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NOTAS PARA LA COMPRENSIÓN DE LOS JÓVENES Y JUVENTUDES RAÚL ZARZURI CORTÉS

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NOTAS PARA LA

COMPRENSIÓN DE

LOS JÓVENES Y

JUVENTUDES

(BORRADOR)

RAÚL ZARZURI CORTÉS

2012
2012

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NOTAS PARA LA COMPRENSIÓN DE LOS JÓVENES Y JUVENTUDES RAÚL ZARZURI CORTÉS

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NOTAS PARA LA COMPRENSIÓN DE LOS JÓVENES Y JUVENTUDES 1

Raúl Zarzuri Cortés 2

Está claro que hoy en día vivimos en un espacio sociocultural distinto, el cual precisamente se ha ido construyendo a partir de los procesos de globalización y de la emergencia de las nuevas tecnologías de información y comunicación (TIC) entre otras cosas- que comienzan a transformar nuestras visiones e imaginarios de lo que es el mundo. De hecho, para algunos autores, el mismo hombre, tiene mayores posibilidades o “una carta” más amplia sobre el cual construirse (Lipovetsky, 2000), cuestión que hace 40 años atrás era imposible, pero que los jóvenes o ciertos tipos de jóvenes hoy asumen a plenitud.

Por otra parte, con el advenimiento del siglo XXI no sólo ha llegado el inicio de un nuevo siglo, también comenzamos una nueva era en la sociedad, donde los conceptos existentes adquieren nuevas formas; donde la cultura, lo social, lo político por señalar algunas dimensiones, mutan, se transforman, se diversifican o minimizan. Asistimos entonces a la emergencia de un tiempo, donde las certezas se han transformados en incertezas, en incógnitas sobre el

1 Este es un documento que tiene un carácter de borrador. Contiene reflexiones aparecidas en: Zarzuri, Raúl y Ganter, Rodrigo. Jóvenes: La diferencia como consigna. Ensayos sobre la diversidad cultural juvenil. Ediciones CESC, Santiago

de Chile 2005; Revista Electrónica ECOMPÓS: “Jóvenes, televisión y Cultura.” Vol. 11, Nº 3 2008, Sao Paulo Brasil. http://www.compos.org.br/seer/index.php/e-

“Construcción de Índice de Juventud para Chile” PNUD 2011 (documento inédito). 2 Sociólogo (UAHC), Magíster en Antropología y Desarrollo Universidad de Chile. Especialista en temas de jóvenes y culturas juveniles, en áreas de educación, participación política, nuevas tecnologías/medios, violencia y seguridad, y políticas sociales. Ha publicado 3 libros y una serie de artículos en revistas nacionales e internacionales sobre temas de jóvenes y culturas juveniles. Ha participado en mesas de trabajo y realizado investigaciones e intervenciones para instituciones gubernamentales como el INJUV, SEGEGOB, Defensoría Pública, Ministerio del Interior, CONACE; SENAME. Ha realizado consultorías para UNESCO, PNUD, UNICEF, UNFPA, OIT y UE. Actualmente es investigador asociado y encargado línea de investigación Proyecto Anillo Financiado por CONICYT: “Transformaciones sociales, políticas y culturales de los jóvenes en la sociedad chilena contemporánea”. Actualmente se desempeña como Coordinador de estudios del Centro de Estudios Sociales y Opinión Pública (CESOP) de la Universidad Central y como investigador en el Centro de Estudios SocioCulturales (CESC)

investigación

Informe

final

de

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futuro, lo cual nos lleva a tener que convivir en un espacio/tiempo marcado por

el advenimiento de un sentido de crisis, crisis que se manifiesta principalmente

por el “no saber”, por la pérdida de la certeza del saber, producto precisamente de las incertezas en las cuales nos vemos envueltos, lo cual en palabras de Giddens, “es vivir en una época de finales” (1997:75). Esto es graficado magistralmente por Marshall Bermann, con una frase de Marx: ”Todo lo sólido se desvanece en el aire” (1988:1). En suma, podemos decir crisis de adaptaciones sociales; especialmente asociadas a los campos de la economía, las comunicaciones y la ética en las relaciones humanas cotidianas e institucionales, cuestión que es vivida profundamente en distintos planos y constituiría el actual capítulo que experimenta la sociedad modernizada o en vías de modernización, como efecto progresivo de los procesos de secularización y racionalización, con el efecto, postulado por Weber (1991) de desencantamiento del mundo.

De esta forma, los espacios culturales locales sufren los embates de la globalidad desestabilizándose antiguas formas establecidas de identidad y cultura, siendo reemplazadas por espacios culturales nuevos y distintos; espacios que tienen la característica de ser globales y desterritorializados. Así, una de las cuestiones centrales que afectan los entendimientos de estos nuevos procesos a partir de los años sesenta, es la idea de que el proceso modernizador se visualiza como un espacio de cambio simbólico y cultural más que material (Habermas; Touraine; Meluccci).

Desde este diagnóstico entonces, es posible señalar siguiendo a algunos

autores (Mead, Martín-Barbero; Maffesolli y otros), que estas transformaciones

a las cuales asistimos, posibilitan la construcción o emergencia de un sujeto

distinto; podríamos decir, de un sujeto generacionalmente distinto, cuestión que se puede advertir en los jóvenes de finales del siglo XX y principios del XXI. Esta irrupción generacional, marca un punto de ruptura con otras generaciones que les precedieron. Es más, es posible señalar, que las actuales generaciones son radicalmente distintas a las anteriores, ya que antes, lo que se podría llamar el cambio generacional, no significaban cambios bruscos, sino ciertas continuidades. De hecho mucha de la memoria que era producida por estas, era transmitía hacia las otras generaciones, pero como señala Margaret Mead (1971), con el advenimiento de la cultura electrónica esto dejó de ser así, y los jóvenes comenzaron a convertirse en los colonos de un nuevo

mundo, donde ya no valía ese viejo dicho que los adultos solían decirles a los jóvenes “¿sabes una cosa? Yo he sido joven y tú nunca has sido viejo”, porque en estos momentos, los jóvenes pueden responder a estos adultos diciendo:

“tú nunca has sido joven en el mundo en el que soy joven yo, y jamás podrás serlo.” Esto estaría dando origen a un proceso de división entre generaciones, que podríamos llamar de ruptura generacional.

De ahí, que el nuevo tiempo cultural en el que nos encontramos, da origen a nuevas prácticas culturales, las que necesariamente tiene que convertirse en

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objeto de atención para aquellos que se dedican a la investigación en el campo de las juventudes y sus culturas, por lo que, el eje de análisis tiene que realizar un giro si se quiere realizar un ejercicio más comprensivo de todo este proceso y de sus manifestaciones, y precisamente el giro a realizar, es un giro hacia la cultura, entendida esta como un modo de vida, lo cual permite entonces que cualquier práctica cotidiana cultural pueda ser objeto de estudio (Escuela de Estudios Culturales de Birmingham), o, siguiendo a Geertz (1988), verla como un concepto semiótico que tiene una variedad de significados; como tramas de significación (una urdimbre diría el autor) que él mismo hombre ha tejido, o también como acción simbólica. Por lo tanto, el movimiento es a la interpretación, en busca de las significaciones, cuestión que permite acceder al mundo conceptual en el cual viven los sujetos para de esta manera poder conversar con ellos, que es precisamente lo que tenemos que realizar como cientista sociales dedicados al estudios de los jóvenes y sus culturas.

1.- CONTEXTO CULTURAL, JÓVENES Y ESCUELA

Una primera constatación que se puede realizar, es que estamos en presencia una cultura distinta a la cultura construida por la modernidad que se manifiesta principalmente, en la idea de una cultura centrada, plagada de valores absolutos, como también de una fuerte racionalidad científica-tecnológica y de relatos que se constituyen en hegemónicos. Una cultura que tiene como eje la escritura, y que construye un espacio de transmisión de saberes llamado escuela, espacio por excelencia en la adquisición de conocimientos. Las principales características de la cultura posmoderna en contraposición a la cultura moderna serían según A.J. Colum (1984. En Gervilla, 1993:92-93):

 

Cultura Moderna

 

Cultura posmoderna

 

Cultura de la escuela

 

Cultura de la calle

 

Incide sobre una población concreta

incide sobre una población general y multivariada

y

determinada

Más posibilidades de formación individual o grupal

Más

posibilidades

de

formación

colectiva

Procura el conocimiento cultural del

Procura el conocimiento cultural del presente

pasado

 

Culturas muy codificadas

Nuevas

formas

culturales

aún

no

codificadas

 

Hace referencia a lo experimentado o

Se

quiere

experimentar

o

experienciado

 

experienciar

 

Participación cultural pasiva

Participación cultural activa

 

Los esquemas creativos participativos

Se

da

posibilidad

creativa,

y

de libertad, están preconcebidos

participativa y de libertad

Proyección cultural más funcional y

Proyección cultural como acción vital

orientada hacia el

trabajo u otros

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estudios

 

Frecuentemente conlleva la negación del hedonismo cultural

Se da la posibilidad del placer cultural

De los conceptos utilizados para describir esta nueva forma de cultura, al parecer, el más recurrido sería el de fragmentación, el cual podría ser denominado como la característica central de este proceso cultural, lo que permite a Lipovetsky por ejemplo, caracterizar a la cultura postmoderna como descentrada y heteróclita, materialista y psi, porno y discreta, renovadora y retro, consumista y ecologista sofisticada y espontánea, espectacular y creativa.” (Lipovetsky, 1983). En el fondo, se asiste a la emergencia de una cultura que no tiene un centro, sino que es, una cultura descentrada.

Este descentramiento de la cultura postmoderna, ha sido trabajado por Jesús Martín-Barbero en clave de des-ordenamiento cultural. Este autor, señala, que vivimos un des-ordenamiento cultural, que remite a un des-centramiento que atraviesa la (post)modernidad que cuestiona todo:

un des-orden cultural que cuestiona las invisibles formas

del poder que se alojan en los modos del saber y del ver, al tiempo que alumbra unos saberes-mosaico, hechos de objetos móviles, nómadas, de fronteras difusas, de intertextualidades y bricolages.(Martín-Barbero & Rey, 1999:12).

emerge “

Esto origina un nuevo espacio cultural, un nuevo “sensorium” -si seguimos a Martín Barbero el cual sigue a Benjamín-, lo cual implica asistir a un desplazamiento de lo que se ha denominado una oralidad primaria basada en la escritura, el texto escrito, a una oralidad secundaria (Ong, 1987. En: Martín- Barbero, 1998) la cual se manifiesta en una visualidad electrónica que permite que emerja esta nueva era de lo sensible. Esta nueva oralidad, se muestra fuertemente en las nuevas tecnologías de comunicación; es la que provoca el des-ordenamiento cultural, ya que “rompe el orden de las secuencias que en forma de etapas/edades organizaban el escalonado proceso del aprendizaje ligado a la lectura y las jerarquías en que ésta se apoya.” (Martín-Barbero, 1998:29). Esto implica que los jóvenes se sienten cada vez más identificados con estas nuevas formas fragmentarias de cultura, con esta nueva cultura audiovisual, característica de los medios modernos (televisión, video, cine, internet), que da origen a una cultura electrónica audiovisual.

Así, se puede señalar que esta nueva cultura se tiene que enfrentar a esa “vieja” cultura de la escuela, la cual va perdiendo relevancia. Como señala Marafioti:

En este contexto, la institución escolar ha perdido centralidad. En ninguna parte se aprende a ver medios y en la escuela se aprende a leer, pero para la sociedad actual, ésta no es una actividad relevante.

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La lectura tiene una importancia, como posibilidad de socialización y acceso a la cultura, que aún es necesario seguir reivindicando pero que los medios se encargan de poner en entredicho cotidianamente.

(1996:40).

De esta forma, los medios se manifiestan en contraposición a este espacio tradicional de saber, el cual fuera otrora el gran espacio de comunicación de acumulación y de conexión de conocimientos, ya que esta, al igual que otros medios como la radio, la prensa, por nombrar algunos, exceden la información que es comunicada por la escuela. Así la escuela, tiende a replegarse sobre sí misma, a defenderse más que a dar cuenta de su situación y reconocer, que hoy en día los niños y jóvenes nacidos y criados en un mundo hipertecnologizado, han tenido acceso a una gran cantidad de información y experiencias con medios muy superiores a lo que la escuela puede entregar, y a lo recibido por un adulto nacido varias generaciones anteriores. Como señalan Martín-Barbero & Rey:

“la escuela desconoce todo lo que de cultura se produce y circula por el mundo de la imagen y las oralidades: dos mundos que viven justamente de la hibridación y el mestizaje, de la revoltura de memorias territoriales con imaginarios des-localizados. Lo que nos coloca ante uno de los más graves malentendidos actuales, ya que el reconocimiento de la multiculturalidad en nuestros países implica aceptar no sólo las diferencias étnicas, raciales o de género, significa aceptar también que en nuestras sociedades conviven hoy “indígenas” de la cultura letrada con indígenas de la cultura oral desde la riqueza de las narrativas étnicas a las urbanas del chisme y el chiste, del rap y el rock latinos- y las culturas del audiovisual, la del cine y la televisión, la de los videojuegos y el internet.” (1999:46)

Así, es posible señalar, que los jóvenes actuales aparecen como los más indicados para poder comprender y usar las nuevas tecnologías que han ido poblando el mundo, lo cual conlleva una fuerte diferenciación del mundo adulto, que nos impulsa en muchos casos a analizar este proceso como un proceso de cambio generacional producido en las sociedades postmodernas, que se puede entender en clave de ruptura generacional, cuestión que es acertadamente trabajado por Margared Mead, allá a comienzos de los años setenta. Esta autora señala, que los adultos no comprenden el cambio que está viviendo la actual sociedad, refiriéndose principalmente a la emergencia de la revolución electrónica que involucra el paso de una cultura lectora a una cultura de los medios. Ella señala, que “nuestro pensamiento nos ata todavía al pasado, al mundo tal como existía en la época de nuestra infancia y nuestra juventud. Nacidos y criados antes de la revolución electrónica, la mayoría de nosotros no entiende lo que esto significa.” (1973:106), es más, la autora señala, que los jóvenes “viven en un mundo en que los acontecimientos les llegan con toda su complejidad, y ya no están amarrados por las secuencias

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lineales simplificadas que dictaba la palabra impresa.” (1973:106). Entonces, para Mead los jóvenes, que ella llama jóvenes de una nueva generación, son más semejantes a los jóvenes de una primera generación nacidos en un país nuevo.

Esto nos permite, señalar que estamos en presencia de un nuevo sujeto joven, de una nueva generación de jóvenes, distinta a las generaciones anteriores de adultos, que rompen con antiguas prácticas culturales:

emerger una generación “cuyos sujetos no se constituyen a

partir de identificaciones con figuras, estilos y prácticas de añejas tradiciones que definen la cultura sino a partir de la conexión-

desconexión (juegos de interfaz) con las tecnologías”. Nos encontramos ante sujetos dotados de una “plasticidad neuronal” y elasticidad cultural que, aunque se asemeja a una falta de forma, es más bien apertura a muy diversas formas, camaleónica adaptación a los más diversos contextos y una enorme facilidad de “idiomas” del video y del computador, esto es para entrar y manejarse en la complejidad de las redes informáticas.” (Martín-Barbero & Rey,

vemos “

1999:35).

Así, estas nuevas formas de construir lo que es la juventud en el marco de esta nueva época, permite, que los jóvenes no se encuentren atados a una cultura específica parental. Por lo tanto nos hallamos frente a culturas juveniles que son desterritorializadas. Barbero lo manifiesta de esta manera:

“…lo que este mapa avizora es la des-territorialización que atraviesan las culturas como la emergencia de una experiencia cultural nueva. Aún en nuestros subdesarrollados países el malestar en la cultura que experimentan los más jóvenes replantea las formas tradicionales de continuidad cultural, pues más que buscar su nicho entre las culturas ya legitimadas radicaliza la experiencia de desanclaje que, según Giddens, la modernidad produce sobre las particularidades de los mapas mentales y las prácticas locales.” (Martín-Barbero & Rey,

1999:35)

Otro elemento a considerar en este contexto y que afecta a los jóvenes, dice relación con la construcción de la identidad. Una cuestión que se puede señalar respecto de esto, es que la identidad en contextos tardomodernos o postmodernos, ha perdido su solidez. Esta se ha desvanecido en el aire si parafraseamos a Marx. De esta forma, y como señala Baumann, en un mundo donde los productos duraderos han sido reemplazados por productos desechables, no es extraño, que las “identidades puedan adoptarse y desecharse como quién cambia de vestido.” (2001:113). Metafóricamente hablando, la construcción de identidades se parece más a las paradas en un camping que en un domicilio, ya que la estrategia vital en la postmodernidad,

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es precisamente no hacer que la identidad sea perdurable, sino que evitar que esta se fije, que eche raíces profundas (Baumann, 2001).

Asistimos entonces, a la construcción de identidades móviles, nómadas que dan origen a sujetos nómades, a desplazamientos nómades, los cuales, siguiendo a Rosi Braidotti, “designan un estilo creativo de transformación; una metáfora preformativa que permite que surjan encuentros y fuentes de interacción de experiencias y conocimiento insospechadas que, de otro modo, difícilmente tendrían lugar.” (2000:32), cuestión que se manifiesta fuertemente en los jóvenes. De ahí, que el concepto de identidad, no puede ser entendido como un concepto esencialista, sino que, como un concepto estratégico y posicional, cuestión que podemos ver por ejemplo en Hall, quien señala que “las identidades no son nunca unificadas, que ellas son, en la modernidad tardía, cada vez mas fragmentadas y fracturadas; que ellas no son, nunca, singulares, sino múltiplemente construídas a lo largo de discursos, prácticas y posiciones que se cruzan y hasta pueden ser antagónicas. Las identidades están sujetas a una historicidad radical, constantemente en proceso de cambio y trasformación”. (Hall, 2000. En Celeberti 2001)

Desde el psicoanálisis lacaniano y siguiendo a Kathya Araujo, se piensa

la identidad como una construcción móvil que no está solamente supeditada a contextos políticos y a lo social, sino también a la historicidad de cada sujeto. Es así que para Lacan el yo está modificándose permanentemente en función de la búsqueda de esas identidades que no están fijadas desde lo biológico. Su planteamiento permite la teorización sobre la relación que existiría entre la historia y las psiques individuales a la hora de definir las políticas de la identidad sexual.” (Fuentes; Quezada y Vaccaro, 2004).

Por otro lado, para Marta Lamas, es posible entender la identidad como una construcción cultural, cuestión que es profundizada, al señalar que existe una amplia gama de variedad de identidades que echa por tierra el supuesto de la existencia de dos géneros. Así, la identidad no es una cuestión fija, invariable, ni está compuesta por elementos únicamente masculinos o femeninos, sino que tiene componentes de ambas, y es una construcción móvil, transformable e histórica (Lamas, 1995).

Hasta aquí, es claro que la identidad no es una cuestión que esté anclada y fija, sino que es móvil, nómada, cuestión que es central para entender cómo los jóvenes actuales se dotan de identidades en contextos de fragmentación cultural con preeminencia de una cultura de medios, cuestión que precisamente las instituciones por excelencia de la modernidad, se ven en dificultades de entender. Y es precisamente en una de esas instituciones, como es la escuela, donde eso repercute fuertemente, porque se está frente a sujetos jóvenes socializados en otra cultura que se ven enfrentados a otros

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sujetos, profesores, socializados en una cultura distinta, lo que evidentemente produce un choque cultural y un ruptura a nivel de generaciones, cuestión que nos lleva a conceptualizar inicialmente, estas dos construcciones culturales: la cultura escolar y la cultura juvenil.

2.- CONCEPTUALIZACIONES Y DELIMITACIONES DE LAS CATEGORÍAS DE JUVENTUD Y JÓVENES

P. Ariès (1987) y F. Morch, ubican la aparición del concepto de juventud en el

siglo XVIII, con el surgimiento del capitalismo. Para estos autores la juventud es una construcción histórica que obedece a condiciones sociales específicas que se dieron con la emergencia del capitalismo temprano. Entonces, la infancia y juventud no existían hasta ese entonces, y los sujetos que podían ser clasificados en esas categorías, eran nombrados como adultos incompletos

o pequeños. Las condiciones para su aparición, se dieron cuando surgió un

espacio simbólico que posibilitó la “juventud” y la “infancia”: cambios en las condiciones de producción que junto con la separación de familia y vida pública

y el adiestramiento (capacitación) escolar impusieron la necesidad de nuevas

relaciones de producción, es decir, es un hecho histórico que surge como resultado de los cambios ocurridos con el desarrollo de las fuerzas relacionadas con la producción, que generan el surgimiento de demandas de calificación que requería la burguesía naciente en los albores del siglo XVIII para reproducirse.

Si se realiza un rastreo de lo que se ha llamado joven(es) o juventud(es), en

cuanto a imágenes que remiten a un concepto moderno, esto necesariamente nos retrotrae hasta tiempos históricos más antiguos. Algunos autores como

Carlos Feixa (1998) y G. Levi y J. Schmitt (1996) han podido encontrar pistas

o interpretar el tiempo histórico en búsqueda de la juventud o los jóvenes a

través de la construcción de modelos de juventud y que especialmente para Feixa, se corresponden con ciertos tipos de sociedad. Siguiendo a este autor podemos encontrar los siguientes modelos de jóvenes asociados a determinadas sociedades:

Modelo de juventud

Tipo de sociedad

PUBERES

Sociedades Antiguas

EFEBOS

Estados Antiguos (Grecia y Roma)

MOZOS

Sociedades Campesinas pre- industriales

MUCHACHOS

Primera Industrialización

JOVENES

Sociedades Modernas Post industriales

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Como se puede apreciar, el concepto de jóvenes recién aparece en las sociedades modernas postindustriales y está asociado a ciertas

manifestaciones culturales que comienzan a emerger durante los años cincuenta, especialmente en los Estados Unidos, de la mano del rock and roll, las industrias culturales y los propios estilos y movimientos protagonizados por las llamadas contraculturas juveniles. Todo ello da origen a lo que conocemos hoy como cultura juvenil. De esta forma como lo señala Beatriz Sarlo “Bertold

ni Frank

Sinatra, Doris Day

Brecht, nunca fue joven, ni Benjamin, ni Adorno, ni Roland Barthes

comparación con lo que vendría después de la mano de Elvis Presley, The Beatles, The Doors, por mencionar algunos iconos de los jóvenes y juventudes modernas.

(1994) van a ser (o ser considerados) jóvenes en

Entonces, es posible señalar, como primera aproximación, que lo que se puede entender por jóvenes o juventud, es una categoría que ha sido construida socialmente y que encuentra su sentido en un espacio cultural determinado. Por lo tanto, esta es una construcción cultural, la cual como lo señala Walter Grob, ”no es una fase natural del desarrollo humano, sino una forma de comportamiento social que debe ser vista ante todo como un resultado de la cultura occidental y, consiguientemente, de la formación de la sociedad industrial moderna”(1997:127). Sin embargo, hay que considerar que esto no sólo es resultado de la cultura y de la sociedad, sino que las distintas aproximaciones que tenemos al concepto, responden a las posiciones que adoptamos como observadores, a las distinciones que podemos realizar, y que obviamente se enmarcan dentro de los marcos culturales de la sociedad en que vivimos. En este sentido, la juventud y el concepto de joven es una construcción moderna que tiene su origen sólo a partir de principios del siglo pasado en la época de la primera industrialización.

De esta forma, la juventud ha sido concebida como una construcción social, histórica, cultural y relacional para designar la dinamicidad y permanente evolución involución- del concepto (Dávila, 2004:5). Además, puede ser concebida como una categoría etárea, como etapa de maduración (sexual, social, afectiva, intelectual) y como cultura. Su uso más común tiene relación con un período en la vida donde se alcanza el desarrollo físico y ocurren cambios sicológicos y sociales, pero está siempre en relación a una condición social variable (Dávila, 2004).

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2.1.- Los enfoques clásicos para entender juventud

a los jóvenes y la

Se puede señalar, que los jóvenes no son un conjunto homogéneo, podemos encontrarnos con jóvenes categorizados o autocategorizados como marginales

o integrados. Sin embargo, cuando nos encontramos con un sujeto que

reconocemos como joven y nos vemos enfrentados a una serie de rasgos de carácter psicobiológicos y antropológicos que los hacen destacarse del resto, resulta cada vez más lejana y difícil la posibilidad de no etiquetarlos. Quizás es por esto que los distintos organismos y sistemas de pensamiento que se han

interesado o tienen algo que decir respecto de los jóvenes, no han logrado estar de acuerdo en una sola y clara definición.

Por ejemplo, desde una perspectiva más demográfica, la Organización de Naciones Unidas (ONU) define a la juventud como una etapa entre los 15 y 24 años. UNESCO define a los jóvenes como todos aquellos a los que cada sociedad considere como tales. De la misma forma, la Constitución de Chile define la juventud -que es utilizada por la mayoría de los programas para la juventud en el país-, como un grupo comprendido entre los 15 y 29 años y donde es posible diferenciar tres subgrupos: i) 15 a 18 años, el cual generalmente es denominado como adolescencia; ii) 20 a 24 años y iii) 25 a 29 años, grupos etáreos que coinciden con la definición clásica de juventud. Respecto de este punto, se podría agregar otra franja etárea que iría de los 30 a los 36 años y que se denomina Adulto joven y que en Chile por ejemplo ha sido utilizado como límite de lo juvenil al interior de la categoría de familia joven, en estudios sobre los ciclos vitales de las familias en nuestro país, planteamiento trabajado en algunos documentos del Ministerio de Planificación (MIDEPLAN)

Sin embargo esta entrada tiene algunas complicaciones. Por ejemplo Dina

Krauskopf señala que el corte demográfico para determinar los límites de la juventud supone superposiciones entre la adolescencia y la juventud y “donde

la segunda engloba a la primera pero no a la inversa. Y que, por otro lado el

sujeto juvenil comparte una condición socio-jurídica con la población menor de

18 años, por lo cual el segmento de la juventud que va de los 18 a los 30 años posee status de ciudadanía. Por eso es bastante común que el sujeto juvenil quede subsumido en la categoría de adulto, cuestión que se complejiza si se lo cruza con la legislación acorde a este sujeto.” (Chávez, 2009:18)

Otra Crítica a este enfoque proviene de Jorge Elbaum (1996), quién señala

que no se puede homogeneizar los distintos grupo juveniles sobre el criterio de edad e incluso de generación, ya que esto se transforma en una falacia analítica ya que impide considerar otras dimensiones relevantes al momento

de definir que se entiende por jóvenes y juventud.

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“Considerar la dimensión etaria como un dato explicativo de percepciones y prácticas regulares termina funcionando en la investigación como un obstáculo epistemológico que impide comprender la influencia de otros factores como la clase, el género y las pertenencias étnicas culturales- que en ocasiones terminan siendo más importantes que la tenencia de una edad determinada.”

(1996:157)

Por último, Levi y Schmitt criticando este enfoque, señalan

“Más que una evolución fisiológica concreta, la juventud depende de determinaciones culturales que difieren según las sociedades humanas y las épocas, imponiendo cada una de ellas a su modo un orden y un sentido a lo que parece transitorio, y hasta desordenado y caótico. Semejante “edad de la vida” no puede hallar una delimitación clara ni en la cuantificación demográfica ni en la definición jurídica….” (1996:8)

Una entrada distinta a la etárea para delimitar lo qué es la juventud y los jóvenes es el de moratoria social. Este enfoque conceptual, es el más recurrente a la hora de definir lo que son los jóvenes. Siguiendo a Margulis y Urresti, la moratoria social refiere a que, “con la modernidad, grupos crecientes, que pertenecen por lo común a sectores sociales medios y altos, postergan la edad del matrimonio y de procreación y durante un período cada vez más prolongado, tienen la oportunidad de estudiar y de avanzar en su

capacitación en instituciones de enseñanza que, simultáneamente, se expanden en la sociedad”. (2000:5). De esta forma, este concepto adhiere a algunos límites vinculados a la condición de juventud: etapa que transcurría entre el final de los cambios ocurridos en la adolescencia y la plena integración

a la vida social: formar un hogar, casarse, tener hijos. Esto también se puede apreciar en relación a las distinciones de género que se pueden hacer donde por ejemplo se asiste a una construcción distinta de identidades juveniles masculinas y femeninas.

De esta forma, para los autores, juventud “sería el lapso que media entre la madurez física y la madurez social”, cuestión que varía entre los diferentes sectores sociales. Por ejemplo, en el medio popular, se ingresa tempranamente

a trabajar y hay una tendencia a formar un hogar y tener hijos terminada la

adolescencia o durante la misma. Lo que cambia en los sectores de clase media y alta, donde se cursan estudios cada vez más prolongados, lo que va postergando la plena madurez social.

CEPAL intenta suavizar el concepto de moratoria, señalando que más que un concepto pasivo, es un concepto activo, ya que implica un ejercicio constante para la construcción de la individualidad. De esta forma, existe una interpretación de los jóvenes de las normas y roles que les son impuestas y no

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una adquisición ciega, lo que permite observar cambios generacionales más o menos importantes que implican una diferenciación y a veces rebelión con las generaciones anteriores. El aporte específico que hace cada generación al cambio social, radica en el hecho de que los individuos en el correr de su vida reaccionan, se adaptan y, eventualmente, transforman los patrones básicos de la organización social. Así, se distancian crecientemente del mundo para el cual fueron inicialmente preparados. Los jóvenes de hoy no crecerán o envejecerán en la misma sociedad en que comenzaron. Estudios empíricos han mostrado que las cohortes juveniles tienen efectos de "resocialización" sobre las generaciones que las precedieron, evidencian que al ocupar papeles sociales aportan su experiencia particular e intransferible en el desempeño de los mismos, y que por múltiples vías comportamentales y actitudinales, contribuyen al cambio social. (Cepal 1998)

Sin embargo las críticas al concepto de moratoria social no dejan de ser relevantes. Como lo expone Sergio Balardini, se asiste a la

“progresiva “desestructuración de la fase juvenil” cuyos límites no dejan de extenderse. Junto con ello, la moratoria, que refleja ese “no lugar” ente la infancia y la adultez, sufre sus contusiones. Es el tiempo segmentado de la posmodernidad, sin percepción de futuro y plagados de olvidos, en los que resulta difícil hallar sin grandes dificultades un

Los jóvenes de hoy tienen menos tiempo de

entretenimiento y de exploración y mayores exigencias, lo que significa

que hay menos transición y más permanencia (menor tiempo de entrenamiento y/o ensayo y más exigencias de toma de decisiones), y esto tanto como vivencia de ‘juventud forzada’ en sectores populares como de juventud extendida en sucesivos requisitos de formación

lugar en el mundo (

).

(2000:11).

Una forma de aproximación distinta dentro del campo de la moratoria, está dada por la introducción del concepto de moratoria vital, utilizado por Margulis y Urresti (1996). De esta forma, el uso de este concepto para delimitar lo que se entiende por joven o juventud, supone un ejercicio de complementación a la categoría moratoria social, en el entendido que este concepto es muy restrictivo en relación a las pertenencias de clase social de los individuos que pueden llamarse jóvenes, dejando en esta categoría sólo a aquellos sujetos provenientes de las clases medias y altas. De esta forma, Margulis y Urresti, señalan que los llamados culturalistas,

“Restringen la condición de juventud a los sectores medios y altos al centrar su definición exclusivamente en los elementos característicos de la moratoria social (de modo tal que los sectores pobres lejanos a esa moratoria social nunca llegarían a ser jóvenes), oscureciendo u olvidando la fase fáctica (energía, moratoria vital, inserción

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institucional y todo lo ya mencionado sobre el tema generacional), comunes a todas las clases.” (Margulis y Urresti, 1996:21)

De esta forma, la accebilidad de las otras clases a la juventud y a la condición de ser joven, sólo es posible si se integra el concepto de moratoria vital.

“Tal como lo venimos definiendo, la juventud es una condición que se articula social y culturalmente en función de la edad como crédito energético y moratoria vital, o como distancia frente a la muerte- con la generación a la que se pertenece en tanto memoria social incorporada, experiencia de vida diferencial-, con la clase social de origen como moratoria social y período de retardo-, con el género según las urgencias temporales que pesan sobre el varón o la mujer-, y con la ubicación en la familia que es el marco institucional en el que todas las otras variables se articulan-. Es en la familia, ámbito donde todos estamos incluidos, donde se marca la coexistencia e interacción de las distintas generaciones, o sea que es en ella donde se define el lugar real e imaginario de cada categoría de actores dentro del entorno del parentesco. La familia en sentido amplio, como grupo parental, es quizá la institución principal en la que se define y representa la condición de joven, el escenario en el que se articulan todas las variables que la definen.” (Margulis y Urresti, 1996:29)

Con Mario Margulis se podría realizar otra distinción en el intento de definir a los jóvenes y juventudes y que se relaciona con el concepto de generación el cual viene a complementar la aproximación etárea.

Si seguimos a Mario Margulis (1996), tendríamos que decir, que si bien la

juventud es una condición que está constituida por la cultura, también lo está por la edad. Esto el autor lo llama facticidad, o sea, “un modo particular de estar en el mundo, de encontrarse arrojado en su temporalidad, de experimentar distancias y duraciones.”(1996:18). De esta forma, la condición etaria, no alude sólo a fenómenos que se pueden ubicar en el orden biológico vinculados con la edad (a esto llamaríamos la adolescencia), sino que también

a fenómenos culturales articulados con ésta. Así, la edad es procesada por la

historia y la cultura, cuestión entonces que nos lleva al tema de las generaciones, que para este autor, “alude a una época en que cada individuo se socializa, y con ello a los cambios culturales acelerados que caracterizan nuestro tiempo.” (1996:18).

Es por este motivo, que cada generación puede ser considerada como adscrita

a una cultura diferente, ya que precisamente, esta entrega códigos, destrezas,

lenguajes y socializaciones, pero que son distintas de generación en generación, lo que permite señalar que ser joven no depende sólo de la edad, ni tampoco del sector social al que pertenece el joven (la clase social), sino

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que, también hay que considerar lo que Margulis llama el hecho generacional, “la circunstancia cultural que emana de ser socializado con códigos diferentes, de incorporar nuevos modos de percibir y de apreciar, de ser competente en nuevos hábitos y destrezas, elementos que distancian a los recién llegados del mundo de las generaciones más antiguas.”(1996:19). De esta forma, se puede señalar, que la generación,

“remite a la historia, da cuenta del momento social en que una cohorte se incorpora a la sociedad. Ello define características del proceso de socialización, e incorpora a la misma los códigos culturales que imperan en una época dada y con ellos el plano político, tecnológico, artístico, etc. Ser integrante de una generación implica haber nacido y crecido en un determinado período histórico, con su particular configuración política, sensibilidad y conflictos.” (Margulis, 1998:7).

Así, ser integrante de una generación más joven señala Margulis (1996; 1998; 2003) implica diferencias en el campo de la memoria no se comparte la misma memoria-, en las experiencias vividas, tampoco la historia y las formas de percibir el mundo, distinciones entonces que llevan a construcción de mundos y estructuraciones de sentidos distintos, de acuerdo a la generación que se pertenece. De esta forma se es joven por “pertenecer a una generación más reciente, y ellos es uno de los factores que plantean fácticamente un elemento diferencial para establecer la condición de juventud.” (Margulis,

1998:7).

Otras enfoques utilizados provienen de la psicología y la sociología que definen la juventud como una etapa, o individuos en esa etapa, que se ve iniciada por los cambios biológicos y psicológicos de la pubertad y que concluye con la adquisición plena de los deberes y derechos del adulto, lo que viene a ser el ejercicio idóneo de los roles de trabajador, ciudadano, padre y cónyuge, etc.

En el ámbito jurídico en general, ser joven es tener menos de 18 años, aunque esto se ve modificado por ejemplo si el sujeto quiere contraer matrimonio. Según el Código Civil, para hacerlo debe tener mínimo 16 años y contar con el consentimiento de los padres o tutor si han cumplido 16 años y son menores de 18 años de edad. Una cuestión similar en el ámbito del trabajo, donde según las leyes laborales vigentes en nuestro país, se considera mayores de edad y se encuentran facultados a contratar libremente la prestación de sus servicios los mayores de dieciocho años. La norma laboral autoriza excepcionalmente a los menores de dieciocho años y mayores de quince a celebrar contratos de trabajo sólo para realizar trabajos ligeros que no perjudiquen su salud y desarrollo siempre que cuenten con autorización expresa del padre o madre; a falta de ellos, del abuelo o abuela paterno o materno; o a falta de éstos, de los guardadores, personas o instituciones que hayan tomado a su cargo al menor, o a falta de todos los anteriores, del inspector del trabajo respectivo. De manera similar, se ubica la obtención de la

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licencia de conducir, donde es posible obtenerla a partir de los 18 años de edad, y excepcionalmente a los 17 3 .

Quizás donde se complejiza el tratamiento jurídico, y la distinción adulto joven se diluye fuertemente, es en el ámbito de la responsabilidad penal de los jóvenes. De acuerdo a la ley sobre Responsabilidad Penal Juvenil que entró en vigencia el año 2009 en nuestro país -Ley Nº 20084- una persona es responsable de sus actos frente a la justicia, en el entendido que tiene las capacidades de discernimiento propio de las denominadas “personas adultas”

a partir de los 14 años, aunque el tratamiento se diferencia entre los 14 y 16

años (no pueden ir a la cárcel sino centros especializados) y los 17 y 18 años, quienes pueden cumplir condenas en recintos penitenciarios tradicionales. De

esta forma un sujeto joven deja de ser joven en estricto rigor, para enfrentarse

a la justicia a partir de esa edad.

Esta última aproximación, complejiza aún más la definición de juventud, ya que se tiene “mayoría de edad” a los 14 años respecto de su responsabilidad penal, pero no en otras dimensiones de derechos, como por ejemplo elegir autoridades, casarse, etc. donde este tipo de derechos se alcanza cumpliendo los 18 años. Por lo tanto, la inquietud que surge, es que si son sujetos de derecho y, por lo tanto, responsables en el aspecto relativo a justicia, por qué no los son respecto de otras dimensiones.

Visto todos estos antecedentes que no agotan los intentos de delimitar lo que se entiende por jóvenes y juventud, y siguiendo a Pérez Isla, se puede señalar que en cuanto al concepto de Juventud, se ha acumulado tal cantidad de adjetivos, que casi no puede delimitarse, por lo que él lo circunscribe a determinadas edades, ya que está la idea estereotipada de juventud, sólo como una etapa transitoria de la vida. Sin embargo Pérez Isla plantea que existen algunos acuerdos en torno al concepto de Juventud.

“como el de que está inmersa en un proceso histórico que la ha ido modelando hasta nuestros días, donde la emergencia de los jóvenes como agentes sociales, se puede sintetizar como la historia de una representación social, que se va conformando en la interrelación de dos fuerzas: la del control, ejercida por las instituciones de poder adultas; y la de resistencia, elaborada por parte de las nuevas generaciones”. (Pérez Isla, 1998:47).

Habría que señalar que estos acuerdos mínimos a los que se ha llegado, no están ajenos al conflicto, ya que esto está relacionado con la confrontación general que se produce en la sociedad, y también depende del contexto histórico que la rodea. Es así, como “la representación social llamada juventud,

3 Se puede obtener licencia de conducir teniendo una edad de 17 años, acreditando un curso en una escuela de conductores y teniendo la autorización notarial de los padres

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se encuentra inmersa en el proceso de producción de sentido, que tiene que ver tanto con condiciones objetivas de una estructura social específica, como con las relaciones simbólicas que las sustentan.” (Pérez Isla, 1998:47).

Habría que considera también, que debido a la territorialización hay que replantearse el concepto de juventud, ya que hay una forma de ser joven en una región, en una ciudad, en un barrio o en una comunidad específica, donde “se contradice permanentemente el concepto occidental-urbano-centrista de La Juventud (con mayúscula), haciéndonos ver que más bien existen juventudes en plural y con minúsculas.” (Pérez Isla, 1998:48).

De esta manera, a excepción de la definición ofrecida por la UNESCO, los jóvenes suelen ser planteados como un momento, una etapa o un período que se debe cumplir para pasar a otra etapa, la de adulto. Que se plantea como la real, la verdadera, la meta que se debe alcanzar. De esta forma la juventud queda relegada a un plano secundario en la vida de los individuos, donde ser joven implica cumplir una etapa psicobiológica de preparación para la vida adulta, casi de transición, que se presenta como independiente de los procesos históricos, económicos y culturales, cuestión que se tiene que poner en entredicho si se quiere avanzar en conceptualizaciones más comprensiva de los jóvenes y juventudes actuales.

2.2.- El enfoque “postmoderno” para entender a los jóvenes y la juventud

Lo descrito en párrafos anteriores podríamos incluirnos dentro de una línea de las conceptualizaciones sobre los jóvenes. De forma muy breve, se puede señalar, que hay dos grandes líneas teóricas para aproximarse a las definiciones de juventud y jóvenes. La primera dice relación con una conceptualización de la juventud como una etapa de transición a la edad adulta y cuyo objetivo está dado por dejar de ser joven y convertirse en adulto, con lo cual se concreta los anhelos de autonomía o emancipación tan característicos de la juventud. Este enfoque supone la existencia de trayectorias preestablecidas conducentes a esa autonomía, como por ejemplo, el abandono del hogar a la constitución de una nueva familia, o el término de la escuela para pasar a la inserción laboral.

Es en este enfoque conceptual, donde el concepto de moratoria social, grupos etáreos, las definiciones más propias de la psicología, de algunas sociologías, el derecho, la biología por nombrar sólo algunas, adquieren sentido, y son las más recurrente a la hora de definir lo que son los jóvenes. Como ya se ha señalado, la moratoria por ejemplo supone postergaciones por parte de los jóvenes en su inserción al mundo adulto.

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Esta etapa finaliza entonces, con el logro de la autonomía o emancipación, lo cual supone que el sujeto ha podido construir una identidad estable tanto como sujeto adulto y también como ciudadano, cuestión que remite a las capacidades de los sujetos a hacerse responsables con su vida, propia, social, etc. Esta mirada supone que no es el joven el que tiene las capacidades de ser responsable, sino, el sujeto adulto, meta a la cual deben aspirar los jóvenes.

Demás está señalar que esta forma de entender la juventud, corresponde a las sociedades que se pueden denominar de la primera industrialización, o sea, a la sociedad moderna industrial. Esto entra en crisis, cuando las construcciones sobre los jóvenes y juventudes en contextos societales que podemos denominar de segunda modernidad, no se parecen o no son semejantes a esos contextos iniciales, dando origen a una nueva conceptualización teórica referida a las juventudes y jóvenes.

La nueva sociedad que ha comenzado a emerger en estos últimos decenios, está marcada fuertemente por procesos de globalización y de la irrupción de las nuevas tecnologías de comunicación e información, cuestión que se ha descrito en un capítulo anterior. Junto con esto, producto de los fuertes procesos de individualización o individuación, los jóvenes han incrementado los anhelos de autonomía individual, los cuales no entran necesariamente en conflicto con las dependencias estructurales por ejemplo- a las cuales se ven atadas. Así, la dependencia económica del núcleo familiar no es un impedimento para la generación de mayores autonomías y libertades individuales en otras dimensiones de la vida como son el consumo o la estructuración de específicos estilos de vida que se van constituyendo en otros espacios en la construcción de sus identidades.

Entonces, si hace décadas anteriores la autonomía se identificaba con alcanzar el estado de sujeto adulto, hoy en día, esto no es así, ya que precisamente, la autonomía es la característica de los jóvenes y juventudes actuales. Mejor dicho, definiría lo que es la juventud y el ser joven. De esta forma, para ser autonónomo, no es necesario ser adulto, o llegar a serlo tan rápidamente. Y es más, esta autonomía se da en situaciones de dependencia.

Se está frente entonces, a un sujeto joven que tiene un ensanchamiento de sus posibilidades de construcción y elección, que

apuntan hacia cursos vitales diferentes, y a veces contrapuestos (volver a estudiar después de una experiencia inicial en el mercado de trabajo; abandonar pronto el hogar familiar o mantenerse en él hasta lograr una integración socioeconómica casi plena; volver a la casa parental tras una ruptura de pareja, etc., son algunas de las elecciones que tienen que hacer muchos jóvenes actuales).”

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Más aún, como señalan algunos autores, aun en condiciones de alta vulnerabilidad y por lo tanto, con altos niveles de reducción de las capacidades de elección, los jóvenes interpretan sus trayectorias vitales en términos de decisión y responsabilidad individual, por lo tanto, estamos en presencia de un sujeto que es un actor activo y que se hace responsable de sus procesos de individuación.

En resumen, la modernidad tardía, posibilita la construcción de sujetos altamente individualizados o individuados, donde se toman decisiones que, acorde al contexto epocal en los cuales se hayan insertos- son decisiones transitoria y reversibles, por lo tanto, no permanente o estables, lo que lleva a la construcción de trayectos que son provisionales, y donde los adultos no son necesariamente una referencia, posibilitando así, la construcción de una juventud que tiene carácter autoreferencial cuando se trata de definir lo que es ser joven o la juventud.

Un breve paréntesis teórico. Cuando se habla de individualización o individuación, no se está haciendo referencia a un proceso de “atomización, aislamiento, soledad, desconexión o el final de todo tipo de sociedad.” (Beck, 1997:28), como muchos interpretan, sino que, la individualización “significa, en primer lugar, el proceso de desvinculación [disembedding] y, en segundo lugar, el proceso de revinculación a nuevas formas de vida de la sociedad industrial en sustitución de las antiguas, en las que el individuo debe producir, representar y combinar por sí mismo, sus propias biografías.” (Beck, 1997:28). Beck, visualiza este proceso también como una compulsión que tiene como eje, la fabricación, el diseño o escenificación por parte del individuo, no sólo de la propia biografía, sino también, de las relaciones y compromisos, acentuando la toma de decisiones por parte de los individuos, las cuales son experimentadas como riesgos personales. De esta forma, la biografía es una construcción que realiza el propio individuo; es una biografía que se realiza a la carta, como señalaba Lipovesky, o una biografía reflexiva como señala Giddens

Sobre el Individualización/individuación, hay matices que vale la pena destacar aunque no en su profundidad. Por ejemplo Fernando Robles, establece una distinción que los autores precedentes no establecen: en los países centrales se da un proceso de individualización, y en los periféricos de individualidad. En los primeros la individualización está inserta en una modernización reflexiva, posible gracias a la presencia de un Estado de bienestar. En cambio en la periferia: “El proyecto de modernización reflexiva que se despliega en la exclusión, no significa reflexión sino que auto confrontación que no es deseada ni planificada, donde además la lógica de la racionalidad con arreglo a fines que sostiene la acción social en el capitalismo se ha roto para abrir paso a los efectos colaterales latentes de las decisiones a favor de un proyecto lineal (y no reflexivo) de modernización.

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Hoy en la sociedad del riesgo las personas se ven con muchas presiones pero con más autonomía y responsabilidad, el yo tiene que cargar con una pluralidad de roles. Los riesgos son distintos si operan desde la inclusión o la exclusión.

La modernización aquí ha implicado efectos colaterales que configuran los contornos de la sociedad del riesgo. Riegos que implican un remecimiento de las instituciones pero que no alcanzan a activar en ellas alarmas, sino mapas que siguen la lógica de los efectos colaterales. De esta manera las responsabilidades recaen en los individuos y tenemos una exclusión primaria en amplios sectores: de los sistemas funcionales: educación; y una exclusión secundaria que designa la imposibilidad de acceso de redes interacciónales de beneficios y prestaciones.

En la sociedad del riesgo, el sujeto se ve presionado pero está dotado de autonomía. Se le exige ser sí mismo, particularizarse, se busca al Otro para ello. Robles, recordándonos a Mead señala en este sentido que el “self” o identidad adquiere validez porque se exterioriza, pasa en el contexto de la dialéctica constitutiva entre el Yo y el Mi, a ser dependiente del reconocimiento de los destinatarios, me convierto en lo que me he convertido en la convivencia con otros, con lo que presuponen de mis competencias (o incompetencias podríamos señalar nosotros). Pero si bien, en la individualización, la búsqueda es escogida, la individuación en contextos de exclusión periférica es obligada.

Así, -refiriéndose a los aportes de Beck y Giddens- asistimos a una proliferación de individualidades, que supone la desintegración de las certezas de la sociedad industrial y a la aparición de un individuo actor de su propia biografía, identidad, redes sociales, compromisos y convicciones. Sin embargo, esto también significa nuevas interdependencias. La individualización y la globalización son para Beck de hecho, “dos caras del mismo proceso de modernización reflexiva”. Estos procesos se originan producto de la globalización en nuestros contextos, o relocalización. Sin embargo es en la forma en que se ejecuta la individualidad donde Robles señala la gran diferencia, porque la exposición al riesgo en los países periféricos es mayor.

2.3.- Los procesos de individuación en los jóvenes chilenos. Algunos ejemplos

Lo que se ha señalado en las páginas anteriores, respecto de los procesos de individualización e individuación en las sociedades catalogadas como postmodernas, se puede observar hoy en día en los jóvenes chilenos. Lo que se observa a partir de una serie de estudios que comienzan con el Informe de

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Desarrollo Humano del PNUD de 1998 y las sucesivas encuestas de juventud aplicadas por el Instituto Nacional de la Juventud (INJUV) es un acentuado proceso de individualización o individuación en los jóvenes, relevando a estos como actores privilegiados de este cambio societal, y donde las construcciones de las identidades y los proyectos de vida juveniles se ven fuertemente tensionados por esta situación.

Si se analiza los procesos de construcción biográfica de los jóvenes chilenos, una de las cosas que aparecen con bastante nitidez es que estos procesos no se encuentran referidos a elementos externos, fuera de su control, sino a elementos más internos, cuestión que se puede percibir a la hora de analizar las imágenes que tienen los jóvenes sobre sí mismo y que permiten de alguna forma aproximarse a la forma en que están construyendo sus identidades y a las orientaciones para la construcción de sus proyectos de vida.

Al analizar las últimas encuestas nacionales de juventud (2006/2009), las categorías que aparecen recurrentemente y que permiten construir un cierto imaginario de lo que son los jóvenes chilenos a partir de sus evocaciones como sujetos, están relacionadas con el esfuerzo, la constancia, el tener iniciativa y ser un sujeto trabajador. De hecho, el concepto de trabajo o trabajador asociado a la dimensión de una buena educación, aparecen como aspectos muy valorados como elementos relevantes en la construcción de sus identidades y proyectos de vida que tengan la característica de ser viables.

Indicadores

 

Alternativa

2006

2009

 

(%)

(%)

¿Cuál

son

las

condiciones más

Ser

constante

y

   

importantes para que te pueda ir bien en la vida?

trabajar responsablemente (primera opción)

61,4

71,6

¿Cuál de las siguientes alternativas es la que considera más importante para ser feliz?

Tener un

buen

   

trabajo o profesión

35,6%

38,6

(segunda opción)

Esto nos está revelando que los jóvenes chilenos sitúan las posibilidades de un futuro mejor en las capacidades personales/individuales, o sea, ellos son los responsables de sus propias acciones que redundarían en beneficios a futuro, lo que supone de alguna manera una situación que está bajo control personal y no en algo externo, por lo que categorías como el “tener fe en dios”, “tener el apoyo de los padres”, “tener buenos contactos” y “tener suerte” no sean relevantes a la hora de situar o relevar los componentes para que a los jóvenes les pueda ir bien en la vida. En el fondo los jóvenes tienen control sobre sí mismos y ponen en sus capacidades la construcción de un futuro, lo que denota una fuerte autoimagen, donde se apela principalmente a la fuerza interna de los sujetos

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Por otra parte, si bien la imagen prevaleciente es la de ser trabajador, la cual está más relacionada con aspectos racionales/instrumentales ligados a las posibilidades de inserción en nuestras sociedades donde se privilegia el trabajo como elemento integrador, no deja de ser interesante que esta categoría sea acompañada por otras que no son tan racionales y que matizan de alguna forma la autoimagen de sujeto racional/trabajador como son las categorías de ser solidario, sociable, tranquilo, soñador, realista, critico y optimista, elementos que refuerzan una mirada más positiva y amplia de los jóvenes. Habría que señalar como dato, que para el 2009 la categoría sociable, se ubica en primer lugar como concepto que refleja mejor lo que es la juventud.

Por otra parte, es relevante ver que estas categorías y particularmente la de trabajador, no se asocia con una autopercepción de sujeto consumista, pesimista, solitario y bueno para el carrete, cuestiones tan utilizadas para describir negativamente a ciertos jóvenes hoy en día.

La interpretación de esto, se puede dar por el avance de lo que se ha denominado la razón instrumental la cual asociada al pujante proceso de individualización ha ido transformando las condiciones del ser joven y las formas de construcción de la identidad y de proyecto de futuro, dotándolos de capacidades más racionales, pero que les permiten enfrentar de mejor manera un escenario marcado por la incertidumbre y por la instalación de una economía de mercado.

Otra dimensión donde se puede percibir estos cambios, dice relación con las principales preocupaciones que los afectan y que empañarían por ejemplo la percepción de sentirse personas felices. De esta forma, se pueden encontrar una serie de problemas que tanto a nivel general como a nivel personal podrían afectar a los jóvenes, los que podrían responder a dos cuestiones. La primera tiene que ver con elementos que atentan contra la integración de los jóvenes, y lo segundo está relacionado con la calidad de vida de estos.

Para el primer punto, la falta de oportunidades, como las dificultades para acceder a la educación superior que aparecen en segundo y cuarto lugar respectivamente en la lista de problemas, conllevan un elemento de riesgo para los jóvenes los cuales se ubican en un nivel externo, por lo tanto no controlables, pero que podrían afectar la integración o una mejor inserción de los jóvenes en la sociedad. En el segundo caso, los problemas de consumo excesivo de alcohol y drogas y la delincuencia que aparecen en primer y tercer lugar de importancia, afectan la calidad de vida de los jóvenes, en particular la de los estratos más bajos y pobres, aunque el factor consumo excesivo de drogas también se podría ver como un elemento que afectaría los procesos de integración social.

Hay que señalar que estos elementos que se han mencionado, relacionan problemáticas de la juventud en general, o sea, son las atribuciones que

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realizan los jóvenes sobre otros jóvenes y que no necesariamente guardan relación con las percepciones sobre sí mismo. De esta forma, si se analiza la pregunta referida a problemas que afectan a los sujetos entrevistados en lo personal en las encuestas, ciertas categorías que ocupaban un lugar central como problemas se ven desalojadas bruscamente, cuestión que sucede por ejemplo con el exceso de drogas y alcohol, el cual desciende al décimo lugar o con el problema de la delincuencia y la inseguridad que se ubican en quinto lugar. Así, personalmente a los jóvenes les preocupan las dificultades para encontrar trabajo y el acceso a la educación, que nuevamente guardan relación con los procesos de integración social, seguida de las deudas y problemas económicos y los problemas familiares.

Aparece nuevamente un cierto elemento de control que puede ser leído como “sobrevaloración de sí”, en el sentido que por ejemplo en el ámbito del consumo de drogas hay una sensación fuerte de control personal, lo cual no es visto necesariamente en los otros jóvenes

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3.- Conceptualizaciones de los jóvenes desde la búsqueda de identidad y procesos de autonomía

Como ya se ha señalado, la juventud es una categoría social y analítica, a través de la cuál toda sociedad confiere atributos a un segmento etáreo, cuyas delimitaciones varían, señalando los cambios en el desarrollo fisiológico, psicológico y de adquisición de roles sociales de todo individuo. Es también un período particular del ciclo de vida individual. Su extensión y características varían según el momento histórico, el tipo de sociedad y el nivel social de pertenencia de los individuos.

En esta etapa cobra un sentido relevante la noción de construcción de “identidad” propia así como la “individualidad”. Es decir, la trayectoria que los jóvenes recorren entre su total dependencia de padres y tutores y la autonomía plena (Martín- Barbero y otros, 2000; Filgueira, 1998; Rodríguez y Dabesiez, 1991. En: Rodríguez, 2001). Sin embargo la dependencia e independencia plena por sí mismas no definen tampoco la condición de juventud.

La relación entre generaciones, que es de emancipación durante la juventud, implica una interacción ascendente de los jóvenes con su sociedad y con las generaciones precedentes que en cierta forma se presentarían como obstáculos, lo cual deviene en una constante tensión intergeneracional (adultos y jóvenes) Pese a que esta postura puede exagerar el conflicto de la desigual distribución de recursos que en efecto hay entre adultos y jóvenes (y de que las políticas públicas se enfoquen más en los primeros) ayuda a ver a los jóvenes en sus contextos. Los jóvenes estarían, por definición, en los grupos excluidos y con restricciones institucionales a los activos, recursos y posiciones de poder en la sociedad.

En esta construcción ocurre una tensión permanente: entre la dependencia o heteronomía a través de la imposición de normas parentales, y por otro lado el ejercicio de la autonomía o independencia (capacidad de tomar decisiones y tener los recursos propios para ello). Pedro Guell señalará, que “la juventud puede definirse como la tarea de construir las bases biográficas personales en el campo de la negociación y tensión entre la autonomía individual y dependencia social. Esta tarea requiere de bases psicobiológicas específicas, por eso la juventud suele ocurrir en un rango de edad específico.” (Guell,

1996:8)

De esta forma, la juventud es considerada por una amplia literatura como una etapa crucial por cuanto las decisiones que se tomen serían decisivas en el futuro para el sujeto, en especial porque es el tramo en el que tiene lugar cambios importantes como la reproducción, la formación de familia, la

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migración, la conclusión de los estudios, el ingreso al trabajo. Sin embargo comporta un período donde estas conquistas de autonomía se dan de manera ambigua, parcial, sin contar muchas veces con un marco estructural que permita su acumulación en el tiempo.

Sin embargo, hay que tener en cuenta el contexto generacional en el que se mueve la juventud, y el marco estructural que limitará al joven a acceder a la autonomía y le impulsará a asumir la juventud de manera distinta. Desde el punto de vista generacional, las trasformaciones a nivel social, comunicacional del último tiempo nos transfieren a un contexto para muchos sin precedente. Adherimos al diagnóstico de la sociedad postindustrial para el cuál una serie retransformaciones como el achicamiento del estado, la ampliación del mercado, la crisis de la representatividad de las instituciones, producirían el quiebre de referentes culturales que permitan conferir orientaciones más o menos definidas en el sujeto, produce una recomposición a nivel de las subjetividades y de la conformación de las identidades, la cual se da en todas las edades pero es más imperiosa en la juventud. Cómo etapa en la que primordialmente se desarrolla la búsqueda de la identidad. La unilinealidad de las biografía se rompen, proliferación de procesos de individualización, procesos donde las decisiones son reversibles, en general y aunque con las restricciones ya expresadas para algunos, se abre el abanico de opciones, de posibilidades.

Hay que considerar que este tránsito se da entonces, en un contexto móvil, dónde no existe un diseño preestablecido que pueda predecir las biografías de cada joven en la actualidad, a partir de la adquisición del roles o del origen. Existe además hoy una distancia del rol prescrito, tal que la educación por ejemplo, ya no es un eslabón natural para el ejercicio de roles. Como señala Martuccelli las fronteras son cada vez más flotantes, los objetivos se redefinen, los actores deben reconstruir sus prácticas a partir de elementos que ya no son naturalmente acordados. Ya no basta con desempeñar un solo rol. (Dubet y Martuccelli, 1998, 90 En Baeza J.)

De esta forma si la emancipación en el enfoque más tradicional se identificaba con el paso a la edad adulta, lo cual suponía dejar de ser joven, en el enfoque más postmoderno, este se identifica con la construcción de sujetos más autónomos, autonomía que se construye y se constituye en el elemento definitorio de lo que es ser joven.

El objetivo social, por consiguiente, pasa a ser la conquista por parte de los jóvenes de su propia autonomía; una conquista que, además, no implica necesariamente disfrutar de las condiciones que se atribuían tradicionalmente al adulto emancipado, sino que se desarrolla habitualmente en situaciones de dependencia.

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4.-

La

condición

de

características

juventud.

Algunas

dimensiones

y

Margulis y Urresti, señalan que la palabra juventud en una primera aproximación se relaciona con la edad y el sexo, relación que se ha utilizado en todas las sociedades como base de las clasificaciones sociales, categoría que ya ha sido objetada. En el marco de la intensa heterogeneidad en el plano económico, social y cultural, hay distintas maneras de ser joven. Así,

“En la ciudad moderna las juventudes son múltiples, variando en relación a características de clase, el lugar donde viven y la generación a la que pertenecen y, además, la diversidad, el pluralismo y el estallido cultural de los últimos años se manifiestan privilegiadamente entre los jóvenes que ofrecen un panorama sumamente variado y móvil que abarca sus comportamientos, referencias identitarias, lenguajes y formas de sociabilidad.” (1998:3)

Estos autores, señalan que la juventud es un significante complejo que contiene múltiples modalidades que llevan a “procesar socialmente la condición de edad, tomando en cuenta la diferenciación social, la inserción en la familia y en otras instituciones, el género, el barrio o la micro cultura grupal”. (1998:4)

Se puede decir, que en la sociedad actual, la condición de juventud, indica una forma particular de estar en la vida, hay aspiraciones, potencialidades, requisitos, modalidades éticas y estéticas, lenguajes. Se ha señalado que sólo en épocas recientes en la sociedad occidental, la juventud aparece como una etapa en la vida, diferenciada de las otras. A partir de los siglos XVIII y XIX se la identifica como una capa social con ciertos privilegios, como un “período de permisividad que media entre la madurez biológica y la madurez social”. (Pág.

4.)

Los autores dicen que la noción de “Moratoria social” implica un avance en la caracterización sociológica de juventud, ya que introduce el tema de la diferenciación social, pero sólo para aquellos sectores acomodados. Lo que plantea una diferencia con el análisis planteado por Margulis, ya que no se toma en cuenta otras variables que intervienen en la construcción social de la juventud, como es la historia, la familia y otras instituciones, las generaciones, el género. También se pretende distinguir entre el plano material y el simbólico e introducir el tema de las tribus juveniles.

Así como las clasificaciones por edad remiten a categorías estadísticas relacionadas con la biología, el concepto de generación también tiene que ver con la edad pero procesada por la cultura y la historia. La generación es adscripta y acompaña a lo largo de la vida, y la juventud es sólo una de sus

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etapas. Los autores dicen que las generaciones jóvenes envejecen, cambian con el tiempo, mantienen sus propios códigos culturales con otros miembros de la misma generación, se comparten espacios sociales. Desde esta perspectiva se entra en contradicción con las cohortes generacionales siguientes.

Como se decía, la generación remite a períodos históricos particulares, que dan cuenta de su incorporación a la sociedad como cohorte, la que conlleva procesos de socialización y códigos culturales, (percepciones, gustos, valores, sentidos) de una época dada. Siendo joven, también se pertenece a una generación más reciente y es uno de los elementos para establecer la condición de juventud.

La generación no es un grupo social, “es una categoría nominal… que dadas afinidades que provienen de otras variables (sector social, institución, barrio, etc.) y de la coyuntura histórica, establece condiciones de probabilidad para la agrupación.” (pág. 8).

La condición de joven depende de la pertenencia generacional dentro de las instituciones, como lo son, la familia (padres, hijos, abuelos), en un marco interactivo de costumbres, deberes, derechos, en coexistencia con otras generaciones, las que inciden en el proceso de construcción de identidad personal, la que se proyecta a otras esferas de la vida social.

La condición género-condición socioeconómica. Por un lado la sociedad y la cultura plantean temporalidades diferentes para hombres y mujeres. En este condicionamiento y maduración biológica y cultural, hay necesidades y comportamientos distintos en ambos. Las mujeres tienen un tiempo más limitado, relacionado con su aptitud para la maternidad, con temporalidades e intereses distintos en la vida, lo que acota su condición de juventud, la limita. Pero también hay que recordar que la condición de juventud depende de la sociedad y la cultura.

En cuanto a la relación género y condición socioeconómica, la influencia también es significativa. En el siglo XX, a medida que se ha avanzado en la igualdad social de géneros, se han abierto nuevas posibilidades, de realización personal, en el campo intelectual, científico, empresarial, político, artístico, etc., especialmente en sectores medios y altos. Esta diferenciación social opera fuertemente, restringiendo nuevas posibilidades de realización, a las mujeres de sectores populares, cuestión que se observa en casi todos los países de América Latina. Pese a los avances en igualdad (leyes, representación política, más oportunidades de trabajo) las mujeres en los estratos bajos han sido las más afectadas en las crisis económicas y las malas condiciones de empleo (trabajo temporal, falta de protección en salud del estado benefactor de antes, entre otros).

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Otro elemento que influye en estos sectores sociales, son las distintas articulaciones de sentido, producto de la vida social. Por ejemplo, para las mujeres de clases populares, la maternidad aparece casi como un mandato natural, el único modo de realización, en cambio, las mujeres de otros estratos con mayores posibilidades, concilia su maternidad con su realización personal- profesional, lo que se grafica en la siguiente frase: “podría afirmarse que entre las clases medias y altas, para ser madre hay que ser mujer, mientras que en las clases populares, para ser mujer hay que ser madre” 1 “. Esta vivencia de la maternidad incide en la condición de juventud y en las experiencias y deseos en esta etapa de la vida.

También en la relación entre género y juventud, influyen los múltiples cambios en la condición de la mujer durante el siglo XX. La progresiva igualdad de derechos, también influye en las diferencias culturales entre generaciones:

hijas, madres, abuelas, experimentan cambios notables, propiciados por las modificaciones en su papel social, el cambio en las expectativas y en las pautas culturales, lo que genera un desencuentro intergeneracional, lo que puede percibirse en el lenguaje, en la comunicación, en los códigos y formas de percibir el mundo, en las vestimentas, en los comportamientos, etc., lo que también marca una diferencia respecto a los jóvenes varones y sus padres.

Otro elemento de la relación género, generación y clase, influye también en la postergación de la maternidad por parte de las mujeres jóvenes, (clase media), las que inician más tardíamente su vida reproductiva. Esto igual incluye a los varones y extiende para ambos la condición de juventud (estudios, capacitación, vida profesional, estabilidad económica.).

Como cierre de este apartado, se puede señalar siguiendo a Andrea Aravena (2006) en su análisis a la encuesta OIJ, 2004 y en la bibliografía que se ha revisado, que los jóvenes y juventudes experimentan una serie de contradicciones en la actualidad: tienen más expectativas de autonomía que sus madres y sus padres, sin embargo, no tienen los canales productivos e institucionales para su concreción material. Las y los jóvenes son más dúctiles y móviles que los adultos, pero más golpeados por trayectorias migratorias inciertas. Cuentan con destrezas que los podrían convertir en protagonistas del cambio del paradigma político y productivo, pero al mismo tiempo están estigmatizados como disruptivos o indisciplinados. A la vez que son vistos y exigidos como capital humano que debe formarse para el futuro, la sociedad de consumo les reclama el goce presente, y la crisis de la sociedad del empleo les hace cada vez más difuso el porvenir.” (CEPAL; OIJ, 2004:22). De esta manera se dan a un mismo tiempo procesos de individuación y una creciente necesidad de mayor integración que los hace transitar desde las vulnerabilidades a la autonomía o viceversa.

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