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Básico de Pastoral Vocacional

Introducción

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Tu Historia Vocacional

El primer elemento que conviene revisar antes de iniciar el curso básico de pastoral vocacional es el de tu propia historia vocacional. Es el referente básico de la realidad, que suele permanecer en nuestro modo de hacer la acción pastoral a favor de las vocaciones. Casi siempre repetimos con los demás nuestro propio proceso. En la medida en que te haces consciente de él puedes ser más libre para servir a los demás.

Por ello queremos dar toda la importancia a este ejercicio proyectivo de tu realidad vocacional. Simulamos en un círculo la pantalla de un radar. En ella se reflejará la historia de tu vocación. Para utilizarlo, sigue estas instrucciones:

AÑO EN QUE NAC Í

1965 1970 1977 2000 1985 1989 1994
1965
1970
1977
2000
1985
1989
1994

Escribe en lo

alto

de

la

pantalla

el

año

de

tu

nacimiento.

 

Dibuja

un

punto

en

la

pantalla por cada hecho vocacional significativo. Coloca el punto más cerca del centro si fue un momento de crisis (la

2007 vocación se reduce) y más lejos del centro si fue un momento de plenitud (la vocación se expande).

Cerca de cada punto,

dibuja un símbolo de ese momento.

Une todos los puntos con una línea gruesa, va a quedar como el mapa de una isla: ¡Es tu territorio vocacional!

Dibújate a ti mismo(a) en el centro, con alguna característica peculiar.

En la página anterior tienes un ejemplo de cómo podría quedar…

Pon a continuación un relato de tu “historia vocacional”, según aparece en el radar, destacando los momentos más importantes en que Dios ha tocado a tu vida con un llamado especial.

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El radar vocacional

AÑO EN QUE NACÍ

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Básico de Pastoral Vocacional Introducción Introducción El radar vocacional AÑO EN QUE NACÍ 19 2 20

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La Cultura Emergente.

Se han generalizado algunos rasgos de la cultura posmoderna entre los jóvenes de las diversas latitudes. Son coincidentes por-que participan de una cultura globalizada que es a ellos a quienes más impacta. Observemos estas características, muy conocidas y sin embargo determinantes para la acción pastoral vocacional.

El sujeto frente al objeto. Centralidad de la subjetividad en la percepción de la vida y en la experiencia. Hay una funda-mental desconfianza de los argumentos racionales o teóricos, sobre todo de las cosmovisiones globalizantes, del pensamiento con pretensiones absolutas. Este tipo de pensamiento ha fracasa-do en su intento idealista de controlar la realidad. Sólo quedan explicaciones siempre parciales, limitadas a una parte de la realidad. Las pretensiones de objetividad y los juicios absolutos del modernismo se han revelado a la larga inconsistentes y falsos. Este valor concedido a la propia visión de las cosas desarrolla una gran valoración

de la libertad, del individualismo y el subjetivismo; al mismo tiempo del pluralismo

y la tolerancia.

En estas características se abre la posibilidad de una respuesta vocacional que será respetada como diferente en la sociedad posmoderna. Pero hay que reconocer en las condiciones sociales en las cuales el individualismo tiene carta de naturaleza, una

profunda contradicción con el dinamismo vocacional, en el que la clave fundamental consiste en dar la vida y en optar por el bien común. Las coordenadas históricas y sociales, necesarias en la experiencia vocacional parece que no tienen mucho eco en un sistema social del vive y deja vivir. Este vivir la propia experiencia, esta tolerancia que renuncia a los valores, es una característica de las sociedades en crisis de todos los tiempos. Si la vocación consiste en dar la vida, y el guardar la vida se opone al dinamismo vocacional, aparece clara la contradicción entre subjetivismo

y vocación.

Un riesgo grave para la vivencia de los valores vocacionales en este contexto cultural es este subjetivismo. Tanto en el plano personal como en el comunitario nos encontramos ante la tentación de querer definir el contenido de los valores como se elige un vestido más o menos confortable. El camino vocacional en su sentido contracultural consistirá en la afirmación clara y objetiva del contenido de los valores objetivos y revelados. Una afirmación en la que no media la devaluación subjetivista de los mismos.

La materia frente al Espíritu. Además de las muchas explicaciones teóricas dependientes de un monismo materialista, están sobre todo las actitudes prácticas de un craso materialismo en la experiencia de la vida. Se han cambiado los términos centrales de las relaciones humanas. Se ha pasado de una experiencia de “amar con el alma” a la experiencia contraria de “amar con el cuerpo” 1 . Este privilegiar la

1 La descripción que hace Juan Luis Ruiz de la Peña de la visión animista del amor frente a lo que él llama una

somatización de la experiencia: La jerga urbanita del momento da fe del proceso de somatización intensiva actualmente en curso; al vecino se le llama “body” o “tronco”; expresiones como “sorber el coco”, “ir de cráneo”, “tener morro”, “hacer lo que me pide el cuerpo”, amén de otras resueltamente irreproducibles, han tomado el relevo del vocabulario animista corriente hasta hace no mucho tiempo en el lenguaje coloquial:

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la

secularización; el hedonismo y el consumismo; la experiencia y el sentimiento.

Pareciera que en la cultura posmoderna se afirma la identidad del hombre en cuanto corporalidad y materialidad y si se admite un principio espiritual o un cultivo de la espiritualidad es en función de un bienestar personal y en el marco de la valoración de lo material. Propuestas como la pobreza evangélica y la libertad

ante los bienes materiales y más todavía una vida ascética en la que lo material pase

a un segundo plano en la existencia práctica, serán rechazadas de plano. Este punto

de vista, que subraya el consumo de los bienes y polariza la existencia hacia lo material no parece algo novedoso en la historia de la cultura. Por ejemplo, fue un punto discutido en la polémica bíblica retribucionista. Ante el postulado tradicional de que Dios retribuye a los buenos dándoles riquezas materiales, los profetas y los sabios de Israel responden mostrando que esto no es así. El hombre realmente libre será quien mantiene una distancia de los bienes y puede vivir su plenitud más allá de las posesiones.

Se constata en el cristianismo contemporáneo la tendencia a postergar los carismas en función de los bienes materiales, produciéndose una ambigüedad en la vivencia del carisma que da un doble mensaje: por un lado nos proclamamos como personas entregadas a Dios y al prójimo; por otro vivimos entregados a intereses de carácter económico y social. Es sorprendente verificar la falta de definición de las instituciones eclesiales en este sentido. Se concluye que la afirmación de los valores espirituales tendrá que jugar con el esfuerzo contracultural.

El fragmento frente al todo. Se comprende la vida y la propia experiencia como fragmento, como límite. Las visiones amplias, históricas y globales caen y surge una visión muy limita-da del mundo. Se privilegia el pequeño espacio, el momento, la experiencia intensa. La noción fragmentada de la vida desarrolla el presentismo y la atracción de lo pequeño. La historia también carece de sentido. No hay historia unitaria con un fin determina-do. Sólo existen fragmentos de historia desconectados entre sí. La noción bíblica de la historia salvífica es difícil de comprender y de aceptar en este contexto. El futuro escatológico como plenitud no será fácilmente aceptado. Hay una desesperación frente al fracaso de las filosofías de la historia.

materia

frente

al

espíritu

desarrolla

la

mentalidad

científico-técnica

y

Esta visión permanece abierta, sin embargo, a la experiencia de amar. Y también

a la experiencia actual y presente del amor de Dios. En la cultura postmoderna se

privilegia la experiencia personal y con ella la experiencia religiosa. Quizá más la experiencia que el compromiso. Nuevamente nos encontramos con un fenómeno que suena a repetitivo. Fue la experiencia de las comunidades cristianas sedentarizadas, en las cuales la fuerza testimonial parecía languidecer. Son estas comunidades ante las que responden los evangelistas con sus relatos, proponiendo una nueva y más profunda unión con Cristo. No basta con decir “Señor, Señor”, sino que es necesario poner en práctica su Palabra. El sentido universal de la fe y el

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compromiso definitivo que comporta la opción vocacional pedirán en este contexto un esfuerzo contracultural.

También podemos encontrar en el ámbito de la Iglesia esta situación de una vivencia vocacional reducida al fragmento. Es la persona llamada que exige eficacia inmediata, que sobrevive a base de pequeñas compensaciones en el breve espacio y en la experiencia limitada, con el riesgo del abandono del propio proyecto vocacional si no encuentra dicha satisfacción. Parece que la entrega total y definitiva se encuentra con dificultades culturales.

La religiosidad ambigua. No se da tanto una negación de Dios o de la trascendencia, esto sería muy escandaloso, sino una actitud religiosa ambigua, tibia, sincretista. La religión tiene más que ver con las fuerzas vitales del universo que con una confesión de fe precisa y comprometedora. Es una religiosidad a medida del consumidor. Una religiosidad que satisface las necesidades más o menos desesperadas de cada uno. Los dogmas fundamentales de esta religiosidad son la comunión con todos y la paz a cualquier costo. Hay una extrema tolerancia y una fragilidad de los juicios.

El sincretismo y la religiosidad ambigua tienen también su larga trayectoria en la historia del pensamiento. Los momentos de cambio de paradigma en la historia, en los que un universo cultural se percibe como envejecido, se caracterizan por un sincretismo similar. Cualquier experiencia religiosa se da por buena mientras no se ofrezca un producto de cuya autenticidad no se pueda dudar. Esto constituye un reto para la fe cristiana, multisecular y transcultural. Hay que responder con autenticidad religiosa ante el abaratamiento de lo religioso; con especificidad ante lo ambiguo. Se trata de contrarrestar el peligro de una vivencia sincretista de los valores, que pone el acento en las formas de vida y en los cauces humanos, pero no en el carisma específico ni en la identidad cristiana.

Estas características de la cultura actual, y en especial de la cultura juvenil, son fomentadas por el fenómeno de la globalización. El hecho de constatar que los mismos productos y las mismas experiencias se realizan en tan diversos lugares y culturas, por ejemplo, ver a los jóvenes orientales consumiendo las mismas cosas que los jóvenes occidentales, conduce a una opción casi desesperada por afirmar lo pequeño, lo subjetivo, lo afectivo. Y consecuentemente lleva a una sensación profunda de no realización, de ruptura.

Otra característica de la cultura postmoderna es el pensamiento débil. Consiste en el derrumbamiento de un Thelos 2 , o sea, del fin último, para afirmar un fin transitorio, utilitario, pragmático. El fin socialista de la sociedad sin clases, o el principio del capitalismo que espera la felicidad del libre mercado, se han derrumbado. Un derrumbamiento por ineficacia, por falta de autenticidad de sus planteamientos, que no solamente se comprenden desde un nivel conceptual, sino que, sobre todo, se padecen de modo existencial.

2 Cf. Vattimo, G., Al final de la modernidad. Nihilismo y hermenéutica en la cultura postmoderna., Ed. Gedisa,

Barcelona, 1985.

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La noción de progreso, originariamente bíblica, sufrió una secularización a partir del siglo XVIII. Se proponía un futuro mejor, pero sin repercusiones vivas en el presente, que quedaba como mero escalafón hacia el fin. Esta manera de presentar la teleología no tiene sentido en el contexto postmoderno.

Pero quizá tenga mejor suerte el sentido original del progre-so que se orienta a la consumación y a la plenitud en el ya -presente, inmediato, experiencial - y el todavía no -plenitud de ese presente-. El éxito de esta teleología estará en su presentación positiva y en su sentido personalista. Ambos elementos se recuperan en la vuelta a las fuentes bíblicas, en la cual se comprueba que la historia de salvación es una propuesta dinámica, positiva y propositiva.

Exigencias que plantea a la pastoral vocacional.

La vida cristiana se vive en diálogo con esta cultura, desde las condiciones reales de las personas, de las comunidades y del ambiente social. Es inevitable la pregunta:

¿cuáles son los rasgos significativos de la vida cristiana en la cultura actual? Y junto a esta ¿qué rasgos conviene subrayar en las comunidades de vida sacerdotal y consagrada? Se corre el riesgo de permanecer en el camino de la fe, cultivando anacronismos, es decir, costumbres y formas que en su tiempo fueron profundamente significativas pero que hoy apenas se pueden entender.

La comunidad de fe necesita proponer un camino de vida que debe ser comprensible y significativo en el contexto cultural posmoderno. Las verdaderas tradiciones de la comunidad de fe tienen un valor objetivo; permanecen válidas en otros momentos y culturas, pero deben ser traducidas en prácticas adaptadas a la sensibilidad actual. Se pueden definir algunos rasgos generales de la comunidad de fe que son significativos en la cultura pos-moderna:

El servicio real y eficaz, servicio sin ambigüedades, que puede ser captado por todos; servicio en ámbitos concretos y más bien reducidos, que constituyen una contestación a la cultura consumista, hedonista y globalizada. Es lo contrario a la búsqueda del poder económico, social o político. La co-munidad cristiana está para servir, no para buscar reivindicaciones ni privilegios. El servicio se traduce en una caridad fraterna bien organizada, de cuño comunitario. Este rasgo aporta credibilidad en una sociedad en la cual han perdido credibilidad las instituciones. La comunidad de fe debe ser capaz de crear en torno a sí una subcultura más creíble. El rasgo del humilde servicio, tal como lo recomienda Jesús, es comprendido por todos de manera inmediata y sencilla. Las ambigüedades en esta materia no sólo son claramente percibidas por todos, sino criticadas y rechazadas.

Una clara disciplina comunitaria, que se expresa en un cierto orden, en los horarios, las reuniones, la temática. Por ejemplo, en un grupo juvenil, que la actividad sea ordenada y productiva, que los jóvenes encuentren medios para su crecimiento y para conseguir una identidad cristiana y una inserción en la comunidad. Lo contrario es una comunidad desorganizada, en la que prima la

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voluntad personal o el capricho. Este rasgo aporta seguridad afectiva en un con- texto en el que los jóvenes necesitan referentes para identificarse a sí mismos. El rasgo de la disciplina comunitaria facilita la perseverancia vocacional de las personas, que encuentran en los comportamientos de la comunidad un referente para la definición de sí mismos en la puesta en práctica de los valores vocacionales. Si un joven tiene que enfrentarse a una comunidad desorganizada, será para él más difícil poner en práctica los valores vocacionales.

Las relaciones armónicas en la misma comunidad de fe. Traducen el seguimiento de Jesús en la verdadera aceptación de los hermanos y en la capacidad de compartir con alegría entre sí. Lo opuesto es una comunidad conflictiva, en la que las personas sufren permanentemente. Este rasgo aporta la satisfacción inmediata, fuertemente demandada por los jóvenes en esta cultura posmoderna. Esta satisfacción inmediata no se opone a las renuncias, pero exige que esas renuncias sean a su vez satisfactorias. El rasgo de las relaciones positivas en una comunidad armónica promueve el bienestar de las personas y les da sentido de vida.

El cultivo decidido de la vida espiritual. Este es el núcleo de identidad de la comunidad creyente. Una recia espiritualidad, efectiva y concretamente cultivada, profundamente vi-vida, sin temor a exigir renuncias y a proponer medios, constituye una respuesta ante las prácticas sincretistas y deforma-das que se popularizan en la sociedad posmoderna. En cualquier nivel en que se realice la experiencia comunitaria deberá haber una propuesta espiritual concreta y practicable. Por ejemplo, unos ejercicios espirituales en los cuales las personas crezcan en su capacidad de orar y puedan efectivamente hacer oración, frente a unos ejercicios espirituales en los que no hay tiempo para orar. Este rasgo aporta identidad a las personas en el sentido más nuclear y profundo. Saben que se están construyendo a sí mismos y que van adoptando unos rasgos de vida espiritual en su personalidad.

La integración social y eclesial. No se presenta la comunidad como un club

selecto que está por encima de los demás, sino como una realidad bien integrada

y armónica, no sólo con otros grupos de la Iglesia, sino con las demás religiones

y con el mundo que la rodea. No es la comunidad que se contrapone con los demás y con el mundo con un estilo de superioridad, sino la comunidad que se integra como parte de un todo. Este rasgo aporta sentido ecológico que responde adecuadamente a la sensibilidad de una sociedad globalizada y ecuménica.

La vivencia de los valores estéticos. La radicalidad y profundidad de la comunidad de fe, en sus distintas manifestaciones, cultiva los rasgos estéticos que son propios de la liturgia y de lo sagrado: una austera belleza que refiere al miste-rio y lo hace sensiblemente presente. Esto implica un cuidado de la disposición de los lugares donde nos reunimos, los modos de comportarse, la celebración de la liturgia, la interpretación de la música, etc. Este rasgo es una contestación ante la vulgaridad de lo desechable, ante la producción masiva.

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Aporta sentido inmediato, tanto en el plano de la pertenencia como en el plano de la autenticidad.

El estilo propositivo, donde los valores y las normas se proponen contando con la capacidad de entender de los individuos, con su creatividad en el modo concreto de vivir-los y con su intencionalidad libre. Esto frente a los estilos autoritarios que promueven las actitudes infantiles y dependientes. Este rasgo aporta respeto al pluralismo, tan agudamente sentido en la sociedad contemporánea.

Los pequeños ámbitos pastorales. Es frecuente escuchar a los agentes vocacionales quejarse de las condiciones de la cultura actual, de la mentalidad juvenil, de la inconsistencia de las familias, de la influencia de los medios de comunicación. Se llega al extremo de querer justificar desde aquí la propia apatía y comodidad. Pero la sociedad actual nos permite revalorar y recuperar los ámbitos de influencia más característicos de nuestra historia eclesial. Son los pequeños ámbitos, que también podemos llamar sub-culturas. En el seno de esta sociedad globalizada y posmoderna, pueden existir comunidades de fe que ofrezcan un sistema de valores más confiable y más creíble.

Esto supone renunciar al control de la sociedad, a presentarnos como una gran institución y aceptar un camino de humildad y pobreza que no es otro que el camino de la cruz. Pequeños ámbitos comunitarios en medio de un mundo que no entiende y no valora las opciones de la fe y del seguimiento del Señor. Es aceptar una situación de diáspora, de dispersión de las comunidades de fe en medio de una sociedad que ya no se define como cristiana. Este paso implica una clara definición de la comunidad de fe, que la haga relevante y significativa en el ambiente social, ya no por su influencia sociológica o por su poder económico, sino por sus valores evangélicos y su radicalidad.

Los estudios sobre el modo de presentar la vocación en este contexto cultural son coincidentes: hay que hacerlo desde ámbitos reducidos y cercanos, con una propuesta espiritual clara, desde una actitud de respeto profundo a las diferencias.

Concepto de vocación. Conceptos reductivos de la vocación.

La vocación no es lo que casi todos piensan. En el ambiente social han existido y existen ideas confusas que enturbian el sentido de la palabra “vocación”. Esto sucede porque la vocación es algo muy importante en la vida de las personas. Algo similar ocurre con otros términos como “libertad”, “amor”, “justicia”. Son temas sobre los cuales la mayoría de las personas piensan algo, pero sobre los que pocos se atreven a hablar. Con la vocación ocurre lo mismo.

La vocación da sentido a la vida y por esta razón es importante mantener una actitud de búsqueda, de apertura. Es lo que vamos a intentar en este capítulo:

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objetivar los conceptos deficientes en torno a la vocación para adquirir una capacidad crítica ante las propias ideas y vivencias vocacionales.

El punto más delicado es que la vocación es una cuestión de conciencia, porque nace de la noticia que el hombre tiene de una necesidad y, a través de ella de un llamado, y se concreta en una respuesta voluntaria y libre. En esta capacidad de diálogo, de escucha y respuesta, tiene una gran trascendencia el concepto que la persona tenga de la vocación.

¿Vocación, realización personal? Hay quien concibe la vocación como el camino que debe elegir para desarrollar al máximo sus capacidades y aptitudes personales. La opción vocacional es comprendida y vivida así como autorrealización, es decir, como un darse a sí mismo una posibilidad de vivir en plenitud. Es una visión inmanente, profundamente egoísta, pues sólo considera lo que la persona tiene o cree tener como factor determinante de la elección.

Desde esta perspectiva, la pregunta clave sería: ¿para qué soy capaz?, ¿qué podría llegar a hacer muy bien? O incluso ¿qué me gusta hacer? Indudablemente es una buena pregunta, muy útil para conocerte a ti mismo y para desarrollar tus capacidades. Pero ¿será suficiente? Si en esta pregunta estuviese toda la ver-dad sobre la vocación, bastaría que te sometieras a un examen de aptitudes, de modo que el resultado mostraría el sentido de tu vida.

El caso límite se da cuando una persona tiene muchas aptitudes para algo que no es necesario, o cuando muchas personas piensan que son aptas para la misma cosa,

o cuando descubro que hay muchas actividades que me gustan. De esta manera se

saturan algunas áreas profesionales simplemente porque son más conocidas o porque están de moda. También da la impresión de que en la enfermedad o la vejez, cuando uno ya no puede realizar esas actividades, la vocación se acabara. ¿Es qué sólo son llamados aquellos que tienen muchas aptitudes, y que además son jóvenes y sanos?

¿Vocación, opción altruista? Este concepto hace de la vocación una cuestión de generosidad. La vocación dependería de un impulso altruista que lleva a las personas a dedicar su vida al servicio del prójimo. Se trata entonces de ser buena persona y de aventurarse a servir a los demás por medio de una profesión o una forma de vida. Para quien concibe así la vocación siempre hay ocasiones de ejercer la solidaridad. Es una visión más elevada que la anterior porque hace salir a las personas de sí mismas y a adquirir sensibilidad ante los demás.

En este caso la pregunta clave es: ¿qué me conmueve? Esta pregunta puede ayudarte mucho, porque te inquieta ante las necesidades que es urgente atender. Quien mira hacia fuera de sí corre menos peligro de equivocarse porque siempre habrá trabajo para quien quiera ayudar. Conocerías así tu vocación examinando tus

inquietudes más profundas, cuando te enfrentas con tus buenos deseos. La vocación sería entonces cuestión de docilidad ante el buen espíritu que todos llevamos dentro

y de obedecer con constancia y generosidad a sus inspiraciones.

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El caso límite sucede cuando las personas, aunque hacen efectivamente el bien, se creen generosas y se llenan de un “santo orgullo” que puede llegar a ser francamente enfermizo. Con esta idea se caracterizan algunas profesiones como lugares de servicio, y algunos se ríen con ironía porque estos servidores tan altruistas suelen ser personas algo problemáticas, solitarias o tristes. Cimentar la propia vocación sobre la generosidad es arriesgado, porque habitualmente las personas flaqueamos en nuestros buenos propósitos o llegamos a cansarnos. En los diferentes momentos de crisis necesitarás contar con un asidero más seguro y estable. ¿Será la vocación solamente para personas de buen corazón, dispuestas y generosas?

¿La vocación es profesión? Es frecuente la reducción del concepto

vocacional al ámbito ocupacional/profesional. Desde este punto de vista la orientación vocacional se reduce a una simple ayuda para elegir un oficio o profesión y, consecuentemente, se limita a los momentos puntuales en los cuales los jóvenes están en situación de elegir. La opción vocacional se caracteriza como opción ocupacional con tintes más o menos altruistas. Esta visión desfigura el sentido profundo de la vocación, convirtiéndola casi en un medio de subsistencia.

Para elegir se insiste en dos polaridades: las capacidades personales y el campo de trabajo. Puedo elegir una vocación entendida como profesión si soy bueno para ella, si me gusta o descubro que puedo desarrollar mis capacidades para ejercerla. Conviene optar por una carrera u oficio si se ve con claridad que hay suficiente demanda de los servicios que ofrece. Es verdad que hay que responder a las necesidades, pero por este camino se desprestigian las profesiones que no son directamente productivas, las que tienen más relación con los valores humanos.

El caso límite: Este criterio que identifica a la vocación con la profesión falla cuando las personas que han realizado determinados estudios o han adquirido un oficio concreto, se encuentran con una escasa demanda de sus servicios. También cuando los gustos o capacidades de las personas cambian, y ya no tengo interés por aquello que a los 18 años era apasionante para mí. La vocación tiene que ser algo más global y profundo que el simple ejercicio de una profesión. Debe haber una respuesta para todas las personas, y son mayoría que nunca eligieron una profesión u oficio.

¿La vocación es un gusto? Este es otro concepto erróneo que circula por ahí: la vocación es cuestión de gusto. Es realizar aquello que te divierte o te fascina. Se trata de encontrar un espacio donde puedas expresar tus inquietudes y explotar tus capacidades, donde trabajar sea un auténtico placer. Es un concepto que fácilmente se idealiza cuando no tienes contacto con la realidad. Puedes estar buscando ese lugar fantástico donde todo es gustoso y sencillo.

Viendo así las cosas, el criterio para discernir la vocación seria el interés personal que despierte en ti tal o cual actividad.; la creatividad que te lleve a desarrollar; la ilusión que puedas experimentar; la dedicación que tengas hacia ello, especialmente

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en tus ratos libres. El criterio se concreta a la actividad, al trabajo o al gusto sensible que experimentas al realizarlo.

El caso límite sucede cuando, después de terminar los estudios, el ejercicio de la profesión no resulta tan agradable como pensabas. Cualquier trabajo o forma de vida tiene sus inconvenientes en este sentido. Todo lo hermoso tiene su contraparte de sacrificio, dureza y monotonía. Por ejemplo, ser ingeniero puede ser muy interesante, pero habrá que estudiar mucho y desvelarse haciendo proyectos; habrá que discutir con los clientes y atender los conflictos entre los obreros.

Las dificultades no le quitan su encanto a la vocación, pero son, innegablemente, parte de ella. Puede darse también el extremo de una persona que opte por un camino de vida incluso en contra de su propio gusto o inclinación, movida por valores que la trascienden. Por ejemplo, puedes dedicar tu vida a la promoción de los indígenas, aunque no te guste mucho, porque ves sus urgentes necesidades y te sientes llamado a ayudar.

¿La vocación es una forma de vida? También se utiliza el vocablo “vocación” para referirse a las diversas formas de vida. Así, habrás oído hablar de la vocación al matrimonio, al celibato, a la maternidad… Este sentido de la palabra tiene la ventaja de que le da una mayor profundidad. La vocación se comprende como una realidad viva, que engloba todo lo que la persona es y compromete su vida. El punto central de la vocación sería así la opción por un modo de vivir que tiene rasgos de definitividad.

Las formas de vida son cauces por los cuales una persona vive su vocación. Son parte de la vocación pero no la definen. Por ejemplo, un sacerdote vive el celibato no por el celibato mismo, sino para significar algo más. Ese algo más es la vocación. La forma de vida es sólo un medio. Se pueden distinguir las vocaciones de las formas de vida señalando que las vocaciones sólo se comprenden desde la fe cristiana, y las formas de vida existen también entre los no cristianos.

Cuando se identifica la vocación con las formas de vida, el punto de discernimiento más importante está en esa intuición vital que me lleva a inclinarme por una de ellas. Por ejemplo, cuando descubro que con tal persona podría vivir una relación de pareja perdurable en el matrimonio. O cuando llego a la conclusión de que prefiero permanecer soltero para dedicarme a algún fin que considero importante.

El caso límite aparece cuando, repentinamente, le cambia a una persona su forma de vida. Si un hombre casado ha entendido todo lo que él es en función de su esposa y de su matrimonio, y de repente muere su pareja, puede perder el sentido de su vida. Hay que reconocer que su vocación va más allá de la relación matrimonial y que incluso debe interpretar la viudez como parte de esa misma vocación. Una mujer puede pensar que Dios la llama a ser madre, pero si resulta ser estéril, parecería que se ha frustrado su vocación. Necesita interpretar la vocación desde un punto de vista más amplio que esa forma de vida que llamamos maternidad.

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¿La vocación es un privilegio? Al interpretar la vocación desde un punto de vista religioso no es raro que se la considere como el privilegio que Dios concede a algunas personas escogidas. Un tesoro muy especial, que no es nada frecuente, y que conviene guardar con sumo cuidado. Habría personas que han recibido semejante privilegio y por ello pertenecen a otra categoría, se separan de los demás como personas señaladas o extraordinarias. Desde una visión tal, a estas vocaciones se debe un gran respeto y hay quien se atreve a afirmar que sólo ellas “tienen” vocación. En ocasiones las personas que piensan así llegan al extremo de considerarse por encima de las demás personas, desligándose del sentido de humilde servicio que debe estar presente en toda vocación.

Cuando la vocación se confunde con este privilegio excluyente, el criterio de discernimiento consiste en que la persona llamada entre de lleno en las formas visibles y sociales que ha adoptado esa vocación. Así se dirá que una muchacha tiene vocación religiosa si reza mucho o es más o menos modesta y recatada. O un muchacho será llamado para ser misionero porque tiene un gran deseo de ir a África o a Asia y está dispuesto a afrontar todos los peligros que ello comporta. Desde esta manera de ver diría que si una persona no tiene rasgos externos no tiene rasgos externos y sociales no “tiene” vocación.

El caso límite ocurre en muchas de las vidas de los santos y de los personajes bíblicos, que han sido llamados por Dios cuando ellos se inclinaban precisamente a lo contrario. Se da, en efecto, un cierto forcejeo con Dios, en el cual el hombre tiene que vencer sus propias inclinaciones para secundar la voluntad de Dios. Si la vocación fuera el privilegio de una casta especial, ¿significa que Dios no llama a todos los hombres?, ¿Qué sucede con la vocación de quienes simplemente son parte del pueblo? Hay que decir que la vocación es un privilegio, pero Dios, como padre bueno; sabe privilegiar a todos sus hijos, y no sólo a algunos.

¿La vocación es algo sagrado? Hay personas que al escuchar la palabra “vocación” la relacionan inmediatamente con lo sagrado. Para ellos la vocación por antonomasia es la sacerdotal, porque está en contacto frecuente con las cosas sagradas. En todo caso piensan en la vocación religiosa. Es ver-dad que toda vocación es cosa de Dios, y por tanto sagrada, pero esto no puede restringirse a unas vocaciones excluyendo las otras. Cuando se hace así, rápidamente se piensa que Dios obliga al hombre que ha elegido. No es raro encontrar personas que se imaginan que Dios castiga implacablemente a quienes dejan el Seminario o la formación para la vida religiosa. Esta visión depende de una comprensión del mundo en la cual se separa excesivamente lo sagrado de lo profano.

El criterio básico de discernimiento sería el de la obediencia a quienes detentan la autoridad sagrada y el de un gran respeto a lo que se interpreta como voluntad de Dios. Este criterio es peligroso porque fácilmente puede derivar en un estilo de pre- iones de tipo moral o religioso en el cual el hombre se ve obligado a optar porque otros lo ven así, faltando un mínimo de convicción personal. Si se entiende así, la

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vocación sería algo más bien raro, de modo que la mayor parte de las personas se verían excluidas de este don sagrado.

El caso límite se da cuando hay personas que tienen clara conciencia de la vocación como don de Dios, pero no están inmersas en lo sagrado, sino que se saben como lanzadas por su misma vocación al compromiso en medio de las realidades temporales. Es necesario reconocer el sentido también sagrado de la vocación que se vive en la secularidad. La vocación no es solamente para los sacerdotes y religiosos.

Definición de la vocación

Después de cuestionar estas nociones reductivas que circulan en nuestro ambiente, podemos dar el paso a una definición más positiva de la vocación. Intentamos aproximarnos a un concepto lo más equilibrado posible, que después se irá perfilando con más exactitud a la luz de la Palabra de Dios y del Magisterio de la Iglesia. Buscamos un concepto válido para todos, que no dependa necesariamente de una visión de la realidad. Lo haremos en dos momentos: primeramente intentaremos una definición y explicaremos sus términos. Posteriormente haremos una descripción complementaria de la definición que nos ayude a entenderla en su fenomenología.

Definición. La vocación es un acontecimiento misterioso en el cual el hombre, dialogando con Dios, adquiere conciencia de una misión situada históricamente y se compromete en una res-puesta concreta.

Un acontecimiento. La vocación es algo que ocurre en la vida del hombre. Queremos decir que surge como algo nuevo, rodeado de circunstancias históricas. No es una marca ahistórica, que las personas trajeran desde su nacimiento y hubiese que bus-car sólo en su interior. Es una realidad profundamente relacionada con el exterior, con todo lo que sucede en el tiempo. Por ello es preciso descubrirla, determinarla, disponerse para entrar en diálogo. No es necesario que las personas tengan conciencia de ella desde siempre. Basta con que adquieran, gradualmente, esa conciencia, leyendo con ojos nuevos los acontecimientos. Al adquirir conciencia del llamado será normal que la persona comprenda mejor todas las cosas y el mundo en que vive. Porque su vocación es parte de esta realidad, y la elección que hace es razonable y justa.

Además es un acontecimiento misterioso, es decir, que se comprende y vive sólo desde la conciencia de la presencia de Dios. No se dice misterioso como si fuera oscuro u oculto. Exactamente lo contrario: el misterio de la vocación ilumina grandemente la vida del hombre y todas sus circunstancias, da claridad y seguridad para obrar, da sentido claro a la vida. Es un misterio porque engloba todo lo que el hombre es en una relación personal con el Creador. Esta es una relación personalizan-te, porque al dirigirse Dios al hombre como un tú le da la capacidad de constituirse como un yo.

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El hombre como actor. Aunque es Dios quien llama, el hombre tiene en esta relación la calidad de una persona actuante, responsable. Es colaborador de Dios en el misterio de su propia vocación. Es el hombre desde su conciencia quien realiza el proyecto vocacional secundando la voluntad de Dios. Por ello el hombre tiene la responsabilidad de acoger el llamado que se le hace. En sus actitudes o disposiciones vocacionales se juega la realización de su vocación. El fundamento de esta centralidad del hombre está en la misma voluntad de Dios, que toma en serio su libertad y su capacidad de autodeterminación.

Dialogando con Dios. La relación con Dios es fundante para el hombre. Es una de las características que lo definen: es hombre por su capacidad de relación consigo mismo, con los demás y con Dios. Estas tres relaciones estarán presentes siempre en el proceso vocacional. Si entendemos la etimología de la palabra vocación (vocatio- vocationis, acción de llamar) será evidente que para que esto exista deberá existir alguien que llame. Para un cristiano, y para todo hombre que cultive el sentido trascendente de su vida, la voz que llama implicando toda su personalidad y su vida, solamente puede ser la voz de Dios. Es verdad que las situaciones históricas y sociales, así como las inclinaciones personales tienen este sentido globalizante, pero estas realidades hondas de nuestra vida siempre encuentran su última referencia en Dios. Dialogar con la Historia y sus necesidades, dialogar contigo mismo, es en síntesis, dialogar con Dios que llama. Aún más: las situaciones, los acontecimientos, las necesidades, las inclinaciones y las aptitudes son signos o mediaciones por las cuales Dios nos manifiesta lo que quiere de nosotros.

Adquiere conciencia. Si el hombre es verdadero actor en la vivencia de la vocación que Dios le da, se concluye que la noticia que tenga de este llamado es un dato fundamental en su evolución personal. La vocación es una cuestión de conciencia, pues, aunque Dios llama a todo hombre, este don pide la correspondencia por medio de la disponibilidad y la acción del hombre. Lo importante en toda vocación cristiana es la conciencia que la persona tenga de la misma y cómo se implica intencionalmente en el cuidado de su vocación. Dar primacía a la con-ciencia del hombre no significa hacerlo dueño de su vocación, como tener conciencia de la vida no significa ser dueño de la vida. Quizá el mejor fruto de una conciencia vocacional consistirá en que el hombre se deje modelar por el espíritu de Dios y confíe más profundamente en él cada día. Es desde esta conciencia como el hombre puede abrirse a un verdadero diálogo con Dios. Un diálogo personal, situado en las circunstancias, que le lleva a hacer una vida con él.

De una misión. La vocación se caracteriza como una realidad trascendente. Es verdad que Dios llama a todas las personas, que se experimentan amadas por él. Pero la vocación no es un simple privilegio, tiene como último destinatario al pueblo. Sola-mente quien valora y ama al pueblo en medio del cual vive puede comprender la densidad de la llamada de Dios. Es un don personal profundamente transitivo. La etimología nos puede ayudar nuevamente: missio-missionis refiere a la acción de enviar. El envío tiene siempre un destinatario preciso. No se envía a nadie por el gusto de enviar, sino para remediar una necesidad o para anunciar un

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mensaje. El hombre es llamado por Dios y es enviado a la vez por él. Vivir una vocación exige asumir una misión en medio del mundo y dialogar constantemente, tanto con el mundo, como con Dios y con la comunidad, para comprender el sentido de esta misión.

Situada históricamente. Ya señalamos que toda vocación tiene una referencia a las situaciones históricas. La historicidad es un componente fundamental. La conciencia del llamado de Dios hace que el hombre se comprenda a sí mismo como ser-para-la-historia, destinado a colaborar en el desarrollo y el progreso de los pueblos. Ya los antiguos filósofos griegos hacían ver que la vida del hombre tiene verdadero sentido en la interacción de la ciudad, porque es un hombre con y para los demás. Lo mismo sucede en el ámbito de la fe: la vida del cristiano adquiere su verdadero sentido como interacción con la comunidad humana y eclesial. Vivir una vocación es asumir un papel histórico comprendido desde la Iglesia, levadura en medio del mundo.

La respuesta humana es un

componente esencial de la vocación. La razón es elemental: la definimos como un acontecimiento misterioso entre Dios y el hombre. Así, la vocación es una acción teándrica, es decir, es a la vez de Dios y del hombre. Por tanto, no habría vocación

si no hay llamado de Dios, pero tampoco si falta la respuesta del hombre. La vocación surge en la conjunción de estos dos elementos: el humano y el divino. Dios toma la iniciativa, pero contando siempre con la libertad y la voluntad del hombre. Nos ama y respeta y por ello la llamada se propone como una invitación personal. Nuestro papel es permanecer atentos, reconocer y secundar la voluntad de Dios porque es un misterio que se vive en la colaboración. El hombre tiene cierta-mente una parte importante que realizar, pero a la vez encontrará el fundamento de su acción en la gracia de Dios. Así, su acción personal se puede comprender más que como una respuesta, como una correspondencia amorosa en la cual se entiende que el sujeto principal es Dios. Quien es mandado no se atreve a decir que este encargo procede de su voluntad, pero implica todo su querer en poner en práctica lo que se le manda.

Se

compromete

en

una

respuesta

concreta.

Descripción. La vocación no es una luz cegadora que aparece en la vida de forma evidente. Es la capacidad de dialogar con las necesidades del mundo y la sociedad, con el corazón de Dios que es Padre de los pobres. Es poner la vida en juego: llevar a los hombres en el corazón y el corazón en las manos.

No es una luz cegadora, evidente. No se puede pretender nunca una seguridad absoluta. La vocación comporta siempre un componente de aventura, de riesgo. Siempre será como lanzarse al agua sin estar seguro de su profundidad. No ofrece muchas seguridades. En cada momento de la vida, incluso en la vejez, la vocación comporta un riesgo, un constante fiarse de Dios que llama, un afrontar los retos que su presencia y su amor plantean y que la historia exige. Supone entrar en un movimiento que nunca termina, porque es una realidad dinámica. Se parece a un enamoramiento, en el cual todas las cosas son interpretadas desde el amor y todas

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se relativizan porque la persona amada se comprende como la referencia esencial. Para quien adquiere conciencia del llamado de Dios, Dios y los signos de su presencia serán siempre su única seguridad, lo demás pierde solidez.

Es la capacidad de dialogar. La persona llamada, al entrar en la esfera de la vocación que Dios da, ya tiene una doble referencia, que no deberá perder, sino a riesgo de desfigurar su identidad vocacional: a Dios que llama y al pueblo que se le destina. Las urgencias del mundo, aunque a veces no sean muy claras y haya que interpretarlas, son una referencia fundamental para quien ha sido llamado, el cual ya ha de vivir volcado hacia la realidad del mundo. Como Cristo, es para el mundo. Es también la persona de Cristo, la referencia al Padre y al Espíritu Santo la clave interpretativa de su nueva existencia en la fe. Se caracteriza así a la persona llamada como alguien que ha salido de sí y de sus intereses para buscar la voluntad de Dios que son los intereses de su pueblo. Una persona altruista en sus más profundos planteamientos.

Es poner la vida en juego. Es muy importante comprender que en el proceso de una vocación verdadera, la misión no puede restringirse a los tiempos libres o a un régimen de “semana inglesa”. La vocación exige la dedicación de las personas con todo lo que ellas son. Por ello no se puede decir que “tengo vocación”; más bien hay que reconocer que la vocación nos tiene, nos posee y nos destina a dar unos frutos concretos.

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