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El desarrollo de la compet encia social y ciudadana Dr. Franklin Martínez Mendoza Consultor internacional

El desarrollo de la competencia social y ciudadana Dr. Franklin Martínez Mendoza Consultor internacional - Cuba

El niño desde que nace es un ser social, ello quiere decir que su personalidad se forma dentro del conjunto de relaciones sociales en que se desenvuelve, y hace a su competencia social no solo como un medio de establecer contactos apropiados con los que le rodean, sino también con respecto a su formación como individuo, como persona, como personalidad.

La educación valora como competencia por lo general al conjunto de capacidades que incluye conocimientos, actitudes, habilidades y destrezas que alcanzan mediante los procesos de aprendizaje, que se manifiestan en situaciones y contextos diversos y que posibilitan actuar y resolver determinadas situaciones.

UNESCO, en 1999, define la competencia como un conjunto de comportamientos socioafectivos y habilidades cognoscitivas psicológicas, sensoriales y motoras que permiten llevar a cabo adecuadamente un desempeño, una función, una actividad o una tarea.

Las competencias, son entendidas entonces como la capacidad de utilizar el saber adquirido para aprender, actuar y relacionarse con los demás.

En este sentido el desarrollo social del niño depende de su lugar en el sistema de relaciones sociales, de las condiciones objetivas que determinan el carácter de su conducta y las particularidades del desarrollo de la personalidad.

Las competencias sociales hacen referencia, por lo tanto, a las habilidades y estrategias socio-cognitivas con las que el niño cuenta, y que pueden incluir habilidades sociales y otros aspectos como el propio control, la autorregulación emocional, y las habilidades para resolver los problemas que la vida le plantea en la vida diaria en el plano social.

La mayoría de las escuelas y tendencias psicológicas consideran al desarrollo social y al moral como el núcleo central de la personalidad, puesto que, por ser esta el nivel superior de regulación de la actividad del hombre, la proyección social y moral que este asuma configura en gran medida su comportamiento general, su enfoque de la vida, y su acción en el mundo material y espiritual.

De esta manera se destaca que las relaciones con los iguales, así como su descubrimiento e integración es un proceso progresivo que transcurre a lo largo de toda la primera infancia, y que se consolida hacia sus finales con la presencia del juego de roles como actividad directriz del desarrollo.

Esto hace que la dirección de la comunicación de los niños y niñas que en la lactancia e infancia temprana estaba dirigida a los objetos y los adultos quede relegada por la de la comunicación con los iguales, que ocupan significativamente la mayor parte de su tiempo diario, esto es de extraordinaria importancia a los fines de las actividades y programas a desarrollar en estas edades.

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2 Se ha logrado consenso también en que l as condiciones de vida y educación son

Se ha logrado consenso también en que las condiciones de vida y educación son determinantes para la calidad de la vida y la formación del ser humano, de su desarrollo psíquico, en fin de su personalidad.

Para lograr estos propósitos es indispensable conocer, en primer lugar cómo transcurre el proceso, mediante el cual, un ser totalmente indefenso y necesitado de protección, afecto y estimulación deviene en personalidad y se convierte en un ser capaz de regular de forma consciente y estable su comportamiento, transformar el

mundo que lo rodea y transformarse a sí mismo, a partir del conocimiento de sus potencialidades y del papel que juega como individuo en la sociedad que le toca vivir,

y en segundo lugar, el papel que le corresponde a “los otros” en este proceso.

Es así como el desarrollo de la personalidad es inseparable de la educación. Ahora bien, podríamos preguntarnos en este punto del análisis, ¿cómo incorporan el niño y la niña la experiencia social plasmada en los objetos de la cultura con los cuales comienza a relacionarse desde el momento de su nacimiento? Resulta obvio que los niños y las niñas no dominan de manera independiente toda la experiencia social que la humanidad en su largo devenir ha plasmado en los objetos de la cultura material y espiritual. Es precisamente con ayuda del adulto, durante el proceso de comunicación con las personas que lo rodean, que el niño y la niña se apropian de los modos de actuar con los objetos, así como de sus cualidades y relaciones esenciales.

La necesidad de comunicación consiste en el afán de conocerse a sí mismo y de conocer a los demás, y puesto que este conocimiento está estrechamente entrelazado

con la actitud hacia otras personas, el enriquecimiento de sus formas permiten al niño

y a la niña, cada vez más, nuevas posibilidades para asimilar con la ayuda de las

personas que los rodean, diferentes tipos de conocimientos y habilidades sociales, lo

cual tiene una importancia de primer orden para todo el proceso de formación de su personalidad.

También resulta indispensable analizar que la asimilación de la experiencia social por el niño y la niña se produce de forma activa y no pasivamente, en los diferentes tipos de actividad que realizan. En este sentido adquiere un papel relevante el papel que desempeñan en el desarrollo psíquico los diferentes tipos de actividad.

Para el trabajo con niños de estas edades, es necesario:

1. Caracterizar la estructura de posiciones en el grupo en cuanto a las interrelaciones personales entre los alumnos.

2. Conocer los criterios valorativos de los niños sobre sus compañeros en aspectos importantes de su vida grupal.

3. Apreciar la relación entre aspectos objetivos de las interrelaciones, como la posición ocupada en el aula y aspectos subjetivos de las mismas tales como los criterios valorativos que sustentan esta posición.

Consideramos que esta regularidad encontrada es un indicador de que las interrelaciones personales de los niños preescolares no responden a simples contactos emocionales, sino que ya desde estas edades tempranas están mediatizadas por valores sociales significativos.

Por ello, se han realizado numerosas investigaciones sobre las particularidades del juego, del estudio y del trabajo en los niños y las niñas de diferentes edades, sobre la

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3 influencia de estos tipos de actividad en el desarrollo de las competencias sociales y sobre

influencia de estos tipos de actividad en el desarrollo de las competencias sociales y sobre la formación de la personalidad en general.

Ello demuestra el papel que juegan “los otros” en este proceso de formación y desarrollo de la personalidad infantil, que es por un supuesto un proceso eminentemente interactivo, de intercambio social, por lo que su calidad depende de las características de las personalidades que interactúan, así como las del propio proceso de interacción social.

Es así como en el desarrollo de la personalidad del niño preescolar juega un importante papel la influencia que ejerce sobre el niño la relación con sus coetáneos. Esta necesidad de comunicación con los niños de su misma edad se desarrolla sobre la base de la actividad conjunta que realizan cuando juegan o realizan otros tipos de actividades.

La actividad conjunta les permite adquirir los primeros hábitos de conducta en colectivo, aprender a interrelacionarse con los niños más cercanos, a enfrentarse de manera constante con la necesidad de utilizar en la práctica las normas de conducta ya asimiladas y adaptarlas a situaciones concretas.

Ante estas situaciones no siempre los niños encuentran las formas apropiadas de conducta y con frecuencia surgen conflictos para cuya solución, al inicio, es necesaria la intervención del adulto y que, al finalizar la etapa de la primera infancia, ya comienzan a resolver por sí solos, gracias fundamentalmente al juego de roles como actividad fundamental del desarrollo.

En esta interacción permanente se va conformando la opinión social dentro del grupo, la cual es otra vía de influencia en la formación de la personalidad infantil, ya que conjuntamente con la valoración del adulto, inciden en la formación de la autovaloración y la autoestima infantil.

Se ha comprobado que mientras que el en grupo de niños y niñas de tres años aún no existe una opinión general determinada acerca de los objetos, acontecimientos y acciones realizadas, ni la opinión de un niño influye regularmente sobre otro, sin embargo ya a los cuatro o cinco años comienzan a prestarle atención a las opiniones de los demás compañeros y a subordinarse a la opinión de la mayoría.

Primero, las evaluaciones que hacen los niños y niñas con relación a sus coetáneos se reducen a repetir las evaluaciones que hace la educadora, pero poco a poco se van haciendo más interesantes y comienzan a evaluar positivamente a aquellos niños que comparten sus juguetes con los demás, que conocen muchos juegos y juegan bien, que tienen una participación destacada en las actividades, que defienden a los más débiles.

Así la evaluación general del grupo es muy apreciada por los niños y niñas de estas edades. En la medida que el grupo interactúa se van produciendo en el mismo determinados fenómenos psicosociales, de forma tal que cada uno de sus integrantes ocupa un status determinado que va desde los niños más populares a aquellos que resultan impopulares o aislados.

El grado de popularidad y aceptación del grupo depende de muchas causas: sus conocimientos, su desarrollo intelectual, las características de su conducta, su disposición para establecer comunicación con los otros niños, su apariencia externa, su fuerza y resistencia física, etc.

Como puede suponerse la posición que el niño y la niña ocupen dentro del grupo de coetáneos se refleja de forma positiva o negativa en su personalidad, por lo que se

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4 requiere de un trabajo pedagógico y psicológico encaminado a regular las interrelaciones infantil y a

requiere de un trabajo pedagógico y psicológico encaminado a regular las interrelaciones infantil y a crear una atmósfera agradable que “equilibre “la posición desbalanceada que ocupan algunos niños dentro del grupo.

El desarrollo social del niño depende de su lugar en el sistema de relaciones sociales, de las condiciones objetivas que determinan el carácter de su conducta y las particularidades del desarrollo de la personalidad.

El niño lactante (de 0 a 1 año de edad), depende directamente del adulto que, al satisfacer todas sus necesidades vitales, provoca en él un estado de ánimo bueno, positivo. Sin embargo, en la medida en que avanza en su desarrollo, sus necesidades se hacen más complejas, diferenciadas, y surgen nuevas como lo es la necesidad de reconocimiento. Aún siendo lactante, surgen en el pequeño manifestaciones claramente visibles de ella: él gusta de la aprobación del adulto, complacerle, lo cual se aprecia cuando repite muchas veces aquellas acciones que resultan del agrado de los que lo rodean (las palmitas, la viejita). Sonríe y se le ve contento cuando le dicen ¡qué lindo es el nene! El hecho de que él busque la gratificación con besos, halagos revela su incipiente necesidad de reconocimiento.

Entre el primer año y el tercer año aproximadamente, el niño asimila, al estar de lleno incluido en la actividad con los objetos y en su comunicación con los adultos, la forma adecuada, la regla de utilización de aquellos: “la taza se sostiene así”; la cuchara se toma de esta forma y se lleva después a la boca”, “el peine se utiliza de este modo” Cada vez que él utilice adecuadamente esos objetos será sin dudas reconocido. A su vez, las acciones que ya pueda realizar de forma independiente, serán o no aprobadas por el adulto con un gesto, una mirada o palabra, indicadoras de un mensaje: “eso se puede hacer”, “eso no se puede hacer”.

Los niños de tres anos, al asistir a una institución infantil, se encuentran con nuevas exigencias que asimilan diferenciadamente. Los más activos, tratan de comprender lo

que les exigen y, para comprobarlo, al advertir que alguno de los compañeros rompió la regla, dan la queja y esperan la reacción de la educadora. Si ésta llama la atención

o sanciona al que incumplió, la regla se fija en ellos y pasan a valorar a sus amiguitos según la cumplan o no. Así, cada regla de conducta dada por el adulto, cuyo cumplimiento se controla, sistemática y cuidadosamente, en un regulador de la conducta infantil.

Cuando el niño alcanza los cuatro, cinco o seis años, su conducta cambia, al estar su desarrollo condicionado por una nueva situación social. El juego interviene como la actividad en la cual él se satura de nuevos motivos, con un contenido social específicamente de contenido humano, en el aprende a conjugar sus acciones con las de otros niños, a tomar en consideración los intereses y las opiniones de sus amiguitos, y asimila – específicamente en el juego de roles – las normas de moral social que rigen las relaciones entre los protagonistas.

El aporte del juego de roles al desarrollo social infantil y a la formación de competencias sociales ha sido ampliamente estudiado. Se ha comprobado que mediante la dirección pedagógica de éste por el educador, los niños adquieren fácilmente la posibilidad de relacionarse con sus coetáneos, prefiriendo el juego con otros niños al juego individual; que éste posibilita a los pequeños vías para compartir

los juguetes, lo cual conduce a una disminución de los conflictos y a la aplicación, por

si mismo, de situaciones socialmente aceptables, cuando éstos surgen.

Otros estudios realizados revelan cómo, al desempeñar un rol, los niños tienen un

“modelo” de interrelaciones

que les sirve de patrón de conducta, al cual tratan de

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5 parecerse lo más posible. En esa aproximación al modelo van modificando su conducta, al actuar

parecerse lo más posible. En esa aproximación al modelo van modificando su conducta, al actuar de acuerdo a las “reglas ocultas” de cada rol.

En los niños de la edad mayor del período preescolar, pasa al primer plano la asimilación de las reglas a seguir en las relaciones mutuas con los demás niños. Si bien en momentos anteriores cumplen por puro hábito algunas de ellas, ahora comprenden más claramente la significación que entraña dicho cumplimiento y se esfuerzan por cumplirlas pues es una forma de ser aceptados por los adultos y por sus coetáneos.

Ya al final de la edad preescolar, al interactuar con los miembros de su grupo, el pequeño va llegando a niveles superiores de concientización. Estudios realizados abundan en evidencias acerca de cómo, por medio del compañero de grupo, observando su conducta y comparándola con las exigencias sociales que sus educadores, familiares y otros adultos les plantean, los niños van conformando su modelo concientizado de futuro escolar, con el cual también se comparan a sí mismos, claro está, con las limitaciones de su edad.

La dependencia emocional del adulto se conserva durante todo el periodo de la edad

preescolar y, sobre ese fondo, transcurre el posterior desarrollo de la aspiración a ser reconocido, que va más allá y se transfiere a los niños con los cuales se relaciona ampliamente en el juego y otras actividades. La subordinación de motivos, que es la más importante de las formaciones, que tiene lugar en el período de vida que nos ocupa da una determinada tendencia a toda la conducta social del niño preescolar. La subordinación de motivos implica que, los diversos motivos pierden su equivalencia

y se estructuran dentro de un sistema. Es fácil comprender que esto no quiere decir

que, tan pronto como surja tal subordinación, el niño se va a guiar siempre por los mismos motivos.

Precisamente, la aparición de una tendencia determinada, el destacar en un primer plano, un grupo de motivos sociales, que devienen para el niño los más importantes implica que, guiándose por ellos en su actuación, él lleve a cabo, conscientemente, la tarea planteada, sin someterse a la influencia disgregadora de los estímulos relacionados con otros motivos importantes.

Si los motivos de conducta más importantes para el niño, en un momento dado, son los relacionados con la observancia de las normas de moral social, él actuará bajo su influencia en la mayoría de los casos. Si por el contrario, predominan los motivos tendientes a la satisfacción de su bienestar personal, de sus directos intereses; esto lo puede llevar a serias violaciones de las normas establecidas.

La importancia de una correcta atención al desarrollo de la personalidad, desde sus primeras edades tempranas obliga a una atinada y bien concebida educación infantil. Para ello, en el ámbito socio – moral, los modelos tienen un papel significativo. Como

modelo actúan las personas adultas que el niño imita, los otros niños, los personajes de los cuentos infantiles, los cuales son portadores de cualidades que, al ser reveladas

o puestas de manifiesto en sus actuaciones, son valoradas por el niño siguiendo los criterios valorativos de los adultos cuya opinión es muy autorizada para él.

Posteriormente valorará, de forma independiente, a sus contemporáneos y finalmente

a sí mismo.

En estas edades, cuando se estimula a lo que el niño hace bien, se sistematizan las acciones que llegan a insertarse como formas habituales de conducta (culturales, higiénicas o sociales) o demuestran desaprobación ante lo mal hecho, están

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6 contribuyendo a educarlo para ser un participante activo y feliz en su grupo de contemporáneos,

contribuyendo a educarlo para ser un participante activo y feliz en su grupo de contemporáneos, en su medio social.

Es importante destacar que el niño asimila paulatinamente las normas sociales, discrimina los comportamientos adecuados, lo que puede o no hacer, lo bueno y lo malo. La regulación o control de la propia conducta social lleva aparejada la posibilidad de autocontrolarse, de dominar sus directas y más fuertes motivaciones, para actuar en la forma esperada (o aceptada socialmente). Según L. S. Vigotski en la edad preescolar las acciones y conductas del niño se tornan más independientes y son más conscientes. En esta edad se forman las primeras “instancias éticas internas” y el niño comienza a proceder de forma social, debido a que ha adquirido las nociones elementales sobre el actuar de un modo socialmente aceptable.

En estudios e investigaciones realizados se ha demostrado que, en situaciones de “conflicto”, en las cuales los deseos del niño se contraponen a las expectativas sociales, las conductas varían entre niños de tres años y otros de cinco a seis.

La vida diaria constantemente enfrenta al niño a diferentes situaciones, algunas de las cuales resuelve fácilmente en correspondencia con las normas morales de conducta, otras se convierten en situaciones de conflicto que le provocan a incumplir las reglas.

Si bien, en el curso de la actividad, el niño se apropia del sistema de normas y relaciones sociales que regulan la vida entre los que le rodean, el mecanismo que actúa para la regulación de su conducta, con múltiples situaciones de la vida diaria, es diferente de aquel que es más propio de la regulación de tipo moral.

Las normas que regulan las interrelaciones de los niños se revelan cuando, en la realización de una actividad con otros niños por ejemplo, surgen contradicciones entre los objetivos generales de la actividad que responden a los intereses comunes del grupo y los deseos particulares de sus distintos miembros. A menudo estos conflictos se resuelven, tanto mediante la presión directa de los niños uno sobre el otro, como sobre la base de algunas normas obligatorias para todos (subordinación de minoría a la mayoría; el sorteo o el establecimiento de un orden en el cumplimiento de la tarea).

En estos casos la forma de solución del conflicto estará en dependencia de la proporción cuantitativa de los participantes.

Así por ejemplo, si hay siete niños y cinco de ellos quieren hacer una determinada actividad; juego, etc. es posible que esa supremacía numérica determine que los niños restantes acepten esa actividad, que inicialmente rechazaron y todo se resuelve felizmente.

Cuando el conflicto surge entre dos niños, casi siempre se resuelve por la presión de uno sobre otro.

También en situaciones de conflictos de esta naturaleza tiene mucho que ver la implicación que tiene para el niño, aceptar una norma dada, es decir, qué grado de renuncia a sus pretensiones personales exige su cumplimiento. Así por ejemplo, si para montar una bicicleta de la cual quieren disfrutar cinco o seis niños se establece un orden, este es aceptado, porque todos sienten, y es así, que tienen la posibilidad de realizar parcialmente su deseo de montar la bicicleta.

En este caso, el establecimiento del orden facilita en general, la subordinación de los niños a la norma social, así el niño va apropiándose de formas de relación con sus coetáneos.

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7 Los niños muestran por lo general, una actitud positiva ante la colaboración con compañeritos de

Los niños muestran por lo general, una actitud positiva ante la colaboración con compañeritos de su misma edad; no obstante, la educación infantil, ha de propiciar

que el niño aprenda, poco a poco, que la conducta social que satisface sus intereses en perjuicio de otros, o incumpliendo – aunque nadie lo vea – lo que él conoce que es socialmente aceptado, es negativa. En este caso, cuando sin control externo, el niño ante una situación de conflicto, elige la conducta correcta, puede hablarse de regulación sociomoral, que debe tener sus premisas justamente en el período final de

la edad.

Como se ha podido apreciar, la actividad y comunicación del niño, con los adultos y

con otros niños, va a ir modelando su actuación social. Son los adultos los encargados de proporcionar experiencias positivas a los niños, ya sea en el hogar, en la institución

o el grupo de vías no formales, que les permitan entrar en relación con sus

contemporáneos en la realización de tareas conjuntas, para cuyo éxito se requiere la colaboración de todos, lo cual genera sentimientos de afecto, cariño y respeto; que les den la oportunidad de compartir o asumir responsabilidades, materiales necesarios para un trabajo determinado.

Se ha planteado solo algunas de las regularidades del desarrollo social en los primeros seis años de vida, las cuales no han de ser interpretadas como las características específicas de un momento determinado del desarrollo, sino como algo que puede lograrse en los niños de este período etario por la acción positiva de las condiciones sociales de la vida y educación que reciben, a partir de sus condiciones internas y de su experiencia anterior.

Otro aspecto importante radica en la formación ciudadana del niño de la primera infancia.

Haciendo un resumen de las definiciones respecto al concepto de ciudadano en la generalidad de la bibliografía, se plantea que un ciudadano se caracteriza por radicar en una ciudad o país específico, que por este hecho posee determinados derechos (los cuales pueden ser adquiridos por naturalización), y que es susceptible a consecuencia de ello de intervenir de cierta medida en el gobierno o decisiones estatales, o ejercer ciertos derechos políticos, y que a consecuencia de lo anterior está bajo la protección de dicho estado o país.

Ser ciudadano, por lo tanto, significa tener actitudes, normas, valores, y comportamientos democráticos, como son la tolerancia, la libertad, la pluralidad, el respeto, y la crítica argumentada, entre otros muchos comportamientos. Así, significa también el ser un individuo capaz de argumentar sus demandas, sus deseos y necesidades sociales, pero también, como afirma F. Savater, ser capaz de entender el razonamiento de los demás, el planteamiento de los otros, la diferencia y la disidencia,

la no concordancia de los demás con uno mismo.

Esto amplia la definición de ciudadano, y la adscribe no solo al ejercicio de los derechos políticos, sino de todos los derechos consustanciales del ser humano, como sujeto y miembro de una nación en particular.

En este sentido, y partiendo del reconocimiento de que los niños y las niñas son seres sociales desde su nacimiento, sus necesidades básicas de protección, afectividad, atenciones corporales, aprendizajes y juegos los llevan a integrarse activamente en el medio social del cual forman parte.

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8 Esta integración, que comienza desde las primeras edades, a partir de las relaciones que se

Esta integración, que comienza desde las primeras edades, a partir de las relaciones que se establecen con las personas más próximas y que posteriormente se amplían a otras nuevas, a grupos sociales e instituciones, conforman las bases para formar personas interesadas en mejorar su sociedad, capaces de enfrentar y resolver las problemáticas que se les presenten. Al ser parte de la sociedad, las niñas y los niños necesitan aprender a vivir en ella compartiendo y respetando las necesidades de los demás y las propias, en el cual la educación debe interesarse en favorecer sus aprendizajes como seres sociales.

Ello hace que los niños y niñas, en el centro infantil, en la escuela elemental, sean ya ciudadanos, aunque claro está, aún no aptos para ejercer sus deberes políticos y jurídicos por su corta edad y discernimiento, pero con todos los derechos atribuíbles a su condición de ciudadanos, de facto y en potencia, pero ciudadanos al fin.

Se puede mencionar y hablar de formación ciudadana en la etapa de la primera infancia, porque se actúa de manera intencionada y científicamente dirigida para incidir de forma integral en la adquisición de hábitos, habilidades, actitudes y comportamientos que han de derivar en la formación de normas y valores que les posibilitarán a los niños de esta edad comprender, en etapas posteriores de la vida, los procesos y circunstancias que intervienen en su condición de ciudadanos de la sociedad que les corresponda vivir.

Sobre la base de las metas, objetivos y propósitos que el sistema educacional plantea para los niños y niñas de esta edad, se trabaja en iniciar la relación entre ellos y el medio social circundante, a fin de sentar las bases de una futura actuación ciudadana.

La escuela infantil por su propia esencia constituye un medio idóneo para comenzar la labor educativa en la formación ciudadana de los niños, pues la propia estructura de los grupos de niños que la conforman constituyen una micro sociedad, con su propia red de interrelaciones, distribución de roles, sistema de preferencias y rechazos, que una buena técnica sociométrica adaptada a estas edades revela. De ahí que esta incipiente sociedad sea un buen espacio para la formación ciudadana inicial.

La formación ciudadana en la educación infantil coloca los cimientos para que los niños y niñas aprendan que son miembros de tales grupos de coetáneos en los que deben mostrar respeto, amor, orden, cuidado hacia las demás personas y también a los objetos.

Para lograr los propósitos de la formación ciudadana, es necesario considerar los aspectos de vivir en sociedad, la convivencia, la participación y las formas de interrelación de los niños, es por ello que las estrategias educativas que se apliquen en el proceso educativo con estos niños y niñas pueden contemplar acciones y contenidos referidos a una educación del ciudadano.

En realidad, los seres humanos desenvuelven la mayor parte de su vida dentro de un grupo, relacionándose e interactuando con los demás, ya sea en la familia, la escuela, la comunidad, el país, y la sociedad global.

El desarrollo social implica por una parte situarse en la cultura de los grupos a los que se pertenece y por la otra, alcanzar gradualmente la autonomía individual. La convivencia entre los seres humanos requiere de respeto a uno mismo y a los demás, lo que no implica renunciar a las propias creencias, lo cual está en la base de la educación de la ciudadanía.

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9 En la escuela infantil se trabajan valores que en su esencia sirven a variadas formaciones

En la escuela infantil se trabajan valores que en su esencia sirven a variadas formaciones psicológicas, tales como la tolerancia, la cooperación, la reciprocidad, la consideración, la responsabilidad y el aprecio a la diversidad, que son elementos indispensables para vivir en paz y armonía, en los que se alcanzan metas y objetivos personales y comunes.

La escuela infantil es en sí misma otra micro sociedad, donde se puede favorecer que niñas y niños aprendan a resolver conflictos de manera pacífica, lo cual está en la base de la educación para la paz y la formación ciudadana, contenidos que tienen mucho en común. Los niños y las niñas tienen así la posibilidad de reconocer, valorar

y respetar distintas formas de pensar, sentir y actuar, que no siempre tienen que estar en concordancia con las suyas. Asimismo desarrollan actitudes de ayuda y cooperación tomando en cuenta las diferencias individuales y las del grupo infantil.

En su desarrollo ontogenético, el niño, que es un ser social desde su nacimiento, se vuelve persona a partir de las relaciones que establece con las personas más próximas y que progresivamente se van ampliando a nuevas personas, a grupos sociales e instituciones. Esto hace indispensable que el programa educativo se plantee de manera consciente el trabajar para formar las bases de un ciudadano interesado en participar de su sociedad, capaz de enfrentar y resolver las problemáticas que se les presenten y no huir de ellas. Al ser parte de la sociedad, las niñas y los niños necesitan aprender a vivir en ella, compartiendo y respetando las necesidades de los demás y las propias. La educación debe interesarse en favorecer sus aprendizajes como seres sociales, y organizar, dentro del sistema de influencias educativas las acciones a desarrollar para sentar las premisas de una educación ciudadana, promoviendo experiencias significativas que favorezcan el desarrollo de actitudes en bien de sí mismos y de los demás.

Esto se logra mediante variadas actividades que se planteen objetivos de una educación ciudadana, promoviendo la formación de competencias básicas, tales, como por ejemplo, las competencias comunicativas que comienzan a establecerse desde temprana edad, y que determinan que cerca del quinto año de vida las principales estructuras básicas de la lengua estén adquiridas, lo que le permite una eficaz comunicación e intercambio cognoscitivo y afectivo con los demás.

La construcción y formación de la competencia cognoscitiva, les permite ampliar su competencia comunicativa; y esta a su vez actúa causalmente para consolidar los logros cognoscitivos que paulatinamente van adquiriendo. De esta manera lo cognoscitivo y lo verbal forman una unidad que se refuerza con el componente afectivo vivencial, y posibilita que los niños y niñas puedan asomarse al sistema de relaciones sociales del mundo que les rodea y que se expresan en su micro sociedad del grupo infantil.

Así, dentro del grupo, los niños y niñas aprenden a comportarse como seres sociales,

a preocuparse por su actuación y por la de los demás, y a encontrar vías de y trabajo

común en pro de los intereses de todos. Ello crea condiciones para que cualidades y propiedades psicológicas que son componentes de comportamientos que en un futuro les serán asequibles, como es el comportamiento ciudadano, comiencen a formarse desde esta temprana edad. Así, cuando en un juego de roles un niño asume la dirección de un grupo de trabajo que va a construir un edificio para albergar a todos, está sentando pautas de un comportamiento ciudadano, y que a la vez, es expresión

de una conducta gregaria y de paz.

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10 Tanto Piaget como Vigotski afirmaron enfáticamente que no hay proceso o cualidad psíquica que no

Tanto Piaget como Vigotski afirmaron enfáticamente que no hay proceso o cualidad psíquica que no tenga sus premisas de formación en la etapa que la precede, y si bien la formación ciudadana requiere de un componente cognoscitivo indispensable para poder establecer relaciones intelectuales del porqué de los comportamientos ciudadanos, que es mucho más asequible en la edad escolar y la adolescencia, sin embargo, requieren que previamente, en la etapa de la educación infantil se hayan formado normas, hábitos y valores, que constituyan una base sobre la que estas formaciones psicológicas más complejas puedan apoyarse para posibilitar su desarrollo.

De esta manera en la educación infantil, como antecedente de la formación ciudadana en la edad escolar, se deben haber alcanzado un nivel de desarrollo de normas, actitudes, hábitos, habilidades y comportamientos, que son consustanciales a la formación del ciudadano, lo cual ha de estar preconcebido y estructurado con estos propósitos, pues la educación ciudadana no es un problema fortuito o casual, sino un sistema organizado de influencias educativas con un propósito bien definido: formar a un individuo capaz de actuar en la sociedad, asumiendo sus deberes y derechos de forma activa, para alcanzar su lugar y satisfacción personal como miembro de un determinado grupo social, comunidad o sociedad, y la vez actuar y colaborar en bien de los demás. Solo así puede entenderse una verdadera formación ciudadana, y esta tiene su base y premisa en la etapa de la primera infancia y la escuela infantil.

Esto implica la posibilidad de utilizar diversas formas organizativas en la labor diaria en la institución, en la que se destaca en la formación ciudadana, el juego de roles como ya se ha planteado, y la utilización de la metodología de patrones polares que diversas investigaciones revelan como las más efectivas para la educación ciudadana, lo cual no elimina otras formas usuales del trabajo educativo con los niños y niñas de las primeras edades.