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POLIS 2 nueva nueva época época • • segundo segundo semestre semestre 2009 2011 • •
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nuevanueva épocaépoca segundosegundo semestresemestre 20092011 Volumenvolumen 57 Númeronúmero 22

issn: 1870-2333 1 99 1 - 2011 Veinte años
issn: 1870-2333
1 99 1 - 2011
Veinte años
número 2 2 issn: 1870-2333 1 99 1 - 2011 Veinte años UNIDAD IZTAPALAPA División de

POLIS

nueva época / segundo semestre 2011

volumen 7, número 2

UNIVERSIDAD AUTÓNOMA METROPOLITANAUNIDAD IZTAPALAPA División de Ciencias Sociales y Humanidades Departamento de Sociología Rector General Dr. Enrique

UNIDAD IZTAPALAPA División de Ciencias Sociales y Humanidades

Departamento de Sociología

Rector General Dr. Enrique Fernández Fassnacht

Secretaria General Mtra. Iris Santacruz Fabila

UNIDAD IZTAPALAPA

Rector Dr. Javier Velázquez Moctezuma

Secretario Dr. Óscar Comas Rodríguez

Director de la División de Ciencias Sociales y Humanidades Dr. José Octavio Nateras Domínguez

Jefe del Departamento de Sociología Dr. Enrique Cuna Pérez

Editora Dra. Laura del Alizal Arriaga

Asistente Editorial Mtro. Mario Alberto Zaragoza Ramírez

Comité Editorial del Departamento de Sociología Dra. Laura del Alizal Arriaga, Dr. Miguel Ángel Aguilar Díaz, Mtra. Martha Bañuelos Cárde- nas, Mtra. Clara Inés Charry Sánchez, Dr. Enrique Cuna Pérez, Dr. Manuel González Navarro, Mtro. Omar Manjarrez Ibarra, Dr. Rafael Montesinos Carrera, Dr. Martín Mora Ledesma, Dra. Ana Lourdes Vega Jiménez de la Cuesta

Comité Asesor Dr. Manuel Alcántara (U. de Salamanca), Dr. Guillermo Almeyra (unam), Dr. Marcelo Arnold Cathalifaud (U. de Chile), Dra. Ana Bock (cfp de Brasil), Dr. Víctor Manuel Durand Ponte (unam), Dr. Agris Galvanovskis (udla Puebla), Dra. Mireya Lozada Santeliz (U. Central de Venezuela), Dr. Carlos A. de Mattos (U. Católica de Chile), Dr. Ricardo Melgar Bao (inah), Dr. Martín Mora (U. de G.), Dr. Marco Eduardo Murueta Reyes (unam)

Producción editorial y cuidado de la edición Gráficos eFe

POLIS es una publicación semestral editada y distribuida por el Departamento de Sociología de la uam- Iztapalapa, edificio H, cubículo 101, Av. San Rafael Atlixco 186, colonia Vicentina, 09340, México, D.F., correo electrónico: polis_iztapalapa@yahoo.com.mx. Editor responsable: Laura del Alizal Arriaga. Certifi- cado de licitud de título 13177. Certificado de licitud de contenido 10750. Certificado de reserva de de- rechos al uso exclusivo de título 04-2009-043017160400-102. issn: 1870-2333. Julio-diciembre de 2011

Integrante del Índice de Revistas Mexicanas de Investigación Científica y Tecnológica del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnologíaissn: 1870-2333. Julio-diciembre de 2011 D. R. Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, 2011

D. R. Universidad Autónoma Metropolitana, Iztapalapa, 2011

Tiro: 500 ejemplares

POLIS

nueva época / segundo semestre 2011

volumen 7, número 2

Presentación

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Artículos conmemorativos por el 20 aniversario

Antonio Alonso Concheiro Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

Ricardo Espinoza Toledo México: una democracia expuesta a riesgos

Artículos

Enrique G. Gallegos Del sujeto abstracto al ciudadano: apertura y clausura de la ciudadanía en la modernidad

Mario Zaragoza Ramírez La comunicación política en la red global. Entendimiento y espacio público

Jorge Mendoza García La tortura en el marco de la guerra sucia en México:

un ejercicio de memoria colectiva

Mario Bassols Ricárdez y Maribel Espinosa Castillo Construcción social del espacio urbano: Ecatepec y Nezahualcóyotl. Dos gigantes del oriente

Horacio Mackinlay La agroindustria del tabaco en México y la formación de la empresa paraestatal Tabamex: 1920-1972

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Reseñas

Citlali Villafranco Robles reseña Elecciones y partidos políticos en México 2009. UAM-I

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Josefina Maldonado Montes reseña Hagamos entre todos la política pública. Una reflexión sobre la visión relacional de la política pública

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Abstracts

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Este número se dedica a la memoria del profesor Jorge Fuentes Morúa

POLIS 2011, vol. 7, núm. 2, pp. 7-12

Presentación

L a realidad social se transformó en los últimos 20 años de una ma- nera vertiginosa y a veces radical; provocó cambios profundos en la

manera de vivir, percibir, describir, entender y comprender el mundo. Al quedar las ciencias sociales rebasadas en su intento de definición y construcción teórica con respecto al avance de la realidad, se originaron cambios profundos en los principios epistemológicos y metodológicos propios del quehacer científico social. Las ciencias sociales respondieron de múltiples maneras. Buscando la porosidad de las fronteras, la hibri-

dación o amalgamación entre ellas, repensando las premisas clásicas de cada una de las disciplinas, olvidando la idea de evolución y progreso, tratando de dejar atrás las disputas sobre el método, e incluso inaugu- rando paradigmas del quehacer intelectual y científico. Durante estos 20 años, POLIS ha buscado contribuir con nuevas concepciones del camino a seguir en la investigación para tratar de res- ponder a la complejidad cada vez mayor (existen fenómenos que no existían o no eran significativos ayer) y a la pluralidad de la humani- dad (esta pluralidad suscita diversas formas de interpretar y conocer la realidad social y acentúa el interés por diversos tipos de problemas en sociedades y momentos distintos). Así, POLIS se ha convertido en refe- rente académico obligado en este lapso de la historia social del México entre siglos. Hoy POLIS festeja su vigésimo aniversario y, para celebrarlo, el Comité Editorial ha pedido a seis reconocidos especialistas sus con- tribuciones para reflexionar sobre los cambios que en la realidad social nacional, y en consecuencia en las ciencias sociales, se han dado en ese periodo. A partir de este número presentaremos dos de esos interesan- tes textos en cada entrega. La idea es relacionar las miradas que desde la Ciencia Política, la Sociología, la Geografía Humana y la Psicología Social existen sobre el pasado, presente y futuro de nuestra nación, así como los cambios que se han producido y los que se auguran.

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Enrique Cuna Pérez

Inauguramos esta reflexión multidisciplinaria con un claro y preciso ensayo de Antonio Alonso Concheiro, una visión crítica sobre las tras- formaciones que México ha vivido en las dos décadas recientes en las áreas de la demografía, economía, política y sociedad. La pregunta que guía “Los futuros en México: encrucijada y clavos en el zapato” hace cuestionamientos sobre la compleja situación de la sociedad mexicana y la insuperable paciencia que muestra la ciudadanía de nuestro país. Hace 20 años, México tenía 30 millones de habitantes menos que hoy, iniciaba entonces un proceso de desconcentración de la población, se empezaban a fraguar las consecuencias del llamado modelo neolibe- ral, había no más de 11 millones de personas ligadas al sector informal de la economía. Si bien el futuro se avizoraba complejo, el grado de incertidumbre era soportable. A 20 años de distancia, no solo el futuro es incierto, sino también el presente. Ante esto, Antonio Alonso hace un repaso muy puntual por las principales problemáticas (seguridad, ruptura del tejido familiar, retro- ceso democrático, desempleo, crisis económica, ausencia del Estado de derecho) para concluir con la propuesta de que a la sociedad civil organi- zada –consciente y despierta– le corresponde guiar e imaginar los futuros nacionales. Para el autor, el futuro es colectivo y plural, es ciudadano. Por su parte, desde la Ciencia Política, Ricardo Espinoza Toledo, en el artículo “México: una democracia expuesta a riesgos”, comparte la idea de que en nuestro país “las marcadas desigualdades y la inequidad limitan el ejercicio efectivo de los derechos políticos, civiles y sociales”. La exclu- sión escolar, la carencia de empleos formales, la precariedad social, la des- integración de las fuentes de solidaridad colectiva, el déficit de bienestar social, debilitan rápidamente las incipientes bases de la reciente democra- cia mexicana, entendiendo a esta como un sistema creador de ciudadanía que sirve para que la mayoría disfrute plenamente de sus derechos. Alejándose de la concepción puramente procedimental de la demo- cracia, Ricardo Espinoza retoma la concepción ampliada de esta, que involucra no solo el disfrute de derechos políticos, sino también el de los derechos sociales y civiles. Con base en esa idea, el artículo discu- te sobre la relación democracia-desigualdad en México, para concluir –después de un estudio detallado y argumentado– que la democracia se legitima en el progreso de un país que atiende la exclusión educati- va, el empleo juvenil, la pobreza, el ingreso de las familias, el bienestar

Presentación

instituciones democráticas. Esto es, propone indicadores precisos para el análisis de la calidad de la democracia. Sin embargo, la democracia mexicana poco ha ayudado en la generación de ciudadanía. Acompañan a estas contribuciones especiales cinco artículos y dos reseñas. “Del sujeto abstracto al ciudadano: apertura y clausura de la ciuda- danía en la modernidad” es un interesante artículo que desde la filoso- fía política propone que la categoría de ciudadano no está plenamente constituida sino en permanente construcción, pues si bien desde la an- tigüedad griega el sujeto existe en el pensamiento político, la moder- nidad filosófica ha ocultado, minimizado o rechazado dicha categoría, reduciendo la ciudadanía a nociones marginales e incluso negativas. Enrique G. Gallegos analiza el concepto en Hobbes, Nietzsche, Orte- ga, Schumpeter, Rousseau, Tocqueville y Mosca, mostrando las formas bajo las que se presenta en esos pensadores una de las categorías más relevantes en el mundo social actual. La tesis del artículo propone que el tránsito conceptual de la anti- güedad a la modernidad es de franco ocultamiento, en los albores de la modernidad el ciudadano fue oscurecido por lo absoluto del poder del soberano, en una relación total de sumisión política. Bien lo enuncia:

“Conforme el ciudadano desaparecía de la vida pública, se introducía la versión fuerte de un sujeto racional, autónomo e independiente”, el tratamiento que la categoría ha tenido en mucho ha mostrado despre- cio y desconfianza por sus atributos políticos. Por ello, el autor propone revisar el concepto y su ejercicio en relación con la economía liberal y globalizada, pensar al ciudadano dentro de un contexto de actividades laborales y mercantiles, de crisis social y económica, y volverlo a repen- sar, si no –se pregunta– ¿cómo asegurar ciudadanos participativos? Mario Zaragoza Ramírez con su artículo “La comunicación política en la red global. Entendimiento y espacio público” explora teóricamen- te la herramienta de la Internet como nuevo espacio no sólo de hacer política sino también como mecanismo de expresión y diálogo que edu- ca a los ciudadanos en la responsabilidad, la información y la opinión racional y argumentada en todos los ámbitos públicos, espacio para el ejercicio de la comunicación política con potenciales significativos en la creación de ciudadanía. Sin embargo, el autor bien reconoce que su uso y su rango de ac- ción aún son limitados, pues desarrollar todo su potencial involucra

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Enrique Cuna Pérez

la superación de las desigualdades económicas y sociales que imperan en la sociedad y se manifiestan también en el uso y acceso a las nuevas tecnologías. Así, el artículo revisa a los autores más representativos de la literatura en comunicación política y nuevas tecnologías, no para acrecentar la fetichización de la herramienta sino para reflexionar sobre el uso social de este instrumento de diálogo a partir de la disposición e interés del propio usuario para conformar un ágora política alrededor de lo cotidiano. Esto es, la herramienta depende del uso social y de las condiciones económicas que permitan el acceso a la red y no solo del avance tecnológico del mismo. De ahí que se sugiera más que hablar de participación en la red, nombrar la interacción horizontal que el medio posibilita, esto es, mirarlo como un elemento del espacio público donde la deliberación –intercambio, discusión, argumentación– le dan sentido

a la comunicación. Jorge Mendoza García, con su contribución “La tortura en el mar- co de la guerra sucia en México: un ejercicio de memoria colectiva”, reconstruye a través de testimonios algunas experiencias de tortura su- cedidas durante las décadas de los sesenta y setenta en nuestro país con el fin de ir esclareciendo la violencia que se ejerció como política del Estado mexicano durante la llamada guerra sucia, y evidencia de manera notable el marco de acción autoritario que poco ayudó en la formación de ciudadanías plenas, pero que de manera indirecta con su represión fomentó el hartazgo popular que desencadenó en la serie de reformas electorales y políticas que produjo la llamada transición. Desde la memoria colectiva –entendida como un proceso social de reconstrucción desde el presente de un pasado significado por una co- lectividad–, el artículo describe la represión a través de la tortura que grupos sociales y armados recibieron como respuesta desde el Estado a sus demandas y peticiones. La tortura desde el Estado narrada es clara en sus objetivos: reducir y minimizar al torturado, aniquilar al siempre con-

siderado por el Estado como el enemigo, el comunista, el terrorista, el mal. Mendoza García contribuye, así, a no olvidar la historia, la actuación y el contexto de un Estado que aplicó una política sistemática de tortura

y exterminio, que hoy duele aún al pueblo mexicano. La reconstrucción

del pasado tortuoso, del relato del torturado, recuerda lo que hay que impedir en el presente: la impunidad, el olvido, la apatía, la tortura. La colaboración de Mario Bassols y Maribel Espinosa, “Construc-

Presentación

tes del oriente”, revisa aspectos generales de la conformación espacial en dos municipios del Estado de México considerados, por su tamaño demográfico, político, económico y socioeconómico, como microurbes que contribuyen a la producción social del espacio en una megaciudad. El objetivo del artículo es elaborar una interpretación del proceso de metropolización y de la capacidad de sus actores para construir un es- pacio habitable en la periferia capitalina. El texto plantea que en Ecatepec las formas tradicionales de organiza- ción de la vida política, social y económica se trasformaron vertiginosa- mente a partir de la llegada de nuevos pobladores urbanos no ligados a la cultura obrera; arribo iniciado a partir de la década de los años setenta y que ha tenido un punto culminante en la desaparición de la empresa de Sosa Texcoco y la creación de la Plaza de las Américas, centro comercial y espacio urbano sin paralelo en todo el oriente de la ciudad de México. Por su parte, el municipio de Nezahualcóyotl ha tenido cambios en su estructura urbana y en su integración a la capital caracterizados por el for- talecimiento de áreas comerciales y un patrón demográfico a la baja con población joven ligada a estilos de vida y consumo propios de la sociedad global. Los cambios que en el artículo se reseñan permiten a los autores proponer que la noción de zona metropolitana “comienza a ser desbor- dada analíticamente para comprender los nuevos procesos de reconfigu- ración territorial” basados en un “carácter espacial difuso, discontinuo y sometido cada vez menos a procesos regulados por el Estado”. Por su parte, Horacio Mackinlay nos presenta, en un recorrido his- tórico de la agroindustria tabacalera mexicana, la manera en que in- tervino el Estado mexicano en el desarrollo económico de las regiones tabacaleras y en la propia industria fomentando y mediando en las rela- ciones entre las empresas privadas y los productores de tabaco, estable- ciendo criterios de eficiencia y productividad desde el propio Estado. El artículo “La agroindustria del tabaco en México y la formación de la empresa paraestatal Tabamex: 1920-1972” centra su análisis en la dimensión económica productiva y en los aspectos sociopolíticos que la intervención estatal produjo en la materia, sobre todo para el desarrollo del estado de Nayarit. Utilizando la entrevista profunda como herramienta metodológica para obtener información de los propios actores de dicho proceso histó- rico –tabacaleros nayaritas, empresarios del ramo, etcétera–, Mackinlay sugiere que esa etapa de la agroindustria tabacalera fue la época de oro,

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Enrique Cuna Pérez

añorada y recordada con entusiasmo por los entrevistados. Fuente de excelentes ingresos, la industria también fue centro de protesta y des- contento por el impacto socialmente diferenciado por la restructuración de esa época. Sin embargo, esta política estudiada ilustra la autonomía del Estado mexicano con respecto a los sectores económicamente do- minantes que prevaleció en gran parte del siglo xx y que contrasta no- tablemente con la actuación actual del Estado nacional. Este número de POLIS cierra con dos interesantes reseñas. Citlali Villafranco Robles describe y comenta el libro Elecciones y partidos po- líticos en México, 2009, editado por la Universidad Autónoma Metro- politana Unidad Iztapalapa y coordinado por Manuel Larrosa y Javier Santiago, texto que hace un balance general de las elecciones federales y locales de 2009, en donde el Partido Revolucionario Institucional fue el ganador tanto en preferencias electorales como en posiciones de poder al interior de los congresos estatales y federal. Mientras tanto, Jo- sefina Maldonado Montes reseña el libro Hagamos entre todos la política pública. Una reflexión sobre la visión relacional de la política pública, de Freddy Mariñez. En general, se trata de una interesante propuesta teó- rica y empírica de la llamada nueva gobernanza, que propugna reformas que consideren una nueva relación entre gobernantes y ciudadanos pero también entre gobernantes y funcionarios. Sirva esta presentación para celebrar el vigésimo aniversario de POLIS y sirva también al lector de estas letras como bienvenida a este número.

Enrique Cuna Pérez, coordinador del Comité Editorial , noviembre de 2011

Artículos conmemorativos por el 20 aniversario

POLIS 2011, vol. 7, núm. 2, pp. 15-40

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

Antonio Alonso Concheiro*

El artículo propone que México tiene pendiente la tarea de imaginar sus futuros de largo plazo, planteando que es urgente que lo haga en un esfuerzo colectivo, sistemático y riguroso. Como anticipo, bosque- ja a vuelo de pájaro, con una visión crítica, lo ocurrido en los últimos 20 años, desde el nacimiento de la revista POLIS hasta el presente, en varias esferas de la vida nacional: demografía, economía, política, so- ciedad. En cada caso también esboza posibles futuros en las próximas dos décadas, o asuntos que sería importante considerar al imaginar tales futuros. Palabras clave: México, pasado, futuros, escenarios, demografía, eco- nomía, política, sociedad.

Encrucijada: (a) Lugar en donde se cruzan dos o más calles o caminos; (b) Ocasión que se aprovecha para hacer daño a alguien, emboscada, asechanza; (c) Situación difícil en que no se sabe qué conducta seguir. Diccionario de la Lengua Española, 22 a ed., 2001.

Clavos en el zapato: Asunto doloroso, que impide caminar sin dolor.

Introducción

E l México actual parece estar pasmado. Como si la historia pasase

por encima de él, arrollándolo las más de las veces, como una turba

que todo lo desmiembra. No acertamos a vernos diferentes de lo que somos; tal vez ni siquiera estamos viendo lo que somos.

* Ingeniero mecánico eléctrico y doctor en Ingeniería de Control por la Imperial College of Science and Technology, Londres. Autor o coautor de Futuros del sistema nacional de ciencia y tecnología y Los futuros de la salud en México 2050. Durante los últimos 30 años se ha dedicado a la prospectiva y la planeación estratégica. Correo electrónico: analitic@netjeruce.com.mx

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Antonio Alonso Concheiro

Desde su descubrimiento por los españoles, México, América, fue territorio de futuros: un Nuevo Mundo, donde era posible soñar un renacimiento sin los viejos vicios de Europa. Y más de 500 años des- pués, México sigue siendo apenas eso: una promesa de lo que podría ser, sin llegar a serlo. Pero, a diferencia de hace unas cuantas décadas, hoy no tenemos nada claro lo que podríamos ser; por lo menos, así parece a juzgar por la ausencia de proyectos, de grandes visiones de país que nos orienten y guíen, aunque solo sea como utopías que perseguir. México parece haber perdido el rumbo. ¿Y quién si no los mexica- nos para encontrarlo? Más de una vez he advertido que si nosotros no imaginamos los futuros de nuestro país, los posibles, los preferidos y los indeseables, alguien más, desde afuera, los imaginará por nosotros y terminará por imponernos sus visiones. Habremos entregado así nues- tro porvenir sin siquiera haber intentado ser sus dueños. ¿Por qué esa ausencia casi total de futuros nacionales? ¿Estaremos tan atrapados por nuestro pasado como para no poder imaginar nuestros mañanas? ¿O será que nuestro presente es tan abrumador que no deja espacio a la imaginación de un porvenir diferente? Nos guste o no, México no podrá permanecer estático. Si no cambia por voluntad propia tendrá que hacerlo por las transformaciones que está viviendo el mundo de manera acelerada. La geopolítica mundial de hoy está viva y cambiando. Los avances tecnológicos no dan respiro a los modos de vida y los comportamientos individuales y sociales es- tablecidos. La economía y las finanzas internacionales tienen un gran contenido de volatilidad. La política nacional es de pacotilla, cada vez más de comerciales y campañas de imagen, y de corrupción. Y la in- seguridad es rampante. El tejido social parece estar deshebrándose sin agujas visibles para recomponerlo. Hay quienes alegan que nada podrá hacerse por el país sin las llamadas reformas estructurales. Hay quienes se oponen a ellas sosteniendo que nos conducirán por un camino todavía peor. Lo cierto es que hay un inmovilismo evidente. ¿Hasta cuándo aguantará México sin una refundación que remueva los cimientos sobre los que está basada nuestra sociedad? México está en una encrucijada. No serán otros quienes nos saquen de ella. Cualquiera de las tres acepciones de encrucijada que incluye el Diccionario de la Lengua Española parece aplicable al México actual.

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

situación difícil en la que parece estar pasmado, sin saber qué o cómo actuar, y los pocos aprovechan la situación, con lo cual dañan a los muchos. México parece haber perdido el rumbo o, si se prefiere, parece haberlo equivocado y está empecinado en no reconocerlo. En esa encru- cijada, el echarse a andar se vuelve difícil por los muchos clavos que el país tiene en sus zapatos. Algunos de ellos forman parte del contenido de este ensayo. El zapatero que los retire tendrá que ser el colectivo na- cional. La tarea no es de uno o unos, sino de todos. POLIS celebra ahora su vigésimo aniversario. Dos décadas repre- sentan una larga vida para una revista (son pocas las que alcanzan esa edad). Pero probablemente no sean mucho para la vida de un país. Aunque quizá sí, cuando se trata de uno como el nuestro, que ape- nas cumple 200 de existir como nación moderna, independiente (al menos en papel), pues dos décadas constituyen 10% de su vida. Por alguna razón extraña de la condición humana, los aniversarios (en particular aquellos que terminan en cero) suelen ser ocasión para la reflexión sobre lo vivido y acerca del presente; son, también, ocasión para formular planes y fijarse metas, esto es, para imaginar futuros. México desperdició su 200 aniversario y el centenario del inicio de su Revolución acudiendo solo a conmemoraciones de su historia (y eso, bastante pobres). Estas sin duda son necesarias (la historia se reescri- be de modo permanente), pero conviene acompañarlas de una visión de futuros. El presente es apenas un fugaz punto de tránsito entre el pasado y el futuro, y difícilmente puede aprehenderse sin acudir a uno y otro. Y es en el futuro donde el país vivirá el resto de sus días. Hoy tenemos más información y más herramientas para imaginar los futuros posibles de México y para discutir cuáles serían los preferibles. Los futuros, como entes imaginarios, están siempre en competencia. No existe tal cosa como el “destino nacional”. Cada futuro posible re- presenta la derrota de otros futuros que compiten con él. Cada futuro preferible o “deseable” lo es sólo dentro del conjunto de valores en los que se sustenta. Cada futuro deseable representa la apuesta de quienes con él se benefician. La construcción de futuros no es, pues, un ejer- cicio neutro; y justo porque no lo es resulta más valioso ponerlos en blanco y negro. Como la historia, la prospectiva es un ejercicio para comprender mejor el momento actual, una ayuda para tomar decisio- nes mejor informadas en el presente.

Antonio Alonso Concheiro

Demografía

Dos décadas no son mucho, pero hace 20 años México era otro. Para empezar, el territorio nacional estaba habitado por casi 30 millones me- nos de mexicanos que en la actualidad (112.3 millones, según el Censo de Población de 2010). Dentro de 20 años la población nacional podría llegar a sumar entre 131 y 142 millones (20 a 30 millones de habitantes más que en la actualidad) y hacia la mitad de este siglo alcanzará entre 141 y 160 millones. Nuestras proyecciones son bastante mayores que las que el Consejo Nacional de Población proponía hace unos años (121 millones para 2030 y 122 millones cuando cruzáramos la mitad de siglo). Las implicaciones de un mayor crecimiento de la población son formida- bles y es seguro que se manifestarán en prácticamente todos los órdenes de la vida nacional. Luego de haber tenido en la década de los setenta una de las tasas de crecimiento poblacional más altas del mundo, la po- lítica demográfica del país se obsesionó con lograr la estabilización de la población, esto es, con alcanzar una tasa de crecimiento nula. Y, en efecto, las proyecciones previas al Censo de 2010 postulaban que eso ocurriría antes de arribar a la mitad de este siglo. Crecer con tasas elevadas como las habidas en el pasado resulta insensato, porque, entre otros inconvenien- tes, obliga a incrementar la infraestructura (vivienda, dotación de agua potable y drenaje, energía eléctrica, etcétera) y servicios (educación, salud, entre otros) y la dotación de empleos con tasas que son imposibles de lograr con los recursos disponibles. Pero dejar de crecer tampoco parece sensato, sobre todo porque la riqueza de una nación no está en sus recur- sos materiales sino en el número de sus nacionales capaces de generarla. Aun suponiendo que en el futuro se presentasen escenarios demográficos como los aquí propuestos, México seguiría siendo un país relativamente despoblado, con densidades de población inferiores a las que hoy tienen las naciones europeas, China o la India. Por otra parte, como resultado de la dinámica de la natalidad y la mortalidad (y de la migración), hace 20 años la estructura de la población por grupos de edades apenas empezaba a cambiar de la pirámide de ancha base que la había caracterizado todo el siglo xx, hacia una rectangular, con una burbuja ascendente, aunque hoy se asemeje más a un trompo invertido. La población mostraba ya, pero apenas de modo incipiente, los inicios de un proceso de envejecimiento que seguramente también

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

años la esperanza de vida al nacer de los mexicanos pasó de de 69.7 a 75.4 y la mediana de edad de la población se incrementó en siete años, hasta llegar en 2010 a 26 años. Este envejecimiento relativo de la pobla- ción repite en cierta medida el ya ocurrido con mayor profundidad en los países con una transición demográfica más avanzada, y tendrá im- portantes repercusiones económicas (principalmente por el lado de un incremento de las pensiones de retiro), políticas (posiblemente con un avance gradual de posiciones más conservadoras y más reticentes al cam- bio), sociales (con una mayor carga socioeconómica sobre los jóvenes y un balance intergeneracional diferente), sobre el sistema de salud (por una mayor prevalencia de las enfermedades crónico degenerativas y, en consecuencia, mayores costos de atención a la salud per cápita), etcétera. Entre otros cambios demográficos de las últimas dos décadas, conviene destacar también el inicio de un proceso de desconcentración de la po- blación (iniciado en 1980, pero confirmado solo con los datos del Censo de 2010) que, de continuar, probablemente hará que la región del centro del país 1 pierda cerca de tres puntos porcentuales de la total entre hoy y el año 2050 (cuando en la región centro podría habitar entre 28.5% y 29% de la población total). Parece, así, que en el futuro no cabe esperar que el proceso de desconcentración sea ni muy acelerado ni muy profundo, pero sí, en cambio, que continúe lentamente. En términos demográficos, al parecer las regiones ganadoras serán las del norte del país, quizá por su cercanía con Estados Unidos. Con respecto al proceso de urbanización, parece ya claro que este se desaceleró a partir de 1990 y que los escenarios apuntan ahora a que en el año 2050 la población nacional asentada en lo- calidades de 15 000 o más habitantes podría llegar apenas a poco más de 70% de la total nacional (contra 62.5% registrado en el Censo de 2010). Si bien ello significa un posible incremento cercano al 10% con respecto a la proporción actual, representa también cerca de 10% menos de lo que hasta hace poco se calculaba que podría ocurrir. Lo anterior implica que dentro de 40 años todavía poco menos de la tercera parte de la población del país se asentará en localidades pequeñas, con las dificultades corres- pondientes para proporcionarles infraestructura y servicios (como edu- cación y salud) adecuados. Ello da para pensar en políticas públicas que pudiesen alterar este futuro tendencial, buscando agrupamientos entre las pequeñas comunidades.

Antonio Alonso Concheiro

Economía

Si en los últimos 20 años la demografía nacional cambió, las modi- ficaciones en la economía fueron quizá incluso más profundas. En 1990 el modelo económico nacional hacia adentro, con una fuerte presencia estatal, en el que el mundo se veía apenas débilmente según lo no mucho que atravesaba nuestras fronteras, se había empezado a desmoronar. El sueño nacionalista estaba a punto de ceder a la glo- balización, acelerada por la caída del muro de Berlín (en 1989) y el desmantelamiento de la Unión Soviética (en 1991); una globaliza- ción dirigida por Estados Unidos y las instituciones nacidas de los acuerdos de Bretton Woods: el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y el Acuerdo General de Aranceles Aduaneros y Comer- cio (gatt). Estados Unidos surgía entonces como la gran potencia victoriosa sin un rival que la enfrentara. Para algunos, como Francis Fukuyama, sonaban las trompetas del fin de la historia. La economía de mercado y la democracia liberal lo abarcarían todo de manera irre- mediable y México tenía como opción única inscribirse de la mejor manera posible en ese mundo unipolar en el que, afortunadamente,

nos tocaba en suerte ser la frontera más larga del mundo entre el sur y

el norte, y no cualquier norte, sino justamente el definido por Estados

Unidos. En 1990 México todavía era, a pesar de su ingreso al gatt en 1986, una economía cerrada. Pero no lo sería por mucho tiempo más;

la polémica de entonces sobre su postura frente al exterior quedaría sellada en 1994 con su ingreso a la Organización para la Cooperación

y el Desarrollo Económicos y la entrada en vigor del Acuerdo de Li- bre Comercio de América del Norte (acuerdo para Estados Unidos

y tratado para México; diferencia no menor por lo que implica en

términos de jerarquía legislativa). La receta era simple: abandonar la economía a las leyes del mercado y abrirla al exterior para aprovechar las ventajas de la globalización, con lo que ganaríamos acceso a los mercados internacionales. En las últimas dos décadas así ocurrió y México firmó una larga serie adicional de tratados de libre comercio con distintos países y regiones. A pesar de ello, nuestra dependencia económica de Estados Unidos sigue siendo muy elevada, casi asfixian- te, y parece que así seguirá siendo durante los siguientes 20 años. Si bien la economía se abrió al exterior, el aprovechamiento de las venta-

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

La adopción de un modelo denominado neoliberal, bajo la divisa de una supuesta eficiencia económica (centrada más en el cómo que en el qué o por qué), empezaría a minar las bases del incompleto Estado benefactor que el país había venido construyendo desde después de la segunda Guerra Mundial. Se planteaba como necesaria la retirada del Estado de la economía nacional y el consecuente adelgazamiento del Estado. Justo alrededor de 1990 se inició, ejemplo notable, la privati- zación de la banca nacional. Para 1991 se habían privatizado ya cuatro bancos (Multibanco Mercantil, Banpaís, Banca Cremi y Banco Con- fía). Luego seguirían los dos mayores bancos del país: Banamex (adqui- rido por City Group) y Bancomer (adquirido por el grupo BBVA). La banca quedaría así dominada por el capital extranjero, operando con reglas que le son muy favorables. Con el argumento de la ineficiencia administrativa del sector público, las empresas descentralizadas empe- zaron a desaparecer y a ser transferidas a la iniciativa privada en todos los sectores: en los que parecía razonable que así fuese y en los que no. La fiebre de privatización se extendió durante las últimas dos décadas, con diversos artificios, hasta otros sectores como el eléctrico (donde los privados quedaron autorizados a construir plantas para satisfacer sus propias necesidades y a vender los “excedentes” a la Comisión Na- cional de Electricidad), y todavía hoy amenaza con ampliarse a otros considerados por muchos mexicanos como patrimonio inalienable de la

nación, como el petrolero (para el que, luego de varios intentos fallidos de privatización y de la implantación de los anticonstitucionales con- tratos incentivados para la exploración y explotación de yacimientos,

el presidente Felipe Calderón anunció que propondrá al Congreso una

apertura al capital privado a la Petrobras). Como corresponde a un país como el nuestro, si bien la desincorporación de empresas paraestatales

y la apertura de diversas actividades al capital privado cobraron bríos,

con la consecuente reducción de las responsabilidades del Estado, este no se “adelgazó” en la medida que debía haberle correspondido; por el contrario, la burocracia siguió creciendo. En una lógica de crecimiento económico basada en la competencia en los mercados globales, que por serlo incluyen al mercado interno como territorio de competencia internacional, hay quienes, con una buena dosis de razón, culpan a la falta de competitividad nacional del insuficiente crecimiento económico del país. La competitividad es un asunto multifactorial y muy dinámico, y motivo de políticas públicas

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Antonio Alonso Concheiro

en la mayor parte de los países. En el nuestro, cuando se habla de po- líticas para mejorarla es frecuente acudir a argumentos que se refieren

a la tasa de cambio de nuestra moneda, a asuntos fiscales relativos a los

impuestos que pagan (o deberían pagar) las empresas, a la regulación de todo tipo (incluyendo la existente para abrir o cerrar un negocio), a la

rigidez de la legislación laboral y la necesidad de “flexibilizarla”, y hasta

a la corrupción. Pero el gran ausente en esas discusiones suele ser, justa- mente, el tema central de la competitividad: la capacidad tecnológica y de innovación del país y sus empresas. La competitividad se conquista con nuevos productos y servicios o con procesos de producción más eficientes y eficaces, y estos son consecuencia fundamentalmente de la capacidad científica y tecnológica para innovar. Todo lo demás es acce- sorio y volátil. Y en los últimos 20 años, a pesar de haberse aprobado una legislación que propone que el gasto nacional en investigación y desarrollo científico y tecnológico debe alcanzar el 1% del Producto Interno Bruto (pib) –cifra moderada con respecto a los que otros países competidores del nuestro invierten ya en ello–, el país sigue destinando

a dicho rubro menos de 0.5% del pib y aplicándolo sin una política

medianamente orientadora. Innovar implica riesgos y México parece tenerles aversión. Mientras que en otros países intentar y fracasar es un activo (porque se considera un proceso normal de aprendizaje), en México fracasar en un intento es un estigma difícil de combatir. En todo caso, salvo para unos cuantos, el cambio de orientación en el modelo económico (que algunos plantean como una transición de un modelo de sustitución de importaciones a otro de promoción de ex- portaciones) no muestra en los hechos resultados siquiera cercanos a lo prometido. En las últimas dos décadas el crecimiento anual medio del pib ha sido de apenas 2.64%, muy por debajo de las tasas de alrededor de 6% habidas durante las cuatro décadas comprendidas entre 1940 y 1980. La llamada “década perdida” de los ochenta se ha prolongado así durante ya 30 años. Los mexicanos menores de 40 años han crecido en un país que va de crisis en crisis y que no les da respiro. Durante los últimos 20 años el salario mínimo siguió perdiendo valor adquisitivo en términos reales; pero, por otra parte, se ha venido reduciendo la proporción de los trabajadores que perciben un salario mínimo, lo que, en términos gruesos, hace que la capacidad adquisitiva de los mexicanos prácticamente no haya variado. En ese lapso, la injusta distribución de

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

cia 1990 la razón de ingresos entre el 10% más rico y el 10% más pobre de la población era de 23.97; en 2008 fue de 21.8, según la Encuesta Nacional de Ingresos y Gastos de los Hogares, o de 34.4 si se atiende a los Indicadores de Desarrollo Mundial 2010 del Banco Mundial. No resulta sorprendente, entonces, que la pobreza siga siendo hoy uno de los principales problemas del país, a pesar de que medirla no resulta fácil y hacerlo se presta a múltiples desacuerdos y, en un país donde todo está bajo sospecha, a dudas sobre una posible manipulación de las cifras. Más allá de ello, no debe haber duda de que México es un país con un enorme y altamente indeseable número de pobres. De acuerdo con las cifras oficiales (del Consejo Nacional de Evaluación de la Polí- tica Social), la crisis económica de 1995 hizo que entre 1994 y 1996 el porcentaje de pobres patrimoniales del país 2 se elevara de 52% a 69% de la población, y el de mexicanos en pobreza alimentaria 3 de 21.2% al 37.4% de la población. De entonces a 2006 el número de mexicanos en condiciones de pobreza se fue reduciendo de manera importante; pero de 2006 a 2008 la población pobre del país volvió a pegar un salto (que algunos atribuyen en parte importante a incrementos en los precios de los alimentos) y en el último de esos años se calculaba que 50.6 millones de mexicanos (prácticamente la mitad de la población) vivían en con- diciones de pobreza patrimonial y, de ellos, 19.5 millones (uno de cada cinco mexicanos) vivían en pobreza alimentaria. Las diferencias entre regiones son notables, con un norte con menor número de pobres y un sur más pauperizado, y con un mayor número de pobres alimentarios entre la población rural que entre la urbana. Hoy, después de la crisis económica de 2008-2009, la situación solo puede ser peor, y quizá uno de cada cuatro mexicanos viva en pobreza extrema. Hay quienes proponen que la mejor manera de redistribuir la rique- za es a través del empleo bien –“dignamente”– remunerado. La actual administración del Ejecutivo federal se había autoanunciado, de mane- ra afortunada, como “la del empleo” (aunque a poco de haber andado se convirtió en “la de la seguridad y el combate al crimen organizado”). Tan solo para mantener el statu quo de desempleo, el crecimiento de-

2 Se considera pobres patrimoniales a aquellos que cuentan con un ingreso insuficiente para satisfacer sus necesidades de salud, de educación, de alimentación, de vivienda, de vestido y de transporte público, aun si dedicasen la totalidad de sus recursos económicos a ese propósito.

3 Se consideran pobres alimentarios a quienes tienen ingresos insuficientes para adquirir una canasta básica de alimentos, incluso si los destinasen exclusivamente para ese fin.

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Antonio Alonso Concheiro

mográfico obliga a la economía nacional a crear alrededor de un millón de nuevos empleos por año (cifra de jóvenes que ingresan al mercado de trabajo anualmente). Crear empleos requiere de inversiones nuevas; aun pensando en actividades de bajo valor agregado, crear un millón de empleos por año requeriría una inversión anual cercana a 3-4% del pib (cifra superior a la tasa de crecimiento anual de nuestra economía). En los últimos cuatro años el número de nuevos empleos generados no llega a la mitad de los requeridos teóricamente. En buena parte, sin duda, ello se debe a la crisis económica de 2008-2009. El caso es que el desempleo no se ha resuelto. Quienes no pueden ingresar al mercado laboral formal, o bien quedan desempleados y sin ingresos, o bien se

incorporan a las filas de la economía informal, en actividades “legales”

o “ilegales”. Entre 1990 y 2010 la población económicamente activa del

país pasó de poco más de 24 millones a algo más de 47 millones; en ese mismo lapso la población empleada en el sector formal de la economía (asegurados del Instituto Mexicano del Seguro Social, el Instituto de Seguridad y Servicios Sociales de los Trabajadores del Estado, las fuerzas armadas, etcétera) pasó de alrededor de 13 millones a cerca de 22 mi- llones. Lo anterior implica que en las últimas dos décadas el número de empleados en el sector informal de la economía creció a más del doble, pasando de unos 11 millones de personas a cerca de 25 millones. Dentro de los factores que podrían influir de manera importante so- bre la futura economía nacional está la posible evolución de la produc- ción de hidrocarburos. Si bien la economía nacional no está “petroliza- da”, el presupuesto federal sí depende en buena media de la industria petrolera (los ingresos petroleros representaban en 1990 el 29.1% de los ingresos del gobierno federal, y en 2009 el 26.8%). Por otra parte, el petróleo es la principal fuente de divisas de México. Los recursos petro- leros son, además, para muchos mexicanos, motivo de orgullo nacional

y presupuesto básico de la soberanía del país, por lo que los intentos de

abrir el sector al capital privado son combatidos con fiereza por diversos grupos. En 1990 las reservas totales de petróleo llegaban a unos 45 000 millones de barriles (luego de haber alcanzado un nivel máximo históri- co cercano a los 50 000 millones en 1983) e iban en descenso; aunque no hay cifras oficiales, las reservas probadas tal vez rondaban entonces los 30 000 millones, también con una tendencia a disminuir. La razón entre reservas probadas y producción (medida en años) en 1990 posi-

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

totales de petróleo son de 30 000 millones de barriles; las probadas, de apenas poco más de 10 000 millones y la razón entre reservas proba- das y producción, de apenas 10 años. Si en el futuro continuaran las tendencias aparentes desde 1983, en el año 2030 las reservas totales de petróleo del país llegarían a cerca de 10 000 millones de barriles, las probadas estarían bien por debajo de los 5 000 millones y la razón entre reservas y producción (si esta también siguiera su trayectoria tenden- cial) será cercana a dos años. En los últimos cinco años la producción nacional de crudo tuvo una fuerte caída (que la llevó a 1018 millones de barriles por año en 2009, 16.3% menos que en 2005). Ello puede ser un bache temporal, o bien estar marcando una nueva tendencia de más largo plazo. El gobierno federal y Petróleos Mexicanos parecen estar convencidos de que se trata de lo primero. Además de una recupe- ración en las reservas totales y probadas de petróleo, han planteado que la producción del mismo recuperará los niveles de 2005 dentro de unos años; otros ven en la disminución de la producción el inicio de una tendencia hacia reducciones todavía mayores en el futuro, atribuyendo tal comportamiento, entre otros, a malas prácticas de explotación de los yacimientos. En todo caso, dado que durante las próximas dos décadas, salvo por rupturas tecnológicas mayores, el consumo nacional de petró- leo por unidad de producto difícilmente se reducirá en más de 15%, y en vista de que en esos 20 años más nos vale que el pib nacional por lo menos se duplique (tasa anual media de crecimiento de 3.5%), es claro que aun si se recupera la producción de crudo a niveles de 2005 el mar- gen para las exportaciones de crudo se irá reduciendo, al grado de que el país podría convertirse en importador neto de petróleo crudo antes del año 2030. Si así ocurriera, el país tendría que encontrar nuevas fuentes de divisas para pagar por las importaciones de crudo, y hoy no está claro cuáles podrían ser estas. Por supuesto, en ese escenario, los recursos pú- blicos sufrirían un duro golpe, que requeriría ajustes mayores en el gasto público, probablemente obligando a una reducción de la burocracia, lo que contribuiría a un mayor desempleo. En resumen, ¿qué cabe esperar en la economía nacional dentro de 20 años? La pregunta no tiene, por supuesto, una respuesta fácil. De no cambiar sustantivamente el modelo económico, es probable que vea- mos más de lo mismo. Un país con un inaceptable elevado número de pobres, aun si en los próximos 20 años se recuperara la tendencia a la baja habida entre 1996 y 2007. Una economía con tasas de crecimiento

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del pib de 2% a 4% anual, lo que llevaría a que el pib del año 2030 fuera 50% mayor que en el 2010 si el crecimiento estuviera en el límite inferior, o algo más del doble del de 2010 si dicho crecimiento fuera el del límite superior. En otras palabras, una economía dentro de 20 años con un pib un poco mayor del que tuvo España en 2010 y un poco me- nor que el de Italia en el mismo año, nada por lo cual estar orgullosos. Un país con una oferta insuficiente de trabajos para sus jóvenes y más trabajadores en la economía informal (la que podría representar entre 30% y 40% del pib) que en la formal. Una economía todavía volcada hacia el exterior y con un mercado interno insuficiente como para servir de plataforma de despegue. Una economía con un ahorro interno por lo menos cinco puntos porcentuales del pib por debajo de lo deseable. Un país que habrá dejado pasar la oportunidad de insertarse en la eco- nomía global del conocimiento por no haber querido ser una sociedad de aprendizaje, con un sistema nacional de ciencia y tecnología todavía raquítico y mayormente desvinculado del sector productivo. Todos estos descriptores de la economía nacional en 2030 corres- ponden a un escenario tendencial que repite los errores del pasado. Un país, así, prolongación del que hemos vivido durante los últimos 20 años, sin muchas esperanzas y expectativas, sólo es posible imaginarlo si el aguante de la sociedad mexicana es cercano al estoicismo. Sería, posiblemente, un país que viviría, por lo menos en lo económico, per- manentemente al borde de la insurrección. Pero, por supuesto, el descrito arriba es sólo uno de los posibles esce- narios. Puede pensarse también en una futura economía en la que se ha- yan puesto en marcha procesos de redistribución de la riqueza (con una creciente generación de empleos de mayor valor agregado e incremen- tos salariales anuales de por lo menos un punto porcentual por encima de la inflación), con un sentido colectivo de solidaridad. Una economía en la que las grandes empresas paguen los impuestos que en teoría les corresponden, y en la que la progresividad en el pago de impuestos sea mayor. Un país con una cultura científica y tecnológica todavía insufi-

ciente, pero muy superior a la actual, con un sistema nacional de ciencia

y tecnología más sólido y más vinculado con las necesidades de la po-

blación y los sectores productivos, y en el que la inversión en ciencia y tecnología supere holgadamente a lo que la ley obliga y que contribuya

a agregarle valor a los sistemas de producción. Una economía con cade-

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

los sectores de gran valor agregado y tecnología desarrollada. Un país en el que la capacitación de la fuerza laboral no sea objeto de simulación

y se le vea más como una inversión que como un gasto. Una economía

con un ahorro interno sostenidamente superior a 25% del pib y una banca que, a diferencia de la actual, privilegie el crédito a las inversiones productivas por encima del crédito al consumo. Un país que finalmente entiende que el crecimiento económico no es un objetivo por sí mismo

y que, como meta, dicho crecimiento es válido solo si sirve para ase-

gurar el bienestar de la población. En fin, un país que, visto desde las condiciones actuales y las tendencias del pasado inmediato, se parece un poco a una carta a los Reyes Magos. Los dos futuros escenarios económicos bosquejados antes a grandes brochazos no agotan ni con mucho el universo de los posibles. Son sí, quizá, una especie de escenarios límite (lo que algunos denominarían como los escenarios pesimista y optimista) entre los que posiblemente se desenvolverá nuestro futuro, y ni de eso podemos estar seguros. Y vale la

pena aclarar que nuestra trayectoria podría oscilar a lo largo del tiempo, aproximándose unas veces a un lado y en otras al otro, y que en algunos rubros tenderá a acercarse al lado optimista y, en otros, al pesimista. En lo aquí dicho con respecto a los pasados 20 años y las próximas dos décadas prácticamente hemos omitido al entorno económico interna- cional. No es que este no haya tenido o no vaya a tener importancia alguna para el futuro desarrollo económico del país; pensar así sería, por decir lo menos, iluso. Hoy mismo, a pesar de la supuesta “solidez”

y “blindaje” oficialmente declarados de la economía nacional frente a

los choques externos, creo que nadie en su sano juicio (y sin necesidad política de vender mundos color de rosa) se atrevería a afirmar que la falta de una resolución aceptable para el techo de endeudamiento de la

economía estadounidense y, como consecuencia, su posible desplome (o al menos el del dólar), o la incertidumbre no resuelta de un posible contagio de las crisis de algunas de las economías menores de Europa (Portugal, Grecia) a los mayores de dicha región (Alemania), no gol- pearían a la economía mundial lo suficiente como para poner en jaque

a la economía mexicana. Pero analizar los posibles futuros del entorno

económico internacional requiere de un espacio mayor del aquí dispo- nible. Con todo, a modo de compactísimo resumen, vale destacar que en las próximas dos décadas el entorno internacional probablemente será de cambios importantes, de complejidad creciente, con un mayor

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Antonio Alonso Concheiro

grado de incertidumbre acerca del futuro mismo y sobre el impacto de nuestras intervenciones, y con grandes presiones de competencia. Todo ello en un marco en el que la sustentabilidad se verá amenazada cada vez más (sin poder descartar crisis del agua, un cambio climático por el calentamiento global, crisis alimentarias, etcétera).

Política

Los cambios de las dos últimas décadas en el sistema político nacional fueron también profundos. Cuando nació POLIS el país acababa de pa- sar por unas elecciones presidenciales (en 1988) controvertidas, después de las cuales Carlos Salinas de Gortari fue declarado presidente electo. Por primera vez desde al menos los años cincuenta, la posibilidad de que el Partido Revolucionario Institucional (pri) perdiera las elecciones presi- denciales había parecido real y cercana; incluso hay quienes afirman que, de hecho, las perdió frente a Cuauhtémoc Cárdenas. Pero ello no se con- sumó (al menos no en las cifras oficiales); así, en 1990, tal como había sido desde hacía tres cuartos de siglo, México seguía siendo gobernado en el ámbito federal por el pri, tanto desde el Ejecutivo como desde el Legislativo, donde tenía mayoría absoluta en ambas cámaras. Y también en el ámbito estatal: en 1990 el pri gobernaba en todos los estados de la República, con excepción de Baja California, la primera entidad en la que fue derrotado en las elecciones gubernamentales por un partido de la oposición (el Partido Acción Nacional, pan), lo que había ocurrido apenas un año antes, en 1989. Veinte años más tarde el pri ha perdido la Presidencia de la República en dos ocasiones consecutivas, quedando su candidato en tercer lugar en las últimas. Luego de haber sido la tercera fuerza política en la Cámara de Diputados y la segunda en el Senado en la LX Legislatura, 2006-2009 (en 1997 había perdido la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados por primera vez), recuperó la mayoría (no ab- soluta) en esa cámara, pero se mantiene como la segunda fuerza en la de Senadores. Hoy gobierna con un candidato propio (ganador sin alianzas partidistas) solo en seis estados de la República, y en otros 12 de manera compartida como producto de diversas alianzas. En la primera mitad de la década de los noventa el país se vio sacudido por varios acontecimientos políticos de gran magnitud. En mayo de 1993

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

aeropuerto de Guadalajara, sin que a la fecha se haya resuelto el crimen. En 1994, justo en la fecha de la entrada en vigor del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, el primero de enero sorpresivamente estalló el levantamiento indígena zapatista armado (precariamente) en Chiapas. En marzo de ese año fue asesinado Luis Donaldo Colosio, can- didato oficial del pri a la Presidencia de la República, lo que trastocaría los procesos establecidos de sucesión presidencial del partido entonces en el poder. Poco más tarde, en septiembre, fue asesinado también, José Francisco Ruiz Massieu (quien había sido secretario general del pri y era exesposo de una hermana del presidente Carlos Salinas de Gortari), sien- do diputado electo y hermano del entonces subprocurador general de justicia, Mario Ruiz Massieu (quien aparentemente se suicidó en Estados Unidos, en 1999). Estos hechos sacudieron al mundo político nacional. Aunque el pri, gracias a su maquinaria electoral, ganó las elecciones pre- sidenciales de 1994 con un candidato construido al vapor y que no se distinguía por su carisma popular, el desarreglo interno y su creciente debilidad eran ya manifiestas. Así, en el año 2000, en el último año de un siglo en el que el poder nacional había sido de su propiedad exclusi- va, el pri tuvo que entregar la banda presidencial al candidato del pan. Las más recientes elecciones presidenciales, de 2006, fueron todavía más controvertidas que las de 1998, aunque ninguno de los dos protagonistas principales de la disputa a que dieron lugar era del pri. La legitimidad de los árbitros electorales y de los resultados fue puesta en duda y el país quedó polarizado. Se consumó la transición del sistema político nacional de uno de un partido a otro de tres grandes y una colección de pequeños. En las elecciones para gobernadores no solo fue cambiando el color de los partidos en el poder, sino que el margen de votos entre los ganadores de las elecciones locales y los ocupantes del segundo lugar se fue estrechando. La frecuencia de las elecciones impugnadas creció y la importancia de los tribunales electorales aumentó. Más allá de lo anterior, no hay duda de que en las últimas dos décadas el sistema político nacional se transformó de manera trascendental en muchos otros aspectos. El sistema presidencialista en que el titular del Ejecutivo concentraba el poder de manera casi absoluta en una dicta- blanda (como presidente, jefe del partido, gran elector, cacique supremo, coordinador de las cámaras de diputados y senadores, distribuidor de car- gos y prebendas, etcétera), dejó de ser. La separación de poderes entre el Ejecutivo, el Legislativo y el Judicial cobró vigencia, y acotó la capacidad

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Antonio Alonso Concheiro

de maniobra presidencial; los poderes metaconstitucionales asociados con

la banda presidencial se fueron perdiendo. La frecuente queja del pasado

por la sumisión del Legislativo al Ejecutivo se transformó en otra sobre

la

falta de coordinación y la permanente lucha de poder entre el primero

y

el segundo; hoy, con frecuencia uno a otro se lanzan acusaciones de

estar impidiendo la aprobación de medidas que beneficiarían al país. Al interior del Legislativo suele también haber discrepancias que impiden

o retrasan acuerdos. Hay quienes piensan que el número de diputados y

senadores, pero particularmente el primero, es excesivo y que los legisla-

dores de representación proporcional ya no tienen sentido. Por otra parte, con los procesos de descentralización, los gobernadores tomaron distan- cia del poder central y se convirtieron en actores políticos importantes, reproduciendo a escala local el sistema absolutista federal del pasado. Si hace 20 años era impensable que los candidatos presidenciables del par- tido en el poder no salieran del gabinete del Ejecutivo, hoy, para aspirar

a ser presidenciable en cualquiera de los partidos aparentemente resulta

más valioso como activo ser o haber sido gobernador. En todo caso, la designación desde el centro de candidatos a puestos locales de elección popular enfrenta hoy, a diferencia del pasado, grandes resistencias. La democracia mexicana abierta, que durante años fue una quimera a la que atribuíamos un supuesto poder curativo de todos los males nacionales, terminó siendo una ramera muy costosa. Su chaperón, el Instituto Fede- ral Electoral, concebido como órgano supervisor independiente, terminó siendo instrumento partidista. Al final, las frecuentes disputas electorales que llegan a tribunales hacen que los ganadores sean elegidos, no por los votantes, sino por un puñado de magistrados, que ni siquiera ocupan sus puestos por elección popular. En 1990 el sistema político todavía mostraba cierta disciplina par-

tidista. Los aspirantes a algún cargo político aún se formaban en gran parte en la fila de su partido, en espera de ser seleccionados por las estructuras nacionales o el Gran Elector. Es cierto que las elecciones de 1988 habían roto con parte de la disciplina (en el Partido de la Revo- lución Democrática se había formado ya una fila alternativa para los priistas que no percibían un futuro promisorio dentro del pri). Pero quienes habían perturbado el orden quedaban fuera sin posibilidades aparentes de retornar como hijos pródigos. La izquierda todavía era un remedo razonable de la izquierda, el centro revolucionario seguía sien-

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

apenas empezaba a despertar como actor de los procesos políticos, y a nombre de ella se gobernaba para los de siempre. Veinte años después, los tres partidos más importantes del país mues- tran desarreglos importantes, resultado de pugnas internas por el poder. Con mucha mayor frecuencia de la deseada, los candidatos a puestos de elección popular saltan de un partido a otro sin remordimiento alguno, con tal de colocarse en el primer lugar de los aspirantes a un puesto dado; los hay que han recorrido ya prácticamente toda la gama partidista. Los partidos los acogen si estiman que el posicionamiento de estos personajes entre el electorado les da alguna ventaja sobre los posibles candidatos de su propio partido. Así, los políticos cambian de chaqueta a convenien- cia y buscan votos en contiendas en las que se vale todo (hasta el fuego amigo), excepto quizá las propuestas positivas y serias (plausibles) para darle rumbo y crearle un mejor traje de futuro al país. Todavía más, los partidos de supuestas ideologías encontradas están dispuestos a jugar con la idea de firmar alianzas electorales perversas con tal de derrotar al terce- ro en discordia. Las diferencias en los paradigmas y programas de acción o la consistencia entre el dogma y la praxis parecen ser lo de menos. La alternancia en el poder es incluso a veces difícil de reconocer; cambia el partido ganador pero con un candidato que poco antes pertenecía a uno de los partidos perdedores. La política se ha convertido, así, abiertamente, en una búsqueda del poder por el poder, en la que lo único que importa parece ser conseguirlo. Como resultado –de ello y de otros factores– el grado de desconfianza y descontento de los ciudadanos (que afortunada- mente poco a poco parece que han venido cobrando mayor conciencia política) frente a los partidos es elevado y creciente. Si bien en los 20 años transcurridos desde 1990 hubo cambios im- portantes en el sistema político nacional, parece haber también algunas constantes políticas (claro está, seguramente con algunas excepciones):

los gobernantes siguen tan desentendidos como siempre de las opiniones, aspiraciones y demandas populares de sus gobernados. El hartazgo de los ciudadanos con el partido en el poder simplemente se hizo extensivo a todos los partidos. Los políticos siguen siendo tan zánganos y tan cen- trados en su conveniencia personal como antaño. Los poderes fácticos, los poderosos intereses económicos, siguen acotando lo que es posible y lo que no. Lo que ha cambiado es la composición y peso al interior de dichos poderes, agregándose algunos –como los narcotraficantes–, per- maneciendo otros –como los medios de comunicación, en particular las

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televisoras–, y cambiando de nacionalidad otros más –como la banca–,

pero no las aspiraciones de poder de todos ellos. La búsqueda del poder por el poder sigue intacta, con la única salvedad de que si antes el poder se entendía como la capacidad para hacer lo que se quería, ahora se entiende como la capacidad para impedir que otros hagan lo que quieren. Para el futuro queda abierta la posibilidad de una reforma política profunda. Porciones de ella, quizá las menos profundas, forman ya parte de la agenda política (la segunda vuelta en las elecciones, la eliminación

o reducción del número de legisladores plurinominales, la aprobación

de los miembros del gabinete por parte de Legislativo, entre otras) y algunas, como la reelección de los legisladores y las candidaturas inde- pendientes, parecen haber sido ya negociadas con éxito entre los actores políticos. Otras, como la posible adopción de un sistema parlamentario,

se ven lejanas. En todo caso, como quienes deberán aprobar la reforma

serán los propios políticos que operan al sistema actual, parece difícil que la reforma incluya cambios que vayan en contra de sus intereses. Lo realmente importante sería que los actores del sistema político ad- quirieran una actitud de servicio público y de atención al bien común; pero como ello seguramente es pedirle peras al olmo, quizá tendremos que conformarnos con preguntar si será o no posible una refundación política de la República que incluya mecanismos formales reales de par- ticipación de la sociedad civil en la toma de decisiones y que acote la sinvergüenza de los actores políticos. De cualquier forma, creo que sería sensato que, aun pensando en que los vientos le fuesen del todo favo- rables a nuestra democracia, abandonáramos la idea de que eso sería la fórmula mágica, la bala de plata que corregiría todos nuestros males. Sin duda ayudaría, pero tenemos problemas estructurales que requieren algo más. Nuestra democracia, llena de adjetivos (e improperios), aun-

que le pese a Enrique Krauze, no puede con el paquete.

Sociedad

La sociedad mexicana también tuvo su dosis de cambio en las últimas dos décadas. En términos generales, quizá no sea exagerado afirmar que

el tejido familiar y social del país se ha visto distendido de manera im-

portante y, en algunos sentidos, empieza a deshebrarse. La estructura

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

cional. Por una parte, el tamaño medio de las familias mexicanas se redujo como consecuencia de la disminución en la tasa de fecundidad. Una contracción en la proporción de familias extendidas y una ma-

yor participación de las familias nucleares en el total han contribuido

a reducir el sentimiento de participación familiar y la capacidad de las

redes familiares de atender a sus miembros, en particular a los viejos

y los enfermos. Por otra parte, la creciente tasa de participación de la

mujer en el mercado de trabajo (que hoy supera ya el 50%), empujada por las condiciones económicas y la insuficiencia de ingresos familiares, se agrega a lo anterior e impone obligadamente una menor atención al tejido familiar. Con seguridad esto se acentuará en el futuro (de conti- nuar las tendencias es probable que dentro de 30 años la tasa de parti- cipación en la población económicamente activa de las mujeres iguale

a la de los hombres), con consecuencias todavía no evaluadas. A ello se

añade el que un porcentaje cada vez mayor de los hogares del país son encabezados por mujeres (15% de ellos en 1990, casi 25% en 2010 y probablemente más de la tercera parte en 2030), siendo una buena par- te de ellos uniparentales. La carga familiar y laboral simultánea para las mujeres mexicanas se está volviendo cada vez más pesada. Para agravar las cosas, a trabajos y responsabilidades iguales, los salarios de las mu- jeres son inferiores a los de los hombres, y todavía existen limitaciones importantes para que las mujeres puedan progresar en su carrera laboral con igualdad frente a ellos. A pesar de los avances habidos en materia de igualdad de género durante los últimos 20 años, México sigue siendo un país machista, que en muchos rubros y sectores parece seguir monta- do en el pasado. Como en muchos otros asuntos, los avances en papel se cumplen apenas a medias en la vida real (como botón de muestra baste la desatención de los partidos políticos en la proporción acordada para

las mujeres en las candidaturas a cargos de representación popular). Todo lo anterior será importante para el futuro nacional, en particular porque la mujeres han tenido tradicionalmente la responsabilidad de la transmisión de los valores sociales; su menor tiempo de presencia fami- liar está dejando un hueco en esta función que, salvo por excepción, no está siendo llenado por los hombres y sí, en cambio, por los medios de comunicación masiva, en particular la televisión, donde los valores que imperan no son, por cierto, los más deseables. A lo anterior se agregan otras tendencias importantes para la es- tructura familiar. Por una parte, en los últimos 20 años la edad de la

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Antonio Alonso Concheiro

mujer en la primera unión ha aumentado (y probablemente seguirá aumentando durante los próximos 20) y los porcentajes de casados y solteros perdieron cada uno cinco puntos porcentuales, mientras que el de aquellos en unión libre ganó siete puntos porcentuales y el de los separados o divorciados ganó más de tres; en otras palabras, las familias se forman más tarde y la estabilidad familiar se debilita gradualmente. La educación de los mexicanos se plantea hoy como clave para el futuro del país y como uno de los grandes retos en espera de solución. La población nacional tiene hoy una escolaridad media (8.6 años) dos años mayor que en 1990, la tasa de analfabetismo (6.9%) es la mitad que hace 20 años, y la población de 15 a 24 años que asiste a la escuela (40.4%) es 10% mayor que hace dos décadas. En términos cuantitati- vos, pues, la educación de los mexicanos es hoy mayor que la de 1990. Pero los avances cuantitativos señalados son solo parte de la película. El resto de ella muestra que la educación recibida no es buena. Las medi- ciones disponibles, nacionales e internacionales, sobre el estado cultural de los alumnos mexicanos no son nada halagüeñas. Una parte impor- tante de los alumnos de secundaria son incapaces de señalar que México se encuentra en Norteamérica; que Sonora, Sinaloa y Tamaulipas tienen costa, o que Monterrey es el mayor centro industrial del norte del país. Nuestro sistema escolar no parece ser apto para reducir nuestra igno- rancia en la medida esperable. Tampoco parece serlo para conseguir que podamos aplicar los conocimientos adquiridos en la solución de pro- blemas. Ello es grave, repito, más cuando la sociedad de la información se ha transformado ya, para los países desarrollados, en la sociedad del conocimiento. La educación nacional sigue estando centrada en la en- señanza (los maestros) más que en el aprendizaje (los alumnos), y caben todas las dudas sobre su pertinencia. Por ello resulta todavía más dolo- roso descubrir que un porcentaje importante de los maestros tampoco tienen los conocimientos que se supone deben transmitir. En un escenario tendencial, dentro de 20 años probablemente la escolaridad media de los mexicanos habrá crecido dos o tres años más, la población de 15 a 24 años que asistirá a la escuela posiblemente será de 10 a 15% más que hoy, y la cobertura del bachillerato completo prácticamente será universal, la de educación superior quizá cercana al doble de la actual, y la de posgrado (maestría y doctorado) ligeramente mayor a la de hoy. Todo esto sin duda sería positivo, y quizá todavía

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

cación. Pero con todo, ello no será garantía de que constituyamos una población mucho más educada. Los mexicanos leemos muy poco y la acelerada acumulación de conocimientos hace rápidamente obsoletos a aquellos que se adquirieron durante el lapso de escolarización formal. Dados los avances cuantitativos habidos y la disminución en la tasa de crecimiento demográfico, la preocupación cuantitativa por aumentar la cobertura será en las próximas dos décadas menor que en las dos anterio- res; habrá así, por lo menos, mayor espacio para pensar en cómo elevar la calidad de la educación. De hecho, el tema de la calidad de la educación empezó a ser preocupación institucional en México desde hace más de una década: en 1994 se creó el Centro Nacional para la Evaluación de la Educación Superior, en 2000 México participó en el primer ejercicio de evaluación del Programa para la Evaluación Internacional de Alumnos, y en 2002 se creó el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación. Pero el camino por recorrer todavía es largo. Para empezar habría que comprender mejor qué es una educación de buena calidad. Las medicio- nes estándar de calidad educativa son casi en su totalidad (dentro y fuera de México) mediciones de salida (los egresados) y de dotación de infraes- tructura. Pero si la educación es principalmente un cambio en el estado cultural de las personas, la medición de la calidad tiene que medir dicho

cambio y no sólo el resultado final (un sistema educativo al que ingresaran ingenieros consumados y del que egresaran aprendices de ingeniero sería de pésima calidad, independientemente de qué tan buenos fueran los aprendices de ingeniería egresados y de la infraestructura disponible en el sistema). Hoy el paradigma educativo del país requiere cambios profun- dos e innovaciones radicales. Los cambios y ajustes menores conducirán

a avances menores; lo que se requiere, y con urgencia, es una verdadera

revolución. Que esta pueda o no darse dentro de los próximos 20 años dependerá en buena parte de la actitud y disposición del Sindicato Nacio- nal de Trabajadores de la Educación, al que más de uno le atribuye ser un poderoso freno al cambio, y de si el gobierno y la sociedad le permiten a este seguir siendo lo que es. La privatización de la educación, proceso en marcha sobre todo en algunos niveles, como el de la educación superior, agrega interrogantes a los futuros educativos del país, como también lo

hacen los desarrollos en las tecnologías de la información y las comunica- ciones que prometen posibilidades de una educación a distancia ubicua y

a la vez amenazan con una globalización de las opciones educativas y una mercantilización creciente de la educación.

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Antonio Alonso Concheiro

Entre las preocupaciones sociales del México del mañana habrá que agregar la correspondiente al futuro de la seguridad social. Los impul- sores de cambio, con la retirada del Estado benefactor, parecen indicar que en el futuro la seguridad “social” podría ser un asunto más indi- vidual que gubernamental. El Sistema de Ahorro para el Retiro y el crecimiento de los seguros individuales o colectivos para la salud, in- cluido el Seguro Popular, parecen formar parte de esta tendencia. Hasta ahora, en México la seguridad social ha estado atada al mercado laboral; las prestaciones correspondientes se adquieren junto con un empleo en la economía formal. Y dada la insuficiencia de esta última y el creci- miento de la informalidad laboral, con todo y los avances pregonados por las diversas administraciones federales, en 2008 el Banco Mundial estimaba que seis de cada 10 mexicanos en edad de trabajar no tenía acceso a la seguridad social. Lo cierto es que los pobres tienen hoy más dificultades que hace 15 años, cuando el país inició su inserción al área de libre comercio de América del Norte, para insertarse en el mercado de trabajo formal, y por tanto para hacerse beneficiarios de la seguridad social. Por otra parte, el deterioro financiero del Instituto Mexicano del Seguro Social (imss) lo ha puesto en una situación de quiebra. Para evi- tarla se requerirán cambios fundamentales en la institución, y muchos recursos económicos que no está claro de dónde podrían provenir. De hecho, en las pasadas dos décadas la capacidad del imss ha tenido un deterioro continuo que no será sostenible en las próximas dos. Con la actual estructura organizacional y legal, los cambios requeridos se ven difíciles. La reforma completa del sistema de seguridad social del país, por más que sea necesaria, tampoco parece fácil. En los últimos 20 años el cambio social del país parece haber empe- zado a afectar también a las convicciones más profundas de los mexica- nos. En 1990, 89.7% de la población nacional de cinco o más años se declaraba católica (muchos dirán que la etiqueta debería ser más bien la de guadalupanos, y que entre la declaración de serlo y serlo en la realidad hay una brecha); 20 años después el porcentaje había descendido a 83.9% (ganando peso los protestantes y evangélicos, 7.6%, y quienes no profesan religión alguna, 4.6%). El descenso de seis puntos porcentuales de los ca- tólicos en 20 años no parece mucho. Pero si nos atenemos a lo que dicen los modelos logísticos de competencia, esos seis puntos habrán sido los más difíciles de perder, por lo que en el año 2030 la población no católica

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

descatolización del país parece extenderse desde el sur (donde la pérdida de feligreses católicos ha sido más pronunciada) hacia el norte, agregando a las diferencias en el grado desarrollo humano y de marginación y pobreza entre una y otra región un factor adicional de diferenciación (y conflicto potencial). No está claro cuáles podrían ser las implicaciones futuras de un México más o menos católico, aunque no son escasos los estudios que apuntan a que la religión condiciona, por ejemplo, la ética laboral, la actitud empresarial, la inclinación hacia la innovación, etcétera, y en términos no favorables para los valores católicos. Hoy, a diferencia de hace 20 años, es obligado incluir entre los cla- vos del zapato nacional que contribuyen a la desintegración social a las adicciones, el crimen organizado, la violencia y la inseguridad. México ha empezado a convertirse de un país productor y de paso de las drogas hacia el vecino del norte, a un país consumidor de las mismas. Cerca de 70% de los mexicanos mayores de 18 años consumen bebidas alcohó- licas, una droga legal, y alrededor de tres millones presentan problemas de alcoholismo (10% de ellos mujeres y, otro tanto, menores de edad). Adicionalmente, el alcohol (junto con el tabaco) es una droga de inicio que propicia el consumo de drogas ilegales. Cerca de 3.5 millones de mexicanos reconocen haber consumido drogas ilegales por lo menos una vez (poco más del 6% de ellos son menores de edad) y al menos unos 600 000 consumen ya dichas drogas de manera frecuente. Dentro de 20 años posiblemente seis millones de mexicanos habrán consumido drogas ilegales al menos una vez y cerca de un millón y medio podría consumir- las de manera frecuente. Las drogas mismas han vivido un proceso de transformación, en el que las sustancias sintéticas (químicas, como crack, ice, piedra, anfetaminas, etcétera) han cobrado mayor peso; estas últimas son más baratas y, en cierto sentido, tienen consecuencias más dañinas para la salud. Quizá el crecimiento en el consumo de drogas a edades cada vez más tempranas esté relacionado con los cambios en los valores, donde la velocidad de las transformaciones y la creciente incertidumbre nos empujan a preferir la retribución inmediata, descontando al futuro de manera tan atroz que el mañana prácticamente deja de tener valor. El esfuerzo sostenido para alcanzar una satisfacción sana en el futuro es hoy fácilmente superado por la retribución inmediata, aunque esta sea pro- fundamente dañina y cancele nuestro futuro de largo plazo. Cada vez parece más evidente que el uso de la fuerza del Estado como eje central del combate al crimen organizado no está dando resultados;

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Antonio Alonso Concheiro

parte de la sociedad civil parece haberlo entendido así. Resulta difícil creer que dicha estrategia podría dar los resultados deseados cuando, entre otros, existe un número importante de mexicanos en pobreza ex- trema y un verdadero ejército de jóvenes etiquetados como los ninis (ni estudian ni trabajan) que son reclutas relativamente fáciles de las bandas criminales, cuando el crimen organizado se ha infiltrado en al menos parte de la estructura policial que debe combatirlo, y cuando la impuni- dad y la desigual aplicación de la ley son rasgos característico de nuestro sistema judicial. No se trata de discutir si el Estado debe o no enfrentar a dichas bandas haciendo uso de su monopolio de la fuerza (que hoy ya no lo es), sino de reflexionar sobre cuál es la manera más efectiva y de menor costo económico y social para hacerlo. La acción policial y militar sin una política social eficaz parece conducir a un callejón sin salida; a una disputa por el territorio nacional entre bandas y policías y militares. El futuro desenlace de la lucha contra el crimen organizado está, así, lleno de incertidumbres, pero merece al menos experimentar nuevos caminos. Por lo pronto, sin un cambio en la orientación de las políticas públicas, más dirigido a la mitigación de los factores determi- nantes de la criminalidad, las próximas dos décadas podrían ser no solo más de lo mismo, sino escenario de cosas peores. Entre lo que ha variado poco en México en los últimos años está la situación del Estado de derecho. México es en el papel un país de leyes; en muchos casos su legislación es de “avanzada”. El problema reside en la falta de aplicación irrestricta y pareja de las mismas. El problema es pro- fundo. No se trata solo, aunque lo abarca, de una aplicación diferenciada de la ley de acuerdo con la clase social a la que se pertenece o los ingresos que se tienen, lo que ya de por sí resulta escandaloso. Las autoridades del país, lo mismo del Ejecutivo que del Legislativo o el Judicial, incumplen con la ley, con frecuencia de manera impune. Unas veces por intereses políticos, otras por beneficios personales, y algunas más por incapacidad. Las leyes “son interpretadas” a conveniencia y el que tiene más saliva traga más pinole. México es hoy quizá tanto o más corrupto que hace 20 años. Tal vez el mundo entero lo sea y lo que ocurre en México es solo la ma- nifestación local de una tendencia mundial. En 1983 se creó la entonces llamada Secretaría de la Contraloría General de la Federación, más tarde (1994) convertida en Secretaría de Contraloría y Desarrollo Administrati- vo, y hoy (desde 2003) Secretaría de la Función Pública, como organismo

Los futuros de México: encrucijada y clavos en el zapato

de tal estructura de control es, por decir lo menos, dudoso. Quizá es por eso que durante la crisis del 2009, en aras de un ahorro para las finanzas públicas, el propio presidente pensó en la desaparición de esa secretaría. En la asignación de recursos públicos probablemente el resultado más im- portante de contar con dicha estructura ha sido un encarecimiento de la corrupción. Las mediciones del fenómeno por parte de organismos como Transparencia Nacional cuantifican parte de la corrupción al menudeo (las mordidas que los ciudadanos pagan para obtener los servicios que deberían cubrir sus impuestos o para no ser acreedores a las sanciones por cometer faltas menores). Los grandes negocios de la corrupción al ma- yoreo quedan fuera de toda medición. Hoy todos somos la corrupción. Sin una refundación moral del país, que no sabemos si puede o debe ser de abajo hacia arriba o de arriba hacia abajo, dentro de 20 años México seguramente seguirá siendo un país de leyes “asegún” y de corrupción. Afortunadamente hoy, a diferencia de hace 20 años, en México pa- rece estar surgiendo una sociedad civil del país algo más consciente y más despierta. El número de organizaciones no gubernamentales ha aumentado de manera significativa en las últimas dos décadas y el nú- mero de quienes participan en ellas es creciente. Son todavía, en gran medida, grupos con agendas específicas y desagregadas, sin conexión entre sí. La falta de una visión amplia hace que se mantengan desarti- culados unos de otros y sin una agenda común. Así, su grado de orga- nización y su disposición a actuar están todavía lejos de convertirlas en uno de los principales actores del país, pero por lo menos muestran una capacidad creciente de vigilancia activa y de interés para intervenir en los procesos de cambio. Hoy todavía no existen en el país mecanismos formales para incluir de manera directa a la sociedad civil en la toma de decisiones. 4 El desarrollo de las redes virtuales seguramente ayudará a que en el futuro la capacidad de movilización de la población por fuera de las instituciones tradicionales crezca; el poder de convocatoria de las mismas será un factor a tomar en cuenta. Pero, por otra parte, dichas redes están ya permitiendo medir la condición y preferencias de la po- blación (o de segmentos de ella), con posibilidades de manipulación por parte del Estado y los poderes fácticos antes no imaginables. En la

4 En México ha habido resistencia a crear un Consejo Económico y Social nacional, como el que ya existe en muchos países (e incluso en algunos estados de la República), que, aun sin agotar las formas de participación de la sociedad civil, sí abriría un camino de expresión formal de sus deseos y preocupaciones.

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medida en que los canales tradicionales de representación formal de la sociedad sean inoperantes y las respuestas a las necesidades específicas sean insuficientes, las organizaciones sociales tendrán campo fértil para crecer y afianzarse.

Colofón

El presente de México es, sin duda, de grandes contrastes. A una parte de los mexicanos, minoritaria, seguramente les bastará con que el futuro nacional sea una mera prolongación del pasado. Pero estoy seguro de que ese no es el caso de la mayoría. Un futuro que esencialmente proyecte los últimos 20 años hacia delante para las próximas dos décadas resulta insatisfactorio. La miopía de pensar en la solución de los problemas con una visión que solo incluye al presente y al futuro de corto plazo, resulta ser conformista y el equivalente a dar palos de ciego. Este ensayo queda, por supuesto, muy corto en la tarea de imaginar los futuros nacionales. No podría haber sido de otra manera. Entre otras razones, porque la tarea

no puede ser individual; ha de ser colectiva y plural. Muchos de los juicios anotados aquí seguramente les parecerán desatinos a algunos lectores. Si

el ensayo lograse tan solo que algunos de ellos abrazaran el propósito de

pensar seriamente en el largo plazo del país, desde su punto de vista, con

sus propias percepciones, este ensayo habría logrado en mucho su propó- sito. Pero lo que México necesita es una reflexión mucho más profunda

y comprehensiva sobre lo que podría ocurrir y sería preferible que eso

ocurriera en, por lo menos, las próximas dos décadas. Existe la necesidad, existen las herramientas formales para hacerlo, pero ha faltado la volun- tad y los recursos para realizar el esfuerzo riguroso y sistemático que ello requiere. Quizá nuestro futuro sería otro si se realizara un ejercicio tal. Construir una visión alternativa para nuestra sociedad, así sea en el papel, que cree consensos y compromisos para lograrla, representaría la esperan- za. Nuestro país, como la casa del poeta español Miguel Hernández, está pintado “del color de las grandes pasiones y desgracias”. Y como él, no sobra gritar: “Dejadme la esperanza”.

Artículo recibido el 19 de septiembre de 2011 y aceptado el 28 de octubre de 2022.

POLIS 2011, vol. 7, núm. 2, pp. 41-63

México: una democracia expuesta a riesgos

Ricardo Espinoza Toledo*

En México, las marcadas desigualdades y la inequidad limitan el ejer- cicio efectivo de los derechos políticos, civiles y sociales. La falta de equidad se observa en la exclusión escolar, en la carencia de empleos formales, en los bajos ingresos, en el déficit de bienestar social y en la pobreza. Esa falta de desarrollo asociada a las deficiencias en la parti- cipación y la representación debilitan, deslegitiman y ponen en riesgo a la joven democracia mexicana. Palabras clave: desarrollo, democracia, equidad, desigualdad, de- rechos.

Introducción

E l cambio democrático en México ha significado la conquista de libertades políticas; sin embargo, también ha acentuado la preca-

riedad social de la mayoría, acelerado la desintegración de las fuentes colectivas de solidaridad y debilitado las bases de la reciente democra- cia. ¿La desigualdad es la causante de la baja participación o la escasa participación es causa de mayores desigualdades? La Comisión Económica para América Latina y el Caribe (cepal, 2000) ha sostenido que entre más desigual sea una sociedad, será menos participativa, porque la pobreza conduce a la marginalidad. En esas cir- cunstancias, los pobres no participan libremente en la vida económica, ni en la social, ni en la política; es decir, no tienen posibilidades de influir decisivamente para superar su situación de pobreza (Jaguaribe, 1993; Prats, 2000). Ese problema, sin embargo, no es unilateral, por-

* Profesor-investigador de tiempo completo de la licenciatura en Ciencia Política y la maes- tría y doctorado en Procesos Políticos de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iz- tapalapa. Doctor en Ciencia Política por la Universidad París I-Sorbona. Miembro del Sistema Nacional de Investigadores. Correo electrónico: <etr@xanum.uam.mx>.

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que la desigualdad puede ser la causante de la poca participación y, por su lado, la baja participación puede ser el origen de mayores desigual- dades. Las desigualdades sociales son concebidas como expresiones de las asimetrías del poder; el poder se refiere a la distribución y posesión de lo que Rawls (2000) llama bienes sociales primarios, esto es, acceso a servicios básicos, como salud, educación, trabajo y protección social. Así, la democracia es también un sistema creador de ciudadanía en el sentido que debe servir para que la inmensa mayoría disfrute todos los servicios como ejercicio efectivo de sus derechos (pnud, 2010). Se argumentará, con razón, que esta concepción se aleja de los ar- gumentos clásicos de la democracia. En efecto, en las democracias occi- dentales consolidadas el individuo con derechos sociales y civiles existe antes de la extensión universalista de la ciudadanía política. Esta misma concepción fue elaborada y progresivamente implantada, al ritmo de la expansión del Estado moderno, como una doctrina legal que atribuyó condiciones de agentes a los individuos:

Tras una larga y compleja trayectoria histórica, en los países iniciadores –en general y no sin abruptas interrupciones– ocurrió la extensión bastan- te amplia de una (mayoritariamente masculina) ciudadanía civil, basada en la atribución legal de agencia en esta esfera. Esta fue la base, legal y sociológica, de un desarrollo posterior, la democracia política, centrada en la ciudadanía política. Esta a su vez se basó en una concepción de agencia ya desarrollada en esos países en el terreno de los derechos civiles (O´Donnell, Lazzeta y Vargas, 2003: 64).

En contraste con esos países, en la mayor parte de América Latina, comprendido México, los derechos políticos fueron obtenidos, o han sido recuperados recientemente, antes de completarse la generalización de los derechos civiles. En nuestros países, la penetración y efectividad de la legalidad estatal ha sido a intervalos y socialmente limitada. Ade- más, en varios de estos países, incluso bajo gobiernos democráticamente electos, las regiones desprotegidas por la legalidad estatal no han dismi- nuido y los derechos civiles han, incluso, retrocedido (pnud, 2004). 1

1 Esta obra incluye a un variado grupo de especialistas que hacen una enriquecedora y ori-

42 ginal reflexión acerca de los contenidos de la democracia en América Latina.

México: una democracia expuesta a riesgos

En este texto abordamos la relación desigualdad-democracia en

México. Progresivamente analizamos: a) cómo la democracia se legitima en el progreso; b) la exclusión que se observa en el sistema educativo;

c) un país de jóvenes sin empleo; d) en el que la pobreza se incrementa

y e) el ingreso de las familias cae; f) con un deficiente bienestar social;

g) cuyo problema central es la falta de equidad; h) con mecanismos dé-

biles de rendición de cuentas así como i) el bajo aprecio ciudadano por

las instituciones de la democracia.

La democracia se legitima en el progreso

Como la política es importante para las instituciones y las instituciones son importantes para el desarrollo, la política importa para el desarrollo (Valverde Viesca y Salas-Porras, 2005). 2 Las instituciones relacionadas con la economía de mercado están necesariamente inmersas en un con- junto de instituciones políticas ajenas a esa economía. Para contar con instituciones eficientes relacionadas con la economía de mercado pa- reciera necesario disponer de instituciones políticas democráticas que permitan garantizar la creación de normas justas que se apliquen de manera equitativa y sistemática (Rodrik, 2000: 13; bid-idea, 2003). De ahí la unidad de las políticas democráticas, económicas y socia- les, debido a que la eficiencia económica requiere de un gobierno que garantice el cumplimiento de los derechos individuales y promueva un entorno de respeto y justicia:

Hoy disponemos […] de evidencias empíricas que abonan una correlación positiva entre desarrollo institucional y crecimiento económico. Tomando como indicadores de desarrollo institucional la garantía y asignación de los derechos de propiedad, la garantía de cumplimiento de los contratos, la existencia y fiabilidad de mecanismos de solución de disputas incluido el poder judicial, la vigencia efectiva del sistema de mérito y el grado de co- rrupción existente, se evidencia una correlación positiva entre estos indica- dores y las mayores tasas de crecimiento de los países (Prats, 2000: 19).

2 En el libro coordinado por Valverde Viesca y Salas-Porras se presentan diversas perspec- tivas sobre el desarrollo.

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Así, democracia y desarrollo se complementan y fortalecen mutua- mente y, a la inversa, su divorcio puede conducir a la inviabilidad de ambos (pnud, 2010). Su conjunción posibilita su permanencia debido a que la democracia se consolida con medidas económicas y sociales que propician el desarrollo, y viceversa: el desarrollo requiere de la legitimi- dad que solo otorga la participación democrática (Mirón, 2005). Adam Przeworski (1995) sostiene que entre las condiciones para que un país sea democrático se encuentran, además de las instituciones democráticas, crecimiento, descenso de la desigualdad e instituciones parlamentarias. De acuerdo con este autor, el grado de desarrollo eco- nómico de un país tiene un efecto casi decisivo sobre las probabilidades de supervivencia de su democracia. Las democracias pobres, con ingre- so per cápita bajo, son extremadamente frágiles (Sirvent, 2005). En el pasado mexicano reciente, las crisis económicas recurrentes cancelaron las oportunidades de mayor bienestar social. Luego de la crisis económica de 1994-1995 y hasta 2008, el país logró la estabilidad macroeconómica. La crisis financiera internacional que estalló en 2008 afectó duramente a México debido a la caída de las exportaciones y de la actividad manufacturera, el aumento del desempleo (el desempleo abierto llegó a 5% a inicios de 2009), la caída de los precios interna- cionales del petróleo y la devaluación del peso. Diversos programas de combate a la pobreza, acompañados de más de una década de esta- bilidad macroeconómica, dieron lugar a su disminución parcial desde 1994. Pese a este logro, “la reducción de la pobreza entre 1996 y 2005 solo ha permitido restablecer los niveles de pobreza prevalecientes hasta antes de la crisis económica de 1995” (pef, 2007: 144). Después, entre 2006 y 2008, la pobreza volvió a aumentar, hasta alcanzar cifras nunca antes vistas: la pobreza se extendió a más sectores de la población. Las nuevas democracias, como la nuestra, se enfrentan a varios retos simultáneos. Por un lado, tienen la necesidad de consolidar las nuevas instituciones políticas; por otro, deben impulsar las reformas que eviten el colapso económico y recuperen el crecimiento económico y la distri- bución del ingreso. Estas medidas pueden entrar en conflicto y detener la consolidación democrática (Sirvent, 2005). De ser así, democracia y ausencia de desarrollo acaban siendo incompatibles. A pesar de que en América Latina la democratización estuvo conectada con la instrumen- tación de reformas políticas y económicas liberales, no han disminuido

México: una democracia expuesta a riesgos

cluido que es necesario reorientar los patrones regionales de desarrollo en torno a un eje principal: la equidad, es decir, la reducción de la des- igualdad social en sus múltiples manifestaciones, especialmente cuando se trata de los países con mayores niveles de desigualdad del mundo. Eso debe ir acompañado de esfuerzos efectivos por construir tejidos sociales que permitan gestar sociedades más integradas, en el entendido de que esa construcción solo puede realizarse en el marco de sociedades más democráticas, lo que significa una ciudadanía fortalecida (Ocam- po, 2000). Vista de esa manera, la democracia es para el progreso. Se le concibe como un método de organización del poder y la sociedad para que sus habitantes progresen en la realización efectiva de sus derechos, enten- diendo el paso de lo nominal a lo real como la creación de ciudadanía. La calidad de la democracia, a su vez, está directamente vinculada con su capacidad para generar ciudadanía. Y la ciudadanía consiste precisa- mente en hacer efectivos los derechos individuales (pnud, 2010). Con base en lo anterior, la democracia no se limita a procesos elec- torales transparentes, regulares y limpios, sino que va más allá: es una forma de organizar el poder para ampliar la ciudadanía en sus tres di- mensiones (política, civil y social) y evitar o limitar la dominación de unos individuos o grupos sobre los demás. Así, se define por su origen, su ejercicio y su finalidad: su origen, la soberanía popular como fuente del poder; su ejercicio se da a través de las instituciones republicanas de gobierno, normado en el Estado democrático de derecho, y su finalidad es garantizar, materializar y extender los derechos ciudadanos en las tres esferas básicas de la ciudadanía (pnud, 2010). Las tres dimensiones de la ciudadanía son la política, la civil y la social:

La ciudadanía política refiere las formas de acceso y las condiciones de permanencia en los cargos públicos; la representación de mujeres y mi- norías étnicas; los mecanismos de toma de decisiones de gobierno (en particular en lo que respecta a las relaciones entre los poderes Ejecutivo y Legislativo), y el diseño del marco constitucional y sus procesos de reforma. En el campo de la ciudadanía civil se consideran, a su vez, la vigencia de las libertades básicas, el acceso a la justicia y el acceso a la información pública; en el de la ciudadanía social, el deficitario acceso de las mayorías a servicios de salud, educación y protección social, y la

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enorme extensión de la pobreza y la desigualdad (Marshall, 1965: 22-23; pnud, 2010: 16). 3

Cuando el propósito esencial del desarrollo es la construcción de sociedades más equitativas, se coloca en primer plano la vigencia de los derechos civiles y políticos, que garantizan la autonomía individual

frente al poder del Estado y la participación en las decisiones públicas,

y la de los derechos económicos, sociales y culturales que responden a la

igualdad, la solidaridad y la no discriminación, en tanto valores univer- sales, indivisibles e interdependientes:

Si bien los derechos civiles y políticos y los derechos económicos, sociales y culturales pueden regirse por estatutos jurídicos diversos en cuanto a su carácter, exigibilidad y mecanismos de protección, todos ellos forman par- te de una visión integral de los derechos fundamentales de las personas. De esta manera, si no se logran avances respecto de los derechos económicos, sociales y culturales, los derechos civiles y políticos […] tienden a perder sentido para los sectores con menores recursos y más bajos niveles de edu- cación e información. Pobreza y ausencia del ejercicio de la ciudadanía van muchas veces de la mano (Ocampo, 2000: 49).

Junto al método de elección de gobernantes y representantes, la de- mocracia implica una garantía para que las libertades y todos los dere- chos vinculados a ellas sean efectivamente ejercidos en una sociedad. Por eso, la creación de ciudadanía es también creación de libertades. Otorga a los ciudadanos el ejercicio de los derechos que permiten que la libertad sea realmente practicada: el derecho a elegir, a vivir una vida digna, a la seguridad, a no ser perseguido, a la educación, a un trabajo

y salario decentes, a la salud, a la protección social. La democracia ten-

drá mejores condiciones para perdurar en tanto sirva a la creación del bienestar individual y colectivo de una sociedad. Si fracasa en esa tarea, aumentará su debilidad y la probabilidad de ser reemplazada (pnud,

2010).

En ese contexto, la disfunción democrática se expresa en autorida- des políticas acusadas de actos de corrupción, en procesos y resultados

3 La clasificación de las tres esferas de la ciudadanía es de Marshall y ha sido recuperada por

46 el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (pnud).

México: una democracia expuesta a riesgos

electorales cuestionados por las fuerzas políticas de oposición y en la lucha continua del Estado por preservar el imperio de la ley contra influencias como las agrupaciones del crimen organizado, narcotrafi- cantes (bid-idea, 2003) y otros poderes fácticos. Si bien eso ocurre en México, la característica dominante en este país es, sobre todo, el déficit de derechos sociales y civiles, lo cual se traduce en la exclusión.

La exclusión tiene lugar en el sistema educativo

El acceso a la educación proporciona la mejor posibilidad de construir ámbitos más equitativos, desde los cuales superar la desigualdad en el mercado de trabajo y la participación en el poder:

La educación es una llave maestra para incidir simultáneamente sobre la equidad, el desarrollo y la ciudadanía. Es crucial para superar la reproduc- ción intergeneracional de la pobreza y la desigualdad. La educación mejora el ambiente educacional de los hogares futuros y, con ello, el rendimiento educativo de las próximas generaciones; mejora las condiciones de salud del hogar, y permite una mayor movilidad socio-ocupacional ascenden- te a quienes egresan del sistema educativo, proporcionándoles, además, herramientas esenciales de la vida moderna que eviten la marginalidad sociocultural (Ocampo, 2000: 53).

Con base en datos recuperados por el Instituto de Estudios para la Transición Democrática (ietd, 2010), hacia el año 2010, en México había más de 32 millones de alumnos. De ellos, casi 25 millones eran niños que cursaban la educación básica y representaban el 77% del to- tal. Los jóvenes en educación media superior eran 3 658 000 (11.3% de los educandos en el país) y los de educación superior cercanos a los 2 500 000 (7.6%). El número de mexicanos de entre 15 y 18 años, es decir, los que podrían estar cursando el bachillerato, ascendía a 8 392 millones. De ellos, solo 43% se encontraba incorporado a la educación media superior. Con esta tendencia, seis de cada 10 jóvenes en edad de ir al bachillerato se quedaban fuera. La cobertura en educación superior es todavía menor. De los casi 10 millones de jóvenes de entre 19 y 23 años en 2005 y hasta el año 2008 (9 692 116 personas), 25% tuvo ca- bida en la educación superior. Así, tres de cada cuatro jóvenes en edad

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universitaria no acceden a ella, esto es, 7 250 millones de jóvenes. Ese es el tamaño de la exclusión educativa que se ha acumulado en nuestro país (ietd, 2010). Aunque el sistema educativo mexicano ha alcanzado buenos niveles de cobertura en la educación primaria, existe un gran rezago en la educación, sobre todo, secundaria y superior. La baja permanencia en la educación formal, junto con altos niveles de reprobación, deserción e inasistencia escolares concentrados en las zonas más pobres tiene relación directa con la reproducción interge- neracional de la pobreza, por un lado. Por otro, existe una dinámica de devaluación educativa debido a la cual, a medida que aumentan los logros educativos promedio y se acrecientan las exigencias productivas y culturales, se requieren más años de educación formal para contar con opciones de mejor inserción productiva y mayor movilidad social. Por este motivo, la falta de continuidad afecta con mayor dureza a quie- nes abandonan tempranamente el sistema escolar. Según cálculos de la cepal, actualmente se requiere, como promedio regional, un mínimo de 10 a 11 años de educación formal y, en muchos casos, completar el ciclo medio (12 años de educación) para contar con 90% o más de pro- babilidades de no caer, o no seguir, en la pobreza. Asimismo, solo dos años menos de estudio implican un pérdida de ingresos de alrededor de 20% durante toda la vida activa (Ocampo, 2000). Es necesaria la transformación educativa para lograr la equidad, entendida como igualdad de oportunidades y compensación de dife- rencias, y el desempeño, referido a la evaluación de los rendimientos y el incentivo a la innovación (Ocampo, 2000), de los cuales sigue ale- jado nuestro país. En conferencia de prensa realizada el 29 de junio de 2011, la líder del Sindicato Nacional de Trabajadores de la Educación, profesora Elba Esther Gordillo, declaró haber pactado con el candida- to presidencial del Partido Acción Nacional en 2006, Felipe Calderón Hinojosa, para otorgarle apoyo electoral a cambio de cargos públicos para sus seguidores. Seguramente eso explica por qué el presidente Calderón no emprendió la reforma educativa y desvirtuó la promesa gubernamental de “alcanzar una educación de calidad y superar el marasmo de intereses a fin de que la educación sea la puerta grande para salir de la pobreza” (discurso del 2 de septiembre de 2009). Esa alianza se tradujo en la imposibilidad de reformar y transformar el deficiente sistema educativo mexicano. Algo igualmente grave ocurre

México: una democracia expuesta a riesgos

Un país de jóvenes sin empleo

El empleo es el principal medio de generación de ingresos del grueso de los hogares y, además, un mecanismo de integración social y realización personal (Ocampo, 2000). El desempleo y el subempleo, a su vez, obs- truyen el desarrollo. La sociedad mexicana es mayoritariamente urbana, cada vez más es- colarizada y aún joven en términos absolutos. Quienes tienen entre 16 y 30 años representan 26% de la población, mientras aquellos que tienen entre 31 y 50 años constituyen 25%. Total: más del 50% de jóvenes. Esta sociedad tiene más educación e información, pero medios de co- municación que ayudan poco a enmendar los rezagos en una cultura que privilegia los valores laicos y liberales en el terreno de los derechos de las personas y mantiene buena dosis de fanatismo e intolerancia. Entre 2006 y 2010 se observó una ampliación de 1.3 millones de per- sonas por año en la Población Económicamente Activa. Para evitar que el desempleo crezca es necesario generar ese volumen de puestos de trabajo anuales. De acuerdo con los datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, en esos cuatro años sólo se generaron 817 000 nuevos empleos con prestaciones (es decir, los que incluyen acceso a instituciones de segu- ridad social), lo que implica apenas 204 000 nuevos empleos por año. En ese sentido, México tuvo un déficit de 1.1 millones de empleos formales por año en los primeros cuatro años del gobierno de Felipe Calderón. El déficit en la creación de empleos formales en México en los últi- mos quince años se comprueba al contrastar la ampliación de los ocupa- dos (10 millones y medio de personas) con los nuevos trabajadores ase- gurados en el Instituto Mexicano del Seguro Social (imss), cuya cifra es inferior a los cuatro millones. Lo anterior significa que por cada empleo formal se ha creado un empleo y medio en el sector informal. Este ya era uno de los más graves problemas de México aun antes de que inicia- ra la crisis económica de 2008, cuyo efecto negativo agravó la situación general, al destruir altos volúmenes de empleo (más de 600 000 entre octubre de 2008 y los primeros dos trimestres de 2009, cifra que no se recuperó en el primer tercio de 2010). De esa manera, a la incapacidad para crear nueva ocupación formal se suman los efectos negativos de la crisis. México cuenta con jóvenes en edad de trabajar y producir, pero atraviesa un prolongado periodo de exclusión y carencia de empleo, con una consecuencia adicional: lo que pudo ser una oportunidad produc-

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tiva, el bono demográfico, podría transformarse en tensión social sin punto de retorno (ietd, 2010). Si se toma en cuenta que cada año se generan únicamente 204 000 nuevos empleos formales, puede ubicarse la difícil situación que enfren-

ta el bienestar de los jóvenes y los adultos. Los esfuerzos y las inversiones destinados a incrementar los logros educativos mediante la reducción de las tasas de deserción y reprobación tienen efectos positivos en tér- minos de reducir la pobreza y la desigualdad:

El efecto de la educación en este ámbito es triple: mejora el ambiente educacional de los hogares futuros y, con ello, el rendimiento educativo de las próximas generaciones; incide positivamente en la salud reproductiva e infantil y, por último, permite una mayor movilidad socioocupacional ascendente de quienes egresan del sistema educativo. A mayor nivel de educación formal, menor es la probabilidad de ser pobre o caer en la po- breza. Por otra parte, la educación es el principal expediente para superar tanto la pobreza como las causas estructurales que la reproducen: baja productividad en el trabajo, escaso acceso a las herramientas de la vida moderna, marginalidad sociocultural, mayor vulnerabilidad de las familias en el plano de la salud, y discontinuidad y bajos logros en la educación de los hijos (Ocampo, 2000: 101).

La generación de empleos permanentes, que cuenten con una ade- cuada protección social, debe convertirse en el objetivo central de las

políticas públicas. Flexibilizar la contratación laboral, como quiere la reforma promovida por priistas y panistas (2010-2011), no es una solu- ción a los problemas de demanda de empleo. Por lo demás, una política macroeconómica cuyo resultado es un crecimiento económico inestable

e insuficiente, como en México, difícilmente puede contrarrestar los efectos negativos que tiene sobre la generación de empleo.

La pobreza se incrementa y el ingreso de las familias cae

Hacia 2006, una población de 44 millones de mexicanos se encontraba en una situación que le imposibilitaba cubrir sus gastos de alimenta- ción, educación, vestido, salud, vivienda y transporte. Antes de la crisis

México: una democracia expuesta a riesgos

formática (que desde 2008 se denomina Instituto Nacional de Estadís- tica y Geografía, Inegi) informaba de una contracción en el ingreso de los hogares, de manera que más miembros del hogar deben trabajar y, aun así, el ingreso familiar es menor. Los pobladores de áreas rurales y urbanas empobrecidas, los indíge- nas y los migrantes internos tienen escaso acceso al ejercicio de sus dere- chos económicos y sociales. Se calcula en unos 30 millones las personas que carecen de estabilidad laboral y de seguridad social. De ingresos ba- jos y sin capacidad para afiliarse al Seguro Popular o para acceder a una vivienda digna, tienen además dificultades para satisfacer sus necesida- des básicas de alimentación, vestido y recreación. Para su subsistencia, muchos de ellos dependen en buena medida de los subsidios y apoyos que otorgan los programas gubernamentales de combate a la pobreza (Emmerich, 2009). Las cifras de incremento de la pobreza en el país muestran también un escenario preocupante. De acuerdo con las mediciones del Consejo Nacio- nal de Evaluación de la Política Social (Coneval, 2009), los mexicanos en pobreza alimentaria pasaron de 14.4 millones a 19.5 millones entre 2006 y 2008 (de 13.8% a 18.2%), esto es, cinco millones de pobres extremos más en sólo dos años y ello sin incluir el efecto de la crisis financiera internacio- nal de 2008. La pobreza de capacidades afectó en 2008 a 26.8 millones, por 21.7 millones en 2006 (pasó de 20.7% a 25.1% de la población). En situa- ción de pobreza patrimonial hubo 50.5 millones de mexicanos en 2008, 5.8 millones más que en 2006 (pasó de 42.6% a 47.4%). De modo que tenemos un país más desigual y también más pobre. Los datos que incor- poran los efectos de la crisis económica, indican que en 2009 se sumaron nueve millones de personas a la pobreza en América Latina, de los cuales 40% ciento corresponde a México. Así, el número de pobres mexicanos aumentó en 3.6 millones durante 2009, lo que hace un universo de 54 millones de pobres en 2010, casi exactamente la mitad de una población de 108 millones, en ese año, según el Consejo Nacional de Población (Cona- po) (ietd, 2010). En 2002-2004, un 5% de la población padecía desnutrición, por- centaje igual al registrado en 1990-1992 (World Bank, 2007). Ante esas carencias, los programas gubernamentales de combate a la pobreza han otorgado apoyos económicos destinados a alimentación, educación y salud a las familias más vulnerables como medidas de combate a la po- breza (Emmerich, 2009). Las personas voluntariamente inscritas en el

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Seguro Popular y niños afiliados al Seguro para una Nueva Generación, disponen de seguro médico, aunque no de alta calidad, al que se suman el imss y el Instituto de Seguridad Social al Servicio de los Trabajadores del Estado, carentes de equipamiento, medicamentos y de los médicos necesarios. El bienestar ciudadano es el objetivo final del sistema democráti- co, una fuente de revitalización, duración y ampliación del sistema. Existe, sin embargo, un razonable acuerdo en que por debajo de un cierto umbral carecemos de condiciones necesarias para el desenvol- vimiento democrático. La existencia de elecciones libres y transparen- tes, el respeto de la libertad y seguridad de las personas, la defensa de la libre expresión o una nutrición básica son algunos de los derechos indispensables que caracterizan el mínimo de ciudadanía que debe es- tar presente en una democracia. Un nivel de vida digno en la práctica implica la existencia de condiciones que permitan hacerlo. La igual- dad de oportunidades debe ser una finalidad de la democracia. Para realizarlos, se requiere la construcción de consensos y de mayorías po- líticas. En este sentido, la alta concentración de ingresos y poder que exhibe nuestro país es un obstáculo básico para alcanzar el bienestar ciudadano e incompatible con el objetivo de redistribución de poder, conocimiento e ingresos esenciales para la democracia de ciudadanía (pnud, 2010).

El bienestar social

La noción política de bienestar, bienestar ciudadano o sociedad de bien- estar, pone el acento en la progresiva adquisición efectiva de derechos, y es el resultado de la ampliación de la ciudadanía (pnud, 2010). Cuando existe un déficit de derechos sociales y civiles no pueden existir verda- deros ciudadanos. Un individuo que no tiene asegurados sus derechos sociales primarios, es decir, sus condiciones básicas de subsistencia, no es un ciudadano pleno porque no puede ejercer sus derechos políti- cos; como es comprensible, antes tiene que asegurar su subsistencia. En México, aproximadamente 50% de la población vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema. Eso significa que la mitad de nuestros ciudadanos no puede hacer uso pleno de sus derechos políticos, sociales

México: una democracia expuesta a riesgos

Hay suficientes razones para suponer que democracia y desigualdad son antitéticos, no pueden coexistir porque los excluidos de la econo- mía y de los logros sociales solo tienen una participación política mar- ginal o limitada (si es que tienen alguna), sin posibilidades de influir decisivamente para superar su situación de pobreza. Si, de acuerdo con el Inegi, el Coneval y el Conapo, aproximadamente la mitad de la po- blación mexicana vive en condiciones de pobreza y pobreza extrema, la nueva democracia mexicana solo puede ser una democracia débil; si los poderes Ejecutivo y Legislativo no son capaces de diseñar las políticas públicas necesarias para ofrecer oportunidades, empleo y seguridad; si además tampoco pueden combatir eficazmente las desigualdades ni la corrupción, quiere decir que el gobierno, en su acepción general, no ofrece buenos resultados. Lo realmente delicado es que en la base de esa estructura de po- der se encuentran individuos desprovistos de derechos civiles y sociales. Cuando un individuo no tiene las posibilidades de alcanzar las más elementales capacidades, tales como las de vivir una vida larga y salu- dable, ser socialmente reconocido y disfrutar de un estándar de vida decente (O’Donnell, Lazzeta y Vargas C., 2003), no hay lugar para una democracia sólida. Sin auténticos ciudadanos solo puede haber una democracia frágil.

La falta de equidad, el problema central

La democracia, así entendida, es también corresponsabilidad ciuda- dana. Los pilares del desarrollo son el Estado y los actores sociales. Para construir sociedades más participativas y solidarias no basta un Estado garante de derechos; es igualmente necesario contar con actores sociales que se preocupen por los diversos aspectos del de- sarrollo y por la ampliación de espacios deliberativos en los que se puedan concertar acuerdos y tomar decisiones que incidan en la vida de la comunidad. En este sentido, más ciudadanía significa más so- ciedad: una comunidad de personas que no se restringen a sus activi- dades privadas, sino que además concurren en el espacio y el debate públicos para participar en proyectos y en decisiones compartidas (Ocampo, 2000). El Banco Mundial estableció en su Informe de 1997 que “han fracasado los intentos de producir desarrollo sólo

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desde el Estado, pero también fracasarán los que pretendan hacerse sin él” (Prats, 2000: 32). Desde esta perspectiva, la ciudadanía implica un compromiso recí-

proco entre el poder público y los individuos. El primero debe respetar la autonomía individual, permitir y promover la participación en la po- lítica y brindar, en la medida que el desarrollo lo permita, posibilidades de bienestar social y oportunidades productivas. Los segundos deben ejercer su capacidad de presión para que el Estado cumpla los compro- misos indicados, pero a la vez deben contribuir con su participación en el ámbito público (Ocampo, 2000). Como correlato del proceso de democratización, en México supe- ramos las limitaciones que el sistema de partido hegemónico (Sartori, 1987) imponía al libre ejercicio de los derechos políticos. Sin embargo, solo hemos conquistado una limitada y parcial implantación de dere- chos civiles que, además, están poco extendidos para amplios segmentos de la población. Seguramente por ello el apoyo al régimen democrático es bajo y sigue disminuyendo (Véase infra). A pesar de los programas gubernamentales que se han instrumentado, los resultados del desarrollo son insatisfactorios en términos económicos

y sociales. Para una gran parte de la población esta situación va acompa- ñada de una limitación de sus derechos ciudadanos, que en los terrenos jurídico y político se manifiesta en una desigualdad fundamental en el

acceso a la justicia y una escasa participación en las decisiones políticas, mientras que en las esferas económica y social se traduce en disparidad de oportunidades, inestabilidad laboral, bajos ingresos e indefensión frente

al infortunio. De allí que el principal desafío sea el de construir sociedades

más equitativas. Este es el referente fundamental con que debe medirse la calidad del desarrollo (Ocampo, 2000) y de la democracia. La equidad es la verdadera expresión de los objetivos de la socie- dad, pues dentro de las formas de organización económica, tanto la actividad privada y el mercado como la intervención de Estado son solo instrumentos para lograr el bienestar colectivo. El artículo 27 de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos establece la existencia de la propiedad privada justificada por su servicio y utilidad públicos. El objetivo de elevar los niveles de bienestar del conjunto de la población no se logrará sin avances en la consolidación de economías dinámicas y competitivas. Ese es el contenido de la eficiencia, que signi-

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(Ocampo, 2000). Pero cuando eso no se da, la democracia se aleja de sus objetivos y se debilita. La insuficiencia de la redistribución estatal y la supervivencia de las prácticas patrimonialistas no han forzado a los partidos a generar pro- yectos políticos que alienten la organización y participación política de la gente, por lo que se presenta una disyuntiva: “O nuestras democra- cias son capaces de reformarse o no serán capaces de producir desarrollo para todos” (Prats, 2000: 40), con lo que dejarán el campo preparado para nuevos emprendedores políticos cuyo rumbo no tiene por qué ser democrático.

La rendición de cuentas

El Estado democrático de derecho es la protección de los derechos ci- viles y de participación. El poder político no es solamente para los ciu- dadanos sino también de ellos. La idea básica de la democracia política contemporánea, o poliarquía, es que el poder político (más precisamen- te, la autoridad para ejercer ese poder) proviene de los ciudadanos, que son la gran mayoría de los adultos que habitan el territorio delimitado por un Estado. Los ciudadanos son individuos con derechos, que inclu- yen el derecho de participar en los procesos para elegir gobernantes y representantes, y por lo menos un conjunto mínimo de derechos civiles sin los cuales no puede haber participación política. La efectividad de estos derechos es condición necesaria para la existencia del poder po- lítico democrático y de su autoridad para gobernar. En consecuencia, el ejercicio de este poder no puede violentar estos derechos; al mismo tiempo, a los gobernantes les corresponde fomentar su difusión y asegu- rar su goce. No es suficiente con disponer de reglas legales que reconoz- can los derechos; se necesita de un sistema legal que los aplique eficaz y consistentemente en el territorio de un Estado (O´Donnell, 1998). En el Estado democrático de derecho nadie está por encima de las obliga- ciones establecidas por el sistema legal en su conjunto. Este principio nace del propósito de proteger los derechos civiles y de participación. Cuando los derechos civiles y de participación no están protegidos o garantizados, se atenta en contra de los ciudadanos. Ahora bien, como hemos comentado antes, la existencia de procesos electorales razonablemente confiables es condición necesaria de la demo-

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cracia, pero hacen falta otros mecanismos de control sobre los políticos, lo que globalmente se conoce como rendición de cuentas. La rendición de cuentas es débil en México. Tal vez lo que mejor ilustra esa debilidad es la corrupción. La corrupción consiste en ventajas ilícitas que los funciona- rios obtienen para sí mismos o para su círculo cercano. Un problema se- mejante son las transgresiones, es decir, cuando alguna institución estatal sobrepasa los límites de su propia jurisdicción legalmente establecida, e invade los de otras. Estas prácticas constituyen un serio defecto de nuestra democracia, precisamente porque son acciones a través de las cuales se vulneran los derechos civiles y de participación (Espinoza, 2010). Para contribuir a reparar algunas de esas transgresiones, en nuestro país se introdujeron dos dispositivos legales: la controversia constitucio- nal (cuando una autoridad invade las atribuciones de otra) y la acción de inconstitucionalidad (cuando una ley contraviene el espíritu y la letra de la Constitución). Casi simultáneamente se fueron creando otras agencias para prevenir riesgos de transgresión y corrupción entre los poderes pú- blicos, como la Comisión Nacional de los Derechos Humanos (cndh), las contralorías, los auditores y fiscales especiales legalmente encargados de supervisar, prevenir, desalentar, promover la sanción, o sancionar ac- ciones u omisiones presuntamente ilegales de otras agencias estatales. En 1990 se creó la cndh, así como sus similares en las entidades federativas, con la misión de atender quejas por violación a las garantías individuales por parte de autoridades. Sin embargo, estas comisiones no gozan de total autonomía y no pueden imponer sanciones, sino solo emitir recomendaciones de cumplimiento voluntario por las instancias a las que van dirigidas. En 2008, el gobierno federal aprobó el Programa Nacional de Derechos Humanos, con miras a su mejor protección y a erradicar vicios que limitan su eficacia (Emmerich, 2009). Con todo, estas agencias, creadas para prevenir riesgos de trans- gresión o de corrupción, ofrecen algunas ventajas; por ejemplo, que pueden ser continuas en su actividad y eficaces en prevenir o disuadir acciones ilegales de las agencias que supervisan. Otra ventaja es que sus acciones se fundan en criterios profesionales y no corresponden a decisiones de los partidos políticos. Finalmente, por su carácter conti- nuo y profesionalizado, estas agencias pueden desarrollar capacidades que les permiten examinar asuntos de políticas estatales. A todo ello se agregan los mecanismos sociales y mediáticos que pueden supervisar la

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públicos (O’Donnell, 1998), como las organizaciones sociales y civiles de distinta naturaleza e incluso la prensa. La tarea es muy compleja. En el encuentro del presidente Calderón con el representante del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, Javier Sicilia, que se llevó a cabo el 23 de junio de 2011, ambas par- tes reconocieron públicamente que entre las autoridades encargadas de combatir el crimen existe corrupción y colusión con la delincuencia. El presidente señaló las ventajas de expulsar de las corporaciones de poli- cías a los elementos asociados con el crimen organizado porque es muy grave tener a esos delincuentes dentro de las corporaciones policiacas bajo el cobijo institucional y utilizando todos los recursos del Estado contra los ciudadanos.

Bajo aprecio ciudadano por las instituciones de la democracia

Los mexicanos quieren tener confianza en sus instituciones políticas, pues casi 60% tenía algo o mucha de confianza en el presidente de la República y más de 41% la tenía en los legisladores, según la Encuesta Nacional sobre Cultura Política y Prácticas Ciudadanas de 2008, levan- tada por la Secretaría de Gobernación (Encup, 2008). Pero apenas 27% tenía una opinión similar sobre los partidos políticos. Paralelamente, se observa un muy marcado desánimo y desencanto con la democracia y sus instituciones, como se muestra en el Informe 2010 de Latinobaró- metro, a partir de una serie de encuestas aplicadas en 18 países de Amé- rica Latina, México incluido (Corporación Latinobarómetro, 2010). El aprecio por la democracia en la región tiende a incrementarse, pero en México disminuye: de 1996 a 2009, México pasó del 53% al 42%, esto es, 11 puntos menos. A la pregunta de si los gobiernos de- mocráticos están más preparados para enfrentar las crisis, México quedó en el penúltimo lugar de América Latina, con solo 40%. No obstante, 67% de los mexicanos contestó que la democracia puede tener proble- mas, pero es el mejor sistema de gobierno. A la afirmación de: “sin Congreso Nacional no puede haber demo- cracia”, en México 52% contestó que sí. Sólo 28% está satisfecho con la democracia y 21% afirma que los gobiernos actúan por el bien de todos. A la vez, 41% de las personas están de acuerdo con la afirmación de que

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“la democracia permite solucionar los problemas”; solo 15% cree que la distribución de la riqueza es justa; únicamente 23% considera que las elecciones son limpias y 24%, que el país está progresando; por último, un escaso 15% se siente satisfecho con la situación económica. En la práctica, la ciudadanía mexicana está inconforme con la forma como opera la democracia en el país y no la convence su clase política Este posicionamiento revela que nuestra democracia adolece de una debilidad sustancial que se traduce en problemas de representatividad

y participación. Problemas de representatividad, en primer lugar, porque si bien la gente piensa que los partidos políticos son indispensables para el fun- cionamiento de la democracia, un porcentaje muy elevado cree que no defienden el bienestar colectivo, sino al contrario, que los intereses sec- toriales, de grupos y personales son la prioridad de los partidos, y no el

interés nacional. Las personas tienden a descalificar a los partidos porque los ven como espacios de conflictos interminables y sinónimo de corrup- ción, además de extremadamente costosos en materia de financiamiento. De esta suerte, los ciudadanos apoyan la democracia de partidos, pero no

a los partidos ni a sus dirigentes y representantes. La desconfianza hacia

los partidos va de la mano de la desconfianza de los ciudadanos hacia las instituciones del Estado porque consideran que son las que menos toman en cuenta la opinión de los ciudadanos. Al mismo tiempo objetan a la democracia tal y como funciona en la práctica, de la misma manera que rechazan la forma en que funcionan los partidos y la “mala” representa- ción de los ciudadanos por parte de los políticos. Problemas de participación, también, en razón de que los dirigentes partidistas tienen una capacidad de influencia sobre los parlamentarios sin contrapeso de los electores. Un mecanismo muy eficaz de control dentro de los partidos deriva del control de los recursos financieros; otro, de la definición de las listas de candidatos, o sea, por medio del mecanismo de confección de las listas, cerradas y bloqueadas, de can- didatos a diputados y senadores. Esto otorga a los dirigentes partidistas una capacidad de influencia sobre los parlamentarios mayor a la de los electores, mecanismos que les restan efectividad democrática pues des- virtúan la representación, bloquean la gobernabilidad y propician que los partidos se conviertan en organizaciones cupulares, es decir, fuera del alcance del ciudadano. Así, los partidos aparecen como organizacio-

México: una democracia expuesta a riesgos

al empirismo y al pragmatismo; se les percibe como organizaciones de élite, partidos cerrados, orientados hacia el poder más que a la repre- sentación, como si su objetivo fundamental fuera acaparar todos los espacios de poder con su personal. Los políticos, a su vez, son vistos como un grupo o conjunto de grupos con intereses propios y autóno- mos que, para los ciudadanos, han confiscado en su provecho particular la representación popular. La desconfianza se ha instalado en la vida pública mexicana. El ma- lestar y la desesperanza son parte del ambiente. En ese ánimo, no ex- traña que en nuestro país, 27% de los habitantes diga que es probable que haya un golpe de Estado, aunque 56% no apoyaría en ninguna circunstancia un gobierno militar, según revela el Informe Anual 2010 de Latinobarómetro.

Reflexiones finales

Las dos llaves maestras del desarrollo –la educación y el empleo– no se han atendido eficazmente en México. Buena parte de la explicación de ese déficit estriba en el hecho de que, en esta joven democracia, las ins- tituciones formales del Estado de derecho se hallan montadas sobre una economía con fuertes vestigios mercantilistas, corporativos y de captura de rentas, coherentes con un Estado patrimonial, burocrático, cliente- lar y altamente discrecional que dividen a la sociedad y perpetúan la exclusión y la pobreza (Prats, 2000). La baja eficiencia de la gestión de gobierno, a su vez, afecta su legitimidad al no resolver los problemas del país. Asimismo, la producción y el comercio internacional de la droga han generado la narcoviolencia. La violencia, en general, es expresión de la debilidad del Estado y una prueba de su incapacidad para asegurar el derecho a la vida, un derecho fundamental de los ciudadanos y justifi- cación de la existencia del mismo Estado. En lo que va del gobierno de Calderón, según se dice, las cifras de muertos a causa de la violencia van de los 40 000 a los 50 000, aunque se deben matizar en razón de que no todas esas muertes están relacionadas con el combate al crimen organi- zado (Escalante, 2011). Esa situación de desprotección fue el origen del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad que encabeza el poeta Javier Sicilia. Ajeno a banderas políticas, ese movimiento encarna la

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lucha social contra la corrupción, la impunidad, el abuso de autoridad, la delincuencia, y es una exigencia a las autoridades para que cumplan sus compromisos y funciones frente a la sociedad. La libertad de prensa y el derecho a la información pública también se ven afectadas en esas circunstancias. La procuración y administración de justicia, otro aspecto de la ciudadanía civil, presenta problemas, pues la justicia no llega a todos. Todos somos iguales ante la ley, pero la ley no es igual para todos. Asimismo, el debido proceso y los derechos de propiedad registran un deterioro. Las debilidades institucionales se hacen evidentes en los escándalos de corrupción que involucran a funcionarios guberna- mentales, en las deficiencias en la calidad de los servicios públicos y en los retrasos en el trámite de casos judiciales, su desatención o su mala atención. Además, subsisten violaciones a los derechos huma- nos: en su gran mayoría, estas violaciones constituyen otro aspecto de la incapacidad del Estado para controlar la fuerza pública, lo que está directamente asociado a la corrupción y la impunidad. En cuanto a la información, su diversidad y pluralidad y los derechos de la audiencia se limitan a medida que aumenta la concentración de la propiedad de los medios, como ocurre con el duopolio televisivo (Televisa y TV Azteca) en México. Las encuestas de opinión pública muestran que en lugar de lograr un arraigo más profundo y una mayor legitimidad, las instituciones de la nueva democracia mexicana se debilitan y pierden credibilidad. Los ciudadanos tienen poca confianza en los partidos políticos, en el Congreso, en la administración pública y en el Poder Judicial, y les dan calificaciones bajas a los gobiernos democráticos en lo referente a su capacidad de mejorar el nivel de vida y reducir la pobreza, proveer servicios de calidad, y combatir la delincuencia y la corrupción. Para terminar, aunque “la democracia se presenta como un régimen siempre marcado por formas de incompletud y de incumplimiento” (Rosanvallon, 2004: 196; pnud, 2010), su objetivo es el bienestar ciu- dadano. Los menores niveles de bienestar no implican menos demo- cracia, pero indican que la democracia se aleja de sus objetivos. Esto es fundamental para la legitimidad de la democracia a mediano plazo. En lo inmediato, aceptamos los gobiernos porque son votados, se justifi- can mediante leyes y pensamos que traerán bienestar. Cuando esto no

México: una democracia expuesta a riesgos

el binomio democracia-bienestar. Su divorcio expone a la democracia a

grandes riesgos (pnud, 2010). Finalmente, las democracias latinoame- ricanas se encuentran entre las constricciones históricas y los desafíos de la globalización. Por esa razón, el estudio de los procesos naciona- les debe enderezar una crítica a la ineficacia del régimen presidencial

e incorporar también la dimensión internacional para evaluar las po-

sibilidades de transformar la globalización de la pobreza por la de las

oportunidades y del bienestar social.

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Artículo recibido el 23 de septiembre de 2011 y aceptado el 28 de octubre de 2011.

Artículos

POLIS 2011, vol. 7, núm. 2, pp. 67-94

Del sujeto abstracto al ciudadano:

apertura y clausura de la ciudadanía en la modernidad

Enrique G. Gallegos*

Uno de los problemas centrales para la filosofía política, la teoría polí- tica y la ciencia política de los últimos 40 años ha sido la construcción de una ciudadanía plena. Sin embargo, la revisión del pensamiento filosófico y político de la modernidad muestra que pensadores como Hobbes, Rousseau, Kant, Nietzsche, Tocqueville, Ortega y Gasset, Mosca y Schumpeter han contribuido de distinta manera a la clau- sura de la categoría de ciudadano. Esta tensión hace relevante rastrear las formas argumentativas que ha adquirido esa clausura y, a su vez, precisar las condiciones en las que se ha rechazado y desconfiado de la ciudadanía. La adecuada exposición de estos desplazamientos permite comprender los problemas de desencanto, apatía, incompetencia e in- madurez política que se le han imputado a la ciudadanía. En la última parte de este ensayo se presentan tres dificultades a las que se enfrenta la ciudadanía en el siglo xxi. Palabras clave: sujeto, ciudadano, modernidad, democracia.

Introducción

E n un conocido texto de 1966, Michel Foucault afirma, de manera por demás provocadora, que “el hombre es una invención reciente”

(Foucault, 2004: 375). El adjetivo “reciente” enclaustra el largo perio-

do que se inició en el siglo xvi y, según el mismo autor, terminó en el decenio de los años sesenta del siglo pasado. ¿Se puede afirmar algo

* Profesor e investigador en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Cuajimalpa. Cuenta con una estancia posdoctoral en filosofía por el Consejo Nacional de Ciencia y Tecno- logía y la Universidad de Guadalajara. Es doctor en Procesos Políticos y maestro en Filosofía. Correo electrónico: <enriqueggallegos@hotmail.com>.

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Enrique G. Gallegos

similar para el caso del ciudadano? Si el ciudadano es una de las expre- siones de la subjetividad moderna, cabría aventurar la hipótesis de que es también una construcción relativamente reciente. ¿Es esto sostenible? De ser correcta esta hipótesis, ¿los problemas de desencanto, apatía, incompetencia e inmadurez política de la ciudadanía, entre otros que se le han adjudicado, no derivarán de lo que podríamos denominar prema- turidad?, ¿será que la ciudadanía es un concepto cuya plena identidad aún no ha terminado de madurar plenamente? La tesis que aquí queremos plantear es la siguiente: si bien la cons- trucción del ciudadano se puede identificar con claridad en cierto pen- samiento político de la antigüedad griega, 1 la revisión del sujeto políti- co en la filosofía política de la modernidad muestra que un segmento importante de los pensadores y filósofos considerados centrales para la filosofía moderna han tendido a ocultar o rechazar dicha categoría, lo que ha dado como resultado su reducción a nociones marginales y negativas (súbdito en Hobbes, rebaño en Nietzsche, masa en Ortega y Gasset, primitivo en Schumpeter, etcétera) o su neutralización política (a través de la voluntad general en Rousseau, la nivelación en Tocque- ville, etcétera). Mediante esta travesía conceptual pretendemos mostrar las formas que ha asumido ese pensamiento enclaustrador de la cate- goría del ciudadano en algunos filósofos y pensadores centrales para la modernidad política: Descartes, Hobbes, Rousseau, Kant, Tocqueville, Nietzsche, Ortega y Gasset, Mosca y Schumpeter. En la última parte de este escrito se esbozan de forma general tres dificultades a las que se enfrenta la ciudadanía y se enuncia una posible salida. La primera de esas dificultades tiene que ver con el capitalismo, la segunda, con la tensión entre ciudadanía abstracta y concreta, y la tercera, con la crisis de sentido de la política; en esta última convergen las dos primeras y en cierto sentido se afianza la incredulidad del ciudadano.

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1 En este caso me refiero específicamente a la tradición teórica que abreva en Aristóteles, según se precisa más adelante. Una tradición que habrá que tomar con cautela por los vastos segmentos

de población que dejaba fuera de la ciudadanía (esclavos, mujeres, no griegos, etcétera).

Ciudadano de la ciudad

Del sujeto abstracto al ciudadano

El concepto contemporáneo de ciudadanía ha perdido el sentido inme- diato, concreto y contextual tal y como fue entendido por Aristóteles. Las traducciones al español de los textos griegos ocultan el significado conceptual de la ciudadanía. Ejemplo de este ocultamiento se encuen- tra en la desvinculación gráfica-semántica entre política y ciudadanía que sucede en castellano, inglés y francés. Mientras que para los griegos existía una relación gráfica y semántica entre las voces políticas, ciudad, político y ciudadano (politika, polis, politikou, polites), para los contem- poráneos dichas voces no refieren de manera inmediata e intuitiva a un mismo ámbito semántico (Aristóteles, 2000a; 2000b). Para estos, el ciudadano puede resultar una abstracción que trae aparejados derechos de diversa índole, por ejemplo, obtener una pasaporte o adquirir un predio en las costas o fronteras, pero no necesariamente el sentido de la inmediatez política y su praxis cotidiana. Aristóteles es, quizá, quien manifiesta una mayor preocupación por precisar el contenido conceptual del ciudadano. En una de sus célebres definiciones señala: “Después de esto resulta claro quién es el ciudada- no: quien tiene la posibilidad de participar en la función deliberativa o judicial, a ese llamamos ciudadano de esa ciudad; y llamamos ciudad, por decirlo brevemente, al conjunto de tales ciudadanos suficiente para vivir con autarquía” (Aristóteles, 2000a: 113-114). La anterior trascripción en buena medida sintetiza la concepción y práctica de la ciudadanía de los griegos en tiempos de Aristóteles. Lo pri- mero que hay que destacar es que la ciudadanía no se define de manera abstracta sino a través de otro concepto muy estimado en el pensamiento aristotélico: la acción (praxis). Ser ciudadano es participar en la funciones de gobierno: en la asamblea, en los tribunales, en la administración públi- ca. La identidad provenía de su efectiva participación política en la vida pública. Era ciudadano porque participaba en la polis; no porque primero tuviera derechos o jurara una lealtad abstracta, sino como parte del actuar en la comunidad política con los otros ciudadanos. El segundo aspecto relevante de la definición aristotélica es su ne- cesaria vinculación con la ciudad. Se era ciudadano de la ciudad y no ciudadano en o para la ciudad. Existía una relación de copertenencia, aunque en el sentido de que la ciudad la hacían y conformaban los ciu- dadanos. La ciudad no era, como en el pensamiento contemporáneo,

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Enrique G. Gallegos

un conjunto de edificios, calles, casas, comercios y orientaciones para la movilidad sociourbana. Sin ciudadanos no podía haber ciudad. Esto se aclara mejor si recordamos que las ciudades contemporáneas están habi- tadas por individuos con diversas identidades: empleados, comerciantes, jornaleros, periodistas, policías, peatones, pero difícilmente por ciudada- nos. Contemporáneamente el ciudadano no hace la ciudad: la habita, la transita, hace negocios en ella, la cruza o acude a divertirse a sus espacios de entretenimiento. No es que los antiguos griegos no habitaran la ciudad también como profesores, peatones, gimnastas o jefes de familia, sino que la ciudad era ante todo el espacio privilegiado del ciudadano.

El ocultamiento del ciudadano y la emergencia del sujeto moderno

El tránsito conceptual de la antigüedad a la modernidad se da con una especie de ocultamiento del ciudadano. En Santo Tomás, la unidad gráfi- co-semántica de la ciudadanía con la política y la ciudad es radicalmente separada mediante la introducción de la “bienaventuranza divina” (Santo Tomás, s.f.: 7). La ciudad sólo es una estancia de paso hacia un más allá verdadero. En el opúsculo Del gobierno de los príncipes los hombres se convierten en súbditos. El súbdito, como la raíz etimológica lo indica, es el que está sometido. La sumisión a la que se refiere es una sumisión sin reservas al soberano. Por ello, no es legítimo oponerse al rey (ni siquiera deponer a un tirano), y cuando el príncipe comete injusticias, sólo cabe apelar a Dios para que modifique su endurecido corazón. Así, si el universo es gobernado por un dios, es conforme a la razón que la ciudad sea gobernada por un rey (Santo Tomás, s.f.: 22). La legi- timidad del gobernante termina por tener su fundamento en la legiti- midad de Dios; de aquí que la finalidad de rey no pueda ser otra que la bienaventuranza divina. Una legitimidad derivada de Dios y concesio- nada por él no puede sino exigir sumisión total. Sumisión y bienaventu- ranza divina son dos conceptos dependientes que se mueven en planos diversos: el primero, en el de la realidad y sus exigencias de control reli- gioso y político, que podía ser cruel y descarnado; el segundo, en el de las esperanzas y siempre lejanos sueños, pero con una mutua dependen- cia: asegurar al soberano la absoluta obediencia y prometer al súbdito

Del sujeto abstracto al ciudadano

terrenal, no se hacía sino fortalecer el poder del soberano. Ciertamen- te se puede argumentar que en determinados momentos del medievo pervivió alguna noción de ciudadanía y hubo intentos para practicarla como privilegio, inmunidad o fuero en ciertas ciudades o poblaciones, aunque en un esquema de príncipes, señores feudales y vasallos (Hea- ter, 2007). Quizá en ciudades como la Florencia del Renacimiento fue mucho más evidente la recuperación de la ciudadanía; 2 Marsilio de Pa- dua y Leonardo Bruni, destacados renacentistas, estuvieron entre sus decididos defensores. Sin embargo, la fuerza del cristianismo, en tanto religión ultramundana, terminó por neutralizar a la ciudadanía al su- bordinarla a la eternidad del más allá, mientras que el ascenso de las monarquías la fue enclaustrando en la categoría de súbdito. Este complejo proceso en el que el concepto de ciudadano termina por ocultarse, se refleja con claridad en el pensamiento de Hobbes. Para algunos, con él se inicia la modernidad política, para otros refleja el fin del medievo (Bobbio, 1997; Strauss, 2006; Schmitt, 2008). Pero la mejor forma de entender la tensión que se da al inicio de la moderni- dad es recordar el cambio de lenguaje en el mismo Hobbes: mientras en De cive 3 para referirse al sujeto-contractuante del Estado utiliza la voz civitas (Hobbes, 1657: 86) y en la versión en inglés mantiene la traducción citizen (Hobbes, 2000: 31), cuando publica el Leviatán en 1651 introduce un giro radicalmente opuesto: en lugar de la voz civitas (ciudadano) utiliza subject (súbdito), más acorde con la propuesta po- lítica planteada en el Leviatán, pues se trata de una obediencia total al soberano en contextos de “vida y de muerte” (Hobbes, 1990: 174). Las restricciones impuesta por el tema limite de vida/muerte y el imperativo de la unidad y seguridad del soberano hacen que los problemas referen- tes a la ciudadanía se oculten y terminen por desaparecer del Leviatán. Lo que ocurrió en los albores de la modernidad fue un proceso de ocultamiento del ciudadano en lo absoluto del poder del soberano. Por

2 Aquí nuevamente se repite el esquema discriminatorio de la polis antigua, pero ahora solo eran ciudadanos los miembros de los gremios que hacían las veces de una clase que concentraba el poder; se deja fuera, por ejemplo, a la gente del campo, los plebeyos y vastos segmentos de la población.

3 Publicado originalmente en latín en 1642 pocos años después traducido al inglés, según cuenta uno de sus los traductores al castellano; se trata de una traducción, si no realizada por el mismo Hobbes, al menos aceptada, pues vio la luz en marzo de 1651, cuando aún vivía el filósofo (Mellizo, 2000: 23).

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Enrique G. Gallegos

ello no cabía sino hablar de súbdito, pues este representa una relación de total sumisión política. No deja de ser interesante constatar cómo en la medida en que se desvanecía la semántica singular del ciudadano, con su exigencia de participación política, iniciaba su despliegue la te- matización del sujeto moderno con todos sus atributos de racionalidad, autonomía y libertad. Dicho de otra manera: conforme el ciudadano desaparecía de la vida pública, se introducía la versión fuerte de un sujeto racional, autónomo e independiente. El cogito cartesiano en el que se duda de todo excepto del pienso ilustra bien este proceso de subjetivación de la historia. Se trata de un sujeto independiente que a partir de su propia razón construye la fiabilidad de las proposiciones del conocimiento (Descartes, 1984). La misma propuesta política hobbesiana es pensada como un inten- to por sentar la política sobre bases estipuladas por una razón infalible:

la imagen del artificio que atraviesa todo el Leviatán y articula sus pro- posiciones denota la idea del sujeto que toma distancia de la realidad y despliega su conocimiento, habilidades y esfuerzo cognitivo para fabri- car una realidad propia, separándose de la naturaleza, divina o terrenal. Así, el Estado es un hombre artificial (artificial man); la soberanía, un alma artificial (artificial soul), y los magistrados, articulaciones artificia- les (artificial joynts) (Hobbes, 1990: 3). Si bien es cierto que durante el periodo tendrán lugar diversas luchas por arrebatar segmentos de poder al soberano, no será sino hasta el siglo xviii cuando comience un rena- cer conceptual de la idea de ciudadano. Rousseau representa bastante bien el inicio de este cambio en la recuperación y práctica del ciudada- no, aun cuando terminó por volverla a enclaustrar en una irrestricta e incuestionable volonté générale. Rousseau acostumbraba firmar sus discursos y despedirse en sus car- tas como citoyen (ciudadano). La primera parte (presentación) del Dis- curso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres fue firmada de la siguiente manera “Vuestro muy humilde y obediente servidor y conciudadano [concitoyen]” (Rousseau, 2005: 267). La au- topercepción de Rousseau como ciudadano en el contexto político de otros ciudadanos que son sus iguales –por ello, el énfasis del con del concitoyen– muestra la conciencia del desocultamiento del ciudadano y su reintroducción en la historia política, la filosofía política y las na- cientes instituciones políticas del periodo, como también se expresa en

Del sujeto abstracto al ciudadano

Ciertamente, es una recuperación abstracta en la que los otros supues- tos conciudadanos europeos siguen siendo súbditos de los monarcas del siglo xviii. Pero documentos como la Declaración serán fundamentales para condensar las renovadas aspiraciones ciudadanas, presionar fác- ticamente a las instituciones y situar al ciudadano en el centro de las controversias filosóficas y políticas de los siguientes siglos. Rousseau es quizá quien ha tenido mayor conciencia de los pro- blemas que trae aparejada la ciudadanía, así como de algunos matices olvidados cuando se analiza dicho concepto. De entrada, la distinción capital entre ciudadano y súbdito que plantea en el Contrato social. Ciu- dadano es el que participa del poder político; súbdito, el que se encuen-

tra sometido a dicho poder. El primero es activo, el segundo, pasivo. Sin embargo, deja sin resolver la tensión entre la participación política del ciudadano y la existencia de una voluntad colectiva absoluta, indivisible

e incuestionable que termina por anular la identidad del ciudadano.

Esta volonté générale se traduce en una soberanía tan absoluta como la del propio Hobbes y termina por superponer al ciudadano la pasividad y total obediencia del súbdito. Así, lo que en Rousseau parecía una recu- peración significativa del ciudadano termina por volverse a ocultar en la nulidad política del súbdito. Si Rousseau criticaba la sumisión del hombre al poder arbitrario y absoluto, y proponía el desocultamiento del ciudadano, solo fue a cambio de que este terminara convertido en súbdito de otro poder no menos absoluto: la volonté générale. De aquí la mistificación que se opera en el Contrato social de esa voluntad y la constitución de un peuple (pueblo) como entidad orgánica. No es gratuito el alegato a favor de una religión civil con el que concluye el Contrato social. El peuple termina por asumir el papel de la “bienaventuranza divina” de Santo Tomás y la presencia

cuasirreligiosa del soberano hobbesiano. Su supuesta infalibilidad e in- violabilidad terminará por nutrir y justificar el rechazo del ciudadano por

el pensamiento filosófico y político en los siglos xix y xx (según veremos

párrafos abajo con Nietzsche, Ortega y Gasset, Mosca y Schumpeter). Esta tensión entre sujeto moderno y ciudadanía se expresa en parte –a pesar de la pretensión moral y pedagógica con la que se presenta– en la

Ilustración y la glorificación del homme de lettres que termina por expulsar

al ciudadano ordinario, por lo regular iletrado y sumido en el desprecio,

de la Republica de las Letras y de los salones de madame Geoffrin, ma- dame Necker y madame du Mabert, frecuentados por la élite ilustrada y

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Enrique G. Gallegos

culta (Godineau, 1995: 419). No deja de ser por demás paradójico que

haya sido precisamente el pacto de cuño ilustrado que los ciudadanos celebraron para crear el Estado el que terminara por sentar las bases para

socavar los incipientes presupuestos del ciudadano: “

no es juez del peligro al cual la ley quiere que se exponga, y cuando el príncipe le diga: ‘resulta conveniente para el Estado que mueras’, debe morir, porque tan solo con esta condición ha vivido en seguridad hasta entonces, puesto que su vida ya no es solamente un regalo de la Naturale- za, sino un don condicional del Estado” (Rousseau, 2005: 78) Lo anterior significa que al participar el ciudadano en la constitu- ción del Estado tácitamente anula su identidad; sin voluntad ni capaci- dad para deliberar, el ciudadano se anega en una maquinaria que decide sobre su vida y su muerte. Sin embargo, conviene matizar, pues el Dis-

curso sobre el origen y los fundamentos de la desigualdad entre los hombres desencadena un movimiento inverso al introducir la piedad y la libertad moral, que terminaron por devenir ejes centrales en la percepción del individuo y la construcción del sujeto moderno. La piedad “atempera el ardor que tiene [el hombre] por su bienestar con una repugnancia inna- ta a ver sufrir a su semejante” (Rousseau, 2005: 311). Según el filósofo suizo, la piedad es un sentimiento natural anterior a la razón y del cual proceden todas las virtudes sociales: la generosidad, la clemencia, la hu- manidad, la benevolencia e incluso la amistad. Ella inspira la siguiente máxima en la conducta de los hombres: “haz tu bien con el menor mal posible a los demás” (Rousseau, 2005: 314). La capacidad para realizar plenamente esta sentencia tiene su origen en la calidad de “agente libre” del hombre (Rousseau, 2005: 294), quien no actúa como una máquina

o una bestia; la primera atada al dispositivo y la segunda a la naturaleza,

sino que siempre tiene la libertad para decidir en un sentido o en otro. Si en Rousseau se da el doble movimiento de recuperación de la ca- tegoría del ciudadano y a la vez su anulación en el radicalismo del sobe- rano indiscutible, sagrado e inviolable, con las ideas de piedad y libertad moral asistimos a la construcción del sujeto de la modernidad. No deja de llamar la atención que en Descartes se opera un movimiento similar:

mientras el hombre común se mantiene atado a las prescripciones y cos-

tumbres morales, religiosas y políticas, el sujeto racional y cognoscente de

la modernidad comienza por someter todo a la duda metódica. En el pri-

mero se líquida la identidad del ciudadano como individuo y se le anega

el ciudadano ya

Del sujeto abstracto al ciudadano

constitución del sujeto epistemológico que hace las veces del Gran Sujeto fundador de la filosofía de la modernidad y que asume la identidad de filósofo o, en menor medida, de científico. Esta importante contribución a la construcción del sujeto no pasó inadvertida para Kant. La influencia de Rousseau en la construcción de la autonomía del sujeto moderno está por demás demostrada (Cassirer, 2007: 157-178; Schnneewind, 2009: 597-598). Se suele recordar que Kant se refería a Rousseau como el Newton de la moral, análogo con el que pretendía si- tuar la verdadera estatura filosófica de Rousseau (Reale y Antiseri, 2002:

635). 4 Lo que en Rousseau es el agente libre, en Kant adquirirá la forma definida de la autonomía. En un importante y conocido pasaje de la Crítica de la razón práctica afirma lo siguiente:

La autonomía de la voluntad es el único principio de todas las leyes mo- rales y de los deberes conformes a ellas; toda heteronomía del albedrío, en cambio, no solo no funda obligación alguna, sino que más bien es contraria al principio de la misma y de la moralidad de la voluntad [ ] Así, pues, la ley moral no expresa nada más que la autonomía de la razón práctica, es decir, la libertad, y esta es incluso la condición formal de todas las máximas bajo cuya condición solamente pueden estas coincidir con la ley práctica suprema (Kant, 1998: 52-53).

La oposición entre autonomía y heteronomía tiene similar forma que la oposición mencionada por Rousseau entre el agente libre y el animal en estado de naturaleza. El primero responde de sus actos úni- camente ante sí mismo, mientras el segundo responde a los llamados inexcusables de la naturaleza. Pero podemos extender más la analogía y situar al Gran Sujeto de la modernidad como el límpido represen- tante de la autonomía, mientras que el ciudadano resulta la borrosa expresión de la heteronomía, del individuo anegado en lo absoluto e irrefutable del pacto social y su criatura: el Estado.

4 Hay quienes ponen en duda esta y otras anécdotas, como la que expresa Cassirer cuando recuerda que el único retrato que Kant tenía en su estudio era el de Rousseau (Schnneewind, 2009: 578).

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Enrique G. Gallegos

Del ciudadano despreciado a la desconfianza política

La concepción de la ciudadanía pasará de su ocultamiento en la Edad

Media y los albores de la modernidad, y su posterior enclaustramiento en las ilustradas formas políticas del súbdito, a un deliberado desprecio

y desconfianza de sus atributos políticos. El movimiento conceptual

que va del ocultamiento al desprecio se opera en varios pensadores del siglo xix y asume diversos matices que pueden ser precisados en la obra de Nietzsche, Tocqueville, Ortega y Gasset, Mosca y Schumpeter. El úl- timo giro de este movimiento se expresa en la denominada teoría elitista de la democracia. Analicemos esto. El pensamiento de Nietzsche ha sido descrito como un poderoso movimiento disolvente de la subjetividad de la modernidad (Vattimo, 1991). Operando en varios frentes –epistemológico, moral, político y social–, la obra de este filósofo se constituye en un enérgico solvente

que termina por poner en duda las preciadas categorías y conceptos de la filosofía occidental. De forma singular, la crítica que realiza al sujeto se expresa en un doble movimiento: por un lado, la crítica fe- roz de la moral predominante que apela al reconocimiento y justifica- ción de la otredad; por el otro, la oposición a esta intersubjetividad del mutuo reconocimiento, la superioridad excepcional del hombre redentor (Nietzsche, 2006: 161). Según Nietzsche las pretensiones de respeto, compasión y amor al prójimo postulados por las sociedades modernas no hacen sino ocultar una verdad original, esencial y purificadora. Por ello, se plantea como objetivo elaborar una “crítica de los valores morales” que le permita rastrear el verdadero origen y procedencia de la moral (Nietzsche, 2006:

32 y 46). Este engaño es producto del “vergonzoso reblandecimiento moderno de los sentimientos” y del declinar de los juicios aristocráticos (Nietzsche, 2006: 32 y 43). Si para Rousseau (2005: 311) la piedad era

la verdadera y más universal de las “virtudes naturales”, para Nietzsche

ese valor y otros similares no hacen sino reflejar estrategias y engaños de la moral del resentimiento. Esta última invierte los valores y socava la aristocrática legitimidad de la “magnifica bestia rubia” (Nietzsche, 2006: 67): lo que antes era bueno, noble y poderoso termina por ser lo perverso, malo y dañino; lo que antes era bajo, ruin y plebeyo acaba por ocupar el lugar de lo superior y prestigioso. Así se opera la transvalora-

Del sujeto abstracto al ciudadano

El proceso de transvaloración que se realiza en la modernidad ha llevado a entronizar a un tipo de hombre caracterizado por su empe- queñecimiento, medianía e “instinto de rebaño” (Nietzsche, 2006: 43). El deforme, el enfermo, el miserable, el desahuciado, el impotente, el pobre, termina por ser el bueno, el valioso y prototipo de la humanidad. Según Nietzsche, este entronizamiento de la mediocridad y la nivela- ción del hombre promedio coinciden con las formas políticas propias de la democracia, pues esta era “la forma de una decadencia del Estado, de una degeneración de la raza, de un predominio de los malogrados” (Nietzsche, 2004: 171). La democracia refleja bastante bien cómo ope- ra la moral del resentimiento: no es la acción soberana la que determina

el curso de los hechos sino la reacción y resistencia de los débiles y resentidos frente al poderío del fuerte y distinguido. Este era el verda- dero significado de la Revolución Francesa y de sus ideales de libertad, igualdad y fraternidad. No era un movimiento histórico constructivo

y liberador sino la batahola de resentidos y frustrados integrantes del

lumpen, un esfuerzo por legitimar la medianía y la nivelación del me- diocre. Por ello, la democracia moderna, en tanto que heredera de los ideales revolucionarios del siglo xviii, representaba con claridad la “vo- luntad de descenso, de rebajamiento, de nivelación, de hundimiento y crepúsculo del hombre” (Nietzsche, 2006: 87). La visión genealógica de la moral y la política pretende desocultar la inversión y restituir el valor genuino ocultado por el resentimiento y los ideales democráticos. Para ello debe advenir el hombre redentor; este es el individuo soberano que se sitúa por encima de la eticidad de las cos- tumbres, que despliega su voluntad, libertad, superioridad y orgulloso poder; el único al que “le está dado necesariamente el dominio de las circunstancias, de la naturaleza y de todas las criaturas menos fiables”

(Nietzsche, 2006: 97). No es el sucesor del sujeto filosófico de la Ilustra- ción, demasiado abstracto y nouménico para dominar el mundo; es su opuesto y destructor. Tampoco es el señor hobbesiano que se constituye

a partir de las limitaciones y restricciones impuestas por el pacto entre

súbditos y soberano. Por el contrario, el hombre redentor es señor de sí mismo, dador de honras y desprecios; bestia rubia que se sitúa en el pi- náculo de la historia y determina el sentido y significación del mundo en su triple integración: circunstancias, naturaleza y hombres. Es un artista cuya obra es “un instintivo crear-formas, imprimir-formas” y realizar una “concreción de dominio dotada de vida” (Nietzsche, 2006: 144).

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Enrique G. Gallegos

Pero si es el hombre por advenir y el sujeto del futuro, termina por ser tan abstracto como el sujeto filosófico de la modernidad; no un noúme- no kantiano, sino un energúmeno nietzscheano. Al final, tan artificial el primero como descocado el segundo. De esta forma, el sujeto de la democracia, el ciudadano común y corriente, el ciudadano que acude a elecciones y deposita su voto, ter- mina por sintetizar nítidamente el resentimiento del hombre mediano frente a la soberanía y poderío del energúmeno redentor nietzscheano. Pero, a pesar de estas críticas, aun en tiempos de Nietzsche continuaba el ascenso y la valoración –no exenta de problemas en su significación– de la democracia. La nivelación histórica del hombre común advertida por Nietzsche no podía pasar inadvertida por otros pensadores del mismo periodo y que son centrales en la construcción conceptual de la democracia, como en el caso de Tocqueville. Este anunciaba, por ejemplo, el terror religioso que producía esa nivelación histórica de hombres, hechos y acciones (Tocqueville 1984: 34). Aunque se suelen recuperar los signos positivos de los análisis sobre la democracia realizados por este autor, se olvida que la nivelación en sus escritos tiene un sentido negativo. Es un tipo de igualdad que nivela hacia abajo, hacia lo mediano, y que por momen- tos adquiere la forma de lo mediocre, al grado que, si se le oponía, el hombre excepcional corría el riesgo de tener que renunciar a sus propios derechos de ciudadano (Tocqueville, 1984). José Ortega y Gasset retoma los signos de la nivelación bajo la for- ma del diagnóstico epocal y el anuncio de un nuevo sujeto social. Los juicios sobre lo que el filósofo español denominaba el hombre masa os- cilarán entre el desprecio y la desconfianza y servirán como ajustado eslabón en el tránsito a la teoría elitista de la democracia, que si bien incorpora como su sujeto al ciudadano, lo mantiene confinado en un ámbito de desconfianza respecto a su solvencia política. Mientras en Nietzsche el sujeto mediano se apodera de la tempora- lidad histórica para imponer una interpretación distorsionadora de los valores morales (transvaloración), el hombre masa de Ortega y Gasset se entrega al festín del actualismo: vive en un presente inmóvil y ju- venil, desvinculado del pasado y del futuro. Si Nietzsche realiza una crítica desocultadora de la inversión de los valores y Tocqueville descon- fía de ese igualitarismo nivelador, Ortega y Gasset pretende establecer

Del sujeto abstracto al ciudadano

de continuidad entre esos pensadores se manifiesta en la crítica de la nivelación histórica del sujeto mediano, común y ordinario. Pero en Ortega y Gasset adquiere la singular connotación de hombre masa, que conviene analizar para comprender el paso posterior que realizaremos para introducir al sujeto de la teoría de la democracia elitista. Desde distintos ángulos toda una literatura del periodo comenzaba a dar cuenta del fenómeno del “advenimiento de las masas al pleno poderío social” (Ortega, 2005: 73). 5 Y no se trataba sólo de que estas masas se hicieran del poder político sino de algo más profundo que im- plicaba una transformación en todos los ámbitos social, moral, cultu- ral, religioso, intelectual, incluidos aspectos en apariencia irrelevantes, como la forma de vestir y el gozo del tiempo libre. Según el filósofo español, si bien existían datos duros de este advenimiento, 6 era una prueba visual harto evidente –para cualquiera que quisiera constatarlo– que las aglomeraciones, el gentío y la muchedumbre se posesionaban de calles, locales, espacios urbanos, salas, cafés, plazas públicas, mercados, incluidos los hábitos y las formas del trato cotidiano, los utensilios y herramientas de todo tipo, particularmente en las ciudades. Este advenimiento tenía la forma de una poderosa corriente de homo- genización que se estaba realizando en Europa y las principales ciudades del mundo (Ortega, 2005: 49). Frente a un tipo de homogeneidad posi- tiva que refleja los orígenes plurales del pensamiento, la filosofía y la cul- tura occidental, la homogenización negativa, de consecuencias nocivas, implicaba la entronización del hombre-masa, cuya estructura psicológica, moral y política había sido hecha de prisa, vaciado de historia, sin cono- cimiento y respeto de la tradición, sin una intimidad propia e intransfe- rible, sin una rica subjetividad que permitiera identificar que detrás del hombre-masa existía una personalidad genuina e idéntica a sí misma. De aquí que este hombre siempre estuviera “en disponibilidad para fingir ser cualquier cosa” (Ortega, 2005: 50). Este individuo era una especie de

5 Pienso, por ejemplo, entre otros, en el Problema del ser espiritual. Investigaciones para la fundamentación de la filosofía de la historia y de las ciencias del espíritu de Nicolai Hartmann (2007); en El ser y el tiempo de Martín Heidegger (1986); en Psicología de las masas de Sigmund Freud (1991), todos, libros publicados en las primeras décadas del siglo xx y que refieren desde ángulos diversos a este fenómeno.

6 Menciona el dato que del siglo vi al xviii la población no pasó de 160 millones, mientras que a partir del siglo xix y hacia los años treinta del xx ya era de 460 millones (Ortega, 2005:

107). Hasta donde hoy sabemos, estos datos son cercanos a la realidad.

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Enrique G. Gallegos

caparazón vacío y yermo, que tan pronto podía ser una cosa como otra y cambiar de gustos e intereses como de zapatos y vestimenta. El vaciamiento de la subjetividad que se operaba en el hombre masa tuvo una serie de consecuencias para la concepción de la vida social y política. Para este hombre todo pasaba por resultar de una desenvoltu- ra, comodidad y complacencia inusual. Se desenvolvía con una facilidad material, vivía con un confort cotidiano, protegido por un orden público más o menos establecido y resguardado por un tejido de leyes e insti- tuciones, de tal manera que la vida terminaba por presentársele como “exenta de impedimentos” (Ortega, 2005: 111-114). Esa vida libre de impedimentos hacía que el hombre medio no tuviera respeto ni la más mínima idea del esfuerzo, dedicación, sangre y sufrimiento que había costado la construcción de ese tejido social de instituciones, saberes y prácticas que lo resguardaban y le daban cierta seguridad. Esto generaba el penoso espectáculo de un hombre libre de obligaciones, pero que exi- gía y demandaba mayores beneficios. No puede uno dejar de recordar el retrato que hace Platón del “hombre democrático”: un individuo cuya alma está vacía “de conocimientos y preocupaciones rectas y de discursos verdaderos”, que vive sin orden ni obligación, entregado a la desmesura, la anarquía, la prodigalidad y la impudicia (Platón, 2000: 407-412). ¿Pero de dónde procedió este insólito fenómeno? Se trataba, “sen- cillamente, que el mundo, de repente, ha crecido y, con él, la vida” (Ortega, 2005: 97). Era un doble fenómeno: el hombre mediano se ha apoderado de mundo y este, parejamente, se ha medianizado. Tan mediano un europeo como un americano. Uno y otro leen las mismas noticias y se levantan con las mismas imágenes en el televisor. La ropa, los gustos, los hábitos, los problemas, las inseguridades son idénticos para este tipo de hombre. Si bien esto apunta a la uniformización del mundo, también implica su ensanchamiento. La ciudad más alejada irrumpe al instante en imágenes con el zapping. Pero no son estos as- pectos los que le dan su singularidad a la nueva situación social; para ser más justos, esas situaciones son expresiones de un fenómeno más profundo: lo que Ortega y Gasset denominaba “las circunstancias”, esto es, la apertura casi infinita de posibilidades de elección con que cuenta el hombre mediano (Ortega, 2005: 99). El conocimiento, las artes, los oficios, los gustos, los deseos, las diversiones –prácticamente cualquier actividad humana– ofrecían un amplio e insospechado repertorio de

Del sujeto abstracto al ciudadano

Esa “circunstancia” y sus posibilidades de decisión fueron facilitadas

por siglos de lucha, dedicación, esfuerzo, error y acierto. Particularmen- te por la perfecta confluencia de la técnica (“industrialismo y el experi- mentalismo”) y la democracia liberal del siglo xix. La técnica y la polí- tica como praxis de minorías selectas habían posibilitado la comodidad,

la solidez, la “altura de los tiempos” y el advenimiento de las masas, que

terminaban por hacerse de un inusual poderío social. Todo esto llevaba

a una situación lastimosa para la tradición que seguía postulando un

lugar privilegiado para el Gran Sujeto de la modernidad y sus múltiples

expresiones. Ortega resumía de la siguiente manera la situación a la

que había conducido la entronización del hombre masa. “

las masas ejercen hoy un repertorio vital que coincide en gran parte con lo que antes parecía reservado exclusivamente a las minorías; segunda, al propio tiempo, las masas se han hecho indóciles frente a las minorías: no las obedecen, no las siguen, no las respetan, sino que, por el contrario, las dan de lado y las suplantan” (Ortega, 2005: 82). El problema no era que las masas representaran un fuerte movi- miento hacia la homogenización, el vaciamiento de la experiencia in- dividual y la desubjetivación, sino que el hombre masa realizara una doble indocilidad: no solo no permitía que se le dirigiera, representara o gobernara, sino que tomaba el lugar que históricamente le correspondía

primera,

al filósofo, al científico, al líder y al representante, y se atrevía a regen- tear su propio destino. El hombre ordinario pasaba de una situación pasiva, indiferente, subordinada y anónima a otra de autorrepresenta- ción y autoelevamiento. Se proclamaba a sí mismo como el prototipo del periodo histórico. Se trataba de un nuevo hombre, dominado por el “instinto de rebaño” que despreciaba Nietzsche y hacía pensar a Ortega

y Gasset que bastarían “30 años para que nuestro continente retroceda

a la barbarie” (Nietzsche, 2006: 43; Ortega, 2005: 110). Empero, el tránsito del desprecio a la desconfianza del hombre co- mún paradójicamente sería asumido con solvencia argumentativa por la denominada teoría de la democracia elitista. Se trataba de un movi- miento argumentativo paradojal porque al tiempo que la democracia situaba como su núcleo normativo al ciudadano también terminaba por minusvalorar el potencial político de este. Como bien refiere Bachrach, los orígenes de la teoría elitista de la democracia no pueden ser plenamente entendidos sin los estudios previos que Mosca le dedica a la clase política (1972: 31). Si Ortega y

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Enrique G. Gallegos

Gasset pretendía hacer un diagnóstico epocal y no concedía demasiada importancia a la política, Mosca (1998: 43) se centraba en compren- der “las leyes y las modalidades que regulan la acción” política. Esta pretensión de buscar patrones regulares en diversas épocas y regímenes y la vocación por extraer leyes constantes, fueron los elementos que hicieron afirmar que Mosca era el fundador de la “ciencia política con- temporánea” (Bobbio, 1998: 34).

A diferencia de Ortega y Gasset, que dirigía su análisis al surgimiento de un nuevo tipo de hombre masificado y mediano, Mosca se centraba en el estudio de lo que consideraba una tendencia y un hecho constante,

cuya eviden-

cia se impone fácilmente a todo observador”: la existencia de dos clases de individuos, “la de los gobernantes y la de los gobernados” (Mosca, 1998: 106). Pero en realidad a Mosca solo le interesaba la primera, no las formas de expresión, constitución y sufrimiento de la segunda. La clase política fue el tema central al que le dedicó casi toda la energía intelectual a lo largo de su vida (Bobbio, 1998). No importa si se trataba de la polis griega o de la Edad Media, si de la monarquía absoluta del siglo xvii o de los regímenes parlamentarios del xix. Todos los gobiernos de todas las épocas mostraban el mismo fenómeno: una clase política que determina- ba, dirigía, regulaba y organizaba la vida política. Los otros, el pueblo, la gran mayoría, la plebe, los estratos bajos, solo tenían el modesto papel de plegarse a los deseos y pretensiones de la clase dirigente. En la medida en que el sujeto mosquiano era quien dirigía y gober- naba, tenía en sus manos la importante función de determinar el “tipo político” y el grado de civilización de los pueblos (Mosca, 1998: 108). No es tarea menor que el destino de las sociedades, los regímenes políti- cos y las instituciones dependan de esta clase política. Una clase que en parte debía su poder a su riqueza, nacimiento, educación, cultura o, en menor medida, al voto popular. Ciertamente, no era suficiente con po- seer estos requerimientos para constituir al sujeto integrante de esa clase política. Tampoco que, por elemental economía organizativa, los grupos más pequeños siempre tendían a organizarse mejor y más rápido que las mayorías. El fundamento del poder de la clase política descansaba en un conjunto de creencias, ideas, costumbres, sentimientos y prácticas gene- ralmente compartidas y aceptadas por todos los miembros de la comu- nidad, que le daban sustento moral, político, cultural y hasta religioso al

“que se encuentra en todos los organismos políticos [

],

Del sujeto abstracto al ciudadano

política; otros lo llaman el principio de soberanía, la ideología o, más con- temporáneamente, la legitimidad del poder (Mosca, 1998: 131). Mosca distinguía dos corrientes históricas en la formación de la clase

política, a las que denominaba tendencia aristocrática y tendencia democrá- tica. La primera se inclinaba a constituir una clase política cerrada y exclu- yente; la segunda, a conformar una clase abierta y relativamente incluyen- te, aunque no lo suficiente como para permitir que todos –ni siquiera la mayoría– ingresaran abiertamente. Junto a estas dos tendencias también señalaba la existencia de dos principios de organización para mantener la cohesión y ejercer el poder: el autocrático, caracterizado por una transmi- sión del mismo de arriba hacia abajo (descendente), y el democrático-li- beral, que transmitía el poder de abajo hacia arriba (ascendente) (Bobbio, 1998: 21). A pesar de esta alusión a la organización y conformación del poder democrático-liberal no debe pensarse que Mosca analiza los regí- menes democráticos. De hecho, es demasiado crítico y desconfiado de las democracias. Más bien, lo que le interesa es la forma como se organiza

y estructura la clase política; utiliza, en consecuencia, dichas categorías como tipologías descriptivas de comportamiento en los regímenes políti-

cos y deja de lado la revisión o referencia a los aspectos singulares, norma- tivos y descriptivos de la democracia y su sujeto (el ciudadano). Pero, ¿qué pasaba, entonces, con aquellos individuos que no formaban parte de la clase política? Aunque las más de las veces parecían destinados

a una silenciosa obediencia, Mosca reconoció que se daban fenómenos de

presión, descontento y malestar que podían desencadenar movimientos,

revoluciones y terminar por destronar a la clase dirigente. Sin embargo,

la tendencia y el hecho constante de la necesidad de una clase política se

volvían a repetir, pero ahora en el seno de la mayoría que había derrocado a la anterior clase política (Mosca, 1998: 108). Desde el propio núcleo de esa mayoría, ahora constituida en grupo dominante, se erigía una nueva clase política. Esta era la inexcusable ley de organización de las sociedades políticas. Dicho de otra manera, no había forma de organizarse política- mente fuera del predominio de una clase política que estructurara, diri- giera y controlara el curso de las acciones políticas. Por ello, el sujeto político de cuño mosquiano no actúa desde la so- ledad del trono, el púlpito, el castillo o el palacio; no es ni el monarca hobbesiano, ni el filósofo kantiano ni el hombre redentor nietzscheniano; es, más bien, parte de una clase política que comparte un conjunto de ideales, creencias, una historia común, una vocación y una serie de intere-

83

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ses más o menos homogéneos; además, se encuentra en necesaria relación con un estrato intermedio (sacerdotes, militares, burocracia, etcétera) que sirve como trabazón entre la masa y permite organizar de manera adecua- da la acción política de esta (Mosca, 1998: 314). Por ello, a diferencia de los sujetos de la democracia antigua que podemos simbolizar gráficamen- te en la figura de un círculo; 7 en Mosca la imagen más representativa es la del triángulo, donde todas las órdenes, los mandatos y acciones provienen de los sujetos situados en el pináculo. Al estrato intermedio le toca ejecu- tar esas órdenes, y a la masa, prestar obediencia. Conviene precisar que en Mosca todavía no se establece una rela- ción necesaria entre clase política y democracia. De hecho, la democra- cia y su principal institución, el sufragio universal, son vistos por él con profunda desconfianza y recelo. Tendría que venir Joseph Schumpeter para plantear la relación intrínseca entre elitismo y democracia. Clase dirigente y democracia encuadrarán “a la perfección en el esquema de- mocrático reconstruido” por este economista (Bachrach, 1972: 47). La paradoja es que sea la propia teoría de la democracia la que in- tente encapsularlo en una categorización negativa y pasiva. Si en Nietzs- che, en Tocqueville, en Ortega y Gasset y en Mosca la desconfianza del hombre común y del individuo masificado y, por ende, del ciudadano, provenía de un ámbito discursivo ajeno a la democracia –fuera de la ge- nealogía en Nietzsche, la visión aristocrática en Tocqueville, el diagnós- tico socioepocal en Ortega y Gasset y la búsqueda de constantes sociales y políticas en el comportamiento de las élites en Mosca–, ahora nos en- frentamos a un rechazo y desconfianza que germinará desde dentro de los propios discursos legitimadores y normativos de la democracia. Un cambio de registro que se hace evidente, según coinciden varios teóricos de la democracia (Bachrach, 1972; Sartori, 2000), en Schumpeter y que acuña el concepto de teoría de la democracia. El aparato argumental dado por Schumpeter para conducir la teoría de la democracia al elitismo fue, a juicio de Bachrach (1972: 44), un “golpe maestro”. Mediante ese desplazamiento se despojó a la democra- cia de su sustento normativo y moral –el ciudadano común– y, paralela- mente, se insertó una enorme cuña o distancia entre la democracia y los

7 Ello porque, de acuerdo con Jean-Pierre Vernant (1973), la democracia está organizada de

84 forma simétrica en torno a un centro, que produce una reciprocidad entre iguales.

Del sujeto abstracto al ciudadano

ciudadanos: los representantes. 8 El representante político pasó a ocupar los lugares privilegiados que antes ocupaban el soberano hobbesiano en

el siglo xvi, el filósofo de la Ilustración en el xviii, el hombre redentor de

Nietzsche en el xix, y el intelectual de Ortega y Gasset y la clase política de Mosca en la primera mitad del xx. Así, el movimiento natural que se venía operando en el sentido de crear y buscar las mejores condiciones para la participación política del hombre común, terminó por truncarse y orientarse en el sentido de una inexcusabilidad del representante político. Es cierto que desde la formación de los Estados modernos –con su exten- sión territorial, aumento de población y creciente complejidad– existían condiciones sociales y estructurales que debilitaban la apuesta por la in-

tensidad en la participación política del ciudadano. Empero, la teoría eli- tista de la democracia no solo se justifica por el carácter ineludible de estos problemas –por demás, bastante reales–, sino porque se apoya de modo particular en una concepción radicalmente negativa del ciudadano. Schumpeter distinguía entre la teoría clásica de la democracia y la teo- ría elitista de la democracia. Sobre el contraste, las limitaciones y deficien- cias de la primera, construyó la segunda. No sería una reconstrucción que idealizara las instituciones griegas o que retomara las alabanzas a la democracia ateniense expresadas en el Discurso fúnebre de Pericles. La mayoría de las objeciones del autor a la teoría clásica de la democracia se reducían a una: ser “patentemente contraria a los hechos” (Schumpeter, 1982: 324 y 338). El postulado fundamental, la existencia de una “vo- luntad general” rousseauniana fácilmente discernible y asequible, care- cía de todo sustento. Tampoco existía el otro elemento primordial de la teoría clásica: el “bien común”; pues no solo diversos grupos pueden pretender propósitos distintos al “bien común” sino que puede tener significados diferentes, y aun en el supuesto de coincidir en un mismo objeto, queda la posibilidad de discrepar sobre su contenido. 9 Pero el error que más destaca de esta teoría es “la necesidad práctica de atribuir

a la voluntad del individuo una independencia y calidad racional que son completamente irreales” (Schumpeter, 1982: 325).

8 Para un análisis sucinto del desarrollo histórico de la representación política y de sus pro- blemas conceptuales, cfr. Sartori (2005) y Regalia (2000).

9 El argumento de Schumpeter puede resultar impecable: por ejemplo, se puede estar de acuerdo en que el bien común tenga por objetivo la salud, pero aun así faltaría ponerse de acuer- do para decidir si el presupuesto se destina a combatir una epidemia o a prevenir las muertes por abortos clandestinos.

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La teoría clásica presupone un ciudadano racional, responsable e in- dependiente, que al participar en la política traslada esos atributos a los asuntos públicos. Sin embargo, según Schumpeter, lo que demostraba la “prueba de lo hechos” era algo totalmente diferente. Como economis- ta que era y en su afán de buscar puntos de referencia para analizar el comportamiento del ciudadano, compara a este con los consumidores de la economía capitalista. Al igual que el ciudadano, el consumidor se encuentra sometido a la propaganda y a los esfuerzos del comerciante por incidir y manipular su conducta. Una y otra vez le repiten las mil bonda- des y beneficios de un producto. La propaganda comercial –al igual que la política– intentará llegar al subconsciente, posesionarse de este, proce- der mediante reiteraciones y discursos esquivos y simuladores, para crear asociaciones favorables al producto (Schumpeter, 1982: 330, 336-337). El consumidor puede, sin duda, sucumbir a esas influencias y estrategias y, al final, comprar el producto ofrecido. Empero, el curso ordinario de las decisiones que toma el consumidor en la vida cotidiana contiene un importante elemento neutralizador: la experiencia individual. Por más que la propaganda comercial arguya bondades y delicias de un producto, el consumidor termina por remitir sus decisiones a la “influencia saludable y racionalizadora de sus experimentos favorables y desfavorables” (Schumpeter, 1982: 330). Ahí está la gran diferencia con respecto al ciudadano. Este, al igual que los consumidores, se encuen- tra sometido a la propaganda política y debe tomar decisiones. Pero a diferencia del consumidor, el ciudadano tiende a carecer de la saludable influencia de la experiencia cotidiana sobre los “productos” de la polí- tica. Los temas, problemas y propuestas relativas a los asuntos públicos están tan alejados de su mundo ordinario que terminan por parecer ficticios. Si la compra de un par de zapatos es una experiencia inmediata y cotidiana para el consumidor, la discusión sobre las bondades del libre comercio o la estatización de la banca comercial terminan por ser enun- ciados vacíos y alejados del interés inmediato del ciudadano ordinario. Este hecho impide generar un sentido de responsabilidad y una capaci- dad racional para tomar las decisiones más adecuadas a los problemas. A esto hay que agregar que el ciudadano moderno surge en el contexto de las grandes ciudades y las aglomeraciones que generan la “súbita desapa- rición, en un estado de excitación, de los frenos morales, de los modos civilizados de pensar y sentir; la súbita erupción de impulsos primitivos,

Del sujeto abstracto al ciudadano

ello, una simple afirmación repetida infinitamente terminaba por tener más peso en la decisión del ciudadano que un argumento racional. Aunque Schumpeter inicialmente parte del supuesto de que la polí- tica es algo alejado de los intereses cotidianos del hombre, especula con la idea de que el ciudadano pudiera comportarse de forma más racional en la medida en que los asuntos públicos estuvieran más cerca de sus problemas cotidianos y locales; sin embargo, esta idea es inmediata- mente desechada por el autor al confrontarla con la complejidad de la política, la división del trabajo y la propia propensión del individuo a enclaustrarse en la vida privada, imposibilitando, en cualquier caso, la construcción de un ciudadano responsable e independiente. Al com- parar las decisiones de la vida privada del individuo con las de la vida pública del ciudadano, se acentúa la irracionalidad, la premura, el pri- mitivismo e infantilismo de este último. Esta percepción del ciudadano como un sujeto primitivo, irracional, voluble, fácilmente manipulable, irresponsable y dependiente, llevó a Schumpeter a invertir el postulado central de la teoría clásica de la de- mocracia. Si esta sostiene que el pueblo tiene una voluntad general y eli- ge a sus representantes para hacer cumplir esa voluntad, en la inversión schumpeteriana lo único que hace el pueblo es elegir a los representan- tes, quienes se encargan de tomar libremente las decisiones que conside- ren pertinentes (Schumpeter, 1982: 343). Puede parecer que el cambio introducido de alguna manera respeta la voluntad de los ciudadanos; sin embargo, la inversión hecha por Schumpeter resulta una propuesta más demoledora de lo que parece. Primero, porque la volonté générale que está en el centro argumental de la teoría clásica es para Schumpeter una seudorreligión, una ilusión, “por cuya desaparición ora piadosamente” (1982: 345); segundo, porque el ciudadano carece absolutamente de los atributos positivos como para poder actuar en las decisiones de gobier- no. No es casual que la teoría de la democracia termine por reducirse a un simple elemento dentro de una “teoría del caudillaje competitivo” y que cualquier interés por el buen funcionamiento de la administración, de las leyes y del gobierno acabe como “subproducto de la lucha por la conquista del poder” (Schumpeter, 1982: 361 y 364). Al final, de eso trataba la reconstrucción conceptual de la democrática emprendida por Schumpeter: un método para procesar la “lucha por la conquista del poder”. Por ello, critica cualquier pretensión idealizante de la democracia. La igualdad, la libertad, la solidaridad, la justicia social y

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cualquier otro ideal o bien sustantivo podrán ser benignos para la huma- nidad, pero hacer de ellos los fines de la democracia es un craso error. Sobre los despojos del ciudadano ordinario, Schumpeter constru-

yó un sujeto político dotado de cualidades prominentes. Frente al ciu- dadano irracional, irresponsable y voluble de la teoría clásica, se erige

el opuesto de la teoría elitista: racional, responsable, juicioso. Paradó-

jicamente, el idealismo rechazado por Schumpeter se le infiltra por la puerta trasera. Es un idealismo que, a causa de su rechazo, se muestra magnificado, pero termina por revestir la forma de un sujeto político

no menos inexistente, fantasmagórico e irreal que el ciudadano ordi- nario que critica y rechaza. Es la continuidad del sujeto racionalizante filosófico de la modernidad y del superhombre nietzscheniano; por- que para seguir siendo consistente en su argumentación, puede ser tan irracional el ciudadano común como este superpolítico, tan instintivo e irresponsable el uno como el otro. De distinta manera, por diferen- tes motivos y procesos, pero ambos pueden tomar decisiones que no necesariamente redundan en el interés colectivo; dicho de otra mane- ra: ambos pueden actuar priorizando la satisfacción de sus instintos, intereses y necesidades. Detrás del sujeto de la teoría elitista de la democracia lo que se en- cuentra es la versión política del homo economicus criticado por Arendt (2005: 181) bajo el concepto de homo faber. No es gratuito el esfuerzo que hace Schumpeter por comparar y extrapolar las experiencias del comerciante, del productor, del consumidor y del vendedor a las del ciudadano y el político. Se trata de reducir la política a un intercam- bio mercantil y a un proceso de toma de decisiones. De aquí que la democracia quede reducida al modus procedenci. Como en una gran máquina o fábrica de producción en serie, los ciudadanos ordinarios son simples operarios y autómatas del gran proceso comercial. Oculto en su faceta de consumidor, el ciudadano languidece. El elemento creador que acompaña a toda actividad humana queda reducido por una técnica, que al paso del tiempo termina por volverse mecánica

y repetitiva. La política, que por principio de cuentas surge “de la

imposibilidad de pronosticar las consecuencias de un acto en una co- munidad de iguales en la que todo el mundo tiene la misma capacidad de actuar” (Arendt, 2005: 262), en las manos del elitismo económico queda confinada a una de las tantas actividades previsibles e instru-

Del sujeto abstracto al ciudadano

A modo de conclusión

El largo recorrido que ha experimentado la categoría conceptual del ciu- dadano en la filosofía política desde su feliz concepción en el pensamien- to aristotélico muestra una tensión que a la fecha no ha sido resuelta y que quizá deriva de su propia construcción discriminante que dejaba fuera a vastos segmentos de la población. Por momento oculto en el absolutismo del Leviatán hobbesiano, recuperado y ahogado al mismo tiempo en la volonté générale de Rousseau, despojado de su concreción en la abstracción

del sujeto filosófico de la Ilustración, oprimido por la nivelación histórica en Tocqueville, ninguneado en su calidad de rebaño y masa por Nietzsche

y Ortega y Gasset, ocultado por el discurso de la clase política en Mosca y,

al final, reducido por el elitismo político a una caterva espasmódica, in- tempestiva e irracional, el ciudadano se mantiene escindido en un arriba

y

un abajo, entre el ejercicio del poder y su carencia, entre la vida privada

y

la vida pública, entre la participación y la abstención, entre el sujeto y el

objeto. La clausura –total y parcial, que oscila del ocultamiento a la publi- cidad– de la categoría del ciudadano que se opera en Hobbes, Rousseau, Nietzsche, Tocqueville, Ortega y Gasset, Mosca y Schumpeter desoculta el viejo designio añorado por los tiranos de todos los tiempos: que los ciudadanos se recluyan en la vida privada y abandonen la política. 10 Los últimos 40 años han renovado la discusión sobre la importan- cia del ciudadano en la teoría de la democracia. A la par de la ola de democratización que recorrió el mundo (Huntington, 1994), el sujeto de la democracia también se levantó de las catacumbas en las que se le mantenía encadenado. Pero desocultar al sujeto de la democracia no es lo mismo que volverlo a situar en el centro normativo y práctico de la demo- cracia. Podemos, como Diógenes el cínico –quien buscaba a un hombre

con su lámpara en plena luz del día–, salir a buscar al ciudadano en la plaza pública y nunca encontrarlo. O más bien, mantenerlo oculto con otras máscaras, inmerso en situaciones que impiden su reconocimiento

y escindido en múltiples identidades. Podemos, a manera de conclusión

problematizadora –que más que cerrar los planteamientos aquí tratados, abre otro horizonte de problemas–, indicar tres de las dificultades a las

10 La referencia es a Aristóteles (2000a); Arendt (2005), como ya era costumbre en ella, sigue al primero.

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Enrique G. Gallegos

que se enfrenta la construcción de una ciudadanía plena en los albores del siglo xxi y la enunciación de una posible salida a esta problemática.

1. Temporalidad capitalista contra temporalidad política. Desde la anti-

güedad griega se reconoce que la temporalidad política no puede asumir la forma de intervenciones intermitentes y ocasionales. Para evitarlo, se sabe que Pericles tomó la iniciativa de pagarles a los ciudadanos atenienses para que pudieran asistir a las asambleas (Aristóteles, 2000a). Pero la ló- gica capitalista, que es utilidad, ganancia y rendimientos (time is money), labora en contra de la temporalidad política. Esta relación estructural y necesaria entre economía familiar y ciudadanía, tan evidente para el pen- samiento antiguo, parece no serlo para los teóricos de la democracia de los últimos 40 años. Una economía liberal y globalizada orientada a la utilidad y al rendimiento tiende a determinar estructuralmente todos sus componentes en el mismo sentido. Si el ciudadano promedio dedica la mayor parte de su tiempo a las actividades laborales, si su principal ener- gía se orienta a obtener un salario que le permita participar del sistema de compra-venta: ¿cómo construir ciudadanías plenas y participativas? 11

2. De la ciudadanía abstracta a las ciudadanías concretas. El segundo

problema que opera contra la construcción de una ciudadanía plena surge de los propios discursos filosóficos y políticos que siguen enclaus- trando al ciudadano en abstracciones y entelequias metafísicas. Los de- rechos y las obligaciones a que se refiere la “ciudadanía” reintroducen en muchos sentidos al sujeto abstracto de la filosofía y lo aderezan con proposiciones sin contenido concreto. Siguiendo a Aristóteles, Rous-

seau indicó de forma inmejorable una parte del problema: “La mayor parte de la gente toma una población por una ciudad y un burgués por un ciudadano. No saben que las casas constituyen la población, pero que los ciudadanos hacen la ciudad” (2005: 64–65). Volver al ciudada- no de carne y hueso y sus concreciones específicas -ama de casa, obrero, empleado, peatón, estudiante, etcétera- es uno de los principales retos. ¿Cómo, pues, pensar la singularidad y concreción sin volver a un relati- vismo intolerante, y sin nulificarlo en abstracciones?

90

11 Uno de mis lectores anónimos me hace notar los avances en materia de los derechos de los ciudadanos. Indudablemente la existencia de una primera, segunda y tercera generación en los derechos fundamentales es un logro; pero en mi opinión estos avances no invalidan el ar- gumento: el desajuste estructural entre la orientación del capitalismo y la participación política,

que demanda otra temporalidad y por ende otro arreglo entre economía y política.

Del sujeto abstracto al ciudadano

3. La ciudadanía en contexto del cambio y la crisis epocal. El tercer

problema engloba los dos anteriores y es más complejo y esquivo para describir. La teoría crítica refiere la instrumentalización de la vida social que termina por reificar a los sujetos; la posmodernidad, la incredulidad de los metarrelatos que impide establecer pautas permanentes y válidas de relación entre los sujetos; los sociólogos, la “sociedad del riesgo” que termina por instalar una espiral de incertidumbres en las decisiones co- lectivas e individuales (Horkheimer y Adorno 2006; Lyotard, 2004; Beck, 2007): filósofos y sociólogos parecen coincidir en que asistimos

a una profunda transformación de las sociedades contemporáneas, que

en algunos adquiere la grave forma de crisis y en otros la más atenuada

de cambio epocal (según el matiz y orientación de cada pensador). En ese contexto global, la experiencia política parece que se vacía y termina por carecer de sentido. La política tan pronto es una cosa como otra. Signo inequívoco de ello es su identificación en el imaginario social como “corrupción”; esto es, cuando se convierte en todo lo opuesto de lo que debería ser

y se le asimila con una actividad humana disolvente. Y si la política es

sinónimo de corrupción, su sujeto normativo (el ciudadano), termina por salpicarse de ella y volverse no menos sospechoso. Así, frente a esa sospecha, que hace las veces de una mácula, el ciudadano prefiere vol- ver a ocultarse en la seguridad de la vida privada –aun cuando lo único que asegure sea la incertidumbre– y dejarles la política a los políticos autoproclamados como “profesionales”. Es cierto que también cabe una reacción que tienda a la participación política como en los movimientos sociales de los ochenta y noventa del siglo pasado o en las recientes pro- testas en el mundo árabe. Pero la raíz del problema se mantiene estable:

el vaciamiento de la experiencia política.

4. La enunciación de una posible salida tendría la siguiente forma:

a) El cambio del tiempo laboral por el tiempo político, reduciendo,

por ejemplo, la duración dedicada a las actividades laborales. Volver a introducir el concepto de ocio cultural: un ocio politizado que reoriente la energía del ciudadano. Pero esto solo es posible si a su vez se da un cambio en la distribución de la riqueza y la lógica con la que opera el

capitalismo;

b) Involucrar a los ciudadanos en las tareas públicas inmediatas de

su comunidad y su horizonte concreto de exigencias, necesidades e ilusiones; esto es, concretar la definición abstracta de ciudadanía. Esto

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Enrique G. Gallegos

significa que sobre estas bases se rechazaría de raíz la idea nodal de la democracia contemporánea: la representación. c) Solo cuando la política se volviera concreta, cuando la participa- ción fuera real, cuando sus decisiones fueran autoasumidas y sus efectos manifiestos, la experiencia política estaría en condiciones de volver a adquirir un sentido. Pero aquí conviene despejar un malentendido y precisar que el sentido no lo establece la política y que tampoco se trata de politizar la vida cotidiana del ciudadano, sino hacer de la política el medio mediante la cual –como apunta Jean-Luc Nancy– se mantenga una apertura y se abra un espacio agonal para lo incalculable que sumi- nistra sentido: el amor, la amistad, el arte, el saber, el pensamiento

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Artículo recibido el 1 de febrero y aceptado el 20 de mayo de 2011

POLIS 2011, vol. 7, núm. 2, pp. 95-137

Del sujeto abstracto al ciudadano

La comunicación política en la red global. Entendimiento y espacio público

Mario Zaragoza Ramírez

Este artículo describe cómo se entiende la comunicación política arti- culada en el espacio de la red electrónica y la participación –selectiva– de diversos actores. Se considera que la comunicación política posibi- lita, si se toma en cuenta como un diálogo, los discursos autogestivos que buscan difundir una parte de la realidad que queda relegada de los espacios informativos convencionales y que pueden encontrarse en la red. Así, en medio de la polarización, la comunicación política, en la medida en que permite la interacción entre grupos y actores diversos, puede ser parte del problema y de la solución. Se propone, así, que esta sea parte de la democratización del conocimiento, y del diálogo que puede resolver o desmitificar los problemas políticos, sociales y económicos que enfrenta la sociedad de principios del siglo xxi. Palabras clave: comunicación política, diálogo político, acción co- municativa, entendimiento, Internet, nuevas tecnologías de informa- ción y comunicación, espacio público.

Introducción

E n este artículo se explora una de las herramientas que se erigen como posibilidades para el diálogo en materia política, la Internet y

su actuación en algunas de las nuevas formas de hacer política, aunque se expone sólo una pequeña muestra del enorme botón de posibilidades que la red tiene para difundir, influenciar, increpar, resolver y llegar a

millones de personas, aprovechando sus características globales, lo que

Maestro en Comunicación por la Universidad Nacional Autónoma de México; asistente editorial del Departamento de Sociología de la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Iztapalapa. Correo electrónico: <zaragozaramirez@gmail.com>.

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Mario Zaragoza Ramírez

permite también una mayor libertad de expresión en comparación a los medios tradicionales, como la televisión, la prensa escrita y la radio. La Internet abre un nuevo espacio para el ejercicio de la comunica- ción política, en virtud de que se trata de una tecnología que potencia la interacción –más que la mera relación inmediata entre mensaje y respuesta, presupone la activación del diálogo mismo– que si bien en México todavía está limitada en su alcance y extensión, ha dado mues- tras de una vitalidad social significativa, sobre todo si se mira en rela- ción con el conflicto poselectoral de 2006, las elecciones intermedias de 2009 y algunos acontecimientos recientes. La comunicación política se apoya en las características de la red

porque las condiciones sociales han cambiado y, por ende, se puede aprovechar la herramienta; si no existiera la Internet, sería otro el medio

a emplear, ya que es la sociedad civil la que hace un uso social de este y

no es solo el medio el que permite una mayor interacción. La intención es no llegar a la fetichización tecnológica. Es la apropiación cultural la que determina los usos del medio (Williams, 1974). Hoy, la Internet representa un medio no solo masivo, sino global, tal como lo señala Manuel Castells (2001); como herramienta, hace suya

la idea de la aldea global, o mejor dicho, de la sociedad en red (Cardoso, 2008), donde las personas tienen la posibilidad de compartir información

y entretenimiento desde casi cualquier lugar del mundo. Por lo que las

posibilidades de difundir un mensaje y que este sea visto son innumera- bles. Sin embargo, no todas las personas tienen acceso a este medio, lo que limita su rango de acción. Y es constitutivo a las desigualdades que imperan en el mundo generadas por el modo de producción capitalista, por lo que sigue siendo una minoría la que tiene esta posibilidad. Los temas referentes a la política no son la excepción y también se difunden en la red de manera inmediata y con posibles repercusiones importantes. Resulta innegable entonces la influencia que tiene la Inter- net y la que puede llegar a tener para la definición de temas o posiciones políticas, sobre todo en cuanto a cargos que se obtienen mediante el voto popular; pero eso dependerá del acceso y del interés de quienes generen y se apropien de esos contenidos. El objetivo es mostrar de forma exploratoria la articulación que exis- te entre la comunicación política y la Internet. No desde la concepción de la comunicación política como una herramienta para el mercadeo

La comunicación política en la red global

da y desarrollada por la élite gobernante–, sino desde una óptica donde se entienda a la comunicación política como acción, desde la teoría de la acción comunicativa de Jürgen Habermas (1981a, 1981b). Reto- mando la definición de Dominique Wolton (Wolton y Ferry, 1995) del triángulo de la comunicación política entre gobierno-medios-opinión pública, pero con la variante de la interrelación entre estos, no solo como un juego de poder donde el gobierno y los medios tienen mayores posibilidades de intervención que la sociedad civil en las decisiones im- portantes de la vida en común. Se propone, en cambio, favorecer la co- municación entre los tres actores políticos a través de la Internet, donde se practique ese espacio circular que les permita dialogar con la plena convicción de entenderse en asuntos públicos. Cabe aclarar que esto no sustituye a otras formas de circulación de la información política, en términos de la comunicación política: la Internet tiene una centralidad particular, pero de ningún modo se traduce en el único medio. La socialización de la información representa aquí la materia prima, ya que solo a partir de la libre difusión de las ideas se puede pensar en la posibilidad de construir un diálogo entre élites y pueblo. Se dice que la información es poder, pero, más bien, el conocimiento es poder, la palabra como universo espiritual de los ciudadanos, en alusión a la obra de Jean-Pierre Vernant (1992) y su idea de conceder y publicitar el conocimiento a los gobernados para que puedan dialogar, en la justa medida, en igualdad de condiciones con los gobernantes. Es de esta forma que el libre acceso a la información permite ventajas a quienes tengan la posibilidad de interactuar desde sus computadoras con la vida política en común, como se dijo, en un gobierno democrático. Así, la propuesta se nutre de la idea de hacer que la Internet sirva para dar cabida a la comunicación política incluyente y definitoria de la vida pública, no a la fetichización de la herramienta, sino al uso so- cial que se hace de esta. Las nuevas tecnologías permiten una enorme cantidad de posibilidades para la creación de redes y la facilitación –en algunos casos– de una ciudadanía responsable y consciente; he ahí una de sus grandes virtudes, aunque también representa un importante ins- trumento para el entretenimiento, la dispersión y el ocio, que genera grandes ganancias económicas a las industrias culturales. Víctor Sam- pedro Blanco señala (2008: 5): “Desde sus terminales telemáticas los ciudadanos tendrían capacidad para tomar voz y parte en una demo- cracia (auto) representativa. La tecnopolítica llegaría a alterar los rasgos

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Mario Zaragoza Ramírez

políticos que, incluso, desembocarían en democracias deliberativas (a medio camino de la directa). Esta es la visión integrada, optimista, que diría Eco”. Claro que como versión romántica de los hechos parece que la comunicación política encontró el espacio indicado y las soluciones están por venir; empero, la comunidad red no tiene pies ni cabeza defi- nidos, es el grupo social más heterogéneo y global conocido hasta hoy. Las posibilidades de la red global son infinitas, desde la difusión de men- sajes amistosos y familiares hasta la de mensajes políticos trascendentes para la vida pública. Las características de la Internet permiten pensar en este medio como una alternativa, gracias a la apertura de información, su libre tránsito, su facilidad de acceso y de publicitar sus contenidos –los cuales no pueden manipularse de la misma forma que los de otros medios– de manera in- mediata. Esto da pie al periodismo ciudadano (Sampedro Blanco, 2008) o a los usuarios como generadores de sus propios contenidos (Castells, 2007), los mass self communication, que no son más que los foros, chats, blogs y demás secciones abiertas a la participación de casi cualquiera, lo cual fomenta la intervención de quienes estén interesados en los asuntos críticos de la vida pública. A partir del estudio y descripción de la comunicación política en la Internet se podrá dibujar una caracterización para pensar teóricamente la relación que tienen y el escenario que conforman donde suceda el diálogo político, y, así, enfatizar la posibilidad de la red global para pu- blicitar el conocimiento y la información, que a largo plazo puede hacer de la relación élites-pueblo un diálogo entre iguales en la búsqueda del entendimiento. De acuerdo con Jay Blumler y Michael Gurevitch (2005), los es- tudios en comunicación política se ven modificados e influenciados por los avances tecnológicos, tal como las disciplinas que tienen como referencia lo social. La manera como los políticos entran al juego de los medios y sobre todo las posibilidades que las nuevas tecnologías de información y comunicación (ntic) les brindan para buscar beneficios en su carrera por el poder se han modificado. En este sentido, ambos autores enfatizan en la necesidad de conformar estudios teóricos que expliquen estas nuevas realidades, que permitan entender las nuevas arenas políticas y las formas en cómo se emplean las novedosas herra- mientas. Es claro que esta propuesta pone de manifiesto la exigencia de

La comunicación política en la red global

mas en un contexto donde la tecnología es un tema recurrente, ya que

la comunicación política se puede entender como acción en el ámbito

político, en el espacio público que actualmente se ve modificado e in- cluso transformado por las ntic. El objetivo de este artículo es describir el problema mediante la expli- cación de la comunicación política como un proceso incluyente, alimento de la esfera pública en respeto de las diferencias, con el entendimiento y disenso como factores que permitan la paridad de condiciones para el diá- logo, promotor del conocimiento y la convivencia como materia prima, donde su principal aliado sea la Internet y sus enormes alcances sociales. Una comunicación hecha por los ciudadanos para los ciudadanos, que lleve a cabo lo que Vico señala como verum factum (Mondolfo, 1980): se comprende mejor lo que está hecho por nosotros mismos y es verdadero en tanto que nosotros somos los propios creadores de eso. Porque en nuestro tiempo las posibilidades tecnológicas nos dan la posibilidad de pensar en este tipo de alternativa, ser parte de la revolución tecnológica, aprovechar los recursos para el bienestar común.

Nuevas tecnologías de información y comunicación en el diálogo político

A partir de entender a la comunicación política como acción, se puede

pensar en la Internet como el medio que propiciaría la construcción de acuerdos, aprovechando las características del medio, formar y fomen- tar la creación de redes que dialoguen, y busquen formular consensos en los asuntos importantes para la convivencia. Comunidades virtuales que privilegien la comunicación abierta, sin dueños, sin imposiciones

ni

de opiniones ni de formas de pensar, una verdadera comunicación en

el

sentido filosófico, en la búsqueda del con-saber. Reconociendo en las

diferencias la igualdad que los une. En plena construcción del con-saber que refiere Antonio Pasquali (1972) a través de la comunicación, de esa acción comunicativa que per- mite el entendimiento en el mundo de la vida, la red es solo un instru- mento que facilita, a veces, el encuentro cara a cara. Que permite a los participantes conversar y a su vez eliminar algunas barreras. La comuni- cación política será entonces la que use el medio –en este caso la Inter- net– para darle cauce a los intereses que surjan de la propia comunidad e

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Mario Zaragoza Ramírez

intentar resolver o simplemente mantener vigentes en la agenda las nece- sidades e intereses colectivos: “La tradición de la autoorganización de la sociedad civil” (Curran, 2002: 148). La comunicación política encuentra cabida en las nuevas tecnologías para dimensionar o re-dimensionar sus posibilidades, se auxilia innegablemente de la herramienta para consoli- darse como la acción comunicativa en asuntos políticos. Las ntic constituyen un concepto relativamente nuevo, ya que como su nombre lo indica se refiere a los cambios o transformacio- nes tecnológicas para la difusión de la información y la comunicación. Como procesos distintos, la información equivale al intercambio unila- teral de datos y la comunicación implica el diálogo y el entendimiento (Becerra Giovannini, 1984). Por eso es importante decir que esas ntic “se refieren a un fenómeno convergente entre distintas tecnologías de comunicación e información” (Gómez, 2009: 293). De modo que las ntic son esos sitios que permiten a través de la tec- nología un inmediato flujo de información y, en algunos casos, establecer un proceso comunicativo, vía chats, blogs, páginas de interacción social, etcétera. “Las tecnologías de información y comunicación (tic’s) merecen un (¿muy?) especial interés. Estas tecnologías representan un conjunto heterogéneo de técnicas, sistemas electrónicos, máquinas inteligentes, re- des tecnológicas, programas informáticos y usos sociotécnicos y culturales que se hallan en pleno crecimiento exponencial” (Vizer, 2003: 234). Estos avances tecnológicos potencian la conformación de redes, de socialización a través de los medios, con alcances nunca antes experi- mentados por los medios tradicionales; sin embargo, no son los produc- tores de este intercambio de formas sociales, son solamente los poten- ciadores. “…podemos mencionar la creación de redes comunitarias de tic’s en la forma de redes electrónicas voluntarias, implementadas por grupos preocupados por la promoción, la defensa o el mantenimiento de valores, bienes e intereses públicos comunes, a los que podemos aso- ciar “la promoción y el crecimiento del capital social y cultural propio de una comunidad o un grupo: espacios públicos, derechos humanos, salud, etcétera” (Vizer, 2003: 234). Aquellos que en general están inte- resados en algunos temas, verán en la Internet la posibilidad de expan- dir y extender sus intereses. Sin embargo, las ntic no representan per se la solución a los proble- mas ni mucho menos. Tampoco se trata de encumbrarlas y señalarlas

La comunicación política en la red global

se trata de caer en la fetichización de la técnica, la intención es argu- mentar que el uso social de esta permitiría fomentar esas conversaciones de asuntos que competen e interesan a las personas. Tal y como lo afir- ma Raúl Trejo Delarbre: “… esos recursos no cambiarán por sí solos a la humanidad ni extirparán sus defectos y adversidades” (2006: 14). En el mismo sentido, Finquelievich afirma (2000):

…la democratización del acceso a las tic’s se va concretando a pasos agi- gantados por medio de las redes ciudadanas sustentadas por tic’s como “sistemas informáticos on-line concebidos para promover y estimular la comunicación, la cooperación, la participación y el intercambio de infor- mación, experiencias, bienes y servicios entre los ciudadanos y los actores públicos y privados de una comunidad (ong’s, instituciones gubernamen- tales, y empresas privadas. Simultáneamente, se abre la comunidad local a la comunicación en red con la comunidad global.

Esto fortalece la idea de que no es solo con la tecnología como se pueden resolver las cosas, debe haber antes la disposición o el interés para participar o buscar las soluciones a lo que socialmente se puede considerar como problemas.

El desafío fundamental para las tic consiste en demostrar que pueden incrementar cuantitativa y cualitativamente no solamente la capacidad individual sino también colectiva de los recursos para crear diferentes for- mas de “capital” y de formación de valor: valores económicos, simbólicos, sociales y culturales. Cuando la tecnología es mitificada y junto a ella una ideología del poder y el control sobre el mundo natural o el social, ella se torna en una forma temible de reificación; o sea, en lo contrario a la for- mación de sentido y de valor (Vizer, 2003: 237-238).

Sin ánimos triunfalistas, las ntic permiten pensar que desde una computadora se puede gestar un movimiento o una respuesta organi- zada ante los principales problemas que aquejan a la sociedad: “… Esta ‘gran familia’ sabe que también millones de pantallas de computadoras

y de ciberactivistas anónimos, como David frente a Goliat, de un solo

hondazo certero pueden dejar ciego al gigante (al menos por unas horas,

el sueño de muchos anarquistas se hace realidad en el mundo virtual: el

Mario Zaragoza Ramírez

De esta forma surge la inevitable posición de lo evidente, tal como señala Vizer, se mira a la tecnología como signo apocalíptico o como símbolo de la integración y el desarrollo humano a través de la homo- geneización de intereses, consumos y actividades. Tal como Habermas señalaba a los medios de información como contrainstituciones, en esta misma idea las ntic tienen hoy mayores posibilidades para ser conside- radas como ese David que organizado podría dar la sorpresa a Goliat. Continúa Vizer (2003: 349): “Ello pone a la sociedad civil ante una encrucijada: ¿su rol hacia adelante se limitará al de consumidor, como ocurre con la televisión, solo que interactivo, o afirmará la lógica ciu- dadana que ha caracterizado su bautizo en este medio? Nunca antes ha tenido, como ahora, la posibilidad de influir en la configuración de un nuevo medio de comunicación, en beneficio de la humanidad”. Defi- nitivamente más activo gracias a la tecnología, pues las ntic permiten una mayor interacción; sin embargo, seguirá dependiendo del esfuerzo intelectual y la disposición de las personas por participar en los temas definitorios de la vida en común. En un Estado ideal, la participación social en los medios públicos –en el caso del estudio de James Curran sobre la televisión pública– debe estar en el centro de la discusión, rodeados del sector privado, la sociedad civil, el sector económico del mercado y un sector profesional (2005: 139). Ante ese panorama, la televisión, la radio, la Internet y los medios públicos en general pueden representar una alternativa para la participación –aunque siempre será selectiva–; sin embargo, tal como lo enuncia Gustavo Cardoso (2008), las personas hacen uso de todos los medios al mismo tiempo, prenden la televisión mientras escriben o buscan información en su computadora, escuchan la radio por la vía tradicional o por la Internet, revisan periódicos, etcétera. Hay un medio que predomina en su uso, pero, generalmente, se articulan entre ellos o se unen de manera transversal. De ahí que la Internet represente, a diferencia de los medios tradi- cionales, una opción que lleve a cabo la idea que han tenido algunos medios públicos: hacer que las audiencias o usuarios puedan incidir en la programación. En el caso de la Internet no solo se puede ser partícipe de los contenidos sino prácticamente hacerlos, construirlos uno a uno a través de algunos sitios. Convertirse en lo que Manuel Castells define como mass self-communication (2007), que se puede traducir como me-

La comunicación política en la red global

Es en este sentido que afirma: “Bajo estas condiciones, las políticas insurgentes y los movimientos sociales están habilitados para intervenir más decisivamente en los nuevos espacios de comunicación” (Castells, 2007: 238), y de esta forma influir o participar en la creación de una agenda comunicativa y sobre todo política. De ahí el uso de los mass self-communication en las relaciones entre poder y contra-poder como políticas formales o insurgentes y en las nuevas manifestaciones de los movimientos sociales (Castells, 2007: 239). Resulta lógico pensar que si existe la herramienta, se modificarán las prácticas o se podrían generar nuevas, sin embargo, y en coincidencia con Gabriela Sued (2004), la tecnología es socialmente construida, de nada sirve la conexión inalámbrica y veloz a la Internet si no hay antes disposición a dialogar asuntos comunes o políticos y luego concretar los acuerdos. Indudablemente, los avances tecnológicos han abierto la posibilidad de una participación mayor que la de los medios tradicionales, ya que se encuentran un poco más lejos de la censura y de la institucionalización de los mensajes. Porque, de acuerdo con Castells (2007: 241), lo que no existe en los medios no existe en el ideario público; por lo tanto, un mensaje político es necesariamente un mensaje mediático. En nuestras sociedades, los políticos dependen de los medios. El lenguaje de los medios es norma para el proceder de estos, que están interesados en dar una cara amable a la gente; sin embargo, también están más expuestos al escrutinio público y a que a través de las ntic puedan ser criticados y satirizados. Los medios son los espacios donde se forja el poder, mas no la fuente para poseer el poder (Castells, 2007: 244). Blogs, chats, sitios de interacción social, etcétera: donde todas las cadenas de medios tradicionales y los políticos de todos los partidos tienen o buscan tener acceso para mantenerse vigentes. Lo cual nos habla no solo de la importancia y trascendencia del medio, sino de las posibilidades que la tecnología podría brindarnos ahora y cómo muta el proceso de la comunicación política. Esta apropiación de los medios permite una mayor participación; sin embargo, ninguna intervención política en la esfera pública requiere ne- cesariamente tener presencia en el espacio mediático, pues este es creado alrededor de los procesos de los mass self-communication (Castells, 2007:

246); es decir, de hacerlos propios, como comunicación masiva hecha por las propias audiencias, pero aún es necesario fortalecer la participación co-

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Mario Zaragoza Ramírez

lectiva en las ntic. Es en ese sentido que Trejo Delarbre (2006) entiende

el acceso a la red con la metáfora de Borges del Aleph, el paraíso de la in-

formación debe tomarse en su justa dimensión. Son muchos los alcances

y posibilidades; sin embargo, el elemento clave sigue siendo el interés y

sus contextos socioculturales, políticos y económicos. Señala Aníbal Ford (1994: 43): “McLuhan elaboró su metáfora cuan- do previó los impactos de un desarrollo tecnológico comunicacional to- davía ‘incipiente’. Vio lo que se venía pero falló en el diagnóstico. Como muchos otros utópicos de la comunicación”. Pronosticó una aldea comu- nicada por todas partes, una homogeneidad lograda a partir de la tecno- logía. Pero hoy queda demostrado que las características de la red global fomentan lo heterogéneo, dan cabida a lo distinto, es incluyente, pero al mismo tiempo separa a los usuarios, con todo y que el inglés se posicione como el idioma universal, existen detalles, formas, que impiden el pensa- miento fácil de una aldea global interconectada. Es más que eso.

Aquí, el fetichismo por el hardware es una suerte de enfermedad profesio- nal. Se trata de una filosofía histórica porque la computadora, que según Turing está ocupando el poder, ocupa el lugar del espíritu universal; las teorías conspirativas que se enganchan en este punto lo llaman entonces por su nombre. Los fanáticos del hardware son simplemente reduccionis- tas: añoran las elementalidades y las causalidades (Bolz, 2006: 40).

No todo está resuelto con poseer una computadora con acceso a la Internet. “Si la computadora es un medio, no puede formar comunica- ción. Más bien podría decirse lo contrario, que la comunicación impri- me formas en el medio ‘computadora’” (Bolz, 2006: 41). Es en este punto donde se requiere hacer énfasis en que la comuni- cación política en la Internet requiere, primero, entender que no im- plica solamente la difusión de la información política o la imagen de algunos políticos. Consiste en aprovechar las herramientas, tal como afirma Dominique Wolton (2004: 62):

Solo el surgimiento progresivo de una comunicación política contradic- toria [en el sentido de no limitarse solo al marketing político] permitirá esclarecer un poco más esta cuestión de la identidad cultural colectiva que en cierto modo condensa todas las aspiraciones de nuestras sociedades:

La comunicación política en la red global

apertura y necesidad de raíces. Modernidad y miedo a no formar parte de

la tradición, mundialización y deseo de identidad nacional.

Así, “La constitución de los objetos como formas simbólicas presupo- ne que sean producidos, construidos o empleados por un sujeto para di- rigirlos a un sujeto o sujetos, o que sean percibidos como si hubieran sido producidos así por el sujeto o sujetos que los reciben” (Thompson, 1993:

206). De esta manera es evidente que lo hecho y difundido en la Internet, es una comunicación hecha por los ciudadanos para los ciudadanos. Que lleve a cabo lo que Vico señala como verum factum (Mondolfo, 1980), se comprende mejor lo que está hecho por nosotros mismos y es verdadero en tanto que nosotros somos los propios creadores de eso. Porque en nuestro tiempo, las posibilidades tecnológicas nos dan la oportunidad de pensar en este tipo de alternativa, ser parte de la revolución tecnológica, aprovechar los recursos para el bienestar común. Tal como señala Anthony Giddens (1997: 38) sin tomar en cuenta que los medios electrónicos quedaron un tanto relegados, en lo que a su alcance se refiere, ante las ntic, que permiten pensar que la emancipa- ción es posible a través del uso social:

… con el desarrollo de los medios de comunicación, particularmente la comunicación electrónica, la interpretación del autodesarrollo y de los sis- temas sociales, incluyendo sistemas globales, se hace más pronunciada. El “mundo” en el que vivimos hoy es, por eso, muy distinto del que habita- ron los seres humanos en anteriores periodos de la historia. Es un mundo único, que posee un marco unitario de experiencia (por ejemplo, respecto

a los ejes de tiempo y espacio) y, al mismo tiempo, es otro encargado

de crear nuevas formas de fragmentación y dispersión. Un universo de actividad social en el que los medios electrónicos tienen un rol central y constitutivo, sin embargo, no se trata de un mundo de la “hiperrealidad” en el sentido que da Baudrillard a este término. Una tal idea confunde el omnipresente impacto de la experiencia mediada con la referencialidad interna de los sistemas sociales de la modernidad –el hecho de que estos sistemas devienen, a todos los efectos, autónomos y determinados por sus propias influencias constitutivas.

Quienes se decidan a participar a través de las ntic, ya sea de ma- nera selectiva o constante, estarán aprovechando el medio y las caracte-

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rísticas de este; sin embargo, la única forma de que la tecnología brinde sus servicios será, solo, si existe en primera instancia la voluntad y/o el interés de participar en los asuntos públicos y dialogar en la búsqueda del beneficio en común; además, de sortear los impedimentos que im- plica el acceso a las tecnologías. De llevarse a cabo, la participación política –y por lo tanto la cultura política– dará ese salto cualitativo que implica la convicción e interés por los asuntos de interés general, esto, en el contexto de la sociedad en red, o también llamada Sociedad de la Información; donde las ntic desempeñan un papel fundamental, como se explicará en los siguientes párrafos para la concreción de novedosas formas de relaciones sociales y por tanto comunicativas.

Comunicación política en la sociedad en red

La idea de consolidar la comunicación política en la Internet, surge gracias a los notorios avances tecnológicos que brindan los mecanismos necesarios para pensar en medios de información inmediatos y eficaces; incluso, algunos de estos podrían considerarse medios de comunicación. Lo anterior en un contexto actual, donde algunos teóricos apostarían por considerarlo posmodernidad o modernidad tardía; sin embargo, el concepto que realmente hace eco es de la Sociedad de la Información (Castells, 1997) en general y en este caso particular el de la sociedad en red (Cardoso, 2008). La diferencia radica en que “En la sociedad en red la organización de los sistemas de los medios y su evolución depende en gran medida del modo en el que nos apropiamos socialmente de ellos” (Cardoso, 2008: 32). Cabe señalar que no todas las sociedades tecnoló- gicamente desarrolladas transitan o se ubican de esta manera, sino tal y como estamos relacionados socialmente a través del uso que le damos a las ntic y los medios tradicionales. Así, la sociedad que hoy se encuentra interconectada o en red, es una sociedad sumamente heterogénea, donde casi cualquiera –ya que es necesaria la conexión a la Internet y tener una computadora– pue- de participar. Las relaciones que de esto surgen representan formas de convivencia social, iguales a las de siempre, pero con el plus de las ntic. “Mediante la tendencia secular a la individualización, se dice luego, se

La comunicación política en la red global

lectiva y, por ende, su capacidad de negociación política. La búsqueda

de respuestas políticas a las grandes cuestiones del futuro se ha quedado ya sin sujeto y sin lugar” (Beck, 1998: 25). Sin lugar fijo y sin un sujeto determinado, la sociedad en red permite, a quien así lo desee, convivir con otros, aunque esto siempre sucedió, la diferencia es que hoy, la tec- nología potencia esas posibilidades. Teóricos como Ulrich Beck (1994) han estudiado y trabajado am- pliamente en torno a la globalización, cuya referencia espacio-temporal

es

obligada para la sociedad en red. Ya que tal como lo explica Cardoso,

es

la sociedad que hoy en día normalmente conocemos, pero articulada

con el uso que la gente hace de las ntic. El concepto parte, como se ex-

plicó líneas arriba, de la noción de Sociedad de la Información, donde

la tecnología permite la difusión e intercambio informativo que reper-

cute en lo económico, lo político y por supuesto en lo cultural. Abunda Gustavo Cardoso (2008: 51): “Hablar de Sociedad de Información, aún reconociendo la existencia de un discurso oficial estandarizado, no siempre es hablar sobre una misma realidad. Hay quien le da más valor a la dimensión económica de la información,

otros a la dimensión política y otros a la valoración personal, cultural

y educativa como elementos clave de la caracterización de nuestra

sociedad”. Lo cierto es que en la sociedad en red, la información y

el libre tránsito de esta tienen eco en todas las esferas de la vida en

común, por lo que resulta innegable la trascendencia que tienen las ntic en la actualidad. Se podría asegurar, entonces, que el concepto de la Sociedad de la Información podría ayudar a entender y mejorar aquellas exigencias contemporáneas, pero, ¿por qué emplear el concepto de sociedad en red entonces? Porque el “concepto de la sociedad de la información no será

el más adecuado para captar la complejidad de los cambios en curso

en la sociedad contemporánea ni para comprender cómo los diferentes medios se configuran como facilitadores de ‘empowerment individual’ [empoderamiento individual] y, consecuentemente, de autonomía co- municativa y sociopolítica” (Cardoso, 2008: 52). Ya que la información que fluye a través de las ntic no es la solución por sí misma, es el uso que se hace de ella. Lo que nos ayuda a entender las repercusiones que tiene el uso transversal de los medios –de todos o los que se tengan al alcance al mismo tiempo, a manera de redes–, es que de conformarse un espacio

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de discusión, la tecnología puede potenciar aquellas relaciones sociales que buscan el cambio y la libertad.

… la aparición de las tecnologías de la información y comunicación en red […], por un lado, y por otro la digitalización de los contenidos, aliada a las tendencias (aunque pocas veces concretizadas) de convergencia tecnológi- ca entre ordenadores, telecomunicaciones y televisión, ha aportado una nueva aproximación entre los intereses de las ciencias de comunicación y de la información (Cardoso, 2008: 52).

De regreso al acercamiento teórico de la sociedad en red, esta nos permite ver un poco más allá que en la Sociedad de la información, donde esta última es ciertamente más fluida, abundante e inmediata.

Desde el punto de vista de la construcción cultural, sociedad de informa- ción, como síntesis de la discusión que hemos tratado hasta este punto, podemos admitir que, al hablar de Sociedad de Información, nos estamos refiriendo a una sociedad en la que el intercambio de información y la acti- vidad social central es predominante […] ideológicamente, podemos definir la sociedad de información como un proceso de cambio social basado en la in- formación, la cual, es a su vez, en sí misma, la expresión del conocimiento humano (Cardoso, 2008: 53).

Es así que la Sociedad de la Información nos sirve como marco de referencia para acercarnos, pues, al concepto de sociedad en red.

Castells no es el único que propone un análisis de carácter intersectorial. Pues, tal como Anthony Giddens afirma (1998), nos encontramos ante el cambio de algunos de los ejes que caracterizan a la modernidad, principal- mente a nivel económico, en aquello que Castells denomina el cambio de un modo de desarrollo industrial hacia un modo de desarrollo informacional (Cardoso, 2008: 55).

Un avance en cuanto a difusión y transmisión de información se refiere. Pero algo debe hacerse con esas posibilidades informativas. De acuerdo con Cardoso (2008: 56):

La comunicación política en la red global

La Sociedad de la Información […] existe como construcción cultural, que no es lo mismo que afirmar que existe. ¿Por qué? Porque, como Anthony Giddens (1998) sugiere y Manuel Castells sintetiza, la comunicación del conocimiento ha sido crítica en todas las sociedades, incluyendo la Europa medieval que era culturalmente estructurada y, hasta cierto punto, estaba unificada por la educación escolástica […] una infraestructura intelectual (Castells, 2002)”.

Porque las sociedades siempre han estado informadas y por lo tanto comunicadas, pero hoy se potencian al máximo esas posibilidades. Continúa Cardoso (2008: 59): “La sociedad informacional que Ma- nuel Castells nos propone como fruto de los cambios tecnológicos y económicos, y de los movimientos sociales de las tres últimas décadas tiene, como una de sus características principales, la lógica de la red de su estructura básica”. Así, podemos entender que la sociedad en red es la clave para distinguir entre los usos que se hacen de la información, ya que el simple flujo informativo no transforma la realidad, es solo a partir del uso que se haga de esta que se puede concretar un proceso de comunicación en la sociedad interconectada. Podemos afirmar que nuestras sociedades son informacionales todo el tiempo y así lo han sido, debido a que la producción de la infor- mación, su procesamiento y transmisión son factores para construir el poder político. Esta posesión de la información fue la que ayudó a construir las bases de las sociedades contemporáneas, con todo y los usos jerarquizados de lo que se dice y lo que no. Sin embargo, hoy el proceso de la información es más flexible y se adapta a las necesidades contemporáneas con la ayuda de los medios. “En términos tecnológi- cos, aunque la génesis de la sociedad en red radique en las posibilidades ofrecidas por el desarrollo de las comunicaciones, software y hardware de los años 70, encuentra su momento de difusión de la Internet en las familias y en la generalidad del tejido empresarial durante la segunda mitad de la década de los 90” (Cardoso, 2008: 59). Si bien hoy los avances tecnológicos podrían generar mayor interés

y participación, en la sociedad en red sigue siendo primordial la acción

social de los usuarios antes que los ánimos triunfalistas sobre la técnica; ya que se puede tener acceso a la Internet, pero se necesita la disposición

e interés para conformar un diálogo político alrededor de lo que nos sucede en lo cotidiano.

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Tal como José Ignacio Porras (2005) explica y tiene algunos puntos de encuentro con este escrito, aparecen nuevas oportunidades para de- liberar en el espacio público, todas, gracias a los avances tecnológicos; pero el detalle fundamental es la forma en cómo cada individuo hace uso de la técnica y entonces se la apropia socialmente para lo que se po- dría considerar como su beneficio. Es decir, emplearla para constituirse en un sujeto de acción social (Touraine, 2002). La existencia de este nuevo modo de desarrollo informacional y la preponderancia del espacio de flujos sobre el espacio de lugares tiene como resultado una globalización creciente, lo que no es negativo, ya que representa la idea de que todos pueden comunicarse con todos, com- prar y vender globalmente y así formar una comunidad global. La reali- dad de la globalización representa para una gran parte de la humanidad una retirada de poder político y el consiguiente empobrecimiento eco- nómico (Castells, 1997). Si bien la sociedad siempre ha estado informada y por lo tanto siempre puede comunicarse con sus integrantes, está claro que en nuestros tiempos, en los que se vive la sociedad en red, todos –o quie- nes así lo deseen– pueden aportar temas a la discusión, ser partícipes del proceso.

Como sugiere Nordenstreng (2001), tomar como punto de partida el concepto de sociedad informacional, tanto en términos históricos como económicos, en la definición de lo que quiere decir información en nues- tras sociedades (o de como ellas la apropian) constituyó una contribución particularmente útil, toda vez que permite una contextualización, para la comprensión del sistema de los medios y de la forma en la que domes- ticamos las tecnologías y su uso, en los espacios de mediación simbólica (Silverstone 1999, Ortoleva 2004, Colón 2003). De ahí que el primer estadio de la comprensión sobre cómo se dirige la autonomía y cómo se ejerce la ciudadanía, en la Era de la Información, a través de la selección y articulación de diferentes medios pasa necesariamente por el análisis de los modelos informacionales de sociedad (Cardoso, 2008: 71).

Así, en una sociedad como la nuestra, que vive de la información que recibe, transmite y retransmite, su acción frente a las ntic represen- ta el motor de la sociedad en red, donde efectivamente la información y

La comunicación política en la red global

se hace de estos medios. La comunicación política se puede convertir en acción en un medio como la Internet, porque nuestro contexto lo permite a través de la apropiación de la tecnología. Hoy, se puede decir que “Cada individuo o cada pequeño grupo ac- túa en estos casos de forma autónoma, pero con la conciencia de que su manera de mostrarse dice algo a los demás, que generará una respuesta en ellos y contribuirá a crear un ambiente o una atmósfera compartida que teñirá las acciones de todos” (Taylor, 2006: 196). Es este sentimien- to de interacción lo que permea a las redes sociales en la Internet. De esta forma se puede ser copartícipes del proceso, construir el con-saber que la comunicación permite, llevar a cabo ese diálogo que antes estaba solo destinado a la conversación cara a cara. “Dar el paso a un mundo horizontal y de acceso directo, enraizado en un tiempo se- cular, debía traer consigo una nueva concepción de nuestra situación en el tiempo y en el espacio. Y con ello también una nueva concepción de la historia y de las formas de narrarla” (Taylor: 2006, 203). Esta nueva forma de comunicarse se puede llevar a cabo gracias a las características del medio; sin embargo, de no existir, esta nueva forma de entender lo social, lo cultural y lo histórico encontraría una ventana para hacerse presente, porque lo que cambió, en parte, fue la sociedad a la par de la tecnología. Porque en la red no todo es diálogo político o discusiones por el bienestar común, pues predominan el ocio y el entretenimiento. Sin embargo, es una opción viable “… mientras existan otros que usen in- ternet para explorar en el panorama de los issues o temas políticos ideas más extensas y profundas al respecto” (Blumler y Gurevitch, 2005:

110). Puede considerarse como una opción y/o alternativa frente a la información que difunden los medios tradicionales. En tanto que hay personas que lo hacen. Como se ha dicho, estas nuevas condiciones tal vez enciendan la tensión entre una enorme libertad para elegir y una mayor incapacidad para evitar los materiales políticos (Blumler y Gurevitch, 2005: 110). Sin embargo, todo recae en la responsabilidad y capacidad de síntesis y de información de los usuarios de la red. Porque puede generar “conoci- miento” e incluso ayudar a construir una noción de “ciudadanía” (Trejo Delarbre, 2006); empero, la utilización tecnológica no lo es todo, como se ha dicho, es necesario para ello, la conciencia de causa a la hora de

Mario Zaragoza Ramírez

participar, siempre y cuando se libre la primera barrera, esa que implica el acceso a la tecnología. Muchos esfuerzos se han hecho para enganchar a los votantes en nuevas historias creadas con la participación de comentarios de ciu- dadanos ordinarios. Las voces y opiniones de hombres y mujeres en la calle se convierten en verdaderas exposiciones en formatos populares y aproximaciones que aparecen en los talk shows, mensajes de teléfonos celulares, llamadas, faxes, correos electrónicos en respuesta a las entre- vistas de los políticos (Blumler y Gurevitch, 2005: 111). Esto exige una mayor participación, pero también un mayor cuidado de los políticos frente a lo que normalmente eran audiencias aparentemente pasivas. “… lo cual incrementa lo asertivo de la participación en los medios de la sociedad civil organizada” (2005: 114). Porque ahora es tiempo de dar respuestas. Las personas –o usuarios de la red– pueden ser también productoras de contenidos, de mensajes políticos, de la misma manera como son espectadores o consumidores de estos; las posibilidades que les brinda la herramienta es quizá más interactiva que la que tenía con los medios tradicionales (Gómez, 2009). Retoman Jay Blumler y Michael Gurevitch (2005: 115) a Castells cuando este señala:

No es que los medios “controlen” la política como tal, algo de eso es lo que han venido haciendo y por lo que constituyen el espacio en el cual la polí- tica ahora sucede principalmente para la mayoría de la gente en sociedades supuestamente “avanzadas” [… pero] Si estamos de acuerdo con él o no, en cuanto al engaño en el discurso político se refiere, debemos ahora hacer tal análisis con los medios.

Es decir, una lectura crítica igualmente para los mensajes políticos como para los medios. Lo anterior habla de una sociedad más crítica frente a los retos que aparecen en el espacio público; se puede presentar mayor resistencia que en otros tiempos donde la censura y los candados a la información impedían un libre flujo de los temas que interesaban o podrían interesar por su trascendencia a la sociedad civil.

La comunicación política en la red global

… y con los medios cambia al crear más canales para que aparezcan y sean ventilados los secretos, en tal sistema puede haber más ocasiones para que más voces sean oídas, más problemas que atraerán la atención de la gente, y en más ocasiones formen parte de lo que la gente quiere encontrar y lo que desean oír, lo que consideran o saben alrededor de algunos temas. Pero puede también ser más difícil juntar todo esto “en el centro” del debate. El contraste podía estar entre una esfera pública de cacofonía [incomprensible] y una coherente (Blumler y Gurevitch, 2005: 117-118).

Toda la información –o casi toda– se vuelve más conocida en la so- ciedad en red –aunque también se dispersa y se pierde–, lo que permite tener la expectativa de que esto fomente la participación de la gente; sin embargo, además de encontrarse con los impedimentos técnicos y/o de acceso a las posibilidades que brindan los medios, existe el problema del desinterés y la falta de confianza en las acciones políticas, lo cual podría ser un impedimento para que la comunicación política, como acción, se llevara a cabo. El diálogo político que surge en un contexto como el de la sociedad en red a través de un medio como la Internet, nos brinda la posibilidad de considerar que representa una opción viable para el desarrollo de una sociedad más crítica, en tanto que esté más informada e interesada en los sucesos que inciden en su entorno, familiar, laboral e incluso emocional. La participación de la gente es la que nutre la comunica- ción política, y esta se volverá acción comunicativa hasta que quienes sean partícipes de ese proceso sean conscientes de que la discusión de los asuntos públicos pueden transformarlos en sujetos de acción, y así incidir en los temas políticos gracias a su entendimiento de la realidad y su previa discusión para articular, gracias al medio, un espacio donde se puede construir una novedosa forma de participación ciudadana.

La Internet como una alternativa para la comunicación política

Lejos de las ideas triunfalistas, la Internet es una opción para llevar a cabo el diálogo político, donde la acción comunicativa de Jürgen Habermas cobra no sólo relevancia sino, en algunos casos, materialidad, donde el

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consenso es parte de la forma y del fondo. Mostrar que la capacidad de diálogo; y por lo tanto, de acción comunicativa, puede suceder en algu- nos sitios electrónicos, donde la interacción es un elemento vital, que se desarrolla de manera distinta a los medios habituales. Es en este entorno donde la red lleva a cabo –cuando las circunstancias así lo permiten– un intercambio particular entre quienes tienen las condiciones necesarias, pero, sobre todo, cuando se tiene el ánimo de participar. Un mundo de la vida que Habermas no contempló en la Internet, pero que sin lugar a dudas, nuestro momento histórico nos permite y obliga a pensarlo como una opción no sólo válida, sino relevante para el desarrollo de lo político, lo económico y lo social, así como una herra- mienta que está presente en nuestra cotidianidad y la hace posible. De inicio resulta fundamental reconocer que la Internet es una he- rramienta o un medio resultado de la modernidad y el desarrollo tecno- lógico; la red de redes surge en el contexto de la globalización, en medio de ideas triunfalistas sobre los alcances de la tecnología como la aldea global de Marshall McLuhan que se pronunciaba por una sociedad in- terconectada gracias a los medios. Pero la realidad comprueba que las computadoras o la conexión a la Internet por sí mismas no solucionan los problemas de convivencia y tampoco generan un mundo globali- zado y homogéneo o necesariamente una mejor comunicación o una sociedad más comunicada. Sin embargo, en la misma medida, se debe decir que la Internet es, sin lugar a dudas, el medio que recientemente plantea un cambio en la manera en como las personas se relacionan entre sí. Sonia Livingstone (2005) confirma que la Internet es un medio global de comunicación. Permite estar en contacto con otras personas en lugares distantes, inclu- so, puede ser una herramienta que suple –por momentos– el diálogo cara a cara si la situación geográfica así lo sugiere. También, es considerado un medio global por sus alcances, como se menciona en este trabajo, la sociedad en red es hoy lo que permite que muchos tengan al alcance información de diferentes latitudes, que puedan establecer relaciones a distancia y tener cercanía –de manera virtual– con sucesos y personas distantes. Otro elemento es la inmedia- tez, aunque también lo efímero de la información en la red. Los sitios pueden ser permanentes, pero solo son un referente inmediato, luego de un tiempo todo cae en la misma caja del olvido.

La comunicación política en la red global

Por supuesto que tampoco es una competencia para los medios tra- dicionales, al contrario, estos han buscado la forma de acercarse a la pla- taforma cibernética y generar contenidos en la Internet; sin embargo, debe apuntarse que la plataforma tiene sus propias reglas. Así como la televisión no puede entenderse a través del lenguaje cinematográfico y mucho menos emular sus contenidos, puede en alguna manera repro- ducir filmes, pero con su propia estética y su propia forma. De ahí que la Internet no pueda explicarse con formas antiguas; así como los medios tradicionales, la red de redes tiene sus propias características, virtudes y limitaciones. Aunque al mismo tiempo se traslapan sus usos, sobre todo en los consumos, y también sus contenidos. Esto, si miramos la historia de las tecnologías mediáticas, es una constante. Tal y como la relación del ser humano y la técnica (Sfez, 1995). Los estudios acerca de la Internet comienzan de manera seria (Li- vingstone, 2005) en los sesenta, cuando es reconocido como aparnet, aunque solo como una herramienta que permitía intercambiar infor- mación, sobre todo en un contexto bélico. Y se puede confirmar que en 1975 se envió el primer correo electrónico. Si bien la historia de la Internet no es relevante para este artículo, es importante situar que como herramienta, aparece en la década de los setenta del siglo anterior y cobra relevancia hacia finales del mismo siglo xx para llegar a nuestros días bajo la lógica intempestiva de la panacea tecnológica. Hoy la Internet es considerada en los estudios relevantes de las cien- cias sociales precisamente por su asombroso éxito (Livingstone, 2005), lo que la ubica como uno de los temas favoritos a desarrollar; sin em- bargo, es menor el esfuerzo que se ha hecho por problematizar al res- pecto. Aun así, los autores que aquí se citan coinciden en mostrar que la herramienta depende del uso social y de las condiciones económicas que permitan el acceso a la red. A diferencia de aquellos que plantean la panacea tecnológica solo por los avances del medio. Por lo anterior, la Internet tiene una relevancia específica en el ámbito académico, explica Sonia Livingstone el por qué: primero, es un medio “novedoso” y fundamentalmente modificó la forma como la sociedad se acercaba a la tecnología, permitiéndole el uso transversal de diferentes medios en uno; segundo, es la forma arquetípica de or- ganización de las sociedades contemporáneas empleando la tecnología (referencia); tercero, su ubicuidad –sus características, como lo hemos dicho en este trabajo– le permite ser un medio para informar pero

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también para el entretenimiento sin límites, y cuarto, la interactivi- dad o interacción que le permite al usuario con el medio y con otros usuarios, marca, en comparación con los medios tradicionales, una diferencia sustancial. Una característica más que se puede sumar a la relevancia de la In- ternet, es que para algunos autores, como Guiomar Rovira, Henry Jen- kins, Víctor Sampedro Blanco, Ingrid Volkmer, Lance Bennett y el pro- pio Manuel Castells por mencionar algunos, la tecnología hoy se puede pensar también como una herramienta para el activismo político y los esfuerzos antiglobalización, altermundistas, etcétera. Empero, desde su origen, no fue contemplado para ello ni de cerca. Otro factor trascendente para los estudios acerca de la Internet es el acceso. Livingstone cita a Graham Murdock y a Oscar Gandy cuando señala que el acceso a la Internet se convirtió en un elemento básico de la ciudadanía en esta época, en lo que se ha señalado en esta investiga- ción como sociedad en red y/o la era digital. Sin embargo, en muchos países –como el caso de México y otros de América Latina–, el acceso aún es reducido: en 2008 se decía que México contaba con 27.6 millo- nes de usuarios de la Internet. 1 De manera que participar en la Internet se vuelve una oportunidad para unos cuantos. Por ello, resulta arriesgado hablar de la participación como sinónimo de ejercicio ciudadano a través de este medio. Pero sí se volvió una ne- cesidad, una obligación para los gobiernos que se dicen democráticos –o intentan serlo–, de tomar en cuenta las expresiones que surgen y que estos mismos desean difundir en la Internet. Para autores como Giovanni Sar- tori (1989), la democracia, como forma de gobierno, imperante al menos en Occidente, busca que sus ciudadanos participen de manera constante a partir de la difusión de la información relevante. Esto, claro, en el deber ser de una democracia. Para la ciencia política, la participación políti- ca del ciudadano cobra relevancia en un contexto democrático y toma fuerza así un concepto como el de sociedad civil y la idea de sociedades cosmopolitas. De tal manera que la Internet es la puerta de entrada para esa posible interacción entre gobernados y gobierno. Reemplazando a la sociedad civil tradicional, al menos teóricamente (Livingstone, 2005), por una menos conformista en lo social, se puede interactuar en mayor medida en los sucesos que interesan en lo colecti-

La comunicación política en la red global

vo. El interés y el entendimiento son las dos condicionantes que harán que la herramienta realmente sea considerada como eficaz. Livingstone (2005) argumenta, siguiendo a Habermas, que la In- ternet es democrática porque no tiene dueño, porque incita e invita

a generar cambios cualitativos y potencia la democratización de la in-

formación. La democratización de la Internet incluye la posibilidad de tener acceso a más información, pero, sobre todo, a comentar e inte-

ractuar con esa información. Llevando a cabo la máxima del con-saber

y logrando de esta manera un entendimiento en que tiene su base la

acción comunicativa. Se puede hablar de interacción en el momento en que posibilita ciudadanos creadores de los propios contenidos que se difunden y re- ceptores más críticos; además de intercalar el proceso vertical de la in- formación con la comunicación horizontal (Livingstone, 2005). La posibilidad de tener acceso a mayor información hace que la agenda política tenga muchas aristas y, sobre todo, permite una lectura más afortunada y ciudadanos mejor informados. Sin embargo, es im- portante aclarar que el exceso de información en muchos casos desin- forma. Lo que muestra que la conexión a la Internet o el acceso múltiple

y transversal a diferentes sitios no garantiza el ejercicio de la ciudadanía, el debate consistente y una cultura política acabada. Como “lecciones aprendidas”, dice Livingstone, los estudiosos de la Internet se pueden dividir en los optimistas y los pesimistas; los prime- ros, confiados en la panacea tecnológica solo por los avances propios de la tecnología y el desarrollo industrial, los segundos, más cautos en lo que a la transformación de las relaciones sociales a través del medio se refiere, pero, al parecer, apuntan hacia un rotundo fracaso. Plantear una democracia virtual, e-democracy o democracia-online, depende directamente de la actuación de sus ciudadanos. Giovanni Sar- tori es muy claro al señalar en su Teoría de la democracia (1989) que los medios –para él en específico la televisión y la radio– pueden ayudar en el proceso de difusión de la información mediante la búsqueda del for- talecimiento de un gobierno democrático. Y a pesar de la claridad con la que la Internet se presenta en el espacio público, no es suficiente solo con su presencia o, en todo caso, con garantizar el acceso. Con el debido cuidado de no analizar algo novedoso con formas viejas, y evitar el problema de quienes emplean y se explican los sitios web como si fueran extensiones de la televisión o la radio pero con ca-

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racterísticas distintas, el planteamiento es abordar a la Internet como un nuevo elemento del espacio público. En este caso, el espacio público se ve modificado no en su estructura, sino en sus procedimientos; la línea que divide lo privado de lo público se desdibuja y, por ello, la red está más cerca del concepto de esfera pública. Se pregunta Sonia Livingstone si esos cambios son para mejorar el ámbito público y por ende lo social. Se puede afirmar que sí, pero se debe ser cuidadoso porque pareciera que recargar todo el peso en la tecnología nos pondría en un papel de ingenuidad comprobada. Sin embargo, la teoría crítica, desde su génesis, plantea la transformación desde el interior del problema; un cambio estructural implica un todo. De modo que la tecnología solo se considera una respuesta si se atina a plantear su uso social. Apropiando la versión de Habermas de acción comunicativa y eri- giendo al diálogo como punto de partida del entendimiento cuando así lo permita el espacio público, es decir, la información que se comparte. A partir de la idea de que la comunicación política no es un mo- mento estanco, un proceso que nunca sucede en el vacío y depende de un contexto (Dahlgren y Gurevitch, 2005), con un enfoque histórico- cultural y siempre asida a un tiempo y espacio específicos, es decir, que los cambios y manifestaciones culturales inciden directamente en esta, resulta sustancial la importancia de señalar a la Internet como un pro- ducto de la modernidad, tal como Herbert Marcuse (1987) señala al respecto de la tecnología, como un elemento también liberador si se emplea con esa finalidad. Como campo de estudio, la comunicación política es la interacción entre los actores formales –ciudadanos–, con el sistema político a través de los medios (Dahlgren y Gurevitch, 2005). Nuestro acercamiento teórico se construye a partir de esta idea, pero enfatiza la interacción que tiene la sociedad civil entre sí, a través de la Internet en mayor medida por las características del medio y la repercusión que esto tiene para la clase política. La idea de diálogo político se conserva; de hecho, es po- tenciada por la red, de ahí que el campo de estudio se enfoque no en la novedad tecnológica, sino en la categoría conceptual que permita actua- lizar el diálogo y la acción. “Internet, por ejemplo, es una herramienta, pero en sí misma, no hará automáticamente que la historia transite a un determinado sendero” (Dahlgren y Gurevitch, 2005: 391). Es lo anterior la pauta que permite entender cómo la Internet mo-

La comunicación política en la red global

línea imaginaria que divide la información privada de la pública y la generación de contenidos queda en manos de los propios usuarios. En materia política, un gobierno que se precie de ser medianamente demo- crático tendría por obligación que alimentar el espacio del escrutinio público con información de interés general. En esa lógica, los cambios

o modificaciones que trajo la Internet en lo político y social refieren un entendimiento distinto del espacio público. Desde siempre, el espacio público se conforma como ese ámbito donde se publicita cierta información de interés colectivo y que tie- ne una trascendencia para la sociedad (Habermas, 1981a, 1981b; Arendt, 2005). De tal manera que en nuestros días una herramienta que perfectamente puede cubrir esa labor informativa, pero, sobre todo inmediata, es la red de redes, por todo lo que implica en la difusión y extensión del espacio público y por lo que se señaló como su influjo en el campo académico y social. Es, entonces, el contenido en la Internet una creación de los usuarios para los usuarios, lo que beneficia y promueve el diálogo que Antonio Pasquali reconoce entre iguales, en la medida en que el conocimiento es generado por ellos mismos, llevando a cabo lo que Rodolfo Mondolfo (1980) recupera de Vico sobre lo que está hecho por uno mismo y lo verdadero que esto puede ser, por estar concebido y creado por uno mismo, tal como los contenidos en la Internet, que son entendidos por quien los hace porque concretan la máxima de Vico, el Verum ipso fac- tum, es real en tanto que ellos mismos son los creadores del contenido. Filosóficamente, es verdad y es comprendido por quien lo hace.

El debate de la esfera pública llevado a la Internet

Tratar de decir qué se discute o dialoga en la red es casi imposible;

resultaría una tarea titánica encontrar un tema favorito o recurrente,

y además sería arriesgado señalar qué tiene mayor interés para quie-

nes decidan por medio del acceso de qué cosas enterarse y qué vale la pena discutir. La red tiene presencia por sí misma en la socialización de mensajes de la más diversa índole (Trejo Delarbre, 2009), lo mismo se puede hablar de política, que de la farándula o de un conocido. De ahí

la vitalidad de los contenidos y la posibilidad que tienen para potenciar

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La relevancia del diálogo en la Internet no es otra que la de alimentar

la esfera pública, concepto que para Jürgen Habermas (2006) toma rele-

vancia porque implica el ámbito donde se busca concretar consensos para

el mundo de la vida, alejado del estratégico convencimiento de un punto

de vista sobre otro. Tomando en cuenta lo escrito en párrafos anteriores,

el

diálogo que surge a través de la Internet, y nutre la esfera pública, no

es

relevante porque suceda a través de esa tecnología sino por el hecho de

tratarse de una manifestación de la acción comunicativa. El concepto de esfera pública ha sido empleado en diversas maneras, generalmente como sinónimo de procesos que conforman la opinión pública o como los nuevos medios por sí mismos. Es decir, las ntic; sin embargo, para Habermas, la esfera púbica tiene un significado sólo como el espacio de discusión –no necesariamente a través de los me-

dios– en un modo de producción capitalista: “esfera pública burguesa”, tal y como la llama Peter Dahlgren (Dahlgren y Sparks, 1991), reto- mando el concepto de Habermas. Los estudios de Habermas enfatizan la descripción del declive de la esfera pública burguesa y su final desintegración, en los Estados indus- trializados y desarrollados tecnológicamente, los países capitalistas. Esto en su libro La transformación estructural de la esfera pública (1989), el cual está enfocado, sobre todo, a los países desarrollados y que la tradi- ción anglosajona ha seguido. Según James Curran (1991), se puede hacer un acercamiento teó- rico a la esfera pública desde la concepción de las democracias liberales europeas y desde la tradición marxista (comunista). Ambas coinciden en señalar que es un espacio que propicia el consenso; sin embargo, la diferencia radical estriba en que el objetivo de una es fortalecer procesos “democráticos” –que incluyen solo las garantías para una parte de la población y solo se pueden observar en países desarrollados tecnológi- camente– y la otra, el bienestar social. Se puede afirmar entonces que no están tan separadas como categorías conceptuales; sin embargo, en su finalidad y su praxis es donde se distinguen. La esfera pública liberal

se ve nutrida por la relación medios-gobierno-ciudadanos; en la mar-

xista, desempeña un papel fundamental el ciudadano y su (interacción)

generación de sentido a través del uso del medio. De acuerdo entonces con la teoría liberal clásica, la esfera pública

o “foro público” es el espacio entre el gobierno y la sociedad donde

La comunicación política en la red global

mente están controlados por el Estado, son expuestos a la opinión pú- blica (Curran, 1991: 29). Esto para democracias liberales, donde por lo general en los tiempos electorales se comparte mucha información en torno a los candidatos. La concepción marxista que retoma Curran es naturalmente una críti- ca a ese espacio entre la sociedad y el gobierno articulado por los medios, ya que se considera a estos como difusores de una ideología predominante; sin embargo, resulta importante destacar que para la concepción crítica de la esfera pública, es donde realmente se retoma a Jürgen Habermas para señalar que el papel relevante está depositado en el ciudadano, en quien haga uso de los medios para informarse y entonces generar un estado de la opinión pública a través del conocimiento común y lograr así consensos. Se debe reconocer, entonces, que este trabajo se ubica en el acerca- miento teórico reconocido por Habermas y señalado por James Curran como el radical d