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TACEAT MULLER IN ECCLESIAM

Poco más de dos siglos han pasado desde que, en la París de 1793, muriese guillotinada Madame Roland. Suya es la conocida frase "¡Oh, Libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!", pronunciada al subir al cadalso. En su época ella fue símbolo de la mujer emancipada, y su pensamiento tuvo profunda influencia sobre los jefes del partido girondino. Entre esta pionera y los primeros movimientos organizados de mujeres sufragistas, surgidos en Inglaterra en el último cuarto del siglo pasado, las mujeres hicieron suyos los ideales de libertad, igualdad y progreso que caracterizaron a la modernidad, enfrentándose en lucha contra la sociedad de los hombres que inmemorialmente las relegaba al papel de esposa, madre y ama de casa, sierva de la gleba de la pequeña estructura feudal de la familia.

Como es de rigor en las luchas humanas, algunas veces se equivocaron los objetivos o los medios, otras se tomó por victorias lo que en verdad eran derrotas solapadas, cambios para que nada cambie

"Son las mujeres las que nos hacen sentir el paso del tiempo", afirma Samuel Schkolnik -filósofo tucumano contemporáneo-. Y el tiempo avanza dejando su marca bajo la forma de cambios en las

cosas, cambios que involucran y atrapan a la gente

consejo paulino "Calle la mujer en la Asamblea", de la extensa e intensa participación de la mujer actual en todos los órdenes de lo social, y mi memoria -tantas veces irónica- trae de mi niñez el slogan de una marca de cigarrillos dirigida en exclusividad a un público femenino: "Has recorrido un largo camino, muchacha".

Pienso en la abismal distancia que separa al

Entre Madame Roland y la Reina Victoria, Occidente vivió la era del progreso continuo, y lo creyó indefinido: fue una cultura centrada en la producción de bienes, en la que el desarrollo científico y técnico fue factor de cambio privilegiado, con tal éxito que terminó por llevar a la sociedad al callejón sin salida de la sobreproducción. Una salida fue inventada, sin embargo, en tiempos de la Reina Victoria: se la llamó Publicidad o Propaganda. Inicialmente fue un modo de dar a conocer a la población la existencia de los productos de la industria moderna, a fin de resolver el problema de la sobreproducción mediante la generación de consumo. Evolucionó, con el tiempo, hasta llegar a ser un sofisticado mecanismo de manipulación de los deseos, expectativas e ideales de las personas. La sociedad se recentraba: de una cultura de producción, a una de producción y consumo.

Alrededor de 1920 entró en escena la radio. Casi de inmediato ese medio de comunicación social

-como más tarde la televisión- se convirtió en canal de la publicidad, aportándole una nueva tónica:

penetraba directamente en los hogares, y en ellos estaban escuchándola

que ellas se convirtieron en el blanco preferencial de los mensajes publicitarios. Paralelamente, el periodo de entreguerras abría para las mujeres un enorme campo laboral y social que hasta entonces

¡las mujeres!. De modo

les había estado vedado.

Para 1929, una mujer, Christine Frederick, lanzaba su libro "Selling Mrs. Consumer" ("Vendiéndole a la Señora Consumidora"), estandarte de una novedosa concepción: "Consumismo es el nombre dado a la nueva doctrina, y pasa actualmente por ser la idea más formidable que América ha podido ofrecer al mundo: la idea de que hay que considerar a los trabajadores y a las masas no solo como

trabajadores sino también como consumidores

ésta es la ecuación".

Páguenles más, véndanles más, prosperen más;

Así se delineaba una

nueva cultura centrada preferencialmente en el consumo, y que pondría en segundo término a la

producción de bienes, mientras el mercado, presuntamente libre, quedaba regulado por el Marketing

Es además la época del Ford modelo T, "el auto para que todos tengan auto"

Por

desagradable que resulte reconocerlo, no se puede negar que las dos grandes guerras del siglo

XX

obligaron a la sociedad de los hombres a hacer lugar a las reivindicaciones que las mujeres

venían "elevando" desde hacía más de cien años: no hubo cambios de razonamiento, sino

necesidades derivadas del racionamiento

confluencia de factores abrió paso a la mundialización de la cultura del consumo: la opulencia de los Estados Unidos de América, el llamado "New Deal", los planes Marshall de préstamos para la

reconstrucción de los países devastados, el cine norteamericano, la televisión y su industria cultural asociada, las fuerzas de ocupación en los Estados vencidos, la filosofía consumista y los nuevos criterios de obsolescencia planificada (pues la guerra nos enseñó que destruir bienes es un gran negocio), todo ello se aunó para propiciar la universalización del "American Way of Life" y su "Happiness", forjando las condiciones que convertirían al mundo, en los últimos cuarenta años, en

una "Aldea Global" bastante diferente de la profetizada por McLuhan.

A fines de la segunda guerra mundial, una curiosa

¿Fue la mujer el medio escogido para conducir esos cambios? Al menos, la política de

occidentalización del Japón bajo las fuerzas de ocupación estadounidenses, tuvo por eje principal

-en ese país de estructura entonces aún feudal- propiciar los movimientos de liberación femenina ¡poniendo como modelo de mujer emancipada a la dama norteamericana de clase media!

Pero la cultura universalizada no es la de la modernidad: la búsqueda de libertad se convirtió en puro individualismo; los ideales de igualdad se transformaron en desenfrenada competencia; los sueños de confort fueron reciclados como expectativas de placer hedonista: vivir mejor equivale a consumir más, y para consumir más lo ideal es ser siempre, o el mayor tiempo que se pueda, joven:

En un resbalón, fuimos de Madame Roland a Cris Morena.

A una enorme distancia de lograr aquel ideal de igualdad en la diversidad, la mujer es hoy tanto sujeto como objeto de consumo; el hombre -llegando algo rezagado, según costumbre- comienza a

ocupar en las pantallas y en la "vida real" el lugar de objeto que durante años fuera dudoso privilegio

tal parece ser el sentido de

"Igualdad" para Occidente. Sumemos a esto la catástrofe ecológica a la que inexorablemente nos empujan el consumo y la destrucción sistemática de la naturaleza, y habremos encontrado a hombres y mujeres, juntos como desde siempre, diferentes como desde siempre, ante la embocadura del más espantoso callejón sin salida de la historia. Habrá quien piense que es sólo la

de las mujeres. Homogeneidad en una cosificación deshumanizante

masculinidad lo que declina.

Nuestra Civilización, centrada en el eje Consumo-Producción, florece en personas cuyas dificultades y sufrimientos pueden ser descriptos sobre ese mismo eje (del lado del consumo no

hace falta redundar: se consume

lo laboral hasta la función reproductiva).

incluso relaciones de pareja; la producción abarca, pienso, desde

Los problemas psíquicos y psicosomáticos actuales (contra lo que generalmente se cree) no corren

Son una expresión

distorsionada de los auténticos deseos y necesidades de cada persona que, excluidos del circuito consumo-producción, desbordan como enfermedad, síntomas "sin causa orgánica", trastornos en las relaciones, malestar cotidiano naturalizado

del lado de la inadaptación, sino más bien de una adaptación exitosa en exceso

El Psicoanálisis, como práctica ecológica a nivel uno por uno, se ocupa de problemas humanos que la ciencia, la tecnología y el marketing dejan fuera: "efectos colaterales indeseables" de la vida civilizada. En una cultura uniformizante, que impone a las personas un monto intolerable de adaptación, esa adaptación es lograda, por cada uno, al costo de la renuncia a la satisfacción de todo deseo que se aparte de la norma ISO9000, de todo lo que no se compra en el supermercado.

Derecho a la Diferencia, Derecho a la Variación son, a mi parecer, basamento final de la operación psicoanalítica. Dentro del consultorio, la suspensión temporal y controlada de las convenciones sociales del diálogo (lo que llamamos la Regla Fundamental) ofrece a cada sujeto la oportunidad de recorrer, reconocer y rectificar su Mito individual, eliminando los "sobrantes" que en su caso particular, dificultan u obstaculizan su vivir, causándole sufrimiento.

El psicoanalista, que dirige la "cura", pero no debe dirigir la vida del paciente, oficia como herramienta en la construcción de cada particular versión -única e irrepetible- de la subjetividad humana, a contrapelo de la uniformización. Utilizando el "saber hacer" del analista, cada sujeto se

hace artífice de sí mismo, de su Ser liberado de las determinaciones obstaculizantes, de los tropiezos

de sus repeticiones, del circuito en el que, atrapado, "le ocurre siempre lo mismo"

Sujeto

historizado, habiendo quebrado la circularidad forzosa de las repeticiones, su Mito podrá entonces hacerse Historia, desplegando en una linealidad las particulares opciones de su Ser.-

Gabriel Amos Bellos Agosto de 1993 (reelaborado 2001)