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PSICOANÁLISIS XX (1); 81-91, 2008

ESPERANZA TERMINABLE E INTERMINABLE EN LA SITUACIÓN ANALÍTICA 1

LUIS KANCYPER 2

Recibido, febrero 10 de 2008 Aprobado, marzo 28 de 2008

Resumen

En este panel intitulado: “La esperanza en los tiempos de cólera” se aborda el estudio especí- fico de la esperanza en el resentimiento, como un afecto clave que posibilita, a través de sus complejos psico-dinamismos, poner en evidencia la articulación de la esperanza terminable e interminable con la desmentida e idealización en la cura analítica. Para ello se desarrollan los siguientes temas:

a)”Pedir peras al olmo” 3 , o la esperanza vana del resentimiento.

b) Esperanza y báscula de la desmentida y de la idealización.

c) El baluarte kafkiano y la necrópolis de analistas.

d) Esperanza y desesperanza en las memorias del rencor, del pavor y del dolor.

Palabras clave: Esperanza, desesperanza; resentimiento; pavor, dolor.

TERMINABLE AND INTERMINABLE HOPE ON THE ANALYTIC SITUATION

Abstract

In this panel entitled: “Hope in the times of rage”, I undertake the specific study of hope in

resentment, as a key affect that makes possible, through its complex psycho-dynamisms, to put in evidence the articulation of terminable and interminable hope with that of the disavowal and idealization in the analytical cure. Therefore I develop the following subjects:

a) “To request pears to the elm tree”, or the vain hope of the resentment.

b) Hope and balance of disavowal and idealization.

c) The kafkian bastion and necropolis of analysts.

d) Hope and desperation in the memories of rancour, terror and pain.

Key words: hope, hopelessness, resentment, dread, pain.

1 Publicado en Revista de Psicoanálisis, Tomo LXIV, Número 2, año 2007.

2 Dirección: Guemes 2963 Piso 10. Buenos Aires. C.P (1425). Argentina. E-mail kancyper@uolsinectis.com.ar. Miembro titular de la Asociación Psicoanalítica Argentina.

3 Cervantes Saavedra, Miguel de, Don Quijote de la Mancha, cap. XXII, 1ª parte, Alfaguara, Sn. Pablo, 2004, P. 209.

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A) PEDIR PERAS AL OLMO O LA ESPERANZA VANA DEL RESENTIMIENTO

¡OH, alma mía! No aspires a la vida ideal. Agota en cambio, el campo de lo posible. Píndaro.

El sujeto resentido espera algo imposible

y pretende del otro que dé lo que, dada su

estructura, no puede ofrecer; y a partir de

la inevitable frustración a su pretenciosa de-

manda, se torna sádico y cruel, posicionán dose entonces en el lugar de una injusta víctima,

lo cual considera que le otorga derechos para

mortificar a ese otro deudor sin culpabilidad aparente. Permanece esperando que el olmo

le dé peras, aunque dada su propia naturale-

za nunca las ofrecerá, y al mismo tiempo no puede dejar de disfrutar de la sombra y de la dura y apreciada madera que por ser un árbol frondoso y corpulento, sí posee y le puede ofrecer. Es decir, reclama a un ofertante im- posible, se ubica como un acreedor soberbio

entre los que se entretejen los principios de placer y de realidad con incompatibilidades que no llegan a ser armonizadas entre sí, ori- ginándose, como consecuencia, acérrimos re- sentimientos, cuyos influjos tanáticos suelen ser altamente expansivos, llegando al extre- mo de generar efectos indetenibles de des- tructividad en el individuo y en la psicología de los pueblos. Recordemos lo señalado por Heráclito de Éfeso (540 -470 A.C.):

Hay que mostrar mayor rapidez en calmar un resentimiento que en apagar un incen- dio, porque las consecuencias del primero son infinitamente más peligrosas que los resultados del último; el incendio finaliza abrasando algunas casas a lo más, mien- tras que el resentimiento puede causar guerras crueles con la ruina y destrucción total de los pueblos.

B) ESPERANZA Y BÁSCULA DE LA DESMENTIDA Y DE LA IDEALIZACIÓN

y

vengativo, espera obtener lo inalcanzable,

y

al mismo tiempo no puede disfrutar de lo

El motor de la dinámica del movimiento en

posible (You can’t get blood out of a stone) Martiriza al otro, se auto-mortifica con re-

báscula de la desmentida y de la idealización en la esperanza vindicativa del resentimiento,

mordimientos y permanece atascado en la asintótica esperanza del rencor, a través de la puesta en marcha, en su realidad psíquica, de

estaría dado por la circularidad virtual del ideal en el campo de la intersubjetividad. La localización del objeto idealizado en el sujeto,

la

báscula de la desmentida e idealización en

o en el otro tomado como objeto, oscila pu-

la

encrucijada narcisista-objetal. En efecto, el sujeto resentido desmiente

diendo alternar las posiciones. Este ideal de perfección, maravilloso u ominoso, se sostie-

el

principio de realidad acerca de la estructu-

ne sobre el mecanismo de la desmentida al

ra del otro y, desde su principio de placer, lo inviste con atributos de que ese otro carece;

servicio de la regulación de los sistemas nar- cisistas que participan en esta complicidad

al

mismo tiempo, se auto-inviste con imagi-

inconsciente. El sujeto rencoroso desmiente

narias realidades omnipotentes que nutren su megalomanía hacedora con certezas y creencias, alimentando a su Yo ideal con la ceguera del fanatismo. De este modo, se pro- duce una doble escisión y desmentida tanto en el sujeto como así también en el objeto,

las imperfecciones que el otro posee en la realidad material, adjudicándole, desde su principio de placer, condiciones y propieda- des de las que carece, al mismo tiempo que le resta aquellas imperfecciones que pertur- barían el ideal que este otro debiera cumplir,

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pero que si aún no lo cumple en un futuro

lo hará, poniendo así en marcha la asintótica

esperanza modeladora del mito de Pigmalión (Kancyper, 1991). Semejante operación de sustracción de

lo indeseado y adición de lo idealizado –des-

mentida y sobreestimación mediante– recae no sólo sobre el otro sino también sobre el sujeto. Ambos atraviesan un proceso de modelado pigmaliónico dual, fundándose un vínculo sadomasoquista, en donde la afirma- ción de uno cabalga sobre la negación del

otro, vínculo que oscila entre lo maravilloso

y lo ominoso. El acceso a la resignación y

superación de este complejo modelado pig- maliónico requiere de un lento proceso de elaboración psíquica en el que se libra una multitud de batallas de ambivalencia, urdidas fundamentalmente en el ámbito del narcisis- mo, caracterizado por una tendencia expan- sionista hacia la apropiación del espacio y de las cosas del mundo circundante. En efecto, cuando el analizando resentido

asume el abandono de su autoidealización omnipotente ante la revelación de que en la

realidad material el otro, tomado como sujeto,

es exterior e independiente a su modelado pig-

maliónico, asiste entonces a la derrota de sus

propias instancias ideales: yo ideal e ideal del yo. Porque el otro, además de no alcanzar la perfección y la modificación por él esperadas, resulta ser un sujeto autónomo y poseedor de cualidades propias y valiosas que él había atri- buido a sus propios poderes creadores. La recomposición progresiva de los luga- res en la dinámica de la intersubjetividad ori- gina la disminución de los remordimientos, de los resentimientos y de las fantasías y mo- ciones de venganza, y aparece la propia envi- dia en forma consciente, ya que se discrimina que el otro es una persona externa y de valor.

Al mismo tiempo, asumir la envidia en forma

consciente implica una renuncia a la pérdida de una ilusión y la tolerancia de una cierta

afrenta narcisista, pues profana al inmacula- do narcisismo heroico y benefactor, supuesto caldo de cultivo puro de pulsión de vida.

La elaboración y superación de la auto- idealización pigmaliónica se hallan sujetas a la puesta en evidencia, durante el proceso analí- tico, de las construcciones microdelirantes, de sus falsos enlaces y de sus vinculaciones con

el proceso de historización, condicionados por

la instrumentación de la agresividad al servi- cio de elaborar los duelos narcisistas por el sí-

mismo propio autosuficiente y por los objetos originarios sobrevalorados. Estos duelos con- llevan el dolor lacerante de ser despojado de su narcisismo infantil y omnipotente, fuente

de una esperanza mesiánica sostenedora de identificaciones redentoras y reivindicatorias,

a través de las cuales salvaría y transformaría en un futuro a su sí-mismo propio, al otro y, por extensión y hasta el extremo, a todo el Orbe, para conducirlos a un mundo perfecto

e ideal. El proceso del reordenamiento de es-

tas identificaciones narcisistas requiere una fuerte dosis de agresividad al servicio de Eros, de la desalienación, para posibilitar el pasaje

hacia diferentes objetos más discriminados. Este pasaje implica dolor y combate por el abandono imaginario del poder ilimitado en la capacidad de cambio y de perfectibilidad atribuido, desde la lógica narcisista, tanto al sujeto como al objeto. Estas batallas parciales de ambivalencia, libradas en el terreno de las

relaciones de tipo narcisista, aflojan la indis- criminación objetal y conducen a la reestruc- turación vincular. Dan acceso, así, a una dife- rente dimensión de tiempo y espacio, quie- bran la cristalización del fluir temporal del resentimiento y del remordimiento y rompen

a su vez la circularidad de la compulsión re-

petitiva de la asintótica y vana esperanza para acceder, -des-idealización mediante- a la es- peranza de lo posible.

Finalmente, la técnica para salir del resen- timiento y del remordimiento descansa en la

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posibilidad del analista de ayudar al anali- zando a poner en juego, una y otra vez, la

báscula de la desmentida y de la idealización, mediante la cual se generan pequeñas y su- cesivas rectificaciones valorativas del objeto, del yo y del vínculo entre ambos, sostenidas en una concepción psicoanalítica de la tem- poralidad en retroacción, del “a-posteriori”, donde el futuro y el pasado se condicionan

y significan recíprocamente en la estructura-

ción del presente para que el sujeto acceda a reescribir su nunca acabada novela familiar.

C) EL BALUARTE KAFKIANO Y LA NECRÓPOLIS DE ANALISTAS

El término “kafkiano” se emplea en nues- tra época como un adjetivo ligado a situacio- nes de condena y tenebrosidad, de injusticia

y ominosidad. Si bien se lo utiliza en la rea-

lidad material de un modo descriptivo, para referirse a los procesos circulares de encierro

y sin posibilidad de salida, puede también ser

empleado -desde el psicoanálisis- para des- cribir a un atormentado mundo interno del sujeto que vive una existencia clausurada al cambio psíquico y signada bajo el peso de la desesperanza. Y en la situación analítica, este término puede también ser utilizado para describir la presencia de un severo obstáculo en el proceso, que perturba y hasta llega a paralizar la dinámica del campo: el baluarte kafkiano inter-subjetivo. Este baluarte es, se- gún M. y W. Baranger (Revista de Psicoanáli- sis, XXXV, 5, 1978):

una formación artificial, un subproduc- to de la técnica analítica. Se manifiesta como obstáculo al proceso analítico. Es una estructura cristalizada o una moda- lidad de relación inamovible entre ambos participantes. Proviene de la colusión en- tre aspectos inconscientes del analizando y aspectos correspondientes del analista.

Crea una zona de desconocimiento que ambos participantes comparten, como si se hubieran puesto de acuerdo entre sí para no ver lo que pasa en ella. En “El canon occidental”, H. Bloom desta- ca la importancia que tienen en la narrativa kafkiana los recurrentes temas referidos a la indestructibilidad de la culpa, de la desespe- ranza y del castigo. Nos dice:

Freud, siguiendo furtivamente a Shakes- peare, nos ofreció el mapa de nuestra mente; Kafka nos insinuó que no esperá- ramos utilizarlo para salvarnos ni siquiera de nosotros mismos (p. 475). En nuestra práctica psicoanalítica, nos en- contramos con ciertos analizados que pade- cen de la negatividad, retraimiento y deses- peranza kafkianas, creándose con el analista un campo ominoso repetitivo que representa un preocupante reto para nuestra disciplina, ya que pone en cuestión los alcances y lími- tes de la analizabilidad y reabre a la vez la búsqueda de nuevos aportes metapsicológi- cos y técnicos. Empleo el término “kafkiano” en la situa- ción analítica para designar a un repetitivo desafío y provocación que ataca al objeto del análisis, generando con el analista un particular campo que oscila entre desespe- ranza y esperanza, entre la culpa y la con- dena, interceptando el despliegue normal del proceso analítico. Este campo ominoso se es- tructura a partir de una fantasía inconsciente básica, producto de un enganche inconscien- te entre ambos integrantes de la pareja analí- tica: fantasía que apunta a destruir la acción mutativa del psicoanálisis. El analizado per- manece aferrado regresivamente a una per- sistente y repetitiva actitud de desaliento, a una neurosis de destino de fracaso, e intenta derrotar y hasta sepultar el rol potencial te- rapéutico del analista para reconducirlo a su privada necrópolis, en la que yacen ya otros analistas que han sido víctimas del accionar

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de una omnipotente fantasía mortífera en

la que se refugia un renovado triunfo en la

satisfacción por el cumplimiento de secretos, que provienen de la megalomanía negativa de su narcisismo tanático: “Conmigo no van

a poder”, poniendo en jaque al analista y

promoviendo en él, mediante sofisticadas y

variadas sorpresas y tácticas, comparaciones repetitivas con otros analistas que han fraca- sado antes, en sus anteriores terapias. El campo ominoso kafkiano se caracteri-

za por la presencia de los temas relacionados con la culpabilidad ubicua, reparación y des- esperanza, temas que tienen un nexo ínti- mo con la historia del analizando pero que también se enganchan inconscientemente y en forma conjunta, con ciertas páginas “mal encuadernadas” de la historia del analista, estructurándose entre ambos una mortífera fantasía inconsciente básica del campo ana- lítico de dos gladiadores, en donde uno debe morir. A diferencia del campo perverso sa- domasoquista o voyeurista-exhibicionista, resulta difícil desentrañar en el campo kaf- kiano, el placer relacionado con el ataque al análisis y al analista. Así como en el campo sadomasoquista el analizando suele ser martirizado, el analista flagelado, o viceversa, en el campo kafkiano, analista y analizando permanecen inmovili- zados ambos en una regresiva y oscura des- esperanza. Una de las últimas frases de Kafka

a un amigo fue: “Hay muchas esperanzas,

pero no para nosotros” (Citado por Borges en Franz Kafka, p. 13). Lo kafkiano estaría constituido probable- mente por identificaciones primarias insufi- cientemente estructurantes que han resenti- do en el sujeto su Selbstgefühl (sentimiento de sí), provenientes del desenlace de traumas narcisistas tempranos que han marcado toda

4

Poemas,

Barcelona, Planeta, p. 10.

imposibilidad para acceder al conocimiento de la palabra. No son asibles, porque al no per- tenecer al inconsciente reprimido, no pueden reaparecer por el levantamiento de la repre- sión. El desafío técnico consiste en cómo po- der lograr poner en representación de palabra a estas identificaciones patógenas, e historizar los traumas repetitivos para que alcancen a ser resignadas por otras, porque constituyen -siguiendo la metáfora espacial de Wisdom- identificaciones nucleares y no orbitales en el sujeto resentido. El otro desafío consiste en cómo lograr que el analizando tome distancia de las mismas, para efectuar el reordenamien- to identificatorio de estas identificaciones alienantes, generadoras de un repliegue re- gresivo de difícil acceso y de un muro de re- sentimientos y remordimientos manifiestos y latentes, por la pervivencia de arcaicas heri- das narcisistas refractarias a la cicatrización e infectadas por las memorias del rencor y del pavor de un perpetuo pasado que, al no poder ser mantenido a distancia del presente, resulta incapaz de transformarse en historia.

D) ESPERANZA Y DESESPERANZA EN LAS MEMORIAS DEL RENCOR, DEL PAVOR Y DEL DOLOR

Vivir quiero conmigo, gozar quiero del bien que debo al cielo, a solas, sin testigo, libre de amor, de celo, de odio, de esperanzas, de recelo. Fray Luis de León 4

En el campo kafkiano hallamos una disca- pacidad para el establecimiento de un víncu- lo estable que posibilite el despliegue de un sentimiento de pertenencia y de esperanza compartido, precondición básica para que el

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proceso analítico se constituya. En un mo- mento inesperado, analizando o analista saca

resentido se considera inocente y sediento de una justicia reivindicatoria. En estos ca-

la

pala, comienza a cavar debajo de sus pro-

sos el analista suele representar entonces en

pios pies y de los del otro, transformando el campo analítico en un repetitivo, regresivo y ominoso campo singular poblado de incerti-

la transferencia a un pretérito ofensor y el analizado puede llegar a preferir desquitarse con él mediante un triunfo sadomasoquista,

dumbre y de una irreductible desesperanza y

aun a costa de su propia salud. Prefiere ven-

fuga. Con frecuencia, el analista es investido con la irreal tarea de preservar la ilusión de que las necesi- dades insatisfechas pueden ser satisfe- chas y que los objetos perdidos pueden ser restituidos. Esta ilusión coexiste con un resentimiento constante por su incum- plimiento. La esperanza se alterna con la desesperanza y la paradoja radica en la necesidad de lograr que estos opuestos coexistan. No hay un espacio intermedio alternativo entre “como era” y “como de- bería ser”. La esperanza patológica reem- plaza a la esperanza realista y da lugar a la desesperanza (Amati Mehler, J y Argen- tieri, S. 1990, p. 175). Con frecuencia la esperanza asintótica en

garse que curarse. La afrenta narcisista origi- na un movimiento regresivo y repetitivo de reivindicación que funda un estado sobera- no y consumado de excepcionalidad. Según Agambén (1995, p. 20), el soberano es quien está en condiciones de proclamar el estado de excepción, suspender el orden jurídico, colocándose él mismo fuera de ese orden y, sin embargo, conservándose de algún modo dentro de él. Su Majestad, El Resentido, afir- ma con decisión soberana no tener necesidad de derecho para crear Derecho, y cimenta a partir de sí mismo una nueva legalidad. El estado afectivo del resentimiento es irracio- nal, impulsivo e implacable. Sus tenebrosos poderes repetitivos reaniman lo que hay de violencia en el hombre. Avanza rápida e

el

resentimiento y el remordimiento puede

inexorablemente hacia sus fines destructivos.

llegar a ser interminable, cuando opera como

Citando a Wiessel (2002):

una defensa ante la imposibilidad de admitir

El resentimiento no conoce fronteras ni

la

pérdida de lo irrecuperable. En esos casos,

muros de contención y pasa sobre etnias,

la

esperanza interminable y patológica del

religiones, sistemas políticos y clases so-

rencor suele representar el único y último vínculo posible con los objetos primarios y su re- nuncia, significaría el derrumbe definitivo de la ilusión y la aceptación de que, real y efectivamente, se han perdido dichos ob- jetos para siempre (Ibídem.). En efecto, cuando se instala el resenti-

ciales; no obstante ser obra de los huma- nos, ni Dios mismo lo puede detener. Ciego y enceguecedor a la vez, el resentimiento es el sol negro que, bajo un cielo de plo- mo, golpea y mata a quienes olvidan la grandeza de lo humano y la promesa que él mismo encierra. Es preciso por lo tanto combatirlo oportunamente, despojándolo

miento en la situación analítica, se legitima en el analizado una regresiva voluntad de dominio que aspira a imponer un poder reta- liativo sobre el analista y sobre el mundo. Aparece entonces la desmesura de sus pre- tensiones, que no lo hacen retroceder frente

de la falsa gloria que le confiere su escan- dalosa legitimidad. El difícil problema técnico que se nos pre- senta en nuestra praxis es cómo combatir el resentimiento en la situación analítica, por- que éste y su implacable necesidad de ven-

a

ninguna atrocidad, porque el analizando

ganza, son manifestaciones regresivas y re-

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petitivas del narcisismo tanático comandado por la arrogancia ciega del Yo ideal combativo

y “analicida” que ataca al encuadre. Forma un

foco alrededor del cual se organiza un refugio psíquico. Steiner (p.174) sostiene que:

los refugios psíquicos son organizacio-

nes patológicas de la personalidad que proporcionan una estabilidad que es re- sistente al cambio psíquico. Los resenti- mientos focalizados en experiencias trau- máticas en los que el analizando se ha sentido lastimado y agraviado, parecen ser experimentados espacialmente como lugares regresivos de seguridad en los que el sujeto puede buscar refugio de la reali- dad y, por lo tanto, de la angustia y de la culpa. Considero que lo kafkiano en la situación analítica representa un severo obstáculo en la cura, opera como una fuente de reacción

terapéutica negativa, de baluarte, de impasse

y de interrupciones, expone al analista a una

relación agonal, teniendo que sobrevivir a combates mortíferos emprendidos por el ana- lizado que intenta reducir la labor analítica a la impotencia, con repetitivas provocaciones sadomasoquistas, que suelen promover en el analista una respuesta de ataques sádicos acompañados de un sobreelevado sentimien- to omnipotente de esperanza, y que suele ser

refutado nuevamente por el analizado con una tenaz desesperanza.

En los casos más arriba descritos, el es- tado afectivo del resentimiento se presenta de un modo extremo y muy manifiesto, pero en nuestra práctica psicoanalítica suele estar enmascarado y disfrazado de un modo la- tente y, en grados menores, detrás de otras expresiones de resistencia al cambio psíqui- co. Incluso suele presentificarse como obs- táculo en la cura, en aquellos interminables análisis en que ambos, analista y analizando, mantienen la vana esperanza de reencontrar

y superar lo imposible, girando entonces en

la repetición de la frustración del trabajo clí-

nico interminable relacionado con los duelos inelaborables. La repetición en la situación kafkiana es la forma básica de la imposibilidad del por- venir. Pero la repetición en el sujeto resentido alberga un singular por-venir como primer

paso para reabrir luego una temporalidad diferente, basada en la esperanza vindicativa de castigar en la figura del analista, a través de la repetición en la vía regresiva del tiempo,

a los objetos arcaicos humillantes y supues-

tamente responsables de sus enigmáticos y a

la vez conocidos agravios. Momento esencial

en el que una vez más, el sujeto resentido in-

tenta saciar su sed de venganza, para restituir infructuosamente el resentido sentimiento de su propia dignidad. Repetición -restitu- ción compulsiva mediante- que no prepara

el ingreso a la elaboración normal de un due-

lo, y además, la insistencia de una asintótica esperanza reivindicatoria, retiene finalmente al analizando en la incandescente memoria repetitiva y regresiva del rencor, a diferencia de la esperanza que comanda a las memorias

del pavor y del dolor. La dinámica entre ellas es bastante fluida,

y todos vivimos en los vaivenes de estas memorias.

a) ¿Cómo se detectan la secuencia y las

oscilaciones entre estas tres memorias en la situación analítica?

b) ¿Cómo se manifiesta y recambia la in-

teracción entre las diferentes memorias?

c) ¿Cómo se desvanecen las fronteras

difusas entre ellas? El sujeto que padece de la memoria del pavor es un mnemonista implacable. Se halla abrumado por reminiscencias traumáticas co- mandadas por el sentimiento de un temor con espanto o sobresalto, y no puede, a su pesar, olvidar. Permanece atrapado por la memoria de un pasado traumático que no puede sepa- rar y mantener a distancia del consciente.

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En la represión (esfuerzo de suplantación), el sujeto desaloja acontecimientos no tan traumáticos; en cambio en el mnemonista del pavor, lo traumático es más intolerable para el yo en términos de Selbstgefühl. Son como cuerpos extraños, aislados del curso asocia- tivo con el resto del yo. Al no poder entrar en la cadena de la significación simbólica, no acceden a ser reprimidos sino que persisten escindidos. Lo escindido es mantenido fuera de la circulación psíquica y, por consiguiente, no puede evolucionar mientras permanece tal. La memoria del pavor es, precisamente, la memoria de heteróclitas situaciones trau- máticas, en la que se repiten los sentimientos y las representaciones como automatismo de repetición, sin configurar un recordar acom- pañado de un revivenciar afectivo integrado en una estructura diferente con una nueva perspectiva temporal. En lo manifiesto se presenta como una ausencia de porvenir; en lo latente, este apa- rente sin-sentido del porvenir está obturado por la presencia ominosa de un contra-sen- tido. Conjurar el daño de un pasado y alejar el pavoroso peligro de un futuro que acecha con la repetición de un intolerable ayer. Por- que “El trauma no miente. El trauma protes- ta, exige la repetición, manda hasta que se lo explicite. El trauma tiene su memoria” (Ba- ranger y Mom, 1978). Y la memoria del pavor es un testimonio elocuente de la memoria de diversas situaciones traumáticas que requie- ren ser tramitadas en el proceso analítico a través de la interpretación, construcción e historización. En efecto, en la memoria del pavor, el su- jeto deviene en un sobresaltado “sobremu- riente” que permanece varado como un cen- tinela en un puesto para evitar la sorpresiva aparición de un derrumbe inminente. Digo “sobremuriente” y no “sobreviviente”. El “so- bremuriente” huye de la castración–muerte. Vive para obtener un posible triunfo sobre la

persecución alada de Tánatos, y al intentar so- brevolar a la muerte como principal tarea de la vida, deviene finalmente en un “sobremu- riente” en las realidades psíquica y externa. Normalmente se denominan sobrevivientes

a aquellos individuos cuyo destino, es- pontáneamente, tenían marcado el final

anticipado de sus días y que, a la mayor parte de los que estaban en su misma si- tuación, los alcanzó inexorablemente. Así, uno sobrevive a un cataclismo, a una cier-

ta edad, a alguna enfermedad raramente

curable (Schmucler, 2007, p. 12, 25). En cambio el sobremuriente, a semejanza del mítico Caín, se halla condenado a per- manecer en un estado de nomadismo inde- tenible, para estar por encima y huir de una persecución espectral.

Vive, en definitiva, para salvarse mediante

la búsqueda incesante de un reasegura-

miento, pero paga su derecho a la exis- tencia con una cuota constante de sufri- miento: Doleo ergo sum. Prefiere la evita-

ción del displacer a la búsqueda del placer, pero no cesa de sufrir. Y es precisamente, esta tensión de la incertidumbre, la que lo preserva de la ausencia total de tensión que rige el Principio de Nirvana. Parafra- seando a los poetas, morirse la vida, vivir-

se la muerte (Sarlo, 2003, p. 269).

El sobremuriente se halla condenado a vigilar, errar y protegerse, exiliándose en un estado de precariedad porque adolece de una falta de sentimientos sostenidos de pertenen- cia y de arraigo, por la pervivencia en él de ciertas marcas traumáticas de un pasado que lo anegan, en su memoria del pavor, con com- pulsivos sentimientos persecutorios de terror, culpabilidad y vergüenza sustraídos a su pro- pio dominio (Bewältigungstrieb). En efecto, el sujeto capturado por la me- moria del pavor, presenta severas perturba- ciones para configurar y comprometerse en un vínculo confiable en el presente y soste-

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nido a lo largo del tiempo; porque huye del ominoso peligro acechante de la “inundación” (Overwhelming)de anteriores situaciones trau- máticas. Por ende, no puede llegar a involu- crarse y comprometerse en vínculos estables en sus relaciones afectivas, profesionales e institucionales y vive, en consecuencia, como un pasajero en tránsito y en estado de fuga incesante. Vive en el “horror de vivir en lo su- cesivo” (Borges, 1981). Aunque en ciertos mo- mentos el mnemonista del pavor suele sentir también la borgeana “Nostalgia del presente”:

En aquel preciso momento el hombre se

dijo:

Qué no daría yo por la dicha

De estar a tu lado en Islandia Bajo el gran día inmóvil

Y de compartir el ahora

Como se comparte la música

O el sabor de una fruta.

En aquel preciso momento

El hombre estaba junto a ella en Islandia 5 .

El mnemonista del pavor es un trashu-

mante enigmático,“desleal e infiel”, escindido

y receloso, y al no poder permanecer entre- gado con confianza a un solo objeto, crea

una privada ciudad laberíntica mantenida en

la penumbra del secreto, para abrigar en ella

una cierta esperanza de frágil arraigo. Porque

la memoria del pavor es la memoria en acto comandada principalmente por la angustia del desvalimiento (Hilflosigkeit). En cambio, la memoria desencadenada por el resentimiento

y remordimiento instala la memoria adictiva

del rencor, que a la vez se diferencia de la me-

moria del dolor y de la memoria del pavor. La memoria del rencor se atrinchera y se nutre, como hemos señalado más arriba, en la esperanza del poder en un tiempo de re- vancha por venir; mientras que la memoria del dolor se origina y sostiene a partir de la

5 Borges, J.L., Nostalgia del presente, Bs. A., 1981, p. 6.

admisión y resignación de lo acontecido. No se basa ciertamente en la subestimación del pasado, ni en la amnesia de lo sucedido, ni en la imposición de una absolución superficial, sino en su aceptación con pena, con odio y con dolor como inmodificable y resignable, para efectuar el pasaje hacia otros objetos, lo cual posibilita procesar un trabajo de elabo- ración de un duelo normal. La memoria del dolor admite al pasado como experiencia y no como lastre; no exige la renuncia al dolor de lo ocurrido y lo sabi- do. Opera como un no olvidar estructurante y organizador -pulsión de vida mediante- co- mo una señal de alarma que protege y pre- viene la repetición de lo malo y da paso a una transformación y a una renovada construc- ción. En efecto, en la memoria del dolor no se escinde el pasado, al contrario, se lo re- cuerda como experiencia aleccionadora, para poder ser integrado en la configuración de las dimensiones temporales del presente y del futuro. En cambio la repetición en la me- moria del rencor reinstala -pulsión de muerte mediante- la compulsión repetitiva y hasta insaciable del poder vengativo y paraliza el proceso de elaboración de un duelo normal. La vivencia del tiempo sostenida por el po- der del rencor, es la permanencia de un rumiar indigesto de una afrenta que no cesa, expresión de un duelo que no se logra procesar, no sólo en el propio sujeto y en la dinámica Inter-subjetiva, sino que esta sed de venganza taliónica puede llegar a perpetuarse a través de la transmisión de las generaciones sellando un inexorable des- tino en la memoria colectiva. El rencor abriga además de una esperanza vindicativa, una otra esperanza: la esperanza cifrada en la reparación, que puede llegar a operar como un puerto en la tormenta en una situación de desvalimiento. Como un último recurso de lucha, tendiente a

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restaurar y redimir el quebrado sentimiento de

la propia dignidad, tanto en el campo individual

como social. El poder del rencor suele promo- ver no sólo fantasías e ideales destructivos. No se reduce únicamente al ejercicio de un poder hostil y retaliativo. También puede llegar a pro- piciar fantasías e ideales tróficos y restaurado- res, favoreciendo el surgimiento de una nece- saria rebeldía y de un poder creativo, tendientes ambos a restañar las heridas provenientes de los injustos poderes abusivos originados por ciertas situaciones traumáticas. “La esperanza es el sueño del hombre des-

pierto”, sostiene Aristóteles, y el sentido cons- tructivo de este poder esperanzado del rencor opera para contrarrestar y no sojuzgarse a los clamores de un inexorable destino de opre- sión, marginación e inferioridad. Estas dos dimensiones antagónicas y coexistentes de

la esperanza y la desesperanza del rencor se

despliegan en diferentes grados en cada suje-

to y requieren ser reconocidas y aprehendidas

en la totalidad de su compleja y aleatoria di-

námica. Pero si el sujeto sólo permanece fija- do a las ligaduras tanáticas de la esperanza

vindicativa de las represalias, sin poder hacer

el pasaje a la esperanza en el por-venir de una

cierta restauración posible subyacente en las memorias del dolor y del pavor, permanecerá entonces detenido en la trampa de la inmovi- lización de la memoria del rencor de un pasa- do que no logra reprimir, ni olvidar.

Pasado que anega las dimensiones tem-

porales del presente y del futuro, a través de

la presencia interminable de reproches, que-

jas y pasajes al acto de venganza y de litigios, que suelen retornar de un modo compulsivo

engrosando el espesor de los actuales tiem- pos de cólera, desencanto, precariedad y aceleración del postmodernismo, para acan- tonarse finalmente, en las hendeduras tene- brosas de los muros de los resentimientos

y remordimientos erigidos a lo largo de los inmemorables siglos.

E) CONCLUSIONES

Antes de concluir, deseo subrayar que el psicoanálisis es irreductible a la cólera y des- esperanza de la post-modernidad, y no puede reducirse al eco mudo de la impotencia, sino que requiere convertirse en uno de los refugios más sólidos para la conservación de un espacio posible y esperanzado donde ampliar los lími- tes de una humanización siempre en riesgos de zozobra. Considero que el psicoanálisis, al intentar descifrar las celadas del inconsciente que intervienen en los diversos procesos del sufrimiento humano reabre, desde y para el sujeto, las posibilidades de una permanente y esperanzada reestructuración. Para alcanzar estas posibilidades, el propio analista, inmerso en esta cultura posmoderna o sobremoderna del exceso, debe más que nunca, negarse a verse reducido a la contemplación estuporo- sa del desencanto y del sentimiento líquido de la precariedad que anega estos tiempos, comandados por las memorias del pavor, del dolor y del rencor y por el contrario necesita ahondar en el estudio y revisión permanentes de la teoría y técnica psicoanalíticas, volvien- do conscientes los modos de operación de los escándalos del inconsciente en la clínica, en la cultura y en lo social, y a la vez intentando develar y no escamotear cuáles son los efectos de la esperanza y desesperanza ejercidos por la cultura posmoderna sobre su propia praxis.

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