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La educación de Oscar Fairfax Louis Auchincloss Traducción de Pilar Mañas Lahoz
La educación de Oscar Fairfax Louis Auchincloss Traducción de Pilar Mañas Lahoz
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La educación de Oscar Fairfax

La educación de Oscar Fairfax Louis Auchincloss Traducción de Pilar Mañas Lahoz
La educación de Oscar Fairfax Louis Auchincloss Traducción de Pilar Mañas Lahoz

Louis Auchincloss

Traducción de Pilar Mañas Lahoz

Primera edición, 2008 Título original: The Education of Oscar Fairfax

Copyright © 1995 by Louis Auchincloss

© de la traducción, Pilar Mañas Lahoz, 2008 © de esta edición, Libros del Asteroide S.L.U.

Traducción del fragmento de El preludio de William Wordsworth en página 238 según versión de Bel Atreides.

Publicado por Libros del Asteroide S.L.U. Santa Magdalena Sofía, 4, bajos 08034 Barcelona España

www.librosdelasteroide.com

ISBN: 978-84-935914-1-0 Depósito legal: B.746-2008 Impreso por Reinbook S.L. Impreso en España - Printed in Spain Diseño colección y cubierta: Enric Jardí

Este libro ha sido impreso con un papel ahuesado, neutro y satinado de ochenta gramos y ha sido compaginado con la tipografía Sabon en cuerpo 10,5.

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Para David Clapp, mi más que meritorio sucesor en el Museo de la Ciudad de Nueva York

Todas las historias universales y las investigaciones sobre la causa de las cosas me aburren. He agotado todas las novelas, los cuentos y las

obras de teatro; tan sólo las cartas, las vidas y las memorias escritas

por

aquellos que narran su propia historia me divierten y despiertan

mi

curiosidad. La ética y la metafísica me aburren intensamente.

¿Qué puedo decir? He vivido demasiado.

MADAME DU DEFFAND

(que podría haber estado hablando en nombre de Oscar Fairfax)

Louis Auchincloss

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Padre y Dios

El retrato que hizo Sargent de mi padre —pintado cuando yo tenía diez años, en 1905—, que cuelga todavía en el vestíbulo principal de la Colonial Art Gallery, de cuyo consejo él fue miembro muchos años, podría considerarse la imagen ideal del aristócrata americano de su época. En caso de que hubiera habido alguno. De hecho, ésa debió de ser la pregunta que se hacía el artista. Aunque el famoso retrato transoceánico que Sargent hizo de lord Ribblesdale —quien, aunque dotado del porte majestuoso de un ministro, eligió posar como el señor de Buckhounds— representa la seguridad absoluta de un terrateniente, el maestro de las fisonomías eligió impregnar el de mi padre con un ligero toque de autorreprobación. Lionel Fairfax, alto y delgado, aparece sentado con un aire de relajación controlada en un bergère Luis XV, vestido con un traje ligero de tonos acordes con el cabello prematuramente gris del modelo y el blanco nacarado de sus apacibles y curiosos ojos. Con una mano está sujetando un libro encuadernado en tafilete, el dedo índice entre las páginas como si el pintor hubiese interrumpido —interrupción disculpable— una tranquila sesión de lectura. Los finos dedos de la otra mano, posados en el brazo de la butaca, y el modo elegante con el que una pierna se cruza sobre la otra, podrían haber sugerido una seguridad tan serena como la del noble inglés de no haber sido por una cierta tensión en la figura que evidenciaba una disposición para lanzarse a la acción, en caso de que la acción fuera requerida. En alguna ocasión lo había sido, evidentemente. Y podría volver a serlo.

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Pero si mi padre estaba preparado para lanzarse a luchar por una causa, también estaba preparado para perderla. Victoria, fracaso o acuerdo, todas aquéllas eran escenas de una misma obra, comedia o tragedia, en la que unas fuerzas desconocidas le habían asignado un papel que representar. ¿No era eso suficiente? ¿Qué más había? No había nada más. De hecho, éramos una de las pocas familias americanas que descendía por línea paterna de un noble británico prerrevolucionario. Un sobrino desheredado

(no sabemos por qué) del sexto barón Fairfax de Cameron, dueño de gran parte de la colonia de Virginia, había emigrado a Nueva York para hacer fortuna, y las fuertes simpatías de sus descendientes por el bando de la Unión durante la Guerra Civil no contribuyeron a recomponer la fractura de la familia. Los Fairfax de Nueva York se habían recuperado económicamente, aunque apenas contaban como ricos en la nueva época de los magnates del pillaje. Mi abuelo paterno había fundado un respetado despacho de abogados en Wall Street que

mi padre amplió hasta que adquirió un volumen considerablemente

importante. También fue un activo miembro de la sociedad civil; fue presidente del Patroons Club, presidente del consejo del Colonial Art Museum y miembro directivo de la junta parroquial de la catedral de San Lucas. Y como mi madre era hija del obispo episcopaliano de Nueva York, formaban una pareja muy llamativa. Sin embargo, había algo en el aspecto general de mi padre que recordaba la actitud de la madre de Napoleón: «Pourvu que cela dure». Nada que ver con la del rey Luis: «Après moi le déluge». Si tenía que llegar el diluvio, mi padre estaba preparado y dispuesto a sufrir su parte en la inundación. No digo que creyese realmente que el diluvio iba a llegar, y por supuesto no ha llegado todavía, y yo estoy escribiendo en 1975. Quizá nunca llegue. Pero como Henry Adams, él creía que su, al parecer, invulnerable posición social era parte de un

mito, una reliquia del siglo XVIII: es decir, que tenía poco que ver con el mundo de nuestros días. Al contrario que Adams, sin embargo, nunca se consideró más anacrónico

que la mayor parte de sus contemporáneos. Él era vulnerable, sin duda, pero

¿quién no lo era? Las reliquias tenían su utilidad; podían incluso volverse rentables. A pesar de sus antiguos modales de patricio, del suave tono de su voz, que no elevaba ni siquiera cuando se enojaba, de la exquisita atención que prestaba a su interlocutor, mostrando desacuerdo tan sólo con un majestuoso silencio, mi padre se había formado un riguroso juicio del mundo en el que trabajaba. Afirmaba que era Henry James, y no Adams, quien tenía la verdadera clave de

ese mundo cuando escribió, al volver a su tierra natal tras una larga ausencia,

que lo que había sucedido entretanto era el triunfo supremo de la clase media.

James había tomado como símbolo de América el vestíbulo del hotel Waldorf- Astoria. Todo era calidez y flores y saludos y charla bulliciosa y tiendas caras y

señoras con sombreros ampulosos —la máxima felicidad para el máximo

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número de gente—, siempre y cuando a la privacidad y a la tranquilidad se las ahuyentara como a vagabundos de una fiesta. «No os equivoquéis», nos prevenía, «a la mayoría le gusta que sea así. Ya veréis cómo esto termina extendiéndose por el mundo entero». Pero él sabía que un Lionel Fairfax todavía impresionaba a la mayoría de la gente. ¡Carpe diem! A mi padre a menudo se le acusó de ser un esnob por no sucumbir a la pujante costumbre americana de alternar con los clientes. No veía ninguna razón para beber o jugar al golf con personas cuyo único derecho para tratar con él era que habían requerido su pericia profesional. «Ellos no salen con sus dentistas ¿no?», preguntaba. Pero otras veces, sobre todo cuando el aspirante a anfitrión era un arriviste del tipo más rudo, su negativa era atribuida a la reticencia a verse desplazado de las pastas negras del Social Register. 1 Esto era absurdo. A mi padre, el Social Register no le importaba en absoluto. Su reticencia se debía, probablemente, a que le desagradaba el modo en que el hombre en cuestión hacía negocios. Él le representaría, sí, siempre que el caso no implicase una violación de los principios éticos de la profesión, pero nada le induciría a intimar con un hombre a quien considerase carente de escrúpulos morales. ¿Cedía un poco? Por supuesto. Mi padre creía en la virtud de llegar a acuerdos. Era tan abogado como caballero. Su perspicacia en la comprensión de su tiempo y de mí quedó ilustrada por el asunto de la bicicleta. ¿Hay alguna máxima más aceptada que ésa de que nunca se debe sobornar a un niño para que sea bueno? Él sabía cuándo dejar de lado esas reglas. Cuando tenía siete años, mis notas en Browning School estaban por debajo de la media, y había dudas de si sería admitido en el Saint Augustine, el internado de Nueva Inglaterra que mi padre había elegido. Sin charla previa alguna, me llevó a una exposición de bicicletas nuevas y me fue siguiendo mientras yo rondaba con ansiedad por allí, parándome ante las más gloriosas y costosas. Aquello era un milagro de velocidad y eficiencia en brillante plateado, con todos y cada uno de los últimos artilugios, desde una caja de bronce en el manillar hasta un sillín de lustroso cuero de cabrito y una bocina que reproducía el tema de Sigfrido. —¿Te gusta? —preguntó con una ligera ironía—. ¿O no es lo suficientemente llamativa para un auténtico chico americano? —Me gusta. ¡Por supuesto que me gusta! Pero sé que es demasiado cara para mí. —Mis padres eran bastante razonables con los regalos, pero no idiotas. No había sido un chico mimado. —No es demasiado cara para un chico con media de ochenta en la escuela. O incluso con setenta y cinco. Mejora las notas y es tuya.

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Social Register: tipo de listín telefónico con las personas destacadas en la vida social de muchas ciudades norteamericanas. Se mantiene sin traducir por no existir equivalente en español. (N. de la T.)

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Yo me quedé boquiabierto. Jamás habría soñado ser el propietario de tan deslumbrante máquina. Aun así podía regatear. A mi padre no le importaba. —Pero supón que saco setenta y cinco y alguien la ha comprado ya. —La compraré hoy y la guardaré bajo llave hasta que se cumplan las condiciones. —¿Podríamos dejarlo en setenta y tres? Se rió entre dientes.

—¡Qué viejo tacaño eres! Muy bien. Lo dejamos en setenta y tres. En el colegio trabajé como no había trabajado nunca y subí la media hasta setenta y dos. Y aún así me regaló la bicicleta. Sabía que había logrado su propósito. Cuando dejé Browning para ir al Saint Augustine, ya era el tercero de la clase. A pesar de que adoraba a mi padre profundamente, de muchacho nunca

me sentí como una auténtica parte de él o de los Fairfax. Esta ambivalencia es

difícil de explicar. Sé que no es poco frecuente que los niños fantaseen con la idea de que han sido adoptados; quizá yo sufría algo parecido a esa neurosis.

De algún modo, él y su clan, y en menor grado mi madre y su mitrado padre,

eran, a diferencia de mí, personas reales, mientras que yo era un ser de

importancia menor al que, sin embargo, trataban con cariño; mi existencia era la del paje en la corte, al margen de la más espléndida realidad de mis progenitores. Desde el lugar que yo ocupaba, sin embargo, tenía la posibilidad

de apreciar una división. Había un chico, Oscar Fairfax (me había dado el

nombre el obispo), pero en su interior moraba otra entidad: un observador que miraba a Lionel y a Julia Fairfax y les atribuía características personales y quizá —¿quién sabe?— incluso los creaba, en algo parecido a una biografía imaginaria. De cualquier modo, el semisolipsista que acechaba en mi psique ha

desempeñado un papel durante toda mi vida, un papel persistente que en ocasiones me ha distraído. Las personas han sido mi constante preocupación.

En ocasiones, sin embargo, no ha estado claro si ellas existían solamente en mí,

o yo solamente en ellas. Existir en el sentido de lo que yo podía hacer con ellos,

o para ellos, o quizá, finalmente, por ellos. ¿Quería ser biógrafo o novelista o psicólogo o sacerdote o incluso misionero? Al final acepté el consejo de mi padre y me convertí en abogado. Él decía que no importaba a lo que prestase más atención: a los clientes o a la ley.

Mi madre sospechó desde muy pronto que a mí me hacía falta que me ataran

bien corto. Ella era una persona mucho menos pintoresca que él: pequeña y seca, pero con un aire enérgico, una agudeza extraordinaria y un gran aplomo. Era conservadora en lo moral y lo político, como su pareja, pero no porque él la dominara, ni siquiera porque ella le amase (que le amaba), sino porque creía profundamente en los principios en los que él, al menos, había declarado creer.

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Si no hubiese sido así, ella habría sido capaz de mantener un total desacuerdo aun cuando fingiera aceptar la antigua concepción de la esposa sumisa. Pero en alguna ocasión me permitió vislumbrar sus incómodas sospechas acerca del vacío que existía detrás de las aceptables creencias de su marido y de sus igualmente aceptables acciones. Estaba molesta, por ejemplo, por el incidente de la bicicleta. «Supongo que tendrá que comprarte un yate para que sigas sacando buenas notas cuando vayas a la universidad», dijo con cierto desprecio. «¡Se diría que tu padre cree que todo aquel que ose sugerir que un hombre puede trabajar por un incentivo que no sea un manojo de billetes es un socialista!» Me afectaba que ella y mi padre, tan aparentemente unidos en su comportamiento externo, pudieran estar divididos en sus creencias. La fe de él, por supuesto, no era realmente una verdadera fe; era más bien una confianza inquebrantable en el mantenimiento de las formas para sustentar la estructura de un mundo poco civilizado. La de mi madre era una fe en la fe; ella y sus numerosos hermanos creían firmemente en su padre. Para ellos, el obispo Fish era el representante de Dios en la tierra, creían en Dios porque también creían en él. —Los Fishes, o Fish, como deberíamos llamarles, son un auténtico banco de peces —me comentó mi padre en una ocasión con cierto sarcasmo—. Siguen al líder. Al menos es el instinto lo que les mantiene juntos. O más bien son una tribu. Tu madre es una mujer admirable y la mejor de las esposas, pero cuando la suerte está echada y hay que tomar partido, siempre estará con el jefe. —¿El jefe? —Tu santo abuelo. ¿Quién si no? Ahora que yo iba a cumplir catorce años, me hacía más confidencias. Tenía pocos amigos íntimos, y nunca se encontraba verdaderamente cómodo en compañía de mujeres. Mi madre era inteligente, pero no intelectual, y huía de cualquier discusión sobre temas abstractos. Mi hermana mayor, Henrietta, era muy poco sociable por esa época; se mostraba malhumorada, irritable y resentida ante cualquier interferencia de los padres. Solamente quedaba yo, que valoraba la idea de esta nueva camaradería. —¿Te refieres al asunto de la catedral? —pregunté. Había sorprendido en dos ocasiones a mis padres en total desacuerdo respecto a un proyecto del abuelo Fish, y habían dejado la discusión cuando vieron que yo estaba escuchando. El proyecto era la catedral de San Lucas, el gran templo gótico que estaban construyendo en la parte baja de Broadway. Iba a ser la obra maestra del obispo, el resplandeciente símbolo de la Iglesia episcopaliana en América y, a su debido tiempo, la basílica del reverendo Oscar Fish. —Precisamente —respondió con una prontitud que demostraba cuánto le importaba el asunto—. A tu madre le preocupa mucho que yo tenga dudas acerca del proyecto. ¿No ha tocado su padre ya las trompetas y ha alertado a las multitudes? ¡Todo el mundo debe tomar partido!

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—Pero ¿tú no estás en el comité para conseguir el dinero? —Eso es justamente lo que me preocupa, hijo. —¿Quieres decir que ya no crees en el proyecto? —Empiezo a preguntarme si alguna vez lo hice. —Entonces ¿por qué te metiste? —Buena pregunta. Porque tu abuelo es un hombre muy persuasivo. Y la catedral es su pasión. Y todos sus hijos consideran un deber sagrado hacer todo lo que puedan por verla terminada. Dudo que se haga. Incluso dudo que pueda hacerse. Aunque el viejo, lo admito, es un genio de la recaudación de fondos. ¡Qué bien se le da lo de hacer que los ricos desembolsen! Supongo que es porque los adora. —¿Quieres decir que los adora porque son ricos? Su mirada dejó entrever que se estaba preguntando si no había ido demasiado lejos. —No los ve así. Los ve como apreciados trabajadores del jardín de Dios. Si ellos no se ven a sí mismos bajo esa luz, tiene que encargarse de llevarlos de nuevo por el buen camino. Una misión con la que goza profundamente. Ahora parecía volver a sus propios pensamientos. De repente soltó una risita. —Algunas veces creo que cuando muera el obispo, se irá de veraneo a Newport. —¿Qué quieres decir? —No importa, hijo. Supongo que ya he dicho bastante. Fue así cómo la educación comenzó realmente para mí: en el contraste entre el abuelo Fish y mi padre. Supongo que podría decir, incluso: en el contraste entre el abuelo Fish y el resto del mundo. Mientras que mi padre albergaba dudas acerca de su educación y de sus orígenes, la seguridad que el abuelo tenía en sí mismo, en su iglesia y en su nación era inquebrantable y serena. Era un hombre bajo cuya voz, suave y grave, podía convertirse en el púlpito en un trueno dorado. Pelo gris corto y bien peinado, frente alta, nariz diminuta, y unos ojos de un azul glacial que parecían asignarte el lugar exacto en la escala social, ni un peldaño de menos ni, por supuesto, uno de más. Nada podía perturbar su ecuanimidad; Dios cuidaba de todo. Lo que no significaba, sin embargo, que no pudiese haber algún descuido en la obra del Creador. El obispo era famoso por su energía y su eficacia administrativa, que no limitaba al gobierno de su diócesis, sino que también aplicaba a los asuntos de la Iglesia en su conjunto. Estaba constantemente presidiendo congresos eclesiásticos y encuentros con alcaldes, gobernadores e incluso presidentes. Se había convertido en una figura pública, blanco de parodias en los periódicos ateos, un símbolo de santidad remilgada para el agnóstico, aunque en privado estaba lejos de ser remilgado, e incluso a veces rayaba en lo subido de tono. Lo imagino ahora, limpiándose suavemente los labios con una servilleta antes de levantarse a responder al tintineo de las

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cucharillas contra las copas y dirigirse a una respetable multitud de corbatas negras y tiaras en el brillante salón de un hotel. La abuela murió antes de que yo naciera, pero uno de sus nueve hijos e hijas estaba siempre «de servicio» en sus casas en Washington Square o en Lenox, Massachussets. Él no lo pedía; incluso ni siquiera lo esperaba; simplemente sucedía. Y se podría haber pensado que con tantos descendientes habría desarrollado una dulce y benevolente relación con sus nietos, pero no fue así. Nos trataba a cada uno de nosotros como a un adulto inteligente, merecedor de su absoluta atención. Yo no dudé, por ejemplo, en consultarle mis problemas teológicos. —¿Me dices, Oscar, que tienes dificultad para creer en el más allá? Bueno, nadie puede creer en un más allá todo el tiempo. —¿No sería aburrido, abuelo, estar siempre cantando aleluyas por calles de oro? —¡Horrible! Pero no tienes que creerte esa tontería. Ese tipo de cosas es para la gente simple a la que le gustan los himnos evangelistas. No hay nada de malo en eso. —Pero hicieras lo que hicieras en la eternidad, ¿no terminaría volviéndose aburrido? ¡Piénsalo! La eternidad. Agitó la cabeza como si hubiese pronunciado una palabra gravísima. —Preferiría no pensar en una cosa tan espeluznante. Claro que allí no habría tiempo en absoluto, en realidad. —¿Cómo podría no haber tiempo? —Bueno, eso es un misterio, ¿verdad? No podemos saber la respuesta, por lo tanto es absurdo preocuparse. —Y hay algo más que me preocupa, abuelo. Mi padre dice que la gente que no cree en Dios —incluso la gente que no cree en ningún tipo de dios— puede ser tan buena como la gente que cree. ¿Tú estás de acuerdo con eso? El obispo sonrió entre dientes. —¿Con que me estás midiendo con tu viejo? Bien, de acuerdo. Sí, creo que hay ateos que son incluso tan buenos como la mayoría de los cristianos devotos. Ralph Waldo Emerson, por ejemplo. Me sorprendió. —Pero en el colegio nos enseñaron que Emerson era un hombre muy religioso. El abuelo se encogió de hombros. —Era un trascendentalista. Un deísta. Creía que cuando uno muere se convierte en un latido de la naturaleza eterna. Pero ¿cuál es la diferencia entre ser un latido —incluso un latido feliz, si se puede concebir tal cosa— y la completa extinción? Si la supervivencia significa algo, debe de significar la supervivencia de algún aspecto de nuestra personalidad. Si en la otra vida no voy a ser Oscar Fish —o un razonable facsímil de Oscar Fish— ya no quiero ser nada.

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Tan joven como era, aquello me pareció bastante egoísta. De hecho ¿no era

eso la esencia del egoísmo? Pero lo encontré admirable. Comprendí que iba a tener una discusión animada con mi padre. ¡La esperé con ansiedad! —¿Serías igual de bueno, abuelo, aunque no creyeses en Dios ni en el más

allá?

—No, hijo mío, me temo que sería un triste pecador. No digo que fuera a robar, a estafar y a cometer crímenes atroces. Eso me desagradaría. Pero sería

mucho más indulgente conmigo de lo que soy ahora. Creo que buscaría el placer, en el sentido epicúreo del término. Y uno nunca sabe a donde puede conducir eso. Tuve una extraña visión del abuelo con una túnica, con hojas de parra en la cabeza, recostado en un lecho en un banquete romano. Y entonces encontré la oportunidad de impresionarle con mis lecturas bíblicas. —El propio Cristo no desaprobó algunos placeres terrenales ¿no? Convirtió

el agua en vino en las bodas de Caná. El obispo volvió a reírse entre dientes.

—Eso solía angustiar a uno de mis antiguos maestros en la escuela de teología. Despreciaba un poco ese milagro, y solía recordarnos que fue el primero que hizo nuestro Señor. ¡Al parecer, Jesús había tenido que practicar para desarrollar una taumaturgia más sublime! Pero a mí me gustaba que el Señor llegara para salvar a unos anfitriones a los que se les había agotado el vino y que se las tenían que ver con aquellos huéspedes sedientos. Aquélla fue una solución encantadora, y mostraba al hombre que había en el dios. Del mismo modo que su maldición de la higuera revelaba un enojo muy humano. Esto nos acerca a él. Entonces no me di cuenta de que, en la época de la Inquisición, este sofisma bíblico le hubiese costado al abuelo la vida. Pero se me ocurrió que, si hubiese sido un papa Médici, habría considerado la venta de indulgencias un espléndido mecanismo para recaudar fondos. Su fe era lo suficientemente fuerte como para aprovechar todos los medios para conseguir su fin. Era un realista. Sin embargo, ésta fue justamente la pregunta que mi padre iba a plantear. ¿Lo era, realmente? La pregunta surgió cuando un sábado por la tarde me llevó

a la ciudad a ver cómo progresaban las obras de la catedral. La iglesia ni

siquiera estaba a medio construir, pero la fachada oeste estaba completamente

terminada exceptuando las dos torres. Las tres puertas y sus pórticos, el rosetón

y el sinfín de terrazas y pináculos formaban un conjunto de estricta simetría; imponente y solemne, muy parecido a Notre Dame de París, que había sido su inspiración evidente. Había unos bancos en la placeta frente a la iglesia y nos sentamos en uno durante lo que me pareció un largo rato mientras mi padre, malhumorado, observaba el edificio. —Está todo mal —refunfuñó por fin. —¿Cómo que todo está mal?

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—Todo está mal. No tiene cabida ni en esta ciudad ni en este siglo. Es falsa.

No es auténtica. Simula ser algo que no es. Es arrogante. Es hipócrita. ¡No la

haré! Ahora parecía estar tratándome como si, en términos intelectuales, fuera su igual. Yo estaba atemorizado. —¿Y qué vas a hacer? —¡Me voy a ir del comité! El lunes enviaré mi dimisión.

Su tono mostraba que se estaba preparando para una batalla que no estaba seguro de poder ganar. Él y mi madre raramente mostraban sus diferencias de opinión delante de nosotros, los niños, pero supe por la expresión feroz de ella en la cena de esa noche que la batalla había comenzado poco después de que regresáramos de Broadway. Al día siguiente, domingo, el abuelo Fish comía con nosotros. Dudo que hubiese sido convocado; su presencia en nuestro sabbat era una cosa normal. Pero mi madre debía de haber tenido la oportunidad de hablar con él antes de que nos sentásemos a la mesa, porque él abordó el tema de la catedral directamente, rechazando la sugerencia de ella de que esperase hasta después de la comida. —No, Julia, quiero que los chicos lo oigan. Si su padre ha perdido la fe en nuestro proyecto, hay razones para que sepan el porqué. La iglesia, después de todo, es para todas las edades —Después compuso un rostro benigno para su yerno—. ¿Tú crees, querido Lionel, que nuestra catedral no representa el espíritu del nuevo siglo? Quizás estás pensando en la famosa carta del arzobispo Hugo sobre la construcción de Chartres. Estaba asombrado, le dijo a su corresponsal, del silencio y la gravedad religiosa de los ciudadanos que se sumaban a la tarea de acarrear las inmensas piedras de la catedral. No encuentras, supongo, ningún sentimiento parecido en los neoyorquinos de hoy

día ¿no? —Sí — respondió con sorpresa—. Eso expresa bastante bien mi

sentimiento. —Bien, a mí me encantaría liderar una procesión parecida por Broadway, pero me temo que el alcalde pondría alguna objeción. —¿Cuánta gente le seguiría si el alcalde se lo permitiese? ¿Cuántos de los hombres que trabajan en la obra son episcopalianos? —Tenemos que suponer que algunos. Pero ¿tú crees que el clero del siglo

XII no habría aprovechado nuestras modernas máquinas si las hubiera tenido a

su disposición? —Supongo que sí. —¿Y si los únicos trabajadores especializados que pudieran manejar la maquinaria hubiesen sido extranjeros, crees que habrían mirado con lupa sus

creencias religiosas? De hecho, no me cuesta nada imaginar al gran abate Suger,

en la reconstrucción de Saint Denis, prestando oídos sordos a cualquier

acusación de herejía respecto a un maestro vidriero —Aquí el obispo me hizo

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un guiño amistoso—. Hasta que las vidrieras hubieran quedado terminadas, al menos. Él era un clérigo orgulloso y ambicioso, como yo. Era un tipo, me atrevería a afirmar, sin el cual las grandes catedrales de Francia no hubiesen sido construidas jamás. —Pero su catedral, obispo, no será obra del pueblo, como la de Suger. Será la obra de un grupo de ricos. —¿Y qué te hace pensar que Chartres y Amiens y Reims no fueron obra de hombres ricos? Los pobres contribuyeron, por supuesto, pero también contribuyen conmigo. Soy un recaudador de fondos demasiado viejo y conozco el valor de los céntimos. Nada abre tanto el bolsillo lleno como ver que el vacío se abre primero. Los ricos odian sentir que son los únicos que están gastando. Esto es así en nuestros días, y no tengo duda alguna de que también era así antes. ¿Y qué hay de malo en pedir a los ricos? ¿No les hacemos con eso mejores personas? ¿Más caritativas? —¿Y no importa cuáles sean sus motivos? —¿Si sus motivos son la vanidad y el orgullo, quieres decir? ¿O simplemente salvar sus almas? Seguramente algo de lo bueno de una buena acción se le pega al contribuyente. A menos que su motivo sea verdaderamente malvado. No, Lionel. ¡Yo te aseguro que nuestra catedral la construyen hombres de fe a mayor gloria de Dios, igual que hace setecientos años! —Pero incluso así, obispo, tiene que admitir que su estilo arquitectónico es totalmente adocenado. No responde a nuestra época. —¿Y qué lo haría? ¿Un gran ascensor? ¿Un rascacielos? ¿Un hotel de mil habitaciones? ¿Por qué deberíamos renunciar a la forma más maravillosa de arquitectura eclesiástica que el hombre ha inventado jamás por el hecho de que haya sido usada anteriormente? Yo sentía que el abuelo estaba consiguiendo llevar la razón en la discusión, pero eso se debía, sobre todo, a que mi padre se mostraba reacio a utilizar sus mejores armas bajo el ojo vigilante de mi madre. —Hay, sin embargo, un aspecto de las iglesias más antiguas que no copiaremos —continuó el obispo dirigiendo una oscura sonrisa a los comensales—. Ningún hereje será quemado en la plaza frente a los pórticos del oeste. A mi padre este argumento pareció convencerlo más que a mí. —Ése es, lo admito, un argumento contra los sentimientos más profundos de aquellos tiempos. La gran fe parece ir de la mano de la necesidad de matar a todos aquellos que no la comparten. Quizá usted debería quemarme frente a su catedral, obispo. —Bueno, podría hacerlo si me abandonaras, —replicó el abuelo con otra sonrisa, ésta con un cierto toque de porfía. Entonces el abuelo cambió de tema y pasó al colegio Saint Augustine en Massachusetts, en el que yo había sido admitido y de cuyo consejo de administración él formaba parte. Habló elogiosamente del director y dijo que le

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gustaría verme cuando asistiera a las reuniones del consejo. Ése era su modo de indicar que el tema de la catedral estaba concluido y que mi padre no debía volver a hablar de renunciar a sus deberes fiduciarios. Y cosa extraña, mi padre lo hizo. Incluso dejó de hablar del asunto conmigo. Yo deduje que mi madre, sabedora de hasta qué punto él me había contaminado el pensamiento, habría insistido para que dejara correr el asunto. O quizá había sido el recordatorio del obispo acerca de las brutalidades de la iglesia antigua lo que lo había empujado a la neutralidad. ¿No sería mejor mantener una secta moderna inofensiva y evitar que su existencia fuese reemplazada por algo peor? Las religiones estúpidas estaban creciendo en América en 1909. Pero que su mente no estaba tranquila quedó patente cuando ese verano me llevó a lo que Edith Wharton llamaría «un vuelo a motor» a Francia. Era nuestro primer viaje solos. Mi madre se había ido, como siempre, a pasar el mes de agosto con su padre a Lenox, y esta vez se había llevado a Henrietta con ella. Viajamos cómodamente en un coche Panhard con un chauffeur nos alojamos en lujosos hoteles y comimos en restaurantes de muchas estrellas. Mi padre parecía tener un humor relajado y benevolente, al menos hasta que llegamos a Rouen. Allí, la catedral le preocupó. Habíamos estado sentados en un banco delante del templo, como hiciéramos aquel sábado por la tarde en Broadway, contemplando la florida masa de su fachada, cuando de repente pareció cambiarle el humor. —¿No te admira que Monet la pintase en todas las estaciones del año, a cualquier hora del día? —exclamó—. Te sacude los ojos del mismo modo que el sonido de un gran órgano te sacude los oídos. No te dice que Dios es amor. No te dice: «Entra y te salvarás» o cualquier cosa lacrimosa por el estilo. Grita que Dios es grande. Acéptalo, hombrecito. ¿Importan realmente las creencias y las herejías? ¿Cuenta incluso para algo la salvación de tu pobre espíritu? ¡No! Lo único que significa algo es lo que yo, Rouen, te estoy mostrando: que hay admiración y majestad en el universo, y que ser una infinitésima parte de él, durante un tiempo, finito o infinito, debería de bastar. Había en mí lo suficiente del abuelo como para protestar. —Pero Padre, la historia cristiana está escrita en la catedral. Esas figuras son santos y apóstoles ¿no? ¡Ni al obispo ni a mí nos iba a derrotar esa «infinitesimal parte finita»! —Sí, y reyes, buenos y malos reyes —continuó mi padre ignorando la pulla de mi razonamiento—. Y gárgolas y ángeles. Y también todos los condenados. No debemos olvidar a los condenados ¿verdad? Los hombres están colocados por toda la fachada y por los pórticos como hormigas en el campo. Son parte del proyecto, una pequeña parte, pero hay un proyecto; éste es el asunto. ¿Tenemos que conocer algo más? ¿No basta con hacer la vida soportable incluso a un ignorante, a un siervo exhausto con una expectativa de vida de treinta y cinco años?

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—¿Quieres decir que el siervo era más feliz que nosotros? —Me pregunto si eso es lo que quiero decir —Parecía volver en sí y me dio unas palmaditas en la rodilla—. ¿Qué te parece un buen almuerzo? Me dijo el botones del hotel que hay un restaurante de primera en la Rue d’Enfer. Está a sólo un paso de aquí, igual que el infierno. Ya no hizo referencia a la catedral, ni discutimos más temas de fe durante nuestro corto viaje. Creo que su arrebato debió de avergonzarlo un poco. Pero volviendo a casa en el Olimpia, durante la última cena antes de desembarcar, me dijo que se había resignado a formar parte del comité para la construcción de la catedral del obispo. —Te debo una explicación, Oscar. Has seguido mi crisis personal. Has tenido mucho tacto. ¿Por qué continúo trabajando en un proyecto en el que creo tan poco? Porque no hay mal en ello. Porque la mayoría de nuestra familia cree en él. Porque incluso podría llegar a dar buenos frutos. Y porque no es un anacronismo mayor que el de la mitad de las cosas que vemos en nuestro país o en el extranjero: un zar ruso, un káiser alemán, la cámara de los lores, un papa infalible, la bolsa de Wall Street y el señor Morgan. Y yo mismo. Un caballero antiguo que no tiene nada mejor que ofrecer que una pobre copia a medio hacer de una catedral gótica. ¿Merece la pena parar eso y hacer infeliz a tu madre? La catedral nunca se terminó del todo. Los elevados costes, el menor número de feligreses y los sucesores liberales del abuelo, que prefirieron misiones a ladrillos y argamasa, resultaron en una solución de compromiso, con torres más pequeñas y una ornamentación más simple. Pero hoy, en 1975, todavía permanece en pie, y no desentona más que la mitad de las construcciones vecinas que se construyeron posteriormente. Todavía se celebran servicios religiosos en ella, y a veces se utiliza para desfiles que de religiosos no tienen más que el nombre, con animales y payasos. Ha encontrado, en cierto modo, su función como monumento público y como lugar de encuentro de hombres de buena voluntad; rezuma una ligera benevolencia interracial. Con el tiempo ha adquirido ese aspecto vagamente condenado de todas las grandes estructuras de una metrópolis que se reconstruye generación tras generación. Estos grandes edificios saben que el baile de la destrucción les espera. Quizá la única cosa construida por el hombre que expresó lo que la fachada de Rouen significaba para mi padre fue la nave espacial que enviamos a la luna.

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Las torres de marfil

La belleza del colegio Saint Augustine se debía principalmente, como la de muchas ciudades y pueblos, al agua. El sinuoso río, el Alph, cuyo curso discurría lentamente por un campus de estilos arquitectónicos abigarrados y de verdes campos de deporte, conseguía, en cierto modo, reconciliar aquellos objetos tan diferentes que se extendían a sus orillas: las sencillas paredes de madera oscura del edificio original, las pretensiones palladianas de la biblioteca, la rigidez austera y gris de los dormitorios góticos, el pórtico jónico del colegio, cuyo estilo recordaba al del renacimiento griego. La reconciliación residía, me parece, en la suave lentitud con la que la corriente, moviéndose apenas, bañaba la cronología del internado: la bucólica simplicidad del escenario original, diseñado sólo para dos docenas de maestros y alumnos, pudo convertirse, sin mayores sobresaltos, en una colonia más formal de cuatrocientos jóvenes sujetos a reuniones, formaciones, marchas y deportes de competición. Fue aquí donde descubrí por primera vez el encanto de pertenecer a una organización. Defino el término como el núcleo en el que cualquier grupo identificable de gente —un colegio, una facultad, una ciudad, un estado— marca el tono, la moda, las reglas de conducta y la fe para la mayoría de los otros. En Saint Augustine, el núcleo estaba compuesto por el director, los miembros de la facultad más influyentes y el Consejo de Prefectos, elegidos entre los bachilleres más prominentes. Las personas de pensamiento liberal tienden a considerar que las organizaciones son despóticas, exclusivistas e

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incluso siniestras. Subestiman su encanto porque ellos suelen ser inmunes al mismo. Pero el encanto resulta una cualidad esencial para estos grupos dominantes. ¿No había una tentadora camaradería en la Berchtesgaden de Hitler o, quizá, en la dacha de Stalin en el mar Negro? Ser admitido en el salón de Madame de Pompadour en Versalles y charlar informalmente con el meloso Luis XV debió de ser, sin duda, el cielo para los cortesanos franceses, y cazar, cenar e intercambiar ocurrencias con las hermosas paresas y los ministros tiene que haber hecho de las invitaciones de fin de semana a Chatsworth o Blenheim la envidia de las parejas de Mayfair. Solamente Genghis Khan y el gran Tamerlán prescindieron de las sonrisas. ¿Y cuánto duraron ellos? La gente no se conforma para siempre con una montaña de calaveras. Durante los primeros cuatro años de colegio me sentí moderadamente feliz. Fui aceptado por los compañeros más antiguos, fui un poco popular, incluso. Carecía de la planta, los músculos y las habilidades atléticas necesarias para llegar a ser un líder de clase, pero era diplomático y sociable; me desenvolví bastante bien. Durante el último año, sin embargo, experimenté un cambio drástico. Tuve la gran fortuna de ser ascendido a editor jefe de la revista de la escuela, The Voice, cuando mi desafortunado predecesor tuvo que ser enviado a Nuevo México a curarse de sus problemas de sinusitis, y al instante me vi mágicamente ascendido al Consejo de Prefectos y acogido de un modo muy amistoso por los capitanes de los equipos de fútbol y béisbol, que antes apenas me toleraban. Todo fue estupendo y aprendí que es al hombre fuerte, y no al débil, al que se ha de comprar con oro. El Consejo trabajaba estrechamente con el director, y llegué a conocerle bien. El cristianismo constreñía al doctor Alcott Ames como una cota de malla. Era un hombre alto, fuerte, con hombros y brazos grandes, cabeza cuadrada y casi calva, ojos vidriosos y nariz y mandíbula prominentes. Pero su formidable aspecto quedaba atenuado por la cordialidad de su carácter y lo afable de sus modales. Podía mostrarse extraordinariamente rígido, y la escuela entera se ponía firme ante sus órdenes, pero ni siquiera el más pequeño y tímido de los muchachos podía escapar a la convicción —o como mínimo a la ligera sospecha— de que si Alcott Ames se decidía a salvarle el alma, sería capaz de empeñar la vida en ello. En sus incendiarios sermones, cuando extendía los brazos y gritaba: «¡Cristo os llama, muchachos! ¡Cristo os está llamando, no tenéis más que escuchar!», ponía de manifiesto una fe tan invencible que se diría que creaba, para el descreído, la mismísima deidad a la que invocaba. Yo recibí una especial atención por su parte, ya que estaba deseoso de que The Voice jugara un papel importante en su gran proyecto para el colegio. ¿Censura? Él encaró el tema con franqueza. —No quiero hacerte creer, Oscar, que The Voice sea una revista independiente. Nada en Saint Augustine es independiente, y el director el que menos. Obviamente una escuela religiosa no puede exponerse a abrazar una herejía. Pero no tengo ninguna intención de dirigir tu pluma. Escribe lo que

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quieras. No pienso leer ninguna prueba antes de que el número esté editado. Si sigues un camino erróneo, la revista será puesta en otras manos, por descontado. Pero yo no tengo nada que ver con eso. Porque eso no va a suceder. Yo me ocupo de tu corazón, Oscar, como te decía, no de tu pluma. Y creo que hago bien. ¿No te parece, muchacho, que tú y yo coincidimos mucho en temas del alma? Por supuesto que coincidíamos. La sinceridad del director era abrumadora. Cuando clavó aquellos vidriosas órbitas en mí y me dijo con aquel tono profundo y resonante que la guía y la fuerza que había recibido desde arriba eran los únicos responsables de todo lo que él hubiera podido lograr en la escuela, que su gloria y su felicidad consistían en ser un mero instrumento en manos del Todopoderoso, no tuve duda alguna de lo auténtico de su modestia. —Si eres capaz de entregarte a Dios, Oscar, puedes estar seguro de que tu vida será feliz, por muchas desgracias que recaigan sobre ti. Recuerda esto, muchacho: los primeros mártires eran hombres felices. ¡Incluso cuando estaban en la arena del circo frente a aquellos leones hambrientos! —Pero seguramente no eran felices, señor, cuando veían a sus seres queridos en la arena con ellos. El hecho de que me atreviese a replicarle mostraba hasta qué punto el gran hombre se había rebajado a mi nivel —o me había elevado al suyo—. Quizá en aquel momento tuvo la visión de la querida hija tullida que vivía con sus padres en la casa del director, atrapada por un hambriento predador, porque a su mirada de sorpresa triste le siguió otra de preocupación desconcertada. —No, no, los sufrimientos de los otros siempre han empañado la alegría. Ése debió de ser el caso, por supuesto. Pero la felicidad básica siempre estuvo ahí, muchacho. No lo dudes nunca. Desde entonces lo he dudado, pero estoy seguro de que él nunca lo hizo. El colegio y toda su historia habían sido el fruto de los esfuerzos del doctor Ames, pero a su lado tenía a quien siempre, con gran generosidad, llamó el «cofundador», al decano. Mientras que Ames era la fuerza primigenia que representaba las reglas, el orden y los juicios últimos, Philemon Sayre encarnaba el equilibrio de una tolerancia y una comprensión más benignas a las que se sumaba un amor por el arte y la belleza que, en su intensidad, resultaba casi pagano. La relación entre los dos hombres podría haber sido parecida a la de Dios Padre y la Virgen María en la Edad Media. El señor Sayre, acaudalado soltero y compañero de clase del director en Harvard, había aportado los fondos necesarios para comenzar el colegio y, desde entonces, había hecho las veces de benéfica cornucopia complementando los escasos salarios de los maestros y las becas de los chicos más pobres y embelleciendo el campus con fuentes, jardines, verjas y caros proyectos de paisajismo. Su regalo más magnífico había sido la gloriosa capilla barroca, entre cuyas ventanas se contaban algunas de las mejores vidrieras de John La Farge. Sin duda, no podría haber dos hombres menos parecidos; debió de tratarse

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de un caso de atracción de polos opuestos. El señor Sayre, que parecía considerablemente mayor que su amigo de toda la vida, era suave y regordete, con nariz aguileña y barbilla ovalada, y un cabello gris, greñudo y algo escaso. Nunca se supo que hiciera ni el más mínimo ejercicio, a menos que llevase el timón de su maravilloso yate en los veranos de Nahant. Solía llevar pantalones bombachos y chaquetas, siempre del mejor tejido de lana, y corbatas escarlata con un gran nudo, y se movía muy despacio, aquejado ocasionalmente de dolores, pues sufría artritis. Pero su voz era dulce y profunda, y sus frases, tras un comienzo dubitativo, emergían tan claras y precisas como si estuviese leyendo en voz alta. Y de hecho, cuando lo hacía en sus clases de poesía, era capaz de conseguir que Ella Wheeler Wilcox sonase como lord Tennyson. El señor Sayre se ocupaba poco de los primeros cursos; su dominio particular eran los dos últimos años, quinto y sexto, desde los dieciséis a los diecisiete años. Sólo entonces se nos consideraba maduros para sus cursos de teatro griego y sobre los poetas románticos ingleses. Ésta, sin embargo, era una decisión del director; el señor Sayre estaba listo y encantado de abrir su mente y su corazón a todos los que llegaban. Corría el rumor de que el doctor Ames quería asegurarse de que los muchachos estaban firmemente anclados en la teología episcopaliana y en la fe antes de exponerse a Eurípides o a Shelley. Tampoco era un secreto en el campus que el director y el decano, aun respetándose mutuamente, estaban cada vez más de punta respecto a la dirección que estaba llevando la escuela. Se sabía que el señor Sayre deploraba aquella rígida división del día —en clases, servicios religiosos, enérgicos juegos y periodos de estudio— que tan poco tiempo dejaba para el esparcimiento, para los sueños, para los paseos por el campo; para, en suma, especular acerca del sentido de la vida. Para todos resultaba obvio que sus preferencias, más refinadas, no tenían posibilidad alguna de prevalecer sobre la fuerte voluntad del director, pero él todavía era una personalidad con la que había que contar, respetado y querido como era por todos. Y aquel campus de pequeños capitalistas nunca perdió de vista que, si bien el doctor Ames vociferaba desde el púlpito, era el señor Sayre quien había construido el templo que lo albergaba. Yo y otra media docena de compañeros de sexto grado formábamos la selecta clase de Griego Avanzado A que disfrutó del privilegio de seguir el famoso curso del señor Sayre sobre teatro griego. Lo impartía en su residencia, un aparatoso conjunto de alas y pórticos de madera gris concebido para hacer las veces de apéndice de Saint Augustine y de residencia de soltero. Alojaba una elegante biblioteca que completaba la del colegio, un pequeño teatro en el que los chicos podían representar obras, una gran sala de juegos y una pista de squash para los alumnos de los cursos superiores. Nos reuníamos en el estudio del señor Sayre, en medio de su colección de estatuas y estelas, y la discusión versaba sobre las tragedias atenienses; vagábamos de la poesía a la filosofía, de la exploración del Oriente a las expediciones polares, de la quiebra de las compañías al nacimiento del militarismo alemán. Yo me divertía. Se diría que el

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señor Sayre hacía un gran agujero en la pared de la vida escolar por el que se colaban las tentaciones del gran mundo. Pero por mucho que nos alejáramos, él siempre nos reconducía a Grecia. Fue allí, de eso estaba completamente convencido, donde la verdadera civilización no sólo nació, sino que alcanzó el cenit. Citaría a Anatole France: «Cupo a los griegos el don de llevar el arte a la cima. Tal fue el privilegio que correspondió a una raza bien dotada que, en un clima grato, bajo un cielo límpido, en una comarca armoniosa, a orillas de un mar tan azul como el cielo, vivió aplicando los hábitos de la libertad». A mí, más preocupado por los años que me esperaban cuando abandonara Saint Augustine, me intrigaba, ahora que nuestra graduación se acercaba, que el señor Sayre creyera que nuestros días de colegio eran tan importantes como los que estaban por llegar. Nos advertía de que no dejáramos escapar el presente pensando en el futuro. «El muchacho desea convertirse en hombre. Y cuando lo hace, teme hacerse mayor. Los años dorados puede que sean los de Saint Augustine. Las amistades que hagáis ahora pueden ser las más fuertes de toda vuestra vida. Hombres y jóvenes reunidos en un brillante amanecer, unidos por nobles pensamientos y tiernos afectos. ¡Cuántas veces volveréis a mirar este tiempo con nostalgia!» Él le daba mucha importancia al ideal de amistad de los griegos, remarcando que no se avergonzaban al nombrarlo con la palabra «amor». Pero esto me preocupaba, y le pregunté si no podría malinterpretarse el concepto. —Jowett, señor decano, cambia algunos de sus «él» por «ella» en la traducción de El banquete. ¿No habría intentado dejar claro que Sócrates estaba pensando en el amor de un hombre por una mujer? —¡Jowett se humillaba ante la mojigatería victoriana! —exclamó el señor Sayre en una explosión de indignación—. Era un gran erudito y sabía mejor que nadie lo que Sócrates y Platón pensaban. Entendía perfectamente los altos ideales de la amistad griega. Pero también sabía que eso el clero anglicano no lo entendería nunca. ¡El amor para ellos sólo significaba cosas sucias! Pero esto no me satisfizo. En la clase de francés habíamos leído a Racine y me di cuenta de que había alterado el argumento de Fedra, basada en el Hipólito de Eurípides, para que el héroe tuviera una compañera. Seguramente no lo hizo para aplacar al clero anglicano ni al clero galo. Como había elegido escribir mi ensayo trimestral acerca de la comparación de las dos tragedias, me quedé después de la clase para consultarle al señor Sayre algunos aspectos del tema. Como siempre, me prestó su total atención. Aprobó mi elección del tema, pero se mostró rotundo en su convicción de que Racine no había mejorado la obra al alterarla. —¡La auténtica esencia de Hipólito es que es virgen con las mujeres! Él es el joven más heroico y delicado de todos los de Grecia. Y también, podemos deducir, el más hermoso. Le dice orgullosamente a su padre que ninguna carne de mujer le ha tocado nunca; que no sabe nada de esos menesteres ni quiere saberlo. El único elemento femenino en su vida es el de la intocable diosa

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Artemisa, a quien adora y con quien controla a las bestias peligrosas de la tierra. Y cuando al final es destruido por el celoso amor de la diosa Afrodita, el pobre muchacho moribundo solamente puede pensar en lo que su pérdida puede significar para la divina cazadora. ¿Quién cazará ahora con Artemisa? ¿Quién llevará ahora su carcaj? ¿Quién guiará su carro, quién pondrá flores frescas en el santuario? —¿Y por qué no pudo salvarlo Artemisa? —pregunté. —Porque Afrodita tenía el mismo poder que ella. Pero jura vengarse de ella. Son Afrodita y el deseo sexual los que han originado la tragedia. —Pero lo mismo sucede en Racine. Fedra proclama que ella es simplemente la víctima de la diosa, Vénus, toute entière à sa proie attachée. —Muy cierto. Racine hace girar toda la obra sobre su protagonista femenina. Un auténtico galo. Y realiza un trabajo soberbio, hemos de admitirlo. Si prefieres como protagonista a una mujer histérica antes que a un joven heroico, Racine es tu hombre. Oh, estupendo, de acuerdo. —Aquí echó hacia atrás la cabeza para entonar el famoso pareado:

«Ariane, ma soeur, de quel amour blessée Vous mourûtes aux bords ou vous fûtes laissée»

Después se echó a reír entre dientes. —Se dice que Alfred Musset se desmayó cuando oyó a Rachel declamar estas famosas líneas. El doble accent circonflexe fue demasiado para él. Pero ya veo, Oscar, que tú estás hecho de una pasta más fuerte. Todavía estás consciente. Quizá mi voz no sea tan melódica como la de Rachel. Pero de cualquier modo, por mucho que elevemos al Parnaso la gran tragedia de la época del rey Luis, tenemos que reservar un puesto todavía más elevado para el sucesor de Sófocles y su héroe más viril. ¿Ves lo que Racine ha hecho con Hipólito? ¡Contesta! Aquí el señor Sayre se levantó y comenzó a dar pasos delicados por la habitación para enfatizar la degradación del ideal griego. —El propio nombre te dice lo peor. ¡Hipóooolitoooo! ¿Suena eso a cazador de jabalíes? No. Suena al petit monsieur del Louvre que en las galas reales, «a sus pies, señora», sonríe afectadamente, y que entrega su corazón a una princesita obra de la imaginación del autor, una Aricie por quien él brûle con todo el ardeur de un jeune premier. Ahora dime, amigo, ¿no prefieres la versión griega? —No lo sé —respondí enérgicamente—. Creo que Fedra es una obra más emocionante. Y más interesante. —¡Pero es tan interior, muchacho! Tan de invernadero. En Eurípides podemos identificarnos con el coro, la pobre gente, aterrorizada por los trágicos acontecimientos que les acaecen a los grandes hombres y ansiosa de diluir sus molestas individualidades en un ser más grande. Gilbert Murray, a quien en tantas ocasiones han calumniado, al menos lo entendió en un coro:

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«Podría irme a una cueva a esconderme, en las montañas donde el sol apenas deje su huella, o donde una nube sea mi hogar perdurable, como un pájaro entre los pájaros conduce a Dios».

Asentí y me fui. Era la hora de mi siguiente clase en la escuela.

***

A partir de aquel momento me convertí en una especie de favorito del señor Sayre, que comenzó a consultarme acerca de un proyecto literario en el que estaba embarcado. Estaba escribiendo la historia de la primera década del colegio —lo que daba en llamar «los años pastorales» — durante la cual él y Alcott Ames, de veintitantos años, crearon una academia con unas dos docenas de muchachos en una antigua casa de madera en un terreno de unos trescientos acres de praderas y sotos, en las riberas del sinuoso Alph. El señor Sayre no mantenía en secreto su convicción de que el colegio sencillo y sobrio de aquellos días había representado un ideal socrático considerablemente más delicado que aquel «hormiguero» estructuralmente cohesionado y bullicioso de los tiempos actuales, con un cuerpo docente más grande que el número original de estudiantes. Se enteró de que yo sabía escribir a máquina, curiosa habilidad en un muchacho de aquellos tiempos, y quiso hacer uso no sólo de mi ayuda editorial, sino también de mis diestros dedos. —Si estás interesado, podría encargarme, querido muchacho, de hablar con tu profesor de inglés, el señor Carnes, para que te diera permiso durante una hora o así a la semana para que la pases aquí conmigo. ¿Qué te parece? Evidentemente, brinqué de alegría ante la idea, y el señor Carnes me aseguró que el tiempo que pasase con un hombre de mente tan brillante bien valdría la pena aunque perdiese algunos capítulos de Dickens o Thackeray. El señor Sayre y yo comenzamos nuestras sesiones a la semana siguiente. Escribía tan despacio que sólo tenía unas cuantas páginas para darme en cada encuentro, y la mayor parte del tiempo lo pasábamos con un delicioso té con pastas y con sus vívidas y coloridas reminiscencias de un pasado que era algo completamente distinto a lo que yo había conocido. Aun así, joven como era, comencé a sospechar que el seminario ateniense e idealista que él evocaba podía no haber existido nunca tal y como lo describía. Pero ¿y qué? ¿No era suficiente que estuviese escribiendo un maravilloso poema en prosa y que yo pudiese ayudarle? ¿Por qué no me contenté con estar solo? Porque, por algún miedo neurótico a perder lo que no comparto, tengo la obsesión de cortar la tarta en trozos. Cuando le dije al señor Sayre que me sentía culpable de quedarme para mí solo sus maravillosos relatos, me aseguró que los amigos que quisiera llevar a

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cualquiera de nuestras sesiones serían bien recibidos. Y por eso cuando Grafton Pope, aunque no fuese particularmente un amigo mío, mostró interés por lo que el veterano profesor y yo nos traíamos entre manos, decidí invitarle al instante. Grafton era una de aquellas raras víctimas de la fría ambición a los que la curiosidad casi les redime. Era un joven grande, hinchado, con poco pelo, de apariencia blanda pero considerablemente musculoso —estaba en nuestro primer equipo de fútbol— que frecuentaba, casi siempre con unos modales exquisitos, a los líderes de nuestra clase y a los profesores más notorios. Tenía más éxito con los últimos que con los primeros. Puede que su sofisticación impresionara a sus coetáneos, pero también les ahuyentaba. Grafton se había educado en Francia con sus padres, ricos, expatriados y casados en varias ocasiones, y aunque sabía más idiomas y más cosas acerca del sexo que cualquiera de nosotros, era demasiado «diferente» como para resultar completamente simpático. Todos pensábamos que, aunque ir lejos era emocionante y viril, Grafton iba «demasiado» lejos. Yo sospechaba que a veces casi envidiaba nuestra «inocencia» y deseaba ser «uno de los muchachos», integrarse en un grupo. Aquélla era una alegría que él, un chico solo entre adultos epicúreos, no había conocido nunca. Como he dicho, también era curioso. Como al resto de nosotros, le preocupaba el éxito, pero él había vivido en el extranjero, y sabía que podía llegar por distintos caminos. Los muchachos de Saint Augustine comprendían el valor mundano de los deportes, de la experiencia mercantil y financiera, pero Grafton había visto en París calles con el nombre de poetas y filósofos, había conocido a artistas e incluso actores que eran tomados muy en serio por su familia. Él no se reía, como algunos compañeros de sexto grado (aunque a escondidas), de la figura lenta del señor Sayre. Sabía que el mundo literario profesaba un gran respeto por las traducciones de Sófocles que él había hecho, y también sabía que el viejo maestro le daba mil vueltas a los demás profesores. Me dijo que él podía contribuir al libro del señor Sayre con algunas historias de su padre. El señor Pope había sido uno de los primeros estudiantes del colegio. —Sí, lo sé. El señor Sayre lo describió como un fauno dorado. —Me temo que esos cuernos han crecido bastante con el paso de los años — se rió Grafton—. No creo que el señor Sayre apreciara a mi padre. El otro día al salir de la capilla me paró para preguntarme: «¿Y cómo está tu querido padre? He oído que tiene un maravilloso yate con el que navegar por el Egeo. No creo que sea solamente para renovar su relación con la Odisea. No, no creo que sea eso en absoluto. Aunque fue un buen estudiante de griego. Realmente, es una pena que los mejores estudiantes dejaran de estudiar griego. Es una pena, sí. Bueno, bueno. Así es la vida ¿no? Que tengas un buen día, querido muchacho». Grafton era un imitador nato. Podría haber sido el propio señor Sayre quien hubiera hablado. Pero cuando esa tarde le llevé a nuestra sesión, fue para contemplar una visión muy distinta del veterano profesor. Era un día extremadamente frío, y en su estudio descubrimos al venerable

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sabio calentándose el trasero frente al fuego de la chimenea. Literalmente. Su trasero redondo y rosado estaba completamente al descubierto ante nosotros porque no llevaba puesto más que un gorro tirolés con una pluma escarlata y unas brillantes botas altas negras. Llevaba un cigarrillo en una mano y en la otra un volumen que leía atentamente. —¡Oh, señor, perdone! —dije con la voz entrecortada, y me volví para alejar a Grafton de la puerta. — Oh, eres tú, Oscar. Entra, entra. Ya veo que te has traído un amigo. ¡Pero si es Pope hijo! ¡Qué bien, estupendo! Avisaré para que traigan el té. Parecía completamente inconsciente de su estado cuando apretó el botón de su mesa, y me imaginé lo asustada que podría sentirse la criada. —¡Pero señor ! —¿Sí, muchacho? —¿No debería ponerse usted la ropa? —Había visto su batín, de suntuosa seda roja, apoyado en la silla y al instante el práctico Grafton lo cogió y se adelantó para dárselo. —¡Dios mío, gracias! ¿Qué habría pensado Nellie? Dejó que Grafton le pusiera el batín por los hombros, e incluso que le atara eficientemente el cinturón. —Quería el beneficio absoluto de ese maravilloso fuego y he debido de

olvidarme de mí mismo. Gracias, querido

Tengo que admitir que Grafton dio muestras de los buenos resultados de su educación europea. Pasó por alto el episodio como si nuestro anfitrión no hubiese sido culpable más que de un cuello mal abrochado. En la conversación que siguió al té, que la vieja Nellie había llevado (ella probablemente se habría tomado con bastante calma la desnudez de su jefe), Grafton charló animadamente de los recuerdos de su padre sobre los años del colegio.

—Dice que fueron los días más felices de su vida, señor. No sé cómo se lo habrán tomado sus esposas, pero adora charlar de los domingos por la tarde cuando paseaba con usted por la orilla del río Alph, recitando los coros de Eurípides. Yo apenas pude evitar una punzada de celos por la rapidez con la que Grafton se había convertido en mi igual ante la buena disposición de nuestro anfitrión. El señor Sayre entonces se levantó con entusiasmo para abrir una estantería de la que sacó un enorme álbum y nos mostró unas fotografías sobreexpuestas de profesores y muchachos en aquella primera década de la historia de la escuela. —Como podéis ver, éramos casi como una familia entonces. La relación entre profesor y alumno era mucho más informal y amistosa. La disciplina se mantenía más a base de respeto mutuo que de castigos o malas notas. La superioridad del profesor no era más que la natural del hombre respecto al muchacho. Éste sabía que el hombre mayor estaba simplemente ayudándole a hacerse un hombre, y no le guardaba rencor alguno. Mirad esta foto del doctor

Grafton ¿no? Te has ocupado de mí.

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Ames. ¿No le obedecería instintivamente cualquier muchacho? Mirad esa frente serena, esos hombros fuertes, esos ojos fijos y penetrantes. La fotografía mostraba al doctor Ames en pantalón corto y con un jersey sin mangas con una pelota de fútbol en la mano. Estaba realmente guapo. —Todavía es un hombre de figura esbelta, desde luego. ¡Pero entonces era un dios griego! —Un dios episcopaliano, señor —aventuró Grafton con una sonrisa. —Eso es, muchacho. Correcto. No debo permitir que me dominen los clásicos. — El señor Sayre se inclinó para observar detenidamente el parecido de su amigo—. Sí, creo que podemos descubrir al episcopaliano en esa fuerte barbilla. Quizá un poquito demasiado fuerte. Pero un líder tiene que ser así. Y él era toda una alegría en aquellos tiempos. Pasó la página y entonces de pronto volvió atrás con una sonrisa astuta. —¡Ah! Ésta no se puede enseñar a las chicas. — Y habiendo dejado claro nuestro privilegio, volvió a la página por segunda vez—. Así me pillasteis cuando llegasteis. Una foto de nuestra antigua alberca. Los profesores y los muchachos solíamos bañarnos juntos in puer is naturalibus. Grafton y yo examinamos la página con un tremendo interés. Las pálidas figuras de los bañistas dentro y fuera del riachuelo aparecían muy blancas contra el fondo negro, pero se podían apreciar algunos detalles físicos. Era evidente que no llevaban trajes de baño. —Es como ese famoso cuadro de Thomas Eakin, ¿lo conocéis? —preguntó el señor Sayre—. Sin falsa modestia. La inocencia y la belleza de un Edén, libre de Evas y tentadoras ápodas. El hombre en su juventud, fuerza y plenitud de destino. Como los griegos. Tan ligero y claro como el cielo. ¡Cuán maravillosamente lo reflejó Walter Pater! Aquí lo tengo. De entre los libros de Pater, en la estantería de detrás, extrajo el volumen Estudios griegos y lo abrió por la página en la que había ya un marcador. Entonces leyó en voz alta el que era, evidentemente, su pasaje favorito. «Y aquí los artistas no han mostrado a los guerreros griegos con las ropas que realmente deberían de llevar puestas, sino desnudos, la carne más clara que la dorada armadura, la forma del hombre que, cual encarnación del espíritu heleno, cual evocación de la templanza, irrumpe en el estridente arte arcaico.» Aquí el señor Sayre tiró despreciativamente de los botones dorados de su espléndida bata como para dar a entender que cubría algo aún más delicado. —Arte arcaico —observó con desdén—. Asiático. Siempre anteponiendo el detalle recargado a lo simple, lo natural. Las imágenes de sus dioses tienen sinfín de piernas y brazos. ¡Qué desagradable! De vuelta al colegio después de tomar el té, Grafton estuvo terriblemente obsceno. —¿Crees que el viejo muchacho cree realmente que su barriga prominente y descolgada y las piernas huesudas que nos ha enseñado eran la encarnación del espíritu helénico? ¡Vaca sagrada! ¡No pude taparlo más deprisa! Pero en

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serio, Oscar, yo no iría allí solo otra vez si fuera tú. Podrías encontrarte atrapado en un embarazoso jueguecito de policías y ladrones. —¿Qué quieres decir? —Bueno, ¿no te estaba esperando sólo a ti? ¿A qué viene recibirte en cueros? —¡No! ¡Me dijo que podía llevar un invitado! —Bueno, tal vez había planeado una especie de jeu de trois. —Grafton Pope, tienes una imaginación muy sucia. Has pasado demasiado tiempo con los franchutes. Grafton se rió de modo grosero. —No hace falta haber estado en el alegre París para reconocer a una reinona cuando la ves. Yo estaba demasiado enfadado para continuar con el tema. Él hizo unos cuantos comentarios vulgares más, pero me negué responder, y volvimos al colegio muy enfadados. Sabía que convertiría nuestra visita en una historia que contar, y sufría profundamente al pensar en las burlas y las mofas a las que el pobre e inocente señor Sayre estaría expuesto. Pero lo que más me preocupaba era la sospecha de que el señor Sayre pudiese escribir un libro en el que gente como Grafton viese todo tipo de cosas que él nunca había querido decir. Los Grafton del mundo —y seguramente eran legión— podían imaginar al autor de esos pasajes de albercas rurales como la pobre criatura desnuda que yo había visto esa tarde. ¡Era intolerable! Estuve sopesando mis recelos durante dos días y decidí que la única persona en el campus con quien podía hablar de ellos discretamente era el señor Carnes. Leslie Carnes, mi profesor de inglés, era un hombre de tez oscura, un hombre joven y muy serio que trataba a los muchachos con la misma gravedad que a los otros profesores y que albergaba una gran pasión por la literatura inglesa, que me había transmitido. También era mi tutor de dormitorio, y siempre estaba disponible para todos aquellos que quisieran hacerle una consulta. Cuando le llevé a su estudio algunas de las páginas del libro del señor Sayre que había pasado a máquina, esperó a que yo me explicara antes de leerlas. Cuando hube terminado, inclinó la cabeza con sumo interés y comenzó a leerlas. Tras quince minutos en absoluto silencio levantó la cabeza con una extraña mirada. —¿Te ha dado permiso el señor Sayre para enseñarme estos papeles, Oscar? Incluso con la tensión que estaba soportando, me di cuenta de que él tenía que haberme preguntado eso antes de leerlos. —No, señor, pero estoy seguro de que no le importaría. Después de todo pretende publicarlo. —Sí, creo que me lo ha dicho. Y sé que el profesor Ames ha mostrado interés en su libro. Pero ¿qué es lo que deseas consultarme? Pero no iba a ser yo el primero en expresar una sospecha.

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—Bueno, señor, si no le sorprende nada en esas páginas, supongo que no tengo nada que consultarle. Sonrió. Pero su sonrisa era forzada. —Como Hamlet dijo del enterrador, debemos de hablar de los hechos, o el error nos perderá. Sí que veo algo que me preocupa en esas páginas. Me pregunto si es lo mismo que te preocupa a ti. —Señor, no es tanto lo que yo veo como lo que otros pueden ver. — Ya veo que no te voy a pillar. De acuerdo, amigo. Hay demasiada belleza masculina. Respiré con alivio. —Eso es, señor. —¿Pero tú crees que el señor Sayre ve algo malo en ello? —¡Oh, no, señor! La mirada del señor Carnes era interrogante. Después asintió con la cabeza. —Yo tampoco. Es un inocente de Dios. Una especie de san Francisco erudito. Seré muy franco contigo, Oscar. Lo mereces. Te has encontrado con un asunto delicado y lo has manejado con ternura y tacto. Yo creo que es posible que en su juventud el señor Sayre amara al doctor Ames con un amor más fuerte que el que los hombres sienten normalmente por los otros hombres. Y aun así, nunca tanto como para haberlo tocado. Quizá nunca quisiese hacerlo siquiera. Algunas personas llaman a eso sublimación. Eso no es malo. Por aquí, algunas mujeres decentes y cabales deciden vivir juntas, a menudo para siempre. A tales uniones se las llama «matrimonios bostonianos». El señor Sayre ha elegido vivir cerca del director. La señora Ames le trata como a un hermano, y los niños de Ames le llaman tío Philemon. Pero es absolutamente correcto que te preocupe lo que puedan comentar las lenguas maliciosas de un hombre que siente algo parecido por otro hombre. Por eso resulta vital proteger al señor Sayre de sus relatos acerca de sus entusiasmos. Si alguna vez se enterara de que hemos tenido esta conversación, su viejo corazón se le rompería. —¿Qué hará usted entonces, señor? —Le enseñaré estas páginas al señor Ames. No te preocupes. No se mencionará tu nombre. El director, que a pesar de su profunda fe es un hombre de mundo, sabrá qué hacer. Sospecho que, sencillamente, le preguntará al señor Sayre si le deja leer el manuscrito que todo el mundo sabe que está escribiendo. Una vez que haya leído el escrito, el doctor Ames actuará en beneficio de todos. Y del señor Sayre también. —¿No será demasiado severo con él? —El doctor Ames nunca actúa como un director con sus amigos. Puede ser extraordinariamente amable. Y de hecho, yo mismo pude ser testigo de esa faceta del director solamente una semana más tarde, cuando apareció sin anunciarse y con una amplia sonrisa durante mi siguiente sesión con el señor Sayre. —No me disculpo, mi querido Philemon, por interrumpirte en el trabajo

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con tu joven amanuense. Al contrario, vengo a presentar una queja. Es la comidilla de la ciudad que estás escribiendo un libro acerca de la fundación del colegio. Y ¿puedo preguntarte por qué no has buscado consejo en tu amigo más antiguo y cofundador? ¿No sé nada de estos temas? ¿O es que no tengo nada que ver con estos temas? —¡Alcott, mi querido compañero, por supuesto, claro que sí! ¿De qué trata mi libro sino de ti y de tus maravillosos sueños? ¿Cómo iba a ser de otra manera? —Recuperándose de la sorpresa de la repentina intrusión del amigo, el señor Sayre se puso de pie algo inseguro y dio unos cuantos pasos para abrazarlo—. Mi única duda para dejarte el borrador era que sabía que podían no gustarte mis quejas acerca de algunos de tus últimos programas. Pero eso sólo es una nimiedad. Claro que vamos a compartir todo lo que he escrito hasta ahora. Fairfax te dará ahora todo lo que ha pasado a máquina. ¡Tú estás excusado hoy, Oscar, pero vuelve la semana próxima y verás cómo el director ha mejorado mi humilde comienzo! Pero cuando volví el miércoles siguiente, fue para encontrar a un autor bastante distraído. Mascullaba cosas de un modo que yo no podía entender. Estaba enredado con todos los utensilios de su mesa y evitaba mi mirada. Poco

a poco, comencé a darme cuenta de que estaba despidiendo a su ayudante. Al

parecer, el doctor Ames le había dado algunas ideas estupendas sobre las que tendría que pensar y, por ahora al menos, no necesitaría ayuda editorial o mecanográfica. Pero quería, por supuesto, que supiese que había sido de una gran utilidad para él y que apreciaba enormemente todo lo que había hecho. Y se explayó durante un buen rato. Yo estaba seguro de que no me llamaría nunca más.

Nunca sabré si sospechaba que yo le había dado información al director o, simplemente, me asociaba con lo que podía haber sido el incidente más

doloroso de su vida y ya no me quiso ver más. Sea como fuere, el director debió de mostrarse muy categórico, porque la versión impresa de Saint Augustine: Los años pastorales no contenía descripción alguna de profesores jóvenes y apuestos

o de apuestos muchachos en albercas comunales. Ni en ninguna otra parte. Ni

siquiera presentaba la más leve crítica a la academia que sucedió a la «pastoral», más organizada y disciplinada. El director había matado dos pájaros de un tiro. Me despedí del señor Sayre de un modo algo abrupto, un poco dolido por

aquel despido sumario, pero en el pasillo, pensando en lo muy profundamente herido que podía haberse sentido por las revelaciones del doctor Ames, me arrepentí y volví a desearle mucha suerte con su libro. Cuando volví a acercarme a la puerta de su estudio, vi con espanto que tenía apoyada la cabeza en el papel secante de su mesa y estaba sollozando. Horrorizado, me fui de puntillas.

***

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Leyendo hoy el librito del señor Sayre, puedo apreciar cómo reconcilió finalmente su ideal de colegio con el ideal del director, más severo éste. Aun admitiendo que un colegio de cuatrocientos chicos requería una organización más controlada y una disciplina más estricta, él mantenía, no obstante, que la disciplina del Saint Augustine había conservado buena parte de su espíritu más puro y que «hoy» resultaba «perfectamente incomprensible para aquellos que nunca habían pertenecido a él y sólo parcialmente comprensible para aquellos que habían pertenecido a él». Lo que quería decir con esto, o lo que intentaba decir, quedaba ilustrado en su descripción de lo que él consideraba un alumno característico de sexto grado en el año 1890. Era, aseguraba el autor, un joven vestido con la indumentaria típica —blazer y pantalones de franela blancos, y sombrero de paja ladeado—; de aire desenvuelto, su pronta inteligencia, nunca imprudentemente irreverente o cruel, delataba sin embargo pomposidad e hipocresía; podía citar a los clásicos latinos, pero sólo cuando fuese estrictamente necesario; se entregaba a la práctica del fútbol sin alardear después; se ajustaba a las más altas normas de buena educación pero no dudaba en apartarse de ellas cuando se enfrentaba a la grosería; su actitud con las mujeres era galante, pero aquella galantería estaba teñida de humor; odiaba los chistes escabrosos y no alardeaba en público de su fe serena en un dios que era Jesús. Era, en pocas palabras, un alumno de Eton. Pero, ¿no había hecho Philemon Sayre con el Hipólito de Eurípides lo mismo que Racine, a la práctica? El joven cazador ya no era el misógino seguidor de Artemisa. Era un caballero inglés. El director ya no volvería a tener más quejas.

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Algunos hombres son islas

En 1915 ya era un estudiante de tercer curso en Yale y me había especializado en Literatura inglesa; era un ferviente admirador de William Lyon (Billy) Phelps y un ávido lector de Robert Browning. También era redactor de The Yale Literary Magazine. Ya casi había decidido que seguiría los pasos de mi padre y estudiaría Derecho, pero aún tenía el anhelo secreto de convertirme en escritor o profesor, fantasías que relegaba al fondo de mi mente, para no llegar a planteármelas nunca demasiado abiertamente, pues eran fantasías frágiles y seguramente se marchitarían ante el brillante fulgor de mi existencia formal y responsable. Escribir, en la medida que implicaba escribir historias cortas para la revista, era una actividad aceptable e incluso loable para un estudiante, algo que añadir a la nota biográfica del anuario de clase o incluso algo que recordar con agradable nostalgia desde la mesa de despacho que me aguardaba en Wall Street. Y

bueno, dos amigos míos volvieron al colegio Saint Augustine después

enseñar

de la graduación durante un año como licenciados y lo consideraron «una buena experiencia» pero sólo como un lapso, una pausa, un tiempo para entregarse a la reflexión intelectual antes del advenimiento de «realidades» como la abogacía o los negocios o incluso la medicina. Ni a mi madre, por supuesto, ni tampoco a mi más imaginativo padre, se les habría ocurrido jamás que tendrían que prevenir a su aparentemente conformista hijo de las sirenas que peinaban sus dorados cabellos en los traicioneros arrecifes del arte. Mis padres también eran «realidades». Y ¿en qué otro medio se esperaba que un Fairfax existiera?

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La carnicería que estaba barriendo Europa me ayudó a mantener vivas tales fantasías, al menos hasta que conocí a Danny Winslow, quien aportó un epicureismo no del todo desagradable a mis años de facultad. Si uno estaba destinado a las trincheras, ¿importaba mucho que soñase íntimamente con ser poeta o juez? Pero fue Danny quien, más con el ejemplo que con su opinión, me convenció por fin de que, incluso aunque sobreviviera al Armagedón, escribir nunca sería para mí nada más que una distracción. Él me enseñó, como corredactor de Lit, lo que era un verdadero escritor. Para Danny, nada, ni Yale, ni el káiser, ni Wall Street, ni amistades, ni siquiera las chicas, podían compararse a su pasión por la palabra escrita. Lo que no significaba, en absoluto, que no tuviera los pies en la tierra. Era un pobre muchacho de escuela pública que, gracias a mí, frecuentaba a las pandillas de antiguos alumnos de colegios privados. La palabra escrita tenía que tratar de algo, y Danny quería que la suya tratase sobre las juergas de los ricos y los famosos. Se deleitaba con la sofisticación, la distinción, la buena educación, el dispendio irresponsable, el mundo disoluto. Y como no contaba más que con su buena planta para poder introducirse en el «gran mundo» que esperaba poder inmortalizar algún día, apelaba descaradamente a cualquiera que pudiera abrirle las puertas. Tenía un modo extraño de conseguir que lo que hacías por él te pareciera ventajoso para ti. Sus grandes ojos azules, su semblante pálido y casi imberbe y su brillante y rizado pelo castaño reforzaban una constante pregunta muda: «¿Cómo voy a conseguir lo que más quiero, que te diviertas, si no dejas que lo intente? Y lo conseguía. Si tú comprabas las entradas, él se encargaba de escoger la mejor obra; si tú conseguías las invitaciones, él te llevaba a la mejor fiesta; podía incluso encontrarte a la chica adecuada si accedías a salir con él y su acompañante y te hacías cargo de la cuenta del club. De esto se desprende, quizá, que no le interesaban los aburridos, los pesados, los pobres. Sólo de pensar en ellos se estremecía. Si yo se lo reprochaba, explicaba bastante melodramáticamente que no tenía tiempo para los pobres, que sus padres habían muerto jóvenes, él de cáncer y ella del corazón, y que él mismo tenía «un corazón débil». Sus orígenes eran ciertamente oscuros, y sus referencias a los mismos, algo contradictorias. Yo deduje que su padre había sido profesor en el MIT y su madre una enfermera cualificada, y él afirmaba que aquella «desacertada unión» había causado que su padre fuese desheredado por su acaudalada familia. Pero cuando le preguntaba que por qué no visitaba a cualquiera de sus parientes, que por entonces ya deberían de estar deseosos de perdonar al inocente descendiente y hacerle volver al redil, sus respuestas eran muy evasivas. Vivía, al parecer, de los menguantes beneficios de una póliza de vida de su padre. Como he dicho, fue la revista Lit de Yale la que nos puso en contacto. A mí me habían sorprendido vivamente sus cautivadoras historias acerca de los personajes disolutos de Palm Beach o Newport o de cualquier otro lugar en el

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que él nunca había estado pero que describía con una prosa viva y brillante; aquellos relatos no se parecían en nada a las colaboraciones del resto de redactores. Y sentí una triste decepción cuando, de repente, me di cuenta de que nunca escribiría como él. Pero aún me sorprendí más cuando se lo dije y él estuvo totalmente de acuerdo. —Pero a ti te da igual —observó alegremente cuando se dio cuenta de mi desaliento. —¿Por qué lo dices? —Es como tocar el piano. Algunos lo tocan para entretenerse o para entretener a los amigos. Para animar una fiesta. Para otros es un asunto de vida o muerte. El escenario o la sobredosis. —Y esa terrible alternativa es la tuya, supongo. Se limitó a encogerse de hombros. No tardé en descubrir que no soportaba discutir ni sobre el trabajo ni sobre la situación de escritorzuelos inferiores, Él tenía otros objetivos para mí. —¿Por qué no me invitas a Nueva York un fin de semana? He oído que vives en una gran casa y que vas a montones de fiestas. No tengo esmoquin, pero tal vez te pueda pedir uno prestado. ¿Por qué no me ofendió cuando, sin pudor alguno, me atracó a mano armada? ¿Por qué le «presté» el dinero que necesitaba para el esmoquin? ¿Y por qué me tomé la molestia de llevarle a las fiestas que él elegía? Porque Danny no sólo te hacía sentir que, en el fondo, estabas haciendo algo interesante y beneficioso al promocionar su vida social: te ofrecía un quid pro quo. Hacía que todos nos lo pasáramos bien. Era descarado, insolente, alegre y siempre divertido. De hecho, mi madre lo encontró «dulce» y se preocupó por lo escaso de sus medios y por su estado de orfandad. Incluso a mi padre le divertía. —En las cortes de antaño siempre había un lugar para el bufón. Tu amigo Winslow se gana ese privilegio. ¡Un bufón! Poco sabía mi padre de la ardiente llama de ambición que había tras esa sonrisa. Llegó el día en el que le presenté a Constance Warren. Yo comenzaba a preguntarme si no estaría enamorado de Constance, aunque ella mostraba escasos signos de corresponder a mi admiración. Mostraba aquella firmeza y aquella indiferencia tranquila y seria que tanto atraían a mi nervioso espíritu. Tenía la frente y la barbilla casi cuadradas, pero su piel era de color perla, sus ojos, verdes, grises y serenos, y un cuerpo fuerte y bien formado. Podía ganarme tanto al tenis como al golf, deportes que se tomaba muy en serio. Se lo tomaba todo muy en serio, en realidad. La vida social le parecía trivial, aunque, ante la insistencia de su madre, iba a algunas fiestas, se estaba especializando en Historia del Arte en Barnard y trabajaba en un albergue de beneficencia. Diferíamos en casi todos los temas importantes, incluyendo la guerra. —Es sólo una pelea entre imperios —insistía ella—. Cada uno tiene sus problemas internos. Es mejor que nos mantengamos al margen.

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—¡Es una lucha en defensa de la civilización misma! —repliqué yo ardientemente—. Pero tú y tu ambiente no lo descubriréis hasta que sea demasiado tarde. Fue Danny quien me sugirió que le presentase a Constance, y tardé poco en darme cuenta de lo que debería de haber sido obvio para mí: nada más natural que un aspirante a novelista deseoso de conocer a la hija de un editor tan famoso como Hugo Warren. Mi descubrimiento coincidió, sin duda, con el enfado que sentí al darme cuenta de que Danny había provocado lo que parecía ser una impresión favorable en la, por lo general, poco impresionable Constance. Algún tiempo después de haberles presentado descubrí que había bajado desde New Haven el siguiente sábado para llevarla a la sesión matinal de cine. A él no le pareció adecuado mencionármelo. Saqué el tema —con bastante agresividad, me temo— en la primera ocasión en la que vi a Constance. Estaba atendiendo un puesto de cerámica de su madrastra en el mercadillo benéfico de la Cruz Roja en Madison Garden. —Es un amigo bastante inusual para ti ¿no? —preguntó ella. Su tono era

frío, pero así había sido el mío—. Quiero decir que no ha ido a Groton ni a Saint Mark ni a Saint Augustine. —¿Das por sentado que todos mis amigos son de la misma casta? —¿No lo son? Yo diría que casi todos. —Y los tuyos, supongo que todos son proletarios. —Por supuesto que no. Pero al menos sé que estoy encasillada. Así, al menos, sabré cómo salirme. —¿Con el pelos rizados de Danny enseñándote la salida? Me lanzó una mirada interrogante. —¿A qué viene eso? Encuentro interesantes las ideas de Danny, eso es todo.

Es tan entusiasta con todo

—¿Cómo se pueden tener principios sin tener prejuicios? —¿Si no te importa nada, quieres decir? No sé. Es una pregunta interesante. Quizá a algunos de nosotros les sobren los unos y los otros. —Te refieres a mí, supongo. Porque dices que me preocupo mucho de la guerra y nada de tu albergue de beneficencia. En este momento se acercó un cliente y ella tuvo que interrumpir la conversación. Yo me fui de allí, enfadado con ella, enfadado con Danny y enfadado conmigo mismo por aquella escena. Tenía que haber supuesto que mis sentimientos por Constance eran mucho más fuertes de lo que yo había sospechado. ¿O tal vez los celos habían hecho crecer tales sentimientos? Los celos, esa horrible droga que puede convertir una agradable atracción en una tediosa obsesión. Pero no parecía que Danny hubiese causado una honda impresión solamente en Constance. También la había causado en su padre, su verdadero objetivo, e incluso en su madrastra. Hugo Warren, que había ido al mercadillo para apoyar el puesto de su esposa, me localizó y me hizo señas para que me

Se diría que no tiene ningún prejuicio.

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acercase. Tuve que escuchar los encendidos elogios que le dedicó a un relato que Danny había tenido el descaro de plantar ante las narices del editor. —Dile que te lo enseñe, Oscar. Es acerca de un viejo catedrático de Inglés en una facultad de la Ivy League. Es uno de los más notables logros de un veinteañero que haya leído nunca. ¡Créeme, tu amigo Winslow es un hombre a tener en cuenta! Es decir, Danny no se conformaría sólo con mi chica, si es que la quería. ¡Tenía que tener también a mi mentor! Porque eso era lo que Hugo Warren había sido para mí desde que dejé atrás mis estudios en Saint Augustine y el tutelaje del señor Carnes. Como cliente de mi padre y, a diferencia de muchos otros, también amigo, venía a menudo a casa y se había tomado un interés amistoso por mis entusiasmos literarios. Había guiado mis lecturas enviándome libros desde su editorial. Incluso me permitió trabajar en su oficina durante un verano y me dijo que si terminaba descartando la abogacía, habría un hueco para mí en su empresa. Tenía unos cincuenta años, una estampa de caballero elegante, sobria y gallarda, vestía bien —casi demasiado bien—, con predilección por los tonos oscuros, permitiéndose alguna extravagancia solamente en las corbatas de seda y en los pañuelos. Si había un lado femenino en Hugo —en la medida en que la amabilidad y la sensibilidad puedan ser considerados rasgos femeninos— había, sin duda, otro masculino en su esposa. Traigo a Vera a colación porque casi nadie pensaba en uno sin pensar, inmediatamente, en el otro. Ella era una decoradora de interiores muy solicitada, una mujer importante, consciente de su propia importancia. Tenía un cuerpo grande, el semblante noble y la majestad de un mascarón de proa. ¡Y parecía que Danny le había encantado también a ella! —Vera dice que tiene un ojo admirable para el color —me aseguró Hugo—. Y si no me apropio de sus ímpetus literarios, ella podría hacerle lugar en la tienda un día. En cuanto volví a New Haven el domingo por la noche, me fui derecho a la habitación de Danny a preguntarle si podía leer su historia. Me la entregó inmediatamente y entonces se sentó a mirarme, complacido, mientras yo leía con atención. Ninguno de los dos dijo una sola palabra durante los veinte minutos que más o menos me llevó leer aquel esbozo. Digo «esbozo» porque eso es lo que era, un esbozo de la vida del catedrático Allard Sloan, quien, después de Phelps, era el miembro más antiguo del Departamento de Inglés, una figura venerada en el campus de Yale cuyas tensas, elevadas y hermosas clases sobre los poetas románticos ingleses eran consideradas una asignatura imprescindible por los estudiantes. Pero lo que Danny había hecho con él era diabólico. Examinaba la bien conocida reputación de Sloan, un esnob que adoraba entretener a la élite de los últimos cursos en su habitación después de los partidos de fútbol, sirviendo champagne y caviar a los miembros de Skull & Bones y Scroll & Key —las dos sociedades secretas «más elegantes»— y a las novias que estaban de visita, y luego comparaba

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aquella actitud con el modo en que recibía a los estudiantes de origen más humilde. Aun siendo éstos más sensibles a los poemas de Keats y Shelley, cuando llamaban a su puerta con la esperanza de que el profesor les iluminara tenían que conformarse con que les dijera a través de la rendija que estaba demasiado ocupado corrigiendo ejercicios como para atenderles en ese momento. El aspecto más destacable del texto consistía en que transmitía perfectamente al lector cuán profunda y genuinamente sensible era el catedrático a la poesía que enseñaba, hasta el punto de llegar incluso a convertirse él mismo en poeta, como Danny ponía de manifiesto con extractos de sus conferencias maravillosamente recreados. Y sin embargo, esto no añadía ni un centímetro a la talla de su espíritu, tan pequeño y miserable como si nunca hubiese abierto un libro de Byron o Coleridge. Cuando por fin levanté la vista, los ojos de Danny estaban sedientos de elogio. —Bien, ¿qué piensas? ¿No es estupendo? —Supongo que, a su modo, lo es —admití con desgana—. ¿Pero qué vas a hacer con esto? ¿No lo presentarás al Lit, verdad? Es la vida de Sloan. Se nota. —¡El Lit! ¿Tú crees que ofrecería algo como esto a Lit? Hugo quiere enviarlo a Atlantic Monthly. Me atemorizó que apuntara tan alto. Advertí que utilizaba el nombre de pila de Warren. Yo nunca le había llamado Hugo. —Pero si te lo aceptan ¿no tendrías que cambiarlo? ¿No podría alguien reconocer inmediatamente a Sloan? —¿Y qué, si lo hacen? —Bueno ¿no podría él demandarte? —Nunca lo haría. Sólo empeoraría las cosas para él. Además, ¿qué podría alegar? Él es así, ¿no? —Sólo en parte —murmuré dubitativamente—. Sus admiradores insisten en que tiene otras facetas, y mejores. ¿Pero no vas a tener en cuenta más que eso? ¿Qué hay de sus sentimientos cuando lo lea? Si es que lo lee. —¡Oh, lo leerá! —exclamó Danny alegre—. Incluso si no reparara en la historia, siempre habrá un querido amigo que le llamará la atención con un comentario como: «Lamento hacerte esto, muchacho, pero creo que debes saber lo que la gente anda diciendo de esta historia». —Pero eso podría matarle, lo sabes. Podría matarle, sin más. —¡Qué tontería! ¿Acaso no debería sentirse orgulloso de haber tenido como alumno a alguien que sabe escribir como yo? Le miré fijamente. —El desinterés que demuestras por él es casi inhumano. —Eso no se lo haría a un seglar. Pero él es un sacerdote en el altar. Debería de estar preparado para sufrir por la causa. Si no es capaz de estar por encima de esto, ¿qué culpa tengo yo? Tú le has oído suspirar y sollozar sobre el ardiente

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cadáver del «divino» Shelley. ¿Crees que Percy Bysshe hubiera tenido reparos en usarle como personaje en Los Cenci? —¿Pero no podrías disimular un poco? ¿Tiene que ser tan evidente? —Cuando doy con algo, no cambio ni una sola palabra. Sería como pintarle bigote a la Mona Lisa. Tú no entiendes de estas cosas, Oscar. Tú no eres artista. —Pero los grandes novelistas saben cómo crear personajes. No tienen que copiarlos. ¿Desde cuándo Heathcliff o el capitán Ahab tuvieron un modelo? —Es verdad que algunos escritores pueden basarse sólo en su imaginación. Pero otros no. Cada personaje de Charlotte Brontë está directamente tomado de un modelo real. Se metió en líos pero ¿a ella le importaba? Ni le importó ni debería importarle. Un artista hace las cosas como tiene que hacerlas. ¡Y si crees que voy a cambiar o a descartar una obra por escrúpulos estúpidos de buena educación o para ser un caballero, eres un perfecto imbécil! Comprendí que era inútil y lo dejé.

***

El relato apareció en Atlantic Monthly y fue debidamente elogiado. En Yale gozó de un breve succès de scandale. Pero el profesor Sloan nunca dejó entrever que la flecha había alcanzado el blanco, y el asunto pronto fue olvidado. Yo saqué el tema del decoro del autor durante un fin de semana en Long Island, cuando Hugo Warren y Vera estaban visitando a mis padres, pero Hugo se negó a ver tacha alguna en la actuación de Danny. —El talento que tiene ese muchacho supone una responsabilidad colosal — insistió—. Con esto no quiero decir que su talento pudiera justificar que cometiera un crimen. Pero cuando se trata de cuestiones menores acerca de los sentimientos de otras personas, se le debe conceder un margen de maniobra mayor que al resto de nosotros. Lo que Danny está desarrollando es un don que podría proporcionar a miles de lectores un placer de los más elevados. —Pero tú no le habrías hecho al pobre Sloan lo que él le ha hecho — puntualicé—. Tú nunca matarías ni a un mosquito. —¡Ah! Pero yo no tengo su talento. Ni nada remotamente parecido. —Eso es un disparate, amor mío —interrumpió Vera, resuelta—. Tú descubres a los genios. Los alimentas. Y esto también requiere cierta genialidad. Podrías decir que yo no soy una artista porque no elaboro las cortinas ni las pantallas de las lámparas con las que decoro una habitación. Pero es el conjunto lo que realmente constituye una obra de arte. —Y el conjunto es tu obra, por supuesto, querida. Estoy de acuerdo. El toque Vera en todo. Pero no es así con los editores. No somos más que las criadas que sacuden los cojines y vaciamos los ceniceros. Los autores no necesitan mucho más. Me di cuenta de que nada podía agrietar el muro de piedra de la maravillosa modestia de Hugo. Sin embargo él era el editor, eso yo también lo

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sabía, que había conseguido publicar a un gran novelista americano convenciéndole (cosa que ningún otro podría haber logrado) de que redujera su primera obra a la mitad. Su recompensa: un rosario de insultos del ingrato escritor, incluso después de que el libro hubiera cosechado críticas magníficas, y la entrega de una segunda novela a una editorial rival. ¿Y se oyó alguna vez a Hugo quejarse? Nunca. Sin embargo, yo me alegraba de que tuviese a su esposa para darle ánimos. —Hugo cree que un editor es como una madre —continuó Vera con una sonora risa—. La leche no se le puede agotar. Y si acaso se permite regañar a su rubio mocoso, ha de ser del modo más amable posible. El único de los escritores a quien Hugo le ha dicho alguna palabra más alta que otra fue el chiflado que proclamaba que lord Oxford había escrito las obras de Shakespeare. —¡Porque eso era como negar la inmaculada concepción en el Vaticano! — exclamó Hugo con una risita—. Algunas cosas son sagradas. Aquella —desde mi punto de vista— muestra de crueldad para con Sloan enfrió mi relación con Danny, a quien durante lo que quedó de curso en New Haven vi con mucha menor frecuencia. Mis relaciones con Constance empeoraron. Hasta que finalmente dejaron de existir. No fue directamente por culpa de Danny, cuyo interés por ella, ahora lo veía, yo había exagerado, sino, cosa harto extraña y desagradable, porque ella parecía entonces compararme con él. —No sé qué me hizo pensar que lo admirabas tanto —murmuré en nuestra última cena juntos, cuando había coincidido conmigo de modo inesperado acerca del egoísmo de él. —Me interesaba, lo que es muy distinto. Me interesaba como influencia sobre ti. —¡Oh! ¿Una buena influencia? —Lo dudo. Me parece la extensión fundamental y lógica de lo que tú mismo estás intentando ser. —¿Y te importaría decirme qué es lo que quiero ser? —Un hombre que descubre más en los libros que en la gente. Alguien a quien le preocupa el destino de Anna Karenina y, sin embargo, ni siquiera ve al mendigo en la calle. ¡Hay que ver! Era notable lo desagradable que podía resultar con el hombre que le iba a pagar la cena. Pero mi respuesta fue poco convincente. —A menudo le doy limosna a los mendigos. Incluso cuando no debería hacerlo. —¡Oh! Eso no es más que culpabilidad. Todos hacemos eso. Me refiero en lo que radican tus verdaderos intereses. Lo que son tus verdaderos valores. Son literarios, Oscar. Casi totalmente literarios. En lo que se ha convertido Danny, lo que Danny es, debería ser una advertencia para ti. —¿Y qué hay de tu padre? —Prefiero no hablar de mi padre.

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Sonreí fríamente. La flecha había dado en el blanco. Si algún hombre había vivido para los libros, ése era Hugo Warren. Cambié de tema. —Me parece que te basas en principios demasiado altos para una chica que se está especializando en Historia del Arte. —Pero yo nunca he dicho que el arte y la literatura no se deban estudiar. El asunto es el papel que juegan en la vida. —Y piensas que ocupan un papel demasiado importante en la mía. —Sí, lo creo, Oscar. Lo lamento pero creo que es así. Ahora comprendo que debería de haber tomado aquello como auténtico interés por mí. En cambio, opté por la vía sensiblera. — Bien, la guerra, cuando entremos en ella, pondrá las cosas en su sitio. Ya se ha ocupado de Rupert Brooke. Mi tono le disgustó. —¡Todas esas sandeces de su tumba! «Un rincón cualquiera de una tierra extranjera que será por siempre Inglaterra.» ¿Es ése un modo serio de escribir acerca de la masacre mundial que se está librando para mantener a reyes y káiseres en sus tronos? Sólo un poeta de tercera categoría podría escribir un verso como: «Si muriera, recordadme sólo así». Perdí los nervios. —Y supongo que la única diferencia que ves entre yo y Brooke es que yo sería un poeta de quinta categoría. —No he dicho eso. Nunca he dicho que no fueras un buen escritor. Tan sólo hablaba de tu actitud. Hacia el mundo en general. —¿Y hacia la guerra? Supongo que es un crimen creer en la causa aliada. —Por supuesto que no. Lo único que me importa es que lo que tú crees es un tanto beau geste. La carga de la Brigada Ligera. El caballo aguarda el desfile. ¡Marchen, marchen, marchen, los chicos marchan! Mi irritación era tan grande que casi no podía respirar. «Parlons d’autre chose.» Hablé a la ligera y en francés para mantener la distancia. De algún modo terminamos la cena. Esa noche, mientras daba vueltas en la cama, decidí que había terminado con Constance Warren. Me prometí a mí mismo que no la llamaría ni le escribiría hasta que hubiese borrado completamente su imagen de mis meditaciones sentimentales. Tampoco iría a casa de su padre a menos que supiera que ella no iba a estar. ¡Eso era! Y de hecho, mantuve mi resolución durante dos años. Pero fue la guerra la responsable de buena parte de mi fortaleza. Tras la graduación, Danny desapareció, no sólo de mi vida sino también de la de los Warren. Se fue a México a escribir una novela y, según pude averiguar, no se carteó con nadie. Después llegó la entrada de nuestro país en la guerra y mi partida a un campo de entrenamiento para oficiales en Fort Devens, Massachusetts, y durante un tiempo no pensé en Danny Winslow ni en su carrera literaria. Pero volvería a verle antes de embarcarme para Francia. Estaba

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pasando un último fin de semana con mis padres en Nueva York, cuando llegó a casa en un estado de gran desesperación. No me preguntó nada acerca de mi futuro inmediato, algo muy propio de él. Lo único que le preocupaba era que había tenido que volver al país, lo habían llamado a filas y se había encontrado con que un médico del ejército había denegado su solicitud de exención por razones de salud. Su tan cacareado «corazón débil» había sido considerado lo suficientemente fuerte como para resistir el ataque de los hunos. Nos fuimos al estudio de mi padre, y ni los oscuros artesonados ni las fotografías firmadas de eminentes juristas, ni siquiera el retrato repleto de condecoraciones del almirante Fairfax, mirando por el rabillo del ojo la confrontación entre el Monitor y el Merrimack, fueron capaces de afearle en lo más mínimo su deprimente falta de patriotismo. —¡Es un ultraje que un matasanos jubilado pueda enviar a un hombre como yo a la guerra! —Pero ¿no es una buena noticia que tengas un corazón normal? Suena como si fuera a la vida adonde te está enviando. —¿En las trincheras? Sabes que nunca sobreviviría. Sólo el ruido y el hedor me matarían. —Quizá puede interesarte saber, Danny, que a mí me esperan ese mismo ruido y hedor. Y muchísimo antes que a ti. Incluso todo puede acabar antes de que termines la instrucción. Me miró sorprendido, como si mis comentarios estuviesen totalmente al margen de la cuestión. —¿Tú? Pero si a ti nunca te matarán. Tú eres de los que después lo cuentan todo en un reportaje. Pasé por alto el comentario. —Permíteme hacerte una pregunta. ¿No sientes absolutamente ningún sentido del deber con tu patria? —Solamente el de mantenerme con vida. Hay muchos hombres que sólo están capacitados para ser soldados. ¿Por qué exterminar a los que tienen talento? Me puse a pensar en si no habría algún elogio implícito en el hecho que él diera por sentado que yo me mantenía al margen de la histeria pública de la guerra y que, por tanto, era capaz de escuchar desapasionadamente unas opiniones que, expresadas en plena calle, podrían terminar con el hablante embreado y emplumado. Hasta el oyente podría correr la misma suerte. De cualquier modo, era obvio que en el frente él no sería de utilidad para nadie. —Sólo se me ocurre una persona que estaría de acuerdo contigo y que podría ayudarte. —¿Y quién es? —preguntó con urgencia—. Dímelo, dímelo. —Hugo Warren. Ahora está en el Departamento de Estado. En alguna oficina de propaganda de guerra. Sé que utiliza escritores profesionales. Podría pensarse, supongo, que si quiere podría conseguirte una prórroga.

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—¿Tienes su dirección? O mejor aún, ¿su teléfono? Por supuesto que lo tenía, y por supuesto que lo utilizó, aquí y allí, y por supuesto que Hugo le ofreció el trabajo y consiguió, por las buenas o por las malas, asegurarle la prórroga.

***

Fui a Francia como subteniente de artillería, pero debido a un inesperado viaje a París por servicios especiales, no llegué al frente hasta el verano de 1918

y vi poca acción. Recibí, sin embargo, una pequeña herida de metralla en

Belleau Wood, y todavía seguía hospitalizado cuando llegó el armisticio. Quizá por la brevedad de mi destino en combate, me destinaron de nuevo al Estado Mayor durante los primeros meses de paz, y no volví a casa hasta la primavera de 1919. Pero había sido una guerra «perfecta» para mí. Con un mínimo de peligro e incomodidad, resurgí de la más grande carnicería de la historia sano y salvo con

lo que —al menos a los ojos de mi leal familia y de mis amigos— parecía una

apacible aura de heroísmo que adornaba mi cabeza (nada merecedora de halo

alguno, por otra parte). Toda aquella gloria, por pequeña que fuera, me resultaba valiosísima: el

amigo que se había zafado del reclutamiento se había convertido en el héroe del momento en una Nueva York ansiosa por olvidar la guerra. Todo el mundo estaba leyendo La serpiente de jade, la novela mexicana de Danny acerca de un arqueólogo hábil pero alcohólico en las ruinas mayas, y los críticos ya se referían a él como el segundo Stephen Crane. Hugo no sólo se la había publicado; parecía haberle adoptado como su protegido. Danny vivía entonces en la preciosa casa de estilo griego de los Warren en Gramercy Park, y ocupaba

la antigua habitación de Constance, que trabajaba de profesora en la Brearley

School y compartía un apartamento con una amiga. Cuando fui a cenar a casa de los Warren, Danny estaba allí, muy animado y contento de verme. Cualquier antigua diferencia entre nosotros por la historia del catedrático o por su actitud ante la guerra había desaparecido; el pasado no existía para él. Por lo tanto ¿por qué debía de existir para mí? Le permití que recuperase nuestra antigua amistad; comprendí que nada resulta más agradable

que demostrarle un triunfo indiscutible a un antiguo compañero de clase escéptico; yo también quería divertirme en aquel nuevo mundo posbélico. Y Danny era una gran fuente de diversión, incluso para un laborioso estudiante de leyes en Columbia. —¿Tuviste modelo para el arqueólogo? —no me pude resistir a preguntarle. —¡Oh, sí, pero se le averió el hígado! Te aliviará saber que murió antes de que se publicase mi libro. —Aquí Danny rompió a reír con una alegría y una franqueza tales, que uno no podía creer que esa risa siguiera a un comentario tan aparentemente cruel.

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—¿Y sobre quién vas a escribir ahora? —¿Qué dirías de un venerado y antiguo editor y su chic esposa decoradora? Pero me guiñó el ojo mientras lo decía, y ni siquiera yo pude creer que fuera a llegar tan lejos. Además, ¿no eran los Warren indispensables para su carrera? Él y Hugo y Vera se habían convertido casi en un trío; la gente invitaba a Danny a cenar cuando invitaba a los Warren. De hecho, algunas personas invitaban a los Warren para que Danny fuese. Los tres habían desarrollado lo que parecía su propio lenguaje secreto; se intercambiaban miradas cuando, en una fiesta, escuchaban algo que a los tres les parecía absurdo, y los tres se echaban a reír a la vez. Podía resultar muy enojoso para quien no estuviese al tanto. Pero yo sucumbí, como todo el mundo, a La serpiente de jade. Su estilo era de una belleza clara, límpida, viva e inolvidable. No es que uno sintiese lástima por el alma perdida del arqueólogo: Danny era tan objetivo como su adorado Flaubert. Lo que sucedía era que la novela había creado un mundo diferente que parecía, de algún modo, más allá de la compasión o del juicio. Simplemente estaba allí; uno tenía que aceptarlo. Uno no tenía que reaccionar ante ello. Su prosa era como un arroyo claro y fresco fluyendo sobre un fondo cuya turbiedad no te concernía. Una noche en casa de los Warren me vi de pronto sentado al lado de Constance. Me saludó con su acostumbrada mirada de reserva tranquila, pero pensé que su tono era más amistoso. No hizo referencia al tiempo que había transcurrido desde nuestro último encuentro; retomó el tema justo donde lo había dejado. —Me alegra que hayas ganado tu guerra, Oscar. ¿Puedo darte mis felicitaciones atrasadas? ¿Se estaba riendo de mí? —¿Nunca llegó a ser tu guerra Constance? —Oh, sí. En cuanto estuvimos metidos en ella, supe que teníamos que ganarla. Trabajé en el Brooklyn Navy Yard. En la oficina de personal. Por cada hombre en combate había cincuenta mecanógrafas. La victoria estaba asegurada. —Estoy seguro de que hiciste un buen trabajo. Asintió con la cabeza, como para terminar con el tema de la guerra. —Y ahora estás en la Facultad de Derecho. ¿Te gusta? —Sí. Si estás metida en un lío, no desesperes. Siempre puedo sacarte de él con la letra pequeña. ¿Y qué tal tu Historia del Arte? —Creo que a fin de año obtendré el máster. —Tengo la sensación de que hemos intercambiado los papeles. Ahora tú estás en el éter artístico y yo estoy cavando en el sótano. —Hemos intercambiado los papeles en más de una cosa, Oscar —No había un atisbo de sonrisa tras su seriedad—. Te has convertido en un soldado

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valiente. Y eso te sienta bien. Te debo una disculpa. —¿Por qué, por el amor de Dios? —¡Pero me encantó! —Por haberte subestimado. Por ser una pedante y una bruta.

—Pero si tenías razón. Honestamente, Constance, no hice nada especial. Mis padres lo han exagerado todo. —No lo creo. Pienso que tengo una idea clara de lo que hiciste.

Mi preocupación más inmediata consistía en descubrir cómo podría

cambiar yo en el futuro para mantener aquel interés por mí tan inmerecido. Mi corazón estaba haciendo cosas extrañas. —¿Puedo invitarte a cenar una noche? —¡Qué poco delicado estuve!—. Como antes. —No veo por qué no. Pensé que tenía que desviarme hacia un tema menos personal. Necesitaba tiempo para pensar en el nuevo Oscar Fairfax antes de que me pusiese demasiado sentimental. Mis ojos cayeron sobre Danny, que se reía a carcajadas al otro lado de la mesa.

—¿Qué piensas de que viva aquí? —¿Quieres decir si siento que ha ocupado mi lugar? No realmente. Siempre he estado en un segundo plano respecto a los escritores de Papá. Estoy acostumbrada. Y nunca he ocupado un auténtico lugar para mi madrastra. Ella y yo nos llevamos bien, pero no somos íntimas. Nos respetamos. Está bien. —Entonces no te importa que lleve la voz cantante aquí. —Bueno, hay algo que me molesta de él, ahora que lo mencionas. Su costumbre, tú ya me lo dijiste una vez, de utilizar a las personas en sus historias. Describirlas con todos los detalles espectaculares y horribles, quiero decir ¿Crees que estará tomando nota sobre Papá y Vera? Entonces le dije lo que Danny me había comentado sobre el asunto. Añadí que no le había creído y que aún no le creía. Ella no compartía mi certeza. —Yo no lo daría por hecho. Claro que eso no sería malo del todo. Si dejara a Papá lo suficientemente mal, podría curarle de este amor suyo por su nuevo genio. —Pero podría dejarle muy mal. —¿Por qué no se lo preguntas tú? Probablemente no se andará con rodeos. Contigo, quiero decir. Y así al menos estaremos preparados. —Pero seguramente tu padre, como editor suyo, tendrá la oportunidad de leerlo primero.

—A menos que Danny se lo dé a otro editor. Esas cosas le suceden a Papá.

—¡Pero tendrá una opción sobre la obra! —Papá nunca ha ejecutado una opción en su vida. Sea como fuere, estaba encantado de tener un favor que hacerle a Constance, y al sábado siguiente invité a Danny a cenar a un restaurante francés muy caro, su favorito, para tenerle de buen humor durante una conversación franca. Pero fue tirar el dinero. No habíamos ni terminado la sopa cuando

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surgió el tema de su próxima novela. Resulta que sí, que estaba «trabajando» con Hugo y Vera, y cortó mis vacilantes objeciones de un modo casi brusco. —Tú no puedes ver las cosas como son, Oscar, porque tienes la mente atascada con ideas preconcebidas de cómo deberían de ser los Warren. Tienes tu propio dibujito de color rosa de los Warren, y ni te planteas que el mío pueda ser más lúcido. —¿Y qué es eso que se me escapa? —No son sólo los Warren. Es la gente. Tú crees que la gente valora su privacidad. ¡Al contrario, la gente odia su privacidad! No siempre son conscientes de eso, por supuesto. Pero Freud nos ha demostrado dónde vivimos realmente. ¡En el ego! Y en el ego de Hugo, él está en una playa llena de gente, desnudo, con una erección, y todos se burlan de él: «¡Tápatelo, Hugo!», gritan. Aquella imagen me asqueó, pero también me impactó profundamente. —¿Quieres decir que le gusta eso? —A su manera. Como al hombre que le gusta que le azoten. Puede haber un placer sensual en exponerse, en la humillación. Incluso un poco de desafío. Mostrar una erección a todos los que piensan que no se le levanta. ¡Mirad, soy un hombre, incluso un caballero! Demasiado caballero para ser un hombre. ¡Pero aun así, miradme! Cerré los labios firmemente. Sabía que no podía perder los nervios. —Y Vera, ¿cómo se ve a sí misma? —¡Oh, no hay secreto! ¡Ella es un libro abierto! Mira las habitaciones que diseña. ¡Rojo jungla! Todos esos oropeles chillones y todas esas tulipas salvajes. Es una tigresa encadenada. Pero de vez en cuando se deshace de las cadenas. ¡Sí, de verdad, lo hace! —¿Y entonces qué es lo que hace? —Bueno, todavía no lo tengo claro del todo, pero creo que su oficina puede ser la clave. Uno de sus jóvenes ayudantes viene de vez en cuando a casa. Creo que le invitaré a comer. —¿Quieres decir que crees que Vera tiene amantes? Danny se echó a reír, casi con sorpresa. —No me rebajaré a responderte. —¿Y Hugo? ¿Lo sabe? —Oh, Hugo lo sabe todo. Ésa es su grandeza. Y su cruz. —¿Y cómo se siente ella? —Eso la tortura. Siente que él es todo lo que ella debería ser: fiel, amante, amable, cariñoso, comprensivo. Sabe que tiene al mejor de los hombres, pero preferiría a la bestia. —Debo decir que nunca lo manifiesta. —¡Sí, su educación es perfecta! Pero algunas veces, cuando estamos los tres solos en casa, lo deja ver. Cuenta una historia escabrosa y me hace un guiño —la espléndida decoradora convertida en la Esposa de Bath de Chaucer— y cuando

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él se limita a sonreír, ella le grita: «¡Oh, vamos anda, Hugo, sabes que no soportas que hable así! ¿Por qué no me llamas mujerzuela y me pides que me sujete la lengua?». Y entonces él simplemente sonríe de nuevo y dice suavemente: «Muy bien, eres una mujerzuela, querida, pero ni siquiera Dios podría hacer que te sujetases la lengua». Como ves, no logra que él pierda los nervios. ¡Sabe que él es más fuerte que ella, y eso la vuelve loca! Quizá sospecha que él se mantendrá impasible hasta que, un buen día, la mate. Danny te iba arrastrando. Yo estaba casi asustado. —Pero nunca lo hará. —No, nunca lo hará. Ésa es la cruz de Vera. —¡Ahora haces de novelista! —De hecho, todo es conjetura e intuición. Pero con un gran novelista la conjetura y la intuición pueden llegar a convertirse en hechos. —¿Y qué te dice tu intuición acerca de Hugo? ¿Se divierte? —¿Con otras mujeres? ¿O con chicos? No, definitivamente no. Es demasiado romántico como para desenamorarse de la Vera que su imaginación creó. Y demasiado leal como para romper una promesa hecha a un dios en el que no cree. Y hay otro impedimento: Vera le vigila como un halcón. ¡Le sacaría los ojos a la mujer que se atreviese a mirarle! —¡Pero eso es doble moral! —¡Y venganza! Ella quiere poseer a Hugo, y si no lo consigue, ninguna mujer lo va a conseguir. —Supongo que eso es un tipo de amor. Danny extendió los brazos. —¡Todo tuyo! Mientras pensaba en lo que una novela así podría llegar a hacerle al pobre de Hugo, me encontré buscando un remedio desesperadamente. —¿No habría ningún tema que yo pudiera ofrecerte en lugar de los Warren? ¡Supón que me tomas a mí! Y puedes ser tan espantoso como quieras. Ni me inmutaré. —¡Tú! —Danny irrumpió con una gran carcajada—. ¿Pero, por Dios, qué puedo hacer con personas como tú? Tú no eres un hombre; tú eres un ojo. ¡El mayor voyeur de la ciudad! —¿Y tú, precisamente tú, dices que yo soy un voyeur? —Sí, yo. Porque yo miro a los demás y los recreo. Tú los miras porque quieres llegar a ser ellos. Eres una especie de monstruo. —Merci du compliment. —Lo es, en cierto modo. Tú eres como el confidente en una tragedia clásica francesa. Tú no haces nada, pero sin ti no sabríamos nada del héroe. Eres el Pílades de mi Orestes. —Entonces mantendré la boca cerrada y te aniquilaré. —No, no te enfades ahora, Oscar. Tienes tu importancia. —¿Como una nota a pie de página en la biografía de Daniel Winslow?

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—Como su autor. —Pero ya te he dicho que yo no la escribiré. —Sí que lo harás. Será tu función. Y además yo no seré tu único tema. Recuerda: el confidente siempre sobrevive al héroe. Es Horacio quien dice:

«Buenas noches, dulce príncipe» según cae el telón. Francamente, su vanidad era insoportable. Y yo sabía que no podía hacer nada para disuadirle de su propósito.

***

Constance resultó estar en lo cierto respecto a Danny, como también estaría en lo cierto en tantas otras ocasiones en nuestro futuro compartido. Cuando no había pasado menos de un año de su predicción, él se fue de la casa de los Warren permitiéndoles que le diesen una fiesta de despedida y se embarcó hacia Francia, el asilo de posguerra de tantos escritores y artistas americanos perturbados e inquietos. Poco después de su marcha se supo que le había entregado el manuscrito de su nueva novela a un editor rival. Hugo, por supuesto, declinó ejecutar su opción. Cuando expresé mi indignación por el comportamiento de Danny, Hugo se encogió de hombros y dijo: «Si tú supieras, querido Oscar, con cuánta frecuencia sucede esto en nuestro infeliz negocio. El bocado más sabroso para más de un escritor es la mano que le da de comer. ¿Qué puede hacer él? Está en su naturaleza. Ya sabes lo que se dice: si no puedes aguantar el calor, vete de la cocina». Vera fue mucho menos paciente. Sus gritos de indignación se escucharon por toda la ciudad. Pero no fueron nada comparados con los que sonaron cuando apareció el libro. Hugo quedó muy mal parado —como Danny me lo había descrito—, pero lo que hizo con Vera fue repugnante. No sólo había engullido la mano, sino todo el brazo y el hombro. Éstas son las primeras líneas de un capítulo:

«En el viejo Moscú, cuando la zarina Catalina se disponía a elegir su compañía nocturna, reunía a todos los centinelas que estuviesen de guardia en el pasillo, los ponía en fila en su alcoba y comparaba, cuando se habían bajado los pantalones, el tamaño de sus miembros. Aquéllas eran las satisfacciones que le deparaba su poder absoluto. Las opciones de Elantha, sin embargo, eran más limitadas. Tenía que merodear entre los afeminados jóvenes del personal de su tienda de decoración en busca del más apuesto». Un capítulo después cambiaba el punto de vista del autor omnisciente por el de un tal Bobby, un empleado de veinte años que aspira a que, una vez graduado del City College, su contrato de verano con Elantha se convierta en otro a tiempo completo. Es un joven apacible con una novia apacible con quien espera casarse un día y formar un matrimonio apacible; no conoce a las mujeres. Apenas da crédito a lo que teme que puedan significar las extrañas caídas de ojos de su jefa, a las que no tardaron en seguir maliciosas palmaditas

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en la espalda y, más tarde, pellizcos travies os mientras los dos clasificaban los materiales. Aun así, ninguno de esos gestos aparentemente amorosos viene acompañado de palabras; Elantha le regaña por sus errores, «le echa broncas» como si no hubiese correlación entre sus actos y sus palabras. Pero finalmente llega la confrontación inevitable tras la puerta cerrada del santuario, cuando ella le baja los pantalones y se levanta la blusa. ¿Qué podía hacer el pobre muchacho sino cerrar los ojos y concentrarse en una especie de masturbación, alcanzando finalmente un orgasmo con el pene aún flácido? Y entonces logra escapar tan rápido como puede, igual que el macho de la mantis religiosa huye del destino de ser devorado por la hembra, más grande, en el banquete poscoital. No es necesario añadir que no obtiene el contrato indefinido. Ni siquiera termina el de verano. A Hugo le costó muchísimo disuadir a su ultrajada esposa de que interpusiera un pleito por difamación. Su argumento —que el abogado de Danny podría encontrar testimonios en su contra entre las muchas personas a las que Vera, una jefa de temperamento fuerte, había despedido— terminó imponiéndose. Pero aquel episodio matizó la opinión general que le merecía su joven escritor favorito. Según me dijo: «Por supuesto, el retrato de Vera en el libro es tan odioso como incierto». Me miró muy atento según me lo decía, pero yo no ofrecí señal alguna de incredulidad. «Y a pesar de lo que he dicho acerca de las grandes licencias de los escritores, no puedo perdonarlo. Es improbable que Danny se vuelva a cruzar en mi camino, pero si lo hace le daré la espalda. Si en su novela se hubiese limitado a Hugo Warren, habría sido otra cosa. Incluso le hubiese estrechado la mano. Yo juego limpio y él lo sabía.» Y, por supuesto, si Hugo ha sobrevivido en la memoria de muc hos que no le conocieron personalmente, es a causa de la novela de Danny. A pesar de que el protagonista apareciera caracterizado como el elemento débil y manejable de un extraño matrimonio, su encanto y su candidez emerge con una claridad cristalina, y como el modelo que lo inspirara, fascina al lector. La obra de teatro sobre el libro le dio un destacado papel a Herbert Marshall; la película, un poco posterior, fue interpretada por Robert Montgomery. Quizá, después de todo, Hugo no se equivocó al confiar en Danny Winslow. Y después de todo, Danny me engañó de nuevo. Porque tenía, efectivamente, un corazón débil, y murió a la edad de treinta y seis años. Por aquel entonces Constance y yo llevábamos una década casados. Quise vender los manuscritos de los relatos que había publicado en el Lit de Yale que me había legado —bastante inesperadamente—, pero ella me sugirió que esperase a que subieran de precio en el mercado. ¡Todavía los conservo, porque todavía cotizan al alza!

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La novocaína de la ilusión

En 1927 Jason, Fairfax & Dunne me envió a París para que abriera una sucursal. Yo tenía treinta y dos años, hacía poco que había pasado a formar parte de la empresa y había convencido a mi padre (ahora mi socio) de que no seríamos verdaderamente «competitivos» hasta que tuviésemos una sucursal europea. Pero ése era solamente uno de los motivos. Yo quería pasar un par de años en el extranjero, perfeccionar mi francés, hacerme cosmopolita. En suma: empaparme de una cultura más rica y más antigua. Me había dado cuenta con demasiada claridad de la creciente vulgaridad del mundo de posguerra: el jazz invadiéndolo todo, los modales relajados, la pérdida general de «estilo», y quería respirar el aire de una época más antigua y pura antes de que todo estuviese totalmente contaminado por la bruma de la modernidad. Soy consciente de cuán engreído suena esto, pero pongo mucho cuidado en reproducir lo más fielmente posible cómo me sentía entonces e intento resistir la tentación de mostrarme bajo una luz más moderna. Quiero destacar, no obstante, mis poderes de observación de aquel entonces. Como mi padre, nunca he adoptado el punto de vista europeo de que América había vulgarizado al mundo. Simplemente, habíamos sido las primeras víctimas del virus cultural del siglo XX que desde entonces ha invadido el globo. Kipling dijo que Oriente y Occidente nunca coincidirían, pero quien vaya hoy a Oriente podrá encontrar en todas las ciudades evocaciones de Newark, New Jersey. Constance tenía tantas ganas de ir a vivir a París como yo. Desde sus días en Barnard había conservado su interés por el arte, particularmente por el arte

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religioso. Quería hacer un recorrido por las iglesias románicas, y en cuanto llegamos comenzó a planear viajes en coche a Borgoña y Provenza. Yo no le había dicho nada de mi proyecto de escribir un libro sobre los artistas y escritores de la belle époque; temía que a ella no le hiciese gracia otra manifestación de lo que llamaba mi debilidad por el arte «estúpidamente inteligente» de la década de 1890. Con Constance siempre era mejor ser discreto hasta que los proyectos estuviesen bien elaborados. Alquilamos un hôtel grande y blanco con enormes ventanas francesas y habitaciones revestidas de madera y amuebladas al estilo Luis XV en el Parc Monceau, y contratamos a cuatro sirvientes alegres e incansables y a una bonne para nuestro hijo Gordon. Abrir la sucursal de un bufete no era una tarea ardua, y el trabajo tampoco era agobiante (una de nuestras principales tareas consistía en visitar a los socios y a los clientes y regalarles entradas para el Folies Bergères), y yo aprovechaba el tiempo que me quedaba para frecuentar a las personas que habían conocido la época y los artistas que esperaba retratar. No pasó mucho tiempo antes de que conociéramos al decano de la comunidad americana, el abogado internacional, el licenciado expatriado, el epicúreo Walter Berry. Constance y yo cenamos con él y me dio algunos consejos muy útiles acerca de la contratación de mis colaboradores franceses. Pero yo quería mucho más. Yo quería compartir sus recuerdos. Era perfectamente consciente de que entre algunos de mis compatriotas Berry tenía fama de viejo esnob diletante y, de hecho, me pareció brusco y autoritario, pero no desesperé de poder penetrar finalmente en el carácter del hombre que había hecho de su refinado amor por el arte y las letras su pasión central. ¿No le habían concedido su amistad y admiración tres grandes escritores, Henry James, Edith Wharton y Proust? Eso me hubiera bastado para obviar los abucheos de cualquier multitud. Constance no compartía mi entusiasmo. —Me bosteza en la cara mientras le estoy hablando. —Pero si se lo hace a todo el mundo no cuenta. Y parece que así era. Incluso me lo hacía a mí. Pero un día, cuando aceptó, tras un largo y gratuito silencio, mi invitación a comer al Travellers Club, tomé la determinación de lanzarme al ataque. Me tuvo esperando un buen rato, y cuando finalmente vi que su figura delgada, alta y canosa, con el bigote caído, se acercaba a la entrada del salón, yo ya casi me había rendido. En la mesa, tras algunos comentarios sin entusiasmo —preguntas educadas y respuestas monosilábicas— fui derecho al grano. ¿Me ayudaría con el libro que quería escribir? —¿A editarlo, quiere usted decir? —me preguntó con rudeza—. ¿Quiere que repase la gramática, quizá? Por lo que sé de su generación, se saltaron esa asignatura. Ya ni siquiera se enseña en el colegio ¿no? No me sorprende que los americanos tengan tanta dificultad en aprender otros idiomas. Ni siquiera saben hablar el suyo.

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Pero yo estaba dispuesto a tragarme cualquier insulto. —No, señor, no se trata de eso en absoluto. Sencillamente, me gustaría hablar con usted acerca de algunos de los grandes artistas y escritores que ha conocido. ¡A algunos de los cuáles incluso usted ha inspirado! —y siguiendo los consejos de Disraeli, le serví mis halagos en bandeja—. Tomemos por ejemplo la famosa carta de James de la Lubbock Collection dirigida a usted. La carta en la que agradece el neceser que usted le regaló. ¿No recuerda lo magnífico que fue que se refiriera al regalo como persona y no como cosa? Y entonces cité de memoria:

«¡No puedo vivir con él porque no puedo estar a su altura. Sus protestas, sus pretensiones, sus dimensiones, sus suposiciones, sobre todo la forma en la que hace que cada objeto de su alrededor cuente un deplorable y lúgubre cuento. Todo esto le convierte en un azote de mi vida, en una mancha en mi escudo!». Mi memoria resultó ser una mina de oro. El viejo muchacho saltó ante mi cita como una foca atrapa el pescado que le lanzan. —¡Ah, el gran Henry! ¿Qué otro podía haber escrito eso? Bien, bien. Hábleme acerca de su libro, joven. Me aclaré la garganta. —Bueno, comienzo con la tesis de Henry Adams de que la ciencia nos ha traído el caos y la multiplicidad. Y ese final de un mundo organizado, el final de lo que él llama «unidad», llegó con el Armagedón en 1914. —Con los soldados alemanes, los boches, sí. ¿Pero está usted seguro de que sus fechas son correctas? ¿No creía Adams que el caos estaba al caer cuando el general Grant fue elegido? Por lo que recuerdo, él lo comparaba con un cavernícola. —Es verdad. Pero yo me refiero al último gran ocaso de la unidad, que yo sitúo en las décadas inmediatamente anteriores a la guerra. ¿No fue entonces cuando nuestra civilización alcanzó su cenit? Entonces la ciencia todavía buscaba nuestro confort, no nuestra destrucción. Como su amiga la señora Wharton escribió, el coche le devolvió el romance al viaje. Todavía era un animal domesticado, no parte de un horrible rebaño. En todas partes triunfaban las artes. En América fundamos nuestros grandes museos. Produjimos escritores como James y la señora Wharton, arquitectos como McKim y White, pintores como Sargent, escultores como Saint-Gaudens, coleccionistas de arte como Morgan, Frick y la señora Gardner. ¡Se lo llamó, y con razón, el Renacimiento americano! Y por aquí estaban los impresionistas y Anatole France y Proust y todo el brillo del París de los años noventa. Y en Inglaterra bueno, cuando pienso en la Inglaterra eduardiana me parece contemplar inacabables prados de césped, nobles mansiones y fiestas de fin de semana con grandes estadistas y personas inteligentes. ¿Estoy descubriendo algo? ¿No fue aquélla la última gran explosión del estilo? ¿Y no es el estilo la esencia de la civilización? ¿Y no lo hemos perdido?

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—¡Ah! ¡A quién le has ido a preguntar! —Berry levantó las manos y se las llevó a las sienes con un gesto de desesperación—. ¡Aquí estoy yo, haciendo todo lo que puedo por atrapar los Felices Años Veinte, como creo que los llaman ahora, y tú me tientas para que me entregue a los recuerdos de un pasado dorado! ¡Qué vergüenza, joven! Pero, por supuesto, tienes toda la razón. Talleyrand dijo que ningún hombre que no haya vivido en el Ancient Régime puede haber conocido la douceur de vivre, pero apuesto a que habría aceptado esa afirmación si hubiese sobrevivido a los alegres noventa. ¿Hubiese sido capaz de meterse durante quince días en la piel de su descendiente, mi viejo amigo Bonni de Castellane, y presidir un baile de disfraces en su palacio rosa? ¿O habría pasado un fin de semana en Blenheim cuando los Marlborough recibían al príncipe de Gales? ¿O habría viajado a Polonia a visitar a Elizabeth Potocki y conducir una calesa de cuatro caballos hasta el gran vestíbulo de Lancut? ¡Sí, señor, así eran aquellos días! Me quedé ligeramente desconcertado por su énfasis en las fiestas y me esforcé en hacer que recordase a los artistas y escritores de los que en primera instancia iba a tratar mi libro. Pero pronto descubrí que él no soportaba limitarse a descripciones particulares. Si le preguntaba acerca de la conversación de Proust, se encogía de hombros y decía: «Bueno ya sabes; Proust hablaba como sus libros»; si yo buscaba un ejemplo del ingenio de Anatole France, me decía que no podía recordar nada específico y que, de cualquier modo, los hombres que frecuentaban los salones literarios, como Anatole France había frecuentado el de Madame de Caillavet, eran capaces de llegar a convertirse en terribles pelmazos. Cuando le pregunté, tras nuestra comida, si podría visitarle en su apartamento para recoger otros recuerdos, él accedió con desgana. —Nunca tomo notas, ¿sabes? Yo no era uno de esos periodistas como Boswell o Saint -Simon, siempre garabateando notas. Yo viví la época, escribirla no era asunto mío. Aquello era cierto. Cuando fui a su apartamento aprendí más de las dedicatorias que algunos de sus conocidos famosos le habían escrito en los libros que le regalaron que de lo que él me contó. Y por fin me di cuenta de que lo que en realidad le desagradaba de nuestras sesiones era la comparación entre los éxitos de sus amigos y los suyos propios, más modestos, que no le permitía más que, como escribiera James sobre el neceser «contar un cuento deplorable y lúgubre». Berry, concluí, quería ser uno de los dioses en el Olimpo y no solamente un ángel narrador. Todo esto quedó mucho más claro en mi tercera visita a su apartamento. —Mira, amigo mío. Creo que hay varias personas a quienes podría dirigirte que quizá sepan mucho más acerca del pasado que yo. Iba a decir personas «con labia», pero quizá ese término no sea lo suficientemente justo. De cualquier modo, eso júzgalo tú mismo. Podríamos comenzar con Violet Nelidoroff. Está mucho más cerca de tu edad que de la mía, pero ha mantenido

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una especie de culto por esas figuras que te interesan, y por supuesto ella misma no es una mala escritora. Y respecto a uno o dos de los caballeros que nos conciernen, ella puede haber logrado mucha más intimidad, digamos, de la que se me concedió a mí. Con Marcel no, sin embargo. Aquí su párpado izquierdo descendió ligeramente en lo que, a pesar de su gravedad, supuse que era un guiño. —Aunque ella debió de intentarlo con él. La creo perfectamente capaz. De cualquier modo, es una criatura encantadora. No es santo de la devoción de todo el mundo, pero creo que a ti te puede gustar. Ve a verla a la hora del té. Merecerá la pena. Yo sabía, por supuesto, quién era la princesa Nelidoroff. Todo el mundo en París lo sabía. Era una húngara que se había casado con un noble ruso que había muerto en la revolución, revolución de la que ella se las había arreglado para escapar. Ella y su marido habían vivido en Francia antes de la guerra (volvieron a Moscú cuando él fue llamado a filas); no solamente hablaba un inglés perfecto, sino que también lo escribía, y era la autora de varias novelas de sociedad ligeras pero encantadoras. Yo era consciente de que en algunos círculos, particularmente entre las mujeres, solían tacharla de frívola, incluso de intrigante, pero no había duda de que había sido una persona muy cercana a muchos escritores y, de hecho, se suponía que había sido la causa de una profunda ruptura entre Maurice Barrès y la condesa de Noailles. Ella era «de visita obligada», sin duda. Contestó a mi nota con una rápida invitación a tomar el té, y a las cinco en punto del día fijado yo estaba en un salón art nouveau en una casita deliciosa de la Rue Monsieur, separado de mi anfitriona por una reluciente bandeja. Ella era un retrato de Boldini: una feminidad delicada y exquisita, una piel de marfil que parecía no haberse expuesto nunca al sol, unos brazos largos y desnudos delicadamente torneados y una silueta graciosamente esbelta que se acababa en unas nalgas voluptuosas. Cuando se inclinó hacia mí para preguntarme cómo tomaría el té, la blusa se le resbaló ligeramente sobre los hombros redondos y un rizo de pelo castaño le cayó por la pálida frente, se diría que atribuía su suave desaliño a un vivo interés por su visitante. —¡El querido Walter Berry me dice, señor Fairfax, que usted sabe mucho más acerca de nosotros de lo que nosotros sabemos acerca de nosotros mismos! Me refiero, por supuesto, a los que somos unas momias que vivieron antes del diluvio. ¡Qué estupendo que usted desee resucitarnos! Aquel «momias» era, obviamente, una exageración que perseguía una refutación. Me pregunté si tendría más de cuarenta años. Posiblemente, porque era muy astuta. —Berry me aseguró que usted sería una guía indispensable para mí —le contesté—. Me citó a Walter Gay para decir que si hubiese estado tentado de pintar una figura humana en uno de sus solitarios y exquisitos interiores de castillos, hubiese sido la princesa Nelidoroff. Y me dijo que el mismísimo Henry

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Adams la había llevado de viaje por Chartres. ¿No es así?

—Es verdad que mi viejo amigo me llevó de viaje. Incluso me dijo que mi alma estaba expresada en la más alta de las dos agujas de la catedral, la más nueva. Que yo era más Diana de Poitiers que Leonor de Aquitania. Espero que

lo dijese como un cumplido. Pero todos sabemos que él consideraba la torre

«antigua» la cosa más hermosa que el hombre hubiese hecho sobre la tierra. —Bien, por supuesto, en arquitectura él prefería el siglo XII. Pero creo que quería que sus mujeres fuesen renacentistas. —Speriamo! —¿Y qué hombre no preferiría a la encantadora Diana antes que a la férrea Leonor? Quizá la señora Cameron fue su Leonor. —¡A él le aplicó mano de hierro, desde luego! No observé guante de terciopelo alguno. Ella se encargó de que no me llevase a un segundo viaje. Visité a la princesa en tres ocasiones en los siguientes quince días. En materia de recuerdos, no se parecía a Berry en absoluto. Mientras que a él le costaba comparar sus acciones con las de sus más reconocidos amigos, a ella le

encantaba meter su trabajo, y también su vida, en el mismo cesto que el de sus amigos, lo que a menudo la beneficiaba. No dudaba, por ejemplo, en sugerir que había aspectos de su personalidad en la Albertine de Proust, o que le había dado a Henry Bernstein algunas ideas clave para la resolución de su obra de teatro Le Secret, o que fue ella la que convenció a Reynaldo Hahn de que intentara escribir ópera. Yo no me lo creí todo, pero me creí una parte, y comencé a preguntarme si sus vivas descripciones no compondrían varios capítulos de mi libro. Constance no aprobaba en absoluto estos encuentros. A aquellas alturas, por supuesto, ya había tenido que explicarle las razones de mis visitas por separado a Berry y a la princesa. Ella insistía en que los celos no tenían nada que ver con su desaprobación —negaba que pudiese tener ese sentimiento por

tal «farsante», que es lo que Violet le pareció en el único encuentro de ambas en

casa de Berry —pero me advirtió de que me estaba dejando llevar, de que había quedado deslumbrado por una época de oropel que yo, testarudo, me empeñaba en considerar dorada. Obtuvo un triunfo temporal sobre mí en una comida de domingo en el Pavillon Colombe en Saint-Brice, donde nos había invitado Edith Wharton. Habíamos recibido cartas de presentación para la gran

novelista de amigos comunes de Nueva York; y todavía había algo mejor: yo había arreglado con éxito un pequeño asunto jurídico que ella había confiado a

mi despacho. La señora Wharton tenía entonces unos sesenta y cinco años y estaba en la

cima de su carrera. Tenía unos rasgos marcados y elegantes, la espalda recta y una voz alta y clara que articulaba a la perfección sus tan bien construidas frases. Algunos la encontraban «imponente», pero su impresión obedecía a que

no estaban acostumbrados a aquella forma tan disciplinada en la que había sido

educada. Iniciamos una discusión acerca de su amigo Walter Berry y el

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patriótico trabajo que había hecho durante la guerra, hasta que por casualidad mencioné a la princesa. Ante esto sus labios formaron una línea tan dura como la rendija de un buzón. —Walter y yo tenemos muchos intereses en común, señor Fairfax, pero me temo que la princesa Nelidoroff no es uno de ellos. Yo me desmarqué inmediatamente. —Solamente la he mencionado porque ella es una gran admiradora de la ficción de usted. —No puedo devolver el cumplido. La señora Nelidoroff se dice francófila, pero sé gracias a lo que puedo considerar una fuente irreprochable que, cuando visitó Viena en 1917, mantuvo una relación íntima con el agregado militar alemán. Parlons d'autre chose. Abandoné a la pobre princesa con una deslealtad instantánea y casi me hice perdonar cuando volví a tocar el papel que Berry había desempeñado al servicio de la entrada de los Estados Unidos en la guerra. Y cuando mi anfitriona supo que yo mismo había estado en las trincheras, mi referencia a Violet se le olvidó. Como Berry, era una auténtica veterana. Hacia la mitad de la comida, Constance me puso en un aprieto al anunciar en la mesa el proyecto de mi libro. Los otros invitados, sin embargo, parecieron divertirse con la idea, y sugirieron nombres de artistas y escritores que, según ellos, valdría la pena incluir. La discusión no tardó en centrarse en Proust, cuyos últimos y póstumos volúmenes acababan de aparecer. Alguien sugirió que era más grande que Balzac y Tolstói. La señora Wharton vaciló. —No quiero decir que no fuese un gran escritor —dijo ella—. Pero para mí hay algunos lapsos en su sensibilidad moral que le impiden ocupar el lugar más alto.

Entonces citó el párrafo en el que el narrador de En busca del tiempo perdido sube una escalera hasta el travesaño de la ventana para espiar a Julien, el sastre, y al barón de Charlus empleados en lo que ella delicadamente definió como una «escena poco edificante». Durante el divertido silencio que siguió a este comentario le pregunté si ella había conocido a Proust. —Bueno, como estoy segura de que usted ya sabe, él era un gran amigo de Walter. Proust incluso le dedicó uno de sus primeros libros. Y Walter siempre andaba detrás de mí para presentármelo. Pero cuando supe que estaba deslumbrado por todos los duques y duquesas a los que satirizaba, decidí que no era plato de mi gusto. Después de todo, podía deleitarme con su prosa sin tener que ser testigo de su escalada social. Cuando escuchó aquello, Constance movió la cabeza y se lanzó a la discusión algo estrepitosamente. —¿No sucede eso con muchos escritores, señora Wharton? ¿No queda invalidada su crítica acerca de las clases sociales por la forma en la que intentan medrar? —Aquí ella me miró fijamente— ¿O al menos por el júbilo que

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experimentan al contemplar cómo otros lo intentan?

—Eso sucedía con Thackeray, sin duda —replicó nuestra anfitriona con aire reflexivo—. Y también con Balzac, me temo. Dios sabe que también podría

decirse lo mismo de Disraeli. Y respecto a Bourget

amigo. —Nunca se podría decir eso de usted, señora Wharton —puntualicé—. Nadie creería que los Trenor o los Dorset en La casa de la alegría la hubieran deslumbrado. —No, supongo que no —respondió con una risita complaciente—. Incluso siempre se ha dicho que huí a Francia para librarme de la Quinta Avenida y de Newport. Pero cuando una ha nacido y se ha criado en ese mundo, resulta difícil que le impresione, a menos, por supuesto, que una sea estúpida o que carezca por completo de imaginación. A los que no pertenecen a este mundo, les parecerá refulgente, como un baile en un salón que espiaran desde una calle oscura. Supongo que esto debería de despertar nuestras simpatías, aunque rara vez lo hace. ¿No le parece extraño que los miembros de la alta sociedad lleguen a desdeñar a todos aquellos que intentan introducirse en ella, en lugar de tomarse su interés como un cumplido? —¡Tal vez es porque ven cuán peligrosos son los trepadores! — El tono enfático de Constance me mortificaba. Ese énfasis desentonaba con el tono ligero de la conversación—. La gente que quiere conocer a otras personas por razones equivocadas puede socavar ese mismo mundo al que están intentando acceder. La mesa se quedó en silencio y la señora Wharton se levantó. —Es una idea interesante, señora Fairfax, y deberíamos continuarla fuera. ¡Hace un día tan espléndido! ¿Creen que podríamos pasar al jardín? Mis rosas están realmente maravillosas este año. Deben perdonar la vanidad a una vieja jardinera.

Pero ¡chitón! Él es mi

***

Un gran amigo de Constance, David Finch, acababa de llegar para pasar la primavera en París. Era un soltero de unos cuarenta años, agradable, bajo y con entradas pero de estampa elegante, voz suave y modales educados. Enseñaba latín y griego en un internado de chicos en Nueva Inglaterra, y disfrutaba entonces de un año sabático. Acomodado, sumamente intelectual y altamente popular tanto entre los profesores como entre los estudiantes, parecía tener todo lo que un hombre pudiese desear, excepto una esposa y una familia. Pero parecía estar contento sin esos apéndices, y tampoco mostraba ninguna ambición por los honores académicos más allá del privilegio de instruir a sus alumnos. Constance tenía un hermano más pequeño cuya juventud problemática Finch había contribuido enormemente a resolver, y el padre de ella, agradecido, prácticamente lo había acogido como un miembro más de la

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familia. Entre las muchas aficiones de Finch se incluían los capiteles y los arcos románicos, y Constance, de quien se suponía que estaba inocente y conmovedoramente enamorado, había insistido en que se uniera a nosotros en los viajes en coche que habíamos planeado. Yo no tenía nada que objetar, ya que era el mejor de los compañeros de viaje: puntual, despierto, bien informado y con muy buen humor, y siempre se había esforzado en caerme simpático. Él y Constance habían ido a hacer un recorrido turístico exhaustivo por París y sus environs, y un día, cuando me dijeron que no les esperase de su viaje

a Fontainebleau antes de la cena, pensé que era el momento perfecto para

invitar a Violet (a quien, como ya he dejado lo suficientemente claro, Constance detestaba) a que viniera a nuestra casa en Parc Monceau para charlar. Comenzó como uno de nuestros mejores encuentros. Violet llegó tarde,

como de costumbre, y estuvo admirando la casa antes de sentarse en el diván a tomar unos sorbos de champagne, pero cuando finalmente se embarcó en sus recuerdos, se mostró más animada que nunca. Salpicó su charla con algunas maliciosas y sorprendentes historias acerca de Berry y Edith Wharton, quienes,

insistió, habían sido amantes, y acerca de Henry James y del joven escultor danés que hacía enormes estatuas desnudas y horrorosas y a quien el Maestro había favorecido tan extrañamente. Pero Proust fue el protagonista de sus recuerdos. —¡Sí, yo visitaba frecuentemente su habitación acolchada! Por aquel entonces él sabía, pobrecillo, que no iba a estar mucho tiempo en el mundo, y trabajaba sin descanso para terminar su libro. Estaba patéticamente ansioso de que se le suministrasen todo tipo de detalles con los que no estaba íntimamente familiarizado, particularmente por lo que respectaba a los asuntos de mujeres:

sombreros, vestidos, visitas a las costureras, pequeños asuntos de etiqueta. Por supuesto habrás leído El tiempo recobrado, que acaba de salir. Bueno, recordarás que el narrador se encuentra en una recepción con la ya entrada en años duquesa de Guermantes y refiere que ella ha perdido su antigua destacada posición en el mundo social y que, cuando invita a la gente a cenar y a tratar con la realeza, todavía usa formas arcaicas como: «¡Su Majestad, la reina de Nápoles» —o quien sea — «ha designado a la Duquesa de Guermantes para»

y la gente más joven deduce que debe de ser una de

esas duquesas déclassées! ¡Bueno, pues fui yo quien le suministró esa perla! ¡De

hecho, yo había oído a algún advenedizo idiota expresar esa misma opinión sobre la duquesa de Nîmes después de haberse rebajado a pedirle que le presentase al rey de España! ¿Adónde hemos llegado? Pero, ante todo ¿dónde estábamos? Cuando Violet y yo levantamos la vista, allí estaba Constance, de pie, con aspecto severo, en el umbral de la puerta. Violet se levantó inmediatamente y corrió a saludarla con la mano extendida, pero mi esposa, quitándose el sombrero, se las arregló para evitar el contacto sin que su rudeza resultara demasiado obvia.

o «se ha designado a»

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— ¡Mi querida señora Fairfax, me coge usted aburriendo a su paciente marido con historias de la Edad Media! Justo estaba contándole mis encuentros con el pobre Proust moribundo. Pero ya es suficiente. ¿Cómo está usted, ma toute belle? Su toute belle no se molestó en responder pero cogió una silla y se sentó y me lanzó una mirada firme y larga. Cuando habló, fue para dirigirse a mí como si no hubiese nadie presente. —He escuchado el nombre de la duquesa de Nîmes. Tú sabes que su hermano se casó con una antigua amiga de mi padre, la señorita Gray. La llamé ayer y la encontré muy amistosa. Quiere que vayamos a cenar con ella pronto. Le dije que tú y la princesa Nelidoroff teníais este proyecto acerca de los tiempos y los escritores de la preguerra, y estuvimos charlando acerca de Proust. Ella me dijo algo bastante interesante acerca de él y de la princesa. Quizá tu visitante pueda verificarlo. —Se lo ruego, ¿de qué se trata, señora? —el agudo tono de voz de Violet tenía un toque de ansiedad—. Por favor, cuénteme. Pero en primer lugar me gustaría advertirle de que la vieja Eliane de Nîmes es conocida por su mauvaise langue. Constance todavía no me había quitado los ojos de encima. —Bien, tal vez esto sea otro ejemplo de esa langue. La duquesa dice que cuando la princesa conoció a Proust, antes de la irrupción de Swann lo despreció; le parecía un «pequeño arribista judío». Pero en cuanto fue aclamado como gran escritor, comenzó a perseguirle. Y según la señora de Nîmes, lo que no había sido más que una somera relación fue transformándose, desde la muerte del escritor, en una relación cada vez más íntima. ¡La duquesa está convencida de que, con el tiempo, terminará convirtiéndose en una aventura! —Ah non, ça c’est trop! C’est un outrage! Verdaderamente, señora, ¿cómo puede usted repetir tal basura? —Porque lo creo. —Constance no miraba a mi invitada. Violet me miró, agitada. —No abusaré ya de su tiempo, querido Oscar. La señora está obviamente muy cansada. Estamos teniendo una primavera terrible, demasiado lluviosa, demasiado oscura, demasiado todo. Creo que todos tenemos los nervios de punta. Y lanzándome un desafiante beso, corrió hacia la puerta.

***

Constance y yo tuvimos una terrible pelea, la peor de toda nuestra vida de casados. Dos días después, cuando todavía estábamos enfadados, me anunció fríamente, a la vuelta de la oficina, que había decidido que una separación temporal podría ser buena; ella se iba a ir por la mañana en coche a Borgoña. —¿Tú sola? ¿No será muy aburrido?

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—No voy a ir sola. David viene conmigo. —¿Tú y David solos? No puedes hacer eso. —¿Y por qué no puedo? —¿Cómo puedes hacer esa pregunta? ¿Qué crees que parecerá eso? —Supongo que parecerá lo mismo que lo tuyo y la princesa. Me quedé boquiabierto. Todos los chismes franceses de la habitación parecían estar saltando. —¿Estás loca? Violet simplemente me está ayudando con un libro que quiero escribir. —¡Cuéntaselo a otra! —De verdad, Constance, ¿no será que estás celosa? —No estoy celosa en absoluto. Si tú quieres hacer el loco con esa ridícula criatura, es cosa tuya. Pero te despoja de cualquier derecho de señalarme a mí y a David. —¿Señalarte? —Yo me sentía completamente mareado—. ¿Quieres decir que hay algo que señalar? — Pensaba que eras tú el que lo veía. Mira, Oscar. Ya basta. David y yo nos vamos a Borgoña. Es tu donnée, como dicen los franceses. Lo que pienses es asunto tuyo. En primer lugar, deduzco que te preocupas por lo que pueda parecerles a los demás. Después comienzas a preguntarte qué te parece a ti. Pero lo único que me importa es lo que me parece a mí. Y me parece estupendo. Y no me importa lo que digas o lo molesto que estés, te aseguro que me iré de viaje, de mañana por la mañana no pasa. —¡No querrás decir que te has enamorado de ese hombrecito! — ¿Era mi voz la que había pronunciado eso? Aquellas increíbles palabras parecían rebotar de un artesonado a otro en nuestro falso salón Luis XV. —No me rebajaré a contestarte. Excepto para decirte que si estuviera enamorada de él, su estatura no supondría inconveniente alguno. —Oh, Constance ¿qué es todo esto? Dime que estoy loco. —Sí, estás loco. —Aplaza el viaje una semana. Veré si puedo posponer mi trabajo en la oficina. Iremos los tres. —Pero yo no quiero ir contigo. De lo que se trata es de alejarme de ti. —¿Quieres decir que prefieres la compañía de David a la mía? —¿Como experto en arte románico? Sí, infinitamente. —Veamos entonces el viaje desde ese punto de vista. ¿Crees que es justo llevártelo así? —¿Y por qué no? —¿No sabes que podría estar enamorado de ti? —¿Y eso tendría que molestarme? Le convierte en un compañero encantador. —¡Constance! ¡Se hará ilusiones! —¡Déjale en paz! ¿Es que crees que no sé cuidar de mí misma?

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—Estoy convencido de que sí. Pero sola con un hombre enamorado Me cortó. —A estas alturas deberías saber que una vez que he decidido hacer algo, siempre lo hago. Muy bien. Me voy de viaje. He preparado mi itinerario y he anotado dónde estaré cada día. Lo encontrarás todo sobre tu mesa de la biblioteca. Querré que me tengas al corriente de cómo está Gordon, por supuesto. Y ahora sugiero que dejemos el tema. —¡Prométeme que no compartirás habitación con Finch! —Oscar, esto es muy embarazoso. Me voy arriba a hacer el equipaje. Con el

humor que tienes, prefiero no cenar contigo. Haré que me suban una ensalada a

mi habitación. Saldré mañana al amanecer. No tienes que levantarte para

despedirme.

¡Y con eso se marchó! Yo estaba decidido a levantarme pronto y hacer un último esfuerzo para retrasar la excursión, pero aquella noche di tantas vueltas en la cama que finalmente me tomé dos pastillas que me dejaron traspuesto. Seguía durmiendo cuando ella se marchó, y no me desperté hasta al cabo de

dos horas. La semana siguiente fue espantosa. Me resultaba imposible tanto trabajar

como dormir por la noche. Me repetía que Constance nunca me traicionaría,

que ella tenía un temperamento muy frío, que si ella hubiese querido realmente

tener una aventura con Finch, habría tomado algunas precauciones para ocultarlo, que yo siempre había sabido que ella despreciaba las convenciones, y que nunca se había sentido responsable ante nadie. Y, finalmente, que si ella hubiese deseado un amante lo hubiese elegido más viril. Pero mi abogado del diablo interior, empeñado en refutar mis argumentos, me señalaba que siempre habían existido diferencias importantes entre nosotros y que París las había agudizado, que Constance no tenía esas normas morales respecto al sexo, que

siempre había mantenido que ningún esposo racional podría sentirse realmente herido por una «aventura» ocasional de su cónyuge, que la monogamia no era un estado natural excepto para los gansos de Canadá y que en un hombre la inteligencia y la comprensión podían resultar más atractivas sexualmente que

los músculos. Yo había dado por sentado que sus teorías eran sólo juegos

intelectuales, pero ¿por qué debería estar tan seguro? ¿No era ella perfectamente capaz de tener una aventura y volver a mí, sin vergüenza alguna

a retomar su matrimonio exactamente donde lo había dejado? ¿Y si yo hacía lo mismo, le importaría a ella? ¿No se limitaría ella a reírse de mí —cosa intolerable— si yo tenía una aventura con la princesa? Y eso fue precisamente lo que decidí hacer, tras varias copas de ginebra, una tarde en la que me reuní con Violet. Recuerdo, avergonzadísimo, que copié todos los premeditados pasos de Julien Sorel en su seducción de Madame de

Renal en Rojo y negro. Pero antes de que llegara a cogerle la mano a Violet, ya

me había dado cuenta de que tal estrategia no era necesaria. Me había estado contando una salaz anécdota acerca de Paul Bourget y de

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Guy de Maupassant en un burdel, anécdota que ella aseguraba haber escuchado del propio abate Mugnier. —Maupassant llegó de repente detrás de Bourget y tiró de sus pantalones gritando: «¿C'est tout ce que vous avez à montrer à ces dames?» ¡Y Bourget salió huyendo! ¿No te parece estupendo? Fue entonces cuando mis manos tomaron las suyas. —La adoro. —Murmuré.

Su mirada, quizá demasiado sorprendida, me desconcertó.

—¡Cielos! Y yo que pensaba que eras el prototipo de mari fidèle. ¡Pues bien! Dame quince minutos y sube luego a mi habitación. Está en lo alto de las escaleras, a la izquierda. Me tomé dos copas más antes de subir. Dios sabe qué lamentable espectáculo di. Violet se mostró tan sumisa y complaciente como ningún hombre hubiera podido imaginar jamás; y sin embargo, yo tenía la humillante impresión de que lo que estaba sucediendo no tenía, para ella, la más mínima importancia. Cuando días más tarde recordé el incidente, completamente mortificado, lo comparé con la escena de Proust en la que la elegante señora Swann, con la rápida destreza de una profesional, se entrega a Bloch, un completo desconocido, en un vagón de tren. Aquella comparación ponía de manifiesto —en caso de que hubiera hecho falta demostración alguna— cuán profundamente estaban mis emociones sexuales embebidas de la ficción francesa. Violet podía haber hecho lo mismo —y más tarde negarle fríamente el saludo si daba la casualidad de que lo veía en sociedad. De cualquier modo, el episodio, podía quedarme tranquilo, no acarreó consecuencias para Violet, excepto ciertos servicios jurídicos que posteriormente solicitaría y yo le prestaría, sin cobrarlos por supuesto, cuando la demandaron por haber plagiado en una de sus novelas. Pero, ¡ay!, yo no salí indemne. Aquel episodio tuvo varias consecuencias. Me vi sumergido en una profunda depresión causada por el remordimiento. Me

parecía que había perdido para siempre lo que yo consideraba, con un punto de nostalgia, mi inocencia americana, para no ganar más que un sitio en el gallinero del teatro galo de la sofisticación sexual. Y el caso es que yo no codiciaba ni siquiera un asiento de primera fila en dicho teatro. La facilidad con que Violet había copulado me repelía, y los placeres torpes de los abrazos de mi compatriota —los abrazos que yo conocía, al menos— me parecían ahora un Edén que había perdido para siempre. La imagen triste y llena de reproches de Constance emergía sobre las cenizas de mis ilusiones como la única mujer, en realidad la única persona, a la que yo realmente había amado.

Mi desilusión tuvo un efecto práctico e inmediato: perdí todo mi interés por

el libro que había planeado. Los argumentos de Constance contra el libro ahora

me parecían como absolutamente válidos. Mi edad dorada de escritores y artistas era áurica solamente en el sentido material. Lo que ellos habían valorado realmente no había sido sino la belleza de las cosas.

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La mente me bullía con incesantes análisis. ¿Por qué los retratos de mujeres realizados por Sargent eran mucho más delicados que los de los hombres? ¿Las ricas sedas y satenes de sus batines, el brillo de sus perlas, el esplendor de sus diamantes, los brillantes colores de sus armoires y bergères y el resplandor de sus porcelanas, no intentaban todo aquello disfrazar lo insípido de sus semblantes aristocráticos y elegantes? ¿Qué sería de los personajes más hábilmente dibujados por Henry James en su última etapa —Strether y Maggie Beber y Milly Tétale— sin la gloria de París en primavera, o la elegancia de Londres en cada estación, o el drama de Venecia en el otoño? ¿Y no había sido Edith Wharton pionera de la decoración interior antes de que iluminase sus novelas con tan maravillosas moradas para sus personajes? Comencé a verlo todo, y a todos, bajo esta nueva luz. Saint-Gaudens y Stanford White se habían emborrachado con lo más chillón del Renacimiento italiano. Proust se había deleitado con duquesas y títulos, contemplando las aspiraciones humanas sin otro criterio que el esnobismo. ¿Qué era el arte sino la descripción de la buena vida que él aseguraba desdeñar? ¿Qué era cualquier novela de costumbres sino básicamente eso? Incluso Huysmans, lamentándose de lo decadente de los gustos elegantes, divirtió a sus lectores describiendo aquellos mismos gustos. Comenzaba a preguntarme si el único artista honesto de todos los que yo había deseado honrar era Walter Gay, tres de cuyos cuadros con interiores de castillos había comprado para decorar nuestro salón. Porque él nunca mostraba en sus cuadros a la gente. Sus maravillosas habitaciones eran verdaderos retratos del espíritu de sus dueños. Finalmente, volví a leer de nuevo el gran pasaje de La educación de Henry Adams en el que el autor describe cómo se sentó en las escaleras bajo la cúpula del Beaux Arts de Richard Morris Hunt de la Exposición Universal de Chicago, igual que Gibbon se sentara antaño en las escaleras del Ara Coeli, para contemplar un mundo en el que sus viejos amigos podrían haber ganado la gran carrera de cuádrigas hacia la fama. ¿Hablarían algún día las gentes del Noroeste, se preguntaba, «sobre Hunt, y Richardson, La Farge y Saint-Gaudens, Burnham y McKim y Stanford White, cuando sus políticos y sus millonarios hayan sido ya olvidados»? Pero sus viejos amigos no pensaban así, admitió inmediatamente, apesadumbrado; charlaban como si, para la gente del Oeste, el arte no fuera más que un decorado de teatro, los gemelos de brillantes para la camisa, un cuello duro. Y concluí que quizá «la gente del Oeste tenía razón».

***

Caí en la cuenta, por fin, de que había en París un hombre que podía ayudarme con mis preocupaciones interiores, que quizá incluso las habría experimentado sin perder, por decirlo lisa y llanamente, su alma. Se trataba del abate Mugnier, el gran amigo de Violet. Era un viejo sacerdote cultivadísimo y,

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aun así, piadoso, el querido amigo de las grandes dames del Viejo Faubourg, cuya devoción por los grandes escritores de su tiempo le había hecho tan conocido en el mundo de la literatura como en el mundo social. Lento, corto de vista, sereno y de gestos amables, ofrecía una estampa algo desarrapada y sombría, y su discurso, normalmente amable, se teñía en ocasiones de una agudeza cáustica. En todos los salones, su aparición era recibida con pequeños gritos de entusiasmo de la anfitriona. Violet, que se enorgullecía de ser una de sus «sobrinas adoptadas», nos había hecho coincidir en dos ocasiones, durante las cuales tuve el placer de escucharle hablar sobre su conversión de Huysmans y de sus discusiones teológicas con Zola. Más adelante la duquesa de Nîmes me invitó a comer en el gran hôtel de la Rue du Varenne para que lo conociera; yo sabía que allí no me encontraría con Violet —la animosidad de mi anfitriona hacia ella era proverbial— y acepté con agrado. Ese día el gran abate iba a cambiar mi vida, pero no como yo había supuesto, con una charla acerca de arte y literatura, sino con una conversación acerca de mí. Tuve la ocasión de hablar con él durante la suntuosa comida en el gran salón estilo Luis XV, donde las damas sentadas a su lado rivalizaban por su atención; pero después, cuando los huéspedes se fueron marchando y le oí preguntar a la duquesa si podía salir a dar un paseo al jardín, le seguí de inmediato, en silencio, hacia la parte trasera de la casa. Antes de salir se paró en el vestíbulo a examinar, con la nariz casi rozando los lienzos, un pequeño y encantador Fragonard con una ninfa desnuda bañándose en una fuente mientras un galán escondido tras las ramas la observaba. De pronto una voz burlona sonó detrás de mí. —Ah, tu aimes ces nudités, mon cher Abbé? Tu n'as pas honte? Era nuestro anfitrión, que había subido para asegurarse de que el abate encontraba la puerta del jardín. Me había dado cuenta de que los maridos de las amigas del abate le trataban con menos ceremonia. Tendían a ser un poco más cínicos acerca de su disfrute del mundo. —C'est un état d'âme —respondió el abate mientras atravesaba la puerta que el duque le había abierto. Fuera le pregunté si podía unirme a él en el paseo y asintió moviendo benignamente la cabeza. Parecía haber notado que yo quería consultarle algo más serio que su amor por los jardines; sus parcos comentarios acerca de los macizos de flores que íbamos pasando, rigurosos pero educados, quizá estuvieran destinados a que mis nervios se tranquilizasen. —Quería decirle, señor abate —le dije por fin bruscamente—, cuán profundamente admiro el modo en que usted reconcilia su amor a Dios con su amor por las cosas hermosas. Hizo una pequeña pausa para dirigirme una sonrisa dubitativa. —He aprendido, querido, que cuando los jóvenes me dicen tales cosas, parecen querer insinuar que soy un deplorable hombre de mundo. ¿No ha oído usted a nuestro anfitrión?

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—¡Pero yo no quería decir tal cosa! —protesté. —Quiero decir casi lo contrario. Quiero decir que usted encuentra a Dios en todo. ¿O esto suena un poco estúpido? Por supuesto Dios está en todas las cosas, ¿no? —¿En este maravilloso jardín y en esta enorme mansión? ¿Incluso en este almuerzo mondain? Bien por supuesto que debe de estar, pero, ¿dónde estoy yo? Ésta es la cuestión ¿no? ¿Estoy yo con él o estoy con los centros de mesa plateados, las tartes à la crème, los maravillosos artesonados, las encantadoras damas? Esta pregunta me la hago algunas veces cuando visito a los pobres, a los enfermos y a los moribundos.

— ¡Pero es solamente la belleza de todas estas cosas lo que usted admira!

—insistí acaloradamente—. Del mismo modo que usted encuentra belleza en los libros que cuida tanto. He oído el asunto sobre su amado Chateaubriand. ¡Dios para usted está en el arte! ¡Y es en esto en lo que yo he perdido la fe! ¿Podría usted ayudarme a recuperarla? —Bueno, estoy convencido de que Dios no estaba con Savonarola cuando éste prendió su hoguera de las vanidades en Florencia. ¡Piense en todas las cosas maravillosas que tienen que haber ardido aquel terrible día! Pero aquel pobre y desencaminado monje tenía razón en algo. Si Dios está en el arte, quizá es por eso por lo que el demonio acecha tan cerca de la capilla para atrapar a los devotos cuando menos se lo esperan. Y mandarlos al infierno —dije divertido y sorprendido por su observación—. ¿Cree usted en el infierno, padre? —Mi respuesta a esta pregunta es que tengo que creer. Es dogma de fe. Pero no necesito creer que haya nadie en el infierno. —Algunas veces me pregunto si mi esposa, que es librepensadora, no cree que allí hay mucha gente. —Hábleme de su esposa, señor Fairfax, hoy no estaba aquí. Espero que no esté enferma. —Oh, no, está muy bien. Está haciendo un pequeño viaje por las iglesias románicas de Borgoña. Con un amigo, un hombre. —Dejé que mi voz lanzase una nota triste. Debió de sonar un poco tonto. Pero él hizo caso omiso de mi insinuación. —Ah, sí, qué edificante. Esas iglesias son maravillosas. Pero si me permite pasar a un tema menos agradable, debo decirle que lamenté enterarme de la desagradable situación que se produjo entre su esposa y la princesa Nelidoroff. —Oh, ¿ya le ha contado algo Violet? —Violet y yo somos grandes amigos. Ella me ha adoptado como lo que ella denomina, lisonjera, «su guía y su mentor». Violet tiene sus pequeñas manías — ¿quién no las tiene?— pero me parece que la señora Fairfax quizá se mostró un poco dura con ella ¿es eso posible? —La señora Fairfax se comportó de un modo atroz. —Entonces, amigo mío, si puedo hacer una sugerencia, ¿no hubo un cierto elemento de celos femeninos en la situación? Mi sobrina es encantadora, y usted

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y ella se han estado viendo, y según entiendo, a solas. De pronto me di cuenta de que lo sabía todo. —¿Le ha contado Violet lo que sucedió entre ella y yo? —el silencio del abate fue un asentimiento—. Supongo que estaba obligada en confesión. —No fue en confesión, señor Fairfax. —No, no lo habría considerado un pecado —exclamé con una repentina queja de amargura—, no sería pecado si no hubo placer ¿no? —Eso suena a una de sus doctrinas puritanas americanas. Creo que sería un pecado, de todos modos. —El abate ahora se mostraba severo—. Y si no he malinterpretado su tono de hace un minuto, ¿quiere decir que entre su esposa y ese cierto caballero habría algo pecaminoso? Ahora yo estaba desesperado. —Padre, ¿qué puedo hacer? —¿Con el hombre que está con ella? ¿Es francés? —No, es yanqui. Creo que usted incluso le conoce. David Finch. —Ah, sí, es un joven muy estudioso. ¿Qué le hace a usted estar tan aseguro de que le está traicionando? —¿Usted cree que los americanos son capaces de cometer adulterio solamente con las mujeres francesas? —En absoluto. Pero he conocido a los suficientes americanos como para saber que no son tan predecibles en esos asuntos como los galos. Ustedes son grandes guerreros. Me gustaría preguntarle algo más. ¿Puedo serle franco? —Oh, padre, se lo ruego. Se dirigió entonces hacia un banco de mármol rosa y nos sentamos. —Vamos a suponer que es verdad lo que usted por ahora solamente supone, y que su esposa y el señor Finch tienen una aventura amorosa. ¿No sería posible que para ellos —para ella, al menos— todo el asunto pudiese ser tan poco importante como lo que ocurrió entre usted y Violet? Con una simple palabra, este anciano que ahora se me antojaba terrible había convertido mi mente en el marco de una ridícula escena de alcoba. —¡Oh! —murmuré. —¿Y no es también posible que lo que le preocupa a usted no sea tanto la posibilidad de una aventura como lo que todo el mundo pueda pensar de dicha aventura? Tenía que darle vueltas a esto durante un momento. —Entonces, ¿usted piensa que se trata de mi orgullo y no de mis celos? —Tan sólo lo sugiero. —¿Y qué debería hacer? —Vaya a buscarles, hijo. Reúnase con ellos en su búsqueda maravillosa del románico. Si están teniendo una aventura seria, es mejor que usted lo sepa. Sólo con los hechos puede uno tomar decisiones razonables. Y si, como sospecho, no ha sucedido nada entre ellos, simplemente le darán una guía y continuarán su visita turística.

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Encontré a Constance y a David en Beaune y los seguí hasta el Hôtel Dieu, donde los alcancé en el largo corredor de la sala dormitorio, dividida en cubículos con magníficas cortinas rojas. Cuando David me vio y me llamó con un agrado inequívoco, supe que había sido un estúpido. —¡Oscar, qué alegría! ¿Qué viento favorable te ha traído a Beaune? —Un terrible antojo de capiteles y arcos. ¿No te importa que os fastidie la fiesta? —¡Pero si es providencial! Me temo que Constance estaba a punto de decidir que dos son multitud. Constance no dijo nada. Su mirada interrogante parecía esperar una explicación de mi extraña conducta. Apenas respondió a mi amago de beso, y me di cuenta de que no le había dicho nada a David de nuestra pelea. ¡Muy propio de ella! —Veamos —continuó David mirando el reloj—. Es hora de comer y he reservado mesa en el Hôtel de la Poste. Vosotros dos tenéis asuntos domésticos que tratar, dejad solo al pequeño Gordon. Yo comeré algo en un mesón y me reuniré con vosotros a las tres. Constance y yo le tomamos la palabra, y durante la comida me disculpé humildemente por mis vulgares sospechas. Y puse la guinda a mi humildad al admitir que había abandonado mi libro. Le expliqué en detalle, con demasiado detalle, mi teoría acerca de lo mundanos que habían resultado mis artistas elegidos. Me escuchó sin prestarme demasiada atención, pero en silencio, hasta que terminé. Y entonces todo lo que dijo fue: «Bueno, no exageres. Recuerda a Cézanne. Y a Joyce». Y con esto supuse que había sido perdonado. Permitió que me uniera a ella durante el resto del viaje. Pero cuando mucho más tarde, de vuelta en París, reuní el temple para finalmente confesar el breve e «intrascendente» episodio de Violet, imaginando que ella sería capaz de juzgarlo con su tan encomiada independencia de ideas e, incluso, divertirse ante el patético papel que yo había desempeñado, explotó y me amenazó durante dos terribles días con abandonarme y llevarse a Gordon. Y entonces, de pronto, olvidó el asunto y nunca volvió a mencionarlo. La sacerdotisa de la razón era mujer, a fin de cuentas.

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Las debidas garantías

Pasó un tiempo considerable antes de que me aventurase con otro libro, y cuando lo hice, fue con la aprobación o, al menos, con la benigna indiferencia de

mi esposa. En 1935 ya hacía unos años que habíamos vuelto a Nueva York, y

durante aquel tiempo había dedicado mis mejores esfuerzos al trabajo en la oficina. Mis socios, que profesaban admiración por mi capacidad diplomática con las personas, o quizá la consideraban superior a mis habilidades jurídicas, me habían confiado la administración interna de la empresa que, de cualquier modo, me gustaba mucho más que la práctica de la abogacía. Me gustaba estar al tanto de los problemas personales de los oficinistas y de

los demás empleados, y me preocupaba por hacer de la empresa una especie de

familia. Los salarios, la asignación de despachos y las condiciones laborales no

eran mi única responsabilidad; me encargaba también de la salud y de los problemas domésticos de todos mis empleados. Y organizaba eventos sociales:

comidas para los abogados, un baile para el personal, una excursión al club de campo de Long Island en primavera. A algunos de los socios más antiguos estos

entretenimientos les parecían un derroche, pero los más jóvenes me apoyaban, y creo que puedo enorgullecerme de haber sido un pionero de la humanización

de la antigua «fábrica del derecho».

También intenté, pero con mucho menos éxito, echar una mano con la historia de la firma que mi padre, ahora retirado, estaba escribiendo. Me temo

que cuando por fin se editó —fue una edición personal— nadie ajeno al despacho llegó a leerla hasta el final. Mi padre apenas había prestado oídos a

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sugerencia alguna; su estilo era seco, y tan sólo unas cuantas pálidas anécdotas sobre las reverenciadas excentricidades de dos o tres venerables fundadores conseguían aligerarlo. Su insistencia en la extraordinaria inteligencia de sus asociados, pasados y presentes, era tal, que el lector podría preguntarse si no habían estado trabajando tanto para el bien público como para los intereses de sus clientes. De cualquier modo, para mi padre lo uno y lo otro eran lo mismo. Pero el lugar que la historia escrita por mi padre ocuparía en mi vida no radicaba en lo que se decía acerca de la firma, sino en el modo en el que su capítulo sobre Gideon Hollister agudizó e intensificó mi ya considerable interés por aquel gran hombre. Mi padre, que había sido su compañero en la Facultad de Derecho de Harvard y que le había convencido para abandonar su Boston natal y probar suerte en Nueva York con Jason & Fairfax, contaba los detalles sobre la vida de su amigo, con la que yo estaba familiarizado, sólo a grandes rasgos. Hollister, de muchacho, había convencido a sus acaudalados padres de que le permitieran cumplir su sueño de endurecerse y probarse a sí mismo trabajando durante los veranos en la minas de cobre y en los ranchos. Se marchó un tiempo de nuestra firma para unirse a los Rouge Riders en la guerra de Cuba y seguir a su héroe, Theodore Roosevelt, en el asalto a la colina de San Juan. De nuevo se volvió a marchar, esta vez de la Corte de Apelaciones en Albany, cuyo escaño había conseguido a la edad de cuarenta años, para servir en el Estado Mayor de Pershing durante la Gran Guerra y, a los cincuenta años, combatió en el frente europeo. Incluso cuando era juez del Tribunal Supremo de los Estados Unidos, cargo al que el presidente Coolidge le había ascendido, había pasado algunos veranos cazando en Kenia. Como mi padre escribió en una de las más vívidas frases del libro: «Para el juez Hollister, las vacaciones perfectas consisten en estar solo en la selva sin que nada más que un fusil se interponga entre él y un gran felino o un paquidermo en plena embestida». El juez y yo siempre nos llevamos bien. Él no era completamente inmune a la adulación, pero creo que mi entusiasmo por la maravillosa redacción de las sentencias de sus casos de Nueva York le parecía absolutamente sincero. Una parte de él ansiaba que le reconocieran sus méritos de artista, y yo se los reconocía de sobra. Además, su único hijo le había decepcionado amargamente, y debía de estar buscando un sustituto. En diversos aspectos, el juez Hollister era todo lo opuesto a mí, pero a diferencia de la mayoría de los hombres, lo distinto siempre me había atraído. Pero no fue ni el defensor del derecho consuetudinario ni el guerrero ni el cazador de caza mayor el que me dio la idea para un librito de ensayos; encontré la inspiración en la apasionada admiración de mi padre por Hollister como intérprete constitucional, admiración que, según pude apreciar, compartía la mayor parte de su generación. Para mi padre, el resuelto uso de su amigo de la cláusula de las debidas garantías procesales para revocar cualquier disposición encaminada a regular los grandes negocios equivalía a lo que hizo

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san Jorge matando al dragón. Yo tenía una visión diferente, pero el dramatismo del conflicto me fascinó. El apoyo de Hollister al capitalismo salvaje no había sido tan evidente cuando enseñaba jurisprudencia en Albany, ni siquiera había destacado en el Washington de los prósperos años veinte, cuando tantos intentaban enriquecerse a toda prisa, sino durante la Gran Depresión. Entonces, después de que un decreto tras otro hubieran caído víctimas del hacha judicial, su nombre se convirtió en algo tan odioso para los progresistas como el de sus colegas, los jueces Van Devanter, Sutherlan y McReynolds. Pero aquel acérrimo individualista convivía con otro hombre: el erudito que proclamaba que hacer de pasante con él constituía «una enfermedad», el coleccionista de cerámica china y de paisajes de la escuela del río Hudson, el estudiante de literatura inglesa, el autor de famosos artículos doctrinales sobre responsabilidad civil y contratación que se leían como relatos de Henry James. Porque cuando Hollister el juez no trataba con instituciones y grandes corporaciones sino con seres humanos individuales —la víctima de un automóvil fabricado defectuosamente, el incauto que cometía un delito menor, el pequeño comerciante atrapado en un contrato engañoso— podía ser de hecho muy humano. Las diferencias entre aquellos dos hombres que conformaban a Gideon Hollister se reflejaban incluso en su aspecto físico. Como muchos hombres batalladores, era bastante bajo, con un torso bien proporcionado al que siempre acompañaba un atuendo elegante. Tenía los labios finos e incluso algo severos; la barbilla, tan cuadrada como podía esperarse; la piel, clara y sin arrugas; los pómulos, suavemente enrojecidos. Pero su cabello era de un blanco algodonoso, y sus ojos, de un claro azul sereno. El tono de su voz podía ser agudo y cáustico, sobre todo cuando se dirigía a torpes abogados desde el estrado, pero también podía ser asombrosamente dulce, cuando impartía conferencias en clubes o asociaciones sobre los principios del derecho. Viudo, vivía solo en una bonita casita de ladrillo rojo en Georgetown repleta de preciosísimos y relucientes muebles coloniales y de su colección de porcelana china. Accedió de buen grado a ayudarme con el libro de ensayos que tenía en mente y se ofreció a alojarme en su casa siempre que quisiera ir a visitarle a Washington para «sonsacarle». —Usted sabe, por supuesto, que no soy un jurista erudito —le previne. —Lo sé, y creo que es un punto a su favor. Lo que realmente se necesita hoy, mi querido Oscar, es un comentarista jurídico con una mente clara, sentido común y sin prejuicios estúpidos. El público está muy necesitado de análisis rigurosos acerca de nuestra crisis institucional. ¿Se ha enterado del nefasto plan del presidente para la remoción del tribunal? —Pero no lo ha presentado al Congreso todavía. —No, el viejo zorro lo está retrasando, para darnos a los septuagenarios la oportunidad de irnos. El proyecto de ley le daría un juez adicional por cada uno

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de nosotros que dimitiese. ¡Constituir un tribunal con nueve juristas y seis funcionarios! —¿Pero logrará que se apruebe? —Quién sabe, en estos tiempos absurdos. Durante aquel invierno de 1936 Constance y yo pasamos un total de tres semanas con el juez. Ella hacía turismo con Gordon (cuando nos lo llevábamos con nosotros), y yo me sentaba con nuestro anfitrión y le escuchaba. Le encantaba charlar, y yo tomé la precaución de no tomar notas; no quería distraerle, ya anotaría todo lo que me hiciera falta cuando hubiésemos terminado la sesión. Él se explayaba, casi como si yo no estuviera allí, acerca de los grandes acontecimientos de su larga e interesante vida, y hacía hincapié en las glorias de un pasado aventurero a las que contraponía «la lamentable búsqueda de seguridad» de nuestros tiempos actuales. Una memorable tarde de nuestra segunda semana me dio lo que yo esperaba que podría convertirse en el hilo conductor de mis ensayos. Había comenzado la sesión con algunos recuerdos de su juventud. —Mi padre me envió a Michigan dos veranos seguidos a trabajar para su amigo Louis Agassiz, que estaba rehabilitando las minas de cobre abandonadas Calumet y Tecla. ¡Ése sí que era un trabajo que hubiera intimidado a los cazadores de fortunas «rápidas» de hoy! ¿Pero crees que Agassiz hubiera podido triunfar con los sindicatos clamando por salarios más altos y camas más calientes y prohibiéndole que despidiera a los gandules? —Le hubiera llevado mucho más tiempo. —Hubiera sido imposible. Te lo digo, Oscar, esta equiparación del débil con el fuerte —equiparación, ¡demonios!; imposición, más bien— será nuestra ruina. Si el señorito de Hyde Park hubiese sido presidente hace una generación, este país no se habría desarrollado jamás. —Pero usted admiraba al gran Theodore. ¿Y no fue él quien puso firmes a las grandes compañías? —Yo le admiraba más como soldado que como político. Hizo demasiadas concesiones. Creo que le molestaba que tantos de nuestros financieros, como Morgan, nunca hubiesen vestido uniforme o ni siquiera hiciesen ejercicio al aire libre. ¡Esto podría haber llegado a lanzarle en brazos de los izquierdistas! Pero incluso a él le hubieran repugnado los extremos a los que su espabilado primo Franklin Delano ha llegado. Tenía que sacarle de ahí. —Le voy a preguntar algo más, señor. Nuestros amigos de la abogacía inglesa afirman que es mejor no verse constantemente obstaculizados por una constitución escrita. ¿No podrían usted y sus compañeros de tribunal definir mucho mejor las libertades fundamentales del hombre y las limitaciones básicas del gobierno sin tener que tergiversar y manipular frases que se remontan al siglo XVIII? Temí una explosión, pero no llegó. Al contrario, movió la cabeza meditando

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antes de contestar. —Es una buena pregunta. Aunque en cierto modo, se podría decir que nosotros no tenemos una constitución escrita, realmente. A la práctica, quiero decir. Lo que tenemos es un documento que contiene dos cláusulas que afectan al grueso de nuestros litigios constitucionales: una sobre el comercio y otra sobre las debidas garantías procesales. Apenas una docena de palabras que han dado lugar a los millones y millones de otras palabras que requiere su interpretación. Si se pudo construir un monolítico gobierno nacional a partir de la potestad para regular el comercio, ¿no podría haberse construido a partir de cualquier otra potestad contenida en ese mismo trozo de papel debidamente analizado? Si se puede crear lo que se quiera con una palabra, ¿no se puede hacer lo mismo con otra? ¿O con ninguna? ¡Bien, eso me serviría, sin duda! ¿No me encontraba yo ante la fascinante conjunción del hombre de acción, el guerrero, el hombre que podía doblegar la naturaleza a su voluntad, y el hombre de razonamiento preciso, de sutileza intelectual, el hombre para quien las palabras lo eran todo? ¿O nada?

***

En la primavera de ese año pasé una semana en Washington sin Constance, alojado en el Willard, ya que mis asuntos no tenían que ver con el juez sino con el establecimiento de una pequeña sucursal de mi firma en la capital. Encontré tiempo para pasar una tarde con Julian Hollister y sacarle algunas opiniones sobre su padre que, aunque hostiles, resultarían al menos estimulantes. Julian era tan brillante como su padre, e incluso más mordazmente divertido. No había razón alguna para que el juez supiera nada de esta visita: los dos apenas se hablaban. Yo conocía a Julian de toda la vida; incluso habíamos sido compañeros en Saint Augustine hasta que fue expulsado por demostrar descaradamente «una actitud incorrecta». De hecho, la actitud de Julian era la más incorrecta posible desde el punto de vista del doctor Ames, desde el punto de vista de su padre y también, debo añadir, desde el punto de vista de toda la sociedad en la que se había criado. Pero él y yo nos las habíamos arreglado para seguir siendo amigos, a instancia mía, sobre todo. Solía dedicarme un halago algo sospechoso:

aunque mostrase un aparente acuerdo con la clase dominante, yo era, en el fondo, un disidente. —Puedes parecer una persona estirada, Oscar, pero te tomas el sistema a broma. Como un mal chiste. Julian era todo lo contrario a su padre, incluso exteriormente. Era alto y de huesos delgados, se movía de un modo desgarbado, aunque de pequeño podía cruzar las piernas detrás del cuello. Tenía una espesa mata de pelo negro despeinado y un rostro muy ovalado con ojos oscuros y burlones. Su voz era severamente enfática, y cuando reía, siempre daba la sensación de que era su

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interlocutor quien había provocado esas risotadas. Pero por increíble que parezca, tenía su encanto. Y su esposa, Elizabeth, que enseñaba Economía en la Universidad de Georgetown, aunque bajita, morena y sin atractivo, tenía el corazón más tierno del mundo. Julian tenía mi edad: cuarenta y un años, en aquella época. Había enseñado Derecho Público en Harvard, había escrito una biografía de Woodrow Wilson que le había valido el premio Pulitzer y en aquel momento formaba parte del «grupo de sabios» del presidente encargado de la redacción de la legislación del New Deal. No cuesta mucho imaginar cómo le mortificaba eso a su padre. Cuando nos vimos, Julian se mostró encantado de perorar, con una copa de whisky que volvía a llenar muy a menudo, sobre las injusticias paternas. Elizabeth introdujo un bondadoso y ocasional reproche. —¡Vamos, querido, no trates de convencer a Oscar de que tu padre es un ogro! ¡Recuerda todos aquellos casos de Nueva York en los que él defendió al ciudadano de a pie! —¡Al ciudadano de a pie, exacto! La humilde víctima. La anciana atropellada en un cruce o el bobo estafado por un timador. Alguien que jamás soñaría con despreciar a un ladrón capitalista. Algún desgraciado que correría a inclinarse ante el magnate ferroviario, el esquirol, el tiránico capataz de la fábrica. Sí, sería éste el que haría cola por un poco de generosidad judicial, por la calderilla de daños y perjuicios que le lanzan a los pies. ¡El veredicto podría incluso ofrecerle a Su Señoría la oportunidad de mostrar su elegante prosa! ¡Un auténtico Tennyson en el estrado! Reflexiones tan maravillosas como sus paisajes del bello Oeste antes de que fuese mancillado por los magnates a los que él ha vendido nuestra Constitución. Intenté, con toda la firmeza de que fui capaz, que se centrara en el origen de su aversión por los lares y penates paternos. Elizabeth cogió sus agujas de punto como si estuviera preparándose para una larga tarde. Julian sólo necesitaba su whisky, que ingería en grandes cantidades sin manifestar otro efecto que una mayor vehemencia. —Yo no me rebelé verdaderamente hasta mi último año en Saint Augustine. Seguro que te acuerdas de eso, Oscar. —¿Cuándo te «sacudieron»? ¿Cómo podría olvidarlo? Sacudir a alguien era una acción disciplinaria reservada a los muchachos — el cuerpo de profesores se ausentaba discretamente para la ocasión— que se aplicaba a quien hubiese mostrado una ausencia de «modales correctos» intolerable. Julian estaba en cuarto curso (tenía quince años) cuando cometió la gran herejía de negarse a ir al partido de fútbol contra el colegio Saint Paul, el último partido de la temporada y el principal acontecimiento atlético del año académico. Las clases superiores se habían reunido en la sala de juntas sin que estuvieran presentes los profesores —una extraña reunión, como un aquelarre— y el nombre del culpable se gritó, seguido de un «da un paso al

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frente». Entonces un grupo de alumnos de sexto arrojó al pobre Julian al sótano

lo zambulló en una pila de la lavandería hasta casi ahogarlo. La expulsión de Julian se produjo al domingo siguiente de aquella tortura, cuando se escapó de la capilla y subió al dormitorio vacío de sexto curso a destrozar las fotografías de los padres de sus torturadores, fotos que había encontrado en los escritorios de sus despachos. —Hasta entonces —continuó Julian— debía de haber estado quemándome

y

por

dentro, pero no se había producido ningún estallido. Sin embargo, creo que

mi

padre había presentido desde el principio que, en el fondo, yo era un

cobarde. Que mi apatía respecto a cualquier forma de atletismo, particularmente el fútbol, era una excusa para evitar el contacto brusco con los otros chicos. Él se propuso cambiarme con el fanatismo de un Torquemada,

capaz de quemar a un hombre para salvar su alma. Pero según pasaba el tiempo

y yo iba a peor y veía cuánto odiaba sus viajes repletos de bultos a Wyoming y cuán acobardado me sentía ante los animales grandes y el retumbar de las escopetas, creo que su resolución de reformarme se fue transformando en una

terrible aversión. Quería castigarme, castigarme por ser el gallina que él había creado. —¡Pero admitirás —le interrumpí—, que tú sí que estabas actuando contra él! Un poco, al menos. Después de todo, cuando creciste te convertiste en un atleta bastante decente. ¿No me dijiste que el año pasado bajaste de los ochenta golpes en el Club de Golf de Chevy Chase? —Bueno, naturalmente, cuando vi que un deporte podía ser realmente divertido, las cosas fueron distintas. Eso nunca se me pasó por la cabeza cuando

era un muchacho.

—¿Y qué decía tu madre de todo esto? ¿Nunca tomó partido por ti? —Bueno, ya recuerdas a mi madre. —Sí, por supuesto. La admiraba enormemente. ¡Experta en griego! Tan alta, pálida y serena. Solía imaginarla como una gran sacerdotisa. Como Norma en la ópera. —Y también asexuada, ¿no? —añadió, socarrón—. Esa piel de barniz que nunca levantaría un miembro masculino. Excepto, supongo, la noche en que su seguro servidor fue concebido. —¡Oh, Julian! —Pero Elizabeth ni siquiera levantó la vista de sus agujas de tejer. —Siempre me sorprendió que mi madre no fuese una feminista más activa —continuó—. Pero entonces los hombres apenas existían para ella. Mientras pudiera impartir sus clases de griego en Barnard, el status quo ya le iba bien. Como yo era un chico, fue mi padre quien se encargó de mí. Si hubiera tenido una hija la cosa hubiera ido al revés. —¡Oh, Julian, vale ya! —Elizabeth dejó por un momento su tarea—. Exageras mucho. Tu madre te adoraba. Y fue estupenda conmigo. —¿Y no prueba eso mi argumento? Una verdadera madre nunca hubiera

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estrechado en su corazón a una nuera de un modo tan rápido, ¿no? Elizabeth me miró encogiendo los hombros desesperada y volvió a tomar sus agujas de punto. —Yo solía desear haber nacido mujer —volvió a decir Julian—. Me parecía que ellas tenían todas las ventajas. Podían sentarse en el hogar confortablemente y a salvo mientras los hombres iban al trabajo o a la guerra. Yo esperaba ansioso la hora de irme al internado para huir del semblante de mi padre, de su gesto de desaprobación continua. Pero en cuanto llegué a Saint Augustine descubrí que él tenía un suplente en aquel oscuro campus. ¡El gran doctor Ames, una especie de dios en la tierra, o un superentrenador, con trescientos duendes a su disposición para torturar a todo aquel que rehuyera el atletismo! Como esos demonios con lanzas que se ven en los cuadros renacentistas del Juicio Final. —Por eso te rebelaste al final. Asintió. —Por fin. Me hice un hombre. Se podría incluso decir que mi padre había ganado. Después de la «sacudida», una nueva y gloriosa emoción me embargaba. ¡Era el odio! ¡Y cuando me vi a mí mismo rompiendo en trocitos aquellas fatuas fotografías de ufanos papás y bobas mamás, supe, por primera vez en mi vida, lo que era la felicidad! —¿Qué sucedió entre tú y el director después de eso? Nunca lo supimos. Según un profesor, sin embargo, el director estaba convencido de que habías perdido el juicio. —¡Es que no le quedaba más remedio que creerlo! — Y al recordar aquello, Julian aplaudió, lleno de júbilo—. Me anunció solemnemente que me iban a enviar a casa aquella misma noche. Que en el colegio no podría estar a salvo de las represalias de mis ultrajadas víctimas. No podría volver, por supuesto. No había sitio en el colegio para un chico como yo. Le miré fijamente a los ojos y respondí: «¿Un chico como yo, señor? ¿Quiere usted decir un muchacho condenado? ¿Pero qué pasa con el hombre que me condenó? ¿Qué pasa con usted? ¿Usted cree que a Jesús le complacería la gente como usted? Le mandaría directamente al infierno. Aunque ni el infierno ni el cielo existen, claro. Después, no hay nada. Y la nada es lo suficientemente buena para usted. Espero que cuando usted muera, tenga un momento de consciencia para darse cuenta de esto. De que todos sus sueños de felicidad en la otra vida fueron vanos. Entonces oirá usted cómo me río». ¿Y sabes qué, Oscar? Palideció. El viejo canalla se puso pálido. —No me extraña. —¿Y sabes algo más, Oscar? —la pregunta venía de Elizabeth que había levantado su labor hacia la lámpara para ver un punto—. Julian ha sido valiente desde entonces. El odio absoluto había ahuyentado el miedo. Julian la miró a ella, luego me miró a mí, y finalmente levantó las manos. — Ya veo. Ambos creéis que estoy obsesionado con el tema. Que no tiene

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sentido. Voy a sacar al perro. Necesito tomar el aire. No te vayas, Oscar. Vuelvo en unos minutos y te preparo una copa. Podemos charlar de ese nuevo proyecto de ley. Cuando se marchó, Elizabeth se levantó para servirse una copa. —Hay mucho del viejo en él, por supuesto —me dijo mientras volvía a sentarse—. Es tan combativo como él. Tuvo que echarle muchas agallas para quedar exento del reclutamiento y trabajar en el comité de paz del coronel House. Todo era secreto, y por eso no le pudo explicar que su intención no era la de salvar el pellejo. Sabía que estaba haciendo un trabajo mucho más importante que estar en las trincheras, y tuvo que aguantar que le llamaran tramposo a la cara. —Pero tuvo la satisfacción de humillar a su padre. —Sí, la tuvo. ¿Sabes que el coronel House le dijo que podía decirle a su padre lo que estaba haciendo y no se lo dijo? —Muy propio de él. —Sí, muy propio de él. Julian y el juez se parapetan tras una coraza. Me alegré de volver al tema del juez. —¿Qué intenta ocultar el juez? ¿O es que se protege de algo? —Quiere preservar su imagen de hombre valiente. Es como Ernest Hemingway. Es mucho más importante cómo muere un hombre que cómo vive. —¿Y eso le basta? —Sí. Que eso sea vivir ya es otro asunto. —¿Pero qué hay de todos sus ideales? ¿Todos los sacrosantos derechos que, según el, están consagrados en la Constitución? ¿Y el derecho del hombre a hacer aquello que le plazca? ¿No cree en esas cosas? —Sólo cuando sus emociones están en juego. —¿Y cuando no lo están? —Bueno, no lo sé. Pero sería interesante descubrirlo.

***

El diagnóstico sencillo y frío que hizo Elizabeth del problema psicológico de su suegro fructificó en mi demasiado receptiva imaginación; primero dio lugar a una idea atrevida y, más tarde, a un plan de acción incluso más atrevido. De hecho, eso me tuvo tan emocionado que me temo que dejé de atender algunas de mis tareas administrativas en la oficina nueva. Pasé dos mañanas enteras sentado en una de las filas traseras de los escaños en la Cámara del Tribunal Supremo escuchando los argumentos en el caso del salario mínimo del estado de Washington. Gideon Hollister estaba callado, como casi siempre, garabateando lo que podían ser notas o incluso correspondencia privada (sabía que lo hacía algunas veces cuando se aburría), pero cuando levantaba la cabeza para hacer una pregunta parecía un catedrático de Derecho interrogando a un estudiante mal preparado. Sin embargo, aprecié con interés que se mostraba tan

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cáustico con los abogados que atacaban la validez del decreto como con aquellos que lo defendían. Esto era un buen presagio para mi plan. Una tarde, tras mi segunda visita al Tribunal, visité al juez después de la cena y lo encontré solo en su biblioteca. Había estado leyendo una nueva historia del Renacimiento bastante pesada y parecía muy contento de que le interrumpieran. Acepté con agrado el brandy que me ofreció y nos sentamos a charlar; al principio nos centramos en Florencia y Lorenzo el Magnífico, pero al rato pasamos a asuntos más recientes. Finalmente saqué el tema del caso actual ante su tribunal. — Escuché las alegaciones esta mañana. Eran muy interesant es. Ya sé que no debería hacerle esta pregunta, por supuesto, pero precisamente por eso se la haré. Un ensayista serio debería tener algunos privilegios. Allá voy. ¿Hay alguna posibilidad de que el tribunal pueda desestimar el caso Adkins contra el Hospital Pediátrico? Me miró fijamente. —¿Quiere decir si hay alguna posibilidad de que yo pueda estimarlo? —Bueno, yo no lo diría así. Pero ahora que me lo pregunta, sí. —¿La remota posibilidad de que yo pueda admitir el derecho de una asamblea legislativa a imponer un salario mínimo en una empresa privada? —Sí, señor. Eso es. —Tendría que resultarte tan obvio que ni debería responder ni lo haré. Pero lo que más me interesa es por qué me lo preguntas. ¿Qué es lo que te hace pensar que he cambiado de idea desde la publicación de mi libro sobre la libertad del contrato que, por nuestro encuentro anterior, sé que has leído? ¿O es que das por sentado, como el señor Roosevelt, que estoy tan senil como el resto de los jueces de más de setenta años? —Usted sabe que no, señor. —¿Lo sé? —Creo que la postura del presidente respecto a la edad de los jueces es un agravio. Él dio un gruñido:

—Bueno, bien. —Y si presenta su proyecto al Congreso, añadiré mi voz a la del coro público que se opone. Y pediré permiso en la firma para trabajar por su anulación. —¿Qué estrategia propones? ¿Te pondrás en contacto con los colegios de abogados? ¿Con los lobbies? Me preparé para el gran momento. —Sí. Pero sobre todo seguiré haciendo lo que estoy haciendo ahora. —¿Y qué estas haciendo ahora? —¡Intentar convencerle a usted de que vote a favor de la constitucionalidad del decreto de Washington sobre el salario mínimo! —bajé la cabeza esperando la tormenta.

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Pero cuando el juez hubo asimilado mi postura, se mostró menos violento de lo que yo me había temido. Estuvo simplemente mordaz. —Le agradecería, señor, que tuviera la amabilidad de aclararme qué le induce a pensar que podrá persuadirme de abandonar la moral y los principios jurídicos de toda una vida. Y jugar a la rayuela con el principio de cosa juzgada! Vi con alivio que al menos iba a ser escuchado. El juez volvía al estrado. —Permítame explicarle, señor, para comenzar, que me abstengo de opinar acerca de los méritos sociológicos del decreto. No me preocupa el bienestar de los trabajadores. Ni siquiera me preocupa la cuestión de si éste es o no es realmente constitucional. —Entonces ¿qué es lo que le preocupa? —¡Salvar el Tribunal! ¡Incluso a costa de defender la constitucionalidad de un decreto inconstitucional! —¡Así que eso es lo que quiere! —Y asintió gravemente—. Si mis colegas y yo nos arrodillamos y nos rebajamos ante el dictador de Hyde Park, si pronunciamos el veredicto que su procurador general quiere, entonces quizá, y sólo quizá, él reconsideraría su ley para modificar la constitución del Tribunal. —El señor Rooselvelt no va a ser presidente siempre, señor. —¿Y por qué estás tan seguro? —¡Vamos, señor, el presidente es mortal! Y si desiste de presentar el proyecto de ley, o no consigue que lo aprueben, usted habrá ganado un tiempo precioso. Con otra administración, usted incluso podría anular una resolución que dictó contra su conciencia. Pero ahora había ido demasiado lejos. —Usted, señor, ¿supone acaso que jugaría sucio con la ley de este país? —¡No quería decir eso! La demanda se estimaría, desde luego. ¿Pero sería eso el fin del mundo? Si una enmienda a la Constitución lo permitiera, ni siquiera usted se opondría a que se estipulara un salario mínimo y un horario para las mujeres y los niños. —Esas cosas no son asunto mío. Como juez, quiero decir. Lo que tienes que explicarme es cómo podría nuestro tribunal valer cinco centavos siquiera si sus miembros pusiesen de lado sus convicciones personales para entregarse a los manejos políticos. — ¡Pero sólo sería una vez! Ya sabe el prover bio francés: Aux grands maux , les grands remèdes. Jefferson pasó por alto la Constitución cuando compró Louisiana y dobló el tamaño de la nación. ¡Lincoln suspendió el habeas corpus para ganar una guerra y violó los derechos de la propiedad para liberar a los esclavos! —Vi que iba a protestar y me di prisa—. Mire señor, se sabe que el suyo es el único voto por decidir. Es el que decantará la mayoría. —¡Qué modo tan vulgar de mirar la justicia! —Pero, ¿no es así? Si el decreto se confirma y el país comienza a ver que el Tribunal ya no está decidido a bloquear el New Deal —¡Nosotros no bloqueamos nada! —Exclamó indignado—. ¡Cada caso se

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resuelve según sus circunstancias! —Pero no es así como lo ve todo el país. No es así como lo ven los lores del New Deal. Pero si se les puede convencer de que el Tribunal está adoptando ahora un punto de vista más progresista, el proyecto puede desecharse o, al menos, puede ser derrotado en el Congreso. Y el magistrado Hollister se convertirá en el hombre más importante de la nación. ¡Sencillamente habrá salvado nuestra forma tripartita de gobierno! El juez permaneció sentado durante unos minutos en absoluto silencio. Pensara lo que pensara, no iba a despachar mi planteamiento sin más, sin duda. No me atreví a pronunciar una sola palabra por temor a provocar una reacción. Yo había puesto la semilla. Tenía que esperar a ver si germinaba. Cuando finalmente habló fue para despedirme, pero el tono de su voz no era hostil. —El problema contigo, Oscar, es que no estás escribiendo mi vida. Estás intentando inventarla. Ahora vete a casa ¿de acuerdo? Es tarde y estoy cansado. Salí deprisa, exultante. Estaba demasiado excitado como para volver a mi hotel, por eso pasé a visitar a Julian y Elizabeth. Cuando llegué estaban los dos solos. Con un whisky doble me explayé en el relato de mis logros —yo confiaba en que lo fueran—. Julian al principio se burló de mí. Sólo un romántico loco, insistió él, podría pensar que un viejo leopardo pudiese cambiar sus manchas. Pero finalmente admitió que se rumoreaba que el magistrado Hughes había estado trabajando bajo cuerda en un plan similar. Y de repente, Julian se paró a pensar en el efecto que un doble ataque podría surtir en su presionado progenitor. Le dejé meditando; apenas me dio las buenas noches. Elizabeth me acompañó hasta la puerta. En el recibidor me dijo que lamentaba que le hubiera contado a Julian todo aquello. —Pero, ¿por qué? ¿No ha querido siempre convertir al viejo? —¡Nunca! ¿No lo ves? Quiere a su viejo castigado, no convertido. La idea de que el magistrado Hollister pueda terminar siendo un progresista más reconocido que Julian Hollister, el experto de cabecera del gobierno, le repugna profundamente. ¿Su malvado padre una figura más importante en la historia social? ¡Eso sería insoportable! —¡Dios mío! ¿Por qué no me habré sujetado la lengua? —Bueno, no te preocupes. No hay nada que él pueda hacer. De todos modos, su padre nunca le escucharía. Y yo estoy de tu parte. Me encantaría que el viejo se redimiera y volviera al candelero.

***

Pero había algo que Julian sí podía hacer. Al cabo de tan sólo dos días leí lo siguiente en la columna que escribió en el Washington Post bajo el pseudónimo de «Prosit»:

«Sólo en la Laguna Estigia ignoran que la Casa Blanca ha estado retrasando

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el proyecto de ley para dar a los carcamales del tribunal la posibilidad de ponerse al día y, con su renuncia, ahorrarle a los miembros del augusto tribunal la humillación de que los remuevan. Tampoco es ningún secreto que el astuto y diplomático presidente del Tribunal ha estado intentando convencer al menos a otro de los recalcitrantes que sostienen que nuestra Constitución fue diseñada por Dios en beneficio de John D. Rockefeller et al. de que “abra los ojos” y salve el número nueve para musas y jueces. Y ahora corre la especie de que ha encontrado a su hombre. Gideon Hollister será confesado por el Gran Sacerdote Hughes cuando se declare culpable de colocar la cláusula de las debidas garantías procesales al servicio de Wall Street y prometa ser un buen chico en el futuro. ¿Y cómo reconciliará esta nueva postura con la antigua? Muy fácil. Es de todos conocido que, privadamente, Hollister sostiene que la Constitución no es más que una camisa de fuerza de la cual el mago-juez ha de poder realizar su periódica fuga. ¡Resultará tan divertido como instructivo ver cómo el magistrado Houdini Hollister se zafa!».

***

Fue el magistrado Roberts quien prestó oídos a su jefe y dio la mayoría que sustentó la ley del salario mínimo y allanó el camino para anular el proyecto de ley. Nunca me atreví a discutir el tema con el juez Hollister, que permaneció en el grupo conservador del tribunal hasta su muerte, dos años más tarde. Sólo será recordado en la historia de la judicatura por su férrea oposición a la legislación social de la época. Si alguna vez consideró la posibilidad de adoptar el plan de acción que yo le propuse, no lo sé, pero después de aquel episodio no tuve valor para escribir mi librito de ensayos. La disparidad entre lo que yo imaginé que el juez pudo haber sido y lo que, al final, resultó ser, se transformó en un sentimiento de amargura que me separaba de la página en blanco. Él nunca le perdonó a Julian aquel artículo. Éste me habló de su terrible y último encuentro, acaecido tan sólo un par de meses antes de la muerte de su padre. Julian había salido de la oficina e iba en coche hacia su casa, en medio de un aguacero repentino, cuando vio a su padre caminando con dificultad por la acera, sin paraguas. Él detuvo el coche inmediatamente, abrió la puerta y le gritó: «Padre, entra por favor. Te llevaré a donde vayas». El juez le lanzó una fría mirada y siguió caminando.

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El guerrero infeliz

La primera vez que vi a Grant Richards fue en 1925, en los juzgados civiles de la calle Chambers, que ocupaban un edificio renacentista grande y recargado cuya presencia entre los oscuros cubos de la parte baja de Manhattan resultaba tan inesperada como agradable. Él representaba a la joven viuda húngara de Sol Dittson, un magnate inmobiliario de Nueva York, y quería demostrar que su clienta tenía derecho a los bienes residuales que el magnate le había legado a expensas de su hijo de mediana edad y de su hija, a los que mi bufete representaba. Yo acababa de convertirme en el socio más joven del despacho, ascenso que supongo que se debió, en parte, a la influencia firme pero discreta de mi padre. Como me había especializado en fideicomisos y derecho sucesorio, estaba presente en el tribunal, no para interrogar o examinar a los testigos, sino para asesorar a Gus Seton, nuestro más veterano procesalista, sobre algunos puntos del derecho testamentario. Gus se había traído a sus dos pasantes, pues estaban en juego muchos millones. Grant Richards, por su parte, representaba solo a la bella demandada, a quien nosotros habíamos acusado de una total e indebida influencia en el asunto del testamento de su marido. Con tanto como había en juego, yo me preguntaba por qué no había elegido ella a un abogado de reputación nacional. Grant, de treinta y cinco años, empezaba a tener fama de abogado duro y capaz, pero su bufete era pequeño y no era conocido fuera de la ciudad. La respuesta quizá se encontrara en el rumor de que era amante de la viuda Dittson. Su aspecto podía justificar aquel rumor perfectamente. Era ancho de

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hombros y robusto, con la constitución fuerte de un jugador de fútbol; de hecho, había practicado este deporte con notable éxito, en Cornell. Su denso pelo negro, muy corto, intensificaba el aspecto duro de su semblante, y sus oscuros ojos castaños sondeaban a los testigos, a los que interrogaba como si penetraran en su interior. Sin embargo, su profunda voz era inesperadamente suave; se acercaba sigilosamente al testigo y cuando lo cogía en una contradicción, en lugar de desafiarlo con un bramido, como hubiera sido de esperar, él simplemente se encogía de hombros y sonreía al jurado como para decir: «No se preocupe, amigo, todos tenemos nuestros fallos. ¿Por qué no? Todos somos humanos ¿no?». Su actitud parecía sugerir que, si se dan las circunstancias adecuadas, casi todos somos capaces de cometer prácticamente cualquier horror. El efecto que su actitud producía sobre el jurado era el de hacerle perder la confianza en los testigos del demandante sin necesidad de encararse con ellos con la fiera superioridad moral de la que tantos abogados hacen gala. Me pareció un hombre que, a pesar de su aparente dureza —yo sabía que había sido condecorado en la guerra— podía hacer bromas de todo, incluso de lo sagrado. Pero tenía encanto. Mucho más, por desgracia, que nuestro señor Seton.

El juez le dio la razón a Richards, que quería poner en tela de juicio la personalidad de los hijos del fallecido; así, probablemente, el distanciamiento

de

su padre se habría debido más a los múltiples defectos de su progenie que a

las

maniobras de su madrastra. El distante, afable, tenaz y certero interrogatorio

del hijo alcohólico y casado en cuatro ocasiones y de la hija histérica y

drogadicta condujo al primero a absurdas manifestaciones de cólera y a la segunda a ataques de llanto. Esto, añadido a la declaración de Richards de que

ya habían recibido millones de los bienes de su madre, habría bastado para

convencer al jurado de que ningún testador en su sano juicio les habría dejado

nada más. Seton, sin embargo, se apuntó un tanto igualmente morboso al demostrar la avaricia y el temperamento vil de la bella húngara y la debilidad y susceptibilidad de su anciano esposo. Pero yo me daba cuenta de que si aquello se convertía en un caso de «fracaso para ambas partes», lo más fácil para el jurado sería dejar el testamento como estaba. En el despacho decidimos que sería mejor buscar un acuerdo, y me delegaron la tarea de tantear a Richards. No nos encontramos, a instancia suya,

en

ninguna de nuestras oficinas, sino en un caro restaurante francés del centro

de

la ciudad, en un reservado en el que el camarero —a quien, evidentemente,

mi

anfitrión conocía bien y remuneraba mejor— no le «veía» volcar el whisky

de

su petaca en nuestros vasos de agua vacíos. Grant, como entonces me hizo

llamarle, no discutiría el caso hasta que no se hubiese tomado dos copas y hubiese tenido la posibilidad de juzgarme. Probablemente quería asegurarse de que yo no era el clásico abogado vulgar que trataría de sacar alguna ventaja mínima de nuestra franqueza mutua. A los diez minutos ya me había calado. Yo era un caballero. Lo que yo no sabía era si él admiraba a los caballeros. Todavía

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no estoy seguro. —Pongamos las cartas sobre la mesa, Oscar. Si no estuviésemos representando a nuestros clientes, estaríamos encantados de ver cómo toda la herencia termina en manos del Ejército de Salvación. ¿Has visto alguna vez en tu vida mayor colección de «lamentables granujas»? ¿No es así como llamaba el príncipe Hal a los reclutas del disoluto Falstaff? Estuve callado un rato antes de contestar. Debió de recurrir a la referencia a Shakespeare para adularme, para demostrarme que él y yo no éramos unos simples bocazas. —¿Encuentras a la hermosa Magda Dittson una granuja lamentable? —Bueno, ella es una auténtica granuja, de acuerdo, aunque quizá no sea exactamente lamentable. Todos necesitamos una Magda en nuestra vida de vez en cuando. Pero hay que vigilarlos. Nunca están domados del todo. Incluso cuando parecen ser muy dulces, pueden arañarte de pronto. No hay que volverle la espalda a una pantera, ni siquiera cuando ronronea. Comprendí que el rumor acerca de su relación con la viuda era cierto. Pero esta vez Magda había encontrado la horma de su zapato, sin duda. No sería raro que él la abandonara cuando ella le hubiese satisfecho sus honorarios. ¿Se ofendería ella? Cont emplando esos ojos duros y, sin embargo, brillantes, me pregunté si no sería él ese raro tipo de varón capaz de perder a una amante para ganar una amiga. —¿Por qué tiene ella que quedarse con «toda» la herencia? —pregunté sin rodeos—. ¿No estaría ya bien con un tercio o la mitad? En ese caso los hijos no habrían impugnado. —¿Cómo puedo estar seguro de eso? Ellos la odiaban tanto como para entablar un pleito por mucho que tú les dijeras que no podían ganarlo. Y además se lo podían pagar. No, amigo mío, yo estaba seguro de que iríamos a juicio, independientemente de lo modesta que fuera la suma que ella obtuviera. Por eso decidí ponerla a ella al frente con todo el equipo. —¿Usted decidió? —No intente ponerme la zancadilla, amigo. Quiero decir cuando aconsejé al anciano. Él me seguía perfectamente. Estaba de acuerdo en hacerla a ella la única albacea y su única heredera. Por eso, si sus clientes pierden, no consiguen nada. Sin embargo, si Magda pierde, aun así será la titular de un tercio de la herencia. Si no se avienen a mis condiciones, sus clientes asumirán un riesgo mucho mayor que el de ella. Aquello era cierto, por supuesto. Y nuestros clientes, escocidos por el castigo que ya les había dado el tribunal, temían más embates. Magda, sin embargo, estaba ya muy curtida, y la paliza de Seton no debió de parecerle más que un arañazo. Volví al despacho con la oferta de Grant de un tercio de la herencia para los hijos del fallecido, oferta que fue gratamente aceptada. Lo único que nuestro despacho sacó del caso Dittson fue el mismo Richards. En cuanto los hijos tuvieron la ocasión de discutir el acuerdo con

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todos sus desaconsejables amigos, decidieron que habían sido muy mal asesorados y tuvimos que demandarles en tres ocasiones para conseguir nuestros modestos honorarios. Pero había tenido la oportunidad de ver que Grant podía ser justo lo que mi padre y el otro socio principal, ambos próximos a la jubilación, necesitaban. Los cuadros medios del bufete eran todos abogados competentes, pero ninguno, como mi padre solía lamentarse, tenía la chispa, el vigor y el talento administrativo necesarios para liderar una gran empresa. Le hablé de Grant, y accedió de inmediato a que le investigara. Resolver los detalles del acuerdo me ofreció la excusa para comer varias veces con mi candidato, e incluso le llevé en dos ocasiones a cenar a casa. A Constance le gustó inmediatamente, buena señal, aunque le sorprendió la facilidad con la que yo había conseguido que un soltero tan atractivo y popular accediera a pasar con nosotros una simple velada en familia. Luego quedó claro, por supuesto, que Grant había adivinado exactamente lo que yo estaba tramando y ya tenía los ojos puestos en el cargo que le tenía reservado. Pero aquello no me importó. Eso era, precisamente, lo que yo andaba buscando. Me enteré de que era hijo de un oficial del ejército y de que se había criado en bases militares en el extranjero, en Hawai, en Filipinas y en la zona del Canal. Pero su padre no consiguió pasar de teniente coronel y al final abandonó el ejército, decepcionado, para llevar una vida más prosaica en una pequeña granja de vacas en New Hampshire. Según su hijo, los celos de algunos superiores incompetentes, que sólo habían visto insumisión en sus apremiantes proyectos para desarrollar armas, tácticas y entrenamientos más novedosos, le impidieron ascender. Desilusionado ante la idea de que los más obtusos dirigieran el ejército mientras los cerebros del país se iban a los negocios y a la abogacía, convenció a Grant, que quería desesperadamente entrar en West Point, de que ingresara en la facultad de Derecho y se convirtiera en un líder de una sociedad demasiado obsesionada con el dinero como para mantener a sus propios soldados. «Y entonces, y sólo entonces, quizá puedas hacer algo por enderezar las cosas» habían sido las palabras del agonizante padre de Richards. Grant nunca ocultó lo mucho que había disfrutado con la matanza de la guerra, que casi le había compensado de haberse perdido West Point, y lo único que lamentaba era que su padre no hubiera vivido para verle condecorado con una medalla al valor por una acción en el Château Thierry. Quería oírlo todo acerca de mis experiencias bélicas, pero yo insistía, con justicia, en que no eran comparables a las suyas. —Sé, por supuesto, que ahora está de moda minimizarlo todo —me dijo—. La gente dice que no mereció la pena, que nunca debimos haber ido a la guerra. Pero eso es porque los viejos que no lucharon se cargaron el tratado de paz. Los generales lo hubieran hecho mejor. Napoleón hizo buenos tratados. Julio César también. —¿Lo habría hecho mejor Pershing que Wilson? ¿O Haig que Lloyd

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George? —¡Eso es precisamente lo que decía mi padre! Que los mejores cerebros en Inglaterra y América no terminaron en las fuerzas armadas. ¡Sólo lo hicieron en Alemania, y para vencerles hizo falta el mundo entero! —Entonces estás a favor de un Estado militar. —Tanto como de uno dirigido por financieros y banqueros. Prefiero a los oficiales y a los caballeros antes que a los ladrones de guante blanco. —Tú mismo eres un poco ladrón de guante blanco, si me lo permites. Hiciste una buena faena con los Dittson. Y algún día tendrás que admitir que la hermosa Magda presionó de verdad a su senil esposo. Él se rió entre dientes. —Donde fueres haz lo que vieres. Creo que voy a dejar que la divina Magda me pague mis honorarios de los fondos de Dittson. Tengo el presentimiento de que no se me ha pagado aún del todo. Lo hizo, y reunió una pequeña fortuna, aunque la perdió casi toda en la crisis de 1929. Aquello, sin embargo, no supuso para Grant más que un

tropezón sin importancia. Mi padre lo acogió incluso más calurosamente de lo que yo hubiese esperado. Niño de la Guerra Civil, sobrino de un famoso almirante e hijo de un joven ayudante del general Sherman, mi padre estaba encantado con el patriotismo que Grant le demostraba alegre y hábilmente. Ni siquiera puso objeciones a la tórrida reputación de Grant de mujeriego. Mi padre era el típico hombre Victoriano que creía que una mujer «buena» nunca sucumbiría, ni siquiera ante un seductor como Grant, y que una mujer «mala» merecía lo que se buscaba. A principios de 1926 ofreció a Grant asociarse a la firma y Grant aceptó. No había pasado ni un año antes de que fuese evidente para todos que el nuevo socio estaba destinado a un puesto de primera línea. Su afabilidad, alegre

y abierta, parecía perfectamente compatible con su astucia política, y con su

experiencia en derecho de sociedades; y en litigios se ganó el respeto incluso de sus más encarnizados rivales. Además deslumbraba a los clientes. Siempre que llevaba a uno de ellos a mi oficina para preparar un testamento o un fideicomiso, campos en los que tenía poca experiencia, los extasiaba con alguna explicación fabulosa de la ley aplicable en aquel caso, ley que inventaba en aquel mismo momento, sabedor de que su fabulación no aparecería en mi redacción del documento. Parecía disfrutar jugando muy cerca del precipicio, como si quisiera probar su propio equilibrio. Y se las arreglaba, a pesar de sus largas horas de trabajo agotador, para mantener una activa vida social. Viéndole en la ópera, espléndido con su corbata negra y su frac, con una elegante y acicalada mujer de su brazo, nadie imaginaría que había pasado el día entero en los tribunales entregado a un caso extenuante. Todos esperábamos que la futura señora Richards fuera la reina de

la ciudad. Nadie soñó jamás que sería mi hermana.

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Henrietta me llevaba dos años —tenía treinta y tres cuando ella y Grant se conocieron—, y no se parecía a mí en absoluto. Mi madre solía decir que apenas podía creer que hubiésemos salido del mismo vientre. Henrietta no era solamente mayor, también era más grande y mucho más segura que yo; de niña había sido algo marimacho, y todavía seguía soltera, condición de la que se sentía muy feliz, con una felicidad casi agresiva. Era una diestra amazona, aunque pesaba demasiado para el salto de obstáculos, y se había colocado como administradora en las juntas directivas del Sloane Babies Hospital y de la escuela de la señorita Chapin. Henrietta tenía una cara redonda y algo insulsa, y su pelo, castaño y sin brillo, siempre estaba demasiado despeinado o rizado. Pero su buen humor y su modo de ser, tan cordial, hacían de ella una compañía ideal. Que yo supiera, sólo se había enamorado una vez. El escogido había sido un muchacho guapo pero débil que se había batido en retirada con la esperanza —infundada, me alegra decir— de conseguir una pareja mucho más rica. Cuando volvió, arrepentido, para reanudar un cortejo que ya no era bienvenido, Henrietta le echó de casa, literalmente. Desde entonces había parecido resignarse a su estado de soltera. Vivía con nuestros padres, pero disfrutaba de una independencia total. Ocupaba su propio piso en la gran mansión de piedra caliza de la calle Setenta y Tres este, y tenía una gran habitación en la que podía recibir a sus amigos. Henrietta se había convertido por derecho propio en lo que a mi madre le gustaba llamar un «personaje». La relación de Grant con Henrietta comenzó entre bromas. Él era el invitado favorito de mis padres, y no tardé en darme cuenta de que Henrietta hacía todo lo posible por estar en casa cuando él llegaba. Él se mostraba impresionado por el talento de Henrietta y por sus historias de caballos y de los muchos comités en los que participaba, y siempre le sugería a mi padre que la nombrase socia no participativa del bufete, encargada de la administración. Henrietta, para mi sorpresa y desconcierto, se mostraba muy tímida con él. Le invitó a la casa familiar de Long Island a pasar un fin de semana para darle algunas clases de salto; él aceptó de inmediato, y ella preguntó a mi padre si él podía ser su abogado en la empresa en lugar del anticuado pero fiel pasante que le habían asignado. Cuando supe que los habían visto en la ópera juntos en dos ocasiones, decidí preguntarle a Grant qué se traía entre manos. Yo sabía que mis padres, por mucha ilusión que les hiciera tenerle como yerno, no iban a mover un dedo. Henrietta, después de todo era dueña de sí misma. — Ya sabes que no tienes que engañarla — le dije en la comida — . N adie se enamora tanto como una solterona cuando se enamora. Grant se tomó esto con su tranquilidad natural. —Supongo que para el mocoso de su hermano, una hermana mayor es siempre una solterona. —Bien ¿no lo es? —¿Lo será para siempre, quieres decir? No esperaría que su hermano

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pequeño se diese cuenta, pero tu hermana es muy atractiva. Está preparada para el amor, amigo mío. Realmente preparada. —Pero eso es lo que quiero decir. ¿Lo estás tú? —Bueno ¿no es una gran costumbre americana casarse con la hija del jefe? —¡Casarse! —Le miré fijamente. Era imposible decir cuándo Grant hablaba en serio o cuándo no. Tenía un modo especial de hacer las dos cosas al mismo tiempo—. Pero no tienes que casarte con Henrietta para dirigir la empresa. Tienes el puesto asegurado. Y lo sabes. —¿Yo? ¿Un pobre muchacho criado en el ejército? ¿Alguien que no estudió en un buen colegio de Nueva Inglaterra? ¿Que ni siquiera figura en el Social Register? ¿No sería presuntuoso por mi parte aspirar a una Fairfax? Me detuve a pensarlo. Yo sabía que cualquier abogado presentable y triunfador que contara con los orígenes protestantes de rigor podía aspirar a emparentar con cualquier familia del «Viejo Nueva York», y me costaba creer que alguien tan astuto como Grant ignorase aquello. Pero las personas pueden tener extraños complejos de clase. —¡Vamos, anda, Grant. Sabes que no te dejaríamos escapar! —¿Sí? —Pero procura no acercarte demasiado. —¿Estás protegiendo a tu hermana? —Del desengaño. No de las campanas de boda. Cuando dije aquello, me miró un buen rato; comencé a preguntarme si no iría en serio. ¿Podía un hombre como él estar enamorado de Henrietta? Recordé que un hombre que confía en su virilidad no necesita la belleza de la mujer para estimular sus propios deseos, y que puede detectar en una mujer poco agraciada un apetito por placeres carnales que, en la cama, puede traducirse en una torridez de la que las mujeres más bellas quizá carezcan. Y yo había de apreciar en las sucesivas semanas que Henrietta, a quien ahora el brillante socio de su padre siempre acompañaba a la ópera y al baile, parecía haber adquirido una vivacidad casi excesiva. A nadie se le escapaba que estaba exultantemente enamorada. La mayoría de los padres habrían pensado que aquello era demasiado bueno como para ser cierto, pero los míos estaban tan seguros de su propia valía, valía que atribuían también a su descendencia, que se lo tomaron con bastante calma. Mi padre, sin embargo, me preguntó finalmente si creía que Grant «daría la talla». —Creo que ha ido demasiado lejos como para volverse atrás ahora —le respondí sabiamente—. Dudo que necesites tu revólver. —Me doy perfecta cuenta de que, por lo que al dinero respecta, él podría encontrar mejores partidos. Henrietta y tú tendréis lo que tu madre y yo tengamos cuando muramos, y no será una gran fortuna. Aun así un Fairfax es un Fairfax, supongo. Y Henrietta tiene mucho carácter. —Demasiado.

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—No paso por alto que esto te afectará, hijo. Si Grant termina dirigiendo la

empresa, lo que no parece descabellado, ¿cómo llevarás tú eso de trabajar para

el marido de tu hermana mayor?

—¿Olvidas, querido padre, quién fue el primero en llevarlo a la empresa? La situación no me incomodaría en absoluto. Mi padre sonrió de ese modo tranquilo y benevolente tan suyo, la única manera que conocía para transmitir afecto. Pero con su sonrisa bastaba. La confianza que contagiaba convertía a su receptor en digno de la misma. —Bien, siempre has parecido saber lo que querías. Y eso es la mitad del camino a la felicidad. Grant viajó al extranjero para una fusión bancaria y estuvo fuera durante dos meses. No le propuso matrimonio a Henrietta antes de irse, ni le escribió

una sola vez mientras estuvo fuera. Ella no se esforzó por disimular su disgusto

y humillación, y Constance y yo empezamos a buscar excusas para no ir a la

comida de los domingos a casa de mis padres. Pero cuando él regresó, se fue derecho desde el barco a la Calle Setenta y Tres, llamó a la puerta del salón de Henrietta y cuando ella abrió, le pidió que se casase con él. Ella cayó en sus brazos. Él había necesitado la temporada que pasó en Europa para «pensarse las cosas». Fue una gran boda con muchos invitados. A pesar de que ya era algo mayor, a Henrietta la acompañó una docena de damas de honor; Grant sólo me tenía a mí como padrino. En los años que siguieron, la perra diosa del Éxito no le deparó más que sonrisas a aquella agraciada pareja de adoradores suyos. Incluso la Gran Depresión les proveyó de peldaños más altos en su escalera de Jacob. Aunque Grant comenzó perdiendo en la bolsa, se recuperó con creces gracias a los abultadísimos honorarios que percibió por su participación en las reestructuraciones a gran escala de varias empresas en declive que él contribuyó a reorganizar, labor que le valió el ingreso, aprobado por unanimidad, en el grupo de socios principales de la firma. Henrietta le dio, en rápida sucesión, cinco niñas saludables. Incluso esto fue bien: Grant habría tenido problemas con hijos rebeldes. Los Richard tenían un ático que daba al East River, el nuevo barrio de moda, y una casa de campo de estilo Tudor en Long Island; él fue elegido presidente del Colegio de Abogados; ella, del Colony Club. En las fiestas me divertía oír cómo gente que apenas los conocía los llamaba «Grant y Hetty», como si fueran íntimos amigos. Mi única preocupación era que Henrietta, cada vez mayor, más corpulenta

e incluso más dominante, no lograra satisfacer aquellos apetitos sexuales de los que su esposo había hecho pública ostentación durante sus años de soltero. Esta suposición resultó optimista. El problema no era que «no lograra satisfacerlos»; Henrietta, nos enteramos más tarde, nunca había satisfecho completamente a Grant, ni siquiera al principio. Probablemente ninguna mujer podía hacerlo. Ella tardó nueve años en descubrir aquellos adulterios tan cuidadosamente

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escondidos, pero cuando lo hizo explotó en unos gritos y recriminaciones que sacudieron el firmamento, echó a Grant del piso y le pidió a mi padre que le consiguiera el divorcio. Mi progenitor fue muy poco comprensivo. No aprobaba la conducta de Grant, desde luego, pero se adhería escrupulosamente al principio Victoriano de que esos asuntos debían quedar en la familia. Una buena esposa no gritaba y clamaba por algo tan trivial como el ocasional derroche de lascivia de su esposo; mientras él no exhibiera a sus amiguitas, ella debería hacer la vista gorda y ocuparse de sus propios asuntos. Si de lo que se trataba era de elegir entre una histérica hija de mediana edad que no había tenido el sentido común de salvar lo que quedaba del naufragio y un yerno que había elevado la empresa a cimas en las que él no habría soñado

jamás

Bien, a Henrietta no le costaría adivinar cuál sería su elección. Y mi

madre estaba totalmente de acuerdo con él, no porque ella se dejase manejar,

sino porque compartían exactamente los mismos principios. Y también, me temo, porque Grant le gustaba un poquito más que su propia hija. Henrietta, ultrajada, recurrió a su hermano pequeño. Yo también, pragmático, estaba del lado de Grant, pero me guardé bien de demostrárselo a Henrietta. —¡Nuestros padres no tienen moral! —exclamaba airada—. Sólo les importan las apariencias. —¿Y qué sería de nosotros sin ellas? Mientras tu matrimonio parezca un matrimonio feliz, no hay problema, ¿no lo entiendes? ¿No puedes sumar dos más dos? —¿Y dejar que el honor, el deber y la fidelidad se vayan al traste? —¿Qué tienen que ver el honor y el deber? Es un tema de fidelidad. —¿Puede un hombre honorable y respetuoso comportarse como lo ha hecho Grant? —Sí. ¿No ha sido respetuoso y buen marido en todos los aspectos menos en

ése?

—¡Precisamente ése, Oscar!

—Por favor, responde a mi pregunta.

—Bueno

sí, supongo que sí.

—Y si no hubieses descubierto lo que has descubierto ¿serías perfectamente

feliz? —¡Pero mi felicidad sería el paraíso del tonto! —¿No es eso lo que suelen ser los paraísos? —No seas cínico, por favor. —¿Pero no ves que si lograses ignorar eso serías de nuevo absolutamente feliz? Y las niñas también. —¡Y Grant también! ¡Oh, eso es demasiado! —gritó burlona—. ¡Con su harén intacto! —No quería dejarle fuera de la euforia general. Seriamente, Hetty ¿te está

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privando de algo? ¿No duerme contigo? —¿No estás siendo un poco bruto? —¿Quieres decir que la única relación sexual de la que no podemos hablar es de la vuestra? Ella se calló para pensar en lo que le había dicho. —De acuerdo. Sí, todavía lo hacemos. Supongo que un viejo macho como ése puede hacerlo con cualquiera. No me halaga. —Bien ¿quién se casó con el viejo macho? Tu único error, querida, fue pensar que podrías cambiar la naturaleza del macho. Acéptale y tus problemas desaparecerán. Tú y Grant volveréis a subir al carro e iréis directos a la cima de la colina. ¿No es eso lo que quieres realmente? —¿Lo que realmente quiero? ¿Aguantar que se lleve al lecho a cualquier furcia a la que le eche el ojo? —¡No! ¡Llegar a la cima! —Salté como para subrayar cuán en serio lo decía—. ¿Vas a estar tan loca como para hacer saltar tu vida en pedazos por algún que otro orgasmo de Grant? ¿Te importaría si se masturbara? —¡No seas desagradable, Oscar! —Lo digo en serio. ¿Cuál es la diferencia? La única diferencia estará, si has tomado la determinación de seguir con esto, entre la mujer que eras y la que serás. —¿Y cuál es la diferencia? —¡La diferencia entre una mujer importante, feliz y orgullosa y una divorciada triste y desesperada! ¡Elige! La elección no la hizo de inmediato, le llevó dos semanas. Grant fue readmitido en el ático. Mi padre me atribuyó todo el mérito de la reconciliación, pero siempre he creído que Henrietta habría terminado alcanzando la misma solución por sí misma. Lo bueno de mi hermana era que cuando tomaba una decisión, la adoptaba con todas sus consecuencias, y de buen grado. Nunca volví a enterarme de ninguna pelea seria entre ella y Grant. Presentaban ante el mundo un frente unido e incluso algo bullicioso que bien podía reflejar el estado interior de su vida de casados. Incluso recuerdo que una vez, en la casa de los Warren, Hugo nos estaba enseñando una acuarela de Renoir, un orondo desnudo rosa que acababa de adquirir; Henrietta, volviéndose con una sonrisa, llamó a su esposo para que toda la habitación pudiera oírla: «Ven y mira esto, querido. A ti te gustan más estas cosas». Grant llevó su otra vida con bastante discreción, aunque se le conocieron un par de aventuras con damas del entorno de Henrietta. Una de estas aventuras, la que mantuvo con la esposa de un prominente banquero, desembocó en un turbulento divorcio. Grant no fue declarado codemandado —el caso se vio en Reno— pero todo el mundo conocía los hechos, y cuando la dama en cuestión volvió a Nueva York, le dijo a todas sus amigas que esperaba que él dejase a Henrietta y que hiciese lo correcto con ella. Pronto se desilusionó, y sufrió la humillación adicional de ver cómo

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Henrietta y su grupo de amigas le hacían el vacío en el salón de socios del Colony Club. En 1941 la guerra le supuso a Grant la fama a nivel nacional. Mucho antes de que bombardearan Pearl Harbour se reincorporó al ejército con la secreta esperanza de que, a pesar de sus cincuenta años, podría entrar en combate cuando llegase el momento. Pero él era demasiado valioso para eso, por supuesto. El secretario de Guerra Stimson necesitaba su destreza para negociar

los billonarios contratos del ejército con las industrias. También contaba con él para que, a medida que el conflicto se extendiera por el globo, visitara las áreas de combate e informara de la efectividad de los materiales adquiridos. Para darle la autoridad necesaria en las bases visitadas, el general Marshall le ascendió al rango de general de división; Grant, en poco tiempo, se convirtió en una de las personalidades célebres de la guerra en Washington. Henrietta alquiló en Georgetown una preciosa mansión de estilo Palladio, grande y amarilla, con cúpula y columnas blancas, donde recibía a las altas instancias, a los líderes del Congreso, a los diplomáticos y a la realeza de paso por la ciudad. Conseguía muchos suministros del Departamento de Guerra; sus fiestas eran consideradas parte de los esfuerzos de guerra. Mi hermana siempre había sido un genio en el arte de nadar y guardar la ropa. Su buena fortuna, sin embargo, no era completa; tenía una grieta, de la que me habló durante un fin de semana que Constance y yo fuimos a visitarles a ella

y a Grant en la capital. Grant, me contó ella, se había estado exponiendo,

bastante innecesariamente, a un peligro extremo en las visitas a las áreas de

combate. Se había embarcado en un torpedero para una incursión en Guadalcanal; había volado en una misión de bombardeo sobre Alemania; había

tomado tierra en primera línea en una playa de Sicilia. El propio señor Stimson

le había sugerido a Henrietta que hablase con él de esto. Ella creía que yo lo

haría mejor. Le dije, algo receloso, que yo tan sólo podría intentarlo. Al día siguiente, domingo, me levanté temprano para acompañar a Grant

en su breve paseo diario con sus perros scottish highlanders antes de irse a la oficina a las ocho. Era un suave y claro día de invierno, y los brillantes colores de las casitas de Georgetown acabadas de pintar que flanqueaban las calles circundantes, con sus parrillas de hierro negro y sus acogedores jardines, parecían imposiblemente alejados de la guerra que tenía que estar ocupando los pensamientos de mi uniformado y animoso compañero. Él había estado escuchando sólo a medias lo que yo estaba diciendo, pero cuando cayó en la cuenta del auténtico contenido de mi charla, se paró frunciendo el ceño. —¡Pero esas cosas son parte de mi trabajo! —Tu jefe no parece pensar lo mismo. —Que me lo diga él directamente. Hasta entonces haré lo que crea conveniente. —¿Por qué, Grant? ¿Merece la pena? ¿Obtienes alguna diversión al poner

tu vida en peligro?

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No se molestó en absoluto, ni siquiera por mi tentativa de entrometerme en su vida. Se mostró, como siempre, extraordinariamente desapasionado y yo sabía que mis reflexiones caerían en saco roto. Había un brillo especial en su semblante, como si me hallara ante un hombre —o un fanático, o un profeta— con quien todo argumento es en vano. —No espero que lo comprendas, Oscar, pero hay coherencia en lo que hago. Tú eres esencialmente un civil. No hay nada malo en ser un civil, pero no es lo que yo soy. Siempre he sido un muchacho del ejército. Un verdadero soldado no puede limitarse a sentarse en un despacho. Tiene que formar parte de todo el tinglado. Tiene que ver y sentir y comprender qué es aquello contra lo que nuestros soldados están luchando. —¿Crees que todo el mundo debería de ir al frente? ¿Eisenhower y Marshall? ¿Todos? —¡Oh, tendrá que haber excepciones, por supuesto. Pero yo no soy indispensable. ¡Y piensa lo que es esta guerra, Oscar! ¡El conflicto más glorioso de toda la historia! ¡Con todo lo vil de la humanidad en un bando y todo lo valiente, bueno y verdadero en el otro! ¡Es un gozo estar en esta guerra! ¡Y sería un gozo morir en ella! Miré con fijeza a aquellos ojos que parpadeaban. —Te lo estás pasando en grande ¿verdad? —Sí ¿por qué no? ¡Después de todos los miserables negocios del bufete, de las miserables victorias, de los bolsillos que he esquilmado, del dinero que he contado! Moví la cabeza con tristeza. Ahora lo comprendía todo. —El día del guerrero ha vuelto. El noble guerrero. El guerrero feliz. Tú siempre lo quisiste así. Aparté la mirada de él y me adelanté con los perros, dejándole un minuto para reflexionar. Ya no discutiría más. Pero pronto me alcanzó y me puso un brazo sobre el hombro. —Ahora lo comprendes, ¿no, Oscar? —Si. Pero rezo para que la paz llegue pronto.

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Mi cuñado era, en muchos aspectos, un hombre muy moral, pero su código ético difería considerablemente del mío. Aunque podía regañar severamente a sus hijas si eran bruscas con un sirviente o un camarero, o no contestaban a una invitación a una fiesta, o se quedaban un libro de la biblioteca que debían de devolver («no somos de ese tipo de gente»), creía, sin embargo, que una vez alcanzada la mayoría de edad, cualquier hombre o cualquier mujer debería sentirse libre para mantener la conducta sexual que eligiese y que ni siquiera el adulterio era pecado. Como abogado, le había visto inmiscuido en prácticas que bordeaban «el filo», pero también había presidido el turno de oficio y había

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dedicado un tiempo considerable al trabajo pro bono. Consideraba que los alemanes responsables del Holocausto deberían de ser ejecutados, pero sin embargo había apoyado el confinamiento de los japoneses americanos en California. Por eso, cuando en el invierno de 1945 advertí que se encontraba bajo de ánimo a pesar de la animación que flotaba en las orillas del Potomac por la inminente victoria, no pude sino preguntarme si no estaría dándole vueltas al peligro de que la guerra terminara antes de que el enemigo hubiese sido lo suficientemente castigado. ¡O quizá el peligro que le preocupaba era, simplemente, el de que la guerra terminara! Constance y yo tuvimos que trasladarnos a Washington, donde yo iba a pasar un año como director de nuestra sucursal en la ciudad, y solía tomar algún sándwich a la hora de la comida con Grant en su despacho en el Pentágono. Y cuando por fin dejó escapar una pista acerca de lo que parecía deprimirle, no fue, en absoluto, lo que yo esperaba. Murmuró algo acerca de un arma cuyo poder era absolutamente increíble. —¿Crees que la tienen los japoneses? —le pregunté con consternación. —¡Oh, no, al contrario! Y después se quedó callado. Pero obviamente estaba pensando en un arma que sería utilizada contra los japoneses. ¿Y por qué se preocuparía él, particularmente, de cuántos de ellos explotarían? A menos que fuese tan dañina que pudiésemos volar todos. Yo iba a descubrir bastante pronto que no estaba preocupado por cuántas personas morirían en Hiroshima o Nagasaki, ni por las personas de todo el mundo que podrían morir por bombas cada vez más potentes. Sólo estaba preocupado por lo que la bomba le había hecho al guerrero. Esto lo comprendí cuando los cuatro, los Fairfax y los Richard, celebramos con una cena y dos botellas de champán la noticia de la rendición de los japoneses. Henrietta, Constance y yo estábamos exultantes; Grant estaba sombrío. —Si hubiésemos esperado sólo un poco a lanzar esos petardos —gruñó él— hubiéramos ganado de una forma justa. Ellos estaban a punto de rendirse. —Pero ¿cómo podíamos saberlo? —le pregunté—. Una invasión podría haber costado más vidas que las que se perdieron en esas dos ciudades. Incluso más vidas japonesas. En quien yo pensaba, en realidad, era en mi hijo Gordon, alférez del ejército, que podía haber estado en las fuerzas del desembarco. Constance no se implicó tan personalmente como yo. —Bueno, yo estoy de acuerdo con Grant —afirmó ella—. Podíamos haber esperado. O al menos haber lanzado la bomba en un lugar menos poblado. ¡Creo que fue horrible el modo en que lo hicieron! ¡Y nosotros hablamos de crímenes de guerra! —¿Juzgarías a Truman y a Stimson? —preguntó Grant fríamente—. Eso sorprendería a los aliados.

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Al hacer el comentario siguiente mantuve la mirada fija en nuestro anfitrión. —Me pregunto si lo que preocupa esta noche a Grant es la devastación humana de la bomba. —Tienes razón, no es eso. —Sostuvo mi mirada, desafiante—. Los japoneses se buscaron esta guerra, y obtuvieron más de lo que podían esperar. Cuando pienso en las barbaridades que hicieron en China y Filipinas, las víctimas atómicas ya no me preocupan. Lo que me preocupa es lo que la bomba nos ha hecho a nosotros. Ahora todos somos civiles. Ya no habrá en el futuro lugar alguno para los soldados, los guerreros o los héroes. Habrá un militar, de acuerdo, rodeado de técnicos y científicos que construirán bombas cada vez más potentes para lanzarlas en ciudades populosas. Si puedes destrozar al enemigo en pedazos, entonces ganas. Si no puedes, te acobardas. Ya no hay lugar para el valor, y ni siquiera para la estrategia. Ya no habrá frases de Churchill acerca de la lucha en las playas y en las calles. Si el enemigo puede extinguirte de un soplo, te rindes, eso es todo. Por un momento todos permanecimos en silencio, considerando su frío diagnóstico. Después Henrietta lanzó un comentario optimista. —Pero quizá sea el final de las guerras. Quizá nadie se atreva a embarcarse en ninguna. ¿Podemos esperar eso, Grant? —Podemos esperar cualquier cosa, querida. Y consolarnos pensando que las predicciones rara vez se cumplen. Pero decid adiós a los Césares, a los Napoleones, a los Montgomerys y los MacArthurs. El día del matón con un gran palo ha llegado.

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Para mi decepción, en los años de posguerra Grant rechazó los importantes puestos federales que le ofrecieron y dedicó toda su energía —muy rentable para mí y mi familia, lo admito— a la práctica jurídica. No se interesó en lo más mínimo por la ocupación y reconstrucción de Alemania y Japón o por lo que él llamaba, sucintamente, la «futilidad» de la Guerra Fría. —Ambos bandos saben que la Guerra Fría no debe calentarse —me explicó—, por eso sus intercambios diplomáticos no son más que faroles. ¡No me lo creo, muchas gracias! Henrietta recuperó su papel de líder social de Nueva York y organizó infinidad de fiestas elegantísimas. Las mesas y el piano de su salón estaban adornados por cinco grandes fotografías de sus hijas en portarretratos de plata, triunfantes con sus suntuosos trajes de novia. Era una mujer absolutamente feliz.

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El logro de un hombre

De niño siempre pasaba los veranos en Bar Harbor; mis padres fueron unos de los primeros colonos estivales de la isla. Como tantos otros lugares de veraneo, Bar Harbor había sido en origen un lugar de vacaciones de artistas y académicos que habían encontrado tanto tranquilidad como inspiración en sus colinas, en sus bosques y en la rocosa costa; intelectuales que sólo hacen las veces de pioneros para otros que llegan después: ricos urbanos que no tardan en aprovecharse del buen gusto de sus predecesores y se instalan allí y, tras inflar los precios del lugar hasta que logran echar del lugar a los primeros veraneantes, reemplazan sus sencillos campamentos por mansiones costeras. Mi padre había construido una en la década de 1890: tenía una planta baja de piedra rústica sobre la que se alzaban otras dos de madera oscura y un tejado a dos aguas con enormes buhardillas. Estaba en el camino de la playa hacia el pueblo, con una preciosa vista del centelleante océano y de las dos pequeñas islas con copete conocidas como «Puerco espinas». Yo la había heredado y la conservé porque para mí la gran isla nunca ha perdido su encanto, y Constance, aunque poco amiga del Club de Natación y sus devotos, siempre adoraba subir a las montañas —generoso nombre con el que se conoce a las colinas— y solía «hacer» una diferente cada día, cuando la lluvia y la niebla (que los fieles habitantes de Bar Harbor nunca mencionaban) dejaban que el sol dotara a la tierra y al mar de la magia peculiar de la costa de Maine. El explorador Champlain, al ver por primera vez la isla desde su navío y sorprendido por la desnudez de la cumbre de las colinas, la bautizó L’île de

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Mont Désert, pero años más tarde los valedores de la isla más entusiastas asegurarían que lo que en realidad quiso decir fue L’île de Mont Désir, y así es como ha quedado siempre para mí, la isla de mi deseo. El rico verde grisáceo de las rocas y de sus batientes olas, de la cadena de hermosas colinas y espesos bosques, lo baña todo en una atmósfera encantada que aísla al visitante estival de las preocupaciones insignificantes y de la mezquindad de la tierra firme incluso con más firmeza que el zafiro brillante del Atlántico. Nada parece del todo real en Mount Desert. El aire, el sol, el mar la dotan de un amable refinamiento que suaviza todos los asuntos espinosos que nos traemos de nuestros mercantiles lugares de origen. Comparad, por ejemplo, la trajeada muchedumbre del Beach Club en Southampton o del Bailey en Newport un sábado a mediodía, mientras espera que el sol roce el penol para pedir el primer cóctel del día, con las señoras en las mesas con parasol del Club de Natación y de Tenis de Bar Harbor. En los dos primeros apenas se puede ignorar el orgullo de clase y la pomposidad de la riqueza, pero en el tercero uno advierte todas estas mismas cualidades con una mezcla de simpatía y diversión, como si estuviese mirando a un grupo de marionetas deliciosamente pintadas. Saber que estoy viendo a la gente con una neblina dorada nunca me ha molestado en Bar Harbor. Debería haber una época cada año en la que las ilusiones estuviesen permitidas. En 1930, sin embargo, el primer año completo de la Gran Depresión, era difícil retener las ilusiones, incluso allí, incluso en el día más brillante del verano. Algunos de los grandes cottages tenían todavía las contraventanas del invierno echadas ya que sus dueños economizaban en casa o tomaban habitaciones en un hotel, y la aparición de algún barco de vapor en el puerto era una rareza recibida con gran júbilo. Pero fue por los «nativos», nombre con el que se conocía a los lugareños que soportaban los rigores del invierno de Maine y a los que las billeteras cerradas de los veraneantes privaban de gran parte de sus ingresos, por quienes más me preocupé, sobre todo por la viuda y el hijo de Tom Griswold. Él había sido el afable y eficiente director del Club de Natación y Tenis; había conocido las necesidades y los deseos, así como las costumbres, buenas y malas, de todos los socios. Sus dotes eran múltiples, desde la delicada instrucción de una nueva anfitriona sobre cómo organizar mejor una tarea del club hasta la vigilancia firme pero tranquila de jóvenes bebedores o debutantes indiscretas. Podía incluso cobrar las deudas sin ofender. Pero un cáncer de pulmón puso fin a su útil carrera a los cuarenta y cinco años, y Helen, su viuda, se encontró al borde de la indigencia. Tom la había advertido sabiamente de que en caso de necesidad recurriese a mí, y cuando lo hizo actuó como todos los que solicitan mis consejos, con un plan muy concreto. Quería un pequeño capital para abrir un salón de belleza, y yo hice campaña en la colonia de verano con el éxito suficiente como para permitirle, en sólo unos meses, abrir el Rincón de Belleza de Helen en la calle Champlain. Fue un éxito casi inmediato. Me creí en la obligación de hablar con cada una de las señoras que poseían o alquilaban

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una casa, y concertar una cita con Helen en verano se convirtió en una cuestión de honor. Muchas acudían a ella casi exclusivamente. Tuve que lamentar que de este modo arruinase a otro establecimiento más antiguo, pero frecuentemente ése es el precio del libre mercado. Hace tiempo aprendí que hacer una buena acción por una persona puede implicar hacer una mala acción para otra, pero no puedo admitir que ésta sea una razón para evitar las buenas acciones. Así se extendería la oscuridad. Mi apoyo al salón de Helen, sin embargo, no habría servido de nada sin la propia Helen. Ninguna de nuestras damas habría hecho más que una simple visita simbólica al Rincón de Belleza si el producto hubiera resultado inadecuado en lo más mínimo. Pero Helen se había convertido en una experta en cortes de pelo, moldeados, limpiezas de cutis e incluso en manicura. Al principio temí que su aspecto pudiese volverse en su contra. Era alta y delgada, no le sobraba ni un gramo de grasa; tenía la fuerza de la mujer pionera. Me preguntaba si su pelo cuidadosamente encanecido no contradecía de un modo algo ridículo el aire severo con el que parecía desaprobar a las dientas que se arreglaban en exceso. Pero las damas no se equivocaban al interpretar su aspecto como una garantía de honestidad y capacidad, y cuando se dieron cuenta de que su mente, que podía haber sido tan sencilla y pura como la de un personaje rústico en un cuento de Sarah Orne Jewett, era, en realidad, una mina de chismes sobre la colonia de veraneantes que había ido enriqueciéndose con el paso de los años, una fuente de información con suave acento de Maine, comenzaron a lamentar tener que perderse sus servicios después del Día del Trabajo. Discutir si Billy Dumphey había hecho trampas en el torneo de bridge —o si el presidente del club estaba teniendo una aventura con la nueva heredera de los jabones Baltimore— mientras se hacían una permanente que brillaría en las mesas con sombrillas se convirtió en un placer estival absoluto. Helen pronto tuvo que coger dos ayudantes y una manicura, pero siempre encontraba tiempo para dedicarle algunas palabras a la ocupante de cada silla. Los chismes, sin embargo, como la memoria almacenada en cada nombre y cada incidente de la historia del verano, eran sólo una parte de la naturaleza de Helen, que me mostró otra muy diferente. Yo era su benefactor principal, y siempre me trató con una franqueza que agradecí. Helen nunca me ocultó cómo manejaba a su elegante clientela. Ella era una persona seria y honorable, y me atribuyó a mí esas mismas cualidades. Su marido, que había sido un hombre tan apuesto como capaz —las «nativas» debieron de quedarse muy sorprendidas cuando ella lo «pescó»—, había sido su única pasión, remplazada ahora por su hijo. No había visto a Max desde que era un robusto chico de doce años; ella nunca le dejaba que se acercase al Rincón de Belleza, y las pocas veces que pasé a visitarles por su limpia y pequeña casa de madera, al fondo del callejón del pueblo, con una bonita vista al mar, él estaba de pesca o recogiendo almejas o entregado a cualquier otro entretenimiento estival. Al final sospeché que ella lo estaba apartando de mí.

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—¿Qué ocurre, Helen? —era julio de 1933—. ¿No soy lo suficientemente bueno como para ver a tu príncipe de Gales? —Oh, claro que lo es, señor Fairfax. —Nunca logré convencerla de que me llamara por mi nombre—. La pregunta es si lo es él. Le traeré por aquí un día de estos. —¿Por qué tiene que ser tan perfecto? —Porque quiero que le impresione. Quiero que haga que usted le ayude. —¿Cómo? —Bueno, no económicamente, quiero decir. Gracias a usted tengo unos ahorrillos para que vaya a la universidad e incluso a la Facultad de Derecho. —¿Ya ha decidido ser abogado? —Oh, sí, sí, definitivamente. Y yo lo apruebo. La abogacía es el mejor camino. Es como el clero en la Edad Media. —Felizmente eso no impide el matrimonio. Pero ¿el camino a dónde? —Usted lo sabe, señor Fairfax. El camino para dejar de ser el hijo de una esteticién de pueblo. —Si es un buen muchacho, estará orgulloso de eso. —Orgulloso de mí, quiere usted decir. Es un buen muchacho. Pero no tiene que estar orgulloso de mi trabajo. O de mi posición social. No quiero que lo esté. Todo lo contrario. Y aquí es donde recurro a usted. Usted ha sido tan bueno con nosotros que me atrevo a esperar que lo sea aún más. —Haré lo que me pida, Helen. —Si usted pudiera tomar al muchacho un poco a su cargo. Aconsejarle. —¿Qué te hace pensar que me escuchará? —Oh, lo hará. Se lo aseguro. Yo tenía una pequeña lancha motora con un capitán para la pesca en alta mar y para hacer breves excursiones alrededor de la isla, y le sugerí que podía llevarme a su hijo de excursión la semana siguiente. Max me estaba esperando en el embarcadero a la hora acordada, muy pulcro, ataviado con un jersey rojo —nuevo, imaginé— y unos pantalones blancos inmaculados. Me gustó el modo en que me saludó, con un apretón de manos fuerte y un saludo educado pero de ningún modo deferente. Deduje que la ropa se la había aconsejado su madre, pero que sus modales eran cosa suya. A los diecisiete años, su belleza, que variaría muy poco con el tiempo, reforzaba su aire de seguridad. Era bajo, pero robusto y bien formado, el pelo, espeso y muy negro, estaba cortado al cepillo, y sus ojos grandes y marrones mitigaban su franca curiosidad con una cierta reserva. Sus rasgos eran fuertes y regulares; tenía esa belleza en la que yo reconocía un peculiar atractivo para las mujeres. Era una mañana hermosa, y el mar estaba en calma. Sentados en la cola del barco hablamos de las actividades veraniegas y de la vida en la isla. Me contó que había visto un alce en el monte Sargeant, algo raro en aquellos días. Finalmente, cuando le animé a que se tomara una cerveza, mencioné, como obviamente él estaba esperando, el tema de su carrera.

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—¿Te atrae la idea de ejercer en una gran ciudad como Boston o Nueva York? —No señor. Tengo la intención de ejercer aquí, en Bar Harbor. —Me sorprendes. Hubiera creído que el campo era demasiado limitado. Testamentos y bienes raíces; ¿no se trata de eso? Los veraneantes no te darán mucho trabajo; tienen sus propios asesores en casa. Te pueden consultar para un alquiler o una compra, pero eso es todo. No te permitirán ni ver al cliente. Me miró fijamente y se lanzó al instante a una defensiva vigorosa. —No necesitaría a los veraneantes o a sus abogados. Ni siquiera los querría. No me refiero a usted, señor; sé todo lo que ha hecho por mi madre. Pero creo que los ciudadanos de Mount Desert, los verdaderos ciudadanos, tienen una gran cantidad de problemas que yo podría ayudar a resolver. No me limitaría a ejercer en esta isla. Podría llegar a Bangor o, incluso, a Augusta. Porque me gustaría entrar en política, también. Me gustaría hacer algo por mi Maine. Este estado debería desarrollar más empresas. No soporto que nos contentemos con que nos llamen «la tierra de las vacaciones» o con vender postales sentimentales y cojines confeccionados con agujas de pinos, o con las casas de antigüedades llenas de falsificaciones. Podía haber sido un joven y fiero Saint-Just, dispuesto a dejar caer la hoja de su guillotina sobre los cuellos de los miembros del Club de Natación. —Tu madre no parece compartir tu mala opinión de los pobres veraneantes. —No es tanto mi mala opinión de los veraneantes como mi alta opinión de los verdaderos habitantes de Bar Harbor. Somos una nación ocupada; éste es el fondo de la cuestión. La India podría dejar de odiar a los británicos si se marcharan para siempre. Esta comparación me dejó intrigado. —Pero querido muchacho, piensa en todo el negocio que traen los veraneantes. Piensa en lo que significan para tu madre. —Pienso en el precio que paga por ello. —¿El precio? —¿Realmente lo quiere saber? —hizo una pausa—. Mi madre me dijo que podía ser franco con usted. Yo sonreí. —Tu madre me conoce como un libro abierto. La franqueza es una buena estrategia. Siempre funciona conmigo. Pero estaba increíblemente serio. —No estoy intentando que funcione nada, señor. Lo que digo es lo que quiero decir. Lo que mi madre no puede haber calculado es que también sería honesto cuando hablara de ella. Y eso es lo que quiero decir cuando hablo del precio que pagó. El precio fue mantener a los «nativos», como sus amigos nos llaman, lejos de la peluquería —el Rincón de Belleza es un nombre que me da náuseas, lo siento— durante el verano.

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—¿Por qué tendría que hacer eso? —Porque a las veraneantes les gusta considerar el lugar como una prolongación del club, un lugar donde verse y cotillear libremente sin tener que estar sujetas a ningún contacto con la clase baja. —Pero yo pensaba que tu madre era muy querida por todo el mundo en Bar Harbor, tanto por los «verdaderos» habitantes de Mount Desert, como tú les llamas, como por nosotros, las golondrinas de verano. ¿Cómo pueden apreciarla tanto si marca tantas diferencias? —Atiende a los de aquí durante los otros nueve meses del año, y les cobra menos. Y les dice francamente lo que pasa. Ése es el secreto del éxito del salón. Ellos lo comprenden. Después de todo, casi todos viven del mismo chanchullo. Comenzaba a pensar que se estaba tomando a su madre demasiado a la ligera. —Sabes, por supuesto, que ella lo hace todo por ti. —¿Cómo no voy a saberlo? —exclamó de pronto con dolor—. Sé que ha sudado y se ha esclavizado por mí. Y se lo voy a devolver. No en dólares, por supuesto, sino llegando a ser el hombre que ella quiere que sea. O el que debería querer que fuera. Admiré esta afirmación. De hecho, estaba comenzando a desarrollar una considerable admiración por este joven. —¿Quieres decir que no te doblegarás, que no transigirás? —Bueno, no me gusta la palabra doblegarse. Pero es cierto que mi madre tiene que tolerar muchas cosas. Como las ha tolerado por mí, yo no puedo despreciarlas. Y no lo hago. Pero tampoco tengo que tolerarlas. Si lo hiciese ¿de qué habría servido su sacrificio? —Me gusta. Tú debes ser mejor, se lo debes a ella. Sí, me gusta mucho eso. ¿Pero se lo dirás? —Yo se lo cuento todo. —¿Y cómo se lo toma ella? —No siempre bien. Me dice que tengo que aprender a ser más práctico. —¡No lo seas! Sonrió por fin. —¡No lo seré! Le pedí entonces que me contase más cosas de su vida. Aunque había cosas que ya las sabía por Helen. Había estudiado en la escuela elemental de Bar Harbor, había terminado el bachillerato el primero de su clase e iba a matricularse en la Universidad de Maine ese otoño. Destacaba en hockey y béisbol. Durante los veranos tenía varios trabajos: llevar a los veraneantes a hacer excursiones de pesca o trabajar para la Bar Harbor Motor Company, pero le encantaba leer, sobre todo historia y biografías, y sacaba los libros de la biblioteca municipal, en la que trabajaba su novia. Aquel era el prototipo de la infancia de un triunfador americano. Al día siguiente llevé a su madre a comer a una ostrería al final de la calle

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de su salón de belleza. No tenía tiempo que perder si iba a llevar a cabo el plan que ya había concebido. —Agárrate el sombrero, Helen. Quiero enviar a Max a Yale. Si hubiese esperado muestras de sorpresa, me habría llevado una desilusión. Helen había previsto la impresión que su rubio muchacho causaría. —Sé que usted es un gran hombre, señor Fairfax. ¿Pero no es un poco tarde para hacer eso, a estas alturas del año? Incluso para usted. —En una ocasión le gestioné a la universidad una recaudación de fondos. Me deben algunos favores. Y si no es este otoño, seguramente podré resolver el traslado desde la Universidad de Maine para el año que viene. Pero debemos actuar desde ahora. Deduzco que sus notas fueron estupendas. ¿Crees que podrías convencerle para que me deje intentarlo? Es un acérrimo defensor de su estado natal. —¡Como si no lo supiera! El truco será hacerle ver que puede hacer mucho más por Maine estudiando en una de las mejores universidades del país. Mejores catedráticos, más contactos y todo eso. —Y dile también que eso garantizará su admisión en la Facultad de Derecho. —Atacaré esta noche. —Telefonéame. Estaré en casa toda la tarde. —Es un gran muchacho ¿verdad? Sabía que le gustaría. —¿Cómo es la chica? —¿La chica? —La de la biblioteca. —¿Le ha hablado de ella? ¿De veras? Tal vez la he subestimado. —Helen se encogió de hombros con impaciencia—. Pero ella no es nada, de veras. Una de esas ratitas neuróticas que se aprovechan de la compasión de un hombre. Y que cuando ya se han casado se derrumban y se convierten en un estorbo que el marido tendrá que soportar toda la vida. —¡Dios mío! ¿Cómo puedes estar tan segura? —Son muy comunes en las ciudades pequeñas. Usted, querido amigo, no lo comprendería. Pero no se preocupe, yo puedo manejarla. Y ahora debo volver al local, porque terminaré pronto para poder pescar a Max antes de que salga por la tarde. —¡Helen, ni siquiera has pedido nada! —¡Mejor para la línea. Dios le bendiga, señor F!

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Helen hizo un buen trabajo con su hijo, aunque me reconoció que resultó más difícil de lo que ella había esperado. Max insistía al principio en que aceptar mi oferta sería otra entrega total a la comunidad de veraneantes voraces, y ella utilizó en vano los argumentos típicos: cuánto le beneficiaría

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estudiar en una universidad con más recursos y catedráticos más distinguidos. Con lo que finalmente ganó fue con el argumento de que su devoción ciega por su pueblo y su estado olía a un provincianismo que no beneficiaría en nada a un futuro congresista o gobernador. ¿Era su deber o no, llegar a ser un hombre tan grande como pudiese? Cuando me informó de su éxito, me puse en contacto con el presidente Angell y el traslado tardó una semana en aprobarse. Tuve mucho cuidado de no frecuentar demasiado a Max cuando llegó a Yale. No deseaba que él me encasillase en el papel de mecenas condescendiente. Le aseguré que siempre podía contar con mi casa de Nueva York para pasar el fin de semana en la ciudad y aprovechó mi oferta un par de veces durante el primer curso, en las ocasiones en las que le envié entradas para el teatro o la ópera. Su actitud era reservada, incluso retraída, pero gradualmente se fue animando cuando se dio cuenta de que yo no le pedía ni esperaba nada de él. Cuando en el otoño de su segundo curso me invitó a que fuera a un partido de fútbol y le invité después a una buena cena en Mory, estrechamos nuestros lazos. ¡Pero yo tenía que ser cuidadoso, por supuesto! Aún recelaba del «veraneante de la colonia» que había en su benefactor. Porque yo me había convertido, sin lugar a dudas, en su benefactor. Al final logré convencerle de que me permitiese descargar a su trabajadora madre de todos los costes de sus matrículas y gastos mensuales, aunque tuve que acceder a la condición que me impuso: aceptar un documento jurídicamente vinculante en el que se comprometía a devolverme todo el dinero. Haberme negado hubiera sido insultarle. Entonces comenzó a apreciarme, pero yo sabía perfectamente que se había impuesto aquel aprecio como una obligación. ¿De qué otro modo podía alguien tan puritano justificar que aceptaba mi dinero? Nuestro acuerdo tenía que ser como un negocio, y Max sólo haría negocios con hombres a los que aprobaba. Con todo, quedó perfectamente claro, mucho antes de que cualquiera de mis pequeñas sumas me fueran devueltas (huelga decir que me las devolvió todas), que mi inversión había valido la pena. Durante el primer curso los hábitos de trabajo de Max habían sido casi compulsivos, pero en segundo comenzó a mirar a su alrededor, a hacer amigos e incluso, para satisfacción de Helen, a gastar parte de su paga mensual, que al principio atesoraba como dinero «contaminado», en ropa algo más elegante. Fue elegido para la asociación Zeta Psi y lo aceptaron en la redacción de The Yale Daily News. Cuando su madre me dijo que estaba buscando trabajo para el verano como profesor particular, le ofrecí que le diera clase a mi hijo Gordon en Bar Harbor. ¡Pobre chico, no iba a decirme que no! Digo «pobre chico» porque el trabajo le obligaría a vivir en una de las casas de veraneo de Bar Harbor que tanto odiaba, no porque Gordon resultase en lo más mínimo una carga. A los quince años, después de terminar el cuarto año en la escuela de Saint Paul en New Hampshire, mi hijo era un muchacho alto, pálido y de ojos oscuros, silencioso, amable y extrañamente decidido, casi un

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genio en cálculo. Me trataba con una cortesía cautelosa que podría esconder una condescendencia afable. Obviamente, no había contratado a Max para cultivar el intelecto del muchacho; tan sólo confiaba en que Max lo animara a aficionarse al tenis o a la vela o a cualquier actividad al aire libre. Porque para Gordon, lo más parecido a la práctica de un deporte de verano había consistido en bajar dando un paseo por Shore Path hasta la biblioteca del pueblo. Mi otro propósito, por supuesto, era echar un vistazo a mi protegido. Constance, como siempre, se dio cuenta de lo que yo tramaba. —Si consigue que Gordon suba una montaña, pierdo mi apuesta —observó secamente, aunque Max le gustaba—. Lo que pasará es que se enamorará de Varina. Más te valdría poner freno a sus visitas. Varina Pierce vivía con sus padres, el juez Allen Pierce y su esposa, en la casa de al lado, en Shore Path. Era una casa de madera poco pretenciosa pero espaciosa. Eran de Filadelfia, simpáticos y encantadores, y su familia, aunque no muy acaudalada, era antigua y distinguida. Con sus dos elegantes hijos y sus dos guapas hijas dominaban la vida social de la colonia; en casi todas las familias de veraneantes había un adolescente enamorado de un Pierce. Varina, la mayor y ahijada mía, tenía veintidós años (era mayor que Max), y ya de pequeña me eligió como su guía y mentor, lo que me halagaba mucho. Al parecer, mi papel no consistía tanto en tutelar su crecimiento espiritual como en enseñarle todas las maneras en las que podría comerse la rosada manzana de la vida: la piel, el corazón y todo lo demás. Yo estaba encantado de desempeñar ese papel durante tanto tiempo como ella quisiera, convencido de que me relevaría de mis funciones en cuanto llegase a la edad de los chicos y los bailes. Pero no, parecía necesitarme incluso más, porque no se casó inmediatamente después de que la «presentaran en sociedad», como todo el mundo había supuesto, y había seguido todos los cursos en el Bryn Mawr con absoluta seriedad. —Me pregunto si su ambición no será la de separarte de mí —comentó Constance en una ocasión cuando Varina se hubo marchado de casa después de pasar conmigo dos horas en el mirador. —Lo sería si pensase que tú presentarías batalla —repliqué—. No le gustan las victorias fáciles. Supongo que he dejado lo suficientemente claro que Varina era encantadora, demasiado encantadora, tal vez. Parecía una rubia heroína de revista: tez radiante, graciosos ojos azules y una gran facilidad para la risa. Constance, a la que nunca le gustó, sin duda porque a mí me gustaba mucho, observó una vez que su cara era demasiado plana y sus rasgos demasiado pequeños como para ser hermosos, que no tenía una buena constitución ósea y que, a los cuarenta, no valdría nada. Pero Varina ha conservado su belleza y su aspecto joven, casi por arte de magia, hasta hoy. Corre el chiste de que debe de guardar un retrato suyo, como Dorian Gray, para que se marchite en el desván. Sin duda, los dioses la han colmado de bendiciones.

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—Más le valdría no ser tan lista —sentenció Constance. Varina quería el mundo, el mundo entero, el «gran mundo»; soñaba con el poder y la influencia que ganaría al convertirse en la consorte de un gran hombre, o que incluso podría llegar a ganarse por sí misma: podría ser una de las primeras congresistas, o quién sabe si miembro del consejo, como Madame Perkins. Lady Astor era uno de sus ídolos: rica, hermosa, noble y políticamente eminente. ¿Podía alguna mujer querer más que eso? Varina podía. Aspiraba también al mundo intelectual; soñaba con la compañía de artistas y escritores famosos que la admirasen. Y luego estaba el mundo del teatro; incluso el mundo del cine la seducía. Varina habría mirado un convento con ojos curiosos si hubiese sospechado que la soledad y la castidad podían depararle otros gozos. En el Bryn Mawr un profesor la convirtió al ideario del New Deal, y estuvo a punto de ir más allá y coquetear con el socialismo. ¿Debería, me preguntó una vez, ir tan lejos como para borrarse del Social Register? —Tengo una pequeña regla para estos asuntos —le advertí—. Puede que te sirva. Antes de renunciar a algo que me parece anacrónico, siempre me doy la vuelta: si hay gente haciendo cola para ocupar mi lugar, me quedo como estaba. —¿No te importan las consecuencias? —exclamó con los ojos abiertos y llenos de reprobación—. ¿No importa que sea algo inmoral? ¡Oh, tío Oscar, nunca pensé que fueses tan oportunista! —Entonces intenta conocerme mejor, querida. Si crees que tu fin es bueno, procura no desaprovechar tus medios. Utiliza todos los instrumentos que el destino ha puesto a tu alcance. Tú has nacido con una buena ración: buen aspecto, cerebro, encanto y posición social. ¡Agárralos todos ellos! ¡No seas un burro que se queja: «Quiero triunfar por mí misma» o «quiero que me amen por mí misma»! ninguno de nosotros sabe con certeza por qué triunfamos o por qué nos aman. ¡Tenemos que ser humildes para aprender! El asunto es triunfar. Y ser amados. —¿Y crees que algún hombre —algún hombre, quiero decir, que pareciese ser merecedor de mi interés— me amaría por aparecer en el Social Register? —¿Quién sabe? Un personaje en Proust llamado Mademoiselle Legrandin, inteligente y culta, se casa con el señor de Cambremer por el secreto placer de poder referirse a una de sus parientes nobles como «ma tante de Ch’nouville» y usar, así, la elegante costumbre familiar de dejar caer una e en el nombre. —¡Pero vamos, tío Oscar, tú crees que a mí me atraería alguien que fuese tan estúpido! —¡Eso nunca se sabe; ése es el asunto! El ejemplo es algo extremo, lo admito. Pero incluso la gente más sabia está sujeta a motivaciones que moriría antes de admitir. Mira el resultado, no la causa. Por mucho que Roosevelt la hubiera nombrado por la secreta admiración que le provocaban sus sombreros, Frances Perkins seguiría siendo ministra de Trabajo. —¡Entonces él sería el estúpido! —exclamó con una carcajada—. Y

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hablando de la señora Perkins ¿no es ésa la forma en la que una joven debería regirse? El matrimonio ya no es la única carrera. ¿Quién es su marido? ¿El señor Wilson? ¿Quién ha oído hablar alguna vez del señor Wilson? —Nadie, lo reconozco. Y desde luego las carreras se están abriendo a las mujeres. Pero esto va despacio. El matrimonio es todavía el camino para lo que tú quieres ahora. Deberías casarte con un gran hombre. Un hombre que tenga un tipo de carrera que deba compartir con su esposa. Un político o un diplomático. O incluso el dueño de un periódico. Donde tú y él seáis esencialmente compañeros. Donde él necesite tu ayuda, no sólo como ama de casa o anfitriona, sino como la persona que comparte sus aspiraciones e ideales, que trabaje con él. —¿Y qué hay del amor? ¿O eso no cuenta? —Por supuesto que tiene que haber amor. Es tan fácil amar a un gran hombre como a uno cualquiera. Lo único importante es que te protejas de las pequeñas estratagemas de seducción de los don nadies atractivos. No le daría este consejo a cualquier chica, querida. Pero tú no serás feliz a menos que consigas algo grande. Y eso es algo bueno, también. —Sí, Sócrates.

***

Advertí con satisfacción que Gordon y Max se llevaron espléndidamente desde el primer día. Le había dicho a mi hijo que no tenía la intención de imponerle un tutor, que si había contratado a Max, era sólo para que fuera su compañero, si es que quería tener alguno, y si no quería, Max podía hacerme compañía a mí, y sus obligaciones consistirían en llevarme a pescar o a jugar al golf. Pero Gordon, tras sólo una breve pausa, pareció haber decidido que tal cambio no sería necesario. Con una facilidad excepcional e incluso, supuse, con una sutil habilidad, Max se ganó el afecto del muchacho en menos de una semana. Gordon no había tenido antes un verdadero amigo; era demasiado tímido, demasiado duro como para aceptar que cualquiera que mereciera su estima pudiera devolvérsela. Y ahora, de pronto, Max era su héroe. Cuando felicité a Max en privado por su éxito, insistió en que no había ningún arte en ello. —Es un muchacho admirable, señor Fairfax. Debería pagarle a él por lo que me está enseñando a mí. Me está dando un curso de cálculo, y durante nuestros paseos hace que practique mi mal francés. —Pero eres tú quien está haciendo que se abra, cosa que ni su madre ni yo hemos conseguido. Y como no hay nada como pedirle más a alguien que ya te ha dado la luna, ¿crees que podrías ayudarle un poco con su vida social? Ni tú ni él habéis ido ni una sola vez al Club de Natación. El rostro de Max se ensombreció. —Gordon odia ese lugar.

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—Ahí está el problema. Es absurdo odiarlo. No merece la pena odiarlo. Si realmente lo odia, es algo que tiene que superar. —Pero no conoce a nadie de su edad allí. Y yo tampoco conozco a nadie de la mía. — Ni queréis conocer a nadie. Ya veo. Pero no te haría ningún daño darle vacaciones a ese resentimiento. Mi ahijada, Varina Pierce, viene a cenar hoy. Ella dirige el cotarro entre los jóvenes. Estaría encantada de presentaros gente. Pero la expresión de Max delataba que eso no iba a ser fácil. —¿Puedo serle franco, señor? —¿No lo eres siempre? —Cuando le hablo, sí. Pero no tengo por qué hablar siempre. —Continúa. Se rascó la cabeza. —Bueno, no quiero que piense que no le agradezco todo lo que ha hecho por mí. —Max —le dije con firmeza—, no quiero que me estés agradecido. Yo tengo el hobby de creer en la gente. Es como me siento a gusto. Y sucede que creo en ti. No nos debemos nada. — Ya veo, señor. No es sólo gratitud. Usted me gusta. Usted es lo más próximo a un padre que he tenido. Y tal vez eso es algo que no quiero tener. —Ya. Crees que quiero que seas elegante y sociable como algunos de los jóvenes bobos del Club de Natación. —Bueno, algo así. ¿Por qué me abrió una cuenta en Jay Press en New Haven? ¿Era porque usted sabía que, si la utilizaba, no me quedaría más remedio que gastar el dinero en trajes elegantes? —Quería asegurarme de que vestirías bien. —¿Pero por qué? ¿Para poder impresionar a los niños ricos? ¿A los chicos de escuela privada? —Así te sentirías más cómodo con ellos. No quería que los trajes y las corbatas fueran una barrera. —¿Lo habrían sido? ¿Lo habrían sido, para un individuo decente? —No. Pero el mundo no sólo está hecho de tipos decentes. Es importante saber cómo llevarse bien con cualquiera. —¿Es eso lo que usted verdaderamente quiere? ¿Qué me lleve bien con todos los tipos? Pero las ropas elegantes podrían ser una barrera entre yo y los intelectuales. Mire, señor Fairfax, cómo se lo explicaría. Me parece que usted quiere que ingrese en la Scroll & Key. Igual que ingresó usted. Me detuve a considerar la réplica. Debía hacerlo, porque me había dado la oportunidad de explicar mi verdadero objetivo. De las seis sociedades de estudiantes de Yale, Scroll & Key y Skull & Bones eran las dos más apreciadas; Skull & Bones hacía su selección en base a los méritos, a las actividades de estudio, atléticas o extracurriculares; incluía a los líderes de cada clase. Scroll & Key, por otra parte, era más urbana, más social, más como un club de caballeros

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de Nueva York o Boston. —Nunca he marcado ningún objetivo para ti, Max. Y Key, de cualquier modo, no lo habría sido. Intento adivinar qué es lo que tú quieres para ti mismo. Y sospecho que estoy en lo correcto al pensar que es lo más alto. Si eso es lo que quieres, tu opción es Bones. Bien, creo que tienes una buena posibilidad. Y con mis contactos en Yale no es una suposición absurda. Max estuvo entonces más cerca de ruborizarse de lo que yo nunca le había visto. Me pareció que incluso era posible que no le hubiese gustado que yo hubiese dado en el clavo. Si para este joven idealista yo era Mamón, el dios de la codicia, y si Mamón le había interpretado tan correctamente, si Mamón le estaba aconsejando que tomara el camino que él mismo tenía en mente, ¿qué le decía todo esto de la dirección hacia la que se estaba encaminando? —¡Usted apunta muy alto, señor! —exclamó con un cierto desagrado. ¿Sería autorreprobación?— ¿Qué le hace pensar que tengo pasta de Bones? —Es un presentimiento. Y he aprendido a tener fe en mis presentimientos. —Se va a llevar una decepción. —¡Oh! No me importa en absoluto. Hay vida tras los Bones. 2 Y no intento hacer un juego de palabras. Aquella noche Varina cenó en casa y nos contó, muy animada, que las absurdas pistas de una divertidísima caza del tesoro habían llevado a los «jóvenes brillantes» a recorrer toda la isla con sus coches en carreras enloquecidas. Uno de los objetos que había que llevar ante los jueces era «un hombre pelirrojo con dientes postizos» y el compañero de Varina había provocado la cólera de un famoso magnate del acero de Seal Harbor, del que se rumoreaba que poseía ambas características, visitándole en su mansión y preguntándole si podía «llevarle». No dirigía sus observaciones directamente a Max, pero yo podía ver que le tenía en cuenta, y cuando tras la cena lo llevó a la biblioteca para jugar al backgamon, fue obvio que el chico, sin duda, había despertado su interés. También observé que Max la miraba con gravedad durante la cena, y entonces recordé lo que Constance había dicho. Me extrañaba haberlo olvidado. ¿Quería Varina añadir otra cabellera a la ristra que colgaba de su tienda? ¿O eran los celos propios de un antiguo «favorito» por otro recién llegado? Siempre me había tratado como a su propiedad particular. ¿Quería compartirme con un hombre joven y apuesto? Yo adoraba a mi ahijada, pero la conocía. Al día siguiente, el relato de Gordon de su encuentro y el de Max con Varina y su grupo en el Club de Natación no hizo nada por aplacar mis temores acerca de lo poco acertada que había resultado mi idea de contar con las habilidades sociales de la joven. Gordon, que miraba a las mujeres con considerable desconfianza (actitud que no iba a cambiar durante varios años), estaba indignado con el modo en el que Varina había «jugado» con su tutor.

2 Bone en inglés significa hueso. (N. de la T.)

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Sospecho que lo que le había molestado todavía más era la evidente susceptibilidad del tutor ante tal juego. No tenía ganas de ceder ni una porción de su nuevo amigo. —Cuando salimos hacia la piscina con nuestros bañadores puestos, le sugerí a Max que nos sentásemos en el lado donde no cubría, lejos de todas las jeunesses dorées reunidas alrededor del trampolín. —El tono afectado y frío de Gordon expresaba suficientemente bien su opinión respecto a quienes trataba de evitar—. Pero a tu encantadora ahijada no le gustó mi idea. Tan pronto como nos divisó se fue acercando, moviendo sus maravillosas piernas untadas con aceite bronceador, y recorrió la piscina con andares seductores para hablar con nosotros. ¡Tenías que haberla visto, Padre, sujetándose la parte delantera del traje de baño para proteger su casto seno! Se había bajado los tirantes, por supuesto, para brocearse mejor. «¿No nos apetecía juntarnos con ella y su grupo?» Le contesté que estábamos bien donde estábamos, pero Max, frunciendo el ceño ante mi grosería, dio un brinco, se puso en pie y fuimos. —Bueno, Gordon, ¿y tú te hubieras quedado ahí? —¿Yo? Muy fácilmente. Pero mi enamorado tutor no. Nos reunimos con el grupo de estúpidos y nos los presentaron, y recibimos sus miradas condescendientes. Ninguna representante del sexo débil, por supuesto, pasó de rozar con los nudillos la zarpa que le tendí, pero pude observar que apreciaban con disimulado interés los músculos de Max. Él, el pobre muchacho, se había quedada mudo; me temo que se comportó como un cateto. «¿Es cierto que eres el hijo de la gran Helen?» preguntó una de aquellas sirenas de agua dulce. «Si es así, todas nosotras te debemos mucho. No podríamos aparecer en público sin su ayuda.» A Max aquel tono lo irritó. «El nombre de mi madre es señora Griswold», gruñó él, y un embarazoso silencio cayó sobre el grupo. Pero fue la adorada Varina quien rompió el hielo. «Mi querido Max», susurró ella, «Lydia no estaba tratando de rebajarte. Era muy sincera. ¿Quién es nadie de nosotros para despreciar un negocio honesto? El propio dinero de Lydia procede de las sopas. Y el abuelo de Neddy empezó con una carretilla, ¿verdad, Neddy? ¿Y qué hay acerca de tu familia, Peggy? ¿No os hicisteis ricos con las alfombras? ¿Y con la venta al por menor? ¿Qué mote os puso el señor Fairfax? “Del suelo al cielo”. ¡Maravilloso!». En ese momento me irrité con Gordon. —Varina tendría que irse con más cuidado con mis bromas. —Te cita en todas partes. Tú eres la fuente de la mitad de su ingenio. Pero al menos no se apropia de tus chistes, eso tenemos que concedérselo. —Pero no mucho más. Y ¿cómo se tomó Max todas esas chanzas? ¿Estaba tranquilo? —Bueno, durante un rato estuvo un poco enfadado, pero cuando la divina Varina lo apartó del grupo, se sentó con él en el filo de la piscina y charlaron mientras balanceaba sus maravillosas piernas dentro del agua, él se fue suavizando. Pronto lo tuvo comiendo de su mano. ¡Claro! Se hubiera tragado

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un sapo si ella se lo hubiera ofrecido. No estoy seguro de que no lo hiciera. No me molesté en comentar esto, pero no pude dejar de notar que Max y Gordon iban ahora cada día al Club de Natación. Gordon no hacía ningún intento por ocultar su desagrado, y él y Max discutían todos los días durante el desayuno: el tutor se esforzaba por convencer a su pupilo de que hacía un día perfecto para nadar o de que necesitaba una clase de tenis o de que su padre deseaba que se relacionase con los jóvenes del club. —Todos sabemos con quién quieres relacionarte tú —respondía Gordon con cierta crueldad, pero al final siempre terminaba por ir. Ahora ya sabía que Varina había estado saliendo durante el invierno anterior con un tal Theodore Lewis, Jr., treinta y cinco años y único heredero de una cadena de periódicos de Pensilvania. Teddy Lewis era «un buen partido»:

era amable, guapo (aunque con el semblante un poco duro), culto y supuestamente inteligente, y se decía que, cuando el señor Lewis padre aflojase su garra conservadora sobre los periódicos, su hijo los conduciría a un futuro más progresista. Que Varina me pareciese una socia potencial en esta estimable empresa se correspondía a la perfección con los objetivos que ella se había marcado en la vida. Aquí el amor podía unirse con una carrera hecha a medida para sus aspiraciones. Pero, ¿qué le rondaba por la cabeza a ella? Una mañana después del desayuno caminé hasta el césped de los Pierce, donde había visto a mi ahijada sola, tendida en una hamaca, leyendo un libro. Acaricié a los dos perros labrador que corrían a recibirme y me senté en el extremo de la hamaca. —He venido a preguntarte algo. Que cerrase de inmediato el libro era muestra de lo preparada que estaba. —¿Algo acerca de tu precioso protegido? —¿Así es como llamas a Max? —Bueno, ¿no lo es? ¿No le proteges en la facultad? ¿Y no le vas a enviar a la Escuela de Derecho? ¿Y no le vas a lanzar en su carrera política? Sus grandes ojos azules se burlaban de mí. Ella y yo, desde que tenía siete años, nos tratábamos en términos de absoluta igualdad. Aunque quizá alguien habría dicho que ella era la superior. —¿Ya lo sabes todo? —Todo el mundo lo sabe. No hay secretos en Bar Harbor. Tú deberías saberlo. Además, Max me lo dijo. —¿Él te lo dijo? —¿Te extraña? ¿No es propio de él? Él no quiere que nadie se haga ilusiones con él. No te preocupes. Te adora. Me sentí irracionalmente encantado ante esta afirmación sencilla y seguramente nada sorprendente. Pero Max era siempre un enigma. —Muy bien. Ahora ya sabes lo que estoy haciendo por él. ¿Qué es lo que estás haciendo tú? —Lo estoy estudiando. Estoy intentando descubrir si es tan bueno como tú

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crees. Parto de la base de que lo debe de ser. Después de todo, siempre has mostrado un gran interés por mí, y tengo que creer que tienes fundamentos para hacerlo. —Y supón que llegas a la conclusión de que he apostado mi dinero, por decirlo así, al caballo ganador. En ambos casos. ¿Entonces qué? Su sonrisa era algo más que maliciosa; era casi socarrona. —Bueno, ¿no me has dicho que debería casarme con un gran hombre? ¿Qué mejor que elegir al que tú estás creando? La situación se me estaba yendo de las manos. Era hora de ponerse serios. —Pensaba que ya habías encontrado a tu héroe. —¿Ted? Oh, no hay nada todavía. Además, estoy comenzando a preguntarme si el viejo no va a vivir para siempre. Cada vez que lo veo parece más fuerte. Yo estaba serio, pero ella todavía bromeaba. Se lo estaba pasando bien conmigo. ¿Podría estar celosa de mi interés por Max? —Griswold es todavía un muchacho, de veras. Todavía no sabemos en lo que se convertirá. Tiene un largo camino por hacer. Y él es cuatro años más joven que tú. —Tres años. —No juegues conmigo Varina. No es propio de ti. — Al contrario, es muy propio de mí. Ya he conocido a muchos Maxes, ¡y nunca les he tocado ni un pelo de su cabecita! Yo estaba empezando a enfadarme e hice una pausa para asegurarme de que no perdería los nervios. —Pero esta vez no sabes con quién estás tratando. Es un joven muy profundo. —¡Y esto es precisamente lo que le hace atractivo! De verdad, tío Oscar, no sé lo que te pasa. ¡Si tu protegido va a sentirse dañado por un coqueteo con una chica guapa en un lugar de veraneo, es que no está a la altura de tus nobles sueños! Ahora, por favor, querido padrino, vete a casa y déjame terminar el libro. Te estás poniendo de mal humor, y eso no es propio de Sócrates. Asentí con la boca cerrada y me volví a casa. Había llegado al punto en el que oponerme no hubiera hecho más que empeorar las cosas. Al día siguiente insistí en ir al Club de Natación al mediodía, a la hora en que mis coetáneos, al menos las señoras, se reunían bajo las sombrillas para tomar el cóctel y cuchichear, y la gente joven, acabado el tenis, se reunían en traje de baño al fondo de la larga piscina. Vi a Max, sentado al lado de Varina en el centro del grupo, sus ojos ridículamente fijos en ella. Verdaderamente ¿podía haber imaginado que fuese tan estúpido? Gordon se acercó a mí y me vio mirando. —Menudo tutor que tienes, —observé con sarcasmo—. ¿Es para eso para lo que le estoy pagando? —¿Por qué no? Pensé que querías exponerle al haut monde. Pulirlo y darle

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lecciones de galanterie. Supongo que ahora, te estás preguntando si no te habrás excedido. Me guardé para otro momento mi charla con Gordon acerca de la impertinencia filial. —Me pregunto si no debería enviaros a los dos a Gant para pasar un par de semanas. —Gant era mi club de pesca de Canadá—. La señora Pierce me dijo esta mañana que Varina iba a subir a Murray Bay a final de mes a visitar a los Lewis, todavía estará allí cuando volváis. Y después será hora de que Max vaya pensando en Yale. —¿Da la casualidad de que la señora Pierce te ha dicho eso? —Gordon entornó los labios en un silbido silencioso—. Entonces sabe lo que está pasando. Obviamente no quiere perder al heredero de los tabloides por un rústico «nativo». Pero verbum sapienti, Pater. No nos envíes todavía. Sospecho que la divina Varina puede estar a punto de darle el golpe de gracia. ¿No sería mejor que viniese de ella antes que de ti? No me quedó más remedio que estar de acuerdo con eso, así que elegí la inacción que, a fin de cuentas, la mitad de las veces resuelve los problemas más acuciantes. Y en tan sólo tres días el problema pareció resolverse milagrosamente. Ted Lewis llegó a Bar Harbor —nunca sabré si alertado por la madre de Varina— y se alojó en el hotel Mallvern. Pronto se le vio en todas partes en compañía de Varina. Parecían estar más unidos que nunca. Entonces llegó la noche en que Max no apareció para la cena. Gordon me dijo que su tutor se había marchado del Club de Natación tras lo que parecía haber sido una pelea con Varina. No habían estado al lado de la piscina, como solían, sino abajo, en la playa, fuera del edificio, donde el siempre vigilante Gordon los había descubierto. Max había estado gesticulando violentamente y luego se había marchado de repente; cuando subió corriendo las escaleras pasó rozando a Gordon sin decir una palabra. Gordon lo había seguido hasta la salida del club, hasta que lo vio desaparecer por la calle principal. Había dejado el coche a su pupilo, por supuesto. Creímos que se había ido a casa de su madre. Pero cuando llamé a Helen después de la cena, su hijo no estaba allí, ni había sabido nada de él. Todavía no había llegado a casa cuando nos fuimos a la cama, pero me resistí a la sugerencia de Constance de llamar a la policía. Esperaríamos al menos hasta la mañana. Con todo, no pude dormir bien, y cuando a las cuatro de la madrugada oí pisadas abajo, en el camino de grava, bajé para abrirle. Me lo encontré sentado en el porche, esperando el amanecer. A la luz de mi linterna parecía una estatua de piedra. No se volvió ni me habló. —¿Estás bien, Max? —Sin respuesta—. ¿Estás sobrio? —Ahora sí. Fui a nadar al océano. —¿Te importa si me quedo? —No me importa nada. Nos quedamos sentados durante un rato en silencio, él absolutamente

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indiferente a mi presencia. —Creo que sería una buena idea —me atreví a decir por fin—, que Gordon

y tú os subáis a Gant durante un par de semanas. Mi cabaña está en los

bosques, bastante lejos del campamento. Tendréis la naturaleza sólo para vosotros. —¿No le importaría si dejo el trabajo y me voy a casa? —él todavía no me miraba—. No le he hecho demasiado bien a Gordon en las últimas tres semanas.

Debería sacarme a patadas. —Pero yo no quiero hacer eso. Ni Gordon querría que lo hiciera. ¿De verdad que todavía no sabes que somos tus amigos, Max? Por fin se dio la vuelta para mirarme, y pude verle la cara con claridad gracias a la luz del vestíbulo. Estaba impasible, sólo se apreciaba una pizca de resignación severa. —Lo sé, señor. Pero desperdicia su amistad conmigo. —Deja que eso lo juzgue yo. Pero dime por qué lo piensas. —¡Porque soy un estúpido! He perdido completamente la cabeza por la zorra de su ahijada —ahora sus ojos eran desafiantes—. ¿No querría ahora ponerme en la calle? Porque no lo retiraré. —Ni te lo pediría. Creo que su conducta justifica el término con creces. Lo único que puedo decir en su defensa es que no siempre es así. Se encogió de hombros y volvió su mirada hacia el mar que entonces palidecía. —Perdí la cabeza. A mí no me importaba quién era ella o quién era yo. ¡Yo quería casarme con ella! ¿Ha oído usted algo más estúpido? Quería que se escapase conmigo. Pensé que podía pedirle algo de dinero a Gordon. Y si no me

lo hubiese dado, pensaba robárselo de la cartera. ¿No sabe que guarda billetes

de cien dólares en la cartera? Aquello apenas me sorprendió. Nada de Gordon me sorprendía. —¿Y cómo reaccionó Varina a todo esto? —Se cagó de miedo. Había estado jugando con fuego y de pronto todo se le incendió. Hizo todo lo que pudo para contenerme. Finalmente me confesó que desde el principio había estado comprometida con el imbécil de Lewis. —¿Sí? —Volví aquí y robé una de sus botellas de whisky. Vagabundeé por el bosque y bebí. Me la hubiera bebido entera, pero se me escurrió de la mano y se golpeó con una piedra. Quería matarme. Entonces me zambullí en el océano y salí nadando al mar. Pero durante todo el tiempo sabía que no me iba a ahogar. Volví nadando, me vestí y me senté en la playa hasta que estuve sobrio de nuevo. Era un loco jugando a estar loco —Su disimulada sonrisa era aguda y penetrante—. Como Hamlet. —Pero afortunadamente no tienes que matar a un rey. Con el tiempo, puedes encontrarte lo suficientemente recuperado como para asistir a la boda de Ofelia con indiferencia.

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—¿Cree que invitaría a alguien como yo? —dijo con una sonrisa—. De cualquier modo, ya ve qué farsante soy. —Mi querido muchacho, todos somos farsantes. En el sentido de que nunca somos el romántico con el que nos gusta soñar. Y eso es también bueno. No te maltrates. Por lo demás, ahora podrías estar en el fondo del Atlántico. —Al menos sería un cadáver auténtico, y no el público de mi pésima actuación. Ahora entiendo lo que Varina era para mí. Era esta isla. La sirena. La hechicera. ¡Era todo lo que yo nunca había tenido! ¡Quería follarme a Bar Harbor! —Creo que sospechaba algo así. Esperemos que la chica traviesa se borre de tu mente. Y tú deberías irte a la cama con la pastilla para dormir que te voy a traer. No quiero verte todo el día nervioso. ¡Y nadie va a hacerte preguntas!

***

Pero Varina nunca se borró de su mente, ni mucho menos. Su imagen, descubriría más tarde, sólo había terminado arrinconada en el fondo del subconsciente de Max. Con el tiempo él prosperó. Fue admitido en la sociedad Skull & Bones, y elegido para el comité del Yale Daily News y para Phi Beta Kappa. Hizo muchos y buenos amigos entre los primeros de clase. Sus ademanes se hicieron más relajados, su encanto más sobresaliente. Apenas si quedó alguna huella del muchacho pueblerino y suspicaz. Cuando ahora me visitaba en Nueva York, era una compañía interesante y agradable.

dejad que le mire el diente al caballo regalado. Había algo

en él que, por un agujero minúsculo, dejaba entrever al joven artificioso que lo

hacía todo a la perfección —demasiado a la perfección. En Los embajadores de Henry James Little Bilham dice de su amigo Chad Newsome —a quien todo el mundo encuentra transformado en un caballero modélico por la influencia de Madame de Vionnet—, que a él también le gustaba como era antes. Y eso es lo que yo sentía exactamente algunas veces por Max. Le comenté esto a su madre, pero ella sólo encontraba mejoras en su cambio. —Lo que usted tomaba como un signo de integridad era solamente mala educación. Los principios de Max siguen siendo tan firmes como lo eran antes. Se ha refinado, eso es todo, y hubiera sido un zoquete si no lo hubiera hecho, con las maravillosas oportunidades que usted le ha dado. Cuando le pregunté por la chica de la biblioteca, dio un bufido. —¿Cómo iba a volver con ella después de haber tocado el cielo? La chica de los Pierce al menos hizo eso por él. Aunque ella no le quisiera de verdad, le enseñó lo que puede ser el amor. No iba a volver de nuevo a la señorita Ratoncita. —¿Y cómo se lo tomó la señorita Ratoncita? ¿Se le partió el corazón? —Oh, un poco. Y fue lo suficientemente bruta como para demostrarlo; lo

Y sin embargo

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llamó, llorosa: «¿Ya no voy a volver a verte, Maxy?». Las tontas como ella se merecen lo que tienen. Dejan mal a nuestro sexo. Podría haber conseguido a Max de nuevo si hubiese jugado bien sus cartas. Pero las madres no enseñan a sus hijas nada hoy en día. ¡En este caso, gracias a Dios! Preferí no preguntarle a Helen qué es lo que le habría enseñado a una hija si la hubiera tenido. El éxito de Max continuó imbatible en la Facultad de Derecho de Yale, de cuyo periódico se convirtió en director. Yo esperaba, por supuesto, que entrase en mi empresa después de licenciarse, pero no estaba seguro de que hubiese abandonado su temprana decisión de ejercer en su estado natal. Nunca me lo dijo y yo nunca se lo pregunté. Pero cuando en el otoño del último curso resultó esencial discutir el asunto, tuve la impresión de que ya no se oponía a comenzar su carrera en la «gran ciudad». El tema surgió cuando fui a sus habitaciones a tomar algo tras un partido de fútbol en New Haven. Pero volvió a hacer gala del tono irónico del pasado. —Me doy cuenta, señor Fairfax, de que para pagarle los favores a mi munífico benefactor tendré que pasar un tiempo en la sombra, en las mazmorras de su bufete. Pero no para siempre, espero. ¿Esto no es Doctor Fausto, verdad? Su sonrisa era jovial, pero no me gustaba. —¿Qué quieres decir con eso? —le pregunté bruscamente. —Bien, ¿no es usted el Mefistófeles de Jason, Fairfax & Richards? ¿No me ha colmado usted de todos los placeres terrenales durante los últimos seis años para llevarse mi alma a su ardiente infierno? Yo gruñí. —Podría haber tenido una docena de abogados tan buenos como tú a cambio de nada. Se ponen a la cola cada primavera, rogando que los incineremos. —Sí, pero usted me quería a mí ¿no? Y me pregunto por qué. —No le preguntes a tus amigos sus razones. Podrían dártelas. Pero es cierto que creo que un aprendizaje en mi empresa sería la mejor preparación posible para lo que desees hacer más tarde, se trate de lo que se trate: la política, la banca, la judicatura o incluso la enseñanza. —Pero usted está seguro de que cuando haya entrado en el bufete, me quedaré. Piensa que el trabajo me absorberá demasiado, que entraré en la carrera por la admisión como socio. Y cuando la haya ganado, en otra, todavía más desesperada, por convertirme en socio principal. Me cubrí los ojos con las manos cerradas, como si estuviese siguiendo una carrera de caballos a través de los anteojos:

—¡Vamos, Griswold! ¡Date prisa! ¡Corre, Griswold! ¡Lo logró! —y bajé las manos—. ¿Es así como me ves? La risa de Max, todavía tan alegre, tenía sin embargo una nota de tristeza. —Oh, sí, veo que, desde la cuadra, me conduce a través de la rugiente

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multitud. Usted me advirtió hace años, por supuesto. ¿Así es como se divertía, no es cierto? Siempre ha jugado limpio. Ahora no se enfrenta más que a la natural mezquindad de un protegido que quiere atribuir sus errores a su benefactor y su éxito exclusivamente a él mismo. Sé muy bien que solicitar una entrevista en Jason Fairfax ha sido mi propia decisión. —Entonces ¿la has solicitado? — Ya tengo una cita. Sin siquiera mencionar su nombre. —¡Bien! Entonces no tendré que mencionar el tuyo. Mefisto puede regresar al Hades con su contrato sin firmar. ¿Nos tomamos otro trago de ese bourbon? La vida de Varina, sin embargo, había tomado un rumbo de lo más desagradable. Como señora Lewis, el poder que había querido ejercer en su nueva familia brillaba por su ausencia. Su suegro no había mostrado inclinación alguna por ceder ni la más mínima parte del control de su cadena de periódicos. De hecho, las manifiestas ambiciones de su progresista nuera quizá desempeñaran un papel destacado en aquel cambio de opinión: había abandonado la idea de una jubilación inminente. Y lo peor de todo, se quejaba Varina, indignada, era que su esposo, lejos de hacer gala de la independencia respecto de su progenitor de la que tanto había alardeado durante su noviazgo, ahora se le aparecía como el miembro más sumiso de una familia sumisa. —Todo fue una actuación, tío Oscar. Vio todas las cosas que yo quería y dio por sentado que no eran más que los sueños de una estúpida recién salida de la adolescencia, que se pasarían con el primer niño. Bien, si eso es lo que él cree, el primer niño tardará mucho en llegar. Estoy comenzando a sospechar que lo único en lo que cree es en mantener la fortuna familiar intacta. Ahora habla de esta fortuna como si fuera una empresa sagrada. Toda esa cháchara acerca de construir un mundo mejor y una América más justa era sólo un escaparate con el que impresionarme. La chaqueta atrevida que un hombre sólo se pone cuando es joven porque más adelante —y eso lo sabe todo el mundo, ¿no es cierto?— se volverá tan soso como su odioso padre. La peor parte de todo esto, reflexioné con tristeza, era que no había ni una pizca de amor en su tono. Lo que parecía preocuparle más no era que Ted hubiese dejado de ser el hombre al que amaba, sino que hubiese dejado de ser el hombre al que necesitaba para impulsar su propia carrera. ¿El asunto con Max la había precipitado a un matrimonio prematuro? ¿No habría podido explorar la verdadera naturaleza de su ni profundo ni sutil cónyuge con unos meses más de cortejo?

***

Pearl Harbor hizo que la Marina alejara a Max del bufete (donde había estado trabajando durante un año) y a Ted Lewis de sus periódicos. Max se convirtió en oficial de un destructor en el Atlántico, y el marido de Varina, en

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oficial de inteligencia de un portaviones en el Pacífico. Varina trabajaba en el Comité para Oficiales en Nueva York, del que yo era presidente, donde cosechó tantos éxitos como cabría esperar. Mi alegría, sin embargo, se vio empañada por el rumor de que estaba teniendo una aventura con un comandante de la Marina Real con destino en el Atlántico. No me lo contó, ni se lo pregunté. Mi falta de simpatía por la decepción confesa que se había llevado con su marido nos había separado un poco, y ahora la brecha se había agrandado. Que engañara a su esposo mientras él estaba destacado en el extranjero me disgustaba profundamente. Pero la siguiente prueba a la que me sometió fue considerablemente más

dura. El oficial británico resultó ser sólo un paréntesis, un breve primer capítulo

en

el ejercicio de su recién descubierta independencia. Max solía hospedarse en

mi

casa en las raras ocasiones en las que su barco fondeaba en Nueva York. En

una de esas ocasiones se tropezó con Varina, que había venido a entregarme unos informes del comité que yo presidía. Tras el impacto, algo incómodo, de encontrarse con su antiguo amor y de comprobar lo contenta que parecía de

verle, Max, balbuceante, la invitó a salir con él por la ciudad aquella noche, una expedición en la que yo obviamente no estaba incluido. No regresó hasta las cuatro de la madrugada, tan sólo dos horas antes de volver al barco. Permaneció mudo respecto a lo que había ocurrido o dejado de ocurrir, y a mí sólo me quedó esperar que no volvieran a verse durante un buen tiempo; y si

no volvían a verse nunca más, tanto mejor. Estaba equivocado. Dos meses

después, cuando Varina se tomó una semana libre, descubrí que se había ido a Charleston, donde el barco de Max estaba en dique seco para algunas reparaciones. Ella, que antaño había sido la presa, se convertía en cazadora. ¡Todo era sencillísimo, banal, incluso! El muchacho de provincias, hosco e incoherente en su primer amor se había transformado ahora en el frío y apuesto

oficial de la Marina al que su destreza en el manejo del choque de su barco con

un submarino le había valido una condecoración. Cuando Varina volvió a la

ciudad y me invitó a comer en uno de los restaurantes franceses más caros, me preparé para lo peor. El primer sorbo del cóctel la llevó derecha al asunto. Dejando la copa en la mesa e inclinándose hacia delante con un candor encantador pero nada espontáneo, iluminada por su sonrisa más seductora, me confesó —o al menos aparentó confesarme— que estaba perdidamente enamorada. —Si Max estaba enamorado como un niño aquel verano en Bar Harbor, ahora soy yo la que está enamorada como una niña. ¿Y sabes una cosa, mi querido padrino? El amor de niños es el mejor. —¿No eres ya bastante madura para un amor de adolescente? —Tocada y hundida. Supongo que tenía que esperarlo. Lo que quiero decir es que para mí es el primer amor. —¡Pobre Teddy! ¿Y con él, qué sentías? —Ilusión. Pura y simple. Pero yo no tengo toda la culpa. En parte, fue culpa

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suya. Él aparentaba ser lo que no era. Era como si hubiera estado escondido debajo de la mesa tomando notas mientras tú y yo charlábamos acerca del tipo de hombre con el que me casaría. ¡Como si nosotros le hubiésemos dado las pistas de cómo pasar la prueba de candidato! —¿Y qué esperaba él que hicieras cuando se le cayera la máscara? Debería de haber sabido que eso sucedería. —¡Oh! Él pensaba que, para aquel entonces, ya me tendría asegurada. Yo sería una sometida ama de casa deslumbrada por sus proezas amatorias y con un niño para distraerme. Yo suspiré. —Bueno, es obvio que ni te ha sometido, ni te ha deslumbrado. Me concentré en el menú, pero solamente para que me diese tiempo a pensar. Cuando ya habíamos pedido, volví a la carga:

—Bueno, ¿entonces cuáles son tus planes? Apuesto a que será el divorcio. ¿Se opondrá Teddy? —No, si no reclamo pensión. No hay problema. —¿No te hizo firmar un acuerdo prematrimonial? Ella dudó. —Sí. —¿Y la cantidad que te correspondía era sustancial? —Teniendo en cuenta la fortuna del viejo, no gran cosa. —¿No deberías devolverle el dinero? —Tío Oscar ¿estás loco? ¿Por qué iba a hacerlo? —Porque has sido una mala esposa. Todo ese sinsentido acerca de que te defraudó. Él estaba muy enamorado e intentaba ser lo que tú querías que fuese. Si no pudo convencer a su padre no fue su culpa. Y cuando descubriste que no podías obtener de él todo lo que querías, rompiste la baraja. ¿No es así más o menos? Varina se guardó bien de perder los nervios conmigo. Además, nunca perdía los nervios a menos que le resultase ventajoso hacerlo. Había conseguido transformar la frialdad básica de su naturaleza —que ella, muy inteligente, nunca exhibía ante las personas sentimentales— en parte de su encanto. Era absolutamente consciente de que yo era todavía un factor importante en la vida de Max —cuán importante, ella eso no lo sabía a ciencia cierta— y no iba a arriesgarse a perturbar sus probablemente exagerados sentimientos de lealtad y gratitud. —Llevas algo de razón, tío Oscar, aunque te muestras demasiado duro. Pero deja que te haga una pregunta. ¿No desempeñaste tú un papel importante en convertirme en lo que soy? ¿No me indicaste el camino para casarme con un gran hombre? ¿Y no levantaste y educaste a ese hombre y lo colocaste en frente de mis narices? ¡Sé justo ahora! ¿No me advertiste de que hasta que las mujeres ocuparan su propio lugar en este mundo de hombres, deberían usar las armas que tienen? ¿Y cuáles eran esas armas, sino el sexo y el matrimonio?

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—Puede que haya utilizado semejante argumento —repliqué acaloradamente—. ¡Pero nunca sugerí que el sexo pudiese ser utilizado sin sentimiento, o que se debiera contraer un matrimonio sin amor! Te estaba aconsejando para que sacaras el mejor partido de tu vida. En todos los sentidos. —Me enseñaste a nadar y guardar la ropa. Eso es lo que hiciste. Bueno, pues eso es lo que estoy haciendo ahora. Que cometiera un error no quiere decir que tenga que pagarlo el resto de mi vida. Amo a Max, y él me ama, y vamos a ser una pareja fantástica. Y tú lo habrás provocado, tío Oscar. ¡Será tu triunfo! —¡Un triunfo construido sobre el adulterio y un hogar destrozado! Pero Varina simplemente movió despacio la cabeza, con una pequeña sonrisa fija que parecía relegarme a un asilo. —Ésas no son palabras que tengan mucho sentido en un mundo en guerra. Tenemos que vivir de las migajas que podamos recoger. —Tendré que rebuscar a ver si queda alguna para mí —Miré fríamente el prosciutto que el camarero me había colocado delante—. No esperes que baile el día de tu boda. Tomó esto como un propósito de tregua y entonces procedió a contarme, con tranquila lucidez, sus planes para casarse en el próximo permiso de Max y conseguir un apartamento en Washington en cuanto lo trasladaran, como cabía esperar tras haber pasado dos años en el mar, a un puesto en tierra en el Ministerio de la Marina. Las cosas salieron como deseaban, y Max y Varina se casaron en Nueva York en una ceremonia civil en un juzgado al que no fui invitado. Varina no se había tomado en serio mi petición de quedar al margen, pero Max lo hizo tras recibir una nota que, en mi amargura, no pude resistirme a enviarle:

«¡Te hago llegar las felicitaciones que le corresponden al hombre que por fin ha visto cumplida su ambición de follarse a Bar Harbor!».

***

Mi odiosa nota produjo el efecto de cambiar mi relación con Max para siempre. Me equivoqué al enviarla, por supuesto. ¿Quién era yo para creer que podía guardar a Max Griswold en un jarrón de cristal? Varina no había tenido escrúpulos con su esposo, pero ¿y él? ¿los había tenido? ¿Acaso no peligraba aquel matrimonio antes de su aventura con Varina? Lo que creo que realmente me importaba era mi sospecha de que Max no se enfrentaba con lo que estaba haciendo, de que se estaba ocultando a sí mismo un cambio fundamental en su lealtad a los cánones idealistas de su juventud, de que estaba corriendo un velo sobre lo que, en un primer momento, Varina había simbolizado para él. Ahora todo era amor, amor, amor y no quería que le recordasen que la sirena ante la que había sucumbido tan alegremente, deliberadamente, incluso, era la sirena de aquel viejo mundo que un día despreció. Max nunca me perdonó, de eso estoy seguro. Pero tampoco rompió

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conmigo. ¿Cómo iba a hacerlo? Me debía demasiado, y nunca fue un hombre

que eludiese una obligación. Sólo tres años después de la guerra se convirtió en

mi socio, como más tarde lo fue de mi hijo, Gordon, cuya devoción por su

antiguo tutor nunca flaqueó. Y siempre fue, por supuesto, el marido de mi ahijada. Ella, empeñada en negarse a admitir que yo hubiera podido desaprobar su matrimonio, consiguió que nadie advirtiera que me había distanciado de ella y terminó por inducirme

a que, entre divertido y resignado, diera por buena su versión de la historia. Yo

era el as que se guardaba en la manga para jugar bien sus cartas o derrotar al

adversario. No, los Griswold no iban a permitir que desapareciera de sus vidas. Tan sólo me cabía esperar, algo de mala gana, que les hubiese resultado tan útil como ellos parecían creer. Porque siempre he querido a Max; le quise como si fuera mi hijo, y he querido a Varina. Esos dos amores nunca murieron; por momentos resplandecerían de nuevo, casi con brillantez. He tenido que recordarme muy a menudo que no fue ni una locura ni un gesto arrogante por mi parte haber soñado que podía hacer un caballero de un hombre cuyo verdadero destino era convertirse en un hábil funcionario o en un abogado de éxito. Como Browning dijo, un hombre debería apuntar más allá de su alcance; ¿de qué sirve el cielo, si no?

¿Qué quiero decir, con todo esto? ¿De qué me quejo? ¿Acaso habían incurrido Varina y Max en algo más que un pecado menor? ¿No son ambos admirados? ¿No adoran todos a Varina? ¿Qué más podía esperar yo, viejo loco e irrazonable? Bien, permitidme que, simplemente, deje constancia de algunos hechos que se me atragantan. En la administración Kennedy, y presionado por Varina, Max

se tomó un tiempo de permiso en el bufete para ocupar un cargo de

responsabilidad en la CIA. Alquilaron una encantadora casita de estilo renacimiento griego en Georgetown, y el «salón» de Varina se convirtió en el resplandeciente centro de toda la gente guapa y brillante de la corte de Camelot. Si uno entraba en la casa de los Griswold, entrar en la Casa Blanca resultaba el lógico paso siguiente. Nunca aprecié el encanto de la familia Kennedy. Los Kennedy me llamaban la atención como fenómeno comparable al de los Bonaparte en la Francia del siglo XIX, quienes no deslumbraron al pueblo por sus convicciones políticas ni por sus ideales —siempre oportunistas—, sino gracias a que supieron ganarse al público explotando su interés por la fantasía y el romance. Napoleón dijo que para gobernar una nación todo tenía que ser à la mode; un gobierno nunca puede ser aburrido. Esto le iba a la perfección a Varina: tanto ocupando un cargo público (llegaría a ser congresista) como recibiendo a sus invitados en el salón de su casa, siempre estaba a la última: la última moda, el último tema de conversación, la última ideología. ¿Y Max? Nadie sabía lo que hacía en la CIA pero tengo razones para

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sospechar que siempre apostaba, encantado, por los ganadores. Cuando compartí con él mi opinión de que si, como se rumoreaba, sus colegas habían planeado el asesinato de un dictador extranjero, aquello sería, simple y llanamente, un asesinato, se limitó a parpadear y murmuró: «Vamos, Oscar, no seas blandengue». Max no sobrevivió a la purga que siguió al desastre de Bahía Cochinos, pero esto no lo desalentó ni ensombreció su reputación. Todo el mundo reconoció que el presidente había tenido que arrojar algunas cabezas al airado público; el propio Kennedy admitió alegremente que, bajo la fórmula de gobierno británica, él mismo hubiese tenido que caer. Max se reincorporó, exultante, a nuestro despacho, donde al cabo de unos años —sin haber cumplido los cincuenta— sucedió a mi cuñado como socio principal. En los albores de la era de las fusiones y adquisiciones, práctica feroz e implacable que, al principio, los grandes bufetes de la ciudad despreciaron, Max supo identificar la oportunidad de convertir a nuestro bufete en el más lucrativo del país. A un precio que se me antojó desorbitado, sedujo a dos expertos de una firma pionera en el campo y puso en marcha un departamento de fusiones y adquisiciones que no tardó en emplear a cincuenta abogados y que, con el tiempo, llegaría a los cien. Protesté amargamente, pero fue inútil. Observé que este nuevo «arte» obligaba a recurrir a la demanda simplemente para hostigar al contrincante y no, como dictaban las antiguas reglas éticas, para prevenir un agravio, cobrar una deuda o reclamar una suma por daños y perjuicios. —¿Pero qué somos ahora, sino picapleitos? —pregunté. Max, como Varina, no parecía perder los nervios nunca. Siempre actuaba como lo que parecía: un perfecto diplomático. Los años no le habían ensanchado la figura, y tampoco había perdido un sólo pelo. Apuesto, musculoso, soberbiamente trajeado, con el pelo atractivamente plateado y una sonrisa cuya simpatía ocultaba cierta condescendencia, me aseguraba que apreciaba mi preocupación por las normas del pasado mientras, a la vez, me conminaba a enfrentarme a las normas de hoy. —Querido Oscar, lo que dices de las antiguas reglas éticas es absolutamente cierto y, de hecho, si nos rigiéramos p or esas normas, seríamos unos picapleitos. Pero en unos cuantos años —y si me apuras, mucho antes— no habrá bufete de más de cien abogados que no se dedique a este nuevo negocio. No se puede parar el cambio social. Ni tú ni yo hicimos el mundo, a fin de cuentas. ¿Recuerdas cómo te quejabas de la publicidad de los abogados, cuando se aprobó por primera vez? La única razón por la que no recurrimos a ella fue porque nuestros mejores clientes la encontraban vulgar. No tenía nada que ver con la moral. Mi hijo Oscar, tu tocayo, vive en Yale con una hermosa muchacha. ¿Le acusa alguien de fornicar? ¡Ni siquiera tú! ¡Tú serás el primero en darme las gracias cuando leas que Jason, Fairfax & Griswold tiene la rentabilidad más alta por socio del país!

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Su profecía fue cierta. La pensión que Varina había recibido de su primer marido no fue más que una gota en el océano comparada con los ingresos de Max. Pero yo no le di las gracias. Estaba contento de tener, como socio jubilado, tan poco que ganar en la bonanza. Pero la mayor ironía se manifestó en la carrera de Varina. Aunque Max se había convertido en el héroe de la nueva derecha, el héroe de un mercado bursátil libre —qué digo, casi libertino—, en uno de sus más vigorosos y astutos valedores, su imagen todavía era bastante amable. Era admirado, pero aquella admiración quedaba restringida, a la práctica, al mundo de los negocios, en el que el éxito lo es todo. Varina, sin embargo, era admirada en otros mundos. Su belleza y su encanto parecían acrecentarse con los años, y como anfitriona, en su gran ático de Park Avenue decorado con cuadros expresionistas, era entrevistada y fotografiada por una plétora de columnistas. Pero su mayor éxito había sido el de despuntar como paladín de los progresistas. Tendía la mano a los pobres y a los sin techo. Era una Maria Antonieta que distribuía su pastel. Disfrutó de dos periodos como congresista demócrata por Manhattan y fue elegida para dar la conferencia inaugural en una convención presidencial. Fue ella quien, al final, subió los peldaños del éxito de su marido para alcanzar el rango más alto, el de ídolo público. ¿Y dónde me dejaba eso a mí? Constance, que aunque siempre había recelado de Varina nunca perdió su afecto por Max, mostró una comprensión inusual (en ella) por mí y por lo que, a pesar de mi reticencia a discutirlo, ella veía claramente como una de mis grandes decepciones en la vida. Fue en una limusina del bufete, volviendo a casa tras la cena con la que el Colegio de Abogados había homenajeado a Max por «sus servicios al derecho», cuando surgió el tema. —¿Vamos, querido, tienes que estar así de deprimido? No todo el mundo tiene que ver a Max como tú. —¡Pero si ha comprado esa medalla! —¿La ha comprado? ¿Qué quieres decir? —Bueno, no en metálico. Con contribuciones al turno de oficio. Nuestro despacho ha dado más que cualquier otro de la ciudad. —¿Y qué hay de malo en eso? —Nada. ¡No hay nada de malo en nada! Soy yo, sólo yo, el que está equivocado. Y siempre lo he estado. Soy un iluso, Constance. Y siempre lo has sabido. Se acercó para poner su mano sobre la mía. —Sólo eres un optimista, querido. —¿Cuál es la diferencia? —La diferencia que hay entre el cielo y el infierno. Siempre te has culpado de haber apartado a Max de una noble carrera política en Maine. Pero tú no tienes nada que ver con eso. Fue su anciana madre la que le tocó la fibra sensible antes de que tú le conocieses. Y cuando vio que ella ya era vieja para

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manejarle, no tuvo más que dejar que Varina se encargara del resto. Fue Varina quien terminó el trabajo. Reflexioné durante unos largos minutos mientras nos deslizábamos por Park Avenue a través de la lluvia, que centelleaba en la noche. —Entonces ¿atribuyes todo el mérito a las de tu sexo? —¿Prefieres atribuírtelo tú, para gloria de los del tuyo? —No se trata de la gloria, sino de la verdad. ¿Y no podría ser que Max supiese desde el principio hacia dónde apuntaba? ¿Y si quiso que su madre y su esposa fuesen sus cabezas de turco? —¡Ah! ¡Tu precioso Max! ¡Esa conclusión, querido, era la que yo quería ahorrarte!

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Hijo mío, hijo mío

La gran bomba que tanto desilusionó a mi cuñado en 1945 trajo un secreto júbilo a mi corazón, a pesar de su cruel capacidad de destrucción, porque terminó eficazmente con la guerra, y yo ya no tuve que vivir con la perspectiva de que mi único hijo y heredero tuviera que desembarcar en una costa llena de japoneses desesperados, dispuestos y ansiosos por resistir hasta el último hombre. Gordon, alférez en el momento de la rendición, estaba destinado en Guam; por un error en la asignación de destinos, nunca llegó a entrar en combate. Si se sintió aliviado o desengañado por eso, nunca lo supe; todo lo que supe fue que hizo gala de la flema con la que solía tomarse los acontecimientos que escapaban a su control y volvió tranquilamente a Harvard para terminar los estudios de Derecho que su alistamiento había interrumpido en 1942. Graduado entre los mejores de su clase y redactor del Review, recibió ofertas de importantes despachos, pero para mi sorpresa y alegría, decidió aceptar la de Jason, Fairfax & Richards. —Yo esperaba que echara a volar con sus propias alas —comentó su madre ante aquello—, o que hubiese probado suerte en otra ciudad, como Denver o San Francisco. Parece tan aburrido volver al nido familiar. No respondí. Ni siquiera le mostré a Constance lo contento que estaba, aunque ella lo sabía, por supuesto. Pero era importante que no sospechase que yo había intentado influir en la decisión de Gordon, cosa que, por otra parte, no había hecho. Nuestro hijo todavía tenía la elegante y delgada figura de su niñez, pero la

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madurez le había dado, al menos a los amorosos ojos de su padre, un cierto encanto. Su porte era todavía grave, sus ojos, todavía ligeramente desconfiados, y sus modales, tan formalmente educados como siempre, pero su alta frente pálida y su ondulado pelo rojizo le daban un toque romántico, que no contradecía la expresión precisa y el razonamiento cuidadoso de su conversación. Gordon se especializó en derecho tributario, y pronto resultó evidente que era un genio en su campo. Después de pasar sólo tres años en nuestro bufete, a nadie se le escapaba que se convertiría en socio; logró ahorros fiscales sorprendentes para nuestros mejores clientes, y el magnate del petróleo Hurbert Stairs no tomaba decisiones de importancia sin su aprobación. Sin embargo, su absoluta indiferencia ante el chismorreo y las rivalidades del bufete, sumada a su ecuanimidad y al buen trato que le dispensaba a todo el mundo, amable aunque algo distante, le protegió de buena parte de los celos y los rencores que infestaba la atmósfera competitiva de firmas como la nuestra. Parecerá difícil de creer, pero Gordon y yo nunca discutimos su futuro en la empresa. Él vivía en su propio piso en nuestra casa, como mi hermana había vivido con nuestros padres antes de casarse, y al igual que ella, se mostraba tan independiente en sus costumbres como un inquilino. Constance y yo siempre respetamos escrupulosamente su privacidad, aunque él nunca nos lo pidió; en realidad, no parecía que sintiera necesidad alguna de hacerlo. Con las expresiones de afecto filial sucedía lo mismo. Nunca tuve que decirle cuánto le quería. Siempre estuve seguro de que él lo sabía, del mismo modo que estaba seguro de que él, a su manera reservada y algo retraída, me quería a mí. Por extraño que parezca, yo sospechaba que él sentía que debía protegerme; de qué, yo no lo podía ni imaginar. Cuando su madre me regañaba, él siempre se ponía de mi parte, y no era que él subestimase el amor que nos profesábamos. Debía de ser, simplemente, que él la consideraba a ella más fuerte. Y realmente lo era. Gordon tenía muchos conocidos, pero sólo dos o tres amigos íntimos. Y todavía conocía a menos mujeres. Solía llevar a los conciertos y a las reposiciones de obras clásicas a chicas desaliñadas (hoy mujeres, por supuesto) a quienes conocía desde niño y que parecían contentas de conformarse con su simple compañía. Quizá eso fuera todo lo que debían esperar. Hasta Elvira de León, claro. Ahí es donde yo quería llegar desde el principio. No era una belleza, es cierto, pero tampoco carecía de gracia. Y ésta no era atribuible a su aristocrático origen español, porque había algo de ridículo en su padre, un conde moreno y presumido, y en su madre, una americana pálida e insípida cuyo dinero el esposo había dilapidado en pueriles causas carlistas. Quizá la explicación se hallara en la calma y la serenidad con las que parecía resignada a jugar su mala mano de cartas. Elvira, pequeña y delgada, con brazos y piernas como palillos, tenía unos preciosos ojos grandes, oscuros y

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abiertos, que parecían demasiado caritativos o quizá, sencillamente, demasiado remotos para reflejar la pequeñez del mundo que la rodeaba. El conde de León había resultado demasiado monárquico y demasiado carlista para el todavía jurídicamente interino Franco. A finales de los años cuarenta había abandonado Madrid —donde era persona non grata— para instalarse en América y vivir de la caridad de su rica cuñada, la señorita Rose Mallvern, antiguo y respetado miembro de la colonia veraniega de Bar Harbor cuya casa de campo, una fortaleza de piedra gris, se levantaba en Shore Path justo debajo de mi propia casa. Allí la desafortunada y extraña Elvira, que no tenía nada para atraer a los frívolos jeunesses dorées de la isla, llevaba una existencia apagada en la rígida y ordenada casa de su anciana tía. Aunque es cierto que de vez en cuando la señorita Mallvern, por el sentido del deber social, organizaba una cena de gala para aquellos de sus coetáneos cuyos principios morales y políticos aún aprobaba, a la pobre chica aquello debía de deprimirla todavía más. Pero no tardaría en hacer un amigo. En el verano de 1948 Gordon pasaba sus vacaciones en Bar Harbor con Constance y conmigo. Siempre ansiosos de ampliar su círculo social, los dos decidimos organizar una cena para él y otros chicos de su edad en el Club de Natación, antes del baile del sábado por la noche. A las diez observamos que la aparición de algunos invitados despertaba cierto interés. Allí estaba Elvira de León con un sombrío traje de noche negro en el que destacaba un reluciente collar de diamantes, presumiblemente una reliquia recién rescatada de la casa de empeños; caminaba hacia la pista de baile del brazo de un joven rubio, elegante pero algo fatuo con la ancha banda azul de alguna orden extranjera atravesada en la pechera. Gordon, que se había levantado y ahora se inclinaba sobre mi hombro para preguntarme acerca de la conveniencia de pedir más vino para nuestros huéspedes, se quedó impresionado. —¡Mira, papá, allí está la pobre Elvira con el príncipe Luis Carlos de Borbón y Parma! Debe de alojarse en casa de la señorita Mallvern, invitado por el padre de Elvira. —A expensas de su tía. ¿Quién es? ¿Algún pretendiente al trono español? —Todos lo son. Pero lo mejor es que la pequeña Elvira por fin tiene algo que enseñar a todos los idiotas del club. Algo que ella tiene y ellos no. ¡Un auténtico príncipe! La suerte de la chica no me impresionaba. Mirando a la pareja cuando comenzaban a bailar, pude ver que la mirada de Su Serena Alteza ya había empezado a revolotear. Y el baile de Elvira era algo desacompasado. —Más le valdría a Cenicienta no esperar a que su carroza se convierta en calabaza —observé. Y eso fue lo que, en cierto modo, terminó sucediendo. A las muchachas de Mount Desert les intrigó —aquella noche, por lo menos— la idea de la realeza. De una realeza joven y apuesta, y Elvira no retuvo a su príncipe por mucho

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tiempo. Unos minutos después de su llegada un alegre grupo los rodeó en la pista de baile y los condujo, con jovial determinación, hacia el bar, donde, tras una ruidosa ronda de bebidas, Luis Carlos se encontró de nuevo en la pista, dando vueltas con la bella y ágil Kitty Pierce, la hermana más joven de mi ahijada Varina. Gordon observó todo el episodio —de hecho, algunos de nuestros invitados se habían unido al simpático secuestro— y en cuanto vio a Elvira sentada en una silla del salón de baile pegada a la pared, desconsoladamente sola, se acercó a ella. Bailó con ella durante el resto de la noche e incluso la acompañó a casa. El indiferente príncipe se había ido con Kitty a otra fiesta. Ése fue el principio de su amistad. Gordon la conocía de toda la vida, porque incluso de niña había venido en alguna ocasión a visitar a su tía en Shore Path, pero hasta al serio Gordon la lúgubre atmósfera de la casa Mallvern le había resultado demasiado pesada. Durante el resto de esas cortas vacaciones, sin embargo, fue allí diariamente, y el último fin de semana la invitó a comer a casa. No la encontré tan tímida como había supuesto, pero era reservada, eso sí. Era obviamente inteligente, su inglés era perfecto, y su expresión, precisa. Le pregunté si el nuevo huésped de casa de su tía era un pretendiente serio al trono español. —Él no, su tío el príncipe Javier. —¿Y es Javier el candidato de tu padre? —Mi padre apoya la legitimidad del príncipe Javier, sí —Su repetición del título podría haber sido un suave reproche, pero aquello era difícil de adivinar. —La cuestión no ha sido fácil para mi padre, pero ahora creo que ve el camino claro. —¿Por qué tiene que buscar tan lejos, si el difunto rey Alfonso dejó tantos descendientes? —Porque el asunto de la ilegitimidad de la rama más antigua de los Borbones españoles todavía no se ha resuelto. Se remonta al siglo XVIII. —¿Pero no se dan casos parecidos en cualquier rama de cualquier familia real? En cualquier familia, en realidad. —Podría decirse que sí. —¿Y no son los carlistas igualmente vulnerables según las leyes genealógicas? —Había hecho mis pesquisas en la biblioteca esa mañana—. ¿No se acabó la línea masculina en 1936, con la muerte de don Alfonso Carlos? ¿No hizo falta remontarse varias generaciones para localizar a Javier? —Parece que eso es lo que quieren hacer. —¿Quieren? ¿Eso no te incluye a ti? —Bueno, ese no es un asunto en el que tenga mucho interés. La ley sálica excluye a las mujeres de la sucesión. —Pero no de la discusión. ¿Eres mayor de edad? —Sí. Tengo veintitrés años. —¿Y no quieres tomar partido en esos asuntos?

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—No, señor Fairfax. —¿Entonces, apoyas a Franco? Me mortifica recordar cómo la presioné. Pero había algo en su frialdad y en lo que yo interpreté, quizá injustamente, como un aire de superioridad, que me irritaba. —No me pronuncio sobre el Caudillo. Tuvimos una terrible guerra civil, y él la ganó. Ahora ya ha pasado. Toda mi familia y sus amigos estaban con él. Me aventuro a creer que usted habría hecho lo mismo de haber sido español. —¿Cómo puedes decir eso? —le pregunté, acalorado. Pero bajé la vista inmediatamente, temeroso de que los demás hubiesen advertido mi tono. Por suerte todos, Gordon incluido, estaban escuchando una divertida historia que contaba Constance. —En Nueva York —expliqué—, la opinión pública estaba contra él. —Pero si todas vuestras propiedades hubiesen estado en juego, no habríais opinado lo mismo. He advertido que hay un fuerte sentimiento anticomunista en este país. Tuve que hacer una pausa antes de contestar. Estaba perdiendo la paciencia. —Es cierto. Pero cuando la libertad está en peligro, no es raro que los hombres quieran morir por ella. ¿O no lo crees así? —su silencio me abocó al ridículo—. Quizá creas que no hay nada por lo que merezca la pena morir. —Espero que haya causas por las que morir. Creo que me gustaría descubrir cuáles son. Pero no estoy segura de que haya causas por las que merezca la pena matar. Gordon cazó al vuelo esta última frase y nos regañó. —¿Con qué te está atormentando mi padre, Elvira? —Me temo que cree que soy una nihilista. Pero no hay por qué preocuparse. No arrojo bombas. —¿Has sacado el tema de la guerra civil? Pídele que te explique la verdadera diferencia, si es que la hay, entre nuestros republicanos y nuestros demócratas. Me desvié de los temas peligrosos e intenté, me temo que sin éxito, congraciar a esa joven serena con mi rudeza. Por supuesto, todo aquello se debía a mi temor a que Gordon estuviese comenzando a sentir demasiado interés por ella. No me parecía la novia ideal de mi único hijo. Que eligiese volver a la isla, después de terminar el trabajo, durante dos fines de semana consecutivos de agosto no contribuyó a apaciguar mis ánimos. No estaba muy claro que hubiese venido por Elvira, pero la vio en las dos ocasiones. Constance no compartía mi preocupación. —Sólo es una compañera más —comentó cuando subí a nuestro dormitorio. Era sábado por la mañana, aquél era el segundo fin de semana que Gordon pasó con nosotros. Constance estaba haciendo las maletas para visitar a un

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amigo en tierra firme, para «aliviar», como le gustaba decir, «los rigores del verano en Bar Harbor». Habíamos acordado que yo quedaba exento de esos breves vuelos. —Siempre le han gustado las muchachas más bien sosas. Gordon no se casará hasta los cuarenta, y entonces nos traerá a casa a una mujer sorprendentemente joven y guapa. —Yo no lo apostaría. —¿Quién está apostando? De cualquier modo, Elvira me gusta bastante. Es mucho mejor que todas esas maravillosas y tontas muchachas del Club de Natación. ¡Y qué vida puede llevar, la pobre chica, con esos padres idiotas y esa horrible tía! Deberías de alegrarte de que Gordon le esté proporcionando alguna diversión. —Pero se está arriesgando. ¡No puedes querer de verdad a esa menuda y terca reliquia del feudalismo como nuera! —Yo quiero lo que Gordon quiera —dijo Constance, decidida, mientras cerraba la bolsa sobre la cama—. Y si él la quiere de verdad, cosa que dudo, entonces ella tiene que ser, por fuerza, mejor de lo que la pintas. El chico no es tonto. Y Rose Mallvern le dejará una bolsa de oro. Eso te satisfaría. —¡Tú nunca has sido justa conmigo respecto a esas cosas! ¿Crees de verdad que yo sacrificaría la felicidad de nuestro hijo por ? —¡Oh! Si sólo estoy bromeando —me interrumpió—. Ahora me voy, te llamaré desde Islesboro. Cuídate estos dos días, si es que puedes. Esa noche cené sólo, de bastante mal humor, porque Gordon había ido al cine con Elvira. Pero a la mañana siguiente, domingo, tuve un encuentro muy revelador con la tía de Elvira. La señorita Mallvern era universalmente reconocida como la última gran defensora de unos antiguos valores que empezaban a desvanecerse. Aquella delgada figura adornada con vestido y sombrero blancos que cada domingo se dejaba ver en el banco delantero de la iglesia episcopaliana y después en su mesa con sombrilla en el club, tomando una sola copa de vino blanco, simbolizaba el orden y el ritual de un tiempo pasado. Pero también evocaba una cosa muy distinta: la imagen de la eficiente directora de un campamento de verano para chicos delincuentes que se enfrenta sin vacilar a la mala conducta de sus pupilos y paga de su propio bolsillo la rehabilitación psiquiátrica de los mismos. La señorita Mallvern podía creer que el mundo se había echado a perder, pero estaba preparada para una lucha que quizá sabía perdida de antemano: la lucha por redimirlo. El domingo que he mencionado, mientras daba mi habitual paseo antes del desayuno por los muelles y pasaba por delante del Buon Riposo, nombre con el que, bastante inapropiadamente, había sido bautizado el castillo de los Mallvern, vi la pálida figura de la propietaria cruzando el césped con el propósito evidente de interceptarme, porque levantó su guante blanco saludándome con gentileza. Me paré para esperarla.

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—¿Puedo unirme a usted en el paseo, señor Fairfax? —No omitía mi nombre de pila por descortesía. Solamente lo usaba con sus coetáneos y con los niños. Cuando los últimos crecían, ella les mantenía el trato, pero esto no había sucedido conmigo. Mi padre solía decir que esto quizá se debiera a que la señorita Mallvern se acordaba de una disputa de lindes que había tenido con él. Ella no iba a trasladar la disputa al hijo, pero aun así tenía que marcar las diferencias. —Me temo que tengo que tratar con usted un tema bastante serio, —me dijo mientras caminábamos hacia el pueblo—. Y siempre me ha parecido que caminar resulta muy adecuado para este propósito. Así no tendremos que estar frente a frente, observándonos a la caza de expresiones que puedan calificar nuestras afirmaciones. Yo sonreí. —Miraré al mar, señora Mallvern. —Bien. Usted habrá adivinado, naturalmente, que quiero hablar acerca de su hijo, cuyas visitas a mi casa no le habrán pasado desapercibidas. Deje que le diga que me parece un joven delicadísimo, usted ya lo sabe, por supuesto. Pero en vistas a lo que voy a decir, es importante que usted sepa que yo lo sé. No se ven hoy en día muchos chicos de su estilo. —Me temo que es verdad. Y esto le afecta tanto a él como a nosotros. —¿Quiere usted decir que quizá se sienta solo? A mí me lo parece. Y mi sobrina me lo parece todavía más. De hecho, cuesta imaginar a una niña más solitaria. No le di la razón. No iba a dejar que me arrastrara en su compasión por Elvira. —Ella tiene a sus padres. La tiene a usted. —¡Ah! ¿Pero qué somos nosotros para los jóvenes? Su madre y yo la adoramos, pero somos dos viejas. —Admira a su padre, estoy seguro. —¿Qué le hace a usted estar tan seguro? —La he oído discutir sus puntos de vista políticos. —Su padre, señor Fairfax, es un zoquete. La sorpresa me hizo apartar los ojos del mar. Entonces la miré a ella. Ambos nos habíamos parado, y ella me dirigió una sonrisita severa. —Le dije a usted que iba a ser seria. Cuando soy seria también tengo que ser completamente sincera. Por supuesto, confío en su discreción. Pero como todos los vecinos, sé algo de usted. Sé, por ejemplo, lo que usted hizo por Helen Griswold. Usted es un hombre en quien puedo confiar. —Gracias. —Pero no quería deberle nada. ¿Qué me podía pedir a cambio? —Sigamos caminando. Le devuelvo al mar. Mi cuñado es un caballero cargado de buenas intenciones. Es recto y sincero. Pero aun así, también es lo que le he llamado. Aunque ha visto a su país devastado por una guerra civil, no dudaría en devastarlo con otra por la disputa de cuál de los dos estúpidos

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Borbones reinstaurará la monarquía. Elvira ve todo esto con una lucidez tan grande como su lealtad. Está acostumbrada a lo absurdo, pues ha crecido en un mundo sin sentido. Su familia, por supuesto, apoyaba a Franco, pero su padre ha sido cónsul en Bremen y vio a los judíos golpeados por las calles. Aunque los comunistas, al menos para ella, fueron igual de malos. Incluso peores. En un momento dado, durante la guerra, la dejaron por seguridad en un convento del que la hermana de su padre era madre superiora. Fue asaltado por los rojos, y la pobre niña tuvo que ver cómo a su tía y a las otras monjas las arrojaban en una fosa y las enterraban vivas. —¡Qué horror! —Sí, qué horror. Y cuando llegó aquí, se encontró con una sociedad frívola a la que tales cosas le traían sin cuidado. Ella perdió la fe en el dios católico que no había podido salvar a su tía, y en una América materialista no encontró otro dios. Sólo ha encontrado consuelo y apoyo trabajando en mi campamento. No cree en nada. ¡En nada, señor Fairfax! De nuevo nos paramos pero yo no hice ningún comentario. —Y ahora usted querrá saber por qué le estoy contando todo esto. Es porque creo que se está enamorando de su hijo. Y si eso sucede, se dejará el alma en el asunto. Tiene una naturaleza demasiado profunda y leal. Por eso, si su hijo no tiene intenciones matrimoniales —y me cuesta creer que las tenga, considerando lo poco atractiva que les resulta la chica a los hombres americanos— me gustaría que usted le conminase a que abandone sus visitas. — Aquí levantó de nuevo la mano de guante blanco para impedir que le respondiera demasiado pronto—. ¡Entiéndame, no estoy acusando a su hijo de falsas maniobras o de indiscreción! Estoy segura de que ha sido realmente amistoso y encantador con mi sobrina. Estoy completamente convencida de que sólo quiere divertirla y hacer que se lo pase bien. De que la compadece por todos los veranos que se ha perdido encerrada en nuestra casa. No pienso, ni por un momento, que sea consciente del efecto que ha causado en la chica. Elvira sabe dominar sus reacciones a la perfección. Pero sé que su hijo sería el último hombre en el mundo que quisiese causarle algún dolor. —No coincido con usted en su baja valoración de los atractivos de Elvira — me esforcé por contestar—. Pero estoy totalmente de acuerdo en que Gordon se horrorizaría ante la idea de herirla. Y desde luego que hablaré con él. Estaba tan agitado que tuve que volver al mar. Incluso me aparté un poco del camino para situarme sobre una roca y mirar a las gaviotas chillonas que descendían sobre la estela de un barco de pesca desde el que les habían lanzado algo. ¿Cómo podía hablar con Gordon sin empujarle a que se casara con la chica por lástima? Creo que la señorita Mallvern sabía lo que yo estaba pensando. Dio unos pasos hacia mí. —Por supuesto, sé que su hijo es un abogado brillante y que irá a más en su profesión. Y que usted en cualquier caso se ocupará de su futuro financiero.

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Pero para hacerle justicia a mi sobrina, y después de haberle hablado de sus desventajas, debo decirle que tengo la intención de dejarle una dote muy generosa. Completamente desesperado por el pesado problema que con tanta serenidad ella había descargado sobre mis doloridos hombros, estuve a punto de hacerle la vulgar pregunta: «¿Muy generosa?». En lugar de eso, murmuré algo indescifrable y me di prisa en marcharme. En casa encontré a Gordon en la mesa de desayuno, haciendo el crucigrama del Times del domingo pasado, que rara vez le llevaba más de media hora. Me senté al final de la mesa, mientras tomaba un segundo café, sin responder y ni molestarme por hacer ver que pensaba en el par de preguntas que me hizo. Y entonces, de pronto, vi cómo podría abordar el asunto. ¡Por supuesto! No tendría que mencionar a la señorita Mallvern. Ni siquiera tendría que ponerme serio. Al contrario, estaría tan jovial como pudiese. —He estado pensando en el conde de León durante mi paseo. —¿Y eso? —Gordon ni siquiera levantó la vista. —¿No se te ha ocurrido que tus visitas al Buon Riposo pueden haberle dado ideas? —Entonces levantó la vista, con una divertida sonrisita. No recordaba haber visto aquella sonrisita antes. —¿Quieres decir que podría estar sacando la escopeta? —O lo que saquen los grandes de España. —Porque a él, sin duda, ni siquiera el abolengo de los Fairfax le parecerá lo suficientemente rancio como para aspirar a una hija suya. —Quizá la adversidad política le haya hecho más tolerante. A fin de cuentas, él se casó con una yanqui. —Eso es verdad. Y supongo que podemos encajar con los Mallvern. Aunque a un varón León se le puede permitir una relajación mayor que a una mujer. El nombre de ella, en cambio, cambiaría. ¡Impensable! Me animó la ligereza de su tono. —¿No se casó una hija de Alfonso XIII con el hijo de una mujer americana? —Sí, pero su padre era el príncipe Torlonia. Y de todos modos, ¿tú sabes lo que nosotros, los carlistas, pensamos de Alfonso XIII? Por un momento pensé que nuestras carcajadas al unísono eran una señal tranquilizadora, pero su siguiente pregunta repuso la tensión. —¿Qué tipo de dote podría pedir yo? —Esa pregunta tiene truco, ¿no? ¿Hay reliquias familiares? Supongo que ese collar de diamantes que llevó en el baile era de su tía. Imagino que para saberlo, nos basta con mirar a la tía. —¿Es eso de lo que hablabais tú y ella? Necesité todo mi control para apoyar mi taza de café sin derramarla. —¡Oh! ¿Nos has visto? Él simplemente señaló hacia la gran ventana de la bahía, que tenía una amplia vista de Shore Path.

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—Me tropecé con ella durante el paseo —le expliqué débilmente. —Papá, uno no se encuentra con la señorita Mallvern. Ella se dirigió a ti. Lo vi. ¿Qué quería? —¡Oh! Tan sólo charlar. —Acerca de mí y de Elvira ¿no? —Sí —confesé al fin. —¿No le gusto? —No es eso. Tú le gustas mucho, sólo que —¿Sólo que qué? —Su sonrisa se había desvanecido y su mirada me interrogaba mientras yo dudaba—. ¿Sólo que qué, Papá? —Bien, que Elvira —¿Que Elvira no ? —¡Oh, no! —el susto me hizo confesar—. Elvira sí que quiere, y mucho. La señorita Mallvern tiene miedo de que le hagas daño. —¡Gracias, Papá! ¡Hasta luego! —Saltó de la silla y salió corriendo hacia el césped por la puerta de cristal. Le vi dando zancadas Shore Path abajo hacia el Buon Riposo. En una hora él le había propuesto matrimonio a la chica y ella había aceptado. Yo había propiciado la comunicación de la que aquellos dos espíritus tímidos carecían.

***

Uno se resigna pronto al idilio. Gordon me explicó que se habían enamorado la noche en la que el príncipe se zafó de ella, pero que ninguno de los dos había sospechado de los sentimientos del otro, y que en sus sucesivos encuentros simplemente habían charlado de sus propias vidas concentrándose en el mundo exterior, sobrios y contenidos, evitando derivas románticas. Ninguno de los dos había estado verdaderamente enamorado antes de conocerse y, sin embargo, ninguno albergaba duda alguna acerca de la profundidad y la solidez de aquella emoción nueva. «Siempre pensé que la erupción eléctrica de pasión entre Romeo y Julieta no era más que un decorado —me confesó Gordon—. Ahora entiendo por qué es un gran drama.» Afortunadamente, los amantes no fueron desgraciados. Fueron felices entonces, y todavía lo son hoy. Me gustaría poder decir que la felicidad conyugal y dos niños han mejorado el aspecto de Elvira, pero no es así. Sin embargo, tiene un aire muy decidido, y cuando entra en una habitación, la gente levanta la vista. Se lleva muy bien con Constance, y conmigo se comporta a la perfección. No creo que haya superado su desagrado inicial hacia mí, pero mientras no lo demuestre, puedo hacer ver que no existe. Si Gordon es consciente o no de esto, no lo sé; creo que ella es lo bastante inteligente como para no hacer de eso un problema. Sin embargo, tuvimos un encontronazo al final del primer año de su matrimonio. Gordon había pasado varios meses enfrascado en la realización de los

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planes para el testamento del magnate del petróleo Hurbert Stairs. La tarea parecía provocarle un orgullo arquitectónico; comparaba el diseño de la red de inter vivos y de las organizaciones de caridad, de los donativos anuales en metálico, de las fundaciones y las restricciones matrimoniales, con la construcción de una catedral medieval. Él había heredado mi amor por Henry Adams, y solía citar el fragmento de Chartres: «Desde la cruz en la aguja y la piedra angular de la bóveda, a través de la nervadura, las columnas, las vidrieras, hasta el asentamiento de los arbotantes, más allá de los muros, una idea única controlaba cada línea». Decidí que le convenía poner los pies en el suelo. —Y esa idea única, supongo, no es la fe que cubrió Europa de grandes templos, sino el mejor modo de timar al fisco. Gordon sonrió, algo arrepentido. —Podría verse así, por supuesto. Y no hay duda que así es como el señor Stairs lo ve. Pero los historiadores revisionistas dicen que las catedrales fueron construidas para satisfacer el orgullo de los prelados ambiciosos más que para agradar a la Virgen. ¿Las hace eso menos hermosas? —Supongo que no. —Entonces, ¿inventar un sistema que adopte y perpetúe un imperio financiero asegurándole la mayor exención fiscal, no puede eso ser algo bello? —Pero no durará para siempre. Sólo hasta que el Tío Sam cierre el resquicio por el que mi querido hijo ha conducido su camión. —Pero el camión ya ha pasado. Ahí está la gracia. Y después estudio el código revisado para ver hacia dónde tengo que conducir el siguiente. A Gordon sus clientes lo adoraban por el dinero que les ahorraba, pero yo sabía que a algunos les parecía demasiado estricto, demasiado rígidamente ético. Nunca le permitiría a un contribuyente, por ejemplo, reclamar una deducción dudosa en una declaración de la renta confiando en que la declaración no pasaría inspección alguna. Me enteré de que había clientes dispuestos a pagar los honorarios de una consulta verbal con Gordon sobre un asunto para luego darles instrucciones a sus propios contables sobre cómo aplicar el consejo de mi hijo de un modo diferente. Incluso el señor Stairs, que ponía a mi hijo por las nubes y le llevaba a cruceros de fin de semana en su yate, era capaz de criticarlo jovialmente. «Tu joven genio», me dijo con un golpe rudo en las costillas, «debería cobrar comisión del Tío Sam. Creo que ha frustrado más tratos de los que ha salvado.» Pero a mí aquello no me preocupaba. Las astutas predicciones de Gordon acerca de cómo podía funcionar la mente del recaudador de hacienda en una situación determinada le habían convertido en uno de nuestros asociados indispensables. Surgió una crisis sólo unos meses antes del año nuevo, año en el que, según lo acordado, Gordon sería nombrado socio. El señor Stairs, entrado en edad, dispéptico, obeso y progresivamente olvidadizo, había estado pasando gran parte del tiempo en Miami, donde había conocido a un hombre al que, en una carta a Gordon, había descrito como «un brujo de la contabilidad» y a quien, en

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un arrebato, había explicado sus finanzas personales. El hombre había sugerido la retención de un poder en un instrumento financiero importante y renovable que ahorraría a Stairs muchos impuestos, una opción a la que Gordon había conseguido que renunciase. Stairs había ordenado a su abogado en Miami, al que utilizaba para asuntos locales menores, que redactara aquel anexo y telefoneó a Gordon para anunciarle, orgulloso, que lo había firmado. Quería jactarse ante su consejero neoyorquino «sabelotodo» de que había encontrado a alguien más listo que él. Gordon vino a mi oficina después de recibir la llamada. Pensé que le iba a dar un ataque. —¡El viejo está loco! ¡La mera existencia de ese poder es suficiente para arruinar todo mi sistema testamentario! Es como el peso de la torre central en la catedral Beawais. Terminó derrumbándose, y ya no la reconstruyeron jamás. Aquella referencia en aquel preciso momento me convenció, más que ninguna otra cosa, de que en el abogado había un artista. Le miré desconcertado. —¿Y lo ha firmado de verdad? —¡Sí! Le dije que tenía que romperlo inmediatamente, por supuesto. Y obviamente tengo que ir allí. La señora Flax, la secretaria personal de Stairs, volvió a llamar a Gordon para decirle que el anciano se marchaba esa tarde de crucero y no podría verle hasta pasadas dos semanas; le aseguró, sin embargo, que se encargaría de que el trasgresor documento fuese destruido tan pronto como él volviese. Stairs sufrió un grave ataque al corazón mientras estaba en el mar, y dos más después de su vuelta. El tercero resultó ser fatal. Su hijo mayor, James, que había volado a Miami para estar con su padre en los últimos momentos, informó a Gordon de que el peligroso anexo había sido destruido por su padre mientras todavía estaba en plena posesión de sus facultades, en presencia de un testigo. Por desgracia, cuando Gordon bajó a Miami para colaborar en la autenticación del testamento y visitó al director del banco encargado de las cuentas de Stairs en Miami, se enteró de una cosa que le preocupó profundamente. El banquero era un individuo amable que, naturalmente, esperaba retener los negocios de Stairs, y en el curso de una comida los dos terminaron discutiendo acerca del poder destruido. Gordon observó cuán afortunado había resultado que el asunto se hubiese subsanado justo a tiempo. El banquero, que había bebido un par de cócteles mientras Gordon se tomaba una soda, parpadeaba maliciosamente. —Que quede entre usted y yo: la suerte no tuvo nada que ver. James Stairs, el hijo de Hurbert, me dijo por teléfono que su padre había firmado un documento revocando el original que nosotros teníamos, y me pidió que le enviara aquel original para que pudieran destruirlo. Eso hice. Pero esto fue después de que el viejo estirase la pata.

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—¿Y no le pidió que le dejara ver el documento de revocación antes de destruir el original? De nuevo aquel guiño. —Fui lo bastante delicado como para no pedirle a un cliente tan importante que me mostrase un documento que ni siquiera creo que exista. El viejo Stairs, por lo que había oído, ya estaba en coma cuando le sacaron del yate. No creo que se dedicara a revocar muchos poderes en el tiempo que le quedaba. Afortunadamente —y tan afortunadamente—, Gordon no tomó ninguna decisión acerca de su descubrimiento hasta que volvió a la ciudad y tuvo la oportunidad de discutirlo conmigo. —Le pedí a la señora Flax que me describiese lo que había sucedido. Me contó que el señor Stairs había revocado el anexo original firmado rompiéndolo en su presencia y en la de su hijo. Al parecer, ella ni siquiera sabía que James Stairs le había dicho al banco que su padre había firmado primero un instrumento revocando el anexo. ¡Ni siquiera se habían preocupado de que las dos historias coincidieran! Y cuando yo le señalé la discrepancia, ella me miró como diciendo: ¿qué persigue usted? ¿No quiere Jason, Fairfax & Richards participar en una herencia de quinientos millones de dólares? —¿Y no respondiste a la pregunta implícita? —No dije nada. Simplemente me fui. Y aquí estoy. —Bien. En la pausa que siguió, Gordon sometió a su padre y socio —¿o debería decir a su socio y padre?— a una larga y burlona mirada. —¡Lo tomo como que queremos participar en la herencia! —¿Y por qué no deberíamos hacerlo? —Pero ¿a qué precio? ¿Cuál es nuestro deber principal? —¿Con quién? —Bueno, digamos que con la ley, para empezar. Con nuestra profesión. ¿Debo permanecer en silencio mientras se perpetra un fraude a Hacienda? —¿Un fraude? —Sí, un fraude. ¿No te resulta obvio que la existencia de un importante documento financiero en el momento del fallecimiento no será declarada a las autoridades tributarias? —¿Cómo sabías que existía en el momento de su muerte? —¡Oh, papá, ya has oído lo que he dicho! —Sí, es una deducción posible. Pero no está demostrado. Tú no sabes si Stairs salió del coma. Tú no sabes que él no firmase la revocación. —Entonces ¿por qué no me la enseñaron? —Porque quizá creyeran que el tema había quedado totalmente cerrado. Podrían haber roto la revocación y el anexo original. Podrían haber pensado que no era asunto tuyo. ¡Y no lo es, en absoluto! —Padre, ¿cómo puedes decir eso? —¡Lo digo en serio, hijo! No es asunto de un abogado ir hurgando en el

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despacho de un cliente y mirar debajo de las alfombras para ver si puede encontrar un crimen o un delito. ¿Quién te crees que eres? ¿Un inspector de Hacienda? Me pregunto si una revelación de lo que sospechas a un auditor no podría ser razón para la expulsión del Colegio de Abogados. Gordon se levantó y caminó hacia la ventana. Tras contemplar el cementerio de la iglesia de la Trinidad, se volvió hacia mí. —Bien. Suponiendo que aceptara tu observación acerca del chivatazo, ¿crees que puedo ser el consejero de unos albaceas que han ocultado maliciosamente la destrucción de un documento vital? —¿Albaceas? —James Stairs es un albacea. —Uno de cuatro. El Banco Central es el principal. Puedes estar seguro de que ellos no albergan sospecha alguna acerca de lo que pueda o no haber pasado. —Pero aun así —Bien, si tu conciencia es tan delicada, puedo encargarme de que no intervengas en las herencias. Un asociado no es responsable de las decisiones de la firma. —Cierto. Pero esta herencia estará administrándose al menos durante tres años. Y si se me hace socio a primeros de enero, seré responsable, legal y moral, de todo lo que suceda en adelante, incluida la preparación de la declaración del capital de los Stairs, que incluirá la falsificación testamentaria de un hecho material. —Entonces, ¿qué propones? —Renuncio a la sociedad. Y para ser totalmente consecuente, abandono la firma. Me recogí las manos tras la cintura e incliné la cabeza hacia delante para entregarme a un momento de profunda meditación. Cuando hablé, lo hice despacio y con gravedad. —Quieres decir que, debido a especulaciones privadas hechas con arreglo a tu propia curiosidad y no de acuerdo a las instrucciones de tu cliente, y sin haber tenido noticia de cualquier mala fe ni estando obligado a hacer una declaración que tú consideras falsa, rechazas ser miembro de una empresa ninguno de cuyos miembros ha tenido nada que ver con un delito que, por otra parte, tú sólo supones. Máxime cuando el delito, si es que existió, no fue más que la rectificación del estúpido acto de un viejo loco. Gordon me sonrió. —Me gusta el modo en el que lo planteas. Sí, así es. Si la empresa representa el capital de los Stairs, no formaré parte de ella. Yo moví la cabeza. —Deja que te pida un favor. Tómate una semana de vacaciones y dedica el tiempo a pensar sobre esta decisión. Con mucho, mucho cuidado. No puedo sugerirte que consultes a los amigos, ya que eso conllevaría que revelaras

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sospechas que podrían ser perjudiciales para un cliente. Pero conociéndote, dudo que necesites consultar a nadie. Siempre te has valido por ti mismo. —Quiero hablar con Elvira. —Habla con Elvira, no faltaba más. Ella siempre ha sido realista. —¡Ah! Pero hay diferentes formas de serlo. Con esto me dejó, y como no le vi cuando pasé por su oficina a la mañana siguiente (siempre estaba sentado en su mesa muy pronto), supuse que estaba haciendo lo que le había sugerido. Fue una semana muy triste para mí. Quería discutir la crisis con Constance, pero temía que su carácter combativo y la pobre opinión que la abogacía le merecía pudieran inducirla a ponerse del lado de Gordon, y no quería añadir a mis problemas una disputa con ella. Cuando habían pasado seis días de la semana que le di, llamé al apartamento de Gordon. Contestó Elvira, y me dijo que estaba en la biblioteca del Colegio de Abogados leyendo casos de ética jurídica. En mi desesperación le pregunté si podía dar un paseo conmigo por Central Park, y ella, muy educada, accedió. Una hora después estábamos paseando por la orilla del lago. Le pregunté si él había tomado una decisión. —No me lo ha dicho pero creo que sé cuál será. Dejará la empresa. Como en el paseo con su tía el año anterior, tenía agua adonde mirar. Agua y docenas de gaviotas posadas en el banco de arena que cortaba la superficie en dos. La voz de Elvira, siempre contenida y baja, estaba desprovista de la más mínima emoción o ansiedad. Todo lo que hiciese Gordon estaría bien para ella. —¡Oh, querida, pero piensa en lo que supondrá! No sólo estará renunciando a convertirse en socio. También perderá la posibilidad de convertirse, un día, en socio principal. ¡Y de la firma fundada por su abuelo! Sé que siempre lo hará bien como abogado fiscal tributario, pero nuestra empresa, después de todo, no es algo que despreciar, y su decisión de abandonarnos, sin razón aparente, puede añadir a su reputación una cierta excentricidad. ¡Eso es lo que temo, Elvira! Gordon ya es conocido por lo que algunos abogados consideran una escrupulosidad excesiva, por no ser «uno de los muchachos» del mundo de la ciudad. Búrlate si quieres, pero esas cosas cuentan. Mientras esté con nosotros, está con hombres que aprecian profundamente el verdadero valor de su extraordinario carácter y personalidad. ¡Con la empresa tras él, no hay límites a sus ambiciones! —Usted habla de su verdadero valor, señor Fairfax. Pero su verdadero valor es precisamente aquello a lo que sus «chicos» de Wall Street están poco acostumbrados. Gordon no puede aliarse con el mal. —¿El mal? ¿No estás siendo un poco melodramática? —Llamo mal a defraudar al Gobierno para llenarse los bolsillos. —¡Pero Gordon no estaría haciendo eso! —Estaría lucrándose gracias a aquellos que lo hacen. —No estaría violando ningún canon ético. —Ningún canon de la abogacía, querrá decir.

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—Pero querida muchacha, nadie puede ejercer el derecho bajo tales principios. ¡Cada vez que sospechases que un cliente te está ocultando algo, tendrías que dejar el caso! —Gordon diría que habría que hacerlo. —¿Y tú estás de acuerdo con él? —Claro que sí. Dirá que es contrario al sentido común. Pero el sentido común nunca ha salvado al mundo de la locura. —Hizo una pausa para ir a la

barandilla y mirar las gaviotas—. He visto al mundo volverse loco. Destruyó mi fe en la gente. Y en Dios. Y en los dioses. —Sé, querida, los horrores por los que has atravesado y lo que —No, no lo sabe, señor Fairfax —me interrumpió con firmeza, y se volvió para mirarme. —Perdóneme, pero usted no lo sabe. Crecí no creyendo en nadie

ni en nada. Solamente las formas me hicieron continuar. Me agarré a ellas

porque me tenía que agarrar a algo. Y lo que fue peor, no quise a nadie. Hasta

que su hijo llegó y tomó en sus manos cada onza de amor inútil que tenía en mí. Algunas veces incluso me pregunto si quedará lo suficiente para los niños, si los tenemos. Pero eso puede esperar. Lo que digo ahora es que los principios de Gordon son mis principios. Que su ética es mi ética. Usted cree que su ética no

es

práctica. Pero es práctica para mí. ¡Es lo único práctico que he encontrado en

mi

vida! Vi y acepté mi derrota en el repentino fulgor de su mirada. Sin decir ni una

palabra más volvimos a casa. Cuando Gordon volvió a la oficina al día siguiente, no me llamó y hasta el mediodía no bajé al pasillo para ver si estaba libre para la comida. Levantó alegremente la vista de la revista Law Reporter que tenía abierta ante él. —¡Buenos días, papá! Iba a llamarte para la comida, pero creo que será mejor pedir que me traigan un sándwich. Tanta prisa es porque es viernes. —¿Quieres decir que tienes muchas cosas que terminar antes de irte? —No, no me voy. —¿Quieres decir que seguirás como empleado pero no como socio? —¿Es que tienen nuevas intenciones sobre mi entrada en la sociedad? Coloqué una mano en el respaldo de la silla que estaba frente a su mesa. —No, pero ¿y tú? —Apenas. Tengo muchas ganas de ser socio. Me pasé una mano por los ojos. —Gordon, no juegues conmigo. ¿Entonces que era todo eso de tu conciencia y la herencia de los Stairs? Sonrió y movió la cabeza, como si recordase una locura de juventud. —Estaba equivocado. Me convenciste. Fui un bruto. Mi mente rebobinó. —No me digas que trabajarás en la herencia de los Stairs. —Incluso prepararé la declaración a Hacienda. Y ahora, papá, si no te importa, tengo que continuar con este informe.

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Salí deprisa y cerré la puerta tras de mí, como si no quisiera que mi hijo se me escapara.

***

No volví a discutir con Gordon las razones de este cambio —tenía demasiado miedo de jugar con mi buena suerte— pero en una comida de domingo con invitados en casa, me permití, después de la comida, acercarme a Elvira, que se había quedado sola con su café. —Tengo que decirte lo feliz que soy por el rumbo que han tomado las cosas. —Me alegro, señor Fairfax. —No había ligereza en su tono de voz, pero ¿cuándo la había habido? Al menos conmigo. —¿Y tú no lo estás? ¿Al menos un poco? El mundo práctico no es tan malo ¿no? —Creo que es malo. Pero sé que yo quiero el mundo que Gordon quiere. —Y él quiere este mundo. —Él quiere lo que usted quiere, señor. — Y recibí al instante esa mirada suya tan firme—. Gordon no podría soportar herirle. Gordon le quiere, señor Fairfax. Creo que le envidio ese amor. O quizá sería más sincero decir que le envidio a él. Me hubiera gustado haber sentido hacia mis padres ese tipo de amor que Gordon siente por usted. Allí estaba. ¿El momento más feliz de mi vida? ¿El sentimiento de que una emoción pura y perfecta había sido dada y recibida? No el amor tumultuoso y competitivo que tenía con Constance, ni la gratitud que sentí por mi propio padre, sino una comprensión mutua, una fe mutua, una ayuda mutua. Algo por encima de cualquiera de mis amistades. ¿Y qué es lo que había hecho yo, sino usarlo para convencerle de que renunciara a sus principios y transigiera? Pero ¡sus normas eran absurdas! Lo que había hecho por Gordon fue la mejor acción de mi vida, sin duda. Y sin duda su esposa no pensaba lo mismo. ¡Pero ella era una fanática! ¿No? Por supuesto que lo era. ¿Y yo, qué era yo? Espero poder vivir muchos años para poder pensarlo.

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¿Reductio ad absurdum?

Cuando en 1873 el joven Henry James guió a Ralph Waldo Emerson, antiguo amigo de su padre, por las galerías del Louvre, se sorprendió preguntándose si alguna vez la vida habría sobornado al que todo lo ve para que no contemplara nada más que el espíritu. James escribió: «Me llamó la atención lo anómalo de que a un hombre tan refinado e inteligente le dijesen tan poco las obras de arte». El arte en nuestro tiempo se ha convertido para muchos en un sustituto de la religión, pero con la edad yo he llegado a compartir lo que imagino que habrían sido los recelos de Emerson acerca del nuevo papel del arte en nuestras vidas. A mí algunas veces me aburre lo que el mismo James llamó «el desgaste del criterio». Me preocupa con qué frecuencia el gran arte de otros es denigrado por los artistas que han sido mis favoritos. James subestimó a los novelistas rusos; sus obras eran para él «pudins líquidos». Edith Wharton encontraba las novelas de la «época importante» de James casi ilegibles; para ella carecían del jugo de la humanidad. Anatole France pensaba que la vida era demasiado corta

y

así hasta el infinito. Lo que es evidente, al menos para mí, es que es la creación del arte, más que su recepción, lo que salva el alma del artista. ¿Qué es entonces lo que salva al simple espectador o lector, como yo, que no hace nada sino recibir? Yo me he divertido imaginando que, en mi observación de las personas, era

una especie de artista. Siempre he querido analizar a la gente, «describirla», algunas veces tan sólo en mi propia mente, otras veces sobre el papel, y en otras

para un Proust demasiado largo; a Bernard Berenson no le gustaba Picasso

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ocasiones incluso me he visto a mí mismo, atrevidamente, atravesando el umbral de sus vidas y suponiendo que yo hacía de personaje secundario. Pero últimamente he llegado a la conclusión de que he hecho excesivo hincapié en los aspectos dramáticos de gente dramáticamente interesante. Está muy bien preferir el arte bueno al malo, pero la gente es la gente. Fue Gordon, hace diez años, en 1965, el primero que me llamó la atención acerca de esto. Él y Elvira vivían algo más abajo de nuestra calle en Mount Kisco, Wetchester County, a una hora de ferrocarril de la ciudad. Cuando me retiré del ejercicio de la abogacía (pasé a ser «consejero» e iba al bufete tres veces a la semana), mi esposa me convenció para vender nuestra casa en la ciudad y comprar una casa de campo cerca de nuestro hijo y nuestra nuera. Había sido un acierto, y Gordon, que era ya un veterano habitante de las afueras, se divertía informándome sobre las características y los puntos flacos de nuestros nuevos vecinos. — Ya es hora, papá, de que te mezcles con la gente corriente. —¿Eso es lo que son tus amigos? Pensaba que se consideraban triunfadores. Dudo que el adjetivo que les aplicas les hiciera gracia en una cena en el Club de Tenis y de Golf. —¡No sería tan bruto como para usarlo allí! Hablo de gente que comparte un «denominador común». Tú siempre has tendido en tu vida a concentrarte en un puñado de personajes altamente individualistas. Aquí, los de mi edad — aproximadamente entre los treinta y cinco y cuarenta y cinco años— forman un grupo bastante autosatisfecho. Están lanzados. Los abogados tienen sociedades; los banqueros son vicepresidentes. Los asesores financieros y los agentes de bolsa tienen clientes firmes, y algunos aseguradores de compañías incluso han hecho fortunas. Todos pertenecen a un club de campo y sus hijos van a colegios privados. La mayoría son protestantes y republicanos, pero a los demócratas y católicos se les considera respetables. A los judíos algo menos, pero cuando son agradables y no ortodoxos, pueden incluso pertenecer al club. Por supuesto no hay negros en el grupo, pero es que no hay negros aquí, excepto en el mismo pueblo. Las reglas de la conformidad no son duras, pero hay unas normas mínimas con las que estar de acuerdo. —¿Y cuáles son? Nada de motonieves, supongo, ni de motocicletas. Y no se pueden tener pitbulls. —Claro que no. Nada de eso. Estas personas son demasiado ecologistas y buenos vecinos para eso. Salvan los bosques renunciando a las felicitaciones de Navidad y protestando por la pavimentación de los senderos. Mi «denominador común» es financiero. Si tus niños no van al colegio preparatorio o a una facultad reconocida o si no puedes pagar el club, o si no cumples tus obligaciones sociales, poco a poco desapareces del grupo. Eres tan sólo alguien que no se ha podido mantener. Y eso es el infierno. Henry y Amelia Sigourney, por ejemplo. Son la típica pareja que nunca llama la atención. —Dime algo de ellos. Tan sólo me los han presentado.

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—Henry es un tipo decente. Tranquilo, honesto, serio. Bastante aburrido, de hecho. Trabaja en un despacho de derecho bursátil de la ciudad del que no es socio. Es de buena familia, de una familia de Nueva York de toda la vida, pero está tieso. Y eso aquí no es muy frecuente, casi todo el mundo viene de familias más ricas. Henry tiene que pasarle una pensión a su anciana madre. Los orígenes de Amelia son menos distinguidos, una de esas pequeñas familias humildes que se las arreglan para estar en el Social Register durante años sin

hacer nada, sin tener ni siquiera dinero del que hablar. Se pegan como lapas. La rama de ella, finalmente, fue a menos, y Amelia tuvo que enseñar en un jardín de infancia hasta que se las arregló, a los veintisiete años, para pescar a Henry, un licenciado en Letras. Ella pensó que terminaría sacándose el título de abogado, pero no fue así. Y ahora, a los cuarenta, está desesperada ante la idea de que sus dos hijos tengan que quedarse en el colegio público hasta que vayan

a la facultad y de que Henry termine dejando el Club de Golf y Tenis si su tío cumple sus amenazas y les cierra el grifo de su regalo anual de Navidad. Constance, que estaba escuchando, intervino entonces, indignada.

—¿A quién le daría lástima alguien con tales apuros? ¡Ella está bien alimentada, bien vestida y sus hijos están muy bien educados! ¡Una mujer como

la señora Sigourney es un gato rabioso!

—Has elegido la especie incorrecta, mamá. No es un gato; es una habitante de las afueras que responde a la llamada de su hábitat. Con unos ingresos un poco más elevados sería una persona perfectamente amistosa. Pero tal y como están las cosas ahora, es una gruñona desesperada que está haciendo de la vida del pobre Henry un infierno. A la mañana siguiente en el tren camino de la ciudad observé a Henry Sigourney más detenidamente. Su rostro era anguloso y plácidamente inexpresivo, pero sus redondas y rojizas mejillas le añadían un toque de

inocencia o quizá ingenuidad ante la gravedad de su porte. Tenía un pelo corto

y espeso que se le levantaba del cráneo como púas. Su figura era rechoncha e

iba vestido sobriamente de negro. Me dio la impresión de que se trataba de una persona reservada que, sin embargo, no estaba nada satisfecha de sí misma. Como yo, iba leyendo un libro en lugar de un periódico. —Buenos días, señor Fairfax —me saludó educadamente cuando me cambié de asiento para ponerme a su lado y, viendo que yo no reabría mi libro,

él cerró el suyo.

—Perdone, no interrumpa su lectura por mí. —Prefiero charlar con usted, señor. —Inclinó su libro para mostrarme el título. Era La excursión de Wordsworth.

—¿Lo encuentra «un poema somnoliento y desaliñado» como le parecía a

Byron?

—No, no tanto. Pero adoro El preludio, y espero encontrar el mismo tono. Y

a veces lo encuentro. Pero no demasiado a menudo.

—¿Lee usted poesía en el tren? —fruncí el entrecejo ante mi propia

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pregunta. ¿Por qué cuando vemos a una persona hacer algo una vez, tenemos que preguntar si lo hace siempre? —Sí. El año pasado me leí todo el Paraíso perdido y El anillo y el libro. Es el mejor momento del día para mí. Pensé en cómo dejaba aquella afirmación su vida en casa. —Pero entonces yo no debería de estar interrumpiéndole ahora. Ni siquiera con La excursión. —Me gustaría mucho más charlar con usted, si no le importa, señor. Sé por Gordon que usted es un gran lector. No creo que pueda haber un poema más maravilloso en el mundo que El preludio. ¿Es Wordsworth también su favorito? Durante varias estaciones fuimos charlando sobre el gran poeta. El pobre hombre estaba claramente hambriento de compañía literaria. No le hubiera resultado imposible encontrarla en Westchester, pero quizá se lo impedía una esposa hostil a sus intereses, a los que podría incluso llegar a atribuir la causa de su incapacidad para ascender en la empresa. Imaginé la escena lamentable del hombre afanándose en la oficina con sus acciones, futuros, opciones y bonos, todos igual de deprimentes, y regresando a casa con una desilusionada esposa y unos niños revoltosos. ¡Cómo tenía que valorar las dos horas diarias de independencia en el tren y el oasis de Wordsworth!

] [

Pues a veces caminaba solo

Bajo astros silenciosos y sentía en esa hora

El poder que existe en el sonido,

Por forma o figura no envilecido, Para elevar el ánimo; y en la noche negra Amenazada de tormenta, me quedaba Bajo alguna roca, escuchando notas que son

El

lenguaje espectral de la anciana tierra

O

que tenues habitan vientos remotos.

¡Quizá aquello le bastaba para ser feliz, si su apreciación era lo suficientemente intensa! —¿Ha intentado usted escribir poesía? —le pregunté. Permaneció callado por un momento. Nos habíamos parado en otra estación y mirábamos moverse el gentío en el andén. Probablemente se estaba preguntando si mi interés era sólo superficial. —Sí, de hecho lo hago. —¿Ha publicado usted algo? —¡Oh! Claro que no —exclamó con un énfasis que parecía pensado para calmar la ira de los dioses ante tal presunción—. Solamente en revistas académicas y, una vez o dos en Yale, en The Lit . Yo sonreí. —¿Una vez o dos veces? ¿No recuerdan eso siempre los poetas?

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Él asintió. —Tres veces, entonces, para ser exactos. Dos sonetos y una oda. —¿Le importaría dejarme ver sus cosas? —¡Oh señor Fairfax son horribles! Verdaderamente, auténticamente, horribles. —¿No puede dejar que yo lo juzgue? —Es usted muy amable —dudó—. Pero admito que me encantaría conocer su opinión. ¿Será usted franco? Me las envió por correo a mi oficina el mismo día, y las leí el fin de semana siguiente. La mayoría de los poemas eran monólogos dramáticos en verso blanco al estilo de los de Browning. No eran muy buenos, pero un poema no estaba mal del todo. Era el lamento de Ariadna en Naxos por haber permitido que Baco la consolara por el abandono de Teseo. Ella hubiera preferido ser el trágico descarte de un héroe sostenida por una noble y pintoresca autocompasión, que la jovial compañía con la que un payaso cautivador había disfrutado de un revolcón. Durante nuestro siguiente viaje en tren le dije a Henry cuánto me había divertido su Ariadna, y la alegría que aquello le produjo resultó casi patética. ¡Era obvio que yo era su primer lector real! Ahora siempre nos sentábamos juntos en el tren, algunas veces leyendo, otras veces charlando de poesía. Sus opiniones iban desde lo banal (no había hablado bastante con otros lectores para saber que sus comentarios lo eran) a lo preciso e incluso profundo. Mostraba unos conocimientos notables acerca del primer Wordsworth, el de las Baladas líricas, y de los «poemas de la eternidad» de Emily Dickinson. Le molestaba la oscuridad del verso del siglo XX, pero él, muy diligente, había estudiado From Ritual to Romance de Jessie Weston en un esfuerzo por entender La tierra baldía. Yo, naturalmente, sentía curiosidad por su esposa, a la que raramente mencionaba. Un domingo a mediodía en el Club de Golf y Tenis a la hora del almuerzo, cuando yo había cogido una mesa para esperar a Constance, que iba a reunirse conmigo después de su partida, tuve la ocasión de examinar a Amelia mientras ella charlaba con una amiga en el bufé. Pensando ahora sobre aquello, puedo ver que, nacida en 1925 más o menos, pertenecía a la última generación de mujeres para quienes la carrera profesional no tenía importancia. No digo que fuese típica de su generación (¡las feministas me arrancarían la piel a tiras!) pero era el tipo de mujer que le habría hecho a uno recibir de muy buen grado el cambio que se avecinaba. Hubiese apostado que pasaba las mañanas hablando por teléfono y las tardes jugando al bridge. Es posible que alguna vez pasara por guapa, pero a los cuarenta tenía ya la piel ajada, su retocado pelo rubio estaba empobrecido y los labios se le habían ensanchado. Y pude ver que tenía la fea costumbre de unos gestos nerviosos: encogía los hombros, retorcía el torso para ajustarse el cinturón, y abría la polvera para empolvarse la nariz. Debió de notar que la observaba porque de pronto se volvió y trajo su plato

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hasta mi mesa. —¿Le importaría si me siento con usted, señor Fairfax? Henry me ha cantando su panegírico, y me muero de ganas de conocerle mejor. —Por favor, no muera por eso, señora Sigourney. Y siéntese. —Es estupendo el interés que usted se está tomando por él. Me ha dicho que incluso ha leído usted sus poemas. Por supuesto a mí no me los ha enseñado. No soy lo suficientemente culta para eso. De todas formas quiero que sepa que aprecio que sea usted tan amable con él. —No estoy siendo amable con él, señora Sigourney. Yo —¡Oh, por favor, llámeme Amelia! —Amelia. Creo que su esposo ha escrito algunas cosas hermosas. Espero que continúe haciéndolo.

—¡Oh, claro! Siempre que no interfiera en su verdadero trabajo. Aunque eso no parece importarle mucho. ¿Le ha dicho él, señor Fairfax, que trabaja para el despacho de abogados más desconsiderado y cicatero de la ciudad? ¡Scrooge y Marley, les llamo yo! —¡Dios mío, espero que eso no se lo diga a nadie! Podría llegar a oídos de sus jefes.

Pero ya ve

usted, señor Fairfax, cómo confío en usted! —¡No veo por qué lo hace! —¡Porque usted le tiene tanto cariño a Henry! Moví la cabeza. Desde luego era una razón. No habría pensado que se le ocurriese a ella. —¿Es porque no le han hecho socio por lo que se siente así con ellos? —Sí. Por supuesto deberían hacerlo, por su bien y por el nuestro. Hace gran parte de su trabajo y Dios lo sabe. Le digo que debería ir derecho a la oficina de

gestión de socios y exigirlo. Adoptar una postura firme. ¿No está de acuerdo conmigo? —Bueno, realmente, no soy quién para decirlo. No conozco su situación. Además, ser socio no es el no va más en la vida. —Dice eso porque usted ya lo es. Y probablemente lo ha sido siempre. Pero usted debe de saber que ser un empleado, o un oficinista —por usar la palabra apropiada —cuando ya has llegado a los cuarenta es una especie de muerte social. Al menos en Westchester. ¿Cómo se sentiría usted si su hijo Gordon no fuera socio? Pero, claro, con su posición en la empresa eso sería inconcebible ¿no? Proust escribió en alguna parte que hay gente que sacrificaría la ambición de toda una vida por el placer de hacer una observación desagradable. Supongo que la pobre mujer consiguió tirar la puntada al insinuar que el éxito de Gordon se debía al nepotismo. —No puedo estar de acuerdo en eso, señora Sigourney —Amelia, quiero decir. Hay antiguos empleados en algunas de las grandes empresas que son

—¡Que se enteren! ¡No, claro que no querría que se enteraran

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especialistas muy respetados y muy bien remunerados y que ni siquiera piensan en hacerse socios. ¡Que incluso pueden querer no serlo! —Quiere usted decir que han renunciado. Me alegra escuchar, de cualquier modo, que están bien pagados. Eso es más de lo que puedo decir de Henry. —Oh, vamos, usted vive bastante bien. En esa bonita casa que tiene — siempre la miro cuando paso conduciendo. Y pertenece al club y sé que sus hijos están en un buen colegio privado.

—¡Oh, señor Fairfax, usted no sabe nada de estas cosas! —Su voz sonaba casi como un lamento—. Si mis hijos no van a Andover o a Saint Paul o a Choate, ¿qué tipo de amigos tendrán si entran en una facultad de la Ivy League? —Quizá no sepa nada de estas cosas —repliqué secamente— pero conozco los falsos valores cuando los veo. —Después de todo, con la edad que tenía podría haber sido mi hija—. Y veo con claridad el peligro de considerar las instituciones educativas solamente a la luz de las ventajas sociales. Me miró desesperada. Obviamente, su actitud era «así que es uno de esos». Ni siquiera tomó en consideración lo que acababa de decir, y tomaría todo lo que yo pudiera decir como los sueños de un delirante idealista. —Bueno, supongo que usted siempre ha podido escoger lo mejor. —Lo suficiente, quizá, como para preguntarme si siempre es, en realidad, lo mejor. —Pruebe alguna vez a contentarse con la segunda categoría. O incluso con la tercera. No debe pensar que soy avara. Simplemente quiero lo que quiere todo el mundo en esta sala. —¿Y qué es? ¿Tener dos coches, uno grande y otro para dejarlo en la estación de tren? ¿Un club de campo, dos perros labradores, ir a la playa en verano y a cenas el sábado por la noche precedidas por cócteles de dos horas? ¿No tiene eso ya?

—apartó la vista; yo ya había ido

demasiado lejos. Pero algo en mi sarcástica lista le provocó una reacción tardía—. ¡Ni siquiera estoy segura del club! Henry dice que tendremos que dejarlo para pagar a la cuidadora de su madre. ¡Y, de verdad, no sé por qué! La señora Sigourney vive mejor que nosotros, y resulta que yo sé que ella ayuda a su hija May. Siempre la ha tenido tomada conmigo, deje que se lo diga. ¡Nunca pensó que yo fuese lo suficientemente buena para su querido Henry! Había comenzado a arrepentirme de haber azuzado a la pobre mujer. Como Gordon había dicho, ella no hacía más que comportarse como los de su especie. —Mi querida señora ¿hay algo que crea que yo puedo hacer por usted? Yo ya estaba preparado para hacer frente a la petición de un préstamo. —¿Puedo decírselo, de verdad? —se frotó las manos con renovada energía—. ¡Si usted pudiera ofrecerle a Henry un trabajo en su despacho! No tendría que prometerle hacerle socio ni nada de eso. ¡Pero estoy segura de que cualquier empleado de su edad ganará más de lo que él gana ahora!

—Bueno, si se va usted a reír de mí

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La miré con detenimiento. ¿Había detectado una nota sincera de afecto marital en su tono? —Pero seguiría siendo un empleado, y usted me ha dicho que eso, aquí, es la muerte social. —¡Eso ya lo había pensado! ¡Usted me ha ayudado! En su despacho no sería un empleado. ¡Sería un especialista! Usted le habría contratado por sus habilidades. La temida palabra «desertor» no sería mencionada. Por el salón vi entonces a Constance acercándose a nuestra mesa. —Lo pensaré —dije bruscamente, y Amelia, dándose cuenta, con una sensibilidad inesperada, de que ya había dicho lo suficiente por el momento, se marchó inmediatamente. A la mañana siguiente en la oficina, un lunes, le pedí a Gordon que viniese a mi despacho y le hablé de aquella petición. —Está realmente desesperada, pobre chica —comentó—. Le dirías que no es posible, por supuesto. —¿No crees que sería posible? Tengo el presentimiento de que es un abogado bastante bueno. —Me atrevería a decir que lo es. ¿Pero qué sería de tu política de hacer socios solamente a los que han empezado aquí? El tío Grant ha sido la única y sagrada excepción. —Pero si nunca sería socio. Ése sería el trato. Siempre nos vendría bien una mano extra en el departamento de finanzas municipales. —No es eso, papá. Es que nuestros empleados no lo entenderían. Nunca antes hemos contratado «un especialista», y no hay razón para pensar en que él lo sea. Si lo hiciese bien ¿por qué no iba a ser socio? Tiraría todo tu sistema por la borda. —¿No podríamos hacer una excepción? —¡Papá! ¿Qué te ha hecho esa mujer? Pensé que Gordon estaba siendo rígido. Gordon tenía inclinación a ser rígido. Pero a instancia mía estaba asumiendo la dirección de la empresa, y yo no iba a interferir en su aplicación de una política que yo mismo había diseñado. Pero cuando él se fue, mi secretaria, la señora Anderson, hizo un comentario interesante. Llevaba conmigo treinta años y lo sabía todo — demasiado— acerca de mí y de la empresa. Era todo un «personaje»: rolliza, robusta, vitalista, con un teñido y flamígero pelo rojo, sumamente franca, fuerte, eficiente, infinitamente práctica y absolutamente leal. Había estado entrando y saliendo de mi despacho durante la conversación con Gordon, en teoría para organizar mi archivo personal, pero también para escucharnos. Nunca hacía el más mínimo esfuerzo para disimular sus escuchas, que siempre eran, según ella, por mi propio interés. —Yo sé algo de Henry Sigourney —me anunció—. Trabaja en Abbott & Grimes. Mi amiga la señora Larkin es interventora allí. Lo ha sido durante

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veinte años o más. Es una pequeña empresa cicatera, no tiene más de veinte abogados en total, tiene que llevar los libros ella misma, sin ninguna ayuda, pero dice que le pagan bien. Al menos reconocen una ganga cuando la ven. Y dice que Sigourney hace la mitad del trabajo de la empresa. Se aprovechan cruelmente de él. Huelga decir que yo era todo oídos. —Entonces ¿por qué no hace él algo al respecto? —Es demasiado inocente, supongo. Un cordero al que llevan al matadero. Es sorprendente lo que los hombres como él pueden aguantar. Supongo que se lo rifan. Me quedé absorto pensando durante unos minutos mientras ella seguía archivando. —¿Cree usted que podría recabar algunos datos acerca de Abbott & Grimes de su amiga? ¿Incluso confidenciales? Nada podía haber interesado más a la señora Anderson. Ella se acercó y se paró frente a mi mesa. —¿Como cuáles? —Bueno, ¿podría usted enterarse de qué parte de la facturación de la firma es atribuible a los horarios de Sigourney? Las gratificaciones están acreditadas a los diferentes socios, claro, pero las horas demuestran quién ha hecho el trabajo. —Fácilmente. La señora Larkin tiene todo ese tipo de cosas en la cabeza. Pero ella querrá saber por qué quiero yo saberlo. ¿Y ella qué saca de todo esto? —Esto es lo que sacará: cuando yo haya usado la información confidencial que ella me dará para conseguir que hagan al pobre y ciego Sigourney socio del despacho, ella conseguirá un contable que le ayude; y cuando él sea socio principal habrá subidas y primas para todos. —La voy a llamar ahora mismo y voy a ver si está libre para comer. ¿Quiere usted unirse a nosotras, señor Fairfax? —No, eso podría disuadirla. Se manejará mejor usted sola. La señora Anderson me guiñó un ojo. —¡Déjemelo a mí! Pero dígame algo más. ¿Qué saco yo de esto? —Una cena con champagne conmigo en el «Club 21». —¡Hecho!

***

Convencer a Sigourney no resultó nada fácil, aunque las cifras eran indiscutibles. El treinta y cinco por ciento de la facturación de la firma era directamente atribuible a sus horas. Y según la entusiasta y cooperativa señora Larkin, los dos clientes municipales más importantes le seguirían si él abandonase el despacho. Tan sólo tenía que dejar sus exigencias bien claras. Le sugerí que no se limitara a pedir que le convirtieran en socio, sino que además exigiera condiciones de igualdad con los señores Abbott y Grimes. Y entonces

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entró en algo parecido al pánico. —Pero suponga que me echan a la calle. —No lo harán. —¿Y si lo hacen? —Entonces, creas tu propia empresa. Apuesto que la mitad de los empleados se irían contigo. —¡Pero yo no he hecho algo así en toda mi vida! ¡Honestamente, señor Fairfax, yo no sé manejar este tipo de cosas! Tenía que admitir que tal vez no sabía. Tal vez estaba enganchado a su antigua servidumbre. Tras años de sometimiento, eso sucede a veces. Recordaba haber leído algo sobre un preso de Auschwitz que, reducido a la bestialidad por una larga privación de comida y torturas, había cogido, como un sabueso maltratado, el pañuelo de los mocos de un guarda y se lo había llevado reverentemente a los labios. Quizá Sigourney prefería su existencia sonámbula, con sus dos horas diarias de lúcida realidad leyendo a Wordsworth en el tren. —Entonces tienes que jugar a presionarlos para conseguir que se derrumben — continué implacable — . Ya conoces el antiguo himno: «Alguna vez le llega a todo hombre y a toda nación el momento de decidir» —Henry se limpió la frente sudorosa—. «Y la elección es para siempre, enlazadas la oscuridad y la luz». —Sí, conozco el himno. Bueno le prometo pensarlo. —No, si lo piensas no lo harás nunca. Tienes que solicitarlo hoy. Esta misma mañana. — Íbamos en el tren hacia la ciudad— . Ya me contarás esta tarde, en el tren de las cinco cuarenta y cinco, qué ha sucedido. Lo celebraremos con una copa en el vagón restaurante. —¡Oh, señor Fairfax, por favor! —Y si no lo haces —le dije enfadado—, se lo diré a tu esposa. Por supuesto que lo hizo pero, cuando nos separamos en la estación parecía tan abatido que sentí pena por mi intrusión en su estática vida. Sin embargo, el rostro que me saludó a las 5:45 horas era radiante. No, no había pedido que le nombraran socio en las mismas condiciones que los dos veteranos, ni había exigido un porcentaje específico de los beneficios netos. Pero había sugerido que se considerase su nombramiento como socio al final de año, y los señores Abbott y Grimes habían estado de acuerdo en hacerlo. Le hicieron socio, por supuesto; no tenían opción. Y hoy, diez años más tarde, está dirigiendo un despacho más grande y próspero bajo el nuevo nombre de Sigourney, Abbott & Grimes. Sus dos hijos fueron a Andover; uno se graduó en Princeton y el otro está todavía en Brown. Amelia está en el comité directivo del Club de Tenis y Golf y es presidenta del comité local de prevención del cáncer; sonríe a todo el mundo. Y Henry ha publicado un pequeño volumen de monólogos dramáticos en una pequeña pero respetada editorial; recibió una agradable reseña en las «Notas breves» del New York Times Book Review.

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Gordon dice que he encontrado por fin mi lugar, que estaba escrito que, tarde o temprano, me convertiría en «investigador privado»; me compara, riéndose, con el psiquiatra de El cóctel de T.S. Eliot. Y es verdad que en los últimos años, manteniendo los ojos bien abiertos, he descubierto casos en los que un pequeño trabajo subterráneo puede cambiar una vida de servidumbre por otra mejor. Henry Sigourney, sin embargo, sigue siendo mi éxito más significativo. ¿Me halago al pensar que, al menos, soy un hombre bueno? El Becket de Asesinato en la catedral del mismo Eliot encuentra que el ego siempre se esconde, tanto manifiesta como sutilmente, tras cada aparente acto de caridad, y cree que no podrá ser virtuoso hasta que sea capaz de fundir su identidad con la de Dios. Pero hay demasiado de mi mitrado abuelo en mí para encontrar tanta satisfacción en algo tan espectral como eso. El obispo tenía en muy poco un más allá que no alojase un facsímil razonable del recto reverendo Oscar Fish. Por eso me agarro a mi ego y simplemente espero que, mientras hagamos una buena obra, podamos pasar por alto nuestros motivos. Ésta es mi biblia o, al menos, mi nuevo testamento y a la larga, quizá sea esto lo único que me ha reportado mi educación. Henry Adams no llegó a admitirlo, pero es que era un poco presumido. No tenía a una Constance para vapulearle.

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«Utilizar el dinero como guía es horroroso, pero encontrárselo es encantador.»

HENRY JAMES

Desde Libros del Asteroide queremos agradecerle el tiempo que ha dedicado a la lectura de La educación de Oscar Fairfax. Esperamos que el libro le haya gustado y le animamos a que, si así ha sido, lo recomiende a otro lector.

Al final de este volumen nos permitimos proponerle otros títulos de nuestra colección.

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