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Capítulo Uno

Había sangre, un río de sangre que manaba de su interior. Había dolor, un mar de dolor en el que se hallaba inmerso. ¿No terminaría nunca? Miles de cortes, quemaduras, el constante sonido de una risa mofándose de él, diciéndole que aquello continuaría por toda la eternidad. No podía creer que estuviese tan indefenso, no podía creer que su increíble fuerza y su magnífico poder se hubieran agotado, dejándole reducido a ese miserable estado. Envió una llamada mental tras otra a la noche, pero ninguno de los de su especie vino a ayudarle. La agonía continuaba, implacable. ¿Dónde estaban? ¿Su familia? ¿Sus amigos? ¿Por que no venían y acababan con esto? ¿Había sido una conspiración? ¿Lo habían dejado deliberadamente en manos de estos carniceros que usaban sus cuchillos y antorchas con tal deleite? Había sido alguien conocido quien le había traicionado, pero su memoria estaba curiosamente debilitada, apagándose debido al interminable dolor.

Sus torturadores habían conseguido atraparle de alguna manera, inmovilizándole de tal modo que podía sentir pero no moverse, ni si quiera las cuerdas vocales. Estaba totalmente indefenso, vulnerable ante esos despreciables humanos que estaban destrozando su cuerpo. Oía sus burlas, sus interminables preguntas, percibía la rabia en su interior cuando se negaba a reconocer su presencia o el daño que le inflingían. Quería morir, dar la bienvenida a la oscuridad, pero sus ojos, fríos como el hielo, nunca se apartaban de sus rostros, nunca parpadeaban, eran los ojos de un depredador esperando, vigilando, prometiendo venganza. Eso les enfurecía, pero se negaban a administrarle el golpe final.

El tiempo ya no significaba nada para él, su mundo se había reducido a la nada, pero en cierto momento percibió otra presencia en su mente. El contacto era lejano, una mujer, joven. No sabía cómo, inadvertidamente, su mente había conectado con la suya, de manera que ahora ella compartía su tormento, cada abrasadora quemadura, cada corte del cuchillo que dejaba correr su sangre, su fuerza vital.

Trató de recordar quién podía ser ella. Debía estar cerca si compartía su mente. Estaba tan indefensa como él, soportando su mismo dolor, compartiendo su agonía. Trató de evitar que conectara con él, la necesidad de protegerla era muy fuerte, pero estaba demasiado débil para bloquear sus pensamientos. El dolor emanaba de su cuerpo, como un torrente, navegando directamente hasta la mujer que compartía su mente.

Su angustia le golpeó con una fuerza increíble. Él era, después de todo, un hombre de los Cárpatos. Su primera obligación era siempre proteger a una mujer, aún a riesgo de su propia vida. Fallar en eso también se añadía a su desesperación y a la sensación de fracaso. Captó breves imágenes suyas en la mente, una figura pequeña y frágil, acurrucada en una esfera de dolor, tratando desesperadamente de aferrarse a la cordura.

No creía conocerla, aunque la veía en color, algo que no le había ocurrido en siglos. No tenía fuerzas suficientes para obligarla a dormir, ni así mismo, no había nada que les librase de aquella agonía. Apenas podía captar los pequeños fragmentos de

pensamientos en los que ella pedía ayuda desesperadamente, tratando de descifrar lo que le estaba ocurriendo. Las gotas de sangre empezaron a filtrarse por sus poros. Sangre roja. Veía claramente que su sangre era roja. Sabía que eso tenía un significado muy importante para él, pero se sentía aturdido, incapaz de discernir por qué era importante y qué significaba.

Su mente se estaba volviendo borrosa, como si un gran velo empezara a extenderse sobre su cerebro. No podía recordar cómo habían conseguido capturarle. Se esforzaba por ver la imagen del miembro de su propia especie que le había traicionado, pero no lograba nada en absoluto. Sólo había dolor. Terrible, interminable dolor. No podía emitir ningún sonido, ni siquiera cuando su mente estallaba en un millar de fragmentos y ya no podía recordar a qué o a quién estaba intentando proteger.

Shea O'Halloran estaba acurrucada en su cama, la lámpara le proporcionaba apenas la luz suficiente para poder leer la revista médica. Recorría las páginas en pocos segundos, trasladando la información a su memoria, como venía haciendo desde que era una niña. En esos momentos estaba terminando la Residencia, la interina más joven, según las estadísticas, y era una tarea agotadora. Se apresuró a terminar de leer el texto, esperando poder tomarse un respiro.

El dolor la atravesó inesperadamente, golpeándola con tal violencia que la arrojó de la cama, con el cuerpo contorsionándose por la agonía. Trató de gritar, de arrastrarse a tientas hasta el teléfono, pero sólo podía retorcerse indefensa sobre el suelo.

Tenía la piel bañada en sudor, de sus poros salían gotas de sangre. Nunca había

experimentado un dolor igual

cuchillo, quemándola, torturándola sin descanso. Seguía y seguía

sabía

siquiera tenía verdaderos amigos. Al final, sintió un dolor desgarrador en el pecho y

horas, días, no lo

Estaba sola, en realidad ni

era como si alguien le estuviera cortando la piel con un

Nadie venía a ayudarla y no podrían hacerlo

perdió la conciencia.

Cuando creyó que sus torturadores habían acabado con él, que habían terminado con su sufrimiento, dándole muerte, descubrió lo que era realmente el infierno. Pura agonía. Malignos rostros que le miraban fijamente. Una estaca afilada cerniéndose sobre su pecho. Un latido, un segundo. Podría terminar ahora. Tenía que terminar. Sintió la gruesa estaca de madera sobre su carne, internándose a través de músculos y tendones. El martillo cayó con fuerza sobre la estaca, introduciéndola aún más profundamente. El dolor iba más allá de todo lo que había conocido. La mujer que compartía su mente perdió la conciencia, una bendición para ambos. Él continuaba sintiendo cada golpe, la enorme estaca penetrando en su carne, introduciéndose en su cuerpo mientras la sangre manaba a chorros, debilitándole aún más. Sentía que la vida le abandonaba, no le

quedaban fuerzas para resistir, le había llegado la hora. La muerte

abrazarse a ella. Pero no podía ser. Era un hombre de los Cárpatos, un inmortal, no era tan fácil deshacerse de él. Su voluntad era poderosa, decidida. Una voluntad que luchaba contra la muerte incluso cuando su cuerpo suplicaba un final para aquel terrible sufrimiento.

casi podía tocarla,

Sus ojos se clavaron en ellos, en los dos humanos. Estaban cubiertos de sangre, su sangre, líneas rojas trazadas sobre sus ropas. Reunió las fuerzas que le quedaban, las últimas, y logró que fijaran su mirada en él, atrapándoles en la profundidad de sus ojos. Inmediatamente, cubrieron sus ojos con un paño, no podían afrontar la oscura promesa

que escondían, su poder les asustaba, a pesar de que se hallaba completamente indefenso ante ellos. Reían mientras le encadenaban dentro del ataúd y lo colocaban boca abajo. Escuchó su propio grito de dolor, pero el sonido estaba sólo en su mente, repitiéndose una y otra vez, burlándose de él.

Se obligó a detenerse. Ellos no podían oírle, pero eso no le importaba. Todavía le quedaba algo de dignidad. De amor propio. No le derrotarían. Era un hombre de los Cárpatos.

Podía escuchar cómo la tierra golpeaba la madera del ataúd a medida que le enterraban en la pared del sótano. Cada palada. Estaba completamente a oscuras. Envuelto en el silencio.

Era una criatura de la noche, la oscuridad era su hogar. Pero ahora, en su agonía, se había convertido en su enemigo. Sólo había dolor y silencio. Antes, siempre era él quien decidía cuándo permanecer en la oscuridad, en la tierra sanadora. Ahora estaba prisionero, encerrado, con la tierra fuera de alcance. Podría aliviarle, estaba muy cerca, pero la madera del ataúd le impedía alcanzar aquello que, con el tiempo, hubiese curado sus heridas.

La sensación de hambre comenzó a infiltrarse en su terrible agonía. El tiempo

hasta

pasaba, y ya nada tenía importancia salvo el hambre insaciable que creía y crecía convertirse en lo único que sentía. Agonía. Hambre. No existía nada más.

Descubrió, algún tiempo más tarde, que podía inducir el sueño en su cuerpo. Pero haber recuperado su don ya no significaba nada. No recordaba nada. Esta era su

vida. Dormir. Despertar tan sólo cuando alguna curiosa criatura extraviada pasaba demasiado cerca. La insoportable agonía consumiéndole con cada latido de su corazón. Intentaba conservar la mayor cantidad de energía posible para lograr atraer comida

hacia él. Había pocas fuentes de alimento

aprendieron a evitar aquel oscuro lugar y a la malvada criatura que habitaba en él.

y estaban lejos. Incluso los insectos

Durante algunos momentos de aquel interminable sufrimiento, pudo susurrar su nombre. Jacques. Tenía un nombre. Era real. Existía. Vivía en el infierno. Vivía en la oscuridad. Las horas se convirtieron en meses, y más tarde en años. No podía recordar ninguna otra forma de vida, de existencia. No había esperanza, ni paz, ni escapatoria, no había final. Sólo oscuridad, dolor, hambre eterna. El tiempo pasaba, no tenía ninguna importancia en su limitado mundo.

Tenía las muñecas esposadas, de modo que tenía pocas posibilidades de maniobra, pero cada vez que una criatura se acercaba lo suficiente para despertarle, arañaba las paredes del ataúd, en un vano intento de escapar. Estaba recuperando su poder mental, así que eventualmente podía obligar a su presa a dirigirse hacia él, sólo lo suficiente para sobrevivir. No había ningún modo de recuperar su poder y su fuerza sin remplazar el inmenso volumen de sangre que había perdido. No había ninguna criatura subterránea lo bastante grande como para que eso fuese posible. Cada vez que se despertaba o realizaba algún movimiento, volvía a brotar sangre de las heridas. Sin la cantidad necesaria de sangre para remplazar su pérdida, su cuerpo no podría curarse a sí mismo. Era un círculo vicioso, aterrador, un horrible círculo que duraría toda la eternidad.

Entonces comenzaron los sueños, despertándole cuando estaba hambriento y sin manera de aliviar el vacío de su estómago. Una mujer. Pudo reconocerla, sabía que estaba ahí fuera, viva, sin esposas. No estaba bajo tierra, como él, sino sobre la superficie, con total libertad de movimiento. Estaba casi fuera del alcance de su mente, pero aun así podía casi tocarla. ¿Por qué no venía a buscarle? No podía ver su rostro, ni su pasado, únicamente sabía que estaba ahí fuera. Intentó llamarla. Rogó. Suplicó. Hervía de cólera. ¿Dónde estaba ella? ¿Por qué no se acercaba a él? ¿Por qué permitía que continuase su agonía cuando incluso su mera presencia en su mente podía acabar con aquel terrible sentimiento de desolación? ¿Qué había hecho él tan horrible como para merecer esto?

La furia inundó su mundo. Odio, incluso. Un monstruo comenzó a formarse en

su interior. Crecía más y más. Mortal. Peligroso. Crecía y se alimentaba del dolor, con

una fuerza imparable. Cincuenta años, un centenar

mismísimas puertas del infierno para vengarse. Ahora vivía allí, estaba atrapado en él cada momento que pasaba despierto.

¿Qué importaba? Viajaría hasta las

Ella vendría a él, se juró a sí mismo. Se obligaría a encontrarla. Y una vez que lo lograra, se transformaría en una sombra en su mente hasta que se acostumbrara a su presencia, y en ese momento se doblegaría ante él. Ella vendría a él. Podría consumar su venganza.

El hambre le corroía las entrañas cada vez que despertaba, de manera que hambre y dolor se fundían en una única entidad. Concentrarse en la manera de llegar hasta la mujer, sin embargo, disminuía en parte su agonía. Su concentración era tan absoluta que bloqueaba el dolor por un tiempo. Al principio sólo durante algunos segundos. Luego unos minutos. Con cada despertar, volvía el deseo de encontrarla. No tenía otra cosa que hacer. Meses. Años. No importaba. No podría huir de él eternamente.

La primera vez que rozó su mente, después de un millar de desafortunados intentos, la sensación le pilló completamente desprevenido, e inmediatamente perdió el contacto. La euforia provocó que su sangre manara alrededor de la estaca, profundamente enterrada en su cuerpo, agotando las pocas fuerzas que le quedaban. Durmió durante mucho tiempo, intentando recuperarse. Una semana quizá. Un mes. No había necesidad de medir el tiempo. Ahora sabría cómo llegar hasta ella, a pesar de que se encontraba muy lejos. La distancia era tan grande, que requeriría toda su concentración alcanzarla a través del tiempo y el espacio.

Jacques hizo un nuevo intento cuando se despertó. Esta vez, no estaba preparado para las imágenes que encontró en la mente de ella. Sangre. Un pequeño tórax humano desgarrado y abierto. Un corazón latiendo. Tenía las manos inmersas dentro de la cavidad del pecho, cubiertas de sangre. Había más gente en la habitación, y ella controlaba los movimientos de los demás con su mente. No parecía darse cuenta de lo que estaba haciendo. Estaba completamente concentrada en aquella horrible tarea. La facilidad con la que dirigía al resto del personal sugería que lo hacía a menudo. Las nítidas imágenes que aparecían en su mente eran espantosas, y supo que ella era una de las que le habían traicionado, uno de sus torturadores. Estuvo a punto de perder el contacto, pero logró imponer su voluntad. Ella sufriría por esto. Sufriría mucho. El

cuerpo que estaba manipulando era tan pequeño

debía ser un niño.