Sei sulla pagina 1di 4

91-01-11:

EL CENTRO Y LOS BORDES

Es difícil acotar los márgenes de una generación, los bordes son borrosos. Además, en la continuidad de una tradición local tan marcada como la rosarina, las influencias desdibujan las diferencias. Es más difícil aún si lo que uno pretende es hacer una crónica del presente. Siendo parte, sin distancia crítica, desde el centro no se ve claramente el margen. Para ayudarnos, nos situamos entendiendo que una generación es un grupo (generalmente joven) que comparte los mismos problemas, y empezamos por distinguir los problemas que son particularmente nuestros, que se diferencian de los anteriores. Para el recorte propuesto en esta publicación, tomaré Diciembre del 2001 como punto de inflexión, eje cronológico de esta fotografía particular. Las obras publicadas en este número han sido producidas por arquitectos formados en los últimos años de una recesión económica que acotaba las posibilidades de producción de manera asfixiante y que empiezan a producir arquitectura bajo los signos de una recuperación post-devaluación, marcada por una alta inversión inmobiliaria y un replanteo de los planes urbanos tendientes a capitalizar ese auge.

91

A mediados de la década del noventa, la Facultad de Arquitectura, Planeamiento y Diseño de la Universidad Nacional de Rosario, nuestra escuela, vivía un momento intenso. Era el punto de máxima concentración y maduración de un proyecto puesto en marcha por el cambio de plan de estudios en el retorno democrático -bajo la marca de la Tendenza Italiana. Las cátedras formaban sus primeras camadas con identidades claras y marcadas. Si bien el huracán posmoderno dejó su marca, este registro de época quedo signado al inicio de la carrera, concentrado en el ciclo básico de formación instrumental; lo que el plan llamó los análisis proyectuales. Por el contrario, las cátedras de proyecto arquitectónico destilaron las influencias críticas gracias al pragmatismo de raíz moderna que era (y aún es) la verdadera tradición de la escuela. El alumno del ciclo superior podía elegir un gradiente que iba desde un racionalismo tipológico derivado de la Escuelita Porteña con el partido como diagrama operativo; pasaba por un funcionalismo esencialista derivado de los sistemas abiertos con el módulo como base de procedimiento; y terminaba con un expresionismo formal derivado de una primer lectura de la deconstrucción con la cita posmoderna como lógica de exploración. Este ecosistema institucional era un universo auto-referencial y complaciente, con exclusiones notorias. Tal vez el signo que marca el primer borde de nuestra generación fue el mirar por fuera de estos discursos hegemónicos. Las publicaciones extranjeras que estaban a nuestro alcance cotidiano -Croquis, Domus, demostraban que existían otras arquitecturas, enigmáticas, sensuales, deseadas. Las bases para nuestra crítica intuitiva las encontramos en otro modelo de práctica profesional local, representado por figuras emergentes de aquel entonces. El Grupo R fue fundado en 1992 por arquitectos jóvenes, entre ellos Gerardo Caballero, Rafael Iglesia y Marcelo Villafañe, con la intención de proponer nuevos discursos conceptuales a un medio disciplinar adormecido. Gracias a estas actividades, mi generación conoció los primeros proyectos construidos de estos arquitectos y soslayando el desinterés impostado de algunos profesores de la escuela hacia ellos, los miró como modelos a seguir desde un principio. Es más, iniciar el ejercicio profesional colaborando en sus estudios fue motor y marca inaugural para muchos. En sus años de actividad, el Grupo R organizó ciclos de conferencias fundacionales; invitados como Enric Miralles y Álvaro Siza consolidaron la influencia de la arquitectura contemporánea española y portuguesa, Pablo Beitía nos mostró su Museo Xul Solar, Juhani Pallashmaa nos dio una clase magistral sobre La Ventana Indiscreta. Fue en este nuevo panorama de impulsos y gracias a la publicación del Colegio de Arquitectos de Rosario, Revista 041, donde descubrimos la tradición local

modernizadora de la década del 50 y el trabajo de los maestros rosarinos Augusto Pantarotto y Jorge Scrimaglio; aquí entendimos los temas locales y las obras que dialogan entre sí. Nuestra interpretación de este intercambio intergeneracional de ideas, del que conscientemente quisimos formar parte, define nuestra identidad como generación. El medio profesional de aquel entonces se activaba con concursos sobre el espacio público que contaban con amplia participación de los colegiados; un ciclo que se inicia con el

Concurso del Pasaje Juramento en 1995. Como alumnos o graduados recientes participamos de ese momento lleno de optimismo transformador, nos sentíamos parte de un debate que ligado a la recuperación del río y la descentralización democrática de la administración municipal discutía, desde la secretaría de Planeamiento Urbano, el futuro de nuestra ciudad. Si bien estos concursos no han sido ampliamente publicados, los proyectos presentados, premiados o no, están grabados en la memoria colectiva de nuestra generación; que ha sido participe activo de este proceso. Dentro de este panorama de activación cultural, un grupo de estudios profesionales consolidados del medio creó la Fundación Arquitectónica, que con apoyo financiero de las empresas constructoras locales promovió una beca para graduados recientes de la universidad pública. En un sistema inédito para la ciudad, el concurso para jóvenes arquitectos permitía realizar pasantías en el extranjero en reconocidos estudios, entre ellos OMA, Jean Nouvel, Steven Holl, Rafael Vignoly. Con la obligación de extender la experiencia al retornar dando clases en la Facultad, estas experiencias retroalimentaban una ambición que ampliaba horizontes y perspectivas profesionales mas allá del medio local. Este desarrollo se complementaba con la posibilidad de trabajar en el exterior. Para Rosario, Barcelona siempre estuvo más cerca que Buenos Aires. Con la figura de Mario Corea como centro receptor -arquitecto rosarino exiliado en Barcelona desde principios de los 70, una larga lista de arquitectos locales ha pasado temporadas en la ciudad catalana. Es por esto que no es de extrañar la influencia de Albert Viaplana, Josep Llinás, Martinez-Lapeña y en especial del posicionamiento conceptual de Josep Quetglas en el panorama Rosarino. Nuestra generación no se ha diferenciado en esto y ha tenido a Barcelona como centro de una red historias, amistades y cruces; lo que nos ha diferenciado es el protagonismo que toman las escuelas norteamericanas como destino posible para estudios de post-grado. En un primer momento gracias a la paridad cambiaria y en un segundo momento como salida a un tiempo recesivo en lo económico, la posibilidad de realizar una maestría de posgrado en los Estados Unidos dejó de ser un anhelo lejano para pasar a ser un proyecto factible. Presentación a becas, diseño de portfolios, cartas de recomendación eran una realidad cotidiana. Las concepciones disciplinares de las escuelas del Este y el Oeste americano forman ahora parte de nuestro capital intelectual.

01

En eso estábamos cuando llegamos al eje cronológico de nuestro relato. El 2001 es una bisagra que todavía no hemos procesado cabalmente, nuestra realidad política lo atestigua. Pero es claro que los procesos pre-2001 son muy distintos a los post-2001. La ambición de la segunda mitad de este texto es de éxito improbable: delinear los trazos de nuestro presente, sumergirse en el espacio hasta el segundo borde de nuestra generación. Quienes son los más jóvenes entre nosotros? O acaso ellos ya son otros?

01

Desde este presente de atraso cambiario es difícil recordar que en los años post- devaluación el dólar estuvo muy caro y el mundo quedaba muy lejos. Este proceso traumático tuvo un corolario interesante, la revisión de nuestra pretendida diferencia respecto de lo latinoamericano. Dejando de lado a las arquitecturas cada vez más ligeras y ostentosas de un primer mundo desquiciado en burbujas inmobiliarias, los arquitectos jóvenes rosarinos descubrimos arquitecturas cercanas llenas de imaginación material y realidad tectónica. Desde el Paraguay, Solano Benítez y Javier Corvalán; desde Chile, Smiljan Radic y Alejandro Aravena, desde Brasil, Angelo Bucci. Todos ellos, salvo Radic, han visitado Rosario mas de una vez y nos han enseñado las oportunidades de experimentación de las estrategias estéticas que transforman lo aparentemente regresivo; lo popular, lo rural, lo arcaico, en material para producir diferenciación e identidad contemporánea. Al mismo tiempo y gracias a las nuevas condiciones macro-económicas y debido por un lado al desprestigio de las entidades financieras y por el otro al gran valor de exportación de la producción agrícola de la región, Rosario se vio inundada de un momento a otro por inversiones inmobiliarias. Esto trajo aparejado un paradójico achicamiento de los horizontes culturales para la arquitectura local. Los graduados recientes no pensaban en pasantías o en posgrados en el exterior, si no en fideicomisos que permitieran construir la primer obra. Debo decir que

lamentablemente esta búsqueda de nuevas oportunidades de inversión no trajo aparejada nuevos

programas, tipologías o nuevas formas de vida urbana para clientelas diferenciadas. Por el contrario, el medio de inversión mas abusado fue y sigue siendo el edificio entre medianeras que explota las posibilidades del lote y el código hasta el extremo, en ahorros espaciales y materiales de dudoso valor y nula generosidad cívica. En paralelo a este proceso de mediana escala, la aparición repentina de capitales concentrados ha creado un modelo inusitado de construcción de ciudad, la transformación de grandes parcelas post-industriales con ubicaciones estratégicas en sectores residenciales de alta gama, en consonancia con nuevas reglas de inversión publico- privada, bajo control del mismo grupo inversor y único proyectista. La participación como colaborador en los grandes equipos de proyecto encargados de estos desarrollos es una realidad profesional nueva para el medio y hoy una perspectiva razonable para un arquitecto joven. Comprimido entre la práctica aventurera en búsqueda del fideicomiso salvador o el trabajo

a sueldo básico en estudios profesionales a cargo de grandes emprendimientos, la práctica del arquitecto joven se ve expulsada también geográficamente. Los encargos de vivienda unifamiliar, la base de la práctica local, se van cada vez más lejos de la ciudad, encerrados en barrios privados. Desde un punto de vista optimista, este proceso ha recuperado la idea de paisaje y colocado al horizonte de la pampa como nuevo locus conceptual de la arquitectura local. Pero esto se da en contadas ocasiones. El común denominador son los ejes claramente sectorizados por grupo social

a medida que nos alejamos del área central, empezando por barrios de alta calidad paisajística e

infraestructural, los barrios cerrados van perdiendo “exclusividad” y “amenities” a medida que nos alejamos, hasta llegar a puros loteos residenciales de lotes mínimos y gran densidad de uso de suelo que generarán barrios alejados de cualquier infraestructura social e identidad urbana. Medianeras en medio de la nada. Una paradoja más es la falta de programas públicos en la práctica de los estudios jóvenes, precisamente en el momento en que tanto la provincia de Santa Fe como la ciudad de Rosario son admirados nacional e internacionalmente por su política de infraestructura e inversión publica. Dos procesos paralelos explican esta paradoja. Por un lado el crecimiento de la planta permanente de profesionales en las entidades públicas, tanto a nivel de secretarias municipales como de

ministerios provinciales y por el otro el descreimiento de los efectores públicos en la efectividad y economía de los concursos profesionales de proyecto arquitectónico han creado las condiciones para que todas las instancias de planeamiento, proyecto y construcción de obra pública se concentren en las reparticiones oficiales. A los arquitectos jóvenes se nos pone contra la pared: la única forma de practicar la responsabilidad social de la arquitectura es convirtiéndonos en empleados o funcionarios. Mientras en la facultad demoramos nuestro tiempo proyectando hospitales y escuelas; una vez recibidos, nos vemos limitados a diseñar casas unifamiliares en barrios de la periferia rural. Esta no es forma de desarrollar una disciplina, sin práctica no hay maestro. La tormenta perfecta ocurre ahora que las reparticiones públicas se han quedado sin fondos para continuar la obras emprendidas. Mientras todos estos procesos siguen su curso, los actores individuales mantienen prácticas profesionales independientes sin apoyo de sistemas de becas o concursos de arquitectura para jóvenes. Desde esta intemperie, algunos se preocupan no sólo por la obra individual sino por la construcción de una trayectoria. Es decir, por el desarrollo de ideas y persecución de problemas a través de múltiples obras en el transcurso del tiempo. Una ética de resistencia, casi utópica cuando el día a día se va en tratar de mantener vivo un estudio con una obra de pequeña escala. Es gracias a la publicación de sus obras en medios nacionales y extranjeros y gracias a premios y presentaciones en Bienales Iberoamericanas que esta generación ha sabido llamar la atención del medio local. Un signo de las presiones a las que se ve sometido el arquitecto joven es la fragmentación de las prácticas. No creo encontrar hoy una conciencia clara de generación, mas allá de las afinidades personales que podamos tener entre nosotros. No hablo de una conciencia de clase de tipo marxista, simplemente un reconocimiento de los problemas compartidos. Una vez reconocidos estos problemas, podremos accionar en conjunto, para atacarlos de raíz.

11

11

Permítanme unas últimas precisiones que parecen indicarnos que llegamos ya al otro borde, aquel en que aparecen los otros, los más jóvenes que uno. Observo un sano colectivismo en algunas prácticas emergentes. Contrario al marcado individualismo de nuestra generación veo en una nueva camada una generosidad que comparte ideas y celebra éxitos. Influencia de las redes sociales, las plataformas digitales de intercambio de información permiten una acercamiento y una fluidez en los contactos que potencia la acción colectiva. Otro signo de época es la búsqueda de influencias, no ya dictadas por los medios de difusión, sino activamente generadas y compartidas. Nunca estuvo tan cerca de nosotros la arquitectura latinoamericana y la de pequeña escala de todo el globo. El retorno de algunos emigrados, algunos por temporadas, otros en forma definitiva, ha permitido establecer nuevas redes. Los contactos esta vez son académicos, con nuevas estructuras de intercambio que permitirán reforzar la actitud de apertura con talleres, viajes e investigaciones compartidas. Cerrando el círculo, regresemos a la Facultad donde ahora ya somos profesores. Ha resurgido con fuerza el debate y esta vez es generado por los alumnos. Frente a una institución cada vez mas inercial y pesada, los alumnos se nuclean para organizar dos congresos internacionales por año. Una sana competencia entre agrupaciones estudiantiles que regala dos

semanas de intensa actividad, cada una con perfiles diferenciados, una mas latinoamericana y otra mas global, las dos potenciando un crecimiento cultural de carácter urgente. No sé si estos son los signos del final, tal vez estemos habitando el margen donde una generación deja paso lentamente a otra. Pero, no sucede esto todos los días?

21?

91-01-11

Seremos capaces de construir un proyecto colectivo si entendemos primero que una generación no es una homogeneidad, si entendemos que una generación es la aceptación del dialogo: distintas maneras de hablar y pensar sobre lo mismo. Los arquitectos jóvenes practican sus primeras arquitecturas en un trabajo de enriquecimiento mutuo, mirándose unos a otros, observando técnicas, mecanismos y estrategias. Esto es lo que hace la gente que comparte un oficio. Más aun, cuando uno se acepta parte de una generación, uno toma lo que comparte y lo que no, repitiendo o transformando, siempre en dialogo y en fricción con y contra el trabajo del otro. Así se construye una disciplina. Cuando la búsqueda madura, se arriba a un momento en que las articulaciones formales, estructurales y espaciales se generalizan: esto es lo que llamamos escuela. La voluntad de una generación posibilita la gestación de una escuela.

21?

Juan Manuel Rois

!