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Comisión de Economía y Mundo Laboral

BANCA PÚBLICA: UNA BANCA DE LOS CIUDADANOS Y PARA LOS


CIUDADANOS.

La actual crisis económica, cuyos primeros síntomas vinieron precedidos de las


otrora famosas hipotecas subprime, con la serie de consecuencias que
trasladaron sus efectos a todos los puntos del globo, dio lugar a que de
manera incipiente se planteara el debate sobre la necesidad de que renaciese
la banca pública. Desde diversos sectores de la política y la economía se
reclamaba la actuación de una banca pública sin los excesos y defectos de la
banca privada tanto comercial como de inversión.

Sin embargo, en gran parte del mundo occidental, y particularmente en


nuestro país, esa banca pública que había llegado a jugar un papel notable en
el sistema financiero en tiempos recientes (todavía en los años noventa
suponía un porcentaje del 15% del volumen de créditos concedidos en España)
fue desapareciendo sin que nadie llorase su pérdida. De hecho, para la banca
privada fue un alivio el que desapareciese un competidor. La Corporación
Bancaria Argentaria fue privatizada pasando a formar parte del BBVA, e
incluso, más recientemente el banco alemán Deutsche Bank se hizo con la red
que en su día poseía la Caja Postal en las oficinas de correos. La única
presencia testimonial en nuestros días es la del Instituto de Crédito Oficial
(ICO). Incluso en este caso, el ICO ha de utilizar los canales de la banca
privada para poder articular sus líneas de ayuda a diversos sectores de la
economía.

El debate alcanzó cierta notoriedad hasta el momento en el que los gobiernos


de los países occidentales empezaron a inyectar cantidades ingentes de dinero
en los bancos que corrían mayores riesgos fruto de unas políticas
especulativas que se han demostraron absolutamente nefastas y perniciosas
para la economía en general y para los más humildes en particular. El dinero
de todos se puso al servicio de unos pocos. El objetivo declarado por los
gobiernos era el de insuflar liquidez a la economía pero esa liquidez no ha
alcanzado a quien más la podía necesitar: las familias endeudadas, las
empresas pequeñas y medianas,…

En ciertos ámbitos, a la vista de la magnitud de esta intervención estatal en


las instituciones financieras se llegó a plantear la posibilidad de una
nacionalización pero finalmente todo se fue diluyendo para la mayor
tranquilidad de los grandes accionistas y ejecutivos de la banca, que en
ningún caso han tenido que responder en los tribunales por una gestión que
roza lo delictivo.

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En España, el Presidente del Gobierno, cercenó cualquier veleidad al declarar


el pasado mes de octubre que “no queremos crear banca pública ni sustituir al
mercado”. El sacrosanto mercado es intocable para nuestro gobierno y para el
principal partido de la oposición.

Desde Izquierda Republica consideramos que una banca pública sí tiene una
razón de existir y que la actual coyuntura hace necesaria su presencia y
actuación en unos parámetros distintos a aquellos en los que existió hasta
hace unos años. En este documento pretendemos lanzar algunas propuestas de
cómo puede ser esa banca pública en la España del siglo XXI.

En los últimos años se ha ido dando por sentado que las funciones y servicios
financieros han de ser guiadas por la mano del libre mercado que, como
hemos visto, de libre tiene bastante poco. Está dinámica ha conducido a una
sofisticación de los productos financieros que buscaban la especulación pura y
dura para alcanzar beneficios enormes para unos pocos en cortísimos plazos
de tiempo. Los modernos gurús y sacerdotes de las finanzas predicaban la
buena nueva del crecimiento ilimitado de las ganancias sin reparar en que las
burbujas terminan explotando.

Sin embargo, los republicanos de IR planteamos que los servicios financieros


han de cumplir una función social en diversas áreas muy sensibles para los
ciudadanos. En particular, en el caso de España, el derecho a la vivienda está
reconocido constitucionalmente. Por ello, la financiación de estas operaciones
no puede responder únicamente a criterios de mercado y maximización del
beneficio. La financiación de la vivienda habitual es un campo en el que la
banca pública puede y debe desarrollar una labor absolutamente necesaria sin
buscar el atar a los clientes a modernas esclavitudes de por vida. Los criterios
de concesión de préstamos hipotecarios y las condiciones de su devolución no
pueden ser en la banca pública tan leoninos como lo están siendo
actualmente. Particularmente, la nueva banca pública ha de tener en cuenta
a los colectivos con mayores dificultades para el acceso a la vivienda como es
el caso de los jóvenes o los inmigrantes.

Por otro lado, una banca pública tendrá que prestar su apoyo decidido a los
proyectos empresariales productivos, creadores de empleo y de riqueza real y
a largo plazo, que en muchos casos están siendo obviados por bancos y cajas
para perseguir fáciles ganancias en operaciones inmobiliarias, energéticas o
financieras de dudosa moralidad en algunos casos y cuyas bondades no
alcanzan a la mayoría de la sociedad. El fomento de iniciativas de desarrollo
sostenible es otro de los campos donde la pública habrá de jugar un papel
notable. Asimismo, la financiación de proyectos de investigación, desarrollo e
innovación no pueden quedar en manos de la banca privada únicamente, ya
que ello supondría que aquellas propuestas que no tengan un inmediato
retorno pecuniario carecerían de apoyo financiero para su desarrollo.

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Se trata, en definitiva, de que la banca pública se haga a cargo de hacer


llegar financiación a distintas áreas de la economía con un interés social
evidente, y que actualmente no reciben un tratamiento adecuado por parte
de bancos y cajas, ni parece que lo vayan a recibir teniendo en cuenta su
actual dinámica de funcionamiento.

Desde Izquierda Republicana queremos añadir un matiz nuevo a la banca


pública que hemos descrito anteriormente. Se trata de la participación
ciudadana. No estamos hablando de recuperar una banca pública en manos
exclusivamente técnicas que pueda reproducir los defectos de la privada. Hay
que buscar vías e instrumentos que permitan a los ciudadanos ser participes
de las decisiones y líneas de actuación de las entidades financieras públicas.

En este sentido, hay tener presente la fallida experiencia que suponen las
cajas de ahorro. La participación de los impositores en sus órganos de
gobierno y control es puramente formal y se ha terminado traduciendo en un
reparto de poder entre los partidos políticos mayoritarios y en una
instrumentalización mutua entre los altos cargos de las cajas de ahorro y el
poder político territorial. Estos vicios afectan a la adopción de decisiones
tanto en los aspectos puramente financieros de estas entidades como a la
obra social y cultural que desempeñan.

En conclusión, Izquierda Republicana reivindica una nueva banca pública


con una clara visión de la función social de su actividad, que busque la
creación de empleo y riqueza real impulsando a los sectores económicos
marginados por el mercado financiero mediante la existencia de
mecanismos de efectiva participación ciudadana en sus órganos de
gobierno. La banca pública habrá de ser una banca de los ciudadanos y
para los ciudadanos.

Comisión de Economía y Mundo Laboral de Izquierda Republicana.


Junio de 2009.

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