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PLANTANDO VIDA (O PON UN COLEO EN TU VIDA)

REFLEXIÓN SOBRE LA PRÁCTICA JARDINERA DE LA ASIGNATURA DE PARÁBOLAS DE JESÚS

POR EMILIO JOSÉ COBO PORRAS

DE PARÁBOLAS DE JESÚS POR EMILIO JOSÉ COBO PORRAS En el mismo momento en el que

En el mismo momento en el que decido escribir estas líneas, tengo a mi vera una maceta

llena de tierra y de pequeños y breves brotes de coleos. Mientras contemplo el verde intenso

de sus hojas y el puro blanco de sus tallos, me doy cuenta del transcurso del tiempo, de la

historia. El cambio generado en estas diminutas semillas durante los últimos meses ha

despertado una especie de cuidado paternal en mí. De hecho, antes de llevar a cabo cualquier

cosa nada más levantarme, me he preocupado de regar o de colocar esta planta cerca de la luz

solar, de tal suerte que he convertido esta costumbre en un instante de mimo y ternura que

me acerca a la hechura de Dios. En esa visión matinal de una frágil y sensible planta he podido

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parabolizar (sí, incluso alegorizar cualquier situación que se presentaba en el devenir del día)

para comprobar que nada surge al azar, que nada sucede por que sí.

En estas tiernas plantitas que estiran el cuello de su tallo níveo, cientos de incógnitas

abruman los sentidos. Belleza, sencillez, pequeñez, potencia, vida, fragilidad… son algunas de

mis reacciones cuando me dedico por un par de minutos a observarlas. La belleza simétrica,

pura y matemática que emana de sus hojitas me inspira a considerar el orden tan misterioso y

a la vez práctico de la vida creada por Dios. La sencillez cromática que en su incipiente

crecimiento presentan, procura en mí mismo una sensación de que incluso en lo más simple

hallamos parte del extenso y supremo ingenio divino. Estas diminutas plantitas posibilitan que

pueda colocarme frente a la dimensión infinita y grandiosa de un Dios eterno, dándome

cuenta de lo minúsculo que soy en comparación con el fantástico tapiz del universo que Dios

ha tejido con dedos sabios y perfectos.

La potencialidad de estos brotes, aquello que llegarán a ser un día en su fase madurativa,

sigue llenando de enigmas mi mente. Cuando paso cerca de otros coleos ya en su estado más

pleno, veo sus impactantes colores y contemplo la profusión de su estructura formal, me

resulta harto difícil poder pensar que los mínimos brotes de mi maceta vayan a ser así, lienzos

naturales que exhibirán matices cromáticos únicos e incomparables. La vida que rezuma de su

imperceptible movimiento hacia la luz del astro rey, es un ejemplo claro de la necesidad que

todo ser creado por el Divino Arquitecto aspira a ser insuflado de renovadas energías. La luz

que persigue con lentitud esta plantita, me ayuda a contrastar la plenitud de vigor espiritual y

físico que hallamos cuando todo nuestro ser orbita en torno a Cristo, nuestro sol más radiante

y refulgente, con la oscuridad que amustia y aja todo el caudal de vida de tantas y tantas

personas entregadas a las tinieblas del pecado y la maldad.

Así como crece esta plantita, firme y segura, cuidada con esmero y cariño contra cualquier

factor adverso que pueda dañarla, alimentada con los nutrientes que le proporciona la tierra

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fértil y el agua salutífera, situada frente al foco de su fuerza energética para realizar su proceso

de fotosíntesis, con un aprendiz de jardinero que funda sus esperanzas en lo que ha podido ver

en otros tiestos y macetas, y con las leyes perfectas y sapientísimas con las que Dios dotó a

este universo, así deseo crecer en el Señor, viviendo cada día mientras espero su cuidado y

protección, su alimento espiritual en la Palabra y en la obra del Espíritu Santo en mí mientras

me arraigo fuertemente al sólido cimiento de Cristo, su aliento fortalecedor a través de la

comunión con Él en oración, el testimonio de la gran labor que ha efectuado en otras almas

que están bajo Su amparo, y confiando en las promesas veraces y fieles de Su amor y Su

justicia.

Firme y seguro, tal vez con pasos cortos y algún que otro tropiezo, este ejemplar vegetal

habla a las claras de que Dios planta vidas en este mundo, y que todas ellas necesitan de la

cariñosa y disciplinada atención del Celestial Jardinero. Si yo, pobre mortal, repleto de fallas y

susceptible de pecar, he sido capaz de ser solícito guardián de esta planta, qué no hará Dios en

nuestras vidas, y cuántos cuidados no llevará a cabo en nuestras existencias. Yo me he

olvidado de regarla algunos días, Él no cesa de alimentarme espiritualmente por medio de las

Escrituras. Yo he olvidado meter la maceta dentro de casa para que no padeciese el frío soplo

del viento invernal, Él nunca se olvida de amarme y de darme el calor de sus bendiciones. Yo

he mantenido a oscuras la titilante vida de esta pequeña planta, pero Dios en Su inmensa y

profunda misericordia nos provee de la luz más espléndida y brillante en la persona de Cristo.

Si plantar las semillas que un día me ofrecieron hubiese sido simplemente un ejercicio

meramente académico y exento de calidez, tras haber completado los requisitos de esta

asignatura podría haber dicho: “Se acabó. Me desharé de esta planta o la dejaré al libre

arbitrio de los elementos colocándola en cualquier lugar”; sin embargo, lo que pudo haber

sido, se ha convertido en un complemento a mis devocionales matinales y una hermosa

costumbre que me ha inculcado cierta disciplina y orden. Gracias a Dios, Él nunca termina con

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nosotros. Dios no nos deja a mitad del camino ni nos deja arrinconados en el devenir de

nuestras circunstancias. El Señor desea y concreta la obra que comenzó, que ahora continúa y

que, a buen seguro, seguirá completando.

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