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La prostitución a debate

Por los derechos de las prostitutas

La prostitución a debate

Por los derechos de las prostitutas

Hetaira

Colectivo en Defensa de los Derechos de las Prostitutas

Coordinadoras:

Mamen Briz y Cristina Garaizabal

Dolores Juliano, Raquel Osborne, Cristina Garaizabal, Anne Souyris, Ruth Mestre, Pilar Rodríguez, Estefanía Acién, Nereida Lakuló, Juanita Rosina Henning, Sietske Altink, Pye Jacobson, Anne Coppel, Inés Sabanés, Ramiro García de Dios, Silvia Gay, Ana Fábregas, Margarita Carreras, María José Barrera, Carolina Hernández, Nancy Losada y Heidi Rueda

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Portada: Equipo editorial. Imagen de portada: Tazio Secchiaroli, 1964. © Hetaira © Para esta edición

Portada: Equipo editorial. Imagen de portada: Tazio Secchiaroli, 1964.

© Hetaira

© Para esta edición TALASA Ediciones S. L.

Queda rigurosamente prohibida sin la autorización escrita de los titulares del «Copyright», bajo sanciones establecidas en las leyes, la reproducción total o parcial de esta obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reproducción y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella mediante cualquier alquiler o préstamo públicos.

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ISBN: 978-8-9666-0-9. ISBN eBook: 978-84-96266-59-9 Depósito Legl: M-778-007. Impreso por: Efca, S.A.

Índice

Doce años de Hetaira 7

Introducción

Buenas y malas mujeres. El estigma de la prostitución

Presentación

Sobre trabajos y degradaciones, de Dolores Juliano

7

El sujeto indeseado: las prostitutas como traidoras de género, de Raquel Osborne

El estigma de la prostitución, de Cristina Garaizabal

Pintan bastos, de Anne Souyris

6

Inmigración y prostitución

9

Presentación 6

Género y extranjería, de Ruth Mestre 6

Mujeres con capacidad de agencia, de Pilar Rodríguez

7

Mujeres inmigradas trabajando en la prostitución en el poniente almeriense: perspectivas de acercamiento y experiencia de trabajo, de Estefanía Acién

78

En busca de un sueño, de Nereida Lakuló 9

97

Presentación 99

Otros países, otras experiencias

Alemania. Prostitutas de cristal, de Juanita Rosina Henning

0

Holanda. Burdeles legales, de Sietske Altink

07

Suecia. El malo de la película, de Pye Jacobson

Francia. La rue, de Anne Coppel

7

La situación en nuestro país

Presentación

Espacio para el diálogo, de Inés Sabanés

7

¿Por mal camino?, de Ramiro García de Dios

Cooperativas de prostitutas, de Silvia Gay

Trabajo sexual y convivencia, de Ana Fábregas

0

Las prostitutas se organizan: hablan las trabajadoras del sexo

7

Presentación

9

Por qué no, de Margarita Carreras

Tenemos que hablar, de María José Barrera

6

Mujeres con ilusiones, de Carolina Hernández

8

Nosotras, no las que “nos hablan”, de Nancy Losada

6

La universidad de la vida, de Heidi Rueda

6

Manifiesto por los derechos de las prostitutas

67

Escritores y escritoras por los derechos

69

Las mujeres invisibles, de Fernando León de Aranoa

7

A través del cristal, de Pablo Sanz

7

De su relato Cincuenta pasos, de Lucía Etxebarria

7

Derechos profesionales. La Constitución no distingue entre ciudadanos de primera y de segunda, de Rosa Regàs

7

Entre todas las mujeres, de Eduardo Haro Tecglen

77

Mujeres que no existen, de Soledad Puértolas

78

Justicia y respeto, de Eduardo Mendicutti

79

La plusvalía del deseo, de Antón Reixa

8

Las fronteras interiores, de Carlos Bardem

8

Las cosas no tienen derechos, de Eduardo Galeano

8

Nada menos soy que una puta, de Francisco Cenamor

8

Puta moral, de Ruth Toledano

86

Prejuicio, de Leopoldo Alas

87

Soy puta y no me centro, de Belén Reyes

88

Es mi cuerpo y yo decido, de Pamela Pérez

89

Elemental, de Rosa Montero

90

Doce años de Hetaira

En 99 creamos Hetaira, un grupo compuesto por activistas y prostitutas, con la firme intencionalidad de defender los derechos de las trabajadoras del sexo. Pensábamos que era un buen momento para acabar con los prejuicios que las prostitutas tenían hacia las feministas y que las feministas tenían hacia las prostitutas. Los prejuicios, las ideas preconcebidas y las grandes teorías redondas y acabadas suelen toparse de frente con la realidad y a nosotras nos tocó aprender a aprender, a modificar parte de nuestro discurso y nuestra forma de pensar, a inventar nuevas formas de organización con un colectivo de mujeres generalmente machacado y margi- nado. Nosotras arrastrábamos ideas tales como: “La prostitución es degradante”, “todas las prostitutas son víctimas de la sociedad patriarcal”, etc. Ellas, ideas tales como: “Las feministas son unas resentidas con los hombres”, “no nos pueden ni ver porque nosotras sí somos femeninas y no ellas”… y, sin embargo, encontramos puntos en común. Íbamos con retraso, nuestras compañeras norteamericanas y europeas llevaban tiempo dando la batalla. En 986 había tenido lugar el último congreso internacional de prostitutas en Bruselas. En la declaración final se abogaba por la autodeterminación sexual de todas las personas, por el derecho al aborto, por la libertad para mantener relaciones con personas del mismo sexo, de diferentes naciones o ideas religiosas (y hasta aquí estábamos de acuerdo las feministas), pero añadían también “a practicar sexo a cambio de dinero”. Cuando comenzamos a fraguar la posibilidad de un proyecto no pensamos en iniciar un trabajo de tipo asistencial. En nuestro país ya existían. Son organizaciones que, con muy pocos recursos, hacen parte del trabajo que debería hacerse desde las Administraciones, pero que palían la situación en la que se encuentran algunas mu- jeres que desean abandonar el ejercicio de la prostitución, la gran

mayoría de ellas hartas de sufrir el desprecio social, hartas de no poder planificarse un futuro mejor. Había, sin embargo, un sector de prostitutas olvidado. Aquellas –que viendo las posibilidades que se le presentaban en la vida habían decidido ejercer la prostitución– no existían. Ocupaban las calles, las “sabíamos” dentro de un club, paradas en un parque… pero no las oíamos. Nadie se dirigía nunca a ellas. Ellas conforman el grupo de las “malas mujeres”, las “viciosas”, las que ofrecen sexo a nuestros hombres, las que escapan del control de la sexua- lidad patriarcal, las que no se sienten “objeto” sino “sujeto”, las que tienen relaciones con “varios” al día, las que cobran dinero por ello, las que inquietan a toda la sociedad. Y éstas fueron las mujeres con quienes nos apetecía establecer una alianza. Generar

lazos de solidaridad entre mujeres es, al fin y al cabo, el espíritu del feminismo, y las propuestas que se realicen han de contribuir

a “empoderar” a las mujeres, a hacerles ganar en autonomía y

autodeterminación. Este espíritu ha impregnado todas nuestras actuaciones. Durante estos años, ha sido decisivo el coraje y la valentía de algunas prostitutas que no han dudado en dar la cara ante la

sociedad, haciendo trizas con su discurso la imagen estereotipada

y prejuiciada de las putas. Juntas hemos normalizado su realidad:

mujeres que comparten parte de sus problemas con sus iguales y que arrastran el estigma de dedicarse a una actividad no reconocida como legítima. Las prostitutas han dejado de ser una abstracción para convertirse en mujeres con rostro y voz, con historias perso- nales llenas de lucha y contradicciones. Desde Hetaira, puente entre las trabajadoras del sexo y la so- ciedad, hemos intentado influir en la forma de pensamiento y en promover la defensa de derechos. Hemos acudido a todo tipo de lugares para llevar nuestras ideas: hemos realizado comparecencias en el Senado, en el Congreso y en diferentes parlamentos autonó- micos y nos hemos entrevistado con las instituciones públicas que implementan políticas sobre la prostitución y que habitualmente desoyen las reivindicaciones de las trabajadoras del sexo. Hemos contado con la inestimable solidaridad de muchas personas vinculadas al mundo de la cultura (fotografía, literatura, cine, arte, música…), que nos han ayudado a romper con el aisla- miento social de las prostitutas, haciéndoles protagonistas de los proyectos. En ocasiones esta solidaridad ha venido acompañada

de apoyo económico, algo imprescindible para continuar nuestro trabajo de forma independiente. Sería imposible enumerarlas to-

das, porque cada una de estas actividades ha sido importante para nuestros objetivos y para darnos fuerza y energía en nuestro día

a día. A modo de ejemplo, señalamos el apoyo de Eduardo Haro

Tecglen, Eduardo Galeano, Leopoldo Alas, Rosa Montero, Ruth

Toledano, Rosa Regàs, Soledad Puértolas, Eduardo Mendicutti y

–cuyos textos de apoyo puedes leer al final de este

libro–. Colaborar con Fernando León de Aranoa en el proceso de

documentación para Princesas y la participación de prostitutas

del entorno de Hetaira en el rodaje de la película ha sido uno de

los regalos más agradables que vivimos en los últimos años. Emo- cionante fue también el momento en el que Margarita Carreras, trabajadora del sexo, recogió en nombre de Manu Chao, el Goya a

la Mejor Canción Original por Me llaman calle, compuesta para la

peli. Las visitas de Manu Chao a nuestro local, situado en la calle

del Desengaño, y la colaboración en el rodaje del videoclip de su

tema fue igualmente divertido y esperanzador en nuestro intento de

dar todo el protagonismo a las mujeres que trabajan en la calle.

En estos años se han abierto algunos cauces en la Universidad. Además de nuestra participación en másters y seminarios, en el 00 tuvo lugar un Congreso internacional, auspiciado desde el departamento de Sociología del Género de la Universidad Nacional de Educación a Distancia, al que acudieron los profesionales más

cualificados y representativos en investigaciones sobre prostitución, no prejuiciados por valoraciones morales, generalmente voces acalladas en el panorama universitario. En el campo del feminismo y del movimiento de mujeres tam- bién podemos constatar avances en cuanto a la sensibilidad por este tema. De la mano de los grupos que forman parte de la Federación de Organizaciones Feministas del Estado español hemos recorrido buena parte del país explicando nuestra experiencia de trabajo y de organización. Desde Madrid, hemos contado con el apoyo inestima-

ble de la Asamblea Feminista de Madrid, que nos ha acompañado

siempre, en los mejores y en los peores momentos. Al inicio de nuestro trabajo, cuando nos dirigíamos a partidos de izquierdas o sindicatos buscando apoyo, nos contestaban que no se podía considerar la prostitución como un trabajo. Hoy existen

diferentes puntos de vista dentro de partidos políticos y sindicatos.

CC OO, CGT o CNT hablan, desde hace ya tiempo, de las prosti-

muchos otros

tutas como trabajadoras del sexo sin derechos laborales, algo que beneficia enormemente a la hora de normalizar el ejercicio de la prostitución. El libro que tienes en tus manos contiene las ponencias presen- tadas en las jornadas La prostitución a debate. Por los derechos de las prostitutas que organizamos en Madrid en mayo de 00. A pesar del tiempo transcurrido, conserva todo su valor desde el

punto de vista de análisis de la realidad y de propuestas que ayuden

a entender de una forma multilateral el complejo tema de la prosti- tución. Entonces nos reunimos una cantidad de personas, venidas de diferentes puntos del Estado español, nada desdeñable. Desde ese momento empezamos a calibrar la posibilidad de agruparnos

con otras asociaciones interesadas en reivindicar los derechos de las personas que se prostituyen. Esa idea es ya hoy una realidad:

en marzo de 006 salimos a la luz pública como Plataforma Estatal por los Derechos de las Personas Trabajadoras del Sexo. Forman parte de ella: Genera (www.genera.org.es), Àmbit Prevenciò-Am- bit Dona (www.ambitprevencio.org), El Lloc de la Dona-Oblatas (llocdeladona@telefonica.es), de Barcelona; Comité de Apoyo

a las Trabajadoras del Sexo-CATS (cats@asociacioncats.org), de

Murcia; Asociación Pro-Derechos Humanos de Andalucía (www. apdha.org); Col Lectiu Lambda (LGTB) (www.lambdavalencia. org), de Valencia; Transexualia (www.transexualia.org), ColectivoColectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid-Cogam (LGTB) (www.cogam.org), Fundación Triángulo (www.fundacion- triangulo.info) y Hetaira (www.colectivohetaira.org), de Madrid. En su primer manifiesto de constitución se puede leer: “Defende- mos los derechos de todas las personas que ejercen la prostitución:

las que están obligadas a ejercer bajo coacción de terceros, las que viven mal ejercer la prostitución y quieren abandonarla y las que quiere seguir ejerciendo pero en mejores condiciones”. Toda la filosofía de la Plataforma pasa por una mirada feminista que no victimiza a quienes ejercen. Pero junto al avance en la organización y presencia pública de

las trabajadoras del sexo también han arreciado las posiciones abo- licionistas, hasta el punto de que nuestros representantes políticos las han hecho suyas. En febrero de 007, la Comisión Mixta de los Derechos de la Mujer del Congreso de los Diputados publicó sus conclusiones sobre la situación actual de la prostitución en nuestro país después

0

de un año largo de intensas consultas, en el que comparecieron

diversas organizaciones, Hetaira entre ellas. Dichas conclusiones han sido decepcionantes, ya que las trabajadoras del sexo siguen ejerciendo en la misma situación de desprotección en la que han estado siempre, sin derechos y sometidas a las arbitrariedades de las Administraciones municipales. El punto de vista sesgado y cargado de prejuicios morales que ha presidido los trabajos de la Comisión no ha tenido en cuenta la realidad de las personas trabajadoras del sexo. Así, aunque en dichas conclusiones se reconoce que no existen estudios fiables sobre la realidad de la prostitución, todas las medidas que se proponen parten del prejuicio de que sólo una mínima parte de la prostitución se desarrolla de manera voluntaria, concluyendo que “no tiene sentido diferenciar la prostitución coaccionada de

la voluntaria”, equiparando constantemente la prostitución volun-

taria con la trata de mujeres con fines de explotación sexual. Esta

equiparación adolece del mínimo rigor científico y práctico y tiene como consecuencia la invisibilización de todas aquellas personas que ejercen la prostitución de manera voluntaria y que deberían haber sido contempladas también como sujetos de derecho desde

el punto de vista legislativo.

De hecho, se niega el derecho a ejercer la prostitución a personas adultas, no se contempla su capacidad de consentimiento y se les trata como sujetos menores de edad, como seres “victimizados”,

En definitiva, no se contempla de

fáciles de ser engañados

manera realista a las prostitutas: mujeres que viven de un trabajo estigmatizado socialmente, que sufren discriminación y que son estigmatizadas como si fueran una clase particular de mujeres, diferentes del resto. Por el contrario, los trabajos de la Comisión refuerzan el estigma hacia las prostitutas e ignoran sus derechos.

Esta forma de acercarse a la prostitución impide ver, precisamente,

la

realidad de las prostitutas, sus deseos, sus exigencias, sus miedos

y

sus problemas. Impide también conocer sus puntos fuertes y su

modo de combatir las injusticias y discriminaciones que sufren. Bajo el supuesto de defender los intereses de la Mujer, con ma- yúsculas, han dejado en la total indefensión a este sector concreto de mujeres. No contemplar esta diversidad en los análisis y las discusiones resulta inaceptable. La idea de que toda la prostitución es “esclavitud sexual” o “violencia de género” tiene grandes resonancias emocionales pero

es una cortina de humo que impide comprender qué instrumentos legislativos son necesarios para mejorar las situaciones reales y diversas que viven las trabajadoras del sexo. Victimizar a “todas” las trabajadoras del sexo no ayuda en nada a cambiar su situación; por el contrario, sirve para que el Estado ponga en marcha una serie de medidas proteccionistas que frecuentemente se aplican pasando por encima de la voluntad de las trabajadoras del sexo, como está pasando en la actualidad en muchas ciudades. Un buen ejemplo de esto son el Plan contra la Esclavitud Sexual, que puso en marcha el Ayuntamiento de Madrid en 00, y la Ordenança de mesures per fomentar i garantir la convivencia ciutadana a l’espai públic, que aprobó el Ayuntamiento de Barcelona en diciembre de 00. Ambas normativas conculcan los derechos más elementales de las trabajadoras del sexo, acosándolas a ellas y a sus clientes, como si la prostitución fuera un delito. El afán por perseguir y castigar a los clientes de la prostitución para acabar así con la demanda empeora sustancialmente las con- diciones de las trabajadoras del sexo, siendo ellas las principales perjudicadas. Más allá de lo que significa, desde el punto de vista de los valores, que se proponga la idea del castigo como solución, el problema fundamental es para qué sirve y qué repercusiones tiene en la práctica. La experiencia de otros países demuestra que la penalización sirve justo para lo contrario: no sólo no acaba con la prostitución y las mafias, sino que clandestiniza el ejercicio de la prostitución, favoreciendo los aspectos mafiosos y dejando a las mujeres más desprotegidas y en peores condiciones de trabajo. En Suecia, según el Consejo Nacional de Salud y Bienestar del Go- bierno sueco y el subjefe de la Brigada Antivicio de la Policía de Estocolmo, ha disminuido el número de suecas que ejercen en la calle (fundamentalmente porque se han trasladado a apartamentos en zonas residenciales) pero ha aumentado el número de extranjeras traficadas por las mafias (Diario El Mundo, de noviembre de 00). De manera que las ideas abolicionistas llevadas a la práctica conviven con políticas prohibicionistas que penalizan y reprimen a las mujeres que se niegan a ser “reinsertadas”. Ante la prostitución caben diferentes valoraciones morales, pero ninguna de ellas está por encima de los derechos básicos que todas las personas tenemos. En sociedades democráticas como la nuestra las moralidades particulares no pueden conculcar esta igualdad de derechos. Ni un sector del feminismo ni la Iglesia pueden ser los

que garanticen la moral pública estableciendo qué sexualidad es la políticamente correcta y cómo deben ser las relaciones sexua- les entre mujeres y hombres. Por ese camino, el riesgo de caer en moralismos normativos que acaben coaccionando y limitando la capacidad de autodeterminación de las mujeres es evidente. Las

relaciones sexuales, al igual que otras relaciones que establecemos los seres humanos, deben de estar guiadas por el respeto, la liber-

El hecho de que sean comerciales o

no debería importar tan sólo a quienes participan voluntariamente en ellas. Un tanto por ciento elevado de mujeres desea continuar ejer- ciendo la prostitución pero en mejores condiciones. Desean ser tratadas con dignidad, sin ser estigmatizadas por desarrollar ese trabajo; desean no ser discriminadas y tener los mismos derechos que otros trabajadores; aspiran a poder trabajar en la calle pero en zonas tranquilas, seguras, sin ser molestadas y sin molestar al vecindario. La venta de servicios sexuales es un trabajo y debe ser reconocido legalmente, acabando con la hipocresía que hoy existe al respecto. Plantear que la prostitución no puede ser una actividad socialmente aceptable porque atenta contra la igualdad y la dignidad de las mujeres es una afirmación basada en una determinada visión moral de la sexualidad. Lo que atenta a la igualdad y la dignidad son las condiciones en las que actualmente se ejerce este trabajo. Reconocer los derechos de las trabajadoras del sexo es una cues- tión de justicia que no puede seguir posponiéndose bajo ningún concepto. Seguiremos trabajando duramente para conseguirlo.

tad, la capacidad de decidir

Hetaira Madrid, noviembre de 007.

Introducción

La prostitución es un fenómeno complejo y heterogéneo del que se habla mucho últimamente desde diferentes instancias, tanto institucionales como sociales, pero desde las que frecuentemente se olvida a sus protagonistas. En los últimos tiempos en Madrid estamos asistiendo a un fuerte envite institucional contra las mujeres que ejercen la prostitución en la calle. El Ayuntamiento gobernado por el PP quiere que las prostitutas que captan su clientela en la calle desaparezcan porque provocan problemas de convivencia con el vecindario y porque no están bien vistas. Su Plan contra la Esclavitud Sexual, como ellos llaman a las acciones represivas que están llevando a cabo en la zona centro de nuestra ciudad contra prostitutas y clientes, ha recibido el apoyo de determinados sectores feministas. Estos sectores ven en él un buen instrumento para abolir la prostitución, reinsertando a las prostitutas, aunque para ello tengan que coaccio- nar a las que no quieren abandonar esta actividad, y hostigando a los clientes, aunque no hayan cometido ningún delito y se conculque su derecho a la intimidad. Somos conscientes de que la prostitución es un tema contro- vertido donde las divisiones clásicas entre derechas e izquierdas, tradicionalismo y progresismo, no siempre sirven para calificar las distintas posiciones que se mantienen ante este asunto. Dentro del feminismo es un tema que provoca fuertes discusiones que en la actualidad han dado pie a posiciones irreconciliables. Hetaira parte de que bajo el rótulo de lo que llamamos “pros- titución” subyacen realidades muy diferentes. Estas realidades van desde situaciones en las que las mujeres que ejercen lo hacen obligadas, chantajeadas y coaccionadas por terceros. Y aquí, el Código Penal es muy claro para determinar lo que significa esto y castigarlo. Hasta situaciones en las que las mujeres que ejercen lo hacen por decisión propia, aunque esta decisión esté más o menos

condicionada por diferentes factores, entre ellos el nivel cultural y económico y el origen nacional. Estas realidades diferentes exigen medidas políticas diferenciadas. Para nosotras es fundamental escuchar la voz de las prostitutas. Si quieren dejar la prostitución, deben poder hacerlo y contar con medidas sociales que faciliten su incorporación a otra actividad laboral. Pero para todas aquellas que quieren seguir ejerciendo, pero hacerlo en mejores condiciones de las que hoy se dan, es necesario que el Estado reconozca que la prostitución es una ac- tividad comercial legítima, un trabajo, y que, por lo tanto, deben contemplarse los derechos de éstas como trabajadoras. Para que esta voz pueda oírse y contar en los debates y las iniciativas legislativas que se adopten, es fundamental la autoor- ganización. Las prostitutas deben convertirse en sujetos sociales, en sujetos de derecho con capacidad para negociar sus intereses. Y un paso importante en este camino es la lucha contra el estigma. Con estas jornadas, tituladas La prostitución a debate. Por los derechos de las prostitutas (Madrid, mayo de 00), He- taira pretende seguir aportando su granito de arena en esta pe- lea. Una pelea que sabemos que es lar- ga pero en la que creemos que última- mente se han dado pasos importantes. Las manifestaciones de prostitutas, tanto en Madrid como en Barcelona, que se han producido el año pasado son una bue- na muestra de estos avances. Así mis- mo, la constitución

este año de un nue- vo grupo en Sevilla,

la constitución este año de un nue- vo grupo en Sevilla, Imagen de Tazio Secchiaroli (1964)

Imagen de Tazio Secchiaroli (1964) utilizada para las jornadas.

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Asociación de Mujeres que Ejercen la Prostitución (AMEP); los diferentes artículos de opinión en los periódicos de nuestro país en los que se defiende la necesidad de reconocer los derechos de las prostitutas; el Premio René Cassin por la Defensa de los Derechos Humanos 00 que el Gobierno vasco otorgó a Hetaira en su pri- mera edición, y muchas otras cosas que me dejo en el tintero, son una señal de que poco a poco en la sociedad van estando presentes las prostitutas como sujetos de derechos. Hemos querido juntar en estas jornadas a diferentes sectores so-

ciales: prostitutas, intelectuales, artistas, activistas, investigadoras,

Todas las personas que participan parten

magistrados, profesoras

de una posición de respeto y de reconocimiento de los derechos que tienen quienes ejercen la prostitución. También hemos queri- do contar con la experiencia de las mujeres que, en otros países, luchan por el reconocimiento de la dignidad y los derechos de las prostitutas. No están todas las personas con las que hubiéramos querido contar. En concreto, nos falta nuestra querida Carla Corso, prostituta italiana que nos ayudó en los comienzos de Hetaira y a la que no le ha sido posible asistir, pero ¡otra vez será!

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S oy prostituta de calle desde hace muchos años, aunque no voy a decir cuántos, y una de las que empezó a organizar el colectivo Hetaira. Cuando hace 0 años, con algunas mujeres

que siguen formando parte de Hetaira, empezamos esta aventura, no creí que fuera posible llegar hasta aquí. Empezamos casi sin medios, sin ningún apoyo institucional, pero con muchas ganas y mucho entusiasmo. El follón que la pren- sa organizó el día de nuestra presentación era una buena muestra de lo chocante que en esos momentos era que las prostitutas nos

organizáramos y diéramos la cara. Yo lo tuve claro desde el primer momento: si queríamos conseguir algo teníamos que juntarnos

y hablar, alguien tenía que ser capaz de decir ante la prensa, las

instituciones y todo el que se pusiera delante que era prostituta y lo que quería como tal. Y me tocó a mí. La decisión no fue fácil, especialmente por mis hijos: me daba miedo que los discriminaran por eso. Pero hoy estoy muy contenta de haberlo hecho y creo que estos años han valido la pena. Estar en Hetaira nos ha cambiado a todas

y

hemos aprendido unas de otras. Hemos compartido momentos

y

experiencias de todo tipo. Hemos llorado juntas, como cuando

reivindicamos la memoria de Araceli, una prostituta que apareció asesinada en una boca de metro en Antón Martín; o cuando ho- menajeamos a Edith, otra prostituta asesinada el año pasado. Nos

hemos alegrado y reído juntas, como cuando se hizo la primera manifestación de putas el 9 de febrero de 00 o cuando en di- ciembre pasado nos fuimos con un microbús a Vitoria a recoger el Premio René Cassin por la Defensa de los Derechos Humanos 00. También hemos discutido entre nosotras y nos hemos enfadado, pero todo ha merecido la pena.

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Espero que con estas jornadas podamos compartir con vosotras algunas de nuestras preocupaciones y contribuir a trasladaros parte de nuestro entusiasmo en la defensa de nuestros derechos.

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Purificación Gutiérrez

Buenas y malas mujeres. El estigma de la prostitución

Presentación

Después de años de escuchar a muchas prostitutas hablarnos de sus vidas y sus sentimientos hemos podido comprobar que aunque las condiciones en las que se desarrolla su trabajo sean duras y, en muchos casos, indignas, lo que peor llevan es la consideración que, en general, la sociedad tiene de ellas. Uno de los elementos que caracteriza la prostitución es el estig- ma que recae sobre las personas que la ejercen, fundamentalmente sobre las mujeres, y que no es vivido por igual por todas las pros-

titutas. Por el contrario, cómo viven el ejercicio de la prostitución

y

la consideración social que de ello se deriva varía entre unas

y

otras. Así, nos encontramos con prostitutas que consideran el

ejercicio de la prostitución como algo terrible y angustioso, como un mal menor al que no queda más remedio que adaptarse para sobrevivir. Pero también existen muchas otras que la ejercen de manera consciente y voluntaria, escogiendo quedarse en ella por- que consideran que dentro de las oportunidades que tienen en esta sociedad, la prostitución es la menos mala o la más lucrativa. El proceso de interiorización y vivencia del estigma no es blanco sobre negro sino que, por el contrario, es un proceso lleno

de luces y sombras. Culpas y deseo de legitimidad; justificaciones

y negaciones; vergüenza y orgullo por el hecho de ser puta son

sentimientos que se dan frecuentemente la mano. Que pesen más los sentimientos positivos que los negativos depende de muchos factores, pero, entre ellos, uno es fundamental: la imagen que les devuelve el entorno. Porque nadie es ajeno a la mirada de los otros, sino que nos construimos en permanente feed-back con los demás. Luchar contra el estigma que recae en las prostitutas implica cambiar esa mirada prejuiciada que ve a las prostitutas sólo como “mercancía sexual”, “cuerpos a la carta” u “objetos para el disfrute de los hombres”. Y cambiarla fundamentalmente en las mujeres,

especialmente las feministas.

El feminismo es una fuerza social que pretende mejorar las si- tuaciones de discriminación que sufren las mujeres. Pero dentro del feminismo, con este tema, existen posiciones divergentes. Nosotras pensamos que determinadas corrientes feministas siguen viendo a las prostitutas como ciudadanas de segunda categoría a las que no se les concede la posibilidad de decidir por sí mismas qué quieren hacer con sus vidas y con su trabajo. Esta posición no rompe en absoluto con la ideología dominante, que considera a las mujeres objetos subordinados a los deseos masculinos. La presunción de que todas las prostitutas están obligadas por terceros (fundamentalmen- te hombres) a ejercer la prostitución es una afirmación gratuita que no se corresponde con la realidad y que demuestra que se ve a estas mujeres como personas débiles y dependientes. Pretender mejorar la situación de las prostitutas proponiendo la penalización de los clientes implica concebirlas como complacientes y desprotegidas siempre frente a los reclamos masculinos. Para Hetaira, la lucha contra el estigma de puta es un objetivo de primer orden dentro de nuestra labor feminista. Y para hablar de ello contamos con la presencia de Dolores Juliano, Raquel Osborne, Cristina Garaizabal y Anne Souyris. Dolores Juliano es doctora en Antropología, y hasta el año 00,

profesora titular de la Universidad de Barcelona, fundadora de Línia d’Investigació i Cooperació amb Immigrants Treballadores Sexuals (LICIT), trabaja desde hace muchos años en temas de género y está especialmente interesada en procesos de cambio social. Entre sus publicaciones están El juego de las astucias. Mujer y construcción de mensajes sociales alternativos (99); Educación intercultural

Subculturas de mujeres (998); y La

(99); Las que saben

prostitución: el espejo oscuro (00). Raquel Osborne es profesora titular de Sociología del Género en la Universidad Nacional de Educación a Distancia (Departamen- to de Sociología III). Master de Filosofía por la Universidad de Nueva York, ha sido investigadora en el CSIC. Ha publicado, entre otros, los siguientes libros: La construcción sexual de la realidad (99); La violencia contra las mujeres: realidad social y políticas públicas (compiladora, 00); Trabajadoras del sexo, derechos, migraciones, y tráfico del siglo XXI (00) y Las prostitutas. Una voz propia: Crónicas de un encuentro (99). Cristina Garaizabal es psicóloga, especialista en terapias de género. Fue cofundadora de la Comisión Antiagresiones del

Movimiento Feminista de Madrid y de Hetaira. Forma parte del consejo editorial de Talasa, es autora del capítulo “La transgresión del género. Transexualidades: un reto apasionante” en el libro Transexualidad y transgenerismo cultural (998). Junto con la psicóloga feminista Norma Vázquez, trabajó en un proyecto sobre salud mental de las salvadoreñas al finalizar la guerra en este país centroamericano, El dolor invisible (99). Anne Souyris es periodista y cofundadora y presidenta del grupo feminista francés Femmes Publiques. Ha trabajado en la revista El periódico del sida. Se interesó en apoyar a las prostitutas, dada la ausencia del feminismo en los debates políticos e institucionales en relación con la prostitución. En su intervención ahondará en el estigma de las prostitutas y hará un recorrido por la ley Sarkozy y en cómo ha influido sobre sus vidas.

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Sobre trabajos y degradaciones

Dolores Juliano

La polémica que en los últimos años se viene desarrollando con virulencia en España sobre la prostitución se centra en gran medida en el problema sobre si esta actividad puede (o debe) ser considerada trabajo, o si hay que encuadrarla entre las prácticas de violencia de género. El debate no es baladí. En una sociedad industrializada y moderna, el acceso a la consideración social, pero también a los derechos ciudadanos y a los servicios sociales, está ligado a la condición de trabajadoras de las personas. El acceso al mercado de trabajo es la medida (y el requisito previo) de la integración de los inmigrantes. La peligrosidad social se asigna a “vagos y maleantes”. No puede extrañarnos, entonces, que una de las reivindicaciones más sentidas del movimiento feminista haya sido la considera- ción de trabajo para las tareas que tradicionalmente desarrollan las mujeres. Las economistas, fundamentalmente, han dado una dura batalla para que se considere trabajo, y como tal figure en los balances económicos, no sólo el productivo (tradicionalmente masculino) sino también el reproductivo, el de los cuidados, el mantenimiento y la subsistencia, tradicionalmente desempeñados por las mujeres. En el caso del trabajo sexual, el problema del encuadre es parti- cularmente importante pues determina las políticas que se pueden seguir al respecto, y que según cuál sea el punto de partida irán desde las estrategias abolicionistas (si se considera que es simple violencia ejercida contra mujeres desvalidas) a las posiciones re- guladoras, si se considera que es básicamente una estrategia para ganarse la vida, es decir un trabajo.

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Y el tema hay que abordarlo. Intentaremos acercarnos a él desde varias vertientes. Por definición. Si se entiende por trabajar “Realizar una acción física o intelectual continuada”, y por trabajo “Actividad en que alguien se está ocupando o se ocupa habitualmente”, según pro- pone el Diccionario de Uso del Español de María Moliner, resulta claro que la prostitución, en tanto que tarea habitual para muchas personas, se encuadra dentro del marco del trabajo. Pero frecuentemente se ha justificado incluir el trabajo sexual dentro de las actividades reconocidas atendiendo a otros criterios, tales como el de la necesidad social. La sociedad tradicional amparaba su tolerancia para esta actividad con el argumento de “evitar males mayores”, con lo que se naturalizaba la demanda de los clientes, pero se ignoraban los derechos y las opciones de las prostitutas. Los trabajos feministas antes aludidos también darían pie para considerar la prostitución un trabajo, ya que entienden como tra- bajo toda actividad humana dirigida a satisfacer las necesidades básicas para producir y reproducir la vida humana. Esto incluiría las actividades sexuales que están dirigidas a cubrir necesidades de procreación y placer. El problema de esta argumentación, como el de la anterior, radica en que tiene en cuenta las necesidades de los usuarios y no las de las trabajadoras, cuya sexualidad, evi- dentemente, no se satisface en el servicio que prestan. También hay que señalar que esta argumentación no consideraría trabajo las actividades relacionadas con las armas o con industrias conta- minantes, ya que no cubren necesidades humanas. Sin embargo, socialmente, estas tareas se reconocen como trabajo, aunque sean dañinas y peligrosas. Otras aproximaciones al tema se han intentado a través de su- brayar la lógica del mercado. Vivimos en sociedades en las que el crecimiento del sector servicios es el fenómeno económico más importante que se puede detectar a lo largo de las últimas décadas. En estas condiciones se ha dado una progresiva mercantilización de las tareas de acompañamiento y cuidado. El mercado sexual sería, entonces, sólo una concreción particular de una tendencia mucho mayor que abarca la salida al mercado de casi todas las tareas consideradas tradicionalmente femeninas. Cuidado de criaturas, personas ancianas o enfermas, compañía, cuidados corporales y servicios sexuales.

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Pero para las organizaciones que apoyan los derechos de las trabajadoras del sexo y las personas que hemos dedicado años a tratar de entender estos temas, las argumentaciones anteriores no nos interesan especialmente. Preferimos poner el énfasis en los objetivos de las personas dedicadas a esta actividad. Desde este punto de vista, consideramos que es un trabajo duro, desagradable y a veces peligroso, pero trabajo al fin, porque se realiza con el fin de obtener recursos para sobrevivir. La definición de trabajo que realizan las economistas va en este sentido de subrayar su condición de estrategia económica. Así, el trabajo es simplemente cualquier “Tarea que se realiza para obtener recursos económicos”. Lourdes Benería subraya al respecto: “En las economías capitalistas el mercado laboral se ha definido históricamente como el desempeño de un trabajo para obtener una remuneración o un beneficio ” (Benería, 00). Esta definición de trabajo tiene además la ventaja de corres- ponderse con la propia percepción que tienen las prostitutas de su actividad, como quedó explícito en las conclusiones del Comité Internacional de los Derechos de las Trabajadoras del Sexo en Europa, reunido en Bruselas el año 00, donde demandaron reconocimiento, autoorganización, y la posibilidad de pactar sus condiciones laborales igual que el resto de los trabajadores (López Precioso y Mestre i Mestre, 006 p.0). Así, por definición, por lógica de mercado y por autodefinición, la prostitución debería considerarse trabajo. Ésta es la posición también de los sociólogos que han estudiado el tema y que propo- nen pasar su estudio del ámbito de la desviación social al ámbito de la sociología del trabajo. Quizá lo más difícil de explicar referente a este tema es la difi- cultad social para aceptar estos puntos de vista. Y aquí entra todo el campo del estigma y de los prejuicios. Existe la prostitución, forma parte de un amplio conjunto de actividades con grados diferentes de legalidad y aceptación so- cial conocidas como “industria del sexo”, que abarcan trabajos diferentes, desde el mundo del espectáculo, a la producción de ropas y accesorios, casas de masajes, líneas eróticas, etc. Estas actividades entran dentro de lo que podríamos denominar una ló- gica de mercado, y se han mostrado históricamente muy difíciles de suprimir a través de legislaciones represivas. Pero el hecho de que exista no quiere decir que se admita su existencia, o que se la

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considere normal; muy por el contrario, el tema suscita lo que se ha dado en denominar “pánico moral”, y resulta difícil tratarlo con ecuanimidad. Se une a la angustia que genera la actividad sexual, una imagen “miserable” de las mujeres, vistas como incapaces de defender sus derechos o de desarrollar opciones propias. Esto ha generado las interpretaciones sobre el “tráfico”, que generalizan a todo el sector las condiciones de explotación y engaño que se dan en algunos casos, y los planteamientos punitivos, que se debaten buscando a quién castigar en el mercado del sexo. A esto se acom- paña lo que Holgado denomina una posición “victimista extrema” que simplifica los múltiples factores existentes y reduce todo el trabajo sexual a engaño y explotación (Holgado Fernández, 00). En general, las legislaciones basadas en estos planteamientos actúan perversamente, pues incrementan el valor de mercado de lo que prohíben, al tiempo que hacen más frágil la posición de quienes ejercen la actividad y aumentan su vulnerabilidad. Así se reconoce en el informe del Parlamento Europeo de mayo de 000, en su enmienda , que considera: “El régimen de prohibición directa e indirecta de la prostitución vigente en la mayoría de los Estados miembros crea un mercado clandestino monopolizado por la de- lincuencia organizada que expone a las personas implicadas, sobre todo a los inmigrantes, a la violencia y la marginación”. Esto no significa que se pueda aceptar cualquier actividad por el hecho de que exista. Si algo no se puede o debe hacer (robar, chantajear, agredir), no se puede hacer ni gratis ni cobrando. Pero si algo se puede hacer gratis (por ejemplo, tener relaciones sexua- les con quien se quiera), cobrar no lo transforma en denigrante o perverso. Una actividad no se transforma en delictiva porque se cobre por ella, si no es que la legislación prohíba especialmente su salida al mercado, como sería el caso de donar órganos o tramitar adopciones. En estos casos se prohíbe su cobro para evitar abusos. Pero esto no es aplicable al trabajo sexual, que implica un acuerdo entre adultos que no perjudica a terceros. Cuando se legisla hay que tener en cuenta cuál es el bien jurídi- co protegido en el Código Penal. Esto ha ido cambiando. Durante el franquismo, los bienes a proteger eran el honor y las buenas costumbres. Pero desde la reforma de 989 (del Código Penal de 97) el bien a proteger es la libertad sexual. Esto coincide con la aplicación de los acuerdos sobre derechos humanos.

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Nereida Lakuló, Carolina Hernández y Margarita Carreras con Dolores Juliano, en un momento de las

Nereida Lakuló, Carolina Hernández y Margarita Carreras con Dolores Juliano, en un momento de las jornadas, fotografía de Silvia García.

Para las trabajadoras del sexo esta posición implica el reconoci- miento de su condición de trabajadoras, ya que como señalan López

y Mestre: “Sustraer de la condición de trabajadoras a las mujeres

que ejercen la prostitución es sustraerlas también de los derechos asociados a los modelos del Estado de Bienestar” (8). Pero implica también darles derecho a la participación en las negociaciones que se realicen al respecto. Es decir, reconocerlas como interlocutoras válidas. Pese a la complejidad del tema y a las diferencias internas del sector, que hace que resulte difícil llegar a acuerdos, pueden

aceptarse algunos puntos mínimos respecto a lo que una legislación sobre el trabajo sexual debe incluir y lo que debe evitar. Debe incluir: reconocimiento social de la legitimidad de la op- ción; protección efectiva contra las mafias y cualquier violencia; protección para las trabajadoras autónomas; facilidades para la autoorganización y el empoderamiento (sobre espacios, servicios

y condiciones de trabajo); acceso a servicios sanitarios y formati-

vos; derecho de residencia para las inmigrantes; y en actividades por cuenta ajena, clarificación y regulación de las obligaciones de la patronal. Debe evitar: inscripción en registros específicos; controles sanitarios obligatorios; rotulaciones y encasillamientos; restriccio-

nes diferentes que las vigentes para el resto de trabajos; normas

confusas que faciliten la arbitrariedad administrativa y policial; victimización y paternalismo; y separar el problema de los restantes del mercado laboral femenino y de las dificultades que plantea la Ley de Extranjería. Evidentemente esto no solucionaría todos los problemas del sector, pero sería un paso hacia una mirada social con menos es- tigma sobre el trabajo sexual.

Bibliografía citada

Benería, Lourdes, 00, Género, desarrollo y globalización. Barcelona: Hacer Editorial. Holgado Fernández, Isabel, 00, “Les dones construïm poder. Cap a un procés d’empoderamente per la defensa dels seus drets entre les dones treballadores del sexe a Catalunya”, pp. 0. Bar- celona: Institut Català de la Dona. Informe del Parlamento Europeo. Mayo de 000. “Comunica- ción de la Comisión al Consejo y al Parlamento Europeo sobre nue- vas medidas en el ámbito de la lucha contra la trata de mujeres”. López Precioso, Magdalena y Mestre i Mestre, Ruth, 006, Trabajo sexual. Reconocer derechos, Valencia: Ediciones la Bur- buja.

El sujeto indeseado: las prostitutas como traidoras de género

Raquel Osborne

La sexualidad es un terreno central para el feminismo. Para ciertos sectores del pensamiento feminista, la (hetero)sexualidad, en condiciones estructurales de desigualdad, no puede ser con- siderada libre: bajo el patriarcado las mujeres somos forzadas o estamos alienadas. Si no somos libres en el sentido aquí entendido y en particular en lo que concierne a la sexualidad, no podemos consentir. Si afirmamos lo contrario, es que vivimos en la falsa conciencia (Pateman, 988; MacKinnon, 99; Barry, 00). En los viejos tiempos, algunas feministas lesbianas pensaban que las mujeres no podían construir un movimiento fuerte si las mujeres heterosexuales “Estaban por ahí follando con el opresor” (Brown, 98: 6). La historia se repite ahora en el caso de la prostitución: algunas feministas sostienen, por parecidas razones, que una prostituta no sólo no puede ser feminista, sino que, por su actividad, traiciona la causa de las mujeres. Pero tengo que acla- rarlo: no están hablando de cualquier prostituta, sino de la que lo es por decisión propia, la que se niega a ser transformada en una víctima: sobre ella caen todas las iras. Veremos por qué. En los años setenta del siglo XX, el feminismo destapa la proble- mática de la violencia contra las mujeres. La revolución sexual de los años sesenta empezó a ser reinterpretada en clave ampliamente negativa. Se vio que había dado mayor carta de naturaleza al patrón masculino de sexualidad, definido en este contexto por su ligazón con la prostitución, la pornografía y la industria del sexo en general, con la subsiguiente ampliación de los privilegios masculinos. Lo que antes era vivido con vergüenza y/o pudor, ahora se consideraba una manifestación de libertad y se veía más legitimado. De intentar compatibilizar la libertad sexual para las mujeres con el control de

la violencia contra ellas, se pasó a pensar como sinónimos mayor libertad sexual y violencia de género. Una concreción de este planteamiento tuvo lugar en los años ochenta con un fuerte movimiento feminista antipornografía, que puso en circulación el eslogan “La pornografía es la teoría, la violación es la práctica”, o, más directamente: “La pornografía es violencia contra las mujeres” (Osborne, 99). En nuestros días estas formulaciones se han renovado con la idea de que el sexo por dinero no es más que una manifestación extrema de la degra- dación a que el patriarcado somete a las mujeres. Esto se articula por medio de redefinir la prostitución, a secas, como violencia, no ciertas condiciones de su ejercicio. No se hacen distingos entre el trabajo sexual consensuado y el sexo coercitivo. Esto puede tener efectos desastrosos cuando quienes nos conciernen son las prosti- tutas reales, no la víctima prefabricada. La excusa perfecta para este razonamiento ha llegado con el aumento de inmigrantes en el trabajo sexual. Las habitualmente ilegales condiciones de entrada, la situación de falta de docu- mentación en los países de recepción donde el trabajo sexual no es legal, o no lo es para las inmigrantes, hacen florecer toda suerte de abusos sobre las inmigrantes pobres. Éste es el pretexto para convertir en sinónimos prostitución y violencia: no son las circunstancias que favorecen la violencia contra las mujeres las que importan, se está implicando, son sobre todo los hombres que buscan carne fresca los que hacen que el abuso sea posible . Se crea así el binomio depredador/víctima, y la cuestión se reduce a un conflicto de género. Se afirma que las pobres que migran son obligadas a trabajar en la prostitución, bien por medio del engaño directo, bien a causa de su vulnerabilidad económica, que impide que puedan tomar decisiones responsables. El razonamiento permite sostener que la mayoría de las prostitutas, nada menos que el 9%, son víctimas forzadas a realizar esta “actividad”. Y no debemos olvidar que se barajan cifras de 00.000-00.000 víctimas. Estos argumentos se repiten una y otra vez hasta hacerlos “parecer” verdaderos. Es una técnica necesaria para sostener una posición no avalada por datos fiables. Esto resultó aún más im- portante de sostener cuando las intenciones prohibicionistas que

“En la prostitución, sólo el comprador de carne es el que elige voluntariamente la pieza que más le gusta, cómo cocinarla y cómo comérsela”. UGT, 006, p. 0.

esta argumentación comporta se vieron cuestionadas fuertemente por una nueva propuesta de ley en Cataluña. A principios de 006 el Gobierno autónomo preparó un borrador para la regulación del trabajo sexual, que, con todas las pegas que se le pudieran poner –la eliminación del trabajo de calle, por ejemplo–, hablaba de derechos y de trabajo sexual. Pocos días después de la aparición de la propuesta tuvimos ocasión de ver comentarios como el que sigue realizados desde la vanguardia de la lucha en España contra la violencia de género:

“Los grupos prohibicionistas argumentan que legalizar la prosti- tución significa legalizar la violencia contra las mujeres. Tienen

razón en la medida en que sólo el % de las que la ejercen lo hacen

, En concreto, la escritora catalana Gemma Lienas , presidenta de Dones en Xarxa, emitió una nota de protesta por el tratamiento que un programa de la TV, emisora pública catalana, había dado al tema de la prostitución en la que se decía: “¿Por qué había tres prostitutas encantadas de serlo y ninguna prostituta víctima de las redes internacionales? Según los datos de diferentes organizacio- nes que luchan por ayudar a las prostitutas (Médicos del Mundo, APRAMP o Fundación Mujeres) y el último informe de la Guar- dia Civil, sólo un % de prostitutas lo son por voluntad propia ” (cursiva añadida). ¿Qué señala el citado informe de la Guardia Civil (00) que se convirtió en la fuente de autoridad para la cascada de declaraciones prohibicionistas que se apoyan en esa cifra? Realizado el trabajo de campo entre 00 y 00, y publicado en 00, abarca el 7% del territorio nacional, donde vive el 8,% de la población, y se refiere exclusivamente a los clubes de carre- teras, donde fueron contabilizadas 9.09 mujeres, en su mayoría inmigrantes; quedan fuera de esta contabilidad las zonas urbanas, competencia de la Policía Nacional, así como las autonomías de Cataluña y el País Vasco. El ,% – mujeres– pusieron denuncia una vez conocidos

voluntariamente” (Red Catalana

006).

sus derechos y la posibilidad de acogerse a los beneficios del ar- tículo 9 si denunciaban su situación, a instancias de la Guardia Civil. Estas son las denominadas propiamente “víctimas” en el

«La escritora catalana Gemma Lienas, presidenta de Dones en Xarxa, ha emitido una nota de protesta por el tratamiento que el programa “Las mañanas de TV” ha dado al

tema de la prostitución», recogido en Red catalana

, ibid.

informe (p. ). En otro momento se habla de “víctima potencial”

(p. 8) al referirse a toda aquella persona que ejerce la prostitución sometida a la disciplina de las redes organizadas o bajo una “re- lación laboral” con terceras personas (independientemente de que denuncien o no) (p. ). El escaso número de denuncias provoca extrañeza en la Guardia Civil, que apunta algunas respuestas a esta, en su opinión, anómala situación:

-los tales beneficios son muy difíciles de conseguir en la práctica,

y en realidad no convencen a las potenciales denunciantes, quienes sólo lo hacen “en casos verdaderamente insoportables” (p. 6); es decir, se apunta a deficiencias en las normativas vigentes; -la falta de denuncias se explica también “porque la mayoría de estas mujeres informan de que han llegado a España a ejercer la prostitución voluntariamente”, si bien lo han hecho empujadas por dificultades económicas en sus lugares de origen, donde suelen tener cargas familiares. La prostitución es vista por ellas como “una alternativa para subsistir”. La dinámica es descrita como sigue: “Para llegar a España, entran en contacto con organizaciones que les facilitan los medios para el desplazamiento y para ocupar plaza en algún club a cambio de una gran cantidad de dinero”. Contraen una deuda que deberán saldar: “Una vez en dichos establecimientos, consienten con las condiciones laborales que, pese a saber que originan un enrique- cimiento fácil de la organización a su costa, a ellas les reportan unos ingresos que les resultan satisfactorios” (p. 6). El trabajo puntualiza que también existen mujeres captadas bajo engaño. Algunas logran escaparse y denunciar, pero otras se resignan a su nueva ocupación animadas, entre otras cosas, por “el incremento de las oportunidades para ejercer esa ocupación bajo unas condiciones cada día más legales” (p. 6). Ésta no es una situación estática sino cambiante, como expresa

el informe: “Hace pocos años se engañaba totalmente a las mujeres

en los países de origen con el argumento de que vendrían a traba- jar como camareras o asistentes del hogar. Una vez en España, se encontraban encerradas en clubes obligadas a mantener relaciones sexuales en contra de su voluntad. Ahora muchas de las mujeres se captan, e incluso se ofrecen ellas mismas a las organizaciones, sabiendo desde el primer momento que van a trabajar como pros- titutas” (p. 9).

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En suma: el informe afirma que las pobres que migran son obligadas a trabajar en la prostitución:

a) en primer lugar, por medio del engaño directo –un dato im-

portante hace años pero mucho menos ahora –, en que las mujeres

vienen para el trabajo sexual o una vez que llegan aquí se convencen de que es la única alternativa que les permite cumplir sus objetivos como migrantes –salir de la pobreza, pagar las deudas para poder migrar y enviar dinero a sus familias.

b) en segundo lugar, la vía indirecta de la necesidad económica

–“las dificultades económicas en los países de origen”– que hacen imposible una decisión libre, según el informe. Este razonamiento permite a la policía sostener que la gran mayoría de prostitutas son “víctimas potenciales” obligadas a hacer esta “actividad”. Ninguna de estas matizaciones, fruto del trabajo de campo, aparece en los análisis de las abolicionistas. La versión que desde ahí se ofrece de este informe es la siguiente: la mayoría se ven for- zadas a ejercer la prostitución por engaño o a causa de su situación económica. Los porcentajes manejados por la Guardia Civil (,% de víctimas que denuncian situaciones de abuso) se transforma en un % de prostitutas voluntarias y el resto, 9%, son “completas” víctimas –el adjetivo de (víctima) “potencial” (una aberración en sí misma)– ha desaparecido por completo del discurso general. La mayor parte del tiempo la representación preferida de la mujer es una víctima total, captada con falsas promesas de trabajo “honora- ble”, traficada por las mafias –el crimen organizado– para trabajar en la industria del sexo, preferentemente por medio del empleo directo de la violencia, y que es vendida de un empresario a otro. La voluntad de las personas ha desaparecido por el camino en aras de la causa salvadora feminista. Estos razonamientos, que se repiten hasta la saciedad, han lle- gado hasta la cúspide del poder político, como cuando el ministro de Asuntos Exteriores, siguiendo el discurso dominante entre las feministas del Partido Socialista (PSOE), ahora en el poder, declara:

“Sabemos que en España la mayoría de las mujeres que ejercen

la prostitución están en situación de exclusión, y son inmigrantes irregulares que han sufrido el tráfico de mujeres. La mayoría de las prostitutas están forzadas, sólo una mínima parte lo hacen de forma voluntaria” .

El País, 9 de febrero de 006, Sociedad, p. .

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Desde la organización Hetaira se escribió una carta al Defen- sor del Lector de El País interpelándole por un editorial titulado “Plaga de prostitución” en el que se afirmaba que el 9% de las prostitutas ejercen en España “de manera forzada”: “¿Han podido ustedes contrastar esa información?”, se escribía en la citada carta. “El periodismo de precisión es algo más que copiar unas cifras que alguien dio por válidas, imposibles de demostrar porque no existe un solo estudio o investigación en nuestro país que arroje datos contrastados sobre el número de personas que ejercen la prosti- tución”. Tras varias semanas de tardanza en la respuesta, El País reconocía que distintas personas habían mencionado esa cifra en artículos de opinión sin haberse podido encontrar “ningún estudio riguroso” que avalara ese porcentaje . Pero incluso aunque estos datos están completamente manipu- lados como acabamos de ver –en el sentido de que todo trabajo sexual realizado por necesidad económica es considerado como realizado “a la fuerza”–, lo que últimamente ha llamado más la atención son los enormes esfuerzos que desde esos sectores femi- nistas se emplean para desacreditar por completo a este sector que representa, según ellos, este exiguo y espurio %. El hecho es que no pueden negar la existencia de la prostitución “voluntaria” porque en España hay al menos dos organizaciones vi- sibles, una en Madrid –la mencionada Hetaira- y otra en Barcelona –Línia d’Investigació i Cooperació amb Immigrants Treballadores Sexuals, LICIT–, formadas por trabajadoras del sexo y activistas que defienden los intereses y los derechos de las trabajadoras del sexo. Están presentes en los debates públicos, hacen manifestacio- nes contra las políticas urbanas represivas, aparecen en los medios de comunicación. En resumen, tienen una voz pública, apoyada por algunas feministas. Bueno, no se podrá negar su existencia, pero entonces se pueden desplegar diferentes estrategias para desacreditarlas:

-En primer lugar, como hemos visto, los esfuerzos se concentran en reducir su número a un mínimo: un inventado %. Es lo que podríamos llamar “una estrategia estadística”. -La segunda estrategia, que podríamos llamar “una estrategia del silencio”, esgrime que estas mujeres no deberían participar en los debates acerca de su propia situación. ¿Por qué deberían hacerlo, sostiene la pregunta retórica? Para denegarles una voz pública se las

Sebastián Serrano, “Cuestión de cálculo”, El País, Opinión , 0-0-006 .

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compara con las mujeres maltratadas, quienes, según este discurso, nunca fueron invitadas a los debates, sino sólo los expertos, por su tendencia a manifestar su deseo de continuar la relación con su maltratador, manifestaciones, pues, a las que no había qué prestar atención pues eran fruto de la alienación . En el caso de las trabajadoras del sexo, la estrategia tradicional ha sido declararlas psicológicamente deficientes o abusadas sexual- mente cuando niñas 6 (González, 00; Pons, 00) o, como hemos visto en las últimas versiones, extremadamente vulnerables en lo económico. El último tipo de argumento fue usado para reintroducir en el Código Civil de 00 el delito de “proxenetismo”. Así se llega al “infrasujeto”, menos que un sujeto (Maqueda, 006). Cabe preguntarse, pues, ¿quién debería estar presente en los debates públicos? La respuesta es la siguiente: el 90% de las pros- titutas son mujeres y más del 90% de los clientes son hombres, así que la prostitución es una cuestión de género que afecta a todas las mujeres, no a las trabajadoras del sexo directamente concernidas 7 . De esta manera, es la “Mujer” con letras mayúsculas la que susti- tuye a las verdaderas mujeres en este imaginario feminista 8 . ¿Y cuál es el mensaje que esta voz nos va a transmitir? El mensa- je es: “Que es impensable una sociedad igualitaria si los cuerpos de las mujeres se pueden comprar” 9 . Más todavía: “En las relaciones y prácticas sexuales libres y verdaderamente voluntarias, no tiene por qué mediar el dinero” (UGT, 006: 0).

“Cuando se realizaron debates para aprobar la ley contra la violencia hacia las mujeres, no se invitó a mujeres maltratadas, sino a especialistas en el tema que pudieran hablar de ello sin estar implicados/as. Además, a pesar de que estas prostitutas lo hayan negado, la prostitución es una forma de esclavitud y así lo define la ONU. También las mujeres

maltratadas niegan a menudo el maltrato y perdonan al maltratador en el juicio (

) Si fuera

por la opinión de las propias personas implicadas, los esclavos todavía existirían en los Estados Unidos, porque muchos estaban de acuerdo con su condición” (cursiva nuestra). Gemma Lienas, op. cit.

6 El artículo de González circuló vía correo electrónico por aquellas fechas por los ambientes abolicionistas de nuestro país.

Además, algunas

prostitutas creen que este debate sólo les afecta a ellas y que las demás mujeres tenemos que callarnos y mantenernos al margen, pero se equivocan porque ésta es una cuestión de género (el 90% de prostitutas son mujeres, y más del 90% de los usuarios son hombres),

por lo tanto, nos afecta a todas: es impensable una sociedad igualitaria en la que el cuerpo

de las mujeres se pueda comprar (

7 “Ello suponiendo que las prostitutas deban asistir (a los debates)

)”. Gemma Lienas, op. cit.

8 Maqueda, op. cit.

9 Red Catalana de Organizaciones Feministas contra la Violencia de Género, Protestas por el tratamiento que la televisión catalana ha dado al asunto, op. cit.

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Puede ser legítimo concebir una sociedad ideal como la expre- sada en estos comentarios. Lo que es más cuestionable es intentar imponerla como “una sociedad normativa” para todos 0 . No es sólo que se pueda estar en desacuerdo con esta concepción de la dignidad de las mujeres. Es que esta concepción abstracta de dig- nidad para todas no debería ser impuesta a mujeres concretas que se involucran libremente en el comercio sexual para denegarles el derecho a hacerlo. Los principios de género no pueden nunca ser válidos si aplastan al individuo. Como ha puntualizado Elizabeth Bersntein, en danza están los intentos feministas de contrarrestar lo que ven como efectos negati- vos de la “revolución sexual” –ya comentados–, promoviendo como alternativa una sexualidad ligada a los valores de la domesticidad y la fidelidad marital, una suerte de “Modelo modernista de inti- midad sexual basada en las relaciones”, en palabras de Bernstein (00: -). El problema es que, para resultar creíble, tal defensa precisa silenciar las voces de las trabajadoras del sexo porque el discurso de estas últimas contradice el suyo propio. Don Kulick analizó hace algunos años el caso sueco. Pudo comprobar cómo los sentimientos de disgusto ante la prostitución por parte de la mayor parte de las feministas de allí, tan viscerales más allá de toda racionalidad, suponían una importante –pero inconfesada– razón para prohibir la prostitución en Suecia: realmente las feministas suecas no alcan- zaban a comprender, ni mucho menos a aceptar, cómo una mujer podía, de forma voluntaria, trabajar en la industria del sexo. Ello les provocaba un sentimiento de profunda repugnancia que Kulick denominó “la política del ahhjjj” (Kulick, 00). Yo creo que esta apreciación es válida también para el caso es- pañol, pero concluiría señalando que otro factor descansa detrás de esta actitud feminista. Su necesidad de “invisibilizar”, de silenciar y descalificar a estas mujeres se debe al hecho de que las trabajadoras del sexo que lo hacen de forma voluntaria son percibidas como una “anomalía”. Según el diccionario, algo es anómalo cuando:

“No concuerda con las nociones aceptadas de ajuste o de orden; también, cuando es inconsistente con lo que se suele esperar de

0 Yo he escuchado a algunas feministas hablar del “amor libre y gratuito” para describir su sociedad ideal, para a continuación defenderlo como el ideal normativo para todos, lo que debe ser, en un debate que siguió a mi presentación “Prostitución: nuevas perspectivas en torno al trabajo sexual”, Seminario del Instituto de Estudios Sociales Avanzados de Andalucía (IESA, CSIC), Córdoba, 0/0/006.

0

forma natural” (Webster, 96). La existencia de este tipo de traba- jadoras del sexo contradice realmente todo el discurso dicotómico de las mujeres-sólo-víctimas que siempre necesitan ser protegidas de esos siempre depredadores-y-violentos-hombres. Las trabaja- doras del sexo que sostienen el discurso de la “decisión libre” no permiten a estas feministas un limpio discurso antipatriarcal que la división víctima/depredador presupone: “Para algunas mujeres la prostitución voluntaria constituye la manera más directa, fácil y rápida de obtener dinero sin más consideraciones, aunque suponga la aceptación del sometimiento a los deseos del hombre, a su poder económico y a su dominio social” (cursiva nuestra) (UGT, 006: 9). Hay una especie de enfado contenido en estas palabras porque, desde esa óptica, las prostitutas son vistas como una especie de “traidoras de género”, que “se venden” literalmente al mejor postor por un plato de lentejas sin reparar en lo que sus “actos” significan para el conjunto de las mujeres. Ésta es una de las razones de toda esta manipulación de los datos. Ésta es asimismo una de las razones para la extensión del concepto de violencia a la prostitución per se. Esta es la razón de que, por encima de todo, las trabajadoras del sexo “no victimistas” tienen que desaparecer. Esta presentación es una contribución más a que ello no sea posible.

Bibliografía

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El estigma de la prostitución

Cristina Garaizabal

En Hetaira, a lo largo de estos años nos hemos dado cuenta de que uno de los elementos más discriminatorios de la situación de las prostitutas es la estigmatización que sufren. De hecho, así lo reconocen la mayoría de trabajadoras del sexo y las teóricas del movimiento internacional de prostitutas. Entre estas últimas, Gail Pheterson considera que esta estigmatización es lo que constituye el eje central de la definición misma del trabajo sexual. Si tenemos en cuenta las definiciones que el Diccionario de Uso del Español de María Moliner da a la palabra “puta”, podemos ver cómo condensan una serie de rasgos que tienen que ver con las fantasías y mitos sexistas sobre la sexualidad femenina y las mujeres. Así, es una palabra que se aplica fundamentalmente a las mujeres y que se relaciona con la honra femenina, y ésta con el comportamiento sexual. No obstante, cuando se habla en sentido figurado se aplica a ejemplos con sujeto masculino y hace referen- cia a la honradez, aplicada al terreno profesional. Así mismo, se trata de una palabra que no sólo describe, también se utiliza para insultar y degradar. Estas definiciones hacen alusión al lugar que ocupa la puta en el imaginario sexual dominante. La puta representa por excelencia una de las fantasías masculinas al uso: la mujer que se entrega a todos los hombres y que no pertenece a ninguno. Fantasía que resulta a la vez excitante (cualquiera puede gozar de sus favores) e intole- rable (no se acepta que no sea poseída por alguno en particular). Las propias definiciones, así como el imaginario y los mitos en los que se sustentan éstas, oscurecen y deforman lo que ocurre en la realidad y son un elemento importante del control social sobre

las prostitutas y, por extensión, sobre la sexualidad femenina en su conjunto. Así, en el mismo diccionario la palabra “puta” se aplica tam- bién a las mujeres que se muestran liberales con los hombres y que acceden con facilidad a las relaciones sexuales. Se recoge así el sentido de lo que va a ser el estigma de puta, aplicado no sólo a quien trabaja en la industria del sexo, sino para juzgar a las mujeres que no son como las leyes patriarcales establecen. De hecho, esta definición se contradice con la actividad real de las trabajadoras sexuales: primero porque estamos hablando de una actividad que para ellas es comercial, independientemente de que sean más o menos liberales, y además, porque en la práctica una de las claves para la profesionalización en el trabajo sexual es precisamente no acceder con facilidad a las relaciones sexuales, sino negociar e intentar imponer condiciones tanto en relación con el precio, como con los actos sexuales que se pactan. En el imaginario colectivo, reproducido frecuentemente por los medios de comunicación, a las prostitutas se les atribuyen funda- mentalmente tres identidades que se superponen muchas veces. Por un lado, aparecen como si fueran unas “delincuentes”, causantes de la inseguridad ciudadana en las zonas donde ejercen en la calle. Esta identidad es reforzada muchas veces por los Gobiernos, estatales o locales, que criminalizan la prostitución de calle a través de leyes o normativas en las que las prostitutas aparecen como las causantes de la degradación de determinados barrios en las grandes ciudades. Un ejemplo de estas políticas lo tenemos en Francia, donde en el año 00 se aprobó una ley contra la inseguridad ciudadana en la que se prohibía la prostitución de calle. También se han sentido ten- tados por estas políticas los Ayuntamientos de Madrid, Barcelona y Valencia. El interés fundamental de estas políticas es controlar el ejercicio de la prostitución considerándola fundamentalmente un problema de orden público, estableciendo las condiciones en las que el ejercicio es legal y considerando delito la actividad que se ejerza fuera de los límites y los controles establecidos por las instituciones públicas. Para el pensamiento de derechas, es decir para los defensores de “la moral y las buenas costumbres”, la prostituta es básicamente una “viciosa” o una “enferma”, una mujer que ejerce esta acti- vidad porque le gusta y disfruta con ella. Es “la tentación de los hombres” la que les incita a ser infieles y la que les provoca para

que realicen actos sexuales prohibidos. Para quienes así piensan lo fundamental es que la actividad no se vea, ya que lo que funciona es el rasero de la “doble moral”: por un lado se utiliza y se acepta la prostitución como un privilegio masculino, pero siempre que se mantenga escondida, y por otro, se degrada y castiga a las mujeres que la ejercen. El doble rasero funciona tanto entre lo que se hace (“van de putas”) y lo que se dice (condenan la prostitución) como en la valoración diferente de los unos y de las otras. Para una determinada corriente del feminismo, que tiene bastante influencia en los partidos de la izquierda tradicional, la prostituta es básicamente una “víctima”, sea de las circunstancias (pobres, con traumas infantiles o víctimas de violencia sexual en una etapa temprana de la vida), sea de la maldad de los hombres (que las engañan y coaccionan para que ejerzan la prostitución). Así pues, lo fundamental es salvarlas, quieran o no, de “esta ac- tividad denigrante que acaba denigrándolas, obnubilándoles la conciencia” de manera que no son capaces de pensar qué es lo que más les conviene. En general, en el imaginario sexual la prostitución no existe como trabajo. Tan sólo en los últimos tiempos y debido a la acción de los propios colectivos de prostitutas éstas han empezado a ser consideradas y tratadas como trabajadoras. Es curioso ver cómo en el Diccionario de Uso existen numerosos sinónimos de la palabra prostituta pero ninguno de ellos hace referencia a desempeñar un trabajo. La puta es una categoría particular de mujer que queda diferenciada y apartada del resto de mujeres. Es la “mala” mujer por excelencia: objeto de deseo, sujeto de bajas pasiones, transgre- sora de los límites que rigen para el resto de mujeres, que concita deseos, envidia y desprecio. La figura de la prostituta es una de las más estigmatizadas del imaginario sexual. Este estigma es uno de los pilares de la ideo- logía patriarcal: nos divide a las mujeres en “buenas” y “malas”, catalogándonos (a pesar de todos los cambios que se han producido en los últimos tiempos) en función de nuestra sexualidad. Uno de los principales objetivos de Hetaira es luchar contra la estigmatización de las prostitutas, ya que consideramos fundamen- tal cuestionar la etiqueta de “malas” mujeres ligada al comporta- miento sexual. Entre otras razones porque este estigma no afecta sólo a las putas, sino que recae también sobre las lesbianas, las promiscuas, las transexuales, las que les gusta el sadomasoquismo

es decir, sobre todas aquellas que se atreven a desa-

fiar los mandatos sexuales que aún hoy, a pesar de todos los avan- ces, siguen rigiendo para las mujeres, y algunos también para los hombres. Un estigma, además, que pende cual espada de Damocles sobre todas nosotras. No en vano aún es muy mayoritario llamar “puta”, de manera insultante, a aquellas mujeres que manifiestan comportamientos sexuales “incorrectos” desde el punto de vista de la moral dominante o que simplemente se atreven a desafiar la situación de subordinación en la que nos encontramos (de hecho, en los primeros momentos del movimiento feminista, había gente que consideraba que las feministas éramos todas unas putas). En nuestra sociedad, en las ideas dominantes sobre la sexuali- dad, “sexo y mujeres” siguen manteniendo una relación conflictiva, y ello a pesar de los cambios que ha habido en la vida y la con- sideración social de las mujeres y en el ámbito de la sexualidad. Para las mujeres siguen rigiendo mandatos sexuales más estrictos que los que rigen para los hombres; se cargan las tintas sobre los

consensuado

peligros que el placer y la sexualidad tienen para ellas; socialmente se establecen ciertos límites a la iniciativa sexual de las mujeres

que no existen para los hombres

por excelencia de estos límites. Su estigmatización y la condena moral que recae sobre ellas son la expresión del castigo con el que la sociedad responde a la trasgresión de estos mandatos sexuales. El estigma de puta es así un instrumento de control para que las mujeres nos atengamos a los límites que aún hoy encorsetan la sexualidad femenina. Las putas representan todo aquello que una mujer “decente” no debe hacer y su criminalización sirve para que todas escarmentemos “en cabeza ajena”. Desde el punto de vista de la construcción de los géneros, si la masculinidad se construye sobre el rechazo de la homosexualidad (así, la prohibición de las muestras de afecto entre hombres es un elemento central en la adquisición del estatus de hombre), la feminidad, y particularmente el prototipo de sexualidad femenina, se construye bajo la amenaza de ser considerada una puta. En el

La “puta” es la representante

imaginario de las mujeres la figura de la puta simboliza el límite que no podemos traspasar a riesgo de que nos consideren y, lo que es peor aún, nos autoconsideremos indignas. Las ideas dominantes ligan el placer al peligro. Hay que ser “buenas” para sentirnos prote- gidas. Si eres “mala” es lógico que te agredan, que te pase cualquier cosa. Las “buenas” son sujeto de derecho y protección pero las

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“malas”, especialmente si se empeñan en seguir siéndolo, quedan desprotegidas y pierden todo tipo de derechos. Socialmente se sigue esperando que las mujeres tengamos una sexualidad menos explícita que los hombres. Si cumplimos este débito se nos considera “buenas”. Si, por el contrario, lo recha- zamos y exigimos el derecho a autodeterminarnos sexualmente, a hacer con nuestra sexualidad lo que nos plazca, sin someternos a lo que se espera de nosotras, somos “malas”. En el modelo sexual que se nos propone socialmente, las prostitutas aparecen y repre- sentan a las “otras”, las “malas” mujeres por excelencia, las que condensan en sí todo lo prohibido, todo lo que no pueden hacer las mujeres “buenas”. El proceso de estigmatización que sufren las trabajadoras sexua- les hace que se las considere especialmente viciosas, perversas,

trastornadas o enfermas. El estigma de puta lleva a que toda su vida sea valorada bajo este prisma: son consideradas “malas” madres (ya que en el imaginario colectivo madre y puta se autoexcluyen), no se respeta su vida amorosa (sus compañeros sentimentales son vistos siempre como “chulos”), se las considera siempre manipu- ladas por otros (considerando que todas están controladas por las mafias) y se les niega el derecho a salir de sus países y emigrar a otros que se supone les pueden ofrecer mejorar sus condiciones de existencia (todas las extranjeras son vistas como víctimas de

en definitiva, se les niega los derechos más

las redes de tráfico)

elementales. Además, la mayoría de estudios que se realizan sobre pros- titución también están imbuidos por estas ideas y refuerzan el imaginario colectivo intentando demostrar, desde una supuesta cientificidad, que todas las prostitutas han sido víctimas de abusos sexuales en la infancia, de malos tratos o que tienen una vivencia patológica de la sexualidad. Todos estos estudios, aunque puedan reflejar una parte de la realidad de estas mujeres, están hechos con muestras no significativas de trabajadoras sexuales y no suelen tener como grupo de control con el que contrastar los datos a la

población femenina general.

;

¿Por qué este estigma?

Desde mi punto de vista, tiene que ver con el hecho de que, contrariamente a la norma patriarcal, se muestran “sexuales” y

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manifiestan la sexualidad abiertamente, incitando a los hombres de manera explícita, sin dobleces ni “recato”, a comprar actos

sexuales. Además, en el caso de las trabajadoras que captan a su clientela en la calle, su trabajo es visible, son transparentes. Violan dos reglas sagradas: tomar el espacio público para sus negocios y visibilizar su carácter sexual sacando la sexualidad del terreno de lo privado. El castigo por semejante atrevimiento es ser las que sufren el mayor desprecio y los ataques más feroces de la población bienpensante. Pero se diría que lo que se castiga en las prostitutas no es tanto

el que mantengan relaciones sexuales sino que cobren por ello. Se

supone que están siempre dispuestas y “encantadas” cuando un

hombre las reclama sexualmente, con lo cual, en el disfrute está

la recompensa. No se tolera que la recompensa sea abiertamente

económica, más cuando esta recompensa económica no es como favor por parte de los hombres –a diferencia de lo que ocurre con las amantes– sino algo fijado de antemano por la prostituta: “Si

quieres una relación sexual, paga”, con lo que manifiestan su poder

al ser las que deciden el precio.

El sexo con hombres como trabajo implica un recorte a la en- trega ilimitada que se presupone que las mujeres deben tener en las

relaciones heterosexuales. Este mito sexual patriarcal de la entrega ilimitada a los hombres actúa en las visiones tradicionales sobre la prostitución ocultando la capacidad de decisión y de negociación de las prostitutas. Esta invisibilización impide que podamos ver su trasgresión de los mandatos patriarcales. Quizás por ello socialmen-

te

resulta difícil aceptar su independencia personal y económica

y

el imaginario popular tiende a verlas siempre explotadas por

chulos o proxenetas, llegando a la victimización extrema de las trabajadoras del sexo, imagen bastante lejana de la situación real de la mayoría de prostitutas, pero que se refuerza en muchos de los discursos y políticas institucionales y de la que se hacen eco con frecuencia los medios de comunicación. El estigma por comerciar con el sexo se entremezcla, en la

práctica, con otros elementos de discriminación. El género es un elemento central: no se puede comparar el estigma que sufren las trabajadoras sexuales con el que sufren los hombres que también

se

dedican a lo mismo. Pero no es el único, la clase social, la etnia,

el

origen nacional o los lugares de ejercicio introducen un sesgo

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importante en la consideración social y en cómo afecta el estigma en la práctica.

Por ejemplo, antes decía que en la actualidad las trabajadoras que captan su clientela en la calle son las más estigmatizadas. A través de

la victimización, que presupone que todas ellas son esclavas sexua-

les, se les niega su poder decisión y de autonomía. Pero, además, las leyes contra la prostitución callejera se refuerzan, en nuestro país, de forma racista y xenófoba con el control de inmigrantes. El estigma de puta se utiliza así para justificar también la represión, la exclusión, el maltrato y la marginación de los inmigrantes. En los últimos años el imaginario de la vida pública y privada está aterrorizado ante la posibilidad de contraer una enfermedad sexual, en concreto el sida. En este contexto, al estigma de ser puta se une el estigma de ser consideradas “un grupo de riesgo” en la transmisión del VIH. Las trabajadoras del sexo se han convertido en el “chivo expiatorio” de las inquietudes y temores que se dan en una época en la que la sexualidad se está redefiniendo y las fronteras tradicionales que separan a unos grupos de otros (hombres/mujeres, buenas/malas, heterosexuales/homosexuales…) empiezan a mostrarse porosas y corren el riesgo de desvanecerse. Las políticas institucionales y las exigencias de la patronal, en concreto de la Asociación Nacional de Empresarios de Locales de Alterne (ANELA), de establecer controles sanitarios obligatorios para las prostitutas con el fin de garantizar la salud de los clientes, refuerzan el estigma y la frontera que las separa del resto de la población supuestamente sana. Los lugares que la puta ocupa en el imaginario colectivo, así como el estigma que recae sobre todas las trabajadoras sexuales, son interiorizados también por ellas mismas. Esta interiorización es a su vez uno de los elementos que más dificultan que las traba- jadoras puedan erigirse en sujetos sociales y dotarse de autoridad para representar sus propios intereses. Las propuestas abolicionistas refuerzan también el estigma al presentar a las prostitutas como mujeres sin voluntad para poder enfrentarse a los problemas y necesitadas de una protección es-

tatal especial. Hoy, las discusiones que se dan en el feminismo

entre las posiciones abolicionistas y las de quienes defendemos su condición de trabajadoras sexuales con derechos parecen el eco de las discusiones de finales del siglo XIX sobre la pureza moral

y la prostitución. Pero, además, en la actualidad, las posiciones

abolicionistas sirven de cobertura ideológica a las políticas ins-

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titucionales criminalizadoras de todas las trabajadoras sexuales que no quieren pasar por las condiciones que las instituciones, sin contar con ellas, plantean.

Las polémicas feministas

La filosofía abolicionista, que hoy apoya iniciativas represivas como las que está llevando a cabo el Ayuntamiento de Madrid, a

través de su Plan contra la Esclavitud Sexual, analiza la prostitución de una forma excesivamente abstracta. Desde el punto de vista de las concepciones, considera que la prostitución es una de las mani- festaciones más extremas de la violencia de género y es equivalente

a la esclavitud sexual. En el fondo de esta consideración late la

idea de que la sexualidad masculina es esencialmente agresiva y “cosifica” a la mujer y que a través de la prostitución se compran los cuerpos de todas. Así mismo, estas abstracciones tienen una fuerte resonancia emocional, pero en la práctica no suelen ser muy útiles para ver cómo se dan las cosas en la realidad. Conceptualizar toda la prostitución como esclavitud sexual no deja de ser una metáfora y las metáforas están muy bien para hacer

literatura pero sirven de poco para aproximarse lo más certeramente

a la realidad. De hecho, en sentido metafórico también se podría

decir que el trabajo en cadena es esclavitud o que la sexualidad entendida como débito conyugal por algunas mujeres casadas es prostitución. Pero creo que estas dos metáforas sirven de poco a la hora de plantearse los problemas concretos de los trabajadores industriales o la vivencia de la sexualidad de algunas amas de casa. Aunque lo peor es que con esta metáfora se está ocultando la verdadera esclavitud, la situación de aquellas personas, fundamen- talmente mujeres y niñas, que realmente son obligadas a ejercer la prostitución en un régimen de esclavitud, que son rehenes y presas de las mafias, sin documentación, forzadas a pagar con elevados intereses el préstamo que se les hizo para que viajaran clandes- tinamente a este país, que no tienen ningún margen de decisión

sobre sus condiciones de trabajo, ni de libertad para abandonarlo aunque sea para ir a trabajar en unas condiciones de mayor miseria económica. Estas mujeres sí que son esclavas y posesiones de las mafias. Y las medidas que hay que tomar ante estas situaciones nada tienen que ver con las políticas que hay que aprobar para

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dignificar las condiciones de trabajo y aportar mayor seguridad al resto de prostitutas. Las reflexiones y propuestas abolicionistas no hacen distincio- nes entre las diferentes formas en las que se puede ejercer la prosti- tución: para ellas todas están obligadas a ejercer, bien por terceros, bien por las condiciones materiales, aunque esto segundo ha ido perdiendo fuerza en sus argumentaciones y hacen más hincapié en lo primero. Hablan de que un 9% de mujeres ejercen obligadas, cifra que no se sustenta en ningún estudio objetivo, como tuvo que reconocer el diario El País a instancias de Hetaira, a través de su Defensor del Lector. Consideran que todas las prostitutas son víctimas, sin capacidad de decisión sobre sus vidas, ni tan siquiera de reflexión sobre su propio trabajo. Según esta filosofía, lo que dicen las prostitutas no debe ser tenido en cuenta porque están alienadas por ejercer la prostitución y, en consecuencia, deben ser “rehabilitadas” quieran o no. Las abolicionistas consideran indigno el ejercicio de la prosti- tución en sí mismo, independientemente de las condiciones en las que se ejerce. Hablan de que “la prostitución reduce a las mujeres a la categoría de cuerpos, meros objetos animados para el uso y disfrute de los hombres”, y mantienen la idea de que “el estatus de prostituta desprovee a las mujeres prostituidas de sus caracte- rísticas específicamente humanas”. Refuerzan así el estigma que recae sobre las prostitutas al considerarlas una categoría particular de mujeres, a las que casi se les cuestiona su “humanidad”, su subjetividad; es decir, no se tiene en cuenta los factores concretos que llevan a estas mujeres a ejercer la prostitución ni las tácticas que emplean para sobrevivir y moverse en un mundo bastante duro en muchas ocasiones. Así mismo parten de que “la prostitución es una actividad tan denigrante que acaba degradando moralmente a quien la ejerce”. Ciertamente, la prostitución no es una actividad como cualquier otra. Por la importancia que en nuestras sociedades se le da a la sexualidad y porque para las mujeres la relación con la sexualidad sigue siendo algo contradictorio, no es lo mismo ofrecer servicios sexuales que otro tipo de servicios. Dedicarse a la prostitución implica un estigma que, en muchos casos, es interiorizado por ellas, generando vergüenzas y sentimientos negativos que pro- vocan vivencias contradictorias: ganas de seguir y de abandonar este trabajo. Pero estas contradicciones nada tienen que ver con su

dignidad. Una cosa es que algunas de ellas, llevadas por la interio- rización del estigma, se sientan indignas (también puede pasar con las lesbianas o las transexuales) y otra es que desde el feminismo se lo confirmemos. Creo que la dignidad de las personas está por encima del trabajo que realizan, sea cual sea este trabajo, como dice Vanesa, trabajadora del sexo y vicepresidenta del Comité de Apoyo a las Trabajadoras del Sexo (CATS), de Murcia: “El trabajo no me dignifica a mí, soy yo la que dignifica mi trabajo”. En este sentido, una cosa es decir que las condiciones en las que se ejerce la prostitución son, en muchos casos, indignas y otra muy diferente es considerar –como hace el feminismo abolicionista– que lo indig- no es ejercer este trabajo. Con estas posiciones sólo conseguimos reforzar el estigma y disminuir su maltrecha autoestima. La prostitución tiene mucho que ver con la situación de subor- dinación social y laboral de las mujeres en nuestras sociedades. Incluso podemos decir que es, entre otras cosas, una institución patriarcal cuya función simbólica es el control de la sexualidad femenina. Pero esta constatación no puede llevarnos a ver a las prostitutas como las que “colaboran y refuerzan el patriarcado” ni como “las víctimas por excelencia de él”, como plantean las feministas abolicionistas. Su visión considera a las prostitutas seres pasivos, meras receptoras de la ideología patriarcal. Estas consideraciones olvidan que todas, de una u otra forma, vivimos situaciones de subordinación que intentamos combatir como po- demos. En muchos momentos nos rebelamos contra estas situa- ciones y en otros conciliamos con la realidad, pactamos con ella porque no podemos estar las veinticuatro horas del día “espadas en alto”. Nuestra existencia es un extraño equilibrio entre la re- belión y el pacto y no por ello se puede decir que “colaboremos con el patriarcado”. Es una pura cuestión de supervivencia. Pero es que además pensamos que la prostitución expresa también las legítimas estrategias de vida de muchas mujeres, estrategias que les proporciona mayores ingresos y mayor independencia económica que la que alcanzarían en otros sectores laborales, en sociedades donde las mujeres ocupan los puestos de trabajo peor remunerados y más informales del mercado laboral. En definitiva, los años de dedicación colectiva a las trabajadoras del sexo y sus derechos nos han enseñado cómo éstas pueden dar la vuelta, y de hecho se la dan, a estas situaciones de subordinación. Y esto depende, en gran medida, de las condiciones subjetivas (autoafirmación, seguridad

Rueda de prensa en el local del colectivo Hetaira tras las conclusiones de la ponencia

Rueda de prensa en el local del colectivo Hetaira tras las conclusiones de la ponencia del Congreso de los Diputados sobre la prostitución (13 de marzo de 2007); Cristina Garaizabal en el centro, fotografía cedida por Kote.

y objetivas en las que se mueven.

Así, por ejemplo, tener un ambiente de trabajo tranquilo les permite negociar mejor los precios y los servicios sexuales y sentirse con poder frente al cliente, justo lo contrario que ocurre cuando se prohíbe y convierte en clandestino el ejercicio de la prostitución o se persigue a los clientes. En definitiva, desde Hetaira creemos que para entender bien las situaciones complejas que se dan en el mundo de la prostitución es necesaria una mirada multilateral, amplia, una mirada feminista integradora de las diferentes causas y problemas que confluyen en la realidad concreta. Así, no creemos que la situación de las trabajadoras del sexo pueda reducirse al afán de dominio y pre- potencia de los hombres y de su sexualidad. Es fundamental que contemplemos, también, otros factores como son la pobreza, los desastres naturales y provocados que hacen que miles de mujeres tengan que abandonar sus países y vengan al nuestro buscando un futuro mejor, sabiendo que lo que van a hacer es trabajar como prostitutas. O que tengamos en cuenta que estamos en sociedades mer-

cantiles que tienden a sacar al mercado y convertir en mercancía

en sí mismas, profesionalidad

)

muchos de los servicios que antes se desarrollaban en el marco de las estructuras sociales y familiares: como por ejemplo el cuidado de niños y ancianos, la comida, el lavado y planchado de la ropa… Por ello no es extraño que los servicios sexuales también se hayan mercantilizado y que quienes los utilizan no sean siempre ni nece- sariamente hombres prepotentes, con afán de dominio y que abusan de las trabajadoras, que los hay, sino en muchos casos hombres

solitarios, con dificultad para desarrollar relaciones sexuales y per- sonales satisfactorias, hombres que quieren encontrar un momento de satisfacción sexual sin más complicaciones. La idea de que todos los hombres buscan denigrar sexualmente a las mujeres y de que su sexualidad agresiva es la causa de la explo- tación sexual está en el fondo de la presunción de las abolicionistas de que “todos” los clientes ven a las prostitutas como “cosas” a su servicio, que les pertenecen porque han pagado y que las tratan con brutalidad, humillándolas y agrediéndolas siempre. Esta idea es coger una parte por el todo. Porque sin duda existen clientes que van en ese plan, como existen personas en otros campos de la vida que porque pagan se creen con derecho a humillar a quien les ofrece un servicio, pero afortunadamente eso no es generalizable. Esa clase de personas son una minoría, también entre los clientes de las prostitutas. Pero si se ve así a todos los hombres que van de prostitutas ¿no será porque existe un prejuicio hacia los hombres

y su sexualidad? Parece que la ideología patriarcal que atribuye a

los hombres una sexualidad agresiva, destructiva y descontrolada

y a las mujeres el papel de controlarla, no está ausente en estas

reflexiones del feminismo abolicionista. El feminismo es una fuerza social que actúa para que todas las mujeres tengan más poder de decisión y autonomía. Para ello es importante partir de cuáles son los condicionamientos concretos que recortan las posibilidades de actuación de los diferentes sectores de mujeres. En el caso de las prostitutas, las condiciones de alegalidad en las que se desarrolla su trabajo y la consideración social estig- matizada son elementos fundamentales que limitan su capacidad de

decisión y actuación. Por ello es fundamental apostar por ampliar estos límites que condicionan sus decisiones reconociendo sus derechos en tanto que trabajadoras del sexo y desacralizando la sexualidad como forma de luchar contra el estigma. Es necesario que las prostitutas se construyan como sujetos sociales con capa- cidad para hacer oír su voz y negociar sus intereses particulares. Y

para ello es fundamental que desde el feminismo no les neguemos su posición de sujetos sino que, por el contrario, apostemos por reforzar esta posición partiendo de su capacidad para decidir y remitiéndonos a ella para despertar su rebeldía. Parece evidente que los cambios que se pueden producir en la consideración social de las trabajadoras del sexo pasan en primer lugar por reivindicar que la prostitución es un trabajo que no puede definir a quien lo ejerce. Nombrar a las prostitutas trabajadoras del sexo es un elemento importante en este cambio. Ahora bien, también creo que esto no puede excluir el seguir llamándolas pros- titutas. Primero porque ellas muchas veces se sienten identificadas con esta palabra, pero sobre todo porque creo que es un elemento de subversión apropiarse de las categorías abyectas, elaboradas con ánimo de degradar y redefinirlas, dándoles otro significado en positivo como forma de neutralizar sus efectos. El germen de este significado está en el propio imaginario, aunque ocupe una posición subalterna y limítrofe. En este sentido, reivindiquémonos putas si con ello expresamos que somos transgresoras de los límites patriarcales a la sexualidad femenina, y malvadas porque tenemos en cuenta nuestros intereses y nuestros deseos sexuales.

Pintan bastos

Anne Souyris*

Desde Femmes Publiques no nos dedicamos solamente a com- batir la discriminación sobre las prostitutas que están legitimadas socialmente, sino a otras discriminaciones y a otros asuntos. Como, por ejemplo, exigir el derecho al matrimonio homosexual, los de- rechos de las personas transexuales, es decir, minorías oprimidas, discriminadas. Es importantísimo lanzar el debate sobre la prostitución, pero aparte de eso, hay que hacer frente a la ley Sarkozy de 00, y abordar lo particularmente nocivas que son para las emigrantes, para las extranjeras (que incluso con permiso de residencia se ven amenazadas de ser expulsadas del país si se las “pilla” ejerciendo, si las ven tirando los tejos como reclamo sexual). La ley contempla la posibilidad de que tengan una interrupción provisional de la expulsión si denuncian al proxeneta, porque el legislador pretende que esa ley esté ahí para proteger a las prosti- tutas de los proxenetas, pero de hecho las personas castigadas no son los proxenetas, sino las prostitutas; particularmente castigadas son las extranjeras y también los transexuales y, en ese sentido, es una ley que va contra tres categorías especialmente: mujeres, extranjeras y trans. En francés, cuando decimos trans nos referimos a los transexuales, lo comprimimos para no hacer distinciones entre quienes están operados, quienes no están operados, etc.; no es una denominación externa, son ellos mismos y ellas mismas los que se llaman así: trans. Además están pintando bastos, por así decirlo, en Francia, en estos momentos. Pintan bastos con la cuestión, y pongo como

*Debido a problemas técnicos nos ha sido imposible reproducir la intervención deAnne Souyris completa, como habría sido nuestro deseo (nota de las coordinadoras).

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ejemplo que han prohibido un acto que tenía que haber tenido lugar en abril. Una de las razones que daban era que no había ideólogos del abolicionismo previstos para intervenir en el acto y que había prostitutas, y por esos dos motivos se ha prohibido. El acto finalmente ha sido aplazado para más tarde, y esta prohibición inicial y este aplazamiento traen como consecuencia que los principales actores, que vienen del movimiento feminista, y al acto que va a resultar al final acudirá una sola prostituta, no van actores sociales y se convertirá en un acto de investigadores e investigadoras, que realmente no investigan nada. He dicho exactamente que no investigan nada porque no están haciendo trabajo de campo ni su especialidad es la prostitución; o sea, que van a dar buenas palabras, pero, vamos, que no saben de lo que van a hablar. Lamento que esa gran conjunción de esfuerzos de los que esta- mos hablando de fuerzas sociales en torno a este tema en Francia tropiece con muchas dificultades. Y la causa principal tiene que ver con las ideas abolicionistas, las ideas que sostienen que las prosti- tutas están alienadas, son víctimas, en realidad que no son libres, porque si realizan ese trabajo (ni tan siquiera le llaman trabajo), que si se dedican a eso es porque están obligadas a ello; o sea, que tropezamos con los mismos fantasmas. Las leyes, el sistema legal, son bastante restrictivas en Francia, son abolicionistas de hecho. La prostitución es legal pero su ejer- cicio no lo es y, en concreto, está perseguido; el reclamo sexual está explícitamente perseguido. El proxenetismo también está perseguido pero, a veces, esta persecución golpea a las prostitutas, hasta el punto de que ha habido asociaciones de apoyo a prostitutas que han sido prohibidas con la excusa de que eso era proxenetismo.

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Inmigración y prostitución

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Presentación

En los últimos años nuestras calles se han llenado de personas

procedentes de otros países que vienen al nuestro buscando mejorar sus condiciones de vida. Y aunque se habla de país de acogida, el nuestro no siempre acoge a los inmigrantes como debiera. Las restricciones que impone la Ley de Extranjería a la entrada de inmigrantes así como las condiciones en las que se desarrolla su vida aquí es una buena muestra de las dificultades con las que se encuentran. La falta de derechos ciudadanos, las dificultades para

regularizar su situación, la sobreexplotación económica

nuestro de cada día para un contingente cada vez más importante de personas inmigrantes. La situación ha cambiado radicalmente en los últimos años y, hoy, la mayoría de mujeres que captan su clientela en la calle son inmigrantes. Desde Hetaira pensamos que la situación de éstas presentan unas dificultades particulares que deben ser contempladas específicamente. En primer lugar, hay que romper con la idea de que todas las inmigrantes vienen engañadas por terceros y entender que entre las posibilidades de trabajo que tienen las inmigrantes en nuestro país está, también, la prostitución. La mayoría de las trabajadoras sexuales inmigrantes que vemos en nuestros parques y calles saben a lo que vienen cuando deciden salir de sus países. Otra cosa es que no tengan muy claras las condiciones en las que van a desarrollar su trabajo ni cómo van a vivir aquí. Pero sólo una minoría viene engañada. Es cierto que existe el tráfico internacional de personas, fun- damentalmente mujeres, destinado a mantenerlas en situaciones asimilables a la esclavitud, tráfico dirigido a diferentes sectores del mercado laboral, por ejemplo, talleres de costura clandestinos, sin que nadie haga nada para solventarlo. Pero, habitualmente, cuando

se habla de “tráfico de mujeres” se está pensando sólo en el tráfico

son el pan

sexual, el que tiene como finalidad la industria del sexo. ¿Por qué

se piensa en estos términos? ¿No pesa en esta idea la moralina, la

idea de que vender sexo es lo peor que se puede hacer? Se diría que las restricciones que impone la Ley de Extranjería para regular la entrada y el acceso a la ciudadanía de las personas extranjeras (especialmente de aquellas que vienen de los países del llamado Tercer Mundo) provoca que la mayoría de inmigrantes

entran en el país de manera ilegal, intentando burlar los obstáculos de todo tipo que ponen los Gobiernos europeos, incluido el español,

a la inmigración. Ante esta situación parece evidente que, en general, no van a

conseguir entrar de manera individual y que tienen que recurrir

a otros para conseguirlo. Y la mayoría de las veces recurren a

gentes que lo hacen a cambio de cantidades abusivas de dinero que les endeudan durante una larga temporada. Son muchos los que se aprovechan de la imposibilidad de entrar en nuestro país

por los cauces regulares y del riesgo que corren por moverse en

la clandestinidad.

Para nosotras, acabar con estas redes implicaría reconocer el derecho de las personas a establecerse donde quieran y, conse- cuentemente, reformar las políticas de extranjería que hoy se dan.

En particular para este tema sería necesario legalizar la situación de aquellas personas que demuestren que tienen medios para vivir en nuestro país, contemplando el trabajo sexual como un medio de vida. Para hablar de este conjunto de problemas tenemos con noso- tras a Ruth Mestre, Pilar Rodríguez, Estefanía Acién y Nereida Lakuló. Ruth Mestre es doctora de Filosofía del Derecho en la Univer- sidad de Valencia. Ha seguido dos másters en Teoría del Derecho

y en Sociología Jurídica. Su tesis doctoral versó alrededor de

feminismos, derecho e inmigración. Pilar Rodríguez es socióloga y profesora en la Facultad de Humanidades de la Universidad de Almería. Experta en temas de género, ha participado en múltiples proyectos de investigación,

algunos de ellos centrados en las inmigrantes. Ha publicado, en- tre otros, Mujeres y fortaleza Europa (00) y La diversidad de las mujeres migrantes: el caso de la ciudad de Granada (99)

y ha participado como ponente en diversas conferencias sobre prostitución.

Estefanía Acién es socióloga y pertenece a la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) en su delegación de Almería. Coautora del informe De la exclusión al estigma, sobre las mujeres inmigradas que ejercen la prostitución en el poniente almeriense. Desde la APDHA intentan realizar análisis en profundi-

dad de la situación de las mujeres con las que contactan a través de su trabajo, el conocimiento de su realidad a través de ellas mismas

y la lucha por su empoderamiento.

Nereida Lakuló es ecuatoriana, trabajadora del sexo en la calle de la Montera de Madrid y miembro de Hetaira. En una rueda de prensa ella decía: “No somos delincuentes, pero nos tratan como

si lo fuéramos”.

Género y extranjería

Ruth Mestre

En los últimos años se han incrementado muchísimo los estudios sobre migración femenina y género e inmigración, es algo que va junto cada vez más. Unir género y extranjería es algo que sigue siendo bastante residual, bastante marginal, no ha tenido tanta repercusión, y creo que eso en sí es un dato preocupante, no sólo porque nos sigue mostrando la pereza que tiene el Derecho para hacer caso a las demandas de igualdad de las mujeres, sino sobre todo preocupante porque la extranjería es la creación jurídica de la diferencia en derechos y las mujeres tienen una relación compli- cada y compleja, y muchas veces contradictoria, con el Derecho, de manera que ese análisis se tiene que hacer. La extranjería es la creación jurídica de la diferencia en dere- chos y es una respuesta jurídico-política que se puede dar a las migraciones internacionales, es una de las posibilidades, es la peor posibilidad pero es una, no es la única, y esa respuesta jurídico- política que damos a las migraciones internacionales tiene que ver con las formas en que este Estado de recepción –de acogida nada–, de destino, organiza las relaciones entre personas, distribuye recursos, reconoce derechos, etc. Las vías de acceso diferenciadas a los derechos y la participación diferente que se espera de hombres y mujeres migrantes tienen que ver con cómo hemos organizado las relaciones entre los sexos, y en ese mismo proceso de asignación y de expectativas diferenciadas se va construyendo el género; tenemos que ver cómo el Derecho contribuye en esa creación del género, sobre todo cuando se trata, además de los otros, de los que vienen. Las relaciones entre las migrantes y el derecho son complejas y contradictorias, como las de las ciudadanas, pero creo que, teniendo en cuenta esta complejidad y sabiendo que puede haber contradic-

ciones, creo que puede hacerse y tiene que hacerse un análisis que

muestre precisamente eso, cómo el derecho de extranjería construye

a las migrantes como sujetos especialmente subordinados. Por ejemplo, las mujeres en las normas, en los textos normativos europeos o estatales, aparecen como esposas (hasta ahora era sólo como esposas sumisas reagrupadas, ahora ya también aparecen como esposas maltratadas, todo un avance), o bien como trabaja- doras excepcionales (el servicio doméstico fundamentalmente, que es considerado una excepción a la regla migratoria, cosa que no se entiende muy bien, y trabajo sexual), o bien como víctimas de

tráfico. Así es como aparecen las mujeres en los textos normativos,

y esto el Derecho habla del deber ser, no habla del ser, o sea, dice

cómo deben ser las cosas, al final la Ley de Extranjería acaba siendo una profecía que se autocumple. De todos modos, creo que es importante tener en cuenta que la Ley de Extranjería no es un cuerpo jurídico esotérico con el que no nos podemos relacionar, sino que es un conjunto de prácticas, un conjunto de relaciones, un conjunto de intervenciones, y podemos ir modificando los significados, podemos ir negociando esas catego- rías jurídicas, y cada vez que se aplica la Ley de Extranjería se está interpretando y se está dando un nuevo sentido a ese Derecho. ¿Y qué dice nuestra Ley de Extranjería de las mujeres? El Estado español, como la Unión Europea en general y como todos los Estados de la Unión Europea, mantiene lo que se ha llamado un enfoque “trafiquista” sobre las migraciones internacionales. El “trafiquismo” es un enfoque que rechaza y criminaliza toda migración autónoma al caracterizarla como tráfico. ¿Qué es la migración autónoma? La migración autónoma es toda la migración que se hace al margen de los mecanismos previstos por el Estado, no es sólo migración ilegal, ilegal es desde el punto de vista del Estado quizá, pero desde el punto de vista de quien migra, eso es migración autónoma, o puede serlo en muchos casos. Este enfoque es problemático para todos los migrantes en general, pero para las mujeres en específico. ¿Por qué? Porque

éstas migran de manera más autónoma que los hombres, y por tanto, su migración se ve mucho más criminalizada y mucho más rechazada y muchas más veces “conceptualizada” como tráfico necesariamente. ¿Por qué migran más autónomamente que los hombres? Sen- cillamente porque el Estado organiza la emigración económica

de trabajadores según necesidades laborales computables en el mercado formal fuertemente masculinizado. Los Estados europeos durante muchísimos años han estado pidiendo activamente mano de obra masculina y los canales organizados son para trabajadores, o sea, el trabajador migrante es un sujeto masculino, igual que lo es el trabajador a secas, y eso la crítica feminista ya se ha encargado años y años de dejarlo clarito, y por eso las mujeres y los trabajos de las mujeres en la Ley de Extranjería son, o bien una excepción que confirma la regla migratoria, y tú puedes llegar con un permiso para buscar empleo si vienes a trabajar en el trabajo doméstico –cuando eso tendría que ser lo normal para todo el mundo eso es la excepción–; o bien no son trabajos porque se domestican y se generalizan y se privatizan; es decir, el trabajo que hacen las mu- jeres dentro de sus propias casas no se considera trabajo, ni es un trabajo, ni aportación, ni posibilidad de migrar, como por ejemplo el trabajo sexual, y de momento ningún ministro del Interior se ha convertido en el Pantaleón Pantoja, de la novela de Mario Vargas Llosa Pantaleón y las visitadoras, organizando el desplazamiento internacional de mujeres para los servicios de las “visitadoras”. Fijaos bien que estoy hablando de cómo nos organizamos y cómo estamos organizando también el trabajo de las mujeres. Es una obviedad que las mujeres del Sur vienen a hacer trabajos que en el Norte se consideran “de mujeres”, otra cosa es que coincidan en gran medida, pero somos nosotros quienes decidimos que son trabajos de mujeres y, por tanto, tienen menor consideración, menor protección y menor reconocimiento; eso es la generalización del trabajo, que ahora se está extendiendo. Todo el mundo está escan- dalizado con la precarización, pero al final lo que está ocurriendo es la feminización de todos los trabajos. La extranjería, si la planteamos así, como un espejo de lo que nosotros tenemos aquí, de las relaciones que tenemos aquí y de cómo distribuimos recursos y reconocemos derechos, tenemos que ver cuál fue el proceso de construcción de la ciudadanía en térmi- nos laborales, que es lo que tenemos ahora, porque se hace con las mismas estrategias que estamos utilizando ahora, es decir, todo ese proceso se lleva a cabo negando y subordinando los trabajos de las mujeres, y esta configuración de la ciudadanía y de la extranjería se lleva a cabo negando e invisibilizando tanto el trabajo doméstico como el trabajo sexual; los dos se quedan fuera de lo que se con- sidera trabajo y base suficiente para la titularidad de los derechos.

Por eso hablo de la ciudadanía en términos laborales, porque al

final, para tener derechos, tienes que ser trabajador, a eso es a lo más que hemos llegado. Y en estos dos casos estamos hablando de trabajos que están relacionados con el ámbito de las necesidades humanas, que sigue siendo en gran medida responsabilidad de las mujeres, sólo que ahora se han mercantilizado, es decir, en lugar de ser cubiertos por las “buenas” mujeres, las esposas estupendas, se mercantiliza este trabajo pero no deja de permanecer fuera del ámbito de las relaciones contractuales masculinas en lo público,

y por tanto, fuera del sistema de protección de los derechos. Y

creo que una de las razones de peso para hablar de trabajo sexual

y para desplazar el término de prostitución, es que así vinculamos

las luchas por los reconocimientos de derechos de las trabajadoras del sexo a una historia común a las mujeres y a todos los trabajos de las mujeres, estamos hablando de los mismos procesos. Se ha propuesto dejar de hablar de prostitución, o por lo menos analizar o dejar de analizar la prostitución en términos de explo- tación sexual de las mujeres por parte de los hombres y dejar de analizarla como actos de dominio patriarcal per se. Ahora el aná-

lisis sobre el trabajo sexual se integra, y que está bien, o sea, en parte esto significa desplazar el patriarcado, en un entramado de estructuras de dominación que permiten márgenes de resistencia y de redefinición, como todas las estructuras de dominación. Y creo que hablando de trabajo sexual se pueden entender mucho mejor los cambios que la globalización ha impuesto y ha supuesto o ha introducido en la industria del sexo. La globalización, entre otras muchas cosas y para lo que aquí nos interesa, supone un incremento sin precedentes de la movilidad de servicios y de personas. Así, grosso modo, las personas se mueven, o bien como turistas, y entonces ya sabemos cómo el turismo sexual

se ha incrementado, cómo se ha globalizado y cómo ese turismo ha

cambiado los mercados sexuales en origen, y la otra movilidad de personas es por migración como respuesta a la desestructuración que la globalización está haciendo en las ciudades de origen; y que

el trabajo sexual se ve fuera como una alternativa más.

Laura Agustín dice: “Sin ignorar el hecho de que la industria del sexo existe en el marco de estructuras patriarcales, esta perspectiva nos permite centrarnos en las vivencias y necesidades materiales de respeto de autonomía y protección jurídica de las trabajadoras

y no en una obsesión por salvar víctimas”.

Además si hablamos de trabajo, si es trabajo, migrar para tra- bajar en la industria del sexo puede ser analizado como se analiza cualquier otro trabajo, cualquier otro movimiento, es decir, puede ser analizado en términos de migración regular o irregular, por tanto canalizada o autónoma, de trabajadores irregulares o regulares para actividades económicas informales y “desregularizadas”; y por tanto, no sería muy diferente ni del servicio domestico, que es un trabajo informal, no regular, ni de la agricultura, por ejemplo en El Ejido. Hablar de trabajo también nos permite ir un poco más allá de la famosa distinción entre prostitución voluntaria y forzada, que sé que forma parte de lo mismo pero no es exactamente lo mismo. Ahora se están llevando en paralelo dos discursos que muchas veces se solapan y que es bastante preocupante que se solapen y las consecuencias son bastante tremendas: es la diferencia entre tráfico y contrabando de migrantes poniendo el acento en el con- sentimiento de quien migra; entonces, hay contrabando cuando quien migra consiente y hay tráfico cuando quien migra no con- siente, –sería sólo para el desplazamiento–, y es una distinción que funciona mucho, o sea, es un debate, es una distinción que corre muy en paralelo con las discusiones sobre prostitución libre o prostitución forzada. En realidad estos dos pares de divisiones, trafico/contrabando, prostitución forzada/libre, no sólo actúan conjuntamente en la legitimación de políticas restrictivas porque nos proporcionan víc- timas, los dos sistemas, los dos pares nos proporcionan víctimas, también o sobre todo creo que vuelven a trazar líneas entre quienes merecen protección y quienes no la merecen y lo que merecen es la expulsión; vuelve a trazar líneas entre los buenos y los malos, lo hace un poco más complicado, más refinadito, pero sigue diciendo “éstos merecen protección y éstos no la merecen”. Es más, la visión “trafiquista” además exige que haya una denuncia, es decir, que quien sea realmente víctima sea heroína y diga “no, mire usted, es que a mí me han traficado”, porque, si no, consideramos que es de los malos y no necesita protección. Es una distinción artificial y muy difícil de poner en la práctica. En la mayoría de los casos las cosas no son tan sencillas, no está tan claro; o sea, aquí como el trabajo sexual ni está reconocido, ni está penado, ni está regulado, ni nada de nada, estrictamente cualquier persona que se está dedicando a la industria del sexo y

que sea migrante puede entrar en la definición de víctima de en- gaño o abuso del Código Penal y por tanto ser declarada víctima, aunque ella no se conciba como tal. La mayoría de víctimas de tráfico se han visto en esa situación precisamente porque rechazan la situación en origen y quieren migrar y quieren buscarse la vida de una manera mejor. Creo que esa distinción es artificial y en realidad las cosas no funcionan así, porque la mayoría de mujeres que acaban siendo víctimas de redes de tráfico lo son porque en algún momento del

proceso que ellas han iniciado de querer migrar y buscarse una vida mejor se han visto atrapadas en una situación coactiva. Establecer una línea rotunda entre víctimas inocentes y tontas, por un lado,

o migrantes malos malísimos, espabilados, que lo que quieren es

aprovecharse de algo, lo único que hace es darle razones al Estado para seguir manteniendo políticas restrictivas. Como se exige la denuncia para recuperar la bondad y los derechos, no es descabe- llado decir que nuestra Ley de Extranjería exige la victimización, exige que las mujeres se declaren víctimas. De manera que puede que legalmente sea una estrategia de regularización, y a mí me

parece respetable, es una estrategia bastante precaria, pero exige

a las migrantes seguir haciendo estas distinciones, exige a las mu-

jeres despojarse de responsabilidad sobre sus propias vidas, sobre las decisiones que han tomado. De modo que sólo las “buenas” mujeres, que son víctimas inocentes, pueden acceder a los derechos en nuestro sistema.

Mujeres con capacidad de agencia

Pilar Rodríguez

Quería empezar mi intervención dando las gracias a Hetaira, por su trabajo y por lo que ha facilitado el mío. Mi acercamiento a la industria del sexo surge porque, en Almería, muchísimas mi- grantes, marroquíes en concreto, estaban trabajando en la industria del sexo, y esa situación había que analizarla desde las ciencias sociales. Así que cuando advertimos la presencia de estas migrantes tuvimos que ponernos a ello. Quería empezar aludiendo a cómo vemos las cosas dentro de la sociología de las migraciones, en particular, con lo que ya hemos avanzado en la academia con el tema de género y de migraciones. En ese sentido creo que algunas cosas, debido a la importancia de los nuevos movimientos feministas, a la inserción de las mujeres en el mercado de trabajo formal, me refiero a las nativas, a las autóctonas, y, por último, a los flujos de migrantes que han veni- do solas, hemos conseguido ya introducir un debate y que haya conclusiones que no se cuestionen dentro de las ciencias sociales. Una de ellas es que las mujeres estamos presentes en la sociedad, que nuestra actividad, nuestro trabajo, nuestra vida, nuestra manera de funcionar debe ser explicada del mismo modo que debe ser ex- plicada la conducta de los varones; que debe ser visible, que debe ser analizada y que las mujeres no estamos fuera de lo social sino dentro de lo social, es decir, que actuamos, que transformamos, que cambiamos, que nos cambiamos, que tenemos incitativa… Esto lo denomino capacidad de agencia, pero se puede también aludir a ese concepto hablando de la capacidad de tomar decisiones. Ese concepto creo que lo aprendimos en el movimiento feminista:

que en el feminismo, en la sociología, en las ciencias sociales, cuando hablamos de género, es evidente que las mujeres somos

actoras sociales, que somos seres sociales, hay que analizar lo que hacemos, no vivimos fuera de la sociedad sino en los márgenes de la sociedad. Es decir, que vivimos en una sociedad desigual en lo que toca a las relaciones entre hombres y mujeres, aparte de otras desigualdades. Ése es el bagaje que teníamos aprendido en la sociología del género y de las migraciones, y que fue útil para entrar en la cuestión de la industria del sexo. En Almería, el mercado de trabajo al que accedían las migrantes del Sur (de los países en vías de desarrollo sobre todo) y al que han venido accediendo en general en España, tiene tres características básicas:

Una de ellas es que las migrantes entran a trabajar en el sector servicios, en peores condiciones que las españolas, por supuesto, y también en peores condiciones que los varones migrantes, y que hay una segmentación del empleo en España por nacionalidad de origen. O sea, dependiendo de la nacionalidad de origen, el mercado de trabajo español ofrece un tipo de trabajo u otro. Por ejemplo, para las migrantes inglesas que vienen del Norte el mercado de trabajo aquí es todo lo relacionado con las lenguas, el inglés, academias, etcétera; las argentinas en una época tenían un mercado de trabajo muy concreto en todo lo que eran cafeterías, incluso cantantes, etc., digamos que tenían ahí un nicho laboral, lo tenían hasta que apareció esta segunda característica del mercado de trabajo, que ha analizado muy bien el equipo de investigación del Colectivo IOÉ. Y ciertamente es así, IOÉ señala que en el mercado de trabajo se ha producido un acercamiento entre las condiciones de trabajo de las diferentes migrantes. Se refieren a un proceso que viene sucediendo desde los años ochenta, y que continúa en los años noventa, en el cual las migrantes poco a poco se van acercando en sus condiciones laborales. Antes una argen- tina, por ejemplo, podía trabajar en una cafetería como camarera sin ningún problema; hoy día es mucho más difícil, normalmente el sitio de trabajo tiene que ser también el servicio doméstico, se han ido agrupando las condiciones laborales, las que eran mejores se han tenido que introducir en la media. Y por último, me gustaría resaltar la concentración en ramas de actividad concreta. Esto tiene muchísimo que ver con la ley de cupos. La Ley de Extranjería no representa la realidad, pero ciertamente la guía, y lo que ha ocurrido con la ley de cupos es que básicamente se ha dirigido la migración a las mujeres, a las

migrantes se les ha facilitado el que entraran directamente en el servicio domestico. ¿Por qué? Porque ahí es donde hay posibili-

dades para regularizarse; no quiere decir que estén ahí a gusto, no quiere decir que tengan experiencia en el servicio domestico en sus países de origen, quiere decir que ahí es donde es fácil tener un precontrato, etc. La ley de cupos es clarísima en ese terreno

y va concentrando el sector y, como consecuencia de los bajos

salarios y las malas condiciones de trabajo, obtenemos lo que está ocurriendo en el último tiempo: el aumento de la participación de las migrantes en la industria del sexo. Parto aquí de una definición de industria del sexo que eviden- temente no trata ni siquiera de ser detallada: oferta y demanda de servicios sexuales y sensuales. Simplemente quería decir a este respecto que la oferta de servicios sensuales y sexuales es mucho más amplia y que no solamente la están haciendo las trabajadoras

del sexo, es decir, la industria del sexo incluye el ofrecer copas, el ofrecer otro tipo de contactos, incluye otros muchos servicios. El trabajo que desarrollan las mujeres, lo que hacen las trabajadoras migrantes en concreto, es sólo una parte. Digamos que hay que ubicarlo en ese conjunto, y ese conjunto, no se puede decir que sea una industria que está protagonizada por migrantes; el conjunto de

la industria del sexo, hoy por hoy, sigue siendo protagonizado por

españolas y españoles. Digo esto porque es muy importante, pues creo que en los últimos años se está haciendo una asociación sis- temática y perniciosa de migrante igual a prostituta, que no quiero decir que no haya mujeres trabajando en la industria de sexo, pero hay mucha gente más, y esto hay que aclararlo. La demanda de servicios sexuales o sensuales, evidentemente, no es sólo por parte de varones. De hecho estamos viendo cómo se produce una demanda de servicios sexuales y sensuales por parte de las mujeres, en la medida en que nos vamos haciendo más pre- sentes en la sociedad y que tenemos también dinero para pagarlos. En Almería ya no hay despedida de soltera que no se haga con un boy, ya está establecido como algo normalizado o estamos viendo

cómo sale una parte de un iceberg: mujeres que tienen recursos

y que sencillamente quieren pasárselo bien, de manera parecida a

como lo hacen los hombres. Una de las preguntas que nos planteábamos Fátima Lahbabi y yo es por qué las migrantes, en varios años, entran a trabajar en la industria del sexo de una manera tan generalizada y visible. Ahí

tenéis algunas razones que a nosotras nos parecen que pueden explicar algún aspecto de este fenómeno. Primero me gustaría destacar la tendencia creciente de las mujeres a migrar solas, es decir, sin marido y sin otros familiares. Antes, cuando migraban con los maridos, siempre se daba por hecho que eran dependientes. Sin embargo, cuando empezaron a migrar solas era ya imposible decir que eran dependientes. Evidentemente, el marido no estaba, luego no había posibilidad de establecer la dependencia por lo menos de una manera tan “evidente”, ésa es una razón. Otra, por supuesto, tiene que ver con la Ley de Extranjería, con la ley de cupos, que impone la entrada en un tipo de trabajo donde se espera que sean mujeres quienes lo soliciten, lo provoca una llamada de mujeres y un rechazo de varones hacia los países de origen. Otra de las razones por las cuales las mujeres se han ido des- plazando del trabajo doméstico a la industria del sexo es la preca- riedad y los bajos salarios en el servicio doméstico. No se puede trabajar en Almería (y perdonen que hable de pesetas porque estoy hablando de una mujer de hace años) en el servicio doméstico por 0.000 pesetas al mes cuando una mujer necesita .000 pesetas para alquilar una habitación. Esa situación, descrita por una mi- grante que trabajaba en la industria del sexo en Almería, creo que hay que entenderla tal cual, porque es evidente que no permite a la mujer sobrevivir. Por otro lado está, evidentemente, la alta rentabilidad del sector:

trabajar en la industria del sexo significa ganar bastante dinero, lo que a mí siempre me ha parecido divertido porque siempre he estado entre mujeres que ganan, o muchas de ellas ganan, bastante más que yo, cosa de la que me alegro y espero que siga siendo así. Además, hay que contar con la posibilidad de eludir el control social debido a la migración y a la movilidad. Esta situación en las migrantes permite desarrollar estrategias para evitar el control social de género. Y es que, claro, como una está funcionando, en dos países, en el de salida y en el de llegada, una puede jugar un poco con las normas sociales que nos vienen impuestas y entonces una puede estar trabajando, ser prostituta aquí, en el país receptor, y ser la mejor madre, hija, hermana y esposa. O sea, se puede jugar con las normas sociales y adquirir identidad dependiendo de dónde una esté. Las migrantes cuentan con el recurso de la movilidad y

la movilidad permite ser aquí trabajadora del sexo y en Marruecos perfecta ama de casa o madre de familia. Cuando llega de nuevo a Marruecos con miles de regalos es bien recibida, y eso vale. Otro factor que hace que aumente la participación de las migran-

tes en la industria del sexo es el abandono relativo de las españolas. No es que hayan dejado la industria del sexo las españolas, pero se están colocando en mejores lugares dentro de esa industria y hay trabajos, como por ejemplo la prostitución de calle, donde se ve que las españolas han abandonado. También se van reduciendo una serie de problemas, como por ejemplo los relacionados con la heroína, porque ha bajado el nivel de consumo de heroína entre las mujeres, lo que ha hecho que este problema no les llevara a tener que recurrir a la prostitución de calle. En fin, hay una serie de factores que han hecho que las españolas, efectivamente, no estén y las migrantes sí. Y por último, me gustaría destacar las nuevas demandas de servicios sexuales y sensuales. Lo exótico, la variedad, el tener una experiencia diferente es un reto para las personas en la sociedad actual. Se trata de una sociedad compleja, globalizada, donde el disfrute y el placer son centrales en nuestras vidas. Eso se mani- fiesta en la industria del sexo porque le ha dado un empuje. Como consecuencia, asistimos a la creación de hipermercados del sexo, semejantes a los hipermercados normales, donde se está comprando

y vendiendo a gran escala. Algunos de los motivos que en la literatura convencional de las

ciencias sociales han intentado explicar por qué las mujeres trabajan en la prostitución son: los desórdenes mentales y de personalidad

y los problemas de relaciones con los padres y particularmente

con los modelos sociales. Respecto a las familias, se decía que las prostitutas habían crecido en familias donde la madre y el padre no representaban un buen ejemplo para ellas y esta situación les llevó a la prostitución. También se han señalado problemas socio- económicos, y por último, lo que se denomina “la ocasión hace al ladrón”, o sea, que el estar en un momento determinado en un sito

donde hay gente prostituyéndose sería lo que llevaría a las mujeres

a la prostitución. Tenemos un trabajo pendiente las científicas sociales, un trabajo de crítica sistemática a cómo se ha tratado el tema de la prostitu- ción y a las prostitutas y qué tipo de ideas se siguen difundiendo desde las ciencias sociales sobre estas mujeres. Particularmente

molesta y enfada, la primera, es decir, ésa de que son mujeres con desórdenes o enfermedades mentales. Las prostitutas con las que he hablado son personas sensatas, equilibradas mentalmente la inmensa mayoría y particularmente valientes. En el trabajo de campo en los clubes de Málaga y también en Casablanca las mujeres nos explicaron por qué trabajaban en la industria del sexo. La primera razón se refiere a una situación. Es evidente que entre estas mujeres se produce un desacoplamiento con la organi- zación familiar tradicional, pero ese desacoplamiento no es sólo

característico de las migrantes. Y es que mujeres correctas no hay en la práctica, y seguimos hablando muchas veces de esposas sumisas; pero de eso hay muy poco, lo que hay son mujeres con muchos problemas para poder ubicarse en una sociedad que impone demasiadas exigencias y que da pocas oportunidades para poder desarrollarse. Entre las migrantes, efectivamente, se ve también un desaco- plamiento, situaciones que hacen que las mujeres, en un momento determinado, tengan que decidir desviarse de la norma social para

la cual fueron socializadas, y la norma social, aquí y en el resto del

planeta, te está diciendo que tienes que ser ama de casa y desde luego no prostituta; tiene que darse alguna situación que te haga transgredir esa norma, y eso se ve entre las mujeres migrantes, como creo que entre el resto de las prostitutas. Por supuesto, las “necesidades” económicas, porque la necesi- dad económica no es sólo comer, dormir y pagarle la escuela a tu hijo; necesidades económicas en un mundo capitalista de consumo son muchas cosas más. La precariedad (por supuesto en el trabajo doméstico), la falta de papeles y la necesidad de ingresos rápidos, y esto entre las migrantes es una cuestión básica; es decir, son mujeres que han gastado mucho dinero en tratar de evadir la Ley de Extranjería que les impide entrar en Europa. Muchas veces a eso es a lo que se le llama tráfico, pero en realidad de lo que estamos hablando

es de estrategias para poder saltarse una frontera donde te piden

un pasaporte, te piden un visado y te piden unos ingresos, etc., y eso hay que saltarlo, y cuesta dinero. Evidentemente, cuando se empieza a trabajar en la industria del sexo lo primero que se quiere hacer es pagar las deudas que se han contraído para hacer ese viaje.

Y luego hay un segundo momento. En muchos casos se trata de

mujeres que tienen hijos, que tienen necesidades imperiosas, que tienen que estar enviando remesas. Pues eso es lo que encontramos, esa necesidad es la que facilita

y hace que muchas tomen la opción de entrar a trabajar en una in-

dustria donde se dan diferentes momentos. El primer momento es un momento difícil para las mujeres porque están haciendo algo en contra de su propia socialización, de las normas que les enseñaron; pero hay un segundo momento y un tercer momento en el cual las mujeres se van socializando en el nuevo trabajo y van aprendiendo cuáles son los trucos y a manejarse en él y a sentirse mucho más

a gusto en ese nuevo entorno. Ceo que lo que realmente ayudaría a las prostitutas es tener más amigas y más amigos fuera de la industria del sexo; esa falta de redes sociales, de apoyo, que en Hetaira se trabaja mucho, creo que es fundamental para ellas. Y en este sentido me gustaría terminar con un consejo: si de verdad queréis ayudar a estas mujeres, incluid entre vuestro grupo de amigas a una trabajadora del sexo.

Mujeres inmigradas trabajando en la prostitución en el poniente almeriense: perspectivas de acercamiento y experiencia de trabajo

Estefanía Acién

La Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA) es una organización de ámbito andaluz que se divide, territorialmen- te, en delegaciones y, temáticamente, en áreas (cárceles y libertades públicas, marginación y exclusión social, inmigración, solidaridad internacional y educación para la paz). También contamos con dos grupos de trabajo que implican transversalmente a personas que desarrollan trabajo en las áreas, y que desarrollan labores sobre menores y prostitución. Actualmente, este último grupo realiza trabajo en tres delegaciones: Cádiz, Córdoba y Almería. En el poniente almeriense estamos presentes desde el año 00 con unas tímidas incursiones de la mano de personas procedentes de otras asociaciones que tenían algún contacto con el medio. Como es habitual en la asociación, adoptamos la fórmula investigación- acción para afrontar el trabajo. El realizado durante el año 00 aparece reflejado en el informe De la exclusión al estigma. Tras aproximarnos, definimos nuestro primer campo de inter- vención –africanas en la industria del sexo que han iniciado su proyecto migratorio de forma autónoma en el triángulo geográfico comprendido entre los municipios almerienses de Roquetas de Mar-La Mojonera-Vícar– e intentamos detectar los problemas y las necesidades que más nos reclamaban. Hoy, hemos ampliado el trabajo a la capital almeriense, donde mantenemos contacto re- gular con marroquíes, europeas (sobre todo procedentes de países empobrecidos) y latinoamericanas. Las intervenciones se hacen

en función de nuestras capacidades y recursos. No obstante, la realidad cuya investigación se encuentra en un estado más avan- zado es la que afecta a las nigerianas en el poniente, ya que con ellas llevamos casi cuatro años y medio de contacto. Sobre ellas que versa este texto. En las zonas semiurbanas y diseminados de esta zona ejerce la prostitución un amplio grupo de mujeres, sobre todo africanas (nigerianas), en entornos de “economía étnica” (por la titularidad

de los negocios, las personas que allí trabajan y el origen étnico de los clientes) y abasteciendo de servicios sexuales sobre todo

a hombres inmigrantes. En este contexto, se ven afectadas por la

segregación espacial y diversos factores de exclusión que afectan

a gran parte de los inmigrados en la zona. La falta de recursos de la población demandante impone unos precios muy bajos, por lo que el beneficio que las mujeres perciben por su trabajo es bien reducido, entre los 0 y 0 euros por servicio. Esta situación es bastante diferente de otras mujeres contactadas procedentes de otros países (Este de Europa: Rumania, Rusia, Lituania, etc.) que ven compensadas las dificultades de su situa- ción con remuneraciones más altas y con condiciones de trabajo diferentes y sensiblemente mejores. Cuando nos acercamos a la zona, nuestra intención era profun- dizar en el conocimiento de ese mundo de exclusión, pero también serles útiles a las mujeres y, sobre todo, realizar propuestas socia- les y a las administraciones que atenúen el daño infringido por la exclusión social y permitan resolver los problemas más urgentes que hemos detectado y que ellas nos han transmitido. Para ello, diseñamos un esquema de trabajo que se puede resu- mir en cuatro ámbitos: investigación, sensibilización, mediación social y sanitaria. En relación con la investigación social, el doble objetivo es, por un lado, conocer la realidad en la que se produce este fenómeno en

la provincia de Almería, y por otro, la situación personal y familiar

de las mujeres que ejercen esta actividad. Para ello, iniciamos un trabajo de campo, fundamentalmente de carácter etnográfico, para conocer los locales donde se ejerce la prostitución en la zona del poniente, a las personas que en ellos buscan la subsistencia y las ca- racterísticas básicas del negocio del sexo en este ámbito. Visitamos los lugares, realizamos fichas de campo para conocer la estructura sociodemográfica de las mujeres y entrevistas, conversaciones

informales y observación participante con el apoyo instrumental del cuaderno de campo como medio fundamental de recogida de información. El análisis de la información es continuo y anual. La labor de investigación es transversal al resto del trabajo, lo que es lo mismo que decir que nunca termina. En cuanto a la sensibilización social, la intención era transmi- tir la realidad social que está detrás de estas actividades, realizar propuestas tanto a la sociedad como a las administraciones con el fin de satisfacer las necesidades que nos plantean las mujeres que realizan esta actividad. Por ello, nos parece de crucial importancia promover el debate y participar activamente en él y en la reflexión acerca de la pros- titución por medio de sesiones de debate abiertas, con personas de otros colectivos, y la divulgación de materiales con los que pretendemos hacer camino en este sentido. Pero este trabajo no solamente se orienta hacia fuera de la aso- ciación, sino que también pretendemos discutir internamente con los demás subgrupos de trabajo dedicados a tareas similares a la nuestra, para debatir criterios, valorar las iniciativas legislativas, policiales, sociales, etc., que se van produciendo en nuestro país en relación con los diferentes ámbitos que tienen que ver con la prostitución y, en fin, ir configurando líneas discursivas abiertas y comunes. El trabajo que denominamos de mediación social corresponde a todas las intervenciones o acciones que realizamos ajenas al ám- bito sanitario, pero que van surgiendo como necesidades a través de lo que percibimos día a día. Por ejemplo, es necesario realizar acompañamiento y asesoramiento jurídico a aquellas mujeres con circunstancias especiales. Para ello contamos con un proyecto específico y con el apoyo de un espacio neutro de relación con las mujeres: las clases de castellano, que actualmente suponen un interesante espacio de encuentro con un grupo reducido de mujeres, donde no sólo apoyamos sus esfuerzos para conocer el idioma y el funcionamiento de nuestra sociedad, sino que nos ayudan a discutir con ellas diversos aspectos de nuestro trabajo y formas de abordaje del tema prostitución. Además, mantenemos una tensión constante a la hora de con- tribuir a que adquieran habilidades sociales básicas en nuestro contexto que les permitan moverse con autonomía en cuanto al uso de los recursos públicos, funcionamiento de los mecanismos de la Administración, etc.

Por último, y dentro de este programa, derivamos a otras orga- nizaciones y administraciones los asuntos que desde la APDHA podemos abarcar. La mediación sanitaria abarca también un programa concreto cuyo objetivo básico es el de la inserción de las mujeres que aten- demos en el sistema sanitario público. Lo hacemos a partir del Pro- yecto de Atención y Mediación Sanitaria con Mujeres en Contextos de Prostitución, cuyas líneas de intervención básicas son:

. Reparto de preservativos: 0 a cada mujer cada tres semanas. . Atención y acompañamientos: en la mayoría de las ocasiones para que se inserten en el Programa Especial de Infecciones de Transmisión Sexual (ITS), puesto en marcha por la Junta de Anda- lucía y objeto de coordinación entre asociaciones y Administración. Aunque también se han realizado otros tipos de acompañamientos (interrupciones voluntarias del embarazo o visitas a urgencias del hospital de poniente, etc.) . Gestión de la tarjeta sanitaria, tanto a las propias trabajadoras como a clientes –recordemos que la mayoría de éstos son inmigran- tes indocumentados– hijos y otros familiares o amigos. . Información acerca de los recursos disponibles para las muje- res objeto de intervención. Usando diferentes medios: una guía de carácter sanitario en ediciones bilingües e información acerca de cómo realizar estas gestiones para lograr una mayor autonomía. . Sensibilización discrecional de mujeres y usuarios. Esta la- bor tiene un carácter transversal, aunque hemos elaborado algún material explícito para la prevención de hábitos nocivos como la automedicación para interrumpir el embarazo y para prevenir emba- razos no deseados o la transmisión de enfermedades de transmisión sexual (ETS). Esporádicamente, reunimos a grupos de mujeres y ofrecemos charlas en este sentido y participamos en el diseño y en el reparto de materiales de la Administración, aportando nuestro sentido crítico y la propia experiencia como criterios evaluativos de sus contenidos. 6. Atenciones de emergencia: ayuda económica de pequeñas compras en medicinas, u otro material sanitario, para mujeres sin recursos, y que no pueden cubrirse por ningún mecanismo público de asistencia social ni de programas públicos o privados existentes. 7. Tareas de coordinación del proyecto: internas, entre los di- versos grupos de la APDHA y a nivel externo realizando sesiones

de coordinación técnica con la Administración de salud y otras asociaciones que inciden en la zona.

Entorno y características básicas de la población de referencia

La descripción que vamos a realizar corresponde al entorno concreto de una parte del poniente almeriense: los municipios de Roquetas de Mar, La Mojonera y Vícar. Lo específico de este entorno no es tanto que ejerzan la prostitu-

ción, como las características de los negocios y la demanda. Se trata de una zona donde los dispersos (caminos entre los invernaderos), carreteras comarcales y poblaciones pequeñas (como Cortijos de Marín o la Yegua Verde) albergan numerosas viviendas (cortijos

y cortijadas), antiguamente habitadas por autóctonos, que han ido dejando paso a la renta de inmigrados, sobre todo marroquíes y subsaharianos. Es en ellos donde algunas personas han decidido dar salida a

la escasez de recursos causada por la lejanía de los servicios urba- nos, montando pequeños negocios donde se despliega una amplia

y diversa oferta: hospedaje, comidas, alimentación, aseo, ropas y

calzado, música, entretenimiento Los locales pueden ofrecer todos estos servicios o algunos de ellos y, dentro, están los sexuales. Todas estas actividades tienen sentido y cierto éxito dada la demanda de los inmigrados residentes en la zona, que no sólo se centra en los servicios sexuales. Estos locales ofrecen mucho más. Es muy importante atender al contexto en que se mueven los inmigrados indocumentados de origen afri- cano en el poniente almeriense. Sobre todo en lo relativo al ocio. No existen muchos lugares donde los hombres puedan disfrutar de su tiempo libre en los núcleos urbanos, ya que, o los precios son prohibitivos, o no les es permitida la entrada en los locales normalizados, o simplemente no se sienten cómodos disfrutando de su tiempo libre en lugares ajenos que poco tienen que ver con

su entorno próximo y donde muchos les miran con recelo. Estos negocios suponen, pues, un ámbito donde no se sienten excluidos:

pueden bailar, beber, relacionarse con otras personas y, además, estar con chicas. Visitamos regularmente unos locales cuya compleja diver- sidad impide hacer una buena tipología. Sin embargo podemos

agruparlos en cuatro categorías básicas: casas, casas acondicionadas como bares-locales, bares y clubes y bares de copas. Las casas son locales donde las chicas viven y trabajan (aun- que en algunos casos una o dos chicas acuden sólo para trabajar y residen en otra vivienda cercana). Las casas acondicionadas como bares-locales son viviendas (cortijos) que cuentan una división más o menos clara de espacios públicos y privados. Por una parte, el salón y patio, fachada y al- macén, donde se recibe a los clientes (a veces se encuentra incluso una barra). Éstos pueden bailar música africana o afroamericana, ver televisión y películas, consumir bebidas, comprar música o comprar servicios sexuales. Por otro lado, encontramos los espacios privados (baño, cocina, patio, etc.) de uso exclusivo de quienes residen en la vivienda –algunas chicas viven allí–. Y, por último los dormitorios, que son lugar de trabajo y también lugar de descanso cuando acaba la jornada laboral. Los bares regentados por una mujer o un hombre que presen- tan dos modalidades: bares con dormitorios (donde prevalece el ejercicio de la prostitución, que cuentan con dormitorios de uso laboral exclusivo) y bares de contacto (locales acondicionados prioritariamente como bares de consumo de bebidas y que las mujeres usan como espacios de contacto con los clientes que demandan servicios sexuales). En estos lugares encontramos, sobre todo, nigerianas, aunque también es frecuente encontrar marroquíes, ecuatoguineanas y, desde hace dos años, rumanas. Los dueños y dueñas son de origen subsahariano, con predominación de nigerianas al frente de los negocios. Además, la mayoría de los clientes en estos negocios son inmigrados (marroquíes, senegaleses, nigerianos, rumanos Los clubes y bares de copas, con referencias explícitas hacia el exterior, son los típicos clubes, bares de copas, etc., que tienen alguna licencia oficial relacionada con la hostelería y que son iden- tificables externamente, mediante placas, luminosos, etc. En estos lugares no trabajan nigerianas. Sí lo hacen marroquíes y chicas del Este (que casi monopolizan los espacios en los bares de copas). Los dueños y dueñas mayoritariamente son autóctonos, y los clientes también, aunque existe un local regentado por una inmigrada, con clientes principalmente marroquíes. Aproximadamente, más de un 90% de las atendidas procede de Nigeria, pero también de Guinea Ecuatorial, Marruecos, Rumania

y Rusia. Como resultado de la agrupación coétnica, nos hemos

encontrado que la mayoría de ellas –80%– proceden de la misma zona (Edo State) e incluso afirman que nacieron en la misma ciudad (Benin City). Por esto, que, a pesar de ser el yoruba el grupo étnico más común en el sur de Nigeria, tan sólo un 7% de las mujeres hablan esta lengua, mientras que el 8% pertenecen al grupo edo. También encontramos grupos étnicos como isha, urobo, igbo o, en el caso de las ecuatoguineanas, fang. Este dato aporta información que ilustra la increíble riqueza y diversidad que podemos encontrar en un entorno tan reducido. El poniente almeriense es un auténtico mosaico de maravillas culturales. Por otra parte, como sabemos, la lengua oficial de Nigeria es el inglés, así que casi todas lo hablan perfectamente. Sin embargo, el español es dominado por muy pocas (sin contar a las ecuatoguinea- nas, que cuentan con la ventaja de que el español es lengua oficial en su país), ya sea porque llevan en España poco tiempo o porque sus relaciones intergrupales son muy escasas fuera del trabajo e,

incluso dentro del ámbito de su trabajo, sus relaciones se restringen casi siempre a otros grupos de extranjeros, sobre todo marroquíes, que tampoco dominan el español, por lo que no tienen acceso a entornos que faciliten el aprendizaje del idioma de acogida. En cuanto a las edades, se encuentran comprendidas entre los

y 0 años, con una edad media de años. Un 80% de ellas están solteras y las que están casadas, por regla general, no incluyen a sus maridos en su proyecto migratorio, de manera que podemos decir que se trata de un grupo joven y sin pareja, aunque esto no significa que no tengan cargas familiares, ya que un 38% (porcen- taje que no tiene relación alguna con el estado civil) afirma tener hijos ( de media), en la mayoría de los casos en su país de origen

y al cuidado de sus familiares más cercanos. El 96% de las mujeres tienen familia ascendente en origen y mantienen buenas relaciones con ella. No parece que provengan de unidades “desestructuradas”. Más bien, de lo que se trata es que ellas son responsables de complementar la economía familiar de origen. El 7% no tiene familiares consanguíneos en España, aunque sí otros tipos de familiares (familia religiosa o coétnica) con los que mantienen estrechas relaciones. En lo que respecta al nivel de estudios o académico de esta población, algo más del 73% afirma haber cursado estudios secun-

darios en su país de origen. El 6% se encuentra sin estudios, el 6% llegó a terminar la universidad y un % sólo acabó la educación primaria. Sin embargo, en nuestro trabajo cotidiano, encontramos que muchas tienen dificultades para leer y escribir. Existe una gran diversidad en todos los sentidos, sobre todo en su proceso migratorio. Y existen dificultades objetivas que obsta- culizan la comprensión y el riguroso abordaje de la experiencia vital de estas mujeres. En el mundo intelectual, ajeno a los testimonios y la experiencia de las implicadas, se suelen confundir las “estrategias de migra- ción” y supervivencia con “situaciones de esclavitud”, migración forzada o tráfico. Además, las propias mujeres, dependiendo de la complejidad de su experiencia migratoria, no revelan demasiados detalles de su recorrido, por muchas razones que hemos podido conocer a través

del contacto cotidiano. Una de ellas, quizá la más importante, es el temor a que lo que digan pueda ser mal interpretado o tergiversado

y pueda derivar en la criminalización de ellas mismas y de las per-

sonas que han posibilitado su viaje. Y yendo más allá, el viaje es tan largo y conlleva tantos esfuerzos y vivencias, que en una sola conversación con las chicas es imposible conocer todos los detalles; a veces, incluso, prefieren no hablar de ello. De hecho, la respuesta antes del silencio suele ser “esa es una larga historia”. En todo caso, y asumiendo los riesgos, me gustaría detenerme un poco en este punto. Ya conocemos los peligros que conlleva acercarse al fenómeno de la prostitución priorizando sólo la pre- ocupación por las situaciones extremas de tráfico y explotación sexual, y cercando el discurso a las mujeres que sufren estos abusos sin atender a la diversidad de situaciones. No obstante, parece ser que incluso en los círculos donde se trata de ver la complejidad de este asunto, atendiendo a la diversidad de situaciones, la realidad de las nigerianas tiende a generalizarse, es decir, está ampliamente aceptada la idea de que todas las nigerianas son víctimas de la ex- torsión de malvadas redes africanas. Es cada vez más frecuente ver

en Internet (inmigra.com) y en televisión (me remito al reportaje televisivo del periodista Antonio Salas con motivo de su libro El año que trafiqué con mujeres) cómo las mafias nigerianas obligan

a las chicas a someterse a terribles ritos vudú, fuertes presiones y amenazas contra ellas y sus familias.

Por ejemplo, en el citado reportaje veíamos cómo el periodista sonsaca información a una chica nigeriana –sin que ella conozca que su conversación está siendo registrada en vídeo– y logra que le presente a su jefe. En la cita concertada acuerda con éste el pago del resto de su deuda, y después de filmar el acuerdo, con- sidera que tiene pruebas suficientes de que se trata del cabecilla de una red mafiosa y llama a la policía para su arresto. Hasta ahí parece que todo es parcialmente correcto –excepto por lo que supone violar la intimidad de una persona que no sabe que está siendo grabada– desde “su” punto de vista ético. Pero lo curioso es que la historia acaba ahí. La chica no vuelve a aparecer en el reportaje, no sabemos lo que ella opina de haber sido engañada por el periodista y del supuesto final feliz de su historia. El autor culmina su trabajo triunfalmente diciendo que había liberado a la chica, pero ¿sabemos qué opinaba ella del asunto?, ¿qué ocurre con ella?, ¿significa su libertad que hoy se encuentra en España en situación regular y que puede elegir su destino? No lo sabemos. Eso no nos lo enseñaron. Creemos que, dada nuestra experiencia en el contacto con chicas nigerianas, tenemos la responsabilidad de ver la complejidad en este asunto. En primer lugar, es de rigurosa prioridad para nosotros tratar de eliminar el estereotipo que señala a todas las chicas nigeria- nas que trabajan en la prostitución en Europa como víctimas de tráfico con fines de explotación sexual. No podemos presentar datos concretos sobre esto, ya que nos encontramos en proceso de recopilar información sistemática; sin embargo, sí encontramos una enorme variedad de situaciones, lo que nos hace plantearnos algunos interrogantes. Por una parte, hay elementos que parecen comunes a la ex- periencia migratoria de la mayoría (el recorrido realizado desde Nigeria hasta Marruecos –Níger, Malí, Argelia, Marruecos y luego en patera hasta Algeciras o Fuerteventura–) –lo que podría suponer itinerarios perfectamente diseñados por una serie de redes complejas, muy bien organizadas y comunicadas entre sí–. Pero, también es cierto que las fuentes de financiación de este viaje son diversas: a veces son las propias familias las que les prestan o donan el dinero. Otras veces se trata de una inversión individual, lograda tras mucho esfuerzo, y también existe el endeudamiento con “personas concretas”.

Además, encontramos casos en que los itinerarios son comu- nes a chicos y chicas, y el viaje lo han realizado juntos, en grupos mixtos. Así que podríamos intuir que, al menos, existen redes que no se dedican exclusivamente al tráfico de chicas, sino a organi- zar el viaje de personas que desean entrar en Europa a través del Estrecho de Gibraltar. Por otra parte, es necesario desvincular a las dueñas de los lo- cales de la creencia de que son parte de la red de traída. La única presión que, la mayoría, ejerce sobre las chicas que allí trabajan es la de pagar el alquiler semanal por la habitación que ocupan. Esto nos hace preguntarnos acerca de sus niveles de libertad en la zona que conocemos –desconocemos otros entornos como Bilbao, Ali- cante o Madrid–, ya que cuando las chicas llevan bastante tiempo trabajando en una casa y las cosas dejan de ir bien, a menudo se marchan a otra a probar suerte, y esto ocurre incluso en los casos en que las chicas no hayan acabado de pagar su deuda. En este caso, no parece que las dueñas se intercambien a las chicas, sino más bien que ellas deciden cambiar de local cuando las cosas no les van bien. Otro interrogante es el del conocimiento del trabajo que en Es- paña van a realizar o su capacidad de decisión a la hora de decidir o cambiar su fuente de ingresos. Algunas nos comentan que intuían que iban a desempeñar este trabajo. Otras muchas afirmaban que esperaban más oportunidades en España. No obstante, no parece que sufran presiones de terceros para desempeñar precisamente la prostitución. De hecho, en el momento en que consiguen do- cumentarse, buscan otras alternativas, e incluso cuando no tienen posibilidades de regularización, nos expresan su deseo de encontrar otro trabajo y se frustran ante la imposibilidad de alcanzar este objetivo. Esto implica que el problema no viene sólo de quienes las traen, sino de las limitaciones de nuestra sociedad para ofrecerles alternativas de subsistencia. Aunque es cierto que, en el caso de quienes han recurrido a una red organizada o a una persona con contactos para venir a España, muchas veces la presión para que paguen la deuda de viaje (que alcanza sumas astronómicas, desde los 6.000 hasta los .000 euros) es muy grave y también condi- ciona sus decisiones. Por otra parte, hay detalles en el recorrido, como la estancia en Tánger (Marruecos) a la espera de poder coger una zodiac que las traiga hasta España, que nos hace preguntarnos acerca de la natura-

leza de las redes que organizan los viajes. Muchas comentan cómo

tuvieron que trabajar en Tánger para ahorrar el dinero de la barca

o patera, o cómo esperaron algunos meses, hasta que sus familias

reunieran los .000 euros que necesitaban para pagar este medio de transporte. Estamos acostumbrados a escuchar que las redes traen a las chicas, controlando todo su itinerario y financiando el 00% del recorrido. Por lo que hemos observado hasta el momento, parece que el asunto es más complejo, las propias redes son más complejas y diversas y la experiencia de cada chica, aun teniendo puntos comunes con la de las demás, es diferente. Por último, queremos llamar la atención acerca de una cuestión que nos intriga. Es frecuente, para otras asociaciones con las que tenemos contacto y que ofrecen la posibilidad de abandonar la prostitución y acceder a una casa de acogida, encontrarse con la

genérica negativa de las chicas nigerianas a hacer uso de este recur- so, lo que no ocurre, por ejemplo, con chicas del Este de Europa. No desean abandonar su entorno cercano, a sus compatriotas, su modo de vida. Parecen tener claro lo que quieren y eso se percibe en su nivel de recepción de las ayudas y alternativas que se les ofrecen, en lo que toman y dejan. Una de las chicas nigerianas nos comentaba: “Mi madama no es una jefa, es como una madre, sin ella no podría haber llegado ni tener una vida aquí, le debo mucho

a mi madama”. Lejos de hacer interpretaciones simplistas de esta

frase, nos parece que aporta elementos muy importantes para la reflexión: se trata de una llamada de atención. Quizá, lo que para nosotros es interpretado como abuso de poder y coacción, para estas mujeres es otra cosa, o al menos, habrá que ver cada caso y contar con la opinión que le merecen a las chicas las personas que han posibilitado su viaje a España. Si hay o no extorsión, si son víctimas, deben definirlo ellas, no nosotros; y si lo denuncian, desde luego, debemos ayudarlas a salir adelante, pero si nos cuentan otra historia, distinta, también debemos dejar que nos ayuden a romper estereotipos. Un aspecto que nos parece crucial en este sentido es la necesidad

de realizar un esfuerzo por entender y asumir que, en muchos casos, las migrantes pueden “utilizar a las redes”, buscarlas, no sólo ser víctimas de ellas. Además, también sería interesante interrogarse si son exclusivamente las redes las que obligan a las mujeres a seguir caminos lejos de su voluntad, ¿no tendríamos que interrogarnos más

habitualmente por las responsabilidades que en esto tiene nuestra sociedad de “acogida”? Toda mafia es una red, pero no todas las redes son mafiosas y extorsionadoras. Las personas adquieren deudas, compromisos con unos parámetros concretos y, aunque parezca absurdo, en todas las sociedades la honradez en el pago de la deuda es muy importante para ambas partes. De hecho, el momento en que se manifiestan los problemas –las chicas denuncian a su red, o a su madama– coinciden con los casos en que se percibe un abuso, es decir, la ruptura de lo pactado. Por otra parte, y como suele ser común en el asunto de la pros- titución, la opinión de las afectadas por el funcionamiento de las redes mafiosas no suele ser tenida en cuenta. Son consideradas

víctimas y, distorsionando este concepto, se las priva de voz y auto- nomía de decisión. Sin embargo, nosotros aún no hemos conocido

a ninguna nigeriana que quiera volver a su país o que exprese de

forma manifiesta su deseo de ser “rescatada” en los términos en que se aborda este concepto generalmente. No queremos con esto decir que su situación no sea dura, muy al contrario. Viven una realidad durísima, por cierto, que ellas están dispuestas a aceptar temporalmente hasta lograr una meta, un fin de futuro. Y todo ello ha de ser enmarcado en un contexto económico, social, político y administrativo que no les deja muchas opciones. Evidentemente, hay una intensa actividad de desaprensi- vos y desaprensivas que se benefician lucrativamente y de manera ilegal de esta situación, pero no deja de ser importante el grado o condiciones de aceptación de esto por parte de las mujeres. Tendemos a considerar todo comportamiento desconocido, o anormal a nuestros ojos, de las personas africanas como asuntos oscuros y de los que debemos desconfiar, pero esto no parece ser visto así por las propias afectadas. Así, y en la línea de la pelea contra los estereotipos y prejuicios, creemos en la necesidad de atender a la percepción de estas personas, aunque manteniendo la tensión en el respeto a los derechos humanos.

Siguiendo con la descripción de la población que atendemos,

se trata de mujeres que, habiendo llegado a la edad adulta, vienen

a España voluntariamente y por motivos económicos. Todas coin-

ciden en su voluntad de quedarse a vivir aquí pero están pendientes de poder regularizar su situación (el 9% carece de permiso de residencia o trabajo) para poder cambiar de trabajo. Ninguna de

ellas se plantea el retorno voluntario como alternativa a abandonar la prostitución –deseo que todas manifiestan–, su esperanza y su sueño es tener una vida en Europa.

Nuestras propuestas

Finalmente, no queremos finalizar este texto sin aportar el conjunto de propuestas que hemos llegado a consensuar en nuestra organización para ser lanzadas a la sociedad y que se concretan, fundamentalmente, en cinco:

Garantizar que todas las personas que trabajen en la prostitu- ción gocen de derechos laborales básicos, incluyendo a las personas inmigrantes. En cuanto al complejo abordaje de la situación de las inmigrantes, que hoy suponen un altísimo porcentaje de quienes realizan estos trabajos, no por complejo debe quedar en vacío. Muchas de estas mujeres están en situación documental irregular en nuestro país, por lo que la garantía de derechos laborales quedaría condicionada a la consecución de permiso de residencia y autori- zación de trabajo. Por ello, el camino de la garantía en derechos debe pasar por una revisión en las cuestiones de extranjería. Mu- chas de las que conocemos podrían ser regularizadas por arraigo, ya que más de la mitad llevan en España de dos a cuatro años y pueden probarlo (tarjetas sanitarias, empadronamientos etc.) Sin embargo, cuestiones como la exigencia de encontrar un contrato de trabajo de un año de duración –objetivo casi imposible, inclu- so para la población autóctona– o las dificultades para conseguir documentos fundamentales para cumplir los requisitos que se les exigen, imposibilita su acceso a la ansiada documentación que les permita tener más opciones laborales. En este sentido, ya en el año 00 solicitábamos la asunción, por parte de la Administración, de la prostitución como medio de vida suficiente para obtener documentación y el reconocimiento de derechos sociales pasivos comunes a los trabajadores autónomos. Desvincular, tanto en el abordaje intelectual, político y jurídico, como del imaginario social, la prostitución de aspectos delictivos o penales como el proxenetismo o el tráfico de personas. La usual generalización “trabajadora del sexo igual a mujer forzada” estig- matiza a todas las mujeres que realizan este trabajo, arrebatándoles, a priori y bajo una excesiva victimización, su poder de decisión, libertad y autonomía sobre sus vidas. Para abordar los complejos problemas que afectan a las trabajadoras del sexo, es necesario

atender a la realidad en toda su diversidad. Sobre los delitos de

proxenetismo y tráfico de personas con fines de explotación sexual, ambos están tipificados y tratados en nuestro ordenamiento jurí- dico. Tenemos las herramientas para combatir los casos en que se produzcan estas situaciones, no necesitamos más. Lo que necesi- tamos es que este ordenamiento se cumpla y que sea adecuado a

la realidad de las mujeres. Es, además, de vital importancia que

todas las medidas (policiales, judiciales, etc.) que se tomen en los casos de denuncia de estos delitos se desarrollen de mutuo acuerdo con la persona denunciante, garantizando su seguridad

y ofreciéndoles alternativas que tengan en cuenta sus proyectos

vitales y autonomía personal.

Fomentar, desde todas las instituciones públicas, el estudio y la

reflexión sobre la realidad que afecta a las personas que trabajan en

la prostitución. Con un compromiso colectivo real de desactivación

de la carga estigmatizadora que se da en el abordaje público del debate. Además, esto debe hacerse de manera previa a cualquier medida o política y contando con la participación y voz de las personas afectadas y con las organizaciones que están en contacto con esta población.

Necesaria negociación de los contenidos y condiciones de cualquier medida –global o específica, estatal o local– que se adopte referente a la prostitución –jurídica, laboral, administrativa, etc.– con representantes de quienes realizan trabajos sexuales y entidades que trabajan en contacto con estas realidades.

Tomar medidas preventivas y reparadoras reales que miti- guen las causas sociales que abocan a muchas personas a tomar decisiones laborales en contra de su voluntad. En este sentido, la desigualdad, la exclusión, la injusticia social, y en gran medida la división y discriminación sexual en el trabajo, limitan la capacidad de decisión, constriñendo sus opciones a trabajos vinculados a los afectos y cuidados, tradicionalmente reservados a las mujeres y entre los que se encuentra la prostitución.

Conclusión

Tras valorar nuestra experiencia de contacto con las personas protagonistas de nuestro trabajo, llegamos a la conclusión de que, sin dejar de tener en cuenta la riqueza del debate, nuestro cometido no era posicionarnos partiendo de sólo uno de los modelos que hoy

se utilizan para interpretar la realidad de la prostitución y, dentro, la de las inmigradas que se ocupan en este sector. Más bien, creímos oportuno hacer una lectura de la realidad abierta y pluricultural, compleja, evitando el encasillamiento de estas mujeres, considerando sus derechos. Estar abiertos a confor- mar un discurso basado en nuestra experiencia y que acompañe sus decisiones, sus expresiones. Por esto es por lo que damos tanta importancia a lo que ellas nos trasmiten y, desde ahí, cuestionar ideas y conclusiones que se han establecido en nuestra sociedad como inapelables. Creemos, pues, que es en la línea de las causas sociales donde debemos indagar si queremos encontrar explicaciones a esta si- tuación. Se trata de un problema de condicionantes para su propia toma de decisiones, para su autonomía personal, para la realización de un proyecto vital autónomo próximo a los estándares aceptables en nuestra sociedad actual. Por todo ello, es necesario el empoderamiento de este grupo

social. La voz de las mujeres que trabajan en la prostitución, en toda su diversidad, es necesaria para avanzar en la eliminación de mitos

y acercarnos a esta realidad desde la sensatez y el realismo, en la búsqueda de los verdaderos motivos de cada situación particular

y las posibles soluciones a sus problemas.

En busca de un sueño

Nereida Lakuló

Ilustre público presente, quiero darle las gracias por la opor- tunidad que me da de poder expresarme y de ser escuchada. He

plasmado en esta pequeña chuleta las experiencias y necesidades que tenemos las prostitutas, así no me olvidaré de ninguna.

La profesión de las prostitutas es la más antigua, pero no es

reconocida como tal. Ya va siendo hora de que dejemos a un lado la hipocresía y hablemos claro y conciso sobre este tema. Desde los inicios de los tiempos, tanto en las civilizaciones occidentales como en las orientales, ha existido la prostitución. Un ejemplo de ello fueron las hetairas griegas, que recibían una esmerada educación, profesionales que gozaban de un gran prestigio social. Hoy en día nos denominamos trabajadoras del sexo y cumplimos una función importantísima en la sociedad, la de armonizar las

necesidades biológicas de hombres y mujeres. Esta noble profe-

sión satisface a pobres y ricos, a jóvenes, adultos y viejos, a feos

y guapos, librándoles del estrés, de sus cargas y responsabilidades

sociales. Esto les mejora la autoestima, porque el sexo es salud. El sexo es bueno para todas las personas, hombres y mujeres. ¿Por qué solamente hablamos de la prostitución femenina cuando también existe la prostitución masculina? Las mujeres también necesitamos,

a veces, echar nuestras canitas al aire. Pero sobre esto nunca se debate ni se habla.

Mi discurso lo he titulado En busca de un sueño porque ésta es la

realidad de muchas personas pobres y humildes que nos dedicamos

a ejercer la prostitución. Mi experiencia es similar o igual a la de otras compañeras. El mismo escenario con diferentes protagonistas. El escenario es la pobreza, la ignorancia y la discriminación, que nos anima a dejar atrás a nuestras patrias, chabolas y hogares, a padres, maridos e hijos, enfrentándonos a nuevas experiencias en países lejanos, a veces arriesgando nuestras propias vidas en el

intento, como es el caso de quienes se arriesgan a viajar en pateras. Todo por salir de la miseria. Yo era muy pobre en mi país, Ecuador, y una amiga me ayudó a venir a España. Vine sabiendo el trabajo que iba a realizar. Me enfrenté a la noche y al frío, porque el trabajo de prostituta no es nada fácil, tiene sus riesgos, supongo que como toda profesión. Nosotras cuando tratamos a un cliente no sabemos qué nos depa- rará. Estamos expuestas al abuso, al robo o al maltrato, pero parece que esto no le importa a nadie. Las prostitutas inmigrantes hemos de pagar la deuda que contrajimos en nuestro viaje; hemos de trabajar duramente para conseguir un mejor estatus para nosotras mismas y nuestras familias; trabajamos duramente para conseguir la ansiada regularización de la residencia, pero además nos falta conseguir la “normalización” de nuestro trabajo, porque vivir con miedo, como lo hacemos ahora, es vivir a medias. Es hora de que nos dejen hablar y no de que otras personas hablen por nosotras; es hora de que nos dejen decidir en qué desea- mos trabajar, porque a muchas nos gusta nuestro trabajo. Nosotras somos prostitutas, no prostituidas, que no nos metan en el mismo saco con aquellas otras que son coaccionadas y forzadas a trabajar en la prostitución sin su consentimiento. ¡Ya basta de ofrecernos ayudas psicológicas!, porque no estamos locas. No queremos ayudas económicas de 00 euros, porque no las hemos pedido. Las instituciones jamás nos preguntan a nosotras sobre las necesidades que tenemos. ¿Por qué el Ayuntamiento de Madrid deniega subvenciones a un pequeño colectivo como Hetaira que vela por nuestros derechos? El señor Alberto Ruiz Gallardón (actual alcalde de Madrid) y la señora Ana Botella (actual respon- sable de la Concejalía de Empleo y Servicios a la Ciudadanía) nunca han sentido frío en sus trabajos ni han visto con hambre a sus hijos y familias. Nosotras, las prostitutas, somos señaladas y discriminadas. So- mos víctimas de esta sociedad porque no gozamos de protección po- licial, ni de infraestructuras adecuadas para trabajar en condiciones de higiene. Se nos acusa de ser cómplices de la delincuencia y de la drogadicción y eso es erróneo y absurdo, porque nosotras somos las primeras interesadas en que no exista inseguridad social. Nosotras lo que necesitamos es que las autoridades solucionen esta situación, reconozcan nuestros derechos y respeten nuestro trabajo. Estamos dispuestas a pagar impuestos por los servicios que

Nereida Lakuló fotografiada por Carmen Benavides. prestamos, a pagar nuestra Seguridad Social para poder retirarnos

Nereida Lakuló fotografiada por Carmen Benavides.

prestamos, a pagar nuestra Seguridad Social para poder retirarnos antes de llegar a la vejez y poder contar con una jubilación que

nos permita vivir desahogadamente

importa que haya prostitutas españolas ancianas ejerciendo en sus calles, sin poder retirarse, sin derecho a cobrar una pensión. Aquí, en la zona centro de Madrid, hay prostitutas españolas con más de 0 años que han trabajado durante 0, años y siguen ejerciendo. El Gobierno nunca se ha preocupado de ellas. Se dice que las prostitutas callejeras molestamos a la ciudadanía. Sin embargo, creo que hay otros asuntos que degradan las ciudades en mayor medida, como son la malversación de fondos públicos y el tráfico de influencias, la delincuencia, las drogas, la incapacidad policial (que hostiga a los más débiles) y el quemeimportismo de políticos y autoridades, que no hacen nada por solucionar estos problemas. Nosotras luchamos contra los prejuicios sociales, contra la sociedad que nos juzga y condena. Luchamos para conseguir derechos, luchamos por no tener que esconder ni bajar la cabeza. La sociedad tiene que saber que nuestro trabajo es tan respetable como el de médicos, periodistas, maestros, abogados, escritores o arquitectos. Las prostitutas inmigrantes (de países del Este, África o La-

tinoamérica) hemos sido víctimas de sistemas gubernamentales

A nuestras autoridades no les

políticos corruptos. Hago un llamamiento a la sensibilidad de las autoridades para que se solidaricen con las inmigrantes, que tengan en cuenta sus pasados. Ya hemos sufrido suficiente, dejen de margi- narnos. Queremos papeles para residir y trabajar tranquilas, pero lo que recibimos de las autoridades es acoso psicológico, vejaciones verbales, abuso de autoridad, explotación laboral. La sociedad civil debería ser más comprensiva hacia el traba- jo de las prostitutas. Nosotras tan sólo vendemos actos sexuales para todos los gustos y paladares. Hemos de apartar la moralidad de todo esto, hay que evitar que la sexualidad siga sacralizada y magnificada. El sexo es bueno para todas las personas, sean del estrato social que sean. Es importante que las propuestas políticas se elaboren te- niendo en cuenta los intereses de todas las personas implicadas en la prostitución: trabajadoras del sexo, vecinos, comerciantes, clientes y empresarios de la industria del sexo. Hay que evitar que las propuestas sólo beneficien a grandes grupos de empresarios organizados, que no tienen en cuenta ni las necesidades ni los derechos de las prostitutas. Las prostitutas proponemos que se nos dé un espacio físico, un área especialmente diseñada o acondicionada, con toda la infraes- tructura y equipamiento necesarios para ejercer esta noble profe- sión. Sugerimos que haya áreas sociales recreativas para adultos, debidamente señalizadas, que incluyan aparcamientos, restaurantes, áreas verdes, sex shop y lugares de exhibición para las prostitutas. Zonas en donde se garantice la seguridad de las mujeres, en donde podamos contar con locales para las asociaciones que nos ofrecen asistencia y pequeños centros de atención médica. El alcalde de Madrid, Alberto Ruiz Gallardón, nos quiere man- dar a todas a ejercer a locales de alterne. No le importa que allí se nos explote laboralmente, porque el 50% de nuestros beneficios irán a parar al dueño del local. Además, nuestros “jefes” nos exigen hacer de todo: besos en la boca, besos negros y, en ocasiones, no usar preservativo. En estos locales no podemos decidir en qué ho- rarios trabajar, ni podemos ponerle límites a los clientes. Políticos y políticas: dejen en paz a las prostitutas y persigan a las grandes mafias organizadas, ése es su deber. Espero que, al despertar, las cosas hayan cambiado y se haga hecho realidad el sueño de todas nosotras, es justicia.

Otros países, otras experiencias

Presentación

Existen diferentes alternativas legislativas para abordar la prostitución: abolicionismo, prohibicionismo, reglamentación y despenalización. El abolicionismo no castiga el ejercicio de la prostitución pero sí criminaliza todo lo que la rodea, especialmente se persigue al cliente por considerar que es su demanda la que genera la oferta. Se dificulta así enormemente el trabajo de las prostitutas y se bus- ca que éstas abandonen el ejercicio. El ejemplo más claro de esta filosofía lo tenemos en Suecia. El prohibicionismo considera delito tanto el ejercicio de la prostitución como de todo lo que la rodea y posibilita. Ejemplos de una legislación prohibicionista son Estados Unidos, Canadá, Tailandia La reglamentación no pone la prostitución bajo los códigos mercantiles sino bajo el del Código Penal y suele ser controlada por la Policía estatal. Un ejemplo claro de este tipo de reglamenta- ción es el que se da en Ecuador y en Suiza. Uno de los problemas principales de esta forma de legislar es la falta de reconocimiento de los derechos de las prostitutas que trabajan en locales que dependen de otros y el recorte del derecho a moverse y trabajar donde decidan. En otros países, como el nuestro, la prostitución no es delito, pero tampoco se reconoce como una actividad económica legítima. El problema fundamental es la falta de reconocimiento de derechos de las trabajadoras del sexo. Se toleran los locales de prostitución, pero, al no ser reconocidos laboralmente, las trabajadoras no pueden exigir la mejora de las condiciones de trabajo ni pueden beneficiarse de las ventajas que sí tienen el resto de trabajadoras y trabajadores (bajas por enfermedad, permisos por maternidad, pensiones, des-

La despenalización también puede ser utilizada para

crear normativas municipales que controlen y discriminen a las

empleo

).

trabajadoras del sexo, especialmente si son inmigrantes y más aún si se trata de inmigrantes indocumentadas. Por lo que nosotras sabemos, tanto el abolicionismo como determinadas formas de reglamentación plantean problemas para las prostitutas. El abolicionismo no es una opción realista, pues con realidades sociales tan complejas no se acaba por decreto. En la práctica, las políticas abolicionistas se acompañan de medidas penalizadoras también hacia las prostitutas. Además, no tiene en cuenta la voz de las trabajadoras del sexo y la penalización de los clientes empeora las condiciones y recorta las posibilidades de negociar el precio, y eso beneficia a los clientes. Por otro lado favorece el desarrollo de mafias y chulos en torno a las trabajadoras y la sobreexplotación económica por parte de los empresarios de los clubes. El resultado final es que se empeoran notablemente las condiciones de trabajo y de vida de las trabajadoras sexuales. Según la experiencia de otros Estados que han desarrollado políticas concretas sobre la prostitución, lo que sí podemos decir es que hay algunas formas de reglamentación de la prostitución que no tienen en cuenta los intereses de las prostitutas y que implican una mayor discriminación de éstas. En general, cuando los Gobiernos reglamentan la prostitución les mueven diferentes intereses. Por lo general, les interesa participar en las ganancias económicas que esta actividad genera, imponiendo impuestos especiales abusivos que suelen recaer en las prostitutas. Les preocupa la salud pública, en particular la salud de los clientes, obligando a las prostitutas a realizarse controles sanitarios obligatorios que, lejos de solucionar el problema, dificultan las prácticas sexuales de sexo seguro y estigmatiza a las prostitutas como si fueran un “grupo de riesgo”. Intentan, con la reglamentación, solucionar los problemas de orden público, estableciendo por ley las zonas y las condiciones en las que se puede ejercer y criminalizando toda aquella actividad que no se someta a esa legalidad impuesta. Por último, desean controlar a las prostitutas estableciendo registros obligatorios para todas aquellas que quieran trabajar. Para nosotras, lo principal es que se legisle contemplando los intereses de las trabajadoras del sexo. Por eso es fundamental su organización y su lucha para conseguir mejoras legislativas. Hetaira forma parte del Comité Internacional por la Defensa de los Derechos de las Trabajadoras del Sexo en Europa (ICRSE), una

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Conferencia europea sobre trabajo sexual, derechos humanos,trabajo y migraciones, organizada por ICRSE. Sede del

Conferencia europea sobre trabajo sexual, derechos humanos,trabajo y migraciones, organizada por ICRSE. Sede del Parlamento Europeo en Bruselas, octubre de 2005, fotografía de África Pérez.

red que agrupa a asociaciones de prostitutas de diferentes países europeos. Conocer lo que sucede en otros países cercanos y luchar juntas por el reconocimiento de derechos es una parte importante de nuestro trabajo. Para hablar de las situaciones de las prostitutas en Alemania, Holanda, Suecia y Francia hemos querido contar, respectivamen- te, con Juanita Rosina Henning, Sietske Altkink, Pye Jacobson y Anne Coppel. Juanita Rosina Henning es trabajadora social en la asociación alemana Doña Carmen, que existe en Frankfurt desde 998. La asociación defiende los derechos sociales y políticos de las mujeres que trabajan en la prostitución, en especial los derechos de las prostitutas extranjeras; respetan la decisión de cada mujer de practicar la prostitución en su propio país o en el extranjero y rechazan enérgicamente cualquier tipo de discriminación y aisla- miento social. Cuentan con un local en el corazón de la zona de tolerancia y editan La Muchacha, una revista bilingüe especializada en prostitución. Sietske Altink, filósofa de formación, trabaja en la organi- zación holandesa Rodedraad (El Hilo Rojo) desde 996. Antes fue empleada de la Fundación Contra el Tráfico de Mujeres y

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publicó algunos libros y artículos sobre el trabajo del sexo y el tráfico de personas. Pye Jacobson es trabajadora sexual desde hace 8 años. Ha hecho de todo: burdeles, pareja de compañía, películas, strip, fotos, peepshows, aunque se confiesa pésima para los teléfonos eróti- cos. También es escritora independiente, consultora y productora de documentales. Es la coordinadora de ROSEA (organización nacional de derechos de las trabajadoras sexuales y eróticas) de Suecia, miembro de la red contra la criminalización de clientes de Noruega, miembro del directorio de Comité Internacional por la Defensa de los Derechos de las Trabajadoras del Sexo en Europa (ICRSE), y finalmente, una de las organizadoras de una reciente red de trabajadoras sexuales escandinavas. “Como pueden ver, me mantengo ocupada, menos mal que me pagan por el sexo, de otra manera no tendría tiempo para nada”, nos cuenta. Anne Coppel es socióloga y cofundadora del grupo feminista francés pro sexo Femmes Publiques, que funciona desde marzo de 00.

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Alemania. Prostitutas de cristal

Juanita Rosina Henning

En la República de Alemania viven 8 millones de personas, 7,6 millones tienen un empleo, entre ellas las 00.000 mujeres que trabajan en la prostitución. En estos tiempos de globalización es necesario tratar la pros- titución como un asunto internacional. Cada vez son más las migrantes que trabajan en la prostitución en Alemania. En las ciudades grandes como Berlín, Hamburgo y Munich, las migrantes prostitutas representan alrededor de un 6%. En Francfurt, donde trabajo para la organización Doña Carmen, la población de las alemanas representa apenas el % en los prostíbulos. La mayoría de las migrantes que trabajan en la prostitución no tienen papeles, son clandestinas, y provienen fundamentalmente de Latinoamérica, el Caribe, los países del Este y Tailandia. El negocio de la prostitución mueve en Alemania 6.000 millo- nes de euros; es un volumen de ventas similar al de las compañías mundiales Adidas y AEG. Cada día, .00.000 hombres usan los servicios de las prostitutas. En 997, sólo las prostitutas colombia- nas en Francfort prestaron , millones de servicios sexuales. En los años ochenta, la prostitución no está prohibida, se puede ejercer, aunque con muchos obstáculos, hay que pagar impuestos pero las prostitutas no pueden afiliarse a los seguros sociales. En estos años comienza a organizarse el movimiento de prostitutas alemán, animado por las acciones de las colegas francesas. Sus principales objetivos son luchar contra la discriminación y la cri- minalización de que son objeto. Dos veces al año se organizan congresos nacionales de putas. En el celebrado en octubre de 98 se exige igualdad de trato y derechos para las trabajadoras del sexo. Esta petición se materializa

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en un “decreto antidiscriminación” presentado por el Partido Verde en 996. Un año después, en 997, el Partido Socialista presenta

otro decreto para tratar de eliminar las desventajas que sufren las prostitutas. El decreto regulador de los derechos en la prostitución, aprobado bajo el Gobierno socialdemócrata-verde en el año 00, se debe a

la lucha del movimiento organizado de las prostitutas, tanto en lo

bueno como en lo malo. Las movilizaciones sociales siguen siendo básicas para modificar las leyes. Entre las primeras peticiones y la aprobación definitiva de un decreto pasan diecisiete años, bastante tiempo para aguar las exigencias más radicales de las prostitutas. El movimiento por la defensa de los derechos de las prostitutas pierde radicalidad. En 999, y ante la falta de participación activa

por parte de las prostitutas, se cambia la denominación de “congreso nacional de putas” por “días de la prostitución”. ¿Qué contiene el decreto de prostitución de 00 y qué aporta a las trabajadoras sexuales? La respuesta se puede resumir en cuatro puntos: Primero, entre un empresario de un prostíbulo y una tra- bajadora sexual se puede hacer un contrato de trabajo en lugar de un simple contrato de alquiler. Segundo, las trabajadoras sexuales tienen acceso a seguros sociales. Esto significa que empresario y trabajadora pagan una parte de la cuota tanto del seguro médico como del seguro por desempleo. Tercero, el empresario debe acon- dicionar idóneamente el lugar del trabajo. Cuarto, si un empresario hace de intermediario entre la trabajadora sexual y el cliente, co- meterá delito capital si limita la libertad de la trabajadora. Esto es todo. Para nada suficiente, bajo mi punto de vista, porque el decreto contiene contradicciones sobradas para que realmente no se apliquen los aspectos más positivos. El Gobierno alemán demuestra así que no le interesa sacar a

la prostitución de su antiguo estado de discriminación jurídica y

social, no le interesa profesionalizar la prostitución. El decreto no iguala derechos entre los servicios sexuales y otro tipo de servicios, tan sólo contiene elementos de liberalización. La prostitución in-

teresa en la medida en que contribuye a llenar la caja de Hacienda

y de los seguros sociales. Pasados los seis primeros meses de la

aprobación del decreto, la revista alemana Der Spiegel afirma que, pese a existir la posibilidad por parte del empresariado de hacer contratos de trabajo, aún no se ha firmado ninguno. Según esta revista la causa del fracaso se debe a la actitud de los empresarios

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criminales y al hecho de que las prostitutas no están interesadas en abrirse de piernas para contribuir a Hacienda. Esta conclusión, superficial y equivocada, sirve para fortalecer antiguos prejuicios. Las causas de que la ley no funcione en la práctica son otras. El decreto alemán de la prostitución, en su texto literal y en su fundamento, está marcado por una profunda y continuada filoso- fía de la discriminación. Muchas de las demandas fundamentales del movimiento por la defensa de los derechos de las prostitutas fueron explícitamente ignoradas, entre ellas el reconocimiento de la prostitución como profesión. La prostitución sigue estando desprotegida por la Constitución alemana, que garantiza el derecho fundamental de la libertad de profesión. No cumple tampoco con el propósito de igualar los servicios sexuales, desde el punto de vista jurídico, con otros servicios profesionales. Para Hacienda, la prostitución todavía sigue consi- derándose un “negocio inmoral”, ya que no se ha eliminado esta denominación dada por el Juzgado Superior de Finanzas (Reichs- finanzhof) en el año ¡9! Tampoco se eliminan algunos artículos discriminatorios inclui- dos en el Código Penal, la ley de extranjería y otras leyes. El Código Penal criminaliza la gestión empresarial de la prostitución e impide la regulación de lugares, tiempos y forma de trabajo en la prostitu- ción, condiciones necesarias para poder mantener un negocio. Así que no es sorprendente que los empresarios no tengan interés en asumir sus funciones. Pero si no existe el empleo dependiente, las mujeres no tienen posibilidad de beneficiarse de seguros médicos, de desempleo, etc. Así se cierra el círculo. El cuadro se completa porque “por ley” se prohíbe publicitar la prostitución y trabajar en determinadas zonas (la excepción es Berlín). Además, el artículo 97 del Código Penal autoriza a los 6 Estados alemanes a prohibir la prostitución en ciudades con menos de 0.000 habitantes, si así lo desean. Algo que se usa espe- cialmente en Baviera. Con estos hechos de fondo es comprensible que los clientes alemanes viajen al extranjero, así la frontera con la República Checa se ha convertido en la mayor concentración de prostitución callejera de Europa. El fracaso de la ley de prostitución viene dada por la filosofía de la discriminación de la que se nutre. La discriminación hacia las prostitutas no ha desaparecido, tan sólo ha cambiado de forma. La ley nace fracasada porque el Gobierno nunca ha tratado “normali-

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zar” el trabajo de la prostitución, tan sólo le ha interesado el control policial, los controles aduaneros, la inmigración y sus finanzas. Este cambio en la forma de discriminación no es menos represivo y consigue que las prostitutas sigan siendo igual de vulnerables, que sigan siendo de cristal.

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Holanda. Burdeles legales

Sietske Altink

Déjenme comenzar con unas cuantas preguntas, pero no se preocupen, no tienen que contestarlas, son simplemente retóricas:

¿está en desacuerdo con que las mujeres trabajen fuera de casa?, ¿conoce gente que haga sexo por otras razones que no sean las reproductivas?, ¿por placer?, ¿por diversión?, ¿conoce gente que tiene más de un compañero o compañera sexual?, ¿conoce gente que cambia de pareja cada noche? Sí, las conoce. Por eso decía que se trata de preguntas retóricas. ¿Pero qué pasa si un hombre o una mujer combina todo eso? Estaríamos hablando de una trabajadora

o un trabajador del sexo. Si una persona combina todas esas acciones se convierte en una persona estigmatizada y habitualmente se la trata con políti- cas restrictivas. Si una persona combina todas esas actividades se la considera inmediatamente como “víctima”, o al menos como

“víctima potencial”. Los trabajadores del sexo son los únicos profe- sionales a los que se les investiga sobre su pasado para determinar

si sufrieron en algún momento violencia sexual. De hecho, algunas

pueden tener detrás historias de violencia sexual, pero no saben si eso está relacionado con su trabajo actual. Muchas personas que han sufrido violencia sexual deciden no trabajar en el mercado del sexo y otras, que deciden trabajar en la prostitución, comentan que les ayuda a superar su pasado porque ahora son ellas las que controlan su sexualidad. Si, por el contrario, una persona entra en el mercado de la industria del sexo y trabaja profesionalmente en

ello, se la considera un peligro potencial. De ahí viene el estigma:

trabajadores y trabajadoras del sexo son víctimas individuales

y una amenaza colectiva. El estigma ha existido siempre en la prostitución.

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En Holanda siempre ha habido prostitución. Como en otros países europeos, los burdeles estaban prohibidos pero no se per- seguía a los trabajadores del sexo. Si la gente quería tener sexo, pagando o no, se veía como un asunto privado. El Estado holandés no consideraba una de sus tareas efectuar un juicio moral acerca de lo que la gente hacía en sus dormitorios. Sin embargo, beneficiar- se del trabajo sexual de otra gente era considerado como un acto criminal. Esto planteó un problema al Gobierno holandés: ¿cómo tolerar la prostitución sin permitir un lugar donde se pudiera ejer- cer? Por este motivo, Holanda optó por una política de tolerancia hacia los burdeles, siempre que no causasen molestias públicas o se convirtieran en un semillero de actividades delictivas. En los años setenta, las molestias públicas de la prostitución se convierten en un tema de debate. Para zanjarlo, el Gobierno busca instrumentos para regular la prostitución y acuerda zonas controladas para ejercerla. A principio de los años ochenta se inicia el debate sobre la legalización de los burdeles. En ese período surge la segunda ola del feminismo. En mu- chos países, tanto dentro como fuera de Europa (Estados Unidos, Uruguay, Australia), las feministas descubren la prostitución y la califican como la última forma de dominación de los hombres sobre las mujeres. Las prostitutas, por su parte, reaccionan con vehemencia y argumentan que reciben dinero por un trabajo que el resto de mujeres realiza gratuitamente. En pocas palabras, las prostitutas niegan que sean explotadas por sus clientes. El debate llega también a nuestro país, pero algunas feministas relevantes deciden apoyar a las prostitutas o trabajadoras del sexo, como se hicieron llamar tiempo después. En esta discusión, la división entre madonnas y putas fue un tema central. La sociedad tiende a dividir a las mujeres en mado- nnas, las mujeres puras que se quedan en casa, madres asexuadas, las chicas “buenas”; y las putas que son las que salen del hogar, las que no hacen sexo para procrear, las que no valoran su virginidad, es decir, las chicas “malas”. También la sociedad tiende a separar las chicas “buenas” de las “malas”. Antiguamente se hicieron muchos esfuerzos para dejar clara esta división; por ejemplo, en la Edad Media, en muchas ciudades europeas, se obligaba a las prostitutas a ponerse determinadas ropas. Pero volvamos a los ochenta: algunas feministas se dieron cuenta de que esta división entre las “buenas” y las putas era dañina para todas las mujeres.

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Déjenme que vuelva a las preguntas retóricas del inicio. ¿Qué caracteriza a una madonna? No trabaja fuera de casa, no le gusta el sexo, pero lo considera un mal necesario para la procreación, y no es, por supuesto, lesbiana. En definitiva, es todo lo que las feministas, y de hecho la mayoría de las mujeres, no quieren ser. Por tanto, discriminar a las putas es discriminar a la mayoría de las mujeres. Esta idea es central en una de las primeras conferencias de las prostitutas en Europa. Desde entonces, las trabajadoras y los trabajadores del sexo se han organizado para que su trabajo sea reconocido. Exigen, sobre la base de su derecho a la autonomía sexual, tener derecho a pedir dinero a cambio de sexo, y esto es importante tenerlo en cuenta cuando hablamos de la prostitución forzada, puesto que la autonomía sexual de las personas también incluye el derecho a rechazar la industria del sexo. Posteriormente, este concepto se ha mejorado y ampliado en la ley holandesa. Permítanme que resuma unos cuantos derechos que se basan en esta autonomía sexual: cualquiera está en su derecho a rechazar tener sexo con alguien que no desea, si no estaríamos hablando de una violación. Por ello, la trabajadora o el trabajador sexual tienen derecho a rechazar a los clientes que no le agraden. Cualquiera pue- de negarse a realizar determinados actos sexuales con determinadas personas, lo mismo una trabajadora sexual; una persona puede terminar una relación sexual cuando él o ella quieran, lo mismo una trabajadora del sexo, y cualquier persona puede establecer sus condiciones para tener sexo, con pago o no pago. Bueno, podéis pensar, todo esto está muy bien, pero en realidad la situación es diferente, las trabajadoras del sexo echan muchas horas y no siempre pueden elegir a sus clientes. Esto también lo teníamos claro en mi organización, El Hilo Rojo, que en aquel momento se implicó en el debate de la legalización de los burdeles. Al principio, la discusión se centró en luchar contra las molestias públicas, pero mi organización consiguió utilizar esta oportunidad para resaltar la mejora de las condiciones de trabajo en el debate político. No fue nada fácil, llevó varios años, pero finalmente las condiciones de trabajo se incorporaron al proyecto de ley. En esos años nos implicamos en el debate político en torno a la ley. En octubre de 000, la ley holandesa entró en vigor. Entre sus objetivos: mejorar y proteger la posición de los trabajadores

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sexuales, impedir la prostitución de personas indocumentadas y menores, e impedir la prostitución forzada. De hecho, significó que los burdeles ya no eran ilegales, lo que fue un cambio enorme para los propietarios: tenían que actuar como empleadores o empresarios normales, no se podían fácilmente es- capar del fraude, de la evasión de impuestos, etc.; pero, lo que era mejor para nosotras, tenían que ajustarse a la normativa laboral, y en ese momento el mayor sindicato de Holanda intervino y nos apoyó en la organización de nuestra asociación; ya estábamos en contacto con ellos, pero entonces era cuando podían actuar. Fue un avance enorme, pues nos aportaron asesoría, nos ayudaron en las negociaciones con los propietarios de burdeles y formaron a trabajadoras sexuales como delegadas sindicales; todo esto sigue adelante actualmente. Tengan en cuenta que antes de 000 los propietarios de bur- deles podían hacer lo que les diera la gana, ahora al menos una trabajadora del sexo puede exigir sus derechos ante un juez. Des- graciadamente, eso apenas ocurre: la mayoría de los propietarios hacen cualquier cosa para forzar a las mujeres como trabajadoras autónomas. Eso está bien para las que lo quieren, y tienen toda la libertad que conlleva. Esos derechos son libertad de elegir a los clientes, libertad para trabajar en diferentes sitios y establecer los precios, y sobre todo, la libertad de no trabajar bajo la autoridad de los propietarios. De nuevo, desgraciadamente, eso no ocurre en la mayoría de los burdeles, pues tampoco se tienen los beneficios del otro supuesto siendo empleada, como el pago por baja de enfermedad. Sin em- bargo, ahora los servicios sociales y la inspección de trabajo están controlando los burdeles, y cuando consideran que los propietarios ejercen control sobre las trabajadoras autónomas, les imponen un fuerte impuesto. Las mujeres no tienen que registrarse en la policía, pero sí en Hacienda; de todos modos eso ya se hacía antes de la legalización. Tengo que decir que las mujeres lo hacen de mala gana, pero unas cuantas están satisfechas, y por supuesto, siempre habrá mujeres que hagan trabajo sumergido, que eviten los impuestos y consigan sus clientes de sitios opacos en Internet; pero eso son los problemas de Hacienda, la legalización significa que pueden ganar dinero legal en lugar de dinero oculto que tienen que gastar o lavar inme- diatamente, pueden meterlo en el banco y conseguir una hipoteca.

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Es verdad que tuvimos que ir a los tribunales para forzar a los gran- des bancos a que acep-

taran a las trabajadoras del sexo como clientes,

y ganamos. Tengo que

decir que le lleva tiem- po a las instituciones oficiales acostumbrarse

a sus nuevos clientes, y

ahora las instituciones sociales están avan- zando en la regulación de las actividades, ya que los propietarios de burdeles eran reacios a cambiar sus sistemas de gestión y continua- ban explotando. Voy a hablar sobre el problema del tráfico de mujeres. Uno de los objetivos principales

de la ley de 000 era reducir la prostitución forzada. Una de las ventajas de la legalización es que las trabaja- doras autónomas del sexo no necesitan realmente intermediarios para encontrar un lugar de trabajo o clientes; los clientes pueden encontrar a las mujeres ellos mismos. Tampoco necesitan a nadie que las defienda de clientes violentos, pues las mujeres pueden ir directamente a la policía a denunciar un acto de violencia. ¿Y qué hay del tráfico de mujeres? En general, la policía ho- landesa está satisfecha con la nueva ley, pues no tiene que perder tiempo controlando los burdeles regulados. Ya que he mencionado el tema del tráfico, quiero comenzar mis conclusiones finales con un lema de la organización hermana de Calcuta. Dicen que no quieren que la policía entre en sus burdeles, sino que quieren que entren los sindicatos. Nosotras decimos que queremos que sean ambos, pues tienen una noble tarea en ellos: los

que sean ambos, pues tienen una noble tarea en ellos: los Estatua en bronce en honor

Estatua en bronce en honor de las trabajadoras del sexo de todo el mundo. Se encuentra ubicada en el Barrio Rojo de Amsterdam (Holanda),fotografía de Nadine Siddre.

sindicatos tienen su papel en la prevención del tráfico a través de conseguir los derechos laborales para las mujeres, y de ese modo los traficantes lo tienen difícil para extorsionarlas. Se debe luchar contra toda prostitución forzada, no sólo forzada con “F” mayúscula (cuando las mujeres no quieren trabajar), sino también forzada con “f” minúscula; y hay otra forma de prevenir el tráfico de mujeres que han sido trabajadoras del sexo en su país:

déseles una mejor situación. Y finalmente, sólo hay una cosa peor que la legalización de la prostitución, y es la no legalización. Sólo hay una cosa peor que la estigmatización con derechos laborales, y es la estigmatización sin derechos laborales.

Suecia. El malo de la película

Pye Jacobson

Soy una puta sueca. No se nos ve mucho, así que escucharnos es como conectar con el canal de televisión Discovery Channel. El Gobierno de Suecia está muy orgullo de la ley, aprobada en 999, que considera ilegal comprar servicios sexuales. La ley realmente dice que está prohibido comprar un “servicio sexual temporal”, entendiendo por “servicio sexual”, “tocar los genitales a otra persona”. Pero, ¿qué significa “servicio sexual temporal”? ¿Querrá decir que si has visto a un cliente más de veinte veces ya no se trata de “servicio sexual temporal”? Este aspecto el Gobierno sueco aún no ha sabido resolverlo. Sí han resuelto que un “servicio sexual temporal” no se puede intercambiar ni por dinero, ni por drogas (incluido el alcohol), ni por pieles. Nuestros políticos están haciendo un tour europeo para pu- blicitar su maravillosa ley. Estuvieron en España predicando la “verdad sueca” en congresos internacionales organizados por el Ayuntamiento de Madrid. Hay quienes me preguntan: ¿Cómo pudo aprobarse una ley así? ¿Nadie se opuso? ¿Nadie dijo en voz alta lo estúpido que era? ¿Nadie advirtió de que es imposible que esta ley llegue a funcionar nunca? Tienen que entender que la sociedad sueca está muy entrenada por las autoridades y confía ciegamente en su Gobierno, en sus políticos. La población está tan acostumbrada a ser servida, a no tener que pensar, que asimila todo lo que dicen los políticos como “grandes verdades”. La gente está tan acostumbrada a vivir con la manipulación que no pone nada en cuestión. El Gobierno usa sus mejores instrumentos, los medios de comunicación, para influir en la opinión pública.

A mediados de los años noventa, periódicos y revistas publican insistentemente artículos y reportajes que relatan las terribles cosas que viven las “pobres mujeres” que ejercen la prostitución. La imagen que se transmite es la de las prostitutas como consumidoras de drogas que andan tiradas todo el día en las calles. El Gobierno quería vender al público la idea de que todas las prostitutas son víctimas y que toda prostitución es violencia contra las mujeres. Nunca se les ocurrió abordar la prostitución mascu- lina, pues no encaja con sus ideas preconcebidas. La “violencia contra los hombres” no es algo de lo que pueda sacarse provecho político. La ciudadanía pensó que todo esto era terrible y que no podía seguir ocurriendo algo así en nuestro país; por tanto, había que castigar a alguien. Si la prostitución es violencia contra las mujeres, hay que castigar al que violenta, al “penetrador”, al hombre, al malo de la película. En el debate aparecieron todo tipo de ideas moralistas y arcaicas en materia de sexualidad. No se habló de prostitución masculina porque es complicado saber realmente quién penetra a quién: ¿chapero o cliente? Antes de aprobar la ley, la población sueca ya estaba de su parte. Además, los políticos consultaron con la policía, con instancias sociales y con organizaciones para la educación sexual. Muchas de ellas se opusieron, pero aun así el Gobierno aprobó la ley. Tampoco se les ocurrió preguntarnos nuestra opinión a las mujeres que trabajamos en la industria del sexo y en la prostitu- ción. No lo hicieron porque “la prostitución es violencia contra las mujeres”; y cualquier trabajadora, una secretaria de banco por ejemplo, tiene derecho a opinar sobre la prostitución tanto como yo misma, porque la prostitución (aunque ella misma no la ejerza) es también violencia contra ella. Así que a nosotras nunca se nos preguntó, nadie nos consultó nada. Si me hubiesen preguntado, les habría respondido: “Trabajo de puta desde hace 7 años y quiero seguir ejerciendo”. Y me habrían contestado: “¡Dios mío, es una víctima con letras mayúsculas, puesto que ni siquiera se da cuenta de que lo es!”. Ya ven, tengo “falsa conciencia” de mi situación desde hace años. Los políticos están muy orgullosos porque han logrado lanzar su mensaje (“la prostitución es violencia contra las mujeres”) a través de toda Europa. Nos dicen: “Hemos logrado que la prosti- tución desaparezca de las calles en un 90%”. En una ocasión tuve

la oportunidad de preguntarles:

“¿No les preocupa que desapa- rezcan cientos de mujeres de las calles? ¿Saben dónde se en- cuentran ahora?”. Su respuesta fue clara: “Lo más importante es que llegue el mensaje”. Sin embargo, según un informe policial publicado en Internet a los cinco meses de

aprobada la ley, la prostitución había aumentado. Pero a las autoridades no les interesaba que se conocieran esas cifras

y lo retiró. La realidad es que, tras la aprobación de la ley, la vio- lencia en la prostitución ha aumentado. Han aparecido nuevos crímenes (chantaje, robo) porque ahora las mujeres deben desplazarse a las casas de los clientes sin haber tenido

la oportunidad de conocerles previamente. En ocasiones una mujer llega a un apartamento y se encuentra, en lugar del cliente, a un par de extorsionadores que le ofrecen “protección” a cambio de dinero. Así que la figura del chulo, que no existía desde hace décadas, ha reaparecido. Nuestras colegas de los países bálticos nos cuentan que las fronteras están llenas de suecos que quieren comprar sexo. Y ya no hay ninguna trabajadora social atendiendo a las pros- titutas. Es una situación un tanto desesperanzadora: no tengo derechos pero pago impuestos. Tampoco puedo definirme como feminista porque las abolicio- nistas me acusan de ser una “traidora”. El estigma social ha crecido y ha conseguido que varias de mis colegas pierdan la custodia de sus hijos por el hecho de ser prosti- tutas. Yo misma fui despedida de mi otro trabajo por los artículos que escribí sobre prostitución.

tutas. Yo misma fui despedida de mi otro trabajo por los artículos que escribí sobre prostitución.

Pye Jacobson.

Mona Shalin, nuestra ministra sueca de Calidad, escribió un artículo sobre la ley sueca donde explicaba que no era necesario hacer una evaluación. No le parece de interés conocer los resultados de la ley tras su puesta en marcha. Cuando se le pregunta: “¿Es consciente de que esta ley hiere a los más débiles?”, responde: “Lo sé, pero vale la pena enviar el mensaje”. Su falso mensaje: “La prostitución es violencia contra las mujeres”.

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Francia. La rue

Anne Coppel

La situación de Francia es complicada; la tendencia al prohibi- cionismo, que se inicia en los años setenta, es cada vez más fuerte. Una gran parte del movimiento feminista apuesta por la erradica-

ción de la prostitución, en la línea de la penalización al cliente, tal

y como nos contaba nuestra compañera sueca Pye Jacobson. Empiezo a interesarme por la prostitución en los años noventa, pienso que progresaremos hacia el reconocimiento de los derechos

para las prostitutas. Quiero preguntarme, junto a ustedes, por qué,

al contrario de lo esperado, en vez de ir hacia delante se va marcha

atrás. El primer contacto que tengo con el mundo de la prostitución es

a través del sida y de las drogas. Conozco a Lidia, una mujer que

trabaja en la rue La Nuit, la zona donde se ejerce la prostitución en París. Me acerco a Lidia porque quería pedirle su colaboración para crear un programa de prevención del sida entre las prostitutas, pienso que su implicación en este problema es fundamental. Ella es quien me cuenta cuál es la situación que se vive en la rue La Nuit en ese momento. Lidia me cuenta que antes, en los años sesenta y setenta, se consigue imponer el uso del preservativo al cliente. Las chicas de la rue La Nuit asumen responsablemente la prevención de todo tipo de enfermedades de transmisión sexual. Sin embargo, a partir

de los años ochenta, la degradación se apodera progresivamente

de las zonas donde se ejerce la prostitución. La llegada de nuevas mujeres –sobre todo inmigrantes, procedentes de África y del Ma- greb– presionadas por razones económicas cambia el panorama. Las presiones que estas mujeres sufren por parte de los clientes,

y muchas veces de los proxenetas, las deja en una situación muy

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complicada. Su capacidad de decisión es pequeña así como su autonomía. En esta situación, las medidas de prevención de enfer- medades no se encuentran entre sus prioridades. Lidia me propone que sean las prostitutas quienes se conviertan en agentes activos, y no sólo pasivos, en prevención de salud. Me hace ver que no solamente hay que actuar en la prevención del sida o de la salud, sino que hay que conseguir otro tipo de ayudas sociales para ellas. Todas estas inquietudes cristalizan en el proyecto Le bus de femmes (El autobús de las mujeres). Nos acercamos a las chicas por medio de unos cuadernos que les entregamos, donde escriben sus testimonios, sus opiniones, sus problemas. De este modo, re- cogemos un material muy interesante, sobre todo desde el punto de vista sociológico, en el que ellas hablan de sus dificultades no sólo en temas de salud sino a todos los niveles. Progresivamente, y a lo largo de las últimas décadas, se niega la existencia de la prostitución. Se habla de ello como si sólo fuera un tema de personas que se encuentran en la marginalidad, o incluso se tiende a pensar que quienes usan sus servicios son personas con discapacidades físicas o con problemas psicológicos. La rue La Nuit se convierte en una herencia del pasado que hay que asumir. A partir del año 989, con la llegada de las inmi- grantes, crece el número de mujeres que trabajan en esta clásica calle. Quienes llevan más tiempo se hacen fuertes, el espacio es cada vez más limitado. Muchas prefieren trabajar aquí porque la sensación de seguridad y de apoyo mutuo es mayor. Las últimas en llegar comienzan a colocarse en los alrededores. Le bus de femmes supone un apoyo para las chicas de la rue, pero sobre todo es útil para aquellas que se tienen que buscar la vida en los barrios de las afueras, en lugares más desolados y en situaciones de mayor vulnerabilidad. Las que trabajan en la rue han luchado mucho tiempo por con- quistar su independencia y autonomía; sin embargo, la llegada de las inmigrantes hace que reaparezcan los pequeños proxenetas y las mafias. El Ayuntamiento de París pone en marcha una operación con- tra la prostitución, aunque lo expliquen con otras palabras. La operación se apoya en dos puntos fundamentalmente: la lucha contra la inmigración ilegal y la lucha contra lo que se llamó el

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“mercantilismo de los cuerpos de las mujeres”, una idea que parte del movimiento feminista abolicionista. Contra lo que se pueda pensar, esta operación no ha servido para nada; cada vez hay un mayor recrudecimiento de todos los problemas. Cada vez hay más mujeres en la calle, sobre todo de Europa del Este y de la África francófona. Los estudios que elabora el Ayuntamiento de París se centran exclusivamente en la prostitución callejera, es la única que les interesa. Sin embargo,

no estudian qué es lo que sucede en los locales de alterne; no les interesa investigar en qué condiciones trabajan las mujeres. A pesar de toda esta situación tan desoladora, cuando creamos

el proyecto de Le bus de femmes estábamos muy solas; sin embar-

go, ahora una parte interesante del movimiento feminista empieza

a apoyar a las prostitutas y a reivindicar sus derechos. Nosotras seguiremos trabajando.

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La situación en nuestro país

Presentación

Hay una serie de factores que hacen difícil que se mantenga la situación de alegalidad en la que se mueve hoy la prostitución:

presiones empresariales, presiones abolicionistas, conflictos ciu- dadanos con la prostitución de calle; y, además, empieza a haber reclamaciones legales por parte de prostitutas que trabajan en clubes. Con el PP la tendencia era abolir la prostitución de calle (uti-

lizando para ello el modelo sueco) y reglamentar el trabajo en los clubes. Con el PSOE no sabemos lo que nos espera, aunque nos consta que tienen divisiones entre ellos, entre quienes coinciden con las posiciones anteriores, Rafael Simancas (portavoz del Grupo Parlamentario Socialista en la Asamblea de Madrid) por ejemplo,

y quienes se muestran más partidarios del reconocimiento de de-

rechos, como en Catalunya. Para Hetaira no son una buena solución ni las legislaciones abolicionistas ni determinadas reglamentaciones que responden

más a los intereses estatales, del empresariado o de los clientes, pero que ignoran los intereses de las prostitutas. A la luz de la experiencia de otros países, otro aspecto que

a nosotras nos parece importante es que lo que se legisle sobre la prostitución se dé en el marco de las relaciones comerciales

(Código Mercantil, Código Laboral

Para nosotras, el actual Código Penal es un instrumento más que

suficiente para defender a las trabajadoras del sexo de los abusos

y las agresiones. Estamos en contra de la reforma que se hizo del Código Penal en 1995 y que introdujo una modificación del artículo 188 en el sentido de penalizar más expresamente el proxenetismo, que queda definido como: “Lucrarse explotando la prostitución de otra per- sona, aun con el consentimiento de la misma”.

y no en el Código Penal.

)

También nos parece fundamental que el reconocimiento de la

prostitución no implique un recorte a la libertad de movimiento

y de opciones que se dan dentro de ésta. En este sentido nos opo-

nemos a los registros obligatorios controlados por la Policía o el Ministerio del Interior. Tampoco nos parece una solución que se legalice la prostitución regulando cómo debe ser ejercida (lugares, zonas, horarios, etc.) y se criminalice a todas aquellas trabajadoras del sexo que no quieran o no puedan ejercer en esas condiciones. Algunas de nuestras propuestas son las siguientes: papeles para

las inmigrantes que ya estén aquí. En el futuro, que el trabajo sexual sea considerado un medio de vida para conseguir regularizar la residencia en nuestro país. Para la prostitución de calle, negociar la utilización de los espa- cios públicos, considerando en pie de igualdad los derechos de las trabajadoras del sexo y de los vecinos. Una posible solución es la creación de zonas o barrios rojos. A nosotras, en principio, esto nos parece bien, siempre y cuando estas medidas se vayan imponiendo

a partir de políticas persuasivas no de políticas criminalizadoras. Para la prostitución en clubes, hay que entrar a regular las re- laciones laborales cuando median terceros. En esta línea, hay que tener en cuenta que la prostitución no es un trabajo como cualquier otro, sino que tiene características especiales tanto por el estigma que recae sobre quien la ejerce como por ser actos sexuales lo que se vende. Teniendo en cuenta esto y la situación actual, en la que el empresariado hace lo que le da la gana sin que las trabajadoras tengan reconocido ningún derecho, las leyes no pueden contemplar

sólo los aspectos de licencias, localización de los locales, aspectos sanitarios, etc., sino que deben defender la capacidad de autodeter- minación de las trabajadoras en su trabajo y especialmente en rela- ción a qué servicios sexuales están dispuestas a ofrecer y a quién. En este sentido es importante que se recorten las prerrogativas de

la patronal; especialmente se tiene que reconocer el derecho de las

prostitutas a escoger clientes, las condiciones de trato y los actos sexuales que se realicen.

Para hablar sobre todo esto hemos querido contar con Inés Sabanés, Ramiro García de Dios, Silvia Gay y Ana Fábregas. Inés Sabanés es concejala por Izquierda Unida en el Ayunta- miento de Madrid y defensora de la constitución del Foro sobre la Prostitución, que engloba a responsables políticos municipales y organizaciones de trabajo con prostitutas.

Ramiro García de Dios es magistrado y miembro de Jueces para la Democracia. Silvia Gay es profesora de Derecho del Trabajo en la Univer- sidad del País Vasco. Ana Fábregas pertenece al grupo Genera, integrante de Platafor- ma Comunitaria: Trabajo Sexual y Convivencia, de Barcelona.

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Espacio para el diálogo

Inés Sabanés

En el año 000 se planteó la posibilidad de creación de un Foro sobre la Prostitución en el Ayuntamiento de Madrid, con la idea de debatir, reflexionar y hacer recomendaciones sobre este tema en el ámbito de la ciudad. Hemos querido estar en el debate y en todo el conflicto, a diferencia de la actuación municipal, y sabiendo que hay distintas posiciones entre Hetaira y otras organizaciones. Siempre hemos tenido la capacidad de mantener un diálogo permanente, de tratar de intervenir sin ser excluyentes y sin plantear el debate en blanco y negro. Desde el año 999, en Madrid, como en otras grandes ciuda- des, crece la conflictividad o la visión de la conflictividad en la utilización de los espacios públicos. Debemos reconocerlo para no hacer mal los debates sin tener en cuenta todos los elementos. Es verdad que hay modificaciones de condiciones, y que los proce- sos intensos de globalización, el desplazamiento de población, la inmigración y el tráfico de mujeres introducen nuevos elementos y conflictos a considerar en el debate. Es verdad que se mantiene, como siempre, una falta de estrategia y de actuación por parte de las administraciones, da igual que sea el Senado, que sea la Fede- ración de Municipios, que sea lo local, que sea lo autonómico; se mantiene esa falta de intervención y de estrategias por parte de la Administración y se mantienen muchas contradicciones y silencios en las fuerzas políticas. Se mantiene una interlocución absoluta- mente errática para todo lo que tiene que ver con las prostitución

y con la prostitutas; las interlocuciones que son visibles son las de

las asociaciones de vecinos, de empresarios, pero en todo caso la interlocución no responde a las que, en mi criterio, deben liderarla

y ser visibles: las propias prostitutas.

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Estos elementos son los que nos llevan a intentar la construc- ción de este Foro, pero es verdad que todas las presiones, todos los elementos fuertes de conflicto se producen en expresión de organizaciones vecinales, de organizaciones de comercio, de otras organizaciones, y no de un conflicto y una exigencia de las propias prostitutas. Lo ponen seguramente de manifiesto, pero su voz no se oye. El debate se centra mucho más en la visión del efecto, no

del ejercicio de la prostitución por parte de las prostitutas; efecto sobre el comercio, sobre la utilización del espacio público, sobre una zona concreta de valor ecológico como la Casa de Campo. Pero se produce un debate, en mi criterio, erróneo, porque parte del efecto y no parte del mismo núcleo, es decir, de los trabajadores

y trabajadoras. Y, junto con esa situación, se da algo que no debemos de ob- viar: es un gran debate donde se acaban de producir coincidencias extrañas, que tendremos que analizar, de posiciones absolutamente contrarias, pero que acaban teniendo estrategias parecidas. También tenemos que poner sobre la mesa qué pasa con el debate sobre la dignidad o la indignidad; el debate sobre ciertas coincidencias en la máxima hipocresía que puede decir un programa electoral que está clara y rotundamente por la erradicación de la prostitución callejera, es decir, la que me molesta y la que no quiero ver, sin que importe el resto que tiene que ver con todo lo que rodea a la prostitución. Y a su vez se produce un gran debate en el movimiento feminista y en otros movimientos sociales que tiene que ver con la consideración de la prostitución como un elemento estructural de violencia de género, de esclavitud y de extorsión a las mujeres. Todo esto le da, en mi criterio, una nueva complejidad a ese debate porque ahí están de alguna manera coincidiendo, o aparen- temente coincidiendo, planteamientos absolutamente diferentes, contradictorios. Por ejemplo, en Madrid pasa una cosa espectacular: se pone en marcha con luz y sonido el Plan contra la Esclavitud Sexual, liderado por el Ayuntamiento. En principio nadie se puede oponer

a que exista un plan contra la violencia ejercida hacia las mujeres y

contra la explotación; en teoría ése es el lenguaje, pero en la realidad es un dispositivo policial, un dispositivo de inspección que tiene como consecuencia final la presión y disuasión de la prostitución callejera, la prostitución más vulnerable.

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Por lo tanto, creo que si alguna virtualidad tenía el Foro que en Madrid tratábamos de construir era que no queríamos mirar hacia otro lado en esta enorme contradicción y en esa tensión del debate. Somos conscientes de ese conflicto, de ese debate que atraviesa a muchas organizaciones políticas y sociales y una parte importante de todos los planteamientos que están sobre la mesa. El Foro, el espacio de diálogo, el espacio de relación que quería- mos construir en Madrid, tenía una parte muy positiva. Estábamos en la primera APRAMP, la Federación Regional de Asociaciones de Vecinos, Comisiones Obreras, Médicos del Mundo, Hetaira, Cáritas, UGT e Izquierda Unida, y estábamos también hablando con el PSOE. Por tanto, la voluntad de esa construcción es un elemento clave. No se puede empezar el debate con una posición blindada y bloquea- da, se haga desde una dirección o desde otra. La voluntad que tenía era la de buscar puntos de encuentro desde ese conflicto que quería- mos superar, ese buscar los elementos de interlocución, de buscar las soluciones con elementos de racionalidad, buscar en los derechos y en la expresión de quien reivindica las primeras soluciones. Teníamos esa voluntad y sigo reivindicando plantearlo con toda esa amplitud para eliminar los elementos de hipocresía y de distorsión que se están produciendo en este tema. Cuando se les pregunta: “¿Ustedes qué están haciendo en la ciudad?”, responden: “No, no, es que hacemos lo que podemos hacer en función de nuestras competencias”, y resulta que lo que se puede hacer en función de las competencias es llevar a la televisión regional, a la televisión estatal, a todas las radios y a todos los me- dios de comunicación a retransmitir en vivo y en directo la primera actuación de medidas contra la explotación y contra la violencia de las mujeres en la céntrica calle madrileña de la Montera. Lo que sí tenemos que determinar con fuerza es reordenar desde unas posiciones que no eludan el conflicto, que saben que existe, y eliminar las contradicciones que tienen que ver con una situación que ya no es una visión u otra visión diferente en las intervenciones con el tema de la prostitución, sino que es el tema de distorsionar y prevertir cualquier actuación diciendo que se hace en favor de las mujeres y actuando con las televisiones, como se hizo. En mi criterio (eso creo que lo han denunciado, además, las mujeres y las asociaciones), es un atentado contra los mínimos

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derechos civiles consolidados y regulados perfectamente en nuestro país. Y hay que diferenciar, no deberíamos introducir en este debate el concepto de “violencia de género” que imposibilita la comuni- cación y reduce la capacidad de entendernos. Lo que planteábamos (y mi criterio ha sido construido con lo que me han enseñado la mayoría de las organizaciones y las prostitutas que exigen tener voz en este Foro de intervención) era resolver los conflictos desde la capacidad de sindicación, de sumar esfuerzos, de poner los derechos en primer término y eliminar las confusiones perversas que se están dando no sólo en el lenguaje, sino también en las actuaciones. En el Foro introducíamos recomendaciones legales, programas de reducción de daños, programas de intervención, algunos acuer- dos y pactos con los medios de comunicación, en el tratamiento de un código ético en la prostitución. Eso podrá resolver una parte muy importante de la intervención. Seguiremos insistiendo, pues hemos tratado de hacer esa suma de esfuerzos para resolver, entre otras cuestiones, los conflictos más candentes en la utilización de los espacios públicos como un elemento de primer orden.

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¿Por mal camino?

Ramiro García de Dios

Desde el Derecho se puede ver que la prostitución tiene dis- tintos planos de tratamiento, precisamente por ser un fenómeno social muy complejo. Muy complejo porque podemos abordar la prostitución, en primer lugar, desde el Derecho constitucional y

bajar al resto del ordenamiento jurídico conforme, precisamente, a

la

jerarquía que las distintas ramas suponen. Y además va a tener,

y

de hecho lo tiene, un tratamiento distinto, por ejemplo, en el

Derecho de Familia, donde, si se sigue con una concepción de la prostitución como algo, digamos, perverso o algo malo, es evidente que va a tener un tratamiento discriminatorio para la prostitución en multitud de casos. Por ejemplo, pensemos en relación con la guardia y custodia de los hijos cuando se plantean problemas. Me voy a ceñir prácticamente de un modo telegráfico dentro de

cada una de las dos visiones de tratamiento: la visión constitucional

y la visión desde el Derecho Penal. En el plano constitucional, razonablemente, si uno se toma en serio los artículos de la Constitución relativos no sólo a derechos fundamentales sino a principios y valores fundamentales, resulta que nos encontramos con un marco de Estado liberal de Derecho tomado en serio. Es la consagración del viejo principio liberal de que todo aquello que no está expresamente prohibido está permitido. Por lo tanto, en la discusión de legalización o no legalización,

o situación de alegalidad, es evidente que puede haber distintas interpretaciones, pero, razonablemente, si uno se toma en serio esos artículos constitucionales y no los vacía de contenido ni tampoco se ciñe a la teoría de los llamados núcleos mínimos (que lo que hacen es dejar raquíticos los derechos e ir reduciéndolos poquito a poco, hasta el punto de que todos nos vamos quedando desprovistos del derecho a la libertad en sentido amplio), tenemos dentro de nuestra Constitución dos artículos que son bases para la comprensión de que

ni la prostitución puede ser considerada como un factor de estigma- tización en su ejercicio y mucho menos de discriminación. ¿Por qué? Pues sencillamente porque la conjunción de los artícu- los , del 0 y del l de la Constitución impide que se pueda tratar de forma discriminatoria ni a la prostitución como fenómeno, ni a las prostitutas o prostitutos que la ejercen. (Hay que recordar que el Derecho Penal español siempre estuvo pensando exclusivamente en la mujer, al referirse al ámbito de la prostitución. Fue a partir del año 989 cuando se cambia y se sustituye el término mujer por el de personas y así cualquier persona puede ser sujeto activo, sujeto pasivo, y entre personas del mismo sexo, es decir, prostitu- ción homosexual o prostitución heterosexual.) Al mismo tiempo, es cierto que si cogemos el término convencional legal, no hay una regulación y, por lo tanto, no hay en el ordenamiento jurídico ningún artículo que diga “queda legalizada la prostitución”. Esto, claro, va calando: ya no hay sólo la consideración más moderna, aunque en algunas sentencias se apunta, en el sentido de llevar por buen camino a las mujeres, y en la actualidad este llevar por buen camino a las mujeres se pretende sustituir por salvarlas de la esclavitud sexual. Honradamente, no entiendo cómo una determinación libre del ser humano para el ejercicio de una actividad concertada entre ter- ceros por precio, que no daña a nadie y que no causa ningún tipo de perjuicio a nadie, cómo puede ser englobada dentro del concepto de esclavitud, por lo menos del concepto de esclavitud que a mí me enseñaron desde el Derecho. Pero, en fin, ahí está el nuevo banderín de enganche, “liberar de la esclavitud sexual”, adornado también por otra figura sobredimensionada de la que hay que liberar también, ese nuevo Bin Laden que es el proxeneta. El proxeneta como un nuevo peligro público que acecha a las mujeres, que además, si lo analizamos también seriamente, sigue esa vieja concepción de las mujeres como seres frágiles, quebradizos, poco brillantes, que hay que proteger incluso contra sus libres decisiones porque incluso cuando toma libres decisiones las toma equivocadamente. Y esto es así desgraciadamente. Y en el Derecho Penal mucho más porque, como sabéis, el Derecho es un instrumento fundamen- tal que ha sido, aunque no totalmente, elaborado por hombres y es un Derecho que, en relación con las mujeres, tiene la visión de los hombres. Y podemos decir que el Derecho Penal es un instrumento esencialmente masculino.

Bueno, dicho esto y para evitar agotar el tiempo, voy a pasar

a la segunda parte: el Código Penal. En él la prostitución no está

criminalizada, el ejercicio de la prostitución no es constitutivo de ningún ilícito penal. A mí no me gusta el tratamiento de la prostitución del Código Penal, discrepo de la regulación de algunos artículos. ¿Por qué no me gusta? Porque aunque es cierto que no criminaliza (hoy la prostitución, los tipos penales, hay que verlos en un sentido de protección frente a, diríamos, el bien jurídico, la libertad sexual), lo cierto es que el Código Penal sigue manteniendo una concepción confusa cuanto menos porque no se ha atrevido a regular en el capítulo quinto algo que muchos juristas apuntaron: “Oigan, digan

ustedes, de los delitos contra el libre ejercicio de la prostitución”,

y el legislador no se atrevió y dijo: “De los delitos relativos a la

prostitución”. Fíjense que un lector medio lo que entenderá es la prostitución como un factor criminal y a la prostituta como una delincuente simbólica o, por lo menos, inserta en circuitos de marginalidad criminológica que necesita también ser tratada ade- cuadamente, es decir, con sanción desde los aparatos del Estado. Por lo que se refiere a los tipos penales concretos, es un modelo que no acabo de entender. El nuevo artículo 88 del Código Penal dice textualmente: “El que determine, empleando violencia, intimi- dación o engaño, o abusando de una situación de superioridad o de necesidad o vulnerabilidad de la víctima, a persona mayor de edad a ejercer la prostitución o a mantenerse en ella, será castigado con las penas de prisión de dos a cuatro años y multa de 12 a 24 meses. En la misma pena incurrirá el que se lucre explotando la prostitución de otra persona, aun con el consentimiento de la misma. En mi opinión como juez, si existe consentimiento entre dos personas adultas para llevar adelante un acuerdo (“tú atiendes el piso, mientras yo hago los servicios, etc.”) y se reparten las ganancias, el artículo puede considerarse inconstitucional porque atenta contra los principios de libertad y, por tanto, elevaría ese caso al Tribunal Constitucional. El Derecho Penal no debería entrar a sancionar o castigar. El legislador no puede legislar o sancionar como quiera, sino que está siempre limitado por derechos fundamentales y, entre ellos, el derecho fundamental de libertad. En el caso de la prostitución, si el legislador prohíbe o restringe, ha de tener argumentos fundados, sostenidos en el principio de proporcionalidad razonable y en el principio de necesidad fundada; si no, se entraría en la vía de la ar- bitrariedad proscrita, tal y como señala la Constitución española.

Cooperativas de prostitutas

Silvia Gay

Gracias por la oportunidad que me dan de poder compartir unas reflexiones en las que llevo trabajando desde hace varios años con los compañeros Eñaut Otazo y Marian Sanz, en el seminario que tenemos en la Facultad de Derecho de la Universidad del País Vasco, sobre el tratamiento de la prostitución, pero sobre todo, más que del tratamiento de la prostitución, de las personas que ejercen la prostitución. Y en este sentido me ha surgido el binomio globalización-inmi- gración, que es el que está presente continuamente en estos debates. Habría que decir que estos fenómenos tienen que ser analizados desde la perspectiva de género, puesto que la feminización de la pobreza, que es la que está llevándose a cabo en el planeta en estos momentos, ha derivado también en la feminización de la propia inmigración, emigración transnacional. Quisiera insistir en que la lógica del mercado de trabajo –pues- to que vamos a considerar la prostitución y a las personas que la ejercen como trabajadoras del sexo– está presidida por un razona- miento masculino, y las inmigrantes, por un lado, están ocupando los espacios laborales que las autóctonas están dejando o que no quieren; y, por otro lado, también esta misma lógica masculina del mercado de trabajo les está arrinconando hacia unos tipos de trabajo más bien marginales dentro de la consideración del modo de producción capitalista, es decir, no dentro de la consideración del trabajo productivo sino más bien dentro de todo el enfoque del trabajo reproductivo. Me refiero especialmente al trabajo domésti- co, a la hostelería, el ocio y a los servicios personales. Partimos de que la prostitución es la vertiente de la libertad en que la persona va a ejercer una profesión, va a ejercer un oficio,

reconocido, cómo no, en el artículo . de la Constitución, y el tratamiento actual lo vamos a enfocar como un trabajo y no como un problema social. Es decir, ese enfoque que está habiendo con este bombardeo últimamente del gran problema social de la prostitución, nosotros lo vamos a orillar, pero no por querer esconder la cabeza debajo del ala, sino lo queremos desmitificar, en el sentido de que estamos en estos momentos en presencia de una sociología del trabajo. Hay que abandonar esa concepción también del análisis de la sociología de la marginación en cuanto a la prostitución, y además tenemos que verla como una estrategia más que posibilite la incorporación de estas mujeres al mercado del trabajo con plenos derechos y garantías. ¿Y cuál es la respuesta del Estado?, ¿qué modelos de interven- ción legislativa se llevan a cabo? Los debates ya los conocemos: ¿Se debe regular o no la prostitución?, ¿se debe de intervenir por parte del Estado bajo la vía de la penalización?, ¿bajo la vía de la tole- rancia?, ¿bajo la vía de la promoción reguladora de derechos? Hemos visto también los modelos conocidos: prohibicionistas, abolicionistas, reglamentistas y “regulacionistas”, e insisto en la palabra “regulacionista” con el fin de la exigencia de promover que todos los poderes públicos tienen la obligación de impulsar y de remover los obstáculos que haya para que la igualdad y la libertad sean reales para todas las personas y para dotarles de derechos en el ejercicio de su profesión. En este sentido, en España hasta el momento ha habido, pu- diéramos decir, dos intervenciones reglamentistas, reglamentistas en el sentido de la protección de unos bienes jurídicos que son la salud pública, el orden público, la seguridad ciudadana; pero in- tervenciones que no han tenido para nada en cuenta a las personas que ejercen la prostitución, es decir, no ha habido una intervención dedicada a esas personas, a las propias prostitutas, puesto que, en principio, la mayoría de aquéllas son mujeres. Y permitidme que en este sentido diga una especie quizá de boutade, pero si esos porcentajes de prostitutas se fueran acercando o, si queréis, digá- moslo al contrario, si los prostitutos varones se fueran acercando al porcentaje de prostitutas, os aseguro, estoy convencidísima, que la profesión ejercida por personas adultas y libremente consentida estaría más que regulada. Nuevamente es el enfoque de género

el que también nos tiene en este tema de la prostitución bastante limitadas. Decía que había habido dos intervenciones reglamentistas, que quiero simplemente recordarlas: ordenanzas del Ayuntamiento de Bilbao de 999 al respecto, y el Decreto de la Generalitat de Catalunya de agosto de 00 y la famosa orden de desarrollo de julio de 00. No vamos a entrar sobre su análisis jurídico, pero son, insisto, intervenciones reglamentistas que protegen esa salud pública, esa seguridad ciudadana, y que van con una pura vocación de eliminar la prostitución de calle, la que molesta al ciudadano “de bien” según la concepción moral al uso. Curiosamente, esta inercia de delegar en normas administrati- vas policiales la lidia con este sector de la sociedad está teniendo un gran éxito en otras comunidades autónomas como Andalucía, Asturias, Baleares, Canarias, Castilla-La Mancha, Galicia, Madrid, Valencia, bien a instancias de los defensores del pueblo, como en el

caso de Andalucía, entre otros; o de algún fiscal jefe, como el caso del fiscal jefe de Albacete, en Castilla-La Mancha; o por sindica- tos, como Comisiones Obreras, o, por lo general, a iniciativa de Gobiernos y ayuntamientos. Todas estas administraciones públicas están estudiando políticas de intervención sobre la prostitución. Pero habría que decir que no podemos tampoco saludar o aplau- dir incondicionalmente, puesto que estoy también convencida de que se van a dedicar a proteger esos bienes de la salud pública, el orden público y la seguridad ciudadana sin reconocimiento de derechos. Creo que ya ha llegado el momento de ver cómo puede ser ese modelo “regulacionista” con los ejemplos de Alemania y Holanda

y qué vías podríamos considerar. Ya es hora de que la prostituta deje de ser considerada una delin- cuente, deje de ser considerada una víctima, deje de ser considerada también una persona potencialmente conflictiva a la cual hay que aplicarle medidas administrativas policiales. Ya es hora de que la prostituta sea una trabajadora con derechos. Y en este sentido planteamos las tres vías que podrían dar lugar

a una regulación del ejercicio libremente consentido por personas adultas. Pero seréis vosotras, las trabajadoras del sexo, las que, viendo los pros y los contras, decidáis hacia qué lado presionar para que haya una regulación, o simplemente dejar bien abiertas

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las tres posibilidades, para que haya la libre opción de cada una de vosotras en cuál de los tipos de trabajo se pueda enmarcar. Dicho esto, voy a hacer un pequeño análisis de las tres fórmulas que hay y que son el trabajo asalariado, el trabajo autónomo o el trabajo asociado. El trabajo asalariado, es decir, el que se considera propiamente como relación laboral, donde existe la trabajadora, la prostituta, y el empresario, y que van a formalizar un contrato de trabajo. La reforma septembrina del Código Penal de 00, sin veleidades de nuestra gran revolución del siglo XIX, no es válida para el ejercicio de la prostitución. ¿Por qué os digo que no es válida? Porque la otra parte, el empresariado, está criminalizado. El trabajo asala- riado, por las vías que está llevando la jurisprudencia, va a quedar para las relaciones de las camareras de alterne, es decir, para los clubes de alterne, en cuanto a que sí parece que en ese punto la

jurisprudencia lo está admitiendo, y es una relación en la que libre y voluntariamente se realiza este trabajo personalmente, pero siempre por cuenta ajena, y sobre todo dependiente y subordinado. La obligación de prestar el trabajo, de prestar los servicios, es una deuda de actividad de la trabajadora, tiene que prestarlo cediendo voluntariamente los frutos de su trabajo y de su activi- dad al empresariado; es decir, nunca una trabajadora asalariada es propietaria ni titular de su trabajo; hay una ficción jurídica que diciendo que cuando contratas y realizas un contrato de trabajo, estás cediendo plenamente los frutos de tu trabajo a esa otra perso- na. Por lo tanto, no tiene muchas ventajas, salvo en las situaciones de pluriempleo en relación a la Seguridad Social. Si una mujer, además de ejercer la prostitución, desempeña otra actividad labo-

ral (en servicio doméstico, hostelería

estará dada de alta y, por

tanto, estará cubierta por la Seguridad Social gracias a esta segunda actividad económica sí reconocida. No tiene, por el contrario, prestaciones económicas si en el ejer- cicio de la prostitución sufriera un accidente de trabajo, y tampoco tiene la cobertura de la asistencia social, puesto que al estar dada de alta por el otro trabajo ya entra dentro de la concepción del sis- tema de Seguridad Social público. Por otro lado, si una prostituta no tiene ningún contrato de trabajo, tiene la asistencia sanitaria por enfermedad común y accidente no laboral. ¿Por qué la tiene? Pues por la extensión universal de esta protección que obliga a nuestro sistema de Seguridad Social al respecto. Igualmente tiene

)

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la asistencia social, no tiene prestaciones económicas y tiene las

prestaciones no contributivas de inserción. Otra ventaja es afiliarse a un sindicato y reclamar la protección de los sindicatos conforme

al ejercicio de su libertad sindical, que es un derecho fundamental

reconocido a todos. La segunda fórmula es el trabajo autónomo. Aquí nos encon- tramos ante una relación diferente; ya no estamos hablando de una relación laboral, estamos hablando de una relación civil; ya no estamos hablando de un contrato de trabajo, estamos hablando de un contrato de arrendamiento de servicios con todas las normas y las reglas del Código Civil. En el trabajo autónomo ya no hay ese tercero, el empresario, sino que la relación es directamente de la prostituta, arrendadora de sus servicios, con el cliente, que es el arrendatario o receptor de esos servicios. Este trabajo autónomo tiene unas grandes diferencias con el trabajo asalariado, radicadas especialmente en dos aspectos:

uno es que no trabajas para otro, no tienes que ceder los frutos

de tu actividad, eres propietaria de tu actividad y de tu trabajo; y segundo, es un trabajo independiente: serás tú quien establezcas las condiciones, es un trabajo personal; no se puede trabajar au- tónomamente por representación, sino que es un trabajo personal, exactamente igual que el asalariado en este campo, y es un trabajo libre y voluntario. Decimos que la trabajadora autónoma, en este caso la prosti- tuta, tiene más ventajas que si es una trabajadora asalariada. Así parece ser, a partir de la sentencia de de diciembre de 00 de

la Audiencia Nacional (que, curiosamente, es una sentencia en la

que se anula la orden que denegaba la inscripción de la Asociación Nacional de Empresarios Mesalina, puesto que en los estatutos contenía que su objeto era el ejercicio de la prostitución propia,

y la Dirección General del Ministerio de Trabajo consideró que

ese objeto era ilícito, por más que la prostitución esté totalmente despenalizada; y por lo tanto, su realización es un objeto lícito plenamente). Pues bien, en esta sentencia se encamina la Audiencia Nacional planteando que la relación de trabajo asalariado se va a quedar para las camareras de alterne y la relación civil de trabajo autónomo se va a quedar para las prostitutas. Es bastante clara la fundamentación, permitidme que os la lea: “Nuestra jurisprudencia ha incluido en la relación laboral el supuesto en que concurra el trabajar por cuenta ajena y en el que el trabajo sea dependiente bajo

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la prestación de los servicios de alterne, aunque no identificable con la prostitución, puesto que la prostitución supone precisamente el límite del trabajo, pues el favor sexual no puede ser objeto de subordinación empresarial y un límite jurídico entre el trabajador por cuenta ajena, relación de alterne, y relación por cuenta propia, relación de prostitución, es el mismo límite entre el contrato de trabajo y el contrato civil de arrendamiento de servicios”. No cabe duda de que el trabajo autónomo tiene toda la protec- ción de la Seguridad Social, y más desde la reforma de octubre de 00, que incorpora la protección por accidente de trabajo y enfermedad profesional. Esto es sumamente importante y a tener

en cuenta. La única pega, entre otras, es que las cotizaciones corren

a cargo del trabajador autónomo. Y finalmente, el tercer tipo de trabajo es el asociado, es decir, la formación o creación de una cooperativa. Este trabajo asociado está también permitido por las diversas legislaciones sobre coo-

perativas: es un trabajo personal, remunerado, carente de ajenidad

y hay una cierta dependencia, puesto que entre todas las personas

que conforman la cooperativa tienen que organizar las propias reglas del juego. Hace años, allá por 99, descubrí en Alemania la existencia de una cooperativa de prostitutas que funcionaba muy bien. Esta mañana se nos ha recordado que esa capacidad de autogestión también está presente en Holanda y en Alemania. Está totalmente en vuestras manos la opción de alguna de las anteriores fórmulas jurídicas y, sobre todo, hacia dónde queréis encaminaros para dotar de derechos el ejercicio de vuestra profesión libremente aceptada y consentida.

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Trabajo sexual y convivencia

Ana Fábregas

En este momento, Cataluña se caracteriza por el control de las prostitutas, el favorecer a los grandes empresarios y la invisibili- zación de la prostitución de calle. La Plataforma Comunitaria: Trabajo Sexual y Convivencia la componen, actualmente, seis entidades, aunque estamos abiertas a nuevas incorporaciones. Estas entidades son El Lloc de la Dona (Hermanas Oblatas, centro de atención social); Genera (que trabaja principalmente por la defensa de los derechos de las trabajadoras del sexo); Línia d´Investigació i Cooperació amb Immigrants Treballadores Sexuals (LICIT, cuyas acciones se enmarcan en el ámbito de la acción política e investigación); Àmbit Prevenció (programa sociosanitario Àmbit Dona de prevención del VIH con trabajadoras del sexo); Secretaría de la Dona de CCOO de Cata- lunya (que está estudiando las diferentes fórmulas para regular el trabajo sexual) y Asociación Ponent (asociación de vecinos del céntrico barrio barcelonés de El Raval, el principal centro de prostitución de calle diurna). Varios han sido los objetivos que nos hemos planteado, algu- nos osados o difíciles de alcanzar pero que, sin lugar a dudas, nos ayudan a orientar nuestro trabajo y no perder el norte. Concretamente, buscamos velar por los derechos de las personas trabajadoras del sexo; promover el empoderamiento de las trabaja- doras del sexo (en el discurso siempre está muy presente el hecho de que tienen que ser ellas mimas las protagonistas, las que deben tener voz, cosa que a veces las entidades olvidan); generar espacios de reflexión, discusión y debate con la ciudadanía (no solamente con los expertos, sino empezar a discutir con el vecindario, con quien trabaja en el centro sanitario, o sea, con las personas más

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cercanas; impulsar acciones de sensibilización social). Creemos

que, o trabajamos sobre el imaginario colectivo de la prostitución,

o no habrá leyes que avancen, que tengan resultados positivos; y,

por último, ejercer de interlocutor válido frente a las administra-

ciones. Otra cosa es conseguirlo, la experiencia nos dice que no es tarea fácil.

Situación en Cataluña

Me voy a remontar a la primera vez que podemos decir que el Gobierno catalán habla de prostitución. Nos encontramos en

diciembre de 00 y Esquerra Republicana (ERC), concretamente la diputada Carme Porta, elabora una propuesta de moción, que

si bien es aprobada, se hace de manera muy reducida, podríamos

decir que “descafeinada”. La propuesta instaba al Gobierno de la Generalitat de Catalunya

a seis cuestiones. Primera, hacer gestiones ante el Gobierno del

Estado buscando el reconocimiento jurídico y profesional de las trabajadoras del sexo; crear un epígrafe para la Seguridad Social que no estigmatice, cuestión que muchas reivindican: “A mí me gustaría cotizar pero no quiero tener carné de puta, que todo el mundo me identifique como tal”; y adoptar medidas para combatir el tráfico de personas. Segunda, poner en marcha medidas de ayuda integral para las que decidan abandonar. Tercera, crear programas de ayuda para las trabajadoras del sexo, tipo guarderías que estén adaptadas a los horarios de trabajo; servicios sanitarios adecuados, etc. La lista es bastante amplia. Cuarta, crear un Consejo Asesor sobre la prostitución. Quinta, potenciar el asociacionismo de las trabajadoras del sexo. Por último, realizar reformas legislativas para regular los usos de los locales de consumo sexual. Ésta es la propuesta, y considerábamos que contemplaba las diferentes posibilidades: reconocer el trabajo sexual y ofrecer oportunidades a aquellas que en un momento dado deciden no seguir ejerciendo la prostitución.

Dos meses después, concretamente en febrero, la propuesta que- dó reducida a cuatro ítems, de los cuales destacamos dos: creación de una comisión de estudio y hacer gestiones frente al Gobierno del Estado, una forma de lavarse las manos y quedar muy bien. En palabras de la propia Carme Porta, ha sido un acuerdo para salir

dignamente del paso, aunque se aleja bastante de las propuestas que presentó su partido. Otra de las medidas era la elaboración de un estudio de la si- tuación de la prostitución e iniciar consultas a las entidades para presentarlo en seis meses. ¿Se hicieron consultas a las entidades? ¿Resultado? ¡Ah!, no sabemos. Se hizo un estudio. ¿Resultado? Sí lo sabemos y nos llevamos las manos a la cabeza porque era realmente un “corta y pega” de algunos otros estudios y en el que no se tuvo en cuenta la voz de las trabajadoras del sexo. Algo muy parecido a lo que ha ocurrido con la Comisión del Senado, que consultó a muchas entidades y personas pero que no fue capaz de elaborar conclusiones.

Decreto de regulación

El Decreto 7/00, por el cual se regulan los locales de pública concurrencia donde se ejerce la prostitución, se aprueba el de agosto, en el que la actividad política en nuestro país es “frenética”. Fue un decretazo que nos encontramos, para nuestra sorpresa, a la vuelta de vacaciones, sin más ni menos. De este Decreto cabe destacar algunos puntos importantes:

primero, la conceptualización que hace de lo que es el servicio de naturaleza sexual: “Toda actividad ejercida de manera libre e independiente por el prestador o prestadora de servicios con otras personas a cambio de una contraprestación económica y bajo su propia responsabilidad sin que haya vínculo de subordinación por lo que respecta a la actividad llevada a cabo en reservados anexos a las dependencias principales de los locales”. O sea, ¿qué es lo que nos están diciendo?: “Vamos a regular el local”, es decir, el espacio, porque las mujeres que están allí “son autónomas, independientes, y simplemente la única relación que tienen con nosotros es el alquiler de los anexos”. Por tanto, un decreto bastante hipócrita e interesado porque regula los espacios pero no el trabajo que las personas están realizando. ¿Qué es lo que regula este Decreto? El Decreto se centra princi- palmente en los requisitos que ha de tener el local: los reservados, la ubicación, lo que está prohibido, los servicios de vigilancia, los horarios (pensado para los locales de alterne nocturno), licencias, inspecciones, etc.

Es importante detenerse en un punto, el referente a los servicios sanitarios, porque, hasta ese momento, en todo el texto no aparecen en absoluto las mujeres o las personas que trabajan en los locales, pero ahora sí. ¿A través de qué? De garantizar que las personas que presten los servicios de naturaleza sexual estén sujetas a medidas de control sanitario de tipo preventivo y asistencial contenido en los programas de atención dirigidos a la prevención de las enfer- medades de transmisión sexual. A ver, garantizar. ¿Quién va a garantizar? ¡Ellos! ¡Ahí está la relación con las mujeres! El Decreto dice simplemente que habrá que fijar un rótulo advirtiendo el uso de preservativo como medi- da eficaz para prevenir las enfermedades de transmisión sexual. Perfecto, Póntelo, pónselo, etc. Sin embargo, la práctica se ha traducido en tablones de anuncios de los locales donde se exponen las analíticas de las mujeres. Es muy diferente, ¿verdad? En julio de 00, también mes en el que empiezan a vaguear un poco los políticos, se aprueba el modelo de Ordenanza Muni- cipal de aplicación del Decreto, respondiendo a lo que dicta éste, es decir, a que cada municipio, en menos de seis meses, elabore una ordenanza en referencia al Decreto. Como muchos municipios no la habían hecho, se redactó una ordenanza tipo, estándar, que es igual para todos los municipios y lo único que concreta son las distancias a las que tienen que estar un local de otro. De nuevo no se habla de derechos. Bueno, ésta es la maravilla que tenemos en Cataluña. He de deciros que este Decreto ha sido recurrido por un grupo de enti- dades abolicionistas. Fue curiosa la reacción de la Asociación Nacional de Empre- sarios de Locales de Alterne (ANELA) frente al Decreto. Hace unos días, en una charla en la que había un representante de esta asociación, informó a los presentes que los locales acreditados por ANELA no realizan más alterne. El porqué de este cambio es sencillo: la Audiencia Nacional reconoce el alterne como activi- dad laboral, lo que supondría que todos estos locales tendrían que empezar a contratar a las mujeres de alterne y a pagar. Por tanto, es más fácil cambiar y ahora “no hacer alterne”, solamente ofrecer un espacio a las mujeres para que ejerzan prostitución. Un poco más de hipocresía.

Pacto para un Gobierno catalanista y progresista PSC-PSOE, ERC e ICV (13 de diciembre de 2003)

ERC, cuando presentó en 00 su moción, era un grupo mi- noritario, pero luego, cuando llegó al Gobierno, dijo: “Vamos a recuperar aquello que nosotras queríamos”, y en “el pacto para un Gobierno catalanista y progresista”, o sea, el tripartito (el Partido Socialista, Esquerra Republicana e Iniciativa per Catalunya),

concreta en el ítem cuatro, el referido a las mujeres, y recupera las intenciones que tenía en un principio, la moción presentada por Esquerra Republicana de la siguiente manera: intentar avanzar en la regularización de las trabajadoras del sexo; reforzar las me- didas para combatir el proxenetismo, especialmente el tráfico de personas; y articular medidas de apoyo para aquellas que quieran abandonar o dejar la prostitución e impulsar programas de apoyo

a las personas que ejercen esta actividad. Eso consta en el acuerdo de Gobierno, está en el papel, está en Internet, o sea, que es público. ¿Y cómo lo están canalizando? Defi-

niendo que sería el Institut Català de la Dona (ICD) el que lo llevaría

a cabo. Hasta el momento actual, la respuesta ha sido muy positiva.

Es curioso destacar que el día en que Marta Selva, la presidenta, se presentó públicamente, expuso todo el programa, que eran como unas doce páginas; sólo en una de ellas hacía referencia al tema de la prostitución. Sin embargo, los medios de comunicación se interesaron única y exclusivamente por este tema y al día siguiente los medios bombardearon a la presidenta con preguntas sobre la prostitución. En este caso el resultado fue interesante porque, ante esta situación de “acoso mediático”, la presidenta llamó a las enti- dades para decirnos: “Las que tienen que hablar de este tema y las que tienen que definir y las que tienen que ayudarnos son ustedes, nosotras no vamos a poder solas; y no solamente ustedes, sino con las mujeres, las trabajadoras del sexo”. Y de hecho, tal ha sido el interés, que han participado en reuniones en las que las mujeres están diciendo qué es lo que quieren y cómo lo quieren. Parece que tenemos un contexto lindo y maravilloso, pero ,in- felizmente en el día a día no es así. Hay voluntad política, pero las actuaciones concretas que se llevan en la ciudad son muy similares, por no decir iguales, a las de Madrid. Es interesante, para situarnos, hacer una pequeña historia de

estas acciones en Barcelona.

Situación en Barcelona – Distrito de Ciutat Vella

En el año 99, en Barcelona, con motivo de las Olimpiadas, el objetivo del Ayuntamiento era el de “limpiar” la ciudad. Para ello se llevó a cabo el cierre masivo de meublés (término para designar los lugares donde se ocupan las mujeres). Se cerraron un total de 9 meublés. Entre 2000 y 2002, ante el cambio de perfil de las mujeres, como en todas las ciudades, por la llegada de un número considerable de inmigrantes, las quejas vecinales vuelven a ser protagonistas y la Administración municipal, que tiene muy presente un plan urba- nístico de mejora del barrio, pone en marcha varios mecanismos de presión para la erradicación de los meublés. Concretamente, aplican el Plan de Usos de Establecimientos de Concurrencia Pública de 000, cerrando los diferentes meublés de la zona con la justificación de la

ausencia de licencia para tal uso. Igualmente, los controles de extranjería se acentúan, con las consecuentes detenciones y deportaciones. Pero aquí no aca- ba todo. En el año 00, se aprueba

el Plan de Acción

del Distrito (PAD)

y se contemplan

acciones contra la prostitución con el único objetivo de

erradicarla, aunque, para contentar a las entidades, plantean también una mesa de trabajo y un proyec-

to de mediación co-

munitaria. Acciones estas últimas que no

han tenido ningún

fruto. Es curioso, y muy significativo, que dichas acciones

se enmarcaran en el

ámbito de seguridad ciudadana.

se enmarcaran en el ámbito de seguridad ciudadana.  El día 19 de octubre de 2003

El día 19 de octubre de 2003 las trabajadoras del sexo se dejan oír de nuevo en las calles de Barcelona y Madrid.

Acciones de la Plataforma Comunitaria

Ante esta situación, las diferentes entidades que formamos

parte de la Plataforma Comunitaria Trabajo Sexual y Conviven- cia nos hemos planteado los siguientes objetivos. A nivel interno:

proceso de acercamiento de discursos; consensuar los objetivos y líneas de trabajo; y coordinación del trabajo, evitar duplicidades

y complementariedad. Entendíamos que, antes de iniciar ninguna acción, debíamos trabajar internamente y consensuar los discursos. El objetivo que todas perseguíamos lo teníamos claro, pero nuestras procedencias

y nuestras maneras de pensar no siempre han convergido. A nivel político: manifestación en pro de los derechos de las trabajadoras del sexo en octubre de 00; mesa de trabajo en el Distrito I, de Ciutat Vella; búsqueda de alianzas en los diferentes partidos políticos; búsqueda de interlocutores en las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado; y acciones de sensibilización con otras entidades. Éstas son las acciones que consideramos hay que priorizar, sobre todo para minimizar los efectos que están teniendo en la vida de las mujeres las diferentes acciones del Gobierno municipal. En cuanto a las acciones que hemos llevado a cabo, hay que destacar que se ha priorizado el trabajo con las mujeres, la búsqueda de formas para que sea su voz la que se escuche. Acciones de la Plataforma con las mujeres: organización de las tra- bajadoras del sexo; proceso de consulta sobre las propuestas del Institut Català de la Dona; dos reuniones (0 y 0 mujeres, respectivamente) donde acudió la presidenta para recoger sus peticiones; ponerle palabras a los conflictos y reivindicaciones; y trabajo de cohesión de grupo. Por último, y muy rápidamente, me permito apuntar algunos aspectos que creo nos diferencian de otras ciudades, concretamente de Madrid, y nos hacen ver, a pesar del panorama que he presentado, que aún hay muchas cosas que se pueden hacer y posibilidades de avanzar. Concretamente: no estamos en el centro estratégico de de- cisiones políticas reales; no hay personas en estancias de poder que tengan un discurso muy definido; hay una cierta voluntad política por parte del Gobierno de la Generalitat de Catalunya e inquietud

e interés de las entidades en trabajar conjuntamente.

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Las prostitutas se organizan:

hablan las trabajadoras del sexo

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Presentación

Desde que creamos Hetaira, en 99, las mujeres que emprendi- mos esta aventura hemos tenido claro que uno de nuestros objetivos fundamentales es promover la autoorganización de las prostitutas y conseguir así que su voz se oiga en la sociedad. Éste no es un objetivo fácil. Los tiempos que corren no son precisamente favorables para la organización en general, y menos de un sector de la población que presenta unas características es- peciales que impiden crear lazos organizativos estables. Se da una gran movilidad laboral (hoy se trabaja aquí y mañana allá); existen

intereses diversos entre ellas, dependiendo del origen nacional, de

), del

hecho de ser mujeres, hombres o transexuales

todas ellas atravesadas por una dificultad fundamental: el estigma que pesa sobre quienes ejercen la prostitución, especialmente si se trata de mujeres, y no digamos ya si son inmigrantes. Organizarse quiere decir “dar la cara” y eso es especialmente difícil si eres prostituta. Ejercer como trabajadora del sexo impli- ca que la sociedad te vea como una especie particular de mujer y que, a partir de ahí, toda tu vida y tus actos se contemplen bajo un prisma, encaminado a denigrarte y a recordarte, las horas del día, a qué te dedicas y quién eres. Superar este estigma y convertir aquello que nos quieren hacer vivir como una tara en un motivo de orgullo no es fácil. Individualmente es imposible, pero juntándonos con otras mu- jeres, sean éstas prostitutas o se dediquen a otra actividad laboral,

Especificidades

las zonas y las maneras de trabajar (en la calle, en clubes

se demuestra que es posible. Hablar de lo que implica el estigma de putas para todas las mujeres, compartir nuestras vivencias,

intercambiar saber y experiencias

las riquezas mayores de nuestro colectivo. Cuando empezamos, en nuestro país, estábamos solas. Aunque no existía ninguna organización similar a la nuestra, contamos con

ha sido y sigue siendo una de

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el apoyo de nuestras amigas de Transexualia, una organización que reúne a un porcentaje importante de transexuales femeninas que ejercen la prostitución. Al poco tiempo comienza su anda- dura LICIT (Línia d´Investigació i Cooperació amb Immigrants Treballadores Sexuals), un grupo que actúa en Barcelona, con el que mantenemos lazos fraternales y con el que intercambiamos experiencia y apoyo mutuo. En 00 nace AMEP (Asociación de Mujeres que Ejercen la Prostitución), un grupo que actúa en Sevilla

y con el que compartimos objetivos comunes. A pesar de las dificultades, hemos avanzado en estos años. Cada vez hay más personas y grupos que trabajan en proyectos de prostitución desde una perspectiva que favorece el empoderamiento de las prostitutas. Incluso algunos sectores que, en principio, se dedicaban a este trabajo desde una perspectiva abolicionista, hoy defienden la necesidad de contemplar sus derechos y darles voz. En este sentido, seguro que no están en esta mesa redonda todas las

que podrían estar. Porque dar la cara e identificarte como prostituta ante la sociedad conlleva un proceso. Se empieza acudiendo a las reuniones, atreviéndose a decir a lo que te dedicas en pequeños núcleos, en determinadas reuniones, ante algunas instituciones, y finalmente se da el salto de aparecer en los medios de comunica- ción exigiendo derechos. Sabemos que muchas prostitutas están en este camino. Para la mesa redonda de hoy hemos querido contar con aquellas prostitutas que son representativas de otras; que están organizadas

y que se baten el cobre día a día para defender sus derechos y los

de sus compañeras; que hacen esfuerzos por encontrar las reivindi- caciones comunes, por organizar y promover la rebeldía entre sus compañeras; por plantar cara ante la sociedad y las instituciones; aquellas que exigen a los medios de comunicación ser tratadas con dignidad y respeto, dejando a un lado el morbo y el desprecio. Ellas son Margarita Carreras, María José Barrera, Carolina Hernández, Nancy Losada y Hedi Rueda. Margarita Carreras es trabajadoratrabajadora deldel sexosexo enen BarcelonaBarcelona yy miem-miem-

bro del colectivo Línia d´Investigació i Cooperació amb Immigrants Treballadores Sexuals (LICIT). Ella se pregunta por qué la gente adopta posturas de sorpresa o indignación y no de incertidumbre

e interés cuando conocen a una prostituta. Además, dice que si la prostitución fuera considerada un trabajo: Tendríamos mayor autonomía sobre nuestras vidas y obtendríamos una herramienta

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muy poderosa para acabar con el estigma y con nuestra forzosa doble vida”. María José Barrera pertenece a la Asociación de Mujeres que Ejercen la Prostitución (AMEP) de Andalucía, que se creó en Se- villa en noviembre de 00. Carolina Hernández, de nacionalidad ecuatoriana, es transexual, trabajadora del sexo y miembro de Hetaira. Este es un pequeño ex- tracto de una de sus conferencias: “Las mujeres que están en la calle son principalmente inmigrantes. La vida, la cultura y el entorno en el que viven en su país no es el mismo que el que encontramos aquí. Por eso, en lugar de criminalizarlas y marginarlas, deberíamos tener en cuenta sus necesidades y tratar de solventarlas”. Nancy Losada, de nacionalidad española, es transexual y tra- bajadora del sexo. Confundadora de Transexualia y de Hetaira, actualmente trabaja como mediadora social en la organización Médicos del Mundo. Heidi Rueda, de nacionalidad ecuatoriana, ha ejercido la pros- titución durante años, primero en Ecuador y después en la calle de la Montera de Madrid. En 00 deja la calle, pero explica:“No ejerzo, pero les echo una mano. Siempre digo que aún soy pros- tituta. Me gusta ser prostituta, me siento bien”. Es colaboradora del colectivo Hetaira.

Por qué no

Margarita Carreras

Soy Margarita Carreras y no soy prostituta sino que trabajo de prostituta. Cuando no trabajo de prostituta, trabajo de camarera de pisos o como mediadora intercultural. Lo digo contundentemente porque todo el mundo tiende a catalogar a las prostitutas por lo que trabajamos y no por lo que somos. La Constitución española me ampara como a una persona con derechos y deberes, y además me da el privilegio de poder decidir cuándo quiero trabajar, dónde quiero trabajar y de qué quiero trabajar. Esto quiero que quede muy claro para todo el que tenga una idea confusa de lo que somos las personas que trabajamos en la prostitución; somos, ante todo, personas que trabajamos en la prostitución. Mi ponencia se titula “Por qué no”. Cuando hablamos de prosti- tución la gente suele adoptar actitudes de sorpresa e incertidumbre. A mí me gustaría que la actitud fuera de interés por informarse, por escuchar, por aprender. Normalmente, muchas personas opinan so- bre la prostitución sin tener información suficiente para hacerlo. Para mí es muy importante conseguir que quienes ejercen la prostitución tengan la mayor autonomía posible en sus vidas, y esto se consigue si se mejoran las condiciones laborales de nuestro oficio. Podremos acabar así con el estigma que nos rodea y con la forzosa doble vida que nos obligan a llevar. La hipocresía social nos obliga a desdoblar nuestra personalidad, tenemos dos vidas:

la visible y la invisible. Las trabajadoras sexuales vivimos con angustia que otras personas sepan cuál es nuestra actividad laboral. Normalmente vivimos con temor al rechazo, no sólo por nosotras sino porque puede afectar también a las vidas de nuestras hijas, madres y familias. Lo he vivido. Me ha pasado con mi hija, que tan sólo tiene seis años, y que ha tenido que soportar que otras madres

del colegio adviertan a sus hijos de que ella no es una buena com- pañía, sólo porque yo, su madre, trabajo de prostituta. Pienso que estas madres deberían educar a sus hijos en la tolerancia, no en el rechazo a quienes no son como ellas. Y desde luego, mi hija no de-

bería ser discriminada por el hecho de que yo ejerza la prostitución. Los prejuicios están en la cabeza de las personas mayores, no en la de los niños. No entiendo por qué hay personas que me juzgan y sentencian sin tan siquiera conocerme. Prefiero respetar a todo el mundo y exijo igual respeto para mí. Igual sucede con las personas que te ven parada en la calle y te miran perdonándote la vida. ¿Por qué somos tan inhumanos los unos con los otros? Seamos mejores personas, ser amables no cuesta nada, es gratis. A veces trabajo como camarera de pisos en hoteles de cuatro estrellas, porque ya que he decidido ser fregona, por lo menos que sea en lugares mejor remunerados. La explotación laboral es la misma, pero pagan más. Tengo un horario y un sueldo fijos. Cuando trabajo en la prostitución el horario lo pongo yo y no tengo sueldo fijo; el salario lo fijo yo, pongo precio a mis servicios sexuales y

a mi tiempo. Hay quienes me dicen: “Es que tú te vendes”. Esto

es totalmente erróneo. Yo, simplemente, presto unos servicios a cambio de dinero. Todos prestamos nuestro tiempo porque nos pagan a final de mes. He trabajado en muchos lugares, en algunos me han respetado como trabajadora y en otros no. En el trabajo sexual pasa lo mismo. Hay clientes que piensan que son los que mandan, los que ordenan, dentro y fuera de la prostitución. Trato a todos mis clientes con respeto y, a veces, consigo que me traten con el mismo respeto. Me interesa, sobre todo, que sean pacíficos, que tengamos un en-

cuentro tranquilo. El trabajo sexual no sólo es una relación física,

hay también comunicación, diálogo

La gente busca compañía

porque la peor enfermedad de este siglo es la soledad. Los clientes piensan en pasar un buen rato y en salir del encuentro con su ego alimentado. Según mi experiencia, en el trabajo sexual encuentras más

compañerismo que en otros empleos. En otros trabajos siempre te encuentras con quienes piensan que les vas a quitar el puesto y te

hacen la vida imposible o te amargan los días de traba