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Sitting in the Fire. Large group transformation using conflict and diversity

Sentándonos en el fuego. Cómo transformar grandes grupos usando el conflicto y la diversidad (o Sentados en el fuego…)

Índice

Agradecimientos

Prefacio

Parte I La historia del mundo vista desde dentro

1. Fuego: El precio de la libertad

2. Grupos: Maestros imposibles

3. Rango: Una doble señal

4. Poder y prejuicios en las relaciones

5. Revancha y transformación cultural

6. Abrazando el terrorista

7. El tema del abuso en el facilitador

8. Abusos públicos. Busca tu voz

9. Cómo los países buenos hacen la guerra

10. ¿Quién es racista?

Parte II Revolución: Élderes en el fuego

11. Cantando sobre aguas turbulentas

12. ¿Quién tiene el dinero?

13. Las metahabilidades de los élderes

14. Violencia y ecuanimidad

15. La técnica y el tao de la guerra

16. La revolución de la conciencia

Bibliografía

Índice

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Agradecimientos

Aunque he trabajado con grupos en muchos lugares del mundo, mis ideas siguen limitadas por mi nacionalidad, género, edad y experiencia. Algunos colegas y amigos me han ayudado mucho a la hora de ampliar mis puntos de vista como americano blanco, de sexo masculino y mediana edad para crear una perspectiva más global en este libro. Quiero agradecer especialmente a la comunidad de Trabajo de Procesos de Pórtland (Oregón), por experimentar, en

condiciones muy diversas, con mis materiales sobre política, procesos de grupo, abuso, racismo y privilegio, y al Insti- tuto de Procesos Globales por esponsorizar los seminarios de Trabajo Global. Por ayudarme a comprender mejor el racismo, quiero agradecer a Arlene y Jean-Claude Audergon, Ruby Brooks, Jean Gilbert, John Johnson, David Jones, Diane Wong y Rita Shimmin. Por sus aportaciones sobre sexismo y los problemas de gays y lesbianas, a Julie Diamond, Sara Halprin, J.M.Emetchi, Rhea y Markus Marty. Por orientarme en la abundan- te bibliografía sobre el abuso, a Nisha Zenoff, Phyllis Tatum y Paula Lilley. Agradezco también la colaboración de personas de todo el mundo, que me han permitido aplicar mis ideas en una gran variedad de situaciones y culturas: en Atenas, Anna Maria y Constantine Angelopoulos; en Bombay, Anuradha Deb y J.M. Revar; en Berlín, Gabriela Espenlaub; en Tokio, Yukio Fujimi y el profesor Ogawa; en Paraguay, Benno Glauser; en Pórtland, Joe Goodbread, Kate Jobe y Dawn Menken; en Moscú, Andre Gostev y Slava Tsapkin; en Bratislava, An-

tón Heretik; en Londres, Roger Houdson; en Nairobi, Moses Ikiugu; en Washington D.C., John Johnson, Bob y Helen

Pelikan, y Charles y Anne Simpkinson; en Belfast, Fr. Miles O’Reilly; en Canadá, David Roomy; en Varsovia, Bogna

Szymkiewicz y Tomasz Teodorcyz; y las comunidades de Trabajo de Procesos de Australia, Berlín y Varsovia. Gracias igualmente a todas aquellas personas que tomaron parte de alguna manera en la edición de este libro, corrigien-

do el estilo y su exactitud: Nasira Alma, Lane Arye, Tom Atlee, Peter Block, Julie Diamond, Leslie Heizer, Ursula

Hohler, Max Schuepbach y Jim Spickard. Debo mucho a Kate Job y Leslie Heizer por su trabajo en la edición original

para Lao Tse Press. Y gracias a David Jones por el título para el libro.

Mi compañera Amy Mindell estuvo presente en todos los acontecimientos en los que se basa este libro. Ella es la crea-

dora del concepto de metahabilidad, una idea esencial en esta presentación. Amy me ha apoyado en todo momento de

mi trabajo, ayudándome a soportar las dificultades de una tarea tan enorme y a clarificar ideas y conceptos.

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Prefacio

Detrás de los problemas más difíciles del mundo hay gente, grupos de personas que no se terminan de llevar bien. Se

puede echar la culpa al crimen, la guerra, las drogas, la avaricia, la pobreza, el capitalismo o el inconsciente colectivo. Al final, es la gente la que causa nuestros problemas. Mis profesores me decían que evitara los grupos grandes, porque son indisciplinados y peligrosos. La única manera en que se puede trabajar, aseguraban ellos, es en grupos pequeños en los que prevalece la ley y el orden. Pero el mundo no se compone de pequeños y dóciles grupos. Reforzar la ley y el orden no puede ser nuestra única estrategia para resolver problemas. Muchos de nosotros nos estremecemos con la violencia. Insistimos en un comportamiento pacífico: ¡todos en fila, uno detrás de otro! Siguiendo las Reglas de Robert: Sólo habla una persona a la vez. Se acaba un tema antes de pasar al si- guiente, etc.

Sin embargo, reforzar el orden no acaba con las revueltas, ni impide la guerra ni reduce los problemas del mundo. Pue-

de incluso encender el fuego del caos grupal. Si no damos a las hostilidades una salida legítima, es seguro que tomarán rutas ilegítimas.

Este libro demuestra que comprometerse con el conflicto, en lugar de huir de él, es una de las mejores maneras de afrontar la división que existe en todos los niveles de la sociedad, en las relaciones personales, en las empresas y en el mundo.

Las páginas que siguen acercan al lector la idea de trabajo interior (Innerwork), un buen método para superar el miedo

ante el conflicto. Le ayudarán a comprender mejor la base cultural, personal e histórica que se halla bajo la violencia

multicultural. Adquirirá algunas de las técnicas necesarias para trabajar con grandes grupos de personas. El fuego que arde en las dimensiones social, psicológica y espiritual de la humanidad puede arruinar el mundo. Pero también puede transformar los conflictos en una vida más en comunidad. Depende de nosotros. Podemos evitar el con-

flicto, o podemos sentarnos sin ningún miedo en el fuego, intervenir y tratar de que no se repitan los errores más doloro-

sos

de la historia mundial. El Trabajo de Procesos, que se describe en el Capítulo Uno, se refiere a la utilización creativa

del

conflicto como “Trabajo Global” (Worldwork).

Una vez terminado el primer borrador de este libro, tuve un sueño en relación con el cambio de milenio. En un encuen-

tro internacional, líderes de diferentes ciudades estaban conversando unos con otros. Gente de Vladivostok, Anchorage,

Seattle, Chicago, Montreal, New York, Londres, Berlín, Helsinki, Estocolmo, Varsovia y Moscú estaban diciendo:

“Hemos hecho todo lo posible. Y no hemos logrado nada. Probemos ahora con este Trabajo Global. Abrámonos a lo que sucede en las comunidades. Quizá podamos comenzar un nuevo orden mundial”. En mi sueño, la gente aprendía

finalmente a trabajar en común.

En el mundo real actual, aunque las naciones del Norte han desarrollado avanzados sistemas de telecomunicación que

conectan todas las partes del globo, las personas todavía no saben comunicar de manera efectiva cuando hay conflicto.

En el Sur, un ruido de fondo de opresión silenciada complica las interacciones y provoca revoluciones. Este ruido es el

apagado rugido de venganza de todas aquellas gentes cuyas voces han sido negadas por la corriente dominante de las culturas del primer mundo. Cuando la energía de esas voces se desborda, los resultados se llaman “disturbios” o “cri- men de minorías”. Las personas que dan su apoyo a estas minorías reciben a menudo veladas advertencias para que

cambien de dirección, como si el conflicto y la violencia latente fueran a desaparecer sólo por ignorarlos. En realidad ocurre lo contrario, la supresión conduce a más revueltas y a más insatisfacción.

En esto consiste el viejo paradigma multicultural: niega los problemas y estos desaparecerán. Evítalos y castiga aquellos

que

atizan el fuego.

Mi

sueño prevé la completa emergencia de un nuevo paradigma que está intentando entrar en la conciencia de la co-

rriente mayoritaria. Espero que este libro sirva de inspiración para que toméis parte en la realización de este sueño.

Parte I. La historia del mundo vista desde dentro

1. Fuego: el precio de la libertad

Crear libertad, comunidad y relaciones viables tiene su precio. Cuesta tiempo y valor aprender a sentarse en el fuego de la diversidad, permanecer centrado en los momentos difíciles. Todo ello exige un buen conocimiento de cómo funcio- nan las organizaciones grandes y pequeñas, estar dispuestos a aprender de los foros ciudadanos abiertos y de las tensas escenas callejeras. Facilitar sin este aprendizaje es una pérdida de tiempo y una repetición de los errores de siempre. El nuevo paradigma del Trabajo Global nos ofrece un buen número de perspectivas frescas:

Caos: En Trabajo Global, el conflicto y los momentos de caos tienen un gran valor dentro del proceso de grupo, porque pueden crear rápidamente un sentimiento de comunidad y dar lugar a organizaciones duraderas. Aprendizaje: En Trabajo Global se considera el conflicto como nuestro mejor maestro. Corazón abierto: El Trabajo Global consiste en sentarse a corazón abierto en el fuego del conflicto y no quemarse. En Trabajo Global se utiliza el calor del fuego para crear comunidad. Conocimiento de uno mismo: El Trabajo Global reafirma la idea de que nosotros somos parte de todos los conflictos

que nos rodean. En Trabajo Global se utilizan habilidades de autoconciencia para llegar a ser parte de la solución.

Lo desconocido: En Trabajo Global se reconoce que una comunidad sostenible se basa en el respeto por lo desconocido.

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Para aquellos que quieren organizaciones y comunidades sostenibles, mi consejo es el siguiente: comenzad siendo hu- mildes. Volved a la escuela. Aprended a tener conciencia. Aprended sobre rango. Sólo así ahorraréis a vuestra comuni- dad y a vosotros mismos un montón de dolor. Thomas Jefferson, un antiguo presidente de los Estados Unidos, habría estado seguramente de acuerdo. El precio de la libertad, dijo, es la vigilancia. Su idea de vigilancia no consistía sin embargo en mantener un ojo protector sobre la di- versidad. Tal y como yo la entiendo, la vigilancia tiene que ver con ser consciente de la multiplicidad de ideas y senti-

mientos que existen en uno mismo y en el mundo que nos rodea. Esta conciencia es parte del precio que hemos de pagar por la democracia y la paz. El resto pasa por aprender técnicas para tratar las disputas personales, étnicas e internaciona- les. La democracia es, sin duda, algo más que la conciencia y el valor necesario para sentarse en el fuego, pero pocos de no- sotros estamos dispuestos siquiera a pagar este mínimo precio. ¿A quién le apetece enfrentarse a la violencia o a las amenazas? Y sin embargo, no nos queda más remedio que aprender a tratar el caos y la complejidad, si queremos so- brevivir a la creciente rapidez de los cambios. Si sólo una de cada cien personas estuviera a dispuesta a pagar este pre- cio, nuestras ciudades, y el mundo en general, evolucionarían mucho más rápido que todo lo que podemos imaginar. Los disturbios y las guerras serían menos necesarios.

A muchos de nosotros nos gustaría que el mundo cambiara, pero hacemos poco para ayudar a que esto suceda. Nos re-

sulta más fácil soñar con mejores líderes, capaces de dar atractivos discursos sobre la comunidad o los derechos civiles,

verdaderamente preocupados por el aumento o disminución de la protección policial y militar, y dispuestos a llevar a cabo las reformas económicas necesarias en provecho de toda la humanidad. El comunismo sueña con reducir las dife- rencias de clase y la explotación económica. La democracia sueña con la igualdad y los derechos humanos. Las tradi- ciones espirituales nos dicen que nos amemos unos a otros. Algunos de nosotros esperamos que la sociedad vaya más allá de las estructuras de poder y de clase. Otros piensan que la gente debería ser buena y desprendida, en lugar de ser mala y avariciosa. Desde una perspectiva general, nuestras visiones indican que no confiamos mucho en los seres humanos y que nos gus- taría que fueran diferentes. Empresas e individuos afirman por igual “primero nuestro interés y después los demás, y sólo si apoyan nuestros objetivos”. Organizaciones y naciones se comportan como si estuvieran hechos sólo de partes, como los engranajes de un reloj: los jefes, los ejecutivos, los trabajadores, etc. En Trabajo Global no sólo se tiene en cuenta la existencia de todas estas partes. No es una prescripción de cómo se de- bería comportar la gente. Dichas prescripciones siempre echan por tierra las opiniones de las minorías y de la gente que no tiene poder. En la resolución de conflictos y el desarrollo de las organizaciones, el nuevo paradigma crea un rápido cambio político y psicológico a partir de las verdaderas relaciones que las personas establecen entre sí.

El nuevo paradigma supone que las personas en grupo no son necesariamente peligrosas o malas. Que son capaces de

una gran sabiduría y conciencia. En lugar de seguir intentando controlar los grupos, en Trabajo Global se invita a las

personas a que se abran unas a otras, a que sientan la atmósfera del grupo.

Abordando el campo

En Trabajo Global se aborda directamente la atmósfera de un grupo, su humedad, sequedad, tensiones y tormentas. Esta atmósfera, o “campo”, nos atraviesa como individuos e incluye grupos, organizaciones y el medio físico. El campo se puede sentir; es hostil o amoroso, reprimido o fluido. No sólo se compone de estructuras abiertas, visibles y tangibles, como agendas de encuentros, plataformas de partidos y debates racionales, sino también de procesos emocionales, ocul- tos, invisibles e intangibles, como los celos, los prejuicios, la rabia o la agresividad. En todo grupo, algunos problemas se tienen que resolver de una manera lineal, racional y estructurada. Estas soluciones sólo se mantendrán, sin embargo, si primero se han tratado las posibles perturbaciones presentes en la atmósfera del grupo.

Por ejemplo, a los trabajadores globales se les llama algunas veces para resolver problemas ciudadanos, conflictos étni-

cos, crisis financieras, empresas que van mal

En estos casos, el campo está dominado por la desilusión y la desespe-

ranza. Si el trabajador global se propone remediar la situación utilizando sólo medidas legales o la aplicación de prácti-

cas fiscales sólidas, es como si se estuviera dando comida sana a gente que está tan deprimida que sólo quiere morirse.

El trabajo estructural no es más que una venda ineficaz, salvo que se traten también los sentimientos subyacentes.

Algunas veces la atmósfera general es tan tensa y depresiva, que la gente ni siquiera puede afrontar los problemas. Un

trabajador global que acude a una empresa en quiebra puede juntar a todo el mundo y preguntar a la gente por la atmós- fera. ¿Cómo se siente? ¿Quién puede expresarla? ¿Hay alguien que pueda describir sus sentimientos? Lo más probable

es que los empleados estén desesperados y violentos con los jefes por rechazar sus exigencias. Los jefes tendrán segu-

ramente miedo. En el momento que alguien expresa esta rabia, el sentimiento de los jefes cambia y se relajan. Como consecuencia todo el mundo se vuelve más optimista. Comienzan a trabajar juntos como un todo. El trabajador global puede que no haya ni mencionado siquiera los asuntos estructurales, pero una vez que los problemas de sentimientos se han tratado, los empleados y los jefes pueden relanzar juntos su organización desde la nada en cuestión de horas.

Sacando a la luz los mensajes ocultos

La desesperación de los empleados, bastante común en las empresas que van mal, es un ejemplo de un mensaje oculto en el campo. Los empleados no hablan de ello. Puede que ni siquiera se den cuenta de ello. Sin embargo, este mensaje llena todo el campo e impide que pueda darse algo constructivo.

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Los mensajes ocultos son factores importantes en el desmoronamiento de la dinámica de muchos grupos. Estas actitu-

des, asunciones y disposiciones, sutiles y no expresadas, suelen tener que ver con cierta competencia por el liderazgo, con los privilegios jerárquicos, las relaciones raciales, asuntos de género y de edad, problemas medioambientales, asun- tos espirituales o agendas ocultas sobre temas que se escapan de los objetivos declarados por el grupo. De hecho, los mensajes ocultos se pueden generar en relación a cualquier tipo de diversidad. El problema de la diversidad afecta a cualquier organización, tanto si su objetivo es vender detergente para lavadoras, como aliviar el hambre en el mundo.

A menudo, la visión, la estructura y el modelo declarados por la organización son prácticamente irrelevantes en compa-

ración con su habilidad para incorporar las diferencias de opinión y la diversidad de estilos de comunicación. Si un gru-

po resuelve con éxito sus problemas de diversidad, se tratará sin duda de una comunidad próspera y con futuro. Si no lo hace, falla en el nivel espiritual más profundo de toda comunidad, se hace insostenible en sí misma y poco puede hacer por el mundo a su alrededor.

Democracia: una primitiva forma de Trabajo Global

El Trabajo Global en tiempos de paz es sencillo, pero en momentos de crisis se convierte en un procedimiento democrá-

tico imprescindible. Los facilitadores tienen que ser capaces de dar espacio y apreciar los puntos de vista de aquellos que se hallan en el poder o en la corriente mayoritaria, a la vez que se enfrentan con sus prejuicios y con los factores ocultos, históricos, sociales y psicológicos que crean la desigualdad. La democracia es, en realidad, una forma muy básica y no desarrollada de Trabajo Global. La democracia es al Trabajo Global como un barco de remos lo es a un barco de vela. El barco de remos requiere energía humana, el barco de vela

se mueve con el viento. La palabra griega demokratia significa literalmente “poder del pueblo”.

La democracia funciona mediante la distribución o el equilibrio del poder. Pero el poder no es algo que se pueda equili- brar con reglas. La democracia necesita conciencia. Sin conciencia de las señales ocultas, nadie se daría cuenta de cuán-

tos individuos y subgrupos son marginados diariamente. Las leyes existen, supuestamente, para proteger los derechos de los individuos y de los grupos, pero son prácticamente inútiles para tratar con las formas sutiles de opresión deriva- das de los prejuicios y del uso inconsciente del poder. El Trabajo Global no sólo castiga los abusos de poder, pone el poder sobre la mesa y lo hace evidente. De esta manera se capacita a la gente para encontrar su propio poder y crear un equilibrio fluido en la interacción de unos con otros. Aunque el poder social más importante se refleja en las diferencias de clase, de raza, religión, género y edad, existen otras muchas formas de poder que, una vez que se ponen al descubierto, ayudan a conseguir el equilibrio. Estoy pen- sando por ejemplo en el poder personal de los cuentacuentos, de los élderes i , de las personas sabias y de las que están psicológicamente centradas, de las que tienen una alta capacidad de compasión, etc., personas capaces de cambiar el curso de la historia simplemente con su presencia. Y pienso también en el poder de los rebeldes, de los revolucionarios

y de los terroristas.

Todo poder, sea bueno o malo, si no se reconoce, puede convertirse en algo opresivo e hiriente. Un ejemplo de poder oculto, propio de la mayoría, es la asunción, generalmente no expresada, de que los oprimidos tienen que intentar resol- ver sus problemas de una manera amable, a pesar de que parece evidente de que alguien que se siente oprimido nor- malmente no tiene ningún interés en conversar amablemente. Este poder permanece casi siempre oculto e inconsciente. Está presente en casi todos los grupos y puede llegar a ser tan opresivo que muchas veces sólo se equilibra con otros poderes, como la rebelión.

Los rudimentos del Trabajo Global

El Trabajo Global se ha desarrollado en los últimos veinte años a partir de la Psicología Orientada a Procesos, en la me-

dida que esta teoría se ha ido aplicando a grupos desde tres hasta mil personas. Puesto que mis orígenes son los de físico

y psicoanalista jungiano, el “trabajo de procesos”, como lo llaman quienes lo practican, tiene sus raíces en la psicología

jungiana, en la física y en el taoísmo. La visión taoísta de la vida afirma que la manera en que las cosas suceden contie- ne en sí misma los elementos básicos necesarios para resolver todos los problemas humanos.

El Trabajo de Procesos comenzó siendo un trabajo con el cuerpo y con los sueños y creció hasta incluir familias y gran-

des grupos. Los métodos del Trabajo Global se han aplicado en debates ciudadanos que trataban asuntos políticos ii , en conflictos internacionales iii , en empresas que luchaban por salir adelante iv y en organizaciones educativas y espirituales v . De esta manera se han estado probando, cambiando y enseñando en más de treinta países, en numerosas organizaciones, incluyendo grupos militares y multiétnicos en conflicto, en grupos políticos internacionales y en grupos indígenas. Su éxito con niños menores de cinco años y con personas en estado psicótico y comatoso ha sido sorprendente. Comencé a desarrollar las técnicas de Trabajo Global a finales de los años 70, mientras trabajaba en Suiza, Sudáfrica y los Estados Unidos. Estaba frustrado con la lentitud con la que acaecían los cambios, tanto en pequeños grupos como a nivel internacional. A partir de las ideas desarrolladas en el Trabajo de Procesos, pronto se formaron diversos grupos de aprendizaje, internacionales y multirraciales. Enseguida otras personas comenzaron a facilitar grupos. Al principio nos llamaban pequeñas organizaciones europeas y norteamericanas. Más tarde, conforme íbamos ganando experiencia, nos encontramos de repente trabajando con grandes comunidades de todo tipo, a menudo internacionales, en foros abiertos

y sobre temas como la economía o el racismo.

En la actualidad, quien quiera formarse en Trabajo Global puede hacerlo en muchas grandes ciudades del mundo. Los grupos de formación pueden llegar a ser de más de 500 personas, de todas las clases sociales y procedentes de más de 40 naciones, todas estudiando juntas durante semanas en un lugar determinado. Estos grupos, prácticamente comunida-

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des, son un buen ejemplo de estudio para que los futuros facilitadores aprendan las técnicas y el desarrollo personal ne- cesario para sentarse en el fuego de las tensiones. Estas tensiones pueden llegar a ser tan calientes como las que se dan en los momentos previos a las revueltas o las guerras. La formación en Trabajo Global es difícil, pero también puede ser divertida, y los resultados son casi siempre positivos, lo que no ocurre en las zonas de guerra, donde la gente no tiene la ayuda de facilitadores. Hasta ahora, la psicología, la física, el cambio social y la política han sido campos separados. Con el Trabajo Global la psicología va más allá del simple trabajo personal, hasta alcanzar la conciencia social y la misma idea de revolución. Igualmente, la política va más allá de los problemas mundanos hasta crear comunidad, el más sagrado y perenne interés de todo ser humano. El Trabajo Global combina, en un solo campo, el interés ecologista por el medio ambiente, las aportaciones de la psicología y la teoría social sobre el cambio histórico.

El Trabajo Global y los sueños

El ámbito del Trabajo Global incluye lo inconsciente, es decir los procesos que en las personas y colectivos se desarro- llan como si fueran sueños. El Trabajo de Procesos considera que las señales corporales y los movimientos de los gru- pos son como sueños (dream-like) porque aparecen en sueños. Uno puede no ser consciente de su postura, por ejemplo, pero los sentimientos que se hallan tras la forma en que esa persona se mueve quedan retratados como imágenes en sus sueños. El cuerpo sueña, por decirlo de alguna manera. Los grupos también sueñan. Las señales sutiles, las intenciones no expresadas, los diferentes movimientos y direcciones equivalen a lo que los indígenas llamarían “espíritus”. Esta idea de espíritu se halla en la base del término francés esprit de corps, lo que literalmente significa “espíritu del cuerpo”, o también la mente colectiva de un grupo. En la actualidad los espíritus no son sólo responsabilidad de los chamanes. Nos incumbe a todos facilitar las relaciones que se dan entre los espíritus de cada época y hacer que las tensiones entre los diferentes poderes sean útiles, en el mer- cado, en las calles y por supuesto en el hogar. Debemos prestar atención a lo que la gente dice, pero si eso es todo en lo que nos fijamos, si no nos acercamos al espíritu de los grupos —el espíritu del amor, de los celos, de la hostilidad o de la esperanza—, el resultado será la repetición de la historia del mundo. Para alcanzar una paz sostenible, necesitamos llegar a un nuevo nivel de comunicación. Las raíces del Trabajo Global se encuentran en todos esos lugares en los que la gente está intentando construir mejores comunidades y se preocupa por los derechos de los demás. Se encuentran en cualquier lugar en que la gente mantiene su derecho a reunirse, a reflexionar y debatir juntos; en sitios como las reuniones tribales, los foros ciudadanos, las asam- bleas de barrio, las discusiones en los bares, en los círculos de debate, en salones, institutos y Chautauquas. En todos esos sitios la gente se reúne para conversar, aprender e interactuar.

Todos los problemas del mundo a la vez

Una de las razones más habituales por la que se rompen las negociaciones en los grupos es que mucha gente tiene mie- do de la violencia. No podemos o no sabemos enfrentarnos a los mensajes e intenciones ocultos que conlleva toda mani- festación de hostilidad. Al final, los sentimientos se quedan sin poder ser expresados. Los sentimientos reprimidos, las necesidades insatisfechas, la búsqueda del sentido de la vida, todos estos problemas tan humanos juegan un papel central en toda organización, al margen de sus objetivos o visión. He mencionado antes algunos de los aspectos sociales que surgen al tratar el tema de la diversidad: uso o mal uso de los privilegios jerárquicos, competencia por el poder, relaciones raciales, relaciones entre hombres y mujeres o entre viejos y jóvenes, problemas medioambientales y cuestiones espirituales. Avivamos las llamas al no admitir que la diversidad existe. Todos estos problemas y asuntos están relacionados, de manera que tratar de resolver uno de ellos sin enfrentarse simul- táneamente a los demás no suele funcionar mucho tiempo. Tus experiencias internas, tus relaciones personales y sociales y tu propio destino están conectados con la economía, el crimen, las drogas, el racismo y el sexismo de tu grupo étnico o barrio, pero también con todo lo que ocurre en otros grupos étnicos y en otros barrios. Por tanto cuando trabajamos en resolver un problema, estamos trabajando en la histo- ria completa de la humanidad. Puesto que el Trabajo Global tiene que ver con la atmósfera y el campo energético de un grupo, y con las personas y sus diferentes roles, no trabaja linealmente en los problemas, sino a la vez. Trata todos los problemas del mundo a la vez.

Las soluciones dan paso a nuevos problemas: un caso significativo

Esta idea la he visto confirmada en reuniones celebradas en lugares tan dispares como Belfast, Moscú, Tel Aviv, Ciudad del Cabo, Bombay, Tokio u Odessa. El más significativo que se me ocurre en este momento fue una tensa conferencia en Compton, un barrio marginal de Los Angeles, que se utiliza como campo de batalla para dirimir los conflictos entre bandas de Latinos y Negros. Se trata de un área cuyos problemas son continuamente sensacionalizados por los medios de comunicación y donde los residentes tienen miedo de salir de casa por la noche. Un gran número de personas de diversa condición acudió al encuentro “Diversidad, Racismo y Comunidad”, organiza- do por trabajadores globales en Los Angeles vi . Entre los 150 participantes había gente de todo tipo, desde clase media alta hasta personas sin hogar. Algunos vivían en Compton y otros vinieron de otros barrios, había gente mayor y miem-

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bros de bandas callejeras, técnicos municipales, sacerdotes y ex-convictos. La sala en la que trabajamos estaba en un centro comercial en el interior de la ciudad. En el exterior había un estación central de autobuses. La atmósfera en la sala de conferencias era tensa. La gente de fuera de Compton tenía miedo de la zona, la tensión se percibía en el aire cuando la conferencia comenzó. Hubo muchos intercambios acalorados de argumentos sobre el ra- cismo. Uno de estos argumentos es particularmente relevante para el tema que nos ocupa. Durante el segundo día del encuentro, un hombre blanco de más de cuarenta años habló de su experiencia con grupos multiculturales y de por qué no le gustaba la violencia. Hablaba con calma y cierta seguridad y sonreía todo el tiempo. Un joven negro de unos veinte años se levantó y, con expresión relajada, dijo entonces que en su opinión el hombre

blanco no sabía de lo que estaba hablando. El hombre blanco lo ignoró. Entonces el negro se levantó, miró fijamente a la cara del blanco y se puso a hablar vehementemente acerca de no ser escuchado. El blanco se negaba a hablar con una persona “tan violenta”. Cuanto más alto hablaba el afroamericano, más claramente el hombre blanco volvía la cabeza y

el cuerpo en otra dirección, diciendo a la vez que estaba abierto a cualquiera.

Este encontronazo se resolvió momentáneamente cuando un miembro de raza blanca de nuestro equipo de facilitación, formado por cuatro personas de diferentes razas (dos eran afroamericanos y dos blancos), señaló que la postura distante del hombre blanco, el darse la vuelta, se basaba en la suposición de que la gente tiene que estar relajada para discutir. En la discusión que siguió se hizo evidente para todos que una suposición tan aparentemente simple era una expectativa propia de la mayoría, nacida de la exclusividad y del privilegio, puesto que la calma sólo es posible cuando los temas a tratar no son conflictivos. Algunos participantes, pertenecientes a la mayoría, no entendieron nada. Un facilitador negro explicó entonces que ha- bía un mensaje oculto en la llamada a la calma hecha por el hombre blanco: “compórtate como yo digo y no me moles- tes con asuntos que no son de mi incumbencia”. Los facilitadores negros explicaron que los mensajes ocultos como el anterior marginan los temas que importan a las personas que no están en la corriente dominante. La disputa pareció resolverse por el momento y el trabajo siguió su

curso. No se puede trabajar en un asunto independientemente de los otros, por ello tras la resolución parcial de este problema surgió otro que también estaba presente. Ahora un grupo latino expresaba su malestar por haber tenido que esperar y quedar en “segundo plano” en el conflicto entre negros y blancos. “Nosotros tenemos dificultades con los negros y con los blancos”, gritó alguien, “pero los problemas de estos dos gru- pos parecen ser lo único que importa”. Tras esta intervención el grupo estuvo de acuerdo en tratar este segundo conflic- to y para ello se invitó al grupo latino a colocarse en el centro de la sala y hablar de sus asuntos.

Un líder emerge

Ese mismo día, después de que se hubieran tratado muchos problemas entre blancos, negros y latinos, una mujer negra habló en voz alta, diciendo que ella no había sido escuchada. Ella quería hablar sobre los problemas que tenía que afrontar en su trabajo diario con niños negros y latinos de Compton. Toda la gente presente en la gran sala se quedó pa- ralizada cuando esta mujer comenzó a hablar con tanta pasión sobre los niños. Pero de repente se acaloró tanto que no pudo hablar.

La gente la animaba a hablar, pero ella sólo podía llorar en su desesperación y en silencio. Todo el mundo comenzó a discutir qué hacer, el caos parecía que se apoderaba de la sala. Alguno de los facilitadores recordó entonces que debía- mos tratar de escuchar a la mujer, aun cuando todavía no pudiera hablar. De lo contrario, el problema de no ser escu- chada, que era el origen de su queja, se volvería a repetir. Todo el mundo estuvo de acuerdo. Se hizo un silencio absoluto. Esperamos mientras la mujer sollozaba y lentamente comenzó a hablar acerca del trabajo tan valioso que estaba haciendo. La atmósfera se relajó y todos, unidos por su his- toria, empezamos a escucharla. Habló sobre los niños afroamericanos, latinos y blancos de los que ella se ocupaba, ni- ños ignorados y rechazados. Por un instante éramos una gran comunidad. ¿Por qué el grupo se sintió de repente tan unido? Todavía quedaban por resolver muchos problemas sociales, históricos

y psicológicos. Las interpretaciones sobre lo que había ocurrido eran tantas como gente presente. Por un lado, aquella

mujer era sencillamente una gran líder. Por otro, representaba aquella parte nuestra que siente que hemos sido niños ig- norados, necesitados de apoyo y reconocimiento por el trabajo que estamos haciendo. Desde otro punto de vista, cuando aquella mujer se puso a chillar antes de caer en el silencio, se dio un momento álgido, una situación extrema, que fue negada por el grupo. Los facilitadores, sin embargo, no se olvidaron de volver y prestar atención a ese momento álgido. Sabían que si lo dejaban de lado, aumentaría el enfado y el caos en la sala. Eran cons- cientes de que muchos factores influían en su capacidad para ayudar a aquella mujer a completar su historia. Eran cons- cientes de que los latinos acababan de hablar y de que ella era negra, que los latinos y los afroamericanos estaban te- niendo violentos conflictos en Compton, que un negro había acaparado la atención del grupo tiempo antes y que ella era negra. Cuestiones de economía, raza, género y edad jugaban un importante papel en su indignación. Además, los facilitadores eran conscientes de que estaba tratando de hablar sobre los niños de dos de los grupos en conflicto. Hasta eso momento, los niños no habían sido representados por nadie en el grupo. Los participantes más jóvenes eran estudiantes de ense- ñanza secundaria. Parte del problema tenía que ver con la historia del lugar en el que se hallaba la estación de autobuses. Se trataba de una

zona que había sido poblada en primer lugar por nativos norteamericanos, colonizada después por los europeos y con- vertida en parte de los Estados Unidos poco más tarde. En los años 60 había sido un arrabal relativamente pacífico de

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Los Angeles, pero ahora se había convertido en una zona empobrecida, mafiosa, en la que los negros y los latinos se ha- llaban en conflicto por la disputa del territorio y del respeto. Los facilitadores adivinaron que esta mujer no recibía un salario en correspondencia con el mérito y la importancia de su trabajo, el tema de la economía estaba por tanto en juego. Pero además, los abusos personales y sociales que esta mu- jer tal vez sufrió en el pasado podían ser la causa de su bloqueo para hablar. Su rabia podía ser una forma de represalia por los abusos pasados y presentes. Todos estos factores fueron considerados por nuestro equipo a la hora de facilitar la situación. Ser consciente de todos estos factores fue decisivo. Es por esto que algunas veces me refiero al Trabajo Glo- bal como la política de la conciencia. Un importante objetivo del Trabajo Global es hallar dentro de todo grupo personas, como esta mujer, que tienen la ca- pacidad y la sabiduría para cambiar el mundo. El resultado final fue consecuencia de su liderazgo. No es algo inhabi- tual. Muchas formas de liderazgo, capaces de resolver situaciones difíciles, se dan en personas que pertenecen a la “mi- noría” o a grupos marginados. Mi opinión es que deberíamos considerar estos líderes y grupos como una gran ayuda para resolver futuros problemas.

Observa las diferencias

Algunos de los problemas que surgen en lugares multiculturales están relacionados con el concepto de rango. Rango es

la suma de los privilegios de una persona. Los trabajadores globales tienen que ser conscientes de los privilegios legales

y psicológicos que no son compartidos por todos.

En el foro de Compton se decidió que el grupo se dividiera en pequeños grupos, que trataran temas específicos como el de los niños. El siguiente informe de un conflicto entre bandas, aportado por un facilitador de uno de los subgrupos, ilustra hasta qué punto es importante reconocer las diferencias y los privilegios para alcanzar una solución vii .

El subgrupo comenzó con la intervención de algunos profesores de secundaria que preguntaron a sus estudiantes sobre sí habían aprendido algo en el encuentro. Las cuestiones de los profesores suponían implícitamente que el material no tenía ninguna importancia para las escuelas de secundaria. Los estudiantes, sin embargo, se mostraron muy positivos y encantados con lo que había sucedido hasta ese momento. Dijeron que habían aprendido mucho, sobre todo en darse cuenta de hasta qué punto es importante reconocer las diferencias y no suponer de manera simple que todo el mundo es igual. Mi colega y yo misma comentamos en el grupo que sería bueno que el trabajo de procesos se aplicara en las es- cuelas y relatamos algunas experiencias personales. Pensamos, no obstante, que los profesores necesitaban también ser reconocidos por su trabajo, porque de su actitud parecía deducirse una cierta insinuación de que no comprendíamos bien la labor que ellos llevaban a cabo, a la vez de que se desprendía un cierto desprecio por nuestro trabajo. Un profesor preguntó de repente a un estudiante, miembro de una banda de latinos, que comentara algún suceso ocurri- do en la escuela. El estudiante se quedó pensativo antes de contestar y después comenzó a hablar como si estuviera res- pondiendo a una pregunta de un examen. Le pedí que volviera a ese instante justo antes de hablar y que dijera lo que había sentido. El estudiante dijo que sentía como si el profesor le hubiera querido poner en evidencia. Los profesores me acusaron entonces de crear un conflicto donde no lo había. Los estudiantes pensaban que se trataba de una cuestión de autoridad. El ambiente se fue haciendo más denso y un intenso diálogo entre un profesor blanco y el joven de la ban- da de chicanos tuvo lugar. Al final todo se resolvió, el profesor abrazó al estudiante, le dijo que lo quería y se puso a llorar abiertamente. El joven, un tipo realmente duro, se sintió profundamente conmovido y también comenzó a llorar. Una estudiante del grupo, emocionada al ver un tipo duro llorando, le expresó su amor. El joven comenzó entonces a hablar de lo que era estar en una banda, de lo difícil que era tirar del gatillo contra alguien de una banda enemiga. También habló de sus miedos. Su hermano había muerto el año anterior en una guerra de bandas. Otra joven chicana, de unos 15 años, estaba visiblemente agitada. Al principio no quería hablar, pero todos la animamos diciéndole que era sin duda una mujer sabia con muchas cosas por decir. Al final habló. Ella pertenecía a una banda di- ferente, estaba embarazada y quería dejar la vida de las bandas. Comenzó a implorar al joven chicano que abandonara este tipo de vida tan violento. Estuvo hablando sobre la vida y la muerte, y de cómo estaban tan juntas. Profesores y es- tudiantes lloraron juntos. Fue una escena muy emotiva y hermosa en la que el amor reemplazó la tensión.

Estilo y controversia

En esta historia, el comportamiento de los facilitadores se basó en su propia posición de rango y en su conciencia de la diversidad de poderes involucrados en las relaciones estudiante/profesor, chicano/blanco, hombre/mujer. El tipo de co- municación utilizado en un encuentro es un asunto de suma importancia. El estilo de comunicación de los facilitadores

y de los grupos de Trabajo Global depende de las culturas presentes. Muchas sistemas de comunicación y procedimien-

tos legales valoran estilos de debate en los que sólo habla una persona a la vez. Los grupos políticos y de negocios tam- bién siguen este método. Sin embargo, muchos grupos de negros y mediterráneos se sienten cómodos con varias perso- nas hablando a la vez. En Asia, en ciertas culturas los ancianos son los primeros en hablar viii . La mayoría de los diplo- máticos del mundo tienden a un estilo académico más que al diálogo. Mi estilo también se debe a mi experiencia perso- nal, a la educación recibida y a los tiempos que me ha tocado vivir. No sólo el estilo, sino también qué grado de conflicto es admisible es algo que el grupo consensúa. Es decir, el conflicto

es permitido dentro de unos límites de seguridad —aunque el significado de “seguridad” es una cuestión a debatir—. Los facilitadores tienen que estar abiertos a las manifestaciones de rabia y de desesperación, pero también deben escu-

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char a aquellos que tienen miedo de la violencia y que sienten que no pueden protegerse contra ella. Tratar con la vio- lencia, los abusos, el miedo y el conflicto no es siempre fácil. Algunos lo ven como algo caótico, otros se sienten como en casa. Los facilitadores necesitan habilidades especiales cuando la violencia es una amenaza. Con todos estos desafíos, se comprende porque el Trabajo Global, una mezcla de política, psicología y sociología, es tal vez la última ciencia social que merece ser desarrollada sistemáticamente. Adquirir algunas de las habilidades del Trabajo Global es lo menos que se puede hacer por la libertad. El mejor sitio pa- ra comenzar a aprender es el conflicto más cercano a ti. Siéntate en el fuego de los problemas del grupo y asume la res- ponsabilidad de lo que ocurra. El encuentro de Compton y el ejemplo de la empresa en dificultades nos dan pistas para aprender a tolerar el conflicto. Una vez que los empleados fueron capaces de articular su enfado, los sentimientos de la dirección cambiaron, la espe- ranza brotó de nuevo y el deseado cambio estructural tuvo lugar con una rapidez encomiable. Igualmente, cuando el profesor del caso de Compton, venció su desesperación y dijo su verdad, todo el grupo comprendió que cualquier per- sona puede hacer lo mismo. Trabajar con el conflicto puede dar lugar a una verdadera cultura de la paz, una cultura que honra las diferencias. Traba- jar con el conflicto es creer que el cambio es posible. Los pueblos indígenas de cualquier lugar del mundo saben desde hace tiempo que comunidad y cambio son sagrados. Facilitar este impresionante proceso comunitario es algo que todo el mundo debería hacer. Sólo intentarlo ya es un privilegio. Puede asustar un poco, pero también puede ser motivo de una profunda alegría.

i La palabra inglesa elder se traduce al español como “sabio”, “mayor”, “anciano”. Ninguna de estas traducciones corresponde con exactitud a la idea que el autor quiere trasmitir en este libro con dicha palabra. Resulta por tanto conveniente dejarla sin traducir y utilizarla tal cual en castellano, igual que ocurre con la palabra leader, que el autor relaciona y compara. Y de la misma manera que leadership se traduce por “liderazgo”, hemos traducido eldership por “elderazgo” (N.t.)

ii El conflicto entre grupos por los derechos de gays y lesbianas y grupos conservadores ha sido tratado en diversos foros ciudadanos, celebrados en Pórtland y Creswell, Oregón. Véase ABC afíliate KGW, 4 de octubre, 1993, y The Oregonian, “Measure 9 Redux:

Both Claim Religion Backing Their Cause”, por Dan N. Mayhew, 2 de noviembre, 1993.

iii Más adelante se comenta en este mismo libro el caso de una conferencia internacional entre diferentes grupos étnicos de la antigua Unión Soviética.

iv Véase Mindell, A., The Leader as Martial Artist.

v Ibid. Véase el trabajo con Esalen, que se comenta en este mismo libro.

vi Arlene and Jean-Claude Audergon, now of Enterprise, Oregon.

vii Según un informe de Jan Dworkin. viii A lo largo de todo el libro, intento hablar de los diferentes grupos como hablan ellos de sí mismos. Los japoneses, los chinos, co- reanos, taiwaneses, indios y otros se suelen referir a sí mismos, en encuentros abiertos en los Estados Unidos, como “asiáticos”. A la gente que procede de México, América Central y del Sur y de las Indias Occidentales, los llamo latinas o latinos. Algunas veces uti- lizo el término “hispano”, cuando quiero dejar claro el componente hispano de sus raíces. Su lengua principal es indígena o alguno de los idiomas que proceden del latín, español, portugués y francés. El término “chicano” es utilizado para nombrar a residentes o ciudadanos de los Estados Unidos que son descendientes de latinos. También hablo de afroamericanos o caribeño americanos, y al- gunas veces utilizo la palabra negros. Euroafricanos son personas que descienden de europeos y que viven en África, y “eurocéntri- co” se refiere a la cultura creada a partir de ideas procedentes de Europa y de los blancos Norteamericanos. Igual que cambian las relaciones entre los grupos, cambian las identidades grupales y la manera en que los grupos se refieren a sí mismos. Este libro no pretende tipificar o caracterizar ningún grupo por su nombre, puesto que los nombres cambian con el tiempo. Mi objetivo es diferente. Trato de sugerir diferentes maneras para relacionarnos unos con otros. En lugar de ser políticamente co- rrecto o querer decir lo correcto en el momento correcto, yo recomiendo que seamos políticamente conscientes y socialmente sensi- bles a las personas y los asuntos que les ocupan.

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2. Grupos: maestros imposibles

Mucha gente tiene miedo de dar el paso necesario para facilitar grupos. Existe una buena razón para temer a los grupos:

su poder potencial es enorme. Pueden inducir en el facilitador el sentimiento de estar siendo dominado, juzgado o humi- llado. El miedo al conflicto es una de las razones por las que los gobiernos muestran tan poca tolerancia por la disidencia, las explosiones de rabia y de rebeldía. Los grupos marginados se ven obligados a recurrir a las revueltas callejeras, a la desobediencia civil y a la revolución para ser escuchados y lograr un cambio social. Los líderes políticos, temerosos de ser atacados, suelen evitar la violencia y la gente furiosa. Antes de que podamos transformar comunidades en conflicto, tenemos que ser capaces de sobrevivir a él. Necesitamos un tipo particular de Trabajo Interior para transformarnos en élderes que pueden sentarse en el fuego. Sin esta transfor- mación, continuaremos reprimiendo nuestra conciencia de las tensiones grupales y perpetuaremos así los problemas del mundo. Recientemente, mi compañera Amy y yo facilitamos un encuentro en los Estados Unidos, en el que surgieron problemas entre lesbianas blancas y de color. Las interacciones entre las mujeres fueron acaloradas, pero su flexibilidad posibilitó una emotiva resolución. Casi todo el mundo presente se sintió aliviado. Para nuestra sorpresa, un hombre blanco se levantó diciendo que estaba molesto conmigo por haber permitido que el conflicto entre mujeres se aireara en público. Añadió además que no debía haberse permitido que el conflicto se tratara de una manera tan acalorada. “¿Al fin y al cabo por qué debía darse un conflicto así?”, preguntó. Temblaba de pies a cabeza, y mientras trataba de dominarse, comentó que él y su mujer habían formado parte de “los mejores círculos de los Estados Unidos y de Europa”, que habían estudiado con grandes gurús y con líderes internacio- nales y que nunca antes habían vivido una situación tan incómoda como la comentada. Me di cuenta entonces que su mundo había sido dañado por la apertura de las mujeres a la tensión. Estaba enfadado con Amy y conmigo porque no habíamos recreado su mundo y sus normas culturales. Estaba molesto de que se tratara el tema de la homosexualidad, y más aún en la forma en que lo habían hecho aquellas mujeres. Se había sentido obligado a considerar problemas que en su opinión no le incumbían. En lugar de defenderme o arremeter contra él por su insensibilidad hacia el tema que se estaba tratando, intenté escu- char sus críticas y estar seguro de que podía comprender claramente lo que decía. Después de todo, si yo no podía com- prenderlo a él, ¿cómo podría pedirle a él que comprendiera a los demás? Cuando terminó de hablar, le dije que no estaba de acuerdo con su punto de vista, pero le di las gracias por compartirlo con nosotros. Le aseguré que estaba contento de que hubiera hablado, que necesitábamos su opinión. Le dije que trataría de ser más consciente en el futuro de los intereses que él representaba. Él se quedó satisfecho con mi atención. Anunció orgullosamente que ya era hora de que su voz fuera escuchada en igualdad con las otras. Algunos participantes en el encuentro no estaban de acuerdo con él y le dijeron que su comportamiento era el del típico hombre blanco. Otros se mostraron más interesados en mi apertura a los valores de la mayoría y se declararon contentos por que se dieran opiniones tan diversas. Todo el mundo se vio envuelto en un diálogo excitante y la sesión acabó con una apertura inusual hacia las discusiones acaloradas. Pero yo personalmente no estaba contento. Volví a casa, herido y deprimido, y me senté en una silla con la cabeza hacia abajo. Había pasado muchas veces por este tipo de críticas, pero algo que no podía identificar me ponía triste y le pedí a Amy que me ayudara a trabajar mis sentimientos. ¿Había reprimido mi enojo con aquel hombre que manifestaba unos puntos de vista tan hirientes con las mujeres? Estaba seguro de que sus opiniones me habían molestado, pero había algo más. Amy sugirió el siguiente ejercicio de trabajo interior.

Un ejercicio de trabajo interior para clarificar estados de ánimo

Amy dijo: “imagina una escena difícil. Puede ser cualquier situación que te pone en un estado de ánimo doloroso. Trata de imaginarte a ti mismo con todo detalle en dicho estado”. Me puse a pensar en mi mismo aquella tarde cuando aquel hombre me estuvo criticando. “Ahora fíjate en alguna parte de tu cuerpo que llama tu atención”, dijo ella. En mi ojo mental, me vi a mi mismo sentado, deprimido. Me centré en la cabeza, que me parecía que colgaba hacia aba- jo. “Sé paciente. Intenta observar algo nuevo en esa parte de tu cuerpo, algo de lo que no te hayas percatado antes. Esto puede llevarte uno o dos minutos”. Para mi sorpresa, vi una guillotina que pendía sobre mi, como aquellas que se utilizaban hacía varios siglos en Europa para cortar la cabeza a la gente. “Deja que evolucione por sí sola esta historia nueva”, dijo Amy. Me quedé helado. Apenas podía mirar. Pero entonces vi cómo la hoja de la guillotina caía y me cortaba la cabeza. En mi imaginación, me habían guillotinado por ser un activista social que trabajaba por la democracia y contra la monarquía absoluta. ¿Pero qué me había cortado la cabeza? No era el rey, sino un gran espíritu. Pensé que todo era muy extraño. La historia siguió su curso. Me vi a mi mismo en un nuevo cuerpo. En mi fantasía, ya no me hallaba en la Europa histórica, sino en la Revolución Norteamericana. Tenía una personalidad nueva. Seguía siendo un activista social, pero mucho más viejo. Como persona de edad, ya no sólo trabajaba para los oprimidos, sino que era capaz de ver a todo el mundo, opresores y oprimidos, como mis hijos.

— 10 —

De

repente entendí mis sentimientos. El hombre que me había criticado aquella tarde me puso en conexión con mi pro-

pio

descontento por ser parcial. La parte más profunda de mi quería cortarme la cabeza o hacerme cambiar de actitud.

En

otras palabras, estaba inconscientemente enfadado conmigo mismo por haberme puesto secretamente del lado de los

oprimidos, hasta tal punto que ya no era capaz de empatizar con nadie más. Este asunto me conectaba con mi historia personal de niño socialmente oprimido. Ahora yo insistía en la idea de crecimiento, y por tanto no debía tener una acti-

tud tan crítica con las ideas de la mayoría. Yo quería que todo el mundo, incluyendo al hombre que me había atacado,

fuera como un hijo para mi.

Mi nueva forma de ver las cosas me hizo llorar de alegría. Amy y yo nos abrazamos. Mi estado de ánimo cambió rápi-

damente. En mi fantasía, no había sido un viejo rey el que me cortaba la cabeza, lo que hubiera representado algún tipo de dominación interna en mi. Había sido un espíritu, algo más significativo que un rey, quien me pedía cambiar. Estaba ilusionado con la posibilidad de crecer. El difícil proceso de grupo de la tarde se había transformado en una increíble experiencia de aprendizaje. Estaba deseoso de retomar el trabajo con el grupo. Cuando comenzamos a la mañana siguiente, estaba listo para cualquier cosa. El hombre que me había criticado se le- vantó antes de que yo pudiera hablar y dijo a todo el mundo lo bien que se sentía y cuánto había aprendido el día ante- rior. Estaba sorprendido con él y lloré de alegría. Yo también comenté con el grupo todo lo que había aprendido.

La

escuela de la experiencia

Si

has trabajado con tensiones multiculturales, sabrás entonces que intentar facilitar sin ninguna formación es como tre-

par al tejado sin escalera. Los trabajadores globales necesitan trabajo interior y habilidades de relación, y tienen que

comprender la política internacional, económica y de clases. Los problemas personales, los asuntos locales y los temas internaciones aparecen mezclados en todo proceso de grupos.

En un futuro cercano, nuestros líderes más capaces no serán considerados así por su educación, rango o dinero, sino que

serán elegidos entre los supervivientes de las culturas oprimidas. Las personas que viven en dos mundos a la vez, que pertenecen a un grupo marginado dentro de la cultura mayoritaria, se han visto forzadas a convertirse en víctimas o a sobrevivir haciéndose líderes multiculturales. Necesitamos la ayuda de aquellos que han sobrevivido, sea por suerte, por inteligencia, conciencia o amor. ¿Dónde mejor podemos encontrar élderes que tengan la motivación y la conciencia ne- cesaria para proteger los derechos humanos?

En la actualidad, las escuelas de resolución de conflictos tratan a menudo los temas sociales de una manera académica,

evitando trabajar directamente con la experiencia de la violencia social. La corriente mayoritaria de todo el mundo tien- de a evitar el enfado de las clases oprimidas. La política y la psicología presionan a los marginados para que se asimilen

e integren. El pensamiento occidental se decanta unilateralmente por la paz y la armonía. Por ello muchos grupos mino- ritarios consideran la simple idea de “resolución de conflictos” como una fabricación social. Irónicamente, las medidas que implícita- o explícitamente prohíben la manifestación de esta rabia, terminan por provo-

car

el conflicto, pues suelen favorecer a las personas que gozan de suficientes privilegios como para vivir en áreas don-

de

las luchas sociales pueden ser evitadas.

Y

por otra parte, la gente que vive en la periferia u ocupa los peldaños más bajos de la escala social, es tratada por la

sociedad como “intocable”. Sus necesidades son continuamente reprimidas con la excusa de que deberían tener un tem-

peramento más equilibrado. Vimos un ejemplo de esto en el Capítulo I, en el caso del hombre blanco que se negaba a hablar con el joven negro por su actitud agresiva. A la gente excluida de las libertades y del poder de la corriente mayo- ritaria sólo le quedan dos opciones. O recurren a la revuelta y la revolución, o acaban en el mundo del crimen y las dro- gas. Debemos ser conscientes que las mayorías prefieren sistemas de resolución de conflictos que se alinean con las políticas gubernamentales e ignoran los aspectos emocionales de la marginación. Pero por otra parte, como indicaba mi fantasía con la guillotina, aquellos de nosotros que nos interesa la facilitación no deberíamos caer en un apoyo parcial e incons- ciente de las posiciones de las minorías. Pues esto haría que también la mayoría se sintiera marginada por el grupal.

La tarea del facilitador no es eliminar el uso de rango y de poder, sino darse cuenta de ellos y hacerlos explícitos para

que todo el grupo pueda verlos.

La opresión interna

Con la institución de jerarquías, la cultura crea un gran número de problemas subjetivos y objetivos. Las personas con rango no tienen que soportar las tensiones que marginan a grupos de gente con menos poder. La cultura blanca, por ejemplo, se caracteriza por haber creado una “burbuja de cristal”, que impide a los individuos de bajo rango, como las mujeres o la gente de color, subir en la escala social más allá de cierto punto. Todo el mundo internaliza el sistema de rango de su cultura, permitiendo a la opresión externa extenderse como una fuerza subjetiva que actúa en la vida personal. Muchas personas de grupos minoritarios están plagadas de dudas y de odio sobre sí mismas, o de falta total de esperanza, llegando a pensar que estos sentimientos son problemas exclusiva- mente suyos. Creen que están “enfermos” o que los daños se deben a su comunidad inmediata, sin darse cuenta de que

es la cultura de la corriente dominante la causante de sus problemas.

Las personas de la corriente dominante también pueden ser afectadas por la opresión interna. La mayor parte de la auto- crítica crónica procede de la internalización de los puntos de vista dominantes. La gente se menosprecia a sí misma

cuando no llega al nivel de exigencia que marca el gobierno local, su religión, la escuela o su clase social. Cuando la gente crítica consigo misma hace trabajo interior, saca a la luz una imagen de desprecio de sí misma, motivada por no

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alcanzar la excelencia en alguna de las formas aceptadas por la cultura: su apariencia física, color de piel o de cabello, salud, raza, religión, edad, género, ocupación, formación o estatus económico no son los apropiados. El mundo exterior

y su sistema de valores domina a estas personas internamente.

La política y la psicología están unidas, como hemos dicho varias veces, para lo mejor y para lo peor. Toda decisión po- lítica de la mayoría influye en la imagen que tenemos de nosotros mismos. Por ejemplo, las personas marginadas sufren más depresiones que otra gente, simplemente porque se ven a sí mismas como menos valiosas.

Cada vez que trabajas para liberarte de alguna forma de opresión interna, estás transformando la cultura en la que vives. Una vez estuve trabajando con una mujer de un país de Europa del Este, en donde era regla habitual que las mujeres permanecieran al margen mientras los maridos hablaban. Esta mujer soñaba con frecuencia que se le permitía aprender

a hablar en público. Cuando contó este sueño a su familia y amigos, éstos le amonestaron. Pero la mujer decidió arries-

garse y hablar. Los resultados fueron increíbles. Llegó a ser una de las impulsoras de la primera marcha de mujeres con- tra la dictadura en su país. Cuando te liberas de la dominación de los valores sociales mayoritarios, tu nuevo comportamiento puede ponerte en di- ficultades con tu familia o con otros grupos, de los que te sientes parte. Algo de tu nueva actitud puede no “encajar” en ninguno de estos grupos. Seguramente tropezarás con los sistemas de creencias que determinan cuál debería ser el com- portamiento correcto de las mujeres, los hombres, la gente de color y las personas de diferentes edades, profesiones, educación, religión o inclinación espiritual. Las tensiones mundiales del tipo anterior están íntimamente conectadas con el desarrollo personal. Te reenvían a traba- jar una y otra vez contigo mismo. En todo ello, el Trabajo Global apoya tu proceso de cambio, ayudándote a ser más consciente de tu actitud ante la opresión.

El insidioso alcance de la opresión

La opresión es tan pandémica —tan común en tu cuerpo, tus amigos y tu entorno— que tú y la gente que te rodea po-

déis llegar a considerar este desagradable estado mental como algo normal. Tomar tranquilizantes, recurrir a las drogas

o la bebida puede ser tu única opción para suavizar algunas de estas tensiones. Un comportamiento de este tipo ayuda,

aun sin querer, a mantener el actual status quo de la opresión en el mundo. En todas las culturas existen muchas personas profundamente marcadas por la opresión. Si eres miembro de un grupo marginado, puedes agotar todas tus energías enfrentándote a tu dolor personal y luchando no sólo contra la corriente dominante, sino también contra los miembros de tu propio grupo, que no son conscientes de los efectos de la opresión. Si tratas de ignorar las tensiones internas y externas, te puedes convertir en un adicto a la comida, al trabajo o al sexo, o desarrollar úlceras, sufrir estrés y debilitar tu sistema inmunológico, etc. Si perteneces a un grupo minoritario, puedes llegar a experimentar tanta presión para que te conformes y aceptes la si- tuación, presión que provendrá tanto de tu grupo contracultural como de la mayoría, que para evitarla es posible que acabes encerrado en el rol de ciudadano pacífico y tranquilo. Si, por el contrario, perteneces a la mayoría, una importante parte de ti está tan reprimida por la propia cultura, que te puedes sentir invisible y con muy poca energía para ayudar a nadie.

Dónde podemos aprender la lección

La democracia es una gran visión nacida del conflicto social. Sin embargo, cuando la gente suprime su conciencia de la opresión inmediata, interna y directa, la democracia se reduce a algo así como un procedimiento legal. La democracia es un sueño de igualdad, pero este sueño se halla muy lejos de la realidad. El Trabajo Global propone una democracia más profunda, un ser consciente de cómo el poder se utiliza contra las per- sonas y cómo este mismo poder podría transformarse. El Trabajo Global estudia los efectos internos y externos de las

tácticas legales, militares, policiales y terroristas, para averiguar hasta qué punto se abusa de la gente con ellos, y de qué manera estas tácticas son parte de todo proceso comunitario. Esta información ayuda a los trabajadores globales a crear técnicas de mediación alternativas y populares. Pero necesitamos algo más que técnicas. Necesitamos una diplomacia preventiva que promueva la conciencia. Tal vez te parezca obvio decir que los conflictos personales e internacionales se repiten cuando no se tratan en profun- didad los asuntos reales subyacentes. Podrías incluso preguntarte por qué el autor de este libro se molesta en hacerte no- tar este punto. Sin embargo, piensa en ti mismo, en tu familia, en tus amigos de ahora y antes. ¿Cuántos conflictos no has podido resolver en tu vida personal? ¿Has aceptado la responsabilidad por ello? ¿Has considerado alguna vez la in- fluencia que el rango y el poder, los asuntos políticos como los temas de género, educación, raza, edad y clase económi- ca han tenido en tus conflictos? ¿Has pensado acaso en las diferencias de poder causadas por las variadas formas de la opresión? ¿Cuántos problemas has resuelto en tu familia cercana? ¿Y qué decir de tu vida como trabajador global? ¿Cuándo fue la última vez que te enfrentaste a un conflicto en un grupo

u organización? ¿Cómo lo hiciste? ¿Buscaste un rápido final o trataste de comprender las raíces del conflicto? ¿En qué

pensaste primero, en el dinero y la eficiencia, o en llegar a tratar los temas difíciles? ¿Te has ofrecido a facilitar los problemas que surgen en tu casa, en tu trabajo, en el supermercado o en la calle? ¿Cómo defines tú la responsabilidad social? ¿Incluye tu definición el hecho de intervenir en las tensiones sociales dondequiera que se produzcan, sea en el teatro o en el restaurante? Para ser algo más que un mediador de conflictos o un experto en

desarrollo organizacional, para contribuir a un cambio de verdad, tienes primero que responder sinceramente estas pre- guntas y dejar claro cuáles son tus verdaderos objetivos.

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Todo conflicto es potencialmente el más importante

Los trabajadores globales nos ayudan a aumentar nuestra conciencia en relación a diferentes asuntos personales, grupa- les y sociales. Cuidan de la democracia en cualquier parte y en cualquier momento. Un élder, al margen de su edad, tie- ne que sentirse libre para plantear asuntos delicados, para representar a todas las partes. Cuando la gente se rebela con- tra las costumbres de la mayoría, el élder no se pone ni a favor ni en contra de la mayoría ni de los que protestan. En los países democráticos, muchos cambios importantes han sido el resultado de la desobediencia civil. Todo conflicto es, en cierto modo, el más importante. Puede ser el inicio de un cambio a escala mundial. Por ejemplo, muchos ciudadanos norteamericanos protestaron en los años 60 contra la guerra del Vietnam. Arriesgaron sus vidas en las manifestaciones y muchos fueron a la cárcel por ello, pero cambiaron el pensamiento de los norteamericanos acerca de la aceptabilidad de un conflicto armado. Los países democráticos, como los Estados Unidos, no tienen sin embargo la infraestructura legal necesaria para afron- tar un cambio social radical. Además, las leyes nunca serán suficientes. Aunque son importantes, las leyes no pueden erradicar la opresión, el racismo o el sexismo. De hecho suelen ocultar los prejuicios bajo la superficie, donde continúan siendo activos. Los trabajadores globales entienden los asuntos sociales como un camino hacia el encuentro, por decirlo así. Trabajar con temas de actualidad, favoreciendo la interacción y el diálogo, nos permite dar un paso más allá del multiculturalis- mo y de la corrección política —primeras reacciones al racismo, el sexismo, la homofobia y el fundamentalismo. El Trabajo Global es la política de la conciencia. No se trata sólo de resolver problemas, sino de elevar el grado de con- ciencia de la comunidad.

Breve exposición de los diferentes términos utilizados en Trabajo Global

Tengo por costumbre no utilizar jergas de ningún tipo. Su uso puede dar lugar a distinciones innecesarias entre los que las conocen y los que no. Sin embargo, algunos términos nuevos son importantes porque nos recuerdan que el Trabajo Global es un paradigma basado en la idea de campo, y se diferencia del viejo paradigma, que sólo considera a los gru- pos como la suma de sus partes. Aquellos lectores que tengan interés en una elucidación más completa de los siguientes términos, pueden acudir a mis libros anteriores, The Year I, The Leader as Martial Artist y The Shaman’s Body.

Consenso Acuerdo para afrontar un tema determinado o seguir una dirección durante un tiempo limitado.

Barrera (edge) Un bloqueo comunicacional que ocurre cuando un individuo o grupo reprime, por miedo, algo que está intentando salir. Por ejemplo, en el encuentro que he mencionado al principio de este capítulo, temas como el racismo y la xenofobia no se tocaron hasta la sesión de la tarde. El grupo tenía una “barrera” en relación con estos temas. Las mujeres que los sa- caron a relucir sentían que no podían hacerlo antes, porque la barrera del grupo prohibía hablar de estos asuntos y tenían miedo de la violencia que pudieran ocasionar. Igualmente, el hombre cuyos puntos de vista representaban la corriente mayoritaria, no se sentía libre para criticarme al principio. Cuando el grupo permitió que salieran los temas sobre raza y homosexualidad, una nueva barrera se alzó ante él como miembro de la corriente dominante. Esta barrera no era sólo la imposibilidad de criticar el liderazgo, sino también la de mostrar abiertamente su disgusto tanto por los temas como por la gente que hablaba de ellos.

Campo La atmósfera o clima de toda comunidad, incluyendo su entorno físico, ambiental y emocional.

Momento álgido Dentro del proceso de un grupo, es un momento de ataque y defensa, lucha y huida, éxtasis, apatía o depresión.

Metahabilidad El sentimiento con el que se aplican la teoría, la información y las técnicas. (Véase el libro de Amy Mindell, Metaskills:

The Spiritual Art of Therapy, para un análisis completo de este concepto).

Proceso El flujo de comunicación abierta y oculta dentro de un individuo, familia, grupo, cultura o entorno. Esto incluye senti- mientos inexpresables, sueños y experiencias espirituales.

Proceso primario La descripción de sí mismo, los métodos y la cultura con la que nos identificamos como individuos y como grupos. El término “proceso” enfatiza el hecho de que la identidad cambia con el tiempo.

Rango

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Una habilidad o poder, consciente o inconsciente, social o personal, que procede de la cultura, del apoyo de la comuni- dad, de la psicología personal y/o del poder espiritual. Tanto si tu rango es aprendido como heredado, éste organiza en gran parte tu comportamiento comunicacional, especialmente en las barreras y momentos álgidos.

Rol o espíritu temporal Posición, punto de vista o rango cultural que dependen del momento y del lugar. Los roles y los espíritus temporales cambian rápidamente porque son función del momento y del lugar, no son fijos sino fluidos, son representados por dife- rentes personas y partes a lo largo del tiempo y se mantienen en un permanente estado de flujo.

Proceso secundario Aspectos de nosotros mismos con los que, como individuos o grupos, preferimos no identificarnos. A menudo, proyec- tamos estos aspectos en la gente que consideramos nuestros “enemigos”. Podemos marginar o admirar estas cualidades, creando rasgos inferiores o superiores en otros grupos.

No se trata de lo que haces, sino de cómo lo haces

Permitidme que explique con más detalle estos conceptos, relacionándolos con procesos habituales en grupos grandes y pequeños. Como trabajador global necesitas información sobre el grupo que estás facilitando. Necesitas también con- ciencia para reconocer el campo con sus barreras y momentos álgidos. Por ejemplo, si un empleado se queja de su jefe y éste no presta atención a su queja, lo más probable será que se de una situación de tensión, un “momento álgido”. Si el jefe no dice nada sobre la crítica del empleado y el empleado no dice nada sobre el silencio de su jefe, los sentimientos que emergen en este momento álgido supuran, aumentando la tensión y tal vez la violencia. Entonces la historia se repi- te a sí misma en una nueva revolución. Por encima de la información y de la conciencia, los trabajadores globales necesitan “metahabilidades”. Son fundamen- tales. Tu trabajo tendrá éxito no por lo que sabes o haces, sino por la manera en que lo haces. El Trabajo Global nace de tu interés y amor por las personas. Quieres saber quiénes son y qué les pasa. El elderazgo es una habilidad emocional muy importante. Te será más fácil facilitar la tensión si puedes contactar con el élder que llevas dentro de ti. El élder mantiene un ojo en tu proceso interno, a la vez que reconoce el lenguaje y las señales corporales de los demás miembros del grupo. El élder sigue los procesos primarios y secundarios del grupo y sabe que tu propio proceso contribuye a la formación del campo. Ser consciente del “campo” no es lo mismo que conocer las diferentes partes de un sistema. Es como soñar todo el sue- ño, lo que incluye todo lo que rodea y atraviesa el cuerpo. El carácter del campo no depende de partes fijas y estables, sino de los roles momentáneos y de los espíritus temporales que fluyen por dentro y fuera de las fronteras inmediatas del sistema. Es importante respetar los roles y apreciar las jerarquías que existen, pero a la dinámica profunda del grupo sólo se accede conociendo el campo, los sentimientos que nos une y nos separan. ¿Cómo es el campo en tu casa, en tu organización, en tu barrio o país? ¿Cuáles son los problemas propios de tu área? ¿Cómo puede ayudar tu comprensión del campo en la solución de dichos problemas?

El Trabajo Global y las culturas indígenas

Las culturas indígenas tienen mucho que enseñarnos sobre atmósferas y campos. Según sus tradiciones, la atmósfera es un espacio sagrado gobernado por los espíritus del Norte, el Este, el Sur y el Oeste. Yo llamo a dichos espíritus, los “espíritus temporales”. Estos elementos, polaridades o roles crean el campo y cambian con el tiempo. Toda calle de una ciudad con problemas vive algún tipo de polarización sobre asuntos sensibles, como pueden ser los temas de género, edad, orientación sexual, raza y dinero. Dichos asuntos tienen diferentes lados, diferen- tes direcciones en la naturaleza, que son recogidas por los diferentes espíritus. Estas diferentes direcciones polares, o polarizaciones, requieren élderes que las faciliten. De alguna manera, el Trabajo Global es un aspecto más de las cultu- ras indígenas. ¿Cómo nos enfrentamos a la tensa polarización que surge alrededor de las diferencias culturales, psicológicas y de ran- go? Trabajar con el campo actúa sobre dichas tensiones y mejora la atmósfera general permitiendo que se expresen por sí mismas. Esto hace que muchos de los conflictos inmediatos desaparezcan por sí solos o se llegue a una solución más llevadera. El trabajo en el nivel de la atmósfera es a la vez personal y transpersonal. Hace que la gente se una. A menudo requiere diálogo, argumentos y momentos de confusión e incluso de caos. Pronto el aire se hace más claro y una nueva atmósfe- ra se ha creado para la comunidad. No sólo el trabajador global debe aprender a tolerar el conflicto. El Trabajo Global mantiene la tensión del grupo tanto tiempo como sea necesario hasta llegar a una solución. Esto posibilita que comunidades enteras se puedan sentar en el fuego. En lugar de hacerse más rígidas y desmoronarse cuando se han de enfrentar a un desafío, se transforman en la dirección de una mayor flexibilidad. Al igual que los nativos norteamericanos, considero la atmósfera de un grupo como algo sagrado, tanto si es problemá- tica como celestial. Necesitamos élderes capaces de crear comunidad, de invitar a todo el mundo a participar y de mejo- rar la conciencia de los procesos grupales. Los élderes del Trabajo Global animan a la gente a que exprese lo que cree, a “canalizar” y dar voz a sus espíritus y a que se manifieste lo que está en el aire. Las personas que se identifican con una determinada posición hablarán en su defensa. Otros responderán en contra. Todo el mundo tiene permiso para cambiar

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de lado. Si la cultura del grupo está abierta a ello, el movimiento y la danza se pueden utilizar también para expresar opiniones, sentimientos e ideas.

La relatividad de los conceptos

Términos como dentro o fuera, política y psicología, bueno y malo son relativos. Lo que hoy parece dentro, estará ma- ñana fuera. Lo que nosotros llamamos psicología es política para otros. Lo malo para un grupo es lo que otros dan por bueno. En trabajo de procesos, los diferentes conceptos se consideran significativos en la medida en que describen una experiencia cambiable, no porque sean verdades absolutas. En el Significado de la Relatividad, Albert Einstein escribió “la única justificación para nuestros conceptos y sistemas conceptuales es que nos sirven para representar el complejo de nuestras experiencias. Más allá de esto, no tienen ningu- na legitimidad” ix . Si en una determinada situación, los conceptos de Trabajo Global son inadecuados para expresar dicha experiencia, en- tonces son erróneos y es necesario recrearlos. Por ejemplo, yo solía hablar de la “sombra” en relación a la cultura, pero en la actualidad evito este término porque es una creación eurocéntrica. Hace que la luz sea más valiosa que la oscuri- dad, y tiene referencias al color de la piel. Los conceptos que utilizamos para definir una cultura —normal y anormal, sana y enferma, incluso los conceptos de raza, género y edad— no son más que conceptos. Representan el paradigma social dominante. El uso inapropiado de dichos términos puede contribuir a mantener los problemas existentes. Aunque los hemos utilizado para crear la psico- logía, la sociología y la política, estos conceptos son relativos. Cuando se utilizan de manera normativa, sólo sirven para marginar a personas que no se ajustan a ellos. Mi intención al introducir nuevos conceptos como barrera, espíritus tem- porales y momentos álgidos era la de incluir las experiencias y los individuos marginados por el sistema de conceptos de la cultura dominante. La relatividad social predice que si todos los tiranos abusivos dejaran el poder y los luchadores por la libertad lo ocupa- ran, muy poco cambiaría de hecho. Si todas las personas marginadas fueran promovidas a la parte alta del escalafón so- cial y todos los opresores renunciaran a sus puestos, seguramente habría pocas posibilidades de que el mundo cambiara de manera sostenible. ¿Por qué? Porque un poder estaría siendo ciegamente reemplazado por otro. Sólo cuando todos los miembros de una comunidad se hacen conscientes de su propio poder y del poder de los demás, puede darse un cambio de verdad. El mundo ha visto innumerables revoluciones. La guerra fría fue ganada por la democracia y el capitalismo. Sin embar- go, estos cambios no protegen las libertades individuales ni nos estimulan lo suficiente para participar en las tareas de gobierno. Todavía somos inconscientes de la relatividad del poder cotidiano y de cómo lo utilizamos.

Ciclos de crisis espiritual

Toda persona interesada en formarse para trabajar conflictos pasa por una crisis espiritual que se agudiza con la obser- vación constante de violaciones de los derechos humanos. Cada vez que me enfrento a conflictos intratables o a la sutil opresión que sufren los grupos minoritarios, mi ser oscila entre el miedo a hablar en público, la rabia contra los opreso- res y la inconciencia de la rectitud de mi propio comportamiento. Cada vez que observo cómo los grupos minoritarios se oprimen a sí mismos o a otros grupos, me siento sin esperanza alguna. He corrido grandes riesgos al tratar de realizar mis sueños por un futuro mejor para todos y para el entorno, pero después me he encontrado con problemas que me han puesto tan triste, que quería dejarlo todo. Muchas veces he llegado a pensar que tratar con grandes grupos en foros abiertos es imposible. Todas las heridas de tu infancia aparecen de nuevo cuando te enfrentas a grandes grupos en conflicto. Al principio, te ves a ti mismo de nuevo como un niño, en un mundo que es muy grande, poderoso y peligroso para tu vida. Además, gran parte de tu propio proceso de desarrollo interior se convierte en asunto público, de igual manera que las tensiones públicas se convierten en tu trabajo interior. Tu sentido de la privacidad es violado. No puedes esconderte. El mundo exterior te invade en la forma de dominación interna. Tu trabajo interior se hace indivisible del Trabajo Global. Mirando hacia atrás, tengo la impresión de que todo lo que he aprendido de mismo se debe tanto al mundo exterior co- mo a mi trabajo interior. Me siento agradecido por haber tenido grandes sueños como motivación primaria. He pasado por muchas fases de desarrollo personal. He tenido que aceptar mis sentimientos de agresividad hacia las clases medias altas cuando se niegan a tratar con justicia a las minorías. He aprendido a amar a aquellos que veía como mis contrarios. Ha sido difícil, pero sólo cuando me he permitido a mi mismo mostrar mi enfado he podido avanzar a través de mis propias heridas y frustraciones, presentes y pasadas, para llegar a darme cuenta que nadie es realmente culpable y que todo el mundo necesita despertar con los demás. Ahora, todas las personas envueltas en un conflicto me parecen débiles y necesitadas de cuidado. Incluso las personas con un gran poder social necesitan apoyo por su inconciencia ante los asuntos vitales de aquellos que no tienen poder. Algunas veces, pienso incluso que no existe nada que pueda llamarse corriente dominante. Es como un fantasma gene- ralizado, poderoso, a menudo con buen sentido, pero capaz de hacer mucho daño. La gente de la llamada corriente ma- yoritaria, aunque pueda parecer poderosa desde un cierto punto de vista, está en realidad atascada en relación a un uso apropiado del poder. Todos los que nos enfrentamos a conflictos intratables y a las tensiones globales estamos obligados a cuestionarnos nuestras creencias más profundas y el sentido de nuestras vidas. Una y otra vez, la búsqueda de respuestas a los proble-

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mas globales nos lleva a crisis espirituales. Siempre me ha parecido que estas crisis tenían cierto valor. Más allá de ha- cernos inseguros y vulnerables, nos abren a la búsqueda de algo infinito en nuestras interacciones mundanas. Aprender a llevarse bien con los demás es un ideal que todo el mundo desea. Enfrentarse a los foros ciudadanos, las bandas callejeras, las comunidades, los hombres de negocios y las universidades crea una gran tensión. Te encuentras con situaciones tan sorprendentes y gentes tan diferentes que al principio lo único que puedes hacer es maravillarte, de- sesperarte o asombrarte. Sin embargo, a veces, cuando te dejas arrastrar por este trabajo y permites que te desgarre completamente, puede suce- der algo extraordinario. Empiezas a darte cuenta que todas estas situaciones imposibles son también tus grandes maes- tras. Se trata de un acontecimiento trascendental. La tradición occidental puede aceptar a ciertos individuos, objetos o trozos de tierra como potencialmente sagrados. Pero ¿los grupos? No. ¿Los procesos? Todavía no. Y sin embargo, todo esos grupos, tan resistentes, tan estridentes y tan rígidos, resultan ser tus mentores espirituales. No sólo te desgarran en múl- tiples pedazos, también te enseñan. Y lo que te enseñan no son hechos ni teorías, sino la conciencia y la apertura a lo imposible. Tú te transformas con ellos. Ya no te ves a ti mismo como un facilitador, sino como un aprendiz, incluso un devoto de lo Que Es. Como resultado habrás aprendido una lección fundamental: la comunidad ya no es tu peor problema, sino tu más sagra- da maestra.

ix Einstein, El significado de la Relatividad, p. 2.

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3. Rango: una doble señal

Rango es una droga. Cuanto más tienes, menos consciente eres de cómo afecta a otros negativamente. Recuerda algún maestro estricto que te aterrorizaba de niño. Algunos maestros son conscientes de su rango y utilizan bien el poder que tienen sobre los niños. Otros son olvidadizos. Cuando obligan a los niños a ser disciplinados, los ate- rrorizan sin enseñarles en realidad nada positivo. Su uso del rango les hace poco atractivos e inabordables. Todos nosotros tenemos alguna forma de rango. Nuestro comportamiento muestra hasta qué punto somos conscientes de nuestro rango. Cuando no estamos atentos a nuestro rango, la comunicación se hace confusa y aparecen problemas crónicos de relación. En el mundo de los negocios, los que mandan apenas comprenden por qué se queja la gente que se halla a sus órdenes. Los ejecutivos olvidan su poder y suponen que sólo las personas que se hallan en los escalones bajos de la escala corpo- rativa tienen la culpa de los problemas de la empresa. Las personas con educación suponen a menudo que la gente con menos educación y poca experiencia es estúpida e in- madura. En los círculos espirituales y psicológicos, los veteranos piensan que los recién llegados están poco desenvuel- tos, son ignorantes, tontos y carecen de interés. Nuestro rango nos impide ver la valía de otras personas. Las naciones olvidan el efecto que tiene su poder sobre los países más pequeños y menos desarrollados. Una vez ayudé a facilitar una gran conferencia internacional en Bratislava, después de que cayera la Unión Soviética. Un grupo de per- sonas de Polonia, Chequia, Eslovaquia, Rumanía, Moldavia y Croacia se pusieron en un lado de la sala, unidos en su oposición a lo que acababa de decir un miembro de la delegación rusa. Se quejaban de que el interlocutor ruso les asus- taba con sus palabras. Su visión de un “nuevo gran estado sin clases” les había recordado el poder que, no mucho tiem- po atrás, emanaba de Rusia. En su defensa, el ruso preguntó cómo era posible que unas simples palabras pudieran recordarles los viejos tiempos. La Unión Soviética había caído. El discurso tenía como objetivo la mejora de las relaciones entre todos los Estados que es- taban allí representados. No podía entender por qué sus oyentes proyectaban sobre él poderes malignos. Los otros dele- gados no podían creer cómo se podía ser tan inconsciente. La discusión que siguió fue subiendo de tono por momentos. Las personas que han pertenecido a grupos, que en algún momento han utilizado su mayor rango en contra de otros co- lectivos, quieren ser tratadas como simples individuos una vez que su poder ha desaparecido. El ruso quería escapar de

la imagen soviética. Mientras tanto, los representantes de los demás países del Este, al igual que todas aquellas personas

que han sido oprimidas, se sentían incomprendidos.

Luchas de poder: debilidad contra debilidad

Los procesos políticos son, por lo general, diferentes de un país a otro, pero la estructura de los procesos de dominación, de relación entre la clase dominante y los grupos marginados, es similar en todas partes. Las personas pertenecientes a

la mayoría social tienen obviamente todo el poder que les confiere esta mayoría. Pero también son en cierta medida im-

potentes. Les resulta más difícil aceptar su rango que a aquellas que están, o han estado, bajo su poder. El resultado de esta pobre visión es su incapacidad para comprender a los otros y un empecinamiento en querer resolver los conflictos a

su manera. No es de extrañar entonces que, como muestran las noticias en todos los países del mundo, los conflictos se

atasquen, se eternicen y condicionen permanentemente la vida social de todos los países. En el caso de Bratislava, la delegación rusa no podía siquiera imaginar por qué los representantes de los otros países del Este estaban tan molestos con ellos. El problema para un facilitador que trabaja con este tipo de conflicto es el siguien- te: si tratas de hacer comprender la situación a aquellos que tienen más rango, te arriesgas a una incomprensión total. Cuanto más débil es su conciencia de rango, más violenta es la reacción que provoca en el grupo que se siente sin po- der. La insensibilidad hacia el rango es irritante. Te toca en lo más débil. Sin embargo, esperar que aquellos con mayor ran- go reconozcan su inconciencia es pedir demasiado. Es pedir que sean de un calibre espiritual e intelectual mayor que el resto de las personas. Aunque esta exigencia parece en principio estar justificada, tropieza normalmente con una gran resistencia, entre otras cosas porque aquellos con rango también se ven a sí mismos víctimas de la opresión, tanto de los participantes que los critican, como de los facilitadores. Las personas que se rebelan contra el uso inconsciente del rango, no sólo son víctimas. Al menos durante el momento de su confrontación, tienen también algún tipo de poder espiritual. Se sienten fortalecidos en su búsqueda de “justicia”.

Y al igual que aquellos que les provocan, son también inconscientes de su propio poder. Las víctimas no merecen auto-

máticamente ninguna aureola. Los facilitadores tratan normalmente de proteger a aquellos con menos poder. Pero cuando el conflicto salta, aquellos

con más poder también son vulnerables. Les falta perspectiva de lo que está sucediendo. Se hallan confusos. Ellos tam- bién necesitan protección y asistencia por parte del facilitador. Un grupo se siente herido y débil porque sus miembros han sido socialmente marginados; el otro se halla psicológica- mente debilitado porque sus miembros no son capaces de ver su posición social. Romper estos impases depende de la comprensión que tengamos de las relaciones entre poder y debilidad, posición social y fortaleza psicológica. ¿Qué pue-

de hacer el élder que llevas dentro para aumentar esta comprensión?

La cualidad de élder se nutre, en parte, de la experiencia que acumulamos de dichos asuntos, de nuestra capacidad para reconocernos a nosotros mismos como víctimas y opresores. Parte de ver la debilidad del opresor. Una vez que se ha

consumido completamente el fuego de la venganza lo que queda es una especie de frescor relajante que produce un gran alivio. Esta actitud no condesciende con nadie. De aquellos que tienen poder espera simplemente que se muevan con

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mayor conciencia desde el conflicto hacia el conocimiento. Ser élder supone abandonar la parcialidad y fomentar la compasión.

El rango tiene muchos indicadores

Algunas personas, después de haber leído el ejemplo del conflicto causado por el uso inconsciente del rango soviético, pensarán “no es mi problema”. Falso. Todos los conflictos nos afectan a todos. El problema de rango no se puede resol- ver en un único lugar; se tiene que trabajar universalmente. Después de todo, la jerarquía es la estructura social de la cultura. La cultura se halla detrás de nuestra inconciencia. Consideremos, por ejemplo, el papel de los blancos en los países occidentales. Los blancos se olvidan de la gente de co- lor, no sólo por racismo, sino porque el sistema educativo es totalmente eurocéntrico. Pensemos ahora en los hombres. En general los hombres hemos sido inconscientes de nuestra reiterada negación de las mujeres, de la misma manera que los heterosexuales actúan como si los gays fueran invisibles. Aquellos que gozan de buena salud no pueden comprender la agresividad de los que tienen mala salud. Los padres piensan que los niños atraviesan “fases”. Nuestra cultura nos enseña y nos refuerza en estas actitudes. El rango no se refleja en el espejo. Es el resultado de un estado sutil de la mente. Si formas parte del grupo más favore- cido en tu cultura, pensarás que eres una persona normal y que los que no son como tú son marginados. Ignoras el rol que corresponde a tu clase y rechazas los ultrajes ocasionados por ésta en el pasado. “¿Quién, yo? Mis antepasados fue- ron campesinos polacos, no aristócratas del sur. En cuanto a mi, ni siquiera había nacido cuando los tuyos fueron vendi- dos como esclavos”. El rango se manifiesta de muchas maneras, en la seguridad que uno tiene de sí mismo, por ejemplo. La influencia sub- consciente del rango determina cómo nos sentimos con nosotros mismos y con los demás. Una alta o baja autoestima no se debe tan sólo a la influencia de nuestros profesores, de nuestra familia o subcultura. Puesto que todas estas fuentes están de alguna manera ligadas a la cultura dominante, el mundo en su totalidad es la razón final de nuestro sentido de autoestima y del valor que otorgamos a los demás. La cultura dominante es insidiosa. Se introduce en nuestra forma de pensar, en nuestros sentimientos e incluso en nuestros sueños. Sentirse seguro y protegido son formas de rango psicológico. En un momento dado tal vez te preguntes: “¿por qué es tan insegura esta gente? ¿a qué se debe este extraño sentimiento de inseguridad?” Olvidas entonces todos aquellos terri- bles momentos en que nadie se preocupaba de ti —padres, maestros, compañeros, amigos…, ni siquiera los dioses te hacían caso. El rango psicológico es una droga que suprime nuestra conciencia del dolor de otras personas y nos empuja a menos- preciarlas, considerándolas como simples “víctimas”. Nos hace imaginar que nosotros transcendemos los problemas de otras personas, que estamos por encima de todo, al margen de las dificultades que persiguen a los desfavorecidos. Nues- tro ego nos aísla. Aun cuando sufrimos la represión en el pasado, no demostramos ninguna disposición para aliviar la represión en la actualidad. Insistimos en que los otros se pongan en nuestro lugar, en lugar de hacer un mínimo esfuerzo por comprender su situación. Como he dicho, el rango es una droga que nos hace sentir bien. Olvidamos su presencia. Al igual que la heroína, necesi- tamos cada vez más para sentirnos bien. Despreciamos el bienestar de otros y destruimos el entorno para mantener nuestro hábito. Hasta que la situación se hace insoportable para quienes son blanco de nuestros abusos y la rebelión re- sulta inevitable.

Uso consciente del rango

El rango no es malo de por sí, y el abuso de rango no es inevitable. Cuando eres consciente de tu rango, lo puedes usar en tu propio beneficio y en beneficio de los demás. Entonces recuerdas tu pasado. No olvidas que algunos de nosotros crecimos en casas cuando otros niños vivían en las calles, que para ti era seguro ir a clase todos los días mientras otros niños iban a reunirse en lugares de violencia y adicción, que tu vocabulario refleja una educación que otros no han reci- bido. Recordando una tras otra las diferentes fases de tu vida, te das cuenta que fuiste un privilegiado. Otros tenían mu- cho menos que tú. La gente consciente de su rango sabe que gran parte de su poder es heredado y no puede ser compartido. No humillan a las personas con menos poder, con menos posesiones o habilidades. Son humildes y en su humildad se sienten bien con- sigo mismos, pues el rango es tanto una medicina como una enfermedad. Las luchas de poder se dan en todas partes. La gente con menos poder se siente celosa, furiosa y dispuesta a hacer daño, si otros no son conscientes de su rango. Ser consciente del rango que cada uno tiene contribuye, en gran medida, a redu- cir este tipo de luchas. De niños transcendemos la idea de rango, igual que cuando estamos cerca de la muerte. A lo largo de nuestra vida te- nemos experiencias que también tiene este carácter transpersonal o transcendente. Estas experiencias nos dan rango es- piritual —un tipo de poder que es independiente de la cultura, la familia y el mundo. Si usamos este poder inconscien- temente, ignoramos o marginamos el sufrimiento de otros. Las personas muy dadas a las experiencias transcendentes pueden llegar a ser muy elitistas. Es fácil olvidarse del rango en el contexto de creencias religiosas o prácticas espiritua- les, más aún cuando estamos convencidos de seguir el camino del amor. La paz se valora tanto en los ámbitos religio- sos, que sus seguidores llegan a ignorar los conflictos que se provocan por pensar que otros son menos espirituales. El objetivo del Trabajo Global no es trascender, sino apreciar el rango y usarlo constructivamente.

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Enviando señales confusas

Algunos de los mensajes y señales que envías a los demás son intencionados, otros son inconscientes. Llamo “señales primarias” a los mensajes intencionados y “dobles señales” a los no intencionados. Por ejemplo, si intentas aparentar felicidad cuando estás mal, envías dobles señales. El mensaje intencionado será una sonrisa o una leve risa, la doble señal puede ser dejar caer la cabeza o hablar con un tono decaído. Si no eres consciente de tus dobles señales, te sorprenderán las reacciones de la gente. Por el contrario, si conoces tus señales, nunca te sorprenderá la respuesta de los demás. Consideremos, por ejemplo, el caso de un hombre blanco de clase media alta, que intervino en un foro ciudadano cele- brado en una pequeña ciudad de Oregón. En aquel tiempo, los derechos de los homosexuales ocupaban el primer plano de un intenso debate, que se extendía a todo el Estado. Este hombre se levantó en medio de la reunión para expresar sus opiniones sobre la homosexualidad. Tenía poco más de 60 años. A diferencia del resto de participantes, que vestían de manera informal, él vestía con un traje blanco y corbata. Sonriendo confiadamente, dijo: “soy una persona humilde. Creo en la Biblia. Creo que los homosexuales están alejados de Dios y por tanto perdidos. Necesitan ser salvados”. Su mensaje primario era que se trataba de una persona humilde, que pensaba que los gays estaban confundidos y tenían un problema espiritual. Eso es lo que quería que entendiéramos. Sostenía una Biblia en su mano para reforzar su discur- so. Pero, con su sonrisa, enviaba una doble señal, de la que otros se percataron rápidamente, dando a entender un senti- miento de superioridad. La Biblia era también una doble señal, que indicaba que este hombre se sentía apoyado por la mayoría. Su sonrisa y la Biblia fueron interpretados por el resto de participantes como un reflejo de superioridad: “no es necesario escuchar a nadie más, queridos amigos. Yo soy la verdad”. Sus dobles señales provocaron primero sentimientos confusos y después irritación. Los gays y lesbianas presentes en la sala se alzaron en bloque contra él. Otras personas también tuvieron reacciones muy negativas contra su presunción y superioridad. Las dobles señales describen procesos secundarios —cosas con las que no te identificarías si te dieras cuenta que las estás diciendo. Este hombre no se daba cuenta de su aire de superioridad. Pensaba que estaba siendo abierto con todo el mundo. En mi libro The Dreambody in Relationships x he explicado el carácter onírico de las dobles señales. Los mensajes do- bles muestran los sentimientos más profundos de una persona, las experiencias espirituales y el sentido inconsciente del poder y del rango. Las dobles señales de este hombre decían: “yo soy superior y por tanto tenéis que escucharme, por- que lo que yo digo no puede ser discutido”.

El poder de una doble señal

En el mismo encuentro, una mujer blanca contó cómo había sido herida por las calumnias de unos homosexuales. Mira- ba al suelo a la vez que hablaba y, al mismo tiempo, apretaba sus puños con fuerza. Hablaba de un sentimiento de impo- tencia y dolor. Volviendo a casa de una fiesta, estuvo llorando hasta la madrugada. Durante tres días no se atrevía a salir de casa, por miedo a ser lastimada de nuevo. Hablar del daño sufrido y mirar al suelo eran sus señales primarias, pero cerrar el puño era una doble señal. Cuando terminó de hablar, le pregunté si se había fijado en su puño y se estaría dispuesta a cerrarlo tan fuerte como pudiera. Al principio ni se había dado cuenta de este detalle. Se quedó un instante pensando en ello y después, transformada en una persona completamente diferente, dijo: “quiero defenderme y defender los puntos de vista de los demás. Quiero de- fender aquel hombre en su forma de pensar, aunque no esté de acuerdo con él. Pero también quiero proteger mi propia forma de pensar”. Había mucho poder en su doble señal. Un poder que no se quería quedar encerrado dentro de ella. Puesto que esta mujer era inconsciente de este poder, la única manera en que podía salir era a través de la doble señal. Las dobles señales son a menudo llaves, que nos permiten asomarnos a la complejidad y profundidad de las relaciones.

Las dobles señales son traviesas

La comunicación entre naciones, grupos, instituciones e individuos se puede mejorar con una mayor conciencia de las dobles señales. Los mensajes inconscientes provocan respuestas inconscientes. El hombre de la Biblia sonreía mientras le decía a la mujer lesbiana: “¿Por qué estás tan enojada conmigo? Eres muy susceptible”. Este hombre estaba todavía identificado con su primera afirmación —de que quería salvarla— y no se percataba de su sonrisa y del efecto que ésta tenía en ella. Por ello no podía entender su irritación. Al principio, ella tampoco podía entenderlo a él. Sus palabras le hacían sentirse mal, pero su sonrisa le provocó un profundo enfado y li- beró su poder interior. La mayoría de los malentendidos surgen de dobles señales, a menudo tan difíciles de desentrañar como los sueños. Considerad, por ejemplo, el caso de un hombre machista que sueña con un niño pequeño y vulnerable. Este hombre es inconsciente de la vulnerabilidad del niño que lleva dentro. Pero las demás personas lo distinguirán fácilmente en forma de dobles señales. Sin darse cuenta, este hombre estará pidiendo cariño. Actuará como una persona muy poderosa, pero el niño interior no dejará de enviar dobles señales que digan: “cuidad de mi”.

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Sea ahora el caso de un hombre que piensa que no tiene ningún poder, pero sueña a menudo con un boxeador. Este hombre se pregunta por qué tanta gente le desafía continuamente para luchar. No se da cuenta que está enviando dobles señales buscando el combate. También las instituciones envían dobles señales. Supongamos que perteneces a un colectivo que se considera a sí mis- mo cuidadoso con las personas o con el entorno. Mucha gente se unirá a este grupo por su identidad primaria, por su gran visión. De repente, y por alguna extraña razón, otros colectivos se sienten amenazados por tu grupo y empiezan a competir con él. ¿Lo hacen porque son mezquinos? Tal vez. Pero también podrían estar respondiendo a las dobles seña- les de tu grupo. Las señales primarias de tu grupo indican disposición a ayudar y a cuidar de la gente o del entorno, den- tro de una línea espiritual o de una cultura alternativa. Mientras tanto, sus dobles señales pueden estar diciendo: “Cui- dado, estamos aquí para quedarnos. Queremos conseguir más fondos que nadie. Queremos arrebatar miembros a otros grupos”. Las dobles señales, en la medida en que no son conscientes, tienen extraños efectos que dañan las relaciones.

Rango internacional y dobles señales

La sonrisa del hombre de la Biblia era una doble señal que revelaba su rango —el rango de una persona blanca, de ge- nero masculino y clase media alta, educada en un buen colegio y miembro de una religión mayoritaria. Su rango moles- taba a la gente que él decía querer ayudar. Algo similar sucede en las relaciones internacionales. Los Estados Unidos se definen a sí mismos como una democracia y envían al mundo señales primarias de igualdad y bondad. Sus señales secundarias revelan una historia completamente diferente: otros países consideran a los Estados Unidos como un país dictatorial y dominante. No pueden comprender por qué los Estados Unidos han apoyado el exterminio de nativos y afroamericanos y por qué siguen apoyando los re- gímenes dictatoriales y represivos en todo el mundo. Sin embargo, la mayoría de los norteamericanos blancos no son conscientes de la política de su país, represiva e imperialista. Cuando viajan al extranjero, se sorprenden al encontrar tanta hostilidad. Se quedan asombrados al descubrir que mucha gente de otros países piensa que son agresivos, insensi- bles y arrogantes. Fíjate en las dobles señales del siguiente fragmento, escrito por historiadores de una nación industrializada: “Los go- biernos de los países del Tercer Mundo han estado luchando, a menudo con absoluta ineptitud, para sacar a sus países de la pobreza, y mientras algunos han hecho mínimos progresos, muchos otros están como antes o incluso en una situa- ción peor” xi . Los autores continúan diciendo que estos países tienen enormes deudas externas que no pueden pagar y que este endeudamiento amenaza la estabilidad de las ricas naciones del Norte. En este ejemplo, mientras las señales primarias de los autores indican cierta preocupación por la situación del Tercer Mundo, y por las consecuencias que puede tener para las naciones industrializadas, su rango se revela en la forma en que se alinean con el Norte (cuya estabilidad económica está amenazada por el Sur) y en el desprecio que manifiestan por el Sur, cuyas naciones “luchan, a menudo con total ineptitud”, para hacer sólo “mínimos progresos”. Las dobles se- ñales de los autores dan a entender que el Tercer Mundo es para ellos un perdedor inepto y luchador, mientras que a los países del Norte no parece corresponderles ninguna responsabilidad por los problemas económicos internacionales. El tono de desapego y objetividad con el que escriben los autores implica también una doble señal, que indica un cierto sentimiento de superioridad: han convertido a los países del Tercer Mundo en objetos de su análisis.

El rango, una doble señal

En los Estados Unidos, la gente de color tiene menos rango social que los blancos. La mayoría de los blancos son poco conscientes de su rango cultural y cómo éste afecta a su manera de comportarse. Los facilitadores han de ser rápidos en captar las dobles señales, si quieren prevenir confrontaciones violentas. La gente que no es consciente de su rango no se da cuenta de lo que dice o hace, y los que resultan afectados por esta actitud no comprenden el desagradable comportamiento de los primeros. De repente, nadie sabe de lo que se está ha- blando, la situación se hace cada vez más tensay la agresividad se transforma en violencia. En el capítulo I, describía una situación en Los Angeles en la que un hombre blanco se negaba a escuchar a un negro enfadado. En un primer nivel, el hombre blanco parecía decir: “hablemos”. Pero la doble señal oculta decía: “tú no eres bueno para hablar conmigo”. Todo lo que el hombre blanco veía era la cólera creciente del negro, pero no la doble señal del privilegiado blanco, que era en parte la causante de dicha cólera. El blanco daba aún otra señal primaria: “no me gusta la violencia”. Pero la doble señal del privilegio por ser blanco apa- recía cuando éste volvía la cabeza para no escuchar al hombre negro, dando a entender que él no tenía por qué soportar la conducta del hombre negro si no quería. De esta manera, una fuerte presión social se ejerce sobre el hombre negro para asegurar que éste se avenga al comportamiento del hombre blanco. Con sus señales primarias el hombre blanco se consideraba a sí mismo un liberal. Pero con sus dobles señales, anuncia- ba que se siente apoyado por la mayoría blanca, que exige que el hombre negro se guarde su rabia para él. El hombre negro tampoco se puede defender bien contra las dobles señales del blanco, porque éstas son soterradas, desarticuladas, sutiles e indirectas. El rango es a menudo un poder invisible, una doble señal que invisiblemente abusa de los demás.

La tiranía: un fantasma en las relaciones

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La democracia, la idea de compartir el poder, requiere que seamos conscientes del papel que juega el rango, no sólo en

la política, sino en las interacciones cara a cara. El rango implica diferencias de poder. Todo el mundo tiene más y me-

nos rango que algún otro. El rango es un problema que nos afecta a todos en una democracia.

El problema es que la mayoría de nosotros somos conscientes del rango o poder que no tenemos, pero olvidamos el ran-

go o poder que sí tenemos. Incluso cuando luchamos por la revolución y por el cambio social, no dejamos de criticar veladamente a otros que están en nuestro bando, y nos consolamos pensando que lo que hacemos es decir la verdad. Por eso muchos activistas sociales, en su batalla contra la opresión, se quedan desconcertados por las luchas internas de sus propios grupos, luchas que normalmente tienen que ver con asuntos de poder y de rango. Empezamos a aprender de rango cuando todavía somos muy jóvenes. En las bandas callejeras —esto lo aprendí mien- tras crecía en las afueras de Nueva York—, el líder tiene el máximo rango, mientras que los miembros jóvenes y los fo- ráneos tienen el menor rango. Has de ponerte a prueba, si quieres conseguir más rango. Pero una vez que lo tienes, estás dentro y todo el mundo te admira. La vida en las bandas, donde el rango está claro, es de hecho más sencilla que la vida dentro de la sociedad, donde el rango no es visible. Siempre que hablo de rango, la gente que más tiene es la que menos me entiende o la que se siente más molesta. En los países democráticos, el concepto de igualdad está tan valorado como señal primaria, que los libera- les de la corriente mayoritaria piensan que viven en una sociedad sin clases. No se dan cuenta cuán a menudo marginan a otros. Piensan que sólo los países conservadores y no democráticos son represivos. La tiranía es un fantasma en los países democráticos que se proyecta sobre otros países. Es el fantasma que hace que la mayoría de los pobres en los Estados Unidos sean gente de color. El mismo fantasma que crea la burbuja de cristal que mantiene a las mujeres y los negros alejados de los puestos altos de la escala social.

Muros de cristal: dobles señales en acción

Recuerdo una mujer latina sin hogar, que hablaba apasionadamente de esta burbuja de cristal, en un foro abierto cele- brado en California hace algunos años. Trescientas personas asistían a este foro —latinos, negros, blancos y asiáticos, con profesiones que iban desde agricultores a profesores universitarios. La atmósfera, inicialmente muy tensa, se hizo

todavía más tensa, cuando la mujer afirmó que esta burbuja no se podía ver. Nadie pareció entenderla. Había dado en el clavo. Un muro de cristal es una doble señal inconsciente para quienes lo han creado. Es también invi- sible para sus víctimas, que sólo pueden sentirlo. De repente alguien criticó el tono enfadado de las personas sin hogar y de clase trabajadora. Sugerí que esta crítica era también un muro de cristal. Su intención era evitar que se multiplicaran las voces y que todas se pudieran escuchar. El doble mensaje de la crítica era que había un límite para la queja, y que éste no podía ser superado.

A

esto siguió un intenso debate. Finalmente, un hombre negro dijo que sentía que había reducido tanto la intensidad de

su

luz, que estaba viviendo con la luz de emergencia y que si aminoraba más la llama estaría muerto. Entonces todo el

mundo comprendió. El rango social aparecía como una clara señal de represión, creando el muro de cristal que había

sido hasta entonces invisible.

Rango psicológico y espiritual

Cuando hablamos de privilegios sociales, económicos y nacionales, estamos sólo arañando la superficie del concepto de rango. Algunas personas tienen mucho poder psicológico, un tipo de poder que no se incluye en la idea de rango social. Por ejemplo, ser capaz de sobreponerse a una situación de intenso dolor supone cierto poder. E igualmente, las personas de grupos minoritarios, que sobreviven a los abusos y la discriminación social, llegan a adquirir un poder diferente al que se asocia con el privilegio social. No hay más que pensar en Malcom X o en Martín Luther King. Para sobrevivir, la gente marginada se vuelve a menudo hacia la espiritualidad, lo que les permite alcanzar cierta estabi- lidad y les da la fuerza necesaria para superar su dolor. Una vida difícil destruye a mucha gente. Pero para otros es un revulsivo que les lleva a una nueva perspectiva, a mejorar sus habilidades psicológicas y con ello alcanzar cierto poder. Este poder, transmitido en forma de dobles señales, puede llegar a intimidar a la corriente mayoritaria

El racismo, el sexismo, la homofobia, la persecución religiosa, el maltrato infantil y la mala salud destruyen a mucha

gente, que se siente abatida por la desesperación, la depresión, la rabia, la venganza y el odio por sí mismo. Todos que-

damos malheridos por sus efectos. Pero unos pocos son transformados por estos males, convirtiéndose en seres huma- nos llenos de compasión. No quiero insinuar en ningún momento que sufrir es positivo. Pero, a veces los problemas nos ayudan a ser más conscientes y nos dan el poder de la comprensión. Usado con conciencia, este poder se convierte en compasión —esa increíble ternura por la que merece la pena vivir.

x Mindell, The Dreambody in Relationships, p. 4. xi Wayne McWilliams and Harry Piotrowski, The World Since 1945: A History of International Relations, p. 2.

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4. Poder y prejuicios en las relaciones personales

Puesto que una de las primeras razones de conflicto es el desequilibrio de poder, el primer paso de un trabajador global para facilitar un conflicto debería ser mirar, escuchar y tratar de empatizar y sentir los sentimientos de poder y opresión en cada parte del conflicto. Se trataría después de animar a las partes en disputa a descubrir los poderes que tienen a su disposición y a utilizarlos conscientemente para una paz duradera. Sin importar cuál sea el conflicto, los facilitadores tienen que ser conscientes de los distintos tipos de rango que interve- nien, y que hacen que las partes en conflicto se sientan diferentes unas de otras. Por ejemplo, en la historia del hombre que llevaba una Biblia en la mano y que quería salvar el alma de los homosexuales y de la mujer lesbiana que se enfren- tó a él, el conflicto trataba en primer lugar sobre la preferencia sexual, pero había también diferencias de género, reli- gión y grado de apoyo por parte de la corriente mayoritaria. Los siguientes tipos de rango son factores de conflicto en muchas culturas:

Color de la piel: en occidente, tener un color claro tiene más ventajas. Clase económica: cuanto más rico, mejor; las personas sin hogar tienen el menor rango. Género: los hombres suelen tener más rango social que las mujeres. Orientación sexual: la mayor parte de la sociedad considera a los heterosexuales dignos de confianza, mientras que los homosexuales no lo son. Educación: los que tienen una educación alta son mejor considerados. Religión: en cada país existe una o varias religiones con más peso. Edad: en los Estados Unidos, la juventud es admirada, pero las personas de edad media avanzada tienen todos los pun- tos para ser elegidos líderes. Los niños y los mayores son a menudo ignorados. Experiencia: en Occidente, la edad avanzada no equivale a sabiduría o experiencia. Los “expertos” son las personas que han ocupado una posición destacada en sus respectivos campos. Profesión: los trabajos que requieren una educación mayor o un mayor desarrollo del hemisferio izquierdo confieren más estatus. Salud: los cuerpos atléticos en perfecto estado otorgan un rango superior. Psicología: en muchos países occidentales, la mayoría de los puntos se los llevan las personas poco emotivas, equili- bradas y que no se exceden, en oposición al “fanático” poco interesado en la “seguridad”. Tienes puntos si eres un pro- fesor de psicología, pero si vistas a un psicólogo o un psiquiatra estás bajo sospecha. Igualmente, las personas que han estado en una institución “mental” o que toman medicamentos tienen menos rango cultural que otras. Espiritualidad: la gente que vive desapegada y centrada parece asumir el privilegio de situarse por encima de aquellos que se dejan llevar por las pasiones del momento. Qué se considera de mayor o menor rango depende de cada grupo, cultura, nación y época. Desde el punto de vista del trabajador global, lo que importa es cómo se utiliza este rango.

Signos de rango espiritual

El rango espiritual procede de la relación con algo divino o trascendente —dioses, diosas o espíritus. Las personas que tienen poder espiritual están en el mundo pero no para el mundo. Desarrollan una independencia de la vida y la muerte, el orden social y la historia, que les confiere una cierta seguridad y audacia. Los profesionales de la religión —ministros, sacerdotes, rabinos, monjes y monjas— no tienen necesariamente este ran- go. El origen del rango espiritual se halla en la cercanía con lo inefable. La persona con rago espiritual parece libre de las preocupaciones que nos invaden al resto de mortales. Como ocurre con todo poder, un uso inconsciente del rango espiritual puede causar problemas en las relaciones perso- nales. Si tienes el don de la ecuanimidad, pero eres inconsciente de ello, habrá gente que dudará de que realmente sim- patices con sus problemas. Lo más probable es que les parezcas distante, porque las dobles señales procedentes de tu rango espiritual les dan la impresión de que tú no sufres como los demás. Hace algunos años estuve trabajando con una pareja que estaba pasando por un mal momento. La mujer se quejaba sin alterarse de que su marido estaba teniendo una relación con otra mujer. Él exclamó inmediatamente que su mujer no le quería. Ella se quedó parada, dejó caer unas lágrimas, respiró profundamente y le preguntó de una manera que parecía muy ecuánime: “¿cómo puedes decir eso?”. “Porque así lo siento”, respondió él. “Tu no te preocupas por mi”. Percibí su pausa como una doble señal y le pedí que volviera a hacerla, esta vez tratando de ir más lejos en sí misma. “¿Qué es lo que ves”, le pregunté. Ella miraba avergonzada. “Me siento muy centrada y aceptando la vida como viene”. Su marido gritó, “ves, ¡no se preocupa lo más mínimo de mi! Siempre actúa sintiéndose superior”. “Eso no es cierto”, dijo ella con una convicción tranquila. Al principio pensé que ella estaba simplemente jugando a aparentar tranquilidad. Pero entonces comprendí que ella te- nía un poder espiritual que utilizaba sin ser consciente de ello. Como consecuencia, su marido creía que no se preocu- paba de él. Para tratar de que fuera consciente de su poder, le invité a que volviera de nuevo a su estado de relajación, pero esta vez con la idea de Dios en su mente, y que me dijera todo lo que le pasara por la cabeza. Ella se puso a meditar durante un instante. Entonces dijo: “Dios me ha dicho que Él se manifiesta en todo el mundo, y también en mi marido. Dios me ha pedido que muestre más mi amor”. Sus propias palabras parecieron sorprenderla. Se

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echó a llorar de alegría y miró a su marido con verdadera pasión. Él se emocionó. Se acercó hacia ella y se abrazaron un buen rato.

No puedes desprenderte de tu rango

Como revela esta última historia, utilizado conscientemente el rango es como una medicina. De otra manera, es veneno. No es posible desprenderse del rango, así que démosle al menos un buen uso. En tu desarrollo personal como trabajador global has de comprender el papel formativo que el rango psicológico y espi- ritual juegan en las relaciones personales. Puedes utilizar conscientemente tu rango para beneficio de otros, o puedes olvidarte de él y confundir y abusar de quienes te rodean considerándolos por debajo de ti. El uso inconsciente del rango se muestra en la tendencia a marginar los problemas de los demás. En el ejemplo anterior, el rango espiritual de la mujer marginaba la experiencia de su marido. Las personas que han adquirido un alto rango psicológico, superando persecuciones y situaciones difíciles, pueden responder a los malos momentos de otras personas con una frase como ésta: “Bah, eso no es nada. Déjame que te cuente cuando yo…” Mientras se ponen a dar brillo a su pasado, niegan la ayuda que les piden. O responden con la siguiente frase: “deja de quejarte y ponte a trabajar”, con la que sólo se consigue intimidar a quien está pidiendo ayuda. Así, algunas de las personas de grupos minoritarios que “han salido adelante”, desacreditan las dificultades de otras personas en sus mismos grupos, desmoralizándolas, debili- tándolas y debilitando el grupo en su totalidad. De la misma manera, un grupo puede debilitar a otros grupos. Si, por ejemplo, en un grupo las cosas van bien a nivel económico, sus miembros pueden estar transmitiendo a los miembros de otros minorías que es por su culpa si ellos no han sido capaces de conseguir lo mismo. Un grupo, que no es consciente del rango que conlleva su éxito social, enviará dobles señales a sus miembros más recientes o a sus clientes en el senti- do de que deberían estar profundamente agradecidos. Es importante que las personas y los grupos se conozcan a sí mismos. Algunas veces la imagen oculta que un grupo tie- ne de sí mismo se hace tan complaciente, que sus dobles señales vienen a decir que nadie es suficientemente bueno co- mo para unirse a ellos. Incluso algunos miembros de pleno derecho pueden llegar a sentir que tampoco ellos pertenecen verdaderamente al grupo. El grupo se desmorona bajo el peso de su narcisismo. Por otra parte, una persona o un grupo, conscientes de su poder, no niegan o ignoran su rango y cómo éste afecta a los demás. En lugar de eso, conocen su poder y lo utilizan juiciosamente.

Víctima y agresor: todo el mundo es ambas cosas

Las mismas fuerzas opresoras que marginan a la gente y la sitúan en posiciones minoritarias, oprimen también a las per- sonas de la llamada “corriente mayoritaria”. Las personas de la corriente dominante de la sociedad son, casi por defini- ción, ignorantes de su rango. Esto no sólo produce daño a otras personas, sino que también destruye sus propias vidas. Por ejemplo, cuando un hombre margina sin darse cuenta el sufrimiento de las mujeres, también está reprimiendo sus propios sentimientos. Si se hace insensible por mucho tiempo, acorta su vida al tratarse a sí mismo como si fuera una máquina. En los países occidentales, las mujeres blancas tienen mayor rango que las mujeres de otros grupos étnicos. Pero el mismo sistema social que les da cierto poder, las trata como inferiores a los hombres. Este sexismo socialmente aproba- do se refleja después internamente, cuando las mujeres adoptan inconscientemente los valores mayoritarios y se sienten inferiores. Las mujeres que hacen algún tipo de trabajo interior se encuentran a menudo con que sus padres, e incluso sus madres, las han oprimido al tratarlas de manera diferente que a sus hermanos, esperando diferentes cosas de ellas o comunicán- doles de forma sutil que sus sentimientos, opiniones y experiencias corporales e interiores tenían menos valor. Los orí- genes del pensamiento familiar son sociales. Si eres una mujer, las opiniones negativas de tu padre o de tu madre sobre ti procedían probablemente de su asimilación de los valores sociales de la corriente dominante, que ignora las caracte- rísticas individuales de las mujeres y las menosprecia de manera general. Problemas que creías que venían de tu familia, resultan ser de hecho problemas culturales. En última instancia, todo problema personal tiene un transfondo político. El mundo en el que vivimos está polarizado en todos los niveles. Se compone de aquellos con poder y aquellos que no tienen poder: víctimas y agresores. Todos noso- tros, pertenecemos de alguna manera a ambos grupos. Al abusar inadvertidamente de las personas de grupos minoritarios, la gente de la corriente mayoritaria abusa psicológi- camente de sí misma, lo que le impide disfrutar de su rango y poder. Por otra parte, sus víctimas se convierten a su vez en agresores, al manifestar sus deseos de venganza. La gente de la corriente mayoritaria termina confundida, sin saber que está sucediendo ni dentro ni fuera de sí misma. Desde la perspectiva de Trabajo Global, se pretende favorecer una nueva categoría de individuos: los élderes. Se trata de personas que están a gusto en el grupo que tiene poder y también en el grupo que tiene conciencia. Su papel es apo- yar el proceso de concienciación, algo más que un simple diálogo.

El ser interior es indivisible del mundo

Las ciencias sociales hablan del “ser interior”, de las “relaciones personales” y del “grupo”, como si se tratara de fenó- menos que pueden separarse. Al escribir este libro, mi intención es dejar claro que ser interior, relaciones y mundo son

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aspectos del mismo proceso comunitario. El trabajo interior tiene que ver tanto con las relaciones personales como con la acción política. Conceptos como masculino y femenino son más políticos que psicológicos. Supongamos que tu pareja está deprimida por un exceso de autocrítica y que tú, por el contrario, tienes una elevada au- toestima, es decir tu rango psicológico es alto. Si no utilizas ese rango conscientemente, puedes marginar el problema de tu pareja mostrándote impaciente con ella. O puedes pensar: “Oh, bueno, esto es típico de los hombres (o de las mu- jeres), que son así. No puedo hacer nada para evitarlo.” Con esta actitud estás apoyando el orden social, supones que tu pareja no puede liberarse de su influencia y minimizas la importancia del problema considerándolo como algo general. Una actitud diferente al exceso de autocrítica de tu pareja sería señalar que la sociedad nos presiona a todos para que cuidemos nuestra imagen, seamos más educados y tengamos más éxito económico. Que en Occidente, se nos exige que seamos conformistas y no alocados, más lógicos que emocionales, más fuertes que vulnerables, delgados antes que re- gordetes, de piel clara antes que oscura. La mayoría de las críticas internas refuerzan la presión de la cultura sobre la persona. Pregunta a tu pareja si su crítica interna es racista, sexista, homofóbica, antisemita o ha internalizado alguno de los otros muchos prejuicios de la sociedad mayoritaria. Examinando estos asuntos, tú y tu pareja hacéis trabajo interior, cuidáis la relación y hacéis trabajo político, todo a la vez. Con la ayuda de ambos os podéis liberar de las normas cultu- rales y daros permiso para ser emocionales, vulnerables, infantiles, cómicos, imaginativos o extravagantes, lo que que- ráis ser.

Abrirse a las diferencias

Mucha gente trata de ocultar sus orígenes u otros aspectos de su ser para evitar el abuso social. Estos aspectos se con- vierten en fantasmas en las relaciones personales, en terceras partes que no se pueden ver. Las relaciones se construyen sobre el amor, la química o el interés común. Pero también se crean para satisfacer una necesidad política o global. El mundo necesita que seamos diferentes y que aprendamos a resolver los asuntos de diversidad en casa. Toda relación en- tre personas de diferente raza, clase, nacionalidad o edad está llena de información importante, que se descubre en for- ma de dobles señales. Si sois de clase económica diferente, si habéis sido educados en religiones diferentes, si uno es medio italiano y el otro medio sueco, si estáis en una relación mixta, sacad a la luz vuestras diferencias. Dadles un espacio en la mesa. Si ambos sois de piel oscura, discutid vuestra relación con los nativos de Norteamérica, África, América del Sur o Filipinas. Si tu familia es latina o asiática, explora estas raíces con tu compañero. Sacar a la luz estos fantasmas étnicos consolida la vida de pareja y hace más consciente la dimensión política de la relación. Hace algunos años, trabajé con una pareja homosexual en la que uno de los cónyuges tenía orígenes judíos y el otro, cristianos. Vivían juntos desde hacía mucho tiempo. Se querían, pero ambos decían que en ocasiones veían su relación un poco aburrida. Cuando les pregunté si había algún problema social entre ellos, respondieron que no. Entonces les pregunté por sus diferencias étnicas. Por un instante se quedaron pasmados. Estaba claro que tenían miedo de algo. Tras algunas preguntas, resultó que el cristiano estaba irritado y celoso con la familia de su compañero judío porque tenían dinero. El judío se levantó y se puso a dar vueltas gritando que él no tenía dinero. Estaba dolido y furioso. Se calmó y entonces dijo que el cristiano era demasiado contenido. Pregunté entonces al que era cristiano si era conscinente de su rango social, pues los cristianos tienen privilegios que los judíos no tienen. Gritando dijo que él no tenía ningún rango. Que el problema real era que los judíos eran agresivos y que a él no le gustaba esta cualidad en su amante. Llegados a este punto, ambos hombres estaban de pie, mirándose uno a otro, las manos en las caderas, iniciando un pro- ceso. Los fantasmas habían salido. Durante varios minutos estuvieron gritando, uno sobre la “riqueza” de los judíos, el otro sobre la “contención” de los cristianos. De repente, el cristiano comenzó a llorar y todo se paró. Se miraron el uno al otro. También el judío rompió a llorar. Se abrazaron. Ambos se sentían muy molestos por los prejuicios que se habían estado ocultando el uno al otro. Cuando amainó la tristeza inicial, ambos pidieron disculpas, pero admitieron que sí tenían proyecciones, celos y miedos acerca del origen del otro. Parecían sorprendidos por la marcha del proceso. Afrontar los prejuicios, las opiniones y las proyecciones, en lugar de ocultarlas, les acercó más en la pasión que sentían el uno por el otro. Dejaron de ser políticamente correctos el uno con el otro y sacaron a relucir los asuntos sociales que les separaban, pero que al mismo tiempo les unían. Su relación se transformó en una comunicación fluida y en un apasionante proceso, no sólo en la expresión de unas pocas opiniones rígidas y ocultas. A nadie le gusta enfrentarse a sus proyecciones estereo- tipadas. Tenemos miedo del daño que puede resultar. Pero los prejuicios que nos separan también nos pueden unir. La corrección política —la idea de que la gente no debería ser racista, sexista, antisemita, homofóbica, etc.— olvida que los prejuicios no tendrían por qué prohibirse si no existieran. La corrección política lleva a ocultar los prejuicios. La gente que pertenece a una minoría política o a un grupo marginado se siente paranoica porque la corrección política oculta la dominación bajo el subsuelo, haciendo que sea más difícil trabajar con ella. Algunas veces, las personas que exponen abiertamente sus prejuicios pueden ser nuestros mejores aliados.

Destapando los sentimientos

En Trabajo Global no nos gusta la corrección política. En su lugar, preferimos destapar los sentimientos. Que la gente diga todo lo que tiene que decir. Entonces las cosas se ponen calientes. Si dedicamos nuestra atención a este calor, des- cubriremos que puede ser transformador.

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El propósito del Trabajo Global no es elucidar, criticar o luchar contra los prejuicios. Es llegar a ser consciente y utilizar el poder para crear comunidad. De alguna manera, el Trabajo Global es contracultural. Siguiendo los dos lados de una doble señal, podemos trascender los programas culturales tanto de los grupos mayoritarios como minoritarios. Asumas o no tus orígenes y tu pertenencia cultural, otra gente te identificará con ellos. Deja claras tus creencias y tu rango. Muestra a todos tus sentimientos de autosatisfacción, de superioridad o de autoestima, que tanto dependen de tu rango. Si tu poder es claro, lo puedes utilizar sabiamente, dejarlo a un lado o debatirlo con otros. Si, por cualquier razón, tu rango es bajo, déjalo claro también. Quizás sufriste mucho daño cuando eras un niño, o has sido socialmente marginado por la mayoría, o abandonado espiritualmente. Si puedes mostrar tus miedos, tu tristeza o tu desesperación por ser minusvalorado, dejarás de pensar que algo va mal contigo y te darás cuenta que estás haciendo algo muy valioso por todos nosotros.

Sacar los fantasmas

Las parejas heterosexuales de la corriente dominante tienen mucho poder. Lo notas cuando eres soltero. Aun cuando seas soltero por elección, mucha gente pensará que hay algo que no está bien y que deberías tener pareja, pues casi to- das las sociedades valoran más y dan más rango a las relaciones heterosexuales y no a los solteros. Las personas que tienen relaciones homosexuales o bisexuales soportan una presión social enorme. Los heterosexuales no llegan siquiera a imaginar el dolor que supone tener una relación homosexual. Los gay son frecuentemente el blanco de gamberros que los apalean sin piedad y tienen que sufrir la agonía de ver morir de SIDA a sus amigos y amantes. O tienen que soportar una absoluta incomprensión acerca del SIDA, pues mucha gente de la mayoría piensa que el SIDA es un castigo por su mal comportamiento. Las lesbianas también están bajo la espada de doble filo de la homofobia y el sexismo. Se les presiona para que tengan hijos y acepten los valores de la familia tradicional. Además del acoso y de la opresión religiosa, política y social, que sufren las parejas homosexuales, en muchas sitios no les queda más remedio que esconder su sexualidad. Cuando la mayoría de la gente cree que hay algo malo, enfermizo, perverso, anormal, desajustado o infantil en un determinado comportamiento, no resulta fácil combatir la presión exter- na. En ocasiones, casi llegas a creer que tienen razón. Muchos gay, lesbianas y bisexuales sufren diferentes formas de opresión internalizada, procedente de la corriente mayo- ritaria. Las relaciones homosexuales conllevan entonces los mismos problemas que asolan las relaciones heterosexuales. Por ejemplo, se pueden dar diferencias de rango cuando una de las personas es más “masculina” y la otra acepta un comportamiento clásicamente más “femenino”. O cuando una tiene menos experiencia y se siente inferior a la que tiene más experiencia o sabe más. La edad, la clase, la educación y la raza son factores que influyen en todas las relaciones. Sacar a relucir el contenido oculto de nuestras relaciones es una manera de trabajar en los problemas del mundo. En nuestras dobles señales están todos contenidos. Por ejemplo, si tienes una pareja heterosexual, se consciente de que tu orientación sexual es la que tiene más rango en la sociedad. Si no eres consciente de tus privilegios, ignoras los proble- mas de los demás y contribuyes a mantener la opresión que existe sobre ellos. Utiliza tu rango heterosexual para tu pro- pio beneficio. ¡Disfrútalo! Expresa públicamente tus sentimientos. Besa a tu pareja en la calle. Defiende en público la idea de que todo el mundo debería poder expresar su amor abiertamente, pero que los homosexuales no pueden. Habla de cómo has trabajado tu propia homofobia. Pregunta a la gente si les molestaría, que teniendo una relación homose- xual, mostraras tus afectos públicamente. Fomenta el debate. Ser heterosexual no sólo es un poder, a veces es también una debilidad. Puede llevarte a tener relaciones muy superfi- ciales con las personas de tu propio género. Liberar tu naturaleza homosexual significa liberar tu capacidad e interés pa- ra amar a cualquiera. Si estás en una relación con una persona de la misma raza que tú, tu vida es más sencilla que la de las personas en rela- ciones mixtas. Disfruta de tus privilegios sociales, muestra tus sentimientos, y recuerda que muchas parejas mixtas no pueden hacerlo fácilmente. Ten niños o no los tengas, pero recuerda que tu interés por la vida familiar es el mismo que el que pueden tener algunos gay y lesbianas que adoran los niños. Usa tu privilegio de tener hijos, disfruta de los niños, y luego pregunta a otros pa- dres si los homosexuales no podrían ser también muy buenos padres, porque al haber sufrido tanto, seguramente serán más conscientes de las necesidades que tienen aquellos que se sienten más pequeños. Saca los fantasmas. Crea comunidad. Yo intento utilizar mi rango social de hombre blanco, de edad media, con una pa- reja heterosexual estable, avivando los problemas, diciendo lo que pienso, sin descuidar, al mismo tiempo, a las perso- nas que piensan de otra manera. Sé que mi rango es relativo. Me doy cuenta que debo la mayor parte de mi conciencia social a la gente que tiene menos rango. Mi conciencia estaría aletargada sin su provocación, consejo y amor.

El proceso es misterio

Al explorar los problemas de poder en las relaciones personales y en los grupos, los facilitadores se adentran en lo des- conocido. Nunca se puede saber por adelantado adónde conducen los problemas. Seguir lo desconocido es lo que ali- menta una comunidad sostenible. Un proceso no es ni bueno ni malo, ni tiene éxito ni es un fracaso, no es conservador ni liberal, ni masculino ni feme- nino. Es todas estas cosas y ninguna de ellas, es algo impredecible y desconocido. Adónde se supone que nos conduce la vida es algo que no sabemos. Sólo las señales que la naturaleza nos envía a cada momento se pueden descifrar, pero no su propósito último.

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Mi forma de pensar me lleva a promover la seguridad económica y la libertad para todo el mundo, a luchar contra la

persecución y la discriminación. Pero también intento que los procesos se desarrollen en su totalidad, porque es la única manera de crear una comunidad en la que todos sean conscientes por igual. Para seguir un proceso individual o de grupo, necesitarás bastante fortaleza y poder, y deberás ser consciente de todos

tus diferentes rangos. Sólo entonces podrás percibir el misterio que siempre ha estado en el núcleo de toda comunidad,

el reino de lo desconocido. Los procesos comunitarios, como el propio mundo, son una experiencia extraña, imponente, un lugar que es internacional y personal, intercultural, cultural y contracultural. Siguiendo el flujo de la comunicación, te internas cada vez más profundamente en el misterio, dentro y entre nosotros. Las relaciones verdaderamente contraculturales no son ni heterosexuales, ni homosexuales, ni bisexuales; no son ni buenas ni malas, ni masculinas ni femeninas. No apoyan ni rechazan la comunidad. Las relaciones contraculturales son algo que cambia constantemente, en contenido y en forma. Detrás de lo que parecen ser problemas sin solución — proyecciones, prejuicios, racismo, sexismo, homofobia— se halla al final un camino que nos conduce, de una manera incomprensible, a estar juntos. Seguir el camino de la conciencia en todo puede parecer problemático, al menos al principio. Incluso nos puede apri- sionar con prejuicios. Pero en otros momentos resulta liberador. A veces es un camino que divide, pero al final, repen- tinamente, nos une en una forma que hasta ese momento no podíamos imaginar. Tolera los momentos de temor y de caos. Invita a participar a todos los fantasmas. Inténtalo. Muestra tu trabajo interior, habla de tus poderes, úsalos para echar luz en tus prejuicios y descubre qué ha preparado la naturaleza para después.

Descubre tus privilegios

Las siguientes preguntas están especialmente diseñadas para las personas que se acercan por primera vez a las ideas de rango y privilegios.

1. ¿A qué grupo étnico perteneces? ¿con qué grupo étnico te asocian otros? ¿cuál es tu nacionalidad? ¿género? ¿profe-

sión? ¿religión? ¿formación? ¿clase económica? ¿orientación sexual? ¿edad? ¿condición física?

2. ¿De qué privilegios legales o ventajas careces por tu identidad? ¿qué problemas económicos tienes, que en tu opi-

nión, derivan de tu identidad? ¿qué problemas psicológicos tienes relacionados con tu falta de privilegios sociales?

3. ¿Qué privilegios están relacionados con tu identidad? Tomate el tiempo que necesites y trata de ser concreto. Si no

lo sabes, pregunta a alguien de otro grupo que te hable de tus privilegios. ¿Tienes privilegios para viajar/inmigrar? ¿te sientes parte de una pequeña comunidad o de la mayoría? ¿tienes algún ti- po de poder intelectual, social o económico? ¿qué privilegios tienes por estar bien físicamente? ¿qué privilegios por tu género? Comenta algo acerca de tu sentido del orgullo, tu capacidad para ganar dinero, tu educación, el trato que recibe tu familia, tu edad. ¿Es diferente la experiencia de los demás? ¿Qué tienes que otra gente puede desear? ¿qué privilegios están relacionados con tener la pareja que tienes? ¿con tu lengua materna? ¿con tu educación? ¿tienes facilidad para hablar en público? ¿eres un líder seguro de ti mismo?

4. Celebra tus privilegios en tu mente y con tus amigos. Se agradecido por la suerte que tienes, por todo el dolor que te

ahorran tus privilegios, por lo que enriquecen tu vida. Se feliz por ello. Imagina, si crees en ello, que un ser divino te ha dado estos privilegios. Pregunta a dicho ser por qué has recibido estos regalos. Si no puedes celebrar tus privilegios, considera la posibilidad de que has internalizado la opinión de todo el mundo so-

bre

tu raza, género, u orientación sexual, haciéndote tener prejuicios contigo mismo. O quizá no puedes celebrarlos por-

que

te sientes culpable por tener algo que otros no tienen.

5. Recuerda tus privilegios psicológicos. Si tu infancia no te causa problemas, tienes un rango que otros no tienen. ¿Te

levantas por la mañana esperando impaciente un nuevo día? Si es así, tienes un rango que otros carecen. ¿Te sientes

emocionalmente estable y despreocupado por el futuro? Si te ocurre a menudo, tienes mucho rango psicológico. ¿Cuá-

les son tus métodos personales para trabajar tus tensiones y problemas? Si te funcionan, tu rango psicológico es muy

alto.

6. ¿Y tus privilegios espirituales? ¿te sientes en conexión con tus creencias sobre la vida, o sobre la vida después de la

muerte? ¿crees en algún dios? ¿cómo influye está conexión en tu vida diaria? Se agradecido por todos tus privilegios y conexiones en este ámbito. Aumenta tu conciencia utilizando más estos privilegios. Habla de ellos. Celébralos. Pregunta a otras personas cómo compartirlos.

7. ¿Cómo estás usando tus privilegios más poderosos? Elige uno y pregunta en casa cómo lo utilizas, pregúntalo tam-

bién en la calle, cuando vayas de tiendas, en el trabajo o en tu grupo social. Piensa en personas o grupos que no tienen este privilegio. ¿Puedes compartirlo o utilizarlo para hacer que otros se sientan orgullosos de los suyos? ¿para sacar a la

luz problemas y prejuicios?

8. ¿Qué tensiones y problemas se dan en tu grupo local? ¿Cómo se relacionan estas tensiones con la inconciencia de

vuestros privilegios?

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9. Imagina que utilizas tu rango y privilegios para cambiar tus relaciones personales, tu comunidad, nuestro mundo.

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5 Revancha y transformación cultural

Durante un viaje que hice a Belfast en 1992, tuve la oportunidad de aprender mucho sobre el concepto de rango y cómo éste se halla en el origen del deseo de venganza y del terrorismo. Descubrí que los terroristas no eran tipos duros ni in- sensibles a todo, sino que, al contrario, podían llegar a ser muy receptivos. Aprendí que no son personas raras que “casi nadie conoce”, sino que existen en todos los grupos, pues en todo grupo hay personas heridas por la mayoría y que lu- chan por la libertad de todos. El conflicto en Irlanda del Norte implica a católicos, que son el 43 por ciento de la población, y a protestantes, que son el 57 por ciento restante. El Ejército Republicano Irlandés (IRA), de base católica, es el ala paramilitar del Sinn Fein, el movimiento político cuyo nombre significa literalmente “sólo nosotros”. El IRA y el Sinn Fein luchan por la unidad de Irlanda, libre de la presencia del gobierno británico. La población protestante y lealista quiere seguir ligada al país de sus antepasados, Escocia e Inglaterra. Los protestantes tienen miedo de perder su identidad cultural. Cuando Amy y yo estuvimos en Belfast, se había acordado un alto el fuego, aunque en la época en que escribí este li- bro, el IRA no se había comprometido aún a utilizar sólo medios pacíficos. Cuando estuvimos allí, Irlanda del Norte es- taba cien por cien en conflicto —salvo que le preguntaras a un residente. La gente que vive en zonas conflictivas en cualquier lugar del mundo dice que ahí no sucede nada especial. Han apren- dido a relativizar sus miedos para no volverse locos en un lugar en el que las bombas y los asesinatos son acontecimien- tos diarios. Belfast ha sido por mucho tiempo una metáfora internacional de lugar en conflicto. Ha sido asolada por el conflicto durante muchas décadas. Todas las zonas en guerra son aterradoras cuando entras en ellas por primera vez. En todas ellas, sea en Belfast o en Beirut, la gente se esfuerza por salir adelante, negándose a ver la omnipresente amenaza de los francotiradores, de los ataques terroristas y de las bombas. Estas amenazas están siempre presentes en cualquier lugar, en cualquier momento, contra cualquiera. Todo el mundo en estos sitios vive conmocionado, afectado por la neurosis de guerra, enfermedad que también se conoce con el nombre de desorden por estrés postraumático. La policía nos detenía continuamente en los controles policiales que se establecían para atrapar a los terroristas. Nunca había tenido una pistola apuntándome tantas veces desde que estuve en Israel en los años 80. Amy y yo habíamos sido invitados a una conferencia en Belfast, organizada por personas de ambas partes del conflicto. Nuestro encuentro con estos “terroristas” —una palabra que utilizan los medios de comunicación para designar a las personas que se identifican a sí mismas como luchadores por la libertad—, se había mantenido en secreto. Los partici- pantes sabían que podían ser asesinados por sus respectivos grupos si se descubría su presencia en el encuentro. Estaban dispuestos a arriesgar sus vidas para encontrar nuevos caminos para resolver el conflicto. Aunque en aquellos tiempos prácticamente todo era un asunto de vida y muerte.

La venganza puede despertarte

La conferencia arrancó de manera contundente. Justo cuando Amy comenzaba su discurso de apertura, uno de los parti- cipantes gritó beligerante: “eh, señora, ¿a qué está esperando? Díganos de una vez si sabe cómo resolver esta maldita guerra y no se vaya por las ramas”. Amy se volvió contra su interlocutor y le dijo: “tranquilo, dame 60 segundos para hablar”. Aquel hombre y sus amigos continuaron interrumpiéndola: “yo he sido terrorista durante muchos años”, alardeó uno de ellos, como retándonos a que intentáramos cambiarlos. Al principio, nos sentimos víctimas de un ataque. Un poco de reflexión nos ayudó a clarificar las cosas. La ira de los participantes se debía, en parte, a nuestro error por no reconocer inmediatamente que eran ellos, las personas que vivían en aquel lugar, los auténticos expertos de su propio conflicto. Resultaba que se sentían provocados por nuestra falta de conciencia en relación a los privilegios que teníamos. Nosotros podíamos volver a casa y vivir en relativa seguridad, pero ellos tenían que quedarse allí y vivir en una zona de guerra. Nuestras dobles señales —optimismo acerca de la bondad potencial del conflicto, sueños por un mundo mejor, mensa- jes de ánimo— les hacían sentirse fracasados. Nuestro comportamiento inconsciente agravaba su depresión y los enfu- recía. “Ojo por ojo y diente por diente”, dijo un hombre. Se sintieron forzados a atacarnos para hacernos despertar de nuestro sueño. Antes de que pudiéramos hablar con ellos, tenían que hacernos sufrir el conflicto y la agonía que ellos soporta- ban todo el tiempo. Tuvieron éxito, nuestro entusiasmo desapareció por momentos. Esta especie de combate comenzó enseguida, pero tardó horas en apaciguarse. Al principio parecía que no había nada que discutir. El líder de aquel grupo y sus amigos estaban enfadados, furiosos. Lo que a su vez nos hacía enfadar tam- bién más a Amy y a mi. El líder era especialmente desagradable. Aunque se trataba de uno de los organizadores de la conferencia, nos dijo que ellos no tenían nada que aprender de nosotros. Yo también me volví amenazante, tratando de vengarme como el resto. Le acusé de comportarse como un político que lo sabe todo. Le dije que el suyo era un caso desesperado y que con su actitud estaba alejando a Irlanda del Norte de la paz. Él gritó que era injusto con él y con sus amigos. La situación se hacía cada vez más tensa, cuando una mujer, que formaba parte del grupo, tomó la palabra. Nos explicó que aquel hombre tan beligerante estaba simplemente siendo él mismo. “No pretende ser desagradable”, dijo ella. “Él piensa que está haciendo algo bueno para todo el mundo”. Cuando la mujer nos calmó con su intervención, nuestro ata- cante se relajó.

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Ella tenía razón. Yo había supuesto que aquel hombre se identificaba con ser duro y vengativo, pero ella se acercó a él para demostrarnos que no era así. Gracias a aquella inteligente mujer, resolvimos nuestras diferencias y seguimos ade- lante con el encuentro. Trabajamos sobre el deseo de venganza y la esperanza de transformación. Al final, el “terrorista” que había atacado a Amy nos invitó a un bar de la zona.

La necesidad de revancha

Cada vez que, como facilitadores, sugerimos que sabemos algo que otros no saben, actuamos como maestrillos que se creen por encima del resto. La fórmula es simple: el uso inconsciente del rango provoca revancha. Yo podía haber evitado todo el problema dándome cuenta de mi rango. Mi oponente también podía haberlo hecho. Pero por otra parte, ambos necesitábamos de nuestro mutuo deseo de venganza para ser conscientes del rango. En nuestra in- conciencia, él creía estar haciendo algo bueno, y lo mismo pensaba yo. Aquella tarde, aprendí que el terrorismo no es sólo una actividad política, sino una interacción de grupo, más común de lo que imaginamos aunque nos pase desapercibida, basada en la sensación de estar siendo tratado injustamente. Todo el mundo se enfada en un momento u otro. La mayoría de nosotros sabemos perfectamente qué significa buscar revancha por las heridas que otros nos han inflingido. Al fin y al cabo, gran parte de la infancia consiste en crecer para proteger- nos de las heridas inflingidas por aquellos que utilizan su poder inconscientemente. Sin embargo, los psicólogos apenas comienzan ahora a comprender las consecuencias de la humillación y el abuso. Los facilitadores políticos y de grupos saben muy poco o nada de ambas cosas. Es por eso que terminamos diciendo a aquellos que se muestran furiosos y vengativos, que tienen que trabajar en sí mismos, pues sólo ellos son la causa del problema. Los periódicos están llenos de malentendidos sobre las personas aparentemente agresivas. Nuestro sistema legal está sobrecargado con casos en los que el motivo es la revancha. El sistema trata la violencia y el terrorismo como algo que ocurre fuera del despejado cie- lo azul, en el que se mueve la mayoría de la gente. El problema es pandémico. Cada pocos segundos alguien es violado, atracado o asesinado en los Estados Unidos. La pobreza, las drogas, el desempleo, la falta de educación, el racismo, el sexismo y el abuso social promueven la violen- cia. Que la injusticia social fomenta el deseo de venganza debería ser obvio si se considera que la inmensa mayoría de los encarcelados por actos violentos en todos los países proceden de grupos con pocos privilegios sociales. En otras pa- labras, la violencia sucede, en parte, porque los oprimidos no se pueden defender a sí mismos del uso intencional y oculto que la mayoría social hace de sus privilegios. El deseo de revancha es una forma de espiritualidad, una clase de poder espiritual que busca contrarrestar la injusticia social. En la Biblia, es Dios quien recomienda ojo por ojo y diente por diente, en Levítico 24:20: “cuando un hombre hiere y desfigura su prójimo, debería hacérsele a él lo mismo que él ha hecho; fractura por fractura, ojo por ojo, diente por diente; lo que él ha hecho a otro, debe sufrirlo también él”. Existen muchas hermosas citas de Dios en la Biblia, pe- ro la inclinación divina por la venganza queda clara ahí. La venganza es fundamental en las enseñanzas religiosas. Confucio intentó contrarrestar la venganza aconsejando: “lo que no quieres que te hagan a ti, no se lo hagas a otros”. Cristo nos enseñó “haz con los demás como te gustaría que los demás hicieran contigo”. Los budistas cultivan la amabilidad. No obstante, cuando buscamos la revancha, estamos con- vencidos de que tenemos algún tipo de justificación divina para nuestros actos. Este sentimiento de “justicia” transfor- ma la violencia crónica en una especie de lucha religiosa contra “los que hacen el mal”. Puesto que hemos sido agravia- dos, sentimos que tenemos derecho a arremeter contra nuestros perseguidores. La gente que ha sufrido abusos tiene sólo dos opciones: o los soportan en silencio o se convierten en agresores.

Pasividad: la primera señal de la venganza

La venganza comienza con la rabia contenida. Algunos de nosotros nos limitamos, cuando nos agreden, a rechinar los dientes y sonreír tontamente. A partir de ahí el deseo de venganza puede crecer hasta instigar una revolución. El deseo de venganza se esconde en dobles señales porque tenemos miedo del daño que podemos recibir de alguien más poderoso que nosotros. Para protegernos de las represalias, separamos la rabia que llevamos dentro y tratamos de actuar como si no existiera. Contener la rabia puede ser lo más sabio que se puede hacer. En muchas partes del mundo, el precio de la venganza contra alguien con mayor rango social es la tortura, la prisión o la muerte. En todos los países, cuando los niños se de- fienden contra un familiar que abusa de ellos, corren el riesgo de recibir todavía más daño. Irónicamente, la primera señal del deseo de venganza suele ser la pasividad: incredulidad, pena, retraimiento, ansiedad o aturdimiento. Es importante notar estos síntomas iniciales, porque terminan inevitablemente activando el ciclo del im- pulso taliónico: venganza por venganza. En sus primeras fases, el deseo de venganza se manifiesta de manera sutil: arrastrar los pies, llegar tarde al trabajo, evi- tar la conversación, estar ausente, ponerse en huelga, no reaccionar cuando se habla, ponerse furioso, desesperado o sal- tar las lágrimas. La depresión y el mal humor pueden ser formas de vengarse de otros o de hacerles sentirse culpables. Más tarde, el deseo de venganza se manifiesta en la formación de coaliciones que se oponen a los opresores. Puede ser la causa de manifestaciones contra las autoridades, las revueltas callejeras, la desobediencia civil y por último la revolu- ción.

La comunidad a través del odio o del amor

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Como he dicho antes, la venganza no sería necesaria si todos nosotros fuéramos conscientes de nuestro rango e hiciéra- mos un uso más sabio del poder social. La venganza es, en sí misma, un extraño poder contra el que no se pueden de- fender los privilegiados. Sucede una y otra vez —entre jefes y empleados, padres e hijos, autoridades y marginados, países ricos y países pobres. Cuando nos olvidamos de nuestras privilegios sobre otros, alguien con menos rango nos sacará bruscamente de nuestros sueños. La gente con privilegios insiste en que la comunidad se crea a través del amor, compartiendo alimentos y haciendo co- sas en común. Muchas personas marginadas tienen otra historia que contar. Para ellos, la comunidad comienza bañando el mundo de odio. Su dolor se convierte primero en disensión, después en acusación y finalmente en violencia y ven- ganza. Las personas que son objeto de ataques por venganza se consideran a sí mismas víctimas inocentes, lo que todavía enfu- rece más a los marginados. Para ellos, la venganza es la única manera que tienen de llamar la atención por toda la injus- ticia que sufren. Sin esta rabia, el resto del mundo nunca se vería en la obligación de enfrentarse a los abusos de poder. La gente que carece de todo poder piensa que cuanto menos conscientes somos de nuestro poder, menos nos importan sus preocupaciones. Nuestro sistema de “justicia” es simplemente otra forma de inconciencia. La práctica habitual en criminología y psico- patología asume que los actos de venganza se deben a la historia personal del “criminal”. Sugiero que se cambie esta práctica y se considere que el comportamiento antisocial es una consecuencia del contexto social en el que tiene lugar. Podríamos disminuir el comportamiento “criminal” gastando parte del dinero que se dedica a construir cárceles en una mayor educación sobre rango.

Manejando los momentos álgidos

Como he explicado en el Capítulo Uno, un momento álgido es un momento emotivo, sorprendente, violento o de ten- sión calma que se da en un proceso de grupo. Los momentos álgidos son vórtices de intensa energía que se llevan por delante, como un tornado, a cualquiera que encuentran en su camino, pudiendo llegar a la rebelión y la violencia. Los momentos álgidos de tipo violento están intrínsicamente ligados a dobles señales relacionadas con el rango. Tome- mos de nuevo el ejemplo del Capítulo Tres, el del hombre que llevaba una Biblia en las manos y sonreía, a la vez que afirmaba que los homosexuales necesitan ayuda. Un hombre de la comunidad gay le dijo que quería tirarle un ladrillo en la cabeza, de la misma manera que se les tiraba a los homosexuales. El hombre de la Biblia seguía sonriendo. Fue un momento álgido. La doble señal de este hombre en relación con su rango era su sonrisa de superioridad. Era una señal de desprecio. Las personas que se sintieron aludidas por ello respondieron con una amenaza. Lo que a su vez mo- tivó una contra-amenaza por parte del hombre de la Biblia: “¡No os exaltéis, por favor!” Su doble señal, su sonrisa, ve- nía a decir: “vuestro comportamiento muestra hasta qué punto sois estúpidos, ja, ja”. Fijaros en la simetría de las reacciones. La amenaza provoca otra amenaza; el insulto lleva al insulto. Las reacciones simétricas como amenazas y contra-amenazas son momentos difíciles en los procesos de grupo, porque pueden llevar a una reacción en cadena de más amenazas y acabar en agresiones. Un buen facilitador alivia el momento álgido profundizando en él, explorando las amenazas y las dobles señales. “¿Qué hay detrás de tu rabia? Di más. ¿Se debe al hecho de haber sido humillada por su sonrisa? ¿Qué hay detrás de tu sonri- sa? ¿Sientes que otros son “malos” y que necesitan tu ayuda?”. Lo que los élderes o facilitadores puedan decir no es tan importante como su intento de promover la comprensión. Las posibilidades a partir de aquí son varias. Algunas pueden ser contraproducentes, como ignorar el momento álgido y dejar que se agrave el flujo de comunicación, lo que sería como recrear los dañinos modelos de la vida cotidiana. O cen- trarse en una parte demasiado tiempo, lo que puede avergonzar a la persona aludida. Sugiero que se trate brevemente, una tras otra, cada experiencia o reacción, asegurándose de que se escuchan todos los asuntos que preocupan a cada una de las partes, así como sus sentimientos y emociones. En la práctica esto sería pre- guntar al grupo de gays y lesbianas: “¿vuestro deseo de venganza, está provocado por el sentimiento de superioridad de este hombre?” Igualmente podríamos preguntar al hombre sonriente: “¿tu deseo de establecer un código moral es acaso una compensación por un dolor pasado, un daño que recibías cuando otros perdían el control?” Yo he hecho estas preguntas muchas veces y siempre me sorprendo de las reacciones. En aquel foro ciudadano, un líder conservador hablaba de su infancia terriblemente dolorosa y su temor de que el mundo se nos iba de las manos. Las per- sonas de la comunidad gay y lesbiana hablaban de asuntos similares a los que se enfrentaban en la actualidad. Ambos grupos descubrieron que tenían algo en común: tenían pánico del daño que podían recibir uno de otro y querían acabar con tanta hostilidad. Explorar los momentos álgidos tuvo un efecto sorprendente en aquel foro abierto. Más tarde, algunos de los represen- tantes del grupo fundamentalista me llegaron a decir que, hasta ese momento, no se habían dado cuenta de cuánto esta- ban sufriendo los homosexuales. Alguien del grupo gay dijo lo mismo, que no se podía imaginar el dolor que sentían sus oponentes.

Más allá de la venganza en Moscú

En 1990, en un encuentro organizado por miembros del antiguo Comité Soviético de Paz, nuestro trabajo de ahondar en el deseo de venganza produjo soluciones inesperadas a conflictos aparentemente imposibles. A la reunión asistían 150 personas, entre ellas antiguos dirigentes de los países de la Unión Soviética, profesores, psicólogos y estudiosos de

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Espíritus temporales en el campo

El Facilitador

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ciencias políticas de todo el mundo. Venían vestidos de manera muy formal —los hombres con corbata, las mujeres con

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sombrero. No nos conocían de nada y habían sido enviados como delegados de sus respectivos países para experimentar

durante cinco días con nuevos métodos de democracia y resolución de conflictos. La atmósfera era tensa. Muchos de los delegados rusos pertenecían a grupos que habían estado involucrados en batallas sangrientas ocurridas tras haberse liberado de la dominación de la autoridad soviética. Después de varias horas discu-

tiendo sobre estas batallas, Amy y yo pedimos a los representantes de los países caucásicos que formaran un círculo en

Dictador

Terrorista

el

centro del grupo grande, para profundizar en sus problemas. Representaban a pueblos que habían estado luchando por

su

territorio, en algunos casos durante siglos.

Un miembro del parlamento georgiano anunció en voz alta que nos encontrábamos ante una ocasión histórica: era la primera vez que gente de Azerbaiyán, Armenia, Georgia, Abjasia, Osetia, Ingusetia y Rusia se juntaban para trabajar colectivamente en sus asuntos. Su optimismo suponía un resquicio de esperanza en medio de la depresión y la desespe- ración que se palpaba en la sala. Pero este sentimiento positivo fue pronto arruinado por la dureza de ciertos interlocutores fuera del círculo. Algunas de estas personas habían pertenecido a la policía secreta soviética (KGB). De su comportamiento se desprendía una terrible crueldad, poco les importaba lo que los demás pudieran decir o hacer. Cuando ellos hablaban, sentíamos un intenso frío que recorría nuestros cuerpos. Otros oradores parecían igualmente intimidados por los ex-oficiales del KGB. Amy y yo dudábamos de que pudiera salir nada positivo de la gente que estaba en el círculo. Algunos decían que habían venido a la conferencia para atraer la atención de los países occidentales sobre los problemas étnicos en sus países; no tenían ninguna intención de trabajar con otros países del Cáucaso en la solución de sus problemas. Directa e indirecta- mente expresaban su malestar con sus oponentes y querían que Occidente interviniera en sus asuntos. Otros delegados no habían asistido en su vida a un encuentro tan grande, pues en tiempos de la Unión Soviética sólo se permitían reuniones de pequeños grupos. Volvían a lo que les era familiar y empezaban a soltar largos discursos de tipo formal.

Para romper la tensión, invitamos a los veinte delegados de la zona del Cáucaso a que se sentaran en el suelo.

El fantasma aparece

Como ocurre con todas las personas acostumbradas a discutir alrededor de una mesa o en torno a unas copas, los dele-

gados caucásicos estaban al principio un poco avergonzados con la idea de sentarse en el suelo. Pero pronto empezaron

a hablar desde el corazón.

A Amy y a mi nos conmovió lo que oímos entonces. Se hablaba de espíritus temporales y de planes ocultos. Después de

que todo el mundo tuviera su oportunidad para hablar, hicimos notar que la gente del grupo había mencionado directa o indirectamente varios roles fantasmas, es decir aspectos del proceso de grupo que no están siendo representados por ninguna persona. Uno de los fantasmas presentes era el Terrorista. En varios momentos se mencionó la existencia de luchadores por la

libertad, pertenecientes a pequeños países, que arriesgaban sus vidas para vengarse de Rusia por los daños sufridos en el pasado y por su actual resistencia a que fueran independientes.

El Dictador estaba también presente en el grupo. Los delegados criticaban los gobiernos soviéticos, centralistas e impe-

rialistas, que “querían dominar otros países”.

El Facilitador quería dejarse ver. Algunos delegados intentaron negociar la paz.

Sugerimos que hicieran visibles estos roles fantasmas, representándolos. Al principio, la mayoría de los delegados te-

nían ciertas reticencias en jugar un papel diferente al que creían que era su papel verdadero. Decían que la situación era demasiado seria como para jugar y se sentían incómodos con la propuesta. Para nuestra sorpresa, algunos participantes ensayaron nuestra idea. Pronto se dividieron en tres grupos, jugando los tres papeles. Sugerimos a la gente que se uniera

a alguno de los tres grupos y representara el papel con el que se sentían más identificados en cada momento. También

les recomendamos que cambiaran de roles, moviéndose por la sala cada vez que sus sentimientos cambiaran. En un lado de la sala, la gente se decantó por el Dictador. En el lado opuesto se hallaban el Terrorista y el Facilitador.

el lado opuesto se hallaban el Terrorista y el Facilitador. Los participantes tenían permiso para hablar

Los participantes tenían permiso para hablar todos a la vez si así sucedía. Al principio, la idea de un diálogo libre y abierto les paralizaba. Estaban acostumbrados a un estilo de comunicación académico, en el que una persona habla y los que se aburren abandonan la sala o leen el periódico.

El nuevo estilo fue rápidamente asimilado. La cortesía y el decoro se transformaron en un diálogo escalofriante entre el

Comité Central y el Terrorista, quien amenazaba con volar los puentes y vengarse como fuera posible. El Comité Cen- tral amenazaba a su vez: “si lo intentas, será el final de los tuyos”.

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Espíritus temporales en el campo

El facilitador

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El ciudadano hambriento

De repente todo cambió. Un delegado georgiano abandonó la posición del terrorista, se movió rápidamente a través de

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la sala y se transformó en el Jefe del Partido Comunista con sede en Moscú. Empezó a gritar que todo el mundo tenía

que seguir los dictados del Comité Central. De alguna manera, escuchándole a él expresar el poder y el rango que ema-

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naban de su posición, todo el mundo se sentía mejor. Fue un alivio que alguien expresara tan claramente dónde estaba el

Dictador

Terrorista

rango y el poder. Al menos, la gente supo entonces contra quién estaban luchando. De otra manera, el Dictador era un espíritu que no podía ser atrapado. La gente comenzó entonces a moverse por la sala. Más delegados se unieron al Terrorista. Empezaron a provocar y amenazar al Jefe Comunista. Algo que nunca se hubieran atrevido a hacer, ni siquiera como un juego de roles, uno o dos años atrás. Aquellos que intentaban facilitar estaban paralizados en el fondo, sin saber que hacer, mientras la gente situada en el círculo central pasaba de las discusiones políticas serias a las amenazas, de los momentos de bloqueo a un juego finalmente muy divertido. El Dictador, y la gente que lo representaba, se había convertido en alguien tan testarudo, arrogante y privilegiado, que para vengarse, los Terroristas habían exagerado cada vez más sus posiciones. Todo el mundo estalló en risas. El Dicta- dor parecía impotente, agitándose sin cesar en torno a los comentarios del Terrorista. Los observadores estaban tan en- tusiasmados que apenas podían esperar a que tradujeran la conversación del ruso a otros idiomas. Aunque Amy y yo entendíamos muy poco ruso, podíamos fácilmente seguir el proceso que se había desatado.

De los espíritus temporales a las soluciones

El grupo descubrió una posibilidad de solución cuando los actores, ahora enredados en generar ideas que ayudaran a superar su drama personal, crearon un nuevo papel, el ciudadano hambriento.

personal, crearon un nuevo papel, el ciudadano hambriento. Un delegado representó una desesperada escena en la

Un delegado representó una desesperada escena en la que se moría por inanición, tirado en el suelo, gimiendo y espe- rando la muerte. Los que habían hecho el papel de terroristas alimentaban y cuidaban de esta persona hambrienta. De repente, todo había terminado. Después de cuarenta y cinco minutos, el proceso terminó tan rápidamente como ha- bía comenzado. Todo el mundo —incluyendo los delegados moscovitas de mayor rango— comprendió que habían perdido el contacto con su problema común: el sufrimiento de la gente y la marginación. Gracias al ejercicio recordaron que los problemas del dolor y el sufrimiento de la gente eran la motivación que necesitaban para trabajar juntos. Muchos participantes estaban profundamente emocionados, no sólo con la resolución del ejercicio, sino con la capaci- dad del grupo para ir más allá del poder y el deseo de venganza. La gente parecía estar lista para urdir posibles solucio- nes que satisfacieran igualmente las necesidades de la mayoría y de los grupos minoritarios. En los tres días que siguie- ron, crearon una organización llamada If Not We, Then Who?, con sede en Moscú. Los delegados formularon también una proposición de paz, libertad y negociación. El acuerdo fue firmado más tarde por Edward Shevardnadze, Presidente de Georgia y antiguo Ministro de Exteriores de la Unión Soviética. El grupo había superado una difícil situación de aparente desesperanza —cada país luchando por sí mismo—, y a través de una sencilla representación de terroristas vengativos, había llegado a reconocer y sentir que lo que todos ellos que- rían era aliviar el sufrimiento de la gente. La comunidad surge, incluso en conflictos étnicos y antiguos, cuando conec- tan de alguna manera el poder de la mayoría y la sabiduría de los terroristas. Soluciones antes inimaginables entran en- tonces en escena. No hay soluciones permanentes a los problemas sociales. Hay que seguir trabajando juntos una y otra vez, notar cómo evolucionan los espíritus temporales y expresar abiertamente sus intenciones. La comunidad que surge de este proceso es más sostenible que las soluciones temporales con las que pretendemos huir de los problemas.

El deseo de venganza presente en la política exterior

Aunque a veces podamos ser conscientes del deseo de venganza en nuestra vida personal, raramente nos percatamos que las políticas internacionales de nuestros países también se basan en el deseo de venganza. Los Estados Unidos, por ejemplo, no dudan en castigar otros países. Cuando la CIA se enteró de la conspiración iraquí para asesinar al Presiden- te Bush, los Estados Unidos bombardearon Iraq. Un Estados Unidos ilustrado hubiera podido invitar a representantes de los iraquís a participar en un programa de televisión en el que ambos países procesaran su beligerancia trabajando en

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común. Si naciones enteras pudieran ver lo que Amy y yo vimos en Moscú, los problemas del mundo encontrarían sin duda nuevas formas de solución. En la actualidad, un deseo de venganza no procesado es globalmente aceptado como la fuerza motriz de la política exte- rior. La agresión germana contra Polonia, que marcó el inició de la Segunda Guerra Mundial, fue saludada con compla- cencia por otros países. Después de todo, Alemania se estaba vengando por la humillante pérdida de territorio sufrida con el Tratado de Versalles al final de la Primera Guerra Mundial. Millones de judíos fueron las víctimas de la vengan- za alemana por las sanciones económicas del Tratado de Versalles. A su vez, los israelís tratan con dureza a los palesti- nos. La venganza es también el “modus operandi” de muchas personas. En los negocios, en los grupos religiosos, en un se- minario de filosofía, en la policía local, en el equipo de fútbol, en el ayuntamiento, en las bandas callejeras o simple- mente en la familia, nos comportamos como individuos con un secreto plan de vengarnos por el reconocimiento que no recibimos en el pasado o por el daño que sí recibimos. El amor y la esperanza nos unen. La economía, la política y la espiritualidad son a veces motivo de inspiración para no- sotros. Pero el miedo a sufrir cualquier daño por comentarios agresivos o vengativos, o el terror de la sutil opresión que se vive en la vida pública, restringe nuestra participación en eventos sociales y paraliza los movimientos progresistas. A nivel local e internacional, las luchas de poder y los deseos ocultos de venganza contaminan la vida de grupo más que los humos tóxicos. Las revueltas en las ciudades y los asesinatos en los suburbios seguirán dándose en tanto que los problemas que afectan a las minorías continúen ignorándose. La violencia no se detendrá hasta que tú y yo no estemos dispuestos a trabajar sobre ella. Lo que implica interrumpir nuestras vidas privadas para incluir una mayor conciencia de la agonía de los oprimidos. Cuando trabajamos sobre la venganza, pisamos uno de los territorios más antiguos del ser humano y con todo, el más reciente en descubrir. Hasta que no comencé a trabajar con grandes grupos, no fui consciente de hasta qué punto todavía estaba presente en mi el deseo de venganza. Pensaba que me conocía bien a mi mismo, pero me vi de pronto perdiendo los papeles, acuciado por el deseo de vengarme, no sólo por lo que injustamente les sucede a otros, sino por lo que me había sucedido a mi mismo cuando era un crío. Fue una mujer negra sudafricana quien me hizo ver que había olvidado mi propio deseo de venganza. Durante una dis- cusión acerca de un conflicto entre Bantúes y Zulúes, esta mujer se levantó y gritó amenazadora que si la otra parte no se avenía a actuar conjuntamente, los mataría a todos después del encuentro. Una mujer blanca, también sudafricana, sorprendida por su arrebato, dijo: “¡No creo que quieras matar a nadie! Matar es un pecado”. La mujer negra se giró lentamente hacia la mujer blanca y con una voz compasiva pero poderosa le dijo: “escucha, cari- ño, no sabes qué alivio puede ser matar a alguien”. En un instante, me di cuenta que yo era como la mujer blanca. Durante mucho tiempo había estado engañándome, pen- sando que todo el mundo debería ser suficientemente maduro como para dejar de lado el odio, la venganza y los celos. Ahora pienso de otra manera. Ahora sé que la furia que acompaña la venganza es tan sólo el comienzo de un importante proceso. Es una de las muchas fuerzas que pueden conducirnos hacia una transformación cultural.

Ejercicio para aumentar la conciencia sobre el deseo de venganza

Los trabajadores globales que quieran sentir, percibir y enfrentarse al deseo de venganza de otros, han de trabajar pri- mero en sus propia tendencia a tomar represalias. Las siguientes cuestiones te ayudarán a reflexionar sobre tu propio deseo de venganza:

1. Piensa en un conflicto de larga duración que has tenido con otra persona o grupo. ¿Recuerdas algún momento de en-

fado, rabia o de deseo de venganza?

2. ¿Qué rol jugó el uso inconsciente o consciente del rango social, psicológico o espiritual de la(s) otra(s) persona(s) en

tu deseo de venganza? ¿Qué clase de rango tenían? ¿Cómo lo utilizaron? ¿Hasta qué punto su rango estaba oculto y re-

sultaba difícil defenderse de él? ¿Se comportaron como dictadores o totalitarios?

3. ¿Quieres hacerles daño físico o psicológico? ¿Te pones a hablar mal de ellos cuando estás con otras personas? ¿Pien-

sas que tu deseo de venganza se debe sólo a lo que te han hecho esas personas o se debe también a algún abuso recibido en el pasado contra el que tampoco pudiste defenderte?

4. Considera si tu deseo de venganza prolonga el conflicto.

5. Imagina que el conflicto que estás recordando comienza de nuevo hoy. Imagina que tienes el valor suficiente para

notar tu propio rango y el de los demás, que pasas más tiempo abrazando tu deseo de venganza y que vas más allá de él,

profundizando en él.

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6. Abrazando el terrorista

Todo el mundo tiene miedo a los fantasmas. En un grupo, un rol fantasma es algo que sentimos pero que no podemos ver. Reprimir los deseos de venganza conduce al terrorismo, y el terrorista convierte a todo el mundo a su alrededor en una persona temerosa. El rol del terrorista lo representamos todos en un momento u otro, pues todos queremos vengar-

nos de los abusos recibidos en el pasado. El terrorista combate por la libertad y la justicia enfrentándose a otro rol, el rol

del poder social y la dominación colectiva. Por eso, el terrorista es un rol fantasma potencial en todo grupo, en cualquier

lugar y en cualquier época. Gobiernos y todo tipo de organizaciones tratan de reprimir el terrorismo. Las Reglas del Orden de Robert, conjunto de modernas técnicas de desarrollo organizacional que recompensan a aquellos que dicen sí a la dirección, se utilizan para mantener a raya el terrorista. Todos los gobiernos del mundo tienen miedo de que el terrorista y su rabia contenida pue-

dan aparecer en el presente o en el futuro. Pero por lo mismo que ninguna persona en particular es la corriente dominan- te, tampoco ninguna persona o grupo en particular es el terrorista. Todos nosotros podemos encontrarnos, en ocasiones, en posiciones de poder y más tarde buscando venganza por los abusos de poder sufridos. El terrorismo es un espíritu de la época, una figura que surge cuando la inercia de la mayoría bloquea un cambio cultu-

ral necesario. El terrorista se convierte en un rol fantasma. Todavía no somos muy conscientes de lo que significa el te-

rrorismo, cuando ya lo tememos y creamos instituciones para intentar erradicarlo. Nuestros esfuerzos en reprimir el de-

seo de venganza han hecho del terrorista un fantasma infeliz, escondido tras el escenario de nuestra vida cotidiana.

Terrorismo: hay mucho que decir

Políticos y sociólogos por igual tienen problemas para definir el terrorismo, pues comparten los conceptos mayoritarios sobre la violencia y el uso ilegal de la fuerza. Por ejemplo, los especialistas incluidos en el libro Violence, Terrorism and Justice, editado por R.G. Frey y C.W. Morris, coinciden más o menos en que el terrorismo es un acto político orga- nizado de asesinato intencional. ¿Qué significa “organizado”? ¿Quién decide cuándo algo se convierte en intencional? ¿Qué asesinato no es un acto po- lítico? Yo prefiero reservar el concepto de terrorismo para grupos e individuos que luchan contra el poder de la corrien- te mayoritaria desde posiciones socialmente marginales, minoritarias o discriminadas —combatientes por la libertad, como los llamé en el anterior capítulo. Según esta definición, países superpoderosos como los Estados Unidos no pueden ser terroristas. Para el asesinato in- tencional cometido por una nación privilegiada que no está en guerra, prefiero el término “imperialismo”. Las interven-

ciones políticas, como las de Estados Unidos contra Libia, Nicaragua, Irak, en las que Estados Unidos bombardeó y destruyó gran parte de dichos países o apoyó fuerzas paramilitares que convenían a sus intereses, son de tipo imperialis-

ta, aun cuando se las niegue en las declaraciones oficiales o se las califique de necesarias para el “interés nacional”. Pe-

ro también los países poderosos se ven a sí mismos como víctimas del terrorismo. De esta forma, el imperialismo se convierte en un fantasma, en un rol que nadie quiere asumir. Howard Zinn, en su People’s History of the United States, señala que la Doctrina de Monroe de 1823 declaraba pose- sión de los Estados Unidos todo el hemisferio occidental. Los Estados Unidos intervinieron veinte veces en el Caribe entre 1900 y 1933, todo para favorecer la instalación de bancos, compañías mineras y fruteras norteamericanas en dicho lugar. Millones de hectáreas de tierra, utilizadas hasta entonces por los pueblos indígenas para producir sus alimentos, fueron transformadas para el cultivo comercial de bananas, café, cacao y piña. El imperialismo es la política abierta o encubierta de la expansión nacional, territorial y económica de las naciones po- derosas, apoyada por el poder militar y sostenida por la pasividad de la mayoría de los ciudadanos de las naciones agre- soras. Cuando el imperialismo permanece oculto, es doblemente abusivo, pues la gente no puede protegerse de aquello que no se puede ver.

El terrorismo es diferente. Se trata, en este caso, de pequeños grupos sin poder, que atacan a la mayoría en busca de una mayor igualdad y libertad. Lo que, a ojos de la mayoría, parece simple violencia gratuita e injustificada, es para los combatientes por la libertad un intento de compensar los daños que han sufrido. Su objetivo es despertar la necesidad

del cambio social entre aquellos que se hallan en el poder. Desde el punto de vista del terrorista, ninguna persona de la

mayoría que pueda resultar herida o asesinada es una víctima inocente. Todo individuo de la mayoría participa, aunque sólo sea pasivamente, en la opresión contra la que lucha el terrorista.

Mi definición de terrorismo incluye también los actos de venganza que se dan en procesos de grupo que causan dolor o

daño psicológico a algunas personas. El simple hecho de la amenaza se incluye en esta categoría, como también lo es echar la culpa al grupo de todo lo que ocurre. Todos experimentamos este terrorismo a menudo. Es el caso de la mujer que dice a su marido: “o eres más sensible a mis necesidades o me voy”. Para el marido esta amenaza es puro terroris- mo, un ataque basado en el temor que él tiene de perder la relación. Pero para ella es cuestión de supervivencia, siente que sus necesidades son tan poco importantes para su marido, que sólo la destrucción de la relación le despertará de su inconciencia. El terrorismo no es por tanto un incidente aislado en la esfera internacional, como puede ser el secuestro de un avión. El terrorismo es tan común como el que la gente se junte. Desde el momento en que en un grupo alguien dice: “o hacéis lo que yo digo o me las piro”, todo el grupo está “amenazado de muerte” por la presión del “terrorista”. El problema del terrorismo no se resuelve sólo en el nivel internacional. Se tiene que tratar en los niveles más bajos, en la familia, la es-

cuela, la iglesia, las organizaciones locales y el gobierno local.

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Esto extiende la definición de terrorismo hasta incluir, no sólo a grupos de marginados que buscan una revancha política contra la corriente mayoritaria de la sociedad, sino también a todos los procesos de grupo y de relación que causan mie- do o dolor psicológico. Terrorismo es, pues, un proceso social que se da tanto a pequeña escala como a nivel internacio- nal y en el que se ven involucrados individuos o grupos desposeídos de todo poder, que quieren vengarse por el abuso que en el pasado o en el presente otros hacen de su rango, intencionadamente o inconscientemente, y con la finalidad de reestablecer la igualdad.

Despatologizar el terrorismo

Algunos terapeutas califican la inclinación hacia el terrorismo de “desorden narcisista”. La rebeldía se suele considerar como una evidencia de la “paranoia”. Diagnosticando el comportamiento terrorista de inapropiado, desviado, sociopáti- co o psicopático, la psicología y la psiquiatría infunden en la corriente dominante una mayor complacencia: No hay na- da erróneo en la situación social o política, los problemas existen sólo por culpa de los agitadores. Los terapeutas deberían ser más conscientes de las implicaciones sociales derivadas de categorizar las reacciones vio- lentas como “inapropiadas”. Si nos dejamos llevar por los supuestos culturales de la corriente dominante, los diagnósti- cos que hagamos de ciertos comportamientos tendrán tintes racistas o sexistas y supondrán un abuso de poder, del pres- tigio que se nos concede y de privilegio. Mientras la psiquiatría y la psicología sean socialmente inconscientes, discri- minarán a jóvenes, mujeres, pobres, gente de color, ancianos, homosexuales, “criminales” y a tantas otras personas que ha sufrido abusos en el pasado, como si toda esta gente tuviera que resolver por sí misma estos problemas sin que el res- to del mundo tuviera que hacer ningún cambio. De esta forma, la psicología exacerba los problemas en lugar de aliviar- los. Afortunadamente, comienzan a oírse voces que se alzan contra las actitudes mayoritarias hacia el comportamiento mar- ginal. La psicóloga feminista Phyllis Chessler, en su libro Women and Madness, ataca la diagnosis y el tratamiento psi- quiátricos, por su manera de tratar a las mujeres. El trabajo de Alice Miller critica al psicoanálisis por negar el abuso infantil, lo que contribuye a que éste se mantenga. Jeffrey Mason, expulsado de la dirección de los Archivos Freudia- nos, ha descubierto cómo Freud intentó ocultar su hipótesis inicial de que sus pacientes mujeres sufren, de hecho, algún tipo de abuso infantil. Reich, Moreno y Adler fueron conscientes de las implicaciones sociales de etiquetar un compor- tamiento como neurótico o psicótico. Insistir en que el trabajo psicológico personal debe preceder al cambio social es abusivo y poco democrático. El terroris- ta surge en todos nosotros cuando nos sentimos no escuchados o incapaces de protegernos de las situaciones opresivas, creadas por personas y grupos que son demasiado grandes, o demasiado poderosos como para luchar contra ellos “lim- piamente”. Las personas calificadas de “patológicas, borderline, disfuncionales o psicóticas”, cuya simple existencia perturba o amenaza a la corriente mayoritaria de la sociedad, pueden transformar el mundo. Tenemos que aprender a descubrir el valor de sus actos y no sólo la patología encerrada en sus síntomas. Las experiencias interiores son importantes para cualquier cultura. Es cierto que algunas veces resultan provocativas para la mayoría, pero con todo, las visiones son transformadoras. Espero que al despatologizar el terrorismo podamos verlo como un proceso social normal con el po- tencial de conseguir un mundo más igualitario.

El terrorismo ha cambiado tu vida

El terrorismo polariza los grupos. La intención del terrorista es poner en claro las diferencias que un grupo no sabe re- conocer. En mi trabajo de facilitación, el terrorista me ha ayudado a recordar esta idea tan simple. Los terroristas quie- ren que la mayoría asuma la responsabilidad que les toca en el cambio social. Su pretensión es que nadie pueda eludir la voz de su conciencia social, recordándonos que el mundo es un teatro en el que cada uno de nosotros juega un rol parti- cular, nos guste o no. Incluso si nos limitamos a observar, la pasividad de tal acto implica una aceptación del status quo. Los terroristas se sienten ultrajados por nuestra negatividad, distanciamiento y desinterés, aun cuando no puedan ver, oír o palpar tales actitudes. De la misma manera, nosotros también nos sentimos heridos por la negatividad oculta del terrorista. Nosotros también sentimos sus mensajes ocultos, aun cuando no los veamos o los oigamos. Es por ello que sentimos temor de ciertas per- sonas y situaciones, sin saber muy bien por qué. Sentimos la rabia, pero no podemos “poner el dedo en ella”. Recuerda algún momento pasado en el que tenías que liderar un grupo, enseñar algo o dar una charla, y sentías que al- guien entre el público estaba contra ti. ¿Cómo te afectó esa sensación en tu comportamiento? Si era tu primera clase, tal vez pensaste dejar de ser profesor. El terrorismo influye en nuestras vidas, quizá más de lo que pensamos. Es posible defenderse de mensajes negativos intencionados, porque son directos. Oyes y ves lo que los otros te dicen o hacen. Pero los mensajes ocultos son más difíciles de detectar y descifrar, sólo puedes seguir tus sentimientos. Si los terroristas hablaran directamente, aquellos que tienen rango los castigarían. El poder social, para los terroristas, limita la libertad, reprime la comunicación y hace que sea peligroso hablar abiertamente. Antes de la caída de la Unión Soviética, la gente que vivía en Polonia no podía, por razones de seguridad, hablar públi- camente contra el gobierno. Su único recurso era canturrear al unísono cuando se sentaban en los trenes como buenos ciudadanos. La policía no podía saber quien estaba canturreando. La gente recurre a las dobles señales cuando no es po- sible la comunicación directa, el terrorista tiene que recurrir a métodos ocultos, y tú como parte de la mayoría, tendrás que recurrir a tus sentimientos, o ser especialmente consciente de las dobles señales, para saber que el terrorista está presente.

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Fantasmas en guerra

Los países democráticos declaran abiertamente que todas las personas somos iguales. Sin embargo, rechazan a los terro- ristas e ignoran los asuntos de desesperación, depresión y rabia que afectan a importantes minorías. Las señales ocultas de quienes ostentan el poder vienen a decir: “No quiero saber nada de ti. Tú y tus problemas no son importantes. Aléjate de mi con tus historias”. Los facilitadores han de ser rápidos en reconocer señales, gestos o comportamientos discriminadores, porque los con- flictos no se pueden resolver hasta que se hacen conscientes los comportamientos inconscientes. El facilitador tiene que reconocer la guerra entre fantasmas. Otros pueden no verla, pero su existencia envenena la atmósfera y atemoriza a todo el mundo. El fantasma de la mayoría dice: “Siéntate y estate quieto. ¿Quién te ha invitado a estar aquí? Este no es tu lu- gar”. El fantasma de la exclusión contesta: “¡Despierta! ¡Esto es un juicio! Si no nos escuchas, pondremos una bomba en tu casa. Eso te despertará”. Puesto que los que tienen el poder rara vez se dan cuenta de cómo y cuándo humillan a otros, su experiencia de los ata- ques terroristas es de absoluta incomprensión, una injusticia procedente de aquellos que menos esperaban, que ocurre en el momento y lugar más imprevistos, y que utiliza tácticas secretas, innecesariamente dañinas o violentas. Amy y yo nos quedamos bastante sorprendidos de nuestro atacante en Belfast. Pensamos que era tan sólo un participan- te más del encuentro. Él sentía que tenía que luchar para ser reconocido. Sin darnos cuenta, habíamos transmitido la im- presión de que pensábamos que él no sabía nada de cómo resolver conflictos. Ninguno de los dos lados comprendió las señales y los mensajes del otro. Nosotros sentimos que él no estaba siguiendo las reglas del buen comportamiento: sé cortés con tu invitado y no interrumpas mientras está hablando. Según nuestras expectativas, hubiera sido más apropia- do que él hubiera esperado su turno para hablar y no hubiera actuado de manera tan desagradable y vehemente. Quienes tenemos el privilegio de vivir fuera de una zona de conflicto, creamos el terrorismo al pensar que la gente que vive en lugares como Belfast está loca. Los lectores de periódicos de todo el mundo mueven incrédulamente sus cabe- zas preguntándose: “¿Cómo puede esta gente matarse continuamente? Nosotros no lo haríamos”. “Nosotros” se convier- te así en el fantasma de la mayoría, de aquellos que vivimos en lugares seguros y que proyectamos nuestra propia natu- raleza agresora en los demás, a la vez que los castigamos por ser beligerantes. Esta actitud nuestra, tan condescendiente, se debe a que no somos conscientes de nuestro propio terrorismo. Resolver la violencia y el terrorismo requiere la participación de todos en todos los niveles de organización, desde el simple indivi- duo hasta las Naciones Unidas, y no sólo para tolerar las actitudes diferentes, sino también para comprender la rabia, el daño y la necesidad de transformación. Desde mi punto de vista, lo que pasa a pequeña escala es tan importante como lo que ocurre a nivel mundial. Los problemas mundiales han de ser tratados en foros locales en los que podamos ser tem- pestivos, sacar nuestra rabia y con todo, ser escuchados. El foro más importante es tu propio corazón. Como facilitador y como ser humano has de aprender a escuchar tu cora- zón. Entonces sabrás como escuchar a otros cuando están enfadados y heridos. Cuanto menos escuchamos, más furiosa se vuelve la gente, no sólo por lo que tienen contra sus enemigos, sino también por nosotros. Si dejamos hablar al terro- rista, aunque no estemos en posición de hacer mucho por cambiar la actual situación social, estaremos al menos dando los primeros pasos para una solución real: la democracia profunda.

Al igual que el rango, el terrorismo puede ser una droga

Una vez que la gente experimenta el poder de la venganza para crear disensión y cambiar el mundo, el terrorismo puede ser adictivo. En alemán, revancha se dice Rachsucht, que traducido literalmente significa “adicción a la furia”. El poder que se deriva de la “sed de justicia” hace sentir bien. Es “dulce” y satisface rápidamente. En ocasiones necesitas más. Se pasa pronto de querer vengarse de una persona por una razón concreta a querer vengarse de todo el mundo por cual- quier cosa. Es por ello que los terroristas van demasiado lejos y se convierten en el problema que decían combatir. Ellos también son culpables del abuso inconsciente que hacen de su poder. Los activistas sociales conocen bien esta situación. Mary E. Gomes informa en “The Rewards and Stresses of Social Change: A Qualitative Study of Activists” xii que, entre los activistas por la paz, las tensiones dentro del movimiento in- cluyen luchas internas, sectarismo, conflictos personales, una atmósfera de intolerancia, individuos dominantes, hambre de poder, sexismo, racismo y retrasos frustrantes provocados por oradores narcisistas. No debería sorprendernos que aquellos de nosotros que nos dedicamos a corregir los errores sociales podamos ser do- minantes, intolerantes e inclinados al sectarismo y las luchas internas. Todos nosotros llevamos por igual la carga de la dominación interna. Querer cambiar el mundo nos lleva a usar cualquier tipo de poder. Una víctima del antisemitismo puede ser racista, una víctima del racismo puede ser homofóbica, algunas víctimas de la homofobia son sexistas. Cual- quiera de nosotros puede ser víctima de un proceso y simultáneamente ser agresor de otro. A la hora de denunciar los abusos de poder de otros, nuestra voz sería más efectiva si fuéramos conscientes de que nuestro propio uso del poder puede ser ciego y adictivo. Como trabajador global, no deberías abusar de tu poder pidiendo a los demás que cambien para facilitar tu trabajo. El mundo necesita de las personas tal como son. Puedes cambiar su actitud si les ayudas a articular sus puntos de vista co- mo espíritus en el campo dinámico del grupo.

Signos de terrorismo

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Notad las siguientes características del terrorismo en un proceso de grupo:

1. Necesidad de poder. Sintiendo que no tienes suficiente poder, utilizas métodos de los que no se pueden defender fá-

cilmente aquellos que sí tienen poder, incluyendo dobles señales. Cotilleas contra ellos en pequeños grupos al margen o estallas en medio de reuniones para provocarlos. Si te es posible, tendrás rehén a todo un grupo para conseguir tus pro- pósitos.

2. Desesperación. Te desesperas porque poco a poco has dejado de trabajar por el cambio desde dentro. Sientes que tie-

nes que hacer frente a fuerzas muy poderosas. Tus emociones son violentas, aunque puedas parecer tranquilo.

3. Temeridad. Tus ideales son los más altos y pasarás por encima de cualquiera que se ponga en tu camino. Rompes las

reglas comúnmente aceptadas para forzar al grupo a escuchar tus impopulares opiniones. Hasta arriesgarías tu vida si hiciera falta. Quieres hacer del mundo un lugar tan inseguro como lo es para ti.

4. Lealtad. Tu sed de venganza es tan profunda que puede llegar a afectar a la gente con la que te identificas. Condenas

todo lo que eres: tu raza, género, religión, familia, cultura y civilización. Tu rabia es a la vez actual y arcaica. Se remon-

ta

a las raíces más antiguas de tu grupo.

5.

Adicción. Buscas constantemente la confrontación con quien representa la autoridad. Tu sed de justicia no se limita al

nivel local, a un determinado colectivo o a una clase particular de abuso. Ataca la autoridad en cualquier grupo. Necesi-

tas tener siempre un enemigo. Si no existe de verdad, lo inventas entre las personas que tienes cerca.

6. Protección contra las represalias. Tu ataque puede empezar más o menos así: “Es difícil decir esto en este grupo,

porque temo las represalias de cualquiera de los presentes que se pueda sentir afectado, pero siento que tengo que ha- blar”. Te otorgas el papel de héroe valeroso. Cualquiera que contraataque ya ha sido catalogado de tener prejuicios. De esta manera, te adelantas a cualquier discusión, debate o respuesta.

7. Condena del grupo. Otro mensaje contra el cual resulta difícil defenderse es el ultimátum: “Voy a dejar este grupo

porque ninguno de vosotros parece querer cambiar. Por lo que he visto, sois tan deleznables como los otros. Me voy a asegurar personalmente de que pase algo contra lo que no podáis defenderos”.

8. Autodestrucción. Tu pena es tan inmensa y tu odio tan incontenible que terminas por lastimar a aquellos que más ne-

cesitas. El terrorismo puede llegar a ser algo tan fuerte que termina expulsando aquellos que más útiles podrían ser para

la

causa. Tu odio llega a afectar a aquellos que amas, incluyendo a ti mismo.

9.

Inconciencia del poder. Como terrorista, tienes un tipo de rango espiritual, con el que no te identificas o del que eres

inconsciente. ¿Recuerdas el terrorista en Belfast que atacó a Amy? Más tarde, cuando nos hicimos amigos, nos confió que él no se había dado cuenta hasta entonces del poder que tenía o de su capacidad para hacer daño. Él no pensaba que

estaba saboteando la atmósfera del grupo. No era consciente de querer vengarse de nosotros por la vida que llevaba,

apenas por encima del umbral de la pobreza. Pensaba que su vida había sido débil y no suficientemente productiva. Pero

se sentía guiado por un alto sentido de la justicia que le impulsaba a querer reparar las injusticias del pasado.

Los terroristas pueden cambiar

A

pesar de esta formidable lista de características del terrorismo, los terroristas no son más que personas. Ni están locos

ni

son psicóticos. Sean de Corea del Norte, del País Vasco, Palestina, Estados Unidos, Alemania, América Central o del

Sur, se trata de mujeres y hombres con historias que hablan del sufrimiento de sus familias y la necesidad de venganza.

El libro de Eileen McDonald, Shoot the Women First, hace una investigación muy emotiva del poder de las mujeres.

La gente que se ha hecho adicta a la violencia como una manera de corregir las injusticias es más flexible al cambio que

lo que los medios de comunicación nos dejan creer. Pueden cambiar enseguida. Todo el mundo puede cambiar, incluso

aquellos que, como miembros de la mayoría dominante, se muestran tercamente inconscientes de su poder. Siempre que

se trate de personas, el cambio es posible.

Un hombre de Belfast nos contó a los participantes de aquel encuentro cómo se había convertido en terrorista. Cuando era niño, presenció cómo dos agentes secretos británicos disparaban a su padre en la cabeza. Acompañó a su padre en la

ambulancia que lo llevaba al hospital. Su padre se volvió hacia él y le susurró: “perdona a los asesinos”. Pero él no podía. Todo lo que quería era vengarse por el asesinato de su padre. Juró dedicar su vida entera a vengarse y

se unió a un grupo terrorista.

Un sacerdote presente en el encuentro se quedó atónito al oír expresar un deseo de venganza tan fuerte. Después de dis- cutir la situación, el sacerdote se abrió al deseo de venganza de aquel hombre. Al cambiar el cura de actitud y suspender sus juicios, surgió la compasión hacia el terrorista. Entonces, el terrorista cambió también. Admitió que no quería matar

a nadie, que se sentiría más feliz enseñando a los niños a resolver problemas por medios pacíficos. Nos sentamos todos, sorprendidos de la respuesta del terrorista. La fluidez y la generosidad del sacerdote había hecho posible el cambio. Ron, otro terrorista, había sido apaleado, disparado y gravemente herido por otros terroristas. Nos confesó que se había unido al ejército protestante cuando sus amigos fueron asesinados. Su comandante le ordenó asesinar a uno de los líde-

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res rivales. Siguió a aquel hombre durante meses. Cuando finalmente se encontró con él en la calle, Ron le disparó va- rias veces. Cuando su víctima yacía en el suelo, continuó disparándole en las piernas, una y otra vez. Durante tres años, Ron estuvo en la cárcel tramando la muerte de un informante por el cual había sido detenido. Pero entonces, por uno de esos irónicos giros del destino, el informante se convirtió en uno de sus carceleros, un guardia de prisiones que paseaba por delante de su celda todos los días. Ron nos contó un momento muy especial cuando un día, sentado en el centro de su celda, lleno de rabia, se dio cuenta que todo su familia acabaría siendo asesinada si no paraba este ciclo de muerte. Esta repentina observación cambió su vida. Cuando salió de la cárcel, en lugar de buscar venganza contra el informante, abandonó el terrorismo. Ahora trabaja en la resolución del conflicto por medios pacíficos. Por esta razón acudió a nuestro encuentro. Las personas podemos sufrir súbitas transformaciones, que nos llevan a la búsqueda de un mundo más sostenible. Des- pués de intentar lograr en un momento u otro nuestros fines por la fuerza, muchos de nosotros cambiamos hacia méto- dos no violentos.

Sentados en el fuego

El éxito de cualquier grupo, pero también del mundo entero, depende de la actitud que adoptemos en relación con el te- rrorismo que existe en nosotros y en los demás. En tu trabajo de facilitación tienes una oportunidad de modelar esta ac- titud enfrentándote con la tensión y la violencia. Para los demás eres una autoridad, pero también eres vulnerable a los ataques. ¿Puedes abrazar al terrorista? No es fácil, pero si recuerdas tu propia lucha por la libertad, tampoco es tan duro. Una mujer blanca me acusó, en un encuentro, de ignorar su mano levantada. Con una voz poderosa que me asustó, dijo que estaba utilizando mi posición contra ella. Yo me sentí dolido por su comentario pero, a la vez, admiraba el valor que mostró al enfrentarse conmigo. Cuando nos sentamos en el centro del grupo, le dije que no había visto que tuviera la mano levantada, pero que en cual- quier caso comprendía como se sentía. Yo tenía de hecho un poder que podía utilizar contra ella. Ella respondió que es- taba cansada de que el grupo se centrara tanto en los asuntos de Blancos y Negros. Que ella no se sentía concernida. Quería cambiar la discusión. Yo le dije que comprendía que ella se sintiera marginada por el grupo, pero también me sentí muy triste. Decidí seguir mis sentimientos. Le dije que aunque yo era uno de los principales facilitadores y tenía bastante poder en aquel momento, me sentía impo- tente con ella. Fuera de aquel lugar, su punto de vista era el más poderoso en el mundo real. Le dije que sentía que su poder era por tanto mayor que el mío. El racismo es un tema muy importante para mi y todo lo que podía hacer era llo- rar mi incapacidad para conseguir que otras personas lo tomaran tan en serio como yo. Ella cambió de repente. Comprendió lo que estaba intentando decirle y dijo que se sentía escuchada. En la conversación demostró ser una mujer valerosa y de gran perspicacia. Me ayudó a profundizar en mi mismo, me dijo que necesitaba ayuda y me la dio escuchándome pacientemente. Después pasamos a hablar de lo que le preocupaba a ella. Su enfado por haber ignorado su mano alzada ayudó a conectarnos. Ataque, venganza y terrorismo fueron sólo un primer paso en nuestra relación. Hablamos un buen rato más tarde. Mi primera impresión había sido que se trataba de una persona muy poderosa. La había respetado a la vez que la había temido. Ahora la veía como una aguda maestra con un montón de buenas ideas sobre el cambio social. Sólo pude descubrir esto sentándome en el fuego.

Pan y respeto: los objetivos fundamentales del terrorista

Los objetivos fundamentales de la gente socialmente marginada que recurre a la violencia son “pan” (lograr cierta segu- ridad económica), libertad y respeto necesario para sobrevivir. Llamarlos “terroristas” es inútil. Depende de ti, como facilitador, comprender y ayudar a esta gente a expresar el mensaje que se esconde en sus ataques —ayudarles a hablar sobre paz, justicia y pan. Tú puedes ayudar a cambiar su apariencia de “enemigos” a “aliados”. Piensa en esos estudiantes problemáticos que apenas pueden explicarse por qué lo son. Piensa en cómo te diriges a esos terroristas que no se identifican con su cólera o posición social. Es importante decirles que eres consciente de que ellos luchan por conseguir lo mejor para aquellos grupos que apenas tienen poder social, como las mujeres, los negros o los jóvenes. Si, como facilitador, quieres ayudarles a que sus problemas puedan ser tratados abiertamente, una manera de hacerlo es pedir permiso para hablar por los luchadores de la libertad, de la misma manera que puedes hablar también por aquellos cuya libertad está siendo atacada por los primeros. De parte de las autoridades, podrías decir a los atacan- tes: “Estoy intentando escuchar vuestro mensaje, pero necesito un poco de tiempo para recuperarme del dolor que ha- béis causado, o yo mismo me volveré vengativo”. Después hablando por el luchador de la libertad, podrías decir: “Si os llamo a todos vosotros opresores, es porque quie- ro que os replanteéis ciertos temas ahora mismo”. No esperes las gracias de los terroristas, aun cuando el proceso de representar ambas partes haya sido exitoso. Ellos no dejaran de seguir con sus ataques, ni siquiera cuando las personas atacadas muestren cierto interés en sus problemas. Quieren ver acción, no sólo interés. Los luchadores por la libertad se sienten irritados con aquellos que, teniendo mucho poder, esperan sentados a que los atacantes creen el cambio social. Tendrás que hacer ver a los terroristas que las personas de la corriente mayoritaria no captan el papel que ellos llevan a cabo en el proceso social. Después tendrás que dirigirte a la mayoría y decirles que deberían empezar a desarrollar ini- ciativas para reparar el daño que inadvertidamente hacen.

Ayudar a la mayoría a comprender

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Puesto que los terroristas no suelen ser conscientes del daño que causan, acusarles por ello no sirve de gran ayuda. De hecho, esperar de ellos que comprendan el dolor de otros todavía hará más difícil el problema, pues una comprensión así sólo puede existir entre grupos con el mismo poder social. Para los terroristas el dolor de los demás siempre será al- go insensible, exagerado, racista o sexista. Desde su punto de vista, sentir y comprender el dolor de otras personas es un lujo que no pueden abordar. Quieren que los demás se den cuenta de cuánto les han hecho sufrir. Los terroristas piensan que una persona marginada sufre problemas sociales incomprensibles para la mayoría de la gente. Algunas veces es útil pedir a las personas de la mayoría que piensen en sus problemas personales y que a ellos les aña- dan los que tiene la gente que es socialmente rechazada o que pertenece a grupos minoritarios. Recuerda los abusos que tú mismo sufriste en el pasado. Piensa en cómo la corriente mayoritaria presiona para que te comportes como una per- sona normal. Ahora piensa en cómo debe de sentirse la gente que no está dentro de la mayoría.

Para comprender la rabia es necesario recordar la historia

La gente no se vuelve inflexible, abusiva o fundamentalista por arte de magia. Las personas y los grupos se comportan de manera abusiva como reflejo de los abusos que han sufrido en el pasado. No es por excusarlos, pero comprenderlo ayuda a establecer un contexto social diferente. Cuando unos judíos se enfrentan con otros por la política israelí actual, los observadores exteriores deberían recordar el holocausto y la necesidad de liberarse de su dolor y sufrimiento, recordar que los israelíes, tan opresivos con los árabes, actúan muchas veces con una rabia ciega por las heridas que arrastran del pasado. Que hasta que se creó el Estado de Israel, los judíos no tenían patria alguna. Deberían recordar también, cuando los países árabes son acusados de terroris- tas por las naciones occidentales, que los árabes sufren la violencia racista en todo el mundo. Es necesario comprender igualmente a los negros norteamericanos con ideas antisemitas. Recordar que la nación del Islam, que a veces levanta su voz contra los judíos, ha hecho muchas cosas buenas por las comunidades de negros. Re- cordar que la nación islámica, que todavía está en estado de shock por los abusos sufridos en el pasado, no puede ayu- dar, sino más bien buscar una compensación atacando a otros grupos minoritarios. Recordar, cuando los negros parecen no estar dispuestos a negociar con los blancos, que en su pasado han sido víctimas de una opresión, violencia y racismo generalizados. Recuerda que las mujeres que se enfrentan a otras mujeres por el tema del feminismo, han estado sometidas durante mi- les de años. Se más tolerante cuando las mujeres pierden la paciencia con los hombres. Sí, los hombres también sufren, pero los hombres blancos tienen por lo general mayor poder social que las mujeres. Recuerda también que cuando las minorías étnicas se enfrentan unas a otras en todo el mundo, sigue siendo más seguro que enfrentarse al poder de la ma- yoría. Recuerda la historia. Recuerda a todos los que han pagado con su vida su intento de iluminar a la mayoría. Hasta ahora. Hasta que alguien comprenda al terrorista y nos permita con su actitud transformarnos juntos.

xii The Journal of Humanistic Psychology, Vol. 32, No. 4, Otoño, 1992, pp. 138-146

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7. El tema del abuso en el facilitador

En su trabajo con grandes grupos y organizaciones, los facilitadores experimentan diferentes emociones, como miedo, cólera, insensibilidad, etc. Esto se debe a que los procesos de grupo sacan a la luz situaciones de abuso vividas en el pa- sado. Comprender mejor tu propia psicología te convertirá en un facilitador más efectivo al ayudarte a (1) ser más sen- sible a los demás, (2) mantener la calma y no exaltarte cuando recibas ataques, y (3) mantener la ecuanimidad y propor- cionar al grupo un sentimiento de seguridad cuando éste busque tu protección en los momentos difíciles. Además, ser consciente de los abusos que has sufrido en el pasado es una cuestión de salud general. Es fundamental pa- ra prevenir la enfermedad. Los abusos pasados tienen consecuencias directas en la salud de las personas. La represión del dolor causado por antiguos conflictos puede fácilmente provocar síntomas físicos, cuando no lleva a abusar de las drogas, lo que todavía reprime más el dolor existente. El dolor reprimido del pasado hace más difícil expresar el dolor del presente. Para compensar, las personas se hacen emocionalmente duras, trabajan en exceso o viven con cierta deses- peración. Trabajar sobre el abuso es fundamental para prevenir el crimen. Cuando, por ejemplo, los adolescentes reprimen el do- lor sufrido en el pasado, se deprimen más fácilmente, se ponen de mal humor o se enfadan a menudo. Llegan a pensar que el mundo es demasiado grande o demasiado agresivo para salir adelante. La violencia con la que reaccionan en de- terminados casos es una respuesta a una situación que consideran injusta.

Permanecer sensible a todas las partes

En un reciente curso de formación para facilitadores de grandes empresas, pude comprobar hasta qué punto el problema de los abusos sufridos por un facilitador interfería en su trabajo con la empresa. La mujer era consejera de desarrollo organizacional. Me mostró un vídeo del trabajo que había llevado a cabo en su empresa antes de ser despedida. Estuvi- mos mirando juntos el vídeo. Me di cuenta que, en una sesión de conflictos, esta mujer sonreía ligeramente cada vez

que el secretario discutía con la directora jefe. La directora reaccionó amenazando con despedir a ambos, al secretario y

a la facilitadora. El secretario me pareció un hombre con buenas ideas y su presentación también me pareció correcta.

¿Por qué sonreía la facilitadora cada vez que la jefa era atacada? Queriendo hacer un experimento, le dije: “trata de sonreír libremente ahora, a ver si eres capaz de averiguar por qué sonreías”. La mujer aceptó positivamente la idea como una oportunidad para conocerse mejor a sí misma. Después de un rato, dijo tímidamente que la jefa, aunque fuera una mujer, le recordaba a su padre, de quien tenía un mal recuerdo. Continuó contándome terribles historias de abusos sufridos en su infancia. Se daba cuenta de que su jefa no era su padre, pero por alguna razón no podía separar una imagen de la otra. Yo le dije que la directora era, después de todo, la jefa en una organización que no era precisamente muy democrática, y que este hecho podía ser suficiente para recordarle los abusos pasados. Ella respondió que mi punto de vista le resultaba muy útil, pero insistió que su pasado todavía le producía cierto malestar en el presente. Así que decidimos, puesto que la habían despedido, hacer trabajo interior con el fin de ayudarla a ser más sensible a todas las partes en futuras resolucio- nes de conflictos.

El primer paso: luchar contra el miedo y el bloqueo emocional

Casi todas las personas que viven o trabajan en un lugar conflictivo sufren abusos por la mala situación general. La gen- te se vuelve insensible o tiene un mal humor permanente, como únicas defensas contra el dolor. Belfast y Beirut no son las únicas zonas conflictivas en el mundo. Casi cualquier hogar es conflictivo. Muchos de nosotros hemos crecido sin una “zona de seguridad”, sin un lugar al que acudir y que esté libre de conflictos. Nos hemos vuelto amargos, deprimi-

dos, reprimidos o emocionalmente insensibles. Nos convertimos en terroristas potenciales. Como trabajador global, casi por definición, estás en proceso de recuperarte de la opresión social y personal. Si no fuera así, no estarías suficientemente interesado en la opresión como para querer ser un facilitador. De la misma manera, mu- chos psicoterapeutas tienen heridas que son fuente de curación para otros. Conocer tu propio dolor y sufrimiento es una preparación inevitable para cambiar el mundo, quizás la mejor. El trabajo interior comienza por aprender a ser consciente de cuándo lo necesitas. Nota cuándo no sientes nada de nada,

o cuándo sientes miedo o dolor. Estos sentimientos indican claramente que estás molesto por algo interno y/o por un

ataque terrorista externo. Cuando te atacan, bloqueas tus emociones para protegerte a ti mismo de un dolor que puede ser mayor. Los atacantes, a su vez, también pueden estar emocionalmente bloqueados por abusos pasados, incapaces de mostrar su sensibilidad por nadie. La misma parálisis emocional que te ha podido ayudar a superar un ataque simple- mente no sintiéndolo, sirve para propagar el abuso al obligarte a cerrar los ojos ante el ataque. Inconscientemente con- tribuyes a perpetuar el terrorismo al no enfrentarte a él. Cuando notes miedo o te sientas bloqueado, permanece despierto. Indaga en tus sentimientos. Pregúntate “¿cuánto de lo que me pasa se debe a los otros y cuánto está ya dentro mi? Si no te lo preguntas, tu insensibilidad hará que respondas a las situaciones externas sin pensar. Entonces considerarás a los demás como tus oponentes, como los malos. Puesto que muchos de nosotros —terroristas, gente normal y facilitadores por igual— no podemos soportar un conflicto por mucho tiempo, tratamos de protegernos de él calificando rápidamente a los demás como los “malos”. Asumimos enseguida po- siciones morales polarizadas; las cosas se convierten en buenas o malas, en ciertas o falsas. Este tipo de juicios fáciles

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se aplican indiscriminadamente a todos aquellos que no nos gustan. No nos preocupamos por conocer la naturaleza in- dividual de las personas que odiamos. La mayoría dominante recurre a esta forma de opresión para enfrentarse a la rabia y las amenazas de los terroristas. Los terroristas, por su parte, se sitúan irreconciliablemente contra el status quo. Pronto las ideas de todos ellos suenan sim- ples y moralizantes. El trabajo del facilitador es permanecer sensible a todo el mundo, establecer distinciones y ayudar a las personas a afinar más sus comentarios para que reflejen con mayor precisión sus verdaderos sentimientos.

Abuso y estrés postraumático

Los soldados que tomaron parte en las dos guerras mundiales fueron testigos de tanta violencia y tantos abusos durante la contienda que cuando volvieron a casa sufrieron profundos bloqueos emocionales. La medicina califica dicho estado de “neurosis de guerra”. Los soldados experimentaban ansiedad, irritación o depresión, una vez que se reencontraban con la vida civil. Más tarde su estado recibió el nombre de “fatiga de combate”. Hoy se le conoce como “desorden por estrés postraumático”. Cuando una persona sufre una conmoción por disparos o por el comportamiento agresivo de alguien, sus ojos se abren como platos, su mandíbula primero cae y después se estira hacia arriba, experimenta temblores y espasmos en el estó- mago o en el pecho y contiene la respiración. Su primera intención es alejarse y olvidarlo todo. Más tarde se esfuerza en reprimir lo que ha vivido. En otra fase, no puede dejar de recordarlo, obsesionado con pensamientos y fantasías, su- friendo pesadillas sobre cosas que no sabe como resolver. No es necesario pasar por una guerra para vivir una situación de estrés postraumático. Cualquier situación que te haga recordar problemas que en el pasado no pudiste resolver, te puede sacar de la amnesia con la que te proteges del dolor y llevarte a un estado de depresión y ansiedad. Cuando el movimiento feminista ha estudiado el abuso de la mujer a lo largo de la historia, ha quedado en evidencia hasta qué punto Freud y otros psicoanalistas han pasado por alto el sufri- miento de la mujer. De muchas mujeres diagnosticadas como “histéricas” por el psicoanálisis, investigaciones posterio- res demostraron que, en realidad, sufrían shocks por abusos y malos tratos recibidos en su propio hogar. El libro de Ju- dith Herman, Trauma and Recovery, traza la historia del abuso y su conexión con el movimiento feminista y la teoría psicológica moderna. Otras estudiosas han dejado claro el tratamiento erróneo que se hace de los niños en nuestra sociedad. Recomiendo es- pecialmente el libro de Florence Rush, The Best Kept Secret: Sexual Abuse of Children y el de Wendy Maltz, The Se- xual Healing Journey: A Guide for Survivors of Sexual Abuse, ambos demuestran claramente hasta qué punto el abuso sexual de niños es casi epidémico.

El punto de vista psiquiátrico del abuso

La psiquiatría minimiza el terrorismo, al considerarlo un problema interno y no el resultado de la injusticia social, y tampoco se extiende mucho en los aspectos sociales del abuso. La mayoría de la investigación que se ha hecho durante mucho tiempo sobre el abuso ha seguido la estela de Freud y Jung, quienes veían el abuso como una fantasía, una satis- facción de deseos ocultos, una proyección de la sexualidad infantil o un material onírico cuyas imágenes míticas y ar- quetípicas debían ser interpretadas. Los terapeutas contemporáneos prestan más atención a los efectos desastrosos del abuso, pero a menudo se dejan llevar por la presión social. Muchos terapeutas tratan el abuso sólo como un asunto personal, considerando que lo que pasa afuera no es más que una fantasía que provoca las experiencias internas. Hasta ahora, ninguna terapia ha ayudado real- mente a las personas que han sufrido abusos a hacer un doble trabajo interno y externo, que les permita enfrentarse al mundo real y a colaborar activamente en la disminución de abusos futuros. Algunas terapias, especialmente las de orientación religiosa, animan a la gente a perdonar a los que han abusado de ellas. Y por supuesto que debe haber un tiempo para el perdón, pero tratar apresuradamente el tema del abuso hace que los que lo han vivido, más que perdonar, lo olvidan. Y olvidar es una manera de crear insensibilidad hacia el propio do- lor y de bloquear a la persona en su lucha activa por evitar que se repita. Olvidar es una manera de favorecer el abuso en todas sus formas: violación, maltratos, acoso, racismo, abuso por edad, sexismo y homofobia, entre otros.

Una definición del abuso

Defino el abuso como el uso injusto del poder físico, psicológico o social contra otras personas que son incapaces de defenderse por sí mismas, simplemente porque ellas no tienen tanto poder físico, psicológico o social. Que un proceso grupal o una relación personal sean abusivos dependerá de la manera en que cada individuo o grupo experimenta su ca- pacidad para protegerse a sí mismo. Esta experiencia varía de una cultura a otra. Lo importante es preguntar si una si- tuación se vive como abusiva o no. La respuesta dependerá del sentimiento que cada persona tiene en relación con los derechos humanos, los derechos civiles, la justicia y la democracia. Las acciones legales acerca del abuso se toman normalmente muy tarde y sólo sirven para reducir nuestro sentido de la responsabilidad personal en las relaciones hu- manas. Algunos tipos de abuso son especialmente claros, porque involucran el uso abierto e injusto de la fuerza física o del po- der social. Otros son más sutiles, aunque igualmente dañinos —tomar el pelo, avergonzar, quitar importancia, imitar despreciativamente, etc. Los maestros menosprecian a los niños. En la calle nos quedamos parados observando a la gen- te que es diferente de nosotros. Podemos ser abusivos simplemente ignorando el dolor que existe a nuestro alrededor. Y

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más claramente, abusamos de otros cuando somos testigos de situaciones abusivas y no utilizamos nuestro poder para impedirlas.

Aspectos culturales del abuso

Resulta fundamental considerar los aspectos sociales, culturales y psicológicos del abuso. ¿Qué fuerzas sociales están presentes? ¿Cuál es el punto de vista cultural dominante en las relaciones personales? ¿Cuál es el estado psicológico de las personas involucradas? Puesto que lo que se entiende como abuso depende de la cultura, ciertos malentendidos son habituales en encuentros multiculturales. Las personas de una cultura determinada no llegan a entender porque otros se sienten heridos por la “mínima” provocación, mientras que los últimos se preguntan incomprensiblemente cómo los primeros pueden ser tan insensibles. Por ejemplo, las personas de culturas en que se fomentan las relaciones expresivas, fuertes y poderosas, no acaban de entender porque las personas de otras culturas se sienten avergonzadas cuando son “ligeramente” criticadas en público. De la misma manera, la gente de la corriente mayoritaria difícilmente entiende que su énfasis cultural en el idioma es abusivo para la gente que habla dicho idioma con acento o que no puede hablar en público su propia lengua porque está prohibida. Por ejemplo, pocos americanos angloparlantes recuerdan que los nativos americanos, los inmigrantes y los africanos traídos a la fuerza a los Estados Unidos, fueron obligados a hablar inglés y castigados por hablar sus lenguas maternas.

La opresión interna

Cuando no puedes protegerte de un abuso abierto, encubierto o institucional, internalizas inconscientemente a tus ata- cantes, adoptas su estilo y aceptas sus críticas. Poco a poco te sientes empequeñecido, te vuelve opresivo contigo mismo y terminas por sentirte inútil y despreciable sin saber por qué. Al cabo de un tiempo ya ni siquiera te das cuenta de los pensamientos negativos que tienes sobre ti mismo, consideras simplemente que la vida no es algo que merezca la pena vivir y llegas a pensar en el suicidio. Este sentimiento internalizado de dominación, de falta de valor y de depresión se agrava aún más por el hecho de que hay que seguir viviendo en una sociedad que se considera injusta y con un gobierno que no sabe lo que hace. Tengo que agradecer a mi hermano, Carl Mindell, de la Escuela Médica de Albany, por haberme mostrado las similitudes existen- tes entre los síntomas del Desorden por Estrés Postraumático y los efectos a largo plazo de ciertos abusos, como ser continuamente menospreciado o humillado. xiii Según mis propias observaciones, toda forma de abuso continuado produce síntomas del tipo del DEPT. La American Medical Association Encyclopedia of Medicine dispone de una lista con los síntomas producidos por abusos crónicos:

Ansiedad ante posibles daños futuros causados por imprevistos como terremotos, revueltas sociales, violación, tortura y combate militar. Recuerdos o sueños recurrentes sobre sucesos peligrosos Sensación de aislamiento Sueño perturbado y pérdida de la concentración Comportamiento agresivo y cierta insensibilidad emocional Sentimiento permanente de vergüenza y culpabilidad en las relaciones personales Depresión Síntomas físicos xiv

La sensación de aislamiento puede estar asociada con el temor hacia otras personas y el terror a ser humillado. La insen- sibilidad emocional se refiere a no responder a cosas tristes o dolorosas. A veces se refuerza con el recurso al alcohol u otras drogas. Los síntomas físicos incluyen el dolor crónico en los oídos y la garganta, problemas sexuales y genitales, endurecimiento de la piel o dolor crónico de espalda. Otros signos de abuso crónico son el apartamiento de la vida so- cial y el temor a hablar en público. Los sueños espantosos y los recuerdos tristes pueden tener su origen en la ansiedad causada por el abuso. La depresión, el no querer levantarse por la mañana y el sentirse agotado durante el día, suelen tener que ver con sucesos dolorosos del pasado. La confusión, la pérdida de memoria, el quedarse en blanco, la falta de precisión, la pérdida repentina de claridad, el no saber hacia donde vas y el no ser capaz de recordar tu pasado pueden ser también consecuencia de expe- riencias de abuso. Por último, el deseo de venganza, el complejo de inferioridad tienen que ver a menudo con una histo- ria de abusos.

Ejercicio para trabajar el tema del abuso por parejas

Sugiero a quien trabaje con grupos que considere hacer el siguiente ejercicio, especialmente si tiene alguno de los sín- tomas comentados arriba. Este ejercicio no sólo revela los abusos personales, ayuda también a ser socialmente más acti- vos y contribuye a aumentar el potencial de liderazgo. Es importante, no obstante, recordar que el ejercicio no es un programa. Cada persona es un mundo y no existen procedimientos fijos que puedan ser utilizados para resolver todos los problemas.

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Te aconsejaría que no pensaras en ti mismo como una “víctima” o un sufrido superviviente de abusos pasados. Las te-

rapias no orientadas a procesos gustan de las identificaciones patológicas. Tales diagnosis pueden ser útiles, pero tam- bién abusivas, aunque no lo pretendan. Piensa por ejemplo en todas esas personas que, cuando pasan por una época di- fícil, tienen que enfrentarse a las diferentes opiniones y categorías de los “expertos”. La entrevista desarrollada abajo puede hacerse por parejas, por una sola persona o en grupo. Está especialmente indica- da para grupos interesados en el cambio social. El proceso puede llevar varias horas y no se supone que deba terminarse de una sentada. El entrevistador debería recordar que las personas que han sufrido abusos han pasado por situaciones en las que no po- dían protegerse a sí mismas. Pueden por tanto adoptar una conducta simpática o intentar agradar todo el rato, en lugar de analizar detenidamente sus propios sentimientos. No fuerces a nadie a recordar sucesos pasados. Deja que el entre- vistado controle la entrevista. No tengas prisa. Dedicar más tiempo al principio significa necesitar menos tiempo des- pués. Recuerda que muy pocas personas se prestan voluntariamente a remover asuntos pasados dolorosos. Reprimirlos, aunque sea incómodo, hace menos daño que recordarlos. Ciertas personas no quieren pensar en el pasado porque les pa- rece más importante centrarse en el presente y salir adelante en el día a día. A veces también nos cuesta hablar de las dificultades vividas en el pasado porque pensamos que quienes nos escuchan no han trabajado en los mismos problemas

o porque sentimos que no hay nada que hacer. Como facilitador, tu habilidad y compasión no deben surgir sólo del es- tudio, sino de haber trabajado en ti mismo. En la entrevista siguiente, he imaginado una situación en la que la entrevistada es una mujer.

UNA ENTREVISTA SOBRE ABUSOS

1. Pregunta a tu compañera si se siente suficientemente segura como para hablar de una situación abusiva que ha vivido

en el pasado. Toma el tiempo necesario para que se pueda sentir cómoda contigo. Pregúntale que necesita para sentirse

a gusto. Nadie está dispuesto a revelar algo profundo de sí mismo si no está seguro de ser escuchado atenta y compasi- vamente. Intenta ponerte cómodo tú también. ¿Qué necesitas para estar bien?

2. Una vez que ambos estáis cómodos, pregunta a tu compañera: ¿Cuándo recuerdas haber sido humillada por primera

vez? ¿haber sido avergonzada? ¿haberte hecho sentir inferior? ¿Cuándo recuerdas haber sido molestada físicamente por primera vez por alguien contra quien no podías defenderte? ¿A cuál de estas cuestiones ha respondido con mayor fuer-

za?

Como facilitador, recuerda que la mayor parte de la gente que ha sufrido abusos se ha preparado largamente para igno- rar su dolor. Pueden ocultar sus dudas incluso a la hora de responder estas difíciles cuestiones, declarar que los abusos pasados han sido insignificantes y afirmar rotundamente que nada les molesta, que todo es un sin sentido. Observa cómo tu compañera comienza su historia, fíjate si balbucea o tose, si mira distraída o tiene problemas para re- cordar. Si dice “me gustaría contarte algo de mi pasado”, pero duda antes de hablar, dile que tal vez tú tampoco estás preparado para seguir adelante. Si vas demasiado rápido o presionas a alguien que no está preparado para abrirse, estás abusando de alguna manera de esa persona, al poner en acción una fuerza de la que no puede defenderse. Dile que respetas sus dudas y comprueba con ella cuando es el momento adecuado o si confía en ti.

3. Cuando tú y tu compañera estéis listos para centraros en algún asunto, pregunta lo siguiente: ¿Puedes recordar o ima-

ginar cómo eras antes de que hubieran abusado de ti? ¿Cuántos años tenías? ¿Qué aspecto tenías? ¿Cómo era tu vida sin abusos? ¿Queda todavía algo en ti de esa vida sin abusos? ¿Cómo se manifiesta en tu vida actual?

4. Insta a tu compañera a que se centre en una única situación abusiva. Si no puede, hazle saber que es normal que las

personas no se acuerden de aquellos momentos de la infancia que fueron dolorosos, y en los que la gente alrededor ac- tuaba como si todo estuviera en orden mientras sufrían en silencio su dolor. Pregúntale entonces si puede recordar algu- na situación en la que estando ella presente otras personas han sufrido abusos. No vayas más lejos en su pasado a no ser que ella esté completamente de acuerdo.

5. Cuando estéis preparados, pídele a tu compañera que te cuente su historia con detalle. ¿Quienes participaron? ¿En

qué lugar ocurrió? ¿Cuál pudo ser la causa? ¿Qué sucedió después? Contar historias es un ritual de curación muy importante para muchos pueblos indígenas, y debería ser una forma habi- tual de mantener la salud en nuestra vida desde la infancia. Sin embargo, nosotros solemos reprimir nuestras historias con el fin de encontrar el valor necesario para crecer. Cualquier cosa que hayamos perdido en nuestra vida, la podemos reapropiar ahora en forma de historias del pasado. Las historias sobre abusos son especialmente dolorosas y difíciles de contar. Se necesita una persona que sepa escuchar. Nadie puede contar una historia a una pared. La actitud de un buen oyente ayuda a hablar abiertamente de situaciones dolorosas, y a pedir ayuda cuando estamos pasando por una situación difícil. Los buenos oyentes también trasmiten la sensación de que están de parte del narrador de la historia. Tal vez el narrador se haya sentido solo en el momento en que ocurrió el abuso, pero ahora el facilitador puede ayudar a superar la sensación de aislamiento. Tal vez tu compañera piense que los abusos que ha sufrido son tan evidentes, que no merece siquiera la pena contarlo.

Suele ocurrir con los abusos por racismo. Se enfadará probablemente contigo si piensa que no sabes nada de ello.

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O tal vez piense que su historia es humillante o espantosa. Y tenga miedo de contártela y que no la creas o, incluso peor,

de que pueda volver a suceder. Puede llegar a no sentir nada y olvidarse incluso de por qué está contando esa historia. Si, con habilidad y tacto, consigues que profundice en su historia, pueden salir cosas y sentimientos que ella misma ig- noraba. Es importante que, como facilitador, recuerdes que poco importa todo lo que puedas saber sobre esa clase de abuso. Aunque puedas escribir un libro sobre el asunto, lo que tu compañera necesita es expresar su vivencia. Un buen facilitador insiste una y otra vez suavemente: “cuéntame tu historia, cuéntame toda la historia. Por favor, dime lo que sabes, todo lo que sabes, incluso lo más difícil. Me interesa mucho.”

6. Después de haber contado la historia, deja un tiempo para los sentimientos. Con mucho cuidado llama su atención

sobre aquellos momentos de la historia en los que dudaba, se mostraba tímida o parecía avergonzada. Indaga si tiene algo más que decir sobre dichos momentos. Algunas veces se tardan meses en contar toda la historia, sobre todo cuando la persona ha perdido el contacto con el do- lor que hay en ella. Anímala a contarla una y otra vez hasta que todos los sentimientos han podido expresarse. No pares demasiado pronto y comiences a analizar. Tu compañera necesita un tiempo para asimilar las emociones y dar un valor a su vida diaria. El desahogo emocional puede llegar a aliviar los síntomas psicosomáticos que pudiera tener.

7. Busca la verdad oculta y desvela los posibles mitos. Pide a esta persona que imagine, que fantasee, que vaya más allá

de lo que tiene por cierto y cuente los vagos recuerdos asociados a su historia. Tal vez piense que sus recuerdos son un

poco raros o irreales. Quizá no pueda percibir la diferencia entre lo que ocurrió de verdad y lo que es una fantasía, por- que los que estaban a su lado le ocultaron información. Tienes que aceptar su historia como si fuera real, pues se trata de su realidad. Para descubrir toda la realidad, es necesario sin embargo cambiar totalmente la forma de pensar. Si quie-

re alcanzar la verdad oculta, tiene que entrever en sueños lo que sucedió. Conforme vaya explorando sus vagos recuer- dos, irá aportando aspectos invisibles de lo ocurrido, cosas que no vio entonces pero que estaban presentes.

Por ejemplo, una mujer vino un día a verme porque tartamudeaba exageradamente. Cuando le pregunté si había una his- toria de abusos en su pasado, me comentó que había tenido una infancia muy feliz. Más tarde me dijo, llena de dudas, que no estaba segura de si era cierto o no, pero que creía recordar a su madre riendo mientras su padre le pegaba. Se pu- so entonces a hablar de los abusos de su padre. Después de un rato se sentía segura como para hablar con él directamen- te, aunque sólo fuera en su imaginación porque su padre había muerto hacía algún tiempo.

A través de la imaginación también surge la verdad. Gracias al diálogo imaginario que esta mujer mantuvo con su pa-

dre, descubrió que su madre se cruzaba de brazos y reía porque la odiaba. Más tarde, cuando le preguntó a su madre si era cierto, su madre confesó que tener un hijo había sido una tragedia para ella y que estaba celosa de la atención que recibía de su padre. La madre se sentía feliz mirando a otra parte mientras su padre la maltrataba. Madre e hija discutieron y lloraron su pasado de sufrimientos. Después de eso, el tartamudeo de mi cliente disminuyó. Esta mujer había internalizado la dominación y se castigaba a sí misma, simplemente por tener sentimientos sobre su pasado. Se maltrataba a sí misma como lo hacía su padre y tartamudeaba por miedo. Había intentado, al igual que su madre, mirar para otro lado. Sentía odio por sí misma con la esperanza de olvidar sus sentimientos, de olvidarlo todo. Pero su tartamudeo era una evidencia clara de sus problemas. Lo mejor de todo es que se enfadó tanto por odiarse a sí misma que comenzó poco a poco a sentirse orgullosa. Ayuda a tu compañera a inventar historias y mitos relacionados con los síntomas que tenga, con el fin de que pueda descubrir la verdad oculta o perdida en su vida. Dile algo así como: “¡échale imaginación al asunto, ya discutiremos so- bre la realidad más tarde!”

8. Pregunta a tu compañera quiénes fueron los testigos que despreciaron su dolor y su pena, quiénes fueron las terceras

partes que no intervinieron. Todas las historias de abusos tienen importantes implicaciones sociales, pues el entorno social, familiar, escolar y co- munitario siempre están presente en las situaciones de abuso, incluso en aquellos casos que ocurren en la intimidad del hogar. Si uno de los padres se comportaba abusivamente, ¿dónde estaba el otro en ese momento? Si ambos abusaban, ¿dónde estaban los parientes, los otros niños, los vecinos? Si otros niños abusaban de ella en la escuela, ¿dónde estaban los maestros y los padres? Si era la escuela la autora de los abusos, ¿dónde estaban los responsables políticos? Si todos ellos abusaban, ¿dónde estaba el resto del mundo? Si todo el mundo comete abusos, ¿dónde queda Dios? ¿Qué clase de sociedad hemos creado? Preguntar por testigos le aliviará el sentimiento de que podría haber actuado de otra manera. Le ayudará a darse cuenta que también otros son responsables de lo que ocurrió. Todos nosotros somos responsables de lo que ocurre. Los que tragan pasivamente con lo que ven son tan culpables como los que intervienen directamente. Pregúntale: “¿quién podría haber sido un testigo activo cuando abusaban de ti?” Anima a la narradora a que, cuando se sienta preparada, llame a los testigos y discuta con ellos lo sucedido, a que cree un ritual familiar en vacaciones, en los funerales, los bautizos y las bodas. Dile que pregunte a sus parientes: ¿dónde es- tabais cuando abusaban de mi? Espero que, a partir de ahora, intervengáis más en vuestras vidas y en las de los demás. ¿Qué problemas teníais? ¿Por qué no me ayudasteis? ¿No erais conscientes de cuánto estaba sufriendo? ¡Despertad y haced algo para que no haya más abusos!

9. Pregunta a tu compañera: ¿cómo utilizaron el poder contra ti? ¿Qué papel jugó el rango social, espiritual o psicológi-

co en el abuso? ¿Sufriste amenazas directas o indirectas? ¿Puedes identificar a los que abusaron de ti? ¿Estaban locos?

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¿Fue imposible defenderte, o tal vez demasiado peligroso? ¿Te amenazaron con perder el amor y el cariño de alguien si decías la verdad? ¿En qué medida dependías de quienes abusaron de ti? ¿Existe todavía esa dependencia? ¿Es esa una de las razones por las que te es tan difícil contar tu historia? ¿Utilizaron contra ti tu juventud, tu posición en el grupo o tu falta de fuerza física? ¿Es por los abusos sufridos que a veces tienes miedo de hablar sobre ti misma? ¿Tienes miedo de otras personas en la actualidad? ¿Fuiste incapaz de de- fenderte de las difamaciones o de los cotilleos? ¿Hubo alguna presión por parte del grupo? ¿Se utilizó contra ti algún tipo de poder sutil? ¿Recibiste amenazas de perder el amor de Dios o la protección de la Iglesia, la Sinagoga o la Mez- quita, o la seguridad de la comunidad espiritual?

¿Hubo alguna amenaza de que serías expulsada de la comunidad? ¿Hubo motivos racistas, sexistas, homofóbicos, de edad, antisemitismo o prejuicios contra cualquier discapacidad física o mental? ¿Se utilizaron poderes ocultos contra ti? Es importante para las personas que han sufrido abusos que se den cuenta de que sus posibilidades de defensa y res- puesta fueron seguramente bloqueadas por un poder superior al suyo, y que por tanto no deben sentirse responsables de

lo que sucedió.

10. Pregunta: ¿qué harías hoy si fueras testigo de un abuso similar?

Sigue su proceso. Suponiendo que esta persona ha dispuesto del tiempo necesario para contar su historia, y suponiendo que sigues interesado en ir más lejos, necesitas evaluar dónde estás. Pregúntale si le es posible enfrentarse en la vida real a las personas que abusaron de ella o a los testigos que presenciaron los hechos. ¿Puede hacerlo ella sola o necesita- ría el apoyo de amigos, de alguien como tú, de un grupo o de la comunidad? ¿Le gustaría comenzar a trabajar social- mente para sensibilizar a otros del problema y evitar que les suceda a ellos o a sus hijos?

Quizá necesite trabajar más en ella misma. Tal vez quiera volver hacia atrás y volver a contar su historia, representando los diferentes personajes que intervinieron. Al volver a representar la historia, tal vez encuentre la energía suficiente pa-

ra jugar el papel del agresor. Frecuentemente las víctimas proyectan en el agresor poderes que creen no tener. Tal vez

ella se haya prometido a sí misma no ser nunca dura, violenta ni autoritaria, como seguramente fueron los agresores, pero puede ser justamente este tipo de fuerza la que ella necesita en la actualidad. Utilizada conscientemente puede ha- cer milagros.

O tal vez descubra sorprendida que se parece más a su agresor que lo que nunca se hubiera atrevido a confesar. Quizá es

como el agresor en el sentido de que también busca venganza. ¿En qué medida su vida actual se explica por su historia pasada? ¿Qué tipo de personas evita en las reuniones? ¿Qué

instituciones? ¿Hasta qué punto ella abusa también de sí misma y de otros? ¿Se ha sentido alguna vez víctima o agreso-

ra en sus relaciones personales? ¿De qué manera su historia de abusos sirve para explicar el conjunto de sus intereses personales?

11. Relaciona su historia de abusos con posibles síntomas físicos. ¿Tiene problemas en alguna parte de su cuerpo?

¿Guardan alguna relación con su historia? ¿Es posible que los abusos sufridos le hayan podido hacer daño físico? ¿Qué piensa de dichos dolores en su cuerpo y hasta qué punto le preocupan? Tal vez tenga síntomas en áreas en las que tuvo que contener su expresividad, como la garganta, la voz, los ojos y la piel. Algunos de los síntomas que suelen tener relación con abusos pasados son: insensibilidad, problemas con la comi- da, náuseas, dificultad para tragar o falta de apetito. También ciertos problemas sexuales como la incapacidad para exci- tarse o una estimulación sexual constante, el dolor en la ingle, en los pechos o en el corazón, y los problemas de próstata o ginecológicos. Al experimentar estos síntomas se dan a menudo reacciones, emociones, defensas y otras pistas que pueden ser de gran ayuda para recuperarse de los abusos sufridos. Si esta persona cree que el malestar que siente en una determinada parte de su cuerpo está relacionado con su historia, dile que preste atención a lo que allí le pasa, que escuche esta parte de su cuerpo, que la sienta y la cuide. Si lo ves necesario, recomiéndale que acuda a médicos o sanadores expertos en tratar dicho dolor. Mis libros, Working with the Dreaming Body y Working on Yourself Alone pueden servir de ayuda. Averigua si ella cree que ponerse en manos de un profesional de la salud o de un sanador sería útil para recomponer to- do el tema de su abuso. He trabajado con cientos de personas en todo el mundo sobre sus síntomas físicos y psicosomá- ticos. Probablemente en una cuarta parte de los casos, tales síntomas estaban relacionados con historias de abusos.

12. ¿Cuáles son los aspectos sociales de su historia? ¿Los agresores estaban celosos, locos o simplemente eran estúpi-

dos? ¿Quién les dio la libertad para hacerle daño? ¿Qué edad tenían? ¿Querían con su acción vengarse de algo que les había ocurrido en su propio pasado? ¿Formaban parte de su mismo grupo social o procedían de otras culturas? ¿Tuvo

algo que ver en su comportamiento abusivo el tema de género, raza o religión? ¿De quién es la responsabilidad por di- cho comportamiento? ¿Se trató de una agresión que mucha gente consideraría normal? ¿Qué estaba sucediendo en el mundo en aquel momento?

El

provecho que tu compañera pueda hacer de su trabajo personal nunca estará completo mientras no se tenga en cuenta

el

aspecto social. El trabajo personal y psicológico son necesarios para afianzar una nueva forma de actuar que contri-

buya a detener los abusos. La terapia occidental debería aprender del chamán africano que aconsejó a mi hermanastra Pearl Mindell, cuando trabajaba en Zimbabwe, que para recuperar su poder femenino volviera a casa y juntara a todas las mujeres de la familia, mayores y jóvenes, y discutiera con ellas dónde se habían ido sus poderes. Este líder africano sabía que el abuso personal es un asunto colectivo. Mujeres, hombres, familias, culturas diferentes

deberían reunirse para recuperar su poder en la comunidad, reflexionar sobre los abusos y decidir qué hacer con ellos.

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Desde una perspectiva social, las situaciones de abuso individual se dan por el tipo de relaciones que la familia y la cul- tura nos permiten. A menudo no se tiene conciencia de lo que está sucediendo, no se enciende ninguna luz roja que de- tenga el daño. Si tuviéramos una luz roja que dijera: “ten cuidado, esto hace daño”, tendríamos también una luz verde que diría: “ahora es el momento de que despertemos y nos demos cuenta del dolor, la rabia y el poder”. Trabajando en nuestros propios abusos, interna y externamente, damos luz a una nueva fase de la historia, en la que en- tre todos creamos la cultura, esta vez juntos y con una mayor conciencia.

xiii Carl Mindell, “Shaming”, conferencia en la Albany Medical School, New York, 1992.

xiv The American Medical Association Encyclopedia of Medicine, p. 811

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8. Abusos públicos. Busca tu voz

El tema de los abusos públicos comparte algunas de las características del abuso privado, pero en lugar de mantenerse oculto y llevarse en silencio, se produce a la vista de todo el mundo y miles de personas pueden ser testigos. El abuso público está apoyado, en ocasiones incluso creado, por las políticas gubernamentales de todos los países. Las formas de abuso público van desde actuaciones manifiestamente dañinas a otras más sutiles e invisibles, desde ac- tos premeditados a otros que se producen por descuido. Todos ellos violentan a personas que no pueden defenderse a sí mismas. En un extremo del espectro se hallan la esclavitud, la tortura y las ejecuciones públicas. En el otro, nos encon- tramos con el abuso económico y la violación social de ciertos derechos humanos, algo prácticamente “aceptado” que ni siquiera se reconoce como abuso. Las políticas internas y externas de los países democráticos, que afirman proteger la libertad de sus ciudadanos, permi- ten a menudo la violación de derechos individuales, consintiendo actitudes y conductas racistas, sexistas y otras igual- mente discriminatorias. Todos somos teóricamente iguales ante de la ley, pero en la práctica esta igualdad desaparece ante el poder que ejerce la mayoría. Las políticas públicas dejarían de ser abusivas si nos ayudaran a comprender hasta qué punto el uso inconsciente del rango recrea la desigualdad todos los días. En un primer paso, se podría hacer que la gente fuera más consciente de los síntomas típicos del abuso público, utilizando para ello la experiencia de las personas que lo han vivido. Estos síntomas incluyen el miedo a participar en grupos, los bloqueos emocionales, la depresión y la agresividad. ¿De quién es la culpa? En los Estados Unidos, según las estadísticas del FBI, una persona es violentamente asaltada o asesinada cada setenta segundos. La inmensa mayoría de los criminales pertenecen a grupos sociales marginados o des- favorecidos. La reacción violenta es su primera forma de defensa. Las políticas públicas deberían recordar a todo el mundo que la violencia nace del abuso. Pero la responsabilidad no es sólo política. Quienes son testigos de abusos y no hacen nada por evitarlos también son de alguna manera responsables. Es necesario que la mayoría dominante despierte de su letargo y que se fortalezca la capacidad de acción de los pobres, de los jóvenes y de otros grupos marginados. Por ejemplo, los bancos existentes contribuyen a mantener el abuso al ne- gar préstamos a personas de grupos minoritarios. Los supermercados situados en barriadas de minorías venden produc- tos de peor calidad y cobran más caro que los supermercados de barrios normales. Muchos servicios públicos, como la recogida de basuras o el transporte, son peores en barrios de minorías. Sólo un uno por ciento de los contratos de servi- cios públicos va a grupos minoritarios en una ciudad donde esta minoría representa el 24 por ciento de la población. ¿Quiénes son testigos de estos abusos? Todos nosotros. Es necesario exigir la igualdad real de oportunidades laborales y educativas para las personas de grupos marginados, y que se informe públicamente de todos los abusos que resultan del choque de intereses económicos o de la brutalidad policial. Comprender la conexión entre racismo y economía no es sencillo. Cuando el Process Work Center de Portland (Oregon) organizó un foro ciudadano, con el tema “Racismo y Economía”, las grandes empresas se negaron inicialmente a enviar representantes. Algunas de ellas justificaron su in- tención de no participar indicando que un banco había sido recientemente atacado en los medios de comunicación por ser racista. Es decir, no se trataba para ellos de cambiar sus políticas racistas, preferían simplemente ocultarlas mejor.

El abuso se ha convertido en una política pública encubierta

En la medida en que todos nosotros somos testigos de los abusos públicos, todos y cada uno de nosotros somos culpa- bles de provocar los actos “criminales” de los “otros”. Resulta casi heroico que una persona normal, que ha sido testigo de un abuso, se tome la molestia de protestar y denunciar la situación. En una convención de mujeres por la igualdad de derechos que tuvo lugar en 1851, una mujer negra, nacida en esclavitud, escuchaba mientras los hombres dominaban la discusión. Su nombre es Sojourner Truth. Al cabo de un rato se levantó y pronunció estas famosas palabras:

Aquel hombre de allí dice que la mujer necesita ayuda para subir a un coche y para cruzar una zanja. Nadie me ha ayu- dado nunca a subir a un coche o a cruzar charcos de barro, o me ha dado preferencia en algún lugar. ¿Y no soy una mu- jer? Mirad mis brazos. Con ellos he arado la tierra, y plantado y recogido los frutos en un granero, y ningún hombre se diri- gió a mi. ¿Y no soy una mujer? Trabajaría tanto y comería tanto como un hombre, si pudiera hacerlo, y soportaría el látigo también. ¿Y no soy una mu- jer? He parido trece hijos y he visto como los vendían como esclavos a casi todos ellos, y cuando gritaba mi pena junto a mi madre, nadie excepto Jesús parecía oírme. ¿Y no soy una mujer?

¿Quién debería responderle? Si tú no lo haces, estás siendo testigo de abusos públicos y ayudando en silencio a que se perpetúen. Sojourner Truth hablaba por los negros americanos, por las mujeres y por todas las personas que sufren abu- sos porque se las trata como si no tuvieran ningún derecho o ningún valor. Los demás, todos nosotros, permanecemos insensibles a nuestro dolor y al dolor de otros. No le hacemos frente ni tampoco nos quejamos. Si la mayoría se siente satisfecha, beneficiándose de los abusos que se comenten sobre otros, el abuso se hace crónico y sistemático. El racis- mo, el sexismo, la homofobia no se dan por azar, son parte de una política pública encubierta.

Síntomas de abuso público

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Padres, maestros, empresarios, políticos, líderes y facilitadores tienen que conocer los síntomas de los abusos públicos. La vida pública no será democrática mientras el dolor y el miedo a ser maltratados impidan a la gente ejercer su derecho

a la libertad de palabra, a la libertad para disentir y a la libertad para amar.

La siguiente lista recoge algunos de los síntomas típicos que se dan en situaciones de abuso:

Retraimiento, silencio y temor. Las personas que sufren abusos públicos se retiran a la vida privada para prevenir mayo- res daños. No van a clase, no participan en actividades públicas y no suelen votar. Cuando se deciden a hablar, su primer mensaje es el miedo. El miedo a hablar en público no se debe sólo a su situación actual, sino a experiencias pasadas en las que han sido maltratados públicamente sin haber podido defenderse a sí mis- mos. El temor al fracaso también puede crear reticencias a hablar en público. El sistema educativo, con su insistencia en la perfección, provoca así graves daños en muchas personas. Muchos japoneses, por ejemplo, sienten que tienen hablar perfectamente para atreverse a hablar. Otras personas tienen miedo de hablar porque no conocen bien el idioma de la mayoría. Algunos grupos étnicos favorecen el silencio. Existen personas que se sienten inclinadas al silencio. Otras desean per- manecer neutrales. Algunas personas se niegan a que se les meta prisa. Como facilitador, no deberías caer en la tenta- ción de calificar a toda persona tranquila, víctima de abusos. No obstante, las personas que han sufrido daños por abu- sos privados o públicos, suelen bloquearse cuando se les invita a dar su opinión. Puesto que un foro abierto es un experimento en democracia profunda, su éxito depende de hasta qué punto todo el mundo siente que se ha tenido en cuenta su punto de vista, lo que a su vez requiere que todo el mundo participe. Es fun- damental entonces tomar el tiempo necesario para preguntar a los silenciosos cuál es su opinión y pedirles su ayuda. Es igualmente importante ayudar a aquellos que solicitan ayuda para recuperarse de sus miedos.

Hablar todo el rato en voz alta. Algunas personas compensan sus negativas experiencias pasadas, en las que no se sen- tían seguras de poder hablar en voz alta, hablando incesantemente en el presente, que sienten seguro. Esto también pue- de ser una señal de que esa persona ha sufrido graves daños en el pasado.

Consenso incoherente. Algunos grupos, que han sufrido abusos públicos, son incapaces de llegar a acuerdos o aceptar la decisión de uno de sus líderes. La pasividad y la apatía de sus miembros suelen ser indicios de antiguas historias de abusos. Ni los países democráticos ni las organizaciones funcionan bien, en parte porque la gente tiene miedo o no tiene ninguna esperanza de que sus puntos de vista sean representados. A menos que todo el mundo pueda expresar sus opi- niones libremente, el consenso no tiene ningún valor.

Adaptación excesiva. Ser “bueno” puede ser un síntoma de haber sufrido abusos. El abuso, sea público o privado, físico

o psicológico, te lleva a dudar de tu propia realidad y a sentir que estás equivocado, que eres malo o que lo que dices no

sirve para nada. Te dejas llevar por el flujo de las cosas, te mantienes en silencio porque llevar la contraria te podría su- poner problemas y no arriesgas nada por miedo a las represalias. Para algunos grupos marginados, tanto en países de- mocráticos como en regímenes totalitarios, puede ser más seguro esconder sus sentimientos, reprimir sus necesidades y adaptarse a lo que hay con aparente ecuanimidad. Me acuerdo de una mujer en Moscú, que sonreía mientras la atacaban verbalmente en un proceso de grupo. En un mo- mento determinado le pregunté cómo era capaz de sonreír en una situación así. La mujer nos contó que su madrastra le había pegado muchas veces y que había aprendido a no responder, porque a una madrastra no se le debe criticar o agre- dir en ningún caso. “¿Por qué no?” Le pregunté. La mujer sonrió y cambió de tema. Decidí respetar su decisión de no decir más delante del grupo. Más tarde la vi de nuevo fuera del grupo y me comentó que algunos miembros de su iglesia le habían maltratado duramente por no obedecer sus reglas. Así que, desde muy joven, esta mujer había decidido poner en práctica la regla de “poner la otra mejilla” para poder sobrevivir a los abusos públicos. La bondad inflexible tiene raíces profundas. Los facilitadores tienen que ser capaces de averiguar si se trata de una téc- nica de supervivencia.

Miedo a los fantasmas. Los abusos públicos suelen crear fantasmas —poderes que se pueden sentir pero no ver. Por ejemplo, en la Europa del Este a principios de los años 90, incluso después de que el KGB había sido desmantelado, mucha gente tenía miedo del “dictador”, de la “policía secreta” y de los espías, que aunque no estuvieran presentes físi- camente, se sentían y temían como fantasmas invisibles y brutales. La gente tenía miedo de que vigilaran sus relaciones privadas y seguían siendo cautos en casa o al hablar por teléfono. El miedo a los fantasmas siempre es, de alguna manera, cierto. Suele aparecer como consecuencia de algún abuso pú- blico del pasado, pero también se relaciona con polaridades que no están representadas en ese instante en el campo energético del grupo. El KGB ya no existe, pero en la Europa del Este la gente todavía se censura a sí misma o se vigi- lan unos a otros. Por ello, hablar en público contra las dictaduras sigue siendo muy difícil en los países de la Europa del Este que estuvieron sometidos al régimen soviético. Pero las dictaduras no desaparecen tan fácilmente. Un taxista de Varsovia nos contaba a Amy y a mi que el nuevo go- bierno democrático era una dictadura peor que la comunista, pues había iniciado una “caza de brujas” contra los anti- guos líderes políticos. Se quejaba de que el nuevo gobierno no garantizaba la seguridad social y la sanidad para todos.

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Este hombre era incapaz de ver todo lo que se había conseguido con la democracia. El fantasma de la dictadura estaba todavía presente. En los países en los que ha habido una policía secreta o una dictadura férrea, los fantasmas son relativamente fáciles de identificar. Pero fantasmas similares, igualmente dominantes y represivos, existen en todas partes y en todas las épocas. Aunque son invisibles, es posible sentir sus poderes abusivos porque hacen que la atmósfera pública sea tensa y seria. Notas su existencia porque nadie se ríe, nada es divertido. La gente es silenciosa, lúgubre y vigilante. Ellos no saben dónde se encuentran estos poderes abusivos, pero se someten a ellos con su comportamiento inhibido, reprimiendo sus ideas y volviéndose pasivos y sombríos.

Luchas internas y tensiones en subgrupos. Toda familia o grupo que haya sufrido constantes abusos públicos tiene más posibilidades de vivir conflictos internos o con otros grupos que quien ha estado libre de tales abusos. Los grupos, como las personas, internalizan la crítica de los opresores. Utilizan contra sí mismos las críticas de la mayoría y, como resul- tado, sufren ataques depresivos y de cólera. Algunos miembros del grupo se alinean con los puntos de vista de la corriente dominante represiva y critican al resto del grupo. Otros se rebelan. Esta polaridad refleja la opresión externa. Es una internalización del conflicto externo y di- vide al grupo. Por ejemplo, las comunidades nativas americanas con las que he trabajado tienden a polarizarse entre aquellos que quieren integrarse más entre la gente normal y aquellos que abogan por una separación de los grupos nati- vos. En la comunidad judía, están aquellos que quieren ocultar el hecho de ser judíos, y los que se sienten orgullosos de serlo. En los Estados Unidos se dan conflictos similares entre las comunidades de latinos, negros, asiáticos, homosexua- les y otras. Los conflictos se repiten una y otra vez en los grupos oprimidos, en parte por la actitud de la mayoría que los observa con los ojos de unos medios de comunicación que no dudan en calificarlos como “grupos minoritarios problemáticos”. Lo que los medios no dicen es que los problemas de estos “grupos minoritarios” son holográficos. Es decir, son copias de los problemas que existen en todas partes. La mayoría se niega a enfrentarse a sus propias tensiones y prefiere pro- yectarlas en las minorías. Los grupos menos poderosos no pueden desafiar a la mayoría por miedo a las represalias. Están obligados a silenciar su conflicto con la mayoría dominante y centrarse en sus conflictos internos, aun cuando no sean más que una reproduc- ción de los otros. Enfrentarse entre sí resulta más seguro que enfrentarse a la mayoría. Los medios de comunicación agravan la situación con su información sensacionalista y exagerada de los conflictos entre grupos minoritarios. Los ar- ticulistas de opinión justifican el punto de vista dominante de que los grupos minoritarios son confusos, irracionales, perezosos, violentos e irresponsables. Al final los grupos desfavorecidos no pueden soportar más la tensión y buscan venganza. Entonces las noticias de la noche transmiten imágenes del comportamiento “extremista” y “criminal” de esta gente. Nosotros, como consumidores de tales medios, tenemos que despertar de nuestro letargo y tratar de ver las cosas con más claridad. Tenemos que reconocer que los grupos desfavorecidos están trabajando en problemas que la mayoría se niega a abordar. Tenemos que comprender que estos grupos se comportan así como reacción a nuestra inconciencia. La rabia que sienten hacia la mayoría por la opresión sufrida, la redirigen hacia sí mismos. Los conflictos internos dejan entonces a muchos miembros de estos grupos completamente desesperados. Padecen síntomas de agotamiento, dolores extraños y alta presión sanguínea. En los Estados Unidos, los americanos de origen africano tienen muchas más proba- bilidades de morir por una enfermedad del corazón que cualquier blanco.

Trabajo interno sobre abusos públicos: quema tu leña

Los foros abiertos son un excelente lugar para aumentar la conciencia de estos problemas y dejar claros cuáles son los síntomas de los abusos públicos. Los procesos de grupo en los foros abiertos pueden cambiar las organizaciones y las políticas públicas. Si quieres trabajar solo el tema del abuso público, para ti mismo o como una preparación para parti- cipar o facilitar tales encuentros, intenta “quemar tu leña”. He aprendido esta expresión de una mujer israelí, quien la utilizó en un encuentro abierto en Tel Aviv después de que varios israelíes y alemanes se enzarzaran durante un buen rato en una discusión tensa y violenta. Esta mujer dijo que si actuaban con tanta dureza sólo podía ser porque ellos no habían “quemado su leña”. Añadió que hasta que no lo hicie- ran, su capacidad para resolver sus asuntos era muy limitada. Con dicha expresión quería decir que llevaban una sobrecarga de leña muerta, de combustible potencial para la cólera. La gente no se daba cuenta que este combustible podía transformar dicha cólera y descargar sus emociones. El siguiente ejercicio te ayudará a quemar tu leña.

1. Recuerda una ocasión en la que perdiste claridad hablando en público o sentiste que tus puntos de vista no eran to- mados en serio. Una vez, trabajando en Bombay con Amy, conocí una “intocable”, una mujer descastada. En una discusión de grupo, esta mujer permaneció en silencio con una mirada triste. Cuando hicimos una pausa, le pregunté si su silencio se debía al respeto o tenía miedo de hablar en público. Comenzó a temblar. Le dije que no tenía que responder. Me contestó que tenía miedo de hablar en público debido a su herencia. Desde la infancia, dondequiera que iba habían limpiado el suelo después de que ella pasara para evitar todo contacto. ¿A quién podría interesarle lo que ella pudiera decir? Decidí traba- jar con ella, utilizando técnicas como las de este ejercicio.

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2.

¿Cuándo fue la primera o la peor vez que sufriste abusos en público? ¿Qué edad tenías? ¿Fuiste humillada o criticada

por tu incapacidad para aceptar ciertas normas sociales? ¿por ser una chica o una mujer?, ¿un chico o un hombre?, ¿por tu religión, tu color de la piel, tus ideas, tu orientación sexual o tu inteligencia? ¿por asuntos de salud, por discapacida- des físicas o mentales?, ¿por tu familia, tus compañeros, por tu escuela, tu pueblo, por el periódico o por el gobierno? Pon en palabras tu vivencia.

3. Discute y/o representa de nuevo aquel abuso público. Muestra lo que ocurrió. Si no puedes contar la historia con pa-

labras, intenta hacerlo con muñecos o dibujando. ¿Qué derechos humanos fueron vulnerados: el derecho a la vida, a opinar, a pensar, a la felicidad, a la autoestima, el derecho a elegir un compañero sexual del género que tu quieras, o el derecho a ser tratado igual que cualquier otro? Recuerda tanto como puedas tu historia. ¿Quién estaba presente? ¿qué edad tenías? ¿qué grupo o grupos estaban invo- lucrados? ¿cuál fue el papel de la mayoría? Di quiénes fueron los testigos pasivos. ¿En qué ciudad sucedió? ¿Lo que te sucedió fue un reflejo del entorno social en el que vivías, de la época, del estado del mundo? ¿En qué sentido es tu historia parte de la historia del mundo?

4. Utiliza tu imaginación para añadir más cosas sobre tu historia. Observa aquellos aspectos en los que pones más énfa-

sis o exageras más. ¿Hasta qué punto esta exageración es cierta para ti o para la comunidad en la que vives? ¿hasta qué

punto esta exageración representa el campo de la cultura en la que vives?

5. ¿Quiénes fueron los agresores activos? ¿Por qué actuaron así? El grupo al que pertenecen, ¿sigue abusando de la gen-

te? ¿Qué privilegios tenían ellos que tú no tienes? ¿Dónde aprendieron a comportarse así? ¿Qué les movió a actuar co- mo lo hicieron? ¿Por qué no fueron capaces de comprender que te estaban haciendo daño?

6. ¿De qué maneras has internalizado el abuso y lo has convertido en algo privado? ¿Ocultas algo de ti a los demás por

miedo? ¿Qué? ¿Qué síntomas físicos sufres actualmente que pudieran tener algo que ver con estos dolorosos recuerdos? ¿Sientes rabia, o tristeza, o te has vuelto insensible a estos recuerdos? Date tiempo para observar lo que estás sintiendo.

7. ¿Cuándo fue la última vez que fuiste atacada o humillada en público? ¿Existe algún parecido o diferencia entre este

último suceso y el primero? ¿Ves alguna pauta en tu vulnerabilidad y en tus reacciones?

8. Ahora trata de quemar tu leña. Vuelve a pensar en la historia de abusos más fuerte que hayas vivido. Pide a alguien

que te ayude a representar las diferentes partes en la historia. Busca un buen oyente y pide a dicha persona que se man- tenga a una distancia prudencial para ayudarte en caso de que te quedes en blanco y olvides tus emociones. Cuenta tu historia. Cuéntala de nuevo. El interés de este ejercicio es permitir que tu dolor, tristeza, rabia, furia y deseo de venganza se expresen. Obsérvalos, siéntelos y déjalos ser. No los juzgues o intentes dejarlos de lado. Si te sientes capaz, y estás segura de poder soportarlo, profundiza en tus emociones tanto como puedas hasta que se dé un “enantiodromia”, es decir hasta que tus sentimientos se transformen en los contrarios. Conforme avanzas en este proceso, observa tus vacilaciones, tus bloqueos, señales nerviosas, sentencias incompletas, insensibilidad, confusión y la posibilidad de quedarte en blanco. Anima a tu ayudante a que te pregunte si te sientes seguro, si has ido suficientemente lejos o si quieres continuar.

9. Llora la injusticia de lo que sucedió. Llora la injusticia, la falta de amor, la ausencia de respeto, de apreciación y de

cariño. Siente compasión por ti misma, por tu rabia y por tu pena. ¿Eres capaz de permitir que se expresen tu rabia y tu

deseo de venganza? Observa si te vuelves insensible o te quedas en blanco, si te olvidas de las cosas y las recuerdas de repente. Todo ello es consecuencia del estado de shock por el que pasaste y te ayuda a seguir adelante con tu vida. Ten valor. Fíjate en el menor detalle de tus sentimientos conforme avanzas explorándolos. Asegúrate de ponerles un nombre cuando surgen y aceptarlos como son. Si te quedas bloqueada, busca aquellos sentimientos que parecen más agobiantes, o imposibles o ridículos. Ve con ellos. Hazlo por ti, hazlo por todos nosotros.

10. ¿Cómo has internalizado tus experiencias de abuso público? ¿Te avergüenzas o sientes desprecio de ti mismo, con una actitud abiertamente autocrítica? ¿Te tratas a ti misma como lo hizo tu agresor? ¿Te haces daño con comentarios despreciativos, insultantes o humillantes? ¿Qué sabes de ti que no contarías nunca? ¿Puedes defenderte de tu propia au- tocrítica? Cuenta tu historia una vez más. ¿Puedes ver cómo has internalizado el comportamiento dañino del agresor en forma de una tendencia a ponerte en contra de ti misma? ¿Te presionas demasiado? ¿Te pones un nivel demasiado alto? ¿Te re- primes cuando tienes que hablar en público o a la hora de expresar tus sentimientos?

11. ¿Qué ideales apoyaban tus agresores? ¿Eran parte de la mayoría o combatientes por la libertad? ¿Qué había detrás de su ataque? ¿Buscaban satisfacer sus deseos? ¿Buscaban revancha por algo que tal vez les había ocurrido en el pasa- do? ¿Querían obligarte a cumplir un código moral? ¿Qué sientes al pensar sobre sus ideales? ¿Están presentes en tu vida actual dichos ideales? Por ejemplo, si te pusieron en ridículo por ser vaga o por no ser suficientemente inteligente, ¿cri- ticas actualmente a las personas que consideras vagas o te esfuerzas tú misma en ser “inteligente”?

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12.

Imagínate siendo el agresor. Si te sientes incómoda sintiendo su poder, pregúntate si no serás a veces como él. ¿O

acaso te obligas en ser exactamente lo contrario de la persona o grupo que abusó de ti? ¿Existe alguna relación entre tus poderes y los suyos? Tal vez ahora utilizas el poder del agresor de una manera sabia, tal vez no. Piensa en este caso típi- co: Muchos de nosotros dijimos que nunca haríamos con nuestros hijos lo que nuestros padres hicieron con nosotros. Y mira por dónde, un día nos sorprendemos haciendo exactamente lo mismo. Aquella mujer hindú intocable me dijo que en casa podía ser bastante violenta, incluso con las mujeres de su familia. Se daba cuenta que a veces actuaba tan amenazadoramente como las personas que le habían menospreciado en el pasado.

13. Transforma el poder del agresor. ¿Hay algo bueno en el poder del agresor? ¿Puedes verte a ti misma utilizando di-

cho poder de una manera positiva? Cuando le pregunté a la mujer hindú como podía utilizar el poder de la amenaza de otra manera, ella respondió que le gustaría ser más decidida en los temas de castas y de mujeres. Después de todo, si se sentía tan libre para ser fuerte en casa, al menos podría tener el suficiente valor para defender sus ideas en público. Se quedó entusiasmada por lo que acababa de pensar. Cuando se reanudó el encuentro, esta mujer se convirtió en una de las oradoras principales, animando a otras personas a sacar a la luz sus tabúes. Más tarde me escribió para decirme que su intento de aumentar la conciencia de su familia so- bre asuntos de casta y de mujeres había sido bastante exitoso. ¿Qué podrías hacer con tus fortalezas? Imagínate a ti misma consiguiendo esos objetivos.

14. Encuentra tu espíritu y tu voz. Las personas que han sufrido daños por abusos públicos o privados suelen tener sue-

ños que encierran una gran sabiduría o que aportan buenos consejos. ¿Puedes recordar algún sueño así? ¿Has tenido vi- siones de espíritus, dioses o diosas que parecen ayudarte? Uno de los nombres que utilizan los chamanes para tales imágenes es el de “familiares”, espíritus que traen a los seres humanos la sabiduría que no pueden encontrar en ningún lugar. En mi libro, The Shaman’s Body, llamo a estos espíritus bondadosos “aliados”, en concordancia con antiguas tradiciones chamánicas de todo el mundo, incluyendo la que des- cribe Carlos Castaneda. Tus aliados pueden ser Dios, Buda, tu Yo interior, tu propia sabiduría o tus ángeles guardianes. Cualquiera que sea el nombre que des a estos guías, tanto si sientes que están dentro de ti como fuera, su ayuda te per- mite utilizar poderes que no encontrabas en ti. Tales poderes son regalos de rango espiritual que te permiten sobrevivir al abuso. Te ayudan a encontrar tu propia voz. Trata de recordar o sentir tales poderes ahora. Imagina su presencia. Háblales, escúchalos. Pregúntales cosas de ti o del mundo. Pídeles que te den alguna pista de cuál podría ser tu tarea en este mundo. Considera la posibilidad de que esta tarea sea uno de los propósitos de tu vida. Los pueblos indígenas de todo el mundo han tenido siempre guías espirituales que les han ayudado cuando los seres humanos no podían. Y que han facilitado las transiciones en periodos de crisis. En sueños, estos espíritus despiertan tus poderes chamánicos y te muestran el camino para enfrentarte al abuso público. Tus visiones son imágenes de espíritus sanadores que actúan como fantasmas buenos. Estos poderes apoyan tu voz en el mundo.

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9. Cómo los países buenos hacen la guerra

Los países buenos hacen la guerra. Los países democráticos, que dicen tener una política de no agresión, son responsa- bles de muchos abusos públicos. Sucede en:

Las reuniones familiares, en las que se habla mal de algunas personas simplemente por no seguir alguna norma del gru- po. Las escuelas, en donde se castiga a los niños por saltarse las reglas y en las que sólo se enseñan los valores y la historia de la clase dominante, ignorando los valores de los grupos minoritarios y sus diferentes estilos de comunicación. Las empresas, cuyo éxito económico se hace a costa del medio ambiente, de las minorías y de las necesidades reales de las personas. Los servicios civiles, como la policía, que acosa a los grupos minoritarios. Los periódicos, que no informan de asuntos que preocupan a los grupos marginados. Los medios de comunicación, que apenas dicen nada de las minorías y que cuando lo hacen, dan una imagen de los gru- pos minoritarios basada en estereotipos negativos como el ser delincuentes o malos trabajadores. Los bancos, que favorecen las actividades económicas de las clases medias y altas de la corriente mayoritaria. Los grupos religiosos, que amenazan a los “pecadores” con el castigo y a los infieles, con la condena y la imposibilidad de liberación. El sistema médico, que ignora los sentimientos de los pacientes. La psicología, que afirma que los estados mentales son independientes de consideraciones sociales, y que trata a las per- sonas que son diferentes de la mayoría como si estuvieran enfermas.

Los trabajadores globales deben ser conscientes de que lo anterior es sólo el inicio de una larga lista y que los abusos públicos se dan en todas partes. Nada queda a salvo de ellos.

La agresión invisible

Es claro que lo que se considera abuso o maltrato personal es una cuestión cultural. Ahora bien, independientemente de que una cultura crea que los derechos humanos provienen de Dios o de las personas y sus leyes, hay algo que sabemos:

los derechos humanos son necesarios porque la gente es vulnerable. La lista de abusos públicos es un buen indicador de la amplitud de nuestra vulnerabilidad. Necesitamos elderazgo y pro- tección en todos los frentes. Necesitamos comida, ropas, vivienda y cuidados médicos. Necesitamos respetarnos y pro- tegernos unos a otros. Como seres sociales necesitamos la compañía de los demás. Como seres teleológicos necesitamos comprender. Las leyes de los gobiernos no satisfacen la necesidad de protección de una manera efectiva, entre otras razones porque es imposible criminalizar la falta de conciencia en las relaciones personales. Las religiones ocupan el vacío que los go- biernos dejan. En el Budismo, por ejemplo, los derechos están conectados con los deberes: la supervivencia de cada uno depende de preservar la vida de todos los demás seres. Los budistas piensan que también los animales, las plantas y los objetos inertes tienen derechos, las almas de muchas personas podrían reencarnarse en cualquiera de estas formas. También en el Judaísmo derechos y deberes son interdependientes. Al final, todos los deberes son para con Dios. Pero muchos de ellos implican el cuidado de aquellos seres humanos que son colectivamente simbolizados en las Escrituras judías como “la viuda y el huérfano”. En el Cristianismo, amar a Dios es amar a tu prójimo. Uno de los cinco pilares en la práctica del Islam es ayudar al necesitado. Los derechos de las personas en la religión Baha’i provienen de ciertas cualidades y poderes dados por Dios. Los pueblos indígenas creen que todo es espíritu y que es vulnerable. En la práctica, sin embargo, las religiones fracasan en la protección de los derechos humanos, entre otras cosas porque no sabemos qué hacer con los agresores más allá de decir “no” o castigarlos. Además, muchas aproximaciones espiri- tuales de los derechos humanos son antropocéntricas. Necesitamos una visión cosmoteándrica, es decir una visión que incluya a los dioses, a las personas, los animales y la naturaleza en su conjunto. De acuerdo con mi teoría de la democracia profunda, los derechos no consisten simplemente en la posibilidad de votar cada cierto tiempo y estar representados en el parlamento. La democracia profunda se desarrolla también en las relacio- nes cotidianas. Requiere conciencia, que es anterior a la libertad. Si no tenemos conciencia de cómo se utiliza el poder y de cómo el uso inconsciente del rango oprime a la gente, el concepto legal de igualdad pierde todo su sentido. La igualdad, que no es sólo un asunto de economía sino también personal, comienza con la educación sobre el poder y sus abusos. Los derechos legales, aunque se hicieran cumplir totalmente, jamás nos podrían proteger completamente de poderes invisibles y dañinos. Por ejemplo, The Oregonian, el periódico más grande de Oregón, publicaba recientemente un artículo sobre la política “invisible” de un banco, que se negaba a hacer préstamos a potenciales propietarios de casas en ciertos barrios. Esta política estaba dirigida contra la población negra y otros grupos minoritarios sin poder, que se veían así obligados a seguir alquilando sus casas. Negar el acceso a la propiedad de la vivienda es, en este caso, un acto de agresión invisible que refuerza la segregación y apoya las diferencias de rango social en función de la riqueza. Se trata, sin duda, de una forma oculta de abuso públi- co, un ejemplo de cómo las sociedades pacíficas continúan haciendo la guerra contra aquellos que no pueden defenderse por sí mismos.

La democracia en acción: insultos y dolor en los tribunales

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En los países democráticos, a los políticos se les permite cometer ciertos abusos públicos cuando éstos forman parte de una estrategia electoral o de presión. Se llama “mudslinging” xv —denigrar personalmente al adversario. Esta práctica hace que el jefe de gobierno de nuestro país sea elegido gracias al concurso del escritor de discursos que mejor sabe echar por tierra las habilidades de los demás contendientes. El abuso público va de la mano de un sistema legal competitivo, cuyo objetivo es determinar quién tiene razón y quién no la tiene, en lugar de servir para mejorar las relaciones humanas. Un sistema competitivo apoya el poder, apoya el de- recho por la fuerza, antes que la comprensión y el desarrollo de las relaciones personales. Un sistema competitivo está pensado para generar más conformidad y productividad, no compasión. Pensemos por ejemplo en lo que ocurre en los tribunales de justicia. En lugar de buscar una mayor comprensión de la posición de un defensor dentro del contexto social, nuestros tribunales se limitan a declarar a una persona culpable o inocente. Los procesos judiciales se llevan a cabo sin ninguna preocupación por el efecto total que puedan tener sobre el “criminal” o la “víctima”. Los navajos, al contrario que nosotros, tienen un sistema legal no competitivo, orientado a la comunidad. Las partes en conflicto se reúnen en un determinado lugar, con libertad para decir todo lo que quieren decir, sin que ninguna autoridad esté presente para decidir quién tiene razón o quién no la tiene. xvi Los parientes son invitados a asistir al proceso y, en el caso de los familiares de la persona acusada de haber hecho daño, son considerados también responsables del crimen cometido. Ellos también están obligados a compensar a la parte agredida. Los familiares de la víctima tienen derecho a recibir una compensación al igual que la víctima. El bienestar de todos se considera más importante que la simple atri- bución de culpas y castigos. Este sistema de justicia se basa por tanto en la comunidad, en las relaciones humanas y en las interacciones mutuas, en lugar de decidir sobre lo que es justo o no lo es, sobre lo que está bien o está mal. Nosotros apoyamos el acoso a los testigos en los tribunales y las acusaciones difamatorias en la arena política por la misma razón por la que vemos películas violentas. Nuestra cultura está hambrienta de héroes y heroínas que arriesguen sus vidas en busca de venganza. Nos identificamos con los matones de las películas que tanto saben de autodefensa y que son capaces de destruir sin piedad a sus oponentes. ¿Por qué? Porque arrastramos historias de abusos pasados que no hemos trabajado, porque nos han hecho daño sin poder defendernos. ¿Qué puede hacer entonces un trabajador global? Reconocer y apoyar a los líderes que nos enseñan cómo enfrentarnos al conflicto y al dolor aumentando nuestra conciencia de lo que pasa. Tenemos que romper el ciclo de la venganza y los agravios insistiendo no sólo en que todas las partes sean escuchadas, sino en que estén presentes cuando la otra parte habla. Tenemos que notar las dobles señales y las emociones intensas, notar cualquier cosa que nos lleve más allá de la superficialidad de la inocencia y la culpa, de lo cierto y lo falso.

Qué hay detrás del silencio

En todo grupo diverso suele haber personas que nunca dicen nada. Como facilitador, debes tomarte el tiempo necesario para investigar qué hay detrás del silencio. Pregunta a los silenciosos: “¿estás callado por qué te gusta el silencio? ¿crees en tus sentimientos? ¿cuáles son tus sentimientos y tus respuestas a los demás? ¿te gustaría aportar algo, pero tienes miedo de hacerlo?” Cuando la atmósfera es tensa e incómoda, habla con la gente silenciosa en privado. De vuelta al grupo, evitando toda crítica, sugiere posibles razones para la tensión existente. Pide al grupo que permanezca en silencio. Pregunta a la gente si se siente a gusto con su silencio. Pregunta si se sienten seguros o inseguros. Cuando las cosas no están muy claras, algunas personas se comportan de manera servil. Todo el mundo se muestra superficialmente correcto. Recuerdo un buen ejemplo de esto ocurrido en la antigua Unión Soviética. Participaba en una gran conferencia organi- zada para resolver tensiones étnicas. En un descanso, asistí al pase de un vídeo aficionado hecho por inguses en el que se mostraba cómo habían sido atacados por sus vecinos osetios. El vídeo mostraba una horrible y sangrienta masacre callejera. Al final del pase, alguien dijo enfadado que los osetios habían sido apoyados por los rusos. Las más de cien personas que había en la sala se quedaron en silencio. Tras varios minutos de tenso silencio, me levanté en medio de la multitud y pregunté a la mujer que estaba callada a mi lado, cuáles eran sus sentimientos. “Horror”, susurró débilmente por el mi- crófono. “Horror. Odio matar”. Cuando pregunté si alguien más sentía algo, nadie quiso hablar. Era como si todo el mundo estuviera asustado. Así que invité a las personas que compartían los sentimientos de aquella mujer que su pusieran a su lado. Para mi sorpresa, más de la mitad de los presentes se movió lentamente hacia la mujer, que se hallaba en el centro de la sala. Entonces sugerí que aquellos que estaban de lado de los inguses se pusieran a mi derecha, y los que estaban de parte de los osetios y ru- sos fueran a mi izquierda. Después de esto, todo el mundo estaba sorprendido. En el centro de la habitación se hallaba una gran masa de gente si- lenciosa, una clara mayoría. Eran tan numerosos y tan poderosos que su mera presencia era imposible de ignorar por las dos partes belicosas que se hallaban a cada lado. El poder del silencio fue tan grande y el número de personas interesa- das en la guerra tan pequeño que el conflicto se desvaneció. Un pasado de abusos públicos había convertido a la mayoría de la población en personas temerosas de hablar en voz alta, incapaces de alzar sus voces para protestar. Indagar en el silencio sirvió para descubrir que en aquel terrible con- flicto, las partes enfrentadas no eran el centro de la batalla, sino un gran número de personas que querían la paz. Si estu- viéramos más presentes en los acontecimientos diarios, un gran número de conflictos se resolverían fácilmente.

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Un buen facilitador percibe cuándo ha habido abusos, se preocupa por conocer lo ocurrido y observa sus efectos en el

presente. Aumentar la conciencia paso a paso ayuda a los grupos, tal vez no muy dados a un estilo democrático de deba-

te abierto, a procesar sus experiencias. Si formas parte de un grupo, en el que el totalitarismo, las enfermedades, las

drogas, la violencia o el fundamentalismo son asuntos importantes, puedes hacer el experimento de hablar en nombre de los que permanecen en silencio, de los que tienen miedo o han sido humillados. Por ejemplo, a aquellos que se quedan callados, podrías decirles: “observa tus sentimientos, podrían ser valiosos para

todos nosotros, podrías susurrar tu punto de vista a la persona que está a tu lado”. Si nadie habla, podrías decir por ellos:

“no podemos hablar ahora, es demasiado peligroso hacerlo en este momento”. Actúa con cautela. En algunos casos, la gente no habla por miedo a perder su trabajo, por temor a sufrir mayores daños, o para evitar nuevas situaciones humillantes, daños físicos e incluso la muerte. La gente guarda silencio por alguna ra- zón. Detrás del silencio se halla el miedo a los abusos de poder. Considera siempre las consecuencias. Asegura la pro- tección de todos. Si es necesario, pide a la gente que responda a las preguntas en privado, por escrito o por cualquier otro medio que garantice su anonimato. No subestimes el poder del status quo. Los fantasmas de rango se resisten a responder cuestiones sobre abusos de dere- chos humanos, incluso cuando las organizaciones o las personas involucradas están comprometidas en su defensa. No te olvides de pedir permiso al grupo —incluyendo a aquellos que han permanecido callados— antes de entrar a hablar so- bre un asunto particular, sobre todo si está en relación con los derechos humanos. Si no lo haces, habrá alguien que piense que estás utilizando tu rango de facilitador para obligar al grupo a tratar temas para los que algunos no están to- davía preparados.

A la vez que pones en claro aspectos relacionados con el poder, el rango y la jerarquía, vigila tu propia tendencia a si-

lenciar a aquellas personas que no están de acuerdo contigo, haciendo uso de tu propio rango como facilitador. Si te po- nes de lado de los oprimidos, perderás el interés y la confianza de aquellos que tienen el poder. Al final, tus esfuerzos no servirán para ayudar a nadie.

Claridad antes que resolución

La mayoría de nosotros espera algún tipo de resolución tras una discusión grupal sobre abusos. De hecho, todos noso- tros queremos resolver nuestros propios asuntos. Sin embargo, no es nuestra incapacidad para encontrar una solución lo que hace que ésta raramente se dé. Hay muchas razones que impiden el resultado esperado, como pueden ser la existen- cia de sentimientos ambiguos, de secretos inconfesables, de razones personales o de un oculto deseo de venganza. Las personas con rango casi nunca están dispuestas a recibir lecciones sobre su poder y privilegios. Por todo ello, buscar claridad y comprensión es más sostenible que forzar soluciones precipitadas. Las soluciones son importantes, pero sólo dentro del contexto de una mayor claridad. Parte de la claridad consiste en comprender que casi todo conflicto es una mezcla de componentes sociales, físicas, psicológicas y espirituales. Una participante en una de nuestras conferencias tenía mala salud e iba en silla de ruedas. En un momento determinado

me pidió que facilitara un problema que ella tenía con el hotel. Se había quejado tantas veces por el ruido en la habita- ción, que el director del hotel le había dicho que se fuera. Ella respondió con la amenaza de que iba a denunciarlo. El director del hotel estaba muy enfadado y se quejaba amargamente. Durante la conversación la mujer se dio la vuelta ne- gándose a cualquier negociación. Le expliqué al director, hablando en nombre de la mujer, que ella utilizaba la amenaza porque consideraba que no era una contienda justa. Él era el jefe del edificio en el que ella estaba alojada. Él era un hombre, ella una mujer. Él podía andar, ella no. Él estaba en su terreno, ella no. La mujer se puso a escuchar lo que yo estaba diciendo. Continué defendiendo su caso por ella: su preocupación era la justicia, no un asunto económico. De repente, algo conmovió al director, quien empezó a mover su cabeza lentamente. Le dije que era consciente de que él quería lo mejor para su negocio y que entendía que no quería lastimar los senti- mientos de nadie. Le dije que sabía que el dinero era importante para él, pero que en lo más profundo de su ser, no era

lo

que le preocupaba. El director escuchaba con interés. Respondió que yo tenía razón, que el dinero no era lo único que

le

importaba. Que comprendía a la mujer, pero que tenía miedo de su rabia y de su poder.

Ella sonrió. Añadí: “dejemos la discusión por ahora. Necesitamos estar solos para dar cabida a los sentimientos que nos

embargan ahora”. Propuse que nos encontráramos más tarde. El director dijo que no era necesario e invitó a la mujer a que permaneciera en el hotel. Buscaría una habitación mejor para ella. Esta dolorosa confrontación terminó, no buscando una solución, sino haciendo que el director fuera más consciente de

la

diferencia de rangos.

El

fantasma de la paga

Un facilitador efectivo conoce bien los temas sociales, incluyendo los asuntos económicos. La economía de mercado por lo general abusa de los pobres y favorece a aquellos con mayores ingresos y riqueza. Ellos son los responsables de producir desigualdades en los ingresos, en las condiciones de vida y en las oportunidades de empleo. Los ricos contri- buyen al desempleo entorpeciendo el papel de los sindicatos, fijando unos sueldos muy bajos y llevando sus empresas a países pobres donde se explota la mano de obra. En casa, todo esto produce marginación, agresión, desesperación y vio- lencia. Como facilitador, no olvides hablar de la desigualdad económica y saca a la luz los fantasmas que puedan estar presen-

tes sobre estos temas. A casi nadie le gusta identificarse con el “malvado” capitalista. Tal vez tú mismo tengas que jugar

el papel del que se encuentra en lo más alto de la escala económica. El fantasma capitalista no se preocupa lo más mí-

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nimo de la distribución de los bienes fundamentales, de la igualdad de servicios o de las oportunidades de trabajo y de educación. Sólo se preocupa de sí mismo.

A pesar de que al final del siglo XX hemos asistido al derrocamiento de muchos regímenes dictatoriales, la privatiza-

ción de la industria abusa de los trabajadores al ceder las empresas estatales a los poderes privilegiados por las dictadu- ras. También las democracias capitalistas están sufriendo el poder de la empresa privada. Aunque se han conseguido niveles relativamente altos de libertad personal, siguen abusando de la gente que queda marginada por su pobre educa- ción, clase social, raza, género, orientación sexual o edad. Como facilitador he visto cambiar positivamente a muchas organizaciones, que han comenzado a trabajar más eficaz- mente, después de haber convocado reuniones en las que los trabajadores sacaban a la luz los roles fantasma de los “je- fes”, que querían todo para ellos, y de las “víctimas”, que querían igualdad y justicia.

Abusos en los medios de comunicación: utilizar el conflicto para ganar dinero

Las noticias están llenas de informaciones sobre la vida personal de los políticos, de las estrellas de cine y de los depor- tistas más famosos, que no representan más del uno por ciento de la población. En las democracias capitalistas, los me- dios de comunicación son un negocio. Sus productos se dirigen a aquellos consumidores que tienen poder adquisitivo para comprar libros, periódicos y revistas y todos los demás artículos que se anuncian en sus páginas. Estos consumido- res compran historias en las que la venganza, las difamaciones y la violencia juegan un papel central. De esta manera, nuestro poder adquisitivo apoya el abuso de los medios de comunicación. En los últimos años han surgido, sin embargo, una gran variedad de medios “alternativos”, que han contribuido, con sus artículos e información, a aumentar nuestra conciencia sobre el medio ambiente, los conflictos existentes en el mundo, los avances en psicología y las nuevas tendencias espirituales. Entre los muchos medios alternativos que existen en el mundo quisiera citar la New Dimensions Radio en San Francisco y la Radio for Peace International, en Costa Rica. La bibliografía al final de este libro contiene una valiosa lista de revistas “alternativas”. Muchos de estos medios alternativos han sido creados por personas y grupos que han sufrido las distorsiones de los grandes medios de comunicación de masas y que han decidido contraatacar utilizando sus mismas armas. Sara Halprin

y Tom Waugh acuñaron el término de “documentales comprometidos” para designar el trabajo cinematográfico de estos

activistas sociales xvii . Entre los nuevos realizadores que han hecho importantes contribuciones para una mejor compren- sión de la opresión, hay mujeres, negros y habitantes de países “minoritarios” como El Salvador, Cuba, Nicaragua, Ru- sia, la República Checa o China. La mayoría de los medios de comunicación informan de los “conflictos” mostrando cómo los “buenos” vencen a los

“malos” o al revés, cómo los “malos” ganan. La simplificación en buenos y malos es una buena forma de hacer dinero. Reduce el mundo a un gigantesco partido de fútbol entre dos equipos que no tienen ninguna relación uno con otro.

A los medios de comunicación les encanta exponer las debilidades de las figuras públicas. Pero los abusivos métodos

utilizados no arreglan absolutamente nada. Los medios de comunicación deberían hacer algo más que mostrar al público los casos de políticos malversadores. Deberían mostrar también cómo los abusos se dan en ambas direcciones, entre el público y aquellos que se consideran sus “servidores”. Ambos se atacan unos a otros y, sin facilitadores o sin un debate justo que garantice la protección de ambas partes, todo el mundo sale perdiendo. Como facilitador no te dejes arrastrar por la democracia competitiva, buscando la victoria para una o incluso las dos partes. Céntrate en la relación entre los oponentes.

Combatir prejuicios culturales en las profesiones de ayuda

La educación, la medicina y la psicoterapia hacen muchos juicios a partir de premisas ocultas. Por ejemplo, estas disci- plinas se inclinan abiertamente hacia la física moderna, que supone que la ciencia comienza con los griegos e ignora los saberes chamánicos sobre la materia y la naturaleza, tan apreciados por todos los pueblos indígenas. Los juicios eurocéntricos de la ciencia moderna tienen una enorme repercusión en el mundo. Autoridades socialmente reconocidas, como profesores, médicos y psicólogos utilizan su poder sin preocuparse por sus efectos. Por ello, aunque sea inconsciente, su comportamiento con estudiantes y pacientes puede ser abusivo. Por ejemplo, menospreciar a los

niños por su falta de interés o su poca habilidad para aprender algunas materias concretas, como matemáticas o ciencias,

es

una clara forma de abuso.

El

Manual Estadístico y de Diagnóstico de la Asociación Americana de Psiquiatría (DSM IV), en el epígrafe relativo al

diagnóstico 313 afirma que el diagnóstico “Desorden Oposicional Desafiante” se aplica a los niños que con frecuencia hacen cuatro o más de las siguientes cosas durante seis meses: perder la calma, enfadarse con los adultos, negarse a

aceptar las reglas de los adultos, molestar a otros, echar la culpa a otros por algo que han hecho ellos o comportarse vio- lentamente o con rencor. Este diagnóstico presupone que los adultos afectados son inocentes y que los niños deberían ser sumisos y no defender sus intereses. ¿Cómo puede un niño de diez años actuar libremente con un diagnóstico así? Llamar a alguien un “mal” paciente, por su negativa a plegarse a las recomendaciones del médico, es un prejuicio que

se basa en la creencia de que la cooperación del paciente debería ser la norma. Puesto que este prejuicio permanece

oculto, el paciente no puede hacer nada para defenderse. Los médicos y los psiquiatras, desde la seguridad que les reportan sus privilegios como miembros de la clase dominan- te, no tienen ninguna dificultad en etiquetar de comportamiento incorrecto la rabia o la agresividad de la gente desfavo-

recida, y achacarla a algún tipo de defecto o problema psicológico. Los diagnósticos de síntomas paranoicos, delirantes

o psicosomáticos ponen a la gente en contra de sus propios sentimientos. Se establece así un círculo vicioso difícil de

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romper: los grupos marginados se vuelven autodestructivos y terminan por actuar con la misma locura con la que son estigmatizados. Una vez que las “autoridades” han pronunciado su diagnóstico, las minorías necesitan hacer un gran es- fuerzo para atreverse siquiera a pensar que su situación ha sido provocada por la negativa de la mayoría a afrontar los problemas sociales y no por sus particularidades psicológicas. Es verdad que la psicología y la psiquiatría son una gran ayuda para mucha gente, y por tanto resulta difícil imaginar que también pueden hacer daño. Pero basta echar una ojeada al libro de Alexander Thomas y Samuel Sillen, Racism and Psychiatry, para comprobar con datos constatados la dolorosa historia del racismo en la psiquiatría moderna. Ejem- plo de racismo es decir, como hace el psicoanálisis, que la agresividad de los negros se debe al Complejo de Edipo. Esta afirmación supone, en primer lugar, que las personas de color participan de las mismas bases mitológicas griegas o eu- ropeas de los blancos. Y en segundo lugar, que la agresividad de los negros tiene su origen en la infancia, en lugar de verla como una consecuencia de la cultura racista en la que se hallan inmersos. Jung, siguiendo los mismos prejuicios del pensamiento europeo de principios del siglo XX, escribió: “Convivir con ra- zas bárbaras ejerce un provocativo efecto en el laboriosamente modelado instinto de la raza blanca y tiende a derribar- lo”. Jung creía que los negros habían “contaminado” a los blancos: “¿Qué puede ser más contagioso que vivir, codo con codo, con una gente más bien primitiva?” se preguntaba. xviii Me resulta duro señalar esta inconciencia de rango en C.G. Jung, una persona que quiero tanto. Criticar a quien conside- ro mi mejor maestro, por ser claramente racista, antisemita y sexista, me hizo estar mal durante semanas. Pero si ni tú ni yo planteamos estos temas, nos hacemos cómplices de los abusos y por tanto, también agresores. Las generaciones futuras me criticarán sin duda por mi inconciencia sobre algún tipo de abuso que ahora no soy capaz de ver. Tienen que hacerlo. Afortunadamente, no siempre ser inconscientes de nuestros privilegios significa que todo lo que hacemos está mal. Si Jung viviera hoy, estoy seguro de que se sentiría triste por su falta de conciencia en determi- nados asuntos, y que querría aprender y cambiar. Sé que él amaba a la gente. También sé lo triste que me pongo cuando alguien me hace ver cosas que yo hago y que hacen daño a otras personas. Tengo que recordarme a mi mismo que acer- tar o equivocarse no es lo más importante. Lo que cuenta son los sentimientos que se establecen entre nosotros. Como ya he indicado antes, la psicología es, y sigue siendo en nuestros días, una ciencia eurocéntrica. Ha dado su apo- yo a una cultura públicamente abusiva en el mundo académico, con sus presuposiciones, nunca discutidas abiertamente, de que el comportamiento blanco es la norma y de que los blancos son mejores que los negros. El pensamiento eurocén- trico dice, por ejemplo: “hazlo tú mismo. Se fuerte e independiente. Modera tus emociones”, ignorando que otras cultu- ras confían más en la familia y en la comunidad y que dan una mayor importancia a sentimientos como el honor. Nece- sitamos una educación que, además de recoger las aportaciones europeas, tenga en cuenta a africanos, australianos, ja- poneses, nativoamericanos, etc. si queremos evitar los abusos públicos. Todavía hoy en día, la mayoría de psicólogos y psicoterapeutas apoyan los valores de la cultura dominante al patologi- zar la rebeldía, la rabia, la furia, el “infantilismo” y el “desahogo” (considerado un comportamiento público inapropia- do). “Consciente” se ha convertido en sinónimo de “moderadamente afectado”. Ciertos comportamientos inconscientes son popularmente calificados como nuestra “parte de sombra”, un concepto que implícitamente menosprecia la piel os- cura. No son las palabras el problema, sino los sentimientos inconscientes y los prejuicios que se esconden detrás de ellas. No hay ningún signo de duda, sólo certeza, en tales generalizaciones. Por ejemplo, términos como “vacío” y “autoconoci- miento” no son suficientemente inclusivos para grupos que no tienen una formación de tipo europeo. Conceptos euro- céntricos tales como “representación” implican que la expresión de emociones (el verdadero núcleo de muchas culturas) es patológica. Tales conceptos son simples tendencias culturales, no verdades. Y sin embargo, las generalizaciones eu- rocéntricas sobre las personas y la cultura son actualmente aceptadas en todo el mundo. Necesitamos una nueva psico- logía multicultural que no sea un simple cruce de culturas, sino que atienda a la especificidad cultural. La insistencia actual en el individuo y la exclusividad de la persona deja de lado importantes valores como el de la co- munidad. En manos de los occidentales, muchos de los conceptos orientales terminan por amoldarse al énfasis eurocén- trico de la supremacía del individuo. La “plenitud” se define sin ninguna referencia a la capacidad para tratar los asun- tos sociales. El “yo transpersonal”, es decir el yo maduro que ha transcendido los límites psicológicos del ego, busca su realización transformándose en “el rostro que teníamos antes de haber nacido”. Esta descripción favorece aquellos as- pectos de nosotros que están fuera del tiempo y del espacio. Niega la necesidad de elderazgo en la resolución de las ten- siones multiculturales. La idea de Maslow de “auto-actualización” es hoy demasiado limitada. En su libro, Toward A Psychology of Being, describe el individuo autorrealizado, auto-actualizado, de la siguiente manera:

Una persona así, sólo por lo que es, asume una nueva relación con la sociedad en la que vive, y en general con cualquier sociedad. No sólo se trasciende a sí mismo de varias formas, transciende también su cultura. Resiste la enculturaliza- ción. Se hace más desapegado de su cultura y de su sociedad. Se convierte un poco más en miembro de su especie y un poco menos de su grupo local. xix

La mayoría de los lectores tal vez piense que se trata de un texto perfecto. Y puede serlo para ellos. Otros verán el uso del masculino “o” como genérico y lo discutirán o lo excusarán. Pero aquellos que pertenecen a grupos desfavorecidos no podrán estar de acuerdo con la idea del “desapego de su cultura” y ser “más un miembro de su especie y menos de su grupo local”. No hay que olvidar que esto es lo que siempre se les ha exigido o recomendado a las mujeres, a los nativos

Si se alejan de sus grupos más de lo que ya lo han hecho, culturas

americanos, a la gente de color, a los homosexuales enteras, tribus y naciones desaparecerán.

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Si Maslow viviera ahora, estoy seguro que querría que la auto-actualización significara libertad para elegir la cultura a la que queremos pertenecer, o libertad para permanecer o cambiar de cultura. Si se pudiera defender ahora mismo de mis críticas, diría probablemente que, para él, el objetivo de ser “un poco más miembro de su especie y un poco menos de su grupo local” es válido para todo el mundo, y no está pensado para un colectivo determinado. Estoy seguro que él reconocería que resistir la enculturalización es lo que la mayoría siempre exige a los grupos marginados. Que las personas elijan por sí mismas, sin ninguna presión externa, abandonar su grupo, es una cosa; pedirles que resis- tan la influencia de su cultura, es racismo. Por otra parte, si tomamos las ideas de Maslow como claves para la mayoría, sus palabras cobran entonces un significa- do totalmente distinto. Muchas personas están cerradas a otras culturas y sienten un miedo atroz en relación con ellas. La mayoría dominante debería aprender a apreciar su propia cultura, pero también no estar tan “apegado a su grupo so- cial” y sí más abierto a otros. Gran parte de la psicología y la psiquiatría actual no es más que una herramienta que la mayoría utiliza para mantener el status quo. Estas “ciencias” han sido desarrolladas en su mayor parte por individuos blancos de países dominantes, por personas que disfrutan de privilegios, como un alto grado de educación y de seguridad económica. Esta es la razón por la que un racismo ingenuo e inconsciente atraviesa la teoría psicológica y también por la que la terapia insiste tanto en el individuo y tan poco en la realidad política, social y comunitaria. Los pensadores de la Nueva Era juegan con la espiritualidad de los pueblos indígenas, utilizándola para el trabajo inte- rior y el crecimiento personal, pero ignoran los problemas sociales de estos mismos pueblos. Con sus insistencia en el chamanismo como trabajo interior, terminan por dejar de lado uno de los tesoros básicos de la vida indígena: la relación de cada persona con la comunidad y con la naturaleza en su conjunto. Algunos psicólogos todavía dicen que es ingenuo pensar que el mundo pueda cambiar. Ignoran así las necesidades de los grupos desfavorecidos y alejan la psicología de la revolución. El mundo tiene que cambiar, y la psicología tiene que asumir su papel. Existen muchos indicios de que la psicología está de hecho cambiando. xx Como facilitador y trabajador global debes responder críticamente a las “verdades” psicológicas, que consisten en afir- maciones generales sobre conductas típicas “femeninas” y “masculinas”, o que explican burdamente las “causas” de la orientación sexual de gays y lesbianas y el “comportamiento rebelde” de niños y adolescentes. Es necesario así mismo evitar modelos terapéuticos que reflejen ideas gubernamentales, que intenten por ejemplo con- vertir a los disidentes en ciudadanos armoniosos, cuando no encerrarlos en hospitales psiquiátricos o en cárceles. Los prejuicios que recorren los medios de comunicación, ciertos sistemas religiosos, la física, la educación y la psicología son los mismos que afectan a los grupos mayoritarios de los países poderosos. La violencia no pertenece sólo a quienes buscan venganza. Es una característica común de aquellas culturas en las que la corriente dominante presenta a los que tienen el poder como modelos de lo que es un comportamiento sano y apro- piado, que todo el mundo debería emular. Es así como las buenas sociedades provocan la guerra.

xv Lit., “arrojar barro a”, N.t

xvi Véase “Life Comes from It”, de Robert Yazzie, Jefe de Justicia de la Nación Navajo, en Context, Primavera 1994, Núm. 38, p. 29.

xvii Véase la antología de Tom Waugh, Show Us Life: Towards a History and Aesthetics of the Committed Documentary. Especial- mente recomendable es el artículo de Sara Halprin, contenido en dicha antología, “Talking about our Lives and Experiences: Some Thoughts about Feminism, Documentary and Talking Heads”. Otro libro interesante en relación con estos temas es Putting Myself in the Picture: A Political, Personal and Photographic Autobiography, de Jo Spence.

xviii Jung habla del “carácter infantil del negro” como algo positivo, causa de que los blancos americanos sean más rítmicos e influen- ciados por su risa. Contributions to Analytical Psychology, p. 30. En el Segundo Congreso Psicoanalítico de 1910, Jung explicó que los Norteamericanos se reprimen sexualmente debido a un “parti- cular complejo norteamericano, a saber… convivir con razas inferiores, especialmente con negros. Convivir con razas bárbaras ejer- ce un provocador efecto en el laboriosamente modelado instinto de la raza blanca y tiende a derribarlo.” (Recogido por Brill, en Freud, 1938). Después de examinar algunos pacientes negros en un hospital psiquiátrico en uno de sus viajes a Norteamérica, Jung dijo: “Cuando se estudian razas como yo lo he hecho, se descubren cosas muy interesantes… Los diferentes estratos de la mente se corresponden con la historia de las razas… Los negros se hallan probablemente en una capa inferior a los blancos”. Op. cit., p. 83.

xix Maslow, Toward a Psychology of Being, pp. 11-12.

xx Muchos terapeutas han trabajado duramente por la conciencia social: terapeutas feministas como Phyllis Chessler, autora de Wo- men and Madness, R. D. Laing, Thomas Szasz y Wilhelm Reich, un comunista que promovió las clínicas sexuales para los trabajado- res, para evitar que su rebelión no se viera obstaculizada por su propia represión interna. Alfred Adler criticó la teoría de Freud sobre la envidia del pene, diciendo que si tal envidia existiera, entonces las mujeres, como grupo oprimido, estarían celosas de los hombres por su situación y poder social. Jacob Moreno, judío ortodoxo, que trabajó con prostitutas, desamparados y niños callejeros en Vie- na, desarrolló una especie de teatro de calle para ayudar a todas estas personas a expresar su marginación política y social. La “coes- cucha” elimina la distinción entre terapeuta y cliente y enseña a la gente a ser a la vez cliente y terapeuta, ayudándose unos a otros de una manera no abusiva y no jerárquica.

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10. ¿Quién es racista?

La gente de color suele decir que es más fácil tratar con las personas que se declaran abiertamente racistas que con los liberales que afirman que no lo son. El racismo no intencional es insidioso y sutil y puede llegar a ser muy destructivo. En los foros ciudadanos de todo el mundo, en encuentros sobre racismo, economía y violencia, en casi cualquier reunión de una organización en la que participen gentes de la corriente mayoritaria, las afirmaciones racistas están a la orden del día. Afirmar, por ejemplo, que “los norteamericanos quieren esto o lo otro”, margina a todo aquel que no se identifica con el prototipo norteamericano. El racismo está tan extendido que mucha gente se pregunta qué se puede ha- cer salvo disculpar a los blancos. A menudo respondo que eso también, pero que no es suficiente para resolver el pro- blema. Otro ejemplo: un hombre blanco, que participaba en un encuentro ciudadano sobre racismo en Nueva York, tomó la pa- labra y, con buena intención, dijo: “Quiero pedir disculpas por el racismo de una vez por todas y seguir con mi vida. No quiero sentirme culpable por el pasado racista de este país”. Se sentía orgulloso de su apertura y entusiasmo por el futuro. ¿Quién no podría estar de acuerdo con esta afirmación? Yo. Puesto que nadie de los presentes dijo nada después de que este hombre terminara de hablar, decidí asumir el rol fantasma del activista social. “No puedes pedir disculpas por el racismo mientras contribuyes a él”, dije. “La situación que gozas en tu vida actual, el trabajo que tienes, el lugar en el que vives y las oportunidades de que dispones en esta sociedad, se basan en la actitud que el mundo occidental toma con la gente de color. La historia no sólo pertenece al pasado. Crea el presente. Así que, ¿cómo puedes olvidar el racismo como si ya no existiera?” “¡No es cierto!”, contraatacó. “Tú no conoces mi situación. Yo no tengo ninguna clase de rango social”.

Separando el activista del facilitador

Me di cuenta que ya no hablaba sólo como facilitador, sino como un hombre blanco que se dirige a otro, como un acti- vista social tratando de despertar la conciencia de alguien. El facilitador que hay en mi estaba abierto al diálogo, al

aprendizaje colectivo, a una mayor relación y comunidad, pero el activista tan sólo quería que aquel hombre cambiara. Puesto que no había nadie más en la posición del activista, le comenté mi dilema y le pregunté si estaría dispuesto a se- guir discutiendo conmigo, mientras alguna otra persona hacía de facilitador. Estuvo de acuerdo en que Amy hiciera de mediadora. Amy me miró y dijo: “quieres parecer abierto de mente, pero tu expresión facial dice que no lo estás. ¿Qué pasa por tu

cabeza?”

Me di cuenta que estaba molesto. Dije: “tal vez no tengas mucho rango en este momento, pero aun así, tienes. Es como

tener dinero en el banco. Aún cuando fueras la persona más fracasada de cuantas existen, el sentimiento general que la gente de este país tendría contigo sería casi siempre más positivo que con alguien de color. Además, puedes elegir. Tie- nes el privilegio de no tener que enfrentarte a este tipo de prejuicios por ser blanco. Puedes olvidarte del fundamenta- lismo existente siempre que te apetezca, pero un negro tiene que vérselas con él todos los días”. Refunfuñó ininteligiblemente. Mientras meditaba su respuesta, continué hablando. “Sólo siendo blanco puedes pedir disculpas por el pasado y olvidarlo. Pero si tú y yo olvidamos lo ocurrido, nos hacemos inconscientes de los problemas que negros, latinos, asiáticos y otros grupos tienen en Norteamérica. Los blancos que son testigos de racismo, pero que no hacen nada salvo sentirse mal, contribuyen a perpetuarlo.” Amy, viendo cómo el hombre blanco se movía inquieto, le invitó a hablar. “Comprendo tu punto de vista”, dijo, con la cara totalmente roja, “pero insisto en que no soy racista.” Amy dijo que su cara roja podía significar que estaba dolido o enfadado. “Estoy enfadado”, dijo. “¡Soy una persona buena. Tú no me conoces!” “Lo siento”, contesté. “Me gustaría tener tiempo para conocerte mejor. Creo sinceramente que eres una buena persona.

Y racismo es una palabra fea. Pero si alguien en tu familia humilla a alguien de color y tú no te enfrentas a tu familia

por este comportamiento, sigo pensando que eres racista. Contribuyes a mantener el actual sistema social que te otorga

a ti ciertos privilegios a expensas de la gente de color.”

Después de esto, me dio la espalda moviendo su cabeza. Continué: “Si lo deseas, puedes abandonar este encuentro, puedes marcharte y dejar el conflicto en esta sala, pero incluso entonces, estás usando tu privilegio como blanco. La gente de color nunca puede permanecer extraña a este problema”. Se paró y comenzó a hablar de nuevo: “no estoy de acuerdo contigo. A mi me cae bien la gente de color. Me gustaría

estar más tiempo con afroamericanos y latinos en los barrios pobres en los que viven. Quiero conocerlos mejor y ayudar

a los pobres.”

“Gracias. Tus intenciones son buenas, pero no todos los negros y latinos son pobres, y no todos los pobres son gente de

color”, respondí. “Pasar tiempo con gente de color puede ayudarte a sentirte mejor, pero a largo plazo no servirá de mu- cho para combatir el racismo. Te necesitan tanto o más en tu propio barrio de blancos. Haz ver a tus vecinos y amigos el rango y los privilegios que tienen. A la larga, eso tendrá más efecto para cambiar el color de la pobreza.” Advirtió que algunos afroamericanos en el encuentro no estaban de acuerdo conmigo. Utilizó sus palabras para decir que sus problemas son económicos y de clase. Dije que si no estaban de acuerdo conmigo, me gustaría escuchar su pun-

to de vista y aprender de ellos. “Pero, ¿por qué —pregunté— te pones sólo de lado de aquellos negros que insisten más

en los asuntos de clase y no en los de raza, sacando generosamente a los blancos del apuro? Es así que nosotros los blancos dividimos sus comunidades, poniéndonos del lado de aquellos que son capaces de perdonarnos. Los negros que

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plantean el problema de clases son gente valiosa, y seguro que puedo aprender mucho de ellos, pero ¿acaso crees que si todo el mundo fuera de la misma clase social, el racismo desaparecería por ello? Yo digo que no.” Por primera vez, parecía estar de acuerdo. Mientras pensaba sobre ello, continué hablando: “Puedes visitar el mundo de los negros, latinos, chinos, hindúes y japoneses, pero esto no es un poder recíproco. ¿Qué me dices de los afroamerica- nos que quieren ir a un club de blancos? Podrían ser incluso arrestados por intentar entrar sin permiso, independiente- mente de lo ricos que pudieran ser. Esto es un asunto del color de la piel, no de la clase social.” Estaba de acuerdo, pero insistió en que, aún cuando yo había dejado las cosas bastante claras, no lo había escuchado a él. Estaba tan apegado a mi punto de vista, que parecía que él me importaba menos que alguien de color. Me preguntó si era esto lo que realmente pensaba. Pedí disculpas y le di las gracias por su observación.

Vuelta a mi historia de abusos

Resolvimos nuestro conflicto, pero ambos estábamos tocados. Él estaba en silencio y yo estaba triste. Él había sido in- creíblemente humilde al decir que había aprendido de mi. Yo también había aprendido de él. Le había pedido un grado

de tolerancia y conciencia que yo no había sido capaz de extender hasta él.

Comprobé que todavía tenía mucha “leña para quemar” y, después de la reunión, volví a mi historia de abusos públicos que arrastraba desde la infancia. Me di cuenta de que yo no apoyaba a los negros porque pensara que los prejuicios con- tra alguien son prejuicios contra todos, sino por razones más personales. Hace años, cuando era un niño, mis amigos ne- gros me enseñaron cómo luchar y ponerme a salvo de los enfrentamientos callejeros. Les estaba devolviendo el favor por aquella enseñanza que me salvó la vida. Nací en una pequeña ciudad al norte del estado de Nueva York, justo cuando comenzaba la Segunda Guerra Mundial. Cuando fui a la escuela, me parecía que toda la gente que me rodeaba era antisemita. Descubrí que había nacido en una familia judía cuando otros niños comenzaron a insultarme llamándome con horrorosos nombres antisemitas y a confa-

bular contra mi. Fueron los niños negros quienes me enseñaron a protegerme de las luchas en las calles y a salir victo- rioso de ellas. Además de aprender más sobre mi mismo, descubrí una posible razón de por qué el racismo resulta ser un tema social

tan doloroso y tan poco trabajado. A los blancos no les queda más remedio que trabajarse el problema del sexismo, aunque sólo sea porque es algo que también se da en el hogar. Los hombres blancos no pueden evitar a las mujeres blancas. También con un poco más de dificultad, la sociedad dominante tendrá que enfrentarse a la homofobia, pues ninguna familia estará a salvo de que algunos de sus miembros sean lesbianas o gays. Pero en lo que se refiere al racis- mo, al color de la piel, las cosas cambian. Una pareja de blancos puede dar a luz a una niña que podrá ser lesbiana, pero que casi con toda seguridad no será negra.

El

racismo es sin duda el asunto más problemático e impopular. En el mundo occidental, la gente de color seguirá sien-

do

el blanco de la inconciencia de la mayoría.

La comunidad blanca occidental mantiene la política sobre el racismo encerrada en un simple esquema binario blan-

co/de color. Los blancos ven el mundo como formado por “gente” y “gente de color”. La mayoría dominante se halla

paralizada e incapaz de trabajar en su inconciencia al relegar a la periferia determinados problemas que atribuyen sólo a

la

gente de color. La mayoría ignora así una parte fundamental de su propio espíritu y alivia la cultura blanca. Existen

en

los Estados Unidos unas pocas excepciones notables a esta tendencia paralizante, por ejemplo revistas como The Na-

tion y Z Magazine.

Sólo la mayoría es racista

Racismo es el uso intencionado, o no intencionado e inconsciente, del poder político de la etnia o cultura mayoritaria contra otra etnia o cultura de menor poder social.

El racismo es un juicio de valor negativo formulado por la etnia o cultura mayoritaria sobre personas pertenecientes a

otras etnias o culturas. Este juicio de valor legitima la explotación y la humillación de otros. De acuerdo con esta definición, sólo la mayoría puede ser racista. A los activistas sociales que luchan por los derechos

de las minorías se les llama a veces “racistas invertidos”. Esta acusación olvida un punto fundamental. La gente puede

ser lo inverso sólo cuando se tiene igual poder social, y en este caso, nada salvo un milagro o una revolución podrían conseguir la igualdad de poder. Lo que pretende esta definición es dejar claro el tema del poder y mitigar los abusos públicos. El racismo tiene que ver con el uso que la mayoría dominante hace de su rango contra gentes que no tienen suficiente poder social para defen- derse por sí mismas. El racismo es siempre un abuso social.

Los facilitadores, especialmente aquellos que pertenecen a la corriente mayoritaria, tienen que reconocer que el racismo

es un asunto económico, institucional, nacional, personal, interpersonal y psicológico. La gente de color se siente incó- moda entre blancos que ignoran su rango económico, racial o psicológico. La inconciencia de rango confunde e inhibe

la comunicación entre la mayoría y la gente con menor rango. Por ejemplo, si eres blanco, de clase media y heterose-

xual, puedes andar por ahí pensando que todo el mundo es heterosexual. Los homosexuales no se sentirán libres para ser ellos mismos en tu presencia.

O si eres una persona de alto poder económico, puedes llegar a pensar como lo más normal del mundo, que todas las

personas que te rodean pueden permitirse comer en restaurantes caros. Mientras tú te muestras alegre y seguro de ti mismo, otras personas a tu alrededor pueden sentirse inferiores, humilladas, temerosas o serviles, o pueden aparentar

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dureza, simplemente para compensar. Con esto no estoy sugiriendo que esas personas no deben trabajar en sí mismas, lo

que pretendo es mostrar cómo el uso que hacemos de nuestro rango influye en su comportamiento. Ser inconscientes de nuestro rango o del color de piel alejará de nosotros a las personas con menos rango. La inconcien-

cia

crea segregación, y de un tipo que no puede solucionarse con leyes. El no ver las diferencias hace que otros duden

de

sí mismos y lleguen a creer que su falta de confianza o de libertad es asunto suyo.

El

telón se cierra con la polarización

Como el porcentaje de gente de color en el mundo aumenta, la mayoría dominante de todos los países comienza a darse cuenta que el mundo no se puede dividir en un monolítico “Nosotros” y un monolítico “Ellos”. Los latinos y los asiáti- cos de los Estados Unidos se están haciendo más numerosos que los afroamericanos. Los blancos serán minoría a mitad

del siglo XXI. Los niños con padres de diferentes razas debilitan las fronteras del sistema binario. Sin embargo, la histo- ria, la psicología y la política se alían para mantener vivo y próspero el racismo, como demuestra el libro de Reginald Horsman, Race and Manifest Destiny. Nuestro pensamiento binario polariza los espíritus temporales del espacio grupal e ignora a las personas nacidas de dis- tintas etnias. Todos nosotros estamos obligados a mantener posturas polarizadas para ajustarnos a estos roles sociales. Aunque no lo queramos, nos identificamos políticamente con los roles o espíritus temporales de nuestra región, nos pre- sionan para que nos identifiquemos solamente con un grupo o con otro —indígena, blanco, negro, asiático o europeo—. Tener que identificarse con una sola parte de uno mismo, como cuando a un niño negro y vietnamita se le obliga a ele-

gir entre su parte vietnamita o su parte negra, causa un alto grado de angustia y confusión. Todo un país puede llegar a

funcionar con polarizaciones, con categorías que se presentan claramente definidas. El resultado es que millones de per- sonas quedan excluidas. La polarización nace de los prejuicios, no de los hechos. Nadie es por ejemplo, simplemente blanco o negro. Cada uno de nosotros tiene una naturaleza y etnicidad particulares.

Aunque muchos de nosotros estamos orgullosos de nuestra etnicidad, otros prefieren considerarse simples individuos al

margen de toda herencia étnica. Sin embargo, nos guste o no, todos estamos estereotipados por las proyecciones socia-

les sobre nuestra raza, género, religión y orientación social.

Como facilitador debes recordar que no todo el mundo se ajusta a un grupo claramente definido. Las batallas que se producen en torno al racismo tienen como objetivo hacer ver a la mayoría el papel que ésta juega en la creación de la tensión racial. En un nivel de estas batallas nos encontramos con el tema del orgullo étnico; en otro, la conciencia de la diferencia, todas las clases de diferencias que existen dentro del propio grupo étnico. Por eso, cuando se introduce el tema del racismo, todas las otras tensiones salen también a relucir.

No ser racista: un trabajo diario

Lo que aprendiste en los libros de historia es engañoso. En democracia, las personas no son, y tal vez no lo sean nunca,

iguales. Por ejemplo, latinos y negros tienen muchas más probabilidades que los blancos de ser acosados por la policía,

de

ser sospechosos para los comerciantes, de que los bancos les nieguen un préstamo y de recibir en general peor trato.

En

los Estados Unidos, si eres negro o latino y estás sentado en un viejo coche en frente de una tienda, lo más probable

es

que se acerque un policía y te obligue a identificarte. Si eres blanco, sentando en el mismo coche y en el mismo lu-

gar, pasarás desapercibido.

La única manera que una persona de la mayoría puede no ser racista es estando atenta todo el tiempo. O, como dijo el

líder nacionalista negro, Kuame Ture, en una entrevista radiofónica con David Barsamian, en 1990, “la única posibili-

dad que tienes para decir que no eres racista, es luchar contra el racismo en todos los aspectos de tu vida”. Cuando en una conferencia pública leí estas palabras, un blanco allí presente gritó exaltado: “¿Estás loco? ¿Qué sería de

mi

vida si tuviera que luchar contra el racismo en todo lo que hago? ¡Sería agotador!”

Le

dije: “Has aprendido a caminar, y utilizas tu conciencia para caminar todo el día. Si aprendes cuál es tu rango, habrá

un

día en que sabrás usarlo también automáticamente.”

Falsas palabras para ocultar problemas reales

La mayoría dominante supone que su estilo de comunicación es universal. Los comunicadores suelen ser personas de

educación elevada, utilizan palabras rimbombantes, hablan sensatamente, con seguridad en sí mismos y sin acento.

En un encuentro ciudadano sobre racismo y economía que facilitamos Amy y yo en Pórtland, Oregón, pregunté al por-

tavoz blanco de un gran banco si había racismo en su empresa. Con toda sinceridad respondió que no. Todo el mundo

en

el banco, añadió, había recibido formación para la diversidad. Habían visto vídeos acerca de cómo tratar con la gente

de

color.

Este ejemplo demuestra claramente cómo la mayoría afronta el tema del racismo. En primer lugar te inventas algún término polisilábico que cree una distancia emocional entre tú y la gente que supuestamente quieres ayudar. Decides, por ejemplo, que no vas a hablar sobre racismo o prejuicios, sino sobre “diversidad cultural”. De esta manera todo se vuelve un poco antiséptico. Después de intercambiar clichés políticamente correctos, te inventas un seminario, lo llamas “formación para la diversidad”, y afirmas que el problema está resuelto: ya no hay más prejuicios. De esta forma, la gente con educación liberal levanta una cortina de humo formada por palabras vacías y el racismo y los problemas de

rango permanecen pero cada vez más ocultos.

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El lenguaje del racismo

La mayoría de norteamericanos acepta cómodamente que el modelo de comportamiento occidental es el estándar ópti-

mo. La gente debería ser amable, segura de sí misma y hablar con maneras delicadas. Colocan una tapadera sobre la pa- sión, el poder, la sexualidad y la espiritualidad, separan todo esto de las buenas maneras y lo proyectan en las personas que consideran menos educadas o menos evolucionadas. Estas proyecciones crean un sistema complejo de celos, rabia y atracción. El estilo de comunicación de la mayoría, en este caso los blancos del Norte, presiona a los grupos minoritarios para que sean conformistas. Como facilitador, contribuyes a propagar el racismo, si apoyas solamente un estilo de comunicación

y de conducta. Tu compromiso incondicional en este asunto es una declaración política. Sólo puedes ser un negociador

neutral en la resolución de conflictos, si conoces los presupuestos implícitos y jerárquicos de tu propio estilo de comu- nicación. Anima a las personas a que se expresen en el estilo con el que mejor se sienten, y si otros no pueden compren- der, busca un traductor.

¿Es racista la gente de fuera de los Estados Unidos?

Recuerdo un momento de gran tensión que se produjo en un seminario celebrado en Eslovaquia en 1994. Una mujer po- laca era incapaz de responder a los problemas planteados por algunos negros norteamericanos presentes en aquel gigan- tesco encuentro. Ella insistía de buen corazón que todos los seres humanos son iguales. Un hombre alemán estaba de acuerdo con ella. Según ellos, no había racismo en Alemania o en Polonia. Costó mucho tiempo y esfuerzo convencer- les de que el racismo existe en Alemania y en Polonia, tanto como en los Estados Unidos. Muchas personas de las mayorías dominantes en países distintos a los Estados Unidos consideran que el racismo es un problema exclusivamente norteamericano. Al igual que éstos, los europeos olvidan la historia y los largos procesos de colonización e imperialismo. Tal vez sea esta la razón de que muchas personas de Europa Central se asombraran cuando estallaron los conflictos étnicos en los Países del Este, tras el derrumbamiento de la Unión Soviética. No sólo los habitantes de los Estados Unidos tienen prejuicios, todas las mayorías de cualquier país los tienen. En Sin- gapur los malasios están obligados a luchar diariamente con los chinos para sobrevivir. En África, los negros se enfren- tan a los colonizadores blancos en pos de su libertad. La mayoría de los japoneses niega su propia cultura indígena, igual que hace con los trabajadores inmigrantes de Irán y Corea. En Australia, la mayoría blanca ha acabado práctica- mente con los aborígenes. En la Suiza de habla alemana, italianos y otros grupos mediterráneos son tratados como ciu- dadanos de segunda clase. Alemania comprueba impotente cómo aumenta la intolerancia contra extranjeros de piel os- cura, como turcos, africanos o refugiados tamiles. Los gitanos son perseguidos en todos los países europeos. Los rusos blancos, conservadores y reaccionarios, humillan a los azerbayanos y a los judíos. Los israelíes menosprecian a los pa- lestinos y a los árabes. En la Irlanda del Norte, protestantes y católicos, irlandeses y británicos, están en guerra. Muchas culturas se ensañan indistintamente con árabes y con judíos y en todas partes gays y lesbianas son atacados. ¿Quién no es racista? La cruda verdad es que todos nosotros podemos ser intolerantes y fanáticos. Un primer paso para resolver el problema sería reconocer la culpa que en todo esto tenemos los blancos occidentales. Pero no es suficiente, pues no debemos ignorar la tendencia del resto del mundo a hacer lo mismo con aquellos que son vistos como inferio- res. Puesto que el fanatismo y la intolerancia son sólo síntomas de un problema mundial, pararse ahí no es la solución. Por supuesto, es necesario tratar los síntomas con legislación adecuada antes de que se dejen sentir sus efectos de des- trucción y muerte. Pero el verdadero problema es la necesidad de mayores y mejores relaciones sociales. Nuestra tarea más urgente es hacer más conscientes nuestras relaciones.

Poniendo el mundo otra vez en orden

Los pueblos indígenas dicen que tu vida va bien cuando tus relaciones están en orden. Muchos occidentales afirman, por el contrario, que para ellos “basta con cambiar dentro de su alma y de su corazón. Y que otros cambien cuando lo necesiten. No tenemos que forzarlos a que lo hagan.” Desde mi punto de vista, buscar el cambio únicamente en uno mismo y pensar que esto es lo más importante que se

puede hacer, no deja de ser un pronunciamiento político que inconscientemente afirma la superioridad del individuo in- dependiente del resto de la gente, de los espíritus, de los animales y del medio. Tal vez tu sentimiento sea: “yo amo a todo el mundo. Dejemos que los demás encuentren su propio camino”. A lo que cabría responder: “tu actitud de laissez-faire no es tolerancia. Es una forma de autoindulgencia. No es más que una mezcla de filosofía eurocéntrica, pasividad oriental y un montón de pereza propia de las clases medias. Quieres dar la imagen de que tratas con compasión el mundo que te rodea, pero de hecho estás destruyendo tu relación con ese mundo, evitando aquellas interacciones que te resultan incómodas. Menosprecias en secreto a los demás por no hallarse tan “desarrollados” como tú lo estás y por no crecer en la manera en que tú crees que estás creciendo.”

Y añadiría: “te engañas a ti mismo. Si realmente amas a los demás, deberías decir que todo lo que existe alrededor de ti,

forma parte también de ti. Tal vez te consideres muy liberal, pero con tu actitud marginas a otras personas al evitar los problemas de las relaciones. Echas de tu lado a personas cercanas y reduces el mundo a lo que cabe en tu mano”. Cómo

utilizar el poder que cada uno tenemos no es una cuestión individual, es política. Una de las primeras causas del racismo —la impotencia aducida por la mayoría para cambiar las cosas— desaparecía mañana si nos diéramos cuenta que enfrentarse a los conflictos y mejorar las relaciones humanas son la clave para una

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vida llena de sentido. Mientras que, como parte de la mayoría, no te enfrentes a los conflictos relacionados con el rango y la raza, tu respuesta a la pregunta “¿quién es racista?”, debería ser “yo”.

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11. Cantando sobre aguas turbulentas

La ciudad de Los Angeles ha sido en los años 90 una metáfora de la tensión racial, similar a una olla de agua caliente

sobre una estufa. Aunque la ciudad pudiera parecer en calma para los visitantes, sólo un grado más de temperatura ha- bría hecho hervir el agua de manera violenta.

En abril de 1965, en un barrio de Los Angeles llamado Watts, se produjeron violentas revueltas que dejaron la ciudad

ardiendo por sus cuatro costados. Treinta y cuatro negros murieron en las Watts Riots y más de mil resultaron heridos en una de las peores revueltas étnicas que se hayan conocido jamás en este país. En abril de 1992, la violencia estalló de nuevo, esta vez como consecuencia de la absolución de cuatro oficiales de policía acusados de dar una paliza al moto- rista Rodney King.

La última revuelta, en la que cincuenta y seis personas fueron asesinadas, hizo sonar la alarma. El racismo no había des-

aparecido. Las frustraciones profundamente asentadas, la desigualdad, la pobreza y la desesperación alimentada por el racismo no pudieron ser apaciguadas por los programas gubernamentales o por la planificación de cirugía estética lle- vada a cabo en los centros de las ciudades. Ahora mismo, la olla con agua está todavía a punto de hervor, a un grado del caos, la turbulencia y la rebelión. Bastaría con un solo caso de flagrante injusticia para que la violencia estallara de nue- vo. Hay mucha gente que cree que el capitalismo occidental y blanco es la base del racismo. Para estas personas, el capita- lismo crea señores de la droga y adictos, arruinando las comunidades negras. Otros ven el origen del racismo en el his- tórico imperialismo de los blancos contra los indios y los mexicanos, imperialismo llevado a cabo en nombre de la cris- tiandad. Existen muchas propuestas para combatir el racismo. Los nativos americanos, los negros, japoneses, chinos y otros mu- chos activistas sociales de diferentes grupos han sugerido diferentes soluciones, que van desde la mejora de la situación económica hasta el aumento de la conciencia social, pasando por la idea de compartir el poder, hacer trabajo interior,

fortalecer las relaciones, separar los grupos, buscar una mayor comprensión de la situación global, revitalizar la familia, la iglesia y la comunidad, etc. Algunas de estas ideas promueven una mayor integración, mientras que otras se encami- nan hacia un mayor separatismo de los grupos desfavorecidos.

El que escucha: un rol fantasma en situaciones de conflicto

En Trabajo Global se integran todas estas aproximaciones permitiendo que los asuntos surjan orgánicamente, incluso

todos juntos, en cualquier encuentro. Recuerdo una conferencia sobre racismo que tuvo lugar en Oakland, California, que resultó ser muy esperanzadora para todos aquellos que combatimos el racismo. Jean Gilbert Tucker, John Johnson, Max Schuepbach, Amy y yo fuimos quienes, entre otros miembros de nuestra co- munidad de trabajadores de procesos, actuamos como facilitadores para un grupo diverso formados por más de 200 per- sonas. Mi libro, The Leader As Martial Artist acababa de salir a la calle y el New Age Journal pidió a Don Latin, un re- portero del The San Francisco Chronicle, asistir a la conferencia de Oakland. Así describió el periodista la situación en la ciudad:

No había sido un buen mes en Oakland. El índice de asesinatos había aumentado en la comunidad negra. Un policía

blanco confesó que había estrangulado a su mujer y que había intentado hacer que las bandas callejeras parecieran las culpables, escribiendo la palabra “guerra” en el coche de ella. El alcalde de Oakland estaba a punto de pedir ayuda a los militares para acabar con los disparos desde los coches. El crimen se le había escapado de las manos. Los residentes blancos de las Oakland Hills amenazaron con la secesión y crear su propia ciudad con el nombre de “Tuscany” xxi .

La prensa local y nacional mostraban Oakland como si se tratara de una región en guerra. No había mucha gente que

quisiera participar en una conferencia sobre racismo. Sólo una semana antes de la conferencia descubrimos que apenas se habían inscrito unas pocas personas. Leyendo los periódicos, se podía llegar a pensar que viniendo a Oakland se po- dría recibir un disparo en cualquier momento.

En el último momento, la marea cambió. Es algo que sucede a menudo con los foros y seminarios abiertos en los que se

trata el tema del conflicto. La gente tiene miedo y espera hasta el último minuto por si sucede algo que pueda valer co-

mo excusa para estar en otra parte. ¿Quién quiere problemas?

Cuando llegamos al lugar de la conferencia, el Merrit College, la sala estaba abarrotada de negros, latinos, blancos, ja- poneses y coreanos. Se podía sentir la tensión en el aire. Era el primer seminario que Amy y yo dábamos en los Estados Unidos en el que la policía estaba en alerta. Tenían orden de entrar en la sala al primer grito extraño que oyeran.

Mi experiencia de persona que ha crecido entre grupos muy diversos me ayudó a soportar la tensión. Aun así, tuve que

hacer un gran trabajo interior para redescubrir mis estilos de comunicación asiático, latino y negro. Tenía claro que la

gente nos juzgaría no sólo por los sentimientos que expresáramos de ellos, sino también por cómo comunicáramos con ellos.

La

conferencia comenzó un viernes por la tarde. Todo el mundo parecía nervioso y cauto. La mañana siguiente comen-

con la misma aparente tranquilidad. Hasta que de pronto, un ejercicio de demostración que parecía intrascendente

desencadenó una explosión. John Johnson y Max Schuepbach, un afroamericano y un americano de origen europeo, es- taban haciendo una demostración de un procedimiento de resolución de conflictos, cuando una mujer negra se levantó en medio de la sala y comenzó a quejarse de que el ejercicio mostraba un hombre blanco criticando a un hombre negro. Siguió gritando que los hombres negros humillan a las mujeres negras de la misma manera.

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La hasta entonces silenciosa sala comenzó a arder. Todo el mundo se puso a gritar a la vez. El conflicto se apoderó de nuestro programa del día sobre comunicación y habilidades formativas. Muchos participantes tenían miedo de enfren- tarse a lo que estaba ocurriendo. Aquellos que habían venido para asistir a una presentación lineal, cognitiva, estaban también molestos. “¿Dónde está la estructura?” preguntaban. La situación no nos dejaba ninguna elección. No sabíamos que estábamos a cuatro días de lo que la prensa llamaría más tarde “the Rodney King race riots”. La atmósfera estaba cargada. La gente comenzó a desahogar su rabia sobre el ra- cismo y el sexismo. Aquello no se parecía en nada a las tranquilas conversaciones de las reuniones de negocios, o al es- tilo lineal de los grupos de desarrollo organizacional, al que tan acostumbrados estaban la mayoría de los participantes. Era una cacofonía de temas, voces y dolor. En medio del caos, un hombre negro se puso a gritar con rabia sobre los privilegios de los blancos que dan los mejores trabajos a otros blancos, mientras que para los negros sólo existen trabajos indeseables. La situación empeoraba. Un blanco fue directo a hablar con él y ambos estuvieron discutiendo tensamente, uno enfrente de otro, separados sólo unos centímetros. El negro le echaba en cara su sentimiento de superioridad y sus privilegios, y el blanco le advertía que si no se relajaba y hablaba tranquilamente le pegaría una “patada en el culo”. Fue suficiente. El fuego rugía. Tener privilegios significa, como el lector ya sabrá a estas alturas, no sólo gozar de poder económico, sino también poder estar tranquilo, relajado y desapegado a la hora de comunicar —el privilegio de no estar obligado a escuchar la rabia, la furia y la tristeza de los que no tienen poder. Los blancos se dividieron entonces en dos bandos: algunos trataban de silenciar al hombre blanco, mientras que otros se levantaron para apoyarlo. Los negros también se levantaron y se unieron al hombre negro que había hablado. Cuando las voces ya no eran más que gritos indistinguibles, recordé que la gente chilla cuando nadie escucha. Había una parte invisible en el grupo, una parte que no estaba siendo representada, un rol fantasma: el del que escucha. Grité un par de veces que yo estaba escuchando a todos los que hablaban y me puse a escuchar. Mientras escuchaba, otras personas en la sala comenzaron a cantar “nosotros estamos escuchando”. Pero había otro rol fantasma, igualmente im- portante.

Otro rol fantasma: el que sufre

Uno tras otro, negros de todas las edades, desde estudiantes de enseñanza superior hasta personas mayores vinieron al centro de la sala para hablar de su rabia y su dolor. Mientras, otros negros les gritaban desde las filas de atrás que termi- naran con tanta sensiblería y dejaran a los blancos hacer su trabajo. Casi se podía palpar la tensión y la angustia. Hasta que un hombre negro se adelantó y comenzó a sollozar, primero despacio, después con mayor intensidad. Gritaba que su dolor era el dolor de todos los presentes, que sufría por todos. Algunas personas comenzaron a escuchar su su- frimiento. Sus sinceras lágrimas representaban el sufrimiento de todas aquellas personas que habían sido reprimidas y que habían reprimido a otras, que habían sido inconscientes de sus privilegios y del racismo, que no habían sido escu- chadas o tenidas en cuenta. Este hombre consiguió hacer audible lo inefable. El afro americano que había estado discutiendo con el hombre blanco se aproximó al centro de la sala y abrazó al hombre en lágrimas. Lentamente, mujeres y hombres de color se le acerca- ron, lo rodearon y le dieron su apoyo mientras el seguía sollozando. Tras unos minutos, los blancos y el resto del públi- co también se unieron en el centro, y una gigantesca y cálida bola humana abrazó aquel centro de agonía. En este conflicto había faltado una expresión sincera y auténtica del sufrimiento y del dolor. Los roles de las diversas razas estaban presentes, pero no el rol del que sufre. Hasta ese momento, había sido un fantasma.

La esperanza como resultado del conflicto

No era necesario hacer nada más en aquel momento. La poderosa experiencia que se había creado a partir del dolor ha- bía unido a todo el mundo. Muchos expresaron su esperanza, comentando que esta experiencia era una razón suficiente para creer de nuevo en la humanidad. Después del almuerzo, la conferencia siguió con el programa previsto. Todos los participantes estuvieron de acuerdo en tratar el conflicto en la comunidad blanca. Un grupo de unos treinta blancos se situaron en el centro de la sala para tra- bajar el tema del racismo entre ellos. Un hombre blanco admitió que no quería que la cólera de los negros le obligara a tener que enfrentarse a problemas que no deseaba. No le gustaba pensar que como consecuencia de ello tenía que cam- biar. Alguien sugirió que esta actitud hacia los negros eran una forma de represión. Él pidió que controlaran sus emo- ciones para que le fuera posible escucharles. ¿No era esto un mal uso de los privilegios propios de la mayoría? Los faci- litadores señalaron que estar tranquilo es una opción para alguien que vive en un lugar seguro. Argumentaron que es racista querer de aquellos que han sufrido daños que modifiquen su manera de pedir cambios. Otros blancos dijeron que ellos nunca habían pensado en cambiar. Un hombre blanco se levantó entonces, lleno de fu- ria, para arremeter contra uno de ellos por ser tan arrogante. Amy facilitaba la situación. Advirtió que el acusador sentía tristeza y enfado y le pidió que mostrara sus sentimientos claramente. Entonces se dirigió al otro hombre para decirle que no podía, que su alto sentido de la injusticia se lo impedía. ¿Por qué algunos blancos no eran capaces de entenderle? Con la ayuda de Amy, los dos hombres estuvieron discutiendo un rato, después de quince minutos se comprendían me- jor el uno al otro. Resultó que el hombre que defendía el status quo nunca había pensado sobre el racismo antes. El grupo de blancos continuó trabajando sobre sus conflictos. Muchos de los negros presentes nunca habían visto a blancos trabajar en su propio racismo, de la misma manera que muchos blancos jamás habían visto antes a los negros trabajar juntos en sus problemas. Muy pocas personas de ambas razas hubieran imaginado que un grupo tan numeroso y

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mixto podría discutir durante horas sobre el tema del racismo sin llegar a enfrentamientos serios y capaces de aprender unos de otros.

Por debajo de todo había amor

En la mañana del último día, todo el mundo estaba de muy buen humor y aplaudían cuando los diferentes participantes hablaban: negros, latinos, japoneses, gays y lesbianas hablaban orgullosamente de sí mismos. El grupo apreciaba y va- loraba las diferencias. Fue como una celebración. Había sido un fin de semana para recordar. Cuando estallaron las revueltas de Los Angeles cuatro días más tarde, Oakland, uno de los lugares más problemáticos de los Estados Unidos, fue una de las pocas ciudades que permaneció en calma. Las revueltas casi incendian la vecina San Francisco y otras ciudades de todo el Estado. En Oakland no pasó nada. No hubo ni un solo asesinato el los 25 días siguientes a nuestro seminario. El reportero del San Francisco Chronicle sugirió que el seminario fue la razón de esta calma. Para mi, lo más importante fue la esperanza que se creó en aquel increíble proceso comunitario. Aquellos sorprendentes oradores y líderes inespe- rados habían demostrado que un grupo multicultural podía aventurarse en lo desconocido tan profundamente como para encontrar dentro de ellos mismos un amor fuerte y capaz de crear comunidad.

Cada grupo es para sí su mejor remedio

Cada grupo es el mejor experto para resolver sus propios conflictos. El estilo eurocéntrico de resolución de conflictos enfatiza los procedimientos, los compromisos y las soluciones. Es débil a la hora de tratar con el trasfondo emocional del conflicto interpersonal y de las relaciones. La tradición eurocéntrica valora la puntualidad y la autocrítica. Las cultu- ras africanas se preocupan más de las relaciones. Al tratar los conflictos, cada persona necesita su propia psicología. Por ejemplo, según el libro de Cecil Williams, No Hiding Place xxii , los Doce Pasos de Alcohólicos Anónimos no han sido de mucha ayuda para pacientes negros. AA.AA afirman que sus Doce Pasos son el único camino seguro para salir de la dependencia. Para Williams, esta advertencia implica decir a los negros: “nada falta en los Doce Pasos; el proble- ma es vuestro”. Williams también critica que AA.AA contradiga los valores afro americanos. Los Doce Pasos insisten en la recupera- ción personal, mientras que los negros son gente comunitaria. Un programa de recuperación que se centra en el indivi- duo crea conflicto en aquellas personas cuya identidad se apoya en la pertenencia a una familia extendida o comunidad. Además, un programa como los Doce Pasos se enorgullece del anonimato. Pero a los negros jamás se les ha escuchado ni se les ha prestado ninguna atención. Para ellos, alega Williams, el anonimato es más de lo mismo, otra forma de olvi- do y de discriminación. Los negros necesitan una comunidad que permita la expresión de su rabia, de su frustración, de su dolor y fracaso.

Yo soy porque tu eres

Williams continua: “toda comunidad comprometida con la curación tiene que poder ser una pared donde llorar o una sala donde gritar.” Para curarnos a nosotros mismos y curar nuestras comunidades necesitamos una sala de curación, un centro comunita- rio, una pared donde llorar. El mundo occidental necesita foros multiculturales donde se puedan expresar libremente los sentimientos, donde la gente pueda llorar, mostrar su rabia y donde unos podamos ser canales de otros. Si una sola per- sona cambia a partir de una experiencia profunda, todo el mundo sale ganando. Si la gente no experimenta con la cura- ción colectiva, el progreso individual se detiene. Tenemos que recrear el mundo de manera que podamos estar juntos. La mayoría de los drogadictos no tienen ningún mundo al que volver una vez que están limpios o sobrios. Muchos de nosotros somos en cierto modo adictos. Nos aga- rramos a algo que hace daño pero que nos ayuda a pasar los días —algo como el rango. Podemos trabajar en nuestro rango haciendo trabajo interior, pero ¿adónde iremos cuando estemos limpios de rango? Nuestro sistema social dominante intenta ocultar el dolor y el conflicto. Reprime las lecciones que deberíamos haber aprendido del racismo y de la historia. El mundo democrático es adicto a la paz y a la armonía; la mayoría de la gente usa su rango y privilegios para evitar el conflicto. Los medios de comunicación se centran en individuos con conflictos de intereses, pero el sistema impide que grandes grupos de personas se reúnan para trabajar sus asuntos en común. La mayoría dominante carece de la sabiduría indígena que podría curarla. Todos nosotros sufrimos porque no recurri- mos a nuestros élderes afro americanos, hispanos, japoneses, chinos, coreanos, tibetanos o europeos. Necesitamos de- sesperadamente nuestra sabiduría nativo americana, africana, islámica, judía, budista o cristiana. Necesitamos todos los aspectos de nuestra diversidad, incluyendo el desorden que la diversidad trae consigo, al menos si queremos ser un todo. Igual que una persona que acaba de dejar las drogas necesita una comunidad que esté limpia de ellas, una comunidad que se está recuperando del racismo necesita un mundo que perciba claramente las desigualdades sociales. Ahora mis- mo, ese mundo no existe. En su conferencia, “The Edge in Relationships”, dada en el Common Boundary Conference, en Washington DC en 1992, John Johnson, un profesor afro americano y trabajador de procesos, insistía, como Cecil Williams, en la impor- tancia de las relaciones en la psicología afro americana:

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En las comunidades afro americanas y africanas, las relaciones son la base de toda su existencia. Han estado ahí desde siempre y estarán cuando dejemos este mundo. Somos relaciones. Yo soy porque tú eres. Y tú eres porque yo soy… Según la filosofía afro americana, el espíritu es nuestra primera rela- ción; nos une… Cada persona es un espíritu en sí misma y es el espíritu lo que mueve todas las relaciones.

El

yo individual no se puede diferenciar del yo comunitario; son el mismo espíritu. El cuidado de las relaciones signifi-

ca

llegar al fondo, sentir que lo que vivimos pertenece a la comunidad. Es el espíritu quien nos mueve en formas desco-

nocidas, quien nos hace sentir miedo, ira y también paz.

Relacionarse significa afrontar los problemas, los abusos, el dolor, el miedo y el sufrimiento. La cantante negra Bernice Johnson Reagon explicaba al público que se hallaba en la Common Boundary Conference, cuán profundas pueden lle- gar a ser las relaciones que superan los conflictos: “A través del conflicto nos encontramos uno con otro. Yo canto a los conflictos. ¿Por qué la mayor parte de la gente habla de aguas claras y sanadoras, mientras yo canto a las aguas san- grientas, confusas y turbulentas?… Porque el conflicto nos une.”

A

casi nadie le gusta abrir la puerta al conflicto cuando llega. Tenemos miedo y preferimos que nos dejen en paz. Pero

si

recordamos que, cuando el conflicto llama a nuestra puerta, el proceso que sigue es como un espíritu impredecible

que trata de manifestarse, estamos dando paso a nuevas relaciones. Cuando el conflicto llama, nos espera en la puerta la posibilidad de un nuevo tipo de comunidad. Una comunidad que no sólo se basa en la comprensión mutua, sino en la decisión compartida de entrar juntos en lo desconocido, en el conflicto —en el fuego que es el precio de la libertad.

xxi “Mediators Target Hot Spots: They Let Angry Voices Cry Out, Calm the Rage,” por Don Latin, The San Francisco Chronicle, Viernes, 1 de mayo de 1992. Su artículo en el New Age Journal, de septiembre de 1992, y con el mismo tema, se tituló “Bridging de Gap”. xxii Williams, No Hiding Place, p. 8.

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12. ¿Quién tiene el dinero?

La clase económica es una componente fundamental del rango social, por eso un tema básico de las organizaciones y

comunidades de todo el mundo es: “¿Quién tiene el dinero?” Puesto que todos los asuntos están conectados de una u otra manera, todos ellos se vinculan finalmente con el dinero.

La educación otorga un mayor estatus social, pero la educación es cara. Las personas de clase económica baja tienen

muchas más dificultades para conseguir una buena educación. La educación se relaciona a su vez con el desempleo. Puesto que los pobres no pueden permitirse una formación o educación superior, son ellos quienes en su conjunto sufren

la mayor tasa de desempleo. Por otra parte, a las personas de la raza mayoritaria se les paga mejor que a las personas de

otras razas. Por último, los hombres blancos tienen mejor salarios que las mujeres. Hay muchas personas que, ignorando lo anterior, llegan a decir frases como “los que no trabajan son unos vagos”. O

“mira cuántos programas para toda esa gente, y ni aún así son capaces de hacer nada. A mi el gobierno no me ha regala-

do nada, todo lo tengo con mi trabajo.” El daño psicológico aparece entonces en escena. Los desempleados internalizan

estas críticas y su autoestima se resiente. La baja autoestima conduce a una menor resistencia contra la enfermedad. La salud de la gente pobre está por tanto relacionada con el estatus económico, y así sucesivamente. Los llamados programas de “acción afirmativa”, que favorecen la contratación de aquellas personas que se hallan en una situación desfavorable dentro del sistema económico, jamás conseguirán la igualdad de empleo porque tales pro- gramas no afrontan los prejuicios de fondo. Lo que a su vez lleva a una mayor frustración a las personas que participan

en ellos, por no alcanzar el nivel de vida que se les había prometido. Algunas de estas personas terminan por aceptar las

ideas de la mayoría de que son ellos los culpables de su situación. Su baja autoestima es causa de mala salud, lo que ha-

ce todavía más difícil que puedan trabajar. El resultado de todo esto es un aumento de la tensión familiar y una cierta desatención de sus hijos. Raza, género, salud, educación y dinero están relacionados y son la causa de que algunas per- sonas tengan más rango y otras menos.

La

próxima revolución empieza mañana

El

mundo está maduro para una nueva forma de comunismo que favorezca la igualdad de clases. Estoy convencido de

que habrá una revolución en nuestra forma de comprender el rango que atravesará todos los asuntos sociales. Si no se pone en marcha un tipo de educación que aumente nuestra conciencia de rango, serán las revueltas y los levantamientos populares quienes forzarán dicha revolución. Me gustaría equivocarme. Por comunismo entiendo el proceso de igualar las clases. El comunismo no es sólo un episodio histórico que hemos po-

dido ver en países como China, Vietnam, Cuba y hasta hace poco en Rusia. Es una fase más del proceso comunitario, una fase que pugna por manifestarse cada vez que surgen conflictos entre los que tienen el dinero y los que no lo tienen.

Mi

predicción de una futura revolución se basa en mi experiencia con grupos multiculturales de todo el mundo, muchos

de

ellos en situación próxima a la revuelta, y en la observación de que todo proceso de grupo, indistintamente del país o

de

la organización, está conectado con los problemas no resueltos del mundo. Es decir, los procesos de grupo están co-

nectados con los asuntos de género, raza, salud, dinero y clase social, y con la inconciencia de rango. ¿Estoy prediciendo una revolución marxista? Sí y no. Las predicciones de Marx acerca de la revolución se basaban úni-

camente en consideraciones económicas. Y como ya he dicho, las condiciones económicas no son independientes de los demás problemas. Yo baso mi predicción en la consideración de todo el espectro. Repetimos la historia. Incluso los procesos políticos de las pequeñas ciudades repiten la historia de las recientes revolu- ciones mundiales, aunque la gente involucrada en tales procesos desconozca dicha historia. Siempre habrá nuevas va- riaciones en la rebelión bolchevique contra la codiciosa y egoísta monarquía. Y siempre habrá nuevos líderes como Juana de Arco, Gandhi, Malcolm X y Martín Luther King, que responderán con su vida a las variaciones de la opresión religiosa y el racismo.

Es

fundamental para los que trabajamos en los procesos de grupo, ver nuestro trabajo en el amplio contexto de la histo-

ria

humana. Incluso en el caso de una pequeña ciudad que tiene que abordar un conflicto tan mundano como la propues-

ta

de recaudar fondos para reforzar un antiguo puente, también su problema está conectado con la historia mundial. El

puente puede ser un asunto candente si, por ejemplo, hay mucho desempleo en la ciudad y la gente necesita trabajo. Pe-

ro por otra parte, el puente todavía no se está cayendo del todo y los ricos no quieren pagar más impuestos con los que

financiar el puente. Al final todo se reduce a quién tiene el dinero y quién no lo tiene. Si los ricos ganan, el terreno está

listo para una pequeña revolución de clases.

En biología se dice que la “ontogenia recapitula la filogenia”. En otras palabras, el desarrollo del ser humano individual

desde su concepción en el útero materno hasta que se hace adulto (ontogenia), refleja el desarrollo histórico de toda la especie humana (filogenia). Por ejemplo, el embrión humano dispone de un rabo que desaparece antes del nacimiento.

De la misma manera, muchos de nosotros nos apiñamos, como hacían nuestros antepasados, en pequeñas comunidades

en busca de amistad y seguridad. Aparecen tensiones, surgen las luchas por el poder, alguien con carisma se hace con el

liderazgo, los amigos del líder disponen de un rango mayor, esclavos e inmigrantes tienen menos rango

atraviesan la diversidad, la raza, el género, la salud, la comunidad, la igualdad, la democracia, la espiritualidad indígena,

el capitalismo, el comunismo y finalmente la democracia profunda.

Todos los grupos —una empresa, una congregación religiosa, un ayuntamiento o un club de bridge— repiten la historia.

A lo largo de su corta o larga vida, todos pasan por alguna de las siguientes fases:

— Un tiempo en el que la experiencia espiritual, la aparición de nuevas ideas o una amenaza externa unen a la gente.

— Una fase dictatorial, en la que alguien se hace con el poder y dice al resto del grupo lo que debe hacerse.

Los conflictos

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— Una lucha para buscar el consenso en las decisiones.

— Un experimento con la democracia, un intento de asegurar los derechos de todos y dar el mismo poder a todo el

mundo.

— Un periodo de poder imperialista, en el que el grupo quiere crecer y no presta atención a los signos de contención.

— Un periodo de represalias de otros grupos.

— Luchas por el territorio, luchas contra la gente y contra el entorno. El entorno se rebela.

Me gustaría añadir una nueva fase a esta lista. Aunque todavía no se haya dado, al menos que yo sepa, me parece inevi- table:

— Un tiempo de gran conciencia social y democracia profunda en el que se afrontan seriamente los problemas de edad, raza, religión, género, salud u orientación social y todos los problemas relacionados con el medio ambiente.

Fantasmas: las fuerzas llamadas sociedad

En cualquier momento, en cualquier fase de un proceso de grupo, existen cientos de roles: la persona práctica, la emo- cional, el niño, la mujer sabia, el soldado valiente y muchos más. Todos ellos tienen que coexistir. De ellos al menos tres, tres poderosas fuerzas, han estado siempre presentes, sea bajo gobiernos democráticos o dictatoriales:

El Líder espiritual, la persona que nos enseña a conectar con el infinito. En los últimos tiempos este papel está siendo representado por personas que se mueven más por visiones que por cosas prácticas. El Dictador, el líder que utiliza su poder abusivamente. El Activista social, que se opone a la represión convirtiéndose en un luchador por la libertad y más tarde en un revolu- cionario. Estos espíritus temporales adquieren gran importancia en tiempos de crisis. Existen cientos de variaciones sobre estos fantasmas. Los nombres no son importantes; lo que tenemos que percibir es su existencia y su energía. Además, es fun- damental recordar que cada uno de nosotros es un rol u otro en todo momento. No jugamos siempre el mismo papel. A pesar del cambio de roles, la comunidad sigue adelante. Proceso. El cuarto espíritu temporal se llama Proceso. Cuando se juntan los demás roles, el Proceso los transciende y los funde en la comunidad. El Proceso es el cemento que aglutina los demás roles en la comunidad, a través del conflic- to, la discusión y el diálogo. Considera por ejemplo tu familia extendida. En un momento determinado alguien ocupa el papel del dictador y se colo- ca en una posición dura sin preguntar a los demás si les parece bien. Si el dictador va demasiado lejos, el activista social se levantará y dirá algo así como: “No tenemos consenso. No pises a los demás. Esto es asunto mío, no tuyo. Ocúpate de tus asuntos.” Entonces alguien se convierte en el líder espiritual, con sus visiones, sueños e intuiciones repentinas, y unifica al grupo de nuevo.

Si el comunismo no existiera, habría que inventarlo

Puesto que todo grupo multicultural repite la historia en sus diferentes facetas, los facilitadores tienen que tener un pro- fundo conocimiento de la historia económica y los derechos humanos con el fin de comprender mejor los procesos de grupo y prever hacia dónde conducen. Considera por ejemplo el caso del comunismo. Si no existiera, habría que inventarlo. El comunismo, en su intento de redistribuir la riqueza y el trabajo entre los menos favorecidos, es una reacción inevitable al capitalismo. Su objetivo es corregir la miopía de algunos grupos sociales que ignoran que los privilegios económicos dependen de la clase social, la raza, el sexo, la edad, la educación y otros aspectos intangibles. Karl Marx, el padre del comunismo, creía que toda sociedad pasa por diversas fases: esclavismo, feudalismo, capitalis- mo, socialismo, hasta alcanzar finalmente una utópica sociedad comunista. Su visión de la Europa del s. XIX era la de un gigante durmiente, una gran masa de gente adormilada sometida al poder de unos pocos. Se dio cuenta que la gente que tiene capital no necesita vender su mano de obra para sobrevivir. Estas personas forman la burguesía. Si no tienes capital, tienes que vender tu mano de obra para vivir y entonces perteneces al proletariado. El capitalismo es la (oposición) dialéctica entre la burguesía y el proletariado. Si la base económica de la sociedad cambia- ra, creía Marx, la sociedad cambiaría a su vez. Si la gente abandonara su fe en la propiedad privada, el conflicto entre los intereses de unos pocos y las necesidades de las masas desaparecía. En términos de Trabajo Global, Marx pensaba como un activista social. Creía que desembarazándose del rango, del monarca codicioso y del dictador, y siguiendo la visión de la igualdad de clases, podríamos tener el cielo en la tierra, es decir, una sociedad sin diferencias de clase. Ahora sabemos por la historia, que nadie ha conseguido eliminar estos fan- tasmas. Como mucho, podemos utilizarlos para crear comunidad.

La revolución de Lenin: una dictadura conveniente

Para nosotros es fácil pensar así, pero en tiempos de Lenin, la pobreza y las pésimas condiciones en las que vivía tanta gente forzaron la revuelta. Lenin modificó algunas ideas que Marx había escrito entre 1840 y 1850 para ajustarlas a las condiciones de la Rusia de principios del s. XX, en la que existía una pequeña clase dirigente con mucha riqueza mien- tras que los campesinos, sin tierras, sufrían una pobreza extrema. Lenin, más radical que Marx, pensaba que la fuerza era necesaria para acabar con quienes querían vivir a costa de los demás. No estaba de acuerdo con la idea de esperar parados a que el conflicto entre los poderosos y los desposeídos se desarrollase por sí mismo. Marx había escrito que los

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oprimidos se harían lentamente con el poder, pero Lenin estaba decidido a acortar el periodo de transición. Él y sus ca- maradas fueron los responsables e inspiradores de la famosa Revolución Bolchevique de Octubre de 1917. Al hacerse con el poder en nombre de los trabajadores, los bolcheviques terminaron con el gobierno de los Romanoff y su cultura imperial. En pocas semanas, la tierra, la propiedad y la industria pasaron a manos del Estado. De golpe, y an- te la estupefacción del resto del mundo, más de un sexto de la población mundial quedaba políticamente reorganizada en un régimen comunista. En sus prisas, el movimiento leninista fue más lejos que lo que había prometido: no quisieron compartir el poder. Los trabajadores crearon un nuevo partido, tan opresivo como había sido el gobierno anterior, y una clase dirigente que sa- crificó el sueño utópico del comunismo en aras de una dictadura que inicialmente consiguió sacar el país adelante. Los revolucionarios cambiaron los papeles casi sin darse cuenta. Donde antes había habido una monarquía autocrática, esta- ba ahora el Partido Comunista, una nueva forma de totalitarismo. Se prohibieron las libertadas básicas, como la libertad de expresión, de reunión y de culto. Hacia 1930, la primera economía centralista planificada daba sus primeros pasos. Aunque fuera bajo mano, siguió dando más poder y dinero a unos pocos a costa de la mayoría. Los rusos vivían de nue- vo bajo la opresión.

Lo políticamente correcto y el fin de la URSS

El movimiento comunista pronto estuvo dominado por una ideología. El Partido insistía en la corrección política. Bogna Szymkiewicz, una mujer polaca, que conocí en Varsovia, me explicó las consecuencias psicológicas de estar bajo el ré- gimen comunista:

Los polacos llaman a este estado “esquizofrenia polaca”. En mis pensamientos me veía libre. El problema era que exis- tía una fuerte discrepancia entre el mundo de los sueños y el mundo de la acción. Y de alguna manera, muy profunda, estaba convencida de que no había nada que hacer contra el régimen. En mi mundo interior todo era posible. Podías ser tan creativo como quisieras. Afuera, la situación era demasiado peli- grosa como para intentar hacer nada.

La situación social se había hecho cada vez más peligrosa desde el inicio de la revolución. Lenin murió en 1924 a la edad de 54 años. James Defronzo, en su libro Revolution and Revolutionary Movements, afirma que si Lenin hubiera vivido, seguramente habría apostado por una vía más democrática. Su rigidez se debía en parte a los problemas que la propia revolución conllevaba. Su sucesor fue Stalin, llamado popularmente el “hombre de acero”. Su incompetencia se hizo patente desde el mismo momento en que alcanzó el poder. Nada más instalarse en él, comenzó una campaña de re- presión salvaje de todos sus adversarios políticos. Marx, Lenin, Trotsky, Mao y otros han sido los héroes de mucha gente, la mayoría gente indefensa explotada durante años por reyes y terratenientes. Las ideas comunistas cayeron en suelo fértil en China, país en el que la mayoría de la gente vivía como simples vasallos feudales, sin ninguna propiedad o poder social. Al igual que Rusia, China se adentró lentamente en la era industrial, lo que supuso un aumento de la pobreza relativa en comparación con los países occiden- tales. Animado por ideales democráticos, el comunismo intentó industrializar Rusia y China y adentrarlos en los tiempos mo- dernos. Pero incluso bajo la mano de hierro de Stalin, Rusia nunca llegó a superar completamente sus dificultades eco- nómicas. Posteriormente, la Unión Soviética, para no perder posición en la carrera armamentística iniciada por los Esta- dos Unidos con el desarrollo de las armas atómicas, comenzó a invertir grandes sumas de dinero en el sistema militar, retirándolo de sus necesidades internas y haciendo que la gente se sintiera todavía más frustrada. En los últimos tiem- pos, el manto de la dictadura terminó por reprimir nuevas y creativas ideas haciéndose todavía más rígido. El resto es historia. Al final de los años 80, bajo la influencia de la glasnot y la suavización de las restricciones sociales emprendida por Gorbachov, la Unión Soviética se vino abajo. Animados por el éxito del Partido Solidaridad en Polonia, otros países de Europa del Este se desentendieron del poder soviético. No obstante, la lección de la rigidez y de la opresión resultante todavía no se había aprendido.

Una lección de la historia: no olvidar la venganza

Marx y sus seguidores se dieron cuenta que gran parte de la historia mundial gira alrededor de aquellos que tienen dine- ro. Los comunistas soñaban con establecer una utopía en la que todo el mundo trabajaría para todo el mundo desintere- sadamente. Pero Lenin fue un poco ingenuo al proclamar que los problemas nacionales se resuelven sólo por la fuerza. La fuerza de la revolución, que él esperaba que fuera algo temporal, se convirtió en tradición. Lenin comprendió que la gente, llevada por la desesperación, haría cualquier cosa para terminar con su situación de po- breza y hambre. Creía que la base del socialismo era dar pan a los necesitados. Pero pronto la revolución se transformó en un deseo de venganza por todos los trabajadores que no habían tenido nunca pan. Los comunistas no solo quitaron a los monarcas del poder, les cortaron la cabeza. xxiii Todavía hoy, si las reformas democráticas en los países de la antigua Unión Soviética no tienen éxito en conseguir una mejor calidad de vida para la mayoría de sus habitantes, una nueva revolución sangrienta podría suceder. Los ideales comunistas regresarán porque en dichos países todavía es necesaria una redistribución igualitaria de los privilegios y de

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la seguridad. En la actualidad de nuevo han sido elegidos representantes comunistas en gobiernos locales de muchas ciudades del antiguo bloque oriental. ¿Qué podemos aprender de la historia? La falta de expectativas y la pobreza hacen que la gente se desespere y que in-

tente cualquier cosa para salir adelante. Seguirán a cualquiera que les prometa un alivio inmediato. Al principio es un asunto de vida o muerte. Una vez que la venganza se convierte en el motivo principal, se emborracharán con todo el po-

der que necesitan para salvarse a sí mismos, convirtiéndose en los maestros esclavos que querían dejar de lado. Cuando

proyectes el resultado de un proceso de grupo, no olvides la fuerza de la venganza.

Visiones que se transforman en sus opuestas

Como demuestra este rápido repaso histórico del comunismo, las visiones más maravillosamente democráticas se con-

vierten fácilmente en nuevas formas de dictadura. La dominación ejercida por los nuevos “ideales” tiene el mismo efec- to que tienen los abusos públicos en todas partes: la gente se siente destrozada.

En

una de mis recientes conferencias sobre la ex-Unión Soviética, dos mujeres, Luba Ivanova-Surkin, de Moscú, y Ali-

na

Wrona, de Gdansk, Polonia, hablaron de sus experiencias con las dictaduras comunistas. Alina comentaba que el

comunismo es más que no tener libertad de palabra. No tienes siquiera libertad para pensar:

Es más de lo que puedas imaginar nunca. Si no estás de acuerdo con la mayoría, te despiden del trabajo y pierdes todo

lo que tienes. A partir de esta falta de libertad, comienzas a desarrollar un censor interior y a cambiar. Te aíslas de todo y dejas de pensar. Los censores externos están también en tu mente. Es lo que en Polonia llamamos la “policía de inmi- gración interior”. Te da tanto miedo dejarte llevar por tus propios pensamientos, que ni lo intentas.

Mi primera impresión cuando llegué a los Estados Unidos fue cuánta libertad existe en ese país. Es increíble. Puedes

salir a la calle y gritar “¡no estoy de acuerdo!” o “¡no me gusta!” Estoy sorprendida de todo lo que puedes decir, incluso

en televisión, ¡contra las leyes!

Luba Ivanova-Surkin se crió en Moscú, de donde escapó antes de la revolución de 1989. Según ella, en Rusia la gente tenía que:

… permanecer simplemente en silencio, guardar para ti tus sentimientos y tus pensamientos —si tenías alguno—. Era el

único lugar en el que estaban seguros. De hecho, era mejor si no tenías ningún sentimiento. Podían amenazar tu existen-

cia cotidiana. ¡No te atrevas a hablar! Es demasiado peligroso… Pero una vez que aprendes a nadar con la corriente,

aprendes también a ir en contra de la corriente y empiezas a dejar de estar quieto y tranquilo para hacerte más escanda- loso y poderoso. Cada vez que te reprimen, tú permaneces “dentro de ti” para protegerte. Para existir, tienes que parecer que nadas con la corriente. Ir en contra de la corriente es más difícil cuando el mundo entero está gobernado por un ré- gimen totalitario. O te vuelves escandaloso y te preparas para los ataques o te asfixias internamente.

Resulta interesante comparar las experiencias interiores de estas dos mujeres que han vivido en países comunistas, con la de Bernice Johnson Reagon, una cantante afroamericana, nacida en los Estados Unidos:

Crecí en un mundo de lucha en el que, sin que nadie te lo dijera claramente, recibía claros mensajes de cuáles eran las

fronteras que, en diferentes aspectos de mi vida, no debía cruzar, reglas que no se podían romper. Poco a poco internali- cé estos mensajes, estableciendo así un mecanismo central de protección que me impedía actuar libremente. Me moví

por la vida con esta especie de luz de advertencia interior o timbre que sonaba cada vez que pensaba en hacer algo que

se consideraba comportamiento inapropiado. Había una voz grabada en mi cabeza que repetía sin cesar “si haces esto, te matarán”… Estoy hablando del miedo de que te dejen sola, aislada, si te comportas de una manera inaceptable. En casa, en la escuela y en la iglesia, tenía la sensación de que esta estructura de fronteras había sido creada por alguien que se preocupaba de ti y que quería lo mejor para ti. xxiv

La historia se repite a sí misma. El comunismo, que quería superar el sistema de la monarquía, creó un régimen totalita-

rio. La democracia en los Estados Unidos, que aspiraba a superar el gobierno de una única clase, crea nuevas fronteras feudales que mantienen sometidas a ciertas personas. Para evitarlo, los activistas sociales y los facilitadores tienen que convertir la idea de aumentar la conciencia social en su primera prioridad. No se debe subestimar el rango social o espi- ritual que alimenta el fuego de la revancha.

La muerte del mundo

¿Cómo llegó a superar Bernice Johnson Reagon su sentimiento de opresión interior?

Hoy… Parto de la base de que soy los Estados Unidos de América y que mi presencia aquí es fundamental para cual- quier cosa que ocurre en este país y que tiene valor. Me doy cuenta de que soy un secreto. Nuestra historia, nuestras aportaciones y nuestra cultura son importantes… Se nos presentan como algo subcultural, como si estuviéramos fuera de lo otro —una tangente o un miembro de un cuerpo que en caso de pérdida, no supone ninguna amenaza para su vi- da. xxv

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La cultura dominante de los Estados Unidos le hacía sentir como un miembro superfluo. Si perteneces a la mayoría blanca, es normal afirmar que la vida en una democracia no es comparable a la vida en una dictadura. La idea podrá pa- recer chocante, `pero las consecuencias psicológicas de la opresión son las mismas en una dictadura y en una democra- cia. Las sociedades democráticas sin conciencia terminan por producir las mismas experiencias interiores que las dicta- duras. Las personas que pertenecen a comunidades marginadas tienen que obedecer, o sus vidas no valdrán nada. Bernice Johnson Reagon sobrevivió dándose cuenta que ella era el mundo y que sin su presencia y la de todos los afro- americanos, el mundo moriría. De la misma manera, la atmósfera en la comunidad global muere si se le quita cualquier parte de ella. El mundo no puede sobrevivir espiritualmente sin los indígenas, sin las comunidades negras, sin la presen- cia de todas las comunidades y de todos los individuos. Una comunidad sostenible —es decir, una democracia profun- da— muere si se niega el punto de vista de alguien, su historia o sus ideas. Muchos de nosotros pensamos que el mundo ha muerto muchas veces porque esta negación ha sucedido muy a menudo.

Revisa tus visiones

Las visiones utópicas cambian una tiranía por otra u ocultan el poder de tales fuerzas. Nadie jamás ha logrado dominar la dominación. Ninguna visión, ningún gobierno podrán hacerlo a menos de que seamos conscientes de los miedos, del rango, la opresión, el poder y los abusos realizados por agentes externos e internos. Trata de responder a las siguientes cuestiones sobre tus ideales y visiones:

1. ¿Qué clase de organizaciones prefieres apoyar? Piensa en una de ellas.

2. ¿Qué visión profesa este grupo? ¿Qué creencias se pretende cambiar con estas visiones?

3. ¿Quiénes son los oponentes reales o posibles de tu grupo? ¿Qué tipo de personas o de situaciones pretende superar la

visión del grupo? ¿Cómo se han de afrontar esas situaciones y personas según la visión del grupo?

4. ¿Qué se hace en tu grupo con las opiniones conflictivas? Imagina un proceso de grupo en el que sacas a relucir pun-

tos de vista opuestos a la visión del grupo. ¿Cómo reaccionará tu grupo? ¿Cómo preferirías que se resolviera el conflic- to?

5. Considera la posibilidad de invitar a tu grupo a que asuma una posición por cada punto de vista diferente existente y

procesa las interacciones que se produzcan.

6. Vuelve a repasar estas cuestiones, utilizando ahora el término “yo” en lugar de “mi grupo”. ¿Cuál es tu visión favori-

ta en la vida? ¿Qué parte de ti no está de acuerdo con esta visión? ¿Cómo te relacionas con esta parte de ti mismo? La democracia profunda se basa en facilitar las interacciones entre visionarios e “incrédulos”. Sin democracia, un grupo es insostenible, siendo debilitado y finalmente destruido por el espíritu temporal de los incrédulos que siempre están presentes, no sólo en el campo del grupo, sino en cada uno de nosotros. La historia nos enseña que facilitar los asuntos que surgen en torno a la visión de un grupo es una de las cosas más importantes que se pueden hacer.

Hipnotizados por los ideales

Cuando Amy y yo visitamos Berlín y Moscú a comienzo de los años 90, ambas ciudades se hallaban en una situación de visible pobreza, con una economía estancada tras la caída de la Unión Soviética. Todo el mundo sufría y buscaba culpa- bles. En Alemania del Este toda la culpa era de la policía secreta. En la Plaza Roja de Moscú, algunas personas gritaban bien alto que los problemas económicos de Rusia eran cosa de los judíos. Vimos que todavía mucha gente estaba a favor del comunismo. Otros lo odiaban. En Moscú, algunos “camaradas” se sentaban en escritorios colocados en la entrada de institutos y centros de investigación y pedían con determinación que la gente se identificara, como si todavía el poder estuviera en manos de los Soviets. En las reuniones que facilitamos, nos encontramos con cientos de personas inteligentes y muy sensibles, que buscaban información sobre sí mismas. Estaban ansiosas por saber más de psicología y del mundo exterior. Tras el fin de la dic- tadura soviética, la gente todavía tenía miedo de hablar de sus necesidades personales. Incluso tenían un cierto sentido de inferioridad debido a los fracasos de sus gobiernos. No obstante, el orgullo por las ideas comunistas persistía de ma- nera clara. Durante nuestra estancia en Berlín, participamos en una reunión entre “Ossies” y “Wessies”, alemanes de la antigua República Democrática de Alemania del Este y de la Alemania Federal. Cuando cayó el Muro, comunistas y capitalistas se encontraron frente a frente con problemas pendientes. La historia había levantado no solamente un muro de cemento, sino también una barrera psicológica de recelo y dolor. En un grupo grande, en el que se encontraban gentes de ambos lados por primera vez, un alemán occidental se levantó y acusó a los alemanes del Este de haber sido moralmente débiles por haber transigido con los comunistas. “¿Por qué os inclinasteis ante ellos?” preguntó en un tono categórico. Una mujer del Este se levantó y respondió con aplomo: “vosotros habéis sido los moralmente débiles. Los ideales de Occidente han muerto. El dinero y los coches despampanantes y los grandes edificios no son ideales. Os habéis conver- tido en unos materialistas sin ética.” La discusión se hizo cada vez más intensa, levantándose una barrera entra ambas partes que continuaban acusándose, hablando de esperanzas que no se habían satisfecho. De pronto, un hombre de Alemania del Este se atrevió a ir más allá de la invisible barrera. Comenzó a hablar de la dificultad de vivir bajo la “Stasi”, la policía secreta de Alemania del Es- te. Todo el mundo se quedó helado. Después de pasar este momento álgido, y tras algunas vacilaciones, otro alemán oriental admitió que los ideales origina- les del comunismo eran más atractivos que todo lo que había conocido en su vida. ¡Ideales, ellos eran el problema! De

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repente desaparecieron los bandos formándose un único grupo que hablaba del efecto hipnótico de las visiones y los ideales. Una mujer occidental narró con verdadera pasión hasta qué punto había estado ciega a la crueldad de un gurú, cuyas brutales acciones contra la gente se pasaban por alto simplemente porque estaban convencidos de las conviccio- nes religiosas que predicaba. Otros compartieron sus experiencias. El proceso terminó con una cuestión sin respuesta que nos unió en un todo:

¿Por qué creemos en las grandes visiones y pasamos por alto el poder de coacción que los visionarios tienen con noso- tros? Quizá todas las visiones, independientemente de su valor, nos inspiran y al mismo tiempo nos ciegan en lo que su- pone su puesta en práctica.

La dialéctica básica: codicia versus amor

La historia nos ha enseñado que resulta muy difícil reprimir la codicia, nuestro impulso para dominar la tierra o nuestro deseo de dirigir. El marxismo y el leninismo no consiguieron erradicar estas tendencias del carácter humano. Se limita- ron a reprimirlas. El comunismo fue tan incapaz de eliminar los comportamientos egocéntricos como Occidente lo ha sido en suprimir el mal. La democracia no se realiza nunca si no se convierte en algo más profundo, si no nos damos cuenta y sacamos a la luz y procesamos nuestro egoísmo, nuestra codicia y nuestra hambre de poder. Si simplemente los inhibimos, estamos recapitulando los orígenes de toda revolución a lo largo de la historia. El mensaje es: respeta el egoísmo, sácalo afuera. Respeta al mismo tiempo el amor que sentimos unos por otros. Permi- te que se encuentren ambas fuerzas. Deja que ambos espíritus temporales entren en un proceso común. Necesitamos una reunión de representantes de los valores del pasado y gente que hable por los valores del futuro, en nombre del idealis- mo y del fatalismo, del liderazgo y del terrorismo, del amor y la codicia. Permite que la intolerancia y la comunidad, la codicia y el amor estén presentes a la vez y siéntate con ellas en el fuego. Necesitamos liberarnos del egoísmo, de los prejuicios, del fatalismo y la codicia. Si los sacamos a la luz y nos enfren- tamos directamente con ellos, podemos ir más allá. La dialéctica entre los espíritus temporales de la codicia y el amor nos aportará sin duda algo nuevo e inesperado. Este algo nuevo es la comunidad.

Religión: la droga de mucha gente

La revolución sigue la necesidad económica. Marx demostró que al proletariado se le droga fácilmente con los favores del poder. Dichos favores incluyen normalmente la propiedad. Si estuviera vivo, no dudaría en denunciar las recompensas que nuestro gobierno ofrece a quienes no molestan: se te permite, por ejemplo, tener un lugar donde vivir, un vídeo y un coche propio. Estos detalles nos drogan, y en ese estado resulta fácil no ver los manifiestos errores del gobierno. Cuando nuestras necesidades básicas están satisfechas, cuando vivimos confortablemente en nuestro apartamento con televisión, resulta fácil ignorar los problemas sociales. Nos olvidamos de los privilegios y del rango tan pronto como los tenemos. Cuando disfrutamos de suficiente comida como para no pasar hambre y de suficientes cosas materiales como para no aburrirnos, es menos probable que critiquemos al gobierno por sus políticas imperialistas. Marx decía que la gente utiliza la religión como una droga: “La religión es el opio del pueblo”. En nuestra sociedad ac- tual, muchos datos apoyan esta opinión. Muchos grupos espirituales y psicológicos evitan la política. Prefieren meditar, trabajar en sus sueños, recrear viejos rituales y centrarse en su relación con un dios, con el inconsciente o con su aman- te. No quieren verse envueltos en el cambio social. Están interesados en el trabajo interior que les conduce a la persona íntegra, la armonía y la paz, pero no en el Trabajo Global en el que tenemos que convivir con el conflicto. Ellos crean un “proceso comunitario” que prohíbe la rabia, que es capaz de salvar los bosques o la lechuza moteada, a la vez que se desinteresa completamente de los efectos de los residuos tóxicos en el centro de las ciudades o de los experimentos con el sida.

El sentido es al espíritu lo que el alimento es al cuerpo

Marx y Lenin no fueron capaces de prever, no obstante, el malestar y la depresión que provocan sus doctrinas antirreli- giosas y antipsicológicas. Ellos insistían en la comunidad, pero negaban el campo de sueños en el que vivimos. Aspira- ban a una familia unida sin clases, pero prohibieron la comunidad de humanos y espíritus en la que todos los seres hu- manos son como indígenas. En una cosa tenían razón: cuando la gente ha sufrido por falta de privilegios, de abusos o de pobreza, el impulso por el dinero produce vértigo y sed de venganza. Cuanto mayor es la diferencia entre ricos y pobres en la sociedad, más gran- de es la rabia o mayor la desesperación de los que no tienen nada. Pero en esto se equivocaron: la conexión con los dio- ses es un poder que permite a mucha gente trascender su desesperación. Los gobiernos que intentan prohibir esta conexión acaban anulando el sentido que cada individuo da a su vida, un senti- do que en última instancia es tan necesario como el comer. El comunismo es como el capitalismo. Ambos son occidentales, europeos y materialistas en el sentido de promover la propiedad, sea de unos pocos o de las masas. Ambos devalúan la experiencia intelectual y estética, que no se hallan vin- culadas a la economía. Ambos niegan el medio ambiente. Ambos ignoran las tradiciones espirituales y místicas de los pueblos indígenas, cuya espiritualidad esta basada en la interrelación de todos los seres. Russell Means, indio lakota, contrastó el marxismo con las creencias y las tradiciones espirituales de los nativos ameri- canos:

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El énfasis exagerado que los humanos ponen en sí mismos, la arrogancia europea de hacer las cosas como si ellos estu- vieran más allá de todo lo que existe en perfecta relación, sólo puede desembocar en una total disarmonía y en un re- ajuste que muestre a los arrogantes humanos que son mucho menos de lo que piensan que son, y que les permita entre- ver la realidad un poco más allá de su comprensión o control… No necesitamos ninguna teoría revolucionaria para pro- vocar algo así. Se halla fuera del control humano. xxvi

La paradoja de un proceso de grupo es que, para ser útil, tiene que enfrentarse a los asuntos sociales y de rango en los que todos estamos envueltos. Tiene que enfrentarse al tema de quién tiene el dinero. Pero al mismo tiempo, una comu- nidad muere si se centra exclusivamente en lo que está bien o mal en ambas posiciones. Como afirmaba Russell Means, la comunidad está condenada si sólo se ocupa de la gente. En la base de todo se halla el espíritu de la naturaleza, el pro- ceso salvaje y misterioso que nos arrastra dentro y a través de todos los diferentes aspectos de nosotros mismos y de los roles que jugamos en la comunidad.

xxiii Para más detalles históricos pueden leerse las obras de Marx, Lenin, Trotsky, Luxemburgo y Mao, citadas en la bibliografía.

xxiv Bernice Johnson Reagon, en el prólogo de su libro Reimaging America: The Arts of Social Change, ed. por Mark O’Brien y Craig Little.

xxv Ibid.

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