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LA MISA EXPLICADA POR EL PADRE PIO

Padre Pío era el modelo de cada sacerdote… uno no podía “asistir” a su Misa, casi sin querer, se hacía “participante” de este drama que se jugaba cada mañana en el altar. Crucificado con el Crucificado, el Padre revivía la Pasión de Jesús con un dolor del cual he sido yo mismo el testigo privilegiado, ya que le servía la Misa.

Nos enseñaba, de esta manera, que nuestra Salvación no se podía obtener si la Cruz no estaba primero plantada en nuestra vida. Decía: “Creo que la muy Santa Eucaristía es el gran medio de aspirar a la Santa Perfección, pero hace falta recibirla con el deseo y el compromiso de quitar de su corazón todo lo que disgusta a Aquel que queremos tener en nosotros” (27 de julio de 1917).

Me había explicado, poco después de mi ordenación sacerdotal, que, celebrando la Eucaristía, hacía falta poner en paralelo la cronología de la Misa y la de la Pasión. Primero, se trataba de comprender y de realizar que el sacerdote, en el Altar, Es Jesucristo, entonces, Jesús, en su sacerdote, revive indefinidamente la misma Pasión.

Del signo de la cruz inicial hasta el Ofertorio, es preciso alcanzar a Jesús en Getsemaní, es preciso seguirlo en su agonía, sufriendo delante de esta “marea negra” del pecado. Es preciso alcanzarlo en su dolor, de ver que la Palabra del Padre, que ÉL había venido a traer, no sería recibida, o tan mal por los hombres. Y en esta óptica, hacía falta escuchar las lecturas de la Misa como estándonos dirigida personalmente.

El ofertorio, es el arresto, la hora ha llegado… (Jesús se ofrece libremente).

El prefacio, es el canto de alabanza y de agradecimiento que Jesús dirige a su Padre que le permitió al fin llegar a esta “Hora”. “Es justo y necesario… “ “nuestro deber y salvación…”

Desde el principio de la Oración Eucarística hasta la Consagración, uno alcanza (¡rápidamente!

a Jesús en su encarcelamiento, en su atroz flagelación, su coronación de espinas y su Vía Crucis en las callejuelas de Jerusalén mirando, en el “momento” a todos aquellos que están presentes y por los cuales oramos especialmente.

)

La Consagración ahora nos da el Cuerpo entregado y la sangre derramada, místicamente, es la crucifixión del Señor. Y es por eso que el Padre Pío sufría atrozmente en este momento de la Misa.

Luego uno alcanzaba a Jesús en la cruz y ofrecía al Padre, desde este momento, el sacrificio Redentor. Es el sentido de la oración litúrgica que sigue inmediatamente a la Consagración

El “Por El, con El y en El….” Corresponde al grito de Jesús: “¡Padre, en Tus Manos encomiendo mi espíritu!” entonces, el Sacrificio está consumado y aceptado por El Padre. Entonces, los hombres, ya no están separados de Dios y se encuentran unidos. Es la razón por la cual, en este momento, se reza la oración de todos los hijos: “Padre Nuestro…”

La fracción de la Hostia marca la muerte de Jesús…

La intincción el momento en que el Sacerdote, habiendo roto la Hostia (símbolo de la muerte

caer una parcela del Cuerpo de Cristo en el cáliz de la preciosa Sangre, marca el momento de la Resurrección, pues el Cuerpo y la Sangre están de nuevo reunidos y es al Cristo Vivo al que vamos a comulgar.

) deja

La bendición del Sacerdote marca a los fieles con la señal de la cruz, a la vez como signo distintivo y como escudo protector contra los asaltos del Maligno.

Comprenderán que después de haber oído de la boca del Padre Pío una tal explicación y sabiendo perfectamente que él vivía dolorosamente eso, él me haya pedido de seguirle en este camino…. Lo que hago cada día… ¡y con que alegría!