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Cómo hacer que funcione la globalización- Joseph E. Stiglitz -Editorial Taurus- Argentina 2006 [Extractos de capítulos 1 y 4]

CAPÍTULO 1- OTRO MUNDO ES POSIBLE

LAS DOS CARAS DE LA GLOBALIZACIÓN A principios de la década de 1990, la globalización se recibió con euforia. Los flujos de capital hacia los países en vías de desarrollo se habían multiplicado por seis en seis años, entre 1990 y 1996. El establecimiento de la Organización para el Libre Comercio en 1995 -objetivo que venía persiguiéndose hacía medio siglo- debía aportar las líneas maestras de la legislación para el comercio internacional. Se suponía que todos saldrían ganando -tanto en el mundo desarrollado como en el mundo en vías de desarrollo-. La globalización aportaría a todos una prosperidad sin precedentes. [Pág.32] Por eso, no es de extrañar que la primera protesta moderna importante contra la globalización -que tuvo lugar en Seattle en diciembre de 1999, en lo que suponía debía ser el inicio de una nueva ronda de negociaciones comerciales, conducente a una mayor liberalización- sorprendiera a los partidarios de los mercados abiertos. La globalización consiguió unir a gente de todo el mundo -contra la globalización-. ( ) [Pág.33] En resumen, puede que la globalización haya ayudado a algunos países -quizá haya aumentado su PIB, la suma total de los bienes y servicios producidos-, pero no ha ayudado a la mayoría de la población, ni siquiera en estos países. Lo que preocupa es que la globalización pueda estar creando países ricos con población pobre. Por supuesto, quienes no están contentos con la globalización económica por lo general no plantean objeciones al acceso más amplio a mercados globales o la difusión del conocimiento global, lo cual permite que el mundo en desarrollo saque partido de los descubrimientos e innovaciones que se realizan en los países desarrollados. Más bien, manifiestan cinco inquietudes:

Las reglas del juego que gobiernan la globalización son injustas, están diseñadas específicamente para beneficiar a los países industriales avanzados. De hecho, algunos cambios recientes [Pág.34] son tan injustos que han hecho que algunos de los países más pobres hayan ido en realidad a peor.

La globalización prioriza los valores materiales sobre otros valores, como la preocupación por el medio ambiente o la vida misma.

El modo en que se ha gestionado la globalización ha supuesto la pérdida de buena parte de la soberanía para muchos países y de su capacidad para toma sus propias decisiones en cuestiones claves que afectan al bienestar de sus ciudadanos. En este sentido ha socavado la democracia.

Aunque los defensores de la globalización han asegurado que todos se beneficiarían económicamente, tanto los países en vías de desarrollo como los desarrollados pueden aportar bastantes pruebas de que en ambos casos hay muchas personas que han salido perdiendo.

Y, quizá lo más importante, el sistema económico con el que se ha presionado a los países

en vías de desarrollo -en algunos casos en realidad se les ha impuesto- es inadecuado y a menudo muy perjudicial. La globalización no debería significar la estadounidización de su política económica o su cultura, pero con frecuencia es así -y esto ha generado resentimiento-. La última cuestión se refiere tanto a los países desarrollados como en vías de desarrollo. Existen muchas modalidades de economía de mercado -el modelo estadounidense es diferente del modelo de los países nórdicos, del modelo japonés y del modelo social europeo-. Incluso a quienes pertenecen a países desarrollados les preocupa que la globalización se haya usado para priorizar el

“modelo liberal angloamericano” frente a otras alternativas -y aunque el modelo estadounidense haya funcionado en términos de PIB, no lo ha hecho en muchas otras dimensiones, como la esperanza (y hay quien podría sostener la calidad) de vida, la erradicación de la pobreza o incluso el mantenimiento del bienestar de las clases medias-. Los salarios reales en EE.UU, sobre todo los de aquellos en posición más baja están estancados desde hace más de un cuarto de siglo y si los ingresos se han elevado tanto es debido en parte a que los estadounidenses trabajan muchas más horas que sus colegas europeos. De modo que, si la globalización se está usando para priorizar el modelo estadounidense de economía de mercado, hay muchos lugares donde la gente no está convencida de quererlo. Quienes pertenecen al mundo en vías de desarrollo plantean una queja más importante incluso: que la globalización se ha utilizado para priorizar una versión de la economía de mercado que es más extrema, y que refleja más los intereses corporativos que incluso en Estados Unidos.

CAPÍTULO 4 PATENTES, BENEFICIOS Y PERSONAS

PROPIEDAD INTELECTUAL: SUS LÍMITES Y SUS PUNTOS FUERTES [Pág.147] Los derechos de propiedad intelectual confieren al propietario del producto en cuestión el derecho exclusivo a utilizarlo. Crea un monopolio. El propietario de esos derechos, puede, por descontado [Pág. 148], permitir que otros lo utilicen, normalmente, previo pago de una suma de dinero. La regulación de la propiedad intelectual se ha ideado para garantizar que inventores,

escritores y otros que invierten su dinero y su tiempo en actividades creativas reciban algo a cambio de su inversión, pero las leyes que protegen de los distintos tipos de propiedad intelectual

difieren en algunos detalles. (

Ahora bien, los derechos de propiedad intelectual son esencialmente distintos de otro tipo de

derechos de propiedad. Si se posee un trozo de tierra, se puede hacer con él lo que a uno le plazca

siempre y cuando no traspase el límite de la ley(

en la actualidad crean un monopolio. El monopolio genera rentas monopolísticas (beneficios excesivos) y son esas rentas las que, presuntamente, suponen un incentivo para iniciar o proseguir las investigaciones. Con el aprovechamiento del saber de que hacen uso los monopolios se asocian ineficiencias [Pág. 149] particularmente graves, porque el saber, o el conocimiento, es lo que los enemigos llaman un “bien público”: potencialmente, todos podemos beneficiarnos de él y su uso no conlleva ningún coste. Thomas Jefferson, el tercer presidente de Estados Unidos, dijo esto mismo de forma más poética cuando comparó el conocimiento con una vela que enciende otra vela sin que por ello disminuyan su intensidad y resplandor originales. Por eficiencia económica, el saber debería estar más disponible, mientras que la normativa de propiedad intelectual tiende a restringir el acceso a él. La esperanza está en que las eficiencias del poder monopolístico se vean compensadas por una innovación cada vez mayor para que la economía crezca más deprisa. Existe otra diferencia entre la propiedad ordinaria y la propiedad intelectual. En el caso de la primera, digamos un trozo de tierra, normalmente no hay dificultades para definir qué es lo que el individuo posee. El título de propiedad lo especifica con precisión; como también especifica ciertas cláusulas (restricciones de uso) o derechos de paso, que detallan el derecho de otros a usar la propiedad en cuestión. Definir los límites de la propiedad intelectual resulta mucho más difícil. En realidad, incluso determinar qué es susceptible de recibir una patente es difícil. Un criterio es la novedad: todo tiene que ser “nuevo”. No se puede patentar una idea que todo el mundo conoce pero nadie se ha tomado la molestia de patentar. Es algo que puede resultar muy jugoso para los abogados especialistas en patentes, pero no fomenta la innovación. No obstante, ¿Qué es original? Casi todas las ideas están basadas en ideas anteriores. Un pequeño retoque a una idea bien conocida o un gran retoque cuando ese retoque es obvio, ¿merecen una patente? A comienzos del siglo pasado, George Baldwin Selden pidió, y consiguió, la patente de un vehículo

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Por el contrario, tal y como están concebidos

autopropulsado de cuatro ruedas. Tal vez fuera una idea obvia -ciertamente, si nos fijamos en el resto del mundo, eran muchos los que ya habían dado con la misma idea al mismo tiempo-. En Alemania, se concede a Gottlieb Daimler todo el mérito del invento, ¿tenía derecho Selden a obtener esa patente? Y en caso afirmativo, ¿debía la patente abarcar cualquier vehículo autopropulsado de cuatro ruedas o sólo su caso en particular? [Pág.150] No existe una propuesta evidente a estas preguntas pero, mediante su propia ley sobre la propiedad intelectual, todo país debe ofrecer respuestas, respuestas que tienen enormes consecuencias. Cuanto mayor sea el alcance de la propiedad intelectual (cuantas más cosas puedan patentarse, cuanto más abarque las patentes), mayor la recompensa de quien posee la patente -y mayor el alcance del monopolio y de los costes que comporta-. Si una patente tiene toda la amplitud posible, que es lo que pretenden los buscadores de patentes, se corre el riesgo de privatizar lo que en verdad es de dominio público, puesto que una gran parte (posiblemente la mayor) del saber que cubre la patente no es en realidad “nuevo”. Al menos parte de lo que se patenta, y por tanto se privatiza, es un conocimiento que ya existía previamente, que era parte del acervo común o, cuando menos, del acervo común a los expertos en la materia. Y sin embargo, en cuanto se concede la patente, su propietario puede cobrar a otros por hacer uso de ese conocimiento o saber. Algunos críticos han comparado el reciente refuerzo de los derechos de propiedad intelectual con la iniciativa de levantar cercados que en la Baja Edad Media se produjo en Inglaterra y Escocia, cuando los señores feudales empezaron a cercar tierras que hasta ese momento habían pertenecido a toda la comunidad. Pero existe una importante diferencia con lo que hoy está ocurriendo: aunque las personas expulsadas de sus tierras sufrían enormemente, la eficiencia económica experimentaba cierta mejora, puesto que la nobleza empleaba la tierra con mayor comedimiento y no agotaba los pastos, como habían hecho los campesinos. Los economistas dirían que se trata de un clásico caso de sacrificio de equidad por eficiencia. Pero con el cercado de los territorios comunes de lo intelectual, sí se pierde eficiencia. En realidad, la monopolización no sólo puede provocar un estancamiento de la ineficiencia, sino reducir la innovación. Una patente que cubriera todos los vehículos de cuatro ruedas autopropulsados -que habría concedido a Selden el monopolio del automóvil- habría dejado poco espacio para la innovación que introdujo Henry Ford: un coche asequible. Los monopolios aislados de la competencia no están sometidos a las intensas presiones que [Pág. 151] impulsan la innovación. ( ) Los especialistas que se dedican al estudio de los derechos de propiedad intelectual comprenden los riesgos y los costes de la monopolización porque saben lo que ha sucedido a lo largo de la historia. Por ejemplo, ya he señalado anteriormente que a principios del siglo pasado, George Baldwin Selden obtuvo una patente sobre todos los vehículos de cuatro ruedas autopropulsados, así que, en 1903 y basándose en esta patente, un grupo de fabricantes formó un cártel llamado ALAM (Association of Licensed Automobile Manufacturers). Como propietaria de la patente, la ALAM decidía quien podía y quien no podía fabricar automóviles -y sólo se le permitía hacerlo a aquellos que se comprometían a mantener precios elevados-. De no ser por Henry Ford, la ALAM habría conseguido controlar la producción de coches y la historia de la moderna industria automovilística habría sido muy distinta. ( ) [Pág.152] En términos generales, como impiden la difusión y aprovechamiento del saber, las patentes ralentizan la investigación de continuidad, esto es, las innovaciones que se basan en otras innovaciones, y, puesto que casi todas las innovaciones surgen de innovaciones anteriores, también ralentizan el progreso tecnológico global. Cuando varias patentes cubren varias ideas relativas a cierta innovación, el sistema de patentes se convierte en un impedimento todavía mayor para la innovación. Algunos llaman a esto el “matorral de las patentes”. En los años iniciales del siglo XX, la evolución del avión se vio

entorpecida porque resultaba muy difícil sortear las dificultades que planteaban sortear las dificultades que planteaban las patentes en poder de los hermanos Wrigth y Glenn H. Curtiss. Sin

el acuerdo de los tres, cualquier desarrollado del invento corría el riesgo de infringir la ley de patentes. Tras el estallido de la Primera Guerra Mundial, el coste del retraso se hizo intolerable, no en vano el avión resultó decisivo en el resultado final de la contienda. El Gobierno norteamericano forzó una resolución, formando un “fondo común de patentes”. Todo aquel que recurriese a una idea debía aportar algo al fondo común y a los administradores de ese fondo dividirían los ingresos entre quienes poseyeran patentes relevantes, juzgando siempre la relativa importancia de las diversas ideas que hubieran intervenido en el producto final. Finalmente, el sistema de patentes puede reducir las innovaciones productivas desviando una gran parte de los gastos de una empresa, bien en el incremento de su poder monopolístico, bien

en el modo de sortear las patentes que están en manos de otros. (

[Pág.153] Mientras nosotros sostenemos que una protección excesiva de los derechos de propiedad intelectual puede ralentizar la innovación, los defensores de esa política sugieren que, por el contrario, promueve la investigación. ( ) El actual mundo de la innovación es muy distinto del que existía hace un siglo. Los días del inventor solitario y aislado en su taller son cosa del pasado, aunque todavía circulan historias apócrifas, como la Hewlett y Packard trabajando en su garaje. Simplificando mucho, las ideas básicas borbotean de los laboratorios universitarios y de los que están financiados por el Estado, tanto si se trata de grandes avances, como la estructura genética de la vida o el rayo láser, o de otros más pequeños, como los que se producen en el campo de las matemáticas, de la física de superficies o de la química básica. A veces, esos avances se traducen en innovaciones y productos específicos y son las universidades las que los desarrollan, pero, normalmente, son las grandes corporaciones las que llevan a cabo esta tarea. Tradicionalmente, la propiedad intelectual ha desarrollado un papel menor en la evolución de la ciencia. La investigación académica cree en una “arquitectura abierta”, es decir, en que, para alentar la innovación, el saber debe ser de dominio

público. ( ) [Pág.154] Una de las razones de que la investigación básica avance más cuando no se recurre a la propiedad intelectual es que cuando sí se recurre los beneficios son cuestionables, pero los costes son evidentes. Las universidades crecen cuando la información fluye libremente, cada investigador aprovecha con prontitud el trabajo de otros, muchas veces incluso antes de que se haya

Resulta interesante que este sistema de colaboración abierta haya funcionado

publicado. (

incluso con el software. Hoy en día contamos con el sistema operativo Linux, que también se basa en el principio de arquitectura abierta. Todo aquel que desee participar ha de aceptar que se trata de un código fuente abierto, de un programa dinámico mejorado constantemente por miles de usuarios. El Linux, una alternativa libre y viable al sistema operativo de Microsoft, se extiende rápidamente, sobre todo en los países en vías de desarrollo. Uno de los vástagos de Linux, el navegador Mozilla Firefox, crece a más velocidad todavía. No sólo es gratuito, sino que parece menos afectado por los problemas de seguridad que lastran al navegador de Microsoft. Pero puede ocurrir que, inevitablemente, Linux se tropiece con alguno de los miles de patentes que ya se han concedido, y el poseedor de la misma intente impedir el funcionamiento de todo el sistema en espera de una compensación pecuniaria.

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