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PRIMERA EDICION

Noviembre de 1999

DIAGRAMACIÓN E IMPRESIÓN (Sic) Editorial Ltda. Centro Empresarial Chicamocha Of. 303 Sur Telef: (97) 6343558 - Fax (97) 6455869 Bucaramanga - Colombia

DISEÑO DE CARATULA E ILUSTRACIONES INTERIORES

Eliana Rondón

ISBN: 958-8150-01-9

Prohibida la reproducción parcial o total de esta obra, por cualquier medio, sin autorización escrita del autor

Impreso en Colombia

Nota del Editor

La corrección de la edición ha sido responsabilidad del autor.

PRÓLOGO

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INTRODUCCIÓN

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IMAGEN

21

AMARTE ES MORIR

23

TE ESPERO

25

SOÑE CON TU CUERPO

27

QUIERO LLORAR

29

TE VAS

31

GRITO

33

PERO DE TI NO TENGO NADA

35

APOYADO SOBRE LOS CODOS

37

VUELAN TUS LABIOS

39

SI NO DESPIERTO EN TI MAS QUE COSTUMBRE

41

CANTA CIGARRA

43

AGUA Y ACEITE

45

TE MARCHAS EN EL INVIERNO FRIO

47

VESPERTINA

49

PAISAJE DE UN DIFUNTO VIVO Y DE LA ESPERA

51

BESO

53

PAISAJE

55

YO QUERIA RETENERTE

57

ME ABANDONO YERTO

59

BEZOS

61

IN MORTIS

63

IN MATERIA

65

SE DE UNA MUJER

67

YO VI SECARSE LAS GOTAS

69

ALGUN DIA

71

AMOR TU HAS SIDO MI ULTIMO SUSPIRO

73

8

Porque amarte es morir, yo te amo.

Henry Navarro

Una de las pocas señales de esperanza en un mundo tan vaciado de espíritu como el de nuestros días, es que se sigan escribiendo poemas de amor. Y que quienes los hacen, en su gran mayoría, no sean «escritores» (ni de profesión ni por vocación), sino enamorados o desenamorados de todas las condiciones, talentos y modos de ser.

En cierto modo, la llamada cultura moderna es antirromántica: se ha erigido a pesar y en contra de todo aquello que puede considerarse romántico. Tanto es así, que ya se ha olvidado qué quería decir esta palabra en labios de los románticos que la acuñaron, como el poeta Novalis. Actualmente se utiliza para referirse a lo relativo al enamoramiento y sus conocidas consecuencias. Lo cual quiere decir que prácticamente el único síntoma romántico que pervive en la cultura social es esa tendencia a sublimar al ser amado, a convertirlo en absoluto, que pocos ciudadanos de Occidente pueden evitar. Quién, al desear sexualmente a alguien, no se ha enamorado, así sea sólo una vez? Quién puede afirmar que jamás ha sufrido esa enfermedad del alma?

Cuando las relaciones de pareja suplanten del todo los noviazgos y una sana y prudente sexualidad sustituya al desordenado afán, mezcla de pasión carnal y ansiedad metafísica, que nos domina todavía ante el objeto erótico, del romanticismo no quedará más que el nombre: «será sólo historia».

La literatura contemporánea exhibe como uno de sus más preciados trofeos la cabeza de la lírica amorosa, ante la cual sonríen los jóvenes escritores desde hace siglo y medio. Una de las primeras lecciones que el aspirante a literato recibe, es la de aprender a extirpar sin escrúpulos cualquier vestigio de romanticismo visible en sus composiciones. El sentimiento es de mal gusto, está mal visto entre los artistas de vanguardia.

Pero ese género poético ha sobrevivido a las guerras, escepticismos y frivolidades, precisamente porque no es ya literatura sino testimonio vital; es decir, lugar común: ritual que se celebra para sacralizar o eternizar un acontecimiento considerado esencial, para que no sucumba entre las garras del espaciotiempo que todo lo devora.

Si alguien le dice al amado ausente: «Sin tí no soy nada», está repitiendo, aún sin saberlo, una fórmula ritual, está rezando una oración que los otros de la tribu, en esas circunstancias, rezarían también. Por eso casi todos los poemas de amor dicen lo mismo. Su originalidad consiste en eso: en reiterar unas claves arquetípicas, universales y primigenias. Antes de abordar cualquier libro de versos de amor, el lector conoce su contenido, sabe lo que se le va a contar y cantar: alguien se ha enamorado y su amado se halla ausente; el mundo, sin esa ella o ese él, se vuelve una prisión insoportable; cunde la tristeza; la sensibilidad se acrecienta; entre más se sufre esa pasión, más belleza suscita

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Se ha cantado algo nuevo con respecto al amor que ya no haya cantado Orfeo acompañado por su lira, después de perder para siempre a su amada? El triángulo Amor-Belleza-Muerte es una constante humana que se activa con la incontenible energía de un instinto y a la vez se asimila a un designio divino. El amor romántico es un vicio sagrado que aún persiste. Un pecado que nos enemista con el mundo y nos hace anhelar lo ausente, sublimarlo, enaltecerlo tanto que ya no podemos poseerlo, pues la amada que imaginamos en la soledad siempre es más bella que la que nos visita al despertar, no es en realidad la misma. Nos enamoramos más del amor que del amado, se ha dicho. En presencia del amado, nos apasionamos; en su ausencia, nos enamoramos.

Cuando dejemos de desear lo ausente, de querer lo imposible, ya no seremos más que homínidos. Para que ello ocurriera deberíamos olvidar las antiguas e inevitables fórmulas que las canciones y versos de amor perpetúan. Desterrar sus lugares comunes de los libros y el habla cotidiana. Educar una nueva humanidad que jamás los escuche. Y además, y ante todo, eliminar del psiquismo colectivo los factores que nos inclinan a decir de pronto, cuando aquel a quien deseamos no está, cosas como estas: «Te amo más que a mi vida».

Los trovadores provenzales fueron los primeros oficiantes, en la tradición europea, de ese ritual consistente en componer canciones a partir de un breve conjunto de fórmulas y tópicos que contienen una «clave» o mensaje cifrado, mediante el cual podían transmitirse y propagarse en secreto los principios de una religión prohibida: la Religión de Amor. Tal y como lo demuestra en su brillante estudio sobre la historia del sentimiento amoroso en la cultura occidental el belga Denis de Rougemont (El amor en Occidente), esa forma de amar que la lírica trovadoresca celebró y difundió por los cuatro

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rincones de Europa, denominada el amor cortés, es a la vez una doctrina religiosa. Desaparecidos sus cultores, extirpada la herejía hacia el siglo XIV, sobrevivió el género poético, sobre el cual se edificó la tradición poética occidental: Dante, Petrarca, Miguel Ángel, Garcilaso de la Vega y demás se alimentaron directamente de esa fuente.

Sin darnos cuenta, al enamorarnos como lo hacemos, tal y como se expresa esa pasión en las baladas o poemas románticos, estamos practicando los rituales de un culto que ignoramos. En pocas palabras, esa religión o mito propone lo siguiente: el alma, prisionera de este mundo terrenal, se encuentra encadenada a él por las pasiones corporales, por los deseos de poseer objetos materiales. Difícilmente puede alzar la vista a los cielos y experimentar el deseo de alcanzar lo espiritual, de donde se halla desterrada, y cuya realidad ha llegado a olvidar casi del todo. Pero hay una vía para hacerlo:

un medio, un camino por el cual el alma despierta y siente el deseo compulsivo de salirse del cuerpo para ir al encuentro de un otro: el amor; esa locura que se apodera de un hombre cuando además de desear la carne de la mujer desea también su alma y se atreve a contemplar su imagen sin cuerpo, a adorarla también cuando no está presente. Al anhelar intensamente esa ausencia, el alma del amante se desliga de lo demás; se va liberando de lo terrenal; se espiritualiza.

Así que los antiguos trovadores se enamoraban a propósito de una dama a la que no podían acceder sensualmente sino sólo por vías poéticas. Se enamoraban de la belleza del alma de una mujer con la que en ocasiones ni siquiera habían hablado, y le enviaban sus canciones con un juglar que las interpretaba ante ella sin revelar la identidad del autor. Pues la belleza de la amada era la imagen de Dios en la tierra.

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dulzura de las manos imposibles de tocar.

H. N.

Quien escribe poemas para conjurar la ausencia de la amada se compromete, casi siempre sin saberlo ni quererlo, en un juego riesgoso; sus propios versos urden las redes que inmovilizan su razón y su voluntad consciente, y lo dejan a merced de ese genio angelical y diabólico que llamamos Amor; se convierte en un prosélito de su temible religión. Así lo advierte el poeta florentino Guido Cavalcanti, el amigo de Dante, en el siguiente soneto:

la

Mis locos ojos, en cuanto miraron vuestra figura llena de valor, ellos de vos, mi dama, me acusaron donde su feroz corte tiene Amor, y sin perder momento le mostraron cómo de vos me hiciera servidor; con lo cual ayes y dolor me entraron viendo en el corazón claro el temor.

Me llevaron al punto, imperativos, a un lugar donde estaba mucha gente, todos de Amor quejándose muy fuerte.

Ellos al verme, y mucho compasivos, dijeron: «De ella haciéndote sirviente, esperar ya no puedes sino muerte». 1

La primera visión que acomete a Dante Alighieri después de haber sido saludado por primera vez por Beatriz, es descrita

1 Traducción de Juan Ramón Masoliver.

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así en el primer soneto referente a ella, y que se titula A toda alma cautiva:

Casi terciadas

estaban ya las horas del tiempo en que ilumina toda estrella, cuando de pronto me apareció Amor, cuyo aspecto me horroriza

recordar. Amor me parecía alegre, y tenía en su mano mi corazón, y en sus brazos llevaba a mi dama, que dormía cubierta con un paño.

Después la despertó, y del corazón ardiente ella con humildad comía temerosa: luego lo vi marchar llorando. 2

No extraña, entonces, que en uno de los poemas con que se abre el libro que suscita estas reflexiones, Versos de amor y de ausencia de Henry Javier Navarro, se exprese el mismo fenómeno:

tenerte dentro

es vivir sin vida; enloquecer

Y sobre la quietud de la noche sin riveras te sigo amando; continúo sufriendo, forjando un silencio que a menudo me asesina. Porque amarte es morir, yo te amo.

2 Traduc. de Julio Martínez Mesanza.

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Al escribirle a la amada, se ponen en funcionamiento una serie de imágenes, analogías, impresiones, sentires que parecen conformar un sistema relativamente autónomo, un «complejo» anímico que posee al sujeto y lo encamina por una vía de índole mística, de sentido contrario al del suceso existencial que aparentemente lo ha motivado: la pasión experimentada por una mujer con nombre y cuerpo propios. Al hallarse ausente ese objeto amado, se le imagina, se le sueña:

Soñé con tu cuerpo junto al mío, desnudo y cálido sobre una oscura llovizna.

Y al despertar me hallé

solo y triste, añorando tu presencia.

A quién se comienza a añorar al despertar? Al cuerpo de la

amada o a la imagen de su alma?

A una entidad de carne y hueso o a un ser espiritual? En

otro poema de significativo título, In materia, escribe el

enamorado:

Yo busco la estancia de tu espíritu

Acaso no te beso,

ni siquiera puedo verte. No hay recuerdos. Mi cuerpo circunda el espacio material y tu claridad se opaca como el sueño, sin historia.

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De este modo el ser amado se desdobla: una es la mujer de la vigilia; otra, la del ensueño poético. Cuando la una se va irrumpe la otra:

Te vas

y ya dispuesto todo:

el escuálido equipaje,

la mirada endurecida

y el caminar resuelto hacia el umbral, vuelves a mirarme.

Y

sin palabra que medie

te

marchas a paso lento.

Yo te miro desde adentro, hasta que tu figura se desdibuja entre el cielo y la tierra. Luego te sueño a mi lado, sollozando, esperando una vez más la hora del adiós.

Cuando la amada de la vigilia parte definitivamente, la otra se queda para siempre, suspendida, ora visible, ora oculta, en la eternidad de la espera:

Era el invierno. El invierno que iba y volvía sin tí.

Y yo estuve allí sentado

toda la vida, aguardándote.

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Quien escribe un poema de amor termina viviendo otra aventura con una dama misteriosa que no es la que lo inspira (o tal vez sí?). No se trata de un juego inocuo; nadie que lo haya hecho sale indemne. Pues de pronto puede resultarle más bella y deseable la imagen de la amada ausente (la desnudez de su alma cuando su cuerpo parte), que su presencia. Y termine siéndole infiel a la primera con la otra, la del ensueño, la de la poesía, la del otro mundo, la que nos llama a la Muerte y nos cautiva con su insólito canto.

Lo mejor es entonces dejar de oír su voz cuando la ella de la vida real se ha alejado. Se podría, claro está, partir al Reino de Hades como Orfeo, para recobrar su alma. Lo más prudente, no obstante, es hacer como Odiseo: amarrarse bien al mástil que sostiene nuestra frágil realidad, olvidar o simular ese olvido para que la hermosa sombra regrese al lugar de donde vino.

Retorna el silencio. Pocos corazones escuchan el canto de Sirena. Ha vuelto al ensueño su cristal atribulado.

*

Rymel Eduardo Serrano Noviembre, 1999

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VERSOS DE AMOR Y DE AUSENCIA no es sólo una colección de poemas que canta al amor, a la mujer, y a la soledad; es también la vivencia de cualquier joven que sueña, ama y sufre, sin que por ello renuncie necesariamente al eterno retorno de soñar, amar y sufrir una y otra vez.

Escribir, decía Nietzche, es «tratar de hacer útiles para los demás nuestros propios sufrimientos, convirtiéndolos en arte». Tal ha sido el propósito de este libro, cuyos versos nacieron por la necesidad de cerrar el paso a cualquier intento de renunciar a la vida.

Cada poema simboliza un recuerdo filtrado a través del tiempo, por medio del cual se evocan los espacios llenos de anécdotas, sombríos, nostálgicos que “ayudan a vivir” y que al fin y al cabo, son el mejor alimento para el alma.

Por esta, más que por otra razón han sido seleccionados.

El autor