosidad de los hijos de Jericó y el de la abne- gación del padre Buffet.

4. Arch. Prov. G. IV . 2.

5. Arch. Prov. G. IV· 7.

6. Arch. Prov. G. IV, 8.

Claro está que a estos ministerios y predicaciones extraordinarias el padre no se dedicaba sino en tiempo de asuetos. Durante los meses del año escolar cumplía su oficio de superior en cuyo desempeño supo captarse la estimación y aprecio de los educandos. Oían éstos de sus labios las enseñanzas prepara- torias a la ruda tarea parroquial a la par que en sus espíritus levantaba el docto o ascético padre otro edificio, de contextura espiritual capaz de resistir los embates de la vida y embellecerse con los méritos que se adquieren en el ministerio de las almas.

Pero ciertos graves achaques de salud ocasionados por unas correrías en climas deletéreos vinieron a limitar estas actividades. Hacia 1922 el padre tuvo que alejarse de Jericó, dejando la obra casi terminada. Le tocó al padre Andrés Basset, seguir la construcción del seminarioo mayor y de la capilla. Podía retirarse feliz el padre Buffet por lo que había hecho: el seminario tenía base firme y al cobijo de sus silenciosos muros los levitas oirían más de cerca el llamamiento divino.

Este instituto eclesiástico ha rendido ya admirables frutos de cultura huma- na, ciencias divinas y bienestar social. Bastantes son los sacerdotes que se formaron en este seminario cuyos cimientos fueron amasados con los sudores y quizá anegados con las lágrimas secretas del abnegado y benemérito eudista. Tales fundamentos, no cabe duda, le aseguran brillantes cosechas en el campo de las vocaciones sacerdotales.

Obedeciendo al mandato del superior bajó a Santa Marta donde ejerció el cargo de rector del seminario y terminado su tiempo canónico de nuevo fue trasladado a San Cristóbal (Venezuela) de cuyo plantel eclesiástico fue el primer rector. Aliado del Excmo. Sr. Sanmiguel (q. e. p. d.) desarrolló una fructuosa labor de organización en provecho de la nueva diócesis. La obra principiaba apenas, los alumnos, poco numerosos, formaban un seminario menor, pero con el tiempo y Dios mediante, el número tomaría mayor incre- mento, llegando a ser filósofos y teólogos los que ahora empezaban los cursos de latinidad.

Así lo pensaba el padre Buffet. Animado por la perspectiva de un campo de actividades más extenso se dió de lleno a su tarea de constructor espiritual sin que la enfermedad que minaba su existencia pudiera amenguar el fuego de su fervor de eudista. El deseo de buscar su salud para seguir trabajando por la causa sacerdotal lo hizo volver a Francia.

Quiso la Divina Providencia se quedara en el país natal donde le tocó desempeñar varias capellanías. En Chevilly, en el monasterio de Nuestra Señora de la Caridad y del Buen Pastor, lo sorprendió una imprevista y terrible muerte: fue vktima de un bombardeo.

IOlí

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YVO ANDRIEUX

Henrique Rochereau

El R. P. Yvo nació en Pleiberchrist (Finistere, Bretaña) ellO de agosto de 1881, de una familia tan cristiana como distinguida, y muy estimada en la región, que dió otro de sus hijos a nuestra Sociedad.

De sus primeros años poco es lo que sabemos. En el año de 1892 ingresaba al Colegio de Redon, antigua y bellísima abadía benedictina ilustrada por San Convoyon, abandonada por sus moradores en los días de la Revolución Francesa, y comprada después por el P. Gaudaire, superior general de nuestra Congregación. Allí se formó durante más de medio siglo la aristocracia bretona de tres departamentos, y el Colegio dió a la Iglesia, al Ejército, a la Marina y a la Magistratura una pléyade de hombres que no sólo permanecieron en las más elevadas situaciones como valerosos cristianos, sino que, unidos por su indestructible afecto a la casa y a sus profesores, lograron a costa de grandes sacrificios salvar el Colegio en la persecución de 1903.

Como la de todos los niños ejemplares, la historia del Padre Ivo en aquella época cabe en pocas líneas y la historia de su alma ha quedado en secreto entre él y sus directores. Es privilegio de los niños insoportables suministrar provisión de diabluras para amenizar sus biografías. Al padre Yvo no debemos tal ventaja y de él no sabemos más que una cosa: se llevaba todos los premios.

En cuanto a su alma, fácilmente la adivinamos en una fotografía que lo representa vestido de monaguillo en la capilla de la Congregación de la Santísima Vírgen, de la que sólo hacía parte la "gens sancta". En el centro del grupo a la derecha del Sagrario, y vestido con capa, preside el padre León, el superior más popular y de mayor influencia que haya tenido el Colegio de Redon, y que le granjeó las más preciosas y duraderas simpatías. Más abajo figura el padre Chotard, del cual no hablaremos mucho porque vive todavía, pero que debió ejercer honda y profunda influencia sobre sus