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Fe, esperanza y caridad

Conformación Perikorética de las virtudes

Por: Juan Agustín Hoil Ucán

¿Dónde y cómo quedan las virtudes teologales, sobre todo, cuando el cristiano se
encuentra en situaciones límite donde se confrontan la fe y la incredulidad, la esperanza
y el desesperar, el amor confiado y el sentimiento de soledad? Resulta difícil explicar en
una cuartilla la conformación perikorética de las virtudes teologales en el bautizado en
situación y en perspectiva.

Nietzsche introduce una nueva orientación en la historia reclamando la soledad


para un individuo que decide erguirse soberano frente a Dios y sin prójimo. La gravedad
de su hazaña no es sólo que haya intentado dar muerte a Dios, sino que haya
proyectado una humanidad sin prójimo, un absoluto sin alteridad. Sin Dios y sin prójimo,
el individuo queda remitido a su sola soledad. Y sin Dios ¿Para qué fe?, sin cielo ¿Para
qué esperanza?, y sin prójimo ¿Para qué caridad? El hombre se encuentra entonces
necesitado a crear un cielo nuevo, un hombre nuevo y un dios nuevo para sustituir el
vacío interior. Esto parece mera explanación, pero en la realidad cotidiana, en los
cristianos de a pie, ¿no se sobrelleva esta tensión, sea mucha o poca, pero encarnada y
encarnizada?

A pesar de todo, algo podemos decir de este hombre en paradoja: en primer lugar,
es memorioso (sin limitarse al origen y sin recuperación del pasado de su existencia en
el instante; es presentivo (por ello se afinca en el instante y ama el tiempo en que vive);
es futurizo (y sólo en la medida en que cuenta con el porvenir, lo anticipa y lo proyecta,
lo pre-viene y lo pre-siente como cercano, como siempre hoy, como siempre presente).
La conjugación de estas tres dimensiones de la realidad personal (pasado, presente,
futuro) y de las actitudes correspondientes (memoria, prójimo, conatus) otorga sentido a
la vida humana y redime el tiempo, para que no sea sólo nostalgia del pasado, pura
inmersión en el presente o mera obsesión del futuro (miedo o deseo). En esa estructura
de la existencia humana, perfeccionándola y divinizándola, se insertan las tres virtudes
teologales: fe, esperanza y caridad.

Recuerdo ahora unas breves palabras de San Juan de la Cruz que leí en algún
libro: <<El amor estaba en el principio y al fin está el amor. Por la mañana somos
creados en el amor y en el amor seremos examinados por la tarde…>>

El cristiano, como todo hombre, vive escindido entre la incredulidad y la fe, la


muerte y la esperanza, el odio y el amor. Hay innumerables razones para la incredulidad,
la muerte y el odio: el dolor que no cesa, la caducidad que se deja sentir, la injusticia
perenne, la impotencia para sustraerse de la muerte y la separación de todos los seres
amados. Pero el cristiano en sintonía teologal, no olvida que hay también razones para la
fe, la esperanza y la caridad: el hombre no cesa en la búsqueda de la verdad, prefiere el
amor a la injusticia, se entrega a sus hermanos. Un principio básico de Cardedal es:
<<Dios deja sentir los destellos de su presencia, ni con tanta luz para cegarnos, ni con
total oscuridad para que no encontremos caminos en la noche>>.
Quiero terminar mi esbozo parafraseando a H. U. V. Balthasar: sólo el amor es
digno de fe, y sólo la fe es digna de esperanza. Todas para una y una para todas.
Ninguna sin una, aunque una al final: el amor, entendida hic et nunc, como presente y
projimidad.

Juan Agustín Hoil Ucán

Jer17-7@hotmail.com