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! ! La otredad como aquello desconocido en el drama cotidiano: “Langerhaus” y “Algo en
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La otredad como aquello desconocido en el drama cotidiano: “Langerhaus” y
“Algo en la oscuridad”
Berenice Romano Hurtado
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La gran preocupación de la poesía
debe ser la expresión del drama del
hombre, y este drama ha de ser
verdadero. Toda la poesía no es sino
un intento para el conocimiento del
hombre.
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Xavier Villaurrutia
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Para la mayoría de los escritores resulta difícil admitir que su literatura puede ser clasificada, ya sea por género, época o generación. Ha sido frecuente que los autores de textos que se han nombrado como de literatura fantástica se desliguen del término y subrayen que no era su intención crear narraciones fantásticas, sino mostrar la realidad desde un ángulo, poco visitado, en el que se pudiera apenas vislumbrar la cotidianidad del drama humano. Como todo arte, en este caso lo literario se concentra en exacerbar una realidad dolorosa, que muchas veces resulta inquietante y perturbadora para los personajes. De ahí que esta literatura resulte, dicho de manera rápida, en espacios donde lo desconocido desestabiliza lo verosímil y muestra la naturaleza fantástica de lo que se cuenta. Más allá de la pertenencia a un género, lo que atrae de esta literatura es la sugerencia de espacios que rozan los límites entre lo real y lo transfigurado por la angustia de los personajes, que transitan por estos ambientes con la zozobra que imprime la inseguridad que los rodea. En la literatura fantástica se unen lugares comunes a sensaciones opresivas, de tal forma que los personajes sienten que llegan tarde a un universo previamente habitado. Esa presencia anterior es la otredad incomprensible, inasible, con la que estos seres se involucran en un momento. Una otredad que se puede entender como silencios, huecos, vacíos, que no es más que la falta de explicación que, en el fondo corresponde, en la mano del escritor, al reflejo del drama humano, sus contradicciones y la posibilidad de representarlo. Esta forma literaria de entender la realidad es la que José Emilio Pacheco ha recreado en parte de su obra narrativa. El viento distante abre con un epígrafe de Henry James que ilustra la

exploración del autor en este texto de 1963: “tengo la imaginación del desastre, y veo la vida igual de feroz y siniestra”. 1 Un libro con narraciones que protagonizan seres comunes, anónimos, esos que montan su historia con los pedazos del día a día.

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El temor como develador del otro lado del sujeto: el hombre sin razón Me atrevo a darle un consejo, Margarita Nikoláyevna: nunca tenga miedo de nada. No es razonable.

El maestro y Margarita, Mijail Bulgákov.

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Dentro de un espacio de desconcierto y temor, de miedo irracional, se mueven los personajes de “Algo en la oscuridad” 2 y “Langerhaus”; 3 en ellos “en lugar de congruencia, verosimilitud y fidelidad a la realidad ordinaria, Pacheco introduce hechos inverosímiles que proyectan un orden estable y verificable hacia una superrealidad insólita, consolidándose el dominio de lo imaginario”. 4 Estos relatos con acontecimientos extraños se explican y avanzan alrededor de lo humano, pero para subrayar su límite y rozar lo inexplicable. Es ese su centro y motivo de narración, aunque pueda parecer que el terror o lo ominoso los domina. La noticia del periódico con que la narración de Langerhaus comienza informa que el personaje que lleva este nombre murió “al volcar su coche en la curva llamada ‘La Pera’ de la autopista a Cuernavaca.” (117) La foto publicada muestra un Langerhaus joven, de la época en que el narrador de la historia lo conoció, quien además fue el único amigo del niño alemán y el único que asistió al funeral. El narrador se convierte en un elemento funcional que funge como mediador entre “lo real”, el mundo que determina la posibilidad de existencia de hechos y seres en el mundo, y ese otro reconocido sólo por quien narra. Como mediador, su papel lo lleva a la angustia ante la imposibilidad de vincular al personaje de Langerhaus con el resto del universo. Su conocimiento de lo que es la realidad y su relación con el niño músico entran en conflicto y se le revelan irreconciliables, lo que detona el miedo ante lo extraño. En Langerhaus la aparente “amenaza” para el narrador viene de un fantasma, entendido así no sólo porque está muerto, sino porque el mismo lector no podría asegurar su existencia. En “Algo en la oscuridad”, la amenaza es más tangible y los personajes que la sufren la identifican con sujetos “reales”, aunque se entienda, como suele ser en la narración fantástica, que esa amenaza no sea necesariamente aquello que se cree concreto. Es decir, que los vecinos que acechan pueden o no ser personas reales, y funcionar tan sólo como los depositarios de los temores de quien narra. Como sucede, por ejemplo, en “Casa tomada” de Julio Cortázar, o en “El huésped” y en “Julia”, ambas de Amparo Dávila. Todas narraciones en las que los personajes

centrales sufren por seres que los arrinconan, pero que en realidad nunca quedan plenamente revelados para el lector. “Lo extraño [advierte el narrador] comenzó al lunes siguiente.” (121) Y tras el anuncio del personaje, lo extraño irrumpe en la historia de tal forma que lo que hasta ahora se había desenvuelto en completa normalidad se torna angustiante e incomprensible. Nadie reconoce la existencia de Langerhaus. Al principio, lo que el narrador interpreta como un mero olvido se convierte en el hecho contundente de que nadie puede admitir que Langerhaus alguna vez existió.

Después del primer encuentro con sus compañeros, Gerardo comenta con uno de ellos lo “triste [que era] ver de nuevo gente que uno conoció en otras épocas: nadie vuelve a ser el mismo jamás” (p. 125). La frase, dicha como de pasada, es la antesala a la escena en donde Cisneros le va a mostrar a Gerardo el anuario de la escuela para probar que no existió ningún Langerhaus. Cuando Gerardo le pide a su excompañero que se fije bien en la foto, que Langerhaus debe estar sentado entre Arana y Ortega, Cisneros le responde “No: entre Arana y Ortega estás tú.” (p. 126). Gerardo, ya cerca de perder el control, le pide a Cisneros que revisen los periódicos para probar por lo menos que alguien llamado Langerhaus murió. Como es de suponerse, no había ninguna noticia en los diarios ni tampoco estaba registrado ningún Langerhaus entre los servicios funerarios de Gayosso. El miedo no es razonable, y precisamente por eso asusta, los personajes no pueden encontrar su origen porque no encuentran explicación ni a lo que sienten ni a las extrañas situaciones que se presentan. Gerardo es el único personaje con nombre de pila, el resto son apellidos, hasta que a Cisneros se le revela Gerardo como alguien desconocido que no volvería a ser el mismo jamás. Ante el miedo, Cisneros se muestra como sujeto; es Federico, alguien de fuera, quien entra en el espacio inquietante del narrador sólo para nombrar lo que ve y dar constancia de la demencia de Gerardo. En este sentido, la presencia de Federico al final del cuento completa la intención del autor de no dejar la historia con hilos sueltos. Aunque se puede creer o no en la locura de Gerardo, quien podría haber tenido una experiencia sobrenatural, Federico supone un otro que rompe con la “lógica onírica” 5 que permitía a Gerardo actuar entre los demás con una aparente normalidad. El choque entre lo que el narrador cree haber vivido y la evidencia que Federico le muestra, desploma su espacio y lo enfrenta al hecho de que su razón lo ha engañado. En este sentido, la historia habla del error de creer que "lo otro no existe: tal es la fe racional, la incurable creencia de la razón humana […] como si, a fin de cuentas, todo hubiera de ser, absoluta y necesariamente, uno y lo mismo. Pero lo otro no se deja eliminar; subsiste, persiste; es el hueso duro de roer en que la razón se deja los dientes.” 6 Es decir, el miedo, que vive en la irracionalidad del ser, supone que lo otro es lo extraño; sin embargo, el cuento de Pacheco juega con la pregunta ¿de qué lado está lo extraño?, ¿de qué lado lo real, lo normal?

Para Gerardo, la reacción de Federico, la supuesta evidencia de vacuidad tras el nombre de Langerhaus, lo enfrenta al hecho de que lo que era real, ahora es extraño; es decir, la extrañeza no proviene sólo del misterio alrededor del sujeto Langerhaus, sino también —desde la quizás locura de Gerardo— de la reacción de los otros. Si Langerhaus es Gerardo, como parece sugerir el final de la historia, entonces aquellos que lo rechazan, lo excluyen y lo señalan como extraño —extranjero—, surgen ante su experiencia como extraños a su vez. Así, ante la aceptación de ser el músico que creía ver en el niño Langerhaus, Gerardo se refugia en su casa, resignado ante el “sentimiento de incomodidad, de estorbo” 7 que su propia presencia revelada le significa: la “omnipotencia del pensamiento, el retorno de algo reprimido que debiendo haber quedado oculto vuelve imprevisiblemente como algo inquietante.” 8 La historia, entonces, se entiende como un desdoblamiento no sólo del personaje, sino de su realidad por completo, que deja ver sus trastornos en una suerte de identidad desbordada, múltiple y, por esto mismo, distorsionada y borrada.

! Lo indefinido del temor ! Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada puerta
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Lo indefinido del temor
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Fui por el pasillo hasta enfrentar la entornada
puerta de roble, y daba la vuelta al codo que
llevaba a la cocina cuando escuché algo en el
comedor o en la biblioteca. El sonido venía
impreciso y sordo, como un volcarse de silla
sobre la alfombra o un ahogado susurro de
conversación.
“Casa tomada”, Julio Cortázar
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La misma idea es la que cruza el cuento de “Algo en la oscuridad”. En apariencia el narrador y su esposa están ante la amenaza de lo otro, sin embargo, desde el comienzo queda establecido que son ellos el elemento extraño que irrumpe el espacio de la casa: “pasamos, dice el narrador, el primer día reordenándolo todo. Inevitablemente desnaturalizamos las habitaciones. Basta poner más a la izquierda una silla para que una casa ya no sea la misma” (p. 117); es decir, esa desnaturalización supone la entrada impetuosa del matrimonio a una casa que parece un espacio habitado, y de ninguna manera disponible para ellos. Su presencia implica la desvirtualización del lugar, un contaminante que insulta a las miradas que poco a poco irán apareciendo en torno a la propiedad. La imagen del narrador y de Esther leyendo las cartas de los anteriores inquilinos, representa su propia presencia en la casa; el narrador dice, acerca de los papeles, “eran cartas familiares incomprensibles para extraños como nosotros […]” (p. 119). Lo paradójico en este

caso es que los seres que vienen de una supuesta normalidad son los que no encajan en el nuevo espacio y son los que detonan una serie de inquietudes entre los de fuera, lo que ya estaban antes, que a su vez desencadena después la angustia del narrador y de su esposa. En Pacheco lo otro no se ubica de un solo lado, sino que muestra la extrañeza desde dos perspectivas: los de fuera —en el caso de “Langerhaus”, los compañeros de escuela de Gerardo; en el caso de “Algo en la oscuridad”, las casas vecinas y sus ocupantes— y los que narran, que parecieran ser los portadores de una supuesta realidad que, en la escritura de Pacheco, se desmorona y se pone en duda. De esta forma, tanto para el narrador como para su esposa, lo otro no sólo queda representado en los vecinos y su hostilidad, sino en todo el lugar que parece rechazarlos. En apariencia, no hay nada concreto que los empuje a irse y sin embargo, desde la primera noche el narrador dice:

Miré con temor inexplicable la fila de casas enfrente de la nuestra. Habían apagado todas las luces. La calle estaba envuelta en una claridad blanca, en la luz de una luna metálica que irrealizaba árboles y edificios. No pude contener el miedo. Nada se movía: ni el viento, ni una sombra ni una hoja de un árbol. Yo era el único intruso en aquel planeta lívido y como desangrado de todas las materias vivientes. (pp. 119-120) Así, se tiene que “lo otro es siempre más agresivo y fuerte que el sujeto. Se presenta como una especie de dimensión inevitable de la realidad del yo”, 9 de ahí que tanto los vecinos como los nuevos habitantes de la casa sean una imposición mutua, algo inevitable con lo que parecen obligados a convivir, porque, después de todo, suponen una realidad de la que no pueden deshacerse. La imposibilidad de precisar el origen del terror — otra vez el miedo irracional— es lo que aumenta la inquietud entre los personajes. “La noche de aquel sábado, me lavaba los dientes cuando escuché algo como un maullido que a la vez fuera un ladrido” (p. 123) El temor no permite definir el origen del miedo, y en el espacio del cuento esto supone una confusión de objetos y seres, igual que en el cuento de Amparo Dávila, “Moisés y Gaspar”, en el que nunca se sabe si los animales de los que se habla son perros o gatos. “Algo en la oscuridad” está dividido en dos actos y el segundo a su vez, se compone de varias partes, con su respectivo encabezado: la casa, el interior, el traspatio, los habitantes, el móvil, la ceremonia, la noche del sábado y los hechos. Los dos extremos del relato funcionan como su respectivo otro. El primer acto contiene la supuesta realidad de los personajes, el espacio en donde se lleva a cabo la contienda entre los invasores, que parece ser el matrimonio recién llegado, y la amenaza indeterminada que parece venir de fuera. En este sentido, no se puede evitar recordar cómo en “Casa tomada”, de Cortázar, la amenaza venía de dentro y empujó hacia fuera a los personajes, en ese caso, hacia el mundo, hacia la vida misma; mientras que en el cuento de Pacheco, el matrimonio es cercado en el propio inmueble, dentro de la oscuridad que

“empujaba la casa hacia las tinieblas” (p. 126); hacia una inmersión dentro del lugar y de ellos mismos vuelto uno, es decir, hacia la muerte. El segundo acto, como un otro del primer texto, es el doble de la “realidad” que viven los personajes en la primera parte. Es otra versión de la historia, fragmentada en las diversas perspectivas desde las que se puede reinterpretar lo ocurrido. A manera de un reporte policíaco, se describen los que, se supone, son los mismos hechos que se narraron en la primera parte, pero con la intención de tan sólo describir el contorno del último suceso: lo que pasó la noche del sábado. La descripción, en apariencia no profundiza en lo que le ocurrió a los nuevos inquilinos, sin embargo, da detalles que completan el cuadro de la historia. No obstante la aparente calma con la que se describe el espacio, cuando se comienza el apartado que se llama “Los habitantes”, el tono cambia. La historia se narra entonces desde una primera persona del plural que conforme avanza en su descripción del matrimonio parece enardecerse. Dicen de la mujer:

Ella permanece todo el día en su casa (seguramente tramando algo en contra nuestra), la única sin antena de televisión —rasgo que nos ha molestado. Quizá tengan un aparato portátil (no se puede vivir sin tv) o sean tan imbéciles como para satisfacerse con la horrenda música que escuchan en su consola, nunca en tono muy alto pues se adivina que tratan de no incomodarnos. (p. 130) Se devela cómo es el vecindario y la intolerancia de sus habitantes. Se revela, además, que la diferencia de los otros, su incómoda presencia, es suficiente razón para recibir “su castigo” por destruir el mundo al que habían llegado. Un universo en donde “la gente viene […] a buscar la paz que ya no existe en las ciudades y no hay sitio para el escándalo ni para el exceso. Todo está perfectamente reglamentado.” (p. 129) En “Algo en la oscuridad” se encuentra la idea de ver el drama cotidiano a través de un vidrio que lo distorsiona y lleva a una reinterpretación de la realidad. Por un lado, el matrimonio que llega al nuevo vecindario se enfrenta a una otredad amenazante que lo recluye y lo destruye dentro de su propia casa, y por otro, los vecinos, como un personaje colectivo, entiende a los recién llegados como a unos intrusos que descomponen la armonía del espacio que habitan. En ambos casos se trata del desconocimiento del otro y del rechazo y temor que mutuamente despiertan. La cotidianidad se parece pervertida ante la incomprensión de quienes la enfrentan. En esa descomposición de lo que se entiende como real, en el drama del día a día, es donde surge lo perturbador, lo amenazante, esa “inquietante extrañeza”, que menciona Verani, y que empuja a los personajes a hechos y decisiones inverosímiles. Rosalba Campra dice que “lo fantástico compensa carencias, pérdidas, sueños o deseos”; 10 las dos historias de Pacheco en las que se centra esta lectura, representan de forma particular estos vacíos: Langerhaus como el personaje hueco con el que se cubren las faltas de Gerardo, y la imposibilidad de relación entre los personajes de “Algo en la oscuridad”. De esta forma, se

cumple lo que ha dicho Nélida Piñón en una visita a México, que “la literatura prolonga el drama humano, lo vuelve perdurable”, 11 y así se muestra cómo el sufrir diario no por cotidiano es menos opresivo y doloroso.

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