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Cristo Rey

CRISTO REY

«Yo he venido para que tengan vida y la tengan abundante» (1). «Yo he venido como luz al

mundo, para que todo el que cree en mí no permanezca en las tinieblas. ( gar al mundo, sino a salvar al mundo» (2)

)

No he venido a juz-

Esta venida de Nuestro Señor no indica sólo la finalidad de su ministerio sino que supone la venida a este mundo de al-guien que existía por encima y antes que él.

A partir de la misión de Cristo, penetramos más adentro en el misterio de su Persona. Lo

importante es conocer mejor a Nuestro Señor, pues tenemos que conocer su misión, su ori-gen

y saber de dónde viene. Naturalmente tendremos más respeto por Jesucristo en la medida en

que comprendamos me-jor que El es Dios. Por supuesto que El asumió un cuerpo de hombre, un alma humana, pero esto no lo disminuye en nada. Nuestro Señor manifestó sentimientos de humildad ha-cia su Padre, pero estos sentimientos tampoco lo disminuyen, porque la humildad es la verdad. Cuando el Hijo dice que le debe todo a su Padre, reconoce sencillamente la

paternidad del Padre con quien está unido consubstancialmente con el Espíritu Santo desde toda

la eternidad en la Santísima Trinidad.

Hacer del misterio de Nuestro Señor Jesucristo el objeto de nuestras reflexiones y de nuestras meditaciones puede parecer, en cierto modo, un poco teórico. Pero si lo examinamos de cerca, es algo perfectamente actual y concreto.

Definir, de algún modo, lo que es Nuestro Señor Jesucristo, intentar conocerlo mejor, conocer más de cerca sus relaciones con el Padre en el seno de la Trinidad, las relaciones del Padre y del Hijo, su misión eterna (3) y su misión temporal, forma parte de nuestra vida, diría yo, incluso de una manera dramática, puesto que en el mundo moderno en que vivimos lo que se pone realmente en duda es la divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Si Nuestro Señor Jesucristo es Dios, como conse-cuencia es el dueño de todas las cosas, de los elementos, de los individuos, de las familias y de la sociedad. Es el Creador y el fin de todas las cosas.

En una conferencia que di en Madrid, a la que asistieron casi 5000 personas, la gente no cesaba de gritar antes de escu-charme: «¡Viva Cristo Rey!» Nos podemos preguntar por qué esa gente , en esta época, tenía necesidad de gritar eso en la ca-lle. Sentían que si Cristo no era Rey en España iban a la ruina de la religión católica y a la de sus familias. Se dan cuenta todos los días de que desaparece el espíritu cristiano en las nuevas leyes, en los hábitos y en las costumbres. Sienten que Nuestro Señor Jesucristo ya no es el Rey de España.

Si no estamos convencidos de la divinidad de Nuestro Se-ñor Jesucristo no tendremos bastante fuerza para mantener esta fe ante la creciente invasión de todas las religiones falsas en las que El no es Rey ni se le afirma como Dios, con todas las consecuencias que esto significa en la moralidad general: moralidad del Estado, de las familias y de los individuos.

A causa de la libertad religiosa que se declara en los textos del concilio y que va en contra del

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reinado social de Nuestro Señor Jesucristo, ya que coloca todas las religiones en pie de igualdad

y se otorgan los mismos derechos a la verdad y al error, ya no se considera a Nuestro Señor Jesucristo como la sola Verdad y como fuente de la Verdad.

En Alemania, el cardenal Josef Hoeffner, arzobispo de Co-lonia, dijo: «Aquí somos pluralistas". ¿Qué quiere decir "pluralistas"? Quiere decir que Nuestro Señor no es el único, que hay algo más que Nuestro Señor. Se admite a Nuestro Señor Jesucristo pero se admite también que no es Dios; se admiten todas las opiniones y todas las religiones. Cuando ta-les palabras salen de la boca de un cardenal arzobispo de Co-lonia, se trata de algo muy grave. Quiere decir que los católi-cos que se han acostumbrado a vivir en un ambiente protes-tante admiten en definitiva el protestantismo como una reli-gión válida (4). Han perdido el sentido de la realeza de Nuestro Señor Jesucristo y, por el hecho mismo, pierden implícitamen-te el sentido de la divinidad de Nuestro Señor. Es una falta de fe profunda y muy grave, pues en ese caso, basta muy poco para que se alejen de la Iglesia, no practiquen su religión y su moral se vuelva deplorable.

A principios de siglo, se decía: «Mirad los Estados Unidos, qué progresos tan grandes hace la

religión católica, porque es el país de la libertad. ¿Por qué no hacen lo mismo todos los países? Demos la libertad a todas las religiones, libertad de conciencia, libertad de la persona humana y, en definitiva, li-bertad de la moral. Así la religión católica tendrá libertad para desarrollarse.» Esto es ignorar la influencia del error contra la verdad y de la inmoralidad contra la moralidad.

Es de luego, el verdadero catolicismo ha progresado enor-memente en los Estados Unidos, pero hay que decir que ese progreso ha sido más espectacular que profundo(5). Se cons-truyeron grandes seminarios, universidades católicas, casas re-ligiosas y escuelas católicas. Con la generosidad de los católi-cos americanos, hubo un florecimiento extraordinario de las congregaciones religiosas.

Pero miremos ahora. Si la Iglesia se tambalea un poco y pasa por una crisis, por cierto grave, se derrumba todo, pues no tiene una base sólida. Ningún país ha tenido tantos abando-nos por parte de los sacerdotes como los Estados Unidos, en el que observamos transformaciones radicales, como por ejemplo, la de las congregaciones religiosas.

Esta idea de libertad, que es libertinaje y no Una verdadera libertad, que se le ha dado a todas las ideologías, significa en-venenarse a sí mismo poco a poco y corromper la verdad. Nuestro Señor Jesucristo es esta verdad: o se la admite o no se la admite. Si no se admite que Nuestro Señor Jesucristo es la verdad, por el hecho mismo no hay ley ni moral, todo se acaba poco a poco, aunque evidentemente toma tiempo. No se destruye una civilización cristiana en unos años, pero cuando se admite el principio de esta libertad, poco a poco la corrupción va avanzando cada vez más.

Es increíble el número de divorcios, de familias separadas y divididas que se ven afectadas por este libertinaje que ataca a los Estados Unidos(6). Desde que este liberalismo se ha intro-ducido en nuestros países, por todas partes ocurre lo mismo. Los divorcios se multiplican a un ritmo increíble. Después de los divorcios viene el aborto, la anticoncepción y la unión li-bre. Cualquier cosa, la libertad total de costumbres.

Tenemos que reflexionar, meditar, y convencernos de la ne-cesidad de la realeza social de Nuestro Señor Jesucristo y no sólo sobre nuestras personas.

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Si decís: «Quiero vivir según la ley de Nuestro Señor, según la moral que ha enseñado; quiero vivir :según su gracia, su amor y sus sacramentos, pero me veo obligado a aceptar la li-bertad de costumbres y la libertad de pensamiento cuando me encuentro fuera de mi hogar», estad seguros que un día u otro quedaréis contaminados. El solo hecho de admitir esto y de-cir, como la declaración sobre la libertad religiosa, que es un derecho de la persona humana, que todos tienen el derecho de pensar lo que quieran, que están en su derecho, es aban-donar todo espíritu de evangelización.

Si oímos decir: «Esa persona es libre, no piensa como yo y tiene una religión distinta de la mía», sepamos que eso no es verdad. No es libre y tenemos que decirle: «Lo siento, pero es-tás en el error y no en la verdad; un día serás juzgado sobre tus pensamientos, tu comportamiento y tu actitud; tienes que convertirte. Y esto no sólo por las ideas sino por las costum- bres, la moral y todo. »

Nuestro Señor Jesucristo tiene que reinar no sólo en nuestra casa sino incluso fuera de ella, en toda la sociedad. Todo el mundo le pertenece. Todo el mundo será juzgado por El. Ningún hombre, de ninguna religión, puede pretender que no será juzgado por Nuestro Señor Jesucristo. El mismo dijo: «El Padre ha entregado al Hijo todo poder de juzgar.» (S. Juan 5, 22) El tiene derecho sobre todos los hombres porque es el Verbo de Dios y porque procede del Padre. Tenemos que estar con-vencidos de esto.

Para los protestantes, la libertad es antes que, nada. Se hace y se piensa lo que se quiere. Al haber luchado contra los cató-licos y querido suprimir el catolicismo, saben muy bien lo que ellos dicen: «Somos la verdad y tenemos la verdad; Jesucristo, a quien poseemos en la Iglesia Católica, es la verdad,, y no hay otra.» Los protestantes no pueden soportar eso, sabiendo muy bien que ésta es nuestra fe católica. Por otra parte, no com-prenden a los católicos liberales que dicen: «Mirad, todos cre-emos en lo mismo y creemos en Jesucristo; todo lo que pen-sáis, también lo pensamos nosotros; tenéis el mismo bautismo que nosotros y tenemos los mismos sacramentos. Todo es igual. Hagamos un culto juntos, que el pastor venga a predi-carnos y nosotros iremos a predicaros». Los protestantes no están de acuerdo. Saben muy bien que la Iglesia católica no es así y por eso nos aprecian; pero tienen miedo, porque saben que somos intolerantes: «Sois intolerantes», nos dicen, pero ¿qué le vamos a hacer?

¡Somos intolerantes! Bueno, expliquemos las cosas: tolera-mos el error que no se puede suprimir, pero la verdad no puede tolerar el error, ya que por el mismo hecho es la ver-dad, expulsa el error. La luz expulsa las tinieblas, sin que po-damos hacer nada para evitarlo. La verdad no tolera al error; el bien no tolera al vicio. Eso no quiere decir que, en la prác tica, no se tolere lo que no se puede cambiar ni convertir. Pero tenemos que hacer todo lo posible para que no haya ti-nieblas, ni vicios y ni errores, intentando para ello convertir a la gente con la gracia de Dios.

En esto consiste todo el espíritu misionero de la Iglesia. Admitir que cada persona puede tener su religión y que ese es un derecho de la persona humana es algo muy grave. En pri-mer lugar, porque no es verdad. Nadie tiene derecho a estar en el error; no se trata de un derecho sino de una tolerancia. En el mundo, por supuesto, existe el error, lo mismo que el pecado. Nuestro Señor ha dicho también que existen malas hierbas que crecen junto con la buena semilla y que tendre-mos que esperar al fin de los tiempos para separarlos. Unas irán al fuego y las otras serán recogidas en el granero, en el cielo.

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Sabemos perfectamente que no se puede suprimir por com-pleto el pecado; no podemos suprimirnos a nosotros mismos. Se tolera, desde luego; nos toleramos. Pero esto no significa que equiparamos nuestras virtudes con nuestros vicios, di-ciendo: unos y otros son igual de buenos; no. Hacemos lo que podemos para luchar contra nuestros vicios, pero sabemos perfectamente que hasta el fin de nuestra vida tendremos mi-serias; nos toleramos, está claro, y lo mismo vale para los de-más, los toleramos. Pero tenemos que luchar contra el error y hacer todo lo posible para que desaparezca. La sociedad, desde este punto de vista, tiene una influencia enorme y te-nemos que hacer todo lo posible para que se haga o vuelva a ser cristiana, porque tal es la voluntad de Dios.

Las instituciones ejercen una enorme influencia sobre la in-teligencia, y si son laicistas y ateas provocan un daño conside-rable. Es el mayor escándalo del mundo, porque es el error organizado, apoyado por el Estado y por la sociedad y difun-den el error con todos los medios que tienen a su disposición.

El error es tan poderoso en los espíritus que ya no se ven pe-riódicos importantes, de audiencia nacional, que defiendan realmente a la Iglesia Católica y a todos sus principios, que, en pocas palabras, defiendan íntegramente el pensamiento y la fe católica.

Ya no existen prácticamente en Europa, porque toda la prensa está en manos de los grandes grupos liberales, anticató-licos y anticristianos, y de la francmasonería. Es lo que vimos en Francia, por ejemplo, en el cambio que tuvo lugar de la noche a la mañana después de la guerra, cuando el Mariscal Petain subió al poder. Inmediatamente, la supresión de la ma- sonería; se acabó la libertad de prensa, se reglamentó lo refe-rente a la pornografía; todo eso fue inmediatamente prohi-bido, de la noche a la mañana. Si Francia hubiese seguido así, no cabe duda de que la sociedad se hubiese transformado" por completo. Este fue el pecado grave, el pecado capital y él pe-cado mortal del general De Gaulle, que volvió a traer a Fran-cia toda la francmasonería, el comunismo y todo lo que el Mariscal había suprimido.

NOTAS:

(1) S. Juan 10, 10

(2) S. Juan 12, 46-47

(3) Es decir, en concreto, su procesión eterna a partir del Padre.

(4) La pluralidad de religiones, en un Estado, provoca un peligro de indiferentismo; pero este peligro no ha sido nunca tan nocivo como después del ecumenismo conciliar: la pluralidad se convierte en el pluralismo.

(5) Cf. León XIII, encíclica Longinqua oceani , del 6 de enero de 1895:

«En vuestro país, en efecto, gracias a la buena constitución del Estado, la Iglesia, al estar defendida contra la violencia por el derecho común y la equidad de los juicios, ha obtenido la libertad, jurídicamente garantizada, de vivir y de obrar sin obstáculos» escribe el Papa a los Estadounidenses. Y añade: «Todas estas observaciones son verdaderas, pero hay que guardarse de un error: de ahí no hay que concluir que la mejor situación para la Iglesia sea la que tiene en América o que siempre esté permitido o sea útil separar y desunir la Iglesia y el Estado como en América. En efecto, si la religión católica está en honor en vuestro país, si prospe-ra e incluso si crece, hay que atribuirlo enteramente a la fecundidad divina de que goza la Iglesia, que cuando nadie se le opone ni la obstaculiza, se extiende y difunde por sí misma. Sin embargo, Ella produciría muchos más frutos si gozase no sólo de la libertad sino incluso del favor de las leyes y de la protección de los poderes públicos».

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(6) En 1987: 230.000 matrimonios y 113.000 divorcios.

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