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HISTORIA

ANTROPOLOGIA

Y FUENTES ORALES

HISTORIA ANTROPOLOGIA Y FUENTES ORALES 30 AÑO 2003 Memoria rerum 3ª ÉPOCA

30

AÑO 2003

Memoria rerum

HISTORIA ANTROPOLOGIA Y FUENTES ORALES 30 AÑO 2003 Memoria rerum 3ª ÉPOCA

HISTORIA, ANTROPOLOGÍA Y FUENTES ORALES Revista Semestral del Seminario de Historia Oral del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona, Arxiu Històric de la Ciutat y Universidad de Granada. Su objetivo es ser un medio científico, abierto y crítico a las aproximaciones de distintas disciplinas y a la diversidad de métodos de análisis social, dirigida principalmente a historiadores, antropólogos y a investigadores que trabajen con fuentes orales.

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DE HISTORIA ORAL INTERNACIONAL ASOCIACI Ó N
DE HISTORIA ORAL
INTERNACIONAL
ASOCIACI Ó N

HISTORIA

ANTROPOLOGIA

Y FUENTES ORALES

HISTORIA ANTROPOLOGIA Y FUENTES ORALES

30 Memoria rerum

El libro de la memoria The Book of Memory. Mary J. Carruthers

. Rememoración en la historia. Mercedes Vilanova

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Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur. Josefina Cuesta

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Entrevista a Paul Ricœur. Jean Blain

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Memorias plurales Introducción. José Antonio G. Alcantud

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Lo que dice la palabra (y que a menudo se pierde). Jean-Pierre Albert La memoria de las narraciones de tradición oral, una rememoración

creadora. Marlène Albert Llorca

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. Memoria genealógica y representación política en Lozère. Yves Pourcher

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Los recuerdos de los campos de concentración de los gitanos de la región

 

. Las fuentes orales: ¿instrumento de comprensión del pasado o de lo

de Pau. Jean Luc Poueyto

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. Bandera(s), patria(s), himnos(s). Recorrido emocional y comparado por los símbolos nacionales español y francés en el marco pre y paneuropeista. José Antonio G. Alcantud

vivido? Jean-Louis Ormières

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Metodología Biografía como metodología crítica. Kathy Davis

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Reencuentro con la vocación. Santiago Riera i Tuèbols

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Agenda Informe sobre los trabajos de la XIII Conferencia Internacional de

Historia Oral: Memoria y Globalización

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Resúmenes-Palabras Clave / Abstracts-Keywords

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Año 2003

El libro de la memoria

The Book of Memory*

Mary J. Carruthers

Si pensamos en nuestro máximo poder creativo, invariablemente nos viene a la mente la imaginación. «Gran imaginación, profunda intuición», decimos: es el máximo elogio que concedemos al logro intelectual, incluso en las ciencias. En contraste, la memoria está desprovista de intelecto, es «pura memorización», no «pensamiento real» o «aprendizaje verdadero». En el mejor de los casos, para nos- otros, la memoria es una especie de película fotográfica, tomada por un aficio- nado y revelada por un inepto y, en consecuencia, malograda por una serie de defectos y valores de luz «imprecisos». Emitimos esos juicios (incluso aquellos de nosotros que somos científicos puros) porque hemos sido formados en un mundo postromántico, postfreudiano, en el que la imaginación se ha identificado con un inconsciente mental de gran, incluso peligroso, valor creativo. En consecuencia, los estudiosos modernos, cuan- do analizan la Edad Media, a menudo quedan decepcionados por el nivel aparen- temente bajo y cotidiano que se otorgaba a la imaginación en la psicología medie- val: una especie de caballo de tiro del alma sensible a la que ni siquiera se concedía un estatus intelectual. Los pueblos antiguos y medievales reservaban toda su admi- ración a la memoria. Describen a sus mayores genios como seres de memoria superior, se jactan sin vergüenza de su habilidad en esta facultad y la consideran una señal de carácter moral, amén de intelectual, superior. Debido a este gran cambio en el estatus relativo de la imaginación y la memo- ria, muchos estudiosos modernos han llegado a la conclusión de que los medie- vales no valoraban la originalidad y la creatividad. Simplemente, no buscamos en el sitio adecuado. Deberíamos examinar el papel de la memoria en sus vidas inte- lectuales y culturales, y los valores que les adjudicaban, porque es allí donde cap- taremos con mayor firmeza su manera de entender lo que ahora llamamos acti- vidad creativa. La prueba moderna de si «realmente sabemos» algo se basa en nuestra capaci- dad de utilizar lo que nos han enseñado en una variedad de situaciones (la peda-

5

*. Este texto corresponde a la introducción casi literal del libro The Book of Memory. A study of Memory in Medieval Culture, Cambridge University Press, Cambridge, 2002. Agradecemos la auto- rización de la autora y el permiso de Cambridge University Press para publicar esta versión en espa- ñol.

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gogía americana lo llama «aprendizaje creativo»). En esta caracterización del

aprendizaje, coincidimos con los escritores medievales, que también creían que la educación significaba la construcción de la experiencia y el método (lo que ellos llamaban «arte») a partir del conocimiento. Sin embargo, ellos no habrían enten- dido nuestra separación de «memoria» y «conocimiento». Según su manera de verlo, era la memoria la que convertía el conocimiento en experiencia útil y la que combinaba esos pedazos de información convertida en experiencia en lo que nosotros llamamos «ideas», que ellos solían calificar de «juicios». Un psicólogo experimental moderno ha escrito que «algunas de las mejores ‘muletas de la memoria’ que tenemos son las leyes de la naturaleza, porque el aprendizaje puede verse como un proceso de adquisición de mejores y más ricos mecanismos mnemónicos para representar la información, codificando informa- ción similar en pautas, principios organizativos y normas que incluso represen- tan material que nunca hemos encontrado, pero que es ‘como’ lo que conocemos

y, por tanto, puede ser ‘reconocido’ o ‘recordado’». 1 Los escritores más antiguos

habrían entendido perfectamente una postura como ésta.

Creo que será útil empezar mi estudio comparando las descripciones de dos hombres a quienes sus contemporáneos reconocían universalmente como hom- bres de un talento científico remarcable (valoraciones

que el tiempo ha demostrado correctas, aunque eso sea relevante sólo en parte para mi argumentación):

Albert Einstein y santo Tomás de Aquino. Cada des- cripción es el testimonio (directo o indirecto) de

hombres que los conocieron y trabajaron íntimamen-

te con ellos durante un largo periodo de tiempo. El primero es Leopold Infeld, un físico que trabajó con Einstein en Princeton:

«Me impresionó mucho lo ingenioso que era el trabajo más reciente de Einstein. Presentaba una complicada cadena de razonamiento, dispuesta con

gran habilidad, que llevaba a la conclusión de que las ondas gravitacionales no existen. Si fuera cierto, sería de gran importancia para la teoría de la relatividad La grandeza de Einstein radica en su tremenda imaginación, en la increíble obstinación con la que persigue sus problemas. La originalidad es el factor más esencial en el trabajo científico importante. Hace gala de una intuición que lleva

a regiones inexploradas, tan difícil de explicar racionalmente como aquélla

mediante la que el buscador de petróleo localiza la riqueza oculta en la tierra.

No existe un gran logro científico sin vagar por la oscuridad del error. Cuanto

más restringida está la imaginación, cuanto más definido es el camino por el que avanza un trabajo –un proceso basado más en adiciones que en ideas esencialmen-

te nuevas– más seguro es el terreno y menor la probabilidad de error. No hay gran-

des logros sin error y ningún gran hombre lo hizo todo siempre correctamente. Eso

es bien conocido por todos los científicos. El trabajo de Einstein quizá podría ser erróneo y Einstein seguiría siendo el mayor científico de nuestra generación

La memoria convertía el conocimiento en experiencia útil

1. Citado de MILLER, George A. «Information and Memory». Scientific American (Agosto, 1963), ps.

44-45.

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Lo más sorprendente de Einstein era su tremenda fuerza vital dirigida hacia un solo canal: el del pensamiento original, la realización de la investigación. Lentamente llegué a darme cuenta de que su grandeza radicaba precisamente en

esto. No hay nada tan importante como la física. Ninguna relación humana, nin- guna vida personal son tan esenciales como pensar y comprender cómo «Dios

uno siente tras [su] actividad externa la contemplación calma-

da y atenta de los problemas científicos, que el mecanismo de su cerebro trabaja sin interrupción. Es un movimiento constante que no puede ser detenido por

nada

soledad y en su actitud distante. En este aspecto, difiere de todos los demás cien-

tíficos

Para

él, el aislamiento fue una bendición porque impidió que su pensamiento se intro- dujera en los canales convencionales. Esta actitud distante, esta independencia para pensar en problemas que Einstein formuló por sí mismo, no avanzando con todos sino buscando sus propios caminos solitarios, es la característica más esen- cial de la creación. No es sólo originalidad, no es sólo imaginación, es algo más». 2

Nunca había estudiado física en una universidad famosa, no estaba liga-

do a ninguna escuela; trabajaba como oficinista en una oficina de patentes

La clave para comprender el papel de Einstein en la ciencia radica en su

creó el mundo»

Las descripciones siguientes son extractos de una vida de santo Tomás de Aquino, escrita poco después de su muerte por Bernardo Gui, y de los testimonios tomados en el proceso de canonización de santo Tomás de su contemporáneo Tomás de Celano, que también conocía a Reginald, socius o fraile compañe- ro de Tomás.

«De la sutileza y brillantez de su intelecto y de la solidez de su juicio, es prueba suficiente su vasta producción literaria, sus muchos descubrimientos originales, su profunda comprensión de las Escrituras. Su memoria era extraordinariamente amplia y retentiva: no olvidaba jamás algo que hubiera leído una sola vez y cuyo sentido hubiera captado; era como si el cono- cimiento fuera aumentando en su alma del mismo modo que se va acumulando página tras página en la escritura de un libro. Consideremos, por ejemplo, la

admirable recopilación de textos patrísticos en los cuatro evangelios que realizó para el papa Urbano [la Catena aurea o «Cadena dorada»] y que, en su mayor parte, parece haber reunido de textos que había leído y memorizado a lo largo del tiempo cuando estaba en distintas casas religiosas. Más fuerte todavía es el testi- monio de su socio Reginaldo y de sus discípulos y de aquellos que escribían a su

dictado. Declaran que solía dictar en su celda a tres secretarios, e incluso a veces

Nadie podría dictar simultá-

a cuatro, sobre temas diferentes al mismo tiempo

neamente materiales tan diversos sin una gracia especial. Tampoco parecía bus- car cosas desconocidas todavía para él; simplemente, dejaba que su memoria fuera vertiendo sus tesoros

La clave para comprender el papel de Einstein en la ciencia radica en su soledad y en su actitud distante

7

2. INFELD, Leopold. Quest: An Autobiography, Chelsea Publishing, Nueva York, 1980, ps. 263, 267, 271, 274-275.

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Nunca se disponía a estudiar o a discutir un punto, o a hablar, escribir o dic- tar sin haber recurrido interiormente –aún con lágrimas– a la oración para alcan- zar la comprensión y las palabras que el tema requería. Cuando se sentía perple- jo por alguna dificultad, se arrodillaba a rezar y entonces, al volver a escribir o a dictar, su pensamiento solía alcanzar tal claridad que parecía mostrarle interior- mente, como si las leyera en un libro, las palabras que necesitaba Ni siquiera durante las comidas dejaba de recordar; le colocaban los platos delante y se los retiraban sin que se diera cuenta; y cuando sus hermanos inten- taban llevarlo al jardín para que se recreara, él se alejaba rápidamente y se retira- ba a su celda solo con sus pensamientos». 3

Quizás sea útil aislar las cualidades de genio enumeradas en cada una de las des- cripciones anteriores. De Einstein: ingenuidad, razonamiento intrincado, origina- lidad, imaginación, ideas esencialmente nuevas junto con la noción de que es necesario errar para encontrar la verdad, profunda devoción y comprensión de la física, obstinación, fuerza vital, concentración firme, soledad. De Tomás de

Aquino: sutileza y brillantez intelectual, descubrimientos originales junto con una profunda comprensión de las Escrituras, memoria

(nunca olvidaba nada) y un conocimiento siempre en aumento, gracia especial, recurrencia al interior, con- centración firme, recuerdo intenso, soledad. Comparando las dos listas, me llama la atención en primer lugar hasta qué punto se parecen las cualida- des atribuidas a los hábitos de trabajo de los dos hom- bres. En ambos, se tiene la vívida sensación de una concentración extraordinaria en los problemas hasta

la exclusión de la mayor parte de la rutina cotidiana. Infeld habla de una fuerza vital tremenda, Bernardo de una intensa oración inter- na, pero ambos describen una concentración y energía continuas que se expresan en una firmeza profunda, una notable soledad y una actitud distante. Ambos des- tacan también lo intrincado y la brillantez de su razonamiento, su carácter pro- lífico y su originalidad. Es importante constatar que Bernardo valora la origina- lidad en la obra de Tomás: destaca su creatividad del mismo modo que lo hace Infeld en Einstein. Lo que tenemos, en resumen, es una similitud reconocible entre esos dos inte- lectos extraordinarios en cuanto a lo que necesitaban para su actividad composi- tora (la actividad de pensamiento), el aislamiento social requerido por cada uno de ellos, y lo que se percibe como sutileza, originalidad y comprensión del pro-

8 ducto de este razonamiento. Lo que es asombrosamente diferente es que en un caso este proceso y producto se atribuye a la intuición y a la imaginación sin las trabas de los caminos «definidos», mientras que en el otro se atribuye a una «memoria rica y retentiva», que nunca olvidaba nada y en la que el conocimien-

En ambos, se tiene la vívida sensación de una concentración en los problemas hasta la exclusión de la rutina cotidiana

3. «The Life of St. Thomas Aquinas», de Bernardo GUI, y Bartolomé de CAPUA, «Testimony at the First Canonization Inquiry». Traducido al inglés por FOSTER, Kenelm. Biographical Documents for the Life of St. Thomas Aquinas, Blackfriars, Oxford, 1949, ps. 50-51, 37; 107.

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to aumentaba «del mismo modo que se va acumulando página tras página en la escritura de un libro». Mi propósito al presentar de este modo esas dos descripciones es simplemen- te el siguiente: la naturaleza de la actividad creativa en sí misma –lo que hace el cerebro, y las condiciones sociales y psíquicas necesarias para su nutrición– sigue siendo esencialmente la misma en la época de Tomás y en la nuestra. Los seres humanos no adquirieron súbitamente la imaginación y la intuición con Coleridge, después de haber sido puros ladrillos. La diferencia es que mientras ahora decimos que los genios tienen una imaginación creativa que se expresa en un razonamiento intrincado y unos descubrimientos originales, en otros tiempos se decía que tenían una memoria altamente retentiva, que se expresaba en un razonamiento intrincado y en descubrimientos originales. Sabemos bastante sobre los procesos que siguió Tomás de Aquino para com- poner sus obras, gracias en parte a los informes completos que tenemos de las vis- tas para su canonización, 4 y en parte a la notable supervivencia de varias páginas de borradores autógrafos de algunas de sus primeras obras. Ambas fuentes de material han sido objeto de un análisis minucioso por parte del erudito paleó- grafo Antoine Dondaine. 5 La obra de Dondaine confirmó la existencia, a la que se aludía muchas veces en relatos contemporáneos, de un grupo de tres o cuatro secretarios que escribían a mano bajo dictado las composiciones de Tomás. Los autógrafos están escritos en una littera inintelligibilis, una especie de taquigrafía que hace honor plenamente a su nombre (Dondaine dice que el gran editor del siglo XIX, Ucelli, perdió la vista analizando esos borradores) porque tenía como fin que no fuera leída por nadie más que su autor. Tal como Dondaine ha recons- truido el proceso de composición de la Summa contra gentiles, una obra primeri- za de la que existen unas cuantas páginas autografiadas, Tomás escribió primero en littera inintelligibilis y luego llamaba a uno de sus secretarios para que copia- ra el texto en letra legible mientras él leía en voz alta su propio manuscrito. Cuando un escriba se cansaba, otro ocupaba su lugar. Pero no se han encontrado autógrafos de sus posteriores obras mayores. Dondaine subraya la curiosidad de este hecho, porque lo normal sería que se hubieran guardado al menos con tanto cuidado como las obras precedentes. Sugiere que el hecho de que no existan no se debe a que se hayan perdido, sino a que no existieron nunca. «Le fait qu’il n’y ait plus d’autographes des ouvrages postérieures invite à penser que saint Thomas ne les a pas écrits, sinon peut-être sous forme de brouillons, et qu’il les a dictés en les composant». 6 Dondaine seña-

4. Estas fuentes están disponibles en los Acta Santorum, Marzo, vol. I, ps. 655-747, en PRÜMMER,

Dominicus, y M.H. LAURENT (eds.), «Fontes vitae S. Thomae Aquinatis notis historicis et criticis ilustrati», Revue Thomiste, Toulouse, 1911-1934, y en una traducción inglesa de FOSTER,

Véase la excelente biografía de Foster, ps. X-XII. También analiza la

relación entre los diversos informes MANDONNET, P., «Pierre Calo et la Légende de S. Thomas», Revue Thomiste, new series 2 (1912), ps. 508-516

5. DONDAINE, Antonie. Les Secrétaires de Saint Thomas, 2. vols, Ed. di S. Tommaso, Roma, 1956,

Biographical Documents, op. cit

esp. ps. 10-25.

6. DONDAINE, Les Secrétaires, op. cit., p. 25.

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la el aburrimiento y la pérdida de tiempo que significaba para Tomás escribir un texto completo y luego leerlo en voz alta para que fuera escrito de nuevo, esta vez con buena letra. Hay pruebas evidentes en las memorias de sus colegas de que, al final de su

vida, Tomás no solía escribir sus ideas él mismo, ni siquiera en littera inintelligi- bilis. Dos incidentes en particular sugieren este hábito. Tenemos el de la famosa historia de la cena con Luis XI, San Luis. Aunque estaba sentado junto al rey, Tomás seguía pensando en el argumento que estaba escribiendo contra los mani- queos. De pronto, dio un golpe en la mesa y gritó: «¡Eso hará callar a los mani- queos!» y llamó a Reginaldo, su socius, «como si se encontrara todavía estudian-

¡Reginaldo, levántate y escribe!». 7 Este incidente debió de

ocurrir entre las primaveras de 1269 y 1270; la obra en proceso era la segunda parte de la Summa theologica. 8 El segundo incidente tuvo lugar cuando escribía su comentario sobre Isaías, una

obra de la que existe un manuscrito de cinco capítulos (Vaticano MS. Lat. 9850). 9 Durante varios días Tomás anduvo abstraído en la interpretación de un texto:

«Por fin, una noche en que se había quedado rezando, su socius le oyó hablar como si conversara con otras personas en la habitación; aunque no podía enten- der lo que decían ni pudo reconocer las otras voces.

De pronto éstas callaron y oyó la voz de Tomás lla- mándole: «Reginaldo, hijo, levántate y trae una luz y el comentario sobre Isaías; quiero que escribas por mí». Así pues, Reginaldo se levantó y se puso a escri- bir al dictado, que fluía con tal claridad que parecía que el amo leyera de un libro ante sus ojos». 10

do en su celda

Toda la Summa theologica fue redactada mentalmente y dictada de memoria

Ante la insistencia de Reginaldo por saber quiénes eran sus misteriosos compa- ñeros, Tomás le contestó finalmente que se le habían aparecido Pedro y Pablo «y me dijeron todo lo que deseaba saber». Esta historia, entre otras cosas, sugiere que parte de la obra de Tomás estaba compuesta de algunos trozos escritos por él en una espe- cie de taquigrafía y luego leídos a un secretario, y otros redactados mentalmente y dictados. Las fuentes contemporáneas sugieren claramente que toda la Summa the- ologica fue redactada mentalmente y dictada de memoria, con la ayuda como máxi- mo de unas cuantas notas escritas, y no hay razón para desconfiar de ellas. Alrededor de 1263, Tomás escribió una recopilación de textos patrísticos sobre los Evangelios, la Catena aurea, que Gui describe, en el pasaje que acabo de citar, como «compilación de textos que [Tomás] había leído y memorizado a lo largo del tiempo cuando residía en distintas casas religiosas». 11 Chenu lo describe con

10

7. Véase FOSTER, Biographical Documents, op. cit, ps. 44-45; GUI, op. cit., sect. 25; TOCCO,

Gulielmus de, «Life of St. Thomas Aquinas», Acta Santorum, Marzo, vol. 1, 1648, c. 43.

8. FOSTER, Biographical Documents, op. cit., p. 73, nota 59.

9. CHENU, M.-D. Introduction à l’Etude de St. Thomas d’Aquin, Vrin, París, 3 ª ed., 1974, p. 245;

véase también DONDAINE, Les Secrétaires, op. cit., ps. 20-22, y lámina 37.

10. FOSTER, Biographical Documents, op. cit., p. 38; GUI, op. cit., c. 16; TOCCO, op. cit., c. 31.

11. FOSTER, Biographical Documents, op. cit., p. 51; GUI, op. cit., c.32.

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precisión como una «concatenación de textos patrísticos inteligentemente coor- dinados en un comentario seguido»; también incluye una serie de autoridades griegas, que Tomás se había hecho traducir al latín para añadir esos extractos, «cuidando de poner los nombres de los autores antes de sus testimonios» según el estilo de citación adecuado, cuyo propósito era sin duda ayudar a la retención memorística. 12 La catena o «cadena» es un antiguo género medieval de comenta- rio erudito utilizado ampliamente por los eruditos monásticos como parte de la lectio divina. 13 Las autoridades quedan encadenadas, o engarzadas, mediante una

frase bíblica particular. Así, el comentario sigue totalmente la secuencia del texto principal y cada división de capítulo del libro de Evangelios forma una división de la Catena, y cada verso (en realidad, sus frases y cláusulas sin números) se cita por separado con una serie de comentarios relevantes detrás. La organización escrita de la catena reproduce simplemente su organización memorística, ya que cada fragmento de texto bíblico remite a las autoridades ligadas a él. Por ejemplo, sobre Mateo 2:9, Tomás de Aquino nos da en primer lugar un fragmento de Crisóstomo sobre Mateo, a continuación Agustín de dos fuentes, luego la glosa ordinaria, luego Ambrosio sobre Lucas, luego Remigio, y nuevamente la glosa. Es importante destacar que,

cuando escribía esta obra, Tomás no buscaba cada cita en un tomo manuscrito; los relatos lo especifican expresamente. Ya tenía los textos archivados en la memoria en una forma ordenada, que es una de las bases de la técnica mnemotécnica. Y, desde luego, en cuanto tenía los textos en la memoria, los retenía allí para usarlos en otras ocasiones.

No quiero decir con esto que Tomás nunca hiciera referencia a manuscritos; al contrario, sabemos que lo hizo. También sabemos que una tarea de sus secretarios era copiar manuscritos para su uso. 14 Pero la ima- gen que se nos ofrece a menudo de Tomás, haciendo una pausa en el dictado para comprobar una referencia en un manuscrito, me parece que es contraria a la evi- dencia. Porque se nos dice una y otra vez que era incesante la fluidez del dictado de Tomás a sus secretarios: «fluía con tal claridad que parecía que el amo leyera de un libro ante sus ojos». Dictaba «como si Dios hubiera vertido dentro de él un gran torrente de verdad. Tampoco parecía andar buscando cosas desconocidas para él; simplemente parecía dejar que su memoria vertiera sus tesoros». Y nue- vamente: «Cuando se sentía perplejo ante una dificultad, se arrodillaba a rezar y entonces, al volver a escribir o dictar, solía encontrarse que su pensamiento había alcanzado tal claridad que era como si le mostrase interiormente, como en un libro, las palabras que necesitaba». 15

Tenía los textos archivados en la memoria en una forma ordenada, que es una de las bases de la técnica mnemotécnica

11

12. CHENU, Introduction à l’Etude de St. Thomas, op. cit., ps. 248-249.

13. La técnica está descrita por LECLERQ, Jean. The Love of Learning and the Desire for God, Fordham

University Press, Nueva York, 1961, esp. ps. 76-77.

14. DONDAINE, Les Secrétaires, op. cit., p. 19.

15. FOSTER, Biographical Documents, op. cit., ps. 38 (GUI, c.16), 51 (GUI, c.32), y 37 (GUI, c.15).

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Este torrente incesante, esta claridad como si leyera de un libro ante sus ojos, esta cualidad de retención de cualquier cosa que leyese y captase, puede enten- derse si estamos dispuestos a conceder a su memoria ejercitada lo que merece. El propio Tomás subraya la importancia de la concentración en la memoria, y se nos habla a menudo de su notable poder de profunda concentración, que frecuente- mente se acerca a un estado como de trance en el que no sentía dolor físico. Tomás estaba continuamente en contacto con su memoria, sin duda antes de dic- tar, y sólo cuando tenía claramente «la comprensión y las palabras requeridas» (las cursivas son mías) se ponía a hablar, a escribir o a dictar. 16 (Esto, desde luego, no implica que sus obras fueran dictadas siempre en la forma absolutamente defini- tiva en que las tenemos hoy; Dondaine da muchas pruebas de revisión y correc- ción en los manuscritos y entre los manuscritos y los textos ya escritos. Para algu- nas obras, dejó notas que debían trabajarse en el futuro; el Suplemento a la Summa es un ejemplo de esta práctica). Me inclino incluso a tomar bastante en serio su comentario a Reginaldo en el sentido de que Pedro y Pablo le hablaron

y le instruyeron sobre las dificultades con el texto de

Isaías. Sin duda tenía sus palabras en la cabeza, entre las muchas voces de su memoria, como íntimos cole- gas de sus propios pensamientos. Además, la subvo- calización, un murmullo, era una característica apa- rentemente necesaria del trabajo de la memoria. Uno de sus secretarios, un bretón llamado Evan, contó que

a veces Tomás se sentaba a descansar un rato cuando

estaba dictando y, dormido, seguía dictando en sue- ños y él seguía escribiendo como si nada. Lo que

Evan tomaba como sueño debía de ser una forma extrema de concentración de Tomás. O quizás debe-

ríamos creérnoslo como lo cuenta; dado que Tomás habría trabajado ya anteriormente el asunto en su memoria, quizás ponía una especie de «piloto automático» en los momentos de fatiga extrema. Especialmente notable es el testimonio de sus discípulos y secretarios, inclui- do Reginaldo, de que «solía dictar en su celda a tres secretarios, e incluso a veces a cuatro, sobre temas diferentes al mismo tiempo». 17 Gui comenta: «Nadie podría dictar simultáneamente materiales tan diversos sin una gracia especial». Dondaine se inclina por descartar esta historia de la que sólo dio cuenta el secre- tario bretón (¿son especialmente crédulos, los bretones?). 18 Pero Gui atribuye el testimonio a todos los que escribían al dictado de Tomás.

Este torrente incesante, esta cualidad de retención de cualquier cosa que leyese y captase, puede entenderse si estamos dispuestos a conceder a su memoria ejercitada lo que merece

16. GUI, op. cit., c. 15.

17. DONDAINE, Les Secrétaires, op. cit., p. 51; GUI, op. cit., c. 32; PRÜMMER, «Fontes vitae S.

Thomae», op. cit., p. 89.

18. DONDAINE, Les Secrétaires, op. cit., p. 18. WALZ, Angelus Maria, San Tommaso D’Aquino: studi

biografici sul dottore angelico, Edizione Liturgiche, Roma, 1945, ps. 167-168, explica la historia del bretón Evan como una referencia oblicua a la práctica de dejar notas a un secretario para que siguie- ra escribiendo mientras el autor dormía; pero no es eso lo que las fuentes dicen que ocurrió. Las típi- cas posturas de profunda concentración y de dormir eran notablemente similares.

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Además, como señala el propio Dondaine, se ha contado lo mismo –si bien raramente– de otras figuras históricas, especialmente de Julio César. Petrarca habla de César como un ejemplo de memoria ejercitada («ut memoria polleret

eximia») y dice que era capaz de dictar cuatro cartas sobre temas diferentes mien- tras escribía una quinta con su propia mano. 19 Que la historia sea real o no es menos importante para mi análisis que el hecho de que Petrarca lo considerara una prueba del poder de la memoria de César, porque el propio Petrarca tenía una reputación importante como autoridad en la ejercitación de la memoria. También el biógrafo de Tomás consideraba que tal hazaña era posible gracias a una memoria prodigiosa. Pero no se llega a ella simplemente con talento; sin duda, el talento natural no produce tanta facilidad o precisión. La memoria debe ejercitarse según ciertas técnicas elementales. La naturaleza de estas técnicas y cómo se enseñaron es el tema de mi estudio. Memoria, en aquel tiempo, significaba memoria ejercitada, educada y disciplina- da de acuerdo con una pedagogía bien desarrollada que era parte de las artes ele- mentales del lenguaje: gramática, lógica y retórica. El

principio fundamental es «dividir» el material a recor- dar en piezas lo bastante cortas como para ser recor- dadas en unidades e insertarlas en algún tipo de orden rígido fácilmente reconstruible. Eso proporcio- na un sistema de memoria de «acceso aleatorio» mediante el cual uno puede encontrar inmediata- mente y con seguridad un detalle particular de infor- mación, sin tener que empezar cada vez desde el prin- cipio a fin de reconstruir laboriosamente el sistema entero, o –peor todavía– confiar en la simple suerte para pescar lo que uno desea del turbio estanque de

la memoria indiferenciada y desorganizada. Para alguien con una memoria bien ejercitada es posible componer claramente de modo organizado varios temas diferentes. En cuanto se tiene el importante punto de partida del esquema de orden y los contenidos firmemente en su lugar, es posible ir hacia atrás y hacia adelante desde una composición a otra sin perder el punto ni confundirse. Como experimento, intenté memorizar unos cuantos sal- mos (textos que nos llegan con un sistema divisorio ya propio) de acuerdo con un esquema elemental descrito por el maestro del siglo XII, Hugo de San Víctor. Este esquema me permitía recordar los textos en el orden que quisiera. Si alguien tan novato y poco experimentado como yo puede recitar sin dificultad tres salmos «al mismo tiempo» (es decir, pasando fácilmente de un salmo a otro, verso a verso, hacia atrás o hacia delante o de uno a otro a voluntad), una memoria tan talento-

Mediante un sistema de memoria de «acceso aleatorio», uno puede encontrar inmediatamente y con seguridad un detalle particular de información, sin tener que empezar cada vez desde el principio

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19. «Epystolas de rebus maximis quaternas dictabat aliis, ipse manu propria quintam scribens». PETRARCA, Rerum memorandarum libri, Sansoni, Florencia, 1945, II, 2: p. 43. No parece haber una fuente contemporánea para esta historia, aunque Cicerón elogia a César como alguien que «no olvi- daba más que sus agravios»; «Pro Ligario», xii, 35. Se cuenta la historia para ilustrar la memoria supe- rior de César en la Historia Natural, VII, XXV, 92, de PLINIO EL VIEJO. Petrarca cita a estas dos fuen- tes en su relato sobre esta historia.

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sa y ejercitada como la de Tomás sin duda podría manejar al mismo tiempo tres quaestiones compuestas por él. La clave radica en la imposición de un orden rígi- do al que se vinculan piezas preparadas de contenido textual. Tanto la fijación ini- cial del esquema como el hecho de recordarlos se realizan en un estado de con- centración profunda. La preparación adecuada del material, el orden rígido y la concentración absoluta son los requisitos que el propio Tomás de Aquino define en sus discursos sobre la memoria ejercitada y los que suelen destacarse continua- mente en todas las prácticas mnemónicas antiguas y medievales. Los eruditos han reconocido siempre que la memoria tuvo necesariamente un papel crucial en la civilización occidental premoderna, porque en un mundo de pocos libros, y casi todos en las bibliotecas públicas, la educación que uno reci- bía tenía que ser recordada ya que no podía depender de tener acceso continuo al material específico. Sin embargo, a pesar de reconocerlo, no se ha prestado suficiente atención a la pedagogía de la memoria, a lo que se creía que era la memoria, y cómo y por qué se ejercitaba. Tampoco puede entenderse el valor inmenso atribuido a la memoria ejercitada sólo en función de las distintas apli- caciones técnicas, aunque sean básicas. Mi opinión es que la cultura medieval era funda-

mentalmente memorística, hasta el mismo grado pro- fundo en que la cultura moderna en Occidente es documental. Esta distinción, sin duda, implica tec- nologías –mnemotécnica e impresión–, pero no se limita a ellas. Porque el valor de la memoria persistió mucho tiempo después de que hubiera cambiado la tecnología del libro. Es por eso que los libros en sí, que a finales de la Edad Media se encontraban mucho

más disponibles que antes, no perturbaron profunda- mente el valor esencial de la ejercitación de la memoria hasta que pasaron muchos siglos. Ciertamente, el propósito de un libro se considera diferente ahora

que en una cultura memorística como la de la Edad Media. Un libro no es necesariamente lo mismo que un texto. Los «textos» son los materiales a partir de los cuales los seres humanos hacen «literatura». Para nos- otros, los textos sólo vienen en libros y, por tanto, la distinción entre ambos es borrosa e incluso se ha perdido. Pero, en una cultura memorística, un «libro» es sólo una manera entre varias de recordar un «texto», de proveer y armar la memo- ria con «dicta et facta memorabilia». Así pues, un libro es en sí mismo mnemó- nico, entre muchas otras funciones que también podamos darle. Tomás de Aquino atribuye esta función a los libros en un comentario sobre el salmo 69:29,

14 «Del libro de la vida sean borrados»: 20 «Se dice que una cosa queda escrita metafóricamente en la mente de alguien

Porque las cosas se escriben en

Mi opinión es que la cultura medieval era fundamentalmente memorística, como la cultura moderna en Occidente es documental

cuando queda firmemente fijada en la memoria libros materiales para ayudar a la memoria». 21

20. [N. de la Trad.] Las citas bíblicas proceden de la Biblia de Jerusalén, Alianza Editorial, Madrid, 1975.

21. AQUINO, Tomás de. Summa theologica, Mc.Graw-Hill, Nueva York, 1964-1981, 61 vols, I, Q.

24, a.I. resp.

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Andrés de San Víctor, que escribió cien años antes, comenta de manera simi-

lar sobre Isaías 1:18: «Así fueren vuestros pecados como la grana, cual la nieve blanquearán»:

«Según la tradición judía, los pecados de todos los hombres se conservan escri-

tos con una sustancia blanca brillante

Los pecados graves se escriben en rojo y

otros colores que se adhieren mejor al pergamino y llaman más fácilmente la

atención del ojo

Cuando se dice que los pecados quedan escritos en libros, ¿qué

significa sino que Dios los recuerda como si estuvieran escritos?». 22

A principios del siglo XII, Hugo de San Víctor, instruyendo a unos alumnos jóvenes sobre cómo recordar, les explica claramente la utilidad mnemónica de la

disposición y decoración del manuscrito en la página. Repitiendo el consejo tra- dicional de memorizar siempre de la misma fuente escrita, no fuera que la con- fusión de imágenes causada por ver diferentes disposiciones imposibilitara que quedase impresa una sola palabra en el cerebro, dice:

«Es de gran valor para fijar una imagen en la memoria que, cuando leemos

el color, la forma, la

posición y la colocación de las letras

abajo) vemos [algo] colocado

en qué ubicación (arriba, en medio, o

de qué color observamos el signo de la letra o la

libros, observemos para imprimirlos en nuestra memoria

superficie ornamentada del pergamino. Ciertamente, considero que no hay nada más útil para estimular la memoria».

Era en la memoria ejercitada donde se construía el carácter, el juicio, la ciudadanía y la piedad

Mucho más tarde, en una ars memorativa francesa del siglo XV, su autor, Jacques Legrand, da el conse- jo similar de prestar atención al color de las líneas y el aspecto de la página a fin de fijar el texto como ima-

gen visual en la memoria:

«de ahí que uno aprenda mejor estudiando de libros iluminados, porque los diferentes colores confieren el recuerdo de las diferentes líneas y, consiguiente-

mente, de aquello que uno quiere aprender de memoria». 23

Lo que me interesa en este estudio es la memoria educada. Todas mis pruebas vienen de obras cultas, la mayoría escritas en latín de los siglos IV al XIV. La memoria, tal como la entendían y practicaban, era una parte de la literatura: en realidad, era para lo que, en un sentido fundamental, servía la literatura. La memoria es una de las cinco divisiones de la retórica antigua y medieval; además, era considerada por muchos escritores sobre el tema como la «más noble» de

15

22. SMALLEY, Beryl. The Study of the Bible in the Middle Ages, Blackwell, Oxford, 1984, 3ª ed., p.

148.

23. Jacques LEGRAND, Archiloge sophie: «pourtent est ce que on estudie mieulx es livres enlumines,

pour ce que la difference des couleurs donne souvenance de la difference des lignes et consequam- ment de celle chose que on veut impectorer»; París, Bibliothèque Ste. Geneviève MS. 2521, ff. 96- 99v. La cita es de f. 96r-v, y está citada por HAJDU, Helda, Das Mnemotechnische Schriftums des Mittelalters, Franz Leo, Viena, 1936, p. 114.

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todas, la base del resto. La memoria también era una parte integral de la virtud de la prudencia, que es la que hace posible el juicio moral. Ejercitar la memoria no sólo servía para procurarse los medios para redactar y conversar inteligente- mente cuando no había libros a mano sino para mucho más, porque era en la memoria ejercitada donde se construía el carácter, el juicio, la ciudadanía y la piedad. La memoria también representa el proceso mediante el cual una obra literaria

llega a institucionalizarse, a interiorizarse dentro de la lengua y la pedagogía de un grupo. Al describir la verdad de la Sagrada Escritura, John Wyclif argumenta que

el

texto de Dios sólo está contenido en una especie de taquigrafía de libros, lengua

y

otros artefactos humanos «que son las claves memorísticas y rastros de la verdad

preexistente»; por ello, las palabras en sí están cinco veces alejadas de la propia Verdad y, por tanto, deben ser interpretadas y adaptadas continuamente a lo que él llama el liber vitae, el libro de la vida en la persona de Cristo. 24 Esta opinión es

común; Wyclif la atribuye a Agustín, pero la encontramos antes, porque la idea de que la lengua, como signo de otra cosa, siempre está alejada de la realidad es una

de las piedras angulares de la retórica antigua. La idea da tanto a los libros como al lenguaje un papel cultural subsidiario y derivativo con respecto a la memoria, por- que no tienen sentido si no es en relación con ella. Una

obra no es leída realmente hasta que uno la ha conver- tido en parte de sí mismo: este proceso constituye un estadio necesario de su «textualización». Limitarse a echar una mirada a las páginas escritas no es leer en absoluto, porque la escritura tiene que ser transferida a

la memoria, desde los grafemas sobre pergamino, papi- ro o papel a las imágenes escritas en el cerebro por emoción y sentido. Debería quedar claro por lo que he dicho hasta ahora que no me interesa lo que ha sido tradicionalmente el tema de estudio de «la aparición de la alfabetiza- ción» durante la Edad Medida, aunque inevitablemente, en el curso de mi obra, he manifestado mi opinión contraria a las distinciones de otros académicos entre sociedades «orales» y «alfabetizadas». Como historiadora de la literatura, lo que yo destaco es la función de la literatura en sociedades particulares (y «literatura» no es lo mismo que «alfabetización»). La capacidad de «escribir» no siempre es equivalente a la capacidad de escribir y comprender en un sentido plenamente textual, porque en realidad el que escribe (un escriba) puede ser simplemente un practicante habilidoso, empleado en una capacidad similar a la del mecanógrafo tradicional actual. La distinción entre componer un texto (o «hacer» en inglés medieval) y escribir siguió siendo respetada durante la Edad Media. De manera

16 similar, el aprendizaje escuchando y recitando en voz alta no debe confundirse con la ignorancia de la lectura. Es importante recordar, especialmente al descri-

Una obra no es leída realmente hasta que uno la ha convertido en parte de sí mismo

24. John WYCLIFF, «De veritate sacrae scripturae», Wyclif’s Latin Works, 3 vols., G. Tuebner for The Wyclif Society, Londres, 1905-1907, cap. 6 (citado por SMALLEY, Beryl, «The Bible and Eternity:

John Wyclif’s Dilema», JWCI 27, 1964): «sed quinto modo sumitur scriptura sacra pro codicibus, vocibus aut aliis artificialibus, que sunt signa memorandi veritatem priorem, quomodo loquitur Augustinus».

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bir la Edad Media, cuando el criterio de litteratus dependía del conocimiento del latín, que cierto grado de bilingüismo (latín y vernácula) era un hecho para todos

los europeos cultos, y no confundir las excusas de «analfabetismo», que significa- ban «incapacidad de redactar con fluidez en latín», con la disculpa de ser incapaz de pensar o escribir con claridad en ninguna lengua. 25 Los historiadores de la alfabetización se han ocupado de los canales normativos de comunicación en las sociedades. Una sociedad «oral» es pues aquella en la que

la comunicación se produce de formas distintas que mediante documentos, y en la

que la ley y el gobierno se aplican sobre la base de una tradición conservada de manera oral. Para esos historiadores, la mayor parte de las mejores pruebas proce- den del estudio de las distintas maneras en que se creía que se establecieron prue-

bas legalmente persuasivas. 26 En el periodo medieval, estos estudios se han centra- do en las maneras como las culturas tribales de la Europa germánica del norte llegaron a incluir en su cultura las normas alfabetizadas de la ley y la educación romana, conservadas principalmente en Italia y en las instituciones de la iglesia romana. Dado que las culturas orales, como es obvio, deben depender de la memo- ria, y por tanto valoran en grado sumo la memoria,

esta valorización se ha llegado a ver como la señal de

marca de la oralidad, en oposición a la alfabetización,

Este papel cultural privilegiado de la memoria parece independiente de la «oralidad» y la «alfabetización» tal como se han definido estos términos en las ciencias sociales

lo

que ha llevado a la presunción de que el alfabetismo

y

la memoria son per se incompatibles y que un

«aumento de la alfabetización» entrañará la desvalori- zación consiguiente y el desuso de la memoria. Es esta presunción la que pongo especialmente en duda en mi estudio. Porque el cultivo y ejercitación

de la memoria fue un aspecto básico de la sociedad culta de Roma y siguió siendo necesaria para la lite- ratura y la cultura durante la Edad Media. Este papel

cultural privilegiado de la memoria parece indepen- diente de la «oralidad» y la «alfabetización» tal como se han definido estos tér- minos en las ciencias sociales, y es peligroso confundirlos con un concepto lite- rario y ético como la «memoria» medieval.

25. Hildegard de Bingen (siglo XI) dictaba sus visiones místicas en el mejor latín que podía a un

escriba; a continuación hacía corregir la versión escrita a un cura para que eliminara lo que no era elegante en latín. Se deduce de las descripciones de cómo trabajaba que probablemente redactaba primero en alemán y después lo traducía ella misma al latín, dictaba esta versión y finalmente le corregían los errores. También se deduce que sabía bastante latín para reconocer si las correcciones del cura respetaban el sentido que pretendía. Esta situación es muy distinta de la que suelen imagi- nar los modernos cuando utilizan la palabra «analfabetismo». Véase Albert DEROLEZ, «The Genesis of Hildegard of Bingen’s ‘Liber divinorum operum’», en J.P. GUMBERT y J.M. de HAAN (eds.), Litterae Textuales: Essays Presented to G.I. Lieftinvk, Van Gendt, Amsterdam, 1972. Sobre el signifi- cado del término «analfabetismo», véase también CLANCHY, M.T., From Memory to Written Record, England 1066-1307, Harvard University Press, Cambridge, MA, 1979, esp. ps. 175-185.

26. Los excelentes estudios de CLANCHY, From Memory to Written Record, op. cit., y de STOCK, Brian,

The Implications of Literacy: Written Language and Models of Interpretation in the Eleventh and Twelfth Centuries, Princeton University Press, Princeton, 1983, son pruebas de este tipo.

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En realidad, pienso que probablemente es engañoso hablar de cultura literaria como una versión de «alfabetización». La razón es simplemente que, como con-

cepto, la alfabetización privilegia un artefacto físico, el soporte escrito, sobre el proceso social y retórico que un texto registra y genera a un tiempo, es decir, la redacción por parte de un autor y su recepción por parte de un público. Las ins- tituciones de la literatura, incluyendo la educación en las artes del lenguaje, las convenciones de debate y meditación, así como la oratoria y la poesía, son con- cebidas y fomentadas retóricamente. Creo que la valoración de la ejercitación de la memoria depende más del papel que tiene la retórica en una cultura que en sí sus textos se presentan de forma oral o escrita, o en una combinación de ambas. En aras de la definición, distinguiré aquí entre fundamentalismo y textualismo como representantes de dos visiones polares de lo que es la literatura y de cómo funciona en la sociedad. Esos dos extremos están siempre en tensión el uno con el otro; uno puede analizar muchos cambios en la teoría literaria como esfuerzos para compensar el desequilibrio de uno sobre el otro. (Por ejemplo, algunos eruditos bíblicos del siglo XIII subraya- ban la «intención» literal del texto a fin de compen-

sar lo que veían como un exceso de comentario inter- pretativo por parte de anteriores exégetas; desde mi punto de vista, eso sería un toque de fundamentalis- mo inyectado para contrarrestar un textualismo exce- sivo). El fundamentalismo contempla una obra de lite- ratura como algo que esencialmente no requiere interpretación. Subraya su forma literal como inde-

pendiente de la circunstancia, el público, el autor de todos los factores que en los análisis retóricos se resumen en la palabra «ocasión». Los eruditos legales hablan de «originalistas», los que creen que la «intención original» de un documento escrito está contenida del todo en sus

palabras y que toda interpretación es innecesaria y distrae. El parecido de esta posición con el fundamentalismo religioso es evidente. El verdadero funda- mentalismo no entiende las palabras como signos o claves sino que las toma como cosas en sí mismas. También contempla las obras exclusivamente como objetos, que son por tanto independientes de las instituciones: quizás es por eso que el fundamentalismo es tan a menudo un componente de las herejías medievales. 27 El fundamentalismo niega legitimidad a la interpretación. En lugar de inter- pretar, un lector se dedica sólo como máximo a parafrasear el significado del

18 documento escrito, un significado que es realmente transparente, sencillo y com-

pero que ha sido ocultado temporalmente por el detrito de la historia y

El verdadero fundamentalismo no entiende las palabras como signos o claves sino que las toma como cosas en sí mismas

pleto

27. Véase la fascinante disección de Brian STOCK sobre el aspecto fundamentalista de las diversas herejías del siglo XI en su The Implications of Literacy, op. cit., ps. 88-240. No lo identifica como fun- damentalismo, sino que lo asocia con la alfabetización per se; la conjunción, sin embargo, me pare- ce una pista falsa porque la distinción determinante tiene que ver con opiniones de la literatura, que pueden existir tanto entre grupos orales como alfabetizados.

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el cambio lingüístico. (Es significativo que los fundamentalistas baptistas del sur de los Estados Unidos hayan permitido la publicación de un solo comentario de la Biblia, el Boardman Bible Commentary, que tiene como objetivo simplemen- te aclarar algunas oscuridades involuntarias producidas por la historia). Las tra- ducciones fundamentalistas se consideran simplemente redeclaraciones de una verdad inapelable que está clara y no es ambigua; no hay adaptaciones ni lectu- ras interpretativas. El fundamentalismo, como ideal, no debería producir glosa ni comentario alguno. Así, el papel de la erudición es únicamente identificar las acumulaciones de escombros interpretativos y pulir el significado original simple. Es razonable, desde una actitud fundamentalista, que Dios tenga que ser el autor directo de la Biblia. Esta creencia se mantiene incluso entre fundamentalistas seculares que escriben sobre literatura y postulan un autor como Dios que pla- nea, dirige y controla el significado de su obra. Pero los textos no deben limitarse a lo que está escrito en un documento. Cuando la literatura se valora por sus funciones sociales, las obras (especial- mente algunas, desde luego) proporcionan las fuen-

tes de la memoria de un grupo. Las sociedades de este tipo son «comunidades textuales» en la frase de Brian Stock, tanto si esos textos existen entre ellos en forma oral como escrita. La palabra latina textus viene del verbo que significa «tejer» y es en la insti- tucionalización de una historia a través de la memo- ria como se produce la textualización. Las obras lite- rarias se convierten en instituciones porque tejen la unión de una sociedad proporcionándole una expe- riencia compartida y un cierto tipo de lengua, la len-

gua de historias que pueden experimentarse una y otra vez a lo largo del tiempo tal como sugiera la ocasión. Se cree que su signi- ficado es implícito, oculto, polisémico y complejo y que requiere una interpre- tación y adaptación continuas. Llevado a un extremo, desde luego, el textualis- mo puede ocultar del todo la obra original en una interpretación puramente solipsista. Beryl Smalley, que dedicó su vida académica a leer comentarios medievales, señaló irónicamente en una ocasión que «elegir al intérprete más arbitrario de los textos bíblicos de la Edad Media sería como conceder un pre- mio a la estatua más fea de la reina Victoria». 28 En el proceso de textualización, la obra original adquiere comentario y glosa; esta actividad no se considera algo distinto del texto, sino que es el marco de la textualización en sí. Textus también significa «textura», las capas de significado que se superponen a medida que se va tejiendo el texto a través de la tela histó- rica e institucional de una sociedad. Esta «socialización» de la literatura es la obra de la memoria, y es así tanto en una sociedad alfabetizada como oral. Tanto si pasan a través de las puertas sensoriales de los ojos como de los oídos, las pala- bras deben ser procesadas y transformadas en memoria: se convierten en nues-

Tanto si pasan a través de las puertas sensoriales de los ojos como de los oídos, las palabras deben ser procesadas y transformadas en memoria para ser nuestras

28. SMALLEY, «The Bible and Eternity», op. cit., p. 89.

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tras. Santo Tomás de Aquino era un hombre muy culto en un grupo muy culto, sin embargo sus contemporáneos le reservaron sus mayores elogios no por sus libros sino por su memoria, porque entendieron que era la memoria lo que le permitía tejer sus asombrosas obras. La memoria también señalaba su carácter moral superior; no debiera olvidar- se que las alabanzas a su memoria se produjeron en las vistas del proceso de su canonización. En realidad, la memoria prodigiosa es casi un tropo de las vidas de santos. Recordemos a san Antonio, que se aprendió la Biblia entera de memoria

sólo de oírla leer en voz alta (el hecho de que nunca viera las palabras escritas es lo que asombró a sus contemporáneos); en san Francisco de Asís, de quien decí- an sus seguidores que tenía una memoria notablemente exacta y copiosa. Los tro- pos no pueden despreciarse como «meras» fórmulas porque indican los valores de una sociedad y la manera en que ésta concibe su literatura. La elección de ejerci- tar o no la memoria, para los antiguos y medievales, no era dictada por la con- veniencia: era un asunto de ética. Una persona sin memoria, si podía existir una cosa así, sería una persona sin carácter moral y, en un sentido básico, sin huma- nidad. La memoria no se refiere a cómo se comunica

algo, sino a lo que pasa cuando uno recibe algo, al proceso interactivo de familiarización –o textualiza- ción– que se produce entre las palabras de uno mismo y las de otros en la memoria. Muchos historiadores se preguntarán por qué he evitado asignar etiquetas neoplatónicas o aristotélicas en mi discusión de la técnica y práctica de la memo- ria, especialmente teniendo en cuenta el papel de la memoria en la filosofía neoplatónica. Pero ha sido una decisión deliberada. Una imagen actualmente

aceptada de la historia intelectual del siglo XII y XIII es la del paso de un dualismo materia/espíritu neoplatónico, profundamente influido por Agustín (aunque no idéntico a su pensamiento), a un hilemorfis- mo aristotélico articulado con gran éxito por santo Tomás de Aquino. Pero aso- ciar un interés en la práctica memorística con una de esas escuelas más que con otra es engañoso, como descubrí yo misma en las primeras fases de mi estudio sobre el tema. Mientras la distinción neoplatonista-aristotélica es crucial en algunas áreas de la cultura medieval, creo que no lo es cuando se trata de la memoria. En realidad, la historia intelectual, tal como se practica tradicional- mente, no es la mejor manera de estudiar el papel de la memoria en la cultura medieval.

20 La memoria, en el contexto de mi estudio, se considera más como praxis que como doxis. A veces las prácticas están influidas por ideas, pero son distintas, y siguen pautas y tempos de cambio diferentes. Los historiadores de la retórica han descrito a veces la Memoria como una de las dos partes «técnicas» de su tema, junto con la Presentación Oral, distinguiéndola de este modo de las áreas «filo- sóficas» de Invención, Disposición y Estilo. Esta clasificación puede haber con- tribuido a la impresión de que la memoria, al ser simplemente técnica, estaba limitada en su aplicación a las condiciones del debate oral, es decir a la

La memoria no se refiere a cómo se comunica algo, sino a lo que pasa cuando uno recibe algo, qué se produce entre las palabras de uno mismo y las de otros en la memoria

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Presentación Oral. 29 Pero como técnica práctica de lectura y meditación, la memoria es fundamental en la paideia medieval, y tiene una mayor importancia en este contexto que como «parte» de la retórica. Aunque no consiga nada más, confío que mi estudio impida que los estudiantes desprecien la mnemónica y la técnica mnemónica añadiéndole el adjetivo de «mera», o que asuman que la téc- nica memorística carecía de consecuencias serias simplemente por ser útil y prác- tica. El historiador Lawrence Stone ha señalado sabiamente que todo cambio his- tórico es relativo. Dentro de un periodo determinado, podemos subrayar dife- rencias o continuidades. La mayoría de los historiadores de la Edad Media están ahora dedicados a detallar las diferencias que existieron entre pueblos occidenta- les durante una extensión de tiempo, geografía y progresos lingüísticos e institu- cionales inmensamente largos que ocultamos bajo el nombre general de «Edad Media». En este estudio, yo subrayo las continuidades, aunque soy consciente de las distintas circunstancias que separan a los diversos eruditos o poetas. Me inte- resan las presunciones elementales y los lugares comunes que yacen tras las prác- ticas que son el tema de mi estudio.

Traducción de Dolors Udina

21

29. Por ejemplo, véase KENNEDY, George A. Classical Rhetoric and Its Christian and Secular Tradition From Ancient to Modern Times, University of North Carolina Press, Chapel Hill, 1980, p. 98.

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Rememoración en la historia*

Mercedes Vilanova

Memoria y escritura

La verdad está en el texto. Lutero

La memoria y la palabra escrita son protagonistas de la paradoja narrada en

Fedro donde Platón se detiene en el origen de la escritura, considerada remedio

o veneno del recordar. Con frecuencia solemos obviar el dilema entre la palabra

«viva» y la «escrita» o entre lo que sucedió y el discurso que después construi- mos, no nos percatamos de que grabar la voz, como escribir o pintar, fija lo dicho y en lecturas sucesivas deberá contextualizarse siempre. El destino de la memoria se juega en la apuesta por la escritura.

Cálculo, geometría, dados o astronomía son descu- brimientos maravillosos que el mito acerca a la invención de la escritura egipcia y a sus drogas enga- ñosas, pero que al oponerse a la memoria auténtica, constituyen una amenaza. Por eso el rey, en Fedro, se pregunta si la escritura es remedio o veneno. Son los

padres de la escritura o gramáticos quienes fabrican, dan la droga y la justifican:

«Este conocimiento, oh rey, hará más sabios a los egipcios y más memoriosos, pues se ha inventado una especie de fármaco de la memoria y de la sabiduría».

] ya que fiándo-

A lo que el rey responde: «Es el olvido lo que éste provocará [

se de lo escrito llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no

Porque es impresionante, Fedro, lo que

están ante nos-

desde dentro, desde ellos mismos [

pasa con la escritura, y por lo tanto se parece a la pintura [

otros como si tuvieran vida; pero si se les pregunta algo, responden con el más altivo de los silencios». Si se interroga a los escritos guardan silencio, su auto- nomía semántica se presenta como un desamparo y se necesita una memoria «con muletas» para el trabajo interminable de recontextualización que requiere siempre cualquier tipo de lectura. En cambio, en la memoria auténtica el que

Grabar la voz fija lo dicho y en lecturas sucesivas deberá contextualizarse siempre

]

]

23

*. Este texto está basado en la ponencia titulada «Memoria y Fuentes Orales» presentada en el IV Simposio de Historia Actual celebrado en Logroño en octubre de 2002.

Historia, Antropología y Fuentes Orales, 2, 30, 2003

Mercedes Vilanova

transmite un saber lo escribe en el alma de quien aprende de sí mismo. Es una memoria que se defiende sola, sabe lo que debe decir delante de según quién y lo que debe callar, porque es una memoria feliz, segura de ser de su tiempo y de poder ser compartida. 1 De la ruptura entre pasado y presente surge la memoria captada por la histo-

ria para pasar a reinar en los archivos. Victoria escritural en el corazón mismo de la memoria. Es, más que nada, superstición y respeto por la traza aunque, para- dójicamente, es su negación pues en cuanto hay traza ya no hay memoria viva. El sentimiento de la pérdida de la reminiscencia, como en los diálogos platóni- cos, intenta paliarse con la institucionalización de la memoria y el hecho de pro- ducir archivos se ha convertido en el imperativo de la época. A esta materializa- ción de la memoria se le une su elogio politizado y mil veces abusado. Archivos que son la segregación voluntaria y organizada de una memoria perdida pues si la tuviéramos no necesitaríamos conservarla. Los lugares de la memoria son mar- cas exteriores –como en Fedro– y no necesariamente espacios geográficos. Calendarios republicanos, revolucionarios o religiosos, banderas, archivos, bibliotecas, museos, diccionarios, conmemoraciones, fiestas, panteones, rituales, arcos de triunfo o monumentos a las derrotas

Refugios de una memoria herida, desgarrada, aboli- da, en la que el sentimiento de continuidad es mero residuo. 2 Los historiadores navegan entre la ausencia absolu- ta de huellas y la seguridad de encontrar recuerdos en cada uno de nosotros y en los archivos. El discurso de la memoria y el de la historia son hermanos, los dos

son escrituras, inscripciones en el alma, espíritu o papel. Pero es en el alma donde el discurso auténtico se escribe y deja huella psí- quica, a veces por el impacto de la impresión primera, o por el pathos o pasión posterior. Huellas que permiten el encuentro en nuestro interior de experiencias pasadas ahora rememoradas. Este lazo indisoluble entre memoria e historia per- mite afirmar que el discurso escrito es siempre imagen de lo que en la memoria está «vivo», «dotado de alma» porque es «rico de savia». La metáfora de la vida representada en la pintura, puede desplazarse a las tareas del agricultor que siem- bra, hace crecer y cosecha. Para la memoria feliz la inscripción es siembra, las palabras, semillas y el rememorar, la cosecha del tiempo.

Rememoramos a través de imágenes visuales o cognitivas que implican la pre- sencia de lo ausente marcado con el sello de lo anterior, ya que la memoria vive anclada en el pasado y con el transcurrir de los años crece y se agiganta como los

24 árboles. A través de ella sentimos la continuidad de la propia existencia y la con- ciencia de la profundidad temporal, experimentamos la fuente de nuestra melan-

El discurso escrito es siempre imagen de lo que en la memoria está «vivo», «dotado de alma» porque es «rico de savia»

1. Paul RICŒUR, La Memoire, L’Histoire, L’Oublie, Seuil, 2000, cap. «L’histoire: remède ou poison?».

PLATÓN, Diálogos, Editorial Gredos, 1997, p. 403. Ver también Mary CARRUTHERS, The Book of Memory. A Study of Memory in Medieval Culture, Cambridge University Press, 2002: 16-32.

2. Comentarios a la obra de Pierre Nora en Paul RICŒUR, La Memoire, L’Histoire, L’Oublie, cap.

«Pierre Nora: Insolites lieux de memoire», p. 522.

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Rememoración en la historia

colía y, a veces, de nuestras angustias cuando el futuro deja de ser proyecto. 3 La rememoración es una facultad decisiva, es una lectura que busca materiales repar- tidos en nuestro interior. Para crear y para pensar necesitamos una herramienta mental o máquina, y esta «máquina» vive en las redes intrincadas de nuestra pro- pia memoria. Inventamos nuestro pasado gracias a luces distintas que surgen de experiencias actuales sin repetirnos nunca de manera automática, porque reme- morar es evocar a través de imágenes escritas en una superficie que llevamos siem- pre puesta. Una imagen suscita otra, así mientras narraba mi pasado submarinis- ta, lo hacía acompañada por las imágenes que afloraban de las palabras o de palabras que brotaban de las imágenes. Se evoca el pasado, aunque la memoria es siempre actual, se renueva día a día, inventa para constituir su identidad y borra para prescindir de materiales fútiles. Erróneamente consideramos el olvido como un fallo o como una razón para desconfiar de la memoria, cuando haber olvida- do cosas es condición esencial para poder recordar otras. Para Mary Carruthers olvidar es otro aspecto del recordar, pues el olvido consciente permite la creativi- dad. El handicap de la memoria no es el olvido, es el desorden, la ausencia de pautas, la dispersión o el azar. 4 La aceleración del tiempo ha abierto abismos entre

generaciones y el pasado significa cada vez menos, esto explica que hayan perdido fuerza o que hayan desapa- recido las ideologías de la memoria que, como el mar- xismo, unían el pasado a los proyectos de futuro. 5 Las pretendidas etapas del progreso han dejado de tener sentido y vivimos un presente frenético, aparentemen- te sin raíces ni puntos de referencia estables, e incons-

cientes de que conocer el pasado permite olvidarlo mejor. La memoria personal es el único lazo con lo que fue, desde un presente que se constituye en eterno pues no disponemos de otra manera de experimentar la

Haber olvidado cosas es condición esencial para poder recordar otras [

] el

olvido consciente permite la creatividad

3. Mihai NADIN, «Anticipación mental y caos», HAFO, núm. 23, 2000, p. 20: «[

acabemos disfrutando del más asombroso de los mundos, pero en un estado de melancolía a escala no menos asombrosa. A menos que preguntemos y averigüemos ¿por qué hacemos lo que hacemos? –trabajar, amar, comer, discutir, participar en deportes, vestir a la última moda, construir ciudades, ir a la guerra y mucho más–, estamos condenados a sumirnos en una depresión capaz de erradicar nuestra especie antes de que lo logre cualquier catástrofe física, incluidas las de muy diversa índole fabricadas por el hombre».

4. Mary CARRUTHERS, The Craft of Thought, Meditation, Rethoric, and the Making of Images, 400-

es posible que

]

1200, Cambridge University Press, 1998. También de Mary CARRUTHERS, The Book of Memory. A Study of Memory in Medieval Culture, Cambridge University Press, 2002 (primera edición en 1990), 61: «One should not tired the memory trying to memorize too much at a time, or too quickly, for this produces an over-loading problem. ‘Forgetting’ is a technical error, due to such things as insuf- ficient imprinting or miss-addressing, and errors of recollection are thus perceptual in nature, if “the eye of the mind” cannot see clearly or looks in the wrong place».

5. Eric HOBSBAWM, Historia del Siglo XX, Crítica, 1998, p. 13: «La destrucción del pasado, o más bien

de los mecanismos sociales que vinculan la experiencia contemporánea del individuo con las genera- ciones anteriores, es uno de los fenómenos más característicos y extraños de las postrimerías del siglo XX. En su mayor parte, los jóvenes, hombres y mujeres, de este final de siglo crecen en una suerte de presente permanente sin relación orgánica alguna con el pasado del tiempo en el que viven».

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Mercedes Vilanova

vida. Nietzsche aconseja vivir intensamente el instante, para liberarnos del pasado pues es posible vivir feliz sin recuerdos, pero es imposible vivir sin olvidar. Para otros, no obstante, si fuera posible la existencia de una persona sin memoria sería una persona sin carácter moral, en un sentido muy básico, sin humanidad. 6 La memoria distanciada surge de la ruptura entre historia y memoria retoma- da bajo el signo de la discontinuidad entre un pasado donde antes asentábamos los pies y el que se vive ahora como fractura. La modernidad ha contribuido a introducir esas distancias y el pasado, en sociedades democráticas basadas en la autonomía del individuo, no se vive ni se siente como actual porque el lazo que unía a generaciones sucesivas es cada vez más tenue. Seguramente para paliar esas distancias la historia ha hecho de la memoria uno de sus objetos de estudio pre- feridos. En la medida en que se esfuman instituciones, clases o grupos sociales como familia, iglesia, escuela, campesinado e incluso estado, el pasado significa cada vez menos. La solidaridad entre el pasado y el futuro que esas instituciones representaban se ha substituido por la solidaridad entre el presente y la memoria que se erige en tirana de nuestras vidas ahora que ya no le importa a nadie lo que ocurrió durante ayer mismo. Esa tiranía habrá durado sólo un tiempo, pero como subraya Paul Ricœur, ha sido el nuestro. Por eso la memoria ha podido apoderarse de la historia. La ausencia de memoria, incluso de las catástrofes más recientes, hace que se la quiera reproducir en los museos. Cuando el verano pasado M.C. visitó el museo del Holocausto de Berlín con sus nietos, sintió que se mareaba ante una entrada diseñada, precisamente, para provocar desorientación y debió apoyarse en la pared para no desfallecer, mientras sus nietos adolescentes bailaban y silba- ban ajenos al significado de esas paredes y de esos suelos. Los ujieres rápidamen- te les conminaron a callarse y salir porque el buen talante es intolerable si es igno- rante o quizá juvenil y, sobre todo, sin el peso de una memoria herida. El deber de la memoria, como una imposición, a diferencia de la integridad de la memo- ria, es una orden que se apoya en el principio de repetición y es utilizada o se jus- tifica para prevenir futuras barbaries. Manda y prescribe la fidelidad al pasado. Busca la eficacia del «nunca jamás» pronunciado casi como si de una vacuna se tratara. Copia, repite y exige la veneración de lo que ya no es memoria viva. Esta memoria herida por traumatismos indecibles y que se aferra al silencio se pone en evidencia cuando determinados testimonios se nos esconden o esfuman. Aun hoy no quieren hablar los prisioneros alemanes de delitos comunes que ocupa- ron cargos en los campos nazis de trabajo esclavo y de exterminio, prefieren pasar desapercibidos como algunas personas analfabetas que vivieron durante la guerra civil española. 7 Certau ya había apuntado: «Hay una creatividad de la gente ordi-

26

6. Luc FERRY, Qu’est-ce qu’une vie réussie? Grasset, 2002, ps. 296-303: «Une sagesse de l’instant pré-

sent: par-delà la nostalgie et l’espérance, c’est ici et maintenat qu’il faut accéder à la vie bonne». Mary CARRUTHERS, The Book of Memory. A Study of Memory in Medieval Culture, Cambridge University Press, 2002: 13.

7. De las más de sesenta entrevistas que debían realizar el grupo de entrevistadores coordinado por

Alexander von Plato para el proyecto MSDP, Mauthausen Survivor Documentation Project, sólo se han podido realizar dieciocho y de ellas ninguna a los sobrevivientes por delitos comunes.

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Rememoración en la historia

naria escondida en silencios astutos, sutiles y eficaces a través de los cuales abrir-

se un camino por el bosque de productos impuestos». 8 Al preguntar a un superviviente de Mauthausen acerca de sus sentimientos cuando visitó el campo muchos años después me contestó: «Qué quiere que le

diga, estaba vacío, no había nadie. ¿Celebrar la liberación cuando la mayoría murie- ron?». 9 Los que regresaron gracias a la memoria de papel, a la que los historiado- res nos dedicamos, encuentran una acogida fijada en la escritura. Pero en el sepul- cro habitado por los historiadores, no hay más que el vacío, no corremos pues peligro en la intimidad con el otro mundo, muerto ya que no puede molestar- nos, increparnos, ni hablarnos. Al escribir expresamos lo que otros callaron. Es a nivel de la comprensión/interpretación cuando la memoria se distancia más de la historia y cuando la historia se afirma con mayor fuerza en el plano epistemoló- gico. El tratamiento documental del hecho histórico, la gran aportación de los historiadores, concierne a los modos de encadenamiento entre hechos documen- tados para ayudar a hacer inteligibles las relaciones humanas y reducir a paráme- tros comprensibles la complejidad del pasado y de lo por venir. La escritura, dice Certeau, transforma el espacio

del otro y crea el relato entre un querer escribir y un cuerpo escrito. La historiografía como la medicina, para avanzar necesitan un cadáver mudo que se ofrezca a la mirada. La medicina moderna progresa cuando el cuerpo físico se convierte en un cuadro legible que puede escribirse en el espacio de una len- gua y lo que se ve y se sabe puede superponerse,

intercambiarse o traducirse. Una mutación análoga

se produce cuando la tradición se despliega ante la curiosidad erudita de un cor-

pus de textos. Estos discursos sobre el otro se construyen en función de una separación entre el saber que contiene el discurso y el cuerpo mudo que lo sos- tiene. La ruptura es esencial porque la interpretación del pasado escoge aquello que puede ser comprendido y desecha lo que debe olvidarse. El silencio de lo que ya no es lo rompió, la invención de la escritura cambió para siempre las rela- ciones humanas. Por primera vez la palabra se disoció de la voz, del sonido y de

la presencia. Fue un milagro poder estar con otros en su ausencia o, incluso, des-

pués de su muerte. Pues hasta la invención de la escritura para dialogar la co-

presencia era necesaria y el mundo de las relaciones humanas no podía enten- derse de otra manera. De esa ruptura esencial entre palabra hablada y escrita surgió la sociedad actual en la que es imposible exagerar la distancia entre el mundo de las personas alfabetizadas y el de las analfabetas. No obstante, para May Carruthers la escritura es tan fundamental para el lenguaje como el habla,

y usamos habitualmente «dijo» o «escribió» indistintamente; aunque esto se

haya interpretado como un residuo persistente de lo oral, también puede ser el reconocimiento de que hablar y escribir son expresiones de una competencia

La interpretación del pasado escoge aquello que puede ser comprendido y desecha lo que debe olvidarse

27

8. Michel de CERTEAU, L’écriture de l’histoire, Gallimard, 1975, edición de 2002, p. 13.

9. Entrevista realizada por Mercedes Vilanova a Manuel Azaustre Muñoz, el 30 de setiembre de

2002, en Orleans, Francia.

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Mercedes Vilanova

humana más fundamental. La decisión de aproximarme a ese otro mundo des- conocido y apasionante por su alteridad, me hizo buscar con tesón a personas que no supieran leer ni escribir, convencida de que me ayudarían a captar aspec- tos mayoritarios e invisibles de la sociedad. 10

28

Memoria e integridad

En los palacios de la memoria me encuentro a mí mismo y de esa abundancia obtengo otras imágenes que uno a la trama del pasado e incluso a lo por venir. Actos, hechos y esperanzas los pienso y repienso todos como si fueran el presente. San Agustín

Las secuelas de los horrores perpetrados durante los siglos XX y XXI hacen difícil apreciar progreso social alguno de la humanidad, excepto el que protago-

niza el conocimiento científico acumulable o la llamada revolución digital de la información. Aunque ese progreso, junto al mito de la comunicación, podría ser el nuevo opio del pueblo, la nueva cortina de humo

tras la que esconder las injusticias escandalosas de la humanidad. La cultura o la historia funcionan como la caverna que ofrece protección y satisface la necesi- dad de confianza y esa es una tarea imprescindible del historiar. El modelo más representativo de esos espa- cios protectores lo constituye actualmente la cultura que expresa la idea de que la humanidad no puede vivir sin un elemento de seguridad y orientación, necesidades que se plasman en la caverna, o en la ciu-

dad que es la repetición de la caverna por otros medios. 11 Estos supuestos son los que rompió con mayor virulencia la experien- cia en los campos de concentración. Muchas personas me han explicado la des- orientación que sintieron al salir de las duchas, rapadas y desnudas hasta el punto de no reconocer a amistades de toda la vida. También me han explicado algunas de las razones que les ayudaron a mantener su integridad: la amistad que daba la certeza de ser y de poder compartir; 12 los lazos políticos o el pertenecer a un grupo por el sentimiento de protección; 13 y, para otros, el olvido de lo que fue-

La cultura o la historia funcionan como la caverna que ofrece protección y satisface la necesidad de confianza y esa es una tarea imprescindible del historiar

10. Mercedes VILANOVA, Las Mayorías Invisibles. Explotación fabril, revolución y represión, Icaria

1996. Mercedes VILANOVA y Xavier MORENO, Atlas de la Evolución del Analfabetismo en España de 1887 a 1981, Madrid, 1992. Mary CARRUTHERS, The Book of Memory. A Study of Memory in Medieval Culture, Cambridge University Press, 2002: 32.

11. Mercedes VILANOVA, «La confianza en la Historia», HAFO, núm. 25, 2001.

12. Entrevista realizada por Mercedes Vilanova a José Ayet García, el 6 de agosto de 2002, en Fayón,

Zaragoza.

13. Entrevista realizada por Mercedes Vilanova a Joaquín López Raimundo el 29 de setiembre de

2002, en Fontenay sur Bois, Francia.

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Rememoración en la historia

ron viviendo día a día sin sucumbir al temor del recuerdo ni al del mañana. 14 Para todos fue esencial mantener su dignidad y no ser «un musulmán». 15 Porque la represión nazi fue diseñada para destrozar la personalidad destruyendo pasa- dos, borrando futuros y haciendo imposible la confianza y la comunicación, el sentido y el destino. Ser íntegros es reconocer el propio pasado y construir una continuidad narra- tiva que despliegue el esfuerzo por constituirse personal o colectivamente. El rol de la memoria no se limita a conservar y transmitir, pues para eso ya están los diarios personales, los epistolarios y otros documentos. La memoria realiza una

síntesis de lo vivido a través de un proceso que sólo concluye con la muerte y gra- cias al cual una persona o un grupo se aprehenden en su unidad. Este esfuerzo de reconocimiento nos permite la relación con nosotros mismos y, cómo con la memoria agustiniana, el conocimiento de nosotros mismos se transforma en el hilo conductor de una vida asumida con cierta trasparencia, resistiendo distor- siones y falsificaciones y poniendo un límite a las fuerzas del olvido. Mientras cada generación reconstruye la historia, la memoria personal reconoce lo que fue y si lo asume sin rencor se transforma en una memoria feliz. Esta fide- lidad al pasado suele surgir de una preocupación por

el futuro. Toda biografía se modela por un proyecto que conforma la representación de sus posibilidades futuras que, a su vez, permiten reinterpretarla y ela- borar su unidad. El futuro se proyecta sobre el pasa- do dándole luz, remodelándolo y permitiendo en

parte el olvido y la reconciliación. La integridad de la memoria, es para Emmanuel Kattan, horizonte, ideal

a conseguir o guía que orienta y busca encontrar la

finalidad de una vida. Este deseo de integridad, más que la lucha contra la injus-

ticia, es el que alimenta nuestra preocupación por el pasado como historiadores, aunque tal vez encuentra un límite en nuestras posibilidades de comprensión cuando quiere explicar la existencia de los campos de concentración nazis.

Emmanuel Kattan define cuatro niveles posibles de integridad. Estos niveles abarcan ámbitos distintos que se viven simultáneamente en la memoria de cada cual. El nivel personal atañe a los objetivos que nos fijamos individualmente y al juicio que elaboramos sobre nosotros mismos. El nivel de grupo se refiere a nues- tras relaciones afectivas con los más próximos. Los niveles de integridad tercero

y cuarto son los que más interesan a los historiadores, se constituyen en torno al estado o nación, o teniendo en cuenta a toda la humanidad o especie en su con- junto. 16 Quizá una manera de entender estos diversos niveles de memoria o de

La memoria realiza una síntesis de lo vivido a través de un proceso que sólo concluye con la muerte

29

14. Entrevista a Manuel Azaustre Muñoz el 30 de setiembre de 2002, en Orleans, Francia.

15. Musulmán quería decir prisionero completamente débil y muerto de hambre. Era una expresión

utilizada por los SS que adoptaron los prisioneros. Era parecida a Kretiner o Schwimmer. La manera incierta de andar de los prisioneros completamente exhaustos, sus gestos y el encorvamiento de sus cuerpos supuestamente les hacía parecer como los hombres musulmanes cuando rezan. Del Manual para entrevistadores del MSDP, 2002, p. 50.

16. Emannuel KATTAN, Penser le devoire de mémoire, PUF, 2002.

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Mercedes Vilanova

integridad sea teniendo en cuenta el conflicto aparente entre una memoria esen- cialmente temporal o esencialmente espacial. Recordar, como subraya Mary Carruthers, es el trabajo para «encontrar» e «ir de un sitio a otro» en nuestro pen- samiento. Los recuerdos no se almacenan al azar, se «ponen» en lugares marcados con matices que son en parte personales, en parte emocionales, en parte raciona- les y mayoritariamente culturales. Sin esa coloración que damos a las cosas que conocemos, no podríamos disponer de un «inventario» y, por lo mismo, no dis- pondríamos de un lugar donde poner lo que hemos experimentado. 17

A nivel personal una vida dotada de integridad elabora una síntesis de su exis-

tencia que abarca el conjunto de lo vivido y escoge la orientación que desea dar

al destino personal, a los principios y a las ideas que la guían. Todas las personas

engendran, de manera autónoma, el patrón a partir del cual medir el grado de integridad conseguido. Este esfuerzo de coherencia en la persecución de las tare- as que nos hemos dado, es una forma de fidelidad a nosotros mismos que no excluye el conflicto, pues una memoria viva, afortunadamente, es siempre una memoria conflictiva. El segundo nivel de integridad que Kattan define es el del grupo pequeño al que pertenecemos. A este nivel la integridad implica la mane- ra cómo nos relacionamos con las personas más cercanas. Aunque no seamos res- ponsables de las acciones de nuestros antepasados, debemos reconocer que esas acciones se produjeron y son parte de la historia en la que hundimos nuestras raí- ces tanto personal como colectivamente. Se trata de la memoria de los más pró- ximos, la de aquellos que se alegraron de nuestro nacimiento y que tal vez llora-

rán nuestra muerte. De una manera u otra nuestra vida depende de las decisiones que ese pequeño grupo tomó en nuestra infancia y juventud y que sigue toman- do en nuestra madurez y hasta nuestra muerte. 18

A un tercer nivel más amplio la integridad designa las diversas maneras cómo

una comunidad encara, enfoca o considera su pasado colectivo. Mostrará mayor

o menor grado de integridad dependiendo de si busca incorporar o rechazar los

elementos problemáticos de la historia que elabora sobre sí misma. La función de los historiadores a este nivel es esencial pues son quienes más deberían intentar responder a las grandes cuestiones planteadas por los siglos XX y XXI que nos amenazan física y psíquicamente. Los historiadores han de elaborar hipótesis hacederas para reducir la complejidad del pasado y permitir la vida. Entre enten- der a Hitler como a un paranoico o un loco, que seguramente lo fue, o enten- derle como el exponente de un sistema capitalista de explotación y deshumani- zación llevado al límite, Hannah Arendt y François Billeter optan decididamente por la segunda interpretación. Para Arendt el imperialismo es la etapa preparato- ria de la catástrofe por venir, y es en su origen y desarrollo, antes y durante la pri-

30 mera guerra mundial, donde debemos buscar las claves para explicar el nazismo

y el capitalismo posterior. Billeter explica las consecuencias planetarias del capi- talismo, especialmente en China, a través de la hipótesis que denomina una reac-

17. The Craft of Thought, Meditation, Rethoric, and the Making of Images, 400-1200, Cambridge

University Press, 1998: 15 y 23. Y Mary CARRUTHERS, The Book of Memory. A Study of Memory in Medieval Culture, Cambridge University Press, 2002: 59 y 60.

18. Paul Ricœur entrevistado por Jean Blain, en HAFO, núm.30, 2003.

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Rememoración en la historia

ción en cadena no controlada que se manifestó con fuerza por primera vez en Italia

hace unos seis siglos, al impulsarse el florecimiento de la relación mercantil, que prosiguió con el triunfo de la razón económica, y, poco después, al constituirse como única razón concebible, incluso desde un punto de vista técnico y científi- co; entre otros horrores, esa reacción en cadena no controlada alcanzó su zenit en

el asesinato industrializado perpetrado en los campos de exterminio durante la

segunda guerra mundial. 19 A un cuarto nivel mucho más amplio la integridad abarca a toda la especie o conjunto de la humanidad. El ejemplo evidente de esta interdependencia plane- taria son los desastres naturales y los surgidos «de la mano del hombre» que afec- tan a todas las personas de forma individual, especialmente a los más pobres, a todos los grupos y a todos los países. Supone reconocer para toda la especie los derechos humanos básicos como el acceso al agua potable, la integridad corporal sin torturas ni mutilaciones genitales u otras, y la libertad para pensar, poderse

expresar y «nombrar». 20 También quizá supone el derecho al perdón y la consi- guiente prescripción de los delitos lo que, en cierta manera, implica el olvido necesario del mal y la posibilidad de la justa memoria, todos ellos temas funda- mentales en el pensamiento y la obra de Paul Ricouer. Estos cuatro niveles, múl- tiples hilos narrativos, o diferentes centros de gravedad que componen una vida, entran muchas veces en conflicto y piden un esfuerzo que jamás se plasma en una síntesis definitiva o en unidad que lo englobe todo. En esta difícil maroma con

niveles de interpretación diferentes y tiempos distintos debería situarse la síntesis histórica y no únicamente en el deber de la memoria como recuerdo fijo del pasa-

do a conmemorar.

Entrevistas y rememoración

Versos que yo no recordaba y que, sin embargo, estaban guardados en mí, como la nuez sana y hermosa dentro de una cáscara rugosa y vieja.

Herman Hesse

Cuando la persona entrevistada busca en su interior materiales que le permi- tan respuestas creadoras, estamos junto a la memoria de hoy, no la de ayer. Rememoración y fuente oral son equiparables cuando se produce la entrevista;

pero las palabras una vez dichas y fijadas ya son del pasado y pueden archivarse.

A menudo nuestros interlocutores nos relatan anécdotas, cuentos o sucesos

memorizados, son como discos que repiten canciones hace tiempo aprendidas. Por esta posibilidad de repetición mecánica –quién sabe si falsificada– las fuentes orales son criticadas e incluso rechazadas. Se alude siempre a su vulnerabilidad o

31

19. François BILLETER, Chine trois fois muette, Allia, 2000. Y François BILLETER, «La reacción en

cadena», HAFO, núm. 29, 2003.

20. David MILLER, «Justice and global inequality», en Adrew HURRELL y Ngaire WOODS (eds.),

Inequality, Globalization, and World Politics, Oxford University Press, 1999.

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Mercedes Vilanova

fragilidad, a la posible tergiversación o fraude. Y, no obstante, la historia escrita sólo documenta hechos a partir de quienes los presenciaron. Nada certifica que algo sucedió, si no consta que fue visto. La historiografía negacionista se basa, precisamente, en la ausencia de testimonios vivos. Ningún superviviente vio fun- cionar las cámaras de gas o los crematorios para contarlo, por eso retumban cíni- camente las palabras de Himmler: «La destrucción de los judíos es una página gloriosa de nuestra historia que nunca ha sido escrita ni nunca lo será». A lo largo de los años ha cambiado mi manera de entrevistar. Empecé casi como detective, asumí después el rol de abogada y, más tarde, el de exploradora de lo inaccesible, para acabar sumergiéndome en una doble reflexión biográfica. Porque las entrevistas con quienes vivieron los hechos que investigamos son difíciles, a veces tensas e inacabadas siempre. Las palabras brotan lentas, imperceptibles o a borbotones. En un viaje que realicé hace años a la Argentina, invitada por Dora Schwarzstein, visité el Perito Moreno y experimenté la losa del silencio helado. El grupo que me acompañaba esperaba con ansiedad el estruendo producido por los trozos del glaciar al desgajarse, tan insoportable era el entorno mudo y gélido. Poco después visité las cataratas del Iguazú en donde la experiencia fue distinta, su ruido impedía la reflexión y debí refugiarme en mí para encontrar un eco de silen- cio entre cascadas gigantescas. Pensé entonces que las

entrevistas se asemejan a esos paisajes distintos y bellí- simos. Ocurre como cuando miramos a las personas y descubrimos entre sus silencios lo no dicho, o como cuando en sus ojos y manos intuimos lo esencial. 21 Tras pretender saber qué es lo justo, objetivo y cier- to del pasado, me he dedicado a escuchar la tonalidad, los aciertos y los dislates de la voz ajena, sobre todo

cuando las personas han mirado hacia su interior para, de un trazo, expresar el signo de su vida. Al principio lo comparé con mi expe- riencia submarina donde los silencios se funden y comparten, y el único lenguaje posible es el de la mirada agrandada tras los cristales protectores o el de manos y brazos que sirven para avanzar, hacer signos y palpar. Comparaba mis preguntas con el haz luminoso que se pierde en el azul y que da color y forma si se aproxi- ma a su objeto con acierto. Diálogos con contenido histórico abren puertas a la interpretación, como haces de luz avanzan entre oscuridades. Diálogos que trans- forman, presentan paisajes inéditos o aspectos insólitos de nuestra vida y de la de los demás. Que incluyen recuerdos y rememoraciones de ese ojo interior que vis- lumbra incertidumbres y permite reinventar para sobrevivir, pues nos definimos

por lo que decimos o callamos. No buscamos sólo oírnos ni oír relatos, no busca-

32 mos sólo informaciones o claves explicativas, más bien rastreamos respuestas para dar con luces que permitan afrontar el futuro, aceptando cierta trasparencia para vivir sin las sombras autoimpuestas, porque una vida asumida desde la sinceridad y con trasparencia es mejor que una vida troceada o dispersa.

Las entrevistas con quienes vivieron los hechos que investigamos son difíciles, a veces tensas e inacabadas siempre

21. Fui invitada por Dora Schwarzstein a dar la conferencia inaugural del Primer Encuentro de la Asociación de Historia Oral Argentina, celebrado durante el mes de octubre del año 1993, con el título «Pensar la Subjetividad».

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Rememoración en la historia

Entrevistarse implica literalmente ver-se el semblante, entre-verse, entre-vistar-

se, hablar-se. El encuentro debería realizarse cuando la persona que entrevista está preparada, segura de sus preguntas, de lo que busca y de lo que ofrece. Nunca debemos precipitar encuentros. Porque las fuentes orales se construyen lenta- mente, más lentamente que las escritas y exigen reflexión, preparación y respeto en el momento de ser creadas. La situación mejor se da cuando la persona entre- vistada quiere conocer lo que ha modelado su existencia, sin excluir la multipli- cidad de puntos de vista que afloran y aceptando diversas interpretaciones junto

a un esfuerzo crítico en relación a su propia historia. Ha de estar dispuesta a com- partir un pasado que probablemente desconoce para que el diálogo que le ofre-

cemos le ayude a descubrirlo, necesita estar abierta para expresar lo que antes no había formulado, ha de saber confiar Es difícil acertar el momento para aproxi- marse a otra persona, su actitud y acogida dependen de mil variables que gene- ralmente sólo aprehendemos una vez iniciado el diálogo y, a veces, sólo muchos años después. Las posibilidades de la entrevista en gran parte dependerán de nuestra capacidad para generar confianza y empatía,

para comprender y para participar con pasión en las experiencias que se nos relatan. 22 Siempre hemos cri- ticado la realización de entrevistas cuando la persona entrevistada está acompañada por otras presencias. Nos hemos preocupado más de nuestro trabajo que de lo que éste puede suponer para nuestros interlocu- tores. Solemos afirmar que aflora la empatía más fácilmente y que la confianza es más sólida en la inti- midad creada a dos. No dudo de que sea así y yo misma al entrevistar lo procuro siempre. No obstan- te, la valoración de la situación es más compleja. Las

entrevistas focalizadas que me han hecho reciente- mente se han desarrollado en la compañía de una o más personas y esas presen-

cias me han ayudado a rememorar y han enriquecido mis olvidos. Hasta el punto de que sin ellas posiblemente no habría averiguado aspectos decisivos de mi

pasado. Intentaré explicarme. Hace unos meses recibí una llamada telefónica. Una voz joven, masculina pre- guntaba por mí. Contesté: «Soy yo». Amable insistió: «¿Es usted la submarinista?». Desde el buen humor, repetí: «Sí, soy yo». Me dijo entonces: «Me gustaría entre- vistarla». Algo en Iván Ciudad hizo que desde el primer momento le tratara como

a un compañero. Sin pensarlo dije medio riendo: «También yo entrevisto

». Más

distendido me comentó: «Tengo una sorpresa, Eduard Admetlla vendrá conmigo». 23 Este chico acertó el momento porque yo estaba recuperándome de una operación quirúrgica, reuniendo fuerzas para reflotar y disponía de tiempo. Además, para mí el mar ha sido paisaje, raíz, horizonte y entorno. Ha modelado mi experien-

Las entrevistas focalizadas que me han hecho, se han desarrollado en la compañía de una o más personas y esas presencias me han ayudado a rememorar y han enriquecido mis olvidos

33

22. Por ejemplo, la entrevista con Pilar Llamazares tardé años en poder interpretarla. Mercedes

Vilanova, Las Mayorías Invisibles, p. 19.

23. Eduard Admetlla es uno de los pioneros más conocidos del submarinismo español, récord mun-

dial de profundidad en 1957.

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Mercedes Vilanova

cia en los archivos y mi vivencia del silencio o de la soledad, me ha aportado la experiencia de conectividad marina y me ha ayudado a vencer el miedo. No obs- tante, este pasado submarinista permanecía oculto en algún almacén de mi memoria. Nunca había recurrido a ese olvido de reserva porque no lo había nece- sitado. Hasta la noche anterior a la conferencia que di en la Universidad de Guadalajara, cuando, por primera vez, relaté este encuentro, no me había perca- tado de lo que ocurrió en el transcurso de la entrevista que estoy intentando explicar. 24 A partir de esa conferencia me sucedió un encontronazo más con ese pasado mío. Al regresar de México, Juan José Bueno me invitó para ser entrevis- tada públicamente durante la Muestra de Cine Submarino que organiza cada año en Valladolid. 25 Estas entrevistas focalizadas me han ayudado a reflexionar sobre lo que fue una etapa de mi juventud como parte del pequeño grupo de submarinistas al que per- tenezco. Sin ser consciente de ello, cuando fui a Valladolid al darle la mano a mi nieta, reflexioné también sobre mi grupo familiar. Y al encontrar entre fotografí- as de otros tiempos, la de mis compañeros submarinistas junto a Franco a bordo del Azor, me di más cuenta del contexto político y social en el que habíamos vivi- do nuestras peripecias para cuando yo ya estaba en el otro extremo del espectro político, intentando vencer unos miedos distintos al de las cuevas marinas. Y, de pronto, gracias a Iván Ciudad recordé algo de lo que fueron esos años cuando él aún no había nacido. En su momento valoré la aventura submarina, el riesgo y el temor que suscita, pero no como lo puedo hacer ahora, no sólo por el tiempo transcurrido, también por mi dedicación a las fuentes orales. De la mano de ese joven me aventuré a buscar recuerdos que creía asumidos sin ser consciente de sus incertidumbres. Le recibí en mi casa, a eso de las diez y media de una mañana, acompañado de Eduard Admetlla tal como habíamos acordado. Iván, rápido, sacó su grabadora y la plantó sobre la mesa; al percatarme puse ostensi- blemente en marcha la mía provocándole un gesto de sorpresa porque segura- mente nadie se había atrevido a hacerle eso antes. 26 En el transcurso de la entrevista fui consciente de lo que Iván me estaba apor- tando. Voy a detenerme en este punto porque no solemos ser conscientes de las posibilidades que abrimos a las personas que nos reciben ¿Qué consiguió Iván Ciudad con la entrevista que me hizo? Sin duda material suficiente para escribir el relato de nuestro encuentro que plasmó poco después en un artículo. Quizá para él eso fue todo, aunque no soy quién para valorarlo. 27 ¿Qué me aportó a mí?

34

24. Mercedes Vilanova, «Fuentes orales y compromiso biográfico», conferencia dada en el encuen-

tro de la Asociación de Historia Oral de México, celebrado en Guadalajara en el mes de octubre de

2002.

25. 15ª Muestra de Cine Submarino de Valladolid, 28 y 30 de noviembre de 2002.

26. La única persona que me ha grabado mientras le entrevistaba ha sido el President de la

Generalitat de Catalunya, Josep Tarradellas, pero él lo hizo, sin decírmelo, a escondidas.

27. Iván CIUDAD, «Pioneros, Mercedes Vilanova, “El mar ha sido el maestro de mi vida”»,

Buceadores, junio/julio 2002, p. 76. Iván CIUDAD, «Eduard Admetlla, Una vida bajo el mar», Apnea,

septiembre/octubre 2002, p. 66. Iván CIUDAD retoma el tema en «Pioneros: Esos eternos descono- cidos», Buceadores, octubre 2003, p. 74.

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Rememoración en la historia

Por de pronto dinamizó mi olvido de reserva y me ayudó a construir otra sínte-

sis de mi vida con nuevos hilos conductores. Por arte y magia de la entrevista

recuperé imágenes «inolvidables» de la juventud, momentos espectaculares e

intensos, incluso desbloqueé vivencias que yacían enterradas y fui consciente de

la profundidad temporal escondida en mi experiencia. Además, potenció mi

autoestima, pues Iván me advirtió con humor mientras comprobaba mis carnets

Al decirme: «has per-

tenecido a un grupo que ha hecho historia en el submarinismo español y mundial»

de submarinista

«a partir de ahora estarás documentada

».

me

ayudó a contextualizar mi pasado. 28 Al recordarme que había sido pionera en

un

mundo de riesgo entonces exclusivamente masculino me dispuso a ver surgir

de

nuevo la pasión por adentrarme en lo desconocido. Y muchas de sus pregun-

tas

apuntando a mi rol como mujer me replantearon los orígenes de mi identi-

dad. Así, pues, transitando por los diferentes espacios de mi memoria pude loca-

lizar los cuatro niveles posibles de integridad que estudia Kattan: el mío personal

de nadadora; el de nuestro pequeño grupo pionero; el más amplio con resonan-

cias estatales gracias a la imagen recuperada de Franco y, finalmente, mi feminis-

mo que me conectaba con la especie, pues siempre lo he vinculado con las luchas

de todas las mujeres por la independencia. Por su parte Eduard Admetlla sin mediar casi palabra me dio su libro La lla-

mada de las profundidades. 29 Con el libro en la mano le maticé que discrepaba en algunos puntos de su texto, cuando relata las aventuras que él y yo vivimos jun-

tos y en las que hace aparecer a un amigo que no compartió nuestras peripecias.

A Iván no le interesaron estas discrepancias entre el relato escrito de Admetlla y

mi

testimonio oral y guardó silencio. Cuando más tarde le pregunté qué pensa-

ba

me contestó sencillamente: «Eso es una cosa entre vosotros dos». Sin duda se

encontraba ante la dificultad habitual para discernir entre una fuente escrita y otra oral. Mi curiosidad no me dejó pasar por alto esta oportunidad y quise con- trastar fuentes. Sabía que sólo si llegaba a descubrir por qué Eduard había ima-

ginado la presencia de un tercer nadador entendería el sentido de su escrito. Fue entonces cuando decidí ir a consultar lo que habíamos dicho con anterioridad Admetlla y yo y rebuscando papeles viejos encontré una entrevista que me hizo Antonio Pérez de Olaguer hace muchos años. 30 Sabiendo lo que había ocurrido porque lo había vivido busqué en el relato escrito claves que desvelaran la imposibilidad de la presencia de nuestro amigo.

El relato escrito de Admetlla dice así: «Yo llevaba sujeta en una mano la cuerda-

guía; en la otra, la linterna submarina, y, colgada de mi cuello, mi inseparable

28. Con motivo de las olimpiadas celebradas en Barcelona en 1992 la Generalitat publicó un catá-

logo de una exposición itinerante sobre las deportistas pioneras de Cataluña, escrito por las mujeres del Departamento de Historia Contemporánea de la Universidad de Barcelona, ignoro por qué

motivo no me incluyeron. Mary NASH, Les Dones Fan Esport, Generalitat de Catalunya, Institut Català de la Dona, 1992.

29. Eduardo ADMETLLA, La llamada de las profundidades. Las experiencias de un pionero de la inmer-

sión, 1999. Primera edición en Editorial Juventud, 1959.

30. «Mercedes Vilanova, primera escafandrista española». Entrevista de Antonio PÉREZ DE OLAGUER

a Mercedes Vilanova, publicada en CRIS, Revista de la Mar, mayo 1959.

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35

Mercedes Vilanova

máquina fotográfica [

más, a pesar de mis tirones, nos encontrábamos a doscientos metros en el inte-

rior del acantilado, en las entrañas mismas de la roca [

por señas sobre la conveniencia de continuar sin la cuerda

cuenta de que Mercedes Vilanova, que se había separado algo de nosotros, aun-

] cuan-

do dando media vuelta, nos disponíamos a volver atrás, quedamos desconcerta- dos y atemorizados al comprobar que la luz de nuestras lámparas quedaba detenida por una espesa nube de fango que, enturbiando el agua por completo, no nos permitía distinguir la galería de salida. Como un rayó cruzó por mi pen-

samiento una idea: ¡la cuerda! En mi afán por conseguir llegar al final de la gruta,

la había soltado hacía unos pocos segundos. Desesperadamente la busqué con mi

lámpara y, por suerte, la localicé en el preciso momento en que iba a desaparecer entre la nube que avanzaba hacía nosotros; a los pocos segundos pude hacer señas

a Mercedes Vilanova y a Maristany, mostrándoles la cuerda que nos permitía

regresar Una vez leído el texto me pregunté: ¿Cómo expresar con las manos la conve-

niencia de continuar sin la cuerda? Y, en todo caso, ¿no era más fácil dejársela a Amadeo si hubiera estado efectivamente con nosotros? ¿Por qué no me consultó

a mí? ¿Por qué no me dio a mí la cuerda? Seguramente no lo creyó necesario, pues

su impulso fue hacer una foto sin pensar en más. Avanzábamos los dos emocio- nados en fila india, en la oscuridad abría la marcha yo y por eso me di cuenta de que estábamos al final de la gruta. Iba delante para no estorbar a Admetlla que sostenía en su mano la cuerda que nos unía a la barca. Imposible nadar separa- dos pues había poquísimo espacio, Admetlla lo describe así: «proseguimos el camino siguiendo ahora la estrecha galería». Es en el momento en que llego al final de la cueva y la ilumino cuando Eduard, quizá sin darse cuenta de la tras- cendencia de su gesto, dejó la cuerda para coger su máquina fotográfica. En lo hondo de la cueva yo le tapaba el acceso al final de ésta; al dar la vuelta y verme

envuelta en arena tuve, no obstante, tiempo para engancharme a sus aletas y

siguiendo ahora la estrecha galería la cuerda no cedió

]

]

consulté con Maristany entonces nos dimos

que sin perder contacto, iluminaba con su lámpara el final de la cueva [

31

nadar en la oscuridad otra vez en fila india para regresar. Ahora iba él delante sujeto a la cuerda, hasta que un inicio de claridad azul indicó claramente la direc- ción en la que debíamos avanzar sin necesidad ya de lazo alguno. Una vez más la fuente escrita omite la clave de lo que ocurrió. Si Admetlla hubiera querido llegar al final de la cueva yo tenía que dejarle forzosamente paso

y, en ese momento, me habría entregado la cuerda a mí. Pero, llegar al final care-

cía de sentido, pues al iluminarlo de modo que pudiera verse, tenía más interés

conseguir un testimonio fotográfico de nuestra hazaña. En el angosto lugar en

36 que nos encontrábamos me di la vuelta para la foto y, al ponerme en posición vertical, toqué el fondo con las aletas levantando una nube de polvo que me envolvió a mí y avanzó luego hacia Eduard. Fue en ese instante cuando él se dio cuenta de que no tenía la cuerda y la buscó desesperadamente. Y no, no pudo mostrármela, porque estando envueltos en fango no nos veíamos ni las caras:

31. Eduardo ADMETLLA, op. cit., ps. 173 a 177.

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Rememoración en la historia

«Nuestras lámparas no eran ahora más que unos círculos diminutos de luz ama- rillenta, y sólo acercándolas muchísimo a nuestras caras conseguíamos divisarlas». No obstante yo no me atemoricé, no sabía que no teníamos la cuerda, no pensé que podía morir. Provoqué la nube de arena y polvín porque donde me encon- traba había poco espacio ya que la gruta terminaba como en un embudo. Lógica y afortunadamente, la nube me envolvió primero a mí y no a Eduard, pues de haber sido así no hubiera podido localizar la cuerda. Mi relato escrito de este mismo suceso es muchísimo más breve y propio de una entrevista en la que surgen otras cuestiones. Pérez de Olaguer posiblemente la acortó para su publicación. Digo en la entrevista: «Recuerdo ahora un momento realmente difícil que se nos presentó a Eduardo Admetlla y a mí haciendo inmersión en una cueva de 200 metros de longitud. Debido a un movimiento desacertado de mis aletas ensucié el agua hasta tal punto de que el líquido elemento perdió toda traspa- rencia y nos encontramos en tinieblas, sin siquiera la ayuda de las linternas, y además completamente desorientados debido a la falta de gravedad». En ningún momento aludo a que Admetlla abandonó la cuerda o quiso hacer una foto. Salvo su res- ponsabilidad, pero claramente afirmo que estuvimos sólo los dos. ¿Cuáles pueden ser las causas para que Eduard no quisiera admitir que en la profundidad oscura de la cueva estuvimos solos, él y yo, viviendo la mayor situación de riesgo y peli- gro de nuestras vidas? Tal vez quiso compartir la responsabilidad de lo ocurrido con otro amigo pues por un descuido peligraron su vida y la mía. Esa me parece ahora la razón prioritaria que también refleja el texto: «Este mismo fenómeno, ocurrido en el transcurso de una inspección espeleológica subacuática efectuada en Francia, costó la vida a uno de los tres submarinistas que la realizaron». Al comentarle a Iván Ciudad lo que vivimos aquel día, Admetlla también lo asoció a otras muertes ocurridas después en situaciones parecidas, en la Costa Brava, por- que no dudo permanece viva la impronta de esa aventura nuestra. Cuando Juan José Bueno me entrevistó en Valladolid, acababa de morir Audrey Mestre al intentar batir el récord absoluto en la modalidad no limits y en relación a este suceso trágico me preguntó qué opinaba del riesgo. Contesté emo- cionada recordando la muerte de Amadeo a veinte metros de profundidad en aguas de Ibiza y dije con voz entrecortada: «La vida es lo mejor que tenemos, Amadeo la perdió y yo perdí su compañía, no sé si es válido arriesgarse hasta ese punto». Al rememorarlo no fui consciente de que mi nieta Carla escuchaba, sólo me di cuenta poco después cuando me preguntó seria e intrigada: «¿quién era Amadeo?». Sin darse cuenta esta niña de siete años puso en marcha un mecanis- mo que me llevó a descubrir facetas insólitas de mi amigo y de parte de mi fami- lia. Durante la entrevista Juan José Bueno también me preguntó por qué había dejado el submarinismo y yo repetí algunas ideas ya expresadas en la entrevista de Pérez de Olaguer, me referí a la marginación que había sufrido y añadí que durante muchos años había practicado el escafandrismo sola. Al bajar del esce- nario, Leandro Blanco se enfrentó a mí con autoridad y franqueza: «Estoy seguro de que dejaste el submarinismo por otra razón». 32 De pronto se abrieron de par en

37

32. Leandro Blanco fue entrevistado con Eduardo Salete y conmigo por Juan José Bueno el 29 de noviembre de 2002.

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Mercedes Vilanova

par las puertas del olvido, sentí que ese hombre había dado en el blanco, se me rompieron bloqueos tenaces del alma y surgieron en mí imágenes nítidas debajo del agua buceando sola y alejándome con miedo entre lo verde marín

¿Veracidad de la historia escrita?

Sólo quien conoce puede realmente recordar. Emilio Lledó

Entrevistar para crear fuentes orales es abrir un ventanal desprotegido de los vien- tos, descubrir lo insólito, no dudar al acoger. Entre temporales no anunciados, vidas desconocidas y densas y diálogos imprevisibles ¿dónde encontrar la veracidad de la historia escrita? Por otra parte, las personas que entrevistamos tienen objetivos pro- pios, nos escudriñan y siempre esperan algo. Entre la seducción que sentimos al oir- les, la tensión por alcanzar nuestras metas, y la situación concreta del momento en que se realiza la entrevista, se produce una gama variada de situaciones. Por ejemplo, hace años las llamadas Dones del 36, mayoritariamente comunistas, me contrataron para hacerles su historia. Su objetivo era presentarse a la

ciudadanía como mujeres responsables y feministas, militantes progresistas y audaces, luchadoras empeder- nidas durante la guerra civil española y, más tarde, en la resistencia francesa, en el maquis o en la clandestinidad para acabar pasando años y años en las cárceles fran- quistas. Al haberme pedido que les ayudara a plasmar en un vídeo el signo de sus vidas me vi ante la necesi-

dad de dar una respuesta a ese deseo legítimo que tenían de ser reconocidas. Hay que dar visibilidad a miles de mujeres que han luchado valientemente por la defen- sa de sus ideales; todas ellas tienen rostros, nombres y trayectorias personales, como los tienen las mayorías invisibles. Unas y otras son identidades construidas a través

del anclaje en el anonimato o en la presunta fama. 33

He sentido mis silencios más acordes con las que más callan y mis interrogantes más próximos a las que menos responden

33. Mercedes VILANOVA, «Mayorías Invisibles y Militantes durante los años treinta en Barcelona», Fundamentos de Antropología, núm. 10 y 11, 2001, p. 58: «En 1955, durante la celebración en Madrid de los “20 Años de Feminismo en España”, mujeres que fueron jóvenes comunistas en 1936 causaron, con sus testimonios, gran impacto en la audiencia. A partir de este hecho personas que les eran próximas políticamente las convencieron para que constituyeran una asociación y pudieran pre- sentarse el 8 de marzo de 1997 al premio que otorga la Consejería de Bienestar Social del Ayuntamiento de Barcelona. Tal como estaba previsto, ganó su proyecto que trataba de la realización de un vídeo de treinta minutos sobre sus vidas. Y para realizarlo acudieron a mí. 38 Acepté ya que me pareció interesante comparar los testimonios de estas mujeres que militaron duran- te la guerra civil con los testimonios que yo misma había publicado en el libro Las Mayorías Invisibles. No obstante, puse algunas condiciones. El vídeo debía integrar a otras mujeres de la izquierda no comunista que militaron en organizaciones mayoritarias de Cataluña, como las que lucharon encuadradas en la CNT o la FAI y las que lo hicieron desde el POUM. Con cada testi- monio se mantendrían dos entrevistas, se realizaría un perfil biográfico primero y después un diálo- go focalizado del que se haría responsable la antropóloga Mercedes Fernández-Martorell. Sólo des- pués se procedería a filmar el vídeo bajo la dirección y el guión de Mercedes y mío. El trabajo pudo realizarse a tiempo y el vídeo se presentó en un local de Ciutat Vella y, después, en el Consell de Cent del Ayuntamiento de Barcelona el 8 de marzo de 1998».

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Rememoración en la historia

Para el proyecto Dones del 36 he dialogado con mujeres que se presentan como líderes morales. En otros proyectos he dialogado con mujeres escondidas tras múltiples velos y parapetos y que no frecuentan escenarios públicos. Si toda entrevista es un doble relato biográfico, en el que se confunden las estrategias res- pectivas, y no se sabe si finalmente se está reflexionando sobre la propia vida o sobre la ajena, he sentido mis silencios más acordes con las que más callan y mis interrogantes más próximos a las que menos responden. Por lo que sigo pensan- do que una vida plena puede reivindicarse desde lo anónimo, tal vez porque la fama implica siempre, más fácilmente, algún descuido de los demás. Tras tantos años intentando hacer visibles a las grandes mayorías me pregunto el porqué de ese empeño, cuando esas mismas mayorías quieren pasar desapercibidas, tal vez porque sienten que sus identidades no se construyen a través de textos escritos por otros. Me viene a la memoria que he publicado un Atlas Electoral de Catalunya durant la Segona República en el que no he citado a ningún líder polí- tico porque no eran determinantes para analizar los procesos electorales. 34 En cambio, sí me parece necesario aportar las palabras de esas mayorías invisibles y de esas militantes de base que, como las profundidades marinas, son las que dan sentido a la sociedad. Al entrevistar, a veces, las palabras nos traicionan y comete-

mos errores graves, imposibles de subsanar, en el curso de la misma entrevista, porque lo dicho, dicho está. Como cuando, en Baltimore, le pregunté a una analfabeta afroamericana «¿por qué?» habían asesinado a su hijo en vez de preguntarle «¿cómo ocurrió?». Tras esa pregunta desgraciada no pude con-

tinuar la entrevista pues la mujer se deshizo en un mar de lágrimas. Sin duda el techo de lo decible se había roto. Aprendí, eso sí, la impor- tancia de meterse en la piel de la otra persona antes de aventurarse a preguntar nada. 35 En otra ocasión mi error se dio en mi manera de mirar. Me ocurrió cuan- do una mujer me explicaba cómo había sido reiteradamente violada, en su lugar de trabajo, durante la guerra civil. Me horroricé y ella al percibirlo en mis ojos, me espetó: «Si me miras así, no sigo». En este caso fui capaz de adoptar paz y segu- ridad en la mirada, quizá porque dialogaba con una militante que quería que escribiera su historia y, claro está, continuó su relato Cuando conocí a Ivan Ciudad, me alegró que hubiera nacido en el Clot, un barrio barcelonés, pues podría ser nieto de alguna de las personas que entrevisté hace años en busca de los rasgos de la invisibilidad obrera. Nuestro encuentro ocurrió cuando yo acababa de leer el libro de François Billeter sobre China y sen- tía su toque de atención sobre la importancia de las fuentes orales, porque los tes- timonios chinos se desvanecen, los archivos no existen o se destruyen y la memo- ria colectiva deja de ser un espacio habitado. Billeter también se refiere al pozo oscuro del olvido y a la importancia de recordar y hacer que se recuerde. Mientras

Me pregunté si alguien puede robarnos nuestro pasado o si éste yace en lo escrito

39

34. Mercedes VILANOVA, Atlas Electoral de la Segona República, Orientació del Vot, Participació i

Abstenció, Edicions de la Magrana, 1986.

35. Entrevista a M.K. publicada en Mercedes VILANOVA, The Fourth World: Baltimore Narratives in

the 1900s, en prensa.

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Mercedes Vilanova

hablaba con Iván, sentía renacer la confianza. Tal vez por su empatía o por mis

palabras, o por su gesto amable e interesado al escuchar una voz que le venía de

Viví algo de esa magia cuando el diálogo nos transforma. ¿Qué importa

lo escrito si le damos vida con nuestras preguntas, miradas y silencios? Acaso, no tenía razón Fedro al discutir con Sócrates sobre las bondades de lo oral y de lo escrito: «¿Te refieres a ese discurso lleno de vida y de alma, que tiene el que sabe y del que el escrito se podría justamente decir que es el reflejo?». Un superviviente de Mauthausen me contó que, Francisco Boix, el gran fotógrafo de la liberación de ese campo de extermino, se había negado a fotografiarle, borrando así su ima- gen de la historia. Este relato me impresionó. No supe cómo calibrar su impor- tancia. Me pregunté si alguien puede robarnos nuestro pasado o si éste yace en lo escrito. Y pensé, quién sabe si la libertad es prescindir de la historia y vivir tran- sitando por los palacios de la memoria en donde no anidan meros reflejos, sino el conocimiento hecho experiencia, de los que sí pueden recordar.

lejos

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Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur

Josefina Cuesta

Y en cuanto a los hechos acontecidos en el curso de la guerra, he considerado que no era conveniente relatarlo a partir de la primera información que caía en mis manos, ni como a mí me parecía, escribiendo sobre aquellos que yo mismo he presen- ciado o que, cuando otros me han informado, he investigado caso por caso, con toda la exactitud posible. La investigación ha sido laboriosa, porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino según sus simpatías por unos o por otros o según la memoria de cada uno.

Tucídides *

La necesaria diferenciación entre historia y memoria «El comienzo de la historia griega ha reposado sobre los relatos; la historia es, en primer lugar, lo que se cuenta, que sale al encuentro de la tradición oral. Sin embargo, desde Herodoto y Tucídides existe por definición ‘esta dislocación típi- ca entre la experiencia vivida y la retrospección, que nunca es simple resurrección y es siempre reconstrucción conceptual’». 1 También Luisa Passerini ha señalado, dando un paso más, que uno de los méritos de las fuentes orales ha sido el poner de manifiesto la disociación entre la experiencia de amplias capas sociales y las estructuras supra-individuales de la historia, 2 como ella ha podido constatar en su Torino operaia. 3 Pero –añade– es una memoria que exige un esfuerzo de interpre- tación, un análisis puntilloso y lo mejor informado posible, una filología capaz de fundar la crítica histórica específica y autónoma que estas fuentes reclaman –auto- nomía que, como veremos más adelante, reivindica también P. Ricœur–. Desde los primeros pasos de la historiografía, el historiador se esforzó en poner distancia entre los hechos acontecidos y seleccionados por el narrador –testigo

*. Historia de la guerra del Peloponeso, Madrid, Ed. Gredos, 1990, citado en J. CUESTA BUSTILLO, Historia del Presente, Madrid, Eudema, 1993, p. 67.

1. «Archives orales: une autre histoire?», dossier de Annales, E.S.C., 35 année, nº 1, janvier-février

1980, ps. 124-199, la cita es de la p. 196 (los subrayados son nuestros).

2. Bulletin de l’IHTP, París, Institut d’Histoire du Temps Présent, nº 6, janvier 1982, ps. 41-42.

3. Luisa PASSERINI, Torino operaia e fascismo: una historia orale, Roma-Bari, Laterza, 1984, existe edi-

ción inglesa y francesa. Ver también Memory and totalitarianism, Oxford, Oxford University Press,

1992.

Historia, Antropología y Fuentes Orales, 2, 30, 2003

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Josefina Cuesta

presencial o de segunda mano– y la escritura de la historia. Aunque, como afir- ma Paul Ricœur, todo el proceso, desde la elaboración del primer testimonio, es escritura de la historia. Sólo hace una treintena de años el quehacer historiográ- fico se ha planteado de nuevo la necesaria diferenciación entre memoria e histo- ria y sus mutuas relaciones. Desde el último siglo, y especialmente desde la inci-

dencia de la escuela positivista, cada una de ellas ha invadido el territorio de la otra en una in-diferenciación nefasta para ambas, y especialmente para el traba- jo del historiador, que quedaba sepultado o ausente ante la fuerza del testimonio. No fue éste el caso de Tucídides, que diferencia bien entre relato e investigación, como puede comprobarse en el texto que precede. Más recientemente, F. Dosse, ha llamado la atención sobre el mismo problema de diferenciación de ambas fases o estadios de la escritura de la historia, «tanto los mecanismos de la memoria, en su complejidad, como el análisis histórico, en la equivocidad de su lenguaje, remiten a la proximidad de las dificultades del decir y

han suscitado durante mucho tiempo un verdadero recubrimiento del nivel memorial por el nivel histó- rico. Para pensar las relaciones entre memoria e his- toria ha sido preciso, primero, disociar estos dos pla- nos para, en un segundo tiempo, recuperar sus interrelaciones. La historia ha estado identificada durante mucho tiempo con la memoria». 4 Además en la indiferenciación entre ambas está en juego la inter- acción entre la red de los distintos tiempos, no sólo el pasado, el presente o el futuro, sino también los pro- pios de cada aproximación epistemológica: el tiempo vivido, el tiempo cósmico, el tiempo histórico, entre otros. 5 Filósofos, sociólogos, antropólogos e historiadores

confluyen desde hace algunas décadas en proseguir el camino roturado por Tucídides y en diseccionar memoria e historia, en un primer lugar, para proceder después, una vez identificadas e individualizadas, al análisis de sus relaciones mutuas. P. Ricœur había acometido esta tarea en Tiempo y narra- ción 6 y con carácter más monográfico en La mémoire, l’histoire, l’oubli. 7 En esta última obra, emprende la tarea propuesta desde Tucídides a Dosse de definir la

Desde los primeros pasos de la historiografía, el historiador se esforzó en poner distancia entre los hechos acontecidos y seleccionados por el narrador –testigo presencial o de segunda mano– y la escritura de la historia

4. F. DOSSE, L’Histoire, París, Armand Colin, 2000, p. 170.

5. «Desde la física a la biología, desde la historia a la filosofía, el tiempo (cuantitativo y cualitativo)

constituye una red de tiempos. Su ordenación no es unívoca, sino multiforme. Posee cada tiempo su

42 propio código. La historia es el crisol del mayor experimento sobre sus formas imaginarias. El tiem- po existe por sí mismo, pero sólo se virtualiza mediante la narración de hechos reales o ficticios […]. De la trama del tiempo, la historia, como dice Cioran, es su episodio más sobresaliente». Alberto Hernando, «La conciencia de los distintos tiempos. La percepción inefable», en La Vanguardia, 4 octubre 1991, Libros, p. 4.

6. Tiempo y narración. Configuración del tiempo en el relato histórico, México, Siglo XXI, 1995, 3

tomos. (La edición original, Temps et récit, París, Seuil, 1985).

7. París, Seuil, 2000, edición de la que se extraen las citas posteriores. Traducción española: La

memoria, la historia, el olvido, Madrid, Trotta, 2003.

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Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur

fenomenología de la memoria y la epistemología del conocimiento histórico y las mutuas relaciones. El testimonio es un lugar privilegiado del encuentro entre ambas. La reflexión filosófica queda enriquecida, en el caso de P. Ricœur, con la asimilación en el propio discurso filosófico de las aportaciones de sociólogos, sin descuidar las de los historiadores. De ahí que sus escritos constituyan un punto de llegada y una referencia imprescindible en la teoría y metodología historiográficas.

La fenomenología de la memoria La propuesta de Paul Ricœur en el análisis de la memoria se estructura en torno a dos cuestiones clave ya planteadas en la fenomenología de Husserl: qué se recuerda y quién recuerda –de qué persiste un recuerdo y de quién es la memo-

ria–. En la misma tradición husserliana, P. Ricœur privilegia, en primer lugar, la aproximación al objeto antes que al sujeto, a despecho de la tradición filosófica que ha tendido a hacer prevalecer la perspectiva «egológica» de la experiencia mnemónica. Pues –afirma– en buena doctrina feno-

menológica, la cuestión egológica debe plantearse después de la cuestión intencional, «que es imperati- vamente la de la correlación entre el acto y el correla- to pensado ‘noèse’ y ‘noème’». Aunque no desconoce, que «el reto en este planteamiento, es poder llegar tan lejos como sea posible, a una fenomenología del recuerdo, momento ‘del objeto’ de la memoria». Aunque éste es pensado, en este estadio, sin relación con su destino en la etapa historiográfica de la rela- ción al pasado. Además del qué y del quién, un tercer elemento, contemplado por el filósofo francés, tiene gran inte- rés para los historiadores. Pues el objeto, el qué, se

desdobla significativamente en dos tipos:

a) la faz pragmática, el recuerdo espontáneo, que aparece súbitamente, e inclu- so ante la mayor pasividad del sujeto, hasta el punto de caracterizar su venida a la mente como un «pathos», acompañado en muchos casos de sufrimiento, y b) la faz propiamente cognitiva, el recuerdo como objeto de una búsqueda, como fruto de un recordatorio, de una recolección que lo suscita y lo provoca. Es ésta la que interesa fundamentalmente al historiador. Pues, como ha recordado Robert Frank, que la fuente oral sea provocada ya no constituye un inconve- niente, porque la memoria ha de ser despertada, en muchos casos, y la ínter-sub- jetividad entre entrevistador y testigo se transforma en una sana y fecunda inter- actividad. Este desdoblamiento entre la aproximación cognitiva y la aproximación prag- mática del acordarse, entre tener un recuerdo o ponerse a la búsqueda de un recuerdo, 8 sitúa al recuerdo, bien encontrado o bien buscado, en la encrucijada

Memoria e historia se han invadido su respectivo territorio en una in- diferenciación nefasta para ambas, y especialmente para el trabajo del historiador, que quedaba sepultado o ausente ante la fuerza del testimonio

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8. Se refiere, en palabras de R. Dulong, a «circunstancias formales o informales» del relato. R. DULONG, Le Témoin oculaire. Les conditions sociales de la attestation personelle. París, EHESS, 1998, p. 43, citado por RICOEUR, en La mémoire, l’histoire, l’oubli, op. cit., p. 204.

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de una semántica y de una pragmática. Y llegado a este punto el filósofo francés se remite aquí a una tercera cuestión de interés para la historiografía. c) La cuestión del cómo, suscitada por la faz cognitiva del recuerdo, la anam- nesis, tiende a desvincularse de la cuestión del qué, planteada más estrictamente por la faz pragmática. No es preciso señalar la importancia de esta tercera cuestión para el historia- dor. Pues tiene una incidencia notable sobre la pretensión del recuerdo a una fidelidad respecto al pasado, pretensión que –según Ricœur– define el estatuto de veracidad de la memoria y que habrá que confrontar más tarde con el del tra- bajo historiográfico. Pues desde el momento en que se produjo el hecho narrado

hasta su recogida en el testimonio, ha tenido lugar la interferencia de la pragmá- tica de la memoria, que ejerce un efecto de emborronamiento o de nublamiento sobre la problemática de la veracidad. Todos los autores redundan en este carác- ter incompleto, selectivo y reelaborado del recuerdo:

«No se puede interrogar a la memoria de los hombres sin tomar partido, pues la memoria escoge, organiza […] No se puede guardar la memoria de todo y siempre con el mismo éxito; no se puede reencontrar la memoria de lo vivido, siempre, con la misma efi- cacia […] La desigualdad documental es, ella misma, el eco de una desigualdad mucho más profunda». 9 Los mecanismos de la memoria actúan en mayor o menor medida 10 y las posibilidades de uso y abuso se actualizan sobre la memoria aprehendida en su eje pragmático. Son abundantes los estudios sobre uso y abuso de la memoria –recuérdese Tzvetan Todorov– que el propio Ricœur también sistematiza en su aná- lisis. 11 De la mano de la aproximación pragmática de la anamnesis se facilita la transición apropiada de la

cuestión del qué a la cuestión del quién, centrada sobre la apropiación del recuerdo por un sujeto. Pero la cuestión del sujeto de la memoria planteó problemas desde la perspectiva filosófica. Pues si la memoria es profundamente reflexiva –acordarse, ¡atención al pronombre reflexivo!– ¿no sugiere acordarse de sí? El haberse iniciado la reflexión filosófica desde el sujeto y no desde el obje- to condujo a aquella a un impasse, pues planteó ya de entrada el problema del

Desde el momento en que se produjo el hecho narrado hasta su recogida en el testimonio, ha tenido lugar la interferencia de la pragmática de la memoria, que ejerce un efecto de emborronamiento o de nublamiento sobre la problemática de la veracidad

9. Pierre CHAUNU, La mémoire et le sacré, París, Calmann-Levy, 1978, p. 210.

10. Para una aproximación a los mecanismos de la memoria, denominados por Gérard Namer,

comentando a Maurice Halbwachs, «trabajos de la memoria», puede verse una síntesis en J. CUESTA BUSTILLO, Historia del presente, op. cit., y J. CUESTA BUSTILLO, «De la memoria a la historia», en A. ALTED VIGIL (coord.), Entre le pasado y el presente. Historia y memoria, Madrid, UNED, 1996, ps. 63-68 (1ª edición).

11. T. T ODOROV , Les abus de la mémoire , s.l., Arlea, 1995, y P. R ICŒUR , en La mémoire, l’histoire,

l’oubli, op. cit., ps. 67-111.

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Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur

sujeto y, con él, el de las relaciones entre memoria individual y memoria colec- tiva. Éste último concepto es la principal aportación de Maurice Halbwachs en su polémica con Henry Bergson y, especialmente, con los bergsonianos. 12 Pero si, para la filosofía, el sujeto de la memoria es el yo, al recurrir al concepto de memoria colectiva, éste no podía figurar más que como concepto analógico y por tanto como cuerpo extraño a la filosofía de la memoria. Razón por la que Ricœur prefiere situarse en la herencia husserliana y dejar en suspenso el quién, la atribución del recuerdo a cualquiera de las personas gramaticales, e iniciar la fenomenología por el qué. En síntesis, queda pendiente de resolver la transi- ción de la memoria individual a la memoria colectiva. Aunque, en el conjunto de su estudio, determinará la atribución del sujeto de la memoria a «sí mismo, los próximos y los otros», sujetos individuales y colectivos que permiten recor- dar conceptos sociológicos de Halbwachs, como los de memoria individual, memoria colectiva y memoria social, respectivamente. Este sociólogo –al que el filósofo dedica casi una decena de páginas 13 –había afirmado la prioridad de la memoria colectiva, para la sociología, restando

importancia a la memoria individual, aunque ello no permita concluir la invalidez de ésta. La existencia de un problema fundamental de arti- culación entre las dos memorias no implica la elimi- nación de ninguna de ellas, como al fin propone Ricœur. Pero según el sociólogo de comienzos del siglo XX, la memoria individual no existe más que dentro de y por los marcos que la determinan –ver su obra fundamental sobre Les cadres sociaux de la mémoire–; o en otras palabras, la memoria colectiva es la condición primera de la memoria individual pero, al mismo tiempo y en otro sentido, aquella no puede

realizarse más que en su reapropiación por las memo- rias individuales. Y si para Halbwachs la memoria es ante todo colectiva, son a pesar de todo los individuos los que recuerdan, dentro de los marcos asignados por la sociedad. 14 «El paso de lo singular a lo colectivo ¿es automáticamente váli- do?», se pregunta Robert Frank, y continúa «¿la memoria individual es una buena fuente para escribir la historia de la memoria colectiva? ¿Un buen muestreo y una multiplicidad de entrevistas aseguran una buena representatividad?». 15 Las inter- pretaciones de las relaciones entre las distintas memorias son muy variadas. Como síntesis sólo nos cabe recordar aquí, con Robert Frank, que «el testigo al

El camino trazado por Ricœur en la fenomenología de la memoria transita, pues,

del qué al quién, pasando por el cómo, del recuerdo

a la memoria reflexionada,

a través de la

reminiscencia

12. Ver las ediciones críticas de G. Namer a los escritos de M. HALBWACHS, especialmente su

«Postfacio» a Les cadres sociaux de la mémoire, París, Albin Michel, 1994, y La mémoire collective, París, Albin Michel, 1997.

13. RICŒUR, en La mémoire, l’histoire, l’oubli, op. cit., ps. 146-151.

14. Robert FRANK, «La mémoire et l’histoire», en D. WOLDMAN (dir.), La bouche de la vérité? La

recherche historique et les sources orales, nº monográfico de Cahiers de l’IHTP, nº 21, noviembre 1992, p. 68.

15. Robert FRANK, op. cit., p. 70.

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que se solicita la memoria individual ofrece un testimonio revelador de una

memoria colectiva, ella misma fruto de la interpenetración de diversas memorias

y sufre la tensión entre la memoria de grupo –colectiva– y la memoria difusa

–social–, entre la memoria oficial o histórica y la memoria común». 16 El camino trazado por Ricœur en la fenomenología de la memoria transita, pues, del qué al quién, pasando por el cómo, del recuerdo a la memoria reflexiona- da, a través de la reminiscencia.

La epistemología del conocimiento histórico Habría que agradecer al filósofo francés la nítida afirmación de la autonomía epistemológica de la ciencia histórica. También la autonomía del conocimiento histórico respecto al fenómeno mnemónico –aunque muchos se empeñen en identificarlos–, que para él sigue siendo un presupuesto mayor de la epistemolo- gía coherente de la historia, en tanto que disciplina científica y literaria –añade–.

Las fases de la escritura de la historia Aunque más conocido, recordemos «el gran ternario histórico» que, siguiendo

a Michel de Certeau, 17 sirve a Ricœur para definir la operación historiográfica

como «el campo recorrido para el análisis histórico», que adopta una estructura

triádica:

1. Fase documental, que se extiende desde la declaración de los testigos hasta

la constitución de los archivos, el testimonio es un hito clave de esta primera fase.

2. Fase explicativo-comprensiva: que responde a la cuestión: porqué. El doble

título de esta fase explica bien la opción del filósofo aludido y su rechazo de la oposición entre ambas que –considera– con frecuencia ha impedido abordar en toda su amplitud y complejidad el tratamiento del porqué histórico.

3. Fase representativa: la formalización mediante la escritura del discurso,

hasta llegar al conocimiento de los lectores de historia.

P. Ricœur considera, además, que si «el reto epistemológico mayor se sitúa en

la fase dos, de explicación-comprensión, no se agota aquí, en la medida en que

es en la fase de la escritura donde se declara plenamente la intención del histo- riador: la de representar el pasado ‘tal y como’ se ha producido». 18 Pues recuerda que es en esta fase donde los fantasmas que han perseguido al testigo se vuelven ahora sobre el historiador y retornan con fuerza las aporías de la memoria: la representación de una cosa acontecida con anterioridad y la de «una práctica des- tinada al recuerdo activo del pasado, que la historia eleva al rango de una recons- trucción». No obstante, sale al paso de la magnificación de esta tercera fase sola-

46 mente y, frente a los que reducen sólo a ella el concepto de «escritura de la

16. Robert FRANK, op. cit., p. 70.

17. Michel de CERTEAU, L’écriture de l’histoire, París, Gallimard, 1975. Puede consultarse también

del mismo autor, L’absent de l’histoire, París, Plane, 1973; Histoire, Mistique et politique, París, édi- tions de Jérome Millon, 1991.

18. P. RICŒUR, La mémoire, op. cit, p. 170. El lector comprenderá que el autor se detiene en mati-

zar la frase «tal y como» y la relatividad de su alcance.

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Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur

historia», el filósofo aplica el concepto al conjunto de las tres fases y de todas las operaciones, para conservar la amplitud del término «historiográfico». Por lo que

«la escritura de la historia» se inicia con la recogida del primer relato o con la ela- boración del primer documento, que incluye al testimonio como la primera «escritura» a la que se enfrenta la historia, en el proceso complejo y global de la historiografía. «La escritura es, en efecto, el umbral del lenguaje que el conoci- miento histórico ha franqueado siempre, alejándose de la memoria para correr la triple aventura de la archivación –investigación–, la explicación y la representación –escritura–». Pero lo mismo que sucederá más tarde con el testimonio, ante la escritura del conocimiento histórico se plantea, desde el principio, la cuestión de confianza, la de saber cuál es, finalmente, la relación entre historia y memoria. Cuestión de confianza que «una filosofía crítica de la historia tiene por objeto si no resolver, al menos articular y

argumentar». Problemática que emerge, a título ori- ginario, por y desde la entrada del conocimiento his- tórico en el proceso de escritura; y que planea como lo «no dicho» –implícito– durante toda la operación historiográfica, aunque queda en cuarentena, puesto en reserva o en suspense a la manera de una epokhè metodológica y que tiñe todo el proceso de una pers- pectiva interrogativa, dubitativa. En algunos casos llega a formularse este desafío, planteado entre la pretensión de verdad de la historiografía y el voto de fiabilidad de la memoria misma, y que subyace a todo empeño de sustitución de la historia por la memoria. La historia faltaría a su tarea si, subyugada por las fuentes orales, sucumbiera a las sirenas de la memo-

ria de otros y cayera sin método crítico en las tram- pas de la subjetividad –incluida la del propio histo- riador– en todas las fases de la escritura de la historia. También es verdad que se privaría de un inmenso campo de investigación si se limitara a la indispensable regla de la crítica histórica y rehusara invertir la perspectiva desde un punto de vista hermenéutico –alerta Robert Frank–; utilizar e interpretar lo que le parece sospechoso y poco fiable en la memoria para contribuir a una historia objetiva de la subjetividad. Esta inversión implica algunas operaciones: Hacer la historia de un acontecimiento junto a la historia de la memoria del propio aconteci- miento hasta nuestros días, sin acantonarse en el tiempo pasado exclusivamen- te –el que corresponde a los hechos– más o menos rememorado por el testigo, sino que es preciso situarse en la problemática del tiempo presente, el suyo pro- pio y el de su interlocutor y analizar los sucesivos ecos de aquel hasta llegar al hoy. ¿Qué interés especulativo y heurístico hay en esta operación? El conoci- miento del pasado, llamado «objetivo», no basta para explicar el presente, es pre- ciso añadir el conocimiento de la percepción presente del pasado. Este «presen- te del pasado» es precisamente la memoria, y el análisis historiográfico de ésta

La historia faltaría a su tarea si, subyugada por las fuentes orales, sucumbiera a las sirenas de la memoria de otros y cayera sin método crítico en las trampas de la subjetividad –incluida la del propio historiador– en todas las fases de la escritura de la historia

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permite conocer mejor los mecanismos que emplea para estructurar la realidad presente sobre la que incide. 19 En esta segunda lógica, en el «a posteriori» de la fuente oral y en el juego de las tres temporalidades –pasado, presente, futuro–, el lapso de tiempo entre el pasado vivido y contado y el presente, en función de un eventual porvenir, es la materia misma del estudio. El historiador, se ha repetido muchas veces, estudia tanto los hechos como el tiempo.

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Memoria, Historia y Tiempo Pues la relación y la confrontación entre historia y memoria se producen tam- bién en la concepción del tiempo. Existe una dialéctica entre el tiempo vivido y el tiempo histórico. Según Ricœur, en el proceso historiográfico, el momento crí- tico de la localización del acontecimiento en el orden del espacio se corresponde con la datación en el orden del tiempo, y a estos dos conceptos dedica una dete- nida explicación. 20 En su empeño por desentrañar la transición de la memoria viva a la posición «extrínseca» del conocimiento histórico, del tiempo vivido al tiempo histórico, considera como una de las condicio-

nes formales para la posibilidad de la operación his-

toriográfica, la noción de un tercer tiempo; para ello recurre y le resulta de sumo interés el concepto de tiempo cósmico, tomado de Benveniste y en el que pueden diseccionarse, al menos, tres elementos:

1. La referencia de todos los acontecimientos a un

acontecimiento fundador que define el eje del tiempo.

Queda patente este elemento en las más importantes religiones, por ejemplo, piénsese en el Cristianismo o en el Islam.

2. La posibilidad de recorrer el eje del tiempo en

dos direcciones opuestas: anterioridad y posteriori- dad, en relación a la fecha cero o acontecimiento fundador. 3. Constitución de un repertorio de unidades que sirven para nombrar los intervalos de tiempo recurrentes: día, mes, año. Esta constitución es importante para ponerla en relación con la mutación historiográfica del tiempo de la memo- ria. A ello añade Ricœur que también el tiempo calendario consiste en una moda- lidad propiamente temporal de inscripción, es decir, un sistema de fechas extrín- secas a los acontecimientos. A este concepto se ha referido ampliamente en Tiempo y narración. 21

En el proceso historiográfico, el momento crítico de la localización del acontecimiento en el orden del espacio se corresponde con la datación en el orden del tiempo

19. En las últimas décadas se ha venido reclamando una nuevo campo de la historia: «Hacia un his-

toria de la memoria», ver las publicaciones del Institut d’Histoire du Temps Présent, de París, J. CUESTA BUSTILLO «Memoria e historia. Un estado de la cuestión», en J. CUESTA BUSTILLO (ed.), Memoria e Historia, nº monográfico de la revista AYER, nº 32, Madrid, Asociación de Historia Contemporánea y Marcial Pons, Librero, 1998, ps. 203-246 y F. DOSSE, L’Histoire, op. cit., ps. 169- 192, entre otros.

20. P. RICŒUR, en La mémoire, l’histoire, l’oubli, op. cit., p.191 y ss. y 449 y ss.

21. Tiempo y narración. T. III: El tiempo narrado , op. cit., p. 784 y ss.

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Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur

Sobre la relación entre los tiempos, sus intervalos, y los conceptos de la expe- riencia del tiempo vivido: simultaneidad, sucesión, extensión, sentimiento de los intervalos, Paul Ricœur recuerda las aportaciones a lo largo de la historia de la

filosofía, desde Aristóteles, S. Agustín, Kant, Husserl o Bergson hasta K. Pomian. El tiempo de la historia procede tanto de la limitación de este inmenso orden de lo pensable –El orden del tiempo que disecciona Pomian– como de sobrepasar el orden de lo vivido –el tiempo del a memoria–. De la amplia reflexión dedicada a este concepto fundamental para la historio- grafía, Paul Ricœur resume, con gran misericordia para los historiadores, su adensada reflexión, permítasenos recogerla: «Este largo excurso consagrado al pasado especulativo y altamente teórico de nuestra noción de tiempo histórico no tenía más que un fin, recordar a los historiadores cierto numero de cosas:

– La operación historiográfica procede de una doble reducción, la de la experien-

cia vivida de la memoria y la de la especulación multimilenaria del orden del tiempo.

– El estructuralismo, que ha fascinado a varias generaciones de historiadores,

deriva de una instancia teórica que, por su vertiente especulativa, se sitúa en la derivación de las grandes cronosofías teológicas y filosóficas, a la manera de una cronosofía científica, incluso cientificista. 22

– Quizá el conocimiento histórico no ha terminado nunca con estas visiones

del tiempo histórico, cuando habla de tiempo cíclico o lineal, de tiempo estacio- nario, de declive o de progreso. ¿No sería, pues, la tarea de una memoria instrui- da por la historia la de conservar el rastro de esta historia especulativa multisecu- lar y de integrarla en su universo simbólico? Este sería el más alto destino de la memoria, no ya antes, sino después de la historia». 23

Los componentes esenciales del testimonio Toda la problemática apuntada más arriba, especialmente las relaciones entre historia y memoria, han de ser tenidas en cuenta y encuentran un laboratorio pri- vilegiado de análisis en el relato de los testigos. «Con el testimonio se abre un proceso epistemológico, que parte de la memoria declarada, pasa por la archiva- ción de los documentos y se acaba con la prueba documental», declara Ricœur, incorporando el testimonio y su recogida como el primer paso del proceso epis- temológico y de la escritura de la historia, como acabamos de ver. Por él los hechos del pasado franquean la puerta e irrumpen en el presente, ejercitan la representación del pasado mediante el relato, los artificios retóricos y su cristali- zación en imágenes, en la mayoría de los casos. Es innegable el interés y la importancia de una tentativa de análisis esencial del testimonio, tanto del destinado al campo jurídico como al campo histórico, pues ambas modalidades testificales comparten algunas características comunes. Su for- mulación suscita siempre en el oyente una doble postura, entre la confianza y la sospecha surge siempre la cuestión fundamental ¿Hasta qué punto el testimonio

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22. Para el concepto de cronosofía ver K. POMIAN, L’Ordre du temps, París, Gallimard, 1984 y P.

RICŒUR, La mémoire, op. cit., p. 193 y ss.

23. P. RICŒUR, La mémoire, op. cit., p. 200.

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es fiable? Pues el oyente, el juez o el historiador se sitúan ante el conjunto de ope- raciones de la memoria, que no son sólo el recuerdo, que es el objeto fundamen- tal del relato, también el olvido, el silencio, el cambio, la nostalgia. Además el tes- timonio es el resultado de la acción del tiempo sobre la memoria, desde la percepción de la escena vivida, a la retención del recuerdo sobre ella «para focalizar- se en la fase declarativa y narrativa de la restitución de los trazos del acontecimien- to». 24 Pero es fruto también de la superposición y combinación de las diferentes memorias de las que el sujeto es portador: la memoria personal, social, colectiva, y dentro de ésta recordemos sólo algunas: la familiar, la política o la ideológica. 25 «La historia oral –leíamos en los Annales, en la temprana fecha de 1980– no presenta lo vivido, lo hará después de haber sabido descifrarlo. Aunque da testi- monio, al menos, sobre la cultura de un grupo en un momento dado. En efecto, se debe admitir, con los antropólogos, que todo individuo percibe, piensa y se expresa en los términos que su cultura le proporcio-

na; la experiencia individual, incluso desviada, es modelada por su sociedad y da testimonio de ella. Hay más. Si hay que esperar algo de los archivos ora- les, no es acaso el reflejo fiel de la experiencia pasada, sino lo que el recuerdo ha hecho de ella. Estos hacen surgir no una imposible historia inmediata que se opondría a la del historiador, son un nuevo objeto. Permite seguir los encabalgamientos, los encuentros, las rupturas entre memoria individual, memoria compartida y memoria histórica, permiten ver el tra- bajo de la memoria en acción». 26 Pero volvamos a los componentes esenciales del testimonio señalados por Ricœur:

1. De la aseveración del hecho a la certificación de su autenticidad En primer lugar, el filósofo francés distingue,

como punto de partida, en el testimonio dos vertientes distintas pero articuladas:

la aseveración de la realidad del hecho narrado 27 y la autentificación de la decla- ración por la experiencia del autor, denominada también fiabilidad presupuesta.

El testimonio es el resultado de la acción del tiempo sobre la memoria, desde la percepción de la escena vivida, a la retención del

recuerdo sobre ella

Pero

es fruto también de la superposición y combinación de las diferentes memorias de las que el sujeto es portador

24. Ricœur cita aquí las aportaciones de la obra de R. DULONG, Le Témoin oculaire. Les conditions

sociales de la attestation personelle. París, EHESS, 1998. Aunque disiente de la tesis final de este autor relativa a una antinomia global entre el «testimonio histórico» y la historiografía; en La mémoire, l’histoire, l’oubli, op. cit., p. 202, nota 21. Los subrayados son nuestros.

25. J. CUESTA BUSTILLO, Historia del presente, op. cit., y «De la memoria a la historia», en A. ALTED VIGIL

(coord.), Entre el pasado y el presente. Historia y memoria, Madrid, UNED, 1996, p. 55 y ss. (1ª edición).

26. Freddy RAPHAËL, «Le travail de la mémoire et les limites de l’histoire», en «Archives orales: une

autre histoire?», dossier de Annales, E.S.C., 35 année, nº 1, janvier-février 1980, ps. 124-146, la cita es de la página 125.

27. P. Ricœur se remite a la diferencia entre relato y discurso señalada por Benveniste, aunque no

siempre es perceptible en los testimonios, y recuerda que la fenomenología de la memoria nos con- fronta con la frontera no siempre clara entre estos dos conceptos y el trabajo del historiador en este

campo está siempre acechado por la relación entre la realidad y la ficción.

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2. La especificidad del testimonio

Los componentes del testimonio, según Paul Ricœur

En segundo término, pero íntimamente relacionado con el anterior, está la especificidad del testimonio, consistente en que la aseveración de la realidad es indisociable del sujeto que testimonia y de la atribución a sí mismo del recuerdo. El testimonio recae indivisiblemente sobre el hecho narrado y sobre la presencia del narrador. Habitualmente una fórmula condensa esta simbiosis entre el qué y el quién, en la que se identifican al menos tres elementos: la primera persona del singular, el tiempo pasado del verbo y la denominación del espacio narrado como allí, en contraposición a aquí. «Nosotras estábamos allí», declara Françoise Thébaud refiriéndose a la presencia femenina en los acontecimientos del mayo del 68 francés. 28

3. La auto-designación y acreditación

Un tercer elemento, vinculado a la autodesignación, ya mencionada, es que

ésta se produce en el contexto de una estructura dialogal. Ante la relación testi- go-entrevistador, aquel no se limita sólo a constatar su presencia en el hecho narrado, demanda ser creído. La certificación del testimonio es completa sólo con la aceptación de quien lo recibe, es decir a la certificación del testigo debe acompañar la credulidad del que la recibe, «puedes

creerme». Dimensión fiducitaria no siempre fácil. Pues el destinatario del testimonio –pensemos en Tucídides– puede oscilar entre la confianza o la sos- pecha. Además, el tiempo transcurrido desde el hecho y los mecanismos de la memoria que han ope- rado a través del tiempo ponen en entredicho las con- diciones de la percepción, las de la retención y las de la restitución, que han podido dar lugar a una «ela- boración secundaria».

En el eslabón de fórmulas que pueden jalonar el testimonio, al «yo estaba allí», «puedes creerme», se añade una tercera, «y si no, pregunta a los otros»

4. La posibilidad de la sospecha: confrontación de testimonios

La posibilidad de la sospecha, al constituir otro de los componentes esencia- les del testimonio, abre el espacio a la controversia y a la confrontación entre varios testigos. En el eslabón de fórmulas que pueden jalonar el testimonio, al «yo estaba allí», «puedes creerme», se añade una tercera, «y si no, pregunta a los otros». En el caso de Tucídides el historiador ha aplicado el método de la con- frontación: «porque los testigos no han dado las mismas versiones de los mismos hechos, sino según sus simpatías por unos o por otros o según la memoria de cada uno». Estamos ante un elemento clave del testimonio: la crítica, que el propio testigo puede aceptar o provocar de entrada. En la recogida de fuentes orales sobre la guerra Civil en un pueblo de la provincia de Zamora se produjo espon- táneamente este proceso. En un primer momento nadie se prestó a dar su tes- timonio. En un segundo, ante la disposición al relato de algunos de los ancia- nos del pueblo, otros se ofrecieron a darlo, pero siempre preguntando qué habían dicho los otros sobre el mismo tema. En un tercer momento los pro- pios testigos se reunieron para contrastar sus relatos y para poder llegar a una

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28. Citado por Ph. POIRIER, Aborder l’histoire, París, Seuil, 2000, p. 68.

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confrontación y a un relato contrastado de un periodo fundamental de sus vidas que hasta después de cincuenta años nunca se habían confesado mutua- mente. 5. La credibilidad y fiabilidad del testimonio: su mantenimiento a lo largo del tiempo Un quinto componente añade Ricœur, dirigido a «reforzar la credibilidad y fiabilidad del testimonio», la disposición del testigo a repetirlo. Éste puede man- tenerlo a través del tiempo, y ante cualquiera, lo que le dota de un cierto carác- ter de promesa; «asegurar» que un hecho ha sucedido, certificarlo, equivale a una «promesa referida al pasado», afirma el filósofo francés citando a Henrik von Wright. 29

Pero no son sólo las condiciones o los componentes del testimonio lo funda- mental que Paul Ricœur señala sobre él. Para los historiadores acaso revista mayor importancia aún el carácter que se le atribuye de institución y de vínculo social. Incluso acepta el concepto de «institución natural», que R. Dulong atribuye al testimonio ocular y cuyos análisis sitúa el filósofo francés en proximidad a los de la sociología fenomenológica de Alfred Schutz y a la teoría del espacio público de Hannah Arendt, e incluso de la noción de «formas de vida» de Wittgenstein. 30 Incluso considera que el espacio de comunicación de varios testimonios, señala- do en el cuarto componente del testimonio, puede ser definido como «espacio público». Su carácter de institución y de vínculo social vendría definido y refor- zado por el carácter estable de la disposición a testimoniar y por su carácter de seguridad y de fiabilidad de una proporción importante de los agentes sociales y en la reciprocidad de esta misma fiabilidad entre ellos. Ricœur resume con sus propios conceptos esta importante dimensión del testimonio: «La credibilidad concedida a la palabra de otro hace del mundo social un mundo intersubjetiva- mente compartido». 31 Y añade, «el intercambio de confianza mutua especifica el vínculo entre seres semejantes» y refuerza no sólo su interdependencia sino la similitud de la humanidad; intercambio recíproco que consolida el sentimiento de existir entre otras personas.

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29. P. RICŒUR, La mémoire, op. cit, p. 206, la cita es de Henrik von WRIGHT, «On promises», en

Philosophical Papers I, 1983, ps. 83-99.

30. P. RICŒUR, La mémoire, op. cit, ps. 206-207, notas 26 y 27.

31. P. RICŒUR, La mémoire, op. cit, p. 207.

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Entrevista a Paul Ricœur *

Jean Blain

Con la edad se acumulan los recuerdos y se borra la memoria… ¿Hay que per- donar? ¿Se debe conmemorar tanto? ¿Cómo se hace la historia? La mémoire, l’his- toire, l’oubli [La memoria, la historia, el olvido] es el último libro del viejo filó- sofo y la reflexión de toda una vida. Paul Ricœur es sin duda alguna uno de los filósofos franceses más conocidos, no sólo en su país sino también en el extranjero, sobre todo en los Estados Unidos donde ejerció la docencia durante un cuarto de siglo. Introductor de la filosofía de Husserl en Francia, muy pronto orientó sus investigaciones hacia una fenomenología de la voluntad y una reflexión sobre el mal. Sin embargo, su obse- sión por la cuestión del sentido y la interpretación le condujo a interesarse tanto por el psicoanálisis y la exégesis bíblica como por el conocimiento histórico y la narración, a la cual dedicó una obra ya clásica, Temps et récit [Tiempo y relato] (1983-1985). Su último libro, La mémoire, l’histoire, l’oubli (Seuil), se propone prolongar y completar esta reflexión sobre el tiempo y la historia interrogándose sobre la memoria, el olvido y el perdón. Mientras deplora que haya «demasiada memoria por un lado, demasiado olvido por el otro», Paul Ricœur, que no con- funde el perdón con la amnesia y desde luego no pretende dejar de cumplir con el «deber de la memoria», aboga a favor de lo que él denomina una «política de la memoria justa». El filósofo, que no ha perdido ni un ápice de su vitalidad y de su buen humor a los 87 años, aceptó recibirnos, con extraordinaria cortesía, en su casa de Bretaña, cerca de la punta de Saint-Gildas, donde estaba pasando unos días de vacaciones con los suyos.

¿Cómo situaría su último libro con respecto a los anteriores? ¿Cómo caracterizaría su originalidad? P.R. El libro es una continuación de Temps et récit, el cual llevaba implícita una extraña laguna, puesto que en él ponía directamente en relación el tiempo, tal como lo vivimos o lo experimentamos y tal como se desarrolla en la naturaleza, con el relato, pero había una especie de cortocircuito: faltaba un intermediario, a saber, la memoria y el olvido. Y en este sentido se trata de una reparación. Por

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*. Publicada originalmente en francés por la revista Lire, núm. 289, de octubre de 2000, a la cual agradecemos la autorización para esta edición en español.

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otra parte, desde hace una decena de años he participado en numerosos semina- rios donde me he relacionado, además de con magistrados, médicos y politólo-

gos, también con historiadores, en particular, historiadores del tiempo presente.

Y finalmente, interviene la situación cultural, las grandes reivindicaciones de una

memoria consagrada y la dificultad de la historia del tiempo presente para situar-

se con respecto a esas conmemoraciones, a esas grandes quejas que yo comparto.

Por lo tanto, he querido, no arbitrar, puesto que no ocupo el lugar del árbitro, sino participar en ese debate, intentando ser equitativo y teniendo en cuenta la gran dificultad de la historia del tiempo presente, que consiste en la presencia simultánea de documentos escritos y de testimonios orales, o incluso escritos,

pero literarios, y por lo tanto en una suerte de relación conflictiva potencial entre

el documento histórico y el testimonio de los supervivientes. Es decir que se trata más bien de un problema epistemológico: comprender

cuál es la relación entre fidelidad de la memoria y verdad de la historia. Pero tam- bién es un problema de equidad y de justicia; y éste se extiende mucho más allá de Francia, con Vichy, Argelia, etc., es un problema

de todo Occidente que hace cincuenta años era un continente devastado. De ahí la fórmula: «¡Demasia- da memoria por un lado, demasiado olvido por el otro!».

La gran dificultad de la historia del tiempo presente, consiste en la presencia simultánea de documentos escritos y de testimonios orales, o incluso escritos, pero literarios

¿A qué se debe esa laguna en sus libros anterio- res? ¿A qué se debe ese olvido del olvido? P.R. El motivo es que todos mis libros –hace cin- cuenta años que escribo– han tenido siempre un objetivo preciso y nunca he realizado un trabajo que constituyera una especie de totalidad o de sistema

filosófico, de manera que cada libro ha dejado como un residuo y, en el fondo, si hiciera una pequeña novela sobre mi propia escritu- ra, diría que, en definitiva, cada libro vuelve sobre lo que el otro dejó sin decir, y así ocurrió en este caso con Temps et récit.

La mémoire, l’histoire, l’oubli aborda sin duda temas nuevos, pero al mismo tiempo el libro da la impresión de intentar retomar los diferentes hilos y temas que atraviesan su obra. ¿Se trata de una síntesis, una forma de epílogo? P.R. Creo que en este contexto el lector tiene una perspectiva distinta a la mía. Por mi parte, me he preocupado de abordar los temas en el orden adecuado y mi

54 concepción de la progresión del argumento era muy lineal; por ejemplo, en la primera parte dedicada a la memoria, mi primer enfoque sobre el tiempo partía de San Agustín, partía de la relación consigo mismo y de la memoria como cono- cimiento de sí. Y luego me dije: «no, no hay que empezar así. Hay que empezar por la palabra recuerdo», puesto que se da el caso de que en francés se distingue entre el recuerdo y la memoria. Me permito un comentario humorístico para dar

a entender la diferencia: yo diría que lo que diferencia a los jóvenes de los viejos, es que los segundos tienen muchos más recuerdos y mucha menos memoria. Al

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Entrevista a Paul Ricœur

empezar por el recuerdo, me enfrento, por lo tanto, con la dificultad mayor: que en el espíritu está presente una imagen que ya no existe; el pasado es la relación

entre presencia en el espíritu y ausencia en la realidad, es decir, lo que es de otro tiempo. De pronto ya no parto de Agustín sino de Platón y de Aristóteles, que se enfrentaron por razones diversas (Platón a causa de los sofistas, Aristóteles a causa de la filosofía de la naturaleza) con este enigma, esta aporía aparente pero que yo desearía que no fuese paralizante, esta relación entre presencia y ausencia

o entre actualidad y distancia; y de improviso lo que yo denomino el recuerdo-

objeto, pasa a ocupar el primer lugar, antes de la memoria sujeto de sí misma. A

partir de ahí, la transición, puesto que hay tres capítulos, se desarrolla así: en pri- mer lugar, la presencia en el espíritu de un pasado que ya no está ahí; en segun- do lugar, la indagación, con todas las dificultades que comporta; y en tercer lugar,

la memoria agustiniana, o sea, la memoria reflexiva, que a continuación me ser-

virá como transición a la historia, ya que propongo un esquema que designo como la triple atribución de la memoria. Puedo atribuir la memoria a todas las personas gramaticales: «yo recuerdo», «tú recuerdas», «él recuerda», etc., lo cual me permite integrar de inmediato la memoria colectiva y, por consiguiente, no quedar prisionero de la alternativa:

¿quién recuerda? Yo solo. No, existe una memoria colectiva. En este contexto, propongo algo así como una tríada: la memoria pro-

pia, la memoria de las personas próximas y la memo- ria colectiva. Y la memoria de las personas próximas me inspira una cierta ternura: ellas son las únicas que

pudieron alegrarse de mi nacimiento y que tal vez deplorarán mi muerte, porque para mí ya he nacido y todavía no he muerto, y al estado laico le da igual. Así se desarrolla el texto. Impongo al lector un trayecto

obligado y esto puede crear problemas.

La memoria reconoce. La historia reconstruye

Sin embargo, ayuda al lector a recorrer ese trayecto. P.R. Es la primera vez que intento algo así, iniciar cada capítulo con una nota orientativa donde digo: esto es lo que hemos hecho hasta aquí, esto es lo que vamos a hacer ahora, vamos a pasar por aquí. Así, como que es un libro enorme, los lectores pueden ver en qué punto estamos y escoger un capítulo. Y si se reú- nen las notas orientativas, constituyen un pequeño libro.

Habla de los abusos de la memoria y se percibe que el frenesí conmemo- rativo de nuestra época le inspira una cierta desconfianza. ¿A qué atribuye

tanta confusión entre lo histórico y lo conmemorativo? P.R. Dice que percibe en mí una cierta desconfianza. Es cierto, pero se debe a que yo espero mucho de la memoria. Incluso diría –lo fui viendo cada vez más claro a medida que avanzaba en mi libro– que la memoria posee una ventaja con- siderable sobre la historia, que es el reconocimiento: sí, sin duda es ella, sin duda

es él, ¡les reconozco! La historia no reconoce, reconstruye. Entonces, si la memo-

ria es finalmente, en última instancia, la sola garantía de que algo ocurrió tal como yo lo recuerdo, con el riesgo de equivocarme, es preciso estar alerta, pues esa relación crítica con la memoria es objeto de muchos abusos y deformaciones.

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Para empezar, algunas son patológicas; se trata de la memoria impedida, pues no tenemos los recuerdos al alcance de la mano, así sin más: los buscamos y existen resistencias. Esto resume todo lo que le debo a Freud. A veces se necesita ayuda

para recordar, recibir autorización, y el psicoanálisis se basa en esa autorización.

Y aquí es donde interviene la enorme ambigüedad de los posibles abusos de la

conmemoración. No digo que la conmemoración sea un abuso, sino que se abusa de las conmemoraciones. Me sitúo junto a Pierre Nora en relación con lo que yo denomino la extrañeza de la memoria. Pierre Nora considera que se hace un mal uso de lo que él inventó, o sea de los «lugares de memoria», que se han converti- do en lugares de conmemoración. Él lo relaciona con lo que llama patrimoniali- zación de la memoria. Sobre todo, no querría que se dijese que estoy en contra de la conmemoración, sino que digo que da lugar a abusos.

Usted escribe que «la exhortación a recordar corre el riesgo de ser inter- pretada como una invitación dirigida a la memoria para que se salte el tra- bajo de la historia». ¿No se arriesga a un malentendido? P.R. En contra de lo que me han reprochado –Rainer Rochlitz, por ejemplo, después de mi conferencia en la Sorbona que se publicó en Le Monde–, lo cierto

es que digo que existe un deber de memoria. En lo que dice Rochlitz hay una sos-

pecha infame de antisemitismo. En realidad, ocurre todo lo contrario, porque cuando digo «No hay que dejarse intimidar por la desgracia», digo «los judíos no deben dejarse intimidar por la desgracia». Piense que acababa de llegar de Israel donde participé en un grupo de estudio formado en torno a Rosenzweig, que se denomina «judío-alemán» y tiene como divisa –es una palabra que procede de Walter Benjamin– «la cesura»: Hitler es una cesura, hay que retomar el problema desde un momento anterior. De ahí mi idea: no sigamos a Adorno cuando dice:

«Después de Auschwitz ya no es posible filosofar», por mi parte estoy trabajando con mis amigos israelíes, judíos neoyorquinos y otros en esta reanudación del tra- bajo histórico. Acabo de dar un seminario en Jerusalén sobre la pregunta: «¿Se puede hacer la historia de Auschwitz?». Y allí dije: primero hay que templar las armas con otros temas. Considere el caso de los grandes historiadores franceses: o bien son medie- valistas, o bien se han ocupado del Renacimiento o de la Revolución Francesa. A continuación uno puede preguntarse si los instrumentos útiles en esos ámbitos neutralizados, es decir, donde el dolor ha quedado neutralizado, pueden serlo también en este caso. En cuanto al deber de memoria, hay abusos de este deber. Pero el deber de memoria no es un abuso.

56 ¿Qué piensa de la polémica reciente, en Alemania, en torno al filósofo Peter Sloterdijk? ¿Establecería una relación entre el proceso al que se le está sometiendo y el que se le está haciendo a usted? P.R. No he seguido esa polémica. Pero en los años ochenta seguí la «querella de los historiadores» en torno a Ernst Nolte. Ahora bien, ¿sabe que Nolte está

dando clases en Jerusalén? Es un gran historiador, no es un negacionista. Para él,

el problema es la explicación. Se pregunta cómo han podido influir uno sobre el

otro dos acontecimientos contemporáneos de primer orden y que presentan

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Entrevista a Paul Ricœur

similitudes. Puede ser que algunos se hayan servido de ello con fines exculpato- rios, pero, para Nolte, el hecho de que un acontecimiento influya sobre otro no significa que ni uno ni otro sean menos monstruosos. Al respecto, es preciso leer el debate de François Furet con Nolte: Fascisme et communisme [Fascismo y comunismo]; cualquiera que haya leído ese libro no puede seguir tachando a Nolte de negacionista.

A pesar de todo, eso es lo que le han reprochado, que niegue la especifi-

cidad de la Shoah. P.R. He escrito páginas muy precisas sobre los conceptos de unicidad, especi- ficidad, incomparabilidad. Y yo digo: existe una unicidad moral que, desde el

punto de vista de la monstruosidad moral, es lo que Saul Friedländer llama «lo inaceptable», mediante una cierta litotes. Y lo inacep-

table es singular en cada ocasión. Por otra parte, la desgracia no se comparte: en cada ocasión es única para el que la sufre. Y, en segundo lugar, está la uni- cidad histórica, a saber, que cada acontecimiento es único, no repetible. Pero luego hay una unicidad específica que nace de la comparación, pues para poder decir que dos acontecimientos son incompara- bles, es preciso haberlos comparado, es decir, tener criterios de comparación. ¿Con respecto a qué? ¿La naturaleza del poder, el modo de ejecución de la des- trucción, el apoyo de las élites, el silencio de la pobla- ción? En suma, es preciso contar con una tabla de cri- terios. Es una tarea de historiografía y no ya un problema de memoria del ciudadano. Sin duda, es preciso decir que es muy difícil escribir historia con la libertad de un científico cuando uno se enfrenta con un acontecimiento que ya se ha juzgado públicamen-

te e incluso ha sido objeto de un tratamiento penal, pues hay cosas que no se pueden decir ni escribir sin correr el riesgo de ser pro- cesado por difamación. Y los tribunales alemanes son aún más severos que los franceses. Pero ¡observe la dificultad que tienen los franceses para escribir sobre

la guerra de Argelia! No se puede escribir que el general tal fue un torturador.

Es muy difícil escribir historia con la libertad de un científico cuando uno se enfrenta con un acontecimiento que ya se ha juzgado públicamente e incluso ha sido objeto de un tratamiento penal, pues hay cosas que no se pueden decir ni escribir sin correr el riesgo de ser procesado por difamación

El juicio judicial no es el juicio histórico.

P.R. En mi libro he escrito un largo capítulo sobre la relación entre el juez y el historiador. El juicio judicial se considera definitivo, mientras que para el histo- riador no hay nada definitivo. En este sentido, el historiador es siempre revisio- nista. Ahora bien, no se deben confundir negacionismo y revisionismo. Se escri- be y se reescribe. Consideremos el caso de la Revolución francesa. El proceso no cesa: después de Michelet, siguieron Albert Mathiez, Alphonse Aulard, y final- mente Furet y otros. La historia se está reescribiendo de manera permanente. En cambio, los procesos judiciales no se reescriben. Me interesó mucho un autor que se va a traducir al francés, Mark Osiel, que ha realizado un trabajo considerable

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sobre los grandes procesos penales del siglo XX, es decir, no sólo los de Nurem- berg, sino también los de Tokio, Buenos Aires y los tres procesos franceses, de París (Touvier), Lyon (Barbie) y Burdeos (Papon). Osiel ha introducido un con- cepto que me interesa mucho, el de «disenso». Dice que la publicación de esos procesos provocó una alteración de la opinión pública que, a su parecer, es bene- ficiosa pues mantiene el debate. Como puede ver, se sitúa claramente de la parte de Jürgen Habermas, del debate público. Por mi parte, valoro mucho el disenso, porque la cultura francesa busca el consenso y en general sólo se encuentra con la subversión: antes de negociar ya se ha salido a la calle.

Entre el juicio del juez y el del historiador usted añade un tercero, el del ciudadano. P.R. El ciudadano hace la historia. Hay que distinguir entre «hacer la histo-

ria» y «hacer historia». El historiador y el juez contribuyen a su manera a hacer historia. Pero nosotros escribimos la historia. Es el

paso desde la escritura de la historia hasta el lector. El destino de un texto histórico es ser leído y quien lo lee es un ciudadano. Llamo ciudadanos, en un sentido amplio, a todos los que están bajo la juris- dicción de un Estado y son sus beneficiarios, lo cual crea unos deberes y en algunos casos también crea una culpabilidad política no criminal: la de haber sido beneficiario de un Estado que ha sido criminal. Pero el ciudadano, en un sentido mucho más res- tringido, es el que participa activamente en el deba- te político, o sea, en la formación de una opinión pública ilustrada; y en este sentido, no se es ciuda- dano de nacimiento, sino que se llega a serlo por

militancia. A éste se dirige en última instancia el his- toriador, pero también el juicio del juez, porque si bien este último queda cerrado en el tribunal, luego lo reabre la opinión pública, que vuelve a juzgar pero no tiene la posibilidad de dictar sentencia.

El ciudadano [

]

es el que

participa activamente en el debate político, o sea, en la formación de una opinión pública ilustrada; y en este sentido, no se es ciudadano de nacimiento, sino que se llega a serlo por militancia

Se habla del «deber de memoria». ¿No podría haber también, en algunos casos, un deber de olvido? P.R. El olvido no es simétrico de la memoria. En este contexto se tocan cues- tiones muy profundas, que tal vez están relacionadas con mi edad. He llegado a una percepción del olvido que tiene dos caras. En primer lugar, está el olvido

58 definitivo: el olvido que borra, el borrado de todos los rastros, de los rastros en el cerebro, de los rastros en los monumentos, etc. Todos los rastros se pueden des- truir. Pero también tenemos la experiencia inversa: el retorno de algunos recuer- dos nos muestra que se olvida menos de lo que se cree. De improviso, uno recu- pera tramos completos de infancia. Entonces, percibo el campo del olvido como una suerte de competencia entre un olvido de borrado y lo que llamo el olvido de conservación en reserva. Ahora mismo hablo en francés, pero puedo hablar en un par de lenguas extranjeras: ¿dónde está en este momento el conocimiento de

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Entrevista a Paul Ricœur

esas lenguas extranjeras? Conservo en reserva gramáticas, léxicos, reglas de los juegos que practico; sé jugar al bridge y cuando no estoy jugando, sigo sabiendo, pero no me sirvo de ello. Por lo tanto, hay una conservación en reserva. Todos los saberes adquiridos se encuentran de algún modo allí. Hay una bola de nieve de mi memoria que va creciendo a medida que avanzo. Hay un aspecto acumu- lativo. Bergson lo vio perfectamente. Y debo decir que he redescubierto a Bergson, junto al cual había pasado un poco de largo. Pienso ahora en esa expre- sión tan bella, cuando habla de la «supervivencia de las imágenes». Sí, hay un olvido de supervivencia además del olvido de borrado. Lo que me lleva a su pre- gunta: ¿hay un deber de olvido? No veo qué significado podría tener esto. En el caso de la memoria, se puede hablar de un deber porque puede estar dirigida hacia un objetivo: uno puede recordar tal o cual cosa. Pero el olvido no está diri- gido hacia un objetivo, es un estado. Hay un olvido que tiene lugar sin haberlo acordado y que responde a que cuando se cuenta algo, no se cuenta todo, no se

puede: el relato es selectivo, existe un olvido intersticial, interpuesto. Y puede que haya un olvido benéfico, pero que en ese caso es la recompensa más extrema de una memoria reconciliada. Es lo que he denominado,

con Kirkegaard, la «apreocupación»: es un estado raro y precioso que está asociado a la beatitud.

Hay un olvido que tiene lugar sin haberlo acordado y que responde a que no se cuenta todo, no se puede: el relato es selectivo, existe un olvido intersticial, interpuesto

En su libro, su reflexión sobre el olvido también está asociada a una reflexión sobre el perdón. P.R. En el libro no hablo nunca del mal como moralista. Me lo encuentro como historiador. Ha habido crímenes. El historiador escribe sobre esos crí- menes, pero en ningún momento digo qué es un cri- men. Trato sobre el perdón, que es el problema del

apaciguamiento de la memoria. Pero el perdón es no castigar. Y se perdona cuando se podría castigar. Esto plantea una problemática absolutamente distinta de la relación entre la memoria, la historia y el olvido. Ya no es cuestión de epistemología, ni de política, ni del placer de recordar del que

tan bien habla L’amour fou de André Breton.

El epílogo de su libro se titula «El perdón difícil». P.R. Quise hacer un recorrido del perdón, suponiendo que lo haya, y digo: ésta es una palabra que viene de un lugar más alto que yo, lo que se puede interpre- tar de múltiples maneras. Como Derrida, a quien cito, yo lo interpreto dentro de la tradición abrahámica; los judíos, los cristianos, los musulmanes hablan del Dios misericordioso. Estamos ante una palabra que habla de perdón. Pero mi problema es su trayectoria, su trayectoria institucional. Y es en este contexto donde confluyo con los problemas de la historia, a saber, el paso por las institu- ciones, por los tribunales, y donde encuentro lo imprescriptible, que es un poco la piedra de toque del problema. He estudiado con mucho cuidado cuáles son las normas de la prescripción. La prescripción es de justicia, porque una sociedad no puede estar eternamente encolerizada contra sí misma. No nos pueden reclamar una propiedad o el pago

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de una deuda o castigarnos pasado un cierto tiempo. Es una norma terapéutica

o

de paz social. Y, por lo tanto, hay que tener razones muy serias para suspender

la

norma de prescripción, es decir, una norma que a su vez suspende las persecu-

ciones. Existen decisiones internacionales posteriores a la Segunda Guerra Mundial. Pero yo digo que a los tribunales no se les plantea el problema del per- dón, pues son las personas quienes perdonan a otras personas. Veamos un ejem-

plo: el asesino del Papa. El Papa fue a perdonarle a la cárcel, pero no pidió que le liberasen, no interfirió con la norma del tribunal. La cuestión de saber si debe haber o no penas incomprensibles, etc., todo eso no tiene nada que ver con el perdón. El perdón está incluido en lo que, con un moralista alemán, Kodalle, yo denomino la consideración. Todos los hombres tienen derecho a la considera- ción, incluso los criminales, porque tienen una dignidad, aunque sea de crimi- nal. Y Kodalle usa una expresión que yo he adoptado: habla del «incógnito del perdón». Existe otra forma de incógnito del perdón: los odios seculares entre los pueblos (Kosovo, Chechenia, África, etc.). Y en este caso, tampoco se trata de un problema de perdón, sino de corrección en las rela-

ciones. No se pide a los antiguos enemigos que con- fraternicen, sino que mantengan unas relaciones nor- males correctas. Esta normalidad también es otra figura del incógnito del perdón. El perdón tiene lugar de persona a persona y lo conceden las víctimas a los que han pedido perdón. Y si se pide perdón, hay que esperar que la respuesta pueda ser negativa. Como Jankelevitch. Nada se puede decir, salvo que algún día, tal vez, con el tiempo… Pero nadie puede exigir una respuesta afirmativa a una petición de perdón. El perdón consiste en decir: «Tú vales más que tus actos», es decir, «Tú eres capaz, podrías hacer algo

distinto de lo que has hecho, no has agotado tus recursos». Es lo que yo llamo «el hombre capaz», que cada vez más constituye el fondo de mi filosofía, esa especie de crédito a la bondad del hombre. Creo que existe un fondo de bondad que hay que buscar.

El perdón tiene lugar de persona a persona y lo conceden las víctimas a los que han pedido perdón. Y si se pide perdón, hay que esperar que la respuesta pueda ser negativa

Pero en sus planteamientos también hay un pensamiento del mal radical que es muy kantiano. P.R. Que es totalmente kantiano.

¿Cómo concilia ambas cosas?

60 P.R. En Kant, el mal, por radical que sea, no es tan originario como la bon- dad. Su visión racionalista de la religión consiste en liberar la bondad de los hom- bres. Y esta es la función real de una religión. Si no lo hace, entonces está hacien- do otra cosa: política, violencia, acción social. Pero la religión consiste en ayudar

a los hombres a reencontrar su fondo de bondad.

Traducción de Mireia Bofill

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Memorias plurales

Introducción

José Antonio González Alcantud

En la edad contemporánea la reflexión sobre la cualidad y naturaleza de la memoria concernía entre los humanistas a los filósofos. Henri Bergson entre éstos, reflexionaba fenomenológicamente sobre la relación entre materia, imáge-

nes y fijación de la memoria. Su indagación concluía con la aseveración siguien- te: «El espíritu presta a la materia las percepciones de

donde él extrae su alimento, y se las devuelve bajo la forma de movimiento, donde él ha impreso su liber- tad» (Bergson, 1999: 280). Todo el problema bergso- niano residía, pues, en averiguar la dialéctica entre la materia y el espíritu por intermedio de las imágenes. No existe ninguna referencia explícita al problema de la memoria social hasta que aparece la obra heterodo- xa de Maurice Halbwachs. Escribe su biógrafo G. Namer, que «lo esencial de su formación filosófica era debida a Bergson», pero que criticó a éste la idea

intuitiva de la «memoria pura», ya que aquella sería «una memoria sin reconocimiento» (Namer, 2000: 47). Halbwachs, discípulo de Émile Durkheim, y seguidor él mismo de la obra clave de su